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PROHIBIDA SU VENTA

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Por STEVE ENGLEHART ción
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Las cadenas americanas de mediados de los sesenta casi nunca emitían series un m
creadas en otros países. Se hizo una excepción cuando ABC emitió Los Vengadores; clima
es decir, para los que acaben de llegar, John Steed y Emma Peel, no el cómic. La in- nece
glesísima combinación de un dandy edwardiano y una chica de cuero (tras la etapa Y
de Honor Blackman) fue un éxito modesto pero muy comentado en América. Así F
que otra cadena, la CBS, probó con otra serie británica llamada Secret Agent (Danger escri
Man en el Reino Unido), con Patrick McGoohan en el papel de John Drake. De nuevo esper
tuvo un éxito modesto pero muy comentado, ayudado un poco bastante por su tema enton
musical americano, que se posicionó en las listas de éxitos. toda
Luego McGoohan dejó Secret Agent/Danger Man para llevar a cabo su proyecto per- toda
sonal, El Prisionero, que a su debido tiempo (otoño de 1967 en el Reino Unido, verano pena
de 1968 en EE.UU.), estalló como una granada. V
En EE.UU., por razones aún hoy debatidas, la CBS se saltó un episodio, “Drama en de A
el oeste” (“Living in Harmony”). Hay quién dice que fue por las drogas, otros que por su de es
enfoque antisistema, o porque la CBS solo tenía 16 semanas libres aquel verano, no 17. del g
Pero en general la visión de McGoohan quedó intacta, y yo, que aún no escribía cómics nuev
ni había terminado la carrera, permanecí como muchos todo aquel verano fascinado. suele
El verano siguiente, la CBS volvió a emitir los mismos episodios, y la fascinación conte
volvió. entre
Más adelante, a principios de los setenta, cuando justo empezaba a convertirme en cogió
guionista de cómic, un canal local de Nueva York emitió la serie completa. Recuerdo fue to
que la daban pasada la medianoche, pero a mí me hubiera dado lo mismo, porque vivía Stan
la vida del joven creativo; no había hora demasiado tardía para ver una buena historia; P
siempre podía dormir de día. N
Unos años después, a mediados de los setenta, flipé cuando me enteré de que Mar- A
vel había comprado los derechos para hacer un cómic de la serie, a petición del enton- o pu
ces editor Marv Wolfman. Marv, por supuesto, iba a escribirlo él mismo, y el dibujante cayó
que escogió fue el gran Gene Colan. Por lo que yo sé, Marv alquiló episodios en celu- P
loide (como todos hacíamos antes de BitTorrent, Netflix o Amazon), e invitó a Gene a Bay-
verlos a su casa, porque a Gene no le había enganchado la Prisionero-manía. Y esta vez cómi
tampoco le enganchó. Parece que dijo algo así como: “No es más que un tío atrapado en que l
una isla”, y decidió no dibujar el cómic. na te
Tras eso ocurrieron cosas de las que no fui parte, así que
no sé exactamente en qué orden ocurrieron. Pero:
Marv buscó otro dibujante. Consiguió a Gil Kane.
Marv dejó de ser jefe de redacción.
Le ofrecieron El Prisionero a Jack Kirby.
Todo lo que sé es que al final dieron luz verde a la serie
de Marv, pero Marv ya no estaba metido en el proyecto. Lo
estaba yo en su lugar. Me dieron copias de los 17 guiones de
rodaje y la biblia de El Prisionero, y me enviaron a jugar. La
biblia venía con un libro que incluía una declaración defi-
nitiva de la ITV de que el Número Seis no era John Drake.
Pero siendo como era McGoohan, es difícil de asegurar; tal
vez sólo era lo que su departamento de publicidad quería
que creyeras…
El primer número del cómic iba a ser una adaptación de
“La llegada”, el primer episodio de la serie de TV. Recuerdo
que lo guionicé usando sencillamente lo que pasaba en el
episodio hasta que me quedé sin espacio, y salte entonces al
final. Algo muy básico, pero es que aquel primer episodio
ya era tan icónico que no iba a demostrar lo ingenioso que
yo era tratando de reinventarlo.
Pero había un cambio que sí era forzoso. En televisión
veíamos como el Número Seis iba a la suya. McGoohan
siempre fue un actor muy cerebral, así que su contempla-
ART ción silenciosa había sido una ventaja para su caracteriza-
ción del héroe. En los cómics, sin embargo, sin movimien-
tos de cámara, sin banda sonora, necesitas algo que conecte la trama, y ese algo era
series un monólogo interior. Como fan, me atrevería a decir fanático, no quería cambiar el
dores; clima que había establecido la serie, pero como veterano de los cómics, sabía que era
La in- necesario.
etapa Y entonces me fui de Marvel.
a. Así Fue todo muy inesperado, y estoy cansado de discutirlo, pero el resultado es que
Danger escribí los últimos números de las etapas de mis series y me mostraron la puerta. Pero
nuevo espera: ¿y las series que aún no había empezado? Jim Shooter, que según recuerdo era
u tema entonces el mismísimo Número Dos de Marvel, editorialmente al menos, me dijo con
toda claridad que yo no iba a escribir el primer número de El Prisionero. Y yo le dije con
o per- toda claridad que sí, que llevaba semanas esperándolo. Al final consintió, pero a duras
verano penas: podía escribirlo, pero tenía que entregarlo al día siguiente. Y eso es lo que pasó.
Volví a donde yo, un tío de California, me alojaba en Nueva York, el apartamento
ma en de Al Milgrom, y me quedé despierto toda la noche tecleando el guión en la máquina
por su de escribir de Al, sobre la mesa de su cocina. Como he dicho, contaba con una copia
no 17. del guión de “La llegada”, así que tenía ayuda, pero escribir un guión completo para una
ómics nueva serie en una sola e insomne noche con una máquina de escribir caprichosa no
ado. suele ser mi estilo. Y pese a ello, cuando rompió el alba lo había conseguido, y estaba
nación contento con el resultado. A las 9 h. cogí el metro de vuelta a las oficinas de Marvel y
entregué el guion: “Mi último trabajo para Marvel”, pensé entonces. Algún becario lo
me en cogió y me hizo una copia con lo que resultó ser una fotocopiadora que fallaba, y eso
uerdo fue todo. Tres meses después, el mundo podría juzgar la versión de El Prisionero de Joe
e vivía Stanton (quién hizo bocetos no acreditados del cómic), Gil Kane y yo mismo.
storia; Pero nunca se publicó.
Ni tampoco la versión de Jack Kirby.
e Mar- A lo mejor Marvel había decidido que “no era más que un tío atrapado en una isla”,
enton- o puede que hubiera otras razones. No lo sé. Lo único que sé es que todo el proyecto
ujante cayó en un agujero negro.
n celu- Pero por las mismas fechas me invitaron a una convención en San Francisco llamada
Gene a Bay-Con (eslogan: “Te Traemos Bay-Con a Casa”). Aquella gente estaba interesada en el
sta vez cómic de El Prisionero, así que cogí la splash inicial de Gil y le pedí a Tom Orzechowski
ado en que la rotulara. Steve Leialoha se ofreció a entintarla. Y así es cómo aquella única pági-
na terminada llegó a existir.
Si yo hubiera seguido el proceso habitual en Marvel, habría tenido ocasión de revi-
sar y retocar el cómic acabado; la página de la Bay-Con muestra cómo lo hubiéramos
hecho. Tal y como están las cosas, el guión es un monólogo interior, lo cual me gusta
porque es cómo nuestro héroe protagonista habría experimentado las cosas, sin saber
nunca más de lo que sabe a cada instante. Y claro, pese a su ferviente culto, El Prisionero
hubiera sido una novedad para muchos lectores, que tampoco habrían sabido nada.
Pero tengo muy claro que hubiéramos podido mejorarlo todo con más tiempo.
En fin. Los dos guiones inéditos han acabado por convertirse en algo legendario, y
me han invitado a programas de TV (y ahora a los salones esotéricos de Titan) para ha-
blar de ellos, y al final ese es un impacto muy bueno para un cómic que nunca vio la luz.
Al final del guion escribí algo como título del siguiente número, luego lo taché y
sugerí a Marv que opinara. Otra persona, que sólo pudo haber comprobado aquella pá-
gina del guion de camino a la fotocopiadora, escribió aquello. De nuevo, ¿quién puede
saber lo que ocurría en Marvel en aquellos tiempos? Pero bajo el tachón, probablemen-
te decía “Las campanas del Big Ben”, porque aquel era el segundo capítulo en el orden
de emisión.
En los ochenta, el canal PBS de Silicon Valley volvió a emitir los episodios en otro
orden, elaborado por el jefe de la transmisión, Scott Apel. Mediante pistas en los episo-
dios, Scott intentó lograr que el conjunto de la narrativa fuera más coherente y consis-
tente. Eso inspiró a que otros lo intentaran, y cuando escribo esto sigo siendo fan de la
reconstrucción del club AV. Pero siguen quedando varios episodios sin pistas, de mane-
ra que, al final, el orden “completamente correcto” sigue siendo una cosa instintiva. Pese
a todo, así es como ellos y yo lo entendemos (con el orden de emisión entre paréntesis).
1. La llegada (1) 10. Un regreso inesperado (7)
2. La danza de los muertos (8) 11. Transformación mental (13)
3. Libertad para todos (4) 12. Muy hábil para vencerle (14)
4. Jugada maestra (11) 13. Drama en el Oeste (12)
5. Las campanas del Big Ben (2) 14. No me abandones, querida (9)
6. Cambio de personalidad (5) 15. La chica llamada Muerte (15)
7. El General (6) 16. Había una vez (16)
8. A., B. y C. (3) 17. Liberación (17)
9. En peligro de muerte (10)
Por último: aunque por alguna razón prefiero la versión Englehart/Staton/Kane,
desde el momento que lo vi pensé que la ancha frente de McGoohan le convertía en un
personaje de Kirby perfecto, y siempre es un placer ver hasta qué punto se cumple. Pero,
de hecho, cualquier cosa relacionada con El Prisionero es y ha sido siempre un placer.

Steve Englehart – 2018


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