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FRIEDRICH NIETZSCHE

OBRAS COMPLETAS
VOLUMEN I
ESCRITOS DE JUVENTUD

Edición dirigida por


DIEGO SÁNCHEZ MECA

Traducción, introducciones y notas de


JOAN B. LLINARES, DIEGO SÁNCHEZ MECA
Y LUIS E. DE SANTIAGO GUERVÓS

Edición realizada bajo los auspicios


déla Sociedad Española de Estudios
sobre Nietzsche (SEDEN)

temos
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Título original:
Sámtliche Werke: Die Gehurt der Tragódie;
Unzeitgema^e Berrachtungen I-IV; Nachgelassene Schriften 1870-1873

Diseño de cubierta:
Carlos Lasarte González

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido


por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las
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todo o en parte, una obra literaria, artística o cientíñca, o su transformación,
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comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

© De la edición de la obra: D iego Sánchez M eca, 2011


De la traducción y notas: Joan B. Llinares, D iego Sánchez M eca
y Luis E. de S antiago Guervós, 2011
© EDITORIAL TECNOS (GRUPO ANAYA, S. A.), 2011
Juan Ignacio Lúea de Tena, 15 - 28027 Madrid
ISBN: 978-84-309-5221-2 (obra completa)
ISBN: 978-84-309-5209-0 (volumen I)
Depósito Legal: M-3.183-20L1
Printed in Spain. Impreso en España por Glosas Orcoyen
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I
DAVID STRAUSS, EL CONFESOR Y EL ESCRITOR

;; . La opinión pública’ alemana parece casi prohibir que se hable de las consecuen­
cias perversas y perniciosas de la guerra, tanto más siendo una guerra que terminó en
victoria^: por eso se está tanto más dispuesto a escuchar a los escritores que, no re­
conociendo otra opinión más importante que la pública, se aplican con celo a exaltar
la guerra y a seguir llenos de júbilo los fenómenos de su tremenda influencia sobre la
moralidad, la cultura y el arte. A pesar de ello lo diré: una gran victoria es un gran
peligro. La naturaleza humana la soporta con mayor dificultad que una derrota; es
más, parece hasta más fácil conseguir una victoria como ésa que soportarla de mane­
ra que. de ella no se derive una derrota más grave. Pero de todas las consecuencias
péryersas que trae consigo la última guerra mantenida con Francia, quizá la peor de
todas sea un error muy extendido, más bien generalizado: es el error de la opinión
pública, y de todos los que opinan públicamente, de creer que en dicha contienda ha
Vencido también la cultura alemana y que por eso ahora debe coronarse con los lau­
reles que son los propios de eventos y éxitos tan extraordinarios. Esta ilusión es su­
mamente nociva: y no tanto porque sea una ilusión —^pues hay errores que son de lo
más. saludables y beneficiosos^, sino porque esa ilusión es capaz de transformar
nuestra victoria en una completa derrota: en la derrota, más aún, en la extirpación del
espíritu alemán en favor del «Reich alemán».
i;- ^ admitiendo que la contienda hubiese sido entre dos culturas, el criterio
para medir el valor de la cultura vencedora sería siempre muy relativo, y no justifi-
cma de ningún modo, dadas las circunstancias, los gritos de júbilo por la victoria
ni la autoglorificación. Lo importante entonces sería saber qué valor había tenido
aquella cultura subyugada: quizá muy poco: y en ese caso, por más pomposo que

’ . Cfr. F P 1 ,26 [16]. Es importante cotejar los Fragmentos Postumos que tienen que ver con esta
íniérnpestiva para contextualizar mejor este escrito. La mayoría de estos fragmentos se encuentran
diseminados entre los grupos 19 y 27 de los FP I, desde verano de 1872 hasta primavera-otoño de
:1873,:
a la Guerra Franco-Alemana (julio de 1870-mayo de 1871) en la que participaron en
üha álíanza Prusia y los demás estados alemanes. A raíz de esta alianza se produjo la unión política
dé Alemania. Nietzsche interpretó esta guerra desde el punto de vista de la cultura. Por eso en un
principio ve la guerra como una necesidad para «salvar la cultura alemana». Pero después de con­
cluida lá guerra, ve la victoria de Alemania como una «amenaza» para el futuro de la cultura. Cfr. la
correspondencia de esta época, especialmente CO II 149-198.

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642 OBRAS COMPLETAS

haya sido el éxito militar, la victoria tampoco supondría una llamada al triunfalis-
mo de la cultura vencedora. Por otra parte, en nuestro caso, y por motivos muy sim­
ples, no se puede hablar de una victoria de la cultura alemana; puesto que la cultu­
ra francesa sigue siendo la de antes, y nosotros seguimos dependiendo de ella como
antes. La cultura alemana ni siquiera ha contribuido al éxito de las armas. La seve­
ra disciplina militar, la valentía y la perseverancia naturales, la superioridad de los
jefes, la unidad y la obediencia por parte de los subordinados, en fin, elementos to­
dos ellos que nada tienen que ver con la cultura, son los que nos llevaron a la vic­
toria sobre unos adversarios a los que les faltaban los más importantes de dichos
elementos: lo único que sorprende es que eso a lo que en Alemania hoy se llamá;
«cultura» haya sido un obstáculo tan pequeño entre las exigencias militares necesa- -
rias para un gran éxito, quizá simplemente porque esa cosa que se llama cultura
consideraba que en este caso le era más beneficioso mostrarse servicial. Si se deja
crecer y proliferar eso que se llama cultura, si se lo mima con la ilusión lisonjera de
que ha salido victorioso, entonces acabará teniendo la fuerza suficiente para extir­
par, como decía antes, el espíritu alemán —y iquién sabe si no podrá hacer también
algo con el resto del cuerpo alemán! ' ' -S
Si fuese posible despertar aquella impasible y tenaz valentía que el alemán
contrapuso a la fogosidad patética y brusca del francés, para hacer frente aí ene­
migo interno, a esa «culturalidad»^ sumamente ambigua y en todo caso antinació-!
nal que se llama hoy en Alemania, con peligrosa equivocidad, cultura: no se há-
bría perdido toda esperanza de lograr una formación alemana real y auténtica, lo
contrario de dicha culturalidad: pues a los alemanes nunca les han faltado jefes y
generales inteligentísimos y muy perspicaces — sólo que a éstos les faltaron muy
a menudo los alemanes. Pero el que sea posible dar ese nuevo rumbo a la valentía
alemana, cosa que cada vez me resulta más dudosa, es cada día más improbable
después de la guerra; pues veo cómo todos y cada uno se han convencido de qué
ya no es necesario seguir luchando y ser valiente, de que, todo lo contrario, la
mayoría de las cosas está ya ordenada de la manera más bella posible, y de qué en
cualquier caso todo lo que hace falta o hay que hacer ya se ha encontrado y hecho
desde hace tiempo, en fin, de que por doquier se ha sembrado la mejor semilla de
la cultura, que en parte ha dado ya pastos frescos, y aquí y allá incluso ha flórer
cido exuberante. En este campo no hay sólo satisfacción; hay también felicidad y
éxtasis. Percibo ese éxtasis y esa felicidad en la actitud incomparablemente opti­
mista de los escribidores de periódicos"* y de los fabricantes alemanes de novelas;

•' Este término, en realidad un neologismo inusual, aparece seis veces en este escrito y tres veces
más a lo largo de la obra de Nietzsche. Es un término netamente de la época wagneriana. El término
Gebildeíheit se utiliza para designar el carácter abstracto y la lejanía de la cultura, puramente teórica
propiciada por los cultos, de la verdadera cultura concreta y viva que afecta al pueblo. Nietzsche
probablemente toma el término de Wagner, que lo utiliza, principalmente en su obra Über dasDirir
gieren (Leipzig, 1869), [Sobre el dirigir la orquesta], con un sentido polémico contra la civilización
y el espíritu judío, y contra el intelectualismo de los «cultos». La traducción del término a otras len­
guas es de lo más dispar: «cultería», «buena formación», «culturosidad», «intellectualisme», «cul­
túrame», «pseudoculture», «erudizione», etc., lo que demuestra la complejidad del término. La difi­
cultad de recoger todos los matices obliga a introducir términos no comunes. Traduciremos el
témiino por «culturalidad», siguiendo las pautas de Giuliano Campioni, en la medida en que recoge
el carácter abstracto y despectivo del mismo, por otra parte «es quizás el término que se aproxima
mejor al sentido que tiene en Wagner».
■* Zeitwigsschreiber los llama Nietzsche en tono despectivo.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 643

tragedias, canciones e historias: ya que es evidente que éstos forman una socie­
dad homogénea que parece haberse conjurado para apoderarse de las horas de
ocio y de digestión del hombre moderno, es decir, de sus «momentos culturales»,
y en esas horas narcotizarlo con papel impreso. En dicha sociedad, después de la
^ e r r a , todo es felicidad, dignidad y autoconciencia: después de tales «éxitos de
ía cultura alemana», se siente no sólo confirmada y sancionada, sino casi sacro­
santa, por eso habla más solemnemente, gusta de arengar al pueblo alemán, pu­
blica Obras Completas al estilo de los clásicos, y hasta proclama a algunos de los
süyos, en los diarios internacionales que tiene a su disposición, escritores ejem­
plares, los nuevos clásicos alemanes. Sería de esperar que la parte más juiciosa e
instruida de los alemanes que tienen formación supiera de los peligros de tal
«abuso del éxito», o que al menos se apercibiera del penoso espectáculo que se
está dando: pues ¿puede haber algo más bochornoso que ver a alguien deforme
delante de im espejo, erguido como un gallo, intercambiando miradas de admira­
ción con su imagen? Pero a las clases instruidas les gusta dejar que suceda lo que
sucede, bastante tienen consigo mismas como para hacerse cargo además de cui­
dar el espíritu alemán. A esto se añade la convicción de sus miembros, convicción
rayana en la certeza, de que su propia formación es el fruto más maduro y bello
de estos tiempos, más aún, de todos los tiempos, por lo que no comprenden que
se dé preocupación alguna por la formación general alemana, puesto que ellos
por su parte, así como muchos otros iguales a ellos, están muy por encima de ta­
les preocupaciones. A un observador más cuidadoso, sobre todo si es extranjero,
no puede pasarle desapercibido, por otra parte, que entre lo que hoy llama el ale­
mán docto su formación y la triunfante formación de los nuevos clásicos alema­
nes la única diferencia que hay atañe sólo a la cantidad de saber: cuando lo que
viene al caso no es el saber, sino el poder, no es la ciencia, sino el arte^ es decir,
cuando es la vida la que da testimonio del tipo de formación, entonces la forma­
ción alemana es una sola — y ¿es ésa la que pretende haber vencido a Francia?
Esta afirmación resulta por completo inexplicable: justamente lo que todos los
jueces imparciales y, al final, hasta los propios franceses han reconocido es la de­
cisiva superioridad de los oficiales alemanes en punto a conocimientos y de las tro­
pas alemanas en puntp a instrucción, así como la mejor organización de su estrate­
gia. Si se deja, entonces, a un lado la instrucción alemana, ¿en qué otro sentido
puede pretender la cultura alemana haber vencido? En ninguno: pues las cualidades
morales de una disciplina® más severa y de una obediencia más serena no tienen
nada que ver con la formación; era lo que distinguía, por ejemplo, a los ejércitos
macedonios de los ejércitos griegos, incomparablemente más formados. El que se
hable de la victoria de la formación y de la cultura alemanas no puede ser sino una
confusión, una confusión basada en el hecho de que en Alemania se ha perdido el
concepto puro de cultura.
; La cultura es ante todo la unidad del estilo artístico de todas las manifestaciones
de la vida de un pueblo. Sin embargo, ni el mucho saber ni la mucha erudición son un

. . ' C fr.F P I,26[18].


^ Aquí utiliza Nietzsche el término Zucht («disciplina», «adiestramiento», «crianza») casi como
sinónimo de Erziehung («educación»). Sin embargo para Nietzsche la Erziehung tiene como finali­
dad la producción del genio, mientras que la Zucht, sobre todo en su época madura, mira a la crea­
ción del superhombre.
644 OBRAS COMPLETAS

medio necesario de la cultura, o un signo de ella, y en caso de necesidad se entienden


muy bien con lo contrario de la cultura, la barbarie, es decir: la falta de estilo o la con­
fusión caótica de todos los estilos.
Y precisamente en medio de esta caótica confusión de todos los estilos vive el
alemán de nuestros días; y no deja de ser un problema serio el que, con toda su ins­
trucción, le sea posible no darse cuenta de ello y se alegre además de todo corazón de
su «formación» actual. Todo tendria, sin embargo, que instruirle: cada vez que mira
su vestimenta, sus habitaciones, su casa, cada paseo que da por las calles de su ciu­
dad, cada vez que entra en las tiendas de los comerciantes de la moda artística; tendría
que tomar conciencia, en las relaciones sociales, del origen de sus ademanes y movi­
mientos, y en las instituciones de arte y de placer que son los conciertos, los teatros y
los museos, de la coexistencia y el solapamiento grotescos de todos los estilos posi­
bles. El alemán acumula en tomo a sí formas, colores, productos y curiosidades de
todos los tiempos y de todos los lugares produciendo así ese moderno colorido de fe­
ria, que los doctos a su vez vienen a considerar, y así lo formulan, lo «moderno en sí»;
y en medio de ese tumulto de todos los estilos él permanece tranquilamente sentado. ;
Con este tipo de «cultura», que no es más que una flemática insensibilidad para la^
cultura, no se puede, sin embargo, vencer a ningún enemigo, y menos aún a quienes, i
. como los franceses, tienen una cultura real y productiva, sea cual sea su valor, y a
quienes hasta ahora hemos imitado en todo, la mayoría de las veces, además, sin ha­
bilidad.
Si efectivamente hubiésemos dejado de imitarlos, eso tampoco significaría que
les hubiéramos vencido, sino que simplemente nos habríamos liberado de ellos: sólo ,
en el caso de que les hubiésemos impuesto una cultura original alemana se podría ha­
blar también de un triunfo de la cultura alemana. Entretanto, lo que vemos es que en
todo lo relativo a la forma seguimos dependiendo de París, lo mismo ahora que antes
— y no nos queda otro remedio que depender: pues hasta ahora no existe ninguna
cultura original alemana.
Esto es algo que todos deberíamos saber por nosotros mismos: además, también
lo ha hecho público uno de los pocos que tenían el derecho de decírselo a los alema­
nes en tono de recriminación. «Nosotros los alemanes somos de ayer», dijo una vez
Goethe a Eckermann, «es cierto que desde hace un siglo nos hemos cultivado bastan­
te, pero todavía pueden transcurrir un par de siglos antes de que entre la génte de
nuestro país penetre y se generalice el espíritu y la cultura superior suficientes como
para que se pueda decir de ellos que ha pasado mucho tiempo desde que eran Unos.
bárbaros>>^. ;;

^ Joharm Peter Eckermaim, G e s p r a c h e m it G o e th e in d e n le tz te n J a h ren s e in e s L eb en s. 'Ñ d r éi


T h eilen , 3.“ ed., E A. Brockhaus, Leipzig, 1868. La obra se editó en 1836 y Nietzsche poseía sólo la
primera parte [BN, 206]. (Traducción de Jaime Bofill y Ferro, Barcelona, 1946, 2 vols.) Aquí Co«-
v e r s a c io n e s c o n E ckerm ann^ 3 de mayo de 1827. En FP I, 19 [312], dice Nietzsche: «Cuándo en
medio de los primeros tumultos, provocados por el estallido de la última gran giierirá, un erudito
francés exasperado llamó a los alemanes bárbaros y les achacó que carecían de una cultürá, se aguzó
el oído en Alemania y se ofendieron profundamente por ello, y a muchos periodistas se les dio lá
oportunidad de sacar brillo a la oxidada armadura de su cultura y de hacer alardes con ella, conven­
cidos de que conseguirían la victoria. La gente se cansó de asegurar que el pueblo alemán era el más
dócil, el más instruido, el más dulce, el más virtuoso y el más puro del mundo: hacía tiempo que sé
sentía bastante segura incluso frente al reproche de canibalismo y de piratería». Un poco más ade­
lante añade: «Por lo demás, que sean los alemanes unos bárbaros, ya lo decía Goethe». Nietzschs
acude con frecuencia a estas conversaciones de Goethe, en las que éste defiende la cultura frente a
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 645

Pero si es evidente que a nuestra vida pública y a nuestra vida privada no las
distingue el sello de una cultura productiva y con estilo, y cuando además nuestros
grandes artistas han admitido y admiten, insistiendo seriamente con la honestidad
que es propia de la grandeza, esta verdad terrible y, para un pueblo con talento, pro-
ftindamente humillante, ¿cómo es posible que a pesar de ello entre los alemanes
cultos domine la máxima satisfacción: una satisfacción que desde la última guerra
no deja de mostrarse dispuesta a prorrumpir en gritos de júbilo insolente, converti­
da en triunfo? En todo caso, se vive en la creencia de poseer una cultura auténtica:
parece que el tremendo contraste que hay entre esa creencia complaciente, más aún,
triunfalista, y la notoria insuficiencia sólo resulta perceptible de momento para
muy pocos muy especiales. Pues todo el que opina con la opinión pública se ha
vendado los ojos y tapado los oídos — dicho contraste no puede ni siquiera existir.
¿Cómo es eso posible? ¿Qué fuerza tan poderosa es ésa capaz de prescribir un «no
puede» como ése? ¿Qué clase de hombres ha tenido que llegar a dominar en Ale­
mania para que se prohíban sentimientos tan fuertes y sirnples o, mejor, para impe­
dir que se manifiesten? A ese poder y a esa clase de hombres, voy a llamarles por
su nombre — son los filisteos de la formación^.
; El término «filisteo» está tomado, como se sabe, de la vida estudiantil, y en
su sentido amplio, y por cierto muy popular, designa lo contrario del hijo de las
Musas, del artista, del verdadero hombre de cultura. Sin embargo, el filisteo de la
formación —aunque penoso, ahora es obligado estudiar ese tipo y escuchar,
cuando las hace, sus confesiones— se diferencia de la idea general de la clase
«filisteo» por una particular creencia errónea: el filisteo de la formación se hace
la ilusión de que él es hijo de las Musas y hombre de cultura; una ilusión incom­
prensible, de la que se deduce que no sabe en absoluto qué sea filisteo y qué lo
contrario: por eso, no hay que extrañarse si en la mayoría de los casos jura solem­
nemente no ser un filisteo. En esta ignorancia total de sí mismo se siente firm e­
mente convencido de que su «formación» es justamente la viva expresión de la
verdadera cultura alemana: y puesto que se encuentra por doquier con personas
cultos de su especie, y como todas las instituciones públicas y los centros escola­
res, de cultura y de arte están organizados según su cultural!dad y en función de
sus necesidades, divulga también por todas partes el sentimiento victorioso de ser
el digno representante de la cultura alemana actual, y en consonancia con él for­
mula sus exigencias y pretensiones. Así pues, si la verdadera cultura presupone

sil contrarío, la «barbarie», en la que claramente hay siempre «una falta de educación estética», Cfr.
FPI, 19[305,313].
; .v:®;El término que usa Nietzsche en alemán es « jB ild u n g sp In lister» , término que tiene una carga
irónica importante. El término alemán B ild u n g , salvo en algunos contextos especiales, como hemos
indicado, lo traducimos por «formación», de ahí la traducción literal «filisteos de la formación».
Nietzsche justifica el término en diversos lugares. En EH, por ejemplo, dice que «la palabra 5/7-
d u h g sp h ilister se ha introducido en el lenguaje gracias a mi escrito [la primera I n te m p e s tiv a ]» y KSA
VI 317. En MA II, en el prólogo de 1886, dice entre paréntesis «(reivindico la paternidad de la ex­
presión B ild u n g s p h ilis te r de la que se usa y abusa actualmente)», KSA I I 370. Schopenhauer ya ha­
bía hablado también del «filisteo» en un sentido similar: PP I, c. 4. Sin embargo, llama la atención
un ápunte de los D ia r io s de Cósima, del 8 de agosto de 1873, en el que Wagner apunta al origen del
filisteísmo en Nietzsche: «Por la noche hemos leído el S tr a u s s de Nietzsche; R. observa que por en­
cima de todo, la glorificación del filisteísmo está copiada de los ingleses».
646 OBRAS COMPLETAS

en todo caso unidad de estilo y si ni siquiera puede pensarse una cultura mala y
degenerada sin la diversidad que confluye en la armonía de un único estilo, en--
tonces puede que la confusión presente en la ilusión del filisteo de la formación'
se deba a que se encuentra por todas partes la impronta uniforme de sí mismo y a :
que, a la vista de esa impronta uniforme en todas las personas «cultas», deduce
una unidad de estilo en la formación alemana, en fin, una cultura. Lo que ve a su
alrededor son necesidades exactamente iguales y opiniones similares; allá donde
va, de inmediato le envuelve también la atadura de una convención tácita acerca
de muchas cosas, en particular los asuntos de la religión y del arte: esta imponen­
te uniformidad, este tutti unisono que, sin mediar voz de mando, estalla al instan-;
te, le induce a creer que aquí impera una cultura. Pero por el hecho de tener;ün '
sistema, el filisteísmo sistemático y predominante no es todavía cultura, y ni si­
quiera mala cultura, sino que seguirá siendo sólo lo contrario, es decir, barbarie
con fundamentos consistentes. Pues toda esa unidad de la impronta que constan­
temente nos salta a la vista en toda persona culta de la Alemania actual sólo llega
a ser unidad por medio de la exclusión y la negación, consciente o inconsciente,
de todas las formas y exigencias artísticamente productivas de un verdadero esti­
lo. En el cerebro del filisteo culto debe haberse producido una desafortunada ter-;;
giversación: él tiene precisamente por cultura lo que niega la cultura, y puesto
que es consecuente en su modo de proceder, acaba por desarrollar de tales nega­
ciones un grupo coherente, un sistema de la no-cultura a la que se podría incluso
conceder cierta «unidad del estilo», en caso de que tenga sentido hablar de barba­
rie estilizada. Si se le da la libertad de elegir entre una acción conforme a un es­
tilo y la opuesta, agarra siempre la última, y como la agarra siempre, todas sus
acciones quedan marcadas con un sello negativamente uniforme. En dicho sello;
reconoce el carácter de la «cultura alemana» por él patentada: lo que no coincide
con dicho sello es para él algo hostil y repugnante. En este caso el filisteo de la
formación sólo evita, niega, segrega, se tapona los oídos, no mira, es un ser nega­
tivo, hasta en el odio y la enemistad. Con todo, al que más odia es a quien lo trar
ta de filisteo y le dice lo que es: obstáculo para los fuertes y creadores, laberinto
para los que dudan y se extravían, ciénaga para los que desfallecen, grilletes para
los que corren en pos de altas metas, niebla venenosa para los brotes tiernos, de--.
sierto árido para el espíritu alemán que busca y anhela una nueva vida. ¡Pues este
espíritu alemán buscal Y vosotros lo odiáis por eso, porque busca, y porque no
quiere creer que hayáis encontrado ya lo que él está buscando. ¿Cómo es posible
que haya podido surgir un tipo así, el filisteo de la formación, y, tras haber surgi­
do, haya podido crecer hasta alcanzar el poder de un juez supremo sobre todos los
problemas de la cultura alemana? ¿Cómo es eso posible, tras haber desfilado ante
vosotros toda una serie de figuras grandes y heroicas que en todos sus movimien­
tos, en la expresión del rostro, en la voz inquisitiva, en la mirada encendida reve­
lan sólo una cosa: que eran buscadores, y que buscaban con entusiasmo y seria
perseverancia lo que el filisteo de la formación se imagina poseer: la auténtica y
originaria cultura alemana? ¿Hay un terreno, parecían preguntar, que sea tan
puro, tan intacto, de tan virginal santidad, como para que el espíritu alemán cons­
truya su casa en él, y sólo en él? Con esta pregunta ftieron pasando a través del
páramo y la espesura de tiempos de penuria y de estrechez y, como buscadores,
desaparecieron de nuestra vista: de tal manera que uno de ellos, en nombre de to­
dos, pudo decir a una edad madura: «durante medio siglo he trabajado duramente
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 647

sin concederme un respiro, siempre esforzándome e investigando, y he hecho


todo lo que he podido y como mejor he podido»^.
' ^iPero ¿cómo juzga nuestra formación de filisteos a estos buscadores? Los toma
simplemente como descubridores y parece olvidar que ellos mismos sólo se sintieron
buscadores. Claro que tenemos nuestra cultura, se dice entonces, puesto que tenemos
a nuestros «clásicos»; no sólo existen los fundamentos, no, sobre ellos ya se ha cons­
truido también el edificio — nosotros somos ese edificio. Y entonces el filisteo se
lleva las manos a la cabeza.
w Mas cuando se llega a juzgar tan mal a nuestros clásicos, honrándolos de manera
tan ultrajante, es que ya no se los conoce: y ésta es la situación general. Pues, de lo
contrario, se debería saber que sólo hay una manera de honrarlos, que consiste en se­
guir buscando con el mismo espíritu y el mismo ánimo que ellos, sin cansarse ntmca
dé buscar. Por el contrario, endosarles el dudoso rótulo de «clásicos» y de vez en
cuando «edificarse» con sus obras, significa abandonarse a esas emociones blanden­
gues y egoístas que las salas de conciertos y los teatros prometen a todo el que paga
por entrar, así como también erigir estatuas y poner su nombre a fiestas y asociacio­
nes —todo eso no son más que pagos a plazos con los que el filisteo de la formación
ajusta cuentas bien sonantes con los clásicos, para, por lo demás, no tener ya que co­
nocerlos y, sobre todo, no tener que seguir sus huellas y seguir buscando. Pues: ya no
hay por qué seguir buscando; éste es el lema del filisteo.
Este lema‘° tuvo cierto sentido en su momento: cuando, en la primera década de
este siglo, se comenzó en Alemania a buscar, a experimentar, a destruir, agitándose
revueltos promesas, presentimientos y esperanzas tan diversos y tan desconcertan­
tes que la clase media intelectual debió temer con razón por su integridad. Con ra­
zón rechazó entonces, encogiéndose de hombros, el brebaje destilado de filosofías
fantásticas que desquiciaban el lenguaje y de una consideración exaltada y finalista
de la historia, con razón rechazó también el carnaval de todos los dioses y los mitos
reunidos por los roinánticos, así como las modas y las locuras poéticas concebidas
en estado de embriaguez; y digo con razón, porque el filisteo no tiene derecho a
permitirse ni siquiera un exceso. Pero él, con esa malicia de las naturalezas inferio­
res, aprovechó la ocasión para hacer sospechosa toda búsqueda y exhortar al cómo­
do encontrar. Sus ojos se abrieron a la felicidad filistea: se salvó de todos los expe­
rimentos salvajes refugiándose en lo idílico y contrapuso al agitado impulso
creativo del artista cierta complacencia, la de su propia estrechez, la de su tranqui­
lidad, es más, la de su propia limitación. Sin ninguna vergüenza inútil, con el dedo
extendido señaló todos los rincones recónditos y secretos de su vida, las muchas
alegrías conmovedoras e ingenuas que como flores modestas crecen en la más mí­
sera profundidad de la existencia no cultivada y, por decirlo así, en la tierra panta­
nosa** del ser filisteo.
Encontraron entre los propios filisteos talentos descriptivos que con pinceladas
elegantes copiaron la felicidad, la intimidad del hogar, la vida cotidiana, la salud del
rústico y todo el bienestar que prolifera en las habitaciones de los niños, de los doctos

® Cfr. Goethe, J. W, Conversaciones con Eckermann^ 14 de marzo de 1830.


Sobre este texto cfr. F P 1 ,27 [55].
Nietzsche utiliza en relación al filisteo la figura de lo pantanoso, la ciénaga, para expresar de
lo que se nutre el no-creyente, es decir, de lo que ha muerto, de la historia pasada, de la acumulación
de saberes, y por eso es un «ser negativo», opuesto al «ser creador».
648 OBRAS COMPLETAS

y de los campesinos. Con tales ilustraciones de la realidad en las manos trataron en^;
tonces esas gentes comodonas de llegar, de una vez para siempre, a un acuerdo con
los clásicos, tan peligrosos ellos con su requerimiento a seguir buscando; se inventa­
ron esa idea de la edad de los epígonos sólo para estar tranquilos y para poder respon­
der de inmediato a cualquier novedad incómoda con el veredicto negativo de «obra de
epígono». Y con el mismo fin, garantizar su tranquilidad, se apoderó de la historia esa
gente comodona, tratando de transformar en disciplinas históricas las ciencias de las
que aún cabía esperar molestias para su comodidad, especialmente la filosofía, y la
filología clásica. Gracias a la conciencia histórica se libraron del entusiasmo — pues­
to que la historia no debía ya provocarlo, como podía pensar, sin embargo, un
Goethe^^: al contrario, hoy en día la meta de estos admiradores tan poco filosóficos
del nil admiran, cuando intentan comprenderlo todo históricamente, es precisamente
el embotamiento. Al tiempo que se fingía odiar el fanatismo y la intolerancia en todas
sus formas, en el fondo se odiaba al genio dominador y la tiranía de las exigencias
reales de una cultura; y por eso fue por lo que se aplicaron todas las fuerzas a parali­
zar, obstruir o disolver cualesquiera movimientos poderosos e innovadores allí donde
cupiera esperarlos. Una filosofía que, entre pliegues y frunces, al estilo de las trans­
parencias de Coos^^ encubría el credo filisteo de su autor inventó además una fórmula
para divinizar la vida cotidiana: dicha filosofía hablaba de la racionalidad de todo lo
real, y así captó las simpatías del filisteo de la formación, a quien también le gustan
los pliegues y los frunces, pero que, sobre todo, sólo se concibe a sí mismo como real
y trata su realidad como medida de la razón en el mundo. Ahora el filisteo de la for­
mación se permitía a sí mismo y permitía a todos los demás reflexionar, investigar y
estetizar un poco, ante todo poetizar y musicalizar, y también hacer cuadros, así como
filosofías enteras: sólo que, ¡por el amor de Dios!, todo debía seguir entre nosotros
como antes, bajo ningún pretexto estaba permitido sacudirse lo «racional» y lo «real»,
es decir, agitar al filisteo. Cierto es que a éste le gusta mucho abandonarse de vez en
cuando a los excesos encantadores y temerarios del arte y de una historiografía escép­
tica, y tampoco desprecia el atractivo de tales objetos de distracción y diversión: pero
separa rigurosamente de la diversión la «seriedad de la vida», vale decir la profesión,
el negocio, junto a la mujer y a los hijos; y a aquello, a la diversión, pertenece más o
menos todo lo que concierne a la cultura. Por eso, ¡ay del arte que pretenda hacer de
sí algo serio y plantee exigencias que afecten a las ganancias del filisteo, sus negocios
o sus costumbres, que es lo mismo que decir a su seriedad de filisteo! — de tal arte
el filisteo aparta la vista como si estuviese viendo algo obsceno, y con el ademán pro­
pio de un guardián de la castidad advierte a la virtud necesitada de protección que ni
se le ocurra mirar.
Si el filisteo se muestra tan elocuente en desaconsejar, con el artista que lo escu­
cha y que se deja desaconsejar es agradecido, y le da a entender que a él se le va a
tomar con mayor indulgencia y ligereza, y que siendo correligionario, amigo proba­
do, de ninguna manera se le van a exigir sublimes obras maestras, sino solamente dos
cosas: o que imite la realidad, hasta lo simiesco, en idilios o en sátiras humorísticas

J. W. Goethe, M a x im e n u n d R efle x io n e n , 495, en S á m tlic h e W erke, 40 vols., J. G. Cotta, Stuft-


gart, 1855-1858, vol. III, p. 325 [BN, 252]: «Lo mejor que tenemos nosotros de la historia es el en­
tusiasmo al que ella invita», de W ilhehn M e is te r s W an derjah ren , B e tra c h íu n g e n im S in n e d e r JVa/h
d e re r (1 8 2 9 ).
Entre esas vestimentas finas y transparentes de las bellas cortesanas de Atenas y Corinto so­
bresalía el c o a , que era el más famoso y que toma su nombre de la isla griega de Coos. ,v
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 649

sosegadas, o que copie libremente de las obras más reconocidas y famosas de los clá­
sicos, pero, eso sí, con vergonzosas concesiones al gusto de la época. Si lo único que
el filisteo aprecia es la imitación del epígono o la fidelidad icónica del retrato del pre­
sente, es porque sabe que esta última lo enaltece a él mismo y acrecienta el placer de
lo «real», mientras que la primera no lo perjudica, contribuyendo incluso a su reputa­
ción de juez del gusto clásico, y por lo demás no le supone ningún esfuerzo extra,
porque él con los clásicos se ha avenido ya de una vez por todas. Por último, para re­
ferirse a sus costumbres, su manera de considerar las cosas, sus rechazos y sus prefe­
rencias, inventa además el filisteo la fórmula generalmente efectiva de «salud», y
elimina así, creando la sospecha de que está enfermo e hiperexcitado, a todo incómo­
do aguafiestas. Así habla en cierta ocasión David Strauss, un verdadero satisfait de
las condiciones de nuestra foimación y un filisteo típico, con un giro en él caracterís­
tico, del «filosofar siempre lleno de espíritu, y sin embargo tantas veces malsano y
estéril, de Arthur Schopenhauer»*"*. Desde luego, es un hecho fatal, y muy lamenta­
ble, que «el espíritu» suela descender con particular simpatía sobre los «malsanos y
estériles», y que hasta el filisteo, si por una vez es honesto consigo mismo, perciba en
los filosofemas que su semejante pone en el mundo y en el mercado algo del filosofar
tantas veces privado de espíritu, pero generalmente sano y fecundo.
De hecho, de cuando en cuando los filisteos, siempre que estén ellos solos, entre­
gados al vino y dedicados a conmemorar las grandes hazañas guerreras, se vuelven
leales, locuaces e ingenuos; en tales ocasiones suelen salir a la luz muchas cosas que
por lo general se hallan recelosamente escondidas y esporádicamente sucede que al­
guno incluso pregone los secretos principales de la hermandad entera. Un momento
:de.esos lo ha tenido muy recientemente un renombrado teórico de la estética proce­
dente de la escuela hegeliana de la racionalidad. El motivo era ciertamente bastante
insólito: se celebraba en un círculo puramente filisteo la memoria de un verdadero y
aüténtico no-filisteo, de alguien que, además, en el sentido más estricto de la palabra,
se'himdió por culpa de los filisteos: era la memoria del magnífico Holderlin, y por
eso el conocido teórico de estética tenía derecho en esa ocasión a hablar de las almas
trágicas que se hunden por culpa de la «realidad», aunque de hecho se entendía la pa­
labra «realidad» en el mencionado sentido de razón filistea. Mas la «realidad» es
ahora distinta: y cabe preguntarse si Holderlin sabría orientarse en la gran época ac­
tual. «Yo no sé», dice Fr. Vischer‘^ «si su delicada alma habría aguantado toda la ru­
deza que acompaña a toda guerra, toda la corrupción que después de la guerra vemos
extenderse en los ámbitos más diversos. Tal vez hubiera vuelto a caer en la desespe­
ración! Hólderlin era una de esas almas indefensas, era el Werther de Grecia, un ena­
morado sin esperanza; la suya fue una vida llena de delicadeza y nostalgia, aunque en
su voluntad había también ftierza y contenido, y en su estilo, que acá y allá hace pen-
■sar incluso en Esquilo, grandeza, plenitud y vida. Únicamente su espíritu no era lo

■ SG 243. En carta a su amigo Rohde (noviembre de 1872) Nietzsche se lamenta de los ataques
á los que se ven sometidos tanto Wagner como Schopenhauer, hasta el punto de que se les llega a
tildar a ambos de personas «enajenadas» (CO I I 356).
Friedrich Theodor Vischer (1807-1887), poeta y filósofo alemán, amigo personal de Strauss.
Una de sus obras más importantes es Estética o ciencia de lo bello (1846-1857), en la que Vischer
acude a Hegel para mostrar que el arte es la dicotomía entre una idea y su manifestación, siendo la
negación de la idea el proceso originador de la experiencia estética. Los editores de la edición ale­
mana no pudieron localizar las citas que Nietzsche incluye de Vischer en el texto, tanto en este pa­
saje como en los sucesivos.
650 OBRAS COMPLETAS

suficientemente duro; le faltaba el arma del humor; no podía soportar el hecho de


que no por ser uno un filisteo se convierte en bárbaro». Esta última confesión, y no
el almibarado pésame del orador de banquete, es lo que nos interesa. Sí, uno reconor
ce que es un filisteo, ¡pero bárbaro...! bajo ningún concepto. Por desgracia, el pobre
Hólderlin no supo distinguir tan sutilmente. Es indudable que si con el término «bár­
baro» se piensa en lo contrario de la civilización, y quizás incluso en la piratería y en;
el canibalismo'^, la distinción tiene su razón de ser; pero lo que evidentemente el teóí;
rico de estética quiere decirnos es que: se puede ser filisteo y hombre de cultura —y
ahí está el humor que le faltó al pobre Hólderlin, y por carecer del cual se hundió. .
En esa misma ocasión se le escapó al orador aún una segunda confesión: «Lo qué
a nosotros nos lleva más allá del anhelo de belleza tan profundamente sentido por las
almas trágicas no es siempre fuerza de voluntad, sino debilidad» —^más o menos así
sonó la confesión hecha en nombre del «nosotros» allí reunidos, es decir, ¡de los «lle-^
vados más allá», de los «llevados más allá por debilidad»! ¡Conformémonos con esr
tas dos confesiones! Ahora, por boca de un iniciado, sabemos ya dos cosas: uno,,qué
esos «nosotros»'^ se han visto realmente apartados, llevados incluso más allá del
anhelo de belleza; dos: ¡por debilidad¡ Y esa debilidad es lo que en momentos de me^
ñor indiscreción tenía un nombre más bonito: era la famosa «salud» de los filisteos
de la formación. Pero tras esta recientísima información sería quizá recomendable
referirse a ellos no ya como los «sanos», sino como los endebles o, más aún, cómo
los débiles. ¡Si estos débiles no tuviesen el poder! ¿Qué les puede importar cómo.se
les llame? Pues ellos son los que dominan, y no es un auténtico dominador el que:no
sabe soportar un mote. Es más, cuando uno tiene el poder, aprende a reírse hasta de
sí mismo. Poco importa entonces el que muestre su flanco débil: pues ¡qué es lo que
deja la púrpura sin cubrir! ¡Qué es lo que el manto del triunfo no cubre! La fuerza del
filisteo de la formación sale a la luz al admitir su debilidad: y cuanto más la admite,
y más cínicamente, tanto más claramente se pone de relieve la importancia que sé da
y lo superior que se siente. Es el período de las confesiones cínicas de los filisteos.
Así como Friedrich Vischer hizo su confesión con una frase, David Strauss lo ha hé-^
cho con un libro: y si era cínica aquella frase, cínico''' es este libro de confesiones.

3 ■; ;

De dos maneras hace David Strauss sus confesiones acerca de esa formación de
filisteo, por medio de la palabra y por medio de la acción, es decir, con la palabra del

CfV. FP I, 19 [312].
A lo largo de esa intempestiva Nietzsche arremete con una forma de anonimato encubierta,él
«nosotros» que ya criticó Schopenhauer, al considerarlo como «el escudo de la infamia literaria».
Una impertinencia especialmente ridicula de tales críticos anónimos és que hablan, igual que loére-
yes, empleando el ?wsotros, cuando deberían hablar no sólo en singular, sino en diminutivo». Cfi\ PP
II, af. 281. En FP I, 27 [5] nos dice Nietzsche: «Si los “nosotros” de Strauss realmente son tan nu­
merosos, se cumple lo que profetiza Lichtenberg, que nuestros tiempos se llamarán algún dia tiem­
pos sombríos».
Cfr. M § 367, donde habla del destino de los cínicos: «parecer siempre felices» y persua­
dirse que se llega a ello a fuerza de parecerlo. En JGB § 16 habla del cinismo, teniendo en mente
a Strauss, cuando afirma que se caracteriza por la satisfacción de hallar la «regla» y la norma de
la mediocridad del hombre medio y por la confesión pública de las virtudes de esta mediocridad.;
Cff. también HL 9 ; :
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 651

confesor y la acción del escritor. Su libro, titulado La vieja y la nueva fe'^, es una con­
fesión ininterrumpida, en primer lugar por su contenido y luego en cuanto libro y
producto literario; y ya hay una confesión en el hecho de que se permita hacer públi­
camente confesiones de fe. — Cualquiera que haya cumplido los cuarenta años tiene
derecho a escribir su autobiografía: pues hasta el más humilde de los hombres puede
haber vivido y visto más de cerca cosas que para el pensador sean valiosas y dignas
dé atención. Pero hacer confesión de su fe, eso es algo que hay que considerar incom­
parablemente más pretencioso: porque presupone que aquel que se confiesa no sólo
considera valioso lo que ha vivido o investigado, o lo que ha visto durante su existen­
cia; sino incluso lo que ha creído. Ahora bien, lo último que el pensador auténtico
desea saber es lo que tales naturalezas straussianas se han tragado en concepto de fe
y lo que «se han imaginado casi como en sueños»^® (p. 10^^ sobre cosas de las que
sólo tiene derecho a hablar aquel que las conoce de primera mano. ¡Quién tendría ne­
cesidad de la profesión de fe de un Ranke o un Monunsen^, quienes, por lo demás,
en cuanto historiadores y eruditos no tienen nada que ver con lo que es David Strauss!
Auii así, en cuanto pretendieran hablamos de su fe y no de sus conocimientos cientí­
ficos se estarían extralimitando de manera escandalosa. Eso es lo que hace Strauss
cuándo habla de su fe. Nadie desea saber nada acerca de ello, salvo quizás algunos
obtusos adversarios de las ideas straussianas que tras ellas husmean proposiciones de
fe verdaderamente satánicas y que deben desear que Strauss, con tales segundas in­
tenciones satánicas, comprometa sus afirmaciones de docto. Quizá esos toscos mo­
zalbetes hayan sacado incluso provecho del nuevo libro; los demás, que no teníamos
ningún motivo para husmear a la busca de tales segundas intenciones satánicas, tam-

:: V El texto que cita Nietzsche y que se conserva en la B ib lio te c a N ie tz s c h e es la edición de 1872:


Strauss, D. ¥., D e r a lte u n d d e r n e n e G la u b e . E in B ekenn tnisSy (GS) S, Hirzel, Leipzig, 1872, 374
págs. [BN, 580]. (Edición española: tr. de Ramón Ibáñez, Valencia: Sempere y Comp. Editores,
19Ó0, no recoge los anexos). David Friedrich Strauss (1804-1874) publica en 1872 su última obra y
la que tuvo más resonancia, L a v ie ja y la n u ev a f e , donde el racionalismo teológico se diluye en una
visión materialista de la historia, justificada hegelianamente. Junto con la pretensión de poner de
manifiesto su calidad de p r o s is ta , Strauss hace gala de ser un c r itic o e s té tic o . Anteriormente había
publicado L a v id a d e Jesú s, de 1835/1836, que tuvo un gran impacto en Alemania, y en la que se
abordan fundamentalmente temas exegéticos relacionados con Jesús y el Nuevo Testamento. 35 años
después, a la edad de 64, publica este libro, L a v ie ja y la n u e v a f e , una verdadera «confesión» en la
que trata de legitimar el itinerario que le ha llevado a abandonar la «vieja fe» cristiana, para adoptar
la del mundo moderno inspirada en el darwinismo y en la ciencia. La reacción de Nietzsche ftie vio­
lenta frente a este escrito, y se incrementó a medida que aumentaban las ediciones del mismo (seis
ediciones en menos de dos años). Y es posible que esta I n te m p e s tiv a sea también una respuesta a los
intereses del propio Wagner, tal y como se puede apreciar por la correspondencia en tomo a esta
época. Wagner tenía pendiente un ajuste de cuentas con Strauss, pues éste se había puesto de parte
de Fran Lachner, su predecesor musical en la corte de Luis II de Baviera. Su afán por ser «útil» al
maestro se ponía de manifiesto en escritos como éste. (Cfr. carta a Wagner, de 18 de abril de 1873,
CO TI 402). Cósima, en sus D ia r io s , en el apunte del 7 de febrero de 1873, dice: «Cena en casa de
los Wesendonck, disputa sobre el libro de Strauss L a v ie ja y la n u e v a f e , que tanto yo como Richard
encontramos decepcionantemente superficial, pero que la señora Wesendonck admira». Sobre el
contexto de esta Intempestiva cfr. Janz, C. R, F rie d r ic h N ie tz s c h e . 2. L o s d ie z a ñ o s d e B a s ile a
1 8 6 9 /1 8 7 9 , tr. de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, Alianza, Madrid, 1981, c. 13, pp. 210 ss.
Cfr. también FP 126 [42].
V 21 Referencia a la página de la edición alemana citada. L a v ie ja y la n u e v a f e .
22 Cfr. FP I, 27 [13]. Leopold von Ranke (1795-1886) y Theodor Mommsen (1817-1903), his­
toriadores alemanes de prestigio en la época. En FP 1 19 [273] los califica de «jóvenes ancianos has­
tiados».
652 OBRAS COMPLETAS

poco hemos encontrado nada por el estilo, y, es más, si la cosa fuese un poco más
satánica, no estaríamos en absoluto descontentos. Pues no hay duda de que, como
Strauss habla de su nueva fe, no habla ningún espíritu malvado: ningún espíritu en
absoluto, y menos aún un genio auténtico. Por el contrario, sólo hablan así esas gentes
a las que Strauss nos presenta con su «nosotros», y que cuando nos hablan de su fe
nos aburren más todavía que cuando nos cuentan sus sueños, ya se trate «de doctos o
de artistas, de funcionarios o de militares, de industriales o de terratenientes, que vir
van en el campo a millares, sin ser por eso los peores»^^. Si no quieren seguir siendo
los callados de la ciudad o del campo^"*, sino hacer oír sus confesiones, ni siquiera el
estruendo de su unísono va a lograr esconder la pobreza y vulgaridad de la melodía
que cantan. Cómo va a disponemos más favorablemente el hecho de oír decir que son
muchos los que comparten una confesión, cuando dicha confesión es de tal naturale-^^
za que si cada uno de esos muchos se dispusiese a contamos lo mismo, no le dejaría­
mos hablar, sino que le interrumpiríamos con un bostezo. Si ésa es tu fe, deberíamos .
advertirle, entonces, por el amor de Dios, no reveles nada de ella. Quizá hasta hace
poco algunos ingenuos hayan buscado en David Strauss un pensador: ahora se han
encontrado con el creyente y están decepcionados.. De haber callado, al menos para
ésos habría seguido siendo el filósofo^^ mientras que ahora ya no lo es para nadie.
Pero tampoco le apetecen ya los honores del pensador; sólo desea ser un nuevo cre­
yente, y está orgulloso de su «nueva fe». Profesándola por escrito cree estar escribien­
do el catecismo de las «ideas modernas» y construyendo la ancha «carretera mundial
del futuro». De hecho, nuestros filisteos ya no son pusilánimes y pudibundos, sino,
por el contrario, optimistas hasta el cinismo. Hubo un tiempo, un tiempo ya lejano,
en que se toleraba al filisteo precisamente por ser algo que no hablaba y de lo que no
se hablaba: hubo otro tiempo en el que se le acariciaban las arrugas, se le encontraba ^
gracioso y se hablaba de él. Así poco a poco fue convirtiéndose el filisteo en un peti­
metre y comenzó a alegrarse sinceramente de sus ármgas y de sus peculiaridades
buenas y extravagantes: ahora se había puesto él mismo a hablar a la manera, más o
menos, de la música casera de RiehP^. «¡Pero qué es lo que estoy viendo! ¿Es un es­
pectro?, ¿es una realidad? ¡Cómo se alarga y se ensancha mi perro de aguas^^l» Pues ’
ahora se revuelca ya como un hipopótamo en la «carretera mundial del futuro» y sus
gruñidos y ladridos se han convertido en la voz orgullosa de fundador de una religión;!
¿Le gustaría acaso, señor magister, fundar la religión del futuro? «Me parece qu¿to-g
davía no ha llegado el momento (p. 8). Ni siquiera se me ha ocurrido querer destruir!;-
ninguna Iglesia». — Pero, ¿por qué no, señor magisterl Lo único que importa es que
uno pueda hacerlo. Por cierto, y siendo francos, usted mismo cree que lo puede hacer:
basta con echar una ojeada a la última página del libro. En ella usted sabe ciertáirién-’
te que su nuevo camino «es la única carretera mundial del futuro, carretera que ¡sólo
en algunos puntos está ya terminada y que lo que esencialmente necesita es un mayor
tránsito para que llegue a ser también un camino cómodo y agradable» Así pues,'

23 SG,294. .. ,
2^* A los pietistas alemanes se les solía llamar « d ie S tille n im Lande»^ «los callados del campo».-
2^ Cfr. Boecio, D e c o n s o la tio n e p h ilo s o p h ia e , II, 7: « s i ta c u is s e s /P h ilo s o p h u s m a n sisse s» : [if S í .
callases, seguirías siendo filósofo»]. Nietzsche vuelve a reproducir esta máxima en MA.
2® W. H. Riehl (1823-1897), escribió relatos populares sobre la música. En FP I, 27 [61] y 27
[52] habla Nietzsche del origen y la evolución del «filisteo de la formación».
22 Cfr. Goethe, Fm /5fo/,w . 1247-1250.
2«SG368.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 653

no siga negándolo por más tiempo: está reconocido el fundador de una religión, y está
construida la nueva carretera cómoda y agradable que conduce al paraíso straussiano.
Lo único con lo que no está muy contento es con el carruaje en que nos quiere llevar,
usted, hombre modesto; al final usted mismo nos lo dice: «lo que no pretendo afirmar
es que el carruaje al que mis valiosos lectores han debido confiarse conmigo cumpla
todos los requisitos»; (p. 367): «uno se siente por completo machacado». Pero, ay,
usted, galante fundador de una religión, querrá oír algo complaciente. Y nosotros, en
cambio, queremos serle francos. Si su lector se prescribe las 368 páginas de su cate­
cismo religioso de manera que lea cada día del año una página, es decir, en dosis mí­
nimas, nosotros creemos que al final se sentirá indispuesto: por el enojo que le pro­
duce el que no tenga efectos. ¡Mejor es engullir valientemente!, ¡a ser posible todo de
una.vez!, como reza la receta para todos los libros modernos. De esa manera la bebi­
da no puede hacer daño, y el que bebe no se siente en ningún caso indispuesto ni eno­
jado, sino alegre y de buen humor, como si nada hubiera pasado, como si no se hu­
biese destruido ninguna religión, ni construido ninguna carretera mundial, y no se
^biese hecho ninguna confesión — ¡a eso le llamo yo, sí señor, un efecto! Médico,
fnédicina y enfermedad, ¡todo olvidado! ¡Y a reír alegremente! ¡El continuo e irresis­
tible prurito de reír! Es usted de envidiar, señor mío, ya que ha fundado la más agra­
dable de las religiones, aquella a cuyo fundador se le venera de continuo, riéndose
imo de él.

. . El filisteo, fundador de la religión del futuro — ésta es la nueva fe en su forma más


impresionante; el filisteo convertido en fanático — éste es el fenómeno inaudito que
caracteriza a nuestra Alemania actual. Pero, por el momento, mantengamos también
cierto grado de cautela respecto de este fanatismo: no es sino David Strauss quien nos
ha recomendado dicha cautela en las sabias frases siguientes, al leer las cuales no debe­
mos pensar en primer lugar, ciertamente, en Strauss, sino en el fundador del cristianis­
mo (p. 80): «sabemos que han existido fanáticos nobles, dotados de genio, sabemos que
mi fanático puede estimular y elevar, puede producir también efectos históricos bastan­
te duraderos; mas como guía de nuestra vida no quisiéramos tenerlo. Si no sometemos
su influjo al control de la razón, nos llevará por caminos equivocados». Nosotros sabe­
mos aún más, sabemos que hay también fanáticos carentes de genio, fanáticos que ni
estimulan ni elevan, y que, sin embargo, en cuanto guías de la vida, albergan la esperan-
íza de producir efectos históricos bastante duraderos y dominar el futuro: con mayor
motivo nos vemos exhortados a someter su fanatismo al control de la razón. Lichten-
berg llega incluso a decir: «hay fanáticos sin talento, y en ese caso es cuando son real­
mente peligrosos» Por ahora, y a fin de ejercer ese control de la razón, sólo deseamos
Iqué se nos responda sinceramente a tres preguntas. Primera: ¿cómo se imagina el nuevo
creyente su cielo? Segunda: ¿hasta dónde llega la valentía que la nueva fe le confiere?
Y tercera: ¿cómo escribe sus libros? A la primera y a la segunda preguntas nos va a res­
ponder Strauss el confesor, a la tercera, Strauss el escritor.

. Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799), Vermischte Schrifíen, Góttingen: Dieterich, 1867,


Vol. I, p. 188. [BN, 354]. En la Biblioteca Personal de Nietzsche se encuentran los 8 volúmenes de
esta obra. Nietzsche recoge diversas citas de él en FP I, 27 [12, 21,25]; 29 [80, 176], etc.
654 OBRAS COMPLETAS

Naturalmente, el cielo del nuevo creyente tiene que ser un cielo en la Tierra: ya
que la «perspectiva» cristiana «de una vida inmortal y celestial», junto con las demás
consolaciones, «está ya irremediablemente perdida» (p. 364) para quien se halle «con
un solo pie» en la posición straussiana. El que una religión se figure su cielo de una
manera o de otra, algo quiere decir: y si fuera cierto que el cristianismo no conoce
otra ocupación celestial que la de hacer música y cantar, no hay duda de que pará el
filisteo straussiano esto no puede ser una perspectiva reconfortante. En el libro de
confesiones, sin embargo, hay una página paradisíaca, la página 294: ¡ese pergamino,
oh, filisteo felicísimo, es el que antes que nada hay que desenrollar! En él desciende
el cielo entero sobre ti. «Sólo queremos señalar lo que hemos hecho», dice Strauss,
«lo que desde hace ya muchos años venimos haciendo. Además de nuestra profesión
— pues pertenecemos a las más diversas profesiones, no somos sólo doctos y artistas;
sino funcionarios y militares, industriales y terratenientes, y una vez más, como yá;
hemos dicho, no somos pocos, sino muchos millares, y no los peores, en todos los
países — además de nuestra profesión, repito, procuramos mantener el espíritu lo
más abierto posible a todos los intereses más altos de la humanidad: en los últimos;:
años hemos tomado parte activa en la gran guerra nacional y en la fundación del Es-;
tado alemán, y en lo más íntimo de nosotros nos sentimos exaltados gracias al cániT
bio, tan inesperado como glorioso, que se ha producido en el destino de nuestra maK
tratada nación. A que se comprendan estas cosas contribuimos con estudios históricos,'
estudios que hoy son de fácil acceso aun para los profanos gracias a una serie de obras
históricas escritas de modo atractivo y popular; deseamos, además, ampliar nuestros
conocimientos de la naturaleza, y para esto no faltan tampoco medios que estén al
alcance de todos; por último, en los escritos de nuestros grandes poetas, en la inter­
pretación de las obras de nuestros grandes músicos, encontramos un estímulo para el
espíritu y el corazón, para la fantasía y el humor que no deja nada que desear. Así vi­
vimos, así vamos caminando felices»^®.
El filisteo que lee esto, se dice alborozado: ¡ése es nuestro hombre!, pues así és
como vivimos realmente, como vivimos día tras día. ¡Y de qué manera más bella sabe
exponer las cosas! Por ejemplo, ¿qué otra cosa puede él entender por los estudios his-:
tóricos con los que contribuimos a que se comprenda la situación política, sino la lec-r
tura del periódico, y qué por la participación activa en la fundación del Estado ale­
mán, sino nuestra visita diaria a la cervecería? Y el mencionado «medio que está al
alcance de todos» para ampliar nuestro conocimiento de la naturaleza, ¿no será un
paseo por el Jardín zoológico? Y para terminar — teatro y concierto, de los qüe nos
llevamos a casa «estímulos para la fantasía y el humoD) que «no dejan nada que de­
sear» — ¡con cuánta dignidad y agudeza dice las cosas sospechosas! ¡Ése es nuestro
hombre, pues su cielo es nuestro cielo! ■ '
Así dice alborozado el filisteo: y si nosotros no estamos tan contentos como él, se
debe a que desearíamos saber todavía más. Escalígero^* solía decir: «¡qué nos impor-

En la página final del libro, antes del Anexo, p. 294, Strauss entrecomilla la última frase: «Así
vivimos, así marchamos favorecidos por la fortuna». Cfr. el poema de Goethe Zueignung (1874), en
el último verso: «So leben wir, so wandeln wir beglückt». ,i
Julio César Escalígero o Giulio Cesare della Scala o S c a lig e r (1484-1558), aspiró a conver­
tirse en u o m o iin iv e r sa le , para lo que no sólo estudió y practicó el arte de la Medicina, sino que ade­
más adquirió conocimientos de Botánica, Historia Natural, Zoología, y sobre todo se distinguió por
sus amplios conocimientos de Filosofía, Teología, Arte y Filología. En la B ib lio te c a P e r s o n a l á t
Nietzsche se encuentran las tres partes de M ic h a e ls H e r n i M o n ta g n e [ s ic ] Versuche, nebst d e s Ver-
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 655

ta a nosotros si Montaigne ha bebido vino tinto o vino blanco!» Pero en este caso, que
es más importante, ¡cuánto apreciaríamos una declaración explícita de ese tipo!
Cuánto apreciaríamos saber también cuántas pipas se fiima a diario el filisteo según
el ordenamiento de la nueva fe, y si con el café le es más simpático el Spenerschezei-
tüng o el Nationalzeitung^^. ¡Deseo insatisfecho de nuestra ansia de saber! Sólo en un
punto se nos informa más detalladamente, y por fortuna dicha información se refiere
al cielo dentro del cielo, es decir, a esos pequeños gabinetes estéticos, consagrados a
los grandes poetas y músicos, en los que el filisteo se «siente edificado», en los que
incluso, según confiesa, «todas sus manchas quedan borradas y lavadas» (p. 363); de
manera que deberíamos considerar que esos pequeños gabinetes privados son como
pequeños balnearios de purificación^^ «Sí, esto es sólo para momentos fugaces, su­
cede y vale sólo en el reino de la fantasía; tan pronto como retomamos a la dura rea­
lidad y a la vida mezquina nos asalta por todas partes la antigua miseria» — así sus­
pira nuestro magister. Pero aprovechemos los momentos fugaces que se nos permita
pasar en dichos pequeños gabinetes; hay tiempo suficiente para que examinemos por
todos los lados la imagen ideal del filisteo, es decir, el filisteo al que se le han quita­
do todas las manchas y que ahora es por completo el tipo puro de filisteo. Dicho sea
icón toda seriedad, lo que aquí se ofrece es muy instmctivo: que ninguno de los que
hayan sido víctimas del libro de confesiones lo abandone sin haber leído esos dos
anexos que llevan por título «De nuestros grandes poetas» y «De nuestros grandes
músicos»^'^. Aquí se despliega el arco iris de la nueva alianza^^ y aquel que no se ale­
gre al verlo, «nada se podría hacer por él», dice Strauss en otra ocasión, pero también
podría haberlo dicho aquí, «ése no está todavía maduro para nuestra visión»^**. Ahora
es cuando estamos en el cielo del cielo. El exaltado periegeta^^ se dispone a servimos
’de guía y se disculpa por si, a causa del excesivo placer a causa de tanta magnificen-
ciá, habla un poco más de la cuenta. «Si acaso resulto ser más locuaz —^nos dice— de
do que en esta ocasión se crea conveniente, que el lector me perdone; a quien tiene el
corazón lleno, se le desbordan las palabras de la boca^*. Puede estar seguro, no obs­
tante, de una cosa, y es que lo que va a leer a continuación no está compuesto de ano-

F. Lankis-
fa s e r s L e b e n , n a ch d e r n e u e s te n A u s g a b e d e s H e rn n P e te r C o s te in s D e u ts c h e ü b e r se tz t.
cliens Erben, Leipzig, 1753, III, p. XXXVIII. [BN 393-394].
' ^ Dos periódicos berlineses. Nietzsche en carta a Wagner del 15 de octubre de 1872 le indica
que el último de los periódicos citados le ha «mencionado recientemente como el único de su [Wag­
ner] “séquito de la c a y o s lite r a to s '' que es titular de una cátedra universitaria». Sobre el director del
S p e n e rsc lie ze itu n g , Wiüielm Wehrenfennig, escribe Nietzsche en carta a Rohde, de 26 de agosto de
1872: «Hace tiempo vino a vernos aquí un d e u s e x m a c h in a berlinés, redactor del periódico de
Spener, llamado Wehrenpfennig: me he alegrado enormemente cuando se ha ido» (C O II328).
V 'i ” Nietzsche utiliza la expresión « L u s tr a tio n s -B a d e a n s ta lte n » , en la que la palabra « L u str a tio n »
¡recoge el sentido antiguo de «purificación».
: Los dos anexos que se añadieron a su obra. El primero de ellos «De nuestros grandes poetas»,
trata de Goethe y Schiller (pp. 297-336); el segundo, «De nuestros grandes músicos», habla de
Haydn, Mozart y Beethoven ¿ p . 337-367).
Alusión a la Nueva Alianza sellada con la sangre de Jesús en el Nuevo Testamento.
- 36cff. SG366.
riepL7]YT)'ní, literalmente «el de la descripción», nombre que se atribuía a Dioniso. Gottfried
Bemhardy, el último editor de Dionisio Periegeta, quien estableció con mucha probabilidad, por los
nombres de los países y naciones mencionados en la P eriegesis^ que su autor debió haber vivido a
finales del siglo iii o principios del iv.
; Utiliza parafraseándola la expresión neotestamentaria: «la boca h a b la d e la a b u n d a n c ia d e l
c o ra zó n » {L u c a s 6, 45c y Mat. 12, 34).
656 OBRAS COMPLETAS

taciones antiguas que yo introduzco ahora aquí, sino que ha sido escrito para el obje­
tivo presente y para este lugar» (p. 296). Esta confesión nos deja por un momento
estupefactos. ¿Qué puede importamos el que esos lindos capitulitos se hayan escrito
recientemente? Sí, ¡si de lo que se trata es de escribir! En confianza, preferiría que
hubiesen sido escritos hace un cuarto de siglo, sabría entonces por qué las ideas me
parecen tan descoloridas y tienen el olor de una antigüedad pútrida. Pero me da que
pensar que algo que ha sido escrito el año 1872 el propio año 1872 huela ya a podri­
do. Supongamos que alguien se adormeciese con estos capítulos y con el olor que
desprenden — ¿con qué soñaría? Un amigo mío me lo ha revelado, pues a él le suce­
dió eso. Soñó con un gabinete de figuras de cera: allí estaban los clásicos, graciosa­
mente imitados en cera y adornados con abalorios. Movían ojos y brazos, y, al hacer­
lo, chirriaba dentro de ellos un tomillo. Vio allí algo que era siniestro, una figura
deforme adornada con cintitas y papel amarillento, de cuya boca colgaba un letrero
en el que ponía «Lessing»; se acercó mi amigo un poco más y se percató de lo más
horrible, era la Quimera homérica^^ por delante Strauss, por detrás Gervinusí®, y en
medio la Quimera —in summa, Lessing. El descubrimiento le arrancó un gritó de te­
rror, se despertó y ya no siguió leyendo. ¿Por qué, señor inagisier, ha escrito capitu­
litos tan pútridos? -:, ;;
No cabe duda de que en ellos aprendemos cosas nuevas, por ejemplo, que gra­
cias a Gervinus se sabe cómo y por qué Goethe nunca fue un talento dramático: que
Goethe en la segunda parte de Fausto no engendró sino un producto alegórico-í;fan-
tástico, que el Wallenstein es un Macbeth que al mismo tiempo es Hamlet, que; de
los Años de peregrinación!^^ el lector straussiano se queda con las novelas córtas,
del mismo modo que los niños mal educados sacan las pasas y las almendras de la
masa pegajosa de im pastel; aprendemos también que en el escenario no se logra
ningún efecto pleno sin ayuda de lo drástico y lo emocionante, y que Schiller salió
de Kant como de un centro de hidroterapia de agua fría"^^. No cabe duda de que todo
esto es nuevo y chocante, mas, aunque nos choque, no nos agrada; y tan cierto
como que es nuevo es que no envejecerá nunca, porque nunca ha sido; joven, sino
que ha salido del cuerpo materno como una ocurrencia del tío abuelo. Pero ¡qué
ideas se les ocurren a los bienaventurados del nuevo estilo en su paraíso estético|
¿Y por qué no habrán olvidado al menos algo, tratándose de cosas tan pocó;estéti-^
cas y tan terrenales y caducas, y en las que además aún resultaba tan visible él selíó. ^
de la necedad, como, por ejemplo, algunas teorías de Gervinus? Pero es como si la;

Cfr. Homero, Ilía d a , 6,181. El estoico Aristón de Quíos parafraseó un verso homérico, donde
se dice de la Quimera que era un león por delante, por el medio una cabra y por detrás una serpiente
o dragón, para aplicarlo al pensamiento de Arcesilao, diciendo que éste era «por delante Platón, por
detrás Pirrón, por en medio Diodoro». Posteriormente, Numenio de Apamea y Diógenes Laercio re­
cogen el mismo verso paródico de Aristón y continúan aplicándoselo a Arcesilao. Citada también én
JG B §190.
Georg Gottfried Gervinus (1805-1871), pionero en los estudios de la historia de la literatura;
De tendencia liberal, ejerció también la actividad política. Entre sus obras: H a n d e l iin d S h a k esp ea re,
z iir Á s th e tik d e r Ton kunst, W. Engelmann, Leipzig, 1868 [BN 245], obra en la que pinta un ingénior
so paralelismo entre su poeta favorito y su compositor favorito, mostrando que su afinidad intelec­
tual se basa en su origen común teutónico. Cfr. carta de Cósima a Nietzsche, de 27 de enero de 1870
(KGB II/2 124). Ver también D ia r io s de Cósima: de 17 de enero de 1870.
Se refiere a L o s a ñ o s d e p e r e g r in a c ió n d e W ilhelm M e is te r (1821), de Goethe.,. : .
Cita de la página 325 del libro de Strauss: «y si él no hubiese tenido la suerte de encontrarse
con Goethe, mientas salía d e a q u e l e s ta b le c im ie n to d e h id r o te r a p ia d e a g u a f r ía » .
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 657

modesta grandeza de un Strauss y la pequeñez fatua de un Gervinus quisiesen lle­


varse demasiado bien: y ¡qué dichosos son entonces todos esos bienaventurados, y
qué dichosos somos también nosotros los desventurados, cuando este, incontestado
crítico de arte vuelve a instruimos en su entusiasmo aprendido y su galope propio
de caballo de alquiler, del que ha hablado con la debida claridad el honesto Grill-
parzer^^ y pronto retumbará todo el cielo bajo los cascos de ese entusiasmo galo­
pante! Con todo, habrá al menos algo más de vida y de ruido que ahora, en que
tanto el entusiasmo de nuestro guía celeste, que anda de puntillas con calcetines de
fieltro, como la tibia elocuencia de su boca han acabado por cansamos y hastiar­
nos. Me gustaría saber cómo suena un aleluya en boca de Strauss: creo que habría
que escuchar muy atentamente, de lo contrario podría creerse que lo que se oye es
una excusa cortés o un susurro galante. Al respecto puedo contar un ejemplo ins­
tructivo y terrible. Strauss se ha ofendido mucho con uno de sus adversarios, por­
que éste había hablado de sus reverencias ante Lessing — ¡el infeliz había entendi­
do mal! Strauss, sin embargo, afirma que hay que ser muy obtuso para no percibir
qiíe las sencillas palabras que en el número 90 de su libro'*'* escribe sobre Lessing
salían calientes del corazón. Yo no dudo en absoluto de ese calor; al contrario, ese
calor que Strauss muestra por Lessing me ha resultado siempre algo sospechoso; el
mismo calor sospechoso por Lessipg, potenciado hasta el acaloramiento, lo en­
cuentro, en Gervinus; sí, en general ninguno de los grandes escritores alemanes es
tan popular entre los pequeños escritores alemanes como Lessing; y, sin embargo,
no por ello se merecen agradecimiento alguno: pues ¿qué es lo que alaban realmen­
te en Lessing? Por un lado, su universalidad: Lessing es crítico y poeta, arqueólogo
y filósofo, dramaturgo y teólogo. Por otro lado, «esa unidad del escritor y el hom­
bre, de la mente y el corazón»'*^ Esta última es lo que distingue a todo gran escritor,
y a veces incluso también al pequeño; en el fondo hasta la mente estrecha se lleva
maravillosamente bien con un corazón estrecho. Y la primera, aquella universali­
dad, no es en sí ninguna distinción, sobre todo porque que en el caso de Lessing era
sólo una necesidad. Más bien, lo sorprendente en esos entusiastas de Lessing es que
no logren ver la necesidad consuntiva que lo empuja a través de la vida y que lo lle­
va a dicha «universalidad», que no perciban cómo un hombre así ardía demasiado
rápido, como una llama, que no se indignen por el hecho de que un ser tan ardiente
y delicado se viese afligido, atormentado y asfixiado por la más vulgar estrechez y
mezquindad de todos los que lo rodeaban, y en particular de sus contemporáneos
doctos, hasta tal punto que esa preciada universalidad debería ser precisamente la
causa de una profunda compasión. «Compadeceos, por tanto», nos exhorta Goethe,
«de aquel hombre extraordinario, que tuvo que vivir en una época tan mezquina y
que actuar siempre de manera polémica»'*^. ¿Cómo, vosotros, mis buenos filisteos,
no sentís vergüenza al pensar en ese Lessing, quien precisamente se consumió por

Cfr. Franz Grillparzer (1791-1872), escritor y dramaturgo austríaco. Nietzsche anotó en sus
cuadernos numerosos pasajes de su obra postuma {Sámtliche Werke, Stuttgart, 1872). Escribió epi­
gramas muy hermosos, pero su fama radica en su labor como dramaturgo. Estuvo influido por varias
escuelas y tendencias, incluyendo la tragedia y las leyendas antiguas. Aquí vo! IX, p. 175: «[...] Ese
entusiasmo aprendido, ese galope propio de caballo de alquiler recorre las pretensiones del señor
i Gervinus». Cff. FP I 24 [10]; 27 [9]; 29 [60, 65. 68].
: Anexo, «De nuestros grandes poetas», parágrafo dedicado a Lessing. Cfr. SG 300 ss.
■ . « SG300.
Cfr. Goethe, J.W., Conversaciones con Eckennann, 1 de febrero de 1827.
658 OBRAS COMPLETAS

causa de vuestra apatía, por tener que luchar con vuestros ridículos Zoquetes e ído^^
los'^^ por la situación precaria de vuestros teatros, de vuestros doctos y de vuestros
teólogos, sin poder acometer ni una sola vez ese vuelo eterno para el cual él había'
venido a este mundo'*®? Y qué es lo que sentís al recordar a Winckelmann, quién^
para librarse de ver vuestras grotescas estupideces, fue a mendigar ayuda a los Je­
suítas, y cuya ultrajosa conversión religiosa no le ha perjudicado a él sino a noso-v
tros. Y el nombre de Schiller ¿os atrevéis a pronunciarlo sin sonrojaros? ¡Mirad su,
imagen! ¿No os dicen nada esos ojos chispeantes que vuelan por encima de voso­
tros con desprecio, esas mejillas mortalmente enrojecidas? Ahí teníais un jugüefé"
magnífico, divino, que tuvisteis que romper. Y si de esa vida atrofiada, de esa vida'
perseguida a muerte, quitáis también la amistad con Goethe, ¡de vosotros hubierá
dependido lograr que se extinguiese todavía con mayor rapidez! No habéis favore^
cido la obra de la vida de ninguno de vuestros grandes genios, ¿y ahora pretendéis
hacer de ello un dogma, que a ninguno se le ayude jamás? Con todos ellos fuisteis;;
sin embargo, aquella «oposición del mundo obtuso», a la que Goethe llama*por su
nombre en el Epílogo a La campana"^^, con todos fuisteis vosotros unos estúpidos
malhumorados o unos mezquinos envidiosos o unos egoístas malvados: no obstán-;
te, a pesar de vosotros crearon sus obras, contra vosotros dirigieron sus ataques y
por culpa de vosotros se hundieron demasiado pronto, dejando sin terminar su jor­
nada de trabajo, rotos o aturdidos por las luchas. ¡Y a vosotros habría que permiti­
ros ahora, tamquam re bene gesta, alabar a hombres como ésos!, y, además, con
palabras de las que se deduce claramente en quién estáis pensando en el fondo al
hacer la alabanza, y que por eso «salen tan calientes desde el corazón», que hay que
ser de verdad obtuso para no darse cuenta de a quién van dirigidas realmente las
reverencias! A decir verdad, exclamó Goethe^®, necesitamos a un Lessing, y ¡ay.de­
todos los magister fatuos y de todo el reino^de los cielos estético, cuando salga en­
busca de su presa el joven tigre, cuya inquieta fuerza resulta visible por todas par-/
tes, así en los músculos tensos como en la mirada^*!

Qué sabio fue mi amigo, que, una vez informado de cómo eran el Lessing straus-
siano y el propio Strauss gracias a la fantasmagórica aparición de la quimeraj ya no
quiso seguir leyendo más. Nosotros, sin embargo, hemos seguido leyendo, y también
hemos pedido permiso al ostiario neocreyente para entrar en el santuario musical, El
magister abre, acompaña, explica, da nombres — finalmente nos detenemos, descon­
fiados, y lo miramos: ¿no nos estará ocurriendo lo mismo que le ha ocurrido en sue­
ños a nuestro pobre amigo? Nos da la sensación, mientras Strauss está hablando de

Klótzen imd Gótzen: Alude aquí Nietzsche, jugando con sus nombres, a dos de los principales
adversarios de Lessing. buenos fariseos ellos, Ch. A. KJotz y J. M. Góze.
Cfr. FP I, 27 [9].
Cff. Goethe, J, W., Epilog zu Schillers Glocke, Werke, op. cit., VI, 425. [BN 248]. Con la
muerte de Schiller en 1805, perdía Goethe «la mitad de su existencia» y escribió entonces este tribu­
to de amistad a su gran amigo.
Goethe, Conversaciones con Eckermann, 15 de agosto de 1825.
Cfr. FP I, 27 [35]: «Lessing posee la fuerza violenta, inquieta, eternamente juguetona de un
joven tigre, fuerza visible por todas partes en sus músculos tensos», p. 443.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 659

ellos, de que a los músicos de los que habla, se les están atribuyendo nombres erró­
neos, y nos parece que se está hablando de otros, por no decir de fantasmas bromistas.
Guando Strauss, por ejemplo, con ese calor que ya nos resultó sospechoso a la hora
:de alabar a Lessing, pronuncia el nombre de Haydn y gesticula como si fuera el epop-
ta“, el sacerdote de un culto mistérico haydniano, pero comparando a Haydn con una
«buena sopa» y a Beethoven con un «confite» (y haciendo referencia en particular a
la música para cuarteto) (p. 362), una cosa nos queda clara: su Beethoven-confite^^ no
nuestro Beethoven, y su Haydn-sopa no es nuestro Haydn. Por lo demás, el magis-
tór encuentra que nuestras orquestas son demasiado buenas para interpretar su
Haydn, y es del parecer que sólo los más modestos diletantes pueden hacer justicia a
esa música — otra prueba más de que está hablando de otro artista y de otras obras
de arte, quizá de la música casera de Riehl.
! Y ese Beethoven-confite de Strauss ¿quién puede ser? Es alguien que, a lo que
■parece, compuso nueve sinfonías, de las cuales la Pastoral sería «la menos genial»;
alguien que, según se nos hace saber, cada tres sinfonías se sentía impulsado «a
propasarse y salir a buscar una aventura», de lo que casi podría deducirse que se
trata de un ser híbrido, mitad caballo, mitad caballero^. A propósito de una cierta
Heroica, se le reprocha seriamente a dicho centauro el que no haya logrado expre­
sar «si se trata de combates en campo abierto o en las profundidades del corazón
humano». En la Pastoral parece haber una «tempestad que estalla muy acertada­
mente», a la cual le resulta, sin embargo, «del todo insignificante» el venir a inte­
rrumpir una danza campestre; y así, a causa del «arbitrario vínculo con la ocasión
trivial puesta como fondo», como dice con expresión tan ágil como correcta, esta
sinfonía resulta ser «la menos genial» — el magister de los clásicos parece haber
tenido en mente una frase todavía más dura, pero ha preferido expresarse aquí,
como dice, «con la debida modestia» Mas no, en esto se ha equivocado, nuestro
magister, aquí se muestra realmente demasiado modesto. ¿Quién, si no es el mismo
Strauss, el único que parece conocerlo, nos va a instruir acerca del Beethoven-con­
fite? Además, a continuación viene ahora un juicio vigoroso, pronunciado con la
debida inmodestia, y precisamente acerca de la Novena sinfonía: ésta sólo les gusta
a aquellos que «ven en el barroco lo genial, en lo informe lo sublime» (p. 359).
Ciertamente, reconoce Strauss, un crítico tan severo como Gervinus dio la bienve­
nida a esta sinfonía, que entendió como confirmación de una doctrina gervinusia-
na: él, Strauss, está muy lejos de buscar el mérito en «productos» tan <q>roblemáti-
cos» de su Beethoven. «Es una lástima», exclama nuestro magister con lánguidos
suspiros, «que en el caso de Beethoven por culpa de tales reservas tenga uno que
perder el goce y la admiración que gustosamente se le tributa». Y es que nuestro
magister es, en efecto, un elegido de las Gracias; y éstas le han contado que acom­
pañaron a Beethoven sólo durante un trecho, y que luego él las había vuelto a per-

:V Epopt: de in o n z r f, maestro de ceremonias en los sacrificios de Eleusis.


" En SG 362, en la parte del Anexo titulada «De nuestros grandes músicos», dice Strauss ha­
blando de las veladas dedicadas a la música para cuarteto: «se comienza con Mozart o incluso con
Beethoven, como si se quisiera empezar la comida con champán y confites, en lugar de comenzar
con una buena sopa».
^ Nietzsche usa aquí una expresión, «über den Strang schlagen» que, si bien quiere decir «ex­
cederse, propasarse», tomada literalmente significa «dar coces por encima de la lanza del carro».
Cfr.SG359ss. • --
Desde principio del punto y aparte hasta aquí cfr. SG 358-359.
660 OBRAS COMPLETAS

der de vista. «Eso es un defecto», exclama él; «pero ¿se creerá,que aparece también
como un mérito?» «Quien va haciendo rodar la idea musical fatigado y jadeante,
parece estar moviendo la idea más pesada y ser el más fuerte» (pp. 355-356). Esto
es una confesión, y ciertamente no sólo sobre Beethoven, sino una confesión del
«prosista clásico» sobre sí mismo: a él, el célebre autor, las Gracias no le dejan de
la mano: permanecen imperturbables a su lado, desde el juego de las bromas fáci­
les, o sea, de las bromas straussianas — hasta las cimas de la seriedad — o sea, de
la seriedad straussiana — . Él, el artista de la escritura clásica, va empujando con
facilidad su carga, como si estuviera jugando, mientras que Beethoven la hace ro­
dar jadeante. Él parece estar sólo jugueteando con el peso: y eso es un mérito; pero
¿se creerá que podría aparecer también como un defecto? — Mas eso a lo sumo
sólo para aquellos que ven en el barroco lo genial, en lo informe lo sublime — ¿no
es cierto, usted el juguetón elegido de las Gracias?
Nosotros no envidiamos a nadie por los edificantes placeres que se procura en el
silencio de su pequeño gabinete o en un nuevo reino de los cielos bien arreglado; pero
de todos los edificantes placeres posibles, el straussiano es, sin duda, uno de los más
prodigiosos: pues Strauss se procura a sí mismo esos placeres edificantes con un peque­
ño fuego saaificial al que tranquilamente arroja las obras más sublimes de la nación
alemana para así con su humo incensar a sus ídolos. Si por un momento imaginásemos
que, por un azar, hubieran ido a parar la Heroica, la Pastoral y la Novena a manos de
nuestro sacerdote de las Gracias, y que hubiera dependido de él el mantener pura la
imagen del maestro eliminando «productos tan problemáticos» — ¿quién duda de que
él los hubiese quemado? Y así actúan efectivamente los Strauss de nuestros días: sólo
quieren saber de un artista hasta qué punto es apto para su servicio de cámara, y no co­
nocen más que la antítesis entre incensar y quemar. En todo caso, son libres de hacerlo:
lo extraño consiste sólo en esto, que la opinión pública estética sea tan débil e insegura,-
tan fácil de seducir que tolere sin protestar semejante exhibición del filisteísmo más
mezquino, más aún, que carezca de sensibilidad para la comicidad de una escena én la
que un maestrillo tan poco estético se permite juzgar a Beethoven. Y en lo que a Mozárt
se refiere, aquí debería valer realmente aquello que Aristóteles dice respecto de Platón:
«a los malos no les está permitido ni siquiera el alabarlo». Sólo que aquí, tanto el públi­
co como el magister, han perdido la vergüenza: no sólo se le permite hacerse pública-;
mente cruces ante los productos más grandes y puros del genio germánico, cómo-si
hubiese visto algo obsceno e impío, sino que el público se alegra también de sus déséh-í;
vueltas confesiones de fe y de sus confesiones de pecados, especialmente porqué ño v
confiesa pecados que él haya cometido, sino los que supone que los grandes espíritus
cometieron. ¡Ah, si nuestro magister tuviera realmente siempre razón!, piensan a veces:;
los lectores que le admiran, cuando se ven arrebatados por el sentimiento de duda; mas
él mismo ahí está, sonriente y convencido, perorando, condenando y bendiciendo, agi­
tando el sombrero para sí mismo, y dispuesto a decir en cualquier momento lo que le
dijo la duquesa Delaforte a Madame de StaéP^: «debo confesarle, mi querida amiga,
que aparte de mí no encuentro a nadie más que tenga siempre razón».

Arine-Louise Germaine Necker (1766-1817), Baronesa de Staél-Holstein, conocida como


Madame de Staél, famosa escritora suiza. Nietzsche la cita varias veces en sus escritos. Cfr..
JG B § 232 y233.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 661

Para un gusano un cadáver es un pensamiento agradable, y para cualquier ser vivo


el gusano es un pensamiento espantoso. Los gusanos imaginan su reino de los cielos
en un cuerpo gordo y seboso, y los profesores de filosofía, en el hurgar en las visceras
schopenhauerianas, y mientras haya roedores, habrá también un cielo de roedores. Y
con esto queda respondida nuestra primera pregunta: ¿Cómo se imagina el nuevo cre­
yente su cielo? El filisteo straussiano mora en las obras de nuestros grandes poetas y
músicos como los gusanos, que viven destruyendo, admiran devorando, adoran digi­
riendo.
■Pero nuestra segunda pregunta dice asi: ¿Hasta dónde llega la valentía que la nue­
va religión confiere a sus fieles? Esta pregunta estaría también ya respondida, si va­
lentía e inmodestia fuesen una misma cosa: pues en ese caso Strauss no carecería en
absoluto de la verdadera y merecida valentía de mameluco; al menos, esa debida mo­
destia, de la que Strauss habla en el pasaje mencionado hace poco refiriéndose a Bee-
thoven, es sólo un giro estilístico y no moral. Strauss participa en buena medida de
esé.descaro y atrevimiento a que los héroes victoriosos se creen autorizados; todas las
flores han brotado sólo para él, el vencedor, y él alaba al sol por iluminar en el mo­
mento oportuno sus ventanas. De sus alabanzas ni siquiera se libra el viejo y venera­
ble universo, como si éste sólo por dichas alabanzas fuera a quedar consagrado y de
ahora en adelante sólo se le permitiera dar vueltas alrededor de la mónada central,
Strauss. El universo, nos ilustra Strauss, es ciertamente una máquina que tiene ruedas
de hierro dentadas, martillos y pistones pesados, <q?ero en esa máquina no se mueven
sólo ruedas despiadadas, se derrama también aceite lubricante» (p. 365). Al magistei\
furioso de metáforas, no le estará precisamente agradecido el universo por no haber
sabido inventar una comparación mejor para alabarlo, y eso en el caso de que fuera a
tolerar también el ser alabado por Strauss. Pero ¿cómo se llama el aceite^”' que gotea
de los pistones y mazos de una máquina? ¿Y qué consuelo sería para el trabajador el
saber.que, mientras la máquina atrapa sus miembros, este aceite se derrama sobre él?
Aceptemos sin más que la imagen es desafortunada; lo que entonces llama nuestra
atención es otro procedimiento con el que Strauss trata de determinar cuál es real­
mente su disposición para con el universo, y en este caso le viene a los labios la pre­
gunta de Gretchen: «El ¿me ama —^no me ama— me ama?»^®. Y si bien es cierto que
Stráuss no se pone a arrancar pétalos de las flores ni a contar botones en la chaqueta,
ló que hace, sin embargo, no es menos ingenuo, aunque quizá para ello se requiera un
poco más de valor. Pretendiendo descubrir si su sentimiento por el «todo» está para­
lizado y atrofiado o no, Strauss se pincha: pues sabe que, cuando un miembro está
atrofiado o paralizado, se le puede pinchar con una aguja sin sentir dolor. No obstan­
te, lo que él hace no es pincharse, sino que elige un procedimiento todavía más vio­
lentó, que describe de la siguiente manera: «Nosotros hojeamos^^ Schopenhauer, que

. Valiéndose de la ironía y la caricatura se mofa de Strauss y de su famoso «aceite lubricante»


qué contribuye a la marcha armoniosa de la mecánica universal. Nietzsche, sin embargo, utiliza la
misma metáfora, cff. carta a Peter Gast, de 11 de septiembre de 1879, CO III 377: «Ahora me siento
al respecto como el más viejo de los hombres; pero también porque he completado la obra de mi
vida. A través de mí se ha vertido una gota de buen aceite y, eso lo sé, no caerá en el olvido».
: i; Cfr. Goethe, J. W Fausto, I, v 3181.
Nietzsche juega en esta frase con dos términos relacionados: «aufschlagen», «abrir de golpe,
hojear un libro», y «schlagen», que significa «golpean).
662 OBRAS COMPLETAS

en cada ocasión golpea en el rostro a esta idea nuestra» (p. 143). Ahora bien, puesto;
que ninguna idea, ni siquiera la más bella idea de Strauss acerca del Universo, tiene
rostro, sino que sólo lo tiene quien tiene la idea, el procedimiento consiste en la si­
guiente serie de acciones individuales: Strauss golpea a Schopenhauer — más aiiá,^
hace que se abra de un golpe: a lo que Schopenhauer responde golpeando a Straiíiss
en el rostro. Ahora Strauss «reacciona» de manera «religiosa», lo que quiere decir
que golpea a su vez a Schopenhauer, despotrica contra él, habla de absurdos, blasfcr?
mias, atrocidades, incluso llega a decir que Schopenhauer no estaba bien de la cabe-;
za. Resultado de la bronca: «para con nuestro universo nosotros exigimos la misma;
piedad que el hombre piadoso a la vieja usanza exigía para con su Dios» — o más
brevemente: i«él me ama»! Nuestro elegido de las Gracias se pone difícil la vida,*
pero es valiente como un mameluco y no teme ni al diablo ni a Schopenhauer. ¡Cuán­
to «lubricante» consumiría, si tales procedimientos llegaran a ser frecuentes!
Por otra parte, comprendemos el reconocimiento que Strauss debe al Schopenhauer
que íe cosquillea, le pincha o le golpea; por eso, tampoco nos sorprende la siguiente
demostración de simpatía hacia él: «Los escritos de Arthur Schopenhauer basta con ho­
jearlos, aunque por lo demás se haga bien si no sólo se los hojea, sino que se los estudia,
etc.» (p. 141). ¿A quién está diciendo esto el jefe de los filisteos? Él, de quien se puede
probar que nunca ha estudiado a Schopenhauer, él, de quien Schopenhauer por su parte
tendría que decir: «éste es un autor que no merece la pena hojear y mucho menos
estudiar»^^ Es evidente que Schopenhauer se le ha atragantado: y trata de desprenderse
de él esputándole encima. Strauss, no obstante, para colmar la medida de los elogios
ingenuos, se permite todavía recomendamos al viejo Kant: de su Historia y teoría ge­
neral del cielo, del año 1755^*, dice que es «un escrito que me ha parecido siempre no
menos importante que su posterior crítica de la religión. Si aquí es de admirar la pro­
fundidad de la mirada, allí es de admirar la amplitud de su visión: si aquí tenemos ál
anciano a quien sobre todo le importa la seguridad del conocimiento que posee aunque
sea limitado, allí encontramos al hombre henchido del valor del descubridor y conquis­
tador espiritual»®^. Este juicio de Strauss sobre Kant es un juicio que a mí me ha pare­
cido siempre no menos modesto que el que hace sobre Schopenhauer: si aquí tenemos
al jefe a quien sobre todo le importa la seguridad a la hora de expresar un juicio, aunque
sea limitado, allí encontramos al famoso prosista que, henchido del valor de la ignoran­
cia, derrama las esencias de sus elogios aun sobre Kant. Justo el hecho verdaderamente
increíble de que Strauss no haya sabido extraer de la crítica kantiana de la razón nada
que le sirva para su testamento de las id e^ modernas, de que todo lo que diga sea sólo
para complacer al realismo más grosero, es ya uno de los rasgos característicos más lla­
mativos de este nuevo evangelio, que, por lo demás, se presenta sólo como el fhito, lo­
grado a base de muchas fatigas, de una continua investigación de la historia y la natu­
raleza, negando así hasta el elemento filosófico. Para el jefe de los filisteos y para sus
«nosotros» no hay una filosofía kantiana. Strauss no barrunta nada de la antinomia fím-‘
daniental del idealismo y del sentido sumamente relativo de todas las ciencias y de la

Cfr. FP 1, 27 [30].
‘‘‘ Obra que Kant escribió en 1755 y que publicó anónimamente el mismo año. El título original
completo es; Á llg e m e in e N a tu r g e s c h ic h te u n d T h e o r ie d e s H im m e ls, o d e r V ersuch vo n d e r Verfas-
s im g u n d d e m m e c h a n isc h e n U r s p r u n g e d e s g a n z e n W e ltg eb a u d es n a c h N e w to n is c h e n G ru n d s á íze n
a b g e h a n d e lt («Historia general de la naturaleza y teoría del cielo, o ensayo sobre la constitución y el
origen mecánico de todo el edificio del mundo, ti-atado según principios newtonianos»).
Cfr. SG 149 y 150.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 663

razón. En otras palabas: es justo la razón la que debería decirle qué poco se puede dis­
tinguir con la razón acerca del «en sí» de las cosas. La verdad es que a las personas que
tienen ya una cierta edad les resulta imposible entender a Kant, especialmente si uno en
lajuventud, como es el caso de Strauss, ha entendido o cree haber entendido el «espíri­
tu gigantesco» de Hegel, y, más todavía, si se tuvo que ocupar con Schleiermacher,
«quien poseía una agudeza casi excesiva», como dice Strauss. Le sonará extraño a
Strauss el que le diga que aún hoy sigue «dependiendo por completo» de Hegel y de
Schleiermacher^^ y que su teoría del universo, la manera de considerar las cosas sub
specie hiennii^ y sus reverencias ante las condiciones alemanas, pero sobre todo su des­
vergonzado optimismo de filisteo, sólo se explican a partir de ciertas impresiones, cos­
tumbres y fenómenos patológicos que se dan en la juventud. Quien ha estado enfermo
de hegelitis y de schleiermacheritis, nunca volverá a estar del todo sano,
í En el libro de confesiones hay un pasaje en el que aquel incurable optimismo^^ va
de un lado para otro dando vueltas de vals con una satisfacción verdaderamente pro­
pia de un día de fiesta (pp. 142-143). «Si el mundo es una cosa», dice Strauss, «que
mejor sería que no existiese, ¡ajá!, entonces también el pensamiento del filósofo, que
es parte de este mundo, es un pensamiento que sería mejor que no se pensase. El fi­
lósofo pesimista no se da cuenta de cómo, al declarar malo el mundo, está declarando
malo, antes que nada, su propio pensar, que es el que declara malo el mundo; pero si
un pensar que declara malo el mundo es un pensar malo, entonces el mundo es, por
el contrario, bueno. Por regla general, el optimismo suele ponerse las cosas demasia­
do fáciles; frente a eso, las pruebas que ofrece Schopenhauer del importantísimo pa­
pel que el dolor y el mal tienen en el mundo están perfectamente en su lugar; pero
toda verdadera filosofía es necesariamente optimista, porque de otro modo se negaría
a sí misma el derecho de existir». Si esta refutación de Schopenhauer no es justo lo
que en otro pasaje Strauss llama «refutación acompañada del sumo júbilo de las lo­
calidades superiores»^®, entonces no he comprendido en absoluto esa locución teatral
dé la que él se sirve en esa ocasión para atacar a uno de sus adversarios. Aquí el opti­
mismo, y esta vez adrede, ha vuelto a ponerse las cosas fáciles. Pero precisamente en
eso consistía la habilidad de hacer como si la refutación de Schopenhauer fuese una
minucia sin importancia y seguir empujando la carga como si fuera un juego, de ma­
nera que las tres Gracias se alegrasen en todo momento del optimista juguetón. Eso
es lo que pretende mostrarse con esta hazaña, que a un pesimista no hace falta para
nada tomarle en serio: los sofismas más inconsistentes son suficientes para hacer ver
que con una filosofía tan «malsana y estérib) como la de Schopenhauer no deben des­
perdiciarse razones, sino a lo sumo sólo palabras y bromas. En tales pasajes se com­
prende la declaración solemne de Schopenhauer®^ según la cual el optimismo, cuando

: « Cfr. SG 132 y 133.


^ Cfr. FP 1, 27 [30], p. 442: «Strauss no tiene nada en qué apoyarse y se arroja en brazos del
Estado y del éxito; todo su pensamiento no es sub specie aeternitatiSy sino decennii vel biennii. De
ese modo se convierte en un “clásico de la plebe”, como Büchner, etc.»
En GT 18 denuncia ya Nietzsche ese «optimismo que se apoya ocultamente en la esencia de
la lógica y que es el trasfondo de nuestra cultura». En el texto hay también una clara alusión a Kant
y a Schopenhauer, «cuya victoria más difícib>, según GT, fue triunfar sobre el optimismo.
Se refiere aquí a las localidades más altas de un teatro, generalmente las más económicas.
Cfr. WWV, rv, § 59, donde dice: «el optimismo, cuando no es acaso el atolondrado discurso
de aquellos bajo cuyas aplastadas frentes no se hospedan más que palabras, no me parece simple­
mente una forma de pensar absurda, sino verdaderamente perversa, ya que constituye un amargo
sarcasmo sobre los indecibles sufrimientos de la humanidad».
664 OBRAS COMPLETAS

no es acaso el discurso atolondrado de aquellos bajo cuyas aplastadas frentes no se


hospedan más que palabras, le parece un modo de pensar no solamente absurdo, sino
también verdaderamente perverso, un sarcasmo amargo sobre los indecibles-sufri­
mientos de la humanidad. Cuando el filisteo, como Strauss, hace de esto un sistema-
logra también un modo de pensar perverso, es decir, ima doctrina de la más obtusa
comodonería del «yo» o del «nosotros», y provoca indignación.
Quién sería, por ejemplo, capaz de leer sin indignarse la siguiente explicación psi­
cológica, puesto que es evidente que una explicación como ésta no puede crecer más
que en el tronco de esa perversa teoría de la comodonería: «jamás, manifestó Beetho••
ven, habría sido capaz de componer un texto como Fígaro o Don Juan. La vida no le
había sonreído lo suficiente como para haber podido mirarla de una manera tan
serena, o como para haber tomado tan a la ligera las debilidades de los hombres))
(p. 360). Pero para citar el ejemplo más fuerte de esa perversa vulgaridad del senti­
miento: baste con señalar que Strauss no logra explicarse el impulso terriblemente
serio de negación y la tendencia a la santificación ascética de los primeros siglos del
cristianismo de otra manera que suponiendo un anterior hartazgo de goces sexuales
de todo tipo y la náusea y el malestar consiguientes: • - - -.
•i'. " •

«Los persas lo llaman bidamag buden,


Los alemanes, modorra de borrachera»^®.

Lo cita el propio Strauss, y no se avergüenza. Nosotros, por el contrario, hemos


de volvemos por un momento, para superar la náusea.

Desde luego, nuestro jefe de los filisteos es valiente, más aún, es temerario en par-
labras siempre que cree poder deleitar con tal valentía a sus nobles «nosotros». Por
eso la ascesis y la abnegación de los antiguos eremitas y santos tienen que ser una
especie de modorra, producto de una borrachera, a Jesús se le pinta como si fuera un ;;
fanático que en nuestra época hubiese acabado de salir del manicomio, la historia de .
la resurrección de Jesús se tacha de «idiotez de la historia universal»®^ vamos a ^
admitir todo esto, a fin de estudiar en ello la especie particular de valentía de que
nuestro «filisteo clásico», Strauss, es capaz.
Escuchemos por de pronto su confesión: «Es ciertamente una tarea antipática e ,
ingrata decir al mundo justo lo que al mundo menos le gusta oír. Al mundo le gusta
administrar con largueza, como a los grandes señores, ingresar y gastar mientras ten­
ga algo que gastar: pero cuando uno hace la suma de las partidas y luego le presenta
el balance, entonces lo considera un aguafiestas. Y justo a eso es a lo que me ha lle­
vado desde siempre mi forma de ser, mi manera de pensan>^°. A una forma de ser, a
una manera de pensar así se puede llamar por lo menos valerosas, pero lo que no deja

Cfr. Goethe, J. W., «West-ostlicher Divan» [«Diván occidental-oriental»], en Werke, op. citj
IV, 119, «Saki Nameh». [El libro del copero]. Cfr. SG 248.
‘^’ Cfr.SG 72. • V
Cfr. D. Strauss, Nachwort ais Vorwort zu der neuen Auflage meiner Schrift «Der alte imd der
neue Glaube», Bonn, 1873, pp. 12-13. Este texto se añadió después como final del libro La viejay y
la nueva fe en ediciones sucesivas. .
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 665

de ser dudoso es si ese valor es natural y originario o si es más bien adquirido y arti­
ficial; quizá Strauss sólo poco a poco se haya ido acostumbrando a ser el aguafiestas
profesional, hasta haber inculcado en sí ese valor profesional. Eso es perfectamente
compatible con la cobardía natural que es propia del filisteo; y que se muestra, sobre
todo, en la falta de consecuencias de frases como ésas, que, para pronunciarlas, exi­
gen itener valor; resuenan como truenos y, sin embargo, la atmósfera no se purifica.
Strauss no llega a cometer actos agresivos, sólo es capaz de palabras agresivas, pero
las elige tan ofensivas como puede, y todo lo que en él se ha ido acumulando de ener­
gía y de fuerza lo gasta en expresiones groseras y estridentes; tras haberse apagado el
ruido de sus palabras, Strauss es más cobarde que aquel que nunca ha hablado. Más
aún, hasta la sombra de las acciones, la ética, muestra que él es un héroe de las pala­
bras, y que evita toda ocasión en que sea necesario pasar de las palabras a la cruda
realidad. Strauss declara con franqueza admirable'^’ que, aunque él ya no es cristiano,
no;desea, sin embargo, perturbar la satisfacción de nadie, sea del tipo que sea; a él le
parece que es contradictorio fundar una asociación con el fin de derribar otra asocia­
ción— lo que no es en absoluto tan contradictorio. Con cierta burda complacencia se
envuelve en el manto velludo de nuestros genealogistas del simio y exalta a Darwin^-
cómó uno de los más grandes benefactores de la humanidad — no obstante, vemos
avergonzados que su ética se eleva ajena por completo a la cuestión de «¿cómo con­
cebimos el mimdo?». Ésta era una ocasión para mostrar su valentía natural: pues aquí
Strauss,habría tenido que dar la espalda a su «nosotros», y habría podido deducir au­
dazmente del bellum omniiim contra omnes y del derecho del más fuerte preceptos
morales para la vida que, ciertamente, sólo podían tener su origen en una mente ínti­
mamente intrépida, como la de Hobbes, y en un amor a la verdad grandioso y com­
pletamente distinto de aquel que estalla siempre en violentas invectivas únicamente
contra los curas, el milagro y la «idiotez de la historia universal» de la resurrección.
Pues con una ética darwinista genuina llevada seriamente a cabo uno tendría frente a
sí ali filisteo al que tiene a su lado cuando lanza todas estas invectivas.
• i «Todo obrar moral», dice Strauss, «es un determinarse a sí mismo del individuo
según la idea de la especie»^^ Traducido en términos claros y comprensibles no quie­
re decir más que: ¡vive como hombre y no como un mono o una foca! Por desgracia,
este imperativo es por completo inoperante y estéril, porque bajo el concepto de
«hombre» se ayunta lo más dispar, por ejemplo, el patagón y el magister Strauss, y
porque nadie se atreverá a decir con el mismo derecho: «¡vive como un patagón!» y
«lyiye como un magister Strauss!» Pero si hubiera alguien que se exigiera a sí mis-
:mó:-¡yive como genio!, es decir, vive en cuanto expresión ideal de la especie humana,
y resultara ser por azar o un patagón o un magister Strauss, cuánto tendríamos que
■süftir entonces por las impertinencias de esos locos extravagantes adictos a la genia­
lidad,, de cuyo crecimiento como hongos en Alemania ya se quejaba Lichtenherg^"*, y
4ue QOn gritos salvajes nos piden que escuchemos las confesiones de su novísima fe.
Strauss. ni siquiera ha conseguido aprender todavía que un concepto nunca podrá ha-

, :« « .C fr. SG 7.
’ Cfr. SG 75. Sobre la relevancia de Darwin en la intempestiva de D. Strauss, cfr. Dirk Roben
Johnson, «Nietzsche’s early Darwinism: The “David Strauss” essay of 1873», en Niefzsche Studien,
30 (2001), pp. 62-79.
. SG 236.
^ Cfr. Lichtenberg, G. Ch., Vermischte Schriften. Nene Origina] Ausgahe, 2 vols., Dieterich,
Gottíngen, 1867,1, p. 277 [BN 356].
666 OBRAS COMPLETAS

cer que los hombres sean mejores y más morales, y que predicar una moral es táñ
fácil como difícil es justificarla su tarea debería haber consistido más bien en ex­
plicar y en deducir con rigor, partiendo de sus premisas darwinistas, los fenómenos
de la bondad humana, de la misericordia, del amor y de la abnegación, qué existen
realmente: Sírauss, en cambio, dando un salto a lo imperativo, prefirió evadirse de la
tarea de explicar, Pero resulta que al dar ese salto brinca también con ligereza incluso;;
por encima de las tesis fundamentales de Darwin, «No olvides en ningún momento))^-
dice Strauss, «que eres humano y no un mero ser natural, en ningún momento olvides'
que todos los demás hombres son igualmente humanos, es decir, que a pesar'de todas
las diferencias individuales son iguales que tú, y tienen las mismas necesidades y exi­
gencias que tú — ésta es la esencia de toda moral» (p. 238). Mas ¿desde dónde resue­
na ese imperativo? ¿Cómo puede el hombre tenerlo en sí mismo cuando, según;
Darwin, es precisamente un ser por completo natural y ha evolucionado hasta conver-:
tirse en hombre según unas leyes totalmente distintas, justo por el hecho de haber ol­
vidado en todo momento que los demás seres semejantes tenían los mismos derechos;
justo por el hecho de haberse sentido entre ellos el más fuerte y haber ido provocando
poco a poco la extinción de los ejemplares de naturaleza más débil? Mientras, por un
lado, Strauss tiene que admitir que nunca ha habido dos seres completamente iguales,
y que toda la evolución del hombre desde el estadio animal hasta llegar a la cima del
filisteo de la cultura depende de la ley de la diferencia individual, por otro lado, no le
cuesta ningún esfuerzo proclamar también lo contrario: «¡compórtate como si no hu­
biese diferencias individuales!». ¿Dónde ha ido a pairar la teoría moral de Strauss- '
Darwin?, ¿dónde se ha quedado la valentía? ^
De inmediato se nos da una nueva prueba de cuáles son los límites más allá de los
cuales dicha valentía se transforma en lo contrario. Pues Strauss prosigue: «No olvw
des en ningún momento que tú y todo lo que percibes en ti y en tomo a ti no es un
fragmento inconexo, un caos salvaje de átomos y de casualidades, sino que todo pro­
cede según leyes eternas de la única fuente originaria de toda vida, toda razón y todó
bien — esto es la esencia de la religión»^®. De esa «única fuente originaria» fluye
también, sin embargo, toda muerte, toda irracionalidad, todo mal, y para Strauss esa
fuente tiene el nombre «del universo». Cómo ese universo, en cuyo carácter está el
contradecirse y el neutralizarse a sí mismo, debería ser digno de veneración religiosa,
y cómo merece ser llamado con el nombre de «Dios», nos lo dice Strauss en la p. 365:
«Nuestro Dios no nos toma en brazos desde el exterion> (¡esto exige como antítesis
un tomarnos en brazos desde el interior, algo, ciertamente, muy extraño!), «sino que
abre fuentes de consuelo en nuestro interior. Nos muestra que, si bien es cierto que el
azar sería un gobernante irracional del mundo, no obstante, la necesidad, es decir, el
encadenamiento de las causas en el mundo, es la razón misma» (una ocultación ma­
liciosa, de la que sólo los «nosotros» no se dan cuenta, porque han sido criados en esá
adoración hegeliana de lo real en cuanto racional, es decir, en la divinización del éxir
to). «Nuestro Dios nos enseña a reconocer que desear que se dé una excepción en eí
cumplimiento de una sola ley natural significaría desear la destrucción del todo»^^.
Todo lo contrario, señor magister: un naturalista honrado cree en la absoluta regula-

Cff. Mono que Schopenhauer puso a Über die Gf‘undlage der Moral [«Sobre la ftindamenta-
ción de la moral»], Ethik, 103.
Cfr. SG 239.
’’ Cfr. SG 365.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 667

ridad de las leyes naturales del mundo, pero sin prommciarse lo más mínimo acerca
del valor ético o intelectual de esas mismas leyes: en afirmaciones de ese tipo sabría
reconocer el comportamiento extremadamente antropomórfico de una razón que no
j se mantiene dentro de los límites de lo permitido. Pero justo en el punto en que el ho-
' nesto naturalista se resigna, «reacciona» Strauss «religiosamente», para engalanarnos
con sus plumas y procede deshonestamente con las ciencias naturales y con el sa-
; ber; supone, sin más, que todo lo que acontece tiene el máximo valor intelectual, es
decir, que está ordenado de un modo absolutamente racional y finalista, y que, ade­
más* alberga en sí la revelación de la mismísima bondad eterna. Strauss necesita, por
lo tanto, una cosmodicea completa y se halla así en desventaja frente a aquel que sólo
tiene que hacerse con una teodicea, y que, por ejemplo, puede concebir la existencia
del hombre como un acto de penitencia o como un estado de purificación. En este
:punto, y en medio de esa conñisión, llega Strauss a plantear hasta una hipótesis me­
tafísica, la más árida y paralítica que exista, y en el fondo no más que una parodia
involuntaria de una sentencia de Lessing. «Aquellas palabras de Lessing» (así se lee
en lá p. 219), «según las cuales, si Dios le propusiese elegir entre su mano derecha,
•en la que tiene toda la verdad, y la izquierda, en la que se halla el impulso incesante
a buscar siempre la verdad, él humildemente tomaría, aunque fuera con la condición
de errar una y otra vez, la izquierda de Dios y pediría para sí su contenido — estas
palabras de Lessing se han contado desde siempre entre las más excelentes que nos
dejó: Se ha encontrado en ellas la expresión genial de su infatigable deseo de activi­
dad e investigación. A mí tales palabras me han producido siempre una impresión
muy especial, porque tras su significado subjetivo he oído siempre resonar en ellas
otro significado objetivo de alcance infinito. Pues ¿acaso no se encuentra en ellas la
mejor respuesta al tosco discurso de Schopenhauer acerca de un Dios mal aconse­
jado que no supo hacer nada mejor que entrar a formar parte de este miserable mun­
do? ¿Y si el creador hubiese tenido él también la convicción de Lessing, de preferir
la lucha a la posesión tranquila?» Así pues, un Dios de verdad que se reserva el errar
continuo pero aspirando a la verdad, y que quizás humildemente hasta coge la mano
izquierda de Strauss para decirle: toma tú toda la verdad. Si alguna vez ha habido un
Dios y un hombre mal aconsejados, son ciertamente este Dios straussiano, que tanta
afición le tiene al errar y al fallar, y el hombre straussiano, que debe pagar por esta
afición — ¡sin duda, se oye ahí «resonar un significado de alcance infinito», fluye ahí
el lubricante universal de Strauss, se vislumbra ahí la racionalidad de todo el devenir
y de todas las leyes de la naturaleza! ¿De verdad? ¿En ese caso, no seria nuestro mun­
do, como en una ocasión dijera Lichtenberg más bien la obra de un ser subor­
dinado, que todavía no entendía bien las cosas, es decir, un experimento? ¿O un en­
sayo en el que todavía se trabaja? El propio Strauss debería reconocer, entonces, que
nuestro mundo no es precisamente el escenario de la razón, sino del error, y que toda
la regularidad de las leyes no contiene ningún consuelo, puesto que todas las leyes

Esta expresión la utiliza Nietzsche con una finalidad sarcástica. La expresión corriente en
alemán, que sería: «adornarse con plumas de pavo», está aludiendo al apellido de Strauss, cuyo sig­
nificado es «avestruz». Más adelante aclara el sentido de la expresión: «para adornaros en definitiva
con una genuina y preciosa pluma de avestruz».
Cfr. PP II, af. 69, donde Schopenhauer, en el contexto del panteísmo, habla de un «dios mal
aconsejado» al que no se le ocurrió «mejor diversión que transformarse en un mundo como el pre­
sente, un mundo tan hambriento» en el que sólo hay sufrimiento, miseria y muerte.
Lichtenberg, op. cit., I, p. 90.
668 OBRAS COMPLETAS

han sido dadas por un Dios que yerra, y que yerra por gusto. Ciertamente es uri espec­
táculo delicioso ver a Strauss de arquitecto metafísico, construyendo en las nubes.
Pero ¿para quién se representa este espectáculo? Para los nobles y cómodos «noso­
tros», para que no se les agrie el humor: quizá en medio de las rígidas y despiadadas
ruedas de la máquina del mundo les haya entrado el miedo y, temblando, imploren
ayuda a su guía. Por eso Strauss deja correr el «aceite lubricante», por eso mueve con
cuerdas a un Dios que yerra por passion, por eso asume el papel absolutamente sor­
prendente de arquitecto metafísico. Y hace todo esto, porque ellos tienen miedo y
porque él mismo tiene miedo — y precisamente aquí está el límite de su valentía, in­
cluso frente a su «nosotros». Y es que no se atreve a decirles honestamente: yo os he
liberado de un Dios que ayuda y se compadece, el «universo» es sólo un mecanismo
rígido, ¡tened cuidado de que sus ruedas no os atropellen! No se atreve: y por eso tie­
ne que aparecer la bruja, es decir, la metafísica. Con todo, el filisteo prefiere incluso
una metafísica straussiana que la cristiana y la idea de un Dios que yerra resulta más
simpática que la de un Dios que hace milagros. Pues él mismo, el filisteo, yerra, pero
no ha hecho nunca un milagro todavía.
Éste es precisamente el motivo de que al filisteo el genio le resulte odioso: ya qüe
el genio se ha ganado en justicia la fama de hacer milagros; y por eso es sumamente:
instructivo el ver cómo Strauss se erige, en un único pasaje, en descarado defensor del
genio y en general de la naturaleza aristocrática del espíritu. ¿Por qué lo hace? Lo hace
por miedo, por miedo a los socialdemócratas. Se remite a los Bismarck, a los Moltke,
«cuya grandeza tanto menos se puede negar cuanto que se manifiesta en el campo de
los hechos tangibles, externos. Aquí hasta los más obstinados y ariscos de entre aque^
líos compañeros tienen que dignarse mirar un poco hacia arriba para poderles ver a esas
figuras sublimes al menos hasta la rodilla»^b ¿Quizás quiere usted, señor magister, dar
instrucciones a los socialdemócratas para recibir puntapiés? La buena voluntad de im-;;
partir tales instrucciones existe, de hecho, por todas partes, y usted puede ya garantizar
que los que reciban los puntapiés podrán con este procedimiento ver a las figuras subli­
mes «hasta la rodilla». «También en el ámbito del arte y el de la ciencia», continúa
Strauss, «no faltarán nunca reyes constructores que den que hacer a una masa de
carreteros»®^. Bien — pero... ¿y si ahora son los carreteros los que se dedican a cons­
truir? Eso ocurre, señor Metafísico, y usted lo sabe — así los reyes tienen de qué reír.
De hecho, esa combinación de insolencia y debilidad, de palabras temerarias y
cobarde acomodamiento, esa sutil ponderación de cómo y con qué expresiones im- ;
presionar al filisteo, con cuáles adular, esa falta de carácter y de fuerza que aparenta
ser fuerza y carácter, esa falta de sabiduría que afecta poseer la superioridad y ía ma-;
durez de la experiencia— todo eso es lo que yo odio en este libro. Cuando pienso quef;
habrá jóvenes que puedan soportar, es más, que puedan apreciar un libro como éste,;
desisto con tristeza de mis esperanzas para su futuro. ¿Es esta profesión de fe de un
filisteísmo pobre, sin esperanzas y verdaderamente despreciable, la expresión de ésos
muchos miles de «nosotros» de los que Strauss habla, y van a ser esos «nosotros» los •
padres de la generación venidera? Son suposiciones horribles para todo aqüel que
quiera ayudar a la generación futura a conseguir aquello que el presente no tiene—
una verdadera cultura alemana. A quien tenga tal aspiración le parecerá que el suelo :
está cubierto de cenizas y que todos los astros han oscurecido; todos los árboles

Cfr. GS 280.
« Cfr. GS 281.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 669

muertos, todos los campos devastados le gritan: ¡todo es estéril! ¡todo está perdido!
¡Aquí ya no volverá jamás la primavera! Habrá de tener el valor que tuvo el joven
Goethe, cuando descubrió el triste crepúsculo ateo del Systéme de la natiire^'^: le pa­
reció tan gris, tan cimerio, tan fúnebre el libro que tuvo que esforzarse para soportar
sil presencia y se estremeció ante él como si delante tuviera un fantasma.

• Acerca del cielo y del valor del nuevo creyente estamos ya lo bastante informados
como para poder planteamos una última pregunta: ¿cómo escribe Strauss sus libros?,
y ¿de qué clase son las escrituras de su religión?
Para quien con rigor y sin prejuicios sepa responder a esta pregunta, el hecho de
que se hayan demandado ya seis ediciones del Oráculo Manual®*^ straussiano para el
filisteo alemán pasa a ser el problema más serio, especialmente cuando luego oye que
también en los círculos cultivados y hasta en las universidades alemanas se lo ha re­
cibido como si fuera tal Oráculo Manual. Los estudiantes deben de haberlo saludado
como un canon para espíritus fuertes, y los profesores no deben de haberle puesto
objeción alguna: aquí y allí se ha querido encontrar realmente en este libro un libro
de religión para los doctos. El propio Strauss da a entender que el libro de confesio­
nes no pretende únicamente ofrecer recomendaciones para el docto y para la persona
culta; aun así, aquí nos atenemos al hecho de que el libro va dirigido ante todo a ellos,
y principalmente a los doctos, a fin de presentarles en un espejo la vida tal y como
ellos la viven. Pues éste es el truco: el magister hace como si él estuviese esbozando
el ideal de una manera nueva de ver el mundo, y entonces todas las bocas le respon­
den con un elogio, porque cada cual puede pensar que él ya veía el mundo y la vida
de esa manera y que Strauss ha podido ver cumplido ya en él lo que reivindicaba para
: el futuro. Con esto se explica también en parte el éxito extraordinario de ese libro:
¡así, como se dice en el libro, vivimos nosotros, así vamos caminando felices!, le gri­
ta en respuesta el docto, alegrándose de que otros se alegren de ello. El que acerca de
cosas concretas, como, por ejemplo, Dai*win o la pena de muerte, él opine en ocasio­
nes de modo distinto a como piensa el magister es algo que al docto le resulta bastan­
te indiferente, puesto que se siente tan seguro de estar en conjunto respirando su pro­
pio aire, y oyendo el eco de su voz y de sus necesidades. Por penosa que esa
unanimidad pueda resultarle a todo verdadero amigo de la cultura alemana, éste no
debe dejar de explicarse con rigor inexorable tal hecho, ni siquiera debería arredrarse
ante la posibilidad de hacer pública dicha explicación.
Todos nosotros conocemos el modo peculiar que tiene nuestra época de cultivar
las ciencias, lo conocemos porque lo vivimos: y precisamente por eso casi nadie se

El libro del Barón de Holbach, Paul Henri Thiry (1723-1789), filósofo francés de origen ale­
mán, importante exponente del ateísmo y del materialismo. La obra que cita Nietzsche, E l s is te m a
de la n a tu ra le z a es de 1770. Cfr. Goethe, J. W., D ic h tu n g u n d JVahrheit, III, lib. 11.
: Nietzsche se refiere aquí a la famosa obra de Baltasar Gracián (1601-1658), E l o r á c u lo m a ­
nual, una colección de reglas sapienciales que ftie traducida al alemán por Schopenhauer. En la B i­
blioteca P e r s o n a l de Nietzsche se conserva esta traducción de Schopenliauer: H a n d - O r a k e l u n d
Kimst d e r W eltk lu gh eit. A iis d e ss e n W erken g e zo g e n vo n D o n V icen cio Ju an d e L a s ta n o s a , u n d a u s
denspan. O rig . tren u n d s o r g fa ltig ü b e r s e tz t von A r th iir S c h o p e n h a u e r 3. iin ve rá n d .A u fl, E A. Broc-
khaus, Leipzig, 1877 [BN 265].
670 OBRAS COMPLETAS

plantea la pregunta de cuáles puedan ser las consecuencias para la cultura derivadas;
de ese modo de ocuparse de las ciencias, aun suponiendo que se dé también por do­
quier la mejor capacitación y la más sincera voluntad de trabajar para la cultura. De
hecho, en lo que es en esencia el hombre de ciencia (dejando de lado su figura actual):
se da una auténtica paradoja: se comporta como el más fatuo de los holgazanes de
fortuna: como si la existencia no fuese para él una cosa atroz y peligrosa, sino una
propiedad firme garantizada para toda la eternidad. Le parece lícito derrochar una;
vida en cuestiones cuya solución en el fondo sólo podría ser importante para quien
tuviera asegurada la eternidad. En él, heredero de unas pocas horas, clavan su mirada,
rodeándole, los abismos más espantosos, y cada paso que dé le hará recordar: ¿Para
qué? ¿Adónde? ¿De dónde? Mas su alma se enardece ante la tarea de contar los es­
tambres de una flor o de picar las piedras que hay en la cuneta del camino, y se en­
frasca en el trabajo poniendo en él todo el peso de su interés, gusto, fuerzas y aspira­
ciones. A esta paradoja, el hombre de ciencia, le ha entrado la prisa últimamente en
Alemania, como si la ciencia fuese una fábrica y el perder unos minutos conlleví^e
un castigo. Hoy el hombre de ciencia trabaja tan duramente como el cuarto estado, el;
de los esclavos; el estudiar no es ya una ocupación, sino una necesidad; no mira ya ni
a derecha ni a izquierda, y pasa por todos los asuntos, incluidos los más graves, que-
la vida trae en su regazo con esa atención a medias o con esa repulsiva necesidad de
reposo, propia del trab^ador agotado.
Ésa es también su actitud hacia la cultura. Se comporta como si para él la vida
fuese solamente otium, pero sine dignitate: y ni siquiera en sueños se desprende de su
yugo, como un esclavo que, estando ya libre, sigue soñando con su miseria, las prisas;
y los golpes. Nuestros doctos apenas se diferencian, y, de haberla, la diferencia no les
favorece, de los campesinos que, deseando acrecentar una pequeña propiedad here-;
dada, se esfuerzan infatigablemente de sol á sol cultivando la tierra, guiando el arado;
y gritando a los bueyes. Pues bien, Pascal®^ viene a opinar que, si los hombres se de-;
dican tan diligentemente a sus asuntos y a sus ciencias, es para huir así de las pregun­
tas más importantes con las que la soledad y el verdadero ocio les acosarían,, las pre­
guntas por el porqué, el de dónde y el adónde. Extrañamente, a nuestros doctos ni
siquiera se les ocurre plantearse la pregunta más inmediata: para qué sirve su trabajo,
su prisa, su doloroso desvarío. ¿Es que no es para ganarse el pan o para lograr un car­
go? No, la verdad es que no. Y, sin embargo, os esforzáis de la misma manera que
quienes viven en la miseria y no tiene ni pan, es más, arrebatáis los alimentos de la:
mesa de la ciencia sin orden ni concierto y con una avidez tal que parece que fueseis
a morir de hambre. Pero si vosotros, hombres de ciencia, os comportáis con la ciencia,
del mismo modo que los trabajadores se comportan con las tareas que la necesidad y.
la vida les imponen, ¿qué será entonces de una cultura que, a la vista de un cientifis-
mo semejante, que corre de aquí para allá, jadeando sin aliento, excitado y hasta re­
voltoso, está condenada a esperar la hora de nacer y de liberarse? Y es que nadie tiene
tiempo para la cultura — ¿para qué, entonces, la ciencia, si no tiene tiempo para la*§

Pascal es una de las figuras recurrentes en la obra de Nietzsche. Hasta 86 veces aparece cita­
do en sus escritos. Lo que sigue a continuación es una recomposición de FP I, 28 [1]. Eltem a pas-,
caliano de la «diversión» es recurrente en Nietzsche. Cfr. por ejemplo de una forma explícita FW.
§ 56: «No saben qué hacer con su propia existencia, y por eso escriben en la pared la miseria de los
demás [...] Nos construimos un monstruo exterior para así evitar miramos a nosotros mismos»; En
M § 549 Nietzsche es también explícito: «La necesidad de acción, ¿no será, en el fondo, sino la.né-
cesidad de huir de nosotros mismos? Esto preguntaría Pascal».
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 671

cultura? Así pues, respondednos al menos a esto: ¿de dónde, adónde, para qué la cien­
cia, si no nos va a llevar a la cultura? En ese caso, (quizá nos lleve a la barbarie! Y es
¿en esa dirección en la que vemos ya alarmantemente avanzada a la clase de los doc­
tos, si hemos de suponer que libros tan superficiales como el de Strauss responden a
su actual grado de cultura. Pues en este libro encontramos justo aquella repulsiva ne­
cesidad de reposo y aquel arreglo eventual, hecho sin prestarle atención, con la filo-
sófíáy la cultura, y en general con todo lo que es serio en la vida. Uno se acuerda de
Jte reuniones de sociedad de las clases doctas, reuniones que, cuando el discurso es-
; pecializado guarda silencio, también dan testimonio sólo de cansancio, de ganas de
distracción a toda costa, de una memoria fragmentada y una experiencia de vida in­
coherente. Cuando uno le oye hablar a Strauss de los problemas de la vida, ya sea de
los problemas del matrimonio, ya de la guerra o de la pena de muerte, se queda estre-
í mecido ante la falta de toda experiencia real, de una mirada profunda en la naturaleza
más íntima de los hombres: todos los juicios que emite son de una uniformidad li-
;bresca, más aún, en el fondo sólo periodística; las reminiscencias literarias ocupan el
lugar de las ideas y los conocimientos reales, y pretende resarcimos de la falta de sa­
biduría y de madurez del pensamiento con una moderación y una precocidad afecta­
das en el modo de expresarse. ¡Qué bien se ajusta todo esto al espíritu de las tan ca-
careádas cátedras de la ciencia alemana que hay en las grandes ciudades! Con cuánta
simpatía tiene que hablar este espíritu a aquel espíritu: pues es justo en esos lugares
donde más se ha perdido la cultura, e incluso donde se ha hecho imposible que ger­
mine una nueva; así como aquí son tan midosos los preparativos de las ciencias prac­
ticadas, así también allí se invaden en tropel las disciplinas más populares a expensas
de las más importantes. ¡Con qué candil tendríamos que buscar aquí a hombres que
fuesen capaces de enfrascarse íntimamente y entregarse plenamente al genio, y que
tuviesen el valor y la fuerza suficientes para evocar a demonios que han huido de
nuestra época! Visto desde fuera, en dichos lugares se encuentra, desde luego, toda la
pompa de la cultura, y con sus imponentes aparatos se parecen a los arsenales reple­
tos de enormes cañones y útiles de guerra: vemos preparativos y un ajetreo impara­
ble, como si hubiese que tomar el cielo por asalto y que extraer la verdad del pozo
más profundo, cuando el hecho es que en la guerra son las máquinas más grandes las
de más difícil manejo. Y por eso mismo la verdadera cultura, en su lucha, deja a un
lado dichos lugares, presintiendo con el mejor de los instintos que allí ella no tiene
nada que esperar y sí mucho que temer. Pues la única forma de cultura con la que
gustan de ocuparse los ojos inflamados y los órganos de pensamiento embotados de
la clase de los’trabajadores doctos es precisamente esa cultura delfilisteo cuyo evan­
gelio ha anunciado Strauss.
S consideramos por un instante cuáles son los principales motivos de esa simpa­
tía que une a la clase de los trabajadores doctos con la cultura del filisteo, encontra­
remos también el camino que conduce al escritor Strauss, reconocido como clásico,
y con ello a nuestro último tema principal.
: Esa cultura filistea tiene, en primer lugar, la expresión de la satisfacción en el ros­
tro y pretende que nada de lo esencial cambie en el estado actual de la culturalidad
alemana; ante todo está seriamente convencida de la singularidad de todas las institu­
ciones educativas alemanas, especialmente los institutos de enseñanza secundaria y
las universidades; no cesa de recomendárselos al extranjero y ni por un momento
duda de que gracias a ellas ha llegado a ser el pueblo más culto del mundo, el mejor
preparado para juzgar. La cultura del filisteo cree en sí misma y por eso también en
672 OBRAS COMPLETAS

los métodos y medios de que dispone. Pero, en segundo lugar, pone en manos del
docto el juicio supremo sobre todas las cuestiones de cultura y de gusto, considerán­
dose a sí misma el compendio siempre en aumento de las opiniones doctas sobre arte,
literatura y filosofía; se ocupa de obligar a los doctos a expresar sus opiniones, para
luego suministrárselas al pueblo alemán a modo de bebida terapéutica, tras haberlas
mezclado, diluido y sistematizado. Lo que crece fuera de estos círculos o ni se escu­
cha ni se observa o se escucha y se observa a medias y con recelo, hasta que final­
mente una voz, no importa de quién, con tal que lleve en sí la marca específica del
docto, se haga oír desde uno de esos lugares sagrados en los que debe de morar la
tradicional infalibilidad del gusto: y de aquí en adelante tendrá la opinión pública una
opinión más y repetirá con eco centuplicado la voz de aquel individuo. Sin embargo,
la infalibilidad estética que se supone habría de morar en esos lugares y entre esos
individuos es en realidad algo muy dudoso, tan dudoso que, hasta que no haya de­
mostrado lo contrario, uno puede estar seguro de la falta de gusto, de la ausencia de
ideas y de la zafiedad estética de un docto. Y son sólo unos pocos quienes podrán de­
mostrar lo contrario. Pues, tras haber tomado parte en la agitada y acezante carrera dé
la ciencia actual, ¿cuántos serán capaces de conservar, si es que en algún momento lá
tuvieron, esa mirada valerosa y sosegada del hombre de cultura en la lucha, esa niirár
da que juzga dicha carrera como elemento barbarizante y por eso la condena? Así
pues, esos pocos tendrán que vivir en lo sucesivo en una contradicción: ¿qué podrían
ellos lograr frente a la fe uniforme de los innumerables que sin excepción han hecho
de la opinión pública su patrona y protectora y que en dicha fe se apoyan y entre sí se
sostienen? ¿De qué vale que un solo individuo declare estar contra Strauss, cuando
son multitud los que ya están a su favor y la masa por ellos guiada ya ha aprendido á
pedir seis veces seguidas®^ la soporífera bebida filistea del magisterl .r^ ■
Si al decir esto asumimos sin más que el libro de confesiones straussiano.ha ven*:
cido en la opinión pública y que como tal vencedor se le ha dado la bienvenida, quizá
el autor llame nuestra atención sobre el hecho de que las diversas críticas de su libro
aparecidas en los periódicos no tienen en absoluto carácter unánime y mucho menos
necesariamente favorable, y que él mismo ha tenido que protestar en un Epílogo*? -
contra el tono a veces extremadamente hostil y las maneras demasiado insolentes y
provocativas de algunos de esos campeones de periódico. Strauss nos amonestará di-j
ciendo: ¡cómo va a haber una opinión pública en tomo a mi libro, si cualquier perio­
dista se permite considerarme un proscrito y maltratarme a su antojo! Esta contrádic-';
ción es fácil de resolver, basta con distinguir dos aspectos en el libro de Strauss^ uno;
teológico y otro literario: sólo por este lado roza el libro la cultura alemana. Por su
orientación teológica queda ftiera de nuestra cultura alemana y suscita las antipatías
de los diversos bandos teológicos, y en el fondo hasta de cualquier alemán, que es por
naturaleza un sectario teológico y se inventa su curiosa fe privada sólo para poder di­
sentir de cualquier otra fe. Pero oíd a todos esos sectarios teológicos hablar de Strauss
cuando de lo que se trata es del escritor Strauss; de inmediato se extingue el ruido de
las disonancias teológicas, y suena en pura armonía como si saliera de la boca de un ;
conjunto perfectamente avenido: ¡pero im escritor clásico sí que es! Todos, hasta el
más obstinado de los ortodoxos, le dice en la cara al escritor cosas de lo más halaga­
doras, aunque sólo sea una palabra acerca de su dialéctica casi lessinguiana o dé la

Alusión a las seis ediciones de la obra de Strauss La vieja y la nueva fe.


Strauss, D., Nachwort..., op. cit.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 673

finura, belleza y vigor de sus opiniones estéticas. En cuanto libro, parece ser, el pro­
ducto de Strauss responde sin reservas al ideal de un libro. Los adversarios teológi­
cos, aunque sean los que más alto han hablado, no pasan de ser en este caso más que
lina parte bien pequeña del gran público: e incluso frente a ellos tendrá razón Strauss
cuando dice: «Comparados con los miles que me han leído, ese par de docenas que
me han criticado públicamente son una minoría ínfima, y difícilmente podrán demos­
trar que son los fieles intérpretes de los primeros. El que en un asunto como éste ha­
yan tomado la palabra por lo general los que no estaban de acuerdo mientras que los
que estaban de acuerdo se hayan contentado con un consenso tácito, eso es algo que,
como todos sabemos, está en la naturaleza de las cosas»®l Así pues, prescindiendo
del escándalo que la profesión de fe teológica de Strauss pudo haber provocado aquí
y allá, acerca del escritor Strauss impera la unanimidad, incluso entre los adversarios
fanáticos para quienes su voz suena como la voz de la bestia del averno. Y por eso el
tratamiento que Strauss ha recibido por parte de los asalariados literarios de los ban­
dos teológicos no prueba nada en contra de nuestra tesis de que en este libro la cultu­
ra filistea ha celebrado un triunfo.
, Hay que reconocer que por lo general el filisteo culto suele ser un poco menos
:fránco que Strauss, o al menos se contiene más en sus manifestaciones públicas: pero
por eso mismo dicha franqueza es para él tanto más edificante cuando se da en otro;
en casa y entre sus iguales aplaude incluso a rabiar, y lo único que precisamente no le
glista es reconocer por escrito que todo lo que Strauss ha dicho está de acuerdo con
su corazón. Pues, como ya sabemos, nuestro filisteo de la formación es algo cobarde,
aun en sus simpatías más fuertes: y justo el hecho de que Strauss sea un poco menos
cobarde es lo que hace de él un jefe, bien que por otra parte su valor tenga también un
límite muy preciso. Si Strauss sobrepasase ese límite, como, por ejemplo, lo hace
Schopenhauer casi en cada una de sus frases, entonces ya no estaría a la cabeza de los
filisteos, y éstos se apartarían de él tan rápidamente como ahora corren tras él. Quien
pretendiera calificar de virtud aristotélica dicha moderación, que si bien no es sabi­
duría, algo tiene en cualquier caso de inteligencia, dicha mediocritas de valor, estaría
ciertamente cometiendo un error: pues este valor no ocupa el medio entre dos defec-
: tos, sino entre una virtud y un defecto — y en este medio, entre virtud y defecto, se
hallan todas las cualidades del filisteo.

, «¡Pero un escritor clásico sí que es!» Ahora vamos a verlo.


.Tal vez podríamos pasar a hablar ya del Strauss estilista y artista de la lengua, pero
antes vamos a considerar si está capacitado para construir como escritor su casa, y si
realmente entiende la arquitectura del libro. Podremos así decidir si Strauss es un ha­
cedor de libros ordenado, juicioso y experimentado; y en el caso de que tengamos que
responder con un no, le quedaría todavía como último refugium de su fama la preten­
sión de ser un <qprosista clásico». Ciertamente, sin la primera, esta última capacidad
no sería suficiente para elevarlo al rango de los escritores clásicos: sino, todo lo más,
ál de los improvisadores clásicos o virtuosos del estilo, que, a pesar de toda su habi­
lidad expresiva, muestran en el conjunto y en el trazado verdadero de la estructura la

Ibíd, p. 31.
674 OBRAS COMPLETAS

mano torpe y la mirada desconcertada del ignorante. Así pues, lo que nos pregunta- ■
mos es si Strauss tiene la fuerza artística para trazar un todo, totum ponere^^. . /
Por lo general, se puede ya reconocer en el primer borrador si el autor ha tenido a :
la vista un todo y si ha encontrado el desarrollo general y las medidas justas adecua­
das a dicho todo. Cuando esta tarea, la más importante, se resuelve, y se levahta’eí :
ediñcio con las proporciones debidas, todavía queda bastante por hacer: cuántos de­
fectos menores hay que corregir, cuántos huecos que rellenar, hasta ahora aquí y allí:
había bastado un tabique provisional o un falso techo, por todas partes hay polvo y
escombros, dondequiera que se mire se perciben las huellas de las dificultades y del;
trabajo; la casa en cuanto todo sigue siendo inhabitable, inhóspita: las paredes estáñ ;
todas desnudas y el viento silba a través de las ventanas abiertas. Si Strauss ha reaíir
zado o no este trabajo importante y difícil que todavía es necesario, es algo que nó
nos interesa cuando preguntamos si el edificio lo ha trazado con buenas proporciones
y componiendo por todas sus partes un todo. Lo contrario de esto, como se sabe, es.
montar un libro juntando fragmentos, como suelen hacer los doctos, confiando en
que los fragmentos tengan algún nexo entre ellos; confunden aquí el nexo lógico con
el artístico. En cualquier caso, tampoco es lógica la relación de las cuatro preguntas
principales que dan nombre a las partes del libró de Strauss: «¿Somos todavía cristia­
nos? ¿Tenemos aún una religión? ¿Cómo concebimos el mundo? ¿Cómo ordenamos
nuestra vida?»^°, y no es lógica esta disposición, porque la tercera cuestión no tiene
nada que ver con la segunda, y la cuarta, nada que ver con la tercera, y las tres, nada,
que ver con la primera. Por ejemplo, el naturalista que plantea la tercera pregunta
muestra su inmaculado sentido de la verdad justamente al saltarse calladamente la
segunda; y que los temas de la cuarta parte: matrimonio, república y pena de muerte,
no quedarían más que confundidos y oscurecidos al mezclarse con las teorías darwi-
nistas de la tercera parte, eso es algo que el propio Strauss parece comprender, pues
de hecho deja de lado dichas teorías. Pero la pregunta de si somos todavía cristianos
destruye en el acto la libertad de la consideración filosófica, dándole un desagradable
tinte teológico; además, al respecto se ha olvidado por completo de que la mayor parr
te de la humanidad hoy en día sigue siendo budista y no cristiana. ¿Cómo se puede
pensar sin más en el cristianismo con la expresión «vieja fe»? Si con esto se pone de
manifiesto que Strauss nunca ha dejado de ser un teólogo cristiano, y que por eso
nunca ha aprendido a ser filósofo, luego nos vuelve a sorprender al no ser capaz de
distinguir entre creer y saber, y porque siempre habla indistintamente de lo que él lla­
ma la «nueva fe» y de la ciencia moderna. ¿O «nueva fe» pretende ser sólo una aco-

Cfr. FP I, 27 [32]: «pero el todo está todavía lleno de innumerables defectos, aquí y allá un
tabique provisional, y “un falso techo”, por todas partes hay polvo, y son visibles las señales del tra­
bajo, del esfuerzo. En Strauss todavía falta todo el trabajo que es necesario hacer: incluso suponien­
do que haya conseguido el totwn ponere», Y sigue explicando cómo se consigue el totumponere: «se
consigue en la medida en que todo libro es una pintura que representa al menos un tipo de hombre,
de manera que también pertenecen al cuadro las grandes inconsecuencias e insuficiencias».
^ Son las cuatro partes en las que se estructura el libro de Strauss, La vieja y la nueva fe : 1.®
parte, §§ 4 a 32; 2.®, §§ 33 a 44; 3.“, §§ 45 a 70; 4.®, §§ 71 a 76, A la primera cuestión la respuesta es
negativa, los hombres modernos no pueden ser ya cristianos, pues no creen en fábulas ni en dogmas
contrarios a la ciencia. A la segunda, la respuesta es más comedida, pues no podemos negar nuestra
dependencia del universo, sentimiento de dependencia que sigue vivo y es el fundamento de toda
religión. La respuesta a la tercera cuestión: es la ciencia la que intenta conocer el mundo y, a la cuar­
ta cuestión, es por eso la ciencia la que puede proporcionar los principios con que ordenar nuestra
vida.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 675

modación irónica al uso lingüístico? Eso es lo que parece cuando vemos cómo Strauss
cqnfiinde ingenuamente aquí y allá las dos expresiones, esto eSj la nueva fe y la cien­
cia moderna, por ejemplo, en la p. 11, donde pregunta de qué lado «hay más oscuri­
dades e insuficiencias inevitables en las cosas humanas», si del de la vieja fe o del de
la ciencia moderna. Además, según el esquema de la introducción, pretende propor­
cionar las pruebas en las que se sostiene la concepción moderna del mundo: pero to­
das éstas pruebas las toma prestadas de la ciencia y ima vez más aquí actúa siempre
cómo alguien que sabe y no como alguien que cree.
‘ Así pues, en el fondo la nueva religión no es una nueva fe, sino que coincide con
la ciencia moderna, y en cuanto tal, no es de ninguna manera una religión. Ahora
bien, si pese a todo Strauss afirma tener una religión, las razones de esta afirmación
quedarán al margen de la ciencia moderna. Sólo una mínima parte del libro de
Strauss, es decir, en total algunas páginas dispersas, tratan de lo que Strauss podría
llamar con razón «fe»: a saber, ese sentimiento por el todo, para el cual reclama
Strauss la misma piedad que tiene el hombre piadoso a la antigua usanza para con su
Dios. Al menos en estas páginas las cosas no se abordan de una manera científica;
: ¡ojalá se abordasen un poco más enérgicamente, de una manera más natural y firme,
y sobre todo de una manera más creyente! Precisamente lo que más llama la atención
es ver con qué artificiosos procedimientos logra llegar nuestro autor al sentimiento de
que todavía tiene una fe y una religión: a base de pinchazos y golpes, como hemos
visto. De ahí sale esa fe pobre y enfermiza, fhito de tales estímulos: el solo pensar en
ella produce escalofríos.
l'Si bien en el esquema de la introducción Strauss prometía realizar una compara­
ción para ver si esta nueva fe presta los mismos servicios que la fe a la antigua usan­
za prestaba a los viejos creyentes, al final él mismo se da cuenta de que ha prometido
demasiado. Pues esta última pregunta, la de si presta los mismos servicios, o si es
mejor o peor, acaba despachándola Strauss en un par de páginas (pp. 366 ss.), por
completo de pasada y con una prisa esquiva, valiéndose incluso del siguiente farol:
«A quien aquí no sepa ayudarse a sí mismo, no se le puede prestar ayuda alguna,
todavía no está maduro para nuestro punto de vista» (p. 366). ¡Con qué fiierza de con­
vicción creía en cambio el antiguo estoico en el todo y en la racionalidad del todo!
Considerada así, ¿bajo qué luz aparece la pretensión de originalidad que Strauss
reclama para su fe? Mas, como se ha dicho, el que sea nueva o vieja, original o imi­
tada, resultaría indiferente con tal que dicha fe fuese enérgica, sana y natural. El
propio Strauss deja esa fe destilada y de emergencia en la estacada siempre que se
tercia, para desagraviamos y desagraviarse él mismo con su saber y para presentar
con una conciencia más tranquila a sus «nosotros» los conocimientos recientemente
aprendidos de la ciencia natural. Y si cuando habla de la fe se muestra tímido, cuando
cita al más grande benefactor de la más nueva humanidad, Darwin, la boca se le llena
y se hincha como un pavo: entonces exige que se crea no sólo en el nuevo Mesías,
sino también en él mismo, el nuevo apóstol; así cuando, por ejemplo, hablando de un
tema de ciencia natural de los más enrevesados, proclama con un orgullo verdadera­
mente trasnochado: «se me dirá que hablo aquí de cosas que no entiendo. Bien, mas
vendrán otros que las comprenderán y que me comprenderán también a mí»^^ Según
esto, casi parece que los famosos «nosotros» estuvieran obligados no sólo a creer en
él todo, sino también a. creer en el naturalista Strauss; en tal caso lo único que desea-

Cfr. SG 207.
676 OBRAS COMPLETAS

riamos es que para que esta última fe llegue a sentirse no sean necesarios procedi­
mientos tan penosos y tan crueles como lo fueron en el caso de la primera. ¿O acaso
aquí bastará, para lograr en los creyentes esa «reacción religiosa» que es el signo de
la «nueva fe», con que sea el objeto de la fe y no el creyente lo que se pellizque y pin­
che? ¡Entonces sí que nos habríamos ganado la religiosidad de esos «nosotros»! .
Y es que, de lo contrario, es casi de temer que los hombres modernos seguirán
adelante sin preocuparse especialmente por ese ingrediente de fe religiosa del após^
tol: como de hecho se han abierto paso hasta ahora sin presuponer la racionalidad del
todo. Toda la investigación moderna acerca de la naturaleza y de la historia no tiene
nada que ver con la fe en el todo de Strauss, y que el filisteo moderno no tiene nece-,
sidad alguna de dicha fe, lo demuestra la descripción que Strauss hace de su vida en
la sección titulada «¿cómo ordenamos nuestra vida?»®^. Así pues, tiene razón cuando
duda de que el «carruaje» al que sus «valiosos lectores han debido confiarse conmigo
cumpla todos los requisitos»^^ Pues ciertamente no los cumple: y el hombre moderno
avanza más deprisa si no se sube al carruaje de Strauss — o mejor dicho, avanza más
deprisa desde mucho antes de que existiese el carruaje de Strauss. Y si efectivamente
fuese cierto que esa famosa «minoría no desdeñable» de la que Strauss habla, yen.su
nombre, «da gran importancia a la coherencia»^"^, dicha minoría debería estar tan
poco contenta con el Strauss constructor de carruajes como nosotros lo estamos con
el lógico.
Abandonemos, de todos modos, al lógico: considerado desde un punto de vista;
artístico, quizá el libro entero tenga una forma bien ideada y, si no a un esquema bien
elaborado de pensamiento, responda a las leyes de la belleza. Y es ahora, tras haber
visto que no ha procedido como lo haría un docto científico, con orden y sistema ri­
gurosos, cuando podemos plantear la cuestión de si Strauss es un buen escritor. '
Quizá lo que Strauss se haya propuesto no sea tanto ahuyentar de la «vieja fe»
cuanto atraer con un cuadro gracioso y colorista de una vida ya hecha a la nueva ma­
nera de concebir el mundo. Precisamente si pensó que sus primeros lectores iban a ser
doctos y hombres cultos, tenía que saber bien por experiencia que a éstos se les puede
matar con la artillería pesada de las demostraciones científicas^^ pero nunca oblig^i
los a que se rindan, y que, por el contrario, sucumben rápidamente a las artes de se- ;
ducción ligeras de ropa^®. No obstante, «ligero de ropa» y ciertamente «aposta» es ló;
que dice Strauss de su propio libro; «ligero de ropa» es como lo encuentran y descri-;
ben sus panegiristas públicos, uno de los cuales, por ejemplo, uno cualquiera, para­
frasea esa percepción de la manera siguiente: «El discurso avanza con equilibrio gar­
boso, manejando el arte de la demostración sin dificultad alguna, lo mismo cuando
dirige sus críticas a lo antiguo que cuando adereza de manera tentadora la nueva que

La cuarta parte del libro ¿fl vzeyci y /a wwevfl/e.


« CÍT.SG367.
Ibíd.,6.
” La variante, «de un libro científico», aparecía en las galeradas de imprenta antes de que
Nietzsche las corrigiera.
Nietzsche utiliza el término «leichtgeschürzíen»^ que literalmente significa «arremangar las
faldas ligeramente» como forma de seducir. Cfr. Strauss, D., Nachwort..., op. cit., p. 4. Strauss,para
aligerar el libro, no incluye el Nachwort {Epilogó) en La v ie ja y la n u e v a f e , sino que lo edita sepa­
radamente, aunque luego se incluiría en posteriores ediciones al final de su libro. Cfr. por ejemplo
la edición de 1881, Bonn: Verlag von Emil Strauss, pp. 375-407. Strauss dice: «debe servir nó sólo
como prólogo para la nueva edición, sino al mismo tiempo como epílogo para los lectores de las edir
ciones anteriores».
C O N S ID E R A C IO N E S IN T E M P E S T IV A S I 677

.nos trae, presentándola tanto a los gustos sin pretensiones como a los refinados. Está
;finamente pensada la ordenación de una materia tan variada y heterogénea, en la que
había que tocar todo pero nada por extenso; especialmente las transiciones con las
que se pasa de una materia a otra están dispuestas con mucho arte, si es que no se
quiere, pongamos, admirar aún más la habilidad con la que los asuntos incómodos se
dejan a un lado o se silencian». Como también se hace patente aquí, no es que la sen­
sibilidad de tales panegiristas sea precisamente muy fina respecto de lo que uno en
cuanto autor es capaz de hacer, aunque sí tanto más fina para lo que uno quiere. Mas
lo que Strauss quiere nos lo revela de forma clarísima la recomendación enfática y no
del todo ingenua que hace de las Gracias de Voltaire, a cuyo servicio él pudo apren­
der precisamente esas artes «ligeras de ropa» de las que su panegirista habla — en el
casó, claro está, de que la virtud se pueda enseñar y un magister pueda llegar a ser
alguna vez un bailarín.
: ¿Quién no tiene sus dudas al respecto, si lee, por ejemplo, el siguiente pasaje de
Strauss sobre Voltaire (p. 219, Voltaire)!: «Realmente Voltaire en cuanto filósofo no
es original, lo que hace fundamentalmente es elaborar las investigaciones de los in­
gleses: en esto, sin embargo, demuestra siempre ser im desenvuelto maestro de la ma­
teria, que sabe presentar con incomparable habilidad por todos los lados, iluminándo­
la con todas las luces posibles, y por ello, sin ser rigurosamente metódico, sabe
cumplir también las exigencias de minuciosidad»^^ Todos los rasgos negativos le
son aplicables: nadie afirmará que Strauss sea original como filósofo, o que sea rigu­
rosamente metódico, pero habría que preguntarse si podemos considerarlo también
«ún desenvuelto maestro de la materia», y si le concedemos esa «incomparable habi­
lidad». La confesión de que el escrito está hecho «ligero de ropa aposta» deja adivi­
nar que al menos sus miras las había puesto en una incomparable habilidad.
El sueño de nuestro arquitecto no era levantar un templo o una casa, sino un pa­
bellón en medio de todas las artes del jardín^^ Es más, casi parece que hasta el mis­
terioso sentimiento por el todo sea un recurso calculado principalmente para lograr
un efecto estético, como si dijéramos la vista que se tiene sobre un elemento irracio­
nal, por ejemplo, el mar, desde una terraza de lo más elegante y racional. El recorrido
a través de las primeras secciones, es decir, a través de las catacumbas teológicas, con
su oscuridad y su ornamentación caprichosa y barroca, era asimismo otro recurso es­
tético para que resaltara por contraste la limpieza, la claridad y la racionalidad de la
parte titulada: ¿Cómo concebimos el mundo?^^: pues nada más dejar atrás el lóbrego
camino y tras haber echado esa mirada a la infinitud irracional, entramos en una am­
plia estancia iluminada por una claraboya; nos recibe sobria y clara, con mapas astro­
nómicos y figuras matemáticas en las paredes, llena de aparatos científicos, con es-

: ” Strauss, D. R, fb/taire. Sechs V o r tr á g e { \m \ Leipzig, 1872, S.'^ed., p. 227. Cfr. FPI, 27 [1],
(donde Nietzsche señala: «Qué desfachatez la de Strauss al ofrecer al pueblo alemán su libro de La
Vida de Jesús como contrarréplica al de Renán, mucho más grande que el suyo: y a Voltaire ni
siquiera tendría que haberlo tocado». Cósima Wagner escribe a Nietzsche enjuiciando el libro de
Strauss: «Hemos tenido el Voltaire de David Strauss entre las manos. A pesar de la intención clara y
loable.de emitir un juicio honesto sobre ese gran hombre al comienzo del libro, sin embargo es de lo
más desagradable por su falta de gusto, por su amaneramiento y falta de estilo, y por sus ideas ver­
daderamente triviales. Se podrá hacer pronto de él un segundo Drachen [“Dragón”, pseudónimo que
utilizaba Wagner]» (de 4 de diciembre de 1870, KGB II/2 275).
: ' ’» C fr.A §247.
Tercera parte de La vieja y la nueva fe.
678 OBRAS COMPLETAS

queletos en los armarios, monos disecados y productos anatónúcos. Y desde aqtií,


felices ya, nos adentramos en la comodidad plena de los propietarios del pabellón; lós
encontramos acompañados de sus mujeres y niños, leyendo sus periódicos o discu-;
tiendo, como a diario, de política, les oímos hablar largo y tendido acerca del matri--:
monio y el sufragio universal, sobre la pena de muerte y las huelgas de los trabajado^.
res, y nos parece imposible que se pueda recitar maquinalmente a mayor velocidad tal
rosario de opiniones públicas. Por último, aún debemos quedar también convencidos
del gusto clásico de los que habitan en este lugar: una breve parada en la bibliotecáy
en la sala de música nos da la información esperada: en las estanterías están los me­
jores libros y en los atriles, las más célebres piezas musicales; hasta tocan algo para
nosotros, y de ser eso música de Haydn, éste no tendría la culpa de que sonara a mú­
sica casera de Riehl. Entretanto el dueño de la casa ha tenido la ocasión de declarar
que está completamente de acuerdo con Lessing y también con Goethe, pero sólo
hasta la segunda parte del Fausto. Finalmente, el propietario de nuestro pabellón se
alaba a sí mismo y dice que a quien no le guste su casa, no se le puede prestar ayuda
alguna, pues no está maduro para su punto de vista; después de esto todavía nos ofre­
ce su carruaje, si bien con la cortés reserva de que él no pretende afirmar que el ca­
rruaje cumpla todos los requisitos; además, nos dice, acaban de colocarse piedras
nuevas en sus caminos y nos veremos machacados por completo. Luego, nuestro dios
epicúreo de los jardines se despide con la incomparable habilidad que él ha sabido
elogiar en Voltaire.
¿Quién podría dudar todavía de esa incomparable habilidad? Se reconoce al
desenvuelto maestro de la materia, se desenmascara al artista del jardín, ligero de
ropa; y nunca dejamos de oír la voz del clásico: como escritor no quiero ser un fi­
listeo, ¡no quiero, no! ¡Quiero ser Voltaire, el Voltaire alemán!, y en todo caso ¡el
Lessing francés!
Vamos a revelar un secreto: nuestro magister no siempre sabe qué es lo que pre­
fiere ser, si Voltaire o Lessing, pero de ninguna manera quisiera ser un filisteo, y si
ñiera posible, casi seguro que preferiría ser los dos, Lessing y Voltaire — para que se
cumpla lo que está ahí escrito: «no tenía ningún carácter, sino que cuando quería te­
nerlo, antes tenía siempre que adquirirlo».

10

Si hemos comprendido bien a Strauss el confesor, también él es un verdadero fi­


listeo de alma cohibida y seca, cuyas necesidades son sobrias, de docto; y, sin embar­
go, si se le llamase filisteo, nadie se enojaría más que David Strauss el escritor. Que
se le llamase petulante, atrevido, malicioso, incluso temerario, no le parecería mal; su
máxima felicidad, no obstante, seria que se le comparara con Lessing o con Voltaire,
que ciertamente no fueron filisteos. En la busca de tal felicidad, Strauss suele vacilar^
y no sabe si le conviene imitar el valeroso ímpetu dialéctico de Lessing o si le iría
mejor la actitud de viejo fauno y espíritu libre a la manera de Voltaire‘°°. Cuando se
sienta a escribir, pone una cara que no cambia, como si estuviese posando para un

Cfr. FP I, 27 [21]; «Strauss trata de poner la cara tanto de Voltaire como de Lessing». La crí­
tica sobre la manera como trata Strauss a Voltaire parece un adelanto de la dedicatoria que Nietzsche
hace en Humano demasiado humano al mismo Voltaire.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 679

retrato, y muestra ora la cara lessinguiana ora la volteriana. Cuando leemos su ala­
banza a la exposición de Voltaire (p. 217, Voltairé), parece apelar enérgicamente a la
conciencia del presente, preguntándole cómo es que ésta desde hace tiempo ha deja­
do de saber lo que tiene en el Voltaire moderno: «también sus atractivos», dice, «son
por todas partes los mismos: sencillez y naturalidad, transparente claridad, soltura y
vivacidad, afable amenidad. Calor y vigor no faltan cuando viene al caso; la aversión
a lo ampuloso y lo afectado le venía a Voltaire de lo más íntimo de su naturaleza; y,
por otro lado, cuando en ocasiones la petulancia y las pasiones rebajaban su expre­
sión hasta la vulgaridad, la culpa no era del estilista sino del hombre que había en
él»!°^ Según esto, parece que Strauss sabe muy bien la importancia que tiene la sim­
plicidad del estilo: dicha simplicidad ha sido siempre la característica del genio, el
único que tiene el privilegio de expresarse con sencillez, naturalidad e ingenuidad. El
hecho, por lo tanto, de que un escritor elija una manera simple de expresarse no trai­
ciona la más vulgar de las ambiciones: pues aunque algunos se den cuenta de cómo
quisiera dicho escritor que se le considerara, algunos, sin embargo, también serán tan
complacientes de considerarlo justo como él desea. Mas el escritor genial no se reve­
la solamente en la simplicidad y en la rotundidad de la expresión: su fuerza excesiva
le lleva a jugar con los contenidos, aunque éstos sean peligrosos y difíciles. Nadie va
con paso firme por un camino desconocido que está cortado por mil precipicios: mas
el genio corre ágil dando saltos atrevidos o elegantes por un sendero semejante, bur­
lándose de medir los pasos con precaución y con miedo^“ .
• Strauss sabe también que los problemas de los que se desentiende son serios y te­
rribles, y como tales han sido tratados por los sabios de todas las épocas, y aun así
llama a su libro ligero de ropa. De todos esos terrores, de la sombría seriedad del me­
ditar en que de suyo se suele caer al preguntarse uno acerca del valor de la existencia
y de los deberes del hombre, ya no se barrunta nada cuando el genial magister pasa
delante de-nosotros dando volteretas, «ligero de ropa y aposta», con menos ropa in­
cluso que su Rousseau, del que nos cuenta que iba desnudo por abajo y cubierto por
arriba’°^ mientras Goethe iría cubierto por abajo y desnudo por arriba. Los genios
verdaderamente ingenuos parece que no se cubren nada, y quizá la expresión «ligero
de ropa»’®'^sólo sea un eufemismo de «desnudo». De la diosa Verdad dicen —^los po­
cos que la han visto— que estaba desnuda: y quizá a los ojos de quienes, sin haberla
visto, creen a esos pocos que sí, la desnudez o la poca ropa sea ya una prueba, o al
menos un indicium, de la verdad. La mera sospecha favorece ya la ambición del au­
tor: alguien ve ima cosa desnuda: iy si fuera la verdad!, se dice, y adopta una expre­
sión más solemne de lo que en él suele ser habitual. Pero con esto ha logrado ya mu­
cho el escritor, al obligar a sus lectores a verlo más solemne que cualquier otro
escritor que vaya vestido con más ropa. Es el camino para llegar a ser algún día un
«clásico»: y el propio Strauss nos cuenta «que se le ha dispensado el no buscado ho­
nor de considerarlo de la raza de los prosistas clásicos», es decir, que ha llegado a la
meta de su camino’®^. El genio Strauss va dando vueltas por las calles, con la vesti-

Strauss, D., Voltaire, op. cit, p. 225.


Cfn.FP I, 27 [45].
Cfr. SG 316. Nietzsche utiliza el verbo drapieren, «drapear», es decir, «colocar o plegar los
paños de la vestidura, y, más especialmente, darles la caída conveniente». Es posible que Nietzsche
se refiera a la indumentaria griega y romana, con túnicas y mantos chapeados.
Cfr. FP I, 27 [49].
Cfr. FP I. 27 1391.
680 OBRAS COMPLETAS

menta de las diosas, ligero de ropa, en calidad de «clásico», y el filisteo Strauss debe
a toda costa, para servimos de las originales expresiones de este genio, «acabar por
decreto» o «ser expulsado para no volver jamás»‘°^.
Pero ¡ay, el filisteo, a pesar de todos los decretos y todas las expulsiones, vuelve
una y otra vez! ¡Ay, el rostro obligado a asumir los rasgos volterianos y lessinguia-
nos‘°’ de vez en cuando vuelve bruscamente a su estado originario, a sus viejas for­
mas naturales! ¡Ay, la careta de genio se cae demasiado a menudo, y nunca ha sido la
mirada del magister más mohína, nunca sus movimientos más rígidos que precisa­
mente cuando ha intentado remedar con sus saltos el salto del genio y mirar con la
mirada de fuego con la que el genio mira! Y por el mero hecho de ir tan ligero de ropa
en una zona tan fría como la nuestra se expone al peligro de resfriarse más a menudo
y más gravemente que otro cualquiera; puede que sea ciertamente penoso que tam­
bién los demás se den cuenta luego de todo esto, pero si quiere curarse, el siguiente
diagnóstico tiene que ser también público. Hubo una vez im Strauss*®®, un docto va­
leroso, estricto y bien vestido, que nos resultaba tan simpático como todo aquel que
en Alemania sirve con seriedad y energía a la verdad y sabe ejercer dominio, dentro
de sus límites; ese que hoy con el nombre de David Strauss es famoso en la opinión
pública es una persona distinta: quizá los teólogos sean los responsables de que él se
haya convertido en el que es ahora; basta, su jueguecito actual con la máscara del ge­
nio nos resulta tan odioso y ridículo como su seriedad de antes nos obligaba a.la se­
riedad y a la simpatía. Cuando él más recientemente nos explica: «sería también una
ingratitud hacia mi genio el que no me alegrase de haber recibido, además del don de
la crítica despiadadamente destructiva, asimismo el placer inocuo de la creación
artística» acaso le sorprenda el hecho de que, no obstante ese testimonio sobre, sí
mismo, haya quien afirma lo contrarío; por un lado, que él no ha tenido jamás el don
de la creación artística, y, por otro lado, que el placer que él llama «inocuo» es todo
menos inocuo, por cuanto ha ido minando poco a poco hasta destruirla del todo su
naturaleza, en el fondo robusta y bien arraigada, de docto y de crítico, ¿s decir, al au­
téntico genio straussiano. En un arrebato de honestidad sin límites, el propio Strauss
añade que él siempre «ha llevado en su interior un Merck que le gritaba: itú ya no
debes hacer esas tonterías, los demás también son capaces de hacerlo!» **®. Esa era la

Cfr. SG 177. En el texto de Strauss se refiere con esta expresión a la abolición de los mila­
gros: «Wir Philosophen und kritischen Theologen haben gut reden gehabt, wenn wir das Wunderin
Abgang decretieren» («Nosotros filósofos y teólogos críticos, por mucho que dijéramos al decretar
el fin del milagro...»).
>0’ Cfr. FP 1,27 [21]. ‘ ;
Aunque resulte paradójico, Nietzsche parece estar insinuando aquí la simpatía qué profesaba’
por la obra de Strauss en su época de estudiante. Ya en 1865 le comenta a su amigo Mushacke: «si ten­
go poco apetito, tomo una píldora de Strauss, L a m ita d y la to ta lid a d [D ie G a n zen u n d d ie Halben,
Berlín, 1865)], por ejemplo...». (20 de septiembre de 1865, GOI 355). De Strauss compró y leyó coii
detenimiento su L e s sin g s N a th a n d e r W eise («El camino del “Nathan” de Lessing», 1865) y el más fa­
moso de sus textos: D a s L e b e n Jesu , k ritisch b e a r b e ite t («La vida de Jesús, críticamente examináda>y,
1835), libro que finalmente compró en 1865 y que sirvió para discutir con su hermana en el verano de
1865 sobre cuestiones de fe. En A § 28 Nietzsche nos recuerda que a la edad de veinte años habíá sa­
boreado la obra exegética del «incomparable Strauss» sobre los Evangelios. No obstante, sigue resul­
tando chocante que Nietzsche, que no era creyente, hiciera el trabajo que de suyo debían de hacer los
cristianos creyentes contra alguien como Strauss que atacaba las raíces del cristianismo. vr
Strauss, D., ATflc/íWor/..., qp. cz7., p. 10.
Ibíd, cfr. F P 1,27 [39]. Johan Heinrich Merck (1741-1791), crítico y jurista alemán, coii sü refi­
nado gusto fue un valioso gma para los jóvenes escritores del S tw m u n d D ran g. Fue amigo de Goethe.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 681

voz del auténtico genio straussiano: la misma voz que le dice también cuánto vale su
novísimo testamento, inocuamente ligero de ropa, del filisteo moderno, si mucho o
poco. ¡Pero esto lo pueden hacer también los demás! ¡Y muchos lo podrían hacer me­
jor! Y quienes, espíritus más ricos y mejor dotados que Strauss, lo hicieran lo mejor
posible, no habrían hecho en ningún caso más que — tonterías.
Creo que se habrá comprendido bien en qué medida estimo al escritor Strauss:
lo tengo por un actor que hace el papel de genio ingenuo y de clásico. Y si bien
Lichtenberg dice: «Hay que recomendar la sencillez en la escritura, ya por el sim­
ple hecho de que ningún hombre recto se expresa con rebuscamiento y sutileza»"',
ño significa eso que el estilo sencillo sea ya una prueba de rectitud literaria. Yo qui-
siéra que el escritor Strauss fuese más sincero, así escribiría mejor y sería menos
célebre. Y — si en cualquier caso quiere ser actor — entonces preferiría que fuese
un buen actor e imitase mejor al genio ingenuo y al clásico, escribiendo como un
clásico y como un genio. Pues queda por decir que Strauss es un mal actor y hasta
un escritor infame.

11

- El reproche de ser un escritor pésimo queda ciertamente mitigado por el hecho de


qüe en Alemania es muy difícil llegar a ser un escritor sobrio y aceptable, y más que
ñnprobable llegar a ser un buen escritor"^ Falta aquí un terreno natural, el aprecio, el
manejo y el cultivo artísticos del lenguaje hablado. Puesto que éste, como los propios
términos de «conversación de salón», «sermón», «discurso parlamentario» expresan,
no ha logrado todavía un estilo nacional en todas las manifestaciones públicas, y, más
aún, ni siquiera ha llegado a sentir la necesidad de que haya un estilo, y puesto que
todos aquellos que hablan en Alemania no han ido más allá de algunos ingenuos ex­
perimentos con la lengua, el caso es que el escritor no tiene ninguna norma unitaria y
sí cierto derecho a luchar por su cuenta con la lengua: y de ahí proviene, en conse­
cuencia, la dilapidación sin límites de la lengua alemana del «presente», que Scho-
penliauer describía de la manera más enérgica. «Si esto sigue así —dijo en cierta oca­
sión—, el año 1900 ya no se entenderá bien a los clásicos alemanes, puesto que la
única lengua alemana que se conocerá será la jerga canallesca del noble “presente”
— cuyo carácter fundamental es la impotencia»"^ De hecho, ya ahora se hacen oír
en las revistas más actuales árbitros de la lengua y la gramática alemanas que dicen
que nuestros clásicos no pueden seguir siendo modelos de nuestro estilo"'', porque
emplean una gran cantidad de términos, expresiones y construcciones sintácticas que
nosotros hemos perdido: por eso lo conveniente sería recopilar los logros lingüísticos
en el uso de los términos y de las frases de las celebridades literarias de hoy y reco­
mendar que se imiten, cosa que ya se ha hecho realmente, por ejemplo, en el diccio-

. Lichtenberg, op. c it, I, p. 306. Cfr. F P 1 ,27 [25].


Cfr. FP 1,27 [68], p. 450. Aquí habla Nietzsche sobre «la dificultad de ser un buen escritor».
: Schopenhauer, A., Aus Arthur Schopenhaiters handschriftlichen Nachlass, Julius Frauenstá-
dt (ed.), F. A. Brockhaus, Leipzig, 1864, p. 58. [BN 543].
' En las notas previas al texto definitivo Nietzsche había escrito: «Realmente tampoco he leído
yo en las revistas expresamente modernas una explicación al hecho de que nuestros clásicos ya no
puedan ser modelos de estilo, sino que han surgido nuevas grandezas, Adolf Stahr o Strauss, etc.»
Cfr.KSA XIV 63.
682 OBRAS COMPLETAS

nano manual, conciso y vergonzoso, de Sanders'^^ En él aparece considerado como


un clásico ese repugnante monstruo del estilo que es Gutzkow^^^: y en general, a lo
que parece, tendremos que habituamos a una banda sorprendente de clásicos del todo
nuevos, entre los cuales el primero, o al menos uno de los primeros, es David Strauss,
el mismo al que no podemos caracterizar de modo diferente a como ya lo hemos he­
cho: a saber, como un escritor infame.
Pues bien, un rasgo de lo más característico de esa pseudocultura del filisteo de
la formación es ver cómo logra para sí el concepto de clásico y de escritor ejemplar
— él, que sólo se muestra fuerte a la hora de rechazar un estilo de cultura verdade­
ra y artísticamente riguroso, y que con esa insistencia en el rechazo logra una uni­
formidad en la expresión que casi parece ser unidad de estilo. ¿Cómo es posible
que, permitiéndose a todo el mundo experimentar sin límites con el lenguaje, haya,
sin embargo, algunos escritores que encuentran un tono que va dirigido a muchos?
¿Qué es lo que llega aquí a tantos? Es ante todo una cualidad negativa: la ausencia
de cualquier cosa que sea escandalosa — pero todo lo que es verdaderamente pro­
ductivo es escandaloso. — Entre lo que el alemán lee hoy a diario predominan, sin
duda, los periódicos, así como las revistas correspondientes: el alemán de estos pe­
riódicos y revistas, con su incesante goteo de expresiones iguales y palabras igua­
les, se va grabando en su oído, y puesto que generalmente elige para tales lecturas
las horas en que su espíritu cansado no está de ningún modo dispuesto a resistir, su
oído se va haciendo poco a poco a este alemán cotidiano y cuando le falta lo echa
de menos con pesar. Ahora bien, son los fabricantes de dichos periódicos los quej
en consonancia plena con su ocupación, están más acostumbrados a la papilla del
lenguaje periodístico: los que, en sentido estricto, han perdido todo gusto, y cuya
lengua siente como mucho una suerte de placer sólo en lo totalmente corrupto y
arbitrario. Con esto se explica el tutti unisono^^'^ en que, a pesar de su lasitud y en­
fermedad, unen de inmediato sus voces en torno a todos y cada uno de los dispara­
tes lingüísticos recién inventados: con esa descarada corrupción se venga uno de la
lengua por el increíble aburrimiento que poco a poco genera en sus asalariados. Re­
cuerdo haber leído un llamamiento de Berthold Auerbach**® «al pueblo alemán» en
el que cada uno de sus giros lingüísticos, nada alemán, resultaba extravagante y fal­
so, y el conjunto parecía un mosaico de palabras sin vida con sintaxis internacional;
por no decir nada del desvergonzado alemán chapucero con el que Eduard De-
vrient**^ celebró la memoria de Mendelssohn. Así pues, el solecismo — y esto es lo

‘ Daniel Sanders (1819-1897), prestigioso lingüista alemán, autor del W ó rterb u ch d e r d eu tsch en
S p ra ch e. M it b e le g en von L iith e r b is a i i f d ie G e g en w a rt. M . E tg a n z u n g s -W ó rte r b u c h . Leipzig, 1860-
1865,2 vols. Nietzsche hace un juego de palabras que aquí no llegamos a reproducir, pues en el origi­
nal «manual» y «vergonzoso» riman: H a n d - iin d S cfian d-,
Karl Ferdinand Gutzkow (1811-1878), natural de Berlín, fue dramaturgo, novelista y perio­
dista. Autor de D ie N ih ilis te n (1853). Nietzsche dice de él: «Gutzkow, como filósofo fracasado, es
el tr a n s fo n n e d d is fo n n e d , en general una caricamra de la relación schilleriana entre filosofía y poe­
sía». Cfr.FP I,7Í-114].
En italiano en el texto.
Berthold Auerbach (1812-1882), escritor y novelista alemán que estudió filosofía en la es­
cuela de David Strauss y fue también el traductor de las obras de Espinoza. Nietzsche lo cita en FP
I, 27 [38], 37 [4, 7]. Escribía en el periódico A u s b u r g e r A llg e m e in e Z e itu n g .
Eduard Philipp Devrient (1801-1877), cantante de ópera y musicólogo. Escribió un libro en
1869 M e in e E rin n e ru n g e n a n F élix M e n d e ls s o h n -B a r th o ld y u n d s e in e B r ie fe a n mich^ Leipzig,
1869. Wagner le replicó vehementemente con su escrito E l Sr. E d u a r d D e v r ie n t y s u e s tilo , un estu-
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 683

curioso — nuestro filisteo no lo considera algo escandaloso, sino un alivio refres­


cante y tentador en el desierto cotidiano del alemán, yermo de hierba y árboles.
Para él, sin embargo, resulta escandaloso lo que es verdaderamente productivo. Al
escritor modelo supermodemo no se le corregirán su sintaxis retorcida, exagerada
o deshilachada ni sus neologismos ridículos, sino que se los valorarán como un mé­
rito, como un arreglo apetitoso; mas jay del estilista dotado de carácter que evita la
expresión rutinaria con la misma seriedad y perseverancia con las que evita los
«monstruos que los escritorzuelos del presente han incubado la última noche»,
como dice Schopenhauer*^®. Cuando se acepta como regla lo que es chabacano, tri­
llado, flojo y vulgar, y como excepción tentadora lo malo y corrupto, entonces lo
que esté lleno de fuerza, lo que sea poco común y bello cae en descrédito; de ma­
nera que en Alemania se repite sin cesar la historia aquella del viajero bien propor­
cionado que llega al país de los jorobados y allí por todas partes se ve escarnecido
del modo más ultrajante a causa de su supuesta deformación, al no tener joroba,
hasta que finalmente un sacerdote, intercediendo por él, habla de este modo al pue­
blo; mejor será que os compadezcáis del pobre extranjero y elevéis una ofrenda a
los dioses en agradecimiento por haberos adornado con esta imponente montaña de
carne.
! Si alguien pretendiera escribir hoy una gramática que contuviera las normas po­
sitivas del actual estilo alemán de todo el mundo, e investigase cuáles son las reglas
que, al modo de imperativos no escritos, no hablados, sin embargo, se siguen y ejer­
cen su dominio sobre las escribanías de todos y cada uno, tropezaría con ciertas
ideas extrañas acerca del estilo y la retórica que quizás hayan salido de algunas re­
miniscencias de la escuela y de la obligación en ella de realizar ejercicios de estilo
en latín, o quizá de la lectura de algunos escritores franceses de cuya increíble za­
fiedad todo francés medianamente educado tiene derecho a burlarse. Acerca de es­
tas ideas extrañas bajo cuyo dominio viven y escriben casi todos los alemanes pa­
rece ser que todavía no ha reflexionado ninguno de los alemanes concienzudos y
profundos.
Entre ellas encontramos la exigencia de que aparezca de vez en cuando una
imagen o una metáfora, y que la metáfora sea nueva; mas para el escaso cerebro de
escritor «nueva» significa lo mismo que «moderna», y así ahora se empeña en sacar
sus metáforas del ferrocarril, el telégrafo, la máquina de vapor o la bolsa, y se sien­
te orgulloso de que estas imágenes, siendo modernas, sean por fuerza también nue­
vas. En el libro de confesiones de Strauss vemos que también se ha pagado como
es debido el tributo a las metáforas modernas: se despide de nosotros con la ima­
gen, que ocupa página y media, de una moderna reparación de carreteras, y un par
de páginas antes compara el mundo con una máquina, con sus ruedas, sus pistones,
sus martillos y su «aceite lubricante» (p. 362): una comida que comienza con cham-
pague — (p. 324): Kant como centro de hicfroterapia de agua fría.— (p. 265): «La
constitución federal suiza es a la inglesa como un molino de agua a una máquina de
vapor, como un vals o una canción a una fuga o sinfonía». — (p. 258); «En todo
recurso de apelación es necesario atenerse al orden de las instancias. Mas la instan-

dio sobre los «Recuerdos de Félix Mendelssohn-Bartholdy», en R.Wagner, Gesammelte Schriften,


Fritzsch, Leipzig, 1872-1873. El escrito lleva el pseudónimo de Wilhelm Drach. Cfr. Cósima Wag-
ner, Diarios^ op. cit., de 27 de enero de 1869, donde lo describe como un «comediante sin cultura».
Schopenliauer, A., AusArthur Schopenhauers..., op, cit., p. 61.
684 OBRAS COMPLETAS .

cia intermedia entre el individuo y la humanidad es la nación». — (p. 141): «Cuan­


do deseamos saber si todavía hay vida en un organismo que nos parece muerto,
solemos hacer la prueba con un estímulo fuerte, quizá hasta doloroso, recurriendo,
por ejemplo, a un pinchazo». — (p. 138): «El territorio religioso en el alma huma­
na es similar al territorio de los pieles rojas en América». — (p. 137): «Virtuosos
de la piedad en los conventos». — (p. 90): «Poner debajo de la cuenta, con todas las
cifras, el resultado de todo lo anterior». — (p. 176): «La teoría darwinista es seme­
jante a una línea de ferrocarril recién trazada-----------en la que las banderitas on­
dean al viento alegremente». De esta manera tan supermoderna ha satisfecho
Strauss la exigencia del filisteo de que de vez en cuando tenga que aparecer una
nueva metáfora.
Está también muy difundida una segunda exigencia retórica, y es que lo didácti­
co debe desplegarse en frases largas y extensas abstracciones, mientras que lo que
pretende persuadir, en cambio, gusta de ffasecitas breves y de contrastes en la expre­
sión dando brincos unos tras otros. Una frase modélica de lo didáctico y erudito,
estirada hasta la completa disipación schleiermacheriana, que lentamente se arrastra
con verdadera agilidad de tortuga, se halla en Strauss en la p. 132: «El hecho de que
en los estadios más primitivos de la religión aparezca en vez de un único origen va­
rios, en vez de un único Dios una multitud de dioses, se debe según esta deducción
de la religión a que las diversas fuerzas de la naturaleza o circunstancias de la vida
que suscitan en el hombre el sentimiento de dependencia absoluta actúan al princi­
pio en él aún en toda su diversidad, él no ha llegado aún a tener conciencia de que,
en lo relativo a la dependencia absoluta, no podía haber entre ellas ninguna diferen­
cia, y que, por tanto, el poder que le dominaba o el ser que poseía este poder, debía-
ser único». Un ejemplo opuesto, de ffasecitas breves y afectada vivacidad, que ha
emocionado a algunos lectores tanto que ya a Strauss sólo lo nombran junto a Les-
sing, se encuentra en la p. 8: «Lo que me propongo hacer en lo que sigue, de eso no
me cabe la menor duda, muchos sabrían hacerlo igual de bien, y bastantes incluso
mucho mejor. Algunos ya lo han dicho, ¿pero es esto razón para que yo me calle? No
lo creo. Nosotros nos complementamos. Si otros saben más de muchas cosas, quizá
de algunas sepa yo más; y bastantes las sé yo de otro modo, las veo de otro modo que
los demás. Así que vayamos al grano, las cartas sobre la mesa, y que se vea si son
buenas». Entre esta marcha rápida y alegre y aquella morosidad de sepulturero el
estilo de Strauss suele ocupar, naturalmente, el centro, mas no siempre lo que se ha­
lla entre dos vicios es la virtud, sino que demasiado a menudo es sólo la debilidad,
la incapacidad, la impotencia. De hecho, el buscar en el libro de Strauss rasgos y ex­
presiones que fueran más finos e inteligentes ha sido una labor por completo decep­
cionante, y eso tras haber reservado un apartado, para al menos poder alabar algo
aquí y allá del escritor Strauss, ya que en el confesor no había encontrando nada que
fuese digno de alabanza. Busqué y rebusqué, y la rúbrica quedó vacía. Se me fue
llenando, en cambio, otro apartado titulado: «Solecismos, imágenes confusas, abre­
viaciones poco claras, observaciones de mal gusto y galimatías», hasta tal punto que
lo único que ahora puedo permitirme dar a conocer es una modesta selección de mi
enorme colección de muestras. Quizá consiga reunir bajo esa rúbrica lo que hace
creer a los alemanes de hoy que Strauss es un gran estilista lleno de interés: son cu­
riosidades de expresión que en medio de ese yermo árido y polvoriento que es el li­
bro entero sorprenden, si no agradablemente, sí de una manera interesante aunque
penosa: gracias a tales pasajes nos damos cuenta al menos, para servimos de una
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 685

imagen straussiana, de que todavía no estamos muertos y de que aún reaccionamos


a tales pinchazos. Pues todo lo demás muestra esa carencia de todo lo escandaloso,
es decir, lo productivo, que ahora se valora como cualidad positiva en el prosista clá­
sico. La sobriedad y la aridez extremas, una sobriedad verdaderamente famélica,
despiertan hoy en la masa culta una sensación antinatural, como si tales rasgos fue­
ran signo de salud, de tal manera que aquí vale justo lo que dice el autor del Dialogus
de oratorihiis: «illam ipsam quam iactant sanitatem non Jirmitate sed iehinio
consequimíiir»^^\ Por eso odian éstos con instintiva unanimidad toda Jírmitas, por­
que ésta da testimonio de una salud completamente distinta de la suya, y procuran
que la firmitas, la concisión enérgica, la fogosa fuerza de los movimientos, la pleni­
tud y delicadeza del juego de los músculos resulten sospechosas. Se han puesto de
acuerdo para hacer que la naturaleza y los nombres de las cosas queden invertidos,
y hablar en lo sucesivo de salud cuando nosotros vemos debilidad, y de enfermedad
y. de sobreexcitación cuando la verdadera salud nos sale al paso. Así es como ahora
se considera un «clásico» también a David Strauss.
.. Si al menos esa sobriedad fuese una sobriedad estrictamente lógica: pero es jus­
to la sencillez y el rigor del pensamiento lo que estos «débiles» han perdido, y en
; sus manos hasta la propia lengua se ha deshilachado en ilógica. Inténtese tan sólo
traducir al latín ese estilo de Strauss: algo que hasta con Kant es factible y que en
el caso de Schopenhauer es cómodo e interesante. La causa de que eso sea imposi­
ble de hacer con el alemán de Strauss no creo que esté en el hecho de que su alemán
sea más alemán que el de aquéllos, sino en el hecho de que su alemán es confuso e
ilógico, mientras que el de aquéllos está lleno de sencillez y grandeza. Quien sabe,
en cambio, lo mucho que se esforzaban los antiguos para aprender a hablar y a es­
cribir, y lo poco que se esfuerzan los modernos, ése siente, como dijo Schopen­
hauer en cierta ocasión'^^, un verdadero alivio cuando logra acabar un libro alemán
de ese estilo que se ha visto obligado a leer y puede volver ya a otras lenguas, sean
antiguas o modernas: «ya que en éstas», dice, «tengo delante una lengua fijada se­
gún reglas, que posee una gramática y una ortografía perfectamente establecidas y
fielmente observadas, mientras que en alemán me veo a cada instante asaltado por
la impertinencia del escritor, que quiere hacer valer sus antojos gramaticales y or­
tográficos y sus ocurrencias chabacanas: y lo que me repugna de eso es la estupidez
que se pavonea descaradamente. Realmente es un auténtico suplicio el ver cómo es
maltratada por ignorantes y asnos una lengua que es hermosa y antigua y que posee
escritos clásicos».
Esto es lo que os grita la santa cólera de Schopenhauer, y no podréis decir que no
habéis sido advertidos. Mas a quien no quiera oír ninguna advertencia ni esté en ab­
soluto dispuesto a que decaiga su creencia en que Strauss es un clásico, a ése le reco­
mendaría, como última receta, que lo imitara. Intentadlo, de todos modos, por vuestra
cuenta y riesgo: tendréis que pagarlo con vuestro estilo, así como al final incluso con
vuestra cabeza, de manera que se cumpla también en vosotros el dicho de la sabiduría
india: «Es inútil y acorta la vida roer un cuerno de vaca: los dientes se desgastan y no
se le saca ningún jugo». —

«Aquella misma salud de la que se jactan, no la consiguen por el vigor, sino por el ayuno»:
Cfr. Tácito, D ia lo g u s d e o m to r ib u s , 23, 3-4. Cfr. Nietzsche, E, Escritos sobre retórica, Luis Enrique
de Santiago Guervós (ed.), Editorial Trotta, Madrid, 2000, p. 87.
Cíf. Schopenhauer, A., op. c il, pp. 60 ss.
686 OBRAS COMPLETAS

12

Para concluir’ vamos a presentar a nuestro prosista clásico la prometida selec­


ción de muestras de estilo: Schopenhauer tal vez la titulara en términos muy genera­
les como: «Nuevos documentos de la jerga canallesca de la actualidad»; pues esp es
algo que, para consuelo de David Strauss, se puede decir, suponiendo que para él eso
sea un consuelo, y es que hoy todo el mundo escribe como él, y algimos todavía de un
modo más miserable, y entre los ciegos el tuerto es el rey. Bien es verdad que llamán­
dole tuerto le estamos concediendo demasiado, pero lo hacemos porque Strauss no
escribe como los más perversos de entre los corruptores del alemán, los hegelianos,
y su contrahecha descendencia’^'*. Strauss al menos intenta salir de esa ciénaga, y en
parte ya está fuera de ella, pero se halla aún bien lejos de pisar tierra firme; en él tOr
davía se nota que en su juventud balbuceó a la hegeliana: algo debió desencajársele
entonces, algún músculo se le distendió; como el oído de un muchacho que ha crecí-:
do entre tambores, debió embotársele el oído entonces, para que nunca más haya sido '
capaz de percibir las leyes del sonido, artísticamente delicadas y vigorosas, bajo cuyo-
dominio vive el escritor formado con buenos modelos y una disciplina rigurosa. Con •
ello ha perdido Strauss en cuanto estilista lo mejor de sí, y está condenado a quedar
preso de por vida en las estériles y peligrosas arenas movedizas del estilo periodístico
— si no quiere hundirse de nuevo en el fango hegeliano. Así y todo en el presente ha
logrado ser una celebridad por un par de horas, y quizá en el futuro se sepa por otro
par de horas que ha sido una celebridad; pero luego caerá la noche y con ella el olvi­
do: y ya en este momento en que estamos escribiendo en el libro negro sus pecados
de estilo comienza el ocaso de su fama. Pues quien ha pecado contra la lengua alemaé ¿
na ha profanado el mysterium de nuestra alemanidad: es ella sola la que a través’de !
toda la mezcla y las modificaciones de las nacionalidades y las costumbres, como por
ensalmo metafisico, se ha salvado a sí misma y de ese modo ha salvado también el
espíritu alemán. Es ella sola la que garantiza además ese espíritu para el futuro, siem-'
pre que no perezca ella misma en las manos perversas del presente. «Pero \Di melío-
ra\ ¡Fuera los paquidermos, fuera! ¡Ésta es la lengua alemana, la lengua en la que se
han expresado las gentes, en la que han cantado grandes poetas y han escrito grandes
pensadores! ¡Atrás esas zarpas I’^^» —
Tomemos sin más una frase, por ejemplo, de la primera página del libro de
Strauss’-^: «Ya en el incremento de poder----------- ha reconocido el catolicismo ro^
mano una invitación a reunir dictatorialmente todo su poder espiritual y temporal en
las manos del Papa declarado infalible». Bajo ese .ropaje desaliñado se esconden fra-

Esta última parte, muy técnica desde el punto de vista lingüístico, supone una defensa a ul­
tranza del buen estilo y de la lengua alemana. Posiblemente ftiera ésta una de las motivaciones prinr
cipales de Nietzsche en relación a la dura crítica que hace a Strauss por maltratar el lenguaje, ya que
ese tipo de críticas sobre el uso del lenguaje era también del agrado de Wagner. Para Nietzsche, la
falta de estilo y la ligereza en el manejo de una lengua pone al descubierto la ligereza frente a la rea­
lidad.
Cfr. FP I 27 [29, 30].
Cfr. PP II, a f 283. Schopenhauer subraya en este texto «Ésta es la lengua alemana» y
«gentes».
Los pasajes que recoge Nietzsche aquí de la obra de Strauss, son criticados desde una pers­
pectiva lingüística. La mayoría de las veces la crítica se centra en la estructura de la frase en alemán.
La traducción al español no recoge suficientemente los matices del texto alemán. En los casos en los
que no se aprecia bien lo que quiere decir Nietzsche, incluimos en nota el texto alemán.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 687

ses distintas que no encajan en absoluto y que no son posibles al mismo tiempo; uno
puede reconocer la invitación a reunir su poder y ponerlo en las manos de un dictador,
pero lo que no puede es reunirlo dictatorialmente en las manos de otro. Si se dice que
el catolicismo reúne dictatorialmente su poder, entonces se le está comparando con
un dictador: pero evidentemente de lo que aquí se trata es de comparar al infalible
Papa con un dictador, y si el adverbio se ha puesto en un lugar equivocado es sólo por
causa de un pensamiento poco claro y la falta de sentido para la lengua. Para percibir,
no obstante, lo disparatado de la segunda expresión, recomiendo que se la diga en la
siguiente simplificación: el señor reúne las riendas en las manos de su cochero, —
(p! 4): «En el fondo de la oposición que se da entre el antiguo régimen consistorial y
los esfuerzos dirigidos a obtener una constitución sinodal hay, detrás del rasgo jerár­
quico por una parte y del democrático por otra, ima diferencia dogmático-religiosa».
Peor no puede expresarse: primero tenemos una oposición entre un régimen y ciertos
esfuerzos, después en el fondo de esta oposición hay una diferencia dogmático-reli­
giosa, y esta diferencia que está en el fondo se encuentra detrás de un rasgo jerárqui­
co por una parte y de uno democrático por la otra. Adivinanza: ¿Qué cosa está detrás
dedos cosas en el fondo de una tercera? — (p. 18): «y los días, aunque enmarcados
inequívocamente por el narrador entre tarde y mañana»'^^ etc. Para que se dé cuenta
dél abuso tan desvergonzado que está usted con la lengua, le sugiero a usted que tra­
duzca esa frase al latín. ¡Días que son enmarcados! ¡Por un narrador! ¡Inequívoca­
mente! ¡Y enmarcados entre algo! — (p. 19): «En la Biblia no se puede hablar de
noticias erróneas y contradictorias, ni de opiniones y juicios falsos». ¡Expresado con
suma negligencia! Usted confunde «en la Biblia» con «a propósito de la B i b l i a » l a
primera debería ir antes de <q)uede», la segunda, después de <q)uede». Supongo que
habrá querido decir: no se puede hablar de (que haya) en la Biblia noticias erróneas y
contradictorias, opiniones y juicios falsos; ¿por qué no? Por ser la Biblia — por lo
tanto: «a propósito de la Biblia no se puede hablar de...». Pero para no poner uno tras
otro, «en la Biblia» y «a propósito de la Biblia», ha optado usted por escribir enjerga
canallesca y confundir las preposiciones. La misma fechoría comete usted en la p. 20:
«Compilaciones en las que se han elaborado conjuntamente fragmentos más
antiguos»^^^. Usted quiere decir: «en las cuales se han insertado fragmentos más an­
tiguos, o en las cuales hay fragmentos más antiguos reelaborados». — En esa misma
página habla usted, con una expresión estudiantil, de un «poema didáctico que se ve
colocado en la desagradable situación de ser de entrada mal interpretado de muchos
modos» (mejor: malinterpretado)^^°, «y luego detestado y finalmente combatido». En
láp. 24 habla incluso de «¡sutilezas con las que se pretendería mitigar su dureza!» Yo
me veo en la desagradable situación de no saber de nada duro cuya dureza se suavice
con algo sutil; Strauss, ciertamente, habla (p. 367) hasta de cierta «agudeza mitigada
por sacudidas». — (p. 35): «Con un Voltaire de allí [Francia] se enfrentaba aquí [Ale-

Se refiere aquí Strauss a la creación de Dios y a la expresión bíblica «tarde y mañana» al


principio del libro del G é n e sis.
En alemán « in d e r B ib e l» y « b e i d e r B ib e b r. la subsiguiente explicación relativa a la posición
de cada uno de los sintagmas sólo tiene sentido, por supuesto, en alemán.
Texto en alemán: « C o m p ila tio n e n , in d ie a lte r e S íü ck e z u s a m m e n g e a r b e ite t s in d » . El texto
completo dice: «Se sabe que los libros que llevan sus nombres [el de Moisés] son compilaciones
muy posteriores, en las que, con algo de critica y mucha intención, se ha dado cabida a fragmentos
más antiguos de épocas diferentes».
El texto alemán dice «... m is s d e u te t (besser: missgedeutet)».
688 OBRAS COMPLETAS

manía] Samuel Hermann Reimarus de una manera completamente típica para ambas
naciones»^^*. Un hombre sólo puede ser típico de una nación, pero no puede enfren­
tarse con otro de modo típico para ambas naciones. Una violencia ruin hecha a la lem
gua sólo para ahorrarse o escamotear una frase. — (p. 46): «Poco después de la muer-,
te de Schleiermacher, ocurrió que...»^^^ La posición de las palabras no tiene ninguna
importancia para gentuza tan chapucera; que aquí las palabras «después de la muerte
de Schleiermacher» vayan erróneamente colocadas, es decir, después del an, cuando
deberían encontrarse antes del an, es para su oído, hecho a golpes de tambor, algo tan
indiferente como decir a continuación dass, cuando se tendría que haber dicho his,
— (p. 13): «y en cuanto a todos esos diversos matices con los que brilla el cristianisr
mo actual, sólo puede tratarse para nosotros del que viene a ser el más extremo y el
más claro, es decir, si nosotros somos capaces de profesarlo todavía». A la pregunta
«¿de qué se trata?» se puede responder, en primer lugar, con un «de esto o de aque­
llo»; en segundo lugar, con una frase que comience «de si nosotros...», etc.; esa mez­
cla desordenada de ambas construcciones nos hace ver al operario chapucero. Lo que
él quería decir era más bien: «sólo puede tratarse para nosotros en el caso más extre­
mo de si nosotros todavía lo profesamos»: aunque, por lo que se ve, las preposiciones
de la lengua alemana sólo están ahí para aplicarse justo de modo y manera que sor­
prendan. En la p. 358, por ejemplo, para damos una sorpresa el «clásico» confunde
las expresiones: «im libro trata de algo» y «se trata de algo»^^^ y así tenemos que oír
una frase como ésta: «además queda indeterminado si se trata de un heroísmo externo
e interno, de batallas en campo abierto o en la profundidad del pecho humano».
(p. 343): «para una época sobreexcitada de los nervios como la nuestra, que especial­
mente en sus inclinaciones musicales está a la luz del día dicha enfermeda6>*^'*. Ver­
gonzosa confusión de «zu Tage liegen» [estar a la luz] y «an den Tag legen» [poner a
la luz]. Estos reformadores de la lengua deberían ser castigados, como se hace con los
escolares, sin hacer distinciones. — (p. 70): «vemos aquí uno de esos procesos inte­
lectuales por medio de los cuales fueron elevándose los discípulos hasta producir la
idea de la resurrección de su maestro asesinado», iVaya imagen! iUna auténtica idea
de bombero! ¡Uno se esfuerza en elevarse por medio de un proceso hasta producir!
— Cuando en la p. 72 Strauss, héroe grande de boquilla, califica de «timo histórico
universal» la historia de la resurrección de Jesús, aquí, desde el punto de vista^clel
gramático, sólo le voy a preguntar a quién está acusando de tener sobre su conciencia
ese «timo histórico universal», es decir, una estafa destinada a engañar a otros para
obtener un provecho personal. ¿Quién es el que estafa, el que engaña? Pues no somos
capaces de imaginar un«timo» sin un sujeto que persiga el propio provecho. Puestó
que Strauss no puede damos ninguna respuesta a esta pregunta — suponiendo que no
se atreva a prostituir a su Dios, es decir, al Dios que se equivoca por noble passion,
tachándolo de estafador — nos conformaremos con pensar que la expresión es tan
absurda como carente de gusto. — En la misma página se dice: «sus enseñanzas ha-

Samuel Hermann Reimarus (1694-1768), fue el que inició el movimiento de la Búsqueda del
Jesús histórico.
El texto alemán dice: «N un s ta n d e s a b e r n u r w e n ig e J a h r e a n n a c h S c h e le ir m a c h e r s Tode,,
d a s s ------- ».
En alemán: « e in B u ch h a n d e lt vo n e tw a s » y « e s h a n d e it s ic h iim e tw a s » , es decir, de dos pre­
posiciones distintas, aunque se viertan ambas al castellano por una, y la misma, «de».
El texto completo comienza: «En la música de Haydn surge una fuente de juventud para una
época...»
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 689

brían sido esparcidas y dispersadas por el viento como hojas sueltas y habrían sido
destruidas, de no haberse mantenido juntas gracias a la creencia supersticiosa en que
resucitaría, que actuó a modo de encuadernación sólida y robusta, y así se conserva­
ron»; Quien habla de hojas al v ien to d eso rien ta al lector, teniendo en cuenta que
luego tomará esas hojas como hojas de papel que pueden mantenerse juntas gracias a
la encuademación. No hay nada que tema más el escritor cuidadoso que el dejar al
lector indeciso o desorientado por causa de una imagen: pues lo que debe hacer la
imagen es aclarar; pero si la imagen misma viene expresada de modo confuso y
desorientador, la cosa resulta más oscura que sin la imagen. Y, ciertamente, nuestro
«clásico» no es im escritor cuidadoso: tiene la audacia de hablar de la «mano de nues-
tias fuentes» (p. 76), de la «falta de un asa en las fuentes» (p. 77) y de la «mano de
una necesidad» (p. 215). — (p. 73): «La creencia en que resucitaria hay que cargar­
la a la cuenta de Jesús mismo». Quien gusta de expresarse de manera tan vulgarmen­
te mercantil en asuntos que son tan poco vulgares, da a entender que toda su vida ha
estado leyendo libros pero que muy malos. El estilo straussiano da por doquier testi­
monio de malas lecturas. Quizás haya leído en demasía los escritos de sus adversarios
teológicos. Pero ¿dónde se aprende a molestar al viejo Dios de los cristianos y de los
judíos con imágenes tan pequeñoburguesas como las que Strauss, por ejemplo, nos
regala en la p. 105, donde a ese «viejo Dios de los judíos y de los cristianos se le qui­
ta la silla de debajo del culo», o en la p. 105, donde «al viejo Dios personal se le ave­
cina, por decirlo así, la crisis de la vivienda», o en la p. 115, donde el mismo Dios
aparece puesto en un «cuartucho reservado, en el que por lo demás debe estar todavía
acomodado y ocupado decentemente». — (p. 111): «con el olvido de la plegaria im­
petratoria se ha perdido otro atributo esencial del Dios personal». Pero ¡pensad, em-
borfonadores, antes de emborronar! Debería enrojecerse la tinta cuando se garabatea­
ra con ella acerca de una plegaria que sería un «atributo» y, además, «un atributo
perdido». — Mas ¿qué tenemos en la p. 134? «Varios de los atributos de deseo que el
hombre de tiempos pretéritos otorgaba a sus dioses — como ejemplo aduciré sólo la
facultad de atravesar rapidísimamente el espacio — a consecuencia del dominio ra­
cional de la naturaleza, ahora los ha asumido él mismo». ¿Quién nos deshace este
ovillo? Veamos, el hombre de tiempos pretéritos otorga atributos a los dioses: ¡eso de
«atributos de d e s e o» r es u l ta bastante sospechoso! Strauss quiere decir, más o me-
nos, que el hombre ha dado por supuesto que los dioses poseen de hecho todo lo que
él desea tener pero no tiene, y así un dios tiene atributos que corresponden a los de­
seos de los hombres, es decir, «atributos de deseo». Pero luego, nos hace saber
Strauss, varios de esos «atributos de deseo» el hombre los asume — un fenómeno
oscuro, tan oscuro como el descrito en la p. 135: «el deseo debe acceder a dar a esta
dependencia, por la vía más corta, un giro ventajoso para el hombre». Dependencia
—giro— la vía más corta, un deseo que accede ^— ¡ay de aquel que pretendiera efec­
tivamente ver un fenómeno como éste! Es una escena de un libro ilustrado para cie­
gos. Hay que tantear. — Otro ejemplo (p. 222); «La dirección ascendente de ese mo­
vimiento que en su ascender pasa incluso por encima de la decadencia individual»;
otro aún más fuerte (p. 120): «El último giro kantiano, como hemos visto, para alcan­
zar la meta se ve obligado a tomar su camino un trecho más allá del campo de una
vida futura». Para encontrar el camino en esa niebla hay que ser un mulo. ¡Giros que

En alemán «Blátten> puede significar tanto «hojas de árbol» como «hojas de papel».
En alemán: «WunschaíMbute».
690 OBRAS COMPLETAS

se ven obligados! ¡Direcciones que pasan por encima de la decadencia! ¡Giros que
por la vía más corta son ventajosos, giros que toman su camino un trecho más allá de
un campo! ¿De qué campo? ¡Del campo de la vida futura! ¡Al diablo toda la topogra­
fía'^^! ¡Luz! ¡Luz! ¡Dónde está el hilo de Ariadna en este laberinto! No, nadie puede
permitirse escribir de esta manera, ni siquiera el más célebre de los prosistas, pero
menos aún un hombre que tiene una «disposición religiosa y moral perfectamente
adulta» (p. 50). Quiero decir: un hombre mayor debería saber que la lengua es una
herencia recibida de los antepasados que hay que dejar a los descendientes, por l0;que
hay que respetarla como algo sagrado, inestimable e inviolable. Si tenéis los oídos;
taponados, entonces preguntad, consultad diccionarios, usad buenas gramáticas, pero
¡no os atreváis a seguir pecando así a la luz del día! Strauss dice, por ejemplo (p. lSó):
«una ilusión, desterrarla de uno mismo y de la humanidad debería ser la pretensión
de todo hombre que ha llegado a la razón». Esta construcción es errónea, y si el de­
generado oído del escritorzuelo no lo percibe, entonces se lo gritaré al oído: «o se
quita algo a alguien» o «se libera uno de algo»; Strauss tendría que haber dicho: «una
ilusión de la que liberarse a sí mismo y a la humanidad» o «quitar la ilusión a sí mis­
mo y a la humanidad»'^®. Mas lo que él ha escrito es jerga de canallas. Y qué habrá;de
parecemos el que este paquidermo del estilo ande revolcándose, además, con pala­
bras recién inventadas o ya existentes pero reformadas, cuando habla del «sentido
a p l a n a n t e d e la socialdemocracia» (p. 279), como si fiiese un Sebastián Frank, ó
cuando imita una expresión de Hans Sachs (p. 259): «los pueblos son los queridos por
Dios, es decir, las formas naturales en que la humanidad viene a la existencia, de las
que ningún hombre racional puede prescindir y a las que ningún hombre honesto pue­
de sustraerse». — (p. 252): «El género humano se divide, según ley, en razas»; (p. 282):
«entropezar [befahren] resistencia». Strauss no se percata de cómo en medio de lo
raído de su expresión moderna salta a la vista ese retazo tan antiguo [befahren]. Cual­
quiera se da cuenta de que tales expresiones y retazos son robados. Pero aquí y allí
nuestro sastre remendón se muestra también creativo y nos fabrica algún término
nuevo: en la p. 221 habla de una «vida que progresa, se desarrolla y aspira hacia lo
alto»; pero ausringen se dice o de la lavandera que retuerce la ropa o del héroe que ha
finalizado la lucha y muere; ausringen en el sentido de «desarrollarse» [sich entwi-
ckeln] es alemán straussiano, así como en la (p. 223): «todos los grados y estadios del
envolvimiento y desenvolvimiento»*''®, ¡es alemán de niño de pañales! — (p. 252):
«in Anschliessung» [enlazando] por «imAnschluss» [a continuación] — (p. 137): «en
el quehacer diario del cristiano de la Edad Media se hablaba del elemento religioso
mucho más a menudo y mucho más ininterrumpidamente», un comparativo modéli­
co''", para ser Strauss un prosista ejemplar; por cierto, también usa el imposible:
«más perfectamente» (pp. 223 y 214). Y el «¡venía al discurso!» ¿de dónde dia­
blos ha sacado esto, usted, temerario artista de la lengua? Pues ahora sí que ya no

Corrección en la nueva edición electrónica eKGB: en lugar de dos puntos después de Topo-
graphie, signo de admiración.
Se trata en todos los casos, en alemán, de abtiuin.
En alemán: «einebnenden».
En aleman Ausmcklung, de auswicklen, «desfajar a los niños».
Se refiere aquí Nietzsche al comparativo alemán «unmterbrochener».
En alemán «vollkommener».
En alemán «kam ~ur Ansprache», literalmente «venía al discurso». Strauss había dicho eso
en lugar de «sprach sich aus», «se expresaba».
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 691

téngó ayuda alguna, no se me ocurre ninguna analogía y los hermanos Grimm pre­
guntados sobre esta especie de «discurso», se han quedado callados como tumbas. Y
lo qué usted quiere decir es esto: «el elemento religioso se expresa con más frecuen­
cia», es decir, vuelve una vez más a confundir las preposiciones con una ignorancia
espeluznante; confundir aussprechen con ansprechen lleva en sí el sello de la vulga­
ridad, aunque a usted no le gustará el discurso [ansprechen] de que yo lo exprese
[ausspreche] públicamente — (p. 220): «porque detrás de su significado subjetivo
oía resonar otro significado objetivo de alcance infinito». Como ya le he dicho, algo
anda mal con su oído, o funciona raro: usted oye «resonar significados», y además
resonar «detrás» de otros significados, y ¡tales significados oídos deben ser de «al­
cance infinito»! O es un absurdo o una metáfora de cañonero profesional. — (p. 183):
<<con esto hemos dado ya aquí los contornos exteriores de la teoría; y también algimos
de los muelles que determinan el movimiento interno de ella, ya arreglados». Una vez
más, esto es o un absurdo o una metáfora de tapicero profesional, para nosotros inac­
cesible. Pues ¿qué valor tendría un colchón que consistiese en contornos y muelles
arreglados? ¿Y qué clase de muelles son esos que determinan el movimiento interno
del colchón? Cuando nos la presenta de esa manera dudamos de la teoría straussiana,
y tendríamos que decir de ella lo que el propio Strauss dice tan bellamente (p. 175):
«para ser capaz de vivir como es debido le faltan todavía miembros intermedios esen­
ciales». Así que ¡adelante con los miembros intermedios! Contornos y muelles hay,
piel y músculos están preparados; eso sí, mientras sólo disponga de éstos, le falta mu­
cho todavía para ser capaz de vivir como es debido, o, para expresamos «de manera
más imprevisible» con Strauss: «cuando se confrontan directamente dos figuras de
tan distinto valor sin tener en cuenta los grados y los estados intermedios» —
(p. 5): «Pero se puede estar sin posición y sin embargo no caer al suelo» Le enten­
demos bien, ¡oh magister ligero de ropa! Pues el que no está de pie y tampoco yace,
vuela, quizás flota, planea o revolotea. Pero si lo que a usted le interesaba expresar era
algo distinto que su atolondramiento, como el contexto permite casi adivinar, yo en
su lugar habría elegido otra comparación; ésta expresa también otra cosa. — 5):
«las ramas del viejo árbol vueltas notoriamente secas»; ¡qué estilo el suyo, vuelto no­
toriamente seco! — (p. 6): «éste no puede por lo demás rechazar su adhesión a un
Papa infalible, exigido por esta misma necesidad» Por nada del mimdo debe con­
fundirse el dativo con el acusativo: en los niños es una falta; en los prosistas ejempla­
res, un delito. — En la p. 8 encontramos: «la nueva formación de una nueva organi­
zación de los elementos ideales en la vida de los pueblos». Admitiendo que tal
absurdo tautológico se haya deslizado del tintero al papel, ¿hace falta mandarlo luego
a imprimir? ¿Hay derecho a que algo así no se vea en la corrección de galeradas? En

Referencia al diccionario de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, D e u ts c h e s W ó rterb u ch


(«Diccionario de la lengua alemana») (1819 en adelante), editado por la Academia Alemana de las
Ciencias de Berlín, en 33 volúmenes. Es el primer gran paso para crear un idioma alemán estandari­
zado. Hoy se sigue considerando como una referencia esencial para las etimologías alemanas.
Juega aquí Nietzsche con el verdadero significado de los términos que Strauss confiindía.
Cff. SG 174. El texto completo dice así: « c u a n d o s e c o n fr o n ta n d ir e c ta m e n te d o s f ig u r a s d e
ta n d is tin to va lo r, c o m o s o n e l m o n o a c tu a l y e l h o m b r e a c tu a l, s in te n e r en c u e n ta lo s g r a d o s y lo s
e s ta d o s in te r m e d io s » .
En la frase de Strauss aparecen « o h n e S te llu n g » y « lie g e n » , que Nietzsche toma a continua­
ción en sentido literal como «estar de pie» y «yacer». t
« d e r k ó n n e a u ch e in e m u n feh lb a ren P a p s te , a ls vo n je n e m B e d ü r fn is s g e fo r d e r t, s e in e A n e r -
k e n n u n g n ic h t v e r s a g e n » .
692 OBRAS COMPLETAS

la corrección ¡de seis ediciones! Por cierto, en la p. 9, si se citan las palabras de Schi-
11er, ¡deberían citarse con un poco más de exactitud y no de una manera tan.sólo
aproximada! Lo pide el respeto debido. Así pues, tendría que decir: «sin temer el des­
favor de nadie» — (p. 16): «pues inmediatamente se convierte en cerrojo, en muro
insalvable, contra los cuales se dirigen luego con apasionada aversión el empuje en­
tero de la razón progresiva y los arietes todos de la crítica». Aquí hay que imaginarse
algo que primero se convierta en cerrojo, luego en muro, contra los cuales finamente
se dirigen «arietes con apasionada aversión». ¡Señor, habla usted como un hombre de
este mundo! Los arietes los dirige alguien, no se dirigen solos, y únicamente aquel
que los dirige, no el propio ariete, puede tener aversión apasionada, aunque rarameh^
te se siente contra un muro una aversión semejante a la que usted nos da a entender.
— (p. 266): «por lo cual expresiones como éstas han formado también en todas las
épocas Ja palestra preferida de las trivialidades democráticas». ¡Oscuro pensamieilto!.
¡Las expresiones no pueden formar una palestra! Sino sólo moverse en una. Proba­
blemente Strauss quería decir: «por eso puntos de vista como éstos han formado tam­
bién en todas las épocas la palestra preferida de las expresiones y trivialidades demo­
cráticas». — (p. 320): «el interior de un espíritu poético delicada y ricamenté:
encordado, para el cual mmca dejó de ser una necesidad el retomo al dulce hogar de
un amor noble, en medio de su actividad que vaga lejos por los campos de la poesía
y de las ciencias naturales, de la sociabilidad y de los asuntos de Estado». Me esfiier-,
zo en imaginar un espíritu que esté recubierto de cuerdas a modo de arpa y que ade^;
más tenga una «actividad que vaga leJos»y o sea, un espíritu galopante que como,
un caballo morcillo corretee hasta la lejanía para al final volver al plácido hogar. ¿No
tengo razón si encuentro muy original a este espíritu-arpa que galopa y retoma al ho­
gar, y que también se ocupa de política, por poco original que sea «el espíritu poético
delicadamente encordado», tan poco original y tan manido, es más, tan abusivo como
es? Al «prosista clásico» se le reconoce en tan ingeniosos neologismos en el campo
de lo vulgar y lo absurdo. — (p. 74): «si quisiésemos abrir los ojos y confesar hones­
tamente lo que descubrimos con ese abrir los ojos». En esta frase pomposa y solem­
nemente insignificante nada impresiona más que la unión del «descubrimiento» cón
el término «honestamente»: quien encuentra algo y no lo dice, quien no confiesa él;
«descubrimiento», es deshonesto. Strauss hace lo contrario y considera necesario elof
giar y profesar esto públicamente. Pero ¿quién lo ha reprobado?, preguntaba mi es-^^
partano. — (p. 43): «sólo en un artícido de fe, artícido que también es sin duda d-
punto central de la dogmática cristiana, tiró él [Schleiermacher] más fuerte dé los¿
hilos». No queda nada claro qué es lo que realmente ha hecho: ¿cuándo tira uno de^
los hilos? ¿Quizá esos hilos tendrían que ser riendas y el que tira fuertemente, un co-:J
chero? Sólo con esta corrección entiendo la comparación. — (p. 226): «B^o las pe-|
Ilizas se encuentra un presentimiento más justo». ¡Sin la menor duda! «El hombre,
primitivo, descendiente del mono primitivo, no estaba ni mucho menos» (p. 226)M¡
seguro de saber que algún día llegaría hasta la teoría straussiana. Pero ahora lo sábé-i;
mos: «hacia allí irá y deberá ir, donde los estandartes ondean alegremente al viento.^
Sí, alegremente, es decir, en el sentido de la alegría espiritual más pura y sublime» ;
(p. 176). Strauss está tan puerilmente satisfecho con su teoría que hasta los «estándar- ;'

El verso de Schiller dice Jurchten, «temen>; Strauss citaba scheuen, «asustarse».


Juega aquí Nietzsche con un doble sentido de ausgi^eifen, «vagar» y «trotar», e incluso lo;
fuerza. .:: v-
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS I 693

tes» se alegran, se alegran, extrañamente, aun «en el sentido de la alegría espiritual


más pura y sublime». ¡Y ahora todo será cada vez más alegre! De pronto vemos «tres
maestros, cada uno de los cuales se eleva sobre los hombros del predecesor» (p. 361),
un verdadero numerito de equitación que nos regalan Haydn, Mozart y Beethoven;
vemos a Beethoven «saltar la cuerda» ¿3. 356) como un caballo; se nos presenta una
«calle recién herrada» (p. 367) (y nosotros, que hasta ahora sólo sabíamos de caballos
recién herrados); asimismo, «una exuberante cama de estiércol para el robo con ho­
micidio» (p. 287); a pesar de milagros tan evidentes como éstos se considera «el mi­
lagro acabado por decreto» (p. 176). De repente aparecen los cometas (p. 164), pero
Strauss nos tranquiliza: «no se puede decir que haya habitantes en el movedizo pue-
blecito de cometas»: verdaderas palabras de consuelo, ya que en cualquier caso, tra­
tándose de un pueblecito movedizo, tampoco se podría asegurar nada respecto de sus
habitantes. Entretanto, un nuevo espectáculo: el propio Strauss «trepa» por el «senti­
miento nacional hasta el sentimiento de la humanidad» (p. 258), mientras otro «va
deslizándose desde abajo hacia una democracia cada vez más tosca» (p. 264), ¡Desde
abajo! ¡Sí, no hacia abajo ordena nuestro maestro de lengua, que luego (p. 269),
de manera muy enérgica, vuelve a confundirse, «forma parte a la construcción orgá­
nica una nobleza diligente» En una esfera superior, a una altura para nosotros in­
concebible, se mueven fenómenos críticos, por ejemplo, «la renuncia a hacer salir de
modo espiritual a los hombres de la naturaleza» (p. 201) o (p. 210), «la refutación de
la ñoñería»; un espectáculo peligroso, en la p..241, donde «la lucha por la existencia
en el reino animal se deja harto suelta». — En la p. 359, de un modo hasta milagroso,
«salta una voz humana en ayuda de la música instrumental», pero se abre una puerta
por la cual el milagro (p. 177) «es expulsado para no volver jamás». — En la p. 123
<da apariencia visual ve perecer en la muerte al hombre entero, como él era»; nunca,
hasta la llegada de ese domador de la lengua que es Strauss, la «apariencia visual ha­
bía visto»: ahora lo hemos descubierto en su cosmorama lingüístico y lo queremos
alabar. De él hemos aprendido también lo que quiere decir: «nuestro sentimiento de
la totalidad, cuando se ve herido, reacciona religiosamente», y nos acordamos del
procedimiento correspondiente. Sabemos ya cuánto atractivo hay (p. 280) en el «tra­
tar de ver a las figuras sublimes al menos hasta la rodilla» y nos sentimos por eso fe­
lices de haber percibido en definitiva, aunque sea con esta limitación de perspectiva,
al «prosista clásico». Dicho con franqueza: lo que hemos visto eran pies de barro, y
lo que parecía color de carne sano era sólo una pátina superpuesta. Ciertamente, la
cultura filistea alemana se indignará por que se hable de ídolos pintados cuando ella
ve a un Dios vivo. Pero dudo mucho que quien se atreve a derribar sus imágenes tema
decirle a la cara, por más que se indigne, que ella misma ha olvidado distinguir entre
yivo y muerto, genuino y falso, original e imitación, Dios e ídolos, y ha perdido el
instinto sano y viril para lo real y lo justo. Merece perecer: y ya mismo se están de-
; rrumbando los signos de su dominio, y ya mismo está cayendo su púrpura; mas si la
púrpufa cae, ha de caer también el duque — *•

, -.T 1^' Como es de suponer, la confusión en alemán es mucho más ligera: dice h e n m te r donde de-
•hiera decir h in u n ter,
/ Error similar al anterior, reproducido por medio de la preposición cambiada: donde dice he-
rein debiera decir hinein.
. ; r; Alusión a la obra dramática de Schiller, R, D i e V e r s c h w ó n m g d e s F ie sc o z u G em ía , E in re-
p u b lik a n isch es Trauerspiel^ 1783, y 12.
694 OBRAS COMPLETAS

Y con esto he hecho mi confesión. Es la confesión de un particular; ¿y qué podría


hacer un particular solo contra todo el mundo, aun cuando se escuchase su voz por
doquier? Su juicio, para adornamos por última vez con una genuina y preciosa pluma
de avestruz'^"^, sería sólo «de tanta verdad subjetiva cuanto privada de toda fuerza pro­
batoria o b j e t i v a » — ¿no es verdad, mi buena gente? Así que ¡seguid con ánimo
confiado! Al menos de momento habrá que contentarse con vuestro «de tanta —
como privada de». ¡De momento! Mientras siga considerándose intempestivo lo que
siempre ha sido oportuno, y hoy más que nunca es oportuno y necesario —decir^la
ver dad— -•

Nietzsche vuelve a utilizar irónicamente el significado del nombre Strauss, «avestruz».


Cfr. SG 125.
David Strauss murió el 8 de febrero de 1874, seis meses después de la publicación de esta
Intempestiva, probablemente amargado por el ataque de Nietzsche. Éste escribía el 11 de febrero
a Gersdorff: «Ayer en Ludwigsburg ha sido el funeral de David Strauss. Espero de verdad no ha­
berle hecho imposible el último período de su vida y que haya muerto sin saber nada de mí. —
Este hecho me turba un poco.— » (CO II 446). En EH, («Por qué soy tan sabio», 7), Nietzsche
matiza y justifica su crítica demoledora a Strauss cuando hace un balance de este escrito: «yo nun­
ca ataco a personas — me sirvo de la persona sólo como de una potente lente de aumento con la
que poner en evidencia una situación calamitosa, general pero latente y poco palpable. Así fue
como ataqué a David Strauss, o más exactamente, el éxito de un libro caduco en la “cultura ale­
mana” — la sorprendí con ello en flagrante delito».
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II
í DE LA UTILIDAD Y LOS INCONVENIENTES
DE LA HISTORIA PARA LA V ID A

PRÓLOGO

; «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi
actividad o vivificarla inmediatamente»^ Con estas palabras de Goethe, como con
m ' Ceterum censeó^ cordialmente exprésado, puede comenzar nuestra considera­
ción sobre el valor y el no-válor de la historia^ En ella se expondrá por qué, según
las palabras de Goethe, hemos de detestar seriamente la enseñanza sin vivificación,
el saber en el que se paraliza la actividad, la historia como lujo y preciosa super­
abundancia de conocimientos — por esto, porque nos falta todavía lo más necesa­
rio y porque lo superfluo es enemigo de lo necesario'*. Es cierto que necesitamos
historia, pero la necesitamos de otra manera que el ocioso paseante en el jardín del
saber, aunque con aire de superioridad mire con desdén nuestras necesidades y
apremios toscos y torpes. Esto significa que la necesitamos para vivir y para actuar,

; . ' B r ie jw e c h s e l z w is c h e n S c h ille r u n d G o e th e in d e n J a h ren 1 7 9 4 b is 1805y 3.® ed., Stuttgart,


Í8 7 0 ,19 de diciembre de 1798.
^ La frase completa, de Catón el Antiguo, es: C e le m ín c e n s e o C a rth a g in e m e s s e d e le n d a m
(considero además que Cartago debe ser destruida), con la que Catón acababa sus discursos.
: ^ Traduciremos H is to r ie por «historia» y G e s c h ic h te por «Historia». Como es sabido, la prime­
ra se refiere a los estudios históricos, a la historiografía, a la h is to r ia r e m m g e s ta r u m , y ía, segunda,
al curso de la historia, a los acontecimientos que suceden, a las r es g e s ta e . En este sentido, es preci­
so no olvidar que este escrito se titula Vom N u tz e n u n d N a c h th e il d e r H i s to r ie f u r d a s L e b e n , lo que
hace comprensible la advertencia de Heidegger: «La posibilidad de que el saber historiográfico
{H is to r ie ) pueda ser una ventaja o un inconveniente para la vida se basa en el hecho de que la vida
es histórica en las raices mismas de su ser y que, por tanto, en cuanto efectivamente existente, se ha
decidido ya siempre o por la historicidad { G e sc h ic h tlic h k e it) auténtica o por la inauténtica». Heide­
gger, M., S e in u n d Z e it, Niemeyer, Tübingen, 1979, p, 396.
^ Como podrá verse, Goethe es el principal interlocutor de Nietzsche en este escrito, sobre
todo por pedir al saber que sirva como estímulo a la acción. No basta el mero saber, sino que la
.verdadera cuestión es: ¿qué hacer? Para Goethe, como para Nietzsche, lo que determina el cri­
terio de valor de todo conocimiento es la capacidad que ofrece para estimular la vida a superar­
se a sí misma. Así resume Nietzsche este argumento: «La historia — debilita la acción y ciega
frente a lo e j e m p l a r ^ confundiendo mediante la m a s s e . E n e r g ía d e r r o c h a d a , aplicada a lo que es
completamente p a s a d o . La e n f e r m e d a d h is tó r ic a c o m o e n e m ig a d e la c u ltu r a . La exageración
es signo de la barbarie. Exageramos el impulso de saber. Sólo el anciano vive de puros recuer­
dos. ¡No tengáis respeto ante la historia, sino que lo que debéis tener es el coraje de h a c e r his­
toria!». FP I, 27 [81].

[695] ....
696 OBRAS COMPLETAS

no para apartarnos cómodamente de la vida y de la acción, ni para adornar una vida


egoísta y una acción cobarde y mala. Queremos servir a la historia sólo en la medi­
da en que ella sirve a la vida: pero hay un grado de practicar la historia y una valo­
ración de la misma en que la vida se atrofia y degenera: un fenómeno cuya compro-:
bación en los extraños síntomas de nuestro tiempo es ahora tan necesaria como
acaso dolorosa.
Me he esforzado por describir una sensación que me ha atormentado con harta
frecuencia; de ella me desquito, entregándola a la luz pública. Puede que haya alguien
que por mi descripción se sienta impulsado a declararme que él también conoce esta
sensación, pero que yo no la he sentido con pureza y originalidad suficientes, ni me
he expresado con la seguridad y la madurez de experiencia que convienen en esta ma­
teria. Este quizá sea un caso particular; pero la mayor parte de mis lectores me dii*á
que esa sensación es absolutamente falsa, abominable, antinatural e ilícita, y que,
además, al manifestarla me he mostrado indigno de la poderosa corriente histórica
[historisch], tal como puede observarse, todos lo sabemos, desde hace dos generacio­
nes, sobre todo entre los alemanes. Ahora bien, es cierto que al arriesgarme a descri­
bir al natural mi sensación procuro más que dificulto la conveniencia universal, pues
de esta suerte ofrezco a muchas personas la oportunidad de que alaben una corriente
' de nuestro tiempo como la susodicha. Por mi parte, sin embargo, voy ganando algo
que para mí tiene más valor que la conveniencia — el estar instruido y enterado pú­
blicamente sobre nuestra época.
Esta consideración es también intempestiva porque yo trato de entender como
un daño, como una enfermedad y un defecto de nuestra época algo de lo que ésta
está orgullosa con razón, su formación histórica, porque llego incluso a creer que
todos sufrimos de una fiebre de consunción histórica y que por lo menos todos de­
beríamos reconocerlo^ Pero si Goethe ha dicho con mucha razón que, al mismo
tiempo que cultivamos nuestras virtudes, cultivamos también nuestras faltas, y si,
como todos sabemos, una virtud hipertrófica —y el sentido histórico de nuestra
época me parece que es una tal virtud— puede acarrear la caída de un pueblo tanto
como un vicio hipertrófico: entonces se me debería conceder libertad de acción, al
menos para un intento. Tampoco debe callarse en mi descargo que las experiencias
que en mí han provocado estas torturantes sensaciones las he sacado casi siempre
de mí mismo y solamente para comparar me he servido de experiencias ajerias, y
que sólo en cuanto pupilo de tiempos más antiguos, en particular de la Antigüedad
griega, he llegado a tener experiencias tan intempestivas en tanto que soy hijo, de, la
época actual. Este punto tengo, por lo menos, derecho a concedérmelo por mi pro­
fesión de filólogo clásico: pues no sé qué sentido podría tener la filología clásica
en nuestra época, si no es el de — obrar de una manera intempestiva — es decir,
contraria al tiempo y, por esto mismo, sobre el tiempo y en favor, así lo espero, de
un tiempo futuro.

^ Desde el comienzo, Nietzsche señala la intempestividad de este escrito, consciente de que nada
podría resultar más inactual que el rechazo de la historia en la época precisamente del mayor auge del
historicismo. Esto significa situarse frente a una convicción muy arraigada en su tiempo y contradecir­
la en defensa de la vida. Califica incluso esta' convicción de enfermedad, y dedica los seis primeros
parágrafos de este escrito a su diagnóstico y los otros cuatro a los medios para su eventual curación.
C O N S I D E R A C I O N E S IN T E M P E S T IV A S II 697

:. Observa el rebaño que ante ti desfila apacentándose: no sabe lo que. es ayer ni lo


qiie es hoy, corre de un lado a otro, come, descansa, hace la digestión, vuelve a correr,
y así de la mañana a la noche, día tras día, atado a muy poca distancia con su placer
y desplacer a la estaca del momento y, por ello, sin melancolía ni hastío^ Ver esto le
resulta duro al ser humano porque ante el animal se jacta de su humanidad [Men-
schentum] y, sin embargo, mira envidioso la felicidad de éste —pues lo único que
quiere es vivir de igual modo que el animal, sin hastío ni dolores, pero lo quiere en
vano porque no lo quiere como el animal. Un día el ser humano le pregunta al animal:
«¿Por qué no me hablas de tu felicidad y, en cambio, te limitas a mirarme?». Y el ani­
mal quisiera responder y decir: «Eso pasa porque siempre olvido al punto lo que que­
ría decir», pero ya olvidó también esa respuesta y se calló: de suerte que el ser huma­
no se quedó asombrado.
Pero se asombró también de sí mismo por no poder aprender a olvidar y seguir
dependiendo siempre del pasado: por muy lejos y muy rápido que corra, la cadena
corre con él. Es un milagro: el instante, que en un suspiro viene y en un suspiro se va,
surgiendo de la nada y desapareciendo en la nada, aún retoma, sin embargo, como
■fantasma y perturba el reposo de algún instante posterior. Constantemente se des­
prende una hoja del libro del tiempo, se cae y se va flotando — de pronto vuelve flo­
tando, posándose en el regazo del ser humano. Entonces éste dice: «Me acuerdo», y
envidia al animal que enseguida se olvida y ve cada instante morir de veras, volver a
hundirse en la niebla y la noche y extinguirse para siempre. Vive así el animal en for­
ma ahistórica: pues se funde en el presente como un número, sin que quede restante
ninguna extraña fracción, no sabe fingir, no oculta nada y en todo momento aparece
por entero como lo que es, por lo que no puede ser en modo alguno más que sincero.
El ser humano, por el contrario, se resiste a la gran carga, cada vez mayor, del pasado:
que lo aplasta o lo doblega ladeándolo, le dificulta el paso como un fardo invisible y
oscuro que, a veces, puede negar en apariencia y lo hace con mucho gusto en el trato
con sus semejantes: para despertar su envidia. Por eso se emociona, como si evocase
un paraíso perdido, al ver el rebaño paciendo o, en confiada intimidad, al niño que no
tiene aún nada pasado que negar y juega por entre las cercas del pasado y del futuro
en. venturosa ceguera. Y, sin embargo, su juego se le ha de internimpir: demasiado
pronto será sacado del olvido. Entonces aprende a comprender la palabra «érase (una
vez)», ese santo y seña con el que la lucha, el sufrimiento y el hastío acometen al ser
humano para recordarle lo que es, en el fondo, su existencia —un imperfectiim que

;. ^ En FP I, 30 [2], Nietzsche hace este comentario a una cita de Leopardi: «El rebaño pasta de-
' íante del hombre: no sabe lo que es el ayer y el hoy, salta alrededor, come, descansa, digiere, \oielve
a saltar y así desde la mañana hasta la noche y de día en día, en una palabra, atado a su placer y a su
dolor, o sea, a la estaca del instante, y por eso no conoce ni el hastío ni la decepción. Al hombre le
resulta duro ver esto, pues él se cree por encima del animal y sin embargo envidia su felicidad, pues
éí quiere vivir como el animal, ni triste ni hastiado: pero lo quiere en vano y sin ninguna esperanza.
¡Ah! ¡Qué envidia te tengo!
No sólo porque libre pareces
casi de todo sufrimiento, —
olvidando en un instante
fatiga, daño, inquietud extrema —
¡Más aún, porque nunca te atonnenta el tedio!»
698 OBRAS COMPLETAS

jamás llegará a la perfección. Cuando la muerte aporta al fin el anhelado olvido, con
él escamotea a la vez el presente y la existencia y, así, imprime su sello sobre aquel
conocimiento, que la existencia no es sino un ininterrumpido haber sido, uná cosa
que vive de negarse y de destruirse a sí misma, de contradecirse a sí misma’. <
Si una felicidad, un ir en pos de nueva felicidad en cualquier sentido, es lo que
retiene a los vivos en la vida y los impulsa por el camino de la vida, acaso ningún fi­
lósofo tenga más razón que el cínico: pues la felicidad del animal, en su carácter de
cínico consumado, es la prueba viviente que le da la razón al cinismo. La mínima fe­
licidad, si existe sin interrupción y hace feliz, es incomparablemente más felicidad
que la máxima que se da tan sólo como episodio, diríase como capricho, como loca
ocurrencia, en medio de desplacer, deseo y privación. Tanto en la mínima felicidad
como en la máxima es siempre una sola cosa la que hace que la felicidad sea felici­
dad: el poder olvidar, o dicho en términos más eruditos, la facultad de sentir de forma
ahistórica todo el tiempo de su duración. Quien no es capaz de tenderse, olvidando
todo pasado, en el umbral del instante, quien no sabe estar ahí de pie en un punto, cual
una diosa de la victoria, sin vértigo ni miedo, nunca sabrá lo que es la felicidad, y lo
que es aún peor: nunca hará nada que pueda hacer felices a otros. Imaginad el casó!
extremo, un ser humano que no posee ni la más mínima fuerza de olvidar y está con­
denado a percibir en todas partes un devenir; tal humano ya no cree en su propio ser,
ya no cree en sí, lo ve todo deshacerse en puntos que se han movido y se pierde en
este flujo del devenir; por último, como el discípulo consecuente de Heráclito, apenas
si osará mover un dedo. En toda acción hay olvido: del mismo modo que en la vida
de todo ser orgánico hay no solamente luz, sino también oscuridad. Un ser humanó'
que quisiera por entero sentir solamente de forma histórica se parecería a uno que esr
tuviera obligado a prescindir del sueño, o a im animal que tuviera que subsistir exclu**^
sivamente a base del siempre renovado rumiar. En consecuencia: es posible vivir, y
aun vivir feliz, casi sin recordar, como lo muestra el animal; pero es totalmente impo­
sible vivir sin olvidar^. O .para puntualizar mi tema en términos aún más sencillos:
hay un grado de insomnio, de rumiar, de sentido histórico, en que se resiente y final­
mente sucumbe lo vivo, ya se trate de un ser humano, de un pueblo o de una cultura:
Para precisar este grado y, sobre su base, el límite donde lo pasado tiene que ser
olvidado para evitar que se convierta en sepulturero de lo presente, habría que saber
con exactitud el grado de fuerza plástica de un ser humano, de un pueblo, de una cul­
tura, quiero decir de esa ftierza de desarrollarse específicamente a partir de sí mismo,;
de transformar y asimilar lo pasado y lo extraño, de cicatrizar heridas, reponer lo per­
dido, regenerar formas destruidas. Hay personas que poseen esta fuerza en tan bajo
grado que, como consecuencia de una sola vivencia, de un solo dolor, en particular de
una única sutil injusticia, se desangran irremisiblemente, como de resultas de un le­
vísimo rasguño; y las hay invulnerables a los más salvajes y terribles contratiempos y

’ Razonamiento análogo al utilizado por Kant al introducir la noción de devenir en la morali­


dad: el ser humanp se hace hombre oponiéndose a su animalidad. Pero mientras Kant considera que
entonces es preciso arbitrar los medios prácticos para resistir al instinto, Nietzsche contradice la nos­
talgia de ese estado original de inocencia y la obsesión por el pasado en cuanto abren la perspectiva
de un bien y un mal que fiiera preciso regularizar. Cfr. Kant, I., Fundamentación de la metafísica de
las costumbres, trad. de J. Mardomingo, Ariel, Barcelona, 1996, Sección primera.
* El olvido es, pues, para Nietzsche uno de los remedios {Gegenmittel) o venenos {Giften) en el
sentido de fármacos, para hacer frente a la enfermedad histórica. Para la valoración del olvido en el
Nietzsche maduro cfr. GM II, parágrafo 1.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 699

aun a los actos de su propia maldad, al punto que en medio de ellos, o poco después,
alcanzan un pasable bienestar y una especie de conciencia tranquila. Cuanto más
fiiertes son las raíces de la íntima naturaleza de un ser humano tanta mayor cantidad
de pasado se apropia o apresa: y la naturaleza más poderosa y formidable se caracte­
rizaría por un sentido histórico que carecería de límites a partir de los cuales pudiera
tener un efecto absorbente y peijudicial; atraería y asimilaría todo lo pasado, tanto
propio como muy ajeno, transformándolo, por decirlo así, en sangre. Lo que una tal
naturaleza no logra dominar, lo sabe olvidar; ya no existe, el horizonte está siempre
cerrado e íntegro, y nada es capaz de recordar que más allá de ella hay también seres
humanos, pasiones, doctrinas y fines. Y se trata de una ley universal: todo ser vivien­
te sólo dentro de un horizonte^ puede alcanzar salud, fuerza y fecundidad; si es in­
capaz de encerrarse dentro de un horizonte y, por otra parte, demasiado egoísta como
para integrar la propia perspectiva en otra ajena, decae, lánguido y afiebrado, y su­
cumbe prematuramente. La serenidad, la conciencia tranquila, la acción alegre, la
confianza en lo por venir — todo esto depende, en el individuo no menos que en el
pueblo, de que exista una línea que separe lo escrutable y claro de lo inescrutable y
oscuro, de que se sepa olvidar y recordar oportunamente, de que se discierna con vi­
goroso instinto cuándo se necesita el sentir histórico y cuándo el sentir ahistórico*®.
Tal es precisamente la tesis que el lector está invitado a considerar: lo ahistórico y lo
histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, de los pueblos y de
las culturas,
:: En este terreno cada cual aporta, por lo pronto, la siguiente observación: por restrin­
gido qiíe sea el saber y sentir histórico de un ser humano, y aunque su horizonte sea
limitado como el de los pobladores de los valles alpinos y ponga en cada juicio una in­
justicia, en cada experiencia la creencia errónea de ser el primero — pese a toda injus­
ticia y toda creencia errónea, está ahí con irreductible salud y efíciencia y alegra a cual­
quier ojo que le mire; en tanto que otro individuo mucho más justo e instruido que aquél
languidece y decae porque las líneas de su horizonte siempre se desplazan de nuevo in­
quietamente, porque, preso en la red mucho más sutil de sus justicias y verdades, no
logra retomar al querer y al apetecer groseros. Hemos visto, en cambio, que el animal
del todo ahistórico y que se desenvuelve dentro de un horizonte reducido casi a un úni­
co punto vive, no obstante, en cierta felicidad, por lo menos ajeno al hastío y al fingi­
miento; podremos, pues, considerar la facultad de sentir hasta cierto grado ahistórica-
mente como una facultad más importante y más originaria, por cuanto constituye el
fundamento indispensable para que crezca algo justo, sano y grande, algo verdadera­
mente humano. Semeja lo ahistórico una atmósfera envolvente que es la premisa de la
vida, extinguiéndose ésta si queda destruida aquélla. Es verdad lo siguiente: que el ser
humano sólo llega a ser humano en la medida en que, pensando, meditando, comparan­
do, separando y uniendo, restringe ese elemento ahistórico, llega a ser humano sólo
como consecuencia de producirse dentro de aquel vaho envolvente un claro y radiante

^ Horizont, aparece aquí un concepto de enorme importancia en el pensamiento posterior de


Nietzsche. La delimitación que el horizonte establece es aquello mediante lo que un individuo, un
pueblo o un organismo, decide lo que es útil o nocivo para su desarrollo. Es decir, todo ser vivo in­
terpreta lo existente a partir de lo que se le presenta en su propio horizonte. Cfr. sobre ello M, af. 117.
Das Unhistorische, lo ahistórico, o también, das Uberhistorische, lo suprahistórico, es el otro
remedio que Nietzsche sugiere para la enfermedad histórica, y es donde mejor se manifiesta su con­
frontación con la concepción histórica de la modernidad. Esta contraposición entre histórico y ahis­
tórico se corresponde con la contraposición historia-mito desarrollada en NT.
700 OBRAS COMPLETAS

destello, es decir, sólo en virtud de la ftierza de usar lo pasado para la vida y hacer nue­
va Historia sobre la base de lo acontecido: pero cuando se da un exceso de historia el
ser humano deja de serlo, y a no ser por aquella envoltura de lo ahistórico, nunca hubie­
ra empezado a ser humano, ni osaría llegar a serlo. ¿Dónde están las acciones que el ser
humano sería capaz de llevar a cabo sin antes haber penetrado en ese vaho de lo ahistó­
rico? O para dejar de lado las imágenes e ilustrar con un ejemplo: imagínese a un hom-:
bre al que arrebata y arrastra una violenta pasión por una mujer o por una gran idea;
¡cómo cambia su mundo! Si mira hacia atrás, se siente ciego, si atiende a su alrededor,
percibe lo ajeno como un ruido sordo, vacío de significación; lo que capta, en fin, jamás
lo captó de forma tan verdadera; ahora es tan tangible, colorido, vibrante e iluminado
como si lo aprehendiese con todos los sentidos a un tiempo. Todas sus valoraciones es­
tán cambiadas y desvalorizadas; muchas cosas ya no sabe apreciarlas, porque ya no
puede apenas sentirlas: se pregunta si durante tanto tiempo se habrá dejado engañar por
palabras extrañas y pareceres ajenos; se sorprende de que su memoria gire incansable­
mente trazando un único círculo y, sin embargo, está demasiado débil y cansado como
para dar un solo salto fuera de este círculo. Es éste el estado más injusto del mundo,
estrecho, desagradecido con lo pasado, ciego a los peligros, sordo a las advertencias, un
pequeño torbellino viviente en un mar muerto de noche y olvido: y, sin embargo, este
estado —absolutamente ahistórico, antihistórico— es la matriz, no ya de una acción
injusta, sino de todas las acciones justas; y ningún artista logrará la imagen de su crea-,
ción, ningún jefe militar su victoria, ningún pueblo su libertad, sin haberla antes desea­
do y anhelado en tal estado ahistórico. Así como el agente, según la expresión de
Goethe’^ siempre carece de conciencia, carece siempre también de ciencia, olyida Ja
mayor parte de las cosas para hacer una sola, es injusto con lo que queda atrás y no re­
conoce más que un solo derecho, el derecho de lo que en ese momento ha de ser. Así,
todo agente ama su acción infinitamente más de lo que ella merece ser amada: y las
mejores acciones se llevan a cabo en un arrebato de amor tal que, desde luego, no valen
este amor, por incalculable que, por lo demás, sea su valor.
Suponiendo que uno, en numerosos casos, fuera capaz de husmear y respirar.ínti­
mamente compenetrado esa atmósfera ahistórica donde se han originado todos, los
grandes acontecimientos históricos [geschichtliché]y tal vez podría, como ser cognos-
cente, elevarse a un punto de vista suprahistórico, descrito por Niebuhr’^ como el
resultado posible de observaciones históricas. «Para una cosa, cuando menos - ^ c e
él—, sirve la Historia, si se logra una visión clara y completa de ella: y es para darse
cuenta de que aún los espíritus más grandes y excelsos de nuestro humano linaje ig­
noran cuán casualmente su visión ha asumido la forma en que ellos ven y exigen por
la fuerza que vea todo el mundo, por la fuerza, puesto que la intensidad de su conciem
cia es excepcionalmente grande. Quien no sabe esto, quien no lo ha entendido con
toda claridad y distinción en muchos casos, a éste le subyuga la aparición de un espí­
ritu poderoso que sitúa en una forma determinada la suprema pasión». Cabría califi­
car tal punto de vista de suprahistórico, porque el que lo adoptara ya no podría expe­
rimentar ninguna seducción para seguir viviendo y cooperar en la Historia, por habér
captado la única condición de todo acontecer, esa ceguera e injusticia en el alma del

" «El hombre de acción carece siempre de conciencia; sólo la posee el contemporáneo».
Goethe, J. W., Máximas y reflexiones, trad. de J. del Solar, Barcelona, Edhasa, 1996, a f 241, p. 59.
B. G. Niebuhr (1776-1831), historiador y político que influyó de manera importante en los
grandes historiadores Mommsen y Ranke.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 701

agente; todavía más, desde entonces se habría curado de tomar demasiado en serio la
historia: pues habría aprendido a extraer de cada ser humano, de cada vivencia, así se
refiera a griegos o a turcos, de una hora del siglo i o del siglo xix, la respuesta a la
pregunta de cómo y para qué se vive. El que pregunte a sus allegados si querrían vol­
ver a vivir los diez o veinte últimos años, fácilmente se dará cuenta de si alguno de
ellos está predispuesto para aquel punto de vista suprahistórico: es de suponer que
todos contestarán diciendo «¡No!», pero fundamentarán de diferente modo su res­
puesta negativa. Algunos, acaso, consolándose: «Los próximos veinte serán mejo­
res»; son aquellos de los que dice David Hume con ironía:

Andfrom the dregs o f Ufe hope to receive,


What the first sprightíy running could not

Llamémosles los seres humanos históricos: la mirada fija en el pasado los empu­
ja hacia el futuro, los alienta a continuar luchando con la vida y enciende en ellos la
esperanza de que lo bueno todavía vendrá, de que la felicidad está detrás de la mon­
taña que se aprestan a escalar. Estos seres humanos históricos creen que el sentido de
la existencia se revelará cada vez más claramente en el curso de un proceso, por ello
sólo miran hacia atrás para llegar a través de la consideración del proceso hasta ahora
operado a la comprensión del presente y aprender a desear con más vehemencia el
füturo; no saben que pese a toda su historia piensan y actúan en forma ahistórica y
que su misma ocupación con la Historia no está al servicio del conocimiento puro,
sino de la vida.
• . Pero esa pregunta de cuya primera contestación acabamos de enteramos también
puede ser contestada de otro modo. Es verdad que otra vez con un «¡no!», pero con
uno fundado diferentemente; con el «¡no!» del ser humano suprahistórico que no ve
su salvación en el proceso, sino que para él más bien el mundo está acabado y consu­
mado a cada instante. ¡Qué podrían enseñar diez nuevos años que los diez anteriores
no han sido capaces de enseñar!
Si el sentido de la enseñanza es la felicidad o la resignación, o la virtud, o bien la
expiación, eso es una cuestión sobre la cual los seres humanos suprahistóricos nunca
han estado de acuerdo; pero frente a todos los modos históricos de considerar lo pasado
coinciden completamente en la siguiente tesis: lo pasado y lo presente son una y la mis­
ma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos y como om-
hipresencia de tipos indelebles representan una figura fija de valor invariable y signifi­
cación eternamente idéntica Del mismo modo que los centenares de lenguas distintas
corresponden a idénticas necesidades típicas e inmutables de los seres humanos, así que
quien comprendiera estas necesidades nada nuevo podría aprender de todos los idiomas
existentes: del mismo modo el pensador suprahistórico esclarece desde dentro toda la
Historia de los pueblos e individuos, adivinando con clarividencia el sentido originario
de los distintos jeroglíficos y eludiendo poco a poco, cansado, hasta los signos escritos

«Y de las heces de la vida esperan recibir lo que la primera corriente llena de vida no pue­
de darles». Éste es un pasaje tomado por Nietzsche del D iá lo g o s o b r e la r e lig ió n n a tu ra l, de
Hume, y es una cita del Á u ren g . Z e b e , acto IV, escena 1 vv. 41-42, de John Dryden. Cfr. también
FP:I, 29 [86].
. Desde esta perspectiva, la idea del eterno retomo no obedece a la intención de negar la histo­
ria. Cfr. Mazzarella, E., N ie tz s c h e e la s to r ia . S to r ic itá e o n to lo g ia d e lla v ita , Cuida, Ñápeles, 1983,
pp. 97-146.
702 OBRAS COMPLETAS

que en constante flujo se presentan ante él: pues ¡cómo, en medio de la infinita sobr^-
bundancia de lo que acontece, no va a desembocar en la saciedad, la sobresaturaciói^ y
aun la náusea! Así que el más atrevido concluye acaso por decir para sus adentros, con
Giacomo Leopardi: ' /‘V

«Nada vive que sea digno .


de tus impulsos, y la tierra no merece suspiro alguno.
Dolor y hastío es nuestra existencia, > ; • ;■ .
e inmundicia el mundo — nada más, ; *r
Sosiégate»'^.

Pero dejemos a los seres humanos suprahistóricos su náusea y su sabiduría: por


una vez vamos a gozar hoy de todo corazón con nuestra falta de sabiduría y desenvol­
vemos a nuestras anchas como los activos y progresistas, como los partidarios del
proceso. ¡No importa que nuestro aprecio de lo histórico sea tan sólo un prejuicio oc­
cidental; con tal de que dentro de este prejuicio progresemos y no nos detengamos!
¡Con tal de que aprendamos cada vez mejor a practicar la historia al servicio de los
fines de la vida\ En tales condiciones, admitimos de buen grado que los suprahistóri­
cos poseen más sabiduría que nosotros; con tal de que debamos estar seguros de po­
seer más vida que ellos: pues así, de todos modos, la ignorancia nuestra tendrá más
futuro que la sabiduría suya. Y para que no subsista la menor duda acerca del sentido,
de esta oposición entre vida y sabiduría, voy a apelar a un recurso desde antiguo pro­
bado y enunciar sin circunloquios algunas tesis.
Un fenómeno histórico, pura y completamente conocido y resuelto en un fenóme­
no cognoscitivo, es cosa muerta para el que lo ha conocido: pues ha conocido la ilu­
sión, la injusticia, la ciega pasión y, en general, todo el horizonte terrenamente oscu­
recido de ese fenómeno y al mismo tiempo, precisamente en todo esto, su poder
histórico [geschichtlich\.. Este poder ahora es impotente para él en cuanto ser que
sabe: tal vez aún no para él en cuanto es un ser vivo.
La Historia, concebida como ciencia pura y convertida en soberana, sería para la
humanidad una especie de cierre y balance de la vida. Sólo como coroleuio de una
poderosa corriente nueva de vida, por ejemplo, de una cultura naciente, la formación
histórica es algo saludable y una promesa de futuro, es decir, únicamente si ella mis­
ma no domina y guía, sino que es dominada y guiada por una fuerza superior.
La historia, en tanto que está al servicio de la vida, está al servicio de im poder
ahistórico y, por tanto, en este estado de subordinación nunca podrá ser, ni debe llegar
a ser, una ciencia pura, como lo son las matemáticas, por ejemplo. Ahora bien, la
cuestión de hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia es una
de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud de los
individuos, los pueblos y las culturas. Pues donde hay cierto exceso de historia se
desintegra y degenera la vida, y por último, a raíz de esta degeneración, a su vez, tam­
bién la misma historia.

Nietzsche cita la traducción alemana de R. Hamerling de Leopardi, G., Gedichíe, Hild-


burghausen, 1866, p. 108. Obra existente en BN. Para un estudio de la relación de Nietzsche con
Leopardi, cff. Otto, W. E, «Leopardi und Nietzsche», en Fritz, K. v.-Schmalzried, E., Mythos und
Welt, Klet, Stuttgart, 1963, pp. 179-202.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS U 703

í; Que la vida tiene necesidad del servicio de la historia ha de comprenderse no me­


nos claramente que la proposición, a demostrar más adelante — de que un exceso de
historia es perjudicial para el ser vivo. La historia forma parte del ser vivo en tres as­
pectos: en tanto que éste es activo y aspira, en tanto preserva y venera, y en tanto su­
fre y necesita de liberación. A esta trinidad de relaciones corresponde una trinidad de
formas de historia: cabe distinguir una forma monumental, una forma anticuaría y
una forma crítica de historia.
: Pertenece la Historia ante todo al individuo activo y poderoso, a aquel que sostie­
ne una magna lucha, necesita modelos, maestros, confortadores, y no puede encon­
trarlos entre sus compañeros ni en el presente. Así perteneció a Schiller: pues nuestra
época es tan mala, dice Goethe, que el poeta ya no encuentra en la vida humana cir­
cundante ninguna naturaleza adecuada^**. Con referencia al individuo activo, Polibio,
por ejemplo, define la historia política como la correcta preparación para el gobierno
de un Estado y como la maestra más extraordinaria que haciéndonos recordar las ca­
lamidades ajenas exhorta a soportar con entereza las vicisitudes de la fortuna^’. A
quien ha aprendido a percibir en esto el sentido de la historia, a éste le ha de resultar
fastidioso ver a turistas curiosos o a micrólogos pedantes trepar por las pirámides de
grandes pasados; allí donde halla las incitaciones a la emulación y superación desea
no encontrar al ocioso que ávido de distracción o de sensaciones va de un lado para
otro como por entre los tesoros artísticos guardados en las vitrinas de un museo. Para
no sucumbir al desaliento y a la náusea en medio de los ociosos débiles y desesperan­
zados, de los compañeros aparentemente activos, pero en realidad tan sólo excitados
y vociferantes, mira hacia atrás y hace alto en la marcha hacia su meta para tomar
aliento. Su meta.es alguna felicidad, tal vez no la suya propia, con frecuencia la de \m
pueblo o la de la humanidad toda; huye de la resignación y usa la Historia como un
remedio para combatir la resignación. En general no gana ningún salario, como no
sea la fama, esto es, la perspectiva de ocupar un sitio de honor en el templo de la his­
toria, en donde podrá, a su vez, brindar enseñanza, confortación y advertencia a la
posteridad. Pues su mandamiento reza: lo que haya podido dar una mayor dimensión
y una realización más hermosa al concepto de «ser humano» ha de tener una existen­
cia eterna, para poder seguir haciéndolo eternamente. Que los grandes momentos en
la lucha de los individuos forman una cadena, que en ellos perdura a través de los mi­
lenios un plano estelar de humanidad, que lo supremo de tal momento, caducado hace
ya mucho tiempo, continúa siendo para mí algo vivo, claro y grande: he aquí la idea
subyacente a la fe en la humanidad, idea que se corresponde con la exigencia de una
historia monumental^^. Pero precisamente en esta exigencia de que lo' grande deba
ser eterno se desencadena la más terrible lucha. Pues todo lo que todavía vive grita:
«¡No!». Lo monumental no debe producirse — tal es la contraconsigna. La sorda ru­
tina, lo mezquino y vil que llena todos los rincones del mundo y como pesado vaho*

Eckermann, J. P., Conversaciones con Goethe, trad. de R. Sala, Acantilado, Barcelona, 2005,
21 de julio de 1827, p, 310.
Cfr. Polibio, i/w /ona, I, 1,4.
La historia monumental es la que revela la afínidad más directa con las ñmciones que en NT
se asignan al mito, y en este sentido es lo opuesto a la historia como reine Wissenschaft. Su valor
reside en la posibilidad de proporcionar ejemplos de un valor eterno. Cfr. «El pathos de la verdad»,
enC V
704 OBRAS COMPLETAS

envuelve todo lo grande, se vuelca entorpeciendo, engañando, rebajando y asfixian-.


do en el camino que lo grande ha de recorrer rumbo a la inmortalidad. Pero ¡este ca­
mino corre por las mentes humanas!, por las mentes de animales azorados y efímeros
que se asoman siempre de nuevo a los mismos apremios y a duras penas logran con­
jurar por breve tiempo la perdición. Porque lo que por lo pronto quieren es una sola
cosa: vivir a cualquier precio. ¡Quién va a suponerles esa ardua carrera de antorchas
de la historia monumental que es la única que asegura la perduración de lo grande!
Sin embargo, siempre surgen de nuevo algunos que fortalecidos por la consideración
de la grandeza pasada se sienten penetrados de una dicha inefable, como si la vida
humana fuese una cosa divina, y como si fuese el fhito más hermoso de tan amarga
planta saber que alguna vez alguien pasó por la existencia orgulloso y fuerte, otro en
honda meditación, y aquél con el corazón henchido de compasión y solicitud— pero
legando todos ellos la lección de que vive del modo más hermoso quien no da impor­
tancia a la existencia’^. Si el individuo común llena el lapso que su vida abarca de
tétricas seriedades y afanes, aquéllos, encaminados a la inmortalidad y a la historia
monumental, sabían llegar a la risa olímpica o cuando menos a la burla sublime; fre­
cuentemente bajaban a la tumba con ironía — pues, ¡qué había en ellos que sepul-;
tai^°! Sólo lo que siempre los había agobiado como escoria, inmundicia, vanidad y
animalidad y que ahora quedaba librado al olvido, después de haber estado entregado
hacía mucho a su desprecio. En cambio, perdurará el monograma de su más íntimo
ser, tal obra, tal acción, tal rara iluminación, tal creación: perdurará, porque ninguna
posteridad puede pasarse sin él. En esta forma más transfigurada la fama es cierta­
mente algo más que el más exquisito bocado de nuestro amor propio, como la llamara
Schopenhauer, es la fe en la afinidad y continuidad de lo grande de todos los tiempos,
una protesta contra el cambio de las generaciones y contra la transitoriedad.: ; •
¿En qué forma le sirve, pues, al ser humano del presente la concepción monumen­
tal del pasado, la ocupación con lo clásico e infrecuente de tiempos pretéritos? Extrae
de ella la seguridad de que lo grande alguna vez se dio, en todo caso fue posible, y, qví
consecuencia, volverá a ser posible alguna vez; avanza él más animado, pues ha que­
dado vencida la duda que lo asaltaba en horas de debilidad, la duda de que acaso as­
pirara a lo imposible. Suponiendo que alguien creyera que no hacen falta más que ^
cien individuos productivos, educados en un espíritu nuevo y desenvolviéndose en él,
para acabar con el prurito de formación que precisamente en nuestros días está gene­
ralizado en Alemania, cómo le tendría que fortalecer el comprobar que la cultura del
Renacimiento se levantó sobre los hombros de tal cohorte de cien hombres. ■
Y sin embargo —^para aprender enseguida del mismo ejemplo otra nueva lee-;
ción—, ¡qué fluctuante, oscilante e imprecisa sería esa comparación! ¡Cuánta dife­
rencia tiene que ser pasada por alto para que pueda surtir ese efecto tonificante, con
qué violencia hay que meter la individualidad de lo pasado en una forma general y
quebrar en aras de la concordancia todas sus agudas líneas y aristas! En el fondo, lo

’’ Lo característico de estos hombres de acción es, para Nietzssche, ejercer su voluntad al mar­
gen de un bien y de un mal codificados, frente a lo que enseña Kant. Es decir, este hombre activo no
juzga en nombre de una máxima práctica que encuentra inmediatamente en su querer la moralidad
de su acción. Su voluntad no se ejerce, por tanto, como buena o mala, sino simplemente como vo­
luntad. Ello explica el concepto de «fuerza plástica» antes aludido, desde el que Nietzsche piensa la
acción de estos héroes en analogía con la creación artística.
En el manuscrito este pasaje continúa así: «Mas los grandes filósofois han debido ser los más
valientes cómplices entre los que buscan la gloría».
C O N S ID E R A C IO N E S I N T E M P E S T IV A S II 705

que una vez fue posible sólo podría ser posible otra vez, si los pitagóricos tenían ra­
zón al creer que cuando se da idéntica constelación de los cuerpos celestes, por fuer­
za se repite también sobre la tierra lo idéntico, hasta en los menores detalles: de modo
que cada vez que los astros ocupen determinada posición unos con respecto a otros,
un estoico se confabulará con un epicúreo y César será asesinado y, bajo otra deter­
minada posición, una y otra vez Colón descubrirá América^'. Únicamente en el su­
puesto caso de que la tierra recomenzase cada vez su función después del quinto acto,
de que fuese un hecho que a determinados intervalos vuelve la misma concatenación
de motivos, el mismo deiis ex machina, la misma catástrofe, el poderoso tendría de­
recho a desear la historia monumental en*plena veracidad icónica, esto es, cada fac-
tiim en su singularidad y unicidad exactamente descritas: quiere esto decir que proba­
blemente no tendrá este derecho hasta que los astrónomos no se conviertan otra vez
en.astrólogos. Hasta entonces, la historia monumental podrá no necesitar esta plena
veracidad: siempre tenderá a la aproximación, la generalización y, por último, la
equiparación de lo desigual, siempre atenuará la diferencia de los motivos y los mó­
viles, para presentar los effectiis en forma monumental, vale decir, ejemplar y digna
de emulación, a expensas de las causae: de suerte que, dada su propensión a prescin­
dir en lo posible de las causas, sin mucha exageración se la podría llamar una colec­
ción de «efectos en sí», esto es, de acontecimientos que en todos los tiempos surtirían
efecto. Lo que se celebra en ocasión de las fiestas populares, festividades religiosas
o conmemoraciones de hechos bélicos es, en definitiva, tal «efecto en sí»: éste es el
que no da tregua a los ambiciosos y es como un amuleto que los individuos empren­
dedores llevan sobre el corazón, y no el connexus propiamente histórico [geschicht-
lich] de causas y efectos, el cual, si fuera plenamente conocido, sólo demostraría que
nunca más puede salir nada absolutamente idéntico en el juego de dados del futuro y
el azar.
: Mientras el alma de la historiografía esté en los grandes incentivos que extrae de
ella un poderoso, mientras el pasado tenga que ser descrito como algo digno de emu­
lación, como algo susceptible de emulación y repetición, él mismo se halla desde lue­
go expuesto al peligro de ser desviado un poco, embellecido y así aproximado a la
libré invención; hasta se dan épocas que no saben discernir entre un pasado monu­
mental y una ficción mítica: porque de uno y otro mundo pueden extraerse los mis­
mos incentivos. De modo que cuando la consideración monumental de lo pasado zw-
pera sobre los oti'os modos de consideración, esto es, el anticuario y el crítico, sale
perjudicado el pasado mismo: grandes partes de él se olvidan, se desprecian, siendo
como una ininterrumpida corriente gris donde sólo facta aislados, embellecidos, se
destacan cual islotes: en las contadas personas que en general se hacen perceptibles
llama la atención algo innatural y prodigioso, dijérase la cadera de oro que los discí-

, . «Lo más útil de todo sería que todo se repitiese (pitagóricamente): entonces se debería cono­
cer el pasado y la constelación, para poder reconocer exactamente la repetición. Entonces, nada se
repite». F P 1 ,29 [108]; «Todo recordar es un comparar, es decir, equiparar. Nos lo dice cada concep­
to; se trata del fenómeno “histórico” primordial. La vida, por lo tanto, exige la equiparación del pre­
sente con el pasado; de tal manera que con el equiparar siempre va unido una cierta violencia y de­
formación. Defino este impulso como el impulso hacia lo clásico y ejemplar: el pasado sirve al
presente como arquetipo. A esto se opone el impulso anticuario, que se esfuerza en captar el pasado
como pasado y en no deformarlo ni idealizarlo. La necesidad de vida exige lo clásico, la necesidad
de verdad lo anticuario. Lo primero trata el pasado con arte y con una fuerza artística transfigurado-
ra». FP 1,29 [29].
706 OBRAS COMPLETAS

pulos de Pitágoras creyeron notarle a su maestro^^ La historia monumental engaña


mediante analogías: con seductoras similitudes tienta al valiente a la temeridad y al
entusiasta al fanatismo, y si se imagina esta historia hasta en las manos y mentes de
los egoístas con talento y de los malhechores exaltados, se destruyen reinos,' se da
muerte a príncipes, se instigan guerras y revoluciones y se aumenta aún más el núme­
ro de «efectos en sí» históricos [geschichtlichen], esto es, de efectos sin causas sufi­
cientes. Esto, para recordar los daños que la historia monumental puede ocasionar
entre los poderosos y los activos, ya sean buenos o malos: j*y no digamos cuando se
apoderan y se valen de ella los impotentes y los inactivos!
Veamos el caso más simple y frecuente. Imaginemos a los humanos de naturaleza
no artística o poco artística armados y revestidos por la historia monumental al modo;
de los artistas: ¡contra quién dirigirán sus armas! Contra sus enemigos mortales, los
espíritus de portentoso temperamento artístico, es decir, contra aquellos que son los
únicos capaces de aprender verdaderamente de esa historia, esto es, de aprender para
la vida y de traducir lo aprendido en una práctica más elevada. A éstos se les obstruye
el camino; se les enrarece el aire, bailando en actitud idolátrica y con verdadera insis­
tencia alrededor del monumento entendido a medias de algún gran pasado, como si
se quisiese decir: «Mirad, éste es el arte verdadero y real: qué os importan los que es^
tán en proceso de desarrollo y de volición!». Aparentemente, esa multitud danzante
hasta posee el privilegio del «buen gusto»: pues siempre el creador ha estado en des­
ventaja frente a quien se complacía en el-papel de simple observador pasivo; del mis­
mo modo que en todos los tiempos el politicastro ha parecido más inteligente, justo y
perspicaz que el estadista gobernante. Si hasta se pretende que el régimen de los ple­
biscitos y de las mayorías numéricas se haga extensivo al terreno del arte e incluso se
quiere llevar al artista, como si dijéramos, ante el foro de los ociosos estetizantes para
obligarlo a que se defienda a sí mismo, en tal caso puede apostarse cualquier cosa a
que será condenado: no a pesar, sino precisamente en razón de que sus jueces han
proclamado solemnemente el canon del arte monumental, esto es, de acuerdo con la
explicación dada, del arte que en todos los tiempos «ha surtido efecto»: en tanto qué
respecto de todo arte aún no monumental, por actual, les falta, primero, la necesidad,
segundo, la inclinación pura, y, en tercer lugar, precisamente esa autoridad de la his­
toria. En cambio, su instinto les revela que el arte puede ser asesinado por el arte:
quieren impedir a toda costa que vuelva a darse lo monumental, y para este fin sirve
precisamente lo que tiene, derivada del pasado, la autoridad de lo monumental. De.
este modo, pues, son conocedores del arte, porque «quisieran eliminar al arte en general,
se las dan de médicos, cuando en realidad buscan el envenenamiento, así pues, refinan
su paladar y su gusto, para señalar su refinamiento como causa de su repudio tenaz de
cuanto elemento artístico nutritivo se les sirve. Pues no quieren que suija lo grande; su
recurso es decir: «¡Mirad, lo grande ya está ahí!». En verdad lo grande que ya está ahí
les importa tan poco como lo grande que surge: como lo atestigua su vida. La historia
monumental es el disfraz bajo el cual su odio a los poderosos y grandes de su época
pretende hacerse pasar por admiración plena de los poderosos y grandes de épocas pa­
sadas, disfraz en el que invierten el sentido propiamente dicho de ese modo de consi­
derar la historia; tengan o no clara conciencia de su proceder, lo cierto es que actúan
como si su lema fuese: «Haced que los muertos entierren a los vivos»^.

Cfr. Diógenes Laercio, Vidas, VIII, 11.


«Dejad que los muertos entierren a los muertos», Mateo, VIH, 22.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 707

; i: Cada uno de los tres modos de historia existentes se justifíca precisamente en un


único suelo y en xm único clima: en cualquier otro se convierte en mala hierba que
todo lo invade. El ser humano que aspira a crear algo grande se apropia el pasado, si
es que lo necesita, mediante la historia monumental; en cambio, quien se inclina por
detenerse en lo acostumbrado y tradicional cultiva lo pasado como historiador anti­
cuario; y únicamente aquel al que un apremio actual oprime el pecho y que ansia sa­
carse de encima esta carga, cueste lo que cueste, tiene una necesidad de historia crí­
tica, esto es, la necesidad de una historia que juzgue y que condene. El trasplante
irreflexivo es causa de muchas calamidades: el crítico sin apremio, el anticuario sin
piedad y el conocedor de lo grande sin capacidad para lo grande son plantas que se
han convertido en mala hierba, han sido enajenadas a su suelo materno natural y, en
consecuencia, están degeneradas.

La Historia pertenece, pues, en segundo lugar, al que preserva y venera, a aquel que
con lealtad y amor mira allí de donde proviene y en donde se ha formado; con esta pie­
dad expresa, en cierto modo, su gratitud por su existencia^^. Cuidando con mano solíci­
ta lo que desde antiguo existe, quiere preservar las condiciones en que él nació para los
que han de nacer después de él — y así sirve a la vida. La posesión del acervo heredado
de los antepasados cambia de sentido en tales almas: pues son poseídas por éF . Lo pe­
queño, lo limitado, lo decrépito y anticuado recibe dignidad e inviolabilidad propias en
virtud de la circunstancia de que el alma preservadora y reverente del ser humano anti­
cuario se aloja en estas cosas y en ellas se prepara una morada íntima. La Historia de su
ciudad se le convierte en la suya propia; él comprende la muralla, la puerta almenada,
el concejo municipal y la fiesta mayor como una crónica ilustrada de su propia juventud
y en todo esto vuelve a encontrarse a sí mismo, a encontrar su propia fuerza y diligencia
y placer y juicio e insensatez y vicio. «Aquí se ha podido vivir— dice para sus aden­
tros—, pues aquí se puede vivir, aquí se podrá vivir, pues somos tenaces y no hay ma­
nera de quebramos de golpe». De esta manera, con este «nosotros», mira por encima de
la efímera y curiosa vida individual y se identifica con el espíritu de su hogar, de su li­
naje, de su ciudad. A veces, hasta saluda por encima de largas centurias oscurecedoras
y desconcertantes al alma de su pueblo como si fuese su propia alma; un intuitivo com-

«La enfertnedad histórica: 1. En la constelación pitagórica habría que hablar de una utilidad
de la historia. Pero así la motivación de cada acción es distinta. 2. Una comparación presupone una
equiparación. Concepto de memoria. Lo clásico y lo monumental, el «efecto en sí», deformación
idealizante y generalización, lo «umversalmente humano» como ilusión. La ilusión de lo monumen­
tal exige la procreación de lo grande. 3. Lucha contra lo grande y lo raro, y contra lo monumental a
través de lo anticuario. Todo lo que ha sido es interesante, racional: influjo paralizante de lo anticua­
rio sobre la fuerza de la acción histórica. 4. El historiador moderno como amalgama de los dos im­
pulsos, hermafrodita. Su mitología. Su praxis negativa. Efecto sobre el arte y la religión. Peligroso
para una cultura en devenir. La vivisección. Uno no debe ser ambos, clásico y anticuario, sino una
sola cosa, pero completa. Falta de eficacia del historiador moderno: su sedimento en la critica refun­
fuñona y la prensa americanizante. Al historiador moderno le falta el fundamento: es arbitrario en lo
monumental, mortal en lo anticuario y no enraizado en una culturá». FPI, 29 [38]. Cfr. también FP
1,29 [114]. Para ima discusión de estas ideas, cfr. Salaquarda, J., «Studien zur zweiten Unzeitgemás-
sen Betrachtung», en Nietzsche Studien, 1984 (13), pp;-18 ss.
Cfr. Goethe, J. W., Fausto, I, y v. 408.
708 OBRAS COMPLETAS

penetrarse y vislumbrar, im husmear rastros poco menos que borrados, un instintivo


leer correctamente el pasado, por más que se haya escrito encima de él, un presto enten­
der los palimpsestos, y aun los polipsestos^^ —^he aquí sus dones y virtudes. Con ellos
se asomó Goethe al monumento a Erwin von Steinbach^^; y en la tempestad de sus sen­
saciones se desgarró el velo tendido históricamente entre ellos: por primera vez perci­
bió de nuevo la obra alemana, «influyendo a partir de fuerte y áspera alma alemana».
Tal sentido y tal tendencia guió a los italianos del Renacimiento, haciendo revivir en sus
poetas el antiguo genio itálico, para una «prodigiosa resonancia armónica del antiquísi-
mo tañido», como dice Jakob Burckhardt^®. Donde ese reverente sentido histórico-anti-
cuario tiene el más alto valor es allí donde sobre las condiciones modestas y rudas, e
incluso pobres, en que vive un individuo o un pueblo propaga un sencillo y conmovedor
sentimiento de placer y contento; como, por ejemplo, cuando Niebuhr admite con fran­
ca lealtad que, en los pantanos y brezales, entre campesinos libres que tienen una His­
toria, vive contento y no anhela ningún arte. Como la historia mejor puede servir a la
vida es atando también a los linajes y poblaciones menos favorecidos a su tierra y a sus
costumbres tradicionales, proporcionándoles arraigo y disuadiéndoles de vagar por tie­
rras extrañas en busca de lo mejor y disputando por su posesión. A veces, se parece a
obstinación e insensatez lo que hace al individuo aferrarse a tal compañía y ambientes, ■
a tal costumbre penosa, a tal monte estéril — y sin embargo, es la insensatez más salu­
dable y más provechosa para el bien común; como lo sabe todo el que se haya percatado
de los terribles efectos del afán aventurero de emigración, máxime en el caso de pue­
blos enteros, u observe de cerca la situación de un pueblo que haya perdido la fidelidad
con su pasado y esté librado a un incesante afán y prurito cosmopolita de novedades y
de innovación. La sensación opuesta, el bienestar del árbol que reposa en sus raíces, la'
felicidad de saberse no del todo un producto del capricho y de la contingencia, sino he- ,
redero, flor y fruto de un pasado, y así disculpado, y aun justificado, en su existencia
— he aquí lo que ahora se define de preferencia como el sentido histórico propiamente
dicho
No es ése, por cierto, el estado en que el ser humano está mejor capacitado
para disolver el pasado en saber puro: de suerte que aquí también percibimos lo
que hemos percibido a propósito de la historia monumental, es decir, que el pasa­
do mismo sufre mientras la historia sirva a la vida y esté dominada por impulsos
vitales. Dicho con cierta libertad metafórica: el árbol siente sus raíces más dé lo
que podría verlas; y este sentimiento se mide por el tamaño y la fuerza de las fa­
mas visibles. Si ya en esto se equivoca acaso el árbol: jjúzguese lo equivocado^
que estará respecto del bosque entero en tomo!, del que sólo sabe y siente algo eri ;

Palimsepstos son pergaminos cuyo texto original ha sido borrado y sustituido por otro. Polipv
sestos son pergaminos borrados y reutilizados muchas veces. Cfr. FP 1,29 [136]. .j
Erwin von Steinbach (muerto en 1318) es el arquitecto al que Goethe atribuía la construcción
de la Catedral de Estrasbrirgo. .y:-
Burckhardt, J., D ie K u ltu r d e r R e n a is s a n c e in I ta lie n , 2.® ed., Leipzig 1869. En BN se con­
servan dos ejemplares, los dos con anotaciones de lectura. Uno de ellos tiene una dedicatoria ;del
autor a Nietzsche.
” Nietzsche alude aquí al punto de vista hegeliano. El historiador tradicionalista adquiere, en
ese nosotros tras el que habla, una personalidad colectiva. Quiere descubrir la necesidad por la que
es heredero del pasado, conjurando leyes históricas que le hacen indispensable. Logra así la univer­
salidad, no como los conquistadores o los grandes héroes, mediante la acción, sino autoconcibiéndo-
se como lugar de paso del Espíritu. Cfr. Hegel, G. W. F., L e c c io n e s s o b r e la f il o s o f í a d e la historia
u n iv e r sa l, trad. de J. Gaos, Alianza, Madrid, 1980, pp. 59 ss.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 709

la medida en que su desarrollo es trabado o promovido por él — pero nada más.


El sentido anticuario de un ser humano, de un vecindario, de todo un pueblo,
siempre se caracteriza por un campo visual limitadísimo; es muy poco lo que per­
cibe, y este poco lo ve demasiado cercano y demasiado aislado; no es capaz de
medirlo y, por consiguiente, considera todo igualmente importante, es decir, atri­
buye a todo lo individual una importancia excesiva. Entonces, no hay para las
cosas del pasado diferencias de valor ni proporciones que las establezcan verda­
deramente en su justo valor unas con respecto a otras; sino siempre tan sólo di­
mensiones y proporciones de las cosas con referencia al individuo o pueblo que
mira hacia atrás de manera anticuaría.
Aquí siempre acecha de cerca un peligro: llega el momento en que a todo lo an­
tiguo y pretérito que aún entra en el campo visual se lo toma como igualmente ve­
nerable y, en cambio, se repudia y combate a cuanto no siente veneración por lo
antiguo, es decir, a lo nuevo y a lo que está en devenir^®. Así, hasta los griegos tole­
raban el estilo hierático de sus artes plásticas al lado del desenvuelto y grande, aún
más, en tiempos posteriores no sólo toleraban las narices puntiagudas y la sonrisa
glacial, sino que incluso hacían de esto un refinamiento. Cuando se anquilosa de tal
modo el sentido de un pueblo, cuando la historia sirve a la vida pasada en tal forma
que mina la continuidad vital y, precisamente, la vida superior, cuando el sentido
histórico ya no conserva, sino momifica la vida: entonces el árbol se seca gradual­
mente de manera antinatural, esto es, de arriba abajo — y, por último, suele arrui­
narse la misma raíz. La historia anticuaría degenera ya en el instante mismo en que
deja de animarla e infundirle entusiasmo la vida palpitante del presente. Entonces
decae la piedad y la rutina de los eruditos subsiste sin su compañía, girando con
egoísmo y suficiencia alrededor de su propio eje. Entonces se da acaso el penoso
espectáculo de un ciego afán de coleccionar, de un infatigable empeño de juntar
todo lo que haya existido. El ser humano se envuelve en una atmósfera de moho y
podredumbre; con su manera de anticuario consigue que hasta un talerito portento­
so, una necesidad noble, se rebajen a insaciable curiosidad, a genuina avidez por lo
antiguo y por todas las cosas; con frecuencia se degrada al punto que termina por
darse por satisfecho con cualquier alimento y hasta devora con fruición el polvo de
las quisquillas bibliográficas.
•í; Pero aunque no sobrevenga esta degeneración, aunque la historia anticuaría no
pierda el fundamento en que debe enraizarse si ha de estar al servicio de la vida:
no faltan los peligros, por cuanto existe el riesgo de que adquiera excesiva preponde­
rancia y llegue a asfixiar los otros modos de considerar el pasado. Es que sólo es ca­
paz de presej'var la vida, no de generarla; por lo que siempre subestima lo que devie­
ne, porque para eso carece de instinto que lo detecte — a diferencia de la historia
monumental, por ejemplo. Por consiguiente, pone trabas al firme impulso a lo nuevo
y paraliza a quien actúa, el cual, al obrar, no puede menos que violar tales o cuales
devociones. El hecho de que algo se haya convertido en antiguo produce entonces la
exigencia de que tenga que ser inmortal; pues cuando uno se pone a reflexionar sobre
lo que ha experimentado en el transcurso de su existencia, tal antigüedad —tal anti­
quísima costumbre, tal credo, tal prerrogativa política heredada— , sobre la suma de
piadosos respetos y veneraciones de parte de los individuos y las generaciones: pare­
ce temerario, cuando no sacrilego, reemplazar la tal antigüedad por una novedad y

Cfr.FP I, 29 [114].
710 OBRAS COMPLETAS

oponer a semejante suma de piadosos respetos y veneraciones las unidades de lo que


deviene y es actual. ‘ ■
Aquí se hace patente lo necesario que es para el ser humano, con harta fre­
cuencia, al lado del modo monumental y el anticuario de considerar el pasado,
un tercer modo, el crítico: y éste también, a su vez, al servicio de la vida: Es
preciso que, para poder vivir tenga la fuerza y la emplee de tanto en tanto, de
quebrar y disolver un pasado: para cuyo fin abre juicio sobre él, lo hace objeto
de una estricta investigación y, por último, lo condena; pero todo pasado mere­
ce ser condenado — pues en las cosas humanas siempre han privado la violen­
cia y la debilidad humanas. No es la justicia la que aquí juzga; y menos es la
clemencia la que aquí pronuncia el veredicto: es, exclusivamente, la vida, ese
poder oscuro e impulsor que con insaciable afán se desea a sí mismo. Su fallo
es siempre implacable, siempre injusto, porque jam ás ha fluido de la fuente
pura del conocimiento; pero en la mayoría de los casos el fallo sería el mismo
aunque lo pronunciase la justicia. «Pues todo lo que nace merece sucumbir. Por
eso sería mejor que nada naciese»^*. Se requiere mucha fuerza para poder vivir
y para olvidar hasta qué punto vivir y ser injusto es una y la misma cosa. Lute-
ro mismo opinó en cierta ocasión que el mundo se había originado exclusiva­
mente por un olvido de Dios; que si Dios hubiese pensado en la «artillería pe­
sada», no hubiera creado el mundo. Pero a veces la misma vida que necesita del
olvido pide la destrucción por un lapso de tiempo de ese olvido; precisamente
entonces ha de ponerse en evidencia la injusticia inherente a la existencia de tal
o cual cosa, de tal o cual prerrogativa, casta o dinastía, y hasta qué punto ésa
cosa merece desaparecer. Se enfoca su pasado con criticismo y se la corta por
la base, violando cruelmente todos los piadosos respetos. Es siempre un proce­
so peligroso, peligroso para la vida misma: y los seres humanos o las épocas
que sirven a la vida juzgando y destruyendo un pasado siempre son individuos
y épocas peligrosos y expuestos a peligros. Pues siendo como somos los resul­
tados de generaciones anteriores, somos también los resultados de sus yerros,
pasiones y extravíos, y aun de sus crímenes; no es posible desligarse del todo
de esta cadena. No por condenar esos extravíos y considerarnos emancipados
de ellos deja de ser un hecho que provenimos de ellos. Llegamos, cuando más,
a un choque entre la naturaleza ingénita y heredada y nuestro conocimiento,
acaso también a la lucha de una disciplina nueva y severa contra lo desde anti­
guo heredado e inculcado, plantamos una costumbre nueva, un instinto nuevo,
una segunda naturaleza, y de esa forma se atrofia la primera. Se trata, en cierto
modo, de una tentativa de darse a posteriori un pasado del que se quisiera pro­
venir, en contraposición a aquel del que se proviene — tentativa siempre peli­
grosa, por ser muy difícil dar con un límite en la negación de lo pasado y por­
que las segundas naturalezas suelen ser más débiles que las primeras. Con
demasiada frecuencia sucede que del conocimiento de lo bueno no se pasa a su
realización, porque se conoce también lo que es mejor sin poderlo realizar. Pero
aquí y allá se obtiene la victoria, y hasta hay para los luchadores, para los que
hacen de la historia crítica un instrumento suyo al servicio de la vida, un con­
suelo singular: saber que también esa primera naturaleza fue una vez segunda y
que toda segunda naturaleza triunfante se convierte en primera. —

Cfr. Goethe, J. W., Fausto, I, V, w . 1339-1341.


CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 711

' Éstos son los servicios que la historia es capaz de prestar a la vida; cada individuo
y cada pueblo requieren, según cuáles sean sus metas, fuerzas y necesidades, un cier­
to conocimiento del pasado, bien sea como historia monumental, como historia anti-
cuaria o como historia crítica: pero no como una cohorte de pensadores puros que se
limitan al papel de observadores de la vida, no como individuos ávidos de saber a
quienes únicamente el saber puede satisfacer y para los cuales el aumento de conoci­
miento es la meta en sí misma, sino siempre tan sólo para los fines de la vida y, por
lo tanto, bajo el señorío y la dirección suprema de estos fines^^. Que tal es la relación
natural de cualquier época, cultura y pueblo con la historia — determinada por el
hambre, regulada por el grado de necesidad y contenida por la inmanente fuerza plás­
tica —, que el conocimiento del pasado se desea en todos los tiempos exclusivamen­
te al servicio del futuro y del presente, y no para debilitar el presente, ni para arrancar
las raíces de un futuro pletórico de vitalidad: todo esto es bien simple, como es simple
la verdad, y convence enseguida aun a aquel que para ello no se deja guiar en primer
lugar por la demostración histórica.
¡Echemos ahora una rápida ojeada a nuestra época! Nos asustamos, y retrocede­
mos: ¿qué ha sido de toda la claridad, de toda la naturalidad y de toda la pureza de esa
relación entre vida e historia? ¡Cuán confuso, exagerado e inquieto se agita ahora este
problema ante nuestros ojos! ¿Tendremos la culpa nosotros, los observadores? ¿O
habrá cambiado efectivamente la constelación de vida e historia por la interpolación
dé un poderoso astro hostil? Que otros demuestren que hemos visto mal: nosotros
vamos a decir lo que nos parece ver. Se ha interpolado, en efecto, tal astro, un astro
refulgente y lleno de esplendor, la constelación ha cambiado de veras — a raíz de la
ciencia, a raíz de la exigencia de que la historia debe ser ciencia. Ahora ya no impe­
ra exclusivamente la vida, dominando el saber en tomo al pasado: sino que todos los
mojones están volcados y todo lo que ha existido se le echa encima al ser humano. Y
hacia atrás hasta donde hubo un devenir, hasta el pasado infinito, están modificadas
todas las perspectivas^^ Ningima generación ha presenciado im espectáculo incon­
mensurable como el que ofrece ahora la ciencia del devenir universal, la historia; cla­
ro está que lo ofrece con la peligrosa audacia de su divisa: fía t veritas pereat vita^^.
Formémonos ahora una imagen del proceso espiritual que así se origina en el
alma del ser humano moderno. El saber histórico, proveniente de fuentes inagota­
bles, afluye y se introduce siempre de nuevo, lo extraño e inconexo se acumula, la
memoria abre todas sus puertas y, sin embargo, no está abierta lo suficiente, la na­
turaleza hace todo lo posible por recibir, ordenar y honrar a estos huéspedes extra­
ños, pero éstos están trabados en lucha entre sí y parece necesario contenerlos y
dominarlos a todos para no sucumbir en su combate. La habituación a tan desorde-

La historia crítica es, pues, el modelo del tipo de consideración histórica que Nietzsche pro­
pone. Pues cada vez que la historia, en cualquiera de sus formas, sobrepase la necesidad real que le
compete satisfacer, se degrada en enfermedad, cuyo efecto es que una abstracción suplanta la reali­
dad de una necesidad.
” Sobre la naturaleza e importancia del concepto de perspectiva en Niet2 sche, cfr. M, a f 117.
Cfr. también Babich, B. E., N ie tz s c h e ’s P h ilo s o p h y o f S c ie n c e , State Univ. Press, Nueva York, 1994;
Danto, A. C., N ie tz s c h e a s P h ilo s o p h e r , Columbia Univ. Press, Nueva York, 1980, pp. 68-99; Clark,
M., N ie tz s c h e o n Truth a n d P h ilo s o p h y , Cambridge Univ. Press, Cambridge, 1990, pp. 127-158.
” Hágase la verdad, muera la vida.
712 OBRAS COMPLETAS

nada, tumultuosa y bélica vida doméstica se convierte paulatinamente en una se­


gunda naturaleza, aun cuando es indiscutible que esta segunda naturaleza es mucho
más débil e inquieta y de todo pirnto más malsana que la primera. Concluye el ser
humano moderno por arrastrar consigo una cantidad tremenda de indigestas pie­
dras de saber, que en ocasiones entrechocan en su panza, como refiere el cuento^^.
Por este entrechocar se pone de manifiesto el rasgo más característico de este set;
humano moderno: el singular contraste entre un interior al que no corresponde nin­
gún exterior y un exterior al que no corresponde ningún interior, contraste que los
pueblos antiguos no conocieron. El saber, absorbido en demasía, sin hambre, más
aún, contrariando la necesidad, ahora ya no obra como motivo transformador que
tiende hacia afuera, sino que permanece oculto en cierto caótico mundo interior
que el ser humano moderno señala con extraño orgullo como la «interioridad» que
le es peculiar y propia. Se dice entonces que se tiene el contenido y que sólo falla
la forma; pero en toda cosa viva es éste un contraste de todo punto improcedente.
Nuestra formación moderna no es una cosa viva precisamente porque no se la con­
cibe sin este contraste, lo que equivale a decir que no es una formación de verdad,
sino tan sólo una especie de saber en tomo a la formación, no se pasa en ella más
allá del pensamiento de formación, más allá del sentimiento de formación, no se
concreta en ella ninguna decisión de formación. Entonces, aquello que verdadera­
mente es motivo y que se manifiesta exteriormente como acción muchas veces no
significa apenas más que un convencionalismo indiferente, una pobre imitación,
cuando no una torpe mueca. En el interior reposa acaso la sensación, semejante á
esa serpiente que tras haber devorado conejos enteros se tiende quieta y serena al
sol, evitando todos los movimientos que no sean absolutamente necesarios. El pro­
ceso interior es ahora la cosa misma, la «formación» propiamente dicha. El que por
allí pasa sólo desea que la tal formación no perezca de indigestión. Un griego que
pasara junto a tal formación se daría cuenta de que para los seres humanos moder­
nos los términos «formado» e «históricamente formado», parecen ser una y la mis­
ma cosa y distinguirse sólo por el número de palabras. Si entonces diese expresión
a su tesis de que uno puede ser una persona muy formada y, sin embargo, no tener
ni pizca de formación histórica, la gente se quedaría atónita y movería la cabeza.
Ese conocido pequeño pueblo de un pasado no extremadamente remoto, esto es, los
griegos, en su período de máxima fuerza pictórica había conservado tenazmente un
sentido ahistórico; si un ser humano de nuestro tiempo, por obra de un encanta­
miento, tuviese que retomar a ese mundo, es de suponer que los griegos se le anto­
jarían muy «incultos» (no-formados), con lo cual el meticulosamente guardado se­
creto de la formación moderna quedaría por cierto entregado a la mofa pública:
pues los modernos no tenemos absolutamente nada propio; sólo llenándonos, con
exceso, de épocas, costumbres, artes, filosofías, religiones y conocimientos ajenos
llegamos a ser algo digno de atención, esto es, enciclopedias andantes, que es como
nos calificaría tal vez un antiguo griego que se extraviase en nuestra época. Pues
bien, en las enciclopedias todo valor se circunscribe a lo que está en sus páginas, a
su contenido, no a lo que está inscrito en la portada o es tapa y envoltura; en conse­
cuencia, toda la formación moderna es, esencialmente, interior: por fuera el encua­
dernador ha puesto algo así como: «Manual de formación interior para bárbaros
exteriores». Este contraste de dentro y fuera da a lo exterior un carácter aún más

Nietzsche se refiere al cuento «El lobo y los siete cabritos», de los hermanos Grimm.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 713

bárbaro del que necesariamente tendría en el caso de un pueblo salvaje que sólo se
desarrollase a sí mismo conforme a sus groseras necesidades. Pues, ¿qué medio le
queda aún a la naturaleza para dominar lo que afluye en superabundancia y no deja
de importunar? Sólo el de acogerlo tan fácilmente como sea posible, para eliminar­
lo y expulsarlo de nuevo con rapidez. De ello resulta la práctica de no tomar más en
serio las cosas verdaderas, tal costumbre produce la «personalidad débil» en virtud
de la cual lo efectivo, lo existente, tan sólo causa escasa impresión; uno se torna, en
lo exterior, cada vez más indolente y acomodadizo, y ensancha la fatal sima entre
contenido y forma hasta el extremo de volverse insensible a la barbarie, con tal de
que la memoria sea excitada siempre de nuevo, con tal de que afluyan cada vez nue­
vas cosas dignas de saberse que uno puede guardar bien limpias y ordenadas en los
cajones de esta memoria. La cultura.de un pueblo como antítesis de esa barbarie ha
sido definida en cierta ocasión, tengo entendido que con cierta razón, como unidad
del estilo artístico en todas las manifestaciones vitales de ese pueblo^^; esta defini­
ción no debe entenderse mal, como si se tratase de un contraste entre barbarie y
estilo hermoso] el pueblo al que se atribuya una cultura simplemente debe, en toda
realidad, ser una unidad viviente, y no disociarse de una manera tan lamentable en
interior y exterior, en contenido y forma. Quien quiera anhelar y promover la cul­
tura de un pueblo ha de anhelar y promover esa unidad superior y cooperar en la
destrucción del moderno prurito de formación [Gebildeíheií] en favor de una for­
mación verdadera, ha de atreverse a reflexionar sobre la manera de restaurar la sa­
lud de un pueblo afectada por la historia y sobre la forma de hacer que este pueblo
recupere sus instintos y, así, su sinceridad.
Me limitaré a hablar de los alemanes de hoy día, que en mayor grado que ningún
otro pueblo estamos aquejados de esa debilidad de la personalidad y de la contradic­
ción entre contenido y forma. La forma se nos antoja a nosotros los alemanes, co­
múnmente, una cosa convencional, disfraz y fingimiento, y por lo tanto, si no la odia­
mos, en todo caso no la amamos; o dicho en términos más propios, tenemos un miedo
descomunal a la palabra «convención» y sin duda también a la cosa convencional.
Impulsado por este miedo, abandonó el alemán la escuela de los franceses: pues de­
seaba llegar a ser más natural, y así más alemán. Parece, sin embargo, que respecto a
este «así» se ha equivocado: escapado de la escuela de lo convencional, se dejaba lle­
var del modo en que le daba la gana y allí donde tenía ganas, y en el fondo imitaba en
forma negligente y antojadiza, medio distraído, lo que antes imitara escrupulosamen­
te y muchas veces con resultado positivo. Así es que, en comparación con tiempos
pasados, todavía hoy vive dentro de un convencionalismo francés indolente e inco­
rrecto: según evidencia todo nuestro modo de movemos, desenvolvemos, entretener­
nos, vestimos y alojamos. Creyendo retomar a lo natural, no se hacía más que optar
por la dejadez, la comodidad y el mínimo de autosuperación. Recorriendo cualquier
ciudad alemana, se advierte que, en comparación con la peculiaridad nacional de las
¿iudades extranjeras, todo lo convencional se manifiesta en lo negativo, todo es gris,
gastado, mal copiado, descuidado, cada cual procede a su antojo, pero no a un antojo
vigoroso y reflexivo, sino de acuerdo con las leyes que prescribe de un lado, el gene­
ral apresuramiento y, del otro, la general propensión a la comodidad. Una prenda de
vestir de fácil invención y uso sencillo, esto es, una prenda de vestir tomada de pres­
tado al extranjero y copiada del modo más negligente que cabe, enseguida se la tiene

Cfr. más arriba DS, 1.


714 OBRAS COMPLETAS

entre los alemanes por una aportación al traje alemán. Repudian ellos con franca iro­
nía el sentido de la forma — puesto que ya tienen el sentido del contenido: en efecto,
son el famoso pueblo de la interioridad [Innerlichkeit].
Ahora bien, hay también un famoso peligro inherente a esta interioridad: el peli­
gro de que el contenido mismo, que se supone que exteriormente ni puede ser visto,
termine por evaporarse; en cuyo caso exteriormente no se notaría nada ni de su eva--
poración ni de su anterior existencia. Aunque supongamos al pueblo alemán lo más
alejado posible de este peligro: hasta cierto punto el extranjero siempre tendrá razón
al reprochamos que nuestro interior es demasiado débil y desordenado como para
manifestarse hacia afuera y darse una forma. Puede, ciertamente, exhibir una excep­
cional sensibilidad sutil, una seriedad, un poder, una entrañable profundidad y bon­
dad y tal vez hasta ser más rico que el interior de otros pueblos: pero en su conjunto
sigue siendo débil porque las hermosas fibras no están enlazadas en sólido nudo, de
suerte que la acción visible no es la acción total y la autorrevelación de este interior,
sino tan sólo una tentativa débil o torpe de alguna fibra de tomar por una vez, en apa­
riencia, el lugar del todo. Por eso, el alemán no debe ser juzgado por acción alguna,
y después de cualquier acción continúa siendo, como individuo, algo totalmente es­
condido. Hay que medirlo, como es sabido, por sus pensamientos y sentimientos, y
éstos los expresa él ahora en sus libros. Sólo que de un tiempo a esta parte precisa­
mente estos libros despiertan más que nunca la duda de que la famosa interioridad
more todavía en su inasequible templete: sería terrible tener que admitir la posibi­
lidad de que un día ella desaparezca y no quede más que la exterioridad, esa exte­
rioridad arrogante y torpe, pobre e indolente, como rasgo distintivo del alemán. Esto
sería casi tan terrible como si la interioridad, sin que se pudiera notar, morase en él
falsificada, coloreada, sobrepintada, hecha comediante, incluso otra cosa aún peor:
como parece suponerlo por ejemplo Grillparzer, observador distante y sereno, des^
de su experiencia de autor de teatro dramático: «Sentimos a base de abstracción
—dice—, ya no sabemos .apenas cómo se manifiesta la sensación en nuestros con­
temporáneos; les hacemos dar saltos como ya no los dan hoy en día. Shakespeare nos
ha echado a perder a todos los seres humanos modernos».
Éste es un caso particular, acaso generalizado con precipitación: pero, cuán terri­
ble sería su generalización justificada si los casos particulares se presentasen incluso
con demasiada frecuencia ante el observador, cuán,desesperante seria la tesis: noso­
tros los alemanes sentimos a base de abstracción; todos estamos echados a perder por
la historia — una tesis que arrancaría de cuajo toda esperanza en una venidera cultu­
ra nacional: pues toda esperanza de esta índole surge de la fe en la autenticidad e in­
mediatez del sentir alemán, de la fe en la interioridad intacta; ¡qué puede esperarse,
qué puede creerse, todavía, si está enturbiada la fuente de la fe y la esperanza, si la
interioridad ha aprendido a dar saltos, a bailar, a maquillarse, a manifestarse a base de
abstracción y cálculo y, paulatinamente, a perderse a sí misma! Y cómo se quiere que
el gran espíritu productivo todavía aguante en el seno de un pueblo que ya no tiene
asegurada su interioridad unitaria y se escinde en individuos formados de interioridad
deformada y extraviada, de un lado, y del otro, en individuos carentes de formación
de interioridad inaccesible. Cómo se quiere que él aguante si se ha perdido la unidad
del sentir popular, si por añadidura sabe que el sentir está falsificado y coloreado pre­
cisamente en aquellos círculos que se llaman el sector formado del pueblo y se arro­
gan el derecho a reivindicar los genios del arte nacional. Aunque aquí y allá acaso se
hayan refinado y sublimado el juicio y el gusto individuales — esto no es una com­
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 715

pensación para él: le resulta en extremo penoso tener que dirigirse, como si dijéra­
mos, a una secta y ya no ser una necesidad en el seno de su pueblo. Tal vez prefiera
ahora enterrar su tesoro, por repugnarle el ser patrocinado con pretenciosa arrogancia
por una secta, en tanto su corazón está lleno de compasión por todo el mundo. El ins­
tinto del pueblo ya no viene a su encuentro; en vano tiende hacia él los brazos en ac­
titud anhelante. Qué le queda sino volver su odio exaltado contra ese contraproducen­
te destierro y contra las vallas levantadas en la llamada formación de su pueblo, para
al menos condenar, erigido en juez, lo que para él, ente viviente y generador de vida,
es aniquilamiento y degradación: así, cambia el divino goce del que crea y del que
áyuda por la profimda comprensión de su destino, y termina hecho im sabedor solita­
rio,'iin sabio hastiado. He aquí el espectáculo más doloroso: quien es capaz de perci­
birlo tendrá conciencia de estar ante un santo apremio: se dirá que aquí es preciso
ayudar, que de nuevo ha de restaurarse aquella unidad superior en la naturaleza y en
el alma del pueblo, que aquella ruptura entre el interior y el exterior tiene que desapa­
recer bajo los martillazos del apremio. ¿A qué medios ha de acudir? Qué le queda,
una vez más, sino su íntima comprensión: la expresa, la difunde y esparce a manos
llenas, con la esperanza de plantar una necesidad: y de la necesidad fuerte surgirá un
día la acción fuerte. Y para que no subsista la menor duda acerca de la proveniencia
del ejemplo de ese apremio, de esa necesidad, de esa comprensión, quiero dejar aquí
expresa constancia de que lo que anhelamos, más ardientemente que la restauración
de la unidad política, es la unidad alemana en aquel supremo sentido, la unidad del
espíritu alemán y de la vida alemana, tras la destrucción del contraste de forma y
contenido, de interioridad y convención. —

En cinco respectos la sobresaturación de historia de una época me parece ser adver­


sa a la vida y entrañar un peligro para ella: tal exceso da lugar a ese contraste de lo in­
terior y lo exterior que acabamos de considerar y así determina un debilitamiento de la
personalidad; mediante ese exceso una época llega a imaginarse que posee la virtud
más rara, la equidad, en mayor grado que cualquier otra época; tal exceso perturba los
instintos del pueblo y pone trabas a la maduración del individuo no menos que a la ma­
duración del todo; ese exceso da origen a la creencia, siempre peijudicial, de que la hu­
manidad cuenta ya con un larguísimo pasado, a la creencia de que se es descendiente
tardío, epígono; como consecuencia de ese exceso al que nos estamos refiriendo, una
época cae en la actitud peligrosa de la ironía sobre sí misma, y pasa de ella a la actitud
aún más peligrosa del cinismo: bajo cuyo influjo evoluciona hacia una praxis calcula­
dora y egoísta que paraliza y finalmente destruye las fuerzas vitales.
Volvamos ahora a nuestra primera tesis que reza: el ser humano moderno adolece
de una débil personalidad. Así como el romano del tiempo de los Césares se convirtió
en no-romano frente al orbe que estaba a su disposición; así como se disolvió en la
marca de lo ajeno que irrumpía y degeneró en carnaval cosmopolita de los dioses, las
costumbres y las artes, por füerza le pasa también al ser humano moderno que se hace
organizar constantemente por sus artistas históricos la fiesta de una exposición mun­
dial; se ha convertido en espectador que goza y deambula y se encuentra ahora en una
situación en que ni aun grandes guerras y revoluciones pueden apenas cambiar nada
por un instante. Aún no ha terminado la guerra y ya es transpuesta centenares de mi­
716 OBRAS COMPLETAS

les de veces a papel impreso, ya es ofrecida como el excitante más reciente al paladar
cansado de los ávidos de historia. Parece casi imposible arrancar a las cuerdas un so­
nido potente y pleno, por más que se las pulse con fuerza: se extingue el sonido ense­
guida, al momento se va apagando en forma históricamente delicada y enervada. Mo­
ralmente hablando: ya no lográis retener lo sublime, vuestras acciones son rayos
fulminantes, no truenos retumbantes. Aunque realicéis lo más grande y prodigioso:;
irremisiblemente baja al orco, sin surtir efecto ni tener resonancia alguna. Pues huye
el arte cuando tendéis enseguida sobre vuestras acciones el baldaquín de lo histórico;
Quien pretenda entender, calcular y aprehender al punto cuando en larga conmoción
debiera retener lo incomprensible como lo sublime, puede ser calificado de razona-;
ble, pero sólo en el sentido en que habla Schiller del entendimiento de los razonables:
no ve algunas cosas que, sin embargo, ve el niño, no oye algunas cosas que, sin em­
bargo, oye el niño; y resulta que estas cosas son precisamente lo más importante: por­
que no las entiende, su entendimiento es más infantil que el de los niños y más simple
que la simpleza — pese a la multitud de arrugas en que se pliegan sus apergaminadas
facciones en una expresión de astucia, y pese a la prodigiosa destreza de sus dedos en
desenredar lo enredado. Y es que ha destruido y perdido su instinto, ya no puede, com
fiado en el «divino animal», soltar las riendas cuando vacila su entendimiento y su
camino corre a través de desiertos. Así, el individuo se vuelve tímido e inseguro y ya
no puede creer en sí: se hunde en sí mismo, en lo interior, lo cual en este caso no sig­
nifica otra cosa que el cúmulo heterogéneo de lo aprendido que no obra hacia fuera,
de lo enseñado que no se toma en vida. Considerando lo exterior, se nota que la ex­
pulsión de los instintos por la historia ha convertido a los seres humanos casi por en.-,
tero en abstractis y sombras: nadie expone ya su persona, sino que se disfraza de
hombre formado, de erudito, de poeta o de político. Cuando uno toca tales máscaras,
creyendo que toman en serio lo que son y no hacen meramente un juego de poses
—puesto que todas aparentan seriedad—, se queda de pronto con nada más que un
montón de trapos y retazos multicolores en las manos. Por eso no hay que dejarse en­
gañar más, por eso se les debe gritar: «¡Quitaos vuestra chaqueta o sed lo que aparen­
táis!». Debe terminar eso de que todo individuo serio se convierta en un Don Quijote,
pues tiene algo mejor que hacer que pelear con tales presuntas realidades. En todo:
caso, debe fijarse bien, a cada máscara que le sale al paso debe gritarle su «¡Alto!
¿Quién vive?» y empujarle la careta a la nuca. ¡Cosa extraña! Deberíamos pensar qué
la Historia alentará a los seres humanos, ante todo, a ser sinceros — siquiera locosi
sinceros; tal ha sido siempre su efecto, ¡salvo en nuestro tiempo! La formación histó­
rica y el traje universal del burgués imperan de forma simultánea. Mientras con un
énfasis como nunca antes se habla de la «personalidad libre», ni se ven personalida­
des, y menos personalidades libres, sino sin excepción individuos imiversales medro­
samente encubiertos. El individuo se ha replegado sobre lo interior; en el exterior ya
no se descubre ni rastro de él; en lo cual, no obstante, cabe dudar de que pueda haber
causas sin efectos. ¿O es que será preciso un linaje de eunucos para custodiar el gran
harén histórico [geschichtlich] universal? A éstos, ciertamente, les sienta bien la ob­
jetividad pura. Casi parece que se tuviera la tarea de vigilar la Historia, ¡para que no
salgan de ella más que Historias, pero ningún acontecer!; de impedir que por ella la
personalidad llegue a ser «libre», esto es, veraz consigo misma y con los demás, de
palabra y de obra. Sólo en virtud de tal veracidad saldrá a luz el apremio, la miseria
interior del ser humano moderno, y al convencionalismo y a la mascarada que ocultan
medrosamente podrán entonces sustituirlos, brindando verdadera ayuda, el arte y la
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 717

religión, para implantar conjuntamente una cultura que responda a verdaderas nece­
sidades y no enseñe solamente, como la actual formación general, a mentirse a sí
mismo respecto de esas necesidades y, así, convertirse en una mentira ambulante.
¡A qué situaciones antinaturales, artificiosas y, en todo caso, indignas en una épo­
ca aquejada de formación general va a parar por fuerza la más veraz de todas las cien­
cias, la sincera y desnuda diosa filosofía! En semejante mundo de impuesta unifor­
midad externa, ésta no pasa de monólogo erudito del caminante solitario, casual botín
de. caza del individuo, furtivo secreto o palabrería intrascendente entre ancianos
académicos y niños. Nadie debe atreverse a cumplir en su propia persona la ley de
la filosofía, nadie vive filosóficamente, con esa sencilla lealtad viril que obligaba
al-hombre antiguo, dondequiera que estuviera y cualquiera que fuese su actividad, a
comportarse como estoico si había jurado lealtad a la Stoa. Todo filosofar moderno
está limitado por el régimen político y policial, por los gobiernos, las iglesias, las aca­
demias, las costumbres y cobardías de los seres humanos, a la apariencia docta: todo
se reduce al suspiro: «Ojalá», o al conocimiento: «Érase una vez». Dentro de la for­
mación histórica, la filosofía carece de títulos legítimos si pretende ser más que un
saber exclusivamente interior, inhibido y sin efectos; si el ser humano moderno fuese
valiente y decidido, si no fuese hasta en sus hostilidades un mero ser interior, la des­
terraría; siendo lo que es, se contenta con encubrir pudorosamente su desnudez. Se
piensa, se escribe, se publica, se habla y se enseña filosóficamente, sí — dentro de
este límite más o menos todo está permitido, sólo en el terreno de la acción, en la así
llamada vida, las cosas son diferentes: allí está permitida siempre una sola cosa y
todo lo demás es sencillamente imposible: así lo quiere la formación histórica. ¿Serán
todavía seres humanos, se pregunta uno entonces, o quizá meras máquinas de pensar,
escribir y hablar?
Dice Goethe en cierta ocasión de Shakespeare: «Nadie como él ha despreciado
tanto el traje material; conoce muy bien el traje humano interior, y en él todos se ase­
mejan. Dicen que ha representado en forma magistral a los romanos; yo no comparto
ésta opinión, son únicamente ingleses de cuerpo entero, claro que humanos, seres hu­
manos de verdad, y a éstos también les sienta bien la toga romana»^^ Pues bien, yo
pregunto si sería siquiera posible presentar a nuestros actuales literatos, tribunos, fun­
cionarios y políticos como romanos; no es el caso en modo alguno, porque no son
seres humanos, sino tan sólo compendios de cuerpo entero y, como si dijéramos,
abstracta concretos. Su carácter y peculiaridad, si es que hay en ellos tal cosa, están
metidos tan dentro ellos que no pueden salir a luz: si son seres humanos, lo son úni­
camente para «el que ve hasta el fondo del corazón». Para cualquier otro son otra
cosa, ni seres humanos, ni dioses, ni animales, sino configuraciones de formación
histórica, en un todo son formación, imagen, forma sin ningún contenido verificable,
por desgracia solamente forma mala y, por añadidura, uniforme. Creo que se com­
prenderá ahora y se sopesará mi tesis de que la historia es soportada sólo por las
personalidades fuertes, a las débiles las borra por completo. Es que ella confunde el
sentimiento y el sentido que no sean lo suficientemente fuertes para aplicar al pasado
sü propio criterio. Quien ya no se atreve a creer en sí mismo, sino que, involuntaria­
mente, para sentir interroga a la Historia: «¿Cómo debo aquí sentir?», de tan medro­
so, poco a poco queda hecho actor y representa un papel, por lo general hasta multi-

Goethe, J. W., «Shakespeare und kein Ende», Sámtliche Werke, Stuttaart, 1855-1858, vol. 35.
Cff.FPI,29[130].
718 OBRAS COMPLETAS

tud de papeles, y, en consecuencia, cada uno de ellos de manera pésima y superficial.


Falta paulatinamente toda congruencia entre el hombre y su ámbito histórico; vemos
a gente mezquina y petulante tratar con los romanos como si fuesen sus iguales:, y
hurgar y escarbar en los restos de poetas griegos como si también estos corpora
(cuerpos) estuviesen a disposición de su disector, siendo vilia (viles), como son acaso
sus propios corpora (cuerpos) literarios. Suponiendo que un tal individuo se ocupara
de Demócrito, siempre tengo en la punta de la lengua la pregunta: ¿y por qué no He-
ráclito?, ¿o Filón?, ¿o Bacon?, ¿o Descartes?, y así sucesivamente. Y por otra parte:
¿por qué un filósofo? ¿Por qué no un poeta, o un orador? Y ¿por qué ha de ser un
griego? ¿Por qué no un inglés, o un turco? ¿No es el pasado lo bastante grande para
encontrar en él algo donde no hagáis el ridículo de tal modo? Pero, como queda di­
cho, es un linaje de eunucos; en el caso del eunuco todas las mujeres son iguales, sólo
son una mujer, la mujer en sí, lo eternamente inaccesible — así pues, lo mismo da que
os ocupéis de esto o de lo otro con tal de que la Historia misma quede preservada
«objetivamente» por aquel tipo de gente que nunca es, ella misma, capaz de hacer,
historia. Y como nunca ha de atraeros hacia arriba lo eterno femenino^^ lo arrastráis
hacia vosotros hacia abajo y en vuestro carácter de neutra tomáis también la historia
como un neiitrwn, Pero para que nadie vaya a creer que yo comparo seriamente la
Historia con lo eterno femenino, dejo aquí expresa constancia de que, muy al contra­
rio, la tengo por lo eterno masculino; sólo que a quienes están de pies a cabeza «his­
tóricamente formados» ha de ser bastante indiferente que sea lo uno o lo otro: como
que ellos mismos no son ni hombre ni mujer, ni siquiera communia, sino siempre me­
ros neutra o, dicho en ténninos más cultos: nada más que los eternamente objetivos.
Una vez que las personalidades hayan quedado reducidas de la manera descrita a
eterna ausencia de sujeto o, como dicen, a la objetividad: ya nada puede obrar sobre
ellas; si acontece algo bueno y correcto, sea como acción, como poesía, o bien como
música, enseguida el vaciado ser humano de formación, que está hueco, mira por en­
cima de la obra y pregunta por la historia del autor. Si éste ya tiene en su haber algu­
nas obras, enseguida debe dejar que se interpreten la trayectoria que hasta entonces
lleva recorrida y la presunta marcha ulterior de su evolución; al momento es situado
al lado de otros para fines de comparación, según la elección de la materia y el trata­
miento que le ha otorgado es viviseccionado, descompuesto, recompuesto sabiamen­
te y, en su conjunto, amonestado y reprendido. Acontezca lo que acontezca, por pro­
digioso que sea, siempre está ahí la cohorte de los históricamente neutrales, prontos
a examinar al autor ya desde lejos. Al instante resuena el eco: pero siempre como
«crítica», a pesar de que aun poco antes el crítico ha estado lejos de soñar la posibili­
dad de tal acontecimiento. En parte alguna se llega a un efecto, sino siempre tan sólo
a una «crítica»; y la crítica, por su parte, no produce ningún efecto, sino que, a su vez,
da lugar a crítica. Se ha convenido en considerar multitud de críticas como efecto y
ausencia de crítica, como fracaso. Pero en el fondo, aun en los casos en que se da tal
«efecto», todo sigue igual que antes: durante un tiempo se charla de algo nuevo, lue­
go otra vez de algo nuevo, y a todo eso se hace lo que siempre se ha hecho. La forma­
ción histórica de nuestros críticos ya no permite que se concrete un efecto en sentido
propio, es decir, un efecto sobre la vida y la acción: a la más negra escritura aplican
enseguida su papel secante; al más encantador dibujo, sus gruesas pinceladas, que
han de entenderse como correcciones, y así echan a perder lo más portentoso. Y su

Goethe, J. W, Fausto II, w . 12110-12111.


CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 719

pluma crítica no se para jamás, pues han perdido el poder sobre ella y en lugar de ma­
nejarla, más bien son manejados por ella. Precisamente en este desenfreno de su ac­
tividad crítica, en esta falta de dominio sobre sí misma, en aquello que los romanos
llaman impotentia, se pone en evidencia la debilidad de la personalidad moderna.

' Pero dejemos esa debilidad. Fijémonos más bien en una fuerza muy alabada del
ser humano moderno, planteando ciertamente el interrogante penoso de si en virtud
de su conocida «objetividad» histórica, tiene derecho a autocalificarse de fuerte, esto
es, de justo, de más justo que el ser humano de otros tiempos. ¿Es cierto que esa ob­
jetividad se deriva de ima necesidad y de un ansia de justicia sentidas a mayor profun­
didad? ¿O será que, efecto de muy otras causas, sólo crea la apariencia de que la jus­
ticia sea la causa propiamente dicha de este efecto? ¿Será que induce a un prejuicio
peijudicial, por demasiado adulador, acerca de las virtudes del ser humano moderno?
--- Sócrates opinaba que era una dolencia rayana en la locura el creerse poseedor de
una virtud que en realidad no se poseía: y no cabe duda de que tal creencia es más
peligrosa que la ilusión opuesta de padecer un defecto o un vicio, en realidad inexis­
tentes. Pues a raíz de esta última ilusión es acaso posible llegar a ser una persona me­
jor; en cambio, aquella creencia hace que el individuo o la época sean cada día peo­
res, es decir — en el caso que nos ocupa, más injustos.
'Nadie, en verdad, es acreedor de nuestra veneración en mayor grado que aquel
que posee el impulso a la justicia y la fuerza de realizarla. Pues en ella se aúnan y se
ocultan las más elevadas y raras virtudes como en un mar inconmensurable que desde
todos lados acoge y absorbe corrientes de agua. El pulso del justo autorizado para
juzgar ya no tiembla al sostener la balanza; implacable consigo mismo, coloca pesa
tras pesa, su vista no se turba conforme suben y bajan los platillos y su voz no suena
ni dura ni quebrada cuando anuncia el veredicto. Si fuese un frío demón del conoci­
miento, esparciría en su derredor la atmósfera helada de una pavorosa majestad su-
prahumana que nos infundiría temor y no veneración: pero el ser un humano y, sin
embargo, tratar de elevarse desde la leve duda hacia la estricta certeza, desde la tole­
rante indulgencia hacia el imperativo «tú debes», desde la rara virtud de la generosi­
dad hacia la rarísima de la justicia, el asemejarse ahora, habiendo sido desde el inicio
nada más que un pobre ser humano, al citado demón y, sobre todo, el tener que expiar
en carne propia en todo momento su humanidad y consumirse trágicamente en una
virtud imposible — todo esto lo exalta a solitaria altura, como el ejemplar más vene­
rable del género humano; pues quiere la verdad, pero no meramente como frío cono­
cimiento, sin consecuencias, sino como juez que ordena y castiga, no como posesión
egoísta del individuo, sino como santa justificación para desplazar todos los mojones
fronterizos de las posesiones egoístas; en una palabra, quiere la verdad como tribunal
del mundo, y en modo alguno la quiere, por así decirlo, como presa y deleite de ca­
zador individual. Sólo en tanto que el veraz tiene la voluntad absoluta de ser justo hay
algo grande en el anhelo de verdad, que en todas partes es glorificado sin más ni más:
sin embargo, ante una mirada menos penetrante multitud de impulsos radicalmente
distintos, tales como la curiosidad, la huida del aburríniiento, la envidia, la vanidad,
la pulsión del juego, impulsos, todos ellos, que nada tienen que ver con la verdad, se
confunden con ese anhelo de verdad que tiene su raíz en la justicia. Éste es el modo
720 OBRAS COMPLETAS

por el que parece que el mundo esté lleno de. quienes «son servidores de la verdad»^^;
y sin embargo, la virtud de la justicia se da rara vez, aún más rara vez es reconocida
y casi siempre es perseguida con un odio mortal: en tanto que la cohorte de las virtu­
des aparentes ha ostentado en todos los tiempos las máximas galas y honores. Son
pocos los que verdaderamente sirven a la verdad, porque son pocos los que tienen la
voluntad pura de ser justos y sólo una ínfima parte de estos pocos tienen la fuerza de
poder ser justos. No basta en absoluto con la sola voluntad: y las peores calamidades
que les han sobrevenido a los humanos se han originado precisamente en el impulso
a la justicia sin la fuerza del juicio; de lo cual se desprende que el bien común nada
requiere tan urgentemente como esparcir hasta donde sea posible la semilla del juicio,
para que el fanático no sea confundido con el juez, ni el ciego afán de juzgar con la
fuerza consciente que da derecho a juzgar. Pero ¡dónde se encontrará un medio de
implantar juicio! — de ahí que toda vez que se habla a los humanos de verdad y jus­
ticia, éstos adopten una actitud vacilante, preguntándose si les habla el fanático o el
juez. Se les debe, pues, perdonar el que siempre hayan acogido con particular simpa­
tía a aquellos «servidores de la verdad» que no tenían ni la voluntad ni la fuerza de
juzgar y se ponían a la tarea de buscar el conocimiento «puro, sin consecuencias» o,
más claramente, la verdad sin ningún efecto. Hay multitud de verdades indiferentes;
hay problemas cuyo juicio correcto no requiere siquiera im esfuerzo, ni menos abne­
gación. En este dominio indiferente e intrascendente bien puede imo llegar a ser un
frío demón del conocimiento; y, sin embargo, aunque en épocas particularmente pror
pidas cohortes enteras de eruditos e investigadores se conviertan en tales demones
— existe por desgracia la posibilidad de que en tales épocas escasee la justicia estric­
ta y grande, en una palabra, el núcleo más noble del llamado impulso a la verdad.
Consideremos ahora al actual virtuoso de la historia: ¿es el hombre más justo de
su época? Es verdad que ha desarrollado en sí tal sutileza y excitabilidad del sentir
que nada humano le es ajeno; las más diversas épocas y personalidades arrancan al
punto sonidos afines a las cuerdas de su lira: se ha convertido en elpassivum resonan­
te que al emitir su sonido obra, a su vez, sobre otros passiva como él: hasta que al fin
todo el ámbito de la época se llena de tales resonancias sutiles y afines que se entre­
cruzan. No obstante, a mí me parece que se perciben solamente, por así decirlo, los
tonos concomitantes de todos los tonos principales históricos [geschichtlich] origina­
les: lo recio y poderoso del original ya no puede captarse en el tañido esféreo, delga?
do y agudo. Aquel tono original suscitaba en general acciones, apremios y terrores,
en tanto que este tañido nos arrulla y nos convierte en gozadores blandengues; es
como si la Sinfonía «Heroica» hubiese sido arreglada para dos flautas y destinada al
uso de fumadores de opio en pleno sueño. Esta circunstancia es suficiente ya para

«Toda clase de servidores de la verdad. ¡En primer, lugar estupor optimista! ¡Cuántos inves­
tigadores de la verdad! ¿Es lícito que las mejores fuerzas se dispersen de este modo? Represión del
impulso de conocimiento: Clásico — anticuario. — ¡Estupor pesimista! ¡Todos ésos no son de.hé-
cho investigadores de la verdad! Elogio de la justicia en cuanto madre del verdadero impulso dé ver-;
dad. Examen del sentido de la justicia de los «servidores de la verdad». Es muy justo que todos estos .
sean exiliados: porque molestarían por todas las partes y ocasionarían daños. Queremos llamarles.
los asalariados de la verdad, la sirven contra su voluntad y suspirando. La ciencia es para ellos un
correccional, una galera. Referencia a Sócrates, que los llama a todos locos, en su casa no saben qué
es el bien y qué es el mal. Hacer inocua la ciencia a través de los monasterios. Nuestra tarea: volver
a reunir y a soldar lo dividido y disperso, fimdar un hogar para la actividad cultural alemana, lejós
de toda cultura periodística y de la vulgarización de las ciencias». F P 1 ,29 [23]. •
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 721

medir lo que en esos virtuosos haya de la reivindicación suprema del ser humano mo­
derno, la de una justicia superior y más pura; virtud ésta que no tiene nada de delica­
do y exquisito, no sabe de emociones excitantes, sino que es dura y. pavorosa. En
comparación con ella, iqué bajo lugar ocupa en la escala de virtudes incluso la gene­
rosidad, que es la cualidad de algunos historiadores excepcionales! Un número mu­
cho mayor no logra pasar más. allá de la tolerancia, de la aquiescencia a lo que no
puede negarse, del acomodo y la cohonestación mesurada y benévola, suponiendo
con perspicacia que el inexperto interpretará como virtud de la justicia el referir lo
pasado sin acentos ásperos y sin expresión de odio. Pero sólo la ñierza superior puede
juzgar, la debilidad tiene que tolerar, si no quiere fingir fuerza y hacer de la justicia
una comedianta en el sitial del juez. Y aún queda por señalar una species terrible de
historiadores, caracteres laboriosos, estrictos y honestos — pero mentes estrechas; en
ellos se da la buena voluntad de ser justos no menos que el pathos de juez: pero todos
sus fallos son equivocados, más o menos por la misma razón por la cual los fallos de
lós jurados corrientes lo son. En consecuencia, ¡cuán improbable es que abunde el
talento histórico! Eso sin hablar de los egoístas y partidarios embozados que escon­
den su juego sucio tras un aire muy objetivo, ni de esa gente totalmente irreflexiva
que, metida a historiadores, escribe ingenuamente convencida de que justamente su
propia época tiene razón en todas las opiniones corrientes y populares, y que escribir
conforme a la idiosincrasia de esta época significa tanto como ser justo; creencia en
que vive toda religión y de la cual nada hay que añadir en lo que a las religiones res­
pecta. Esos historiadores ingenuos llaman «objetividad» a medir las opiniones y ac­
ciones del pasado por las opiniones corrientes del momento sustentadas por todo el
mundo: aquí encuentran el canon de todas las verdades; su trabajo consiste en adaptar
el pasado a la trivialidad de su propia época. En cambio, llaman «subjetiva» a toda
historiografía que no atribuya carácter canónico a aquellas opiniones populares.
; ¿Y no comportará hasta la interpretación más elevada del término «objetividad»
Una ilusión? Es decir, la objetividad entendida como un estado del historiador en que
considera éste un acontecimiento en todos sus motivos y consecuencias de un modo
tan puro que no tiene ningún efecto sobre él en cuanto sujeto: nos referimos a ese fe­
nómeno estético, a ese desligamiento del interés personal característico del pintor que
en medio de la tormenta, entre rayos y truenos, o en pleno mar embravecido, contem­
pla la imagen que tiene en su interior, nos referimos a estar completamente sumergi­
dos en las cosas; pero es una superstición eso de creer que la imagen que presentan
las cosas en un individuo así dispuesto reproduce la esencia empírica de las cosas. O
si no, ¿es que en tales momentos las cosas, dijérase por su propia actividad, se graban,
sé recortan y se retratan en un passivum puro'*®?
, ’.Creer esto seria mitología, y mala mitología, por añadidura: además, sería olvidar
que ese momento es precisamente el momento generador más potente y autónomo en
la interioridad del artista, un momento de composición de índole suprema y cuyo resul­
tado será un cuadro artísticamente verdadero, no históricamente verdadero. Concebir
de este modo, objetivamente, la Historia, es la callada labor del autor dramático; esto es,
pensarlo todo referido a todo, entretejer lo individual con el conjunto: partiendo del su­
puesto de que sea menester introducir en las cosas una unidad de plan, si es que no la
comportan. Así es como el ser humano tiende su red sobre el pasado y lo domina, así se
niánifiesta su impulso hacia el arte — aunque no su impulso hacia la verdad, y hacia la

Cfr.FP I, 29 [96].
722 OBRAS COMPLETAS

justicia. La objetividad nada tiene que ver con la justicia. Habría que pensar una histo­
riografía que no tuviera ni pizca de la verdad empírica habitual y, sin embargo, mere­
ciese en máximo grado el calificativo de objetiva. Grillparzer hasta se atreve a decir lo
siguiente: «Qué es la Historia, sino la forma en que el espíritu del ser humano se hace
cargo de los acaecimientos impenetrables para él; une cosas que Dios sabe si guardan
relación entre sí; reemplaza lo incomprensible por algo comprensible; introduce sús,;
conceptos de adecuación hacia fuera en un todo que sólo conoce una conveniencia ha--; ■
cia dentro; y, por otra parte, supone azar allí donde han obrado mil pequeñas causas. ■
Cada ser humano tiene al mismo tiempo su necesidad individual, de modo que millones
de direcciones corren paralelas, se entrecruzan, se promueven y se traban reciprocar
mente, apuntan hacia adelante y hacia atrás, en rectas y curvas, adquiriendo para las
demás el carácter del azar y, de este modo, aparte de las influencias de los sucesos na­
turales, hacen que sea imposible demostrar una necesidad envolvente y global de lo que
acontece»'**. ¡Y, sin embargo, como resultado de esa consideración «objetiva» de las
cosas, precisamente, se saca a la luz tal necesidad! He aquí un presupuesto que, cuando
es expresado como artículo de fe por el historiador, sólo puede tomar una figura extra­
vagante; Schiller, por cierto, tiene clara conciencia de lo propiamente subjetivo de este
supuesto cuando dice a propósito del historiador: «Fenómeno tras fenómeno, empieza
a sustraerse al ciego acaso, a la libertad sin ley, y va a integrarse en un todo armoniosó
— que ciertamente existe tan sólo en su representación — como parte integrante de
él»-*l Pero ¿qué pensar de la siguiente afirmación, tan confiadamente sentada y artifí-
ciosamente fluctuante entre la tautología y el contrasentido de un célebre virtuoso de la
historiografía: «Todo el ajetreo humano está sometido a la marcha queda y muchas ve­
ces sustraída a la percepción, pero, no obstante poderosa e incontenible de las cosas»^^?
En tal proposición no se detecta ya una enigmática verdad en mayor medida que una
enigmática no-verdad; tal como en la sentencia del goetheano jardinero de la corte; «A
la naniraleza se la puede forzar, pero no obligai*»"*^, o en esa leyenda de barraca de feria
de que habla Swift: «Aquí-está en exhibición el elefante más grande del mundo, si de él
hacemos excepción». Pues, ¿cuál es la oposición entre el ajetreo humano y la marcha
de las cosas? Hablando en términos generales, me llama la atención el que historiadores
tales cómo aquel del que hemos transcrito una proposición dejan de aleccionar en cuan-

Grillparzer, F., «Aestetische Studien. Zur Literfiturgeschichte», en Sámtliche Werke, Stuttgart


1872, vol. 9, p. 129. «Grillparzer: “Todos los hombres siguen simultáneamente su necesidad indivi­
dual, de tal manera que millones de tendencias corren paralelamente unas junto a otras, sobre líneas
curvas y rectas, se entrecruzan, se favorecen, se obstaculizan, tienden hacia delante, o hacia atrás,
asumiendo así la una por la otra un carácter fortuito y haciendo imposible, excluidos los efectos de
los acontecimientos naturales, demostrar la existencia de una necesidad eficaz y universal de lo que
acontece”. Por lo demás, habría que estudiar solamente lo que es finito, acabado y muerto, porque
son evidentes las últimas consecuencias de las que se puede aprender. — La historia como “sistema
universal de los errores, de las pasiones”. Doctrina negativa: frente a la que hay que estar prevenido.
Grillparzer: “hay algo de especial en el florecer y en el declinar de los pueblos. En cada uno se da
una fuerza preeminente que actúa benéficamente mientras que tenga que superar los obstáculos,
pero que después de esta victoria se \'uelve contra sí misma”». FP I, 29 [60].
Cfr. Schiller, F, «Was heisst und zu welchem Ende studiert man Universalgeschichte?», en
Sámtliche Werke, Stuttgart, 1844, vol. 9, p. 240.
Nietzsche se refiere a Leopold von Ranke. «Cuando historiadores tales como Ranke genera­
lizan, no instruyen: tales frases se conocían mucho antes de su trabajo: recuerdan a la forma de ex­
perimentar insensata de la que se queja Zóllner en las ciencias naturales». FP I, 29 [92].
Briefivechsel z^vischen Schiller und Goethe in den Jahren 1794 bis 1805, ed. cit., 27 de fe­
brero de 1798.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 723

tp generalizan y, entonces, evidencian en oscuridades el sentimiento de su debilidad. En


otras ciencias las generalidades son lo más importante, en tanto que contienen las leyes:
si proposiciones tales como la transcrita pretenden hacerse pasar por leyes, cabría obje­
tar que entonces está desperdiciado el trabajo del historiador; pues lo que en general hay
de verdadero en tales proposiciones, una vez descontado ese resto oscuro e indisoluble
del que hemos hablado — eso es conocido y aun trivial; como le salta a la vista a cual­
quiera aun en el ámbito más restringido de la experiencia. Molestar por eso a pueblos
■enteros y gastar años de ardua labor en semejante empresa equivaldría, en definitiva, a
llevar a cabo en la esfera de las ciencias naturales experimento tras experimento, a pesar
de que del cúmulo existente de experimentos pueda derivarse ya hace mucho tiempo la
ley: exceso experimental carente de sentido, por lo demás, del que, según Zollner, están
aquejadas hoy día las ciencias naturales"^^. Si el valor de un drmna estuviese exclusiva­
mente en la concepción final y capital, el drama mismo sería un camino lo más largo,
tortuoso y arduo posible hacia la meta; así pues, espero que la Historia no haya de reco­
nocer su significación en las concepciones generales, como si ñiesen algo así como flor
y fruto: sino que su valor resida precisamente en parafrasear ingeniosamente un tema
conocido, acaso vulgar, una melodía corriente, en elevarlo, exaltarlo a la categoría de
símbolo integrador y, de ese modo, hacer vislumbrar en el tema original un mundo en­
tero de profundidad, poder y belleza.
;; Pero esto requiere ante todo una gran potencia artística, un flotar creador por en­
cima de las cosas, un amoroso estar sumergido en los datos empíricos, una ulterior
elaboración de tipos dados — requiere, por cierto, objetividad, pero como cualidad
positiva. Con harta frecuencia, sin embargo, la objetividad no es más que una frase.
A esa calma, relampagueante por dentro, inmutable e impenetrable por fuera, del ojo
del artista le sustituye la afectación de la calma; del mismo modo que la falta de pa-
thos y de fuerza moral suele presentarse como glacial frigidez de contemplación. En
ciertos casos se atreve a salir a luz la banalidad del modo de pensar, la sabiduría tri­
vial, que sólo por lo aburrida, que es da la impresión de ser calma y serena, preten­
diendo hacerse pasar por aquel estado artístico en que el sujeto calla y se torna del
todo imperceptible. Entonces, se echa mano de todo cuanto no excita, insistiéndose
en la palabra más seca. Se llega hasta suponer que aquel al que no importa para nada
un momento del pasado es el llamado a representarlo. Tal es con frecuencia la rela­
ción de los filólogos con los griegos: éstos no les importan para nada — y |a esto se
le llama también «objetividad»'*®! Ahora bien, en todos los casos en que precisamente
corresponde representar lo más elevado y raro, el deliberado y ostensible desenten­
derse, y el arte insistido, prosaico y superficial de la motivación resultan francamen­
te escandalosos — cuando la .vanidad es lo que impulsa al historiador a esta
indiferencia que alardea de objetividad. Por lo demás, en el caso de tales autores el
juicio debe ajustarse en particular grado al principio de que en cada cual la vanidad

Friediich Zollner (1834-1882), astrónomo y físico, profesor en la Univ. de Leipzig, conocido


por su obra Ü b e r d ie N a tu r d e rK o m e te n ^ Leipzig, 1872 (en BN), y por la polémica que este libro sus­
citó en su tiempo. Sobre ello cfr. las cartas de Nietzsche a Rohde de noviembre de 1872, y a Koselitz
del 3 de octubre de 1882. Para las relaciones de Nietzsche con Zollner, cfr. Orsucci, A., «Unbewusste
Schlüsse. Anticipationen, Úbertragungen. Über Nietzsche Verháltnis zu K. E Zollner und G. Gerber»,
enT. Borsche, y otros, C en ta u ren -G eb u rten . W issenschaft, K u n s t u n d P h ilo s o p h ie b e im ju n g e n N ie tz s ­
c h e , Gruyter, Berlín, 1994, pp. 193-207; Salaquarda, J., «Er ist fast immer einer der Unserigen.
Nietzsche und Grillparzen>, en C en ta u ren -G e b u rten , e d cit., pp. 241 ss. Cfr. FPI, 29 [24].
Cfr. FP 1,29 [96].
724 OBRAS COMPLETAS

es inversamente proporcional al entendimiento. jNo! ¡Sed al menos sinceros! ¡No


busquéis la apariencia de fuerza artística que realmente merece el nombre de objeti­
vidad, no busquéis la apariencia de justicia, ya que no estáis ungidos para la terrible
tarea del justo! ¡Como si también a cada época le incumbiese ser justa con todo lo
pasado! Al contrario, las épocas y generaciones nunca tienen derecho a erigirse en
jueces de todas las épocas y generaciones anteriores: es siempre exclusivamente a in­
dividuos, a los más excepcionales de entre ellos, a quienes toca tan penosa misión.
¿Quién les obliga a juzgar? Por otra parte — ¡examinad si podríais ser justos, aunque
quisierais! Como jueces, tendríais que estar por encima del que ha de ser juzgado; sin
embargo, sólo sois posteriores a él. A los invitados que llegan los últimos les corres­
ponden en justicia los últimos asientos en la mesa: ¿y pretendéis tener los prinieros?
Pues, al menos, realizad lo más grande y elevado; tal vez se os cedan entonces los
primeros asientos a pesar de haber llegado los últimos.
Sólo desde la fuerza suprema del presente estáis legitimados para interpretar lo
pasado: sólo en la máxima concentración de vuestras cualidades más nobles adivina­
réis lo que hay de digno de saberse y preservarse y de grande en lo pasado. ¡Lo igual
se descubre por lo igual! De lo contrario, rebajáis lo pasado a vuestro propio nivel.
No creáis a ninguna historiografía que no nazca de la mente de los espíritus más se­
lectos; os daréis cuenta de la cualidad de su espíritu siempre que tenga la necesidad
de expresar una generalidad o de repetir algo que todos conocen: el genuino historia­
dor ha de tener la fuerza de transformar lo que todos conocen en algo inaudito y de
proclamar lo general de un modo tan simple y profundo que lo simple haga pasar por
alto lo profundo, y lo profundo lo simple. Nadie puede ser a un tiempo un gran histo­
riador, im ser humano artístico y un memo: por el contrario, no debe menospreciarsé
a los trabajadores modestos que acarrean, acumulan y clasifican porque, por supues­
to, no puedan llegar a ser grandes historiadores; menos aún se los debe confundir con
éstos, puesto que lo pertinente es comprender que son los compañeros y los auxiliares
imprescindibles que están al servicio del maestro: más o menos como los franceses
solían hablar, con mayor ingenuidad de la que cabe entre alemanes, de los historiens
de M. Thiers. Estos trabajadores han de convertirse poco a poco en grandes eruditos,
pero no por eso pueden nunca ser maestros. Un gran erudito y un gran memo está
combinación se da ya más fácilmente bajo un mismo sombrero.
Así pues: escribe Historia el individuo experto y superior. Quien no ha tenido ex­
periencia de algunas cosas en forma más grande y elevada que todos los demás tám-
poco sabrá extraer nada grande y elevado de la interpretación del pasado. La senten­
cia del pasado es siempre un oráculo: únicamente lo entenderéis como arquitectos del
futuro y como sabedores del presente. Se explica ahora la influencia extraordinaria­
mente profunda y vasta de Delfos sobre todo por la circunstancia de que los sacérdo-
tes délficos conocían con exactitud el pasado; corresponde ahora saber que sólo
aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado. Al mirar hacia delante,
marcaos ima meta grande, dominaréis al mismo tiempo ese desbordante impulso ana­
lítico que ahora os devasta el presente y hace punto menos que imposible cualquier
reposo, cualquier pacífico crecimiento y maduración. Levantad en vuestro alrededor
la valla de una esperanza grande y envolvente, de un esperanzado anhelo. Elaborad
en vosotros una imagen a la que ha de corresponder el futuro y desechad la supersti­
ción de ser epígonos. Considerando esa vida futura, tenéis mucho que idear e inven­
tar; pero no acudáis a la Historia para que os muestre el ¿cómo? y el ¿con qué? En
cambio, si os compenetráis con la Historia de grandes hombres, extraeréis de ella un
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 725

supremo mandamiento de alcanzar la madurez y de huir del yugo paralizador de la


educación actual, a la que le conviene no dejaros alcanzar la madurez, con el fin de
dominaros y explotaros a vosotros, que sois inmaduros. Y cuando pedís biografías,
qiie no sean de esas que dicen: «Señor fulano de tal y su época», sino biografías en
cuya portada tendría que estar inscrita esta leyenda: «Uno que luchó contra su épo­
ca». Saciad vuestras almas leyendo a Plutarco y, creyendo en sus héroes, atreveos a
creer en vosotros mismos. Con un centenar de tales seres humanos educados de for­
ma no-modema, esto es, convertidos en maduros y habituados a lo heroico, ha de re­
ducirse ahora a eterno silencio toda la ruidosa pseudoformación de esta época. —

El sentido histórico, cuando opera sin freno y saca todas sus consecuencias,
desarraiga el futuro, por cuanto destruye las ilusiones y despoja las cosas existentes
de su única atmósfera en la que pueden vivir. La justicia histórica, incluso cuando es
practicada realmente y en pura sensatez, es una virtud terrible porque siempre socava
y arruina lo vivo: su juzgar es siempre un aniquilar. Si detrás del impulso histórico''^
no obra un impulso constructivo, si no se destruye y despeja para que un futuro ya
palpitando en la esperanza levante su casa en el solar rescatado, si obra exclusivamen­
te la justicia, el instinto creador se debilita y se desanima. Una religión, por ejemplo,
que deba de estar transpuesta en saber histórico bajo la actuación de la justicia pura,
una religión que deba ser comprendida de un modo estrictamente científico, al final
de este camino también queda aniquilada. La razón de ello está en que en la verifica­
ción histórica se pone en evidencia, cada vez, tanta falsedad, tanta rudeza, tanta inhu­
manidad, tanto absurdo y violencia que por fuerza se disipa el clima de ilusión lleno
de piedad que es vital para cuanto quiera vivir: pero el ser humano sólo crea si está
enamorado, si está envuelto en la ilusión del amor, esto es, sólo crea teniendo una fe
incondicional en lo perfecto y justo. A todo aquel a quien se le obligue a renunciar al
amor incondicional le están cortadas las raíces de su fuerza: está condenado a secar­
se, esto es, a volverse insincero. En lo que atañe a estos efectos el arte se opone a la
historia: y sólo si la historia tolera ser transformada en obra de arte, es decir, si tolera
^tomarse en pura obra de arte, entonces quizá pueda preservar los instintos e incluso
despertarlos. Pero una historiografía semejante estaría absolutamente reñida con la
tendencia analítica y no-artística de nuestra época, más aún, sería sentida por ésta
como una falsificación. Ahora bien, una historia que sólo destruye, sin que la guíe un
íntimo impulso constructivo, termina por librar a sus instrumentos al hastío y al arti­
ficio: pues tales humanos destruyen ilusiones y «a aquel que destruye la ilusión en sí
mismo y en otros la naturaleza lo castiga como el más severo tirano». Es verdad que
durante un tiempo bastante prolongado uno puede ocuparse de la historia de un modo
del todo candoroso y desenfadado, como si fuese una ocupación como otra cualquie­
ra; la teología reciente, señaladamente, parece haberse metido con la Historia por
puro candor, y todavía a estas horas apenas se aviene a darse cuenta de que con esto
es de presumir que muy a pesar suyo esté al servicio del écrasez voltairiano. Nadie
debe suponer detrás de esto nuevos y vigorosos instintos constructivos, a menos que
se tenga a la así llamada Sociedad Protestante por matriz de una nueva religión y aca-

C fr.F PI, 29 [51].


726 OBRAS COMPLETAS

SO al jurista Holtzendorf (editor de la aún muy afamada Biblia protestante"^, de cuyo .


prólogo es asimismo autor) por Juan a la orilla del Jordán. Durante un tiempo contri-;.
huirá acaso la filosofía hegeliana, que aún tiene trastornadas no pocas mentes viejas', :
a difundir ese candor, por ejemplo, distinguiendo la «idea del cristianismo» de sus:
múltiples e imperfectas «formas de manifestación» y persuadiéndose a creer que será;
la «afición de la idea» el revelarse en formas cada vez más puras, por último como la-
forma ciertamente más pura, más transparente y apenas perceptible en el cerebro d el:
actual theologiis libemlis vulgaris. Pero al oír a estos cristianismos más puros expre-:
sándose acerca de los antiguos cristianismos impuros, el oyente no comprometido
tiene con frecuencia la impresión de que en definitiva no se trate del cristianismo,
sino de — bueno, ¿en qué hemos de pensar, si encontramos que el «más grande teó­
logo del siglo» define al cristianismo como la religión que permite «compenetrarse
con todas las religiones existentes y algunas otras tan sólo posibles», y si la «verda­
dera Iglesia» debe ser aquella que «se toma en fluctuante masa donde no hay contor­
nos, en la que cada parte se encuentra ora aquí, ora allá, y todo se entremezcla pací­
ficamente»? — Repetimos, ¿en qué hemos de pensar?
Lo que puede aprenderse en el caso del cristianismo, a saber, que bajo el efecto de un^
tiatamiento historizante se ha tomado pálido y artificioso hasta que un tratamiento del
todo histórico, esto es, justo, lo disuelve en puro saber acerca del cristianismo y, así, lo
aniquila, esto puede estudiarse en todo lo que tenga vida: cesa de vivir cuando se haya;
consumado su vivisección y vive de una manera dolorosa y enfermiza cuando se empie­
ce a hacerlo objeto de los ejercicios de vivisección histórica. Hay personas que creen en
una radical y refonnadora fiierza curativa de la música alemana entre los alemanes: com-
pmeban con indignación y consideran como una injusticia cometida con lo más vivo de
nuesti a cultura, que ya sobre hombres tales como Mozart y Beethoven se vuelque todo
el bagaje emdito de lo biográfico y con el sistema de tortui*as de la critica histórica se les^
arranquen respuestas a mil preguntas importunas. ¿No se mata o, cuando menos, se pa­
raliza prematuramente lo que aún no está agotado en sus efectos palpitantes al enfocar la
curiosidad ávida de novedades hacia incontables micrologías de la vida y de las obras y
al buscar problemas gnoseológicos allí donde se debiera aprender a vivir y a olvidarse de
todos los problemas? Imaginaos a unos cuantos de tales biógrafos modernos en la cuna
del cristianismo o de la reforma luterana; su sobria y pragmática curiosidad ávida de no-í
vedades hubiera bastado justamente para imposibilitar toda mágica actio in distans: del
mismo modo que el animal más miserable puede impedir el surgimiento del más porten­
toso roble devorando la bellota. Todo lo vivo necesita una atmósfera en tomo a sí, un aura
misteriosa; si se le quita esta envoltura, si se condena tal religión, tal arte, tal genio, a gi­
rar como astro sin atmósfera, no es de extrañar su rápido agostamiento, su petrificación
y su esterilidad. Pasa así con todas las grandes cosas,

«que nunca se logran sin cierta ilusión»,

se^ún canta Hans Sachs en Los maestros cantores.

Deutscher Protestaníenvereifíy sociedad fundada en 1863 en Frankfiirt que intentaba conciliar


los principios morales del cristianismo con las ciencias y condiciones del mundo moderno. Franz
von Holtzendorf (1829-1889), jurista conocido por su defensa de una profunda reforma del sistema
penitenciario y defensor de la abolición de la pena de muerte. Cff. la crítica a esta sociedad de Over-
beck, K.. Über die Christlichkeit imserer heiitigen Theologie, Leipzig, 1873, p. 65. Cff. FP I, 2 [13]
y 2 8 [i].
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 727

i- Pero incluso todo pueblo, y aun todo ser humano, que aspire a madurez tiene ne­
cesidad de tal ilusión que lo envuelva, de tal nube protectora y encubridora; sin em­
bargo, hoy día se odia la misma maduración, porque se antepone la historia a la vida.
Hasta se adopta una actitud triunfante porque ahora «la ciencia empieza a dominar
sobre la vida»: puede que se llegue a esto; pero lo cierto es que tal vida dominada no
vale gran cosa, porque es mucha menos vida y garantiza mucha menos vida para el
futuro que la antigua vida dominada, no por el saber, sino por instintos y poderosas
imágenes ilusorias. Y bueno, al fin y al cabo, nuestra época, como queda dicho, no ha
de ser una época de personalidades acabadas, maduras y armónicas, sino de trabajo
en común y lo más útil posible. Lo cual quiere decir, en definitiva, que los seres hu­
manos deben ser encauzados hacia los fines de la época para que lo antes posible su­
men sus manos al esfuerzo común; deben trabajar en la fábrica de las utilidades ge­
nerales antes de llegar a la madurez, más aún, para que no lleguen a la madurez,
porque se tiene entendido que ésta es im lujo que sustraería mucha fuerza al «merca­
do de trabajo». A ciertas aves se las ciega para que su canto sea más hermoso: no creo
que el canto de los seres humanos de ahora sea más hermoso que el de sus abuelos,
pero una cosa sí sé, que se los ciega a temprana edad. El medio, el medio maldito que
se emplea para cegarlos es luz demasiado cruda, demasiado repentina y demasiado
cambiante. La persona joven es arrastrada por todos los milenios: a adolescentes que
no entienden de guerra, ni de acción diplomática, ni de política comercial, se los con­
sidera, sin embargo, dignos de ser introducidos en la Historia política. Pero del mis­
mo modo que el joven corre por la Historia, así nosotros los seres humanos modernos
recorremos las galerías de arte y asistimos a conciertos. Se siente, sí, que esto suena
de otro modo que aquello, que esto obra de otro modo que aquello: perder en crecien­
te medida este sentimiento de extrañeza, y no sorprenderse en exceso de nada, dejar
que todo finalmente nos resbale — a esto se le llama el sentido histórico, la forma­
ción histórica. Dicho sin ambages ni florituras: la masa de lo que afluye es tan grande,
lo desconcertante, bárbaro y violento penetra tan irresistiblemente, «acumulado en
repugnantes pedazos», en el alma juvenil, que ésta sólo sabe salvarse refugiándose en
un deliberado embotamiento. Allí donde en el fondo ha habido una conciencia más
sutil y poderosa sobrevive acaso también otra sensación: el asco. La persona joven se
ha convertido en un apátrida y llega a dudar de todas las costumbres y conceptos.
Sabe entonces que en todas las épocas las cosas han sido distintas, que no importa
que uno sea de tal o de tal otro modo. Sumido en melancólica insensibilidad asiste al
desfile de las opiniones y comprende las palabras y el estado de ánimo de Hólderlin
ante la obra de Diógenes Laercio sobre las vidas y doctrinas de los filósofos griegos:
«También aquí he vuelto a tener la misma experiencia que ya había tenido en otras
ocasiones, a saber, que lo pasajero y mudable de los pensamientos y sistemas huma­
nos casi se me ha antojado más trágico que los destinos que comúnmente se señalan
como los únicos reales» No, tal historizar arrollador, aturdidor y violento no es ne­
cesario, ciertamente, para la juventud, como lo muestran los antiguos, y hasta es en
extremo peligroso, como lo muestran los modernos. Repárese en el estado que ac­
tualmente presenta el estudiante de historia, heredero de una prematura palidez, evi­
denciada ya casi en plena adolescencia. Es dueño del «método» para el trabajo pro­
pio, del enfoque justo y del aire de superioridad al modo amanerado del maestro; un

En el manuscrito añade: «a oponer a la objetividad de nuestra historia de la filosofía». Cfr. FP I,


29 [106] y 29 [107].
728 OBRAS COMPLETAS

pequeño capítulo totalmente aislado del pasado ha caído víctima de su sagacidad y


del método aprendido; ya ha producido, más aún, empleando un término más preten­
cioso, ha «creado», ha llegado a ser, por la acción, servidor de la verdad y señor en el
ámbito universal de la historia. Si ya de muchacho estaba «maduro», ahora está sü-
permaduro: a poco que se lo sacuda se desprende de él una lluvia de sabiduría; pero
es sabiduría enmohecida y en cada fruto se aloja un gusano. Os aseguro que si los se­
res humanos han de trabajar en la fábrica científica y rendir antes de estar maduros,
al poco tiempo la ciencia quedará tan arruinada como los esclavos consumidos antes
de tiempo en esta fábrica. Lamento que ya sea necesario emplear la terminología de
los traficantes en esclavos y de los patronos para caracterizar tales comportamientos,
que debieran concebirse en sí al margen de toda consideración de conveniencia, sus^-
traídos al apremio de la vida: pero involuntariamente afloran a los labios las palabras
«fábrica», «mercado de trabajo», «oferta», «rendimiento» —y toda la serie de verbos
auxiliares del egoísmo— cuando se trata de describir a la más reciente generación de
eruditos. La compacta mediocridad es cada vez más mediocre, la ciencia, én sentido
económico, rinde cada vez más. En propiedad, los eruditos de novísimo cuño son sa­
bios en un solo punto, siéndolo en él, por cierto, más que todos los humanos del pa­
sado, en todos los demás puntos sólo son infinitamente distintos —^para expresarme
de un modo cauteloso— de todos los eruditos de viejo cuño. No obstante, reivindican
para sí honores y privilegios, como si el Estado y la opinión pública tuviesen la obli­
gación de asignar a las nuevas monedas el mismo valor que a las antiguas. Los jorna­
leros han llevado a cabo entre sí un convenio de trabajo y decretado que el genio está
de más, en virtud de que cada jornalero ha sido clasificado como si friese un genio:
probablemente la posteridad, al examinar sus obras, notará que son el resultado del
común esfuerzo, el resultado, no de constructores, sino de jornaleros. A los que lan­
zan incansablemente el moderno grito de guerra y de sacrificio: «¡División del traba­
jo! ¡Coordinación!», alguna vez se les ha de decir a las claras que si se empeñan en
promover la ciencia lo más rápido posible, también la aniquilarán lo más rápido po­
sible, del mismo modo que sucumbe la gallina artificialmente obligada a poner hue­
vos con excesiva rapidez. Es verdad que en estos últimos decenios la ciencia ha sido
promovida con asombrosa rapidez: mas hay que mirar también a los eruditos, las ago­
tadas gallinas. No son, por supuesto, naturalezas «armónicas»: sólo saben cacarear
más que nunca porque ponen más huevos que nunca: claro que los huevos son cada
vez más pequeños (aunque los libros son cada vez más gruesos). El resultado último
y natural de todo esto es la universalmente estimada «popularización» (amén dé «fe­
minización» e «infantilización») de la ciencia, esto es, la dichosa práctica de adaptar
el traje de la ciencia al cuerpo del «público heterogéneo»: dedicándonos aquí a utili­
zar también la jerga de los sastres para una actividad de sastres. Goethe consideraba
esto como un abuso y pedía que las ciencias obraran únicamente a través de una
praxis elevada sobre el mundo exterior^®. Las generaciones de eruditos de antaño te­
nían sus buenas razones para creer que tal abuso era cosa grave y molesta: los erudir

«En el fondo, (las ciencias) sólo despiertan interés en un mundo muy concreto: el científico;
pues el hecho de que se llame a participar en ellas al resto del mundo y se lo tenga al corriente, como
ocurre en los últimos tiempos, es un abuso y acarrea más perjuicios que ventajas... Sólo mediante
una aplicación de orden superior podrían incidir las ciencias en el mundo exterior; pues, a decir ver­
dad, son todas esotéricas y sólo pueden volverse exotéricas perfeccionando algún tipo de actividad.
Cualquier otra participación no llevaría a ninguna parte». Goethe, J. W., Máximas y reflexiones, ed.
cit., afs. 693 y 694, p. 167.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 729

tos: de hogaño, por su parte, tienen sus buenas razones para cometerlo sin mayores
inconvenientes, porque ellos mismos, abstracción hecha de un minúsculo círculo del
saber, son un público muy heterogéneo y llevan en ellos las necesidades.de tal públi­
co. En cuanto se instalan confortablemente logran abrir el reducido campo de sus es­
tudios a esa heterogénea y popular necesidad y curiosidad ávida de novedades. Para
este confortable acto se pretende luego el nombre de «modesta condescendencia del
erudito hacia su pueblo»: cuando en realidad el erudito ha descendido a sí mismo en
cuanto es vulgo y no un erudito. Ahondad en el concepto de «pueblo»: nunca lo po­
dréis pensar lo bastante noble y elevado^'. Si tuvieseis un concepto elevado del pue­
blo, también seríais compasivos con él y os cuidaríais muy mucho de ofrecerle vues­
tra agua fuerte histórica como bebida vitalizadora y refrescante. En el fondo, lo
estimáis en poco, porque no os es dado apreciar su ñituro de un modo verdadero y
sólidamente fundado, y procedéis como pesimistas prácticos, es decir, como seres
humanos que vislumbran un ocaso y, así, se vuelven indiferentes y llegan a desenten­
derse del bien ajeno y aun del suyo propio. ¡Con tal de que la tierra nos sostenga a
nosoírosl Y si ya no nos sostiene, lo mismo nos da — así sienten y llevan una exis­
tencia irónica.

Puede acaso parecer desconcertante, pero no contradictorio, el que yo a la época


que en forma tan vocinglera y arrogante suele entregarse a la más desenfadada exul­
tación por su formación histórica le atribuya, no obstante, una especie de conciencia
irónica de sí misma, como un atisbo concomitante de que en el fondo no hay motivo
para exultarse, un temor de que tal vez acabe pronto toda la algazara del conocimien­
to histórico. Un enigma parecido nos lo ha planteado Goethe con respecto a ciertas
personalidades por su caracterización singular de Newton: encuentra en el fondo (o
más propiamente: en las alturas) de su ser «un vago vislumbre de su error», diríase
como expresión por momentos perceptible de la sentencia de una conciencia superior
que ha alcanzado una cierta visión irónica de su forzoso e íntimo modo de ser. Así,
precisamente en los seres humanos históricos de más grande y elevada talla se en­
cuentra la conciencia, que con frecuencia asume la forma atenuada de escepticismo
general, de que es un despropósito y una superstición muy enormes creer que la edu­
cación de un pueblo ha de ser tan predominantemente histórica como hoy en día lo es;
puesto que justamente los pueblos más pletóricos de fuerzas en acciones y obras han
vivido de otro modo y educado a su juventud de una manera distinta^^ Pero a noso-

En el manuscrito sigue: «Nuestro gran público, en cambio, difícilmente podrá hacerse una
idea menos vulgan>.
«Lo histórico en la educación. El hombre joven es ftistigado a través de todos los siglos, algo
que no sucedió entre los griegos y los romanos. Además, ¡la historia política para los jóvenes! ¡Ellos
no pueden comprender nada de una guerra, nada de una acción de Estado, de una acción política, de
cuestiones de poder, etc.! ¡Así el hombre moderno atraviesa las galerías de arte, así oye los concier­
tos! Él siente que esto suena de una manera distinta que aquello, y lo llama luego «juicio histórico».
— La masa es tan grande, que el embotamiento debe ser la consecuencia. A esto se añade un exceso
dé terror y de barbarie y, donde existe una conciencia más fina, el sentimiento debe ser uno: la náu­
sea. Además el hombre joven se aleja de su patria y aprende a dudar de todas las costumbres y con­
ceptos. En cada época ha sido distinto: «no importa cómo eres tú». Según el ■q^oc; el hombre se li­
berará ahora en relación al mal y al bien (es decir, en relación a lo grande). «Seguid vuestro camino
730 OBRAS COMPLETAS

tros que somos los menguados vástagos tardíos de linajes antaño poderosos y exúbcT:
rantes nos conviene ese despropósito y esa superstición — así reza la escéptica obje­
ción, — a nosotros, a quienes se refiere la profecía de Hesíodo en el sentido de qüe
un día los seres humanos nacerían con los cabellos inmediatamente canos y que Zeus,
destruiría este linaje en cuanto se manifestara ese signo^^. La formación histórica
también es, en efecto, una especie de canosidad congénita y los que desde niños llcr
van este signo por supuesto llegan instintivamente a creer en la vejez dé la huntani-
dad: pero a la vejez le corresponde ahora una ocupación senil, a saber, mirar hacia
atrás, hacer la suma, cerrar la cuenta, buscar consuelo en lo pasado por medio de los
recuerdos, en una palabra, formación histórica. Pero el género humano es tenaz y de^;
nodado y no quiere que sus pasos se consideren en términos de milenios, ni apenas
de centenares de miles de años, hacia delante y hacia atrás, es decir, en su conjunto
no quiere ser considerado en modo alguno por el punto atómico infinitamente peque­
ño que es el ser humano individual. ¡Qué significan unos cuantos milenios (o dicho
en otros términos, el intervalo de treinta y cuatro vidas humanas consecutivas de sel-
senta años de duración cada una) como para hablar respecto de los principios de tai-
lapso aún de «juventud» y con referencia a su final ya de «vejez de la humanidad»^'*!
¿No comporta esta creencia paralizadora en una humanidad ya decadente un malen­
tendido acerca de una representación cristiano-teológica legada por la Edad Media, la
idea de que está próximo el fin del mundo, del juicio final esperado con sobrecogido
terror? ¿Se disfraza acaso esa representación en virtud de la intensificada necesidad
histórica de erigirse en juez, como si nuestra época, la última de las posibles, estuvier
se ella misma autorizada para efectuar tal juicio final sobre todo lo pasado, juicio que
el credo cristiano no espera en modo alguno del hombre, pero sí del «hijo del hom­
bre»? Antes, este memento morí (recuerda que has de morir) gritado a la humanidad
y al individuo era una espina siempre clavada en la carne y, en cierto modo, la cúspi­
de del saber y la conciencia medievales. La consigna opuesta de los tiempos moder­
nos: memento vivere (recuerda que has de vivir), sinceramente, suena hoy por hoy
bastante tímida y cohibida, dijérase con dejos de hipocresía^^ Pues la humanidad está
todavía firmemente establecida en el memento morí, y lo evidencia por su necesidad

libre, pero peligrosamente, sin guías». De una manera más afortunada el sentido de la juventud es la
mayoría de las veces tan obtuso, que esencialmente no da resultados, a parte de un oscuro aturdi­
miento; falta una fuerte fantasía y, además, las masas que afluyen son demasiado poderosas, todo
queda sumergido. Una tal cantidad de historia no es necesaria para nadie, como demuestran los an­
tiguos, más aún, es en alto grado peligrosa, tal y como lo demuestran los modernos. ¡Ahora el estu­
diante de historia! Él ha investigado un capitulillo totalmente aislado del pasado: ahora es él un ser­
vidor de la ciencia, de la verdad, ahora toda modestia ha desaparecido, ¡está preparado! La presunción
erudita es un obstáculo para la educación superior. Considero a los jóvenes doctores en historia
como hombres que desde el punto de vista de la cultura no saben contar hasta tres y la mayoría tam­
poco lo hará nunca: pues ¡son ya «productivos»! ¡Dios mío!». FP I, 29 [56].
Hesíodo, L o s tr a b a jo s y lo s d ía s , V, v. 181.
«Contra el paralelismo entre la historia y la ju v e n tu d , la m a d u r e z y la v e je z : ¡tampoco se en­
cuentra en ella la huella de la verdad! Cinco mil o seis mil años no significan nada, y ante todo no
hay unidad, porque siempre vuelven a aparecer nuevos pueblos y desaparecen los viejos en un letar­
go invernal. Pero en última instancia no se trata ni mucho menos de pueblos, sino de hombres, la
n a c io n a lid a d es la mayoría de las veces sólo la c o n s e c u e n c ia de rígidas normativas de gobierno, es
decir, de un tipo de disciplina impuesta por la violencia generalizada y la represión, además de la
obligación de casarse y de hablar y de vivir juntos». FP I, 29 [48].
En el manuscrito sigue: «como si un paralítico sentado moviese su pierna para mostrar cómo
puede correr rápido. Así está la humanidad asentada sobre el m e m e n to m o r i» .
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 731

histórica universal: el saber, por más que batiera las alas poderosamente, no ha podi­
do ganar los ámbitos libres, ha quedado un sentimiento de profundo desaliento, de
ausencia de esperanzas, asumiendo ese matiz histórico que ahora comunica a toda
educación y formación superiores un melancólico tono gris. Una religión que, de to­
das las horas de la vida humana, tiene a la postrera por la más importante, que predi­
ce el fin de toda vida terrena y condena a todos los vivos a vivir en el quinto acto de
lá tragedia, ciertamente estimula las fuerzas más profundas y nobles, pero es hostil a
toda innovación, a toda tentativa audaz, a todo aunhelo libre, se opone a todo vuelo
rumbo a lo desconocido porque allí no sabe de amor ni de esperanza: sólo contra su
voluntad se deja imponer lo que deviene, para desecharlo o inmolarlo a tiempo como
algo que seduce a la existencia, como algo que miente acerca del valor de la existen­
cia. Lo que hicieron los florentinos al organizar, bajo la impresión de las exhortacio­
nes a penitencia de Savonarola, aquellas famosas quemas de cuadros, manuscritos,
espejos y caretas, lo quisiera hacer el cristianismo con toda cultura que incite a seguir
teniendo aspiraciones y ostente como divisa ese memento vivere; y cuando no puede
hacerlo derechamente, sin rodeos, esto es, por prepotencia, logra su objetivo aliándo­
se con la formación histórica, en general sin que ésta se dé cuenta siquiera, repudian­
do entonces a través de ella, despreciativamente, todo lo que deviene, y extendiendo
sobre ello el sentimiento de lo excesivamente tardío y epigónico; en una palabra, el
sentimiento de la canosidad congénita. La consideración áspera y profundamente se­
ria del sinvalor de todo acontecer, de la proximidad en que el mundo se halla del jui­
cio final, se ha evaporado en la conciencia escéptica de que de todos modos conviene
conocer todo lo pasado porque es demasiado tarde para hacer nada mejor. De esta
forma el sentido histórico vuelve pasivos y retrospectivos a sus adeptos; y, casi, tan
sólo por un momentáneo olvido, en una intermitencia de ese sentido, el enfermo de
fiebre histórica se vuelve activo, aplicándose enseguida, apenas ha actuado, a disecar
su acción, a impedir por la consideración analítica todo efecto ulterior de la misma y
dejarla, por último, reducida a «historia». En este sentido vivimos todavía en la Edad
Media y la historia es todavía teología encubierta: del mismo modo que la reverencia
con la que el profano ajeno a la ciencia trata a la casta científica es una reverencia lega­
da por el clero^^. Lo que antes se daba a la Iglesia se da ahora, aunque de manera más
reducida, a la ciencia: lo que se da es, pues, un resultado que ha sido producido ante­
riormente por la Iglesia, pero no originariamente por el espíritu moderno, el cual,
además de sus otras buenas cualidades, se caracteriza notoriamente por cierta tacañe­
ría y es un chapucero en cuanto a la virtud aristocrática de la generosidad.
Quizá no agrade esta observación, quizá se la acoja con el mismo desagrado que
aquello de derivar el exceso de historia del medieval memento morí (recuerda que
has de morir) y del desesperado desahucio que el cristianismo conlleva frente a to­
dos los tiempos venideros de existencia terrenal. Pues bien, invito a reemplazar esta
explicación, que yo mismo doy en forma dubitativa, por otras mejores; pues el ori-

«El estamento científico es una especie de clero y desprecia a los profanos; es la herencia del
clero espiritual, sin esta veneración heredada nuestra época difícilmente cultivaría tanto las ciencias.
Lo que antes se daba a la iglesia, se da hoy, aunque de una manera más escasa, a la ciencia: pero el
hecho de que se dé algo se debe al poder que tenia la Iglesia en otro tiempo, cuya influencia se deja
sentir todavía hoy en el clero científico. Y precisamente la dedicación a la historia se convierte cada
vez más en una teología encubierta, como teoría de la acción de Dios o de la razón. Si la masa llega­
se a comprender que la historia no es una ciencia sino una mezcla confusa, entonces nadie se intere­
saría por ella». F P 1 ,29 [46].
732 OBRAS COMPLETAS

gen de la formación histórica —y de su intrínseca oposición radical al espíritu de


una «nueva era», de una «conciencia moderna»— , este origen, a su vez, ha ¿/e ser
conocido históricamente, la historia ha í/e resolver ella misma el problema de la
historia, el saber ha de volver su aguijón contra sí mismo; esta triple obligación es
el imperativo del espíritu de la «nueva era», si es que en ella hay realmente algo
nuevo, potente, original y vitalizados ¿O será cierto que los alemanes —^para dejar
de lado a los pueblos románicos— en todos los asuntos superiores de la cultura te­
nemos que ser siempre «epígonos», por no ser capaces de ser más que esto? Cues­
tión grave que Wilhelm Wackemagel ha formulado como sigue: «Los alemanes
somos irremediablemente un pueblo de epígonos, con todo nuestro saber superior
y aun con nuestra fe siempre somos simples sucesores del mundo antiguo; incluso
aquellos que hostilmente se resisten, se nutren sin cesar del espíritu inmortal de la
formación de la Antigüedad clásica además del espíritu del cristianismo y, supo­
niendo que uno lograra eliminar estos dos elementos de la atmósfera vital que en­
vuelve al ser humano interior, no quedaría mucho para la subsistencia.de una vida
espiritual»^^. Pero aunque nos conformásemos con ser los epígonos de la Antigüe­
dad, aunque nos decidiésemos a dar a esta situación un sentido decididamente gra­
ve y grande y tomásemos este sentido como nuestro privilegio único y eminente
— tendríamos que preguntar, no obstante, si nuestro destino ha de ser para toda la
eternidad ser discípulos de la Antigüedad decadente: un día acaso nos sea permiti­
do fijamos una meta gradualmente más elevada y lejana, un día deberíamos poder
atribuirnos el mérito de haber reproducido en nosotros el espíritu de la cultura ale­
jandrino-romana — también por obra de nuestra historia universal — en forma tan
fecunda y grandiosa que, como premio supremo, nos fuera permitido ponernos la
tarea aún más formidable de proyectamos más atrás de ese mundo alejandrino y
buscar nuestros paradigmas con valerosa mirada en el mundo primordial de la An­
tigüedad griega, el mundo de lo grande, natural y humano. Pero allí encontraremos
también la realidad de una formación esencialmente ahistórica y de una forma­
ción, no obstante, o, mejor dicho, por ello mismo, inefablemente rica y pletórica:
Aunque los alemanes no fuéramos más que epígonos — considerando una forma­
ción semejante como la herencia a recoger, no podríamos ser nada más grande y
portentoso que precisamente epígonos.
Con lo que antecede sólo nos proponemos decir que hasta la idea, a menudo pe­
nosa, de ser epígonos, pensada como una idea grande, puede garantizar grandes efec­
tos y sostener un esperanzado anhelo de futuro tanto para el individuo como para el
pueblo: ello si nos sentimos herederos y epígonos de poderes clásicos y prodigiosos
y vemos en ello nuestro honor y nuestro acicate. Es decir, en la medida en que no nos
sintamos menguados y anémicos vástagos tardíos de linajes más vigorosos que como
anticuarios y sepultureros de dichos linajes arrastran una existencia precaria..Tales
vástagos tardíos, por cierto, viven xma existencia irónica: el aniquilamiento les pisa
los talones conforme recorren cojeando el camino de su vida; retroceden ante ella,
horrorizados, cuando gozan con lo pasado, pues son memorias vivientes y, sin embár-
go, su rememoración, en ausencia de herederos, es absurda. Así pues, los abruma la
tétrica vislumbre de que su vida sea una injusticia, puesto que ninguna vida venidera
podrá darle justificación.

Cfr. Wackemagel, W , «Abhandlungen zur deutschen Literaturgeschichte», en Kleine Schrif-


ten, Moritz Heyne (ed.), Leipzig, 1871, vol. II. En BN.
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 733

: Si nos imagináramos que tales anticuarios vástagos tardíos truecan de pronto esa
resignación mitad irónica, mitad doliente, por la insolencia; si nos imaginamos que a
yoz en cuello proclaman: «El linaje está en el cénit, pues sólo ahora se sabe a sí mis­
mo y se ha revelado a sí propio», — entonces tendremos un espectáculo que viene a
ser una metáfora que nos descifra la significación enigmática de determinada filoso­
fía muy famosa para la formación alemana. Yo creo que en el siglo en curso no ha
habido ninguna fluctuación o vuelco peligroso de la formación alemana cuya peli­
grosidad no se haya acentuado a raíz del influjo tremendo y todavía incesante de esta
filosofía, la hegeliana^®. En verdad, la creencia de ser un vástago tardío de los tiempos
paraliza e inhibe: pero ha de mostrarse terrible y destructivo que tal creencia llegue
de pronto, en una inversión audaz, a exaltar a este vástago tardío como el verdadero
sentido y fin de todo lo acontecido anteriormente y que su miseria consciente se pre­
sente como culminación de la Historia universal. Semejante modo de considerar las
cosas ha acostumbrado a los alemanes a hablar del «proceso del universo» y a justi­
ficar su propia época señalándola como el resultado necesario de este proceso univer­
sal; semejante modo de considerar las cosas ha proclamado la soberanía exclusiva de
la Historia, no la de las otras potencias espirituales, el arte y la religión, en tanto que
«el concepto que se realiza a sí mismo», «la dialéctica de los espíritus de los pueblos»
y el «juicio universal».
^A esa Historia entendida hegelianamente se la ha llamado, en son de burla, el
desenvolvimiento de Dios sobre la tierra, un Dios, sin embargo, que por su parte tan
sólo ha sido fabricado por la Historia. Este Dios se ha hecho a sí mismo transparente e
inteligible dentro de las seseras hegelianas y ya lleva escalados todos los peldaños dia­
lécticamente posibles de su devenir, siendo el más alto esa autorrevelación: de modo
que para Hegel el punto culminante y el punto final del proceso del universo coincidían
en su propia existencia berlinesa^^ Mirándolo bien, Hegel hasta tendría que haber dicho
que todas las cosas posteriores a él habrían de valorarse como una mera coda musical
del rondó histórico universal [weltgeschichtlich], más propiamente, como una super­
fluidad. No decía esto; en cambio, ha inculcado en las generaciones imbuidas de su
modo de pensar esa admiración por el «poder de la Historia» que, de hecho, se trueca a
cada instante en admiración descarada por el éxito y lleva al fetichismo del hecho con­
sumado: fetichismo para el cual se ha introducido ahora por doquier esta consigna muy
mitológica^® y auténticamente alemana, por añadidura, a saber, «Amoldarse a los he­
chos» [Thatsachen]. Pero quien ha aprendido a doblar la espalda y a agachar la cabeza
ante el <q>oder de la Historia» termina por asentir con la cabeza, en un gesto maquinal-
chiñesco, ante cualquier poder, ya sea un gobierno o una opinión pública, o bien una
iriayoría numérica, moviendo sus miembros exactamente al compás de cualquier <q30-
den> que tira del hilo. Si todo éxito conlleva una necesidad racional, si todo suceso sig­
nifica el triunfo de lo lógico o de la «idea» — entonces ¡a ponerse de rodillas y recorrer
arrodillado toda la escala de los «éxitos»! ¿Ya no hay más mitologías dominantes? ¿Es­
tán las religiones en trance de extinguirse? ¡Pues mirad la religión del poder histórico y
fijaos en los sacerdotes de la mitología de la idea y sus rodillas desolladas! ¿No se han
plegado incluso todas las virtudes a este nuevo credo? ¿Acaso no es abnegación la ac-

Para la crítica de Nietzsche a Hegel, cfr. FP I, 29 [51], 29 [53], 29 [64], y sobre todo 29 [72],
29.[73J y 29 [74].
¡vi C ff.F P l,2 9 [5 1 ].
En el manuscrito «muy poco mitológica».
734 OBRAS COMPLETAS

titud del ser humano histórico de dejarse reducir a espejo objetivo? ¿Por ventura rio es'
generosidad eso de renunciar a todo poder en el cielo y sobre la tierra, adorando en todo:
poder el poder en sí? ¿No es justicia el sostener siempre en las manos la balanza de los
poderes y fijarse bien cuál de ellos se manifiesta como el más fuerte y de más peso? ¡Y.
qué escuela de la decencia es tal consideración de la Historia! Tomarlo todo objetiva­
mente, no indignarse por nada, no amar nada, comprenderlo todo, ¡hay que ver cómo
esto vuelve suaves y dúctiles a las personas!: y cuando uno que se ha formado en está
escuela llega efectivamente a encolerizarse e indignarse en público, se lo mira compla­
cido, pues se sabe que él lo entiende tan sólo artísticamente, que eso es ira y studiwiv,
pero en un todo sine ira et stiidio (sin ira ni parcialidad)^'. ^'
¡Qué ideas tan anticuadas sostengo yo de corazón frente a tal complejo de mitología
y virtud! Pero, aquí van, aunque se ría la gente. Yo diría, pues, que la Historia recalca
siempre: «he aquí lo que pasó»; la moral: «no debéis» o «no debisteis». Así pues, la
Historia se convierte en compendio de la inmoralidad efectiva. ¡Qué craso error come­
tería el que considerase la Historia, al mismo tiempo, como si ella fuese juez de está
inmoralidad efectiva! Ofende, por ejemplo, a la moral el hecho de que Rafael tuviera
que morir a los treinta y seis años de edad: un ser semejante no debiera morir. Si os pro­
ponéis venir en ayuda de la Historia como apologistas del hecho consumado, diréis:
Rafael expresó todo lo que había en él; con una vida más larga hubiera podido crear lo
bello tan sólo como belleza idéntica, no como una belleza nueva, etc. Sois, así, los abo­
gados del diablo, porque hacéis del éxito, del factiim, vuestro ídolo: siendo así que el
factiim es siempre estúpido y en todos los tiempos se ha parecido, más que a un dios, a
un becerro. En cuanto apologistas de la Historia os susurra, por otra parte, la ignorancia,
pues sólo porque no sabéis lo que es una natura naturans como es Rafael no os impor­
ta mayormente que fue y ya no será nunca más. A propósito de Goethe alguien ha pre­
tendido últimamente aleccionamos que llegó agotado al término de sus ochenta y dos
años, sin embargo, yo aceptaría complacido unos cuantos años del Goethe «agotado».a
cambio de cargamentos enteros de vidas frescas y ulframodemas para tener aún parti­
cipación en conversaciones como las que Goethe sostuvo con Eckermaim y librarme dé-
este modo de todas las lecciones actuales de parte de los legionarios del momento.
¡Cuán pocos tienen derecho a vivir y seguir vivos frente a semejantes muertos! Que
vive el montón y ya no viven esos pocos es simplemente una verdad brutal, esto es, una
estupidez irreparable, un torpe «así es» frente a la moral del «así no debiera sen>. ¡Sí,
frente a la moral! Pues sea cual fuere la virtud de que se habla, la justicia, la generosi­
dad, la valentía, la sabiduría y la compasión del ser humano — siempre éste es virtuoso
en tanto que se subleva contra ese poder ciego de los hechos \facta], contra la tiranía de
lo fáctico, y se somete a leyes que no son las que rigen esas fluctuaciones de la Historia.
Siempre nada contra la corriente histórica [geschichtlich], ya sea combatiendo sus pro­
pias pasiones como el más inmediato hecho [Thatsáchlichkeit] estúpido de su existen­
cia, ya sea obligándose a ser sincero, en tanto la mentira teje a su alrededor sus relucien­
tes redes. Si la Historia no fuese más que «el sistema universal de pasión y eiroD>, el ser

«Tomar todo “objetivamente”, no enojarse por nada, no amar nada, “comprender” todo — a
eso se llama ahora “sentido histórico”. A los gobiernos les gusta tanto favorecer un tal sentido, como
han favorecido la hegelienaría; pues los hace dóciles y flexibles. Pero es ante todo la prensa entera
la que se ha educado en ese espíritu: sólo se enoja y se enfada uno todavía “artísticamente”, por lo
demás “es indiferente” y “comprende” todo: toiit comprendre c ’est toiitpardonner: pero no se “per­
dona”, se justifica todo. Incluso sin estar vinculado a nada, el periodista histórico niega todos los
vínculos: los acepta solamente en un sentido utilitario». FP, vol I, 29 [57].
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 735

humano tendría que leerla tal como Goethe aconsejó leer el Werther, como si grítase:
<<¡Sé un hombre y no me sigas!»“ . Por fortuna también perpetúa el recuerdo de los
grándes luchadores contra la Historia, esto es, contra el poder ciego de lo efectivo y se
;expone a sí misma a la vergüenza al destacar como naturalezas históricas por excelencia
precisamente a los que no se preocupan por el «Así es», sino que con un orgullo sereno
siguen un «Así debe ser»^^ Lo que sin cesar los impulsa hacia adelante no es el afán de
sepultar su linaje, sino el de fundar un nuevo linaje, y aunque hayan nacido tardíos, hay
un modo de vivir que hace olvidar esto; — las generaciones venideras no los conocerán
sino como primerizos.

: ¿Será nuestro tiempo tal primerizo? — En efecto, la vehemencia de su sentido his­


tórico es tan grande y se manifiesta en forma tan universal y sencillamente ilimitada
que, por lo menos en este punto, los tiempos venideros ensalzarán su carácter primerizo
si es que hay tiempos venideros en el sentido de la cultura. Pero precisamente en este
respecto subsiste una grave duda. Junto al orgullo del ser humano moderno está su iro­
nía sobre sí mismo, su conciencia de que le toca vivir en un estado de ánimo historícis-
ta y, como si dijéramos, vespertino, su temor de que no pueda preservar para el futuro
absolutamente nada de las esperanzas y fuerzas de su juventud. Aquí y allá se va aún
más lejos llegando hasta el cmwwio, justificando la marcha de la Historia, y aun de toda
la evolución del mundo para el estricto uso del ser humano moderno, de acuerdo con el
canon cínico: todo tuvo que ocurrir tal como ahora suceden las cosas, el ser humano
tuvo que llegar a ser tal como ahora son los humanos, nadie debe sublevarse contra esta
marcha inexorable. En el bienestar de tal cinismo se refugia quien no puede aguantar en
la ironía; por lo demás, este último decenio le ofrece de regalo una invención de las más
hermosas, una frase redonda y plena para la formulación de ese cinismo: define su for­
ma de vivir actual y por completo desenfadada como «la entrega total de la personali­
dad al proceso del universo» ¡La personalidad y el proceso del universo! ¡El proceso
del universo y la personalidad del pulgón! ¡Pero habremos de estar condenados a oír
eternamente la hipérbole de todas las hipérboles: la palabra universo, universo, univer­
so, cuando todo el mundo, sinceramente, debiera hablar del ser humano, del ser huma­
no y nada más que del ser humano! ¿Herederos de los griegos y los romanos?, ¿del
cristianismo? Todo esto parece no tener importancia alguna para los cínicos; pero ¡he­
rederos del proceso del universo!, ¡cúspide y meta del proceso del universo!, ¡sentido y
clave de todos los enigmas del devenir, expresados en el ser humano moderno, el fruto
más maduro del árbol de la ciencia! — a esto lo llamo yo un sentimiento pletórico de
orgullo; he aquí el rasgo distintivo de los primerizos de todos los tiempos, aunque sean
los últimos. Nunca antes, ni aun en sueños, voló tan lejos la consideración de la Histo­
ria; pues ahora resulta que la Historia de la humanidad no es sino la continuación de la
Historia de los animales y las plantas; aim en las más recónditas profundidades del mar

« Cfr. FW. af. 99.


En el manuscrito sigue: «En este sentido, la historia es un monstruo que se contradice, que se
devora y se autoelimina; es la enseñanza de cada instante, que existe sólo para matar a un instante
precedente».
Hartmann, E. von, Philosophie des Unbevussten, 4."* ed., Berlín, 1872, p. 748. En BN.
736 OBRAS COMPLETAS

encuentra el campeón de lo histórico-universal los vestigios de sí mismo, como mucí-


lago viviente; maravillada del camino tremendo que ya lleva recorrido el ser humano,
se pasma la mirada ante esa maravilla aún más prodigiosa c^ue es el ser humano moder­
no mismo que tiene la capacidad de abarca este camino. El se yergue orgulloso en el
vértice de la pirámide del proceso del universo, y mientras coloca en la cima la última
piedra de su conocimiento parece gritarle a la naturaleza que le está escuchando a su
vera: «Hemos llegado a la meta, nosotros somos la meta, somos la culminación de la
naturaleza».
¡Estás trastornado, soberbio europeo del siglo xix! Tu saber, lejos de consmnar la
naturaleza, mata la tuya propia. Mide, aunque sólo sea por una vez, el alto nivel de tu
saber por el bajo nivel de tu poder. Claro que trepando por los rayos de sol del saber
subes al cielo, pero también bajas por ellos al caos. Tu modo de caminar, esto es, de
trepar como sapiente, es tu fatalidad; el suelo retrocede ante ti hacia lo incierto; para
tu vida ya no hay soportes, sino tan sólo telarañas que desgarra cada nuevo agarre
de tu conocimiento. — Pero ni una sola palabra seria más sobre el particular, porque
es posible que digamos una jocosidad.
El frenético y desenfadado prurito de despedazar y descomponer todos los fun­
damentos, de disolverlos en un devenir siempre fluido y diluido, el infatigable, em­
peño de deshilachar e historizar todo lo devenido que tiene el ser humano moderno,
la gran araña crucera agazapada en el nudo de la tela cósmica — que se ocupen y
preocupen de esto los moralistas, los artistas, los piadosos, acaso también los esta­
distas; a nosotros esto nos ha de alegrar hoy, viéndolo todo reflejado en el relucien­
te espejo mágico de un parodista filosófico, en cuya cabeza la época ha cobrado
irónica conciencia de sí misma, evidentemente «hasta la infamia» (hablando a lo
Goethe). Hegel nos ha enseñado que «cuando el espíritu da un salto, los filósofos
también estamos allí participando»®^: nuestra época dio un salto hacia la autoironía,
y he aquí que también participó en él E. von Hartmann y escribió su famosa filoso­
fía de lo inconsciente — o, más exactamente— , su filosofía de la ironía inconscien­
te. Pocas veces hemos leído invención más graciosa y picardía más filosófica que
las de Hartmann; quien por él no es ilustrado y aim interiormente iluminado sobre
el devenir está en verdad a punto para el haber-sido. Principio y meta del proceso
del universo, desde el primer pasmo de la conciencia hasta el ser rechazados hacia
la nada, además de la tarea exactamente determinada de nuestra generación -con
respecto al proceso del universo, todo ello expuesto en base a la tan ingeniosamen­
te inventada fuente de inspiración, lo inconsciente, y aureolada de luz apocalíptica,
todo ello imitado en forma tan fiel y con una seriedad tan formal como si se tratase
de una genuina filosofía seria, y no de una simple broma filosófica: conjunto
semejante destaca a su creador como uno los más grandes parodistas filosóficos ú t
todos los tiempos: ofrendemos, pues, en su altar, rindamos culto a este inventor:de
una verdadera panacea ofrendando un rizo — para hacer nuestra la forma mediante
la cual Schleiermacher expresaba su admiración. Pues, ¿qué medicina será más efi-
caz para combatir el exceso de formación histórica que la parodia hartmanniana de
toda historia universal?
Para expresar secamente lo que Hartmann nos manifiesta desde el trípode envuel­
to en vaho de la ironía inconsciente, habría que decir que nos declara que nuestra
época debe ser justamente tal como es, si lá humanidad ha de llegar a cansarse en yer-

C ff.FPI, 29 [72].
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 737

dad de esta existencia; tesis a la cual asentimos sin reservas^^. Esta pavorosa osifica­
ción de la época, ese inquieto tableteo de huesos —que David Strauss nos ha descrito
ingenuamente como hermosísima realidad [Thátsáchlichkeit]— lo justifica Hart-
mann no sólo desde atrás, ex causis efficientibus (según las causas eficientes), sino
incluso desde delante, ex causa Jínali (según las causas finales); desde el día del Jui­
cio final proyecta este picarón la luz sobre nuestra época, y entonces resulta que esta
época es muy buena, a saber, para aquel que quiera sufrir en lo posible de indigestión
dé la vida y no pueda ansiar con bastante celeridad el advenimiento de ese día final.
Por cierto que Hartmann a la edad a la que se aproxima ahora la humanidad la llama
la «edad viril»; no obstante, de su descripción se desprende que la concibe como el
estado venturoso en que ya no hay más que «compacta mediocridad» y el arte es lo
que «para el corredor de bolsa berlinés es acaso, a la noche, el sainete»^^, en que «el
genio ya no es una necesidad de la época, porque significaría echar perlas a los cer­
dos, o también porque la época ha pasado de la etapa a la que le correspondían genios
a otra más importante», a esa etapa de la evolución social en que todo trabajador,
«con una jomada de trabajo que le deja los ocios suficientes para su completa forma­
ción intelectual, lleva una existencia confortable». Grandísimo picarón, expresas el
anhelo de la humanidad actual: pero sabes también qué fantasma se presentará al fi­
nal de esta edad viril de la humanidad, como resultado de esa completa formación
intelectual orientada hacia la compacta mediocridad — el asco. £1 presente es clara­
mente deplorable, pero el futuro será aún mucho más deplorable, «a todas luces el
Anticristo cada vez gana más terreno» — pero ha de ser así, las cosas han de evolu­
cionar en este sentido, pues con todo esto estamos perfectamente bien encaminados
— al asco de todo lo existente. «Así que ¡a progresar sin desmayos dentro del proce­
so del universo como trabajadores en la viña del señor, pues únicamente el proceso
puede conducir a la redención! »^®.
¡La viña del señor! ¡El proceso! ¡A la redención! ¡Quién no ve y oye en esto la
formación histórica que no conoce más que la palabra «devenir», deliberadamente
disfrazada de monstruo paródico, y decir, a través de la máscara grotesca, las cosas
más traviesas a propósito de sí misma! Pues este más reciente llamamiento picaresco
dirigido a los trabajadores de la viña, ¿qué.pide, en definitiva, a estos trabajadores?
¿En qué trabajo deben progresar sin desmayos? O para plantear la cuestión en otros
términos: ¿qué le queda por hacer al ser humano históricamente formado, al moderno
fanático del proceso que ha nadado y se ha ahogado en la corriente del devenir, para
cosechar un día ese asco, la uva deliciosa de aquella viña? — No tiene más que seguir
viviendo como hasta ahora, continuar amando lo que ha venido amando y odiando lo
que ha venido odiando y leyendo los diarios que hasta ahora ha venido leyendo, para
él no hay más que un pecado — vivir de otro modo que hasta ahora. Y cómo ha vivi­
do hasta ahora nos lo dice con excesiva precisión lapidaría esa célebre página impre-

Cfr. FP I, 29 [59].
Cfr. FP 1,29 [51].
.. «Todos hablan sin parar del espíritu del pueblo, del inconsciente, de las ideas en la historia,
etc., pero no da resultado para el presente. Parece que sólo tiene valor lo que surge inconscientemen­
te del manantial más proftindo del espíritu del pueblo, y prácticamente se imita todo del modo más
consciente posible y, desgraciadamente, del modo más torpe posible: el parlamentarismo inglés, las
modas francesas y la moral de tendero inglesa, y fraseologías progresistas francesas, más aún, inten­
cionales, y además cuadros de todas las épocas y pueblos, y lo extraño vale ahora para el alemán
moderno como el lujo más bello». FP I, 29 [66]. Cfr. 29 [59] y 29 [51].
738 OBRAS COMPLETAS

sa en grandes caracteres que ha sumido a toda la escoria provista de formación de la


actualidad en ciego éxtasis y en extasiado delirio, porque creía leer en ella su propia
justificación, su justificación bañada en luz apocalíptica. Pues a cada cual pedía el
parodista inconsciente «la total entrega de la personalidad al proceso del universo;
por su meta, la redención universal»; o dicho en términos aún más claros y precisos^:
«la afirmación de la voluntad de vivir es proclamada por lo pronto como la única co-i
rrecta: pues sólo por la entrega total a la vida y sus dolores, no por la cobarde renun­
cia y retirada personal, puede hacerse algo por el proceso del universo», «el anhelp
de negación individual de la voluntad es no menos estúpido y vano, hasta es más esi
túpido que el suicidio». «El lector que piensa comprenderá incluso sin el-apoyo de
alusiones ulteriores qué aspecto tendría una filosofía práctica asentada en estos prirí- :
cipios, y que tal filosofía no puede conllevar la desunión con la vida, sino únicamen­
te la plena conciliación con ella». ; ;; ';i
El lector que piensa lo comprenderá: ¡y se podría comprender mal a Hartmann! ¡Es
la mar de gracioso que se lo haya comprendido mal! ¿Deberían ser los alemanes de ahor
ra muy sutiles? Cierto buen inglés echa de menos en ellos delicacy o f perception y has^
ta se atreve a decir: «in íhe Germán mind there does seem to be something splay, some-
thing bluní'edged, unhandy and infelicitous»^^. ¿Le haría objeciones a esta aseveración
el gran parodista alemán? Es verdad que, según su explicación, nos aproximamos a
«ese estado ideal en que el género humano hará su Historia en forma consciente»: sin
embargo, al parecer estamos aún bastante lejos de aquel estado, acaso aún más ideal, en
que la humanidad leerá el libro de Hartmann en forma consciente. Cuando sea alcanza­
do este estado nadie pronunciará con sus labios la palabra «proceso del universo» sin
que esos labios sonrían; pues se recordarán los tiempos en que se escuchó, se absorbió,
se discutió, se ensalzó, se difundió y se canonizó el evangelio paródico de Hartmann
con todo el candor de aquel «german mind», y aun con la «torva seriedad de lechuza»,
que decía Goethe. Pero el mundo tiene que progresar, ese estado ideal no se puede al­
canzar soñando, sino que hay que luchar por él, conquistarlo, y sólo a través de la sere­
nidad se llega a la redención, a la redención de esa equívoca seriedad de lechuza. Serán
los tiempos en que los humanos, sabiamente, se abstendrán de todas las construcciones
acerca del proceso del universo e incluso de la Historia del género humano, en que con­
siderarán, no ya a las masas, sino de nuevo a los individuos que forman una especie de
puentes tendidos sobre el pavoroso río del devenir. Estos individuos, lejos de continuar
un proceso, se desenvuelven en un plano de simultaneidad intemporal en virtud de la
Historia que hace posible tal cooperación y viven como la república de los seres huma­
nos geniales de que habla Schopenhaueri°; un gigante llama al otro a través de los de­
soladores intervalos de los tiempos y por encima de la petulante .algazara de los enanos
que corretean a sus pies se continúa el elevado coloquio de los espíritus. La tarea de la
Historia consiste en mediar entre ellos y, así, dar y prestar siempre de nuevo motivos y
fuerzas para la producción de la grandeza. No, la meta de la humanidad no puede estar
en el final, sino únicamente en sus ejemplares supremos^^

«En el espíritu alemán parece haber algo oblicuo y obtuso, algo siniestro y desplazado». Cita
no identificada.
Schopenhauer, A., A iis A. S c h o p e n h a u e rs h a n d sc h r iftlic h e m N a c h la s s. A b h a n d lu n g e n , A n -
m e rk iin g en , A p h o r ism e n u n d F ra g m en te, J. Frauenstádt (cd.), Leipzig, 1864, p. 360 (en BN). Cfr.
PHG, 1.
” «Hartmann es importante porque, siendo consecuente, mata la idea de un proceso del mundo.
Para soportar esa idea, toma como base el te Xo^ la redención consciente, la libertad de ilusiones y
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 739

Frente a esto, por cierto, nuestro picarón, con esa admirable dialéctica que es tan
auténtica como son admirables sus admiradores, dice: «Del mismo modo que no sería
compatible con el concepto de evolución atribuir al proceso del universo una infinita
duración en el pasado, porque entonces toda evolución imaginable ya tendría que ha­
ber transcurrido, cosa que, ciertamente, no es el caso (jah, picarón!), de ese mismo
modo tampoco podemos asignarle al proceso una infinita duración futura; tanto lo
lirio como lo otro anularía el concepto de evolución hacia una meta (¡ah, dos veces
picarón!) y haría del proceso del universo algo así como el tonel sin fondo de las Da-
naides. La victoria consumada de lo lógico sobre lo ilógico (¡ah, grandísimo pica­
rón!) ha de coincidir sin embargo con el fin temporal del proceso del universo, con el
día final»’^. No, espíritu claro y burlón; mientras lo ilógico impere todavía tanto
como hoy en día, mientras, por ejemplo, pueda hablarse del «proceso del universo»
con el asentimiento general, como tú lo haces, está lejos el día final: pues es todavía
demasiado jovial la vida sobre esta tierra, florecen todavía no pocas ilusiones, por
ejemplo, la ilusión de tus contemporáneos referente a ti, que no estamos aún a punto
para ser rechazados hacia tu nada, pues creemos que será aún más divertido en este
mundo cuando se empiece a comprenderte, oh inconsciente incomprendido. No obs­
tante, si sobreviniera con fuerza el asco, como se lo has profetizado a tus lectores, si
debieras tener razón con tu descripción de presente y futuro —^y nadie como tú ha
despreciado tanto el uno y el otro, ni con tanto asco—, estoy dispuesto a votar en la
forma por ti propuesta, junto con la mayoría, en favor de que el sábado próximo, a las
doce de la noche en punto, sobrevenga el ocaso de tu mundo, y no hay inconveniente
en que nuestro decreto concluya: a partir de mañana cesará el tiempo y no se publi­
carán más diarios^^ Pero tal vez no se produzca el efecto y hayamos decretado en
vano; bueno, entonces, de todos modos, no nos faltará tiempo para llevar a cabo un
bonito experimento. Tomaremos una balanza y colocaremos enimo de los platillos lo
inconsciente de Hartmann y, en el otro, el proceso del universo de Hartmann. Hay
quienes creen que ambos serán de igual peso: por haber en cada platillo una palabra
igualmente mala y un chiste igualmente bueno — Una vez que se haya comprendi­
do el chiste de Hartmann, ya nadie hará uso del ténnino de Hartmann, el «proceso del
universo», como no sea en broma. En efecto, ya es hora de movilizar a todo el ejérci­
to de malicias satíricas contra los excesos del sentido histórico, contra el excesivo

la elección del ocaso. Pero el fin de la humanidad puede existir en cada momento a través de una
revolución geológica: y esa falta de üusión presupone un desarrollo superior de las fuerzas morales
e intelectuales: lo cual es completamente improbable: más bien, si estas fuerzas envejeciesen, debe­
rían ser cada vez más poderosas las ilusiones y concluir la vejez con una vuelta a la niñez. De este
modo, el último resultado no es en ningún caso consolador y no podría ciertamente ser considerado
como un té Xoí;. En la edad viril, tal y como él la describe, disminuye además de una manera crecien­
te la capacidad de considerar la existencia como un problema y la necesidad de redención es cada
vez menor. Queremos abstenemos de todas las construcciones de la historia de la humanidad y, en
general, no queremos tener en cuenta a las masas sino a los individuos dispersos por doquier: éstos
forman un puente sobre la corriente vertiginosa. Ciertamente éstos no continúan un proceso, sino
que viven en común y simultáneamente, gracias a la historia, que les permite una tal acción común».
FP I, 29 [52].
Hartmann, E. von, op. cit., p. 747.
Juego de palabras entre Zeit (tiempo, época) y Zeitung (diario, periódico).
En el manuscrito: «Apocalipsis X, 6; «Castigar, ser remitido al proceso universal de Hart­
mann. Ciertamente, el medio sería radical, porque tú desaparecerías también, y no habría ya, des­
pués de ti, proceso universal. De semejante noción, ¿quién no sacaría un partido infinito?». Cfr. FP
I, 29 [66].
740 OBRAS COMPLETAS

placer en el proceso a expensas del ser y de la vida, contra el desplazamiento irre­


flexivo de todas las perspectivas; y el autor de la filosofía de lo inconsciente tiene,
contraído para siempre el mérito de haber sido el primero en lograr sentir agudamen­
te lo ridículo de la representación del <qjroceso del universo» y hacerlo sentir aún más
agudamente por la seriedad singular de su exposición. Para qué existen el «universo»
y la «humanidad» es algo que, por lo pronto, no nos ha de importar, a menos que que­
ramos gastar una broma: pues la soberbia de esos bichitos, los humanos, es, a no du­
darlo, lo más gracioso y divertido que existe sobre el escenario de la tierra; pero, pre-:
gúntate para qué existes tú, el individuo, y si nadie puede decírtelo trata de justificar
el sentido de tu existencia, en cierto modo, a posteriori fijándote a ti mismo una fi­
nalidad, una meta, un «para esto», un «para esto» elevado y noble. Sucumbe realizán­
dolo — yo no sé que exista mejor finalidad de la vida que sucumbir a lo grande e
imposible, animae magnaeprodigus’^K En cambio, si las doctrinas del devenir sobe­
rano, de la fluidez de todos los conceptos, tipos y especies, de la falta de toda diferen­
cia cardinal entre humano y animal — doctrinas que yo considero verdaderas, y tam­
bién mortíferas— , siguen siendo difundidas durante toda una generación más entre el
pueblo de acuerdo con el afán de aleccionamiento a la sazón imperante, entonces na­
die deberá sorprenderse de que el pueblo sucumba a la estrechez y mezquindad egoís­
ta, a la petrificación y al egoísmo, es decir, que ante todo se desintegre y deje dé ser
pueblo: en su lugar surgirán entonces acaso en el escenario del futuro sistemas de
egoísmos individuales, asociaciones para fines de explotación rapaz de los no asocia­
dos y otras manifestaciones por el estilo de la vileza utilitaria. Para preparar el terreno
para tales realizaciones bastará con continuar escribiendo la Historia desde el punto
de vista de las masas y buscando en ella las leyes que han de derivarse de las necesi­
dades de estas masas, es decir, las leyes que gobiernan los movimientos de los más
bajos estratos de barro y arcilla de la sociedad. Las masas sólo en tres aspectos me /
parecen dignas de atención: primero, como copias.borrosas de los grandes hombres,
ejecutadas sobre mal papel y con planchas gastadas, segundo, como resistencia a los
grandes, y tercero, como instrumento de los grandes; ¡por lo demás, que se las lleven
el diablo y las estadísticas! ¿Cómo, que las estadísticas demuestran que hay leyés en
la Historia? ¿Leyes? En efecto, lo que ellas demuestran es lo vil y repugnantemente
uniforme que es la masa: ¿hemos de llamar leyes a los efectos de las fuerzas de gra­
vitación, estupidez, remedo, amor y hambre? Bueno, lo concedemos, pero entonces
queda también establecido que en la medida en que hay leyes en la Historia, no valen
nada, ni la Historia tampoco. Sin embargo, todo el mundo aprecia ahora precisamen­
te esa especie de historia que toma los grandes impulsos de las masas como lo impor^
tante y principal de la Historia y considera á todos los grandes hombres tan sólo como
la más clara expresión, como las burbujas, por así decirlo, que se van haciendo visi­
bles en la superficie de la marea. Así las cosas, la masa debe engendrar de símisma
lo grande, lo que equivale a que el caos engendre de sí el orden; y se concluye, natu­
ralmente, por entonar un himno de alabanza a la masa capaz de engendrar. Se dérió-;
mina entonces «grande» a todo lo que durante un tiempo más o menos prolongado
haya puesto en movimiento a una masa y, como dicen, haya sido «un poder históri­
co». Pero ¿no significa esto confundir a propósito la cantidad con la calidad? Si la
torpe masa ha encontrado alguna concepción, una concepción religiosa, por ejemplo,
que sea perfectamente adecuada y la defiende con denuedo arrastrándola a través de

«Pródigo de su gran alma». Horacio, Odas, I, XII, v. 38.


C O N S ID E R A C IO N E S I N T E M P E S T IV A S II 741

centurias, entonces, y sólo entonces, debe ser grande el que encontró y fundó esa con­
cepción. ¿Y por qué? Lo más noble y elevado no obra sobre las masas en modo algu­
no; el éxito histórico del cristianismo, su potencia, tenacidad y duración históricas,
todo esto, por fortuna, no prueba nada respecto de la grandeza de su fundador, como
que en definitiva seria una prueba en contra suya^^: pero entre él y ese éxito históri­
co se interpone una muy terrena y tenebrosa capa de pasión, error, avidez de poder y
de gloria, de fuerzas supervivientes del imperium romaniim, una capa de la que le ha
venido al cristianismo ese sabor de tierra y ese residuo terreno que le hicieron posible
su supervivencia en este mundo y, en cierto modo, le dieron su durabilidad. La gran­
deza no ha de depender del éxito, y Demóstenes tiene grandeza, a pesar de que no
tuvo éxito. Los adeptos más puros y veraces del cristianismo siempre han puesto en
tela de juicio y han trabado, más que promovido, su éxito en este mundo, su llamado
«poder histórico»; pues solían situarse fuera «del mundo» y no se preocupaban por el
«proceso de la idea cristiana»; así es, también, que en su mayoría la historia no los
conoce, ni los menciona siquiera. Dicho de manera cristiana: el demonio es el regen­
té del mundo y el campeón de los éxitos y del progreso es, en todos los poderes
históricos, el poder propiamente dicho, y lo seguirá siendo en lo esencial — por más
que suene mal en los oídos de una época habituada a endiosar el éxito y el poder his­
tórico. Pues ella se ha ejercitado, precisamente, en dar nuevos nombres a las cosas y
en rebautizar incluso al diablo. Es la nuestra, sin duda, hora de grave peligro: los seres
humanos parecen estar a punto de descubrir que en todos los tiempos el egoísmo de
los individuos, de los grupos o de las masas ha sido el motor de los movimientos his­
tóricos [geschiclítlich]; pero no se está alarmado por este descubrimiento, sino que a
la vez se decreta: «El egoísmo ha de ser nuestro dios» Con este nuevo credo los
humanos se aprestan, sin dejar lugar a la menor duda acerca de su intención, a ñmdar
la Historia venidera sobre el egoísmo; sólo que éste debe ser un egoísmo inteligente
que se impone a sí mismo algunas limitaciones para establecerse sobre una base du­
radera y estudia la Historia precisamente para conocer el egoísmo no inteligente.
Gracias a este estudio se ha aprendido que incumbe al Estado una misión específica
én el sistema universal de egoísmos a fundarse: debe ser el patrono de todos los egoís­
mos inteligentes para protegerlos con su poder militar y policial contra las terribles
explosiones del egoísmo no inteligente. Para el mismo fin se tiene también cuidado

i; i En el manuscrito sigue; «pero aquí la realidad original parece haberse perdido y sólo queda
un nombre dado a las tendencias de la masa y de muchos individuos ambiciosos y egoístas».
. «Expresado cristianamente: el diablo es el soberano del mundo y además será siempre así
esencialmente. Pero ahora se dice de una forma más culta: el sistema de egoísmos que luchan uno
cón otro: esto evoca el bosque que crece de manera tan uniforme y regular, porque todos los árboles
sólo satisfacen su egoísmo». FP I, 29 [49].
' «¡Pero ahora fijémonos en la historia como ciendal Aquí se trata de leyes, y a las personas no
se las tiene en cuenta, aquí ya no importa el valor o el entusiasmo, eso molesta demasiado. Presupo­
niendo que se puedan encontrar leyes, tendremos como resultado el determinismo y el agente ven­
dría forzado de nuevo a ser paciente, sin que un sentimiento moral le lleve a la resignación. Además,
las leyes tienen poco valor: porque se deducen de las masas y de sus necesidades: por consiguiente,
, como leyes del movimiento de los estratos inferiores de barro y arcilla. La estupidez y el hambre
están siempre presentes, como en todo proceso criminal francés nunca falta la femme. ¡Para qué ha­
bría que conocer tales leyes, cuando cada uno, durante milenios, las ha obedecido ya sin conocerlas!
El hombre fuerte y grande ha tenido siempre éxito contra esas leyes: verdaderamente sólo se tendría
que hablar de él. A las masas sólo habría que considerarlas 1) como copias evanescentes de los gran­
des hombres, sobre un papel malo y con planchas usadas, 2) como resistencia frente a los grandes y
3) como instrumento de los grandes. Por lo demás ¡que se vayan al diablo!». FP I, 29 [40].
742 O B R A S COM PLETAS

de inocular la historia — como historia animal y humana— en las masas peligro^


sas, pues no son inteligentes, del pueblo y de las clases trabajadoras, pues se sabe ;
que un granito de formación histórica es capaz de quebrar los instintos y apetitos •
rudos y sordos o de encauzarlos hacia el egoísmo refinado. In summa: el ser hu­
mano, según expresión de E. von Hartmann, «busca ahora instalarse en la patria
terrena en forma práctica y confortable, encarando el futuro con prudente caute­
la». El mismo autor le llama a tal época «la edad viril de la humanidad», burlándose
así de lo que ahora se llama «virilidad», como si por esta palabra se entendiese tan sólo
el egoísmo mezquino; del mismo modo que vaticina para después de tal edad viril una
correspondiente ancianidad, término con el que evidentemente no hace más que burlarse
de nuestros ancianos contemporáneos, pues habla de la óptica madura con la que «consi­
deran todos los sufrimientos pasados de su vida recorrida con desenfreno y desorden y
comprenden la vanidad de las presuntas metas de sus afanes». No, a una edad viril de ése
egoísmo astuto e históricamente formado corresponde una ancianidad que con repugnan­
te avidez y en forma indigna se aferra a la vida e incluso un último acto con el que

«concluye la Historia singularmente variada,


como segunda infancia, total olvido, ¡; •
sin ojos, sin dientes, sin gusto ni nada^^.»

Ya acechen los peligros de nuestra vida y de nuestra cultura por el lado de estos
repugnantes ancianos sin dientes y sin gusto o por el de esos llamados «varones» a ló
Hartmann, frente a unos y otros nos aferraremos con denuedo al derecho de nuestra
juventud y no nos cansaremos de defender el futuro defendiendo nuestra juventud,
contra esos iconoclastas empeñados en destruir las imágenes del futuro. Pero en esta
lucha nos toca hacer la comprobación particularmente grave de que se fomentan, se
alientan y — se utilizan, a propósito, los excesos de sentido histórico que padece el
presente. i í
Pero se los utiliza contra la juventud, con objeto de adiestrarla para esa virilidad
de egoísmo que en todas partes se apetece, se los utiliza para quebrar la natural repug­
nancia de la juventud por una iluminación transfiguradora, esto es, científico-mágica
de ese egoísmo viril-no viril. Se sabe, y hasta demasiado bien, lo que la historia es
capaz de lograr en virtud de cierto predominio: desarraigar los más poderosos instin­
tos de la juventud: el ímpetu, la resistencia, el desprendimiento y el amor, enfriar el
ardor de su sentimiento de la justicia, suprimir o reprimir el ansia de madurar con
lentitud por el ansia opuesta de llegar prestamente a ser una persona preparada, útil y
productiva, minar por la duda la sinceridad y la audacia de las sensaciones; incluso es
capaz de defraudar a la juventud en su más hermoso privilegio, su fuerza para plantar
en sí, con plenitud de fe, una idea grande y hacerla brotar de sí aun más grande. Cier­
to predominio de historia puede dar lugar a todo esto, como hemos visto, por cuanto
al modificar constantemente las perspectivas del horizonte y eliminar la atmósfera
envolvente ya no le permite al ser humano sentir y obrar ahistóricamente. El ser hu;
mano se retira entonces de la infinidad del horizonte, replegándose sobre sí mismo, y
se encierra dentro del más reducido recinto egoísta, donde está condenado a secarse
y atrofiarse: allí es probable que llegue a ser inteligente, pero nunca sabio. Es transí;
gente, toma en cuenta los hechos y se adapta a ellos, no se subleva, guiña los ojos y

Hartmann, E. von, op. cit., pp. 726 y 734. Cfr. FP I, 29 [51].


CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS U 743

sabe buscar su propia ventaja, o la de su partido, en la ventaja o desventaja del próji­


mo; desecha la vergüenza superflua y así llega a ser gradualmente el «varón» y el
«anciano» a lo Hartmann. Y él debe llegar a serlo; tal es, precisamente, el sentido de
la «plena entrega de la personalidad al proceso del universo» que ahora tan cínica­
mente se ha exigido — por su meta, la redención del mundo, como nos asegura el
picarón de E. von Hartmann. Bueno, la voluntad y la meta de esos «varones y ancia­
nos» a lo Hartmann es de presumir que no sea precisamente la redención del mundo;
pero lo cierto es que el mimdo se sentiría más salvado si estuviese redimido de estos
varones y ancianos. Pues entonces advendría el reino de la juventud. —

10

Con la mente puesta aquí en la juventud, exclamo: ¡Tierra! ¡Tierral ¡Basta de na­
vegación apasionadamente afanosa y desorientada por mares tenebrosos e ignotos!
Ahora, por fin, surge una costa: cualquiera que sea, en ella tenemos que desembarcar,
que el peor puerto de arribada es preferible a perderse de nuevo en la infinidad
desesperanzada y escéptica. Quedémonos por lo pronto en tierra firme; más tarde ya
encontraremos los puertos buenos y facilitaremos el acceso a los que vienen después
de nosotros.
Ha sido peligrosa y estimulante esta navegación. Cuán lejos estamos ahora de la
plácida calma contemplativa con la que anteriormente vimos nuestra nave hacerse a
la mar. Indagando los peligros de la historia nos hemos encontrado expuestos en gra­
do sumo a todos estos peligros; ostentamos en carne propia las huellas de los sufri­
mientos que un exceso de historia ha acarreado a los seres humanos de los tiempos
modernos, y precisamente esta disquisición, no me lo oculto, muestra en la desmesu­
ra de su crítica, en la inmadurez de su humanidad, en el frecuente paso de la ironía al
cinismo, del orgullo al escepticismo, su carácter moderno, el carácter de la persona­
lidad débil®®. Sin embargo, confío en la potencia inspiradora que a falta del genio
lleva el timón de mi nave, confío en que lajuventud me haya guiado bien al obligarme
ahora a protestar contra la educación histórica de la juventud del ser humano moder­
no y a sostener la protesta de que el ser humano debe aprender, ante todo, a vivir y
sólo ha de usar la historia al servicio de la vida aprendida. Hay que ser joven para
entender esta protesta; dadas las canas precoces de nuestra actual juventud, hay que
ser muy joven para poder sentir contra qué se protesta aquí, en definitiva. Recurriré a
un ejemplo. En Alemania, hace poco más de un siglo, se despertó en algunos jóvenes
un instinto natural para lo que se llama poesía. ¿Se cree acaso que las generaciones
precedentes y subsiguientes no hablaban de ese arte, que les era íntimamente ajeno y
antinatural? Se sabe que, muy al contrario, meditaban, escribían y disputaban con to­
das sus fuerzas sobre la «poesía», con palabras sobre palabras, un mar de palabras.
Aquella innovadora vivificación de una palabra no significó enseguida la muerte de
esos fabricantes de palabras, que en cierto sentido siguen viviendo; pues si, como
Gibbon dice, sólo hace falta tiempo, pero mucho tiempo, para que se hunda un mun­
do, así también sólo hace falta tiempo, pero aún mucho más tiempo, para que en Ale­
mania, el «país de la paulatinidad», se hunda un concepto erróneo. Con todo: hay

“ «Para el último capitulo. La época no puede dar un giro más peligroso que cuando pasa de la
autoironía al cinismo». FP, vol 1,27 [80].
744 O B R A S COM PLETAS

ahora acaso como cien personas más que hace cien años que saben qué cosa es la poe­
sía; tal vez dentro de cien años habrá otras cien personas más que entretanto hayan
aprendido qué cosa es la cultura y que hasta ahora los alemanes no tienen una cultura,
por más que hablen y se afanen. La satisfacción general de los alemanes con su «for­
mación» se les antojará tan increíble y torpe como a nosotros el clasicismo que en un
tiempo se le reconoció a Gottsched o el entusiasmo con el que se celebró a Ramler®^,
como el Píndaro alemán. Juzgarán acaso que esa formación no fue más que una espe­
cie de saber en tomo a la formación, y \m saber muy equivocado y superficial, por
añadidura. Equivocado y superficial porque se soportaba la contraposición de vida y
saber, porque no se percibía lo característico de la formación de los pueblos de ver­
dadera cultura (Kultiü'vÓlker), esto es: que sólo de la vida puede brotar y desarrollar­
se la cultura y llegar a florecer; en tanto que entre los alemanes está meramente pren­
dida como una flor artificial o bañada de azúcar como un confite y, en consecuencia,
será siempre falaz y estéril. Pero la educación de la juventud alemana parte precisa­
mente de este concepto falso y estéril de la cultura: su objetivo, concebido en forma
muy pura y elevada, no es el individuo de formación libre sino el erudito, el ser hu­
mano científico, y ciertamente el científico que lo antes posible llega a rendir y que
se sitúa al margen de la vida para adquirir el conocimiento más cabal de ella; su re­
sultado, considerado desde el estricto punto de vista empírico-vulgar, es el filisteo de
formación histórico-estética que de una manera petulante y muy diletante charla del
Estado, de la Iglesia y del arte, con los sentidos aptos para mil sensibilidades y el es­
tómago insaciable pero que, no obstante, no sabe de hambre de verdad ni de sed de
verdad®^. Que una educación que persiga ese objetivo y determine este resultado es
antinatural, eso sólo lo siente el ser humano que no ha sido modelado aún del todo por
ella, sólo lo siente el instinto de la juventud, porque ésta tiene aún el instinto de la na­
turaleza que esa educación quiebra artificiosa y violentamente. Quien quiera a su vez
quebrar esa educación tiene que hacer valer a la juventud; con la claridad de los con­
ceptos le debe alumbrar el camino a su oposición inconsciente y trocar ésta en una
actitud consciente y categórica. ¿Cómo conseguirá alcanzar tan singular meta? — '
Sobre todo, destruyendo una superstición, la creencia en la necesidad de ese pro­
cedimiento educativo. Diríase que no se concibe otra posibilidad que no sea nuestra
penosísima realidad presente. Quien a este respecto examina la literatura de enseñan­
za y educación superior correspondiente a estos últimos decenios comprueba con
desalentadora sorpresa la uniformidad de criterio con el que, a pesar de la fluctuación
de las proposiciones y la violencia de las controversias, se encara la finalidad de la
educación en su conjunto, y la desenfadada ligereza con la que se toma el resultado:
logrado hasta ahora: el «ser humano formado», tal como hoy día se lo entiende, comó
el fundamento necesario y racional de toda educación ulterior. Ese canon uniforme
reza más o menos así: la persona joven ha de empezar por un saber en tomo a la for­
mación, no por un saber basado en la vida, y menos por la vida y la vivencia mismas.
Este saber en tomo a la formación es inculcado o administrado al joven como saber
histórico; esto es, se le abarrota la cabeza de un sinfín de conceptos derivados del co­
nocimiento en extremo mediato de tiempos y pueblos pasados, no de la consideración

J. C. Gottsched (1700-1766), escritor clasicista alemán muy criticado por Lessing. K. W.


Ramler (1725-1798), poeta y profesor de literatura en Basilea.
En el manuscrito: «la caricatura del hombre culto, sano y vivo, que ante todo es hombre, ta­
llado de una sola pieza, por dentro como por fuera».
C O N S ID E R A C IO N E S I N T E M P E S T IV A S II 745

inmediata de la vida. Su deseo de experimentar algo por sí mismo, de sentir desarro­


llarse en sí un articulado sistema palpitante de experiencias propias — ese apremian­
te deseo es aturdido y, por así decirlo, es intoxicado por la ilusión exuberante de que
sea posible compendiar en sí, en el ténnino de pocos años, las más elevadas y singu­
lares experiencias de tiempos pasados, y justamente de los tiempos más grandes. Es
él mismo método absurdo y ridículo que conduce a nuestros jóvenes artistas plásticos
a los museos y a las galerías, y no al taller de un maestro, sobre todo no al taller in­
comparable de la maestra incomparable, la naturaleza. ¡Como si deambulando con
desenfado por la historia de los pasados fuera posible aprender sus recursos y artes,
su rendimiento vital propiamente dicho! ¡Como si la vida misma no ñiese un oficio
que hay que aprender a fondo y en forma sostenida y ejercer sin escatimar esfuerzos,
si no se quiere dejar que salgan del cascarón los chapuceros y los charlatanes! —
Platón consideraba que era necesario educar a la primera generación de su nueva
sociedad (en el Estado perfecto) con ayuda de una poderosa mentira de emergen­
cia^^', que debía inculcarse en los niños la creencia de que todos ellos habían vivido
ya durante un tiempo, soñando, bajo tierra, donde los plasmara y modelara el artífice
de la naturaleza. ¡Imposible sublevarse contra este pasado! jImposible actuar en con­
tra de la obra de los dioses! Debía regir como inexorable ley natural el principio de
que quien nacía filósofo tenía oro en el cuerpo, quien guardián, tan sólo plata, y quien
trabajador, hierro y bronce. Explicaba Platón que del mismo modo que no era posible
mezclar estos metales, no había de ser posible jamás subvertir y perturbar el orden de
castas, que la creencia en la aeterna veritas de este orden era el ñindamento de la nue­
va educación y, por tanto, del nuevo Estado. — Así cree hoy también el alemán mo­
derno en la aeterna veritas de su educación, de su modalidad de cultura: y, sin embar­
go, se desmorona esta creencia, como se hubiera desmoronado el Estado platónico, si
a esa mentira de emergencia se contrapone esta verdad de emergencia: que el alemán
no tiene una cultura porque, al basarse en su educación, no puede tenerla. Quiere él
la flor sin raíz y sin tallo; la quiere, pues, en vano. Tal es la simple verdad, desagrada­
ble y escandalosa, una justa verdad de emergencia.
En esta verdad de emergencia debe ser educada nuestra primera generación; cier­
tamente, ésta es la que más la sufre, pues por medio de ella tiene que educarse a sí
misma, ciertamente, y a sí misma contra sí misma, para un hábito nuevo y una natu­
raleza nueva, arrancándose un hábito y una naturaleza antiguos y primerizos; ásí que
podría decir para sus adentros, en español medieval; Defienda me Dios de my, esto es,
de la naturaleza que me está inculcada®^. Tiene que tragar esa verdad gota a gota,
como medicina amarga y drástica, y cada individuo de esta generación tiene que su­
perarse a sí mismo para juzgar sobre sí mismo lo que como juicio general sobre toda
una época soportaría más fácilmente: somos gente sin formación, más aún, estamos
echados a perder para el vivir, para el ver y oír justo y simple, para la captación feliz
de lo próximo y natural, y hoy por hoy no tenemos ni siquiera el fundamento de una
cultura, porque nosotros mismos no estamos convencidos de que en nosotros tenga­
mos una verdadera vida. Desintegrado, descompuesto de un modo medio mecánico
en un interior y un exterior, sembrado de conceptos como de dientes de dragón, pro­
duciendo dragones conceptuales, afectado además de la enfermedad de las palabras
y desconfiado de toda sensación propia aun no acuñada en palabras, como una fábri-

Platón, República III, 414b-4I5c.


Cfr.FP I, 29 [182].
746 OBRAS COMPLETAS

ca de esta índole, fábrica de conceptos y palabras hecha un ser inerte, y sin embargo,
caracterizada por una actividad siniestra, tengo tal vez todavía derecho a decir de mí:
cogito, ergo sum, pero no: vivo, ergo cogito. Me está asegurado el vacío «ser», no la
«vida» plena y palpitante; mi sensación originaria sólo me garantiza que soy un ser
pensante, no que soy un ser viviente, que no soy un animal, sino a lo más un cogital.
¡Dadme vida y os haré de ella una cultura! — Así exclama cada individuo de esta pri­
mera generación, y todos estos individuos se reconocerán mutuamente por esta excla­
mación. ¿Quién les dará esta vida?
Ningún dios, ni ser humano alguno: únicamente su propia juventud. ¡Romped sus
cadenas y liberándola a ella habréis liberado la vida! Pues ésta sólo ha estado oculta
y prisionera, aún no se ha secado y extinguido — ¡interrogaos a vosotros mismos!
Pero esta vida liberada de sus cadenas está enferma y hay que sanarla. Padece mu­
chas dolencias, no sufre solamente del recuerdo de sus cadenas; — está aquejada, y
esto es lo que aquí nos interesa más que nada, de la enfermedad de la historia. El ex­
ceso de historia ha debilitado la fuerza plástica de la vida, ésta ya no sabe servirse del
pasado como de un alimento vigorizante. El mal es terrible, ¡y sin embargo, si la ju­
ventud no poseyese el don natural de la clarividencia, nadie sabría que es un mal y
que se ha perdido un paraíso de salud! Pero la misma juventud adivina también, con
el natural instinto curativo, cómo puede recuperarse este paraíso; conoce los elixires
y medicamentos contra la enfermedad de la historia, contra el exceso de lo histórico:
¿cómo se llaman?
Bueno, no le extrañe al lector, sus nombres son nombres de venenos: los antídotos
contra lo histórico se llaman — lo ahistórico y lo suprahistórico. Estos nombres nos
conducen de vuelta a los comienzos de nuestra consideración®^ y a su reposo.
Con el término «lo ahistórico» designo el arte y la fuerza de poder olvidar y en­
cerrarse dentro de un horizonte limitado; llamo «suprahistóricas» a las potencias que
desvían la mirada del devenir y la dirigen hacia aquello que confiere a la existencia
el carácter de lo eterno e inalterable, hacia el arte y la religión^^. La ciencia —que es
la que hablaría de venenos— ve en esa fuerza y esas potencias, fuerzas y potencias
enemigas, pues sólo reputa verdadera y justa, es decir, científica la consideración de
las cosas que ve en todas partes algo devenido, algo histórico, y en parte alguna un
ente, un algo eterno; vive en íntima contradicción con las potencias eternizantes del
arte y de la religión, del mismo modo que odia el olvido, la muerte del saber, y trata
de anular todo lo que limita el horizonte y proyecta al ser humano en un mar infinita­
mente ilimitado, de ondas de luz del devenir conocido.
¡Si el ser humano pudiera vivir en él! Así como a raíz de los seísmos quedan des­
truidas y desiertas las ciudades y el ser humano levanta, temblando, su casa en forma
precaria sobre suelo volcánico, la vida misma se desmorona y se vuelve débil y pre­
caria cuando el seísmo conceptual provocado por la ciencia despoja al ser humano del
fundamento de toda su seguridad y tranquilidad, a saber, de la creencia en lo inmuta­
ble y eterno. ¿Debe dominar la vida al conocimiento, a la ciencia, o el conocimiento
a la vida? ¿Cuál de las dos potencias es la superior y la decisiva? Nadie va a dudar: la
vida es la potencia superior y dominante, pues el conocimiento que aniquilara la vida
labraría, así, su propia aniquilación. El conocimiento presupone la vida, quiere esto
decir que está interesado en la conservación de la vida como todo ser lo está en su

Este escrito es el volumen II de una serie denominada Consideraciones intempestivas.


Cfr. FP I., 29 [194].
CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS II 747

propia supervivencia. Así pues, la ciencia requiere una superior dirección y vigilan­
cia; una dietética de la vida viene a situarse al lado de la ciencia; y una tesis de esta
dietética rezaría: lo ahistórico y lo suprahistórico son los antídotos naturales contra el
ahogo de la vida provocado por lo histórico, contra la enfermedad de la historia. Es
probable que a los que tenemos esa enfermedad nos hagan sufrir también los antído­
tos. Pero el sufrimiento causado por éstos no es prueba en contra del acierto de la te­
rapéutica elegida.
Pues bien, en esto percibo la misión de esa juventud, de esa primera generación
de luchadores y matadores de serpientes que preceda a una formación y a una huma­
nidad más felices y hermosas, sin poseer de esta futura felicidad y de esa belleza ex­
traordinaria más que un auspicioso atisbo. Esa juventud sufrirá tanto del mal como de
los antídotos; y, sin embargo, creerá gozar de una salud más robusta y, en un plano
general, de una naturaleza más natural que las generaciones precedentes, los «varo­
nes» y «ancianos» formados del presente. Su misión es minar los conceptos de este
presente acerca de la «salud» y la «formación» y hundir en la burla y el aborrecimien­
to a tan híbridos monstruos conceptuales®^; y el signo y garantía de su propia salud
más robusta ha de ser, precisamente, el que ningún concepto, ninguna consigna par­
tidaria de las monedas corrientes terminológicas y conceptuales del presente le sirva
a esta juventud para definir su propia esencia, sino que en todas las horas buenas esté
convencida de un poder que dentro de ella lucha, elimina y divide y de un sentimien­
to vital cada vez más elevado. Puede discutirse que esa juventud posea ya una forma­
ción — pero ¿acaso significa esto un reproche para juventud alguna? Cabe tildarla de
ruda y desmedida — pero es que aún no ha avanzado en edad y sabiduría lo bastante
para resignarse; y, sobre todo, no tiene por qué fingir y defender una formación com­
pleta y disfruta de todos los consuelos y prerrogativas propios de la juventud, en par­
ticular de la prerrogativa de honestidad valiente y temeraria y del arrebatador consue­
lo de la esperanza.
Estos esperanzados sé que tomarán todas estas generalidades en forma inmediata
y a través de su experiencia más propia se las traducirán a una doctrina personalmen­
te entendida; en cuanto a los otros, que por lo pronto no vean más que fuentes tapadas
que bien pudieran estar vacías; hasta que un día comprueben, sorprendidos, que las
ftientes están llenas y que en estas generalidades iban encajonados y comprimidos,
ataques, exigencias, impulsos vitales y pasiones que no podían quedar tapados así
durante mucho tiempo. Remito a estos dubitantes al tiempo que todo lo saca a luz y,
para tenninar, me dirijo a esa sociedad de los esperanzados para contarles por medio
de una metáfora la marcha y evolución de su cura, de su rescate de la enfermedad de
la historia, y, así, su propia Historia, hasta el momento en que volverán a gozar de
suficiente salud para practicar de nuevo el estudio de la historia y servirse del pasado
bajo el imperio de la vida de aquel triple modo, a saber, monumental, anticuario o
crítico. Entonces sabrán menos que los individuos «formados» del presente; pues se
habrán olvidado de muchas cosas y hasta habrán perdido por completo las ganas de
fijarse siquiera en lo que esos formados quieren saber ante todo; sus características,
desde el punto de vista de esos formados, serán precisamente su «no-formación» y su

«Aprender un oficio, el retomo necesario del que necesita formación en el círculo más peque­
ño que él idealiza lo más posible. Lucha contra la producción abstracta de las máquinas y de las fá­
bricas. Producir escarnio y odio contra aquello que ahora se considera “fomiación”: contraponiendo
a esto una formación más madura», F P I, 29 [195].
748 OBRAS COMPLETAS

indiferencia y reserva ante muchas cosas famosas e incluso ante no pocas cosas bue-,
ñas. Pero, en ese punto final de su cura, serán otra vez seres humanos y habrán dejado
de ser agregados antropomórficos — [ya es algo! jHe aquí, todavía, esperanzas! ¿No
se os alegra el corazón, esperanzados? (/. i ^
¿Y cómo podremos alcanzar esta meta?, preguntaréis. El dios délfico os exhorta
con su sentencia en el mismo comienzo de vuestra caminata rumbo a esta meta: «Co­
nócete a ti mismo». Es ésta una exhortación ardua: pues ese dios «no oculta y no pro­
clama, solamente indica», como decía Heráclito*^ ¿Qué es lo que os indica? '
Hubo siglos en que los griegos se hallaban expuestos a un peligro semejante al
que hoy nos acecha, el de quedar barridos por la marea de lo extraño y lo pasado, por
la «historia». Nunca vivieron en orgullosa inaccesibilidad: más bien su «formación»
fue durante largo tiempo un caos de formas y conceptos extranjeros, semíticos, babi­
lónicos, lidios, egipcios, y su religión, una verdadera pugna de las divinidades de todo
el Oriente: más o menos así como hoy día la religión y la «formación alemana» soii
un caos de todo lo extranjero y de todo lo anterior, xm caos en el que impera la lucha;'
Sin embargo, la cultura helénica no se convirtió en un agregado gracias a aquella
exhortación apolínea. Aprendieron los griegos gradualmente a organizar el c d o ^ iQ^;
capacitando, de acuerdo con la máxima délfica, sobre, sí mismos, esto es, sobré sus
genuinas necesidades, y desechando las necesidades aparentes. Así terminaron por
rescatarse a sí mismos; no fueron durante mucho tiempo los abrumados herederos y
epígonos de todo el Oriente; tras ardua lucha consigo mismos, en virtud de lá Ínter-,
pretación práctica de aquella sentencia, llegaron a enriquecer y acrecentar del modo
más feliz el tesoro heredado, convirtiéndose en los primerizos y paradigmas de todos
los pueblos civilizados (Kulturvolker) posteriores.
He aquí una metáfora para cada uno de nosotros: cada cual ha de organizar el caos
que lleva en sí, recapacitando sobre sus auténticas necesidades. Su honestidad, su carác­
ter competente y veraz tiene que rebelarse tarde o temprano contra el imitar, el copiar y
el reproducir como comportamiento exclusivo; llegará entonces a comprender que la
cultura puede ser otra cosa que una decoración de la vida, palabra que encubre, en de­
finitiva, mero fingimiento e hipocresía; pues todo adorno oculta lo adornado;Dé este’;
modo se le desvelará el concepto griego de la cultura — en contraposición al latino
manisch)—, a saber; que la cultura es xxnaphysis nueva y perfeccionada, sin interioi;hi^
exterior, sin fingimiento ni convencionalismo, la cultura como una luminosa armonía
entre el vivir, el pensar, el aparentar y el querer. De esa forma aprenderá por propia éx^
periencia que, en virtud de la fuerza superior de la naturaleza moral, los griegos bbtiKi
vieron la victoria sobre todas las demás culturas, y que todo aumento de veracidad tiene,
que ser también una exigencia que promueva y prepare la verdadera formación: auiiqpe
esta veracidad en ocasiones dañe seriamente el prurito a la sazón imperante de disponer
ya de formación (Gebildetheit) y por sí misma sea capaz incluso de contribuir ¡alvíde-'í
mimbe de toda una cultura decorativa. ‘

“ Heráclito, Fragmentos, ed. Diels-Kranz, 93. ; , : Hiíf


«Tomar posesión de sí mismo, organizar lo caótico, desechar todo temor frente a la «forma-;
ción» y ser honestos: exhortación al yvw^ i, oeauTÓv no en el sentido de ensimismamiento, sino paira
saber realmente cuáles son nuestras verdaderas necesidades. A partir de ahí echar a un lado audáz-