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Que el dolor sea el síntoma más destacado y manifiesto de la fibromialgia, señala un aspecto

importante de esta enfermedad, que no se suele tener en cuenta. El síntoma, en este caso un
sentimiento doloroso, una afección algógena, es aquello que no puede ni medirse ni ser calculado,
por ser parte del relato del sujeto. El paciente relata cuáles son los síntomas de su dolencia,
mientras que el especialista médico, según este relato, trata de determinar las causas que en ella
concurren.

El psicoanálisis establece un nuevo nivel de objetividad cuando dice que no es el sueño soñado
sino que es el sueño contado lo que le interesa. En este nuevo nivel de objetividad se tiene en
cuenta al sujeto, que es propiamente aquello que no puede ser medido ni calculado, es decir, el
relato en el que se expresa la dolencia, el efecto último de la producción patógena. El síntoma es
el decir del sujeto: texto manifiesto pero también texto sagrado.

Un instrumento epistemológico que utiliza el psicoanálisis es la distinción entre manifiesto y


latente. Todo lo que el paciente dice debe, entonces, desglosarse en su manifestación, su
apariencia de verdad y su verdad, su latencia.

Para el psicoanálisis los síntomas, como los sueños y todas las producciones del inconsciente,
tienen un sentido. Un sentido que sólo puede darse después de ser interpretado, esto es, que sólo
puede alcanzarse en el marco de una relación transferencial, en una relación analítica.

Ahora bien, el sentido que el psicoanálisis atribuye al síntoma no va dirigido a su expresión


manifiesta, sino a su contenido latente, de manera que sólo en la asociación libre del paciente es
posible construir para este sujeto un sentido de los síntomas que dice padecer. Si la interpretación
de los síntomas fuera atribuida a su contenido manifiesto sería imposible entender su sentido y
encontrar aquello que lo causa. La expresión sintomática quedaría así inexplicada.

Esto significa que, hasta ahora, cuando se trata a los sujetos afectados de un dolor generalizado en
el cuerpo, como es el caso de la fibromialgia, sólo se escucha lo manifiesto, pero no se atiende a lo
latente de su discurso.

Cuando el psicoanalista escucha el decir de un paciente aquejado de fibromialgia no interpreta la


expresión fenomenológica de su afección: la manifestación exuberante pero siempre imprecisa de
sus dolores. Por así decirlo, se ocupa de lo que dice de su dolencia, no de sus dolores.
La perspectiva que ofrece el psicoanálisis supone que cada sujeto enferma de una manera
diferente y que no hay una interpretación única ni generalizada para sus síntomas, aunque se trate
de un dolor generalizado.

Un mismo síntoma, aunque este síntoma sea el dolor, está sustentado por posiciones psíquicas
diferentes, según el sujeto. No hay dos sujetos que sufran de la misma manera, aunque
aparentemente sufran un dolor semejante. Por eso averiguar el sentido del síntoma, del dolor, en
un sujeto determinado sólo es posible en una relación analítica, es decir, en transferencia.

Freud señala que el estudio de la patología revela un gran número de estados en los que se hace
incierta la demarcación del yo frente al mundo exterior, o donde los límites se confunden: partes
del propio cuerpo, componentes del propio psiquismo, percepciones, pensamientos, sentimientos,
aparecen como si fueran extraños y no pertenecieran al yo; mientras que en otros se atribuye al
mundo exterior lo que procede del yo y debería ser por él reconocido.

Los límites del yo con el mundo exterior no son inmutables. La percepción del sujeto de su propio
yo sufre, desde que nace, una constante transformación, hasta que aprende a separar su yo del
mundo exterior. Un estímulo para que el yo acepte la existencia de un mundo exterior, lo ofrecen
las frecuentes, múltiples e inevitables sensaciones de dolor y displacer que el omnipotente
principio del placer induce a abolir y a evitar. Surge así la tendencia a disociar del yo cuanto pueda
convertirse en fuente de displacer, a expulsarlo de sí, a formar un yo puramente hedónico, un yo
placiente, enfrentado con un no yo, con un «afuera» ajeno y amenazante.

Sin embargo, gran parte de lo que no se quisiera abandonar por su carácter placentero no
pertenece al yo, sino a los objetos; y recíprocamente, muchos sufrimientos de los que uno
pretende desembarazarse resultan ser inseparables del yo, de procedencia interna.

A pesar de ello, el sujeto aprende a discernir lo interior (perteneciente al yo) de lo exterior


(producido por el mundo), plegándose al denominado principio de realidad. Esta capacidad de
discernimiento sirve al propósito de eludir las sensaciones displacenteras percibidas o
amenazantes.

No obstante, la circunstancia de que el yo al defenderse contra ciertos estímulos displacientes


emanados de su interior, aplique los mismos métodos que le sirven contra el displacer de origen
externo, se convierte en origen de importantes trastornos patológicos.
Bajo la presión de las numerosas posibilidades de sufrimiento, el sujeto suele rebajar sus
pretensiones de felicidad: el principio del placer se transforma, por influencia del mundo exterior,
en el más modesto principio de la realidad. Nos sentimos felices por el mero hecho de haber
escapado a la desgracia, por haber sobrevivido al sufrimiento. Evitar el sufrimiento, entonces,
relega a un segundo plano la finalidad de lograr el placer.

Las tentativas destinadas a este propósito son muchas y nos llevan por distintos caminos. Pero el
aislamiento o el alejamiento suele ser el método más inmediato contra el amenazante mundo
exterior.

Los métodos preventivos más conocidos contra el sufrimiento son aquellos que tratan de influir
sobre el propio organismo. Recurriendo a los habituales “quitapenas”, el hombre escapa al peso
de la realidad y gana una aparente independencia frente al mundo exterior, refugiándose en un
mundo propio.

Una técnica para evitar el sufrimiento recurre a los desplazamientos de la libido previstos en
nuestro aparato psíquico y que confieren gran flexibilidad a su funcionamiento. Tales
desplazamientos consisten en reorientar los fines instintivos, de manera tal que eluden la
frustración del mundo exterior. En este sentido, se puede afirmar que la llamada felicidad es
meramente un problema de la economía libidinal de cada individuo.

En el caso de la fibromialgia, se puede decir que el sujeto afectado por esta enfermedad lleva a
cabo una modificación en la distribución de la libido producida por una modificación del yo. La
libido se retrotrae del mundo exterior al yo del sujeto.

El propósito de llevar a cabo tal modificación en la economía libidinal puede deberse a la


incapacidad del sujeto de elaborar un estímulo, que puede ser psíquico o físico. En principio, el ser
humano procesa cualquier estímulo, del orden que sea, de manera psíquica y somática. Si no
puede elaborar psíquicamente un pensamiento o cualquier otro afecto psíquico, transformará por
conversión, tal estímulo en un afecto físico. En ese caso estaremos hablando de una estructura
histérica.

La presencia de un pensamiento o de un sentimiento intolerable o doloroso hará que el sujeto lo


reprima, constituyendo una representación sintomática en el cuerpo, que puede tener la forma de
dolor, de parestesia, etc.
Si el sujeto no puede tolerar psíquicamente los estímulos físicos displacientes, principalmente de
carácter sexual, transformará tal estímulo en otro afecto desplazado en el organismo. En este caso
se hablará de las neurosis actuales (neurosis de angustia, hipocondría, neurastenia), pues al no
haber elaboración psíquica no se produce un síntoma, sino un fenómeno psicosomático.

En cualquier caso, el sujeto estará tratando sus estímulos internos, psíquicos o físicos, como si se
tratara de estímulos externos, al no reconocerlos como propios. Por no tolerar la verdad que le
traen (la mortalidad, la sexualidad), el sujeto huye y no quiere saber nada de ellos, refugiándose
incluso en el dolor. Es como si pensara “un dolor cura otro dolor”, “un clavo saca otro clavo.”

Para el psicoanálisis el sentido del síntoma, como el del sueño, es una realización disfrazada de un
deseo sexual, infantil y reprimido. Este sentido tiene que ver más con su contenido latente que
con su contenido manifiesto. Decir que el dolor es una realización de deseos no tiene sentido. Lo
que tiene sentido es la utilización del síntoma que lleva a cabo el sujeto. En otros términos, el
paciente no goza del síntoma, sino de la posición que alcanza con él. Basta recordar que no es a lo
manifiesto sino a lo latente a lo que está dirigido el psicoanálisis.

El tratamiento paliativo del dolor es una parte importante, pero ineficaz si no se contemplan las
fuentes psíquicas que causan el síntoma algógeno. Que el dolor sea psíquico no supone que se
trate de un dolor menor o inexistente.

Se puede decir, pues, que la naturaleza económica del dolor físico es análoga a la del dolor
psíquico. Cuando los exámenes del paciente afectado de fibromialgia no revelan ninguna lesión en
la base del dolor, tendríamos que pensar que se trata de un dolor psíquico.

Ruy J. Henríquez Garrido

Psicoanalista