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Problemas ambientales, agricultura y globalización en América Latina (Resumen)

La globalización y la progresiva liberalización de los mercados agropecuarios mundiales


representarán un importante estímulo para que los países latinoamericanos intenten aumentar la
productividad y la competitividad internacional de sus producciones agrícolas y ganaderas, en
consonancia con un modelo de crecimiento económico basado en la búsqueda de beneficios a
corto plazo. Esto conducirá sin duda alguna a la profundización de los clásicos antagonismos
entre la agricultura comercial y capitalista, ejercida por los complejos agroindustriales
controlados por las empresas transnacionales y los grandes agricultores locales, y la agricultura
campesina, condenada a la precariedad.

Tanto la creciente pobreza rural, por un lado, como la intensificación productiva, por otro,
llevan consigo la degradación de los ecosistemas y graves desequilibrios ecológicos que
acentúan los agudos problemas ambientales heredados de la revolución verde y del papel
dependiente y periférico de América latina dentro del capitalismo mundial.

Aunque cada vez existe mayor concienciación ecológica en la población latinoamericana, no


tiene ningún sentido reclamar el respeto ambiental y la necesaria conservación de los recursos
sin criticar la lógica del modelo liberal, pues existe una incompatibilidad manifiesta entre el
desarrollo sostenible y el modo de producción capitalista (1).

Palabras clave: Problemas ambientales, agricultura, globalización, América Latina

A simple vista puede parecer una broma de mal gusto hablar a los agricultores latinoamericanos,
en particular, y a los ciudadanos de estos países, en general, de desarrollo sostenible, de respeto
y conservación ambiental o de simple ecología cuando se estudian sus aprovechamientos
agropecuarios y el auge que éstos pueden experimentar, y que de hecho ya están
experimentando, al socaire de la globalización, el crecimiento de la liberalización mercantil a
escala planetaria y la progresiva integración de muchos países en bloques comerciales
regionales, pues de forma legítima los países latinoamericanos esperan que el crecimiento de las
exportaciones de materias primas agroalimentarias represente la base sobre la que se apoye su
estabilización y posterior desarrollo económico.

Constituye un lugar común afirmar que por motivos histórico-culturales, económicos y políticos
de diversa índole las cuestiones ambientales no han preocupado demasiado en América Latina
de manera tradicional. Ahí está la dura realidad para corroborar dicho aserto, sobre todo por lo
que respecta a la escasa eficacia de la legislación disuasoria para la sobreexplotación del medio
o de la que regula el aprovechamiento de los recursos naturales de estos países. Y eso sin hablar
de la escasa concienciación popular o de la contaminación "importada" desde los países
centrales, fruto de la secular posición adjudicada a Latinoamérica en el sistema capitalista
mundial. Además, siempre se dijo, no sin cierta razón, que las legiones de desposeídos han
estado durante siglos demasiado ocupadas en sobrevivir, mientras que las oligarquías locales, en
clara connivencia con los centros de poder internacionales, no han tenido jamás otro norte que la
acumulación capitalista y su perpetuación como clase.

Sin embargo, sostener estos planteamientos de forma estricta hoy en día sería un grave error, ya
que en los países latinoamericanos sí existe legislación ambiental (Real, 2000), aunque se trate
de disposiciones sectoriales que no consideran a la naturaleza como un todo integral, no tienen
en cuenta la necesaria interdependencia de la totalidad de los ecosistemas existentes en el área o
ignoran la interacción dinámica de los diversos componentes que conforman los sistemas
ecológicos (Gallopín, 1985). Por otro lado, en los tiempos más recientes han surgido diversos
movimientos populares que han tomado plena conciencia de la insostenible progresión en la
destrucción de su medio, demostrando así que las preocupaciones ambientales no sólo son un
privilegio que pueden concederse los países opulentos. Por supuesto, no se trata de un
ecologismo al estilo publicista de Greenpeace o al de cualquier Organización No
Gubernamental (ONG) de las áreas ricas del planeta que defiende la flora o la fauna de un lugar
determinado, sino de personas y comunidades autóctonas que se movilizan contra la
degradación progresiva de su medio más próximo y contra la destrucción del modus vivendi de
amplios grupos humanos, es decir, luchan por su supervivencia. Es, en definitiva, lo que J.
Martínez Alier (1995) denomina la ecología de los pobres.

Por eso, lejos de haber concluido la Historia (Fukuyama, 1992) con la caída del muro de Berlín
(1989) y la posterior desaparición de la Unión Soviética (1991), a los seculares antagonismos
socio-económicos y al intercambio desigual entre el centro y la periferia se ha sumado, o
superpuesto, lo que podríamos denominar un claro antagonismo ambiental donde pugnan
grupos con intereses y comportamientos distintos: por un lado, los Estados y las elites
económicas, sociales y financieras, cuyo objetivo primordial es un desarrollismo esquilmante
que ante todo busca el beneficio inmediato, y por otro, la mayor parte de la población, que aun
no oponiéndose a la calidad de vida que propicia el progreso tecnológico, contempla cada vez
con mayor preocupación la destrucción de su entorno natural y social, al mismo tiempo que
aboga por un desarrollo sustentable. Dicho con otras palabras, parece que surgen
contradicciones insalvables entre crecimiento económico y protección del ambiente (Oliver,
1986).

La hipótesis de este trabajo estriba en que el acicate mercantil derivado de la globalización y de


la liberalización comercial en el mundo supondrá sin duda un mayor deterioro del medio en
América Latina que se unirá a los tradicionales problemas ambientales heredados de la
colonización y de la denominada revolución verde, ya que las necesidades del comercio exterior
y la búsqueda de beneficios tangibles a toda costa están desembocando en una ampliación,
quizás incontrolable, de las áreas agropecuarias y a una intensificación de los sistemas
productivos.

Aunque la industria y la minería constituyen dos fuentes contaminantes y de degradación


ambiental de primer orden en Latinoamérica, el análisis se centra en el sector agropecuario
porque estos países siguen siendo exportadores netos de alimentos y materias primas
agroalimentarias baratas, básicas e indiferenciadas (commodities), es decir, cumplen el papel
dependiente que siempre se les ha asignado en la división internacional del trabajo. Dicha
especialización comercial, cada vez más acusada, se encuentra en consonancia con una
estructura económica en la que la participación de la agricultura y la ganadería en el Producto
Interno Bruto (PIB) es muy elevada para las cifras que imperan en el mundo desarrollado.

En este sentido, los más interesados en América Latina por profundizar el actual proceso de
liberalización comercial son los grandes terratenientes y los operadores comerciales, casi
siempre dependientes, o simplemente mimetizados con las más potentes compañías
transnacionales, mientras que la agricultura campesina sucumbe sin remisión ante la expansión
de los criterios mercantilistas, al mismo tiempo que el medio se degrada a causa de los
imperativos de la ley del intercambio desigual, que sigue funcionando con todo ímpetu, y de la
penetración y consolidación del capitalismo en las áreas rurales a través de la agroindustria. No
olvidemos que es precisamente mediante el complejo agroindustrial como el capital se apodera
de la agricultura y la ganadería, tal como recordaba A. P. Guimarâes (1979).

Para comprender mejor el alcance de este fenómeno es necesario exponer a modo de preámbulo
algunas notas sobre la globalización, así como las consecuencias más relevantes que sobre el
medio latinoamericano ha tenido la llamada revolución verde. Después se analizarán las
repercusiones agrarias, socio-económicas y ambientales que pueden tener el aumento de las
exportaciones agropecuarias y la sacralización del mercado, concluyendo con la exposición de
ciertos factores de negativa influencia ambiental como la proliferación de los cultivos
transgénicos y la construcción de infraestructuras diseñadas para facilitar el comercio exterior
de los países latinoamericanos.
Décadas de contaminación: ríos
cargados de metales pesados
recorren las comunidades de Oruro
en Bolivia
El color plomo de las aguas del río es lo primero que llama la atención al
llegar a Huanuni. Aunque impresiona más ver cómo, sin pausa, sale de la
mina estatal del mismo nombre una especie de barro negro directamente al
río, formando una montaña que una pala mecánica desmonta y carga sobre
un camión, una y otra vez.

Ese material, combinado con el agua, es el que contamina el río Huanuni,


cuyas aguas abastecían la actividad agropecuaria de más de 50
comunidades que pertenecen a cinco municipios de ese departamento. Esto
los llevó a organizarse en 2006 en una coordinadora para exigirles a las
autoridades una solución a un problema que afecta a sus cultivos y a su
ganado.

Tras varias movilizaciones, en 2009, lograron que el gobierno declarara


Emergencia Ambiental en esa cuenca y obligara a la empresa minera más
grande de estaño de Oruro a construir un dique de colas (lugar de depósito
de residuos del procesamiento de minerales) para detener la contaminación.
Tenían hasta el 2011 para hacerlo. Han pasado ocho años y aún no han
cumplido. Los comuneros organizados no han parado de exigir y recién,
hace dos semanas, les informaron que el dique funcionará a partir de
agosto de este año.

Mientras tanto, la migración en las comunidades afectadas no cesa porque


sobrevivir en ellas es cada vez más difícil. Los pobladores denuncian que
las tierras de cultivo más importantes se perdieron, que su ganado ha
disminuido y que la pesca también ha sufrido las consecuencias. Los
comunidades siguen esperando acciones de las autoridades para revertir la
situación.
Conviviendo con la contaminación

En el departamento de Oruro hay una disputa por el uso del agua para
actividades como la minería, la pesca, agricultura, ganadería aparte del
consumo humano. Pero según Pablo Flores, mallku (autoridad indígena) de
Poopó, los mineros se llevan la mayor parte, “peor con la nueva Ley Minera
(de 2014) que les ha dado más ventajas”.

La minería se instaló y se mantiene en las cuencas de Oruro como la


principal actividad, a pesar de la contaminación que producen y que data,
según algunos autores, del período de la colonia. Varios estudios señalan
que la cuenca más afectada es la del Poopó —conformada por las
subcuencas Desaguadero, Sora Sora, Huanuni, Poopó, Antequera, Peñas,
Pequereque, Tacagua y Azanaques— donde se ha degradado la calidad de
las aguas superficiales porque están saturadas con residuos mineros que
no han logrado ser asimilados por la naturaleza. En 2008, un estudio de la
Universidad Técnica de Oruro identificó al menos 300 operaciones mineras
entre grandes, medianas, pequeñas además de cooperativas en esa región.

A inicio de la década del 2000,


varias comunidades y
organizaciones sociales se
pronunciaron contra la
contaminación minera y urbana.
Para aunar esfuerzos, en 2006,
conformaron la Coordinadora en
defensa de la cuenca del río
Desaguadero y los lagos Uru Uru y
Poopó (Coridup), que se consolidó
en 2007 en un congreso que
agrupó a más de 80 comunidades campesinas de las provincias de
Cercado, Dalence y Poopó del departamento de Oruro, territorios donde se
desarrolla una actividad minera metalúrgica.

Si bien muchas de estas comunidades son agromineras, en las últimas


décadas, la afectación de la contaminación a la producción agropecuaria es
insostenible, según un reporte de 2013 de la Liga de Defensa del Medio
Ambiente. “Los años anteriores al 2010, (…) fueron de repunte de la
intensificación de las operaciones mineras y, por tanto, de la contaminación
a gran escala en la cuenca Uru Uru-Poopó, situación empeorada por la baja
aplicabilidad de las normas ambientales y la reticencia del sector minero en
general de implementar medidas de prevención y control”, señala el
investigador Marco Octavio Rivero en ese reporte.
Por eso la meta principal de la Coridup es defenderse y frenar la
contaminación ambiental que afecta a las comunidades, que impacta sus
condiciones de vida y sus posibilidades futuras de desarrollo
socioeconómico, básicamente, por la progresiva degradación del entorno
natural que habitan.

Con el apoyo de la ONG Centro de Ecología y Pueblos Andinos (CEPA) y


tras una serie de acciones y denuncias, en 2009, la Coridup logró que se
declarara una Emergencia Ambiental, que fue decretada como una:
“Situación de Emergencia de carácter Departamental, debido a la inminente
afectación a la salud humana y la seguridad alimentaria ocasionadas por la
prolongada presencia de contaminación y salinización de los suelos del área
de influencia de la Sub-Cuenca Huanuni del Departamento de Oruro”.
Una vista en pleno del tamaño de la minam que según la empresa tiene un
yacimiento para explotarlo al menos 30 años más. Foto: Miriam Telma
Jemio.

En ese decreto el gobierno reconoce la gravedad de la situación y ordena a


la Gobernación de Oruro (por entonces Prefectura) y a los municipios
afectados a ejecutar planes y proyectos para detener la contaminación,
además de trabajar en la mitigación y la remediación ambiental en la
subcuenca Huanuni y el río San Juan de Sora Sora, principalmente.

Pero en el 2013 el problema persistía. Por eso, tras varias movilizaciones de


protesta de la Coridup, se realizó una reunión de evaluación
entre comuneros y autoridades de gobierno. En esta se reconoció que la
empresa Huanuni aún no había construido el dique de colas previsto para el
2011. También se estableció que la minera estatal no cumplió con
abastecer de agua potable a las 42 comunidades que necesitaban el
recurso para sus campos de cultivo. Solo cuatro fueron atendidas. Poco
cambió el panorama desde entonces, le dice a Mongabay Latam, Ángel
Flores, presidente de la Coridup.

La contaminación de la mina Huanuni discurre por los ríos de la ciudad.


Foto: Miriam Telma Jemio.
“En 2006, nosotros teníamos mucha esperanza con este gobierno, de que
nos apoyaría, pero no. Más se ha ido al extractivismo, ha ampliado
la minería”, lamenta Flores, quien no ve un panorama alentador para las
nuevas generaciones de las comunidades afectadas.

“Ahora ya no se puede tomar esa agua, por eso muchos han migrado. Antes
en una comunidad vivían unos 150 comunarios, ahora solo hay apenas 20 a
30 personas, como no hay agua ya no se puede vivir allí, el terreno ya no
sirve para cultivar”, describe el presidente de la Coridup.

Al margen de la ley ambiental

Ninguna autoridad tiene la voluntad de hacer que la minera Huanuni cumpla


con la ley, lamenta Ángel Flores. “Las autoridades están conscientes del
delito ambiental que está cometiendo la empresa minera Huanuni. Las
aguas que bajan desde Santa Elena hasta el lago Poopó son totalmente
plomas, no se puede ocultar que tiene una gran cantidad de material
suspendido. A las autoridades no les importa el tema ambiental, solo les
interesa cuánto dinero reporta la mina al Tesoro General del
Estado”, manifiesta a Mongabay Latam Jaime Caichoca, miembro del
directorio de la Coridup.

Recuerda que el vicepresidente Álvaro García siempre repite que se trata


de una empresa social, “solo piensan en los trabajadores mineros pero no
en los trabajadores agropecuarios que están saliendo de sus comunidades
para buscar otras fuentes de trabajo”, reprochó.
La zona donde se trabaja con los relaves con el fin de sacar el estaño. Está
casi a medio kilómetro más abajo de la mina, en plena ciudad de Huanuni.
Foto: Miriam Telma Jemio.

En 2009, tras declarar la emergencia ambiental en la cuenca Huanuni, se


estableció entre otros puntos que la minera estatal debía construir un dique
de colas. Ya sabemos que esto no se ha cumplido hasta ahora. Y el gerente
general de la mina Huanuni, Wiston Medrano, se defiende diciendo que se
tardaron por los problemas que tuvieron con los comuneros, “si no
hubiéramos sufrido ese retraso ya estaría listo”.

Según el contrato firmado con la empresa constructora, el dique debía estar


listo en noviembre de 2016, pero los comuneros de Villa Kollo, lugar donde
se construye, impidieron la continuidad de la obra por al menos cuatro
meses. Tras una negociación, en la cual la empresa se comprometió
principalmente a construir un camino hacia la zona, se retomaron los
trabajos que debían finalizar este mes de marzo. Ahora, el nuevo plazo de
entrega se ha fijado para fines de julio. Se espera que en agosto comience
a operar el dique que tendrá una vida útil de 20 años.

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“Cuando entre en operación todas las colas que genera la mina se llevarán
a través de un ducto hasta el dique. Ya nada será depositado en el
río”, afirma Medrano. Para entonces, la minera cerrará el ingenio Santa
Elena que actualmente produce 1000 toneladas de estaño por día y
comenzará a operar el ingenio Lucianita que alcanzará las 3000 toneladas
al día. “Ahí se termina la contaminación. Empezaremos a trabajar en la
remediación. Son años de años que no se hizo nada”, dijo Medrano. Se
estima que la mina opera desde 1909 o antes.

El río Huanuni lleva años arrastrando los desechos mineros de la operación


del ingenio Santa Elena (donde se separa la tierra del mineral utilizando
agua), así como el agua ácida también llamada copajira. “Actualmente, las
colas arenas, las colas lamas y colas sulfuro van directamente al lecho del
río. Eso se suspenderá porque se bombeará directamente hasta el dique en
Villa Kollo. Se evacuan aguas de ácido de mina al río. Eso queremos
controlar, para eso vamos a construir una planta de tratamiento de aguas
ácidas”, aseguró a Mongabay Latam Juan Carlos Sánchez, jefe de Medio
Ambiente de la empresa Huanuni.

El líquido es negro y cae constantemente desde lo alto del cerro. Circula por
tubos plásticos dentro la mina para luego despeñar en tres piscinas sin que
cambie de color al ingresar al afluente.
La zona de trabajo de los relaveros está en plena zona urbana. Los relaves y
el agua contaminada están cerca las viviendas. Foto: Miriam Telma Jemio.

El líquido se torna plomo oscuro en el río y luego viaja por el cauce a lo


largo de la ciudad de Huanuni. A medio kilómetro, más o menos, se canaliza
hacia unos pozos donde los “relaveros” (dependientes de la estatal minera)
extraen el estaño. Luego echan el agua nuevamente al río, sin ningún
tratamiento.

El analista en temas mineros de la Fundación Jubileo, Héctor Córdova,


explica a Mongabay Latam que en realidad la minería no consume gran
cantidad de agua, la usa y la devuelve contaminada al río. “Muy pocas
veces se puede devolver limpia. Cuando se usan reactivos químicos es la
responsabilidad del minero procesar el agua para devolverla al ciclo natural.
Pero a veces no se hace eso”, dijo.

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Morales
“Tenemos un plan de medidas correctivas para suspender el trabajo de los
relaveros que están más abajo. Se les reubicará para empezar el proceso
de remediación”, explicó Juan Carlos Sánchez.

Toda esta operación minera se realiza en medio de la ciudad, es decir, por


donde transitan los habitantes realizando sus actividades diarias,
acostumbrados, por cierto, a convivir con el polvo y las aguas
contaminadas. Prácticamente, todas las familias tienen al menos a uno de
sus miembros trabajando en la mina.

Kilómetros de contaminación

Ya fuera de la ciudad, el río se ensancha y arrastra también basura


doméstica. “Eran tierras de cultivos”, dijo Flores, “pero ahora ya no sirven,
se quemaron”. Aunque metros más abajo se ven cultivos de papa y haba.
“Se riega con agua que se extrae de pozos”, explicó.

A unos 25 kilómetros está la población de Machacamarca, donde la mina


Huanuni tiene un ingenio que procesa 200 toneladas de estaño por día. No
cuenta con dique de colas ni planta de tratamiento de aguas, todo va al río,
describe Ángel Flores.
Los pozos usados por los relaveros para sacar el estaño. Tras realizar ese
trabajo echan las aguas directamente al río Huanuni. Foto: Miriam Telma
Jemio.

Esta operación también será cerrada cuando esté funcionando el ingenio


Lucianita, se adelanta a asegurar el Jefe de Medio Ambiente de la estatal
Huanuni.

En esa parte del río Huanuni se instalaron también cooperativistas mineros


que rescatan el mineral que es desechado por el ingenio de Machacamarca.

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Según un estudio de la Liga de Defensa del Medio Ambiente (Lidema), las


poblaciones de Pacopampa y Sora Sora (ubicadas entre Huanuni y
Machacamarca) usan las aguas de ese río para el riego de sus cultivos —
alfalfa, cebada, haba, entre otros— y para su ganado (vacuno, ovino y
camélido).

En 2012, las ONG Caminar y CEEDI publicaron la investigación Síntesis


del Diagnóstico Ambiental de la cuenca del Poopó en la cual revelan que el
área de mayor impacto en la cuenca Poopó es la parte Noreste,
cuyos ríos están expuestos a altos niveles de contaminación por los metales
pesados, el arsénico y las aguas ácidas que son vertidos en ellos. “Un total
de 19 ríos son reportados con contaminantes mineros por encima de los
límites permisibles, en especial el conjunto cadmio-plomo-arsénico.
También reportaron más de 17 millones de toneladas de desechos mineros
(colas, desmontes, relaves), en las zonas de Oruro-urbano, subcuenca San
Fe, subcuenca Huanuni-Sora Sora, subcuenca Caravi-Desaguadero y
subcuenca Antequera”, según Lidema.
Las colas que salen de la mina salen directo sobre el lecho del río, la pala
mecánica las carga sobre el camión para que los desechos sean llevados
metros más abajo de la mina donde se encuentran los relaveros. Foto:
Miriam Telma Jemio.

En el municipio de El Choro, el panorama también es desolador. La


comunidad de Santo Tomás está afectada por la extracción a cielo abierto
que realizó por años (hasta 2015) la mina Inti Raymi, utilizando gran
cantidad de cianuro y también grandes cantidades de agua, cuenta Jaime
Caichoca, oriundo del lugar. Las aves lacustres han muerto en el sector,
entre las afectadas están los patos y las parihuanas (flamenco andino).

“Las comunidades que vivimos aguas abajo hemos pedido que todas las
mineras cuenten con medidas de prevención. Todavía no hemos pedido que
los suelos sean recuperados. Si cumplieran con las medidas de prevención,
el 90 % de la contaminación estaría mitigado”, resalta Caichoca.

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En otra comunidad del municipio El Choro, donde vive Ángel Flores, han
dejado de producir hortalizas y forrajes. Es un municipio ganadero y cada
vez les cuesta más alimentar a sus animales. “Teníamos totorales en el río
desaguadero, más arriba hortalizas. El río se ha ensanchado y
contaminado, y ya no sirve para cultivar. Por eso muchos comunarios se
fueron a otros países”, cuenta.

La exigencia también es que draguen los ríos y principalmente el lago


Poopó. El mallku Pablo Flores dice que ese lago ahora solo tiene tres
metros de profundidad, antes tenía 10. “El pueblo Uru está pidiendo que se
limpie el lago. Y estamos preocupados porque poco avance hay con el
decreto. Las autoridades no están moviendo las leyes que nos pueden
proteger. Apenas estamos sobreviviendo en este momento”, dijo.

La autoridad indígena cuenta que los totorales de su comunidad han


disminuido y lo que queda está contaminado, y que prácticamente su
actividad pesquera se ha paralizado porque ya no hay pejerrey ni ningún
otro pez como solía haber hace cinco años atrás. “El 31 de enero hemos
recorrido el lago y no hay agua, no hay peces ni parihuanas”, lamenta.

Las cooperativas contribuyen a la contaminación

Un estudio, realizado en 2008 por la UTO, estableció que existen al menos


300 operaciones mineras entre Huanuni y el lago Poopó. Mongabay Latam
busco información en la Gobernación de Oruro y la Autoridad Jurisdiccional
Administrativa Minera (AJAM) sobre cuántas operaciones tienen
autorización en la región. A la fecha, no recibió respuesta de ninguna de las
reparticiones estatales.

En 2010, la entonces Prefectura realizó un recorrido por los municipios de


Pazña, Poopó, Huanuni, Santa Fe, Uru Uru y Desaguadero donde
encontraron operando a 25 empresas y cooperativas mineras, de las cuales
16 no contaban con licencia ambiental.
Las aguas utilizadas en el ingenio son echadas al río sin tratamiento. Foto:
Miriam Telma Jemio.

La viceministra de Medio Ambiente, Cinthia Silva, dijo a Mongabay Latam


que con la Ley Minera de 2014 toda operación minera debe contar con un
contrato que además le exige poseer licencia ambiental, por tanto las
empresas y cooperativas que cuentan con la misma están cumpliendo la
norma. “No es que desde el ámbito ambiental seamos permisivos y miremos
a otro lado”, afirmó Silva y adelantó que el gobierno está trabajando en una
solución estructural contra las operaciones ilegales.

En minas que antes eran trabajadas por la Corporación Minera de Bolivia


como Morococala y Santa Fe, en Machacamarca, ahora operan los
cooperativistas. “Hay algunos legales, otros no. Ahora que son un gran
número y están en el poder hacen lo que quieren. La Ley Minera también
les ha favorecido. A pesar que hemos hecho observaciones grandes, no nos
hicieron caso, igual no más han aprobado”, reclama el presidente de la
Coridup.

La remediación: ¿una utopía?


El decreto establece también que las operadoras mineras deben hacerse
cargo de los residuos tóxicos que producen. Aunque los pobladores
afectados ven con escepticismo que vaya a efectuarse una remediación,
principalmente por la actitud de las autoridades que no hacen cumplir la ley
y por los mineros que se resisten a obedecer al Estado.

“En el Choro nos dedicamos a la ganadería y hemos perdido nuestros


terrenos para cultivos, se han quemado con la contaminación, quién nos va
a responder por eso, cómo se van a recuperar esas tierras. Ni los proyectos
de dotación de agua para riego se han ejecutado. Todo esto nos desalienta.
No hay voluntad para resolver de parte del gobierno”, señala Ángel Flores.

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Los afectados saben que se necesita alta inversión de dinero para recuperar
las tierras quemadas por la contaminación. Caichoca considera que tiene un
alto costo la remediación y que “ni con todo el dinero que han ganado con la
explotación de minerales podrán hacerla”. La misma minera Huanuni dice
que tendrá un proceso largo la implementación de un plan de
remediación. El mismo se haría durante los 20 años de vida útil del dique
de colas que empezará a funcionar en agosto.

Mientras tanto, los comuneros ven incierto el futuro de sus hijos porque en
sus comunidades cada vez hay menos oportunidades para trabajar en la
agricultura y la ganadería. Además porque tampoco se desarrollaron
actividades productivas alternativas, como se había solicitado a los
ministerios involucrados en la declaración de la emergencia ambiental,
señaló Ángel Flores. Por como van las cosas, la seguridad alimentaria está
comprometida para las más de 500 familias afectadas que en los últimos
años se han visto obligadas a migrar a otras comunidades.