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Tomás Pérez Garate Sem.

: Éticas alegres de insurrección


DNI 38497005 Prof. Laura Arnés
tomaspg.94@gmail.com Facultad de Filosofía y Letras – UBA

Raptos de vida y Esperanza: apuntes sobre una posmaternidad

Para dar luz… hay que prenderse fuego

Susy Shock

Este trabajo comenzaba con una fría y distante apelación a los debates en torno al
aborto que se suscitaron tanto en el Senado como en la sociedad y cómo estos recuperaban
una vieja discusión respecto a la relación que constituye la mujer con la maternidad.
Mostrando cómo, aún en pleno siglo XXI, sigue funcionando en el inconsciente de mucha
gente de forma indivisible el binomio mujer-madre. Sin embargo, mientras escribo esta
monografía este ensayo, una nena de 12 años violada que había pedido una Interrupción
Legal del Embarazo fue sometida a una cesárea. Y resuena en mi cabeza un lema que
quiere surgir e imponerse: “La maternidad será deseada o no será”. Pero lo justificado de
esa consigna ideal no la vuelve real en los hechos. Hubo un parto. Un acta de nacimiento.
Ella se volvió madre aún contra su propio deseo. Una violación replicada que me provocó
ciertas inquietudes: ¿qué pasa con esos nacimientos indeseados? O, desde el otro lado:
¿alcanza con el mero deseo? ¿Existen maternidades que no respondan a términos
biológicos? ¿Cómo funcionan? ¿Dónde radica su potencia? Y ese deseo… ¿no es acaso
algo gradual, cambiante? ¿No debe ratificarse día a día con acciones y sentimientos? ¿Qué
lugar se reserva para el arrepentimiento? Todas estas preguntas –y varias más- son el
disparador de este ensayo. En cuanto al corpus elegido, me pareció interesante trazar un
recorrido que comience (¿o culmine?) en la novela de César Aira, Yo era una chica
moderna, ya que allí aparecen puestas en relieve varias de las interrogaciones
mencionadas, entroncadas para revelar la fragilidad de todo un pensamiento que daba al
hecho de ser madre como algo dado e inamovible. Fragilidad que va a ser retomada en
dos obras más para terminar de hacer añicos a la familia convencional: Matate, amor, de
Ariana Harwicz y Aparecida, de Marta Dillon.

La novela de Aira parece estructurarse (si es que puede hablarse de estructura en


ese caos nocturno que se va sucediendo en la ciudad de Buenos Aires) bajo las figuras
femeninas, ironizando sobre cuáles son los lugares que les están reservados en la
representación. “Frágiles, ‘sexo débil’, formadas en una cultura del confort y del menor
esfuerzo, lo más lógico habría sido que nos estancáramos en la complacencia de un estado
estable, cualquiera, el primero al que llegáramos” (Aira, 2004: 21) El texto vomita

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constantemente mandatos y los coloca incluso en las bocas de las propias protagonistas
para hacer aún más burda esa burla. “Buscábamos novio. ¿Qué chica no lo busca? Y no
uno, sino varios, sucesivos, para elegir el mejor al final. Era parte de nuestra gran empresa
espiritual-biológica, es decir evolucionista, encontrar el novio perfecto. De ahí había
salido la leyenda de que éramos lesbianas (del evolucionismo).” (2004: 23) Mandatos que
también son familiares y que justamente allí provocan un movimiento circular en el que
la familia se retroalimenta a sí misma (o al menos intenta hacerlo).

Una familia normal es lo más siniestro. Mentira. O no hay nada más siniestro que
ser fruto de una familia normal. Los demonios son de mamita, yo los crié, los
alimenté, los engordé. Te vas a casar con él, vas a terminar teniendo tres hijos,
porque uno atrae al otro como los puchos se prenden uno con el fuego del
siguiente. Van a comprar esta casa o una más grande que veamos en Internet, con
una verdadera pileta con barreras equipadas con alarme de seguridad para cuando
un infante se caiga al agua (Harwicz, 2012: 67)

La maternidad (y casi arrastrada a ella, la mujer) aparece así indefectiblemente


atada a una serie de convenciones no sólo en términos de moralidad sino de legalidad. “Y
si quiero dejar en el auto bajo cuarenta grados de sensación térmica a mi bebé, lo hago.
Y no me corran con que es ilegal. Si quiero optar por la ilegalidad, si quiero convertirme
en una de las tantas congela-fetos, lo hago. Si quiero ir a la cárcel veinte años o huir, es
una posibilidad también” (Harwicz, 2012: 15). Es cierto que negarse a ser madre (aún
hoy) sigue mostrando cierto recelo en una parte de la sociedad por lo que ésta espera de
una mujer. Pero, sin dudas, no es ya el acto de rebeldía que significaba en otras épocas.

Las mujeres no sólo habían conquistado el poder de atentar contra el carácter


sagrado del semen masculino, para satisfacer un placer distinto de la maternidad,
sino que también podían prohibir a ese semen cumplir el deber de
engendramiento y no-diseminación que le había asignado la naturaleza. En lugar
de transmitir la vida y la muerte, como lo habían hecho desde la noche de los
tiempos, podían entonces, en la aurora del siglo XXI, rechazar, si así lo decidían,
el principio mismo de una transmisión. Habían adquirido, en cierta forma, la
posibilidad de quererse estériles, libertinas, enamoradas de sí mismas, sin temer
los furores de una condena moral o una justicia represiva. (Roudinesco, 2004:
167)

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En este plano, parece resultar más subversiva aún aquella mujer que efectivamente
es madre pero que no cumple con los canones de comportamiento. “Pasé la mañana
insultando al bebé. Le dije de todo menos lindo. Al bebé. Qué no le dije, lo recontra
insulté. Una boca sucia de madre (...) Estoy cansada de que no esté bien andar a
escopetazos o denigrar al bebé.” (2012: 63)

Pero hay algo que escapa a los mandatos y es la propia experiencia, el propio sentir
de la madre. Esa sensación corporal que me aparece doblemente vedada pero la cual busco
intentar reconstruir mediante los textos. Pero es tan experiencial que aparece incluso
imposible de ser transmitida mediante palabras. “El lenguaje del amor no se habla, se
inscribe. Esa poesía material es la que aprendí de mi madre” (Dillon, 2015: 47). Otro
legado. ¿Se aprende a ser madre? ¿Cómo se genera el vínculo con unx hijx? ¿Es inherente
a una? “Me desperté y estaba dentro de mi bosque. Noté, como le ocurriría a alguien que
de pronto se encuentra con que le falta un brazo o un ojo, que ya no siento el amor de mi
hijo.” (Harwicz, 2012: 106).

Es que… ¿Cuándo se es madre? ¿Alcanza simplemente con procrear? Y a la


inversa, ¿depende exclusivamente de la procreación? “No soy madre” (2012: 81). Las
palabras pronunciadas, atragantadas, contra un reflejo irreconocible dificultan aún más la
posibilidad de respuestas tajantes y concluyentes. Esta diseminación multidireccional no
creo que sea azarosa, sino que está contenida en la misma potencialidad de la maternidad.
Cuando Lila le hace reflexionar a la protagonista sobre el hecho de “que había más de
una modernidad, por lo menos dos, la suya y la mía” (Aira, 2004: 21), se pone en primer
plano esa imposibilidad de univocidad que bien puedo aplicar también a la maternidad.
Porque, como bien se dice respecto de Josephine Baker, “la modernidad era para ella la
maternidad” (2004: 72). Para que finalmente pueda decirse –una vez trazado el puente-:
“Era su idea de la maternidad. Cada cual tiene la suya, y no hay dos iguales” (2004: 82).
Y los lazos maternales pueden ofrecerse en direcciones disímiles, desde esa crianza
colectiva que aparece esbozada en H.I.J.O.S. hasta ese amparo ofrecido por Marta
Taboada que desborda el correspondido biológicamente: “Mi hermano Santiago, sobre
todo, clamaba por una mamá en singular, la única que quería recordar, siempre con una
sonrisa en los labios. Pero yo no podía cumplir ese deseo, esta madre era cosa pública,
tenía que reponer su lugar en la historia, el valor de un corazón generoso para mover al
mundo” (Dillon, 2015: 195)

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La maternidad está fuertemente asociada a la noción de familia, concepto que


encierra en sí (o, mejor dicho, al que han dotado de) una gran connotación positiva,
asignándole un rol central en el desarrollo de cualquier sociedad. Me es inevitable
acordarme de una película que vi la semana pasada: The Lobster, de Yorgos Lanthimos.
Simplemente quiero mencionar en forma muy resumida el argumento ya que resulta
interesante para las cuestiones que estoy tratando en este trabajo. La película presenta un
distópico ¿futuro? en el que las personas solteras son enviadas a un hotel en el que están
obligadas a encontrar una pareja en cuarenta y cinco días. De lo contrario, son convertidas
en animales. Es interesante este devenir animal asimilado al fracaso de encontrar pareja,
lo que es igual a (en el marco de la película) la imposibilidad de vivir en sociedad. Lo que
se coloca, así, en primer plano es que el rasgo humanitario no es la reproducción por sí
misma sino esa capacidad de constituir familia, encarnada en la obra en la figura de la
pareja monogámica (es tal el metodismo estructurado de ese hotel que al inscribirse se le
pregunta al huésped su orientación sexual teniendo que elegir entre heterosexualidad u
homosexualidad, ni siquiera siendo la bisexualidad una opción). Al respecto, creo que es
relevante traer aquí la cita de Lévi-Strauss que recupera Roudinesco en su libro: “lo que
diferencia realmente al hombre del animal es que, en la humanidad, una familia no puede
existir sin sociedad, es decir, sin una pluralidad de familias dispuestas a reconocer la
existencia de otros vínculos al margen de los lazos de la consanguinidad, y que el proceso
natural de la filiación sólo puede proseguir a través del proceso social de la alianza”.
(2004: 15)

La gran fuerza de la literatura (y la vida) radica no en atacar directamente la noción


de familia como órgano nuclear del resto de los vínculos sino en, justamente, reapropiarse
de ellas para mostrar nuevas familias, tan inconcebibles en ciertas mentes que no podría
tener otro carácter que el de monstruosas.

Estas reprimendas sonaron muy paternas (¿o maternas?). Sin quererlo, habíamos
constituido una familia; una familia nuclear, padre, madre, hijo. ¿Pero cuál era la
madre, y cuál el padre? La leyenda había llegado a buen puerto; la célula de la
sociedad, la familia mínima, se había conformado. Lo nuestro, más que una
leyenda, era una historia antigua: las dos chicas que se unen para buscar novio,
porque de a dos es más fácil y se sienten más protegidas. El proceso de esa historia
no se resolvía en el hombre sino que se quedaba en proceso. De ahí que el ‘hijo’
fuera algo tan raro (casi tan raro como las metáforas del comisario Cipolletti). Un

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hijo a medio hacer: Juguetón, mimoso y bandido, pero monstruo, monstruo al fin,
y eso es algo que un padre no podía aceptar tan fácil; una madre sí, a una madre
no le importaba.” (Aira, 2004: 60)

Aparecen en esa cita condensadas varias cuestiones, aunque hay dos a las que
quiero prestar especial atención. La primera se desprende de lo que venía diciendo
inmediatamente antes y refiere al hijx como monstruo. Aunque en Aira eso se deba a su
“medio hacer”, a su falta de completitud, en las palabras desesperadas de esa madre que
aparece en Harwicz será en cambio una característica inherente. “Del agobio al llanto, del
llanto al agobio, pienso en ese animal monstruoso que es un hijo, en eso de llevar tu
corazón con el otro, para siempre” (2012: 10). Esa monstruosidad radica, como bien se
muestra, en un problema identitario: un hijx es unx mismo en parte, y al mismo tiempo
es alguien más. Y es ahí, en el llanto –desde aquel originario-, que queda impresa esa
disociación y donde se encuentra también la clave de ese enigma a descifrar. Enigma que,
y acá aparece la otra cuestión que quería comentar, sólo la madre –y no el padre, de
ninguna manera el padre- puede develar. “¿Por qué no deja de llorar?, ¿qué quiere?, vos
sos la madre, tenés que saber. No sé qué quiere, le digo, ni la menor idea...” (2012: 9).
Pareciera entonces que el quid de la cuestión radica en esa imposibilidad de disociación,
de dónde termina una y empieza su hijx. Allí esa obsesión por “parir un hijo no declarado.
Sin registro. Sin identidad. Un hijo apátrida, sin fecha de nacimiento ni apellido ni
condición social. Un hijo errante.” (2012: 50) Y es que en esa potencia radica el mayor
riesgo de la misma. Una pregunta que parece quedar flotando: ¿una vez que se es madre
es posible abdicar tal categorización?

Quiero ir al baño desde que terminó el almuerzo pero es imposible hacer otra cosa
que ser madre. Y dale con el llanto, llora, llora, llora, me va a trastornar. Soy
madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién. ¿A él
sentado en mis rodillas, metiendo la mano en mi plato de restos, jugando con un
hueso de pollo?” (...) No me hago cargo de lo que pueda pensar de mí. Lo traje al
mundo, ya es suficiente. So y madre en piloto automático. Lloriquea, y es peor
que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era
feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé, y él
llora más. (2012: 73)

De la lectura de los textos puedo concluir que la maternidad aparece funcionando


como pilar de apoyo en la construcción de identidades. “Naná no se despegó de mi lado,

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sus dedos en mi espalda fueron mi columna vertebral” (Dillon, 2015: 200). Ese vínculo
madre e hija que funciona en ambas direcciones: su madre estructura su relato y su hija
su cuerpo. Pero ese apoyo por supuesto que no deja de ser conflictivo y disímil,
apareciendo el mencionado riesgo de quedar una fundida en la otra y una especie de
consejo como alarma contra incendios: “La maternidad es una demencia si una no
conserva algo de egoísmo” (2015: 178).

Bibliografía

Aira, César (2004) Yo era una chica moderna, Buenos Aires, Interzona.

Dempsey, Ceci, Guiney, Ed, Lanthimos, Yorgos, Magiday, Lee (Productores), &
Lanthimos, Yorgos (Director). The Lobster [Película]. Reino Unido: Film4.

Dillon, Marta (2015) Aparecida, Buenos Aires, Sudamericana.

Harwicz, Ariana (2012) Matate, amor, Buenos Aires, Mar dulce.

Roudinesco, Elizabeth (2004) La familia en desorden, Barcelona, Anagrama.

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