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Arte Autónomo y Arte Politizado

La incorporación del arte en las técnicas de reproducción masiva a partir del


siglo XX, dieron fuerza al mismo para ingresar en el campo político de una
manera sin precedentes a lo largo de la historia, con resultados como el acceso
de las masas al arte tradicional y la producción de nuevas formas de arte.
Según Benjamín, la obra de arte posee un aura, que queda como rezago de
herencia religiosa y en una época de reproductibilidad técnica, este enlace
aurático se ve remplazado por la función política.
De igual manera nombra al cine como ejemplo de una percepción que solo
abarca un registro visual por la sucesión de imágenes, sin embargo el cine
tiene la capacidad de causar un efecto de shock sobre la realidad de quién lo
percibe, es en el arte reproductible no aurático donde se hace posible la
conjunción de la actitud crítica y la fruitiva unidas a un conocimiento similar al
de un experto en la materia.
La radio y el cine a juicio de Benjamin, modificaron la función de los
gobernantes. La crisis de las democracias burguesas, cuyo escenario era el
parlamento, se produce al fortalecimiento de las dictaduras; dicho
fortalecimiento se apoya en la exhibición de la figura del gobernante a través de
lo medios de reproducción como el cine y la radio, haciendo accesibles los
discursos políticos a un número ilimitado de espectadores.
La estetización de una manifestación política logra anestesiar la recepción por
parte del público, que es capaz de obtener un placer desinteresado sin tomar
conciencia de que esa escena es una especie de ritual de la sociedad que
anuncia un trágico porvenir de muerte, crueldad y destrucción. Las masas
quedan sometidas al culto al caudillo y, para ello, el fascismo recurre a una
utilización cultural de los medios técnicos consumando la estetización de la
vida política.
El esteticismo político culmina en la guerra; así, en el manifiesto futurista de
F.T. Marinetti se afirma que la guerra es bella, la guerra deviene en
espectáculo que proporciona placer estético, constituyéndose de este modo en
la culminación de l’art pour l’art, y según Benjamin este estaría representado en
literatura por Stephan Mallarmé y en la plástica por el arte abstracto o no
figurativo.
La absolutización de un criterio estético desinteresado culmina en la negación
del interés humano primario y a la vez esencial como es el de la conservación
de la vida, puesto que es posible obtener placer al contemplar la destrucción de
seres humanos en las imágenes bélicas.
La concepción dialéctica del arte autónomo según Adorno consiste en
reconocer que el núcleo de la obra de arte no es completamente mítico sino
que es dialéctico: “entrelaza en sí mismo el momento mágico y el signo de la
libertad”, así en el artículo sobre Schönberg, muestra cómo el arte autónomo se
transforma así mismo y en lugar de caer en el tabú y el fetiche se orienta a la
libertad constructiva, a la conciencia de lo que puede producirse.
Desde un punto de vista político, la postura de Benjamin consistiría en
reconocerle al proletariado, en este caso en tanto sujeto del cine, de manera
inmediata una función revolucionaria. A juicio de Adorno, la transformación sólo
podría cumplirse de manera mediata a través de los intelectuales concebidos
como sujetos dialécticos que interactúan con la clase o la masa. Sin embargo,
según Adorno, la desaparición del aura se produce por dos causas: una reside
en la reproductibilidad técnica y la otra, más fundamental, consiste en el
cumplimiento de la ley formal autónoma propia del arte.
Aún cuando un espectador reaccionario lograra comprender objetivamente el
significado del filme Tiempos modernos de Chaplin, según Adorno sería
romántico pensar que por esta razón este espectador se convertiría en
progresista. Además, Adorno duda acerca del conocimiento que puedan tener
quienes discuten sobre deporte.
En dialéctica de la ilustración se muestra cómo el nazismo y la democracia
estadounidense comparten una misma estructura fundada en la perpetuación
del orden jerárquico, la explotación, el control y la represión ideológica. La
industria cultural se orienta a una predeterminación del consenso, y el juicio de
valor acerca de sus productos está fundamentado cuantitativamente: la película
con mayor número de espectadores, el libro best-seller, etc. En el ámbito del
arte el juicio estético carece de un fundamento cuantitativo y admite el disenso,
ya que sus productos son el resultado de la libre actividad de la imaginación, lo
cual contrasta con la producción planificada de la industria cultural. Ésta ofrece
bienes estandarizados cuya neutralidad garantiza la aceptación general; el arte
por el contrario presenta auténticas innovaciones. Las cuales provocan
actitudes de resistencia por parte del público.
Se lleva a cabo la dominación de lo visible y lo audible a través de las leyes de
la circulación comercial y la comunicación democrática, sin censura alguna.
Todo arte y pensamiento están permitidos pero, a la vez, sólo sobreviven
incorporándose al sistema del consumo, de la comunicación y del goce. De
aquí que Badiou proponga, tanto para los artistas como para los intelectuales,
la actitud de autocensura, es decir que es preferible no hacer nada a contribuir
a través de formas artísticas o de pensamiento a reafirmar lo que ya existe, en
el ejemplo del atentado a las torres gemelas surge nuevamente el aspecto
problemático de una postura que focaliza la valoración de la obra de arte ene
aspectos puramente estéticos, sin tener en cuenta su contenido histórico social
y ético político.