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He sido durante muchos años el entrenador de Rafael Nadal

y he reunido dos condiciones importantes para ser un buen entrenador.


La primera ha sido que he sido su tío,
siempre es más difícil echar a un familiar que a una persona ajena,
y lo segundo es que como nosotros somos medio catalanes,
yo he sido el entrenador más barato del circuito,
y eso también cuenta.
Por esta razón...
(Aplausos)
Por esta razón me he mantenido tanto tiempo en el cargo,
no otra, os lo aseguro.
Estando en Monte Carlo teníamos que jugar la final
contra un suizo no muy bueno,
ya hacía tiempo que jugaba el tío.
Pues, teníamos que jugar contra él
y Rafael me preguntó:
"¿Cómo ves el partido de hoy?"
Y yo le dije: "¿Cómo lo veo? Pues lo veo complicado".
"Federer tiene el 'drive' mejor que el tuyo,
la bolea es mucho mejor que la tuya..."
Y cuando fui a decirle: "Y en el saque, no hay color",
me dijo: "¡Puf! Para, para, para".
"Vaya moral que me das para salir a la pista".
Yo le dije: "Si quieres te puedo engañar
pero dentro de un rato no te va a engañar Federer,
más vale que sepas a lo que te tienes que enfrentar;
a partir de aquí vamos a buscar soluciones".
Esta ha sido mi forma de entender,
una parte de mi forma de entender el entrenamiento.
Aceptar la realidad, una cosa bastante complicada hoy en día.
Hoy en día parece ser que tenemos que dar
siempre mensajes a los nuestros, mensajes positivos.
Tenemos que decirles constantemente
que ellos son casi los mejores, que ellos son muy buenos.
Yo creo que esto no es un buen principio, yo prefiero más el otro principio.
El saberme no suficientemente bueno.
Yo creo que cuando uno
no se sabe suficientemente bueno y conoce la realidad,
es el primer paso, es el punto de partida, para alcanzar los propósitos.

Así lo he entendido yo siempre.


He rehuido siempre de una sobrevaloración
de los chicos a los que entrenaba, sobre todo, de Rafael.
Porque era, evidentemente, mi sobrino y podía hacerlo.
Yo recuerdo que añadí cuando después de contarle eso, le dije:
Bueno, si tú eres capaz de jugar cada punto como si fuera el último,
si eres capaz de jugar este partido como si te fuera la vida en ello,
si pones en definitiva más ilusión que él,
y estás dispuesto a correr más que él,
yo creo que tendrás muchas opciones de victoria".
Yo siempre he creído en las opciones de victoria
aunque a veces, la verdad, es que no ha salido muy bien.
Aquella chica que le dije que no sabía,
se convirtió en la cuarta jugadora de España de su categoría,
cosa que no estaba mal.
Esta búsqueda de la objetividad y el evitar el engaño,
como decía, no me ha impedido nunca tener una máxima confianza
en que lograríamos nuestros propósitos.
Siempre.
Siempre tuve una máxima confianza en que Rafael lograría sus propósitos
con trabajo, evidentemente.
Yo recuerdo hace muchos años estando en casa de Carlos Moyá,
Carlos Moyá me preguntó:
Rafael tenía unos 15 años, me preguntó:
"¿Firmarías en un futuro que Rafael fuera un Albert Costa?"
Albert Costa acababa de ganar Roland Garros,
era el séptimo jugador mundial.
Y yo le dije: "No, no lo firmo".
"No, no, yo creo que Rafael será mejor; quiero creer que Rafael será mejor".
Carlos Moyá se quedó sorprendido de aquella afirmación.
Porque Rafael solo era una promesa
y aspirar a ser también campeón de Roland Garros no era tan fácil.
Y acto seguido me preguntó:
"¿Firmarías que en un futuro Rafael fuera un Carlos Moyá?"
Yo le dije... ¡hombre!
Carlos Moyá ganó también un Roland Garros,
fue número uno del mundo, cinco años entre los ocho mejores.
Le dije:
"Sí, que sea un Carlos Moyá lo firmo".
Cenamos, nos invitó a cenar.
Nos despedimos, pero justo al cerrar la puerta
cuando nos fuimos Rafael y yo, le dije, "vamos, no lo firmo ni en broma".
(Risas)
En su casa, evidentemente, no podía quedar mal.
No queda más remedio que formar bien el carácter.
Yo he sido un entrenador que me preocupé
casi más de la formación del carácter de Rafael,
formarle un carácter fuerte,
que en sí de formarle bien técnicamente.
Así nos ha ido que pega estos golpes tan extraños
por encima de la cabeza,
o que saca como saca ahora, como ya creo que va a sacar mejor,
pero durante muchos años no conseguí que él aprendiera.
Aunque la verdad,
nunca fue culpa mía que él no aprendiera a sacar.
Siempre fue culpa suya...
(Risas)
porque, cómo le dije hace muchos años a un padre que yo entrenaba a su hijo,
que viendo el desastre que hacía su hijo, me dijo:
"¿Esto es lo que le enseñas a mi hijo?"
Yo le dije; "No, no, esto es lo que aprende,
lo que le enseño es muy diferente".
(Risas)
(Aplausos)
Nunca me ha gustado asumir la responsabilidad,
por eso desde muy pequeño
yo le hice asumir la responsabilidad a Rafael.
Yo tengo fama de ser un entrenador exigente,
lo he sido en gran medida, he sido un entrenador duro.
Yo no creo en la dureza como fin sino que creo en la dureza como medio.
Yo he sido un entrenador exigente porque sentía una gran estimación,
una gran estima por mi sobrino.
Yo nunca hubiera sido exigente con alguien que no pudiera soportar la dureza
o que no pudiera soportar tal exigencia.
Pero yo nunca sería exigente con alguien
por el que no siento un gran aprecio, por alguien que no siento una gran
estima.
Como yo quería el bien principal de mi sobrino,
yo fui muy exigente.
Yo creo que esto
es una condición principal.
Y para ser exigente,
bueno, yo esta exigencia intenté siempre
que deviniera en una autoexigencia.
Uno no puede estar estirando constantemente
a su jugador, en mi caso,
o a cualquiera que tú entrenes en cualquier actividad.
Por eso yo intenté siempre que Rafael sintiera
él mismo la responsabilidad.
Creo que él la asumió, mira:
Hace muchos años yo le acompañé a un torneo
junto con otro jugador.
Le acompañé, y...
recuerdo que les pusieron el partido
a la misma hora que otro jugador que también acompañaba.
Yo veía jugar a mi sobrino ahí a lo lejos,
mi sobrino hacía un completo desastre.
Perdía 5 - 0 con un chico no muy bueno.
En estos momentos llegó un amigo mío ex-jugador y me dijo:
"Oye, creo que tu sobrino está jugando con una raqueta rota".
Los que hayan jugado alguna vez al tenis,
con el marco roto es prácticamente imposible jugar,
las pelotas se van siempre fuera,
menos dentro de la pista, se van todas fuera.
Me acerqué a la pista de Rafael y le dije:
"Oye, la raqueta está rota, creo que la raqueta está rota".
Y el tipo hizo así: "Joder, sí, está rota, la cambio".
Bueno, la cambió, el panorama cambió, pero al final perdió 6-0, 7-5.
Y yo cuando acabó el partido me acerqué a él, y le dije:
"¿Tú me puedes decir que un chico..." él tenía 15 años, creo,
"¿Tú me puedes decir que un chico después de tantos años de jugar,
no sabe ver cuándo una raqueta está rota?"
Y su contestación fue muy clara, me dijo:
"Mira, estoy tan acostumbrado a tener siempre la culpa yo,
que para nada me hubiera imaginado que fuera la raqueta la que me hacía
perder".
(Risas)
(Aplausos)
Toda la vida ha sido el mismo discurso.
Pocas veces...
Yo creo que es necesario un sentido de autocrítica,
es muy difícil avanzar, mejorar, si tú no tienes un buen sentido de autocrítica.
Yo he intentado que él siempre la tuviera.
Y he procurado que nunca me diera justificaciones,
ni a derrotas, ni a nada de lo que pasaba.
Es demasiado fácil justificar,
justificarse constantemente.
A mí me pidieron que en la academia
pusiera algunas frases para motivar a los chicos.
No sé si los motivé o los desanimé.
Pero recuerdo una de las frases que puse, fue:
'Nunca una excusa nos hizo ganar un partido'.
Y es la realidad.
Hace años estábamos en el US Open
y en aquella edición las bolas no le cogían efecto a Rafael.
Estábamos jugando y era un desastre.
Cada día cuando íbamos a entrenar:
"Estas bolas no me van bien, no me cogen efecto".
"Curioso", le decía yo. ¡Hombre! Bueno.
Al día siguiente otra vez lo mismo; me molestan mucho las excusas.
Ganó su primer partido, el segundo, el tercero;
pero ya cansado de escucharle, le dije:
"Oye, tienes que perder,
perder y, en Mallorca, las bolas te cogerán efecto".
Me hizo caso: perdió.
(Risas)
Perdió, lo que él no se fue a Mallorca, él se fue a Pekín,
y yo me fui a Mallorca y después nos reunimos otra vez en Nápoles.
Curiosamente, en Pekín ganó el torneo siguiente.
Le ganó a todo el mundo,
le ganó al número tres del mundo, al número cinco.
Jugó un gran torneo, yo lo vi por la tele.
Yo sabía con las bolas que jugaba y jugaba con las mismas del US Open
Le dije, ¡joder!, cuando me reuní con él, le dije:
"Por cierto, en Pekín ¿con qué bolas jugabas?"
Y el medio avergonzado me dijo, "no, con las Wilson".
¡Ah! Allí en Pekín cogen efecto,
en Nueva York no y en Pekín cogen efecto.
Lo mismo, siempre es igual.
Ahora estaba en Australia y cuando jugó su cuarto partido,
y no jugó demasiado bien y yo le dije: ¡Pua!
Me llamó después del partido y le dije: "Oye, no has jugado demasiado bien".
Y lo primero que me dijo fue: "Es que hacía mucho calor".
Se ve que solo hacía calor en media pista, porque en la otra...
El otro sí que jugó muy bien.
(Risas)
(Aplausos)
Como decía, yo intenté siempre fortalecer el carácter de Rafael, y lo hice
intentando fomentar su capacidad de aguante
porque esto creo que es lo determinante en la vida.
La capacidad de aguante.
Hace años yo estaba en un colegio,
y escuché al profesor que nos dijo:
"En esta vida hay que aprender a conjugar el verbo 'Aguantarse'".
Él lo conjugó de otra manera.
Bueno, él nos dijo:
"Yo me aguanto, tú te aguantas, él se aguanta".
"Nos aguantamos", decía el profesor.
Rafael lo aprendió a conjugar:
"Yo me aguanto, yo te aguanto".
Yo era malo de aguantar.
Durante años yo le hice entrenar con bolas en malas condiciones,
con pistas en malas condiciones.
Yo le decía, "hoy vamos a entrenar una hora y media",
y después alargaba el entrenamiento indefinidamente
porque a mí me interesaba que él aprendiera a aguantarse.
Me interesaba que él aprendiera a fortalecer, sobre todo, su carácter.
Yo creo que esto es lo determinante,
es lo que ha sido determinante en la vida.
Yo creo que el carácter se forma con la dificultad
y creo que este es el gran error de hoy en día.
Hoy en día resulta que los chicos, teniendo muchas más cosas,
teniendo toda una tecnología detrás,
resulta que, teniendo nutricionistas,
teniendo estudios biomecánicos,
estudios audiovisuales, analizan los golpes,
estadísticas que te dicen lo que tienes que hacer;
resulta que a la gente le cuesta mucho más mejorar.
Yo pongo un ejemplo muy claro.
Cuando nosotros llegamos al circuito profesional,
los primeros del circuito profesional eran:
Hewitt, 21 años.
Roddick, 20 años.
Este suizo ya estaba, 21, Federer.
Coria, 21. Nalbaldian, 21.
Ferrero, 23. Safin, 24.
Creo que estaba Moyá y Agassi, que eran un poco mayores.
Hoy en día resulta que los primeros del circuito son:
Federer, 36.
Rafael, va a cumplir 32.
Murray y Djokovic, 31.
Wawrinka, 33.
Del Potro, va a cumplir 30.
Čilić, 30. Berdych, 33.
¿Qué ha pasado?
¿Por qué a esta gente de hoy en día
le cuesta mucho más desbancar a los de antes?
Pues yo creo que es sencillamente porque no han entendido
qué es lo esencial.
Lo esencial...
Evidentemente, yo no voy en contra de la tecnología.
El mundo avanza y la tecnología nos va a ayudar,
pero yo creo que hay cosas que,
que sobre todo en las etapas de formación, no ayudan.
El hacer la vida tan fácil a los jóvenes
yo creo que no ayuda para nada.
Creo que es mucho mejor a veces
limitarnos un poco los avances
y volver a lo esencial.
Para nosotros siempre lo esencial fue:
la perseverancia,
fue el respeto al rival,
fue el esfuerzo, fue el sacrificio fue la disciplina.
Nunca fueron las tecnologías lo esencial.
Yo creo que esto es lo que deberían entender todos los jóvenes.
Esto es lo que yo entiendo que ha sido lo fundamental en Rafael:
tener claro que todo lo que le pasaba era responsabilidad de él,
estar dispuesto a luchar hasta el final.
Rafael tuvo muchos problemas:
físicos, de lesiones...
A mí, que no me gusta la queja,
cuando él me decía que tenía muchos problemas, yo le decía:
"Mira, esto es lo que hay, con esto tenemos que luchar".
Y eso entiendo que es lo fundamental no solo para Rafael,
sino para cualquiera de los que aspiren
a alcanzar metas elevadas.
Yo he comprobado años más tarde
que me pensaba que Borg, McEnroe, Lendl, eran gente excepcionales,
me creía que sus entrenadores eran también entrenadores muy buenos.
Me creía que los habían dotado con un don especial.
Pues yo he comprobado cómo un chico de Manacor, un chico normal,
pues, yo no sé si ha alcanzado el nivel de McEnroe o de Lendl,
pero sí que con esfuerzo, con sacrificio,
sí que ha conseguido alcanzar muchas de las metas
que de joven se propuso.
Por eso yo entiendo que si él lo ha conseguido,
evidentemente mucha gente, muchos de nosotros, lo podemos conseguir.
Yo no sé si todo el mundo puede conseguir ser un número uno,
hoy en día número dos a partir del lunes,
yo no sé si pueden conseguir esto
pero sí que estoy seguro de que todos, todos o casi todos,
podemos conseguir avanzar y mejorar.
Muchas gracias.

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