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FORLANI

Reflexiones sobre el período kirchnerista.


jueves, 8 de mayo de 2014
TENSIONES ENTRE LIBERALISMO Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA

El liberalismo, durante el siglo XVII como doctrina política y social nace progresista.
Cuando al configurar el Estado de Derecho, John Locke -el padre de esta cosmovisión
ideológica- busca proteger los derechos, libertades y garantías individuales frente a las
arbitrariedades provenientes de las monarquías absolutas medievales o pre-modernas.

La ingeniería institucional del liberalismo, de modo gradual y con el transcurrir de las


décadas, se irá sofisticando con la implementación de la denominada división de poderes
estudiada y sostenida por el Barón Montesquieu de Francia durante el siglo XVIII y la
consagración de aquellas libertades positivas para el ejercicio ciudadano como las de
expresión, prensa, de asociación sugeridas por los utilitaristas ingleses Jeremias Bentham
y James Mill en siglo XIX. Todos mecanismos constitucionales que buscan evitar la
concentración de poder que pudiera violar los derechos y garantías individuales, al mismo
tiempo que procuran un mejor control de los actos de gobierno de los representantes por
parte de los gobernados (Held David).

Esta ingeniería institucional liberal va a resultar ninguneada por las tradiciones de


izquierda, acusándola con el tradicional eufemismo de “burgués” puesto que asentada en
una economía capitalista -entre las garantías y derechos individuales- la protección
de propiedad privada de los medios de producción adquiere una relevancia medular (Katz
Claudio).

Este diagnóstico peyorativo de las izquierdas euro-céntricas y también asumidas por


tradiciones nacionales-populares e izquierdas nacionalistas antimperialistas, en las décadas
del ‘40 al ’70, en la periferia estuvo anclado en percepciones reales y consistentes en el
contexto histórico.
Ese liberalismo que había nacido dotado de un espíritu progresistas en la historia, ese
liberalismo que confería influencias anti-conservadoras a las revoluciones dieciochescas,
como las norteamericanas y francesas, mutaba en los siglos XIX y XX en conservador y
reaccionario frente al avance de la nueva clase subalterna: el proletariado.

Aquellos mecanismos constitucionales liberales que servían, en sus pasos inaugurales, para
limitar el poder de los “reyes” y “nobles” se orientaron, con el transcurrir del tiempo, en un
armazón destinado a impedir, a obstaculizar o a filtrar los intereses redistributivos o los
sueños socializantes más radicales del nuevo sujeto (Boron Atilio).

A decir verdad, este espíritu conservador de la democracia liberal ya había sido anticipado
por un exponente central de la tradición liberal-norteamericana, Madison. Este autor, junto
a Jay y Hamilton en el Federalista, señalaba que el máximo peligro para las nuevas
democracias lo configuraba la denominada “tiranía de la mayoría”, de allí la importancia de
mecanismos institucionales como: la representación fiduciaria, el equilibrio de poderes y el
sistema de frenos y contrapesos ante los idearios antifederalistas de democracia directa o
cuasi-directa en clave rousseuniana. Estos proponían una relación más cercana entre
representante (convertido en mero delegado) y el pueblo, mandato imperativo mediante, y
posibilidad de rápida revocatoria de aquel en caso de traicionar a las “bases” ( Gargarella
Roberto).

Con la ampliación del sufragio y la creciente concientización marxista entre fines del XIX
y principios del XX con orientaciones reformistas o revolucionarias de los sectores
proletarios en el avance de la modernidad, el temor de la burguesía ya no radica en la viejas
monarquías sino en la “tiranía de la mayoría” proletaria. Temor que conduce a generar y
cristalizar fenómenos sociales y políticos dotados de una naturaleza monstruosa ultra-
reaccionaria en la Europa civilizada durante las primeras décadas del siglo pasado como el
fascismo italiano y el nazismo alemán .
Esas repugnantes experiencias demuestran que, cuando las clases dominantes sienten
cercana las amenazas a sus medios de producción privado olvidan la veneración, el respeto
y la sacralización de instituciones republicana-liberales.

En América latina las oligarquías, en la misma sintonía que sus primos europeos, se
sumaron al doble estándar. Mutando en dictaduras militares, tiran al tacho de la historia las
instituciones democráticas si perciben que las mismas se transforman en amenazas
distributivas para sus propiedades. Igualmente, a diferencia de sus pares europeos, estos
paladines defensores seudomoralistas del orden republicano y sus voceros mediáticos, no
tienen puritos para proseguir con sus retóricas y simbologías liberales- republicanas en
plenas experiencias castrenses. Todos o la mayoría de los golpes de estado se consuman
con la justificación de defender y proteger la constitución y la república frente al cáncer
populista o comunista (Forster Ricardo).

Si experiencias democráticas redistributivas o con pretensiones reparadoras en el plano


social generan reacciones autoritarias en los sectores poseedores, a mediados del siglo XX
en la región, -lease peronismo, varguismo- el efervescente clima emancipador radicalizado
de los ‘70 es percibido como de una naturaleza catastrófica para sus intereses privados.
De modo directamente proporcional, si la percepción de amenaza de la propiedad privada
se sobredimensiona, mayor es la magnitud reaccionaria de las elites, agudizando su espíritu
represivo mediante formas inauditas de terror y crueldad. Las burguesías vernáculas no
son permeables a ningún límite ético en accionar represivo ante experiencias de orientación
socializantes. Los regímenes militares que las expresan van hasta el tuétano mediante el uso
ilegal del aparato represivo estatal y para-estatal para extirpar el “cáncer” subversivo que
invade un cuerpo social enfermo (O`Donnell Guillermo).
Igualmente, es sabido, la inutilidad y el desgobierno de los regímenes autoritarios en el
plano económico van a permitir el regreso de la democracia en los ‘80.
El regreso de la democracia, especialmente en la denominada “transición” ochentista, está
vinculado a la tradición democrático-liberal o demoliberal (Chantal Mouffe). En esta
noción de democracia prevalecen los elementos constitucionales. Se hace hincapié en la
consolidación y el funcionamiento de los elementos formales, tales como el equilibrio de
poderes, el sistema de frenos y contrapesos y el respeto por las garantías y derechos
constitucionales. Estos mecanismos resultan fundamentales parar garantizar y consolidar el
respeto de los derechos y libertades individuales tras la violación fragante de los mismos
durante las dictaduras que asolaron la región durante la década del ‘70.

El problema de este regreso de la democracia es que, especialmente en los ‘90, se mezcla


en simultaneo con el advenimiento de la hegemonía neoconservadora donde predominan
las relaciones del mercado, ámbito que contribuye a la apatía y la pasividad ciudadana y a
un predominio de la preocupación por lo privado en desmedro de los problemas públicos (
Sader, Emir). Se consolida una concepción procedimental, schumpetereana del sistema
democrático, vinculada a meros mecanismos de elección y selección de las elites, donde
prevalece la influencia de colosales corporaciones económicas y mediáticas en un clima
de creciente desafección de la sociedad hacia la política. Se trata de una democracia formal
donde predominan los elementos constitucionales de representación y ciudadanía política y
civil, pero alejada de pretensiones transformadoras sustanciales o igualitarias (Delgado
García, Daniel). Democracias que conviven con crecientes aumentos de pobreza y
desigualdad provocados por un neoliberalismo desnacionalizador, desestatizador.
Democracias huecas que diluyen las soberanías estatales frente a las imperantes
coordenadas financieras, comerciales y digitales volátiles de un “mundo globalizado”.

Sin embargo, en paralelo a una hegemonía conservadora, individualizante, apática y


excluyente comenzaron a producirse procesos de re-ideologización y re-politización en
movimientos sociales víctimas de la exclusión económica del denominado Consenso de
Washington.
Los estallidos urbanos en la crisis argentina del 2001, las revueltas indígenas en el
antiplano boliviano en defensa de sus recursos naturales, las rebeliones campesinas del
Ecuador y el caracazo en Venezuela abrieron grieteas en la hegemonía neoliberal para que,
vía procesos electorales, las luchas sociales rearticularan en niveles institucionales con la
aparición de gobiernos nacionales y populares o neo-populistas de izquierda
( Follari Roberto).

Gobiernos que si bien se anclan en economías capitalistas periféricas tecnológicamente


dependientes con alta vulnerabilidad externa, buscan espacios de autonomía estatal-
popular, mediante nacionalizaciones y estatizaciones significativas, frente a las clases
dominantes y oligarquías locales e internacionales acostumbradas a mandar, y
orientaciones integracionistas latinoamericanistas en la geopolítica exterior frente a las
pretensiones hegemónicas del norte.

Ciertas izquierdas vernáculas ortodoxas o “estrictas” visualizan en las nuevas gestiones


progresistas experiencias meramente neo-desarrollistas farsantes de una autentica y
genuina vocación izquierdista (Castillo Cristian).
Pero no son poca cosa si pensamos que las aspiraciones populares y los idearios de las
izquierdas se habían derrumbado a finales del siglo XX, en un contexto mundial signado
por el derrumbe del “socialismo real” soviético y la hegemonía conservadora-neoliberal
reinante que se llevaron puesta las conquistas sociales de las clases proletarias.

Por derecha, las elites dominantes, económicas y mediáticas y porciones de clases medias
por ellas hegemonizadas perciben en éstas experiencias populares verdaderos peligros para
las democracias de la región. Bombardean, desde las usinas mediáticas, alegando que los
populismos implican experiencias nefastas para el orden republicano y para las libertades y
garantías constitucionales. No asumieron la misma repulsión, otrora, frente dictaduras
militares que arrasaron con cuanta garantía y derecho individual se les presentaba. Tal vez
porque quedaban a salvo, protegidos, exceptuados la integridad del derecho a propiedad y
demás libertades de esos mismos sectores concentrados, mientras se violaban y suprimían
la de sectores subalternos.

Visto esto, a los poderes concentrados y patronales, más que el respeto canónico de las
instituciones les horroriza, les causa exasperación la ampliación de ciudadanía y
repolitización de vastos sectores de la población, que producen, generan estos
“neopopulismos”.
Las elites, acostumbradas a formatos procedimentales y vacíos de democracia, se hallan
aterrorizadas frente a gobiernos crispados que “dividen” a la sociedad. Les incomoda,
horroriza el conflicto. Desean el consenso de una ciudadanía desideologizada y
desmovilizada que seleccione los líderes de tanto en tanto y se vuelvan su cotidianeidad
individualizada.

Las agendas democratizadoras de los gobiernos progresistas como las reformas en los
poderes judiciales, la democratización del universo mediático o los intentos de captura
estatal de rentas extraordinarias son presentadas como peligros, amenazas fragantes para los
derechos individuales decimonónicos. Pero estos gobiernos neo-populistas, a diferencia de
sus primos originales del siglo pasado, son respetuosos de las garantías y libertades civiles.
Buscan rearticular los axiomas y elementos liberales propios del Estado de Derecho, visto
otrora como “burgués” por las viejas izquierdas, otorgando no obstante, mayor vigor al
componente democrático de las voluntades populares.
La democratización de la justicia, de sectores de la economía y de los campos audiovisuales
implica tensiones entre la tradición democrática liberal y la tradición democrática popular o
rouseauneana (Chantal Mouffe).
Estas nuevas izquierdas han descartado las fórmulas vanguardistas o “dictaduras del
proletariado” por sus elementos autoritarios o elitistas de las izquierdas
ortodoxas (Bruschtein, Luis), pero han rescatado el espíritu democratizador al estilo “del
viejo rousseau”, de una ciudadanía virtuosa, comprometida y participativa complementando
los moldes institucionales típicos de la tradición liberal.

Tras las tenebrosas dictaduras que recorrieron Latinoamérica en los ’70, las nuevas
izquierdas democráticas en la región rescatan o resignifican el sentido universal la
ciudadanía civil y política como amalgama protectora de las democracias de la región,
visto los intentos desestabilizadores que sufren las mismas desde los sectores reaccionarios
de siempre.

Bibliografía consultada

- Bruschtein Luis, Golpe Blando, Pagina /12 15 de marzo del 2014.

-O`donnell Guillermo, Modernización y Autoritarismo, Bs As, Paidos, 1986.

-Katz Claudio, Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Bs As Luxemburg, 2008.

-Castillo Christian, La izquierda frente a la argentina kirchnerista, Bs As, Planeta, 2011.

-Forster Ricardo, El laberinto de las voces argentina, Bs As, Puñaladas,2008.

-Delgado Garcia Daniel 2001, “Estado y Sociedad, la nueva relación a partir del cambio
estructural”, Norma

-Follari Roberto 2012 “ La alternativa Neo-populista en América Latina” Miño y Davila.

-Chantal Mouffe, 2013 “Hay que latinoamericarizar Europa” Pagina 12 2/10/2014.

-Sader Emir 2009 “El Nuevo Topo”, Clacso, Siglo XXI.

-Basualdo Eduardo, "Sistema Político y Modelo de Acumulación, Tres ensayos sobre la


argentina actual". Cara o Ceca, 2011

-Boron Atilio 2000 “Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el


capitalismo de fin de siglo”.
-Boron Atilio "Estado, Capitalismo y democracia en América Latina", Clacso, 2003.

-Held David, Modelos de democracia, México, Alianza 1992.

-Gargarella, Roberto, “En nombre de la Constitución. El legado federalista dos siglos


después”, en Atilio A. Borón (comp), La filosofía política moderna, CLACSO Eudeba,
Buenos Aires, 2001