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LA BRUJA, DE ROBERT EGGERS, CON ANYA TAYLOR-JOY

Un compendio de mitos y leyendas.


La promisoria ópera prima de Eggers va mucho más allá de las perezosas convenciones del cine de terror para
internarse en los mitos de origen de la cultura estadounidense, marcada por la religión y la culpa, y donde “todos
somos impuros”, pero las mujeres más.

Por Juan Pablo Cinelli

El cine de terror se ha convertido en una suerte de inversión de bajo riesgo. Se apuesta poco en lo
económico y en lo creativo, con la posibilidad de obtener al menos un mínimo de ganancia que
justifique la movida. El resultado es un universo de películas perezosas y poco imaginativas que
parecen salidas de una línea de montaje antes que de la mente de un cineasta. Al mismo tiempo, el
género no ha dejado de ser un campo de experimentación en el que talentosos directores nóveles
hacen sus primeras armas. La lista de nombres es enorme y en progreso. Su última adición importante
parece ser la de Robert Eggers, director de La bruja, film que viene de conseguir un alto impacto en la
última edición de Sundance.

No por casualidad La bruja tiene algunos puntos de contacto con cierto estereotipo de cine
independiente, en donde la observación y los silencios son utilizados para generar atmósferas
abrumadoras que consiguen decir más que las palabras y las acciones. Donde cierto preciosismo
visual –virtuoso tratamiento fotográfico mediante– es parte fundamental de una ecuación que se
propone intimidar por opresión antes que por sorpresa, enfatizando los climas y las atmósferas antes
que el impacto efectista. Herramienta que, por otra parte, tampoco es desdeñada, sino utilizada con
sutileza y buen sentido de la oportunidad.

La bruja es, sobre todo, un cuento tradicional, un compendio de mitos y leyendas que forman parte
esencial del origen de la cultura y de la sociedad estadounidense. Su nombre original lo deja bien
claro: A New England Folktale. Un relato gótico surgido del seno de la tradición de aquellas colonias
puritanas de la Nueva Inglaterra del siglo XVII, que a la postre resultaron el germen vital de lo que hoy
son los Estados Unidos. Así como El matadero de Esteban Echeverría puede ser visto desde el
presente como un documento que a partir de la ficción resulta más elocuente que muchos libros de
historia para hablar de lo que significa ser argentino, La bruja también puede, entonces, tener esa
capacidad. Ambas piezas comparten el horror como fondo. Escrito por el propio director –quien afirma
haberse basado en documentos históricos y actas judiciales de la época para dar forma al cuento y a
sus personajes—, de algún modo el guión consigue ser la base de una ficción cuasi documental. Como
pocas veces se ha conseguido antes, Eggers recrea desde el cine una hipótesis bastante verosímil de
cómo debió ser la vida en aquellas colonias, dando cuenta del doble desafío que para los colonos
representaba enfrentar por un lado una realidad inédita y por el otro el temor frente a sus propias
supersticiones y mitos de origen, pero sin ceder ni perder la esperanza ante la posibilidad de una vida
y un mundo nuevos.

Algo de eso hay en la historia de Williams y Katherine, una pareja de colonos que son expulsados de
su comunidad por sus principios religiosos demasiado estrictos. Parece mucho, teniendo en cuenta
que aquellas colonias se encontraban habitadas por familias que abandonaban Inglaterra convencidas
de que la iglesia protestante respetaba cada vez menos sus tradiciones (por eso reciben el nombre de
puritanos). Curiosamente ese estricto carácter moralista y poco tolerante (otra característica de los
peregrinos de Nueva Inglaterra) que la comunidad les achaca a Williams y a su familia resulta ser el
mismo mecanismo que se activa para expulsarlos. La pareja y sus cinco hijos parten y se establecen
en una pradera que linda con un bosque cuyo carácter siniestro, por si hiciera falta, es evidenciado por
una obvia pero muy eficaz banda sonora.

Plagada de símbolos de un cristianismo casi medieval, donde un macho cabrío negro puede resultar
la encarnación del mal, un par de mellizos ser portadores (otra vez) de un carácter siniestro, o en
donde la manifestación de la naturaleza femenina resulta una amenaza a la moral, La bruja juega sus
cartas con inteligencia. En uno de los grandes momentos de la película Williams le enseña a su hijo
que “todos nacemos impuros” y “somos hijos de la culpa”. Al final queda muy claro por qué en el idioma
inglés apenas una letra separa a una puta (bitch) de una bruja (witch, o vvitch, según la interesante
grafía que se utiliza en el título original de la película). Porque parece que “todos somos impuros”, pero
las mujeres más.

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