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"Vive, esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!

" (Machado)
EL FRIO, LA CIUDAD Y LOS EXPULSADOS
"The Public" (2018) es la última película de Emilio Estévez.
El argumento es simple y promete generosidad situacional: un grupo de personas que vive en la
calle decide tomar una biblioteca pública para evitar morir congeladas durante una ola de frío en
Cincinatti.
¿Les suena de algo, en estos días de tan extraña y repentina solidaridad social argentina?
Bueno; tampoco se ilusionen demasiado con la peli.
Entiendo que el marco daba para mucho más.
Pero un film sobre la expulsión social, escrito y dirigido por un latino en plena revisión
norteamericana de quiénes deben quedarse o no, de quiénes son miembros útiles para los EEUU y
quienes no, es una metáfora que habla ya muy a las claras por sí misma.
El argumento es concreto. Demasiado regusto al modelo Netflix de hacer las cosas y presentar las
historias "de contenido humano". un excesivo uso de clichés sobre arquetipos que, cómo no, ya se
prestan de por sí al encasillamiento y al estereotipo, demasiado candor "social justice warrior" que
transforma lo trágico de a tensión en irrisoria comedia, y bue: esa forma edulcorada que tienen los
americanos de presentar los más profundos conflictos sociales.
Pero, aún así, se ve con liviandad y emociona.
Tal vez sus perlas están disimuladas en segundo plano, como los indigentes haciendo cola para
recibir su contabilizada porción de pizza justo en el área de Ciencias Sociales de la biblioteca.
Un chascarillo, pero también un delicado tirón de orejas a tanto rancio academicista embuchado de
discursos y análisis "revolucionarios" pero que deja la realidad intacta y su culo a salvo sin
arriesgarse jamás, y encima haciendo bandera de su inoperancia en términos de empatía.
En fin: véanla si pueden/quieren. Está bastante bien.
De todas formas, la intención de este post era otra. Era contarles algo.
Ya saben, los que suelen leer las entradas que escribo, de mi extraña e inefable relación con los
pájaros.
Bueno, tengo una más: con los cirujas.
Llámenles "homeless" si quieren, porque, para algunos, hay distinciones. Personas que viven en la
calle, bah.
Yo les digo cirujas, como toda la vida.
Nunca, ninguno, me pide un peso.
No sé por qué.
Ha de ser mi aspecto un tanto zaparrastroso.
Pero el caso es que siempre me miran como a uno más, de manera completamente horizontal e
inclusiva. Como a un par.
Hay una suerte de compinchería de viejos conocidos.
Un guiño bajo el disfraz.
O una desnudez en común, vaya a saberse.
El caso es que la gente ni idea tiene de quiénes hay en la calle.
Ni de sus historias y sus porqués.
A mí, a decir verdad, tampoco me interesan morbosamente.
Si alguno decide que me quiere contar algo, todo bien.
Si decide hablar de otra cosa, todo bien igual.
Finalmente, todos tenemos una historia.
Eran los noventa y vivía en Buenos Aires.
La precarización del primer embate neoliberal arrasaba: la pizza con champán para algunos, hambre
para los demás.
Tenía poco tiempo de día e iba a la Biblioteca del Congreso en plena madrugada, a leer, cuando
estaba en el edificio viejo, Irigoyen de Callao al oeste.
No cerraba.
A mitad de la noche, sólo había uno que otro argentino, bastantes chinos jóvenes, algún ruso... y
cirujas.
Cirujas prolijos, que se bañaban donde podían.
Que se sentaban en alguna sala alejada con un libro frente a ellos para apoyar la cabeza y dormir.
Los empleados los dejaban: finalmente ¿a quién jodían?
Solamente uno que otro ronquido importunaba a los lectores, ya escasos a esas horas.
La Biblioteca tenía un sistema de búsqueda por fichas, en casilleros enormes, alfabéticos.
Empezaban a digitalizar los índices.
Usaban el sistema que ahora se conoce, Rovira.
Cuando aprendías a usarlo, permitía ahorrar infinitos tiempos de rastreo entre tarjetas.
Y a mí, me lo enseñó un ciruja.
En las largas madrugadas, muchos no dormían: leían.
Personas con una cultura umbrosa y delicada.
Uno de ellos me vió renegando con la computadora.
Sin aspavientos ni falsa superioridad, como quien enseña el abecé a un chico, me hizo fijarme en la
estructura de enlaces y categorías del sistema.
Así, aprendí Rovira de boca de un indigente.
Nunca le pregunté cómo lo había aprendido él.
O por qué había terminado en la calle.
Ahí no había lugar para preguntas sin sentido.
A las tres en punto sonaba una llamada.
Los empleados convidaban a todos con un matecocido caliente, y una porción de bizcochuelo.
A veces, sobraba y comíamos dos.
No pueden entender el sabor a gloria de aquel pedacito de torta.
Y yo tampoco puedo contárselos.
Hay gente que todavía no entiende que el amor tiene olores, sabores, intensidades, texturas y
palabras que son, todas ellas, incomparables e inefables.
Lo cierto es que ahí, y por un rato al menos, no había arriba ni abajo, ni excluídos, ni despreciados.
Volví a encontrarme a algunos de ellos en unos escalones de una casa donde nace Uriburu, muchos
años después.
Yo salía de un ciber chino, ellos parecían esperar algo del Mc Donald's de la esquina.
O tal vez no.Tal vez nos protegían y velaban por todos nosotros, vaya a saberse.
Lo cierto es que uno me saludó cálidamernte.
Me senté al lado, un ciruja más, con una casa por un rato.
La conversación fue y vino.
Una fina filigrana donde se enlazaban la situación geopolítica, la economía social, las
consecuencias del "corralito", los conatos de asambleas populares, "Los Dioses tienen Sed" de
Anatole France, y cómo ya se prefiguraban en ese texto elementos que aparecerían en el horizonte
de gobernanza napoleónica tiempo después.
Un ciruja citaba frases del "Dieciocho Brumario" con la fidelidad de un pastor presbiteriano, en una
intertextualidad impecable.
Pasó una hora o cosa así.
En las universidades pocas veces he disfrutado de debates de tanta profundidad y riqueza.
Caballerosamente, me levanté, saludé y me fui.
Por supuesto, nunca les pregunté por qué seguían en la calle: los caballeros tenemos nuestros
códigos.
Los años pasaron, y me fuí de Buenos Aires.
No he vuelto a ver a ninguno de ellos. Esperemos que anden bien.
Pero, por si acaso, les dejo a todos este ayuda memoria: nunca sabemos a quién tenemos delante.
Los prejuicios nos ocultan al ser.
Y los únicos inocentes en este juego, siempre son los despreciados.
Nunca más los ví, decía.
Pero, a veces, como si fuera un ritual, una secreta invocación y misa, cuando paso por la plaza
donde los Voluntarios de Malvinas les dan un plato de sopa y un pan a los indigentes que duermen
en la calle, ralento los pasos y me pongo en la fila.
Y, junto con el pan y con la sopa, con los alientos brumosos saliendo de las bocas y los platos,
comparto un rato donde todos somos iguales.
Y me acuerdo de aquel matecocido, y de aquel bizcochuelo entre hermanos.
Entonces, hablamos de cosas.
Del universo, o de si acaso haya Dios y un destino, o de relativismos de física nuclear. O de que está
haciendo mucho frío y hay que abrigarse a la noche.
Un rato después, me voy.
Nos despedimos entre desconocidos familiares y, por supuesto, nadie hace ninguna pregunta
incómoda acerca de cómo terminamos ahí.
La elegancia tiene sus protocolos.
JB