Está en la página 1de 3

Extraordinario documento testimonial: la deserción de una

destacada parapsicóloga

En una valiente carta, llena de amargura pero también de alivio, Susan Blackmore
admite que todos sus esfuerzos por hallarle un fundamento real a la parapsicología
han sido en vano

______________________________________________

Renunciando a los fantasmas: el final de


una búsqueda personal

Por Susan Blackmore

Traducido de Skeptical Inquirer (25:2), marzo-abril de 2001

Este texto apareció también en forma resumida en New Scientist


(Noviembre 4, 2000)

Al fin lo he hecho. He tirado la toalla, colgado el hábito, y me he marchado.


Después de treinta años, he escapado a una temible adicción.

Me cuesta creerlo. Apenas el mes pasado yo estaba en mi última conferencia de


investigación síquica. Hace tan sólo unos días vacié el último de esos
meticulosamente organizados gabinetes de archivo, luchando contra una vocecita
que me advertía: “No lo hagas, podrías querer leer eso de nuevo”, mientras una
gran oleada de alivio me recorría con el pensamiento de “¡Has renunciado!”.
Artículo tras artículo sobre percepción extrasensorial, sicoquinesis, mascotas
síquicas, aromaterapia y casas embrujadas cayeron en la bolsa de reciclaje. Si la
nostalgia me golpea, los recolectores de basura se habrán llevado mis ataduras.

En realidad, me siento ligeramente entristecida. Hace treinta años tuve la


dramática experiencia “fuera-del-cuerpo” que me convenció de la realidad de los
fenómenos síquicos –y me lanzó en una cruzada para mostrar a todos esos
científicos de mente cerrada que la conciencia podía llegar más allá del cuerpo, y
que la muerte no era el final. Unos pocos años de cuidadosos experimentos
cambiaron todo eso. No encontré fenómenos síquicos –tan sólo pensamientos bien
intencionados, autoengaño, error experimental, e incluso un fraude ocasional. Me
convertí en escéptica.

Entonces, ¿por qué no me rendí en ese momento? Hay montones de razones.


Admitir que uno está equivocado es siempre difícil, aunque es una habilidad que
todo científico debe aprender (¿o tienen algunos científicos siempre la razón?). Pero
se va haciendo más fácil con la práctica, y yo ya no temo tener que cambiar de
opinión.

Empezar otra vez, como un bebé, en un nuevo campo es una perspectiva


intimidante. También lo es perder todo el estatus y el poder de ser una experta.

Tengo que confesar que disfruto mi conocimiento duramente logrado. Sí, he leído el
reporte de 1853 de Michael Faraday sobre los “toques en la mesa”, y los primeros
estudios de parasicología de los años 1930, y los últimos argumentos sobre meta-
análisis de experimentos de percepción extrasensorial controlados por
computadora, sin mencionar el infame Reporte Scole (New Scientist, 22 de enero
de 2000). ¿Debería sentirme obligada a seguir empleando ese conocimiento si
puedo? No. Suficiente es suficiente. Nada de ello lleva nunca a ninguna parte. Esa
es una razón suficientemente buena para renunciar.

Pero quizá la verdadera razón es que ya estoy demasiado cansada –cansada, sobre
todo, de trabajar para mantener una mente abierta. Yo no podía desechar así como
así todas esas afirmaciones extraordinarias. Después de todo podían ser ciertas, y
si lo eran, grandes porciones de la ciencia tendrían que reescribirse.

Otro pretendiente a síquico se presenta. Debo diseñar más experimentos, tomar en


serio sus afirmaciones. Él falla –de nuevo. Veo una foto de Cherie Blair usando su
“escudo bioeléctrico”. Tiene importancia que la gente pague altos precios por
adminículos inútiles. Yo hago las pruebas. Los “escudos” no funcionan. Nadie quiere
saber, pues los resultados negativos no son noticia. Un hombre me explica cómo
secuestradores extraterrestres le implantaron algo en el cielo de la boca. Las
pruebas muestran que es sólo un empaste –pero podría haber sido...

No, ya no tengo que pensar de ese modo. Y cuando los síquicos, clarividentes y
NewAgers me griten (como lo hacen) que “el problema con ustedes los científicos
es que no tienen una mente abierta”, no me molestaré. No voy a discutir. No voy a
correr a hacer más experimentos sólo por si acaso. Voy a sonreír dulcemente, y les
diré: “Ya yo no hago eso”.

(Traducción: Sami Rozenbaum)