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Plan de retorno humanitario

Aquella madrugada fue demasiado fría para ser noviembre. Parecía el amanecer de
un día de julio o agosto. Éramos tantos rodeando el polideportivo que la policía y los
funcionarios municipales decidieron organizarnos rápidamente en una fila para conducirnos
como ganado a los pequeños módulos en donde seríamos atendidos por un oficial del
registro civil.
Recuerdo, por los bostezos y las caras somnolientas de mi gente, que aún no salía
el sol cuando llegó mi turno. Arrastré mi vieja maleta por el piso del gimnasio, con miedo a
despertar a alguien que estuviese aprovechando el suelo o alguna banca para reponer
fuerzas.
—¿Entiende el español o necesita un intérprete? — Una voz poco amigable, parca
y desanimada me hablaba desde uno de esos cubículos en miniatura que habían dispuesto
para decidir nuestra suerte. Ante mi silencio, otra voz se dirigió hacia mí, con un tono de
tristeza y compasión.
—Èske ou konprann Panyòl oswa ou bezwen yon entèprèt? — Era el intérprete. Se
notaba incómodo y no despegaba sus ojos del piso. No sé si fue el sueño o el miedo, pero
vacilé algunos segundos hasta que decidí responder. —Sí, entiendo el español. Llevo aquí
quince años—
—Pase por el detector de metales y una vez que haya sido inspeccionado por los
funcionarios de la policía de investigaciones, por favor, entrégueme su pasaporte— Ahora
podía ver quién me hablaba: era el funcionario del registro civil. Su rostro y ropa eran como
los de cualquier burócrata gris con el que me hubiese topado en el centro.
Respiré aliviado cuando salí del cubículo. Nos dijeron que nos llevarían al grupo 10
de la fuerza área de Chile y que debíamos esperar por el bus de transporte. Cuando estaba
a punto de quedarme dormido en las gradas del gimnasio, los focos y flashes de la prensa
interrumpieron mi vigilia.
—Cuéntenos, ¿qué opina del plan de retorno humanitario del gobierno? — Si las
luces de los equipos de televisión ya me habían despertado, la voz aguda y petulante de la
periodista me puso en estado de alerta. Pensé que debía ser una estudiante recién titulada,
de alguna de esas universidades en donde cada mañana sonríe la cordillera y relucen los
pisos fregados hasta el hartazgo —seguramente por algún compatriota—, sólo para ser
ensuciados una y otra vez.
Me alejé en silencio. Ya todos saben que nos vamos. ¿Qué sentido tiene decir algo
frente a este destino? No nos quieren, pero no se atreven a decirlo. Por eso disfrazan este
destierro como una gesta humanitaria, como si fuese un favor devolvernos a Puerto
Príncipe. Mientras caminaba al baño para lavarme la cara y ocultarme algunos segundos
de la performance mediática, noté la placa conmemorativa del polideportivo: “Polideportivo
de Estación Central Jean Beausejour Coliqueo, 7 de julio de 2016”.
Si tan sólo hubiese tenido las piernas de Jean, si tan sólo pudiese desmentir al
gobierno cuando dice que hemos sido nosotros los que nos autoimponemos el exilio. Pero
cuando no se tiene tierra ni patria, no existe tal cosa como el exilio. El exilio siempre será
de aquellos que tienen un lugar en el mundo: nosotros, en cambio, somos nada.

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