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Potnificia Universidad Javeriana

Faculta de Filosofía
Doctorado en Filosofía
Seminario Judith Butler: ontología corporal
Ana María Giraldo Giraldo
22 de octubre de 2014
Asistentes: Marcela Forero, Marleni Barrrios, Hernán Rodríguez, Ana María
Giraldo, Silvio Cardona, Álvaro Gallardo, Natalí Chamorro, José Edwin Cuellar y
Liliana Acosta.

Protocolo correspondiente a la sesión del 15 de octubre de 2014

La sesión comenzó con la lectura de la relación “Capacidad de supervivencia,


vulnerabilidad y afecto” de Natalí Chamorro; en la cual, Natalí divide el primer
capítulo de Marcos de guerra en tres partes: la responsabilidad, afectos e
interpretación y la tortura y la poesía. Acto seguido comenzó la discusión que fue
desencadenando múltiples preguntas que se encadenas unas a otras como
consecuencias de sus respuestas. En esta sesión, empezamos discutiendo las
características del Estado-nación y terminamos mostrando el papel de los poemas
de Guantánamo en la argumentación de Judith Butler. A continuación presento
cómo se conectan estos dos temas, en el orden cronológico en el que se
desarrollaron en la sesión.

El Estado-nación es la construcción moderna del Estado. Se caracteriza por


sostener que en dicho Estado coinciden un gobierno, un pueblo que es gobernado y
un territorio en el que vive dicho pueblo gobernado. Por lo tanto, el Estado y la
nación son dos caras de una misma moneda. Este presupuesto ha sido altamente
rebatido por posiciones multiculturalistas, pues, a la luz de los hechos, defienden
que en un mismo territorio y bajo una misma autoridad pueden vivir diferentes
pueblos (naciones). Sostener la idea de un Estado-nación (como es el caso de
Estados Unidos e Israel) tiene como consecuencia la invisibilización de muchos
pueblos (como es el caso de los kurdos o Palestina); a su vez, sostener la posición
contraria tiene como consecuencia la puesta en cuestión de la idea de soberanía
que es la base de todo el derecho internacional.

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La pregunta que surge en el corazón mismo de un Estado-nación como Estados
Unidos1 es ¿cómo hacer, entonces, para visibilizar esos pueblos que han quedado a
la sombra? La propuesta de Butler es variada y apunta en muchas direcciones; sin
embargo, en Marcos de guerra, hace énfasis en la gran responsabilidad de lo
medios de comunicación frente a este tema. Los medios de comunicación son en
gran parte responsables de la invisibilización, pero, asimismo, son el mejor
mecanismo para acabar con ella, debido a que ninguna otra entidad como ellos
logra movilizar tantas emociones en sus receptores. Las respuestas afectivas no
son espontáneas pues están provistas de una inteligibilidad previa, de una
interpretación previa. Por lo que de aquí se concluye que la actitud ética no surge
espontáneamente (Yo sigo preguntándome ¿Es así en todos los casos?).

Para que la conclusión anterior pueda seguirse de tales premisas, es necesario


entender la postura ética de Judith Butler. Lo primero que habría que decir al
respecto es que esta postura no se inscribe dentro de las llamadas éticas de la
autonomía. Estas posturas éticas se caracterizan por afirmar que no hay unas
condiciones de interpretación ya dadas y en esa medida, el sujeto, en una situación
específica, puede tomar distancia y decidir la mejor ruta de acción desde una
visión omnicomprensiva. En este punto de vista normativo, el sujeto tiene una
madurez moral que no solo le permite llegar a su fin (la toma de decisiones) sino,
además, asumir toda la responsabilidad del acto.

Por el contrario, Butler le apuesta a una ética del reconocimiento. Para la autora,
nosotros (ya es casi imposible hablar de un sujeto) estamos atrapados de
antemano en una visión omnicomprensiva, es decir, ya hay unas condiciones de
interpretación dadas. Solo cambiando el marco, es posible cambiar las respuestas.
Sin embargo, no es una posición determinista, ya que en los límites aparece la
posibilidad de movilización, esto es, el marco puede cambiarse. Hay así un giro en
la concepción de la responsabilidad, basada ahora en la posibilidad de crítica a la
normatividad dada. Y esta posibilidad surge, precisamente, de la conciencia de que
no hay normas naturales, no hay ninguna que sea original. Todas son performadas.

1Siempre me ha llamado la atención el hecho de que Judith Butler no solo sea


estadounidense sino también judía.

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Esta ética no es, entonces, una ética judicativa de un sujeto autónomo (aunque se
reconoce en ciertos momentos la importancia de la producción de juicios) sino una
ética corporal.

La ética corporal de esta autora consiste en que ese marco normativo, esa visión
omnicomprensiva en la que nosotros estamos atrapados, se inscribe en nuestros
cuerpos. Las inscripción de estas normas no solo se da en extensión sino en
profundidad. Pues el cuerpo no solo es tangible sino que, como lo expresaba desde
su posición ontológica, también es vulnerable. Incluso podría decirse, es sobre
todo vulnerable, precario. Por lo tanto, la actitud ética es una respuesta afectiva
frente al otro. Respuesta afectiva que está enmarcada por unas condiciones de
reconocibilidad anteriores a nosotros. Esta ética, como ya veíamos, apunta de esta
manera a modificar esas condiciones de reconocibilidad hasta lograr unas que nos
permitan aprehender toda vida en su precariedad y tener una respuesta afectiva
frente a ella coherente con dicha aprehensión. Es entonces una ética del
reconocimiento, una ética emocional, una ética corporal.

En este texto, la autora se enfrenta a dos posiciones que podrían rebatir su


postura. En primer lugar, aquella que afirma la ética surge de la necesidad de
superviviencia y por ella entienden un respuesta espontánea egocéntrica. Esta
postura no solo sería defendida por pensadores como Hobbes o Rousseau, y otro
defensores de la idea de un contrato social sino también por la sociobiología. En
segundo lugar, la posición de aquellos que ven en la guerra el ejercicio propio de la
soberanía de un Estado-nación y una muestra clara de su invulnerabilidad.

Frente a la primera postura, Butler responde que dado que no es necesario ser un
ser autónomo para actuar, como lo mostraba su posición ética, el agenciamiento se
da en la negociación. Por lo tanto, la superviviencia propia se ve amenazada
cuando se destruye al otro. No podemos vivir sin el otro. Por otro lado, frente a la
segunda postura, la autora se vale de los poemas que algunos abogados logran
sacar de la cárcel de Guantánamo para mostrar la vulnerabilidad como rasgo
característico de toda vida humana, e incluso, de toda vida. La guerra es un poder
de distribución desigual de la precariedad, de manera radical, es el poder de

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discriminar entro lo que es una vida y lo que no. Los prisioneros de Guantánamo
son vidas no-reconocidas como vidas, pues incluso las han sacado hasta de los
marcos legales. En esta situación de absoluta marginación, el reo reconoce su
humanidad en su propia vulnerabilidad y en la del otro, en su piel siente el dolor
del otro y se hace consciente de la interdependencia a la que está sujeto. Plasmar
eso en un poema se vuelve un problema de seguridad nacional para un país que
bajo la figura de Estado-nación ha delimitado muy bien sus fronteras y las ha
declarado infranqueables.

Los poemas les ha dado un rostro a los prisioneros de guerra y ha movilizado una
indignación que permite pasar de un estado de no-reconocimiento a uno de
reconocimiento. A partir de allí, es posible un duelo público frente a esas vidas que
ahora se ven como vidas precarias. Las fronteras, pues, no son infranqueables y la
guerra muestra dicha vulnerabilidad.