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No abuses de verbos compuestos y perífrasis

La perífrasis verbal es la unión de dos verbos que funcionan conjuntamente


como núcleo del predicado; de ellos, el auxiliar, que es el que se conjuga,
aporta las marcas gramaticales de tiempo, número y persona, además de
algunos matices significativos, como obligación, reiteración, duración, etc.; y el
principal o auxiliado, que aparece en una forma no personal (infinitivo,
gerundio o participio), aporta el significado léxico principal: tenemos que
marcharnos a casa; he vuelto a leer tu novela; tu hermano sigue durmiendo.

El problema surge cuando la perífrasis no cumple ninguna función y se


constituye en un innecesario alargamiento del verbo. Este tipo de perífrasis
solo contribuye a dilatar la frase sin aportar más significados o matices, dado
que en la mayoría de los casos se puede expresar lo mismo con menos
palabras.

Excepto las perífrasis modales, de obligación (Tienes que estudiar.),


probabilidad (Debe de costar mucho dinero.), posibilidad (Puede que vaya a
verte mañana.), habitualidad (Solía comer a las tres todos los días), o reiteración
(Vuelve a hacer las mismas tonterías de siempre.), la mayoría de las perífrasis*
que utilizamos en el lenguaje coloquial resultan redundantes en el lenguaje
creativo y no conviene utilizarlas en exceso.

Eché a correr en cuanto sonó el teléfono. Mejor, Corrí en cuanto sonó en el


teléfono.
Lleva diciendo lo mismo diez años. En su lugar, Dice lo mismo desde hace diez
años.

(En singular es correcto decir la perífrasi, o la perífrasis).

Usa correctamente las conjunciones

Con respecto a (respecto de):


Tenemos que hablar con respecto a su situación.
Incorrecto: Tenemos que hablar respecto a tu situación.

En relación con - Con relación a:


Con relación a ese asunto, Juan omitió opinar.
Incorrecto: En relación a ese asunto, Juan omitió opinar.

Sobre la base de- A base de:


Sobre la base de su nueva estrategia, el equipo saldrá victorioso.
Incorrecto: En la base a su nueva estrategia, el equipo saldrá victorioso.

Como consecuencia de – Como consecuencia:


Como consecuencia de su actitud, tiene problemas.
Incorrecto: En consecuencia a su actitud, tiene problemas.
Usa correctamente el infinitivo

El infinitivo se define como forma verbal no personal porque carece de


perspectiva temporal y no es susceptible de accidentes (género, número,
modo, aspecto, etc.). Posee una doble naturaleza, dado que puede construir
indistintamente sintagmas verbales y nominales.

Funciones:

Sujeto: Querer es poder


Atributo: Querer es poder
Complemento predicativo: Te vi llegar
Complemento directo: Quiero comprar un coche
Complemento indirecto: Dedicó su vida a hacer el bien
Suplemento: Trató de enviar una carta inmediatamente
Complemento circunstancial: Lo comprendió todo al hablar con él
Complemento del nombre: Me gusta su manera de vestir
Complemento del adjetivo: Es difícil de conocer
Complemento del adverbio: Se marchó después de saludar a todos

Usos correctos:

En los casos anteriores, en oraciones complejas


Como verbo principal de una perífrasis
En órdenes generalizadas: No fumar; girar a la derecha; ¡a comer¡

Usos incorrectos:

Cuando sustituye a la segunda persona del plural del imperativo: ¡Callar¡ (en
lugar de callaos)
El infinitivo de generalización por omisión de un verbo de intención o un verbo
en forma personal: ante todo, decirles que….., recordar por último que….,
insistir que….
Cuando se usa la construcción a + infinitivo, lo cual constituye un galicismo:
asuntos a tratar, temas a debatir, tareas a realizar, etc. No obstante, hay
casos en los que esta construcción es admitida, como se verá más adelante.

Usa correctamente el gerundio

El gerundio es una forma verbal impersonal que expresa simultaneidad o


anterioridad de la acción con el tiempo en que se habla. Las normas básicas de
uso son las siguientes:

1. En la mayoría de los casos, el sujeto del gerundio debe coincidir con el


sujeto de la oración principal.

Correcto: El ponente defendió sus conclusiones apoyándose en los datos


ministeriales (es el mismo sujeto, el ponente, quien defiende y se apoya).
Incorrecto: Nos encontramos a los diputados bromeando en el hemiciclo
(el sujeto es “nosotros” pero el gerundio se refiere a los diputados). La
ambigüedad se eliminaría si dijéramos: Nos encontramos a los diputados,
que estaban bromeando en el hemiciclo.

2. La acción del gerundio debe ser anterior o simultánea a la del verbo


principal. Por tanto, debe evitarse el llamado gerundio de posterioridad.

Correcto: El otro día cogimos un resfriado andando bajo la lluvia sin


paraguas (el sujeto concuerda –nosotros- y ambas acciones son
simultáneas –andar y coger un resfriado-)
Incorrecto: La víctima fue agredida en su casa, muriendo horas después
en el hospital. Es el llamado gerundio de posterioridad. Lo correcto sería: la
víctima fue agredida en su casa y murió horas después en el hospital.
Incorrecto: El nuevo titular de Justicia ingresó en la universidad en 1970,
graduándose cinco años después. (Graduarse es posterior a ingresar en la
universidad.)

3. La acción que expresa el gerundio debe interpretarse como una


circunstancia (de tiempo, modo o condición) de la acción del verbo
principal. Es decir, la función del gerundio es siempre de complemento
circunstancial. El uso del gerundio será correcto si expresa en qué
momento, de qué modo, por qué motivo o con qué condición se da la
acción principal. Ejemplos correctos:

Eduardo ha aprobado las matemáticas copiando.


Harás bien poniendo un candado en la bicicleta

4. El gerundio es un modificador del verbo y, por tanto, no puede calificar a un


sustantivo.

Incorrecto: El Gobierno ha aprobado un decreto regulando las importaciones


asiáticas.

15.4.- Defectos de estilo

Errores y defectos más comunes para evitarlos

Pulir el estilo

15.4.1. Exceso de retórica

15.4.2. Redundancias y circunloquios.


Las redundancias constituyen un alargamiento innecesario del sustantivo o del verbo
con elementos insertos en la propia definición del sustantivo o verbo. Por tanto, todas
ellas son prescindibles en los textos informativos:

Acceso de entrada, accidente fortuito, horas del día, meses del año, crespón negro,
actualmente en vigor, vigente en la actualidad, garantía absoluta, aterido de frío,
tiritar de frío, base fundamental, beber líquidos, bifurcarse en dos direcciones,
comunicar en una carta por escrito, conocer por primera vez, erario público,
funcionario público, experiencia anterior, falso pretexto, opinión personal, favorito a
priori, hablar tres idiomas distintos, conclusión final, resumir brevemente, prever con
antelación, chico joven, estafeta de correos, lapso de tiempo, prefijado de antemano,
proyecto de futuro, plan futuro, peluca postiza, jóvenes cachorros, partitura musical,
saludo de bienvenida, veredicto final, volver a repetir, tubo hueco, etc.
En cuanto a los circunloquios, es un error pensar que por decir las cosas de forma
rebuscada el estilo será más poético.

15.4.3. Las frases hechas

Las frases hechas son expresiones cuya utilización se recomienda evitar, ya que
pueden provocan la sensación de escasez de recursos. Aquí se reflejan algunas:

Las reacciones no se han hecho esperar, una de cal y otra de arena, la realidad supera a
la ficción, cálidos aplausos, discusión bizantina, solución de continuidad, libro
eminentemente práctico, depurar responsabilidades, espectáculo dantesco, pavoroso
incendio, dar luz verde, apostar por algo, quitar hierro al asunto, estar a la vuelta de la
esquina, la hora de la verdad, vuelta de tuerca, tomarse la justicia por su mano,
apretada agenda, pisar el acelerador, dar el primer paso, un baño de masas, con el
agua al cuello, quedarse en blanco, poner en valor, una papeleta difícil, plan de
choque, el filo de la navaja, a vida o muerte, un jarro de agua fría, un alto en el camino,
poner el dedo en la llaga, poner en tela de juicio, poner encima de la mesa, golpe de
timón, tener asignaturas pendientes, abrir una puerta a la esperanza, etc.

En Para ser novelista, John Gardner dice al respecto:

Así pues, una de las cosas que uno toma en consideración cuando se le pregunta si el
joven escritor tiene lo que hace falta para llegar a ser un buen novelista es su
sensibilidad para el lenguaje. Si es capaz de escribir de manera expresiva, aunque sólo
sea a veces, y si su amor por el lenguaje no es tan exclusivo u obsesivo como para
prevalecer por encima de todo lo demás, el joven escritor tiene posibilidades. Cuanto
mayor sea su sensibilidad para el lenguaje y para conocer sus límites, más
posibilidades tendrá. Y ciertamente grandes son las del escritor que tiene buen oído
para el lenguaje y al que, además, le apasiona el material –personajes, acción, escena-
rio– con que se construye la realidad ficticia. En tal caso puede llegar a convertirse en
uno de esos virtuosos del estilo que, como Proust, el Henry James tardío o Faulkner,
aúnan lo mejor de ambos aspectos.

El escritor con menos posibilidades –ése a quien uno contesta en el acto: «No lo
creo»– es aquél cuya sensibilidad para el lenguaje parece incorregiblemente
pervertida. Su ejemplo más evidente es el del escritor que no consigue avanzar sin
emplear frases como «con un gracioso parpadeo» o «los adorables gemelos», o «su
risa franca, estentórea», expresiones trilladas producto de la emoción fingida de quien
no siente nada en su vida cotidiana o le falta algo de lo que estar lo suficientemente
convencido como para encontrar su propia manera de decirlo, y ha de recurrir a cosas
como «reprimió un sollozo», «amable sonrisa oblicua», «enarcando una ceja con ese
aire suyo tan peculiar», «sus anchos hombros», «ciñéndola con su fuerte brazo»,
«esbozando una sonrisa», «con un ronco susurro», «con el rostro enmarcado por sus
bucles cobrizos».

Lo malo de este tipo de lenguaje no es sólo su convencionalidad (que esté manido,


gastado por el uso), sino también que es sintomático de una actitud psicológica
decididamente nociva. Todos adoptamos máscaras lingüísticas (hábitos verbales) con
las que enfrentamos al mundo y que se adecuan a la ocasión. Y una de las máscaras
más eficaces que se conocen, al menos para enfrentarse a situaciones problemáticas,
es la máscara del optimismo ingenuo, ejemplificada por frases como las que he
mencionado. La razón de que dicha máscara se adopte con mayor frecuencia al
escribir que al hablar coloquialmente –es decir, la razón de que el arte de la escritura se
convierta en una forma de embellecer y sosegar la realidad– no la conozco, a menos
que esté relacionada con la manera en que se nos enseña a escribir de pequeños,
como si la escritura fuera una forma de buenos modales, y quizá también con la
importancia que nuestros primeros maestros dan a las mojigatas (o coercitivas)
emociones típicas de los libros de lectura escolares. En cualquier caso, si dicha
máscara no se abandona, traerá la ruina al novelista. La gente que habitualmente
persigue este optimismo gazmoño acaba inevitablemente viendo, hablando y
sintiendo como pretenden hacerlo, lo cual les lleva a perder dos cosas; la capacidad de
ver la realidad tal como es y la de comunicarse con quienes no ven la realidad con su
misma y distorsionada benevolencia. El uso de determinado tipo de lenguaje influye
de tal modo en los procesos psicológicos que a quien lo emplea le resulta difícil
comprender que dicho lenguaje distorsiona la realidad y le parece que los otros –en
este caso quienes ven las cosas con mayor cautela o ironía– están ciegos. Nadie que
vea la realidad de forma distorsionada puede escribir buenas novelas, porque al leer
comparamos los mundos ficticios con el real. La ficción creada por quienes adoptan en
la vida actitudes que nos parecen infantiles o tediosas cansa enseguida.

15.4.5. Los lugares comunes

Los lugares comunes hacen referencia a expresiones, frases temas, argumentos o


estructuras carentes de originalidad. Es algo tan repetido, tan visto, que acaba siendo
a veces hasta vulgar. A menudo los lugares comunes se han convertido en locuciones
o frases hechas: no es todo color de rosas, fundirse en un abrazo, no hubo que lamentar
víctimas, esbozar una sonrisa…

A menudo aparecen al asociar siempre un determinado adjetivo a un sustantivo, o


atribuir unas características muy concretas a determinadas cosas o personas: negocio
redondo, calva incipiente, China milenaria, tensa calma, duro revés, soltero
empedernido…

También son lugares comunes los clichés, normalmente metáforas o figuras de estilo
basadas en comparaciones y que han acabado convirtiéndose en tópicos. Los clichés
son en realidad prejuicios y creencias muy extendidas: “vivir como un rey”, “comer
como un canónigo”, “mentir como un bellaco”, “beber como un cosaco”, “jurar como un
carretero”, etc.. Digamos que se da por supuesto que “los reyes viven muy bien”, los
“canónigos se dan a la buena mesa”, los “cosacos son borrachos”, etc.
No debemos usar este tipo de expresiones para caracterizar a los personajes. Son
también clichés muchas de las comparaciones que tienen relación con la intensidad:
está más loco que una cabra, tiene una memoria de elefante, llamaba poderosamente la
atención…

En definitiva los lugares comunes en un texto literario son aquellas expresiones que
por ser manidas, reflejan la falta de ideas y recursos lingüísticos del escritor. Cuando
queremos expresar algo y escribimos lo primero que nos viene a la cabeza, es muy
probable que acabemos haciendo uso de un lugar común.

Gustave Flaubert en su Diccionario de los lugares comunes, recoge un listado de los


lugares comunes más frecuente y se atreve incluso a bromear sobre ellos. He escogido
aquí algunos de ellos:

Ambición.- Siempre precedida de loca, cuando no es noble.


Campo.- La gente del campo es mejor que la de las ciudades: hay que envidiar su
suerte. Todo se permite en el campo: ropas humildes, bromas, cte.
Cuadratura del círculo.- No se sabe qué es, pero hay que encogerse de hombros
cuando se habla de ella.
Difunto.- "Mi difunto padre", y uno se quita el sombrero.
Diva.- Todas las cantantes deben ser llamadas Diva.
Elefantes.- Se distinguen por su memoria y adoran el sol.
Espíritu.- Siempre seguido de chispeante. Anda por las calles. Los espíritus selectos se
encuentran.
Feliz.- Al hablar de un hombre feliz: "Nació con un pan bajo el brazo". Uno no sabe lo
que significa, y el interlocutor tampoco.
Frente.- Amplia y prolongada, síntoma de talento o de aplomo.
Gastado.- Todo lo antiguo está gastado, y todo lo gastado es antiguo. Tenerlo muy
presente cuando se compran antigüedades.
Institutrices.- Siempre pertenecen a una excelente familia que ha sufrido desgracias.
Peligrosas en los hogares, corrompen a los maridos.
Instrumento.- Los instrumentos que sirvieron para cometer un crimen siempre son
contundentes cuando no cortantes.

15.4.4. La emoción y el kitsch

Una de las cosas que debemos evitar, especialmente cuando tratamos de mostrar y
expresar emociones en nuestros textos, es recurrir a la imposición del efecto o recurrir
al kitsch. Umberto Eco en su libro Apocalípticos Integrados, lo define bien en el capítulo
“Estructura del mal gusto”:

El mal gusto sigue igual suerte que la que Croce consideraba como típica del arte: todo
el mundo sabe perfectamente lo que es, y nadie teme individualizarlo y predicarlo,
pero nadie es capaz de definirlo.
Y tan difícil resulta dar una definición de él que para establecerla se recurre...al juicio
de los expertos, es decir, de las personas de gusto, sobre cuyo comportamiento se
establecen las bases para definir, en precisos y determinados ámbitos de costumbres,
lo que es de buen y de mal gusto. En ocasiones su reconocimiento es instintivo, deriva
de la reacción indignada ante cualquier manifiesta desproporción, ante algo que se
considera fuera de lugar; como una corbata verde en un traje azul, o una observación
importante hecha en ambiente poco propicio, o una expresión enfática no justificada
por la situación...En estos casos, el mal gusto se caracteriza por una ausencia de
medida, y quizás puedan establecerse las reglas de dicha "medida", admitiendo que
varían según las épocas y la cultura.
Por otra parte, ¿cabe mayor sensación instintiva de mal gusto que la que nos producen
las esculturas funerarias del Cementerio Monumental de Milán?... Debemos reconocer
que, formalmente, no se les puede atribuir una carencia de medida. Y que, por tanto, si
subsiste la mesura en el objeto, la desmesura será histórica...o circunstancial, o estará
fuera de lugar prescribir a los dolientes, mediante la contemplación de estatuas, una
forma y una intensidad del dolor, en lugar de dejar al gusto y al humor de cada cual la
posibilidad de articular los más íntimos y auténticos sentimientos.
Y he aquí que, con esta última sugerencia, nos hemos aproximado a una nueva
definición del mal gusto, que parece la más acreditada y que no tiene en cuenta que
esta misma palabra, al resultar intraducible, ha tenido la referencia a una medida...
como prefabricación de imposición del efecto.

Dicho con otras palabras, cuando trates las emociones en tus textos debes mostrarlas
y que sea el lector quien, tras la lectura, experimente lo que en ese momento siente de
verdad, pero no trates de imponérselo. Si queremos que sienta ternura ante un bebé,
podemos describir con detalle los gestos y movimientos del bebé, pero no obligarle al
lector a que sienta la ternura, si la siente o no, es cosa suya. Si, por ejemplo, alguien
escribiera: “El bebé era muy tierno, tenía unas manitas muy blancas, con unos deditos
pequeñitos y los ojos le brillaban como dos soles azules”, sinceramente, pensaría que
ese escritor trata de manipularme para que sienta lo que él siente, pero eso no es una
escritura sincera. El uso del diminutivo y de adjetivos redundantes es a menudo una
señal de que pretendemos manipular las emociones de nuestros lectores, debemos
evitarlo. Si queremos que nuestros lectores sientan una emoción debemos describir
las acciones y la situación del personaje con detalle, pero siendo neutrales. Si quieres
mostrar ese bebé, mejor ponlo en movimiento: hazlo gatear, estirar su cuerpo
intentando alcanzar algún juguete o háblame de su sonrisa final cuando lo logra.

En otros casos, las descripciones pueden no ser una buena opción. Si quieres que un
mendigo me dé pena, no me describas con detalle la suciedad de sus ropas o la
comida en mal estado, porque puede que lo que sienta es asco. Quizá me interese más
saber cómo ha llegado a esa situación, cuál es su día a día, o cómo es la reacción de la
gente cuando lo ve.

No lo olvides, debes dar al lector la información necesaria para que pueda sentir la
emoción que estás buscando, pero no tratar de imponérsela.

15.4.5. Recursos limitados

Como recordarás, vimos en el primer tema de este curso que una las cosas que debía
aprender un escritor era conocer las herramientas de la escritura. El tema 1
comenzaba con una cita de Mark Twain que a mí, personalmente, me gusta mucho:
“Si la única herramienta de la que dispones es un martillo, pensarás que cada problema
que surge es un clavo”.
Que pienses que los recursos que tienes son suficientes o que determinadas técnicas
narrativas no te interesen no significa que no debas conocerlas. A veces, esto no es
más que una excusa para no seguir estudiando o avanzando. Por el contrario, tal vez,
pienses, que nunca vas a llegar a escribir como tal o cual escritor, y que eres capaz de
aprender ciertas cosas. Es bueno que sepas que tienes unas limitaciones, pero cuantas
menos mejor. Así que mi consejo es que nunca te canses de leer, sobre todo, de
analizar lo que lees, de seguir estudiando e interesándote en la técnica, en definitiva,
seguir avanzando y aumentando tus recursos como escritor.

15.5.- Pautas para un buen estilo

15.5.1. Mejor mostrar que decir

Tal vez habrás oído decir alguna vez, que un buen escritor se caracteriza por mostrar
en vez de decir. ¿Qué quiere decir esto? Un poco tiene relación con lo que te he
comentado al hablar de las emociones y lo kitsch.

No escribas que el personaje está nervioso, escribe que se muerde las uñas, que
camina de un lado para otro, que se rasca la nariz, que suda, que golpea el suelo con el
tacón de su zapato, que le tiemblan las piernas… Busca maneras de hacer “ver” al
lector que el personaje está nervioso, pero no se lo digas.
Se muestra no se cuenta, dice Robert Mckee al hablar del guión cinematográfico:

Explicación significa hechos: la información sobre la ambientación, la biografía y la


caracterización que debe tener el público para poder seguir y comprender los
acontecimientos de la historia.

Ya desde las primeras páginas de un guión el lector podrá juzgar qué destrezas
relativas posee el escritor observando sencillamente cómo maneja las explicaciones.
Una explicación bien presentada no garantiza un guión extraordinario pero nos indica
que el autor conoce su trabajo. Toda buena explicación resulta invisible. Según avanza
el relato el público absorbe todo lo que necesita saber sin esfuerzo e incluso
inconscientemente.

La clave es el famoso axioma «Se muestra, no se cuenta». Nunca forzaremos a un


personaje a que verbalice para el público explicaciones sobre su mundo, su historia o
su persona. Por el contrario, mostraremos escenas naturales y sinceras en las que
habrá seres humanos que hablen y se comporten de formas naturales y sinceras…
aunque a la vez estemos transmitiendo de forma indirecta los datos y hechos
necesarios. En otras palabras, dramatizaremos las explicaciones.

15.5.2. Busca tu estilo personal

Recuerdo que una vez, hace muchos años, estaba haciendo un curso de escritura
creativa (sí, yo también empecé como tú), y una compañera comentó que le había
gustado mi relato, pero yo me quejaba de que mi escritura estaba muy lejos de la de
los escritores que admiraba. Me dijo algo que aún recuerdo: “No tienes que ser mejor
que ellos, tienes que ser diferente”. Dicho de otro modo, aunque es bueno a veces,
tratar de imitar a los maestros para así asimilar y afianzar sus técnicas narrativas y
estilísticas, y aprender de ellos, después debemos siempre buscar nuestro sello
personal, nuestro estilo. Eso es lo que nos hace diferentes, y lo diferente no
singularizará entre los demás, y es lo que hará que tengamos lectores fieles.

Un consejo parecido es el que Vargas Llosa nos ofrece en Cartas a un joven novelista.

Aunque me parece que, con lo anterior, le he dicho todo lo que sé sobre el estilo, en
vista de esas perentorias exigencias de consejos prácticos de su carta, le doy éste: ya
que no se puede ser un novelista sin tener un estilo coherente y necesario y usted
quiere serlo, busque y encuentre su estilo. Lea muchísimo, porque es imposible tener
un lenguaje rico, desenvuelto, sin leer abundante y buena literatura, y trate, en la
medida de sus fuerzas, ya que ello no es tan fácil, de no imitar los estilos de los
novelistas que más admira y que le han enseñado a amar la literatura. Imítelos en todo
lo demás: en su dedicación, en su disciplina, en sus manías, y haga suyas, si las siente
lícitas, sus convicciones. Pero trate de evitar reproducir mecánicamente las figuras y
maneras de su escritura, pues, si usted no consigue elaborar un estilo personal, el que
conviene más que ningún otro a aquello que quiere usted contar, sus historias
difícilmente llegarán a embeberse del poder de persuasión que las haga vivir.

15.5.3. Lee de forma compulsiva

Ya te lo he dicho muchas veces, pero voy a seguir insistiendo. Lee. Todo lo que puedas.
Pero ahora que ya has avanzado en las técnicas de la escritura, no olvides pararte a
analizar un poco lo que has leído, una vez terminada la lectura. Tanto si se ha gustado
como si no, intentas encontrar las razones. Puedes hacer un esquema de su estructura
y buscar los puntos de giro. Analiza a los protagonistas: encuentra el deseo, el
conflicto y el cambio. Ese trabajo es tanto o más importante que la lectura. Si un autor
te ha gustado, no lo abandones. Incluso reléelo.

15.5.4. Prueba y experimenta

No tengas miedo de experimentar nuevas formas en tu escritura. No te quedes


estancado con el mismo tipo de prosa y estilo. Experimenta y prueba a escribir de una
forma distinta a la habitual. Tampoco se trata de que luego la adoptes de forma
definitiva, sino en descubrir si hay aspecto que puedes mejorar, y encontrar técnicas
nuevas para ampliar tus recursos.

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