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«¿Escribir

tu autobiografía? Pero ¿no eres demasiado joven?».


Fernando Savater reconoce que le encanta este reproche, pues significa
que todavía le queda algo para lo que «no es demasiado mayor»;
aunque ganarse el piropo le haya costado escribir un volumen de
memorias. Con una mezcla de ternura, ironía, melancolía, acidez y
sentido del humor, el filósofo relata la historia de su vida, o más bien «lo
que el tiempo ha hecho conmigo», como él prefiere describirlo.
La primera parte se ocupa de su infancia en San Sebastián, la etapa
más feliz de su vida, que llega hasta los doce años cuando su familia se
trasladó a Madrid. La segunda recoge sus recuerdos de adolescencia y
primera juventud, hasta la muerte de Franco cuando Savater contaba
veintiocho años. La tercera parte abarca hasta hoy mismo, y se centra
en su compromiso político, pues «hacer política cuando la democracia
está amenazada es precisamente la primera obligación de una
conciencia sana». El autor se explaya en sus gustos, sus aficiones y sus
preferencias, porque como él dice «estamos unidos a este mundo y a la
vida por cuanto aprobamos, no por nuestra capacidad de detestar». Las
lecturas de infancia, las carreras de caballos, los filósofos que siempre le
acompañan o los lugares y las personas que ama forman parte de esta
historia.
En esta obra única, cargada de saber y sentimiento, el autor mira los
tramos del camino recorrido, consciente de que uno no lo puede contar
todo de sí mismo: «no refiero toda la verdad, pero creo que lo que digo
es bastante verdadero siempre».
Fernando Savater

Mira por donde


Autobiografía razonada

ePub r1.0
Titivillus 23.1.15
Fernando Savater, 2003
Diseño de cubierta: Pep Carrió y Sonia Sánchez
Fotografía de cubierta: Foto del autor a los diez años, tomada por su padre

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
A Sara: mira, mi vida
Cada día vemos novedades y las oímos y las pasamos y las dejamos
atrás. Disminúyelas el tiempo, hácelas contingibles. ¿Qué tanto te
maravillarías si dijesen: la tierra tembló, u otra semejante cosa, que no
te olvidases luego? Así como: helado está el río, el ciego ve ya, muerto
es tu padre, un rayo cayó, ganada es Granada, el rey entra hoy, el turco
es vencido, eclipse hay mañana, la puente es llevada, aquél es ya
obispo, a Pedro robaron, Inés se ahorcó. ¿Qué me dirás sino que a tres
días pasados, o a la segunda visita, no hay quien de algo se maraville?
Todo es así, todo pasa de esta manera, todo se olvida, todo queda atrás.

FERNANDO DE ROJAS, La Celestina


Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera
ceniza en la memoria.

JORGE LUIS BORGES


PRÓLOGO

DESPUÉS DE TODO

Cuando me paro a contemplar mi estado,


y a ver los pasos por do me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado.

GARCILASO

E n el comienzo… en el comienzo estuvo siempre mi firme propósito de no


trabajar. No puedo por menos de reírme frecuentemente cuando
admiradores desinformados —valga el pleonasmo— encomian mi capacidad de
trabajo y comentan: «¡No sé de dónde sacas tiempo para trabajar tanto!». ¿Cómo
aclararles que nunca —bueno, casi nunca, poquísimas veces tristemente
inolvidables— he aceptado trabajar y siempre he considerado tal sumisión a la
condena de Adán —«amasarás el pan con el sudor de tu frente», menuda
guarrada— un indecente fracaso? ¿Cómo precisar que en efecto soy un buen
administrador de mi tiempo, concienzudo y nada caprichoso, pero solamente en
nombre del difícil arte de evitar el trabajo no por la pasión de ejercerlo?
Como en tantas otras ocasiones, se trata de un malentendido
fundamentalmente terminológico, aunque con implicaciones conceptuales y
hasta morales. La doctrina vulgar —difundida maliciosamente por los
propagandistas de la inevitabilidad del trabajo— establece que cualquier
«actividad» productiva es trabajo, sobre todo si por medio de ella se consigue
una remuneración y el imprescindible sustento para cubrir las necesidades de la
vida. Mi punto de vista (y me atrevo a creer que el de toda persona con auténtica
vocación de libertad y escasa afición a la servidumbre, en la traza de aquel
espíritu rebelde que le escupió en la cara su non serviam al mismísimo Trabajoso
Hacedor) consiste en distinguir entre la actividad que «hace cosas» y el
desempeño propiamente laboral. La diferencia no estriba en cobrar o no cobrar
por lo que se hace, sino en hacer cosas para cobrar y hacer cosas cobrando pero
que uno haría también sin remuneración, en ocasiones hasta pagando por el
privilegio de llevarlas a cabo. El trabajo es una obligación, hija de la necesidad,
mientras que la actividad es el ejercicio alegre del deseo. Desde luego no soy
indolente, ni apático… pero tampoco trabajador.
El problema fundamental de las personas con tantas ocupaciones y proyectos
que no tenemos tiempo para trabajar es cómo ganarnos la vida. Salvo una
fabulosa herencia o la lotería (el asalto a bancos y la estafa a viudas son por
supuesto trabajos como los demás), el único medio es lograr escenificare el
trabajo sin practicarlo de veras, o sea lograr que nos paguen por hacer —como si
nos costase gran esfuerzo— aquello que haríamos encantados también si no nos
pagasen. Se requieren grandes dotes dramáticas, facilidad por ejemplo para
rechazar la invitación a un cóctel o a un estreno (que nos seducen tan
escasamente como los encantos de la guillotina a María Antonieta) murmurando
en tono abrumado: «No puedo ir, tengo mucho trabajo». Sobre todo hay que
saber fulminar con una mirada cargada de dolorido desdén al incauto que nos
propone la charla que nos encantaría dar o el artículo que rabiamos por escribir
pero omite el tema de los honorarios pretextando: «A ti eso no te cuesta nada».
¡Claro que no me cuesta nada! Pero si cedo aquí, haciendo lo que me gusta
gratis, terminaré teniendo que cobrar por hacer lo que no me gusta. Y no es plan,
francamente. De modo que hay que aprender a fingir que se trabaja mientras se
goza, para poder seguir activamente gozando sin trabajar, y sin pasar
privaciones, que —digan lo que quieran los ascetas— nunca mejoran a nadie.
Quien es activo pero rebelde al trabajo debe tener tino para seleccionar entre
sus juegos favoritos aquel o aquellos que prometen rentabilidad. En este campo,
algunos somos desdichadamente bastante limitados: ¡bienaventurados los
superdotados para la holganza creadora, como Pavarotti o Picasso! Tras
descartar la lectura, la siesta y la afición a las carreras de caballos, pronto me
convencí de que a mí sólo me quedaban dos recursos, placenteros pero
inciertamente remunerados: hablar y escribir. Inevitablemente, a ellos debía
atenerme para conseguir una suficiente prosperidad, y lograrla ha sido el único
triunfo notable de mi vida, cuyo definitivo refrendo probablemente es la
benevolente paciencia con la que el lector ocasional atienda a estas páginas.
Ninguna otra hazaña voy a comentarle de aquí en adelante, ni siquiera fechorías
más famosas: sólo mi rumia por fin desprejuiciada de un puñado de anécdotas o
de querencias, por encima de todo, mi único éxito, mi gran triunfo: a diferencia
de ti que me lees, yo he logrado arreglármelas bastante bien sin trabajar (o casi).
No me guardes rencor y sobre todo no pretendas imitarme si no estás seguro de
tus fuerzas o de tu desparpajo…
A mí, precisamente, el ejemplo a contrario de lo que no debía hacer en la
vida me lo ofreció una de las personas a las que más he querido, mi padre. Así,
rechazando su ejemplo en lugar de seguirlo, también se aprende de quienes
amamos… y precisamente así demostramos nuestro amor. Porque amamos la
nobleza de lo que no pudieron ser tanto como apreciamos la hermosa dignidad
de lo que fueron. Mi padre era notario y vivió rodeado de escrituras y papeles
legales que detestaba para sacar adelante a su familia, sacrificando su vocación
literaria, incluso poética. Luego hablaré de él. Baste decir ahora que yo le vi
durante muchos años abrumado de jaquecas y preso de los aranceles —aunque
alegre y animoso—, tirando con rabia diariamente a la papelera los insoportables
legajos que luego buscaba por la noche vaciándola sobre la mesa del comedor,
porque iba a necesitarlos al día siguiente… y él había aceptado la
responsabilidad de pensar siempre en el día siguiente. De pequeños, a mis
hermanos y a mí nos gustaba jugar en la oficina de papá, prolongación
institucional del hogar, territorio familiar y a la vez intimidatorio, ajeno, público.
Esperábamos a que los últimos clientes se hubieran marchado, y cuando ya sólo
quedaba alguno de los oficiales —todos bonachones y amigos, como «de
casa»— practicábamos el escondite bajo las mesas de madera olorosa
manchadas de tinta (los muebles metálicos llegaron mucho después) y entre los
enormes tomos encuadernados en pergamino amarillo del «protocolo», que
ahora recuerdo como libros de horas o grimorios medievales. Ese reino
encantado de los adultos, maravilloso porque resultaba incomprensible y
también porque era el dominio indisputado de mi padre, me resultaba
especialmente emocionante como palestra de juegos, pero nunca atractivo como
futuro destino. Y mi padre nunca hizo nada para tentarme a conquistarlo: «Un
día todo esto que ves aquí será tuyo…». No, él sólo se resignaba a los papeles
tras haberse enfadado con ellos, nos recomendaba a los traviesos que no
tirásemos nada de las mesas y se tomaba un optalidón para su maldita, su eterna
jaqueca.
Cuando fui algo mayor puse letra al basso ostinato de mi rechazo laboral.
Sin palabras, mi padre me había dado a entender que trabajar en lo que a uno no
le gusta (es decir, trabajar cuando a uno lo que le gustan son actividades no
oficialmente consideradas «trabajos») es cosa quizá circunstancialmente
obligada pero desde luego poco deseable: a evitar en cuanto sea posible. Y yo
me prometí enseguida que quizá me emplease a ratos, por razones crematísticas,
pero que nunca, nunca sería definitiva e inequívocamente «un empleado». A
veces me presto pero nunca me doy, decía a este respecto Montaigne. Y muchos
años después leí este párrafo en una carta de Flaubert a Louise Collet, que me
llegó al alma: «Sigo sin comprender cómo se puede existir siendo notario, cómo
puede uno ser empleado de un despacho, cómo alguien puede levantarse antes de
las diez y acostarse antes de medianoche, y me cuestiono seriamente que haya
seres en la tierra que se dediquen a algo que no sea alinear frases y buscar
adjetivos». Salvo lo de levantarme a las diez, porque siempre he sido
madrugador, el resto corresponde perfectamente a mi forma de pensar, de sentir
y de vivir. Es curioso, pero no recuerdo haber dudado nunca de mi vocación
literaria, entendida como llamada a expresar algo sublime o inédito sino como
capacidad de arreglármelas para vivir leyendo y escribiendo, pero sin trabajar
Incluso en los momentos juveniles menos promisorios, sin reconocimiento aún
porque nada había hecho digno de ser reconocido, bajo una dictadura gazmoña
enemiga de la palabra libre expulsado de la universidad, siempre supe que con
una máquina de escribir y papel podría ganarme mejor o peor, la vida. No estaba
seguro de la calidad de lo que produjese —ni lo estoy ahora— pero nunca dudé
que podría seducir… sin verme obligado a pegar sellos y rubricar escrituras o
cosa parecida. Y, si no algo más elevado, eso al menos lo he conseguido (por
favor, que nadie espere cosas «elevadas» de mí, soy alérgico a las alturas
encomiásticas). El niño, el adolescente, se salió con la suya. Como triunfo, me
basta. Ahora, envejecido, me miro al espejo y descubro en mis rasgos ramalazos
de semejanza con los de mi padre, al que siempre conocí muy mayor. Me
enternecen y me perturban más de lo que podría expresar con palabras. Gracias
en buena medida a que él no fue como yo, a que renunció a escribir y se empeñó
en trabajar a que fue responsable y no meramente respondón como yo soy, he
tenido un punto de partida suficientemente cómodo para burlar la maldición
laboral y ahora, impunemente, pavonearme ante ustedes. Pero en cualquier caso
me enorgullece haberme librado de la maldición de las jaquecas y en silencio,
como un ramillete de flores imposibles, le ofrezco esa revancha. Mi modesta
rebeldía hedonista es la victoria de su causa.
No trabajar significa cultivar la fidelidad a aquello que causa placer… y
lograr rentabilizarlo. Hay que degradarlo a ratos un poco, claro, pero ese
pequeño sacrificio pragmático se compensa con la satisfacción que produce
recordar que estamos obteniendo el rescate económico habitualmente pagado por
el tiempo en que estamos secuestrados por algún capataz sin que nadie de veras
nos haya raptado del goce. En mi caso, el goce esencial es leer. ¡Ah, si leer
estuviese convenientemente retribuido! ¡Si algún Estado realmente filántropo
pagase por página leída y automáticamente la cuenta bancaria se engrosara tras
cada novela policíaca o cada tratado de metafísica que concluimos! Yo sería hoy
mucho más rico y creo que habría vivido desde la niñez más contento:
probablemente nunca me habría molestado en hacer otra cosa. Pero, como solo
por leer no pagan, me tuve que resignar a escribir: una actividad no precisamente
desagradable, pero desde luego incomparable con la suprema libertad absorta de
la lectura. A la escritura pragmática me he sometido siempre de modo nada
caprichoso: soy muy disciplinado cuando se trata de evitar hacer lo que no me
apetece y nunca escribo cien páginas si me han pedido dos ni compongo sonetos
mallarmeanos en lugar de artículos inteligibles. Me privo fácilmente del placer
costoso de dar síntomas constantes de genialidad. Claro que, como suelen
recordarse unos a otros los periodistas cuando por la redacción cunde el
descontento ante alguna de las inconveniencias de su profesión, «¡peor sería
tener que trabajar honradamente!».
Periodístico es, en efecto, la mayor parte de lo que he escrito, desde que me
inicié en las redacciones y revistillas colegiales. Abiertamente periodístico o
disimuladamente periodístico, disfrazado por algún ropaje académico, si la
ocasión lo requería. Y como tal, irrevocablemente transitorio, pegado a la
urgencia del día, de ligereza necesaria, puesto que es inútil hacerse gravoso
cuando se está a punto de ser barrido por el mañana. Muy bien lo estableció
Charles Péguy: «No hay nada más viejo que el periódico de ayer, y Homero
siempre es joven…». Quizá si yo hubiera sido más concienzudo, más
«trabajador», como suele decirse, habría logrado fabricar algo menos
perecedero. Sinceramente opino que cualidades para ello no me faltan. Quizá en
el terreno de la filosofía, por ejemplo… Pero la verdad es que precisamente en
filosofía todo lo grandioso y alambicado me repele un tanto; especialmente
cuando aspira sin ironía a «cimentar», a «fundamentar», a encontrar la clave que
lo explica todo. La vocación de sistema no sólo me parece un fraude, como
alguien con mayor autoridad que yo dijo, sino una auténtica ridiculez. Se la
perdono a los griegos —que a ratos fueron sistemáticos sin creérselo por
completo, espontáneamente, como los niños juegan a ser arquitectos con trocitos
coloreados de madera— y también a Spinoza, incluso a Schopenhauer… pero ya
a nadie más. Que alguien hoy aspire a construir un sistema filosófico me parece
tan pretencioso como el sapo empeñado en hincharse e hincharse hasta alcanzar
el tamaño del buey. A ese sapo ninguna bella dama le convertirá en príncipe con
un beso oportuno: reventará miserablemente. ¡Cómo va a descubrir cuál es la
clave o el sentido del mundo alguien tan bobo como para creerse que lo ha
descubierto, que puede descubrirlo!
Incluso los filósofos auténticos, los mejores, me impresionan a veces
desagradablemente por su fatuidad. No todos ellos son simpáticamente
vanidosos, como Schopenhauer, en plan cascarrabias o sarcástico y
alucinadamente vanidosos como Nietzsche, a quien casi nadie hacía caso y que
en su soledad padecía una suerte de hiperestesia ante lo real. No digamos, pues
lo insoportables que resultan algunos mediocres, epígonos de epígonos, que no
pierden ocasión de ser risiblemente autorreferenciales y citan orgullosamente «su
obra» cada vez que alguien comete el error de preguntarles por algún
acontecimiento histórico o una novedad social: «Ese fenómeno ya lo expliqué en
mi segundo libro, capítulo tercero… Para comprender eso que usted menciona
suelo yo aplicar mi concepto de tal y tal…» (como quien recomienda agua de
seltz y frotar para quitar una mancha). ¡La vacua presunción de los dómines,
sólo comparable a la de ciertos poetas! El otro día, mi amigo Juan Cruz me
hablaba de un poeta muy venerado por los espiritualistas y las damas de la
caridad, tan (infundadamente, ay) consciente de su importancia que se le puede
atrapar con la más sencilla broma. Si le saludas, por ejemplo, con un «¡Buenos
días, Fulano, como bien dices tú en uno de tus poemas!», de inmediato pica, se
esponja y lame con fruición la orina del halago: «¡Ah, sí!, ese “buenos días”…
Te gustó, ¿verdad? También tengo otro que se llama “Buenas tardes”. Pertenece
a un libro inédito. Y preparo otro, “Buenas noches”, que es una réplica a
Leopardi…», Etcétera. En filosofía también abunda el caso: «Desde luego, lo del
“humanismo cósmico” o la “episteme inconsútil” ya lo dejé claro en… Ahora, si
te interesa la cientificidad de la cientología científica, estoy preparando…». Qué
fastidio y qué vergüenza.
Vergüenza ni siquiera ajena. A veces me encuentro incomodado porque otro
maneja sin citarme alguna fórmula que sé de mi cosecha (es decir, cosechada por
mí, lo que no equivale a decir que yo la haya sembrado); o busco sin poderlo
evitar mi nombre entre la lista de sabios o de éxitos amañada por cualquier
suplemento cultural para llenar dos páginas esa semana. Siento como una ofensa
que me ignoren en el hit parade (realmente el shit parade) del momento. ¡Qué
humillación, creer que se ha despertado al menos de «eso» y luego darse cuenta
de que tampoco, de que sigue uno suplicando hasta la caricia más mercenaria!
Todo el que nos censura nos parece sectario o malevolente, pero el más trivial de
los halagos hace que concibamos una especie de impaciente simpatía incluso por
quienes conocemos sin controversia como acendrados cretinos. Con suerte y
esfuerzo he podido purgarme de las manifestaciones externas más estruendosas
de la manía de darse importancia, pero la perra en el alma sigue pidiendo que la
masturben. Ojalá hubiera almas desechables, como ciertos bolígrafos o
encendedores…
Lo que verdaderamente me apasiona de la filosofía son las preguntas. Dentro
de la pregunta misma incluyo también las respuestas ingeniosas, sean tajantes o
dubitativas. Las que mantienen abierta la pregunta y aun la ensanchan, no las
que pretenden cerrarla. Por ejemplo, si a la cuestión «¿qué es la vida?» se me
contesta: «nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir», me
han respondido sin respuesta de clausura, me impulsan a seguir preguntándome
de modo aún más rico. Y más enigmático, aunque menos obvio. Los ríos, el fluir,
la muerte y el mar: no tengo solución al interrogante, pero a partir de ahora lo
plantearé de modo menos inocente. Es eso lo que espero del pensador, sea
filósofo o poeta. Con la diferencia de que en el segundo acepto sin más lo
fulgurante y en el primero agradezco la paciencia del desmenuzamiento, los
peldaños del razonamiento que llevan unos a otros hasta algún descansillo en su
ascenso (o su descenso), pero nunca al descanso. En cuanto queda establecido
que «ya hemos llegado», acaba el filosofar y tropezamos con el sistema es decir,
con el anquilosamiento doctoral del pensar libre. En el fondo de mi fondo no hay
fondo: está el escepticismo. El escepticismo de fondo respecto al fondo. Cuentan
que las últimas palabras del admirable Diderot fueron: «El escepticismo es el
comienzo de la sabiduría». Para mí ha sido no tanto el comienzo sino el final de
la «sabiduría», es decir, las comillas irónicas que la enmarcan y por tanto vedan
que tenga nunca precisamente final o descanso. Ojalá que nunca lo requiera, ni
lo admita, por cansados que estemos y por trascendentalmente halagador o
cómodo que sea el supremo desenlace que se nos ofrece… ¡Qué asco me dan los
que a través de la filosofía desembocan en la religión, sofisticada —eso sí—
cuanto se pueda, evidentemente porque nunca salieron de ella!
Espero que se me entienda bien: mi escepticismo no es renunciar a la verdad,
ni a su búsqueda ni a la confrontación que sopesa las opiniones y elige las de
mayor sustancia racional. Al contrario, esos empeños me parecen
indispensables: si renunciásemos posmodernamente a ellos, agravaríamos
enormemente nuestra condición. Pero hay que acometerlos sabiendo que
tampoco eso nos rescatará de casi nada en términos absolutos, que nuestra área
de certeza (o de verosimilitud racional) es sumamente angosta, que podemos
empeorar hasta el fondo de las tinieblas pero no ascender en gloria y majestad
hacia el trono de la luz. Podemos conocer bastante en lo tocante a «mecanismos»
(físicos, biológicos, incluso sociales) y también sobre motivos y contramotivos
del alma, que la literatura explora, de los que el arte vive. Somos relativamente
expertos en lo que nos condiciona y lo que nos desazona: pero nada más. No
somos dueños de ningún porqué; ni siquiera creo que sea lícito poner nombre,
cara e intención a cualquiera de los que se nos escapan. Estamos encerrados en
el cuarto de jugar del palacio desconocido. A veces, demasiado frecuentemente,
buscamos como el borracho del chiste las llaves perdidas que abren todas las
puertas allí donde ilumina nuestra farola (socioeconómica, psicoanalítica,
genética, etcétera), no porque sea en esa mínima zona de luz donde las hemos
extraviado sino sólo porque en ella creemos ver mejor. Y los peores borrachos
son quienes ni siquiera se acercan a la farola y dan tumbos disparatados en la
sombra, proclamando que ven lo que no saben o que saben por qué no ven:
ciertos filósofos y los curas de cualquier tamaño y condición.
En fin, admito que podría haberme esforzado más, podría haber estudiado
más, podría… ¡podría haber aprendido alemán, pasaporte filológico para la
filosofía! Y debería seguramente haberme leído todas las revistas de mi
especialidad, en lugar de tebeos o cuentos de fantasmas. Pero no me ha dado la
gana, sencillamente. Por eso sólo escribo para niños o para ignorantes, para
cómplices modestos y devotos con quienes conecto porque comprendo su
perplejidad, su confusión; y las comparto. Detesto a quienes se toman la vida
como si fuera una oposición a cátedra y procuran acumular doctorados, méritos
diversos, certificados, cursos de aquello o de lo otro, de lo que sea. En ese
mundo académico, del que también me he lucrado aunque siempre
escaqueándome ante sus tediosos requisitos, sólo he sido un infiltrado. Nunca
me lo he tomado en serio y, afortunada y legítimamente, tampoco mis colegas
me han tomado nunca demasiado en serio a mí. En realidad, en el fondo, carezco
de verdaderos títulos (de esos que se tatúan con letra de molde en el alma del
sabio oficial) y poseo pocas destrezas, salvo las intuitivas e irregulares. Como la
vida me cogió de improviso, nunca he creído en las técnicas de prepararse para
ella. Mi reino, de modestos vuelos, es ante todo la improvisación,
complementada por justas dosis de entusiasmo (el entusiasmo me es tan
connatural que casi me atrevería a decir que me lo puedo provocar a voluntad,
como la masturbación). He escrito y pensado para vivir mejor, un poco a tientas:
me dirijo a quienes quieren vivir algo mejor, sin dejar de tantear y sin tener prisa
por hacer pie en lo incontrovertible. Supongo que eso precisamente es el
periodismo, en su vertiente filosófica. Pese a las halagadoras reediciones a lo
largo de los años de algunos de mis libros, admito sin protesta que todo lo que he
firmado es irrevocablemente fugacísimo, que lleva fecha urgente de caducidad,
que probablemente ya ha caducado en gran parte. A fuer de sincero —y eso sí
que siempre, si no recuerdo mal, he procurado serlo— no me duele este designio
transitorio. Casi al contrario. Me fastidiaría segregar perennidad no siendo
perenne; que lo que he hecho durase más de lo que soy. La fama imputrescible
de nuestras obras no me parece una compensación para los que nos vamos poco
a poco pudriendo, sino algo así como un recochineo en nuestra maldición. Pero
ya tendré ocasión más adelante, mucho más adelante, de volver sobre estas
cuestiones.
Entonces ¿por qué y para quién hacer memoria? No descarto la presunción,
claro, ni el narcisismo que quiere halagarse hasta el final, hasta lo imposible…
sobre todo en lo imposible. Pero tal vez estas páginas no sean más que otro
mensaje de uno que se va a los que luego también van a irse. Mirar los tramos
del camino recorrido, aunque sólo sea para comprobar que ya no está, que ha
desaparecido dejando tenues e irrelevantes sombras. A cualquiera le pasa, desde
luego, pero no deja de ser impresionante. A eso, a lo perdido, a la perdición
constante, nunca me acostumbraré; y me pasma que los demás, mal que bien,
parezcan acostumbrados… Memoria ¿de qué? No desde luego de «mi obra», de
su gestación y sus motivos: francamente, me da igual. Como dijo el bueno de
Sartre, «no me siento vinculado en absoluto a lo que he escrito pero no reniego
de nada de lo que he escrito». Cada línea, cada página tienen su qué, su porqué y
sobre todo su fecha. Estoy seguro de que en su día cumplieron una función, en
mi vida o en la de otros. Si tuviese que releerme, encontraría ahí probablemente
cosas apreciables, multitud de disparates y algunas fidelidades obsesivas… pero
no pienso releerme ni mucho menos incitar a nadie a que me relea. Que cada
cual obre según su vicio. Puedo contar lo esencial de mi vida entera sin una sola
referencia a las páginas que he escrito; me sería imposible, en cambio, sin hablar
de las que he leído.
¿Rememoraré ahora mis gustos, mis aficiones, mis preferencias? Es lo que
más me tienta. Estoy seguro de que estamos unidos a este mundo y a la vida por
cuanto aprobamos, no por nuestra capacidad de detestar… por elocuente que sea.
Si yo fuese dueño y señor de lo que a partir de ahora voy a escribir en este libro
(no lo soy, porque cada libro se escribe en gran parte contra nuestra voluntad o
es mero plagio) no admitiría en él más que alabanzas. En su poema dedicado a la
memoria de W. B. Yeats incluye Auden esta gratitud: «En la cárcel de sus días /
enseña al hombre libre a elogiar». Yo, que he tenido fama de criticón, me
enorgullezco sobre todo de saber elogiar y de saber que es preciso elogiar, para
ser libre. Muchas veces he señalado que lo verdaderamente admirable que hay
en nosotros es nuestra capacidad de admirar (la característica y también el último
refugio del esclavo es la queja, pero nunca su liberación). Lo malo es que sobre
lo que admiro y prefiero ya he escrito mucho. He dedicado libros, mejores o
peores a la narrativa juvenil, a Cioran, a Nietzsche, a Schopenhauer, a Borges, a
las carreras de caballos y a San Sebastián, junto a mil artículos encomiando el
vino, los cigarros puros, el cine de aventuras y la alegría, yo qué sé. Si vuelvo
sobre estas cuestiones placenteras —cuando vuelva, porque seguramente volveré
—, me estaré inevitablemente repitiendo. En fin, qué más da, escribo este libro
solo para quienes no me conocen en absoluto —y lo han comprado por
equivocación— y para quienes me conocen demasiado, pero se resignan a mí.
¿Revelaré secretos? No, porque los que tengo no son revelables, son secretos
de verdad. ¿Cotillerías? Soy el último que se entera de todas, y por tanto el
menos adecuado para propalarlas. ¿Enigmas históricos? ¿Entresijos inéditos del
poder o de la cultura? Niñerías a las que ni siquiera mi infantilismo consiente:
soy pueril, pero no imbécil. Para colmo mi memoria anecdótica es mala, cada
vez peor. Casi todas las mejores anécdotas que sé de mí me las han contado.
Según Flaubert, la historia es como el mar, grande por lo que borra. A mi
memoria le pasa lo mismo… Por eso pensé al principio llamar a estas notas
«recuerdos conjeturales» (en homenaje a Borges, desde luego), porque son
reconstrucciones literarias a partir de algunos granitos de arena enquistados en
mi registro del pasado y que me empeño en convertir en perlas. Cultivadas,
artificiales si hace falta. Miento mal a los demás, pero probablemente mejoro
cuando lo hago para mí mismo… Pero fundamentalmente creo que todo lo que
narro es verdad, aunque no siempre sea exacto.
He agrupado estas «perlas» en tres partes, como Hegel nos manda. La
primera ocupa mi infancia en San Sebastián, hasta que a los doce años mi
familia se trasladó a Madrid. La segunda se ocupa de mi adolescencia y primera
juventud, hasta la muerte de Franco cuando yo contaba veintiocho años. La
tercera llegará más o menos hasta el día en que acabe estas páginas, si es que las
acabo. Los periodos cronológicos van de más breve a más largo, mientras que la
importancia de lo narrado para mí está en proporción inversa. Por supuesto
abundarán los saltos atrás y adelante, las interpolaciones, las interferencias:
vivimos en orden sucesivo pero no rememoramos lo vivido del mismo modo…
afortunadamente. La estricta cronología no es mucho menos arbitraria que el
orden alfabético, cuando de una biografía humana se trata. Y tampoco voy a
empeñarme en dar con exactitud los datos de mi currículum, lo que algún guasón
llamaba el «ridiculum vitae». El curioso o malicioso empeñado en obtenerlos
puede recurrir a Internet, donde casi todo está equivocado pero nimbado de
prestigio tecnológico. No, en las páginas sucesivas sólo recogeré restos del
naufragio, lo que trae la marea, lo que aún no se ha llevado la resaca. Las
fechorías del tiempo… Este libro no trata de mí, sino de lo que el tiempo ha
hecho conmigo. Hablaré de mis contratiempos.
PRIMERA PARTE

CABALLITOS DE MADERA

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

ANTONIO MACHADO
1

FICHA (CASI) POLICIAL

Je suis né pour moi.

LOUIS SCUTENAIRE

M i nombre completo es Fernando Fernández-Savater Martín. A mi padre


(Fernando Fernández Savater) todo el mundo le conocía por Savater y
por eso unificó sus dos apellidos, a fin de que los hijos pudiéramos seguir
beneficiándonos de esa denominación de origen un poco más característica que
el anodino Fernández Martín que nos hubiera correspondido sin tal
modificación. Mi madre, María Victoria Martín, tiene un Ecenarro en su
genealogía, mi único apellido vasco que yo sepa.
Por lo demás soy fruto del más denodado mestizaje hispánico: padre
granadino, madre madrileña, abuela materna nacida en Buenos Aires,
tatarabuelos catalanes y nací en el País Vasco. Si fuese un perro sería uno de esos
«mil leches» callejeros que tienen aire tan despierto, no un estólido ejemplar de
pura raza de los que ganan con indolencia los concursos, repeinados y
perfumados por dueños no menos fastidiosamente estólidos que ellos mismos.
Con una ascendencia tan heterogénea como la mía, los partidarios de las
«raíces» y las «identidades» bien perfiladas lo tienen difícil para reclutarme.
Estoy seguro de que cada cual proviene de la intersección azarosa e injustificable
de otras biografías individuales, no del macizo de la historia ni de la entraña
popular del terruño. Creo que el mestizaje y el desarraigo, lejos de ser
lamentables perturbaciones a remediar, constituyen perspectivas privilegiadas
para comprender la condición humana. No tengo raíces asentadas en una nación
sino que sólo puedo reclamarme de semillas volanderas barajadas por los
artificios administrativos de un Estado plurinacional y transcontinental —lo que
llamamos «España»— que ha potenciado amalgamas y favorecido híbridos, a
menudo a pesar de sus administradores más unanimistas. Y veo hoy con lógica
simpatía a los inmigrantes marroquíes, polacos o subsaharianos que harán cada
vez más imposible la España castiza, libre de contagios exóticos. Ningún Estado
es del todo puramente nacional, por mucho que lo pretendan los nostálgicos de
ideologías decimonónicas: esperemos también que ninguna nación de las que
ahora se pretenden homogéneas (por revancha integrista y excluyente) dentro de
los Estados plurales realmente existentes, logre fatalmente estatalizarse.
En mi familia, además, siempre predominaron los lazos personales sobre los
de la sangre o los apellidos. Sólo contábamos realmente como «parientes» los
que convivíamos juntos, con relaciones actuales y de primer grado. En cuanto a
consanguíneos más remotos, jamás oí a mis padres hacer la mínima disquisición
genealógica o comentar sus orígenes no ya con jactancia sino simplemente como
algo relevante fuera de lo estrictamente anecdótico. No había mucho interés en
casa por ampliar nuestra pequeña tribu de intimidad. A los antecesores muertos
nadie los echaba de menos ni creo que siquiera se los recordase en el plano
legendario; en cuanto a fallecidos generacionalmente más próximos, su memoria
dependía de la integridad del trato. Conocí a tres de mis abuelos, cuya relevancia
familiar provenía de que estaban presentes entre nosotros más que de su mero
parentesco; en cambio mi abuelo paterno Miguel, lo más parecido a un prócer de
nuestro inmediato linaje pero que falleció antes de que yo naciera (aunque
precisamente junto al hipódromo de Lasarte, una tarde de carreras, lo que
siempre le mereció mi simpatía póstuma), era ya sólo un fantasma respetable sin
apenas vigencia en el imaginario doméstico. De él sólo sé que fue gobernador en
Córdoba y Segovia durante la monarquía de Alfonso XIII, que escribió un libro
titulado La cuestión obrera prologado por don Antonio Maura y que aún tiene en
Segovia —cerca del acueducto— una calle con su nombre, «calle del
Gobernador Fernández Jiménez», popularmente conocida tan sólo como calle
del Gobernador. Mi padre me hizo también saber que fundó un centro escolar y
que puso una placa a la entrada de la villa con la siguiente inscripción: «En esta
ciudad quedan prohibidas la mendicidad y la blasfemia». Un bando enérgico
pero poco realista, pues ambas transgresiones son imperecederas, la primera
mientras exista el dinero y la segunda mientras alguien crea que existe Dios.
Respecto a primos, sobrinos y otros parientes menos acuciantes (de los que
debía de haber bastantes, pues aunque mi madre fue hija única, mi padre en
cambio tuvo doce o trece hermanos) sabíamos poco y nos esforzábamos por no
saber mucho más. De vez en cuando aparecían algunos, con quienes el trato era
cordial pero no empalagoso. Hace pocos años, tras una conferencia en la ciudad
argentina de La Plata, se me acercó una señora mayor y se presentó como tía
mía. Era una hermana menor de mi padre que llevaba más de medio siglo
viviendo en Argentina: como prueba de parentesco, me enseñó una foto mía
recién nacido, con una nota manuscrita al dorso en la letra inconfundible de
papá. Francamente, no recordaba que nadie me la hubiese mencionado, pero
seguro que no se trataba de una impostora. Fue una confirmación más de que en
casa no consideraban obligatoria la atención a los parientes, salvo que
conviviésemos cotidianamente con ellos. No por despego, sino por comodidad:
preferíamos una familia manejable, aunque entre los realmente próximos los
lazos del clan fuesen muy fuertes. De esta afición a lo confortable como rasgo
compartido en la familia ya tendré ocasión de hablar luego algo más.
Nací el 21 de junio de 1947 en la calle Garibay de San Sebastián, muy cerca
de la Avenida que entonces se llamaba «de España» y luego «de la Libertad».
Flanqueaban el portal de mi casa una tienda de decoración llamada Pyc y el viejo
cine Novedades, en el que más tarde asistí a estrenos tan memorables como Los
cinco mil dedos del doctor T y Japón bajo el terror del monstruo. Ahora el cine
ha desaparecido y su lugar lo ocupa un banco. Habitábamos dos pisos en el
inmueble, uno como vivienda y el de abajo como notaría de mi padre: la oficina.
Esa palabra, «oficina», que cuenta entre las menos exaltantes y más rutinarias
del idioma, a mí aún me conmueve un poco con antigua ternura cuando la oigo
desprevenido. Aunque no creo en el destino y aprendí de Georges Brassens que
«todos los imbéciles han nacido en alguna parte», nunca he logrado dejar de
pensar que mi destino es irremediablemente donostiarra. Años después, cuando
yo contaba seis o siete, mis padres cruzaron la Avenida y se trasladaron al
número 3 de la calle Fuenterrabía, junto al Banco Guipuzcoano y frente a una
fuente luminosa cuyos chorros de agua cambiaban de color por la noche, del azul
al verde y del verde a un rojo que parecía ensangrentarla. Por entonces yo sólo
admiraba el fenómeno, sin inquietarme proféticamente ante esta última
metamorfosis ominosa. También ahora vivíamos en dos pisos, pero en la misma
planta y comunicados: la oficina de papá tenía su entrada por la calle Guetaria,
paralela a Fuenterrabía. A la vuelta de la esquina con la Avenida había una
elegante tienda de ropa masculina llamada Derby. Fue el primer derby de mi
vida, en la que luego hubo afortunadamente tantos. Dentro de nuestra casa
bifronte, fronteras sencillas pero inequívocas (una puerta, el sonido de la
máquina de escribir a un lado y el de la máquina de coser al otro) separaban el
espacio público del privado: los niños estábamos dispuestos a violarlas a la
primera ocasión. Corríamos de pronto desde la íntima cocina al despacho
abarrotado de tomos de jurisprudencia y, aunque la mecanógrafa nos decía con
alarma «¡Qué tiene visita!», asomábamos la cabeza reclamándole: «¿Papá?».
De la casa de Garibay recuerdo poco, casi nada más bien. Sólo un pasillo que
iba desde un extremo a otro, al que daban las puertas de la mayoría de las
habitaciones y que yo solía recorrer en triciclo. Arriba y abajo, veloz y peligroso
en mi triciclo… Al final del pasillo estaba el cuarto oscuro, un simple trastero
sin ningún rasgo de especial espanto, pero temido porque en él me encerraron
durante unos minutos alguna vez cuando me puse especialmente inaguantable.
Conociendo a mis padres, seguro que el castigo no se prolongó cruelmente. Pero
lo imponente era el mismo título de la condena: ¡encerrado en el cuarto oscuro!
Más que la prisión, me intimidaba su nombre. Por eso, en mi ir y venir por el
pasillo, cuando llegaba al extremo limitado por la puerta del cuarto oscuro, daba
vuelta a toda velocidad y me identificaba con algún gran ciclista, como Louison
Bobet o Fausto Coppi, disparado en el sprint definitivo. Lo curioso es que no
dejaba de gustarme que allí hubiese un cuarto oscuro, al final del camino, al que
acercarme con un leve estremecimiento y del que luego huir, inalcanzable y a
salvo. El cuarto oscuro da su sabor y su pavor al pasillo por el que pedaleamos…
aunque allí en Garibay yo todavía no era plenamente consciente de que no
siempre podremos escapar victoriosos de él.
Por lo demás, todo lo que me viene a la memoria respecto a esa primera
morada son referencias de su entorno, algunas ya desaparecidas como el
mencionado cine Novedades y otras todavía hoy bien presentes: la iglesia de los
jesuitas (donde fui bautizado y en donde me topé por primera vez con un
cadáver), la farmacia Casadevante que ahora regenta mi amiga de toda la vida y
compañera de juegos Arantxa, la pastelería Otaegi, en donde mi madre
compraba unos pasteles hojaldrados y natosos llamados «rusos» que rubricaban
en la mesa familiar las grandes ocasiones: «¡Hoy tenemos de postre rusos de
Otaegi!». En cambio, de la casa bifronte de Fuenterrabía y Guetaria tengo —o
creo tener— rememoraciones más precisas. ¿Recuerdos o sueños? Porque a
veces, soñando, sé que estoy en Fuenterrabía: el entorno es vago, la sensación
inequívoca. Estoy en Fuenterrabía y nada malo puede pasarme, ya que todo lo
malo me ha pasado, me pasa y me pasará fuera de allí. Quizá mi recuerdo es
sueño, el sueño de un recuerdo. Pero sin embargo algunas imágenes me resisto a
creer que sean meros embelecos de la nostalgia. Por ejemplo, por encima de
todas las demás, la del gabinete. O quizá deba escribirlo con mayúscula: el
Gabinete. Era la habitación fronteriza entre lo público y lo íntimo, puesto que
pertenecía «institucionalmente» a la oficina pero también solía ser utilizada por
miembros de la familia como lugar de sosiego, charla o encuentro con amistades.
Por las tardes, al volver del colegio y desde luego los días festivos, era mi lugar
predilecto para leer. Soy de los que leen horizontalmente: para mí un diván no
evoca al psicoanalista sino una buena novela policíaca y cuando veo una cama lo
primero que busco es la lámpara de lectura en la mesilla. En el Gabinete había
un cómodo tresillo cuyo sofá tenía el tamaño ideal para tumbarme en compañía
de Salgari o Karl May. Lo hacía siempre que podía, aislado de mis hermanos
queridos pero bulliciosos y de la obsesión materna por vigilar mi escaso celo
escolar: «¡No leas, estudia!». En aquellos tiempos, a diferencia de ahora, los
chavales teníamos clara la distinción entre leer y estudiar… Recuerdo el
Gabinete como un lugar silencioso, alfombrado con una espesa moqueta de color
gris perla y una lámpara de pie convenientemente dispuesta que alumbraba la
página y respetaba la penumbra. Allí pasé horas apasionadas, de cuyo encanto
aún me alimento. De vez en cuando, una visita inoportuna me expulsaba de mi
modesto paraíso —que también era sala de espera de la notaría— y otras veces
llegaba, inexorable, la hora del baño antes de cenar. Me resignaba a la
interrupción del júbilo como parte inevitable del propio júbilo.
Hay otro rincón de esa casa que recuerdo muy bien (¿sospechosamente
bien?): esta vez se trata verdaderamente de un rincón, no de una habitación ni de
un pasillo. ¿Un pasadizo, quizá, un escondrijo? Entre el despacho de mi padre y
el de Pedro, su primer oficial, no había una puerta sino dos. Se abría la primera y
se entraba en un hueco o vano, forrado de madera, de algo menos de un metro de
ancho, que precedía a la segunda puerta. Cuando ambas estaban cerradas, uno —
siempre que «uno» no fuese demasiado voluminoso— podía permanecer allí
emparedado, en la oscuridad de tacto liso y olor a caoba. ¿Para qué? Para nada,
para no ser visto por el momento, para que quien nos busca diga: «¡No está en
este despacho… ni en éste tampoco!». Perplejidad mínima, quizá exagerada un
poco más de lo estrictamente necesario por los adultos para dar gusto al niño,
idiota de pura felicidad, que repite por enésima vez la monería. Otras veces ya
no pretendía esconderme, me gustaba estar ahí dentro a sabiendas de todos. Les
pedía que cerrasen las puertas paralelas de mi cápsula con toda seriedad, como si
fuesen las de un batiscafo que se dispusiera a descender hasta la noche eterna del
fondo marino. Me pregunto (otra bobada pueril, una niñería póstuma) cuántas
veces estuve en esa clausura voluntaria, si fueron cincuenta, cien o trescientas, y
cuál fue la última de todas, la que yo no sabía que sería la última. También me
pregunto por qué recuerdo esa pequeñez después de haber olvidado
misericordiosamente tantas. El caso es que siempre, en todas las casas en que he
vivido o por las que he pasado, he tenido predilección por esos espacios
intersticiales y carentes de función práctica, repisas bajo una ventana en las que
cabe una silla, caprichosos rellanos que ensanchan brevemente un pasillo,
alacenas inútiles que sólo pretenden salvar una irregularidad arquitectónica,
etcétera. Instalarme un rato en esos oasis arbitrarios me produce un placer
singular, como si fuesen lo más propiamente «casa» de las casas. Por favor,
absténganse los psicoanalistas de darme su docta versión de esta manía porque
ya la conozco y me trae al pairo.
En esas moradas pasé mi infancia.
Allí, en San Sebastián, mejor dicho: en el cogollo de San Sebastián. En esa
repisa urbana, cuyas calles son unánimemente inolvidables porque todas
concluyen en el monte o el mar Todas tienen un más allá extraurbano, una
promesa de paisaje. La puerta verde del monte, la azul del mar y en medio,
apretadas, las calles, las plazas, los parques. Nunca saldré de esa prisión coqueta,
un poquito relamida, que mendiga ingenuamente el arrobo del «¡qué bonita es!».
Cuando la deje para siempre seguiré en ella, en los sueños del exilio o desde la
muerte. ¡Cómo comprendo a los fantasmas obstinados, que arrastran siglo tras
siglo sus sábanas raídas y sus cadenas herrumbrosas por las almenas del mismo
castillo irremediable! San Sebastián, el de mi infancia, es mi Canterville. Los
niños implacables, los jóvenes emprendedores y crueles se reirán del espectro,
pero el espectro no se irá. Proclamar la dicha de la infancia es ya un tópico
manido, un desafío impotente y rutinario, la más vulgar de las compensaciones
narcisistas. Qué le vamos a hacer. Comprendo que sería literariamente más
«fuerte» decir que detesto mi infancia, como hicieron provocadoramente
Malraux o Sartre. Debería insinuar hábilmente que ya entonces presentí los
cimientos de opresión en que se instalaba mi dicha —las cárceles, la dictadura,
la desigualdad clasista— o que la dulzura cotidiana era sencillamente
complacencia con afectos que esclavizan y mutilan. Nadie mejor que yo podría
testimoniar hasta qué punto condiciona y por tanto limita una infancia
declaradamente feliz. Peor: acompañada frecuentemente de la conciencia
angustiosa de que eso era la felicidad, o al menos así lo recuerdo. Sin embargo,
mentiría como un bellaco si formulase reservas o protestas retrospectivas. No lo
viví así, la dicha infantil me pilló desprevenido y siempre he tardado demasiado
en desconfiar. Ya otras veces he tenido ocasión de repetir la confesión de
Merleau-Ponty, que suscribo: «Nunca me repondré de mi incomparable
infancia». En efecto, el resto de la vida ha sido nada más que convalecencia, por
tanto aquello tuvo que ser una enfermedad: gravísima, incurable. Pero no puedo
renegar de ella. Si me instan a la contrición, renegaré de lo demás. Y todo porque
allí comenzó el hechizo. El sarcástico y fundamentalmente adusto Quevedo
reconoció un día, quizá a regañadientes: «Nada me desengaña; el mundo me ha
hechizado». También a mí, pero yo además sé cuándo ocurrió, dónde y casi —
sólo casi— por qué.
2

SOBRE MIS PADRES

C omo el de Salvador Dalí, el de Julio Verne y el de Voltaire, mi padre era


notario. Desde luego, creo que no vocacional. En el supuesto, claro está,
de que alguien pueda tener vocación de notario… En su juventud le gustó
escribir: fundó y dirigió una efímera revista cultural llamada Sinceridad, de la
que encontré algún número olvidado entre sus papeles (era muy pudoroso y
discreto en estas cosas). Recuerdo en particular un comentario suyo a Senos de
Ramón Gómez de la Serna, en el que se refería «a esas atractivas protuberancias
femeninas». No fingiré imparcialidad de juicio, pero me parece que no tenía
mala mano para la prosa. Sin embargo lo que más le gustaba era la poesía, mejor
dicho, los versos bien rimados y sonoros: Rubén Darío. Supongo que mi
adicción temprana y sempiterna al modernismo proviene en gran parte de las
poesías que me recitaba —y muy bien, por cierto— cuando yo aún no tenía ni
diez años. Disfrutábamos especialmente, él declamando y yo bebiendo la música
verbal del nicaragüense, con el cortejo y los claros clarines de La marcha
triunfal, así como con las quejas del lobo de Gubbia, rebelde con causa:
«Hermano Francisco, no te acerques mucho…». Una recomendación que parece
pensada para los ecologistas partidarios de los derechos de los animales.
Nuestra trova favorita, en cualquier caso, era Sonatina, a la que llamábamos
familiarmente «Margarita»: «El aire está cargado de esencia sutil de azahar; /
Margarita, te voy a contar un cuento». Cuando llegaba aquel redoble sentía un
emocionado cosquilleo en la espina dorsal: «Y el rey hizo desfilar / cuatrocientos
elefantes a la orilla de la mar». Aquí estoy todavía, en la orilla (que para mí era y
sigue siendo la playa de la Concha), esperando ver pasar mis cuatrocientos
elefantes y oyendo a lo lejos la alharaca orgullosa de su trompeteo. Pero fue otro
verso de esa misma composición el que me hizo sentir por vez primera la fuerza
de un adjetivo atinado: «los cisnes unánimes en el lago de azur». Al principio, la
unanimidad de los cisnes sólo me resultó verbal, no evidente, porque ni siquiera
estaba familiarizado con lo que significaba la palabra. Pero una tarde, en el
minúsculo estanque de la plaza de Guipúzcoa que entonces albergaba varios
cisnes, me detuve a verlos pasar deslizándose en paralelo sin agitar el agua. Y
comprendí de pronto, con revelación fulgurante, que eran unánimes y sólo
unánimes serían ya para siempre. ¡De modo que la palabra podía transfigurar a
la cosa! El pabellón de malaquita y el gran manto de tisú no eran sino hermosos
sonidos, pero la unanimidad predicada de los cisnes descubría y precisaba su
verdad dormida. Me enseñaba a ver la realidad, no sólo a nombrarla. ¿Cómo
renunciar ya a ese hechizo prodigioso de la palabra justa, una vez descubierto?
A veces sospecho que en ocasiones mi padre incluía alguna composición
propia en sus recitales. Hay una por ejemplo, El barranco del lobo, sobre un
desastre de las tropas españolas en la guerra de Marruecos, que nunca he visto
impresa en ninguna parte y que le atribuyo sin mayor fundamento que su
reiteración entusiasta. Me parece recordarle poniendo en ella un énfasis hecho de
timidez y orgullo, nunca presente en sus vibrantes interpretaciones de Rubén
Darío. Pero pueden ser figuraciones mías retrospectivas. También solía contarme
cuentos, protagonizados por un perrito llamado «Pirulo» que acompañaba y
ayudaba al gran «Rin-tin-tín». Como se prodigaba en estas sesiones narrativas
mucho menos que mi madre, me eran doblemente preciosas. Con todo, los
versos declamados —declamados sólo para mí— me gustaban aún más. Tenía
una voz más expresiva que bonita, cálida, suavizada en ciertos momentos por un
casi imperceptible acento andaluz, ya que como dije antes era granadino, aunque
no ejercía de tal. La inmensa mayoría de mis primeros libros me los compró mi
madre, la lectora de la casa (a papá, en cambio, nunca le vi leer más que el
periódico; en él la literatura era ya pura memoria, por eso probablemente prefería
las rimas a otras formas poéticas). Pero fue mi padre quien me regaló Platero y
yo, el mismo año en que dieron el Nobel a Juan Ramón Jiménez. Guardé el
volumen, pequeño y compacto, de tapas azules con la silueta blanca de un
borriquito, muchos años, hasta perderlo en algún traslado o arrebatado por esa
marea invisible, invencible, que nos quita cuanto alguna vez hemos amado. Sólo
nos queda la memoria y luego, probablemente, ni eso.
Me resisto a considerar el afán de leer una simple «afición» entre otras: es
una pasión, aún más, una forma de vida. Se entra en la lectura como se entra en
el sacerdocio: para siempre. Del mismo modo que otras pocas, muy pocas
opciones igualmente irrevocables, leer nos proporciona satisfacciones que nada
puede sustituir pero también limitaciones no menos duraderas. Un verdadero
lector es un lisiado feliz. Mis padres me vieron precipitarme en ese abismo con
una combinación primero de complicidad y de orgullo, luego de cierta alarma.
Aprendí a leer prácticamente solo, como Tarzán, a una edad muy temprana,
desde luego bastante antes de los cinco años en que empecé a ir
intermitentemente a un parvulario. El método de aprendizaje fue sencillo y
supongo que ha sido utilizado muchas veces antes y después. Mi madre solía
leerme un cuento ilustrado de animales parlantes, protagonizado por un león
soberbio finalmente castigado, que yo escuché una y mil veces hasta
aprendérmelo de memoria. Un día tomé el librito de sus manos y diciendo «mira,
mamá, ya sé leer» lo repetí de pe a pa. Claro que sólo fingía descifrar las letras
(en realidad me lo sabía par coeur, según la hermosa expresión francesa) pero a
partir de ese momento, conociendo los sonidos y las palabras, terminé leyendo
de verdad. De modo que llevo medio siglo leyendo, más o menos. Se me ha
hecho corto.
Para probar mi vocación lectora, que se había convertido en una halagadora
leyenda familiar, mi padre me llevó un día a su des pacho y me dio a elegir entre
dos regalos: mil pesetas (una fortuna entonces inconmensurable, el equivalente
infantil a «todo el oro del mundo») o una colección de libros, una enciclopedia
que se me recomendaba como «estupenda». Reconozco que dudé en mi interior,
porque con mil pesetas también podría comprarme libros, tebeos y todos los
juguetes imaginables: pero, fiel a lo que se esperaba de mí y a que mi padre no
podía equivocarse, opté por la enciclopedia. Con una sonrisa de satisfacción (y
de cierto alivio) papá me dijo que, como estaba seguro de cuál iba a ser mi
elección, ya me la había comprado. Uno a uno, desenvolví los diez o doce
volúmenes azules de El tesoro de la juventud, probablemente la mayor fuente
escrita de información y deleite que he tenido en mi vida. Cada uno de los tomos
incluía secciones fijas: cuentos, leyendas, narraciones históricas, zoología,
juegos de manos, instrucciones para construir acuarios, herbolarios y mil cosas
más. Quizá mi favorita fuese El libro de los por qué, lecciones de cosas que
respondía a preguntas tan urgentes como «¿por qué las montañas lejanas son
azules?» o «¿por qué flotan los barcos?». La perspectiva del tiempo puede ser
engañosa (tiene que serlo, este libro lo probará de mil maneras) pero ahora estoy
convencido de que esa elección fue determinante en mi vida, como aquella de
los doce de la fama cuando cruzaron la raya trazada por el conquistador en el
suelo para irse con él en busca de Eldorado. Por nada del mundo quisiera
haberme quedado con los vacilantes que no dieron el paso decisivo, con los
remisos, con los que prefieren las mil pesetas contantes y sonantes.
Entre mis padres había una notable diferencia de edad: cuando se casaron, él
rebasaba ampliamente la cincuentena y ella andaba por los treinta y dos. Este
desajuste tiene una explicación histórica. Mi madre había sido la novia de
Carlos, un hermano menor de papá, que fue asesinado a los diecinueve años
durante la guerra civil en el Madrid republicano. Sus verdugos fueron un puñado
de salvajes de los muchos que allí cometieron fechorías mientras la capital
estaba asediada por quienes después impondrían su propio salvajismo represivo.
No había más cargo inteligible contra él, si es que tal cosa hiciera falta en
aquella turbulencia, que el de ser un estudiante de Acción Católica aunque sin
especial compromiso político. Lo fusilaron, como a tantos otros, en Rivas-
Vaciamadrid y el polvo de su osamenta juvenil, mezclada con la de muchos
desdichados, debe de haber ido a parar años más tarde desde la fosa común al
seudofaraónico Valle de los Caídos. Después de la contienda, el hermano mayor
—que en su día tuvo que identificar el cadáver martirizado— fue convocado por
las nuevas autoridades para acusar a uno de los responsables de la ejecución. Los
triunfadores se lo ofrecieron para que descargase en él su revancha y, por un
momento, quien luego sería mi padre levantó una mano vengativa contra el reo:
pero no pudo descargar el golpe y se retiró llorando del expeditivo tribunal y de
la nueva crueldad que no enmendaba sino que prolongaba y aumentaba las viejas
atrocidades. A partir de entonces abandonó cualquier veleidad política (había
saludado con alborozo la proclamación de la República), renunció a sus pruritos
literarios y se refugió definitivamente en la rutina de su notaría. También se hizo
cargo de la novia del hermano muerto, de mi madre, al principio de modo
meramente protector hasta que años después se casó con ella. De algún modo
creo que quería reparar una culpa difusa en la que se sentía inmerso. La
culpabilidad del superviviente, alzado con alivio de entre los muertos ejecutados
por el rencor y el despiadado azar.
A mi modo, también yo soy un niño de la guerra. Recuerdo vagamente las
cartillas de racionamiento y unos emblemas coloreados que las adornaban, como
cromos. No sé de qué modo me determinó todo esto. Mis padres eran «del
régimen», claro, pero no me educaron en el entusiasmo ciego por la política
victoriosa: más bien en el horror a la discordia civil y sobre todo a la violencia
contra los vecinos, que pretende exterminar brutalmente en otros un adversario
que llevamos dentro. Muchos, muchos años más tarde, mi padre fue el notario
ante el que Franco hizo su testamento (el personal, claro, no el político que
escribió casi moribundo y que después se hizo público). En casa rodaba por los
cajones una foto del Caudillo autografiada en tal ocasión, que mi madre se
apresuró a poner en la cómoda de la entrada la noche en que vinieron por
primera vez a detenerme, en el estado de excepción del 69. Sirvió de poco. Pero
estos antecedentes explican o imponen quizá que nunca haya sido del todo «ni
de los hunos ni de los otros», como hubiera dicho Unamuno. Sólo los que
fusilan, los que torturan, los que buscan aterrar y desdeñan convencer, me han
tenido siempre visceralmente en contra. Lo llevo en la sangre: es decir, en la
parte de mi sangre que comparto con alguien que la derramó injustificablemente,
tiránicamente, cuando era más joven de lo que hoy es mi hijo: alguien que
enamoró la juventud de mi madre.
Desde nuestro punto de vista infantil, mi padre era el «bueno» por excelencia
de la casa. Su edad, sus preocupaciones de trabajo, su carácter cachazudo, todo
le predisponía a mantenerse cuidadosamente al margen de las pequeñas disputas
domésticas. Detestaba llevar la contraria y a los niños nos consentía cualquier
capricho salvo cuando suponía que podía ser peligroso para la salud (me
recomendaba como una norma de importancia vital que, al levantarme, me
pusiera antes que nada los calcetines, para no pisar el suelo con los pies
desnudos). En realidad, ya lo he dicho, era más un abuelo que un padre. Mi
madre, animosa y polémica, tenía que representar los aspectos menos simpáticos
de la autoridad familiar, sin los cuales por cierto no hay familia, ni educación, ni
nada de nada. Por eso con mi madre estábamos a veces enfadados y con mi
padre nunca: ella nos contrariaba de vez en cuando el gusto y él prefería dejarlo
correr. En la casa llena de chavales bulliciosos, ancianas maniáticas y chachas
afanosas, solía buscar santuario en el retrete, al que devolvía el sentido gálico de
su nombre, aún presente en nuestro castellano clásico: se refugiaba allí para estar
solo y leer el periódico sin interrupciones, sentado sobre la tapa cerrada de la
taza; después, al salir, tiraba discretamente de la cadena para disimular. Sólo
recuerdo una vez realmente enfadado conmigo: yo me las había arreglado para
hacer llorar a mi hermana y seguía martirizándola ya no sé de qué modo,
entonces papá se me vino encima como una némesis vengadora, me arrastró del
brazo fuera de la habitación y hasta me lanzó una patada que no logró
alcanzarme pero que —por lo inusual del gesto— me dejó tan traumatizado
como si me hubiera pegado un tiro. Aún veo su figura, que entonces me parecía
gigantesca, hacer aquel movimiento desordenado y agresivo que resultaba
incompatible con su habitual compostura benévola, persiguiéndome. Estoy
seguro de que para exasperarle hasta ese punto debí de ponerme realmente
insufrible. Pero con razón habló el escritor brasileño Machado de Assis de «los
callejones oscuros de la memoria, vieja ciudad de traiciones»: guardo mil
recuerdos tan gratos y dulcísimos como borrosos de aquel hombre amable y, sin
embargo, ninguno es tan acusadoramente nítido como el del único día que
intentó pegarme.
Descubriendo o despertando mi avidez de milagros, inventó un sistema de
prodigármelos en formato de bolsillo. A mí me gustaban muchísimo las
colecciones de cromos, que compraba semanalmente en el quiosco de los tebeos
para luego irlos pegando con un engrudo blanco de apetitoso olor a almendras en
sus correspondientes álbumes. Mis preferidos eran los cromos de animales (una
de aquellas series, De la selva profunda a los abismos del mar, me resulta
especialmente memorable) pero sin desdeñar los que versaban sobre la policía
montada del Canadá, las peripecias submarinas del comandante Cousteau, el
lejano Oeste o la película Ben-Hur. En el colegio, durante los recreos,
cambiábamos los cromos repetidos con quienes compartían nuestro empeño de
coleccionistas, que solían ser la mayoría. Esos trueques inocentemente recelosos
—junto a los de canicas, tres de barro por una de cristal— nos iniciaban en las
transacciones comerciales, que luego constituyen gran parte de la vida. A veces
dábamos dos estampas y hasta tres por una especialmente difícil, cuya
reputación aseguraba: «¡Éste nunca sale!». Al final, yo nunca lograba acabar el
álbum, siempre quedaban unos pocos huecos en sus páginas, pero es que
aparecía otra colección aún más irresistible y me pasaba a ella con armas y
bagajes. Otros niños lograban completarlos minuciosamente (cuando ya les
faltaban pocos cromos, sus padres escribían a la editorial para solicitarlos) y
luego guardaban los álbumes, bien repletos, archivados con un escrúpulo que
hubiese enorgullecido a cualquier hemeroteca. Pertenecían al modelo establecido
por Humbertito Lañe (si usted no sabe quién es Humberto Lañe ni Guillermo
Brown, temo que esté leyendo el libro equivocado). Pero yo no, yo era un
desastrado, como decía tolerantemente mi madre. No terminaba las colecciones
de cromos, no guardaba ni encuadernaba los tebeos que tanto me encandilaban
en el momento de leerlos, nunca he logrado ordenar convenientemente mis
bibliotecas, jamás he conservado un recorte de periódico que hablase de mí o de
lo que escribo, las aficiones y los amores a los que un instante tanto me dediqué
se me han ido luego nadie sabe adonde, como el agua entre los dedos.
«Desastrado», hermosa palabra, inexorable destino, el mío. Todas las
limitaciones de lo que he hecho y la infinitud de lo que he dejado sin hacer se
explican sencillamente porque fui, soy y seré un desastrado. Me asomo por los
huecos vacíos de mis álbumes, de los que estas notas constituyen el penúltimo
avatar. Quedará incompleto, se perderá también y es justo que así sea.
Pero espero sin cesar el advenimiento redentor de la maravilla y papá fue mi
primer cómplice, quizá el culpable de esta absurda enfermedad de la esperanza
en lo que dentro de un instante llamará a la puerta o encontraré a la vuelta de la
esquina. Me compraba mis cromos favoritos, pero no me los daba sencillamente,
como mi madre o mi abuelo. Al contrario, cuando iba ilusionado a pedírselos,
me aseguraba que se le habían olvidado pero que —quién sabe, quién puede
nunca saber…— intentase buscar por su despacho. Aprendí dónde, en el hueco
para las piernas de su macizo escritorio, sobrecargado de papeles urgentes y
anuarios de referencia. Gateaba en esa caverna de caoba y encontraba un
montoncito de sobres, con los cromos anhelados. Mi padre parecía asombrarse
del hallazgo tanto como yo y compartía con él mi júbilo, tan agradecido por el
regalo como por la prevista sorpresa. Es él quien tiene la culpa de que aún se me
acelere el pulso cuando encuentro que en una habitación de hotel, durante la
noche, alguien me ha pasado bajo la puerta el periódico del nuevo día o una
carta. ¡Llega lo inesperado que siempre espero, el insólito y requerido milagro!
Lo trivial se engalana con el resplandor de la promesa realizada. Lo que en el
niño fue inocente picardía, en el adulto se ha transformado en patética estulticia,
pero de las que ayudan a ir tirando enmascarando la esterilidad de la rutina, sin
conocer nunca del todo la faz de la amargura. ¿Se puede ser más tonto que yo?
¿Más desastrado? La salud de papá siempre constituyó una preocupación
familiar central. De joven había padecido una tuberculosis que le dejó afectado
el corazón. Se fatigaba con facilidad y de vez en cuando —sobre todo por las
noches— quedaba agobiado por lo que mi madre llamaba «el ahogo», que le
impedía conciliar el sueño. Casi ni respirar podía. Entonces permanecía
incorporado en la cama, con dos o tres almohadas tras la espalda, mirando a su
preocupada mujer con una expresión asustada pero nunca carente de un punto de
humorística resignación. Al poco de casarse, el prestigioso doctor Jiménez Díaz
informó a la joven esposa de que sólo si lo cuidaba mucho y no le exigía
demasiado tendría marido para unos cuantos años: vivieron felizmente juntos
más de treinta. Por mi parte, interioricé desde pequeño el pánico a los ahogos de
papá y aprendí a reconocer como señal de alarma no oír, llegada la hora debida,
el fragor regular y potente de sus ronquidos que rubricaban cotidianamente la
calma nocturna, igual que su firma ininteligible y perfecta certificaba la
autenticidad de los documentos que pasaban por su mesa (por cierto, roncar con
estruendo forma parte de mi herencia genética, como con desconsiderada
vehemencia me han hecho saber tantas y tantos con quienes he compartido
dormitorio).
A estos achaques habría que añadir sus frecuentes jaquecas, ya mencionadas
antes, y su pánico a las corrientes de aire, para las que tenia una sensibilidad de
alta precisión. Él mismo solía contar con regocijo el chiste que a su costa acuñó
alguno de sus amigos: «Fernando muere y poco después fallece su colega; este
último, ansioso de compañía en la ultratumba, le busca por el Cielo pero para su
sorpresa allí nada saben de él; también registra infructuosamente el purgatorio y
finalmente se atreve a bajar al infierno; estremecido, abre cautelosamente la
cancela de hierro tras la que arden en el horno eterno los condenados y de
inmediato le saluda desde el fondo un aullido bien conocido: “¡Esa puerta, que
hay corriente!”». También fue muy propenso —y luego yo, en su traza— a los
cólicos nefríticos. En cierta ocasión, cuando yo tenía unos once años, un
pedrusco particularmente acerbo se le atravesó en el uréter y resultó
imprescindible intervenir quirúrgicamente. El problema era que tal operación
requería entonces una anestesia total de más de una hora, sumamente peligrosa
dado el estado frágil de su corazón. Tuvo que trasladarse con mi madre a
Barcelona, donde el genial Puigvert se comprometió a extraerle el cálculo en
menos de media hora y cumplió su promesa. En casa, los críos habíamos pasado
bastante zozobra, sobre todo yo, por mi edad algo más consciente del riesgo que
implicaba la intervención. Convencí a mis hermanos de que debíamos prepararle
un gran recibimiento cuando volviese al hogar, de un tamaño no menor que
nuestro alivio al saberle fuera de peligro. Durante todo un día, trabajamos
preparando rústicas guirnaldas de papel y carteles con leyendas
humorísticamente triunfales: «El aldeano tiró, tiró la piedra tiró…». Verle entrar
de nuevo por la puerta de casa fue uno de los momentos más dichosos de mi
infancia, pero con la alegría recortada sobre el fondo mortal de la angustia, que
ya entonces comprendí que sólo podemos aplazar, nunca erradicar. Cuarenta
años después, yo también padecí una operación idéntica a la de mi padre, una
piedra en el uréter que amenazaba con paralizar la función renal; aunque hoy
esas cosas suelen resolverse sin abrir al paciente, por medio del láser o algo
semejante, en mi caso la litotricia resultó impracticable y no hubo más remedio
que recurrir al sanguinario procedimiento tradicional del bisturí. Pero en algo
noté el progreso de los tiempos: la anestesia epidural me permitió estar
consciente durante la intervención (que duró sin embargo algo más que la obra
maestra de Puigvert) y así pude escucharles a los dos cirujanos que me hurgaban
comentarios displicentes sobre mis vísceras, sin duda perfectamente justificados
aunque de todos modos bastante humillantes. En fin, el menor de los trastornos
iatrogénicos que se pescan en los quirófanos no lo constituyen las heridas
narcisistas…
Papá combatía o prevenía sus distintas dolencias con una amplia farmacopea.
Abundaba en pastillas, antes y después de las comidas. En los peores momentos
del cólico nefrítico utilizaba liberalmente la morfina, que entonces se adquiría
sin mayores trámites en cualquier farmacia. Ahora en ocasiones se les regatea
incluso a enfermos terminales, por respeto a la inicua superstición que persigue a
las llamadas «drogas» en esta época que demasiadas veces autoriza el libertinaje
y proscribe la libertad. Supongo que mi padre murió más o menos «drogadicto»:
eso sí, a los ochenta años, trabajando con plena aceptación social hasta el final
de su vida y sin tener nunca que reclamar su dosis, probablemente adulterada, a
ninguna mafia de traficantes ni de burócratas. Otros tiempos… Como los
doctores le habían recomendado pasear a fin de agilizar suavemente su corazón y
él no tenía tiempo ni afición para los ejercicios al aire libre, deambulaba todas
las noches después de cenar por el pasillo de casa, pausado y grave, como un
embajador que fuese a presentar credenciales. Arriba, abajo, arriba, abajo…
igual que yo solía hacer por las tardes con mi triciclo. Le oía desde mi cama y
me arrullaban sus pasos, como poco más tarde sus ronquidos mezclados con el
sonido de la radio que mi madre dejaba encendida hasta que me dormía.
A mi padre le gustaban las rancheras mexicanas, que oíamos frecuentemente
en el pick-up doméstico, en la voz de Jorge Negrete. Junto a las grabaciones del
irundarra Luis Mariano y los trinos de Mario Lanza, eran su música preferida y
por tanto también la mía. Aunque no solía frecuentar los conciertos, no faltó al
recital que ofreció en nuestra ciudad la famosa Irma Vila. Con esos viejos vinilos
de setenta y ocho revoluciones comenzó mi afición a México, que después los
viajes y la amistad se encargaron de consolidar. Papá y yo pocas veces
estábamos a solas fuera del hogar: nuestra complicidad más habitual era el
hipódromo, como en mis libros hípicos he tenido ocasión de contar. El resto de
las expediciones festivas —a las palomeras de Etxalar, a los idílicos paisajes de
Articuza— eran siempre colectivas de toda la familia. Pero también solía
llevarme de vez en cuando a sus visitas profesionales a las fábricas de papel de
algunos clientes, cuyos desechos —en aquellos tiempos preecológicos—
contaminaban apestosamente el río Urumea. De esas expediciones regresaba
cargado de recortes tornasolados de celofanes rojos, verdes y amarillos, así como
un poco abrumado por el incomprensible ajetreo al que había asistido en las
espaciosas naves colmadas por el estruendo de las máquinas. Muchos de los
clientes de mi padre eran acomodados burgueses a los que se suponía simpatías
con el proscrito nacionalismo vasco: cuando se aproximaban las fechas estivales,
acudían a su despacho para acelerar la firma de las escrituras más urgentes,
porque mientras el dictador veraneaba en San Sebastián —el yate Azor fondeaba
habitualmente con arrogancia en la Concha— ellos debían permanecer
obligatoriamente «alejados» de la capital donostiarra. Los hijos, nietos y
biznietos de estos próceres absurdamente maltratados llevan nutriendo las filas
de ETA desde hace casi cuatro décadas…
Lo cierto es que hablé poco con mi padre, no de hombre a hombre (como
suele risiblemente decirse) sino de hijo a padre, lo que me parece más
importante. De pequeño tuve más trato con él pero después, cuando crecí, la
diferencia de edad se hizo notar de modo prohibitivo. Además yo era un
adolescente polémico y a él no le gustaba discutir (no le gustaba ya discutir): le
venía de pronto el ahogo y mi impertinencia fanfarrona se lo hubiera provocado
a cada paso. Delegó la tarea del debate en mi madre, que compartía mi afición
batallona y nunca estaba falta de aliento ni de argumentos. A veces pienso que la
experiencia le había transformado de idealista en escéptico. Sin embargo, una
vez me sorprendió con una inusual profesión de fe. Vivíamos ya en Madrid y yo
bajé a la oficina quizá para buscar un libro (la colección encuadernada en piel de
los premios Nobel, a la que mi pedante ingenuidad me hizo adicto, se guardaba
en su despacho). Todo estaba oscuro, salvo la luz en una de las mesas de los
oficiales en la que le encontré trabajando. Por decir algo, pregunté: «¿Qué hay,
papá? ¿Estás aquí solo?». Y me contestó con una leve sonrisa: «No, hijo, estoy
con Dios». Esa respuesta, su tono, me resultaron inusuales y me desconcertaron
un poco. Como si de pronto hubiera vuelto a recitarme alguna de las viejas
poesías de mi infancia: «Hermano Francisco, no te acerques mucho…». No sé si
buscó impresionarme por un momento o enseñarme algo, la última lección
necesaria. Con mi madre, en cambio, las cosas fueron siempre de modo muy
distinto. Hace poco más de un año, tras visitarla en la residencia de ancianos en
que pasa sus últimos días, escribí sobre ella unas páginas de reconocimiento que
transcribo a continuación sin intentar enmendarlas ni mejorarlas.
3

LO QUE TE DEBO

Porque allí nace alegre el Niño


engendrado con horrendo dolor;
igual que recogemos con alegría el fruto
que sembramos con amargas lágrimas.

WILLIAM BLAKE, El viajero mental

Q uerida mamá, te escribo esta carta ficticia en torpe compensación por


tantas cartas verdaderas no escritas —ahora que lo pienso, no recuerdo
haberte dirigido nunca una carta personal verdaderamente a ti, algo que fuera
más allá de postales o misivas familiares, donde quedabas englobada como
destinataria en un «queridos todos» o cosa parecida— y por tantas palabras
nunca dichas o, aún peor quizá, mal dichas… malditas. Te la escribo ahora que
aún estás pero ya no estás, es decir cuando todavía formas parte de mis
preocupaciones pero yo ya no estoy en las tuyas, de las que tantas veces —¡ay!
— fui protagonista. ¿Sigues teniendo hoy preocupaciones de algún tipo, pese al
mal de Alzheimer, la arteriosclerosis o como quieran llamar a la dolencia que te
ha robado la mente los doctos que no pueden curarla? Supongo que sí, sean
provocadas por el frío, el calor, el hambre o cualquier otra incomodidad, es decir
siempre relativas a la privación de los pocos goces meramente negativos que aún
te quedan. Nada tendrán que ver ya con el amor ni el cuidado por los tuyos, que
fueron ocupación central de tu vida, pero aun así serán cuidados personales de
uno u otro tipo, porque mientras dura la vida podemos perderlo todo menos el
apremio tibio y sin embargo inexorable de cuidarnos. Sólo la muerte nos
descuida por completo al cogernos por descuido.
Cuando voy a verte a la residencia con alguno de mis hermanos, de vez en
cuando me sonríes al saludarte con un beso. Y creo que te brilla en los ojos una
chispita de la antigua ironía, algo que podría ser un atisbo de reconocimiento.
¿No decían siempre que yo era tu preferido, el que más se parecía a ti en lo físico
y también espiritualmente, en la mala leche polémica? Quizá al verme piensas
hacerme alguna broma sobre lo viejo que estoy, sobre lo blanca que tengo la
barba, sobre lo asustado que llego a esa antesala de la muerte que es el hogar de
ancianos (Mors. O quam amara est memoria tua), sobre lo poquísimo que me
parezco ya al niño cabezón y nervioso de enormes orejas despegadas al que tú
mimabas; piensas alguna pulla o algún consuelo para mí, pero luego se te olvida
y sigues sin hablar. Habría tanto que decir que las palabras se han vuelto
imposibles. Sólo de vez en cuando farfullas algo poco inteligible, cuando te
enoja nuestra obsequiosidad o estás fastidiada por cualquier motivo que sólo tú
conoces. Por lo menos aún te quedan ganas de protestar. También le pasa a otras,
como esa compañera de achaques sentada al fondo de la sala de visitas que al
oírnos hablar contigo repite una y otra vez en voz muy alta: «¿Y lo mío, lo mío,
lo mío qué? ¿Y lo mío, lo mío?». Nadie le responde porque no hay respuesta.
Es un terrible lugar la residencia, aunque sea de lujo y estés muy bien
atendida. No objetivamente terrible para quienes allí están, sino subjetivamente
para el que viene de fuera y quizá también para ti misma, a ratos. Es el espanto
de lo irremediable. De allí jamás podremos salir, ni tú ni tampoco yo desde que
fui a verte por primera vez. Sé de lo que hablo, porque estuve hace más de
treinta años en la cárcel unos cuantos días y ya nunca me he librado de ella por
completo; ahora estoy seguro de que tampoco de esta residencia —ajardinada,
cómoda, inexpugnable— volveré a irme del todo, hasta que quizá un día me
instalen en un lugar semejante a esperar el final. Mientras la otra señora insiste
en su queja inútil, que es imposible no compartir —«¿y lo mío, lo mío, lo
mío?»—, porque ninguno sabemos adonde se fue todo ni cómo se va yendo lo
que nos queda, yo por hacer algo te doy una revista. Y entonces lees los titulares
con voz clara y entonada, con la voz de siempre. ¡Qué fiero y cruel prodigio: se
te ha olvidado hablar pero aún sabes leer! Ya sólo puedo oírte como antes
cuando me lees en voz alta, como me leías hace medio siglo aquellos cuentos
que yo me aprendía de memoria para después fingir leerlos a mi vez en el libro
infantil antes de haber aprendido siquiera las primeras letras, asombrando a
algunas visitas crédulas.
Tu voz precisa y entonada de lectora, la que yo más he amado, es la última
que aún se resiste a abandonarte. Ninguna madre tiene derecho a quejarse de que
sus hijos nunca lean o lean a regañadientes si ella no ha sido capaz de leerles de
vez en cuando como tú me leías a mí… incluso mucho después de que supiese
ya leer perfectamente, sólo por darme gusto. No hay cosa que más deteste ahora
que verme obligado a soportar una lectura de poemas o un capítulo de novela
balbuceado con narcisismo incompetente por su autor o una conferencia leída
(que frente a una espontáneamente recitada es algo así como alimentarse con
guisos enlatados en lugar de tomar alimentos frescos): pero si tú aún pudieras
leer para mí cuentos de hadas o historias de animales que hablan, me acostaría a
escucharte como cuando tenía fiebre. Para siempre.
No fuiste una intelectual —te recuerdo defectos pero no pedanterías… y así
quisiera que me recordasen a mí— aunque en cambio te gustó siempre
muchísimo leer. Te gustaba leer y por tanto leías por gusto. No te imagino
leyendo algo ilustre pero aburrido y a mí me sedujiste a la lectura sin
proponerme jamás un programa cultural. Para convencerme de que leer es algo
maravilloso e imprescindible me bastó ver el entusiasmo con que comprabas la
última novela de Agatha Christie aparecida en editorial Molino. Si te hubiera
oído citar a Dante o a Proust seguramente me hubiese dedicado al fútbol. Según
un ritual pueril que no sé si aún se practica, cada diente que se me caía debía
ponerlo debajo de la almohada para que un misterioso ratón[1] me trajese un
regalo. Siempre fueron libros y así obtuve por primera vez El candor del padre
Brown de Chesterton y La montaña de luz de Salgari, entre tantos otros como
dientes de leche cambié por colmillos más adultos. ¿Cómo podrían agradecerse
suficientemente tales regalos? Determinaron mi vida entera, mis aficiones: me
hiciste el alma. También me condenaste, desde luego, a seguir buscando sin
cesar —volumen tras volumen— la reconquista de aquella felicidad primera.
Nunca te equivocabas en lo que iba a gustarme ni nunca dudé de tu criterio.
Cuando mostraba interés por algunas de las novelas de Plaza que tú leías con
fruición, como Viki Baum, Pearl S. Buck o Cecil Roberts, te limitabas a decirme:
«Éste no es para ti». ¡Cuánta razón tenías! Aún hoy siguen sin serlo. En cambio
me pasabas después de haberlas leído otras como El ataúd griego de John
Dickson Carr (quizá fuese de Ellery Queen, lo único que recuerdo bien es que en
el intrigante féretro había das cadáveres en lugar de uno) o alguna de S. S. Van
Dine, el alimento imaginario que yo precisamente necesitaba. Con el tiempo he
ido ampliando el ámbito de mis lecturas y creo haber hecho algunos
descubrimientos esenciales en ese campo por mí mismo: pero los primeros libros
que tú elegiste para mí componen el disco duro de mi alma literaria y no han
dejado de gustarme nunca.
Sólo una vez me diste un terrible disgusto literario, pero fruto no de un error
sino de tu mayor acierto. Muchos de aquellos obsequios preciosos, como los
libros de Chesterton, los Cuentos de las colinas de Kipling o las Novelas de
pavor y misterio de Stevenson (que incluían a Jekyll y Hyde junto a la
espeluznante historia de Juana la Cuellituerta), me llegaban en las primorosas
ediciones de la colección Crisol de Aguilar, mi preferida entre todas,
encuadernadas en piel de diferentes colores según los géneros y con hojas de
papel biblia impresas en letra diminuta. Por entonces comencé a tener problemas
de visión y se descubrió que tenía un ojo con mucha mayor miopía que el otro,
casi atrofiado a fuerza de no utilizarlo. Hube de ponerme gafas y comenzaste a
vigilar para que no leyera con poca luz o un tipo de letra que me obligara a
forzar demasiado la vista. Y fue precisamente entonces cuando me hablaste de
Sherlock Holmes y encontré en nuestra pequeña librería Paternina de la calle
Fuenterrabía, frente a casa, el primer volumen de las obras completas de sir
Arthur Conan Doyle, en la colección Joya de Aguilar, hermana mayor de Crisol
pero con el mismo papel finísimo y la misma letra microscópica. Empecé
Estudio en escarlata y supe desde el primer momento que me adentraba en un
paraíso donde serían comestibles no sólo las manzanas prohibidas sino hasta las
serpientes tentadoras. Pero entonces, al verme aferrado al volumen
congestionado de más de mil páginas y renglones minúsculos, te entró un
escrúpulo oftalmológico y me dijiste que debía devolver el libro: ya me
buscarías una edición más legible de las andanzas del gran detective. ¡Renunciar
a Sherlock Holmes ahora que lo tenía todo junto en la mano! ¡Ser declarado
inútil total para Baker Street —donde ya había decidido vivir hasta el fin de los
tiempos— por culpa de mi vista, que luego no me sirvió ni siquiera para evitar la
mili! Monté tan dramática zapatiesta que volví a recuperar el amado volumen —
sólo estuvo fuera de mi tutela unas cuantas horas— y hasta conseguí que me
compraras sucesiva y espaciadamente los otros cuatro que formaban las obras
completas de sir Arthur. El afán que no admite demoras ni cortapisas por un
libro, eso es algo que tú podías entender. Y yo soy tu hijo ante todo porque fuiste
capaz de comprender eso y no sólo por haber salido de tu vientre.
También eras capaz de discutir, artera e incansablemente. Nunca he tenido
mejor adversario polémico que tú, es decir nunca lo he tenido peor. Después de
haber cruzado armas verbales contigo durante años, todas las batallas dialécticas
me parecen sosas. Tenías la honradez básica de aceptar de inmediato el núcleo
de lo que se debatía en cada caso, para luego desplegar todas las artimañas
imaginables capaces de debilitar la posición contraria. Percibías infaliblemente
la más pequeña grieta en la armadura del adversario y arremetías sin
contemplaciones. En especial fuiste siempre magistral en el manejo de la ironía
demoledora y en el subrayado de ese aspecto ridículo o enclenque de nuestra
posición que todos evitamos poner a la luz. Me temo que también en esta
peligrosa habilidad he sido un discípulo tuyo incluso demasiado aventajado…
Nuestros torneos tenían lugar por las mañanas, en el cuarto de baño, mientras
tú completabas tu aseo personal. Yo me sentaba en la tapa del retrete mientras
ibas y venías ritualmente entre esponjas, polvos y lociones. La cuestión en litigio
era lo de menos, aunque solía pertenecer al campo de la teología y —un poco
más tarde— al de la política. Como toda polemista de raza, preferías los temas
infinitos, imposibles de resolver. Aceptabas y hasta propiciabas de buen grado
las digresiones, pero no tolerabas las inconsecuencias. Todavía hoy, cuando
discuto con algún incauto y le cuelo de rondón cualquier argumento con mera
apariencia de solidez, suelo pensar: «Éste mi madre no me lo hubiera dejado
pasar». Me adiestraste insuperablemente para refutar, aunque quizá tanto a ti
como a mí nos ha faltado siempre humilde disponibilidad para aceptar ser
refutados.
Otras dos cosas más aprendí de ti o merced a ti. Con todo lo que tenías de
crítica y discutidora en cuestiones de opinión, siempre fuiste fácil de conformar
en los asuntos prácticos. Ante el plato dudoso de comida, ante la habitación
mediocre del hotel o la butaca con mala visibilidad en el teatro, procurabas
siempre conformarte (¡y conformarnos!) celebrando con entusiasmo contagioso
las excelencias imaginarias de lo que no las tenía reales. Nunca te interesó lo
suntuoso ni lo refinado, ese énfasis ridículo en lo accesorio que desde entonces
para mí siempre ha despertado sospechas de estrechez de alma. Soporto el buen
gusto, pero no las ínfulas de quienes creen tenerlo. Preferiste lo confortable a lo
exquisito, lo cordial a lo sublime, lo habitual a lo insólito y sobre todo lo que hay
(y de momento basta) al nuevo instrumento mágico que recomiendan los
creadores de falsas necesidades. Pese a pertenecer a una familia acomodada y
vivir estupendamente, nunca tuve sensación en mi infancia o adolescencia de
que el derroche superfluo fuese cosa recomendable, ni siquiera decente.
Resultaba lógico comprarse un libro interesante aunque fuese caro, porque los
libros importan, pero era absurdo gastarse más de lo debido en una camisa, si las
hay buenas y baratas, o beber Veuve Clicot en Navidad cuando el cava rosado
del Ampurdán está también riquísimo y lo que más importa es la buena
compañía. A fin de cuentas, casi nada es insoportablemente malo para quien
contempla las cosas con ojos de coraje y alegría. Un personaje de Shakespeare
(en El Rey Lear, si la memoria no me falla otra vez) dice: «Aún no está
ocurriendo lo peor cuando uno puede decir: esto es lo peor». Así pensabas y así
pienso yo también y de aquí debería partir todo verdadero inconformismo no
melindroso. Quiero pensar que incluso si hubieras podido verte hoy
plácidamente demente en la residencia de la muerte no hubieras cambiado de
criterio. En cuanto a lo que me concierne o, mejor, concernirá, también lo
afirmo. Mientras dure la vida y el dolor resulte soportable, no hay que dar por
perdida la aventura.
Durante años te vi sacrificarte y también rebelarte contra la necesidad del
sacrificio: otra importante lección para mí. Te casaste aún joven con un hombre
mucho más viejo que tú, hermano mayor del novio casi adolescente que te
asesinaron en la guerra civil. Se trataba además de un enfermo crónico —aunque
lleno de buen humor y capacidad de trabajo— al que debías cuidar mucho para
que llegara a ver crecer a sus hijos. Y los hijos fueron nada más ni nada menos
que cuatro. Añadamos a esta nómina de responsabilidades tu extremadamente
anciana suegra y tus propios padres, pues todos acabaron viviendo y muriendo
contigo, bajo tu tutela. No hay juventud que resista tantas obligaciones, tantas
renuncias a viajes y diversiones que pudieran apartarte demasiado tiempo de la
trinchera donde debías combatir contra todas esas alarmas diferentes. Y sin
embargo nunca llegué entonces a verte marchita, siempre me pareció que
conservabas una animosa y hasta agresiva lozanía. Se notaba, sin embargo, que
eras consciente de cada una de tus renuncias y por supuesto que no te gustaba
renunciar. Creo que viviste la mayor parte de tu vida atrapada en tu deber y,
sobre todo, prisionera de una concepción de la mujer que convierte demasiadas
necesidades hospitalarias en tristes virtudes femeninas.
Cumpliste escrupulosamente hasta el final pero se te escapaban con
frecuencia no tanto gritos de protesta como miradas y suspiros de rebelión. Yo te
explotaba como los demás —¡más quizá que los demás!— pero a la vez vigilaba
y comprendía tu ocasional descontento. Incluso tu inconsciente rencor contra lo
inevitable, que barnizabas con la desmejorada purpurina de la resignación
cristiana. Mis ojos paganos leyeron tu ejemplo al revés, seguramente porque soy
mucho peor que tú: decidí enseguida no sacrificarme jamás o por lo menos no
confundir la excelencia con la renuncia, demasiadas veces inevitable para no
incurrir en mera inhumanidad. En efecto, lo inhumano debe ser evitado aunque a
veces nos cueste mucho pero la gloria de lo humano reside en un lugar muy
diferente, bajo el sol de lo jubilosamente apetecible que sólo condesciende a
regañadientes y en dosis mínimas a lo irremediable… Así, pobre querida mía,
con egoísmo triunfal y reivindicativo, fui terriblemente feliz a costa tuya.
En su hoy injustamente preterido librito El arte de amar, Erich Fromm
comenta —al hablar del amor materno— la metáfora bíblica de la tierra que
mana «leche y miel». Y dice: «La leche es el símbolo del primer aspecto del
amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el
amor por ella y la felicidad de estar vivo». La buena madre, como la mejor tierra
prometida, es la que no sólo da leche a sus hijos, sino también miel. La que les
contagia su amor a la vida y no sólo los protege o asegura su subsistencia.
Concluye Fromm: «Es posible distinguir, entre los niños —y los adultos— los
que sólo recibieron “leche” y los que recibieron “leche y miel”». Yo recibí leche
y miel antes, ay, de abandonar la tierra prometida. Cuando me relamo, madre,
aún siento bañados en indeleble dulzura los labios que alimentaste.
Creías en mí, en la fuerza que había en mí; mejor dicho, en mí llegó a haber
cierta fuerza porque tú me convenciste de que creías en ella. Te enfrentabas con
mis rebeliones, incluso rabiosamente a veces, pero nunca me desalentabas.
Recibí aliento hasta de tus menos razonables intransigencias. De modo que te
debo radicalmente mi alegría, ese secreto trágico que suelen envidiarme; porque
nadie, ni la muerte futura y ya presente, puede debilitar la alegría de quien se ha
sabido de veras amado —no mimado, no adulado— por su madre, de quien ha
notado crecer su propia inteligencia en inteligencia con ella. Cuando las cosas
han comenzado tan estupendamente, nada sabrá nunca ya ir mal del todo. Aún
sigo rodando, gozando y combatiendo gracias al empellón fabuloso con que me
proyectaste a un mundo transgresor en cuyos vicios mayores sólo pudiste
participar a través de las novelas. A veces quiero creer que te he vengado, de
algún modo… Pero ya da igual, porque la fricción inmisericorde del tiempo y la
realidad van frenando poco a poco la inercia confiada, generosa, arrolladora que
supiste darme. Ahora llego estremecido a esta residencia y te veo muda, liberada
de todos los cuidados que te abrumaron pero esclavizada del todo, indescifrable.
Y siento un último instinto depredador, un afán de rapiña desesperada: sentarme
a tu lado, cogerte las manos frías y reclamarte injustamente al oído: «Mamá, ¿y
lo mío, lo mío, lo mío?».
4

MI ABUELO ANTONIO

N o se puede tener suerte siempre en cuestiones de parentesco: yo la tuve


excelente con mis padres y con mis hermanos, pero las abuelas me
fallaron un poco. La paterna, Victoria, era una andaluza señorialmente
decimonónica (o tal me lo parece con la presbicia del tiempo distante) que había
tenido más de una docena de hijos de los que sólo guardaba a mi padre. Era muy
anciana y aún más vieja en ideas y costumbres: la verdad es que me dio poco
juego. Conservaba jamón, rosquillas y otros alimentos en su armario ropero, que
olía a rancio como un almacén de ultramarinos averiados. Por las noches, antes
de acostarse, cumplía distintos rituales para exorcizar a duendes y trasgos
malignos: yo los oía desde mi cuarto contiguo, pues uno de esos ensalmos
consistía en abrir y cerrar la puerta de la habitación —que rechinaba— un
número cabalístico de veces. De vez en cuando me daba un poco de dinero
(calculaba el valor de la moneda y el precio de las cosas de acuerdo con haremos
de antes de la guerra) para mis insaciables gastos en libros o tebeos, aunque
asombrándose de que aún quisiera comprar más «con todos los que tienes ya».
El resto del tiempo la recuerdo dormida, en un sueño profundísimo, con la
cabeza caída sobre el pecho o echada hacia atrás con la boca desdentada abierta
y sin aliento perceptible, exactamente igual que muerta. Me aterraba verla así,
sobre todo porque a veces era casi imposible despertarla y mis padres debían
zarandearla largo rato hasta que recuperaba la consciencia. Yo siempre suponía
que esta vez iba de veras, que ya no volvía de la otra orilla del Leteo.
Una noche, en efecto, no volvió. Fue cuando ya vivíamos en Madrid, en el
maldito Madrid donde ocurrieron todas mis muertes familiares y donde por nada
del mundo quiero morir yo. Aunque supongo que, a fin de cuentas, debe de dar
igual. Hacía ya tiempo que no salía de su cuarto y los niños apenas la veíamos.
Murió mientras cenaba, tras una cucharada del puré con que la alimentaban
parsimoniosamente. Se quedó otra vez dormida pero ésta sin remedio. Los
hermanos estábamos entretenidos con la televisión, disfrutando con un
estupendo programa de Narciso Ibáñez Serrador sobre una historia de Ray
Bradbury, ésa en la que, para perpetuar la civilización, alguien roba la sonrisa de
la Gioconda. Entonces hubo un ir y venir cuchicheante, mis padres salieron de la
sala y nos dejaron solos, con la puerta cerrada. Al rato apareció mi padre
llorando, cosa que nunca le había visto hacer, y me abrazó diciendo: «¡Hijo, es
ley de vida!». Incluso entonces me chocó esa expresión tan resignada, me
sublevó. Amo la vida pero detesto sus leyes, sobre todo ésa, la de la muerte: me
parece inicua tiranía. Más tarde me he llegado a preguntar si entonces puede
decirse que realmente amo la vida…
Mi abuela materna. Martina tampoco resultó un éxito… desde el punto de
vista interesado del nieto, claro está. Siempre la conocí muy nerviosa,
intemperante: «rara». Quizá tales incomodidades de carácter se debiesen a las
primeras fases de la demencia senil progresiva que le sobrevino, una dolencia
que por entonces el vulgo no llamaba todavía «Alzheimer». Cada vez se fue
volviendo más anómala, más discordante, fuente de interminables querellas
domésticas en cuanto nuestros padres se ausentaban de casa. Luego, en las
etapas finales de la enfermedad, perdida ya del todo la palabra coherente y la
comprensión, vagaba interminablemente por los pasillos, arriba y abajo, con los
brazos caídos y los ojos desenfocados: un espectro familiar, un alma en pena
pero de la que había que ocuparse en sus lamentables aspectos corporales, causa
para todos de piedad, de fastidio y de horror. Temo ese destino, con aprensión
vagamente científica. He visto «perder la cabeza» (¡Santa María Antonieta,
ruega por nosotros!) a mi abuela, a mi padre y a mi madre, sea por mal de
Alzheimer propiamente dicho, por infartos cerebrales sucesivos o por
arteriosclerosis: el rubro clínico de la condena es lo de menos, lo único que
importa es la pena, lo inexorable de la pena. Según parece, esas maldiciones son
genéticas, se trasmiten de padres a hijos como un pecado poco original hasta
quién sabe qué generación. Espero mi parte en la cadena nefasta y vislumbro su
llegada en cada nombre que olvido o en cada cita que equivoco. Y me obsesiona
Jonathan Swift, deán lúcido de un siglo especialmente lúcido, que en cierta
ocasión, al pasar junto a un árbol cuya copa había sido fulminada por el rayo,
comentó proféticamente a sus amigos: «A mí me pasará como a éste: comenzaré
a morir por la cabeza». En esta ocasión y sólo en ésta, discrepo de Groucho
Marx, cuando respondía en sus últimos años a quienes le preguntaban por su
salud: «Estoy estupendamente de todo menos de la cabeza, que es lo que menos
importa…».
En fin, que mis abuelos me dejaron un poco descontento y a mi abuelo
paterno ni siquiera le conocí, aunque la hazaña de morirse a las puertas de un
hipódromo y nada menos que el de Lasarte le gana ya mi estima a título
póstumo. Pero todas estas deficiencias en el parentesco me las compensó con
creces mi abuelo Antonio, el padre de mi madre. Ése no sólo me salió bueno:
¡fue un auténtico premio extraordinario aunque no «fin de carrera» sino en mi
caso «comienzo de carrera»! Era bajito, vivo, ágil, calvo pero con un simpático
bigotillo de coronel inglés retirado. Tenía marcha: no lo sabría decir mejor, era
un abuelo «marchoso» (aunque la palabra aún no se empleaba en esa época). En
cierta forma, mi pausado papá —poco dado a rodar en exteriores— me parecía
casi más viejo que mi abuelo Antonio, siempre dispuesto a dar un paseo, bajar a
la playa o acompañarme al cine, al circo, a donde hiciera falta. Yo le adoraba,
aún más: le necesitaba. Era un auténtico compañero, nunca dado a las
reconvenciones, voluntarioso encubridor de travesuras, siempre dispuesto para la
próxima expedición. Cogíamos el autobús juntos y nos íbamos a Rentería, a
Pasajes, a Lezo, a Zarauz, hasta Guetaria.
Me gustaba especialmente visitar el Cristo de Lezo, con su iglesita llena de
exvotos: las muletas de los milagrosamente sanados, las maquetas de barcos
ofrecidas por aquellos que gracias a su intercesión llegaron a puerto sanos y
salvos pese a la tormenta. De bien nacidos es ser agradecidos… Hace
muchísimos años que no voy a Lezo, actualmente un siniestro reducto de
abertzales devoradores de hombres, donde el milagro para mí sería salir
incólume de semejante vecindad. Y sin embargo, a veces pienso que quizá yo le
debo también un exvoto al Cristo de Lezo, tras una larga vida de impiedad,
aunque todavía no me decido por qué cosa debería colgar en su capilla: ¿una
máquina de escribir?, ¿una lengua de madera dorada con purpurina?, ¿un
pequeño payaso, emblema de la alegría que pese a todos los pesares la tormenta
no logró ahogar?
Mi abuelo Antonio era madrileño y de su modesto pisito de la calle
Fernández de la Hoz, donde mi madre había nacido, son los mejores —¡y
remotísimos!— recuerdos que guardo de esta capital que nunca me resultó
simpática. Cuando íbamos a ver a los abuelos en Madrid, con lo que más
disfrutaba era con los tranvías y con la nieve, dos cosas que yo nunca había visto
en San Sebastián. Sobre todo había un tranvía, que transcurría por una calle
adyacente (¿quizá Almagro?) y que iba hasta la Moncloa, zona suburbial de
arena y desmontes. En mi imaginario privado, la mención de «Moncloa» me trae
dunas y casi camellos, desierto en cualquier caso, como «Sáhara», que según
creo en árabe significa «nada» (así me lo aseguró por lo menos muy serio Peter
O’Toole en una entrevista que le hice durante un festival de cine de San
Sebastián, y él debería saberlo). Pues bien, yo de pequeño iba de Fernández de la
Hoz a la nada en tranvía, con mi abuelo. Disfrutando del viaje, sobre todo en el
momento crucial en que la marcha se revertía y el conductor del tranvía —que
era un vehículo capicúa, es decir con dos cabezas como algunas serpientes
mitológicas— retiraba las dos manivelas que le servían para conducir de la
cabina de mandos de proa y se las llevaba a la simétrica de popa, a fin de iniciar
el retorno. Aún recuerdo perfectamente el chasquido y la forma de esas llaves
bruñidas, así como la experta nonchalance con que las manejaba el operario
cuando enfilaba las vías a través del a mi juicio vertiginoso tráfico madrileño (¡a
comienzo de los años cincuenta del siglo pasado!).
La casa de mis abuelos madrileños era pequeñita y quizá por eso a mí me
gustaba más que la nuestra en Donosti. No tenía ascensor, sino una empinada
escalera de madera. En el minúsculo portal ocupaba su garita la portera, muy
vieja y muy gorda, que se llamaba Severiana (nombre que aún sigue
pareciéndome más tolerable que los de Tamara o Vanesa). En las noches de calor
salíamos al balconcito de la sala y yo me sentaba a ver las estrellas en un
taburete de enea. ¡Cuántas estrellas había entonces en el cielo de Madrid! Más
que en San Sebastián, pero ellos no tenían el mar ni la playa. Cosas que recuerdo
de esa morada: la cocina, de fogón y leña, con cacerolas, peroles y sartenes
enormes, pesadísimas; la cortina que separaba la sala de la cama de matrimonio,
con una cretona ilustrada por un dibujo de algo parecido a peonzas; una
estupenda colección de fascículos con las aventuras de Búfalo Bill, que debía de
haber pertenecido a mi madre, y de tebeos argentinos de Biliken que eran de mi
abuela, nacida en Buenos Aires. Por lo demás, el hogar discreto y honrado de un
empleado: mi abuelo era un jubilado de la empresa suiza Brown Bowery,
fabricantes de material ferroviario, de cuya filial madrileña había sido contable.
Estaba muy orgulloso, sin alharacas, de sus muchos años de servicio, del aprecio
de sus jefes extranjeros y de un reloj de oro grabado con su nombre que le
regalaron al retirarse.
Hasta que toda la familia se reunió en Madrid —y yo comencé mi exilio—,
sólo veía a mi abuelo Antonio unos pocos días al año, durante los veranos, en la
breve temporada que solían pasar en San Sebastián. La ocasión de devolverle la
visita a veces se demoraba mucho tiempo: el viaje por carretera a la capital era
entonces larguísimo, jalonado de frecuentes paradas para «estirar las piernas»
(los mayores) y «hacer pipí» (los pequeños), amén de llenar el depósito en la
gasolinera (el coche) y comer (casi siempre en Burgos, en el hostal Landa o en el
del Cid). A mí el calvario automovilístico se me hacía insoportablemente largo,
de modo que ingenié un modo autohipnótico de abreviarlo: desde que salíamos
de casa, me negaba a leer los mojones que señalaban los kilómetros ni los
carteles que indicaban los lugares por los que pasábamos. Sólo preguntaba
cincuenta veces a mis padres: «Todavía estamos en San Sebastián, ¿verdad?».
Ellos se resignaban a confirmármelo una y otra vez, hasta que por fin,
triunfalmente, me revelaban: «¡No! ¡Ya hemos llegado a Madrid!». Entonces,
anulado mágicamente el largo trayecto y sus incidencias, yo berreaba: «¿Que ya
estamos en Madrid? ¡Qué corto se me ha hecho!». En el regreso, otra vez lo
mismo pero al revés («Aún no hemos salido de Madrid, ¿verdad?») hasta que mi
padre, siempre poeta, respondía a mi enésima pregunta:

San Sebastián
corrusco de pan,
botella de vino,
¡se acabó el camino!

En cualquier caso, el traslado llevaba su tiempo, de modo que yo procuraba


aprovechar al máximo las estancias donostiarras de mi abuelo Antonio. Siempre
me parecían demasiado cortas. Iba a buscarme al colegio y, de camino a casa,
comprábamos en una panadería especialidades caprichosas como las «flautas»
—largas y quebradizas— o «carteras», mis preferidas, una suerte de cruasanes
de pan, que compartíamos mientras caminábamos. ¡Qué rico el pan crujiente,
cuando se tiene hambre! Aún hoy, en cuanto protesta el estómago vacío, no
pienso en platos complicados sino en blancos pedazos de pan, de corteza tostada.
Tanto si se trataba de paseos, de películas, de la compra de pequeños caprichos o
de subidas al parque de atracciones del monte Igueldo, mi abuelo fue el cómplice
perfecto que nunca me defraudó. A veces mi madre le regañaba un poco por ser
demasiado complaciente conmigo y él soportaba la dulce bronca con el heroico
estoicismo de los auténticos amigos. Por eso yo de ningún modo quería que se
fuese y cuando se acercaba el día de su partida sentía la desazón fatal de los
grandes abandonos.
Una tarde estaban todos los mayores sentados en el salón de Fuenterrabía,
haciendo una ligera merienda cena antes de que los abuelos partiesen hacia la
estación para tomar el tren nocturno que debía llevarles de vuelta a Madrid. Los
niños jugábamos gateando entre ellos y yo, discretamente, fui atando con un
largo bramante sacado de no sé dónde los tobillos de mi abuelo a los de mi padre
y mi madre. Incluso creí que nadie advertía mi maniobra. De modo que cuando
llegó la hora de marchar y se levantaron, sentí un placer agridulce con el
asombro y protesta que mostraban al verse así amarrados unos a otros. «¡Este
niño qué cosas tiene! ¡Les vas a hacer perder el tren!». Pero, claro está, no lo
perdieron: el tren de la partida es el único que nunca se pierde.
Como mis abuelas, también mi abuelo Antonio murió a los pocos años de
instalarnos en Madrid. Los tres vivían ya permanentemente con nosotros en la
gran casa de General Mola 69, la mayor que habíamos tenido nunca. A mitad de
trayecto en el largo pasillo que llevaba desde los dormitorios al comedor y al
salón había un curioso ensanchamiento, una plazoleta doméstica. Allí, en torno a
una mesa camilla, pasaron sus últimas horas los tres: mi abuela Victoria
dormitando, mi abuela Martina permanentemente desasosegada y mi abuelo
acompañándolas pacientemente, como un veterano paladín que montase guardia
—solo y tenaz— contra el dragón de las tinieblas. El resto de la familia discurría
yendo y viniendo junto a ellos, lanzándoles alguna palabra de cariño o rutina y
apretando el paso. Al abuelo se le declaró un cáncer de estómago: le operaron
pero lo tenía tan extendido que la intervención fue, como suele siniestramente
decirse, mero «abrir y cerrar». El día antes de que muriera me otorgaron un
premio —un lote de libros— por la mejor redacción en un concurso entre los
colegios de Madrid. Yo estaba a punto de cumplir dieciséis años y, como si fuese
un exvoto, un testimonio de fidelidad, se los llevé al lecho de enfermo donde
yacía, demacrado y casi irreconocible. Con la boca sumida, sin dentadura, por la
que asomaba una lengua seminegra, murmuró: «¡Muy bien, muy bien, sigue así!
¡Que nadie te haga nunca callar! ¡No dejes que te hagan callar!». Y yo le prometí
entonces seguir y seguir y no consentir a nadie que me hurtase la palabra.
A la mañana siguiente, muy temprano, oí desde la cama ese azoro de idas y
venidas cuchicheantes que ya había aprendido a relacionar con desgracias
definitivas. Y luego mi madre exclamó en voz alta: «¡Es que está vomitando
sangre!». Quisiera ser capaz de expresar con precisión todos los tonos de su
queja casi llorosa: alarma, protesta algo infantil (la angustia le aniñaba la voz),
indignación ante lo irremediable, desconsuelo, piedad. Dijo «¡es que está
vomitando sangre!» como si dijera también: «Nadie me había informado de que
la vida iba a traer esto; me habéis tenido engañada, para que siguiera viviendo
sumisa, con ilusiones». Mi abuelo murió a primera hora de aquella misma tarde,
más o menos hace cuarenta años.
5

JUEGOS REUNIDOS

Algún día escribiré un ensayo filosófico sobre los juguetes. Es un


tema que me tienta, pero que no me atrevo a abordar sin una larga y seria
preparación.

ANATOLE FRANCE

S i alguien asegura en contra mía que nunca he hecho en mi vida otra cosa
que jugar, me temo que no podré desmentirle. Mirando hacia atrás, ésa es
precisamente la impresión que tengo. Pero me atrevería a hacerle algunas
precisiones de matiz sobre lo que entiendo por «jugar». En mi concepto, lo
esencial del juego nunca estriba en el desnudo afán de competición o en la
voluntad avasalladora de ganar. Tampoco consiste en demostrar fehacientemente
algún tipo especial de habilidad, ni en una apertura desprevenida a los caprichos
del azar, ni por supuesto en un ánimo festivo o ligero, de mero pasatiempo (nada
es más grave que el pasar del tiempo). Si se me conmina a ello, reconozco que
esos rasgos —en mayor o menor medida— suelen siempre estar presentes en
gran parte de los juegos, aunque afortunadamente no en todos, sin agotarlos
nunca ni constituir su verdadera entraña: del mismo modo que las casas
acostumbran a tener techo, suelo, puertas y ventanas pero ni el más descuidado
identificaría tales ventajas con lo propio de un hogar.
Cuando los que ya peinamos canas (o tenemos cada día menos que peinar)
hablamos de juegos, nos referimos prioritariamente a los esparcimientos lúdicos
de los adultos, acicateados por los premios o sobornados por la conquista de
prestigio. En cualquier caso dóciles al reparto del tiempo entre trabajo y
diversión, entre producción y derroche, entre lucha por solventar lo necesario y
ocio para recuperarse del esfuerzo. Si en cambio atendemos al ejemplo de los
niños vemos que en sus aplicados ejercicios espontáneos competición, azar,
habilidad, victoria o derrota son siempre meros ingredientes de un empeño
simbólico que se recompensa ante todo a sí mismo en su trámite, no en su
resultado. El niño nunca juega «para» conseguir algo (hasta que las
aclamaciones de los espectadores adultos le pervierten) ni tampoco contrapone el
tiempo del juego al tiempo de la necesidad: jugará también a tomarse la
aborrecida sopa. Para los niños, el juego es la forma de comprender la vida y
también el mejor modo de desatender sus urgencias, desentendiéndose y
sobreponiéndose a ellas. Por medio del juego se crea una maqueta manejable y
simbólicamente estilizada de nuestras tareas, nuestros deseos y nuestras
frustraciones. No sólo es un aprendizaje para la vida, sino una posibilidad de
vivir con menos contraindicaciones y con un amable realce poético empeños que
en la realidad suponen mayor agobio. En fin, que el juego —para los herederos
adultos del ánimo infantil— es el mejor modo de vivir, no el mejor modo de
pasar el rato. De este modo creo haber jugado yo siempre, a todo, con todo: así
jugué a escribir, a filosofar, a ser profesor, a enamorarme, a hacer política y
jugué en la cárcel, en las aulas, en salones encumbrados y en tabernas populares.
He jugado a llorar y a reír, a ser padre, a ser huérfano. Todo ha sido
profundamente real, aunque siempre jugando. Nada he agradecido tanto como
encontrar compañeros de juego, pero nunca creo haber jugado a costa de los
demás, aunque quizá, quién sabe… ¡perdón, perdón! Juego a mis expensas, hoy
a envejecer, mañana a morirme y en todos mis juegos sólo habré ganado, al final,
la suma de mis pérdidas.
Ahora quiero hablar exclusivamente de los juegos digamos «oficiales», de
los juegos de mi infancia. Y en este punto es obligado que empiece mencionando
a mis hermanos, porque ellos han sido mis mejores cofrades lúdicos, mi tribu
esencial del país de Nunca Jamás, mis cómplices insustituibles, los escuderos de
mis ensoñaciones y temo, ay, que demasiadas veces las víctimas de mi
arrogancia de hermano mayor. Pero nunca les perdonaré que hayan crecido y que
así me hayan obligado también a crecer, que hayan seguido su propio camino y
que entre todos hayamos disuelto la banda de los cuatro. Porque éramos cuatro y
yo el primero, el ojeador en la vida inexplicable. El segundo fue mi hermano
José Antonio, Josecho en la jerga de nuestra tribu, el que más me ha padecido y
con quien más he disfrutado, el más hondo y permanente de mis cariños. La
única vez que recuerdo haberme enfrentado físicamente a mi madre, siendo muy
pequeño, fue un día que le dio un azote a Josecho por no sé qué travesura que
habíamos hecho juntos y yo intenté pegarle a ella para defenderle. Luego vino
Mariví, la única chica, a quien yo martirizaba negándole mis tebeos cuando no
me obedecía con prontitud… lo que no hacía nunca, porque tuvo desde pequeña
el carácter enérgico de mi madre —como yo— pero también su lado acogedor y
pragmático, que en mí fue siempre obstinación quisquillosa. Y para concluir el
pequeño, Juan Carlos o Carlis en nuestra jerga familiar, desde siempre con
vocación artística de santo humorista, el que mejor ha sabido defenderse hasta
hoy mismo del triste requerimiento de convertirse en adulto productivo y
respetable. Con ellos, primero con uno, luego con dos, después con tres, jugué
durante muchos años. Próximos en edad, formamos un clan y preferíamos
nuestra mutua compañía a la de «los otros», aunque no desdeñásemos cada cual
nuestras propias amistades. Nunca he comprendido a quien no cultiva y valora a
sus amigos, aún ahora que la vida me ha desengañado de tantos: pero a quien de
veras compadezco es al que no tiene hermanos. Abel, muchacho, siento haberte
olvidado: me refiero, claro está, a hermanos como los míos…
Jugábamos a casitas: cada uno edificaba la suya con mantas y sillas en un
rincón del cuarto, preparábamos extrañas comidas invisibles e impaladeables en
vajillas de liliputienses y nos invitábamos al almuerzo unos a otros: luego
apagábamos la luz, era de noche, había que dormir y roncar para que los demás
supiesen que dormíamos. Éramos gnomos del bosque o, más frecuentemente,
animales parlantes: el señor Oso, el señor Cuervo, la señora Leona…
Inaugurábamos casas del miedo, con la habitación en penumbra iluminada
apenas por lámparas encapuchadas, esqueletos ondulantes recortados en papel,
fantasmas aterradores hijos de dos sillas tapadas por una manta y rematadas con
una careta, agresores inesperados —nosotros, desde luego, bajo diversas
advocaciones espectrales— que ululaban amenazas, trampas ingenuas que
amenazaban más las espinillas que la cordura de los visitantes. Cobrábamos
barata la entrada. Representábamos en los cumpleaños minidramas directamente
salidos de algún cuento que yo acababa de leer o del acervo eterno de malos y
buenos que constituye el sustrato de nuestro imaginario colectivo: nuestros
disfraces preferían lo abigarrado y oportunista a la exactitud histórica, el público
lo formaban padres resignados y beatíficos, el reparto de las piezas se
completaba con compañeros de colegio invitados a la fiesta. En ocasiones
señaladas, como Navidad, nuestro espectáculo para adultos consistía en una
suerte de karaoke anticipado en que dramatizábamos la música de algún disco
fingiendo cantarlo o incluso bailarlo: yo prefería el drama a la comedia y me
enorgullecía de mi imitación de Gilbert Becaud en Et maintenant, sentado a
horcajadas en una silla con el respaldo hacia los espectadores y esgrimiendo con
torpeza un cigarrillo apagado en la mano desconsolada. Afortunadamente,
también había números más risueños, inspirados en canciones navideñas de Nat
King Cole o en una simpática grabación francesa que proponía el himno oficial
de Tintín y Milú, junto al burlesco del Capitán Haddock.
Ya sin mirones, los tres hermanos —Mariví estaba excluida generalmente
por nuestro machismo o por su buen gusto— jugábamos a hacer «aventuras»
(muchos años después leí en las novelas de Juan Marsé su descripción de las
«aventis» que me resultó entrañablemente familiar). Éramos tres vaqueros del
Oeste, o tres policías en Chicago, o tres espadachines, o tres exploradores de la
jungla o tres comandos enfrentados al Ejército nazi, como los de los tebeos de
Hazañas Bélicas dibujados por Boixcar. Por lo general yo era un sheriff llamado
Ned Kelly (antes fui el pistolero Hook Milton, nombre adoptado de una novelita
de Marcial Lafuente Estefanía), Josecho era mi ayudante Walter Wurlay —tan
hercúleo como fiel— y Carlis el pequeño pero despierto Babalí. Ambos se
resignaban a ser negros, pero no por ello menos hermanos del blanco
protagonista representado por mí. Algunos relatos de Kipling se basan en un
principio de fraternidad racial jerarquizada semejante… Por supuesto, también
éramos por turnos los villanos de cada una de nuestras peripecias, que
escaseaban en diálogos y abundaban en prolongados tiroteos y sobre todo
interminables combates cuerpo a cuerpo. Siempre acabábamos vencedores, tras
haber sido gravemente heridos. A veces, las aventuras se miniaturizaban y nos
las escenificábamos unos a otros, por capítulos de serial y riguroso orden de
edad, con nuestras cajas de soldados de plástico, en las que teníamos vaqueros,
romanos, figuras de la saga del Capitán Trueno y del Jabato, guerreros
medievales, fieras de todo tamaño y pelaje, etcétera. El decorado en interiores
estaba hecho de alfombras y patas de mesa, en el exterior de rocas y matojos
naturales. Cada uno era autor, director y público de la historieta, según le
correspondiese. Tomaba mis argumentos de Salgari, de Julio Verne, de Tarzán,
de Walter Scott, de Agatha Christie y también por supuesto de nuestros tebeos
favoritos; mis hermanos pequeños, menos leídos pero no menos entusiastas, los
imitaban lo mejor que podían.
La televisión aún estaba lejos, no la vi por primera vez hasta llegar a Madrid,
con casi trece años; pero algunas películas disfrutadas en el «Novedades» o el
«Pequeño Casino» los jueves por la tarde aportaron tramas, actitudes o
personajes a nuestras escenificaciones sin escenario (debo mucho especialmente
a los episodios de la serie de indios y vaqueros protagonizada por Kit Carson, de
los que veíamos tres por sesión, por lo que colijo que quizá fuesen primitivos
telefilms gringos arrejuntados para constituir una sesión cinematográfica).
También la radio, con seriales que me gustaban tanto como Diego Valor, nuestro
Flash Gordon nacional, El criminal nunca gana (título de optimismo
conminatorio que ahora me hace sonreír, pues mi impresión a estas alturas de la
vida es que gana casi siempre) o Dos hombres buenos, de José Mallorquí. Dice
Schopenhauer que los sueños constituyen una especie de representación teatral
en la que somos a la vez guionistas, intérpretes y público. Nuestras «aventuras»
de entonces eran lo más parecido a sueños intersubjetivos, materializados a partir
de nuestros propios cuerpos o por medio de figuritas de caucho y plástico. Nunca
he sido un «creador» literario, me hubiera gustado pero no he podido aunque me
fascinan quienes lo son, y sin embargo creo haber seguido modestamente en
tales días infantiles la tradición de los mejores de entre ellos: fui un trujamán,
como el Maese Pedro de don Quijote, y nunca creo haber logrado superiores
cotas inventivas que en esas representaciones plagiarlas de mil fuentes, puestas
en escena con mis hermanos y para mis hermanos, sobre todo para nuestro
placer.
También jugábamos de vez en cuando con los adultos a los juegos que
llamábamos «de caja», es decir que nos venían ya empaquetados de fábrica con
planteamiento, tablero, piezas y normas no dictadas por nosotros. Los más
tradicionales eran los «Juegos reunidos» de la casa Geyper, pequeño baúl de
maravillas que incluía clásicos de tanta solera como el parchís, la Oca o
Escaleras y Serpientes, junto a algunas de sus principales variantes
modernizadas con aviones o automóviles. La simetría mortífera del ajedrez o las
damas me fascinaba, pero siempre fueron demasiado áridamente geométricos
para mis capacidades torpes en el cálculo. La única vez que recuerdo haberme
emocionado en una partida de ajedrez fue jugando con mi padre, que siempre me
ganaba pero que tampoco debía de ser precisamente un gran maestro: en un
avance decisivo sacrificó brillantemente un alfil, exclamando «¡Así mueren los
alfiles valientes!». Me atravesó la punzada heroica, la conmoción romántica que
siempre —hasta contra mi voluntad racional— ha sellado mi vida, la que quizá
Capablanca o Andersen eran capaces de sentir a través del drama combinatorio y
no de la exaltación verbal.
Pero nuestros juegos «de caja» favoritos eran los de la casa Crone, como
«Detectives», «Turistas y piratas» o «Safari». No conozco obra de arte plástico
más hechicera que esos tableros de cartón destinados a servir de palestra: el
plano de las habitaciones donde había ocurrido el crimen y por las que teníamos
que deambular buscando la solución del caso, el mapamundi por cuyos mares
transportábamos fletes mientras abordábamos a nuestros competidores, la selva
en miniatura con senderos marcados por huellas que llevaban hasta las piezas de
caza (leones, panteras, elefantes y el único hipopótamo chapoteando aislado en
su diminuto estanque azul). Cuando hoy adultos biempensantes predican contra
los videojuegos que apartan a los chicos de la lectura, me siento hipócrita si me
uno a ellos: estoy seguro de que esos decorados tridimensionales, pródigos en
fantasmas y bestias feroces que surgen de improviso, me entusiasmarían si
tuviese diez o doce años. Descubrí la imaginación heroica del sobresalto y el
exotismo a través de los libros, lo que me convirtió en el lector compulsivo que
soy desde entonces; sin embargo no puedo estar seguro de lo que habría sido de
mí si en el momento más peligroso se me hubiera ofrecido la tentación de las
playstations: quizá hubiese leído menos… o a otras horas. Pero en cualquier
caso no creo que las propuestas móviles e hiperrealistas de la pantalla lúdica me
hicieran nunca descartar los libros, ni siquiera que llegasen a gustarme más —a
permitirme soñar mejor— que los tableros bidimensionales de mis juegos
infantiles. Lo que allí se proyectaba era la búsqueda del tesoro sobre el mapa que
indica su escondite, la isla que lo oculta, el mar que la circunda y el viaje que lo
precede. No otra es la lección de la novela de Stevenson. El tablero es un espacio
diminuto y mágico, donde cada paso está cargado de sentido y puede hallarse
cuartel pero no insipidez: ninguna pulgada de su territorio carece de riesgo o de
vecindad con la recompensa… aunque se trate del parchís o del «palé».
A pesar de los desvelos del padre Peyton, agobiante clérigo irlandés cuyo
proselitismo hizo furor en la burguesía franquista, nunca terminé de creerme que
«la familia que reza unida permanece unida». Mi madre siempre se empeñó en
hacer bueno su dictamen, con más perseverancia que fanatismo, pero sigo
creyendo que nuestra familia rezaba unida en las ocasiones de rigor (con
silenciadas reticencias y fastidio por parte de alguno de sus miembros) porque
estaba unida y no al revés. Sin embargo estoy convencido de que la familia que
juega unida permanece unida. Y nosotros, papá y mamá, los abuelos, los hijos,
jugamos muchísimo juntos a lo largo de los años: a «Detectives», por ejemplo,
descubriendo que la culpable era la señora Prado con veneno en el salón o el
señor Negrete con una llave inglesa en el garaje, a la brisca y la canasta si de
naipes se trataba, al croquet mucho después, en el jardín de la villa de
Torrelodones. Jugaban mis padres a disfrazarse de Santa Claus en Nochebuena y
era un juego la maravillosa aparición de los regalos en la mañana de Reyes («he
oído un ruido en el salón, parecía el estornudo de un camello…»),
escenificábamos los niños mínimas representaciones para los adultos,
compartíamos hasta con la abuela más despistada los incidentes del parchís.
Todo podía convertirse en juego: mi madre, que durante tantos años nos frotó la
espalda y nos lavó la cabeza («¡cuidado, cierra los ojos para que no te entre
jabón!»), siempre se aseguraba de que hubiese flotando en las espumosas
turbulencias de la bañera un barquito o un pato insumergible, para que también
la higiene fuese ocasión lúdica. Mi padre nos metía en la boca los pedacitos de
pan con mantequilla en el desayuno fingiendo que eran palomas que
atrapábamos al vuelo. Pero sobre todo siempre jugamos verbalmente, con
chistes, con juegos de palabras, con pequeños lemas mil veces reiterados de
doble sentido familiar, fingiendo enfado cuando no lo sentíamos o imitando las
voces de personas conocidas en nuestro entorno: el hogar como teatro
permanente de variedades, la familia como irresistible e imprescindible broma
que no puede cesar. Es un hábito que se convierte en vicio: hasta hoy, con
esposas, amantes, amigos o incluso con las compañías más ocasionales (en la
celda de la cárcel, en el cuartel, en la habitación del hospital), nunca he sabido
vivir de otro modo. Me es imposible encontrarme encerrado con alguien entre
cuatro paredes y no intentar con él o ella una partida, una pequeña farsa, al
menos una greguería sin apenas malicia…
También jugaba, claro, con los compañeros del colegio. Menos al fútbol, al
que he sido alérgico desde pequeño (la amenaza del pesado balón de cuero
cubierto de barro zumbando de aquí para allá como una bala de cañón era la
constante pesadilla de mis recreos), a cualquier cosa. Guardo una fotografía de
mi clase de primero de bachillerato, en los marianistas de Aldapeta, en la que
oculto bajo el jersey el bulto de un brazo enyesado: me lo había roto jugando a la
cadeneta o látigo en el patio, cuando me tocó ir el último de la hilera y salí
despedido contra un muro. Gajes del oficio. En la foto tengo al lado a Iñaki
Anasagasti, que solía ser el primero del curso y con quien he compartido en casa
muchos cumpleaños. Antes de ese accidente recuerdo una épica temporada en la
que jugábamos a bandas y yo, insospechadamente, fui el jefe de una de ellas.
Galopábamos entre los absortos futbolistas, lanzando gritos apaches y
procurando hacer prisioneros en la facción contraria, que quedaban confinados
bajo palabra en un rincón del patio. Mi segundo en el mando era un chico alto,
desgarbado, al que en mis confusos recuerdos apellido Maculet. Contra todo
pronóstico razonable (yo sobresalía más en la elocuencia de la arenga que en el
fragor de la batalla), mi banda llegó a ser la más poderosa en aquel universo de
los recreos, que sólo duraba veinte minutos y luego quedaba en suspenso hasta
que acababa la próxima clase. Logramos tener cautivos a la mayor parte de los
miembros del clan rival y entonces cometí el primero de los numerosos errores
políticos de mi vida. En vez de aprovechar la ventaja adquirida y aniquilar al
enemigo diezmado, ofrecí a nuestros prisioneros la posibilidad de regresar
libremente con sus huestes derrotadas o elegir entre unirse a nuestro victorioso
escuadrón. No me movía la magnanimidad, sino el fastidio de tener que estar
pendiente de nuestro incruento campo de concentración. Los cautivos son una
rémora, aburren más de lo que enorgullecen; los enemigos, en cambio, prometen
incesante inquietud y diversión. Siempre he funcionado mal como soldado pero
bien como guerrero, porque el soldado quiere vencer mientras que el guerrero lo
que pretende es seguir luchando. De ahí que toda mi vida yo haya sido, sin
contradicción infranqueable, antimilitarista convencido y belicoso de corazón.
Por lo demás, creí ingenuamente que el prestigio de nuestra gloria atraería a la
mayor parte de los recién liberados: no fue así. Casi todos volvieron presurosos
bajo sus antiguos estandartes, llenos de ansias de revancha. Y lo peor fue que
con ellos empezaron a irse gran parte de mis mesnadas, decepcionadas por un
jefe que rentabilizaba tan mal el triunfo. Siguieron las escaramuzas y las batallas,
pero a cada recreo veía mi bando más y más reducido. Hubo un momento en el
que sólo el fiel Maculet respondía a mi voz de mando; al instante siguiente, él
también engrosó las filas abrumadoras del adversario. Entonces cargué sólo
contra todos ellos, amargado y estéril, suicida, sabiendo por fin cuál era mi
destino… Pero el destino no llegó. Nadie me hizo caso, el juego se dio por
acabado. Empezaba entonces, creo recordar, la temporada de las canicas.
El más notable de los juegos, cultivado amorosamente durante años, tuvo
como cómplice esencial a mi amigo y compañero Jesús Muñoz Baroja, que es
algo así como un sobrino-nieto de don Pío. Ambos coleccionábamos figuritas de
goma de vaqueros, animales, romanos y los más diversos tipos de soldados en
miniatura. Cada uno inventó un país en cuyo territorio viviesen y se organizasen
nuestros heterogéneos pupilos. El mío se llamaba Zoolandia, porque en sus
orígenes históricos fueron animales los reyes fundadores (creo recordar al gorila
Gori-Gori como primer monarca). El suyo era Pailandia, más antropomorfo, e
incorporamos a nuestra nómina de naciones virtuales otras regidas por algunos
amigos y la de mi hermano Josecho, cuyo pueblo fue mi previsible y eterno
aliado (también previsiblemente, se llamaba Joslandia). Jesús y yo nos
pasábamos los recreos comunicándonos noticias de nuestros reinos e incluso
componíamos semanalmente periódicos que informasen de sus avatares.
Pailandia era una nación bastante estable y altamente civilizada, pero Zoolandia
sufría (según mi criterio, gozaba) un permanente caos político, en cuyo Gobierno
se sucedían —siempre tras cruentos golpes de mano o intrigas palaciegas dignas
del Shakespeare más sangriento— Césares atroces y orgiásticos, presidentes
chinos a cuyo lado Fu Manchú hubiera parecido un nuevo Thomas Jefferson o
generales poseídos de frenesí imperialista. Creo que nunca me consentí la
debilidad de encumbrar a ningún líder sensato o decente, es decir trivial. De vez
en cuando, y era el momento más apreciado, nos lanzábamos a la guerra. La
inquietud por el resultado de la contienda (en la que podíamos perder porciones
de nuestro territorio imaginario) formaba parte esencial de la diversión, hasta el
punto de que en una ocasión memorable uno de nuestros jerarcas envió a su rival
un telegrama conminatorio que comenzaba diciendo: «Te declaro la guerra, pero
con una condición…». Las batallas tenían lugar en el salón de alguna de nuestras
casas. Cada uno disponía su ejército y el de sus aliados en un extremo de la
habitación, resguardado tras las patas de los muebles; y las fortificaciones se
improvisaban con piezas de construcciones de madera; movíamos las figuras por
turnos, utilizando dados y midiendo la distancia en palmos: los proyectiles eran
las canicas más grandes que podíamos encontrar. Zoolandia venció en la madre
de todas las batallas gracias a un enorme cañón que disparaba irresistibles
proyectiles de plástico, arma secreta que yo había pedido a los Reyes en su día
con las peores intenciones. ¡Cuánto fragor, formidable pero inocente! Nuestros
seres imaginarios perecían y renacían hasta extinguirse, se hundieron los
imperios de papel, mientras Jesús y yo seguíamos siendo amigos. Hasta hoy.
Como la caprichosa obsesión de mi vida, desde los cinco años, han sido las
carreras de caballos, siempre he buscado el juego perfecto que me permitiese ser
propietario, entrenador, jockey y público, todo sin salir de casa. He conocido
muchos, desde modestos tableros titulados Gran Derby o cosas semejantes, con
fichas como botones que se movían a golpe de dado y volvían al punto de
partida si caían en la casilla de un obstáculo, hasta diseños mucho más
sofisticados de hipódromos bidimensionales en los que compiten pequeñas
figuritas de plástico equinas y se pueden comprar purasangres en subastas,
apostar o incluso hacer trampas frenando al favorito durante la carrera. También
por supuesto aquel otro, con una pista en forma de alfombra rodante movida por
un sencillo mecanismo por la que se deslizaban a trompicones purasangres
metálicos (mi juguete preferido durante años), y el resto de los más o menos
automatizados hasta llegar al juego de ordenador Stable Masters, que ahora me
da la posibilidad de comprar caballos, entrenarlos, matricularlos según sus
características en las distintas pruebas de diversos hipódromos virtuales,
contratar jinetes y darles instrucciones sobre cómo montar en la carrera, apostar,
especular con ellos, verles correr con razonable realismo, etcétera.
Con todo, lo que me gustó por encima de todo y de todos era «hacer
carreras» por el suelo de algún cuarto casero con caballos tomados de nuestras
colecciones de indios y vaqueros de goma, contra la cuadra de mi hermano
Josecho. Cada ejemplar tenía su nombre, tomado de los que de veras veíamos
cada domingo correr en Lasarte o Madrid, y lo mismo ocurría con sus jinetes,
pese a que su apariencia se asemejaba más a la de Búfalo Bill que a la de Lester
Piggott o Carudel. Las pruebas se acomodaban en época del año y distancia a las
reales: programadas en una revista de uso ya no interno sino íntimo (sólo tenía
dos lectores) en las que aparecían los participantes, sus montas y los pronósticos
oportunos. No sabría decir exactamente cuánto tiempo jugamos a hacer carreras:
como mínimo diez o doce años. De la etapa en San Sebastián recuerdo un gran
premio en el Paseo Nuevo, junto a la hoy demolida ermita de Elcano, en la que
también participaron campeones de mi amigo Juan Berraondo y que ganó la
yegua «Samarella», reina indiscutible de mi cuadra. Fue mi mayor éxito hípico,
quizá el mayor de toda mi vida en términos absolutos. Cuando nos desterraron a
Madrid, seguimos con nuestro hipódromo hogareño. El pantalón corto se hizo
largo pero mi hermano y yo continuábamos a gatas por el salón, tirando los
dados y haciendo avanzar nuestros perennes purasangres. En más de una
ocasión, ya en la facultad de Filosofía, volví deprisa a casa tras una
manifestación estudiantil (a veces con algún porrazo de los grises en la espalda),
para celebrar el Premio Villamejor programado para ese día, en el que tenía dos
o tres participantes con buenas probabilidades… Luego, muy luego, José y yo
dejamos de hacer carreras, casi sin notarlo, sin apenas saber por qué: como
mañana dejaremos de hacer lo que hoy aún creemos imprescindible, con la
misma inevitable despreocupación, con igual atroz fatalidad.
6

TEBEOS

S é que a muchas personas les gusta leer tebeos, pero ¿habrá habido alguna
vez alguien a quien le gustase leer tebeos más que a mí? Los leí hasta ayer
mismo, como quien dice, aunque cada vez de modo más selectivo. Todavía
recaigo de vez en cuando en mi afición, aunque ya sólo durante esos ratos
pensativos que pasa uno sentado en la taza del retrete (la poesía también es
adecuada para ese interludio entrañable, salvo que se trate de largos poemas
épicos). Suele decirse que quien ha leído tebeos en su niñez después leerá libros,
pero yo frecuenté desde el principio unos y otros sin remilgos discriminatorios.
Durante bastante tiempo mi ideal fueron los volúmenes de la colección
«Historias», que recogían obras clásicas de la narrativa tradicionalmente
considerada «juvenil» (Walter Scott, Stevenson, Mayne Reid, Alejandro Dumas,
Karl May, etcétera) en versiones algo aligeradas y acompañando cada página de
la correspondiente versión en cómic del relato. El libro y el tebeo en una sola
pieza, delicia doble. Pero también me encantaba disfrutar ambos gozos por
separado.
Gracias a los tebeos aprendí dos cosas fundamentales en mi vida, aunque
ninguna de ellas he llegado a dominarla con la debida competencia. La primera
es que se necesita dinero para obtener ciertos placeres y que es preciso saber
administrarlo bien para no contrariar la urgencia, siempre jerarquizante, de
nuestros deseos. El total de mis pagas semanales se me fue durante muchos años
invertido en tebeos, así como el monto de algunas propinas conseguidas de mis
abuelos e incluso el fraudulento botín de pequeñas sisas en el monedero que mi
madre nunca se molestaba demasiado en resguardar. Cuando los recursos
económicos son escasos, su gestión adecuada se convierte en un arte. Si por mí
fuese, me hubiera llevado todas las historietas que se exhibían en el quiosco de
la Luisa, situado en la Avenida en su intersección con Garibay. Pero como solo
llevaba dos duros y en ocasiones extraordinarias tres, no había más remedio que
seleccionar cuidadosamente el material (hablo de una época en que los tebeos
costaban por lo general una peseta con cincuenta céntimos). La mayoría de mis
favoritos eran semanales y aparecían los sábados (entonces también había
colegio el sábado por la mañana), de modo que ése era el día señalado para
realizar la cosecha. Algunos títulos eran obligatorios: nadie en su sano juicio
podía prescindir de El Capitán Trueno o El Jabato, por ejemplo. Las dudas
empezaban con los demás. Las aventuras de Diego Valor era mejor seguirlas por
la radio, de modo que las sacrificaba sin esfuerzo, así como las de El Guerrero
del antifaz y Roberto Alcázar, que solían resultarme algo anticuadas y
repetitivas. El inspector Dan no aparecía todas las semanas, pero cuando llegaba
al quiosco era para mí un must inexcusable. Elegir entre El cosaco verde, Piel de
Lobo y Don Z, en cambio, ya representaba un más frecuente y mayor
compromiso. Y El cachorro, desde luego, no lo olvidemos… yo fui devoto del
obeso y ensortijado Morgan.
También había que incluir en la remesa, junto a los cuadernos de aventuras,
alguna revista de personajes humorísticos como Dumbo, la de Walt Disney y sus
clásicos, Pumby (con su «Conejito atómico»), el antonomásico TBO (lleno de
pequeñas maravillas, encabezadas por las peripecias del explorador Morcillón y
el negrito Babalí) o Pulgarcito. Ésta era la oferta española, pero para complicar
más la cosa estaban por añadidura los tebeos de la mexicana Novaro, mucho más
caros aunque presentando un reparto irresistible: primero, la saga de los grandes
vaqueros que para mí encabezaba Hopalong Cassidy (luego supe que en la
pantalla lo encarnaba William Boyd y hoy mismo he leído en el artículo semanal
de Arturo Pérez-Reverte que también su preferido era el sheriff de Dos Ríos),
seguido por Roy Rogers, Gene Autry, Red Rider y por supuesto El Llanero
Solitario. Al mencionar sus nombres, me parece estar hablando de mi verdadera
familia. El lenguaje para nosotros exótico con el que traducían en México estos
tebeos gringos contribuía a su encanto: los personajes siempre se trataban de
usted, salvo el Llanero cuando hablaba con su indio de compañía, los malos eran
siempre «pillos» y de vez en cuando, ya más especializados, «abigeos»; en
cuanto a los revólveres siempre ladraban «¡blam, blam!», nunca «¡pun, pun!».
Después se me ofrecían los superhéroes: el primero de los que conocí y al
que siempre permanecí fiel por encima de todos era el auténtico Capitán Marvel,
musculoso personaje irónicamente semiomnipotente en el que se convertía el
adolescente locutor Billy Batson tras pronunciar la palabra mágica: ¡Shazam! El
Capitán Marvel llevaba un ceñido uniforme rojigualdo —pura coincidencia,
desde luego— y lucía en el pecho el signo del relámpago que luego heredaría en
la frente Harry Potter: sus facciones eran una inspirada caricatura del actor Fred
McMurray. Como cualquier superhéroe que se precie disfrutaba de la
animadversión de un archienemigo llamado Sivana, un sabio demente de enorme
cráneo calvo y risa colérica. Las aventuras de este Capitán fueron en su día una
réplica algo humorística de las de Superman, que también luego frecuenté —
junto con las de Batman— aunque nunca lograron entusiasmarme tanto. En
cambio fui adicto a las de Super-Ratón, un ultrarroedor volante que se enfrentaba
a tremendas conspiraciones de gatos maléficos uniformado como el Capitán
Marvel. A veces creo que toda mi vida no ha sido más que una nota a pie de
página no de los diálogos platónicos sino de los tebeos de Super-Ratón.
Pero mis personajes favoritos de todas las categorías fueron los que
animaban dos series humorísticas: los de La Zorra y el Cuervo y La pequeña
Lulú. El Cuervo era astuto, impertinente y vivía en un árbol hueco que sigue
representando para mí la morada definitivamente envidiable: masticaba una
eterna colilla de puro, signo ya de su inconformismo visceral, y se disfrazaba de
mil modos para incordiar a su estólido vecino el zorro —feminizado en el título
de la revista en homenaje a la versión española de la fábula— que habitaba
frente a él un chalet bastante repipi. En cuanto a Lulú… ¡ah, Lulú, reina sin
corona de la travesura consciente por encima de Toby, que la amaba sin saberlo,
y el resto de los chicos que trataban de marginarla por su sexo! Con el mayor
respeto para el admirado Quino, ni Mafalda ni nadie han podido compararse para
mí a Lulú, que escribía sus anotaciones cotidianas empezadas por un «Querido
Diario» y se enfrentaba de vez en cuando a su reverso oscuro, la brujita Ágata
con su risa de hechicera pueril: ¡cacle, cacle! Cuando medio siglo después he
leído las aventuras de Harry Potter, siempre me he imaginado a la concienzuda
Hermione Granger con los tirabuzones de «mi» Lulú.
¡Cuántas incitaciones al gasto! Si para colmo consideramos a algunos
outsiders, como Turok, el guerrero de piedra indio obligado a enfrentarse
cotidianamente con dinosaurios, será fácil comprender la complejidad de mi
conflicto económico hebdomadario: ¡tanta dicha en oferta y sólo tres duros, en el
mejor de los casos, para satisfacerla! Menos mal que de vez en cuando algún
adulto comprensivo ayudaba a una compra extraordinaria. Como Dios —según
dicen las almas piadosas y yo apenas he tenido ocasión de verificar— aprieta
pero no ahoga, los cómics aún más caros de Features Syndicate, El hombre
enmascarado, Flash Gordon, Rip Kirby y Ben Bolt, no aparecieron en mi vida
hasta mucho después, cuando la paga semanal era ya bastante más saneada…
Pero mencioné antes que fueron dos las cosas fundamentales que aprendí
gracias a los tebeos. La segunda fue a hablar en francés. Y esta otra habilidad —
en mi caso, mera capacidad torpe, porque siempre la practicaré con acento de
vache espagnole— se la debo, junto a tantos otros júbilos y beneficios, a Tintín.
Sus aventuras constituyeron también para mí una inmediata adicción. Pero aún
no estaban traducidas al castellano y llegué a ellas como texto básico con el que
practicaba la lectura en francés con mi inolvidable mademoiselle Felitxu Eraso,
de quien quizá luego diga algo más porque lo merece. Leer un idioma nunca me
ha costado demasiado: en el caso de la lengua francesa ha constituido uno de los
más antiguos y duraderos placeres de mi vida. Quisiera que la última página que
leyesen mis ojos estuviera escrita en francés. Pero «hablarlo» ya es otra cosa: me
gusta tanto hablar, disfruto en tal medida con los giros y los juegos de palabras,
que me aturullo en cuanto salgo de mi idioma por no resignarme a la modestia
de utilizar frases sencillas, sin rebuscamientos. Me siento como una película
doblada con los subtítulos redactados por un incompetente. De modo que leí
muy pronto en la lengua de Voltaire pero mis labios permanecían sellados a la
hora de pronunciarla. Mi madre disolvió la obstrucción, con Tintín como cebo.
Los sábados solía «pasar a Francia» con mis padres: íbamos a Hendaya, a San
Juan de Luz, a Biarritz. Paseábamos y comprábamos cosas ahora triviales que
entonces escaseaban o eran de peor calidad en la España de posguerra, como el
café o las aspirinas. También hacíamos un alto obligado en los quioscos de
prensa, donde mi madre adquiría Elle o París Match y yo babeaba de anhelo
ante El cetro de Ottokar, La isla negra y Los cigarros del Faraón. Entonces,
inflexible, ella me decía: «Si quieres que te compre otro Tintín, tienes que
pedirlo tú mismo». No bastaba con señalarlo con el dedo, ni con gemir
inaudiblemente dos sílabas. Tenía que formular mi demanda de manera
completa, que poco a poco se fue enriqueciendo con peticiones de números
atrasados o busca de información acerca de cuándo llegaría el próximo. Así,
balbuceando y atragantándome pero firme en mi deseo, me fui soltando a hablar
la única otra lengua en la que no me he sentido nunca del todo forastero. Y de
paso me hice amigo del capitán Haddock y de la Castafiore…
Cada sábado calculaba, sopesaba, elegía y descartaba, tras angustiosa y larga
deliberación que Luisa, la quiosquera, soportaba con la impavidez que da el
hábito. Finalmente, conseguía reunir el botín de la semana y me lo llevaba a
casa. ¿Me ponía inmediatamente a leerlos, como mi avidez hubiera querido?
Nada de eso. Siempre he sido un discípulo de Tántalo, un maestro en el
aplazamiento del placer inminente, ya materialmente conseguido y cuya demora
por tanto resulta deliciosa. He querido saberme dueño y maestro de ceremonias
de mis goces, restarles lo impulsivo, añadirles deliberación. No ser poseído por
la delicia sino poseerla y suministrármela. Una novia que tuve hace mucho me
llamaba «calculador» (sin duda he intentado serlo, la mayoría de las veces
infructuosamente) y se irritaba al comprobar que, cuando pedía un filete con
patatas fritas, lograba victorioso hacer coincidir el último bocado de carne con la
última patata. Me temo que también se quejaba implícitamente de que en otros
campos fuese en cambio mucho más arrebatado, hasta el apresuramiento.
Cuando en el 68 adopté junto a otros el ingenuo lema Paradise now, en el fondo
de mis entretelas sabía que estaba haciendo trampa porque mi auténtica divisa a
este respecto es la de Voltaire: Le paradis terrestre est où je suis. El paraíso está
donde estoy yo, el paraíso consciente: y Freud que se las arregle como pueda.
Vuelvo a los tebeos, no me he olvidado de ellos, pero aclaro que tampoco los
leía en cuanto llegaba a casa.
No, debían ser leídos en la cama. Es en la cama donde más disfruto y todo lo
que puede hacerse en la cama seguro que no querré hacerlo fuera de ella. Hasta
la muerte, si me llega acostado y arropado, quizá me resulte tolerable… al
menos por una vez. De modo que esperaba hasta la hora de acostarme, mucho
tiempo después de haberlos comprado, para gozar de mis tesoros. Eso sí, miraba
y remiraba las portadas de los cuadernos, que avanzaban alguna de las peripecias
que iba a encontrarme luego en ellos. Me imaginaba a mi aire estas aventuras,
hasta la hora de confrontar mi fantasía con la del autor del argumento dibujado.
Después, disponía el montoncito de revistas en un orden inexorable y
supremamente equilibrado: no todos serían deglutidos en la noche del sábado,
tenía que guardar algunos para la hora especialmente dichosa de la mañana del
domingo. De modo que ponía encima uno de los más apetecibles (casi siempre el
del Capitán Trueno), luego otro menos codiciado, después un tercero
comparativamente indiferente, debajo uno de risa, luego el de aventuras, el más
corto, el más largo, etcétera. And so on… Quizá era aún más feliz organizando
mi felicidad que disfrutándola. Paladear una y otra vez los tebeos de la noche del
sábado y luego dormirme recordándolos e imaginando los de la mañana del
domingo… Creo que entonces ya vislumbraba que nunca la vida me daría nada
mejor. No me lo ha dado.
7

MONSTRUOS EN LA PELUQUERÍA

U no de los principios de nuestro savoir vivre familiar siempre fue que


cuanto puede hacerse en casa o en la calle debe preferentemente hacerse
en casa. Yo y mis dos primeros hermanos nacimos en el dormitorio materno, no
en un paritorio. Si hubiese dependido de mi padre, nunca habríamos ido a la
escuela: mejor que los maestros acudiesen todos los días al domicilio, como don
Gorgonio. De ese modo, en caso de mal tiempo, que los constipados fueran ellos
y no los niños. También venía a casa un par de veces por semana la costurera,
para arreglar pantalones y coser camisas (el traqueteo de la máquina de coser, la
Sigma, que jamás probablemente volveré a oír, representó algo así como el basso
ostinato de mi hogar); por supuesto los cumpleaños y festejos infantiles se
celebraban en casa, aunque fuese poniéndola patas arriba, con cine a domicilio
de alquiler y hasta payasos domésticos; la manicura y la callista eran figuras que
pertenecían por la misma regla de tres al tarot hogareño, etcétera. Y, desde luego,
el peluquero: ¡vaya ganas, salir de casita para ir a cortarse el pelo!
Esta adicción a la domus aurea es el principal rasgo feudal que recuerdo en
mi muy burguesa familia: la gente de bien vive a todos los efectos en su morada,
que por lo común sólo abandona en caso de incendio o para satisfacer algún
vicio inconfesable. En el fondo, creo que sigo pensando exactamente así, cada
vez más. Por ejemplo, nunca he logrado sentirme a gusto en una biblioteca
pública porque siento que leer, leer de verdad, es algo que no puedo hacer con
provecho fuera de mi cuarto. ¡Cuánto comprendo a la anciana beata agonizante
que, cuando el cura trataba de aligerar su tránsito encomiándole los gozos
celestiales que pronto iba a disfrutar, respondió: «Sí, muy bien, pero
desengáñese, padre… ¡como en casa, en ningún sitio!»!.
El peluquero que nos visitaba semanalmente a domicilio se llamaba Orencio.
Nunca he conocido a ninguna otra persona con tal nombre, por lo que estoy
autorizado a pensar que en su caso el individuo agotaba la especie, como ocurre
entre los ángeles: otra prueba más de su naturaleza celestial, de la que sigo
estando firmemente convencido. Orencio era un ángel narrador, mil veces
preferible a tronos, potestades y dominaciones. He tenido la inmensa suerte de
que tanto mi padre como mi madre me contasen cuentos, pero no cuentos de
terror: la narración macabra entró en mi vida con este milagroso peluquero. La
improvisada peluquería se instalaba en el cuarto de baño: el cabeza de familia,
que era más calvo que otra cosa, solía ser atendido en primer lugar y no tardaba
mucho en quedar aviado. Luego veníamos los niños: sobre la silla de cocina que
oficiaba como sillón de barbero se acumulaban más o menos cojines de acuerdo
con nuestra edad y tamaño. Como éramos inquietos, impacientes y levantiscos
(es decir, propensos a levantarnos a mitad de la faena depilatoria), Orencio tenía
que ingeniárselas para entretenernos, a cada cual a su estilo, ayudado en
ocasiones especialmente turbulentas por el ama María o nuestra madre. Pero mi
caso era el que menos problemas planteaba y no, bien lo sabe Dios, porque al ser
el mayor resultase más formalito que los demás: en casi todos los aspectos
siempre fui más impertinente e histérico que cualquiera de mis hermanos. Sin
embargo, en la peluquería casera de Orencio me portaba mejor de lo que me he
portado nunca en ningún sitio. No sólo no me impacientaba durante el corte de
pelo ni quería abreviarlo con pataletas, sino que lo hubiera prolongado hasta el
doble o el triple de su duración. Y ello por los relatos de Orencio, que —como
modesta Scheherezade capilar— descubrió el hechizo narrativo gracias al cual
me dejaría cortar el pelo sin rechistar mil noches y una y cuantas más hicieran
falta.
Respecto al origen ancestral de los cuentos de la célebre recopilación
arábiga, hay diversas opiniones eruditas; también discrepan los estudiosos sobre
cuáles fueron las fuentes donde obtuvieron su inspiración Jacob Grimm o
Charles Perrault. El caso de Orencio, para mí más importante, no ofrece en
cambio ningún enigma: lo que me contaba una y otra vez, allí, frente al lavabo
de Garibay o Fuenterrabía, mientras me esquilaba, no eran ni más ni menos que
los argumentos de las viejas películas de la Universal: las protagonizadas por
Drácula, Frankenstein y el hombre-lobo, ya fuera solos o combinados en duetos
y tríos trágicos. Este origen cinematográfico, Orencio no lo ocultaba, al
contrario: lo subrayaba como el principal interés de sus relatos. No me contaba
meros cuentos sino… ¡películas! Advirtiéndome: «Tú aún no puedes verlas,
porque eres pequeño». No podía verlas, pero ya podía oírlas y, sobre todo,
imaginármelas. Así soñé por vez primera con esas terribles y desventuradas
criaturas que nunca me han abandonado desde entonces. En el espejo del cuarto
de baño, en el que sólo se reflejaba un niño con un ancho babero al cuello para
recoger los pelos recién podados, yo veía la noche llena de antorchas y gritos por
la que el vacilante monstruo hecho de cadáveres huía sin esperanza de la jauría
vengadora que le acosaba; y la luna llena y fatal de Larry Talbot y el siniestro
conde, en lo alto de la escalera transilvana, escuchando aullar a los hijos de las
tinieblas… Nunca me cansaba de oír las mismas alarmantes crónicas: esperaba
los incidentes ya familiares con la misma devoción con que mucho después he
visto mil veces esas películas y mil veces esperé conteniendo el aliento que la
niña inocente fuese enviada por el inocente monstruo a hundirse con las flores en
el lago.
No creo que la mera nostalgia me haga equivocarme: Orencio era un
estupendo narrador. De vez en cuando, en momentos especialmente cruciales,
suspendía su tarea y se abismaba en el relato, apartándose un poco para que yo le
viera mejor y subrayando sus palabras con el cliqueteo de la tijera en el vacío
como si fuesen los acordes sombríos de la música del film. Además de los
grandes artistas cuyas obras perduran y son celebradas por las generaciones,
supongo que hay cientos de artistas momentáneos, que realizan pequeñas
miniaturas de orfebrería mientras charlan con los amigos en el café o cortan el
pelo a un niño. Y quizá estas obras de arte que tienen pocos testigos y duran
minutos contribuyan no menos a embellecer la vida de los humanos que las de
Miguel Ángel o Shakespeare. Un poeta modernista colombiano, Porfirio Barba
Jacob, escribió esta súplica que con fervor hago mía:

Dame, ¡oh Noche!, tus alas de Misterio


para volar al cielo de los Monstruos…

Orencio, el ángel narrador de la peluquería, me prestó mis primeras alas


misteriosas con las que he revoloteado después hasta hoy mismo. Por eso le
dedico esta página de homenaje.
8

EL ORIGEN DE LA MENTIRA

N o creo tener mayor tendencia a mentir que el común de mis congéneres.


Si no recuerdo mal, fue Goethe quien señaló que Dios concedió a los
humanos el lenguaje para que ocultasen su pensamiento y yo me someto a esa
práctica habitual más o menos como todo el mundo, con excepción de los
fanáticos y los muy groseros. Pero aunque no siempre soy franco (y temo a los
que siempre se ufanan de serlo) rara vez soy deliberadamente falso. Admito lo
absurdo de esta confidencia, que cualquier mentiroso suscribiría con el mejor de
los ánimos. De modo que el lector hará bien en suspender de momento su juicio
y seguir atendiéndome como si me oyese parlotear a solas o silbar en el baño.
No sólo no me gusta mentir, sino que me da un poco de miedo hacerlo. A
desentrañar el origen de ese temor van dedicadas estas líneas. Pero antes aclararé
lo que entiendo por «mentira», que no sólo es tergiversar a sabiendas aquello que
consideramos verdad, sino principalmente escamoteársela a quienes tienen
derecho a esperarla de nosotros sobre determinados asuntos. Por ejemplo, creo
que el presidente Clinton no mintió al negar sus relaciones sexuales con tal o
cual señorita ante el público, porque nada humanamente respetable le obligaba a
ser sincero con semejantes chismosos respecto a ese tema; si la inquisidora
hubiera sido Hillary, en cambio, su desmentido ya hubiera sido una auténtica
mentira… aunque no menos comprensible a mi juicio. A veces me he divertido
contando historietas sobre mí a gente a quien podían entretener, aunque les daba
exactamente igual que fuesen ciertas o falsas. Recuerdo que hace bastantes años
tuve una amiga en cuya casa —en cuya cama, para ser más exactos— solía
recalar dos o tres noches a la semana. Después de esos agradables episodios,
solía volver a horas muy tempranas del día siguiente a mi domicilio,
notablemente distante del suyo. No sé por qué se me desarrolló la costumbre de
contarle al taxista de turno alguna historia fantástica sobre los motivos de ese
paseo madrugador: si llevaba mi cartera solía ser un médico llamado con
urgencia por un cliente habitual que había empeorado, pero en otras ocasiones
fui un periodista que estaba documentándome para un reportaje sobre la noche
en las barriadas madrileñas y hasta un sacerdote que acudía con los santos óleos
a la cabecera de un moribundo. Creo que alguna vez me proclamé sencillamente
un amante satisfecho, identidad que fue acogida con mayor escepticismo que
cualquiera de las otras. Pues bien, mientras improvisaba tales ficciones tenía tan
escasa conciencia de mentir como el novelista en su mesa de trabajo.
Pero volvamos al miedo que me despierta falsear la verdad cuando debería
legalmente proclamarla. Es el sano temor a ser descubierto y puesto en la picota,
resabio muy formativo que sin duda proviene del escarmiento que sufrí a raíz de
mi debut oficial como mentiroso. Yo debía de tener seis años y mis padres, tras
una efímera estancia de días en los parvulitos de un colegio de monjas, saldada
desastrosamente, habían preferido ponerme un preceptor particular en casa que
me enseñara durante unos meses cuentas y caligrafía antes de intentar por
segunda vez y más en serio el camino de la escuela. ¡Cuentas y caligrafía! No
hay dos disciplinas para las que haya sido más inepto, desde aquellos días hasta
el de la fecha. El encargado de desasnarme fue un maestro jubilado muy anciano,
que respondía al a todas luces prodigioso nombre de don Gorgonio, propio de
cualquier personaje de Tolkien o de un semidiós de leyenda helénica.
Don Gorgonio era de una bondad senil, reforzada por una paciencia que al
santo Job le hubiera venido que ni de perlas durante su paso por el muladar.
Bregaba lento, minucioso, incansable con mi impaciencia palabrera y desatenta.
Siempre he tenido una prodigiosa capacidad para distraerme cuando algo no me
interesa: soy capaz de dar una clase o de soportar la regañina de una amante
despechada mientras sopeso mentalmente las probabilidades de victoria de los
participantes en la tercera carrera del próximo domingo. Cuando don Gorgonio
se esforzaba en lograr que acabara las sumas o completara la plana de redondilla,
yo intentaba con no menor tesón distraerle y distraerme con mil preguntas sobre
cuestiones incongruentes o reclamando que me obligara a leer en voz alta, lo
único que hacía bien sin esfuerzo. Mi objetivo final es que terminara de una vez
la hora de clase, aquella tortura incomprensible en cuya sevicia mis padres
insistían, para poder volver a mis soldados, a mis tebeos y a las aventuras
radiofónicas de Diego Valor, el piloto del futuro. En una palabra, a la vida real,
suspendida durante un rato por el estado de excepción impuesto por don
Gorgonio (preferible, en todo caso, a las aborrecibles monjitas y los aún más
aborrecibles compañeritos con guardapolvos del parvulario).
Por fin acababa la lección. Con la excepción del PNV, la historia demuestra
que no hay mal que cien años dure. Pero don Gorgonio era un maestro a la
antigua usanza, como cualquiera con mayor experiencia que la mía hubiera
deducido enseguida de su edad y de su nombre mitológico. Y esos pedagogos
veterotestamentarios nunca renuncian a poner tareas. ¡Cómo he odiado, cómo
odio esas palabras: las tareas, los deberes! El buenísimo don Gorgonio —un
«santo» según mi madre, opinión confirmada por mi actual y más imparcial
visión retrospectiva— me imponía como penitencia, digo como tareas, unas
cuantas cuentitas y unas pocas planas de caligrafía. Nada mínimamente gravoso
pero que a mí me resultaba una esclavitud peor que los más implacables trabajos
forzados en la más atroz penitenciaría. Suficientemente malo era soportar que
me secuestrasen durante una hora de mis incesantes y necesarios deleites, pero
no estaba dispuesto a aceptar invasiones complementarias del resto de mi
tiempo. De modo que decidí rebelarme y, a falta de arma más heroica, elegí la
mentira. Al final de cada una de aquellas sesiones de docencia que tanto me
agobiaban, mientras le acompañaba hacia la puerta de la calle con indisimulada
premura, don Gorgonio —¡bendita sea su alma paciente y pedagógica!— me
preguntaba si mis padres estaban satisfechos de lo que él denominaba «nuestro
trabajo». Y yo, luciferino, le respondía con aire cándido que muchísimo, pero
que a su parecer las tareas que me ponía eran excesivas. «¿A tus padres no les
gustan los deberes?», me preguntaba resignadamente comprensivo don
Gorgonio; y yo, sin el menor remordimiento, feliz por el éxito de mi ardid, le
confirmaba que a mis padres los deberes les gustaban poquísimo, tan poco…
como a mí.
Antes se coge al mentiroso que al cojo, asevera la inmisericorde sabiduría
popular. Un día mi madre salió a la puerta a despedir a don Gorgonio y le
preguntó por mi rendimiento académico. El buen maestro exageró mis méritos y
luego, horror, añadió que procuraba reducir mis tareas al mínimo, tal como mis
padres preferían. Mientras el universo y todas sus constelaciones caían sobre mi
cabeza en una sola mirada fulminante, mi madre comentó con frialdad terrible
que por su parte no existía la mínima objeción a cualquier tipo y cantidad de
deberes; al contrario, que los consideraba imprescindibles. Después de que don
Gorgonio se marchó, con una melancólica y comprensiva sonrisa en los labios,
sufrí una de las primeras y siempre merecidas reprimendas serias de mi infancia.
Quedé convencido de que mentir no sólo es moralmente abominable, eso puede
pasar, sino peligroso y a la larga inútil. No mejoré en cuentas ni en caligrafía con
don Gorgonio, pero gracias a él aprendí a no mentir. Se las arregló casi
involuntariamente para hacerme un poco mejor: mucho más no puede pedirse de
ningún maestro.
9

EN LA PLAYA

El cielo azul es la visión primordial a que remite la idea más general


de la alegría: todas las alegrías son como el cielo azul.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

L a playa de la Concha fue para mí una sede de incansables maravillas en la


que podían además comerse patatas fritas. Salvador Dalí solía afirmar con
su habitual certeza campanuda —si mi amigo Luis Racionero no me engaña—
que el centro del planeta está situado exactamente bajo la estación de Perpiñán.
¿Habría dicho hoy lo mismo o preferiría ya como punto de referencia cósmico el
aeropuerto de Barcelona? Sea como fuere, se equivocaba… al menos en lo que
me corresponde. Porque para mí el mágico onfalós del universo entero, el punto
en que los lugares confluyen y refluyen hasta convertirse en el Lugar, desde cuyo
repliegue esencial parte de nuevo la redistribución del espacio, siempre ha sido y
seguirá siendo la playa de San Sebastián. Ahí se remansa, minúscula y potente,
la marea del mundo. ¿La Concha, Ondarreta? Ante el peso esencial del destino
cósmico, rechazo cualquier secesionismo: hay sólo una playa donostiarra,
dividida en dos por el estilismo rocoso del Pico del Loro, cuyo nombre siempre
me ha evocado la boca de esos calamares gigantes que suelen obsesionarme.
Una sola playa formada por dos en la bahía única, a la que se asoman uno tras
otro desde hace más de medio siglo mis yoes sucesivos con ilusión, con
asombro, con nostalgia y con fatiga. El tamaño del paraíso, que el alma no
abarca, cabe sin embargo en poco más de una cáscara de nuez.
¡Y además comíamos patatas fritas allí, sobre la arena y cerca del mar! No
patatas cualesquiera, desde luego, como si todas fuesen iguales. Mis padres eran
bastante remilgados en lo tocante a vendedores callejeros y nos desaconsejaban
vivamente comprar chucherías en los puestecillos (las «cestas», las llamábamos)
de esas astutas matronas que rentabilizaban ínfimos emporios de chicles, regaliz
y pipas de girasol. ¡Quién sabe cómo las guardarían, a qué contagios nos
expondría su consumo! Y tampoco se fiaban sin más de las vendedoras de
patatas fritas que nos asediaban en la playa. Por la Concha deambulaban muchas,
voceando su mercancía: «¡Pa-ta-taaaa! ¡Pa-ta-taaaa!». Con la cesta bajo el brazo,
llena de paquetitos de papel amarillo, levemente impregnado de grasa. «¡Recién
hechas!». Nosotros (el infranqueable «nosotros» familiar, formado por mi madre,
que nos acompañaba al borde del mar cuando nos bañábamos los niños y luego
se sentaba en una silla con las piernas descubiertas para que se le tostasen un
poquito, después por mi padre, que llegaba al final de la mañana de la oficina,
con chaqueta, corbata y chaleco, sin quitarse nunca los zapatos para pisar la
arena) dejábamos pasar una y otra vez a las engañosas patateras vulgares, hasta
que llegaba la nuestra, la única, superior a todas las demás: la patatera blanca. La
llamábamos así no porque las demás fuesen de otro color —la inmigración
apenas existía entonces, éramos los españoles quienes emigrábamos en esa
época—, sino porque el papel de sus bolsas de patatas era de color blanco.
Sosteníamos firmemente la clara excelencia de sus patatas de forro blanco sobre
el peligro amarillo representado por las demás. En nuestro toldo (el toldo
familiar, alquilado año tras año desde tiempos inmemoriales, proyección mínima
de la sombra del hogar sobre la playa) sólo se consumían rebanadas fritas de
tubérculo aportados por la patatera blanca. En Inglaterra, los proveedores de la
real casa tienen derecho a adornar sus productos con el escudo de la reina: la
patatera blanca hubiera podido realzar sus bolsas con el emblema genealógico de
la casa Savater (zapato dorado sobre fondo de azur o algo parecido) si esa
distinción nobiliaria le hubiese sido de algún provecho. A veces los niños, más
glotones que exquisitos, nos impacientábamos un poco al ver que la privilegiada
no terminaba de llegar y el hambre azuzaba: «¡Mamá, queremos patatas!»,
suplicábamos al oír el reclamo de cualquier otra vendedora. Y mi madre,
consecuente y algo escandalizada, calmaba nuestro apremio: «Esperad un poco,
que va a venir la blanca». Por fin llegaba, efectivamente, y comprábamos un par
de bolsas, que compartíamos todos en rigurosos turnos: cada uno metía la mano
en la estrecha embocadura y tanteaba rápidamente hasta escoger la patata que
parecía más grande, pero que a veces se rompía y nos dejaba frustrados. «¡Qué
pequeña era la mía! ¡Mira, éste ha cogido dos!». Ninguna justicia distributiva es
perfecta, pero la que así reinaba en la Concha era mejor que la mayoría.
Utilizando los cubos como moldes hacíamos flanes de arena mojada; y
murallas aparentemente infranqueables tras las que nos guarecíamos gritando y
riendo para esperar la subida de la marea. Después corríamos a ver pasar la
carreta en la que se acumulaban los desperdicios playeros, tirada por dos bueyes
enormes, lentísimos, con un flequillo de cordones rojos colgando sobre los ojos
y un hilo de baba resbalando de los belfos. Y, claro está, nos bañábamos.
Primero con torpes y jubilosos chapoteos en la orilla, luego con flotadores de
todas las formas y tamaños, más tarde ya libres de cualquier restricción, sueltos,
ágilmente autónomos, nadando cada vez más lejos, hasta el gabarrón primero,
hasta las boyas, hasta la isla de Santa Clara… el infinito acuático en una simple
Concha. «No me gusta que os vayáis tan lejos», nos decía mi madre cuando
volvíamos a la orilla y nos la encontrábamos con pamela de paja, gafas de sol y
la falda remangada para no mojarse, yendo y viniendo por la orilla con el agua
lamiendo su calcañar, haciendo esfuerzos para no perder de vista nuestras
cabecitas. Pero le encantaba vernos nadar, a lo lejos. En ciertas épocas me dio
por llevar adminículos de escafandrista, imitados de uno de mis ídolos: el
comandante Cousteau. ¿Para qué quieres esas aletas? ¡Para nadarte mejor! ¿Para
qué quieres esas gafas submarinas? ¡Para bucearte mejor! Pero aún mejor es no
llevar nada, sentirse ingrávido, saber que el agua te sostiene y se pliega a tus
caprichos, que conoces en parte el secreto mudo de los peces.
De vez en cuando, bienaventuradamente, había un día de olas. Nosotros las
«cogíamos», es decir, nos amparábamos rectos y fijos como tablas en su hueco
turbulento a punto de romper para que nos llevasen en un vértigo de espumas
hasta la orilla. ¡Ah, coger bien las olas es todo un arte! Yo lo dominé en su día y
ahora ya lo he perdido. No hay que subirse en ellas ni demasiado pronto ni
demasiado tarde: siempre el kairós, el instante oportuno en el que todo se pierde
o se gana. Saltábamos con el agua a la altura del pecho para avizorar si la ola que
venía era cabalgable o no. «¡Ésta no! ¡La de atrás, la de atrás!». Y cuando por fin
se alzaba ante nosotros la cima móvil, rugiendo temible y acogedora, la que
esperábamos, lanzábamos el grito animoso del abordaje: «¡Txampa! ¡txampa!».
Luego el vértigo de la velocidad, el sabernos proyectil propulsado por lo
indomable, contener la respiración hasta que la tripa raspaba la arena y nos
levantábamos, zarandeados y triunfantes, mirando a nuestro alrededor para
comprobar si algún valiente había llegado aún más lejos montado en el
torbellino. Muchas cosas he temido en mi vida y temo desde luego al mar,
porque he nadado mucho: conozco su fuerza enmascarada de belleza risueña, sus
traiciones. Pero nunca he temido las olas de la Concha ni espero daño alguno de
sus galernas y resacas. Cuando me empuja y arrebata su abrazo, vuelvo al hogar.
Recuerdos de la Concha: aquel día en que evolucionó sobre la bahía,
haciendo arriesgadas piruetas con su avioneta, un piloto artístico llamado
Príncipe Cantacuzeno, que había sido un as de la aviación alemana en la guerra y
debía estrellarse poco después contra otra playa, en Santander. Y el escándalo
que provocó una francesa osada, exhibiéndose en bikini (¡francesa tenía que
ser!) en nuestra púdica ribera, hasta que la policía municipal puso coto a tanto
descaro: en esa época, allá por Benidorm o Torremolinos, ya había mujeres que
mostraban felices sus pechos al aire… y también en Biarritz, la única playa a la
que siendo adolescente me gustaba ir a mirar en vez de a bañarme.
La Concha, la playa redonda y abarrotada, los toldos familiares, la marea que
sube y derrota todas las murallas de arena, el griterío de los bañistas que corren
salpicando y fingiendo una primera impresión de frío terrible por la orilla, el sol
que cabrillea sobre el agua de topacio, la isla al fondo con su faro, tan nuestra,
tan verde y urbana, tan infantil (Blas de Otero dijo en un verso que en la Concha
la mar se hace niña), mis hermanos pequeños sentados en un charco con el cubo
y la palita, los zapatones de mi padre sobre la arena y las piernas al sol de mi
madre, la voz a lo lejos que nos alerta: «¡Pata-taaaa!». Ya llega, por fin, otra vez,
la patatera blanca.
10

EL VIAJE A ÁFRICA

Un león, un caballo, una cebra, un tigre; y sobre el león, el caballo, la


cebra, el tigre, niños. En el tigre, enorme, de Bengala, voy yo, veloz,
espoleándolo, sujeta la brida fuerte no se me vaya a escapar dejándome
sentado en el viento…

FERNANDO VALLEJO

D icen algunos antropólogos que los animales fueron los primeros dioses de
las tribus humanas. No sé si este dictamen será tan fiable como opina
Gustavo Bueno en El animal divino, pero desde luego se confirma en mi
modesto caso personal. Durante mi niñez y primera adolescencia, nada en el
mundo me interesaba tanto como los bichos: cuanto más grandes y fieros, mejor.
Leía todo lo que caía en mis manos sobre animales de tierra, mar o aire; las
colecciones de cromos que versaban sobre zoología y cazadores eran con mucho
mis predilectas. Me aprendí de memoria los nombres latinos de Linneo y
suscitaba atónitas risotadas en clase de ciencias naturales asegurando al profesor
que el elefante se llama científicamente Loxodonta africana y el búfalo Sincerus
cafer. Hasta hace muy poco, lo primero que visitaba de una ciudad era su parque
zoológico (la antigua Casa de Fieras era casi lo único que admiraba de Madrid).
Incluso mi afición a las carreras de caballos sospecho que no es sino un corolario
de mi pasión zoológica… ¿Por qué me gustaban tanto los animales? Supongo
que porque podían ser a la vez crueles e inocentes y porque les bastaba con vivir:
no pedían nada más. Como señala Senancour en alguna página de sus Revenes,
buscan lo necesario para la existencia sin preocuparse por intentar hacerla
soportable.
Idolatré las aventuras de Tarzán y los tebeos de Jim de la Jungla, pero
también las novelas del hoy creo que olvidado James Oliver Curwood (Kazán,
perro lobo; Bari, hijo de Kazán; El rey de los osos —muchos años después
llevada al cine por Jean-Jacques Annaud— y Los cazadores de lobos). Por
supuesto El libro de las tierras vírgenes de Rudyard Kipling estuvo durante años
en mi cabecera: amé la negra forma flexible y ferozmente tierna de Bagheera
(«¡Acuérdate de que Bagheera te quería!», le ruge como despedida a Mowgli
cuando éste elige irse a vivir entre los hombres y con una mujer), así como el
coraje de la mangosta Rikki-ti-tavi cuando se enfrenta a la cobra real en un
combate a muerte sin espectadores. También devoré completa la serie de breves
biografías de animales salvajes compuesta por Bernard Rutley (Inkosi, el león;
Timur, el tigre; Kra, el mandril; Chag, elcaribú, etcétera), que publicó con
estupendas ilustraciones de Stuart Tresilian la bendita editorial Molino de
Barcelona. Y las obras de aquel ecologista avant la lettre que fue Ernest
Thomson Seton y El libro de los animales llamados salvajes, de André
Demaison, en uno de cuyos relatos una hormiga soldado consigue matar a un
elefante…
De animales y selvas exóticas hablaba sin cansarme con mi querido Enrique
Cormenzana, a quien mis padres habían encargado darme lecciones particulares
de matemáticas para intentar paliar mi incurable incompetencia en la materia.
Don Enrique era un estupendo pedagogo, que logró enseñarme casi todo menos
las dichosas cuentas. Dedicábamos la primera parte de la clase a despachar las
tareas de aritmética del día siguiente, que eran mi pesadilla (sueño todavía con
cierta frecuencia que aún debo examinarme por última vez de la abominable
materia y ya no le tengo cerca para ayudarme), pero después nos entregábamos
gozosamente a discutir sobre el ancho universo. Para mí, don Enrique era el
compendio viviente de todos los saberes: leía y hablaba en cuatro o cinco
lenguas, disertaba lo mismo sobre geografía que sobre botánica o astronomía,
conocía la prensa del mundo entero. Cuando más tarde me hablaron del
prestigioso MIT bostoniano, lo imaginé como una especie de Enrique
Cormenzana colectivo. Era teniente de aviación y meteorólogo: años después, se
presentó a un concurso para ocupar una plaza en la sede de Ginebra de la
Organización Meteorológica Mundial, en el que competían aspirantes de toda
Europa. Consiguió el puesto (nunca dudé que lo lograría y hasta me sorprendió
que él pareciese considerarlo una admirable chiripa) y poco a poco ocupó los
más altos puestos del organismo internacional. Sigue viviendo en Ginebra,
adonde voy a visitarlo de vez en cuando. Me suscribió a la revista National
Geographic, cuyos textos en inglés me ayudaba a descifrar y de la que
naturalmente sólo me interesaron los reportajes en que había animales de por
medio…
Mis héroes entonces eran los grandes exploradores del momento: Edmund
Hillary y el sherpa Tensing, que escalaron el Everest y vieron las huellas del
Yeti; el profesor Auguste Piccard, cuyo batiscafo reveló criaturas abisales en las
tinieblas marinas; el comandante Cousteau y su admirable mundo silencioso;
Tohr Heyerdahl —ayer mismo murió, que las sombras sean piadosas con su
sombra aventurera—, cuyo libro sobre la travesía de la balsa Kon-Tiki he releído
docenas de veces y donde tropecé con la primera mención del manso aunque
imponente tiburón-ballena. Pero sobre todo, con perdón de lo que hoy la
ecología ha convertido en políticamente correcto incluso para mí, admiraba a los
protagonistas de la caza mayor. Los míticos pioneros de la aventura africana,
como Frederick Selous o sir Samuel Baker, algunos de los cuales cazaban leones
y elefantes a caballo, los émulos más recientes del Alan Quatermain acuñado por
Rider Haggard y desde luego aquellos otros ingleses que acechaban en la India a
los tigres devoradores de hombres, como Kenneth Anderson o Jim Corbett…
Entiéndaseme bien: salvo en los casos en que eliminaban fieras dañinas o
mataban para comer, yo no admiraba a los cazadores por las piezas cobradas sino
porque pasaban la mayor parte de su tiempo en la permanente proximidad de
enormes y hermosos animales. Mi ideal era vivir como un gran cazador y no
cazar nunca nada. En mis fantasías, yo acechaba durante horas junto al
abrevadero o me acercaba a las grandes bestias a favor del viento, les apuntaba
con mi rifle a la paletilla, un poco por encima del brazuelo de la pata delantera,
disparaba pero no las mataba. Del fusil salía un dardo adormecedor que las
derribaba por un rato (justo lo suficiente para acercarme a ellas y acariciar sus
pieles aterciopeladas o rugosas de olor montaraz), hasta que luego volvían a
levantarse íntegras y sanas, como antes. Yo quería su vecindad y entrar en
pugilato con esos seres prodigiosos, pero abominaba de los trofeos disecados.
Por eso cuando leí El último paraíso de los animales salvajes, escrito por
Bernard Grizmek, naturalista que fundó el parque zoológico de Hamburgo (¿o
era el de Berlín?) y exploró el cráter del Ngorongoro en busca de especímenes
para su institución, sin matar nunca ningún bicho y respetando su equilibrio
natural, creí haber encontrado una suerte de ideal. Más tarde me enteré de que
podían acometerse safaris fotográficos y, aunque casi nunca he logrado hacer
una fotografía decente más que por casualidad, me apunté con entusiasmo a esta
caza virtual. Pero yo era un niño, claro, y vivía en San Sebastián… donde aún no
había fieras.
Me habían enseñado que después de comulgar debíamos recogernos por unos
minutos, para dar gracias a Dios y solicitar que nos concediese los bienes que
necesitábamos. Tras las habituales rogativas por la salud de mis padres,
hermanos y abuelos, siempre hacía la misma súplica: «¡Que algún día —pronto
si es posible— pueda ir a África!». La verdad es que no ponía demasiada
confianza en tal petición, porque intuía que la divinidad la consideraría un mero
capricho, como hacían todos los que me rodeaban. Pero yo la reiteraba una y otra
vez, con la misma leve esperanza tongue in cheek con que el viajero arroja una
moneda a la Fontana di Trevi pidiendo volver pronto a Roma… Un día, en el
periódico ABC que yo leía con perversidad precoz en busca de artículos de
González Ruano o Pemán y sucesos raros, tropecé con un anuncio asombroso.
Lo ilustraba el dibujo de un elefante encampanado y proponía un viaje a
Tanganica, especificando que sería un «safari fotográfico». Dentro de mi
ingenuidad enfermiza, siempre tuve claro que había una distancia imposible de
franquear entre mis ensoñaciones cinegéticas y la realidad cotidiana que me
correspondía. Ir a África de verdad únicamente estaba al alcance de seres
cortados al talle de Alan Quatermain, personajes mitológicos entre los que sólo
la conjunción de dos milagros, el favorable de la concesión divina y el necesario
del paso del tiempo, podrían alguna remota vez hacerme figurar… en el más
afortunado de los casos. Pero de pronto ahí estaba mansa y trivial la oferta de
realizar mi anhelo, sin requisitos más difíciles de cumplir que rellenar un
formulario y pagar una cantidad de dinero, como si se tratase de unas simples
vacaciones en Benidorm. Quedé medio anonadado por el asombro y el gozo.
De inmediato, corrí a darle la buena nueva a mi padre, con quien tantas
charlas sobre leones y rinocerontes había mantenido. Por supuesto no dudé ni
por un momento de que acogería con el mismo entusiasmo que yo esta
inesperada oportunidad de conocer en carne mortal el paraíso. Y aquí cometió un
pecado la bondad, el exceso de cariño, la peligrosa ternura. Porque papá me dijo
que estupendo, que iríamos (siempre di por hecho que él me acompañaría), que
dejara el asunto en sus manos para que respondiese debidamente a la
convocatoria. No quiso decepcionarme de golpe, supuso que unos días más tarde
ya se me habría pasado el arrebato inicial y estaría encaprichado con otra cosa.
Pero ¿cómo pensar ya en ninguna otra cosa? Cuando esa noche volvió de la
oficina, mi madre alarmada le llevó a mi cuarto, donde yo estaba atareado
preparando el equipaje. Tenía abierta sobre la cama mi pequeña maleta de
cartón, en la que ya había metido la cantimplora de las excursiones colegiales,
mi pistola de aire comprimido con su munición de corchos (uno nunca sabe
cómo reaccionará un búfalo cuando nos acercamos para fotografiarle), un par de
libros de Rider Haggard y una gorra playera que con buena voluntad podía
parecerse tanto a un salacot como la bacía de barbero al yelmo de don Quijote.
De la ropa esperaba que se ocupase mi madre, más experta que yo en cuestiones
de intendencia menor. Seguía afanándome en los preparativos cuando de pronto
suspendí mi ir y venir: mis padres me miraban desde el quicio de la puerta, con
embarazado cariño. Al ver su expresión, lo comprendí todo. No habría viaje a
África: el milagro seguía siendo milagro y por tanto no sucedería. Lentamente,
negándome con una sonrisilla amarga a escuchar explicaciones razonables,
deshice mi hatillo y me fui a cenar con los hermanos. Estaba a punto de llorar,
pero no cedí a las lágrimas hasta más tarde, en la cama, a oscuras, mientras oía la
radio que mi madre dejaba encendida en su dormitorio para calmar mis terrores
nocturnos. Entonces lloré y cómo lloré. No lloré por no ir a África sino porque la
realidad era lo que parecía, nada más, nunca otra cosa. Lloré contra el sentido
común y esas lágrimas, como las de Miguel Strogoff en la novela de Julio Verne,
salvaron mis ojos del cauterio atroz de lo necesario. Gracias a su humedad
redentora mis ojos siempre han seguido viendo la verosimilitud vital de lo
inverosímil: detrás de la mesa cubierta de papeles, de los horarios, de la nómina,
aún veo las palmeras y el abrevadero, los ojos del león en la sombra… La
libertad de África.
11

LAS HADAS MADRINAS

S i el adjetivo «suculenta» puede aplicarse alguna vez con tino a la prosa de


un escritor, la primera candidata —a mi juicio— es la de Chateaubriand en
Memorias de ultratumba: «Fuera de la religión, no tengo ninguna creencia.
Fuese pastor o rey, ¿qué hubiese hecho con mi cetro o con mi cayado? Me habría
fatigado igualmente de la gloria y del genio, del trabajo y del ocio, de la
prosperidad y del infortunio. Todo me cansa: remolco penosamente mi hastío
junto a mis días y voy por doquiera bostezando mi vida». Bueno, en francés
suena todavía mejor. Al comienzo de su gran obra, rememora a su abuela, junto
a la hermana de la anciana señora y a algunas de las amigas que formaban
tertulia con ellas, las cuales fueron desapareciendo todas en los años de su niñez.
Comenta de pasada, en su inimitable tono confidencial y solemne: «Soy quizá el
único hombre en el mundo que sabe que esas personas han existido». Es una
observación que me conmueve extrañamente. Cada uno de nosotros constituye el
monumento viviente, el último enlace conmemorativo con lo humano, de gente
que morirá por segunda vez con nosotros y cuyo rastro se extinguirá
definitivamente cuando perdamos nuestro último aliento. En la mayoría de los
casos, ni siquiera sabemos que somos la urna postrera de tales cenizas,
compuestas de vagas imágenes y amortiguados sentimientos.
Yo aún me acuerdo, por ejemplo, de Nazaria. Era la casera que nos traía cada
mañana la leche fresca a Garibay, en aquellos días en que no existían el tetrabrik
ni los supermercados. La leche venía en herméticos recipientes metálicos, uno
grande conteniendo la que consumían los mayores y otro menor para la más
exquisita, la de los niños, ordeñada de una vaca especial. Cuando la volcaban en
las jarras se cubría de una nata untuosa, amarillenta, que debía ser colada
cuidadosamente para evitar arcadas infantiles. Nuestra casera también traía
verduras recién cortadas, mantequilla y queso. Un lujo hoy ya inalcanzable para
la mayoría de los urbanitas. Pero a mí lo que más me impresionaba de Nazaria
era su medio de transporte, en el que viajaba desde el caserío situado en las
proximidades de San Sebastián. Venía en un carro, cubierto por una capota de un
gris verdoso y tirado por un caballito mustio, lleno de mataduras. Todas las
caseras bajaban a la ciudad en carricoches semejantes. Podía vérselos
estacionados en torno al mercado de San Martín, cuya imagen es lo primero que
siempre me viene a la cabeza cuando pienso en San Sebastián (incluso antes que
la tópica estampa de la Concha). Ahora van a derribar ese mercado, cuyo valor
sentimental es mucho más alto —supongo yo— que el arquitectónico. Los carros
de las caseras garantizaban un aire rural a Donosti, subrayado por el verde de los
montes que se vislumbra al final de casi todas sus calles principales.
En una ocasión, mis padres me autorizaron a acompañar a Nazaria en el
carro hasta el caserío y luego volver con ella al mercado. Yo iba en el pescante,
llevando las riendas y manejando con mimo el látigo para estimular al sufrido
trotón. Jamás ningún príncipe se sintió tan feliz y orgulloso en su carroza de oro
como yo entonces, mientras detrás de mí se entrechocaban alegremente las
lecheras vacías…
Recuerdo también a María, que en realidad se llamaba Bárbara pero no
quería que le diesen ese nombre (con razón, no le cuadraba en absoluto). Sirvió
durante muchísimos años en nuestra casa, donde por lo general las criadas solían
serlo realmente, es decir que entraban en casa muy jovencitas, mi madre les
enseñaba a cocinar y a coser, hasta que un día se casaban. Se «criaban» en casa y
nunca, ni siquiera después de casarse, rompían del todo la relación con la familia
de la que de modo ancilar habían formado parte. Por lo común nuestras
«muchachas» provenían de Navarra, llegaban a casa tímidas y un poquito
hurañas pero al final se marchaban convertidas en amables y desenvueltas
señoritas. Todo ello pertenece a un orden patriarcal que ahora parece remotísimo
pero que según mi memoria aún estaba vigente ayer mismo… El caso de María
era distinto. No era tan joven cuando entró en la familia (tenía la misma edad
que mi madre) y provenía de Lasarte, un nombre que sólo puedo oír con fondo
de galopes. Hace unos meses presentamos en San Sebastián un libro
conmemorativo de los ochenta y cinco años del hipódromo donostiarra, ocasión
que nuestro ínclito alcalde Odón Elorza aprovechó para regañar a quienes nos
empeñamos en seguir llamando «Lasarte» a un recinto que ahora
administrativamente pertenece a Zubieta, localidad que hoy está dentro de su
responsabilidad municipal. Pero es que Elorza ha llegado hace poco al
hipódromo (y a casi todo lo demás): para quienes hemos visto carreras allí desde
hace cincuenta años, siempre será Lasarte, como «Lasarte» se llamaba la primera
revista hípica que muchos tuvimos en nuestras manos de pequeños. Los ediles
pueden dar órdenes para mañana, pero tienen poco poder en lo tocante a
modificar el pasado…
Así que María era lasartearra, como el primer hipódromo de mis amores. Y
mi madre no logró casarla: se jubiló soltera, cuando nos fuimos a vivir en
Madrid. Era callada, a veces un poquito brusca pero infinitamente cariñosa con
nosotros, los niños, sobre todo con mi hermano Josecho. Nos vestía, nos lavaba,
nos llevaba a la playa, al parque y al colegio. Todos la queríamos, sin duda
también todos la utilizábamos con el ingenuo y culpable egoísmo de los niños
ricos. La memoria no me alcanza para contar anécdotas suyas, aunque tantas
debería recordar. La guardo a lo lejos, envuelta en un aura invulnerable de tierna
gratitud. Cuando nos disponíamos a marchar a Madrid, yo le pregunté a mi
madre: «¿Y qué hará María?». Ella me aseguró que María no quería venir, que
ya estaba mayor, que prefería quedarse en Lasarte. Nos fuimos sin ella.
Volvimos a verla luego dos o tres veces, cuando regresábamos a Donosti y nos
acercábamos a visitarla. Años después, ya sin familia y enferma, creo que
ingresó en una residencia de ancianos. Durante mucho tiempo me sucedió que en
ocasiones pensaba en ella de repente, sin pretexto alguno, con una punzada de
nostalgia y remordimiento: «¿Qué hará María?».
¿Y las hermanas Paternina? Eran las dueñas de la pequeña librería de la calle
Fuenterrabía, justo frente a mi casa. Siempre entré en ella con un
estremecimiento parecido al de Alí Baba cuando dio su primer paso dentro de la
guarida rebosante donde guardaban su botín los cuarenta ladrones. Me
sorprendía como algo estupendo y generoso que para convertirse en dueño de
cualquiera de aquellos volúmenes que prometían tantos contentos no hubiera que
arrostrar pruebas iniciáticas ni alancear dragones vigilantes: bastaba con un poco
del por lo demás superfluo dinero. Yo no tenía dinero, claro, pero me
impacientaba bastante ante la parsimonia con que mis mayores lo gastaban a la
hora de comprar libros. ¿Para qué lo querían, entonces? ¿Qué alegría
proporciona un billete de banco o unas cuantas monedas en la cartera? Ninguna.
¡En cambio El asesinato de Rogelio Akroyd de Agatha Christie es una forma
indiscutible de felicidad! Como el local era pequeño, gran parte de sus fondos se
almacenaban en la trastienda. Las hermanas me permitían acceder a ese
sanctasantórum y yo fisgaba interminablemente entre las hileras de novelas de
Salgari, las aventuras de Guillermo Brown, los relatos de Karl May y Mayne
Reid, de Oliver Curwood, de Zane Grey… o los pequeños tomitos de Crisol,
encuadernados en piel roja (¿hace falta más?) que contenían mensajes
maravillosos de Chesterton y Stevenson. Las dos hermanas eran de mediana
edad, muy parecidas, de idéntico pelo recogido y entrecano, entrañables con sus
rebecas de punto y sus risitas discretas. Me trataban con gran amabilidad y algo
del asombro que se dedica a los fenómenos circenses. Cuando yo, histérico por
la proximidad de tantos placeres como el libertino en el burdel, excéntrico,
descontrolado, chillaba alguna pedantería genialoide, comentaban
afectuosamente: «¡Qué famoso!». Y felicitaban a mi madre por el simpático y
atosigante monstruito que tenía en casa. Luego, con el tono turbador de
complicidad que usan los vendedores de postales pornográficas para proponer su
mercancía, una de ellas me susurraba: «Acaban de llegar dos nuevas de Ellery
Queen». Y a mí se me acentuaba la epilepsia al diversificarse la oferta… Si hay
algo en este mundo que me ha gustado más que leer, debe de ser comprar libros.
Allí, en la librería Paternina, celebré mis primeras orgías y me revolqué en los
delicados delirios de las vísperas del placer… Y aquellas dos recatadas señoritas
oficiaron como matronas del único local de lenocinio que rememoro sin
empacho ni hastío… Benditas sean.
Como lo sabía todo y leía el futuro, mi madre decidió enseguida que yo
debía aprender francés cuanto antes. Si no he sido imbécil del todo, como
cualquier otro hijo del franquismo, ello se debe sin duda a la lengua francesa. Y
esa iniciación fundamental, imprescindible, tuvo como sacerdotisa a Felitxu
Eraso. Corrijo enseguida la calumnia edificante que encierra lo de «sacerdotisa»:
Felitxu era probablemente santa, pero con la santidad robusta, transgresora,
combativa y herética de Juana de Arco. Me enseñó francés con textos clásicos:
los álbumes de Tintín y Milú. Era soltera y guapetona, vitalísima, carismática.
Después me he enamorado de mujeres que ahora veo que se le parecían, pero
primero la quise a ella. Quizá por su culpa siempre he buscado en mi vida
mujeres enérgicas, independientes, indómitas, nunca convencionalmente
femeninas, sin concesiones a la coquetería de la fragilidad: que fuesen más listas
pero sobre todo más valientes que los hombres. (La espontaneidad de los
melindres femeninos sólo me ha atraído de veras en algunos varones). La verdad
es que no ha sido una búsqueda difícil, porque lo son casi todas, aunque finjan
por modestia o estrategia. En la sociedad pacata y pudibundamente hedionda del
franquismo, Felitxu era espontánea, irreverente, sanamente liberal. Caía
simpática pero también escandalizaba un poquito. En cierta ocasión, hablando
con palabras veladas de temas indecibles, mi madre hizo un comentario sobre la
promiscuidad de algunos hombres y ella repuso, sonriente: «Bueno, siempre hay
gente que tiene más apetito que los demás…». En tierra de patrioterismos, era
cosmopolita y universalista, sin dejar de ser vasca por los cuatro costados. En mi
cuaderno me dibujó un corro de figuritas enlazadas danzando en círculo y me
enseñó la coplilla popular en francés:

Si todos los chicos y chicas del mundo


quisieran darse la mano…

A Felitxu Eraso le dediqué, nadie sabrá nunca con cuánta devoción y cuánto
merecimiento, mi primera traducción de Voltaire…
Nazaria, María, las hermanas Paternina, Felitxu Eraso, todas fueron mis
hadas madrinas, que se inclinaron generosas sobre la incertidumbre de mis
primeros años, derramando sus dones vivificantes sobre mi cabeza. Mientras yo
aliente, no habrán muerto del todo.
12

UN PASO AL FRENTE

Antes de recorrer mi camino yo era mi camino.

ANTONIO PORCHIA

S alvo los más instintivos, todos nuestros goces son aprendidos, es decir:
imitados. Copiamos nuestros placeres, añadiéndoles apenas un toquecito
personal (lo que suele llamarse «perversiones», el único estrechísimo y
culpabilizador margen de originalidad de que somos capaces). La Rochefoucauld
aseguró demoledoramente que nadie se enamoraría si no hubiese oído hablar del
amor. Aún menos nadie escribiría, pintaría o compondría música si careciese de
los indispensables modelos jubilosos. Para mí, querer escribir consistió en
primer lugar en una forma de mostrar fidelidad a lo que me hacía disfrutar.
Empecé por repetir en voz alta, mientras jugaba a aventuras con mis hermanos o
urdía representaciones para los mayores, las frases más emocionantes o
conmovedoras que me habían impresionado en mis lecturas. Por ejemplo, el
comienzo de El corazón delator de Edgar Allan Poe («Soy nervioso, muy
nervioso, pero no estoy loco»), el grito feroz de Achab en su última hora
(«¡Hacia ti avanzo, cachalote destructor e inconquistable!») o el estribillo que
repetía un marino sueco en una de las aventuras de Tarzán cada vez que se
avecinaba un peligro y que murmura como despedida cuando está herido de
muerte: «Parece que vamos a tener viento duro». Todo ello, por supuesto, junto a
los versos sonoros de Rubén. La literatura como declamación paladeable, como
entusiasmo oral que no se avergüenza de causar efecto con la invención ajena:
siempre me sentí dueño del botín robado por mi entusiasmo. Pasaron bastantes
años antes de que Borges me confirmara que quien repite con plena convicción y
arrobo una línea de Shakespeare es también Shakespeare…
Luego me atreví a escribir novelitas en minúsculos cuadernos colegiales.
Aún guardo alguna. Son aplicados plagios, transcripciones casi, de relatos de
Silver Kane, Marcial Lafuente Estefanía o Edgar Rice Borroughs. A veces
intentaba ilustrarlas con dibujos propios, como hacía con las suyas mi amigo
Jesús Muñoz Baroja, pero mi talento pictórico era tan evidentemente inferior al
suyo que preferí recortar imágenes de los tebeos y pegarlas en mis cuadernitos…
lo que reforzaba también la necesidad de permanecer fiel a argumentos ajenos.
Jesús y yo nos pasábamos nuestras obras en clase, hasta que fuimos
descubiertos. Un profesor, probablemente no mal intencionado, me hizo leer una
de mis obras maestras —memorablemente titulada Arenas rojas y que transcurría
en el Oeste— ante mis compañeros. Ni siquiera mi pueril exhibicionismo
disfrutó del todo con el percance, que se saldó con abundantes risitas y un
notorio refuerzo de mi bien ganada fama de chalado. Las rarezas incoativamente
artísticas despiertan poca admiración a esa edad.
Por lo demás, nunca fui precisamente un alumno aventajado en nada. Era
nulo en aritmética, con una nulidad abrumadora e inconmensurable como nunca
he conocido en nadie, y distraído en todo lo demás. En el colegio de Santa María
de Aldapeta, las notas que obteníamos cada semana para control paterno venían
escritas en hojas orladas en cuatro colores distintos: dorado para el primero de la
clase y sus sobresalientes (casi siempre Iñaki Anasagasti o Javier Echeverría),
rojas para los diez siguientes, verdes y moradas para los sucesivos rezagados. De
vez en cuando se contaba que hubo quien recibió notas con orla negra, como
esquelas, que precedían a la expulsión del curso (debían de ser algo así como las
infamantes banderillas negras que se les ponen a algunos toros de especial mala
casta). Yo solía mantenerme en el límite de las rojas, con alguna caída ocasional
en las verdes que despertaba la indignación de mi madre y su inevitable visita a
mis profesores, los cuales solían hacer vagos encomios de mis dones naturales
estropeados por mi nula aplicación.
Cierto día, el profesor anunció que por primera vez, en lugar del habitual
dictado, íbamos a hacer una redacción. Pánico general, porque nadie sabía de
qué iba la cosa. ¿Qué es redactar? ¿Inventar, adivinar, componer, patentar? Yo
intuí qué significaba: escribir. El tema era libre, al menos para los demás, seres
felices que escribieron según modelos propuestos sobre su pupitre, su colegio, su
casa o sus amigos. Negado desde pequeñito para los placeres del costumbrismo,
no había libertad posible para mí, que debía someterme a rasgos obligatorios y
compulsivos: la jungla, cazadores, los riesgos del acecho, un tigre. En un folio
lleno de borrones (nunca logré hacer buenas migas con la plumilla y el tintero)
narré condenadamente un episodio como los que vivía en la India mi admirado
Kenneth Anderson, implacable enemigo de los devoradores de hombres ante los
ojos del Altísimo. Debió de constituir una nota de exotismo torpe y arrebatado
entre los razonables informes de mis compañeros. Pero mientras rasgueaba sobre
el papel con la lengua fuera y el secante presto, comprendí que por fin estaba en
mi elemento. Me sentía libre, seguro, pero sobre todo me sentía fuerte. Nada
podía desanimarme ya. Cuando el dómine comentó nuestros ejercicios, al llegar
al mío enarboló una sonrisilla irónica. Nos había prevenido contra la utilización
abusiva de adjetivos (el modelo del buen redactor era siempre una especie de
Azorín devaluado) y leyó en voz alta, con retintín, un pasaje de mi pieza del que
yo estaba particularmente contento, allí donde mencionaba «el discordante
concierto de los ojeadores». ¿No me daba cuenta de la contradicción existente
entre «discordante» y «concierto»? Entonces fui yo quien sonreí para mis
adentros, aunque poniendo cara de humilde confusión: sin argumentos ni
justificaciones, comprendí que por una vez, por primera vez, sabía más que mis
maestros. El concierto de los ojeadores era discordante, vaya que sí. Es más,
escribir consistía en saber que hay conciertos discordantes y desconcertantes… y
lectores desconcertados. Tuve la revelación de que por fin tenía un arma a mi
alcance para impresionar y destacar, para no ser devorado por la rutina colectiva.
Me propuse perseverar en los adjetivos paradójicos, en las noticias de lo nunca
visto, en el acoso de los tigres.
Un par de años después, mis padres me regalaron mi primera máquina de
escribir, una Remington portátil, pavonada, plata pura con teclas verdes, con una
cinta capaz de escribir en rojo (para los títulos) y en negro sin borrones todo lo
demás. Adiós a tinteros y portaplumas, paso al frenesí mecánico que martillea su
mensaje de asombro línea tras línea. Paso a la literatura, por muy infantil que
fuese… o que siga siendo. Décadas después, el truculento profesor Gustavo
Bueno proclamó derogatoriamente que yo sólo era capaz de escribir
«redacciones». Bueno, tiene razón, pero no me parece poco. Rara vez me
enamoro de las cosas, quizá aún menos de las herramientas, pero nunca he
sentido tanto afecto por algo como por aquella primera, liberadora y perdida
Remington portátil. Fue la puerta por la que me escapé.
13

EL GORILA

¿C ómo se eligen los chivos expiatorios? Antropólogos, sociólogos,


filósofos de la religión como René Girard, etcétera, han estudiado los
procedimientos persecutorios destinados a lograr la catarsis colectiva y han
ofrecido interesantes teorías al respecto, que no tengo competencia ni ganas —
seré franco— para discutir Si continúo con mi franqueza, debo resumir mi forma
de pensar al respecto en una fórmula contundente: la sociedad es frecuentemente
sublime pero la masa es siempre abyecta. Cuando digo «masa» no me refiero a
lo práctico-inerte estudiado trabajosamente por el Sartre de Crítica de la razón
dialéctica, sino a la multitud unida por el deseo de escapar de los males
individuales cometiendo atrocidades colectivas. Quien más aproximadamente ha
descrito el fenómeno creo que es Elías Canetti en Masa y poder. Pero ni siquiera
él ha subrayado tanto como yo quisiera la cobardía y la vesania del mastodonte
policéfalo, su vocación apisonadora frente a las víctimas, la miseria moral
comunitaria que se entusiasma con el hedor de sus propias heces, el cretinismo
ufano de sus legitimaciones ideológicas… Ningún individuo sabría ser tan cruel
y tan imbécil por sí solo como llega a serlo cuando recibe la patente de corso del
enjambre. Masa es cuando los humanos se juntan para hipotecar sus cerebros
individuales en un ganglio común agresivo, compuesto de mierda más o menos
pura. Y esa ameba hedionda se ceba con repulsiva alacridad en la debilidad del
supuestamente «raro», del considerado diferente por capricho o por decreto, del
forastero, del semejante condenado a ser «extraño» tras haber pecado
mortalmente contra la rutina o la mediocridad… La masa no tiene enemigos sino
que elige presas. Y dentro de ella sus peores corpúsculos son los menos activos,
los que la adoptan como refugio sin sentir su arrebato, los que viajan como
polizones en la nave de los locos suspirando ante sus atropellos y haciendo
melindres pero sacando provecho de la protección mañosa.
Escenario del drama: el parque de Alderdi Eder, uno de los corazones del
esparcimiento infantil donostiarra, con sus emboscados cenadores y su
minúsculo estanque, flanqueado por el paseo de la Concha hasta concluir en el
club Náutico y rematado por la mole del Ayuntamiento que antes fue gran
casino. Allí íbamos a jugar casi todas las tardes cuando éramos más pequeños,
yo acompañado de María, y Juan Berraondo de su ama Irene o con nuestras
respectivas madres. Aunque nuestras casas estuviesen francamente próximas al
parque, el ultraproteccionismo familiar exageraba la distancia como si fuese una
travesía infranqueable, llena de peligrosos cruces en los que acechaban
conductores borrachos o psicópatas. De modo que teníamos severamente
prohibido tanto ir como volver solos del parque. Esa estricta ley sólo admitía una
excepción: que nos «perdiésemos». En el caso de catástrofe tan excepcional y
sólo en ella, podíamos arriesgarnos a volver solos a casa. Según la norma
familiar, uno estaba legalmente «perdido» cuando durante un plazo razonable de
tiempo no podía localizar al adulto encargado de acompañarle. Cualquiera que
conozca Alderdi Eder, lugar bastante menor y menos frondoso que la selva del
Amazonas, puede darse cuenta de lo improbable que resulta perderse allí. De
modo que yo solía poner mucho de mi parte para llegar a esa rara y
supuestamente peligrosa situación. Fingiendo jugar o jugando de veras me
retiraba del banco donde esperaba pacientemente el ser querido, hasta ponerme
fuera de su vista: a tal efecto, era útil situarse tras un árbol o un seto. Una vez
allí, me preguntaba con honradez fingida: ¿veo a mi madre? o ¿veo a María?
Pues no, la verdad es que no las veo. ¡Luego estoy perdido! ¡Horror! Pero no
perdamos también la cabeza… lo mejor será volver sólo a casa cuanto antes. Y
allá que me iba, deliciosamente estremecido de pavor y coraje mezclados,
cruzando las calles y subiendo finalmente sin compañía en el ascensor, como los
mayores. Cuando me abrían la puerta, proclamaba en tono trágico, quizá
fingiendo un puchero: «¡Me he perdido en el parque!». Al rato llegaba mi
protectora, mucho más preocupada que yo por el incidente, pero cuando la
abrazaba como quien arriba finalmente a puerto ella sólo podía refunfuñar con
alivio: «¡Qué perdido ni qué…!».
En temporada llevábamos nuestras cajas de cromos para competir en las
escaleras de piedra con los rivales que se ofreciesen: cada contendiente ponía su
cromo en el suelo boca abajo, uno sobre otro, y luego golpeábamos encima con
la palma de la mano ahuecada para «volverlos». Quien conseguía darles la vuelta
a los dos, se quedaba con ambos. Luego formábamos un gran grupo con otros
niños y niñas del parque, la mayoría desconocidos, y jugábamos al escondite. Se
hacía el corro para determinar por medio de una cantilena que giraba a razón de
una palabra por persona quién debía quedarse en la farola central, con los ojos
cerrados y la cabeza apoyada sobre los brazos, contando hasta cien. Los demás
nos escondíamos, nunca demasiado lejos. Al terminar la cuenta, el buscador
emprendía la caza y, en cuanto divisaba a alguien, corría rumbo a la farola, lo
que también hacía el recién descubierto o cualquier otro que aprovechase el
alejamiento del vigilante. Los que lograban tocar el fuste metálico gritando
«¡safo!»(supongo que del latín «a salvo»: ¡para que luego digan que el País
Vasco no fue romanizado…!) ganaban su libertad, hasta que el buscador era más
rápido que alguno de ellos y éste debía sustituirle en la farola, mientras el resto
volvía a esconderse. En tales contiendas yo siempre era mucho más entusiasta
que hábil o rápido. Admiraba la destreza de los mejores y adoraba en secreto a
los chicos bien parecidos, incluso a alguna chica especialmente enérgica.
Pero a veces, sin saber del todo por qué, el grupo de compañeros que apenas
me prestaba atención reparaba en mí y se transformaba en jauría. Al principio
empezaban a hostigarme dos o tres con bromas insultantes, zancadillas y
empujones. Yo intentaba resistir pero enseguida optaba por la retirada, el error
fatal de todas las víctimas. A los primeros verdugos se iban uniendo otros, riendo
y chillando, como convocados por un misterioso tam-tam o como tiburones
atraídos por la sangre. Yo echaba a correr y la jauría me perseguía, gritando:
«¡Gorila, gorila!». Supongo que lo que me convertía en gorila no eran sólo mis
grandes orejas despegadas del cráneo o mi fealdad, sino todo un conjunto
inocultable de rarezas combinadas: los extraños movimientos hacia atrás y en
círculos que hago involuntariamente con la cabeza (probablemente reliquia de la
difícil extracción con fórceps del vientre de mi madre, una coacción traumática
que me dejó marcas rojizas en las sienes durante mis primeros meses), mi forma
de andar levemente espástica y nerviosa, mi ojo bizco (tardaron demasiado en
advertir que apenas veía con él y que se me iba atrofiando poco a poco) y sobre
todo mi tendencia pueril a lanzar largas peroratas histriónicas con voz tonante y
palabras rebuscadas, lo que ante públicos no muy letrados concita escasas
simpatías. Y mi acento: en Donosti yo hablaba como «uno de fuera» pero luego,
en el colegio del Pilar madrileño, volví a padecer persecución plebeya porque
tenía demasiado tonillo vasco, que los imbéciles del lugar parodiaban con cruel
delectación. También mucho más tarde, en el servicio militar, me convertí por
idénticos motivos en el reclamo de obtusos matones (perdonen el pleonasmo).
Durante años me debatí entre la tendencia al exhibicionismo y el miedo a llamar
la atención de la mayoría incontrolable que siempre he tenido por hostil. Aún
hoy aspiro al reconocimiento pero detesto que me conozcan, quisiera
impresionar a la multitud… y desaparecer de inmediato: volver a una casa en
penumbra, cuya ubicación nadie sepa, y pasear a tientas por sus habitaciones
recordando los recientes vítores, en silencio y descalzo. Invulnerable.
Aullaban tras de mí: «¡Gorila, gorila!». Y yo, tras unos torpes intentos de
reconciliación sumisa con los feroces, tras buscar luego apoyos en algún rostro
un poco más afable entre los de quienes me hostigaban, terminaba por escapar en
busca de refugio bajo las faldas de María o en cualquier otra autoridad adulta
que pudiese respaldarme. La norma no escrita del coraje individual proscribe
estos santuarios: hay que pelear «para no ser una nena». Pero yo no quería pelear
así, a trompazos, hubiera querido que los brutos babeantes se me enfrentaran en
mi campo verbal: el campo de la verdad. Mientras tanto, prefería el amparo de
los garantes institucionales del orden, aunque soñaba con ser capaz de bastarme
por mí mismo contra los matones. Toda mi vida he dudado si frente a ellos hay
que optar por la vía legal de James Stewart en El hombre que mató a Liberty
Valance o por el procedimiento más expeditivo de John Wayne en la misma
película, cuya memorable patada en la jeta a un bribón rampante sigue
pareciéndome un hito envidiable. Ahora acepto ambos procedimientos y lo único
que rechazo es ceder el paso ante la grey de Liberty Valance o «dialogar» con los
sayones. Detesto por encima de todo a los que abusan del rarito o del disidente
sin más justificación que la superioridad de su fuerza o de su número. Desconfío
de todos los colectivos masificados, de los entusiasmos gremiales, de las
identidades homogéneas, de cuantos se sienten exaltados en el grupo porque se
parecen a los demás: yo nunca me he parecido a ellos ni quiero parecerme. En su
espléndida autobiografía, Bertrand Russell cuenta que siendo niño su abuela le
regaló una biblia en la que había subrayado el precepto: «No seguirás a la
multitud para hacer el mal». Es una norma adecuada pero que me parece
redundante porque ¿qué otra razón vas a tener para seguir a la multitud, sino
hacer el mal? Quiero morir gorila, solitario en lo más alto, luchando y perdiendo
pero sin dejar de amar desesperadamente: como King Kong.
SEGUNDA PARTE

INSINUACIONES DE AZAR

En confusión, a su lado
bullía turba impaciente.
¿De qué? Sentí resbalar
insinuaciones de azar.

JORGE GUILLEN
14

MUDANZA Y TURBACIÓN

Haber tenido una infancia feliz es un serio obstáculo para el resto de


la vida. Sólo se puede ir a peor.

RAMÓN EDER

Q ue los padres no se preocupen por la educación de los hijos es malísimo;


pero que se preocupen demasiado puede tener también algunos efectos
colaterales negativos. En mi caso, casi todos los desvelos paternos resultaron sin
duda beneficiosos menos uno, que en su día trajo lo que consideré entonces una
catástrofe y hoy sencillamente una perturbación, quizá hasta saludable: nos
fuimos de San Sebastián. La mudanza se debió a que en el País Vasco no había
aún universidad pública y mi padre, ya en el último tramo de su carrera notarial,
quería asegurarnos estudios de nivel superior que no nos obligasen a alejarnos de
la familia. Se le presentó una posibilidad de traslado a Madrid por razón de
antigüedad y decidió aprovecharla, intuyo que tras bastantes vacilaciones. Y eso
aunque el mayor del los hermanos, que era yo, estaba todavía muy lejos de tener
edad universitaria, porque contaba sólo doce años recién cumplidos. Así tendría
tiempo de completar mi bachillerato y «ambientarme» en la capital antes de ir a
la facultad. Después de todo, mi madre era madrileña y en Madrid vivían mis
abuelos maternos, deseosos de incorporarse full time a nuestra pequeña tribu.
Además nunca pensaron abandonar del todo el txoko donostiarra: siempre quedó
claro que de uno u otro modo no dejaríamos de «tener casa» también en San
Sebastián.
Soy de los que se impacientan exageradamente con las pequeñas
contrariedades de la vida pero luego afrontan con razonable coraje y buen humor
las mayores. O por lo menos creo que así fui en mis años mozos, si no recuerdo
mal. De modo que encaré con sobresaltado buen ánimo la mudanza a Madrid,
pero sin dejar de experimentarla como el primer auténtico drama de mi corta
existencia, demasiado fácil y demasiado, ay, demasiado feliz… si es que se
puede ser «demasiado» feliz. Aunque quizá la felicidad siempre sea un efecto
excesivo, una demasía que el tiempo se encarga inexorablemente de corregir.
Casi a la vez salí de San Sebastián y salí de la niñez «oficial» (que oficiosamente
se mantuvo sin embargo latente en mí casi hasta ayer mismo), para entrar en la
capital, en la adolescencia, en el reino de la muerte efectiva y los confusos
anhelos de la carne: me alejé del mar. Este traslado, paradójicamente, resguardó
mi imagen del paraíso donostiarra contra el contagio humillante del tiempo y el
flagelo de la realidad adulta. Madrid cargó con el peso de la pérdida y la
angustia, se convirtió en el primer escenario de la invasión de lo obligatorio. Allí
me alcanzaron males ciertos y bienes dudosos que también me hubieran afligido
si no me hubiese movido de la calle Fuenterrabía. Con rencor que no admite
razonamientos sensatos, siempre le he guardado ese agravio. Para mí, es decir
para el yo que dentro de mí me ve vivir y patalea contra las cláusulas
irremediables de la vida, Madrid sigue siendo el cepo gris y San Sebastián la
libertad azul. Aún hoy, cuando volver a mi txoko es arrostrar los mayores riesgos
y amenazas, todavía siento una absurda bocanada de optimismo al
reencontrarme con la bahía y con Igueldo. En alguno de sus apasionantes libros,
Oliver Sacks comenta el caso de personas a quienes se les amputa una
extremidad y siguen sintiéndola hormiguear como si aún la tuvieran: la única
forma de que logren caminar con la pierna ortopédica es hacer coincidir la
sensación del miembro fantasma con el manejo de la prótesis. Lejos de San
Sebastián me siento mutilado pero lo perdido sigue latiendo como más presente
que lo presente y no me acomodo a muletas ni miembros postizos. Hasta que
vuelvo a Donosti, no dejo de cojear.
El primer gran trastorno ocurrido al llegar a Madrid fue la irrupción efectiva
de la muerte en mi vida. Por supuesto, desde mucho antes había tomado
conciencia abstracta —pero perturbadora— de esa fatalidad definitiva. Recuerdo
con alucinada precisión una noche en la que me senté en la cama, con el corazón
desbocado en el pecho. La casa estaba tranquila, sonaba a lo lejos la radio
tranquilizadora en el cuarto de mis padres y la puerta de nuestro dormitorio,
abierta, dejaba entrar la luz suave del pasillo que convertía en penumbra la
tiniebla. Yo jadeaba de angustia pero a la vez intentaba con todas mis fuerzas
pensar, darme cuenta, comprender la amenaza de lo real. Debía de tener ocho o
nueve años, todo lo más. Mi reflexión había comenzado con una triste y
excesivamente vivida certeza: mi abuelo y mis abuelas, mis padres, todos esos
aparentemente invulnerables dioses tutelares de mi existencia, antes o después
tenían que morir. Lo que es peor, yo iba a asistir al momento espeluznante de su
muerte.
Ningún consuelo religioso me ayudaba a soportar esa revelación: morirse era
morirse, desaparecer, marcharse definitivamente… aunque el alma se acomodase
luego en cualquier otro hogar ultramundano. Yo quería a mi familia junto a mí,
no en el Cielo: ¡desengáñese usted, padre, como en casa en ninguna parte!, que
diría la beata. Intenté paliar esa desventura suponiendo que quizá al menos no
tuviera que presenciar esas agonías, que todos mis seres queridos probablemente
muriesen cuando yo fuera ya adulto y estuviese lejos, gozando de una vida
autosuficiente y emancipada. Pero este torpe lenitivo egoísta me llevó a algo aún
peor, porque a continuación comprendí que había al menos una muerte a la cual
debería asistir sin remedio ni excusa: la mía propia. ¡Susto mayúsculo! ¿Sería
posible? ¿También yo?
La profundidad metafísica de mis cogitaciones perdió bastante dignidad
cuando advertí que había vuelto a mojar la cama, tras un par de años en dique
seco. También por aquellos días tropecé un domingo en ABC con un relato de
José María Gironella titulado «Carta de un gusano a Jesucristo». De tal misiva
improbable recuerdo lo que merece, es decir poco o nada, pero aún no se me ha
borrado de las mientes el dibujo de Goñi que ilustraba la narración: un enorme y
pútrido cadáver en su tumba, de cuyos jugos se alimentaba el anélido
corresponsal. Ninguna imagen me ha despertado jamás fantasías tan
horripilantes, que retornaban noche tras noche. Obligaba a mi madre a mantener
la luz encendida y la radio funcionando en la habitación contigua hasta altas
horas de la madrugada; cuando la buena mujer apagaba por fin, creyéndome ya
dormido, yo balaba arrebujado entre las sábanas: «¡Mamá, tráeme agua, que
tengo miedo!».
Pero entonces la muerte aún no era más que una sombra ominosa, una
perspectiva tan siniestra como retórica, la calavera en el festín delicioso de los
días azules que gruñe castañeteando las descarnadas mandíbulas: Et in Arcadia,
ego! Al poco tiempo de llegar a Madrid, empero, la amenaza cobró cuerpo:
cuerpo presente, insepulto. Fueron muriendo en inexorable procesión mis
abuelas, después mi querido abuelo y algo más tarde mi padre. También mi
padre. La muerte se había venido a vivir en casa y de alarmante hipótesis pasó a
ser un hábito atroz. A partir de ese momento, siempre que salí del hogar temí al
volver no encontrar vivos a todos los que vivos había dejado horas antes. Y en
cada uno de mis viajes llamaba mil veces a la familia —sigo haciéndolo—
temiendo siempre escuchar al otro lado de la línea el sollozo que preludia la
noticia fatal. Luego comprobé que esta aprensión puede ser hereditaria. Muchos
años después, cuando mi hijo de seis o siete años pasaba unas vacaciones
conmigo, le hice llamar a la casa de su madre. El crío empezó inmediatamente,
casi sin saludar, a contarle sus últimas proezas en la piscina. Familiarmente
correcto, le insté a que preguntara por su abuela y él, digno retoño mío, inquirió
sin rodeos: «¿Se ha muerto ya la abuela?». De modo que también a él, sonriente
y aparentemente despreocupado, le trabajaba el ancestral espanto… Al menos
ingenuo de los epígonos marxistas, Antonio Gramsci, le he leído esta
displicencia asombrosa: «Hacerse preguntas sobre la muerte no es moderno…
son residuos inorgánicos de estados de ánimo ya superados». Pues resulta que
tampoco en esto soy moderno y por lo visto se trata de un defecto familiar.
A causa de esta insalvable actitud prejuiciosa (Madrid nunca me ha gustado
porque no es San Sebastián), no he logrado tampoco llevarme bien estéticamente
con la capital del reino. Como ya he dicho, lo más bonito de Madrid eran para mí
los tranvías y la nieve, dos maravillas de las que no disfrutábamos los
donostiarras. Hasta que nos mudamos, nunca había visto grandes nevadas, de
esas que te impiden ir al colegio y te permiten visitar un parque del Retiro
hechizado por la espuma congelada de los cielos y jugar al bombardeo con
frágiles bolas blancas. Hoy ya no hay tranvías y hasta me parece que nieva
menos, sin cuajar del todo, con una nieve sucia y molesta pero que apenas
permite jugar… a quienes aún pueden jugar, ay. Mis dos lugares madrileños
favoritos fueron la Casa de Fieras del Retiro y el hipódromo de la Zarzuela. A la
primera iba con mi abuelo siempre que podía y me sabía de memoria la
ubicación de cada uno de sus resignados pensionistas: leones y tigres primero,
luego el oso blanco cumpliendo incansable su paseo neurótico que acababa con
una pata en alto, como un granadero en el exilio que intenta rememorar los pasos
de la parada antaño gloriosa… Y la tumultuosa jaula de los monos, y las llamas
de mirada burlona y algo fatua, y el viejísimo elefante cuya trompa aspiraba
delicadamente los cacahuetes. Ahora la Casa de Fieras está vacía y las hierbas
salvajes asoman por las rendijas del suelo en las jaulas deshabitadas. Ha sido
sustituida por un parque zoológico moderno, de cuyas virtudes ecológicas no
dudo pero que ya nada tiene que ver conmigo ni con mis sueños. A veces,
paseando alguna mañana por el Retiro, vuelvo a recorrer las ruinas del viejo
recinto y escucho brumosamente los pasos afelpados y los hondos gruñidos de
los fantasmas prisioneros que aún no han partido del todo.
El hipódromo me acompañó muchas temporadas y fue el espacio sagrado
que me reconciliaba con la ciudad aborrecida. Pero hace unos años la
especulación y la incuria lo cerraron. Algunos luchamos ahora por recuperarlo y
quizá mañana, quizá algún día… cuando vuelvan a él los galopes y los gritos de
entusiasmo… yo volveré a encontrarme por un momento feliz en Madrid.
15

LA INVENCIÓN DE LA INTIMIDAD

V irginia Woolf estableció famosamente que las dos cosas fundamentales


que necesita una mujer para escribir son una habitación propia y
quinientas libras de renta. Supongo que la renta debería ser hoy bastante más alta
para garantizar la tranquilidad, pero la habitación propia sigue siendo
imprescindible, sea el candidato a escritor hombre o mujer. Ésa fue precisamente
la conquista más notable que me aportó nuestra mudanza familiar a Madrid.
Hasta entonces había compartido felizmente cuarto con mis hermanos Josecho y
Carlis. Y debo subrayar lo de «felizmente» porque lo pasábamos bien juntos,
hasta casi la indecencia. Pero cuando uno se acerca a los trece años descubre
poco a poco el vértigo tentador de la autonomía: marcar distancias con quienes
queremos sin dejar de quererles y con quienes necesitamos sin dejar de
necesitarles. Nietzsche habló del pathos de la distancia, ascendiendo aquí como
en tantos otros casos a concepto un resabio del carácter adolescente. Yo no
quería crecer, eso no. Cuando me preguntaban «¿Qué quieres ser de mayor?»
respondía cualquier bobada pero por dentro pensaba: «¡Pequeño!». Había cosas
de la vida adulta que me intrigaban y otras me resultaban oscuramente
turbadoras, pero ninguna me parecía envidiable. Constato que sigo pensando
igual, ya desveladas las intrigas y desvanecidas las turbaciones. Ni entonces ni
nunca quise ser mayor, ni nada de lo que son los mayores. Pero a mediados de
mis doce años descubrí que quería estar solo: mejor dicho, poder estar solo.
Claro que aún me faltaba mucho tiempo para comprender que en eso
precisamente, en poder estar solo y en no tener más remedio que estarlo, consiste
precisamente ser mayor. Fue entonces, al llegar a la nueva casa madrileña,
cuando me enteré de que tendría habitación propia. Para explorar cauteloso los
comienzos de la soledad…
El cuarto era muy pequeño (me lo agrandaron años más tarde, cuando murió
mi abuela Victoria que ocupaba la habitación contigua) pero contaba con lo
esencial: la cama y la mesilla de noche con la lamparita que permitía leer hasta
tan tarde como quisiera, un secreter con su correspondiente silla para poder
escribir cómodamente (mi madre decía: para estudiar) y una librería. Mi primera
librería, un mueble hecho a medida que ocupaba uno de los ángulos de la
habitación, con estantes de diversos tamaños para los libros y cajones para
guardar tebeos. Desde la cama yo miraba antes de apagar la luz por las noches a
mi librería en penumbra, adivinando por el tamaño y el color del lomo tal o cual
título familiar, mis viejos amigos llenos de aventuras y maravillas. En un rincón,
pequeños, iguales, encuadernados en piel roja fileteada de oro, los cinco tomos
de las obras completas de sir Arthur Conan Doyle… Me despedía de ellos antes
de cerrar los ojos como quien lanza una tierna mirada de «¡hasta mañana!» al
rostro amado que reposa en la almohada, junto a nosotros. Los estantes
abarrotados de libros —de mis libros— siempre fueron para mí a partir de
aquellos días la decoración más hermosa: dormir en una biblioteca es habitar en
la Capilla Sixtina, rodeados por el ímpetu divinamente humano de la creación de
mundos.
Pero también se me despertaron otros afanes decorativos al sentirme dueño
de una habitación propia. No soy precisamente exquisito en gustos estéticos (ni
en nada, por otra parte). Me encanta verme rodeado de cosas e imágenes que me
resultan bellas sobre todo porque me son entrañables. Prefiero la estampa que
ilustra uno de mis sueños alborozados o el bibelot de Tarzán con Chita, aunque
carezcan de valor intrínseco, que una obra de arte original de alto precio. Por lo
demás, cualquier cosa que me regala alguien a quien quiero adquiere de
inmediato para mí estatuto de fetiche. De modo que colgué en las paredes una
lámina con tres cabezas de caballos en el esfuerzo final (que conservo todavía),
la silueta en hierro forjado de don Quijote y Sancho, una miniatura que
representaba el trofeo de una gamuza que yo nunca cazaré, una pequeña vista en
relieve del Patio de los Leones de la Alhambra (que me encantaba), banderines
italianos o de lugares remotos… Con el tiempo me hice un poquito más pedante
sin dejar de ser ingenuo: incorporé la inevitable reproducción del Guemica, un
retrato melancólico de Joan Baez y recorté una fotografía de Bertrand Russell
que después me molesté en pegar con papel celo y mucho celo sobre un soporte
de cartón para ponerla encima del escritorio (uno de los únicos trabajos
manuales de mi torpe existencia). Nunca he pretendido vivir en un entorno
admirable para cualquiera sino grato para mí: sólo aprecio moradas que se me
parezcan.
No de inmediato, pero creo recordar que bastante pronto, completé mi recién
inaugurada intimidad con un tocadiscos portátil (lo portátil era por aquellos años
algo mayor y más pesado que lo fijo en nuestros días). A mis ojos era un
adminículo precioso, de formas aerodinámicas y colores apastelados, crema y
verde, lo más moderno que había entonces en el mercado, es decir lo que ahora
llamamos una pieza de museo. En nuestra casa donostiarra, el pick-up (aún no
teníamos la confianza suficiente como para llamarlo «tocadiscos») era un
entretenimiento comunal, que uno nunca disfrutaba sólo sino siempre en
compañía de los demás y que estaba entronizado en una de las habitaciones
asamblearias de la casa, como después en Madrid la televisión, de cuyo
descubrimiento hablaré más adelante. Oír juntos música, por ejemplo Luis
Mariano o Jorge Negrete, y también grabaciones de cuentos o poesías, constituía
una de nuestras ceremonias familiares, mil veces repetidas sin pérdida de
encanto. Por cierto, uno de los dones que conservo de mi carácter infantil es el
de disfrutar una y mil veces con la misma tonada, el mismo relato o la misma
película: los niños, que aman sin desfallecimientos la vida, son espontáneamente
nietzscheanos y piden que retorne sin cesar lo que les arroba: da capo! Sólo los
adultos reticentes ante el placer de la existencia buscan sin cesar novedades, para
aburrirse de inmediato de ellas en cuanto las conocen. De modo que en San
Sebastián casi nadie nunca ponía a funcionar el pick-up aislado y lo que íbamos
a escuchar en cada caso solía decidirse por aclamación mayoritaria. Sólo cuando
conté en Madrid con un tocadiscos para mi uso personal pude entregarme a
preferencias idiosincrásicas no pactadas con los demás.
Tengo poquísimo oído para la música, deficiencia que mi madre resumía en
una fórmula derogatoria algo enigmática: «Tienes un oído enfrente del otro». En
la capilla del colegio, cuando la clase debía entonar algún canto coral de índole
piadosa, el profesor que agitaba los brazos dirigiéndonos nos exhortaba a
participar con entusiasmo pero introduciendo una salvedad humillante: «¡Canten
todos, todos, ahora, más fuerte… no, Savater, usted, no!». Una pena, porque mis
desentonados alaridos eran los más animosos del conjunto… Al calor de las
copas, he disfrutado participando en improvisaciones báquicas que mis amigos,
más tolerantes que aquel profesor, nunca se han decidido a moderar. Tener buena
voz es una de las cosas que más me hubiesen gustado en el mundo: como tantas
otras carencias he intentado remediarla alucinatoriamente, haciendo gestos
espectaculares en play-off mientras sonaba un disco de Beniamino Gigli o John
McCormack. Mis gustos siempre han sido melódicos, nunca rítmicos. Además,
en la niñez y adolescencia exigía canciones cuya letra pudiera entender, lo que
me apartó de la moda anglosajona y me inclinó por hispanos, latinoamericanos y
franceses, sobre todo franceses. Cuando alguien se empeña en recordarme que
pertenezco a la generación de los Beatles y los Rolling Stones, no puedo por
menos de sonreír, porque no significan nada para mí. Mis ídolos se llamaron
Gilbert Becaud (su Le bateau blanc es lo más parecido a un himno personal que
he tenido en mi vida), Aznavour, Jacques Brel o Georges Brassens, la sublime
Edith Piaf y su Yves Montand, junto a deidades menores como el canadiense
Paul Anka, Dalila o Françoise Hardy. Por supuesto al lado de Chavela Vargas,
Paco Ibáñez y Serrat. Entre los que toleraba sin comprender nada más allá del
estribillo, sólo puedo citar con verdadero aprecio a Joan Baez, algunas cosas de
Bob Dylan, cualquier cosa de Nat King Colé (sobre todo sus graciosos intentos
de cantar en español «Aquellos ojos verdes» y tonadas semejantes), sin olvidar a
Ray Charles y años después, ya más políticamente comprometido, a Pete Seeger.
El de Seeger fue uno de los únicos recitales a los que he asistido; el otro fue el de
Chavela Vargas y Serrat en San Sebastián. No, lo siento, a Elvis tampoco le
frecuenté. A la música llamada clásica fui llegando lentamente pero, como estoy
condenado al tópico, preferí al principio los grandes conjuntos sinfónicos que yo
fingía también dirigir con movimientos más dramáticos que acompasados
durante horas en la soledad sin indiscreciones de mi cuarto.
¿Intimidad? Adoraba estar eventualmente sólo en mi pequeño recinto,
dedicado a mis manías y a mis vicios, pero sabiendo que bastaba abrir la puerta
para salir al pasillo por donde llegar a los seres queridos que latían con sus
propias vidas a mi alrededor. La soledad en compañía, la soledad para echar de
menos a quienes no me faltaban, a quienes tenía al alcance de la mano, con
quienes había de reunirme al poco tiempo. También ahora disfruto estando sólo
pero siempre que pueda llamar por teléfono cien veces en media hora a quien
amo. Me gusta optar por estar sólo a ratos pero no soporto que me dejen solo.
Que pasado mañana me incineren con mi teléfono móvil, por favor.
16

LA TELEVISIÓN COMO INOCENCIA

¿A qué edad empieza a ver hoy por primera vez la televisión un niño? ¿A
los dos o tres años? ¿En la incubadora? ¿Antes de salir del vientre de
su madre, por algún agujerito? Desde luego, antes de hablar y de aprender a leer.
Yo no la vi hasta pasados los doce años, cuando ya hablaba como una cotorra,
recitaba poesías de Rubén Darío y conocía de memoria las peripecias de John
Silver o Tarzán. Ya era casi todo lo que soy ahora, aunque un poco mejor, pero
sin embargo la televisión me impresionó, me encantó: no me quitó nada de lo
que afortunadamente ya tenía y sin embargo me proporcionó muchas cosas
nuevas. Fue sin duda uno de los mayores y mejores hallazgos que me aportó la
mudanza a Madrid.
El aparato mágico quedó entronizado en el cuarto de estar y mi padre nos lo
presentó con la ceremonia entusiasta con la que solíamos saludar a los coches
nuevos cada cinco o seis años y, antes, a los recién nacidos que se incorporaban a
la familia. Todos nos sentamos en corro, los niños en el suelo y los mayores en
butacas; papá empezó a manipular los mandos con gestos de ilusionista,
siguiendo de vez en cuando las nerviosas precisiones de mi madre, que se había
leído mejor las instrucciones. La pantalla crepitó, se iluminó (en blanco y negro,
no hace falta ni decirlo) hasta que al fin apareció… un señor entrado en carnes,
que luego supimos que se llamaba Mariano Medina, ante un mapa meteorológico
de España, hablando de borrascas e isóbaras. Tuvo el mismo éxito clamoroso
que si hubiera sido Aristóteles revelándonos que el ser se dice de muchas
maneras. El siguiente programa, no se me olvida, fue una versión
cinematográfica bastante anticuada de El abanico de Lady Windermere, de Oscar
Wilde. La soportamos, al menos los mayores, con idéntica devoción. Luego el
cacharro se estropeó y tardamos varios días en poder volver a disfrutar de él.
Esos fallos, entonces frecuentísimos, no hicieron perder prestigio a la tele ante
nuestros ojos sino que la revestían de una fragilidad aún más preciosa,
angustiada, esencial.
Probablemente hoy la televisión es una fatalidad, una condena, lo
insoslayable, por lo que junto a muchas adhesiones inquebrantables no deja de
granjearse bastantes antipatías: para mí, como para muchos de mi edad, comenzó
siendo sin embargo privilegio y maravilla, consiguiendo un aura positiva que
nunca ha perdido del todo. La veo poco pero no reniego de ella y nunca me ha
parecido un progreso moral ni cultural alardear de evitarla como si fuese la
mayor corrupción del siglo. En aquellos días primigenios, al menos en mi casa,
no era un factor de desunión familiar, sino más bien de reencuentro periódico,
como el rosario en familia o los cumpleaños: «La familia que ve la televisión
unida permanece unida», diría yo, parafraseando el antaño célebre lema del
también antaño famoso y ya mencionado padre Peyton. Veíamos la televisión
todos juntos, haciéndonos comentarios y chistes, ayudándonos a disfrutarla o
padecerla. Ahora, cuando me preguntan si considero nocivo que los niños vean
televisión, lo primero que exijo saber es si la ven solos o acompañados de
familiares adultos, sensatos y con buen humor. En este último caso no creo que
haya peligro real, por violenta o pornográfica que sea la imagen; de otro modo,
incluso la vida de Gandhi o San Francisco pueden convertirse en malos
ejemplos… En casa, no todos disfrutábamos de la televisión en el mismo grado.
Algunos la cogieron ya tarde y nunca lograron entenderla del todo. Por ejemplo,
mi abuela Victoria solía comentarle a mi madre cuando varios locuaces bustos
llevaban largo rato debatiendo: «Maruja, me parece que estos señores querrán
tomar algo…».
De entonces hasta ahora, sin duda su función social ha cambiado. En la
década de los sesenta del pasado siglo, con una sola cadena de televisión
funcionando en España, constituía un elemento aunador de la dispersión social.
Cada mañana la gente discutía del telefilme de Perry Mason o El fugitivo visto la
noche anterior, porque era un fragmento imaginario del mundo que todos
habíamos compartido a la misma hora. Se hablaba de los programas de
televisión como hoy se habla del tiempo, porque es algo que todo el mundo
padece o disfruta por igual y que permite un acercamiento sin compromisos
ideológicos a los demás, un reconocimiento de nuestra condición común, un
factor lúdico de comunidad. Ahora, con la proliferación digital de canales y la
invención del vídeo, sólo los grandes partidos de fútbol y fenómenos como Gran
Hermano o quizá Operación Triunfo se acercan débilmente a una unanimidad
parecida. Pero ya con mayores melindres y resabios…
Mis favoritos infantiles fueron Investigador submarino, protagonizado por
Lloyd Bridges, la serie de espías Cinco dedos y Dimensión desconocida,
seguidas luego por las inevitables Bonanza, El Santo, Los Vengadores, etcétera.
Los sábados, en horario de tarde infantil, disfrutábamos con las casposas
adaptaciones nacionales de clásicos de la aventura escritos por Julio Verne o
Salgari, escenificadas con mucho entusiasmo y poquísimos medios en estudios
de Barcelona o Madrid. Los efectos especiales eran especialísimos, hasta el
punto de requerir todo el apoyo de la imaginación del espectador para funcionar.
En una peripecia hindú, recuerdo una cobra saliendo de la cesta en obediencia a
la flauta del chamán y alzada por un cordel —maroma más bien— que parecía
más grueso y evidente que el propio ofidio. Vaya desde aquí mi agradecida
bendición a los héroes que protagonizaron esas gestas de cartón: Paco Morán,
Ignacio de Paúl, Joaquín Pamplona, Pablo Sanz, Pedro Sempson, José María
Escuer, tantos y tan esforzadamente generosos. El niño que os admiró no os
olvida. Ni tampoco al gran Narciso Ibáñez Serrador, cuyas Historias para no
dormir (solían estar interpretadas por su padre, el truculento y magnífico Narciso
Ibáñez Menta) prolongaron los estremecimientos terroríficos inaugurados en San
Sebastián por Orencio, el peluquero que reinventó narrativamente ese género
para mi deleite personal. No discuto que hoy la televisión pueda tener algunos de
los efectos venenosos en los niños de los que tanto nos hablan los educadores
preocupados y los pelmazos en busca de quejas sublimes contra la cotidianidad
moderna: para mí, en aquellos tiernos años (tan duros a veces en su ternura, ay),
fue otra forma de liberación y éxtasis, como los tebeos o los libros… o los
sueños.
17

EL COLEGIO NUEVO

Allá donde no se apelara a mi interés, mi entendimiento o mi


fantasía, yo no quería o no sabía aprender.

WINSTON CHURCHILL

A ciertas edades, rondando la adolescencia, cambiar de colegio puede ser


algo casi tan traumático como verse obligado a empezar en un nuevo
trabajo a los cincuenta años. Así resultó para mí el paso de los marianistas de
Santa María de Aldapeta, en Donosti, al colegio del Pilar madrileño. No por
desmedido afecto al viejo centro escolar (la verdad es que en todos los lugares de
estudio o disciplina siempre he entrado con aprensión y he salido con alivio)
sino por inquietud ante cambios que podían resultar peligrosos. En el Pilar no
tenía amigos, ni referencias conocidas: el propio aire neogótico del edificio
principal, que ahora me resulta absurdamente conmovedor, al principio me
pareció ominoso. Luego he sabido que por ese colegio pasaron en aquellos años
todo género de alevines distinguidos, que fueron después figuras principales del
periodismo, las finanzas o la política. Me congratulo de ello retrospectivamente,
pero la verdad es que mis inicios en esa nueva Atenas resultaron humillantes y
dolorosos. Aunque mis padres no eran vascos, por lo visto mi acento y mi forma
de hablar resultaban chocantes en la capital. No tardaron en hacérmelo notar mis
nuevos compañeros y no precisamente de forma cariñosa. Otra vez me sentí
bicho raro: lo había sido en Donosti por hablar como los de fuera y ahora volvía
a serlo por lo mismo pero al revés en Madrid; buen entrenamiento para no
compartir nunca los prejuicios de «los de aquí» contra el involuntariamente
diferente…
La mala racha duró sólo los dos primeros años (hasta que tuve la suerte de
que expulsaran a un obtuso cretino que la había tomado conmigo y se dedicaba a
hostigarme con una minuciosa insistencia más propia del instinto zoológico que
de la voluntad humana; afortunadamente su rendimiento académico no cubría
mínimos y por fin le dieron la justa patada hacia las tinieblas exteriores, a la que
uno ahora la mía de todo corazón). Esos dos años se me hicieron indeciblemente
largos. Me refugiaba con alivio en casa, en compañía de mis hermanos, jugando
a «hacer aventuras» y carreras de caballos por la pista encerada del salón. Tenía
pocos amigos pero tampoco los echaba demasiado de menos, porque el exilio me
había convertido en algo así como un abertzale familiar. Con quien me llevaba
mejor era con dos compañeros que también iban al hipódromo de la Zarzuela los
domingos, Enrique Migoya y José Muñoz. El padre de Muñoz incluso oficiaba
como comisario de carreras, dignidad que yo consideraba de las más altas a que
puede aspirar el ser humano. Murió poco después y su hijo me contó que en las
largas horas de agonía sólo parecía calmarse cuando balbucía instrucciones
febriles a caballos y jinetes que nadie más que él podía ver. Si tengo suerte,
también yo en la última hora regresaré al hipódromo y no escucharé rezos o
diagnósticos sino galopes. La Zarzuela —el recinto hípico, no el palacio— es lo
único que yo salvaría de Madrid en caso de un bombardeo nuclear. Allí he
compartido carreras con Eddie Constantine y Jack Palance, con Jorge Rigaud y
con Di Stéfano, con Katia Loritz y Sofía Loren (que dieron pábulo a deliciosas
masturbaciones, como tantos otros estímulos menos ilustres). Y por supuesto
estaba siempre papá, junto a mis dos amigos. ¡Migoya y Muñoz! Así prefiero
llamarlos, porque entonces manejábamos sólo los apellidos de los colegas de
aula, según eterna práctica colegial. Hace tanto que no les veo que me cuesta
admitir que ahora serán dos semiviejos, como yo.
Después de ese periodo de aclimatación, cambió para bien mi fortuna. El
momento decisivo fue la reválida de cuarto, que entonces se hacía en torno a los
catorce años y que separaba definitivamente los caminos de «los de ciencias» y
«los de letras». El examen decisivo se hacía sumando la nota de matemáticas con
la de literatura y dividiendo por dos. Pero se daba por supuesto que para aprobar
había que demostrar cierta competencia mínima en ambos campos. Después de
las pruebas, el tribunal me llamó aparte: había obtenido el único diez en
literatura y el único cero en matemáticas de los doscientos o trescientos
examinados esa jornada. Mi calificación presentaba un problema de índole
moral. Me hicieron dos o tres preguntas benévolas, para comprobar que
distinguía los números y al menos sabía las cuatro reglas aritméticas. Luego me
dejaron por imposible y me concedieron a regañadientes un cinco, el aprobado
mínimo. Así pude entrar para siempre en el mundo de las letras, aunque Platón
me hubiera repudiado con razón de su academia por mi ignorancia en geometría.
En el nuevo curso, con otros compañeros que también comenzaban su itinerario
desde el primer paso como yo, podía intentar el despliegue de habilidades que
me consiguieran un respetable lugar bajo el sol. Y a ello me dediqué con ahínco.
Tampoco tenía demasiados dones entre los que elegir. En las dos asignaturas
características de letras, latín y griego, era discretito tirando a malo. Como nunca
falta consuelo al que quiere aceptarlo, recordaré que Churchill también era muy
deficiente tanto en matemáticas como en latín (cuando se presentó al examen de
ingreso en Harrow entregó en blanco las hojas de esas dos materias)… aunque
desde luego tenía habilidades compensatorias de las que yo carezco. En fin, mis
padres me pusieron un profesor particular de latín, un exseminarista aficionado a
la literatura con el que me pasaba las clases hablando de cualquier cosa —
teología, política, poesía…— menos de las aburridas declinaciones y los
ablativos absolutos. Fue también mi primer consejero en materias sexuales y me
proporcionó todas las informaciones que mis padres preferían hacerme llegar por
persona interpuesta y algunas más que quizá ellos tampoco tenían demasiado
frescas. De latín, ya digo, nunca supe demasiado y los exámenes de griego los
resolví aprendiéndome la traducción de la Iliada de memoria, de modo que en
cuanto descifraba las primeras palabras de un verso ya podía continuar
traduciendo otros diez sin necesidad de consultar el diccionario ni apelar a la
intrincada gramática. En historia, en arte, en literatura y en filosofía las cosas me
iban bastante mejor. En esta última disciplina puedo consignar mi primera
aportación al pensamiento occidental. Tratando de explicarnos la pregunta por el
sentido de la vida humana, el profesor inquirió: «Vamos a ver, vosotros ¿para
qué creéis que estamos en el mundo?». Un momento de atónito silencio y luego,
ante mi propia sorpresa, me oí contestar con decisión: «Para ser felices». La
clase soltó una risotada pero el profesor aprobó mi respuesta, no demasiado
original aunque biográficamente premonitoria. En lengua francesa también era
bastante bueno, desde luego mejor que nuestro maestro, el cual me escandalizó
un día corrigiendo mi traducción de la palabra fermier por «granjero»: ¡según él,
significaba «enfermo»!
Sin embargo en lo único donde yo destacaba sin esfuerzo era en las
redacciones. Ahí sí que apenas tenía competidores de fuste: los demás
componían mejor o peor un texto pero yo escribía. ¡Y con qué sensación de
entusiasmo y libertad, con cuánta audacia! También con bastante embriaguez
vanidosa, desde luego. Me acostumbré a que mi redacción fuese siempre una de
las que se leían en público cuando el profesor nos las devolvía corregidas y
llevaba muy a mal si algún día excepcional era pasada por alto e incluida en el
anónimo montón. Me gustaba también leer en voz alta, con entonación, como
solía decirse. Y declamar. Ya en San Sebastián había tenido ocasión de recitar
versos en algún festejo colegial. Aprovechaba así las lecciones de mi padre, que
me inculcó —a mí, tan negado hacia lo musical— oído para la sonoridad de la
palabra y acierto para la elocución intensa. En una ocasión me hicieron aprender
una interminable composición de Luis Fernández Ardavín titulada El llanto de
los pinares con la que obtuve un cierto éxito público en un acto de fin de curso,
impresionando no sé si por mi buena dicción o por mi buena memoria. En el
Pilar llegué a convertirme en el rapsoda oficial del colegio, siendo el encargado
de leer ofrendas a la Virgen, despedidas emotivas a directores jubilados y
poemas celebratorios.
También colaboraba en la revista Soy pilarista, que en preuniversitario llegué
a dirigir con mi amigo Luis Audibert. Como nuestros corresponsales eran poco
cumplidores, en ocasiones tuve que escribir varios artículos de urgencia con
diversos seudónimos para que el número llegase a tiempo a la imprenta. Incluso
cometí alguna crónica de hockey sobre patines, confuso deporte de cuyo
reglamento era y sigo siendo escrupulosamente ignorante. Sabedores de esta
forzosa fecundidad, algunos guasones llamaban a la revista «Soy Savater» en
lugar de Soy pilarista… Aparte del halago narcisista, al que nunca he resultado
precisamente inmune, estas capacidades verbales compensaron el resto de mis
obvias deficiencias y me garantizaron cierta extravagante celebridad,
haciéndome aceptable, incluso cotizado, entre mis compañeros. Por añadidura,
conseguí además una loca confianza en mí mismo en estos campos que nunca
me ha abandonado y gracias a la cual supongo que, por mal que vayan las cosas,
si tengo papel para escribir o un auditorio ante el que disertar sabré
arreglármelas. Este tipo de ingenuidades ayudan más en la vida que la
desapasionada lucidez…
Ya me he lamentado de que encontré pocas complicidades para mis aficiones
literarias entre los profesores y casi ninguna entre los alumnos. Mi único mentor
fue un maestro al que tuve en dos cursos sucesivos, un año encargado de
literatura y otro de historia del arte. Se llamaba don Antonio, pero se le conocía
por «el Mari Tere», no por ninguna duda sobre su heterosexualidad sino por el
nombre de una novia con la que luego se casó y a la que por lo visto años atrás
mencionaba en clase con arrobo. Era licenciado en filosofía y letras, un poco
pedante y se complacía en lanzar apotegmas vagamente wildeanos contra
nuestras estólidas cabecitas en las que solían invariablemente rebotar las
muestras sofisticadas de ingenio. A un alumno notablemente poco aplicado que
se enorgullecía de tocar la batería en un conjunto de amigos y se había
extralimitado con el vino en una excursión, le espetó un día en clase, tras haber
tratado infructuosamente de tomarle la lección: «Fulano, debo reconocer que es
usted por lo menos polifacético: se embriaga y toca el bombo». En otra ocasión
fulminó a quien se desperezaba demasiado escandalosamente en su asiento:
«Parece usted una odalisca ávida de placeres sensuales…». A mí, que por
entonces leía El retrato de Donan Gray como si fuese un devocionario, estos
mediocres aforismos me encandilaban.
Era lo más parecido que había encontrado en el colegio a un alma gemela. Le
recuerdo fumando en clase con gesto remilgado, mientras se abrochaba su raída
blazer azul con botones de plata y aludía de pasada a su amistad con Carlos
Muñiz o algún otro escritor «maldito» de la época. Se tenía —y yo también le
consideraba así— por un exiliado del mundo del arte en la espesa rutina colegial.
Por afecto a él me convertí por primera y última vez en delator. En cierta ocasión
nos castigó a un grupo de charlatanes a volver un jueves por la tarde para copiar
dos páginas de no se qué libro como penalización. Los condenados éramos ocho
o nueve, pero sólo nos presentamos dos, yo especialmente contrito por ser
culpable a ojos de mi único ídolo. Don Antonio se indignó ante las ausencias
pero era incapaz de recordar los nombres de los rebeldes. Llevado por el afán de
volver a congraciarme con él, de demostrarle que estaba de su lado, le facilité los
que recordaba, ante la mirada cargada de reproche del otro compañero. Aún me
avergüenzo de esa traición sin mayores consecuencias pero también me
emociona mi secreto fervor. Años después, cuando había terminado ya el colegio
y participé en el montaje de una representación de Macbeth, le encargamos una
conferencia introductoria sobre Shakespeare para preparar a la afición. Repitió
con tono emocionado las opiniones de Victor Hugo en el prólogo de su obra
sobre el gran trágico inglés (incluido el diálogo sublime entre padre e hijo ante el
mar de Jersey: «¿Cómo pasaremos el tiempo de este exilio?». El padre: «Yo
contemplaré el mar». El hijo: «Yo traduciré a Shakespeare»), pero olvidó
mencionar que pertenecían al autor romántico. Probablemente yo era el único de
la concurrencia que había leído el libro así pirateado y con ternura, casi con
paternal cariño, le guardé el secreto.
De todas las nuevas disciplinas del Pilar, la que más me hizo sufrir fue sin
duda la gimnasia. El potro, el plinto, las espalderas, la manía de las flexiones,
trepar por la cuerda, cada ejercicio formaba parte de una continuada forma de
tortura. Especialmente los aparatos que había que saltar y que yo no salté jamás.
Me negaba a ello: nunca he saltado. Llegaba corriendo torpemente hasta el
obstáculo, apoyaba las manos sobre él y me detenía, con obstinación de mulo. Ni
las amenazas, ni los castigos ni las burlas me hicieron jamás alzarme ni un
palmo del suelo para afrontar la dureza disuasoria del cuadrúpedo artificial. El
monitor me vaticinaba un futuro de horrores: «¡Ya verás cuando estés en la
mili!». Bueno, pues me enorgullece aclarar que más tarde estuve en la mili y
tampoco salté. Ni trepé, ni hice flexiones dignas de ese nombre. Siempre he sido
un objetor gimnástico, no de conciencia sino de cuerpo. Tal fue la primera de
mis rebeliones y la única en que he perseverado sin desmayo.
18

GRAN TEATRO Y PEQUEÑO MUNDO

Una sombra, que se pavonea y se agita por un momento sobre el


escenario… y desaparece.

WILLIAM SHAKESPEARE

D eclamatorio, narcisista, exhibicionista, ávido de aplausos y cálido


reconocimiento, todo me predisponía desde pequeño a las candilejas,
salvo lo antiestético de mi físico: mi ojo estrábico, el incontrolable vuelco
espasmódico de mi cabezota, los andares de pato mareado… ¿Cómo puede uno
dedicarse a representar siendo tan escasamente presentable? Pero, al principio,
ninguna de estas evidencias conseguía desanimarme. Desde que pisé por primera
vez un escenario, con ocho o nueve años, en una obrita colegial en la que no
debía pronunciar más que una docena de palabras supuestamente graciosas, sentí
correr por mis venas el veneno de Talía. Sobre el entablado polvoriento, bajo el
agobio de los focos que nos alumbraban mal pero nos deslumbraban
perfectamente, trepidaba con el deseo de intervenir y conquistar el proscenio; los
demás actorcillos recitaban su parte con simpáticos gritos destemplados,
mientras yo —que me sabía también de memoria sus papeles y no sólo el ínfimo
que me correspondía— hubiera querido representar todos los personajes,
lanzándome a parlotear sin tregua ni competencia desde que se alzó el telón. Con
prudencia que luego se reiteró numerosas veces, el director del espectáculo había
reducido mi intervención hasta casi lo imperceptible. Esa mínima dosis
halagadora bastó para emborracharme para siempre. Después, la declamación de
poesías y la lectura de homenajes colegiales sirvieron para paliar un tanto mis
afanes escénicos pero nunca saciaron por completo el anhelo del gran papel
teatral que jamás obtuve… ni siquiera como secundario de lujo.
En el Pilar había un profesor que se encargaba —más por vocación que por
designación de las autoridades académicas y no siempre despertando el
entusiasmo de éstas— de organizar y dirigir representaciones teatrales. Era
Carlos Luis Aladro, maestro de párvulos, un jerezano que antes de venir a
Madrid había trabajado con los alumnos del reformatorio de Cádiz. Pero Aladro
no era un simple aficionado sino un verdadero artista, un auténtico hombre de
teatro, un director de cuerpo entero. Fundó un interesantísimo grupo de teatro
infantil, llamado «El ratón del alba», en el que niños menores de diez años no
sólo representaban obritas y preparaban escenografías, sino que también
escribían las piezas dramáticas. ¡Y qué dramas! Duraban pocos minutos, pero en
ellas volcaban sus miedos y sus arrobos, sacando a pasear por el escenario las
sombras puerilmente severas que rondaban sus cabecitas. Recuerdo en particular
una pieza, brevísima, cuyo protagonista era un niño que se encuentra un conejo y
lo convierte en su amigo; pero el conejo languidece hasta la muerte y el niño
entonces comenta que él también se está muriendo de pena. Acaba diciendo, con
sencillez trágica: «Ya no puedo respirar». De nuevo el fantasma desconsolado de
Lear y su fatídico botón… «El ratón del alba» también representaba pequeñas
piezas escritas por adultos especialmente para esa original compañía. Yo mismo
compuse tres o cuatro, entre las que rememoro con difusa simpatía una que se
titulaba Don Quijote o la espada de madera. Mi hermano pequeño, Juan Carlos,
colaboraba como escenógrafo y figurinista.
Luego Aladro también dirigió obras con chicos de mi edad (de dieciséis años
para arriba), tanto en el viejo salón de actos del Pilar como después en algunos
colegios mayores y hasta en el teatro María Guerrero de Madrid. Precisamente
fue en este último donde interpreté el gran papel de mi vida, nada menos que un
monólogo, que es lo más grato para acariciar el narcisismo: Sobre el daño que
hace el tabaco, de Antón Chéjov. Me recuerdo con el pelo empolvado de blanco
para aparentar más edad (algo así como lo tengo ahora, aunque mucho más
abundante) y vestido con un ajado traje negro de conferenciante de provincias,
deambulando encorvado sobre el enorme escenario para dar vida al pobre
charlista que intenta por un momento rebelarse contra su mísero destino.
Merecimos un comentario en ABC firmado nada menos que por Alfredo
Marqueríe, en que amablemente elogiaba la representación como «por encima
del habitual nivel escolar», lo que supongo que equivale casi a una
consagración… Pero lo más importante es que en las largas sesiones de ensayos,
solos en el tenebroso salón de actos colegial después de las clases, Carlos y yo
nos hicimos buenos amigos. Compartíamos el gusto por los libros, por las
rebeliones de todo cuño, por ansias imprecisas que chocaban con la asfixia
clericaloide y cuartelaria del franquismo, así como por el vino peleón. Hasta
llegamos a ir juntos a alguna manifestación del Primero de Mayo (en cierta
ocasión nos empeñamos en llegar a la cita clandestina en un autobús
prudentemente vacío, que fue precisamente el que eligió un piquete de
manifestantes para apedrear con un entusiasmo que casi nos descalabra).
Con alumnos pilaristas de los últimos cursos y algunos que habían dejado
hace poco el colegio, así como con sus imprescindibles hermanas y novias,
montamos representaciones que gracias al talento y la paciencia de Aladro
resultaron por lo general bastante aceptables: desde La barca sin pescador de
Alejandro Casona hasta Sir Halewyn o Escurial de Michel de Ghelderode,
pasando por Corrupción en el Palacio de Justicia de Ugo Betti (en la que yo
tuve ocasión de morir en escena por primera vez, cubierto por un maquillaje tan
oscuro que algunos espectadores debieron de creer que se trataba de un drama
racial). También se representó una adaptación que hice para la escena del cuento
La madriguera de Kafka, que terminaba con una frase de la que me sentía muy
orgulloso: «¡Nadie es dueño de sus propias obras!». Supongo que Kafka la
habría suscrito, como yo desde luego hago ahora con mucha más razón que
entonces. Pronto me resultó dolorosamente claro que había otros chicos mucho
mejor dotados para interpretar a los protagonistas que yo, que me resigné a
papeles secundarios de anciano o cazurro, por lo común con un sesgo
humorístico. ¡No es raro que después siempre haya admirado y simpatizado
tanto con Walter Brennan! La verdad es que contábamos con algunos actores
más que decentes, como Eduardo Normand —dotado de una voz estupenda— o
Alberto Azqueta. Junto a otros compañeros de aficiones literarias, Ramón
Gimeno o Juan Antonio Calvo (un chico de rasgos virilmente deliciosos, del que
yo estaba secreta y pudorosamente un poco enamorado) formamos un grupo de
amigos que iba más allá de los ensayos compartidos: nos leíamos poemas recién
escritos, nos recomendábamos lecturas y nos emborrachábamos juntos con cierta
periodicidad. En realidad, lo más divertido de cada representación eran
precisamente los periodos de ensayo, charlando interminablemente en voz baja
en las butacas vacías de atrás, riendo y fumando a escondidas, mientras los más
afortunados hacían manitas con alguna actriz especialmente complaciente. Era
como una suerte de vida alternativa, que nada tenía que ver con estudios ni
exámenes, ni con el ominoso futuro, ni con Franco y sus acólitos. Algo así como
la cuadrilla de «La Bohéme» pero sin pasar hambre…
De todos esos momentos dichosos, sin duda el periodo mejor fue el de la
preparación de nuestro «más-difícil-todavía»: nada menos que Macbeth, la «obra
escocesa» cuyo nombre nunca debe pronunciarse en voz alta según antigua
superstición de los actores shakespearianos. La versión escénica, lógicamente
abreviada y aligerada de arcaísmos, fue mi empeño dramático más arriesgado,
que me ocupó un intenso y mágico mes de agosto en Torrelodones, disfrutado en
compañía de Carlos Aladro. De los veranos en Torrelodones debo decir aunque
no sea más que una palabra. Nuestros veraneos familiares se centraban como es
lógico en el regreso a San Sebastián, con el que yo soñaba todo el año. Pero
como mi padre sólo tenía un mes de vacaciones, durante junio y julio
permanecíamos en algún refugio de la sierra madrileña, lo que le permitía
reunirse con nosotros todos los días a la caída de la tarde, pasar la velada con
nosotros y dormir sin verse sometido al agobiante calorín de la capital.
Nuestro primer albergue fue el hostal La Berzosa, un enorme caserón que
parecía salido de una novela de las Bronte, instalado en la finca de ese nombre
propiedad de la familia Ruiz Jiménez. Que el lugar era tranquilo y sano lo
prueba el que fuese allí donde solía concentrarse la selección nacional de fútbol
antes de los partidos importantes. Comprendo que «La Berzosa» no es un
nombre demasiado romántico para un sucedáneo terrenal del paraíso pero todos
los recuerdos que logro invocar confirman que para mí lo fue. Desde la mañana
temprano, después de desayunar, salíamos los cuatro hermanos a «explorar»
acompañados de mi madre: recorríamos jarales y pinares, con un olor delicioso
que se iba haciendo más penetrante según caía más fuerte el sol. Llegábamos
hasta la vieja ermita en cuya veleta se posaban los grajos, chillando con
intemperante júbilo; mi madre se sentaba en alguna sombra propicia, con su
novela de Agatha Christie, y nosotros trepábamos por las rocas o rechazábamos
en una hondonada cubierta de rojas agujas de pino el asalto feroz de los
comanches. Un día, desde un arbusto, nos amenazó una culebra, pequeña e
indeciblemente malvada. Regresábamos poco antes de la hora de comer para
darnos un chapuzón en la piscina y luego al restaurante, donde explotábamos
con juvenil ahínco el carro de entremeses, del que yo prefería sobre todo la
ensaladilla rusa y trocitos de una oblea con mucho orégano que jamás había
probado antes, a la que llamaban «pizza». A la caída de la tarde, tras la
maravillosa siesta, jugábamos a las cartas o en algún tablero Crone. Después, ya
en la cama, yo leía las aventuras de Tintín en la luna, recién aparecidas, y
cuentos de terror de Lovecraft o Arthur Machen. Creo que fue en esas noches
nada lúgubres cuando leí El talismán de Set de Dennis Wheatley (su título
original era The Devil Bidés Out), una de las novelas que más me han
impresionado en mi vida. Por la finca solía correr un viejo caballo blanco,
llamado «Palomo», que aparecía y desaparecía súbitamente, sin brida ni jinete.
Luego, viendo Missing de Costa Gravas supe que era una alegoría espontánea de
la libertad. No faltaba en esa Arcadia la presencia de lo alarmante: los conejos
enfermos de mixomatosis, que se arrastraban lentamente a tropezones, con
saltones glóbulos blancos y ciegos en el lugar de los ojos.
Después de «La Berzosa», cuando nuestras estancias en la sierra se hicieron
más prolongadas, mis padres comenzaron a alquilar villas con minúsculos
jardines en Torrelodones o Becerril. Tenían por nombre «Aire y sol», cosas así, y
en ellas jugábamos al croquet al final de la tarde, cuando llegaba mi padre, hasta
que vencejos y murciélagos comenzaban sus veloces aventuras crepusculares. Yo
leía, leía muchísimo, leía sin parar: ¡pensar que ahora hay chicos y chicas que no
leen en verano «porque están de vacaciones»! Leía de todo, desde las novelas de
Perry Masón hasta la Introducción a la lógica formal de Ferrater Mora. Siempre
con idéntico agradecimiento y con el mismo ingenuo arrobo. Fue en una de las
villas de Torrelodones donde pasé por primera vez un verano completo: era el de
mi primer año en la Universidad y no acompañé a mi familia a San Sebastián
porque el doctor Sebastián Mariner me había suspendido —con excesivo rigor
pero no sin justicia— en latín vulgar. Mientras preparaba el examen de
septiembre, escribí para Carlos Aladro y nuestra eventual compañía, la versión
de Macbeth. Carlos pasó el mes de agosto conmigo en Torrelodones, charlando
sin cesar horas y horas de Shakespeare, de Macbeth y su traición, de todas las
restantes cosas del mundo, y otra vez de Shakespeare. Bebiendo, fumando,
hablando y riendo. Macbeth, el asesino ambicioso, nuestro hermano oscuro,
pedía el don de poder volver a dormir «a despecho del trueno», lo que le era
negado. Aquellos truenos de literatura, de pensamiento, de paradojas y libertad,
entre tanto, arrullaban mis sueños.
Quiero recordar que nuestro Macbeth fue un éxito, al menos de entusiasmo.
A mí me tocó hacer de rey Duncan y me resigné a desaparecer a las pocas
escenas de la tragedia. En la primera de todas, un actor que se nos había
incorporado nada menos que desde la Escuela de Arte Dramático y que nos
impresionaba por su capacidad de maquillarse con heridas de gran realismo, se
trabucó el día del estreno al darme el parte de la batalla y en lugar de
comunicarme las hazañas de Macbeth me informó de que éste había muerto,
rajado de parte a parte por su enemigo. Le desmentí con enorme aplomo,
asegurando que «nuestro noble primo» seguramente había obtenido una
inequívoca victoria. Hay una foto de ese estreno en la que aparezco con la
espada sobre los hombros de mi hijo Malcolm, arrodillado a mis pies, ambos
vestidos con ropajes imposibles de Cornejo. Malcolm era interpretado por Luis
Alberto de Cuenca, amigo de siempre que luego fue poeta y funcionario
gubernamental: si entonces llego a saber que iba a componerle una letra al
himno nacional, en lugar de nombrarle mi heredero le hubiese cortado sin rodeos
la cabeza. Al final de la pieza, después de saludar los actores y el director,
iluminábamos cenitalmente el trono vacío con la corona ensangrentada sobre él,
mientras leíamos el elogio a Shakespeare de Ben Jonson: «¡No se te olvidará
mientras haya hombres, dulce cisne del Avon!». A mí se me llenaban los ojos de
lágrimas y se me quebraba la voz al decirlo, poseído por el arrobo de lo sublime
tal como se paladea a los diecisiete años.
Después, mi relación con el teatro se adelgazó pero nunca llegó a
interrumpirse del todo. Fui un espectador asiduo y entusiasta de los estrenos de
Adolfo Marsillach y José Luis Alonso, sin duda los dos hombres de teatro más
inteligentes y arriesgados durante la última década de la dictadura. A Marsillach
le admiraba también como actor: fue mi primer Hamlet sobre el escenario, lo que
siempre supone una adhesión de por vida, pero además su Marat-Sade y su
Tartufo constituyeron acontecimientos contestatarios que disfruté con la debida
entrega de aquellos años. En particular la obra de Peter Weiss, representada en
un teatro rodeado por la policía en previsión de disturbios: los espectadores
pasamos de los grises que vigilaban fuera a los guardianes de Charenton de
dentro casi sin solución de continuidad. Cuando Marat, interpretado por el gran
José María Prada, abandonaba la escena a través del patio de butacas, desde el
gallinero se lanzaron octavillas subversivas con la leyenda: «¡Viva Marat!». La
función fue prohibida a los pocos días del estreno. Constituyó para mí una
alegría y un orgullo que muchos años después Adolfo me encargase la versión de
El misántropo para la compañía de Teatro Clásico que entonces dirigía, su
segunda aproximación a Moliere —ya sólo como director— desde aquel famoso
Tartufo en que el Opus Dei quedaba quizá demasiado obviamente incriminado.
Tanto en los escenarios como en la televisión, Marsillach representó una
inteligencia activa y persuasiva, que nos ayudó a soportar con menor
envilecimiento tiempos viles. Siempre le estaré agradecido.
Otro excelente hombre de teatro, José Luis Gómez, que llegó de Alemania
con un enorme y merecido prestigio tras la muerte de Franco, fue luego el
«culpable» de que yo estrenase otra vez piezas teatrales, aunque ya no para
niños. Por aquel entonces me encargaba de la crítica teatral en la revista Jano y
había escrito una especie de drama histórico titulado Juliano en Eleusis, sobre
mi apóstata preferido, que se editó pero nunca fue representado salvo alguna
adaptación radiofónica. José Luis Gómez me encargó una obrita breve, un
entremés, para representar en el teatro Español en una plataforma cuadrada
situada en el patio de butacas, en horarios alternativos a las obras principales del
teatro y sin interferir con los decorados de éstas en el escenario propiamente
dicho. Como José Luis siempre ha tenido viva la pasión regeneracionista, me
indicó que la compusiera a modo de comentario de la Sinapia, una utopía
dieciochesca española que acaba de publicar la Editora Nacional. Así escribí
Vente a Sinapia, que contó con un reparto de lujo encabezado por Juanjo
Menéndez y Manuel Collado. El modesto juguete no fue mal recibido, a pesar de
que el ABC de Anson —entonces en plenitud de sus manías persecutorias—
aprovechó que la disposición de la plataforma no permitía al público ocupar más
que los palcos para mostrar fotos del resto de las butacas vacías, como signo de
mi terrible fracaso. En España, si no tienes buen humor para convertir este tipo
de ataques en homenajes a sensu contrario, acabas echado a perder por culpa de
la bilis.
Pero lo más importante para mí de aquella función fue que conocí a María
Ruiz. La verdad es que al principio yo no estaba muy convencido de aceptar el
encargo, pero cuando José Luis me presentó a la joven directora aún casi
desconocida que debía encargarse del montaje, ya no me hice de rogar. María no
sólo tiene un enorme talento para el teatro sino que es una de las personas más
inteligentes y con mayor encanto en todos los sentidos de la palabra que he
tenido la dicha de conocer en mi vida. Desde el principio se estableció entre
ambos una complicidad artística y humana que el paso de los años no ha
disminuido sino todo lo contrario. A partir de entonces soy devoto de María no
sólo el mes de mayo, sino en todo momento y estación. Para que ella las
dirigiera escribí mis restantes piezas dramáticas: Último desembarco, Catón y
Guerrero en casa. María se encargó de cada una realzando con serenidad y buen
gusto lo que pudieran tener de inteligente, mientras suprimía con una irresistible
sonrisa inmisericorde el resto —arrebatos líricos o torpes intentos humorísticos
— pese a mis vehementes protestas («¡pero si eso que vas a quitar es
precisamente lo mejor de todo!»). La primera de las mencionadas, Último
desembarco, sobre el episodio del retorno de Ulises a Itaca, es si no me equivoco
precisamente lo mejor —o lo menos malo, para ser exactos— de cuanto he
escrito en el terreno de la ficción. Su montaje en el Círculo de Bellas Artes de
Madrid, con Manuel de Blas, la inolvidable Mayrata O’Wisiedo y Enric
Benavent haciendo de Atenea travestida en muchacho, con un decorado de
Guillermo Pérez Villalta, me sigue pareciendo en la memoria una pequeña joya.
Pero, claro, qué voy a decir yo…
No sé si volveré alguna vez a estrenar teatro. Tengo inédita una larga pieza
sobre César Borgia en la que me parece que hay trozos aprovechables, pero me
da un poco de pereza revisarla. La costumbre de escribir libros y sobre todo
artículos, géneros de gratificación casi inmediata en los que uno se siente
deliciosamente autónomo, convierte las concesiones y aplazamientos de la
escritura teatral en algo difícilmente soportable. ¡Hay que depender de tantas
cosas y de tanta gente para subir una obra al escenario! Además, lo que a mí me
gusta son las obras habladas, la palabra teatral, y lo que ahora suele prevalecer
son la escenografía, las piruetas y el estruendo. A la gente le aburre escuchar y a
mí me fastidian las luces y las contorsiones. En fin, sólo son pretextos. Si María
quiere, aún creo que habrá otra vez, una última vez, el último saludo en el
escenario. A veces siento, vivísima, la nostalgia no de los estrenos cuchicheantes
y neuróticos sino la de los ensayos, demorados y casi sin testigos. Y recuerdo a
los amigos —Alberto, Ramón…— que tan pronto abandonaron para siempre el
tinglado de la antigua farsa. Es clásica la equivalencia —Addison, Schopenhauer
— entre el teatro y los sueños, ese otro teatro en el que somos actores, autores y
espectadores de una pieza que no comprendemos pese a que Freud ejerza de
crítico. Prefiero valorar la existencia humana misma con parámetros de drama:
salimos al escenario bullicioso donde ya está mediada una pieza cuyo argumento
nadie logra explicarnos convincentemente, entre tropiezos y malentendidos
intentamos enterarnos de qué papel se espera que representemos, luego
atropelladamente intervenimos en unos cuantos diálogos o recitamos algún
monólogo, para ser después empujados hacia bambalinas y desaparecer antes de
conocer el desenlace de la obra. Eso es todo, pero quizá haya que aceptarlo como
suficiente.
19

ADIÓS A DIOS

No sólo no hay Dios sino que ¡intenta conseguir un electricista


durante el fin de semana!

WOODY ALLEN

S upongo que ahora unas páginas dedicadas a la angustia producida por las
dudas religiosas de mi adolescencia, seguidas por una nostálgica despedida
de la piedad infantil y una madura reflexión escéptica pero abierta a lo infinito,
mejorarían el perfil espiritual de estas rememoraciones autobiográficas. Siento
no poder facilitárselas al benévolo lector, porque serían insinceras y —por
razones ya antes señaladas— no me gusta mentir. Además prefiero mantener
más bien bajo el perfil espiritual de mis conjeturas personales, dada la
sobreabundancia de inspirados sublimes que actualmente padecemos y la dudosa
catadura de los que conozco más de cerca. De modo que me resignaré sin
aspavientos a constatar que he carecido desde pequeño del tercer ojo, el que otea
la trascendencia y nunca se conforma del todo a darla por nula y no avenida. En
su Cuaderno amarillo, Salvador Pániker comenta amistosamente que soy la
persona menos favorecida en ese terreno supraterreno que él ha conocido y, si de
algo vale mi testimonio íntimo, creo que tiene bastante razón. Hace unos años,
una señora se me acercó cuando firmaba ejemplares de mis libros en la feria
madrileña y me preguntó si yo «era creyente». Para no equivocar la respuesta, le
respondí a mi vez con otra cuestión: «Creyente… ¿en qué?». Mi interlocutora se
encogió sonriendo de hombros y me dijo: «Pues en lo corriente». Entonces, ya
pisando suelo más firme, le repuse que en efecto creo en lo corriente; en lo que
no creo es en lo sobrenatural.
Me faltó añadir que tampoco creo que los que creen creer más que yo sepan
en lo que creen. Es decir, que no sólo no soy «creyente» en el sentido religioso
del término sino que tampoco creo que los creyentes crean. Un libro reciente que
reúne diálogos entre el cardenal Martini y Umberto Eco lleva por título: En qué
creen los que no creen. A mi juicio, esa pregunta es mucho más fácil de contestar
que la insondablemente tenebrosa de «en qué creen los que creen». Supongo que
creen que creen, pero el contenido de su creencia es aún menos inteligible que
los motivos de su creencia…
Y sin embargo, desde pequeño he sido fundamentalmente crédulo. Siempre
he permanecido embobado ante lo improbable, aunque nunca ante lo imposible,
y he asentido con romántica vehemencia a lo maravilloso. Creo en las sorpresas
de lo real, en lo insólito, en lo asombroso que ya ha pasado pero procuramos
olvidar para no alarmar nuestras rutinas, en lo desconcertante que puede llegar a
pasar y que no admitimos para proseguir nuestro mísero concierto, en lo
fascinante que espera ser descubierto por un ánimo entero y perspicaz. Creo que
la vida es más de lo que conocemos y la muerte menos de lo que tememos, creo
que las cosas naturales desdeñan el ahorro y admiten el prodigio, creo en el Yeti
y el pulpo gigante, creo en los seres fabulosos, creo que todo ser es más o menos
fabuloso y que las fábulas sustentadas en el no ser no sólo carecen de realidad
sino de imaginación: creo en hazañas y portentos, aunque no en milagros.
Incluso podría creer en milagros, si tal creencia no me obligara a creer en
quienes los proclaman y rentabilizan… Por favor, uno puede creer en Dios, en el
diablo, en la Santísima Virgen, en la Gorgona, en la resurrección de los muertos,
pero ¿puede alguien creer en los curas o a los curas? ¿Se puede creer en pastores,
obispos, rabinos, muecines o archimandritas? ¿Acaso no se les nota lo que son?
Incluso a los buenos se les nota, aunque se nota también que son buenos, no por
curas sino a pesar de serlo. Y los peores de todos los curas, los menos creíbles
(los más increíblemente curas) son los filósofos empeñados en que el siglo XXI
será religioso o no será y en que sólo un Dios puede salvarnos. Anatema sit!
Vuelvo a mi infancia, de la que nunca he logrado salir. De niño creí en lo
corriente, en lo que se me decía, en las fábulas piadosas de profetas que caminan
sobre las aguas (no más raros que el capitán Nemo, que navegaba por debajo de
ellas) y en las aventuras post mortem del alma, aunque no entendía la gracia
contemplativa del Cielo y la chaladura truculenta del infierno nunca me produjo
ni frío ni calor. Me gustaban mucho los oficios de Semana Santa, semicantados
en latín, sobre todo el momento en que Cristo crucificado murmura: «sitio»,
tengo sed. Es una réplica casi shakespeariana, como el «desabrochadme este
botón» del moribundo Lear. También fui idólatra, vicio pagano que nunca he
abandonado del todo: una rotunda imagen del Niño de la Bola que me cedió mi
madre presidió durante años mi escritorio sin polemizar con la foto de Bertrand
Russell ni con mis recuerdos hípicos.
Como siempre me ha gustado ser minucioso y exacto, las confesiones
semanales constituyeron durante mucho tiempo un fastidio morboso. Era por
entonces todo un artista de ese género menor pero muy gratificante que es el
onanismo y nunca tuve del todo jurídicamente claro si debía fragmentar el
pecado en etapas cada una de por sí pecaminosa (búsqueda de la imagen o del
párrafo excitante, elección del lugar y del momento oportunos, adopción de la
postura inflamatoria —jamás utilizaba las manos, siempre sin manos, como en el
circo—, reiteración del estímulo hasta las proximidades del paroxismo y luego
pequeño descanso para empezar de nuevo, etcétera) o sencillamente englobar
todo el proceso en un único y colosal delito. Dado que unas veces optaba por la
enumeración sucesiva de culpables causas eficientes y otras por la globalización
pecaminosa unitaria, desarrollé toda una estrategia para variar los distintos
confesores a los que aburrir con mis cuitas sin dejar de sorprenderles. Con todo,
mi preferido era el padre Cayo, cuyo nombre le predestinaba a su tarea de
profesor de latín, que amén de otras virtudes disfrutaba de una ventajosa sordera,
por lo que mis reiteraciones y contradicciones podían molestarle menos que a
otros. Cierto día descargué mi conciencia con un cura nuevo, que me recomendó
una oración piadosa «para los días de más turbación». Como pronunció las dos
últimas palabras juntas, especificó embarazosamente «de más… turbación»,
insistiendo un par de veces en separar los pegajosos fonemas pero sin lograr
nunca obviar el equívoco. A mí me entró la risa floja, que retuve apenas, y en ese
mismo momento decidí no confesarme más. Me he mantenido más firme en ese
propósito que en el de renunciar a masturbarme…
También por entonces asumí que sólo concedía a las leyendas cristianas que
me habían enseñado un estatuto puramente literario, en el cual nada había de
deshonroso, y que situaba al borrascoso Jehová entre Sherlock Holmes y Tarzán,
lo cual probablemente era más de lo que merecía. No recuerdo haber sentido ni
larga angustia ni pavores ancestrales, solamente alivio y una leve nostalgia,
como cuando fui por primera vez a comprar regalos de Reyes al Corte Inglés
aceptando así que era imprescindible la mediación humana para que tuviese
efectivamente lugar la magia de los obsequios. Quedaba por solventar el
problema de los rituales religiosos familiares. Afortunadamente, mi madre ya
rara vez nos hacía rezar el rosario juntos (un fastidio insoportable que ahora
añoro por los ausentes con quienes entonces lo compartía) pero la misa
dominical presentaba un engorro bastante mayor. Con un par de amigos en
semejante tesitura, Javier Echeverría y Pablo Fernández Flórez, pacté una
solución conjunta: los tres nos íbamos de tertulia a un bar de la calle Goya la
mañana del domingo, haciendo saber a nuestras familias que cumplíamos el
precepto dominical juntos. Supongo que nadie nos creyó ni por un momento, o
sólo por un momento, pero proveníamos de familias tolerantes que se
conformaban con que cubriésemos al menos de palabra las piadosas apariencias.
Aquellas tertulias fueron para mí un ritual no menos religioso que la propia
misa pero mucho más fecundo e inspirador. Durante dos o tres horas cada
mañana de domingo (¡y a lo largo de bastantes años!) charlábamos sobre todo lo
humano mientras se suponía que nos dedicábamos a lo divino. De vez en cuando
se nos incorporaba algún otro amigo con inquietudes culturales y capacidad
humorística, dones imprescindibles para que la compañía fuese soportable. Tanto
Javier como Pablo eran muy brillantes, cada cual en su estilo. En especial Pablo,
hijo del escritor Darío Fernández-Flórez, autor de un best seller de la época
titulado Lola, espejo oscuro; creo que Pablo fue el único chico más «leído» que
yo de los que conocí y además el de mayor talento literario. Era inventivo,
tierno, generoso en ideas y compulsivo en sus obsesiones: luchó consigo mismo
y perdió demasiado pronto la batalla que nadie logra ganar. Ahora iba a anotar
que murió joven pero me detiene a tiempo lo que Stevenson repuso al médico
que le aconsejaba morigeración para no correr esa misma suerte: «¡Ay, doctor,
todos los hombres mueren jóvenes!».
Una mañana despotricábamos contra el clima social impuesto por la
dictadura, hablando como siempre en un tono imprudentemente alto. Sobre todo
yo, que exclamé con desesperación retórica: «¡A veces me gustaría ser chino o
australiano!». Desde una mesa próxima, una voz suave comentó: «Yo me
contentaría con ser suizo». Pasado el primer sobresalto, vimos que se trataba de
un señor mayor, atildado y con un aire gratamente picaresco, al que
incorporamos de inmediato a nuestro pequeño pero selecto club. Acertamos,
porque José Luis Pastora se convirtió en el más firme puntal de nuestras
reuniones: podía haber sido nuestro abuelo pero fue nuestro compañero. Jubilado
de un alto puesto en la empresa cristalera Saint-Gobain, reunía todas las virtudes,
pues era anticlerical, republicano y había conocido personalmente a Unamuno,
Baroja, Valle-Inclán, Ortega, Azaña, Julio Camba y cualquier prohombre de la
cultura o la política anterior a la dictadura que pudiéramos desear. Era un
conversador estupendo, ameno y agudo, cuyas viñetas orales sobre la sociedad
de la España derrotada en la contienda civil nos resultaron de lo más formativo.
Después de todo, nosotros veníamos de familias más bien derechistas y éste era
el primer «rojo» auténtico con el que teníamos trato… aunque su perfecta
sensatez le hiciera muy poco proclive a sublimar episodios revolucionarios que,
más allá de la retórica, se revelaron enseguida fatales. Era uno de esos burgueses
progresistas e ilustrados, un buen volteriano de corazón, algo poco común en
nuestro arriscado país, aunque ellos han fundado la grandeza democrática de
otros. Tenía el genio de la anécdota, que siempre he apreciado tanto, y a pesar de
que solía repetirlas nunca me cansaba de oírselas contar. Todavía echo de menos
—quizá ahora aún más que hace treinta años— su buena compañía.
En este apartado no he querido contar la crisis religiosa en mi vida, sino
explicar que nunca padecí tal «crisis» religiosa. A comienzos de mi carrera
literaria pasé por una etapa de gran interés por el politeísmo clásico (¡hasta le
puse como segundo nombre Julián a mi hijo Amador, en homenaje al emperador
Juliano, cuyo enfrentamiento con el cristianismo me fascinó durante cierto
tiempo!) y ese lenguaje legendario me parecía una forma útil de filosofía
narrativa. La verdad, nada de eso me llevó muy lejos. Sólo en una ocasión
recuerdo haber padecido una experiencia cuasi religiosa o, más bien, una
aventura personal a través de la cual entrevi el origen de lo que otros llaman
«experiencias» o necesidades religiosas. Mi hijo era entonces pequeño, tenía seis
o siete años de edad. Pasaba parte del verano conmigo y luego yo lo llevaba en
avión a Granada, donde se reunía con su madre. Cosas de padres separados.
Nunca había dejado a Amador volar solo, pese a la atención que los niños suelen
recibir en esos viajes por parte del personal de cabina: prefería hacer el trayecto
de ida con él en el avión, charlando y jugando, para luego volverme
inmediatamente sin siquiera salir del aeropuerto, pero seguro de que ya estaba en
buenas manos. Un día llegamos tarde a Barbas y ya sólo quedaba una plaza
libre: además, el vuelo estaba a punto de embarcar. Me dieron todo tipo de
seguridades y no tuve más remedio que resignarme a verle marchar de la mano
de la azafata, con su peto identificatorio colgándole del cuello como un
escapulario. Iba muy serio y decidido, probablemente hasta emocionado por la
inesperada aventura. Me quedé embargado de orgullo por su coraje infantil, pero
ahogándome de angustia, de incertidumbre irracional, de culpabilidad. Mientras
le veía alejarse, sentí con fuerza abrumadora la urgencia de rogar una protección
superior para él, de confiarle a otro Padre dignamente responsable e infalible, no
como yo. Supongo que así nació la fe y la oración, porque yo ese día intenté orar
y tener fe en defensa propia, en defensa de lo que más amaba. ¡Qué desesperante
es no poder hacer nada por lo que se ama, más que seguir amándolo! ¿Cómo no
añorar a Alguien que sirva de refuerzo y garantía de nuestro frágil amor?
Por lo demás, el concepto de lo sagrado me interesó desde muy pronto y me
interesa porque alude a la parte de la realidad que, sin ser sobrenatural, tampoco
debiera moralmente ser manipulable. Creo que hay cosas que no debemos tocar,
valores simbólicos por encima del juicio meramente utilitario: el rechazo de la
tortura por ejemplo, o el respeto al azar y a la filiación en nuestro origen que nos
veda, sean cuales fueren los avances biogenéticos, el programar huérfanos… o
superhombres. Quienes polemizan conmigo en estas cuestiones suelen objetarme
que se trata de prejuicios enmascaradamente religiosos y, aunque no creo en la
validez de la objeción, tampoco logro refutarla convincentemente. A fin de
cuentas, asumo todavía como un logro incontrovertiblemente civilizador parte de
la tradición cristiana y su divinidad humanizada, individual y perecedera. Las
supercherías eclesiales, en cambio, me repugnan cada vez más. Hace poco, tras
una conferencia en que me referí al tema religioso, intervino un clérigo que se
excusó sin que nadie se lo solicitara por los crímenes y abusos eclesiales a lo
largo de la historia, para luego añadir muy ufano que si la Iglesia había
sobrevivido tantos siglos a pesar de ellos, sin duda debía de tener algún respaldo
sobrenatural a su favor. No, padre, al revés: que una institución perdure a base de
traiciones a su ideario, halagos a los poderosos, bendiciones de ejércitos e
inversiones en paraísos fiscales, no tiene nada de prodigioso. Despiadadas y
oportunistas, así se lo montan siempre las mafias: cuanto peores son, menos
envejecen. Apelan al irredentismo humano, a lo supersticioso y lo cruel, bazas
seguras. Pero si una comunidad de fieles que maldijese a los grandes y ayudase a
los pequeños, sin jerarquías, practicando la comunidad de bienes y condenando
por igual los apetitos de la carne y los del intelecto, hubiera logrado persistir más
de dos mil años… ¡caramba, sería para empezar a creer en milagros!
Afortunadamente para los escépticos y puede que desafortunadamente para la
humanidad, tal cosa no ha ocurrido.
Mientras acabo esta página oigo la noticia de que el Vaticano es el primer
Estado que va a prohibir fumar en todo su territorio (aunque no vender tabaco,
claro: genio y figura…). Me parece estupendo. ¡Otra razón más para, a pesar de
Miguel Angel y Rafael, no volver nunca a la Sucia Sede!
20

DE VISITA EN LA ACADEMIA

Filósofos nutridos de sopa de convento


contemplan impasibles el amplio firmamento.

ANTONIO MACHADO

L a verdad es que yo nunca pretendí dedicarme a la filosofía. Todos somos a


ratos filósofos sin saberlo, pero nadie llega a ser profesor de filosofía
inadvertidamente: por lo menos no en nuestra época, quizá en Atenas las cosas
sucediesen de otro modo. Yo filosofé a ratos, como cualquier otro niño o
adolescente, porque a esas edades los hijos de familias acomodadas aún son
bastante libres y cuando se es libre a uno le surgen inquietudes filosóficas
espontáneamente. En cambio no estoy tan seguro de que las privaciones sean
buen estímulo filosófico, sobre todo si aprietan de veras. En esta controversia,
estoy del lado de Aristóteles —que preconizaba un ocio acomodado como
requisito para dedicarse al pensamiento— y dudo del dictamen de Rocinante:
«metafísico estáis…/ es que no como». A mí, niño rico y que comía
excelentemente todos los días, me gustaba con locura discutir y argumentar —
sobre todo con mi madre, que como ya comenté era una admirable polemista— y
hasta podía ocurrírseme eventualmente alguna sentencia moral importante, como
aquella vez que establecí que la felicidad es el destino de la existencia humana…
en clase de filosofía. En el Pilar, tanto las lecciones de filosofía general que nos
daba don César como las de historia de la filosofía que recibíamos de don
Prudencio me resultaron muy interesantes: las leyes del silogismo contaron con
mi aprobación algo embarullada pero entusiasta y Kant me pareció enseguida un
tío grande. De Sócrates con su cicuta y Diógenes con su candil, para qué hablar:
formidables. Pero yo seguía orientado hacia lo mío; y lo mío, creyesen lo que
creyesen los demás, era a ojos de mi corazón la literatura.
El resto, es decir, mis padres, daban por sentado que yo iba a dedicarme al
Derecho. ¿Qué otra cosa iba a estudiar, dada mi total y patética incompetencia
científica? Primero sería abogado y después ya se vería: quizá notario, como mi
padre (afortunadamente, mi propio padre era el que contemplaba con menos
entusiasmo esta salida); o tal vez abogado del Estado, ejem, o podía intentar la
carrera diplomática o ser juez o sencillamente abogado, defensor de inocentes y
atribulados injustamente, como Perry Masón (era mi madre quien me proponía
este ideal romántico, para animarme por la vía literaria). Yo les escuchaba,
asentía cortésmente y me juraba a mí mismo que jamás de los jamases cursaría la
carrera de Derecho. Si un amigo de la familia me preguntaba delante de mis
padres a qué iba a dedicarme de mayor, soltaba con una sonrisa, a modo de
globo sonda: «Me gustaría ser escritor». Mi madre corroboraba de inmediato:
«Sí, eso también… pero harás la carrera de Derecho, ¿verdad?». Yo asentía,
encogiéndome de hombros. A los quince años, cuando a uno le gusta leer y
componer redacciones bonitas, puede decirse en voz alta, incluso con algo de
desafío: voy a ser escritor. Pero ni siquiera en esas condiciones privilegiadas
sería lógico esperar que el muchacho dijese: voy a ser filósofo. Y si alguien a tal
edad proclama que piensa ser «profesor de filosofía», es como para catalogarle
de monstruo. A mí, desde luego, ni se me pasaba por la cabeza. Y a mis padres,
menos: querido, harás derecho, serás abogado… luego, ya veremos. En cuanto a
escribir, ¿por qué no? Pero eso no es un trabajo, sino un pasatiempo. Yo también
pensaba que escribir no era un trabajo y precisamente por eso lo consideraba mi
vocación: escribir es un pasatiempo gracias al cual se puede vivir sin trabajar…
con suerte, claro. Pero de que iba a tener suerte nunca dudé; y no dudar de la
suerte es la única y verdadera buena suerte que puede tenerse.
Empecé a hacer planes. Objetivo: convencer a mis padres de que debía
cursar la carrera de Filosofía y Letras (a mí sólo me interesaban de ella las
«Letras»), en lugar de derecho. Dificultades: oficialmente, se trataba de una
carrera «de chicas» (mi madre había hecho un par de cursos antes de la guerra,
tras acabar Magisterio) o «de curas rebotados». Puestos a elegir, prefería ser
chica. Además, era una carrera de la que no podías vivir, con la que «te morías
de hambre», que «no tenía salidas». Todo el mundo parecía conocer alguna
anécdota truculenta —el correlativo académico de las «leyendas urbanas»—
protagonizada por un abrecoches doctor en románicas o un mendigo envuelto en
cartones que confesaba entre sollozos e hipos de alcohólico su licenciatura en
semíticas. Siguen corriendo todavía por los mentideros, de modo que puede que
sean ciertas. Como carezco prodigiosamente de pulsiones suicidas, estas
advertencias ominosas no dejaban de inquietarme, pero las descartaba con un
razonamiento de optimismo maniático: que la carrera de Filosofía y Letras fuese
laboralmente inútil era un detalle irrelevante, puesto que yo no pensaba vivir de
ella. Sólo quería utilizarla a modo de escudo para escapar de la carrera de
Derecho y como pretexto para dedicarme a escribir fingiendo estudiar: antes de
concluirla habría alcanzado ya mi estado natural de escritor reconocido y podría
dejarla de lado, como debemos hacer con la escalera que nos ha elevado hasta el
conocimiento según el Tractatus de Wittgenstein. Este tipo de autohipnosis
optimista es lo más parecido a la sensatez que suelo alcanzar cuando me pongo a
ello.
El paso siguiente era encontrar los aliados que pudieran valerme frente a mis
padres, a quienes afortunadamente sabía nada tiránicos. Don Lucio, el profesor
particular de latín con el que hablaba de todo menos de latín, era un apoyo
seguro y respetado en la familia pero demasiado simpatizante —cómplice,
incluso— de mis delirios antipragmáticos como para ser totalmente fiable.
Además, también él era licenciado en Filosofía y Letras: que tuviese que ganarse
trabajosamente la vida como preceptor de latín no constituía una gran
recomendación respecto a las posibilidades crematísticas de esa carrera… Se
imponía obtener el refrendo de alguien supuestamente más «objetivo»,
preferentemente vinculado al propio Colegio del Pilar, cuya autoridad educativa
respetaban mis padres quizá incluso algo más de lo que hubiera sido prudente.
Tras una cuidadosa evaluación de candidatos entre mis profesores de
preuniversitario opté por uno que reunía los imprescindibles requisitos de
modernidad liberal ideológica junto a respetabilidad clerical y confiado aprecio
por mis dotes. Hablé «de hombre a hombre con él» (siempre se me ha dado bien
la persuasión, al menos ante un público impresionable) y a su vez él se encargó
de convencer a mis padres. Quedó establecido que mi vocación oficial no era
abogado, nada de eso, sino profesor de literatura y mañana ya se vería… La
máxima concesión que consiguió mi madre de mí fue la promesa de que quizá
más adelante empezaría también la carrera de Derecho, para completar mi
currículum. Ante mí tenía vía libre hacia Filosofía y Letras, tan libre que el más
inquieto de todos los implicados en el vodevil de mi futuro laboral empecé a ser
yo mismo.
El primer día que llegué a la Universidad de Madrid para matricularme en la
facultad de Filosofía y Letras, en septiembre de 1964, la encontré tomada por
efectivos de la policía, que controlaban la entrada a cada uno de los edificios.
Después, a lo largo de todos los años que pasé estudiando allí, la imagen de los
furgones policiales, las «lecheras» en que se transportaba a los detenidos, los
coches con manguera para disolver manifestaciones, los guardias vestidos de
gris a caballo y a pie, con sus cascos bien calados y las largas porras
preparadas… se convirtieron en parte habitual del paisaje universitario. Todavía
me extraña no verlos por allí, cuando ahora vuelvo a aquel viejo edificio de
Filosofía, situado enfrente del de Derecho que mis padres hubieran querido para
mí, el cual sigue idéntico a como estaba casi cuarenta años antes cuando lo pisé
atemorizado por primera vez. Porque tal ha sido mi destino, salir de esas aulas en
las que fui estudiante para regresar décadas después como profesor y dar clases
en el mismo sitio en que las recibí. El eterno retorno o, mejor, el círculo vicioso
que me encierra con su abrazo inevitable.
Durante los dos primeros años de carrera, comunes a todas las
especialidades, tuve ocasión de enterarme de que no existían los estudios
literarios al modo en que yo los había soñado. Lo más parecido que había
entonces era Filología Románica, la cual incluía materias tan poco apetecibles
como latín vulgar —en la que contaba ya con un suspenso en mi primer año de
universidad, yo que había hecho todo el bachillerato sin dejar nunca ninguna
asignatura para septiembre— y diversas gramáticas, semióticas o jeroglíficos
semejantes. Detesto los análisis gramaticales, las declinaciones, los aoristos y el
complemento indirecto (este último creo que ya ha sido suprimido por decreto de
la autoridad competente). Todos los aciertos verbales que pueda tener cuando
escribo o hablo son meramente intuitivos y nada me interesa menos que la
ortodoxia en cualquier sintaxis. No conozco a nadie que escriba literariamente
bien (¡o que hable con elocuencia!) sin sacrificar lo correcto a lo expresivo. El
tipo de crítico literario que valora ante todo en un texto el escrupuloso respeto a
las «leyes» lingüísticas establecidas por los pedantes o los eunucos es como el
moralista que estima la coyunda amorosa según cumpla o no las pautas del
misionero. Y siguiendo con esta misma —salaz— vena analógica, diré que el
lenguaje es para mí como los genitales, en cuyo uso inflamado me refocilo pero
cuyo estudio anatómico me aburre y hasta me causa un poquito de repelús. En
fin, que tengo poca vocación de filólogo, románico o gótico. Ninguno de mis dos
profesores de literatura española en comunes, Manuel Criado de Val en primero
y don Ángel Valbuena Prat en segundo, lograron hacerme superar mis prejuicios
(aunque a Criado le agradezco, por lo menos, la lección utilísima de que debía
sin tardanza aprender a escribir a máquina, aunque fuera con cuatro dedos, como
escribo ahora tantos años después). ¿Alternativas? La historia me gustaba, pero
es cosa de mucho estudio y demasiada memoria; el arte decididamente me
aburría y me aburre, al menos como disciplina académica; la geografía, el árabe
(culpablemente elegido para huir de los rigores del griego y del que ahora no
recuerdo ni las letras), por favor, vamos, seamos serios… Sólo me quedaba
como camino practicable la filosofía.
Pero ¿qué tenía yo que ver con la filosofía? En preuniversitario mis padres
me habían regalado La sabiduría de Occidente, de Bertrand Russell, un divertido
resumen de su famosa historia de la filosofía con abundantes ilustraciones
(recuerdo en particular un retrato de Jean-Paul Sartre, en el que luce reloj de
esfera negra, razón por la que mi primer reloj «de adulto» quise que fuera un
Universal también de esfera negra: me lo robaron quince años después, en un
asalto de madrugada frente al teatro María Guerrero de Madrid). Durante el
primer curso de comunes, mi inopinado regalo de Reyes fueron los tres tomos de
El mundo como voluntad y como representación de Schopenhauer en la edición
de Aguilar traducida por Eduardo Ovejero, quien antes de la guerra civil había
sido profesor de mi madre a su paso por la facultad de Filosofía (supongo que
ésta fue la razón por la que eligió semejante obra como obsequio, pues los libros
era siempre mi madre quien me los buscaba). Desde luego ya leía todo lo que
encontraba de Jorge Luis Borges, por entonces una pasión bastante exclusiva y
elitista, casi secreta, entre el público español. Me sirvió Borges como una
especie de puente o etapa de transición entre literatura y filosofía: pero a fin de
cuentas para mí todos eran escritores, Russell y Shakespeare, Borges y
Schopenhauer, enseguida Nietzsche, Unamuno, Kafka… Y escribir era siempre
hacer literatura, aunque variasen los estilos y los temas tratados. Hasta ese
momento, cuando pensaba en mí como escritor me veía componiendo novelas
como las de Joseph Conrad o Edgar Wallace (hasta no estar seguro del calibre de
mi talento más valía mantener ideales de rango diverso); pero por entonces
comencé a asumir que bien pudiera también escribir ensayos como los de
aquellos llamados filósofos o «pensadores». Incluso me daba la impresión de
que los escritores de este género tenían menos competencia en el mercado que
los poetas o novelistas…
Además la gran ventaja de la especialidad de filosofía, según mi ingenua e
indocta opinión de entonces, consistía en que cada una de sus materias —
metafísica, filosofía de la naturaleza, antropología, lógica, psicología…— le
empujaban a uno de inmediato in media res, o sea que estudiar cualquier
disciplina filosófica era ya comenzar a filosofar. En cambio la filología estaba
hecha de circunloquios, de comentarios profesorales a lo que hacían los artistas,
de análisis de los instrumentos verbales utilizados… pero no me parecía que se
llegase de veras a «hacer» literatura, a crear. Y a mí nunca me han gustado los
entrenamientos ni la morosidad procedimental, ni ahora ni mucho menos a los
dieciocho años. Soy de los que cuando estrenan un ordenador, en lugar de
dedicar un par de días a leer las instrucciones y hacer ejercicios prácticos, se
lanzan de inmediato a componer el primer artículo o pasar a limpio el próximo
soneto. No tardé en darme cuenta de que mis expectativas sobre la enseñanza
académica de la filosofía eran demasiado optimistas: también aquí se trataba
ante todo de darle vueltas a lo que otros habían dicho e intentar precisar por qué
lo dijeron, pero nunca se pasaba a reflexionar sin intermediarios sobre los
asuntos de vida o muerte. Al contrario, tal apresuramiento hubiera parecido una
muestra de candor o de risible arrogancia. Ahora, después de haber dado durante
treinta años clases de filosofía, conozco un poco mejor lo que puede (¡y lo que
debe!) hacerse en las aulas y soy mucho más comprensivo con mis profesores de
entonces, que me impacientaban.
Los había estimables, sin duda: Roberto Saumells en Filosofía de la
Naturaleza, Cándido Cimadevilla en Antropología, José Luis Pinillos en
Psicología, Sergio Rábade en Teoría del Conocimiento… Don Leopoldo Eulogio
Palacios era el catedrático de Lógica y después supe que había fundado la
Sociedad de Amigos de Schopenhauer, de la que debía ser también presidente
frente a media docena de miembros. Para él no había otra lógica que la tomista y
su referente más actualizado era Jacques Maritain, pero tenía como ayudante al
jovencísimo y brillante Alfredo Deaño, de quien después fui amigo. Alfredo lo
sabía todo de las corrientes más avanzadas de la nueva lógica formal, que
contribuyó a introducir en España, y compartíamos el amor por Lewis Carroll y
el sabio diálogo inacabable de la tortuga con Aquiles: murió absurdamente
pronto (destino más parejo con el de Aquiles que con la tortuga centenaria),
como para demostrar desde la conclusión de un silogismo sin premisas que la
existencia humana es el fracaso de la lógica. El doctor Palacios era no
precisamente encorvado, sino cóncavo de silueta: se prodigaba lo menos posible
en las aulas porque comprensiblemente le disgustaba lidiar con la chiquillería. Es
fama que un día entró en el aula, se sentó con la cabeza apoyada en la mano y el
codo sobré la mesa, sin decir palabra durante un cuarto de hora o media hora; la
clase charlaba cada vez más abiertamente, sonaban risas e interpelaciones de una
fila a otra, hasta que Palacios se levantó y salió doblado, arrastrando los pies,
dejando caer al pasar: «Yo ya he pensado; ahora piensen ustedes…». En la
asignatura de Historia de la Filosofía reinaba Adolfo Muñoz Alonso, exponente
modélico de los falangistas vividores del régimen franquista, ingenioso y
perverso, que había «ganado» la cátedra en unas oposiciones patrióticas a las que
se había presentado con camisa azul y botas altas… Con él me ocurría lo que
luego con el malvado interpretado por Donald Sutherland en el Novecento de
Bertolucci, que me resultaba repugnantemente simpático.
Compartí las aulas de aquella vieja Complutense (entonces llamada
significativamente «Universidad Central») con buenos amigos que después se
hicieron ilustres: por ejemplo Eduardo Escartín y Juanjo Luna en comunes, que
luego se dedicaron respectivamente a historia contemporánea e historia del arte.
Eduardo fue un complemento estupendo para mí, porque lo sabía todo de esas
cuestiones de facto sobre datos, fechas y nombres propios de las que yo no sabía
nada: hablábamos mucho de política y de nacionalismo… Juanjo era un tipo
adorable y uno de los compañeros más divertidos que pueda imaginarse: con
pocos me he reído tanto como con él, lo que siempre es un don que merece ser
agradecido. Cuando le vi mucho después al frente del Museo del Prado me sentí
a la vez contento y orgulloso. También andaba por allí mi querido Vicente
Molina Foix: había gente que se empeñaba en considerarnos hermanos o, por lo
menos, parientes próximos. De vez en cuando aparecía Félix de Azúa, que era
episódicamente novio de mi compañera de curso Virginia Careaga: tan
resplandecientes de hermosura e inteligencia los dos que, al verlos juntos en
pareja perfecta, ni envidia siquiera daban. Ignacio Gómez de Liaño se ocupaba,
con poco éxito por culpa de mi paletería, de ilustrarme en vanguardias:
practicaba entonces la poesía concreta a base de remolinos o diseminaciones de
palabras descoyuntadas y letras solteras (nunca me atreví a confesarle que yo
seguía fiel a Rubén Darío) y me recomendaba obras de Max Bense y Abraham
Moles, todas las cuales leí con tanta devoción como aburrimiento. Lo de leer sin
comprender ni jota fue mi primera experiencia típicamente filosófica, en el
sentido académico del término. Con otro compañero al que yo admiraba
muchísimo y adoraba en silencio, Baltasar Lara, compartí la emoción de
comenzar a la vez la Fenomenología del espíritu hegeliana. Pasaban las páginas
y los días: no lograba entender nada. Me tranquilizaba que Balta tampoco
parecía enterarse de mucho más. Por fin un día, mientras yo le confesaba una vez
más mi bloqueo, se encogió de hombros con una sonrisa: «Pues a mí me parece
que ya…». Le interrumpí, alarmado: «¡No me digas que entiendes algo!».
Admirablemente, repuso: «¡Hombre, tanto no! Pero creo que ya le voy cogiendo
la música…». Precisamente eso, coger la música del discurso filosófico, es lo
que he intentado toda mi vida: y también ayudar a otros a cogerla.
A fin de cuentas, acabé siendo un simple profesor de filosofía; no un creador
ni un verdadero filósofo, como Spinoza o Nietzsche. En realidad, he sido algo
menos que un profesor, porque nunca he formado parte más que accidental de la
academia que me ha dado tanto tiempo de comer. No sé alemán ni griego,
carezco de la imprescindible bibliografía, me aburren las tesis, las notas eruditas
y soy incapaz de organizar un currículo como el Rector manda. Nunca he
querido estar completamente dentro y me ha faltado talento o ascetismo para
mantenerme completamente fuera. He vivido de la Universidad, pero nunca para
la Universidad ni siquiera realmente en ella. Al margen, en los intersticios,
fingiendo una convicción profesional que jamás he sentido: temiendo ser alguna
vez descubierto. Lo único auténtico de mi carrera fue su origen, aquel día que en
la clase de bachillerato trompeteé a contrapelo que el hombre ha venido al
mundo para ser feliz. El resto es silencio… y quizá corolario.
21

LOS MAESTROS INICIÁTICOS

No recuerdo ya si besé a Nietzsche en Monte Sacro.

LOU ANDREAS SALOMÉ

T eniendo en cuenta mi obsesión por la felicidad, no es raro que me


impresionase cierta respuesta de Bertrand Russell a la pregunta de un
entrevistador. La leí en el segundo libro de Russell que cayó en mis manos, la
traducción francesa de una serie de entrevistas que le hizo la BBC, tituladas con
bastante exageración Ma conception du monde (como ya he dicho, la lengua
francesa siempre ha supuesto para mí como un valor añadido de inteligencia a
cuanto en ella he leído; sea como fuere el libro, leerlo en francés nunca me
parece del todo una pérdida de tiempo: ahora que ya hay traducciones francesas
de tantos escritores españoles que no soporto, voy a intentar leerlos ascendidos a
esa lengua por ver si así mejoro mi opinión sobre ellos…). En la entrevista de la
BBC, el querido milord peroraba con entusiasmo sobre la conquista de la
felicidad como único propósito sensato de la existencia humana, cuando su
interlocutor le preguntó: «Lord Russell, si le diesen a elegir entre aumentar su
conocimiento o ser más feliz… ¿cuál sería su opción?». La respuesta me
contrarió: «Es curioso, vea usted, pero preferiría más conocimientos». ¡No,
Bertie, no! ¿Cómo un maestro de lógica tan distinguido puede contradecirse
impúdicamente de ese modo? Prefieres la felicidad, pero para ti la felicidad se
presenta ante todo bajo la advocación del conocimiento. Si conocer no te hiciese
más feliz, es decir, no te sirviera de algún modo para sentirte mejor, para
«esponjarte» un poco más, si la mucha ciencia fuese una dolorosa humillación,
el bloqueo de todos tus placeres en lugar de un motivo privilegiado y selecto de
distinción social… huirías del saber como de la peste. Tras propinarle
mentalmente este rapapolvo a Lord Russell, aún le quise más que antes.
En los años sucesivos, fui leyendo casi todo lo que había escrito, que era
muchísimo: desde sus obras más especializadas y técnicas, entre las que siempre
preferí precisamente Teoría del conocimiento, hasta sus deliciosos Ensayos
impopulares o el Elogio de la ociosidad. Muchos de sus textos breves son
innegablemente superficiales, pero creo que siempre puede detectarse hasta en
los peores un cierto «toque Russell» semejante al «toque Lubitsch» tan
apreciado por los entendidos cinematográficos. Un guiño, un escorzo, un desafío
al tópico, el arañazo cruel y risueño de la zarpa de Voltaire. La combinación
entre radicalismo desprejuiciado y sólido sentido común de Bertrand Russell
constituyó una buena escuela para un chico como yo era entonces, acechado a la
vez por ésa apatía política envuelta en justificaciones elevadamente culturales
que constituye una forma de instinto de conservación bajo las dictaduras y
también, en la acera opuesta, por alucinaciones de utopismo totalitario como el
guevarismo o el maoísmo. A fin de cuentas, le debo juntamente ánimo para
comprometerme y prudencia para no afiliarme a chekas ni vanguardias de ésas
tan adelantadas que acaban pasándose al enemigo. El viejo Bertie era hedonista,
antirreligioso, racionalista y compasivo, virtudes que siguen pareciéndome
esenciales. Como Voltaire, con quien razonablemente ha sido muchas veces
comparado, me arrastra más en cuanto protagonista intelectual que por tales o
cuales de sus obras. Ahora le releo ya muy poco, pero no me pierdo ni una de las
biografías —no siempre amables— que siguen apareciendo sobre él…
En uno de sus ensayos sobre las paradojas de Zenón, señala Borges que es
improbable que un conjunto de palabras —otra cosa no son las filosofías— sea
capaz de revelar convenientemente la estructura del universo, pero que también
es lógico suponer que alguno de esos discursos insuficientes se acercará más que
los otros a su inabarcable objetivo. Aunque mi opinión cuente poco al respecto
(me pasa como a usted o a cualquier otro, que no sé nada del secreto cósmico)
mi preferida entre las que conozco es la teoría de Arthur Schopenhauer. Si a las
filosofías pudiera puntuárselas como a los restaurantes, valorando en lugar de su
cocina, bodega, servicio o decoración otro tipo de «prestaciones» —cosmología,
antropología, teoría del conocimiento, estética, psicología, elegancia de diseño
argumentativo, etcétera—, creo que la expuesta en El mundo como voluntad y
como representación obtendría en su conjunto cinco estrellas. Tiene una
envidiable economía de principios, buenos logros parciales en algunas materias
concretas (su teoría de la risa, por ejemplo, o la de la locura), concede
importancia a temas esenciales pero descuidados por otros sistemas como la
muerte y el sexo, combina con acierto la ausencia de esperanza cósmica y la
posibilidad de serenidad personal, incluso desciende a proporcionar algunas
indicaciones prácticas de interés para la gestión de la vida cotidiana. Se le
pueden disculpar las deficiencias en el terreno político y cierta brumosa mística
antivitalista con la que recomienda una forma de santidad que al propio autor por
lo visto atraía poco (su mayor empeño personal no era anular su voluntad de
vivir sino llegar a cumplir cien años). Objeciones menores si se comparan con
las inconsecuencias y quimeras de muchos otros. Desde luego, no parece
adecuado hacerle el reproche de ser «pesimista» por pensar que éste es el peor de
los mundos posibles (la mayoría de los pesimistas que conozco se caracterizan
habitualmente por estar convencidos de que toda situación, por mala que sea, es
susceptible de empeorar): el auténtico y descorazonador pesimismo es el de
Leibniz, que se atrevió a sostener que éste es el mejor de los mundos posibles, lo
que ya ni siquiera nos deja imaginar escapatoria alguna…
Su discípulo Nietzsche acepta el marco general de su sistema, pero
cambiándolo de signo. Schopenhauer es una especie de optimista contrariado, un
alma delicada que protesta y se irrita ante la vorágine del abismo dolorosamente
retorcido del que todo proviene y al que todo vuelve, torbellino a fin de cuentas
insignificante cuya constatación no puede disimular el pensador con
edulcoradones espiritualistas. ¡El universo debería ofrecer a nuestro anhelo algo
mejor, que escueza menos! En cambio Nietzsche se siente tonificado por lo
irremediable y no deplora que nuestra condición carezca de sentido porque así se
nos brinda la posibilidad de tallárselo nosotros a nuestra medida. No estamos
«programados» para ningún tipo de beatitud o felicidad por la gran fábrica
universal, pero si la inexplicable existencia se asume con vigor intrépido puede
convertirse en celebración de la alegría. Tal como conseguí bien pronto El
mundo como voluntad y como representación, también obtuve enseguida la obra
completa de Nietzsche en la edición de la misma editorial Aguilar —en este caso
cinco volúmenes en lugar de tres— en las traducciones del animoso Ovejero. Ya
sé que esta versión es incompleta, desordenada a veces y que no faltan en ella
malentendidos o francos errores: pero no la cambio por ninguna otra. Para mí, es
el auténtico texto original de Nietzsche, el lugar de encuentro con esa voz
inconfundible y abrumadora que durante tanto tiempo he escuchado con pasión.
Después he frecuentado traducciones más fiables, según las versiones
establecidas por los señores Colli y Montinari pasadas a lengua castellana por
Andrés Sánchez-Pascual, pero «mi» Nietzsche es el de Ovejero como «mi»
Shakespeare es el de Luis Astrana Marín. Ya lo he dicho, no soy filólogo: no lo
he sido ni lo he querido ser ni siquiera para leer al sutil filólogo Nietzsche.
Tampoco soy un «entendido» académico en su obra, pero en cambio fui
nietzscheano, allá por entonces, con poco más de veinte años: inventándome a
medias a Nietzsche como cómplice, como estado de ánimo. ¡Qué tendrá que ver
eso con las tesis doctorales! Nietzscheano: o sea, poseído por el espíritu
entrevisto de Nietzsche, liberado por Nietzsche del clericalismo franquista y sus
blandengues adversarios en las aulas seudocontestatarias, fuesen analíticos al
modo anglosajón o marxistas del colectivismo dialéctico borreguil, sólo
intelectualmente prestigioso por la obstinación de sus mártires.
Inciso: me importa dejar claro que leer antes de cumplir los veinte años o
poco después a Bertrand Russell, Schopenhauer, Nietzsche y otros pesos pesados
que ahora mencionaré no representó en modo alguno el abandono de los vicios
literarios predilectos en mi interminable adolescencia: alternaba y acompañaba a
los sabios maestros con mis usuales Lovecraft, Ray Bradbury, Karl May y John
Dickson Carr. Pasaba de W. B. Yeats a M. R. James, de Kafka o Borges a Arthur
Machen, sin dejar nunca de lado a Kipling, Joseph Conrad o Chesterton.
Siempre con las mismas gafas, siempre buscando la misma salvación de lo
mortecino cotidiano y el mismo deleite. Nunca me especialicé o, mejor dicho,
nunca dejé de permanecer especializado en mí, en lo que me emocionaba,
divertía o estimulaba. Si alguien me hubiese dicho que interesarme por
Shakespeare implicaba renunciar a Agatha Christie o a Zane Grey (nunca he
hablado con Harold Bloom, pero supongo que podría haberme reconvenido así),
me hubiera reído en sus narices y le hubiera respondido, con jovial impertinencia
juvenil, que no tenía «ni puta idea». Se lo digo ahora, cuando ya el mensaje
admonitorio que nunca me llegó está cubierto de polvo y desdén, porque sigo
pensando lo mismo.
Mi mejor compañero en la degustación de Schopenhauer y Nietzsche fue
Clément Rosset, de cuya frecuentación intelectual no me he cansado en más de
treinta años. Primero le busqué por sus fecundas exploraciones en los dos
grandes maestros referidos, luego —ahora— por su propio pensamiento, brotado
a partir de ellos pero independiente y lleno de enriquecedores meandros que
sería reduccionista limitar al comentario de ésos o cualesquiera otros
predecesores. Su Lógica de lo peor, el libro donde aprendí lo que es el azar, y
sobre todo su Antinaturaleza, en el que me previno contra ese concepto
teológico disfrazado que luego ha llegado a ser abiertamente eclesial entre los
ecólatras, fueron dos de las primeras obras de filosofía contemporánea que me
marcaron realmente. Logré que Antinaturaleza fuese traducido al castellano y
editado en Taurus: treinta años más tarde una traducción de La fuerza mayor, su
mejor recorrido del pensamiento nietzscheano, acaba de aparecer en un pequeño
sello editorial del que se encarga mi hijo Amador con otros amigos: ha sido una
de esas veladas recompensas simbólicas que a veces trae la vida, como propina
que en parte nos alivie de tanto como se lleva. Otros muchos pensadores
franceses giraban entonces en torno a Nietzsche y despegaban a partir de
Nietzsche, desde Georges Bataille (a quien yo mismo traduje) hasta Gilles
Deleuze o Pierre Klossowski, del que me fascinaban aún más que la teoría de la
gran política nietzscheana sus extrañas novelas eróticas ilustradas por él mismo
con celebraciones turbadoras de Roberta, esposa equívoca. Hubo un momento en
Francia, justo después del mítico sesenta y ocho parisino, en el que los jinetes
que montaban a pelo sobre Nietzsche galopaban en todas direcciones y a
distintas velocidades… algunos al trote remolón. También en España varios nos
subimos a ese potro salvaje, que a pesar de sus corvetas nos proporcionó lo que
un jockey inglés llamaría a good riele. Más tarde no hubo otro remedio que
cambiar de cabalgadura.
Un poco después de Russell, Schopenhauer y Nietzsche trabé conocimiento
directo con Spinoza (al que leí por primera vez en la cárcel de Carabanchel,
como contaré más adelante), pero sobre todo con Marx y Freud. Las
desmitificadoras doctrinas de ambos, en cuanto revelaciones de continentes
ocultos a la mirada edificante del idealismo (los subterráneos mecanismos de la
acumulación económica y la pulsión sexual), me parecieron deslumbrantemente
ciertas: una vez abierto por ellos el tercer ojo de la sospecha era imposible volver
a contemplar la sociedad y la conducta personal como antes, al modo de cuando
alguien nos señala que el dibujo que hemos tomado por una mariposa representa
en realidad dos perfiles humanos enfrentados, por ejemplo, ya nunca podemos
volver a ver la inocente mariposa primigenia. Pero aunque aceptaba sin mayores
reparos su diagnóstico fundamental, las prácticas terapéuticas que recomendaban
jamás llegaron a resultarme demasiado convincentes. Señalaban perturbaciones
ciertas y sin embargo proponían remedios en el mejor de los casos muy dudosos
y en el peor contraproducentes. En lo básico, sigo pensando al respecto igual que
entonces. La combinación de melodías marxistas con tonadas freudianas
constituyó el eje armónico de la llamada Escuela de Francfort, de la que me
empapé con devoción quizá exagerada durante bastantes años. El más accesible
de sus (aleatorios) miembros me resultaba Erich Fromm, el más remoto y
sugestivo Max Horkheimer, el más entrañablemente tónico Herbert Marcuse (las
páginas que dedicó en Eros y civilización a La educación estética de Schiller nos
nutrieron a muchos decisivamente), pero el gran fascinador era Theodor W.
Adorno.
Por su crítica cultural y culturalista, por su intransigencia (en aquellos días
toda intransigencia me parecía siempre signo intimidatorio de lucidez), por su
altiva proclamación de necesaria oscuridad estilística, mi hombre era Adorno. El
estilo sobre todo: enroscado, contrapuntístico, con un barroquismo jalonado aquí
y allá por sentencias lapidarias que me infligían latigazos de entusiasmo. Desde
luego, no pretendo —ni entonces pretendía— haberle comprendido por
completo. Pero eso era lo de menos, porque para disfrutar de él me bastaba con
intentar mimetizarle. Lo ha dicho muy bien y maliciosamente Hans Blumenberg:
«Nadie ha entendido a Adorno, pero todos han aprendido, tras unas pocas
páginas, cómo se hace». A mí me encantaba «hacer» Adorno en mis primeros
ensayos breves, sobre todo cuando trataba alguna cuestión polémica o quería
amenazar teóricamente al orden establecido. Un capricho como cualquier otro,
que me procuraba mucho trabajo pero también cierto ufano placer al escribir: a
mis escasos lectores, en cambio, sólo debía de darles trabajo. La persistente
influencia de Borges y luego de Cioran, junto a varios ensayistas anglosajones,
me fue curando poco a poco de esta escarlatina pero sobre todo me salvó la
obligación pecuniaria de escribir frecuentes artículos periodísticos. Había que
elegir entre ser Adorno y ser periodista: afortunadamente preferí el periodismo y
me volví hacia la sobriedad y la ironía enérgicamente ligera, hacia Voltaire.
22

PENDIENTE DE LA REVOLUCIÓN

La revolución, y se lo digo yo, que he vivido tanto y tan errada


aunque arrepentidamente, la revolución es fina operación que mata al
paciente pero salva al médico.

FERNANDO VALLEJO

¿Q ué podía tener yo, vástago de una familia moderadamente de derechas


y biográficamente franquista, contra la dictadura de Franco? Desde
luego, no agravios personales; tampoco pretendo haber poseído desde pequeño
un alma especialmente justiciera, ni haber nacido rebelde con o sin causa, o
mucho menos padecer precozmente la cívica pasión de intervenir en política. Al
contrario, fui un niño feliz y un adolescente ensimismado en los goces agridulces
de esa edad; prefería la benévola jerarquía familiar a la igualdad con coetáneos
eventuales con los que compartía pocos gustos, y la política me parecía un
enredo gregario propio de gente sin buenas novelas que leer, como el fútbol o los
campamentos juveniles de verano. No echaba de menos nada, salvo lo que ya
comprendía que se iba llevando el tiempo. Luego empecé a interesarme por el
orden y sobre todo el desorden social pero más bien como enigma teórico que
como cuestión históricamente urgente: ¿por qué la gente no se dedicaba a
cooperar en la búsqueda de sus placeres en lugar de enfrentarse para fastidiar al
prójimo? ¿Para qué necesitábamos fronteras y pendones, arriesgándonos al
desastre atómico del que hablaba mi mentor lord Russell? ¿Por qué no
integrarnos unos con otros en lugar de desintegrarnos unos a otros? Sobre todo
¿por qué empeñarse en marcar el paso, cuando es tan bonito que cada cual
marche a su aire?
Franco entraba y salía bajo palio en las iglesias, entre nubes de incienso y
cantos del gori-gori. Como mi opinión del clero no hacía más que empeorar, el
síntoma me resultaba especialmente repelente. El clericalismo y la mojigatería
de la dictadura me ofendían hormonalmente, si puedo decirlo así: se dedicaban a
prohibir cuanto a mis ojos juvenilmente lúbricos podía hacer la vida grata,
divertida o intensa. A fin de cuentas, empecé a oponerme al franquismo mucho
más por cuestión de costumbres que por temas de justicia social o falta de
libertades políticas. Cuando se reclamaba libertad (normalmente alguien desde el
extranjero), nunca faltaba cualquier portavoz del régimen o uno de los
doctrinarios televisivos —entre los que destacaba mi catedrático Adolfo Muñoz
Alonso— para recordarnos con severidad untuosa que «no se debe confundir la
libertad con el libertinaje». Desde entonces tengo verdadera afición al libertinaje
y desconfío de toda libertad que se oponga a él: incluso recomendaría cambiar el
célebre lema de la Revolución Francesa por «libertinaje, igualdad y
fraternidad»… aunque creo que en esto los propios franceses ya se me han
adelantado.
En el franquismo había grandes dosis de cazurrería pueblerina hecha de
autocomplacencia en lo retrógrado («aquí somos así»), desconfianza ante las
novedades, matonismo caciquil frente a la disidencia («si no les gusta, que se
vayan a Rusia») y en el fondo complejo de inferioridad respecto a casi toda
Europa, América, Asia y Oceanía; sólo frente a África se sentían algo más
seguros, supongo que por lo de la guardia mora de Franco. Es curioso señalar
que la derecha española actual tiene ya poco que ver con tal cazurrería
pueblerina, que ha sido heredada en cambio y con creces por nuestros diversos
nacionalismos periféricos. En cierta ocasión, Manolo Vázquez Montalbán
resumió retrospectivamente así la impresión de vivir bajo el franquismo: «Era
como llevar permanentemente los calcetines sucios». Me parece un toque
expresionista muy acertado. Desde la muerte del dictador han aparecido
numerosas y voluminosas biografías sobre él, estudios acerca de su régimen y
testimonios apasionados de sus víctimas: francamente, jamás he querido ni
siquiera hojear esos libros. Sería como volver a ponerme los tanto tiempo usados
calcetines sucios.
Además de hacernos oler moralmente mal, fumigarnos a todas horas con
patrioterismo barato y vigilar sacristanescamente nuestros deleites, Franco
seguía encarcelando a muchos y fusilando a bastantes. Para darme cuenta de que
el comienzo de la decencia política era desear el fin de la dictadura ni siquiera
me hacían falta mis iniciales lecturas marxistas, me bastaba con el viejo Russell
y un poco de sentido común. Lo malo es que mi decencia política se acababa
nada más comenzar: por supuesto, estaba contra la dictadura… pero me aburría
y perturbaba la idea de tener que «hacer» algo para demostrar esa
disconformidad. Además la mayoría de los entusiastas antifranquistas con los
que me tropezaba en la facultad de Filosofía, que contaban con mi simpatía al
exponer aquello contra lo que estaban, eran decepcionantes cuando exponían sus
ideales: Breznev, Mao, Fidel Castro o Tito me resultaban en líneas generales aún
menos apetecibles que Franco y Carrero Blanco. En general, cualquier forma de
autoridad me fastidiaba y mezclarme con los conspiradores —tonificantes en el
bullicio de sus acciones de protesta pero inaguantables en el dogmatismo de sus
eternos debates teóricos— me quitaba demasiado tiempo del que necesitaba para
entregarme a mis ensoñaciones literarias y a mis amigos bohemios.
Justo el segundo año que pasé en la universidad fue uno de los más movidos
políticamente: en él tuvo lugar la gran manifestación encabezada por Tierno
Galván, Aranguren, Montero Díaz y García Calvo que concluyó con la
separación de sus cátedras de estos profesores (y de alguno menos conocido,
como un falangista que daba clases de Formación Política y también se unió, en
nombre de la revolución pendiente, a la marcha reivindicativa; éste lo pasó
mucho peor que los demás porque nadie se ocupó de él ni le ofreció cátedras en
Estados Unidos; tampoco fue rehabilitado cuando llegó la democracia: incluso a
mí se me ha olvidado su nombre). Aquellas jornadas fueron mi modesto
bautismo de fuego subversivo, aunque no fuese fuego sino agua lo que nos
lanzaban las mangueras policiales. ¡Cuántas carreras y cuántos porrazos, pero
qué divertido resultaba todo! La verdad es que yo no he nacido para tales
peripecias: como me quitaba las gafas para que no se me cayesen en la refriega,
más de una vez corrí hacia la policía en lugar de huir de ella, por lo cual me gané
algunos verdugones… Una vez le enseñé a mi madre una foto aparecida en un
periódico en que se me veía claramente corriendo en cabeza de los manifestantes
en retirada (es decir, que iba a la cola y por eso cuando cargó la policía, al dar la
vuelta el grupo, quedé en primera fila). Mi madre, siempre escéptica en cuanto a
mis prestaciones físicas, se negó a reconocerme: «Tú no eres capaz de correr
así».
Entonces apareció en mi vida Agustín. Fue durante mi primer año de
especialidad, cuando ya comenzaba a lamentar haber abandonado el griego por
el árabe por pura comodidad académica (para aprobar el árabe bastaba
prácticamente con aprenderse el alfabeto, mientras que las exigencias en griego
eran mucho mayores). Baltasar Lara me comentó que uno de los catedráticos
sancionados, Agustín García Calvo, había abierto una academia de latín y griego
para ganarse la vida y que iba a comenzar unas lecturas de los presocráticos
dirigidas no a filólogos sino a aficionados a la filosofía. Constituirían algo así
como un curso de «griego filosófico», justo lo que yo necesitaba para compensar
mi culpable deficiencia helénica. Además ayudaríamos a un mártir de la
rebelión, cosa siempre gratificante. Mientras que Aranguren o Tierno Galván
estaban rodeados de un aura de maestros imprescindibles en el terreno político y
en el análisis social, la fama de García Calvo era mucho más ambigua y hasta
misteriosa: hablaban de él como un genio de la filología clásica (había obtenido
la cátedra de Salamanca, la que una vez fue de Unamuno, a una edad en la que
muchos aún estaban haciendo su tesis doctoral y no fue precisamente un regalo
por su docilidad ante las autoridades), pero también como de un nigromante
pagano que sacrificaba palomas a la diosa Venus, un pensador destructivo,
anárquico, casi luciferino y un peligroso seductor de la juventud. Esto último
comprobé enseguida que era cierto, juzgando por mi propio caso.
Nomen omen: para empezar con los presagios, la academia estaba situada en
la calle del Desengaño y se llamaba «Elba», que indica un destierro del que se
vuelve. Constaba de una sala con una larga mesa corrida donde se daban las
clases y un par de pequeñas habitaciones interiores que servían de vivienda
modestísima al maestro. Como las mónadas de Leibniz, carecía de ventanas. El
aspecto físico y la indumentaria de Agustín tenían poco que ver con lo que se
esperaba de un serio profesor: grandes patillas, camisas floreadas, chalecos de
fantasía, pantalones de terciopelo, vistosos anillos y colgantes, aunque todo ello
con aire de segunda o tercera mano, como si hubiera sido rebuscado en el Rastro.
Más tarde Manolo Vicent le describió como una «gitana con bigotes», aunque
cuando yo le conocí faltaban los bigotes y la originalidad agitanada del atuendo
resultaba algo menos llamativa de lo que luego llegó a ser. Aunque su apariencia
desconcertara un poco, Agustín siempre fue de lo más amable y accesible en su
trato: nunca he conocido a nadie que hiciese menos distingos entre la gente a la
hora de la cortesía y no recuerdo haberle visto comportarse ni una sola vez de
modo insolente o altanero con quien se le acercaba con premiosa ingenuidad. Al
contrario, casi cabe hacerle el reproche opuesto porque cuando estaba en su
seminario prestaba la misma atención y respondía con el mismo empeño al
pelmazo tontiloco que a quien le planteaba alguna cuestión sensata. Por eso
constantemente Agustín ha llevado a su zaga a tantos memos y a tantos orates
pero ha repelido a los pedantones: no hay mal que por bien no venga.
En cuanto se le conoce, uno se da cuenta de que está ante alguien que solo se
parece a sí mismo, una primera edición por no decir un incunable, no un
ejemplar en serie: como los ángeles y quizá los demonios, agota una especie en
su singularidad. De la gente que he conocido en mi vida, para bien o para mal,
sólo su amigo Rafael Sánchez Ferlosio me ha causado la misma impresión.
Escuchar a García Calvo comentar a Heráclito o Parménides ha sido una de las
experiencias intelectuales más arrebatadoras de mi vida. ¡Por favor, yo tenía
diecinueve años pero no era imbécil! Entonces comprendí que la filosofía ni
siquiera ahora, en la edad oscura y burocrática, es ante todo cuestión de grandes
textos, sino de grandes nuestros. El primer día de aquel primer seminario éramos
unos treinta, pero enseguida la gente se aburrió o se decepcionó (quizá algunos
esperaban proclamas panfletarias, satanismos, yo qué sé): a las dos semanas,
sólo quedábamos cuatro alumnos. Estuve entre ellos con fidelidad inalterable
durante casi tres años, sacrificando cotidianamente mi siesta: por nadie más he
vuelto a hacerlo con semejante asiduidad, ni siquiera por las amantes más
exigentes… Marisa, Miguel, Julio y yo formábamos el grupo: luego se retiró
Julio y más tarde Miguel. Aclaro sin rodeos que este último era un loco
peligroso, que de vez en cuando trataba de incendiar la academia (en cuanto se
iba al retrete todos nos quedábamos en suspenso, olfateando el aire) hasta que un
buen día penetró en una iglesia y le clavó en la espalda un enorme cuchillo de
cocina a un anciano que rezaba arrodillado en su reclinatorio. El viejo creyó que
le habían dado un golpe y, refunfuñando contra la juventud que ya no respeta
nada, se fue pasito a paso a su casa con el mango del cuchillo sobresaliendo
entre sus omoplatos a través del abrigo. Seguimos Marisa y yo, a veces con
algún incorporado eventual de una sola tarde, muchas veces yo solo. Agustín
prosiguió su seminario: primero Heráclito, luego Parménides, más tarde algún
sofista tardío, o una página de Lucrecio. Nunca alteró el tono de sus comentarios
ni se desanimó en su rigor por lo escaso de la concurrencia, devota pero de muy
menguada competencia. Tampoco nos urgía al pago mensual de los modestos
emolumentos convenidos (quinientas pesetas, si no recuerdo mal) que recibía
cuando se lo dábamos con algo así como embarazada sorpresa y nunca
reclamaba.
El seminario era (es) infinito (si no me equivoco, prosigue aún hoy, en el
Ateneo de Madrid). Más tarde salió de la academia para trasladarse —ya con
mayor número de asistentes y gratuito— a una cafetería de la calle Ortega y
Gasset, luego al exilio de París, en la brasserie «La boule d’or», después
ocasionalmente al monasterio de Prades, en Provenza, para volver después a
Malasaña en Madrid, etcétera, etcétera. Riguroso en los aspectos filológicos, que
conoce como nadie, los comentarios presocráticos de Agustín siempre fueron
curiosamente ahistóricos o, mejor, atemporales: según él, en realidad el mundo
de Heráclito o el de Parménides son fundamentalmente el mismo que el nuestro
y cuando se refieren a «lenguaje», «verdad», «ser» o lo que fuere aluden a lo que
nosotros entendemos con tales términos. El devenir de la filosofía a partir de ese
momento primigenio nunca le interesó demasiado y se impacientaba
visiblemente si nos referíamos a interpretaciones posteriores de los textos o los
problemas, sobre todo si los autores citados eran contemporáneos. Siempre tuvo
respeto o al menos interés por las teorías de última hora de los físicos o los
matemáticos, pero lo que piensan los filósofos, sociólogos y otros «humanistas»
modernos le trae por lo general sin cuidado… aunque lo conoce casi todo. Esa
aproximación a los griegos tenía el encanto de hacérnoslos enormemente
cercanos o quizá al revés, de convertirnos nosotros mismos en algo así como
griegos de aquella perdida aurora. El lado malo es que parecía fomentar un
desinterés literalmente olímpico por cuanto se ha escrito después del De rerum
natura (con alguna excepción ocasional, como el Juan de Mairena de Antonio
Machado), lo que reforzaba la tendencia perezosa al abandono de la lectura y el
contraste de pareceres eruditos que ya tenían tendencia muchos de quienes le
escuchaban. ¿Para qué estudiar doctrinas raras y prestar atención a voces nuevas,
a veces fastidiosamente oscuras, si uno podía sentarse felizmente a los pies de
nuestro Agustín y beber directamente de su boca la sabiduría de lo que fue, es y
sigue siendo… o debatirlo con él sin intermediarios?
Porque a fin de cuentas, aprendíamos en aquellas inolvidables y fascinantes
sesiones, todo viene a ser embeleco y trampa del Señor de este mundo, del Ser
que establece el Orden y desemboca en la Muerte, a través del Tiempo, del
Dinero, del Trabajo, del Poder y del Amor. Sólo se puede pensar y decir a la
contra de lo vigente que nos aplasta y mutila, que bloquea en nosotros —por
medio de esos policías de la subjetividad que son el Yo y la Identidad Personal—
la espontaneidad inefable e innombrable de algo que no sería justo llamar Vida
porque no se opone a la Muerte y que sólo vislumbramos en algunos momentos
privilegiados de conocimiento o rebelión. Por supuesto, esta opresión no
depende del sistema capitalista actual ni puede resolverse pasando a otro de tipo
socialista: el siniestro tinglado viene de mucho antes, probablemente de antes de
Heráclito y Parménides. Agustín es un ácrata metafísico, trascendental, cuya
rebelión se dirige contra la condición humana tal como la conocemos (que es
artificialmente social, no natural y necesaria), no para enmendar algunos de los
detalles en que se concreta sino para traspasarla y aboliría de raíz. A mi juicio, la
mejor exposición sintética de su perspectiva es el largo poema didáctico Sermón
de Ser y No Ser, una de las obras más notables y menos conocidas de la literatura
española de la segunda mitad del siglo XX.
Un día, estando solos, le pregunté si no sería oportuno estudiar las
instituciones políticas o los mecanismos que gestionan los procesos sociales en
su detalle, como hacen tantos especialistas, para graduar mejor nuestra crítica a
lo injusto del poder y preservar lo útil que pueda haberse conseguido. Torció un
poco el gesto y me dijo que, sin descartar la oportunidad de algunas de tales
investigaciones, en general le parecían semejantes al empeño de un esclavo por
aliviar su sometimiento deleitándose en los arabescos y bordados del manto del
tirano que le oprime en lugar de intentar derrocarlo de su trono. El efecto de la
doctrina de Agustín depende mucho de quién la escuche: a algunos les sirvió y
les sirve como un brumoso certificado de indolencia inconformista. Nunca faltan
quienes están deseando escuchar de fuente autorizada que este mundo es una
mierda sin remedio para confirmar que hacen bien en no molestarse. A otros, que
tenemos demasiada tendencia a los empeños positivos y confundimos a veces lo
que funciona con lo deseable, su opus nigrum nos purificó de la excesivamente
fácil autocomplacencia constructiva. Pero, como bien sabían los alquimistas, la
nigredo es una fase necesaria aunque sólo una etapa que hay que pasar para
proseguir la búsqueda del aurum non vulgi: nunca constituye el punto de llegada
definitivo. Quizá a Agustín se le podría hacer el mismo reproche que Clitofonte
dirige a Sócrates en el diálogo platónico del mismo nombre (imagino que este
paralelismo no le molestará, porque el ágrafo e inquisitivo Sócrates —con su
daimon en el hombro, soplándole siempre lo que no debe hacer— es el genio
tutelar de García Calvo): «Pues yo no vacilo en afirmar, Sócrates, que tú eres
excelente para quien no ha sido aún exhortado, mas para el que ya lo ha sido,
casi eres un obstáculo que le impide alcanzar la meta de la virtud y llegar a ser,
de este modo, feliz». Por lo que a mí respecta sólo puedo decir que fue
fundamental en mi devenir intelectual y moral encontrarle, no menos que luego
despegarme de él.
Además de sede sapiencial, la academia de la calle Desengaño también era
ocasionalmente punto de reunión de elementos subversivos, entre los que con
timidez y tozudez tuve el honor de contarme. Los demás solían referirse a
nosotros como «los ácratas» y nosotros procurábamos no llamarnos ni en
nuestros pensamientos de ningún modo, porque todo nombre es comienzo de
institución y no hay instituciones subversivas, todas trabajan a favor del orden.
Si nuestra orden era la de los agustinos, más valía en cualquier caso no
decirlo ni en broma… Algún entusiasta, de vez en cuando, pintaba en una pared
la luego famosa «A» rodeada de un círculo, que Agustín condenaba sin
apelación y que todos de labios para fuera rechazábamos también (aunque nos
daba cierto remusguillo verla aquí y allá, asomando con impudicia descarada).
Nosotros no teníamos comité central, ni siglas, ni carnés, ni siquiera podía nadie
«ser» de los nuestros, porque todo ser pertenece al enemigo. Nadie puede «ser»
ácrata pero uno a veces «está» más o menos rebelde y lo que pasa cuando se está
así es lo que cuenta. No éramos, no nos llamábamos, no «representábamos» nada
ni a nadie… pero actuábamos. Siempre que he intervenido luego en movidas
cívicas, de resistencia contra algún abuso (en el País Vasco, por ejemplo), he
sentido nostalgia de aquella energía sin contaminar de la que formé una vez
parte. Algunos de nuestros golpes de mano, que los grupos y subgrupos de
inspiración marxista miraban con desconfianza y solían calificar de
«espontaneísmo pequeñoburgués», tenían un toque culturalista que les distinguía
de los demás. Agustín los prefería así (jamás le oí aconsejar ninguna acción
violenta) y yo también, porque era donde podía lucirme más. De ese género
fueron las «tomas de cátedra» que llevamos a cabo en la primavera del 68, antes
de que despuntase mayo.
Formaban parte, al menos en la especialidad de filosofía, de lo que
llamábamos «reforma crítica» de nuestra carrera: exponíamos nuestros objetivos
en un boyante y párvulo manifiesto que yo escribí, encabezado por una cita de
John Dewey (algo sobre que la filosofía se hará necesaria cuando vuelva a tratar
los problemas de los seres humanos y no los de los filósofos). John Dewey, eh,
no está mal, nada de Che Guevara ni del «Pequeño libro rojo». Éramos
pragmatistas y posmodernos avant la lettre, incluso antes que Richard Rorty. La
toma de cátedra consistía en interrumpir la clase en cuanto empezaba e informar
al profesor de que nos disponíamos a dedicar el tiempo de la lección abolida a
una discusión libre sobre todo lo que pasaba en el mundo y lo que nos pasaba
por la cabeza. Le invitábamos a que se quedara con nosotros, pero sólo como
uno más: no solían oponer demasiada resistencia, aunque comprensiblemente la
mayor parte preferían marcharse con aire entre ofendido y resignado. Alguno se
sublevaba blandamente, pobrecillo. Recuerdo la protesta de nuestro bastante
cursi catedrático de estética, Sánchez de Muniain, cuando alguien aceleró su
marcha señalando que estaba «al servicio del poder»: «¡Por favor, señores, que
yo soy un caballero!». Cuando nos quedábamos solos discutíamos sobre la
función de la filosofía en la sociedad, sobre feminismo, sobre el alma del
hombre en la era de las máquinas, sobre… ¿Recordáis, Guillermo[2], Charo,
compañeros, lo bien que lo pasábamos ocupando la tarima tras desalojar al padre
simbólico, mientras los empollones rezongaban que aquello era una pérdida de
tiempo o abandonaban el aula con cara de fastidio?
Por lo demás, seguíamos con las manifestaciones, con las vibrantes
asambleas que se trasladaban del aula magna de una facultad a otra y que solían
acabar cuando alguien proponía precisamente volver a salir en manifestación,
con la lectura ritual de la declaración de derechos humanos en el vestíbulo de
Filosofía, rodeados de policías que no sabían si llevarnos a la cárcel o al
psiquiátrico. Se repartían panfletos recién salidos de la «vietnamita» (así se
llaman las pequeñas multicopistas clandestinas), en los cuales solía leerse una
frase supuestamente optimista que a mí tenía la virtud de deprimirme: «¡La
Dictadura ha tenido que mostrar su verdadero rostro y ya no le queda más arma
que la represión!». Con esa arma se puede seguir mucho tiempo, pensaba yo: en
cuanto a mirar el verdadero rostro de la dictadura, tampoco me parecía una feliz
conquista, dado que no era una jeta precisamente agradable. Yo también hice mis
pinitos panfletarios, aunque —modestia aparte— el resultado solía estar por
encima de la media; alguno de esos escritos de combate que primero se
repartieron ciclostilados y anónimos lo incluí luego, con escasas variaciones, en
mi primer libro, Nihilismo y acción (el título es un programa completo en sólo
dos palabras, que llevo desarrollando poco a poco desde entonces). Pasó marzo y
después abril: llegó mayo, el Mayo de 1968. Los campus universitarios se
encrespaban con himnos rebeldes desde Berkeley hasta Tokio, París era
verdaderamente una fiesta y también Madrid o Barcelona: acudíamos por una
vez puntuales a la cita con el espíritu del mundo, incluso nos habíamos
adelantado en muchos aspectos a ella. Nosotros, los agustinos, manteníamos
comunicación con los situacionistas franceses desde tiempo atrás. Nos enviaban
su revista IS, magníficamente editada y llena de un furor despiadado pero a la
vez muy divertido: para burlar la aduana franquista venía encuadernada con las
tapas de una supuesta publicación de oceanografía, Plancton, en las que se
anunciaban artículos sobre el lenguaje de los delfines y la formación de los
arrecifes de coral. Ya conocíamos La sociedad del espectáculo del luego
beatificado Guy Debord (quien, a la inversa de Lucifer, ha pasado de ser
demonio a convertirse en arcángel póstumo), pero a mí lo que me gustaba de
verdad era el Traitéde savoir vivre a l’usage des jeunes génerations, de un Raoul
Vaneigem del que nunca he logrado después leer nada que me resultase
aceptable. Por encima de otros aciertos, que los tenían en medio de su tobogán
de disparates, los situacionistas abominaban del trabajo… en lo que yo coincidía
con ellos antes incluso de leerles.
Tanto los entusiastas nostálgicos como los detractores desvirtúan a mi juicio
la memoria histórica de ese mes de mayo. Los primeros creen recordar aquellos
días como una sublevación general de la juventud y lamentan que actualmente
los universitarios sean «apolíticos». La verdad es que quienes entonces nos
movíamos para incordiar a los poderes públicos éramos una minoría, tan
enérgica como escasa, y la mayoría de los estudiantes se añadía de vez en
cuando al coro con notable inconstancia, más por dócil curiosidad que por
cualquier tipo de convicción arraigada. Arrastrábamos a bastantes, pero éramos a
fin de cuentas un grupúsculo, como denunciaba desesperada la prensa de
derechas. Y lo peor es que no éramos en modo alguno políticos, en el sentido
democrático del término (el único respetable), sino revolucionarios. Queríamos
acabar con la política, con su carácter inacabable y transaccional, e
imaginábamos la revolución como el vuelco mágico que haría la política
innecesaria e imposible. Pero en cuanto desaparece la política se va con ella la
democracia. Por simpática que pueda resultar en algunos aspectos la
impaciencia, suele ser siempre una forma de atropello. A este respecto, creo que
los sublevados españoles, como los de Varsovia o Praga, teníamos más excusa
que los de otras latitudes: la revolución, para nosotros consistía en acabar con la
dictadura. De mí puedo decir que, incluso en mis momentos más delirantes y sin
ser especialmente lúcido en lo esencial, jamás dudé de que —puestos a elegir—
siempre era mejor cualquier imperfecta democracia occidental que Rusia, China
o Cuba. Cuando ocurrió la primavera de Praga, la viví con entusiasmo y me
distancié por primera vez de la ortodoxia agustiniana al ver que durante nuestros
debates en la academia se rechazaban por igual los tanques de Breznev y las
reformas de Dubcek o de Ota Sik. De ese posibilismo no me avergüenzo en
absoluto, al contrario, intento hacerme digno de él.
Pero también creo que hubo mucho de hermoso y de alegre en aquellas
jornadas. Quizá no mejoramos el mundo, pero sin duda nos mejoramos a
nosotros mismos, la parte del mundo que estaba más a nuestro alcance. Quien
entonces vivió junto a nosotros y desaprovechó aquella ocasión de vibrar, se
perdió algo bueno: estoy seguro. «¡Acabaréis todos notarios!», les gritaba
perversamente Marcel Jouhandeau a los chicos de las barricadas en París.
Caramba, no es verdad, no todos acabamos notarios, ni siquiera los que
estábamos destinados familiarmente a serlo. Pero incluso si así fuera… Sigo
pensando que es mejor ser notario finalmente, por deriva o degeneración, casi de
improviso, que haberse preparado para las oposiciones, pacientemente, sin
descanso, toda la triste vida.
23

¡PRISIONERO!

My own experience, reader, among savage races is small indeed


compared to that of many travellers, but I am firmly convinced that if
you can make even a cannibal laugh by any method you choose, you
have conquered him for the time being.

DR. GORDON STABLES, Kidnapped by Cannibals

M is actividades subversivas durante la dictadura franquista fueron de una


modestia realmente conmovedora. Y aun así, estuve detenido tres veces
y pasé cerca de un mes en la cárcel de Carabanchel. De modo que, francamente:
aquellos españolitos en edad de merecer que nunca tuvieron roces ni incordios
con el régimen pero cuentan ahora —a toro pasado— que siempre fueron
antifranquistas de corazón resultan poco creíbles. A no ser, claro, que
pertenezcan a un exilio interior, tan interior que estuvieron durante esos años
exiliados… dentro de sí mismos. Sin que nada saliese al exterior. En cuanto a la
buena suerte de activistas jamás capturados por la Gestapo local, aunque no la
descarto del todo me resulta más bien rara: ¡éramos tan pocos los que nos
movíamos! ¡Éramos tan localizables al cabo de unos meses, no digamos de
algunos años! Salvo los que optaron por la clandestinidad rigurosa, creo
sinceramente que a los demás antes o después nos cogieron a todos; y a los
clandestinos, al ochenta por ciento, como poco. A muchos nos salvó de peores
condenas, además de lo venial de nuestros delitos, lo embarullado de la
información policial sobre el alcance e implicaciones de las fechorías que
habíamos cometido. Decía Tierno Galván que el franquismo era un totalitarismo
suavizado por el incumplimiento generalizado de las leyes; también resultó ser
un régimen policial aliviado por la incuria de los funcionarios represivos, al
menos en lo que al ámbito universitario se refiere. Sabían quiénes éramos los
«malos», pero apenas conocían nada relevante de nuestras conexiones y
actividades. En el fondo, creo que les daba igual y con razón. Con una oposición
militante como la nuestra, el régimen podría haber durado mil años. Ni siquiera
quienes se arriesgaron mucho más y padecieron una represión
incomparablemente más rigurosa —sindicalistas, obreros, etcétera— lograron
realmente amenazar su estabilidad mesopotámica. Estaba escrito que con Franco
tenía que acabar la biología, no la política. Pero el franquismo, en cambio, lo
fuimos liquidando poco a poco quienes no nos resignamos del todo a su tiranía,
como se comprobó al día siguiente de la muerte del dictador.
En cierta ocasión le preguntaron a José María Aznar si había tenido
problemas con la dictadura en sus años mozos y él repuso que por entonces
estudiaba en la universidad, por lo que no tuvo ocasión para dedicarse a la
política. En su día me divirtió mucho esta ingenua (¿o cínica?) contestación,
porque para mí la universidad fue precisamente el descubrimiento de la política,
pero a fin de cuentas lo mismo podrían haber dicho muchísimos otros y de los
que van ahora mucho más de «progres» que Aznar: ellos se dedicaban entonces
al periodismo, a sus carreras, a sus obras de arte, a sus amores y negocios… por
lo que no tenían tiempo para hacer política más que en la estricta intimidad.
¡Bien hubieran querido luchar subversivamente, desde luego, pero el resto de sus
ocupaciones les impidieron el heroísmo, incluso el de cuarta categoría! Sólo se
añadieron al cortejo democrático cuando ya era clara y tranquilizadoramente
triunfal… Nótese que cuando se habla de «hacer política» en la España de
entonces se trata siempre de política de oposición, contraria al régimen. Ocupar
algún puesto oficial, dirigir un medio de comunicación institucionalmente
respetable o ganarse un rectorado, cantar himnos exaltantes uniformizado con la
camisa azul, eso no era hacer política sino realismo, quizá con el pretexto de
combatir al régimen desde dentro, tan astuta como rentablemente. Lo propio de
las dictaduras es que la única política reconocida y estigmatizada como tal que
puede hacerse es la de oposición, la desesperada, la que parece no tener futuro…
Todo ello constituye una mala educación para la democracia, porque cuando ésta
llega quienes no movieron un dedo contra el dictador se convierten en
furibundos opositores contra el Gobierno y creen que ésa es la única política
auténtica, como si quisieran desquitarse así —ya sobre seguro— de lo que
dejaron de hacer en los tiempos difíciles. Se convierten en subversivos de salón
para hacer olvidar que no lo fueron de penitenciaría, lo cual es la mejor forma de
seguir siendo confortablemente apolíticos.
En realidad mis fechorías guerrilleras fueron tan mediocres que ser detenido
a causa de ellas representó para mí casi un ascenso. De vez en cuando hablaba en
las asambleas de facultad, aunque siempre dedicando parte de mi intervención a
burlarme de los que proponían la Rusia en que los trabajadores no podían
sindicarse ni hacer huelgas como ideal para los españoles que padecían de las
mismas carencias o a ridiculizar las contradicciones de los «prochinos» criados
en Aluche y el barrio de Salamanca. Me encantaba la impertinencia, otro rasgo
de mi carácter infantil, pero no era sólo eso: criticaba a los compañeros de
izquierda porque les consideraba mi familia política natural, mientras que me
parecía una pérdida de tiempo denunciar a los derechistas de cualquier
tendencia, a quienes despreciaba por igual sin remisión. Repartía panfletos,
ayudaba a pegar carteles que a veces incluían anacolutos irritantes, participaba
en sentadas que acababan en pie y corriendo ante los grises (mientras animosa y
paradójicamente cantábamos el «no, no nos moverán») y, con temor y temblor,
estampaba pegatinas sublevatorias en los lavabos de distintos locales públicos.
Feroz con los más débiles, me convertí en flagelo de nuestros profesores en las
llamadas «tomas de cátedra», lo que me propició el venenoso privilegio de
Muñoz Alonso: a la hora del examen final, antes de leer las preguntas, me decía
con dulzura comprometedora que saliese del aula «porque tiene usted matrícula
de honor». No había mejor estrategia para dejarme fuera de combate.
Por lo demás, nunca tiré cócteles Molotov —dada mi habilidad manual lo
más probable es que hubiese acabado ardiendo estilo bonzo— ni me avenía a
romper mobiliario o amenazar físicamente a nadie (cierto día en que
«capturamos» a un miembro de la brigada social y lo encerramos en un
despacho, sufrí tanto como si el retenido hubiera sido yo). Yo sólo disfrutaba
polemizando y todo mi implacable radicalismo se limitaba a lo verbal, aunque
con docilidad resignada secundaba de vez en cuando acciones de mayor
compromiso físico. Varias veces, en diversas redadas, la policía me quitó el DNI
y tuve que ir a buscarlo a comisaría, con la zozobra propia del caso. Una de las
interpelaciones policiales más absurdas que padecí prueba el tamaño de mi
ingenuidad revolucionaria. Por las mañanas solía ir a la facultad en el coche de
mi padre, con cuyo joven chófer me llevaba muy bien, recogiendo de paso a
Eduardo Escartín y algún otro compañero. Siempre parábamos a cierta distancia
de la puerta de entrada, porque no está bien llegar a la revolución en limusina.
En una de las frecuentes ocasiones en que la universidad permaneció cerrada por
orden gubernativa y ocupada por tropas de «grises», se me ocurrió la idea
imbécil de aprovechar la suspensión de las clases para hacer prácticas de
conducir con mi amigo el chófer… justo por la invadida ciudad universitaria.
Arrancábamos, aparcábamos, dábamos vueltas a marcha lenta y naturalmente
resultamos enseguida de lo más sospechoso, así que nos dieron el alto. Otra vez
perdí el carné de identidad y además el de conducir, porque después de ese
incidente se me pasaron las ganas de obtenerlo y hasta la fecha he permanecido
desmotorizado: nunca sabré ya conducir… ni conducirme.
Mi primera y más larga detención ocurrió en enero de 1969, días después de
que mi amigo y compañero de colegio Enrique Ruano muriese en extrañas
circunstancias violentas cuando se hallaba en manos de la policía franquista.
Enrique era uno de los primeros de la clase en preuniversitario, rubio y sensible,
lleno de un nervioso humor: yo sentía gran afecto y admiración por él. Como
cursaba Derecho, tuvimos poca ocasión de vernos durante la carrera. Volvimos a
encontrarnos por casualidad en el 68, durante la tumultuosa y multitudinaria
conferencia que pronunció en el paraninfo de Derecho Jean-Jacques Servan-
Schreiber (J-J.S-S.), director de L’Express y flamante autor del best seller El
desafío americano. Por lo visto, Servan-Schreiber pretendía utilizar el
periodismo como trampolín para una carrera política a lo Kennedy, proponiendo
una revolución liberal en la burocrática Francia gaullista. Venir a España, y nada
menos que a la universidad, era un gesto calculado para reforzar su imagen de
paladín de una democracia capitalista pero moderna y abierta, tecnológica,
enfrentada por igual a las dictaduras de derechas y a las de izquierdas.
Había que echarle bastante valor al asunto porque los estudiantes
antifranquistas no éramos precisamente «liberales»… y Franco tampoco. No
había en el paraninfo de Derecho oídos propicios para el mensaje de J-J.S-S.,
bastante sensato en sí mismo pero imprudente en este lugar y en esta ocasión: le
veo en la memoria con una perspectiva cenital (yo estaba en las galerías más
altas de la enorme sala), encaramado a la mesa, en camisa y con un micrófono
que funcionaba intermitentemente en la mano, sobreactuando un poco el look
kennedyano, no tan joven —¡los jóvenes éramos nosotros, coño!— como
estereotipadamente juvenil. La gente le abucheaba, armaba follón, aprovechaba
para distribuir panfletos entre la concurrencia o recitarlos a gritos de memoria.
Le contradecían sin escucharle, le insultaban; finalmente terminaron por no
dejarle hablar y todo acabó como el rosario de la aurora. Si hubiera sido un
benefactor de la humanidad como Che Guevara o Lin Piao, seguro que le
hubiésemos tratado con muchísimo más respeto. Cuentan que al retirarse con
cierta precipitación del aula, donde había aguantado el tipo con bastante
gallardía más tiempo del pronosticable, el nuevo Jean-Jacques comentó —
decepcionado por no haber encontrado buenos salvajes entre nosotros— «¡así
que éstos son los jóvenes demócratas españoles!». Demócratas no, monsieur,
ojalá los hubiera habido en mayor número, sólo éramos antifranquistas
revolucionarios que no soñaban con el progresismo ilustrado sino con un mundo
sin Dios ni Amo… es decir, sin Franco. Para comprender que sólo la democracia
es verdaderamente revolucionaria y emancipadora aún nos faltaba bastante
trecho. Algunos todavía están en camino…
Como llegué tarde, me tocó localidad de gallinero y oía mal la trifulca, debí
de ser de los primeros en desconectar de la tragicómica aventura de J-J.S-S.
Empecé a vagar por las alturas del paraninfo, entre gente que chillaba y reía
mientras los más concienzudos pedían inútilmente silencio; nunca perdía la
esperanza de encontrar alguna alma gemela o por lo menos complaciente en los
zafarranchos políticos (hubo manifestaciones en las que además de porrazos
alguacilescos me gané algún gratificante ligue). Entonces me encontré con
Enrique Ruano, tan desatento y desatendido como yo mismo. Fue un alegrón.
Nos sentamos en el alféizar de una de las ventanas superiores y cotilleamos un
poco, jocosamente, sobre lo que nos rodeaba. El ambiente no era precisamente
propicio para la charla distendida, así que quedamos para unos días después en la
terraza del café Lyon, frente al Retiro. Allí compartimos unas cervezas y
pasamos revista —no exclusiva ni especialmente política— a nuestras vidas. El
tono fue optimista, nostálgico pero esperanzado: sin saber bien por qué,
sentíamos que había empezado algo vigoroso, irresistible, una gran ola que había
de llevarnos a una playa libre y soleada. Éramos muy jóvenes, teníamos bastante
menos edad de la que hoy tiene mi hijo. Al darnos el abrazo de despedida
hicimos esa cosa terrible que solemos hacer los hombres, como si fuésemos
dueños del tiempo y del destino: nos prometimos volver a vernos pronto. Pero ya
no habíamos de tener ningún «después» juntos y nuestros «después» por
separado —tan corto el suyo, tan largo aún el mío— no habían de parecerse en
nada a lo que creíamos vislumbrar.
Unos meses después, la policía detuvo a Enrique, sospechoso como
cualquiera de nosotros de formar parte de algún grupo «subversivo». Tras un
interrogatorio que prefiero no imaginar le obligaron a conducirles a un piso que
compartía con otros compañeros, en la misma calle General Mola donde yo vivía
con mis padres. Buscaban propaganda, multicopistas, yo qué sé. Dicen que en un
descuido de los sicarios intentó huir, esposado como estaba, y se cayó por el
hueco de la escalera. Entonces no era infrecuente este tipo de accidentes fatales,
en comisarías o durante los interrogatorios. Creo sencillamente que, de un modo
u otro, le mataron. Cuando supe la noticia, por un telefonazo de otro compañero
del colegio, sentí que allí acababa la larga despreocupación de mi infancia. Al
día siguiente el ABC de Torcuato Luca de Tena publicó un reportaje repulsivo,
en el que incluso manipulaba el diario de Enrique, tratando de convertirle en reo
de las malas compañías y de su sentido de culpa, llegando hasta insinuar oscuras
tramas homosexuales… todo ello acompañado de un editorial campanudo, como
era marca de la casa, titulado: «Víctima sí pero… ¿de quién?». Para mí y para
muchos otros, no había duda de quiénes eran los verdugos. Hasta entonces yo
me había mezclado en manifestaciones y algaradas casi como por juego, pero en
los días sucesivos me lancé a fondo, entenebrecido por la cólera y la amargura.
Paramos las clases en la universidad y conseguimos hacer una manifestación
enorme, feroz, por la calle Princesa, en nuestro «barrio latino» madrileño.
Queríamos a toda costa romper la paz de los asesinos y de sus cómplices, la
modorra tibia y conformista en cuya putrefacción hundía sus raíces la dictadura
desde hacía tantos años. Pocos días después, a finales de enero del 69, el
franquismo decretó su primer estado de excepción desde la guerra civil.
Esa mañana estuve en la facultad, deambulando por los pasillos en busca de
compañía y complicidad activa: pero reinaba el miedo. Me encontré con uno de
mis profesores, Rafael Calvo Serer, que por entonces ya formaba parte de la
fracción antirrégimen del Opus Dei. Me llamó aparte y me comentó, con su
habitual tono algo conspiratorio: «Savater, yo que usted no dormiría esta noche
en casa». Luego se encogió de hombros, como indicando que él ya no podía
hacer más por mí; por mi parte, me abstuve de preguntarle qué información
precisa tenía acerca de lo que me amenazaba y a qué fuente la debía. Nadie sabía
muy bien lo que significaba exactamente un estado de excepción dentro de una
dictadura que ya era, por su misma naturaleza, una suerte de estado de excepción
política que duraba más de treinta años. Nada bueno para los levantiscos como
yo, desde luego. Por primera vez sentí de veras que la torpe y maloliente
maquinaria represiva se había puesto en marcha directamente contra mí: hiciera
lo que hiciese a partir de ese momento, mi nombre y dirección ya figuraban en
alguna lista fatal. Con un candor absurdo, corrí a la academia de Agustín, quizá
en busca —como diría el tango— «de un pecho fraterno para morir abrazao».
Pero la calle Desengaño hizo de nuevo honor a su nombre y encontré la sede
cerrada, cosa sobradamente lógica si se tiene en cuenta que la mayoría de
quienes la frecuentaban estaban políticamente más comprometidos que yo. Casi
todos los demás agustinos venían de fuera de Madrid y vivían en pisos
compartidos, llamados con cierto optimismo «comunas»: estaban más o menos
acostumbrados a la rotación domiciliaria, no eran burgueses hijos de familia con
hogar entusiásticamente fijo y padres insoslayables, como era mi caso. Tras
haber llamado infructuosamente a la puerta de la academia cerrada, bajé
caminando por Gran Vía, rumiando la agria desazón. Entonces me abordaron
dos tipos chulescos. ¡Ah, canallas! Dos sayones, dos prepotentes golfos con
placa de nuestra subgestapo local. Yo no les conocía a ellos, pero ellos me
conocían a mí y me trataban con pringosa familiaridad. «¡Qué! —dijeron, entre
risitas—. No hay nadie en la academia, ¿eh? ¡Te han dejado solo! Pues no te
preocupes, que pronto iremos a hacerte compañía para que no te aburras…». Así
dijeron y se marcharon dándose codazos y carcajeándose. Mi incurable alma
novelera identificó enseguida el mensaje: ¡me habían dado la «mota negra»,
como a Blind Pew! ¡La señal que envían los piratas a quien van a liquidar! Ya no
cabía duda sobre lo que me esperaba.
Entonces volví a casa. Sí, a mi casa, amistosa y confortable, forrada de
amorosa comprensión. ¡No me moverán! O, por lo menos, no me echarán de
casa ni me exiliarán de mi costumbre. Prefiero que me rapten a mí a que me
hagan renunciar voluntariamente a lo mío. ¡Qué agradables me parecieron los
viejos muebles, los bobos banderines que decoraban la pared del cuarto, las
siluetas de don Quijote y Sancho en eterna búsqueda de gigantes disfrazados de
molinos! Encontré a mi madre, más lista que el hambre, bastante intranquila.
Procuré calmarla con alguna broma, con las pocas bromas que pueden hacerse
con un nudo en la garganta. Luego le dije que si alguna vez me pasaba «algo»,
por ejemplo que me llevaran a «algún sitio», me gustaría que ella procurase
hacerme llegar determinado libro, que dejaba por si acaso sobre mi escritorio:
era el tomo de obras selectas de Spinoza en francés, editado por La Pleiade y
presentadas por Roland Caillois. No había tenido aún tiempo para leerlo, pero
quizá ahora… No hizo falta más, ella como siempre lo entendió todo. Cenamos
rutinariamente, algo más serios que de costumbre pero procurando no inquietar a
mi padre (¡su angustia, su fatigado corazón!) e incluso creo que vimos un rato la
televisión. Cuando me fui a mi cuarto, al pasar por el vestíbulo, me encontré la
foto de Franco desenterrada del cajón en que habitualmente dormía. Ahora
estaba en plena majestad sobre la cómoda, frente a la puerta principal, como una
especie de detente-bala. Mamá pensaba en todo, hasta en lo ridículo, bendita sea.
Ya en la cama, según una costumbre que nada ha logrado nunca alterar —ni los
coitos más salvajes ni las amenazas policiales— me entretuve leyendo un rato.
Estaba a la mitad de El unicornio, la estupenda novela de Manuel Mújica
Lainez, que me iba gustando aún más que Bomarzo. Después, durante casi un
mes de interrupción, soñé en varias celdas con el caballero cruzado Ozil de
Lusignan y con el hada Melusina enamorada de él que le siguió hasta Tierra
Santa encarnada en un cuerpo varonil, por arte burlona de la brujería. Poco más
tarde apagué la luz y me dormí beatíficamente. Así estaba, profundamente
dormido, cuando a las dos de la madrugada mi madre me despertó para
anunciarme que la policía había venido a buscarme. «¡No son horas!», repetía,
mientras agitaba con la vista la foto de Franco que no parecía impresionar lo más
mínimo a mis raptores. Pero sí, ésa era precisamente la hora, la hora de la
dictadura, la temblona hora del alba en que cuando llaman a la puerta no es el
lechero.
La Dirección General de Seguridad, en su vieja sede de la Puerta del Sol,
estaba tan animada como en nochevieja. Los detenidos éramos más de cien,
todos jóvenes universitarios. Para comenzar, nos almacenaron en un par de
celdas grandes, ya abarrotadas previamente de presos comunes. De momento no
había colchonetas ni mantas para pasar la primera noche. Yo me acurruqué en un
rincón, entre los pies de quienes iban y venían nerviosamente, charlando,
soltando tacos catárticos. Al rato alguien me dio una patada cariñosa: me había
quedado dormido… ¡y para colmo estaba roncando! Comprendo que es un
auténtico escándalo, pero soy como los niños pequeños también en eso: cuando
me aburro, me asusto o estoy triste, mi defensa es quedarme plácidamente
dormido. Si mañana van a fusilarme, que por lo menos me coja descansado… Al
día siguiente, nos metieron de tres en tres en celdas pensadas todo lo más para
dos personas. Cuando unos se tumbaban, los otros tenían que permanecer en pie.
Poco a poco, lentísimamente, nos iban subiendo a los despachos de la policía
social para tomarnos declaración. Uno de los primeros en subir fue José Mari
Mohedano, el combativo delegado sindical de Derecho, al que bajaron luego en
no muy buen estado: le habían zurrado, lo que no contribuyó a animarnos a los
que esperábamos turno. Pero José Mari no perdió por eso el entusiasmo
subversivo y procuraba aliviar las magulladuras cantándonos coplillas
revolucionarias cubanas: «vino Fidel y mandó parar», etcétera. Otro de los José
Maris de nuestra compañía era Gómez Santander, el delegado de Arquitectura,
que volvió del interrogatorio muy conmovido porque había podido ver
fugazmente a su mujer: «¡Estaba allí, toda guapa, pobrecilla!». Consiguió que le
envidiásemos. Y luego me tocó a mí.
Me interrogaron sin crueldad y la verdad es que sin tampoco demasiado
interés. Había uno que me repetía «ya ves que al final te hemos cogido», como si
me hubiesen perseguido diez años a través de tres continentes. Me preguntaron
por nuestras concentraciones y asambleas de facultad, a las que yo reconocí
asistir ocasionalmente pero por simple curiosidad. Por supuesto no sabía quién
las convocaba ni el nombre de los que hablaban en ellas. «Pues mira —me dijo
el que llevaba la voz cantante—: aquí tenemos declaraciones de varios
compañeros tuyos comunistas asegurando que las organizas tú». Me pareció
bastante lógico que los comunistas, apretados brutalmente a señalar a alguien,
prefiriesen dar el nombre de un ácrata incordiante que el de sus camaradas.
Aprendí a continuación que mis apodos policiales eran «el Foca» y «el Gorrión»,
ambos inspirados en mi raro tic de lanzar la cabeza hacia arriba y hacia atrás, en
el primero de los casos completado el parecido por un bigote bastante pinnípedo
que lucía a la sazón. En fin, resultó evidente que me tenían por un comparsa
nada más, asiduo en todos los fregados pero poco relevante a efectos
subversivos. Meses más tarde, un pariente lejano con conexiones
gubernamentales tuvo acceso a mi ficha y me contó que en ella figuraba el
siguiente título de infamia: «anarquista moderado». Asombrado ante tan rotundo
acierto, debo admitir que —tal como suelen decir los propios interesados— «la
policía no es tonta», aunque a veces se distraiga un poco.
Volví a descender a la celda tras firmar una declaración que no me pareció
demasiado comprometedora. Los «grises» que me acompañaban se interesaban
solícitos por mi estado: «¿qué te han hecho ésos? ¿Te han zurrado?». Les
transmití un parte médico absolutamente tranquilizador. Nada más llegar a la
jaula tuve que volver a salir, porque estaban repartiendo bolsas de comida que
nos enviaban nuestras familias. Al revisar la mía, el guardia encontró un
bocadillo de contenido anómalo. «Y esto ¿qué es?», me preguntó, abriendo las
dos mitades del panecillo para enseñarme una pechuga de tono oscuro. Le
comenté con toda sinceridad que parecía perdiz. «¿Perdiz? ¿Y por qué te mandan
un bocadillo de perdiz?». Me encogí de hombros, ya que se trataba de una
historia larga y entrañable que no parecía oportuno ponerse a contar. Mi padre
tenía un amigo cazador que a veces nos enviaba perdices, con sus perdigones
dentro y todo (el que encontraba uno lo celebraba como si fuese la sorpresa del
roscón de reyes). A mí me gustaban muchísimo, como cualquier cosa que
pudiera masticarse y tuviera cierto aire exótico. Días atrás habíamos recibido tres
y quedaron colgadas en la alacena para que se pasasen un poco. Por lo visto ya
las habían preparado y mi madre no consintió que yo, el prisionero, me quedase
sin mi pechuga correspondiente. Degusté el insólito bocadillo (que resultaba por
lo demás algo seco) atragantándome con la dulzura emocionada de saberme
recordado y querido… a pesar de llevar ya casi veinticuatro horas en chirona.
Estuvimos tres días más en la Puerta del Sol, crecientemente incómodos por
nuestro hacinamiento, sin comunicar con la familia ni con abogados, esperando a
cada momento (por lo menos yo) que nos dijesen que ya podíamos volver a casa.
Al final del cuarto día nos trasladaron a la cárcel de Carabanchel. La impresión
de atravesar Madrid de noche en furgón policial me resultó excitante: al otro
lado de la ventanilla enrejada, los coches de la gente supuestamente libre hacían
sonar impacientes sus bocinas mientras a la entrada de los cines en la Gran Vía
se agolpaban los despreocupados. Pero sólo nosotros, los presos, al margen de la
realidad oficial y de la vida común, éramos auténticamente reales y estábamos
fieramente vivos. Me sentí desdichado e importante —lo segundo por lo primero
— como un héroe de lord Byron. Cosas de críos. Si Kant, Burke y otros
tratadistas de las emociones estéticas no yerran, el espectáculo de lo sublime
impresiona sin dejar de estremecemos, aunque nos resulte poco confortable: en
línea con tan sabio criterio, a mí la cárcel de Carabanchel se me antojó aquella
noche sublime. El inmenso vestíbulo, con las altas galerías que confluían
circularmente en el recinto central encristalado, los sonidos metálicos que
retumbaban en las bóvedas desoladas, las luces excesivas, inquisitivas,
acusatorias… puro Piranesi modernizado. El módulo tubular que formaba el
corazón del espacio penitencial se estratificaba en diversos niveles: arriba, la
sede de los guardianes, con su perspectiva panóptica; debajo, las oficinas y los
archivos; en el primer piso inferior, la capilla; y por último, en lo más hondo, la
sala del garrote vil donde se llevaban a cabo las ejecuciones. Toda una metáfora
del poder tal como yo me lo temía, una maqueta de la dictadura. Pero algo digno
de ser contemplado, en aquella noche helada de finales de enero. Por una parte,
yo habría querido estar tranquilito en casa, viendo Perry Mason o El fugitivo en
televisión; por otro lado, el thriller que me estaba tocando vivir tampoco carecía
de cierto encanto sombrío…
Las pesadillas son insoportables porque parecen reales pero no lo son; creo
en cambio que la realidad siempre es soportable, aunque parezca una pesadilla.
Lo peor de todo son los malos sueños, las expectativas ominosas. Cuando
finalmente me ha llegado lo que más temía, siempre me las he arreglado con
ello: su propia presencia incontrovertible supone ya un cierto alivio, porque por
malo que sea nada de lo que es puede ser más que lo que es. Obviamente, ir a la
cárcel no es lo peor que puede a uno pasarle aunque recomiendo a quien quiera
escucharme que procure evitarlo.
Nos distribuyeron de tres en tres por las celdas, en las que hacía un frío
siberiano porque las altas ventanas tenían los cristales rotos: vi congelarse el
agua de un vaso puesto cerca de una de ellas. Mientras nuestro grupo de
réprobos subía apelotonado la escalera, acarreando cada cual su colchón y su
manta, yo farfullaba en voz baja nerviosas cuchufletas para animarme y animar a
los compañeros. A cada orden que gritaba el guardián, siempre le ponía entre
dientes la misma apostilla: «Sí, lo que usted diga, sahib, pero no tire, eh, no
tire…». Algunos me hacían coro también pianissimo, y nuestras risitas
impacientaban a los vigilantes. Me tocó compartir celda con Manolo García
Guerra, de la facultad de Medicina, y Julián Mesa, psicólogo. En una jaula
contigua estaba el luego excelente novelista Manuel de Lope. De la primera
noche en Carabanchel recuerdo sobre todo los toques de corneta, el de retreta y
la diana. Mucho después de salir de la cárcel me despertaba a veces en la
oscuridad del dormitorio y me parecía oír los rumores característicos de la
prisión, magnificados por el eco: entonces esperaba conteniendo la respiración la
llamada del cornetín.
A la mañana siguiente pasaron revista y me gané la primera bronca al no
levantarme de la cama sobre la que estaba sentado cuando llegó a nuestra puerta
el funcionario: como aún no había hecho la mili, nada sabía de las ceremonias de
ordenanza, pero mi gesto se interpretó como empecinamiento en la rebeldía.
Julián, el psicólogo, era partidario de la terapia ocupacional y me convenció de
que una limpieza a fondo de nuestro encierro reforzaría nuestra autoestima. A
ello nos pusimos, yo con un denuedo tan grande como mi torpeza pero que me
servía al menos para entrar en calor. Manolo se mostró en cambio mucho más
escéptico; seguía tumbado en la litera superior, sin quitarse el abrigo con el que
había dormido y envuelto en su manta, comentando derogatoriamente nuestro ir
y venir higiénico: «Es inútil que os esforcéis, limpia tampoco me va a gustar».
Hace pocos años, tras una conferencia en un colegio mayor, se me acercó un
buen mozo y se presentó como el hijo de Manolo García Guerra. Tenía la edad
del mío. Me alegró saber que mi compañero de cautiverio era un reputado
médico, creo que en Zaragoza. Luego el chico añadió: «Mi padre siempre nos
cuenta cuánto les hacías reír en Carabanchel». He recibido muchos más elogios
de los que merezco o puedo sensatamente creerme, pero ninguno me ha
enorgullecido tanto como éste.
Entre nosotros corrían rumores absurdos, propio de quienes tienen mucho
tiempo libre y ninguna información fiable. Uno de ellos aseguraba, nada menos,
que habían detenido a Blas Piñar y a un grupo de ultraderecha que se dirigía
hacia la cárcel para darnos el «paseo»… Para soportar el encierro yo tenía a mi
favor una fisiología impermeable a las adversidades: dormía como un ceporro en
cuanto se apagaban las luces e incluso a veces me echaba una siestecita; también
era capaz de defecar regular y estruendosamente en el retrete de la celda,
mientras mis resignados compañeros miraban por la ventana y hacían
comentarios no siempre amables sobre mi vehemencia intestinal. La cual no
dejaba de tener mérito, pues hubo quien no cagó hasta un mes después de entrar
en Carabanchel. En lo tocante a la comida, comprobé la verdad de una
observación que hace Stevenson en Master of Ballantrae: los escrúpulos
alimenticios se deben mucho más al carácter que a la finura del paladar, de modo
que personas acostumbradas a comer exquisiteces se avienen perfectamente a
devorar bazofia en caso de necesidad mientras que otros de hábitos más
humildes son incapaces de tragar bocado en condiciones poco favorables a los
melindres.
Mientras haya rancho, no soy desde luego de los que se dejan morir de
hambre; pero para salvarme del rancho estaba precisamente el celo protector de
mi madre. Su primera visita me causó a la vez la más tierna dicha y la mayor
angustia: en realidad era el momento que realmente más temía desde que fui
detenido. A pesar del apretón en la garganta, salí con bien del encuentro, en el
que ella estuvo como siempre perfecta, a la vez comprensiva y enérgica, llena de
toques de sabiduría práctica, desenvolviéndose entre los funcionarios como si en
su vida no hubiera hecho otra cosa que visitar presos. Me trajo ropa de abrigo,
queso en porciones, embutidos de los que me gustan, alguna lata de conservas
fácil de abrir (no ignoraba mi torpeza manual con los abrelatas), chocolate y
tabaco. Tampoco se olvidó de la Ética de Spinoza, aunque el libro me lo dieron
días después porque tuvo que pasar el preceptivo examen de censura. Aún
guardo dentro de mi ejemplar el papelito con el nihil obstat del maestro y del
capellán de la prisión. Allí aprendí que «el júbilo (hilaritas) no puede ser
excesivo, sino que es siempre bueno; la melancolía, por el contrario, es siempre
mala» (Parte IV, proposición XLII).
Como los universitarios llegamos todos juntos de un día para otro, nos
encerraron donde pudieron y compartíamos galería con los presos comunes. Para
algunos de éstos supusimos una especie de maná, porque teníamos dinero y
pagábamos precios disparatados por cualquier pequeño servicio o mercancía que
nos ofreciesen los inquilinos más veteranos. Comprobé que muchos de tales
supuestos «delincuentes» no eran en realidad más que desdichados con alguna
tara o deficiencia mental y mucha miseria encima: uno, al que llamaban «la
Moto», profería sin cesar una especie de ronquido interminable que resonaba
patéticamente a lo largo de celdas y pasillos. Sin embargo el sueño de la mayoría
de los compañeros era que nos trasladasen a la sexta galería, donde estaban los
presos políticos, algunos de ellos tan prestigiosos como Marcelino Camacho o
Julián Ariza. En realidad allí había representantes de todas las corrientes
políticas, comunistas, socialistas, democristianos, anarquistas… todas las
variedades menos nacionalistas vascos. Por lo visto el PNV había decidido
echarse una próspera siesta entre la rendición de Santoña y la muerte de Franco,
para luego volver al ruedo conspiratorio cuando las circunstancias democráticas
lo hiciesen más seguro. Entre nosotros se debatió largamente hacer un plante
para que nos llevasen a la sexta. En principio no me parecía mal, porque siempre
tendríamos allí más conocidos que entre los demás reclusos, pero me fastidiaba
que se tratase de introducir un criterio de superioridad moral para justificar ese
agrupamiento. «Nosotros hemos actuado en beneficio de los demás y ellos sólo
en provecho propio», me argumentaron para convencerme. Por el contrario, yo
tenía clarísimo que lo (poco) que había hecho lo llevé a cabo pensando en mi
propio beneficio, en el cual incluía las libertades que anhelaba y el afán cabezota
de que los tiranos no se salieran con la suya. Mucho más adelante escribí un
libro titulado Ética como amor propio, tratando de argumentar la postura que
entonces sólo adopté por intuición visceral. El plante se llevó a cabo sin
demasiado éxito poco después, pero yo ya no estaba entre la turba de estudiantes
revoltosos. Se me había recrudecido una fístula anal que padecía desde la
infancia (de la que no me decidí a operarme hasta pasados los cincuenta) y fui
llevado a la enfermería de la prisión, donde habían de transcurrir las dos últimas
semanas de mi encierro.
En la enfermería contábamos con algunas comodidades nada desdeñables:
para empezar hacía mucho menos frío y dormíamos en camas de verdad, en las
que podíamos permanecer tumbados tanto como quisiéramos. La atención
médica la dispensaba un viejo doctor condenado por practicar abortos, con aire
bondadoso y absorto de borrachín crónico. La misma tarde que llegué, encontré
allí algo aún más precioso que la calefacción o la cama: el primer periódico que
veía en semanas. Aunque era de varias fechas atrás y tenía páginas arrancadas
por los censores, me arrojé sobre él con verdadera avidez. Nada más abrirlo,
tropecé con un titular desolador: «Ha muerto Boris Karloff». Hasta ese momento
había soportado con bastante entereza mi detención, a pesar de sus ominosas
incomodidades y de no tener ni idea de cuándo podía terminar (quizá
desembocaría en un juicio con un tribunal tan «de excepción» como el resto de
nuestro Estado); aún más difícil, sobrellevé gallardamente el reencuentro con mi
madre, la preocupación por la salud de papá, la nostalgia de mis hermanos…
pese a no haber estado nunca todavía forzado a pasar tanto tiempo lejos de mi
familia y de mi casa, sin duda lo que más contaba en mi vida. Pero la noticia de
que había muerto el viejo y entrañable monstruo cinematográfico me provocó
una especie de colapso sentimental; representaba para mí el crepúsculo de los
espectros imaginarios, deliciosamente estremecedores, con los que me entretenía
Orencio mientras me cortaba el pelo en mi hogar donostiarra. Había llegado la
hora de otros seres mucho más tenebrosos y menos románticos, en cuyas garras
había caído quién sabe hasta cuándo. Me eché a llorar y pasé buena parte de mi
primera noche entre recuperadas sábanas limpias sollozando.
A la mañana siguiente apareció por la enfermería Marcelino Camacho, al
enterarse de que allí había dos estudiantes de los detenidos la noche del estado
de excepción (el otro era un chaval que no pasó por la galería, quizá por algún
tipo de recomendación de las que tan útiles resultan en esos casos). Camacho
estuvo muy amable y nos trajo naranjas; daba la impresión de moverse por
Carabanchel como si fuera el alcaide. Hablamos un poco de la situación, de la
necesaria alianza de las fuerzas de la cultura y del trabajo y nos dio noticias
alentadoras sobre la revolución en marcha, porque según él se estaban
sublevando zonas de Vallecas que peleaban contra las huestes de Darth Vader
casa por casa. Ninguno nos lo creíamos demasiado pero era de agradecer la
buena intención. Otro de los pensionistas curiosos que se alojaba en una
privilegiada celda individual cerca de la enfermería era un extranjero
(¿marsellés, italiano?) de aspecto elástico y fornido, con bigote de mosquetero:
un perfecto pirata. Crucé algunas palabras en francés con él y le hice pequeños
favores, como guardarle la fruta del desayuno, porque solía levantarse tarde. Me
contaron que era un pez gordo de la mafia en espera de extradición; cuando le
cogieron, se encerraron con él varios policías dispuestos a apretarle las clavijas
hasta que cantase lo muchísimo que debía de saber, pero les desanimó
comentando sin perder el aplomo que —por encarcelado que estuviese— no le
sería difícil mandar liquidar a quien se propasara con su persona. A partir de ese
momento disfrutó de un trato exquisito. Puede que todo esto fuese también
leyenda, pero la verdad es que me lo encontré en la calle Goya de Madrid, meses
después de salir de Carabanchel. Estaba yo comprando tabaco en un quiosco
cuando escuché un ligero siseo y al levantar la vista le vi cerca de mí, sonriendo
y guiñándome un ojo. Luego desapareció.
Los de la enfermería compartíamos el recreo con los chicos del reformatorio,
no mucho más jóvenes que nosotros. Una mañana se me acercó uno, de unos
dieciséis o diecisiete años: escuchimizado, con una bufandilla raída al cuello y
ojeras viciosas en su carita agraciada. Había sustraído una moto para dar una
vuelta con la novia cerca de la plaza de las Ventas y luego, imprudentemente,
volvió a devolverla al mismo sitio, donde le esperaban el dueño y los guardias.
Llevaba meses encerrado, pero ya había aprendido algunas tristes habilidades.
Por un precio módico hacía ciertos servicios: me enseñó un papel muy sobado en
el que figuraban sus tarifas por chuparla, menearla, etcétera. No, en la cárcel se
castiga pero no se reeduca a los adolescentes: más bien se les sella para siempre
con la impronta de la marginación y la ilegalidad. En aquel momento me prometí
a mí mismo que cuando saliera de allí, porque repentinamente noté con íntima
certeza que saldría y más pronto que tarde, nunca olvidaría lo que había visto ni
dejaría de luchar por humanizar la suerte de quienes se ven atrapados en esa
cruel trituradora social. En la medida de mis posibilidades, creo haberlo
intentado.
Quince días después ya estaba fuera (sin juicio ni más explicaciones) y me
reuní subrepticiamente con Agustín García Calvo: nos citamos en un cine en el
que estrenaban La semilla del diablo, que a mí me entusiasmó (sigue siendo una
de mis películas favoritas) y a él creo que le gustó algo menos. Nos despedimos
para una larga temporada, porque Agustín estaba a punto de fugarse a París y yo
iba a verme sin pasaporte durante más de dos años. Después… Salí de
Carabanchel, pero una vez que se ha estado en la cárcel nunca se sale ya del
todo. Durante largo tiempo, al menor descuido, me encontraba pensando que se
acercaba la hora del recuento… Una vez, no hace mucho, me preguntaron cómo
veía mi trayectoria política y repuse que había sido un izquierdista sin crueldad
que aspiraba ahora a convertirse en un conservador sin vileza. Pero para eso
antes hace falta lograr que se instauren instituciones dignas de ser conservadas:
la cárcel, tal como yo la conocí, no figura desde luego entre ellas.
24

EMBRIAGUEZ

Dijo el agua que el vino hacía hablar en vano a los hombres, y dijo el
fuego que las bestias meaban agua.

RAMÓN LLULL

U na de las señales inequívocas de que uno ofrece ya un aspecto


irremediablemente sénior es que los puritanos comienzan a telefonearme
para que confirme sus puntos de vista. La cosa debería quizá divertirme, pero la
verdad es que me deprime. Si hay algo que no quisiera parecer nunca es
«respetable», en su acepción habitual que significa «prócer con arteriosclerosis,
estreñido y sermoneador». Prefiero de largo ser «viejo verde» o aún mejor, viejo
verde a ratos, a ratos rojo e incluso ámbar, es decir un viejo-semáforo. Cuando
suena el teléfono y una voz respetuosa me tantea: «Usted, como profesor de
ética…», me muerdo la lengua para no aclararle que los profesores de ética rara
vez resultamos ejemplos de ella (por lo general somos bigamos o pederastas y
robamos cucharillas de plata las pocas veces en que los potentados nos invitan a
sus casas a tomar el té), pero sobre todo nunca, absolutamente nunca, debemos
ser guardianes de los prejuicios. Hace poco, una señora me contó con cierto
reproche que su hija de quince años se había decorado el pelo con una mecha de
color malva, para escándalo de la familia y las monjas del colegio; cuando
llegaron las regañinas, la chica se defendió con no sé qué cita de mi Ética para
Amador. Quedé muy satisfecho de esa atenta lectora porque comprendió que el
sentido de la ética es hacer más intenso nuestro proyecto de libertad, no
mutilarlo.
Y sigue la consulta: «¿Qué opina del uso de drogas entre los jóvenes; o de
que se emborrachen los fines de semana en la vía pública?». Una vez, durante
una visita formal a un colega en la Universidad de Kioto, se me preguntó qué
sentía yo al ver que ahora los adolescentes se besan y manosean sin recato ante
sus mayores, a lo que contesté con absoluta sinceridad: envidia. Respecto al
tema del uso de sustancias nefandas no puedo ser igual de tajante, pero sería un
desvergonzado si a estas alturas engrosara el batallón de los abstemios o, aún
peor, de los misioneros de la abstinencia: porque a lo largo de los años he usado
—y con frecuencia abusado— de casi todo lo que estimula, marea o alucina y
hoy mismo sigo sin hacer ascos a líquidos y humos que los respetables suelen
poner en entredicho. De modo que a lo más que puedo llegar sin hipocresía es a
recomendar tiento con la cantidad y precaución con la calidad de lo que se
consume. Lo demás me parecen monsergas.
Los seres humanos no sólo somos conscientes, sino que también tenemos
consciencia de ser conscientes: el ámbito de lo que experimentamos es resultado
de las necesidades pero además campo de juego. Sentimos curiosidad, con una
mezcla de temor y placer, por cuanto puede alterarnos, es decir, en el sentido
más amplio del término, por todo lo que nos produce embriaguez. Desde el vino
peleón y las montañas rusas hasta los lieder de Schubert… Por lo demás,
algunos animales superiores parecen compartir esta inclinación: los elefantes se
cogen grandes trompas a base de frutas fermentadas y hay tiburones que buscan
en cuevas marinas corrientes cuya turbulencia les resulta estupefaciente…
Buscar lo que altera la percepción con el fin de exaltar o amortiguar el ánimo
consciente es una parte insoslayable de la evolución de la consciencia. Noticia
inquietante para los capataces preocupados de nuestra productividad a ultranza y
para los guardianes del orden público, pero qué le vamos a hacer. Durante la
adolescencia y juventud la tendencia a jugar a embriagarse es especialmente
apremiante; luego se sosiega en parte para regresar de nuevo en la vejez, aunque
con un sesgo más compensatorio: lo que fue juguete se convierte en prótesis.
Aquellos que prohíben ciertas embriagueces no hacen más que fomentar otras…
y en ocasiones, como se ha visto, contribuyen a hacer más caro e irresistible lo
prohibido.
Aunque todos amamos embriagarnos (sea de vino, de nubes o de poesía,
como cantó Baudelaire) parece prudente e higiénico que cada cual determine
cuál es el tipo de embriaguez que resulta más adecuado a su carácter y más
compatible con el resto de los objetivos de su vida. Cuando se es joven, existe el
peligro de caer en la trampa de la fanfarronería competitiva: a ver quién aguanta
más, durante más tiempo y más veces. ¡A ver si te atreves! Los jóvenes (machos,
sobre todo) aman la excitación de la vida más que a sí mismos. En esto por lo
menos fui desde el principio relativamente cauteloso: siempre me he tenido por
un instrumento de precisión que hay que manejar con cuidado y guardar
convenientemente en su funda después de usarlo y no por uno de esos
ejemplares de serie a los que se somete a todo tipo de bárbaras ordalías para
probar la resistencia del producto, intercambiable por cualquier otro cuando se
descacharra. Tengo la suerte de comenzar a disfrutar pronto, de modo que no
necesito buscar para el goce el acicate de estados preagónicos. Respeto a los
mártires del hedonismo que se maltratan pero procuro salir de puntillas del
parque temático en cuanto empieza a convertirse en cámara de torturas. No me
guardo animadversión y repito gustoso hasta cuando nadie me escucha la
plegaria de Groucho Marx: «Cuídame, porque soy lo único que tengo». Como la
vida es más bien trágica, tenía razón Aristóteles insistiendo en la importancia
central de la prudencia. Es verdad, muchos se han matado, se matan y se matarán
por medio de drogas, prohibidas o no: pero otros muchos logran el mismo
resultado con la religión, la política, el sexo, el alpinismo… o el trabajo, nada de
lo cual está prohibido. Las prohibiciones no salvan a nadie de sí mismo, sólo
sirven para aumentar los riesgos y los precios. Que yo sepa, nadie ha presentado
una querella contra su oficina o contra el Papa por haberles destrozado la vida,
como hacen algunos fumadores hipócritas (o sus aprovechadas familias) contra
las tabaqueras que les han perjudicado… ¡sin su consentimiento!
De modo que es muy aconsejable que cada cual llegue a determinar las
sustancias que le son más favorables, es decir, aquellas que le dan más y le
exigen menos. El alcohol y el tabaco han sido las mías. Empecé fumando en
pipa, la cual —por influencia de Bertrand Russell— me parecía de chaval casi
una herramienta profesional del filósofo. Como objetos las pipas me encantan
pero utilizarlas cotidianamente resulta engorroso para alguien nervioso y
descuidado como yo. El paso por la cárcel (lugar poco adecuado para la pipa,
salvo en el caso de condenas muy largas) me hizo pasarme a los cigarrillos,
siempre fuertes y negros, empezando por los «Habanos» que se decían
elaborados con tabaco de la vega de Vuelta Abajo. El defecto de los pitillos es su
carácter serial y repetitivo: con ellos sólo se puede variar la dosis, nunca la
modalidad. De modo que finalmente recalé en los cigarros puros, con cuyos
tamaños y calidades puede jugarse casi indefinidamente según lo aconsejen las
fases de la luna o del ánimo. Sin embargo, nunca he dejado de tener alguna pipa
vacía a mano mientras escribo, para sobarla y ponérmela entre los dientes de vez
en cuando.
Dentro de cada vicio también hay ocasión de desarrollar vicios más
especializados: además de los cubanos, monarcas indiscutibles del humo
aromático, mi capricho culpable son los puros toscanos, nudosos y acres como
viejos lobos de mar. También le gustaban a Stendhal, lo cual es toda una
recomendación, pero la gente suele huir cuando uno los enciende en público.
Hace muchos años, en los comienzos de la posdictadura, fui invitado a un
programa literario de televisión dirigido por Fernando Sánchez Dragó, con quien
siempre he tenido buena química. Entonces los fumadores no estábamos
perseguidos por las fuerzas de la ley y el orden, por lo que era frecuente ver a un
entrevistado disfrutar de un pitillo ante las cámaras. Yo estaba recién llegado de
Italia y en medio del sesudo coloquio —había otros tres o cuatro invitados—
encendí uno de mis contorsionados toscanos, le di un par de chupadas y luego,
como al desgaire, se lo pasé a Fernando. Sin perder el hilo de la charla ni mostrar
la menor extrañeza, Fernando aspiró una buena bocanada y me devolvió la
tagarnina. Seguimos el juego hasta el final del programa con perfecta
naturalidad. Pero, tal como la playa, también la moral pública tiene sus
vigilantes: fuese por lo raro del cigarro o por lo sugestivo de nuestro toma y
daca, lo cierto es que el programa de marras jamás pudo ser emitido.
Y el alcohol, ah, gran cosa el alcohol. Aunque, como muy bien puntualizaba
un amigo mío cuando le predicaban sus peligros, yo nunca he bebido «alcohol»:
siempre he preferido el vino, el whisky, la cerveza, la ginebra, el tequila, etcétera.
Sería ingrato no reconocer que me he pasado buena parte de mi vida, y no la
peor, bastante borracho. Pero aquí debo hacer una precisión, cuyas implicaciones
no pretenden ser morales sino todo lo más higiénicas o incluso estéticas. Muchas
veces he llegado a la borrachera como consecuencia final de la grata tarea de
beber durante horas, pasando a través de todas las diversas fases de ese proceso
de intoxicación o de metanoia (según la cursilería de cada cual). Pero nunca he
ingurgitado de golpe medio litro de matarratas para quedarme k.o. cuanto antes,
como ahora me parece que hacen bastantes chicos y chicas (¡qué simpáticas me
resultan, a pesar de todo!). Por favor, la meta es el camino y se pierde quien llega
demasiado pronto. En el sexo ocurre igual, aunque todos hayamos tenido alguna
vez que ser llevados a urgencias. Lo más próximo que he experimentado al gran
martillazo sin preámbulos han sido los cócteles «destornilladores» que nos
tomábamos Javier Echeverría, Pablo Fernández-Flórez y yo en el bar del
madrileño hotel Tirol, mezclados por un barman con las peores y más
amoratadas ojeras que he tenido nunca el privilegio de admirar. Cada trago que
nos preparaba era más devastador que el anterior y el muy Satanás lo hacía
aposta. Recuerdo una noche haberme tomado tres y me contaron que empecé
animosamente el cuarto. Luego cesan mis recuerdos. Me enteré después de que
Javier y Pablo tuvieron que llevarme a pulso hasta casa y hasta el lecho, mientras
trataban con lengua pastosa de tranquilizar a mi bendita madre que revoloteaba
en torno a nosotros gimiendo «¡le han apuñalado, le han apuñalado!». Sí, con un
destornillador.
Las jornadas etílicas que rememoro con mayor nostalgia fueron mucho más
civilizadas. Aquellas tardes de txikiteo por la parte vieja donostiarra, en
compañía de mi querido Juan Berraondo y de una cuadrilla de la que formaban
parte Carlos Sanz, Carlos Cacho y Marta Cárdenas (la única pionera que toleraba
nuestra compañía, por lo común las chicas de aquella época hacían su ronda
solas, coincidiendo ocasionalmente con nosotros en algunos bares). El itinerario
estaba fijado con rigor flexible y puntuado por los pinchos que
acostumbrábamos tomar en cada taberna: ropavieja y morros en el Astelena,
champi en el Tamboril, chorizo cocido en el Ormazábal, jamón en La Cepa,
anchoas o gamba con beicon en Negresco… Cada cosa acompañada del
correspondiente tinto, claro o «zurito», según los gustos de cada cual. De vez en
cuando, alguien sorprendía pidiendo un mosto: es que estaba cumpliendo el
Ramadán, es decir, un mes de abstinencia etílica para reponerse de pasados
excesos y prepararse para los futuros. Ese tipo de trucos son imprescindibles
entre borrachos comedidos que practican lo que el nada libertino Séneca llamaba
sobria ebrietas.
No creo haber compartido copas con ningún compañero más invariablemente
ingenioso y divertido que Carlos Sanz, que además fue uno de los pintores de
mayor talento de su generación. Quien aspire a saber lo que significa tener la
mot juste debería haber conocido a Carlos. Fragilísimo, hemofílico, siempre
arrastrando la pierna y a punto de que fatalmente se lo llevara una ráfaga de
viento (un día de mucho aire nos llamó desde el restaurante Nicolasa, donde se
había refugiado, para que le fuésemos a buscar con un taxi porque no se atrevía a
volver sólo a casa en medio del vendaval), nunca carecía de un humor
devastador y trágicamente jubiloso. Héroe a su modo, conocía la proximidad de
lo inevitable y no cedía. Hasta que se lo llevó el viento que todo lo arrastra.
Tengo su foto en casa puesta en un pequeño bar en miniatura con que me
obsequió alguien conocedor de mis gustos, para que no se pierda la última
ronda… donde quiera que la sirvan.
Hay drogas que podríamos llamar «de compañía», a las que se les puede ir
cogiendo el punto y con las que resulta no sólo factible sino provechoso convivir
a cualquier edad. No digo que sean beneficiosas para los pulmones o para el
hígado, pero los humanos estamos hechos de algo más que órganos: también
cuenta el esfuerzo espiritual de que tenga por un momento sentido lo que antes o
después revertirá en ceniza. Aliviar o hacer grato el tiempo y estimular la
creatividad, en eso consiste la verdadera salud, aunque también se tosa de vez en
cuando. Llevo muchos años de complicidad con el tabaco y el alcohol: supongo
que me estarán matando, pero les agradezco su parsimonia en el asesinato y que
mientras tanto me entretengan. También puedo decir lo mismo de la simpática
marihuana, porque un porrito antes de irse a la cama con alguien grato sigue
haciendo maravillas incluso a edades provectas como la mía. En cambio a otras
les tengo más respeto. Una vez le preguntaron a Borges, ya muy viejo, por su
actitud ante la muerte y repuso: «¡La muerte! ¡Qué cosa tan nueva! No sé si a mi
edad debiera permitírmela…». Yo hay cosas que ahora desde luego ya no me
permito, aunque me alegro de haberlas frecuentado en su momento. En especial
la más asombrosa de las sustancias que he probado jamás (bueno, algo más que
probado…): el ácido lisérgico, el legendario LSD de mis años mozos.
Cuando lo tuve por primera vez en la mano, parecía la cosa más
insignificante: una simple mancha de tinta en un trocito de papel secante. Pero
era algo fuerte, muy fuerte: el alterador psíquico más potente que la química
puede proporcionar (por supuesto el amor y el odio son alteradores aún más
potentes, pero no proceden de la química o no proceden sólo de la química).
Quien me introdujo en el uso del lisérgico fue Santiago González Noriega, al que
había conocido siendo yo aún estudiante en la Facultad y él profesor ayudante.
Nos hizo una especie de test cultural a toda la clase, para saber quién merecía la
pena de ser tratado más a fondo y quién no: lecturas filosóficas, novela, poesía,
arte, cine… Estuve entre los pocos varones escogidos (las demás fueron chicas,
que obviamente le interesaban bastante más) y llegamos a hacernos muy amigos.
Supongo que yo no le aporté demasiado —mi contribución más importante fue
revelarle la existencia de Borges— pero él en cambio me enseñó muchísimas
cosas decisivas, por supuesto no limitadas al campo meramente bibliográfico.
Fue Santiago quien me presentó a Antonio Escohotado y ambos se encargaron
generosamente de acelerar mi perezosa formación intelectual. Solíamos
reunirnos en la estupenda casa de Antonio, oíamos música (aunque parezca
imposible, fue allí donde escuché con cierta atención a los Beatles por primera
vez), bebíamos, fumábamos yerba y hablábamos de Hegel o Heidegger. Yo les
admiraba mucho y me sentía un poco abrumado en su compañía, me parecían
enormemente superiores en materia intelectual (sin duda lo eran): manejaban la
jerga filosófica de los maestros germanos con una soltura que a mí —más dado a
ingleses y franceses— me resultaba intimidatoria. Pero les estoy muy
agradecido. Por mucho que luego los imprevisibles meandros de la vida o del
carácter nos alejen de ellos, nunca debemos desistir en el agradecimiento hacia
quienes nos ayudaron a crecer.
Entonces apareció el LSD, del que todo el mundo hablaba y al que algunos
cantaban: incluso el de mejor calidad era en aquella época bastante fácil de
conseguir y muy barato. Lo tomé por primera vez un día en casa, sólo con
Santiago; después varias veces más, incorporando a Antonio y a otros amigos
como Paco Calvo Serraller y Ángel González García (ambos de lo mejor que
nadie puede encontrarse en la vida, que hicieron lo imposible por desasnarme en
cuestiones de historia del arte: la culpa del resultado no es desde luego suya). De
lo que mejor me acuerdo es de la inquietud del día anterior a nuestros «viajes» y
la tensión de la espera hasta que la dosis empezaba a hacer efecto. Por lo general
la «subida» comenzaba en cuanto Ángel comentaba con resignada impaciencia
«me parece que el de hoy no funciona»; después, mientras todos alucinábamos
como posesos y él más que nadie, le oíamos decir con tono lúgubre «creo que yo
ya estoy bajando…». En mi caso, todo solía empezar mirando al techo, como es
mi manía: un momento empezaba a aburrirme de que allí no pasase nada y al
minuto siguiente me admiraban los bajorrelieves tan hermosos del cielo raso,
que hasta se movían como en procesión. A partir de ese momento, cualquier cosa
—la textura de un pétalo, el dibujo de la alfombra, la lámina de un libro, la
música de Vivaldi, la sonrisa cómplice un poco nublada pero enormemente
inteligente de un amigo o una amiga…— cualquier cosa era motivo de una fiesta
íntima, exaltada y delicadísima. El nerviosismo del «antes» se desvanecía por
completo y rara vez lo recordaba, de vez en cuando, una leve sensación de
angustia, algo así como una amenaza vista de espaldas que en mi caso nunca se
volvió para mirarme de frente: jamás tuve lo que suele llamarse un «mal viaje»,
aunque como es lógico los males que me agobiaban previamente seguían
presentes durante el viaje (pero no agravados).
No intentaré hacer psicología descriptiva ni mala poesía mística respecto a lo
que sentí en esas gratas intoxicaciones. Tantos otros se han dedicado a ello desde
hace décadas que no merece la pena: además, después del de narrar a quien se
deje los sueños de la noche pasada, no hay género literario más aburrido que
contar experiencias psicodélicas. Lo más interesante siempre se pierde (o se
sustituye por añadidos caprichosos) en esos relatos, porque lo característico de
los efectos del lisérgico no es la rareza de lo que se siente, sino la familiaridad
que terminamos adquiriendo con tal rareza… sin dejar nunca del todo de
extrañarnos. Sólo puedo decir que en tales trances he visto a las personas muy
inteligentes o simplemente sensatas aumentar sus capacidades, pero no recuerdo
que ningún imbécil dejase de parecérmelo y de comportarse como tal. Tampoco
creo que aumenten los conocimientos, aunque sin duda se entiende mejor y se
alivian ciertos bloqueos. Emprendí uno de esos «viajes» cuando intentaba hacer
avanzar mi tesis doctoral, que se me había atascado supongo que por rechazo
sólo a medias inconsciente a cumplir ese trámite administrativo: después de
pasar diez horas de alucinaciones sabrosas y reflexivas, me puse de nuevo al
trabajo y la concluí en cinco meses. Pero no se me hubiera ocurrido tomar notas
o apuntar genialidades durante la intoxicación, por miedo a que al día siguiente
me pareciesen bobadas a lo Timothy Leary.
El «viaje» del que mejor me acuerdo fue uno de los últimos, en compañía de
Angel y Paco. Oímos completa La flauta mágica de Mozart con tanta intensidad
que, en el momento de la tempestad, los tres sentimos la lluvia caer fragorosa y
retiramos las sillas para intentar refugiarnos bajo algún inexistente alero. De
pronto, en un momento plácido de la música, fuimos sobresaltados por un
desabrido timbrazo: ¡llamaban a la puerta! Nos asaltaron todo tipo de pavores, a
la policía, a vecinos indignados, a Guerrilleros de Cristo Rey en busca de
víctimas… Como estábamos en casa de Angel, fue él quien finalmente se
levantó y marchó a enfrentarse con lo desconocido. Paco y yo nos miramos,
admirados y conmovidos por tanto heroísmo. Pasó un rato, que se nos hizo
larguísimo. Angel no volvía. De pronto oímos que algo se arrastraba entre
pavorosos jadeos y quizá bramidos por el pasillo, hacia el cuarto en el que
estábamos. No creo que ningún ser innombrable de Lovecraft haya despertado
pánico semejante al que padecíamos en ese instante Paco y yo. Finalmente, con
áspero restregar de lija, una criatura oscura y baja, como agachada, coronada por
una melena hirsuta, empezó a cruzar lentamente la puerta. Era una gran caja de
madera que acababan de traer, llena de paja para proteger no sé qué objeto frágil
contenido en ella y que Ángel empujaba trabajosamente por detrás para
enseñarnos. Al vernos la cara de atónito espanto se echó a reír y enseguida le
hicimos coro, me parece recordar que durante horas.
Advierte Spinoza que «sólo una triste y torva superstición» puede prohibir a
los humanos disfrutar de perfumes, música, alimentos deliciosos y otros regalos
terrenales. De igual modo podemos afirmar que es una triste y torva superstición
la que ha desatado la cruzada mundial contra ciertas drogas, sin otro efecto que
promoverlas entre los jóvenes, facilitar su adulteración y hacer inmensamente
rentable el negocio de su tráfico ilícito. Cuando hace algo más de veinte años
escribí por primera vez en El País un artículo contra la irracional persecución de
las drogas, pidiendo su despenalización, hubo quien reaccionó como si yo
hubiese solicitado la legalización del canibalismo. Por entonces las voces que
sostenían esta tesis eran poquísimas —Milton Friedman, Thomas Szasz
(traducido al castellano por Antonio Escohotado) y no sé si alguna más— pero
ninguna desde luego en un periódico de tirada importante. Poco a poco creo que
la actitud despenalizadora se ha ido abriendo paso, aunque no
institucionalmente: muchos opinadores lavan apoyando con mayor o menor
cautela en los medios de comunicación; en privado, ante mí mismo, la han
defendido como la única sensata cancilleres de países hispanoamericanos,
mandos de la policía, médicos y políticos europeos. Eso sí, añadiendo
inmediatamente que hasta no convencer a los EE UU —promotores de la santa
cruzada prohibicionista— no hay nada que hacer. Lo cual es difícil, porque hay
muchísimos funcionarios en ese país (y también en la ONU) que perderían su
empleo si se optara por la vía despenalizadora… tal como le pasó al intocable
Eliot Ness cuando terminó la ley seca.
El argumento más utilizado contra la despenalización es el supuesto aumento
del consumo de sustancias ahora prohibidas que desataría. Pero ese argumento
parte del axioma de que usar drogas es en cualquier caso algo malo que debe ser
evitado. Yo no lo comparto. Las drogas tienen un uso positivo, que no hay por
qué erradicar (ni proponer, claro: los misioneros me fastidian tanto como los
inquisidores): si aumentase su utilización legal responsable e informada entre los
adultos libres, pagando los preceptivos impuestos al Estado, tal crecimiento del
consumo no tendría a mi juicio nada de alarmante. Disminuiría su peligrosidad
al aumentar el control de la calidad, se evitarían las adulteraciones y las
sobredosis, desaparecería el entramado delictivo que ha crecido en torno a ellas
y que atrapa a los más débiles (como es el caso de los inmigrantes ilegales, por
ejemplo). En cuanto a los jóvenes, no sé si se drogarían más o menos que ahora
(dudo mucho que autorizar lo prohibido aumentase su atractivo) pero
ciertamente lo harían con más garantías y menos gastos. ¿Que esta decisión, que
habría de ser lo más internacional posible, también tiene sus riesgos? No lo
dudo, pero no olvidemos que actualmente hay países enteros en América con sus
estructuras democráticas bloqueadas o maltrechas por culpa del narcotráfico. No
imagino que la despenalización, controlada e informada, tuviese peores
consecuencias. Pero en fin, de todo esto ya he escrito en otros lugares, quizá
demasiadas veces…
25

MI PRIMER EDITOR

Y o tenía veintitrés años, yo vivía en una dictadura, yo participaba


devotamente en todas las broncas rebeldes que podíamos montar en la
universidad, yo perseguía inútilmente a chicas enérgicas y ariscas, yo leía en
francés a los situacionistas y a Cioran, yo profesaba el culto de Agustín García
Calvo, yo era borgiano de primera hora y estricta observancia, yo escribía
panfletos, yo quería por encima de todo —ay, aunque supusiera la perdición de
mi alma ingenua e irredenta—, yo quería más que nada en el mundo publicar un
libro: como tributo a lo que más placer me causaba desde la infancia, como
homenaje amoroso. El libro aún no estaba escrito pero habría de ser sulfúrico en
su fondo y exquisito en su forma, un combinado explosivo de doctrinas capaces
de hacer saltar la realidad establecida en pedazos (junto a Cioran y García Calvo,
dosis de Schopenhauer, de Clément Rosset, del pagano Celso y de Adorno).
Sería inaudito, insoportable… pero no debía bajo ningún concepto quedar
inédito. Ahí estaba el problema: en lograr editar tan magnífica ferocidad. La
tarea de escribirlo me parecía sencillísima y casi accesoria. De modo que antes
de nada me lancé a la búsqueda de un editor.
La editorial más próxima a mi casa era Taurus, que entonces ocupaba un
chalet coquetón en la plaza del Marqués de Salamanca frente al que había
pasado muchas veces, camino del colegio. Y su director se llamaba Jesús
Aguirre, un cura con fama de progresista —«rojo», decían entonces las señoras
de derechas, auxiliar de Federico Sopeña en la parroquia de la Ciudad
Universitaria, confesor de mi amigo y compañero Enrique Ruano, después
asesinado por la policía franquista— pero también de atrabiliario, sarcástico,
impertinente y poco benévolo ante la torpeza de los principiantes. Allá que me
fui, pasablemente tembloroso pero siempre más propenso a aceptar el ridículo
que la renuncia. Aguardé un poco en la antesala y después me pasaron al
despacho del dueño de mi destino. No había nadie… aparentemente. De pronto,
tras la gran mesa llena de papeles, emergió una cara preocupada y algo traviesa,
que me preguntó: «¿Se ha ido ya Sciacca?». Por lo visto llevaba bastante rato
escondido a la espera de que desapareciese del horizonte Michel Federico
Sciacca, un copioso polígrafo italiano que había marcado la pauta del
pensamiento cristiano una década antes. Jesús Aguirre tuvo que heredar sus
obras traducidas de la dirección anterior de Taurus y también su insistente
presencia periódica aportando nuevos volúmenes regeneradores, de los que ya
no sabía cómo librarse.
De todo esto me enteré luego, porque yo era sólo un niño y no conocía a
Sciacca (¡nene, Sciacca!) ni a casi nadie. A todos —filósofos, novelistas, poetas,
editores, periodistas…— los iría conociendo después gracias a que Jesús me los
fue presentando y luego recomendando o desaconsejando con idéntica
vehemencia que yo nunca discutí. En el chalecito de la plaza del Marqués de
Salamanca organizaba cócteles y presentaciones literarias («saraos», solía
llamarlos) por los que aparecía la crema postinera de la intelectualidad y a los
que me conminaba a asistir. A mí siempre me ha costado muchísimo acordarme
de los nombres de la gente a la que me presentan en este tipo de eventos, los
confundo a todos al reencontrarlos dos días después. Para que se hagan una idea:
una tarde aciaga confundí a Luis Carandell con Caballero Bonald… Nunca he
sabido por qué, pero suelo memorizar mejor a los que son altos: de modo que me
aprendí a Javier Pradera antes que a José Mari Guelbenzu, a Benet antes que a
Juan García Hortelano, a Castellet antes que Francisco Ayala. Pero todos fueron
entrando en mi santoral: ¡lástima que hoy tantos de aquellos santos lo sean ya de
veras, lejos de los «saraos» de este mundo! Todos me parecían importantísimos y
admirables, puesto que se dedicaban a menesteres literarios. También solían
estar presentes otros próceres, de la economía o la política, abogados,
empresarios, etcétera, pero los nombres de ésos ni se me quedaban entonces ni
apenas los recuerdo ahora. Nunca me he ruborizado de emoción ante los dueños,
sólo ante los juglares. Pero de todos ellos, mi mentor por excelencia, el ancla
insustituible en el mar proceloso de letra impresa que yo quería navegar como
otro Simbad, siempre fue Jesús Aguirre. Aquel día primero me bastó cruzar con
azoro mi mirada miope con la suya que no lo era menos, separados por la
barricada del escritorio, para decirme: «¡Éste es mi hombre!».
Lo fue, con generosidad sin reservas. Me editó aquel libro inicial, apañado
en quince días después de nuestra primera conversación (Nihilismo y acción,
probablemente el único libro que de verdad he deseado escribir: los restantes no
han sido más que mera repetición de un gesto consabido) y luego todos los
demás que le fui proponiendo. Se volcó especialmente con La infancia
recuperada, contra el que algunos consejeros literarios de la editorial le
previnieron como un «mero capricho» (lo cual era, por supuesto y a mucha
honra). Me aconsejó traducir a Cioran —fue el único autor que yo le descubrí—
y me encargó formalmente traducir a Georges Bataille, al que ni yo ni casi nadie
en España conocía. Pero además se ocupó de remendar un poco mi siempre
deficiente y anárquica formación intelectual (Benjamín, Starobinski, tantos
otros, nunca se lo agradeceré bastante) al tiempo que intentaba ponerme de largo
en la vida social, esto último con muchísimo menos éxito. Yo me iba por las
mañanas a su despacho en la plaza del Marqués de Salamanca, sin cita previa,
me plantaba allí, a escucharle, y él —en lugar de esconderse tras el escritorio
para ahorrarse otro pelmazo— me contaba muchas anécdotas picantes o
maliciosas de personas ilustres cuyo nombre jamás me sonaba. Yo sonreía con
aire enterado, sin enterarme, pero sabiendo que éramos amigos.
Luego yo me casé —y él ofició como cura la inverosímil ceremonia— y
después dejó de ser cura y fue él quien se casó, convirtiéndose no menos
inverosímilmente en duque de Alba. Se tomó con toda la seriedad que permitía
su naturaleza irónica este nuevo papel en la comedia de enredo que vivimos
todos, queramos o no, lo sepamos o no. Seguimos tratándonos pero ya mucho
más esporádicamente, porque yo estoy hecho para convivir con editores, no con
duques, que me confunden. Pero seguro que su vida no por eso fue más rara que
la mía y desde luego siempre, siempre he seguido pensando en él con afecto, con
agradecimiento y con un poco de asombro porque me hiciera tanto caso durante
tanto tiempo.
El día en que me enteré de su muerte recordé una anécdota digamos que
teológica de nuestro compañerismo. Una mañana cualquiera estaba yo sentado
en su despacho dando la lata y él había interrumpido la charla para hablar por
teléfono con no sé quién (atendía a sus asuntos con perfecta libertad delante de
mí, porque me sabía socialmente inofensivo). Se quejaba con su inimitable
nonchalance de las amarguras existenciales y su interlocutor debió de hacerle
alguna recomendación piadosa, quizá burlesca, a la que respondió con un tono
tan súbitamente grave que me impresionó: «La fe es la salvación, pero no un
consuelo». De esas cosas tampoco sé nada, Jesús, aunque cuentas como siempre
con mi apoyo por si te hace falta y sobre todo en el caso de que ya no te haga
falta.
26

EL PENENE

¿H asta dónde puede llegarse en el intento de relatar con mirada


retrospectiva los contratiempos? ¿Habrá que incluir también los
contratiempos de ese mismo relato? El Tristram Shandy de Sterne procuró ser
tan minucioso en la tarea que su estancia en el útero materno y las primeras
veinticuatro horas de vida casi agotaron sus fuerzas y las páginas de su crónica.
No quisiera incurrir en el mismo exceso de ambición, pero… Había yo
concluido este capítulo —veinte páginas de las que estaba bastante contento—
cuando una maniobra torpe en el rebelde teclado de mi ordenador borró sin
remedio todo lo escrito. El relato desapareció irreversiblemente, yendo a reunirse
quizá con los años y sucesos que allí se narraban. ¿Y ahora? La primera
tentación fue asumir el accidente como una señal de los cielos cibernéticos: más
valía saltarme tales episodios de una trayectoria que con ellos o sin ellos nunca
dejaría de ser yuxtaposición inacabable de sobresaltos. Sin embargo esa lectura
del augurio respondería ante todo a la hermenéutica de la pereza. La otra opción,
temible y fatigosa, consiste en intentar reproducir de nuevo el texto, antes de que
desaparezca definitivamente también del software de la memoria. Es la que elijo,
sin entusiasmo, quizá por la influencia deontológica de Kant. Se lo debo, me lo
debo. ¿Por qué mencionar entonces el incidente? Para que el lector sepa que sin
duda va a perderse algo, sea poco o mucho: él también acaba de sufrir un
contratiempo.
Salí de la cárcel, pero ya no lograría obtener un limpio certificado de
antecedentes penales hasta acabada la dictadura; ni que me concediesen
pasaporte para viajar fuera de España hasta un par de años más tarde. De modo
que acabé la carrera, sin excesiva brillantez e incluso con el suspenso en junio de
algún profesor especialmente escocido por nuestras tomas de cátedra. Ahora
tenía que empezar a intentar ganarme poco a poco la vida, para lo que no se me
ofrecía de momento otro camino que entrar en la enseñanza. Sería un trámite,
claro, una simple sala de espera hasta que la gloria literaria asomase por la
puerta de la consulta y dijese en voz alta: «¡Qué pase Savater!». Era obvio que
los inicios no iban a ser fáciles ni bien remunerados. Pero mis padres habían
cerrado filas a mi lado a partir de mi detención. Un hijo perseguido,
incomprendido, díscolo, es más hijo todavía: aunque me diese por la filosofía en
vez de por el derecho, vaya disparate, aunque fuese ateo, vaya por Dios, aunque
me emborrachase con frecuencia, vaya lata esto de la juventud, aunque fuese
levantisco y quizá comunista, es que tiene ideales, aunque no estaba claro
cuándo trabajaría, ni en qué, ni si cobraría lo suficiente por ello… yo era su hijo
y ellos eran mis padres. No mis amigos ni mis compinches, que te dan la razón y
luego te abandonan, sino mis padres: los que te regañan y siempre permanecen a
tu lado. Quien no ha tenido la suerte de recibir del destino unos padres así no
puede llegar nunca a saber la inmensa fuerza que dan, la fiera y desafiante
confianza que inspiran, el alegre ímpetu que transmiten. Como todo, esta
bendición no carece de contraindicaciones: para siempre fomenta la ingenua
convicción de que lo real nunca nos será por completo desfavorable, de que
jamás faltará tierra bajo nuestros pies cuando haya que danzar, correr o dar el
salto. Ilusiones a veces fatales pero de las que no hay desengaño que nos
despierte; aunque todavía más fatal es carecer de ilusiones.
La universidad (institución que cierta vez Cioran en una carta calificó de
«imbécil pero benéfica») era el único mundo en el que yo me movía con relativo
desahogo. Me había servido para prolongar mi adolescencia, de modo que quizá
también lograse convertirme en hombre de provecho, adulto y colocado. No
busqué empezar a dar clases porque sintiera la pasión de educar a los demás,
sino porque tenía urgencia de probar que ya estaba suficientemente educado. Me
abrió por primera vez la puerta de las aulas don Paulino Garagorri, que también
me había acogido antes con idéntico buen talante en Revista de Occidente. Yo
mandaba reseñas a esta ilustre publicación y después comprobaba con orgullo
que en las breves notas que figuraban al final de cada número aclarando la
identidad de los colaboradores se me otorgaba (a falta de cualquier título o cargo
mencionable) la calidad de publicista. Fui «publicista» como Bahamontes fue
ciclista, con menos éxito pero con no menor empeño. El bondadoso don Paulino,
quizá con un punto de solidaridad donostiarra, me convirtió en subayudante de
su cátedra de sociología o sub-sub-ayudante, algo parecido al sub-sub-
subbibliotecario del que habla Melville en Moby Dick. No recuerdo haber
cumplido otras tareas que charlar entrañablemente con el catedrático en su
despacho de la facultad, por cuya ventana veíamos el paisaje de la sierra
madrileña («es como un Velázquez cambiante», decía el orteguiano Garagorri), y
el azaroso trance de vigilar algún examen. Como la asignatura era de primer
curso, esas pruebas solían estar muy concurridas. Yo repartía el texto que los
alumnos debían comentar, seguido por las preguntas que se les pedía responder,
y luego paseaba de arriba abajo por las gradas del aula enorme y escalonada,
intentando poner cara de implacable severidad. Causaba poca impresión. En una
de tales ocasiones tropecé de pronto con un par de inolvidables piernas
desnudas. La chica se había remangado las faldas para alcanzar la batería de
«chuletas» que llevaba estratégicamente situadas en lo alto de las medias.
Cuando advirtió que la estaba mirando con fijeza apremiante pero nada coactiva,
se tapó un poco y me llamó muy desenvuelta para hacerme una pregunta sobre el
texto repartido, por aquello de despistar: «Oye» (hasta hace muy poco ningún
alumno me ha tratado nunca de usted, signo indudablemente ominoso),
«¿fungible quiere decir que dura mucho?». Tieso de arrobo por la niña, sólo
logré balbucir: «¡Eso quisiéramos!».
Por si acaso el destino pensaba empujarme hacia la enseñanza media, hice
también los dos cursos de formación del profesorado que servían como avales
para los oposiciones a instituto. Mi mentor fue el padre Manuel Mindán,
catedrático en el Ramiro de Maeztu de Madrid, un personaje notable por su
lúcida y vital longevidad, autor del libro de historia de la filosofía que yo había
estudiado en bachillerato. Supongo que los curas ilustrados que polemizaban con
Voltaire en el XVIII debían de parecérsele. Un día me invitó a sus habitaciones y
allí, con discreto orgullo, me enseñó un pequeño Teniers que le envidié. Hace
unos días he recibido su felicitación navideña, en la que me recuerda que acaba
de cumplir sus primeros cien años… En el Ramiro de Maeztu (uno de los
institutos más clásicos de la capital, donde yo me había examinado de reválida y
del que sobre todo me impresionaba la estatua ecuestre de Franco en el patio
principal) di nerviosamente mis primeras clases ante adolescentes, la edad de la
vida que siempre me ha parecido más apta para las inquietudes filosóficas. Yo
creo que todos nacemos filósofos pero poco a poco las circunstancias y los
maestros nos van convirtiendo en gente de provecho… Como mi edad
intelectual y mis gustos están bastante próximos a los suyos, siempre me he dado
maña para tratar con alumnos adolescentes. Treinta años después, por invitación
de una amiga profesora de instituto que admiraba esa sintonía, escribí varios
libritos de iniciación filosófica para bachillerato que han sido sorprendentemente
bien acogidos.
El padre Mindán era fundador y presidente de la Sociedad Española de
Filosofía, que ofrecía semanalmente conferencias en el Ramiro de Maeztu. Asistí
a varias de ellas. Una de las muchas paradojas de mi vida es que he tenido que
dar cientos de conferencias pero jamás he soportado sin fastidio ninguna de las
que me han dado. Incluso me asombra que la gente frecuente esos actos: nunca
he entrado en un salón de caja de ahorros para cumplimentar mi tarea de
charlista sin sorprenderme de ver tanta gente voluntariamente dispuesta a
escucharme. Sin embargo, en aquellos años juveniles, también yo creía que era
mi deber profesional atender a esas prédicas para reforzar mi incierta formación
académica. Las conferencias de la Sociedad de Filosofía trataban de los temas
más variados, desde las mónadas leibnizianas hasta los trascendentales
kantianos. Al final de cada una de ellas solía pedir inmediatamente la palabra
entre el público un señor calvo que se levantaba y aseguraba sin vacilar: «Eso
(mónadas, trascendentales, cogitos, lo que fuese) lo resuelven los orientales con
el ying y el yang». Algo mosqueado, el conferenciante solicitaba mayores
precisiones, a lo que el caballero respondía: «Los occidentales no podemos
entenderlo». Y se sentaba muy satisfecho. La experiencia personal me ha
probado luego suficientemente que siempre hay entre el público que asiste a las
charlas dos o tres tipos así: sospecho que son los únicos que realmente se lo
pasan bien en tales ocasiones.
Después llegó mi primera gran oportunidad. Por mediación de Santiago
Noriega, entré en el departamento de Filosofía de la recién inaugurada
Universidad Autónoma de Madrid. Los que habíamos estudiado en la vieja
Central mirábamos con algo de desconfianza las instalaciones remotas y
funcionalmente desangeladas de la nueva Autónoma, de cuyo diseño se había
omitido cuidadosamente cualquier aula en la que pudieran reunirse más de
cincuenta alumnos para evitar las temidas asambleas del 68. Pero los
departamentos estaban dirigidos por gente en general más abierta y menos carca
que el profesorado tradicional. Esto era especialmente notorio en el caso del de
Filosofía, a cuya cabeza estaba Carlos Paris, un catedrático que provenía de
Falange pero que había evolucionado hacia una actitud intelectual progresista e
incluso próxima al marxismo, itinerario semejante al seguido en Barcelona por
Manuel Sacristán. Con criterio muy amplio y tolerante, París había enrolado un
excelente puñado de jóvenes talentos inconformistas entre quienes figuraban el
propio Santiago Noriega, Alfredo Deaño, Fernando del Val, Javier Sádaba, Pedro
Ribas, Diego Núñez, Carlos Solís, Juan Carlos García Bermejo… a los que más
adelante se unió el ya prestigioso Javier Muguerza, en vías de convertirse en
toda una institución (benéfica, por supuesto) del pensamiento crítico. Ni los
temarios tratados ni el talante de los profesores tenían nada que ver con lo que
era tradicional en las vetustas cátedras de centros más conservadores. El
renombre luciferino del departamento llegó a ser tan grande que hasta fue objeto
de una diatriba desde un púlpito madrileño en la misa dominical, distinción que
no había obtenido un equipo filosófico español al menos desde el siglo XVIII. ¡Y
se me ofreció la posibilidad de formar parte de ese dream team! Si los caballeros
de la Tabla Redonda me hubieran invitado a sentarme a su vera no lo habría
considerado mayor honor.
Me incorporé como profesor ayudante, que era el plano más bajo del
escalafón, algo así como acólito o monaguillo. Tenía el estatuto de Profesor No
Numerario, o sea era lo que familiarmente se denominaba un «penene».
Carecíamos de puesto consolidado en la academia y debíamos renovar
anualmente nuestro contrato, lo cual producía no poca incertidumbre y nos
convertía en un estamento patéticamente vulnerable: en el mes de mayo de cada
año no sabíamos si en octubre tendríamos empleo o estaríamos cesantes sin
ningún tipo de indemnización ni protección social. Era un modo de controlarnos
por la vía digestiva, porque entre los penenes figurábamos la mayoría de los
elementos estudiantiles subversivos de los turbulentos años sesenta. Por cierto
que junto a nuestro contrato anual teníamos que firmar, como el resto de los
profesores universitarios, cualquiera que fuese su grado, un formulario de
adhesión a los principios del Movimiento Nacional. Una mera formalidad
pero… por ahí tuvimos que pasar todos. Como era el recién llegado, el último de
la escala, y además siempre he sido bastante dispuesto y servicial, me tocaron las
clases de última hora de la tarde que los demás rehuían con buen criterio. Tenía
pocos alumnos (por lo general dos o tres) pero muy simpáticos y discutidores.
Mi asignatura era historia de la filosofía y lo pasé muy bien con ellos hablando
del Gorgias y algunos otros diálogos platónicos, vistos desde una óptica a medio
camino entre Nietzsche y Agustín García Calvo.
Pero a mí lo que me tiraba de veras era la concupiscencia política o, más
bien, antipolítica, el afán de conspirar contra la dictadura y dar disgustos a
quienes la aceptaban como inevitable. Nuestra condición de penenes se prestaba
a las más justificadas quejas: años después, a comienzos de la transición
democrática, hubo en todo el país un gran movimiento de penenes en
reivindicación de contrato laboral, lo que nos debería permitir dar clases pero sin
convertirnos en funcionarios y gozando de la misma protección social que
cualquier otro trabajador. En mi inocencia ácrata de entonces yo daba gran
importancia a no ser funcionario, porque me parecía que escapando a tal
condición estaba menos sujeto al doblegamiento ante el Moloch estatal. ¡Qué
cosas tan raras se le meten a uno en la cabeza! Sea como fuere, en el año 71 aún
era demasiado pronto para una reivindicación tan audaz: lo más que soñábamos
con conseguir los penenes de la Autónoma era que se nos renovase o rescindiese
el contrato en el mes de mayo, lo que nos permitiría en el segundo de los casos
dedicar el verano a buscar algún otro medio de ganarnos el pan. Con esta
modesta reivindicación sindical como base, pero con ambiciones críticas
colaterales innegables, iniciamos nuestras movilizaciones, asambleas y
concentraciones de protesta. La mesa de representantes de los penenes la
formábamos Josetxu Linaza por Psicología, Joaquín Yarza por Historia del Arte,
yo mismo por Filosofía y supongo que alguno más cuyo nombre lamento no
recordar. Entre los asiduos a nuestros actos de protesta y debate solían estar,
además de la mayoría de los compañeros de Filosofía, diversos ejemplares
levantiscos como Ludolfo Paramio o mi amigo Angel González, profesor
también de Historia del Arte. Me gustaría que mi mala memoria no me impidiese
aburrir aquí al lector con veinte o treinta nombres más, tan dignos a mi juicio de
ser consignados como aquella lista que inmortalizó Pigafetta de los compañeros
que junto a Elcano completaron la primera vuelta al mundo.
Entre las autoridades académicas, nuestro activismo indignó a unos pocos y
causó embarazosa zozobra a bastantes más. El más destacado de quienes se
irritaron fue Julio Rodríguez, el rector de la Autónoma, un fulano de envidiable
exigüidad mental que perpetraba arengas antisubversivas públicas y versos
privados con la misma incompetencia. Poco después llegó a ministro de
Educación, se dice que por una equivocación del Franco ya senil que en realidad
había querido nombrar al rector de la Central, Adolfo Muñoz Alonso, y se
equivocó de magnífico. Su única aportación como ministro fue una disparatada
modificación del calendario escolar, llamada con zumba «el calendario juliano»,
que no le sobrevivió. El rector Rodríguez llevaba su celo hasta el punto de
proclamar que si un día faltasen guardias para meternos en cintura, él mismo
tomaría el casco y la porra para sustituirlos voluntariamente. No era difícil
imaginarle en ese papel, pero aún menos sustituyendo en su tarea de acémila a
cualquier mula de un regimiento de alta montaña. Entre los que más bien que
mal padecían nuestros embates recuerdo al decano Lázaro Carreter, al cual nos
empeñábamos en «invitar» apremiantemente a nuestras asambleas para que
explicase su postura… como si no estuviese ya suficientemente clara por el
hecho de ser decano. El buen hombre se negaba, suponiendo con razón que no le
habríamos proporcionado un trato demasiado amable. Cuando veía que
llegábamos por el largo pasillo de la facultad en su búsqueda, se encerraba
infranqueablemente en su despacho. Entonces yo llamaba a su puerta, clamando
con voz de ultratumba: «¡Lázaro, sal fuera!».
En nuestro propio departamento de Filosofía, pese a contar con el apoyo
decidido y supongo que algo resignado de Carlos Paris, teníamos también cierta
oposición entre los filósofos llamados analíticos de la escuela anglosajona,
tecnócratas de la filosofía o si se prefiere los nuevos escolásticos. El profesor
Hierro Sánchez-Pescador, por ejemplo, comentaba a veces en nuestras reuniones
de departamento que «en Rusia tampoco había libertades» y nos miraba con
suspicacia, como esperando ver asomar la botella de vodka Smirnoff por alguno
de nuestros bolsillos. Por lo visto la diferencia entre reivindicaciones sindicales
antiautoritarias y la subversión bolchevique era demasiado difícil de establecer
para ese heredero de Oxford. El punto más alto de nuestra lucha llegó en el mes
de mayo, cuando nos negamos a entregar firmadas las actas de los exámenes
finales hasta saber quién tendría su contrato renovado el siguiente curso.
Promover algaradas, realizar asambleas informativas, incluso hacer huelga de
clases caídas era una cosa y otra muy distinta atentar contra los exámenes, centro
neurálgico de la burocracia académica. Eso ya era sedición con todos los
agravantes.
Y luego… luego nos echaron, faltaría más. En octubre quedó claro, aunque
nada se nos notificó oficialmente, que los considerados cabecillas del
movimiento no veríamos renovados nuestros contratos. Nuestro consejero legal
era Gregorio Peces-Barba (en cuyo despacho laboralista veíamos de vez en
cuando como discreto pasante a José Barrionuevo), quien nos aconsejó que
siguiésemos acudiendo como si nada a nuestros despachos y que los
decorásemos con fotos de la mujer y los niños (caso de haberlos), motivos
florales y otros detalles entrañables que demostrasen nuestra larga familiaridad
con esos cubículos. Cuando llegábamos a la facultad, los presuntos castigados
notábamos que se nos hacía el vacío: la gente desertaba de los pasillos a nuestro
paso y los raros saludos se hacían casi furtivos. Evidentemente, se temía el
contagio… Además empezaron a verse una serie de fúnebres esquiroles cuya
aceptación se le impuso a Carlos Paris para sustituirnos. Cierto día, cuando
llegué a mi despacho, me lo encontré ocupado por un cura mercedario —
¿Quintas?, ¿López?; creo que se llamaba algo así— quien de inmediato se me
acercó con sonrisa de conejo para decirme que estaban allí «para ayudarnos». Le
informé de que yo también estaba dispuesto a ayudarle a salir por la ventana si
no prefería irse por la puerta y el mercedario mercenario abandonó los lares con
mágica celeridad. Pero esa situación no podía durar. La Brigada Político-Social
nos hizo llegar una citación para personarnos en la Dirección General de
Seguridad en la Puerta del Sol, en cuyos calabozos algunos habíamos pasado ya
unos cuantos días y de la que teníamos un recuerdo poco grato.
Me personé allí en compañía de Angel González, otro de los señalados, y
aliviamos el largo rato de la espera haciendo en voz baja comentarios de
jocosidad algo nerviosa. Pero nuestro ánimo decayó bruscamente cuando de
pronto oímos en alguna dependencia cercana un escalofriante alarido de dolor.
Le comenté a Ángel: «Prefiero que pases tú primero». Él se apresuró a declinar
la oferta. Al final pasamos uno tras otro y yo me encontré en una oficina
siniestra nada menos que ante el famosamente infame comisario Saturnino
Yagüe, gran represor de antifranquistas ante los ojos del Señor. Con tono
bastante aburrido, porque debía de haber repetido el discurso muchas veces
antes, me reprochó que siguiese empeñado en ir por la facultad cuando ya no era
profesor allí. Le dije mansamente que a mí nadie me había comunicado
oficialmente el cese. «¡Cómo! ¿Que no se lo han dicho por escrito?». Y luego
murmuró: «¡Qué barbaridad!». Me pareció casi conmovedor que la arbitrariedad
del régimen pudiese sorprender incluso a uno de sus más destacados sayones. En
todo caso, zanjó Yagüe, no quiero enterarme de que han vuelto a verle por allí.
Repuse que sus deseos eran órdenes para mí… y para cualquiera, vistas las
circunstancias. Así acabó mi aventura en la Autónoma, menos de dos años
después de haberla emprendido. No pude por menos de reprocharme mi
imprudencia al haberme metido en semejante fregado, pero… Ha sido uno de los
dramas de mi vida: soy muy capaz, maldita sea, de cometer injusticias pero no
de soportar resignadamente las de otros o desentenderme de las que me rodean.
«No hay mal que por bien no venga», aseguran que dijo Franco tras la
voladura de Carrero Blanco. Aunque nos llegue de boca tan poco fiable, el
repetido apotegma suele ser cierto. Yo me encontraba con veintipoquísimos años
y sin empleo, sin pasaporte, sin posibilidad de obtener el «certificado de buena
conducta» exigido para tantas cosas en el franquismo y además recién casado, el
único de mis problemas del que no podía culpar a la dictadura. De modo que no
tuve más remedio que convertirme aceleradamente en escritor. No en el escritor
exquisito, vitriólico en los contenidos y mallarmeano en las formas, ese que sólo
podría ser entendido por unos pocos y audaces espíritus afines, con cuya sombra
había soñado en algunas de mis fantasías masturbatorias… sino en el escritor a
granel que compone reseñas, amaña crónicas, emite opiniones, traduce libros y
renuncia por razones de sensatez comercial a la pretensión intimidatoria de la
página perfecta. Ese que cumple los plazos marcados por las publicaciones en
las que colabora y que, cuando le piden un reportaje, no envía un soneto y se
asombra luego de que no le reciban el capricho con buena cara. En una palabra,
el escritor así llamado porque vive o intenta vivir de escribir, como cualquier
otro artesano, pero que tiene escaso parentesco con el héroe incorruptible de las
Bellas Letras, amojamado en su virtud y su estreñimiento. Más que en «escritor»
propiamente dicho me convertí en «publicista», tal como me habían profetizado
aquellas notas biográficas de Revista de Occidente. Pero un publicista que
aprendió a escribir en lugar de dedicarse a cultivar su oscura genialidad. Fue una
inmensa suerte, lo asumo claramente: no creo que la literatura o la historia del
pensamiento perdieran gran cosa, pero yo sin duda gané bastante. Me gané la
vida y estén seguros de que nadie da más. Por añadidura, creo que sólo llegan a
escribir bien quienes están demasiado ocupados haciéndolo como para
obsesionarse por escribir, ante todo, bien. Por cierto que de aquí proviene la
diferencia básica de mis obras con las que escriben la mayoría de mis colegas:
yo soy un escritor que también da clases de filosofía, ahora que han vuelto a
dejarme, pero ellos son profesores que escriben libros. Y eso se nota. Lo notan
los lectores, sobre todo.
Supongo que fue Jesús Aguirre quien me introdujo en Triunfo, vía César
Alonso de los Ríos. Desde luego no entré por mi amistad con el hijo de Eduardo
Haro Tecglen, Eduardo Haro Ibars, como he leído que Haro padre ha dicho en
alguna entrevista. Le traiciona la memoria, siempre traidora. Fui amigo de
Eduardo hijo y admiré su sarcasmo feroz y su independencia vital; además nos
corrimos alguna buena juerga juntos. En una ocasión elogió sin ironía, casi con
un poco de envidia, mi «sólido sentido común», lo que me dejó atónito: nadie
me había descubierto nunca tan asombrosa cualidad. Pero a Eduardo le conocí
bastante después de comenzar a escribir en la revista, allá por la época de la
muerte de Franco. Cuando me incorporé a Triunfo era la revista más prestigiosa
de la izquierda culta, cuyo impacto semanal en aquella época sólo podría
compararse —mutatis mutandis— con el que luego alcanzó El País en los
primeros lustros de la transición democrática. Su nómina de colaboradores
constituía el Who’s who del periodismo de autor y progresista. Allí escribían
Paco Umbral, Manolo Vázquez Montalbán, Manolo Vicent, Eduardo Haro
Tecglen, José María Moreno Galván, Enrique Miret Magdalena, Antonio
Burgos, Ramón Chao y el jocoso, agudo, amabilísimo Luis Carandell, que ha
venido a morirse ayer mismo, entre la primera vez que escribí su nombre en la
versión de esta página que se tragó el ordenador y este segundo intento.
Carandell (que una vez me dijo que era «catalán en el menos textil sentido de la
palabra») fue inventor impagable del «Celtiberia Show», la sección de
sociología humorística que solía ser lo primero que todos leíamos cuando
recibíamos Triunfo. Tal como había ocurrido en el departamento de Filosofía de
la Autónoma, me llenó de asombrado orgullo que me acogieran entre ellos con
perfecta generosidad y que me trataran con la misma consideración que si yo
hubiese sido una firma importante. Una vez por semana me presentaba con mi
colaboración en el número 20 de la plaza del Conde del Valle de Súchil
(desconfiaba del correo y por supuesto el fax o el correo electrónico ni siquiera
se vislumbraban en la niebla del lejano futuro) y era admirablemente recibido
por César Alonso o Víctor Márquez Reviriego. A veces establecía tertulia con
ellos o incluso con las más altas cumbres del directorio como José Angel
Ezcurra o Eduardo Haro Tecglen. Su amable compañerismo me hizo perder mi
timidez que a veces se encubría de farruca truculencia, de un modo semejante al
que los muchachos inexperimentados del siglo XIX se hacían hombres en los
salones y entre los brazos de comprensivas cortesanas bien educadas.
Y que conste que no les ponía fácil la tarea. Mis dos primeros artículos
largos en Triunfo versaron sobre las carreras de caballos y sobre los vinos de
Borgoña, dos aficiones no evidentemente compatibles con el austero
izquierdismo ilustrado de la publicación. Después, durante años, hice cada mes
de junio la crónica correspondiente al Derby de Epsom, una sección que quizá
no hubiese sido aceptada tan tolerantemente en Ramparts o Le Nouvel
Observateur. Para colmo, en mis reseñas me dio por ser cáustico con autores tan
respetados como Tierno Galván, Castilla del Pino, Xavier Rubert de Ventos o
Emilio Lledó. Por ejemplo, comenté que Cambio de marcha en filosofía, de José
Ferrater Mora, era el título más poético que se le había puesto a una obra desde
Un tranvía llamado deseo… Lo paradójico era que yo admiraba por lo general a
esos autores y aprendía mucho leyéndoles, pero mi forma de hacerles un
homenaje consistía en zarandearles. Como dice el shakespeariano Hotspur, «si
vivimos, vivimos para pisotear la cabeza de los reyes». ¡Petulancia juvenil!
Ahora recuerdo que tales son sus procedimientos cuando intento aliviar la herida
narcisista que me produce el maltrato que a veces me dan gacetilleros treinta
años más jóvenes que yo…
Aunque comencé a hacerlas más bien por necesidad, las traducciones del
francés han sido siempre un gran placer intelectual para mí: combinan el júbilo
de leer con el de escribir, pero los convierten a ambos en más reflexivos. Primero
traduje a Cioran, entonces plenamente desconocido en España y no demasiado
popular tampoco en Francia. Después Jesús Aguirre me propuso acometer la
Suma ateológica de Georges Bataille y vertí al castellano sus tres volúmenes
—Sobre Nietzsche, El culpable, La experiencia interior— así como su tratado
sobre la religión. La cosa tuvo su intríngulis, porque yo simpatizaba mucho
menos con el estilo desaseado y tentativo de Bataille que con la elegancia de
Cioran. De modo que cuando después me dediqué a Diderot y Voltaire en
traducciones para la Biblioteca Nacional, el retorno a la prosa menos convulsa
resultó un cambio muy grato pese al reto que suponía la nombradía de esos
autores. Aparte de mi propia satisfacción, lo cierto es que la tarea de traducir me
produjo escasas ganancias. Entonces estaba sumamente mal pagada y la calidad
de la mayoría de las que hoy manejo parece indicar que sigue siendo una tarea a
destajo mucho más que un trabajo de precisión.
Como no renunciaba a la esperanza de volver alguna vez a la universidad,
me decidí a preparar mi tesis pese a la enorme pereza que me daba. Escogí como
tema el pensamiento de Cioran, que yo conocía bastante bien y el resto de la
academia española nada en absoluto. Además podía leerle en su idioma original
(en aquel entonces Cioran no quería saber nada de sus libros en rumano) y la
bibliografía a consultar era sumamente corta, porque casi nadie le había
estudiado todavía. De modo que podría ser exhaustivo sin quedarme exhausto.
Como director de tesis opté por José Luis Pinillos, catedrático de Psicología con
quien siempre me había llevado razonablemente bien. Pinillos fue un director de
tesis nada entrometido, cooperativo y tolerante, pero creo que tuvo ocasión de
maldecir más de una vez la hora en que se le ocurrió aceptar mi encargo. Y es
que enseguida empezaron los problemas. No en vano yo tenía ya una fama bien
asentada de perturbador levemente perturbado (mi último tropiezo fue verme
expulsado de un curso de doctorado algo aburrido por haberme dedicado sin
recato a meter mano a una exuberante compañera, tan aburrida o más que yo).
La primera alarma fue el rumor, no menos disparatado que halagador, de que
Cioran era un invento mío, un heterónimo para publicar mis chifladuras y que la
pretendida tesis sobre tal fantasma no pretendía ser sino una sofisticada burla a
la academia. Yo me lo tomé a broma, pero Pinillos pareció algo preocupado y me
aconsejó que recabase del autor una carta respaldando mi trabajo, que serviría
además como prueba de su existencia. De modo que le escribí: «Cioran, dicen
que usted no existe». Me contestó a vuelta de correo: «Por favor, no les
desmienta». Pero me envió una especie de carta-prólogo para la tesis, en la que
aseguraba que él de ningún modo era un filósofo y que el único miembro de este
gremio que conocía actualmente era un clochard parisino que solía pedirle de
vez en cuando dinero mientras abominaba de los sinsabores de la vida.
Francamente, no sé si la misiva contribuyó a mejorar las cosas: ya nadie dudó de
que Cioran existiese pero todos pensaron que éramos desdichadamente tal para
cual.
El presidente de mi tribunal de tesis no era otro que el ínclito Adolfo Muñoz
Alonso: entre el resto de los nombrados hubo dimisiones y abandonos de todo
tipo, que convirtieron mi trabajo doctoral en la versión universitaria de la
maldición de Tutankamón. Pasaban los meses y el presidente iba dando largas al
acto de la lectura. Le hicieron saber a Pinillos que no consideraban lo que yo
había escrito una auténtica tesis, sino más bien una desvergonzada parodia en la
que además se arremetía ferozmente contra los respetables profesores. Algo de
razón tenían, porque yo no pretendí «investigar» sobre Cioran sino parafrasearle
a mi modo, con personal deleite y agravando a veces sus planteamientos. Y en
efecto, dedicaba el primer capítulo a quienes convertían la filosofía en jeroglífico
pedante o edificante dogma, con esbozos bastante reconocibles de algunos
maestros de la santa casa. El buenazo de Pinillos estaba cada vez más nervioso:
una tarde forzaron la puerta de su despacho y revolvieron en sus papeles, lo que
él atribuyó a que buscaban el original de la tesis para no se sabe qué objetivos…
quizá para realizar un exorcismo. Me pidió por favor que rescribiese al menos el
capítulo litigioso, suprimiendo las expresiones más hirientes. Yo me negué, en
parte por cuestión de principios pero sobre todo porque los ejemplares estaban
ya encuadernados y copiarlos me habían costado una pasta, desembolso que no
pensaba repetir. Finalmente llegamos a un acuerdo grotesco: pegamos tiritas de
papel sobre los párrafos peores en cada uno de los ejemplares, lo cual hacía en
cierto modo más patentes mis travesuras en lugar de censurarlas. Y seguían
pasando los meses, sin que se convocara el acto de lectura. La cosa iba siendo ya
notoria y hasta Umbral se ocupó de mis sinsabores académicos en una columna
periodística que siempre le agradeceré. De repente Muñoz Alonso falleció,
Carlos Paris entró en el tribunal y por fin pude leer mi tesis, obteniendo incluso
un sobresaliente (no hubo cum laude porque uno de los miembros del tribunal,
Luis Cencillo, cura como no podía ser menos, se negó a asistir al acto). Acabé
siendo doctor, como cualquier hijo de vecino.
No siento ninguna nostalgia por aquellos años, llenos de enredos laborales,
políticos y personales; pero echo de menos el ciego alborozo que disfrutaba
invariablemente hasta en las peores circunstancias. Estaba como poseído por el
demonio de la alegría, aunque a veces me las daba de desesperado. No añoro ni
me arrepiento de nada, de qué sirve, pero envidio aquel júbilo, aquella fuerza
inconsciente, aquel permanecer invulnerable en plena destrucción.
27

21, RUE DE L’ODEON

Sólo a partir de la muerte se hace posible el pensamiento negativo; es


su irreversibilidad lo que concede a la negación su sentido totalizador.

JEAN AMÉRY

M uchas veces he pensado que un día tengo que ponerme seriamente a


repasar mi correspondencia con Cioran y publicar parte de ella. Quizá
ni siquiera cartas enteras, puede que bastasen párrafos o simples frases,
opiniones sobre esto y aquello, consejos prácticos para disminuir las agresiones
de la realidad. Probablemente quienes sólo hayan leído sus libros tiendan a
ponerlo en entredicho, pero la verdad es que Cioran era un hombre de buen
consejo, sensato y pragmático como pocos, justo lo contrario de un delirante
profesional. Al contrario, era un superviviente nato aunque —eso sí— no del
todo vocacional… La prudencia, incluso la excesiva prudencia, en lo tocante a la
gestión de la cotidianidad es uno de los rasgos característicos de los auténticos
pesimistas (recuérdese el caso de Schopenhauer). Toda imprudencia vital, todo
arrebato que compromete las pautas de lo mejor contrastado y nos expone al
torbellino de lo inverosímil, proviene de una íntima y desafiante sensación de
invulnerabilidad. Ser pesimista consiste precisamente en carecer de este
espontáneo resguardo. Los más audaces en metafísica son quienes aconsejan
también ponerse bufanda cuando sopla el cierzo; en cambio los temerarios,
incluso si se oponen a las normas del universo, están siempre convencidos de
tenerlo de su parte. Conocí a Cioran en una época juvenil y particularmente
alocada: entonces habría prestado oídos entusiastas a la recomendación de
cualquier desbordamiento, por suicida que fuese. De él sólo obtuve
admoniciones cariñosamente irónicas que no hubiera desautorizado mi madre…
Guardo un cajón lleno de sus cartas (¡yo, que no conservo casi nada por
pereza o descuido!). En la mayoría de los casos están escritas con una pálida
tinta azul, cuyo tono exacto nunca he vuelto a encontrar y que me lo recordará a
él por siempre. Pocas veces me escribió a máquina, aunque siempre con
añadidos y correcciones a mano; una de ellas fue su misiva sobre Borges, que
luego publicó retocada en Ejercicios de admiración. Una anotación de los diarios
de Mircea Eliade explica el peculiar encanto de las cartas de Cioran señalando
que «nunca escribía a nadie por obligación, siempre por gusto». Cuando leí esa
constatación, cuya veracidad jamás he querido poner en entredicho, me sentí
lleno de ingenuo orgullo porque durante años me escribió con frecuencia.
Afortunadamente los vericuetos aniquiladores del tiempo no han conservado mi
contribución a esa correspondencia, que leída hoy hubiese rebajado mi
vanagloria a su justa medida. Pienso que en cierto modo mi vocinglera
inmadurez le divertía o al menos le impacientaba tiernamente. No sé si Cioran
fue bueno en términos absolutos, ni siquiera sé qué podría significar serlo, pero
estoy seguro de que fue sin duda bueno para mí, bueno conmigo. Me sentó bien,
nunca quiso «empeorarme».
Después de Agustín García Calvo —que por aquellos años seguía exiliado en
París—, fue el segundo ejemplo que he conocido en mi vida de alguien para
quien el pensamiento sobre lo esencial (por respeto a los escrúpulos de ambos no
me atrevo a hablar, como quisiera, de «filosofía») no constituye una carrera
académica ni una exhibición de virtuosismo erudito ni tampoco el empeño de
figurar entre los enterados del espíritu de la época, sino un irremediable,
incurable designio personal. Ninguno de los dos, estoy seguro, eligió su tarea
crítica asumiendo que —puesto que hay que dedicarse a algo para «ser
alguien»— ellos tenían ahí abierta una vía propicia. Reflexionaron para vivir
más, aunque no para vivir más cómoda ni fácilmente. Pero que renunciasen a lo
doctoral o prescindieran de las modas no equivale a decir que Agustín o Cioran
tuviesen en modo alguno vocación de renunciar a la palabra: ambos son dos
ejemplos preclaros de espíritus tenazmente —¡hasta imperiosamente!—
comunicativos, tanto en su obra escrita como en su vida personal. García Calvo
posee la virtud escénica que se necesita para encandilar a un público, de
preferencia joven, para dar una buena clase o recitar versos; Cioran en cambio
prefería la distancia corta, la charla personalizada y abominaba del papel de
«conferenciante». Yo estuve a punto de conseguir que viniese un verano a
Santander, a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, para intervenir en
un curso sobre Schopenhauer. Aceptó en principio por volver a Santander, donde
había pasado temporadas en casa de un amigo ya fallecido, y también porque
quedamos en que no sería propiamente una conferencia sino un diálogo entre
nosotros dos, en el que respondería a mis preguntas «como si estuviésemos
solos». Al final resultó que su hermano consiguió precisamente ese mes de
agosto el difícil permiso de viaje para ir de Rumania a París, por lo que no le
quedaba otro remedio que suspender la visita a España y esperarle. O quizá fuera
una excusa de última hora, no lo sé, un acceso tardío de pánico ante las
candilejas…
En cualquier caso, Cioran era un conversador estupendo, divertido, carente
de pedantería y sobrado de agudeza. Su malicia, que siempre mitigaba al final de
sus dichos con una seca carcajada, era casi siempre genérica, incluso abstracta:
muy pocas veces le oí hablar mal de nadie y sus discretos cotilleos me
parecieron siempre bastante inocentes (exactamente igual que los de García
Calvo, por otra parte). Era intransigente con el universo y condescendiente con
todas sus criaturas supuestamente racionales. Al menos en su conversación y en
la mayoría de los escritos publicados durante su vida: sus Cahiers póstumos
consienten de vez en cuando algunos flechazos personalizados, de los que casi
nunca le oí en nuestras charlas. Aunque quizá fuese así conmigo porque no
quería escandalizarme, porque me consideraba una suerte de beato
extraterrestre… lo que desde luego de algún modo no dejaba de ser cierto. Casi
siempre hablábamos de sucesos recientes, de conflictos sociales, de anécdotas
cotidianas, las cuales, aunque fueran triviales, escuchaba ávidamente; nunca de
libros ni de autores. Tampoco le gustaba comentar lo que estaba escribiendo: si
yo le inquiría sobre ello, borraba la cuestión con un gesto despectivo de la mano
y una risotada. No era modestia, sino infernal orgullo pues, como anotó más
tarde, le resultaba intolerable y humillante que se le hicieran, por ejemplo, esas
preguntas «profesionales» que nadie se hubiera atrevido a plantear a Buda.
Era un anfitrión perfecto, casi ansioso en su solicitud. Yo llegaba a la puerta
de su apartamento en el 21 de la calle del Odeon algo jadeante por la empinada y
larga ascensión de una escalera rica en rellanos, bifurcaciones y cambios de
sentido (hasta los últimos años no le pusieron ascensor y siempre he pensado que
eso aceleró su decadencia física, porque subir a pie le mantenía juvenilmente
ágil). En el descansillo, a la derecha, encontraba la puerta de su minúsculo pisito,
señalada durante años por un papelucho con su nombre, escrito de su mano en la
ya mencionada tinta azul; a la izquierda, cerrada con llave, la puerta del retrete
que compartía con no sé cuántos apartamentos como el suyo y el pasillo al que
daban todos esos domicilios vecinos. Casi siempre era él quien abría y nunca
dejé de sentir un ramalazo de la timidez del primer día al verle, despeinado y
afable. Lo primero que me decía, varias veces, era «¡cuidado con la cabeza!»
porque tanto el dintel de la entrada como luego el de la salita eran bastante bajos.
Se preocupaba de que no tropezase como si yo tuviera estatura de
baloncestista… La verdad es que él era sólo unos centímetros más bajo que yo,
menudo, frágil, con un bello rostro anguloso que los años fueron dignificando
sin estropear y una abundante cabellera entrecana de la que obviamente estaba
orgulloso. Como dicen los franceses, «se había hecho una cabeza» envidiable: si
es cierto que a partir de los cuarenta años cada cual es responsable de su rostro,
Cioran a ese respecto tuvo poco de lo que arrepentirse.
Entrábamos en la pequeña sala, la habitación donde transcurría toda la vida
de la casa, cuyo único lujo era el balcón desde el que se veían los techos
románticamente incomparables del Barrio Latino. Años más tarde reencontré un
panorama semejante en el decorado de una representación de La Bohème en el
Teatro Real de Madrid y casi se me saltaron las lágrimas. Sobre una mesita había
botellas —whisky, coñac, vino, bandejitas con aperitivos, los primeros dones de
la hospitalidad, a los que me instaba como si llegase de una travesía por el
desierto— y enseguida aparecía Simone. Salía de la cocina contigua, no menos
liliputiense que las otras piezas, pero parecía recién llegada de la peluquería,
siempre perfecta de aspecto, elegantísima en su sobriedad. Era inteligente,
discreta, con un punto de ironía maliciosa en la conversación que aparecía aquí y
allá, como una lucecita que se enciende y se apaga en un árbol navideño. Por
Cioran (al que llamaba siempre así, «Cioran», nunca «Emil» o cualquier otro
apelativo íntimo) mostraba una devoción sin desmayo ni servilismo: nunca he
visto a una mujer tan pendiente del hombre al que amaba y a la vez tan dueña de
su propia personalidad, que no hacía nada por ostentar. Si hay algo que me
cuesta perdonarle a Cioran no son sus veleidades prohitlerianas juveniles, esas
provocaciones rabiosas de un esteta metafísico que confundía la protesta ante el
cosmos con el nihilismo político, sino no haber mencionado más cálidamente a
Simone en sus Cahiers. Vivieron cuarenta años juntos y ella mecanografió todos
sus libros en francés y luego rescató esos cuadernos postumos en los que ella no
aparece más que como una inicial entre las de otros personajes mencionados del
mismo modo, protagonizando alguna anécdota ocasional que suele dar pie a un
aforismo desengañado.
¡No es verdad, no es verdad! Ya sé que nadie tiene derecho a inmiscuirse con
opiniones críticas en una historia de amor ajena, pero a mí Cioran me parece
inviable sin Simone. Seguí viéndola durante el largo internamiento final del
Cioran demenciado y después de su muerte, mientras ella transcribía sus
cuadernos. A veces me comentaba, con sonrisa agridulce, que en esas páginas
hasta entonces desconocidas Cioran contaba tal o cual episodio que ellos habían
vivido juntos «como si yo no hubiera estado allí». ¿A causa de qué este olvido
impío, esta injustísima marginación? ¿La amaba tanto, la necesitaba tanto que le
resultaba impúdico mencionar esa deuda al mismo tiempo que no se recataba a
la hora de pedir cuentas de la existencia al universo y a Dios? Algunas veces
Simone me contaba sus visitas al asilo donde vegetaba Cioran, ya sin conocer a
nadie, y deslizaba humilde y triunfal su confidencia: «Cuando me ve, siempre
me sonríe». ¿Lo rescataba finalmente todo esa sonrisa ausente ante la que
siempre estuvo presente y luego aparentemente olvidada? Ojalá haya sido así.
Fue ella quien se encargó de que Gallimard publicase en un volumen las obras
completas de su compañero sin ningún tipo de prólogo ni comentario, como
Cioran siempre quiso. Del mismo modo editó sus Cahiers, con sólo un par de
páginas introductorias redactadas por ella misma que justifican esta transgresión
a los deseos ambiguamente manifestados por su autor: contra tanta sobriedad
protestó después George Steiner, demostrando así que a veces prevalece en él el
dómine sobre el pensador. Y después, enseguida, Simone se ahogó en una playa
del norte de Francia, como la Ofelia de mi Hamlet predilecto. En una carta —
antes de la muerte de Simone— me comentó Clément Rosset, quien conoció
bien a ambos: «Yo valoro a Simone incluso por encima de Cioran». Ni por
encima ni por debajo, aunque yo sólo sabría valorarlos juntos.
Pero volvamos a lo irrecuperable, a los días remotos en que los que yo —
tímidamente osado, petulante, angustiado, dichoso, ahora sé que dichoso—
llegaba a aquel apartamento del 21 de la rué de l’Odeon. Sin Cioran, sin Simone
(y sin la librería la Hune o sin el Sancerre blanco de la taberna de St. Séverin) ya
no concibo París, mi París, aunque no renuncio una y otra vez a volver para
buscarlo. ¿Qué habrá sido del pequeño apartamento, al final de la escalera, desde
el que se veían las románticas buhardillas y los tejados picudos? Quienes hoy lo
habiten… ¿notarán de algún modo, oscuro, tierno, la presencia del genius loci,
la influencia de la larga y desesperada historia de amor que les precedió?
Entonces Simone nos servía la cena, tan delicada como generosa (no olvidemos
que eran pobres), mientras yo balbuceaba atropelladamente en mi francés
incierto y Cioran me llenaba la copa, soltando breves carcajadas, tras acuñar con
cuatro palabras exactas el epitafio de algún lugar común. Sólo una vez llegué a
verle realmente enojado. Todo empezó muy bien, cuando una hermosa
muchacha sueca vino a verle diciendo que quería escribir un estudio sobre su
obra. A Cioran le encantaba la atención de las chicas guapas porque él, tan
desesperado, nunca perdía con ellas las esperanzas. De modo que llevó a la
sueca de paseo por sus lugares predilectos del jardín de Luxemburgo y le enseñó
sus librerías de viejo favoritas, etcétera. Meses más tarde volví a preguntarle
cómo iba la tarea exegética de su admiradora escandinava y se sulfuró. Resulta
que la señorita no era realmente una lectora entusiasta de Cioran sino una
delegada de la Academia Sueca, enviada para sondear discretamente si él
aceptaría sin desplantes el Premio Nobel. Fue un terrible desengaño: ¿qué es un
premio frígido que hay que compartir con tantos mediocres comparado con el
interés cálido, personal, prometedor, de una hermosa mujer? Cioran la despachó
con cajas destempladas, tras hacerle saber que nunca, nunca (y agitaba
ferozmente su melena mientras rugía una y otra vez «jamais!») aceptaría ningún
galardón de la academia traicionera. Así perdió mi amigo el Nobel y entró en el
cuadro de honor Elias Canetti.
Cualquier lector de Cioran sabe hasta qué punto le apasionaba España y
cómo la mitificaba: «Si Dios fuera un cíclope, España sería su ojo». Durante
años la visitó asiduamente, yendo sobre todo a casa de su amigo santanderino,
pero también viajó por otros lugares de nuestro país. En el pueblo balear de
Talamanca tuvo una experiencia espiritual intensa sobre la que escribió notas
reveladoras y a la que siempre se refería con cierto sobrecogimiento. Le
acompañé en su última visita a nuestro país y le presenté al entonces ministro de
Cultura socialista, mi antiguo compañero de la Universidad Autónoma madrileña
Javier Solana. Volvíamos de la feria de Francfort, donde Jorge Semprún, Juan
Goytisolo y yo habíamos ofrecido una mesa redonda sobre cultura española: los
socialistas de Felipe González inauguraban con los mejores auspicios e inmenso
apoyo popular su mandato. Recuerdo que lo que más me impresionó de aquella
primera visita a la prestigiosa feria alemana fue cierta recepción ofrecida por la
editorial Surkamp. Javier y yo llegamos al lugar del festejo cultural
acompañados por los dos policías españoles que escoltaban al flamante ministro.
La verdad es que ninguno de los dos estábamos demasiado acostumbrados a ir
flanqueados por guardias que nos protegiesen en lugar de detenernos y Solana,
que luego quería asistir en privado con unos amigos a no sé dónde, intentó
infructuosamente convencer a los dos funcionarios de que no había peligro y
podían volverse ya al hotel. Ellos se negaban con respetuosa determinación y,
como el forcejeo se prolongaba, cometí la impertinencia de intervenir para
decirles que podían irse tranquilos. De inmediato me dijeron esta cosa
aterradora: «Bueno, si usted nos responde de la seguridad del ministro…».
Farfullé alguna excusa y entré corriendo a tomarme una copa. Más tarde llegó
Habermas y, mientras yo trataba de huir, intermediarios tan obsequiosos como
impertinentes se empeñaron en presentarme a él como «un conocido colega
español»; me saludó muy amable, gruñendo cosas ininteligibles por su labio
leporino. Rojo como un tomate, intenté trabajosamente disculparme por no
hablar alemán hasta que el corresponsal Walter Haubrich me informó de que el
profesor Habermas me estaba hablando en inglés: volé a tomarme dos o tres
copas más. Bueno, pues en el avión de regreso a España, tras tantas peripecias, le
comenté a Solana que al día siguiente iba a cenar con Cioran. Se empeñó en ser
de la partida y la velada resultó memorable, por razones no muy distintas a las de
mi encontronazo con Habermas. Cioran entendía bastante bien el español y creía
hablarlo, pero en realidad lo que chamullaba era una incomprensible mezcla de
rumano e italiano. Javier Solana, por su parte, no hablaba entonces francés, la
lengua en la que todos hubiéramos podido entendernos con bastante facilidad.
Contestaba a Cioran a veces en castellano y otras en inglés. El resultado fue un
guirigay tan divertido que a veces tenía que levantarme de la mesa pretextando ir
al retrete para poder reírme a gusto. Al final, con todo cariño, Cioran se despidió
de Javier con un «¡y que no sea usted ministro mucho tiempo!». Luego, cada vez
que una foto de Solana aparecía en la prensa española o francesa, me daba el
parte muy ufano: «¡He visto a nuestro ministro!». Tengo la impresión de que
nunca acabó de creerse que fuese ministro de verdad, como Malraux o Jack
Lang…
Regreso a nuestra otra cena rememorada en el 21 rué de l’Odeon. Ahora, en
el ahora de lo que no volverá, llegan los quesos (a los que Brillat Savarin llamó
«el bizcocho del borracho») y con ellos decido acabarme en solitario la segunda
botella de borgoña, alentado por la benevolencia de mis huéspedes. Cioran y
Simone mantienen uno de sus habituales y bien ensayados duelos verbales, él
diciendo atrocidades de los franceses y ella parando con sutil habilidad las
estocadas. Yo seguramente ya he bebido demasiado, como demuestra la fluidez
suicida con la que perpetro bromas en la lengua de Voltaire. Quizá por eso
Cioran se empeñará después en acompañarme hasta la boca de metro en el
carrefour de l’Odeon. Me informa durante el trayecto de que el suburbano
parisino es un antro peligrosísimo, nada que ver con la placidez de los metros
españoles (que nunca ha pisado, desde luego) y para convencerme me cuenta
algunos sucedidos atroces que podrían figurar en el folletón de un nuevo
Eugenio Sué. La noche de comienzos de octubre es fresca, bulliciosa, y muchos
jóvenes sonrientes hacen cola para entrar en los cines Danton, donde ponen
películas que aún no han estrenado en España. La ancestral libertad parisina se
me sube a la cabeza más deprisa que el borgoña. Y él marcha hablando a mi
lado, con su abrigo de corte anticuado rematado por una bufanda anudada con
garbo y su gorro de piel ruso que le eslaviza aún un poco más. En el fondo es un
dandy, el último romántico trágico e irónico a la vez, «caminando hacia el fin de
la historia con una flor en el ojal». No consiente en despedirse de mí hasta que
ya he bajado el primer tramo de escaleras rumbo a los riesgos ignotos del
suburbano. Me vuelvo y le hago un saludo con la mano que él devuelve,
sonriente. Adiós, amigo mío.
La lectura de los grandes iracundos de nuestro siglo, como Céline, Thomas
Bernhard, Fernando Vallejo o —más a lo lejos— Pío Baroja, siempre me ha
resultado más tonificante que la de los optimistas bien equilibrados, con la
destacada excepción de Jorge Guillén. Cioran hubiera dicho que ello se debe,
precisamente, a mi congénito optimismo: mientras que los demás necesitan
tomar de vez en cuando la poción mágica que multiplica las fuerzas al disipar las
brumas existenciales, yo puedo prescindir de ella porque —como Obélix— me
caí en la marmita de pequeño. Resultó siempre inútil que tratase de convencerle
de que yo era también muy pesimista, como él. Se burlaba cordialmente de mí y
no me creía. En la dedicatoria de uno de sus libros escribió: «A F. S.,
agradeciendo los esfuerzos que hace por ser pesimista». Bueno, puede que
tuviese razón (en cuestiones psicológicas era de una agudeza nietzscheana),
aunque sigo teniendo mi propia idea de lo que supone la contraposición
«optimismo-pesimismo» y la expondré en otra parte. Pero lo que sin duda
Cioran no advertía era su propio optimismo, es decir: su vitalismo contrariado.
Como Bernhard, como Fernando Vallejo, sus diatribas contra los inconscientes
que buscan prótesis de inmortalidad en instituciones y rutinas o sus elaboradas
blasfemias contra el Cosmos que tiene previsto descartarnos reciben su energía
convincente de la fuerza estilística, desde luego, pero sobre todo de su escándalo
ante la necesidad de la muerte. Denuncian la más fundamental de las hipocresías
humanas, que es también la más imprescindible: la voluntaria ceguera que nos
permite vivir como si no hubiera muerte.
Patalear contra la muerte, y ya de paso contra todo lo demás, es el prototipo
de sublevación inútil que nunca deja de encontrar angustiada y humorística
complicidad en todo optimista bien nacido. ¿Cómo podemos acostumbrarnos al
verdadero horror, al Horror con mayúscula que nos convierte en humanos y
mortales? ¿Cómo podemos fingir que vivimos como si nada, cuando ahí está la
nada? ¿Cómo resignarnos a los consuelos del prestigio, del hábito laborioso o de
la inepcia religiosa? Sólo a un optimista, a un vitalista contrariado, se le ocurre
ser elocuente en esta rebelión contra lo ineluctable, oponiendo lo que va a ser a
lo que debería ser y sin embargo sigue siendo. ¿Qué otra cosa es el optimismo
metafísico, salvo creer que la muerte, imprescindible según la especie,
inexorable según el universo, no tiene derecho de imperio sino que es mero
atentado y usurpación? Por eso tales insobornables berridos antitodo de quienes
no se resignan resultan estimulantes, irónicamente estimulantes en muchos
casos, para quienes no somos capaces de semejantes truculencias pero
compartimos el escándalo de fondo del que parten. Y a mí me sigue sublevando
la muerte de Cioran —o cualquier otra muerte, que son siempre la mía— como a
él le indignó saber que iba a morir y que los demás de antemano ya pretendían
irse acostumbrando…
28

EL VERANO DE SAURON

E n la última página de uno de sus libros más representativos —El hacedor


— confiesa Jorge Luis Borges: «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he
leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el
pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». Esta
declaración no aspira al prestigio ni a la intimidación pedante, aunque quizá hoy
se lo parezca a algunos recelosos. Desde luego, yo entiendo bien lo que quiere
decir Borges e incluso (firmando todo lo abajo que sea prudente) suscribo en lo
esencial su afirmación. El paciente lector de estas páginas rememorativas o de
algunos otros de mis libros seguramente no se sorprenderá por ello. Pese a las
alarmas de los catastrofistas, no dudo de que hoy muchos jóvenes siguen
leyendo; pero ignoro si los libros aún significan para ellos —en este mundo de
videojuegos y cruceros por Internet— lo mismo que supusieron antaño para
algunos fanáticos de su misma edad: sólo puedo dar fe de que entonces eran una
aventura, nuestra fiesta mayor, delicia y riesgo. El verano más intenso y
fantástico de todos cuantos recuerdo de mi juventud lo pasé precisamente
atrapado por un libro. Para ser más exactos: hechizado por un libro y amenazado
por un cuartel.
Yo tenía veintimuypocos años. Me habían detenido varias veces en las
movidas antifranquistas de la universidad y hasta había llegado a pasar una breve
temporadita en la cárcel de Carabanchel. Como castigo de tanta turbulencia, las
autoridades —siempre competentes— me denegaron la prórroga de
incorporación al servicio militar a la que tenía derecho por mis estudios
universitarios. Cuando acabó el curso supe que en septiembre, inexorablemente,
debería vestirme de uniforme y comenzar a marcar el paso. Decir que esa
perspectiva me traumatizaba es ser benévolo: seguramente el corredor de la
muerte de algunas penitenciarías yanquis está ocupado por gente con mejor
estado de ánimo que el mío a comienzos de aquel verano. Tenía ante mí poco
más de dos meses, dos brevísimos meses estivales, los últimos antes de la
catástrofe castrense que clausuraría mi alegre y rebelde despreocupación juvenil.
Julio, agosto… los mejores meses del año, perfumados con el aroma marino de
la playa donostiarra, los meses mágicos de la infancia excursionista y risueña,
ahora convertidos en dramática pausa que precedía a la esclavitud.
Sentí que obligatoriamente tenía que hacer algo grande en esos sesenta y
tantos días postreros, algo arrebatador, insólito, algo tan portentoso y orgiástico
que lograra hacerme olvidar lo que me esperaba después. ¿Quizá un viaje al fin
del mundo, como el que le pidió su amada a Blaise Cendrars en aquella
estupenda novela? Imposible, porque las autoridades providentes antes
mencionadas me habían incautado también preventivamente el pasaporte.
Respecto a las posibilidades escapistas del alcohol y otras drogas lisérgicas, que
ya había frecuentado por entonces con notable devoción, no me hacía
demasiadas ilusiones: sirven para entretenerse honestamente un fin de semana
pero no dos meses por cortos que sean. Descartado el suicidio por orgullo —¡no
podrán conmigo!— y el libertinaje por timidez, sólo me quedaba la literatura. De
nuevo la literatura. Y entonces apareció el Libro.
Era muy grueso, más de mil páginas, y lo encontré en la librería Meissner de
Madrid, especializada en libros extranjeros. Conocía su título porque lo había
visto vivamente desaconsejado en otra obra leída recientemente, El poder de
soñar, del inglés Colin Wilson. Este autor había formado parte en su día del
grupo que se llamó «los jóvenes airados», junto a otros novelistas, dramaturgos y
cineastas británicos. En mi mocedad había disfrutado con El desplazado de
Wilson, una especie de prontuario tardorromántico de insubordinación
metafísica que me reveló a William Blake entre varias estimulantes maravillas,
más deudoras de mi ignorancia que del genio del rústico panfletario. Por culpa
de esa obra primeriza seguía obstinándome en leer al veterano joven airado, con
decreciente entusiasmo por sus hábitos ocultistas y reaccionarios. Cuando
terminé El poder de soñar, un repaso a la literatura fantástica moderna, ya había
llegado a la desconsoladora conclusión de que Colin Wilson era un perfecto
merluzo. ¡Pues no se atrevía a despreciar a Lovecraft, el más entrañable y
viscoso de mis aterradores favoritos!
Uno de los capítulos del libro estaba dedicado a comentar derogatoriamente
cierta larga novela en tres partes, en la que se recreaba una tierra imposible llena
de prodigios y de cientos de personajes propios de cuentos de hadas. Para mejor
descalificarla, el obcecado Wilson encontró este dicterio, que a mí me sonó al
mayor de los encomios: «Es la novela que le hubiera gustado escribir a
Lovecraft y no pudo». De inmediato decidí que ese grimorio merecía ser leído
urgentemente, en cuanto cayese en mis manos pecadoras. Pues bien, allí estaba,
bien orondo y repleto, tres volúmenes en uno, en el estante de novedades de
Meissner, con su título escrito en un tipo de mayúsculas que remedaban letras
gaélicas: Lord of the Rings. Sólo se presentaba una pequeña dificultad:
cualquiera podía darse cuenta, aun sin ser demasiado perspicaz, de que el
ansiado mamotreto estaba escrito rigurosamente en inglés. Y yo, ay, pese a
algunos intentos más bien lánguidos e intermitentes de aprenderla, desconocía
con vigorosa tenacidad esa lengua imprescindible.
No era cosa de esperar que tradujeran Lord of the Rings al castellano, puesto
que sólo me quedaban ya dos meses de vida… utilizables. Y menos mal que no
esperé, porque tardó aún bastantes años en aparecer El señor de los anillos en
español. De modo que me compré de todos modos el tomazo incomprensible, lo
acompañé con un buen diccionario y así empezó mi gran aventura. Mañana y
tarde, durante horas de paciente felicidad, penetraba a trompicones en la Tierra
Media, viajaba con Bilbo y Sam, luchaba junto a Gandalf y Aragorn, escuchaba
la llamada del cuerno de combate de Boromir, sintiendo siempre la amenaza del
enorme ojo sin párpado de Sauron que me miraba desde el agua cóncava del
estanque mágico… Elfos, troles y orcos me hicieron olvidar por completo —
bueno, casi por completo— a los sargentos que poco después empezarían a
darme órdenes. Había en esa gesta un doble placer: buscar despacio palabra por
palabra en el diccionario para construir cada episodio como un rompecabezas
emocionante y otras veces inventar o intuir el significado de los términos
desconocidos para llegar cuanto antes al anhelado desenlace. Lento, rápido,
embriagador: el deleite. Después volví a leer a Tolkien primero en francés y más
tarde en español, pero nunca disfruté ya tan salvajemente como con esa rústica
lectura en la lengua apenas conocida, aquel verano. Muchos conocidos se
burlaban entonces de mi arrobo por la obra maestra desconocida. Me alegra
perversamente constatar hoy que el gusto de sus hijos se parece más al mío que
al suyo.
Y pasaron los dos meses estivales, llegó y pasó también la mili, sobreviví a
la instrucción y a las imaginarias. De aquellos días a toque de corneta ni siquiera
guardo recuerdos terribles, sólo algunas anécdotas fastidiosas o risibles, casi
tiernas en su lejanía. Disfruté con la primera versión cinematográfica de la
leyenda, realizada en una combinación de dibujos animados y siluetas humanas,
y muchísimo más con la película de Peter Jackson, quizá la mejor adaptación
nunca realizada de una obra literaria al cine. Espero ahora la última entrega de la
saga: tengo que vivir lo suficiente para verla completa. Porque en los sueños
inquietos de algunas noches vuelve a mirarme, ya más cerca, el ojo de Sauron.
29

LA CATÁSTROFE DEL MUNDO

En los negocios y en la política uno se siente más libre cuando


escribe que cuando habla. Sin embargo, en el amor ocurre todo lo
contrario.

GIACOMO CASANOVA

E ste libro trata de negocios, en especial de cómo me las he arreglado en el


gran negocio de la vida: el tiempo. En un libro de negocios hay poco lugar
para el amor. Por supuesto, el tiempo se me ha ido principalmente en amores, en
los que venían, en los que se iban, en los que no llegaban. Podría hablar de ellos
y no hablar de nada más, porque he pensado en ellos mucho más y más
apasionadamente que en ninguna otra cosa. Todavía ahora, por cada idea que
tengo sobre cualquier tema distinto me atraviesan cien deseos, cien angustias o
insatisfacciones, mil cosquilleos referidos al amor. La desproporción en mi vida
entre los amores y lo demás es tanta que en esta crónica de negocios hablaré de
lo demás y no de los amores. No sabría cómo hacerlo. No habría tiempo para
tanto contratiempo, ni yo tengo arte suficiente. Me sería imposible abordar la
cuestión sin parecer ante mis propios ojos timorato o provocador o reticente o
jactancioso o resentido o ufano o víctima o verdugo, pero siempre falso: falso.
Prefiero volver al resto de los negocios, dejando que la hidra asome a veces, aquí
y allá, incontrolable. En este breve capítulo sólo diré que acerca de
contratiempos amorosos tendría tanto que contar… que prefiero no contar nada.
Además está la cuestión de los nombres. Siempre que se dan nombres se
trata, para bien o para mal, de ajustes de cuentas. Como lector he disfrutado
ocasionalmente con las memorias de quienes levantan acta nominal de sus
amores y amoríos, como el gran Casanova, o Rousseau, o Bertrand Russell. Pero
no me gustaría tener que escribir eso que me ha gustado leer. Me sería penoso,
sobre todo por el temor de apenar a alguien más. A toda persona que puso alguna
vez —aunque fuera una sola vez— su cabeza en la almohada junto a la mía le
tengo hoy un agradecimiento rayano en la veneración, pese a que también sienta
rencor o vergüenza o nostalgia al recordar su rostro y su cuerpo. De modo que
no pronunciaré ningún nombre… casi ninguno. También admiro esas
autobiografías que nada cuentan de tormentos amorosos, como la de Conrad o la
de Kipling, o incluso que parecen milagrosamente asexuadas como la estupenda
de Santayana o la distante de Raymond Aron. Pero no quisiera dar en estos
recuerdos la impresión —también falsa— de que he estado en algún sentido por
encima del amor o de que para mí hubo, hay algo más urgente, más apremiante,
más distinguido. No, todo lo contrario: callaré respecto al amor no porque crea
sobrevolarlo o poder darlo de lado, sino porque siempre he estado y sigo estando
bajo él. No he logrado sobreponerme a ninguno de mis amores, ni siquiera a los
más turbios y momentáneos. Por eso escribo esta página: para que el lector no
pueda malinterpretar la importancia atroz de lo que callo y sepa que callo por
eso.
«Amor, amor, catástrofe del mundo…». No es que aquí empiece mi
arrepentimiento, pero desde luego acaba cualquier posibilidad de orgullo.
Padezco muchas formas idiotas de vanidad, pero no al menos la más idiota de
todas, la vanidad amorosa. Para el jansenista La Rochefoucauld, «toda pena de
amor es una pena de amor propio». Si es así, el amor propio hará que no valga la
pena hablar de tales penas: y si se callan penas tan vanidosas, ¿a santo de qué
envanecerse de las alegrías? En estas cuestiones, me ha pasado lo que le pasa a
cualquiera: recordarlo con un rosario de golpes de pecho o de gritos triunfales
sólo revelaría ingenuidad. Siendo aún muy chico, una postura forzada, el roce
inguinal de una tabla dura, me proporcionaron la inopinada revelación del
espasmo placentero. Insistí cauteloso un par de veces y luego, entusiasmado,
corrí a contarlo: ¡creí haber inventado la masturbación! Me desconcertó bastante
que los demás hubieran ya descubierto por sí solos la gran noticia y se lo
tuvieran tan callado. Siempre que he escuchado o leído a alguien vanagloriarse
de sus triunfos en la palestra del colchón, me acuerdo de cuánto me ufané yo
también con un hallazgo que no lo era…
Por lo demás, lo realmente divertido del amor es que nos ocupa de pies a
cabeza, en alma y cuerpo: desde la sublime delicadeza a la jacarandosa
obscenidad. Me refiero, claro está, al amor sexual pero ¿es que hay amores que
no lo sean? ¿No es también sexual el amor de la madre por su criatura o
cualquier otro amor familiar? ¿Hay algo más sexuado que la familia, por lo
menos hasta que los tecnócratas de la probeta no la conviertan, con la
complicidad de neuróticos de varia factura y condición erótica, en una rama de la
producción industrial? ¿No es cierto que en toda amistad, como señaló Diderot,
«hay un poquito de testículo»? Respecto al supuesto amor a Dios (¿«amor» a lo
eterno e invulnerable?), ya lo dejó bien retratado en mármol Bernini al
perennizar el arrobo de Santa Teresa y su angelito… Por mi parte baste decir que
he recorrido toda la escala varias veces, arriba y abajo, padeciendo y disfrutando
siempre con el torbellino. Como tantos, como todos, he buscado y creído
encontrar sucesivamente esa compañía perfecta en la que nuestra intimidad se
reconoce con toda su exaltación trémula y su ternura; pero también alguna vez
me he encontrado a las cuatro de la madrugada junto a una alegre golfa que se
meaba patas abajo de puro borracha y rugía por que se la metiesen, sin que tal
ocasión me haya resultado mínimamente desagradable. Admito que el
puritanismo sabiamente morboso de François Mauriac retrató con perspicacia la
sensualidad cuando escribió: «Los sentidos son dueños intratables, ignorantes
como los príncipes de antaño, que sólo aprendían lo imprescindible: a disimular,
a odiar y a mandar…». Pero se le olvidó añadir que, también como aquellos
antiguos aristócratas, son a veces magníficos en su generosidad y hacen florecer
las artes. Por ejemplo: han sido mis amantes, en los viajes de placer, quienes me
iniciaron en museos y catedrales, benditas sean sus almas sensistivas. Sin su
influencia jamás habría ido más allá de zoológicos, hipódromos y tabernas. Y me
regocijo de haber desertado a ratos de la sutileza sentimental para preguntar a un
amable compañero o compañera, con la confidencia de cerdo a cerdo de la piara
epicúrea: «¿Hozas, vida?».
Aquel verano, en el santanderino palacio de la Magdalena, yo escuchaba
entre un público atento una conferencia de Esther Tusquets. Trataba de literatura
contemporánea, no recuerdo exactamente la cuestión. En un pasaje, para
expresar la disimetría entre los roles masculino y femenino en las ficciones
amorosas, la conferenciante puso como ejemplo el caso del abandono de la
pareja para conseguir otra más joven, comportamiento según ella frecuentísimo
entre los varones y bastante más raro entre mujeres. Instintivamente busqué los
ojos de mi amiga de los últimos años, sentada dos filas más allá, cerca de la
ventana por la que podía contemplarse el esplendor del mar: también ella me
estaba mirando, con una mueca de malicia traviesa. Y es que hacía poco más de
una semana que me había jubilado a la fuerza para irse con un buen mozo mucho
más joven y más guapo, además de nada tonto. Ese cruce de miradas jocoso fue
el último episodio de complicidad humorística que compartimos, tras haber
tenido tantos.
Esa ruptura en concreto resultó para mí no sólo traumática, como requiere el
tópico, sino sumamente didáctica, lo que es más original. Como casi todo el
mundo —me temo que más que la mayoría— he causado daño a mi alrededor:
no hay ser libre que no sea malhechor. He perjudicado más a los que más me
querían o a los que más me necesitaban… Pero siempre lo hice contra mi
voluntad y mi intención, aunque no sin mi consentimiento. Fuera de esos
trances, tengo fama de lo que suele llamarse «buena persona». Decía Fritz Lang
que en el mundo hay dos clases de personas: malas y muy malas. Las malas son
las que llamamos habitualmente «buenas personas». Pertenezco al gremio:
coopero, hago favores, intento dar gusto, guardo pocos rencores. No por
santidad, claro, sino por una combinación de prudencia y pereza. Creo que hasta
los más mansos son peligrosos, así que me parece prudente no irritar a nadie a
sabiendas cuando no resulte imprescindible; odiar, además, siempre deviene un
ejercicio fatigoso que exige prestar enorme atención a los demás, algo que me
cansa (tengo comprobado que la amistad suele ser distraída, mientras que
quienes nos son realmente hostiles nunca dejan de estar halagadoramente
pendientes de nosotros). Pues bien, esa quiebra erótica a la que me refería
descubrió para mi sorpresa mis reservas intactas de ferocidad maligna. Durante
meses, me dediqué a conspirar contra la nueva pareja, a intentar —
infructuosamente— fastidiarles, a denunciar por escrito con escaso disimulo sus
pompas y sus obras. Viví este episodio de perturbación mental con doloroso
entusiasmo, que ahora me horroriza un poco y me resulta casi tierno. Hice mi
aprendizaje del amor propio herido disfrazado de pena de amor: también del
miedo al abandono, a la caducidad. A partir de esos días, soy menos
complaciente conmigo mismo y más comprensivo con los desvaríos de los
demás.
A modo de coda: la noche que nació mi hijo fue larga y atroz. Yo estaba
separado ya de su madre, pero pasé la insomne velada del domingo a su lado en
la clínica desertada por los ginecólogos, esperando que el lunes por la mañana se
produjera finalmente el parto. Mientras oía sus quejas doloridas, hora tras hora le
di vueltas en mi magín a la trampa schopenhaueriana de la reproducción, a la
transmisión del sufrimiento de la existencia, a la irresponsable arbitrariedad que
me encadenaba una vez más a la atroz galera de los efectos y las causas… Muy
temprano me enteré de que el parto se presentaba difícil y que sería necesaria
una intervención quirúrgica para posibilitarlo. Más horror, más pesimismo
schopenhaueriano. Por fin el médico vino a decirme que la madre se encontraba
bien, pero que el niño había estado a punto de asfixiarse con el cordón umbilical
y que tendría que pasar unos días en la incubadora. Con el alma ensombrecida
por la culpabilidad personal y la mala retórica intelectual, bajé a la incubadora. Y
allí, a través del cristal protector, me presentaron a la congestionada criatura en
brazos de una enfermera. Las grandes orejas despegadas, los ojos achinados, la
boca ancha y ávida… Lo comparé en un instante rememorativo con mis fotos de
antaño. Se me borró de la cabeza todo el resto y reencontré lo esencial: ¡coño,
cómo se me parece! El sinsentido se reveló lleno de significado, aunque las
palabras fueran gastadas y ñoñas. Sentí que me estaba pasando algo de verdad,
algo íntima y auténticamente personal en un escaparate de emociones postizas.
Me eché a reír, me eché a llorar. «¡Vive! —ordené con una bocanada de cariño
como jamás había sentido antes ni ya volveré a sentir—. ¡Lucha y vive! ¡A la
mierda con todo lo demás!». Y me cortó el resuello la esperanza. Luchó, vivió:
dejó de ser mío, pero ahora es suyo, es decir de nadie o del azar, como
cualquiera. Ahora ya no importa a quién se parece… Once meses después murió
Franco, la ruleta congelada giró de nuevo rechinando, mohosa tras tantos años de
forzosa inmovilidad, y todos empezamos otra vez a estrenar libertades.
TERCERA PARTE

LA SOMBRA VENCIDA

Pero hay un rayo de sol en la lucha


que siempre deja la sombra vencida.

MIGUEL HERNÁNDEZ
30

EL LABERINTO DE CHARTRES

No nos bañamos dos veces en el mismo río.


No entramos dos veces en el mismo cuerpo.
No nos mojamos dos veces en la misma muerte.

OSCAR HAHN

C uando Franco murió, yo estaba en París. Para contar por qué y cómo
había llegado allí ese 20 de noviembre, deberé además contar otras
muchas cosas. Quiero que conste, sin embargo, que para mí Franco murió en
París. Seamos preciosamente precisos: en Saint-Michel. Eran las ocho y media
de la mañana, yo subía la escalera del metro, mal dormido y encantado de la
vida, porque nada es más hermoso que ser joven, subir unas escaleras temprano
y aparecer en la plaza de Saint-Michel. Justo frente a la boca del metro hay un
quiosco de prensa, situado de tal modo que se puede ir viéndolo crecer mientras
aún falta un tramo de escalones que subir hasta llegar arriba. Según remontaba
los peldaños esa mañana, empecé a leer un affiche de France Soir (entonces
paradójicamente el diario más madrugador), con un titular de tres líneas y una
palabra en cada una de ellas. La primera que vi fue «Franco» y se me aceleró el
pulso; la segunda apareció tres escalones más arriba, decía «est» y aceleré el
paso; la última, definitiva, era «MORT». Salí a la superficie, a la intemperie
clara y fría, a la todavía soñolienta y ya alegre mañana de París.
El responsable en último término de que yo estuviese entonces en París era
mi amigo Víctor Gómez Pin. Antes de revelarse como uno de los talentos
filosóficos más distinguidos y auténticos que nunca he conocido, Víctor fue para
mí un gran aficionado taurino, empeñado en arrastrarme a la mítica corrida
rondeña que el maestro Antonio Ordóñez lidiaba a mediados de septiembre en
aquella plaza pétrea, la más antigua y singular de Andalucía. Ahora, además de
filósofo, sigue siendo un taurino empecinado: ha permanecido tan fiel a la fiesta
del toro como yo a las carreras de caballos y ambos hemos incorporado esas
pasiones a nuestras teorías, temo que no sin suscitar cierto escándalo entre los
más solemnes de nuestros colegas (Montesquieu estableció que «la solemnidad
es el escudo de la estupidez» y puedo aportar muchos casos prácticos que
confirman su aserto). Sin duda Víctor es el aficionado perfecto, el aficionado par
excellence… pero no sólo a los toros. Todas sus aficiones son misioneras,
irresistiblemente contagiosas y en cierto modo hechiceras; pero atestiguo que
vale la pena dejarse embrujar por él.
A diferencia de los embaucadores, que exhiben apasionamientos y destrezas
eruditas para atraer la atención sobre sí mismos, mutilando a quienes fascinan,
Gómez Pin despierta la atención de quien le sigue para que disfrute la
experiencia única e intensa que ofrecen gestos, sabores, imágenes y sonidos
degradados por la familiaridad obtusa. A veces convierte en carroza alguna
calabaza irremediable, pero siempre oficia de hada buena y sus ilusiones son
tónicas, positivas. A mí me llevó a Ronda, desde luego, así como plaza tras plaza
en pos de Curro Romero y sus tasados pellizcos de arte (íbamos en su
desvencijado cuatro latas, que un día nos dejó tirados en no recuerdo qué
carretera secundaria porque, según dictaminó Víctor, perplejo tras abrir el capó
humeante, se le había caído el motor); por añadidura también me inició en los
buenos vinos, en el arrobo invernal de Venecia y su torbollino, en el fragor
metafísico de la ópera, en Proust, en algunos rincones de París… Me descubrió
las mejores tabernas que he pisado en mi vida: se puede dejar a Víctor en
cualquier ciudad del mundo durante dos horas —no digamos dos días…— y
situará con olfato infalible el mejor lugar donde un hombre honrado puede tomar
el vaso que merece. A veces llega a resultar un poco tiránico, porque es de los
que una vez abierta la puerta le empujan a uno adentro, pero su despotismo está
muy bien ilustrado. Todos los amigos que he tenido (sin excluir, desde luego, a
los que lo fueron y se han alejado después) han enriquecido mi vida con su
presencia: a Víctor Gómez Pin le debo, además, el haberme enseñado casi a la
fuerza cosas y lugares que puedo gozar también sin él. Suprema generosidad…
¡hay tan pocas de este calibre que pueda uno agradecer sin reservas ni remilgos!
Cuando le conocí daba clases en la Universidad de Dijon y allí descubrió la
gran fiesta anual del vino de Borgoña: la subasta de los caldos recién nacidos
que se celebra el tercer domingo de noviembre en el venerable Hospicio
renacentista de Beaune. Desde las ocho de la mañana, las bodegas del caritativo
refugio se abren a la multitud disciplinada, provista de sus catavinos, que va
desfilando con parsimonia barrica tras barrica para probar los retoños de la
nueva cosecha, rotulados con nombres poéticos y tradicionales: Dames
Hospitalières, Corton-Charlemagne, Nicolás Rollin, Nuits-de-Saint Georges,
Montrachet, Clos Vougeot… Los catadores profesionales valoran en esa
degustación madrugadora cada uno de los productos para aconsejar
convenientemente a sus patronos, que pujarán por ellos después en la subasta y
se los llevarán a Japón o a Estados Unidos, a los restaurantes más inaccesibles
del mundo entero. Mezclados entre los miembros de esta docta corporación de
aquilatadas narices y paladares, los santos bebedores de a pie que nunca
podremos volver a disfrutar esos caldos egregios tenemos la oportunidad tan
deliciosa como melancólica de saludarlos y despedirnos de ellos en la misma
mañana.
¡Qué encuentro! Los tintos tienen un cuerpo de pujanza incipiente, como
adolescentes que ya enseñan los firmes músculos a través de su seductora
languidez; y los blancos conservan aún esa neblina de velouté que los enturbia
de modo casi inconfesable, puerperal. Durante dos o tres horas que le van
calando a uno de dentro afuera, se bebe un poquito de éste, otro poquito de aquél
y vuelta a empezar. Después, arrebatados por algo que está más allá del mareo y
más acá del éxtasis, salimos al patio del hospicio para escuchar las campanas del
carillón que tocan melodías borgoñonas populares antes de dar las doce del
mediodía. Las techumbres picudas y multicolores del Hospicio parecen danzar
con esos ritmos, ayudadas por la evaporación de gentiles espíritus dentro de los
bebedores, que les convierten en orgánicos alambiques. Si a uno le gustan los
efectos especiales, es el momento de asomarse a ver el suntuoso Descendimiento
de la cruz de Roger Van der Weyden, guardado y exhibido en un ala de ese
mismo edificio: a tales horas y en tal estado de ánimo, el bello Cristo que baja al
regazo de su madre atribulada puede ser tomado por un joven algo pasado de
copas que vuelve a casa de madrugada, mientras la señora gime: «¡Le han
apuñalado!».
Para acudir a este festejo admirable, Víctor fue reclutando año tras año a sus
amigas y amigos, que llegamos a formar una importante compañía de etílicos
entusiastas. Proveníamos de Barcelona, de Madrid, de París, unos con suficiente
dinero para pagarnos el festejo y otros impecunes, todos en una hermandad de
alegre turbulencia. Solíamos alojarnos en el Hotel Central, que mostraba con
nosotros una tolerancia tan insólita como conmovedora porque a menudo, en dos
habitaciones dobles, llegábamos a dormir doce o trece personas (al menos diez
de ellas sin haberse registrado en conserjería). Recuerdo una noche
especialmente concurrida: en cada una de las dos camas grandes nos
apretujábamos (no diré «acomodábamos») tres elementos de variado tamaño y
sexo; otro dormía en una camita supletoria transportada con bastante algazara y
supuesta clandestinidad por los pasillos del albergue; en un sillón estaba doblado
alguno más y Víctor, entre juramentos pintorescos, se había instalado con una
almohada en la bañera. Como era difícil rebullir en el lecho tan compartido sin
perfecta coordinación con el resto de la escuadrilla, en cuanto se apagó la luz la
moza que estaba a mi izquierda me preguntó estentórea y sin la menor doble
intención: «Oye, tú ¿hacia qué lado sueles correrte?». Cuando disminuyeron las
risas, empezamos a contar cuentos en voz alta para matar el rato. Oímos historias
en la oscuridad y así conocí yo por primera vez, maravillado, la leyenda de san
Julián el Hospitalario, muy bien narrada por la voz de Félix de Azúa, que si no
me equivoco ocupaba la cama supletoria. Años más tarde leí el texto de Flaubert,
pero ya no me gustó tanto. Aquella noche yo conté con menos gracia mi relato
preferido de siempre, «La pata de mono» de W. W. Jacobs. Después intentamos
dormir, porque había que empezar a beber temprano.
Para llegar a Beaune, yo seguía un itinerario con salida de Madrid y que
pasaba por Barcelona. Allí me reunía con Alberto González Troyano, uno de los
más queridos y mejores compañeros que he tenido: en todo y para todo. Después
completábamos nuestro equipo con Luis Racionero, también excelente
compinche para travesías de altura (sólo en los viajes y en los naufragios conoce
uno de veras a la gente fiable). Embarcábamos en un monumental Jaguar
heredado de su madre, un vehículo de otra época, comodísimo, con el interior
robustecido por maderas nobles y que consumía una cantidad insólita de
gasolina, de modo que íbamos parando de estación de servicio en estación de
servicio como los borrachos de taberna en taberna. El viaje era cualquier cosa
menos un via crucis, sin embargo. No sólo hacíamos alto en gasolineras:
también visitábamos Chez Bocuse en Lyon, a los insignes hermanos Troigros en
Roanne o La Beaumanière, un perfecto oasis gastronómico entre roquedales
brumosos. Comíamos cosas deliciosas y complicadas en raciones minúsculas,
por lo que disfrutábamos más tiempo charlando sobre lo que comíamos que
propiamente masticando. Y riéndonos, claro. Cuando el solemne Paul Bocuse,
con aire de De Gaulle de los fogones, se acercó un día a nuestra mesa tras un
almuerzo especialmente bien regado para preguntarnos qué tal había marchado
todo, Luis y yo respondimos a coro: «Merci Bocuse!», genialidad que nos
produjo un acceso de hilaridad espirituosa que dejó un poco alarmado al insigne
chef.
Entre otras muchas bobadas de mi vida, también pasé por una etapa en que
me empeñé en dármelas de gastrónomo experto en artísticos condumios, lo que
entonces se llamaba la nouvelle cuisine. Una petulancia que sólo excusa mi
ánimo siempre inclinado a lo lúdico: comer breves platos raros, cuya explicación
«científica» lleva más tiempo que su consumo, era una forma de jugar a comer,
un pretexto para convertir la cena en disertación poética. En realidad soy más
tragón que «morro fino» y más borracho que catador. Tengo la doble suerte de
disfrutar de gran apetito para todo lo sensual y sin embargo satisfacerlo
fácilmente. Me divierte leer a los buenos escritores que han celebrado los
rituales alimenticios (Julio Camba, Josep Pla, Alejandro Dumas, Jean-François
Revel…) pero me aburren mortalmente los entendidos que se sientan a la mesa
con un cuadernito para tomar notas y un gesto de escepticismo, como si fueran a
calificar un examen. Comer bien es una forma de alegría, no un doctorado;
cualquier placer que se convierte en ciencia, pierde jugo… salvo que ese paso a
la academia sea también parte de la diversión y se haga tongue in cheek o
guiñando el ojo. Por lo demás, ya serios, como un bocadillo de jamón comido
con hambre no hay nada. El recuerdo más sublime a este respecto lo tuve,
sorpréndanse, en la mili. Cierta madrugada me tocó ir con otro compañero a
recoger a la tahona del cuartel el pan para el desayuno de la tropa. Esperamos
medio dormidos un buen rato, hasta que nos despertó el olor más delicioso del
mundo: salían del horno las grandes piezas doradas de ración, tostadas y
fragantes. Con un gesto eucarístico, el sargento partió dos trozos aún calientes y
nos premió con ellos: qué ricura, esponjosa, perfumada, casi culpablemente real.
Supongo que André Gide se refería a una sensación semejante cuando elogió los
«alimentos terrestres»… Más tarde, cuando la moda de poner los ojos en blanco
ante trufas y berros alcanzó cotas de gilipollez en la España recién entrada en la
democracia, escribí un artículo blasfematorio titulado «Los pensadores del
pienso». Ese título me exime de entrar en más detalles. La edad y otros
desfallecimientos me han convertido ahora en un verdadero epicúreo, que
prefiere —como el maestro del jardín— gozar de un pedacito de queso regalado
por un buen amigo a manjares sibaríticos cuya degustación exige ponerse
corbata y compartir comedor con diversos modelos de extorsionadores de
viudas. Sólo es cuestión de buen gusto.
Rechazo en cambio la cínica preferencia por el agua clara bebida en el
cuenco de la mano, que no atribuyo tanto a la virtud como a la dispepsia. Que
sea peleón, pero que sea vino. En busca de vinos nada peleones sino excelsos
pero sobre todo en pos de la hermandad convivencial, atravesábamos las verdes
y suaves ondulaciones de la fértil Borgoña. Después, tras compartir muchas
botellas, estofados de jabalí y venados a la Saint Hubert con amigas y amigos,
seguíamos camino arriba hacia París, donde llegábamos más o menos al mismo
tiempo que el Beaujolais nouveau. Allí buscaba yo alojamiento en la buhardilla
que Víctor tenía alquilada en el Quai aux Fleurs, minúscula pero de capacidad
tan prodigiosa como el camarote de los hermanos Marx, o en la guarida de algún
otro amigo de la cuadrilla, porque los hoteles resultaban demasiado caros. Y
gozaba de las calles, las librerías, los cines, las chicas y los vinos de París, la
ciudad que alegró mi juventud y que consuela mi desplome hacia la vejez.
Puntualmente, nada más llegar, nunca dejaba de hacer mi visita a Cioran. Y
luego nos reuníamos en torno a García Calvo en La boule d’or una banda de
proscritos, drogotas, exiliados, huérfanos, anarcos de cualquier sexo y condición,
que ante el pasmo de Saint-Michel hablábamos de Heráclito o Parménides como
si fueran de nuestra cofradía. Alberto y yo tenemos el virus culturalista, por lo
que solíamos llegar a la cita cargados de libros y con alguna película, una que
otra exposición y hasta una visita a Foucault en el Collège de France a medio
digerir en el cuerpo. Solía reprendernos amablemente por tanta frivolidad Luis
Caramés, buenísima persona y alter ego de García Calvo, del que imitaba
inconscientemente hasta la forma de suspirar. Al ver nuestras abultadas bolsas de
La Hune o Gallimard gemía con reprobación: «¡Más libros!», con un tono casi
idéntico al que lustros antes empleaba mi abuela Victoria para reprocharme que
le pidiese dinero para comprar literatura: «¿Otro libro? ¡Pero si ya tienes
muchos…!».
Un día me arriesgué a una expedición a la facultad de Filosofía de
Vincennes, donde me aseguraron que se conservaba el espíritu indomable de
Mayo del 68. Me convenció para emprender tal aventura Menene Gras, que
estudiaba allí. A Menene la había conocido a sus dieciséis añitos, cuando yo aún
vivía en casa de mis padres: ahí la veo, sentada en la moqueta de mi cuarto
porque le aburrían las sillas, escuchando con fingida atención las bobadas que yo
le contaba sobre el libro que estaba escribiendo —¡Nihilismo y acción, el
primero de todos!— mientras me fascinaba con su desenvoltura, monería… y no
se me ocurría más que hablar y hablar. Pues me fui con Menene a Vincennes, a
pesar de que a los centros de estudio no suelo ir sino por obligación. Cualquier
lugar público cuya oferta primordial no es beber, comer, follar o jugar casi
siempre me resulta intuitivamente hostil. Sin embargo, para alguien que venía de
nuestras universidades franquistas, Vincennes resultaba un alucinógeno de
primera clase. Su pórtico tenía algo de zoco moruno, con el olor a fritanga de
tantos puestecillos que ofrecían merguez y otras delicias orientales. Cada cual
parecía ir a su aire, como en una fiesta campestre. Los graffiti más o menos
ingeniosos cubrían cada centímetro de pared disponible: el que más me gustó
tenía dos versículos. El de arriba decía: «Dios ha muerto (Nietzsche)»; y el de
abajo: «Nietzsche sí que ha muerto (Dios)».
Entramos en el aula, pequeña y abarrotada, donde intentaba algo así como
dar clase Gilíes Deleuze. No era fácil: le interrumpían constantemente con
interpelaciones perentorias, bromas dudosas, confesiones traumáticas o
fanfarronas. El maestro se prestaba al juego, con una mezcla de fastidio y
vanidad astuta. Parecía un joven disfrazado con peluca de viejo y tenía las uñas
de los pulgares larguísimas y curvadas, como Fu-Manchú. La voz cantante de la
ritualizada contestación la llevaba un mozo de buena planta llamado Lavelle, al
que acompañaba una especie de escudero chaparro y malencarado.
Previsiblemente, les conocían por la Belle et la Béte. A mí no me hubiera
disgustado escuchar a Deleuze, pero evidentemente en esas circunstancias
resultaba imposible. Estaba yo de pie, cerca de la puerta, y al recostarme en la
pared oprimí involuntariamente un interruptor que apagó parte de las luces de la
sala. Deleuze me miró por encima de las cabezas que nos separaban con
resignación, como preguntándose qué nueva ordalía se avecinaba para su actitud
infinitamente permisiva. Creo que sintió cierto alivio cuando volví a encender
las luces, pidiendo excusas contritamente.
En noviembre de aquel año (el año definitivo, el año por antonomasia) las
noticias sobre el inacabable agravamiento del viejo dictador se habían convertido
ya en rutina. Lo resumió muy bien un taxista de Madrid, que llevaba la radio
encendida y al que pregunté si había alguna novedad: «Nada, sigue la
empeoría». Recomiendo el término a la Real Academia: «Dícese cuando
acontece el empeoramiento de uno que supone la mejoría para muchos». No
faltaron otros equívocos semánticos. Uno de mis antiguos compañeros del
departamento de filosofía de la Autónoma, también expulsado de la facultad,
disfrutaba de una beca en Berkeley y allí le enviábamos noticias sobre la
histórica «empeoría». Hacia mediados de noviembre un diario vespertino (cuya
edición fue inmediatamente retirada de circulación por orden gubernativa)
publicó el titular definitivo: «Franco agoniza». Lo recortamos y se lo mandamos
por correo urgente a nuestro amigo, que sin vacilar lo clavó con triunfalismo en
la puerta de su apartamento universitario. A los pocos minutos, un amable
profesor hindú vecino suyo hizo sonar el timbre: «¿Mr. Franco Agoniza, I
presume?». Pero a pesar de los partes médicos habituales y sus no menos
rutinarias «deposiciones en melena», nuestra usual cuadrilla de santos bebedores
partió como cada año hacia Beaune y, después de catar los fragantes elixires,
unos cuantos recalamos en París.
Tras visitar librerías y asistir a la cita de La boule d‘or, varios de nosotros
(no recuerdo exactamente cuántos ni quiénes, seguramente Alberto, Ferrán,
quizá Félix y desde luego yo) acordamos hacer una excursión a Chartres para
visitar la incomparable catedral. Nos citamos temprano, la mañana del 21 de
noviembre. Y fue ese día, al acudir a la cita, cuando yo subí la escalera del metro
de Saint-Michel leyendo con entrecortada emoción: «Franco… est… mort». Han
pasado cerca de treinta años y no he vuelto a la catedral de Chartres, que no nos
decepcionó. En su enlosado hay un viejo laberinto medieval, recogido en una de
las postales que venden en la tienda de souvenirs de la iglesia. Compré un
puñado de ellas y escribí la fecha del 20 de noviembre en su reverso, para
distribuirlas entre los amigos. Me pareció la mejor metáfora del periodo de
incertidumbre y esperanza que comenzaba en España para todos nosotros.
Después, de regreso en París, hicimos una gran cena de hermandad en uno de
nuestros restaurantes habituales, cuyos dueños nos invitaron a champán. A la
hora de los brindis, me negué a levantar mi copa por la muerte de nadie, ni
siquiera la de Franco. No es prudente que un mortal celebre la muerte de otro,
sea quien fuere, porque todas prefiguran la propia. A cambio propuse brindar por
la vida libre y por ella bebimos… porque para ella vivimos.
Dos días más tarde tomé el tren nocturno hacia Madrid. En las literas vecinas
viajaban dos chicas francesas, una de ellas muy guapa. Cuando me puse a leer
uno de los libros recién adquiridos, la correspondencia de Lovecraft, la más
bonita me comentó que ella adoraba los relatos del solitario escritor de
Providence. Así comenzamos a charlar, yo muy ilusionado con lo que imaginaba
un ligue en ciernes, hasta que me comentó que eran dos militantes fascistas que
acudían al entierro de Franco. ¡Ay, otro amor imposible! Ya en Madrid, me
sucedió el más chusco de mis incidentes policiales. Hablé por teléfono con una
amiga y comentamos con alborozo el futuro que se inauguraba: yo le dije que
esperaba que ahora ETA cesara su actividad «porque no nos falta más que un
atentado y veinte guardias civiles muertos». Pero resulta que tenía el teléfono
intervenido. Esa misma madrugada, la policía volvió a presentarse en casa y me
vi de nuevo en la Puerta del Sol. Según parece, era una de las detenciones
preventivas que estaban haciendo para evitar atentados contra las personalidades
que iban a asistir a los funerales del dictador —entre las que se contaba el
mismísimo Pinochet— y a las ceremonias de coronación del rey Juan Carlos. Me
interrogaron con cierta sorna y me preguntaron si era verdad que yo planeaba el
asesinato de veinte guardias civiles. Como me dio la impresión de que no se lo
creían en absoluto y además me muero —literalmente— por hacer un chiste, les
repuse con humor suicida: «¡No, para nada! Yo, en guardias civiles y en ostras
nunca paso de la docena». Los sociales me miraron un largo momento, se
miraron entre sí… y rompieron a reír. Luego, ya serios, el jefe me dijo: «Bueno,
vamos a bajarte a los calabozos. Reza si sabes para que mañana no ocurra nada
malo. Si hay algún atentado, el primero que saldrá en televisión vas a ser tú».
Rezar propiamente creo que no recé, pero no oculto que le di bastantes
vueltas al asunto durante el resto de la noche. Al día siguiente, desde mi celda,
escuché en la radio —que un guardia tenía puesta muy alto— la homilía del
cardenal Tarancón y el canto del Verá Creator Espíritus con el que se ungía al
nuevo monarca. Debo de ser uno de los escasos «progres» excarcelados del
antiguo régimen que también han conocido, aunque fuese por pocas horas, los
calabozos democráticos del Rey. A la hora de la cena, cuando me disponía a
comerme las lentejas carcelarias, me comunicaron que estaba libre. Como ya
había probado un par de cucharadas del guiso y me pareció bastante bueno, les
rogué que me dejaran terminarlo. Una hora más tarde, con el estómago
reconfortado por las lentejas, me reincorporé definitivamente —mejor dicho,
hasta la fecha— a la existencia algo anodina de los que nada creen temer de la
falible justicia humana.
31

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA

El presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda


ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente
de seguros.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

B astantes años (yo diría que muchos) antes de que Franco muriese, José
María Pemán —sobre quien el ABC nos informaba regularmente al
acercarse cada nuevo mes de octubre de que estaba «en los aledaños del Premio
Nobel», noticia que probablemente nunca llegó a la Academia Sueca— publicó
un artículo con cierto gracejo en el que se aludía al tránsito del dictador a mejor
vida, tan temido por unos y anhelado por otros. En él glosaba un supuesto
diálogo entre un niño y su padre, que reconstruyo más o menos a través de mi
agujereada memoria de hace tanto tiempo. Niño: «Papá, ¿qué pasará cuando se
muera Franco?». Padre: «Pues que será coronado Rey Don Juán Carlos». Niño:
«¿Y luego?». Padre: «Probablemente la oposición ocupará la calle con
manifestaciones de protesta». Niño: «¿Y después?». Padre: «Los nacionalistas en
el País Vasco y Cataluña pedirán la independencia». Niño: «¿Qué más?». Padre:
«Entonces se proclamará la República federal». Niño: «¿Y…?». Padre: «Y los
militares darán un golpe de Estado y proclamarán la dictadura de otro general».
Niño: «¡Caramba! ¡Vaya semanita nos espera!». Fin de la charla. Lo cierto es
que incluso quienes nos encontrábamos más remotos de las posiciones políticas
del escritor gaditano compartíamos in pectore una visión del futuro bastante
similar a ésta. Para asombro de todos, no tuvo lugar.
Demasiadas veces se ha intentado «exportar» la transición española como un
modelo para otros países que salían de dictaduras. Es una pretensión ridícula, en
primer lugar porque cada circunstancia política es un mundo diferente e
intransferible; luego, last but not least, porque nadie sabe con exactitud por qué
resultó razonablemente bien el tránsito español a la democracia constitucional. A
todos se nos ocurren algunas explicaciones. El franquismo ideológico estaba ya
totalmente carcomido desde mucho antes de que muriese Franco: era como una
de esas momias perfectamente conservadas cuando se abre el sarcófago, pero a
las que el primer soplo de aire fresco desmorona por completo
irremediablemente. Por otra parte, el país —pese a la crisis petrolera mundial y
al aumento del paro, que después se volvería endémico— gozaba de una
razonable salud económica y nada hace más sensata a la gente que la perspectiva
verosímil de prosperidad. Además, quizá la mayoría de los españoles no
respondiésemos ya al modelo fanático y cainita que durante demasiado tiempo
se propuso como marca de fábrica nacional… Lo que predominaba era un anhelo
asombroso, infantil, casi litúrgico, de que la realidad gozase de una
transformación radical, de que todo se moviera de una puñetera vez. El rumbo a
seguir era casi lo de menos. La palabra «cambio» se convirtió en un amuleto, el
sésamo que abría todas las puertas y alumbraba chispitas en cada mirada. De
modo que cuando en cualquier ventanilla, a la hora de pagar, le preguntaban a
uno: «¿Tiene usted cambio?», sentíamos un liberador regocijo al proclamar
rotundamente: «¡Sí!».
O sea que el clima imperante en los primeros años del posfranquismo fue en
lo fundamental más esperanzado y lúdico que revanchista… o maximalista. No
faltaron momentos atroces, como el de la matanza de abogados de la calle
Atocha, que todo lo pusieron en peligro. En el multitudinario entierro de esas
víctimas, asesinadas por defender los derechos de los trabajadores (la más
honrosa función de los comunistas en los países occidentales, incluso a los ojos
de quienes no compartíamos el grueso de su ideología), levanté por primera y
última vez el puño en mi vida, al paso de la comitiva fúnebre. Era un día claro,
severo y conmovido de enero: comenzaba el año 1977, quizá el más importante
de la transición española a la normalidad democrática europea. Durante aquella
jornada en que tanta gente buena y combativa ocupó las calles de Madrid
(estaban quienes más lucharon y quienes menos prebendas iban a obtener de la
nueva situación), me asaltaba una y otra vez la angustia de que a fin de cuentas
nada saldría bien, de que a aquellos féretros les seguirían pronto muchos más.
¿No eran precisamente las esperanzas de un futuro reconciliado lo que
estábamos enterrando? Pero poco a poco el esfuerzo de superar las llagas del
pasado se impuso al empeño de quienes querían reabrirlas y ahondarlas.
Lo cierto es que quedaban franquistas entre los criminales, pero apenas entre
los políticos. Mucho más que una ideología, el franquismo era ya una coalición
de intereses; y la sociedad democrática liberal ofrecía formas de defenderlos de
manera más eficaz. Este planteamiento aparentemente cínico pudo desesperar en
su momento a algunos integristas pero resultó socialmente muy beneficioso para
la mayoría. La dicotomía entre reforma o ruptura era capciosa, a pesar de la
cantidad de tinta y de saliva que hizo correr en aquellos tiempos: la llamada
reforma no fue en realidad más que una hondísima ruptura gradual con el
horizonte dictatorial, que no desmontó todas las injusticias ni los abusos pero
acabó eficazmente con la autocracia como sistema político. Y cuando uno
considera con la distancia de los años la deriva ideológica y ética de los entonces
ensalzados «rupturistas» —a cuya valoración ayuda mirarlos desde la
perspectiva de su actitud frente a lo ocurrido luego en el País Vasco—, es
imposible no congratularse de que no fuesen demasiado escuchados por la
mayoría. Esas voces tediosas y dañinas no tenían otra legitimación que la bota de
Franco sobre nuestras cabezas y su capacidad de persuasión murió con él. Lejos
de lamentarlo, me admiro y me felicito de la astucia del viejo topo histórico que
por medio de ilusionadas concupiscencias privadas nos liberó del peligro público
que suponían tales «desinteresados» radicales. Cuando repiten que la transición
fue una estafa, me encanta responderles que para estafa —entonces y ahora— la
suya.
Porque en los planteamientos externos seguíamos siendo radicales, aunque el
veloz desvanecimiento de la sombra del dictador (nadie ha estado tan muerto y
abolido al mes de fallecer como lo estuvo Franco) barnizaba nuestro extremismo
de tonos cada vez más bonachones. Preferimos disfrutar enseguida de las
licencias de la libertad que vengarnos de quienes nos la habían quitado tanto
tiempo. Se daba un fenómeno de euforia colectiva que me recuerda una anécdota
contada por María Zambrano sobre el 14 de abril en que se proclamó la
República luego desventurada y que coincide con ciertas cosas que me había
referido mi padre sobre ese mismo día. Estaba María con su hermana Araceli en
la Puerta del Sol, ya a la caída de la tarde. Un hombre con camisa blanca,
fosforescente casi bajo un reverbero, abrió los brazos (repitiendo sin saberlo la
trágica imagen goyesca) y lanzó un viva a la República, seguido de otro viva a
España, algo más inusual como explica Zambrano: «Después la han nombrado
mucho; nosotros no la nombrábamos, pero no porque fuésemos antipatria, sino
todo lo contrario, porque la dábamos por supuesta. El caso es que, abriendo los
brazos, el hombre de la camisa blanca lanzó un grito que andaba buscando y que
al fin le salió: Y muera… pues ¡que no muera nadie!”. Y gritó por tres veces:
“¡Que no muera nadie! ¡Qué viva todo el mundo! ¡Qué viva la vida!”» (Aquel 14
de abril). A fin de cuentas, ése era también el grito más potente e inacallable de
aquellos días nuestros azarosos, en los que abundaba la retórica pero estaba
felizmente ausente la crueldad. Y eso a pesar de que todavía por entonces podían
reunirse en un congreso las Juventudes Socialistas y discutir muy serios la
pertinencia de la lucha armada… que finalmente se rechazó. Otros veían llegar a
la Pasionaria, tranquilizadoramente viejecita, y jugaban a añorar la ocasión
perdida. Hay que ser distraído para haber vivido cuarenta años bajo Franco y
seguir echando de menos los beneficios que nos hubieran aportado los
seguidores de Stalin… cuya hegemonía habría resultado no menos envilecedora
políticamente pero sin duda mucho más destructora desde el punto de vista
social y económico. A mí la Pasionaria me parecía aceptable como pieza de
museo —porque en los museos tiene que haber de todo— pero nada más; y me
impacientaban sus hagiógrafos. Sin embargo, nadie sentía verdadera nostalgia
del paredón y su pompa siniestra al amanecer… salvo los propios fascistas, en
vías de una desaparición inexorable aunque no todo lo rápida que hubiéramos
podido desear. Y también ETA, claro. Pero de esos otros fascistas ya hablaremos
más adelante.
Viví aquellos años con casi perpetuo alborozo (es la única etapa de mi vida
en que los periódicos traían invariablemente cada día buenas noticias, la
desaparición de una prohibición o de un tabú, la recuperación de un derecho, el
regreso de algún exilado ilustre de las letras o las artes…) pero no sin notorias
disidencias: por ejemplo, me abstuve de votar en el referéndum constitucional,
después de darle bastantes vueltas al asunto. Aceptar la restauración de la
monarquía borbónica a finales del siglo XX me parecía pagar un precio
demasiado elevado por el restablecimiento de la concordia civil. Quienes
pretendían vencer mi obstinación me decían que Juan Carlos estaba muy bien y
lo cierto es que nunca tuve nada personal contra él (más bien siempre me cayó
simpático, con su aire entre naif y pícaro, como salido de un tebeo de Tintín),
pero la cuestión no era que el Rey fuera malo sino que si fuese malo también
sería Rey. A un Rey nunca se le puede valorar realmente —con perdón—,
porque su puesto jerárquico no depende de nuestra estima; de modo que
celebrarle se convierte en adulación y censurarle es mera impotencia de vasallo.
Aunque mi opinión sobre la monarquía en cuanto institución política no ha
cambiado, pienso ahora que no fui del todo honrado negándome a respaldar la
Constitución por esa causa. En el fondo, me abstuve de votar porque estaba
seguro de que casi todos los demás votarían «sí» y quería de algún modo dejar
constancia de una reserva razonable… aun a costa de que se me confundiese con
la lunatic fringe de bolcheviques, fachas y nacionalistas étnicos que tampoco
votaron o rechazaron abiertamente la Constitución. Ahora creo que le concedí
demasiada importancia a la monarquía y demasiado poca al pacto constitucional,
que España necesitaba como un semiahogado la respiración boca a boca.
Tal ha sido en las votaciones de la democracia mi vicio más reiterado: he
votado siempre, aunque fuese en blanco, porque bastante me han tenido sin votar
durante la mayor parte de mi vida y no padezco el narcisismo idiota de quienes
son tan «puros» que se enorgullecen de no votar nunca, el segundo prejuicio más
bobo tras el de los que se pavonean por carecer en casa de televisor. Pero
siempre he procurado votar de modo «compensatorio», es decir, partiendo del
supuesto de que la mayoría no votaría como yo. Por tanto he apoyado
demasiadas veces en los comicios al Partido Comunista y después a Izquierda
Unida, convencido de que no ganarían —¡menos mal!—, pero que resultaría
beneficioso en conjunto que tuviesen una representación parlamentaria que
compensara y vigilase los probables abusos de la derecha. En el fondo, tengo la
convicción bastante aristocrática de que las instituciones gubernamentales deben
sobre todo ocuparse de los pobres, que son quienes de verdad las necesitan para
no verse perpetuamente esclavizados por los herederos y los especuladores. Me
ilustró sobre los aspectos más risibles de mi comportamiento electoral un taxista
madrileño que en cierta ocasión me llevó desde el aeropuerto de Barajas hasta
mi domicilio. Estábamos en víspera de elecciones y el buen señor me propinó
toda una conferencia sobre las virtudes de Julio Anguita, por entonces líder de
Izquierda Unida: era honrado, sincero e inconformista frente al apoltronamiento
oportunista y bribón de los restantes políticos. Sin desmentirle, aunque se me
ocurrían algunas objeciones, aventuré que todo eso podía ser cierto pero aún más
cierto era que la mayoría de los votantes prefería a los demás candidatos. Se
molestó conmigo: «¡Oiga, que yo tampoco le voto, eh!». Me di por enterado y
quedé contrito.
A fin de cuentas, lo que nos despertó a bastantes de nuestras quimeras
revoltosas y nos propulsó decididamente a apoyar la democracia constitucional
por encima de cualquier otra consideración fue el intento de golpe de Estado
militar de Tejero y compañía, en febrero de 1981. Queriendo abolirlo, aquellos
chapuceros indecorosos hicieron mucho por nuestro sistema democrático: nos
demostraron fehacientemente a los más remolones por qué era realmente
necesario pese a sus deficiencias y quizás gracias a ellas (lo realmente
democrático de nuestra Constitución es que no le gustaba del todo a nadie). A
mí, además, los ominosos acontecimientos de aquel 23 de febrero me enseñaron
el papel que lo privado y lo público ocupan en mi vida. Esa tarde yo estaba
trabajando en mi casa, mientras soportaba como podía un doloroso ataque de
ciática de los que me aquejaban regularmente más o menos desde mis trece años
(después, pasados los cuarenta y cinco, fueron desapareciendo: es la única
mejoría que me ha traído la edad). Por aquel entonces yo carecía de radio y sólo
tenía un viejo televisor en blanco y negro que no veía casi nunca, de modo que
estaba de momento perfectamente disociado de la actualidad circundante. De
pronto sonó el teléfono: una sollozante voz femenina me transmitió a borbotones
un mensaje incomprensible, del que sólo capté su indudable tono trágico.
Inmediatamente pensé que se trataba de mi primera mujer, de la que estaba
recién divorciado (fui de los primeros en aprovechar la nueva ley), por lo que la
mala noticia sólo podía referirse a nuestro hijo, que vivía con ella. ¿Le habría
atropellado un camión o padecería una enfermedad irreversible?
Sobreponiéndome a mi inquietud angustiada, le rogué calma, para que lograse
explicarse de modo inteligible. Por fin comprendí que no era mi exmujer, sino
una amiga muy querida con la que solía compartir algo más que charlas y
botellas de vino. Había sido una ferviente militante comunista y aún entonces
podía decirse que lo era bastante a su modo heterodoxo: en cualquier caso,
continuaba tan apasionada por los asuntos políticos como antes. Cuando se
calmó un poco, consiguió darme la noticia: ¡Un levantamiento militar! ¡Los
golpistas habían entrado en el Parlamento y mantenían retenidos a los diputados
junto con los miembros del Gobierno! Nunca he escuchado mensaje más
alarmante con mayor sensación de alivio. «¡Un golpe de Estado! Ah, bueno…
¡Chica, qué susto me has dado! Creí que le había pasado algo al niño…».
Ella insistió en que de ningún modo podía quedarme un minuto más en casa.
Con bastante razón, porque después supe que mi nombre figuraba en la lista de
quienes iban a ser «purgados» por la nueva piara de salvapatrias. Un conocido
me hizo luego notar el peligro corrido con mucha franqueza y cierta modestia, al
contarme por qué él no había intentado ocultarse lejos de su domicilio: «Esperé a
saber lo que te ocurría a ti, calculando que lo mío vendría un par de días
después». De modo que salí renqueando, tomé un taxi y me fui a casa de mi
amiga. Mientras entraba con dolorido esfuerzo en el coche, tuve una imagen a la
chilena y pensé: «Como me encierren en el Bernabéu, con esta ciática lo voy a
pasar fatal». Al igual que tantos cientos de miles de españoles, mi amiga y yo
dedicamos el resto de la tarde y parte de la noche a escrutar la imagen fija en la
televisión del Congreso ocupado, mientras escuchábamos por la radio a José
María García. Uno de los números más populares y graciosos del estupendo
humorista que fue Gila consistía en la retransmisión de una operación de riñón
como si se tratase de un partido de fútbol. Aquella noche, José María García
retransmitió el golpe como si fuese una especie de final de copa entre golpistas y
constitucionalistas, lo que no dejó de resultar bastante adecuado desde el punto
de vista narrativo. En el fondo, todo tenía un aire notable de farsa, lo que suele
pasarle muchas veces a la realidad, incluso a la más dramática: pero hay farsas
que acaban muy mal, cosa que saben por experiencia propia los curritos del
guiñol y las demasiadas víctimas de la historia.
Cuando a hora bastante avanzada apareció el Rey en la televisión vestido de
capitán general, sentí alivio y decidí —quizá un poco apresuradamente— que lo
peor había pasado ya. No sé si alguna ambigüedad de palabra o silencio regios
alentó en un momento inicial a los golpistas (me parece difícil creer que alguien
tan próximo a palacio como el general Armada hiciera su doble juego sin haber
percibido el mínimo atisbo favorable en el monarca) pero obviamente la
declaración de Don Juán Carlos aquella noche disolvía formalmente cualquier
malentendido de complicidad. Y sin el apoyo del Rey, la insensata aventura de
aquellos cabestros con galones no obtendría respaldo en Europa ni en Estados
Unidos. De modo que para celebrar nuestra liberación mi amiga y yo nos
pusimos voluntariosamente a follar a pesar de mis dolores epidurales. He
comprobado que, a veces, una aguda molestia física acompañada de rabia
psíquica exacerba el deseo y el placer que lo culmina: uno de los mejores polvos
que recuerdo lo conseguí cierta madrugada de fin de año en Venecia, tratando de
satisfacer a una bella largo tiempo anhelada mientras me laceraba un inoportuno
cólico nefrítico… En resumen, que en aquella jornada del 23 de febrero todo
acabó bien.
Como Mefistófeles, también Tejero, Milans del Bosch y compañía formaban
parte de esas fuerzas cósmicas que —al decir de Goethe— siempre pretenden el
mal y sólo logran hacer el bien. Nada cimentó tan eficazmente la incipiente
democracia como su esperpéntica intentona. Se adelantaron con ridículo
desmaño a otras jugarretas peores que las suyas y así las neutralizaron. La
mismísima vera efigie de Tejero, con su tricornio y sus mostachos, se
desautorizaba por sí sola como propuesta verosímil de autoridad competente…
ni militar ni civil ni sobre todo civilizada. Botón de muestra: a mi hermano José
Antonio, que cenaba tranquilamente ese día en Italia durante su viaje de bodas,
el camarero le informó con cierta guasa de que en España había dado un golpe
de Estado «un militar vestido de torero». Ya no era serio, ni siquiera en nuestro
país, ponerse el mundo por montera… ni por tricornio. La enorme manifestación
que se celebró cuarenta y ocho horas después en Madrid, a la que asistió todo el
espectro político (y no pocos espectros políticos, incluso simpatizantes con los
golpistas, para desmarcarse definitivamente de ellos) fue la rúbrica popular que
necesitaba el régimen democrático. Allí quedó por fin clausurada la mierda
franquista, de la que a partir de ese momento y durante mucho tiempo ni los
franquistas supieron hablar sin embarazo o sonrojo. Ya que en su día nadie tomó
el Palacio de Invierno, por lo menos esa tarde quedaron repudiadas las
conspiraciones de los cuartos de banderas… Para qué insistir: fue delicioso
vivirlo, por muchas decepciones que vinieran luego.
Sin embargo las aguas turbias aún no se habían remansado del todo. Pocas
semanas después del golpe, intelectuales de la llamada izquierda estábamos
convocados a un acto político-cultural en el aula magna de la Universidad de
Valladolid. La cita se había acordado antes del 23-F, cuando los augurios eran
menos ominosos. Ahora, después de la intentona de asonada, me parecía aún
más perentorio acudir en defensa e ilustración de nuestra democracia. Pero
también esa vez, como tantas otras, mi ingenuo y entusiasta criterio no era
compartido por mis colegas más experimentados, de modo que todo el mundo se
cayó del cartel salvo este humilde servidor y creo recordar que Agustín García
Calvo. ¡Qué suerte he tenido estando siempre rodeado de progresistas prudentes!
¡Y qué poco he aprovechado de tanto sabio ejemplo y enseñanza! Entonces la
consigna era no incurrir en «provocaciones» (lo de no fomentar la «crispación»
vino luego, de boca de los mismos, pero en otro contexto que veremos cuando
toque hablar del País Vasco). La verdad es que el ambiente que rodeaba la
facultad de Filosofía en Valladolid —«Fachadolid», como se la conocía entonces
por mal nombre— era cualquier cosa menos tranquilizador. Por todas partes se
veían vehículos policiales y los estudiantes abarrotaban la sala con esa mezcla de
exaltación y alarma que yo conocía bien de mis tiempos universitarios. Me
asaltó la inquietud de que quizá el golpe hubiese fracasado en todas partes…
salvo en Valladolid.
Había organizado el mitin otro eterno incauto, el entonces estudiante y más
tarde estupendo periodista José Mari Calleja. No le elogiaré más, porque de
entonces acá hemos llegado a querernos como hermanos y me da reparo ensalzar
a la familia, pero obligatoriamente deberé volver a hablar de él cuando sea el
momento de contar euskobatallas por la libertad. Baste ahora decir que desde
muy joven José Mari provocó, crispó y se ciscó en la prudencia de los sabios,
igual que quien esto firma: por eso nos queremos y nos sonreímos el uno al otro
entre hematomas y fracturas, como dos boxeadores sonados después de la pelea.
De modo que llegué, solté mi arenga y luego acordamos irnos a cenar un grupo
de amigos, entre los que también estaba mi compañera de facultad Charo Zurro,
otra bienaventurada que nunca escarmienta. José Mari y el resto estaban
inquietos: no me dejaban solo ni a sol ni a sombra, hasta al retrete iban conmigo
con embarazosa solicitud. «¡Tú no sabes lo que es esto!», me repetían una y otra
vez. Pronto lo supe. Cuando abandonábamos la facultad, me rezagué un
momento para responder a las preguntas de unas chicas y de pronto me encontré
aislado de mi grupo. Inmediatamente aparecieron a mi lado dos individuos que
se identificaron como policías y me ordenaron que les acompañase a su coche
«para unas comprobaciones». El que llevaba la voz cantante era especialmente
malencarado (luego supe que se trataba del peor reputado de los miembros de la
brigada político-social, al que conocían muy adecuadamente por «Bocarrana») y
además consciente de su repelente jeta: cuando, como no me mostraron ninguna
placa, puse en duda que fuesen policías, me respondió sarcástico: «¿Y qué
quieres que sea con esta cara?». Pretendían registrar mi bolso de bandolera e
insistían amenazadoramente en que les acompañase. Entonces, jubilosa y
triunfalmente, decidí portarme como si Franco hubiese muerto de veras. Se
acabó el miedo, la sumisión, el respeto a los matones de baja estofa cuyos días
de intimidación habían pasado. Yo estaba en mi país, en mi derecho y en mis
libertades, ellos no eran sino la escoria del pasado que se resistía a caer en el
vertedero. De modo que les dije que no, que no me daba la realísima gana ir con
ellos a ninguna parte. «¿Acompañarles a ustedes al coche? ¡Ay, no, que yo en
coche me mareo!».
Y seguí mi camino a grandes zancadas, acompañado de mi alarmada y
querida Charo Zurro, llamando a voces a José Mari y el resto de los compañeros.
No movieron ni un dedo para detenerme, se limitaron a verme marchar sin
volver la cabeza. Vencidos. No, el golpe fascista tampoco había triunfado en
Valladolid.
En abril de ese mismo año, estreché por primera vez la mano del Rey. No
precisamente por fervor monárquico. Como ya he dicho, en el referéndum
constitucional había votado en blanco precisamente porque consideraba que lo
mínimo que merecía un país en el siglo XX era un sistema republicano. Por
muchas virtudes que tuviera don Juan Carlos, también hubiese sido Rey sin ellas
y con cualquiera de sus descendientes podíamos tener menos suerte… De modo
que cuando todo el mundo parecía ya monárquico por conveniencia, yo fundé
con unos pocos nostálgicos (casi todos de más que mediana edad) un efímero
ateneo republicano en Madrid, que logró organizar algunos modestos actos
públicos sin el menor apoyo de la prensa ni de los políticos con mando en plaza.
Pero finalmente llegó el momento de hacer mi presentación en la Corte. Cada
año, al aproximarse el 23 de abril, su majestad invitaba a los intelectuales a una
recepción en el palacio de la Zarzuela, con motivo de la concesión del Premio
Cervantes. Hasta entonces ni se me había ocurrido asistir, pero en aquella
ocasión —tras el fallido tejerazo— me pareció oportuno: pragmático por un día,
reconocí que la estabilidad democrática era más importante que la intransigencia
de mis principios igualitarios. Además la recepción tenía ese año el valor
añadido de que el Premio Cervantes había recaído en mi querido y admirado
Octavio Paz.
El festejo protocolario tuvo cierta gracia, aunque no tanta como para
incitarme a repetir la experiencia. No he nacido para besamanos ni actos
sociales: alguna vez he dicho que cuando me muera, como soy malo, en lugar de
al infierno me mandarán a un cóctel. Por lo menos el tiempo acompañó, porque
disfrutamos de una preciosa tarde de primavera madrileña y los jardines de la
Zarzuela, con buen tiempo, merecen sin duda la visita. Octavio Paz estaba
radiante y yo disfrutaba viéndole disfrutar: ¡cuánto amaba la vida y qué ingenua,
hasta conmovedora, era su necesidad de homenajes! En cierto momento
habíamos formado un pequeño grupo unos cuantos amigos, entre los que se
encontraba Aranguren, y el Rey se nos unió con perfecta campechanía.
Aranguren le comentó que la ocasión era notable, porque allí estábamos una
serie de escritores que asistíamos a esta recepción anual por primera vez,
aludiendo discretamente a que cerrábamos filas democráticas tras el intento
golpista. Don Juán Carlos no se dio por enterado y comentó cordialmente: «Pues
no será porque no os invito todos los años…». Fue una excelente manera de
ponernos en nuestro lugar, para que dejásemos de darnos importancia. Bastantes
años después me contaron otro buen golpe del monarca, sucedido durante una
inauguración en el Retiro de la Feria del Libro. Los reyes iban acompañados del
entonces alcalde de Madrid, don Enrique Tierno Galván, y se detuvieron en la
caseta de una librería en la que trabajaba una cuñada mía, que es quien me refirió
el sucedido. Acababa yo de publicar mi novela El dialecto de la vida y Don
Enrique se la recomendó al Rey: «Mire, éste es el último libro de Savater». Tras
un momento de vacilación onomástica, el monarca comentó: «A mí el que me
han dicho que es muy bueno es Sábato». Tampoco le faltaba razón y además es
una lata que a los escritores nos dé por tener apellidos embarazosamente
parecidos.
Mi primera actividad pública en la democracia como intelectual entrometido
tuvo que ver con las cárceles: nunca he perdido del todo mi conciencia de
expresidiario. Inmediatamente después de la muerte de Franco y de la
coronación de Don Juán Carlos empezó a hablarse de una posible amnistía para
los presos políticos, primero para aquéllos cuyo delito había sido pertenecer a
partidos o sindicatos que ya estaban a punto de legalizarse democráticamente y
luego incluso para los acusados de actos violentos, a veces con derramamiento
de sangre. Por supuesto yo compartía totalmente esta reivindicación en su
alcance más generoso, pero me extrañó que nadie se ocupara de los presos
comunes, cuya suerte me había impresionado especialmente en mi paso por
Carabanchel. La injusticia que suponía la dictadura me parecía global, por lo que
resultaban no menos dignos de excarcelación quienes quedaron fuera de la ley
por la ausencia de libertades políticas que quienes sufrieron la falta de
oportunidades sociales y económicas o las carencias educativas. En último
término, cancelar el viejo orden autoritario largamente soportado debía equivaler
a un nuevo comienzo del pacto social, concediendo a todos por igual una nueva
oportunidad regeneradora. De modo que empecé una campaña monoplaza con
artículos en Triunfo y El País reivindicando que la amnistía alcanzase también a
los presos por delitos llamados «comunes».
La propuesta fue acogida con escasas simpatías al principio, en la derecha
por razones obvias y entre la izquierda porque se consideró que podía retrasar o
entorpecer la liberación de los políticos. Además, como mi paso por la cárcel me
había enseñado, a los detenidos políticos no les gustaba que se homologase su
suerte en modo alguno a la de bribones de menor mérito moral. Sobre todo en el
País Vasco mis esfuerzos fueron especialmente mal vistos: ¡cómo me atrevía a
comprometer la liberación de los «chicos» mezclándoles con simples
delincuentes! Sin embargo, fueron precisamente los primeros etarras
excarcelados (Izko de la Iglesia, Onaindia, etcétera) quienes apoyaron con mayor
determinación la extensión de la amnistía a todo tipo de delitos. En el 77, con un
gesto de insólita generosidad de amplitud sin precedentes en Europa, todas las
personas encausadas en España por delitos de motivación política —con o sin
violencia— fueron amnistiadas. Y también numerosos presos de los llamados
comunes. Los etarras «poli-milis» aprovecharon cuerdamente la ocasión para
renunciar a la lucha armada y reintegrarse a la vida civil, pasando a defender
muchos de ellos sus ideas políticas en partidos democráticos. Pero pocas
semanas después de ésta amnistía los militares de ETA volvían de nuevo a matar,
inmunes a los esfuerzos de reconciliación y convirtiéndose así en los peores
enemigos de la democracia en nuestro país.
Yo seguía obsesionado por las cárceles y por los frecuentes casos de malos
tratos o torturas que en ellas se daban. En mis viajes a París me había informado
de la lucha contra las instituciones penitenciarias tradicionales que allí
encabezaba Michel Foucault, a quien había escuchado en algunas ocasiones en el
Collége de France. Intenté promover algo parecido en España, me temo que con
más retórica doctrinal que eficacia pragmática. Así me incorporé a la COPEL
(Cooperativa de Presos en Lucha), formada por los más conscientes de los
propios reclusos y por varios abogados de coraje admirable, como Gonzalo
Martínez de Fresneda, Manuel Hernández Rodero, Ventura Pérez Mariño,
Fernando Salas o José Mari Mohedano. En la movilización de los intelectuales
de izquierda tuvimos menos éxito. Los más radicales estaban ocupados por
tareas teóricas de abrumador alcance, como dilucidar hasta qué punto el
imperialismo representaba la fase definitiva o póstuma del capitalismo, cuáles
eran las lecciones que debían sacarse de la revolución cultural maoísta y qué
aspectos válidos para la lucha de clases se manifestaban en el activismo del
grupo Baader-Meinhof o de las Brigadas Rojas italianas. Para estos iluminados
el asunto de las cárceles era algo menor, un entretenimiento culpable. Por su
parte, los posibilistas encuadrados en el partido comunista y en el socialista nos
tenían por provocadores al servicio de la reacción siempre acechante y posibles
desestabilizadores de la democracia incipiente.
De modo que contábamos con pocos apoyos en la izquierda y por supuesto
teníamos garantizada la feroz enemistad de la derecha. Nuestras reiteradas
denuncias de los abusos que habían tenido lugar en la cárcel de Herrera de la
Mancha recibían todo tipo de descalificaciones y su publicación en la prensa era
cualquier cosa menos fácil o bienvenida. A los abogados que llevaban ese caso
escandaloso a costa de sacrificar muchas horas de su tiempo en viajes por
carretera de ida y vuelta al penal, el director general de instituciones
penitenciarias (Carlos García Valdés, un liberal que se había distinguido contra
el tribunal de orden público en la época de Franco) les acusaba de realizar
«turismo penitenciario». Efectuábamos reuniones con un aire semiclandestino en
colegios mayores, donde apenas recuerdo la compañía de rostros conocidos
salvo apariciones de Pablo Castellanos y Ferlosio, que se empeñaba en firmar los
comunicados de protesta como «Rafael Sánchez», con un prurito de modestia
que en ese contexto solía impacientarnos un tanto. Cuando llegaron los
socialistas al Gobierno, publicamos una especie de manifiesto en El País en el
que les concedíamos setenta días para desterrar definitivamente la tortura y los
malos tratos, como prueba de un auténtico cambio político que les ganaría
nuestro apoyo más entusiasta, hecho público en el mismo medio. Firmaron el
texto, además de Gonzalo Fresneda y yo (instigadores de la jugada), Aranguren,
Castilla del Pino, Ferlosio, Ramón Recalde, José Mari Mohedano y Marc
Palmés. De nuevo nos granjeamos los ardientes reproches de quienes nos veían
como desestabilizadores voluntaristas que pretendíamos sabotear el primer
Gobierno democrático de izquierdas que había conocido España desde la difunta
República o como ilusos pequeñoburgueses que creían posible que la izquierda
llegase democráticamente a gobernar. Menos mal que para entonces yo había
interiorizado ya el dictamen de mi admirado Jean Cocteau, cuyo lema solía ser:
«La reprobación me exalta». Después he tenido numerosas ocasiones de
repetírmelo ante el espejo a la hora del afeitado, mientras escuchaba a ciertos
contertulios radiofónicos comentar las actividades en el País Vasco de nuestro
grupo ¡Basta ya!
Pasados más de cien días, tuvimos que constatar que los objetivos propuestos
en nuestro emplazamiento aún no se habían cumplido y así lo hicimos saber en
otro artículo en el mismo periódico. Pero, a más largo plazo, las torturas y malos
tratos fueron desapareciendo finalmente de las cárceles españolas o al menos se
convirtieron, de endémicos que eran en otro tiempo, en males sumamente
esporádicos. En las comisarías todo indica de que también han disminuido
mucho, aunque ahí no me cabe duda de que todavía perviven más de lo que
conviene a la dignidad democrática del país. Sobre todo faltan aún condenas
contundentes a los culpables de esas prácticas indecentes, a los que se traslada o
se retira de sus puestos pero nunca llega a aplicárseles una sentencia realmente
ejemplar. Sin embargo, creo que nuestro empeño incordiante de aquellos años
(del que proviene la actual y ya bastante desvirtuada Asociación contra la
Tortura) no fue totalmente estéril… por lo menos comparado con el de quienes
se pasaban entonces las horas sopesando los méritos relativos de Mao, Lin Piao
y Renato Curcio.
Había seguido la primera noche electoral de la democracia en los locales de
El País, en compañía de muchos amigos escritores, artistas, cineastas, etcétera.
Bebimos generosamente y estábamos casi todos bastante eufóricos. Finalmente
ganó Adolfo Suárez, pero hubo momentos durante el recuento en que parecían
vencedores los socialistas de Felipe González. Recuerdo al bondadoso y zumbón
Juan García Hortelano deambulando de grupo en grupo y murmurando con aire
de conspirador: «¡Ganan los nuestros! Dentro de dos horas, nos encontramos en
el mostrador de Iberia para vuelos internacionales…». En realidad fue el año 82
cuando ganaron las elecciones los socialistas y, a pesar del reciente conato
golpista, no hubo necesidad de que ninguno tuviésemos que encontrarnos
camino del exilio en el mostrador de Iberia. Significó una gran alegría
generacional, la confirmación del cierre definitivo por derribo de la época
franquista. Si excluimos a los fachas, los orates milenaristas del «cuanto peor,
mejor» y los etarras, no creo que nadie sano de cuerpo y alma lamentase esa
victoria. No olvidaré la noche del triunfo electoral en el Hotel Palace de Madrid,
en la que acompañé a Octavio Paz y Marie-Jo, juvenilmente dichosos. Por la
calle nos encontrábamos y abrazábamos viejos amigos del pasado antifranquista
y personas que apenas nos conocíamos, todos sonrientes. Considerada en su
conjunto, la etapa socialista fue muy positiva, con logros importantes en la
reforma del Ejército, la extensión de la educación y la incorporación de España a
Europa. Por lo demás, sentíamos un contento incluso estético: nunca habíamos
visto antes ministros con pelo largo y vestidos con chaquetas de pana, que
parecían recién llegados de una asamblea de la Facultad. En casi todos los
campos se instauró sin crueldad ni resentimiento algo así como un consenso
básico de dulce subversión, una especie de sentido común progresista, un
hedonismo fraternal. Luego sin duda las cosas se torcieron, empezando por el
siniestro episodio del GAL (sobre todo por el afán de encubrirlo), y la maldita
corrupción fue aflorando hasta el desguace del partido gubernamental, pero el
balance me sigue pareciendo favorable. Representó un periodo imprescindible y
beneficioso… me atrevería a decir que hasta en sus errores. Y sin duda el
demasiado astuto y demasiado carismático Felipe González se comportó como
un líder político de primera fila (desligando al socialismo gobernante del dogma
marxista poco entendido pero muy venerado, etcétera), aunque su insistencia en
conservar protagonismo después de haber cedido el poder gubernamental me
parezca hoy, a menudo, menos atinado. Muy bueno, por lo general, fue Felipe
cuando mandaba; después sólo regular, en el mejor de los casos, cuando le
«desmandaron».
El ideal político de los sesentayochistas consistió en revolucionar a la vez las
instituciones públicas y la vida cotidiana de cada cual. En cierto modo mitigado
pero indudable, eso es precisamente lo que ocurrió en España durante la
transición democrática. Las costumbres se abrieron y los viciosos nos decidimos
por el descaro. Es algo que refleja muy bien el primer cine de Pedro Almodóvar,
cuyo enorme talento tardó sin embargo en ser reconocido por la prudencia
excesiva del establishment. Quizá la ciudad más beneficiada por esa oxigenación
transgresora fue Madrid, aprovechándose de que Barcelona y otras capitales
alternativas sufrían los males casposos del regreso al terruño nacionalista. Bajo
la alcaldía del saludablemente cínico Tierno Galván, vivimos lo que llegó a
mitificarse bajo el nombre de «la movida». El prestigio de esta leyenda traspasó
nuestras fronteras: un periodista americano, recién llegado del aeropuerto de
Barajas, se presentó en mi casa a las diez de la mañana, extendió un plano de
Madrid ante mis ojos adormilados y me conminó a que le señalase exactamente
dónde estaba «la movida».
Dicen que si uno vivió los ochenta y los recuerda es que no los vivió del
todo. Yo me acuerdo de ellos, pero confusamente: es el único periodo de mi vida
en que he sido noctámbulo, algo que se aviene mal con mis gustos y mi ciclo
metabólico. La excitación en antros de iluminación estroboscópica y mobiliario
de terciopelo ajado, las camisas fosforescentes por cuyas aberturas se
vislumbraba la carne oscurecida, el ruido sin furia, la rutina del demasiado
alcohol, el deambular de un lugar a otro en busca del momento perfecto a la hora
precisa, las sonrisas muy próximas de dientes blanquísimos que acaban en la
lengua del beso, las casas abiertas de los desconocidos remotos amigos de
nuestros conocidos en cuyos dormitorios entrábamos y salíamos sin pedir
permiso pero nunca indemnes, los humos y las pastillas, la blanca rayita para
esnifar que una risotada a destiempo desperdigaba por el paisaje, la música
permanente, las figuras que uno perdía y reencontraba diez veces en la misma
noche, los intentos de decir al oído una frase ingeniosa o picante a pesar del
estruendo y de la lengua trabada por la bebida, los lavabos llenos de emociones
en los que se iba a comerciar y a fornicar con mucha más frecuencia que a
evacuar la vejiga, los chicos muy guapos y muy zalameros, el sida que rondaba
por todas partes y se metía entre nuestras piernas sin que aún supiésemos su
nombre, mientras elegía sus víctimas al tuntún.
Pasé mis noches de movida con Luis Antonio de Villena, que conocía todos
los lugares y era familiar de todos los habitantes de la noche. Yo salía entonces
de eso que suele llamarse con circunspección algo cursi un «desengaño»
amoroso y creo que estaba hecho un auténtico pelmazo, a la vez melancólico y
salido, cada vez más salido cuanto más melancólico y vuelta a empezar. Pero tú
me soportaste con santa resignación de epicúreo, Luis, siempre perfecto
compañero. Anda, tómate una copa en mi nombre donde quieras, hermano,
porque si no me equivoco aún sigues de ronda: se acabó la movida pero tú eres
un perpetuum mobile. Bebe en mi nombre y dale un beso a cualquiera al pasar,
Luis, que yo ya no salgo de noche.
32

CUANDO MATAMOS A LIBERTY


VALANCE

En las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento


de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga y obliga a algo
más que a escribir.

ALBERT CAMUS

U no de mis héroes cinematográficos de categoría más entrañable es Dutton


Peabody, el periodista borrachín y palabrero que interpreta el gran
Edmund O’Brien en El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford. Quizá
la palabra «héroe» no sea la más adecuada, porque no es precisamente un bravo
entre los bravos como el personaje de John Wayne, ni siquiera un valiente
accidental por pura dignidad como el abogado al que encarna James Stewart. No,
el director y único redactor del Star se pasa gran parte de la película asustado,
soportando los desmanes de los bravucones sin intervenir y dándose
ocasionalmente ánimos para soportarlos con largos tragos de whisky. Pero
cuando la democracia llega al pequeño pueblo atemorizado, no vacila en poner
su periódico al servicio de los ciudadanos aunque ello le enfrente con la banda
de pistoleros. Poco tardan éstos en hacerle una visita nocturna, durante la cual
destrozan las oficinas del diario y a él le dejan medio muerto de una tremenda
paliza. Pero semejante vapuleo se convierte para Dutton Peabody en carta de
nobleza. A quienes le encuentran luego allí tirado, literalmente machacado, aún
tiene fuerzas para decirles: «Le he hablado a ese Liberty Valance de la libertad
de prensa». Lo asegura sangrando pero triunfante. En efecto, en cuanto se
empieza a hablar de libertad de prensa y a practicarla aunque peligre la
integridad física, el final de Liberty Valance está próximo.
Los años del franquismo fueron una época de forzado silencio o disimulo
para los Dutton Peabodys de la prensa española. En la última etapa,
ocasionalmente, comenzaron a intentarse audacias que se saldaban regularmente
con el cierre de las revistas más atrevidas e incluso llevaron a la voladura física
del diario Madrid. Esa explosión, que ocurrió frente a mi casa y contemplé desde
mi balcón, constituyó la verdadera metáfora de la relación entre la dictadura y la
prensa que no se sometía plenamente a sus dictados. Fue un suceso brutal, pero a
la vez marcó el último estertor de una imposición que tocaba a su fin: la traca
agonizante de aquellos sanguinarios fuegos artificiales de coacción que duraron
cuarenta años. El edificio del Madrid se desvaneció en una enorme nube de
polvo en cuestión de segundos, como si su estructura de argamasa y cemento
hubiera sido algo meramente ilusorio, un espejismo que disipa de pronto el
viento del desierto. Yo asistí a esa destrucción con una mezcla de desolación y
júbilo tenaz: a ese mismo diario, a ese edificio literalmente borrado de la faz de
la tierra, había llevado no mucho antes mi primer artículo publicado en un
periódico. Fue de crítica sociocultural, influido hasta la mimesis por Adorno y
Enzensberger, y diseccionaba una nueva colección de libros de bolsillo; anoto su
título para la historia: «Psicopatología de la Biblioteca RTVE». Lo leí y lo
recorté con unción revolucionaria. Salí a la calle el día de su publicación
convencido de que el país había cambiado y que los pilares del régimen se
cuarteaban gracias a la dialéctica inmisericorde de mis noventa líneas. Pero no
fue la dictadura lo que se derrumbó entonces, sino el caserón venerable del
primer periódico que se atrevía a criticar moderadamente el sistema franquista.
Pues ni aun así me desanimé, mientras veía fascinado la controlada implosión
del diario aniquilado. Me dije que ahora los pistoleros destruían el Star, pero yo
seguía vivo, con ganas de escribir más y más, buscando el modo de desafiarles a
partir de mañana. Supe que no habían triunfado, supe —de un modo ingenuo
pero maravillosamente tónico— que el silencio impuesto estaba a punto de ser
definitivamente roto por gritos y sobre todo páginas de libertad.
Esos gritos tardaron más de lo que yo había calculado en abrirse paso, pero
finalmente resultaron vencedores. A medias, claro: toda victoria de la libertad
resulta inmediatamente escasa. Aún faltaba soportar nuevas querellas judiciales,
secuestros de periódicos e incluso bombas asesinas contra la sede de los
insumisos. Y las dificultades continuaron más allá de la muerte del dictador y del
final oficial de la dictadura. Pero lo que ya estaba en marcha no se detuvo. Para
que continuase, hizo falta algo más que coraje: habilidad profesional,
originalidad, capacidad de mirar y de expresar lo observado de un modo distinto.
Eso es lo que aportaron precisamente los periodistas de nueva raza que se
lanzaron casi a tientas a la prensa democrática como quien se arroja a un mar
desconocido y aún demasiado turbulento. Así se inventaron El País, Diario 16 y
el resto de las publicaciones cotidianas que convirtieron en simbólicamente
efectiva la desaparición de la dictadura. Sus impulsores no eran santos ni héroes;
también abundaban entre ellos los aventureros, los oportunistas y los antiguos
censores reciclados en inquisidores de nuevo cuño para ocultar pasadas tropelías.
Pero es que también las macetas en las que se cultivan las flores más hermosas
están hechas de barro. Ellos, todos ellos, incluso aquéllos por los que uno puede
guardar menores simpatías, fueron realmente los hombres y mujeres que
mantuvieron en alto el pendón irónico pero atrevido de Dutton Peabody: ellas y
ellos remataron definitivamente la innoble chulería de Liberty Valance y sus
secuaces. Del impulso que entonces nos dieron aún alimentamos nuestro ánimo
los que éramos más jóvenes o más crédulos… y poco hemos ganado en malicia
con los años.
De muchas cosas que hice en el pasado me siento poco contento, pero entre
ellas no figura desde luego haberme dedicado tanto al periodismo. Me lo
reprochan a veces con intención derogatoria: «Lo suyo no es verdadera filosofía,
sino periodismo»; «Usted sólo hace ensayismo periodístico». Cada vez que me
destituyen así, tengo que controlarme para que no me suba la satisfacción al
rostro. Porque sí, plenamente cierto, mi género es el periodístico. Y no sólo
como escritor, también como lector. Pero quizá convenga aclarar un poco mi
punto de vista al respecto. La prensa ha sido el espacio público contemporáneo
—el lugar más activo y reactivo de la propuesta democrática— desde finales del
siglo XVIII hasta esta misma mañana: hoy por la tarde, mañana, el año próximo
ya no sé, porque soy incapaz de prever lo que supondrán a este respecto los
medios audiovisuales e Internet. La nostalgia me bloquea en este asunto la
perspicacia adivinatoria… Espejo más o menos deformante del mundo, la prensa
ha sido también compleja y contradictoria como el mundo que refleja/deforma.
En ella tiene lugar el aviso y el sermón, la esquela y el ditirambo, la noticia
dedicada a subrayar la importancia de la novedad que pasa y la reflexión que
anota lo persistente mientras se obstina en no pasar. Hay un periodismo de lo
intrascendente, cuya urgencia comenta lo que sólo momentáneamente importa a
muchos; y un periodismo trascendente, glosador de lo que viene o lo que se va
en tanto se refiere a la humanidad compartida simbólicamente por los menos
adormecidos. Me apresuro a decir que ambos son necesarios, pero yo he
intentado casi siempre el segundo. El periodismo trascendente combate y piensa,
informa y debate, entretiene y educa, acelera y frena la curiosidad por lo real.
Asume la claridad de perfiles sin renunciar al choque de lo paradójico o lo
inesperadamente audaz. Nunca pretende cruda y directamente alcanzar la poesía,
pero a veces resulta poético sin querer y casi sin saberlo… Voltaire, Hazlitt,
Larra, Chesterton, Unamuno, Ortega y tantas páginas de Borges son ejemplos de
ese periodismo trascendente que me entusiasma leer y pretendo haber
conseguido a veces escribir. En mi perpetua ejecutoria de aprendiz en nada he
logrado ser magistral salvo en un puñado de artículos. Como adobo retórico
prefiero el humor, como pauta ética la honradez: es decir, tratar intelectualmente
al lector como semejante… intelectual.
Para que la vida de un periodista no sea mera frustración (aunque hay
frustración en la vida de todo periodista honrado, como quiso serlo a fin de
cuentas Dutton Peabody) es preciso que encuentre el periódico al que su talante
corresponde. Para mí lo ha sido El País y creo haber tenido la suerte de contar
con el mejor vehículo para viajar hacia los lectores durante mis mejores años.
Sin duda la aparición de El País fue el primer gran acontecimiento sociocultural
de la democracia reiniciada. Su éxito fue tan grande que despertó contra él
innumerables resquemores y envidias. En cierta ocasión, durante una reunión
con sus máximos responsables, les oí quejarse muy dolidos de que se le
considerase un periódico del PSOE, que entonces gobernaba con mayoría
absoluta, y les dije: «No; aún peor: nos tienen por el PSOE de los periódicos».
Es decir, el rodillo triunfante que pasa sobre la competencia… A ese diario me
liga, a pesar de ocasionales decepciones y sinsabores, una deuda de gratitud vital
que nada nunca podrá borrar. He escrito en El País desde los sucesivos números
«cero» que precedieron a su aparición efectiva ante el público. A partir de ese
día, hace ya más de un cuarto de siglo, nunca ha pasado ni un mes sin que
aportase alguna colaboración; sobre todo artículos de los llamados «de fondo»
pero también entrevistas, crónicas de viaje, reseñas, columnas en el suplemento
dominical, cartas al director y hasta notas deportivas sobre hípica. Jamás me
rechazaron nada y poquísimas veces me pidieron corregir o reformular algo…
casi siempre por muy atendibles razones. ¡Incluso hubiera preferido que alguien
más atento o menos respetuoso de la redacción me señalase previamente mis
frecuentes errores para poder rectificarlos antes de que la edición los hiciera
inevitables!
De modo que considero El País como algo mío, tan mío como pueda serlo de
cualquier otro y más desde luego que de aquellos que sólo han puesto en él su
dinero. A través de los años, creo haber contribuido a configurar en parte a los
lectores que nos acompañan y esos lectores son la carne viva del periódico, sin
los cuales queda reducido a humo y publicidad. Por eso cuando, tras algún
desencuentro, voces no siempre desinteresadas me han aconsejado que lo dejara
y me fuese a otro diario, siempre he contestado que no pienso abandonarlo
voluntariamente, salvo que me pongan de patitas en la calle. Y si lo que escribo
desazona hasta lo insoportable a algunos de los que forman parte de la casa…
pues qué remedio, que se vayan ellos.
El incidente más grave que he tenido en El País ocurrió en los primeros
tiempos del periódico. Comenzaba a tramitarse la ley de divorcio impulsada por
Fernández Ordóñez en el Gobierno de UCD y los obispos perseveraban en una
escalada de protestas contra esa medida civilizada, como suelen hacerlo siempre
que las instituciones laicas merman su poder sobre la cuna, la escuela, el lecho
matrimonial o los rituales funerarios, las cuatro patas del tinglado de la antigua
farsa. En la incipiente democracia todavía reinaba un respeto prudencial hacia
las sotanas, de modo que sus anatemas eran recibidos con resignada
disconformidad. A mí me hervía la sangre ante esas voces dogmáticas de quienes
aún no hacía tanto paseaban a Franco bajo palio o bendecían ejecuciones
capitales. Con una historia tan antiliberal y tan antidemocrática como la de la
Iglesia católica en España, lo menos que podía pedírsele era cierta discreción
ante los esfuerzos pacíficos por establecer al fin un Estado de derecho moderno
en nuestro país. De modo que escribí una tribuna de opinión titulada «Osadía
clerical», de tono bastante combativo, que publiqué también en La bicicleta, una
revista anarcoide con la que yo colaboraba eventualmente. El artículo tardó en
salir en el periódico: finalmente apareció, en unas fechas en que el director Juan
Luis Cebrián estaba de viaje por Estados Unidos y se había quedado como
responsable de opinión José Luis Martín Prieto. Se armó la de Dios, nunca mejor
dicho. Cartas de protesta, indignación en los diarios de la derecha y supuesto
temor empresarial a que los colegios católicos prescindiesen de los libros de
texto de Santillana, propiedad de Jesús de Polanco, principal accionista del
diario. Juan Luis volvió de su viaje y yo telefoneé a Martín Prieto, con timidez y
cierta diversión, para preguntarle cómo veía la cosa. Me contestó también con
bastante guasa: «Pues, en resumen, creo que tú vas a irte a La bicicleta y yo a
Deportes». Pero la cosa no fue para tanto. Hubo una tumultuosa reunión de
accionistas en la que uno de ellos dijo que pondría de inmediato su participación
en venta si yo seguía en el periódico; entonces mi amigo Antonio de Senillosa se
ofreció con toda prontitud a comprársela y ahí acabó todo. Durante meses e
incluso años después, cuando iba a algún centro escolar o cultural a dar una
charla, casi siempre alguien terminaba sacando el recorte del famoso artículo
para pedirme que se lo firmase… Después, en muchas ocasiones y en diversos
tonos, algunos «posmodernos» me han hecho notar que el anticlericalismo es
una actitud anticuada, decimonónica: a mí me sigue pareciendo una forma de
salud mental.
También me trajo algunas complicaciones mi costumbre de publicar de vez
en cuando artículos republicanos (cada 14 de abril, por ejemplo), cosa no
precisamente frecuente en la prensa de la época. Digo republicanos y no
antimonárquicos, porque yo solía defender más bien la cuestión de principio —
en una democracia todos los hombres nacen libres e iguales, por lo tanto todo
cargo público de gobierno debe ser electivo— sin dedicarme a críticas
personalizadas contra los representantes actuales de la monarquía. Pero me
fastidiaban —¡y me fastidian!— las ridículas tufaradas de incienso idolátrico a
sus majestades con las que pretenden asfixiarnos los cortesanos de nuevo cuño.
Me exasperaba en particular una cretinez aduladora que solía repetir Camilo José
Cela en cuanto le ponían un micrófono ante la boca: «Los españoles tenemos un
Rey que no nos lo merecemos». Por lo visto ajuicio de aquel famoso señor
atorrante y genialoide lo que nos merecemos los españoles es otro Calígula o por
lo menos un Haile Selassie. Contra esa sentencia fatal escribí un artículo llamado
«Lotería primitiva», cuyo sólo título —luego plagiado por algún que otro
devoto, por cierto— condensaba bastante adecuadamente mi principal objeción
contra la institución hereditaria. Como precisión estilística me enorgullece
consignar que sobre tal juego de azar no se hacía la menor mención en el resto
del artículo, en homenaje a la inteligencia de mis lectores y para subrayar la
deficiencia de la de Cela. También estas ciento veinte líneas causaron cierto
escándalo. A Juan Luis Cebrián le llamaron discretamente a la Zarzuela para que
recibiese en persona las quejas a mí debidas, que soportó con solidaria entereza y
me transmitió con tranquilizadora ironía. Seguimos adelante sin otro
inconveniente, a pesar de que la sombra de Liberty Valance tardaba más de lo
debido en desvanecerse.
Aún he tenido algún que otro tropiezo por bromear con lo intocable. En
cierta ocasión me vi obligado a comparecer en los juzgados de la Plaza de
Castilla para atender a una denuncia por un artículo de corte antimilitarista que
empezaba diciendo en tono zumbón: «Todos los años, cuando los ecologistas
publican las listas de especies zoológicas en peligro busco a los militares pero
nunca los encuentro…». El funcionario judicial que me interrogó al respecto
insistía sorprendentemente en averiguar si alguien me había «dictado» o
«sugerido» esas líneas culpables. Tuve en la punta de la lengua responder «el
Espíritu Santo» pero me contuve: por tal autocontrol del que pocos años atrás
hubiese sido incapaz deduje, melancólicamente, que maduraba. Finalmente pasé
al despacho de Clemente Auger, quien tras una leve recomendación de prudencia
sumergió mi expediente en las profundidades de un cajón que sin duda
desembocaba directamente en cualquier vertedero…
Gracias a mi tarea periodística en El País he estrechado o iniciado amistades
con una serie de figuras benévolas de mi tarot personal: Juan Cruz, siempre tan
atento y generoso para abrirme nuevas puertas, Patxo Unzueta, Joaquín
Estefanía, Angel Sánchez Harguindey, Vicente Verdú, María Cordón, Hermán
Tertsch… y por supuesto Javier Pradera. Con Javier, al que querría exactamente
igual incluso si de él hubiese aprendido menos, inicié la aventura de la revista
Claves de razón práctica, que dura ya más de diez años ininterrumpidos y creo
que es de las mejores en su género —el ensayo periodístico de alta divulgación
— entre las que aparecen en España. A veces Javier y yo nos asombramos de
que números en cuya preparación nos reímos tanto salgan luego tan solemnes…
En esas páginas hemos dado a conocer bastantes autores españoles que de otro
modo hubieran quedado confinados en revistas de cátedra o publicaciones muy
minoritarias. Por supuesto, el verdadero director de la publicación es Javier
Pradera, aunque por amable insistencia suya figuro como codirector. Lamento
decir que mis capacidades organizativas y administrativas, por no mencionar mis
conocimientos editoriales, son completamente inexistentes. Pero seguramente, a
estas alturas, ustedes ya se lo figuraban.
33

ZORROAGA

Has visto el resultado en otros casos:


yacentes cepas son los defensores
talados por el viento en los alcores,
presentes sucesiones de fracasos.
Pero es bueno saberse todavía
en la turbia batalla noche y día.

JON JUARISTI

A mediados de los años setenta, yo era un profesor universitario que había


perdido su universidad: un perrito sin amo, por aceptarlo de una vez. Me
habían expulsado de la Autónoma y carecía del mínimo apoyo académico en la
Complutense, ambos rectorados me negaban su venia para enseñar y padecía un
futuro del color de las hormigas, como suele decirse en México. Malvivía
escribiendo aquí y allá, haciendo traducciones y sobre todo beneficiándome de la
generosidad de mis padres. Entonces acudió en mi socorro —y bendito sea por
ello— Carlos Moya, quien se las arregló para acogerme en su departamento de
Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Me encontré
convertido en profesor de Ética y Sociología, porque para el ideario inquisitorial
del franquismo la primera y muy respetable disciplina debía acompañar a la
sospechosa segunda como una pareja de la guardia civil a un gitano
malencarado… Pero semejante disparate académico me favoreció en este caso y
le permitió a Carlos reclamarme para su departamento, puesto que en el de mis
colegas filósofos seguía siendo anatema. De mis perpetuas difíciles relaciones
con la mayoría de los filósofos «de oficio» podría escribirse todo un libro, pero
aún más aburrido que éste: baste saber que con los años y las publicaciones, se
han ido resignando a mí… como yo a ellos, desde luego.
Fui profesor en la UNED durante cuatro años, siempre amparado por la
benevolencia heterodoxa de Carlos Moya. En mi época, al comienzo de su
andadura, era la universidad aparentemente más cómoda del mundo porque no
había que dar clases. Nuestras obligaciones se reducían a atender a los alumnos
por teléfono un par de veces a la semana y viajar a distintas provincias españolas
o al extranjero cuando llegaba la época de exámenes. La verdad es que no dejaba
de ser paradójico que alguien tan poco amigo de los exámenes como yo (después
de todo me habían expulsado de la Autónoma por negarme a calificar las
pruebas finales) se viera reducido como única función docente a la de
examinador. A la hora de elegir destino para vigilar tales ejercicios, la mayoría
de los compañeros preferían lugares soleados, las islas mediterráneas, etcétera,
pero mi querencia invariablemente tiraba hacia el norte. Por eso fui varias veces
a La Rioja, una tierra que me encanta (me parece que tiene todo lo bueno del
País Vasco, salvo el mar, y ninguna de sus contraindicaciones), donde trabé
amistad con los profesores del Colegio Universitario de Logroño, especialmente
con Aurelio Arteta y Pedro Arrarás, luego, ahora y siempre tan queridos.
Después, cuando inauguraron el centro de Vergara, el único por entonces de la
UNED en Euskadi, fui en varias ocasiones a examinar allí, alguna vez en
compañía de colegas tan dilectos como Javier Muguerza o Pilar del Castillo,
cuya compañía era capaz de hacer gratos incluso los antipáticos exámenes.
Parábamos en el Hostal Lasa, donde doña Juanita se encargaba de que nos
sirviesen unas comidas realmente memorables. La sombra algo achacosa y un
poco feudal de Telesforo Monzón, pintoresco ministro del primer Gobierno
vasco durante la República, planeaba sobre la villa, pero mucho más la de los
ilustrados de antaño, aquellos amigos del país que se carteaban con Voltaire o
Rousseau. ¿Cómo olvidar que la pequeña Vergara contaba con dieciséis
suscriptores de la Enciclopedia de Diderot, en una época en la que sólo eran
poco más de dos mil en toda Europa?
La única vez que salí al extranjero para un examen de la UNED fue porque
me tocó París y a París nunca he sabido resistirme. Lo que allí ocurrió demuestra
que soy un profe tan indigno de confianza como siempre se me ha hecho notar.
El examen era por la mañana, en un local bastante remoto al norte de la ciudad, y
estuvo notablemente concurrido. Una vez finalizado, cargué con los ejercicios y
me reuní alegremente con una moza española con la que me había citado cerca
des Les Halles. Comimos estupendamente —tripes a la mode de Caen, si no
recuerdo mal— y bebimos abundante Beaujolais que, si no era precisamente
nouveau, a mí me lo pareció, tras el largo examen y en la euforia parisina.
Después recorrimos varios bares, tomando calvados y haciéndonos carantoñas.
Cuando nuestras lenguas estaban ya un poco torpes y las caricias empezaban a
resultar llamativas hasta para lo que se estila en esa bendita capital, decidimos
retirarnos al hotel para disfrutar de una prometedora siesta y sudar cuanto
habíamos ingerido. Entonces advertí que en algún momento de nuestro paseo me
había olvidado la carpeta con los exámenes. Recorrimos en sentido inverso el
trayecto, a tropezones y muertos de risa aunque yo sentía una vaga aprensión
culpable por lo ocurrido. Experimenté verdadero alivio cuando en uno de los
bistrots encontramos los dichosos papelotes. «Nunca más, nunca más», me
repetía contrito mientras tomábamos otro calvados para celebrar el final feliz de
la aventura. Y después hicimos una estupenda siesta, digna de París.
Por entonces comenzó a funcionar en San Sebastián la facultad de Filosofía
de la recién creada Universidad del País Vasco. Su decano comisario era Ramón
Valls, un especialista en Hegel tolerante y fiable. Le secundaban entrañables
amigos y compañeros de innumerables correrías pasadas como Javier
Echeverría, Víctor Gómez Pin o Marisol de Mora, toda eficacia e incansable en
su generosidad. Como el País Vasco inspiraba cierto miedo por la situación de
violencia reinante (era la época en que ETA liquidaba a cien o más personas por
año) y la facultad parecía aún en su novedad un sobre sorpresa sin abrir, no
abundaban los candidatos para ocupar sus plazas docentes. De modo que mis
amigos me apremiaron para que me uniese al experimento donostiarra. No lo
dudé mucho, a pesar de que la UNED —con su ausencia de clases y su mínimo
trabajo académico— parecía el empleo perfecto para alguien que anhelaba
tiempo para escribir y leer, como resultaba ser mi caso. Pero yo nunca había
dejado de soñar con volver definitivamente a San Sebastián. Nuestra familia
siempre había conservado una casa allí, que sólo se ocupaba colectivamente
durante los veranos y que yo a veces habitaba en solitario durante la Semana
Santa. Según mi vieja y supongo que injusta manía, seguía atribuyendo todos
mis achaques, frustraciones y melancolías a la obligación de vivir
cotidianamente en Madrid. Ahora tenía la oportunidad de convertirme otra vez
en donostiarra efectivo, aunque fuera a costa de ir y volver en tren todas las
semanas (pues nunca pensé en renunciar por completo a la frecuentación de la
familia, los amigos y sobre todo amigas, el periódico, etcétera, que tenía en la
capital del reino). En aquella época (y quizá en cualquiera), renunciar a una
plaza cómoda en Madrid para irse a trabajar en provincias, a costa de un vaivén
ferroviario —¡dos noches por semana habría que dormir en el tren!— que
además se llevaría la mayor parte de mi sueldo, era una auténtica extravagancia.
Como tantas otras de mi vida, la cometí con júbilo y con un sentimiento triunfal
de liberación.
No me arrepentí, todo lo contrario. Los años de Zorroaga fueron divertidos,
turbulentos e imprevisibles: lo mejor que uno puede pedirle a la vida. El
conjunto de edificios en los que dábamos clases, situados en lo alto de una colina
al final de Amara, presumían de un cierto aire oxoniense gracias a la torre de la
capilla que los vigilaba. En realidad, eran casi una pura ruina. En su día
acogieron un asilo de ancianos, pero su mal estado aconsejó trasladar a los
pensionistas a un albergue colindante más moderno. De vez en cuando los
viejecitos aparecían por el bar, para beber libremente el vino que les regateaban
en su asilo y codearse con las chicas, jubilados jubilosos. Las aulas carecían de
calefacción y la mayoría padecían unas goteras de envergadura torrencial.
Cuenta la leyenda que cierta mañana lluviosa, cuando el profesor explicaba al
presocrático Tales y su dictamen de que todo es agua, un turbión del aguacero
empezó a caer sobre los alumnos y uno de ellos, tapándose bajo su cartera con
resignación, comentó en voz alta: «Bueno, veremos lo que ocurre cuando
lleguemos al que dice que todo es fuego…». Era habitual que los profesores
diesen clases con el chubasquero puesto y, en invierno, sin quitarse los guantes.
En cierta ocasión la techumbre de un aula, anegada, se derrumbó pocas horas
después de que docenas de alumnos hubiesen estado allí reunidos, evitándose
por poco una auténtica tragedia. Pasaron años hasta que estas deficiencias
comenzaran parsimoniosamente a remediarse. Y esos años, sin embargo, fueron
los más tormentosamente felices de Zorroaga.
Gracias a la socarrona liberalidad de Valls y a la circunstancia histórica que
nos marginaba de los circuitos académicos habituales, profesores y alumnos
gozábamos de la más real autonomía universitaria que jamás haya habido en
nuestro país… ni supongo que en ningún otro. Al elenco docente se fueron
incorporando una serie de figuras intelectuales de primera fila, que por una u
otra razón gremial no encajaban en los planes de centros más convencionales:
veteranos tan ilustres como Víctor Sánchez de Zabala o Miguel Sánchez Mazas,
luego Julio Caro Baroja y novelistas como Félix de Azúa, Vicente Molina Foix o
Javier Fernández de Castro, talentos poco dóciles como Tomás Pollán, Juan
Aranzadi, Ferrán Lobo o Virginia Careaga, etcétera. Allí daban conferencias
ocasionales Agustín García Calvo y Eduardo Mendoza, mientras que gracias a
las conexiones sarbonnards de Víctor Gómez Pin contábamos con la presencia
habitual de filósofos franceses de la talla de François Chátelet, el decano de la
Sorbona Pierre Aubenque o el mismísimo Jacques Derrida, que semana tras
semana cogían el tren de París hasta Hendaya y allí un autobús para llegar hasta
San Sebastián… ¡mientras les reclamaban en vano prestigiosas universidades de
Estados Unidos! También estuvo entre nosotros el gran matemático René Thom,
que dio un curso de doctorado al alimón con Eduardo Chillida: lo bien que se
aclimató entre nosotros el autor de la teoría de las catástrofes debería habernos
dejado pensativos… Sinceramente, dudo que en ninguna otra parte de España se
diese en esos días una concentración de talentos indudables y a menudo
heréticos tan notable como la que se reunió en nuestras desvencijadas aulas.
Pero lo mejor de todo era el clima de libertad y (¡aún mejor!) de libertinaje
que reinaba permanentemente en Zorroaga durante esa época inicial. Gran parte
de los profesores estábamos unidos por previos lazos de amistad y yo diría que
también de complicidad vital desde antaño. Cada uno procuraba incorporar en el
equipo a la gente intelectual y humanamente más interesante que conocía. Así yo
«pesqué» para la causa a los navarros Aurelio Arteta (que después me sucedió en
mi cátedra de Ética) y Pedro Arrarás, así como a Juan Berraondo, con quien
había compartido toda la primera mitad de mi vida. También fuimos sumando al
claustro los alumnos de nuestras primeras promociones, como Mikel Iriondo, por
quien siempre he sentido un afecto casi empalagosamente paternal. La verdad es
que entre alumnos y profesores reinaba un clima de familiar camaradería que en
contextos más tradicionales hubiera resultado escandaloso (en mis inicios como
profesor ayudante en la Autónoma de Madrid, uno de los reproches que a mí y a
otros colegas del departamento díscolo nos hicieron ocasionalmente las
autoridades era que los alumnos «nos tuteaban»). En Zorroaga era cosa habitual
que al acabar las clases de la tarde nos fuésemos algunos ilustres miembros del
profesorado en amable compañía con los discípulos a beber txakolí y tomar
pinchos por la Parte Vieja donostiarra. Y la cosa podía prolongarse en alguna
discoteca, si la ocasión lo merecía. El trasiego amoroso entre todos era de una
fluidez y complejidad que habría encantado a cualquier antiguo aficionado al
vodevil. En no pocas ocasiones estos amables enredos llegaron a
institucionalizarse, porque el colectivo de antiguos profes de Zorroaga que
terminamos más o menos casados con alumnas no es pequeño. Una vez al
trimestre solíamos realizar en la vieja casona que fue antes asilo una fiesta que
hubiera puesto los pelos de punta a los partidarios de erradicar las bebidas
alcohólicas, las yerbas prohibidas y la música profana de la santidad de los
recintos universitarios… Y sin embargo, creo que allí se habló más de verdadera
filosofía, de literatura y de cultura en el más amplio y auténtico sentido de la
palabra que en muchos centros que cuidan mucho las formas y menos los
contenidos. Es cierto que éramos académicamente descuidados y que nuestros
programas se atenían poco a las pautas oficiales, lo cual hubiera sido fatal en una
facultad de Medicina, por ejemplo, aunque en una de Filosofía no resultaba
necesariamente nocivo. Fuimos algo así como un Summerhill filosófico o como
aquella escuela libertaria inventada por Bertrand Russell y Dora Black. Una
experiencia intensa pero extravagante de enseñanza y aprendizaje partiendo de la
base de que estábamos accidentalmente en el Paraíso Terrenal… aunque
conscientes por mil indicios de nuestro destierro efectivo de tan dichoso lugar. El
primero de ellos, claro está, es que en el Paraíso no se necesita enseñar ni
aprender nada, ni siquiera filosofía.
Según Mark Twain, el error de Adán fue comerse la manzana y no la
serpiente misma: por eso le pasó lo que le pasó. Nosotros nos comimos todas las
manzanas del árbol, la serpiente, el árbol entero y ya llevábamos devorada la
mitad del Jardín cuando llegó el ángel con su espada flamígera: lo esperábamos,
siempre llega antes o después. De modo que nuestra propia despreocupación se
volvió contra nosotros hasta resultarnos fatal. Que nadie nos tome como ejemplo
porque todo ocurrió en circunstancias tan especiales que quizá ya no vuelvan a
darse; y además acabó bastante mal. Pero para la mayoría de quienes lo vivimos
(en el púlpito o en el pupitre) fue una aventura; es decir, algo de lo que jamás te
arrepientes del todo y sigues recordando tenazmente con nostalgia. Una de mis
muchas noches en tren —ida y venida cada semana, durante doce cursos— la
compartí con Víctor Gómez Pin. Mientras tomábamos la última copa y
traqueteábamos en la oscuridad, hablamos con excitación promisoria de lo que
pensábamos decir en clase cada uno al día siguiente, de la gente que veríamos o
buscaríamos, de si tendríamos tiempo al llegar de darnos un breve paseo por la
Concha, frente al mar recién inaugurado por la luz de la mañana. De pronto nos
echamos a reír y entrechocamos los vasos (de plástico, wagon-lits no nos
permitía otros): ¡coño, resulta que íbamos contentos a trabajar! Algo así no
puede durar, aunque para nosotros duró bastante; y fue glorioso mientras duró.
Otro indicio indudable de que en nuestra supuesta Arcadia había calaveras
admonitorias y respondonas era la pertinacia terrorista. Al principio, admito que
no quise reconocer la gravedad atroz del síntoma. Veníamos del generalizado
terrorismo dictatorial del franquismo —del que todavía quedaban activos
Batallones Vasco-Españoles, Montejurras y otros detritus malolientes—, por lo
que consideré a ETA un episodio desdichado más de la saga criminal del antiguo
régimen que poco a poco se iría extinguiendo, apagados esos rescoldos del
pasado por el chorro potente y limpio de la recuperada libertad. A fin de cuentas,
yo me sentía tan sentimentalmente abertzale como el que más: ¡hasta puse una
ikurriña a la entrada de mi apartamento de Madrid, clavada orgullosamente en la
pared con cuatro chinchetas! Me parecía la mejor manera de colaborar en la
recuperación democrática de España. A diferencia de lo que me pasaba con los
nacionalistas del PNV —que me resultaban por lo común xenófobos, frailunos y
estrechos de todo menos de panza—, consideré a la gente de Euskadiko Ezkerra
muy simpática y dinámica en su potenciación conjunta de valores tanto locales
como universales. Yo quería que el País Vasco fuese la avanzada en la
radicalización democrática del resto del Estado… Por eso asistí también a
mítines de Herri Batasuna y colaboré ocasionalmente en el diario Egin: siempre
he procurado escribir argumentando para quienes no piensan como yo, no para
los que comparten mis opiniones. Mario Onaindia, con su habitual guasa baja en
estridencias, solía burlarse de mi comprensión por los radicales: «Fernando se
cree que los de Batasuna son como los Verdes…». En otra ocasión, cuando
compartíamos tarima en un coloquio, mientras yo proclamaba que en el País
Vasco los curas eran de armas tomar, oí a Mario murmurar junto a mí: «¡De
armas tomadas!». Pero nada conseguía desanimarme: empleaba mi tiempo libre
en ir a institutos de cualquier localidad vasca y en asistir a coloquios sobre
cultura, identidad nacional o lo que se terciase. Siempre misionero, ay, y miope
para distinguir a mi alrededor a los antropófagos que calentaban la marmita en la
que pensaban cocinarme… junto a tantos otros.
Incluso participé en una mesa redonda en la fundación Sabino Arana, junto a
Iñaki Azkuna y varios más, en la que acabé haciendo una defensa de la
heterodoxia celiniana de Jon Mirande. ¡Y soñaba con un bertsolari que, en lugar
de repetir combinaciones trilladas de los lugares comunes de la tribu, fuese
capaz de blasfemar contra todos y contra el Todo con los acentos de Rimbaud!
En mi departamento me esforcé por organizar algunos encuentros entre alumnos
y escritores euskaldunes, como Bernardo Atxaga, que entonces aún no había
alcanzado su merecida reputación en el resto del Estado. Por supuesto, también
procuramos en Zorroaga que cada una de nuestras asignaturas tuviese la
posibilidad de ser cursada en euskera por quien lo desease. Pero me dio
enseguida la impresión de que los profesores encargados de la clase en esta
lengua eran elegidos entonces por criterios de afirmación patriótica más que por
competencia profesional, de acuerdo con la vieja escuela de las oposiciones
franquistas. En mi asignatura de Ética, el encargado fue un cura que venía del
País Vasco-francés y cuyo mayor mérito parecía ser haberse distinguido en el
apoyo a los refugiados radicales durante el franquismo. A comienzos de curso
me pareció cortesía académica informarle de cuál iba a ser mi programa
(primero Aristóteles, luego un poco de Spinoza y después Nietzsche), así como
interesarme por el suyo. Me informó de que iba a desarrollar sus clases bajo el
título general siguiente: «Ética y disidencia política: san Ignacio de Loyola».
Farfullé que estaba seguro de que habían de resultar sumamente interesantes…
Como digo, nada lograba debilitar mi confianza en que poco a poco la
situación intelectual y política se iría normalizando en una convivencia quizá
polémica, pero ilustrada y pluralista. Yo suponía que con el ideario radical
nacionalista ocurriría como con la pornografía. Tras la muerte de Franco, en la
transición, las ciudades españolas se llenaron de cines pomo que asestaban a los
papanatas películas de una memez e indigencia artística modélicas, pero que
mucha buena gente iba a ver exclusivamente porque estuvieron prohibidas
demasiado tiempo. La libertad fue justicieramente fatal con estos subproductos,
porque en cuanto se hicieron accesibles cesaron de interesar a la mayoría y los
locales dedicados a cultivarlos fueron desapareciendo poco a poco. Como los
dogmas históricos y antropológicos nacionalistas no me parecían de mejor
calidad, esperé confiado que en un clima abierto y no prohibitivo seguirían el
mismo camino. A la vista está que, como tantas otras veces, me equivoqué. El
error estaba en que la pornografía fue semiliquidada por la libre competencia con
mejores ofertas narrativas o estéticas, mientras que en el terreno ideológico las
razones políticas o sociales que podían competir con el nacionalismo más acerbo
quedaron prácticamente inéditas por la coacción de la violencia y la pertinacia
doctrinal de las nuevas autoridades educativas e informativas en el País Vasco. Y
así vino lo que vino.
La clave del llamado problema vasco, como ya he apuntado, residía ante
todo para mí en la perduración de la violencia. Esa cuestión, que afectaba a todos
los ciudadanos, en mi caso me atañía además de un modo digamos que
«profesional». Me dedico a la filosofía práctica, al estudio de los valores éticos y
políticos. Aunque ya sé que un profesor de esas materias no es un predicador ni
tiene por qué ser un edificante activista, siempre me ha resultado imposible en
ese campo desligar completamente la reflexión sobre los grandes autores y los
temas básicos de pronunciamientos claros sobre las circunstancias vividas, sobre
todo cuando tienen la gravedad que alcanzan realidades abominables como la
tortura o el terrorismo. Por eso me he negado también sistemáticamente a dar
charlas o cursos en países que viviesen bajo regímenes declaradamente
dictatoriales, donde considero que me sería imposible hablar libremente y
escudarme en cuestiones meramente académicas equivaldría a mis ojos a una
vergonzosa complicidad. Pese a haber sido varias veces invitado no fui a Chile
ni a Argentina hasta que recuperaron la democracia. Viajé a Panamá cuando aún
mandaba Noriega, pero llevado por la oposición y para dar una charla sobre
antimilitarismo. Tampoco he ido a Cuba. Hace cuatro o cinco años me
propusieron dar una conferencia en La Habana sobre educación y ofrecí como
tema «Educación y democracia». Me respondieron que el segundo término
resultaba demasiado provocativo y que sería mejor titularla, por ejemplo,
«Educación y Polis». Contesté que ya sabía que en Cuba son los «polis» quienes
controlan la educación y que precisamente por eso yo prefería hablar de
democracia. No insistieron más.
En lo tocante al terrorismo, nunca he sido partidario de él ni siquiera cuando
las circunstancias dictatoriales lo convierten en una reacción parcialmente
comprensible. Creo haber sido de los pocos «progres» españoles que no se
entusiasmaron cuando ETA voló al almirante Carrero Blanco. Recuerdo que ese
día bajé a la calle con mi padre: él se dirigía pasito a pasito, apoyado en su
bastón, a oír misa en la iglesia de la calle Maldonado y yo me despedí de él en la
esquina de General Mola para dirigirme a la editorial Taurus, donde tenía cita
con Jesús Aguirre y Alfonso Carlos Comín. Pocos minutos después advertí que
había olvidado unos papeles y regresé a casa, tropezando con mi padre, que
volvía también despacito sobre sus pasos. «Pero bueno, ¿ya has oído misa?»; y
él contestó tranquilamente: «No, es que me parece que han volado la iglesia». En
efecto, a lo lejos se levantaba una gran humareda y se escuchaban las sirenas de
los vehículos policiales. Pocos meses después, invitado por François Chátelet,
tuve ocasión de dar una charla en la Universidad parisina de Vincennes, en un
encuentro entre pensadores franceses y españoles. Ahí sostuve mi rechazo al uso
de la violencia paramilitar que sólo lleva al triunfo de unos militares sobre otros
pero nunca al establecimiento de la primacía democrática de la sociedad civil.
Mantuve una discusión amable pero viva con Lyotard, precisamente en torno al
atentado a Carrero y la actividad de ETA. Procuré explicarle por qué el «sic
semper tyrannis» que gritó John Wilkes Booth tras asesinar al presidente Lincoln
me parecía un desahogo vengativo pero un mal lema para orientar movimientos
políticos en el siglo XX. Por cierto que fui entonces apoyado por Agustín García
Calvo y ese respaldo de mi admirado maestro me llenó de ingenuo orgullo.
Manteniendo esta misma línea, bastantes años después me atreví a sostener en
un acto público en Madrid que la fascinación por Che Guevara le había
convertido, para muchos europeos más entusiastas de la guerrilla que de la
democracia, en un Rambo de izquierdas, y se armó tal alboroto ante esta
blasfemia que tuve que salir protegido por algunos amigos para llegar incólume
a casa… Aunque hago mío el lema de Georges Bernanos —«nunca nos
cansaremos de escandalizar a los imbéciles»—, ahora ya por experiencia
recomiendo también mantener siempre expedita una salida de urgencia…
Durante las horas de clase en Zorroaga procuraba atenerme a mi programa
para el curso, pero en mis artículos y en las charlas que ofrecía fuera de las aulas
comentaba la actualidad, manteniendo una postura abierta e inequívocamente
crítica frente a la violencia terrorista. A finales de los años setenta y comienzos
de los ochenta esta actitud no era ni mucho menos tan frecuente como ha llegado
a serlo luego, sobre todo entre la gente de izquierda (que solían repartirse entre
los que «comprendían aun sin aprobar» la dinámica de ETA y los que
«comprendían aun sin aprobar» la respuesta de los GAL). En nuestra facultad,
ser un profesor «majo» consistía en guardar silencio o limitarse a menear la
cabeza con reproche ante los atentados de ETA, pero condenar en voz alta
vivamente las torturas, abusos policiales y la actividad de los paramilitares. Por
aquellos años, los periódicos progresistas rara vez hablaban de «terrorismo» y se
referían a ETA con un respeto que no siempre tenían por el Ministerio del
Interior. Por supuesto, la expresión «totalitarismo» aplicada al proyecto del
llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco no la manejábamos ni yo ni
nadie (me menciono porque creo recordar que fui el primero, bastante después,
en empezar a emplearla habitualmente, cosa que ya hacen incluso los
nacionalistas del PNV).
En aquellos años, las víctimas eran lloradas —y a veces con necesaria
discreción— sólo por sus familiares, por algunas autoridades y por algún amigo
próximo, pare usted de contar. Cuando mataban a un militar o a un guardia civil,
muchos de los que deploraban el crimen sentían de todos modos que era peor el
militar o el guardia civil que el brusco y noblote muchacho que lo mataba.
Incluso personas a las que he llegado a apreciar tanto como Juan Mari Bandrés
evitaban entonces cuidadosamente llamar «terroristas» a los etarras y decían en
su descargo que cuando atentaban contra un miembro de las fuerzas armadas no
lo hacían por ninguna razón personal sino por su rechazo al uniforme.
Memorablemente le respondió en un artículo Rafael Sánchez Ferlosio que lo
grave no es que no tuviesen nada personal en contra, sino que careciesen de algo
impersonal a favor. En el año 80, recién llegado a Zorroaga, asesinaron a un
joven profesor (tenía mi misma edad) de la facultad de Derecho, Juan de Dios
Doval, hijo del notario que se había hecho cargo del protocolo de mi padre
cuando nos trasladamos a Madrid. Pertenecía a UCD, formación política que fue
físicamente exterminada por ETA en el País Vasco, aunque ahora ya no sean
muchos los que lo recuerdan. Por supuesto la universidad no cerró sus puertas ni
suspendió sus clases. Hubiera sido pedir demasiado. A esos tiempos se refieren
algunos nostálgicamente cuando hablan de que «antes no había tanta crispación
como ahora».
No siempre me fue fácil evitar en mis clases la deriva al debate sobre la
actualidad. Uno de mis alumnos fue José Luis Álvarez Santacristina, Txelis,
exseminarista que luego se convirtió en uno de los «teóricos» de la banda
armada para mucho más tarde, ya encarcelado, regresar según parece a su piedad
religiosa originaria. Una vez sacó a discusión en el aula uno de mis artículos,
escrito tras un atentado. Como siempre, hizo primero su intervención en euskera
y luego la tradujo al castellano, para que la entendiéramos yo y la mayoría de los
alumnos de la clase. Era un polemista vigoroso pero educado, que empezó
admitiendo mi derecho a mantener «neutralidad» en el conflicto vasco. Con
cierta vehemencia poco profesoral le repuse que yo no era en modo alguno
neutral, sino que estaba apasionadamente del lado de quienes renunciaban a la
violencia y optaban por la lucha política estrictamente democrática,
parlamentaria o extraparlamentaria pero siempre civil, como único medio
decente de afrontar los problemas reales de nuestro país. Nos iba la salvación
personal y colectiva en dar fin institucional de una vez al encadenamiento atroz
de venganzas y contravenganzas (yo estaba por entonces bastante impresionado
con las doctrinas de René Girard).
Con Txelis y otros alumnos radicales comprendí poco a poco las limitaciones
de la regeneración por vía cultural. En mi candor suponía yo que al frecuentar
los grandes autores y familiarizarse con los más hondos debates del
pensamiento, los jóvenes bárbaros —retoños del caserío y la parroquia— irían
pasando de la guerrilla a la polémica, de la intransigencia xenófoba a la
complejidad de identidades posmodernas. Así fue en ciertos casos, desde luego,
pero en otros el barniz cultural no hizo más que sofisticar —es decir, agravar—
la voluntad agresiva de discordia, dotando de coartadas aprendidas en Michel
Foucault o Alain Badiou a la vieja estrategia de Caín. Entonces me di cuenta
también de que las más sutiles y alambicadas teorías actuales de los maestros
antisistema, que en otros lugares propiciaban simposios tan confortablemente
subversivos entre profesores incapaces de matar a una mosca, eran de muy poca
ayuda allí donde se intentaba agónicamente asentar las bases de una convivencia
democráticamente pacificada.
En las aulas de Zorroaga a veces ocurrían episodios tragicómicos. En mis
dos primeros años como profesor, estuve encargado de lo que se llamaba el curso
puente, es decir el de los maestros que, tras haber cursado magisterio, querían
insertarse en la licenciatura de Pedagogía. Mis alumnos eran en general personas
de cierta edad, muchos de ellos bastante mayores que yo, y la clase tenía lugar al
final de la tarde, cuando la facultad estaba ya medio vacía, porque trabajaban en
sus escuelas por la mañana. En cierta ocasión, al comenzar la clase, entró de
repente un encapuchado en el aula y me informó de que iba a leer un
comunicado de ETA. Era evidentemente joven, estaba muy nervioso y —aunque
no exhibía ningún arma— no parecía prudente contrariarle, así que me resigné a
que leyese lo que quisiera. No recuerdo los términos de la soflama, que
proclamó apresuradamente en castellano. De pronto se levantó uno de los
alumnos, de mediana edad, y le apostrofó con dureza en euskera. El nerviosismo
del encapuchado aumentó, porque resultaba evidente que no conocía la lengua
vascuence. Respondió dos o tres bravatas que no lograron intimidar a su
interlocutor, el cual seguía reprendiéndole cada vez más enérgicamente en el
mismo idioma. A los pocos minutos el guerrero enmascarado abandonó la sala
con el rabo entre las piernas, el irritado maestro se sentó de nuevo y yo concluí,
sin más comentarios ni incidentes, el resto de la sesión docente.
Otro día, cuando estaba en el bar entre clase y clase tomándome mi habitual
refrigerio de vino acompañado con una bolsa de patatas fritas, se me acercaron
dos alumnos para informarme de que habían asesinado de un tiro en la nuca a un
joven, al parecer abertzale, no recuerdo si en Pasajes o Rentería. Eran tiempos
del GAL y me dijeron que estaban preparando un enérgico comunicado de
protesta, que esperaban firmásemos los profesores y especialmente yo, declarado
adversario de la violencia. Les dije que lo firmaría encantado, aunque deploraba
que esa misma iniciativa no se hubiera tomado frente a tantos otros asesinatos.
Como yo debía entrar de nuevo en clase, quedamos citados a la salida otra vez
en el bar, cuando el texto estuviese completo. En cuanto acabé fui a buscarles,
con cierta premura porque tenía una cita para comer. Pero ya no estaban
interesados en el asunto y uno de ellos me dijo que al parecer el finado era un
traficante de droga (en esa época a los de ETA les había dado por actuar como
pistoleros voluntarios al servicio de la DEA [Drug Enforcement
Administration]). Entonces les espeté, con todo el desprecio que pude reunir:
«Vamos, que bien muerto está, ¿no?». Y no me fui dando un portazo porque el
bar aquel de la vieja Zorroaga carecía de puertas, si no recuerdo mal.
Como en parte ya conté, he procurado luchar en la medida de mis
posibilidades contra la tortura, esa lacra inexcusable. En aquellos años llegué a
publicar un librito sobre la cuestión (palabra de la que por cierto proviene el
nombre de la tortura en francés o inglés), escrito a medias con Gonzalo Martínez
Fresneda. Pero la justificada denuncia de la tortura infligida por policías o
carceleros no puede convertirse en legitimación para torturadores de signo
opuesto. Y eso es precisamente lo que comprendí que estaba pasando en el País
Vasco. En Zorroaga tuvo lugar una gran asamblea contra la tortura, a la que
asistieron la mayor parte de nuestros estudiantes y la plana mayor de la
intelectualidad próxima a Herri Batasuna, encabezada por Alfonso Sastre y Eva
Forest. A mi juicio, ambos son representantes de un avatar siniestro de lo que
Julien Benda llamó «la trahison des clercs», porque en lugar de utilizar la
influencia de su prestigio —al menos en el caso de Sastre, ya que doña Eva sólo
tiene mala fama— para recomendar el abandono de la violencia y el paso a las
vías exclusivamente políticas, sirvieron con sus ambigüedades de coartada a la
perpetuación del terrorismo, en nombre de unos supuestos (y deplorables)
principios de izquierda. Un ejemplo: Eva Forest dirige una colección de libros en
el País Vasco, donde un amigo mío publicó un texto contra el servicio militar, en
el que incluyó un lamento por los jóvenes que quieren hacer su «servicio
militar» en ETA. Pues bien, doña Eva le llamó para que suprimiese esa mención
o al menos incluyese una nota aclarando que tal era sólo su forma de pensar y no
la de sus editores…
Pero vuelvo a aquella gran reunión contra la tortura en Zorroaga. Yo era uno
de los oradores y traté de explicar que la tortura consistía en estar sufriendo en
manos de otro sin posibilidad de mediación legal alguna. Como durante esos
días permanecía secuestrado por ETA el ingeniero Ryan, de la central nuclear de
Lemóniz (que apareció poco después asesinado, con evidentes signos de
maltrato previo), aproveché para decir que también ése era un claro caso de
tortura. Fue la primera vez que en el País Vasco y en público alguien declaraba a
ETA torturadora en el peor de los sentidos. Aquel día escandalicé a muchos,
indigné a bastantes y abrí los ojos a unos cuantos, es decir cumplí mi tarea de
intelectual. Meses después publiqué en El País un artículo titulado «Los rentistas
de la tortura», donde sostenía que la única verdadera lucha contra ese abuso
innoble era la de quienes estábamos dispuestos a denunciar los malos tratos que
se infligieran a cualquiera, incluso a los que nos resultaban tan lejanos
ideológicamente como Tejero o Milans del Bosch, rechazando las protestas
interesadas y a menudo falsificadas de quienes querían así legitimar a sus
conmilitones terroristas. Al día siguiente encontré el recorte de ese artículo
clavado en la puerta de mi despacho de la Facultad, adornado con subrayados e
insultos: por lo visto había tocado un nervio especialmente sensible. De lo
desinteresado de la preocupación de etarras y servicios auxiliares por la tortura
da idea que años después asesinaron a mi amigo Francisco Tomás y Valiente,
autor de la primera historia de la tortura en España desde la Inquisición hasta la
modernidad, libro prohibido durante el franquismo…
Mi situación en Zorroaga se fue haciendo más pintoresca a partir de ese
momento. La facultad estaba llena de pintadas y carteles denunciando mi
perversidad; a veces me encontré ataúdes dibujados en la puerta de mi despacho
y embadurnados con pintura roja. Por lo visto era yo el único que veía esa
decoración, porque duró meses y años sin que ninguna autoridad académica
considerase oportuno decidirse a borrarla. Algunos compañeros, en voz no
demasiado alta y aprovechando algún aparte, me testimoniaban su simpatía:
«¡Esto es intolerable!». Como a mi manera yo soy también bastante borroka,
decidí no dejarme impresionar y seguir adelante. Por lo demás, nunca tuve
ningún tipo de incidentes desagradables con alumnos ni profesores, fuese dentro
o fuera de clase. Algunas personas bienintencionadas decidieron darme una
oportunidad de explicarme y organizaron lo que teóricamente debía ser una
especie de sesión abierta a todos sobre la violencia, pero que en realidad acabó
pareciéndose bastante a uno de aquellos juicios populares que estuvieron tan de
moda en la revolución cultural maoísta. El acusado, naturalmente, resultó ser
este servidor de ustedes. Entré en nuestra mayor sala, atiborrada de gente,
alumnos, profes, de todo, en medio de una expectación general que me hacía
sentir como un pavo en vísperas de Navidad. Pero entonces me dije, qué coño,
que yo era un chico del 68 y que había participado en asambleas multitudinarias
cuando la mayoría de los allí presentes estaban aún en parvulitos o con sotana en
el seminario. De modo que no me dejé achantar ni por su número ni por sus
vociferaciones: entre los más animados estaba Txillardegi —uno de los
históricos fundadores de ETA y entonces profesor de Filología vasca— y Fito
Rodríguez, que luego se incorporó a la Mesa Nacional de Herri Batasuna y creo
que por ahí sigue. Txillardegi, que siempre me había parecido una persona
bastante amable y educada, se empeñaba en hacer todas sus intervenciones en
euskera y a veces en un tono de voz tan estridente que comenté en voz alta que
quizá le llamasen así por lo mucho que chillaba. Por lo demás se le entendía
bastante bien y su argumentación no me pareció irrefutable. En conjunto la
sesión no dejó de resultar divertida, aunque me temo que intelectualmente
tampoco fue demasiado provechosa para nadie. Después, mientras reponía
fuerzas en el bar, un compañero me dijo que había estado demasiado «duro» con
la gente. ¡Vaya por Dios, por lo visto llegué a tenerles rodeados!
El único verdadero disgusto que estuve a punto de sufrir por las pintadas
dichosas fue el día de la provisión de mi cátedra de Ética, oposición a la que me
presenté como candidato solitario. El presidente del tribunal era Gregorio Peces
Barba, que al ver los frescos insultantes que adornaban la facultad decidió que
constituían una coacción intolerable para el acto académico y decidió
suspenderlo hasta que el rectorado no ordenase limpiar las paredes. Logré
disuadirle diciéndole que yo ya estaba acostumbrado y que no me faltaba más
que quedarme sin cátedra por culpa de ese decorado familiar. La oposición
resultó por lo demás muy amable, incluso cuando algunos de los miembros de la
comisión me informaron de que yo —sin saberlo, como monsieur Homais—
tenía una culpable inclinación por el iusnaturalismo. Por cierto que mi despiste
académico es tal que se me había olvidado entregarles mi «ridiculum vitae», lo
cual fue subsanado en el último momento gracias a la intervención providencial
de mi buena amiga y secretaria del departamento Marisol de Mora, a la que sin
duda debo ser ahora nada menos que catedrático: una dignidad de la que nunca
me he sentido plenamente merecedor. Después, como era la víspera de San
Sebastián, nos fuimos todos en amor y compañía a cenar en la Parte Vieja.
Iba y venía todas las semanas entre San Sebastián y Madrid, pasando
alegremente de una hostilidad a otra. Como había hecho públicas diversas
declaraciones contra la tortura y contra el GAL, entre la gente de derechas de la
capital del reino tenía una sólida fama de peligroso nacionalista e incluso de
proetarra. Contra el GAL llegué a hablar hasta en televisión, en un programa de
Fernando García Tola, comentando que me extrañaba mucho que Barrionuevo y
compañía no supieran nada del turbio asunto: por mi falta de patriotismo me
gané así vitriólicos dicterios de Federico Jiménez Losantos, en una de sus
colaboraciones de prensa. Y el ABC publicó una nota editorial en la que me
ascendía a ser «el hombre de Batasuna en Madrid»: la conservé recortada
bastante tiempo y de vez en cuando se la enseñaba a algún amigo de Zorroaga,
que se quedaba convencido de que debía de referirse a otro con quien yo
compartía nombre y apellido… ¡Qué joven debía de sentirme entonces, porque
guardo la impresión de que tantos disparates me llenaban de algo parecido a un
perverso júbilo! Ahora el sectarismo ya no me divierte ni poco ni mucho.
Cuando empezamos la aventura de Zorroaga y estábamos a la búsqueda de
cómplices, enseguida propuse como candidato a Javier Sádaba, antiguo
compañero del departamento de Filosofía de la Autónoma madrileña y
concienciado hijo de Portugalete. Javier comenzó a dar clases de Filosofía de la
Religión, si no recuerdo mal, pero a los pocos meses se cansó del ir y venir (lo
que no puedo reprocharle) y del aire demasiado bohemio de nuestro centro. En
uno de los trayectos nocturnos en tren que hicimos juntos me comentó que
nuestros alumnos le parecían prodigiosa e incluso anormalmente ignorantes.
Intenté animarle diciendo jocosamente que esa virginidad intelectual era una
circunstancia muy afortunada para nosotros, porque gracias a ella podíamos
ganarnos la vida dando clases en lugar de trabajar honradamente; pero parece
que no le convencí. A mediados de curso renunció a ir por Zorroaga, cosa que
produjo ciertos incordios académicos a Javier Echeverría, que era por entonces
nuestro decano. Algo después Sádaba se presentó a concurso y obtuvo
brillantemente una plaza en la Autónoma de Madrid, nuestra vieja casa. Hasta
aquí, todo (casi) impecable. Pero resulta que Sádaba siguió desde Madrid
publicando artículos en la prensa vasca y haciendo declaraciones sobre Euskadi
en una línea siempre próxima a las tesis nacionalistas, incluso de Batasuna,
aunque desde luego sin apoyar la violencia terrorista. Hasta el punto de que
comenzaron a contraponernos allí, quizá por la homofonía de nuestros apellidos
pero presentándole —lo que fue más doloroso para mí— como el joven talento
subversivo que refutaba al anticuado pensador, vuelto conservador por efecto de
la arteriosclerosis. Y, francamente, estoy dispuesto a admitir que Javier siempre
será más subversivo y mejor mozo que yo, pero en lo tocante a años la verdad es
que me lleva unos cuantos.
Una tarde llamó a mi puerta en San Sebastián un desconocido. Entreabrí con
la cadena de seguridad echada, porque no esperaba a nadie, y me encontré con
un personaje obsequioso de mediana edad que se presentó como un cura amigo
de Sádaba. Al notar que su rango eclesiástico no me entusiasmaba se apresuró a
aclararme que era cura «pero de los de la teología de la liberación», cosa que
estuvo a punto de hacerme cerrar la puerta definitivamente. Por fin prevalecieron
las leyes de la hospitalidad y le dejé entrar. Venía a proponerme un encuentro
con Sádaba para debatir sobre el «problema vasco», en el local de actos de la
Kutxa donostiarra. Como los dioses o la suma del tiempo —Borges dixit— me
han hecho incorregible, acepté voluntariosamente la previsible encerrona. De
nuevo una sala con llenazo hasta la bandera y un público nacionalista
padeciendo todas las temperaturas del fervor, desde la tibieza hasta la
antropofagia. Incluso asistió el que fue lehendakari en el exilio, Jesús María de
Leizaola, fallecido poco después. En la palestra, Javier Sádaba, yo y en medio,
como el jueves, el cura liberador de marras. Por mi parte, me sentía alegre y
dulcemente relajado: enamorado de nuevo, para decirlo todo de una vez. Y mi
amor asistía esa tarde al aquelarre entre el público, erguido y avizor el cohete de
su pelo, de modo que todo me parecía ya bien: las soplapolleces untuosas del
cura, los sí-pero-no y tente-mientras-cobro de Sádaba, los rebuznos que surgían
de las zonas más espesas de la concurrencia. ¡Qué barbaridades se escuchaban
aquellos días tranquilamente sobre el terror en el País Vasco, y no siempre en
boca de los peores! Sería divertido —¡menudo sobresalto!— repetir de pronto
hoy una cinta grabada entonces, pero es suficiente leer la prensa de la época:
basta con que el firmante del artículo sea semiprogre o seminacionalista y ya
resulta imposible determinar claramente cuál es el grupo terrorista, si ETA o la
Guardia Civil. Otros, en cambio, se entregaban patrióticamente a la apología
apenas encubierta de la tortura «por la buena causa» y del asesinato paramilitar,
«para que prueben su propia medicina». Se diría que todo el mundo confiaba en
los crímenes y casi nadie en las instituciones democráticas…
De modo que aquella tarde en la Kutxa el debate proseguía vivaz, ni mejor ni
peor que de costumbre; y aunque yo era el payaso de las bofetadas —como
empezaba a ser habitual—, me lo iba tomando todo con resignación y cierta
sorna. Dije no sé qué y gran parte de la concurrencia me abucheó con furor
estimulante, halagador, porque despertar la animadversión de cierta gente es
obtener el único galardón sincero a que puede aspirar uno cuando se manifiesta
públicamente en determinadas ocasiones. Entonces Javier, con la paternal
intención de protegerme y perdonándome de paso la vida, pidió a «los de aquí»
respeto para «los de fuera». ¡Ah, no, eso sí que no! Por ahí ya no estuve
dispuesto a pasar. Yo había dado cuatro horas de clase en San Sebastián esa
misma mañana y llegué a la Kutxa andando desde mi casa (a la que por cierto
estaba deseando volver con mi chica): el que acababa de bajarse de un tren que
venía de «fuera» y pensaba volver a tomarlo dentro de un rato, porque mañana
tenía clase en Madrid, era Sádaba. O sea que me enfadé y dejé que se me
encendiera el pistón de fuego de la dialéctica. Lamento que no se me ocurra nada
mejor que este triste tópico: se armó la marimorena. La última imagen que
guardo de la sesión, entre el pataleo y la cacofonía de aullidos, es la de mi fiero y
dulce amor, en pie en medio del anfiteatro, argumentando a gritos en euskera a
derecha e izquierda, mientras la piara intentaba insultarla en castellano:
«¡española, española!».
Unas semanas después, Fernando García Tola nos invitó a Sádaba y a mí a
un debate en directo en su programa de TVE. Por lo común, suelo adoptar ante
las cámaras un tono discreto, lo que ahora llaman «un perfil bajo»; y Sádaba aún
más, porque no es lo mismo hablar para el público de toda España que sólo para
la parroquia nacionalista. Además, en aquellos tiempos, las discusiones
televisadas no habían adquirido aún el tono rutinariamente estridente y
destemplado que actualmente caracteriza a marcianos, marcianas y demás ralea.
Pero en esa ocasión, aprovechando el directo, decidí sacar francamente los pies
del plato y llamar a las cosas por su nombre. Si en el País Vasco se estaba dando
un «genocidio», como los nacionalistas querían hacernos creer, sería el de los
políticos de UCD y los guardias civiles, no el de los que gobernaban la
comunidad más autónoma de Europa con todas las concesiones imaginables a su
poder. Si no me equivoco, fue la primera vez que en un medio de comunicación
masiva se oyeron tales verdades dichas por alguien con reputación de izquierdas,
sin cargo político alguno. Sádaba estaba lívido (la verdad es que casi lamenté
que fuera él quien tuviese que soportar el chaparrón, habiendo tantos peores y
siendo un antiguo compañero), pero había que aprovechar la ocasión: era hora de
acabar con cualquier atisbo de comprensión o complicidad con quienes estaban
matando en nombre de su libertad pero con el propósito de esclavizarnos a todos.
La polémica se convirtió en un auténtico éxito de público: empezamos con
escasa audiencia, porque en la otra cadena había un notable partido de fútbol,
pero acabamos con más espectadores que el deporte rey. Milagros del ardor
dialéctico…
Paulatinamente, la Zorroaga de la edad de oro se fue desarbolando. Las
figuras notables que nos habían acompañado un trecho abandonaron poco a
poco, desmotivadas por la presión del ambiente que imponía el regreso al
casticismo y por nuestra propia desidia o inexperiencia frente a las intrigas
académicas. Finalmente también a mí me tentó la oferta de una cátedra de
programa propio en la Universidad Complutense, que me garantizaba mayor
libertad en la administración de mi trabajo y sin duda menos (o menos brutales)
conflictos. La vieja colina de aire oxoniense fue desafectada y las facultades se
trasladaron a Ibaeta, para instalarse en un edificio implacablemente funcional y
tedioso, como cualquier otro. El viento del tiempo, que sopla incesante sobre
vivos y muertos, arrastró los jirones de nuestra aventura. Pero yo, que sólo he
sabido ser por mis pecados profesor a medias, estoy seguro de que entonces y
nada más que entonces viví plenamente el gozo de la enseñanza. Acabe donde
acabe mi trayectoria académica, mi auténtica jubilación ocurrió cuando salí de
Zorroaga.
34

LOS SANTOS LUGARES

What is life but a form of motion and a journey through a foreign


world?

GEORGE SANTAYANA

C uando alguien me pregunta si me gusta viajar, contesto casi sin pensarlo


pero convencido: no. El interlocutor se asombra, incluso se rebela un
tanto. ¿Cómo que no, si he estado en Nueva York y en Tokio, en Palenque y en
Valparaíso, en Bangkok, en Oslo, en Pompeya y en Albacete? Pues bien, a pesar
de todo la respuesta sigue siendo: no. Por encima de lo demás, lo que me gusta
de veras es quedarme en casa. Me gusta tanto que a veces merece la pena
alejarme de ella a un mundo de distancia para verla remota, deseable, minúscula
en lontananza y emprender contra viento y marea la aventura del regreso.
¿Ádonde voy cuando me marcho? A cualquier parte, a lo indeterminado, a la
vasta tierra que se llama «Lejos de casa». Pero cuando vuelvo sí que tengo una
meta precisa y clara, nítida como la diana que se alza al fondo del campo de tiro,
inconfundible: ¡a casa, a casa! A fin de cuentas, eso debe significar que nunca
consigo alejarme del todo, por lejos que vaya. Como tantas veces, puedo
expresar mi disposición con palabras de Montaigne: «Si je ne suis pas chez moi,
j’en suis toujours bien pres». Se viaja hacia lo que sea, al capricho, a lo
superfluo: se vuelve a lo imprescindible. Por lo común, todo viaje es de ida y
vuelta, pero al auténtico viajero lo que debe gustarle es la ida, aunque haya luego
que volver; en cambio a mí lo que me gusta es el regreso, aunque para disfrutarlo
haya que partir antes. ¿Viajero, yo? No, sólo regresador.
¡Qué fastidio, el viaje! Paul Morand decía que emprender viaje es ganar un
pleito contra la rutina: pero en mi caso no hay litigio alguno con la rutina,
siempre tan grata y tan amenazada. Sólo me oiréis hablar en su defensa. Me paso
la vida reclamando mis rutinas rodeadas de asechanzas, que las vicisitudes y los
pelmazos conspiran para turbar. Cualquier desplazamiento de más de media hora
es una fractura, un secuestro. En cuanto sé fehacientemente que estoy «de viaje»,
comienzo a sufrir alarmantes alteraciones: en el espejo de cualquier lavabo de
aeropuerto o de hotel me veo cara de perturbado, de loco. No me reconozco:
parezco deshabitado. A veces tiene cierta gracia, como cuando te levantas muy
despeinado de la cama y al ir a afeitarte los pelos desgreñados te hacen por un
momento sonreír. Pero en cuanto la broma se prolonga pierde chiste y se va
insinuando más y más la amenaza. No la amenaza habitual de perder el ser, a ésa
más o menos ya nos vamos resignando mientras la aplazamos, sino la urgente e
inmediata de perder el estar. Mientras viajo, voy y vengo pero no estoy. Y el no
estar le pone a uno cara rara, rarísima, preocupante. ¿A ustedes no les pasa?
Entonces es que serán viajeros de verdad, como Paul Morand.
Dejemos a un lado las idas y venidas (¿se han dado cuenta de que los malos
argumentos cinematográficos suelen ser pródigos en ellas, con poco ton y menos
son, como las vidas estériles de los ociosos y los demasiado trabajadores?). Lo
único innegable es la hermosura de ciertos lugares en determinados momentos.
Y haber estado allí. El moribundo replicante de Blade Runner trata de contárselo
a su perseguidor derrotado, al final de la bellísima película: «Yo he visto las
puertas de Tannhauser y luchar naves en llamas más allá de Orion…». Pues bien,
también yo he visto. He visto desvanecerse de pronto la bruma invernal en el
Gran Canal veneciano y cómo renacían prístinos los palacios de la gloria perdida
bajo una luz gélida, cristalina. He visto después de cenar, un poco borracho de
Riesling, las lámparas amarillas de la Isla de San Luis reflejadas en un charco de
lluvia reciente, mientras escuchaba con abandono casi adolescente el rumor del
Sena. He visto a la hora del crepúsculo, en el cielo de Kioto, rodajas y rodajas
bulbosas de nubes purpúreas que quizá encerraban una profecía o una promesa
sólo a mí dirigida que no supe descifrar. He visto el mar: el mar verde y gris,
siempre inhóspito, que cruzó César para conquistar Britania; el mar caribeño de
gasa transparente a través del cual las rocas cubiertas con pelaje de algas parecen
intimidades femeninas; la serenidad dorada y azul del mar en Mallorca, cuando
amanece; la inmóvil lámina metálica, aparentemente sólida, del mar de Islandia
bajo el sol de medianoche; las olas incesantes de Isla Negra, frente a la tumba de
Pablo Neruda; el dulce mar que se acuesta en la cuna de la Concha donostiarra y
cambia y permanece y en cuyo vaivén quisiera para siempre dormir.
También he olido el aroma a especias y chocolate salvaje de los mercados
mexicanos y he visto caer desde lo alto, planeando en un avión, la cabellera
humeante del salto del Ángel en Canaima. Desde mi ventana en Middlebury he
visto crecer las sombras de la tarde en su cementerio universitario, entre cuyas
tumbas se besan las parejas despreocupadas y hay enterrado un faraón. He visto
las onduladas praderas de Epsom Downs, tantas veces ya, donde desde hace
siglos se ejercitan los mejores corceles del mundo, y también el brezal de
Newmarket y los predios del Curragh; he llegado navegando por el Támesis en
un barco medio dormido al hipódromo de Windsor y en un metro lleno de negros
de aspecto fiero y espíritu fraterno he llegado al hipódromo de Aqueduct, en
Queens. Ningún jardín es tan bello como un buen hipódromo, ni siquiera los que
se extienden frente a algunos palacios escoceses, llenos de bueyes lanudos. He
estado dentro de la gran pirámide de Keops y no he visto casi nada, salvo el
agobio de la piedra abrumadora y estéril, la amenaza polvorienta de la momia.
He visitado las librerías de la calle Corrientes, en Buenos Aires, abiertas hasta
después del anochecer, cuando las mujeres inquietas y dolorosamente
desconocidas van en busca de citas a las que yo no asistiré. He visto llover con
furor en Palenque, refugiado en un templo dedicado a un dios cuyo nombre ya
nadie sabe pronunciar, y también vi llover en las calles de Santiago de
Compostela, mientras deambulaba bajo los soportales hablando con mi amigo
Guillermo.
He visto esquinas, glorietas, avenidas, malecones, alamedas, calles
peatonales y autopistas, rascacielos o cuevas en las que había que penetrar
gateando; jardines, ruinas, estanques, fuentes luminosas y las amontonadas
chabolas de los pobres (las hay donde faltan los rascacielos y las hay junto a los
rascacielos: ellas nunca faltan). He visto ponerse el sol e incluso amanecer,
aunque esto último como Drácula: por descuido. Los ríos, las cataratas, los
árboles muy viejos y contorsionados, las rocas huesudas que a veces florecen y
la nieve, la nieve de los niños, la nieve de los vagabundos que morirán esa
noche, la nieve delatora de los rastros, cándida y cruel. Y he visto fachadas
románicas, pináculos góticos, templos egipcios, japoneses, mayas y el castillo
feroz de los Este, en el centro de la delicada Ferrara. También estuve en la
catedral de Siracusa, en Sicilia, cuyo basamento es un templo dórico, con los
sólidos muros edificados por los normandos, el interior decorado con motivos
árabes y la espléndida fachada de barroco español: la gloria mestiza del
Mediterráneo, para desesperación de los estreñidos de la pureza étnica y los
idólatras del indigenismo. He volado, navegado, traqueteado en mil trenes, me
he desplazado en calesa y en automóvil, pero lo que más me sigue gustando es
andar. Sólo andando puede llegarse realmente lejos. He ido a muchos sitios, a
demasiados sitios, pero toda una mañana temprano te estuve esperando junto a la
estatua feroz de un condottiero y tú no viniste. Qué se le va a hacer, luego
llegaron otras mejores.
En cambio no he estado nunca en Tanganica, ni en el Kilimanjaro, ni en el
mar de los Sargazos, ni en la jungla india, ni en el abismo de Maracot donde
Kraken acecha. Mejor dicho: sí, he estado pero sólo desde la butaca o desde el
lecho, con un libro entre las manos. Tras leer un relato de Lovecraft ambientado
en París, Jacques Bergier le escribió una carta preguntándole cuándo había
estado en la capital de Francia que tan adecuadamente evocaba; y el solitario
prisionero de Providence repuso: «With Poe, in a dream». Lo que es tanto más
notable porque tampoco Poe conocía París sino en sueños literarios. Así he
frecuentado también yo la mayoría de mis santos lugares, desde la Malasia de
Salgari a la Tierra Media de Tolkien. Incluso cuando luego los he pisado y visto
físicamente, nunca mi verdadero Londres ha dejado de pertenecer a Conan
Doyle, ni mi Dublín es otro que el de Joyce, ni siquiera mi Roma de Quo Vadis
ha sido doblegada por la hoy presente, con sus miles de autos y sus docenas de
Caravaggios. Suelo siempre viajar con el libro que corresponde al lugar adonde
voy, para no dejarme engañar por la realidad (mucho más tramposa que las
apariencias). Pero a fin de cuentas, todo será igual. Lo que he visto y lo que he
leído, lo que rememoro y lo que imagino se confundirán en una misma niebla
definitiva, la clausura de las peregrinaciones, el irás y no volverás de los cuentos
terribles: todo se perderá conmigo, como las lágrimas en la lluvia.
35

EL MILAGRO DE HARRY POTTER

Le serieux avec lequel nous considérons la littérature serre le coeur.

PIERRE MICHON

A dmito que me he resistido bastante a leer los libros de Harry Potter. No


desde luego por rechazo a la atosigante campaña de publicidad que casi
nos los impone como obligatorios: hace mucho aprendí que tales voceríos
mercenarios ni quitan ni ponen nada al valor intrínseco de lo que anuncian. Hay
demasiados que se hacen ricos vendiendo basura pero tampoco faltan los que
saben rentabilizar hasta el abuso la auténtica calidad. La sociedad de mercado es
bastante más compleja de lo que pueden suponer las almas sencillas y honestas
que se escandalizan frente a ella. Por supuesto, tampoco rehuía leerlos por
suponer que serían infantiloides y sólo aptos para cabecitas tiernas, ingenuas: mi
cabezota es dura hasta la arteriosclerosis, pero sigue siendo también adolescente.
Cualquier cosa que hace de veras disfrutar a un chaval de doce años puede
hacerme disfrutar del mismo modo a mí: de hecho, la mayoría de lo que me
gusta hoy empezó a gustarme más o menos a esa edad, salvo unos cuantos
licores y dos o tres lascivias.
No, lo que me mantenía alejado de Harry Potter no era ninguna forma de
menosprecio sino un excesivo respeto. Y lo que suele haber en el fondo de todo
respeto sincero no es más que miedo a la decepción. Por decirlo brevemente: creí
que Harry Potter ya no me correspondía, que no era para mí. Ya he dicho que las
narraciones de aventuras, misterios y maravillas —lo que suele llamarse
académicamente «literatura juvenil» y despectivamente «literatura popular»—
han constituido la alegría de mi vida, mi más duradera pasión. La infancia
recuperada, el libro que escribí hace más de un cuarto de siglo para confesar e
ilustrar esa afición, me descontenta hoy menos que casi todo el resto de lo que
culpablemente he firmado. No tiene nada de raro que a uno le gusten en sus años
mozos los relatos en que aparecen monstruos enormes y peludos, piratas,
fantasmas y evasiones inverosímiles desde la habitación más alta de la torre. Lo
raro —lo inquietante, desde un punto de vista clínico— es que sigan gustándole
toda la vida, como me pasa a mí. Tengo amores literarios que no puedo confesar
a cualquiera, so pena de perder amistades eruditas o de aguantar miradas de
incrédula conmiseración. Lo mismo que ciertos maridos rijosos buscan en las
trotacalles algo que nunca reciben de sus santas y cultivadas esposas, también yo
me voy de vez en cuando a gozar con lo que Harold Bloom llamaría
«infraliteratura», como si me fuese de putas. En una palabra, nunca he dejado de
disfrutar con las supuestas «malas» novelas por razones que expone muy bien,
como siempre, Mario Vargas Llosa: «En la esquizofrénica novelística de nuestro
tiempo, se diría que los novelistas se han repartido el trabajo: a los mejores les
toca la tarea de crear, renovar, explorar y, a menudo, aburrir; y a los otros —los
peores—, mantener vivo el viejo designio del género: hechizar, encantar,
entretener». Aunque mi dieta literaria ya no es tan excluyente como hace medio
siglo, aunque he aprendido también a paladear los encantos de Joyce o Kafka,
sigo fiel en la emoción a mis admirados maestros de antaño. Ahora mismo, por
ejemplo, estoy releyendo las novelas de Pimpinela Escarlata compuestas por la
Baronesa d’Orcy, que me resultan tan apasionantes como hace décadas cuando
las conocí. Y cualquier relato en el que aparece algún dinosaurio que otro, un
tiburón gigante o unos cuantos fantasmas nunca me parece totalmente
desdeñable…
Pero a veces temo que seguir fiel a mi infancia me veda disfrutar con lo que
corresponde a la infancia de otros. La sensibilidad varia y aunque yo sigo siendo
un niño soy, inevitablemente, un niño de antes, un chaval del siglo pasado.
También en la infancia hay modas literarias y bien pudiera ser que yo no
compartiese las más recientes. Sufrí una decepción, por ejemplo, con Michael
Ende, cuya Historia interminable, que tanto ilusionaba a los chicos de mi
entorno hace unos años —y cuya lectura me recomendaron algunos amigos que
conocen mis debilidades—, se me hizo demasiado literalmente interminable. No
consideré que el libro fuese malo (aunque desde luego estoy seguro de que
demasiado bueno tampoco es), sino que asumí con resignación que ya no me
correspondía a mí: vamos, que lo había leído tarde y por tanto no lograría leerlo
nunca realmente bien. ¿Y si me ocurría lo mismo con Harry Potter?
Afortunadamente, no ha sido así. Desde las primeras páginas de la primera
novela, las narraciones de J. K. Rowling me han atrapado como a cualquiera de
sus jóvenes aficionados que casi podrían ser mis nietos. La más antigua magia
—que no es la de los hechiceros con poderes sobrenaturales, sino la de los
escritores con imaginación— ha vuelto a funcionar. Creo que Rowling es una
seguidora aventajada del gran Tolkien de El señor de los anillos, como tantas y
tantos otros. También ella promociona a héroes frágiles, pequeños, incompletos,
que no son plenamente dueños de sus fuerzas pero que tienen firme el
entusiasmo iniciático de su vocación. Desde luego, si no hubiera habido antes
Gandalf no habría ahora Albus Dumbledore y sin Sauron no tendríamos al
impronunciable Valdemort. Pero la autora invierte en cierto modo el
procedimiento narrativo de Tolkien: éste, mucho más épico, trasladó a sus
pequeños paladines desde una rutina doméstica grata y acogedora a escenarios
tan arriesgados como atroces; en cambio Rowling prefiere llevarlos a descubrir
lo inusual y fantástico en el ámbito aparentemente trivial de un internado inglés.
Las historias de Harry Potter, Ron y Hermione son más decididamente
humorísticas que las de los hobbits y los elfos (aunque se van haciendo más
dramáticas volumen tras volumen), pero nunca caen en ésa grosería superficial
que es la mera parodia. Además, Rowling utiliza unos recursos que el erudito y
legendario Tolkien jamás manejó: los de la novela policiaca inglesa. Cada uno de
los relatos de Harry Potter es también una intriga detectivesca, en miniatura, en
la que todos los indicios y advertencias que se van haciendo a lo largo del cuento
terminan finalmente encajando en la solución final. El villano de turno, cómplice
del oscuro Valdemort, suele ser precisamente el personaje del que menos
sospechamos, como el criminal en las novelas policíacas de la escuela clásica
inglesa. Aunque no está bien reducir ningún escritor original a sus influencias y
maestros, podríamos decir que J. K. Rowling es una afortunada combinación de
Tolkien con… Agatha Christie. Mejor para todos, salvo para los pedantes, que
nunca importan demasiado. Por cierto, este componente policíaco también está
presente en otro autor juvenil que he descubierto a la pimpante edad de
cincuenta y cinco años, León Garfield, pero en éste se combina no con la
influencia de Tolkien sino con la aún más distinguida de Stevenson. Las
estupendas aventuras que cuenta Garfield tienen un aire de intriga romántica
similar al de la inolvidable Moonfleet de John Meade Falkner: en ellas hay más
imaginación que fantasía, por lo que reconozco que las prefiero a las de
Rowling. Aunque los chavales de casi todo el mundo no estén de acuerdo
conmigo…
Pero no puedo acabar esta pequeña reflexión sin mencionar el verdadero acto
mágico, el auténtico milagro llevado a cabo por el aprendiz de brujo Harry
Potter. En esta sociedad audiovisual en la que, según algunos, los niños y los
jóvenes ya se han olvidado de leer, ha despertado la vieja pasión en miles de
neófitos. Lo que no lograron tantos profesores bienintencionados, empeñados en
hacer leer a Dostoievski a los adolescentes en la escuela. Ahora chicos y chicas
hacen cola en las librerías esperando que llegue la última entrega de su héroe
favorito, para desesperación de Harold Bloom, que prefiere un mundo dividido
entre amantes de Shakespeare o Dante y analfabetos funcionales. Esas chicas y
chicos comprarán los gadgets de la serie famosa, verán las películas basadas en
sus argumentos (nada malas, por cierto) y jugarán con sus consolas de ordenador
a criar lechuzas mensajeras y enfrentarse con árboles que boxean. Pero ya tienen
el veneno dentro, el veneno que llega a través de los libros. Muchos se
convencerán de que jugar a leer es aún más divertido que jugar a partir de lo que
se ha leído, aunque esto tampoco sea un placer desdeñable (a su edad yo
disfrutaba con las figuritas de plástico que representaban al Capitán Trueno,
Goliath o el Hombre Enmascarado y no por ello renuncié a las bibliotecas).
Aunque los antipopulistas se encorcoren, estoy seguro de que esos niños ya
nunca dejarán de leer. Y no sólo se contentarán con obras de magia adolescente
porque, como me pasó a mí, ese vicio fatal es expansivo y en él se pasa de los
hechizos literales a los hechizos de la letra. Seguro que mañana también leerán a
Proust o a Vargas Llosa. Aunque nunca olviden, lo deseo y me alegra
consignarlo, a Harry Potter. Por mi parte, espero la próxima entrega de esa
ingenua saga con la misma devoción que el resto de mis colegas de pantalón
corto. Y si hoy volviese a escribir La infancia recuperada, lo que ya, ay, me está
rigurosamente vedado, no creo que olvidase dedicar unas páginas a los
aprendices de brujo del colegio Hogwarts…
36

¡ATENCIÓN!

D e pequeño, una de las quejas más recurrentes que recibía de mis


profesores era que «siempre estaba distraído». En las frecuentes
ocasiones en que mis notas escolares descendían de lo poco brillante a lo
abiertamente mediocre, mi madre —que era quien gestionaba los asuntos
académicos familiares— escuchaba invariablemente esa explicación de los
maestros descontentos: «Si no fuese tan distraído… si prestase más atención».
Tenían razón en quejarse, claro. Sin prestar atención no se puede aprender nada,
pero tampoco se puede disfrutar de un buen libro o de una película, ni gozar con
un cuadro o con una melodía, ni siquiera hacer el amor como Satán manda
(cuando Gustav Mahler consultó a Freud sobre sus problemas conyugales con
Alma, el sabio doctor le dijo que tenía una sexualidad «distraída»). Sin atención
no hay conocimiento, ni placer, ni siquiera amor o justicia: los insolidarios,
decimos con acierto, viven junto a la desgracia «mirando para otro lado»,
procurando hacerse los distraídos.
Tal como mis mayores me reprochaban, yo fui un niño muy distraído en las
clases. Sin duda ésa es en parte la causa del tamaño actual de mi ignorancia.
Pero en cambio era un lector atentísimo: cuando tenía en las manos a Conan
Doyle o Emilio Salgari me concentraba tanto en ellos que a veces me olvidaba
hasta de ir a comer, lo que les aseguro que suele pasarme ya pocas veces. En el
cine, veía la película que me gustaba aferrado a la butaca como si estuviese en
una montaña rusa, rezando interiormente por que siguiese y siguiese, por que no
acabase nunca. Y ya un poco mayor me he quedado a veces contemplando un
rostro o una herida con tan dolorosa atención que me ha costado años
recuperarme de lo que me emocionaba. Ni antes ni ahora creo que nadie me haya
visto jamás distraído durante una carrera de caballos… En cambio sigo siendo
incapaz de atender como es debido en una conferencia (ni siquiera si la estoy
dando yo), en una ópera de Wagner o en el discurso electoral de la mayoría de
los candidatos a preboste máximo. De modo que soy un distraído selectivo y un
atento intermitente: les creeré si me dicen que a todo el mundo le pasa igual. Lo
que me pregunto es si la capacidad de atender a lo que más importa va
disminuyendo, si hoy lo que prima —lo más cool— es jibarizar la atención, y si
convertir la compulsión a distraerse, a saltar de aquí para allá, a no estar nunca
del todo en lo que se está, ha dejado de ser un vicio clásico para transformarse en
una virtud moderna.
El otro día asistí en un cine abarrotado de adolescentes a una de esas
películas que me gustan, llena de zombis, sobresaltos rubricados por música
estruendosa y una guapa protagonista capaz de pulverizar a cañonazos cualquier
criatura infernal que le plantase cara. En mis tiempos (perdonen la tópica y
angustiada expresión) la chiquillería hubiese vibrado de intensa atención cada
minuto del metraje… y desde luego yo con ella. Pero ahora no: me rodeaban
distraídos que jugaban con sus teléfonos móviles, se mandaban unos a otros
mensajes durante la proyección y sólo atendían ocasionalmente a la pantalla
cuando una explosión importante despedazaba al enemigo ocasional, en el que
antes para nada se habían interesado. Me los imaginé en casa ante el televisor,
mando en ristre sin cesar de hacer zapping, viendo sucesivos y vertiginosos
fragmentos de relato que nunca comprenderían por completo; me los imaginé en
clase, incapaces de escuchar diez minutos seguidos al profesor insistente, me los
imaginé hojeando un libro a la carrera y pasando a otro, o escuchando un minuto
de música con impaciencia porque ya desean oír otra canción. Me los imaginé
viviendo entre retazos las angustias del mundo global, incapaces de fijarse en
nada el tiempo suficiente para que les apasione a fondo o les conmueva de veras,
sin paciencia para atender a argumentos y debatirlos, compasivos instantáneos a
ratos pero sin tenacidad para enmendar los males que tan pronto deploran como
olvidan.
Me distraje imaginando su falta de atención y luego, recordando que soy tan
distraído, me sentí culpable. Ahora considero ya la «distracción» un pecado
mortal, aunque me sigue gustando muchísimo el entretenimiento. Pero es que
hasta para entretenerse es imprescindible saber estar atento…
37

LOS GRANDES, DE CERCA

Ah, did you once see Shelley plain,


And did he stop and speak to you?
And did you speak to him again?
How strange it seems, and new!

ROBERT BROWNING

E n el año 1709, en el palacio romano del cardenal Ottoboni, tuvo lugar un


singular torneo musical entre Georg Friedrich Haendel y Domenico
Scarlatti. Ambos tenían la misma edad, venticuatro años, pero ya eran maestros
en su arte. Y sólo contaban para su cotejo con dos armas incruentas: un clave y
un órgano. El sajón era cosmopolita, el latino exuberante y mediterráneo.
Aunque se mantuvieron magníficamente parejos durante largo tiempo, parece
que finalmente el órgano inclinó la balanza a favor de Haendel. Luego cada cual
siguió su camino, pero esta rivalidad nunca enturbió la recíproca admiración que
los dos artistas se profesaron. Casi medio siglo después, ya al final de su vida, el
viejo Scarlatti siempre se santiguaba al oír mencionar el nombre de Haendel: en
señal de respeto.
Me conmueve mucho esta anécdota dieciochesca (cuya noticia debo a
Stefano Russomanno, en el número 109 de la revista discográfica Diverdi).
Primero, porque en estos tiempos en que se llama «competitividad» al intento
feroz de eliminar al adversario, o sea de suprimir la competencia, nos recuerda
que la verdadera emulación engrandece al rival y quiere mantenerlo como
refrendo de la excelencia. Y en segundo (pero principal) lugar, porque se refiere
a la más hermosa disposición que suscita el arte, la capacidad de admirar. Quien
no la conoce, aunque parezca ser un gran artista, carece de un registro esencial
de la sensibilidad que produce el arte y a la que el arte interpela. Desconfío
hondamente de la aparente superioridad de los perpetuos desdeñosos, de la
insobornable «objetividad» de los cicateros profesionales y de los
desmitificadores del mérito ajeno que siempre se las arreglan para barrer la fama
hacia casa. Creo que admiramos con lo que de admirable hay en nosotros y
nunca he tropezado con nadie verdaderamente admirable que no supiese también
ser sinceramente admirador. Por supuesto, la virtud de admirar no sólo es
estética, sino también ética (no confío en ninguna moral basada en el desprecio
universal de nuestros semejantes en nombre de principios que nadie logra
alcanzar) y en líneas generales la tengo por un síntoma de humanidad. Gracias a
la admiración nos educamos, aprendemos a mejorar y nos reconciliamos con los
menesteres, a menudo tristes, de nuestra condición. Sobre la admiración —sobre
todo en términos morales, no meramente artísticos— ha escrito un libro muy
hermoso mi amigo y compañero Aurelio Arteta.
He tenido la suerte de conocer a muchos coetáneos admirables con los que
he compartido y a veces pujado en las lides intelectuales. Como soy poco
religioso supongo que no me santiguaré, como Scarlatti, cuando en los días de
mi próxima vejez oiga mencionar los nombres de Félix de Azúa, Javier Marías,
Vicente Molina Foix, Javier Fernández de Castro (mucho menos reconocido,
creo, de lo que debiera), Enrique Vila-Matas, Juan José Millás, Jon Juaristi,
Eduardo Mendoza, Rafael Argullol o Luis Antonio de Villena, por poner unos
cuantos ejemplos, pero que conste que ganas no me faltarán. Porque además de
haber tenido la suerte de compartir mi época con personas de valía, la he
duplicado siendo amigo de gran parte de ellas. Ya sé que hay gente que pasa por
ilustre y que refuerza la intimidación de su prestigio asegurando a quien quiera
escucharles la carestía de talentos de todo orden que aflige a nuestro tiempo (la
cual realza de paso, aunque esto sólo quede insinuado por contraste, lo insólito
de su propio mérito). A diferencia de estos afligidos, conozco a bastantes
contemporáneos que no me parecen menos estimables que los mejores del
pasado. Y me alegro de verme rodeado por autores de estatura mayor que la mía,
porque la obra de los demás —con su sorpresa y su gratuidad— siempre me ha
hecho disfrutar más que las trabajosas y perpetuamente enmendables
composiciones de las que soy responsable.
Pero no me propongo hablar aquí de los escritores más o menos de mi edad
(¡o más jóvenes, que también abundan!) a los que admiro: puede que en unos
casos el afecto y en otros la excesiva proximidad distorsione mi perspectiva. Me
gustaría en cambio conmemorar brevemente mis encuentros personales con
algunos maestros de generaciones anteriores, cuya grandeza me parece
suficientemente contrastada y de los que guardo recuerdos, a veces sólo
episódicos o triviales, que constituyen para mí regalos preciosos del azar de la
vida. Algunos de ellos, como Cioran o García Calvo, ya han sido en estas
páginas y en otras de las mías suficientemente comentados; a Jorge Luis Borges,
mi preferido desde los quince años, le he dedicado recientemente todo un libro.
Quizá algún otro, nada más que apenas entrevisto, se me escape ahora de la
memoria… aunque el lector del futuro estuviese dispuesto a envidiarme como un
tesoro ese simple vislumbre, como yo envidio a quienes vieron cruzar una calle a
Chesterton o escucharon desde una mesa remota de café las peroratas de Valle-
Inclán. El florilegio de tributos que sigue no será exhaustivo y consentirá por
omisión más de una injusticia. Proviene del capricho de la memoria y de la
corazonada, como el resto de los apuntes que vengo consignando.
Cierto día, a los venticinco años, recibí una carta de Octavio Paz. Yo había
publicado ya dos libros, libritos más bien, y en el segundo de ellos —La filosofía
tachada— me refería con veneración a El arco y la lira de Paz, que entonces era
y hoy no ha dejado de ser una de mis reflexiones predilectas sobre la creación
literaria. No sé quién pudo comentarle esa referencia, cuyo valor elogioso estaba
muy mermado por la inexperiencia del semianónimo autor. El caso es que Paz
leyó el libro con inmerecida seriedad y me envió una larga carta, afectuosa y
perspicaz como siempre supe luego que acostumbraban a ser las suyas.
Ponderaba generosamente algunas virtudes más bien ilusorias del texto
primerizo y de paso me señalaba con discreción varios deslices muy reales. Para
mí, a aquella edad, una carta de Octavio Paz comentando algo que yo había
escrito equivalía aproximadamente a un memorándum del Espíritu Santo. Si
hubiese recibido el famoso telegrama con que Dios, según Umberto Eco, ordenó
el comienzo de la Creación («Hágase la luz. Sigue carta»), no me habría sentido
más emocionado.
Pero es que además hubo luego más correspondencia, embarullada y patética
por mi parte, clara y comprensiva por la suya. ¡Qué bonitas y amables eran las
cartas de Octavio! Y de todas ellas creo que sólo guardo la última, en la que me
daba su opinión sobre mi Diccionario filosófico personal Es tan cordial en su
valoración, tan exageradamente entrañable y llana en su reconocimiento, que la
guardo para mí nada más como su despedida, tan cálida como la última sonrisa
que me dedicó. Pero de esa sonrisa hablaré luego. De su pasión por la literatura
francesa, que comparto desde la lejanía de la torpeza, tenía Octavio la magia de
la fórmula precisa y preciosa: las cuatro palabras que condensan
inmejorablemente la característica de un autor, de un movimiento poético, de
una osadía científica o erótica. Ese arte de la condensación lo demostraba a
veces en sus dedicatorias. Si se me permite el desvanecimiento vano, citaré una
que le agradecí especialmente: «A Fernando Savater: la centella y la sonrisa».
No le faltaba a veces cierta tierna malicia. A un común amigo querido pero a
menudo acucioso le puso: «A Juan Cruz, que es más cruz que Juan».
Unos años más tarde del comienzo de nuestra correspondencia, viajé por
primera vez a México. Debo esa aventura tempranísima, mi primer salto
transatlántico, a los buenos oficios de Héctor Subirats, el amigo definitivo, parte
ya de mí mismo. Cuando llegué tras el larguísimo vuelo era noche cerrada y el
inmenso sembrado de luces del Distrito Federal al aproximarnos para aterrizar
me proporcionó una imborrable experiencia de planetario inferior, como
merodear sobre un campo de estrellas. Después entré por primera vez en México
y México entró en mí definitivamente, me invadió para siempre. Por supuesto,
nada más llegar telefoneé a Octavio Paz, dando cándidamente por supuesto que
él estaría tan deseoso de verme como yo de verle a él. ¡Y lo estaba! Me citó para
cenar en su casa al día siguiente: «Supongo que no le importará compartir la
velada con un señor francés y una pintora amiga mía». No me importaba desde
luego antes de conocerles y me entusiasmó después. El señor francés era Claude
Lévi-Strauss y la pintora debía haber sido —porque nunca llegó— Leonora
Carrington. Aun así, lo más importante de la noche para mí fue conocer
personalmente a Octavio y Marie-Jo, su cordialidad confirmada, lo llano y
elegante de la acogida que tributaron al joven hirsuto y vocinglero de allende los
mares. Nos tuteamos desde el primer momento (los vascos tuteamos a todo el
mundo, atropellando a veces un poco), aunque luego quienes le conocían mejor
me dijeron que Octavio se apeaba pocas veces del «usted», sobre todo cuando
trataba con colegas o con recién llegados.
El otro contertulio, Lévi-Strauss, me produjo una de las impresiones más
vivas de inteligencia polimorfa que he sentido nunca ante nadie. Hablase de
antropología, de música o de política, daba una invariable sensación de auténtica
sagesse. Nos entretuvo contando cómo había visitado las obras del Templo
Mayor en el Zócalo, aún inacabadas, y que la facultad de Antropología había
rechazado su ofrecimiento desinteresado de una sesión abierta con alumnos
porque el claustro le consideraba un «reaccionario burgués». También narró con
adusto gracejo los dejeneurs culturales organizados por el presidente Giscard, en
los que reunía a un grupo variopinto de intelectuales («que no teníamos en
común más que el ignorarnos o el detestarnos») para debatir sobre las
perspectivas del siglo XXI. «Yo no sabía cómo decirle —comentaba don Claudio
— que, dado lo que iba a vivir de dicho siglo, lo que ocurriese en él me traía
perfectamente sin cuidado». Entretanto, la visita de Leonora Carrington se
demoraba y se demoraba, creando una cierta sensación de suspense. Finalmente,
una llamada telefónica nos informó de que no sería de la partida. Me apresuré
atolondradamente a lamentarlo y Lévi-Strauss apostilló, tajante: «Pues yo lo
prefiero así». Octavio, Marie-Jo y el que suscribe le miramos algo extrañados.
Hierático, más triste que los mismísimos trópicos, se explicó finalmente el
antropólogo: «La conocí hace muchos años. Era tan bella y estuve tan
enamorado de ella, que prefiero no volver a verla y seguir recordándola como
entonces». Cuando terminó la velada, pedimos un taxi y yo insistí como era
normal en llevarle primero a su hotel de Chapultepec, antes de regresar al mío.
«Je vous remercie, monsieur». «Je vous en prie, cher maître». Así acabó mi
diálogo con el estructuralismo… Tras dejarle en su hotel, me fui a una fiesta
salvaje que habían preparado mis amigos mexicanos, lo que nosotros entonces
llamábamos con ñoñería «guateque» y ellos, con mayor propiedad, denominaban
«reventón».
Como quedé irremediablemente enamorado de México, al año siguiente urdí
un plan para volver. El suplemento cultural de El País estaba en sus inicios y yo
acababa de publicar una entrevista con Cioran, la primera que hice en mi vida,
que había tenido buena acogida. De modo que ofrecí a la dirección del periódico
otra charla en profundidad con Octavio Paz y fue aceptada. ¡Me pagaban el
viaje! De nuevo el DF, de nuevo las alegres veladas con Héctor y el resto de los
amigos y amigas en el «Tenampa» oyendo mariachis que cantaban a José
Alfredo Jiménez, de nuevo Paz. Durante dos o tres días fui a su casa y, ante una
decreciente botella de whisky, charlamos de cualquier cosa, desde lo más
sublime a lo más cotidiano, con abundantes risas. Antes de comenzar, yo ponía
sobre la mesa una grabadora comprada al efecto, que apenas sabía manejar. De
vez en cuando Octavio me preguntaba: «eso estará grabando bien, ¿verdad?»; y
yo le respondía que seguro que sí y volvíamos a reírnos. Cuando regresé a
Madrid, se me cortó la risa: el maldito cacharro no había grabado absolutamente
nada, el diablo sabrá por qué. Como el periódico (y mi maltrecha conciencia
profesional) me instaban a entregar el trabajo, decidí inventarme de pe a pa la
entrevista con Octavio Paz, a partir de los etílicos recuerdos que guardaba de
nuestras conversaciones. Creo que me mantuve bastante fiel, pero de vez en
cuando acentué algún costado polémico de acuerdo con mi criterio. Por ejemplo,
como estábamos en pleno debate sobre la entrada de España en la OTAN,
magnifiqué un tanto la posición neutralista de Octavio. De cualquier modo, la
entrevista gustó al público y —lo que era más difícil, dadas las circunstancias—
al propio entrevistado. Hasta el punto de que, bastantes años después, decidió
incluirla en un volumen que recogía las mejores entrevistas que le habían hecho
a lo largo de su vida. Cuando me llamó para comunicármelo, Octavio me
advirtió de que su postura frente al tema de la OTAN había cambiado un poco
con el tiempo y que incluiría una nota aclaratoria a pie de página. Le dije que
estaba en su perfecto derecho, pero fui incapaz de confesar. «No confeséis
nunca», tales fueron las últimas palabras que un condenado a muerte dirigió al
público que asistía a su ejecución, según cuenta Georges Bataille. Si no me
equivoco, ahora la entrevista figura en uno de los tomos de las Obras completas
de mi añorado amigo.
La última vez que le vi fue una semana antes de su muerte. Yo había ido al
DF a rodar una serie educativa para televisión y llamé tímidamente a Marie-Jo
para preguntar por Octavio. Me dijo que estaba muy mal pero me invitó a su
casa, la nueva de Coyoacán donde estaba también instalada la Fundación que
lleva su nombre. La otra, la de Reforma que yo más había frecuentado (incluso
conocí la de la calle Lerma, anterior a éstas), había sufrido un incendio en el que
Paz perdió parte de su biblioteca y numerosos recuerdos de inapreciable valor.
Seguramente esta desdicha aceleró su rendición al cáncer, él, que tanto había
luchado siempre por la vida. Llegué a Coyoacán temblando, porque soy
infinitamente cobarde ante el dolor y la desaparición de los que amo.
Últimamente me he ganado un prestigio absurdo de valentón por mis actividades
contra el terrorismo vasco y hasta «héroe» me llaman los más ingenuos. Claro
que pertenezco a un gremio en que basta con no ser invariablemente oportunista
y frecuentemente rastrero para merecer ya laureles heroicos… Pero para conocer
el auténtico coraje de alguien es preciso saber el valor con que se enfrenta a lo
que de veras él teme, no a lo que suelen temer los demás. Y yo, como Lord Jim,
bien sé que soy fundamentalmente cobarde cuando apremia lo que me espanta,
aunque sea capaz de lo que desde fuera parecen ocasionales gestos valerosos.
Nunca temo la lucha pero temo aquello contra lo que ninguna lucha basta. De
modo que llegué temblando a Coyoacán.
Marie-Jo me enseñó la Fundación, las exposiciones que preparaba, el
hermoso jardín… Luego un enfermero trajo en su silla de ruedas a Octavio, que
ya apenas se levantaba del lecho una o dos horas al día. Estaba consumido hasta
la cuerda, disminuido, reducido al suspiro carnal de lo que había sido. Llevaba
barba, con la que nunca le había visto antes. No habló, pero al saludarme una
repentina y ancha sonrisa le iluminó la cara devastada. Por un momento, como el
sol que se abre paso un instante entre los negros nubarrones, volvió su sonrisa de
siempre, llena del viejo afecto y la vieja complicidad. Le entregué mi libro recién
publicado —Despierta y lee, en el que hay algún artículo sobre él— y, aunque
evidentemente ya no podía leer, lo tomó en sus manos y lo hojeó con
concentración, cumpliendo hasta el final el ritual amable con su amigo escritor.
Marie-Jo me había contado que el día anterior, cuando una enfermera queriendo
animarle le señaló los volúmenes de sus obras con algún comentario elogioso,
hizo un gesto con la mano como descartándolos y murmuró: «Todo eso no vale
para nada». Como para indicar que él ya estaba en la región que la ayuda y el
consuelo de los libros no alcanzan. Yo no sabía qué decir, aunque dije algunas
aturulladas banalidades, y él no hablaba. Entonces Marie-Jo tuvo un gesto
maravilloso y le pasó la mano por la cabeza, como para peinarle un poco el
cabello aún abundante, mientras decía con ternura: «Mira qué pelo más bonito
tiene todavía». Es por eso por lo que amamos, para lo que amamos: porque allá
donde no llegan los libros ni la gloria, aún llega el amor. Esa caricia me desgarró
por dentro pero también, misteriosamente, me resultó tónica. Salí de la casa
inmensamente conmovido, porque sabía que no volvería a verle, pero también
un poco más fuerte de lo que entré.
De mis andanzas por México solía hablar a menudo a comienzos de los
ochenta con José Bergamín, al que había conocido gracias a la mediación de
Manolo Arroyo. También el poeta había estado en México —entre otros exilios
americanos—, de donde me contaba que estuvo a punto de echarle Lázaro
Cárdenas porque en sus crónicas taurinas elogiaba a Manolete frente al ídolo
local Carlos Arruza. En Madrid o en Sevilla nos encontrábamos de vez en
cuando camino de los toros, a los que yo solía ir entonces en compañía de
Alberto González Troyano y demás amigos. La verdad es que nunca he sabido ir
a los toros solo, sin duda porque disto mucho de ser un auténtico aficionado.
Pepe Bergamín solía decirme, con razón: «A ti no te gustan los toros; lo que te
gustan son las buenas corridas». Lo cierto es que me gustaba más oírle a él
hablar de tauromaquia, de Rafael de Paula o Curro Romero, de lo que
significaban las suertes vistas a través de la poesía, que asistir físicamente a la
plaza.
También solíamos ir a comer los dos solos a algunos restaurantes del Madrid
antiguo, como casa Botín o La Bola. Pequeñito, encorvado por los muchos años,
invariablemente malicioso, Pepe Bergamín era uno de los compañeros de mesa y
mantel más chispeantes y entretenidos que he conocido en mi vida. En el fondo,
tras su permanente humor, escondía un nihilismo apocalíptico de cristiano hereje
obsesionado por las postrimerías y anhelante de un Juicio Final que no dejara
títere con cabeza. Le encantaba soltarme enormidades para ver cómo yo
reaccionaba escandalizado entre bromas y veras. «Desengáñate», me asestaba
sin pestañear y sonriendo de medio lado, «lo que este país necesita es otra guerra
civil, pero que esta vez ganen los buenos». Yo le respondía que ésas eran cosas
que decía sólo para alarmarnos a los más jóvenes y él concluía: «¡Ah, si supieras
lo divertido que es tener ya ochenta y seis años!».
Bergamín tenía el genio de los buenos títulos. Su sección de artículos en
Sábado gráfico se llamaba «Las cosas que no pasan» y había compuesto un par
de panfletos antimonárquicos bastante divertidos: La confusión reinante y Mi
mundo no es de este reino. De vez en cuando fantaseaba acerca de las memorias
que podría escribir —creo que ni lo intentó— y que debían dividirse en dos
volúmenes: Ahora que lo pienso sería, el primero; y el segundo, Lo que yo me
figuraba. El título de esta autobiografía es un homenaje párvulo que creo no le
hubiera disgustado del todo. También padecía (o disfrutaba, según se mire) de un
entusiasmo creciente por arrimarse a las mujeres jóvenes, que la edad aumentaba
en lugar de extinguir (lo mismo le pasaba a Aranguren): las homenajeaba con
epigramas alambicados y divertidos, dieciochescos, y no desdeñaba magrearlas
un poco discretamente cuando se sentaban a su lado en algún convite. Con una
compañera nuestra de Zorroaga, muy guapa, protagonizó un episodio admirable.
La chica había sido encargada por amigos residentes en Francia de llevarle no sé
qué envío a su casa de la plaza de Oriente. Cumplido el encargo, el encandilado
Bergamín la invitó a cenar y allí mismo le hizo una revelación terrible: planeaba
suicidarse. La muchacha quedó impresionada: ¿por qué? La decisión venía de
atrás, según el poeta: cuando aún estaba en plena madurez, había establecido que
se suicidaría a los sesenta y cinco años, antes de iniciar la decadencia. Llegó la
fecha y Bergamín todavía se encontraba bien, en pleno fervor antifranquista, así
que pospuso el desenlace hasta los setenta y cinco años como límite máximo.
También cumplió ese plazo, pero como pensaba regresar a España (lo hizo y
volvió a ser expulsado tras el denominado por el régimen «contubernio de
Múnich»), y después aspiraba a ver torear a tal o cual gran matador en la
Camarga o asistir al último estreno de su amigo Buñuel… pues volvió a dejarlo
para más tarde. Pero ahora ya no había más excusas, porque tenía más de
ochenta años, la España posfranquista le decepcionaba completamente y era el
momento honroso de abandonar este mundo. Aunque para llevar a cabo su
propósito necesitaba colaboración, pues ya estaba demasiado viejo: ¿querría ella
ayudarle? Impresionada y conmovida, la bella dio su consentimiento. Pepe le
contó un plan eutanásico más o menos viable y la citó para el día siguiente, a una
hora precisa y fatal. Cuando la estremecida muchacha se reunió otra vez con él,
dispuesta a poner manos a la obra para el atroz designio, Bergamín la detuvo con
un gesto y una mirada rendida: «Espera, lo he pensado mejor. ¿Sabes? Es una
lástima suicidarme ahora que te he conocido…».
Aunque siempre dentro de la cordialidad y la ironía, teníamos grandes
disputas en torno al tema del terrorismo vasco. Pepe elogiaba constantemente a
ETA y Herri Batasuna, disfrutando cuando yo me encabritaba. Por aquellos días,
Alfonso Sastre publicó un artículo en El País justificando más o menos la lucha
armada contra la democracia burguesa con argumentos sacados de Humanismo y
terror de Merleau-Ponty. Entonces no era algo tan insólito como ahora puede
parecer manejar sofismas tardoestalinistas para «comprender» mejor la violencia
terrorista. Sastre era el representante extremo de una camada —de la que aún
quedan bastantes miembros en ejercicio— dispuesta a convertir un supuesto
«progresismo» en marco legitimador de cualquier crimen o cualquier disparate.
Lo sé porque me he pasado la vida rebatiéndoles. Como por suerte también
frecuento la Feria del Libro, contesté en las mismas páginas a Sastre,
recordándole que tras Humanismo y terror Merleau-Ponty publicó Las aventuras
de la dialéctica, una durísima rectificación de las posturas que antes había
sostenido. Bergamín leyó ambos artículos para, como era de esperar, darle la
razón a Sastre, aunque mejorando con sutileza su argumentación. Eran muy
amigos, pese a la diferencia de carácter entre el chestertoniano y paradójico
humor del uno y la estolidez tan graciosa como el chapapote de una marea negra
del otro. Pepe justificaba el discurso de Sastre con genialidades que no estaban
en él y yo, algo enfadado, me empeñaba en demostrarle que Sastre no daba tales
muestras de talento. Por fin, zanjó la cuestión: «Pues quede claro que yo estoy
totalmente de acuerdo con lo que mi amigo Alfonso Sastre ha querido decir… y
no ha dicho».
Después Bergamín se instaló en San Sebastián, donde era festejado
constantemente por Herri Batasuna. Allí le vi por última vez. Fui a llevarle un
grabado taurino que le había dedicado el pintor mexicano Alberto Gironella. Me
contó que se encontraba mal, sin ningún dolor específico, pero sintiendo lo que
también Fontenelle experimentó a una edad parecida a la suya: une certaine
difficulté d’être. Había ido al médico, quien después de reconocerle le dijo que
su estado general era «normal para su edad». Bergamín le repuso: «Pero doctor,
es que a mi edad lo normal es estar muerto…». Cuando poco después
efectivamente murió, sus albaceas abertzales le hicieron un funeral patriótico y
le enterraron envuelto en la ikurriña, a él, tan desesperada e irremediablemente
español. Pero supongo que esa paradoja postuma habrá estremecido de risa sus
huesos, burlones sin duda hasta en la sepultura.
El único escritor que he conocido con un ingenio verbal comparable al de
Bergamín, aunque con mayor enjundia literaria, es Guillermo Cabrera Infante.
Desde hace casi treinta años su casa de Gloucester Road es parada obligatoria y
gratísima en todas mis visitas anuales a Londres, casi siempre convocadas por
grandes citas hípicas. Parada y fonda, porque nuestro cíclico reencuentro
inevitablemente culmina en algún buen restaurante chino o indio (como esa
estupenda Bombay Brasserie que también le gustaba mucho a Octavio, experto
en hinduismo, y que tiene un papel relevante al comienzo de la novela Mañana
en la batalla piensa en mí de Javier Marías). La conversación deliciosa de
Guillermo sobre cine o literatura, que a veces llega a ser casi mareante a fuerza
de erudición y geniales retruécanos, es el segundo atractivo de tales convivios: el
primero es la compañía de Miriam Gómez, la mitad dorada de los Cabrera.
Quien no haya oído contar a Miriam historias, fábulas, anécdotas, lo que se
tercie, no sabe nada del embrujo fascinador de la literatura oral. Supongo que en
las espeluncas primigenias, en torno al fuego recién inventado, nuestros
antepasados debían de reunirse —lanzando de vez en cuando miradas temerosas
a las sombras circundantes, en las que brillaban los ojos de los depredadores—
para escuchar a narradores de cuya estirpe proviene Miriam. Luego se fraguó la
escritura y llegaron Shakespeare, Cervantes y demás compañeros: se ganó sin
duda mucho de bueno, pero se perdió algo, un hechizo inmediato, un arrobo que
sólo se recupera de vez en cuando y que yo he sentido escuchándola.
El estilo oral de Guillermo, de apariencia más severa, le sirve de excelente
contrapunto y subraya de vez en cuando como un acorde de violonchelo la
fluidez melosa, sensual, intencionada y sabiamente truculenta de su mujer. Si
Guillermo buscase trabajosamente sus retruécanos, carecería de gracia: lo que
abruma en él es que se le presentan sin poderlo remediar, a cada paso, como las
burbujas del champán. No sólo no los prepara o delibera, sino que tiene que
luchar a brazo partido con ellos para que no le arrastren. Algunos de sus
hallazgos justifican de modo sonriente los sinsabores de toda una jornada o de
todo un mes. En cierta ocasión, tras un curso de verano en la UIMP de
Santander, acompañé en un taxi a los Cabrera al aeropuerto; con nosotros venía
también Alain Robbe-Grillet, que había participado en el mismo seminario.
Mientras esperábamos el embarque, llegó el vuelo de Barcelona en el que venía
nuestro amigo Román Gubern. Inmediatamente Guillermo acotó, con su voz
profunda: «Bueno, se va Robbe-Grillet pero aquí llega le nouveau Román».
Creo que la prosa narrativa de Cabrera Infante es tan renovadora como la
muy distinta de Borges: ambos son humoristas esenciales, ambos están poseídos
por los conceptos cuando más parecen jugar con las palabras, pero en el maestro
cubano hay un añadido de especial cordialidad melancólica, carnal. Tras su
generosidad efusiva, casi siempre muy divertida hasta en los momentos
patéticos, hay en Cabrera Infante una nostalgia realmente punzante. No sólo es le
mal du pays, sino también los demás exilios que nos impone el tiempo, la
pérdida de la infancia, de los amores fugitivos, de la amistad inconstante o
perecedera. Sobre todo, nuestro destierro en le pays du mal donde prevalecen los
despotismos cómplices de los tiranos y los mentecatos. A veces, cuando le oía
despotricar a Guillermo contra unos y otros por su complacencia supuestamente
«progre» con la dictadura cubana, pensaba que su lógica amargura le hacía
exagerar un tanto. Con los años, tras haber soportado a tantos idiotas
biempensantes dedicados a quitarle hierro al terror nacionalista en el País Vasco
y hasta «comprenderlo» por oportunismo sectario, me he dado cuenta de que fui
injusto con él.
Sin duda Rafael Sánchez Ferlosio es el escritor más distinto que pueda
imaginarse de Bergamín o Cabrera Infante, pero en mi aprecio no es inferior
como artista a ninguno de ellos. Le es perfectamente ajeno el escenario wildeano
de calembours y bon mots. Incluso en sus magníficos aforismos o fragmentos,
que él llama «pecios» con apropiadísima terminología náutica, todo su indudable
ingenio se centra en no parecer nunca ingenioso. Pero en cambio es capaz de ver
y revelar el revés de las palabras y las frases hechas, los turbios zurcidos, los
vergonzantes apaños con el poder o la necesidad cruel que hilvanan ocultamente
las fórmulas «sensatas» que nadie se para a cuestionar. En un mundo de personas
sin talento y talentos sin personalidad que parecen fabricados en serie, Ferlosio
es una singular pieza de bienaventurada artesanía. Quiero suponer para
tranquilidad de mi alma que todos los seres humanos somos únicos e
irrepetibles: pero a pocos se nos nota tanto esta condición ejemplar como a
Rafael. Cuando alguien dice «yo pienso…» o «yo creo…», la mayoría de las
veces debería en realidad decir: «yo repito…». No es el caso de Ferlosio: entre
tantos como hablan de oídas, él habla «de pensadas». No pretendo decir, desde
luego, que acierte siempre, ni siquiera que acierte más que los demás: lo que
quiero señalar es que atina o yerra por sí mismo, no en forma colegiada.
Hubo un tiempo en que tras cenar y charlar exhaustivamente (cuando
persigue una idea o un tema no se contenta con dos o tres alusiones más o menos
afortunadas) acompañado de algunos amigos entre los que solía contarme,
Rafael nos reprochaba que luego le abandonásemos en su casa y nos fuésemos a
seguir la juerga solos en locales quizá atractivamente pecaminosos. De modo
que una noche le dijimos que se viniera con nosotros a tomar la penúltima copa
en una discoteca de moda. Lo hizo encantado, penetrando con la alegría del
explorador en el oscuro y tumultuoso recinto en el que se agitaban bailarines y
bailarinas bajo las falsas luces estroboscópicas. Y naturalmente, quiso reanudar
la charla emprendida durante la cena pero ahora en más adversas circunstancias.
Como el estruendo no permitía escuchar palabra, salvo algún que otro grito, se
dirigió cortésmente al barman y le rogó: «Por favor, ¿no podrían bajar un poco la
música?». Esa imagen corresponde perfectamente al papel que desempeñan
Rafael y su literatura entre sus contemporáneos: en un mundo en el que todos
bailan al son más ensordecedor, el intruso que pide que bajen el volumen para
que podamos volver a hablar.
Hay en Ferlosio un fondo justiciero, una exigencia de rectitud que casi roza
lo maniático pero que está dispuesto a aplicarse a sí mismo antes que a los
demás y desde luego no menos que a los demás. Es el último jansenista, siempre
listo para desvelar las argucias del amor propio nefando —a su juicio— tras
cualquier empresa aparentemente desinteresada. Una tarde estaba en la barra del
café Comercial de Madrid, frente al cual vivía en aquella época, cuando entró en
el local un individuo de aspecto desastrado que pidió una consumición y fue
despachado con pocos miramientos por el camarero. Rafael se sublevó ante este
abuso y cuando se subleva puede ser algo digno de verse. Atizó con el bastón un
golpe tremendo en el mostrador, que dejó al barman sobrecogido, y le espetó que
no tenía derecho a tratar a una persona de ese modo, que quién se había creído
que era, etcétera. Los circunstantes intervinieron para calmar las aguas, Ferlosio
se fue indignado a su casa y todo pareció haber concluido. Horas más tarde,
cuando el local estaba a punto de cerrar, el barman vio con espanto que aparecía
de nuevo el belicoso cliente, a grandes zancadas, hirsuto, desgreñado y con un
abrigo echado apresuradamente sobre el pijama. Ya se protegía tras el mostrador
del supuesto ataque cuando lo que oyó fue una súplica: «Que si me perdona
usted por lo que le he dicho antes. Verá, ¡es que no me puedo dormir así!». A
esto se le debería llamar humanismo militante.
Cuando quedé finalista del Premio Planeta con El jardín de las dudas, un
homenaje (levemente) novelado a Voltaire, tuve la suerte de que el ganador fuese
Mario Vargas Llosa, con Lituma en los Andes. Suerte, en primer lugar, porque no
hay el mínimo desdoro narcisista en ser proclamado segundo de alguien a quien
nunca se pretendió aventajar. Desde muchos años atrás —desde La ciudad y los
perros, como la mayoría— tengo a Vargas Llosa por uno de los novelistas
contemporáneos esenciales (incontournables, dicen los franceses) de la lengua
castellana. Y además como un ensayista literario de primerísima fila. Para
remate, sus obras narrativas versan sobre la vocación literaria, la tiranía política
o el sexo, que son mis temas favoritos en todas las épocas y categorías. Es decir,
que además de admirar su talento me gusta leerle (lo cual no es tan frecuente
como podría suponerse). Pero sobre todo tuve suerte porque Mario y yo nos
llevamos bien, cosa tan importante en los matrimonios como entre el ganador y
el finalista del Premio Planeta. Resulta que una de las imposiciones más o menos
apremiantes a que deben someterse los galardonados es una gira conjunta por
diversas capitales de provincia españolas, presentando las obras en ruedas de
prensa y firmando ejemplares en almacenes de «El Corte Inglés», lo que obliga a
una convivencia de semanas prácticamente conyugal. Si la pareja planetaria está
mal avenida, esa obligación promocional puede ser una auténtica tortura.
En mi caso, la recuerdo con deleite. Charlar con Mario desde el desayuno
hasta la cena, era más que grato: educativo, formativo, inspirador. Algo así como
hacer un máster gratuito con un profesor excepcional. A la cuarta o quinta rueda
de prensa, nos habíamos aprendido de memoria el disco que cada uno repetía
como introducción de su obra, de modo que nos permitíamos jugar un poco: yo
presentaba Lituma con las palabras habituales de Mario y él hacía lo mismo con
mi novela. Por lo demás, sentados a la mesa de firmas dispuesta por los grandes
almacenes a veces en la sección de lencería o de menaje del hogar, nos
sentíamos un poco como las putas de Hamburgo esperando clientes en sus
peceras ofertorias. A mí me entraban ganas de cruzar las piernas de forma
insinuante… Como es natural, a Vargas Llosa siempre se le acercaban muchos
peruanos para que les firmase el libro. Pero cuando estuvimos en Zaragoza, el
número de sus compatriotas que formó cola ante él resultó realmente
excepcional. La mayoría eran jóvenes y, para matar mi ocio mientras Mario
trabajaba, comenté con una guapa peruanita lo populoso de la colonia limeña en
la capital aragonesa. Me aclaró que estaba fundamentalmente formada por
estudiantes que habían acudido desde el otro lado del océano a la Universidad de
Barcelona (en gran parte motivados por los elogios del propio Vargas a esa sede
cultural) y que habían tenido que abandonarla al tropezar con la imposición del
catalán como única lengua hasta en los formularios de matriculación. Una
lástima y una pérdida para Cataluña.
Paz, Bergamín, Cabrera Infante, Ferlosio, Vargas Llosa… y Juan Benet,
Jaime Gil de Biedma, Carmen Martín Gaite, Juan Gil-Albert y… tantos otros.
Qué cosa tan admirable haberles hablado y que ellos me hayan respondido,
como dice Browning en su poema. Cuánta riqueza, que mañana otros lectores
fetichistas me envidiarán. Porque es envidiable haber tenido la ocasión de
admirar tan de cerca a quienes más se lo merecen.
38

¡BASTA YA!

—Pueblo libre —clamó Mowgli— ¿desde cuándo Shere Kahn dirige


la manada? ¿Por qué tenemos que aceptar la jefatura del miedo? ¿Nos
hemos vuelto todos unos míseros chacales para tener que rendir pleitesía
a este carnicero despreciable? ¡La jefatura de la manada reside en sus
propios miembros!

RUDYARD KIPLING

P asear temprano cada mañana por la Concha donostiarra, desde el Peine de


los Vientos hasta el puerto y regreso, ha sido durante años una de mis
costumbres más queridas. Suelo realizar ese ejercicio vestido con un chándal
cuya rotundidad deportiva hace sonreír a los más allegados, que conocen de
sobra mis limitaciones para cualquier gimnasia que no sea mental. Son
reticencias burlonas que yo desprecio… olímpicamente. Además, mi ritmo de
marcha suele ser más que aceptable. Así me lo han certificado los escoltas que
desde hace un par de años me acompañan abnegadamente a todas partes: «Oiga,
vamos, ¡pero qué deprisa anda usted!». Dado que siempre son mucho más
jóvenes y mejor entrenados que yo, lo tomo como un exquisito cumplido. La
verdad es que siempre me ha gustado andar rápido y lejos, concienzudamente.
Pertenezco a la secta de los peripatéticos, fracción «veloces». Cuanto más
deprisa camino, mejor pienso. O me imagino que pienso. No sé realmente andar
despacito, parándome, deteniendo a quien va conmigo para contarle algo o
interrumpiendo el paso a los que marchan detrás. Nunca me llamarán
«Frenando», como bautizaron a un tocayo mío moroso los que le acompañaban
en sus desplazamientos. ¿Defectos de esta demostración ya casi valetudinaria de
energía? Que a veces paso de largo o me paso de la raya.
Aquella mañana desfilaba yo a toda vela por la Concha, asombrando a los
contorsionados tamarindos (que me conocen desde que era niño) y haciendo
sudar un poco a mis acompañantes protectores. Iba dándole vueltas en el magín a
un tema consuetudinario: ¿qué diablos pinto yo aquí, donde no puedo ni
pasearme tranquilo sin custodia policial? ¿Por qué no me largo de una buena vez
a un sitio más seguro y me dedico a cosas propias de mi edad, más serenas —
incluso más respetables— y menos arriesgadas? En ésas estaba cuando al paso,
intrépida y trémula, se me acercó una señora mayor, es decir de mi edad. Frené
educadamente, claro, y ella me dijo con un suspiro: «¡Ay, profesor, mientras le
veamos a usted pasear por San Sebastián sabremos que no nos han dejado
solos!». Le di las gracias y después volví a recuperar velocidad, pensando a toda
máquina. Ya no me preguntaba por qué sigo aquí, la señora acababa de
aclarármelo suficientemente. Me eduqué en el ideal del paladín gracias al
Capitán Trueno y soy y seré un caballero, aunque sea de tristísima figura. Pero
paladín y todo, como me conozco, no dejo de tener mis reservas. De modo que
durante la continuación de mi cabalgata la pregunta que me hice fue: ¿cómo
coño me he metido yo en esto? Responder me llevará el resto del presente
capítulo.
Ya he contado al hablar de mi periodo docente en Zorroaga cómo estaban las
cosas en el País Vasco a comienzos de los ochenta. Los atentados y crímenes
constantes eran vividos casi en familia por los afectados: si las víctimas eran
militares o miembros de las FOP (las más frecuentes), sólo se ocupaban de ellas
sus compañeros y algún ministro; si eran civiles, a veces ni eso. Los parientes de
los asesinados se encerraban en casa, guardaban dolorido silencio o se
marchaban a otra región: hacerles cualquier tipo de homenaje público, sobre
todo con asistencia de autoridades nacionalistas, hubiera sido «inoportuno» y
provocador. ETA era llamada respetuosamente «la organización», como si se
tratase de una ONG, y se evitaba con mucho cuidado calificar a sus miembros de
terroristas. Si alguien empleaba este término en el País Vasco, se le decía que
«las cosas no son tan sencillas» o «desde fuera no podéis entenderlo». Los
extorsionados por la banda callaban y pagaban o callaban y se iban; pero
siempre callaban. Los gobernantes nacionalistas condenaban frecuentemente la
violencia (aunque aclarando siempre «venga de donde venga», lo que gracias al
GAL y compañía no sonaba tan absurdo como hubiera debido), pero siempre
evitaban condenar a los violentos mismos. Los tales eran gente apasionada,
incluso bienintencionada, aunque estaban muy equivocados: «Así no se colabora
a la construcción nacional». Pero sus víctimas eran claramente peores aún,
porque ellas nunca quisieron la «construcción nacional» (es decir, nacionalista)
ni se les pasó por la cabeza colaborar con semejante plan. En el fondo, esa
obstinación con la que se oponían a los «derechos del pueblo» era lo que les
había llevado a su lamentable muerte…
A diferencia de algunos amigos como Juan Aranzadi, Mikel Azurmendi o
Jon Juaristi, yo nunca he sentido demasiado interés por los recovecos de la
historia y el ideario mítico del nacionalismo. Siempre creí que los nacionalismos
(todos, el vasco, el catalán, el gallego y el español triunfante en el franquismo)
habían sido y siguen siendo la desgracia de la España moderna en su camino
hacia instituciones democráticas como las vigentes en otros países europeos.
Nunca dejó de resultarme curioso que fueran precisamente Cataluña y el País
Vasco, las dos regiones más evidentemente enriquecidas por el proteccionismo
estatal durante los inicios de la industrialización a finales del siglo XIX, las que
han expresado con mayor virulencia su deseo de independizarse de ese mismo
Estado que las había beneficiado. Pero la verdad es que la historia nunca ha
logrado interesarme tanto como debiera: lo preocupante me parecía y me parece
el presente, pero sobre todo el futuro. Acabado el franquismo, apoyé con
entusiasmo los estatutos de autonomía y todas las concesiones simbólicas que
pudieran hacerse a los nacionalistas, suponiendo que ésa era la mejor forma de
desactivar su lado irredentista y de potenciar su colaboración a nuestra
normalización democrática. Era evidente que la proliferación autonómica en el
país se parecía cada vez más a una consagración del viejo caciquismo de
siempre, pero ahora dotado de bandera e himno regional. Sin embargo me
pareció el precio que había que pagar en compensación por los desmanes
uniformizadores y seudoimperiales de la dictadura.
Tardé mucho en darme cuenta de que el verdadero problema en el País Vasco
consistía en que los nacionalistas obtuvieron demasiado y demasiado pronto,
hasta el punto de que lo más plausible de su ideario quedó rebasado por la
realidad institucional. El nacionalismo logró que su bandera fuese la de todos los
vascos; su himno, el de todos los vascos; y su discurso propagandístico, el único
vigente. También consiguió la hegemonía en la información y en la enseñanza
casi sin oposición alguna. Su triunfo fue tan rápido que se vieron prácticamente
vaciados de propuestas democráticas y para seguir siendo nacionalistas tuvieron
que empezar a ir cada vez más allá. La vieja recomendación de no malgastar
margaritas con quienes no saben apreciarlas puede ser excelentemente ilustrada
con la respuesta del nacionalismo vasco radical a las concesiones del recién
inaugurado Estado de derecho español. Pero todo ello se llevó a cabo con tanta
facilidad precisamente porque no existía ningún tipo de nacionalismo español
opuesto, que afortunadamente desapareció con Franco. Si para vivir armónica y
pacíficamente en ciertas regiones de España había que decir que uno no era del
todo español, que abominábamos del maldito «españolismo», la mayoría
aceptamos pagar ese peaje casi con entusiasmo. No sé si fuimos demasiado
imprudentes, pero está claro que nos portamos con generosidad.
Sin embargo, el terrorismo continuaba sin que aparentemente nadie intentase
una verdadera movilización cívica contra él. Ni mucho menos una crítica del
nacionalismo gobernante que se limitaba a deplorarlo pero sin encabezar nunca
realmente la lucha para erradicarlo, ni siquiera cuando asesinaron a García
Arcocha, el primer alto mando de la Ertzaintza, al que luego siguieron otros
miembros de la policía autonómica. Me incluyo desde luego entre los miopes:
recuerdo a finales de los setenta una comida en la que coincidí con Emiliano
Fernández de Pinedo, profesor en la facultad de Económicas de Bilbao y una de
las poquísimas personas que se atrevían entonces a criticar sin ambages al PNV.
Aquel día yo le contradije con el entusiasmo que dan la buena conciencia y la
mala información. Entonces ya repetíamos lo que más de veinte años después
aún se escucha a impertérritos despistados: «No hay que confundir el
nacionalismo con el terrorismo». En efecto, no se debe confundir el terrorismo
con el nacionalismo, lo mismo que no son la misma cosa los peces que el agua
en la que nadan. Pero resulta difícil comprender a los peces si olvidamos su
condición acuática y que cuanta más agua haya más peces seguiremos teniendo.
A tan profundo descubrimiento algunos tardamos en llegar más de lo que nuestra
vanidad quisiera admitir ahora; me consuela —es un decir…— que otros todavía
no hayan aprendido ni siquiera hoy a ver bajo el agua.
Aunque ya escribía y polemizaba contra el terrorismo etarra, sentía la
comezón de hacer algo más contra él: soy de los que siempre han creído que no
basta con publicar artículos, pronunciar conferencias y firmar manifiestos; es
preciso también intentar sacar a la gente a la calle. La política nunca es una tarea
meramente intelectual y para defender los valores ciudadanos rara vez basta con
la elocuencia… ni con votar una vez cada cuatro años, desde luego. La primera
ocasión de ir un poco más allá de mi labor individual como escritor me la brindó
el Movimiento por la Paz y la No Violencia, una iniciativa auspiciada por el
socialista Txiki Benegas que debíamos encabezar José Ramón Recalde y yo. La
cosa apenas fue más allá de dos o tres desangeladas presentaciones en sociedad y
un manifiesto antimilitarista escrito por mí, que me temo no debió precisamente
de entusiasmar a los promotores del invento. Era la época del debate sobre la
OTAN —«de entrada no… pero sí»— y tanto José Ramón como yo
manteníamos una postura crítica contra la incorporación de nuestro país al pacto
atlántico, lo que no dejábamos de manifestar en nuestras apariciones públicas
junto a las condenas a ETA. Por otra parte, dentro del Partido Socialista vasco
existía la pugna soterrada entre la línea dura representada por Ricardo García
Damborenea (cuyos artículos antinacionalistas eran excelentes, pero que
desdichadamente estaba favoreciendo en secreto los desafueros del GAL) y la
actitud de Txiki, más próxima a lo que después fueron movimientos cívicos
antiviolentos como Gesto por la Paz. Nuestro «Movimiento» contaba además
con el lastre de estar demasiado claramente vinculado a un partido político, lo
que viciaba de entrada la posibilidad de llegar a un espectro suficientemente
amplio de población que no se identificaba con esas siglas aunque compartiese
nuestros postulados teóricos. Total, que todo murió prácticamente antes de nacer.
En el País Vasco, tras el exterminio físico de UCD y dada la mínima
representación parlamentaria de Alianza Popular, los socialistas eran la única
fuerza política no nacionalista que podía entonces tomarse en cuenta. De hecho,
ganaron las primeras elecciones autonómicas —aunque cedieron la
lehendakaritza al PNV— y eran el partido más uniformemente representado en
toda la GAV y en Navarra. En líneas generales, su política de aproximación al
PNV me parecía entonces correcta aunque luego se revelase inoperante y hasta
nefasta en aspectos fundamentales. Creo que fue importante que entrasen a
formar parte del Gobierno autonómico, para que los ciudadanos pudieran
visualizar que la gestión de Euskadi no debía ser un asunto exclusivamente
nacionalista, puesto que nuestra comunidad tampoco lo era. Después se ha visto
que su disposición conciliadora fue manipulada por el nacionalismo hasta
convertirla en coartada de su proyecto nulamente integrador (cuando los
nacionalistas hablan de «pluralismo», siempre entienden la pluralidad dentro del
nacionalismo mismo, no entre nacionalistas y no nacionalistas), sobre todo en el
fundamental terreno de la educación. Incluso en su momento no me pareció
desacertado el rocambolesco intento de las conversaciones de Argel con la
cúpula etarra, que por lo menos reveló la auténtica catadura totalitaria e
incompatible con cualquier fórmula democrática aceptable de la banda terrorista.
Cuando se suscitó la posibilidad de legalizar a Herri Batasuna como partido
político, apoyé públicamente la propuesta contra el parecer de líderes socialistas
tan cualificados como el propio Felipe González. Sin duda el devenir de los
acontecimientos le ha dado la razón a él, pero sigo creyendo que entonces había
que intentar brindar una salida política a la organización armada… aunque no
fuese más que para que ahora podamos decir que se intentó realmente todo lo
democráticamente aceptable… e incluso un poco más. Cuento estas cosas para
los recién llegados que todavía, como quien descubre la piedra filosofal, repiten
hoy la consigna del «diálogo» y dicen «¡demos una oportunidad a la palabra!».
Los males que ahora padecemos pueden provenir de muchas causas, pero desde
luego no de la intransigencia de los no nacionalistas.
Hubo sin embargo dos disparates en la estrategia socialista en el País Vasco
de los que hasta yo me di cuenta en su día. El primero y más grave fue el GAL:
digo que fue el más grave porque no comparto el cinismo de Tayllerand y tengo
a los crímenes por peores que los errores. El segundo fue su actitud de
entreguismo en el asunto de la autopista de Leizarán. A partir del abandono de la
central nuclear de Lemóniz, ETA comenzó a comprender que podía influir y
dirigir la política vasca a base de apoyar con su violencia causas más o menos
populares, que reforzasen su imagen de Robin Hood entre los más tontos de la
clase. No hay peor contaminación que la mentecatez, por muchos edulcorantes
ecológicos con que se perfume. El cambio de trazado de Leizarán (para ahorrar
gastos de seguridad y conflictos sangrientos, no por verdaderas argumentaciones
en defensa del medio ambiente) fue el mayor éxito de ETA y de sus servicios
auxiliares, algunos de ellos ahora reciclados en Elkarri. A partir de Leizarán, ya
era imposible afirmar que el terror etarra nunca había conseguido efectivamente
nada. Y esa concesión trascendental se le hizo a la banda de desalmados por
medio de un compadrazgo suicida entre PNV y el Partido Socialista,
sacrificando en el camino a algunas personalidades dignas también nacionalistas
de EA, como Imanol Murua. Uno de los últimos que siguieron hasta el final
denunciando en la prensa el contubernio de Leizarán fue mi amigo José Luis
López de Lacalle, por lo que consiguió perder sus colaboraciones en El Diario
Vasco (tras la gestión vergonzosa de un alto cargo socialista) y años más tarde
ser asesinado por ETA en Andoain, cuando volvía a su casa después de
desayunar y con los periódicos recién comprados debajo del brazo.
El primer movimiento cívico contra la violencia realmente independiente de
partidos políticos fue Gesto por la Paz, cuya fundadora y cabeza visible era mi
antigua alumna de Zorroaga Cristina Cuesta. Al padre de Cristina le había
asesinado ETA en los años plomizos en que no había mimos para las víctimas,
mientras que a los asesinos se les bailaba el aurresku de honor cada semana. Y
también figuraba en ese Gesto inicial Olivia Bandrés, la hija de Juan Mari,
incansable en el apoyo a los perseguidos y en la denuncia a los perseguidores.
Cada vez que había una muerte relacionada con el terrorismo vasco, fuese la de
alguien que había sufrido un atentado o la de un terrorista que se enfrentó a la
policía, Gesto por la Paz se concentraba durante quince minutos en las tres
capitales vascas tras una pancarta que pedía el cese de la violencia. Era una
actitud de pacifismo clásico, firme y callada, con un componente ético más
acusado que el perfil político. Aunque no tengo nada de pacifista (soy
discretamente antimilitarista, que no es lo mismo) y nunca he entendido por qué
en el País Vasco hay que elegir entre ser terrorista o pacifista, como si no hubiera
muchísimas otras cosas posibles y decentes entre lo uno y lo otro, participé
desde el principio en esas concentraciones. Primero, porque era un intento de
robarles la calle a los violentos, que la monopolizaban con bravuconería
imponiendo al resto de los ciudadanos sus exhibiciones proterroristas, los tótems
de su tribu canibalesca y sus amenazas a los disidentes. Segundo y más
importante, porque se trataba de apoyar a las víctimas, aunque se incluyera entre
ellas —con un exceso de piedad que sinceramente yo no compartía— también a
los verdugos caídos en el ejercicio de sus fechorías.
No estaban precisamente concurridas aquellas primeras concentraciones de
Gesto por la Paz. Al menos las de San Sebastián, que eran a las que yo asistía.
Alrededor de unas veinte personas, todo lo más, en la plaza de Guipúzcoa, aquel
minúsculo jardín de mis delicias infantiles. Poco a poco se fue engrosando el
número de asistentes, siempre sin desbordamientos. La gente no lo tenía claro,
no sabía qué podía sacar de ese plantón. Quizá sólo miradas de desconcierto,
cuando no francamente hostiles, que nos lanzaban los peatones sin aflojar su
marcha, mientras permanecíamos hieráticos, silenciosos, esperando las
campanadas del reloj de la Diputación que marcaban el final de nuestra
asamblea, rubricado por una salva de aplausos que nos dedicábamos a nosotros
mismos, a la víctima, a la paz o no sé a qué. A veces manteníamos los paraguas
abiertos, porque llovía, y en otras ocasiones el aire fresquito de la tarde
donostiarra nos revolvía el pelo. Aquellos cuartos de hora, a pesar de todas sus
limitaciones, tenían cierta grandeza. Desde luego eran un poquito más estimables
moralmente que los concursos de quesos, las verbenas del Paseo Nuevo y las
recepciones en el Ayuntamiento, por citar otros eventos folclóricos de la época.
Como éramos pocos, enseguida nos fuimos conociendo todos: amas de casa,
señores mayores, algunos matrimonios jóvenes, a veces con niños pequeños
gimoteando en la sillita. Escaseaban los sabios y los próceres, que siempre
suelen estar ocupados en sus cosas y no pueden perder un cuarto de hora sin una
ganancia evidente en notoriedad o reputación. A lo mejor éramos sólo unos
cuantos locos, debían pensar, el tiempo lo diría. Mientras se aclaraban las cosas
(¿no estaríamos manipulados por alguien?), resultaba preferible esperar. Además
empezaba a ser frecuente que grupos de energúmenos se pusieran enfrente de
nosotros: «¡Pim, pam, pum! ¡Eh, tú, sabemos quién eres, dónde vives y a qué
colegio van tus hijos!», por ejemplo. Esta coreografía siniestra contribuía poco a
aumentar la concurrencia. En ocasiones los de la acera de enfrente, en el peor
sentido de la expresión, siguieron a algunos de los nuestros hasta casa y hubo
incluso palizas. Entre los poquísimos personajes populares que aquellos días
aparecieron en nuestras concentra