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NO TEMAS POR LA CALLE

David Garrido Navarro

(cuento)

Un hombre y una mujer caminan al atardecer por las callejuelas del casco antiguo. Él pasa
de los sesenta, viste gabardina marrón clara y pantalones de pinzas. Ella debe tener algunos
años menos, y aunque lo intenta, no consigue disimularlos del todo. Viste abrigo de piel
negro y falda de tubo, y los tacones de aguja de sus zapatos golpean los adoquines mojados
resonando como picotazos de pájaro carpintero sobre madera hueca. Giran una esquina y
ambos se paran frente a un escaparate. Lo comentan y tras unos segundos reanudan la marcha.
La ciudad brilla húmeda bajo las farolas recién encendidas. Llegan a una plaza donde los
jóvenes se congregan en grupos dispersos. Se oyen gritos y risas mientras, de fondo, alguien
toca los bongos.

—Vamos, anda rápido, que este sitio no me gusta nada…

—Míralos, míralos, es lo único que saben hacer, beber y fumar porros…

Ahora andan deprisa; tanto, que cruzan la calle sin mirar a un lado y a otro y un coche está a
punto de llevárselos por delante. Él pone la mano sobre el capó, como si eso bastara para
detenerlo. Y sí, el coche se detiene, pero solo después de marcar la calzada con la goma de
sus neumáticos. El sonido chirriante del frenazo ha llamado la atención de otros transeúntes.
El conductor hace gestos desde detrás del volante. Él la agarra a ella por la cintura y la lleva
hasta la seguridad de la acera de enfrente. Luego se gira y le hace un gesto airado al conductor
para que siga su marcha.

—Van como locos…

—Y que lo digas, es increíble… ¿Y si se les cruza un chiquillo qué?


—Calla, calla… Esto deberían hacerlo todo peatonal y así se acabarían los problemas.

Giran a la izquierda y entran en una calle llena de bares que comienzan a desperezarse
abriendo sus puertas. Es sábado y todos se han preparado para la larga noche que se avecina.

—Fíjate, menudo antrucho… ¿Cómo puede haber gente que entre ahí a tomarse nada?

—Pues imagínate qué tipo de gente debe ser… Putas y drogatas, en esta calle no hay más
que bares de putas y drogatas…

Pasan, con la cabeza agachada, junto a un camarero que se fuma un cigarro bajo la
intermitente luz de neón de la entrada del pub en el que trabaja. El camarero los mira a ellos
de arriba abajo. Ellos lo miran a él de reojo. Cuando están a suficiente distancia él observa:

—En estos sitios solo trabajan sudacas…


—A saber lo que servirán ahí dentro…

—Ahí, droga, seguro… La mayoría de estos sitios no son mas que tapaderas. Lo que no
entiendo es por qué la policía no hace nada al respecto. Luego déjate el coche mal aparcado
un segundo y verás que rápido se te lo lleva la grúa… Y a esta gentuza, nada, no les dicen
dicen ni mú…

—Calla, calla, que te van a oír.

Ahora se acercan a un grupo de personas que hablan en una lengua distinta a la de ellos.

—Tranquila, si aquí nadie nos entiende. No ves que son todos moros, negros y rumanos.

—Parece mentira que estemos en España.

—Así va el país. Esto cada vez da más asco.

Giran a la derecha y comienzan a avanzar por una calle más ancha, donde multitud de
vendedores de baratijas han extendido mantas en el suelo para mostrar y ofrecer sus
productos a los viandantes. Ellos pasan de puntillas caminando por el borde de la acera,
manteniendo en todo momento la vista al frente para evitar siquiera cruzar sus miradas con
las de los manteros, quienes no dudan en abalanzarse sobre cualquier peatón que aminora su
marcha y muestra un mínimo de curiosidad por los objetos que venden.

—Madre mía, no dejan ni sitio para que podamos pasear las personas normales…

—Tu tira pa’lante y no te pares… Y no pierdas de vista el bolso, que esto está lleno de
carteristas.

Giran de nuevo a la derecha y se dan de bruces con un grupo de jóvenes de aspecto mugriento
y desaliñado que tocan la flauta y hacen juegos malabares. Un perro raquítico se les acerca y
los olfatea. Moviendo la cola se levanta sobre sus dos patas traseras y planta las delanteras
encima de ella, quien, asustada, se queda completamente inmóvil. Él acude al rescate y
espanta al perro dándole una patada en las costillas. Los jóvenes protestan y él se encara con
ellos. Comienzan a discutir acaloradamente. De repente un par de policías aparecen por el
fondo y él los llama con gritos y gestos desde el centro del corrillo que se ha formado a su
alrededor. Los jóvenes recogen sus cosas y se largan antes de que los dos policías lleguen
hasta allí. Éstos dispersan a la gente y hablan un rato con el hombre, quien acusa con
vehemencia a aquel grupo de “guarros” de haber intentado agredirle. Los policías lo
tranquilizan y al cabo de un rato ambas parejas reanudan la marcha en direcciones opuestas.

—Vámonos a casa, ya hemos tenido bastante por hoy… No vuelvo a pisar este barrio en mi
vida… Este barrio da asco…

—Tranquilo, cálmate, que gracias a Dios no ha pasado nada…


—¡Que no ha pasado nada, que no ha pasado nada! Esos hijos de puta me iban a linchar, si
no llega a aparecer la policía me linchan… Ya podrían, ya, seis o siete contra uno… Ahora,
si me pillan con veinte años menos, te digo que me lío a hostias y a un par me llevo por
delante… Ya te digo, quizá no hubiera podido con todos, pero un par de ellos se hubieran
acordado de mi el resto de su asquerosa vida…Guarros hijos de puta…

—Vale ya, cálmate que te va a subir la tensión y vamos a tener un disgusto al final…

—No, si la tensión ya me ha subido… Y todo por culpa de esos cabrones… Guarros hijos de
puta…

El hombre se detiene sofocado. La mujer le pregunta si tiene alguna pastilla de las suyas y él
asiente.

—Entremos ahí y pidamos un vaso de agua…

—¿Ahí? Ni loco entro yo ahí… No, sigamos andando, que ya estoy mejor…

—¿Seguro? ¿Quieres que entre yo y pida un vaso de agua?

Él no contesta, solo apoya su brazo contra la pared. Se encuentra fatigado y le gustaría


sentarse, pero allí no hay sillas ni bancos ni nada parecido.

—Espera aquí un momento.

Ella se encamina hacia el bar de enfrente. Él se queda esperándola con la cabeza agachada y
apoyando su brazo contra la misma pared.

—¿Se encuentra bien, señor? —le pregunta una joven de raza negra que ha detenido su bici
junto a él. Él asiente con la cabeza. La joven no acaba de creérselo del todo e insiste:

—¿Por qué no se sienta? Estará mejor.

Él niega con la cabeza mientras las personas que pasan por su lado ralentizan su marcha para
mirarlo con extrañeza y curiosidad.

Mientras tanto su mujer lucha por hacerse un hueco en la atestada barra del bar de al lado,
donde la gente se ha congregado para ver el partido de fútbol que está a punto de comenzar.
Los hombres la miran de arriba a bajo al tiempo que ella intenta llamar la atención del
camarero. Al final lo consigue y el camarero le vende un botellín de agua. Cuando sale a la
calle se encuentra a su marido sentado en el suelo. Hay varias personas a su alrededor que lo
observan mientras le preguntan si se encuentra bien. Él está muy fatigado y le cuesta respirar,
pero aún así asiente una y otra vez. La mujer se abre paso y se acerca hasta él con el agua. Él
se rebusca en los bolsillos: gabardina, chaqueta, pantalón… otra vez gabardina, chaqueta,
pantalón… chaqueta, pantalón, gabardina… Pero nada, no encuentra lo que busca.
—Me la ha quitado, esa negra hija de puta de la bici me ha quitado la cartera —repite entre
jadeos.

De repente un niño, de no más de diez años, se le acerca y señala con el dedo un lugar en el
suelo, a su derecha.

Él se gira, ve la cartera y alarga el brazo para agarrarla. La abre, comprueba que todo su
dinero sigue estando allí y luego saca algo de dentro. Lo desenvuelve y se lo lleva a la boca.
Su mujer, expectante, lo observa con el tapón en una mano y la botella de agua en la otra. El
se la quita de un estirón y le da un trago largo, largo, muy largo…

—¿Quiere sentarse aquí, señor? Estará más cómodo.

El camarero del bar de enfrente ha salido con una silla y se la ofrece. Él la acepta y se sienta
en ella. Poco a poco se va encontrando mejor.

La chica de la bici aparece entonces con los dos policías de antes. Éstos se le acercan y le
preguntan.

—¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llamemos a una ambulancia?

—No, no, ya estoy mejor, ya estoy mejor… Han sido los nervios, han sido los nervios…

—Bueno, quédese ahí sentado un rato, ¿de acuerdo? Hasta que se le pase… Venga, y ustedes
desfilen, vamos, que aquí no hay nada que ver, venga, sigan caminando, desfilen…

Cuando el hombre parece haberse recuperado del todo, los policías continúan su ronda por
entre aquellas calles cada vez mas abarrotadas de gente.
Pasan un par de minutos más y el hombre se levanta de la silla:

—Vámonos de aquí.

Y comienza a caminar deprisa calle abajo. Ella le sigue con dificultad. Los tacones de sus
zapatos continúan repiqueteando contra el empedrado.
—No pienso volver a pisar este asqueroso barrio, este barrio es una cloaca… —repite sin
cesar mientras mueve la cabeza de derecha a izquierda buscando su coche.

—¿Dónde coño he aparcado el coche? Juraría que era en esta calle.

—¿No es aquel?

Su mujer señala una berlina, aparcada en la esquina junto a un árbol, en la que un grupo de
jóvenes se apoyan mientras charlan distendidamente.

—¿Y esos críos de mierda qué coño hacen apoyándose en el coche? Como me encuentre un
bollo o una raya se van a enterar…
—Tranquilo, por favor, que ya hemos tenido bastante por hoy…

—Ni tranquilo ni hostias…

Saca la llave de su bolsillo y aprieta el botón del mando. El coche silba y sus faros pestañean
encendiéndose y apagándose al instante. Los muchachos se apartan y él los mira
perdonándoles la vida. Después abren las puertas y cada uno ocupa su sitio dentro del
vehículo: él en el asiento del conductor y ella en el del copiloto. Él mete la llave y arranca el
coche:

—Mira esas como van vestidas, si parecen putas… No me extraña que luego pasen las cosas
que pasan…

—Venga, va, arranca el coche y vámonos a casa…

Un gorrilla se les acerca y comienza a hacerles gestos para ayudarles a salir.

—¿Y este qué coño quiere ahora? Si piensa que le voy a dar algo lo lleva claro.

Ella lo mira tras el cristal. Él gorrilla le hace un gesto para que se detenga, pero él no hace
caso, mete primera y sale chillando rueda. Entonces siente un fuerte golpe en el morro del
coche y, a continuación, algo sube rodando por el capó y golpea la luna delantera
resquebrajándola. Cuando coche se detiene, el cuerpo rueda de nuevo por el capó y cae al
asfalto. El mira por la ventanilla. Varias personas le gritan desde el exterior. Mira entonces a
su mujer que tiembla a su lado con el rostro desencajado. Apaga el motor y abre su puerta. Y
al salir del coche ve el cuerpo de un niño, de no más de diez años, tendido en el suelo sobre
un charco de sangre.

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