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Resumen Argumentativo

Wendy Johana Miranda Tapiero

ID.697939

Laura Fernanda Vásquez Sosa

Familia, Escuela y Sociedad

NRC. 9755

Universidad Uniminuto

Lic. Educación infantil

Bogotá

2019
CARACTERÍSTICAS PARA UNA BUENA CULTURA DEMOCRÁTICA

La democracia se basa principalmente en la práctica de la educación y participación de la


ciudadanía, la vida escolar y cotidiana se tiene muy en cuenta ya que la sociedad es la principal
accionista y/o participante para retroalimentar y redactar en conjunto las diferentes características
principales que se deben tener en cuenta para una buena cultura democrática que fluya y que sea
notable ante el gobierno.

Lo que se debe tener en cuenta primordialmente la participación de toda la sociedad, ya que es la


sociedad la que en gran parte tiene el poder sobre el gobierno porque son ellos mismo los que
tiene la autoridad al momento de elegir, la sociedad debe tener mucha participación. Cuando los
procesos educativos se constituyen como formas sociales planificadas (y la enseñanza escolar es,
qué duda cabe, la más representativa de estas formas), los procesos de inducción, o las
influencias ejercidas sobre las nuevas generaciones son ya procesos políticos por medio de los
cuales se instituyen no sólo las formas de inducción o de influencia, sino también la definición de
la cultura a la que se induce, la selección de lo que se considera objeto de influencia.

Pero sólo el ideal de vida democrática puede dar cuenta de lo que supone la educación como
incorporación reflexiva a la sociedad. (Dewey 1967 Carr 1991 Peñalver y González 1993/94).
Sólo la democracia permite entender lo social de modo reflexivo y colaborativo, y la
incorporación personal a lo social de modo constructivo y no sólo reproductivo. Según lo ha
resumido Carr (1991), la democracia supone aquella forma de vida que pasa por la posibilidad de
tomar parte en la definición y construcción del tipo de vida que queremos para nosotros, una
participación que no se limita a intervenciones puntuales o a la elección de quienes tomarán las
decisiones por nosotros.

Una educación democrática sólo es posible en la medida en que la escuela se convierte en una
cultura democrática, esto es, en una experien-cia permanente de debate y diálogo abierto donde el
aprendizaje de nuestra cultura y de nuestras tradiciones públicas pasa a ser una experiencia
reflexiva sobre nuestra construcción como personas autónomas en nuestra sociedad.
Una escuela que se vale del conocimiento no como el ritual de aprendizaje de lo que ya viene
sancio-nado como verdadero y legítimo, sino como un recurso para la reflexión crí-tica que
conduce tanto a la elabora-ción de perspectivas individuales como a la construcción de
experiencias compartidas de aprendizaje y de colaboración al bien común Pero también, la forma
en que proporciona oportunidades para una vida demo-crática, esto es, elementos de análisis y
reflexión sobre las experiencias y oportunidades democráticas que ofrece nuestra sociedad, y
recursos para una mayor implicación y participación en la vida pública a la luz de los valores
democráticos ( Beyer y Wood, 1986 ; Wood, 1984 ). La construcción de una cultura democrática
en la escuela implica la posibilidad del alumnado de participar en la construcción de la vida
escolar.

Desde esta perspectiva, como señala Barnes (1994), lo que se busca no es la asimi-lación de ideas
y conclusiones ya esta-blecidas respecto al conocimiento público, sino su valor para pensar sobre
nuestro conocimiento cotidia-no y para problematizar nuestra experiencia. El conocimiento
público, al ser utilizado con este propósito, se con-vierte tanto en algo de lo que se aprende como
algo con lo que se aprende ; pero también en algo que discute nuestra experiencia y algo que se
discute desde nuestra experiencia ; modos de comprensión que pueden ser usados para
problematizar las representaciones de la realidad y para experimentar con nuestro propio
pensamiento cuando nos dirigimos por intereses democráticos : la cons-trucción del sentido
individual y colectivo de nuestras vidas y la deliberación sobre las formas de inter-vención en la
sociedad guiados por una idea del bien común.

Un problema evidente nos lo podemos encontrar en la distancia entre una enseñanza democrática
que busca la participación del alumnado en la definición de lo que deba ser el contenido de su
educación, y un programa oficial que delimita lo que debe ser objeto de aprendizaje en la escuela,
que clasifica los conocimientos en áreas y bloques y que distribuye el tiempo de trabajo escolar
que hay que dedicarle a cada uno de ellos. Más grave aún si además ello ocurre bajo una
exigencia institu-cional que demanda continúas respuestas a la burocracia administrativa de lo
que ocurrirá en los centros, de manera que los enseñantes se ven obligados a responder a las
necesidades de la Administración antes que a las de sus alumnos.
Igualmente podemos hablar de la contradicción entre una enseñanza que, dirigida a la reflexión
crítica ; se abre a lo impredecible respecto a los aprendizajes, así como a la variedad de los
mismos entre los diferentes alumnos y alumnas, y un sistema de enseñanza que estipula los
resultados que deben obtenerse como producto del aprendizaje escolar. Además, señalan un
conflicto de la práctica docente de difícil solución: de una parte, la institución escolar obliga al
enseñante a actuar bajo los pará-metros del control (ya que es responsable de lo que le pase al
alumnado y de lo que éste aprenda mientras se encuentra en la institución), y de otra parte, la
educación y el aprendizaje real sólo son posibles en la medida en que se atiendan a las
necesidades de los alumnos y en que éstos se impliquen en lo que les interesa.

Por ello, los enseñantes estamos obligados a otro proceso de mediación: el que puede establecerse
entre nuestras comprensiones subjetivas y aspiraciones educativas, de un lado, y las condiciones
y situaciones reales de la práctica, del otro. Cualquier pretensión de realizar los procesos de
mediación que hemos visto tiene su necesaria traducción, o su desmentido, en las siguientes
prácticas escolares, los sistemas de evaluación que se siguen. Por ejemplo, como ya hemos visto
anteriormente, la evaluación que es una práctica que viene impuesta en la institución escolar y
con un gran poder de condicionamiento de los procesos que se realicen en las aulas adquiere un
significado y funcionamiento diferente si los criterios de evaluación, y su uso, surgen del
compromiso colectivo del grupo respecto a determinados aprendizajes o tareas, o si son la
comprobación que realiza el enseñante acerca del dominio, por parte del alumnado, de
determinados conoci-mientos. En el pri-mer caso, a diferencia del segundo, difícilmente
podremos anticipar las manifestaciones de los aprendizajes, por lo que su evaluación tendrá que
ser más interpretativa respecto al valor de lo que ocurre y sus manifestaciones, que no
constitutiva de lo que ya esperábamos encontrar.
Párrafo de Cierre

Basado en el resumen anterior podemos darnos cuenta y podemos entender que para un buen
alineamiento y unas buenas características al momento de construir una cultura democrática, se
debe tener muy en cuenta la opinión de los educadores y su participación para la democracia
educativa ya que es una de las primordiales al momento del crecimiento de las futuras
generaciones que se forjaran en el país.
Bibliografía

http://www.redalyc.org/pdf/122/12217404.pdf

http://www.quadernsdigitals.net/datos_web/articles/kikiriki/k37/k37construccion.htm

https://prezi.com/u7r3tiuq7xmp/escuela-comunicacion-y-democracia/