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La culebra: una mirada etnográfica a la trama

de antagonismo masculino entre jóvenes


de vida violenta en Caracas

Verónica Zubillaga
Universidad Simón Bolívar y
Universidad Católica Andrés Bello

RESUMEN
A partir de los testimonios de jóvenes varones de vida violenta, se intenta deshil-
vanar el complejo tejido de significados y acciones que constituye la culebra. Se quieren
revelar los significados, reglas básicas y dramas de sentido puestos en juego en esta pugna
que desata los habituales enfrentamientos armados que cobran las vidas de esos jóvenes
y, a veces, las de sus vecinos. En la primera parte se define la violencia en cuyo seno
se inserta la dinámica conocida como la culebra; y se esboza el itinerario metodológico
dentro del cual se ubican los datos y reflexiones que se presentan. En la segunda parte,
se discute la definición que se ha logrado construir sobre la culebra. Se exploran tanto el
significado de la metáfora como las reglas básicas de lo que Mauss (1997) denominó el
intercambio, así como los múltiples sentidos de la acción involucrados en una culebra.
Palabras clave: gobernabilidad, violencia, juventud, Caracas.

ABSTRACT
An ethnographic view of antagonism among male youth of violent life:
the case of la culebra ‘the snake’.
On the basis of the testimonies by young men of violent life, I try to unravel the
complex web of meanings and actions that constitute la culebra ‘the snake’. I reveal the
meanings, basic rules and play on words at stake in everyday fighting that claims the lives
of these youngsters and sometimes of neighbors. In the first part, I define violence wi-
thin the dynamics of what is known as la culebra and outline the methodological itinerary
where the data and reflections are presented. In the second part, I discuss the definition
of la culebra, the meanings of the metaphor, the basic rules of what Mauss (1997) called
exchange and the multiple meanings of the action underlying la culebra.
Key words: governance, violence, youth, Caracas.

Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207


Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207 Verónica Zubillaga

RÉSUMÉ
la culebra (l’affrontement): un regard ethnographique à l’antagonisme
masculin entre jeunes à vie violente à caracas
a partir des témoignages de jeunes hommes à vie violente, l’on essaie de montrer
le complexe réseau de significations et actions qui constituent ce qu’on appelle la culebra.
L’on veut mettre en évidence les significations, les règles de base et les drames de sens
présents dans cette lutte qui provoque des affrontements armés dans lesquels ces jeunes
meurent, et, parfois aussi leurs voisins. Dans la première partie, l’on définit la violence
dans laquelle s’insère le phénomène connu comme la culebra, et l’on présente la démar-
che méthodologique dans laquelle s’insèrent les données analysées et nos réflexions.
Dans la deuxième partie, l’on problématise la définition qu’on a construit de la culebra.
L’on examine aussi bien la signification de la métaphore que les règles de base de ce
que Mauss (1997) appelle l’échange et les multiples sens de l’action faisant partie d’une
culebra.
Mots-clé: gouvernabilité, violence, jeunesse, Caracas.

RESUMO
A culebra: um olhar etnográfico à trama de antagonismo masculino
entre jovens de vida violenta em Caracas
A partir dos testemunhos de homens jovens de vida violenta, tenta-se elucidar o
complexo tecido de significados e acções que constitui la culebra ‘a culebra’. A intenção é
fazer conhecer os significados, regras básicas e dramas de sentido postos em jogo nesta
pugna que dá origem aos freqüentes enfrentamentos armados que tiram as vidas desses
jovens e, por vezes, as de seus vizinhos. Na primeira parte define-se a violência em
cujo seio está inserida a dinâmica conhecida como la culebra; e, aliás, se faz um esboço
do itinerário metodológico dentro do qual estão localizados os dados e as reflexões
que são apresentadas. Na segunda parte, discute-se a definição que se tem construído
sobre la culebra. Exploram-se tanto o significado da metáfora quanto as regras básicas
do que Mauss (1997) chamou o intercâmbio, assim como os múltiplos sentidos da acção
envolvidos em uma culebra.
Palavras chave: governabilidade, violência, juventude, Caracas.

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1. Introducción*

A partir de la década de los noventa, con el deterioro sostenido de las


condiciones de vida de la población, junto con la profundización de la desigual-
dad, la exclusión social, y el progresivo descalabro de los cuerpos de seguridad
e instituciones de resolución de conflictos y de administración de justicia, se
vive en Caracas, y en otras ciudades de América Latina como Río de Janeiro,
Cali o Medellín, una escalada sin precedentes de violencia en las interacciones
cotidianas. Esta violencia, caracterizada como social y urbana, se ha expresado
en el aumento de crímenes que se destacan por el exceso en las agresiones y,
especialmente, por la profusión de muertes violentas originadas por armas de
fuego. En un fin de semana en Caracas, desde hace más de quince años, mueren
más de cincuenta personas. La mayoría son jóvenes varones que perecen en
manos de la policía y también en una dinámica de intercambio letal conocida
comúnmente como la culebra. El asombro frente a estas muertes me llevó a pre-
guntarme el significado de esta trama de antagonismo y a explorar los sentidos
que se despliegan y experimentan en su seno.
Basándome en los testimonios de jóvenes varones de vida violenta, inten-
to deshilvanar el complejo tejido de significados y acciones que constituye la
culebra, con el fin de revelar los significados, reglas básicas, y dramas de sentido
puestos en juego en esta pugna, que desata los habituales enfrentamientos arma-
dos en los que esos jóvenes –y a veces sus vecinos– pierden la vida. El presente
artículo se divide en dos partes: en la primera se define la violencia en el seno
de la que se inserta la dinámica conocida como la culebra, y se esboza el itinera-
rio metodológico dentro del cual se ubican los datos y reflexiones recopiladas.
En la segunda parte, en primer lugar, se discute la definición que se ha podido
construir sobre la culebra y se explora el significado de la metáfora que encierra
a su vez las reglas básicas de lo que Mauss (1997) llamó el intercambio, así como
los múltiples sentidos de la acción involucrados en una culebra.

* Las investigaciones sobre las cuales se basa el presente texto contaron con los consejos de
Guy Bajoit, Magaly Sánchez R., Olga Ávila, Roberto Briceño-León y Manuel Llorens, y con
el apoyo en campo de Marifé Fernández, Sandra Zuñiga y Rafael Quiñones. Estas pesquisas
recibieron sostén financiero de la Cooperation Universitaire au Developpement (CUD,
Programme Actions-Nord 2000) y del Comité National d’Acccueil (CNA), en Bélgica;
de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho (Fundayacucho), del Consejo de Desarrollo
Científico Humanístico y Tecnológico (CDCHT) y del Centro de Investigaciones Jurídicas
(CIJ) de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), en Venezuela.

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2. Algunas aclaraciones necesarias

2.1. La violencia: el contexto de la trama de antagonismo


La violencia ha sido caracterizada como social, urbana, armada e infrapo-
lítica, para subrayar su dimensión económica e instrumental. El carácter político
está francamente diluido frente a la orientación de los actores organizados hacia
el control de los recursos o actividades económicas clandestinas, como el tráfico
de drogas o de armas, que conllevan la desmesura y la privatización de la ven-
ganza; en el continente latinoamericano esta dinámica tiene, fundamentalmente,
como sedes las ciudades con mayor riqueza y donde hay mayor desigualdad so-
cial y económica entre sus habitantes (Dowdney, 2005; Soares, 1996; Wieviorka,
2004; Zaluar, 1999).
Esa violencia se ha manifestado en nuestro país a lo largo de los últimos
años en el incremento acentuado y sostenido de las muertes violentas conta-
bilizadas por los organismos oficiales. La tasa de homicidios en Venezuela se
duplicó en la década de los noventa, al pasar de trece homicidios por cien mil
habitantes en 1990 a veinticinco homicidios por cien mil habitantes en 1999
(Provea, 2006). En Caracas, los casos registrados fueron tres veces superiores y
las tasas de homicidios también se duplicaron en la década de los noventa: de
cuarenta y cuatro en 1990 a noventa y cuatro homicidios por cien mil habitantes
en 1999. En el año 2006 la tasa de homicidios en el país fue de cuarenta y cinco
homicidios, y en Caracas fue de ciento siete homicidios por cien mil habitantes,
lo que alcanza los niveles de regiones en guerra (Provea, 2007).
Quienes mueren son precisamente los hombres jóvenes de barrios preca-
rios. Los estudios sobre la mortalidad en Venezuela hechos en el pasado –desde
el año 2001 (Provea, 2005)– han revelado que el 95% de las víctimas de homici-
dios son hombres: el 69% tenía entre 15 y 29 años, y el homicidio se ha converti-
do en la primera causa de muerte en el país para los hombres entre 15 y 34 años
(Sanjuán, 1999; 2000).1 Mientras que en el año 2000 la tasa de homicidios era de
1 De acuerdo con los datos de los Anuarios de Mortalidad del Ministerio de Salud y los
análisis del Centro de Investigación Social (Cisor), para los jóvenes de 15 a 34 años, el
homicidio y las lesiones (con o sin arma de fuego) constituyeron la primera y segunda
causa de muerte en el año 2004. Entre los años 1997 y 2004 las muertes por violencia
pasan de 40% a 60% (Cisor-Cesap, 2006). Esta cifra es más alta que la registrada por
países con niveles muy altos de violencia armada. Por ejemplo, en El Salvador, donde se
contabiliza un porcentaje considerado como muy elevado de muertes por causas externas,

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treinta y tres por cien mil habitantes en el país, en ese mismo año, la tasa de ho-
micidios para hombres jóvenes fue de doscientos veinticinco (Provea, 2003). En
Caracas, ciudad de Venezuela que tiene la mayor cantidad de muertes violentas
en sus municipios más pobres, las víctimas han muerto cerca de sus casas (83%),
durante riñas en espacios públicos (55.4%), en atracos (20.6%), sobre todo entre
viernes y domingo (55%); el medio utilizado ha sido un arma de fuego (92%)
(Sanjuán, 1999; 2000).
Hay que entender, entonces, esa violencia en el interjuego de dinámicas
globales y locales; me parece que hay que aprehenderla como inscrita en el seno
de un proceso histórico de mutación o “transformaciones en un nivel global”,
las cuales se cruzan con “tensiones estructurales tradicionales y transforma-
ciones inéditas en un nivel local”, experimentadas en los últimos treinta años
en los países latinoamericanos y, en particular, en Venezuela (Briceño-León y
Zubillaga, 2002). Las primeras (nivel global) se vinculan a la hegemonía de una
economía de libre mercado, al debilitamiento de los Estados nacionales, así
como a la imposición del consumo de ostentación como forma de participación
social y, finalmente, a la expansión de tráficos ilegales como la economía de la
droga y la de armas de fuego. Las segundas (nivel local) se emparentan con la
precarización del Estado en Latinoamérica; con la devaluación de derechos so-
ciales –vivienda, educación, empleo, salud, seguridad personal– históricamente
lacerados en las poblaciones más vulnerables, y con la regresión económica de
los años ochenta. A partir de los años noventa, transformaciones inéditas se
hacen evidentes en algunos países de la región: el descalabro de las instituciones
de administración de justicia y cuerpos de seguridad del Estado; la penetración
del tráfico de drogas, del crimen organizado, y la extensión del uso de armas de
fuego (Adorno, 2005; Dowdney, 2005). Estas últimas tendencias se evidencian
de manera notable en Venezuela a partir de los años noventa, y luego se acen-
túan con la entrada del siglo XXI, en medio de la configuración de un nuevo
escenario de intensa conflictividad política.
2.2. La preocupación de investigación y su itinerario metodológico
La preocupación que guió la investigación sobre la cual se funda este ar-
tículo –la culebra como trama de antagonismo– se centró en la exploración de

esta cifra disminuyó de 58,1% a 51,4% entre 1998 y 2000 (Dowdney, 2005, p. 108). Para
los hombres en general, en el año 1997, los homicidios eran la quinta causa de muerte,
mientras que en el año 2004 los homicidios ya eran la tercera causa.

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la construcción de la identidad masculina de hombres jóvenes de vida violenta.


Se exploró el sentido de la acción violenta en la construcción de la identidad
personal y social de jóvenes; se quiso revelar el sentido de esas acciones, en el
contexto de sus condiciones de existencia y de la red de relaciones sociales en
las que ellos se involucran (Briceño-León y Zubillaga, 2002; Zubillaga, 2005;
2007a y 2007b).
Al hablar de hombres jóvenes de vida violenta, se alude a jóvenes que mantienen
enfrentamientos armados con pares por pugnas personales como práctica ruti-
naria y también participan en redes de tráficos ilegales y/o crimen organizado.
Referirse a vida violenta apunta a un estilo de vida que se vincula con el hacer y
el ser en un “período de tiempo biográfico determinado”. En este sentido, no
se mencionan los jóvenes violentos como si estos fueran esencialmente violentos,
sino que se quiere subrayar la posibilidad de transformación de los estilos de
vida: “de vidas violentas a vidas no violentas”; se hace énfasis en el hecho de
que se trata de hombres jóvenes que responden y actúan frente a las dinámicas
complejas de su entorno; se apuesta a que sus lógicas de acción serían comple-
tamente distintas en otro tipo de contextos, con la presencia de diversos aliados
que contribuyan a forjar identidades masculinas alternativas y proyectos existen-
ciales susceptibles de ser materializados, como de hecho se recoge en algunos
testimonios de los jóvenes entrevistados (Zubillaga, 2007b).
Con un propósito de investigación, me he dirigido a hombres jóvenes que
participaban en la dinámica cotidiana de enfrentamientos armados en diferentes
barrios de Caracas. La estrategia metodológica que se adaptó para esta investiga-
ción fue de tipo cualitativo, por medio de “los relatos de vida” (Bertaux, 1997)
mediante entrevistas a profundidad.2
La investigación se basa en nueve relatos de vida, recopilados entre julio
del año 2000 y junio del 2001; los jóvenes, cuyas edades se extienden entre
los 17 y 27 años, vivían en barrios caraqueños y estaban involucrados en trá-
fico de drogas o crimen organizado (básicamente, robo o asalto planificado).
Adicionalmente, la investigación se enriqueció con diez relatos de vida, obte-
nidos entre febrero del año 2005 y mayo de 2006, de jóvenes provenientes de
esos mismos barrios en edades comprendidas entre 22 y 30 años. Se trata de
jóvenes hombres que incursionaron en una trayectoria de violencia vinculada a
2 Daniel Bertaux utiliza el término relato de vida, a diferencia de historia de vida, para hacer
hincapié en el hecho de que se trata del relato que una persona elabora de su vida frente
a la demanda del investigador y no de la historia vivida por la persona (1997, p. 6).

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la actividad criminal y a los enfrentamientos cotidianos armados con pares por


pugnas personales, y que, posteriormente, lograron sustraerse de ese ciclo.
En los relatos que hemos recogido se advierte el significado que han ad-
quirido las relaciones entre hombres jóvenes en un escenario donde la cualidad
del desamparo instalado en sus barrios, la experiencia personal de la exclusión
de la ciudad, de la educación y de la precarización del empleo, así como la
extensión de tráficos ilegales y la proliferación de armas de fuego, los han
acompañado al repliegue en su barrio. Son estas condiciones las que forjan un
estado de animosidad masculina, cuya máxima expresión está en la letalidad de
los intercambios armados y, sobre todo, en el exceso de muertes ocasionado en
la dinámica conocida como la culebra.

3. La trama de antagonismo: la culebra


La culebra es una trama que vincula a varones en oposición que comparten
una masculinidad preocupada por la obtención de respeto. La constituye un
régimen de intercambio, iniciado por una ofensa y regido por el antagonismo
entre varones –el nosotros y el ellos– cuyo resultado extremo es la muerte. Se usa
el término régimen porque este implica una serie de actos de agresión gobernados
por reglas definidas que vinculan a los varones. La culebra, al estar asociada con
una ofensa, además de tener carácter moral innegable, necesita una respuesta so
pena de la degradación insostenible del que la recibe.
Anabel Castillo (1997) resalta esa cualidad moral de la culebra en una de las
primeras investigaciones donde se la describe como categoría central en la vida
de un grupo de jóvenes recluidos. Esta autora la define como
una situación social en la cual, en primer lugar, alguien (el agresor) deshonra a
otro en algún aspecto que atenta contra su propia dignidad. En segundo lugar,
el otro (el agredido), supone que debe dar respuesta a su deshonra, limpiando el
honor: haciendo lo mismo o algo peor como eliminarlo físicamente. (p. 42)

La culebra, al estar gobernada por la lógica de reciprocidad (Mauss, 1997),


se puede entender como una forma de “intercambio”. Por un lado, se acata la
obligación de responder y, por el otro, se siguen los compromisos de solidari-
dad; una red o trama interminable de afrentas y deudas por pagar se extiende
entre jóvenes hombres que viven en proximidad y que son miembros del nosotros
(la banda). Este carácter extensivo y de obligatoriedad de la culebra, les otorga
entonces un mandato del que, difícilmente, se puede escapar.

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Se introduce el término antagonismo, porque los que allí participan se conciben


a sí mismos en términos de presa y depredador; esta cadena de agresiones y ven-
ganzas comprende la aniquilación del adversario: “No podíamos vivir ellos allí y yo
aquí, porque cada vez que nos veíamos era: ¡bala para allá y bala para acá! Tú sabes
como es eso...”, recordó Ricky develando el carácter suma-cero 3 de este intercambio.
La culebra evoca la lógica de reciprocidad implicada en el juego de “desafío” y
de “obligación de respuesta” propio de los hombres de honor de las más diversas
culturas –como la mediterránea o la china (Bourdieu, 1966; Mauss, 1997; Peristiany,
1966)– en sociedades de pequeña escala en las que un Estado u orden superior que
monopolice el ejercicio de la violencia no tiene presencia. Si bien la culebra sigue y
comparte la dialéctica del desafío y respuesta entre hombres de honor (Bourdieu,
1966), el hecho de que en esta se ponen en juego valores fundamentales vinculados a
la reputación del grupo y al amor propio de los hombres que participan hace que sus
reglas y significados se distancien notablemente. En la culebra, la regla fundamental
implica aniquilar al adversario sin consideración, antes de que él lo haga y cuando
menos él se lo espere, tal como se mostrará seguidamente al explorar la metáfora im-
plicada en la culebra.4 Aunque arraigada en valores tradicionales vinculados al respeto,
que por tradición se vincula a la hombría, esta forma de pugna tiene lugar en las con-
diciones asociadas a la gran extensión de barrios urbanos en relegación, en el marco
de la desinstitucionalización de la justicia y de la seguridad, en medio de la inédita
amplitud del uso de armas letales y de tráficos ilegales en el continente suramericano,
y en el seno del significado que ha adquirido la animosidad entre varones.
En esa pugna intervienen, entonces, hombres jóvenes que se conocen, viven
en proximidad, saben los nexos familiares de unos y otros, quién es la madre de
quién y quién es amigo de quién. Los jóvenes muchas veces prolongan sus ofensas
en familiares cercanos e incluyen en sus amenazas a los familiares más queridos,
como la madre.
3 Suma-cero: la ganancia de un contrincante implica, necesariamente, la pérdida por parte
del rival, de algo que tenga, exactamente, el mismo valor.
4 Pierre Bourdieu, en su estudio sobre el honor en la sociedad kabylia, afirma: “La pelea era

un juego donde lo que está en juego es la vida, y sus reglas deben ser obedecidas escrupu-
losamente para evitar el deshonor; más que una lucha a muerte, es una competencia de
mérito desplegada frente al tribunal de la opinión pública” (1966, p. 202). Por otro lado,
una de las condiciones fundamentales en la dialéctica del desafío y la respuesta entre hom-
bres de honor es la igualdad de sus participantes; en la culebra no rige tal regla, los jóvenes
desde muy temprano reciben ofensas de jóvenes mayores; los varones mayores acosan a los
de menor edad succionándolos sin misericordia en la dinámica de la culebra.

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La culebra implica la entrada en un intercambio –enculebrarse, como dice


Romer, uno de los participantes en el estudio– entre el nosotros y el ellos, las
bandas, entre el sí mismo y el oponente; se sostiene por el acuerdo mutuo y
la disposición a participar entre adversarios que se conocen. Romer, cuando le
pregunté por qué la culebra era tan radical y por qué era a muerte, me contestó:
Porque así como lo estoy diciendo yo, también lo dicen ellos, o mato o me
matan. Y así como tengo la mente5 yo también la tienen ellos. Entonces eso se
compagina para que siempre esté existiendo, se estén culebreando, matándose
entre unos mismos.

En términos fenomenológicos, la culebra comprende el pase a un estado


subjetivo de alerta permanente frente a la conciencia de la voluntad de cada
uno de aniquilar al adversario, como explica Luis, otro de los participantes al
describir su estado de ánimo cuando estaba involucrado en una culebra: “Yo todo
el tiempo tenía que estar todo el día armado, siempre con los ojos abiertos”.
Romer, por su parte, explicó cómo actuaba cuando andaba en una culebra:
Siempre activo, uno se convierte en un ventilador, te mueves para arriba, para
abajo, para todos los lados. Cuando uno ve a un chamo sospechoso que uno
nunca ha visto, uno no es que de una vez le va a pegar un tiro, pero uno lo para
y le dice que se levante la camisa y lo revisa y lo interroga: “¿De dónde eres tú?
¿Qué vienes a hacer para acá?”.

Los participantes cuya narración describía esa forma de vivir bajo un esta-
do de atención permanente hablaron también de ciertas medidas de prudencia
como la limitación de horarios a la exposición pública y definieron algunos sitios
como proscritos para ellos. Nada más ilustrativo para comprender ese estado
que la carga de significado contenidos en la “metáfora de la culebra”, de la cual
se desprenden sus reglas.
3.1. La metáfora de la culebra y sus reglas básicas

La culebra es la metáfora que encierra una multitud de sentidos, enseñanzas


y advertencias. En torno a la culebra hay todo un saber acumulado de códigos y
reglas compartidas que orientan las acciones de los jóvenes.
Le pregunté a Ricky: “¿Por qué tú crees que a la culebra le dicen culebra?”.
Y él explicó:

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Mente, tener la mente: ‘tener la actitud, la manera de pensar y de actuar’; se vincula también con
el estado de animosidad, específicamente cuando se tiene una disputa o problema con alguien.

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Porque siempre está latente, la serpiente siempre está latente y tú si te mueves te


pica. Eso es un término que le damos ciertos tipos aquí en la calle. Esos tipos son
culebra es una expresión que es la más sonada en esto del barrio, pero siempre,
tú así vayas con sifrinos,6 allá también le dicen culebra. Eso es una palabra que es
radical en esto de los problemas.

Otro de los jóvenes entrevistados dijo:


A veces dicen que la culebra se mata por la cabeza. Si uno tiene una culebra cerca,
al ladito y viene a picar, la gente siempre le da un golpe por la cabeza o un tiro, o
si no ella pica. ¿Ve? Entonces uno la mata, es por eso que uno no deja que pique.
Cuando uno de repente dice: “Somos culebra” es porque están por matarte y tú
debes estar dispuesto a matar también si no te cosen a tiros, bueno, lo matan a
uno descargándole la pistola. Entonces uno no puede andar por ahí de confiado,
hay que andar pilas.7

En el plano del significado, la palabra culebra refiere tanto al “enemigo”


(Esos tipos son culebra) como a “la situación de pugna” entre varones (Una palabra
que es radical en esto de los problemas), lo que alude al plano de la disputa. Cuando
se hace alusión al enemigo, la metáfora de la culebra revela un modo de acción:
tal como el reptil de referencia, el adversario se mueve sigilosamente, actúa de
modo sorpresivo y cuando ataca lo hace a muerte. Estar implicado en una culebra
–la pugna– comprende la necesidad de anticiparse; se sabe que hay una deuda
pendiente y que el otro –la culebra– está por ahí, sigiloso, y en cualquier momen-
to puede irrumpir con las mismas intenciones letales.
La metáfora de la culebra evidencia también la operación simbólica realiza-
da por los varones en este régimen de antagonismo: denominar culebra al ene-
migo descubre con crudeza que los varones se conciben en términos de presa
y depredador. Se degrada al enemigo, se extrae su humanidad y se lo convierte
en un ser viviente que “hay que” (se debe) eliminar por nocivo (transformación
similar a la operada sobre los jóvenes estigmatizados como chigüires, expresión
que denota ausencia de peligrosidad, que no “pican” mortalmente como una
culebra). En la eliminación de una culebra no hay culpa. Es menester eliminarla
para garantizar la propia sobrevivencia.

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Sifrinos: alude de manera jocosa, a veces despectiva, a los jóvenes de los sectores pudientes
de la ciudad, que se esfuerzan en exhibir objetos de consumo –motos, vehículos, objetos
de marca– y un estilo de vida vinculado al consumo mismo, viajes. Connota el arribismo
de la clase media consumidora.
7 Pilas: ‘baterías’. Andar pilas: ‘estar en estado de alerta, atento, con las baterías cargadas’.

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Cabe destacar que, sin duda, los vecinos conocen y manejan la metáfora de
la culebra. El hecho de que la culebra sea pública implica también que los vecinos
se constituyan en espectadores. Así, estos comentan y dicen que los jóvenes:
“Están cazando culebras”.
En una oportunidad, una señora contó:
Yo los he visto con su pistola, cuando uno pasa, uno sabe, uno se fija cuando
están escondidos cazando a alguien. Una vez estaban dos escondidos con las
pistolas cazando a alguien y una muchacha le preguntó al muchacho que era un
familiar de ella: “Mira, chamo ¿qué haces allí?”, y él le contestó que se quedara
tranquila que estaban cazando la culebra, dicen ellos. Y ella me dijo que me apar-
tara, que eso era peligroso, que cuando estaban esos malandros así, andaban en
bandas, y eso es seguro que hay tiroteo y casi siempre el que paga es uno, que
siempre anda por allí atravesado ...

A partir de esos testimonios y de la metáfora que evoca al reptil como ob-


jeto referencial, se desprenden las reglas básicas de este régimen de antagonis-
mo: a) la lucha implicada en la culebra (con el adversario en la situación de pugna)
es a muerte; b) una muerte genera la obligación de responder con otra muerte;
c) para evitar la propia muerte hay que anticipar la actuación del adversario y
proceder primero; d) el logro de la muerte esperada depende de sorprender al
enemigo en momentos de vulnerabilidad, es decir, cuando este no lo espera; y
e) aunque una culebra tiene como horizonte la muerte, existen posibilidades, si
bien reducidas, de salidas alternativas.
Así, si una culebra se cierra preferentemente con la muerte del adversario,
los jóvenes narraron también distintas salidas alternativas a la dinámica suma-cero,
que en principio rige ese intercambio.
La gravedad de la pugna reside, en principio, en que esta se abre para
toda la vida y solo se cierra con la muerte. El resultado fatal del enfrentamiento
–la muerte de un amigo o de un familiar, un daño irreversible en la persona–
produce que la culebra se extienda en el tiempo y tenga un carácter definitivo e
imperecedero. Para algunos de ellos este tipo de desenlace vuelve inverosímil
imaginar un encuentro. En una oportunidad le planteé a Romer si una culebra
podía resolverse de otra manera y él me contestó:
La verdad que yo no tendría respuesta para eso porque yo creo que es muy difícil
que después de que uno tenga una culebra, uno vaya a hacer las paces. Yo, por lo
menos un chamo que ya me haya varias veces intentado matar a mí, después que
venga a decirme que vamos a ser panas, por lo menos yo, no lo aceptaría. Porque

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él también puede venir con esa, de haciendo un paro,8 que vamos a ser panas
otra vez. Entonces en una que yo me descuide es que me mata. Entonces por lo
menos de mi parte yo no aceptaría y eso sería muy difícil.

A pesar de que la pugna en principio es a muerte, de acuerdo con los


testimonios, las culebras de dramáticas consecuencias tienen como escapato-
ria la emigración del barrio, suerte de muerte social. Ahora bien, en el caso
de las culebras en pleno desenvolvimiento, donde todavía no existen dolientes
que vengar, los varones narraron distintos procesos que muestran salidas
alternativas. Estas comprenden experiencias donde los jóvenes “mediaron”
y “negociaron” para la resolución del conflicto letal.
Algunos jóvenes entrevistados han fungido de mediadores en proble-
mas en los que se encuentran amigos en oposición. Se trata de varones de
respeto consolidado, adultos con hijos. Alfredo, cuando estaba contando
que se “había ganado el respeto” en su sector, contó: “Uno también ha sido
mediador en algunos conflictos y en problemas entre bandas. Cosas que:
«Mira, déjense de eso vamos a tratar de solucionar las cosas por nosotros
mismos, y toda esta serie de cosas...»”. Alfredo guardó silencio; yo pregunté:
“¿Cómo es eso? Cuéntame, ¿que pasó?”, y él me contó lo siguiente:
Bueno, caí en eso porque habían amistades de ambos lados. Donde de repente unos ca-
rajos de un sitio y entre esos carajos estaba un amigo mío y del otro lado habían amigos
míos. Entonces una vez, de hecho, llegué yo y estaba hablando con uno de ellos y llegó
el otro a quererlo matar y yo me interpuse y le dije: “Tú no lo vas a matar en mi cara, en
mi presencia. Si tienen algún problema mátense entre ustedes cuando se consigan por
ahí, pero delante de mí no se van a matar pues”. Bueno, el otro por haberle salvado la
vida, más amistad hubo. Yo hablé con el otro chamo y le dije que “dejen eso así, olvíden-
se de los problemas, traten de resolver eso de otra forma. Tú tienes hijos, este también,
cuando a ti te maten ¿a dónde va a quedar tu hijo, a dónde va quedar tu esposa, tu mamá
y tu papá?”. Bueno y traté de ayudarlos a solucionar sus problemas.

Entre hombres, sin embargo, no es menester mezclarse en los asuntos de


otros. Alfredo siguió hablando y aclaró:
Además, tiene que ser una persona como que muy cercana para yo tratar de in-
miscuirme en esas cosas. Porque realmente me podría traer a mí conflicto; de que
yo trate de ayudar en algún problema y este le diga al otro, y venga el otro más
adelante ... Ya sucedió una vez, pasé un mal rato, ya casi nunca hago eso y no me
gusta tampoco. Digamos que cada quien hace con su vida lo que quiere y mantener
un margen pues, mira bueno hasta ahí ...
8 Hacer el paro: ‘representar una situación, dar la apariencia de, simular’.

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

Por último, presento la hipótesis de que la capacidad de negociar entre


varones se vincula a una trayectoria asociada a la edad y sobre todo al ciclo del
respeto (Zubillaga, 2005). En este sentido, Ricky, cuando le pregunté si él podía
imaginar que una culebra se resolvería hablando, contestó:
Si se ha buscado personas conscientes, con la mente amplia. Vamos a decirlo así,
son padres que quieren ver crecer a sus hijos, entonces buscan la manera, hablar,
una tregua ... las personas más serias de cada sector y hablamos, planteamos situa-
ciones: “Mira, marico, está pasando esto ¿cuál es el problema que tengo yo contigo?
Dímelo para resolverlo”. [...]. Los problemas siempre más que todo eran chismes,
que si este me dijo que tú mataste, que si tú no mataste, porque mis problemas de
aquí han sido siempre de homicidio más que todo. Y más que todo, eso se ha visto
en cuestiones de tipos que han sido prisioneros, me entiendes, que han sido reos,
reclusos que siempre han estado en una lucha, que han estado por ahí en la noche
y saben lo que es vivir esa guerra hoy en día. Entonces decidimos que por lo menos
cada quien viva su vida por su lado y así pues, poco a poco, poco a poco, se fueron
hablando situaciones. Eso no fue un solo día, esos fueron meses.

Este tipo de evento parece verosímil considerando el significado de respeto que


pueden acumular los varones de mayor edad (Pedrazzini y Sánchez, 1992).
Así la dinámica de la culebra –en la que se conjugan múltiples significados
y se fusionan diversas orientaciones de sentido– ocupa un lugar importante
en la vida de esos jóvenes.
3.2. Los múltiples sentidos de la culebra

La culebra, en “el plano de la pugna” y enfrentamientos sostenidos entre


varones, es normalmente reseñada por la prensa como “ajuste de cuentas”,
pese a que comprende mucho más, aun cuando gira en torno a la retaliación
o venganza por una ofensa recibida.
La culebra es un acto fundamental para los varones –o banda de jóvenes–,
que se concentra en la propia vida y, muchas veces, termina con ella. En lo que
concierne a la propia identidad, constituye una trama de relaciones donde los
jóvenes construyen una identidad social y una imagen de sí, de su identidad
personal, frente a los amigos y a los enemigos. En esa trama se experimenta
entonces con intensidad el sentido del nosotros, de la banda, así como el sentido
del propio cuerpo, del yo en movimiento.
La complejidad de la culebra viene dada, en primer lugar, por la pluralidad
de sentidos y de “buenas razones” que pueden promoverla; en segundo lugar,

191
Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207 Verónica Zubillaga

una vez iniciada la pugna, por el modo como estos sentidos se fusionan en
su seno y se ponen en juego durante su curso. Con respecto a este segundo
aspecto, se propone ver la culebra como un drama constituido por un juego de
combate y riesgo; un despliegue de estrategias bélicas, una lucha; el teatro de la
hombría y la dominación, según se comenta en la sección 3.2.1.
3.2.1. Las buenas razones para iniciar una culebra
En los relatos de los jóvenes se revelan al menos cuatro “lógicas o sen-
tidos” fundamentales para involucrarse en las culebras, los cuales engloban las
buenas razones para iniciarlas:9
a) En la culebra se sellan pactos de solidaridad. Entre los miembros de
la banda se celebra la sociabilidad grupal. El “sentido de integración”
entre compañeros, el nosotros de la banda, siempre está presente y cobra
intensidad frente a un ellos en oposición.
b) En una culebra se compite por el mercado en el negocio de la droga. De
modo que “el sentido estratégico” en la esfera de la “acción económi-
ca” es uno de los sentidos fundamentales cuando el otro se percibe
como concurrente en un mercado de bienes y plazas finitas. Asimismo,
según Zaluar (1999), esto constituye una razón de mucho peso en el
inicio de los intercambios violentos entre jóvenes en Río de Janeiro.
c) Si la defensa es personal, en esta pugna se despliegan estrategias para
preservar la propia vida y la de los familiares. Una culebra se puede apre-
hender por el “sentido de preservación” vinculada a la vida biológica;
se puede ver como estrategia de defensa y protección cuando no hay
un ente superior que garantice la seguridad y la vida.10
9 Se entienden las lógicas o sentidos de la acción como lo propone Dubet (1994). Este
autor, incorporando el planteamiento weberiano de los múltiples registros de la acción
orientada que corresponden a lógicas (de acción) identificadas con finalidades perseguidas
por los actores en relación social, propone el concepto de ‘experiencia social’. Dentro de
este marco, el sujeto se constituye a través de la experiencia social, es decir, el trabajo in-
cesante de articulación de lógicas contradictorias, a veces complementarias. La experiencia
social es, pues, la combinación de lógicas de la acción cuyo sentido proviene del trabajo
del individuo sobre sí mismo y sobre la relación con otros; estas lógicas son: la integración,
la estrategia y la subjetivación.
10 Precisamente, Norbert Elias, en su conocido texto La civilisation des mœurs, describe la

actividad afectiva del guerrero en la sociedad medieval, definida por la ausencia de un


poder central que monopolice la violencia: “En un campo donde la violencia es un evento

192
La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

d) En la culebra se interpreta la temeridad, se cobran las ofensas a la propia


dignidad; se despliegan en situación las destrezas y atributos de una
masculinidad digna de respeto. El sentido expresivo de la acción se extien-
de sin cesar al reivindicar el clamor de superioridad. Bajo este sentido
pueden leerse los enfrentamientos comprendidos en los retos de poder
y dominación: por territorio, por mujeres, por el robo de objetos.
e) Por último, intrincado en todos estos registros, la culebra tiene un sig-
nificado personal, relacionado con lo material del cuerpo. En ella se
ponen en juego el sentido de los propios límites, las emociones extre-
mas y la capacidad del cuerpo para responder. Una culebra compromete
íntimamente la identidad personal, sentido que se hace particularmente
evidente en la culebra entendida como juego de combate.

Más allá del origen de la disputa que inicia una culebra, esta y sus reglas atrapan
a los jóvenes: independientemente de la ofensa inicial, esta tiene su propio curso.
3.2.2. Los dramas del juego

En función de los sentidos desplegados en el curso de una culebra, esta se


lee desde una perspectiva dramatúrgica como un juego de combate, el despliegue de
estrategias bélicas, una lucha y un teatro de la hombría y la dominación.
Entender que en la culebra se desarrollan uno o varios dramas implica invitar
a entenderla como un curso típico de acción con sentido donde se juegan signifi-
caciones fundamentales en la construcción de la identidad personal (el sí mismo)
y social (el sí mismo en su relación con los otros). Así la culebra se presenta como
un drama donde se juegan simultáneamente los diferentes sentidos de la acción
mencionados con anterioridad: de integración, estratégico, expresivo y de preser-
vación, y donde, en función de cómo se despliegan estos diferentes sentidos, se
escenifican los diferentes dramas.

inevitable y cotidiano, donde las cadenas de dependencia del individuo son relativamente
cortas, [...] la represión de pulsiones y emociones no es ni necesaria, ni útil, ni siquiera
posible. La vida de los guerreros, como aquellas de otras personas que viven en una so-
ciedad de guerreros, está constantemente amenazada por agresiones brutales” (1939a, p.
190, mi traducción del original en francés). Debe recordarse que para Elias, el “proceso
civilizatorio”, es decir, el proceso de domesticación de las emociones y de represión de la
agresión, se produce a partir del progresivo proceso de monopolización de la violencia por
un poder central y la interdependencia producida en el seno del intercambio comercial
(idem, p. 292).

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Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207 Verónica Zubillaga

3.2.2.1. El juego de combate

Uno de los sentidos más evidentes de la culebra, desde el punto de


vista del “registro de la integración”, es el pacto de solidaridad entre varones.
“La culebra permite demostrar entre los miembros del nosotros que se está dis-
puesto a arriesgar la vida por el amigo” (Castillo, 1997, p. 64), mientras que
uno de los menos evidentes, el cual se destaca en la presente investigación, es
su “sentido o lógica lúdica en la que se celebra la sociabilidad del nosotros de
la banda” (ibidem). La culebra comparte y despliega entre el nosotros el placer de
la acción conjunta, la fusión en el seno de un equipo y la victoria del equipo
vencedor. De acuerdo con la experiencia narrada por los varones, una culebra
puede analizarse como un juego de combate de alto riesgo.
La metáfora del juego, de la competencia entre equipos, es utilizada
recurrentemente por los jóvenes. Ricky, cuando relató que sus culebras eran
asunto pasado, dijo: “Tuve, tuve culebra en tiempos, pero más que todo es-
tán eliminados”; hizo una pausa y agregó riendo: “El equipo fue campeón”.
Otro joven, Orlando, por su parte, comentó acerca del equipo contrario:
“Esos eran desquiciados, esos eran del otro equipo, pero siempre respetaban
al equipo de nosotros, lo que pasa es que ellos eran vagabundos, ellos eran
vagos, vagos”.
En efecto, la culebra, cuando llega al punto de los ciclos de espera y
enfrentamiento, tal como la relatan esos varones, se analiza como un combate
lúdico, trascendental y serio, en el que están en juego la vida, la muerte, así
como las consecuencias irreversibles en el propio cuerpo. Puede ser vista
como un juego de competencia y de alto riesgo, con equipos opositores de-
finidos, cuerpos en movimientos –los del nosotros y los del ellos– un desplaza-
miento en el espacio donde se traspasan fronteras, donde existen obstáculos
y defensas.
Huizinga ([1938] 2000) subraya insistentemente la seriedad intrínseca
al juego. Cuando se trata de ir a buscar culebras, el intercambio comparte algu-
nos de los elementos señalados por este autor, típicos de esa actividad: la ten-
sión, el orden marcado por la duración en el tiempo y los límites en el espacio,
el movimiento, la alternación, la sucesión, la solemnidad. La culebra comparte
con los juegos de combate la seriedad y el compromiso de los jugadores, la
demanda de superioridad en coraje y virilidad, y la victoria es la prueba de esa
primacía. En el juego, afirma Huizinga, algo está en juego.

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

Al vislumbrar en la culebra ese sentido lúdico, hace falta aclarar que no se


trata de cualquier juego. El hecho de que la muerte sea una posibilidad real en
esta dinámica evoca igualmente los juegos deportivos de alto riesgo, donde la
muerte o las heridas graves forman parte del horizonte de resultados posibles
de la participación. Un juego de combate en el que sus participantes negocian
permanentemente el límite entre la vida y la muerte (Lyng, 1990).
Lyng propone precisamente el concepto de edgework ‘trabajo de límites’
para aprehender el sentido de experiencias de alto riesgo voluntario. Edgework
comprende fundamentalmente el problema de “negociar el contorno entre el
caos y el orden, la vida y la muerte, la conciencia y la inconciencia; lo sano
y lo insano” (1990, p. 855; la traducción es mía).11 Para los participantes, en
estas actividades, está en juego la habilidad de mantener el control sobre una
situación que bordea el caos absoluto, de controlar lo que para muchos cons-
tituye lo incontrolable. Justamente, el autor revela el trabajo de límites en el
que se experimenta la ilusión de control; interpela en especial a aquellos que
en la vida cotidiana tienen un sentido de impotencia frente a fuerzas sociales
externas, así como se dirige a los jóvenes que tienen un sentido de la propia
inmortalidad y son susceptibles a la ilusión de control, y, particularmente, a los
varones socializados bajo la presión de controlar eventos del mundo exterior
(pp. 871-872).
Así, la culebra compromete íntimamente la integridad de la persona, y
en esta afloran las emociones más profundas conectadas al carácter orgánico
del cuerpo, a la propia subjetividad masculina: el miedo inicial por vencer, la
adrenalina, las piernas temblorosas, las destrezas que permiten vencer el reto, el
placer que honra a los vencedores luego de la batalla. Luis verbalizó este sentido
de manera particular, y explicó que él y sus amigos no dejaban entrar, y menos
vender la mercancía, a los pares oponentes (concurrentes) en su sector. Le
pregunté, entonces, cómo hacían para evitar que ellos entraran, y él respondió:
11 Las actividades comprendidas bajo este concepto, aclara Lyng, tienen un rasgo central
en común, todas implican una amenaza observable al propio bienestar físico o mental o
al propio sentido de una existencia ordenada. Dentro de este género, la experiencia por
excelencia es aquella donde la incapacidad del individuo en responder al reto (challenge),
resultaría en la muerte o, al menos, en daños debilitadores. Los deportes de alto riesgo
como el escalar rocas, carreras de motos y de autos, parapente; las ocupaciones como
bomberos, soldados de combate, policías, se incluyen dentro del trabajo de límites por el
autor. En todas estas el riesgo de muerte y las heridas graves siempre están presentes (Lyng,
1990, p. 857).

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Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207 Verónica Zubillaga

“Con tiros”. Seguidamente, pregunté si así era como se formaba una culebra, y
dijo: “¡Claro que sí!”. El diálogo continuó de la siguiente manera:
V. Z.12: ¿Y después vienen con sus amigos a dispararle a ustedes?
Luis: Se pone más divertido.
V. Z.: ¿Cómo es eso?
Luis: Claro, sientes la vibración, tú sientes [...] a mí me gusta. (Guardó silencio
y siguió). Tú lo que sientes es que [...] bueno tienes que saber cómo se
esparcen las balas.
V. Z.: ¿Saber qué?
Luis: Cómo llegar [...] por ejemplo si te metes para este bloque, tienes que
saber cómo llegar hasta esta esquina..., son problemas así.

Luis habló entonces de las destrezas en juego durante una culebra, pero
evitó hablar más de lo divertido que había mencionado. Más adelante, en esa
misma conversación, recapitulando, volví a decirle:
V. Z.: Ellos vienen en la noche, entonces ustedes les empiezan a caer a tiros y
es divertido...
Luis: Divertido. ¡No!, (risas) da un poquito de miedo, pero todos los seres
humanos sentimos miedo ¿no? Hasta las piernas tiemblan.

En otra ocasión, Luis describió la situación de enfrentamientos:


Luis: Es como ir a cazar venados [...] escuchar ¡Pla, pla, pla, pla! Tantos tiros,
ves a la gente corriendo, un poco de chamos corriendo, al amigo tuyo
corriendo por allá, entonces tú lanzando tiros, te lanzan...
V. Z.: ¿Cómo es eso de ir a cazar venados?
Luis: Es como si tú ves a tu enemigo allá y le entras a tiros así [...] ¡Plan, pan,
pa, pa! Y atrás también, y tú le lanzas y te lanza también, hasta que,
bueno, uno salga muerto. [...]. La adrenalina la tienes así como ... (guarda
silencio un instante) te dan y tú quieres dar también. Pero por lo menos
a mí nunca me ha pasado, que me han dado un tiro, no te puedo decir
cómo me sentiría [...]. Pero el tiroteo para allá y para acá, de repente el
otro le hirieron, la adrenalina, bueno, como un jue’ (se interrumpe) una
cosa divertida. Es como un juego, yo lo veía como un juego, pero eso no
tiene nada de otro mundo ... [silencio].
V. Z.: ¿Cómo es eso que no tiene nada de otro mundo?
Luis: Bueno, que todos los muchachos de mi edad están así y hay otros que te
pueden contar cosas diferentes. Entonces uno siente miedo al momento,
las piernas te tiemblan, las rodillas, el corazón también te tiembla [hizo
una breve pausa y continuó], a lo mejor cuando tú sientes la muerte tan
así de frente, que de repente una bala llega y ¡Tan! En la cabeza, cosas así.

12 V. Z. = Verónica Zubillaga.

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

Que después cuando ellos se van para su lado y tú te vas para tu lado, tú
te pones a contar las cosas y cónchale lo que da es risa [...]. Unos se ríen,
otros se ríen, pero cuando hay un muerto, lo que hay es lágrimas, dolor,
llanto.

La culebra es, pues, un juego definitivo, donde la muerte es siempre una


posibilidad, y los daños en los cuerpos resultan permanentes. Pedro, el tío de
Romer, tenía balas alojadas en su cuerpo. Otro de los participantes, José, había
recibido disparos:
Tengo cinco disparos, dos en la cara, me partí la mandíbula [en ese momento,
él descubrió su labio inferior y mostró un amplio hueco que tenía en el paladar
donde faltaban algunos dientes] dos en los pies, otro en otra pierna.

En los relatos de los jóvenes abundan los casos de amigos muertos, com-
pañeros paralíticos, ciegos y cojos, a causa del intercambio mortal de la culebra.
La culebra es luego de la temeridad demostrada en el combate cuando se
comparten y se celebran el placer del triunfo y el sentido de elite (Huizinga,
[1938] 2000; Lyng, 1990). “El equipo campeón”, como declaró Ricky, “los más
arrechos del sector”, en palabras de Orlando. Los jóvenes, cuando hablaron de
su participación en la culebra, hablaron de su aura de elite temeraria. “Nosotros
éramos cabeza caliente”, afirmó Orlando; “Éramos muchachos alumbrados”,
dijo Luis.
El “contenido expresivo” de la celebración en el contexto del triunfo en
una culebra, cobra y exhibe todo su sentido en la manifestación pública, en la
ostentación de la propia victoria que humilla al oponente y apura la necesidad
de respuesta. En este sentido, Romer contó:
Allá cuando uno mata a una culebra, hace una fiesta. Todos lo celebran comprando
botellas, poniendo música y echando tiros para el aire, celebrando. Si es una culebra
muy fuerte que uno siempre la haya querido matar, cuando uno la mata, hace una
fiesta. Entonces eso uno lo hace a propósito porque al escuchar los otros que uno
tiene una fiesta [...] es un pique para ellos. Se pican, bueno, y “Estos mataron al
pana de uno y están celebrando con fiesta y todo”. Y ellos quedan picados.

La culebra es un elemento fundamental en la constitución de la historia


de amistad entre varones. Los varones juegan y celebran el sentido del nosotros
durante los combates y, posteriormente, cuando rememoran la intensidad de
la acción vivida, ríen y disfrutan de esa sociabilidad grupal. Evocar las culebras
del pasado permite actualizar el sentido del nosotros, como contó Orlando,

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Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207 Verónica Zubillaga

quien años después de haber dejado de participar en la intensidad de las cule-


bras semanales, todavía recuerda con sus amigos:
Hoy en día [...] fuese que estuviéramos tomando, nos recordamos de esas có-
micas: “¿Te acuerdas cuando nos estábamos cayendo a tiro allá?”. Uno piensa
todas esas cosas y ¡qué locura cometimos! Tú te acuerdas cuando fulano cobró
un tiro sin saber [...] todas esas cosas pues. Si este carajo estuviera vivo estuviera
aquí con nosotros, todas esas reflexiones.

3.2.2.2. El despliegue de estrategias bélicas

La acción del nosotros en oposición a un ellos en el seno de la culebra


comporta un evidente sentido estratégico. Entre las buenas razones para iniciar
una culebra, el cálculo estratégico, particularmente en el campo económico del mer-
cado de drogas, se orienta por el aumento de beneficios en el momento de
acaparar plazas o las ganancias de la venta. Muchas culebras comienzan bajo
un sentido de preservación por defensa personal y familiar: cuando se agrede
gratuitamente a un joven o se amenazan los familiares por combates en
defensa de bienes considerados preciosos como las prendas de vestir y las
mujeres. Esta defensa cobra por igual un sentido expresivo porque se trata
de objetos que definen la identidad del joven. Dejarse robar o sustraer la
novia constituye una humillación insostenible para el joven.
Al mismo tiempo, más allá del motivo estratégico que inicia la pugna,
una vez iniciada una culebra, la acción estratégica de preservación está siempre
presente en la defensa y el ataque a los adversarios. Después de haber abierto
la culebra, evitar la propia muerte es una preocupación permanente en el
mundo de estos jóvenes. Así, ellos conciben colectiva e individualmente: a)
formas de organización para el ataque y la defensa colectiva, y b) estrategias
de comunicación que permitan ampliar la capacidad de acción de la propia
banda, es decir, tomar previsiones para protegerse o atacar de forma certera
al enemigo. A continuación, algunos de los jóvenes ya mencionados –Romer
y Ricky– narran su modo de actuar en la culebra.
• En medio de la emoción, urgencia y prisa de la culebra, Romer narró
cómo se desplegaban estrategias colectivas de defensa que incluyen cierto grado de organiza-
ción durante los enfrentamientos armados. Notemos, además, como dentro de estas, su
grupo de amigos resguarda su identidad frente a los vecinos:
Romer: Aquello duró dos horas, habían pasado dos horas y nosotros todavía
estábamos ahí echándoles tiro y ellos echando tiro contra nosotros, se

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

nos estaban acabando las balas, y decidimos irnos.


V. Z.: ¿Quién decidió que se tenían que ir?
Romer: Uno pregunta, pero uno no se llama por el nombre, por lo menos no-
sotros les decimos: “¡Compadre! ¡Compadre! ¡No me quedan balas!”.
Hubo uno que dijo: “¡No, no me quedan más!”. Otro: “¡No, me quedan
cinco!”. Otro: “¡Me quedan siete!”. “¡Bueno vámonos, entonces!”. A
los que les quedaban más, habían unos que decían: “¡No, me quedan
quince!”, “¡Me quedan veinte!”. Bueno, esos se pasan para adelante y se
quedan aquí disparando, mientras que los que no tienen balas van reti-
rándose, y así estábamos. Se van retirando tres más, se ponen mas atrás,
se retiran estos, así vamos y después los que están atrás se quedan dispa-
rando hasta que corone13 y luego el pire14 para irse. Y eso que persiguen
a uno hasta casi llegando a la zona de uno.
V. Z.: ¿Por qué no se llaman por los nombres?
Romer: No, porque al día siguiente, los vecinos de las partes donde uno va le
escuchan los nombres que uno dice y le ponen la denuncia a uno, fulano
de tal y fulano de tal fueron a echar tiro para allá.

De este modo, los jóvenes despliegan, en situación, destrezas y saberes


que comprenden el conocimiento del propio sector para ubicar espacios de pro-
tección. Accionan estrategias básicas, típicas de combates bélicos, como saber
cubrirse con improvisadas barreras y atacar para evitar el avance del enemigo.
Romer también relató:
Hay que buscar cubrirse y tirarle todos los tiros que uno pueda también, para buscar
que esa gente se aleje más, porque si uno se queda puro cubriéndose, sin mandarle
tiro a ellos, ellos se van acercando y cuando ven a uno cerca lo matan a uno.

La propia seguridad está en íntima vinculación con la capacidad de acción


conjunta del grupo: es un tipo de capital social, quien tiene amigos tiene poder
de defensa y ataque. Los jóvenes saben que su propia defensa no depende solo
de ellos sino, también, de la fuerza conjunta y del soporte del grupo al cual per-
tenecen. Ricky, quien ocupaba la posición de liderazgo en su banda, comentó:
Yo por lo menos yo siempre me he cuidado, yo nunca he subestimado a nadie.
Todo el mundo tiene derecho a portar lo de ellos, y pam, pam, y yo bien. Yo soy
indio claro, pero si se me meten conmigo, ellos saben cómo es la vaina, saben
que, de repente, siempre llevan las de perder.

13 Corone: del verbo coronar, ‘el resultado de una acción’, lograr. En los juegos deportivos se
habla de “coronar la victoria” y los jóvenes hablan de coronar como el logro de los fines de
la acción. Generalmente se refiere al resultado de un asalto o robo.
14 Pire: de pirarse, ‘fugarse’.

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“¿Siempre llevan las de perder contigo?”, pregunté y él aclaró sonriendo:


“Conmigo no, con mi equipo”.
Desde una perspectiva estratégica, los miembros del nosotros constituyen una red
en lo que concierne a la protección o desquites personales. A partir de esta serie
de actos que constituyen, desde la perspectiva de la integración, las cadenas de fa-
vores, fidelidades y obligaciones mutuas, se teje y se consolida el “vínculo” dentro
del propio grupo y de la red de conocidos. Si los miembros del nosotros asumen
como personal las ofensas a cualquier miembro del grupo, es natural que, mientras
más amigos se tengan, más posibilidades haya de protegerse, de ejercer venganza:
más poder y recursos para defenderse y ejecutar la retaliación. Los relatos de los
jóvenes están plenos de eventos donde los propios amigos intervienen, cuando
alguno de ellos se encuentra vulnerable, para evitar la muerte del compañero.
• La capacidad de protegerse y atacar sorpresivamente al enemigo, tam-
bién, se fundamenta en las estrategias de comunicación o el manejo de información que
circula entre las redes de amigos y conocidos.
Como prevención frente a las invasiones de los jóvenes de bandas opo-
sitoras, Alfredo narró la manera en que él y sus amigos desplegaron señales y
avisos para alertar sobre la llegada del invasor:
Alfredo: Nos unimos como que: “Mira, está pendiente tú por allá o vamos a
estar pendientes, cuando suene la campana, sale el que esté por ahí”.
Estábamos como que muy coordinados en esas cosas...
V. Z.: ¿Quién tocaba esa campana?
Alfredo: Cualquiera de ellos, cada uno, no era una campana, era una lata de leche
y le daban ¡Na, na, na! Entonces, como donde nosotros vivimos es una
cuestión bastante cerrada, se escuchaba el eco, y así se hacía.

El manejo de información implica poder de acción efectiva. Los amigos


corren la voz. En este sentido, la expresión cantar la zona da cuenta de esta red
de información que circula, dando las voces y alertando para, así, conocer la
ubicación del enemigo y actuar sorpresivamente, es decir, ejercer venganza
cuando el oponente menos se lo espere, y, también conocer cuándo el propio
enemigo ha iniciado la búsqueda para dar muerte y tomar previsiones: proteger-
se, esconderse o emigrar temporalmente. Los amigos se convierten en agentes
de vigilancia e impiden el ser sorprendido al pasar los avisos necesarios. Estos y
los conocidos constituyen una red de información siempre alerta, que envía las
señales necesarias para anticipar la acción del oponente. De esta capacidad de
anticipación depende, muchas veces, evitar la muerte en un enfrentamiento.

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

4. El teatro de la hombría y la dominación


Finalmente, la culebra es, por excelencia, la trama donde se despliega la
acción expresiva vinculada a la propia estima y a la identidad social definida
por la reputación de hombre de respeto. Como lo he destacado a lo largo de
este artículo, el registro expresivo de la agresión implicada en la culebra emerge
permanentemente, en el discurso de los jóvenes.
La situación ofensiva que inicia una culebra compromete íntimamente tanto la
identidad personal o imagen de sí, como la identidad social o imagen pública
del ofendido; todo esto llama irremediablemente a la reparación de la ofensa
(Castillo, 1997; Peristiany, 1966). Se revela, entonces, de manera particular, el
contenido moral de una culebra. Este tipo de sentido tiene lugar especialmente
durante la ofensa inicial. En este momento de la pugna, los jóvenes experimen-
tan, vivamente, las emociones vinculadas a las afrentas y a la propia estima: la
indignación, la rabia, la ira reivindicadora (Katz, 1988).
Entre jóvenes apegados al respeto, cualquier gesto o mirada que despierte
su sensibilidad es motivo suficiente para iniciar una culebra a muerte. Al mismo
tiempo, entre hombres de fuerte carácter competitivo y que comparten un
ideal como el respeto, el hecho de humillar al enemigo de manera insostenible
constituye el camino para aumentar el propio valor dentro de la jerarquía de
hombres de respeto.
En lo que concierne a la reputación y a la obtención de respeto –teniendo
en cuenta que este es un valor ideal que depende íntimamente de los ojos de
los demás–, la culebra es una trama de acción donde el joven puede exhibir y
adquirir una identidad reconocida y respetada. De esta cualidad se comprende
que muchas culebras tengan lugar en sitios definidos tanto por su carácter público
como por la presencia de una audiencia: las canchas de basquetbol, la calle o
las fiestas. Así, promover malentendidos o problemas para abrir una culebra y
exponer la propia valentía es la performance necesaria para merecer pleitesía y una
consideración teñida de miedo. El combate durante una culebra es el despliegue
dramático que permitirá al joven demostrar que, más allá de la acción de su
grupo, él se hace respetar personalmente.
La culebra es el drama que atrapa a varones ocupados, permanentemente,
tanto en defender su propia estima y reputación como en construirla frente a
una audiencia.

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Akademos, vol. 10, n.º 1, 2008, pp. 179-207 Verónica Zubillaga

El contenido expresivo del antagonismo entre varones en el seno de


una culebra se devela en la profunda cualidad simbólica de la agresión y en las
violencias ejercidas sobre los cuerpos, por ejemplo, en el desnudar al enemigo
acorralado: este evento constituye una ofensa absoluta en el régimen de com-
petencia por una identidad reconocida, apegada al consumo y a las marcas de
moda. Desnudar al otro es despojarlo de su imagen, de su identidad pública
tan cuidadosamente construida a través del vestir y sus signos. Implica, además,
para estos jóvenes que experimentan animadversión al ser sometidos por otro,
exponer al enemigo a lo más bochornoso, a obedecer y a mostrar su vulnerabi-
lidad en la crudeza del cuerpo desnudo. Enviarlo sin ropa frente a sus amigos
constituye la evidencia del sometimiento; así, la vergüenza se prolonga frente a
la humillación que se hace pública.
El robo, en un escenario donde todos se conocen, se entiende como una
ofensa insostenible al implicar, por una parte, la demostración del sometimien-
to logrado, y, por la otra, la evidencia de la sustracción del objeto, del signo de
identidad y del reconocimiento contenido en las marcas de moda. Varios de los
jóvenes expresaron: “Mis cosas no me las dejo quitar fácilmente”. En el acto,
frente al adversario, respondieron: “Si lo quieres, gánatelo”, iniciando de esta
manera el enfrentamiento en situación. La muerte de jóvenes que se resisten a
ser robados aparece regularmente en los reportes semanales de la prensa.
Una interpretación similar puede hacerse en relación con los enfrentamien-
tos por las mujeres, quienes se constituyen, igualmente, en objeto que define la
propia identidad: ser atractivo, ejercer virilidad. Un joven comentó al respecto:
Las culebras comienzan por una mirada, que si me miraron mal. Tú sabes como
uno se viste bien de marca, lo miran tanto que comienzan las envidias y las ha-
bladurías. O por jevas, también la mayoría de las culebras son por jevas que no te
respetan la cara, tú sabes, que te quieren montar cachos [...] y eso.

Vale la pena evocar el saber generalizado que apunta a la imagen del cor-
nudo, una de las ofensas más terribles para hombres apegados a valores como el
honor y el respeto, en diferentes culturas.
La cualidad simbólica de la agresión se despliega también en el tipo de
persona que recibe las amenazas o agresiones: la madre o los familiares más
queridos; en el tipo de daño que se ejerce sobre los cuerpos: los disparos en la
cara en respuesta a un insulto insostenible que irrespeta la propia cara o cortarle
el dedo a aquel que robó a un vecino.

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

En la narración de Romer se revela la brutalidad ejercida por su hermano


sobre el cuerpo del enemigo ya muerto por llamarlo chigüire:
Jhony después que el chamo estaba tirado en el piso muerto, se devolvió a rema-
tarlo y le pegó un poco de tiros más por la cara, por la cabeza. [...]. Jhony le tenía
arrechera a ese chamo. Antes de eso ya le había dado unos tiros, pero no lo había
matado. Nada más por ese chamo haberle dicho chigüire, porque a él no le gustaba,
me decía a mí, que me digan chigüire ...

La calidad de la agresión en situación, el tipo de daño ejercido sobre deter-


minadas personas, o sobre determinadas partes del cuerpo, son otros de los indi-
cios que dejan ver la expresividad y el contenido moral implícitos en este régimen
de antagonismo. El simbolismo de la agresión y el mismo cuerpo humano como
“teatro de operaciones” de las violencias más horribles (Appadurai, 1998, p. 912)
han sido motivo de amplia reflexión tanto en la investigación sociológica, como
en la antropológica (Appadurai, 1998; Katz, 1988). Katz destaca, precisamente,
que las marcas sobre los cuerpos responden al proyecto de reivindicación de una
ofensa de la parte de una subjetividad humillada (1988, p. 19). Estas constituyen
el testimonio permanente de que la afrenta sufrida ha sido justamente trascen-
dida (idem, p. 36).
Una culebra es un drama social que revela la operación simbólica realiza-
da por jóvenes de sexo masculino profundamente estigmatizados y relegados
socialmente: el hecho de coronarse como elites temerarias en sus vecindarios
puede verse como una manera de invertir el estigma y la discriminación en el
contexto de una sociedad que ellos perciben con nihilismo. La culebra com-
prende, también, construir una identidad apreciada frente a sus propios ojos y
ante los ojos de los demás, aunque esta sea una construcción efímera. Solo los
guerreros, los campeones y los varones de verdad se forjan como hombres de
respeto y merecen la ascendencia ganada.

5. Comentarios finales
Forjar la posibilidad de dinámicas alternativas a la culebra, a causa de la cual
mueren diariamente jóvenes varones en nuestro país, implicaría el despliegue
de acciones y políticas sustantivas integradas que atacaran diferentes amenazas
experimentadas por los jóvenes. Eso exigiría cambios estructurales y culturales
fundamentales. En primer lugar, desde la perspectiva política, reclamaría una
política pública frontal de preservación de la vida humana, lo que debería tra-

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ducirse en un plan de desarme y control de armas así como en el saneamiento


de la policía y del sistema de justicia. En segundo lugar, demandaría, desde una
perspectiva económico-social, la disminución de las brechas sociales entre la po-
blación a través del fortalecimiento de los sistemas institucionales de solidaridad
social –salud, educación, vivienda–, además de la creación de empleos dignos
en los que los jóvenes puedan ampliar sus horizontes de proyectos, invertir sus
pasiones personales y construir una identidad respetada. En tercer lugar, desde
una perspectiva netamente social, requeriría el fomento de las redes sociales
y proyectos de participación comunitaria y juvenil, por medio de los cuales la
gente de las comunidades pueda re-apropiarse de sus espacios, de su ciudad y
percibir al otro como interlocutor posible, y no como enemigo fatal. En cuarto
lugar, desde una perspectiva cultural y transversal respecto de las anteriores,
demandaría el establecimiento de una plataforma de actividades con sentido, a
partir de la cual los jóvenes puedan forjar el reconocimiento buscado mediante
identidades alternativas a una masculinidad vinculada al poder y a la domina-
ción. Se alude a la gama de actividades eminentemente expresivas como la mú-
sica, el baile y el deporte, que constituyen espacios para dramatizar identidades
susceptibles de ser reconocidas por un desempeño vinculado a una sensibilidad
particular. En quinto y último lugar, lo propuesto exigiría la capacidad del uso
de la palabra como vehículo crítico para interpelar, demandar, exigir y cuestionar
las realidades vividas como amenazas. Precisamente, jóvenes varones de barrios
populares han empezado a reaccionar. En Caracas se escucha, en la voz de
hombres jóvenes de diversos barrios, la denuncia sobre la falta de atención, la
falta de oportunidades y la violencia con la que se crece. Diferentes grupos de
jóvenes varones han tomado la palabra a través de canciones y videos caseros,
y los han transformado en medios alternativos de expresión y denuncia, a la
vez que los convierten en la alternativa para obtener el reconocimiento social
dentro de sus vecindarios y redes de pares. Ejemplo de esto son las decenas de
grupos emergentes en comunidades de sectores populares que, mediante un
género como el hip hop, interpelan con sus canciones a la sociedad, al mismo
tiempo que construyen identidades juveniles, urbanas, a tono con movimientos
culturales que se expanden en esta nueva realidad global.
He sido testigo de eventos vinculados al movimiento hip hop en Caracas
y he visto cómo jóvenes varones encuentran un espacio donde confrontar y
compartir la violencia vivida; los círculos de contrapunteo y de improvisación
constituyen nuevos escenarios para construir un reconocimiento a través de una

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La culebra: una mirada etnográfica a la trama de antagonismo masculino entre jóvenes...

performance frente a otros varones iguales. Así, a través de la palabra, se construye


el respeto vinculado a la habilidad de palabra.
“Eleva las manos si trabajas por la paz” es el estribillo de la canción de unos
jóvenes varones en un concierto en Caracas. “Contra la violencia, conciencia” y
“Hagan el amor no la guerra” constituyen varios de los slogans que anuncian los
conciertos de jóvenes hombres de sectores populares decididos a presentar su
mensaje en el espacio público y determinados a romper con el estigma de anti-
sociales y violentos. Las nuevas dinámicas vinculadas a esta corriente del hip hop
fraguan los espacios donde cada joven debe mostrar su superioridad en el arte
de la palabra, donde se operan transformaciones y se hacen evidentes nuevas
sensibilidades entre los varones. El discurso de los jóvenes que se ha registrado
muestra las nuevas dinámicas como: “Malandreo con la música, no malandreo
con la pistola; malandreo a la conciencia de las personas”. Esa fue la manera
de explicar ese nuevo mensaje por parte de un joven con quien conversé. Este
movimiento, que comienza a vislumbrarse, constituye un espacio de esperanza
frente al aumento de muertes que padecemos desde hace casi veinte años en
nuestro país.

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