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Desiertos

Ángel Moreno, de Buenafuente

Desiertos

Travesía de la existencia

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

ÁNGEL MORENO, DE BUENAFUENTE ha publicado en esta colección:

• A la mesa del Maestro. Adoración

• Palabras entrañables. Déjate amar

• Voz arrodillada. Relación esencial

• Voy contigo. Acompañamiento

• Habitados por la Palabra. Lectura sapiencial

© NARCEA, S.A. DE EDICIONES Avda. Dr. Federico Rubio y Galí, 9. 28039 Madrid. España

www.narceaediciones.es

Impreso en España: Printed in Spain

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ÍNDICE

Introducción Referencia permanente Clave interpretativa El desierto Avisos para la travesía El vértigo del límite Apoyos para la travesía El gemido interior Cuestiones existenciales Lugar de la escucha Si escuchas su voz, no endurezcas el corazón Encrucijada Esclavitudes El desierto, lugar y tiempo de tentación Intemperie Preguntas al cielo El silencio El silencio del corazón Tiempo de soledad El miedo “No tengas miedo”

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84

La gracia de la debilidad

87

Exigencia personal

90

El

desierto del corazón

93

La belleza de lo cotidiano

97

Mediaciones

101

Desierto interior

106

Llévame al desierto

109

El

don del desierto

112

Los padres y madres del desierto

115

Testigos del desierto

118

A

ejemplo de los padres del desierto

121

El

compañero de camino

123

El

desierto, lugar de oración

128

Máximas sobre la oración

133

Memoria de la teofanía

137

La adoración

140

Dios es amor

147

Memoria del amor

151

Experiencia de amor

156

Epílogo

160

INTRODUCCIÓN

En el cuarenta aniversario de mi ordenación sacerdo- tal y de mi estancia en Buenafuente del Sistal (Guadala- jara) como capellán y párroco, desde las tierras desiertas, aunque fascinantes, del Alto Tajo, deseo compartir algu- nas evocaciones bíblicas, que me acompañan de manera especial en las actuales circunstancias de mi vida. Al sumar las cuarentenas de Noé, del libro del Éxodo, de la vida de Moisés, de la experiencia del pro- feta Elías, del tiempo que Jesús pasó en ayuno y ora- ción…, he encontrado sentido para iluminar la trayec- toria humana en general, al descubrir el desierto como itinerario de la travesía de la existencia. Me impresiona pensar que llevo ya cuarenta años en Buenafuente, lugar en el que se pueden datar hechos que evocan, sin manipulación, múltiples signos del amor de Dios, a semejanza de lo que canta el salmo 125, que hemos incorporado como himno a la hora de narrar la historia del Sistal. No es bueno mirar hacia atrás. En este caso, deseo poner por escrito aquello de que soy testigo por don, y que, al relatarlo, manifiesta con más claridad la Provi- dencia divina, lo que Dios hace, si se le deja actuar, en el corazón de cada ser humano a través de pobres mediaciones, como sucedió con el pueblo de la alianza. La travesía cuarentenal de las latitudes anchurosas de la tierra yerma, representa la vida misma. Los pará-

metros de soledad, silencio, vértigo, despojo, tentación, noche, rocío, naturaleza, búsqueda, oración, oasis, espera, confianza, gracia, sorpresa, amistad… se entre- tejen de tal manera, que al mirar la andadura desde la cima de los cuarenta años, surge el reconocimiento sor- prendido, hasta con sobrecogimiento, de lo que puede hacer Dios con la debilidad humana. Al mismo tiempo, se presentan motivos que invitan a la humildad, porque el recorrido ha ido de tropiezo en tropiezo. También brota la alabanza, al reconocer con mayor claridad la bondad divina y su misericordia. Si invoco al desierto como referencia totalizadora para narrar el camino que ha durado cuarenta años, puede parecer que intento comparar mi trayecto con la experiencia de soledad, abandono y aspereza de un solitario. La pertenencia a una comunidad, el acompa- ñamiento de muchos amigos y la misión pastoral que se me confió me han dado siempre conciencia de perte- necer al pueblo que camina en comunión, y puedo ase- gurar que soy, en parte, lo que me han hecho y dado mis amigos. Al maestro lo hace el discípulo, a mí me ha hecho la historia de Buenafuente. Intentando esbozar mi vivencia de estos cuarenta años en paralelo con el Éxodo, he encontrado coinci- dencias en muchas etapas. De manera simbólica las concentro en cuarenta. Esta constatación me ha anima- do a reelaborar algunos pensamientos sobre la vida como travesía del desierto porque he comprendido que la revelación que nos hace la Biblia no es sólo el relato de lo que tuvo que vivir Israel, sino que también es pro- fecía de lo que debe recorrer cada uno. Leída la anda- dura a la luz del texto sagrado, se experimenta el acom- pañamiento necesario en el desierto.

REFERENCIA PERMANENTE

Observando el recorrido del Éxodo en comparación con el de la existencia personal, parece que la debilidad humana y la misericordia de Dios se dan constantemen- te la mano, que la luz y la torpeza andan próximas. El éxtasis es vecino de la noche oscura, el sentimiento de la soledad más profunda cambia al movimiento enamo- rado. Al cruzar el desierto, el tiempo de la prueba se repre- senta en forma de hambre y de sed. La infidelidad y la idolatría, el egoísmo y la desesperanza, la crítica y la rebeldía, la pérdida del horizonte y la nostalgia del ayer son tentaciones que se imponen de forma tiránica en el ánimo. Sólo gracias a la paciencia de Dios y a su gene- rosa providencia, vuelve a sorprendernos el alivio del pan y del agua, la brisa y la presencia divina sentidas a su tiempo, como le sucedió al profeta Elías. De manera semejante a lo que dicen las Escrituras sobre la declaración de amor de Dios a su pueblo, se puede gustar la consolación espiritual al sentirse pro- piedad suya. En esas circunstancias cabe tomar la res- puesta: “Tú eres mi lote, mi suerte, mi heredad” (cf. Sal 16, 5). Con esta declaración, que marca la identidad del creyente, parece que están superadas todas las quie- bras, y que estamos defendidos de toda duda y nostal- gia. Pero como sucedió con los hijos de Jacob, también se puede probar el sabor de Egipto hasta que de nuevo

se deja sentir la actuación del poder divino, que libra de la esclavitud y de la desesperanza, saca del abismo de la angustia, porque Dios ama a su pueblo. En cada historia de fe, el momento en el que, por gracia, Dios se percibe dentro del corazón y se gusta su paso liberador y amoroso, es un recuerdo imborrable. Seguro que en la biografía de toda persona creyente existen fechas ungidas, destellos de luz, la experiencia de una fuerza invencible, la concentración del ser en la relación teologal. Son momentos sin sombra, hitos luminosos, que no se pueden negar. Y, sin embargo, a pesar de tanta evidencia divina, manifestada en miseri- cordia, por circunstancias inesperadas o por el oculta- miento del rostro del Señor, cabe probar el tramo des- esperanzado, la duda, la oscuridad más recia con riesgo de infidelidad, hasta el mismo peligro de vértigo ante el abismo del sinsentido. La referencia al relato bíblico libera de perecer en el presente aciago, al comprobar cómo Dios conduce a su pueblo con brazo fuerte y mano extendida (cf. Dt 4, 34), cómo es luz en la noche y sombra en lo recio del calor (Ex 13,21-22), agua en la sed (Dt 8,15), pan del cielo en tiempo de hambre (Ex 16,4), que sobrepasa además toda infidelidad y no se deja vencer por ella. Esta contemplación deja en el fondo del ser la llamada continua a la esperanza, y concede la sabiduría de dete- ner los pies en tiempo de inclemencia y de avanzar en hora de bonanza. Si en algunas encrucijadas parecen lejanos los por- tentos que obraba el acompañamiento divino, y en la noche oscura casi es increíble que pueda amanecer, por creer que no va a suceder otra cosa distinta que el aban- dono y la soledad; si el oasis, el manantial, el pan de flor de harina, en el mejor de los casos son sólo recuer- do, por el texto revelado vemos, no obstante, que Dios

permanece siempre junto a su pueblo, lo conduce y acompaña, es fiel y cumple su promesa por encima de toda circunstancia y debilidad humana (Dt 7,9). El creyente, que sufre la misma intemperie que sus contemporáneos, guarda el tesoro de la confianza y, al menos, en momentos de turbación tiene la fuerza de acallar las voces que le llaman al abismo, y permanece en el silencio de la espera, aunque no tenga otro argu- mento que lo prometido por Jesús en el Evangelio: “ Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Y se deja acunar con las palabras del salmista: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor, que volverás a alabarlo” (Sal 26).

CLAVE INTERPRETATIVA

La vida se puede vivir con mayor o menor luz, según se tenga en cuenta cómo la han vivido los mejores en circunstancias semejantes. Escojo la imagen del desier- to para exponer y comprender mejor la travesía de la existencia en clave teologal, como lo han hecho otros muchos en la historia. Las vicisitudes que vivieron los patriarcas, los profe- tas, el Pueblo de Dios, que nos relatan las secuencias bíblicas, es una referencia acreditada para dar sentido a los pasos de la itinerancia humana. Al igual que acon- teció en el Éxodo, donde todo comenzó con una inter- vención divina (Ex 12), así se puede descubrir en la his- toria personal. La existencia de cada persona se debe a una volun- tad explícita del Creador, que invita al conocimiento, a mantener una relación trascendente y amiga con Él, a través de un proceso que implica el recorrido de etapas semejantes a las que se describen en la andadura del Pueblo de Dios por el desierto bíblico. Durante ese caminar se manifestó la gloria del Señor, su propuesta de alianza y la aceptación gozosa del pacto, pero tam- bién la deslealtad, la infidelidad, la prevaricación, la ido- latría, como suele suceder en la biografía de muchos seres humanos. De estas vilezas surge la conciencia de pecado por haberse emancipado de la voluntad de Dios, pero también la experiencia de misericordia si,

con gesto humilde, se reconoce la desobediencia (cf. Ez

18,21-28).

Al igual que las latitudes inmensas del desierto están pobladas por el silencio, la soledad, el despojo, la valo- ración de lo esencial, la prueba, la tentación de desáni- mo, el acoso de circunstancias adversas, así también a lo largo del recorrido de la vida se dejan sentir los zar- pazos de la contrariedad, pero del mismo modo cabe la relación trascendente, confiada, la memoria de las veces en las que sorprende la bondad de Dios en medio de las pruebas y de ahí, el sentido esperanzador. En el silencio se oyen más los ruidos; en el desierto se escucha el propio interior. Desde estas constantes, vivir en clave de desierto es hacerlo manteniendo un grado de sensibilidad mayor, donde la atención, la cons- ciencia, la delicadeza, la percepción de la realidad se convierten en presencia reconciliada, que posibilita la armonía, la convivencia, la misericordia. Lo mismo que en el desierto el hallazgo de un pozo o manantial transforma el yermo en oasis, cuando uno encuentra en el propio interior el acompañamiento trascendente, siente una fuerza secreta que estabiliza, potencia, hace capaz de lo que es difícil imaginar sin este descubrimiento dentro del corazón. En la soledad, lo poco es acontecimiento y lo peque- ño adquiere el valor de un primer plano. Cualquier signo, palabra o gesto amable se siente como la brisa suave en el bochorno. Una clave existencial es comprender la propia histo- ria a la luz de la fenomenología del desierto, sabiendo que es un tramo temporal del camino. La meta no es el yermo, sino la tierra que mana leche y miel, don man- tenido como promesa por el Creador y por Jesús. Es muy distinto perder la dirección del camino, o dar pasos perdidos, que descubrir la orientación adecuada,

que conduce poco a poco a saborear las promesas, avaladas por la Palabra de Dios, revelación positiva que se cumple, no como sentencia, sino como ofrecimien- to amoroso. En definitiva, la imagen del desierto significa haber encontrado una clave para comprender el itinerario de la existencia como la travesía del Pueblo de Dios, como el camino de quien se siente propiedad suya, en una relación permanente con Él, tanto por el dolor que supone saberse inconsciente de tantas de sus prome- sas, como porque se celebra la experiencia del amor más íntimo en los espacios del silencio y de la soledad orantes. La clave nos la revela el Evangelio, cuando describe cómo sucedió la marcha de Jesus al desierto.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (Mt 4,1). “El Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás” (Mc 1,12-13). “Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo” (Lc 4,1-2).

Siguiendo los distintos relatos, descubrimos que en todos se cita la intervención del Espíritu Santo, la mar- cha al desierto, la tentación, y la respuesta obediente de Jesús.

EL DESIERTO

Cuando en 1969 llegué a Buenafuente, sólo queda- ban dos vecinos y las monjas de clausura. La experien- cia de soledad a los veinticuatro años me forjó como hombre estepario. El desierto se me ofreció como lugar esencial. Ante la tierra desnuda y el cielo limpio, testi- gos permanentes de toda acción humana (cf Dt 4,26), transcurrieron aquellos primeros años, sin apenas otra referencia que los barrancos y meandros del río Tajo. El desierto es fuerte, recio, árido y a la vez fascinan- te por su anchura y claridad, pero sobre todo porque permite descubrir otra belleza más honda y escuchar otra voz más profunda, muchas veces no sin dolor. En

el desierto, lugar de silencio y soledad, se perciben con

sorpresa la voz en las entrañas, un sentimiento desco- nocido que anida donde no entra ni puede entrar nadie

y producen la atracción del manantial o el miedo a lo

desconocido. En el desierto los elementos dejan su sello, el vien- to moldea las montañas, alisa sus cumbres y las peina con rizos rocosos. Mulle el suelo, lo ablanda como alfombra de seda. La roca se muestra esbelta, desnu- da, fuerte, atractiva. Embelesa la reciedumbre escarpa- da, que dialoga con la suavidad de la arena. Los testi- gos del desierto son esbeltos, transparentes, serenos, pacientes, para ellos sólo cuenta cada momento y lo viven con paz. La austeridad les permite permanecer

en equilibrio emocional, hombres y mujeres unificados en su interior. Los que habitan en el desierto atraen por su sabidu- ría, aciertan a dar a cada cosa su valor, no sucumben en lo recio de la tormenta, saben que después de la tem- pestad viene la calma y celebran sus días en el ritmo cadencioso de las horas, contemplando la policromía del reflejo solar. Ésta fue la enseñanza que, sin hablar, me dieron las monjas cistercienses. Los testigos del yermo celebran todos los matices de cada jornada. Al alba, bendicen por la luz, al ver cómo todo queda vestido con su esplendor. El sol, al medio- día, deja contemplar tanta hermosura con mirada dis- creta y protegida. Al ocaso, todo lo envuelve la luz agra- decida, que deja admirar sin herir la caricia luminosa y alargada del horizonte. Cuando se vive en contacto con la naturaleza, se es testigo del agua, en forma de lluvia o nieve; del fuego, hogar y sol de plano; y de la tierra, matriz humana, que en su fuerza más pura transmiten la huella o el destello de Aquel que ha dejado en la materia el rastro de su ser omnipotente. “¿Adónde te escondiste, Amado?”, pre- gunta el místico, y pronto se responde: “Pasó por estos sotos con presura e yéndolos mirando, con sólo su figu- ra, vestidos los dejó de su hermosura”. El texto bíblico canta: “Cielo, viento, agua, fuego, tierra, bendecid al Señor” (cf. Dn 3). Después de cuarenta años en el Sistal, sin desear manipular tu historia, te puedo aconsejar, como testigo del silencio: déjate conducir por el Espíritu al desierto, donde la soledad, la oración, la mirada al horizonte, la trascendencia, las palabras esenciales, la Palabra de Dios se convierten en el pan y en el agua, apoyos nece- sarios para subsistir en tiempo de inclemencia (1 Re

18,4-8).

Si no tienes un lugar adecuado, entra en tu cuarto, en tu habitación interior, donde sólo Dios ve y escucha tu plegaria (Mt 6,6). Ahí, en lo secreto, eleva cada día tu súplica, rinde tu cuerpo y tu mente en adoración, y ábrete a lo que Él desee decirte por medio de la provi- dencia de su Palabra, que puedes leer en las Sagradas Escrituras. No te inventes respuestas ni propósitos precipitados; espera, este tiempo dura lo suficiente –cuarenta años– para que puedas llegar a comprender cómo y en qué debes cambiar tu vida. La obediencia es esencial. Sólo si llevas a cabo lo que escuchas dentro o haces entera- mente tuyo lo que oyes desde fuera, no sentirás violen- cia al cumplirlo, sino plenitud. No te invito a un ejercicio introvertido para crecer en estima personal, sino a un camino de contemplación y seguimiento detrás de Jesucristo, que nos desvela que el amor consiste en dar la vida por los demás. Con esta actitud se llega a la humanidad lograda. “Al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13). Este tiempo encierra la clave de la inteligencia de todo acontecimiento, porque es una etapa, aunque duradera, abierta a la luz pascual. La entrega, que en un primer momento parece costosa, se convierte en fuen- te de alegría. Paradójicamente, la cruz es signo de vic- toria. Por el Crucificado que vence a la muerte, todo puede comenzar de nuevo y llegar, después de la cua- rentena, a la luz pascual. Quizá necesitas el bálsamo del perdón. No dudes en pedirlo, la misericordia de Dios es eterna, y Él no des- oye la súplica de los que lo invocan, sino que escucha siempre favorablemente el gemido de quien solicita, humilde, la gracia. El peregrino creyente encuentra su secreto para no arrastrar la sobrecarga de su historia

negativa cuando celebra el abrazo del perdón sacra- mental. Quizá en medio del silencio recibirás la insinuación que te invita a la austeridad, a compartir tus bienes, a gestos solidarios, que serán la mejor expresión de la ascesis. Siempre tendrás junto a ti o te llegará la noti- cia de personas necesitadas. El amor se manifiesta generoso. Tanto si vives en un espacio de soledad física o acompañado, en medio de la naturaleza o en la ciudad, la sabiduría del desierto enseña a descubrir el acompa- ñamiento de lo que de manera silenciosa se convierte en el mejor valedor de la verdad del corazón, el senti- miento de paz.

AVISOS PARA LA TRAVESÍA

No siempre se puede contar con alguien que te advier- ta de las inclemencias del camino. Es aconsejable, cuan- do se va a emprender un viaje que encierra algún riesgo, recibir algunas consignas previas, para que en caso de necesidad, haya recursos propios y se puedan resolver las dificultades lo mejor posible, sobre todo las que suceden por reacción desconcertada ante lo inesperado. Sin paternalismo, y sin poder evitar que algunas enseñanzas sólo se aprendan por experiencia personal, te puedo adelantar:

– Si te parece que en tu camino de fe y de seguimien- to evangélico, según tu forma de vida, te asaltan dudas y no tienes a mano certezas que te den seguri- dad, recuerda que el Pueblo de Dios tardó cuarenta años en pisar la tierra prometida (Ex 16,35).

– Si sufres tentaciones de manera persistente y echas la culpa a otros, te aviso que la tentación te acompa- ñará durante toda la existencia. Recuerda que Jesús también fue tentado desde el inicio de su vida hasta la hora de su muerte (Lc 4,13).

– Si te parece que no avanzas, que andas siempre igual o quizá peor, ten en cuenta que en el desierto los pai- sajes son muy parecidos y a veces hasta se borran las huellas del camino por el viento que alisa la arena, y es muy fácil perderse (Tb 5,7).

– Si avanzas por el desierto, es posible que a cierta altu- ra de la travesía te asalte el miedo. Pero, si estás solo, nadie te puede hacer daño, más bien es una reacción que se produce en tu propio interior (Dt 1,21).

– No andes imaginando una tregua en tu aridez, o ansiando el encuentro con una persona que te alivie la soledad, pues en esos casos, si no acontece el deseo, el camino se te hará insufrible. Si avanzas confiado, cuando menos lo esperes, de pronto, pue- des gustar el alivio de un oasis y la presencia compa- ñera en el camino (Gn 26,24-25).

– Ten en cuenta que la adversidad dura siempre más de lo que se desea. Asumir la prueba como algo duradero sólo es posible de manera serena recibién- dola como algo trascendente. Esta clave ha sido el secreto de los que más han resistido (Sal 26).

– Lo peor de todo es ver lo negativo como algo abso- luto, adelantar mentalmente hipótesis adversas e imaginar un futuro despojado de auxilios. Prueba a vivir con la confianza que te presta la fe y con la cer- teza de que no caminas solo ni abandonado y descu- brirás el auxilio suficiente (Ex 3,12).

– Da crédito a que los que han resistido en la prueba, después han visto la luz y han comprendido el senti- do del sufrimiento, e incluso han llegado a tener en menos el dolor vivido comparado con el gozo poste- rior (Rm 8,18).

– En el desierto no existe el entretenimiento pasajero exterior. La riqueza del paisaje más fascinante se des- cubre dentro de uno mismo (Za 2,14).

– En el desierto lo más duro es el combate que se enta- bla con los primeros impulsos negativos, que pueden parecer insuperables. Después, si se dominan, acon-

tece la calma, se serena la mente y se gusta la anchu- ra de un paisaje de horizonte abierto y en la noche se contempla el cielo totalmente despejado y colma- do de estrellas (Gn 15,5).

– En el desierto, al principio, dan ganas de huir. Des- pués se descubre que es el espacio más amable y recreador. Nunca se vive mayor intimidad y propio conocimiento como en el desierto (Os 2,16).

– En el desierto en poco tiempo se avanza mucho, porque gracias a que nada ni nadie distraen del cami- no espiritual, se llega antes a las capas más profun- das del ser, y si se acepta la misericordia de Dios, se llega a gozar con agradecimiento de la propia identi- dad (Sal 16 [15],9-11).

– No adelantes acontecimientos. No precipites hipóte- sis, permanece, si es preciso, con súplicas intensas, pero te aseguro que te acontecerá lo que no esperas, el descubrimiento de estar habitado en tu propio interior (Jn 14,23). ¡Ánimo en la etapa! Y como se dicen los peregrinos a Compostela: “¡Buen camino!”

EL VÉRTIGO DEL LÍMITE

Con frecuencia, la prueba más dura en el desierto es la experiencia del propio límite, de la fragilidad y falta de fuerzas para continuar el camino. Pero ¿qué hacer, si no se puede volver hacia atrás? Si en el proceso de maduración espiritual, que acontece durante la andadu- ra a través del desierto, has llegado a tocar el límite de tu capacidad de resistencia y el de tu soledad, y has sabido acompañarte con la relación orante, cabe, sin embargo, que palpes de nuevo la desolación, que no quiere decir infidelidad, sino crecimiento. Para momen- tos así, en los que te acosa la desesperanza y el escep- ticismo, tienes en la experiencia del discípulo de Jesús, Santo Tomás, una posibilidad de atravesar la barrera aparentemente infranqueable. El apóstol pone en sus labios la expresión recia y teologal: “Señor mío y Dios mío” (Jn 21,28), por la que se supera toda resistencia a creer en la presencia viva del Señor. Mas si comparas tus pasos con los que llevaron al discípulo hasta la oblación total de sí mismo, puedes percibir en ti la distancia entre lo que pronun- cias con los labios y lo que acontece después en el cora- zón, cuando se te imponen los sentimientos y deseos más primarios, que no coinciden con la radicalidad de quien ha profesado tener a Jesús como único Señor, exigencia que se revela en el desierto como única posi- bilidad para no perecer en la idolatría.

El Evangelio asegura que “no se puede servir a dos señores” (Mt 6,24). Sin embargo, muchas veces se intenta la artimaña de convivir con la pertenencia cre- yente, y hasta de consagrados a Dios, y con la abertu- ra a los deseos de la naturaleza. Para el apóstol, Cristo es el único Señor, y tal decla- ración exige la totalidad del ser y la pertenencia absolu- ta. Significa que en la jerarquía de las relaciones, Él es el primero, a quien hay que servir y amar por encima de todas las cosas. Ésta fue la gran revelación que Dios hizo a Moisés en el Sinaí: “A ti se te ha dado a ver todo esto, para que sepas que el Señor es el verdade- ro Dios y que no hay otro fuera de él” (Dt 4,35). En caso de conflicto de intereses, toma la voluntad del Señor como último criterio. “Sólo Dios es Dios”, o como dice Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. Observa la pedagogía de Jesús, que permite al discí- pulo que le palpe las heridas, no como signos deslum- brantes, sino como señales indicadoras del camino para llegar, por un lado, al conocimiento del Maestro y por el otro, a su propia identidad de discípulo. La declara- ción de Santo Tomás no deja lugar a la duda. Sólo el Señor es quien colma el corazón del ser humano. Detente un instante y observa la exclamación de Santo Tomás: “¡Dios mío!”, expresión de asombro, de sobreco- gimiento, de súplica, que coincide con la expresión de Cristo en la cruz, actitud orante a la hora de su muerte. Cuando se llega al límite de la noche oscura, en el espacio infinito de la soledad íntima, experiencia que asalta tantas veces en el desierto, la exclamación del apóstol, semejante a la de Cristo, se convierte en con- traseña que identifica y configura, en puerto seguro, en el que descansa el alma. En el momento de la peregrinación, cuando se ha llegado a percibir el callejón sin salida, exiliado de la

comunión y en la soledad dramática de uno mismo, no queda otra solución que arrojarse en las manos del Padre en total abandono. Ésta fue la actitud que tuvo Cristo. En el trance supremo, la invocación del nombre de Dios, su Padre, indica el reconocimiento de quién es el puerto seguro. ¡Cuántas veces la pedagogía divina permite que se llegue al límite de la capacidad, donde el ser humano, cuando ya no puede levantar los ojos a nadie que le pueda salvar y se encuentra en la hondura de su fragi- lidad esencial, comprende que sólo Dios se ofrece como único Salvador! El ciego de Jericó, derrumbado, tendido en tierra, en la marginalidad del borde del cami- no, echado sobre su manto de enfermo crónico, tuvo la sagacidad de gritar al paso del Señor: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” (Mc 10,46-52), súplica que muchos hombres y mujeres del desierto han puesto en sus labios. El ciego recuperó la vista. Quizá has experimentado lo que dan de sí las cosas, las obras de tus manos y tus relaciones humanas. Tal vez has gustado el sabor de la idolatría y, como grito de auxilio, exclamas: “Señor mío y Dios mío”. En tan extrema necesidad, sólo concede descanso invocar el nombre de Dios con fe. Es posible que las criaturas hayan podido presentar- se en competencia con el único Dios. Por subjetivismo y por el afán de poseerlas, has podido volver la mirada hacia ellas y al final te has quedado en total soledad. El retorno del discípulo al cenáculo y el encuentro con Jesucristo Resucitado te señalan la dirección que debes tomar en momentos semejantes. Jesucristo es el único Señor, el Dios verdadero, en Él descansa el corazón, se rinde la mente especuladora. La adoración humilde se apodera del deseo y del senti- miento. Ahora no hay otra imagen ni afán. Postrado,

de rodillas, como el publicano, como el ciego, como el paralítico sentado al lado de la piscina, la exclamación hecha confesión y súplica devuelve la esperanza, armo- niza el alma, te reconcilia. En tales circunstancias no dudes en pronunciar, como el apóstol: “¡Señor mío y Dios mío!”, o como el ciego: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”, “¡Señor, que vea!”, y aguarda confiado el paso del Señor. Es muy posible que, al menos, se abra ante ti la presencia luminosa de un oasis en el desierto.

¿Qué hacer con saberse herido, con reconocer la causa

y que la historia confirma que la dolencia es crónica,

aunque sea más o menos evidente o clandestina?

Se llega a la evidencia de no poder sobrellevar la carga

a solas.

Ya no quedan argumentos ni estrategias evasivas. Los hechos demuestran la debilidad menesterosa,

la pobreza más profunda,

que necesita pródiga la generosidad de otro.

Sólo queda volver, una vez más, por más que duela,

a la mirada entrañable de quien,

conociendo la naturaleza humana, la ha purificado, haciéndose mediación reconciliadora por su entrega, para redimir a la carne de su derrota.

Sólo queda dejarse decir la Palabra eficaz, que realiza en el corazón la intervención más delicada y respetuosa, por la que retorna la vida y la alegría.

Sólo queda postrarse,

a la manera del publicano del Evangelio;

levantarse de la cuneta, como el ciego; gritar, si es preciso, como el leproso;

intentar llegar a tocar el manto, como la cananea; acoger la moción de la llamada, como Mateo; dejar que se pose la mano del Señor sobre la herida, y recobrar la carne sana y el corazón remecido de templanza.

APOYOS PARA LA TRAVESÍA

La experiencia de haber hecho el camino concede el equipamiento de la sabiduría. Los más ancianos son los

más sabios; ellos han andado más y una palabra suya encierra la profundidad de la vida entera. Sin arrogar- me tanto conocimiento, me atrevo a compartir algunas luces recibidas desde la aplicación de la Palabra de Dios

a la andadura por el desierto. Es posible que la tentación te quiera convencer de tu incapacidad; en esa encrucijada, te invito a que obser- ves la travesía del pueblo de Israel por el desierto. El pueblo escogido experimentó el brazo fuerte y la mano extendida de Dios, que le libró de perecer víctima de las aguas y del poder de Faraón (Ex 14,31). Referencia que siempre debe dar confianza a quienes, por obe- diencia a la voluntad divina, se encuentran atravesando alguna prueba, la vida misma. En las etapas del desierto bíblico, aunque nada era fácil

y a veces el pueblo padeció sed y hambre por no tener a mano la comida deseada y sintió con fuerza el hastío, sin embargo, tanto la gente como sus ganados tuvieron lo necesario en el momento oportuno (Dt 8,15). Providen- cia que debiera infundir serenidad en lo más recio del camino, a la vez que se presenta la ocasión solidaria y compasiva con los sufrimientos de los que tienen menos. Al contemplar el itinerario del Pueblo de Dios por el desierto durante cuarenta años, se ve que no faltaron

circunstancias adversas, en las que sufrió la tentación de increencia e infidelidad. A su vez, en la misma itineran- cia, Israel encontró apoyos que lo libraron de perecer víctima de sí mismo. Dios le ofrecía la celebración de la alianza, el perdón, y hasta les conservaba las sandalias y el vestido a los hijos de Israel (Dt 29,4). Al reparar en cada uno de estos apoyos, se encuen- tran semejanzas con las ayudas que el creyente recibe a lo largo de la existencia. El agua de la roca evoca el bautismo, la declaración de Jesús a la samaritana, el costado abierto del Crucificado (Ex 17,6; Jn 4,7; Jn 19,34). Los sacramentos aseguran la provisión necesa- ria y esencial. El pan de cada día es el pan del cielo que no perece, la cena del Señor, el banquete reconciliador que fortalece y reanima. Si la existencia humana se parece a la travesía del Pueblo de Dios por el desierto, hace falta un guía que acompañe, una mediación providente que señale y objetive la voluntad divina, muestre la dirección del camino, sea testigo de la experiencia trascendente, sirva de contraste de la propia conducta, sea valedor con su oración en el discernimiento de la llamada. Si la historia personal es semejante al camino del Éxodo, la itinerancia del pueblo de Israel comenzó como respuesta a la llamada, en obediencia, con ánimo decidido, en actitud de andadura, ceñidos los lomos, sandalias en los pies, bastón en la mano, para un camino largo, confiados en la Providencia divina (Ex 12,11). Los diversos fenómenos que se dieron a lo largo del camino forjaron la conciencia del Pueblo de Dios de ir acompañados por la presencia divina, hecha más pal- pable en algunos signos extraordinarios. El paso del mar a pie enjuto, el maná, la curación de las mordedu- ras de las serpientes…, fueron suficientes señales del

compromiso de Dios, hecho alianza, de ir con su pue- blo hacia la tierra de la promesa. La manifestación de la gloria de Dios sobre el monte Sinaí (Ex 16,10; 24,15-18), la nube de la presencia divina sobre la tienda del encuentro (Ex 33,10), el rega- lo de las tablas de la ley (Ex 24,12), la unción por el Espíritu de los setenta ancianos para proveer al pueblo de referentes en el camino (Ex 24,1.9), los guías susci- tados de en medio del pueblo reafirman la fidelidad divi- na.

La vida cristiana se inicia con la travesía bautismal para seguir con la participación en la mesa del Señor, la experiencia de misericordia, el auxilio de la Palabra divina, la gracia del acompañamiento providente con distintos acontecimientos, que desde la fe se compren- den como signos del amor de Dios. La oración, el trato posible de amistad con Jesucris- to en la Eucaristía, ser comensal en la mesa de la Pala- bra y del Pan santo, la sensibilidad despierta que perci- be las actuaciones del Señor son suficientes destellos de la teofanía y de la revelación transfiguradora que libran del peligro intimista y del subjetivismo engañoso. La travesía del desierto obedece a la promesa de entrar en la tierra permanente, patria estable del Pue- blo de Dios. La andadura es una profesión de esperan- za, un signo de abandono confiado, mientras se aguar- da la llegada del Señor, entrar en la estancia definitiva, donde ya no habrá llanto, ni dolor (Ap 21,4).

EL GEMIDO INTERIOR

En la larga travesía del desierto, simbolizada en la cuarentena de años, hay tiempo para todo y es frecuen- te sentir el zarpazo en las entrañas por motivo de algu- na insatisfacción personal o causada por otros. En esos momentos, a pesar de todos los apoyos y claves inter- pretativas, en el camino viajero, tantas veces estepario, al cruzar las latitudes del desierto de la soledad más ínti- ma, la que percibe el corazón en lo más secreto, se escucha en lo más profundo un gemido que no es fácil interpretar. Es fácil escribir el sentimiento, manifestar, por nece- sidad de desahogo, el alma, liberar la mente de su ence- rramiento, plasmando la imagen que la bloquea y que, de no pronunciarla, se apoderaría del corazón la ame- naza. Pero qué se gana con decir el sentimiento, si no se cura la causa del dolor, porque si se alivia por un ins- tante la angustia, permanece la raíz de la inclemencia. Los golpes reiterados en la misma herida despiertan enseguida en la conciencia la desesperanza, al consta- tar cómo permanece la vulnerabilidad sangrante. El lamento, el gemido, el llanto consuelan, mas no curan. Escribir el alma alivia, pero el descanso sigue siendo pasajero. No sirve la propia comprensión, ni la actitud adulta, que se enfrenta a la dolencia con datos objeti- vos, normalizadores de la historia. Ya no sirve traer como medida el canon de las constantes humanas que

marca la estadística, ni la excusa de que la herida es efecto de la naturaleza frágil. Se ha tenido que gustar el poso amargo, encontrar- se ante el callejón sin salida, experimentar el límite de las fuerzas, para exclamar: “¡Dios mío, ven en mi auxi- lio!” Se ha tenido que sentir el hielo del vacío, palpar el desencanto compañero, consumir todas las expectati- vas, para reconocer de dónde viene la ayuda: “El auxi- lio me viene del Señor”.

Desde lo más hondo de mí te invoco, Señor. Tengo ronca la garganta de tanto gritar a mi Dios. “Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica”.

Mas, Señor, si al gritarte con tanta angustia me respon- dieras que considerara la causa de mi desvalimiento, perecería en desesperanza. “Si llevas cuenta de los deli- tos, Señor, ¿quién podrá resistir?”.

Sólo el recuerdo de tu Palabra me presta confianza. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias”.

Son circunstancias en las que se despierta la búsque- da intensa, que no siempre acierta a encontrar el cami- no del acompañamiento luminoso. Entonces se avanza a tientas en un proceso en que, a pesar de la prueba, no faltan descubrimientos fascinantes y experiencias que conceden sabiduría. Si no se está avisado, es muy fácil tomar el sendero de lo más inmediato, con pretensión de satisfacer la ansiedad. Al buscar aquello que consuela, es posible encontrarse con propuestas engañosas y con razona- mientos que solamente en apariencia son legítimos. Mas muy pronto el vacío, la soledad, el desierto se tor- nan aún más ásperos.

Hay momentos en los que, dentro de la perplejidad, se oye una invitación reconciliadora, que llama a restau- rar el trecho andado desde la experiencia humillada, con la posibilidad de una relación distinta. En lo más hondo, se percibe una presencia invisible que atrae hacia la trascendencia y suscita la súplica menesterosa. De este modo, llega a sentirse un resquebrajamiento del movimiento encastillado y egocéntrico para celebrar una propuesta consoladora, aunque a veces dolorida, de retornar a los brazos entrañables en los que se escu- cha el perdón divino. En principio, parece mejor un camino sin tantos accidentes, una crónica colmada de satisfacciones por el éxito en el empeño y por los frutos del reconocimien- to. Sin embargo, la historia narra otra forma de avan- zar, a veces difícil de interpretar si no fuera por la Pro- videncia de haber sido acogido en la posada del Buen Samaritano, donde se experimenta un amor generoso, gratuito, que quizá no se apreciaría ni se hubiera llega- do a gustar de no haber necesitado la misericordia. Es cierto que no se puede proyectar una forma de vida en la que se incluya la torpeza de escoger el cami- no errado, para después gozar el bálsamo restaurador. Pero cuando por razones que no se acaban de explicar ni de entender, la crónica es un relato de tropiezos y sinsabores, siempre cabe la lectura del reconocimiento, en vez de la reacción resentida. Reconocimiento de un amor gratuito, atento, que se ofrece en los momentos de mayor intemperie y que va dejando en el corazón la certeza de no caminar solo, de no estar abandonado a un destino oscuro, sino que se puede gozar de la rela- ción íntima de la amistad más inenarrable. En una situación límite, el relato no es una crónica preestablecida, un canon de circunstancias que se suce- den de forma automática. Ante los mismos hechos

caben muy diferentes reacciones: las de justificar el error cometido, que mueven al disimulo, a ocultar el disgusto, a aparentar serenidad, e incluso a intentar aprender de los fallos cometidos, con propósitos empe- ñativos y solitarios. O la que reconoce la debilidad y suplica la misericordia. La Sagrada Escritura describe situaciones emblemá- ticas de opciones independientes, como la del hijo pró- digo, o de accidentes inesperados en el camino, como el del hombre al que asaltaron cuando iba hacia Jericó. En todas las circunstancias los relatos bíblicos terminan en una escena de reconciliación. Lo más sorprendente es que el gemido tiene su máxima posibilidad, aun sin darnos cuenta, en la gracia de Dios que nos atraviesa y nos llama a ser enteramen- te de Él. El Espíritu, que nos habita, nos hace del Señor, nos enseña un lenguaje íntimo y esponsal, gime dentro de nosotros. La reacción adecuada es escuchar y obe- decer sus insinuaciones. La moción reclama atención, sensibilidad, escucha interior. En el gemido, pidamos al Espíritu la capacidad de escucharlo y de acogerlo. Cabe que sea un susurro que llama a la reconciliación, cabe que sea el indicativo de una misión o gesto en favor de los demás.

CUESTIONES EXISTENCIALES

A lo largo del camino, a veces monótono o adverso, se dispone de más tiempo para darse cuenta de las pre- guntas existenciales. Hay momentos en los que a la mente la asaltan cuestiones de difícil respuesta. Cuando se precipitan e invaden el interior, si se vive en soledad, sin el recurso de alguna mediación con la que compar- tir las dudas y verbalizar el sentimiento, se pueden sufrir horas muy recias, en las que parece que todo se cierra y pierde su sentido. Es como si se viviera en un callejón sin salida, abruma el futuro, se agiganta la sombra y la impaciencia, crece el miedo, hasta puede haber brotes de pánico, reacciones que acechan como riesgos gra- ves para mantener la estabilidad personal. ¿Por qué, si en la travesía del desierto se experimenta la mano de Dios, que abre el mar y libra de los enemi- gos, se olvida su intervención poderosa y favorable y se llega a creer que es una desgracia haber salido de la escla- vitud? Los israelitas sintieron nostalgia de los melones de Egipto, en vez de valorar la libertad en el desierto. ¿Por qué, si en el momento del aprieto siempre ha estado tendida la mano providente, que hasta hace bro- tar agua de la roca y envía pan del cielo, cuando llega la prueba se instala la sospecha de estar abandonado, a merced de los acontecimientos? El presente, en apa- riencia negativo, es despótico, desplaza la esperanza, hunde en el pesimismo, y adelanta jornadas negativas,

sin horizonte, que si no se está avisado pueden produ- cir una crisis en la conducta.

¿Por qué, si en lo más duro del camino, Dios se ha manifestado con favores extraordinarios, para consoli- dar la certeza de su acompañamiento entrañable, hay momentos en los que la imaginación sólo traza hipóte- sis negativas? Se pierde la capacidad de reacción, los fantasmas acosan obsesivamente y llegan a oprimir casi por completo y en esas circunstancias cabe que la mente sugiera soluciones más o menos dramáticas como salida. ¿Por qué, si en la travesía del desierto Dios se dispo- ne a la mayor declaración de amor, se entra en la sos- pecha de que la estepa sólo es terreno árido y etapa superior a las propias fuerzas? ¿Por qué, si el desierto se muestra como tiempo y espacio para estar a solas con Dios, dan ganas de huir

o se cae en depresión, nace la rebeldía o se recrudece

la crítica, en vez de disfrutar de la intimidad y ternura que ofrece el trato con la presencia divina en la tienda del encuentro?

¿Por qué se impone el pensamiento escéptico y negativo aun en el caso de prever un futuro fecundo, en el que no se agota el manantial y la tierra da cuatro

cosechas?

El itinerario del Pueblo de Dios a través del desierto

y los testigos que han sabido vivir del modo más recio

la estancia en el yermo, iluminan estas cuestiones y liberan de contestar a las preguntas de manera intras- cendente o meramente sociológica; ofrecen la forma de vida creyente y teologal, fuente de sabiduría.

¡Cómo alivia la referencia a situaciones semejantes que se han resuelto positivamente! El Éxodo del pueblo de Israel se convierte en paradigma de nuestro camino

y desde la andadura nómada, pero acompañada del

ejemplo de los Patriarcas y de los profetas, surge una respuesta que libera de la caída en la encrucijada exis- tencial, que con relativa frecuencia se presenta a lo largo de la vida. Si la sed, el hambre, la duda, la soledad, la impacien- cia se resolvieron providencialmente, ¿por qué hoy no puede suceder lo mismo? Si se deja que penetre esta pregunta en la vorágine oscura, se habrá hecho una brecha en el cerco al que se había sometido a la con- ciencia, y comenzará a vislumbrase la salida del túnel, preludio de la victoria.

SEÑOR, SI TÚ QUIERES, PUEDES:

– limpiarme. Si quieres, puedes extender tu mano sobre mí y quedar curado de todas mis dolencias.

– perdonar toda mi historia emancipada de tu amor, todos mis pecados.

– dejar en mí la necesidad constante de buscarte.

– hacer que pase del concepto al amor, de decir bonitas palabras a ser enteramente tuyo.

– enamorarme y que no tenga otro motivo de tra- bajar, de vivir que tu persona.

– limpiar mi mente de toda imagen extraña a la bondad, verdad y belleza que no seas Tú.

– hacer que mi corazón no anhele otra relación que la tuya.

– acrecentar en mí la fe en ti y que camine siempre

a tu luz.

– purificar mis sentimientos, mis intenciones, la razón de todos mis actos, el motivo profundo de mis pisadas.

– hacer que vea siempre el lado bueno de las cosas

y las cualidades de las personas.

– hacer que toda mi actividad sea siempre por amor a ti y para gloria de tu nombre.

Y sobrecogido, sin manipular el texto evangélico, leo con mis ojos y escucho con el oído interior:

– “Quiero, queda limpio”.

– “Perdonados te son tus pecados”.

– “Vete, y no peques más”.

– “Levántate y anda”.

– “Sígueme”.

– “Vente conmigo”.

– “Vamos a un lugar tranquilo”.

– “Ve a anunciar que el Reino de Dios está cerca:

los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, los leprosos quedan lim- pios, a los pobres se les anuncia la buena noticia”.

Hechos del barro

En el desierto se tiene el privilegio de pisar y de tocar la tierra, entrar en contacto inmediato con la matriz de la humanidad, el polvo del suelo. La Palabra de Dios, que asegura la identidad humana como semejanza divina –“«Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra». Y creó, pues, Dios al ser humano

a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y

mujer los creó” (Gn 1,26-27)”–, también afirma:

Entonces Dios formó al hombre con polvo del suelo,

e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el

hombre un ser viviente” (Gn 2,7). El ser humano es semejanza divina, tesoro escondido en vasijas de barro. El encuentro prolongado con la propia debilidad podría conducir al pesimismo, por pensar que somos irremediablemente frágiles, vulnerables, heridos. Sin

embargo, siempre cabe la esperanza, si se sabe perma- necer en las manos de Dios, como el barro en manos del alfarero.

Visita al taller del Alfarero

Cerca de Buenafuente se encuentra una de las ciu- dades más famosas y acreditadas en alfarería. La población de Priego, en Cuenca, mantiene viva la tra- dición artesanal de fabricar los mejores botijos. Por motivo de esta proximidad, he podido ver cómo el alfa- rero guarda como tesoro la arcilla cernida, húmeda, con la que hace las vasijas con sus propias manos. El polvo y la tierra unidos al agua se convierten en barro. El barro es la materia preciosa que usa el alfarero para su trabajo creativo.

Un alfarero trabaja laboriosamente la tierra blanda y modela diversas piezas, todas para nuestro uso; unas van destinadas a usos nobles, otras al contrario, pero a todas las modela de igual manera y de la misma arci- lla. Sobre el servicio diverso que unas y otras han de prestar, es el alfarero quien decide” (Sb 15,7).

La palabra “barro”, en el contexto bíblico, evoca uno de los elementos más identificativos del desierto. Al comprender el significado a partir del lenguaje revela- do, se descubre una posible interrelación con los térmi- nos tierra, polvo del suelo, arcilla… que ayuda a enten- der mejor el sentido del desierto. Al ir tejiendo los textos en los que aparece la expre- sión barro y sus sinónimos, al mismo tiempo que emer- gen diferentes paralelismos, se descubre un sentido más profundo, existencial y práctico de la espiritualidad del desierto, y surge una comprensión mayor del mensaje de las Escrituras.

En el acto creador, la obra que sale de las manos de

Dios es una criatura. Mantener esta conciencia es un principio de sabiduría –“También yo de arcilla fui plas- mado” (Job 33,6). “Señor, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura

de tus manos todos nosotros” (Is 64,7)–, perderla aca-

rrea toda serie de desgracias.

¡Qué error el vuestro! ¿Es el alfarero como la arcilla, para que diga la obra a su hacedor: «No me ha hecho», y la vasija diga de su alfarero: «No entiende el oficio?»” (Is 29,16).

Si la tierra y el polvo nos deben hacer recordar nues- tro ser creatural –«¡Mira que soy atrevido de interpelar a

mi Señor, yo que soy polvo y ceniza!» (Gn 18,27)–, a su

vez, para quien sabe leer todo en Dios, los términos evo- cadores de la contingencia se convierten también en potencialidad, al recordar lo que Dios puede hacer con el barro y el polvo del suelo. Salomón respondió a Dios:

Tú tuviste gran amor a mi padre David, y a mí me has hecho rey en su lugar. Ahora, pues, oh Señor, que se cumpla la promesa que hiciste a mi padre David, ya que tú me has hecho rey sobre un pueblo numeroso como el polvo de la tierra” (1 Cr 1,8-9).

El desierto, matriz de la que nacemos, travesía obli- gada, parámetro que nos da la identidad de peregrinos, concede la sabiduría de vivir en conciencia de fragilidad, de criatura y con la esperanza de poder ser rehechos constantemente por las manos del Alfarero, iluminados nuestros ojos con el don de la fe.

Frutos de la visita a la alfarería

Ante el trabajo artesanal del alfarero, se descubre que es posible siempre restaurar la vasija, si permane-

ce en sus manos. Al vernos representados de una forma tan magistral en la imagen profética, que se rea- liza en la alfarería, podemos llegar a algunas considera- ciones que ayudan a conocerse a sí mismo y afectan la conducta.

Traer a la memoria la condición humana es sabidu- ría. Ser conscientes del barro del que estamos hechos mueve a sensibilidad. Recordar, sin angustia, la historia de las quiebras perdonadas suscita gratitud. Desde el trabajo amoroso, delicado, artístico del Alfarero, deprimirse por saberse débil, arcilla, es orgu- llo. Olvidar que hemos sido hechos del polvo del suelo es prepotencia. Resignarse en la propia fragilidad es desesperanza. Pactar con la fragilidad es increencia. Romperse por fragilidad es condición humana. Ponerse en las manos del Alfarero es la mayor posibili- dad. Abandonarse a los designios del Alfarero es con- fianza. Pero también es verdad que edificar sobre arena es insensatez. Creerse fuerte, invulnerable y seguro es temerario. Dejarse restaurar es respuesta creyente. Conocer el tesoro que llevamos dentro, a pesar de la vasija frágil que lo guarda, concede paciencia y esperanza. Esperar

a que las manos del Alfarero rehagan la vasija y la fra- güen con su amor de Padre es la historia de todo cre- yente confiado. Tener memoria de las propias grietas reparadas es participación en la luz pascual. Comprender la debilidad de los otros es misericordia

y ejercicio de memoria de la propia debilidad. Tener en

cuenta la fragilidad de los otros inspira ternura. Juzgar la debilidad de los demás es atrevimiento incoherente. Ayudar a restaurar las arpaduras es acción entrañable.

No en vano dice la Escritura que Dios hizo al hom- bre del polvo del suelo, y que la gran experiencia de Israel como pueblo de Dios se fraguó en el desierto, que

los grandes patriarcas y profetas son testigos del desier- to, y que las alianzas selladas entre Dios y su pueblo tuvieron, en muchos casos, el desierto como lugar teo- lógico.

Memoria de la creación

Dios Creador, que tomaste en tus manos barro del suelo, tierra árida y seca, y con el aliento de tu Espíri- tu, con tu soplo formaste al ser humano a tu imagen, criatura tuya, en quien te mirabas cada tarde a la hora de la brisa, en el jardín primero. Dios Creador, dador de la existencia, que por des- bordamiento de amor y opción generosa tomaste la opción de compartir tu vida con tu criatura y lo hiciste todo hermoso y bueno, reflejo de tu gloria. Dios Creador, hálito divino, que por tu poder y bon- dad diseñaste el universo colmado de favores y lo poblaste con seres de toda especie, manifestación de tu sabiduría. Dios Creador, que diste al hombre la capacidad de hacer el bien, de acrecentar la bondad y de expandir la belleza, asociado a tu fuerza creadora. Dios Creador, que te arriesgaste a hacer a tu criatu- ra libre y capaz de amar, a pesar de que pudiera mal- versar los dones divinos que de ti había recibido. Al contemplar la respuesta humana a tu proyecto generoso, necesito traer a la memoria la sinrazón pre- tenciosa que convirtió lo fértil en desierto, la libertad en prepotencia, el amor en envidia, la relación amiga en independencia, el paseo gozoso en actitud huidiza, la transparencia del corazón en excusa evasiva, el jardín primero en yermo y el barro humedecido y habitado por ti en existencia errante.

No cedas en tu proyecto bondadoso. No renuncies a la obra de tus manos. No reniegues de lo que hiciste por amor. No te olvides de quien, para soportar su error, pierde la memoria de su origen. Dios Creador, recrea el universo. Restaura la vasija desfigurada y rota. Rehaz con tus dos manos, tu Hijo y el Espíritu Santo, tu imagen en los hombres: que refle- jen tu mirada misericordiosa, para que seamos capaces, de nuevo, de contemplar el don de vida que subsiste en todas los seres y reconozcamos a nuestro Hacedor, fuente y origen de toda bondad, belleza y verdad que habita en el corazón de la criatura.

Del barro me formaste

Polvo soy, de polvo me formaste, de materia arrastrada por el suelo, y levantada en alto por el viento.

Polvo soy, con agua humedecido, barro, arcilla, posibilidad en manos de artesano.

Polvo de arena, que ciega y pule, que borra, despierta y curte, obediente al viento que lo lleva.

Polvo soy, informe semejanza, hasta tomar tu imagen y hermosura, plasmada en mis entrañas.

Barro de arcilla me escogiste, para llevar a cabo tu proyecto más íntimo y divino, tu propio Hijo.

Del polvo me sacaste, deslumbrante destello,

y me hiciste amigo,

en tu cuenco entrañable.

Semejanza me formaste de tu rostro divino.

Extasiado me infundiste vida,

y hoy te reconozco mi Artesano.

Si tan frágil soy como vasija, quiero estar siempre húmedo en tus manos, capaz de restaurarme, nuevo proyecto bendecido.

Tómame, Artífice, ensancha mi vaso, porque quepa tu gracia y tu llamada

y me haga heraldo.

Cuerpo, humanidad, visibilidad de tu mirada. Sacramento, trascendencia, existencia, historia, profecía.

LUGAR DE LA ESCUCHA

En las largas travesías por los montes que coronan el curso del río Tajo, cuyas aguas rompen la roca viva y descubren los distintos estratos quebrados de la época auriñaciense, cuando nadie se acercaba a contemplar la belleza de los meandros escondidos entre choperas, sabinares, pinos y enebros, sentí la experiencia estre- mecedora que se produce cuando, adentrado en la densa soledad y anchura del silencio, se comienza a oír los sonidos esenciales del corazón. Al principio se escu- cha el ritmo de los pasos, y poco a poco, se abisma el alma en sentimientos que afloran como voces asaeta- das. Entre ellas llega el eco de la Palabra divina. La Palabra requiere atención. En el Prólogo de la Regla benedictina, el primer vocablo es “escucha”. De esta actitud receptiva depende la personalización de la revelación y de los preceptos del maestro. Mientras no nos convirtamos en testigos de la resonancia de la Pala- bra en las propias entrañas, hablaremos de oídas, nos sentiremos colonizados, cabe que hasta caigamos en la trampa de ideologías despóticas. Sólo es posible escu- char la verdad con el oído del corazón. Demasiadas veces somos sólo voz que retiñe, eco de un clamor externo, efecto de impactos sociales o cultu- rales, víctimas de los poderes socializadores de las ideas imperantes, pensamientos políticos, ideológicos, sin criterio propio, porque no hemos oído dentro lo que se

nos dice a cada uno de manera personal. Sólo cuando se oye algo en el interior se puede pronunciar y defen- der el mensaje como testigos, y al comunicarlo, en muchas ocasiones, llega también adentro de los que escuchan, pues son expresiones que se dicen con auto- ridad. Tengo para mí que lo que no se oye dentro, no se oye. Escuché a un amigo que “sólo lo que se habla desde dentro, llega adentro”. El desierto es espacio de interioridad. Es la celda del corazón, donde Jesús reco- mienda que vaya el orante, para que Dios, que ve lo secreto, sea el testigo de la oración, y no hagamos del culto religioso una exhibición vanidosa. Que no seamos como los fariseos y los paganos, no vayamos a pensar que por hablar mucho se nos oye más. María, la madre de Jesús, la madre de la Palabra, guardaba todas estas cosas en su corazón. Ella es la mujer, la tierra que con- cibe amorosamente al Verbo de Dios. Su actitud de silencio, lo mismo que la de san José, hicieron posible que naciera el Verbo encarnado. Son conocidos los apotegmas de los padres del desier- to, las máximas de sabiduría, las narraciones concentra- das y llenas de sentido, en las que cada expresión se queda resonando como un golpe de aldaba en la puerta del corazón, o de gong que permanece por largo tiempo; su vibración persiste hasta que no se sabe de dónde nace el sonido, si es un efecto físico o resonancia interior. Una de las palabras más incisivas de los padres y maestros espirituales es “atención”, que se puede inter- pretar como consciencia, sensibilidad, delicadeza, acti- tud receptiva. En el método acreditado de la lectio divi- na, el Cartujano, ya desde 1150, aconseja ascender por la “escala del paraíso” a la contemplación de la Palabra. Como primeros peldaños, señala la necesidad de lectura y meditación. Es el trabajo por captar el men-

saje y el saboreo, después de la lectura, de su sentido, igual que se gusta

saje y el saboreo, después de la lectura, de su sentido, igual que se gusta un fruto seco, que después de hume- decerlo en la boca, ya se puede romper la cáscara y paladear la semilla interior 1 . Últimamente se ha añadi- do a la escala del Cartujano un tiempo previo al encuentro con el texto sagrado, que se llama statio, preparación, tiempo necesario para purificar el deseo, para despertar la atención y sensibilidad, para disponer- se a una relación teologal y creyente con la Palabra. De alguna forma es participar por un momento de las coordenadas del desierto, al tener que purificar la mente, hacer silencio, a la manera de María, la madre de Jesús (Lc 2,51), para poder responder como el pro- feta: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. El desierto regala la mayor sensibilidad auditiva, la que se despierta cuando se dejan de oír todos los demás sonidos externos. Entonces se gusta el privilegio de oír lo que en ninguna otra parte es posible escuchar.

1 “La lectura lleva comida sólida a la boca, la meditación la mastica y rumia,

1 “La lectura lleva comida sólida a la boca, la meditación la mastica y rumia, la oración prueba su gusto y la contemplación es la dulzura misma, que alegra y recrea. La lectura llega a la cáscara, la meditación penetra en el interior, la oración formula el deseo y la contemplación es el gusto de la dulzura ya alcanzada”. Scala Paradisi, ML, 40, 998.

SI ESCUCHAS SU VOZ, NO ENDUREZCAS EL CORAZÓN

Si es bueno escuchar a los testigos del desierto, aún es mejor haber tenido experiencia propia del lugar donde estremece la palabra. Posiblemente, tú mismo has llegado a experimentar que el desierto es el lugar de la escucha interior. En los parámetros de la soledad y del silencio que definen el desierto, la percepción auditiva se agudiza. Se hace más apreciable cualquier impacto exterior, e incluso crece la sensibilidad íntima, la que detecta los sentimientos más profundos y desconocidos. Hay veces que llegan a doler los oídos de tanto silencio. Entonces cabe llegar a oír dentro lo que Dios dice al alma. Sin poder transferirte lo que es resonancia íntima, te puedo confirmar que, si al escuchar un leve rumor den- tro de ti, dejas que se afiance, cabe hasta que distingas claramente la voluntad de Dios en tu vida o la indica- ción del camino que se te ofrece como llamada. Si te viene a la memoria de forma reiterada una palabra o una expresión bíblica, acógelas, rézalas, deja que te iluminen, suma las posibles vertientes de ese recuerdo y sigue la dirección que más paz te dé. Si te parece que no oyes nada, no te inquietes, espe- ra. Entretanto, haz gestos que reblandezcan tu corazón, sin provocar afectos extraños. Mantén el obsequio de la escucha interior, de la atención, de la sensibilidad.

Si te parece que lo que escuchas te lo inventas y que es fruto de tu imaginación o deseo, observa si te alegra y te anima, si ayuda a otros, si llevándolo a la práctica tiene efectos buenos. Si fuera así, entiende que es el Espíritu de Dios quien te lo sugiere. Es provechoso con- frontar lo que oyes en tu interior con las Sagradas Escri- turas. El Espíritu Santo no se contradice, y si lo que oyes no es compatible con la revelación, entonces te lo inventas o no tiene garantía de autenticidad. Si te parece que lo que escuchas te exige algo que te excede, espera, no lo deseches, puede ser que la iner- cia natural te haga resistir a la posible llamada. Al menos ten en cuenta lo que te sucede respecto a esa posible exigencia y quizá tengas que reconocer que es una invitación de Dios, aunque te dé miedo. Siempre eres libre de aceptarla, pero Él te lo pide con amor y se compromete a ayudarte. El dador de todo bien, nunca pide más de lo que uno puede dar y nos capacita para lo que ofrece como misión o identidad de vida. Si en aquello que sientes o viene a tu memoria encuentras paz, gozo interior, consolación, anótalo bien y regístralo en tu memoria, para que cuando al ponerlo en práctica te acontezcan momentos de oscu- ridad, puedas hacerles frente con las imágenes lumino- sas que grabaste. Si te sientes bien, si has relativizado todo aquello que te oprimía, recuerda que cuando se obedece la voz del Espíritu, la dificultad, y hasta la tentación, se convierten en ocasión de victoria. Al mismo tiempo que escuchas una palabra en tu interior, puedes poner en tus labios la súplica, la alaban- za, la invocación del nombre del Señor. Es una pedago- gía que han empleado los santos y han llegado a per- manecer en oración continua y a gustar lo que es vivir permanentemente en la presencia de Dios.

Si sólo te acompaña el silencio, ten en cuenta que es el augurio de la visita del Señor. La brisa y la calma pre- ceden su paso y su presencia. Si sigues sin oír ni sentir nada, puedes hacer un acto consciente de adoración, que es el supremo gesto de amor gratuito. Mantenerte a la escucha como gesto obsequioso a Dios, a quien esperas porque lo amas, siempre es actitud apropiada. En cualquier caso, si hoy escuchas su voz, o cuando tengas la certeza de que es el Señor quien te habla, no endurezcas el corazón (Sal 95 [94],7-8).

ENCRUCIJADA

En los procesos de iniciación cristiana, sobre todo de incorporación a una institución religiosa, se exigen unos plazos previos a la celebración de los sacramentos y a la emisión de los compromisos sagrados. En el tiem- po previo es bueno que los candidatos permanezcan acrisolando el deseo de pertenencia durante las distin- tas estaciones del año. La persona no siente lo mismo en invierno que en verano, en un día luminoso que en otro oscuro. La andadura por el desierto no es excur- sión exótica, sino travesía duradera en la que acontece la fenomenología atmosférica más diversa, que influye en la percepción de la realidad. A pesar de haber escuchado la llamada del Señor, de haberte planteado las preguntas más existenciales y tomado la dirección adecuada, pasado algún tiempo, como sucede con los ciclos de la naturaleza, surgen cuestiones desestabilizadoras, sobre todo a la edad en que el organismo sufre alguna mutación. Y si al princi- pio del trayecto pueden escucharse mociones que se refieren al futuro, más tarde, cuando ya se ha combati- do en diversas batallas, los interrogantes se pueden ori- ginar por las heridas sufridas en las luchas. Porque, si la herida no cura, ¿se estará caminando por sendero erra- do? La duda somete a un sufrimiento desestabilizador:

¿será inútil la esperanza? Y como un huracán, se preci- pita un cúmulo de hipótesis.

– ¿Será verdad el amor de Dios en mi dolencia?

– ¿No estaré consolándome de manera egoísta y sub- jetiva?

– ¿Será mi fe fruto cultural o práctica vanidosa de mi natural religioso?

Son como gotas de agua persistentes que caen una tras otra y no dejan dormir por el desasosiego que pro- ducen; no hay capacidad mental para detener la vorá- gine de pensamientos descontrolados y sobre el cora- zón se cierne la tormenta. Te pueden venir a la mente pensamientos corrosi- vos.

– ¿Por qué, si acepto la verdad de la existencia divina, me encuentro tantas veces en la infidelidad del cora- zón?

– ¿Si a Jesucristo lo llamo mi Señor, si sé que nada ni nadie satisfacen mi necesidad, por qué mendigo tanto de las criaturas y me hiere la soledad?

– ¿Será mi sentimiento religioso un subjetivismo emo- cional, se manifieste bien indigente de afectos huma- nos, bien de la relación más trascendente?

– ¿Acaso no existe la verdad que me defienda de mí mismo?

En tanta encrucijada, sólo aquieta el torbellino el recuerdo de la paz que se te asentó en el corazón cuando te mantuviste fiel a Dios y todo te parecía coherente. Mas, cuando te precipitas por el camino de la emancipación, se produce en ti una inestabilidad sísmica, que llega a vislumbrar el horizonte de la inco- herencia más dramática, a la vez que el dolor más profundo, por la ingratitud que supone vivir alejado de Él, después de haber sido beneficiario de tantos dones.

Recurrir a pedir perdón una vez más te puede llevar

al sentimiento egoísta, por creer que es abusar de la

misericordia divina, pues cada vez te fías menos de tus palabras y sentimientos.

En esta encrucijada, lo más recomendado es dete-

nerse y orar en abandono y confianza:

Señor, sólo sé que no tengo otra salida sino tu miseri- cordia, pero, Señor, si me levanto, no permitas tanta inconsciencia e infidelidad.

Ante ti contemplo que tu palabra es verdad, la mía parece vana.

Tú eres fiel, yo pruebo el polvo de mis torpezas.

Tú eres amor, yo aún en los gestos más generosos per- cibo matices egoístas.

Tú tienes siempre la puerta abierta, yo me encierro en mi orgullo herido.

Haz como en la mañana de Pascua, atraviesa los muros de mi resistencia.

Sorpréndeme dentro de mí, para que no pueda hacer otra cosa que arrodillarme y confesar, un tanto son- rojado como tu Apóstol: “Señor mío y Dios mío”.

Espera un poco, y es posible que muy pronto ten- gas, al menos, la certeza del paso siguiente que dar. Recuerda que en una larga travesía, en la que la mente

puede traicionar trayendo el pensamiento de la incapa- cidad, un pie saca al otro en el desierto. El Beato Juan

XXIII se decía a sí mismo cada día: “Sólo por hoy…”.

Y cada propuesta, aunque se convirtiera después en

una actitud permanente y de por vida, la vivía con la

levedad de ser algo muy concreto y temporal. Ahora es posible comprender que ir al desierto por

propia iniciativa es imprudente. Adentrarse en las lati-

tudes solitarias por curiosidad, es arriesgado. Presumir

que se es experto, es pretencioso. Sólo se puede ir al desierto empujado por el Espíritu o acompañado por Él. De ahí que la oración debe ser un recurso perma- nente: ¡Ven, Espíritu Santo! Al final, paso a paso, se llega a la cima, a la meta, a la alegría de haber coronado la travesía, cumplido el propósito y realizado el proyecto, con la ayuda provi- dente.

ESCLAVITUDES

Una de las pruebas más persistentes que se sufre en la travesía del desierto es la incertidumbre del tiempo que durará la circunstancia adversa, se defina como sed, o hambre, o agotamiento… En el tiempo de la espera cabe la propuesta halagadora de la evasión o la terrible de la desesperanza. Es posible perecer en diver- sas tentaciones. Cuarenta años duró la travesía de Israel por el des- ierto, y en este tiempo, a pesar de que fue liberado de la esclavitud de Faraón, cayó en otras dependencias. Esto da luz para hacer una lectura creyente de la reali- dad social y personal, única solución a pesar de la tor- peza reincidente. La idolatría de los israelitas, manifestada en cultos religiosos varios sin trascendencia y embrutecedores, tiene fácil correspondencia con algunas realidades más actuales y quizá también personales. El culto a un toro de metal se puede traducir de muchas formas. La ido- latría del tener, del poder o del placer sigue siendo manifestación constante. La esclavitud que significa la crítica despiadada, la descalificación absoluta del contrario, o de quien está constituido en autoridad, como sucedió contra Moisés, tantas veces tiene su correspondencia en los medios de comunicación. Los foros, blogs, tertulias, editoriales de muchos medios normalizan la falta de respeto con ins-

tituciones muy sensibles, que no pueden reaccionar de la misma manera. La maledicencia es una epidemia que contagia y esclaviza, de la que hay que estar muy lejos, si no se quiere incurrir, por razones aparentemente res- ponsables, en la difamación de personas concretas. La diferencia que hay entre un tropiezo y una acti- tud se demuestra por las veces que se incurre en la misma reacción o caída. Sin duda que cuando la crítica, la desconfianza, la impaciencia, se asientan en una comunidad, la destruyen y le inoculan muerte. Una per- sona hipercrítica se vuelve intratable.

El pueblo del Éxodo cayó en la esclavitud sensual, se

hastió del maná, añoró la comida de Faraón, acaparó

lo que era sustento para cada día

Al contemplar las

actitudes de Israel durante la travesía del desierto, en sus expresiones más duras frente a Dios, que le prove- yó de sustento, descubrimos nuestras posibles reaccio-

nes egoístas, que nos dominan cuando no tenemos lo que queremos. El nerviosismo que nos asalta denuncia nuestras dependencias.

Hoy se desea tener todo a la mano. Por el poder económico se pretende someter la voluntad de los más débiles. Las tramas de corrupción saltan a los periódi- cos. La participación en los puestos de gobierno de toda sociedad conlleva el riesgo del despotismo humi- llante y esclavizador, si no se es sensible a la dignidad de cada persona.

A lo largo del Éxodo, se descubre también la infide-

lidad a la palabra dada. A pesar de que Israel había pro- clamado pública y solemnemente su identidad de Pue- blo de Dios, con quien celebró alianza, muy pronto perdió la memoria del pacto y recayó en la esclavitud de la incoherencia, que le llevó a apartarse de Dios, emulando a los pueblos paganos. Y esto, a pesar de haber suscrito el pacto y aceptado la ley de Dios, a

pesar de haber experimentado la presencia y la gloria divinas en el Sinaí y en la Tienda del Encuentro. En nuestro caso, cabe haber pronunciado votos al Señor, estar comprometido de por vida, haber solemnizado delante del altar una forma de vida, sellada con un sacramento, y sin embargo, caer en la infidelidad, en la incoherencia, y hasta en la ruptura del pacto. Frente a estas esclavitudes y reiteradas manifestacio- nes de fragilidad de Israel, sobrecoge comprobar la paciencia de Moisés y la misericordia de Dios, quien ofrece constantemente la restauración del pacto. Ense- ñanza luminosa para nuestra andadura menesterosa y frágil. Nunca será argumento que reincidimos continua- mente en la desobediencia, ni la inconsciencia e infide- lidad hacia Dios para justificar la huida y dejar de reco- nocerlo como único Señor. Es fácil que te parezca muy permisiva mi propuesta de acudir siempre al perdón y a la misericordia en caso de que vulneres la alianza con Dios. Te puede parecer más honesto, coherente y sincero permanecer en tu debilidad, porque ya son muchas las veces que has acu- dido al Señor, y sigues descubriendo tu pobreza y falta de fidelidad a la palabra dada. No deseo que pienses que la desobediencia al querer de Dios es intrascendente. El que ama, aun lo más pequeño que ofenda al otro lo siente con dolor. Pero la única salida coherente es la humildad y ponerse de nuevo en camino, restauradas las fuerzas con el perdón de Dios. Es el agua del desierto.

EL DESIERTO, LUGAR Y TIEMPO DE TENTACIÓN

El desierto y la tentación van unidos. Después de cuarenta años en el Sistal, me atrevo a definir la exis- tencia humana desde las claves del desierto y de la ten- tación. No es indiferente que Jesús sea llevado, empu- jado, conducido por el Espíritu Santo, para ser tentado por Satanás. Si pueden extrañar los términos del rela- to evangélico, sin embargo son muy iluminadores a la hora de hacer una lectura creyente de la fenomenolo- gía que se vive en la cuarentena del propio éxodo. Una de las narraciones que más sorprenden del Evangelio es la que nos dice que el Espíritu Santo con- dujo a Jesús al desierto para ser tentado. En general, los relatos bíblicos que tienen como marco el desierto están muy relacionados con la tentación y el pecado, descritos a veces como idolatría, que fue la mayor infidelidad del pueblo en la travesía del Éxodo. El mandamiento princi- pal prescribe:

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado” (Dt 6,4-7).

El olvido del mandamiento significa infidelidad, que la Biblia compara a la ruptura matrimonial.

Es muy significativo que el jardín primero, la tierra bendecida y colmada de árboles, se convirtiera en pára- mo poblado de cardos y abrojos por la soberbia del hombre. Jesús, al inicio de su actividad pública, es con- ducido al desierto. El paisaje de la tentación es el esce- nario en el que, gracias a la obediencia del nuevo Adán, la tierra recupera su lozanía. El páramo se convierte en vergel, en el desierto brota el manantial. Del árbol de la cruz penderá el mejor fruto, y del costado de Cristo nace el surtidor del agua de la vida.

A quien se ha hecho enteramente hombre como

nosotros, no se le excusa el combate en el desierto. En tres tentaciones se resumen todas las que sufre el ser humano. Frente a la confesión del único Dios, que pide el mandamiento, se levantan los ídolos del poder, del tener y del placer. En el desierto, donde permaneció cuarenta días, símbolo del tiempo que tardó el pueblo en la travesía del Éxodo, durante el que prevaricó, será restaurada la humanidad y capacitada para enfrentarse al Malo, gracias a la obediencia de Jesús.

Las tres tentaciones abarcan las dimensiones esen- ciales del ser humano, la interior, la trascendente y la social. Se presentan en tres halagos, símbolo de todas las idolatrías que desplazan a Dios.

El Tentador le ofrece a Jesús sutilmente, mientras

ayunaba, la tentación afectiva, en su vertiente de placer y de gusto sensual: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Lc 4,3). Jesús respon- derá de manera axiomática, como un verdadero padre del desierto: “No sólo de pan vive el hombre” (Lc 4,4). Proclamación de la dimensión profunda del ser, que no está destinado a satisfacer únicamente las necesidades primarias o instintivas. La tentación del poder, que en muchos casos llega a dominar a las personas, se la presenta el Tentador a Jesús

en el momento en que vivía la experiencia de despojo, como evasión posible por la posesión de los bienes: “Te

daré todo este imperio y la gloria de estos reinos

Jesús respondió: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás” (Lc 4,5-8). Lo terreno y lo trascendente se enfrentan como si fueran excluyentes. La sabiduría del desierto se demuestra en la comprensión de que todo per- tenece a su Creador y en el recto uso de los bienes. En la tercera tentación, el Diablo acomete con el ofrecimiento de la gloria, del espectáculo, de la demos- tración del valer y dignidad, forma que suponía salirse del plan de Dios. Jesús corta en seco la propuesta de tirarse desde el alero del templo y refuta: “No tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4,9-12). El egocentrismo vanido- so e insolidario se aparta de la voluntad divina, que ha enviado a su Hijo para que se entregue en favor de todos los hombres. Y continúa el texto: “El diablo se alejó de Él hasta el tiempo oportuno” (Lc 4,13), para decir que la tentación estaría acompañando a Jesús durante toda su vida. Las respuestas de Jesús recuerdan las palabras del Evangelio sobre el ayuno, la limosna y la oración, que se muestran como tres antídotos. El ayuno, contra el deseo de placer, domina la voluntad. La limosna, contra el afán de tener, es gesto solidario. La oración, frente al ansia de poder, domina la mente. Los padres y madres del desier- to han tomado aquí su inspiración y de ella han hecho su forma de vida, que después llegó a formularse como el seguimiento de la forma de vida de Jesús. Vivir con cora- zón unificado, por la castidad. Compartir los bienes, y administrar rectamente los dones con la pobreza. Reco- nocer a Dios como único Señor, con la obediencia. “Al Señor, tu Dios, adorarás, sólo a Él darás culto”. Vencidas las tentaciones, el desierto se convierte en el espacio del paraíso, donde al igual que el primer

hombre vivía en la abundancia de bienes, con toda cla- ses de árboles, vemos también a Jesús, que “vivía entre las fieras, y los ángeles le servían” (Mc 1,13). El rela- to de la Pascua, en el jardín, evocará este triunfo de Jesús sobre el mal. Jesús, después del combate, nos demuestra que no es irremediable la caída, que la tentación no es pecado, por el contrario, es la posibilidad de afianzarse en el reconocimiento y pertenencia al único Dios. El desier- to es el lugar donde se vence la tentación de la carne, de la vanidad y del orgullo. Hoy día es necesario el combate frente al halago del poder, con la respuesta libre y coherente desde la fe. Frente a la evasión sensual, que produce la invasión de imágenes provocadoras, con el silencio. Frente al con- sumo, con el uso debido de los bienes, con el respeto a la naturaleza, y con la austeridad de vida. Hay que estar muy advertidos, porque la tentación llega como una leve sombra que se posa lentamente sobre el alma y una vez que se la deja detenerse, hace pensar que todo es oscuro y ciego, para provocar tris- teza, fuente de grandes infidelidades. Es un sentimiento de melancolía, que al principio es atractivo, mas cuan- do toma confianza se apodera del ánimo, de tal forma que se impone y bloquea los afectos del corazón. Así sucede con la tentación espiritual de la acedía, que deja como fruto la desconfianza en uno mismo, la desgana hacia los proyectos solidarios, el desaliento ante Dios. La tentación aparece como una suave humedad, que se introduce hasta los huesos que, poco a poco, heri- dos por el frío, se quedan rígidos e inmóviles, y bloquea la voluntad para el bien hacer. Es como un pensamien- to, al que cuando cruza por la puerta de la mente se le permite detenerse e introducirse sin casi darse cuenta, y, agigantado, expulsa toda otra noticia, permanecien-

do tiránico y obsesivo, con riesgo de producir desespe- ranza. Cuando se conoce el proceso de la tentación, se debe atajar con la misma estrategia. Dejando entrar la Palabra de vida, que dé ánimo e inunde el ser y se adue- ñe enteramente de la conciencia. Todo puede comen- zar por una leve brisa, una suave humedad, un pensa- miento frágil, una palabra vana, y de ahí desatarse una terrible tormenta desestabilizadora. Mas igualmente, todo puede cambiar y convertirse en experiencia de gozo, de fuerza, de presencia amiga, de gracia, si, aten- tos, no dejamos de invocar, de escuchar, de acoger la Palabra de Dios.

RECUERDA:

– “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”. Es decir, que Él sea el centro de tu afecto, y que ningún placer terreno lo desplace. Él es sumo bien, ante Él es mejor ayunar de pan que de Pala- bra, y forjarás un corazón unificado, entero. “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor” (2 Tim 1,8).

– “Amarás al Señor, tu Dios, con tu mente”. No te dejes convencer por las ideologías despóticas, que te invitan a detentar poder a costa de todo. La oración te concede mantenerte en la conciencia de hijo de Dios, de criatura, y desde la experien- cia de relación orante, te atreverás a seguir siem- pre la voluntad divina. “Mejor es obedecer que sacrificar” (1 Sam 15,23).

– “Amarás al Señor, tu Dios, con todas tus fuer- zas”. Todo lo que tienes lo has recibido, es del Señor. No adores a nadie ni a nada. Sólo Dios es

dueño de todo. Adora a tu Señor, comparte los dones que has recibido, sé generoso con aquello que se te ha dado gratis. Vive consciente de la pobreza que padecen muchos seres humanos como tú. “La mirada de Dios no es como la del hombre. El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7).

Como espada de doble filo, la Palabra de Dios llega

hasta dentro del corazón, y conforta, anima, da valor, acompaña, confiere la certeza en el seguimiento del querer divino, que pasa por la conversión permanente

y la novedad evangélica. Y en el desierto, después del

combate, aparece el nuevo Adán, servido por los ánge-

les y respetado por la naturaleza.

Con ocasión de visitar a un compañero más joven que yo, a quien le habían extirpado un riñón, querién- dole transmitir fuerza le dije: “Ahora estás en el altar mayor”. Se sucedieron algunos comentarios. Entre otros: “Qué poco nos damos cuenta del don de la salud, cuando estamos bien”. Y respondí: “Tendríamos que ir por la calle pidiendo perdón cuando nos sentimos bien,

si no lo aprovechamos para servir a los demás”.

Si por gracia has superado las tentaciones, ¿en qué empleas los dones recibidos y las fuerzas? Sería terrible que los posibles títulos adquiridos en los combates ganados te sirvieran para mirar con desdén a los que perecen como víctimas o les es muy costosa la travesía.

INTEMPERIE

En el desierto se vive en la mayor intemperie, no sólo la de habitar a cielo raso, sino la que te deja al des- cubierto de ti mismo, sin posibilidad de huida ni distrac- ciones por las que evadirte de las preguntas más pro- fundas sobre el sentido de la vida, de la historia, del propio conocimiento y de la existencia de Dios. A lo largo de la vida son muchas las ocasiones en las que a solas contigo mismo, bajo el cielo estrellado o al sol de plano, en las latitudes desérticas del corazón, puede surgir una de las experiencias más fuertes. De forma inmediata, mientras consideras la existencia del Creador de todo, de Aquel que se deja sentir en las horas recias, Él se te desvela a través de signo y media- ciones, de acontecimientos dramáticos y encuentros personales, se hace el encontradizo y se te insinúa den- tro de ti. Porque Él nunca abandona a su criatura, sino que se compadece de ella en los momentos de refriega y de tentación. Suele ser frecuente, en las circunstancias más adver- sas, la invocación humilde o angustiada, al tiempo que se percibe la voz interior que acompaña y se convierte en la relación más próxima durante la prueba en la tra- vesía del desierto. El encuentro con Dios se puede presentar como combate, porque aparece la resistencia natural a sus insinuaciones. Así fue en el caso de Jacob durante toda

la noche (Gn 32,25). O puede producir asombro y fas-

cinación. Moisés permaneció cuarenta días y cuarenta noches en lo alto del Monte Sinaí (Ex 24,18). Al des- cender, su rostro irradiaba luz (Ex 34,29). Cabe que surja el grito de auxilio por extenuación, como le suce- dió a Elías, cuando se arrojó al suelo desesperanzado, deseándose la muerte (1 Re 19,4-5). Las Sagradas Escrituras ayudan a contrastar las pro- pias relaciones trascendentes, que se establecen sea en tiempo de lucha, sea de contemplación, todas ellas hechas súplicas menesterosas, o agradecidas, que se elevan en los momentos intensos. En cualquier caso, no es posible evadirse de quien lo llena todo, salvo que se quiera huir de uno mismo, de la terrible y fascinante soledad en la que Dios quiere mostrarse. El Pueblo de Dios se fraguó en el desierto, viviendo en la intemperie, en contacto con el viento, la tormen- ta, el sol. La naturaleza sacramentaliza la presencia de Dios Creador. En medio de ella surge la alabanza, la

admiración, el cántico de las criaturas, el reconocimien-

to a su Artífice, la fe en quien es el origen de todas las

cosas. También cabe que se perciba una intensa sole- dad, como la que sufrió Adán en el jardín, cuando sólo tenía la vegetación y los animales junto a él.

En la travesía del páramo hay veces que no se tiene

a la mano lo que se desea y puede que la sed, el

bochorno, el hambre, el cansancio sacudan fuertemen-

te la debilidad emocional. Pero también es el momento

de caminar más atentos. En la peregrinación de la vida, se agradece la sombra, el manantial, el lugar de acogi- da, a la vez que se experimenta la capacidad de resis- tencia y de despojo. Se aprende a valorar lo que es esencial, surge la oración con más fuerza, a la manera de Jesús, que llegó a gritar: “Tengo sed” (Jn 19,28), o

le pidió a la samaritana: “Dame de beber” (Jn 4,7).

La intemperie describe la escena de la que arranca el desierto, en el momento en que Adán, al sentirse desnudo, se escondió de Dios cuando Él le preguntó:

Adán, ¿dónde estás?” (Gn 3,9). A partir de la desobe- diencia, el jardín se convirtió en tierra de cardos y abro- jos, aliagas y espinos. Tierra calcinada y yerma, hasta que el nuevo Adán pudo responder: “Aquí estoy, para hacer tu voluntad” (Hb 10,9). La intemperie puede ser motivo de vergüenza. Por pudor surge la necesidad de esconderse o de huir. Esta reacción impide el encuentro, interrumpe el diálogo posible y restaurador con Dios. Lo adecuado es recono- cer el pecado y solicitar, humildes, el perdón (Sal 51 [50]). Quien actúa según Dios, no tiene reparo en res- ponder de manera espontánea y abierta. En ocasiones, la intemperie hace las relaciones mucho más inmediatas y lo que puede parecer una des- gracia, se convierte en posibilidad de mayor conoci- miento e intimidad. Cuentan que al declararse un incen- dio en una finca de varios pisos, los vecinos debieron salir a la calle. Cuando se encontraron despojados, se produjo un mutuo conocimiento entre ellos, que les hizo posible superar las desgracias, pero al volver de nuevo a sus casas, perdieron las relaciones solidarias. La intemperie libera de obstáculos y convierte la cir- cunstancia en oportunidad de un conocimiento más rico de las otras personas. Dios puede permitir y hasta provocar la intemperie para que descubramos de manera más inmediata su pre- sencia y podamos acudir a Él con mayor necesidad; así nacerá la experiencia agradecida por el regalo de la bon- dad divina. El salmista nos sirve expresiones de confian- za en tiempos recios: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias” (Sal 34 [33],7). “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito.

Confesaré al Señor mi culpa, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado” (Sal 32 [31],5). ¡Cómo arropa el perdón divino! ¡Cómo consuela la palabra en la que se escucha la misericordia! ¡Cómo se ensancha el alma, revestida de paz en la conciencia! ¡Cómo se agradece el gesto magnánimo de Jesu- cristo: “Perdonados te son tus pecados!” Para el que se deja poner la túnica tejida por Dios, la intemperie se convierte en experiencia de amor, de la que se renace. “El Señor hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió” (Gn 3,21).

PREGUNTAS AL CIELO

En algunos momentos de la travesía, los aconteci- mientos paralizan la mente y dejan yerto el corazón, sin que sepamos por qué ocurren. No sé decirte por qué son como son las cosas que pasan, tantas veces paradó- jicas y, desde la razón, contrarias a lo que en principio parece que sería mejor. A lo largo de las diferentes eta- pas críticas que se van atravesando, pueden surgir en forma de oración cuestiones indescifrables, que acom- pañan y sumen en el misterio de la Providencia. Com- parto algunas de las preguntas que me han surgido en las extensiones yermas de alivio. Ante ellas, sólo gracias a la relación teologal se puede alentar la espera.

– ¿Por qué, Señor, hay que llegar a sentir reseca la garganta, para valorar el agua, y la tierra se tiene que cuartear para anhelar la lluvia?

– ¿Por qué se tiene que llegar a la noche cerrada para buscar la luz?

– ¿Por qué hay que sentir la soledad del corazón para abrirse a la presencia interior que te habita?

– ¿Por qué hay que llegar a morder el polvo por causa de la debilidad, para acudir humildes a ti y pedirte la misericordia?

– ¿Por qué hay que padecer la enfermedad para reconocer el don de la salud, y sentir la llamada a la compasión solidaria?

– ¿Por qué hay que sufrir el límite de la impotencia para saltar a la relación trascendente?

– ¿Por qué hay que ser testigo de la miseria del otro para ser responsable en el uso de los bienes?

– ¿Por qué tiene que llegar a herir el silencio para comenzar a escuchar tu Palabra?

– ¿Por qué hay que experimentar el exilio para valo- rar la tierra de la promesa?

– ¿Por qué hay que padecer la esclavitud de uno mismo para valorar la libertad que procede de ti?

– ¿Por qué hay que llegar a consumir lo que no aprovecha para buscar lo que sacia?

– ¿Por qué, Señor, tanta torpeza y tantas veces para reconocer que sólo Tú eres el único Dios?

– ¿Por qué perecer en tantas idolatrías, para termi- nar en la humillación más dolorosa, hasta confe- sar que Tú eres el único Dios?

Señor del desierto, si éstas son las etapas necesarias, que no me quede atrapado en la mitad de la andadura, sin descubrir que después de la sed, Tú me indicas el manantial en la roca viva de tu costado abierto y en lo más profundo de mi propio interior. Que después de la noche, Tú eres el alba, y la tiniebla contigo es luz. Que en la experiencia de todos los despojos, Tú te ofreces como la mayor riqueza. Que después de todas las heri- das, Tú te ofreces como aceite y vino samaritanos. Que después de todas las ausencias, vacíos, silencios, Tú eres el amor permanente del alma. Que, al menos, Señor, me asista la sabiduría de caminar el tramo suficiente hasta vislumbrar el horizon- te de sentido en el desierto de mi existencia.

EL SILENCIO

No hace falta contarte las noches de invierno, los años solitarios, las mutaciones anímicas, los despojos afectivos para que te hagas cargo de la aridez del silen- cio. Ni de los paseos nocturnos, el tiempo en la ribera del río, la contemplación de las estrellas, el despertar de la naturaleza en primavera, los campos nevados para describirte el privilegio de vivir envuelto de silencio. En el desierto de la vida, en muchas ocasiones se respira o se sufre el silencio. No siempre se percibe la atracción por el espacio vacío de sonidos y habitado por la soledad. Suele ser frecuente por una parte, la admiración por el silencio y por otra, la búsqueda de alguna comunicación. En las actuales circunstancias de expresividad social y de proliferación de medios de comunicación, no siempre es fácil apreciar el gusto del espacio silencioso y sagrado; parece que cada vez se pierde más la capacidad de permanecer en silencio. Aunque puede haber ocasiones en las que el silencio se experimente con dolor, por lo que puede significar de despojo de relaciones amigas, por situaciones inconfe- sables o por heridas que amordazan el corazón. El silencio, en el marco del desierto de la vida ordi- naria, se puede experimentar violento y forzoso, por no haber nadie con quien compartir el sentimiento, o a quien preguntar la duda, con quien desahogar el alma… Sin embargo, si te atreves a afrontar lo que en

un principio puede parecer insoportable, pronto comenzarás a escuchar una realidad profunda, que te habita, y una posibilidad de relación trascendente, al otro lado de tocar el límite del abismo. La inercia es una ley física y también espiritual. No se puede detener bruscamente un movimiento si no se quiere producir un efecto descontrolado. Lo mismo sucede respecto al encuentro con la realidad que se esconde en el propio interior. Mientras no se calma del todo el eco de las voces exteriores, no surge la percep- ción íntima de la voz en las entrañas. En el trayecto cabe la reacción de ansiedad, el síndrome de abstinencia. Paradójicamente, en hebreo, desierto significa lugar de la Palabra. En medio del silencio y de la calma de la noche, apareció la Palabra.

Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Pala- bra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real” (Sb 8,14-15).

En la Sagrada Escritura se nos ofrecen relatos en los que antes de percibirse el paso del Señor, se ha tenido que conocer el terremoto, el huracán y el incendio, hasta llegar a la brisa suave en la que se escucha la voz divina (1 Re 19,3-13). El silencio es una actitud necesaria de respeto ante la proximidad del acontecimiento revelador, de la teofa- nía. “El Señor está en su santo Templo: ¡silencio ante Él, tierra entera!” (Ha 2,20). “¡Silencio ante el Señor, porque el Día del Señor está cerca!” (So 1,7). De algu- na forma es la actitud de descalzarse, despojo necesa- rio a la hora de querer entrar en el recinto sacro, de contemplar la zarza ardiente (Ex 3,5). La hondura del propio conocimiento, la superación del riesgo de convertirse en vagabundo, en vez de pere-

grino, en giróvago, en vez de permanecer al menos con estabilidad interior; la riqueza de un encuentro interper- sonal, que libra de ser un solitario en vez de persona relacionada, el saboreo de la Palabra de Dios y de la oración, dependen muchas veces de que se logre el clima de silencio.

– Es hora de entrar dentro de ti, silenciar las voces exteriores y aquietar el alma, gozar de la paz inte- rior y saborear el tiempo de la espera.

– Es hora de reconciliación, de recuperar la mirada positiva sobre la realidad, gracias a saberte tú mismo mirado por quien puede convertirlo todo en signo providente.

– Deja abierta la puerta de tu corazón, porque el Señor ha prometido visitarnos cuando todo quede en calma. Entonces, Él se acercará en forma de Palabra y pronunciará tu nombre.

EL SILENCIO DEL CORAZÓN

Si el iniciado en el camino puede prever la etapa más dura, si quien ha recorrido los senderos puede pre- venir que le sorprenda la intemperie, como gesto mag- nánimo, también deseo expresar el área silenciosa, a veces muda, cabe que amordazada, del corazón, para ayuda posible en tu peregrinación. El desierto, por ser un espacio de soledad, puede favorecer una actitud equivocada. Con frecuencia, arrastramos nuestra historia clandestina, queriendo a veces fingir que no pasa nada. El consuelo engañoso lo brinda el aislamiento, que lleva a encerrarse y puede lle- gar a ser dolencia del alma y de la mente. Es muy importante saber salir de la trampa que sumerge en melancolía, desgana, ruptura de relaciones… Es la gran tentación de la que han huido los padres y madres del desierto y acerca de la que más han avisado. En el tiempo de silencio, la mente, como retorno constante del oleaje, trae a la memoria lo vivido e inva- de la conciencia con multitud de pensamientos e imá- genes, de manera especial en los momentos en los que nos encontramos más cansados, solos, enfermos…, y hasta en los momentos en los que deseamos orar. El silencio no es sólo una terapia para tranquilizar el ánimo ni es ascesis para aquietar la mente y el corazón y posibilitar así la apertura al propio interior, a la pre- sencia invisible que habita por dentro y que se hace pre-

sente en los otros. Es necesario silenciar la conciencia bien por el acto de reconciliación personal, bien por el recurso sagrado al sacramento del perdón. Sólo desde la humildad, surgida en el silencio reflexivo, cabe acce- der debidamente al espacio reconciliador. Sin invocaciones mágicas ni terapias, que reducen a la persona a un puro fenómeno psíquico, el silencio y la paz se experimentan cuando toda la historia perso- nal queda reconciliada. Volverá la dolencia, se abrirá la herida al repetirse el ciclo del recuerdo, pero si por encima sobresale la propia aceptación, que no es pacto de mediocridad, sino acogida de la misericordia y del perdón, se detiene la erosión del ser y se hace posible la convivencia con uno mismo, el encuentro sereno con los otros, y la apertura más enriquecedora a la trascen- dencia. Ahora el silencio convive con la paz, que es fruto de la reconciliación, sensación de anchura, equidistancia de las cosas y de los acontecimientos. Gracias a ella, nada hiere o acorrala tan extremadamente como para desestabilizar el ánimo. Uno sabe de esta paz y no puede describirla del todo. No es una paz conseguida por ascesis ni por control de la mente. Sucede como gracia, y cabe la sorpresa de experimentarla a pesar de acontecimientos adversos. Un aforismo clásico dice:

“Tanto en paz, tanto en Dios”. La paz se manifiesta en el silencio interior; la paz la ofrece Cristo resucitado a sus apóstoles: “Paz a vosotros”. Desde fuera es difícil saber si el silencio es por fide- lidad o por desinterés, por evasión de la realidad o por respeto, por estar sumergido en preocupaciones inte- riores o por dominio de la mente, y si el hablar es vic- toria del testigo o descontrol verbal. El silencio por sí mismo no significa huida. Por el contrario, en muchas ocasiones, es fortaleza, se con-

vierte en bálsamo que restaura, reconcilia, lleva a recu- perar la sensibilidad, la atención, es posada samaritana, en la que se curan tantas heridas que se producen en el camino de las relaciones humanas y como efecto de tantos mensajes agresivos, de palabras corrosivas y pro- vocadoras. El silencio lubrica, perfuma, oxigena la vida de la persona, las relaciones habituales, las celebraciones sagradas. La respuesta serena, el temple en la conver- sación sosegada, la medida en las palabras, la afirma- ción sin intento de convertir a nadie a la forma particu- lar de pensar, producen una experiencia de distensión y hasta de gozoso encuentro humano en el que, al no existir deseos de dominio, el otro entrega su confianza. No sucede esto por relativizar la verdad, sino por el trato respetuoso, nacido del silencio interior, donde se insinúa más que se impone la presencia de Dios. Cuando se escucha sin acoger el mensaje sucede lo que dice Jesús en la parábola de la siembra de la semi- lla, que al quedar en el exterior, se la comen los pájaros (Mt 13,4). Gracias al silencio se derriban los muros más resistentes, los que impiden personalizar el encuentro con Dios. De alguna forma, por el silencio se vive la expropiación del yo. En la aparente despersonalización que podría significar la actitud silenciosa, se manifiesta la sacramentalidad de la mayor presencia, Jesucristo, y ante Él se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra (Flp 2,10); también se hace ofrenda de la mente. Casi siempre se perece por las palabras, y sólo se llega al instante feliz del encuentro cuando se compar- te lo escuchado interiormente. Cuando se permanece en actitud de escucha, se guarda silencio, se domina la reacción espontánea, algo sucede que nos llena de gozo, y entonces el encuentro se transforma en fiesta de relación personal enriquecedora, porque recibimos

del otro el tesoro de su intimidad. “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Parecerá una reiteración el recurso al silencio, a la escucha, a la atención, a la espera, a calmar la ansie- dad de utilidades, a serenar la casa, pero es la condición necesaria en relación con la Palabra de Dios. “El sabio guarda silencio hasta su hora” (Si 20,7). No se demuestra el amor mutuo mientras no se atra- viesa el tiempo de silencio sin violencia. Dicen que no hay música sin silencio. También se puede afirmar que no hay propio conocimiento, ni trato enriquecedor, ni adoración sin silencio.

TIEMPO DE SOLEDAD

Puede parecer artificial el canto a la soledad, cuando existe también la soledad herida –“En tierra desierta le encuentra, en la soledad rugiente de la estepa” (Dt 32,10)–, la añoranza de los seres queridos, la expectación del acompañamiento humano, el retorno de los que deseas próximos. Sin embargo, el místico llega a cantar por la “soledad sonora” 1 . En el desierto interior, después de todos los obstácu- los, de las reacciones evasivas, de la mala memoria, de la inercia, de la percepción dolorosa de dependencias afectivas o de los medios de comunicación, de todas las nostalgias, se entra en el espacio fascinante de la rela- ción más íntima, que algunos han llamado “soledad harto sabrosa” 2 . ¡Cómo se saborea la relación esencial con la tierra cuando se camina en soledad! Es como si se descubrie- ra que uno es parte de esa materia, y de pronto perci- biera el enamoramiento, al adentrarse en la relación de la compañía más indescriptible. La latitud más fascinante del desierto es la interior, el encuentro con las capas más profundas del propio ser, el descubrimiento de la voz que habita en el hondón del alma, el sentimiento de anchura y de libertad que se

1 SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico Espiritual (CA), 14, 26.

2 SANTA TERESA DE JESÚS, Fundaciones 28, 20.

aposenta en la soledad más recia, el estremecimiento que llega a percibirse por la presencia que se insinúa en las entrañas y a veces llega a abrazarnos enteramente. Es muy difícil convencer con discursos a otro de lo que él no ha vivido; es difícil que crea que se pueda experimentar una profunda alegría en circunstancias adversas y dolorosas, contrarias al deseo natural, o a la necesidad afectiva. Y sin embargo, cuando se ha pro- bado el acompañamiento que emerge en la soledad, la palabra que se escucha en el silencio, el gozo que se aposenta en la intemperie, la libertad que abraza en el despojo, se puede entender que el poema más hermo- so de amor suceda en las latitudes desérticas, donde nada distrae y sólo acontece la escucha de la declara- ción más sobrecogedora, según la profecía de Oseas:

Pero he aquí que yo la atraeré y la guiaré al desier- to, donde hablaré a su corazón” (Os 2,16). Si es posible que la soledad produzca estremecimien- to, miedo, sensación de abismo, también en ella se saborea la quietud del tiempo, la anchura de relaciones invisibles, la sensibilidad más despierta. Si es posible que den ganas de huir de los espacios solitarios y de los tiempos vacíos, también dan ocasión de descubrir cómo aflora la intuición más sagaz, la per- cepción más sublime, la reacción más serena. Si es posible que en un primer momento no se sepa qué hacer en el páramo, muy pronto, si se acoge la oportunidad que concede el desierto, se gustan dimen- siones del propio ser que en ningún otro espacio ni momento emergen. En la vida no siempre sucede lo que se desea, ni se puede estar con quien más se ama. A veces se te pide de forma inesperada el despojo de relaciones muy que- ridas, y el camino de la propia andadura debe atravesar estepas solitarias. Si has sabido vivir en silencio y en

soledad como opción voluntaria, después puedes gustar la libertad del corazón en circunstancias imprevistas y hasta no deseadas, en las que eres obligado a perma- necer lejos de los tuyos y sin nadie con quien hablar. Se agradece el gesto amigo, la relación afectiva des- interesada, el detalle sensible y oportuno, pero hay momentos en los que parece que eres una persona anónima, desconocida, de la que nadie se acuerda y que a nadie le interesa tu trayectoria. En esos momen- tos recios, objetivos o imaginados, ayuda la experiencia que se haya tenido de los tiempos austeros. Días prolongados sin presencia humana, estancias transcurridas en ámbitos impersonales, horas de espera en tránsitos viajeros, en rutas prolongadas, de noche y de día. Si en esas circunstancias has sabido atravesar la puerta del silencio, te acompañarán una energía y fuerza inimaginables que te concederán libertad en los momen- tos de despojo, paciencia en las horas de espera, sereni- dad en la intemperie de circunstancias inesperadas. Quizá parezca poesía, lirismo inalcanzable el gusto por el silencio, afirmar la riqueza de la soledad, ensal- zar la travesía por el desierto y los tiempos de despojo. Y, sin embargo, se puede ser testigo de cómo el silen- cio armoniza a la persona, pacifica el ánimo, abisma la mente, despierta la sensibilidad. Uno gusta de la mirada amiga, de la presencia com- pañera, de la opción generosa que tienen contigo, pero en la maduración personal hay tiempos para todo, y las etapas de soledad son las que más acrisolan y dejan gus- tar el equilibrio del ánimo, la templanza del cuerpo, la serenidad afectiva, la riqueza trascendente, la relación creyente, el acompañamiento invisible de los ángeles.

EL MIEDO

En el desierto hemos visto que se vive a la intempe- rie. Una de las reacciones más comunes en los tiempos y espacios de intemperie es la del miedo. No tanto por lo que sucede en ellos, cuanto por lo que la mente ima- gina que puede acontecer. El miedo es una reacción subjetiva que paraliza a la persona ante la posibilidad de que sobrevenga algún acontecimiento adverso. Y esta reacción se agudiza en los momentos en los que uno se encuentra más solo. La mente, que se encuentra vagando, al adelantar con imágenes negativas el futuro, ejerce un dominio despó- tico sobre la persona y la conduce al temor, pánico, deseos de huída, recelo, sensación de impotencia. El miedo denuncia inseguridad y temor frente al futu- ro más o menos inmediato y con frecuencia es causa de paralización en la entrega, merma la presencia activa y animosa donde se está y en lo que se hace. Ya no se habla de proyectos, y si se realizan, todos están conta- giados de falta de lozanía y generosidad. Si se permite que el miedo, a modo de fantasma, se adueñe del interior, puede tomar proporciones gigantes- cas y someter la conciencia a un sufrimiento injusto, filtran- do todas las noticias desde una clave negativa y adversa. El miedo puede ser por algún mal físico o por un sufrimiento moral, pero en general, en ambos casos, por una presunción nociva de sucesos que no han lle-

gado a ser historia. Sin embargo, el presentimiento, la imaginación negativa, la prevención obsesiva, llegan a contagiar el mismo presente y se acumulan razones para justificar la reacción temerosa y huidiza.

El miedo quita la libertad, la alegría, la paz, la gene-

rosidad. Secuestra, atenaza, merma la capacidad de riesgo por las imágenes que proyecta y que pueden lle- gar a causar reacciones descontroladas de pánico y des- esperanza. Si sobrepasara algunos límites, habría que pensar que es causado por alguna dolencia psíquica, que debiera tener su tratamiento. Frente al miedo está la confianza, que produce sereni- dad, ánimo estable, entrega generosa, alegría, abandono providente. No es por irresponsabilidad temeraria, ni por inconsciencia irreflexiva. Se saben valorar con realismo las circunstancias que concurren y siempre se apuesta por el lado positivo, apoyados por la sana memoria de hechos anteriores resueltos favorablemente. La referencia liberadora no puede estar sujeta a la confrontación interna subjetiva, en la que a ratos domi- na el optimismo y otros, el pesimismo. Desde la fe, la confianza se funda en quien es razón última, en Dios, que avala con su amor la vida de las personas, la exis- tencia y la historia. En Dios, que se declara amor.

No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1Jn 4,18).

A lo largo de la vida cada uno puede escribir su his-

toria, en la que no faltarán acontecimientos reveladores del acompañamiento providente de Dios, que confirma

la oración del salmista y la afirmación del Apóstol.

El secreto de la confianza no está en uno mismo, ni

en la estadística de probabilidades favorables, sino en la

razón creyente que cuenta con la ayuda de Aquel que puede al mal y ha podido a todos los enemigos, inclu- so a la muerte. El salmista llega a rezar:

El Señor es mi roca y mi baluarte,

mi liberador, mi Dios;

la peña en que me amparo,

mi

escudo y fuerza de mi salvación,

mi

ciudadela y mi refugio.

Invoco al Dios de mi alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos” (Sal 18 [17],3-4).

El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque pase por cañadas oscuras ningún mal temeré. Porque Tú vas conmigo.

Tu vara y tu cayado me confortan” (Sal 23 [22],4).

“NO TENGAS MIEDO”

Debo reconocer que la Providencia divina acompa- ña a través de la extensa travesía, de manera especial con su Palabra, que se convierte en bordón para el camino y refrigerio oportuno en el agotamiento. La Sagrada Escritura revela la opción del Señor de acom- pañar a su pueblo. «No tengas miedo ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1,9). Jesucristo, conociendo nuestra naturaleza, nos ha exhortado de forma reiterada: “No tengáis miedo” (Mt 10,26). Él se ha adelantado y con palabras since- ras, que además tienen autoridad, ha invitado a los suyos a arriesgarse sin temor en el seguimiento evangé- lico (Mt 10,31). No obstante, porque la debilidad personal es persis- tente o las circunstancias familiares o sociales acorra- lan, hay momentos en los que el miedo se asoma como tentación. Y parece justificado cuando se recuentan las razones objetivas que nos rodean. En estos momentos es posible dirigirse al Señor con palabras como éstas:

• Señor, si parece que se acaban los buenos, que des- aparece la lealtad entre los hombres, ¿cómo perma- necer en fidelidad, contracorriente y no tener miedo de perecer?

No tengas miedo, yo soy fiel (Sal 145 [144], 13).

• Señor, si los poderes sociales imponen sus crite- rios, y parece que no hay verdad objetiva, ni valor moral permanente, que todo es susceptible de cambio, según convenga, ¿cómo y a qué permane- cer fiel, cómo no tener miedo de perecer en el ambiente?

No tengas miedo, yo soy la Verdad (Jn 14,6). El mal no prevalecerá contra el bien. Yo he venci- do al mundo (Jn 16,33).

• Señor, si hay tantos que sufren por su fe y se les mar- gina y desprecia, se los tiene en menos, ¿cómo con- vivir en esta sociedad con serenidad, y no tener miedo ante tanta soledad y peligro?

No tengas miedo, valéis más que los pájaros, y ninguno de ellos perece sin el consentimiento de Dios, vuestro Padre. No hay comparación entre vosotros y los gorriones. No tengáis miedo a los que puedan matar el cuerpo (Mt 10,31).

• Señor, no te das cuenta de que aumenta la increen- cia, se diluye la identidad cristiana, parece que toda la fe es cuestión cultural. ¿Cómo no tener miedo?

No tengáis miedo a los hombres (Mt 10,26.28).

• Señor, ¿no ves las dificultades de los creyentes?

No tengáis miedo, yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

• Señor, no quiero excusarme trayendo ante ti la vida

de

los demás, cuando diariamente soy consciente de

mi

pobreza y hasta de mi pecado.

No tengas miedo, no hay proporción entre el delito y el don de la gracia. Siempre es posible

el perdón, por la ofrenda del nuevo Adán, Jesu- cristo (cf. Rm 5,12-15).

• Señor, ya no es por el ambiente, ni porque me hagan mal los otros, sino por mi propia debilidad. Recono- ce que es normal que tenga miedo ¿Cómo poder resistir a tanto acoso, si, además, tantas veces he sido víctima de mí mismo?

No tengas miedo, te basta mi gracia, para que así se vea más mi fuerza en tu flaqueza (cf. 2 Cor 12,9). No tengas miedo, no soy un fantasma, ni una idea, ni fruto de la imaginación o necesidad de los hom- bres. Yo soy tu Dios, tu Padre, tu hermano, tu amigo, el amor más íntimo, habito en ti. No tengas miedo. Te quiero. ¿Acaso no recuerdas que has vivido momentos en los que todo te pare- cía oscuro, sin salida, barrera imposible de atrave- sar, y has podido superarlos? ¿Acaso no recuerdas las veces que te ha sorpren- dido que los hechos no hayan coincidido con los temores?

No tengas miedo, te acompañaré adondequiera que vayas (Jos 1,9). El Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos (Sal 69,34).

LA GRACIA DE LA DEBILIDAD

Durante cuarenta años no se puede hacer demostra- ción de fuerza. Es posible correr durante un día de andadura, para una vida entera hay que medir el paso

y contar con la vulnerabilidad esencial de la naturaleza humana. Sin embargo, aunque no se puede caminar siempre con tensión –San Bruno dice que un arco siempre tenso se hace inservible–, se puede descubrir una extraña fuerza en la debilidad. Constato, muchas veces, que cuando más débil, frá- gil y menesteroso me encuentro es cuando más sensi- ble estoy, y normalmente entonces acudo a la oración con mayor receptividad y apertura. Son ocasiones en que bebo la Palabra, suplico intensamente, me encuen- tro abierto, y acojo, aun en medio del dolor, lo que supone siempre verse tan pobre.

En cambio, cuando me parece que estoy firme, que hago las cosas bien, me sobreviene una falsa seguridad, que me instala en mis modos de ser y de pensar de manera refractaria. En esos momentos, no valoro lo que significa un poco de agua en el desierto, una som- bra en el camino, a la hora de mayor calor, y quizá no comprendo a los que necesitan esos auxilios. No deseo afirmar de manera absoluta algo que no sé

si es igual para todos. Por lo que yo experimento, des-

cubro que las ocasiones de mayor receptividad de las

mociones interiores suceden cuando estoy más sensi-

ble, y normalmente la sensibilidad es mayor cuando me siento menesteroso y débil. Si son así las cosas, ¿será una gracia la pérdida de seguridad y el despojo que te convierten en mendigo de la mirada compasiva, de la misericordia de Dios? Sólo sé que la oración humilde y la estancia silencio- sa, que transcurren en la percepción de la propia pobreza, producen en mí una apertura y acogida mayo- res que cuando me creo seguro de mí mismo. A la hora de hacer una evaluación, descubro que en tiempos de debilidad soy como el campo labrado que recibe la semilla, como la tierra húmeda que permite que el grano germine. Me parezco a la tierra sedienta, resque- brajada su corteza endurecida, que absorbe la gota de agua y la lluvia de tempero. El sentimiento de búsqueda y la atención interior que se viven en los momentos de prueba y debilidad son inigualables. No se pueden comparar con lo que se experimenta cuando parece que no se necesita nada. Lo que me resulta evidente es que cuando confluyen debilidad y relación teologal se da la mayor posibilidad de la experiencia luminosa. ¿Habrá que agradecer las heridas? Quizá en tantas ocasiones son la providencia para despertar la sensibilidad y propiciar así el reen- cuentro con Quien desea venir siempre a nuestro lado. Más allá de la fenomenología personal y subjetiva, lo cierto es que Jesús se dejó reconocer por los suyos

cuando estaban abrumados por la mayor tristeza, cuan- do, doloridos y sobrecargados, su naturaleza les llevaba

a la desesperanza, al llanto, al miedo, al retorno escép- tico. Al hablar de manifestaciones de debilidad, recuerdo las lágrimas de María Magdalena, el lamento de las mujeres que acompañaron a Jesús camino del Calvario

y lo buscaron en la mañana de Pascua, el miedo de los

apóstoles, la desesperanza de los dos discípulos de Emaús, el retorno a los trabajos de la pesca de Pedro y

sus compañeros, el escepticismo de Tomás Pablo confiesa:

San

Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufri- das por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,5-10).

Es natural que, después de los sucesos de la Pasión, los discípulos de Jesús estén tristes. Mas resulta sor- prendente que la experiencia de resurrección se dé en todos los casos en las circunstancias de mayor debili- dad, en momentos muy dolorosos. A la luz de los rela- tos de Pascua, descubro el sentido positivo de las situa- ciones de desánimo, que pueden ser momentos de gracia y convertirse en hitos de fe.

Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escán- dalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabidu- ría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1Cor 1,23-25).

– ¿En qué pones tu fuerza?

– ¿Cuáles son tus títulos más nobles?

– ¿Qué reacción tienes ante lo que te humilla?

– ¿Has aceptado tu debilidad o sientes resentimien- to y rechazas tu historia?

EXIGENCIA PERSONAL

Se es de un lugar; cada uno tenemos nuestra peque- ña tierra de origen, sentimos de manera especial el afecto por el pueblo en que nacimos y en general siem- pre nos evoca gratos recuerdos. El propio carácter se configura por las condiciones naturales del entorno en el que se ha nacido y vivido. Pero más allá de ser de un territorio o de otro, es esencia humana la pertenencia al polvo del suelo, a la tierra, de ahí que la experiencia del desierto configure de alguna forma la madurez espi- ritual. Pues si cada persona tiene que responder a la vocación comunitaria de pertenecer al género humano, debe responder también a la invitación individual de tra- tar con Dios a solas, en su parcela de desierto. Sin embargo, aunque el barro es un componente de la identidad humana, la marcha al desierto, en su amplio significado, responde a una llamada. Al desier- to no se puede ir por propia iniciativa, sino conducido por el Espíritu Santo. Al principio, el Creador puso a Adán solo en medio del jardín. Dios, que lo hizo todo bueno, revela al comienzo de la historia que hemos sido hechos para Él. Este sello nos exigirá cuidar, en cualquier forma de vida, el fin para el que hemos sido creados. Abraham dejó su tierra, la casa de su padre, y se encaminó, a través del desierto, hacia la tierra que se le iba a mostrar como nueva patria (Gn 12,1). El patriar-

ca subió al monte del sacrificio con su hijo Isaac sin decir a nadie nada, acompañado por la soledad en el secreto de su corazón, fiado de Dios (Gn 22,5).

Jacob, durante la travesía del desierto, en el retorno hacia la tierra de la promesa, lucha a solas toda la noche con Dios y queda herido (Gn 32,26). Dios invita

a Moisés a subir él solo a la montaña (Ex 34,3). Elías

cruzó solo el desierto hasta llegar al Horeb, después de cuarenta días (1Re19). El intento, aparentemente soli- dario, de querer llevar a otros hasta el lugar del encuen- tro íntimo con Dios, se hace imposible. Una frontera impide atravesar la nube. La experiencia creyente es íntima y muy difícil de trasvasar

Dios lo llena todo y exige ser el Todo. Cuando Él quiere a alguien para sí le hace todos los demás amo- res amargos. Pero cuando el hombre está solo por Dios, se diviniza. Vivir sólo para Él manifiesta la fe en el único Dios, y cuando uno se atreve a quedarse a solas con Él, permanece en comunión con todos. No hay rostro más fascinante que el de quien permanece o ha permanecido a solas en un trato de amistad con el Misterio. A los llamados a subir a lo alto del monte para estar con Dios se les pone como atalayas y vigías de toda la humanidad. El icono de la Transfiguración es emblemá- tico para definir a los que han sido llamados por Jesús

a ser testigos de su semblante luminoso (Mc 9,2-10).

Cuando Dios escoge a una persona para sí la hace sagrada e inviolable. Su soledad es señal luminosa de que pertenece a Dios y esparce luz a todos. Los que habitan en el desierto ofrecen sin decirlo la profecía de lo más permanente.

Acercarse a la soledad del monte del Señor no es signo de individualismo. Quien descubre la fascinación de la soledad contemplativa, acrecienta la posibilidad de

la mayor presencia humana. Los hombres y mujeres del desierto son testigos privilegiados de lo fundamen- tal que les ha llevado a habitar en el silencio, al mismo tiempo que se convierten en hospitalidad para muchos.

“¡Qué bueno eres, Señor, con el alma que te busca. Sales a su encuentro, lo abrazas, te ofreces como Esposo, tú que eres el Señor, es más, Dios bendito sobre todo y por siempre!” 1

Si buscas la presencia de Dios, si deseas ver su rostro, la posibilidad más reveladora la encontrarás adentrándo- te en la radicalidad del desierto, como Moisés en lo alto del Sinaí, como los amigos de Jesús, Pedro, Santiago y Juan en el monte alto (Mt 17,1-8). El Maestro nos ense- ña que la relación más íntima con su Padre la celebraba a solas, tantas veces de noche, a menudo en lugares que nadie conocía (Mt 14,23; Mc 6,46; Lc 6,12).

1 SAN BERNARDO, Sermón Cant. 69,8.

EL DESIERTO DEL CORAZÓN

Con la imagen del desierto se iluminan muchas cir- cunstancias de la vida y, con esta luz, toman un sentido diferente, a pesar del posible sufrimiento o adversidad que supongan. Una de las experiencias más existenciales, en muchos momentos dolorosa, en la historia de cada per- sona, es la que afecta a los sentimientos, todo lo que toca el corazón, que a lo largo de la vida acontece de manera fascinante o se impone de forma dramática, como el amor o el despojo de los seres queridos. Tam- bién se viven momentos intensos por motivo de la opción voluntaria, en razón de una llamada, cuando se decide circuncidar el corazón, trabajar la unificación interior y el dominio de los afectos, como testimonio de los valores del Reino y para un servicio abierto y dispo- nible en favor de todos. Es un proceso de maduración que impone y exige el desarrollo personal, pues no siempre es posible hacer lo que se desea, ni estar con los que se ama, y por una u otra razón sobreviene la exigencia del desprendimiento. La amistad es un don (Si 6,15); las relaciones huma- nas positivas, una necesidad; la familia, una gracia, tra- bajar en lo que a uno le gusta, un privilegio, y sin embargo, en el desierto se pone a prueba si el corazón es o no de Dios. Él lo exige todo, para darlo todo. A Abraham se le pidió su propio hijo (Gn 22,2). Ismael e

Isaac, Esaú y Jacob, hermanos, se tuvieron que separar (Gn 21,10; 27,43). A José lo vendieron sus propios hermanos en pleno desierto, y a su padre Jacob le fue insufrible la pérdida de su hijo pequeño (Gn 37,28). A Job se le despojó de su hacienda, ganados, familia (Jb 1,13-16). Es emblemática su respuesta: “El Señor me lo dio. El Señor me lo quitó, bendito sea el nom- bre del Señor” (Jb 1,21). Después se vio bendecido con la abundancia de bienes y de familia (Jb 42,12). El desierto ayuda a vivir a cada uno el espacio de la soledad esencial, la individualidad sagrada, la esencia personal de ser un sujeto único, creado por amor y para amar, con la vocación profunda de ser de Dios, a quien se debe amar sobre todas las cosas. Sólo Dios es Dios. Cuando este principio no se cumple y se intenta paliar el despojo con otros auxilios o razonamientos que no sean de Dios, aunque sea de manera incons- ciente, se sufre la ansiedad y cabe que asalte el sinsen- tido, o la rebeldía. El matrimonio exige dejar a los propios padres (Gn 2,24). Los padres deben permitir que se vayan los hijos, aunque sea para hacer algo que no es de prove- cho (Lc 15,12-13). La llamada de Jesús implica renun- cia: “El que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). El trabajo en la viña implica esfuerzo y obediencia (Mt 21,28-31). Cuando no se entiende esta ley, se sufre injustamente. No obstante, es legítimo el dolor de una separación. Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,35). El desierto es el precio de la libertad. El pueblo de Israel salió de la esclavitud de Egipto y tuvo que atrave- sar el desierto del Sinaí, de Arabia, el Negueb, los terri- torios de Edom, las estepas de Moab, durante cuarenta años, hasta alcanzar el oasis de Jericó y entrar en la tie- rra de la promesa.

Cada una de las etapas tiene una experiencia de des- pojo y otra de ayuda.

Cada una de las etapas tiene una experiencia de des- pojo y otra de ayuda. Siempre hay elementos que pue- den confortar en la prueba (Hch 7,23.30.36). En la referencia al Éxodo, destaca la relación permanente con Dios, bien a través de signos extraordinarios, con los que el Señor dejaba sentir su acompañamiento, bien con la presencia divina junto al campamento en la Tienda del Encuentro, donde reposaba la nube y donde acudían los israelitas a rezar y consultar con el Señor (Ex 33,7). Hay quienes se someten a disciplina para dominar el cuerpo y otros se inician en diversos métodos para con- trolar la mente. Los padres del desierto son aquellos que han dominado su corazón. “Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyen- tes es, en primer lugar, una «terapia» para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios” 1 . Prueba a dar gracias y a bendecir a Dios en los momentos en los que sientes que se te quita de algo, y verás crecer dentro de ti la libertad, el gozo y la fecun- didad de tu trabajo y de tu vida. Es la ocasión de alabar- lo con todo el corazón (cf. Sal 9,2). Intenta hacer como el Señor: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). Si te atreves a adelantarte en la entrega, en vez de sufrir el despojo, gustarás la alegría de la bienaventuranza (Mt 5,12). “Tú has dado a mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino” (Sal 4,8). Prueba a adorar a Dios cuando sufres una contrarie- dad o pierdes a un ser querido, y recibirás el gozo de una presencia favorable y permanente. La unificación del corazón es una tarea y un don, gozar de un corazón unificado y libre es una gracia y

1 B ENEDICTO XVI , Mensaje de Cuaresma 2009.

1 BENEDICTO XVI, Mensaje de Cuaresma 2009.

fuente de felicidad constante. Padecer la división del corazón por un amor imposible es un sufrimiento terri- ble. La dualidad del corazón conduce a la ruptura de la persona. La unidad del corazón capacita para las mayo- res empresas y da una disponibilidad alegre y generosa. Bendice a Dios, si te ha concedido la libertad de corazón. Bendícelo, porque es el mayor don que se te puede otorgar. El salmista reza: “Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan, y mi carne descan- sa serena” (Sal 16 [15],9).

LA BELLEZA DE LO COTIDIANO

En principio, un paisaje desértico parece que es un lugar sin expresividad, donde no cabe la exclamación admirativa, porque todo es igual. Esta idea, que no coin- cide con la realidad, ya que paradójicamente el paisaje del desierto es fascinante, me ha dado luz para iluminar la vida ordinaria, la cotidianidad, la existencia aparente- mente monótona, que transcurre en el diario vivir y que puede ser motivo de decaimiento y de tristeza. ¿Dónde se encuentra la belleza del páramo? ¿Dónde el atractivo del yermo? ¿Qué realidad puede producir la fascinación suficiente para permanecer de por vida en el desierto? Encontrar la clave será una herramienta muy útil para prestar la mayor posibilidad a la creativi- dad en la vida ordinaria, en el cada día, sin perecer en la costumbre estéril y gris de la rutina. Para dar novedad a lo cotidiano, puede ayudar el carácter personal, la iniciativa que interrumpe la iner- cia, pero siendo importante el propio comportamiento, el día a día puede conducir al cansancio. El secreto lo descubro en el interior, como ocurre en el desierto, cuando se descubre una bolsa de agua en el subsuelo. Desde la actitud creyente, la Palabra de Dios brinda constantemente apoyos para mantener una disposición renovadora a lo largo de los días. Si al amanecer se siente el tedio, fatiga para emprender de nuevo la tarea, y el recurso a la disciplina, al ejercicio de la voluntad, al

qué dirán, a la obligación laboral no es suficiente para levantarse con ilusión, al recordar en ese momento el motivo para madrugar que reconoce el salmista, se reci- be una energía diferente: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo” (Sal 63 [62],2). Es muy distinto afrontar la jornada con una referen- cia personal, positiva y amorosa, que sentir sólo la obli- gación del esfuerzo y el compromiso profesional. En muchas religiones la hora primera del día tiene una connotación cultual. En el salterio se reza:

Por la mañana escucharás mi voz” (Sal 5, 4). “Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar: despierta, gloria mía; despertad cítara y arpa; despertaré a la aurora” (Sal 57[56], 9).

Ayuda mucho acompañarse cada día con la lectura de la Palabra que propone la liturgia. Es como si se recibiera el mejor noticiario, por el que se renuevan las ganas de vivir y de poner los propios dones sobre la mesa común de la sociedad. A la luz de la Palabra se ilumina la historia y se reciben las mociones del Espíri- tu para actuar según Dios quiere. Los hombres y mujeres del desierto hacen de una sola palabra, o de una pequeña frase bíblica jaculatoria y la lle- van en los labios y en la mente, con lo que prolongan el vivir en la presencia de Dios. Así, a lo largo del día, se puede ir recordando la Palabra escuchada y rezada para atravesar la jornada de manera distinta. Por ejemplo:

Adán, ¿dónde estás?” (Gn 3,9). “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). “¿Qué haces aquí?” (1 Re 19,13). “Poneos en camino” (Ex 12,31). “¿Qué buscáis?” (Jn 1,38).

¿A quién buscas?” (Jn 20,15). “Sígueme” (Mt 9,9). “Venid conmigo” (Mt 19,4).

Los monjes han descubierto el ritmo del ora et labo- ra. La Sagrada Escritura señala: “Siete veces te alabo Señor” (Sal 118 [119],164). Jalonar el tiempo con la invocación trascendente es una forma de introducir algún refrigerio para la fatiga. Ante el riesgo de la costumbre, de la inercia, de con- vivir con la mediocridad, que hace irrespirable el ambien- te y produce tedio, es muy importante saber introducir con pequeños detalles alguna novedad por la que se des- pierte constantemente la sensibilidad y no se decaiga en la misión, por monótona que sea. Ayuda mucho colocar una flor en la mesa, cuidar el orden, mantener el respe- to a los útiles de la casa. Aún tengo presente la imagen de la película “El gran silencio”, donde el monje cartujo, después de cortar la leña para la estufa, ordenaba los tro- zos de madera como si fueran libros de la biblioteca. Es muy importante que el lugar donde se habita sea acoge- dor. La austeridad no está reñida con la belleza. Saber mirar con ojos nuevos la realidad depende de la referencia interior que se tenga. Una clave para gozar de lozanía y espontaneidad es no sumar las pequeñas dificultades ni las diferencias en las relaciones domésticas. En vez de pensar que siempre te toca sobrellevar la carga, encontrar el sentido de que es un privilegio servir. Si algo te irrita, o alguien te ofende, la memoria de que a ti te han disculpado en muchas oca- siones, y siguen haciéndolo, te capacita para el perdón y para relativizar los posibles descuidos o faltas de sen- sibilidad de los otros. Un ejercicio mental importante consiste en no permi- tir que se filtren pensamientos negativos sobre la realidad

o sobre las personas, y en caso de descubrir que en ver-

dad acontece algo negativo, tener la generosidad de la disculpa, y la higiene necesaria para no acumular moti- vos de disgusto y desafección. Una madre del desierto afirmaba que es mejor quitar todos los días la hierba del

jardín y no esperar a que crezca. Jesús apela a otra figu- ra cuando aconseja paciencia y no proceder a arrancar

la mala hierba antes de que madure la mies, no sea que

se arranque todo a la vez. En este sentido, importa

mucho cuidar la expresividad verbal, porque una palabra

a deshora puede bloquear las relaciones. Un principio

acreditado es “hablar por amor y callar por amor”. Jesús, en la oración del Padrenuestro, nos ha enseñado a per- donar como actitud diaria. San Benito aconseja a los monjes tratar los útiles del monasterio como vasos sagrados del altar. Quien habita en el desierto es austero, discreto, paciente, pacífico, generoso, hospitalario, vive al ritmo de las horas, encaja los acontecimientos sin perecer en ellos, sabe tratar las cosas con respeto. El gozo del que mora en la soledad guarda el secreto de la oración continua; se sabe necesi- tado constantemente del perdón, y esto le concede mise- ricordia hacia los demás, que practica orando por todos. La jornada concluye de otra forma si se acude a la acción de gracias por lo vivido en ella, si se reposa en las manos de la Madre de Dios. La Iglesia y la piedad cristiana tienen oraciones colmadas de ternura y de confianza para dirigirse a la Virgen María al concluir la tarea. En muchas abadías cistercienses, ya desde los tiempos de San Bernardo, a esta hora se vive uno de los momentos más reconciliadores. Al tiempo que se enciende una candela ante la imagen de Nuestra Seño- ra y se escucha el último toque de oración, en silencio, se recibe la mirada entrañable de la Madre de Dios, como beso que serena el corazón.

MEDIACIONES

Debo reconocer que durante la cuarentena de años que ya llevo de ministerio y de estancia en Buenafuen- te, han sido muchas las circunstancias y personas que se han convertido en mediaciones providentes. Gracias a ellas no me ha faltado el auxilio necesario, el “pan de cada día”, y aunque, en principio, la vida se pueda interpretar a la luz del desierto, donde la soledad, el silencio, lo recio del despojo configuran tantas veces la existencia, en la travesía se dan ayudas providenciales, que acompañan de manera especial en la hora más dura de la prueba. En las Sagradas Escrituras se narran intervenciones humanas y espirituales que han supues- to una ayuda para el Pueblo de Dios y para los elegidos del Señor. La referencia a la ley, a los profetas, al ejer- cicio de la voluntad en obediencia, se convierten en tres pilares que estabilizan la respuesta fiel a lo largo del camino.

Si nos fijamos en los textos sagrados, se observa que Dios acompaña tanto comunitaria como individualmen- te. “De muchas formas habló Dios a nuestros padres desde antiguo por los profetas” (Hb 1,1). También habló al corazón de los elegidos. Dios llamó a Abram:

El Señor dijo a Abram: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré»” (Gn 12,1).

Llamó a Moisés:

El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza” (Ex 3,2).

Llamó a Samuel:

Vino Yahveh, se paró y llamó como las veces anterio- res: «¡Samuel, Samuel!» Respondió Samuel: «¡Habla, que tu siervo escucha»” (1 Sam 3,10).

Una constante permanente de la revelación es la intervención divina en la historia y en la vida de los hombres. El creyente vive de la fe, de dar crédito a la presencia de Dios a través de mediaciones más o menos veladas. De manera emblemática, Moisés se convirtió en referente del acompañamiento de Dios a su pueblo, de la voluntad divina, indicación de la dirección del cami- no. Tanto Moisés como los patriarcas tuvieron expe- riencia de la ayuda que les prestaba el Señor a lo largo de su itinerancia por el desierto. La zarza ardiente, la nube luminosa, el agua de la roca, el pan del cielo, el bastón sagrado, el ángel del Señor, los signos providen- tes jalonan los relatos bíblicos para revelar la presencia atenta de Dios junto a sus escogidos, junto a su pueblo. Elías, al igual que Moisés, fue testigo privilegiado del desierto. La sequía, el ángel consolador, la voz del Señor, el pan de la viuda…, fueron experiencias que concedieron al profeta la certeza de no estar solo. Elías y Moisés se nos presentan como referentes de la ley y de la profecía. Se ha querido ver en ellos tanto el acom- pañamiento de la Ley, como el apoyo de las mociones interiores, la atención a los mandatos del Señor y el don personal, la insinuación del Espíritu en lo íntimo de la conciencia y la objetividad de la revelación divina por el mismo y único Espíritu.

Si se caminara por las latitudes del desierto sin tener

en cuenta los mandatos de Dios y sus mociones, se correría el riesgo de perderse, de dar pasos inútiles o muy costosos. Es necesario el ejercicio de la escucha y

de la fidelidad. En los momentos oscuros, a pesar de no

ver ni sentir, es necesaria la permanencia, que se expre-

sa por la obediencia a lo que se sabe que es bueno. Es emblemático el libro de Tobías, en el que se nos narra el viaje de Tobit, acompañado por el ángel Rafael, que le va orientando en sus decisiones más importantes, mostrándole el camino, presentándole a la mujer que llegaría a ser su esposa, enseñándole el secreto medicinal que curaría la ceguera de su padre. Juan Bautista se une a la generación de profetas, es

prototipo de la ascesis. Nada es fácil en el desierto. La obediencia a la voluntad divina, objetivada en los man- datos del Señor, a la vez que a las propias mociones interiores, exige la renuncia a la propia voluntad de la propia voluntad, respuesta que es posible con la gracia

del Espíritu Santo.

Yo suelo llamar a estas intervenciones providenciales “florecillas” del camino. ¡Cómo alegra saber ver en todo la mano de Dios, reinterpretar los acontecimien- tos en clave teologal, encontrar por doquier la sacra- mentalidad divina, la presencia del ángel del Señor!

Acabábamos de celebrar la Navidad de 1982. El 10

de enero del año 1983, a las ocho de la noche, a ocho

grados bajo cero, me sucedió un hecho que se grabó en

mi memoria para siempre.

En esas fechas, y por esos años, nadie llegaba a Bue- nafuente. Aquella noche heladora, la madre Abadesa me llamó por el teléfono interior porque al ir a cerrar el zaguán del monasterio se encontraron con un muchacho que se estaba disponiendo en un rincón un lugar para dor- mir. Al dar acogida al joven desconocido, al que miraba

con cierta sospecha a la vez que recordaba el mandato de San Benito: “Recíbase al huésped como al mismo Cristo en persona”, después de acompañarlo al lugar que tenía- mos para acoger, le pregunté cómo se llamaba y no me respondió. Yo me dije para mis adentros que me estaba bien, pues por la fe sabía que era el Señor. Le repetí la pregunta de otra manera: “Perdón, para decirte buenas noches, ¿cómo quieres que te llame?”. El joven, de forma serena y suave, me contestó: “Mi madre me puso por nombre Jesús”. En aquella ocasión sentí algo indescripti- ble, y no sé si le llegué a decir “buenas noches” o no. En el verano de 2008, el día 25 de julio, a las tres de la tarde, en lo más recio del calor, iba de Buenafuen- te hacia Madrid para celebrar la boda de unos amigos. En el trayecto vi cómo avanzaba un hombre con un bulto al hombro, en dirección al Monasterio. Enseguida me dije: “Seguro que, de nuevo, tenemos otro caso de alguien que quiere que lo acojamos”. Sentí malestar y violencia, porque hacía muy pocos días habíamos teni- do que intervenir con un huésped por causa de su com- portamiento incorrecto. Al día siguiente, a la hora del desayuno, estando a la mesa con los compañeros, les pregunté si habían visto

o

recibido a alguien. Ellos me respondieron que sí, que

lo

habían acogido, y que estaba en una de las habitacio-

nes reservadas para los huéspedes de confianza. Yo me sentí contrariado y les recordé lo que había sucedido recientemente. Cuando estaba hablando, apareció el nuevo visitante. En ese momento, por educación, cambié el tono de voz

y el tema de conversación. Me puse a atenderle con pala-

bras amables, y comprobé que era la misma persona que yo había visto el día anterior a pleno sol. Me contó que se había puesto en camino desde Alcolea del Pinar, que está a 44 Km., porque buscaba un lugar de paz.

Al hilo de la conversación, sin que lo tenga por cos- tumbre, pues generalmente por respeto no investigo la identidad de las personas, le pregunté cómo se llama- ba. El hombre me respondió: “Me llamo Jesús”. En ese momento sentí de nuevo un escalofrío y la derrota de todas mis defensas. Reaccioné enseguida y le ofrecí hospedaje en la Casa de Acogida por un tiempo de dos semanas; después consideraríamos su permanencia. Pasado el tiempo, íbamos evaluando su estancia, y cada vez se sentía mejor, a la vez que se prestaba a todos los trabajos, sin tenerle que pedir nada. Después de seis meses, Jesús se ha convertido en un gran apoyo en el servicio de la Casa de Acogida. El Señor siempre sorprende. Él sale a nuestro paso. Pero, ¡tantas veces nos quedamos sin reconocerlo por motivo de nuestros prejuicios y prevenciones! El que creí un huésped inoportuno, ha llegado a ser estabiliza- dor para la acogida a otros muchos. Seguro que tú tienes en tu historia hechos sorpren- dentes difíciles de explicar si no se entiende la interven- ción providente. No es demostrable, podrías decirme que ha sido casualidad, coincidencia, azar. Yo te reco- nozco que siento una gran fuerza cuando todo lo inter- preto por la opción divina de caminar a nuestro lado.

DESIERTO INTERIOR

A la hora de ir describiendo las latitudes del desierto, vienen a mi memoria las imágenes más bellas que un peregrino puede recordar del recorrido por la Tierra Santa, cuando se ha atravesado el Negueb y se llega, a través de la península del Sinaí, al monte de Moisés, o cuando se ha celebrado la Eucaristía en los roquedales

del desierto de Judea. Nunca se imagina uno que pueda ser tan fascinante el paisaje del desierto bíblico. Allí he oído el gemido de la paloma, he contemplado a la gace- la, he comprendido el verso del Cantar de los Cantares:

Paloma mía, en las grietas de las peñas, en escarpa- dos escondrijos, muéstrame tu rostro, déjame oír tu

(Ct 2,14). He gustado el zumo de granadas, los

dátiles de En Gedí, el palmeral de Jericó. “Jesús se reti- ró otra vez al monte, Él solo” (Jn 6,15).

Cuando se visita Tierra Santa, que según Juan Pablo II es el quinto evangelio, ¡cómo se comprenden los relatos que transcurren junto al pozo de Berseva, en el pozo de Jacob, en Samaría, las alusiones a los torrentes del Negueb, o a las fuentes que afloran en el desierto! Sin embargo, según ya he señalado, no me refiero a la latitud geográfica del desierto, aunque siempre será una referencia simbólica y una ayuda para explicar el sentimiento. ¡Cuánta luz se recibe al ver cómo en pleno yermo, horadando la tierra, se alcanza el manantial y lo que parece estéril muestra la mayor fecundidad! ¡Cómo

voz

se saborea la relación esencial con la tierra, como si se descubriera que uno es

se saborea la relación esencial con la tierra, como si se descubriera que uno es parte de ese polvo y de pronto percibiera el enamoramiento, al adentrarse en la sole- dad más indescriptible! Interpretamos la imagen del desierto como el lugar privilegiado de la escucha interior, de la percepción sorpresiva de la insinuación del Espíritu, de la moción consoladora que afecta por dentro a la persona y la conduce a un cambio con “determinada determina- ción” 1 . La fuerza duradera es la que se recibe interior- mente, y por ella cabe la fidelidad. Es necesario oír con el oído del corazón. Los propósitos inventados tienen un final amargo, decepcionante, que conduce al escep- ticismo. El desierto interior puede describirse de manera muy diferente, según resuenen por dentro la angustia o la consolación. Hay que bajar a lo profundo. Han tenido que suceder la noche más oscura y la angustia más insoportable, sentir el abismo debajo de los pies. Se ha tenido que gustar el poso amargo, encontrarse ante el callejón sin salida, experimentar el límite de las fuerzas. Se ha tenido que sentir el hielo del vacío, palpar el des- encanto compañero, consumir todas las expectativas. En estas posibles circunstancias se reconoce de dónde viene la ayuda: “El auxilio me viene del Señor” (Sal 121 [120],2). Y se calma la sed con el grito: “¡Dios mío, ven en mi auxilio!” (Sal 38 [37],22). Prueba a permanecer un tiempo en soledad y silen- cio, a acallar las voces que te oprimen por causa de acontecimientos adversos, domina sin violencia el esta- do de ansiedad acompasando tu respiración y echando la mirada al horizonte abierto, déjate saludar por la brisa, escucha el canto de la naturaleza, permite que te

1 S ANTA T ERESA DE J ESÚS , Camino de perfección 21, 2.

1 SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de perfección 21, 2.

envuelva el clima suave, cálido o frío, que te trae el viento y escucha:

“Paloma mía, en las grietas de la roca, en escarpados escondrijos, muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce, y gracioso tu semblante» (Ct 2,14).

Me podrás responder que tú no has tenido estas experiencias, ni has oído declaraciones tan íntimas, ni consolaciones tan afectivas. Sin embargo, lo más cier- to es lo que sucede en el interior del ser, la presencia divina que lo habita, la relación trinitaria que acontece, el santuario en que nos convertimos cuando recibimos la Eucaristía y permitimos que el Espíritu Santo ame en nosotros y a través nuestro. Lo más real no es el sentimiento, que se parecería más a un paisaje henchido de fragancia, sino lo que se esconde en el subsuelo, el manantial profundo, inago- table. San Agustín describe muy bien esta experiencia.

“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé. Tú estabas dentro y yo de fuera, y allí te buscaba, y yo feo, íbame tras esta hermosura visible que hiciste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuvie- ran en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; bri- llaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo. Gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti. Me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti” 2 .

2 SAN AGUSTÍN, Confesiones X, 27.

LLÉVAME AL DESIERTO

La experiencia se describe muchas veces en este orden: desierto, tentación, Espíritu. Pero el orden que marca el texto evangélico es el contrario: Espíritu, desier- to, tentación. Sólo desde la obediencia al Espíritu Santo es posible la travesía del desierto sin perecer. Ir al desierto por propia iniciativa es imprudente, hacerlo por curiosidad, es arriesgado, creerse experto y adentrarse en la extensión vacía, es pretencioso. Sólo se puede ir al desierto empujado por el Espíritu o acom- pañado por Él. Jesús fue al desierto conducido por el Espíritu, se dejó tentar por el Diablo, sufrió el acoso del Tentador, mas ungido por el Espíritu, venció el cerco. Jesús sintió el halago del poder, del tener y del placer. Pero nos enseñó a adorar al único Dios en espíritu y verdad. Jesús, durante su estancia en el desierto, padeció la propuesta del falso mesianismo. Pero obedeció al Espí- ritu Santo y se entregó en la cruz. Quizás has conocido el desierto, la soledad del pára- mo, el tedio de lo cotidiano como paisaje inexpresivo:

la tentación. ¿Conoces al Espíritu Santo? Quizá has buscado, por tentación, el acompaña- miento de lo que no aprovecha, has sentido las llama- das tentadoras, evasivas, a la extroversión. ¿Te has sen- tido acompañado por el Espíritu? ¿Has descubierto la riqueza inagotable interior, donde Él habita?

Quizá conoces la aridez del yermo, has probado el sabor amargo de vacío, lo recio del silencio físico. ¿Has gustado la novedad consoladora del Espíritu de Dios? ¿Has percibido con el oído interior su surruro amoroso? Clama: ¡Ven, Espíritu Santo! Quizá ahora comprenderás que es un privilegio la experiencia del desierto y por qué han sido conducidos a él los amigos de Dios, su pueblo, y el mismo Jesús. El desierto se convertirá en el lugar de la teofanía, de la victoria sobre las tentaciones, de la experiencia cons- tante de la misericordia. Quizá ahora descubras que el desierto no es exilio, ni destierro, sino travesía, andadura esperanzadora, camino con meta fascinante, secuencias que confirman la verdad de la fidelidad de Dios. Quizá ahora te atrevas a solicitar lo que en principio te podía parecer imposible, superior a tus fuerzas, o si lo estabas viviendo, te podría parecer desgracia, mala suerte:

– Señor, llévame al desierto, al espacio interior, a la celda del corazón, a lo más escondido de mi intimi- dad, donde tu hablas y escuchas.

– Señor, condúceme al seno de tu relación más identi- ficativa, donde Tú mismo experimentaste el amor de tu Padre, donde dejaste entrar al discípulo amado, el lugar donde no cabe el disimulo.

– Señor, Tú has bendecido el corazón limpio y el sem- blante de niño. Purifica mis entrañas, para que pueda habitar en el espacio sagrado donde Tú te dejas sentir y enamoras.

– No es momento de quedar bien, ni de aparentar el despojo y a la intemperie; sólo es posible dejarse mirar por ti, gracias a tu misericordia.

– “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad” (Sal 24).

Señor, Tú me sondeas y me conoces. Sé que no me veré defraudado si emprendo la andadura en obe- diencia a tu invitación, sino que me desvelarás tu misericordia. “Aquí estoy, mándame”.

Ahora se comprende mejor todo el código cristiano, que se concentra, como en una célula, en el Misterio Pascual. Ahora se comprende mejor que sólo desde la luz hay posibilidad de abrazar la cruz amorosamente. Por la vivencia de amor, se asume el despojo sin desesperan- za. Gracias al sentimiento de filiación, surge la paz por saberse en las manos del Padre. La percepción conso- ladora revela el discernimiento positivo en la prueba. La certeza de la Resurrección quita el temor a la muer- te como abismo. Después de la experiencia de amistad con Jesús, se graban en la memoria sus palabras ilumi- nadoras y proféticas de abandono confiado para los tiempos de soledad.

EL DON DEL DESIERTO

Sólo una vez pasadas las duras etapas del desierto es posible comprender que su travesía ha sido un don, aun- que en la memoria queden las señales de las mordedu- ras de las serpientes, los efectos de tantas idolatrías y movimientos de separación por haber caminado de manera independiente, al margen de la voluntad divina.

A los padres y madres del desierto se los conoce por

su sabiduría. Gracias a su enseñanza podemos prever los accidentes del camino y estar avisados. Aunque nadie puede hacer el viaje por otro, se suele aconsejar tener en cuenta a quienes conocen ya la andadura. Pue- den informar de algunos peligros y recomendar los equipamientos necesarios.

En el Evangelio se nos advierte que no es sensato edificar sobre arena (Mt 7,26). En el desierto no se puede estar sin preparación. Sabemos que edifica sobre roca quien lo hace sobre Cristo (1Cor 3,11). Abando- narse a los designios del Creador es un principio de estabilidad, además de conducir a un conocimiento amoroso de Dios.

El desierto hace posible vivir en contacto con la tie-

rra y esta proximidad se convierte en recordatorio del

propio origen. Olvidarse de que hemos sido hechos de barro es prepotencia. Nadie se ha dado la vida a sí mismo. Estamos en el desierto porque estamos vivos, y la vida es un don que concede el Creador de todo.

Dios no quiere que nos rompamos, ni que estropee- mos la vasija que contiene el tesoro. El creyente confia- do, que conoce su frágil condición y que la vasija de barro está expuesta constantemente a romperse, espe- ra a que, en caso de fractura, las manos del Alfarero la rehagan, y el amor del Espíritu Santo la fragüe. Mas si romperse es propio de la fragilidad, traer a la memora la historia de las quiebras perdonadas suscita gratitud, comprensión y sabiduría. El consejo es no separarse de la mirada de Dios. Cuando te acudan los recuerdos de las veces que te has roto, trae también a tu memo- ria los relatos de la artesanía restauradora de Dios para contigo. Desde la fidelidad divina, ante los posibles fallos o en la sensación de impotencia, deprimirse por saberse débil es orgullo. Si se conoce a quien nos llamó a hacer la travesía de la existencia, si se sabe que nos acompa- ña, resignarse con la propia fragilidad es desesperanza. Lo correcto y creyente es dejarse restaurar en caso de rotura. Ponerse en las manos de Dios es la actitud más prudente y la máxima posibilidad de comenzar de nuevo. Como eco de quienes ya han recorrido mucho tre- cho del camino de la existencia, quedan algunos princi- pios que se convierten, a la espera del encuentro con el Señor, en aceite para la propia lámpara y en óleo samaritano para socorrer a otros compañeros de viaje. En cualquier caso, pactar con la fragilidad es falta de fe, porque se absolutiza la debilidad cuando sólo Dios es Dios. No hay accidente que sea irreparable, si se acude a la misericordia divina. ¡Cuántas veces lo que juzgamos debilidad es ocasión para recibir misericordia y capacitación para ser mise- ricordiosos! Comprender la debilidad de los otros es una obra de misericordia. Ayudar a restaurar las arpa-

duras de sus vasijas es ejercicio entrañable. El recuerdo de las propias heridas curadas aviva la conciencia de participar en la luz pascual y adelanta la entrada en la tierra de la promesa. En el Evangelio se narra cómo la fe de los que transportaban al paralítico logró de Jesús no sólo la curación, sino el perdón de los pecados (Mc

2,1-12).

Si, por el contrario, te crees fuerte, invulnerable y seguro, corres un grave riesgo de agotarte por pasar como quien se siente superior y se atreve a juzgar la debilidad de los demás. Esta actitud, además de ser atrevimiento injusto, en muchos casos puede llegar a ser comportamiento incoherente. Jesús llama la aten- ción sobre aquellos que echan fardos pesados sobre los hombros de los otros, y exigen a los demás lo que ellos no hacen.

En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren mover- las” (Mt 23,2-4).

LOS PADRES Y MADRES DEL DESIERTO

Suele ser habitual encontrar los emplazamientos monásticos en lugares atractivos, hermosos y de gran riqueza paisajística, y comentar: “¡Qué bien sabían los monjes escoger los lugares!”. En realidad, lo que ocurre es que por la vida e historia del asentamiento monásti- co, muchas veces el lugar silvestre, en ocasiones salva- je, yermo, árido, desolador, se convirtió en un espacio atractivo, colmado de armonía y de belleza. Si se da el cambio del desierto en vergel (Is 32,15), si quienes habitan en el desierto convierten la tierra inhóspita en espacio acogedor, podría replantearse el comportamiento, el uso de los bienes, la forma de vivir,

a la luz de los testigos y padres del desierto, para acre- centar la extensión de tierra habitable. Los padres y madres del desierto son un testimonio vivo de otra forma de vivir y de relacionarse con la creación. Los que habitan en el desierto por opción de vida, buscan, sedientos, el manantial, y lo descubren inago- table dentro de sí mismos. Son personas esenciales. Dan valor a la mayor realidad. Parecen insensibles cuando en realidad cada cosa la estiman trascendente. A los llamados padres y madres del desierto les gusta la austeridad porque conocen la ley de lo que esclaviza

y de lo que hace libre. Prefieren el orden porque saben

que es una forma de atravesar el páramo sin angustia. Saben poner hitos en el sendero borrado, en la llanura

sin horizonte porque guardan memoria de la providen- cia divina.

Los que viven en el desierto son diestros en el pro- pio barro, se dejan moldear en las manos del Alfarero. Son misericordiosos, gracias a su propia experiencia de perdón. Guardan sentimientos de ternura y permane- cen todo el día en la vigilia de quienes tienen el oficio de orar por sus hermanos. Aman el silencio, pues saben que en él puede venir el anuncio del Amor más grande. Gustan, después del silencio, la verdad de la Palabra. Les atrae la oración y en ella celebran su relación amorosa. Viven como soli- tarios, porque han escuchado la invitación a unos des- posorios y por ellos son capaces de entregar entera- mente su vida. Los padres y madres del desierto guardan la ternura secreta del amor de Dios y la muestran en sus rostros. Miran de frente con ojos de niño, porque se saben hijos de Dios.

A los que habitan el desierto, les llegan las voces de

los hombres en los sentimientos de sus propias entra-

ñas y sienten en su carne lo que acontece en el mundo.

Son famosos los apotegmas de los padres y madres del desierto, aforismos llenos de sabiduría que en muy pocas palabras concentran una gran experiencia de vida. Son principios axiomáticos, máximas que en muchos casos han pasado al acervo cultural de genera- ción en generación. Recuerdo, por ejemplo, uno de ellos: “Si quieres que suceda lo que quieres, quiere lo que sucede y sucederá lo que quieres”.

A manera de los testigos del desierto, y por propia

experiencia, comparto contigo algunas de las ense- ñanzas que me ha dejado la historia del camino reco- rrido.

EN EL DESIERTO,

o

se muere o se renace. Se enloquece o se adquie-

re la sabiduría.

uno puede hundirse en su fragilidad o alcanzar el heroísmo de los mártires.

cabe hacerse como roca áspera o como la arena suave, obediente al viento del Espíritu.

en poco tiempo se recorren los extremos más contrarios; se puede pasar de la llamada al abismo

y

a la desesperanza, al éxtasis inenarrable del beso

de Dios.

es posible experimentar la soledad más terrible o llegar a confesar, sin inventarlo, que la vida está en las manos paternales de Dios.

el tiempo puede ser violento o pasar como un soplo.

La causa de tanta contradicción va unida al misterio de la libertad, a la fe y a la experiencia de la llamada. La paradoja la marca la paz del corazón o su carencia, y es fuente de sabiduría. A lo largo de la historia ha habido quienes nos han demostrado que el desierto es un lugar habitable y transformador.

TESTIGOS DEL DESIERTO

Hemos evocado la imagen del desierto como icono para iluminar la travesía de la vida, sabiduría para con- trastar el proceso de maduración espiritual, ayuda para discernir la fenomenología interior y testimonio que avala una forma sabia de vivir. En las distintas dimen- siones, desde el desierto bíblico, se iluminan los diver- sos acontecimientos históricos –sociales o íntimos– en clave providente. Pero quienes son en verdad portado- res de la riqueza y sabiduría del desierto son sus testigos Para entender las latitudes de la inmensidad desérti- ca, de lo que significa la vida allí y de los auxilios nece- sarios para que sea una experiencia liberadora, lo más plena posible, acudimos a quienes han sido y son los patriarcas de la historia, que por su santidad de vida se han convertido en referencias luminosas del camino. Son los testigos y padres espirituales, que nos adelan- tan el ofrecimiento de algunas mediaciones necesarias para no perecer en la travesía o para que sea más lle- vadero lo áspero de la ruta. Al desierto, como a la vida, no se debe ir como turis- tas que desean conocer paisajes exóticos, ni como curiosos exploradores, por afán de encontrar alguna novedad, para presumir de su hallazgo en alguna tertu- lia. El itinerario de los patriarcas, profetas, padres y madres del desierto implica un realismo a veces dramá- tico por la extrema necesidad de encontrar sentido a la

vida. Afincarse en el desierto, o lo que es lo mismo, tomar la vida como tarea acrecentadora del bien son actitudes que no permiten especular, sino que exigen la respuesta de la obediencia a la misión confiada por el Espíritu, la adoración silenciosa, en esperanza y con el auxilio de la misericordia y de la mutua solidaridad. El interior de las personas es sagrado, es el santua- rio que merece el máximo respeto y no se debe mani- pular. Ante él hay que descalzarse, como ante la zarza ardiente, pues allí se escucha la voz de Dios, la revela- ción de su nombre y la vocación con la que Él llama a cada uno y le confía su misión. Quienes se han acercado así al desierto y lo han atravesado, se convierten en testigos, en guías para acompañar a otros, para evitar que sucumban ante los efectos de la imaginación, anticipadora de etapas impo- sibles, o ante las encrucijadas más difíciles. Los testigos del desierto saben librarse de la acedía y de la melancolía poniendo sus manos en la tarea. Dis- frutan de corazón unificado, por las veces que lo han circuncidado. Permanecen siempre atentos a las mociones interiores y las obedecen. Son testigos, por la experiencia de la perdonanza, de la paz en el corazón. Los testigos del desierto, porque han vivido en su propia carne los extremos de la intemperie, saben mirar con ternura el proceso de los demás. Son pacien- tes e infunden serenidad, sabiendo que incluso donde parece que no hay salida, puede abrirse la mayor espe- ranza. Los testigos del desierto caminan sin prisa y sin pausa, al ritmo de la luz y de la noche, porque se saben conducidos por quien ha comprometido su palabra de acompañar en todas las latitudes. Saben reaccionar con paz ante las noticias más extremas y adversas, porque han averiguado que la prueba no supera la capacidad.

Los testigos del desierto, aunque habitan en el silen- cio y en la soledad, se saben pertenecientes a una comunidad itinerante y reciben la fuerza de los que han vivido y viven como ellos, haciendo del páramo lugar habitable. Los testigos del desierto guardan el secreto de la experiencia trascendente, del paso del Señor, de lo que permanece como mayor certeza dentro de ellos mis- mos, porque han llegado a gustar el amor de Dios en medio del despojo, cuando nada ni nadie era razón sufi- ciente de consolación. Se atreven a caminar a través de latitudes inmensas, porque han descubierto el pozo de agua en el propio interior, y ofrecen a quienes se cruzan en su camino la noticia más sorprendente: que a pesar de toda adversidad, siempre es posible la confianza. Los testigos del desierto son padres y madres entra- ñables que comparten su sabiduría, la de iluminar de manera trascendente todo acontecimiento, saboreando en cada momento la presencia providente de Dios.

A EJEMPLO DE LOS PADRES DEL DESIERTO

En tiempos de inclemencia y quiebra económica, cuando se siente la amenaza de la pérdida de la llama- da sociedad del bienestar, los que viven en el desierto nos demuestran que es posible la alegría en la austeri- dad, permanecer sensibles a la belleza y mantener la armonía del corazón, a pesar de la pobreza. Muchos de los bienes que nos parecen imprescindibles no los nece- sitan. Con ello testifican lo que es esencial y lo que les es suficiente. Quienes viven en el desierto nos enseñan que es mejor la paciencia que el nerviosismo, mejor la libertad frente a las intrigas sociales que la sumisión politizada, y se nos muestran dueños de sí mismos, más allá de toda ideología. Celebran el transcurso del tiempo en clave de alabanza. Los habitantes del desierto no pierden la sensibilidad de la acogida, ni los gestos entrañables. Más aún, son buscados como referencias humanizadoras, auténticas. La hospitalidad ha sido siempre distintivo de los mora- dores en el desierto. A los que han hecho del desierto su hábitat les dis- tingue la serenidad y la capacidad de espera. Saben que muchas dificultades se resuelven por sí solas con el tiempo, sin hacer nada violento. Con estas premisas, la andadura por las latitudes esteparias a la luz de la vida de los que las han habita-

do, nos debiera ofrecer la grata experiencia transfigura- dora de reconvertir toda circunstancia áspera en lugar

habitable, y todo recinto solitario en testigo del diálogo secreto con Dios, del que nace la capacidad más asom- brosa de vivir confiados mientras dura la travesía. Las distintas etapas de la vida o la estancia en cada acontecimiento, aun en los más inesperados y doloro- sos, iluminados por la Palabra que relata el Éxodo y la relectura que han hecho los padres, deberían darnos la seguridad de que no estamos solos. La historia de los que se han fiado de Dios demuestra que es cierto que nos asiste la Providencia. La permanencia en una forma estable de vida, la cuarentena que identifica a las personas desde la espi- ritualidad del desierto, no se experimentan agotadoras

si se descubre en la hondura del corazón el gozo de la

entrega generosa y gratuita, como ocurre en la vida de los padres y madres del desierto.

Si el desierto significa libertad, dominio de sí, propio conocimiento, experiencia de las palabras esenciales, contacto con la fuente de la vida, sensibilidad, aprecio de la belleza, sosiego, esperanza, conocimiento secreto

e íntimo del acompañamiento permanente, certeza de

ser conducidos por Dios, vivir en el desierto es una ben-

dición. Las circunstancias que nos puedan recordar la geo- grafía y la fenomenología del desierto son, entonces, unas llamadas de atención para que seamos más cons- cientes de que nos conduce y acompaña quien ha com- prometido su palabra de venir con nosotros personal- mente, el Dios invisible, Jesucristo. Sólo hará falta saber reconocer cada destello y vestigio de la presencia divina.

EL COMPAÑERO DE CAMINO

Hemos considerado el testimonio y la sabiduría de la experiencia de los padres y madres del desierto, las mediaciones providenciales que Dios provee durante la travesía, pero ninguna es como la que ha prometido Jesús a los suyos a la hora de despedirse:

Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre. El Espíritu de la ver- dad” (Jn 14,16).

No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Jn 14,18).

Comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,20).

El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21).

Si se escuchan estas expresiones u otras muchas de la Sagrada Escritura y se meditan, dándoles vueltas, como lo hacen los que practican la lectio divina, poco a poco se llega a gustar un sentimiento suave, sereno, confiado. Sólo con la resonancia amorosa, que surge en el fondo del corazón que ha saboreado la Palabra dada por Jesús, cabe estar dispuestos con prontitud para recorrer el camino de la vocación personal. El Espíritu Santo, que está siempre con nosotros (Jn 14,16) y es el que ungió a Jesús y lo resucitó de entre los muertos (1Pe 3,18), al que, según los relatos

de las primeras comunidades cristianas, oraban para recibirlo (Hch 8,15), es quien nos infundirá la certeza del acompañamiento divino, todos los días, hasta el fin del mundo. Una invocación constante de la Iglesia y de aquellos que desean contar en sus vidas con el Abogado defensor es: “¡Ven, Espíritu Santo!” No hacen falta efectos extraor- dinarios, ni acontecimientos que llamen la atención; sin embargo, el que cree encuentra signos permanentes del acompañamiento del Consolador y Amigo del alma.

Si en las dificultades de la convivencia humana doméstica o pública prevalece la apelación al per- dón, es por el Espíritu Santo. Él es dador de paz.

Si a la obstinación de la mala memoria, que suma hechos suficientes para tomar decisiones violentas, se sobrepone el silenciamiento de los afectos negati- vos, es por gracia del Espíritu Santo. Él es el Amor de Dios.

Si en el cúmulo de razones para decidir la ruptura de una relación gana el diálogo y se mantiene la comu- nión, es por el Espíritu Santo. Él es el vínculo de la caridad.

Si en la percepción más violenta, por los imperati- vos naturales del odio, del amor propio, de la ven- ganza, se adueña del interior el deseo de paz, es por el Espíritu Santo. Él concede el don de la templanza.

Si ante la quiebra de la confianza en las relaciones interpersonales se da paso a la posibilidad de comenzar de nuevo, es por gracia del Espíritu Santo. Él renueva todas las cosas.

Si ante los razonamientos lógicos, que dictan deci- siones determinantes contrarias a la convivencia, se permanece en oración hasta dar lugar a la sereni- dad, es por el Espíritu Santo. Él concede la coincidencia de los ánimos.

Si en circunstancias violentas, en la vorágine de afec- tos encontrados, se mantiene la conciencia de saber- se amado por Dios, es por el Espíritu Santo. Él es el amigo del alma.

Si ante el impulso del desahogo verbal descontrola- do, domina la ofrenda del silencio y se evita todo jui- cio inmisericorde, es por el Espíritu Santo. Él concede el don de discernimiento.

Si en circunstancias difíciles, sea en el trato interper- sonal, sea en el propio proceso de maduración, se llega a rezar por los que se siente contrarios y por uno mismo, es por la fuerza del Espíritu Santo. Él es el que reza dentro de nosotros.

Si ante el cerco de circunstancias adversas, en vez de reaccionar violentamente, se llega a adorar el miste- rio insondable de Dios en todo, hasta en lo más incomprensible de la historia, es por gracia del Espí- ritu Santo. Él es la relación más íntima en el seno de Dios y en el corazón del creyente.

Si en medio del combate con la imaginación y el tumulto de pensamientos extraños, no se deja de escuchar el susurro interior que invita a la pacifica- ción interior y se da paso al deseo reconciliador, es por el Espíritu Santo. Él es la brisa de Dios.

Si frente a todos los mensajes destructores, se acude a la referencia iluminadora de la Palabra de Dios, es por gracia y don del Espíritu Santo. Él es el inspirador de la Sagrada Escritura.

Si en la tentación de huida como reacción de protes- ta o de impotencia, se permanece paciente, es por el Espíritu Santo. Él concede el don de fortaleza.

Si en el dolor del despojo de bienes y en el sufrimien- to por la pérdida de personas queridas se llega a bendecir a Dios, es por el Espíritu Santo. Él es el Consolador.

Si en el seísmo interior, ante la conmoción emocio- nal por acontecimientos inesperados, adversos o no deseados, se plantea la posibilidad de un sentido mayor y providente, es por el Espíritu Santo. Él concede el don de sabiduría.

Gracias a la efusión del Espíritu, “el cuerpo es para el Señor”. “Vuestros cuerpos son miembros de Cris- to”. “El que se une al Señor es un espíritu con Él”. “Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo”. “El Espíritu Santo habita en vosotros”. “No os poseéis en propiedad”. “Glorificad a Dios con vuestros cuerpos”. Nuestra vocación ha sido consumada. Hemos sido hechos por amor, para amar y estamos necesitados de amor. Nuestra vida, cobijada en las entrañas de Dios,

goza del techo, de la mesa y del hogar más afirmativos

y personalizadores, “estamos escondidos con Cristo

en Dios” (Col 3,3). No es posible una relación mayor.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado

(Rm 5,5). No sólo hemos sido llevados al desierto, sino

al seno de Dios, somos habitados por su amor. El Espí-

ritu que ungió al Hijo Amado, es el mismo Espíritu que nos habita, a la vez que nos entraña en Dios. Es difícil comprender hasta qué extremo somos envueltos, abra- zados, sostenidos, habitados por el Amor de Dios. La Palabra nos lo asegura, más allá de nuestro sentimien- to. El salmista llega a describir: “Tú me sondeas y me conoces. Me envuelves por detrás y por delante (Sal 139 [138],1.5). Si dejamos que las expresiones bíblicas resuenen en nuestro corazón, comenzaremos a respirar al ritmo del latido del corazón de Dios, por impulso del Espíritu Santo. Jesucristo, por esta conciencia de saberse amado, llegó a la donación total de sí mismo, sabiendo que no quedaría confundido (Is 50,7). “Amor saca amor” 1 , dirá Santa Teresa. Al sentirnos amados, segu- ro que desbordaremos el distintivo cristiano: “¡Mirad cómo se aman!” Y seremos, en esta hora de tanta vio- lencia, una teofanía, manifestación del don del Espíritu Santo, del Amigo del alma, del Compañero permanen- te de camino. Créelo y verás que es verdad.

1 S ANTA T ERESA DE J ESÚS , Vida 22, 14.

1 SANTA TERESA DE JESÚS, Vida 22, 14.

EL DESIERTO, LUGAR DE ORACIÓN

Si hemos hecho algún bosquejo del paisaje fascinan- te del desierto, no es menos atractivo el conocimiento de quienes habitan en el desierto. Los auténticos mora- dores son los que han sentido la llamada a la conver- sión, los que han necesitado la purificación y experi- mentado la misericordia, los movidos por el Espíritu, razones que los vuelve personas obedientes y entraña- bles. En el desierto habitan los orantes, los que descu- bren que estar con el universo y con la humanidad es estar enteramente con Dios. No se puede permanecer expuesto a la intemperie por ejercicio estrictamente ascético o voluntarista. La penitencia, el ayuno, la aus- teridad se comprenden por la relación enamorada. En contacto con lo más profundo del ser, si somos conscientes de haber sido creados y queridos por Dios, nacen cuantas actitudes trascendentes son posibles, desde la alabanza a la súplica, desde la adoración a la ofrenda, desde el trato de amistad a la espera paciente. Jesús se deja observar por sus discípulos, hasta que éstos, deseosos de emularle, le piden que les enseñe a rezar. La revelación más sorprendente que nos hace Jesús es la de poder llamar a Dios “Padre nuestro” (Mt 6,9). El que ha creado el mundo, el autor del universo, el Omnipotente, el que es amor por esencia es nues- tro Padre. En el desierto se vive esta relación filial. Relación por la que se rompe el cerco de la soledad,

se vence el miedo, se celebra el privilegio de estar a solas con Dios. El

se vence el miedo, se celebra el privilegio de estar a solas con Dios. El Maestro recomienda retirarse a una estancia ínti- ma, discreta, dentro de la habitación, con la puerta cerrada: “Cuando ores, entra en tu habitación y, habiendo cerrado la puerta, ora a tu Padre, que ve en lo secreto” (Mt 6,6). Él iba a orar a lugares descam- pados y nos muestra su necesidad de relacionarse con su Padre a solas, en la noche, en un sitio que incluso los discípulos desconocen. A pesar de tener delante de la puerta una multitud de enfermos esperando que los cure, Él se marcha a un lugar solitario. Jesús, entera- mente humano, como nosotros, nos enseña la práctica de la oración personal, apoyada por un clima de sole- dad y silencio, discreción que puede asemejarse a los parámetros del desierto. Jesús nos aconseja la manera de orar, sin muchas palabras (Mt 6,7-15). No hay forma más coherente que orar con la misma Palabra revelada, como sucede cuan- do se rezan los salmos y la oración de Jesús; en este caso se habla con Dios en su propia lengua. Los contemplativos se convierten en testigos de la oración de Jesús en el monte 1 . Ellos, de manera emble- mática y por llamada especial, siguen siendo los hom- bres y mujeres del desierto, que al mismo tiempo, ejer- cen constantemente la hospitalidad. Sin embargo, todos estamos llamados desde nuestro propio origen a la bús- queda constante del rostro del Señor, de su mirada. El desierto es un tiempo propicio para acoger y sentir la presencia del que lo llena todo; allí, favorecida por el res- peto y el amor, brotará en muchos casos la adoración. Al tiempo de orar surge la duda de si en verdad se está o no en relación con Dios. Más tarde se experi-

1 J UAN P ABLO II , Exhortación Vita Consecrata 8. 14.

1 JUAN PABLO II, Exhortación Vita Consecrata 8. 14.

menta la certeza. Mientras se reza, no se sabe del todo

si se está tratando con Dios o cumpliendo una práctica

piadosa, para propia justificación. Después emergen dones que no se explican sino como respuesta a la estancia gratuita que se ha ofrecido en la oración.

Jesús invita a orar en todo tiempo. La llamada a la oración es permanente. ¡Qué distinto es perder el tiem- po, aparentemente, como gesto creyente, en presencia de Dios, de vivir apurando de manera ensimismada la existencia, empleando las horas en lo que más agrada

o en tareas útiles por afanes económicos o por relacio-

nes sociales agradables! En la experiencia de desierto se averigua que, si te atreves a dejar todo por estar con el Señor, después, sin que hagas nada, recibirás la paz interior, el equilibrio del corazón, la fuerza en la prueba, la templanza en la ten- tación, la sabiduría en las palabras, el regalo de la amis- tad, el reconocimiento de muchos.

Si apuestas por el Señor, no le ganarás en generosi- dad. La alabanza, la gratuidad, el reconocimiento, la adoración, la ofrenda del tiempo en su honor te deja- rán en la hondura del ser el sabor indecible de la quie- tud del alma, del gozo profundo, la alegría serena, más allá de acontecimientos externos. La oración es tiempo dedicado al Señor por amor. Es tiempo ungido por el Espíritu Santo, estancia habi- tada por una presencia cierta, donde se experimenta el beso en el alma. Es el camino seguro, la patria perma- nente, la tierra propia donde puedes permanecer sin necesidad de identificarte y donde es posible entablar la relación más estable y experimentar el amor correspon- dido. En la oración adquieres la señal de pertenencia, te conviertes al Señor, eres de Él. Allí, Él hace que le conozcas, te remece y te alimenta la esperanza. Al orar,

a veces se llega a sentir el abrazo de Dios y la profecía cumplida. La oración es el tesoro escondido, el secreto por el que puedes caminar de un lado a otro siempre acom- pañado, con la alegría de no sentirte nunca extraño, porque gozas de la mirada de quien te da conciencia de amigo, de hijo. Gracias a la oración eres testigo de que el Señor te acompaña en cada instante, adondequiera que vayas, pues Él está atento siempre que lo invocas. Lo que más desestabiliza a una persona es vivir sin tierra, sin pertenencia. La oración te permite recorrer los caminos y permanecer sobre la tierra firme que es el Señor. Gracias a la oración nunca eres vagabundo ni pereces en el intimismo solitario y egoísta, ni en la tris- teza desoladora del aislamiento, ni en la inestabilidad del anonimato. Si oras con humildad, aunque no percibas consuelos especiales, ni sentimientos desbordantes, siempre te reencontrarás con la misericordia. La oración es solidaria con la creación, acoge su aliento y lo vuelve alabanza. Por la oración respiras el ambiente del cielo, atraviesas las fronteras invisibles y entras en el sintiempo de Dios. Ora siempre, sin desfa- llecer, y te sentirás acompañado en el camino. La oración que se hace en la propia habitación, tiene la garantía de hacerse sólo por Dios, porque se cree en su presencia, que lo invade todo, lo envuelve todo, lo penetra todo. Orar de manera discreta conlle- va la certeza de la gratuidad, pues está libre de la posi- ble vanidad o compromiso social; es la oración contem- plativa, la que se hace en la celda del corazón, que sólo Dios ve. Aunque se rece en la intimidad, la oración tiene poder para atravesar los muros y hacerse solidaria de las necesidades que percibimos en las relaciones socia-

les; también de hacerse eco de los acontecimientos de la humanidad, convertida en súplica, alabanza, acción de gracias, o únicamente en estancia de reconocimien- to de la presencia divina.

MÁXIMAS SOBRE LA ORACIÓN

MÁXIMAS SOBRE LA ORACIÓN

Sé que en este tiempo hay cansancio de palabras vanas, vacías, de discursos aprendidos, ideológicos.

Sé que en este tiempo hay cansancio de palabras vanas, vacías, de discursos aprendidos, ideológicos. Cabría considerar que el mundo espiritual es para gentes ociosas, para quienes tienen tiempo de sobra, hasta para dedicarlo a prácticas de piedad o cursos de meditación o de iniciación religiosa; para los mejores. Sin embargo, se ha demostrado que hay tantos o más jóvenes interesados por la oración, como los que asisten a algún acto de culto público. De ahí la fascinación que suscitan los testimo- nios de quienes comparten su relación con Dios. En el desierto se descubre que orar es una necesi- dad. No es una expresión justificativa, para alcanzar el cumplimiento de un proyecto ascético, sino una nece- sidad para saberse con vida 1 . Es la exigencia de la fe consciente, como respuesta al regalo de haber conoci- do el Amor de Dios, manifestado en su Hijo. Es nece- sidad de corresponder al Amor. Tener la oración como relación diaria, referencia teologal con Dios, hace posible retornar a Él humilde o agradecido, creyente, en cualquier circunstancia, sea adversa o favorable. Por la Palabra de Dios orada, se vive la historia personal relacionada siempre con el Tú divino, a

1 J. M ARTÍN V ELASCO , Orar para vivir, PPC, Madrid 2008.

1 J. MARTÍN VELASCO, Orar para vivir, PPC, Madrid 2008.

quien no es necesario presentarse, porque Él te cono- ce y ama. Por la oración cristiana la existencia se siente como alteridad, se supera todo ensimismamiento destructivo

y todo narcisismo destructor. Se progresa en la supera- ción del estado de ánimo como referencia absoluta y se deja entrar la presencia de quien consuela, anima, ali-

via, perdona, escucha

Por la oración se superan las etapas idolátricas del desierto y se gusta anticipadamente la posibilidad de la tierra de la promesa, del oasis, por experimentar la misericordia. En la prueba o en la encrucijada del camino, que en tantos momentos se presenta a lo largo de la travesía del desierto, gracias a la oración, no se toma una decisión errónea de huída, desesperanza, hundimiento o polari- zación negativa, sino que, al escuchar la voz interior -lo que es posible gracias a la relación orante-, se acoge el ofrecimiento de la bondad divina y surge la súplica humilde, el grito de socorro, la llamada de auxilio Por la oración diaria, se impide la independencia vanidosa, la afirmación emancipada, el orgullo narcisis- ta, la inconsciencia evasiva. Por ella se rompe el ence- rramiento en la realidad intrascendente, se invoca la presencia divina, que deja sentir la coherencia de la vida cuando se recorre con Dios. En la oración cabe celebrar diariamente la propia identidad de criatura hecha por amor, de hijo adoptivo de Dios llamado a la amistad con Él, enviado a ser signo y testigo por los dones recibidos y conscientemente aceptados. En la oración se conoce que el fruto de la tarea no corresponde al esfuerzo personal como causa absoluta, sino a la gracia y generosidad de Dios, providencia que atraviesa la mediación humana.

Necesidad de toda persona.

En la oración se siente consuelo si se comprueba la coincidencia con la voluntad divina. Se ensancha el corazón en la celebración de la misericordia, al contar siempre con un Tú que escucha, a quien abrir el alma, y al recibir siempre el estímulo positivo de la Palabra fiel.

Y cuando Dios quiera, si Él lo quiere, el orante gus-

tará los efectos consoladores del trato amoroso. Mien- tras tanto, sabe que necesita permanecer en vela, a la espera de cuando pueda venir el Señor. Durante la vigi- lia cabe siempre orar sin desfallecer.

Como el leproso del Evangelio, como el ciego de Jericó, como el paralítico de la piscina de Betesda, como el sordomudo de Gerasa, como el centurión de Cafarnaúm, como la mujer sirofenicia, como el padre de la niña enferma:

SEÑOR, SI TÚ QUIERES, PUEDES:

– limpiarme.

– extender tu mano sobre mí para que me cure de todas mis dolencias.

– perdonar toda mi historia emancipada de tu amor, todos mis pecados.

– dejar en mí la necesidad constante de buscarte.

– hacer que pase del concepto al amor, de decir bonitas palabras a ser enteramente tuyo.

– enamorarme y así hacer que no tenga otro moti- vo de trabajar y de vivir que tu persona.

– limpiar mi mente de toda imagen extraña a la bondad, verdad y belleza que no seas Tú.

– hacer que mi corazón no anhele otra relación que la tuya.

– acrecentar en mí la fe en ti y conducirme para que camine siempre a tu luz.

– purificar mis sentimientos, mis intenciones, la razón de todos mis actos, el motivo profundo de mis pisadas.

– hacer que vea siempre el lado bueno de las cosas

y las cualidades de las personas.

– hacer que toda mi actividad sea siempre por amor

a ti y para gloria de tu nombre.

Y sobrecogido, sin manipular el texto evangélico, leo con mis ojos y escucho con el oído interior:

– “Quiero, queda limpio” (Mt 8,3).

– “Perdonados te son tus pecados” (Mt 9,4).

– “Vete, y no peques más” (Jn 5,14).

– “Levántate y anda” (Mt 9,5).

– “Vete, tu hija está curada” (Mc 5,34).

– “Sígueme” (Mt 9,9).

– “Venid conmigo” (Mc 1,17) .

– “Vamos a un lugar tranquilo” (Mc 6,31).

– “Ve a anunciar que el Reino de Dios está cerca:

los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, los leprosos quedan lim- pios, a los pobres se les anuncia la buena noti- cia” (Mt 11,5).

MEMORIA DE LA TEOFANÍA

El desierto, si no se desea perecer de agotamiento, debe ser un lugar de obediencia más que de elección. Abraham, Jacob, José, Moisés, Elías, la Sagrada Fami- lia y también Jesús fueron al desierto; unos, llevados y otros, llamados a estar en él, obligados. En la Sagrada Escritura no aparece que se vaya al desierto por propia voluntad, resultaría pretencioso. Al desierto se va conducido (Dt 8,15) o expulsado. Israel caminó durante cuarenta años por él y allí le llamó Dios para hablarle al corazón. Israel sufrió la pena del exilio culpable y sufrió el destierro en Babilonia. Los que van a ser probados y acrisolados, aunque no sin la ayuda del ángel de Dios, son llevados al espa- cio del combate y del amor, que es el desierto (1Re 19,4; Os 2). Jesús, que ha asumido enteramente nues- tra naturaleza, fue empujado por el Espíritu al desierto por una cuarentena de días (Mc 1,12). Extraña la expresión un tanto violenta con la que San Marcos describe el motivo de la marcha al lugar de la tenta- ción. San Mateo narra el mismo hecho de forma más suave: Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Mt 4,1) y San Lucas: Jesús era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo (Lc 4,1-2). Mas en todos los casos aparece la intervención del Espíritu Santo.

En el desierto estaba la zarza ardiente, se dio el tem- blor del monte, el relámpago y la tormenta, la manifes- tación de la Ley que el Señor entregó a Moisés en el Sinaí, hechos que anunciaban la presencia de Dios, quien mandó instalar la tienda del encuentro fuera del campamento; en ella, dentro del arca, se guardaba la ley y algo de maná, como especial memorial del acom- pañamiento de Dios y de la pertenencia a Él. Allí se acudía para encontrarse con la presencia divina. La

tienda, a veces, se hallaba cubierta por una densa nube

o humareda, signo de que Dios estaba en medio de su

pueblo. La unión entre desierto, teofanía, tienda del encuen- tro, arca de la alianza, veneración de la ley del Señor, nos hace posible, en las actuales circunstancias, escu- char en los lugares sagrados la Palabra de Dios, adorar la presencia sacramental eucarística, y retirarnos a solas, alejados de la actividad, para tratar con Dios. Dios está en todas partes, y nos ha revelado de

manera especial su presencia en algunas circunstan- cias, entre las que destacan el desierto y las condiciones que implica su travesía. En el desierto se comunica de muchas maneras posibles a través de mediaciones. Cuando todo parece un callejón sin salida, una penosi- dad irremediable, la Palabra se ofrece liberadora, llega

a convertir el páramo en vergel, la maldición en expe-

riencia de perdón, la soledad en tiempo de intimidad. El paisaje del desierto es fuerte y árido, a la vez que fascinante por su anchura, claridad, formas, horizonte. Lugar de silencio y soledad donde se percibe con sor- presa la voz en las entrañas, un sentimiento desconoci- do en el bullicio de los acontecimientos, sobre todo por- que, al no haber relaciones exteriores, es posible descubrir otra belleza más honda y escuchar otra moción más profunda, que anida donde no entra ni

puede entrar nadie y regala el embeleso del manantial inagotable.

Es el tiempo de reconocer los sentimientos más nobles del corazón, de descubrir el campo del tesoro, la teofanía interior. En un primer momento la soledad asusta, desazona, se puede presentar áspera y violenta. Mas si se resiste al primer impulso de huida, se llega a descubrir un fenómeno semejante al paisaje que se con- templa en los arenales del desierto, que es semejante al que se describe en el ser de la persona que atempera sus aristas de carácter, su violencia descontrolada, sus movimientos primarios. Transformación personal del temperamento de hosco en dulce. La misma materia, a

la vez enhiesta y humilde.

La memoria de las intervenciones divinas en la vida de cada uno es sabiduría que nos enseñan los que han

permanecido fieles en el desierto. De forma impetuosa

o

suavemente, como experiencia de gracia inesperada

o

presentida, a lo largo de la historia se pueden datar

hechos en los que Dios se deja sentir. Son los momen- tos luminosos que de manera especial se deberán recor- dar cuando todo se presenta oscuro, gris, desvalido, sin salida.

LA ADORACIÓN

Llegamos a las etapas finales, altura desde la que se puede leer en parte el sentido del camino andado. Podría instalarse en la conciencia el orgullo por haber recorrido tanta distancia. Sin embargo, lo que emerge es una necesidad de rendir la cabeza, porque nada ha resultado como fruto del esfuerzo, sino como abrazo a la Providencia. Jesús, al final de su estancia en el desierto, después de haber ayunado durante cuarenta días, es tentado por el Diablo con el halago de la vanidad y del poder. La res- puesta al Tentador es axiomática: “Al Señor tu Dios ado- rarás, a Él sólo servirás” (Mt 4,10). Cuando no se tiene nada porque se ha obedecido al Espíritu Santo, y por gra- cia se ha gustado la libertad interior frente a las tentacio- nes, se oyen las máximas de sabiduría que nos ofrecen los que han sido probados en el desierto y han salido ungi- dos por la experiencia teologal del amor purificado. El amor mueve a la adoración, que no es un someti- miento esclavo, humillante, que anula la personalidad, resultado de una pérdida de dignidad. Por el contrario, desde el significado filológico de las palabras en griego y en latín, el Papa Benedicto XVI ha ofrecido la interpre- tación más atractiva, al comprender que la adoración es un sometimiento enamorado, rendirse por amor 1 . Con

1 Cf. BENEDICTO XVI, Homilía en la misa de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, 2005, “Ecclesia” 3272-73 (2005) 1332-1334.

esta luz, se puede comprender una forma paradigmáti- ca de vivir en el desierto. El desierto se identifica con lo árido. En la experien- cia del trato de intimidad con Dios, esa circunstancia

espiritual les sirve a los orantes que viven en la soledad

y el silencio para no quedarse meramente en la ora-

ción afectiva, consoladora, ni en la súplica interesada que se manifiesta en peticiones de auxilio. Saben que aunque parezca un tiempo perdido, nunca se le gana- rá al Señor en generosidad, e introducen en su forma de orar la adoración como amistad en el trato con Dios.

Si en la travesía se experimenta el cansancio, asalta

la depresión y el desánimo porque, a pesar del esfuer-

zo, no han resultado las cosas como se quiere, y ronda

la tentación de la tristeza, por no ver salida. La adora-

ción detiene el pensamiento de abandonar la misión o

la tarea y da lugar a la esperanza.

Cuando se desea avanzar según Dios y cumplir su voluntad, si no se llega a discernir qué es lo que Él quie- re, qué es lo que pide, si en ese momento se opta por

la adoración, se aprende a aplazar el proceso hasta que

nace la intuición luminosa o acontecen circunstancias providentes que muestran el camino. Sorprendentemente, quienes viven en el desierto se hacen con frecuencia solidarios de los sufrimientos y esperanzas de sus hermanos. Se les solicita que oren por los demás, son confidentes y depositarios de preo- cupaciones, anhelos y súplicas de los que se confían a ellos. Sin embargo, no se sobrecargan con la angustia de la impotencia, pensando que así serán más solida-

rios, sino que lo ponen todo ante la presencia de Señor,

a quien adoran, y creen que de la forma que quizá no

sepan nunca, Dios responderá a su oración en favor de los demás.

Los santos han vivido, y quienes lo son entre nos- otros viven también, la relación con Jesucristo como con una persona viva, real, presente, se saben ante Él y de Él, se sienten mirados permanentemente por sus ojos, y sin tener visiones extraordinarias, se mantienen en su presencia fascinados, y lo adoran. Les sustenta la certeza del acompañamiento del Hijo de Dios, que con su vida inspira permanentemente el comportamiento de sus amigos. Muchos días, la Iglesia, al iniciar su ora- ción, invita a la misma actitud de reconocimiento. Se han publicado las cartas de la Madre Teresa de Calcuta, fundadora de las Hijas de la Caridad, la mujer que gastó su vida en amar a los pobres más pobres, los que, echados en el suelo, esperan la muerte. Esta mujer nos enseña algo sobrecogedor: cómo es posible gastar- se por caridad. Cómo el amor se acrisola en la noche más oscura. Cómo su experiencia de entrega total a Cristo fue en medio de una intensa noche de sentimien- tos consoladores. Sabemos que la Congregación fundada por la Madre Teresa encuentra su fuerza en la adoración silenciosa de la Eucaristía. Otras muchas personas nos testimonian esta misma experiencia de recobrar el sentido y el valor para estar en medio de todos los sufrimientos e intem- peries gracias al tiempo gastado en adoración. El Padre Carlos de Foucauld tuvo una experiencia semejante.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro” (Sal 95 [94],6).

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en su presencia trayéndole ofrendas. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado” (Sal 96

[95],7-9).

De los cuarenta años vividos en Buenafuente, más de treinta los he acompañado con el ministerio de dar Ejercicios Espirituales, y en el desarrollo del acompaña- miento a tantas personas que se han acercado hasta el Sistal, la adoración ha sido la propuesta permanente. Tengo la certeza de que el tiempo gastado delante del Sacramento, por amor, es el más fecundo y el que más transforma interiormente. Puedo testificar que el tiempo de adoración es un verdadero privilegio, más aún si transcurre en un lugar silencioso, donde la soledad, la belleza, fruto de una his- toria de fe se hacen acompañamiento. Es un privilegio tener tiempo para estar con Dios, para adorarlo y para sentir que esa actitud no es algo extraño, al ver al lado a otros que permanecen de la misma manera. Es un privilegio también saber que permanecer en silencio ante la Eucaristía no es estar mudos, sino con- templativos. No es un movimiento de extraños solita- rios, sino de quienes se saben permanentemente acom- pañados. La oración en silencio no es la de aquellos que no tienen imaginación, sino la de quienes se sien- ten en comunión con el universo en la profundidad del que es más que el silencio, aunque no se le vea ni se le oiga. Orar en silencio es un signo solidario con los que sufren la violencia, las catástrofes, las invasiones más terribles a los ámbitos más sagrados del ser. Cuando hay mucho dolor, toda palabra parece frívola; adorar acompaña. Si la ofrenda silenciosa es posible en cualquier parte, adorar la Eucaristía en la iglesia románica de Buenafuente en una tarde de verano, posibilita una experiencia extraordinaria, al no tener que imaginar lo que significan las palabras de Jesús, cuando dice: “ Yo

soy el agua viva, el que tenga sed que beba” (cf. Jn

4,10).

Colmar los ojos del resplandor del Sacramento, ilu- minado con la luz del óculo abierto en el muro occiden- tal, que baña con los colores de la tarde el ostensorio, al mismo tiempo que no deja de oírse el rumor conti- nuo del manantial de la Buena Fuente, que nace bajo los muros del templo románico, produce una impresión más allá de lo novedoso de que brote una fuente den- tro de una iglesia. Los impactos acústicos y visuales son circunstancias externas que, sin mitificarlas, ayudan, como testigos de los momentos solemnes, a celebrar de una forma más viva la Eucaristía. Si se permanece en adoración, con tan sólo hacer silencio, se va adueñando del interior el susurro armo- nioso, cálido, a la vez que refrescante del venero que lleva manando cerca de un milenio, si es que contamos desde los orígenes del lugar monástico, pero puede que el agua manara desde “el principio”. La fuente, como una recitación cadenciosa, ayuda a poner en los labios la súplica, la bendición, la alabanza, la expresión extasiada del silencio que se hace acogida, escucha, recepción interior, en el que se comienzan a sentir insinuaciones profundas de paz, consuelo, reite- ración de pensamientos ocultos que, como el agua que mana y corre, llegan a hacerse conscientes y a grabar- se como llamadas en el corazón. Al dejar fluir, al ritmo del cántico armonioso del manantial, el sentimiento de las entrañas, también sucede que se convierte en plegaria, que a la hora de la brisa se serena y se ilumina con la mirada que se reci- be del Sacramento. Es una experiencia indecible, al mismo tiempo que muchos son testigos de ella, por ser histórica, en la que

se permanece envueltos con la templaza del ambiente orante, potenciado por la presencia de los que al mismo tiempo adoran. Si has caminado lleno de salud y de fuerza, con el entusiasmo de quien hace bien las cosas y hasta con resultados satisfactorios, detente un momento y en vez de ir tan erguido y hacendoso, reconoce a quien te da los dones, rinde tu cabeza y adora. Déjate mirar por quien es la razón de tu fuerza, de tu vigor y evitarás sucumbir en la prepotencia vanidosa o en el protago- nismo narcisista. Si, por el contrario, caminas un tanto deprimido y desanimado, porque a pesar de tu esfuerzo no te salen las cosas como tú quieres y estás tentado de tristeza y casi decidido a abandonar el empeño, detente un momento y adora a quien dentro de ti es testigo privi- legiado de tu agotamiento y cansancio y evitarás la resolución desesperanzada y la decisión dramática. Si deseas avanzar según Dios quiere, cumplir su voluntad y no llegas a discernir qué es lo que quiere Dios para ti, qué es lo que te pide, no des pasos en falso, detente por un tiempo en adoración y pronto te nacerá la intuición luminosa o acontecerán circunstan- cias providentes que te mostrarán el camino. Si te encomiendan orar por los demás o, sin una petición explícita, eres depositario de los sufrimientos, preocupaciones, anhelos de los que se te confían. No te sobrecargues con la angustia de la impotencia, pen- sando que así eres más solidario, detente ante la pre- sencia de Señor, adóralo, pon en sus manos tus preo- cupaciones, las que te han encomendado o conoces, y confía. De la forma que quizá tú no sepas nunca, Dios responderá a tu oración en favor de los demás. Si deseas progresar en el trato con Dios y no que- darte en la oración interesada que se manifiesta en

súplica o petición de auxilio, introduce en tu forma de orar la adoración y te quedará en la conciencia la expe- riencia del trato de amistad con Dios y aunque te parez- ca que es un tiempo perdido, nunca le ganarás en gene- rosidad. Si estás enamorado de Dios, si tu vida no tiene sen- tido sin Él, si has recibido la gracia de escuchar su lla- mada a ser de los suyos y estás cerca de Él, recuerda que el discípulo amado se recostó en el pecho de su Maestro y llegó a conocer los sentimientos más íntimos de su corazón. Si te apesadumbran tus faltas, si aunque quieres ser fiel al Señor, la pobreza y la debilidad te invaden la con- ciencia, no dudes en volver tu mirada al Señor, deján- dote mirar por Él. El apóstol Pedro, que sintió la amar- gura de sus negaciones, por haberse dejado mirar por Jesucristo, escuchó las preguntas más restauradoras que puede recibir un corazón: “¿Me amas?, ¿me quie- res?” Si no estás en ninguna circunstancia de las descritas y tu vida transcurre con normalidad, si no quieres caer en la monotonía plana, en la insensibilidad que puede producir la tarea diaria, celebra un tiempo de adoración ante el Señor, y todo permanecerá siempre ilusionado por la luz de su mirada. Seas quien seas y estés como estés, el secreto de caminar por el sendero justo lo encontrarás introdu- ciendo en tu vida la búsqueda constante del rostro del Señor, de su mirada. La adoración es un tiempo de acogerla en silencio y de sentirla con respeto y amor.

DIOS ES AMOR

Estamos llegando al final del recorrido. Han sido muchos los tropiezos y claroscuros en la andadura, pero por encima de todo sobresale la experiencia de la misericordia divina, la fidelidad y paciencia de Dios. Sobrecoge la magnanimidad de quien espera siempre el retorno de los que toman caminos errados. Si hay apotegmas colmados de sabiduría de los padres y testigos del desierto, aún contienen mayor ver- dad los que contemplamos en la Palabra de Dios, el ali- mento que Jesús invocó cuando fue tentado en el des- ierto. Las Sagradas Escrituras afirman sin tregua: “Dios es amor” (1Jn 4,8). Sólo el Amor conoce al Amor. “En esto consiste el Amor, en que Dios nos ama” (cf. 1Jn 4,10). Y nos lo ha manifestado enviando a su Hijo al mundo, que entregó su vida en favor nuestro. “El que no ama, no conoce a Dios” (1Jn 4,8). Y nadie puede desnaturalizar al Creador: Dios siempre es amor. No deseo imponerte lo que por distintos motivos quizá no experimentas. Te recuerdo lo que dice el sal- mista: “Espera en el Señor, ten ánimo, espera, que volverás a alabarlo” (Sal 26). Si te parece que a ti no te ama porque vives una experiencia de debilidad, deja entrar su declaración de amor a tus entrañas y sentirás cómo se conmueve todo tu ser.

Si te parece que malversas el amor de Dios, porque aun teniendo noticia de Él, buscas por fuera lo que lle- vas dentro, no dudes nunca en volver a casa, a tu pro- pio interior, donde Dios te aguarda siempre para abra- zarte. Si crees que es de cínicos vivir de manera egoísta y volver después al Amor de Dios, ten por seguro que ésta es una de las peores tentaciones, porque se muestra con capas de sinceridad y honradez, para mantenerte en el alejamiento de la misericordia amorosa de Dios. Si llegas a aceptar estas verdades en tu mente, pero te sientes solo, sin la experiencia consoladora del amor divino, contempla la verdad histórica de la manifesta- ción amorosa de Dios, que se nos mostró en el naci- miento de Jesucristo, su Hijo, nacido en nuestra carne, para que nunca dudemos de que nos ama. Lo mismo que cuando un pensamiento se instala en tu mente y te convence de algo que no aprovecha y lle- gas a aceptar sus insinuaciones hasta que haces incluso lo que no es bueno, deja que tu mente albergue el susu- rro de la declaración amorosa divina, no la rechaces por creerte indigno o porque te parezca excesivo que a ti te pueda querer Dios de una manera tan real. Si das crédito a la revelación, si acoges en tu mente la Palabra de Dios, si dejas que vaya envolviéndote la repercusión de la opción de Dios por ti, nunca habrás sentido nada semejante, ni más liberador, a pesar de que se asomen a tu memoria pensamientos negativos. Tu naturaleza está hecha para el AMOR, y cuando respira, oye, gusta, siente la relación con quien es el AMOR, por leve que sea, se despierta en ella un senti- miento único de anchura, libertad, acompañamiento, luz, serenidad, esperanza, bondad, alegría…, signos de la presencia de Aquel que te ha hecho, te acompaña, te habita y te espera, siempre con AMOR.

Tú eres amado de Dios a pesar tuyo, porque Dios es siempre fiel, aunque no te lo dejará gustar sin tu con- curso. De ti depende creerlo, celebrarlo, agradecerlo, acogerlo y difundirlo. No deseo que pienses que te hablo de memoria. A pesar de que siempre tengo una deuda con la genero- sidad de Dios, manifestada en su opción de hacerse hombre, de acompañarnos durante toda la vida, te puedo asegurar que:

JESÚS

– es capaz de iluminar tu oscuridad. Él es la luz.

– tiene poder para perdonar tu pecado. Él es el hijo de Dios.

– te ofrece curar tus heridas. Él ha venido a curar, a perdonar, a salvar.

– puede reconciliar tu historia. El Crucificado es el Amado de Dios.

– reconvierte todo en motivo de salvación. Escucha las Bienaventuranzas.

– alarga su mano y purifica todas tus debilidades. El es Buen Pastor.

– se solidariza con todas tus pobrezas. “Venid, ben- ditos de mi Padre”.

– te devuelve la alegría a pesar de aquello que te avergüenza. Un día dijo a la mujer pecadora: “ Yo tampoco te condeno”.

– se compadece de tu postración. Contempla su relación con el publicano.

– siente ternura ante tu menesterosidad. Recuerda las parábolas llamadas “autorretratos de Jesús”: la del hijo pródigo, la del buen samaritano, la del buen pastor.

– te llama a ser del grupo de sus amigos. No impor- ta tu fragilidad, Él puede más.

– apuesta por ti. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos: Vosotros sois mis amigos”.

Si aceptas el ofrecimiento de Jesús, no sólo gustarás el amor de Dios, sino que te puedes convertir en pro- longador de su bondad.

MEMORIA DEL AMOR

Hay verdades que uno no desea alimentar subjetiva- mente, sino que busca el fundamento más objetivo, para no equivocarse ni por proyección del deseo, ni por interpretación errónea de los efectos consoladores, que se instalan en el alma cuando ésta deja entrar la noticia del amor de Dios. Es difícil quedarse indiferente cuando se trae a la memoria la declaración de amor que Dios hace a su pueblo a través de los profetas. Al final de la andadura, como repaso de las imágenes contempladas, a la mane- ra del combatiente que cuenta sus batallas, el corazón se remece de paz, al contemplar, una vez más, el pasa- je de la locura divina. Dios está enamorado de su pueblo. Dios está ena- morado de su criatura. Dios está enamorado de ti.

Por eso, yo cercaré su camino con espinos, la cercaré con seto y no encontrará más sus senderos; perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los hallará. Entonces dirá: «Voy a volver a mi primer mari- do, que entonces me iba mejor que ahora».

No había conocido ella que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite virgen, ¡la plata yo se la mul- tiplicaba, y el oro lo empleaban en Baal!

La visitaré por los días de los Baales, cuando les que- maba incienso, cuando se adornaba con su anillo y su

collar y se iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí, oráculo del Señor.

Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.

Allí le daré sus viñas, el valle de Akor lo haré puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.

Y sucederá aquel día –oráculo del Señor– que ella me llamará: «Marido mío», y no me llamará más:

«Baal mío». La llevaré al desierto y le hablaré al cora- zón” (Os 2,8-18).

La infidelidad del pueblo se describe como prostitu- ción, el amor divino, como fidelidad permanente. Dios no sólo acompañó a Israel por el desierto, sino que le fue desvelando su amor en clave esponsal.

Serás corona de adorno en la mano del Señor, y tiara real en la palma de tu Dios.

No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada», sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia», y a tu tierra, «Desposada». Porque el Señor se complacerá en ti, y tu tierra será desposada.

Porque como se casa joven con doncella, se casará con- tigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios” (Is 62,3-5).

En el desierto, Dios restaura el corazón del hombre y le devuelve la virginidad por la unificación del ser y la memoria del amor primero. Aquí se descubre el amor de ágape, el amor gratuito, el abandono confiado. Es donde se puede proclamar: “El Señor es mi heredad, mi copa, mi suerte, mi lote”. Aquí se experimenta que el ser humano está hecho para Dios. Se es testigo de que sólo Dios basta, y se le adora “en espíritu y en ver-

dad” (Jn 4,23). “Sólo Dios, sólo Dios”, se repetía el Beato Rafael en la Trapa de Venta de Baños. En el desierto se forjan los testigos del amor divino, los que confiesan con sus vidas la absolutidad de Dios. Participar del espíritu del yermo es gustar el sabor de la pertenencia amorosa al Creador.

En clave de enamoramiento

No es mi propósito ahondar en los posibles senti- mientos afectivos del corazón humano en relación con otro semejante, pero he comprendido que el segui- miento creyente a través de las estepas o de los oasis sólo se puede vivir en la clave del enamoramiento. Los discípulos y los mejores seguidores del Evangelio se han encontrado con Jesucristo y desde su mirada luminosa ya no existe otra relación más significativa, todas las demás se entablan desde este amor mayor. Enamorarse es sentir a otra persona en el corazón, quedar permanentemente con su recuerdo, en la memoria de su rostro. Es no tener otra razón por la que emprender las tareas. Significa salir de casa y volver a ella, caminar y trabajar con un acompañamiento ínti- mo. Todo adquiere desde ese momento otra luz. Enamorarse es perder el ensimismamiento. El tú desplaza al yo, otro ser llama constantemente a la puer- ta, más aún, se está al atisbo permanente, en la escu- cha interior, con la mirada atenta por si llama. Compro- bar que lo hace es el mayor regalo. El conocimiento de su voluntad, de lo que le agrada es una alegría liberado- ra y saca de todo encerramiento y egoísmo. El enamorado se confiesa pertenencia total del que ama. Así sucede en la relación con Dios, y si el creyen- te camina lleno de salud y de fuerza, con el entusiasmo

de quien hace bien las cosas y hasta con resultados satis- factorios, en vez de ir erguido y saberse hacendoso, reconoce a Aquel que le da los dones y rinde su cabeza

y adora, actitudes que confiesan a quien es la razón de

la fuerza, del vigor, y evitan que se sucumba en la pre-

potencia vanidosa o en el protagonismo narcisista. La vida cambia de sentido. Las horas se cuentan de otra manera. Los acontecimientos se filtran desde la relación enamorada, luminosa, que se ha instalado en las entrañas y no cesa de proyectar posibles encuentros con la persona amada.

Enamorados de Jesucristo

Es verdad que Dios se ha manifestado en la historia

a través de muchos testigos y profetas. Pero sólo Jesu-

cristo se ha revelado como Hijo de Dios. Él te ofrece la cercanía del Amor de Dios, la proximidad de lo invisi- ble, y desvela el Misterio. El amor a Jesús, cuando ha quedado herido el cora- zón por la belleza y la hermosura del ser más fascinan- te, no es un sentimiento ficticio ni una autosugestión. No es una proyección de la necesidad, ni una creación imaginativa. El corazón percibe la verdad de la rela- ción. Él existe, es la mayor realidad, la mayor certeza. Todo evoca su rostro, pues todo ha sido hecho por Él

y para Él. Si la persona de Jesús se cruza en tu vida y te deja sentir su existencia fascinante, su semblante glorioso, su tú concreto ante el que transcurrirá toda tu jornada, todo quedará polarizado en Él e iluminado por Él. Todo tendrá la claridad de su mirada transfiguradora. Cristo se habrá convertido en el Señor de tu vida, en el amor de tu alma.

Después del recorrido por el desierto, al final es posi- ble que hayas escuchado la voz interior y lo que Jesús te dice en clave de amistad. El ciego de Jericó oyó de labios de Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” Cada uno debe responder por sí mismo. El ciego le pidió: “Señor, que vea”. Es muy posible que dentro de la experiencia de des- ierto, te haya asaltado la pesadumbre por tus pecados, aunque hayas querido ser fiel al Señor. La pobreza y la debilidad se imponen muchas veces en la conciencia. En esos momentos, el secreto nos lo enseñan los que en las mismas circunstancias no dudaron en volver sus ojos a Jesús y se dejaron mirar por Él. El apóstol Pedro, que sintió la amargura de sus negaciones, por haberse dejado mirar por Jesucristo, escuchó también las pre- guntas más restauradoras que puede recibir un cora- zón. Cuando pasa tiempo sin oír ni ver a quien más amas, ¡cómo gozas al percibir junto a ti su voz y su pre- sencia! El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quédate con esta certeza y no habrá circuns- tancia insuperable.

EXPERIENCIA DE AMOR

El final del camino es la tierra de la promesa. Sabe- mos que la existencia humana termina en las manos de su Hacedor, quien cumplirá su palabra. Jesús, cuando se despidió de los suyos, les auguró un lugar en las mora- das celestes. No podemos adelantar lo que no hemos visto, pero sí podemos celebrar el anticipo que Dios concede a los que lo aman. Mejor, a los que Él ama. En la vida del creyente enamorado de Dios todo sucede en relación con la presencia de otro Ser que le ama. Nada le lleva a encerrarse en sí mismo y nada tiene para propia satisfacción. Todo posee una dimen- sión de alteridad: vivir en la mirada del Señor. Dios es en mí no por lo que yo soy en Él, sino por lo que Él es en Sí mismo. Tan sólo hace falta que le deje ser. La oración como experiencia de AMOR no es buscar el éxtasis. Por el contrario, puede llegar a los límites de sufrir hasta repugnancia en las cosas de Dios, pero pre- valece siempre la fidelidad. Se te concede, por gracia, conocer que es Dios quien ama dentro ti. El Espíritu Santo es quien reza en el interior del creyente. Desde la fe se celebra la seme- janza divina del ser humano, quien lleva un cuerpo semejante al cuerpo de Jesús. Toda esta realidad rega- la a la conciencia la sabiduría de dejar que Dios se afir- me a costa del propio yo. San Pablo llega a decir: “ Ya

no soy yo, es Cristo quien vive en mí.” No significa suplantación de personalidad. Dios no invade, ni colo- niza, sino que introduce a su misma vida y todo se con- vierte en ocasión propicia para celebrar la comunión con el misterio divino, comunidad de amor. Cuando la vida se centra en el amor de Dios, todo lo pequeño recupera la importancia de un primer plano y todo es ocasión de manifestar una relación amorosa y cuidada. No hay cosas pequeñas para el que ama, ni el amor se agota en el tiempo ordinario ni en lo cotidia- no. La alabanza a Dios pasa, incluso, por recoger con veneración la lágrima de un anciano, el regalo de un amigo, abrirse a la mayor posibilidad de cada cosa, a su parte de misterio. Sólo la trascendencia y la contemplación hacen posible no agotarse en los primeros planos permanen- tes. Lo oscuro y lo pardo, lo gris y lo opaco de la vida ordinaria son fuente de amor gratuito. Si aciertas a introducir en los trabajos diarios el espacio verde de la contemplación, te librarás en tu tarea de la violencia que significa dominar y de la inquietud por ganarte el pan. Si no deseas imponer nada, nadie se defenderá de ti con violencia. Pero vive siempre la certeza de que eres amado y quizá esto suscite en los demás la pregunta más radical, mayor que si la provocases con palabras. Confesar la fe y la experiencia de amor de Dios no es ir por la calle levantando un estandarte y dogmatizando la propia creencia, pero sí puede serlo tener el atrevi- miento de compartir la oración con los hermanos. La contemplación que te adentra en la relación con Dios produce el fruto de la misericordia para con los demás. Si experimento que soy amado y perdonado, ¿cómo no voy a perdonar y amar? “A solas, con Dios solo, en soledad del todo” no quiere decir ser ajeno a la

vida, sino sensible y consciente de ella, entregado en cada momento al proyecto de una creación nueva y sabiendo de Quién procede el sentido de todo. Si has vivido fuera de tu país, si la travesía ha sido con experiencia de exilio porque has permanecido tiempo lejos de la relación creyente, sin oír tu lengua materna, sabrás cómo se alegra el corazón con las pala- bras entrañables, las que Dios ha pronunciado para decirte que te ama, pues la Palabra se ha hecho carne, para que la carne se divinice. Estamos destinados a vivir en Dios. Nuestra humani- dad ya está en Él. Jesucristo, el hijo de María, la ha ele- vado a lo más alto del cielo, y la ha introducido en el diálogo trinitario, está sentada a la derecha del Padre. Sabemos que donde está nuestra cabeza debe estar el cuerpo, y Jesús nos ha declarado cuerpo suyo. En el crédito que merece la Palabra de Dios, que siempre hace lo que dice, acoge la declaración amoro- sa que Jesucristo dirige a los suyos: “ Ya no sois siervos, sois ¡amigos míos! ” Ya no eres esclavo, sino hijo. Ya no eres extranjero, sino ciudadano del cielo. Ya no eres desconocido, tienes un nombre propio que Dios te ha puesto antes de nacer. Tú eres propiedad de Dios. Lle- vas su imagen grabada como contraseña. Estas verda- des son más ciertas que los posibles sentimientos afec- tivos que uno pueda tener, por especial gracia de Dios. Sin afán pretencioso, sino por pura gracia, a quienes acogen la Palabra de Dios se les da poder para ser hijos de Dios, y les es posible escuchar, con sobrecogimien- to, en el fondo del corazón:

Yo, el Señor, te he llamado con justicia. Te he forma- do en el seno materno. Te he cogido de la mano. Te he hecho alianza. Te hecho luz. Te he llamado. Te ungido con el Espíritu. Te he colmado de dones.

He derramado sobre ti la gracia. He pronunciado tu nombre. Tú eres mi hijo. Tú eres mío. Te envío para que anuncies a todos los pueblos la sal- vación. Para que los pueblos vean la luz, los cautivos encuentren la libertad, los pobres se sientan amados, para que los que andan en tinieblas descubran el hori- zonte de sus vidas, para anunciar el año de gracia del Señor. Y todos los pueblos reconozcan que Dios ha visitado a la humanidad.

EPÍLOGO

A lo largo de los días de toda historia, si se ha esta- do atento, se deberán reconocer acontecimientos extraordinarios o hechos domésticos que han ilumina- do lo cotidiano y lo han convertido en revelación de la presencia invisible, del acompañamiento permanente de Dios. Sin pretender ser exhaustivo, deseo que cons- te, como reconocimiento explícito, la presencia de quienes de una forma más próxima han sido mediacio- nes alentadoras en la travesía de mis cuarentas años de ministerio en Buenafuente.

La Mujer del desierto

No puedo silenciar la mirada discreta de la Virgen María. Todos los monasterios del Císter llevan un nom- bre de Nuestra Señora; el de Buenafuente se llama de la Madre de Dios. Los hombres y mujeres del desierto tienen en la Madre de Jesús la referencia intercesora en toda necesidad. Ella es la Mujer del desierto. Aquí, en la ermita enclavada en lo más agreste, solitario y fascinante del barranco, donde anidan las aves y sobre- vuela el águila, se la venera también como la Virgen de los Santos. Si la travesía del desierto cuenta con el acompaña- miento de Dios, en razón de su promesa de venir con

nosotros, Jesucristo ha querido dejarnos la compañía entrañable de su madre. María, liberada por gracia de todo pecado, ha quedado como abogada nuestra mien- tras dure la travesía que la humanidad debe realizar por el desierto de la historia. Los mil doscientos sesenta días que durará la estancia de la mujer en el desierto simbo- lizan un largo tramo de tiempo, todo el que dure, según el proyecto de Dios, la representación de este mundo. La soledad del desierto, en tantos casos, la han vivi- do los que se han sentido llamados por Dios a ser ente- ramente de Él, pero a su vez en su estancia solitaria han sufrido el zarpazo de la tentación, del abandono, de la sensación dolorosa de no saber dónde estaba Dios. Cuando arrecia el combate y el acoso del Malo, como describe el vidente del Apocalipsis que le sucedió a la mujer a punto de dar a luz, se agradece la mano tendi- da que libera de caer víctima del dragón. Quien sufrió la prueba puede ayudar a otros. En referencia a la mujer del desierto, son muchos los signos providenciales que debiera dejar como constan- cia de lo que Dios ha hecho conmigo a lo largo de cua- renta años de ministerio sacerdotal y de estancia en Buenafuente. Reconozco que mi vida hubiera sido dis- tinta sin la ayuda entrañable de mi madre, que me

acompañó durante treinta años. Ella fue verdaderamen- te la ermitaña del Sistal, ella no tuvo el alivio de las sali- das, de los viajes. Permaneció como ofrenda silenciosa

y creyente, para hacer del desierto tierra habitada, casa

abierta, calor de hogar. La mediación humanizadora se extiende a la comunidad de monjas, de mujeres fuertes

y creyentes, que han sido y son el suelo estable, la tie-

rra firme, la referencia constante, la oración segura, el espacio celebrativo creyente y fraterno.

La Virgen María, mi madre, la comunidad de mon- jas cistercienses, junto con las Hermanas de la Caridad

de Santa Ana, y tantos amigos, han reflejado el rostro materno de Dios durante la cuarentena de años recorri- da. La sabiduría del discípulo consistió en la obediencia al Maestro de llevarse a casa a la mujer, madre de la Palabra. Los cristianos han heredado esta sabiduría, al extremo de ser el sensus fidei del pueblo de Dios. La permanencia en el yermo tantas veces tiene el secreto de la compañía silenciosa de la Madre de Jesús. La mujer que da a luz en Belén, casa del pan, que interviene en la boda de Caná de Galilea, que está al pie de la Cruz, que reúne a los discípulos en el Cenáculo, se convierte en madre del pan del desierto, la Eucaris- tía. La madre de Cristo, la madre de todos los hombres, la mujer que recibe como herencia el cuidar de la huma- nidad, sigue siendo la artesa repleta de hogazas, la casa del pan. En el desierto de la peregrinación cristiana, la Euca- ristía es la posibilidad de subsistir. En medio de las cir- cunstancias más esteparias, el sacramento de la Euca- ristía ha sido y es el acompañamiento permanente. Recuerdo de manera muy viva lo que significaba en los primeros años de mi ministerio un rato de oración ante el sagrario, solo, en la iglesia vacía y heladora. Era la posibilidad de sentirme acompañado y de percibir que Otro me escuchaba y me miraba. No creo que fuera sólo precisión psicológica. No sentí que fuera terapia de solitario, sino necesidad humana y creyente, experien- cia de relación. Doy fe de lo que significa la presencia real, viva de Jesús, el Tú amigo que responde a la necesidad más sentida. ¡Qué difícil es vivir y pasar las jornadas por empeño, por disciplina, para no deteriorar la propia imagen, por coherencia con el ministerio, por coinci- dencia con el papel que se debe asumir! ¡Qué distinto es sentirse relacionado, querido, estimulado por un tú

amigo! Para mí, en esos momentos tuvo especial rea- lismo el sacramento de Jesucristo en la Eucaristía. Como el ángel en el desierto del Negueb, que salió en auxilio del profeta en la hora del cansancio y de la desesperanza, la Eucaristía, sacramento del Señor en el tabernáculo, se ha convertido en alivio en medio de la debilidad, en acompañamiento íntimo, como peregrino amigo a través de los páramos solitarios. Esta relación con la presencia viva y favorable de Alguien que, fuera de mí mismo, me hacía sentirme persona, fue para mí el Tú esencial, necesario para poder atravesar mis desier- tos, externos e internos. Como signo, comparto uno de los destellos del acompañamiento que Jesús asegura durante la travesía de la existencia. Un amigo quiso que bendijéramos su casa antes de comenzar a vivir en ella. Acompañado de sus padres, hermanos y del párroco, tuvimos una oración domésti- ca, en la que leímos y comentamos el texto del Evange- lio de San Lucas, en el que Jesús manifiesta su deseo de hospedarse en casa de Zaqueo, el publicano. Después, cuando nos quedamos solos, yo le repetía a mi amigo la expresión evangélica: “Zaqueo, quiero hospedarme en tu casa”, con la intención de que se le quedara grabada la escena y su vivienda fuera siempre un lugar abierto al paso del Señor, tanto en su tiempo de soledad como en el de acogida a visitas amigas. A los dos días emprendí viaje a Puerto Rico, para acompañar a un monasterio de carmelitas en sus Ejer- cicios Espirituales. Y ¡cuál fue mi sorpresa cuando la Priora, después de saludarme, me ofreció la posibilidad de llevarme el sacramento de la Eucaristía a mi vivien- da, en la que había un pequeño oratorio. En ese momento recordé las palabras del Evangelio: “Zaqueo, quiero hospedarme en tu casa”.

Nunca había sentido tanto gozo, ni tanto regalo, al poder vivir junto a la Eucaristía en un lugar en el que estaba totalmente solo, lejos de mi ambiente y relacio- nes. Cuando entraba en la vivienda sentía que estaba habitada y saludaba al Señor, que fue testigo de largos ratos de estancia y conversación con Él. Se me hace muy difícil describir la experiencia de intimidad vivida en adoración ante la presencia real de Cristo. Estaba físicamente solo, lejos de mi tierra, en un país donde todo debe estar bien cerrado, con rejas y seguridad vigilada; sin embargo, en el interior de la casa había un espacio anchísimo, lleno de amor, de mirada amable, en el que la compañía del Señor desplazaba toda otra sensación de ausencia. No tenía a nadie, ninguna compañía, ni medio de comunicación, pero era suficiente la presencia de Jesu- cristo, saberme con Él, envuelto en su abrazo, dejándo- me sondear el alma por Él y que Él fuera llenando mi corazón menesteroso. Con sinceros sentimientos le decía al Señor:

“Señor, gracias por haberte querido hospedar en mi casa. Por el ofrecimiento providente de tenerte conmigo en tiempo de soledad. Gracias por ser mi compañero, el Tú amigo más íntimo.

Tu mirada, la certeza de tu presencia me han mantenido con una fuerza increíble, hasta para madrugar cada día

a las cuatro y media de la mañana, para estar a solas

contigo.

Gracias porque tu misericordia ha superado mi debilidad

y ha sobrepasado mi mala memoria.

Tú estás aquí, conmigo. Tú has querido hospedarte en mi casa, que has llenado de luz, paz, armonía, serenidad, presencia.

Gracias por la intercesión de tantos que me quieren, que han conseguido este regalo de tu amor en este viaje, que

me imponía respeto por tener que pasar tantos días en soledad real y lejanía”.

Y el desierto se convirtió en vergel, la soledad en compañía, el silencio en palabra, el vacío se remeció de presencia. Sólo hace falta esperar, atravesar la frontera que parece imposible, y gustar la fidelidad de Dios. ¡Ojalá que tú, lector, que has llegado hasta el final en esta andadura, puedas contar también hitos luminosos que jalonan tu historia, colmada de luz y de esperanza! Te lo deseo.

 

COLECCIÓN “ESPIRITUALIDAD” libros publicados

 
 

ALBAR, L.: Descenso a las profundida- des de Dios. ANGELINI, G.: Los frutos del Espíritu. ASI, E.: El rostro humano de Dios. La espiritualidad de Nazaret. AVENDAÑO. J. M.ª.: La Hermosura de lo pequeño.

Dios viene a nuestro encuentro.

- Nuestro Dios cercano.

 

- Si aceptas perdonarte, perdonarás.

- Su amor sobre nosotros.

 

- Una espiritualidad desde abajo.

HANNAN, P.: Tú me sondeas.

-

JÄGER, W.: En busca del sentido de la

BALLESTER, M.: Hijos del viento. BARBERÁ, C.F.: La fuente que mana y corre. Cincuenta testigos fascinantes. BEESING, M.ª y otros: El eneagrama. Un camino hacia el autodescubri- miento. BEHRENS, J. S.: Meditaciones diarias para cristianos ocupados.

vida. JOHN DE TAIZÉ: El Padrenuestro itinerario bíblico. JOSSUA, J. P.: La condición del testigo.

LAFRANCE, J.: Cuando oréis decid:

un

 

Padre

- El poder de la oración.

 

- El Rosario. Un camino hacia la ora- ción incesante.

- En oración con María, la Madre de

BIANCHI, G.: Otra forma de vivir. BOADA, J.: Fijos los ojos en Jesús.

- Mi única nostalgia.

- Peregrino del silencio.

BOHIGUES, R.: Una forma de estar en el mundo: Contemplación. BOSCIONE, F.: Los gestos de Jesús. La comunicación no verbal en los Evangelios. BOYER, M. G.: Mi casa, el primer lugar de oración.

Jesús.

- La oración del corazón.

- Ora a tu Padre.

LOEW, J.: En la escuela de los grandes orantes. LÓPEZ VILLANUEVA, M.: La voz, el

 

amigo y el fuego.

LOUF, A.: El espíritu ora en nosotros.

- A merced de su gracia.

 

- Mi vida en tus manos.

CLÉMENT, O.: Taizé, un sentido a la vida.

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Escuela de contemplación. Vivir según el “sentir” de Cristo.

ESTRADE, M.: Shalom Miriam.

LUTHE, H. y HICKEY, M.: Dios nos quiere alegres.

FERDER, F.: Palabras hechas amistad. FERNÁNDEZ-PANIAGUA, J.: Las Bienaventuranzas, una brújula para encontrar el norte.

El lenguaje del amor.

MARTÍN, F.: Rezar hoy. MARTÍN VELASCO, J.: Testigos de la experiencia de la fe.

-

MARTINEZ LOZANO, E.: El gozo de

 

ser persona.

GALILEA, S.: Fascinados por su fulgor.