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BOSQUEJO DE UNA FILOSOFIA CRISTIANA

DK 1.A HISTORIA

A LA L U Z D E L DESCUBRIMIENTO D EL NUEVO M UNDO.


BOSQUEJO
DE U N A

FILOSOFIA CRISTIAM DI U HISTORIA


A tA LUZ m DESCIMIENTO DEL M V O HUNDO,

POR

DON A L E J A N D R O DE LA T O R R E Y VELEZ,

CANÓNIGO LECTOIAL DE SA L A M A N C A .

P A R T E P R IM E R A .

Con licencia de la autoridad eclesiástica.

SALAM AN CA;
IMF, y L ] T . DE JACINTO HIDALGO ACERA,
A N T E S D B Ü E R H E O .

1884.
ÍNDICE.

Páginas.

P R Ó L O G O ........................................................................................ : . 5
C a p ít u l o t r í m e r o .— La historia y e l poema ó la epopeya de
la historia ........................................................................................................ i7
C A PÍTU LO II. — Estrecho horizonte de la historia en los pueblos
p o li teístas ......................................................................................................... 33
CA PÍTU LO I l f . — Oscuridad é incertidumbrc de la historia p o li­
teísta desvanecidas p or la B ib lia ........................................................... j¡3
C a p í t u l o iv .— La historia en el cristianismo .................................... 69
C a p ít u l o v , — La historia en los tiempos modernas ......................... 85
CA PÍTU LO v i .— E l libre pensamiento trastornando el orden de
las ideas y tergiversando e l de los hechos'......................................... 99
C a p ít u l o v il — Falso punto de vista histórico de la moderna
heterodoxia ...................................................................................................... 119
C a p ít u l o y rrr, — E l racionalismo impotente para, resolver las
altas cuestiones de la ciencia, y fu n d a r una filosofía de la
historia .............................................................................................................. 13 5
C a p í t u l o IX,— La Biblia, libro único en. su género y de un or­
den superior d todo otro libro histórico ............................................. 157
CA PÍTU LO X . — L 'i historia sin la lu í y la historia a l resplan­
dor de la B ib lia ............................................................................................. 175
CAPÍTU LO XI.— P la n de la historia según la B ib lia * ....................... 19 5
CA PITU LO X U . — Plan de la historia según la Biblia {co n ti­
n u a c ió n )........................................................................................................................ z 19
C a p ít u l o x i i i .— E l misterio en ¡a ciencia, e l milagro en la h is­
toria y lo sobrenatural en e l fo n d o de la vida humana.. . . . 2 39
C a p ít u l o x iv , — J¡1 misterio en la ciencia y lo sobrenatural en
e l fo n d o de la vida humana (co n tin u ación ). ........................................ 249
C A PÍTU LO X V . — Lo sobrenatural en la historia (co n clu sió n ).. . . z6 i
Páginas.

C a p ítu lo x v i .— L a B ib lia , crite rio su p e r io r de la ciencia y de


la h isto ria y ú n ica soluciort d-el en igm a de la v id a ........................ 2 73
C a p ít u lo X V II. — L a B ib lia , c rite rio su p erio r de la ciencia y de
la historia (continuación)........................................................................... 293
C a p ítu lo x y i i i .— I.n Biblia-, ú n ica solu cion d e l en ig m a de la
■sida (c o n d u s io n ).................................................................................................... 30 9
C a p ítu lo XIX.— L eves de la h isto ria según la B ib lia ....................... 341
C a p ít u lo XX. — E l p ro g re so según la B ib lia , ley su p e r io r de la
h isto r ia ....................................................................................................................... 3^3
CA PÍTU LO x x i.— L) {visión stiS tan ci ^ .1y filosófica d e la h isto ria
fu n d a d a , en la B ib lia , y con firm ada p o r e l descu brim ien to d e l
N u evo M u n d o . , * 389
r r Ú li .h ío . 13

que omitir c) nombre de Fray Antonio de Marchcna, en


sentir del mismo Las Casas del Orden de San Francisco, y
sin duda uno de los dos frailes, que en frase del marino le
fu ero n siempre constantes, siendo el otro á todas luces F ray
D iego Deza, que por reunir el doble carácter de sabio cos­
mógrafo, por cuyo voto fueron arrastrados los maestros
salmantinos, y de influyente cortesano, en su nuevo carác­
ter de ayo del Principe D. Juan, puede considerarse como
la rueda maestra, sobre cuyo poderoso quicio giraba toda
aquella máquina de secretas influencias y decididas reso­
luciones.
Resueltas favorablemente las dos primeras, quedaba
por decidir una torcera de orden secundario sí, pero esen­
cialmente necesaria en el éxito completo del proyecto: la
cuestión administrativa, ó más bien de detalle, de condicio­
nes, de oportunidad. A pesar de la favorable acogida, de las
seguridades dadas, de la palabra formal de una Reina, cifra
de cordura y de consecuencia, los años pasaban, crecian las
dificultades, apuraba la guerra, en que estaba empeñado el
honor de la patria y de la cristiandad. Preciso era un lazo
que detuviera al marino en su razonada inquietud y repe­
tidos conatos de abandonar á España. Y aquí surgen nue­
vos personajes desempeñando cada uno su respectivo papel.
Es uno el Duque de Medinaceli que, generoso y magnáni­
mo, intenta tomar á su riesgo una empresa, para la corona
tan espinosa y de tantos cortesanos obstáculos. Inhibido
éste por la Reina, y por ello enojado el pretendiente, al ir
ya camino de otras naciones, interpónese providencialmente
F ray Juan Perez, confesor de la Reina ó que alguna vez
habia confesado á Isabel; y volando en alas de un patrio­
tismo sublime á Santa Fé, consigue se reanuden las nego­
ciaciones y que el ya desesperanzado marino presencie la
toma de Granada. Pero no está aún por eso ultimado el ne­
gocio. R otas de nuevo las capitulaciones por la altiva en­
14 PROLOGO,

tereza del héroe y las mezquinas miras de frívolos cortesa­


nos: abandonada ya definitivamente por el marino la Córte,
y con la firme resolución de dejar á Castilla, Luis de Sant
A n gel, simple escribano de raciones, pero de corazon le­
vantado, por un rasgo de acrisolada fidelidad, entra en la
real cámara, y con la sencilla elocuencia del patriotismo,
trata de persuadir á la R eina que no deje escapar de las
manos el mundo que el extranjero fugitivo ofreciera engas­
tar en la ya gloriosa y bien asentada corona de España. Y ...
el gTan problema, pendiente de una resolución soberana, en
tan apurado trance queda resuelto por un arranque de g e ­
nerosidad de una R eina magnánima. De este modo, sin
rebajar un ápice el honor que á cada lino pertenece, colo­
cado cada personaje en su debido tiempo, rango y lugar,
complétase el cuadro-y aparece tan natural como sublime
el interesante grupo del descubrimiento.
No es esta ocasion de indicar siquiera los intrincados sen­
deros de testimonios y documentos que fué preciso recor­
rer, para llegar al feliz resultado de ajustar nombres, fe­
chas y sucesos á la regla de una severidad histórica. En un
prólogo destinado tan sólo á motivar la publicación del li­
bro, y que por otra parte y a se va alargando en demasía,
sólo es del caso advertir que mientras desbrozando el ca­
mino se seguían las luminosas huellas que dejara trazadas
á su paso por Castilla el héroe desconocido, agrandábase la
figura del genio cristiano de tal modo, que no parecia po­
derse contemplar en todo su grandor, sino colocado en el
inmenso panorama de la historia. De aquí el espontáneo,
aunque sin duda audaz pensamiento de trazar, aunque á
ligeros rasgos, un bosquejo histórico, donde aparezca la
gran figura de Colon, como complemento geográfico de la
unidad inaugurada en Pentecostés; como término de la di­
visión que, partiendo de Babel, ocupa toda la historia; y,
por tanto, como desenlace de la primitiva del Paraíso, en la
PROLOGO. 15

unidad final de la historia y de la civilización. Pero hoc


opas, hfc labor, podría decirse aquí con el poeta latino.
Ello es que, espinosa como era la empresa, fue acometida, y
pálida y descolorida como había de salir de torpe pincel,
estaba y a mal delineada la imagen cuando... Dios no quiso
que por entonces viera la luz; y si fuera lícito insinuar aquí
una verdad que ha de ser cardinal en este escrito, no cree­
ríamos aventurado decir que la Providencia, que interviene
en lo grande y en lo pequeño, para sacar, dice San Agustín,
de los males bienes mayores, lo había dispuesto así. U n for­
zoso descanso de todo trabajo, y en especial de la casi per­
dida vista, prolongado por cinco años, ha dado tiempo para
que mientras reposaban los ojos del cuerpo, los de la mente
midieran todo el vacio que se dejaba sentir en el desaliñado
bosquejo histórico. Faltábale una teoría proporcionada que
sirviera de sólido cimiento, y esto es lo que, consultando
apuntes, evocando recuerdos y valiéndose casi en todo de
ojos extraños, se ofrece al público, por via de introducción,
y como parte doctrinal y filosófica, para que el conjunto
lleve con algún viso siquiera de razón el título de Filosofía
Cristiana de la Historia.
Y ahora sólo réstanos un ruego y una advertencia.
A nuestros hermanos en la fé los católicos, si juzgan el
pensamiento aceptable y oportuno para combatir al error
contemporáneo, encarecidamente les suplicamos que ven­
gan en nuestro auxilio para ampliarle con su erudición,
embellecerle con su palabra correcta y elocuente y com­
pletarle con la lucidez y levantado vuelo de su ingenio.
A nuestros adversarios en la fé, pero por nuestra parte tam­
bién hermanos en la caridad que á todos abraza, es decir, á
los racionalistas, asimismo les suplicamos que cautiven su
entendimiento en obsequio de Cristo, como dice San Pablo,
seguros de que el suave yugo de la fé, lejos de oprimir,
enaltece, y en vez de cortar ensancha las alas de la razón
IÓ Pl-vÓl'-ófiO.

para rem ontarla sin peligro, por las regiones de lo sobrena­


tural y de lo infinito. D e todos modos les advertim os, que
si se sienten heridos por el dardo de la argum entación, no
la rechacen fundados en algun a inexactitud que h ay a po­
dido escaparse, y que sólo probaría la de antem ano reco ­
nocida torpeza de la plum a que la estampó. Sólo en el caso
de que se atacara el fondo de la teoría, aunque con tanto
desaliño expuesta, es cuando el autor se creería obligado á
salir otra vez á la defensa de la verdad histórico-doctrinal,
á cu y a causa ha consagrado su pequenez.
C A P ÍT U L O P R IM E R O .

L A H ISTO R IA Y E L POEM A, Ó L A E P O P E Y A DE L A H ISTO R IA

Fecit ex uno omne geims hominum


mliabitare super uiiivei'sam faciem leí--
roe, definiens statuta tcmpora et térmi­
nos habitationis eoruin.— A c t . Apost,
cap. i 1
/, 7’. 26.

A vida del género humano no es un conjunto de


fenómenos producidos fatalmente, como ahora se
dice, en el laboratorio de la naturaleza, ni siquie­
ra una m uchedum bre de acciones, conducidas al acaso, sin
lazo alguno de unión que las encadene, ni mano próvida
que las enderece á un fin preconcebido: es más bien la li­
bre ejecución de un plan sabiam ente concertado, lleno de
alto sentido y encam inado á trascendental designio. S i la
epop eya de la vida, así universalm ente considerada, fuese
posible; si la m ano bienhechora de la P rovidencia lleg ara
un día á arrojar en m edio del mundo un genio que, con su
mirada, abarcase todas sus fases, y sintetizándolas de algún
modo, en los capitales sucesos del Paraiso y del Calvario,
como á veces se cifra en un héroe la vida de un pueblo, las
BOSQUEJO DE U N A FILOSOFÍA

cantara y enalteciera; ese poema sería tan grandioso y su­


blime, que las llamadas obras de arte, comparadas con él,
sólo fueran copias imperfectas, y las bellezas que en ellas
admiramos, reflejo débil de la belleza sustancial que en el
primero se encarnaría. Los poemas particulares ó naciona­
les sólo alcanzan á pintar la vida humana, en alguna de sus
vicisitudes y manifestaciones, y así se concretan á describir
el carácter de un pueblo, el distintivo de una raza, los ras­
gos más salientes de una civilización. A sí y todo, el ánimo
del lector contempla estupefacto de admiración los asom­
brosos sucesos allí narrados; su fantasía se exalta, y esclavo
del poeta que le fascina con las galas deslumbradoras de su
estilo, cree imposible toda grandeza mayor que la grandeza
allí descrita. ¡Vana ilusión! Estos hechos, por sublimes y he­
roicos que sean, mirados al través de la ficción poética con
que el genio los embelleciera, se empequeñecen, cuando
el ánimo los considera desnudos de tan pomposos y fantás­
ticos atavíos, y casi desaparece su grandeza al compararlos
con otros prodigiosos arranques de la inteligencia y el co-
razon humanos. También la escarpada montaña que pro­
yecta su imágen en las aguas de un lago cristalino, al ojo
embelesado del espectador finge esconder en los cielos su
encumbrada cima; pero mirada luego directamente y cual
es en sí, se abate y circunscribe por todas partes, y áun
aparece mezquina, comparada con otras alturas que la ro­
dean. No es extraño; hijo del ingenio del hombre, por mu­
cho que extienda el alcance de su mirada, el poema épico
siempre se encierra dentro de un horizonte estrecho, en los
límites de una cultura dada, ó como dice Bossuet de toda
obra del humano ingenio, siempre se queda corto por al­
gún lado.
No sucede así á la vida del género humano. Plan con­
cebido en el seno de una sabiduría infinita, y ejecutado por
un sér libre, aunque bajo las riendas de una dirección sua­
C R IS T IA N A DE L A HISTORIA. 19
ve y paternal, no reconoce otros lindes que el escape por
donde raya con lo inmenso, con lo infinito. Tiene por co­
mienzo el origen de las cosas, por estadio toda la tierra, por
actor al humano linaje, por testigos los cielos, por director
la Providencia, por duración el tiempo, por remate la eter­
nidad. Como la corriente de los grandes ríos, que en su
manantial originarios, van á parar en último extremo á la
inmensidad de los mares, así el rio de la humana existen­
cia mana de la fuente de la creación, corre por el cauce de
la historia y desemboca en una vida que, misteriosa hoyf
sabemos ciertamente que ha de ser inmortal. Mientras el
poema, pues, sólo traza el bosquejo, un lado, algún contor­
no de la interesante imagen, la historia es, ó al menos debe
ser un fiel y acabado trasunto, un retrato de cuerpo entero
de la figura de la vida humana.
Con efecto; el poema, sobre todo cuando no es copia ó
imitación de un modelo anterior, cuando brota espontáneo
en el fondo de la tradición del fecundo germen del genio,
como planta indígena en propio suelo; el poema es el eco
de las creencias y recuerdos, la cifra y compendio de la
vida religiosa, intelectual, artística y social de una raza,
cantada por un pueblo, personificada en un héroe, resu­
mida y realzada por un genio. E s la teología ó más bien la
teogonia, la cosmogonía, la ciencia, eL derecho, el arte, las
costumbres, la historia, la genealogía de un pueblo: es la
memoria de sus hazañas, la savia, el espíritu, el sentido de
su organismo: es, en fin, su cultura y civilización. E l poeta
no es más que el intérprete que la traduce, el arpa que la
canta, el fiel cronista que la refiere, el hábil pincel que la
retrata con vivos y animados colores. E l argumento, los de­
talles, los personajes, la talla del héroe, la forma del traje,
el parecido de la fisonomía, en fin, están tomados de la
vida real. E l enredo dramático, el orden y disposición del
plan, la belleza del cuadro, es todo suyo. Los rayos de luz
20 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

procedentes de puntos distintos y de objetos varios se re-


unen en el ojo perspicaz del poeta para pintar la imagen
en la retina de su mente, en el iris de su fantasía; pero el
traslado al lienzo de la palabra es obra de diestra mano.
E s la mirada de águila que desde las alturas del genio ha
visto de una vez el mundo nacional, para retratarle despues
con el delicado pincel de la poesía. Por eso andan mezcla­
dos en el magnífico panorama, lo fantástico con lo real, la
historia con la fábula, la tradición con el mito, como todas
esas cosas andan confundidas en la imaginación popular,
cuya última potencia es la fantasía épica; siendo, por lo
mismo, la más fiel expresión, la más acabada suma para ver
de un golpe, desde los detalles más minuciosos, el pensa­
miento capital y generador de una cultura, de una civili­
zación.
Los sistemas científicos estarán más desarrollados en
los libros de filosofía; las creencias religiosas se explicarán
con más extensión y claridad en las escuelas sacerdotales,
como hay que buscar las leyes en el código, los aconteci­
mientos en las inscripciones, ó en las tablas dinásticas, ó
en los anales, y las artes en los monumentos. Pero para
ver de una ojeada los pormenores y el conjunto, juzgar de
sus relaciones y armonías, formar un cabal concepto de la
vida de un pueblo, hay que acudir al poema. Y en este
sentido bien podemos afirmar que la litada es el espejo de
la civilización primitiva de la Grecia; el Raviayau un re­
trato de la civilización de la raza aryana, y el Niebclungen
el eco de las tradiciones y antiguas costumbres de las tri­
bus sajonas. A estos grandes modelos podríamos añadir
como expresión y prueba de nuestro pensamiento el Poe­
ma del Cid, y en cierto modo y descartada la locura del
héroe, el D. Quijote, pintura fiel y acabada de las ideas,
sentimientos y costumbres de la España de los siglos X in
y x v I, sin o temiéramos ser engañados por la bella ilusión
C R IST IA N A DE L A H ISTO RIA. Zl

del amor patrio; así como, libres de ese recelo, no duda­


mos elevar á esa categoría á la D ivina Comedia de A ligie-
ri, en cuanto por entre la más poéticamente sublime expre­
sión del pensamiento cristiano, deja traslucir las ideas y
sentimientos del siglo X I I I y la civilización italiana en los
siglos feudales,
Y citamos tan sólo estos brillantes ejemplares de la
vida épica porque, fruto espontáneo del fértil suelo del ge­
nio, resumen el pensamiento popular y las costumbres de
una raza, y son principalmente congruentes á nuestro ob­
jeto, omitiendo los demás que admira y tiene y a sobrada­
mente analizados la crítica estética, y que más bien que un
acento salido de la garganta de un pueblo, deben conside­
rarse como la voz sublime á veces, y delicada otras del
poeta, del artista. A sí la Eneida, más bien que la cifra de la
cultura del antiguo Lacio, es la historia de los orígenes de
Roma, viva en la tradición popular sí, pero cantada en el
lenguaje y con las ideas del siglo de Augusto por la deli-
cada y armoniosa voz de Virgilio. A sí la Jcrusalen liberta­
da más bien que el trasunto original de las ideas y senti­
mientos de la época feudal de las cruzadas, es el prisma á
cuyo través se dibuja despues de cuatro siglos en la esqui-
sita ternura del Taso. Y todavía con mayor razón puede
aplicarse esta regla á la Farsalia de Lucano, á la lAiisiada
de Camoéns, y principalmente á la Araucana de Ercilla,
más bien que poemas, historias poéticas de acontecimien­
tos dados, exornadas con todas las galas de la fantasía1
Como tampoco podemos incluir en la categoría de poesía
épica á que venimos aludiendo, á loa renombrados de Rc-
rum N atura y Paraíso perdido, donde, sobre asuntos tan
varios, y á la distancia de los siglos, expusieron Lucrecio
y 'Milton sus respectivas ideas aunque en poético y eleva­
do tono, describiendo el materialismo naturalista con toda
la rotundidad de la lengua latina el primero, y el mundo
BOSQUEJO DE U N A FILO SOFÍA

angélico, y el mundo paradisiaco con la gráfica expresión


del idioma inglés el segundo.
Pues bien: sobre la acción épica de una cultura, d e '
una época, de una raza, de un pueblo, de una civilización,
agrándese el horizonte de la mirada hasta llegar al prin­
cipio del tiempo y los últimos confines de la tierra; en­
sánchese el panorama de la vida hasta rayar de un lado con
su origen, y por el extremo opuesto con su desenlace; trá­
cese un cuadro donde figure, no una tribu, una raza, un pue­
blo, un imperio, sino el género humano, el árbol genealógi­
co y etnográfico de todas las familias, de todos los pueblos;
despliégúese el lienzo donde se representen, ora los sucesos
que cual manso arroyuelo se deslizan suavemente por el
césped de la vida tranquila de la ciencia ó del arte; ora los
ruidosos que como catarata se despeñan y precipitan en la
fundación y ruina de los imperios, ó en el cambio de dinas­
tías; concíbase una acción que no se limite á un héroe y á
un tiempo dado, sino que se extienda á toda clase de per­
sonajes, y marche ordenada en toda la prolongacion de los
tiempos; trácese en el encerado del espacio con el compás
del tiempo un círculo máximo, donde se encierren todas las
esferas de la vida desde el centro á la circunferencia, es de­
cir, la unidad de especie y las derivaciones de las razas des­
de la central ó caucasiana hasta la etiópica extrema, pasan­
do por la mongólica, malaya y americana: y todos los idio­
mas clasificados por familias desde la de Cexion ó indo­
europea, hasta la monosilábica ó cusita, y la semítica in­
termedia, buscando las afinidades de otros grupos informes,
en especial el de aglutinación ó americano, hasta parar en
la comunidad primitiva de todas, y su violenta rotura en
una época que se pierde en la noche de los tiempos. Y de
esta unidad primitiva y fundamental, y de esas divisiones
fisiológica, filológica y etnográfica, que ocupa todas las
épocas, véngase á deducir las demás unidades consiguien-
C R IST IA N A DE L A HISTO RIA. 23

tes; primero, la única religión primitiva y sus variadas ter­


giversaciones, desde el culto de los muertos de algunos
pueblos, pasando por el sabeismo caldeo, el antropomorfis­
mo de Belo y por todas las teogonias orientales hasta la
mitología griega y la apoteosis del estado romano. H a­
ciendo brotar del tronco primordial, derívense de esa esfe­
ra superior de la vida los diversos sistemas filosóficos, que
informan la mente de cada uno de los pueblos politeístas,
el panteísmo emanantista indio, el ateísmo abstracto y va­
cío chino, el deismo naturalista egipcio, el dualismo mítico
persa, el racionalismo atómico psicológico, ó idealista de
las diversas escuelas helénicas, y la deificación de la fuerza,
servida por las armas y legalizada por el derecho que supo
introducir Roma.
Una vez en posesion de estos principios capitales de la
idea, de estos cabos iniciales de la trama de la vida, bájese
al derecho y códigos legales, comenzando por la ley natu­
ral impresa en el corazon y promulgada desde el principio
en la conciencia, pero oscurecida por el error y corrompi­
da por las pasiones, hasta llegar lueg-o al código de Manú
ó al derecho de las X II tablas. Saliendo luego del santua­
rio de la conciencia y del altar del corazon, bájese al atrio
de la sensibilidad estética para examinar la belleza del
arte, que es su viva expresión, desde el grandioso y gigan­
tesco de las pirámides y de los sarcófagos hasta la perfecta
euritmia de las líneas rectas del Partenon, ó la acabada
esbeltez, pero puramente plástica y material de la estatua
de Fidias.
Y como resumen de todo, partiendo de una civilización
primitiva, recórrase el largo y trabajoso camino que han
tenido que atravesar las familias para reunirse en tribus
las tribus para organizarse en pueblos, los pueblos para ser
conquistados por la fuerza superior, y con la aglomeración
de la conquista ser erigidos en imperios, sin otra trabazón,
24 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

primero, que la del gobierno, y luego por la de una sabia


organización política, con el lazo social de la ley y el lazo
todavia más fuerte de la comunidad de lengua.
U na vez deslindada de este modo la carta geográfica
del mundo antiguo con las empinadas montañas de sus sis­
temas, con los amenos valles de su cultura artístico-litera-
ria, con los rios de sus tradiciones, y con el magnífico, pero
variado escenario de su división, procédase á dibujar el
mapa de un mundo nuevo, de un mundo religioso y por
ende intelectual, .moral, artística y socialmente nuevo, es
decir, el mundo creado por el cristianismo, que con el geo­
gráfico descubierto por Colon forma el globo entero del
mundo histórico, y se pondrá la cúpula al templo, y el re­
mate á la torre de la vida del género humano. Pero como
no h ay edificio sin base, ni estatua sin pedestal, ni cuerpo
sin alma, ni vida sin organismo, ni movimiento sin un pri­
mer motor, se hace preciso buscar el origen y causa de
todo: si por un lado la idea que dé unidad al sistema, el foco
de donde brote la luz, el tronco de donde arranque el árbol
genealógico y etnográfico: por otro lado y así mismo, el
gran disolvente que produzca la división universal y caracte­
rística del mundo politeísta, y una potencia inmensa y cen­
tral que, sobreponiéndose á todas las ondulaciones centrí­
fugas, encadene las rotaciones dentro de sus órbitas respec­
tivas en derredor del sol de la vida y de la verdad. Y esa
idea que sobresale entre tantos elementos divergentes no
es otra que la unidad de Dios legislador de la naturaleza y
providente de las acciones humanas; y ese hecho que une
al hombre con el mundo y ambos con su autor, no es otro
que la creación, lazo de lo finito y de lo infinito, de la idea
con el hecho, del fenómeno con la ley. Y de la unidad de
Dios resulta la del mundo, su obra, y la del hombre, su
imágen y feudatario; y la unidad de la vida y su destino tem­
poral, antecedente y preparación de su destino eterno, defi­
C R IS T IA N A DE L A HISTO RIA. 25
nitivo, final. Y de la unidad de la especie resultará, como con­
secuencia la del lenguaje, y de todo á lo que el lenguaje sir­
va de instrumento y de lazo de comunicación; unidad pri­
mitiva de religión, de ciencia, de arte, de derecho, de civi­
lización y fraternidad específica de todos los hombres, que
desconocida ó alterada en la edad de división, renace como
el fénix de sus cenizas, de los escombros del mundo anti­
guo, para constituir un dogma en la fé cristiana, y una ver­
dad filosófica hoy generalmente admitida aun por las mis­
mas escuelas, que destruyendo su base y desconociendo su
origen, disputan al Evangelio la gloria inmarcesible de su
resurrección y general promulgación. Pero como del fondo
de esta primitiva unidad de la religión, de la ciencia y de
la historia, surge una división, que si por antigua se remon­
ta á la aurora de los tiempos históricos, y por general debe
reconocer una sola causa: por lo arraigada ha de haber
echado hondas raíces en el suelo del corazon y de la socie­
dad; menester es, además, señalar el momento del conflicto,
y asignar la profunda razón de esa inveterada y universal
disgregación. A pesar de ella, sin embargo, la unidad no ha
desaparecido del mundo, ya por el fondo común que se
descubre entre todos los elementos fragmentarios de los
sistemas y civilizaciones, y y a por el aire de familia, por el
parecido del semblante, que aun desfiguradas por la distan­
cia, ajadas por el error, y afeadas por la superstición, con­
servan las tradiciones religioso-histórico-sociales de todos
los pueblos en medio de la división. Se hace preciso, por
tanto, buscar un lazo que las una, un cuerpo entero que las
complete, una clave que las explique y sobre todo una ca,
dena que sin interrupción baje desde la unidad del origen
por entre todas las roturas y disgregaciones de la división
politeísta, hasta la unidad del centro que es el cristianismo,
para reanudar todos los cabos sueltos de las antiguas' civi­
lizaciones, con la nueva unidad religiosa, intelectual y so­
26 BOSQUEJO DE U N A FILOSO FÍA

cial destinada á borrar todas las distinciones introducidas


por el error y la corrupción idolátricas, primero en el mun­
do conocido, y luego en el descubierto por Colon.
Mas para sostener invariable ese bagel de unidad en el
mar revuelto de la confusion pagana, y para sosegar las
encrespadas olas de las ideas y costumbres politeístas; ó
por mejor decir, para levantar un mundo postrado en la
abyección, para reavivar civilizaciones gastadas y exhaus­
tas de vida y de verdad, para cambiar los polos del mundo
histórico, mudando su órbita y haciéndole girar sobre el eje
de la unidad, son necesarias una previsión sobrehumana
que anuncie anticipadamente la idea, una dirección supo-
rior que encamine y prepare los sucesos, y una palanca de
mayor potencia efectiva, que b que en cálculo especulati­
vo requería' Arquímedes para remover el mundo físico.
Faltaría, pues, designio al drama, sustancia al fenómeno, y
al efecto causa y potencia proporcionada, si para unir estos
cabos, seguir los hilos de esa trama, y explicar la renova­
ción del mundo por el cristianismo, no se admitiera debajo
de lo visible un poder secreto, detrás de lo histórico una
luz de previsión, por entre el telón de la escena el sabio di­
rector, que distribuyendo convenientemente á cada hombre
su papel, su destino á cada pueblo, y un altísimo designio
al género humano, no hubiera trazado el diseño y velara
por la libre ejecución del plan, que ha de tener por desen­
lace ese mismo género humano sublimado á una vida eter­
na y sobrenatural; es decir, sin que el autor de la vida en
la creación, no la haya restaurado en la redención para co­
ronarla con la glorificación, el mundo seria un logogrifo, la
vida un misterio, y la historia un enigma que no habría
medio de descifrar,
Y sólo cuando abiertas así las zanjas, atrojados de este
modo los materiales, recogidos además los datos y enfila­
das en este orden las ideas, se levante el edificio que abar­
C R IST IA N A DE L A HISTORTA. ^7
que todos los hechos, se trace el cuadro en que figuren, to­
dos los personajes, se construya el sistema que armonice
todo lo que hay de verdad en las teorías, desechando cui­
dadosamente todo lo que en la narración hay de falso, ab­
surdo é incompleto, es cuando se podrá decir que tenemos
historia, ó mas bien su filosofía, ó con más propiedad aún,
un conato de filosofía de la historia.
Considerada, pues, bajo este aspecto, aunque espejo fiel
de la vida real, la historia es la única original epopeya;
como el poema épico, aunque fruto del ingenio del artista,
tiene asimismo un fundamento histórico. Pero aparte de
esos rasgos de semejanza, media entre ambos un abismo.
E l poema escoge entre los varios aspectos de la vida hu­
mana, el que por la situación, muchedumbre y variedad de
los objetos que se ofrecen á la vista, forma un bello paisa­
je, una perspectiva risueña é interesante. L a historia, to­
mando los hechos como son en sí, ó más bien como se los
suministran los anales y monumentos, tiene que describir lo
mismo los eriales de las listas de reyes, tablas de dinastías,
ó genealogías de personajes, que las hermosas campiñas de
la literatura, de la ciencia y del arte; ora las eminencias de
las civilizaciones y de los imperios, ora los hondos valles de
la vida privada, el espectáculo, en fin, tal como se viene
desenvolviendo en la extensión del espacio y en la prolon­
gación del tiempo. E l poema, á fin de dar colorido y ani­
mación al cuadro, mezcla habilidoso lo fantástico con lo
real, lo fabuloso con lo histórico, lo mítico con lo tradicio­
nal, la luz, en fin, que proyecta en la pupila de su mente el
objeto exterior, con los colores en que se descompone en
el prisma de su ardiente fantasía, para componer una sola
imagen que es la vida y civilización de un pueblo, tal como
se representa en el espejo del genio y se retrata en el cua­
dro del poema. L a historia, por el contrario, aunque toma
en cuenta los sistemas, por absurdos que sean, los mitos,
38 H ISTO RIA DE UNA FILO SOFÍA

aunque parezcan extraños y monstruosos, y el período fabu­


loso y heroico por donde principian los recuerdos de todos
los pueblos politeístas; analizando, sin embargo, con fría ra­
zan y á la luz de los documentos, todo ese caos informe de
ideas y de imágenes, de ficciones y de recuerdos envueltos
en confusa mezcla, discierne cuidadosamente la realidad de
la fantasía, las ideas de los absurdos, entresacando el fondo
verdaderamente histórico, que siempre se oculta bajo la en­
voltura enmarañada de la fábula. Y sólo al llegar al punto
en que la cronología es fija, los datos seguros y auténticos
los documentos, es cuando marcha tranquila y sosegada
por el camino real de los hechos. E l poema va recogiendo
con esmero, del hombre aquellas cualidades, de la clase,
aquellos caracteres, y de los trances de la vida aquellas si­
tuaciones de más relieve é interés para dar vida y anima­
ción al retrato, para que reunidas en un hombre sea eleva­
do á la categoría de héroe, y compendiadas en un momento
dado, sea dramática la situación.
Los personajes en el poema no son individuos, son ti­
pos. Las escenas en la épica no son la vida, son enredo
dramático. E l drama sólo es histórico en los rasgos que se
toman del original, no en el grupo ó en la figura que es
creación y combinación del artista. La historia al revés:
presenta al hombre, á la sociedad, á la época, en la desnu­
dez de su realidad prosáica, al hombre con sus grandezas
y con sus defectos, á la sociedad con sus positivos adelan­
tos, ó con sus lamentables extravíos, al período con sus
ideas y preocupaciones, con su cultura ó con su retroceso,
sin que al artista le sea lícito sino ordenar los hechos, ave­
riguar las causas, calcular los efectos, exponer, en fin, las
circunstancias que rodean al hombre para juzgarle, sin
amenguar sus prendas, ni disimular sus defectos.
E l poema, como obra de la imaginación y parto del in­
genio, no reconoce más traba que la literaria, ni otro freno
CRrSTTAXA DE L A HISTO RIA. 29

que el del buen gusto; y por eso introduce lo sobrenatu­


ral, ó más bien lo sobrehumano, pero ordinariamente mí­
tico y contrahecho; pone en relaciones á los hombres con
séres de un orden superior, pero fantásticos, confundiendo
la teología con las teogonias en Oriente, ó con la mitolo­
gía en Grecia, y lo sobrenatural, digno y austero que ad­
mite toda sana filosofía, con lo extravagante, que sólo cabe
en los delirios del antiguo politeísmo. Y al valerse del
D a is ex machina para embellecer y realzar la acción épi­
ca, no guarda las leyes del espacio y del tiempo, sino que
saltando por encima del orden establecido á los hechos,
pone en escena á los dioses, y les hace viajar por tiempos
y lugares desconocidos en el mapa del mundo real. De
m uy diferente modo debe proceder la historia en sus via­
jes y descripciones. Ajustada escrupulosamente á los cáno­
nes de la geografía y cronología, que son como sus dos
ojos, como sus manos y sus piés, debe detallar el suceso
ocurrido en tiempo y lugar determinado, uniéndole por el
anillo de esas dos ciencias con la cadena cuya sucesión no
se interrumpe, por capricho alguno de la mente ó por li­
cencia de la fantasía; y si por vacío de datos ó lagunas de
documentos, tiene que dar saltos de nombres en la genea­
logía, de dinastías en el reino, y de ramas en el árbol de la
cultura, busca siempre un punto de apoyo firme para caer
luego en lugar seguro. Por eso en su caida siempre en­
cuentra en ambas orillas el sólido cimiento del dato histó­
rico, y el campo inmenso de los sucesos contemporáneos
unidos, cual cadena de montañas, que serpentea en der­
redor de un lago, en el suelo común de la geografía y con
el lazo no menos seguro de una cronología auténtica y no
interrumpida.
E s verdad que la historia en el curso ordinario de su
narración, sigue hilo á hilo la tela de los sucesos, limitán­
dose á formar la trama según los movimientos de la líber-
3o BOSQUEJO DE UNA FILO SO FÍA

tad individual, y las leyes que rigen las sociedades, sin in­
tervención de otros seres invisibles, ni lazos con otro mun­
do misterioso, considerándoles ambos como fuera del al­
cance de su jurisdicción. Pero, sí contra toda razón no se
ha de admitir una ley sin legislador, un orden sin inteligen­
cia ordenadora, un drama sin exordio, sin argumento, sin
desenlace, la gran epopeya sin sentido y sin plan; preciso
es suponer una mano inteligente que le trace, que le im­
pulse, que le conduzca á su fin. Pero, si no hemos de caer
en el absurdo de explicar lo visible por lo visible, un fenó­
meno por otro, como si dijéramos un efecto sin causa pro­
porcionada; es menester introducir en el enredo de la vida
un sobrenatural, que la razón no rechaza, que la filosofía
de la historia tiene que reconocer como ol único faro que
alumbre los misteriosos senderos, y la única clave que abra
el sentido del gran poema de la vida. Ahora bien, esa inte­
ligencia directora que con las riendas de sabias leyes en la
mano influye en los sucesos, al ^descubierto en los mo­
mentos solemnes, y de una manera secreta, suave y eficaz
siempre; en todas las lenguas habladas y en la conciencia
del género humano tiene el nombre de Providencia. Y ese
sobrenatural, que sólo tiene sentido propio y adecuado en
el lenguaje cristiano; en el primer hombre, en el hombre de
creación se llama justicia original; en el curso del mundo
antiguo profecía, tipo; en el cristianismo redención, al inte­
rior gracia, al exterior milagro; y en la enseñanza cotidia­
na y en el gobierno y dirección de la Iglesia, asistencia
del Espíritu Santo.
Y por lo mismo, y como legítima consecuencia, cuando
despues de la catástrofe del fin, haya de ponerse la cima y
complemento al gran edificio, vendrá otro, resumen y des­
enlace del interno perenne y del descubierto de los momen­
tos solemnes, y ese sobrenatural se llamará resurrección,
bienaventuranza, glorificación. De este modo, mientras en
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 31

el poem a lo sobrenatural, ó más bien lo sobrehumano es


fantástico, mezquino, arbitrario, y algu n a vez hasta ridículo,
ante la verdadera filosofía de la historia la acción directa
de la P rovidencia y lo sobrenatural del origen, del medio y
del fin, creación, redención, glorificación, son originales, só­
lidos, luminosos, reguladores, eficaces y verdaderam ente
filosóficos, en cuanto que sin ellos es inexplicable el ori­
gen, un enigm a la vida, la historia un logogrifo: en cuanto
que sólo por ellos se da unidad al plan, leyes y organism o
á la vida, argum ento y desenlace al drama, y por tanto á
la historia sentido sublim e y altísima significación.
CAPÍTULO II.

E S T R E C H O H O R IZt TE D E LA H IST O R IA EN LOS PU EBLOS

P O LITE ISTA S.

I la vida es el estadio donde al correr del tiempo


y con la mano del libre albedrío el hom bre teje la
corona de ventura que ha de ceñir sus sienes, ó la ­
bra la cadena de desdicha que ha de g ra vita r sobre sus
hom bros por toda la eternidad, lógico es deducir que la
historia es el verdadero palenque, donde se ventila, no y a
la suerte de tina raza, tribu ó nación, sino los altos destinos
del género humano, y ambas la ejecución de un plan sabio
y secretísimo, que con el rollo del tiempo mismo se va
desenvolviendo hasta que en m agnífico panoram a se m ues­
tre todo entero y de una vez en el m om ento solem ne de la
resurrección. M as por lo mismo que es tan ancho el hori­
zonte de la una y tan extenso el cam po que abarca la se­
gunda, su rge aquí una dificultad que no nos es lícito om i­
tir, ni siquiera disimular. L a s ideas, sentim ientos y costum ­
bres de aquel pueblo, de esta raza, tribu ó nación han
34 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

tenido un genio que las interprete, un bardo que las cante,


un pincel que las retrate. ¿Pero dónde encontrar R afael
que pinte la imagen de la vida, el Valm iki que siga paso á
paso la epopeya de la historia, el Homero que trace el
cuadro, no ya de la griega, sino de la variada civilización
del género humano? Porque si del polvo de la tierra pu­
diera formarse ese hombre extraordinario, sobre el timbre
glorioso de cantor de la vida y vate de la civilización, re­
vestiría en cierto modo el sublime carácter de historiador de
la Providencia y cronista de la creación y de la redención.
Mas discurriendo por toda la redondez del mundo anti­
guo, desgraciadamente no sólo no se divisa por ningún
lado la figura de un Colon que descubra el nuevo hemisfe­
rio del origen y del fin oculto en el mar tenebroso del mis­
terio; pero ni siquiera la de un Newton que señale al mundo
de los hechos auténticos su centro de atracción y de gra­
vedad, ni un K epler que-trace las leyes de sus movimientos.
Pasando en silencio las tribus salvajes que no reconocen
otra historia que la de las conquistas ó esclavitud de que
han sido víctimas; por no mencionar la raza americana se­
pultada muchos siglos en el abismo de los mares, y del
más oscuro aún del olvido; haciendo caso omiso, en fin, de
los pueblos germánicos y tribus escandinavas, que en tiem­
pos posteriores han de representar un papel t interesantísi­
mo, pero cuya entrada en escena, cuyo conocimiento y re­
laciones con la cultura datan de la clasificación fisiológica
de Aristóteles con el nombre de escitas, de algunas noti­
cias sueltas recogidas por los geógrafos é historiadores
griegos, y sobre todo, por las vivas descripciones que de
sus costumbres nos dejaron trazadas César en sus Comen­
tarios y Tácito en sus A nales; vengamos á esos grandes
imperios y culturas que en el ciclo del mundo antiguo se
nos presentan con aspiraciones á constituir una historia
propia.
C R IS T IA N A DE L A HISTO RIA. 35

No es esta ocasion, ni conduciría á nuestro propósito


engolfarnos en la cuestión de la antigüedad fabulosa que
por desmentir á la Biblia los enciclopedistas del pasado si­
glo, y la incredulidad del primer tercio del presente, atri­
buían al mundo, fundados en las tablas astronómicas de los
Indios, y en los célebres zodiacos, ó más bien planisferios
de E sn e y Denderach hallados en Egipto en la célebre.ex­
pedición del entonces aventurero Bonaparte. Después de
gastar un tiempo precioso y un gran caudal’de ciencia y
erudición en combatir la fecha que á la dispersión del hu­
mano linaje señala el sagrado texto, los más sensatos
astrónomos de este siglo han reducido el cálculo sobre las
primeras á los términos de una cronología verdaderamente
histórica; y con rubor de los sostenedores de la fabulosa
antigüedad de los segundos, vino, al fin, á descubrirse que
los tales planisferios, astrológicos y no astronómicos, data­
ban de una época reciente, del reinado de los1Ptolomeos.
L a luz que sobre este asunto importantísimo y capital ha
derramado el Cardenal W iseman en sus eruditos discursos
sobre las relaciones de la ciencia y la religión, nos dispensa
de ulteriores aclaraciones. Lo que por ahora nos interesa
es averiguar á que altura se elevan y cuánto pueden con­
tribuir los grandes pueblos politeístas, para levantar el
magnífico edificio de la historia.
Y verdaderamente que si la curiosidad de los viajeros,
filólogos, etnógrafos y arqueólogos modernos han suminis­
trado copia de materiales preciosos, que ha de aprovechar
en su dia el genio destinado á construir el soberbio alcázar,
considerando su ignorancia acerca del origen del hombre y
del mundo, acerca del dogma de la fraternidad universal y,
sobré todo, de la verdadera tabla etnográfica en que se en­
cuentran todos los pueblos y familias, para dispersarse cada
uña por su camino y llenar todas su propio destino; no sólo
aparecen impotentes para resolver, pero ni siquiera se les
36 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

ocurre el pensamiento de plantear el gran problema de la


unidad de la historia, de sus fases principales, de sus mo­
mentos solemnes, de su argumento, y menos que todo de
su desenlace.
Principiaremos por el celeste imperio. Sobre estar en­
vueltos en la mayor oscuridad los nombres del fundador y
primeros pobladores, todo lo que de sus libros sagrados, re­
formas religiosas, anales históricos, inclusas las memorias
escritas en el siglo II antes de la era cristiana por e l que
los misioneros han llamado el Herodoto chino Se-ma~sian;
todo lo que de estos documentos, examinados por la erudi­
ción moderna, puede deducirse, es su verdadera cronología,
que se remonta á poco más de dos mil años antes de J. C.,
los nombres de algunos reyes y sus dinastías, y las principa­
les mudanzas políticas y sociales que ha atravesado. Sobre
todo para nuestro propósito basta recordar la muralla de in­
comunicación con los demás pueblos, más empinada aún
que la material que rodeaba al imperio, separándole, según
la valiente expresión de Lacordaire, de todos los caminos
por donde ha marchado la civilización. De la lengua ideo­
gráfica y de los doctores celestes no ha de brotar, pues, la
idea que alumbre el camino de la historia.
L a India, por los cálculos fantásticos de sus tablas as­
tronómicas, por las elevadas concepciones de sus signos, de
sus poemas, de su código de Manú y de sus sistemas filosó­
ficos, por la fecunda flexión de su lengua, y por la amenidad
y lujosa esplendidez de su literatura, aspiraba antiguamen­
te y es hoy tomada por los modernos racionalistas como el
foco de la humana cultura y la base del suntuoso edificio.
Sin disputar nosotros á la lengua de los braamines los
títulos de gloria que de justicia ha conquistado en el esta­
dio del humano saber, quizá menos que ningún otro pueblo
puede aspirará la corona destinada á orlar las sienes del
gran arquitecto de la historia.
C R IS T IA N A DE LA H ISTO RIA. 37
Con una ignorancia completa del origen de las cosas y
de la especie humana, sin otro enlace histórico con los pue­
blos japhéticos que el que la moderna etnografía ha des­
cubierto en la gran familia indo-europea, la lengua san-
crit se limita á darnos cuenta detallada, es verdad, del pen­
samiento, y costumbres de los A ryas, pero sin que de sus
orígenes nos descubra otra cosa que las luchas de los sa­
cerdotes y guerreros bajo el nombre de los Coros y Pan­
dos, una idea confusa de la primitiva promesa de redención
envuelta en las hazañas de Rama, y la existencia anterior
y antiquísima de algunas tribus camiticas, de donde pro­
cedieron las castas. Como por otra parte, su cronología,
despojada de exageraciones, no se remonta por encima de
la del celeste imperio, resulta la radical impotencia de la
enciclopedia V édica y Brahamínica para tejer desde su ori­
gen la extensa trama de la historia.
No nos detendremos en el país del Irán, de cuyos orí­
genes oscuros y cronología no más remota que las otras,
como las cordilleras de las primitivas montañas del abismo
de los mares, surge de súbito el imperio de Ciro en época
demasiado reciente para erigirse en cabeza del humano li­
naje; y como por otra parte, los recuerdos de su Zend-
A v esta en lo relativo al Meschia y Meschiane, y á su Ahir-
man, se parecen mucho al relato de otro libro que mira
con tédio, ó más bien con horror el moderno racionalismo,
ninguna ventaja puede sacar éste de los orígenes del pue­
blo persa, para reconstruir el edificio de la historia.
Casi lo mismo podemos asegurar de los imperios asirio
y babilónico, cuyo único historiador nacional, Beroso y su
seguidor en mucha parte Abydene, á juzgar por los frag­
mentos que de ambos nos ha conservado el cristiano histo­
riador Eusebio, sin desmentir á Moisés, y conviniendo con
él en los hechos culminantes del Diluvio, Torre de Babel y
división de lenguas, no hace más que empequeñecer al
38 H ISTO RIA DE U N A FILO SO FÍA

Dios de la creación, rebajar con grosero criterio la idea re­


ligiosa y materializar la cultura de Acad, de Assur y de
los habitantes de Senaar. Los anales asirio-caldeos son im­
potentes para dar un origen cierto á la historia, y ninguna
de las inscripcioncs cuneiformes que se desentierran hoy en
KLhorsabad y en Borsipa, asciende á una fecha anterior á la
dispersión.
D e la historia de Fenicia hay datos preciosos en varios
autores, cuyos fragmentos nos han conservado Josefo, Eu-
sebio y otros. E n primer término está Mocho ó Moscho Sí-
donio, que al decir de Strabon vivió antes de la guerra de
Troya, y está citado por Josefo en el libro primero de sus
antigüedades, por Atheneo y Taciano, que cita otros dos
autores fenicios. Adem ás hay la historia de Dion y Menar-
do, fenicio el primero y efesino el segundo, y recomenda­
dos ambos en la exactitud de sus narraciones por el mismo
Josefo, por encontrarles conformes con la Biblia. Sin dete­
nemos, en fin, en otros documentos que seria inútil aglome­
rar, con relación á nuestro propósito, sólo decimos que los
fenicios y cartagineses trasportan de un pueblo á otro
mercancías, artes y supersticiones, sirviendo de lazo de co­
municación ideal y comercial entre el Oriente y el Occiden­
te: pero ni en los fragmentos de Sanchuniaton ni en ningu­
no de los antes mencionados se encuentran datos, ni en sus
célebres colonias y factorías recuerdo ó vestigio alguno que
pueda servimos de hilo conductor para desenmarañar el la­
berinto de los tiempos primitivos, ó de nudo etnográfico
para enlazar las naciones con el tallo del género humano.
Los llamados filósofos del pasado siglo aseguraban á los
cándidos, que á guisa de oráculos les escuchaban, que en
el geroglífico egipcio se cifraba el misterio de la vida y los
orígenes de nuestra especie, y que sólo faltaba un José cien­
tífico que interpretara los sueños sublimes del Jerofante, con
más acierto que el hijo de Jacob los faraónicos de las vacas
C R IS T IA N A DE L A H ISTO RIA . 39
y d e la s e s p ig a s ; y q u e u n a v e z d e s c if r a d o e l e n i g m a d e la s
i n s c r ip c io n e s , q u e d a r i a r e s u e lt o e l g T a n p r o b le m a .
E n la época en que hemos colocado nuestro punto de
observación sólo se nos ofrecen las listas de Maneton, las
tablas de A bydos y las vanidosas pretensiones del anti­
guo Mesrain cuando se presentaba como inventor del len­
guaje y del arte ante los griegos, á quienes consideraba
unos niños que habian ido á aprender á las escuelas de los
magos cuanto sabían de arte y literatura: y bajo este aspec­
to poco nos importaría el necio é imprudente reto de la en­
ciclopedia. Mas en prueba de su ligereza, hoy y a nos es lí­
cito añadir: el Jerofante que buscaban los incrédulos del pa­
sado siglo, ha aparecido, y vistiendo la túnica del saber, ha
descifrado el geroglífico, recomponiendo la historia de los
Faraones, para sacar en limpio que nada cierto nos dice del
origen del mundo, del hombre y del lenguaje, y que su cro­
nología no computada aún con fijeza y exactitud, puesto
que sólo se funda en la antigüedad que se quiere señalar á
monumentos por otra parte auténticos, en ningún sistema
se remonta más atrás del Mesrain del Génesis ó del Menes
de los griegos. Y todos saben que el sabio Jerofante se
llama Champollion y que los Egiptófilos más acreditados
tienen por nombre Mariette y Rougé, Rosellini y W ilkin-
son, Lepcius y Brugsch.
Restan, por tanto, los pueblos clásicos de la ciencia, de
la literatura y del derecho, las fuentes y modelos de la cul­
tura europeas, los colosos del politeísmo, los representan­
tes, en fin, de la enciclopedia y del arte de gobierno duran­
te el ciclo histórico del paganismo. Y ciertamente que nn
hay ni copia de materiales, ni palanca de locomocion, ni
trazado de líneas, ni potencia organizadora que al parecer
les falte para levantar la estatua del Júpiter, la euritmia dol
Partenon, el circo máximo, el verdadero panteón de la his­
toria. En cosmogonía se retrotraen hasta el confuso revolo­
40 BOSQUEJO DE U N A FILO SOFÍA

tear de los átomos ó el chaos, como ellos le llaman; en an-


tropog'onía suben hasta Japeto, robador del fuego; de todas
las teogonias orientales poseen el secreto, porque las guer­
ras médicas primero y lueg'o las expediciones del Macedo-
nio les han puesto en comunicación con los babilonios y
persas, y, según sospecha con otros César Cantú, á sus filó­
sofos con los sistemas ideológicos de los bramines. De sus
teorías filosóficas basta decir, que según el parecer corrien­
te entre los historiadores de filosofía, las escuelas Jónica,
Itálica y de Elea han recorrido todo el horizonte del huma­
no ingenio, sirviendo los dos métodos ontológico de Platón
y experimental de Aristóteles, de columnas de Hércules
más allá de las cuales sólo resta el atlántico de lo sobrein-
teligible.
E n los variados vergeles de la poesía, nadie desconoce
que campean todas las flores, no habiendo aroma, por sua­
ve y delicado que sea, que no se aspire en sus pétalos y en
su cáliz. Y bajo el risueño cielo de las musas, como que
principia invocándolas, nació el hasta hoy por todos reco­
nocido padre de la historia, y viajeros curiosos, narradores
elocuentes y arqueólogos eruditos, ponían en conocimiento
de los atenienses muchas de las cosas que habían pasado
en el mundo. Y para que nada falte al lustre literario de
ese pueblo escogido de las musas y de los dioses, al reunir
los Ptolomeos en la biblioteca y museo de Alejandría los
manuscritos más preciosos del saber, y el laboratorio más
fecundo de las artes, que se conoce en el mundo antiguo,
aparte el cotejo de todas las teorías y sistemas que cruza­
ran por el humano entendimiento, cultívanse con ardor y
se perfeccionan en alto grado la Astronomía y Geografía,
uniéndolas en el estrecho lazo de la matemática Eratóste-
nes, y la Medicina y la Botánica, y todas las ciencias y eru­
dición, en fin, que dan ensanche á la mente, finura á las
costumbres y agrado á la vida.
C R IS T IA N A DE EA H ISTO RIA, 41
Para mayor esplendor de las letras, para colmo de los
adelantos, coincide el apogeo de la cultura Alejandrina con
la época en que Roma, el pueblo jurídico y organizador
por excelencia, ha llevado sus legiones victoriosas por to­
dos los ámbitos del mundo conocido, más allá de cuyas
fronteras sólo viven gentes bárbaras, tribus errantes y pue­
blos sin artes ni disciplina. Período en que la Ciudad eterna,
en cambio de las riquezas que ha acumulado en los pala­
cios de los patricios, de los dioses que ha reunido en el pan­
teón, y de las ideas de todos los pueblos que ha sintetizado
en sus escuelas, ha comunicado al mundo, como por vía de
indemnización, tres unidades que parece como que le falta­
ban; la de lengua, la de derecho y la de gobierno.
A hora bien: tanta elevación de ideas, tanto lustre lite­
rario, tanta grandeza histórico-social, ¿no serán bastantes
para producir el copudo árbol, para despejar la sublime
incógnita? De entre todas las fábulas de los pueblos clási­
cos ¿no surgirá un Edipo que descifre el enigma de la esfin­
ge de la historia?
¡¡Cosa singular y á primera vista paradógicaü E l Pindó
y el Olimpo son fecundos en flores de fantásticas deidades
lo bastante para haberse formado de su conjunto el vistoso
ramillete de la Mitología. Y sin embargo, entre tanto ar­
busto de esbelto tallo y de variadas hojas no se levanta un
solo ciprés que toque con su punta el cielo del origen del
hombre. A sí mismo la ciudad de las siete colinas envía sus
legiones hasta las fronteras y pone procónsules en la raya
del mundo conocido, viendo entrar por sus puertas embaja­
dores y uncidos á la carroza de sus guerreros victoriosos,
reyes de varias lenguas y naciones. Y sin embargo, desde
las cumbres del poder y del derecho más empinadas que
nunca vieron los siglos, no acierta la señora del mundo á
divisar el comienzo de los siglos ni el tronco de las nacio­
nes y de lá sociedad humana. La patria, en fin, de Jenofon­
42 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

te y de Tucídídes, de Tito Livio y de Tácito, que ha dado la


norma á la ordenada, narración de los hechos; la patria de
Cicerón que nos ha dejado la definición de la historia hasta
hoy comunmente adoptada, llamándola testigo de los tiem­
pos, luz de la verdad, archivo de la memoria, recuerdo y cita
de la antigüedad y maestra de la vida, era precisamente no
sólo incapaz de escribirla, pero ni siquiera de formarse una
idea cabal de la misma historia. Y no es ciertamente por­
que falten en este brillante período hombres de elevación
de miras, de genio emprendedor y viajero, de copia de da­
tos recogidos en sus expediciones personales ó de sus vas­
tas lecturas, y de un arte esquisito para ordenar, embelle­
cer y ensalzar los hechos hasta las al turas de una soberbia
construcción histórica, sino porque les faltaban dos condi­
ciones, ante cuya ausencia se estrellan todos los esfuerzos
del más poderoso ingenio: es decir; una idea madre, un cri­
terio seguro para enlazar y juzgar los hechos, la idea y cri­
terio de unidad.
Demos aquí un testimonio de admiración al llamado pa­
dre de la historia Hcrodoto, que despues de recorrer toda
la Grecia, Italia y Egipto, con el fin de averiguar el origen,
tradiciones, leyes y costumbres, aunque con el designio de
escribir la historia de la guerra de los griegos contra los
persas, la extiende, no obstante, á la de otras naciones, sin­
gularmente á los lidios, egipcios y scitas. Y, fuera leida en
los juegos olímpicos, al decir de Luciano, ó en Atenas, como
pretende Eusebio, es lo cierto que los nueve libros dedica­
dos á otras tantas musas, debieron causar asombro á un
pueblo ávido de novedades y ser para los griegos un ver­
dadero acontecimiento. Tulio, Hortensio y Quintiliano le
proponen como modelo para todos los que escriben histo­
ria; y si no falta quien, como Ctesias, dude de la veracidadi
respecto á algunos asuntos de medos y asirios, quien como
Maneton le censure de haber falsificado las antigüedades
C R IS T IA N A DE L A HISTORIA,' ' 43

egipcias, y quien, sobre todo, le ataque con dureza relativa­


mente á la cobardía de los tebanos uniéndose á los persas;
en cambio, según el testimonio de todos los contemporáneos
y el crédito de veracidad que siempre ha gozado en las co­
sas que él vió y las citas que hace de los otros, le pone al
abrigo de toda controversia. Florecieron además en el país
de los geroglíficos ó de las musas en tiempo de los Ptolo-
meos, y en el de Lacio, en la época del imperio, otros distin­
guidos historiadores.
Eratóstcnes, bibliotecario de Alejandría en tiempo de
Ptolomeo Evérgctes, además de la historia de los R e y e s te­
banos (de Egipto) escribió otras muchas obras, cuyo catálo­
go se encuentra en la Biblioteca Grcca de Fabricio; A lejan­
dro Polyhistor,bajo Ptolomeo Lathyro, escribe, como indica
el sobrenombre, muchas historias, especialmente la de la
India y la del Egipto. Y para no recargar el cuadro con
la enumeración de otros autores de menor cuenta, y por
otra parte bien conocidos, en tiempo de Julio César y de
Augusto; despues de recorrer, no sin grandes peligros al­
guna vez, una gran parte de Europa y A sia y todo el E g ip ­
to, escribe Diodoro Sículo una historia general desde los
tiempos más remotos á la sazón conocidos, hasta la guerra
de César en las Galias, dando con cierto derecho á su colo­
sal trabajo el nombre de Biblioteca. No pudo llevarse á
mayor extremo de investigación la idea politeísta de la his­
toria en el ciclo del mundo antiguo. Y sin embargo, triste
es decirlo, pero concluyente á nuestro propósito; la anti­
güedad clásica, por ignorar el origen del género humano,
por falta de un hilo conductor para marchar por entre el
laberinto de la confusion de los datos, no sólo no conoció
el argumento, pero ni tuvo idea siquiera del alto sentido de'
1 a historia.
L a última palabra de la ciencia clásica está en los ana­
les de Varron, dividiendo la serie de los tiempos en tres
44 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

períodos, de los cuales los dos primeros son una plena con­
firmación de nuestras aseveraciones. E l primero, desde el
comienzo del mundo hasta el Diluvio, al decir del erudito,
es completamente desconocido é impenetrable á las mira­
das del historiador: y con efecto; nada se encuentra de
cierto en los recuerdos profanos, relativo á esa edad oscu­
ra, si se exceptúan dos ó tres hechos conservados por Jo­
sefo, y cuya relación se acerca al relato de Moisés. E l se­
gundo periodo se llama fabuloso, por la multitud de fábu­
las con que algunos hechos, por otra parte ciertos, han sido
trasmitidos á la posteridad: y este corre desde el Diluvio
hasta la primera Olimpiada. Sólo el tercero, que Varron
llama periodo histórico, es el que puede trazarse con datos
precisos y limpio de toda ficción mitológica y fabulosa; y
fíjese su punto de partida en los juegos olímpicos con el
mismo Varron, ó en la guerra de T roya con Diodoro de S i­
cilia, de todos modos es bien estrecho el horizonte á donde
se extiende la mirada politeísta. Por eso para el poeta L u ­
crecio ésta daba comienzo en la guerra de Troya, puesto
que más atrás de ese primordial acontecimiento sólo se di­
visaba la oscura noche de la fábula: por lo cual apostro­
fando entusiasmado llamaba á Homero ornamento de la
Grecia, que encendiste el primero entre las tinieblas la luz
de la verdad. Inspirado, sin duda, en el mismo pensamiento
el poeta de Mantua, entre todos los recuerdos gloriosos de
la antigüedad, no encontró otra genealogía más digna que
la de Eneas para elevar la prosapia de su idolatrada ciudad
á la categoría de un pueblo primitivo. Roma, pues, carecía
de cronología, envueltos como estaban entre densas tinie­
blas los habitantes del antiguo Lacio, y la fundación misma
de la ciudad del Capitolio y de la roca Tarpeya.
Ni andaban más adelantados en fechas antiguas los he­
lenos. Simplicio, autor del siglo V de la era cristiana, dice
que el gran filósofo de Stagira supo por Calísthenes, com-
C R IS T IA N A DE L A H ISTO RIA. 45

pañoro del conquistador macedonio, que las observaciones


astronómicas de Babilonia subian sólo á 1234 años antes de
la era cristiana. Por el testimonio de Herodoto se sabe así
mismo que Cádmo llevó las letras, es decir, el alfabeto, lít-
■terns détulit, desde Fenicia á Grecia, probablemente 1255
años antes de los mármoles de Paros, grabados el año 264
antes de nuestra era, y por tanto 1519 antes de Jesucristo.
Y por último, es bien conocido de todos el descubrimiento
de esos mismos célebres mármoles parenses hecho en el si-
g-lo x v i l por Petrée y de encargo del Conde de Arundel,
Mariscal de Inglaterra, en los que se contienen las princi­
pales épocas de la historia de Atenas desde el primer año
de Cecrope, ó sea 1582 años antes del Salvador del mundo.
Los dos pueblos más cultos de la antigüedad politeísta,
están, por tanto, más atrasados que los del Oriente en uno
de los ramos indispensables para escribir la historia: es de­
cir, en cronología. Y los que cuentan con argonautas que
cruzan los mares en busca del bellocino de oro, con Hércu­
les que mataba monstruos, con un Teseo que con auxilio de
Ariadna descubre el hilo para salir del laberinto de Creta,
carecen de un atlante que, salvando el mar de oscuridades
mitológicas, enlace con los anchos brazos de la cronología
y geografía el mundo primitivo y el mundo histórico.
Y con cuenta que no eran tan ayunos al saber de las
tradiciones orientales que les fueran del todo desconocidas.
Ora descendieran de fuentes indígenas, ora prestadas de
corrientes extrañas, traidas del Egipto, de Fenicia por las
primeras colonias, ó del Oriente entre los apuntes de sus
geógrafos y viajeros; ámbos pueblos poseian un caudal in­
menso de noticias primitivas bastantes para construir á su
modo la historia. Ellos sabían que en la época de Saturno,
dios primordial, anterior á Júpiter, despues del caos en que
estuvo envuelta la tierra, organizada y embellecida ésta
con toda clase de producciones, sin necesidad del penoso
46 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FIA

trabajo del arado, producía espontáneamente frutos sazo­


nados. A n te Jovem, nulh subigcbant arva coloni....per se
ferebat omnia tcllus. Ellos sabían que Epimeteo estaba
adornado de la ciencia; que se le dió por esposa á Pandora,
en cuya fábrica fueron depositando los dioses todos sus do­
nes, como lo indica el mismo nombre, y que al principio
eran los hombres felices, que Dios mismo les apacentaba,
D eus pascebat tilos, dice Platón. Por Hesiodo sabían asi­
mismo que el imprudente Epimeteo fué la causa de todos
los males que desde el principio vienen aquejando á lo s in­
dustriosos mortales, y sin duda es el mismo á quien llama
Horacio Japeto, robador del fu eg o sagrado, andax Japcti
genus, mala fra u d e ignem ¿ntulit inundo. Entonces apare­
ce el Prometeo de Esquilo, símbolo del género humano. Si
bien se considera la interesante tragedia del gran poeta
griego, hay en su plan, y más aún en la distribución de sus
tres partes una idea tan luminosa para dividir la historia,
cual con tantos datos, tantos sistemas y adelantos, no ha
acertado á fijar la moderna erudición. Prometeo, robador
del fuego, es decir, inocente en su origen, y culpable por su
libertad; Prometeo encadenado, es decir, sujeto á los sufri­
mientos y penalidades, y pasando por el gran martirologio
de la historia; y Prometeo libertado, es decir, redimido de
su culpa y restituido á su integridad primitiva, hé aquí la
gran concepción del trágico griego. Y no es sólo el pensa­
miento capital lo que admira en este elevado punta de
vista poético-histórico, mezcla de mito y realidad. Son no­
tables algunos de sus pensamientos secundarios. En la se­
gunda parte se introduce á Y o hablando con Prometeo, en
cuyo diálogo se leen estas palabras: “Prometeo.— Y o no
veo otro término á mi infortunio que el dia en que Júpiter
caerá despojado de su trono... esta esposa dará á luz un
hijo que será más poderoso que su padre. Júpiter pondrá
sobre tu-frente su mano acariciadora, y su contacto basta­
C R IS T IA N A DE L A H ISTO R IA . 47
rá. Tal es el oráculo que me reveló mi madre Témis, hija
de los Titanes... A sí se cumplirán enteramente todas las
imprecaciones que lanzó su padre Saturno.,, Y , por fin,
Mercurio interviene diciendo: “No cesará tu suplicio hasta
que un Dios te reemplace en tus sufrimientos... „ Donde al
través de la fábula se descubren bien claros los tres esta­
dos del hombre; inocente, culpable y redimido; base de la
división histórica.
En el mismo tono se nos presenta Virgilio cantando....
“Y a se acerca la última edad anunciada por la Sibila de Cu­
mas, va á renacer un gran orden nuevo de siglos: magnus
ab integro seclorum nascitur ordo. Y es que al bajar del
cielo la nueva progenie por conducto de una virgen, va á
ser derrocado del trono de su usurpación Júpiter, para dar
de nuevo lugar al reinado feliz y primitivo de Saturno. Jam
redit et virgo, redeunt Saturnia regna. „
Si á estos recuerdos tradicionales se agregan los siste­
mas filosóficos para concebir el mundo de las ideas, los cos­
mogónicos para describir el de la materia, los antropológi­
cos para conocer al hombre, los poéticos para pintarle, y
hasta los astronómicos para medir y calcularlo todo, apenas
se explica cómo de ese suelo regado con tan fecunda llu­
via de ideas, embellecido con tan risueño cielo de im áge­
nes, cubierto de tan variadas plantas científico-literarias, no
pudo formarse el hermoso y variado ramillete de la histo­
ria. Y sin embargo, sucede todo lo contrario. E l Olimpo y
el Parnaso, el Pórtico y la Academia, el Odeon y el Agora,
tan fecundos en todos los ramos, son estériles para produ­
cir el-árbol majestuoso. Los juegos olímpicos donde es leída
la narración de Herodoto, y el Museo ó Biblioteca de A le ­
jandría, donde al decir de Draper surge como por encanto la
ciencia, enmudecen en este punto. Por ningún lado, en fin,
asoma una ráfaga siquiera que alumbre la entrada y la sa­
lida del mundo politeísta. Graves obstáculos, sin duda, han
4« BOSQUEJO DE U N A F IL O S O F ÍA

obstruido el paso al viajero, ó un tupido velo ha cubierto


de sombras el horizonte.
¿Es que no habia puente para pasar de uno á otro lado
el rio desbordado de sus tradiciones? ¿Es que en ese vergel
de bellas fábulas no se criaba el aro para entretejer la her­
mosa guirnalda? ¿Es porque á pesar de ese cúmulo de siste­
mas científicos, aunque piedras preciosas del pensamiento,
faltaba, sin embargo, el arquitecto que habia de levantar el
soberbio obelisco, el circo máximo de la historia? Esa, sin
duda, era la causa de la oscuridad y desconcierto. Mas á
decir verdad, lo que sencillamente faltaba era una tradi­
ción segura del origen, por haberse roto en la confusion de
lenguas y dispersión de los pueblos; y principalmente lo
que faltaba era la idea de unidad de Dios, del mundo y del
hombre, idea simple pero esencial, y de un linaje que no
podía ser engendrada en el seno monstruoso del politeísmo.
Cierto que la enciclopedia pagana conocia de algún
modo la divinidad, elevándose en Platón á la idea de un
Dios fabricante, y en Aristóteles á la de Dios primer motor
del Universo; pero ni las teogonias, ni los filósofos conocie­
ron á Dios infinito, criador, providente. Cierto que en la es­
cuela atomista de Leucipo se vislumbraban ya los elemen­
tos de la materia, y en la cosmogónica de Thales los princi­
pios generadores de las cosas: cierto que la fuerza producto­
ra del movimiento va envuelta en el genio del fuego de los
Egipcios, en el calor radical ó inteligente de Hipócrates, en
el fuego artista ú operario de Galeno; cierto, en fin, que la
subordinación física de la tierra al cielo se indica y a por
Icetas y Empedocles, y aun la misma subordinación moral
está presentida en cierto modo en el Olimpo de los pitagó­
ricos, en la esfera del mismo Empedocles, y en el Iperurá-
nio de Platón: pero ni los sistemas cosmogónicos de los
primeros se elevan á la idea pura de creación y organiza­
ción del Universo, ni en las sublimes de los últimos apare-
C R IST IA N A DE L A H ISTO RIA. 49

cc cual es en sí la obra de Dios para mansión temporal del


hombre y gloria suprema del Criador.
Los antiguos, en fin, habían, estudiado al guerrero, al
sabio, al artista, al ciudadano; pero desconocían completa­
mente al hombre, hecho á imagen do Dios, descendiente de
un solo tronco, formado para la sociedad, sometido á un
orden moral, ligado con Dios por la religión; pero descono­
cían principalmente al hombre elevado á un orden sobre­
natural, encaminado á un destino eterno, á la visión beatí­
fica de la verdad, á la posesion del sumo bien, á la unión
con Dios por el conocimiento y por el amor dentro de los
límites de lo finito, y sin confundirse uno con otro, ni todos
con el ser, sino conservando su propia personalidad.
Para el politeísmo la división religiosa y social de len­
guas y de razas, de naciones y culturas, que de hecho rei­
naba en el mundo, era original y primitiva, y por tanto,
perpetua, definitiva é irremediable, no posterior é histórica,
no accidental y transitoria. Venia de los dioses, no de la li­
bertad y culpa del hombre; formaba parte del Universo y
de la vida, no era un trastorno introducido por el albedrío,
reparable, por tanto, por una intervención misericordiosa
del Criador, y el esfuerzo de la virtud por la cooperacion de
la criatura. No había, pues, historia, porque faltaba la uni­
dad de drama, es decir, de exordio, de argumento, de enre­
do, de desenlace, y por tanto, de actor que es la especie
humana, y de director que es la Providencia. Ni habia
puerta de escape para salir del laberinto de hechos, de la
confusion de ideas, de la falta de organismo en el cuerpo
de la humanidad.
' L a religión canonizaba esas divisiones con el sello de
sus creencias; la filosofía la elevaba á teoría en la construc­
ción de sus sistemas; la historia las perpetuaba con sus odios
de raza, con sus guerras de pura ambición, con sus leyes é
instituciones puramente nacionales, O pnr mejor decir, na­
¿o BOSQUEJO DE Ü N A FILO SO FÍA

cionales eran los dioses; organismo sustancial las castas en


Oriente, las clases en Roma, la esclavitud en todas partes;
dogmas filosóficos eran la desigualdad originaria, y la dis­
tinción histórica entre el hombre libre que gozaba de todos
los derechos de ciudadano, y el esclavo á quien Platón pri­
vaba de media mente, y según Aristóteles estaba destinado
á servir por naturaleza. El mundo politeísta, en fin, y para
decirlo de una vez, era la única edad histórica, desenvuelta
en la sustancial y perpétua de la división. Para destruirla
no es bastante que el A sia inaugure la unidad de agrega­
ción de lenguas y de razas en los colosales imperios ,Asi-
rio, Babilónico y Persa; ni que el Macedonio derrame la
copa de la cultura helénica por Oriente; ni que Rom a reúna
en una vasta síntesis, la idea en Alejandría, y el gobierno
en la Ciudad eterna.
A pesar de esas unidades de amontonamiento, de cul­
tura y de organización, que se traducen despues en un des­
potismo corruptor y disolvente manejado por monstruos,
que se llamarán Calígulas, ó Heliogábalos, la división reli­
giosa, social é histórica subsiste; y sólo se diferencia de la
anterior en que es ménos suave y natural, en que es más
confusa y disolvente, en que no tiene remedio ordinario,
porque al caer el coloso á empuje de las tribus bárbaras de
la Germania, ó salvajes de la Escandinavia, se hubiera
deshecho en fragmentos tan rudos, tan pequeños é irregu­
lares, que ni siquiera quedára la piedra angular para re­
construir sobre ella el alcázar de la civilización.
Pero no vayam os tan lejos en una hipótesis que des­
mienten los hechos, porque previsto de antemano el gran
cataclismo de la civilización y de la historia, estaban toma­
das las medidas por el sabio director del drama para que
de los escombros mismos surgiera el edificio, ó por mejor
decir, para que la ruina de la metrópoli del emporio, del
gran bazar de la div:=i^- sólo sirviera para abrir paso á la
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

m archa triunfal de la verdadera y sustancial unidad histó­


rica, que arrancando del origen, sobreponiéndose al revu el­
to mar de la división, se había reorganizado de altísima m a­
nera en el Calvario, y hacia cinco siglos que estaba asen­
tada sobre una roca inquebrantable, sobre la piedra que no
derrocarán las potestades del infierno, ni todos los em bates
de la impiedad y del error; E t portís in fe r í nonpravalebunt
advrrsiis cam.
CAPÍTULO III.

O S C U R I D A D É IN C E R T I D U M B R E DE L A H IS T O R I A

P O LITE ISTA D ESV A N ECID A S POR LA B IB L IA .

r a nsorpresa debió causar al hijo de Filipo la


m ajestuosa fig u ra del sumo sacerdote Jaddúa,
cuando enojado contra los judíos por no haber­
le ayudado en el sitio de Tiro, se presenta ante el con­
quistador m acedonio revestido con los ornam entos ponti­
ficales, y ofrece á su vista el te x to de Daniel, en que bajo
el sím bolo de la célebre estatua se significaban los cuatro
imperios precursores del reino de Dios. Tem plado el enojo
del guerrero por la actitud del sacerdote de Jerusalen y
en especial por haberle persuadido que las rápidas con­
quistas del vencedor de D arío estaban simbolizadas en el
tercer imperio; no sólo trata con benignidad á los habitan­
tes de la ciudad de Sion, sino que se vale de ellos para
colonizar el E gip to y fundár la ciudad que tom ando si;
nom bre habia de ser corte de los Ptolom eos y emporio del
antiguo saber,
BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

Pero más subida de punto debió ser la admiración del


Areópago, cuando San Pablo, despues de recorridas las ca­
lles de Atenas, y tomando pié de la inscripción al Dios des­
conocido Deo ignoto, dice á los sabios togados: EseDios que
vosotros adorais sin conocerle, es el mismo que vengo yo
á anunciaros como Criador del cielo y de la tierra, que del
tronco de un solo hombre hizo descender el árbol genealó­
gico del género humano. E n las pasadas generaciones per­
mitió que cada tribu, pueblo ó nación, marchasen por la
senda de su extravío; pero sin soltar nunca las riendas del
gobierno del mundo. Como provisor que es de tod o s'los
hombres, á cada uno le señaló su puesto respectivo en el
cuadro de la vida, y el tiempo oportuno en que le habia de
visitar según los inescrutables consejos de su sabiduría y
misericordia, definiens statuta témpora, rt terminas habita'
tionis eomm. Inmenso como es, no se puede encerrar su
figura en artefacto humano, y providente no está lejos de
cada tino de nosotros; antes bien en él existimos cuando
nos crea, infundiendo el alma racional, que saca de la nada;
en él vivimos, conservando nuestro sér y potencias, por
medio de las cuales somos en cierto modo linaje divino,
como ha dicho uno de vuestros poetas; y en él nos move­
mos como causas segundas y libres, movidas por la prime­
ra. En cumplimiento de la promesa que hizo al protopa-
rente al arrojarle del Paraíso, despues de hablar en varios
tonos y de muchas maneras por boca de los profetas del
futuro libertador, que habia de reparar los efectos del pe­
cado y de la muerte por un hombre introducidos en el
mundo; cuando ha llegado la plenitud de los tiempos, por
haber subido el error á su cumbre, y la corrupción á su
colmo, Dios ha enviado á su propio Hijo constituyéndole
Redentor del género humano para que por derecho de ri­
gurosa justicia haya de ser su Juez; y ese Hijo, que es su
Verbo, se ha anonadado hasta tomar la forma de siervo, y
C R IS T IA N A DE L A H ISTO RIA. 55

sufrir como el esclavo muerte de Cruz para redimir al hom­


bre de todas las esclavitudes; de la ignorancia y de las pa­
siones en el interior, y en el orden social de la cadena que
en todas partes pesaba sobre los hombros del infeliz escla­
vo. Verificada de este modo una renovación completa en
el hombre y por el hombre en la sociedad, todo quedará
restaurado en el cielo y en la tierra por Cristo; y así como
el hombre recobrará su dignidad de hijo de Dios, y las na­
ciones formarán una sola familia en la Iglesia, que es su
cuerpo místico, y que como él llegará á la edad de varón
perfecto, cuando la voz del Evangelio resuene en todas
partes; así la historia, cambiando de polos y de eje, rodará
en adelante por la órbita ele la unidad, no habiendo entre
todos los miembros de esta humanidad regenerada más
que un solo Dios, una misma fé y un solo bautismo.
Por el discurso de San Pablo en el Areópago, que si no
es del todo á la letra, tal como lo hemos extractado, está
todo tejido de palabras textuales del gran Apóstol, la histo­
ria toma una nueva fase, y en Atenas no sólo queda traza­
do por mano maestra un plan que no ocurrió á la sabiduría
pagana, sino que en cierto modo queda fundado el verda­
dero sistema de una filosofía de la historia.
Encerrado siglos enteros en el archivo del Tabernáculo
ó del templo, y en el más recóndito aún de una lengua ig ­
norada, el sagrado libro era casi desconocido aún despues
de la versión alejandrina. Pero al abrirse por manos del
cristianismo á los ojos atónitos del mundo pagano, en sus
páginas admirables vió éste por primera vez que en los
tiempos para él envueltos en la incertidumbre de la fábula,
ó en la oscuridad de recuerdos confusos é inconexos, ha­
bia una historia auténtica, con nombres propios, fechas fijas,
y tablas genealógicas, que subían al principio del mundo.
A llí vió que anterior á la cultura á la sazón en todo su refi­
namiento, y á civilizaciones ya gastadas, habia una civiliza-
¿ó bo sq u ejo de una f il o s o f ía

cion primitiva, que á todas daba origen, y elementos de


una cultura, que interrumpida por un cataclismo, vuelve á
florecer al calor del tiempo y con el riego de la humana in­
dustria, como retoñan con más vigor y lozanía los vástagos
del tronchado árbol, nutrido con la savia de fecundo cam­
po. E í mundo pagano vió asombrado, que antes de las olim­
piadas, de la guerra de T roya ó de los mármoles de Paros,
habia una tabla etnográfica que abarca el origen de todas
las razas, y de todos los pueblos; y que por el tronco de Noé,
en que todos se reúnen, sube la genealogía por diez gene­
raciones hasta Adán, único protoparente de todo el linaje.
A llí vió que anterior á la fundación de Atenas, de Menfis
ó de Tébas, Caín habia edificado una ciudad, que del nom­
bre de su hijo se llamó Henoch; que antes que Serapis
fuera adorado como Dios, y Niño deificara á Belo, y Cecro-
pe, inmolando un buey, ordenara el culto de Júpiter, Enos
habia invocado el nombre del Dios verdadero, el justo
A b e l ofrecía sacrificios que le eran aceptos, y en frase de
San Pedro, Noé era ya el octavo pregonero de la justicia di­
vina, la cual iba á castigar los pensamientos de los hombres,
atentos siempre á la maldad, y acabar con toda la cante
que había corrompido sus caminos. A llí vió que anterior á
los siglos de Solon y de Licurgo, y antes de las doce tablas
existían y a el precepto y castigos paradisiacos, cifra de la
vida humana, y los preceptos noético y abrámico, los ju-
diciales-sinaíticos, y sobre todo el decálogo, admirable com­
pendio de la ley moral y fuente del derecho. A llí vió que
antes del rito de la confarrcacion y de la célebre ley canu-
leya sobre el enlace de patricios y plebeyos estaba y a des­
crita la solemnidad de las nupcias en el de Isaac y Rebeca;
y más que todo consignada la institución misma del matri­
monio con sus dos propiedades esenciales, la unidad y la
indisolubilidad, que adulteradas por el mundo antiguo, vuel­
ve á restablecer el cristianismo, marcando al matrimonio
C R IST IA N A DE L A H ISTO RIA. 57

del Paraíso con el sello augusto de la santidad del sacra­


mento.
Y lo mismo sucede en las demás esferas de la vida y en
los demás ramos de la humana cultura. Todo se encuentra
ó por lo menos se apunta en la Biblia, antes que los pue­
blos emprendieran el largo itinerario de la separación; y
sobre todo antes que los dos clásicos por excelencia, apa­
rezcan en la escena de los tiempos históricos. Cuando Cad-
mo llevaba las letras á Grecia, estaba ya elevado el arte de
la escritura á su perfección sustancial en el Pentateuco, li­
bro al que ningún escritor iguala en alteza y sublimidad. Y
antes de la geroglifica ó cuneiforme existia ya la escritura
alfabética, en que sólo podian escribirse las fechas y nom­
bres de los Patriarcas, Y antes de la Clámyde griega ó la
pénula ó pálium romano, y aun antes que Minerva intro­
dujera el tejido en lana, se habla en el Génesis de la túni­
ca de José, del theristro 6 mantilla de Thamar, del velo que
puso sobre su rostro R ebeca al ver á su prometido Isaac,
y de la capa con que Sem y Jafet cubrieron las vergüenzas
de Noé, su padre. Y por la Biblia supo asimismo que antes
que Anfión inventara la cítara y Mercurio entregara la lira
á Orfeo, y los frigios recorrieran el Asia, aparece ya Jubal
tañendo la cítara y pulsando el órgano. Y antes que los ida-
cios y los dáctilos, según San Isidoro, introdujeran el hier­
ro en Grecia, y antes de Vulcano, según Cuvier, herrero de
Lesbia, Tubalcaín maleaba toda clase de obras en hierro y
en cobre. Y antes de la expedición de los argonautas, antes
que los sidonios convirtieran en naves los cedros del Líba­
no, según la Biblia, Noé constriña un arca de mayores di­
mensiones que todo navio conocido. Y antes del lepton y de
la mina ática, de la libra y onza romana, antes del dárico
del A sia (moneda acuñada) nos habla el Génesis de los 400
sidos de plata {en peso) con que compró Abrahan á Efron
Heteo el campo para enterrar á Sara. E l mundo pagano,
BOSQUEJO DE UNA FILOSOFIA

en fin, entendía por primera vez que las edades incierta y


fabulosa de Varron eran una época cierta, y una historia
segura: que lejos de haber andado los hombres errando por
los montes, como ganado grosero y mudo, al decir de H o­
racio, imitum et turpe pccits, que lejos de ser los egipcios
inventores de las artes y de la escritura y aun del lenguaje
como pretenciosamente contaban á los griegos; la cultura,
la civilización y el lenguaje eran contemporáneos del hom­
bre; y que antes del mundo por ellos conocido, habia un
mundo con todos los elementos de vida, con su religión, con
su sociedad org-anizada, con las artes necesarias á la vida,
con su línea g-enealógica desde el principio hasta que con
la rotura de las lenguas y separación de los pueblos, habian
estos olvidado lo que tanto les interesaba, su origen común,
su fraternidad universal y su idéntico destino y ya que no
olvidando del todo, al menos materializando groseramente
el de la vida futura en sus estigeas, olimpos, rios leteos, y
campos elíseos.
Pero no se limita el cristianismo á revelar al mundo el
misterio del origen, dando al hombre una cuna digna, á la
sociedad un centro fijo, á la historia una fecha segura, y á
la civilización el foco de un lenguaje inspirado por Dios;
no se contenta con ofrecer al mundo politeísta, anterio­
res á todos sus confusos recuerdos, siglos enteros de vida
social, con todos sus elementos sustanciales, con el destino
de los dos sexos resumidos en el castigo paradisiaco, con
la ley del trabajo (hoy proplamada por la economía) formu­
lada en el del varón, con detalladas nociones geográficas
sobre el sitio del Paraíso, con un Cain agrícola, un Jabel
padre de los que habitan en tiendas, con el cómputo astro­
nómico de los meses que duró el Diluvio, con la medida de
las dimensiones del arca, con la distinción de animales
mundos é inmundos, con la atrevida empresa de los fabri­
cantes de Babel, con el principio del reino de Nenrod en
C R IST IA N A DE L A H ISTO RIA. 59

Babilonia, con una tabla etnográfica de todos los pueblos,


lenguas y razas; orígenes de la historia de que sólo la Bi­
blia es documento auténtico. Ofrece además un cuadro com­
pleto de la vida social-primitiva y posterior á la dispersión.
Para convencerse de ello, sobre los elementos mencio­
nados, muchos de los cuales sobrenadaron en la catástrofe,
basta recordar los contratos que celebra Abrahan entre los
Cananeos, las alianzas de los R eyes del Ponto y del Elam
contra los de Pentápolis, la riqueza del botin que despues
de rescatar á su sobrino Lot indica la expresión de Abrahan
al de Sodoma, “nada tomaré de lo tuyo, desde un hilo de la
trama hasta la correa del calzado.,, Retrátase asimismo
aquella sociedad en la riqueza de la tienda de Abrahan, en
la espada con que vá á sacrificar á su hijo Isaac, en los zarci­
llos de oro de dos sidos y los brazaletes que pesaban diez,
destinados para Rebeca, en el disfraz hecho por la misma
R ebeca á su hijo Jacob, y en el anillo dado por Juda Tha-
mar: y por no mencionar las vestiduras del sumo sacerdo­
te, el arca y los querubines, el candelabro de oro y demás
utensilios del Tabernáculo, la Biblia ofrecía, en fin, al mun­
do asombrado la imágen de una sociedad, si no tan adelan­
tada en cultura como la Atenas de Fidias ó la R om a del
circo máximo, muy lejos al menos del estado salvaje ó bár­
baro, una sociedad verdaderamente civilizada.
No contento con esto, el cristianismo dispensa al mun­
do pagano otro servicio histórico de más subido precio, y
que debió causarle mayor sorpresa, si cabe aún, que la mis­
ma existencia de esa historia en la oscuridad de los tiem­
pos, cuyo velo á sus ojos levantaba. De boca del cristianis­
mo, y escrito en las páginas de la Biblia, no sólo aprendió
que entre el fárrago de sus fábulas habia un fondo de ver­
dad, entre las ficciones de sus mitos un fundamento histó­
rico, y en sus confusos recuerdos c inconexas tradiciones
reminiscencias de un seguro pasado; sino que en la tan
6o BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

sencilla como ignorada narración bíblica, se encerraba el


nudo que ata todos los cabos de las tradiciones, la clave
que explica todos los mitos y un criterio seguro para dis­
cernir todas las fábulas.
En medio de las tríades, emanaciones y deidades subal­
ternas, todos los pueblos reconocian un Sér Supremo, fuen­
te de las teogonias, autor de los demiurgos, ó como dice
el poeta, elpater Jiominum deorumque. Pues ese Dios des­
conocido de las calles de Atenas, es el que según Moisés
crió el ciclo y la tierra, y formó al hombre del limo, ins­
pirando en su rostro un soplo de vida.
Las antiguas cosmogonías hablan de seis tiempos, de
seis períodos, de seis creaciones, precedidos de un estado
de confusion, que los poetas llaman caos y Obidio térra
- pon tus eral.; y el Génesis en el primer capítulo refiere la
creación y organización del Universo, de manera que
asombra hoy á los geólogos con toda su ciencia. En los
mismos poetas son célebres el reino de Saturno, anterior á
la usurpación de Júpiter, la edad de oro y la primitiva fer­
tilidad de la tierra, per se ferebat oinnia tellns: y esas fra­
ses poéticas evidentemente son recuerdos alterados del Pa-
raiso, del estado de la inocencia, de la tentación de la ser­
piente. E l Epimeteo de Esiodo y el Prometeo de Esquiles
son un logogrifo en la fábula; pero como según la frase de
la Sibila, habia en ellas muchas mentiras que parecían ver­
dades, A d án inocente y Adán culpable, es la única solu­
ción del enigma y el fundamento de la fábula. Otra, aun­
que bien peregrina por cierto, corría con crédito, deslizán­
dose por la pluma inspirada del vate. Pandora, adornada
de todos los dones, movida de curiosidad, rompe el secre­
to, y al destapar la caja, salen en tropel los males que aso-
lan la tierra, quedando en su fondo la esperanza, por ha­
berla cubierto á tiempo. Pues bien, lo que en el mito no
tenia sentido, le encierra profundo en Eva, adornada con
C R IS T IA N A DE L A H ISTO RIA. Ól

todas las gracias de espíritu y de cuerpo y que sí por pri­


mera, es madre de todos los vivientes, por su culpable cu­
riosidad en saber el secreto del bien y del mal, es origen
de los males que afligen al género humano. Y la fábula de
los Titanes es tina mezcla de Adán, queriendo ser seme­
jante á Dios, do los gigantes famosos en su siglo, á srculo
fa m o si y de los fabricantes de Babel, con pretensiones de
edificar una torre, cuya cumbre tocara al cielo. Y el audaz
linaje de Japoto, robador por malas artes del fuego, ora en
Horacio una falsa aplicación de la escena paradisiaca al
Japhet, hijo de Noé, de que indudablemente descendían los
pelasgos. Y el Xisustro Caldeo, y el Nic-Timus de Apolo-
doro (del hebreo Nuch y Tim el justo) en cuyo tiempo su­
cedió el dilim o de Deucalion, como el N iu-wa de los chi­
nos y con otras denominaciones el de otros pueblos, es sin
duda el Noé de la Biblia, Y los sacrificios y las tradiciones,
los oráculos y los augures, el prestigio de los sacerdotes y
la autoridad de los reyes, el rito religioso de las nupcias, y
hasta el carácter sagrado de los enterramientos, todas las
instituciones fundamentales de la religión, de la familia y
de la sociedad tienen su origen, aclaración y recta y segura
interpretación en la Biblia.
A l mundo pagano debió sorprender una narración tan
clara, que á primera vista es entendida, tan sublime que to­
dos sus filósofos no acertaban á profundizar, y tan autén­
tica que toda la erudición de su clásica enciclopedia no
era poderosa á desmentir.
D e tal modo disipaba las tinieblas, colmaba las lagunas,
ataba los hilos, y resolvía á la vez las cuestiones más altas
de la ciencia y los grandes problemas de la historia, que de
todas las ideas y sistemas que habían cruzado por la men­
te, descartadas sus aberraciones ó inconsecuencias, forma­
ba una gran teoría y de la enmarañada urdimbre de sus
vag-os recuerdos, la única historia cierta del principio, el
62 BOSQUEJO DE Ü X A FILO SO FÍA

único árbol genealógico y etnográfico de pueblos diversos,


y la única cadena de trasmisión no interrumpida, por cuyos
anillos se enlazaban todas las culturas con la civilización
primitiva.
Y esto con tanta mayor razón, cuanto en el punto mis­
mo en que parece despedirse de las tribus y razas disper­
sas en Babel, para limitarse en la biografía de Abrahan al
pueblo depositario de las tradiciones y portador de las pro­
mesas, es donde constituye el nudo capital de la historia.
En realidad, la Biblia no sólo no suelta del todo las rien­
das de la dirección histórica de esos pueblos extraviados,
sino que al contrario, por el cabo del común oríg-en retiene,
con repetidos avisos llama, y con el prodigio de Pentecos­
tés volverá á congregar en el seno de la unidad á todos los
pueblos de la dispersión. E l carácter de universalidad his­
tórica de la Biblia, aun en el momento mismo en que, vin­
culada la promesa al padre de los creyentes parece estre­
charse el panorama de la narración al pueblo de Moisés, es
claro en todas las páginas del Testamento antiguo. A l decir
Dios á Abrahan en tu semilla serán benditas todas las na­
ciones, es como si le dijera: el Redentor descenderá de tí,
pero será para bien del género humano. Y consiguiente á
esta intención trascendental del pensamiento bíblico, los
profetas llamarán al futuro Preparador, cspcctacion de las
naciones, deseado de todos los pueblos; y el hebreo en sus
peregrinas ó más bien providenciales vicisitudes, muestra
bien claro este destino histórico trascendental. Poniéndose
en contacto con la civilización egipcia en su mansión en el
país de los Faraones, con la fenicia al ocupar la tierra de
Canaan, con la.asiro-babilónica en las dos cautividades, asis­
tiendo al nacimiento y ruina de la persa, constituyendo una
colonia griega, y traduciendo á esa lengua la Biblia en el
protector reinado de los Ptolomeos; el pueblo de Dios está
presente á todas las grandes vicisitudes de la civilización.
C R IST IA N A DE L A HISTORIA.

Los acontecimientos principales de ese pueblo, entázanse,


por tanto, con las graneles evoluciones cíe la historia poli­
teísta. Y si de los sucesos remotos quedaban rastros en los
antiguos historiadores, de los recientes envueltos en las
grandes transformaciones religioso-sociales, estaba aún fres­
ca la memoria y vivo el recuerdo en la tradición y en los
anales.
E l caldeo Beroso y el egipcio Jerónimo, para no men­
cionar la undécima tabla del poema de Isclubar, hallado re­
cientemente en la Biblioteca de Asurbanipal, describen el
Diluvio de una manera semejante á Moisés; el mismo Be-
roso y el poema de Isdubar con Maneton recuerdan la lon­
gevidad de los patriarcas; A bydene y Eupolemon refieren,
aunque en lenguaje politeísta, la fabricación de la torre B a­
bélica y la confusion de lenguas; Hecateo, Polyliistor y Eu­
polemon hablan de Abrahan: el mismo Polyhistor del sa­
crificio de Isaac y de la vida "de José, y Artapan, en fin, del
tránsito del mar Rojo. Y como por otra parte Dion Casio,
Justino y otros varios autores recogidos por Iluetio en su
conocida Demostrado)! evangélica, y por Calmet en las eru­
ditas disertaciones insertas en la Biblia de Vence, muestran
conocer y no se atreven á desmentir los principales hechos
de la narración bíblica; al presentarse esta á la vista del
mundo pagano, con todo el cortejo de altísimas y purísimas
nociones acerca del origen del mundo, del hombre y de la
civilización, y con la ordenada filiación de los hechos capi­
tales de la historia; el politeísmo abrumado por el peso de
una evidencia, que no era poderoso á empañar; si en el or­
den especulativo de la idea pretende tergiversar la bíblica
con la teosofía neoplatónica, ó mistificación de la Gnosis;
en el práctico de los hechos se rinde á discreccion ante la
antigüedad de la narración inspirada, pagando un tributo
involuntario á su histórica realidad. L a historia bíblica, no
sólo es auténtica, sino perpetua y universal. Arranca del orí-
0 4 ____ BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

gen; en el nudo de la continuación lleva en su frente mar­


cadas las ideas de unidad y de universalidad; se enlaza con
todos los grandes imperios y civilizaciones en el Testamen­
to antiguo, para reunir despues á todos los pueblos de la
tierra en una sola Iglesia católica: es, por tanto, un libro
singular.
Toda otra literatura languidece y muere en el suelo
que la ve nacer, como que en todo otro terreno siempre
será una planta exótica. A sí la védica y bramínica, lozana
en propio suelo y en un tiempo dado, se marchita y des­
hoja perdida en el olvido por muchos siglos, hasta que la
curiosidad del erudito venga á recogerla ya inodora y des­
colorida. A sí la griega, ingerta en el tallo de la romana,
queda amortecida siglos enteros," hasta que reavivada en
los últimos tiempos, produce algunas flores de imitación y
frutos no del todo sazonados, que si á propósito para embe­
llecer la forma, embriaga en cambio el espíritu cristiano de
la Europa, envenenando el pensamiento con el virus de la
idea pagana.
La Biblia, por el contrario, aunque nacida en un rincón
del mundo y envuelta en una lengua ignorada, como si fue­
ra contemporánea de todas las épocas, nativa de todos los
países y amoldada á toda clase de lenguas, climas y cultu­
ras, destila el suave licor de un espíritu capaz do infiltrarse
en las venas de toda clase de sociedades. En tiempo de
los Apóstoles, ó por lo menos en el siglo I tradúcese y a á
dos lenguas tan distantes como la siriaca, llamada Pesclu-
to, y la ítala, versión hecha para los pueblos latinos, ade­
más de estarlo y a antes á la helénica con la versión alejan­
drina: y luégo surgen traducciones donde quiera que suena
la voz del Evangelio, y es recibida la moral de la Cruz. La
etiópica existia ya en tiempo del Crisóstomo; la arménica
en el siglo V; la samaritana mucho antes del sétimo. H ay
además varias arábigas, alguna antiquísima, la pérsica y es­
C R IST IA N A DE L A H ISTO RIA. 65

clavona, sin contar las vulgares que hoy existen en todos


los países del mundo. Y no sólo se ha traducido la Biblia
á todas las lenguas, sino que las ideas, costumbres é insti­
tuciones sociales de todos esos pueblos, se han inspirado en
su doctrina, moral é instituciones religiosas. Y lo más pe­
regrino del acontecimiento, es que en todas partes se han
encontrado conformes, las tradiciones y recuerdos naciona­
les, con el origen que da á la vida ese libro excepcional,
que sólo viene á desembrollar los recuerdos, rectificar las
ideas, purificar las instituciones y costumbres, y sobre todo,
á reanudar los hilos históricos de una trama que rota ó en­
redada en todas partes, carecía del nudo central que la
reordenara y restableciese.
D e esta ligera y desgreñada reseña, resultan cuatro he­
chos tan universales como evidentes, que el más exagerado
escéptico no se atreverá á disputar ni menos á desmentir.
i.° E l mundo politeista por haber olvidado, ó más bien por
conservar tan sólo recuerdos confusos del origen, descono­
cía por completo el verdadero y doble destino del hombre.
,2.° El Evangelio disipó la noche del paganismo, como el as­
tro del dia al nacer, al mismo tiempo y de una vez en toda
su circunferencia, es decir, esclareciendo los albores de la
vida con nociones sencillamente sublimes y con documentos
auténticamente gráficos; despidiendo, como el sol en pleno
dia, en la plenitud de los tiempos, el resplandor de la re­
dención; y anunciando con la luz misteriosa de la profecía la
carrera toda de la historia, hasta que hundiéndose en el oca­
so del fin, comience el dia eterno de la resurrección. 3.0 E l
mundo pagano es deslumbrado al principio por tan súbita
é inesperada aparición, oponiendo tenaz resistencia la razón
al claro oscuro del misterio, las pasiones al 37ugo suave de
la ley, la costumbre á ser arrancada de raíz, las religiones
á despojarse del prestigio de su prescripción, y el poder á
ser dividido en dos reinados, quedándose el Cesar aunque
66 BOSQUEJO DE U N A FILO SO FÍA

más sólido y afianzado con lo que es del César, al entregar


al sacerdocio la conciencia que sólo pertenece á Dios. Pero
en medio de esta lucha de ideas, de sentimientos y de cos­
tumbres, en esa lid de politeismo á Evangelio, y en la más
desigual aún de la invencible fortaleza del mártir, á la refi­
nada crueldad del perseguidor; la historia bíblica del origen
permanece intacta y á cubierto de toda discusión. 4.0 Desde
que el cristianismo con la Biblia en la mano reveló al hom­
bre, á la sociedad y á la historia, su origen y el hilo seguro
de su continuación, la Biblia ha sido siempre el primer ca­
pítulo de la historia, el guía seguro de la sociedad, el faro
y la norma de la civilización.
Acudian tarde, por tanto, los incrédulos del pasado si­
glo al disputar la autenticidad de los milagros sinaíticos y
evangélicos; y andan fuera de camino los racionalistas del
presente, al reducir á simple literatura del pueblo hebreo
un libro, que con prendas de autenticidad, que ningún otro
reúne, les excede á todos en la alteza del pensamiento y
en la amplitud y unidad del plan. Probada hasta la eviden­
cia la certeza del milagro bíblico por apologistas tan insig­
nes como Huetio en su ya citada Demostración evangélica,
por "Valsechi en las Fuentes de la impiedad, por Bergier en
sus variados escritos, y por nuestros Rodríguez y Cevallos
en el Filoteola y Falsa filo so f ía, sin contar con los numero­
sos de este siglo, desde las Conferencias de Fraisinous y el
Ateo convertido, hasta H ctinger y los Estudios de A u g u s­
to Nicolás; sobre la tumba del descrédito en que yace se­
pultada la enciclopedia, bien podemos acusarla de igno­
rante, al poner en tela de juicio la autenticidad de un li­
bro, que es el natural comienzo, el lógico desenlace y el
punto central de la historia. Asimismo comparado con pro­
fundidad esquisita por Federico Schlegel con todas las li­
teraturas antiguas y modernas; y puesta de manifiesto su
benéfica influencia en todas las esferas; en Filosofía por v a ­
C R IS T IA N A DE L A HISTORIA, 67

rías historias de heregías, singularmente la del Gnosticis­


mo de Matter, en el Derecho por Troplong, en la familia
por Gaume, R áulica y Catalina, en la sociedad por Donoso
Cortés, en la civilización europea por Balmcs, y en los de­
más ramos por otros que seria enojoso enumerar; no con­
sentiremos la nueva táctica racionalista que consiste en sa­
ludar al principio á la Biblia con cierto respeto, para despo­
jarla después de su sobrenatural originalidad. L a Biblia,
con efecto, es la historia del pueblo de Dios, y el reflejo de
la cultura del pueblo hebreo. Pero sin perder nada de su
carácter nacional, es todavia más, infinitamente más que
una literatura dada. Distínguese de todas ellas como lo ce­
lestial de lo terreno y lo humano de lo divino. E l Edda de
la Islandia, el llamado poeta celeste Ferdusi persa, y aun
los mismos celebrados poemas de la antigüedad de que
antes hicimos mención, sobre el fondo de un pasado oscu­
ro, y el estrecho molde de un presente limitado, carecen
de punto de apoyo para extender su mirada al misterio del
porvenir. L a Biblia, por el contrario, esparce su vista por
todo el horizonte de la vida, de un borde al otro del tiem­
po, tocando en ambas orillas el océano de la eternidad.
Si no en los detalles, cuya descripción deja al trabajo é in­
vestigación de los siglos, en su conjunto, y sobre todo por
el cabo de los grandes sucesos abarca la inmensa circun­
ferencia, cual es menester al destino del hombre, y en
cuanto conduce al sabio plan de la Providencia.
Por eso da del origen las nociones necesarias para co­
nocer la grandeza de la creación, la dignidad del hombre,
el tronco de la sociedad y el foco de la civilización. Por
eso siguiendo el hilo de los sucesos, lo bastante para enla­
zar el origen con el medio, va atravesando por entre las
grandes evoluciones de la historia, desde la división de los
pueblos en Babel y las civilizaciones primitivas, hasta los
cuatro imperios que en la estatua de Nabuoodonosor ve
68 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

surgir Daniel, antes que aparezca el reino de Dios. P o r eso,


fin, penetrando con perspicaz m irada en el secreto del
porvenir, así como ordena el de la prom esa al mundo cris­
tiano, pintado con vivísim os colores en el poético cuadro
de la profecía; así también en el Evang'elio, en las cartas
de San Pablo, y sobre todo en el A pocalipsis, rotos los sie­
te sellos que le cerraban, abre á la vista del mundo las épo­
cas de la Iglesia, y la suerte de las naciones, escritas anti­
cipadam ente en las páginas misteriosas del porvenir. L os
racionalistas nunca podrán desentenderse del peso de este
argum ento. T odo otro libro que no sea él, está por todas
partes rodeado de límites; en lo pasado por la oscuridad
del origen, en lo presente por lo estrecho de su alcance, en
lo futuro por ser im penetrable á la m irada del débil mor­
tal. Sólo la B ib lia es la que, apoyándose para lo pasado en
el terreno firme de una tradición segura; siguiendo en lo
presente el 110 interrumpido hilo de los sucesos que des­
cribe con toda la autenticidad de la historia; y anunciando
de antem ano lo futuro con el alcance de la profecía; la
B ib lia es el único libro que abarca entero el plan y en toda
su am plitud la vida, desde la creación, que es la puerta de
entrada del hom bre en escena, hasta la resurrección, que
será el destino final del hombre, y el lógico desenlace de la
historia.
L A H IS T O R IA EN E L C R IS T IA N IS M O .

L mundo pagano, por haberlos profundam ente es­


tudiado, conocía bien al poeta, al orador, al filóso-
: fo, al artista, al narrador, al guerrero, al ciudada­
no: pero apesar de su en cierto m odo anatóm ico análisis,
desconocía por com pleto al hombre en su dignidad y en su
destino, y á la historia en su comienzo, en su encadena­
miento y en su designio. Partiendo de recuerdos confusos
e inconexos del pasado, con una mirada al presente, que no
se extendia más allá de las fronteras del imperio romano,
era im potente para penetrar en la misteriosa oscuridad del
porvenir, y m ucho más para atinar el secreto del desenlace
y del fin. E ste es un hecho que nunca alcanzarán á des­
m entir ni las tortuosidades del más artero sofisma, ni el
aparato de la más portentosa erudición. M as paralelo á él
h ay otro hecho evidente que basta ser enunciado para que
nadie se atreva á rechazar. L a Biblia, ó más bien el cristia-
7o BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

nismo con la Biblia en la mano, descorriendo súbito y de


una vez el velo que la ocultaba, m uestra á los ojos del
mundo atónito el espectáculo de un ciclo nuevo y una tier­
ra nueva: es decir, el ciclo con un Dios criador y providen­
te en vez de los Saturnos destronados, y de los Joves usur­
padores, en vez de los Belos divinizados, ó de los D em iur­
gos fabricantes; y la tierra, es decir, una cronología de tiem ­
pos olvidados, una sociedad de cultura y civilización des­
conocida, el hilo genealógico que enlaza el principio con
los tiempos históricos, y la lucerna de la profecía que alum ­
brando el camino de lo futuro, une el medio con la consu­
mación y el fin. Y ante ese acontecimiento que cambia el
punto de vista de la inteligencia, y m uda los polos de la
historia, el mundo pagano, arrojando de sus ojos las esca­
m as que le cegaban, como San Pablo en el camino de D a­
masco, vió de repente y en toda su extensión el horizonte
de la vida del tiempo aun en el extrem o con que toca en
am bas orillas al océano de la eternidad.
L a idea, pues, de la historia no es debida, ni á Budda el
g ran reform ador de religión, ni á Sócrates el m ártir de la
filosofía, ni á P latón el teólogo del paganism o, ni á Zoroas-
tro el autor de la palabra de luz (Zcndavesta), ni á H om e­
ro el que, al decir de Lucrecio, encendió entre tinieblas la
luz de la verdad, ni á H erodoto llamado com unm ente el
padre de la historia.
L a historia, y su verdadera filosofía es una idea emi­
nentem ente bíblica, ó más bien cristiana; es debida á Moi­
sés, él pastor de las ovejas de Jetro en el desierto de la
Arabia; á Daniel el cautivo de Babilonia; á Juan el dester­
rado de Patmos; á Pedro el pescador del lago de Genesa-
ret en Galilea. Cuando al salir del cenáculo el dia de P en­
tecostés, y con una sola voz escuchada por hom bres de dis­
tintas lenguas y naciones, por árabes y elamitas, por los
de Creta y Mesopotamia, por partos y medos, del Ponto y
C R IS T IA N A -DE L A H IS T O R IA . 7I

de la Libia y aun peregrinos romanos, anunciaba San P e­


dro la buena nueva; el mundo pagano reunido en represen­
tación en las calles de Jerusalen, sorprendido al principio
ante lo grandioso y nuevo del acontecimiento, recibe des-
pues con docilidad la doctrina del pescador de Betsaida; y
cuando al volver á su respectivo país publicando las m ara­
villas de Dios ■magnalia D ci, por medio de estos peregri­
nos universales é improvisados mensajeros, oye por prim e­
ra vez el mundo pagano, no sólo que el U niverso tiene un
cronista seguro, el hom bre una genealogía cierta y no in­
terrum pida desde el origen, y los pueblos una historia au­
téntica que comienza al dispersarse en Babel; sino que
borrada la línea divisoria de las religiones y civilizacio­
nes, desvanecidos los aborígenes y las castas, despoblada
la natxtraleza de dioses, de teurgos y de h é ro e s, y res­
tablecidas las relaciones del mundo con el hom bre y del
hom bre y del mundo con Dios, en este día, decimos, queda
inaugurada una nueva era de unidad por encim a de todas
las divisiones de razas y de lenguas, siendo el m aestro de
la doctrina, el cimiento del edificio, el comienzo de la n u e ­
va edad, Pedro, y su anuncio solemne, y su declaración ofi­
cial, y su histórica investidura, el dia de Pentecostés. Y
como el sol al nacer que esclarece á un tiem po y de una
vez todos los puntos del horizonte, la luz evangélica y la
idea histórica de la Biblia alum bró el mundo politeísta en
su inmensa circunferencia: y nadie dudó de su verdad, como
ningún ojo abierto se resiste á recibir la claridad del día.
La filosofía greco-oriental sincretizada en Alejandría,
deslum brada por el vivo resplandor del Evangelio, ensayó
tem plar su brillo con la mezcla del error, dando origen á la
heregía. E l sacerdocio idólatra cuyo prestigio minaba; el po­
der absorvente á cuya tiranía ponía un freno, y la costum ­
bre inveterada, cuyas raíces no se arrancan de súbito, se
levantaron en son de protesta y suscitaron persecuciones
72 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

que produjeron el sublime heroísmo del martirio: y no fal­


tó quien cerrando tenazm ente los ojos á la evidencia, ensa­
yara negar la autenticidad del m ilagro, erigiendo la n ega­
ción en lo que en los tiempos de Celso, lo mismo que en
los de V oltaire se habia de llam ar incredulidad. Pero á nin­
gún herege, filósofo, sacerdote, jurisconsulto, á ninguna es­
cuela, institución, ni costumbre, se le ocurrió n eg ar la his­
toria bíblica. E ntonces fué para todos cierto que desde
A dán por las genealogías de los Patriarcas ante y postdi-
luvianos; y la tabla etnográfica que ofrece Moisés en el
Génesis; la historia baja sin interrupción de A brahan á J a ­
cob, á Josué, á David, á Zorobabel, á Jacob padre de José,
esposo de María, de la cual nació Jesús que se llam a Cristo.
A sí es que abandonadas como absurdas las teorías teo
y cosmogónicas del politeísmo, el mundo dió crédito á Moi­
sés, prefiriendo á toda otra explicación el prim er capítulo
del Génesis. Y en vez de seguir juzgando á los egipcios
como inventores de la palabra y del lenguaje, á los indios
de la religión, á los asirios é imperios orientales de la or­
ganización social, á los helenos de la poesía, de las artes
y de la filosofía, y á los decenviros del derecho, y á todos
de la civilización; el mundo vio con asombro y creyó con
sencillez, que los elem entos fundam entales de todas esas
cosas estaban ya apuntados unos, desenvueltos otros y se­
ñalado el origen de todos en la Biblia; y de común acuer­
do, entre amigos y adversarios, entre los que abrazaban
sumisos la fé y entre los que la rechazaban ó trataban de
desnaturalizarla, quedó la Biblia como único docum ento
histórico de los tiempos primitivos, como única cadena de
sucesión de los intermedios, como el punto central de todos
los tiempos, es decir, como la historia del género hum ano.
Y esta quizá es la causa de que en la edad cristiana
inaugurada en Pentecostés, en los primeros siglos, lo mis­
mo que en la época del llamado renacimiento, no se haya
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 73

dado á este libro singular la im portancia histórica que de


derecho le pertenece. L a Biblia es como el astro del dia.
Por lo mismo que derram a su luz con tan ta abundancia, y
de una m anera tan regular, todos se aprovechan de su cla­
ridad, pocos y sólo ocasionalm ente piensan en lo porten­
toso del beneficio. M ientras ni uno ni otro es disputado, n a ­
die se cuida de averiguar la grandeza del espectáculo, los
títulos y legitim idad de su posesion. E n los prim eros siglos
se explica fácilmente el fenómeno. A dm itida universal-
m ente la autenticidad del hecho, que testificaba el pueblo
judío custodio del libro, y el cristiano, que era el cum pli­
miento de su profecía, y la realización de sus figuras y de
sus tipos; la cuestión entre el politeísmo y cristianismo, no
versaba sobre el continente, sino sobre el contenido de la
Biblia; sobre la doctrina, no sobre el hecho de la unidad,
que como no desenvuelto aún, no podia m edirse en toda
su amplitud y extensión. Bajo la norm a y autoridad de la
enseñanza viva de la Iglesia que siem pre h a abarcado la
doctrina, moral y ritos necesarios al destino eterno del
hom bre que es su principal misión; la polémica científico-
histórica estaba contenida dentro de los límites que seña­
laban la necesidad y las circunstancias.
B astante hacian los padres apostólicos Ignacio, H ér-
mas y Policarpo.en exponer catequística y tradicionalm ente
los (dogm as fundam entales de nuestra fé; y los apologistas
Justino, Cuadrado y Tertuliano, en defender la doctrina y
practicas cristianas de la calum nia y de la persecución: y
los heterodoxógrafos Ireneo, Hipólito y Epifanio en rese­
ñar. las fases de la heregía, separando la levadura del sis­
tem a teosófico-oriental de la pura flor de la verdad evan­
gélica: y harto hacian, en fin, Orígenes, Luciano y H esy-
chio, en preservar el texto bíblico de toda errata, reunien­
do el primfero todas las versiones en sus célebres sexaplas.
No quiere decir esto que en medio de la trem enda lu­
74 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

cha filosófico-r eligios a em peñada entre las escuelas heré­


tica de los gnósticos, é incrédula de los neoplatónicos de
una parte, y de la otra de los apologistas de la religión, de
los refinadores de heregías, de los com entadores de la Bi­
blia, de los padres, en fin, que al explanar todos los nuevos
horizontes que en el dogm a y en la m oral abriera á las in­
vestigaciones del hum ano entendim iento la luz de la ver­
dad cristiana, no quiere decir que se descuidaran por com­
pleto los estudios históricos y las múltiples relaciones de
la Biblia con la historia de los pueblos antiguos, con el ori­
gen de la sociedad y de la civilización, y con la sucesión
ordenada de los hechos históricos. A l contrario, la polémi­
ca entre el antiguo politeísmo y el cristianismo naciente,
por la exigencia de sus parangones, y toda clase de inves­
tigaciones arqueológicas, rueda ya claram ente en un ciclo
histórico, distinto y superior al politeísta. San Justino, en
su prim era Apología pone los absurdos y abominaciones
del paganism o enfrente de la verdad cristiana p ara dedu­
cir su superioridad; y al exponer las profecías en su Diálogo
contra Trifon, hace y a notar que en ellas estaba prom etida
la redención á todos los pueblos. San Ireneo, en su libro
Contra las Heregías, al p ar que abraza en su refutación la
economía del dogm a cristiano y los puntos cardinales de la
filosofía, com prende además la historia por la com paración
que hace de los dos Testam entos. San Clemente de A lejan­
dría avanza más aún; en su Exhortación á los Gentiles, en
el Pedagogo y sobre todo en los Stróm atas exam ina el ori­
gen y vanidad del paganismo, establece la anterioridad de
la doctrina mosáica á los sistemas de los griegos: sostiene
que los filósofos tom aron m uchas cosas de los judíos, que
lo que en ellos hay de verdad se contiene todo en el cris­
tianismo, y que la fé, lejos de ahogar ó entorpecer, al con­
trario, ennoblece todos los ram os de la ciencia, siendo de
ello él mismo sin pretenderlo, una m uestra, una prueba y
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA , 75

un ejemplo. Y T ertuliano resum iendo el derecho romano


en el magnífico alegato que titula el Apologético, y San
Cipriano en su libro Sobre la vanidad de los ídolos, y Ar-
nobio en sus D isputas contra los gentiles, y Lactancio en
sus Instituciones D ivinas, son otros tantos docum entos de
la alteza y perspicuidad con que se m iraban los sucesos
desde el punto de vista cristiano.
Cuando una idea nueva y generatriz aparece en el
m undo, sucede que todas las inteligencias rem ontan á la
vez su vuelo. E l cristianismo fué como la lluvia que cae
en tierra seca, y hace germ inar á la vez diversas semi­
llas, estériles por falta de riego: como una gran palanca,
que levantando un pavim ento eleva á la vez todos los ob­
jetos que en él tienen su base y su asiento. L a unidad del
género hum ano en A dán, y la universalidad de la reden­
ción en Jesucristo, ideas cardinales de la historia, de cuyo
desconocimiento procedía la estrechez de miras y el falso
criterio politeísta, flotan ahora en la superficie de todas laa
inteligencias, sirven de norm a á todas las discusiones
históricas, y son debidas única y exclusivam ente al cristia­
nismo. Y decimos al cristianismo y no á la Biblia, ó más
bien, á la Biblia en manos de la Iglesia, porque fuera de su
seno la semilla de suyo fecundísima, ó no brota, ó perm a­
nece mustia, sin savia y sin flor, com pletam ente infecunda.
Los sistemas greco-orientales que constituyen ese con­
junto de heregías, cuyo catálogo desde Dositeo á Noeto,
nos traza, elevándolas á la cifra de 32, San Hipólito, no
acaban de salir nunca, en su concepción ideológica y en
sus rasgos históricos, del ciclo politeísta. Más aún: Josefo y
Filón en sus respectivos libros de las A litigue dudes judái-
cas, aunque por tom ar por base y por guia los libros del
Testam ento antiguo, se rem ontan al principio del mundo, y
siguen con ilación los sucesos enlazados al nudo de la B i­
blia; dominados por la preocupación estrecha de los judíos,
76 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

no saben elevarse al concepto de universalidad, apuntado


y a en la prom esa de A brahan, y desenvuelto en las m ag­
níficas descripciones de los profetas; no llegan al verdadero
concepto de la historia una, de la unidad universal que h a­
bia de tra e r consigo el Mesías. Sólo se distinguen de los pa­
ganos en la ventaja de tener la Biblia en sus manos: en dar
un comienzo cierto á la aparición del hom bre sobre la tier­
ra, y en enlazar la cultura de los pueblos antiguos con la
civilización que se salvó del terrible naufragio del Diluvio.
E n este punto, y sobre el filósofo de Alejandría, y e{
historiador de la guerra judaica, es inm ensa la superioridad
de Eusebio de Cesarea, en cuya plum a se reviste de forma,
en cierto modo la idea histórico-cristiana, y tom a cuerpo la
verdadera idea de la historia. Su Cronicou es el bosquejo:
la Preparación evangélica, los perfiles y el colorido; y la
H istoria eclesiástica la corona y complemento del cuadro.
E n el primero, siguiendo y com pletando la cronografía de
Julio Africano, ordénalos sucesos con la m edida de los paí­
ses y el hilo de los tiempos. En el tercero, tom ando por
punto de partida el cristianismo, describe la historia de la
Iglesia en los tres prim eros siglos, dando m enuda cuenta
de la sucesión de la gerarquía, de los errores que preten­
dieron oscurecerle, y de los escritores que salieron á la de­
fensa para disipar las nubes de la heregía que se interpo­
nían entre el ojo de la fé y el sol clarísimo de la verdad,
siendo la más com pleta que de esos siglos poseemos. Como
interm edio entre los tiempos antiguos y la era cristiana*
como puente que pone en comunicación las riberas de am­
bas edades, como lazo que une el tiempo de la prom esa y
espectacion y el m undo del cumplimiento, está la que llam a
con oportunidad, preparación evangélica, á la que sigue
otro con el título de Demostración, que no es más que su
consecuencia.
Y aquí es donde se m uestra principalm ente la superio­
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA . 77

ridad del criterio histórico cristiano sobre la estrecha m ira­


da del politeísmo. Sin ponderar la vasta erudición que
abarca más de cuatrocientos autores, m uchos de los cuales
se han perdido, y sólo se conservan en los fragm entos que
el Obispo de Cesarea estam pó en su obra, bastará apuntar
algunas de sus ideas, como m uestra de la alteza del plan y
amplitud de su m irada histórica.
El Evang-elio no fue recibido en el mundo á cieg-as y sin
escrupuloso exámen, sino pasando antes por el crisol de la
discusión, y la piedra de toque del exámen, en que se aqui­
lató el oro de su doctrina, superior á la filosofía. Pasando
revista á las cosmogonías y teog-onías paganas, la de los
fenicios tal como la describe Sanconiaton, la de los egip­
cios contenida en M aneton, la de Grecia en Diodoro de Si­
cilia y Evem ero, y las teorías filosóficas acerca de Dios y
del mundo en las obras de Platón; todas las encuentra fal­
tas y erróneas, y sólo verdadera la de Moisés. Y en las fa-
bulas de la m itología sólo ve ficciones de los poetas, aun­
que sobre un fondo de verdad histórica; y en los signos
alegóricos una desnaturalización de lo sobrenatural, y gro­
sera idolatría; y en los oráculos una tergiversación de la
profecía, pero vacía de sentido; y en el fa tu m de la filosofía
y de la m itología la adulteración de la Providencia. Con
textos de escritores griegos prueba además, que los filóso­
fos tenian noticia de los libros bíblicos, y que lo bueno que
el paganism o habia producido en artes, letras y ciencias, lo
habia recibido de los que por desden llam aban bárbaros; que
entro los sistemas de filosofía reinaban contradicciones in­
franqueables; que en lo que conservaban de tradicional, se
conform an con los recuerdos de los hebreos; de todo lo cual
deduce la superioridad doctrinal o histórica de los hebreos,
ó sea de la Biblia, sobre todas las doctrinas del politeísmo.
Con tan magnífica preparación fácil le era al insigne
historiador probar en su dem ostración evangélica la verdad
BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

del cristianismo, fundado en los motivos de credibilidad, ya


antes de él expuestos do un modo ú otro por todos los apo­
logistas.
No vam os ahora nosotros á tejer la apología del bió­
grafo de Constantino, sabiendo y lam entando la acusación
que se le hace de haberse inclinado á la hercgla de Arrio,
y siendo, como si dijéramos, el Erasm o del siglo IV. Lo que
sí nos atrevem os á afirm ar es que, si el edicto de Milán es
la declaración oficial de la victoria conseguida por la san­
gre de los m ártires sobre la sociedad rom ana y la corona
de los Césares, las obras del Obispo de Cesarea son la señal
del triunfo de la idea histórica del cristianismo sobre la idea
politeísta. E l paganism o habia luchado tres siglos por des­
truir el hecho capital y central de la historia; en el Oriente,
y singularm ente en Alejandría, con las arm as de la ciencia;
y en Occidente y sobre todo en Rom a, con leyes tiránicas
de persecución. L a conversión de Constantino es la decla­
ración solemne y oficial de la superioridad de una sobre la
otra, el acta auténtica del triunfo, y de la tom a de posesion
del cristianismo, sobre el mundo de la inteligencia, de la
sociedad y de la historia. Sólo faltaba acabar la educación
de la prim era, tom ar las riendas de dirección de la segun­
da, y form ular las leyes que rigen la tercera, dejando en
precioso legado, un tesoro de luces, de fuerzas y de prin­
cipios, que sirviendo de tabla de salvación en el naufragio
del carcomido imperio y del decrépito paganism o, y de
faro en la oscuridad que va á sobrevenir, salgan á flote la
sociedad, la ciencia y la civilización. Y esto se completa
tam bién por la Iglesia. Los padres de los siglos IV y prin­
cipios del v, seguros del triunfo de la idea cristiana sobre
la grosera idolatría, pero recelosos y precavidos contra la
heregía, reproducción on form a diversa de los absurdos po­
liteístas, ocúpanse en sacar del inestinguible venero de la
Santa E scritura un caudal de luces bastantes para corregir
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 79
los pasados errores y servir de criterio y de guia en la re ­
futación de los futuros; y m ientras San Jerónimo dota á la
Iglesia latina de un texto auténtico de la Biblia, traducido
del original hebreo en el antiguo, y restituido á la verdad
griega en el Testam ento nuevo; San A tanasio, San Basilio
y el Nacianceno, arm ados de las más altas nociones de filo­
sofía, aclaran las perfecciones de Dios penetrando hasta el
santuario de su vida, donde se oculta el m ás augusto de
los misterios; y San Am brosio analiza h asta en sus fibras
más delicadas el organismo de la moral, fundado en los
modelos y m áximas que le sum inistra la Biblia; y el Cri-
sóstomo animando de nuevo espíritu la elocuencia de De-
móstenes, la eleva á región más alta que los intereses m un­
danos, á la región de la eternidad; hasta que reunida en vas­
ta síntesis la enciclopedia del mundo antiguo, y el pensa­
miento bíblico, aparece el grande A gustino, como astro de
prim era m agnitud para alum brar las tinieblas parciales que
iba á derram ar sobre el imperio de O ccidente el nubarrón
de la barbarie.
Muchas veces se h a dicho que San A gustín es el Padre
de la filosofía de la historia: el joven y portentoso autor de
la Ciencia española reclam aba este título, para su discípulo
Paulo Orosio, uniendo oportuna y sabiam ente ambos nom ­
bres en su discurso de recepción en la Academ ia. Sin dis­
crepar nuestro parecer del eruditísimo historiador de los
Heterodoxos, nos atrevem os á form ularle de este modo: el
Obispo de Ilipona traza el sublime cuadro; el presbítero
español le ejecuta: la Ciudad de Dios por entre la inmensa
variedad de sucesos descubre la ley; el Mcvsta M u >i d i por
entre el complicado laberinto sigue el hilo de la vida hum a­
na, para dar entram bos la base, el plan y las reglas arqui­
tectónicas, a cuyo tenor se h a de construir el magnífico al­
cázar. Veámoslo.
Con notória injusticia acusaban los paganos al cristia­
8o BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

nismo de ser causa de los males que á la sazón pesaban so­


bre el asendereado imperio. H erida en lo más vivo el águi­
la de Tagaste, tom a vuelo, y lanzando desde las alturas del
pensam iento cristiano una m irada al campo inmenso de la
religión y de la historia, mide de un golpe el área de las
dos ciudades en que el mundo se divide, sigue con rápida
ojeada la corriente de los dos amores que forman el rio de
la vida, y desde el punto de partida de la creación, recor­
riendo en general revista todos los males que afligen al in­
dividuo y á la sociedad en todos los países y en todos los
tiempos, viene á encontrar su desenlace en la escena de la
resurrección. E n ese que con el patróíogo Yus, y con más
razón que al A pologético de Tertuliano, podemos llam ar
el gran proceso del paganism o, se llama á juicio á todos
los imperios, se disciernen todos los sistemas, se resuelven
todas las grandes cuestiones, se reseñan todas las leyes é
instituciones, y recorridas todas las fases de la historia, se
pinta con vivos colores la renovación, que anunciada desde
el principio, y oportunam ente preparada, lleva á cabo el
cristianismo. Entonces, al ver al desvencijado imperio des­
m oronarse al peso de sus abominaciones pasadas, y crugir
y desplom arse al de su corrupción presente, bien puede el
genio cristiano, sentado al borde de su ruina, exclamar:
“todo lo que en su organización hay de podrido y disolven­
te es fruto del politeísmo; todo lo que renovado h a de so­
brenadar al cataclismo y perm anecer en futuras generacio­
nes, es obra del cristianismo á quien injustam ente se acusa.,,
A h o ra bien; si á esta vasta síntesis de doctrinas y de suce­
sos se la quiere llam ar filosofía de la historia, no nos opon­
dremos, con tal que no se la despoje de su carácter apolo­
gético, y á la parte teórica, digámoslo así, se añada la prác­
tica de ejecución que el mismo San A gustín encomienda á
otro. L a honra del discípulo lejos de am enguar, realza la
inmarcesible del maestro.
C R IS T IA N A D E I.A H IS T O R IA . Si

A l libro de Orosio unes llam an H istoria del mundo,


otros ¿ftcsia M u ¡idi: la antigua edición do Colonia que te­
nemos á la vista lo rotula Jiisloriantut libri sepic/i/. Pero
sin detenernos en la portada, penetrem os en el fondo. To­
dos los que en Grecia y R om a se han dedicado á la nar­
ración de lo pasado, omncs tani apud Gra'cos <]uam apud
Latinos sftidiosi, comienzan desde Niño, padre de Belo, iiu-
tium .... rí A '///<?.... fcccrc. P ara llenar ese vacío y dar cabe­
za, digam os así, al cuerpo de la historia, es m enester partir
del prim er hombre, origen de la vida. A Orosio, pues, es de­
bida la idea de la unidad orgánica de la historia, que mira
como una sola familia á todo el genero hum ano. A dem ás
si antiguos historiadores, cuya serie puede verse en Malte-
Brun, habían ya unido á la crónica de los sucesos la des­
cripción de los lugares; el presbítero español creyendo y
no sin razón que antes de dibujar la grandiosa imagen, h a­
bia que preparar un lienzo proporcionado, describe según
los conocimientos de su tiempo las partes del mundo que
han de servir de teatro al desarrollo de su anim ado relato.
Orosio es el prim ero que aplica la geografía á un plan de
historia universal. Prosigam os. La historia clásica, superior
si se quiere en artística belleza, limítase en su fondo á un
solo aspecto de la vida, al estrecho círculo de las artes de
la guerra, de la gloria do un héroe, cuando más al choque
de dos culturas. E l filósofo cristiano al revés, colocado en
la cima de una idea antes desconocida, spécula abarca ele
una ojeada el horizonte entero de la vida con toda la serie
de fenómenos terroríficos de la naturaleza, sangrientos de
las guerras y feos del crimen, para deducir de aquí sobre la
base de la unidad prim itiva las dos fuerzas que forman el
tejido, y por tanto las dos leyes que presiden la m archa
de la historia; á saber, el pecado de origen, fuente de todos
los males, y la intervención de la Providencia, rem ediándo­
les oportunam ente. Da aquí su división en épocas,m ás filo­
BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

sófica y acertada, que la que con toda su erudición habia


de dar el renacim iento, i.^ Desde A dán á Niño contem porá­
neo de A brahan (unidad primitiva); 2.a desde A brahan {pre­
paración sobrenatural) y Niño (preparación política) hasta
A ugusto, en cuyo reinado nace el Salvador; y 3.a el impe­
rio á quien da Dios el destino de sujetar á todas las nacio­
nes bajo la unidad de régimen, de lengua y de ley, como el
medio por donde se realizaría en el mundo la unidad reli-
gioso-moral propia del cristianismo. Si á esto se agrega
la idea de probar el Diluvio por los fósiles, inaugurando la
conciliación de la Biblia con la geología, tenem os títulos
bastantes p ara unir el nom bre de Orosio al de A gustino.
L a Biblia, pues, ó más bien el cristianisno con la Biblia
en la mano, cual palanca de inmensa potencia ha levantado
el pensam iento hum ano á la altura de la idea verdadera y
fecunda de la historia, y de su profunda filosofía. E l diseño
de una y otra está trazado con el lápiz del genio cristiano.
Sólo falta el acopio de materiales, y un Bounarroti que
ponga la cúpula de este San Pedro de la vida hum ana.
Pero los m om entos solemnes, en que se eclipsa el brillo
de la corona de los Césares, y caen heridas en su vuelo las
águilas imperiales, y se conmueven las columnas del P a n ­
teón, y crujen y bam bolean las paredes del Capitolio; y del
saber hum ano no se salvan en el diluvio de la invasión, sino
los preciosos restos encerrados en los claustros de las Ig le ­
sias, y en las bibliotecas del monasterio; no eran á propósito
ciertam ente para coronar una obra, que todavía espera la
robusta y diestra m ano que la lleve á feliz térm ino. B asta
que Sócrates, Sozomeno y Teodoreto, continúen con m a­
yor ó m enor acierto los anales eclesiásticos, en el punto en
que les deja Eusebio. B asta que Salviano, com pletando en
cierto modo la Ciudad de D ios, nos pinte con vivos colores
la situación de las antiguas provincias imperiales bajo la
dominación de los invasores. B asta que G regorio de Tours
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . «3

nos deje una historia de los francos, á donde hay que acu­
dir hoy para co n o cerla de Francia, B asta que nuestro Ida-
ció, ampliando el cronicon de Eusebio y las adiciones de
San Jerónim o nos refiera los sucesos principales de las g u er­
ras de godos y suevos en España, y de la situación del im pe­
rio en Oriente. Basta, en fin, que en el siglo VIH el V. Beda,
adem ás de conservar el hilo de sucesión, que parecia h a­
berse interrum pido, en la Crónica de las edades del mundo
nos dé noticias precisas de los A nglos al penetrar en las
Islas Británicas.
Y con cuidado hemos reservado el último lugar al gran
doctor de las Españas, al que em inente en los diversos ra-
mus de la ciencia sagrada, es un verdadero portento en
m ateria de erudición y conocimiento de las antigüedades
profanas. N ada diremos de su Cro a ¿con, en que según nos
advierte en el prólogo, sigue las huellas de Julio Africano,
de Eusebio, de San Jerónim o y de V ictor Tum icnse en
Africa y no Turóncnse en las Galias, como m alam ente han
leído algunos, prolongándola hasta el em perador de Orien­
te Heraclio, y Sisébuto, rey de España. N ada de su H isto­
ria de los godos, vándalos y suevos: ni del libro de los Va­
rones ilustres, que hoy mismo hay que consultar para co­
nocim iento de esos pueblos y personajes. Lo que no pode­
mos menos de m encionar y ningún elogió ó recomendación
serla bastante á ponderar, y apenas se com prende cómo
entrada ya esa edad que los del renacim iento se complacen
en llam ar de tinieblas, se haya podido reunir; es la vasta
erudición que encierran sus dos libros, de las Etimologías
y de las Diferencias. Ni la enciclopedia de D 'A lem bert, ni
el cosmos de Hum bold, ni ninguno de los diccionarios que
ha producido la época m oderna, pueden com pararse con
ellas. E s verdad que no tienen carácter histórico, porque
para el g ran doctor de las E spañas era más urgente y opor­
tuno proveer á su época de un repertorio universal de todos
Í34 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

los conocim ientos que habían acum ulado los siglos; es decir*
la literatura y IcngTLa hebrea á que no es extranjero; la g rie­
g a que m aneja con gran profundidad y soltura en la m ayor
parte de las etim ologías y diferencias; y la latina, en que
están escritos esos libros en lenguaje claro, preciso y de
una sencillez elegante. F ácil hubiera sido al insigne A rzo ­
bispo de Sevilla, llenar el vacío que se sentia de una histo­
ria universal hasta su tiempo ordenando sus conocimientos
en una gran síntesis histórica. L as circunstancias ]e ob liga­
ron á dar otra form a á esa pasmosa" erudición que no utiliza­
da por los modernos, tendrá en cuenta, sin duda, el genio á
quien esté reservad a la gloria de levan tar el gran edificio.
P o r ahora sólo harem os notar, que si del capítulo i x del li­
bro VIII que titula, D e los Dioses de los gentiles; del capítulo
X I del libro. IX que lleva por nom bre D e gentium voaibulis,
ó sea, D e l origen y nombre de las naciones, y del capítulo
prim ero del mismo libro IX sobre Las lenguas de las nacio­
nes, que co n clu ye con estas herm osas y fecundísim as pa­
labras: ex linguis gentes, non ex gentibns lingiicz exortcc
su n í; sólo harem os notar que si en esos lum inosos capítu­
los se anticipa á los estudios de la filología y etnografía
moderna, al com enzar en el Cronicon su edad se x ta en Je­
sucristo, y continuarla sin interrupción y sin atender á la
caída del imperio de O ccidente, en los em peradores de
C onstantinopla hasta H eraclio; San Isidoro im plícitam ente
reconocía sólo las dos edades que Orosio; esto es, la edad
de la división, que com ienza en la confusion de lenguas, y
la cristiana, que él llam a la sexta, y cuyo término sólo es
conocido de D ios, dice el sabio etim ologista.
C A P Í T U L O V.

LA. H ISTO R IA . ENr L O S TIEM POS M ODERNOS.

OR subidas que sean las exigen cias y tan sobera­


no como fue el desden de los clásicos del renaci­
m iento hacia ese período, que creyeron perdido
para la historia; desde el punto de vista en que nos hem os
colocado para m irar á estos siglos cristianos, ningún juez
im parcial pretenderá que aquellos hombres, sobre los cua­
les pesaba un trastorno científico y' social, levantaran su
vuelo á donde, con tanto aparato de erudición, no ha subi­
do ningún genio moderno.
Cierto que reducidos al aislam iento de la organización
feudal, los monjes, únicos archiveros del saber, se lim itan
desde entonces á ser simples cronistas de los sucesos, que
caen bajo la jurisdicción de su experiencia, ó de las noticias
que les llevaban sus com pañeros expedicionarios, mártires
m uchas veces de su abnegación. E l período del feudalism o
no produce, en verdad, historiadores, si no cronistas, que han
86 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

de servir algún dia de preciosos anillos para enlazar la su­


cesión no interrum pida de la era de la unidad. Mas aparte
del nunca olvidado principio y continuación de la historia,
que tom ados de los Cronicones de Eusebio y San Isidoro,
sirve de exordio á varios analistas é historiadores particu­
lares; aparte de la conservación de los estudios necesarios á
una civilización como la elaborada, y una cultura que no se
descuida del todo en esos sig'los llam ados bárbaros, puesto
que resumidos en la H istoria del arte y disciplina de las
bellas letras de Casiodoro, sirven como obra de texto en
las escuelas monacales; aparte de las llam aradas de ignenio
que dan en esos tiempos tan calum niados Boecio, el mismo
Casiodoro, M artin Dumiense y Tajón, Bcda y Alcuino, Hin-
merio y Claudio de Turin, Pedro Damiani, Gundisalvo y
San Anselmo; si en el contenido y form a del relato decae
la historia de los esmerados y artísticos modelos clásicos,
en cambio, ese período tan calum niado como mal com pren­
dido, ofrece un espectáculo, cual no habían visto los pasa­
dos siglos, ni se repetirá en los futuros. E n él aparece un
guerrero, que recogiendo los dispersos y enmohecidos frag­
m entos de la corona de los Césares, la funde en el crisol de
nuevas glorias, y ungida con oleo santo, la ciñe á las sie­
nes del sacro imperio, cima y em blem a de la organización
feudal, y en cierto modo, clave para explicar sucesos que
se enlazan con los tiem pos modernos. E n él se presenta un
P ap a á quien el racionalista L aurent llam a el héroe de los
héroes, porque sacando de la autoridad del Pontífice el pres­
tigio necesario para sobreponerse á los R eyes, los une á to ­
dos en el lazo de la unidad social, fundando r esa confedera-
cion de reinos que se llamó la cristiandad. E l produce ade­
más un entendim iento angélico que resum iendo la sabi­
duría de los siglos, la sintetiza en dos Stiinas, traducida al
lenguaje cristiano; y un rey sábio, que com pletando la obra
del autor de la In stitu ía y de las Pandectas, encuentra la
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA . 87
fórmula cristiana del derecho; y artistas sublimes que llenos
de la idea de lo infinito, acertaron á expresar este senti­
miento desconocido del paganism o, con vivos colores de
poética inspiración en la D ivin a Comedía, y con caracteres
de piedra en el poem a de las catedrales ojivales. Y á todas
estas creaciones de los siglos cristianos, inspiradas por la
Biblia y ejecutadas por m ano de la fé, vienen á poner el
sello esas expediciones, dirigidas contra el falso y retró g ra ­
do unitarismo fatalista y sensual de la M edía Luna, y que
hiriéndole en el corazon con la conquista y reino de Jeru-
salen, el ala de su poder terrestre con la epopeya que te r­
mina en Granada, y el ala de su poder naval, en lo que
llam a Cervantes la facción más gloriosa de los siglos, la cé­
lebre batalla de Lepanto, aseguran para siempre el triunfo
de la Cruz, símbolo y savia de la única y verdadera, de la
civilización cristiana.
Si el llamado renacimiento, aun perdonándole los vani­
dosos alardes de Valla y de Bembo, y la pendiente resba­
ladiza en cuyo borde se colocan Pom ponaci y la escuela
de Padua, en vez de em briagarse con el néctar de las flores
mitológicas de una cultura, que sólo debía servir de guia y
de modelo, en vez de creer que no habia otro pensam iento
que el de Platón, ni otros dechados que Píndaro ó Tucídi-
des, ni otro derecho que el de los pretores, ni otras gran­
dezas que las conquistas de las legiones, ó el brillo de la
diadem a cesárea, ni otra historia que la de Lacedem onia ó
la de Lacio; si el renacimiento, sin rom per la tradición, ni
ren eg ar de sus mayores, antes bien, aceptando como rica
herencia la m ayor de las creaciones históricas, la civiliza­
ción cristiana, form ada en esos siglos por él torpem ente
despreciados, se hubiera limitado á ensanchar con la eru­
dición, á em bellecer con el estilo, á coronar con una vasta
síntesis el tem plo del pensam iento cristiano, erigido y aca­
bado en su arm adura, y en sublimes arm onías por los doc­
88 ROSOUEJO D E U X A F IL O S O F ÍA

tores de los tiempos feudales, por los grandes doctores


cristianos; sin los extravíos del renacim iento, decimos, qui­
zá no hubiera nacido esc m onstruo de división, esa nueva
Babel del pensamiento, ese retroceso politcista que se llama
protestantism o; y de todos modos el pensam iento bíblico
de la historia, que aún no está formulado, se hubiera acaso
anticipado dos ó tres siglos. Do todos modos el ardor con
que se acudió á los m onum entos de la antigüedad clásica y
cristiana bajo cierto aspecto laudable, en definitiva habia
de ser fecundo en resultados históricos. Porque entonces
se estudiaron en su lengua original los filósofos de las v a­
rias escuelas, y los poetas en sus múltiples tonos y aspira­
ciones, y los historiadores en el contenida de los hechos y
en la form a rotunda y armoniosa de referir; y los códigos
de legislación, y los trabajos científicos de los jurisconsul­
tos, sin descuidar lo.s geógrafos, los m atemáticos, los médi­
cos, los naturalistas y hasta los tratados de náutica y do
agricultura. Por eso eran familiares, y se deleita uno al ver
en los escritores de los s i g l o s X V I v X V II citados á Pitásro-
l3 ^ O

ras y á Platón; á Esquiles y Aristófanes; á Jenofonte y


Diodoro de Sicilia, con Plutarco, N epote y Suetonio; al
edicto del P retor y á Ulpiano y Papiniauo; á E rastótenes y
Ptolom eo, á Euclides y Galeno, con Plinio y Mela.
Ni faltaron además en esta época quienes trabajasen
con ardor en im itar la historia clásica; ora la que en cierto
modo podemos llam ar dramática, por poner en acción un
episodio de la vida de un pueblo, como Tucíclides y Salus-
tio; ora á la que por la am plitud del plan, riqueza de los de­
talles, y m ajestad ó precisión del estilo podría convenir
el nom bre de oratoria; aunque á decir verdad, sólo unos
pocos españoles é italianos salen airosos del empeño, como
ha notado en el ya mencionado discurso el insigne Menen-
dez Pelayo. Pero aparte de la imitación en el modo de n ar­
rar, que no toca directam ente á nuestro propósito, entonces
C R IS T IA N A . DE I-A H IS T O R IA , Sg

aparecen hom bres tan eruditos conocedores de la antigüe­


dad como el célebre Triunvirato de Erasmo, R euclin y V i­
ves, el com entador de la ciudad de Dios; y se estudian las
dos lenguas con tanta profundidad como dem uestran la
J finerva del Brócense, y los Come a tar ios d la griega de
Budeo, citados por el gran latino salm anticense, y las llam a­
das orientales al punto de llam ar H erbelot Biblioteca orien­
ta l á una obra realzada con un notable prefacio de G-alland.
E ntonces so publican sumas ó complejos de conocimiento,
como la Biblioteca, universal, especie de diccionario histó­
rico de Gesner; y el N otitia orbis antiqu i, G eografía anti­
gua, y el Historie? antiqiue, compendio de historia univer­
sal de Cellario. Y al mismo paso adelantaba la cronología
para fijar las fechas de sucesos que en los antiguos croni­
cones estaban fuera de su lugar, Y at efecto bastará citar
el nom bre de G cnebrando en su Cronología, y el de G erar­
do M ercator en su Cronología y cuadros geográficos; el de
Sixto Scnense en sus Cuestiones astronómicas y geográfi­
cas; el de Onufrio Panvinio aplicando sus Fastos al cóm­
puto de los siglos antiguos y feudales; el del Irlandés Use-
rio concillando en su H istoria cronológica la sagrada con
la profana; el de P e ta vio combatiendo en su D octrina té ta­
par uní los extravíos de Scaligero, pasando en su Rationa-
riut/i ligera revista á la historia universal.
Y con movimiento paralelo se desenterraba la antigüe­
dad eclesiástica, revolviendo los voluminosos m anuscritos
de los Santos Padres, las colecciones de los Concilios, las
decretales de los Papas, y las historias ecl esiásticas; y veian
la luz obras tan llenas de erudición como los Lugares
teológicos, de Cano; Las Canónicas, de A ntonio A gustín
y Covarrubias, á los que seguirá Tomasino; y la Sum a de
Concilios, de Carranza, tras de la que vendrán despues las
de Labbe y A guirre; y el Tratado de las Heregías, de A l­
fonso de Castro; y los A n ales eclesiásticos, de Baronio,
90 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

corregidos despues por Pagi, Causabon, Noris y Tillemont;


y el Oriente Cristiano, del Dominico P. Le Quien; y la
Biblioteca griega y latina, áñ Fabricio; completándose el
conjunto de materiales, para no insistir más en la enum e­
ración de hom bres eruditos de esos siglos, con las curiosas
investigaciones y la Miscclanea, de erudita antigüedad, de
Spon; y los im portantes trabajos de D ucange y de Balu-
cio. Pero el hecho que no podemos omitir, por cuadrar
grandem ente á nuestro objeto, es la publicación de las Po­
líglotas. Sólo despues de un profundo estudio de las varias
lenguas, á que fué traducida la S anta Escritura, es cuando
ha podido nacer el pensam iento de reunirías todas en una
obra, acompañando todo género de noticias para su p er­
fecta inteligencia. Las Políglotas, desde la Complutense,
debida á la munificencia del Cardenal Cisneros, iniciador
del pensamiento, y la de Am bcrcs, elaborada principal­
m ente por el salm antino A rias Montano, y á expensas de
Felipe II, hasta la com pleta de W alton, son el m onum ento
más insigne del período que vamos recorriendo, bastando
él sólo para inmortalizarle.
Y m ientras tanto en cada nación hom bres laboriosos,
inteligentes y llenos de patriotismo, se dedicaban á desen­
terrar los cronicones de los siglos feudales, á revolver los
clásicos y proveerse de toda clase de instrum entos para do­
ta r á su patria de una historia particular. Y si la de F ra n ­
cia tiene un M ezeray ó un Thou, Italia un A retino 6 un
Guicchiardini; España, además de los H urtado de M endoza
y Cura de los Palacios, cuenta con un Ocampo, un Zurita,
un H ernández del Castillo, un G aribay y un M orales, y so­
bre todo con el incom parable Mariana, que h a sabido dotar
á E spaña de una historia pátria, cual no reconoce superior
ni acaso rival en ninguna otra nación de Europa,
• D e todos modos y por recom endables que sean los es­
fuerzos d e los sábios, críticos y literatos de los siglos X V I y
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 91

x v il en el cultivo del ram o especial á que se dedicaban;


parccc una paradoja, pero es una triste realidad, que en
medio de tanto lujo de erudición, y de tan atrevidas con­
cepciones, y á pesar de los nuevos derroteros que se abrían
á los estudios arqueológicos, no ocurriera el pensam iento
de escribir la historia. Ni destruyen esta aserción, los á
todas lucos im portantísimos descubrim ientos de M urato-
ri. Los editores de su coleccion se gloriaban de ser los pri­
meros en enderezar el precioso hallazgo al intento de una
historia general. Pero sin disputar al célebre italiano su
gloria, ni á los editores su pretensión, ese título de H istoria
general á que se refieren, debe lim itarse al período de lo
que en el lenguaje clásico se llam aba la edad media. Lo
mismo debe afirmarse de otras publicaciones francesas ó
alemanas. E ste singular fenómeno sólo puede explicarse
por dos causas, que si de distinto orden y procedencia, vie­
nen á darse la mano en la producción del mismo efecto.
Por una parte, la em briaguez del clasicismo de la forma,
había encerrado la atención de los eruditos en los montes
del Pindó y del Pierio; en las escuelas del Pórtico y de la
Academia; en la magnificencia del P artenon y del Circo;
en las arengas del foro, y en las glorias militares de las le­
giones. Y como por otra la nota de barbarie arrojada á la
civilización de los Concilios y de las decretales, hacia mi­
rar á los siglos feudades como un eclipse de la cultura en
el zodiaco de la civilización; en el criterio de esos siglos re­
ducíase el círculo máximo de la historia, que los debe abar­
car todos, al estrecho horizonte del clasicismo, que sólo
veia ideas y hechos im portantes en las escuelas de filosofía,
en los m ontes habitados por las musas, ó en la m ajestad de
las dignidades imperiales.
E n medio de esta preocupación general y de los estre­
chos bordes á que se redujera el horizonte histórico, no es
escaso el m érito de Bosuet, que inspirándose en la Biblia,
92 BO SQU EJO DK U N A F IL O S O F ÍA

y tom ando por base la alta ojeada retrospectiva ele San Isi­
doro, y las miras sublimes de San A gustín, con el modesto
título de Discurso, y como libro de enseñanza del Delfín,
traza de mano m aestra el cuadro del mundo antiguo, tal
como se conocía en su tiempo, y con su m irada de águila,
ve sucederse uno á otro los imperios, como una preparación
al reino de Cristo. D esgraciadam ente el impulso dado por
el genio cristiano de la Francia de Luis X IV s e paralizó por
de pronto, y cuando se trató de seguir sus luminosas hue­
llas, habia ya tom ado un camino torcido el impulso de los
estudios históricos. E l tan poderoso como extraño genio de
Vico hubiera ensanchado y perfeccionado esta dirección
filosófica si el am biente clásico que respiraba no le hubie­
ra estrechado á las ideas mezquinas de su siglo, dividiendo
los tiempos en las edades que ideó Varron, y que sólo p u e­
den aplicarse en rigor á la historia de R om a y de Grecia.
Y desde la fecha en que dejó la narración de los hechos el
insigne autor del Discurso, y casi desconocido de sus con­
tem poráneos el ingenio italiano, ningún paso im portante se
dió p ara hacer avanzar la historia, y menos aún su filoso­
fía. P o r no m encionar las insustanciales relaciones de Ma-
bly, los largos alegatos de Hum e, ó el sentim entalism o de
R e y nal; Gibbon, describiendo con riqueza de detalles la
grandeza y decadencia del imperio, pero sin descubrir en­
tre ambas la figura del cristianismo, que absorviéndole h a­
bia de extenderse á otros pueblos y gentes,y R oberston, en
su introducción á la H istoria de Carlos V, trazando la-
edad m edia desde un punto de vista anglicano, y con los
negros colores con que pinta los tiempos, y denigrantes
calificativos de barbarie y de fanatismo que aplica á todas
las instituciones cristianas, en vez de escribir fielmente, no
hacen más que desfigurar la im agen de la historia. T rab a­
jos ambos que sólo podían dar por resultado una historia
de la civilización europea, que como la de Guizot, aun des-
C R IS T IA N A DE I-A H IS T O R IA . 93

Cribiendo con sobriedad m ajestuosa de lenguaje?, y con una


aparente imparcialidad todos los tejidos, vasos y contornos
del cuerpo do la civilización, so le cscapó el alma, la savia y
la vida que la animaba, ó como dice gráficam ente Donoso
Cortés, lo vió todo menos la civilización misma. Sólo á fines
del pasado siglo es cuando, aparte de otros conatos más ó
menos felices, una reunión de eruditos ingleses, acometió la
em presa de dotar á E uropa de una historia universal que,
con este título, y sin nom bre de autor, sin duda por ser va­
rios los que en ella trabajaron (1), se publicó en Londres el
año 1779; y de ella se hicieron traducciones á diversas len­
guas, como nos advierten los editores de la parte m oderna
publicada en 1780, según el texto que tenem os á la vista.
P o r laudables que sean los esfuerzos de los eruditos
anglicanos, que se glorían de acudir siempre á los origina­
les en la historia antigua, y á fuentes puras en la m oder­
na; por im portante que sea esa reunión de datos bajo un
punto de vista general que abarque todos los países y to ­
dos los tiempos; participando, no obstante, de preocupacio­
nes clásicas, y del falso criterio protestante respecto á la
Iglesia y singularm ente á los Papas, cuya preponderancia
en los siglos feudales atribuyen, principalm ente Ch¿rfii, á
la ambición y tiranía de los Em peradores germ ánicos y
sus gobernantes; puede desde luego calcularse su deficien­
cia para juzgar con acierto y trazar con grandeza un plan
de Historia, aunque la reunión de preciosos m ateriales, y
la introducción en escena del imperio musulm án, según el
diseño ideado por Mr. O ckey ampliado y desenvuelto por
ella, h ag a de este interesante trabajo una fuente á que

(1) Q uiénes sean los autores de esta interesante ob ra sólo puede eongehirarse
de la nota puesta ¡d fin de la portada que dice: “ Im presa (frinted) por C. B a-
thuvüt, J . y C . R evm gton ,, y quince nom bres más, que d e este m odo, sin
duda, se d an A conocer bajo el m odesto título de editores.
94 BOSQUEJO B E U N A F IL O S O F ÍA

puede acudir con gran ventaja todo el que de historia se


ocupe. Desde esa fecha hasta la publicación de la célebre
y bien conocida H istoria Universal, de Cesar Cantú, sin
duda que hay un salto que abarca todo el movimiento
científico-arqueológico de más de medio siglo, que él mis­
mo ha resum ido posteriorm ente en magnífico cuadro al te r­
m inar su profunda H istoria de cien años. Pero ni este, que
podem os llam ar un m onum ento im perecedero de gloria
para el sabio italiano, ni las otras que con profusion se
han publicado despues, aclarando unos puntos, enrique­
ciendo otros con nuevos datos, y dando á todos m éto­
dos, exposiciones, ó giros luminosos é im portantes, acaban
de salir del círculo del clasicismo, para colocar la historia
en el elevado punto de vista, desde donde surja espontá­
neam ente el pensam iento de su única y verdadera filosofía.
Pero sin insistir por ahora en asunto que se h a de desen­
volver en otra parte, sigam os los pasos de la historiografía
en los últim os siglos.
A l feliz resultado de acumulación de datos y aclaración
de los sucesos históricos, contribuyó no poco la viva polé­
mica suscitada á fines del pasado siglo sobre puntos im ­
portantes de geografía antigua. Sostenía Gosselin la exis­
tencia de una cultura primitiva, y de una antigua ciencia
geográfica, de cuyos trabajos se valieron los griegos para
trazar sus cuadros y descripciones de pueblos, aunque por
no haberles bien comprendido, cayeron en varios errores.
Voss creia, por el contrario, que habia que seguirla paso á
paso según la m archa de los ejércitos, del comercio y de la
civilización, llevándola de siglo en siglo, tal como está en
los autores, desde la homérica, llena de fábulas, hasta la al­
tura en que la coloca Hipparco. E n apoyo del último y
com pletando su teoría, viene U k er estableciendo una nue­
va división histórica de la antigua geografía. Sea de ello
lo que quiera, la riqueza de datos que am bas escuelas re ­
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA . 95

cogieron, hizo dar á la ciencia de los lugares el salto que


medía desde Ortelius á M alte-Brun, y que puede verse en
la edición española de la obra m aestra de este último, de
donde hem os recogido estas noticias.
E n tre tanto se iban acum ulando m ateriales, traidos de
diversas partes del mundo por operarios que no estaban en
inteligencia unos con otros, y sin plan alguno preconcebi­
do, para que en su dia venga el arquitecto que ha de le­
v a n ta r el m ajestuoso templo. E l descubrim iento de Colon
habia revelado un nuevo hemisferio, islas y continentes se­
pultados en el abismo de los mares y de los siglos. Las lis­
tas de palabras recogidas por el conquistador, por el co­
m erciante, por el misionero, se habian acumulado en el fon­
do de las bibliotecas, para que echando sobre ellas el ojo
de LeibnitZ'una m irada de fuego entreviera la posibilidad de
una nueva ciencia, la etnografía fundada en la filología que
en el siglo pasado cultivaban H ervas y Panduro, la propa­
ganda de Rom a, la escuela de C atalina'II, y la sociedad
inglesa de Calcuta, y que han perfeccionado y cultivan con
ahinco los R em usat y K laprot, los H erder y M ax Muller.
Por otra parte, los descubrim ientos de Champollion y de
O ppert nos han revelado un mundo de hechos envueltos
en el geroglífico ó en la escritura cuneiforme, y enterrados
muchos siglos habia en el polvo del olvido. A bundan ade­
más las m onografías ó historias particulares de uno ú otro
ramo de la hum ana cultura: las de la filosofía, desde la sucin­
ta de B aldinotti hasta las extensas de R itte r y Brucker; las
de la literatura, ó descriptiva, como la del A b a te A ndrés ó
de Lefranc, ó filosófica como la de Federico Schelegel; la del
derecho en general de Sthal, la del internacional de López
Sánchez; la del rom ano de Ortolan, y la del derecho penal de
Duboys. H a y adem ás las de geografía de M alte-Brun, de
astronom ía de M ontucla, de física y química de Hoffert,
de Medicina de Santero y Moreno, y la de las artes de la
g6 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

arquitectura, escultura y pintura, debida á la erudita plum a


del catalan M anjarrés. Ni deben omitirse en esta reseña las
historias de la Iglesia, que con profusion están escritas, des­
de las de Natal, Fleuri ó Berault, hasta la reciente del ya
cardenal H ergenrotkher; sin tam poco olvidar la de las here­
jía s de San Alfonso de Liglorio, las actas y los estudios de
los monjes de Mabilonio, y recientem ente la de M ontalem-
bert, la introducción á la ciencia de las m edallas de Man-
geart, precedido dos siglos por nuestro A ntonio A gustín; y
las demás que sería inútil enumerar, porque apenas hay
objeto arqueológico que no tenga su biografía. Todo indica
que se acerca el tiempo de dar cima y rem ate al colosal
edificio, y que sólo falta el H errera que h a de levantar el
Escorial de la historia ó más bien de su filosofía.
H ay, con efecto, en abundancia historias universales, y
lo que es más aún, no escasean los conatos, y aun p reten ­
siones de sistemas de su filosofía, no concibiéndose 3ra la
prim era sin que antes se asiente sobre el cimiento de la se­
gunda; lo cual si de una parte supone una vasta síntesis,
una soberbia construcción intelectual, envuelve de otro lado
un vacío inmenso, que hasta ahora no se ha llenado, y que
realm ente sólo puede colm ar la Biblia. A l aparecer ésta en
la noche del paganism o, fue tan súbito y extenso su res­
plandor, que ningún entendim iento se negó á saludar la
aurora del nuevo día. Como lám para del mundo histórico
ha lucido sin interrupción, á pesar de los nubarrones del
error y de la heregía que en todos los siglos se han inter­
puesto, y a que no á oscurecer, por lo menos á entibiar su
resplandor. Y aun nacido con L utero el gran error del si­
glo x v i, y aun al retoñar de su podredum bre el racionalis­
m o bíblico de Tcelner y Sem ler que despojando al libro
sagrado de su inspiración divina, dividieron á los protestan­
te s en naturalistas y supernaturalistas, la Biblia aunque
sin ocupar en el arte de la historia el puesto de honor que
C R IS T IA N A LUÍ L A H IS T O R IA . 97

de justicia le pertenece, continuaba en posesion de d ar'm a­


teriales al origen, el prim er capítulo á toda historia, y el
hilo de continuación entre el mundo pagano y cristiano,
hasta el extrem o de que el mismo incrédulo F re re t n o 'co n ­
cebía la idea de un sábio sin que se inspirara en la doctri­
na y narración de la Biblia. Pero desde que el reform ador
de la filosofía, M anuel K ant, como L utero lo fué en reli­
gión, socavando los cimientos de la certeza, abriendo un
abismo entre el sujeto que piensa y el objeto conocido, y
pasando por una evolucion de ideas que h a venido á parar
de Ficté á H egel y de D arw in á Spencer, poniendo en tela
de juicio, no sólo la verdad y la ley, sino hasta la existen­
cia y la vida de Dios y del mundo y por tanto de la histo­
ria, la razón separada de la fé religiosa que alimentó á to­
dos los pueblos, y de los prim eros principios, que se habían
considerado como columnas del edificio de la verdad, se ha
visto en la triste necesidad de reconstruirlo todo, la idea y
el hecho, la filosofía y la historia; y bien se puede asegurar
que la gran cuestión de los tiempos modernos se reduce al
punto de partida de donde arranca la historia, y al térm ino
del viaje donde ha de descansar la vida del hom bre y del
género humano.
L a gran cuestión hoy entre la razón som etida á la fé y
la libre pensadora consiste en saber: si la historia ha de p ar­
tir de A dán según el sistem a ordinario, ó del Gorila al es­
tilo darwinista, ó de las edades de piedra y hom bre prehis­
tórico, ó del hom bre salvaje á lo Pelletan, ó de los aryas
como quiere Burnouf, ó de los imperios de O riente como
lo hace Laurent, ó de cualquier otro punto tom ado al aca­
so, y según el capricho del historiador.
A n tes de trazar el cuadro, ó más bien, antes de bosque­
jarle, que es lo único á nuestra pequenez posible y hacede­
ro, se hace asimismo m enester decidir, si es la fé ó la ra ­
zón, si es la Biblia ó el panteísm o ó eí positivismo el que
98 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

encierra el misterio de la vida, y la cla ve de su solucion;


pero esta es cuestión dem asiado im portante para resolver­
la de ligero, debiendo reservarse para otros capítulos.
CAPÍTULO VI.

EL LIB RE PEN SA M IEN TO TRASTORNANDO EL ORDEN DE

L A S ID E A S Y T E R G IV E R S A N D O E L D E LOS HECHOS.

L v e r A d á n por vez prim era la noche, una nube

de tristeza fue sin duda enlutando su mente á pro-


porcton que las tinieblas caían con manto fúnebre
sobre el espectáculo de la naturaleza: pero al asom ar al si­
guiente día el sol sobre el horizonte, debió dar un salto de
a leg ría su corazon, para saludar con alborozo la luz esplen­
dorosa del nuevo dia. U n fenómeno sem ejante acontece en
el mundo de la inteligencia, cuando se oculta y aparece de
n u evo el sol refu lgente de la verdad cristiana. N unca se
ponen tan de relieve los delirios de la razón humana, como
al ocultarse en su horizonte la lum bre fecunda de la fé; ni
se echa tanto de ver el vacío de la religión en la sociedad,
como al despedirla indiscretam ente de su seno cual hues-
ped importuno; ni bam bolean las colum nas de la historia,
sino cuando sacada ésta de su quicio pierde el firme apoyo
I OO BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

de la Biblia. L a antigüedad pagana, que cultivó con esm e­


ro los diversos ram os del saber liumano, sólo por haber
roto el anillo de las tradiciones primitivas, desconociendo
la ciencia d e l origen, el hilo de continuación, el final des­
tino del hom bre, y por tan to el plan divino de la creación;
no sólo fue incapaz de escribir, sino que careció de la no-
cion misma de la historia. Sólo al abrirse á los ojos del
m undo el libro que encierra en su seno los secretos del ori­
g en y del fin, es cuando am anece en la noche del p ag a­
nismo el dia que ilum inando todos los horizontes de la
idea y de la vida, llega á su zenit en el punto sublime del
genio, por encima de cuya m irada sólo hay el entender del
A ngel, según la feliz expresión de V entura de Ráulica. Y
la E uropa de los grandes siglos de fé, por lo mismo que
alum braba su camino el faro seguro de la Biblia, estaba en
pleno dia de verdad sustancial, es decir, de verdad m eta­
física, moral, histórica y social; aunque en la forma de la
literatura, en la copia de datos, y en otros adelantos ac­
cidentales y no necesarios de la hum ana cultura, pudiera
venir oportunam ente el llamado renacim iento á exornarla, y
enriquecerla y perfeccionarla, si en su origen, tendencias y
resultados no hubiera revestido un carácter em inentem ente
pagano. Infiltrada á la sazón la savia cristiana en todas las
fibras de la sociedad europea, todo en ella, ideas y senti­
mientos, leyes, costumbres, instituciones, ciencia, arte, lite­
ratura, y sobre todo la historia; estaba inspirado en las v er­
dades de la fé, en el espíritu del Evangelio, en el alto sen­
tido histórico bíblico; sin que apesar de los conatos de libre
pensam iento de A belardo y de David de D inant, de los
albigenses y de los husitas; apesar de los asomos de sen­
sualismo de la córte de los Iloenstauffen, y del arte italia­
no; apesar de los amag’os socialistas de los waldenses y
pobres de Lyon dejara de dom inar en todas partes la luz
del Evangelio.
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . I OI

E s verdad que al despuntar la aurora del renacimiento,


y durante los dos siguientes siglos de clásica embriaguez,
aparecen en diversos puntos del horizonte intelectual, mo­
ral y social, negros nubarrones de crasísimos errores, que
preludiaban una época preñada de trastornos sociales y de
absurdos científicos, una verdadera invasión de increduli­
dad. Mas por de pronto son hechos aislados, prim eras lla­
m aradas de un volcan, celajes que oscurecen una parte del
ciclo; fenómenos inconexos que no tu rb an la m archa ma-
jestuosa de la historia, ni rom pen el hilo de la tradición
científico-cristiana. Ni Pom ponaci negando la inm ortalidad
del alma sólo por no encontrarla, á su modo de entender,
en las obras de Aristóteles; ni el panteísm o idealista de
Jordano Bruno; ni el ateísmo vulgar de Vanini; ni el escep­
ticismo grosero y burlón de R avelais, ó el más culto y sen­
sual de M ontagne; ni siquiera el tan profundo, como en su
época poco comprendido panteísm o naturalista trascenden­
tal de Espinosa lograron torcer el curso de las ideas cris­
tianas de la época.
Los hom bres más distinguidos en todos los ram os del
saber bebian sus ideas científicas en las fuentes cristali­
nas de la fé,_y los publicistas todos sentaban sus sistemas
sobre la inconmovible y no disputada base del tex to bí­
blico. E l punto de partida de la cosm ología era para to­
dos en el principio crió D ios el cielo y la tierra; y el de la
antropología, el fo rm ó Dios al hombre del limo de la tier­
ra; y el de la psicología, el inspiró en su rostro un soplo
de vida; y el de las lenguas, el nombre que impuso á A dan
á todo ser viviente es un nombre propio; y el de su división,
el f ue dividido el labio de toda la tierra; así como la nor­
m a de la m oral y del derecho para todos era el decálogo;
y del origen de la sociedad la patriarcal; y de la historia,
en fin, la Biblia; y los hom bres más grandes y celebrados
de ese período, todos se inspiraban en las páginas del
1 02 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

texto sagrado. B asta leer el capítulo de la dignidad de la


ciencia probada por la Santa Escritura, p ara convencerse
del aprecio que hacia de este libro el Canciller Bacon:
E ulero leia todos los dias un capítulo de la Biblia: New ton
confiesa que es el más auténtico de los libros, y no cree
perdido el tiempo que em pleaba en com entar el A poca­
lipsis: Leibnitz encontraba el origen de los pueblos con­
forme á la narración de Moisés, y Pascal la sabia casi de
memoria. E l peligro, pues, no venia de esos errores aisla­
dos é incoherentes, sin enlace con el estado social, sin rela­
ción alguna con los sistemas científicos á la sazón predo­
m inantes. O tra corriente de sucesos más honda y encau­
zada, otra evolucion de ideas más ordenada y sistemática,
otra raíz más dañosa y fecunda era la que habia de tras­
tornar el orden de las ideas, y sobre todo de oscurecer y
desfigurar el de los hechos, dando á los dos una torcida
dirección.
E l protestantism o, negando la autoridad de la Iglesia, y
dejando, por tanto, á la Biblia sin el natural custodio de su
texto, sin el autorizado intérprete de_ su sentido, y sin el
legítim o juez de la controversia que h a suscitado en todos
tiempos el espíritu de la herejía; el sociníanismo, conse­
cuencia inm ediata de la reform a y fruto natural de la rebe­
lión, desechando del sagrado libro todo misterio que exce­
da la esfera de la razón, todo m ilagro, por superar las
fuerzas de la naturaleza, y sobre todo la divinidad de Jesu ­
cristo, piedra angular del orden sobrenatural; el enjam bre
de sectas, en fin, que como los griegos del caballo troyano
salieron en tropel del seno de la protesta, junto con las
guerras de religión que turbaron al imperio germánico, y á
la F rancia de los Valois; y la indiferencia de ideas que por
cansancio de las disputas teológicas y la relajación de cos­
tumbres, que por tibieza de religión cundieran en la F ra n ­
cia de los prim eros Borbones; son los grandes fenómenos*
C R IS T IA N A de la h is t o r ia .

históricos, que cual torrente desolador rom pen el cauce y


tuercen el curso de la idea cristiana, dando por resultado el
diccionario de Bayle, que lleno de curiosidades minuciosas
p ara interesar, pero salpicado de dudas, contradicciones y
paradojas para extraviar y corromper, fuá, al decir de B al­
ines, una cátedra pública de incredulidad abierta en el cen­
tro mismo de la E uropa cristiana.
P aralelo á tan bruscos y dem oledores golpes del edificio
de la religión y de las costumbres, viene otro movimiento
no menos funesto y disolvente en la esfera de las ideas
científicas. Bacon, trazando con seguro dedo los cánones de
la inducción, aplicable á la observación de los hechos y
descubrim iento de las leyes físicas; pero desdeñando el pro ­
cedimiento intelectual de la deducción que sirviera siem pre
de guía á las altas especulaciones de la metafísica; D escar­
tes, poniendo en tela de juicio toda verdad filosófica, to ­
m ando por punto de partida de la ciencia la duda univer­
sal, y por base del edificio de las ideas un hecho -psicológi­
co; Cujas, mirando con soberano desden lo que ordenara el
Papa, para quedarse sólo con lo que dijera el Pretor; sepa­
ración del derecho y de la teología, y ambas de la moral,
que luego desenvolverá la escuela jurídica de Grocio, Pu-
ffendor y Tomasio, p ara venir á parar en el salvajismo, con­
siderado por H obbes como el estado natural del hombre, y
en la ruina moral de la sociedad, trazada con tan negros
colores como las m ateriales de Itálica, de nuestro Caro, pri­
mero en el Contrato Social de R ouseau, y luego en las
Contradicciones económicas de Proudhon, eran otros tantos
golpes de ariete asestados al mismo tiempo que al tem plo
de la religión, al alcázar de la sociedad.
Pero el entendim iento del hom bre no m archa con tan ­
ta rapidez como la lógica. Germen la reform a protestante
del racionalismo bíblico, el socinianismo del religioso, la
duda de D escartes del filosófico, el romanísmo del jurídico
T©4 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

y el salvajismo hobbesiano del racionalismo histórico y del


social, necesitaban tiem po y ocasion, sin embargo, para des­
envolverse y producir sus naturales frutos. P o r una feliz in­
consecuencia habíase detenido la razón libre en medio del
camino, y por una .especie de instinto de conservación opo­
nía la corriente del error un dique á su mismo desborda­
miento. E l filósofo de la duda universal ponía en el dintel
mismo de la demolición un salva-guardia para colocar su
fé católica al abrigo de toda discusión: el Canciller inglés,
como hemos visto, escribía un capítulo titulado D e la dig­
n idad de la ciencia probada p o r la S anta E scribirá; el au­
tor del Derecho de gentes componía un libro con el título
de Verdad de la religión cristiana; es bien notoria la po­
lémica de Leibnitz con Bossuet, su propensión al catolicis­
mo, y el sentido casi ortodoxo en que está escrito su céle­
bre Sistem a teológico: en fin, aunque por p arte de los secta­
rios se suprim ía en puntos im portantes el dogma, se dejaba
sin base el sagrado texto, se atacaba bruscam ente la auto­
ridad de la Iglesia, y p o r los mismos católicos se m iraba
con desden la grandiosa rudeza de la edad media, siendo
de adm irar algunos pasajes del gran Fenelon, que tam bién
pagó su tributo á las preocupaciones antiescolásticas del
clásico siglo de Luis X IV ; todos, sin embargo, amigos y ad ­
versarios habían convenido en m irar á la Biblia como arca
santa que ningún Oza se atreviera á tocar con mano pro­
fana, tem eroso de ser, como el israelita, castigado en el acto
mismo de su profanación. M enester fue que se reuniera un
conjunto de circunstancias fatales; la orgía de la R egencia,
las tertulias elegantes en que se hacia mofa de los Profe­
tas, las reuniones epicúreas del Temple, del Sceau y del Ca-
veau, auxiliadas por la hipocresía jansenista de Port-royaí,
por el regalism o de los juristas y el espíritu revolucionario
de. los Parlam entos, junto con una indiferencia general en
religión, un estudiado refinamiento en las costum bres, y una
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 105

connivencia insensata en los gobiernos todos de Europa:


m enester fué ese complejo de circunstancias, para que como
las hordas setentrionales sobre el imperio, cayera sobre la
E uropa cristiana esa avalancha de errores, y que á la barba­
rie de las costum bres reem plazase la barbarle de las ideas.
Con el idealismo de B arkelcy y de Hum e, el sensua­
lismo mctafísico de Locke, el dualismo sensista de To-
lland, y los ataques á la verdad del cristianismo de Collins
y de Bolimbrokc en Inglaterra, propinados á la sociedad
francesa por el audaz mancebo, que despues habia de ser
rey de la escena, y gran corruptor de la historia, el célebre
patriarca de Fcrney: un verdadero diluvio de novedades
antirreligiosas y filosóficos delirios inundaba el herm oso
suelo de Francia,-durante el período de lo que puede lla­
m arse reinado de la razón.
D upuy, formando un cuadro sombrío de los cultos y pa­
rangonando la religión cristiana con las falsas, reputaba á
todas las religiones como producto de la fantasía, y al cris­
tianismo como un plagio de los cultos paganos. Freret, apli­
cando al exam en del Evangelio una crítica atrevida, de que
se valiera antes Gibbon en la H istoria de la Iglesia, prepa­
rab a de lejos el escepticismo histórico con que le habian
de juzgar, Straus como un mito y R en án como una leyen­
da. Y m ientras com batian directam ente al cristianismo,
V oltaire con la blasfemia y el sarcasmo, pero siempre acom ­
pañado de una profunda ignorancia que hace m irarle con
desden hoy, y D iderot con la osadía de un ateo, y Volney
con las blasfemias que lanzaba desde las ruinas de Palm i-
ra; H olbach sustituía al Decálogo la ley naturalista de la
m oral universal, y V irey discurría con la m ayor ligereza
por las cuestiones más delicadas de m oral y religión. E x tin ­
guido el fuego sagrado de la religión en el altar del alma,
era consecuencia ap ag ar la llam a de la razón que ondea en
la frente del hombre, y rom per los lazos m orales que unen
IOÓ BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

á los hom bres en sociedad. R ouseau, contrariando á la tra ­


dicional, daba una nueva base á la educación del niño en su
Emilio y á la sociedad en su Contrato social. Helvecio en­
señaba que el vicio y la virtud son cosas relativas, y que la
educación puede hacer del salvaje ó estúpido un sér racio­
nal, un hom bre civilizado. E n su apoyo venían M aupertuis
sosteniendo que puede pensar la materia, y Condillac bor­
rando la facultad de la abstracción que dejara Locke, y h a­
ciendo brotar en su célebre estatua el pensam iento de una
sensación transform ada. Siguiendo estos principios, no tenia
que esforzarse mucho Le M etrie para establecer que el len­
guaje fue inventado por un genio desconocido, ni B ory de
San V icent para m ultiplicar los progenitores del género h u ­
mano. No es de extrañar, por tanto, que M ontesquieu en el
libro más profundo de todos los libros superficiales, como
llam aba Bonald al célebre E spíritu de las leyes, hiciera de­
pender la religión y las leyes del clima, y se m ostrase indi­
ferente entre las de D racon y el Evangelio. P a ra canonizar
tanto dislate, sólo faltaba por una parte suprim ir el nom bre
de Dios p ara que no m olestase á la conciencia, y h alag ar por
otra la vanidad de una generación ligera, que erigiéndose
en juez de los siglos, se proclam ase más ilustrada que to ­
dos. Y entonces, con efecto, vinieron dos hom bres á llenar
el vacío y satisfacer las exigencias de la época; el autor del
sistem a de la N aturaleza proclam ando científicamente el
ateísmo, y D 'A lam bert trazando en el prólogo de la E nci­
clopedia un cuadro pomposo de los conocimientos hum a­
nos, especie de repertorio, donde la erudición ligera y pe­
dantesca podia saciar su apetito de hablar de todo sin pro­
fundizar ninguna cuestión.
E n la historia del pensam iento científico del hum ano li­
naje poco ó nada significa este enjam bre de sistemas inco­
nexos, ó más bien de delirios científicos, que hoy han pa­
sado de moda, y de los cuales sólo queda el triste .recuerdo
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 10 7

de una revolución que ellos prepararon en la anarquía del


pensam iento antes que la mano de la guillotina la llevara á
sangrienta ejecución. Pero si como evolucion de la idea
nada significa, la enciclopedia representa, sin embargo, un
gran papel en la historia como síntom a de los ánimos, como
un im portante hecho social. La idea cristiana, la historia bí­
blica, la ciencia seria habian desaparecido de m uchas cabe­
zas; y una parte de la Europa, de cristiana que era en los an­
teriores siglos, se habia transform ado en descreída y racio­
nalista. Y brotando del maleado suelo, y creciendo al calor
pestífero del extravío, aparecían ciencias nuevas, ó al m enos
ciencias nuevam ente desarrolladas, que aum entaban el des­
orden, enloqueciendo la inteligencia y envenenando el co-
razon. L a economía, nacida en A dán Sm isth con el pecado
original del positivismo de la raza anglo-sajona, por boca de
Say, bajo el -principio de que lo que se llama sabiduría de los
siglos, no es otra cosa que su ignorancia-, deduce que una
m ultitud de males que se creicrn sin remedio, no sólo son cu­
rables, sino fá ciles de curar. E levada despues por B enthan
al principio epicúreo de la utilidad, de tal modo trastorna
las ideas, que según el sistema, y a no hay más bien que el
placer, ni otro mal que el dolor, ni más freno que la pru­
dencia, ni otra reg la que la utilidad. La geología, em peña­
da desde el principio en desm entir á la Biblia, no sólo es­
cribía un libro con el título de Moisés y D a v id de ningún
modo geólogos, y estam paba en otro la frase de Moisés
miente; sino que tejiendo y destejiendo como Penélope sis­
tem as, daba ocasion á que el Instituto de Francia contara
á principios de este siglo más de ochenta contrarios al sen­
cillo relato bíblico. A fortunadam ente todos están hoy olvi­
dados, y vindicada la veracidad de Moisés. La antropolo­
gía, y en especial en sus dos ramas, el origen de las razas
y de las lenguas, tam bién vino en el pasado siglo á e x tra ­
viar las inteligencias, sum inistrando arm as Desm oülins y
i o8 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

B ory de San. V icent á los ya citados para m ultiplicar ligera­


m ente los troncos del árbol etnográfico, y dando motivo
para que otros introdujeran los aborígenes, que intenta re ­
producir hoy la' ciencia que se llam a prehistórica. P o r for­
tuna los trabajos combinados de la sociedad de Calcuta, de
la A cadem ia de Catalina II y de la Propaganda, proporcio­
naron m ateriales p ara que hoy no sea un argum ento la di­
versidad de lenguas; como despues de los estudios del an­
tropólogo O uatrefages, del higienista L evy y otros varios,
no es ya tam poco una objeccion seria la diversidad de ra ­
zas. Si á esto se a g re g a el ojo avizor con que la enciclope­
dia recibía cualquier descubrimiento de arqueología orien­
tal para oponerle á la antigüedad de la Biblia; aunque la
erudición de este siglo habia de em botar el ataque, como
arrancando de falso supuesto; de todos estos antecedentes
vendrem os á concluir que, fluyendo por nuevo cauce la cor­
riente de las ideas, quedaba cortado el rio de la tradición
científico-cristiana, p ara extraviarse en tortuosas ondula­
ciones por los arenales de la incredulidad. Pero ni las bru ­
mas protestante ó positivista que respiraban G erm ania é In ­
glaterra, ni el torrente dé incredulidad que asolaba la pá-
tria de San B ernardo y de San Luis, fueron bastantes para
oscurecer del todo el sol de la ciencia cristiana, ni mucho
menos para derruir el alcázar de la Iglesia y de su benéfica
influencia en la sociedad. H abíase derribado, ó más bien,
cual otros Eróstratos, para hacerse célebres, habían quem a­
do un tem plo más suntuoso que el de Efeso, el tem plo de
la idea y de la ley cristiana, el tem plo de la historia bíbli­
ca; pero entre todos los llamados libre-pensadores del p a­
sado siglo no se habia presentado un hombre, un arquitec­
to, un genio capaz de levantar el edificio racionalista y re ­
volucionario. Y esta triste gloria, si así puede llamarse, no
pertenece y a á la patria de Luis XV : el cetro del pensa­
m iento habia pasado á nación extraña.
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . to g

M uchas veces se ha ochado de vor la im portancia filo­


sófica de M anuel K ant, pero quizá no tanto su im portancia
histórica y el influjo por él ejercido en la dirección general
del pensam iento europeo. A parte de esos grandes descubri­
m ientos naturales que honran grandem ente la E uropa de
este período, es decir, el sistem a de Copérnico, las leyes de
K epler, la analítica de Descartes, el cálculo diferencial é
integral debido á Leibnitz y Newton, la clasificación botáni­
ca de Linneo, la atracción del mismo Newton, la célebre
pila de Volta, los principios de la ciencia química de Lavois-
sier; y aparte de la erudición histórica que por tres siglos se
venía acum ulando con el descubrimiento de nuevos datos y
monumentos, y el más profundo estudio de los ya conoci­
dos, caudal inmenso é inapreciable que la ciencia tom ará
en cuenta siempre, y que ninguna escuela ó sistem a osará
nunca rechazar; si nos rem ontam os á las altas regiones del
pensam iento, que inform aba el organism o de la civilización
europea, en su sangre y en sus fibras, en su fisonomía y
movimientos, en todas las esferas de su vida católica: bien
se puede asegurar que desde el grito de guerra lanzado
por el apóstata de W item berg hasta el pacífico, aunque
trascendental program a científico ideado por el filósofo de
Koenisberg, el error protestante, sociniano, escéptico, jan ­
senista y enciclopédico, nada tenia de sistemático, ni por tan­
to de científico: eran un simple golpe de ariete al tem plo
del cristianismo y de la civilización, que en los grandes si­
glos de fé le van tara la robusta mano de la Iglesia: eran
una negación, una duda, una hipótesis, una paradoja, no una
teoría ó un sistema, no un arranque, ni siquiera un conato
de reconstrucción. N ingún ingenio de esos tres siglos h a ­
bia comprendido la grandeza y magnificencia del edificio
que contribuía á derruir; á ningún escritor le ocurrió la idea
de trazar siquiera un diseño del que, sobre sus escombros,
era m enester levantar de nuevo. La misma duda universal
I IO BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

de Cartesio, y el geom étrico sistem a de Espinosa, ■los más


fundam entales que se habian opuesto, por racionalista la
primera, y por panteista el segundo, á la arm ónica sublimi­
dad del pensam iento cristiano, no eran más que ráfagas de
tem pestad, ideas aisladas; pero demasiado pobre la una
como filosófica, y h arto lim itada como sistem ática la otra
para elevarse á una esfera de ideas de donde pudiera salir
un orden completo de nueva vida.
E l m érito de K a n t consiste en haber echado una m ira­
da escudriñadora sobre la E uropa descreída de su tiempo;
en haber comprendido el desorden é indisciplina de los be­
ligerantes anti-cristianos; en haber sentido el inmenso vacío
que dejara en la inteligencia la negación de la idea, en. la
sociedad la ausencia de la religión, y en la m archa de los
hechos la falta del saludable influjo de la Iglesia católica;
y por tanto, en haber atinado que á una gran afirmación
científica, y á una solucion social com pleta como las que
daba la Biblia, habia que oponer, no una paradoja ó una
blasfemia al estilo enciclopedista, sino otra afirmación, otra
solucion, un sistem a completo en fin, calcado sobre la base
de la razón. E ste es el sentido hondo y trascendental, más que
como libro, como hecho histórico de su célebre Crítica de
la razón ptira. E nvuelta la elucubración K anciana y su na­
tural desarrollo panteista en un m anto de nebulosidad más
denso que las brum as que oscurecen el cielo de la G erm a­
nia, no h a influido en la m archa de los sucesos, ni siquiera
en la evolucion de la idea, cuanto pudiera tem erse de lo que
en la historia del pensam iento de los siglos llamaríam os un
acontecimiento. Y quizá el mismo racionalismo no ha com­
prendido que si su origen se rem onta á Descartes, ó más bien
á Lutero, tiene que reconocer por base á K ant, como á H e-
gel por cúpula y complemento. E sto en el orden especula­
tivo; porque, como observa el P. Didon, los alemanes, cuan­
to atrevidos en la idea,- son de prácticos en la vida real.
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . III

P o r lo demás, ya se ha dicho m uchas veces; al sepa­


rar el reform ador de la filosofía, en el objeto la realidad
de la apariencia, y on el sujeto el orden intelectual del
sensible, aunque no niega la realidad de las cosas, del
ncumeuo; como según el sistem a nada puede afirmar de
Dios, del mundo y de la historia, es claro que deja á la
historia, al mundo y á Dios en el vacío de la duda, en el
rango de un problema. Más lógico y atrevido Fichte, salva
la barrera y dice, en vez de esas tímidas vacilaciones que
dejan á medio camino la reform a de la ciencia, yo lo afirmo
todo de mi yo, que es el único ser, y el único conocer, es
decir, que es Dios; como el lím ite que el conocimiento se
pone á sí mismo, es el no yo, es decir, la historia y el m un­
do, teatro éste y representación aquélla de las evoluciones
de m i yo. A Schelling, le pareció que ese idealismo egoís­
ta chocaba abiertam ente con el común sentido de las gen­
tes; que éstas no se resignarían á darse perennem ente una
representación teatral en la escena de su interior; y dijo:
“el sér es la naturaleza, de que yo no formo más que un
átomo: sus dos manifestaciones, la naturaleza y el espíritu;
ese es el mundo, ese es el género humano, esa es la histo­
ria, como yo soy una parte y el todo es Dios. „ A unque ab­
surdo, el sistem a era comprensible, sin ofender además al
buen sentir de las gentes, pero carecía de base filosófica,
de una idea matriz, que abarcara todas las que durante
m uchos siglos han bullido en el hervidero de la hum ana
razón. Y dijo H egel: “ese vacío lo lleno yo; esa idea funda­
m ental es el ser-nada, ó el venir á sér, la síntesis de los
contradictorios, la unidad de la nada y del ser, la identidad
de la idea y del hecho, de la realidad y del conocimiento;
y el mundo es su teatro, y la historia su evolucion, y el
hom bre la encarnación de la idea, la cima del ser, el com­
pendio del todo.,, E l sistem a de H egel no tiene más que
un defecto, que es el constituir la esencia de la razón en el
I I2 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

absurdo, y la de la vida en la contradicción. Como si toda­


vía no estuviera com pleto el ciclo del pensam iento germ á­
nico, aparece en último extrem o K ráusse diciendo: “para
proceder con orden, y no aventurar nada sin prueba, debo
com enzar por el último borde de la negación, que no se
puede traspasar, sin negarlo todo, incluso á mí mismo. Co­
mienzo por mi yo, no en alguna de sus determ inaciones de
conocer ó de obrar, sino por otra cosa anterior que le sirve
de fundamento, por mi yo sustancial. „ Procediendo analíti­
cam ente de este punto de partida firme y seguro, al decir
del sistema, se llega fácilm ente á la intuición del sér abso­
luto, para reconstruir desde esa eminencia, y sintéticam en­
te todo el orden de la idea y de la vida, recorrido antes en
el análisis. Dios es el todo infinito y absoluto, que se revela
en las m anifestaciones infinitas relativas de la naturaleza y
del espíritu. E l hom bre es el todo finito, cifra y compendio
del espíritu y la materia, y limitación de Dios, un Dios jini-
to. L a historia es la realización tem poral de la esencia eter­
na del todo resum ido en el hom bre, y pasando por tres
fases: por la unidad simple, infantil, de imaginación en el
oriente, por la oposicion inarmónica, ó reflexión im perfecta
en Grecia, en Rom a, en el cristianismo, h asta que con la
reflexión m adura y perfecta sube á la arm onía del sujeto
y el objeto, del conocer y del sér en la cabeza de K rausse
y de sus discípulos belgas y españoles. Como se vé, el cri­
ticismo germánico, rem ontándose sobre las negaciones ais­
ladas de tres siglos, Jlena en cierto modo su program a,
dando una solucion racionalista, aunque absurda al proble­
m a del conocer, y al enigm a de la historia. P o r lo cual, fá­
cilmente se com prende el valor que tienen estas fórmulas
del racionalismo francés. L a filosofía consiste en la libertad
del pensamiento, eso dice Cousin. L a filosofía no pttedc
consentir que se la lim ite p o r una autoridad extraña, así
exclam a Saisset. La rcizon no puede lim itarse sino por ella
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

misma, hé aquí la últim a palabra del racionalismo según


Lamennais.
Está bien, señores racionalistas. V uestra razón no quie­
re recibir luz alguna del foco purísimo de la fé, ni ser limi­
tada por otra autoridad que le sea extraña. E stá bien. Pero
la razón de los creyentes tiene derecho á pedir á la libre
pensadora una explicación á todos los grandes problem as
especulativos de la ciencia y una solucion á las grandes
cuestiones prácticas de los hechos. A costum brada como está
á resolver con grandes y trascendentales aserciones cuanto
se refiere á los altos destinos del hom bre, de la sociedad y
del género hum ano por m sdio de la fé, con la luz que arro ­
ja el misterio, y bajo el criterio de una autoridad, que para
‘ella es infalible, como que se funda en la palabra del mismo
Dios; por lo mismo exige de vosotros, que lleneis el vacío
que han dejado en la inteligencia y en el corazon vuestras
soberanas negaciones, y que se suplan con una gran sínte­
sis proporcionada á la suntuosidad del edificio, que im pru­
dentem ente habéis arruinado. Pensad bien en lo solemne
del compromiso que habéis contraido ante la ciencia y ante
la historia. A l apagar la antorcha de la fé, teneis que sus­
tituir un faro de luz seguro, que alum bre el camino de la
vida; en vez del misterio que rechazais como oscuro, dad­
nos un axiom a que sea por todas sus caras luminoso; en
cambio de la Biblia, que borráis del m apa de la vida, dad­
nos, no hipótesis, negaciones, antilogías, ficciones, bufona­
das, sino soluciones científicas, un sistem a completo, docu­
m entos auténticos, la historia, en fin, del género hum ano-
A l punto á que ha subido la cuestión que hoy se agita en
el mundo, no caben ya hipótesis, por atrevidas que se an ;
negaciones parciales, soluciones incompletas. No basta que
R enán, en nom bre de la incredulidad, nos diga en tono m a­
gistral: el milagro es hoy desechado po r la ciencia; es m e­
nester que sustituya otra solucion á lo que sólo se explica
U 4 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

con el milagro. No b asta que el editor de Bagehot, resu­


miendo el pensam iento de este y en nom bre del positivismo,
nos asegure que la ciencia hoy no tiene pretensiones á la
verdad absoluta y p o r eso no quiere dogmas, y que nadie
adm ite y a como cosa fo rm a l la idea de una civilización p r i­
m itiva: es preciso que nos diga cómo se concibe la ciencia
sin verdad absoluta; ó más bien, si sabe lo que es ciencia y
verdad absoluta; es preciso que nos explique cómo h a po­
dido comenzar la historia sin el ejercicio de la razón y de
la libertad, sin el instrum ento de la palabra y sin el im pul­
so de esa misma civilización primitiva. No basta, en fin, que
se rechace este ó el otro punto aislado, ni siquiera que se
derruya el conjunto de los dogm as católicos; es preciso, ade­
más, reem plazarles con un vasto sistem a que, abarcando e l '
círculo entero de la idea y de la vida, sea tan extenso como
la gran síntesis arruinada, y que como ella dé á todo una so­
lución perentoria. E n nuestro hum ilde concepto, este es el
punto culm inante donde debe colocarse la apología cristiana
para aplastar con su m ano de gigante al proteo del e rro r
m oderno, sin perm itirle que tom e una nueva form a á cada
golpe que se le asesta. Combátasele si se quiere en detalle;
m as en el rem ate convendría estrecharle siem pre en este
notable contraste, con este incontrastable dilema: sin su­
prim ir ninguno de los horizontes de la idea, ni cegar nin­
gún venero de la vida práctica, que encomienda en sus
detalles al cultivo de la ciencia, y al ejercicio de la activi­
dad hum ana; el catolicismo, sin em bargo, tom ándoles por
el punto de intersección en que uno á otro se tocan, el ca­
tolicismo y sólo él tiene la virtud de elevarlos ambos á una
síntesis suprem a que con la solucion de todo, todo lo abar­
ca de un cabo á otro, lo finito y lo infinito, el hecho y la
idea, el origen y el fin, la vida del tiempo y la vida de la
eternidad. A l revés sucede al error en su esencia y en su
evolucion; aparte los politeístas, todos ellos parciales e in-
C R IS T IA N A DTC L A H IS T O R IA .

conexos y el neoplatónico de Proclo, que avalorado por la


misma idea cristiana que impugna, supo dar alguna trava-
zon á los antiguos;entre todos los que han afligido á la Ig le ­
sia en el transcurso de diez y ocho siglos, sólo el cristianismo
germ ánico iniciado pnr K a n t es el que ha conocido el com­
promiso de la razón que desierta de las banderas de la fé,
porque solo él dejando lo que podemos llam ar las guerri­
llas de la horegía, h a presentado batalla form al entre sín­
tesis y sistemas, entre la síntesis de la fe y los sistem as de la
razón pura. Pero aquí es precisam ente donde resalta la fla­
queza de la razón apóstata. E n esa evolucion de ideas que,
tom ando por punto de partida la negación, después de m u­
chos rodeos tenia que parar en el térm ino del absurdo, es­
pecie de agitación febril de poderosas, pero delirantes inte­
ligencias, de tal modo ha agotado toda su vitalidad, que
despues de H egel, no ha ofrecido, ni será capaz de presen­
ta r una construcción original, un pensam iento nuevo. Y es
que gastadas las fuerzas del fantástico coloso en m archas
y contram archas por torcidos senderos, como el soldado
que se pierde en la refriega, fatigado de luchar en el va­
cío, y sintiéndose desfallecer en la radical impotencia del
error, ha caido postrado en el abismo de abstracciones tan
absurdas como fuera del común sentido. No es envidiable,
por tanto, la gloria del m aterialismo y evolucionismo m o­
dernos al levantar sobre los escombros de las desacredita­
das abstracciones panteistas el cuerpo galvanizado de su
positivismo, que sin el alm a de la metafísica, y sin el aire
vital de la lógica, caerá pronto tam bién en el olvido, por no
satisfacer ni á los principios inconm utables de la ciencia,
ni á las necesidades más urgentes aún de la vida de un sér
racional. Su valor relativo, pendiente de Jas m uelles cos­
tum bres de una generación sensualista, desaparecerá el dia
que recordando el mundo su dignidad rebajada, vuelva á
ver claro en la frente del hom bre la imáge-n do Dios g ra ­
I 16 BOSQU EJO B E U N A F IL O S O F ÍA

bada por el Criador, y restaurada por la m ano de la reden­


ción. No sabemos, por tanto, si acusar de candor infantil, ó
de refinada malicia á la nueva Enciclopedia al escribir es­
tas palabras: L a lucha entre el cristianismo y la filosofía
ha concluido: continuarla sería proseguir inútilm ente la
victoria. L a filosofía ha triunfado del cristianismo ata­
cándole p o r su p arte más débil, es decir, po r sus símbolos
y por sus misterios. Si el autor de esas palabras pudiera
observar el estado lastimoso en que ha caido la asenderea­
da filosofía panteista, cambiando de opinion quizá se con­
vencería de que el cristianismo es la única doctrina capaz
de abarcar todos los modernos descubrimientos de que tan ­
to abusa, p ara m aterializar la vida, el positivismo; y que
para elevarlos á una gran síntesis sólo falta una Sum a con­
tra gentes y una Ciudad de D ios que los encaje ordenada­
m ente en el plan de un sistem a completo de ciencia, de una
verdadera y sólida filosofía de la historia.
A la altura, pues, en que se ha colocado el problem a,
poco significa el racionalismo bíblico de algunos doctores
alemanes, despojando á la Biblia de su espíritu, que es lo
sobrenatural, y dejando sólo el esqueleto de los hechos his­
tóricos; poco el revolucionario francés de Owen y de Prou-
dhon, haciendo el vacío en la sociedad con la ausencia de la
religión y de la moral; poco el racionalismo positivista bri­
tánico de los S tu a rt Mili y de los Spencer, echando á Dios
y á la m etafísica de la ciencia y de la historia; como tam ­
bién y finalmente, carece de im portancia científica ese vag-o
racionalismo, en que vienen hoy em papados los estudios
geológicos y prehistóricos, los jurídicos y sociales, los artís­
ticos, lengüísticos y literarios.
Gravísimos como son estos errores, en el estado actual
de la cuestión, todo, sin em bargo, es pequeño y secundario,
porque todo es parcial é incompleto. A esa razón orgullo-
sa que rechaza las luces de la fé, hay que m ostrarla que
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA .

al m archar por sendas extraviadas, siem pre se queda corta


por muchos lados; y para poner de relieve su radical impo­
tencia, hay que recordarla el compromiso que contrae, al
atacar este ó el otro punto, de sustituir una solucion tan ex­
tensa y com pleta como la que indoctam ente intenta derri­
bar. Y a no basta suprim ir un horizonte de la idea, ni una
esfera de la vida con sólo una palabra de desden; en la ex ­
plicación del misterio de la existencia ya no caben térm i­
nos medios, ni soluciones incompletas.
E n las grandes cuestiones especulativas de la ciencia,
una de dos; ó la razón toma en su viaje por guía la antorcha
de la fé, que en vez de cortar sus alas, rem onta su vuelo,
en vez de ahogar su actividad, la endereza para que no se
extravie; ó la razón abandonada á sí misma, cual estrella er­
rante en el espacio y fuera del centro de gravedad, se pier­
de en el vacío de la ignorancia politeísta ó de los m últiples
errores del renacimiento. De la verdad de este dilema da
testimonio elocuente la historia de la filosofía. Asimismo la
historia, ó tom a por base, centro y dirección á la narración de
la Biblia, que es su principio, su medio y su fin; ó tiene que
engolfarse, cual nave sin norte y sin piloto, en la oscuridad
de los orígenes y en la incertidum bre de la continuación,
procediendo del principio al fin sin norma, sin guía y sin
plan. De ello responde, lo que llam aba M aestre conjuración
perm anente de tres siglos contra la verdad histórica. D e
aquí ese empeño con que la razón paganizada lo ha em bro­
llado todo, desde la tergiversación que hizo el protestantis­
mo de la historia de la Iglesia, hasta los indoctam ente gro ­
seros delirios que inventó el enciclopedismo para explicar
los orígenes de la religión, del lenguaje, de la sociedad y de
la civilización, sin que hayan sido parte á disipar la niebla
de la confusion, los m onstruosos sistemas, que como M iner­
va de la cabeza de Júpiter, han brotado del criticismo g e r­
mánico con el pom poso nom bre de filosofía de la historia
BO SQU EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

No se trata, pues, de rechazar ningún dato de erudición,


ninguna observación filosófica, ninguna institución social,
ningún cambio de civilización, ningún descubrimiento físi­
co ó químico, geológico ó arqueológico. Todo cabe dentro
del área inm ensa de la historia, siem pre que el dato sea se­
guro, la observación atinada, la institución histórica, y cier­
to el descubrimiento. E l caudal inmenso de erudición acu­
m ulada por miles de investigadores, no es patrimonio de
ningún sistema, por lo mismo que pertenece á todos, y so­
bre los datos no h ay cuestión alguna entre los hom bres de
la fé y los libre-pensadores. L a buena fé, la honradez cien­
tífica no pueden consentir el apotegm a lanzado á la escuela
católica, de que es enem iga de la luz, como si la supuesta
rivalidad pudiera dar ocasion á lo que h a llam ado D raper
historia de los conflictos entre la ciencia y la religión. Si no
estuviera bizarram ente desmentido el naturalista norte­
americano por nuestros insignes publicistas Cámara, Mir,
Orti y L ara y Mendive, proclamaríam os aquí á la faz de la
sábia Europa, que entre la razón y la fé, rayos de un mismo
foco, que entre la ciencia y la religión, ram as de un solo ár­
bol hay distinción, no contrariedad alguna, añadiendo en
consecuencia que al trazar el cuadro de la historia, que es
lo mismo que resolver el enigm a de la vida, lejos de recha­
zar, antes bien pedimos el concurso á todas las ciencias, para
que con la luz hum ana de sus elucubraciones vengan á for­
m ar el cortejo á su herm ana mayor, la religión que sólo
reclam a para sí la dirección suprem a de la prim ogenitura
p ara bien de toda la familia de las ciencias; como de todos
los hom bres y de todas las naciones forma la Biblia una
sola familia que es el género hum ano. Y sólo bajo esta base
es como puede levantarse el gran edificio de la verdadera
filosofía de la historia.
CAPÍTULO VI I .

FALSO PUNTO DE VISTA H ISTO R ICO D E L A M O D E R N A

H ETERO D O X IA ,

A historia no es, ciertam ente, un sistem a filosófico,


al estilo de la armonía prestablecida de Leibnitz
ó de la Inquisición de la verdad de M allebranche;
pero sí es por lo m enos el horizonte por donde cruzan to ­
das las ideas, y el espejo donde se reflejan todos los siste­
mas. P o r su ancho cáuce pasa todo en no interrum pida cor­
riente; ora la verdad en el armonioso desenvolvim iento de
sus variados aspectos, ora el error en sus m últiples y torci­
das m anifestaciones. L a historia no es tam poco un índice,
un repertorio, una clasificación de todas las ciencias al esti­
lo del Novum organnm de B acon ó del pomposo prólogo
de la Enciclopedia; es más bien un dram a en acción, don­
de aparecen tantos personajes com o pueblos, tantos acto­
res como individuos, y todas las situaciones de la vida h u ­
mana; ora las pacíficas de las artes y literatura, ora las tu-
1 20 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

m ultuosas de la guerra y de la política; y los cambios de


dinastías, el nacimiento, progreso y ruina de las civiliza­
ciones.
A l trasladar, pues, al lienzo de la narración el variado
paisaje de la vida, es m enester abarcarlo todo, los detalles
y el conjunto, la form a y el colorido, los personajes y el
grupo, los rasgos y su armonía. Y no se describirá bien el
hecho práctico, sin de antem ano conocer la ley que le presi­
de; ni será bien dibujada una cultura, una institución, el ca­
rácter de ese pueblo, el papel que desem peña ese individuo,
sin haber penetrado de antem ano en las ideas y sentim ien­
tos, sin conocer los móviles á que obedece y la influencia
que ejerce el personaje en la m archa tranquila y normal á
veces, precipitada y torm entosa otras, de esa institución,
de la historia de ese pueblo. Y cuando de la vida entera
del hum ano linaje se trata, el cronista, el pintor, el dram a­
turgo, tiene que abarcar en sintética m irada al estádio y al
atleta, al actor y al escenario, á la actitud y al colorido, al
origen y al plan, á los m omentos solemnes y á las transfor­
m aciones im portantes, al conjunto y á los detalles. Y como
el teatro aquí es el Universo, el estádio la tierra, el actor
un sér inteligente y sensible y el director la Providencia,
claro es que el historiador no ha de apartar nunca la vista
del norte de esa idea capital, de la norm a de esa ley sábia,
del altísimo designio que preside la m archa ordenada de
los hechos. Ni debe olvidar que el hom bre es un sér libre
aunque sometido en su cuerpo á leyes fatales, que no pue­
de declinar, y en su conciencia á una ley m oral que tiene
obligación de obedecer. E l historiador debe tener presente
que el hom bre es un sér religioso, m oral y social, individuo
de una sociedad particular y m iembro de la gran familia
hum ana, con un doble destino que llenar, el tem poral de la
civilización y el eterno de la bienaventuranza. Si en el re ­
lato no ha de bogar sin rumbo fijo como nave sin timón; si
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 12 1

al apreciar los sucesos y los actores ha de emitir juicios se­


guros sobre hechos y personajes, el narrador debe saber de
antem ano, ó más bien nunca echar en olvido los principios,
de sana filosofía, las grandes verdades de religión y de mo­
ral, y el constitutivo de la civilización verdadera. No há m e­
nester, pues, ser filósofo á lo Pitágoras ó Zenon, pero no le
es lícito al menos separarse de las inspiraciones de la sana
filosofía; no necesita llevar de frente todas las ciencias como
de Leibnitz decia Fontenelle, pero sí poseer un criterio se-
guru para juzgar de todas ellas; no tiene, en fin, que trazar
en el encerado de su relato un Cosmos, como ha titulado á
su libro el célebre Hum bold, pero debe form arse anticipa­
dam ente un juicio verdadero de la vida, que va á describir,
en los porm enores de sus hechos, en lo general de sus le­
yes, y en el plan altísimo desde su origen á su desenlace.
E l mundo histórico como el físico y m aterial aparece
al ojo del espectador, según el punto de vista en que se
coloque p ara mirarle. Y de ello nos sum inistra una prue­
b a irrefragable la poesía. E ntre el Edipo de Sófocles, el
Hanclct de Shakespeare, y la Vida es sueño de Calderón;
entre los clásicos del siglo de Luis X IV , los racionalistas
de la m oderna Germania, y los por todos llamados grandes
poetas españoles, son bien, m arcadas las diferencias. A p arte
la diversidad de estilo y de lengua y de más ó ménos com­
plicado enredo dramático; en el modo de considerar la vida,
hay tan ta distancia de un pensam iento al otro, cuanto va
del paganism o al cristianismo; del positivismo anglicano,
del clasicismo francés y del racionalismo aleman, al esplri­
tualismo, pero bello y altam ente filosófico del teatro espa­
ñol. Y lo mismo sucede en la historia, narración del suceso
de lo que es, como la poesía es la pintura de lo ideal, de lo
que debe ser. La introducción de Salustio á la Guerra catili—
naria, y el prólogo del P. Sigüenza á la Vida de SanJeróni­
mo colócanse en tan diversos puntos de observación, cuan-
1 22 ' BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

ta es la distancia del pagano, y en cierto modo fatalista, al


filósofo cristiano, qué en todo adora la Providencia. E l uno
no ve en las hazañas, más que la gloria de un nombre, que
no se pierde en la oscuridad; y este es todo el alcance de su
m oral y de su filosofía. E l otro, de un solo vuelo se rem on­
ta á la acción de la Providencia visible en la historia, sen­
tando un principio adm irable de su filosofía, el de los hom ­
bres providenciales. E l mismo contraste resalta al compa­
ra r las m áximas y a proverbiales del libro del Príncipe de
M achiavelo con la sana doctrina del Gobernador cristiano
de Márquez. E l uno en medio de los diversos juicios que de
él se han formado, representa de todos modos la política
sin m oral y sin pudor que guiaba á los príncipes italianos
de su tiempo. El otro contiene los sanos y siempre seguros
consejos que pedia á u n teólogo español el prudente y ca­
balleroso D uque de Feria, V ice-gerente del R e y Católico en
Ñapóles. Y para no m ultiplicar ejemplos, por otra parte bien
conocidos, al describirse el gran acontecim iento del si­
glo x v , el descubrimiento del nuevo mundo, á la prirfiera
ojeada se echa de ver el criterio providencial con que le
juzgan Bartolom é de las Casas, y su continuador H errera; y
el que guiaba la plum a del presbiteriano R obertson, ó del
indiferente R aynal, representantes respectivam ente de la
escuela do E dim burgo y de la enciclopedia.
P o r eso m ientras el faro de la fé alum braba la entrada
en el golfo de las investigaciones de la razón, y la ciencia
sagrada ocupaba el puesto que la señalara San B uenaven­
tu ra en su Reducción de las artes á la teología, el de reina
de las ciencias; m ientras la savia de la religión informaba
á las leyes, instituciones, costum bres y gobierno de los
pueblos, y la Iglesia regía y m oderaba los pasos de la ci­
vilización europea; y sobre todo, m ientras la Biblia presi­
dia el m ovimiento civilizador del mundo desde las cumbres
de su triple prestigio, de su antigüedad, de su autenticidad
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 12 3

y de su certeza; en toda acumulación de ciatos, en toda elu­


cubración científica no era m enester sino de esa filosofía
sublime que, nacida en la India ó en Grecia, purificada por
los padres y realzada y renovada por los escolásticos, será
-siempre la colum na del pensam iento y el guia de las in­
quisiciones ordenadas y científicas. E ntonces no era nece­
sario otro criterio para juzgar la vida, que el superior de la
Iglesia, que como cristianizó la enciclopedia pagana, así
podia dar un rumbo fijo y \m norte seguro de dirección al
brioso impulso del renacimiento. Y esta es la gloria inm ar­
cesible que ciñe las sienes de esta querida patria, tan des­
deñada, como mal conocida por los extranjeros. D esem ­
polvados los tesoros del saber patrio, que apelillados yacían
en el fondo de las bibliotecas, desde que ese portento de
ingenio que se llam a M enendez Pelayo ha reunido en el
bazar de su pasm osa erudición, limpias del m ugre que las
cubría, y con todo el brillo de su esquisito gusto literario,
las preciosas m argaritas que encierra lo que con propiedad
ha llamado L a Ciencia española; á ningún extranjero por
rival de nuestras glorias que se le suponga, se le ocurrirá
en adelante negar que los españoles del renacim iento dis­
currieron por el inmenso campo de la ciencia y de la lite­
ratura, sin tropezar en ninguna piedra de escándalo, ni mu­
cho menos caer en el abismo de la incredulidad, sólo por
haberles servido de itinerario y de guia el m apa de la Bi­
blia, y de antorcha la luz de la fé cristiana. Y esta honra
común á ía patria de Vives y de H uarte, es m uy singular
de la que con razón se llamó A tenas española, como que
era en cierto modo el cerebro del pensam iento ibérico. S a­
lam anca produjo orientalistas como A rias M ontano y al­
gunos autores de la políglota complutense; helenistas como
el Com endador griego; latinistas como N ebrija y el Bró­
cense; hom bres de estado como Cisneros; cosmógrafos
como Deza, el protector de Colón; teólogos como Vitoria,
124 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

Sócrates de la teología moderna; filósofos como Suarez, el


autor insigne de la Metafísica; canonistas como Cobar-
rubias y Alpízcueta; jurisconsultos como Soto y López,
místicos como el elevadísimo San Juan de la Cruz; comen­
taristas bíblicos como Maldonado, ó como el hablista y es­
criturario Luis de León; historiadores como Am brosio de
Morales; novelistas como Cervantes; poetas como Calderón;
colecciones de cánones como la de A guirre; bibliógrafos
como Nicolás Antonio; políticos como Saavedra; músicos
como Salinas y médicos como Laguna. Salam anca, en fin,
cultivó todos los ram os del hum ano saber, sin que perm i­
tiese nacer en el ameno vergel la zizaña del error. Y es
que al navegar por el océano de la ciencia nunca apartó los
ojos de la estrella polar del catolicismo.
E n cambio ni para resolver el enigm a de la vida, ni
para aclarar el cielo de la ciencia, ni para b arruntar siquie­
ra el gran designio de la historia sirvió de auxiliar, si no
más bien de estorbo el tan ponderado libre pensam iento.
Erasm o, con su sonrisa erudita aunque ruda, empollando el
huevo de la reforma, y Lutero, con su Siervo albedrío, y
M elancton con su Con/esi'on de. A tisbu rg y Calvino con sus
Instituciones y los demás reformistas con sus disputas, sólo
consiguieron dar ocasion á obras inmortales de autores ca­
tólicos, algo más fecundas para la ciencia y para la historia
que los híbridos engendros del protestantism o. Tales fue­
ron los Lugares teológicos del salm antino Cano, y las Con­
troversias de Belarm ino que descoyuntaron al protestantis­
mo en el terreno polémico y teológico; tal la H istoria de
las variaciones de Bossuet que le desconcertó en el histó­
rico, y á cuyo solo nom bre debió tem blar la reforma, dice
Balmes, como últim am ente la Itegla de f é de Perronne, y
la Simbólica de M oelher, poniendo de manifiesto la incerti-
dum bre de su criterio y sus palm arias contradicciones. La
reforma, según queda evidenciado en esas obras, como he­
C R I S T I A N A Dl í LA HISTORIA. 125

cho que halaga las pasiones, y política apoyada por los go­
biernos, se ha sostenido por espacio de tres siglos; pero
como idea no tiene ninguna, y como criterio histórico care­
ce de él absolutam ente. I.o mismo h a sucedido al janse­
nismo de P ort Royal, con los R icher y Tamburini, al re-
galismo austriaco y español, y al galicanismo francés, hi­
jos legítim os del cesarismo protestante, y tan im potentes
como él para concebir siquiera la idea de ía historia. No
creemos necesario, por ser bien conocidos, enum erar la série
de canonistas que han descubierto los fraudes, rectificado
las imposturas, y pulverizado los argum entos con que jan ­
senistas y regalistas han desfigurado la historia de los P a ­
pas, y de las instituciones cristianas de los siglos medios.
Sólo diremos que el único resultado de esa conjuración de
tres siglos á contrahacer la historia cristiana, ha sido el dar
motivo y origen al libro del Papa, sin que hasta hoy se haya
presentado en 3a arena un digno rival á José de Maistre.
Así, bien se puede asegurar que ni protestantes ni jan ­
senistas han comprendido el sentido de los siglos cristianos.
Y en prueba de ello, no mencionaremos á Pablo Sarpi, á
quien llam a su biógrafo Courrayer, católico al por mayor,
y algunas veces protestante al por m enor y que m ás bien
rabioso sectario siempre, desfigura la H istoria del Conci­
lio de Trento, rectificada despues por Palavicini. Ni hemos
de citar á Tom ás Jones desfigurando en su Guerra papal
los hechos que precedieron á la edición de la Vulgata, que
recientem ente ha puesto en claro en vista de los docum en­
tos originales el bernabíta P. U ngarelli. Pasarem os en si­
lencio las falsificaciones con que m ancharon la historia ecle­
siástica los Centuriadores m agdeburgenses castigados se­
veram ente por los A n ales de Baronio; no insistiremos en el
lam entable ejemplo que nos dan Mr. Simón, Launoyo y
Dupin, haciendo converger su por otra p arte vasta erudi­
ción de Padres, Concilios y Papas para sostener con falsifi­
BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

caciones voluntarias y omisiones maliciosas sus teorías jan ­


senistas , como del primero lo ha dem ostrado Bossuet en su
defensa de la Tradición, del tercero Ceillier en el prólogo
á su Biblioteca, y de Dupin y I .aunoyo, Grave.son en sus
Coloquios á la historia eclesiástica, y N atal A lejandro en
algunas de sus célebres Disertaciones. Colocados en un fal­
so punto de vista los cuatro historiadores mencionados, á
los cuales podrLimos añadir, con el autor de los Coloquios,
A driano Baillet y P edro l'audit, todo lo confunden y os­
curecen. P o r la lectura de sus obras nadie se form ará una
idea cabal de la doctrina de los padres, de la misión de los
monjes, de la im portancia de los escolásticos, de la grande­
za del Papado, de la sabiduría de los Concilios, y en espe­
cial del Tridentino, y por tanto de los destinos de la Ig le ­
sia en la era de la unidad. Todo lo miran al través del pris­
m a del error, y los tintes jansenista ó protestante del em ­
pañado cristal, les impiden ver en su resplandor el sol cla­
rísimo de la unidad. No hablemos, pues, de estos fanáticos
y preocupados desfiguradores de la historia del cristianis­
mo. Citaremos tan sólo como un triste ejemplo y palm aria
dem ostración de nuestras aseveraciones dos autores de esta
centuria, inteligentes, eruditos, imparciales y fieles n arra­
dores de los hechos, pero que por el falso criterio con que
les juzgan, dejan en la m ente del lector un vacío inmenso
que toda su diligente averiguación de los hechos, y todas
sus buenas formas literarias son im potentes de llenar. Y
sea el prim ero el calvinista Pressensé. E l que desee cono­
cer los medios de que se valió el cristianismo p ara exten­
derse por el imperio romano, la lucha de ideas que tuvo
que sostener la doctrina evangélica contra las teorías gre­
co-orientales de los gnósticos, y la lucha más heroica aún
de la virtud y constancia de los m ártires contra la tiranía
de los Em peradores, puede buscarlo allí, porque todo se en­
cuentra en la H istoria de los tres prim eros siglos de la Igle­
C R IS T IA N A D E I-A H IS T O R IA . 12 7

sia cristiana. Pero el que deslum brado por el título de la


obra busque el origen, organización, progresos y altísima
misión histórieo-social de la Iglesia, que es el cristianismo
en concreto, que es el órgano incorruptible por donde el
cristianismo derram ó la luz, y el actor vivo por cuyo m inis­
terio se inauguró una nueva edad; el que esto busque, que
acuda á otros libros, porque del criterio calvinista, cuyas
vulgares reflexiones están refutadas en todas las obras de
lugares teológicos, no se puede esperar la idea luminosa de
la filosofía cristiana, de la historia. Sea el segando Leopol­
do R a n k e en su H istoria eclesiástica y política de las P a ­
pas de Rom a (sic) en los siglos x v i y x v n tal como le
juzga la delicada crítica, que de este erudito libro hacia el
inglés M acaulay en sus Ensayos críticos c históricos, des­
tinados á la R evista de Edimburgo. El que va ya con inten­
ción de ver descritas con copia de datos, crítica severa y
sobrio, aunque elocuente lenguaje las trem endas crisis por
donde h a pasado el Pontificado desde las heregías de los
albigenses, boemios y cisma de Occidente en los siglos x m ,
x i v y X V , h asta las que atravesó incólume en la apostasía
protestante, en la paz de W esfalia, y en la revolución fran­
cesa; que lea el libro del profesor aleman, sazonado con la
esquisita delicadeza del crítico L ord inglés. Y aún es de
adm irar la ingenua confesion que se escapa, quizá sin ad­
vertirlo, á la gráfica plum a del anglicano. M ientras el pro­
testantism o, despues de sus rápidas prim eras conquistas, no
ha engrosado el núm ero de sus filas en el espacio de tres
siglos; el Papado, dice el crítico de la R evista, saliendo in­
cólume y victorioso de todas las pruebas, está hoy aum en­
tando su dominio, en visible pujanza. Y como la R evista ó
más bien la coleccion de los artículos se publicaba en el
año 1840, hoy en el año 1884 despues de las conquistas ad ­
m irables de León X III, el triunfo del Pontificado podría ase­
gurarse con más firmeza, al p ar que la evidente decaden­
I 28 B O SQ U EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

cia de las sectas disidentes. E n este concepto no tienen p re ­


cio el historiador y el crítico. Todo se encuentra allí deli­
neado y con tan vivos colores cual sólo puede concebirse
m irando el animado cuadro. Pero al term inar la lectura de
tan precioso y acabado trabajo, queda en el ánimo un vacío
inmenso. E n medio de tanto resplandor histórico, no se des­
prende un rayo de luz, una sola reflexión científica para
explicar esa perm anencia granítica de la silla pontifical, y
esa fecunda vitalidad de la institución de la Iglesia que tan
vivam ente impresiona al crítico. Y es que 110 cabe en el
criterio históricam ente cierto, pero teológica y filosófica­
m ente vacío del anglicano la prom esa de Jesucristo tu es
Petrns, y la era de la unidad, de que si Cristo es fundador y
Padre, el P apa es el centro y la viva continuación hasta
el fin de los siglos. L a reforma de las órdenes regulares, la
pujanza con que nace y se consérvala Compañía de Jesús,
la adhesión inquebrantable de los Príncipes católicos á la fé
de sus mayores, la robusta organización de la gerarquía
eclesiástica, llam an vivam ente la atención del crítico in­
glés. No se oculta tampoco á su m irada el contraste que
resulta de la robustez y fijeza de las instituciones católicas,
com paradas con la esterilidad de las disputas domésticas
de las sectas disidentes, y con la incertidum bre en el rumbo
y falta de celo en los Príncipes protestantes. Pero como no
conoce el secreto resorte, que impulsa esos tan divergentes
movimientos; á pesar de sus titánicos esfuerzos, nunca dá en
la clave para explicarlos. E l crítico no acaba de entender
que las divisiones y esterilidad protestantes más bien que
defectos de los hombres, son fruto natural de la apostasía,
y la esencia misma del protestantism o; y que m ientras la
Iglesia es vivificada por el espíritu de inquebrantable uni­
dad, vinculado en el centro del Pontificado, el protestan­
tismo al revés, es la división en el orden sobrenatural; es el
politeísmo cristiano, hijo dé la rebelión y d é la apostasía,
C R IS T IA N A D lí L A H IS T O R IA . I2g

como el pagano lo era de la religión primitiva, y ocasiona­


do por la división de Babel. E n una palabra, la historia do
los Papas y su crítica son un bello paisaje sacado del ori­
ginal de la historia, pero á la luz opaca y som bría del cri­
terio protestante; y por eso pintan ó más bien desfiguran
los grupos, por no haber entendido siquiera el argum ento
del cuadro. En este punto es preferible la H istoria de, Ino­
cencio II I, porque su autor H urter, aunque, al escribirla,
protestante, colocándose no obstante para ju zg ar de e.sa
institución secular en la cima del criterio católico, á que des­
pués hum ilde se rindió, emitia solidísimas reflexiones, que
no han de ser estériles para la filosofía de la historia, cuando
se ocupe de la singular, y con ninguna otra com parable
institución del Pontificado. Hé aquí una m uestra del crite­
rio con que juzgan la historia las escuelas protestante y
jansenista.
Ni ha salido m ejor librado de la cam paña anti-cristiana
la ligereza enciclopédica, que desdeñó por no atreverse á
im pugnar la falsa filosofía del P. Ceballos, y cuyas ideas, ó
más bien, cuya falta de toda idea filosófica y verdadera­
m ente científica, desapareció entre el descrédito en que hoy
yace la escuela de los espíritus fuertes. M ientras la Congre­
gación de San M auro y los Bolandos, D ucange y M abilonj
M uratori y M ontfaucon hacían acopio de datos que h a­
bían de servir de preciosos m ateriales al plan de una
historia universal; m ientras laboriosos operarios, en cada
nación, y singularm ente en nuestra España, los M ayans y
los Florez, los B urriel y los Masdeus, abriendo cerrados ar­
chivos y desenterrando olvidados m anuscritos p ara com ­
prender los secretos del pasado, dotaban á su patria de no­
ticias antes desconocidas, y allegaban poderosos auxilios a
la construcción del gan edificio; la incredulidad del pasado
siglo sólo acertaba á poner en escena lo que llam a con ra ­
zón Cesar Cantú alegatos interm inables de Hume, decía-
130 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

m ariones sentim entales de R aynal y Diderot, y dislates in­


sustanciales de M ably. La historia de la decadencia del
imperio Romano, y el prólogo á la H istoria de Carlos l r,
con ser lo más serio y concienzudo que produjo la pasada
centuria, y bajo cierto aspecto, eruditos y apreciablcs tra­
bajos; en cuanto se refieren al gran hecho histórico del
cristianismo y á la misión de la Iglesia en los siglos feuda­
les, las obras de Gibbon y de R obertson, sólo sirven para
oscurecer la im portancia del prim ero y desfigurar la subli­
m idad de la segunda. E n este punto el tiempo lia hecho á
las diversas escuelas justicia completa, castigando severa­
m ente la ligereza enciclopedista. Los nom bres de los últi­
mos y especialm ente sus libros, yacen hoy en el descrédito
y en el olvido. A l contrario, todo el que de historia se ocu­
pe, se vé en la necesidad de acudir á cada paso al rico ar­
senal de erudición de los investigadores católicos, monjes
ó frailes en su m ayor parte. Y lo mismo acontece á los his­
toriadores racionalistas. Lo hem os advertido ya y convie­
ne inculcarlo á fin de evitar lam entables equivocaciones.
Saludam os con respeto á todo investigador independiente,
que en cualquiera de los ram os de la variada erudición
moderna, allegue un dato, observación ó descubrimiento,
que arroje un rayo de luz en el oscuro horizonte de los pa­
sados tiempos. A l hablar de los racionalistas, nos referimos
tan solo á los que aprovechándose del penoso y fecundo
trabajo de la investigación ajena, en vez de encajarla en el
m olde de una idea luminosa y progresiva, la convierten en
venenoso dardo para herir, ó en caliginosa niebla para em­
brollar la verdad de la historia. De estos afirmamos que le­
jos de pintar el cuadro, ni siquiera han penetrado en su
alto y trascendental sentido. Y por no m encionar á W eber,
anotado por Sanz del Rio, sólo nos fijamos en dos nom ­
bres de gran popularidad hoy entre los racionalistas espa­
ñoles. Y sirva de prim er ejemplo la H istoria de los conflic­
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA .

tos entre, la religión y la ciencia. P ara D raper, el círculo


de la vida hum ana está limitado al especulativo de la cien­
cia, el árbol de la ciencia al ram o de la física y de la as­
tronom ía y ambos á la biblioteca, museo y jardin botánico
de A lejandría. E n el criterio del norte-am ericano, el m un­
do nada pensó, nada hizo hasta la época de los Ptolomeos;
el cristianismo es un paréntesis en la historia; y los árabes
el único anillo de comunicación científica con la aurora del
renacimiento, y por tanto del pleno dia de la ciencia y de
la cultura, que á despecho del catolicismo alcanzan los
tiempos modernos. Después de tanto ruido como ha causa­
do en el mundo, no conocemos un criterio histórico más
estrecho y mezquino que el que preside á la flamante elu­
cubración yankesa. Sea el segundo el autor de los Estudios
sobre la historia de la humanidad. Prescindim os ahora de la
cuna que asigna al hombre, del rum bo con que conduce la
c u ltu ra 'd e los antiguos pueblos, y del modo con que intro­
duce en escena el cristianismo; puntos im portantísimos que
hemos de exam inar en tiempo y lugar oportunos. P o r aho­
ra sólo nos fijaremos en el que nos ha dejado intacto el ra ­
cionalista de los conflictos. E n concepto de Laurent, el
cristianismo en los siglos feudales, y singularm ente su jefe
supremo, su cabeza visible, su centro de acción, el Pontifi­
cado fué una gran institución, necesaria en cierto modo y
providencialm ente destinada á educar, organizar y civili­
zar á los bárbaros. H ildebrando es el genio de la época, el
héroe de los héroes. Con su sabiduría previsora y con su
voluntad de hierro, sabe encadenar los revueltos elem en­
tos de la anarquía, y conducir el aislam iento feudal á un
sólo pensam iento civilizador. P o r su medio el Papado, lle­
vando la benéfica influencia del centro á todos los puntos
de la circunferencia, acierta á producir ese fenóm eno inau­
dito y singularísim o que se llam a civilización europea.
H asta aquí nada, hay que reprender ni enm endar en los
13’ BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

estudios racionalistas. Pero es el caso que, á los ojos del


pensador belga, el destino providencial del Pontificado era
transitorio, accidental, de circunstancias; pasadas las cua­
les debe desaparecer de la escena, no de otro modo que á
un inteligente y celoso pedagogo, una vez redondeada la
educación del m ancebo que tiene á su cargo, se le despide
de casa, despues de pagarle su salario. Y aquí precisam en­
te es donde quiebra la agudeza y se desm iente á sí mismo
el criterio libre-pensador. Porque si el cristianismo es el
punto central, la Biblia el faro, y el Pontífice el piloto que
conduce la nave de la historia por el océano de la unidat?,
desde la prim itiva del Génesis, por la del medio del cris­
tianismo hasta la final, cuyas puertas abrirá Colon; el Papa,
el Cristianismo y la Biblia son tres factores necesarios,
esenciales, perpetuos, p ara llevar con el descubrim iento de
A m érica la unidad religioso-social á todo el m undo. E l ra ­
cionalista, en vez de una observación profunda y atinada,
no h a hecho m ás que estam par el m ayor de los dislates
históricos. A unque le concedamos que el cargo de peda­
gogo político-social, fuera pasajero y excepcional en los si­
glos feudales, ó una investidura de circunstancias, debida á '
la sabiduría y justificación de los Papas; siem pre será cier­
to, que como- M aestro de la fé y de la moral, como centro
de unidad gerárquico-religiosa subsistirá m ientras dure la
Iglesia; es decir, según la prom esa h asta la consumación
del siglo. Si las naciones se separan de su paternal direc­
ción, y le niegan ó impiden su influjo civilizador, andarán
revueltas y desquiciadas hasta q u e . los tres imperios más
poderosos de Europa, protestantes los dos y cismático el
tercero, sintiendo el vacío de 1.a idea religioso-social y la
im potencia del poder tem poral para llenarle, vuélvan los
ojos á la estrella polar de la civilización, y se postren hu-1-
mildes á los piés del m agnánim o León X III. A unque en
otra forma, se han reproducido los tiem pos de H ildebrando
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 13 3

y de Inocencio III. A l bofeton de N o g are t á Bonifacio, ha


sucedido el cariñoso entusiasmo que m ostró el orbe al P o n ­
tífice de la Inmaculada y de la Infalibilidad , y el respeto
con que tratan los Gobiernos al sabio autor de las E n cícli­
cas JU tcrn i Patris y Thimanum g eu us;y al cism a de O cci­
dente la unión íntim a y cordial de los fieles á sus pastores,
y del episcopado católico con el sucesor de Pedro; y á la
apcstasía de las naciones protestantes, conversiones ruido­
sas de individuos, y la vu e lta en masa de pueblos y razas
al redil de la unidad; y al espíritu burlón, en fin, y al sobe­
rano desden con que hablaba la Enciclopedia del V icario
de Cristo en la tierra, el prestigio que h a conquistado en
los dos últimos pontificados, elevándose á tan gloriosa cum ­
bre, que nadie será osado ocuparse y a del P ap a sino con la
reverencia debida á la más alta dignidad de la tierra y á la
más grandiosa institución de la historia. S i no arrepentido,
al m enos debe estar apesadum brado el erudito escritor, al
v e r que no lle v a trazas de cum plirse su previsión histórica.
CAPÍTULO VIH.

EL R A C IO N A LISM O IM P O T E N T E PARA RESOLVER LAS

ALTAS C U ESTIO N ES DE LA C IE N CIA , Y FUNDAR UNA

F ILO SO F ÍA DE LA H IST O R IA .

libre pensamiento aun después de tres siglos de


l

gigan testos conatos, está convicto de ser incapaz,


no y a de resolver, pero ni de plantear siquiera en
su verdadero terreno ningún problem a importante. Sin
duda, no es el E dipo destinado á dar solucion al enigm a
que ofrece á todo viajero la gran esfinge de la historia.
E sto consiste en un secreto bien sencillo, pero que con
tanto discurrir, no h a lleg'ado á entrever siquiera el or­
gu llo racionalista. T o d o sistema, que se separe un ápice
de la órbita de la verdad católica, por más que él se im a ­
gine ser el eje del mundo ideal de la ciencia, ó real de los
hechos; sencillam ente no hace más que ponerse fuera del
círculo de todo m ovim iento ordenado; y lejos de borrar la
verdad particular que im pugna, sólo consigue suscitar una
I-3Ó B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

cuestión nueva, de ardua, ó por mejor decir, en el sistema,


de imposible solucion. D etengám onos aquí un momento,
porque esta aserción á prim era vista paradógica, es sin em­
bargo el nudo de toda la doctrina expuesta, y como el fru­
to y resum en de la revista que con ligero paso hem os he­
cho á las filas de los errores modernos. E l politeísmo sólo
por dejar caer de las m anos el cabo del origen, nunca
acertó á elevarse á la unidad de la historia. E l renacim ien­
to, por haber roto en cien pedazos el hilo que la conduce
del principio al medio, y del medio al fin, no atina con la
ley que la preside, y el plan que la endereza á sus altos
destinos; y por eso en el transcurso de dos siglos su filoso­
fía no h a avanzado un punto del estado en que la dejó el
célebre Discurso de Bossuet. Ensayem os, por tanto, poner
á prueba el torcido criterio del error.
A sí el ateismo suprime á Dios de una sola plumada,
lo que es m uy fácil; pero deja en pié grandes problem as.
N ada puede decirnos del origen del sér y de la vida que
suponen una fuente de donde manen; nada de las leyes y
orden del Universo, que reclam an una inteligencia ordena­
dora; nada del fondo común de principios reflejados en toda
inteligencia, que entraña un foco inagotable, de donde to­
das reciben la tuz. E l ateismo, al negar á Dios, deja á oscu­
ras al Universo. La cosmología heterodoxa da m illares de
siglos á la formación y organización de la m ateria y es­
pontaneidad de nacim iento á los reinos de la naturaleza, al
mineral, al vegetal, al animal, h asta que brota de no sabo
qué larv a ó qué transform ación, el hom bre. E stá bien. E n
eso de m illares de siglos, y de nebulosas, y de globos in­
candescentes y de planetas vivos ó apagados, y de te rre ­
nos y su extratificacion y sus fósiles ordenados, como en los
estantes de un gabinete, y de las épocas geológicas, y de
la aparición del hom bre en el período cuaternario, quizá
tengan razón en parte. Sobre lo cual no podrá darse una
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 13 7

resolución definitiva hasta el dia en que la ciencia encuen­


tre un cronómetro, fiel y seguro, no sujeto á cambios ni de
la tem peratura de la hipótesis, ni del falso m etal de un h e­
cho mal observado, ni menos del torcido regulador de un
cálculo fundado en fragranté delito de falsificación.
De todos modos, despues de resolver la cuestión de
años, ó de siglos, ó de miriades, queda en pié otra; anterior,
más honda y fundam ental que la cosmogónica; es decir, la
del principio, de la causa y del autor de esa m ateria que
compone el Universo, de esa fuerza que le impulsa, de esas
evoluciones que desenvuelve y del orden, en fin, que ad­
miramos en la naturaleza. A l llegar aquí h ay que sa­
lir del terreno geológico y rem ontarse al metafísico. E l
positivismo evolucionista rehuye entrar en esta cuestión,
porque conoce su im potencia para resolverla. R especto al
origen del hom bre, preguntaba en el prim er tercio de este
siglo Pelletan. "¿Cómo h a nacido por prim era vez? ¿Por
medio de qué espontánea generación ó incubación m iste­
riosa? ¿En qué larva, bajo qué crisályda ha vejetado silencio­
sam ente envuelto, hasta que h a podido andar al sol?,, Y el
eco del racionalismo, en un libro que titulaba Profesion- de
f e del siglo X IX , contesta quejumbroso: “esto sólo lo sabe
el que rompió el último molde de la creacitm,,, Pues bien,
lo que ignoraba la historia racionalista hace medio siglo,
ha tenido el m érito de encontrar D arw in en los archivos de
la naturaleza. E l hom bre, dice con m ucha seriedad el ana­
tómico- inglés, es descendiente del gorila, un mono tran s­
formado, como el anim al cuadrum ano es una evolucion se­
lectiva de organizaciones inferiores. P ara llenar el vacío, el
sistem a evolucionista acude á la fuerza única universal, ori­
gen y causa de todos los m ovimientos de la naturaleza, es
decir, á la afinidad cristalizadora en el mineral, á la absor­
ción orgánica en las plantas, á la locomocion espontánea
en los brutos, h asta que del conocimiento animal y de la
I38 BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

perfecta organización del cerebro, hace brotar la chispa del


pensam iento eti la cabeza del positivismo del siglo x ix , y
en medio del nebuloso ciclo que entristece á la soberbia
Albion. E l sistem a es claro, sencillo, luminoso, como el sol
que alum bra á la reina de los m ares en el solsticio del ve­
rano, después de haber prolongado las noches de uno á
otro equinoccio. Pero en medio de tanto resplandor surge
siem pre la cuestión del origen y naturaleza de esa fuerza,
las leyes de esa evolucion indefinida, de esas selecciones y
transform aciones que no se parecen en nada á las leyes hoy
constantes de la naturaleza, ni á los tipos y géneros hoy
fijos en la organización. Spencer, que rechaza la creación
como una hipótesis, al com pletar la selección Darwinista,
principia por una série de suposiciones, que más que hipó­
tesis, son m onstruosos absurdos. E l problem a de la vida,
pues, no h a adelantado un paso en medio de tantos descu­
brim ientos evolutivos, selectivos, transform istas, sociológi­
cos, y por tanto h ay que volver á la reserva racionalista
que por boca de Laroux. y en un libro que titula nada mé-
nos que la D octrina del progreso continuo, tiene la fran­
queza de confesar que “las cuestiones del origen y del fin
son insolubles y nos hallam os entre dos misterios.,,
Pasemos, pues, tam bién por alto estas dificultades que
el error suscita préviam ente y aun antes de entrar en el es­
tadio de la historia. Y a se han condensado las nebulosas;
y a han pasado los planetas por su estado de incandescen­
cia; ya está constituido nuestro sistem a planetario, tenien­
do al sol por centro; ya está la tierra esm altada de verde
alfom bra y poblada de toda clase de organizaciones, desdo
los zoófitos, moluscos y articulados, hasta los mamíferos,
hasta los cuadrumanos. Ya está preparado el palacio, corri­
do el telón, abierta la escena, aunque sin saber por qué puer­
ta y de qué costado aparece el hom bre en ella ó, como dice
Pelletan, puede andar al sol. De todas estas noticias, somos
C R I S T I A N A ' D R I-A H I S T OR I A . 139

deudores á la ciencia heterodoxa, que desde el renacim ien­


to acá ha venido elaborando trabajosam ente sus sistemas
por espacio de cuatrocientos años. Bien, pero si la razón
em ancipada de la fé, la razón que no puede ser lim itada
por ninguna autoridad extraña, que sólo puede lim itarse
por ella misma, si la razón, en fin, libre de trabas y opre­
siones, después de batir sus alas por todas las regiones y
rem ontarse al cielo de la libertad del pensam iento, baja
luego al suelo de la realidad para condenarnos á la más
absoluta ignorancia acerca del origen del m undo y del
hombre; al menos 110 nos privará del derecho de p reg u n ­
tarla, qué es el hom bre y qué destino viene á llenar en la
tierra, y cuál será su térm ino y desenlace. Por honda que
sea la resignación de los esclavos de la fé á sufrir la cade­
na aún más pesada de la ignorancia sobre puntos tan g ra ­
ves como son los que se refieren al autor del sér y de la
vida, 110 le será posible renunciar al conocimiento del cons­
titutivo y fines de osa misma vida, sopeña de suprim ir la
historia. Mal podría tejerse la tram a sin conocer la condi­
ción de los actores, y los nudos principales del hilo de los
sucesos. En este supuesto se pregunta. El hom bre ¿es un
conjunto de m ateria organizada sólo, ó de m ateria y espíri­
tu unidos en el sustancial aunque misterioso lazo de una
personalidad? L a filosofía en general, y en especial la cris­
tiana, nunca ha abrigado dudas acerca de este punto esen-
cialísimo y trascendental de la ciencia. Pero como las doc­
trinas m aterialistas de Cabanis y de Brouseais han sido
sustentadas aunque en diverso modo y forma por Muller,
B erard y Lehm an, y de ellas está inform ada no sólo la
escuela positivista de Littreé, ó la crítica de T aine y Va-
cherot, sino casi toda la literatura contem poránea; la razón
libre nos deja en la duda de si la historia es un plan ó una
serie de fenómenos; si es un dram a ó una biología,
Pero si la ciencia independiente nada sabe acerca del es­
14 ° B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

tado, veamos si al menos puede decirnos algo sobre el tiem ­


po, modo y lugar por donde el hom bre hizo su prim era en*
trad a en el gran salón de la vida. D esechados por rancios
los nom bres de A dán y Eva, como única pareja y tronco del
linaje, y el Paraiso como digno lugar de su aparición, la
ciencia libre no está conforme tampoco en la cuna en que
se ha mecido la infancia del género hum ano. Desm oulins y
Bory de San Vicent, admitían diversas tribus ó familias que
llam aban Gcus; Cam per y Blum em bach dividian la especie
en cinco razas; y es hoy común la opinion de los aboríge­
nes entre los cultivadores de la antropología prehistórica.
E stá bien. Pero esas flamantes elucubraciones de la antro­
pología, aparte de otras m enudas dificultades que les opon­
drá siempre la fisiología, la filología y la historia, entrañan
el inconveniente de paralizar la m archa de la ciencia á la
unidad, y de borrar de una plum ada las conquistas más
ilustres de la llam ada m oderna civilización.
M ientras las ciencias naturales llevan la tendencia que
tan sabiam ente ha interpretado el P. Sechi en su profundo
libro La unidad de las fu erzas físicas; m ientras las cien­
cias metafísicas, morales, jurídicas y sociales, levantan sis­
tem as y forman ideales más ó ménos utópicos de unidad;
m ientras las líneas telegráficas, exploraciones científicas y
empeños comerciales se encam inan á considerar á todos los
pueblos como una sola familia; no debe echarse en olvido
que ante la figura horrenda de los aborígenes, viene al
suelo el castillo de los derechos inenagcnables del hombre,
escritos con letras de sangre en la tab la de la revolución
del 89, y proclam ados con m ayor ó m enor modificación en
todas las Constituciones europeas. Igualdad, fraternidad, li­
bertad, es el grito con que la razón sin trabas nos h a atro ­
nado los oidos por espacio de un siglo, y lo que es peor aún
el envenenado puñal que ha cubierto de víctim as el cam­
po de la civilización europea. Pero es el caso que esas tres
C R I S T I A N A D E L A .H IS T O R IA . I |l

palabras bíblicas en su origen, pero torpe y maliciosam en­


te falseadas por el espíritu libre-pensador de nuestro siglo,
ni siquiera tienen sentido en el sistem a de los aborígenes.
Por que claro es, que no son herm anos los hombres, sin o
descienden de un mismo tronco; ni son iguales los que p er­
tenecen á distinta raza, especie ó género; ni pueden ser to ­
dos libres en el supuesto de la superioridad específica de
una gcus ó raza sobre las otras. P ara llegar á este resulta­
do, inútil -era escribir tantas páginas lam entando la suerte
de los sudras de la India, de los ilotas de E sparta, de los
esclavos de A tenas y de Rom a, de los siervos de la gleva
del período feudal. E stá visto que la ciencia lejos de resol­
ver, no hace más que suscitar cuestiones; y que la razón
que no sufre freno de autoridad extraña, se está poniendo
á sí misma otro más funesto, que es el freno de la ignoran­
cia. Prosigam os.
Y a que el racionalismo deje incierto el punto de parti­
da y sin unidad el drama, la historia debe saber al m enos
en qué estado físico, intelectual y m oral aparece el hom ­
bre ó más bien se hallaban los supuestos personajes p re­
históricos ó aborígenes en el m om ento de estrenarse en la
representación de sus prim ordiales destinos. E l racionalis­
mo debe decirnos, al menos, si los primitivos habitantes del
globo eran niños ó adultos; por parejas de sexos, ó asocia­
dos á capricho, ó al acaso; mudos ó con habla; y sobre todo
si eran estúpidos, salvajes, bárbaros ó civilizados. P o r m uy
condescendientes que seamos los m odestos hom bres de la
fé con los adalides de la libertad del pensam iento, no se nos
calificará de exigentes al reclam ar un rayo de luz que nos
guie en los prim eros pasos por el oscuro camino de la his­
toria. M as en este punto parece que están todos conformes.
Horacio el epicúreo, llam aba al hum ano linaje, m uíuum et
turpe pecas..... doñee v ería nominaque inven-ere; según
H obbes el hom bre es un lobo para otro hom bre, y el salva-
B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

jismo su estado natural; en sentir de Le M etrie, el lenguaje


fué inventado por un genio desconocido; para R ouseau el
salvaje era el hom bre primitivo y el texto constante de sus
disertaciones en frase feliz del C. de Maistre; y p ara re-
siimirles á todos nos valdrem os del libro ya citado que se
titula Profesion de f e del siglo X IX . “E l hom bre, dice Pe-,
lletan, era un barro tosco dibujado á grandes rasgos bajo la
form a grosera del Titán. D urante el período del Edén, A dán
vivió pasivam ente en el seno de la naturaleza; copiaba bajo
una form a apenas más anim ada la indiferencia del vegetal:
así prolongó durante un período de tiempo este estado es­
túpido de inocencia. „ Dem asiado detallada, á la verdad,
nos parece la descripción de un historiador que previam en­
te nos asegura su ignorancia acerca del modo con que el
hom bre comienza á andar a l sol, puesto que en su sentir
sólo lo sabe el que rompió el molde de la últim a creación.
Pero como este libro no es una historia, sino profesion de
fé del autor, ó sea un eco de las doctrinas racionalistas, po­
demos adoptarle, como su m ejor resum en en este punto.
Pues bien, el novelista francés, en estilo animado, sin
duda, pero fantástico é ideal, va haciendo pasar á la vista
del atónito espectador el panoram a de la vida prim itiva en
todos sus ramos, esferas y evoluciones. Sacudida y a la in­
diferencia del vegetal, y fuera del E dén de la estupidez, el
hom bre v a pasando por desarrollos sucesivos y paralelos.
E n el pintoresco cuadro, el hombre, de la condicion de ca­
zador, pasa á la pastoril, á la de agrícola, á la de artista, á
la dé filósofo; y del sufrimiento de la intem perie al abrigo de
las pieles con que cubre su cuerpo, á la tienda, á la casa, á
la ciudad, al reino; y del tem or que le causara el trueno, á la
esperanza que le infunde el espectáculo risueño de la n a­
turaleza; y de los dioses terribles del Oriente, á los risueños
y casi hum anos de Grecia, h asta poblar el mundo de dei­
dades, y á la fantasía de mitos, con los correlativos sacrifi­
C R IS T IA N 'A L>Ji L A lilsro K JA . I4¿

cios de la vida del prisionero, del cabrito, hasta la flor de


harina llevada en una cesta. Y el mismo orden van g u ar­
dando todos los elem entos de la cultura y del progreso. E n
la formación del lenguaje, de los gritos descom pasados y
m onosílabos del salvaje, van brotando las palabras, y las
palabras reunidas componen una lengua. E n la familia, del
enlace fortuito de los sexos, procede al robo, á la compra
ó conducción de la mujer, hasta llegar al connubio quirita-
rio, al contrato del matrimonio; y en sociedad, de la reunión
fortuita del salvaje, á la formación de la tribu, á la familia,
á la nación; y para decirlo de una vez, en todo el orden
de la vida, del instinto á la fantasía, de los rudim entos á
las prim eras combinaciones, al pensam iento elevado, á la
poesía de Plomero, á la filosofía de Tales, á la ciencia de
Alejandría, á la legislación romana. No se puede, cierta­
m ente acusar al sistem a de falta de claridad y resolución.
Pero si bien se observa, detrás de esa fluidez y diafa­
nidad deslum bradora, hay un fondo de oscuridad caligino­
sa, que no acierta á ocultar el trasparente velo de toda esa
poética palabrería. Que el hombre, al través de los siglos, ha
inventado algunas artes útiles, y perfeccionado todos los
elem entos de la vida material, no habrá quien lo ponga en
cuestión; pero que la luz de la cultura haya brotado del
caos del salvajismo, como de la m ateria caótica la luz que
nos alumbra, este sería un misterio y un m ilagro más ad­
m irable aún que el “dijo Dios hágase la luz, hagamos a l .
ho?nbre,„ que tanto repugna en la narración de Moisés. A l
menos el bíblico es racional, supuesta la intervención de la
omnipotencia, m ientras el racionalista es absurdo, contando
sólo con la prim itiva estupidez del hombre. Sin rebajar las
ideas á sensaciones transform adas (á lo Condillac) ni las p a­
labras á meros signos de las ideas {á lo D estutt Tracy) re ­
duciendo la ciencia toda, con la escuela sensualista, á la g ra ­
m ática general; es lo cierto, sin em bargo, que toda lengua>
14 4 B O S Q U E JO ' D E U X A F IL O S O F ÍA

por tosca que sea, es una enciclopedia, un m undo de ideas,


cuyos seres son los nombres, cuyas acciones los verbos, y
las partículas sus relaciones: y que en cualquiera de las len­
guas existentes se puede pronunciar, por tanto, un discurso
que abarque un mundo entero de ideas, donde jueguen lo
ideal y lo real, lo finito y lo infinito, el hecho y la ley, la
sustancia y el fenómeno, y todo colocado en orden y en ar­
monía. Los misioneros, al descubrir la América, tradujeron
el Padrc-nuestro á varias lenguas de los indios; G-esner les
reunió en su M itrídates; y se form aron de ellas varias co­
lecciones, entre las cuales figura en prim er térm ino la de
nuestro H ervas y Panduro, hasta que con los papeles de
Juan A delung, V ater ,y A delung el joven, clasificándolas
científicam ente dan una coleccion completa. A hora no se
tra ta de probar científicamente la imposibilidad absoluta de
que el lenguaje fuera inventado por el hombre; pero la sen­
cilla observación idicada es más que suficiente para m ostrar
que la hipótesis racionalista, no es tan racional como ellos
proclaman. M ientras otros inventos de m enor cuantía han
costado tantos sudores al hom bre hablando, y aun civilizado;
envuelve algo de oscuro y contrario al buen sentido, y á la
razón, elevar á un estúpido, á un salvaje ó á un bárbaro al
rango de inventor del dón que resalta más en el hombre,
que es el dón de la palabra. Esto sería casi tanto como decir
que el hom bre se dió á sí mismo la inteligencia, de la cual
el lenguaje no es más que el cuerpo, la expresión sensible,
el verbo de la m ente sensibilizado. Pero si la teoría libre­
pensadora rep u g n a á la razón y al buen sentir, tam poco
está m uy conforme con las lecciones de la historia. ,
A dem ás de poseer cada salvaje en su lengua una sabi­
duría, que no comprende, en que no ha pensado siquiera;
hay hechos generales, fenómenos históricos, que no se ex ­
plican en la hipótesis del mutismo primitivo, del original
salvajismo y del salto, ó si se quiere, sucesivo progreso del
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 145
degradado estado salvaje al más perfecto de la cultura. O
el salvaje racionalista era distinto del histórico, ó éste no
es tipo de aquél, puesto que no se dá un ejemplo de haber
salido un pueblo inculto de su condicion miserable, sin p o ­
nerse en contacto con otro más adelantado; cuando la his­
toria nos ofrece m uchos de haberse hundido en las tinie­
blas, en la desorganización, en el paroxismo, sólo con sepa­
rarse del camino por donde m archa la nunca interrum pida
civilización. P a ra no insistir en un punto que para nuestro
objeto queda suficientem ente probado, hoy la filología, por
boca de un autor nada'sospechoso, M ax-Muller, nos asegu­
ra que desde el Occéano Indico al m ar A tlántico, h ay una
zona de lenguas que en tiempos remotos, que se pierden en
la oscuridad, han vivido en familia al calor de un mismo
hogar, cotnmon hovir. Lo cual no se compadece con la his­
toria de los aborígenes inventores cada uno de su lengua y
de su cultura. A pesar de las luces que h a derram ado so­
bre el oscurantism o de la fé la antorcha de la razón libre,
quédanos la duda de si el prim ero ó prim eros hom bres que
honraron con su presencia el bajo suelo de la tierra, fueron
niños ó adultos; en parejas de sexos, ó con exceso del uno
sobre el otro; sabios ó estúpidos; m udos ó hablando; v ege­
tando casi como las plantas ó con las nociones religioso-so­
ciales, y con las artes necesarias á la vida; preservándose
de la intemperie, según les dictaba el instinto, con hojas ó
pieles, ó edificando casas y ciudades; errantes en manada,
ó en tribus, ó viviendo en familia prim ero y luego en socie­
dad; y para decirlo de una vez, si el hom bre es el hijo n a ­
tu ral de las selvas ó una im agen de Dios, un gem ís D ei,
como citando á A rato dijo San Pablo en el A reópago de
A tenas.
No es m enos densa la nube que cubre el génesis de la
religión á los ojos líbre-pensadores. E n el siglo pasado era
corriente la opinion que expresa D upuy en el Origen de los
10
14 6 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

cultos. A l decir de la filosofía incrédula, la institución más


an tig u a, más arraig ad a, más alta de la vida social, perpetua
en la duración, universal en el dominio, y la más civiliza­
dora en sus efectos, puesto que toda cultura, toda ley, toda
grande institución, h a nacido á la som bra del templo, ins­
p ira d a p o r el sacerdocio, sancionada por la religión; el gTan
fenómeno histórico, que llena los siglos y todas las regio­
nes del globo, fué introducido por el terror del trueno en
frase de Pelletan, y según las sabias elucubraciones enci­
clopédicas, extendido po r la astucia de los sacerdotes y de
los reyes, y sostenida por la ignorancia de la superstición.
Lo único que resta explicar, es la razón por qué en el cielo
risueño de la m itología griega, después de la ciencia acu­
m ulada en Alejandría, y á pesar de las burlas de Evem ero
y de Luciano, y sobre todo, después que en los tiempos
m odernos Franklin arrancó el rayo á la tem pestad, Vol-
taire aplastó al infam e, y el racionalismo h a disipado la ig ­
norancia de los siglos, todavía insisten las gentes en acu­
dir al tem plo con el fin de adorar á Dios y pedirle el rem e­
dio de las hondas necesidades que aquejan al corazon*
Fundados, sin duda, en esta tenacidad del hom bre en con­
servar la religión, y viendo que no se explica sin ella la
historia, m uchos libre-pensadores, en especial los krausistas,
han dicho que la religión es una de las manifestaciones es­
pontáneas del espíritu, como la ciencia lo es de la inteli­
gencia, el arte del sentido estético, y de su condicionalidad
el derecho, y los lazos que les unen en sociedad. B um ouf
(Emilio) en lo que llam a L a ciencia de las religiones, ha em ­
prendido la árdua tare ad e escribir la historia de las mismas,
dando la prioridad de tiempo y la prim acía de la sencillez
á la form ulada y cantada en los himnos védicos. Mas no
por eso q u ed a del todo esclarecido el enigm a y deslindada
la carrera del astro de la religión, y m ucho menos su ple­
no dia, el zenit de una científica solucion. La religión primi­
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 147

tiva es en todas partes sencilla, y todos los puebl os han


conservado rastros do su unidad original. Sólo después y
con el transcurso del tiempo es cuando se viene terg iv er­
sando en el dogm a y desfigurando en el culto y la moral.
Sólo al través de los siglos es cuando la unidad especula­
tiva degenera en un falso sistem a filosófico, y la corrupción
práctica del rito en las abominaciones con que se m ancha­
ron todas las religiones antiguas. D e aquí el vacío ateis­
mo de la China, el panteísm o em anantista de la India, el
dualismo de la de Zoroastro, el monismo grosero y la apo­
teosis del hom bre de la A siría y Caldea, el deísmo n a tu ra ­
lista de Egipto, la série de tríades indígenas con fantásticos
personajes mitológicos de la Fenicia, un Olimpo entero de
deidades de la helénica y la reunión de todos los dioses en
el panteón romano. Esto, sin contar el sabeismo y la astro-
logia, el culto de los m uertos 3^ otras aberraciones de los
demás pueblos; y los sacrificios y prácticas rituales, 3^ una
m oral y una organización castal en Oriente, y una distancia
infranqueable de condiciones entre el ciudadano de A tenas,
de E sp arta ó de R om a, y el ilota y el esclavo llevando en
todas partes pesada cadena de ignom inia y de sufrimien­
tos. P o r otra parte, á la religión con que honraba el hom ­
bre á sus dioses acom paña un cortejo de tradiciones comu­
nes, que si en sus aplicaciones varían, están conform es en
el fondo. U11 Dios y una Providencia, un estado de inocen­
cia prim itiva y un Paraíso, con este ó el otro nombre, una
prevaricación original, causada precisam ente por la m ujer
y por instigación de una serpiente, la convicción profunda
del pecado, que al decir de Proudhon, h a hecho exclam ar
.en todas partes y tiempos á la hum anidad ¡ay pecadora de
mí! y una esperanza vaga de un futuro libertador: hé aquí
ideas que están en la m ente, y sentim ientos que palpitan en
el corazon de todas las religiones antiguas: con la circuns­
tancia especial de ser universales, es decir, comunes al an­
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

tiguo m undo y al descubierto por Colon, en donde se


acentúan más que en ninguno otro las de la serpiente cau­
sadora del daño, la del Diluvio que asoló la tierra, y la de
la T orre de Babel, ó como ellos dicen, la gran pared, á
cuyo p ié se dividieron las lenguas y por tanto las civili­
zaciones.
Los racionalistas en su desenfado libre-pensador, y en
su desden científico, al tra ta r de la religión, pasan por en­
cima de estas á su parecer menudencias, que sólo m erecen
el nom bre de fábulas, de mitos ó de invenciones. Sea m uy
enhorabuena. P ero como esos recuerdos alterados y con­
fusos, sean quiméricos ó fundados en algún hecho, consti­
tuyen parte esencial de las religiones, y de todos modos
han ocupado por m uchos siglos la m ente, la fantasía y el
corazon del género hum ano; no deben pasar olvidados ó
desatendidos al ojo escudriñador de la historia; que deber
suyo es buscar su m anantial, describir su corriente, averi­
gu ar su causa. Sea como quiera, la religión en su dogm a
es la metafísica, en su m oral la norm a de la vida y sanción
de todas la leyes, en sus tem plos y en sus ritos la poesía,
la música, la arquitectura, la escultura, el arte en fin, como
en su historia es la única historia del pueblo, de los no
sabios, de los no eruditos, de la m uchedum bre; y bien m e­
rece una m irada no desdeñosa, no despreciativa, sino aten­
ta y escudriñadora del historiador. E l que como B urnouf
principia por decir que la religión en sus albores no tenia
dogmas, y que éstos sólo fueron introducidos cuando las
sectas disidentes obligaron á trazar una línea divisoria entre
la orto y la heterodoxia, no ha comprendido bien la n atu ­
raleza de la institución que se propone historiar y describir.
A l vincular además -en la religión de los A ryas el pri­
vilegio de la prim ogenitura, como si fuera el tronco y orí-
g en de todas las religiones, olvida tam bién que hay una
que m ás antigua en el tiempo, más auténtica en la certeza,
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 14 9

más vasta en el objeto, más elevada en la doctrina, y más


pura en la moral, es la única línea que no se interrum pe
desde la aurora de la vida hasta la plenitud de la cultura en
el siglo de A ugusto; y que á todas luces se sobrepone á la
A ry an a por el salto de su universalidad sucesiva en el espa­
cio: como en su preparación á todas las sobrepuja en el tiem ­
po, única que por lo mismo aclara con su luz todo lo oscuro,
endereza con su ley todo lo torcido, purifica con su culto
todo lo feo, reúne con su unidad todo lo disperso, levanta
con su fuerza de gigante todo lo postrado, y crea en todo el
rigor de la palabra una hum anidad nueva, una nueva edad
histórica, la era de la unidad. E l cristianismo no es un suce­
so natural y ordinario, como quiere Pelletan, sino una n u e­
va edad; no un paso, como dice el krausista Sanz del Rio,
sino un salto desde la unidad primitiva, por encim a de la
edad de la división y encam inada á la unidad final; no es
un plagio de las ideas y cultos orientales, como pretenden
con L aurent y B urnouf la m ayor parte de los racionalistas(
es una renovación de la primitiva, una regeneración com­
pleta del hom bre y de la sociedad, y por tanto una verda­
dera creación y la más antigua y la más nueva y original
de todas las religiones, siendo bien pobre el criterio histórico
de B aür al com parar á su fundador con Orfeo, Moisés, Sócra­
tes, P latón y Cesar, como bien hechores del género humano.
E stá visto, los grandes fenómenos históricos que llenan el
espacio y el tiempo, la ley fundam ental que preside á los
destinos del hom bre, la grande y capital diferencia de las
dos edades, esto es, la de división de civilizaciones proce­
dente de la de lenguas, y la de unidad producida por el
lenguaje cristiano, que se infiltra é informa á todas las len­
guas conocidas, y entraña la unidad de civilización, se es­
capan á la m irada libre-pensadora, incapacitándola p ara re ­
velarnos el secreto de la vida, y por tanto de trazar el
cuadro com pleto de la historia.
15 0 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

Y después del desaliento que nos causa la tan vanidosa


como estéril filosofía libre-pensadora p ara ponernos en po­
sesión de las llaves con que se abre el santuario, y del se­
creto con que se habían de rom per los sellos del libro del
porvenir, ni aliento nos queda para p reg u n tar á la herejía
cuál es su criterio histórico acerca de la sublime misión de
la Iglesia católica. Porque ni la reform a protestante podrá
explicarnos la acción vivificadora del cristianismo, una vez
reducido éste á la Biblia, ni las escuelas jansenista, galicana
y rcgalista nos dirán el por qué una coleccion de decreta­
les, que el católico salm antino A ntonio A gustín sospechó
ser falsas, antes que los pistoyanos y portorroyales vinie­
ran al mundo, ha elevado al R om ano Pontífice al presti­
gio que adquirió la tiara en las sienes de Inocencio III, y
que apesar de tantos embates, calum nias y transform acio­
nes está hoy recobrando León X III. Ni regalistas, ni galica­
nos, ni jansenistas, explicarán jam ás satisfactoriam ente cómo
una Iglesia fundada en la ignorancia de la Biblia, y una
autoridad papal apoyada en un fárrago de docum entos
supuestos, han creado esa civilización, que Guizot desde su
criterio calvinista ha llam ado europea, porque según D o­
noso Cortés, abarcando y descubriendo sus detalles, no ha
visto la civilización misma; pero que por tanto debe llam ar­
se en todo rigor cristiana, puesto que en una obra que in­
m ortaliza á su autor, ha dem ostrado Balmes, que todo lo
que en ella se encuentra de elevado, luminoso, benéfico y
organizador es debido á la Iglesia; y que el protestantism o
no ha hecho más que torcer su curso, precipitar su m archa
infiltrar el venenoso gérm en que, corroyendo sus entrañas,
la ha de llevar á un térm ino de disolución y de ruina.
En vista, pues, de los grandes vacíos y oscuridades que
como rastro funesto de su tránsito ha dejado en las altas
regiones de la ciencia la torm enta, y en el campo de los
hechos el torrente de-los errores modernos, esto es, larefor-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 15 1

m a del siglo x v i, el escepticismo del x v il, la incredulidad


del X V III, ■y la anarquía intelectual del presente; algrmos
hom bres pensadores, que no se contentan con m irar la su­
perficie, sino que desean penetrar en el fondo de las cosas,
al ver que á la solucion católica de la ciencia y bíblica de la
historia no se ha sustituido nada sólido, sino hipótesis, nada
científico, sino aberraciones ó falsedades, nada de compacto
y sistemático, sino concepciones y soluciones incompletas,
siguiendo el ejemplo y el impulso de K ant, tratan de reem ­
plazar á la explicación del misterio de la vida dada por la
razón católica, con una solucion, un sistem a puram ente r a ­
cional, no despreciativo, no injurioso, no ligero, sino con pre­
tensiones de serio, respetuoso, científico; y esto es lo que
se llam a hoy filosofía de la historia. Pasem os una ligera
revista á los más célebres sistemas.
A l decir de Condorcet, la historia consiste en un pro­
greso indefinido, al través del cual se va desarrollando la
vida de la hum anidad. E stá bien, La vida es un progreso,
en lo físico del niño al adulto, y del adulto al varón; en lo
intelectual, del m ancebo que despunta, al sabio que asom­
bra; y en lo moral, de la virtud que comienza, á una san­
tidad consumada. Esto es evidente. Pero como todo movi­
miento supone una fuerza que impulse, un punto de donde
parta, una ley que le rija y un térm ino en que descanse, ín­
terin no se aclaren estas cuestiones fundam entales, quéda­
nos la duda de si Condorcet sabe lo que es progreso, y en
qué consiste la vida del género hum ano. A lgo de este in­
menso vacío debió traslucir Lessing, cuando para llenarle
define á la historia, una serie de revelaciones de la razón
hum ana con tendencia á la religión absoluta.
A quí al ménos hay punto de partida, la razón; y punto
de descanso, la religión absoluta. Pero con perdón del filó­
sofo aleman, la teoría de las series ni satisface á la razón,
ni cuadra al absoluto. L a supuesta serie de revelaciones
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

será, un tratado de lógica ideal, serán las m atem áticas de


la existencia, será todo lo que se quiera, menos historia y
filosofía de la historia. Si esta h a de tener un sentido, h a
de versar sobre hechos concretos, ejecutados por actores
libres, aunque bajo la dirección de un plan superior. E n la
vida y en la historia entran dos elem entos indispensables.
E l prim ero es el tipo eterno y necesario, que es la idea
para la inteligencia, y p a ra la voluntad la ley. E l segundo es
el hecho contingente y transitorio, en el que la voluntad y
la inteligencia se acom odan ó disienten del tipo de perfec­
ción á que deben aspirar. Lim itar la historia á la esfera es­
peculativa de la razón, es lo mismo que suprim ir la m itad
más im portante de la vida, que es el orden práctico de la
voluntad. D el mismo modo partir del orden de lo finito,
que es la razón, para llegar á lo infinito, que seria la reli­
gión absoluta, sin el interm edio de lo sobrenatural, que es el
único lazo de los dos, seria lo mismo que dar un vuelo sin
alas, un salto inmenso sin punto de apoyo ni fuerza pro­
porcionada. Lessing no sabe lo que es historia, y trastorna
los polos de la filosofía. A dem ás de convertir en foco de
luz lo que es sólo un reflejo, y en centro de vida lo que es
sólo un punto en la circunferencia, el célebre filósofo ale-
man, por no discernir lo inteligible y lo sobreinteligible,
lo natural y lo sobrenatural, confunde al hom bre con
Dios, que es la causa de todo, y la criatura con la creación,
que de todo es el origen, y la razón con la religión, en
cuyo lazo sagrado salva la distancia que m edia del finito
al infinito, quedan unidos m isteriosam ente el hom bre y
Dios.
Cerrados estos caminos, veamos si por otra p arte viene
la luz, aunque es de tem er que sean turbias todas las fuen­
tes que m anan de las m ontañas del racionalismo. P ara
H erder la historia es la m anifestación del Dios naturaleza,
ó más bien, de Dios en la naturaleza; para Schelling es la
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 15 3

lucha entre la libertad y el fatalismo; en concepto de Cou-


sin la historia es el predominio del infinito en Oriente, de
lo finito en Grecia y de la arm onía de ambos en R om a y
en los tiempos modernos; y como si no fueran bastantes es­
tas explicaciones, viene por fin el krausism o poniendo el
sello á la sabiduría panteista con sus tres célebres momen­
tos, de unidad simple, oposicion de contrarios, y sintética
armonía. No podemos quejarnos de escasez de sistemas,
aunque hablando ingenuam ente, á ese ju eg o de palabras
preferiríamos una nocion sencilla y una definición clara y
precisa de la vida y de la historia.
Q ue la vida es una manifestación, una lucha, un movi­
miento; que la historia tiene tres m omentos solemnes, el
principio, el medio y el fin, es de suyo evidente, y p a ra
m ostrarnos ese carácter de la una, é introducir estos térm i­
nos en la otra, 110 era m enester tanto aparato de fastuosas
concepciones científicas. Mas por lo mismo que abundan
tanto en lo supérfluo, faltan radicalm ente en lo necesario.
Porque m irar la historia tan sólo por su lado exterior, es
lo mismo que explicar la vida por la respiración ó la do­
lencia por los síntom as que la revelan. L a cuestión es fijar
el origen, definir el contenido, consignar la ley, distinguir los
factores, trazar el camino, señalar los m om entos de descan­
so, m arcar el blanco, el desenlace y el fin superior de esa ac­
ción, de ese dram a que se llam a historia. Y la dificultad con­
siste principalmente, en hacer todo esto sin contrariar los da­
tos que arrojan los anales de los pueblos, sin suprim ir nin­
guno de los horizontes de la inteligencia, sin cegar ninguno
de los veneros de la vida, sin desm entir las leyes de la lógi­
ca, ni faltar siquiera á los dictám enes del sentido común. E n
suma, como no se resuelve el problem a de la existencia
sin los tres factores, Dios y el mundo, que son los e x tre ­
mos, y la creación que es el lazo que les une; así tam poco
se llegará nunca á descifrar el enigm a de la historia, sin
1,54 B O SQ U EJO D E UN'A. F IL O S O F ÍA

conciliar lo vario, contingente y transitorio de los hechos,


con lo uno, sustancial y perm anente del plan á que se en­
camina. Llám ese drama, lucha, progreso, tram a, siem pre
h ay que darles un principio, un térm ino y el anillo que les
enlace en la unidad de plan. E n todo caso tienen que en­
tra r en el dram a tres factores, el mundo, teatro en que la
acción se desenvuelve; el hombre, que como actor libre la
ejecuta; y la unidad de plan, que sólo puede sostener una
Providencia sabia y eficaz lo bastante para llevar las rien­
das de los sucesos, del prólogo al desenlace, del principio
al fin. Confundir las funciones de los tres en m onstruoso
caos, y atribuir al hom bre ó al mundo las perfecciones y
operaciones de Dios, como lo hace á cada paso el raciona­
lismo panteista, es rom per bruscam ente en vez de desatar
con sabiduría el nudo gordiano de la historia, negando al
mismo tiempo las condiciones esenciales de la vida. Conse­
cuencia funesta pero ineludible de todo sistem a libre-pen-
sador, pero que ninguno de ellos ha visto con más claridad
que los m aestros y propagadores de lo que hoy se llam a
escuela positivista, ■
Cansados de la m onótona repetición de un idealismo
utópico y de una fraseología sin sentido; produciéndoles
náuseas un Dios-naturaleza, una razón hum ana con atribu­
tos de angélica y aun de razón divina, un desarrollo abso­
luto en hechos contingentes y por voluntades libres, y
otros logogrifos por el estilo; Conte, en su Curso de filoso­
fía', Spencer, en su Ensayo sobre el progreso, y Bagehot, en
su Origen de las naciones, prescindiendo de abstracciones
que nada afirman, de leyes que nada enseñan, y de fór­
mulas y principios que sólo se distinguen por el absurdo;
han trasladado la cuestión al terreno práctico de lo natu­
ral, de lo tangible, de lo que está sujeto al dominio de los
sentidos. L a vida ya no es revelación, ni religión, ni razón
siqujera. E n ella no entra lo absoluto, lo necesario, lo infi­
C R I S T I A N A D E T.A H IS T O R IA . 15 5

nito. La vida es sim plem ente la evolucion orgánica de la


materia. E l progreso es sim plem ente la evolucion social de
la hum anidad. Y a no hay metafísica, ni vida futura, ni re­
ligión, ni Dios. No hay más que fenómenos sujetos al sen­
tido; no hay más que leyes reguladoras de la materia; no
hay más que una ley fundam ental de la existencia m unda­
na, la ley del desarrollo de lo inorgánico á la organización,
y de la más im perfecta al hom bre, cima y colmo del ser y
de la vida. E l error m oderno al escalar el cielo de la divi­
nidad, se h a hundido en la sima del materialismo. E s ver­
dad que la escuela positivista no incurre en el absurdo de
hacer del hom bre un ángel, del U niverso un Dios, y de la
pobre razón una inteligencia infinita; pero en cambio reb a ­
ja al hom bre al nivel de las bestias; al espíritu al nivel de
la materia; y á Dios al nivel de la naturaleza. Y si Dios, el
espíritu y la religión salen tan mal parados de la flaman­
te teoría, no libra mejor la historia. A ntes se confundía la
acción finita y transitoria del hom bre con la vida necesaria
y absoluta del infinito: ahora, desterrado lo absoluto de la
ciencia, y de la historia toda idea y plan superior, queda re ­
ducida la vida al movimiento mecánico ó químico de la
m ateria y á la dinámica evolucion de la hum ana organiza­
ción. E sta es la prueba más relevante, de q u e . hoy como
siem pre sólo la religión puede salvar la ciencia, como sólo
la Biblia puede explicar la historia, como sólo la Iglesia
sostiene la dignidad del hom bre. Después de tanto discur­
rir y d ar tantas vueltas á la cuestión, tenem os que volver
fatigados á nuestro punto de partida. No hay historia si no
se tom a al Génesis por origen, por centro al Evangelio y al
Apocalipsis por fin.
CAPÍTULO IX.

I.A. B I B L I A , L I B R O Ú N ICO E N SU GÉNERO Y DE UN ORDEN

SU PE R IO R A T O D O O T R O L IB R O H ISTO R ICO .

últim o paso de la razón, ha dicho Pascal, es el


L

conocer que h a y lina infinidad de cosas que la so­


brepujan. E l hombre, añade Fenelon, no puede se­
guir sin superior ayu da todo el alcance de su razón. E sto
consiste en que la razón g ira sobre el eje de las verdades
abstractas, pálido reflejo, ó como las llam a San A g u stin
som bras y vestigios de la verdad esencial, y que para lle ­
g a r á los lím ites de su esfera, añade Santo Tom ás, ha de ser
ilustrada por la fé é inform ada de luz sobrenatural, perfec­
ta lumine supernaturuli. P or eso la razón que se apellida
á sí misma libre, y que no es otra cosa que la separación so­
fística de la razón y la fé, y de la ciencia con la tradición, en
su y a la rg a y azarosa carrera extravíos y en sus lagun as y
contradicciones, viene dem ostrando su im potencia no y a
para resolver, sino para plantear ninguno de los grandes
1 5 1; BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

problem as. A l fin la razón pagana, envuelta entre tinie­


blas, pero no sistem áticam ente hostil á los recuerdos tra ­
dicionales, de ese fondo común de verdad que flotaba en
el oleaje de los siglos, se elevaba en Platón y A ristóteles
á concepciones sublimes que sólo h a tenido que rectificar
en algunos puntos la erudición de los prim eros apologistas
y los genios teológico-filosóficos de San A gustin, San A n ­
selmo y Santo Tomás. M ientras que por el contraria, á pe­
sar de las luces que derram a la ciencia española por boca
de grandes teólogos, de profundos filósofos, poetas subli­
mes, ó insignes publicistas, la razón moderna, desdeñándo­
lo todo con intolerable orgullo ó no disculpable ignoran­
cia, ha caido en la sima del escepticismo del siglo x v n , del
m aterialism o del X V III y del panteism o ó positivismo del
X IX , m ucho más absurdos y menos científicos que los mis­
mos sistemas politeístas. P o r eso el ciclo del renacim iento,
aun después de tantos datos acumulados, de tantos siste­
mas construidos, de tantos esfuerzos desplegados, no sólo
no h a dado cima á la colosal empresa, pero ni siquiera en­
trado en la senda que conduce vía recta á la santa m onta­
ña de Sion, desde cuya cum bre únicam ente se puede des­
cubrir el horizonte en su vasta circunferencia. No es, á la
verdad, falta de ciencia ó de génio lo que retrasa el dia fe­
liz. Sólo se necesita rom per la venda de preocupaciones, ó
más bien, hacer que baje del cielo de la religión al valle
inmenso de la historia la luz que hace tiempo viene pene-^
trando en todas las m oradas de la ciencia. D esde que la
apología cristiana ha dem ostrado y el error no se atreve á
negar la saludable influencia ejercida por el cristianismo
en la sociedad, vivificando á m anera de m atinal rocío todas
las fibras del árbol y aun la em pinada copa de la europea
civilización, sólo falta dar un paso sencillo en esa carrera
luminosa. D educiendo una consecuencia lógica de los prin­
cipios establecidos por unos, y nunca form alm ente desm en­
C R I S T I A N A B E E A H IS T O R IA . 1.59

tidos por los otros, sólo resta elevar la Biblia á la catego­


ría, ó por m ejor decir reconocer sin reserva su eterno ca­
rácter de faro, de norma, de profeta, de apóstol, de espíri­
tu, de director, de centro de la historia.
Y á la vasta, fecunda y esplendorosa em presa en nada
daña la erudición recogida; al contrario, los modernos ade­
lantos, todas las conquistas de las ciencias pueden y deben
servir á la colosal construcción de muro de defensa y de
bellísimo ornam ento. Que la cosmogonía, desentrañando las
capas terrestres, ha encontrado la historia de la formacion
de nuestro globo escrita en el pergam ino de las rocas, y en
caracteres fósiles; ó que la astronomía, com parando los fe­
nómenos sujetos á su observación, h a descubierto elem en­
tos parecidos y leyes sem ejantes en esa m uchedum bre
de globos que tachonan la bóveda del Universo. E stá bien.
Todo lo que la inteligencia descubre como hecho, cabe en
la teoría inm ensa de la verdad. Que los estudios llamados
prehistóricos se ocupan sin levantar mano en clasificar los
fósiles y otros restos de industria hum ana depositados en
los terrenos cuaternarios y diluvial. Sea. Todo verdadero
invento en este ram o puede servir para conocer de algún
modo la vida prim itiva del género humano. Que la filolo­
gía y la etnografía descubren cada día nuevas analogías é
impensados parentescos en pueblos rem otos y lenguas h a­
bladas á gran distancia, y por tanto, en sus respectivas ci­
vilizaciones. Saludem os cordialm ente á esos activos opera­
rios del futuro alcázar de la historia. Que la religión, las le­
yes é instituciones, las costum bres y la cultura de los p u e ­
blos prim itivos se van conociendo, no en las copias más ó
menos exactas que sacaron historiadores relativam ente re­
cientes, sino en sus originales, en las inscripciones g rab a ­
das en piedra, en los libros desenterrados del olvido ó lim­
pios del polvo secular que les cubría, en el ladrillo, en los
trajes de la momia, en las m olduras y perfiles de la estatua,
i6 o B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

en las tablas genealógicas de dinastías, cronológicas de los


años, legales del código. Laudables esfuerzos que inm orta­
lizará el genio destinado á reunirlos en la vasta síntesis de
una filosofía de la historia.
Con estos poderosos auxiliares se han escrito, con efec­
to, m onografías de los tiempos primitivos al estilo de La
H istoria antigua de Oriente y la de Las prim eras civiliza­
ciones de Lenorm ant, y eruditas y num erosas historias p ar­
ticulares de cada reino, época y civilización, como los estu­
dios de G ladstone sobre H om ero, 7.as antigüedades roma­
nas de Niebuhr, L a H istoria de A lem an ia desde la conclu­
sión de la edad media de Jansen, y otras de artes ó ciencias
que la prodigiosa actividad m oderna va produciendo de un
siglo á esta parte, sin citar las historias llam adas universa­
les que con portentosa erudición, no m énos laboriosidad y
una m irada sintética aparecen en público con frecuencia.
Pero todo ese cúmulo de laudables esfuerzos y aun las m is­
mas gigantescas cencepciones, que con el nom bre de Filo­
sofía de la historia han brotado hasta hoy de inteligencias
por otro lado robustas y levantadas, no son bastantes para
decir que poseem os h asta hoy la gran epopeya. No perda­
mos de vista, que si el portentoso instrum ento del daguer-
reotipo sólo saca la im agen perfecta á la hora, grado de cla­
ridad, y situación conveniente; la historia, que es el daguer-
reotipo de la vida y el retrato fiel de la figura del género
hum ano, sólo pintará en su verdad integral la imágen, cuan­
do la hiz no se descom ponga con los m atices del error,
cuando se saque la copia desde la cumbre, con la extensión
y el grado de claridad conveniente. Si esa luz es la de la
razón extraviada; si ese instrum ento es el de un sistema
erróneo; si ese cristal, en vez de converger los radios hácia
su único y verdadero foco, los esparce en direcciones di­
vergentes ú opuestas y contradictorias; llámense protestan­
tismo, enciclopedismo, ó racionalismo, tenga por nom bre
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

Ile g e l ó Cousin, Rousoau ó Proudhon, V achorot ó Spencer,


Pellctan ó L aurent,por no m encionar el libro de los supues­
tos conflictos, la estam pada im agen tendrá algún colorido
de más ó menos brillo, representará algún grupo con más
ó ménos exactitud y perfección, y aun tendrá la pretensión,
de abarcar el círculo entero de la vida; pero nunca será
la vida real del hombre, con su origen común y su destino
eterno; ni la del género hum ano conforme al plan sábio de
la creación; no será, en fin, el dram a que en la tierra se eje­
cuta como estadio, prueba y camino que conduce á la vida
de la eternidad.
Y no se replique que existen historias escritas con crite­
rio católico, que comenzando en A dán van siguiendo el hilo
de los sucesos hasta nuestros dias, haciendo una posa en el
cristianismo, y dando á éste toda la im portancia religioso-
social que de justicia le pertenece. E stá m uy bien, y nos­
otros nos asociamos á sus eruditas elucubraciones y consi­
deram os á sus autores como benem éritos de la religión y
de la sociedad. Pero sin desconocer los inmensos servicios
prestados por esos valerosos atletas de la causa de la v er­
dad para contrarestar y aun desvanecer la vasta conspira­
ción, que de tres siglos á esta parte se ha venido frag u an ­
do contra la verdad de la historia, como diría José de
Maistre; parécenos que hoy no es bastante levantar un al­
cázar, si no se le rodea de fosos y murallas, que le defiendan
contra los rudos ataques que todos los dias recibe del arie­
te de la incredulidad. Por otra parte, como otros historiado­
res y publicistas hacen brotar al hom bre de una larva, al
género hum ano del gorila, y á la religión y al lenguaje de
las fuerzas racionales de la naturaleza, es preciso saber de­
finitivam ente á qué atenernos en este asunto capital de la
vida, que resum e en cierto modo todas las soluciones p a r­
ciales de la ciencia y encierra el misterio de la vida misma.
A la altura á que se ha elevado la cuestión, no basta ya la
i*i
1 62 - B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

simple narración del hecho: es preciso sentarla antes sobre


la sólida base de una filosofía de la historia, ó sobre la Bi­
blia, ó sobro alguno de los m onstruosos sistem as m oder­
nos: es preciso saber principalm ente si la historia comienza
por la creación, ó por un exabrupto de la naturaleza; si su
prim er capítulo es el Génesis ó el capricho de algún histo­
riador racionalista.
Pues bien; bajo este punto de vista son inapreciables las
disertaciones de la Biblia de V ence ó de A vignon para
defender y explanar las cuestiones más im portantes de eru­
dición antigua que con la S anta E scritura se relacionan.
A unque y a pasó el interés de oportunidad, todavía se pue­
den leer con provecho las vindicias de la S anta Biblia de
D uclot para conocer la futilidad de los argum entos con
que la enciclopedia im pugnaba el tex to sagrado. Rico ar­
senal de arm as defensivas nos sum inistra esa série de obras
que con el nom bre de A parato, Introducción, Ilervicncn-
tica, Arqueología, Isagoge, se han publicado en este siglo
en Francia, Italia y Alemania, al lado de las- cuales figura
dignam ente la del español Caminero, más conocido en otras
naciones que en E spaña misma. G ran copia de luz arroja
asimismo sobre la Biblia el elocuente trabajo á que M oignó
llam a con propiedad Los resplandores de- la f é . E n defensa
de los principales pasajes bíblicos debe siempre tenerse en
cuenta la num erosa coleccion titulada A nales de la filoso­
f í a cristiana; y como sello de este sistem a de apología bí­
blica citarem os los eruditos trabajos del A bate V igoureux,
que llevan por título L a Biblia y los descubrimientos mo­
dernos, y R evista de las cuestiones históricas. A jenos á
nuestro plan esos preciosos y detallados estudios bíblicos,
á los cuales por otra parte nada podríam os añadir de cuen­
ta propia, Ies presentam os, sin em bargo, en orden de b a ta ­
lla, y como un form idable cuerpo de reserva, á fin de sen­
ta r el pabellón y librar la batalla en terreno firme; á fin de
C R I S T I A N A ]'>K l .A H IS T O R IA . 16 3

que nos sirvan de muralla, y de escudo para em botar todo


ataque á la autenticidad do los libros, y deshacer todo a r­
gum ento á la conciliación de uno ú otro pasaje con los m o­
dernos descubrimientos. Esto supuesto y elevada la cues­
tión á la altura de las relaciones generales de la Biblia con
el gran poema de la historia, nosotros añadimos que así
como la fe es la luz de la razón y el foco de la ciencia, así
la Biblia es el ancho y seguro molde en que puede y debe
encajarse su mole inmensa; porque sólo ella es capaz de
contrarestar esos soberbios pero fantásticos sistem as que se
llam an su- filosofía. E lla es el único libro que, abarcando
la idea capital y las leyes seguras, el altísimo designio, el
desarrollo del plan y el lógico y natural desenlace, encier­
ra la verdadera filosofía de la historia. T oda teoría que
sobre esa piedra angular se levante, no se apoya como los
otros sistemas sobre la movediza arena de opiniones, que
hoy en boga, m añana las descuaja la corriente de otra opí-
nion ó sistema. El que se coloque en la m ontaña de Sion
para ver de una ojeada el occéano de los sucesos desde la
roca inquebrantable de la ciudad Santa, preservada del olea­
je de las doctrinas hum anas;seguro puede e sta rd e que 110 le
alcanzarán las aguas de ningún cataclismo de ideas, ni será
envuelto ni arrebatado por las olas de ningún sofisma. Como
círculo máximo, en fin, en cuyo zenit toca á su paso por el
tiem po el sol de la verdad eterna, como órbita fija dentro
de cuya línea hace sus m ovim ientos el astro errante de la
sociedad; dentro de su área están los puntos cardinales, el
eje y los polos del mundo de la historia. No quiere decir
esto que la Biblia sea el cuadro entero de la vida, ni que
para delinearle deseche los auxilios que le presta la erudi­
ción moderna. Dios, autor de la razón, 110 condena los trab a­
jos conquistados por la actividad de esa misma razón, que
es obra suya. E l libro de Dios no necesita revelarnos lo que
el hom bre puede adquirir por industria propia. Entiéndase
IÓ 4 B O SQ U EJO D E U K A F IL O S O F ÍA

bien y no se tergiversen nuestras palabras. Lo que afirma­


mos, por tanto, es que el pensam iento de Dios expresado
en la Biblia, aunque destinado principalm ente á enseñarnos
lo relativo á nuestro origen y destino, y los medios sobre­
naturales de alcanzarle; por lo mismo que es de Dios y se
refiere á la esfera superior de la religión ilustra, perfeccio­
na y eleva todas las regiones inferiores hasta, las más ba­
jas y terrenas de la vida. Lo que sostenemos es que el libro
de Dios ata los cabos que las tradiciones han dejado sueltos;
colma las lagunas que no puede salvar la ciencia; aclara
los horizontes que ha oscurecido el pecado de origen y
embrollado la razón en el largo período de siglos de de­
fecciones y rebeldía. Lo que sostenem os es que la Biblia es
el gran supletorio de la razón, de la ciencia y de la histo­
ria, p ara que las tres lleguen al fin de sus legítim as aspira­
ciones: de donde podemos concluir que es el bosquejo pero
acabado de la imágen, que es el espíritu vital del organis­
mo, que no hay por lo mismo otro comienzo, ni destino, ni
desenlace de la historia que el que nos ofrece la Biblia.
Con efecto, libro el más antiguo en el tiempo y docu­
m ento histórico que se rem onta al principio del mundo y
del hombre: como narración es el más auténtico en la cer­
teza por ser la historia, genealogía, religión, ley moral,
constitución política, código civil y penal, y aun el catas­
tro de riqueza de un pueblo, que vive aún y cifra en él su
perm anencia. Y en el pensam iento vuela tan alto que, como
el águila, desde las alturas donde se cierne, lo abarca
todo, Dios, el mundo y el hombre; el origen del lenguaje,
de la religión, de la sociedad y de la civilización; y el m e­
dio de la historia, por ser el punto donde converge el m un­
do antiguo; y su fin y desenlace, cuyo secreto sola ella po­
see, armoniza y prepara. Y por eso la Biblia es la única
teología com pleta y verdadera que se conoce en el mundo;
de la cual las religiones politeístas son tan sólo, en lo que
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 16 5

de ella recibieron, fragm entos inconexos, y en lo que aña­


dieron de suyo, tergiversaciones m onstruosas ó absurdas.
Y al mismo tiempo es el único molde de sana filosofía, el
criterio seguro para resolver las altas cuestiones de la cien­
cia: separándose de esta senda no hay más que extravíos de
la razón hum ana, de que nos da m enuda cuenta la historia
de la filosofía misma. P or idéntica razón, ó más bien por ló­
gica consecuencia es el origen de la cultura, indicada allí en
sus fuentes, y el tipo de la verdadera civilización, de cuyo
desconocimiento provinieron los achaques y gangrenosas
úlceras de las tan ponderadas civilizaciones paganas. Y
como único código de m oral sin mezcla de las torpezas, con
que se m anchó el politeísmo, es la verdadera norm a de
justicia social, de cuya ignorancia salieron las castas y el
monopolio, de cuyo olvido nació la confusion de poderes y
el abandono ú opresion de todas las debilidades hum anas y
se originaron las llagas que aquejaban á todas las socieda­
des antiguas. E s verdad que en su variada form a literaria,
es decir, en la form a narrativa, didáctica, lírica y aun epi-
talámica, no se ajusta á las reglas trazadas por el pueblo
clásico por excelencia; reglas y leyes que si á propósito
para expresar el pensam iento del hom bre con todas las g a­
las de la belleza humana, son insuficientes para abarcar en
su inm ensa extensión las últimas relaciones de lo finito con
lo infinito y del hom bre con Dios. Pero en cambio, la B i­
blia, saltando por encima de todas esas mezquinas reglas
de la hum ana belleza, y llevando tras de sí las más atrevi­
das im ágenes de la naturaleza y de la historia, el paisaje
entero de la creación, rem onta su vuelo á regiones de su­
blim idad donde nunca han podido cernerse las alas de la
hum ana fantasía. E n la imposibilidad de probar detallada­
m ente esta últim a aseveración, citarem os tan sólo por tes­
tigos al más delicado de los críticos griegos, el célebre
Long'ino, aduciendo como singular ejemplo unas palabras
i6ó BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

de Moisés en un libro que con razón apellida E l sublime.


Y á esc crítico pagano uniremos el nom bre del racionalista
H erder en su precioso libro D e la poesía, de los hebreos, y
el del profundo pensador Federico Schlegel que, en su H is­
toria filosófica, de la literatura, consagra sesudas pági­
nas á profundizar su espíritu y m ostrar su influencia en
toda cristiana literatura: concluyendo con el de nuestro
Berriozabal, en el delicado trabajo á que pone por título
Bellezas históricas del antiguo testamento.
Y si este libro singular en las cualidades comunes á los
otros y que podríamos llam ar humanas, está por encima de
todo lo que en el trascurso de los siglos h a salido de la
plum a del hombre; en lo demás se distingue de todos, ex­
cediéndoles infinitamente, por reunir caracteres que le son
propios y exclusivos, y le colocan en un género aparte, en
una categoría por encima de todo pensamiento, de toda
institución, de todo otro hecho histórico. No sólo contiene
milagros, sino que es esencialm ente milagroso; no sólo con­
tiene tipos y profecías, sino que es esencialm ente profético
y típico, y habiendo pasado por el crisol de todo género de
impugnaciones, nunca h a sido sorprendido en desliz, error
ó contradicción. E stos tres caracteres son los que más resal­
tan en ese libro, que, si como divino debia distinguirse por
esas señales, ellas son á su vez una señal inequívoca de su
inspiración divina.
Con efecto; el m ilagro es tan esencial á la Biblia como
la historia misma que refiere: ambos form an un todo com­
pacto que no puede separarse ni dividirse. H istoria y m ila­
gro son en la Biblia dos columnas que m utuam ente se sos­
tienen y sin cuyo m utuo apoyo vendría abajo el arco
colosal de la vida hum ana. Sin creación, sin Paraíso, sin
Diluvio, sin'l'orre de Babel habría que arrancar á la historia
su exordio natural y su complicado enredo. La unidad
prim itiva y la edad ele la división se fundan en esos hechos1
C RI S T I AX A J>K LA H I S T OR I A . J 67

suprim ir esos dos m om entos solemnes seria arrancar á la


historia sus dos prim eras y más interesantes páginas, ó más
bien borrar el dram a mismo de la vida hum ana. Y lo mismo
sucede con los milagrosos hechos posteriores. Sin la zar­
za del Ilo reb no se concibe la misión extraordinaria y tau ­
m atúrgica de Moisés; sin las plagas de E gipto 110 se expli­
ca la libertad del pueblo hebreo; sin tránsito del M ar Rojo,
sin el maná, sin los truenos del Sin ai no hay mansión de
los isrraelitas en el desierto, ni Tabernáculo, ni vestiduras
sacerdotales, ni organización religiosa, civil, política, judi­
cial, v aun económica de ese pueblo singular que aún vive
para protestar contra toda duda ó negación de su origen, d e .
su caudillo, de su ley, y de sus esperanzas constantes; pero
sin la verdad y autenticidad de toda esa historia milagrosa,
no se com prende la sujeción á la pura ley de Jehová de una
i-aza de dura cerviz y tan propensa á la idolatría; y así como
no pudo escribirse el último libro sino después de los otros
cuatro que con él componen el Pentateuco, así sólo puede
ser autor de la segunda ley, del Deuteronomio, un hom bre
rodeado del prestigio que daban al caudillo cuarenta años
de taum aturgo, como sólo podia ser reconocido en Moisés el
carácter de-em bajador del cielo y obrador de tantos prodi­
gios por la evidencia de los m ilagros que refiere y el asenti­
m iento unánim e de testigos presenciales. Y por no repetir lo
mismo de los m ilagros evangélicos, sólo aducirem os aquí
las palabras de un autor nada sospechoso. E ste es Chan-
ning, que en carta á W hite, citada por M enendez Pelayo
en la H istoria de los heterodoxos españoles, dice: doy gran
im portancia á los milagros: están vitalm ente unidos á la re ­
ligión y m aravillosam ente adaptados á ella... No tengo fé en
los m ilagros aislados... los de Cristo pertenecen á El, comple­
tan su manifestación, están en arm onía con su verdad, y re ­
ciben de ella su confirmación.» Y quizá sobre el m ilagroso re ­
salta el carácter profético y típico de este libro. El tipo, que
l6 8 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

es un vaticinio práctico y simbólico, como el vaticinio, que es


un tipo verbal, tan enlazados andan en el pensam iento bíbli­
co, que el uno sirve al otro de apoyo y ambos m utuam ente
de complemento. A m bos convienen en anunciar el porvenir,
en ser luz y guia de la historia; pero m ientras la profecía
sólo preve el suceso, el tipo le prepara y de antem ano en
cierto modo lo realiza. Sólo la inteligencia infinita, á cuyos
ojos todo está descubierto, dice San Pablo; sólo la suave y
paternal Providencia, en cuya mano están las riendas de
los sucesos; sólo el que estableció las leyes de lo finito y
las arm onías que unen los mundos, es el que puede orde­
nar lo m aterial del rito sensible á lo espiritual de la verdad
y de la realidad, lo presente á lo futuro, la tierra al cielo, y
el tiempo á la eternidad. Pero este distintivo profético y
típico, que no se explica sin la intervención de la P rovi­
dencia, está m arcado en las relaciones de ambos testa­
mentos, que en vano se em peñan los racionalistas en os­
curecer ó desfigurar. L a expectativa del Mesías anun­
ciado á la cabeza de la historia del mundo, al salir el
hom bre del Paraíso, viene desenvolviéndose al través de
Los siglos en un pensam iento fijo, con plan concertado, en
no interrum pida cadena.
Especulativa y proféticam ente resalta este carácter
bíblico en la prom esa hecha á A d án en el Paraíso, repetida
y vinculada en A brahan, Isaac, Jacob, David, y desenvuelta
de mil m aneras y en todos los tonos por boca de todos los
profetas. Práctica y simbólicamente está patente en el sa­
crificio establecido desde el principio, y practicado por
Abel, Noé, A brahan, y de una m anera más perm anente y
solemne en el sacerdocio aarónico, en el Tabernáculo, en
el cerem onial levítico. La aspiración al porvenir es el am­
biente que respira, el pan cotidiano con que se nutre, el
bálsam o que cura ó suaviza las aflicciones del pueblo de
Dios. Todo lo que habia de acontecer en la era cristiana
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 16 9

estaba allí anunciado en profecía, y preparado en tipo de


antem ano. Por más que se revuelvan los racionalistas
como la serpiente quebrantada por firme planta, nunca po­
drán arrancar de la Biblia esa señal que la distingue de los
demás libros, y la adm irable correspondencia de los dos
testam entos. Comparados uno con otro y ambos con la his­
toria se ve que esa profecía no salió fallida, ni esos tipos
frustrados. E l Mesías que, formado de sangre hebrea, habia
sido prometido, sin em bargo, para todas las gentes, se
presenta en el tiempo y con las señales marcadas; al pasar
el cetro de Judá á m anos del idumeo Herodcs; durante el
tem plo de Zorobabel, que según A.geo y M alaquias h a­
bia de honrar con su presencia; al cumplirse las setenta
sem anas de Daniel; cuando desatendido y crucificado p o r
su propio pueblo, habian de adoptarle por R ed en to r todas
las gentes, prim ero las del mundo antiguo, y luego el con­
tinente descubierto por Colon, toda la tierra, omnes g en ­
tes, m omnetn terram. L a profecía y el tipo, por tanto, no
sólo son esenciales á la Biblia; son, además, necesarios á la
civilización y á la historia que por la Biblia, que es su faro,
su centro, el nudo de enlace entre la edad de división y la
era de la unidad, sabe anticipadam ente desde el principio
del mundo, y sucesivam ente según la necesidad de cada
periodo, su itinerario, sus posas y m om entos solemnes y
sus altos y definitivos destinos.
De aquí se deducen consecuencias im portantes que to­
dos los sofismas racionalistas 110 son poderosos á desm en­
tir. A sí como no hay Biblia sin milagro, ni unidad de dra­
m a sin Biblia, así tam poco hay historia sin milagro, sin
Biblia y sin profecía. E s verdad que los tres tienen por prin­
cipal objeto el orden sobrenatural, la redención y el desti­
no eterno del hom bre; pero m ediante el lazo, con que se
/ 1 4 * t
unen los m undos m aterial y espiritual, sobrenatural e his-
tóricb en el único y altísimo plan de la creación y reden-
170 B O SQ U EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

cion del hombre; la Biblia, que lo abarca todo, al enlazar el


Paraíso con el Calvario y la torre de Babel con Pentecos­
tés, sirve tam bién, aunque secundariam ente, de faro á la
civilización en sus cambios y evoluciones, y en sus grandes
edades á la historia. L ueg'O la Biblia contiene u n pensa­
m iento superior á todas las categorías y predicam entos de
la filosofía. Luego la Biblia n arra una historia que está fue­
ra del alcance de las leyes que presiden á toda otra histo­
ria. Luego la Biblia es un libro singular, un génesis de or­
den superior, de un orden sobrenatural, inspirado por Dios.
Y de aquí el gran privilegio de ser la luz y el centro de la
misma historia.
Por eso perm anece cual roca en medio de los m ares
entre el oleaje de las opiniones hum anas y á una altura á
donde no alcanzan los tiros de la impugnación. Toda clase
de armas se han esgrimido contra ella, dice Bullet, citado
por- Glaire (i), “las conjeturas de la crítica, las oscuridades
de la cronología, las fábulas de los pueblos antiguos, los
escritos de autores profanos, las inscripciones de las m eda­
llas, la incertidum bre de la geografía de los prim eros tiem ­
pos, los sofismas de la lógica, los descubrim ientos de la his­
toria natural, las experiencias de la física, las observacio­
nes de la medicina, las sutilezas de la metafísica, las pro­
fundidades de la erudición, el conocimiento de las lenguas,
el relato de los viajeros, los cálculos de la astronomía, las
figuras de retórica, las reglas de gram ática, el procedi­
miento, en fin, de todas las artes.„ l ia s á pesar de tantos
conatos de asalto, de tantos golpes de ariete, de tantas ase­
chanzas y emboscadas, no sólo no ha sido tom ado el alcazar,
pero ni derribado siquiera un torreon, ni mucho menos so-
cabado el cimiento. Moisés es hoy, como en tiempo de Bos-

( I) Introduction Instar /.que et critique n/ix libres tir L ’Ancicn et dit


N ouvcau Testam-ent.
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA .

suet, el más antiguo de los historiadores, el más profundo


de los filósofos y el más sábio de los legisladores, habien­
do además conquistado desde entonces la aureola de ser el
más exacto de los geólogos y etnógrafos, por los repetidos
testim onios de hom enaje y adm iración que cada dia va
recibiendo de la etnografía y de la geología. Y del E v a n ­
gelio se podria afirmar hoy con más razón que R ouseau,
que de ser un libro supuesto seria más adm irable el inven­
tor que el héroe mismo. Y de la Biblia toda puede asegu­
rarse lo que W illiam Jones; esto es que estudiada sin ánimo
preocupado en favor ni en contra, y com parada con todo el
aparato de la m oderna erudición, encuéntrasela conforme
con los recuerdos de los pueblos antiguos, con un fondo
además de verdad filosófica, y unos arranques de poesía y
elocuencia cuales no se encierran en libro alguno de len­
g u a conocida.
De aquí que nada sorprende al que lo tiene todo pre­
visto, nada le arredra al que se le ha prom etido la victoria,
con una perpétua asistencia hasta la consumación del siglo.
A la m anera del experim entado piloto que en lo más recio
de la tem pestad perm anece impávido para regir la desm an­
telada nave; así este libro en medio de la caida del imperio
romano, en la catástrofe de la invasión y revuelto m ar del
feudalismo, en las m udanzas y transform aciones m odernas
y todos los trastornos sociales ó políticos que hayan de so­
brevenir, está seguro que el m ovimiento de rotacion histó­
rica, á pesar de sus ondulaciones, no ha de salir de la ór­
bita que en sus páginas le está trazada por el sábio autor
de la Biblia, al compás de la previsión y con la mano firme
y segura de su Providencia.
P ero si bien se considera, grandes, inmensas como son
estas ventajas,la cm inenciay singularidad de la Biblia sobre
los otros libros literarios, científicos é históricos, el m érito
de este libro no consiste precisam ente en cada una de esas
B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

prendas aisladas, sino más bien en el conjunto armónico


de todas ellas. Sobre todos esos adm irables caracteres, dis­
tínguese de los demás principalm ente en la relación, en la
armonía, en el orden que resulta de los m iembros para com­
poner un todo armónico, organizado, vivo, digámoslo así.
E n este libro todo es uno como su autor, todo grande como
la creación que describe, todo ordenado, como el plan que
en él se revela y desenvuelve. La cosmogonía responde, ó
más bien, se subordina á la geogonía, como ésta á la an-
tropogonía y las tres son dignas de Dios, que es el autor,
del Universo, que es el teatro, y del hom bre, que es el ac­
tor. E n él la teología es la norm a de la moral, de am bas
cifra y compendio la religión, y de ésta símbolo y expre­
sión el sacrificio. Y la ley moral, copia de la ley eterna, que
es el órden mismo de Dios, es la base del derecho, que
como esferas concéntricas tienen un mismo centro en la
eterna justicia, y al separarse el segundo de la primera,
será antinatural en el quiritario para volver á arm onizar
con la justicia al inspirarse en la ley del Evangelio. Y la
civilización, que en él se funda, tiene por regla á la moral,
y por espíritu inspirador á la religión, para que las artes
que la religión inspira y nacen á la som bra del templo, des­
pués de m aterializarse y servir á las pasiones, vuelvan arre­
pentidas á buscar una nueva inspiración en la belleza mo­
ral de la santidad. E n él la historia está dirigida por la pro­
fecía y el tipo, como el tipo está realizado y cumplida la
profecía en el suceso: y todo obedeciendo á la ley de lo
finito, y todo conforme al enlace del m undo m aterial con
el espiritual, por cuyo anillo, en la corteza de la letra, está
envuelto el espíritu; en lo m aterial de las acciones, lo espi­
ritual de la vida; en lo presente, lo futuro; en lo discreto, lo
perm anente, y en el tiempo la eternidad.
La Biblia, en fin, es la luz, la regla, la dirección de la
historia, porque es la expresión del plan divino de la crea-
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . 17 3

cion; porque es el pensam iento de D ios puesto en form a de


palabra humana; porque es el alfa y o mega de la sabiduría.
Y a lo hem os dicho: no es toda la vida, pero sí la esfera
superior; ni toda la historia, sino tan sólo su centro. Y por
eso en el boceto por ella trazado caben todas las elabora­
ciones de la hum ana razón, todos los adelantos de la e x p e­
riencia y del ingenio, con las evoluciones de toda hum ana
cultura y con todos los adelantos acum ulados por los si­
glos. E s verdad que por referirse directa y principalm ente
al destino futuro del hombre, no to ca más que de paso las
esferas inferiores de la vida, y sólo en cuanto con él se roza
el destino tem poral del hom bre y del género humano. P ero
aunque de una m anera indirecta y secundaria, se enlaza
con todo por senderos ocultos y misteriosas relaciones, sir­
viendo de norte y supremo regu lad or á la historia, que
com o estado de prueba y viaje hacia el término de la biena­
venturanza, lle v a consigo el capital pensam iento bíblico.
Sin sacar, pues, las cosas de su quicio con una e x a g e ra ­
ción que seria dañosa, pero sin rebajar en nada tam poco
su trascendental importancia, concluirem os diciendo que la
B iblia es á la historia, lo que la fé á la razón, lo que la te o ­
lo g ía á las ciencias, lo que la religión á la sociedad, lo que
la Ig le sia á la civilización, porque ocupa el mismo puesto
que el sacerdocio en las instituciones, el tem plo en la ciu­
dad y en el U n iverso Dios.
CAPITULO X.

LA HISTORIA SIN L A LUZ Y LA HISTORIA AL


RESPLANDOR DE L A BIBLIA.

Ól o en la B ib lia se eleva la narración á la altura


del pensamiento, porque sólo ella mirando los g ra n ­
des sucesos desde la cum bre de la le y que les
rige, es capaz de unir en un solo plan el mundo de las ideas
y de los hechos con el lazo de una sublim e armonía. T od o
otro libro es deficiente y quédase siem pre corto por algún
cabo. E l de filosofía ó de algu n a otra ciencia ideal prescin­
de, ó al m enos no tiene por objeto la exposición de los he­
chos, E l histórico, absorto en la narración de los hechos, no
puede acudir al mismo tiempo al desarrollo de una teoría.
E l prim ero por sublim e que sea su vuelo, siempre se pierde
en el vacío de algún error ó contradicción consigo mismo ó
con otros sistemas bien sentados. E l segundo por am plia que
sea su mirada y por seguro que sea su paso, nunca sale de
los lím ites de un pueblo, de una época ó de una civiliza-
B O S Q U E JO D E U N A F IL O S O F IA

cion: en los sucesos contemporáneos, es limitado por lo p re­


sente; como cronista de lo pasado no es siem pre fiel. Y aun
cuando supusiéram os ambos caracteres reunidos en uno, ya
que se conciliaran entre sí, de todos modos nunca alcanza­
rían á presentarnos la im agen entera y fiel de la vida. Sin
los libros de Confucio, ó el Cin-gu-K ing de la China, sin
el Zend-avesta, atribuido á Zoroastro, sin los Himnos vdát­
eos- ó el Código de M anú y libros bramínicos, carecería­
mos, y por m uchos siglos ha estado privada la ciencia del
conocimiento religioso de esos pueblos, sin que se haya
detenido la m archa de la civilización ó estancado la cor­
riente de la historia. Las noticias que hoy nos suministran
esos libros, en todo caso podrían suplirse por otros docu­
m entos ó tradiciones. Sin el descubrim iento de los alfabe­
tos geroglífico y cuneiforme, que grabados en las inscrip­
ciones ó escritos en ladrillo, han salido recientem ente de
las ruinas de K arnak, de Borsippa, de Menfis, de Nínive ó
de Persépolis, no poseeríam os el conocimiento de algunas
hazañas que se escaparon á la diligencia, ó que no ju zg a ­
ron necesario trasm itirnos M aneton, Beroso ó Jenofonte.
Pero antes de Champollion y de Bankes, antes de Saint
M artin y de Grotefend, se sabia de esos pueblos lo bastan­
te para entroncarlos como ya lo hacia Bossuet, con el ár­
bol genealógico de la historia. Más aún, si no se hubieran
escrito, ó se hubieran perdido L a Iliada de Hom ero, Ios-
Diálogos de Platón, L a M etafísica y Lógica de A ristóte­
les, quedaría ciertam ente un vacío en literatura y una lagu­
na en la ciencia, difíciles de llenar. Mas no por eso se hu­
biera estacionado el entendim iento hum ano en su discurso,
ni dejaran de b ro ta r del fértil vergel de la fantasía flores
p ara amenizar la vida, y arranques de sentim iento para
elevarse á las bellas regiones de lo ideal. L a escuela y el
museo mismo de Alejandría, en que cifra D raper el princi­
pio de la ciencia y el foco de la luz intelectual, podría
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 17 7

reem plazarse fácilm ente con la cultura nacida en A tenas y


esparcida por el Macedonio en el Oriente antes que Fila-
delfo reuniese su tan celebrada biblioteca. Las Doce tablas
y el Edicto de los preceptos, base de las relaciones jurídicas,
y fundam ento de la ciencia del Derecho, podrían supri­
mirse sin alterar en el fondo la organización de las socie­
dades y el curso tranquilo de la civilización. Cualquier teo ­
ría. por sublime, cualquier documento por auténtico é in­
teresante, cualquier libro, código, institución, m onum ento,
adelanto, costum bre ó esfera de la vida, por capitales que
sean, pudieran suprim irse del mapa, sin que pereciera la
cronología del pensam iento ó la geodesia de la historia.
Sería una piedra, un torreon, el pórtico, si se quiere, ar­
rancado al castillo de la ciencia: sería un ram o despren­
dido del árbol, un arroyo extraviado de la corriente, un
rasgo, ó una figura, ó un grupo, borrados del sublime cua­
dro. Mas no por eso se cortaban las alas al vuelo del pen­
samiento, ni se cegaban los veneros de la vida, ni se inter­
rum pía la m archa majestuosa de la civilización y de la
historia.
P o r el contrario, suprím ase de una plum ada la Biblia;
descártese de esc libro adm irable una parte, bórrese una
región, arránquese una piedra, sepárese la doctrina de la
ley ó am bas del hecho histórico que le sirven de ocasion ó
á que ellas dan origen; segréguese el hecho natural y or­
dinario del m ilagro que le m otiva ó supone, ó de la revela,-
cion que le antecede ó le sigue; niegúese el tipo que es el
símbolo de la profecía, ó la profecía que es la explicación
del tipo y am bas lum brera y lazo de la historia, que en ellos
se inspira, que de su espíritu y aliento vive, que de su viva
conciencia y de sus consoladoras esperanzas se sostiene;
ensáyese, por absurda que sea la hipótesis, el rasgar una
sola página de la Biblia, y como al ponerse el sol en nues­
tro hemisferio, todo quedaría en tinieblas, sin que ninguna
BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

inteligencia fuera capaz de disiparlas; ó como al rom perse


el nudo que sirve do centro A una red, todo se convertiría
en confusion y enredo, que ninguna m ano sería poderosa á
recom poner.
Y lo m ás adm irable de ese libro es que no h a sido re­
dactado por una sola pluma, bajo la inspiración de una idea,
teoría ó sistem a sino por autores de épocas remotas, bajo
el am biente de varias culturas, y en el espacio de quince si­
glos. Y claro, á prim era vista ofrece contradicciones apa­
rentes, hijas del distinto fin, ocasión ó circunstancias en que
se expuso la doctrina ó la ley, y se narra ó alude al suceso.
Pero este carácter, prueba la más señalada de su autentici­
dad, es al mismo tiempo el distintivo más refulgente de su
inspiración divina. Verificada y a hace siglos la conciliación
por los esfuerzos de los Padres y com entaristas, no sólo no
ha sido sorprendido en antim onia alguna de doctrina, en
real contradicción de algún hecho, en fundada oposición con
teoría alguna de la ciencia especulativa ó descubrimiento
verdadero de la ciencia de observación, sino que como si
bebieran en la misma fuente, en todos los autores brilla el
mismo pensamiento, en todos se desenvuelve el mismo
plan, todos tienden á un solo objeto. Moisés legisla á un
pueblo que ha vivido entre las supersticiones astrológicas
y naturalistas de Egipto; Josué, Samuel, el autor del terce­
ro y cuarto libro de los Reyes, Esdras, y los autores de los
M acabeos narran sucesos acaecidos bajo la influencia de cul­
turas tan diferentes como la fénico-asiro-babilónica, la pér­
sica y la griega; y D avid exala los más puros y sublimes
afectos del corazon agobiado por el dolor, ó del alm a vo­
lando en alas de la esperanza á las regiones del cielo: y
Salom on y los autores del Eclesiástico y de la Sabiduría,
derram an á raudales sentencias relativas á todas las situa­
ciones de la vida, á todas las pulsaciones del corazon y aun
á las cuestiones más altas que pueden em bargar la hum a­
C R IS T IA N A DK LA H IS T O R IA . 17 9

na inteligencia: y los evangelistas trazan sencillos la histo­


ria de Jesús, aunque cada uno desde distinto punto de vis­
ta: y San Pablo se rem onta á las más sublimes regiones de
la teología, al cielo mismo de la mística: y los profetas des­
criben con vivos colores la sucesión de los imperios ante­
riores al reino de Dios, como Daniel; las ruinas del templo
y del sacrificio judaico como Jerem ías; las miserias de la
vida hum ana como Job; la universalidad del cristianismo
como Isaías, el salmista, y Malaquias; y las edades de la
Iglesia y del mundo como el libro de los siete sellos rotos
á la vista del profeta de Patmos, para que leyera lo futuro
en las páginas misteriosas del porvenir. Pues bien, en todo
ese magnífico lienzo de ideas y de hechos, de leyes é ins­
tituciones, de esperanzas y de consuelos, de figuras é im á­
genes, de símbolos y de tipos, de profecías V de su cum ­
plimiento, no sólo no han caido en som bra de contradicción,
borron alguno de error, desliz alguno de descuido; sino que
todo es sencillam ente sublime, naturalm ente bello, entera­
m ente auténtico, y ciertam ente verdadero. Y todo es uno
en doctrina, que es la unidad de Dios, como autor del or­
den natural y sobrenatural; que es la com unidad de origen
y destino del hombre; que es la unidad de la religión y
de las tradiciones; y todo compone una sola historia, en
cuya virtud, comenzando en el Génesis, libro del prin­
cipio, y continuando por el judaismo, que es la preparación
del porvenir, la narración baja en línea recta hasta el
centro del Evangelio, que es el lazo de unión del hom bre
con Dios, y de las Naciones, por medio de la Iglesia, con el
género hum ano, para que el ciclo entero de la vida venga
á cerrarse en el Apocalipsis que es el libro de la consum a­
ción y del fin.
L a Biblia, por lo tanto, es una sola idea, el pensa­
miento de Dios; una institución, la única religión verda­
dera; un hecho, el centro de la historia; y del magnífico
iS o BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

edificio no se puede arrancar una piedra. Suprím ase a lg u ­


no ó algunos de los libros como pretendieron Dositeo, los
alogos, los maniqueos, antiguos herejes, ó los llamados li­
bros deuterocanónicos al estilo protestante, y y a no es el
conjunto de libros que la Iglesia, su custodio fiel, adm ite en
su canon; ya no es la Biblia. Limítese la inspiración á algu­
nos libros, ó á una p arte de ellos, como quieren Espinosa y
Clérico ó rebájese lo sobrenatural al sistema de acomoda-
cion de Semler, al psicológico del Dr. Paulo, al mítico de
Strauss ó á una leyenda como pretende R enán, y ya no es
ese libro singular que no se parece á ningún otro, y a no es
el libro sagrado de la Biblia. Todos los sofismas del racio­
nalismo no serán suficientes para arrancar de su frente el
distintivo de un libro cuyo pensam iento se alza por encima
de todas las categorías del entendim iento hum ano, cuyo con­
tenido está por encim a de toda ley histórica, y que por per­
tenecer á un género, á una categoría aparte, es ley de sí
mismo, sobrenatural, y por sobrenatural, es decir, por pro-
fético y típico y por encerrar el gran m ilagro histórico, es
á su vez ley de la historia. Pero suprím ase á su vez el libro
tal como es en sí, form ando un todo compacto, con sus mis­
terios y sus milagros, con sus profecías y su cum plim iento(
con su doctrina elevada, con su m oral purísima, con su en­
grane con los imperios en el testam ento antiguo, con su
universalidad en el Evangelio, con su carácter de cimiento,
de medio y de fin, tal como le h a presentado al mundo el
cristianismo, y le sostiene la voz autoritativa y directriz de
la Iglesia. Y entonces.... ¡ah!... entonces.... el entendim iento
se anubla, el corazon se sobrecoge, la fantasía se tu rb a y
confunde al pensar en la desaparición de la Biblia,
Sin la Biblia seria hoy el mundo lo que fué durante más
de dos mil años, desde la dispersión de Babel h asta que el
cristianismo la dió á conocer al mundo todo. Sin la Biblia, el
cielo, ó más bien la inteligencia del hom bre, estarían poblar
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . i Si

dos de Brahm as y de Buddas, de Zeus y de Jovcs, de Sera-


pis y de Saturnos, y en frase de Bossuet, todo seria Dios
menos Dios mismo. Sin la Biblia los m ares y los vientos,
los bosques y las casas, el olimpo y el averno ó más bien
la imaginación popular estaría llena-de Eolos y Neptunos,
de Piérides y de Lares, de Apolos y Minervas, de A que-
rontes, de M ercurios y de Aplícanos; y la ciencia de la n atu ­
raleza andaría m ezclada con las ficciones de la mitología.
Las burlas de Evem ero y de Luciano sólo lograrían susti­
tuir, y ésto en las gentes cultas las divinidades abstractas
á las antiguas populares, pero seria para perderse después
la razón y la fantasía en los delirios de los Gnósticos, ó en
el teosofismo alejandrino, pero de ningún modo hubieran
sacado al mundo del ciclo del politeísmo. Sin la Biblia los
tem plos estarían atestados de ídolos de Baalin, Belfegor ó
Baal honrados en los pueblos limítrofes á la Palestina; ó del
Bel, cuyos fraudes descubrió Daniel; ó del Belo que al decir
de H erodoto bajaba todas las noches á la capilla que se le
habia
/
dedicado en la torre de Babilonia; ó de la Diana de
Efeso que se honraba en tiempo de San Pablo; ó del Jú p i­
ter S tator que invoca Cicerón en sus arengas, ó acaso reem ­
plazados por otras efigies más torpes ó más absurdas. Y en
todos ellos seg-uirian no sólo los sacrificios inútiles de las
víctimas, ó vacíos de la cesta de harina helénica, del Soma
aryano, y del fuego sagrado de los persas; sino los crue­
les de los niños á Moloch, ó las hecatom bes á Saturno, y
los torpes de la honestidad á E starte más conocida por
Venus, y los inauditos del pudor mismo en los misterios de
Eleusis. Y se consultaría los oráculos de Júpiter dodoneo
en el Epiro y de A polo deifico en la Eócide, pagando un
tributo á la superstición el mismo Cesar y escribiendo Crí-
sipo, al decir de Cicerón, un volúmen de las vanas respues­
tas de la Pitia. Y como la esfera religiosa, así estarían tam ­
bién oscurecidos los demás órdenes de la vida. Sin la
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

Biblia las dos potestades, religiosa y civil, la que m anda en


la conciencia, y la que rige á la sociedad, estarían confun­
didas en una sola mano, del rey ó emperador, á .la vez le­
gislador y pontífice máximo. Y la sociedad seguiría orga­
nizada en castas, fundadas en la religión, autorizadas por
la ciencia, sostenidas por la costumbre: y el desgraciado
sudra no podría vrivir en la ciudad, ni rozarse con el bramin;
y el esclavo serviría de pasto á las m urenas ó de diversión á
un pueblo que em briagado aplaude desde las galerías del
Circo el donaire con que saludaban al Cesar los que iban á
morir, ó la airosa actitud con que caían derribados al golpe
de su rival. Sin la Biblia la m ujer robada, com prada ó usa­
da, ó más bien abusada, como dirían los ingleses, puro ins­
trum ento del placer, hija ó esclava en la familia, nunca hu­
biera llegado á ser venerada como virgen en los altares, ni
considerada como m adre de sus hijos, señora del corazon
del marido, como reina en la familia, allí donde no era si­
quiera com pañera del hombre. Sin la Biblia el niño defor­
me, á quien no reconociera como hijo el autor de sus dias,
seguiría arrojado al Taíjeto ó á la colum na lactaria, como
todavía acontece en la China; y pudiendo adquirir todas las
dignidades sociales en la república, seguiria siendo cosa y
no persona en el recinto del hogar. Sin la Biblia las m atro­
nas rom anas seguirían contando el núm ero de maridos por
el de cónsules; apenas se encontrarían niñas de siete años
que sirvieran en el colegio de las vestales; y los filósofos,
como sin rubor confiesa Cicerón, harían alarde de un vicio
que hoy no se puede nom brar siquiera. E l cariño y el pudor,
ausentes del hogar y de la familia, desahogarían su cruel
venganza, sacrificándose en el culto que en Chipre y en Co-
rinto, en Sam os y en el m onte Ericio, se ofrecía á la sceva
m ater cupidiim m de Horacio. Sin la Biblia, en fin, el m un­
do seguiria representando la figura que con hábil pincel nos
retrataron los apologistas cristianos de Jos prim eros siglos
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 1S 3

que le alcanzaron, y doctam ente ha reproducido, recogien­


do testimonios con exquisita diligencia, el erudito Gaume en
sus obras La rcvoht-cion y La historia de la sociedad domés~
tica. Y como á la religión y á la sociedad, lo mismo sucede-
ria á la historia.
Sin auxilio del libro por excelencia, con efecto, en cro­
nología nunca hubiera pasado de la prim era olimpiada con
Varron, de la guerra de T roya con Lucrecio y Diodoro ó
de los m árm oles de Paros y de las observaciones de Calis-
tenes con A ristóteles. De los recuerdos confusos de las tra ­
diciones, y de los períodos fabulosos ó inciertos, nunca h u ­
biera sacado ni la unidad de Dios, ni la creación del m un­
do, ni el modo como se organizó el universo, ni el cómo y
dónde apareció el hom bre en escena, ni el origen del len­
guaje y de la civilización, ni la causa de las divisiones de
pueblos en genealogía, de teogonias en religión, de castas
en sociedad, de lenguas en la cultura, de politeísmo en
todo. E l hum ano linaje, palpando tinieblas, como dice San
Pablo, y sentado en las sombras de la m uerte, como dice el
cántico de Zacarías, nunca hubiera acertado á salir de ese
fondo de oscuridad en que le habia arrojado el error poli­
teísta; y al caer los germ anos sobre el imperio.,, la razón se
extrem ece al pensar lo que hoy seria el mundo sin la Bi­
blia. El viejo Simeón, tom ando en sus brazos y antes de
espirar con el viejo mundo, á quien representaba, al niño
que en espíritu profético llamó luz que se habia de revelar
á todas las naciones, lumen ad revetationem gentium y
gloria históricam ente eterna del pueblo de Israel, abre á
la historia un horizonte más extenso que todos los poetan,
filósofos y m oralistas del mundo pagano juntos.
L a Biblia, con efecto, no precisam ente en el libro encer­
rado m uchos siglos en el santuario de la lengua hebrea y
sólo anunciado por vía de heraldo en la traducción griega
de A lejandría, sino com pletada por la revelación cristiana
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

y en m anos de la Iglesia que desde Pentecostés la lleva á


todas partes bajo su fiel custodia y autorizada é infalible
interpretación; la Biblia en manos del cristianismo, al par
que escala mística de Jacob para unir el cielo con la tier­
ra, lo natural de la cultura con lo sobrenatural de la reli­
gión, el tiempo y la eternidad y el hom bre con Dios, es
tam bién el precioso anillo que enlaza histórica y social­
m ente el mundo antiguo de la preparación con el nuevo
de la redención y de la realidad, y bajo ambos conceptos
es la luz de la inteligencia, el espíritu del organism o y el
punto central de la historia. Al trazar San Lucas la genea­
logía de Jesucristo en movimiento ascendente desde H eli
por D avid y Noé hasta Adán; y m ostrarnos San M ateo
como en línea descendente, y gota á gota, por intermedio
de David, de la sangre de A brahan fue formado el cuerpo
del Salvador; y a tenem os la genealogía auténtica del gé­
nero hum ano desde el protoparente de la vida carnal al
padre de la nueva generación, al foco de la nueva edad.
Cuando el mismo S alvador del mundo, al p ar que prom ete
su invisible presencia en el Sacram ento, y la perenne asis­
tencia de su espíritu á la Iglesia h asta la consumación del
siglo dice á los A póstoles id y enseñad á todas las nació-
nes; con la llave de la palabra evangélica queda cerrado
el ciclo del politeismo. A l salir San Pedro del cenáculo á
inaugurar la predicación y ser entendido el nuevo lengua­
je por hom bres de diversas lenguas y en cierto modo de
toda nación que hay bajo el cielo, queda abierta una edad
nueva, la era de la unidad. D esde el dia de Pentecostés la
historia principia á girar por otra órbita, abarcando en su
círculo máximo todos los tiempos, los pasados, que han
preparado el m em orable dia, y los futuros que han de bro­
ta r intelectual, moral, social, é históricam ente del E v an g e­
lio. E l mundo antiguo pertenece á la Biblia, porque dentro
de su unidad prim itiva, aun en su misma fuerza divergente
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA ; 18 5

y centrifuga, conserva un nudo, que le viene atrayendo


nuevam ente, como preparación al centro del Evangelio, El
mundo cristiano pertenece á la Biblia, porque del cenáculo,
como de un foco perenne, sale la luz para iluminarle; por­
que del sacrificio de la cruz, como de m anantial inagotable,
nace la vida cristiana toda entera, y en^ todas sus manifes­
taciones, hasta la consumación del siglo, ó como decía ya
San Juan, de cuya plenitud hemos recibido todos. El hom ­
bre viejo de A dán y el mundo antiguo de la división, el
hom bre nuevo y el mundo regenerado por la sangre, del
sacrificio; hé aquí la Biblia, pero al mismo tiempo tam bién
la historia.
No hablem os ahora del caudal inmenso de doctrina en­
cerrado en los Padres, concilios, decretales, comentaristas.'
teólogos, moralistas, místicos, ascéticos y todo género de
escritores que penetrando los secretos del espíritu y del
corazon, vuelan á las regiones de lo sobrenatural, p o r un
m undo de ideas, debido todo entero á la Biblia. A un los
que parecen más ajenos á su espíritu, todos, sin em bargo,
se inspiran en ella. Todos los resplandores de la ciencia, to ­
das las inspiraciones de la poesía y del arte, todas las re ­
form as legislativas, todos los lazos de organización social,
todas las manifestaciones, en fin, de la vida cristiana, todo
está alum brado, regido ó rectificado por la Biblia. Y lo mis­
mo sucede en los demás órdenes. D esde que los esposos se
cubren con el velo del pudor ante el altar; desde que el
niño recibe las aguas del bautism o que le regeneran; desde
que el infante recibe los rudim entos de todas las ideas cris­
tianas, entre los ósculos cariñosos de la madre; desde que
el sacerdote le enseña elem entalm ente, pero en toda su ex ­
tensión, la doctrina del catecismo; h asta que principia á des­
envolver su inteligencia llegando á ser un Prudencio, un
Crisóstomo, un Cario M agno, un San Anselm o, un R a i­
m undo de Poñafort; y cuando se sienta en las dietas, cortes
I 86 BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

ó parlam entos para reglam entar Ja sociedad; y cuando des­


de el retiro en que escribe el libro de La consideración sale
San Bernardo á im pugnar á A belardo ó componer las que­
rellas de los príncipes; y cuando con el compás y la regla
del genio por la mano del artista se levanta á S anta Sofía
de Constantinopla, la Catedral de Colonia ó el San Pedro
de Rom a; y cuando el pincel de Leonardo Vinci, de R a ­
fael ó de Mnrillo producen esos prodigios que no acaban
de adm irar las generaciones; y cuando Milton, Calderón ó
el D ante se elevan más alto que el Helicón ó el Pindó, á
los ciclos para presenciar la derrota de los ángeles rebel­
des, al Paraiso para llorar la catástrofe de la caida, á los
misterios augustos de la redención para cantar sus arm o­
n ías sublimes, y hasta el mismo infierno á cuya entrada
encuentra el poeta Florentino esta portada lasciatc ogni
speranza; y todos los conceptos de la m ente, todos los la­
tidos del corazon, todas las situaciones de la vida, todas las
relaciones sociales, todas las conquistas de la civilización,
el respeto mismo que se profesa á las cenizas, ó más bien,
las esperanzas de resurrección con que se suelen inscribir
las lápidas funerarias, todo pertenece á la Biblia, porque
todo está inspirado, movido, regulado ó rectificado en sus
extravíos por sus sublim es é inimitables páginas. A sí como
la Iglesia ha encontrado en la Biblia un texto adecuado
para todas las situaciones y recientem ente hasta para ben­
decir las conquistas del vapor y de la electricidad; así du­
rante la edad cristiana, no hay libro en cualquier ram o de
la ciencia, literatura ó arte, que si no cita algún texto bíbli­
co, al menos no se haya inspirado en su espíritu.
Y tan fecunda es la idea, tan ancho el campo, tan in­
sondable el fondo de este libro admirable, que con haber
sido objeto de constante estudio por espacio de diez y ocho
siglos, ninguna sonda ha llegado al abismo de su profun­
didad. P o r copia de luz que se recoja del clarísimo sol, no
C R IS T IA N A t JE L A H IS T O R IA .

se agota nunca su verdad, antes bien cada dia brilla con


nuevo esplendor; y cuando parece que una institución por
la Biblia inspirada, decae ó se va á extinguir, surge otra
con más vigor y lozanía. Los libros de las civilizaciones an­
tiguas sólo servían para una localidad y un tiempo dado; y
las mismas obras maestras que parecen eternos modelos,
tienen que despojarse de sus ficciones, de sus extravíos y
aun de su ropaje nacional para aclimatarse ó más bien ad­
quirir nueva vida en el suelo de las naciones modernas. E l
renacimiento se equivocaba grandemente al creer que po­
drían revivir las flores del Olimpo, tener sentido los nom­
bres de las dignidades imperiales, lógica, y por tanto, vida
intelectual los desvarios de la filosofía. Los sistemas mo­
dernos, más que errores politeístas, son heregías cristianas,
avaloradas por la misma doctrina bíblica que ingratos re­
chazan.
La Biblia, por el contrarío, siempre es antigua y siempre
es nueva, y los elogios que la tributaban Orígenes y San J e ­
rónimo, San Agustín y San Gregorio el Grande, San Isido­
ro y San Buenaventura, son hoy tanto y aun más verdade­
ros, si cabe, que en los tiempos de los escolásticos y de los
Padres. Hoy podemos decir, en cierto modo con más razón
que ellos, que es un tesoro que no se agota, un occéano que
no tiene límites, un sol que brilla más cada dia. Se escribió
en un rincón del mundo y por hombres en general no ins­
truidos, y sirve para todos los climas y latitudes. No es un
libro científico ni literario en rigor, y sin embargo, se en­
laza por senderos misteriosos con todas las ciencias y tiene
inspiraciones sublimes para todo género de literatura. Fué
impugnado por la heregía y derribada ésta, queda el libro
en pié. Trata de minarle por su base el protestantismo y de
ponerle en ridículo la enciclopedia, se empeñan en desmen­
tirle las conquistas de la erudición moderna, ó de suplan­
tar su pensamiento el racionalismo francés, ó el panteismo
18 8 B O SQ U EJO D E l ’ N'A F IL O S O F IA

aleman: y los que se desacreditan, y si tuvieran rubor cien­


tífico se 'humillarían ó retirarían del palenque avergonza­
dos, son los impugnadores que siempre salen derrotados
de la refriega, permaneciendo el libro intacto, tal como le
redactó Moisés ó como salió de la boca de Jesús ó de la
pluma de sus Apóstoles.
L a historia en general, considerándole como un episo­
dio por donde hay que pasar de prisa, y las historias par­
ticulares de filosofía, de derecho, de literatura y demás ra-
mos del saber humano, ateniéndose sólo á los sistemas rui­
dosos, á los códigos fundamentales y singularmente al
romano; y á los géneros lírico, épico, dramático, que con sus
reglas idearon los pueblos clásicos; apenas se dignan ten­
der una mirada de reflexión al sagrado texto, como si fue­
ra extraño al movimiento científico, literario ó histórico de
la nueva edad. Pero ese desden sólo depende de no haber­
se parado nunca á considerar el inmenso cambio introdu­
cido en todos los órdenes, en todas las fibras, hasta en el
corazon del organismo científico, social, histórico y litera­
rio por el cristianismo y por la Biblia.
Y ciertamente que si sólo se mira á la forma exterior
de la fisonomía, si sólo se contempla á la imagen por sus
perfiles y contornos, por los pliegues de su vistoso traje,
tienen razón los entusiastas del clasicismo pagano. Como el
cristianismo, al decir de San Jerónimo, no venia á mudar
las clases y condiciones sociales, ni á cambiar los polos de
la ciencia, ni á romper el hilo de la historia; sería inútil bus­
car en la Biblia y en la idea cristiana nuevos sistemas ni
géneros nuevos de letras ó de artes, Más aún, como todo
eso estaba ya hccho por la actividad de la razón y esfuer­
zos de los siglos, no tenia para qué tocarlo siquiera el pen­
samiento bíblicó. Pero si la Biblia no crea hada humano
en particular, sino tan sólo el mundo sobrenatural de la re­
dención, en cambio lo eleva y purifica todo, y dejándolo en
C R IM JA N A UK L A H IS T O R IA . 189

su forma antigua 1<~>llena todo de un nuevo espíritu; y esta


ps la fatal equivocación do los escritores del renacimiento.
No vamos á comparar ni hay para qué, el g-enio de
Agustino ó de San Anselmo con el de Platón; ni el do
Santo Tomás con el de Aristóteles; ni la erudición de Euse­
bio, de Orígenes, de San Jerónimo ó San Isidoro con la de
Varron ó Díodoro; ni la elocuencia del Crisóstomo ó Bos-
suet con la de Demóstenes ó Marco Tuíio; ni á Alighieri, el
Taso ó Calderón con Homero ó con Virgilio; ni á los ar­
quitectos de las Catedrales góticas con los del templo de
Júpiter en Olimpia ó el panteón de A gripa y el Goloseo; ni
las escuelas pictóricas, ática de Polignoto, jónica de Zeu-
xis, dórica de Eufranor, con las diversas modernas euro­
peas que ostenta nuestro rico nacional museo; ni á los
Cayos y Papinianos, en fin, con los autores del Fuero Juzgo
ó de las Partidas ó con las colecciones de Derecho canó­
nico. Lo que decimos-es que la doctrina, la inspiración, las
máximas y principios, la delicadeza de mano, la sublimidad
de pensamiento, el espíritu que informa á las obras cristia­
nas, precisamente por inspirarse en la Biblia, son todo nue­
vas, y superiores en verdad, en armonía, en belleza sus­
tancial, en fecundidad civilizadora, en amplitud y elevación
de miras, en pureza de sentimientos á las obras paganas.
Lo que decimos es que la filosofía cristiana es el único sis­
tema completo de verdad; que la elocuencia es la del cielo
y de la eternidad; que las leyes son el derecho, la verda­
dera justicia, la rectitud; que la literatura y las artes son
la belleza del espíritu, la sublimidad del infinito; que las
reformas sociales son la verdadera civilización; que la mi­
rada histórica es universal en el espacio y en el tiempo.
Lo que por consecuencia legítima concluimos es que la
Biblia, sin tocar la forma, renovó la sustancia de todo; que
la vida cristiana en todos sus órdenes especulativos y prác­
ticos está inspirada en la Biblia y pertenece al ciclo de su
B O S Q U E JO D E U X A 1'J.LO KO EÍA

unidad; y que los historiadores son ingratos al no recono­


cer este cambio sustancial en todos los órdenes especula­
tivo y práctico de la vida humana debido á la Biblia, ó
más bien al cristianismo que la dió á conocer, y á la Igle­
sia que la conserva en su pureza é integridad.
Esto consiste, lo diremos claramente y de una vez, en
que la Biblia, Verbo divino, hablando primero por labio
de los Profetas y después por su propia boca, es el pensa­
miento de Dios puesto en forma de palabra humana, y se­
gún su misma frase, la luz del mundo, el camino, la verdad
y la vida. Por eso, como si bebiera á raudales la luz en el
manantial mismo de la verdad, mana en forma de fuente
del paraiso, que dividiéndose en cuatro rios, para regar la
tierra entera del corazon, donde quiera que se planta la
cruz, hace brotar un nuevo árbol de vida eterna. Como si
llevara en una mano.el secreto de la vida misma y en la
otra la llave del tiempo, desde la roca de su inmovilidad
ve pasar delante de sí el oleaje de todas las ideas y el in­
cesante variar de los hechos; y si por la parte que mira al
pasado cumple la profecía, realiza el tipo y colma las es­
peranzas de los antiguos, por el lado que mira al futuro,
alianza nueva y testamento de un Dios humanado, en
cada una de sus cláusulas deja uti precioso legado de luces
y bendiciones á las generaciones venideras. Como si el au­
tor, ó más bien los autores agiógrafos, en fin, hubieran
asistido á los consejos de Dios ó fueran presentes ó con­
temporáneos de todos los sucesos, desde la cumbre de la
inspiración todo lo abarcan de una sola ojeada; y por eso
el libro por ellos escrito, como el astro del día al nacer,
alumbra de una vez el horizonte de la vida en toda su in­
mensa circunferencia. A sí que no hay sombra en el espí­
ritu que no disipe, ni llaga en el corazon que no sane, ni
sentimiento en el pecho que no purifique y enaltezca, ni
situación del individuo ó de las naciones que no .se halle
CRI SITAN A 1)K I . A H I S T O R I A . igl

allí anticipadamente y con vivos colores retratada. Limpí­


simo espejó de las perfecciones de Dios, ante su resplandor
huyen avergonzados los dioses de las teogonias orienta­
les y los seres fantásticos de la mitología griega y roma­
na. Antorcha colocada en el centro de] espíritu, irradia á
todas las moradas del castillo del alma, según la bellísima
imagen de la Doctora mística, descubriendo, antes que Co­
lon, un hemisferio terrestre, desde las playas del hombre
interior, un nuevo mundo de ideas, do sentimientos y de
virtudes completamente desconocido en e] mapa de la
ciencia pascana. Imágcii perfecta de Dios invisible, al brillo
de su majestuosa figura so retiran con rubor todos los líe ­
los, todos los Budas, todos los Adataras, cayendo al suelo
por su propio peso todos los ídolos. Y por ser esto en reli­
gión, es también en sociedad, el Sinaí, en cuyo decálogo se
reforman las tablas de todas las legislaciones; el Jordán,
en que se limpia y purifica la lepra de todas las llagas so­
ciales principalmente la poligamia y la casta; y el cenácu­
lo en que se inspiran todos los heroísmos, desde el apóstol
que lleva el Evangelio á lejanas tierras para recibir en re­
compensa el martirio, hasta la púdica virgen que esconde
su belleza en las soledades del claustro para levantar el
espíritu de una sociedad enmohellecida ó degradada: la
Biblia es, en fin, un Código completo, pero superior, y bajo
diversas formas, de universal civilización, y como conse­
cuencia y corona de todas estas prendas ol supremo re­
gulador de la historia.
E l problema planteado al principio de este escrito está
resuelto, y con el pensador de Siracusa, al descubrir el peso
específico de los cuerpos, podemos decir el eureka de la
filosofía de la historia. Ninguna inteligencia por elevada
que sea ha sido poderosa de concebir el plan, trazar el di­
seño, descubrir las leyes, atinar el comienzo, fijar el medio,
vislumbrar el desenlace: ningún documento, tradición, ni
B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

recuerdo de lengua, de raza ó pueblo alguno, ha conserva­


do en sus manos el hilo de los sucesos, la genealogía de
las naciones para enlazar á todos los hombres en una sola
familia, y á todos los acontecimientos, á todos los actos y
episodios en un solo drama. Pero lo que el hombre, lo que
los pueblos, lo que los sabios, lo que el género humano en­
tero serian impotentes de emprender, cuanto más de llevar
á cabo, lo ha previsto y anticipadamente remediado la pa­
ternal providencia, principio, fin y director de todo. Dios se
ha reservado para sí la corona de honor que no podia so­
portar la débil cabeza de hombre alguno. Y para mostrarlo
de una manera evidente que no dejara lug'ar á la duda, se
ha valido, dice San Pablo, de lo que el mundo reputaba ne­
cedad para humillar á ]a humana sabiduría, y de lo más
bajo y desperciable en la tierra para confundir á los fuertes.
Así como para extender el cristianismo, que es el hecho
central, para plantear la Iglesia, que es la sociedad más sóli­
da, perfecta y civilizadora, y para fundar el Pontificado, que
es la institución más grande y maravillosa de la historia,
se valió de doce pobres pescadores, así para escribir el libro
por excelencia-no se vale de otros instrumentos que del
pastor de las ovejas de (retro, del guerrero de (rabaon, del
hijo de la estéril y angustiada Ana, de Profetas en su mayor
parte desconocidos en su mismo pueblo, do cautivos en B a ­
bilonia como Daniel, de expatriados en Persia como Esdras,
y sobre todo, de esos mismos pescadores de Galilea que de
granos de arena que eran en el mundo de la división, trans­
formados con ]a luz de lo alto, desde la cumbre del cenácu­
lo suben en rápido vuelo al firmamento de la historia, para
convertirse en astros brillantes de la civilización.
No es extraño, pues, que el libro escrito por esas plumas
del espíritu de Dios, por esos sublimes amanuenses del pen­
samiento del cielo, reúna sin faltarle una sola, todas las con­
diciones necesarias para delinear el cuadro entero. Si, por­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . i 93

que el libro de la vida es una vasta síntesis que de altísima


m anera abarca el horizonte inmenso de la idea; es una se­
g uida narración que fija de una m anera precisa los m om en­
tos solem nes y ofrece los anillos por donde se enlaza la
g en ea lo g ía etnográfica de las razas con la gran fam ilia del
género humano; es una fuerza secreta y tan poderosa para
unir, una re g la tan firme para enderezar, una mirada tan
extensa para prever y dirigir, que llevando tras de sí, en
unidad de doctrina y de dirección, lo ideal y lo real, el pen­
sam iento y el suceso, lo conducirá todo con robusta mano
al desenlace de la unidad final. Y si fuera de la B ib lia no
se concibe un plan entero, ni siquiera el diseño del m agní­
fico cuadro, porque nada se puede pintar que no sea aislado,
m onstruoso, incompleto, desfigurado; por el contrario, den­
tro de la unidad, alteza, c inm ensa capacidad de la B iblia
todo cabe; porque el libro de D io ses un oráculo que respon­
de á toda consulta, una cátedra que, enseñando la verdad
entera, desata toda dificultad, un tronco de donde arran­
can todos los ramos, la clave de todos los secretos, el re­
sorte de todos los m ovim ientos y el blanco de todas las as­
piraciones; porque solo él tiene la virtud de resum irlo todo
en tres hechos capitales, que son la creación, la redención
y la resurrección, y el poder de ligarlo arm ónicam ente todo
en tres puntos culminantes, el Paraíso, el C alvario y el Jui­
cio final, sin los cuales carecería de sublim idad la vida y de
integridad y alto sentido la historia.
CAPITULÓ XL

PLAN DE LA HISTORIA S E G UN LA RI HLI A.

N el principio crió Dios el cielo y la tierra. Ningún


libro salido de m anos del hom bre ha com enzado
así. Esto exordio profundo é inim itable es el co­
mienzo natural de la epopeya, es lo más bello y sublim e
que ha concebido el pensam iento humano. T o d av ía después
de los siglos transcurridos desde que la escribió el cronis­
ta de la creación, conserva la frase la frescura de su n ove­
dad, la idea la grandeza del espectáculo, y el estilo la cla­
ridad y concision con que la palabra imita el acto mismo
de la creación. E l p agano Longino, com o hem os indicado
en otro lugar, en el libro que por el escogim iento de los
pasajes y por el atinado juicio con que sabe apreciarlos,
merece el título D e l sublime; como un ejem plo de este sen­
timiento estético, cita las palabras de Moisés, dijo D ios há­
gase la luz y la luz f u e hccha. M as sin disputar al justo y
elevado apreciador de las bellezas pindáricr.s y hom éricas
IÍJÓ BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

ol acierto en tomar del Génesis un ejemplo del sublime di­


námico y del bello estético, nadie nos negará que por in
universal, filosófico y sintético de la fórmula, es más origi­
nal profunda y sublime la ru el principio crió D ios el cielo
y la tierra. En ella se encierra en palabras precisas, con la
mayor claridad y concision, la idea y la realidad, el sér en
su infinita amplitud y el objeto entero del conocimiento, los
términos de la existencia, Dios y el mundo; y su nudo de
enlace, que es al mismo tiempo la solucion del problema,
el acto de la creación. En él se contiene toda y la única ver­
dad de que se ocupa, y puede satisfacer al humano enten­
dimiento. Con el principio de precedencia que formula Bal-
mes de este modo, todo lo groe coviienza es precedido por
otro, y va contenido en la palabra in principio; y el bien
conocido de no hay efecto sin causa, implícito en la crea­
ción, queda fundada la filosofía. En el momento en que de
la fórmula se suprima ó se recorte alguno de esos tres tér­
minos, se incurre en uno de los errores fundamentales de
filosofía ó de religión. Suprimiendo el primer versícLdo del
Génesis ó alguna de sus palabras, sólo queda la materia
eterna y el ateísmo que destierra á Dios del Universo; ó el
deísmo que le niega el cuidado de las cosas, la Providen­
cia; ó el dualismo que dimidiasu reinado; ó el materialismo
que destruye el mundo entero del espíritu; ó el racionalis­
mo que rechaza la creación inmediata de Dios, y con ella
el orden sobrenatural; ó el panteísmo, en fin, más ó menos
embozado, de que estaban informadas todas las religiones
politeístas. Y esa masa informe de errores de que se halla
saturada la enciclopedia del renacimiento, en especial la in­
credulidad del pasado siglo, y el racionalismo, panteísmo
y positivismo de nuestros dias, no proceden de otra fuente
que del olvido del primer versículo del Génesis.
Un libro, pues, que comienza por el principio más capi­
tal de la inteligencia y por el hecho más importante y fun­
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . ¡ g~

damental en el orden de la sucesión, lleva trazas de seguir


volando por las altas regiones de la sabiduría en todo el
curso y desarrollo de su subirme expresión. La proporcion
y armonía del discurso, corresponden á la original sublimi­
dad del exordio. E l argumento del libro es el hombre en
su parte más elevada, que es la imagen de Dios, en su es­
fera superior, que es la religión, y las dos fases de la vida,
la temporal y la eterna, y el doble destino, la civilización y
la bienaventuranza. Pero á fin de que esta magnífica des­
cripción se estampe sobre un fondo de solidez incontrasta­
ble, y á la sublimidad del drama responda la magnificencia
del espectáculo, el libro de la vida pinta á grandes rasgos y
con maestras pinceladas el alcázar que sirve de morada y
el decorado que le sirve de ornamento. Con profunda sabi­
duría describe al Universo antes de penetrar en escena el
feudatario de Dios en la tierra, el rey de la creación. E l pri­
mer capítulo del Génesis es una cosmogonía subordinada
á una geogonía, y encaminadas las dos á la antropogonía
bíblica, la más racional, ó más bien, la única antropogonía
verdadera. Sólo habla del origen de la tierra, en cuanto es
menester para introducir en su suelo al hombre; y del ori­
gen del mundo, en cuanto se refiere á la tierra; y del sis­
tema de que el sol es el centro, en cuanto nuestro globo
es uno de sus planetas. Por eso en lenguaje claro pero pro­
fundo, en estilo sobrio pero llano, y con ligeras pero mag­
níficas pinceladas traza j.m cuadro acabado del origen. Y
ante todo, á diferencia de las confusas y absurdas tco y cos­
mogonías politeístas, distingue cuidadosamente el acto de la
creación del período de la organización del Universo. E l
versículo primero se refiere á la creación de la materia,
hecha de la nada, en hebreo bará y que, por su naturaleza,
no exige tiempo, es instantánea: el segundo al estado de
esa materia, vacía de forma, especie de abismo sobre que se
cernían las tinieblas, aguas de un mar universal, sobre las
I9 S BO SQ U EJO DE' U N A F IL O S O F ÍA

cuales el Espíritu de Dios, como el pensamiento del artífi­


ce, dice Santo Tomás, estaba trazando las líneas del gran
artefacto que de esa materia bruta, ó sea del caos de los
griegos, se proponía fabricar. Sólo en el versículo tercero
es donde comienza la obra de la organización en seis dias,
en hebreo iom, que por componerse no de luz y tinieblas,
ó sea de dia y noche, sino de tarde y mañana; por no po­
der al menos á los tres primeros servirles de medida el sol;
y por la misma grandeza de las cosas que en ellos se veri­
fican, envuelven un tiempo ó período de tanta extensión y
latitud cuanta requieran no locas hipótesis, sino una cien­
cia cuerda, fundada y racional, para arreglar la colocacion
de los astros y la formación de los terrenos geológicos;
este período de formación ábrese con una solemnidad ma­
jestuosa, que responde al anterior estado caótico de la ma­
teria. Antes era ésta informe y tenebrosa, sin movimiento
y sin vida, aunque incubándose para producirla. Ahora la
escena se abre por la producción de la luz, de la cual decía
ya en su tiempo Lavoisier. S in luz la naturaleza.... estaba
muerta, inanimada: un Dios benéfico, trayendo la- luz, cx-
parció la organización sobre la superficie de la tierra, Y
ciertamente que si la palabra hebrea or, ur, aor, ó avor, se
traduce con algunos por luz-calórico, podría envolver los
fluidos imponderables de la ciencia, ó sea la fuerza ó movi­
miento de donde resultan esos fenómenos. De todos modos,
á impulso del de la luz, que esparce la organización, ó de
esa fuerza ó movimiento general á toda materia, en el se­
gundo dia ó mandato omnipotente, ésta principia á dividir­
se, ya sea en las nebulosas y globos incandescentes de las
modernas hipótesis, ó simplemente en núcleos en torno de
los cueles se aglomera la materia cósmica y la siderea. En
ambos casos, por entre esos globos ó núcleos, queda el es­
pacio intermedio del firmamento, que sirve de vehículo á
las. corrientes electro-magnéticas que entre ellos se cruzan,
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . ¡99

y de solidez y equilibrio á sus distancias y movimientos:


hasta que en el dia cuarto, con los de rotacion y revolución
de la tierra, se fijen sus relaciones con el sol y con todo su
sistema astronómico. El mismo estilo de .sobria sublimidad
guarda el texto al describir la formacion de nuestro globo,
desde que sumergido todo en las aguas no admite más vida
que la submarina, cuyos restos han quedado en los prime­
ros estratos del período paleozoico, hasta que con la emer­
sión de la tierra, formacion de los mares y purificación de
la atmósfera, aparecen las plantas terrestres y séres de res-
piracion aérea, los monstruos marinos, ecte grandia, en he­
breo tamiln, las aves, los reptiles y las bestia?, con el gran
desarrollo en el órden sucesivo, que demuestran los terre­
nos siguientes.
Y dentro de la descripción bíblica, no científica ni de­
tallada, sino magnífica y sintética, pero tan sabiamente or­
denada que ha hecho exclamar á Ampere que, o Moisés
ftoscia una ciencia tan. adelantada como nuestro siglo ó que
estuvo inspirado, cabe todo adelanto geológico, todo des­
cubrimiento científico. F 1 sagrado Texto no impide á la bo­
tánica que siga el sistema de Linneo, ó el método hoy
adoptado de a, ino no y A-cotilidones: ni á la zoología, qué
vaya subiendo desde los zoófitos y moluscos á los articula­
dos y vertebrados, distinguiendo á los ovíparos de los ma­
míferos, y entre estos á los cuadrumanos; ni á la geología
que siga la superposición de los terrenos y colocación de
los fósiles, desde los grupos cámbrico y silúrico hasta los
del período cenozoico, y del cuaternario, con su correspon­
diente fauna y su flora correlativa, Lejos de eso, Pianciani,
yM olloy, en profundos estudios comparativos, y reciente­
mente Pozzy, en su precioso libro L a tierra y el relato bí­
blico, siguiendo paso á paso el sagrado Texto, aunque no
conforme con nuestra opinion. en el sentido de los dos pri­
meros versículos, en lo demás creemos'que suficientemente
’ OO B O SQ U EJO D E U .\A F IL O S O F ÍA

ha probado la conformidad de la geología en su actual es­


tado con la sublime narración del Génesis. De todos modos
al libro de la vida sólo tocaba dar al género humano una
noticia exacta del origen del mundo y principalmente de la
tierra, no para satisfacer la curiosidad científica, que deja
íntegra á las investigaciones humanas, sino cual convenía á
los consejos de Dios, y era menester á la necesidad y alto
destino del hombre. Por eso asentado sobre el pedestal de
su inspiración divina, no se asusta con los descubrimientos
de la ciencia, seguro de que desde los sistemas cosmogó-
níco-filosóficos de la Grecia hasta las hipótesis más ó mé-
nos infundadas del siglo pasado y principios del presente,
todas se habrán de estrellar, como las olas de mar embra­
vecido, en la roca de su inconmutable verdad. Triunfo suyo
y solemne y decisivo es, por tanto, el que los geólogos de
este siglo hayan venido á rendir, unos el tributo de su con­
formidad, otros el de su admiración, y todos por lo ménos
el de un involuntario respeto á la única narración auténtica
del origen, que por su misma singularidad envuelve la su­
perioridad sobre todas, y por tanto, la inspiración divina.
Con tan sublime y hermoso preludio ya se puede con*
fiadamente abrir la escena de la historia. A diferencia y
despecho del racionalismo, ya tenemos una puerta por
donde introducir en acción al hombre, por el mismo lado
por donde sale al horizonte del tiempo el astro de la exis­
tencia, es decir, por la puerta de la creación. No nos toca
tampoco á nosotros refutar la teoría clarwinista sobre la
evolucion selectiva y consiguiente transformación orgánica
de las especies, y por tanto la soñada descendencia del
hombre fisiológico del mono ú otras organizaciones anima­
les. Basta á nuestro propósito citar la tan elegante como
profunda obra de St. Georgé Mivart, titulada 0/ thc Gé­
nesis o f specüs. En ella se prueba satisfactoriamente que
la estabilidad de las especies es un hecho que la geología
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 201

tiene que reconocer en el estado actual de sus observacio­


nes, y por tanto, que el hombre, e fero-ge neo de los animales,
sólo puede haber sido formado por creación. Pero una vez
supuesta esta verdad fisiológica fundamental, es lógica con-
secuencia deducir que el hombre, ni vegeta silenciosamen­
te en una larva ó en la crisályda de la naturaleza hasta
romper su último molde, como dice Pelletan; ni es un sal-
vaje que vaga errante por las selvas, al decir de Hobbes ó
de Rouseau; ni mucho menos, como dice en sibilítica frase
Sanz del Rio, viene del mundo á la tierra como un niño en
la simplicidad de la ignorancia, ó más bien con la nocion
instintiva aunque confusa de la elevada síntesis á que se ha
de elevar en la cabeza del krausismo, es decir, en E l sistema
de la filosofía y en E l ideal de la hu-mauidad. Delirios son
estos, fruto de febriles fantasías más bien que teorías filo­
sóficas que merezcan refutarse en serio, rechazadas de con­
suno por el común sentir de las gentes y por la filosofía; la
historia, el buen sentido y la filosofía vuelven sus ojos es­
candalizados á la tan sencilla como racional narración bí­
blica.
E l hombre primero, que como tal no pudo nacer de
otro; que niño, hubiera perecido en su aislamiento; que es­
túpido, mudo ó salvaje, nunca saliera do su triste tundición,
elevándose apenas sobre el nivel de los brutos; para que
según la feliz expresión del salmista fuera coronado de
gloria y de honor, colocado un poco más bajo que el nivel
del ángel, y constituido sobre las obras de Dios, señor de
los animales, dueño de la tierra, rey de la creación, á ima­
gen y feudatario de Dios, hubo de ser criado perfecto en
su género, como son todas.las obras de Dios, esto es, adulto
en el cuerpo y en condicion de ser padre por medio de la
generación, dice Santo Tomás; y actuada su mente y en
condicion de ser maestro del género humano por medio de
la enseñanza. E l hombre, pues, no ha inaugurado su vida
202 B O SQ U EJO m : U XA. F IT .O SO I' í A

por el mutismo, por la estupidez, por el salvajismo, sino


con el uso de la palabra. L a palabra articulada, expresión
de lo que con profunda exactitud llama la filosofía escolás­
tica verbo de la mente, es una imagen finita del Verbo in­
finito de Dios, por quien fueron criadas las cosas. Cuando
del Universo se trata, usando de una voz imperativa dice-
hágase la- luz, el jim iam entó, el sol y las estrellas, produz­
can las aguas peces y la tierra plantas y animales; y la
naturaleza obedece á la omnipotente palabra. Pero lueg'o,
como resumiendo el discurso de la creación entera y cam­
biando de tono, por Ja dignidad del hombre, de ese mundo
pequeño, del microcosmo, en quien se compendia el mundo
del espíritu y el mundo de la materia, añade, á guisa de
consejo, hagamos al hombre á nuestra imagen, es decir,
con su verbo en el entendimiento, que abarque, y una pa­
labra articulada en Ja boca que exprese las armonías de la
creación. Y como lo dijo, así so hizo, dixit et facta sunt, y
todo lo que dijo Dios en la creación con una sola palabra,
lo repite sucesivamente con inmensa variedad de acentos la
palabra aunque débil del hombre echando una ojeada escu­
driñadora al Universo para constituirse su intérprete, su re­
presentante y su eco (i). Y Adán eco del verbo creador im-

h} Acerca del origen d d lenguaje hay tres cuestiones ríe muy distinto ur­
den. i . ;l E l hombre ¿ha podido inventar el lenguaje ó más bien no el hoy ha­
blado, sino un lenguaje cualquiera aunque rudo y rudimentario? ó mejor aim,
i-1 hombre con solas las fuerzas naturales ha podido formar sonidos articulados
para expresar de algún modo sus ideas y sentimientos? E sta cuestión abstracta é
hipotética, es purameuLe filosófica y en cierto modo libre en su resolución. 2 .a E l
liombre ¿ha inventado el lenguaje hablado por el género humano por medio de
alguna de las variadas lenguas, ya derivadas ó ya llamadas primitivas que
hoy se conocen en el mundo; ó por el contrario, recibió do Dios con el dón de
la palabra la lengua primitiva, compendio admirable de lodu clase de ideas y
relaciones, y de la cual, en la rotura, qne se pierde oji la noche de los tiempos,
recibieron todos los pueblos nociones generales y rudimentarias de religión,
moral, derecho, sociedad, ciencias, artesy sobre todo las de la vida doméstica en-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 203

pone nombre á todo sér viviente, y como llama á cada uno,


ese es su propio nombre, ipsum cst 1tomen cjus, lenguaje
de la naturaleza; y al despertar del sueño misterioso y ver­
se con la compañera formada de sus huesos y de su carne,
pronuncia la ley fundamental del matrimonio, lenguaje del
orden moral y social; y al recibir el precepto del árbol prohi­
bido, y al hablar E v a con la serpiente, y a] resonar en su
conciencia la voz do Dios en el eco del remordimiento, y
escuchar con la pena del trabajo la esperanza del repara­
dor, complétanso todos los elementos del lenguaje inclusos
los del orden religioso v sobrenatural. Y en todo este pro­
cedimiento sin anterior modelo ni copia posible, í-l hom­
bre primero tiene por maestro y director á Dios, que, por la
infusión de la ciencia y del lenguaje constituye á Adán
maestro del género humano. E s muy frecuente confundir
el sentido y el nombre de cultura con el más expresivo y
extenso de civilización; j r sin embargo, ante la filosofía de la
historia deben distinguirse cuidadosamente. Una sociedad
puede tener nociones exactas de Dios, del culto con que se

vueltas en el más tosco ¡diurna hablado? E sta 2.a es la gran cuestión que me­
dia entre la tan sencilla como racional teoría bíblica, y la absurda, ^rusera y sin
sentido teoría racionalista. L a ¿ . \ puramente escolástica, consistí; en averigusir
si Dios concedió ;il primer hombre la palabra eti hábito infuso, así como en
nosotros es adquirido, ó sólo un patencia próxim a de pronnnpir, como lo hizo
Adán, en palabras á medida que se le ofrecían bis objetos del orden natural,
moral y social y religioso. Con esLe deslinde de cuestiones, al par que se refuta
fácil y victoriosamente al racionalismo y escuela prehistórica con sólo probar que
el salvaje que hoy conoccmus no es el hombre primitivo que sube, sino un hom­
bre degradado que ha bajado á la abyección, por haberse separado del foco de
la cultura primitiva, con que él y la lengua por él hablada, estuvieron algun dia
en comunicación, es fácil tarea también discernirla parte de verdad y el lado do
exageración que contienen las escuelas tradicioiialistas, así la española del pasa­
do sijflo, cruditísimamentc descrita por ¿fcucndc?, re la v o en su Historia dr los
hereoiioxos, como la francesa y bien conocida de los Bonald, Maistre, etc., con
el italiano Ventura de Rdulica, y en cierto tnodo nuestro Donoso Cortés,
B O SQ U EJO E F . U N A F IL O S O F ÍA

le ha de honrar, de la dignidad y destino del hombre y de


sus relaciones en la familia y en la sociedad, y sin embar­
go estar atrasada en el cultivo de las ciencias naturales,
en las formas de la oratoria ó de la poesía, y sobre todo en
las artes de adorno y aun de utilidad. Por el contrario, un
pueblo puede haber adelantado hasta la perfección en la
cultura de las artes y cultivo de la filosofía; y sin embargo,
ser corrompida y degradada su civilización. Entre los tiem­
pos patriarcales de la Biblia y los griegos de Evemero ó
romanos de la ley papea popeya, medía sin duda gran di­
ferencia en el desarrollo de las artes y organización social;
y sin embargo en las grandes ideas de verdadera civiliza­
ción nada tienen que envidiar las sencillas y puras costum­
bres bíblicas cuando Rebeca da de beber á los camellos
del criado de Abrahán, ó Isaac bendice á Jacob, ó Moisés
escribe el Pentateuco, nada tienen que envidiar, decimos, á
la sociedad corrompida que revela el Satiricon de Petro-
nio, la lista de autores que Ovidio en el libro segundo de los
Tristes, elegía única,, alega en defensa de su A rs am andi
y la viva pintura que de las costumbres romanas nos han
dejado Tácito y Juvenal.
A l oponer, por tanto, el primitivo estado de civilización
del hombre bíblico al primitivo salvajismo ó estupidez del
sistema racionalista, no es menester poblarlos continentes
de líneas férreas, ni siquiera de vías romanas; ni los mares
de buques blindados, ni siquiera de trirremes; ni los museos
de estatuas al estilo del Júpiter de 1'idias, el Apolo pitio,
ni siquiera de la cabeza de Medusa; ni á Babilonia de acue­
ductos y de jardines ó del templo de Belo, ni siquiera las
cornisas del templo de Edfú, ó los bajos-relieves, ó los obe­
liscos de Luksor en el país de los geroglíficos. Antes bien el
buen sentido, de acuerdo con la Biblia, nos dice que el
hombre, con todas las aptitudes necesarias para la vida so­
cial y con un suelo fértil en producciones naturales; des-
C R I S T I A N A D E I .A H IS T O R IA . ¿>05

provisto, sin embargo, de todo instrumento y medios del


arte, tuvo que ensayarlo y en cierto modo crearlo todo; y
que si las nociones religiosas, morales y sociales, que re­
cibiera del cielo por la mano de la creación y por la vía del
lenguaje eran completas, y suficientes para la civilización
primitiva; todos los elementos de la cultura quedaban so­
metidos á la ley del progreso y desarrollo que hoy tanto
se pondera sin entenderle. Leyendo con reflexión el Géne­
sis desaparece esa fatal confusion de ideas. E n el lenguaje,
cifra y cuerpo del pensamiento y enciclopedia, de todas las
nociones esenciales de la vida religiosa, moral y social, se
encerraban todos los elementos sustanciales de una verda­
dera civilización. Con respecto á su planteamiento en un
suelo no cultivado, y al desarrollo de las artes útiles de la
vida, que habian de introducirse con el tiempo, y al incre­
mento y complicación de las relaciones sociales que habrían
de venir después, bástale al cronista del origen indicamos
que A bel era pastor, y Caín agrícola; que mientras Enós
principia á invocar el nombre del Señor, ó establecer el
culto público, el fratricida edifica una ciudad con el nombre
de Henoch, su hijo, que al poco tiempo y sucesivamente
Jabel enseña á fabricar tiendas, y Jubal tañe la cítara, y
Tubalcain malea todo linaje de obras de cobre y de hierro,
y Noé fabrica un arca, es decir, un navio de dimensiones
superiores, y los fabricantes de Babel levantan una torre
con pretensiones de que toque su cumbre al cielo; y como
las genealogías de los patriarcas, compuestas de fechas y de
nombres, no pueden trasmitirse sin la escritura alfabética,
dedúcese que el arte de escribir, al menos cual le aprende
y usa Moisés, estaba elevado á la perfección sustancial en
que la poseemos hoy. Sobre esta base ya se puede recons­
truir lo que hoy se llama la ciencia ó edad prehistórica y
que nosotros llamaríamos con más propiedad la.primitiva,.
la era de la unidad. Sólo que en la tan ardua como intere-
_>ob U O S y U E JO 1)K U N A FIL O .'?')!''JA

san te empresa no se han de tomar sólo en cuenta los datos


que arrojan los terrenos cuaternarios y diluviales, las cien­
cias geológica y biológica. E s menester no desdeñar los
recuerdos tradicionales y los rastros que de tan remotos y
oscuros tiempos so conservan en las lenguas primitivas,
comparadas unas con otras y todas en su conjunto ó en
alguno desús detalles. Tan auténtico como un fósil ó ins­
trumento de humana industria hallados en una caverna, en
una capa ó en un dolmen, pero más "vivos y sinificativos
son los nombres comunes y esenciales de. la vida envueltos
entre la diversidad de lenguas. La misma prenda de cer­
teza suministran las tradiciones sobre la edad de oro de
los poetas mtrea cetas sobre la primitiva fertilidad del sue­
lo, p e r se fe reb n í omnia teltus sobre el pecado eco de la
conciencia, y sobre el reparador, polo de las esperanzas de
todos los pueblos, y sobre el diluvio y coufusion de len­
guas, en cuyo recuerdo están conformes los pueblos de
Asia y el mundo descubierto por Colon.
No es propio de este lugar, ni á nosotros toca resolver
la cuestión arqueológica acerca de la antigüedad del hom­
bre sobre la tierra, que una ciencia recien nacida suscita
con la absurda pretensión de desmentir la cronología bí­
blica, y disputar al Génesis el origen divino del lenguaje,
y la existencia de lina civilización primitiva. James C. Sou-
tall, en su profunda obra The recent origin o f man, ha
demostrado que la cronología bíblica es suficiente para ex­
plicar racionalmente los hechos que aducen á cada paso los
geólogos y los arqueólogos; y el ya antes citado Pozzy
Pasteur, en su libro L a terre et le recit btblique, ha refu­
tado victoriosamente los argumentos con que Lyell pre­
tendía derribar la narración de Moisés, y demostrado que
la base en que apoya sus gratuitas aserciones, queda des­
truida por la misma observación tan encomiada por el céle­
bre geólogo racionalista. Recogida además por el P. Men-
CRISTIANA ÜK L A HISTORIA.

divo, orí .su obra.contra. Draper titulada L a Religión católica,


etcétera, y nn especial en su capítulo sobre el Diluvio lo más
selecto que ha producido la apología cristiana pitra con­
trarrestar las precipitadas conclusiones que ha establecido
sin datos bastantes una ciencia aún niña y prematura; é
ínterin no se construya un cronómetro geológico, que de
seguro no ha de discrepar de la aún tampoco fija cronolo­
gía tomada de la Biblia; nosotros nos limitamos á consignar
aquí que si la llamada ciencia prehistórica hade marchar
con paso firme y por terreno seguro, ha menester no salir­
se del área inmensa de un libro, donde todo cabe, y fuera
de cuyos lindes 110 existe más que el vacío de la incerti-
dumbre ó el abismo de lo absurdo. Con este criterio, tenien­
do en cuenta los últimos estudios sobre el hombre fósil, y
suprimidas algunas condescendencias innecesarias á las
miras racionalistas, bien podrían encajar aquí las eruditas
elucubraciones de Le Normant sobre la época prehistórica,
desenvueltas en general en su antigua Historia del Orien­
te., y singularmente en la posterior que titula Las prim eras
civilizaciones. De todos modos para proceder con orden y
de una manera sintética y verdaderamente científica, los
fósiles geológicos se han de completar con los tradiciona­
les enterrados en las capas de las lenguas antiguas, porque
sólo así es como podrá llegarse algún dia á reconstruir de
los dispersos fragmentos el cuerpo entero de una edad
primitiva, cuya clave sólo se encuentra en los primeros
capítulos del Génesis. Sí el resultado no se conforma con
un preconcebido sistema racionalista; si á la filosofía libre,
el pecado y el libertador les parecen mitos, y el sacrificio,
símbolo y resúmen de entrambos, superstición ó ignoran­
cia; importa poco. L a filosofía de la historia no se crea á
priori y sistemáticamente como hasta hoy lo ha supuesto
y practicado el racionalismo panteista: describe no lo que
se antoje á una fantasía delirante, sino lo que ha sucedido
20$ B O SQ U EJO D Jí U.NA F IL O S O F ÍA

en el mundo; estriba no en hipótesis infundadas, sino en


hechos históricos, y luego sobre la base del sucoso busca la
ley; y de este modo la le}r no es idea caprichosa de la men­
te, sino fruto de concienzuda observación. La filosofía de la
historia, por tanto, no puede prescindir de los recuerdos y
tradiciones del género humano; y por ser estos comunes á
todos los pueblos, deduce lógicamente que todos proceden
de un mismo tronco; y de este principio saca la consecuen­
cia lógica de una edad primitiva que casi se pierde en la
oscuridad, porque raya con la aurora misma del tiempo. De
ella han quedado vestigios suficientes para reorganizarla
como de Cuvier se dice que de los fósiles esparcidos, re­
construíala figura, el esqueleto del extinguido mamífero. La
misma regla debe seguir en sus ulteriores procedimientos.
Sí, porque paralelo á esa indudable unidad primitiva
ofrécese á la vista del observador un fenómeno que por- lo
que tiene de universal debe reconocer un mismo origen, y
por permanecer en parte aún, es el más auténtico é innega­
ble de la historia antigua. Este hecho, marcado con señales
indelebles, escrito con caractéres de sangre las más veces,
y perpetuado de todos modos en toda clase de monumen­
tos y de instituciones, es el hecho de la división de las len­
guas, y con ellas de la civilización en todos sus ramos, en
sus ideas religiosas, en su organización social, y en todas
las formas de su rudeza ó de su cultura. Y en el inmenso pa­
norama de esa edad que llena los siglos y se extiende por
todos los climas y países, van desfilando uno á uno todos
los pueblos y todas las razas. Primero el pueblo indio con
sus construcciones, trogloditas, monolitas y de materiales
transportados, con su poblacion camita, sus incursiones ar-
yanas, sus cambios bramínicos y una lengua rjea y flexible,
formando de su religión un sistema emánantista, de su or­
ganización histórico-social un sistema de castas, y de su ci­
vilización, una de las más lozanas, variadas y fecundas.
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . 20g

Luego viene el pueblo chino, que con el tipo de su arqui­


tectura en forma de tienda, según Hope, recuerdo de los
pastores, sus primeros habitantes, con su lengua monosi­
lábica, falta de flexión y de partículas, y una escritura
ideológica, abrumada de signos é incapaz de concebir lo
abstracto, personifica á Dios en el cielo, hace del imperio
un sitio celeste, y sólo sirve para cultivar el té y trabajar
la porcelana. Y detrás viene con sus grandes murallas,
con sus malecones para contener al Eufrates, con sus pala­
cios donde se ve á Semiramis arrojando la javalina, y con
los bajos relieves que se han encontrado en las ruinas de
Korsabat, el imperio asiro-caldeo, de organización grandio­
sa, como sus grandes ciudades Nínive y Babilonia, pero
rudimentaria; de agregación indigesta, sensualista y mate­
rializada como la cosmología de Beroso, como Belo, hom­
bre elevado á la apoteosis. Y en seguida el fenicio con sus
Nurhagas, sean atalayas ó templos, con su torre de los
jigantes, con sus tríades y generaciones divinas, grosera­
mente urdidas, pero con su civilización industrial, náutica,
mercante y en alto grado expansiva. Y el egipcio con sus
hipogeos, laberinto, lago de Meris, pirámides y necrópolis,
con sus geroglíficos, sus pirámides, su cosmogonía mons­
truosa, su religión naturalista, su cultura colosal, pero ri­
tualista y petrificada. No es de nuestra incumbencia, no se­
ria propia de este plan g-eneral de la historia la tarea de
reseñar siquiera á ligeros rasgos el origen y desenvolvi­
miento de todas esas culturas, que son hoy objeto de pro­
fundas y eruditas elucubraciones, y una gloria esplendente
de nuestro siglo. Copiosos materiales de estudios filológi­
cos y etnográficos, abundancia de monumentos é inscrip­
ciones tiene á mano la filosofía de la historia para subir de
deducción en deducción á la cultura primitiva, como tronco
genealógico de las variadas y lozanas, con que se abre la
escena de los tiempos históricos.
14
2 10 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

Y si no se ha de incurrir en los delirios racionalistas del


salvajismo original, ó en el infundado desden con que los
positivistas miran á la civilización primitiva, haciendo bro­
tar á las históricas de no se sabe qué rudeza prehistórica,
que no se acaba de determinar ni discernir; preciso se hace
tomar por punto de partida los primeros capítulos del Gé­
nesis, como el único faro que alumbra los primeros pasos
del gran itinerario de la humana cultura. Laurent en sus
Estudios sobre la historia de la, humanidad, con el fin sin
duda, de que la sucesión de los grandes imperios de Orien­
te no aparezca como un episodio, inmotivado, ó como esce­
nas aisladas en el drama de la humana cultura, presenta
en el capítulo II de su introducción el problema de la filia ­
ción de las civilizaciones. Y tiene razón el autor de los E s ­
tudios. Si la historia no ha de ser inorgánica; si la epopeya
ha de comenzar por su natural exordio, preciso es ventilar
esa cuestión prévia.
Pero aquí es precisamente donde se descubre la flaque­
za del pensamiento racionalista y el gran descuido de in­
currir precisamente en el mismo defecto que él achaca al
célebre discurso de Bossuet, A l través de un gran aparato
de erudición, muéstrase la impotencia del sistema en la va­
guedad de frases en que se envuelve para resolver unacues-
tion, que debia ser clara y determinadamente resuelta; en la
oscuridad de una solucion, que si satisface á la superficiali­
dad racionalista, de ningún modo puede llenar las aspira­
ciones de la filosofía de la historia. Decir que entre la teo­
ría bíblica de la civilización primitiva, sentada por Bossuet,
y el desarrollo aislado y espontáneo de las civilizaciones
orientales hay un medio de conciliación, que es la ley de
la solidaridad y comunicación de pueblos y civilizaciones
entre sí, es romper al estilo del conquistador macedonio,
en vez de desatar científica é históricamente el nudo gor­
diano del origen de la civilización y de la historia. No, no
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . 2 II

es verdad que haya medio posible entre un único tronco


fisiológico de la vida, y genealógico del lenguaje y de la
cultura, y los aborígenes de la cultura, del lenguaje y de
la vida, aunque después se pongan en comunicación. Bien
puedo el racionalista repartir como guste los papeles á los
pueblos de la India y del Egipto, del Asiría, de la Persia
y de la Fenicia para conducir el curso de la cultura á su
apog-eo en el escenario de Grecia y de Roma, No seremos
nosotros los que le disputemos en este punto ningún lau­
rel; y aun añadimos que quizá la filosofía de la historia
aproveche algún dia alguno de los puntos de vista en que
se coloca el autor de los Estudios. Pero dicho esto en prue­
ba de imparcialidad, respecto al punto principal que divide
al racionalismo de la Biblia, que malamente confunde con
los hebreos, siempre queda en pié la gran cuestión. ¿La cul­
tura de esos pueblos introducidos en escena por el director
racionalista, de dónde procede? ¿es espontánea y aborigen,
ó recibida y tradicional? Pero esta cuestión proviene de es­
tas otras: i.a E l lenguaje, instrumento necesario de la cul­
tura ¿fué inventado por el hombre, ó recibido de las manos
bondadosas del Criador? 2.a Ese conjunto de culturas
orientales ¿nació originalmente del salvajismo, ó viene de
una primitiva por desarrollo sucesivo y no interrumpi­
da filiación? 3.a Y si aborígenes ¿de dónde proceden los
rasg'os de semejanza que se advierten en sus tradiciones
religiosas, en los recuerdos del origen, en la semana, co­
mún al decir de Laplace, entre todos ellos, y en otros mu­
chos rasgos de parecido, que por entre las bien marcadas
diferencias, ha descubierto la moderna erudición? Y so­
bre todas 4.a y final. L a ley misma de solidaridad y comu­
nicación de las civilizaciones, que es en su concepto la so­
lucion del problema, ¿en qué principio se funda, una vez
desechada la unidad de la especie y por tanto del lenguaje;
una vez negado el origen del linaje de un sólo tronco, y
212 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

por tanto el de la cultura de un solo foco, que es la civili­


zación primitiva? Pero no debemos insistir en observacio­
nes obvias de suyo, y que se ocurren á todo el que tenga
sentido. Laurent en este punto no hace más que seguir el
estilo racionalista, que consiste en ocultar ó disimular las
dificultades, cuando no se encuentra medio de resolverlas.
E n este punto, ni nos extraña, ni hemos de deslumbrarnos
por la ya gastada táctica racionalista. Está visto: sólo la
Biblia da solucion á todos los grandes problemas. Y ahora
desde el Oriente y a es fácil bajar, aunque en rápida rese­
ña á la cultura de los dos pueblos clásicos, á quienes sirve
de anillo la etrusca, y a sea de estilo griego como dicen
unos, ó ya independiente de la antigua Helion, como sos­
tienen otros; sin olvidar, por otra parte, que la persa recibe
á su vez la influencia del Egipto y de la Grecia; puesto
que, como observa Manjarrés, Cambises lleva á su regreso
artistas del país del geroglífico; y según el testimonio de
Plinio, Teléfanes, escultor griego, trabajó para Xerjes y
para Darío.
A l fijarnos, pues, en el pueblo heleno, podemos remon­
tamos á la rudeza de los Beocios cuando dan crédito á la
maga que introduce el oráculo de Júpiter dodoneo; ó de los
Fócidos, para quienes los vapores de una cueva son bas­
tantes á reconocer á Delfos como el asiento de Apolo, y á
la voz de la pitonisa como una revelación del cielo. Y par­
tiendo de aquí á tiempos posteriores, por el estilo de sus
construcciones podemos seguir el rastro de su cultura, des­
cubriendo en lo fuerte de la dórica, en lo elegante de la jó­
nica, y en la pompa y esplendor de la corintia, otras tantas
fases en el desarrollo de esa misma cultura. Y paralelo en
cierto modo al de los monumentos arquitectónicos vere­
mos marchar el estilo de su escultura, desde la timidez de
la yerática hasta el esplendor que adquiere en las escuelas
de Sicione y de Atenas. Y del mismo modo puede seguirse
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 213
el vuelo de la poesía, desde el antiguo Esiodo hasta los
tiempos de Pericles, siglo de oro, del arte divino, debiendo
cerrarse esta descripción con el prodigioso desarrollo que
lleva el pensamiento helénico desde las escuelas pitagórica,
thálica y eleática, hasta las del Peripato y de la Academia,
hasta la Biblioteca y el museo de Alejandría donde se reú­
nen todos los frutos del pensamiento griego.
Y en pos de ese gran emporio de la ciencia, de la lite­
ratura y del arte, viene naturalmente el pueblo de Lacio
que desde la antigua cultura etrusca, pasando por la dis­
putada época de su Rem o y Rómulo, del robo de las S a ­
binas, de sus Horacios y Curacios, y por la rudeza de la
lengua de las doce tablas y del poeta Ennio, llega á ser el
dueño del mundo conocido. Y tras de estos pueblos que
por su inmediato contacto con el centro de la civilización
primitiva, ó por haberse puesto después dentro del cauce
de la majestuosa corriente, desenvuelven su actividad en
diversos ramos, llegando algunos al mayor refinamiento de
la cultura; viene un enjambre de gentes, tribus y naciones
que como ramas separadas del árbol vegetan largos siglos
en aquel grado de civilización, y con las artes necesarias
de la vida que recogieron al separarse, y que lejos de per­
feccionar olvidaron ó degeneraron, para merecer los unos
el nombre de bárbaros y los otros el de salvajes; pero pue­
blos algunos reservados en el sabio plan providencial, para
ocupar un alto puesto en el congreso de la civilización
europea, que por el cristianismo las resumirá todas y será
la única verdadera.
Sin que, como hemos dicho, nos incumba seguir la serie
de inventos con que se ha ido enriqueciendo la humana
cultura, no será, sin embargo, fuera de propósito recordar
las preciosas noticias que, relativas á los tiempos remotos,
que vamos historiando, recogió San Isidoro en su erudito
Crouicon, del cual conviene dar aquí un ligero extracto.
214 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

Después de mencionar en su época los referidos en la B i­


blia,- continúa anotando en el año respectivo los siguientes:
Año del mundo 3344, en tiempo de Isaac, principia el reino
de los griegos, y es su primer rey Inaco: 435, tiempo de
Jacob, es fundada Menfis, Serapis hijo de Júpiter colocado
entre los dioses, y Minerva adornada de mucha variedad de
ingenios, fabrica el arco y el escudo, y aplica la lana al te­
jido: 545, tiempo de José, Feroneas, hijo de Inaco, da leyes
é instituye tribunales en Grecia: 689, durante la esclavitud
de los hebreos en Egipto, Atlas, hermano de Prometeo,
observa el movimiento del cielo é inventa la astrología;
florece Mercurio, perito en muchas artes; Cécrope funda á
Atenas y sacrificando un buey ordena el culto de Júpiter;
es construida Corinto por Cleante; aparece el arte de la
pintura, y finalmente, se verifica el diluvio de Deucalion en
la Tesalia: 729, tiempo de Moisés, es fundada Delfos, y se
introduce la vid en Grecia: 375Ó, Erichton unciéndoles for­
ma el tiro de cuatro caballos quadrigam ju n x ü : tiempo
de Otoniel, Cadmo lleva las letras á Grecia; Lino y Anfión
se distinguen en el arte de la música, y según San Clemen­
te de Alejandría, se introduce el número musical en la F ri­
gia: 916, en tiempo de Débora, Apolo inventa la cítara y la
medicina: 956, tiempo de Gedeon, Mercurio inventa la lira
y se la entrega á Orfeo; Filemon introduce el coro, y se ve­
rifica la expedición de los argonautas. Año 4004, la Ninfa
Carmente inventa las letras latinas, de donde, según V irgi­
lio, el dar al verso el nombre de Carmen-, 4010, tiempo de
Jepte, se verifica la guerra de Troya: 4 r i ó, tiempo do Da­
vid, se funda Cartag'o: 222, tiempo de Roboan, se funda
Samos, y florece la Sibila eritrea: 428, tiempo de Amasias,
florece Hesiodo, y Zidon introduce los pesos y medidas:
556, tiempo de Ammon, Tillo Hostilio viste la púpura y usa
de las fasces: 588, tiempo de Josías, Thales, descubriendo las
manchas del sol, fué el primero que mostró el número de la
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 215

astrologúi; 680, en tiempo de la cautividad de Babilonia, Pi-


tágoras se presenta como inventor de la aritmética, Fereci-
des como el primer escritor de historias, y Jenophantes
como inventor de la tragedia. Y por fin, en los tiempos de
Xerges aparece el pintor Zenxis, en los de Darío Noto Gror-
gias, enseñando la retórica, y en los de Filadelfo se intro­
duce la moneda de plata en Roma. Hasta aquí el extracto
del cronicon, que como se vé á la primera ojeada, supone
una erudición inmensa que harían bien en redondear los'
modernos cronólogos, en vez de asignar fechas fabulosas á
los pueblos antiguos y á los tiempos llamados prehistó­
ricos.
Pero en fin, sea de eso lo que quiera, aquí viene el au­
xilio de esas ciencias y estudios, que son, volvemos á decir,
la honra de los tiempos modernos. Y en primer término
está la etnografía que iniciada también por San Isidoro en
los capítulos I y II (i) del libro I X de las Etim ologías, y
armada con las ciencias auxiliares de las lenguas y de las
razas, por los indicios que ambas suministran, puede re­
montarse al origen de las naciones, y seguir el rastro de
las mezclas y emigraciones de las familias y tribus primiti­
vas. Aquí cabe asimismo el estudio de las instituciones re­
ligiosas de los pueblos antiguos, no según el sombrío cua­
dro que del origen de los cultos traza, y las desconsoladoras

(1) Titúlanse de lingjtis Gen tiran, y di: Gentium vocabulis. E n el uno, des­
pués de reseñar las lenguas de los pueblos, según se conocían en su tiempo)
llegando hasta distinguir los cinco dialectos de la griega y recorrer las fases de
la latina, concluye con estas memorables palabras: ex Ungías gentes, non, ex
gentibus lingtice exortos sunt. E n el segundo, tomando por base el cap. X del
Génesis, recorre la inmensa variedad de tribus y pueblos, según salieron de
sus troncos, sin omitir la genealogía de los que recientemente habían invadido
el imperio. P o r donde se vé la razón con que decimos en el texto que el gran
doctor de las Espartas se anticipó muchos siglos y en plena edad-media í la filo­
logía y etnografía modernas.
2 16 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

consecuencias que de sus materialistas principios deduce


Dupuy; no desde el falso punto de vista histórico y con el
estrecho criterio racionalista con que los juzga Burnouf
(Emilio), en lo que impropiamente llama L a ciencia de las
religiones: obras ambas en las cuales, lejos de darnos una
idea exacta y cabal, se oscurece y tergiversa por completo
el origen, la historia y la ciencia de los cultos y de la re­
ligión verdadera; sino al estilo del gran doctor de las Espa­
ñas, que tomando por punto de partida á la Biblia, en el ca­
pítulo IX , libro V III (i) del antes citado de las Etimologías,
nos ofrece datos preciosos para tejer la historia de los cul­
tos politeístas en sus relaciones con la religión verdadera; y
sólida base para levantar un gran edificio, coronado y em­
bellecido con todo el ornato de la erudición moderna. Aquí
encajaría, en fin, ese estudio que hoy se llama sociología,
si la expuesta teórica y pomposamente por varios doctores
de la escuela evolucionista, y formulada en leyes histórico-
prácticas en el Origen- de las naciones de Bagehot, que es
lo que con nuestro propósito se relaciona; por desechar la
idea de una civilización primitiva como una ilusión nacida,
a l calor de las leyendas religiosas y de los códigos sagrados,
no se envolviera en una serie de hipótesis gratuitas, y ab­
surdas deducciones, algo más repugnantes á la razón, á la
historia y al buen sentido que la misma teoría metafísico-
histórica, que mira con tanto desden y rechaza con tanta
escasez de razón científica. Partiendo, con efecto, de un pa­
sado incierto y oscuro, que no determina, y marchando por
el golfo de la organización de las sociedades sin el norte
de una filiación histórica, el historiador positivista, si atina
en algunas observaciones, hijas del carácter observador y
del buen sentido de la raza anglo-sajona, que no recha-

(i) Respecto & este punto basta recordar el epígrafe del capítulo lie diis
Gentium que desempeña con su acostunibrsda y asombrosa erudición.
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 217

zamos, que podrían utilizarse algú n dia; en cam bio ign ora
por com pleto ó al m enos afecta desconocer el origen del
hombre y de la sociedad, y nada dice que pueda conducir­
nos al cab al conocim iento del origen de las naciones, como
hace esperar el pomposo título de su libro. E n este punto
son más sólidas, eruditas y filosóficas, y derraman más co ­
pia de luz para rem ontarse á la cuna del género humano
y organización de las naciones, la profunda obra de Tapa-
relli titulada E l Derecho natural, y lo que m odestam ente
llam a ¿r.'{puntes sobre filosof ía del derecho mi m alogrado
am igo D . P edro López Sánchez. D el prim ero por bien co­
nocido no h a y para qué ocuparse. E n lo que al segundo
toca, por lo sólido del cimiento en que asienta la idea del
derecho; por lo variado de las relaciones con que la enlaza
á sus ciencias auxiliares, y por lo extenso de la mirada con
que la sigue en su histórico desarrollo, sin duda que es
algo más útil para subir al origen, y segu ir el hilo de la
organización de las naciones, que la anti-teórica y anti-his-
tórica del positivista inglés.
CAPÍTULO X II

PLAN DE LA H ISTO R IA ÜGUN LA B IBLIA.

(Cuntinuacion.)

i la ciencia libre después de tantas elucubraciones


no h a encontrado la clave del misterio del origen,
ni el punto de donde arranca la línea divisoria
de las edades, ni el exordio, en fin, el argum ento y desen­
lace del drama, es porque cierra insensata los ojos á la luz
y busca la solucion del gran problem a donde no se halla.
P ón gase por cimiento y cúpula del gran edificio, por nor­
ma y faro del gran itinerario á la Biblia, y todo se aclara
y se concierta, y las ideas se erigen en una gran teoría: y
los hechos encajan como los tipos de im prenta en su m ol­
de: y á la luz del sagrado tex to y con el orden que de sus
páginas arranca, cada pieza queda colocada en su lugar, y
cada actor, es decir cada raza, tribu, nación ó imperio re­
presentando su papel respectivo. Y a lo habia augurado el
220 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

eruditísimo San Isidoro cuando decía en Cronicnn, no las


lenguas de las naciones, sino que la diversidad de gentes
y por tanto de civilizaciones, procedieron de la confusion
de las lenguas. Y ahora no debe embarazarnos ni nos toca
suscitar la cuestión filológica tratada magistralmente por
Wiseman, é ilustrada después por el Abate Vigureux en
sus ya citadas obras, porque nada podríamos añadir de
nuestra cuenta á sus eruditas investigaciones. Por ellas ve­
mos que cada dia se va estudiando con más profundidad
el divisuiu est labmm imiverscc Ierra: de Moisés, y cada
dia la ciencia se avecina más á la solucion dada por el
mismo caudillo hebreo E ra t terra labii amus. Sólo hare­
mos notar que sin haberse borrado del todo los rasgos de
parecido y señales de parentesco, que llevan en su frente
todos los pueblos y prueban la comunidad de origen y la
pasada era de la unidad primitiva; en lo demás con y por
la lengua discrepan en tan extremada manera, que com­
pletamente olvidados de su original fraternidad, en todas
partes se miran como rivales y se combaten como enemi­
gos, forjándose cada uno dioses, sacrificios, leyes, institu­
ciones, artes, ciencias y una historia aparte y sin relación
alguna con los demás, Pero en medio de esa discrepancia
religiosa, intelectual, moral, artística y social que imprimió
en su fisonomía el golpe de la división, aparece un pueblo
que no pierde la idea de la unidad de Dios, del mundo y
del hombre, de la religión y del sacrificio, de la lengua y
de la civilización original. Y este pueblo singular no sólo
sostiene en su tradición, sentimientos é instituciones el dog­
ma consolador de la redención futura, sino que conser­
vando en sus manos el hilo genealógico con que se ha de
salir del intrincado laberinto, cumple fielmente su alto des­
tino de profeta y de tipo, de pregonero y apóstol de la
unidad, Con precisión admirable anuncia de antemano las
fases por donde ha de pasar todo el ciclo de la división, y
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 221

el papel destinado á cada raza; y cómo se han de suceder


los imperios y civilizaciones, hasta que llegue el momento
ansiado de la reorganización de la unidad. En frases proféti-
cas bien marcadas anuncia que esa unidad reparadora se
planteará bajo un lenguaje nuevo que no destruya la di­
versidad de lenguas, bajo una civilización que, una en la
sustancia, conserve en cada país su forma exterior; y bajo
una nueva fraternidad que no consista en los lazos de la
sangre como la primitiva, sino en los más íntimos de una
misma fé, en el vínculo de perfección, que es la caridad
cristiana.
Noé, al bendecir á sus hijos, señala por destino á los de
Cham la servidumbre, á los de Sem el que sea Chanaan su
siervo, y á los de Jafet la dilatación de su tabernáculo por
entre las tiendas de Sem y la abyecta esclavitud de Cham.
Y en el capítulo X del Génesis se extiende el certificado
auténtico de universal fraternidad de todos los pueblos que
al separarse en Babel en lenguas y familias, reciben en la
común tradición del futuro libertador una cita misteriosa
de reunión para el dia de Pentecostés. Y al escoger Dios á
Abrahan como depositario fiel de las tradiciones, prego­
nero constante de la unidad y heraldo de las esperanzas de
todos los pueblos,'se le dice terminantemente que en su se­
milla serian bendecidas todas las gentes. Y al vincular el
privilegio en la tribu de Jttd á se le advierte que sólo per­
manecería en sus manos el cetro del poder y por tanto la
nacionalidad judáíca, hasta que venga el Siloc, que es la
expectación de las naciones. Y esta idea de futura unidad
con tan vivos colores descrita y tan marcada frase cifrada
en el padre de todos los creyentes y en el pueblo sacerdo­
tal no es aislada, fugitiva, ni menos caprichosa: es el alien­
to de sus creencias, el sentido de sus sacrificios, el pábulo
de sus más caras esperanzas, el espíritu encerrado en la
corteza de su civilización nacional.
B O SQ U EJO D li U N A F IL O S O F ÍA

Todos los profetas la repiten en fiel eco y la desenvuel­


ven en alguno de sus detalles pintando la edad futura con
magníficas descripciones. Y mientras uno anuncia la ruina
de Nínive ó de Tiro, otros el advenimiento de los persas
con el nombre mismo de su caudillo Ciro, y Daniel da se­
ñales claras de los cuatro imperios que hablan de preceder
al reino de Dios; en la profecía de Jacob, en la del mismo
Daniel y en las de A geo y Malaquias se marca el tiempo
no lejano en que el ángel del testamento habia de venir á
su templo, en que habia de ser ungido el santo de los san­
tos, y en que aboliendo los sangrientos sacrificio s judaicos
y los abominables gentílicos se habia de ofrecer á Dios una
sola oblacion inunda en todo lugar. Toda esta serie de vati­
cinios que ya ha desenvuelto con copia de erudición y mu­
chas veces la apología cristiana, en vano se empeña en
desmentirla el racionalismo, porque todos sus sofismas no
serán poderosos á despojar á la profecía de su inmensa
trascendencia histórica, que es el punto de vista bajo el
cual aquí la consideramos. Pero como lo que más resalta en
ella y más conduce á nuestro propósito es el carácter de uni­
versalidad de la futura reparación, y por tanto de la nueva
edad; del inmenso arsenal del Texto sagrado, no será ocioso
aducir aquí como muestra frases claras tomadas al acaso y
según ocurren á la mano para abrumar con ellas al racio­
nalismo. Pídeme, y te daré las naciones en herencia y los
confines de la tierra en posesion (Salmo 2). E n toda la
tierra se oirá su voz, y no habrá quien deje de recibir un
rayo a l ménos de su calor (Salmo 18). Hermoso ante todos
los hijos de los hombres.... en vez de los padres (del testa­
mento antiguo) te nacerán hijos, y les constituirás prín ci­
pes sobre toda la tierra {Salmo 44). Naciones todas aplau­
did a l Señor con vuestras manos, porque escogiendo a la-
raza de facob por herencia, sujetará á su dominio á las
naciones (Salmo 46). L a montaña de S io n y ciud-ad del Gran
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA .

R ey se levantará con gozo de toda la tierra (Salmo 47). B ro­


tará (como la flor del capullo) en sus dias la ju sticia....y
dominará de mío á otro mar... y le adorarán todos los re­
yes de la tierra, y todas las naciones le servirán (Salmo 71).
Y al salmista corresponde Isaías pintando el futuro reino
de Cristo con una sublimidad más que pindárica; y lo que
más hace al caso su universalidad. Sald rá una vara de la
raiz de Gesé... descansará sobre el el espíritu del Señor... es­
tará puesto como señal de los pueblos y las naciones le ro­
garán, etc. (Cap. XI). Sacareis aguas de la fu e n te del Salva­
dor.t... anunciadlo a sí en toda la tierra (Cap. X III). Envía,
Señor, a l cordero, dominador de la tierra (Cap. X V I). E n
aquel dia se cantará en Ju d á ; se disipó el error antiguo....
cuando hagas ju sticia en la tierra, lo conocerán sus habi­
tantes (Cap. X X V I). Voz del que clama en el desierto, todo
valle será exaltado, y humillado todo mo?ite y se manifes­
tará la gloria del Señor y toda carne verá lo que Dios Ha­
bló (Cap. X IL). H é aquí mi..... elegido, le he dado m i espí­
ritu .... hé aquí que te he puesto en alianza de m i pueblo y
en luz de las naciones para que abras los ojos de los ciegos...
cantad a l Señor un cántico nuevo y su alabanza hasta el
confin de la tierra (Cap. X LII). Levántate Jeru sa len , por­
que... andarán los reyes a l resplandor de tu luz... eleva tus
ojos y míralos congregados en tu alrededor....tu corazon se
dilatará, cuando se convierta hacia t i la muchedumbre que
habita más allá de los mares, y la fu erza délo s Gentiles
venga hacia t i (Cap. LV). Y por no prolongar más esta re­
seña concluiremos con las palabras de A geo (Cap, II) aún
un poeo de tiempo... y vendrá e l deseado de todas las nacio­
nes; y las de Zacarías (Caps. III y IV). Presentaré á m i
siervo e l Oriente... estos son los dos hijos del oleo que asis­
ten a l dominador de la tierra, y con las de Malaquias
(Cap. I) en todo lugar se ofrecerá á m i nombre una abla­
ción limpia. Todo esto estaba anunciado en el antiguo y
2^4 B O SQ U EJO DJ£ U N A l-'IE O S ü F ÍA

todo se ha realizado en el testamento nuevo, sin que los


racionalistas puedan negar ni el vaticinio, ni la historia.
Y no es sólo por la profecía, eco constante y cada vez
más desenvuelto de la idea que le anima como el pueblo de
Dios anuncia la era de la unidad. Por su historia ademas y
preparándole de lejos con sus leyes, tipos, hechos y cere­
monias, ha contribuido al gran acontecimiento. Abrahán,
nacido en Caldea, viniendo después á Haran en la Meso-
potamia, habitando en Canaán y bajando al Egipto es una
protesta viva de la unidad, en él personificada, contra las
religiones y civilizaciones politeístas que á la sazón reina­
ban en los países por él visitados. Y el tipo del padre lo
siguen providencialmente sus descendientes, haciéndose ex­
tensivo de este modo á los grandes imperios antiguos el
recuerdo constante de la unidad. La revelación sinaítica se
hace á la vista de la civilización del geroglífico, y después
de sostener una polémica viva entre el sencillo monoteís­
mo hebráico y el naturalismo ostentoso del culto faraónico,
queda vencida la ciencia de los magos en las plagas de
Egipto, antes de sepultarse los carros de Faraón en las pro­
fundidades del mar rojo. Y la proximidad y frecuentes re­
laciones de los hebreos con las civilizaciones asiro-fénico-
babilónica, y con la de todos los pueblos limítrofes, con los
idumeos, árabes, amalecitas y moabitas, dan ocasion á que
las guerras primero y los profetas después sirvan á esas
naciones de correctivos á sus extravíos politeistas. De este
modo, al par que se desenvuelve el espíritu encerrado en
el rito mosáico y se aclaran las circunstancias de la futura
reparación, la idea de unidad va penetrando aún en el de­
sierto de la división. Con los cautivos del reino de Israel en
tiempo de Salmanasar va á la Asiria de donde se propaga
á la Bactriana y acaso á la Cólchida de un lado, y á los
confines de la China por otro. Asistiendo al nacimiento y
muerte del imperio babilónico, á la fundación, pujanza, y
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA .

decaimiento del persa, brilla como refulgente estrella en la


oscuridad de Caldca y del Irán. Presente á la propaga­
ción de la cultura helénica en Oriente debida á la espada
vencedora del Macedonío, y formando ella misma una
colonia importante del reino de los Ptolomeos, por medio
de la versión alejandrina de la Biblia anuncia oficialmente
al mundo la proximidad de la redención, de la humanidad
regenerada, de la civilización, de la unidad.
Pobre de criterio y sobrado de mala fé se muestra Dra-
per, cuando para desvirtuar la grandeza del cristianismo
supone que tomó toda su fuerza de la unidad del imperio
romano. Y no menos errados y fuera de camino andan los
ya citados Laurent y Burnouf, y cuantos racionalistas re­
bajan al cristianismo al papel de plagiario de las teogonias
y sistemas greco-orientales. Su ódio á la verdad les ciega
al extremo de ser deslumbrados por una grandeza que no
tienen ellos, la grandeza de reconocer. La unidad material
de agregación de los antiguos imperios del Asia, la unidad
formal, literaria y de cultura de Grecia, y la unidad políti­
ca, de lengua, de ley y de poder de los Césares, envolvía
una división honda y sustancial, politeísta de religión, filo­
sófica de sistemas, y social de castas, ó de libres y escla­
vos, que ninguna fuerza humana podía abolir, ni en el for­
mulario de la ciencia humana había bálsamo alguno que le
alcanzara á cicatrizar.
Muy al contrario: esa múltiple y sustancial división po­
liteísta que la historia había formado con su dispersión y
las lenguas confirmaban con su discrepancia, lejos de llevar
trazas de cesar ó disminuirse al ménos, iban en aumento y
con señales de perpetuidad. La religión la sancionaba con
su prestigio, la filosofía la defendía con sus teorías, y la cos­
tumbre la había arraigado con su prescripción inmemorial.
Para sacar la unidad de ese caos de hechos y de ideas, como
de las tinieblas la luz que alumbró al Universo, era menes­
15
B O SQ U EJO DE UNA F ÍL O S O ^ ÍA

ter un poder creador, extraño y por encima de la esfera del


politeísmo. Si los avisos providenciales de la unidad hebrea
no habían logrado despertarle del fatal letargo, la sabidu­
ría pag-ana sólo era poderosa para aumentar la caliginosa
confusion. Ni á los filósofos alejandrinos, para salir del paso
les o.curre otra idea que la de reunir todas las doctrinas en
un eclecticismo excéptico, ni á los jurisconsultos y guerre­
ros romanos otro medio, que el de amontonar todos los dio­
ses de las naciones sometidas, en un templo, que tenia su
nombre adecuado, el Panteón.
Entre el Panteón y la Biblioteca, fundada por Filadelfo,
de una parte, y el Pentecostés cristiano por otra, hay una
línea divisoria, que todas las argucias racionalistas no al­
canzarán á borrar: línea que separa la humanidad en dos
fases y en dos edades la historia, pero tan profunda y sus­
tancialmente distintas, que nosotros no dudamos calificar
de edades de división y de unidad. Y no ciertamente por­
que el cristianismo rompa la cadena de los tiempos ni in­
terrumpa el curso majestuoso de los sucesos, ni trastorne
las bases de la sociedad, á la manera que las catástrofes
arruinan los imperios ó las conquistas modifican, ó destru­
yen ó amplifican la cultura, ó las invasiones cual torrente
devastador, descuajan el suelo de una civilización. La reno­
vación cristiana como regeneradora de todos los órdenes,
no destructora de ninguna esfera de la vida, es tan suave
y pacífica, como profunda y sustancial. Con sólo asomar
por los bordes del horizonte el sol del Evangelio, amanece
el dia de la redención en la noche del paganismo: al bajar
sobre los solitarios del cenáculo en lenguas de fuego el es­
píritu de Dios el dia de Pentecostés, se forma un lengua­
je, que entienden hombres de toda nación reunidos en Je-
rusalen, y se ha de traducir á todas las lenguas: con sólo
tocar Pedro con su báculo al eje de la sociedad, cambian
suavemente sus polos, y la órbita de la historia.
C RI ST I A N A J)i; J. A HI S T O R I A.

Para los que no están acostumbrados á ver ideas altas


sino en el Liceo 6 en el Pórtico; códigos de legislación sino
en el Edicto de los pretores; grandezas sociales sino en la
púrpura de los Césares, y sxteesos importantes sino en las
conquistas de las falanjes ó de las legiones; el Pentecostés
cristiano y la entrada de Pedro en Rom a pasan como un
suceso accesorio, accidental y relativamente de escaso in­
terés histórico. Poro mirando no do perfil ni en su superfi­
cie, sino en el fondo y en la colosal figura, el cristianismo
aparece como un mundo nuevo de ideas y de virtud, que
á la división politeísta, opone la unitiva, reorganizadora y
universal idea evangélica; y al mundo histórico pagano una
humanidad no sólo religiosa, moral y social, sino también
y por lo mismo históricamente nueva. Y esto es lo que á
pesar de su indisputable erudición, y con todos sus pre­
tenciosos sistemas, no ha alcanzado á ver el criticismo ger­
mánico. Aunque desde fines del pasado siglo hasta nues­
tros dias van publicados cerca de treinta libros, que con
este ó el otro título, y considerándola bajo diversos aspec­
tos, en su mayor parte antisupernaturalistas, se ocupan de
la Vida de Je sú s ; sin embargo, á ninguno de esos nebulo­
sos pensadores les ha ocurrido la idea de tomar por punto
de partida de una nueva división histórica esa Vida singu­
lar, ese colosal acontecimiento que ha transformado la faz
de la tierra, no solo religiosa, moral y socialmente, sino que
también y por consecuencia bajo el punto de vista históri­
co. Y es que influidos por el clasicismo del renacimiento, y
extraviados por la idea racionalista no acaban de compren­
der que la historia marcha paralela al movimiento religio­
so-social, como que es el ambiente por donde cruzan todas
las ideas y sentimientos de la mente y del corazon, y el
estadio donde se realizan todos los cambios sociales. Sólo el
católico y reciente escritor Weis, inspirado, sin duda, en la
idea cristiana, y libre de preocupaciones panteistas, es el
2 28 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

que ha tenido el atisbo de indicar esta división en su Histo­


ria universal, aunque más bien como un hecho que como
el fruto de histórica teoría. Sin detenernos, pues, á desenvol­
ver un punto que ha de ser objeto de especial estudio,
baste consignar aquí que el cristianismo es un mundo nue­
vo, una creación histórica, una humanidad regenerada, y
que por tanto, en el dia de Pentecostés se inaugura una nue­
va edad, la era de la unidad, no sólo religiosa y social, sino
también y por lo mismo, históricamente contraria á la di­
visión que arrancando de Babel constituye la esencia del
mundo politeísta. Y no es, ciertamente, que el cristianismo
para llenar su árdua y delicada misión hubiera menester
precipitar los sucesos, anticipar los tiempos, ni salir un ápice
de los límites de su origen celestial, de su carácter religioso-
moral, de su misión divina. Sin cegar ningún manantial de
vida, ni ahogar ningún foco de luz, ni mudar, dice San Jeróni­
mo, las clases y condiciones sociales; sino tan sólo aclarando
lo oscuro, enderezando lo torcido, levantando le bajo, purifi­
cando lo feo y santificándolo todo; en cambio de las formas
exteriores que recibe, literaria griega, municipal romana,
ruda del bárbaro, feudal del barón y monárquica de los re­
yes, comunica á todo la sustancia que le faltaba; á la cien­
cia verdad, al derecho justicia, al arte inspiración, al indi­
viduo conocimiento de su origen y destino, y á la historia el
hilo que le enlaza con el origen y la llevará hasta el fin. Y
por lo mismo devuelve al esclavo la conciencia de su dig­
nidad de hombre; á la mujer el secreto de su rehabilitación,
el pudor; á la familia la santidad que no conocia el conmi-
bium; al poder la imágen de Dios, á la obediencia la san­
ción de la moral, y por un procedimiento sencillo, de que
sólo él posee el arte y el secreto, infiltra su espíritu en to­
das las fibras, hasta el corazon mismo de la sociedad.
Y á fin de realizar suave y universalmente el encargo
que le diera su fundador al decir á los apóstoles id y ense-
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . ¿29

fiad d todas las naciones, y en especial á Pedro, sobre esa


roca- fu n d a re m i Iglesia; mientras los demás se esparcen
por todas las razas y latitudes, providencialmente, según
insinúa San Ambrosio, ó si se quiere, con una previsión de
superior sabiduría, Pedro se dirige á Roma, centro religio­
so y social del paganismo, como metrópoli del imperio. E n ­
tonces el mundo presencia un espectáculo que hasta allí nó
conocieron los siglos. Doce pobres pescadores de Genesa-
ret, que se dicen discípulos de un hombre muerto en afren­
tosa cruz, pero que están dispuestos á sostener con el sa­
crificio de su vida, que ese hombre es Dios, que ese hombre
ha resucitado, establecen el reino más extenso que han visto
los hombres; no á la manera de los conquistadores, con el
fragor de las armas, con alianzas de reyes, ó por medio de
tratados de paz, ó de treguas de guerra; sino tan sólo con
el báculo en una mano, el Evangelio en otra, una promesa
de victoria en su alma, y 1111 heroísmo desconocido en su
corazon. Y lo singular del caso es que esa sociedad así plan­
teada habla un solo y nuevo lenguaje en medio de la di­
versidad de lenguas; y se rige por un mismo código entre
varias legislaciones, costumbres é instituciones; y ofrece un
solo sacrificio entre la multitud de deidades politeístas ó
mitológicas y la diferencia de abominaciones gentílicas. Y
es más admirable aún que siendo en todas partes una la
doctrina, la ley y el sacrificio, esté organizada gerárquica-
mente do tal suerte, que por medio de sus pastores se estre­
chen todos los miembros con el lazo de la unidad en un
solo centro, el Obispo de Roma. Y sube de punto el asom­
bro al considerar que Pedro introduzca en la ciudad eterna
el culto del crucificado sin permiso de Júpiter Stator, el
Evangelio sin ser antes refrendado por ningún senatus-con-
snlto, y sobre todo, la silla de la unidad, el trono del nuevo
poder sin previa licencia y aun sin conocimiento del César.
Pero si todo este conjunto de circunstancias sorprende la
B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

atención, son más maravillosos aún los frutos de la nueva


planta, el resultado de la peregrinamente planteada insti­
tución. A l par que religiosamente se desenvuelve en tan
robusta y fecunda organización, que será poderosa para ex­
tenderse á todos los países, y atravesar incólume todos los
tiempos; socialmente considerada va creando dignidades y
cargos superiores á los de la república, y más eficaces para
el bien de la sociedad, que los que por astucia de Augusto
y omnímoda absorcion de sus sucesores ha reunido bajo su
cetro el imperio. Del seno de la Iglesia ha surgido un tribu­
no, que á toda ley injusta opone el veto inapelable del mar­
tirio; y vírgenes que guardando en su pecho el fuego sa­
grado de la virtud, ciñen sus sienes con una aureola de
pudor, que no vislumbró siquiera el colegio de las vestales;
y pretores, que en vez de retorcer el quiritario para estru­
jar el derecho natural ó de gentes, con la regla infalible del
Evangelio interpretan seguros los principios de eterna jus­
ticia; y ediles y censores que en vez de la policía externa y
las listas de ciudadanos, establecen la policía de la virtud y
extienden las listas de los santos: sirviendo á todo de coro­
na un Pontífice máximo, Vicario y representante, en ver­
dad, del R e y del cielo, y un trono cuya jurisdicción penetra
en la conciencia, y se extiende más allá de las fronteras, y
permanecerá firme en la catástrofe del imperio. Si á esto se
agrega el asombro que causó en los filósofos, y en especial
en la escuela de Alejandría una luz que sin saber de don­
de venía, alumbraba todos los entendimientos, aun de los
mismos que la rechazaban, resulta el singular fenómeno de
que el mundo, sin apercibirse siquiera de ello, intelectual­
mente por la doctrina y social é históricamente por la be­
néfica influencia de la Iglesia, pertenece ya á otra edad dis­
tinta de la división politeísta, al ciclo cristiano do la unidad.
Y es que Pedro desde tan eminente solio de autoridad
y de doctrina, comenzando por inventariar como heredero,
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 231

el caudal positivo de adelantos humanos; y por discernir y


condenar como Juez el error é injusticias que envolvía el
paganismo y por enseñar como Maestro la verdad entera,
es decir, la religiosa y moral que es la rcg-la y base de la
social y de la científica; concluye luego por asentar un tro­
no, cuyo poder abarca toda la tierra y cityos cimientos no
socabará el huracan del trastorno, ni las potestades todas
del error y malicia infernal alcanzarán nunca destruir. V
con efecto, aunque crucificado su cuerpo y segadas las ca­
bezas de casi todos sus sucesores durante tres siglos de per­
secución; desde una cátedra más alta que la academia, con
el código de una ley más recta que todas las legislaciones,
con una autoridad que sobrepuja en prestigio y extensión
á la corona de los Césares, el Pontificado espera tranquilo
en su silla los trastornos que han do sobrevenir. E l sabe
que aunque el Capitolio se conmueva, y se hunda el Pan­
teón, y sea arrasado el foro, y heridas en su vuelo las águi­
las imperiales, y vencidas las legiones y la obra de A ugus­
to, en fin, se derrumbe; el Pontificado sabe que cuando la
estátua colosal del imperio caiga al g'olpe del Bruto de la
barbárie, aunque, como César al pié de la de su rival Pon-
peyo, envuelta majestuosamente en el manto de púrpura de
Augústulo; la navecilla del pescador flotará como el arca en
las aguas para salvar con la fé y la moral los gérmenes de
la civilización y de la humana cultura. L a invasión de las
hordas escitas ó de las tribus germanas, catástrofe espantosa
para el imperio de Occidente, es sólo un episodio en la his­
toria de la imidad, inaugurada en Pentecostés, y dirigida por
el pescador de Galilea. Un enjambre de pueblos que siglos
enteros yacian sepultados en el olvido y separados del ca­
mino de la civilización, vienen ahora en reemplazo de la
carcomida sociedad del imperio, entrando en el sagrado
redil por la puerta de la sumisión, no sin grandes sacrifi­
cios de los monjeü y un supremo esfuerzo de sabiduría y
232 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

caridad de la Iglesia. Y al incorporarse al ciclo de la nue­


va edad se convierten en su núcleo, infundiendo con su
ruda sobriedad una sangre virgen en las venas sociales,
creando con su intelectual vigor la gran teoría científico-
cristiana, y elaborando con heroicas virtudes y sublimes
arranques, lenta y trabajosa pero fecunda y eficazmente
bajo la tutela y dirección del Pontificado la civilización de
la unidad. Civilización admirable, que sin ser quizá tan atre­
vida en el monumento como la egipcia, tan emprendedora.
en el comercio como la fenicia, tan rápida en la conquista
como la asiro-babilónica, tan luxuriante en la idea como la
aryana, tan variada en la cultura como la griega, ni tan
organizadora en el gobierno como la romana; participan­
do, sin embargo, de las cualidades accidentales de todas,
de que en cierto modo es resumen, á todas las supera en
grandeza sustancial, ideal é histórica; en cuanto sólo ella
entroncando con el origen, saltando por cima de las divi­
siones politeístas, ocupando el ciclo entero del medio, y en
su virtud testamentaria y heredera de los adelantos y con­
quistas anteriores, estaba destinada y tenía fuerza y vigor
bastantes para extenderse por toda la tierra. Rica, con efec­
to, en los detalles que en cierto modo ha tomado de las
otras, y á todas superior en el conjunto está representada
en el pensamiento científico por el de los grandes .doctores
San Anselmo y Alés, Alberto Magno y Santo Tomás, Esco­
to y Lulio; en el literario por la D ivina comedia y el Poema
del Cid, y en cierto modo por la Jerusalen libertada y el
Paraíso perdido; y en el artístico por las catedrales góticas
y la espiritualización de la pintura y escultura: obras suyas
son en el legislativo civil las Partidas, en el canónico las
Decretales y en el político, las Cortes, dietas ó parlamentos,
la resurrección del imperio y la constitución de las monar­
quías'cristianas; y sin carecer de actividad comercial en las
ciudades anseáticas, y en las de Venecia, Genova y Barec-
C R J S T I A X A D E L A H IS T O R IA . 2 3 ;,

lona; en otros ramos á ella se deben los lentes y los relojes,


el áccido nítrico y otros secretos químicos (1), el papel y el
pintado en vidrio hoy perdido, y el bordado en oro hoy no
superado, el álgebra y las tablas alfonsinas, la pólvora, la
brújula y la imprenta, y sobre todo, el descubrimiento del
nuevo mundo que todos los encierra y compendia. Pero no­
tables como son estas ventajas y bastantes para honrar una
época tan injustamente calumniada por el clasicismo, no
consiste en eso su principal mérito. La sing-ularidad de la
civilización feudal y cristiana consiste en haberse cumplido
en ella la antig*ua bendición de Noé á Jafet, de que se ha­
bían de extender síes tabernáculos sobre los de .Sem y ser
Chau su siervo; en la superioridad de la Europa cristiana
sobre las otras partes del mundo, siendo los europeos por
ello, como ha notado Balmes, los hijos mimados de la Pro­
videncia; en que la civilización cristiana y europea, en fin,
es una verdadera creación hecha en presencia de los siglos,
dice Donoso Cortés, ya que no fueron ni pudieron ser tes­
tigos de la primera: creación que además de transformar
todos los elementos sociales envuelve la unidad y univer­
salidad, combinadas en ella de tan maravilloso modo, que ni
la unidad sustancial de pensamiento sea obstáculo á la va­
riedad de formas con que se constituye en cada país, clima
ó parte del globo; ni su universalidad geográfica, después
del descubrimiento, y la consiguiente variedad de formas
con que campea en el vergel de la tierra, sea parte para
romper la unidad sustancial de su pensamiento religioso y
moral, de su extructura intelectual, artística y social, y de
su alto destino civilizador é histórico.

(i) D e esta aserción ponemos por testigo al nacía, sospechoso Fem ando
HoíTcr en sn Historia de la Física y ifV h> Química, cuyo extracto liaremos en
la parte segunda de este desaliñado trabajo, al resellar, según el plan indicado en
el texto, la cultura cienlifico-artistico-Hteraria de los siglos feudales como prepa­
ración para el descubrimiento del nuevo mundo.
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

Y ahora desde este punto de vista poco importa que el


Ismael del desierto con su unitarismo plagiado, retrógra­
do, fatalista sensual y eminentemente guerrero y avasalla­
dor se levante contra el heredero de las promesas, el Isaac
de la civilización cristiana. Como todo gran suceso en al­
gún pasaje bíblico, la lucha entre el islamismo y la cristian­
dad está figurada en la riña de los hijos de A g ar y de Sara,
y por el tipo se sabe anticipadamente la historia. Por eso
quebrantado por las cruzadas en Asia, por una epopeya de
siete siglos en España, y por las armas de España, de Ve-
necia y del Pontificado en Lepanto, el poder de la Media
Luna vegetará muelle en el harén de la sensualidad, hasta
que la Europa cristiana acuerde el modo y forma de re­
partir sus despojos. Y cuando el árbol de la civilización de la
cruz, libre de este terrible enemigo se arraigue en el mun­
do antiguo, creciendo en vigor y lozanía lo bastante para
extender sin peligro sus ramas por toda la redondez del
orbe; abiertos por la intuición del genio cristiano derrote­
ros nuevos y horizontes desconocidos; con el descubrimiento
del nuevo mundo la edad cristiana adquirirá su geográfico
complemento. De este modo la unidad religiosa fundada en
Pedro, y la social organizada por Hildebrando, al ser lle­
vada geográficamente por Colon á todo el mundo, no in­
troduce una nueva edad al estilo de la moderna de los clá­
sicos, sino tan sólo una nueva y geográfica fase de la única
edad, que bajo nuestro punto de vista es la contraria á la
Babélica, á la edad antigua de la confusion.
E s verdad que la herejía, que es el paganismo cristia­
no, como el politeísmo es la herejía de la revelación pri­
mitiva, y el cisma que es la rebelión á la autoridad, es
verdad que la herejía y el cisma, sumados en una sola
apostasía, producirán la reforma, el protestantismo, remedo
de Babel en el pensamiento, Babel del lenguaje en medio
del único verdadero, que es el cristiano, y rotura de la civi-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 235

íizacion, que bajo la unidad exterior de cultura europea, ha


engendrado una horrible confusion de ideas y sentimien­
tos, verdadero politeísmo de la sociedad moderna. Pero la
unidad católica que tiene por centro á Pedro, por organi­
zación una gerarquía robusta, y por criterio y norma la en­
señanza infalible é inmutable de la Iglesia, columna, según
San Pablo, de la verdad,, mientras con el gran descubri­
miento de Colon, y la abnegación de los misioneros se va
extendiendo por todas las gentes de la dispersión babélica;
á pesar de los rudos embates que ha sufrido en los tres úl­
timos siglos, sostiénese firme contra el enemigo intestino
de Europa, dejando sobre el campo de batalla derribados á
sus enemigos. Deshecha en mil girones la reforma, des­
acreditada la impiedad enciclopédica, el racionalismo aho­
gado por el panteismo y éste por el positivismo, no sólo
ha vencido á todo género de adversarios, sino que además
tiene la gloria de que todo el caudal de conocimientos só­
lidos, y de conquistas verdaderas de las ciencias moder­
nas le pertenecen en cierto modo; porque conformándose
en parte, y rindiendo siempre homenaje á la verdad bíbli­
ca, las ciencias se le van acercando un paso cada dia, hasta
que libres de injustas preocupaciones, manejadas por otras
manos, y más adelantadas, según el presentimiento de Ba-
con, vengan á tomar por única norma á la Biblia, como es
y debió ser siempre la piedra angular de la historia.
No es ocasion de aventurar pronósticos respecto al
porvenir, cubierto con denso velo á los ojos de la previsión
humana. Sólo para cerrar esta mal trazada reseña, que si
algo tiene de bueno es del gran libro que la ha inspirado,
y en lo que adolezca de pobre y desaliñada es todo de la
torpe pluma que la traza; con la prenda de seguridad que
nos da lo pasado, bien se podrá completar el cuadro de
la vida con la revelación del profeta de Patmos bajo cu­
yos siotc sellos está escrito, aunque en misteriosas páginas,
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

lo que ha de ocurrir en la consumación, todo lo relativo


al desenlace y al fin. De la profecía del Apocalipsis, res­
ponde la verdad histórica primitiva del Génesis y la inter­
media del Evangelio.
Cierto que la Biblia, ese libro admirable y excepcional
que hemos colocado como centro del drama, fondo del
plan, piedra angular del edificio y misteriosa cadena que
ha de unir la unidad primitiva con la final; cierto que de­
trás de la luz que esclarece todos los horizontes de la cien­
cia, esconde la oscuridad del misterio, que no es dado á la
inteligencia penetrar. Cierto que la Biblia, paralela al hecho
histórico que se enlaza con los anales de los pueblos, sobre
todo en su origen, en sus irradiaciones periódicas y en su
amplitud universal, encierra además otra corriente, es decir,
un fondo sobrenatural y milagroso que perenne en el in­
terior de la vida, sólo en momentos solemnes se muestra
al exterior de la historia, en el Paraiso, en el Diluvio, en el
Sinaí, en el Evangelio. Cierto, en fin, que la Biblia al par
que línea genealógica y etnográfica de la sucesión de las
edades y de los tiempos, conduce otra ideal, pero sobre­
humana, que es la profecía, anuncio y preparación del
cristianismo, como la cristiana predice y lleva consigo todo
el movimiento histórico hasta la consumación y el fin. Pero
este carácter especial del gran libro, que el racionalista des­
echa por considerarle fuera de la jurisdicción de la historia,
es precisamente la razón más concluyente que tenemos
para afirmar que así como la ciencia no es completa sin la
fé, ni la cultura es civilizadora sin la moral, así tampoco se
explica la historia sin lo sobrenatural bíblico. Demostrada
ya anteriormente la impotencia radical del error, cualquie­
ra que sea su forma, desde el antiguo monstruoso pnli-
teismo hasta el pretencioso panteísmo germánico; una de
dos, ó hay que limitarse á la simple narración de los he­
chos, sin llegar nunca al tronco de donde parten, ni á la
CK LST 1A N A JJ.H L A H IS T O R IA . 237

le y que les rige, ni á la idea que les explica; ó es m enester


acudir al único arsenal que suministra datos auténticos, al
único foco de donde brota la luz á torrentes, á la única ley
que abarque en su am plitud la vida del principio al fin, por
el anillo preciso del intermedio. L a B ib lia no sólo es el
libro histórico por excelencia, sino que precisam ente por
ese mismo carácter es adem ás esencialm ente sobrenatural
en el pensamiento, m ilagroso en el hecho, típico y proféti-
co en el anuncio; y es todas esas cosas, precisam ente por­
que es el libro de la vida, que es de suyo un misterio; por­
que es el libro y pensam iento de Dios, que exced e infinita­
m ente la esfera de la razón humana; porque es el alfa y
omega de la sabiduría y la clave del secreto de la historia.
E n vez de desecharle por contener doctrina misteriosa,
hechos sobrenaturales y una previsión, á donde no alcanza
la pobre razun’-del hombre; la consecuencia ló gica y filosó­
fica es el reconocer su carácter divino y sobrenatural, y
proclam ar en alta voz que el catolicism o, lejos de estar
m uerto es el gran auxiliar de la ciencia moderna, y que la
B ib lia lejos de estar anticuada, es una necesidad para es­
cribir la historia y. su filosofía.
C A P Í T U L O XIII.

EL MISTERIO EX L A CIENCIA, EL MILAGRO EN LA HISTORIA


Y LO SOBREN ATURAL EN EL FONDO DE L A VIDA HUMANA.

R EER que la razón no tiene límites, ni la ciencia


misterios, ni la vida un elem ento sobrenatural; hé
aquí una ilusión infantil más bien que un error
digno de refutarse; común creencia de los no creyentes,
más bien que convicción científica de los que se llam an á sí
mismos libre-pensadores. E l hom bre no conoce el todo de
nada, y como compti-esto de tiempo y eternidad, según la
feliz expresión de Leibnitz, por tocias partes está rodeado
de misterios y en todos los caminos se encuentra con lo so­
brenatural. L a m atem ática, que es la ciencia más evidente,
mide el tiem po y conoce algunas propiedades del espacio;
pero qué sea el espacio y el tiempo, está fuera de su alcan­
ce, es para ella un misterio. L a físico-quím ica conoce a lg u ­
nas propiedades del cuerpo y algunas leyes de la naturale­
za, pero quién es el autor de esas leyes, en qué consiste la
240 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

esencia del cuerpo y de la fuerza, está fuera de su jurisdic­


ción y es para ella un misterio. La astronomía calcula las
distancias y movimientos de los astros, pero cuándo, cómo
y á qué fin se colgaron en la bóveda celeste esa multitud
de lámparas que alumbran la oscuridad de la noche, no lo
sabe, es para ella un misterio. L a geología ha clasificado
con más ó ménos exactitud las capas que forman la corte­
za de la tierra, pero la cosmogonía y aun la geogonía es­
tán llenas de lo que apellidan teorías, hipótesis, por no lla­
marlas misterios; y de todos modos el principio, la causa de
la tierra y del mundo sale de sus dominios, son para ella
misterios. La antropología, auxiliada de la fisiología y en
general de la biología, y algo, aunque no tanto como debie­
ra de la psicología, conoce algunas le3res de la vida animal
en sus fases y desarrollo, algo pero poco de las relaciones
que median entre el espíritu y el cuerpo, entre las faculta­
des mentales y las funciones fisiológicas; pero la antropo-
gonía por entre esos grandes vacíos, sólo descubre las som­
bras del misterio. La sociología quiere penetraren el origen,
leyes de organización y perfeccionamiento de las socieda­
des; pero partiendo de los tiempos que llama prehistóricos,
por las hipótesis del salvajismo, ó de la transformación de
las especies, se envuelve en una red de dudas y delirios
que son algo más que misterio. Y la filología colocada en­
tre dos extremos de la multitud casi innumerable de len­
guas y los rastros de parecido con que las ha ido reducien­
do á familias, y los puntos de contacto con que se unen
entre sí, la tienen perpleja, sin saber explicar ni las dife­
rencias ni las semejanzas, y esto sólo por resistirse á reco­
nocer el misterio, que al mismo tiempo es un milagro. Y lo
que titula el ya citado libro de Burnouf la Ciencia de las
religiones, ni es ciencia, ni son las religiones, sino una ter­
giversación de los hechos, que al de la religión añade el
misterio en la historia y en la ciencia. Las tradiciones uni­
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . 241

versales, el sacrificio practicado por todos los pueblos y los


cinco dogmas fundamentales que envuelve la línea orto­
doxa siempre constante; el politeísmo llenando las páginas
de la edad antigua; y el cristianismo borrando esas divisio­
nes por la fuerza de su unidad; y el origen y el fin de la re­
ligión y de la sociedad, de la civilización y de la historia,
siempre serán un misterio para la ciencia. Los racionalistas
los niegan por que no profundizan el asunto, y si para ellos
no hay misterios, es porque se ponen una venda en los ojos
para no verlos.
Pues bien, lo que la razón no alcanza, lo que está fue­
ra del dominio de la ciencia, lo que no se atreve á mirar
cara á cara el pensamiento libre, lo aborda de frente la fé,
lo esclarece el misterio, y lo abarca en la inmensidad y al­
teza de su pensamiento la Biblia. En medio de su escepti­
cismo crítico, el único incrédulo que da muestras de haber
profundizado la historia y abarcado todo el alcance del
pensamiento humano, es Freret al confesar que no merece
el título de sabio el que no tenga presente la Biblia. Y es
porque la Biblia, sin pretensiones de bellezas literarias, sin
exponer ningún sistema de filosofía, sin dar lecciones de
historia, sin tener otro objeto que declarar el plan de Dios
respecto á la creación, origen y destino del hombre, y pro­
porcionarle los medios de redención, que por su pecado
necesita para cumplir el temporal, y alcanzar el destino
eterno á que se encamina; porque la Biblia, decimos, con
ser un libro sagrado, de religión y moral principalmente, no
podía desenvolver ese altísimo y sobrehumano pensamien­
to, sin tocar de paso todos los puntos de la ciencia (idea) y
de la historia (hecho) que juntos forman el organismo de
la vida humana, L a Biblia no es ciertamente el área ente­
ra, pero sí su centro y circunferencia, pero sí la base y el
último peldaño de la escala, y el círculo máximo que abar­
ca todas sus órbitas. La Biblia no es el gran laberinto de
te
24-2 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

los sucesos humanos, pero si la fuente de donde manan, y


el océano en que desembocan, y por tanto el verdadero
hilo de Ariadna que por entre las sinuosidades de la his­
toria puede conducirnos al plan altísimo de su filosofía. Y
esto se comprende y explica considerando lo que son en
su origen y en su esencia la religión y la fé, preferente
contenido, y objeto principal de la Biblia. La fé, con efec­
to, es á la manera de un faro colocado en la ribera de las
investigaciones para que al salir la nave de la razón del
puerto de la evidencia al golfo arriesgado del raciocinio,
incierta en su rumbo, no se pierda en el mar tenebroso del
misterio, y desmantelada y sin piloto no se hunda en el
abismo insondable del absurdo; lejos de eso la frágil bar­
quilla, evitando cuidadosamente y al reflejo de esa antor­
cha los escollos en que tropieza siempre el pensar libre y
marchando siempre á la vista de ese norte seguro y víarecta
por el alta mar de la investigación, puede llegar incólume
á descubrir un nuevo mundo de ideas, la región sublime de
lo sobrenatural, un tercer cielo de luz inefable, cuyo claro-
oscuro, propio de esta vida de prueba, y necesario en este
estado de imperfección y de oscuridad, derrama, sin em­
bargo, luz suficiente para esclarecer el misterio de la vida
y dar á los grandes problemas una solucion perentoria, Y
lo mismo se prueba mirando á la religión. Bajada del cielo
para santificar y ennoblecer la tierra, abarca todas sus es­
feras, purificándola y enalteciéndola con su influencia bené­
fica. Para el individuo es el ángel de la guarda, que al ser
desterrado del paraíso de la inocencia, tomándole de la
mano, como R afael á Tobías, le conduce por el desierto de
la expiación hasta los umbrales del paraiso del cielo; y
para la familia es un ángel tutelar, que con más razón que
los Lares de los romanos, puesto de centinela á la puerta
del hogar, le cubre con sus alas, echando' sobre la unión
de los esposos el velo sagrado del misterio, y sobre las
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 243

costumbres domésticas el velo moral de la honestidad; y


por lo mismo es también el ángel protector de las nacio­
nes, que como el de los persas y el de los judíos, de que
habla la Santa Escritura, las protege contra el enemigo ex­
terior de la conquista, y con más propiedad que el Jo ve
protector en boca de Cicerón, de la ciudad eterna, contra
el intestino y más insidioso aún, de la disolución y de la
ruina. De donde legítimamente se deduce, que lo sobrena­
tural circunda por todas partes á la naturaleza, al hombre,
á la familia, á la sociedad y á la historia, en cuanto exten­
dido del origen al fin, y penetrando hasta sus más miste­
riosas profundidades, preside sus altos destinos y todo lo
conduce suave, pero eficazmente desde el comienzo á su
desenlace. En este sentido bien podemos decir que todo
está en la Biblia, pero de una manera eminente, sublime,
comprensiva, como en la fé la norma y el ápice de la ra­
zón, como en la religión las bases fundamentales de la so­
ciedad, como en Dios las perfecciones de las criaturas.
Sin perder nada, pues, de su carácter sobrenatural, por
lo mismo que viene á perfeccionar y elevar á la naturaleza,
tiene que abarcar todas sus esferas, tomando también sus
formas exteriores á fin de comunicarle la sustancia íntima
de su verdad y la savia vivificante de su espíritu. Por eso
el orden sobrenatural bíblico, contiene en su forma todos
los elementos del natural. A sí lo que en la razón, ó más
bien, en el entendimiento es evidencia, ó principios funda­
mentales, de cuyas conclusiones saca el raciocinio la cien­
cia, en especial la filosofía; en el orden de la fé es mis­
terio y principio de donde la teología saca sus conclusio­
nes para formar la Sum a de Santo Tomás, y á cuya luz el
ángel de la escuela en sus variados escritos rectifica y re­
bate todos los errores de la antigua filosofía. Lo mismo
sucede con el lenguaje. A no incurrir en los absurdos del
salvajismo originario ó de la transformación positivista
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

hay que admitir que el hombre, como la naturaleza en es­


tado adulto, y por creación, así recibió por inspiración el
lenguaje del maestro soberano, Dios. Lo contrario sucede
en sus descendientes que reciben la naturaleza por medio
de la generación carnal y el lenguaje por la generación
de la enseñanza. Supuesta en ambos órdenes tan marcada
la paridad, apenas se comprende cómo admitiendo el di­
verso modo de recibir la naturaleza, Adán por creación, y
por generación su linaje, se haya de desechar después la
distinción entre el lenguaje aprendido por todos, y el que
Adán recibió por inspiración. Mas así como la lengua arti­
culada una vez recibida del Criador por el primer hombre
se emplea en todos los usos de la vida racional y social;
así también cuando se tuerce ó se corrompe, admitiendo
ó forjando el error religioso, moral, social y filosófico de
los cultos politeístas, tiene que ser corregida y rectificada
de un modo análogo al en que primitivamente se infundió,
es decir, por inspiración sobrenatural. La inspiración bíbli­
ca no es un prodigio mayor que la primitiva infusión del
lenguaje. Sólo que, como este está ya formado, no es me­
nester repetir la infusión original, sino tan sólo una luz
que revele al agiógrafo lo que según las necesidades del
género humano conviene al sábio plan de la redención. L a
inspiración no hace más que rectificar y ampliar el sentido
de la palabra, para formar en la época de la división el
lenguaje bíblico del Sinai, ó el profético, ó el sapiencial de
la preparación; y el dia de Pentecostés el lenguaje cristia­
no que ha de corregir todos los errores del politeísmo en
todas las lenguas habladas en el mundo. Por eso el len­
guaje de la inspiración adopta las formas del lenguaje hu­
mano,- es decir, la oral (tradición) y la escrita (Biblia), San­
ta Escritura de ambos Testamentos. Los protestantes que
desechan la palabra viva de la tradición, para quedarse
con la letra muerta de la Biblia como única palabra de
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 245'

Dios, muestran una vulgar ignorancia de la naturaleza.de


la palabra y del carácter de la inspiración. Con pretensio­
nes de ser el ápice y cifra de la heterodoxia cristiana, la R e ­
forma es la más ignorante y vulgar de todas las herejías.
Y el orden sobrenatural como el de naturaleza no se
limita á la esfera especulativa de la doctrina; encierra
principalmente un elemento eminentemente práctico. La
idea, que ilustra la inteligencia, se traduce en ley que re­
gula las acciones, y en institución que permanece en las
vicisitudes de la vida histórica, Y esta ley en el lenguaje
inspirado es el Decálogo en la mosáica y el Evangelio en
la cristiana. La una es la fiel expresión de la ley grabada
por Dios en el corazon, y que por haberla medio borrado
las pasiones, dice San Ag-ustin, fué escrita en tablas de pie­
dra. Complemento y perfección de ella es la segunda, que
conforme á los sentimientos más puros y elevados del
alma natural mente cristiana, según la valiente frase de
Tertuliano, descubre virtudes tan sublimes que ni siquiera
habían sospechado los moralistas de la sabiduría pagana.
Esto como ley. Pero como institución, el lenguaje inspira­
do, además del matrimonio, base de toda sociedad, entraña
el sacrificio, suma, centro y regla del dogma, de la moral
y la religión: esto es, el sacrificio típico del origen, en que
se resumen los cinco artículos fundamentales de la reli­
gión primitiva; y el de la cruz, y su viva y real aunque
mística representación, en el augusto del altar. E n él con­
vergen todos los rayos de la doctrina, se reúnen todas las
virtudes de la moral, se suman todos los actos del culto,
siendo, por tanto, el centro y tabernáculo de la religión
cristiana, en el más elevado acto que es la digna adora­
ción á Dios.
Y como es á la vez especulativo y práctico, doctrinaré
histórico, el orden sobrenatural, el mundo de la fé y de la
gracia contenido en la Biblia, por su misma condicion te­
246 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

nía que revestir una forma social. x'Vsí como en su origen y


desarrollo las humanas sociedades han pasado por los gra­
dos de individuo, familia, tribu; por los de nación de organi­
zación patriarcal, monárquica, grandes imperios; así también
la sociedad divina, en su línea reorganizadora ha pasado por
el individuo, Abrahan; por la familia, Isaac; por la tribu, hi­
jos de Jacob; por la nación organizada por Moisés, hasta que
se eleva á Iglesia católica en Jesucristo para durar hasta
la consumación del siglo. E l orden sobrenatural se traduce
socialmente en familia electa, nación, pueblo sacerdotal,
Iglesia gerárquicamente organizada. Mientras sólo se tra­
taba de conservar la tradición sencilla ó el libro inspirado,
era bastante la enseñanza oral del patriarca, ó el fiel cus­
todio de la Biblia sinagoga, Sumo sacerdote. Pero cuan­
do tiene que ponerse en contacto con todas las ideas de la
enciclopedia pagana y flotar por encima del oleaje de las
grandes transformaciones sociales,creando una nueva y am­
plísima y perpetua edad; para sostenerla dignamente contra
todos los elementos intestinos de división (herejía, cisma)
y contra los embates de fiera persecución á lo Juliano ó á
lo Decio, era necesaria una sociedad organizada (la Iglesia)
y una cabeza, un supremo Jerarca, que es el Papa. Los pro­
testantes, que rechazan la Iglesia y su jerarquía, y el su­
premo Pontificado que es su centro, se muestran tan igno­
rantes del cristianismo, como antes daban señales de des­
conocer la naturaleza del lenguaje inspirado. Y por último,
así como las sociedades humanas tienen por objeto el orden
de la justicia y el bien estar del ciudadano, es decir, la civi­
lización; así el orden sobrenatural abarcándolo todo, y en­
caminando el destino temporal del hombre al Eterno; en el
Pentateuco es el código más civilizador del mundo anti­
guo, y en el Evangelio la sangre que corre por las venas y
el espíritu que informa el organismo de la civilización euro­
pea, para que trasportada á un nuevo mundo por Colon,
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 2 Al

con el descubrimiento sea universal. E l sobrenatural, por


tanto, como á todos los elementos de la vida preside á todo
el trascurso del tiempo que media de un linde á otro en
el océano de la eternidad. Además de esa saludable y vi-
vífica influencia ejercida en la civilización ó destino tem­
poral del hombre, lleva otro fin más alto que es, dig-ámoslo
así, la civilización eterna, especie de deificación del hombre
en la bienaventuranza ó sea en el término final de la resur­
rección. Lo sobrenatural bíblico, pues, tiene un carácter
eminentemente práctico; es el exordio, el argumento y des­
enlace de la historia,
Y ahora se vé con claridad la razón por que la ciencia
y la historia no pueden escaparse del misterio que les sale
al encuentro en t o d G S sus pasos, ni de la fé, único faro que
los alumbra en su viaje por el golfo de las más altas espe­
culaciones. Ahora se comprende asimismo cómo no hay
historia sin la antorcha de la profecía, que marcando de an­
temano el itinerario y en especial los puntos culminantes
y los momentos solemnes, toma descanso para emprender
luego un nuevo rumbo. E l misterio y el milagro se echan
encima del racionalismo, como carga abrumadora que no
puede sacudir de sus hombros. Si desecha el bíblico, mo-
sáico ó cristiano, no se comprende la historia hebrea de
Egipto y del desierto, que es la más auténtica del mundo
antiguo, ni la propagación del cristianismo que es un hecho
capital en el mundo nuevo. Pero dada la autenticidad del
Pentateuco y del Evangelio, que hoy el racionalismo no se
atreve á negar, hay que admitir como consecuencia un mi­
lagro superior á todos los que en ambos libros se relatan,
es decir, la conservación de la unidad religiosa, absoluta, é
histórica progresiva en el mar alborotado de la división.
L a razón de esta que podemos llamar ley fundamental de
la historia, es desconocida del racionalismo como todos los
grandes problemas de la ciencia y de la historia. Pero con
2 4S BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

la B ib lia en la mano todo se resuelve, todo se aclara. M iste­


rio, m ilagro y profecía son tres elem entos, ó lados distintos
de un mism o orden sobrenatural, y el am biente que por
todas partes circunda la vida. E l hum ano linaje no puede
sustraerse al influjo vital sino por la puerta falsa del error
que conduce á la m uerte religioso-m oral del hombre; ó por
la tan gen te de la división que lle v a á las sociedades á la
disolución y á la ruina. Como la profecía y el tipo están
bien claros en la correspondencia de ambos Testam entos
y en la preordinacion y preparación del antiguo al mundo
cristiano; como el m ilagro resalta en el poder secreto y
universal de la B iblia para conducir por sus pasos contados
á su término final la historia; así el misterio, lazo de en­
tram bos para form ar de los tres un todo arm ónico y com ­
pacto, es la base de la doctrina bíblica, sin la cual no se e x ­
plica ni el mundo de las ideas, ni el mundo de los hechos.
CAPÍTULO XIV.

EL M ISTE R IO E N L A C IE N C IA Y LO S O B R E N A T U R A L E N E L

FONDO DE LA VID A H UM ANA.

(Continuación.)

N esta vida nunca se alcanza á conocer el todo

de nada. A si, que el hom bre vive, que el hom bre


se com pone de dos sustancias, todos lo saben; pero
en qué consiste la vida y el com ercio del alm a con el cuer­
po, se oculta á nuestra mirada. E n esto como en lo demás
detrás de lo clavo siempre queda un fondo oscuro; debajo
de lo inteligible algo de sobre-inteligible, y detrás de la
evidencia el misterio. Y en vano se em peñan los raciona­
listas en borrar este nombre del diccionario de la ciencia.
Como á pesar de sus bajas lisonjas á la razón, y sus osten­
tosos alardes de falsa ciencia no han conseguido ensanchar
un ápice el horizonte intelectual, ni derram ar un rayo de
luz en la solucion de los grandes problem as, la esterilidad
de sus esfuerzos debiera hacerles más precavidos en sus
25O B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

ataques á la fé. Pero ya que no tengan la franqueza de con­


fesar con Proudhon, que en toda cuestión social va envuelta
una teológica, al menos no podrán evitar que el misterio,
que lo sobrenatural les salga al encuentro en el camino de
las altas investigaciones. Si no los reconocen como tales,
no es porque los desvanezcan con el débil soplo de su ne­
gación, sino por que apartan de ellos los ojos para no ver­
los, En este punto la divina revelación contenida en la B i­
blia ha prestado á la inteligencia un servicio, que nunca
sabrá apreciar lo bastante, A l trazar con seguro dedo los
limites de su alcance, por detrás de las columnas de H ér­
cules de la antigua filosofía, ha dejado entrever un mundo
entero de ideas, que ensancha inmensamente su esfera al
par que la esclarece y vigoriza. Desde entonces la razón,
guiada por la estrella polar de la fé, ha podido navegar sin
tropiezo por el océano de lo sobrenatural hasta la región
donde habita Dios, para volver cargada de tesoros, de luz,
y de riquezas de nuevos conocimientos, y con ellos formar
esa ciencia altísima que se llama L a teología. Los miste­
rios cristianos, pues, no son arbitrarios é inconexos, no son
estériles ó ajenos á la humana inteligencia. Referentes al
último fin del hombre y á sus íntimas relaciones con Dios,
todos son dignos de Dios que los revela, y del hombre á
cuyo destino se encaminan. Lados ó aspectos de un solo
orden sobrenatural y superiores, por tanto, á todas las con­
cepciones humanas, forman un todo sublime y armonioso
en su conjunto y en sus detalles, de que no se puede bor­
rar un ápice. Fondo oscuro al par que firme sosten de algu­
na gran verdad racional, ó ley secreta de los grandes fenó­
menos históricos, aunque por ocultos senderos y por sus ex­
tremos, enlázanse do tal modo con la historia y con la cien­
cia, que vienen á constituir su base y su cima, su criterio
seguro y su altísimo complemento. Tan necesario es el
misterio para resolver los grandes problemas especulativos
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 251

de la ciencia, que todo sistema que le niega ó prescinde de


él, cae precipitado en el abismo de la inconsecuencia ó del
absurdo. Y tan íntimo es el enlace de lo sobrenatural con
el orden práctico de los hechos, que así como las hondas
perturbaciones de la edad de la división y la unidad reor­
ganizadora del cristianismo son, en todo sistema que le des­
echa inexplicables, un efecto sin causa proporcionada; así
también y con mayor razón, sin lo sobrenatural el origen y
el fin de la historia son y serán siempre un enigma indesci­
frable. En prueba de ello recorrámosles en ligera revista.
Por la inspección de las criaturas, dice con la Biblia el
Concilio Vaticano, puede conocerse la magnitud del Cria­
dor y su poder sempiterno, de manera que son inexcusa­
bles los filósofos porque conociéndole, no le glorificaron
como tal. Pero si por sus luces y fuerzas naturales pudo
elevarse al conocimiento de la existencia de Dios, aunque
tergiversando su unidad en el politeísmo, la razón no sabe
detenerse álos umbrales, sino que quiere y debe penetrar en
el santuario de la vida de Dios. Mas precisamente esta vida
inefable é incomprensible es un misterio que la Biblia ha re­
velado, ensanchando con la luz que brota del fondo mismo
de su oscuridad el horizonte de la filosofía y las miras de
la historia. E l hombre nunca ha tenido un conocimiento de
Dios, aun en la esfera de lo racional, tan claro, preciso y
distinto, como desde el momento en que con el respeto de­
bido sí, pero con la seguridad de la fé, se ha engolfado,
como lo hicieron los Santos Padres, en las profundidades
del misterio de la Trinidad. Por él sabe que Dios Padre,
inteligencia infinita concibe un Verbo infinito como Él, que
por proceder por vía del entendimiento es engendrado, y
que por engendrado es Hijo, quia Verlmin ideo Film s. Por
él sabe que Padre é Hijo, amándose mutuamente en su
bondad infinita espiran un Espíritu que por proceder de
la voluntad divina es santo y la fuente de la santidad.
B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

Por él sabe que el hombre, hecho á imagen de Dios, tiene


también su verbo y su amor elevados por la fé y por la
gracia á la semejanza de la generación é inspiración divi­
nas. Por él sabe que en Dios sin dejar de ser uno hay so­
ciedad, arquetipo también de la sociedad humana. Por él
sabe que el Verbo por quien fueron las cosas y el hombre
criado, es el mismo que haciéndose hombre ha redimido al
hombre y restablecido en el hombre y en la sociedad el
desorden introducido por la fuerza disolvente del pecado.
Por él sabe, en fin, todas las demás luminosas consecuen­
cias filosófico-histcirico-sociales que tomadas de los Santos
Padres deduce la teología del fondo de este misterio, en
frase de Lacordaire, primer principio de la fé cristiana.
Y lo mismo podemos decir de los demás. E n el Univer­
so hay leyes, orden, fines, que suponen un legislador, un or­
denador y una Providencia. E l mundo, por otra parte, es
limitado, y por ende contingente, y por ende, hecho por
otro. Pues bien, la creación que olvidada del politeísmo, ha
sido puesta en claro por la filosofía cristiana y es hoy una
verdad eminentemente racional; si en el hecho es filosófica­
mente clara, en cuanto al modo, por ser un acto del sér
infinito, el modo de obrar de Dios, es al mismo tiempo que
un misterio un gran milagro, y el principio, la fuente y el
tipo de todos los milagros. Mas precisamente ese mis­
terio lo explica todo en la ciencia, como ese milagro lo
aclara todo en la historia. La ciencia se compone de dos
elementos, de lo necesario y de lo contingente, de ln ideal
y de lo real; y la trama de la historia se forma de hechos
transitorios y de una norma constante que los encamina á
un solo plan; pues bien, esos dos elementos que andan
siempre confundidos en monstruosa amalgama en todo
sistema panteista, sólo se distinguen y aclaran á la luz do
la creación. La idea-ser, el ser-nada, el venir á ser de Hegel
es el absurdo: la creación del Génesis, ideal y real á la vez,
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 2.53

y fuente del ser y del conocer, origen de la ciencia y de la


historia, y única ley del Universo es el misterio de cuyo
fondo, como del caos primitivo, brota esplendorosa la luz.
Prosigamos. La dignidad del hombre, su estado de ino­
cencia y felicidad primitiva, y en especial la original caida,
son otro misterio profundo. Pero el misterio del origen está
fundado en una verdad hoy generalmente admitida en la
ciencia, que es la unidad do la especie, y confirmado en un
hecho históricamente evidente, que es la renovación causa­
da por el cristianismo en el interior del hombre y por el
hombre en la familia y en la sociedad. E l haber sido cria­
do el hombre á imag'on de Dios, y su estado primitivo de
inocencia dedúcese legítimamente, por una parte de la bon­
dad y munificencia de Dios criador, y por otra de la altura
a que ha elevado al hombre la redención. L a filosofía in­
crédula, cayendo siempre en los extremos, sin saberse con­
tener en el justo medio, en el trascurso de sus especulacio­
nes no ha visto otra manera de explicar al hombre que
confundiéndole con Dios en el panteísmo, ó rebajándole al
nivel de las bestias por medio de un materialismo más ó
ménos científico, y en todo caso absurdo y degradante.
Sólo la Biblia, que posee la llave de todos los secretos
y la solucion de todos los grandes problemas, es la que ha
sostenido y vindicado la dignidad humana sin confundirle
con Dios; pero descubriéndole asimismo sus miserias, sin
confundirle con los animales. Y aún diremos más. En pun­
to á engrandecer, elevar y enaltecerle, ninguna doctrina,
libro ó escuela aventaja al lenguaje bíblico que hace de la
gracia una semilla, del alma un templo y del hombre un
hijo adoptivo de Dios, aventurándose á decir San Juan que
cuando aparezca la gloria de Dios seremos semejantes á éh
porque le veremos como es en sí, sicuti cst.
Y en esta parte, fundada en el lenguaje bíblico y arre­
batada por el sublime impulso del amor va tan adelante la
254 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

mística cristiana, que, al describir las secretas é inefables


relaciones del alma enamorada, con el objeto de su amor,
Dios, parece que en algunas de sus frases va á caer der­
rumbada en la sima del panteismo. Pero no, los verdaderos
y sólidos maestros de esta ciencia sublime ó más bien de
ese elevadísimo estado á que vuela el alma en alas de la
contemplación; por exageradas que aparezcan sus palabras,
nunca olvidan la distinción de lo finito y de lo infinito;
siempre dejan á salvo las dos sustancias, las dos personali­
dades; siempre hablan de unión, desposorios y aun de ma­
trimonio del alma con Dios, jamás de identidad, de confu­
sión de la criatura con el Criador. Y aquí no podemos me­
nos de citar un nombre esclarecido, el ejemplo de una
mujer á quien Voltaire llamaba ilustre y Teibnizt el Platón
cristiano (i). Santa Teresa, esa monja andariega que sin
haber frecuentado las escuelas, ni leído otras obras maes­
tras que los libros de devocion, ha emitido pensamientos
tan sublimes y delicados, ha trazado con tanta viveza y
exactitud la línea divisoria entre Dios y el alma, ha descri­
to, en fin, la mística unión del amor con tan vivos colores y
con tal precisión científica, que desde el hijo de Aristón

(r) E l ya citado Macanlíiy, en su crítica de Ranke dice candorosamente:


“ Colocad á Ignacio de Loyolaen Oxford, y sevá eljefe do un partido formidable.
Colocad á Veslcy en Roma, y será el primer General de una sociedad consa­
grada á los intereses de la Iglesia. Poned ¡i. Santa Teresa en Londres, y su en­
tusiasmo sin reposo degenerará en locura aunque sin mancharse con el dolo.
Poned áJu an a Soutcote en Roma, y fundará el Orden de carmelitas descalzos,
dispuestos á sufrir el martirio por su fé y por su Iglesia.,, No mencionamos aquí
al elocuente escritor anglicano con el fin de refutarle, sino como un triste ejem­
plo del errado criterio con que los protestantes juzgan las grandes instituciones
de la Iglesia. Perdonándole la profanación en obsequio de su honradez, sólo di­
remos: San Ignacio es grande por algo más que por su consumada prudencia.
Santa Teresa es una mujer singular entre las grandezas de su sexo por algo su­
perior al fuego de su entusiasmo: y este algo que es el Espíritu de Dios, es pre­
cisamente lo que se ha escapado á la por otra parte penetrante mirada del crítico.
C R IS T IA N A DK L A H I S T u R I A , 255

hasta el Proclo moderno, 110 1m acertado á elevarse á esa.


altura ningún filósofo. ¡Y cosa singular! la relación de su
Vida, E l camino dc-pcrfcccton y sobre todo el singularísimo
libro de las Moradas viven hoy tan frescos y lozanos, como
ol dia que brotaron del fecundísimo vergel del Carmelo, y
por despedir todavía la suave fragancia que atrae á tantas
almas, han sido celebrados recientemente con aclamación
general del mundo sabio. A l contrario, las doctrinas del
pensador aloman, flor de un dia que se marchita al calor
de un severo examen, en pocos años han caído en general
descrédito para ser reemplazadas por un grosero positivis­
mo evolucionista. Y para vergüenza del error, mientras la
Doctora Castellana ha dejado en el mundo dos espejos cla­
rísimos de su sabiduría y santidad, que en frase feliz de
Luis de León, son escritos y sus hijas, el filósofo de la
idea sólo ha legado el triste ejemplo de una poderosa inte­
ligencia perdida en el vacío de la contradicción, y una dei­
ficación absurda del hombre, que ha venido á corregir con
torpe mano la escuela del positivismo. Santa Teresa ha
engendrado una legión do ángeles que sosteniendo en la
lucha de la virtud el trono de la dignidad humana, coro­
nan con la aureola del decoro la frente de la mujer. H egel
sólo ha producido, aunque contra su intención y por con­
trapuesto, escuelas que hacen descender al hombre del
mono, y del salvajismo la sociedad y la civilización. Entre
dos extremos, el que degrada al hombre al nivel del bruto
después de haberle confundido con Dios; y el que forman­
do al cuerpo de la tierra, le hace volar en espíritu á la re­
gión del ángel, para convertirle por la gracia en hijo adop­
tivo de Dios; la filosofía de la historia no tiene en qué
vacilar.
Si es, por tanto, un hecho histórico, indudable, la res­
tauración humana á la altura en que, con su ejemplo y sus
escritos, con la honra de sus hijas é imitación de sus nu­
2,5 b BOSQUEJO D E UNA E l LOSO I'’ i A

merosos admiradores, la elevó la insigne Reformadora:; tam­


bién es otro hecho, que históricamente le corresponde, la
inocencia primitiva de que sólo la Biblia nos suministra la
sublime idea y la relación auténtica. La diferencia que me­
dia entre el estado místico de esas almas privilegiadas y el
dón primitivo de justicia original de que gozaron los proto-
parentes, sólo consiste en la distinta condicion de ambos
estados. Los unos reciben la naturaleza inocente de la mu­
nificencia y largueza del Criador; y como la adquieren sin
mérito alguno de su parte, por creación, así podian conser­
varla sin otro esfuerzo ni trabajo que el de una fiel coope-
racion. Por eso fué gravísima culpa su rebeldía. Los santos
de la redención, por el contrario, sólo ascienden á la cum­
bre de mística unión con Dios por un esfuerzo supremo de
virtud, después de prolongadas y á veces terribles purifi­
caciones, en premio de una sublime abnegación. En Adán
y E va la inocencia aunque recibida gratuitamente era pri­
vilegio de creación, por salir el hombre de manos de Dios.
Hoy es fruto de la gracia de Dios también; pero al mismo
tiempo laurel inmarcesible de una victoria. Por eso mien­
tras el dón de original justicia, propio de aquel estado fe­
liz, hubiera sido rico patrimonio del género humano; hoy
que la gracia procede de la fuente de una redención labo­
riosa; aunque como la del Paraíso destinada á regar la tier­
ra entera de la humanidad, sólo llega, sin embargo, en tor­
rente á las almas purificadas por la cruz de grandes traba­
jos y subidas preparaciones. Y es que media un abismo
entre la condicion primitiva del hombre fabricado por el
Supremo Hacedor, naturaleza inocente, recta, sin pecado,
y la del hombre tal como nos le muestra la historia, cai-
do y degradado; y por lo mismo la restauración de éste
cuesta una muerte de cruz de parte del Redentor, y una
lucha de virtud que con auxilio de la gracia tiene que sos­
tener por su parte el libre albedrío. Si la perfección histó­
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 257

rica, de los santos es un reflejo y, por tanto, una prueba


irrefragable de la inocencia primitiva, los desórdenes y
perturbaciones de que están llenos los anales de los pue­
blos, revelan una causa honda, permanente y trascenden­
tal de perturbación, que sólo tiene explicación en la doc­
trina y relato bíblico. E l pecado de origen es un misterio;
pero que se funda en la verdad evidente de la unidad de la
especie; pero que alumbra desde el fondo de su oscuridad
las más recónditas profundidades del corazon y de la inte­
ligencia; pero sin cuya perenne fuerza disolvente y acción
desorganizadora, es un enigma indescifrable la historia.
Revuélvase como quiera la serpiente del racionalismo; re­
pita de siglo en siglo el eco del tentador, sereis como dio­
ses sabedores del bien y del mal; resístase, en fin, á sufrir
sobre su cuello la suave coyunda del misterio bíblico. Con­
tra todas sus embestidas y tortuosidades siempre se levan­
tará la m ujer inmaculada y el fr u to bendito de su vientre
á quebrantar como á la del Paraíso la cabeza de la serpien­
te racionalista, sin dejarla otro recurso que el de asestar
su mordedura venenosa al talón de su inmaculado pié.
E l pecado de origen que entraña la caida de todo el li­
naje, y la redención que restaura todo el desorden causado
por la culpa, son y han sido siempre una creencia arraiga-
da, firmísima é indestructible en la conciencia del género
humano, y por tanto son hoy y aunque 110 siempre formu­
lados, deben serlo ahora como los dos hechos capitales,
como los dos polos en que se sostiene el eje inmenso de la
historia. Son uno y otro misterios altísimos, incomprensi­
bles, superiores á la razón; pero por lo mismo que la razón
no ha podido inventarlos, por lo mismo que el género hu­
mano los ha creido siempre, y ningún sofisma es capaz de
destruir; en su calidad de hechos deben entrar como un
elemento necesario, y aunque misterioso, fecundo y pro­
ductivo, en los dominios de la historia, y tomarles en cuen­
258 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

ta como un dato precioso, como el mayor de los descubri­


mientos en las altas especulaciones de la ciencia. Ni el pe­
cado, como que radica en el abismo insondable del hom­
bre interior, ni la redención que si consumada en el solem­
ne hecho histórico del sacrificio de la cruz, se cierne, no
obstante, en el cielo purísimo del espíritu, ni el pecado ni
la redención en sí mismos se ven con el ojo corpóreo, ni se
traducen en figura que se palpe con las manos, ni se for­
mulan en idea que alcance á comprender la razón, Pero si
el fondo del misterio es insondable, en cambio se ven con
los ojos, se tocan con las manos, se perciben con todos los
sentidos, y aun se experimentan con viveza por el hombre
interior los efectos de aquella fuerza permanente y uni­
versal de desorganización, y de esta virtud suave y eficaz
de restauración en todas las potencias del hombre. L a cul­
pa se manifiesta en las torcidas inclinaciones de una natu­
raleza que con otros filósofos llamaba Cicerón madrastra
noverca, y en el grito de la conciencia, que al decir de
Proudhon, exclamó en todas partes ¡ay pecadora de mí! La
redención se revela en la restauración del hombre religio­
so y moral, en los dulces lazos de familia, en los principios
de rectitud que flotan con suave ambiente en toda cristia­
na sociedad, y en esa rectificación del derecho de gentes
que sobre las paganas reconocía y admiraba el mismo
Motesquieu en las naciones modernas.
Irracional y destituida de todo fundamento es la tenaci­
dad de los racionalistas en rechazar ese doble elemento so­
brenatural, aunque misterioso de suyo, en sus efectos claro,
palpable y evidente en el curso prolongado de la historia,
L a división religiosa del politeismo, las abominaciones y
liviandades del culto pagano, y las llagas de la poligamia
y de la esclavitud que aquejaban á las civilizaciones anti­
guas de una parte; la unidad religiosa y científica, las virtu­
des angélicas que cual vistosas flores brotan en el desierto
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 259

del corrompido imperio romano, la sabia é inconm ovible


organización gerárquica de la Iglesia, y el vigor, pureza y
lozanía de la civilización cristiana que con tan vivos colo­
res h a descrito Balines, están ahí patentes á los ojos de to­
dos, para doblar con su abrum adora evidencia la altiva, ó
más bien, vanidosa cerviz del racionalism o. R econocer,
como h oy es preciso, el abismo que m edia entre el mundo
p agano y el cristianismo, y n egar la fuerza secreta p rod u c­
tora de esa inm ensa é históricam ente evidente trasform a-
cion, sería lo mismo que adm itir un acto sin potencia, un
hecho sin ley, un fenóm eno sin sustancia, cam bios trascen­
dentales, en fin, sin m otivo, sin explicación. Y proceder de
esa suerte, es tan irracional y fuera de sentido, com o re­
nunciar á la luz que alum bra un sendero oculto, sólo por
que no se descubre el foco que la reverbera; ó más bien,
cerrar los ojos á la luz del sol, sólo porque hasta h o y nadie
h a exp licad o su naturaleza y el modo de su irradiación.
CAPÍTULO XV.

1,0 SOBRENATURAL EN LA H ISTO R IA .

(Cundusion.)

NA vez reconocidos y declarados los dos grandes


m isterios de la caída y de la redención com o los
dos polos, com o la fuerza centrífu ga y centrípeta
del mundo de los hechos; conveniente y h asta necesario
nos p arece h acer resaltar aquí las sublim es y m isteriosas
relaciones, con que se une el mundo sobrenatural de la re­
velación con el natural de la historia, siguiendo las h ue­
llas que nos dejaran trazadas San A g u s tín y P au lo Orosio
en sus y a citados libros de la Historia del mundo y de la
Ciudad de Dios. U n o solo es el hombre, tronco y origen
de la vida humana, y uno tam bién el hombre, centro y foco
de la vida sobrenatural; y ambos, individuo y especie, en
que está representada y en cierto modo resum ida la hum a­
nidad; A d á n p or =¡er el hom bre primero, y Jesucristo por
2 Ó2 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

ser el sumo, por ser el Hombre-Dios. Y este doble hech o


que es al mismo tiempo un dogma, y esta doble idea que
es también una institución, se verifica en cierto modo en
todos los órdenes de la vida; no es propia ni exclusiva de
la religión, aunque en ésta, como superior esfera, se realiza
de una manera típica, directriz y universal.
E l hombre es en la sociedad y en la historia, en la fa­
milia, en la nación, en el género humano, lo que merece
por su talento, virtud, beneficios y fundaciones. Todos los
pueblos y familias reconocen un tronco, todas las institu­
ciones un fundador, todas las escuelas un maestro, todas
las religiones un institutor ó reformador; y lo que es éste,
son aquéllas, llevando las segundas el sello que las impri­
me el primero, y midiéndose siempre la alteza, amplitud y
duración de las instituciones por la grandeza, prestigio y
solidez que reciben del padre, y si valiera la frase, de su
creador. Cada hombre extraordinario y superior que influ­
ye de una manera decisiva en los destinos humanos, graba
en la frente de su obra una señal, que si se va borrando al
través de los tiempos y sucesivamente, siempre conserva,
sin embargo, en su fisonomía como distintivo, un rasgo a]
ménos de semejanza, con la figura de su autor. Por eso
cada institución vive y se desarrolla, se ensancha y se vi­
goriza, se descompone y perece, en proporcion de la savia
más ó ménos fecunda que el fundador la inspira con su so­
plo al delinear su fisonomía, y á medida de la fuerza que
la imprime en su primer impulso, al modelar su organiza­
ción; el fundador de una obra social es en potencia lo que
de hecho se verifica sucesivamente y al través del tiempo
y del espacio. Y esto es, sin duda, lo que dan á entender,
aunque nunca han acertado á explicar los racionalistas,
cuando comparan sacrilegamente á Moisés, y aun á la mis­
ma persona augusta del Hombre-Dios, con Orfeo, ó con
Buda, con Minos ó Confucio, con César ó con Platón, sin ad­
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA .

vertir ellos mismos, que al hablar así, han caido prendidos


en la red de su maliciosa y sofística intención. Sí: es ver­
dad que el hombre superior en cualquiera esfera de la vida,
influye determinadamente en la marcha de los sucesos, é
imprime á su obra un sello especial. Pero precisamente
porque toda institución humana principia y acaba con el
tiempo, y está limitada por todas las dimensiones de su
extensión, precisamente en ese doble carácter de localidad
y caducidad muestra bien á las claras que es fruto de un
poder finito, parto de una razón que al decir de Bossuet,
siempre se queda corta por algún lado. Como el hombre no
posee la virtud creadora, ni fuera de la fé la verdad íntegra,
su obra tiene que resentirse de un doble achaque.
E n toda creación humana, que no toma por base la re­
ligión verdadera, va siempre mezclado, con alguna verdad
tradicional, que recibe de las ideas flotantes en la corriente
de la tradición misma, algún error que la inteligencia del
fundador añade de suyo: y esto sucede en toda institución
religioso-social, y principalmente en los grandes reforma­
dores de las falsas religiones. Pero además hay otra fuente
de caducidad en todas ellas. Herido el hombre por el pe­
cado de origen en todas sus potencias, en su espíritu y en
su corazon, á todas partes lleva consigo ese gérmen de
corrupción y de muerte, que se traduce en el individuo por
la separación del alma y el cuerpo, y en las instituciones y
sociedades por la gangrena que corroe sus entrañas, lle­
vándolas de la robustez á la decadencia, y de ésta á la di­
solución, á la ruina, á la desaparición. Por eso todas ellas
perecen, más bien que por el golpe de la conquista y de la
destrucción, que viene, de fuera, por el virus canceroso que
llevan en. su interior: perecen en cuanto se seca la savia
que les infundiera el débil soplo de un hombre, que por
estar fuera de la justicia y de la verdad, no ha descartado
la levadura de error y de injusticia que llevan envueltas
264 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

perecen ahogadas por la fuerza disolvente, que oriunda


del pecado de origen y del desorden de las potencias, sólo
puede arrancar la mano robusta de la creación ó de la re­
paración, que á su vez es creación; y por tanto, se desor­
ganizan y mueren al extinguirse la llama de vitalidad que
encendiera en ellas el fuego de la tradición ó de la ne­
cesidad. Y es que las va consumiendo poco á poco el pá­
bilo del error que á la verdad tradicional ha mezclado en­
tre sus hilos la mano de la heterodoxia. E s que las va di­
solviendo poco á poco la fuerza desorganizadora que sin el
bálsamo de la gracia que las restañe, lleva en su seno la
humanidad heredada de la primera prevaricación. Ningún
genio, ningún héroe, ningún hombre por elevado que sea,
ha fundado una escuela, una ley, una institución, una obra,
en fin, perpetua y universal; porque ninguno tiene la vir­
tud creadora, ni el honor de representar la especie; ningu­
no la de ser imágen y tipo del género humano.
Sólo Adán, y precisamente por salir de las manos de
Dios, para el bien, por su estado de inocencia, y para el mal
por su pecado, sólo Adán es el representante del género
humano. Obra de creación, es como todas las obras de Dios,
hecho y ley al mismo tiempo, es decir, un hombre y el hom­
bre; un individuo en acto; y en potencia, en gérmen toda
la especie; una boca que habla, y el origen del lenguaje;
•un marido, de cuya costilla es formada la compañera, y la
institución misma del matrimonio. Por eso la escena del
Paraíso es la cifra de todo el drama; por eso la primera
conyugal unión es fuente de toda la vida carnal, y la pri­
mera palabra universal magisterio. Por eso la primera fa­
milia es base y ley de la sociedad, y la caída personal en
Adán ley constante de la naturaleza caída; por eso, en fin,
el castigo impuesto á los dos sexos, aunque templado con
la esperanza del futuro libertador, es en compéndio la his­
toria del humano linaje. Y por ser su representante, esto es,
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 265

padre de la vida carnal por generación, y maestro de la


vida religioso-social, por la enseñanza; Adán al par que el
germen de toda cultura, y los elementos fundamentales de
toda civilización, nos ha legado la triste herencia del origi­
nal desorden, no de otro modo que un padre junto con sus
caudales ó sus derechos lega á sus hijos el fruto de sus vi­
cios ó de su deshonra. Sólo que lo limitado en la familia es
general y profundo en la herencia del protoparente. De él
hemos recibido la pérdida de la gracia é inocencia, el desor­
den de las potencias del alma, los males del cuerpo y en
especial la muerte, que es la rotura temporal del misterioso
lazo que une al alma y al cuerpo en una sola y sustancial
personalidad. E l triste privilegio de Adán, pues, de ser
fuente de la vida temporal y autor del pecado y de la muer­
te, está justificado teóricamente en su condicion de ser el
hombre primero, el individuo especie; é históricamente y
en sus efectos, en ese triste calvario que se viene reprodu­
ciendo al través de los siglos, en ese Mcesta m undi de
Orosio, que racionalistas y creyentes en el sacrificio del
Gólgota, tienen que admitir, al menos como un hecho per-
pétuo y universal.
Pero los misterios cristianos no son aislados é inco­
nexos como las teorías sofísticas ó incompletas del error.
Los dogmas cristianos se unen con el lazo de una sublime
armonía en una vasta síntesis que debe admirar, aunque no
comprenda la razón; que há menester admitir, aunque no
penetre en su fondo la historia. A ese hombre protológico
y universal, digámoslo así, al hombre primero y protopa*
rente Adán, opone constantemente San Pablo, otro indivi­
duo-especie, un hombre universal sin dejar de ser indivi­
duo, autor y representante de la humanidad redimida como
Adán lo fué de la culpable; y este hombre es Jesucristo.
Y con cuenta que así como ningún otro que Adán pue­
de ser ya el primero, así, por el contrario, ningún hombre,
2 66 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

por elevado que sea, puede aspirar al rango de individuo-


especie, porque ninguno puede ser obra inmediata de Dios,
hombre de creación. Si Jesucristo representa á la humani­
dad, si es individuo-especie, padre de otra humanidad nue­
va, centro de una nueva vida sobrenatural y reparador de
todo el universal desorden causado por el hombre primero,
es sólo porque Jesucristo es Dios. Si el Verbo de Dios al
encarnar hubiera tomado junto con la naturaleza la perso­
na humana, que ordinariamente resulta de toda naturaleza
íntegra y perfecta; en este caso, ese hombre distinto en
persona del Verbo Divino, sería tan sólo un hijo de Adán,
un individuo de la especie, y aunque privilegiado por sus
dones, incapaz como los demás de representar al género
humano. E l error de Nestorio, no sólo es una herejía con­
tra el dogma, sino la negación de una ley fundamental de
la historia. E l Hijo de Dios toma tan sólo la naturaleza hu­
mana, para terminar é individualizarla en la persona del
Verbo. Por eso aunque descendiente de Adán en la carne,
es un hombre nuevo que sólo tiene de común con los de­
más la naturaleza; pero que excede á Adán y á toda su pro­
genie infinitamente en la persona, por lo mismo que es el
Hombre-Dios. Jesucristo no es un Orfeo ó un Confu ció,
ni siquiera un Abatara ó un Buda, como dicen sacrilega­
mente los racionalistas. Jesucristo no es nada de limitado
en su representación y en su obra, sino antes bien el repre­
sentante del género humano para el bien, el autor de su
completa restauración, el foco perenne de la nueva vida
sobrenatural, precisamente porque es el Hombre-Dios. E l
Verbo toma la naturaleza humana, íntegra y perfecta, para
representarla toda, para resumir en su sangre purísima la
vida que desciende de Adán; pero la une, ó como dice la
teología, la asume á la persona divina, para trasformarla
enalteciéndola, para crear una naturaleza, una humanidad
nueva¡ es decir, regenerada y exaltada á la deificación. Je ­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 267

sucristo es el Hijo del hombre por haber recibido la sangre


de unas entrañas purísimas; pero por la unidad de persona,
aun como hombre, es hijo natural de Dios. Si por su pa­
rentesco con el hombre, por llevar en sus venas la sangre
de una Virgen, hace á los hombres hermanos suyos; por
ser hijo de Dios natural al mismo tiempo, los enaltece infi­
nitamente á la dignidad de hijos adoptivos de Dios, herede­
ros de su reino. S ij ilii , et haré des.
E l misterio de la encarnación del Verbo es, por tanto
según el rigor del lenguaje bíblico, una verdadera creación,
un comienzo nuevo de vida, un orden, un mundo, una hu­
manidad nueva en el espíritu, sin dejar de ser en la carne
descendiente del primer hombre Adán. Por eso comienza
el Evangelio de San Juan con la misma palabra que el Gé­
nesis, y mientras Moisés dice en el principio crió Dios el
cielo y la tierra, en el principio formó al hombre á su imá­
gen, responde el Evangelista, en el principio era el 'Verbo
y el Verbo se hizo carne y todos hemos recibido 1 a. gracia
de su plenitud. Sólo que este nuevo comienzo no es absolu­
to como en Adán, puesto que el Hombre-Dios no crea una
humanidad enteramente nueva; sino que tan sólo restaura,
renueva y enaltece la vieja, pecadora y degradada humani­
dad. Pero esta circunstancia, lejos de rebajar, engrandece
la creación segunda, que la teología llama Encarnación, en
cuanto mayor virtud exige la restauración de una imágen
de Dios desfigurada por el pecado, que la creación misma
de una naturaleza inocente hecha á imágen y semejanza
de Dios. Por eso y para reparar la vieja humanidad, Jesu ­
cristo nace de mujer; porque sólo recibiendo así la natura­
leza, podia ser hijo del hombre; pero por ser al mismo
tiempo el hombre Dios debia nacer de Madre Virgen.
Y hé aquí otro misterio que del fondo mismo de su os­
curidad, despide la luz á torrentes, y completa en sublime
armonía los misterios de la creación y de la redención
268 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

Cosa singular que la pobre razón del hombre no hubiera


vislumbrado siquiera, pero que, revelada por Dios al hom­
bre, tiene la razón que admirar y acatar. Para que toda la
vida descienda de un solo tronco, la misma E va es forma*
da de la costilla de Adán. Toda la sangre, pues, que ha
corrido en el trascurso de los siglos, parte como de copiosa
fuente, de la arteria ó más bien del corazon de un mismo
individuo. E l segundo Adán, si habia de tomar esa misma
sangre, para purificarla, vertiéndola en la cruz, menester
habia de ser formado de mujer descendiente de Eva. Pero
si como la antigua, la nueva humanidad habia de salir de
un mismo tronco, esa mujer, esa madre inmaculada, tenia
por precisión que ser madre Virgen. Los dos hombres pro-
tológicos ó de creación, los hombres no de este país, raza
ó tiempo, sino los que llama la escritura el viejo y el nue­
vo Adán, han sido formados sin concurso humano, por
otra via distinta de la ordinaria, es decir, por un acto de
creación. Adán es formado de la tierra, para que de sus
huesos y de su carne lo fuera Eva; y por E v a todo el lina­
je; para que fuera madre de los vivientes. Jesús es formado
de sangre humana pero virginal por obra y gracia del E s­
píritu Santo para que de la sangre purísima de una Vir­
gen saliera el hombre nuevo, y de este la humanidad re­
novada. Jesucristo como Adán, es protológico y aun en su
cuerpo formado por creación, aunque en distinto sentido y
por contradicción de una vida á otra, la carnal y la espiri­
tual, ambos son individuo-especie. Como Adán, Jesucristo
es creador y tronco de una generación nueva, hombre de
reparación, de todos los desórdenes introducidos en el
mundo por el padre de la raza culpable. Como Eva, la
Virgen María es simplemente el anillo por donde se enlaza
el tronco con las ramas del árbol genealógico; Eva, el
nudo por donde se trasmite la vida del padre á la descen­
dencia carnal; María el anillo, por donde recibiendo Jesús
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . 269

la vida del cuerpo, se constituye en padre de una gene­


ración espiritual (i). Por eso en el Calvario se destruye
la trasgresion del Paraiso, y en la cruz, el trastorno del ár­
bol del bien y del mal. Adán y Cristo influyen, por tanto,
en todos los sucesos; son padres respectivamente de toda
tribu, raza y familia; son los dos hombres históricos por
excelencia. Por Adán desciende con la vida carnal el pe­
cado y la muerte, de uno, dice San Pablo, á todos los hom­
bres sin excepción, in omnes ¡tomines mors pevtrcmsiit.
Por Cristo anunciado en el principio, esperado por todos
los pueblos, y preparado por el mundo antiguo, es elevado
el mundo cristiano á centro de la unidad intermedia, y en­
caminado al término de la unidad final, al desenlace de la
resurrección. Y en este sentido, mientras la acción histórica
de Adán sólo llega á los lindes del tiempo; la de Cristo pe­
netra en las regiones de la eternidad, para ser, en frase de
Isaías, el padre del siglo fu tu ro , y en lenguaje del Apoca­
lipsis el sol del mundo de la resurrección.
Y ciertamente que bien merece como el honor de rom­
per los siete sellos del libro del porvenir de la Iglesia y del
mundo, la dignidad de juez de vivos y muertos que es otro
de los grandes misterios de nuestra fé. Porque con la muer­
te sufrida heroicamente en la cruz para dar nueva vida al
humano linaje, venció á la muerte que Dios no hizo, dice
la Santa Escritura, que es obra del pecado, pudiendo decir
desde entonces con el Apóstol, muerte ¿donde está tu vic­
toria? Y hé aquí otro misterio ó dogma fundamental- de
nuestra fé y sello augusto de la obra de la redención que

(i) Ln Virgen María desempeña, además en la Encarnación el sublime mi­


nisterio que tan acertadamente ha sabido interpretar Augusto Nicolás en sus
Nuevos estudios sobre el cristianismo. No debiendo aquí desflorar siquiera ese
bello, tiermsimo é importante aspecto del gran misterio, dejárnosle intacto á la
pluma del gran apologista, dónde puede verse con extensión.
2/0 B O SQ U EJO D K U N A F IL O S O F ÍA

es asimismo un hecho histórico puesto por la apología


cristiana al abrigo de toda discusión. Jesucristo resucitó,
debió resucitar, es lógico que resucitase como nació de
Madre Virgen, por haber merecido con su muerte de cruz
la gloria de la resurrección propia, y la virtud de la resur­
rección de los demás. L a resurrección de la carne, por los
méritos de Jesucristo, es otro misterio, pero que completa
el plan general de la redención y es la natural solucion del
enigma del hombre y del problema de la vida, indescifrable
en todo sistema racionalista. Pero si la resurrección uni­
versal es un misterio, aunque por otra parte tan lógico,
como es la reunión del cuerpo y del alma para constituir
de nuevo la personalidad del hombre, rota por la muerte
fúndase como los demás en el hecho histórico de la resur­
rección de Cristo, que no se atrevió á negar la Sinagoga,
y los Apóstoles sellaron con el testimonio de su marti­
rio; así como la resurrección de Cristo se prueba histórica­
mente á su vez por un hecho colosal que ocupa todas las
páginas de la nueva edad, y es la resurrección del mundo,
de la muerte moral del paganismo á la luz de la vida cris­
tiana, tipo y preparación de la que la Biblia dá como fin y
desenlace al drama terrestre, es decir, la resurrección uni­
versal.
Y con ambos se enlaza armónicamente otro misterio
augusto, venerable, objeto de la adoracion de diez y ocho
siglos, más adorable cuanto es más disputado, y más vivo
en el alma del cristiano cuanto más trascurre el tiempo
de su institución. Tal es el misterio de la real presencia de
Jesucristo en la Eucaristía. Si Jesucristo resucitó, lo cual es
un hecho histórico, Jesucristo vive: y vive á la diestra del
Padre con todo el resplandor de la gloria; y vive en la Ig le ­
sia, asistiéndola según su promesa hasta la consumación del
siglo; y vive en el Sacramento para hacer al cristiano parti­
cipante de los méritos de su sacrificio, V depositar en su
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA .

carne el germ en divino de la futura resurrección. E ste es


otro hecho histórico, que misterioso en sí mismo, es p alpa­
ble en sus efectos. Con el sacrificio augusto de nuestros al­
tares, según la profecía de M alaquías, han ido desapare­
ciendo todas las abominaciones gentílicas, hasta que con­
vertida la tierra, según la promesa, en un solo redil bajo el
cayado de un solo pastor, en toda ella se ofrezca á D ios esa
oblacion inunda que anuncia el Profeta. Con ese alimento
celestial, los A p ó stoles adquirieron celo para extend er la
fé y plantear la Ig lesia en el mundo; los mártires fortaleza
para sellarla con su sangre; los doctores sabiduría para d e­
fenderla con su pluma; los confesores abnegación para
acreditarla con sus virtudes y sacrificios; y las V írg e n e s
pureza para viv ir vida de ángel en la tierra y neutralizar
con el suave arom a de su virtud, el m al olor de inm oralidad
y de corrupción que despiden las gentes que, ó no adoran,
ó rehusan participar de los bienes inmensos del augusto
misterio. O riginal caida, y redención; hé aquí, por tanto, los
;
cabos de la historia; el principio, el m edio y el fin. O renun­
ciar, pues, á toda filosofía, discurso ó clasificación racional
y artística, á toda explicación de los hechos; ó contar con
el misterio, introducir el m ilagro, ser dirigidos por la pro­
fecía, y poner á la B ib lia al frente de la historia; es decir,
por exordio al Génesis, por argum ento á B abel, por solu­
ción al E va n g e lio y p or desenlace al A p ocalip sis.
CAPITULO X V I .

LA. B I B L I A C R I T E R I O SU PER IO R D E LA. CIE N CIA Y D E LA

H IS T O R IA Y Ú N IC A SOLU CION D EL E N IG M A D E L A VID A .

X vista ilo l;i cnnfusion de ideas on que la R e fo r­


m a en volviera la econom ía de la divina reve­
lación, y guiado por los tópicos de A ristó te­
les en filosofía, fué sin duda como el célebre M elchor Cano
concibió el plan de sus inm ortales Lagares teológicos. D es-
•de que el fraile apóstata de W item b erg, levantó el estan ­
darte de la rebelión contra la Iglesia, no faltaron, en v e r­
dad, valerosos adalides, que con armas de buen tem ple le
com batieran victoriosam ente en cuantas refriegas habían
trabado con él. Faltaba, sin em bargo, para alcanzar la v ic ­
toria definitiva una gran batalla, y aritos que todo tomar
posiciones, ó lo que es lo mismo, plantear en su verdadero
terreno la cuestión; y este es el mérito del teó lo go sal­
mantino. B ajo las cuestiones particulares, que con tanto
calor se ventilaban, referentes á los efectos del original
374 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

pecado, caracteres de la gracia santificante, sacramentos,


indulgencias, purgatorio, etc., palpitaba en el seno del pro­
testantismo otra más honda y trascendental que las abra-
zaba todas, como que más bien que una herejía, era un
monstruo de cien cabezas, la herejía misma erigida en sis­
tema. Entreviéndolo así la mirada del genio, comprendió
bien pronto que sólo aplicando la segur de la teoría cató­
lica de autoridad al árbol del sistema racionalista-protes­
tante de la rebelión, era como se podia cortar por el tronco
la dañada planta, hiriendo al mismo tiempo al monstruo en
el corazon. Y como lo concibió así dió á luz ese libro, que
fijando la atención de los sábios por lo vasto de su erudi­
ción, la varonil elegancia de su palabra, y lo vigoroso de
su raciocinio, ha servido por espacio de tres siglos de tex ­
to en las escuelas, y de norma á los estudios teológicos.
Con efecto, el protestantismo al mutilar á su antojo, pero
torpe é indoctamente á la vez, el orden teórico y práctico
del cristianismo, sin acaso darse de ello cuenta, ha trastor­
nado por completo la sublime economía de la redención. En
su profunda ignorancia de la filosofía y de la religión, sin
duda no comprendió que reducir la redención especulativa­
mente á la letra muerta de la Biblia, y prácticamente al
sacrificio transitorio de la cruz, era lo mismo que colocar
una idea suelta en la inteligencia sin un plan á que obe­
dezca, ó introducir un hecho aislado en el Universo, sin la
ley y el orden que le sirvan de sosten. Y es que al rebe­
larse osado contra la Iglesia en el siglo x v í , y después de
tanto variar liviano hasta nuestros días, no ha llegado á
entender aún, que el orden sobrenatural, si bien superior
en excelencia al de naturaleza, ámbos proceden sin embar­
go, aunque por distinta vía, de un mismo autor que es
Dios; y han sido dados, atmque con distinto fin, ai mismo
sujeto, que es el hombre; y por tanto están calcados en el
mismo plan y constan de los mismos elementos, formando
C R IS T IA N A .1» ; LA H IS T O R IA , 27,5

los dos un órden íntegro y completo. A sí como tampoco


alcanza, sin duda que ol primero por su misma superiori­
dad, origen, medio y fin, es la circunferencia y el centro del
segundo, como la redención es la corona y complemento
del plan de la creación. Y como tan sencillas cosas ignora
no es extraño que la reforma ande cu religión y en filo­
sofía completamente desorientada, como el navegante en
mar desconocido, sin brújula y sin timón. Ninguno de sus
doctores ha comprendido que separar el cuerpo de la B i­
blia, del aire vital de la tradición, es lo mismo que quedar­
se con el esqueleto de la letra escrita sin el espíritu de la
palabra oral, que es el alma que la vivifica. Ninguno de
ellos ha visto que de separar la Biblia y la tradición de la
Iglesia, se sigue el absurdo do admitir una doctrina, una
ley, un hecho, al mismo tiempo que se desecha el testigo
que garantiza su autenticidad, el fiel depositario que las
conserva íntegras, la viva voz que interprete su verdade­
ro sentido, y el juez infalible que decida las controversias
suscitadas en todo tiempo sobre los libros, y la doctrina,
sobre la letra y su verdadero sentido.
Y han pasado desapercibidos á los ojos de la reforma
todos estos absurdos y contradicciones en el orden de la
fé, porque en su insigne torpeza no le ha ocurrido siquiera
la idea de que en ellos iban envueltos otros no menos pal­
marios del natural y filosófico, que les son correlativos. Por­
que siendo obvio que todo órden de vida consta de dos
elementos, especulativo y práctico, particular y universal,
visible é invisible, individual y social; fácil es también con­
cluir que separar sofísticamente, y mucho más suprimir
uno de los dos elementos que la constituyen, es causar la
muerte á sabiendas, lo mismo en el órden de la naturaleza
que en el sobrenatural. Y esto es lo que hacen los protes­
tantes al aislar la Biblia de todos los demás elementos so­
brenaturales. Entiéndase de una vez: separar lo teórico de
276 BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

la doctrina, de lo práctico, de la institución; la inspiración


transitoria del agiógrafo, de la enseñanza perenne y viva de
la tradición; lo invisible del hecho interno de la inspiración
misma, lo visible del testigo que la depone y del depo­
sitario que la guarda; el individuo, en fin, que es el cristia­
no, de la sociedad organizada que es la iglesia católica: es
lo mismo que dividir el cuerpo del alma, al individuo de la
familia, el miembro de la sociedad, la sociedad del poder,
de ambos la ley, y de todo los lazos con que lo ha unido
sabiamente el Criador. Lo que en la naturaleza llamamos
muerte, monstruosidad, anarquía; en el orden de la reden­
ción lo llamaremos absurdo, trastorno, destrucción. E l pro­
testantismo sobre no tener idea fija en la doctrina, aun co­
mo lenguaje está falto de sentido, usando palabras que ca­
recen aun de sentido común. A no contradecirse consigo
mismo, y siguiendo el hilo del sistema, es preciso concluir
que el cristianismo, ó más bien la revelación reducida á sola
la Biblia y ésta aislada de la tradición y de la Iglesia, seria
un libro sin depositario, un texto sin intérprete, una ense­
ñanza sin maestro, una moral sin dogma, una religión sin
dogmas ni moral fijos, una ley sin sociedad, y una socie­
dad ó más bien una congregación sin gerarquía, como que
no hay organización gerárquica sin la acción central del
poder supremo. Y si de tan torpe manera se desconciertan
los elementos especulativos, no hay que esperar que en el
protestantismo salgan mejor librados los prácticos del or­
den sobrenatural. Con efecto, cuando no niega con Socino
el precio, tergiversa de tal modo la idea del sacrificio de
Cristo, que concluye por suprimir el cotidiano de la Santa
Misa. Pero al obrar así, no conoce que el sangriento y tran­
sitorio de la cruz, sin el permanente y de mística repre­
sentación de nuestros altares frustraría por completo el
plan admirable de la redención. En ese supuesto, de las
llagas del Cordero de Dios brotaría una fuente perenne de
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA .

vida, pero de tan alta roca, que nadie podría acercarse á


beber de sus saludables aguas. Mucho más cuando supri­
midos los sacramentos, como lo hacen los protestantes,
quedaría cortado ol conducto, por donde el raudal de la
redención pudiera llegar al recipiente de las almas santas.
Y como por otra parte, negado el libre albedrío, desecha­
das las buenas obras y ahogada toda actividad humana en
el negocio de la salvación, la palabra del Evangelio seria
como una semilla y la gracia como un rocío caido en cam­
po estéril: de todo ose conjunto de absurdos, resultaría
borrado de una sola plumada el cuadro sublime de la vida
sobrenatural, y por tanto el cristianismo, si no en el fenó­
meno histórico, que ningún sofisma alcanzará á destruir, al
ménos en la íntima sustancia de su espíritu, y en el enlace
armónico de su grandioso argumento.
Estas consecuencias tan obvias como palmarias, el pro­
testantismo en sn ceguedad sistemática, ó más bien en su
conveniencia de intereses materiales, no las ha visto aún,
y al considerarlas deben asustarse sus doctores. Mas por lo
mismo realzan ol mérito del Dominico de San Esteban,
que al ménos en el órden teórico de la revelación que es
el que más cuadra á nuestro objeto, con anticipación de
tres siglos las puso de manifiesto.
Con efecto, todo lo que hay de tinieblas, absurdos é in­
consecuencias en el error, es sustituido por la claridad, ór­
den, lógica y distinción en la teoría católica. E l Dominico
de San Esteban no desconoce la importancia teológica de
la Biblia, y por eso, siguiendo las inspiraciones del Conci­
lio de Trento, la coloca á la cabeza de su plan, como el pri­
mero y principal de sus tópicos, como la fuente y el foco
de la ciencia teológica. Pero la Biblia no está, no debe estar
aislada en el órden divino do la re'/elación. L a letra muerta
de la Santa Escritura vive en la enseñanza oral de la tra­
dición que la sostiene, amplía, é interpreta; especie de am-
B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

bicntc saludable que flota sobre la permanencia orgánica


de la sociedad cristiana en la corriente del tiempo, y al
través de la sucesiva desaparición del individuo. Y es que
la luz de la inspiración aunque transitoria en el agiógrafo,
no se apaga en la pluma del sagrado escritor; permanece
en la Iglesia, fiel depositaría del libro, órgano vivo de su
palabra, intérprete auténtico de su sentido, y juez nato de
las controversias, á que dá lugar la herejía con sus torci­
das interpretaciones. Y la Iglesia por lo mismo que es una
sociedad, es y debe ser cuerpo organizado, compuesto de
una gerarquía bajo la acción del supremo poder. Sólo con
estas condiciones puede llenar la misión de enseñar, de
regir, de aplicar á toda situación de la vida, á todo estado
intelectual, moral y social de las naciones la doctrina y la
ley, contenidas en la Biblia y en la tradición, y la virtud
santificadora, que por el sacrificio perenne y los sacramen­
tos vivíficos desciende de las alturas de la cruz al valle
del género humano. Y la Iglesia cumple su misión doctri­
nal, regente y regeneradora por la enseñanza, es decir, la
cotidiana en el templo, las decisiones periódicas en el con­
cilio, y la vigilancia perenne del supremo pastor, sobre
todo el rebaño, en todo lugar y tiempo. Y esa Iglesia y
sobre todo el pastor supremo cuida de que no se tergiverse
la doctrina, ni se manche la moral, ni se profane el culto,
ni se perturbe el orden gerárquico de subordinación. Según
eso, Iglesia, Papa y Concilios 110 pueden separarse de la
palabra-escrita ni oral, que son su norma y su fuente, al par
que Concilios, Iglesia y Papa las sirven á su vez de custo­
dio, de órgano, de intérprete y sosten. Mas esc tesoro in­
agotable de luces encerrado en el archivo de la Biblia,y en
las venas de la tradición, no se limita á dirigir las almas al
cielo por el camino llano del precepto, ó el más áspero y
subido de la perfección. Rózase también con todos los ór­
denes de la vida, con la ciencia y con el arte, con la socie­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

dad y con la historia. Para conocer sus altas aunque miste­


riosas relaciones há menester la razón, cuanto ilustrada
por la fé, remontar su vuelo á las regiones de la filosofía, y
recoger datos copiosos de los monumentos y de la obser­
vación.
Para llenar tan honroso como árduo y delicado desti­
no, vienen primero los Santos Padres, y luego los escolásti­
cos, que si como doctores particulares no tienen otra auto­
ridad que el prestigio de su talento, en cuanto se confor­
man y más aún en cuanto reciben la sanción de la Iglesia,
que los mira como sus adalides, como sus lumbreras,
identifícansc con su enseñanza; y la Iglesia, enseñando
autoritativamente, y los Padres elevando á ciencia esta
enseñanza bajo su tutela y dirección, vienen á ser, aunque
en distinta forma, ecos de la misma verdad bíblico-tradi-
cional. Lo mismo aunque en inferior escala, por carecer de
la misión y antigüedad de los Padres, puede decirse délos
escolásticos. Finalmente el docto Dominico que versado
en la filosofía y en la historia entrevio las relaciones que
median entre la ciencia y la fé, y los estudios á que su
alianza habia de dar origen; el Dominico que vislumbró asi­
mismo la armonía entre el órden religioso y social, entre la
Biblia y la historia que habian de aclarar plumas ilustres;
110 desdeña valerse de los auxiliares humanos para levan­
tar el magnífico edificio; y con la misma precisa y segura
mano que á los puramente teológicos, asigna un puesto en­
tre los tópicos á la historia y á la filosofía. Tal es en pálido
bosquejo la concepción de este Aristóteles de la teología.
Pero aunque monumento de imperecedera memoria
como hecho histórico y norma seg-ura de los estudios
teológicos, el libro de los tópicos no podia alcanzar la nue­
va fase que ha tomado el error despues de tres siglos de
mudanzas y evoluciones. E l germen de la reforma ha pro­
ducido su fruto natural, que es el racionalismo; y el pén­
’ So . B O SQ U EJO D E UX.V F IL O S O F ÍA

dulo del extravío, fuera de su centro de gravedad, ondulan­


do de uno al otro extremo, ha caido por tanto en el extre­
mo contrario. E l protestantismo, decía: no hay otro criterio
de la verdad revelada, que la Biblia, pero interpretada al
antojo de la razón individual, ó en frase de la secta, según
la inspiración del espíritu privado. Pues entonces, ha con­
cluido lógicamente el racionalismo; la Biblia y la divina
revelación son inútiles; porque una de dos, ó el espíritu
privado juzga á la Biblia con sus propias fuerzas, ó inspi­
rado por el espíritu de Dios. En el primer caso, excusado
es que la razón busque en un libro de letra muerta, lo que
halla fácilmente en las páginas luminosas de sus propias
concepciones. L a Biblia en este caso es como cualquier
otro libro, un simple despertador de la actividad racional.
Abajo, por tanto, su inspiración divina. Si por el contrario,
al interpretar ese libro singular el cristiano, es inspirado
por una luz sobrenatural, es ociosa asimismo la revelación
objetiva. E l espíritu privado excusa averiguar lo que reve­
ló Dios á Moisés, á Isaías, á San Juan, á San Pablo, cuan­
do recibe inmediatamente del Espíritu Santo una luz más
clara y segura, que es la propia inspiración. L a consecuen­
cia ineludible que del principio protestante se deduce, es
que la Biblia es tan sólo el pensamiento y la historia de un
pueblo oscuro, el judío; tan sólo los anales de un colegio
y de una hermandad de hombres más oscuros aún, los
pescadores de Genesaret; y si por un resto de pudor y por
lo horrible de la aseveración se conceden al libro los ho­
nores de contener la religión más pura, la moral más santa,
la historia más auténtica de cuantos anales, doctrina y nor­
ma de conducta han aparecido en el horizonte de la hu­
mana inteligencia; todo esto está dispuesto á otorgarle el
racionalismo, á trueque de sacudirse do la pesadilla que
oprime su corazon y su conciencia, que es el orden sobre­
natural, la divina inspiración de la Biblia.
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . ¿8 l

Por eso ya no basta colocarla al frente de los estudios


teológicos, como el primero y principal de sus tópicos. A
la nueva forma del proteo del error, ha dicho con sabia
oportunidad Perrone, hay que oponer una nueva táctica en
el arte de defender la verdad. Por eso el ilustre hijo de
San Ignacio, después de tributar los debidos elogios al ca­
tedrático salmantino, ha ordenado sus Lugares teológicos-
en forma de falanje macedónica, para acorralar al Darío
del libre pensamiento, en el cerco de una lógica invencible
y entre las filas de una erudición portentosa. Pues bien,
siguiendo las huellas de tan esclarecidos varones, séanos
lícito dar un paso más en la luminosa senda que empren­
dieron el Dominico para atacar á la reforma, y el Jesuíta
para combatir al racionalismo; aplicando al orden general
de la vida, y singularmente al terreno histórico, los sólidos
principios que ellos dejaron sentados en la esfera de la
teología. Puesto que protestantismo y racionalismo, par­
tiendo al parecer de polos opuestos, vienen ambos á parar
en las mismas contradicciones, llevándolos ambos de fren­
te, conviene demostrar que así como para salir del laberin­
to de sus antimonias, no les queda otro escape que la sima
del panteísmo, así también sólo e.s poderosa de aplastar á
la hidra de cien cabezas la maza de Hércules de la Santa
Escritura.
Con efecto, la gran equivocación de la reforma, aunque
ninguno de sus doctores lo ha comprendido aún, consiste,
como hemos dicho, en separar sofísticamente lo que aun­
que distinto debe estar dialécticamente unido en la sábia
economía de la redención. Pues esto mismo hace el racio­
nalismo en el orden especulativo de la razón y general de
la vida humana. E l protestante separa en el orden sobre­
natural lo subjetivo de lo objetivo, lo ideal de lo real, el
individuo del género, lo singular de lo universal, el fenó­
meno de la sustancia, el hecho de la ley. En el sistema pro-
2&2 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

testante la. Biblia es una idea, inspirada por Dios, pero


sostenida en el vacío de la abstracción, como que no va
acompañada del hecho, que es la historia más auténtica
que se conoce; y el Evang-elio es una ley, pero sin súbdi­
tos, puesto que al cristiano no se le obliga á cumplirla sino
antes bien se le exime de todo deber, de toda virtud: y el
sacrificio es un género, pero sin individuos que le realicen,
puesto que el sangriento y transitorio de la cruz carece de
aplicación individual y es por tanto inútil, puesto que el cris­
tiano ni recibe de la copiosa fuente la gracia necesaria para
ejecutarle, ni por su carencia de facultades puede obrar
la obra costosa de su propia redención y santificación.
Según el sistema protestante, el cristianismo es invisible,
y sin lazo alguno de trasmisión histórica; puesto que todo
sectario, para ser consecuente, tiene que saltar desde sí mis­
mo y por encima del que llaman ministro ó pastor, y aun
sobre la cabeza misma de Lutero y de todos los reforma­
dores, hasta los apóstoles, ó por mejor decir, hasta Cristo,
pero un Cristo ideal, que cada uno concibe á su modo, un
Cristo fugitivo, que nada dejó permanente en el mundo, que
nada fundó, que nada organizó, que de nada se cuida, ni de
la doctrina que predicó, ni de la ley que ordenó, ni siquie­
ra de los grandes ejemplos de virtud que ofreció al mundo.
E l cristianismo, por lo tanto, en el sistema protestante
es un hecho pasajero, que no constituye ley perpétua, un
universal que no tiene el singular del cristiano, sólo un fe­
nómeno que aparece en el espacio y el tiempo, pero sin la
sustancia sobrenatural de la luz de la fe, de la fuerza de la
gracia y de la asistencia del Espíritu Santo que le sosten­
ga. E l cristianismo es ideal, no real, objetivo no subjetivo,
una abstracción no un hecho histórico, y mucho ménos el
hecho central de la historia. Según el protestantismo, en fin,
en el órden sobrenatural, el hombre es nada, Dios es todo,
la Biblia es la idea de Hegcl; la redención es el Cristo in­
C R IS T IA N A -D E L A H IS T O R IA . 283

visible c ideal de Schleirmacher, y la historia el vacío de


Sirauss ó del Dr. Paulo, para quienes la del cristianismo
no es más que un mito ó una alucinación.
Pues bien, en todos e.stos absurdos aunque por distinta
vía, cae el racionalismo en la esfera de la ciencia y general
de la vida. A l reconstruir K ant el edificio de la filosofía,
padre como hemos visto, ó al menos regulador del movi­
miento libre, principió por abrir un abismo insondable en­
tre el neitme/io ó realidad, y el fenóm eno ó apariencia, en­
tre el sujeto que piensa y el objeto del pensamiento. E l
resultado inmediato de esta separación sofística, es quedar
en el aire de la duda la existencia de Dios y dél mundo,
las grandes verdades metafísicas, morales, religiosas, socia­
les, históricas, todo, en fin, lo que no sea el yo que piensa,
ó por mejor decir, el acto de pensar, que no hay que con­
fundir con la sustancialidad real del yo, incapaz, según el
sistema, de ser conocido por el sujeto pensante, por el
subjetivo yo. En la Critica de la razón pura, no h a y , ó al
menos no debe haber de cierto más que un acto, que es el
pensamiento, un sér que es el yo, un ojo que es la razón y
un individuo que es Kant. Todo lo demás queda incierto;
Dios y sus atributos; el orden de la justicia y la ley moral;
el mundo con su variedad y unidad; el enlace de los mun­
dos material y espiritual, natural y sobrenatural, con sus
armonías sublimes; el hombre en su tronco y en las ramas
del árbol genealógico; el drama y su desarrollo y sus mo­
mentos solemnes; la religión y su unidad primitiva, y sus
sofísticas divisiones politeístas y su reanudada unidad por
el cristianismo; y la filosofía y el arte, la sociedad, la civi­
lización y la historia, en fin; todo queda pendiente-en la ba­
lanza de la duda, en el sistema del atrevido reformador. Y
gracias que asustado de su obra y lleno de horror, ante el
abismo abierto á sus piés, ha querido reparar tanta ruina
oon los postulados de lo que él llama razón práctica. Pero
284 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

la lógica se ha burlado de esas timideces y vacilaciones, y


como hemos visto también, el criticismo germánico no sólo
se ha lanzado resueltamente á la identificación de lo subje­
tivo y objetivo, de lo ideal y lo real, de lo singular y uni­
versal, del hecho y de la ley, sino que sobre esa base de lo
absurdo ha intentado levantar los tan fastuosos como va­
cíos y contradictorios sistemas de la filosofía de la historia,
que dejamos ya en otro lugar expuestos y á nuestro juicio
rebatidos decididamente. E l protestantismo y racionalismo,
convictos de vacíos é insuficientes cii el terreno histórico,
tienen que confesarse ahora absurdos é inconsecuentes en
la esfera doctrinal.
Y hé aquí la razón que nos mueve á colocar, siguiendo
y ampliando el pensamiento de Cano, como el primer tó­
pico, como fuente cristalina y norma segura de la historia,
al libro inspirado de la Santa Escritura, Y no es que con­
fundamos la esfera teológica y sobrenatural de la fé con
la filosófica y humana de pura razón y de observación
científica; y no es mucho ménos que reduzcamos la ciencia
y la historia al solo criterio bíblico. Sabemos que cada
ciencia tiene un objeto, medios proporcionados, sus fuentes
y criterios propios, Con la generalidad de los lógicos aña­
dimos, que para los hechos internos, hay un criterio que es
la conciencia, para los externos presentes el testimonio de
los sentidos, para los lejanos en el espacio ó el tiempo la auto­
ridad del testimonio de otros, y para la verdad abstracta é
ideal la evidencia, ó inmediata de los primeros principios,
ó mediata de un raciocinio legítimo. Y no es que reduzca­
mos a uno solo todos los criterios al estilo de Lamennais
que, en su Ensayo sobre la indiferencia en materia de re­
ligión, no admite sino el del común consentimiento de
todos los pueblos; ó como Ventura ele Ráulica que en su
libro de la Tradición pretende demostrar que sin el len­
guaje inspirado por Dios no se puede adquirir ninguna idea
C R I S T I A N A D E E A H IS T O R IA .

del órden religioso y moral y por tanto del divino. Lo que


decimos es que después de trazar el árbol genealógico de
las ciencias, cada filósofo desde su punto de vista más ó
ménos elevado y sistemático, desde los Tópicos de Aristó­
teles ó los Predicamentos de Porfirio hasta el Novum or-
gan.um de Bacon, el Prólogo de la cneielopcd,ia, y el en
nuestro concepto más filosófico de Balines en su F ilo so f ía
fundam ental, ó de Gioberti en su Introducción al estudio
de la filosofía. Lo que decimos es que en el último peldaño
de esa escala de conocimientos formada de todas las cien­
cias humanas, hay que colocar un libro, que sin ser ciencia
ni historia propiamente dichas, es el faro que alumbra to­
das las lobregueces de la primera, y el nudo que ata todos
los cabos que deja sueltos la segunda.
Sin disputar, pues, á la razón sus fueros, á la ciencia sus
conquistas, á la cultura sus adelantos ni á la historia su
marcha majestuosa; sostenemos que sobre los problemas
especiales que cada una entraña y con datos propios debe
resolver, hay otra superior, que ninguna en especial plan­
tea, y que todas juntas no son poderosas á resolver; que
sobre todos los datos y observaciones, que suministran los
anales ó la experiencia, hay un plan g'eneral que á todos
los rige y encamina á su fin; de donde lógicamente dedu­
cimos, que ese faro á la entrada del mar tenebroso, que esa
cúspide desde donde se divisa el inmenso campo, que esa
clave necesaria para resolver el gran problema, no es ni
puede ser otro que la Biblia. Y es que Dios, que en frase
de la misma Santa Escritura, ha entregado el mundo á las
disputas de los hombres, ni habia de permitir quedaran in­
ciertos el destino del humano linaje, las condiciones esen­
ciales de la vida, y el plan de la creación; ni ha cedido á
otro que á su propio libro el honor de aclararle y llevarle
á puntual ejecución. En este sentido la Biblia es no sólo
el primer tópico de la teología, como decia Cano, sino tam-
2SÓ B O SQ U EJO D Ji U X A K ILO SO l-'ÍA

bien añadimos nosotros, el punto de intersección donde se


encuentran todas las ideas capitales y se tocan todos los
grandes sucesos; el criterio universal, que resuelve el gran
problema de la ciencia y de la historia. Y esto lo hace
como obran todas las causas grandes ó universales, de la
manera más sencilla, por medio de dos verdades, que son
al mismo tiempo dos misterios, el de la creación con que
principia el Génesis, y el de la redención con que comienza
el Evangelio de San Juan y termina el Apocalipsis. Sólo que
antes contemplábamos el misterio en sus armonías subli­
mes, y ahora le miramos como clave única de altísimas so­
luciones, siendo en ambos casos foco de luz copiosísima.
Con efecto; la creación, que por parte de la causa en - .
traña un poder infinito, por el lado del objeto es finita, y
como finita múltiple, constituyendo de esa inmensa varie­
dad de séres, y de esa concertada unidad de plan, el orden
y armonía que admiramos en el Universo. La creación,
pues, múltiple por la variedad de objetos producidos, es sin
embargo, una en la causa, en el fin, en el plan. L a creación
es ideal en cuanto estampa en cada sér el tipo eterno re­
presentado en el Verbo artífice, y es real en la existencia
concreta con que comienza á ser cada uno. L a creación es
genérica, porque cada ser representa un género ó especie,
cuya semilla lleva en gérmen á todos sus individuos; y es
al mismo tiempo singular en la concreta existencia de cada
uno; así el árbol, cuyo fruto es á su vez semilla destinada
á reproducirse, y el animal que dividido en sexos es el pro-
toparente de donde ha de salir todo el género. La crea­
ción, en fin, es un hecho transitorio, momentáneo, como
que fué hecha en un. instante con solo decir Dios hágase la
luz, el firmamento, etc.; pero ese hecho es al mismo tiempo
la ley que rige las especies, que determina al individuo,
que sostiene y armoniza y llevará á su término los movi­
mientos de lo insensible, la vida de los vivientes, el viaje
CRISTIANA Dli L A HISTORIA. .287

temporal del Universo. Con tan sencillas como profunda­


mente filosóficas nociones, sacudas del primer capítulo del
Génesis, queda refutado el panteísmo cuya fundamental
equivocación consiste en hacer finito á Dios, en el hecho
de trasportar al infinito, al absoluto, lo que es propio de lo
contingente, de lo finito, mediante el lazo de la creación.
Con mayor facilidad podemos bajo los principios bíblicos
refutar al racionalismo, una vez falto de base sobre la que
debe lógicamente apoyarse, es dccir, en la confusion pan­
teística.
Porque esa muchedumbre innumerable de séres está or­
denada en una escala tan extensa, que desde el átomo, que
es el límite, que tocando con la nada, es sin embargo, princi­
pio de la existencia, va subiendo en ordenada ascensión
hasta el mismo Lagos, hasta el Verbo encarnado, que re­
sumiéndola, la someto toda entera al Eterno Padre en
completa subordinación. Teología sublime que iniciada por
Moisés fué formulada por San Pablo en esta sencilla frase,
omnia vestra, vos C¡iristí; Christns antevi Dei,
Con efecto, formado el reino mineral de los átomos de
la materia ó más bien de los setenta y dos cuerpos simples
que ha descubierto la química moderna, y de los agentes
ó fuerzas que la física va reduciendo á la unidad, como nos
enseña el ya citado Padre Sechi en su libro D e la unidad
de las fuerzas física s: elevando el tipo, y con un poder
que en vano intentan remedar los laboratorios, forma Dios
el vegetal que en frase feliz de Buffones el filtro y el labo­
ratorio de la naturaleza, para hacer asimilables á la vida
orgánica sensitiva los elementos insensibles y fuerzas fata­
les del mineral. Y después de esa admirable variedad de
organizaciones á que se extiende la escala zoológica desde
el zoófito y molusco al cuadrumano, marcadas en los es­
tratos con el órden mismo con que la describe Moisés; es
formado el hombre, último sér que como cima y corona de
BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

la creación figura en la narración Genesiaca, como también


es el último que aparece en la escena geológica; puesto
que si hay algo cierto en estudios prehistóricos, la posterio­
ridad de la aparición del hombre, dice Pozzy, es una de las
verdades demostradas en g-eología. Mas la creación del
hombre ó el hombre en su creación, participando de los
caracteres comunes á los séres orgánicos y sensibles, ade­
más de ser tipo esencial y existencia concreta, especie é
individuo, un hecho y la ley que habia de regir á todo
hombre en la prolongacion de los tiempos; reviste un ca­
rácter de superioridad que le eleva sobre todos á la digni­
dad de rey de la creación. Mientras en los inferiores, Dios
sólo ha puesto la huella de su poder, dice el Angélico, en
la frente del hombre ha estampado su imágen y semejanza.
Y aquí surge la gran cuestión entre lo subjetivo y lo ob­
jetivo que desde K ant viene agitando á la filosofía y ha
precipitado al criticismo germánico en la sinia del panteís­
mo filosófico, dando un giro panteístico también á lo que
se llama filosofía de la historia. La mente humana, como
imágen del Verbo, tiene la capacidad de conocer la obra
del mismo Verbo, la creación, en cuyo espejo se refleja la
luz de los tipos en el Verbo eternamente existentes, no de
otro modo que en la luna se refleja la perenne luz del sol.
Y de la magnitud de las criaturas, dice el texto, puede
elevarse al conocimiento del Criador; y por las cosas visi­
bles, añade San Pablo, puede conocerse lo invisible de Dios
y su sempiterna virtud. E l problema de lo sujetivo y obje­
tivo, que tanto atormenta á los modernos, queda resuelto
ante el misterio de la creación. E l entendimiento por imá-
t
gen del Verbo, es como E l, capaz de conocer la verdad.
Ahora bien; la verdad objetiva, esencial é infinita en el
Verbo, se ha comunicado parcial y típicamente, de reflejo
á cada sér. Mas todo sér, por la verdad que encierra, es ob­
jeto del conocimiento de la mente, y la mente misma, por
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 2 8g

la realidad quo entraña, puede ser por reflexión objeto de


su propio conocimiento. La equivocación panteista consis­
te en aplicar á lo finito lo que es propio de Dios. Sólo Dios
es al mismo itiempo sujeto y objeto del conocimiento por-
que sólo en E l la intelección y lo inteligible se identifican
en un acto purísimo, y el ser y el conocer son una simpli-
ctsima y absoluta unidad. A l contrario sucede en el hom­
bre; el sujeto ó más bien la potencia que entiende, entendi­
miento, distínguese del objeto entendido, que es el mundo,
que es el mismo Dios. Sólo se unen mediante la luz, que
partiendo del foco del Verbo y reflejando en el espejo de
las criaturas, llega por el conducto de los criterios al ojo
del entendimiento, para producir un fenómeno que en la
luz sensible se llama visión, y en el intelectual conocimien­
to. Entre la mente de Dios y del hombre media, pues, esta
diferencia. E l entendimiento divino, dice Santo Tomás, es
la medida de la verdad de las cosas, que sólo son verdade­
ras en cuanto se conforman con él; como la creación es la
medida de la realidad de los séres que sólo la tienen en
cuanto proceden de Dios. E l entendimiento humano, al
contrario, es medido por la verdad de las cosas; y sólo es
verdadero su conocimiento, en cuanto se conforman con la
realidad de las mismas cosas. Está, pues, resuelto el tremen­
do problema del conocimiento sólo con reunir algunas
frases bíblicas.
Y ahora quédese para la fisiología el explicar la vida
orgánica y animada del cuerpo, y para la psicología la
vida intelectual y moral, ó más bien las facultades de en­
tender y de sentir, y el modo de ejercitar el libre albedrío.
Resumiendo los trabajos sólidos de ambas, nosotros sólo
decimos: el hombre iué criado á imágen de Dios. Por eso
ondea en su frente la llama de la inteligencia, y laten en
su pecho las pulsaciones de libre voluntad. L a enciclopedia
que hacia del hombre primitivo un estúpido; el transfor­
10
2 90 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

mismo de Darwin, que le hace descender de un mono; y


aun el mismo Platón, que robaba al esclavo la mitad de la
mente, son impotentes para borrar la imágen estampada
por el pincel de la creación. E l materialismo atomista de
Leucipo, sensualista de Condillac, ó positivista de íittré,
así como el fatalismo filosófico de los estoicos, religioso
musulmán, y herético protestante ó jansenista, quedan re­
futados con sola esta frase del Salmista, le disminuiste un
poco bajo el nivel del JÍn g cl, le coronaste de gloria y honor
y le has constituido sobre la obra de tus manos, como rey
de la creación. Con sólo recordar, en fin, que según el sa­
grado texto Dios ha puesto el destino del hombre en ma­
nos de su consejo, desvanécese la confusion lastimosa de
ideas, en que pretende envolver al libre albedrío esa cien­
cia, que iniciada en lo que puede tener de verdad por nues­
tro Huarte en su célebre Exám en de los ingenios, y desen­
vuelta después por Grall con marcadas tendencias á un
determinismo organológico, últimamente y con el criterio
materialista que presidia á todos sus escritos y discursos,
ha sido aplicada por el Dr. Mata á la M edicina legal para
excusar los grandes crímenes con grave injuria de la moral,
y menoscabo de los más altos intereses sociales. Está visto;
sólo la Biblia, conocedora del origen divino y destino so­
brenatural, ha sido también la salvaguardia y defensora
nata, digámoslo así de la dignidad humana, en todos tiem­
pos rudamente ultrajada por el error; mas por lo mismo sólo
la Biblia tiene mano bastante robusta para sostener ideal­
mente el plan, y conducir prácticamente el hilo no inter­
rumpido de los sucesos humanos por entre la trama com­
plicada de los siglos. A sí como no se concibe la historia
sin el Ubre albedrío, condicion precisa del drama, y sin un
ulterior destino, suprema aspiración del actor que ha de
ejecutarle; así, por el contrario, una vez suprimidos esos tér­
minos por la mano grosera del materialismo ó del fatalismo,
C R IS T IA N A JJK L A H IS T O R IA . 2 gi

aunque ambos errores so disfracen con el ropaje deslum­


brador de la frenología, es lógica consecuencia desterrar
del mundo de las ideas toda ley, todo plan preconcebido; ó
más bien, reduciendo el mundo de la realidad á fenómenos
puramente fisiológicos, habría que borrar de una sola plu­
mada la región toda de la responsabilidad moral; ó lo que
es lo mismo el mapa entero de la historia. L a torpeza filo­
sófica del error consiste en desconocer lo inmenso de su
propia trascendencia. Prosigamos.
E l hombre, aunque múltiple en sus individuos, es uno
en la especie, en cuanto en el hombre primero se encerra­
ba el germen de todo el linaje, así como el linaje entero
en la inmensa variedad de sus ramificaciones desciende de
un tronco por la vía y ley de la reproducción. Adán, como
á su compañera E va al despertar del misterioso sueño,
puede decir con propiedad á todo el género humano eres
carne de m i carne y hueso de mis huesos, y toda la sangre
que corre por tus venas ha partido del vaso de mi corazon.
E l hombre de creación resuelve, por tanto, la unidad de la
especie sin menoscabo de la concreta personalidad de
cada individuo. L a vida es una, fisiológicamente, en cuanto
toda ella arranca de un centro, y se propaga por la no in­
terrumpida cadena de causas y efectos, por una série de
generaciones desde Adán hasta el fin del mundo. Mas por
lo mismo es una también la vida religiosa, intelectual, mo­
ral, social é histórica, en cuanto Adán, como el padre, es
el maestro del género humano, que por otra generación
más alta, la enseñanza, y otro instrumento más noble, el
lenguaje, comunicó á su descendencia las nociones que
recibiera del Criador, y el conocimiento de los destinos
humanos, y del plan general de la historia. La religión y el
lenguaje con toda la enciclopedia de conocimientos que
encierra; la sociedad y la civilización en su base y funda­
mentales nociones, son originales en la unidad, ó unos en
2 92 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F IA

el origen, y por tanto universales en la ley, aunque tra s­


m itido de un m odo análogo á la vida física por la cadena
de la tradición oral de la enseñanza, sim bólica del sacrificio,
y práctica de las instituciones todas de la vida social. L a
creación, pues, en todos los órdenes es un hecho ley, un
singular universal, una idea y una realidad, sin caer en la
sima, antes bien como el único p reservativo del panteísmo.
E s verdad que la historia nos m uestra á esa unidad
prim itiva, ó 4 esa vida, una en el origen, fraccionada des­
pués en mil m ovim ientos divergentes, fisiológicam ente de
razas, filológicam ente de lenguas, religiosam ente de aber­
raciones, socialm ente de culturas distintas. P ero si no h e ­
mos de caer en el absurdo de rom per el drama, negando
su unidad, al rasgar la unidad de la vida; diremos que toda
esa variedad de aspectos, en que aparece el fenómeno his­
tórico, no son más que deviaciones sucesivas, voluntarias
las más, fatales y clim atológicas las otras, del tipo cons­
tante de la unidad. L as religiones no son más que te rg i­
versaciones hum anas de la religión divina y original: las
lenguas no son más que rotura b rusca del prim itivo len­
guaje: las razas no son más que una deviación del tipo, li­
g e ra en el m om ento de la violenta separación, confirm ada
después por el sello del clim a y del tiempo. Y de estas a l­
teraciones, fue consecuencia natural la diferencia en g ra ­
dos de la cultura, y lo más ó ménos vicioso de las civiliza­
ciones que se form aron en la edad de la división. P ero este
asunto requiere ulteriores explicaciones y un capítulo
aparte.
CAPÍTULO X V I I .

LA BIB L IA , C R ITE R IO SU PER IO R DE LA C IE N C IA

Y DE LA H ISTO R IA .

(Continuación,)

A B iblia es la solucion de todas las dificultades


científicas, históricas y sociales. A s í como por ella
hem os podido asignar á la unidad una causa, un
tronco, una explicación; así sólo en sus páginas es donde
únicam ente se encuentra la ley, una causa honda y cons­
tante de las perturbaciones que explican la división. P ero
aquí es m enester introducir otro elemento, un orden, que
alterado por el libre albedrío, fue restaurado por la reden­
ción, y que com o cima y cúspide de la creación, es con
ella la altísim a solucion de todo el problema.
Con efecto. Q ue nuestro globo, ó más bien, el humano
linaje, está atravesando un estado morboso, en que todas
las potencias han salido de su centro; en que la in teligen ­
cia está fuera del centro de la verdad religioso-m oral, la
594 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

voluntad fuera de la justicia religioso-social, el corazon


fuera del amor puro y casto del bien, y el hombre entero
extraviado del camino de su destino inmortal, moralmente
por la culpa y aun en la naturaleza misma por la rotura
de la personalidad causada por la horrible descomposición
de la muerte, es un hecho histórico universal, que por más
que le oscurezcan los racionalistas, tanto como los protes­
tantes le exageran, siempre se levantarán para proclamar­
le los anales de las abominaciones gentílicas, la historia
filosófica de las aberraciones de la razón, y las llagas as­
querosas de las civilizaciones antiguas.
Si los racionalistas rechazan el original pecado como
un dogma, tienen que admitirle al ménos como una tradi­
ción universal; al ménos en sus efectos como un hecho, que
llena las páginas de la historia, y del cual no puede pres­
cindir su filosofía. Tan arraigada está la convicción del hu­
mano linaje en ese desorden original, y tan vivo se ha gra­
bado en su memoria el recuerdo de la terrible catástrofe
que todos los pueblos, bajo una forma ú otra, se le atribu­
yen á una mujer y á una serpiente. Los egipcios la llaman
Tifón; los chinos Kug-kug, artífice del mal; los persas
A Aman; los indios K ali, y en la fábula de Prometeo
Schidna, en ambos casos mitad mujer y mitad serpiente,
como el hijo de Loke escandinavo y la -mujer serpiente de
los mejicanos. Y lo más singular del caso es que paralelo
á este recuerdo flota en la corriente de las tradiciones la
esperanza de un futuro libertador, que los egipcios llaman
Oro; los persas M ithras (en ambos casos mediador) los in­
dios VicJi-nou, avatara (encarnación), los chinos Km ntse,
(pastor, príncipe, santo); los druidas hijo de la Virgen, á la
Virgen que ha de p a rir; en la fábula de Prometeo Epapho
{tocar ligeramente, porque el contacto de un Dios á una
mujer bastará) y en la E gloga de Virgilio progenie que ba­
ja r á del cielo, y por medio de una Virgen ja m rediif eí
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA , 295

virgo. Los racionalistas se burlan de estas tradiciones. Esto


prueba que no han pensado nunca en la importancia de la
cuestión del bien y del mal, que eminentemente teológica
y moral en verdad, pero asimismo histórica y social, inte­
resa grandemente á la ciencia, y de ella no puede prescin­
dir el legislador, el estadista, el historiador. Para resolver­
la, al politeísmo sólo se le ocurrió el absurdo sistema de
los dos principios envuelto en todas las teogonias, y seña­
ladamente definido en la persa; como á la herejía, y al li­
bre pensamiento no les cabe en este punto otra gloria que
la de haberle torpe é indoctamente reproducido, desde el
maniqueismo del tercer siglo, pasando por el albigense y
protestante, hasta el que Donoso Cortés llama con propie­
dad maniqueismo proudhoniano. Sólo la Biblia da á esta
como á todas las cuestiones trascendentales una solucion
perentoria. De ella sacó Santo Tomás sus profundos artícu­
los acerca de la cuestión del mal. E l mal no es sustancia
creada por Dios; es sólo un trastorno del órden, producido
por la deficiente libertad del hombre. Para volverle al ór­
den de la justicia alterado voluntariamente por la culpa, es
preciso una restauración que, como bien supremo de la
criatura racional, sólo puede venir de Dios. E l hombre, au­
tor de la culpa; Dios, autor de la redención, haciéndose
hombre para redimir al hombre; hé aquí la suma de la B i­
blia y de la historia.
Pero el órden de la redención no destruye el de la crea­
ción, guarda sus leyes; ni la vida, sino que la restaura; ni el
plan de la historia, sino que le lleva á su término y com­
plemento. E l órden sobrenatural es genérico porque se
funda para toda la especie, pero al mismo tiempo singular
porque se concreta en el individuo. E l órden sobrenatural se
propaga como la vida, del tronco al árbol, del centro á la
circunferencia; mas por los medios proporcionados á su al­
teza, aunque según la ley general de la propagacicn. En
2g6 BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

Adán, como el hombre primero, aunque distintos, estaban


unidos el órden de las potencias esenciales al hombre, y el
órden de la, gracia y de la fé que le elevaban al eterno y
sobrenatural destino de la bienaventuranza. Si hubiera per­
manecido fiel, ese doble dón natural de las potencias, y
gratuito de la original justicia, se hubieran comunicado si­
multáneamente á su descendencia para que cada individuo
fuera singularmente responsable de su destino, de su pér­
dida ó conservación. Caída del feliz estado de la inocencia
la especie que Adán representaba, el órden sobrenatural
cambia no de esencia ni de ley, sino de modo de acción y de
trasmisión. Antes era estado de inocencia, de original justi­
cia; ahora es de reparación de una voluntad viciada, ó sea de
justificación del pecador. Antes por ser dón de la liberali­
dad del Criador, hubiera sido patrimonio de todo el linaje;
ahora como efecto de la misericordia, aunque medio para
todos preparado y á todos ofrecido, sólo aprovecha al que
siente la dolencia, al que se quiere curar. Antes era íntegro
y simultáneo; ahora pasa por el periodo de promesa, de
preparación, de realidad sustancial, de aplicación histórica
y sucesiva, para venir á parar en la universal de la resur­
rección. De este modo, el estado inicial de la inocencia, el
preparatorio y típico de la promesa, se une por el sustan­
cial de la cruz con el final de la bienaventuranza. Y todo
parte de un centro, de un individuo, el Verbo encarnado,
foco de luz, fuente de la gracia, centro de la vida sobrena­
tural; como antes la vida partió de otro individuo, Adán, y
el desorden, de otro sustancial, el original pecado. Y con
esto quedan refutados el panteismo, el racionalismo y el
protestantismo á la vez. La redención salva en sublime ar­
monía todas sus contradicciones é incoherencias.
Algunos racionalistas admiten una revelación natural y
común á todas las inteligencias. Rouseau preguntaba: ¿por
qué Dios no se me ha revelado cí m í? Pero el sofista de
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA .

Ginebra no sabe lo que dice. Con la misma razón podía


preguntar, ¿y por qué no soy yo el hombre primero? ¿Por
qué no todos los hombres son génios? ¿por qué no son ci­
vilizadas todas las naciones? E l sofista ignora, sin duda, que
la vida se trasmite del tronco á las ramas, que la distinción
y la variedad es en todos órdenes ley fundamental de lo
finito. Y Dios la ha guardado en el repartimiento de sus
dones, dice sabiamente Santo Tomás, para que de la va­
riedad en la unidad resulte el órden y la armonía, que ad­
miramos en el Universo. Del mismo defecto de ignorancia,
adolecen los sistemas racionalistas al convertir á la razón
en una revelación natural. Los racionalistas si son lógicos
reproduciendo el absurdo del intelecto único de Averroes
tienen que caer precipitados en el panteísmo idealista de
Fichte, en la intuición inmanente de Krause, ó en la idea
omnipresente de Hegel, absurdos todos que por confun­
dirlas, destruyen al mismo tiempo la razón y la revelación.
No hay razón sin las ideas de distinción, multiplicidad, re­
lación, variedad, armonía, sin las ideas de finito é infinito
que en todo conocimiento van envueltas, que son, por tanto,
fundamentales á la razón. Y no hay revelación, allí donde
el primer conocimiento es ya la intuición de lo infinito, ó
más bien una partícula de la inteligencia universal. E l pan­
teísmo, por confundirlo todo, embrolla hasta la nocion mis­
ma del conocer.
L a equivocación del panteísmo consiste en atribuir á la
pobre razón humana lo que es propio del entendimiento
de Dios, como la racionalista en trasladar al curso de la
vida lo que es propio del principio y del fin. Razón y re­
velación aunque de distinto órden, natural la una y sobre­
natural la otra, uniéronse con efecto en Adán, en el acto
de la creación, con unidad potencial, y se volverán á unir
en. la resurrección, en la visión beatífica, con unidad com­
pletamente actuada, para producir en el primer caso un
B O SQ U EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

solo conocimiento, y en el segundo una sola visión. Pero


en el intermedio, en el curso de la vida, los dos órdenes, el
de la razón y el de la fé, bajan por distintos conductos, para
unirse dialécticamente en San Agustín y en Santo Tomás;
y realmente en todo bienaventurado que vea á Dios
como es en sí, dice San Juan, sícuti cst. En Adán el en­
tendimiento fué actuado simultáneamente, siendo el Maes­
tro Dios que con el lenguaje formado le dió el conocimien­
to de la naturaleza junto con el de la fé. Pero sus descen­
dientes, así como nacen niños en el cuerpo y sus faculta­
des se van desarrollando por los medios que explica la
psicología, ó como ahora la llaman, la ideología; así también
sólo pueden recibir la fé y la verdad de la religión por
la enseñanza, por la tradición oral de la palabra, simbólica
y típica del sacrificio; elementos, especulativo uno, prác­
tico el otro, y ambos necesarios en la vida religiosa, en la
vida sobrenatural. Sin el dogma, el símbolo seria una cosa
muerta, sin sentido ni explicación; sin el símbolo, el dogma
seria fugaz y expuesto á desvanecerse en el olvido ó en la
tergiversación. Unidos por Dios en estrecho lazo encierran
ambos los únicos artículos fundamentales dé la religión,
es decir, la existencia de Dios y su providencia en frase de
San Pablo, necesarios para acercarse á Dios, acceden te ni
ad Dcum oportet crcdcrc qm'a cst et.... remuncrator sit, y
los tres hechos de la inocencia, de la caida y del futuro li­
bertador; y esos artículos y su resúmen práctico en el sacri­
ficio, constituyen la esencia de la religión revelada. En este
sentido la revelación primitiva es universal para todo el
género humano. Ni Rouseau tiene razón para pedir cuen­
tas á Dios, ni pueblo alguno motivo para quejarse de su
providencia. Esos cinco artículos de la revelación primitiva
y ese rito práctico de la religión original, trasmitidos han
sido á todos los pueblos de la tierra: si los primeros flotan
como hemos visto en sus tradiciones, el ritual del según-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 299

do practicado ha sido en sus templos y congregaciones re­


ligiosas. Si la razón extraviada ha ido oscureciendo el dog­
ma hasta convertirle en el absurdo del politeísmo: si el
corazon corrompido ha desfigurado el rito hasta conver­
tirle en las hecatombes ó en las iniciaciones mistagógicas,
ó en los misterios eleusinos, no es culpa de la religión que
es santa, ni de la revelación que es verdadera, ni de la
sabia providencia que permite el mal para sacar de él un
bien mayor, dice. San Agustín. E s sólo culpa del hombre,
que como fué infiel al primer designio de la creación, así
se resiste también al segundo de la reparación misericor­
diosa.
Mas á despecho de la tenaz rebelión del hombre escrita
en la historia con caracteres de indeleble rubor, el benéfi­
co designio de la Providencia no se ha frustrado, ni el ra­
cionalista más exigente y atrevido osará enmendar el plan
superior de la redención. La revelación, una y universal en
su origen, no podía, no debía ser universal en su continua­
da renovación sopeña de ahogar el libre movimiento de la
actividad humana. En la revelación primitiva, universaliza-
da por la tradición, todos los pueblos tenían luz bastante
para llenar su destino temporal, civilización y aun con la
creencia pura de su verdad el eterno de la bienaventuran­
za. Pero supuesto el extravío libre y los yerros y abomi­
naciones del género humano, unlversalizar la continuación,
hubiera implicado un absurdo en que no han pensado nun­
ca los racionalistas; hubiera sido impedir la redención, el
cristianismo, que es la revelación completa, en su plenitud.
Cuín venüplenitudo temporís, dice San Pablo. Spiritus do-
cebit vos omnem veritatem, dice el mismo Cristo.
La Providencia, pues, queda justificada al permitir que
las naciones marchen cada una por su errada senda ingre-
d i vías sitas, dice el mismo San Pablo; pero muestra su pa­
ternal bondad al escoger un individuo, Abrahan, una fami­
3oo B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

lia, Isaac, una tribu, los hijos de Jacob, una nación, la he­
brea del desierto, antes de plantear la Iglesia católica que
ha de abarcar al género humano, cuando no haya más que
un redil y un pastor, umem ovilc ct imus pastor. En ese pro­
ceso admirable cúmplese la ley de la vida, que no interrum­
pe, sino que sublima el orden sobrenatural. A sí como la
material se propaga por una cadena de causas y efectos,
por generación; así como la intelectual se trasmite por la
enseñanza,, esto mismo sucede aunque por medios superio­
res con la sobrenatural. La Santa Escritura nos ha revela­
do esta ley al llamar al bautismo sacramento de fé y rege­
neración. L a fé y la gracia son un segundo renacimiento,
n is i quis renatus fu e rit, sacramcntum regenera tionis. Y
en. esta genealogía divina y sobrenatural, en esta renova­
ción ó desenvolvimiento de la revelación primitiva, guár­
dase puntualmente esta ley. De Abrahan en que principia,
baja creciendo hasta Cristo, en que se hace varón perfecto,
virum perjectum , dice San Pablo, primero en sí mismo, por
ser el hombre sumo, el IIombre-Dios, y luego en su cuerpo
místico, que es la Iglesia cuando llegue á la edad madura
de la extensión por todo el globo in meusuram cetatis ple-
nitudinis Christi. Y aquí es donde más resalta la sabia eco­
nomía de la encarnación y la diferencia entre el órden do
la creación y de la redención.
De Adán desciende la vida fisiológica que termina en
la muerte, y la religioso-social que en el mundo antiguo
degeneró en politeísmo y viciadas civilizaciones. De Cris­
to arranca otra vida superior, que elevando al entendi­
miento por la fé y por la gracia al corazon, santifica al
hombre en el tiempo para darle en la eternidad la vida de
la resurrección: vida que infiltrando además en las naciones
el espíritu de verdad y justicia que á las antiguas faltaba
y sanando las llagas de las antiguas civilizaciones, produce
la única, perpetua y universal, que con y por medio de la
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 301

Iglesia llegará al desenlace y fin de la historia. Adán, por


tanto, es el tronco del árbol genealógico que viciado en su
raíz da frutos de error, de disolución y de muerte. Cristo
es el centro de la savia vivífica y reparadora, que rejuve­
neciéndole en el tiempo, le ha de trasplantar para que flo­
rezca eternamente en el vergel de la bienaventuranza. Y
así como se distinguen en la naturaleza, medios y efectos
de su acción universal, así también ambos hombres proto-
lógicos tenían que seguir un órden cronológico diferente.
Adán es el hombre del principio, porque sólo en calidad
de primero es tronco, es decir, padre é institutor del géne­
ro humano. Cristo por ser el Hombre-Dios, y por tanto in­
dependiente del tiempo, y de toda otra condicion, su gran­
deza, aparece, y debía aparecer en el medio, para que pre­
parado por el mundo antiguo, le tomara en sus hombros
tal como le habia hecho no sólo el pecado de origen, sino los
desórdenes de cuarenta siglos, y reformándole todo entero»
le llevara hasta el desenlace en el tiempo, y á la repara­
ción íntegra, hasta de la muerte misma, en el término de
la resurrección. Los racionalistas no sólo no admiten, pero
ni han pensado siquiera en las armonías sublimes que me­
dian entre los dos misterios del pecado y de la redención:
en cambio no han atinado, ni alcanzarán nunca á entrever,
y mucho ménos á formular las verdaderas leyes de la his­
toria. Por lo mismo, esta es ocasion oportuna para decir
algo de las unas, á fin de que en su tiempo sirvan de apo­
yo á las otras, aunque por estar fuera de nuestra jurisdic­
ción y propósito las teológicas, que pueden verse expues­
tas con llena elocuencia por San León en sus Sermones, y
con toda precisión científica formulada por Santo Tomás
en la cuestión i.a de la 3 parte de la Suma, hayamos de
considerarlas tan sólo bajo un aspecto puramente his­
tórico.
Y con efecto, la redención se verifica no en; el princi-
302 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

pío, sino en el medio, como dice el profeta Habacuc in me­


dio annorum, porque hecha inmediatamente después de la
culpa, ni la actividad natural, que quedó al hombre des­
pués del pecado, se hubiera desenvuelto en todas sus fases
por medio de las antiguas culturas, ni el desorden y tras­
torno producido en la humanidad por la culpa hubieran
descubierto todo lo hondo de las llagas que revelaron,
religiosamente el politeísmo, y socialmente las viciadas ci­
vilizaciones paganas. L a redención viene después de am­
bos fenómenos históricos, para abarcar de una vez todas
las esferas, la intelectual, la moral, la religiosa y la social,
reparando al mismo tiempo todos los desórdenes causados
por la culpa, original de la especie é histórica de los siglos.
Por otra parte, Dios habia provisto á las necesidades del
hombre, por medio de la revelación primitiva, y en espe­
cial por la promesa del futuro Libertador, que trasmitida
tradicionalmente de Adán á Noé, fué por éste comunica­
da á toda la descendencia, y de ella llevaron un recuer­
do más ó ménos vivo todos los pueblos de la dispersión.
SÍ en vez de seguir sus inspiraciones la oscurecen con el
error y la manchan con abominaciones, no es culpa de la
revelación que es verdadera, ni de la religión que es san­
ta, y ambas en su intención generales al linaje, y ambas
acomodadas al estado del hombre caido, y las dos propias
de la condicion de los tiempos, y suficientes para que el
hombre y las naciones llenaran sus respectivos destinos,
Dios que no abunda en lo supérfluo como no falta en lo
necesario, no debía repetir el gratuito dón sino en su tiem­
po y sazón, cuando entibiada al través de los siglos y
próxima á extinguirse la luz recibida, el mundo sintiera lo
horrible de la oscuridad voluntaria en que él mismo se ha­
bia sumergido, ó como dice el cántico de Zacarías, padre
del Bautista, para que el sol de justicia, naciendo de lo alto
alumbrara á los pueblos que estaban sentados en las som­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 303

bras de la muerte. Orinas ex alto....in timbra mortis. A de­


más de que una degradación lenta y sucesiva al través de
los siglos requería también una larga y ordenada prepa­
ración. 1 )ios nunca viene antes ni después; siempre llega
oportunamente. Mientras la tradición se conserva más ó
ménos pura, y en algunos pueblos antiguos sucedió así,
como veremos en su lugar, no habia para qué rectificar ni
renovarla. Sólo cuando principia á introducirse la idolatría
en el mundo, es cuando según lo notó ya San Jerónimo,
Dios escoge á Abrahan para que sea misionero de la uni­
dad y al pueblo de Israel para que puesto providencial­
mente en contacto con los grandes errores y abominacio­
nes, les sirva de lumbrera en su oscuridad, de despertador
en su letargo y de freno en sus extravíos; además de re­
cordarles siempre la universalidad de la reparación futura.
E l privilegio transitorio de Israel era en beneficio de to­
dos: los demás pueblos no pueden quejarse de haber sido
abandonados por la Providencia. Y de aquí surge una
cuarta y última conveniencia que justifica esa dilación de
siglos. L a redención, que por reparadora, debia esperar á
que el desorden llegara á su colmo, por su grandeza y tras­
cendental importancia, debia ser anunciada por la profe­
cía figurada en el tipo, esperada por la promesa y según el
gráfico lenguaje bíblico, con ansiada y general expecta­
ción, expcctatio gentium, desideratus cuntáis gentilus. Y
con efecto, no era digno que Dios bajara del cielo sin en­
viar delante de E l á la tierra heraldos, que anunciando y
simbolizando su venida, le prepararan un digno recibi­
miento. Y como nos dice la misma Biblia, que es donde se
han de buscar los grandes secretos de la vida, ocultos á la
razón, y mucho más á la libre-pensadora, esos heraldos del
Dios humanado son el Patriarca que le representa con lo
majestuoso de su persona, y lo heroico de sus acciones; el
sagrado vate que le canta con los ecos de arpa profética
304 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

y le bosqueja con lo vivo de sus pinceladas; el sacerdote


que le simboliza con la riqueza de ,sus vestiduras, con el
aparato de sus ceremonias y con la virtud de sus sacrifi­
cios; un pueblo entero, en fin, que depositario de la prome­
sa, órgano de la tradición y custodio de la religión primi­
tiva, al par que le da su sangre, para hacerse hombre en el
seno de una Virgen, sirve de anillo á la unidad del princi­
pio con el medio, para que elevada la del medio á Iglesia
católica, por el descubrimiento se universalice de hecho en
el fin. Y ahora se comprende el por qué sólo cuando el er­
ror, recorrido entero su ciclo de aberraciones parciales, se
reúne en monstruoso sincretismo en la escuela de Alejan­
dría; sólo cuando la liviandad de costumbres y supersti­
ciones religiosas del mundo pagano se sintetizan en la im­
pía tolerancia del Panteón romano; sólo cuando el extravío
y la abominación, en fin, se elevan á su última potencia y
tocan su colmo, es cuando suena la hora anticipadamente
marcada en el reloj de los decretos divinos. Y esto es lo
que con profundo sentido llama San Pablo la plenitud de
los tiempos, en cuanto al colmo del error religioso moral
reunido en el imperio romano, opone el cristianismo la ple­
nitud de la verdad, ó como dice el Evangelio toda verdad,
c-um venerit plcnitudo íemporis.... docehit vos omnem ve-
ritalem. En este sentido, y ampliando el pensamiento de
Bossuet de que “todos los grandes imperios que han apa­
recido sobre la tierra, concurrieron por medios diversos al
bien de la religión y á la gloria de Dios,,, bien podemos
añadir nosotros; la redención, preparada por el mundo an­
tiguo, es la reparación en todos los órdenes de la vida, sa­
cando del cieno de todo género de torpezas y aberracio­
nes á un mundo ya viejo y gastado, que sólo podían levan­
tar, restaurando y rejuveneciéndole los hombros dejigantc
del Hombre-Dios, exultavit ut gigas ad currendam víam.
Y hé aquí el punto de vista más culminante para aplas­
C R IST IA N A DK l.A H ISTO RIA . ju g

tar de un solo golpe al panteísmo, al racionalismo y al pro­


testantismo. L a redención resuelve el problema de la vida,
porque reúne todos los datos y llena todas las condiciones;
romo la creación ideal y real, sing-ular y universal, perso­
nal y genérica, hecho y ley. El Verbo se une á la naturale­
za humana, no á todo el género, no á todos los hombres, lo
que sería absurdo; sino á una naturaleza concreta y singu­
lar; lo que constituye el misterio del Verbo encarnado. La
herejía de Eutiques, al par que error teológico, es un disla­
te histórico y filosófico y no ménos absurdo que el panteís­
mo al confundir á Dios con el mundo, lo infinito y lo
finito, en monstruosa identidad de sustancia y propiedades.
E l misterio, salvando la distinción de naturalezas, la huma­
na, íntegra y perfecta, y la divina que es la perfección mis­
ma, y uniéndolas en el lazo de una personalidad, al par que
un dogma de fé, es un foco de luz para la filosofía y para
la historia. E l Hombre-Dios es, si pudiera hablarse así, lo
más personal que hay en la esfera de la existencia, la per 7
sona misma del Verbo; y al mismo tiempo lo más genérico
que hay en la creación, que es una naturaleza humana, ele­
vada á la plenitud de la perfección, y de cuyo manantial
todos recibimos, de píenitudiiic fjtts omnes accepimus, dice
San Juan. E l racionalismo, confundiendo la revelación con
la razón natural, hace de la razón una inteligencia única y
universal, destruyendo por tanto, con la universalidad de la
idea, la vida en su práctica realidad. L a encarnación, al con­
trario, es lo más ideal, como que es el Verbo, la Palabra
de Dios, hablando por su propia boca, y manifestando al
mundo toda verdad; pero al mismo tiempo es lo más real
porque es la vida misma; porque es la restauración de la
vida que destruyó el pecado; porque triunfando de la
muerte misma devolverá al género humano la vida inmor­
tal de la resurrección.
E n las escuelas de Filosofía, siempre está el Maestro
jOÓ BO SQ U EJO .UJi U N A F IL O S O F ÍA

muy por debajo de su doctrina; sólo en el Evangelio está


la historia al nivel de su modelo. Cristo es el Evangelio en
acción, como el Evangelio es la historia del Verbo encar­
nado, es Cristo enseñándole y practicándole á la vez, ctrpit
facere etdocere. Pero Cristo y el Evangelio son el camino,
la verdad y la vida, la luz que ilumina á todo hombre, como
acredita la historia, no la razón universal que se enseña á sí
propia, como absurdamente pretenden los racionalistas.
Esto consiste en que la reparación es una segunda crea­
ción, pero más alta, más costosa y más excelente que la
primera. En la persona es el mismo Verbo por quien fue­
ron hechas todas las cosas, om niaper ipsmn f>acta. E n la na­
turaleza es creación porque fué formada sin concurso de
varón, virtus Altissim iobum brabit tibi. Cierto que para ser
naturaleza humana toma la sangre de Adán, y para ser
hombre verdadero se somete á la ley de la vida, naciendo
de mujer. De otro modo, no siendo hombre no hubiera re­
dimido al hombre, dice San Agustín; pero si pertenece á la
especie por la sustancia que toma, y por leyes esenciales de
la vida que cumple; por ser nuevo el modo de tomar la na­
turaleza constituye una especie nueva, ó más bien renovada
por lo mismo que es de creación. En virtud de ese carácter,
como Adán, Cristo, y sólo los dos son á la vez padres y
maestros del género humano, aunque de muy distinto modo.
E l magisterio de A.dán se limita á trasmitir el lenguaje,
que recibido de Dios y original en él, era en los demás un
instrumento general de enseñanza, que podían alterar y de
hecho alteraron los siglos. E l de Cristo que venía á corre­
gir todos los errores, torpezas, injusticias y abominaciones
de esos mismos siglos, aunque dentro del lenguaje origina­
rio del principio, elévase, sin embargo, en su boca divina á
enseñanza de toda verdad, docebit vos omnem veritatem,
trasmitida á su vez por el órgano vivo, perpétuo é incor­
ruptible do su Santa Iglesia. En este punto la teología sir­
C R IS T IA N A D K L A H IS T O R IA . jo y

ve de antorcha á la historia, al revelarnos que desde el pri­


m er instante de su concepción está y a llenó de la sabidu­
ría y santidad, de que había de dar g loriosa m uestra en el
mundo, vtdimus gloriam ejus..... plenum gratice r,t vertía-
tis; que nace y a enseñando desde la cátedra del pesebre
virtudes desconocidas, y que toda su vida, lo mismo la ocul­
ta de treinta años, que la pública de su predicación, es para
todos los hom bres y para todos los siglos una enseñanza
y un ejem plo. P o r lo mismo como A d á n es padre, pero de
una generación nueva, de una vida sin cuyo aliento la co ­
m unicada por el protoparente vendría á resolverse en m uer­
te tem poral del cuerpo, y eterna de la condenación; padre,
por tanto, de la única verdadera vida, que com unicando en
el tiempo al individuo la gracia, y la civilización á las na­
ciones, será eternam ente bienaventurada en la resurrec­
ción. S ólo que el engendram iento de esta vida divina se
hace por la vía costosa del sacrificio, ó más bien por una
serie de sacrificios que com enzando en la hum illación del
V erb o al tom ar la form a de siervo, humütavtí scmctipsmn
se cierran y consum an en la m uerte ignom iniosa de la cruz,
mortem autem crncis. Sacrificio tanto más costoso, cuanto
que el que es sol de justicia se en vuelve treinta años en la
oscuridad de la vida privada; y el que es dueño de la natu­
raleza y Señor del infierno, ayu na cuarenta días y es a l fin
tentado por L u zb el en el desierto; y el que es la verdad y
el camino recorre todos sus senderos disipando el error y
condenando las pasiones del mundo; y el que es la vida
misma, luch a tres horas con la m uerte, á fin de asegu rar al
mundo la vida tem poral de la civilización cristiana en el
trascurso de los siglos, y la vida eterna de la b ien aven tu ­
ranza en la resurrección.
CAPÍTULO XVIII.

L A B IB L IA Ú N IC A SOLU CION D E L E N IG M A D E L A V ID A .

(Conclusión.)

L cristianismo, más bien que' una escuela, es una

[f institución, la gran institución de la historia que


||||{ 1||^ | es la R e lig ió n verdadera. Y aquí resalta uno de
sus más relevan tes caracteres que racionalistas y protes­
tantes afectan desconocer, porque recelan que sea su
com pleta condenación. D ios Criador lia provisto á la vida
fisiológica en la naturaleza, y á la social en el régim en y o r ­
ganización de la sociedad, de los medios necesarios y p ro­
porcionados á su desarrollo y perfección. No menos p ró vi­
do D ios R ed en to r había de sum inistrar á la vida individual
del cristiano auxilios precisos, y á la social de la Iglesia
instituciones acom odadas, adquiridos am bos á costa de la
san gre preciosa que derramó en la cruz. Y con efecto, de
ese m anantial in ago tab le de m éritos y de virtud brotaron
espontáneos los sacram entos, que conductos perennes de
310 B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

gracia son los instrumentos establecidos en el órden de la


redención para comunicar, sostener y llevará debido térmi­
no la vida, que iniciada en el tiempo, se ha de coronar eterna­
mente con el triunfo de la resurrección. Según el lenguaje
bíblico, elevado por Santo Tomás á una sencillamente su­
blime teoría, el cristiano se engendra y nace en las aguas
del bautismo; se robustece, y fortifica con el crisma de la
confirmación; se alimenta cotidianamente con el pan euca-
rístico; sana de sus dolencias en la piscina y se levanta de
sus caidas, apoyado en la mano de la reconciliación; y con
el óleo de la unción extrema, en fin, vence como Jesús á la
muerte misma para participar después de su gloriosa re­
surrección. Mas como es claro, no bastarían estos cinco y
necesarios sacramentos, referentes todos á lo que podemos
llamar vida individual, si no se completara la sabia econo­
mía con otros dos voluntarios en cada individuo, si, pero
precisos é indispensables, en cuanto ese órden divino revis­
te un carácter social. Por medio del sacramento del matri­
monio el hombre nace no ya sólo en el seno de la familia
como sucede siempre, sino dentro del purísimo ambiente
de una familia cristiana, para que regenerado en las salu­
dables aguas, respire el aliento de virtud en que la cristia­
na se distingue de la familia más ó ménos extraviada de la
pagana antigüedad. Y este es uno de los puntos más lumi­
nosos desde donde se descubren las sublimes armonías que
ligan al Paraíso con el Evangelio, al primero con el segun­
do Adán, ó más bien al Verbo de la creación y al Verbo
humanado y redentor. A l formar Dios á E v a de la costilla
de Adán, instituye de una vez para todos los siglos el gran
medio social de la honesta propagación de la especie, la
gran institución del matrimonio, no sólo uniendo en lazo
sagrado á los cónyuges, sino y muy principalmente revis­
tiendo y fortificándole con dos propiedades que arrancan de
la esencia y constituyen su perfección, es decir, la unidad y
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

la indisolubilidad. Los pueblos antiguos olvidados, ó más


bien tergiversando esta como h\s demás tradiciones primi­
tivas, rómponle sacrilegamente en esas dos viciosas relaja­
ciones que se llamaron repudio y poligamia, y cuyos de­
sastrosos efectos ha pintado con negros colores el erudito
üaume en su Historia de la sociedad doméstica. Por lo mis­
mo Dios Redentor, que venia á restaurar todos los desórde­
nes introducidos por los siglos, no podia descuidar la rec­
tificación de este medio importantísimo de honestidad; mu­
cho más cuando en doctrina de San Pablo la unión conyu­
gal de los protoparcntcs significaba la de Cristo con la
Iglesia, formada á su vez del costado de Cristo muerto en
la cruz, Sacramcntum magnum... ego dico in Christo et
in Ecclcsia. Para ello no sólo devuelvo la institución al
estado en que fué constituida en el Paraíso, ab initio non
f u i t sic, sino que para obviar á la debilidad de la viciada
naturaleza, añade la gracia del sacramento, con cuyo po­
deroso auxilio ya pueden los esposos sobrellevar las res­
tauradas condiciones de unidad é indisolubilidad. De aquí, el
alto puesto que en la familia cristiana ocupa la mujer, cuya
aureola tres siglos antes de Ráulica y de Catalina descri­
bía ya el autor de L a perfecta casada. Para concluir este
punto sólo haremos notar aquí la profunda ignorancia que
de la redención revelan los protestantes al negar el sacra­
mento, y de la filosofía los Gobiernos de Europa al querer
reemplazarle con lo que llaman matrimonio civil.
Prosigamos admirando la economía de la redención, y
los medios adecuados que el Hombre-Dios ha establecido
para conservar la vida sobrenatural. Como el bautismo para
engendrar al individuo, y el matrimonio para que nazca en
el seno de la familia cristiana, así también, y por último^
hay otro sacramento para que de la Iglesia- gerárquicamen-
te organizada resulte una perfecta sociedad. Y ese sacra­
mento es la ordenación, que al mismo tiempo que patemi-
BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

dad que engendra y magisterio que enseña, es la autoridad


que rige y el centro que traba los miembros en sociedad, Y
ese sacramento príncipe, por estar unido con el sacrificio,
cifra, resumen y centro de la religión, desciende en línea
recta y no interrumpida de Cristo á León X III, y por el
Papa á la gerarquía, á los Obispos, á los sacerdotes, á los
ministros. Cristo nombra, después de orar en el monte, á
los Apóstoles constituyendo por cabeza á Pedro, para que
sea piedra angular del edificio, maestro que confirme á sus
hermanos en la fé, pastor de ovejas y corderos, de pastores
y de fieles. Y en la última cena, en la institución misma del
sacrificio, los hace sacerdotes; y después de la resurrección,
les otorga la facultad de perdonar los pecados; y al despe­
dirse de ellos, les da toda su potestad, el encargo de ense­
ñar á todas las gentes, y la promesa de asistirles hasta la
consumación del siglo. Y los apóstoles nombran y ordenan
á sus sucesores los Obispos, y éstos á sus cooperadores los
sacerdotes y á los ministros de ambos los diáconos y demás
grados inferiores. Por donde se ve con claridad que la vida
sobrenatural constituye un órden perfecto, con todos los
medios proporcionados para transmitir, sostener y perfec­
cionarlo; que sigue, aunque en superior esfera, las leyes de
la vida, procediendo del tronco á las ramas, del centro á la
circunferencia, del manantial á todo el campo de la reden­
ción. Y esto se verifica no sólo por la institución perma­
nente de los sacramentos, sino porque estos se confieren
mediante uno que es como la causa instrumental y la raíz
de todos: la ordenación, así como la ordenación á su vez
sube en línea recta hasta Cristo. Constituyendo por su mis­
ma palabra y en el acto mismo de consagrar el pan á los
sacerdotes, por nombramiento nominal y otorgamiento de
todas sus facultades á los apóstoles, y por designación ex­
presa y personal á Pedro como Vicario suyo, centro y ca­
beza de la Iglesia, el Redentor establece además el medio
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 3 13

de transmisión de esas facultades en el sacramento de la or­


denación, y principalmente en la sucesión no interrumpida
de su Vicario, del sucesor de Pedro, el Papa, de donde,
como dice San Cipriano, arranca la unidad sacerdotal. Con
tan sabia economía y previsión no sólo queda establecido
el órden sobrenatural, sino y muy principalmente asegura­
dos los medios de perpetuarle.
De este modo en la redención todo es permanente,
c o m o son las-obras de Dios, como es la creación en que
L od o se hace d e una vez para siempre. Lo que fue transito­
rio como hecho en la historia del Evangelio, es perenne
cu la Iglesia, y para la humanidad redimida es una ley cons­
tante. De Cristo, que es el centro y la fuente, baja por los
medios establecidos la vida á todos los individuos, á todas
las naciones, hasta el último justo que en la tierra habite.
Como obra de Dios que es, es decir, del Hombre-Dios, la
redención es una ley y un hecho al mismo tiempo. Así,
Cristo cuando se bautiza, instituye el sacramento; cuando
consagra el sacerdocio (i), cuando escoge á los Apóstoles

(1) La. sublime armonía entre Ja obra del V erbo Eterno, por quien (lié he­
cho el inundo de la naturaleza, y el mismo Verbo encarnado, autor del mundo
de la redención, ya fué notada por San Am brosio en el capitulo I V del libro I V
de los Sacramentos,- de donde en muestra entresacamos estas palabras; Conse­
crado quibiis verbis cst..... ¿D om ini Jesu .... crgo sermo C hristi hoc conficit
sacramettlitnt. Qitt's seruto C hristi■ Nempe is, quo Ja c ta sunt omnia. Ju s sit
DominiíS , el fa c tw n est ceelum..... vides quam operatorius s'it sermo Christi.
Según este altísimo crilt-rla del insigne Arzobispo de Milán, la creación y la re­
dención, aunque de distinto modo, por pertenecer á órdenes distintos son, sin
embargo, obras del misino Verbo, como hecho transitorias, permanentes como
le}-, y formando ambas un solo plan. N o es extraño, pues, que asi como la crea­
ción dejó estampa-du su imagen en el cuadro del Universo, así también la reden­
ción se refleit- en el espejo l¡el de la historia, siendo ambas un himno constan­
te ¡d V erbo artífice, y un precedente al reino de la resurrección, donde el V e r­
bo rematado, hoy oculto con el velo del sacramento, se manifestará de lleno
como .etemamente glorificados
3 14 BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

la ¿jerarquía, y cuando dice á Simón, tu eres Pedro, apacien­


ta m i rebaño, el Supremo Pontificado. Por medio de esta
última institución especialmente se asegura la perpetua
unidad de la Iglesia, que Cristo con su palabra omnipoten­
te y creadora funda, y Pedro con su acción central y per­
manente conserva, como el arquitecto levanta y el funda­
mento sostiene todo el peso del construido edificio. En este
sentido el Papa tiene todas las facultades, y en la sucesión
de los tiempos hace las veces de Cristo; es en representa­
ción la persona de Cristo, perpetuándose al través de los si­
glos. Desde que cambiándole el nombre dice á Simón tú
eres Pedro; quedando el de Simón, propio y exclusivo del
hijo de Joñas, el nombre de Pedro se hace genérico, perpé-
tuo y apelativo de todos los Papas. Llámense estos Lino,
Cleto, Clemente, León, á todos se les dice al nombrarles, ó
por mejor decir, á todos se Ies dijo de una vez para siem­
pre, en Cesarea de Filipo, tú eres Pedro, y después de la
resurrección apacienta m i rebaño. De León X III se puede
hoy asegurar lo que los Padres de Calcedonia dijeron del
primero, Pedro habló por la boca de León. Petrus per
Leonem locuiits cst.
Los protestantes, al negar esta continuación de la obra
de Cristo en el sacrificio, en el sacramento, en la tradición,
en el ministerio vivo, organización gerárquica de la Iglesia
y su centro de autoridad el Pontificado, dan una muestra
de su ignorancia profunda acerca de la economía de la re­
dención, como las leyes de la creación y de la vida son del
todo desconocidas á protestantes y racionalistas.
Pero al obrar así, con ese falso criterio, destruyen, sin
saberlo, la historia del cristianismo, es decir, de su vida
interna, de su espíritu en lo sobrenatural permanente, y de
sus efectos externos y sociales en la civilización. No pue­
den ciertamente borrar de los anales los hechos históri­
cos; pero los desfiguran, desconociendo del todo su alta sig-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

nificacion. A sí para Gibbon el centro de la historia es Roma,


y el cristianismo tan sólo un episodio sin importancia, y
de aquí su empeño en rebajar el número de los mártires y
disimular el cambio introducido en las ideas y en las cos­
tumbres. Para Pressensee, el cristianismo es sólo una idea
luminosa, que lucha victoriosamente con la enciclopedia
pagana convertida en G-nosis, no una sociedad sobrena­
tural y organizada, salvadora al mismo tiempo de la ver­
dad de la ciencia y del orden social de la civilización. Para
Robertson, la edad media lejos de ser el período en que se
crea la civilización europea por la acción vivificadora de la
Iglesia, no es más que una época de tinieblas, que se van
disipando con el curso del tiempo. Para Ranke, y especial­
mente para su crítico Macaulay, la historia de los Papas es
una lucha de diplomacia, que por la habilidad y prendas
personales de los Obispos de Roma, sale vencedora de las
crisis que ellos se proponen historiar. Para Guizot, en fin, la
civilización europea no es más que un encuentro feliz y una
conciliación sucesiva de elementos diversos, bárbaros de
ruda independencia, romanos de municipio y poder impe­
rial, y cristianos de suavidad de costumbres; y de todos pue­
de decirse con razón lo que Donoso Cortés afirma del últi­
mo; que al acercarse al cristianismo se detienen en el pórti­
co, no penetran en el santuario; que ven la corteza de algu­
nos hechos aislados, no el espíritu que les vivifica; lo que
hay aquí y allá, no lo que está en todas partes; algunos ele­
mentos de la civilización cristiana, no la civilización misma.
Y ahora resumiendo y llevando de frente al panteísmo,
racionalismo y protestantismo, errores fundamentales del
orden religioso, filosófico y universal, podremos apuntar
la solucion y entrever de algún modo el plan divino en la
historia. Creación y redención, hé aquí el principio, el cen­
tro y el fin, como la vida de que son fuente, norma, cimien­
to y cumbre, Aunque de distinto modo, ambas son ideal y
j i6 B O S Q U E JO D E U N A F IL O S O F ÍA

real, singular y universal, hecho y ley. Adán y el Paraíso


son tipo y fuente de la vida 'fisiológica del cuerpo, moral
de la enseñanza, sobrenatural de la inocencia y revelación
primitiva, y de la vida mortal por el original pecado. L a re*
dencion anunciada y simbolizada desde el principio, al sa­
lir el hombre del Paraíso en la promesa del futuro liber­
tador y preparada en el mundo antiguo, es realizada en el
Evangelio, continuada en el cristianismo hasta su fin, y
será consumada en la resurrección. En el plan divino de la
creación, el hombre pertenece á dos órdenes, el natural de
los elementos constitutivos de la esencia, y el sobrenatural
á que por gracia fue elevado en vista de su destino sobre­
natural y eterno. En Adán, el hombre de creación y pre­
cisamente por ser el primero, representante, padre y maes­
tro del género humano, se unen ambos órdenes en un sólo
acto de conocimiento, en un solo estado feliz de original
inocencia. Por salir de las manos del Criador, con la na­
turaleza recibe la gracia, con la razón actuada la fé, y con
ambas el lenguaje formado, que abraza la natural y sobre­
natural, las nociones todas de religión, de moral y de civi­
lización. Esto era en el plan primitivo. A. los ojos de la
razón es inescrutable en verdad la permisión divina de la
culpa; pero á los .ojos de la fé es claro el motivo de la ori­
ginalidad de la caida, para que fuera universal la reden­
ción. E l plan, pues, no se frustra, pero sí cambia de forma y
condiciones. Como la naturaleza se propaga por genera­
ción, y la razón se desenvuelve por el desarrollo psicoló­
gico, así la revelación que es al mismo tiempo promesa, se
trasmite por tradición oral, que es la palabra, y simbólica
que es el sacrificio; pero esa naturaleza que se trasmite no
es ya la inocente sino la caida, y esa promesa no es el dón
de liberalidad creadora, sino un nuevo beneficio dispensa­
do por misericordia del Reparador á la desgracia del
género humano. Hé aquí la nueva fase del plan. Todo
C R IS T IA N A 1JK L A H IS T O R IA . ¿ 17

hombre participa de la caida, que es propia de la especie;


pero al mismo tiempo todos los pueblos reciben la luz re­
paradora de la promesa envuelta en la primitiva revela­
ción. Trasmitida tradicionalmente de Adán á Noé, y de
éste á sus hijos, al despedirse en Babel para marchar cada
nno por la senda de su destino, todos llevan en el bordon
de su memoria la cita de esa misma promesa, que les ha
de reunir junto al cenáculo el dia de Pentecostés; y en el
viático de la religión un germen fecundo, de variada cul­
tura y más ó ménos íntegra civilización. Por eso en todos
tiempos la cultura ha crecido á la sombra del santuario,
y sus maestros y cultivadores han sido los sacerdotes. S e ­
gún Higinio, la ciudad de A rgos es consagrada á Juno;
según Apolodoro la de Atenas á Minerva; y al decir de
Herodoto, la de Tobas á Baco: así nos lo cuenta el libro
titulado Anacarsis, añadiendo que en pos de esos orígenes
de la cultura griega, vinieron el siglo de Solon ó de las
le3res, el siglo de Temístocles y Arístides, ó de la gloría, y el
de Pericles, ó del lujo y de las artes. Lo mismo podíamos decir
del gerofante egipcio, del mago asirio ó de la Bactriana, y
del bramin indio. En todas partes son santas las ciudades
donde comienza ó florece la cultura.
Pero la religión primitiva, al traspasar las fronteras de
la separación, se va alterando poco á poco hasta parar es­
peculativamente en esos sistemas absurdos, y prácticamente
en esas abominaciones que constituyen la esencia del poli­
teísmo. A cada paso del extravío Dios va oponiendo una
nueva fase de revelación, sustancialmente idéntica á la pri­
mitiva, pero desenvuelta á medida que avanza el error.
Y cosa singular, que descubre la sabiduría bondadosa del
plan de la Providencia, A l renovar, ampliando, la revela­
ción adámica en el padre de los creyentes, aunque se vin­
cula á un pueblo especial, porque sólo así podia conservar­
se en su integridad y pureza; se hace, sin embargo, en vista
B O SQ U E JO D E U X A F IL O S O F ÍA

del plan general. E n tu semilla, se le dice, serán benditas


todas las naciones. Y desde entonces el depositario de la
promesa con el privilegio recibe el alto cargo de misionero
de la verdad. Y Abrahan al pasar de Caldea á Mesopota-
mia, á Canaan, á Egipto, es el instrumento de que se vale
la Providencia para recordar á las primeras civilizaciones
extraviadas su deber de recordar el origen, y de restablecer
la unidad. Y este cargo altísimo y delicado es cumplido
fielmente por el pueblo de Dios. Por una série de sucesos
providenciales como latamente lo expone Hanneberg, en su
Historia- de la Revelación bíblica, el pueblo hebreo nace en
Egipto, está en continuo roce con las civilizaciones fénico-
asirio-babilónicas, asiste al nacimiento y á la ruina de la
persa, y por Alejandro comunica con la griega, dando á
conocer la Biblia traducida al reino de los Ptolomeos. Y en
medio de esas vicisitudes y bajo el ambiente de tan varia­
das civilizaciones, que llenan la historia del mundo poli­
teísta, es como se ha dado la revelación sinaítica, profética
y sapiencial, como preparación de la cristiana. La revela­
ción, por tanto, es una y la misma siempre, con los mismos
cinco artículos fundamentales en la idea, y con el mismo
símbolo del sacrificio en el órden práctico. E s renovación
preparatoria en el testamento antiguo, y de plenitud en el
nuevo; aclaración y desenvolvimiento en el uno, realiza­
ción y cumplimiento en el otro; y verificada siempre
con sabia economía, en proporcion que avanza el error es­
peculativo y se extiende el desorden práctico, según la
oportunidad de los tiempos, dice San Agustín, en vista de
las dolencias y necesidades del género humano. Por eso
en el Testamento antiguo, que era revelación sobrenatural,
y al mismo tiempo civilización del pueblo hebreo, va mez­
clada la verdad tradicional con sus anales, y es la ciencia,
la literatura y el arte; y es el código político, administrati­
vo, judicial, penal, y aun económico de ese pueblo.
C R IS T IA N A D i; L A H IS T O R IA .

Y por la razón contraria, en el Evangelio, que habia


do predicarse en todo el mundo, limítase á la parte religio­
sa y.moral, aunque de tan soberana manera, que desde la
cumbre de su ideal, y con la influencia de su inagotable y
vivificante espíritu, habia de abarcar de uno á otro cabo las
fibras del organismo de toda sociedad y civilización. E l
Evangelio no habla de la humana cultura como el Penta­
teuco, como los libros históricos, y en especial los proféti-
cos, y esto prescindiendo de las teológicas por dos razones
históricas. Es la primera porque hallaba ya la cultura en su
apogeo, desenvuelta por las fuerzas que quedaron al hom­
bre después del pecado, y la segunda y principalmente
porque no se daba sólo para el siglo de Augusto, sino
como ley y norma para todos los siglos, pueblos, climas y
civilizaciones. Los racionalistas que miran al Testamento
antiguo como una cultura singular, la hebrea, y al Evan­
gelio como religión y moral y no como civilización, no han
pensado siquiera en el sabio plan de la Providencia. E l
Pentateuco y los profetas son la cultura hebrea sí, y en esto
tienen razón; pero son asimismo la línea recta de la reve­
lación, que sirve de lazo para unir á la primitiva con la
cristiana; y en negarlo es en lo que se equivocan torpemen­
te. Asimismo el Evangelio no es una civilización particu­
lar, lo cual repugnaría con su evidente universalidad, pero
es la fuente perenne de la civilización verdadera. Por eso
el cristianismo, recibiendo en herencia de Rom a y Grecia la
enciclopedia del saber y los adelantos de la cultura paga­
na, les purificó y cristianizó para producir la única verda­
dera, que por medio de Colo:i habia de ser la civilización
del mundo entero. De este modo es una ley el que la civi­
lización inmediata ó mediatamente crezca, y se desarrolle,
y llegue á su perfección, por el benéfico influjo de la reli­
gión; las antiguas por influjo de la primitiva, aunque ter­
giversada y la europea por el de la religión cristiana.
3 20 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

La revelación, pues, no disputa á la razón sus fuero», á


la voluntad sus actividades, al sentimiento sus creaciones,
ni á la humana cultura su desarrollo. Mas por lo mismo tie­
ne derecho y el deber de no lisonjearles, disimulando á la
una sus extravíos, á la otra sus bajezas, al tercero sus lagu­
nas, y á la última sus imperfecciones, y lo que es peor, su
desenfreno. Los filósofos de la India y de la Grecia constru­
yen magníficos sistemas, pero con la mezcla de graves erro­
res y un profundo desconocimiento del origen, y del destino
del hombre y del plan divino de la creacion.Los jurisconsul­
tos romanos desenvuelven con penetrante agudeza las rela­
ciones jurídicas; pero desconociendo al hombre, sólo miran
al ciudadano, y en vez de un derecho basado en el orden
de la justicia, sólo dan al mundo el derecho quiritario. Y si
tan prodigiosas por lo atrevido son las artes orientales, como
por lo simétrico y delicado atractivas las plásticas heléni­
cas, á la belleza material de la estatua griega le falta la
más noble del espíritu, como á lo grandioso de la pirámide
ó del hipojeo el sublime dinámico; belleza y sublimidad
desconocidas del politeísmo. Y de aquí los inmensos vacíos
que viene á llenar la revelación cristiana en todos los ór­
denes de la vida. Sin descender de su trono de salvadora
de las almas, ni perder su carácter sobrenatural, por esa
eminencia misma de doctrina y de espíritu es regenerado­
ra de la sociedad y de la civilización.
L a actividad humana, desarrollada en todas las esferas
bajo el amparo de las religiones politeístas, con sus ade­
lantos positivos y con sus lamentables aberraciones, se en­
cuentran con el cristianismo en el palenque del imperio
romano, para entablar la lucha más formidable que han
conocido los siglos. Pressense la ha descrito con vivos co­
lores, lo reconocemos en prueba de imparcialidad; pero en
su criterio protestante no ha visto que'cse encuentro es la
línea que separa la edad de la división inaugurada en Ba-
C R IST IA N A DE L A H IST O RIA . 321

bel, de la era de la unidad que arranca de Pentecostés,


que es precisamente donde resalta la importancia histórica
del cristianismo. Éste, que es reparación de todo, no des­
trucción de nada, inventariando, con efecto, todo el caudal
de luces, adelantos y creaciones de la razón, para trasmitir­
lo en precioso legado á las generaciones venideras; suave y
sosegadamente ha ido rectificando los errores, torpezas, in­
justicias y abominaciones que habia infiltrado en ellos la
idea politeísta y el espíritu de la división; y dejando al ex­
terior intacto, tranforma sustancialmente el órden de la
vida intelectual, artística y social; y sin romper el hilo do
los sucesos hace cambiar de rumbo al timón de la nave
social. Los racionalistas .dicen que el cristianismo es un
plagio de las doctrinas greco-orientales, una transición en­
tre el mundo romano y el bárbaro, un paso en el gran itine­
rario de la historia. Pero en esto, como en todo, se equivo­
can lastimosamente, confundiendo la preparación y heren­
cia humana de los pueblos antiguos, que el cristianismo
acepta; con la verdad sustancial y vivificante espíritu que
la comunica para purificar y enaltecerlo todo. Y es que
sin advertirlo, ó á sabiendas, confunden el rayo de luz
y el foco de donde parte, con el objeto iluminado y el
espejo de su reflexión. Y es que ignoran ó afectan desco­
nocer las misteriosas relaciones de la fé v de la razón para
formar un solo y altísimo conocimiento, y las de la reli­
gión y humana cultura para producir una sola civilización.
E l cristianismo ha infundido en la ciencia ideas; en la ley
máximas; en las costumbres pudor; en las instituciones
rectitud y solidez; y aun cierta derechura y delicadeza en
el buen sentido, que parecen connaturales al hombre, in­
natas en las naciones cristianas. Pero que toda esa subli­
midad de ideas y sentimientos es debida á la revelación
bíblica y no á la razón y actividad del hombre, es claro
con sólo comparar la sociedad cristiana con la pagana.
21
¿22 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA
f
Abrase cualquiera de las obras de los primeros apologis­
tas, donde se pinta con negros, pero vivos colores lo ab­
surdo, lo injusto, lo abominable de la fisonomía <iel 1 paga­
nismo; y aparecerá más claro que la luz meridiana, que el
cristianismo retocando con el pincel de la redención el
sombrío cuadro, ha devuelto á la figura de la sociedad y
del hombre la imágen que estampó en su frente la mano
de la creación. E l racionalismo, sobre abstirdo, es ingrato
en desconocer, é injusto en atribuir á la razón las luces
que evidentemente vienen de otro foco, de la fuente de la
revelación.
Sea un ejemplo el libro de Julio Simón que ha titulado
E l deber. L a moral racionalista es en general sana, por­
que se inspira en el ambiente cristiano, que todos respira­
mos. E l mal no está en el robo hecho al Evangelio, pródi­
go de sus dones, patrimonio de la nueva edad. La injusti­
cia é ingratitud consisten en vender como caudal propio
de la razón, una herencia generosa que nos legó el Salva­
dor desde la cumbre sangrienta de la Cruz. Todavía mere-
cen más severo juicio, por lo ridículo de la parodia, con el
Decálogo y el sermón del monte, los preceptos racionalis­
tas del Id e a l de la humanidad. Digámoslo sin embozo.
Como arroyos de una fuente, rayos de un mismo foco, ra­
mas de un solo tronco, aunque venidos por distinto con­
ducto; la débil é incierta luz de la razón, y la segura, aun­
que misteriosa luz de la fé, se encuentran en el punto de
intersección de la mente, para producir un sólo conoci­
miento y dar acertada dirección al doble destino del hom­
bre, el temporal y el eterno. Santa Teresa, aunque en
esfera más elevada de mística contemplación, las compa­
ra á dos velas cuyos pábilos se unen para producir una
sola luz. Y en esta bellísima y sencilla imágen de la doc­
tora seráfica, está la clave de la solucion. L a razón ha
producido al calor del tiempo el árbol enciclopédico de
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 32 J
la cultura politeísta. Este es un hecho evidente. Pero tam­
bién lo es otro á él paralelo.
En su origen, esa cultura arranca de la revelación y
civilización primitivas, de que en uno ú otro grado par­
ticiparon todos los pueblos. En su desarrollo esa cultura
se torció en miles de absurdos, inveteradas injusticias,
torpes abominaciones. Para disipar el error, rectificar la
injusticia, limpiar las costumbres de su vergonzosa abyec­
ción era menester una luz, una norma, una fuerza, ajena
y superior á la que era charco de coloreada inmundicia,
pútrido manantial de aberraciones. E l Evangelio' es la
misma revelación primitiva en la sustancia y en el modo,
pero desenvuelta en toda la plenitud que requería el er­
ror elevado á su última potencia, como el sacrificio de la
cruz es la reparación íntegra de todos los desórdenes mo­
rales, religiosos y sociales, que habia causado el pecado
en el hombre y en la sociedad, y por ellos en la historia
desde el principio del mundo, y en especial en la edad
de la división. Y esa luz y esa gracia, que desde el cielo
de la religión baja á las hondas y oscuras profundidades
de la vida, y esa herencia humana y racional de adelan­
tos útiles que encontró reunidos el cristianismo, siguiendo
la ley de armonía que Dios estableció en el principio en­
tre la razón y la fé, lejos de contrariarse como pretende
la Historia de los conflictos, se apoyan y auxilian mú-
tuamente para formar hermoso concierto y una ventajosa
alianza. Los doctores cristianos en los siglos feudales la
realizaron á su modo, volando en alas de la fé á ía región de
la más alta filosofía y subiendo por la escala filosófica has­
ta erigir las nociones reveladas en el cuerpo admirable­
mente científico de la Teología. Del mismo modo cuan­
do aparezca el nuevo Santo Tomás, que ya presentía José
de Maistre, será poderoso á conciliar del todo la Biblia
con los portentosos modernos descubrimientos, ganando
3¿4 BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

1a ciencia en verdad y certeza cuanto la fé en riqueza do


datos y esplendor para ofrecer juntas al autor de ambos
el variado ramillete de las conquistas de la civilización.
No hay que olvidar, sin embargo, que por más que ar­
monice en su parte alta la razón con la fé, y en sus nobi­
lísimos sentimientos el corazon con el Evangelio, en cuyo
sentido decía Tertuliano, que el alma es naturalinentr
cristiana; siempre quedará la línea divisoria de lo sobre­
natural en la virtud y en la fé del misterio,
Hegfel pone la cima de la idea en la conciencia y du­
rante la vida presente. L a vida es el desenvolvimiento del
espíritu humano, que adormecido en Oriente al arrullo de
la fé religiosa y del despotismo social, despertando al ruido
de la libertad de la ciencia y de la democracia de Grecia,
y de las luchas entre patricios y plebeyos en Roma, ad­
quiere su completo desarrollo, la plena conciencia de sí
mismo en los tiempos modernos, es decir, en la cabeza de
Ilegel, y en su Filosofía, de la Historia. No vamos á refu­
tar aquí un sistema que tanta boga ha gozado hasta que
vino á entibiar primero, y casi desvanecerle después el tor­
pe aliento del positivismo. Sólo diremos que además de
trastornar las condiciones del drama, negando sus dos fac­
tores principales, la libertad del hombre que es el actor que
le ejecuta y la Providencia que es el autor y dire'ctor del
plan, envuelve un absurdo para cuya reprobación no es ne­
cesaria la ciencia, basta el sentido común. Ponerla cima y
completo desarrollo de la idea en la conciencia y en esta
vida es lo mismo que colocar al sol en las profundas oscu­
ridades de la retina, ó más bien es convertir al ojo del es­
píritu humano en el sol del mundo intelectual. En la doc­
trina bíblica que no admite y ante la fé que el filósofo ale-
man mira como adormecimiento del espíritu, las cosas se
arreglan más en conformidad con las lecciones de la filo­
sofía, y aun con las inspiraciones del buen sentir, dando
C R IS T IA N A DK L A H IS T O R IA . 325

muestras la. razón católica de estar más despierta por la fé


que la racionalista en los delirios de sus construcciones or-
gullosas. Según ella, el ojo de la inteligencia que por sus
fuerzas naturales sólo alcanza la verdad de reflejo y por el
camino de la abstracción y el raciocinio; por medio del te­
lescopio de la fé, llega aún en esta vida á entrever el sol
mismo de la verdad, aunque al través de la nube del miste­
rio, ó como dice San Pablo, en espejo y por enigma. Sólo
cuando el gérmen de la fé produzca la flor de la visión será
cuando desaparezcan las sombras, y se verá la verdad en
sí misma sin intermedio, cara á q.dx&, j'acie ad faciem . S e ­
gún la ley que expresa el Evangelio en estas palabras,
■nada hay oculto que no se descubra, llegará un dia en que
se abra en todas sus páginas el libro de la conciencia indi­
vidual y el libro de la vida ó sea el libro entero de la his­
toria, que cerrados hoy ambos en sus páginas más impor­
tantes, sólo se pondrán de manifiesto cuando, al decir del
mismo Apóstol, Dios ilum ine lo escondido de las concien-
cías con el claro resplandor de su eterna verdad. E l juicio
final y la resurrección, ó como la llama con San Pablo el
Apocalipsis, la gran revelación de Jesucristo, es una parte
principalísima de la historia. Como la promesa fué su prin­
cipio y la Encarnación su centro, así la resurrección será
su término y el juicio universal su corona y desenlace. Esta
doctrina, aun rodeada de la oscuridad del misterio, es más
luminosa que los delirios panteistas. Y de aquí surge otro
aspecto de verdad, que oculto á los racionalistas, embrolla
también con su monstruosa confusion el panteísmo. Mas
para su aclaración es necesario recordar algunos hechos,
que al mismo tiempo sean premisas prévias. Según hemos
visto, la cultura artística y aun la literaria nacida á la som­
bra del santuario, é inspirada por la religión, degenerando
después en todo género de torpezas ó monstruosidades,
sók> ha podido limpiarse de las unas y rescatarse de las
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

otras por la saludable influencia de la religión verdadera


que informándolas de su espíritu sin despojarlas de la be­
lleza exterior de la forma, les infundió el sublime de su
verdad y de su pureza. E s asimismo un hecho indisputable
que basada toda organización social en un pensamiento
religioso, las civilizaciones paganas fueron todas locales,
viciosas y caducas, precisamente por haberse fundado en el
politeísmo que de suyo es parcial; en el error y la injusticia,
que naciendo en el tiempo, con el tiempo mueren; y en una
moral torcida y en cultos falsos y abominables, especie de
gangrena, que corroyendo lentamente sus entrañas, tenía
que conducirlas al término fatal de.la disolución y la muer­
te. E s indudable, en fin, que al lado de estos hechos hay
otro paralelo pero colosal, y que llena las páginas todas de
la historia, y es la existencia de una religión que volando
especulativamente en su pensamiento fundamental de la
creación á la redención, y de ambas á la resurrección; y ba­
jando históricamente en línea recta desde el origen, por
encima de la edad de la división, á la unidad del medio
todo lo conduce lenta y sucesiva, pero ordenada y eficaz­
mente al desenlace del fin, y al término de la vida futura.
De estos tres hechos y premisas al mismo tiempo dedúcen-
se lógicamente consecuencias importantísimas á nuestro
objeto. i.a Que la historia es un drama presidido por una
ley superior, y regido por un plan altísimo, que por la di­
rección de una inteligencia soberana, y al través de los ex­
travíos del libre albedrío, marcha y se desenvuelve ordena­
damente del principio al medio y al fin. 2.a Que la religión,
lazo de unión entre Dios y el hombre, y con más propie­
dad que la de la fábula, cadena de oro que enlaza el cielo
con la tierra, es por lo mismo el punto intermedio por don­
de ambos se comunican, para que baje de la santa monta­
ña la benéfica influencia y ordenadora dirección al vallo
de la historia y á todas las esferas, aun las inferiores, de la
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . ,327

vida.. 3 .1 Que Por estos caracteres precisamente la religión


es cuna de la' ciencia y del arte, fundamento de la socie­
dad y lumbrera de la historia misma. 4.a Que así como las
falsas por lo que tenían de verdad tradicional eran civili­
zadoras; mas por la mezcla de injusticia y error que añadie­
ron fueron corruptoras y disolventes; así, por el contrario,
sólo la religión verdadera que en el oríg'en es primitiva,
en el Testamento antiguo preparatoria, en el cristianismo
completamente reorganizadora, será la que lo lleve todo al
desenlace del fin. De donde viene á concluirse en últi­
mo término, que la religión, y sólo la verdadera, á la vez
que une en misteriosa lazada lo espiritual y lo corporal, y
al tiempo en ambas orillas con el océano de la eterni­
dad, por lo mismo es de suyo y esencialmente profétíca y
típica, en cuanto une lo pasado con lo futuro, y los desti­
nos temporales con la vida eterna del hombre y del género
humano. Y estas consecuencias que deducimos especulati­
vamente por el raciocinio, las demuestra con palpable evi­
dencia la historia. Porque es un hecho, y un-hecho auténti­
co y colosal, que el mundo antiguo miraba como su término
á Cristo, fin ís legis Chrisfns, dice San Pablo, y el cristianis­
mo como á su fin último la resurrección, s i mortui 11011 rc-
surgihd, ñeque Christus.....omnes quidem resurge mus. E s
asimismo una verdad que nadie disputará que precisamen­
te por esa espectacion del mundo antiguo al cristianismo,
es este la religión que en el medio corrigió los yerros de
todas, y que esa esperanza de la resurrección general, fun­
dada en la de Cristo, es el punto culminante en que se apo­
ya el cristianismo para que, sin perder de vista la pátria,
deje al pasar por el camino de los siglos esos prodigios de
la civilización europea, y después del ■descubrimiento, la
universal que está hoy disfrutando el mundo. Y no debe ex­
trañarnos esta eminencia y carácter director de la religión.
Envolviendo primero la promesa del libertador futuro, lúe-
3 -2-8 B O SQ U EJO D E U X A F IL O S O F IA

yo su venida en carne pasible, para triunfar, en fin. en el


reino de la bienaventuranza, es la gran institución de lá
historia que abarca lo pasado, lo presente y lo futuro, el
tiempo y la eternidad. Así la primitiva y original, por re­
vestir al mismo tiempo y principalmente el carácter de pro­
mesa, era dogma y símbolo, tipo y profecía, ley é institución.
E ra dogma especulativo, porque debia creerse en el futuro
libertador; y era símbolo, porque en la práctica del sacrifi­
cio resumía las condiciones de la promesa. E ra profecía
que con palabras anunciaba el gran suceso del medio; y
era tipo que simbólicamente figuraba el modo de lá reden­
ción, el sacrificio sangriento de la cruz; y por tanto, era la
gran ley y la más importante institución de los tiempos
que preceden y preparan al Mesías. Y con cuenta que esa
promesa y ese ^sacrificio no se limitan al pueblo de Israel,
como maliciosamente suponen los racionalistas. Como he­
mos ya observado otras veces, se extiende á todos los pue­
blos de la tierra, y de ella conservaron todos un recuerdo
más ó ménos confuso, oscurecido y tergiversado. Si, pues,
para el de Israel, su custodio fiel y perenne depositario,
eran principalmente y de un modo especial obligatorias su
creencia y observancia; no por su olvido ú oscurecimiento
en los politeístas dejó de ser espectativa, que es él ca­
rácter distintivo del mundo antiguo. Con sobra de razón
podemos extender esta ley á los tiempos en que el cristia­
nismo, cumpliendo el vaticinio y realizando la figura, ha
inaugurado en el mundo nuevo la era de la unidad, que
extendiéndose hasta el fin, anuncia en la profecía y simbo­
liza en la de Cristo, la futura y universal resurrección.
Pues bien, de todos estos hechos, que no se nos podrán
contestar, viniendo ahora á nuestro objeto, deducimos ló­
gicamente, que en la historia hay que introducir un factor,
una ley, un elemento indispensable, que son la* profecía y
el tipo. Por su medio no sólo se puede concertar de ante­
C R I S T I A N A D E L A H IS T O R IA . 329

mano y llevar á cumplido término el plan de la historia;


.sino que además el actor, que es el género humano, ha
tenido en todos los tiempos una idea al ménos, y en cada
época se le ha aclarado más el conocimiento de sus des­
tinos en la tierra como subordinados al eterno de la resur­
rección. La profecía es á la historia, lo que la fé á la razón,
lo que la revelación á la ciencia, lo que la religión á la so­
ciedad, es decir, su base y su cima, su principio y su fin. A l
lado de esta teoría deducida de la Biblia y confirmada
por la historia, veamos ahora lo que nos dicen los panteis-
tas. E l kxausismo, por boca de su oráculo en España Sanz
del Rio, dice con mucha seriedad “resumen y ojeada ideal
histórica. Viene la humanidad desde el mundo á la tierra
con la idea general del mundo todo que debe realizar en
su historia terrena en viva y bella semejanza de Dios.,,
Pasemos en silencio la frase desde el mundo á la tierra,
como si la tierra no fuera parte del mundo; y la no menos
vacía del mundo todo que debe realizar en su historia ter­
rena', como si lo que el género humano, ó como él dice la
humanidad, realiza en la escena de la tierra fuera ct mun­
do y no la historia. No disputemos ahora con los krausistas
sobre literatura ó más bien sobre construcción gramatical
de la por ellos descoyuntada lengua castellana. Fijémo­
nos sólo en el concepto capital del período, resumen con
efecto del realismo armónico de Krause aplicado á la his­
toria del humano linaje. Este, según el sistema, viene al
mundo con la idea general del mundo todo que ha de rea­
lizar en su historia terren¿i. Está bien, y nosotros lo dire­
mos de otro modo; no se concibe el drama sin un plan y
sin que el director que es Dios le lleve á su término y des­
enlace; como no es posible el enredo, la trama y el argu­
mento, sin que el actor, que es el género humano, conozca
de algún modo su papel y respectivo destino. En eso esta­
mos coniomies. Pero surge en seguida una dificultad, que
33° B O SQ U E JO D E U N A F IL O S O F IA

no se atreve á plantear, porque no podrá resolver el


krausismo, ni otro sistema racionalista cualquiera.. Y esta
consiste en averiguar en qué espejo, en que tipo puedo
descubrir la flaca razón del hombre los secretos del por­
venir, el tejido y remate de sucesos; que dependen del libre
albedrío, ó según el lenguaje exacto de la Teología, en qué
medio puede ver los futuros contingentes, como son todos
los hechos históricos. Los racionalistas no han pensado si­
quiera en esta gravísima y apretada dificultad. Con la in­
tuición sustancial y primitiva del sér, si realmente existiera,
el yo vería el sér absoluto, y si se quiere, las leyes inflexi­
bles y geométricas de su desarrollo; y aun concediéndose­
lo todo, la realización de la esencia eterna del hombre en
sus estados sucesivos y temporales. Pero como la razón no
ve más que lo ideal, lo necesario, ese supuesto conocimiento
intuitivo versaría sobre geometría, sobre leyes indeclina­
bles de la ciencia; nunca alcanzaria á entrever ni sospe­
char siquiera las acciones que dependen del libre albedrío
y constituyen la trama de la historia. Hay, pues, en la fór­
mula krausista, dos nociones distintas. E l hombre ha teni­
do un conocimiento más ó ménos claro de su destino, una
luz profética de la historia, lo cual es verdad. La razón ú
más bien la intuición del yo- alcanza no sólo la ley de la
realización de la esencia, sino todos los estados que depen­
den del albedrío, lo cual es un absurdo contrario á la his­
toria y á la más vulgar filosofía. A n o ser que el krausismo
con fórmulas engañosas pretenda arrancar al hombre el
libre albedrío esa facultad altísima y tremenda á la vez, que
como dice el sagrado texto, le pone en manos de su conse­
jo ", y en realidad, bajo la permisión de la Providencia, le
hace fabricante de su destino.
Si así fuera, si tal es su torcida intención, que hable de
geometría, no de historia; de evolución esencial y necesa­
ria, no de acciones libres y futuros contingentes. En ■notn-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 331
bre del buen sentido y de la. lógica más trivial, queda bor­
rada del formulario krausista la palabra historia terrena.
Más sublime, armónica, y aun racional la teoría que saca­
mos de la Biblia, introduce en la historia la profecía. Y al
hacerlo así, no incurre en el contrasentido de buscar en la
tibia luz de la razón la presciencia de las libres determi­
naciones de la voluntad; antes bien para conocerlas acude
como debe á la luz sobrenatural, que baja del foco mismo,
es decir, á la infalible ciencia de Dios, á cuyos ojos dice San
Pablo todo es claro y patente, lo pasado y lo futuro, en la
inmutable presencia de su eternidad.
Y no se nos diga que la profecía y el tipo sólo se refieren
al orden sobrenatural de la redención, y no al histórico de
la civilización y de la cultura. Las bendiciones de Noé á sus
tres hijos, y las de Jacob á las doce tribus, asegurando á la
de Judá que no faltaría de ella el cetro hasta la venida del
Mesías; los anuncios de los profetas sobre la suerte de las
grandes ciudades de Oriente, y el de Isaías sobre el reino
persa, citando por su nombre al caudillo Ciro; y sobre todo
los cuatro imperios, que según Daniel habían de preceder
Ld reino de Dios, son más que suficientes para probar que
la profecía bíblica envuelve el curso 'de .la civilización y de
la historia. Por otra parte, es tan viva la pintura, tan su­
blimes las imágenes, tan expresivos los símbolos de que se
valen los videntes para anunciar lo futuro; hay tal anima­
ción en las descripciones más que pindáricas de Isaías, en
los cuatro animales alados de Ecequiel, en las cuatro bes­
tias de Daniel, en las variadas parábolas del Evangelio, en
los siete sellos, y sobre todo en la gran bestia del Apoca­
lipsis; es, decimos, tan magnífico el panorama de la visión
profética, que en él no pueden menos de rozarse los destinos
religiosos con los sociales, y los sobrenaturales con los his­
tóricos. Cierto que la Biblia tiene por objeto principal la
salvación de las almas y el eterno destino del hombre,
33- B O SQ U EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

pero por el lazo que ha puesto Dios entre la religión y la


sociedad, entre la revelación y la historia y la civilización,
aunque distintas dialécticamente, ambas esferas deben an­
dar unidas, y no separarse sofísticamente. Dios no descubre
por medio de la revelación sino lo que conviene á la subir
midad de su plan y á las necesidades del género humano.
Completa en el orden sobrenatural, que es el destino últi­
mo y superior á todas las inteligencias y fuerzas creadas;
del natural histórico y temporal sólo toca los puntos cul­
minantes en que ambos se rozan, para que el segundo, le­
jos de dañar ó entorpecer, suavice el camino y preste ayu­
da al cumplimiento del primero. Este estilo del libro de
Dios está bien patente lo mismo en la narración de lo pa­
sado que en el anuncio de lo futuro. A sí el cronista de la
creación, y el historiador del origen sólo cuenta, y esto á
grandes y sublimes rasgos, lo que el mundo politeísta olvi­
dó, y el del renacimiento ha oscurecido con tantas y tan
absurdas ó al ménos infundadas hipótesis, dejando en lo
demás á la ciencia y erudición que llenen el magnífico
cuadro. Mas precisamente porosa sobria sublimidad, el sa­
grado texto es el único documento auténtico que ñja de
una manera cierta y segura el comienzo de la vida, como
después será el único que descubra los secretos del fin, y
por eso hoy rodeado de todos los adelantos de la ciencia,
como cuando el cristianismo le presentó á los ojos atónitos
del politeísmo, el Grénesis será siempre el primer capítulo
de la historia. Pues lo mismo sucede con el anuncio del
porvenir. En sus vaticinios, símbolos ó descripciones los
profetas ocúpanse principal y directamente en trazar los
rasgos más culminantes de la persona del Mesías, ó en
ponderar con las más animadas imágenes la grandeza, y
sobre todo la universalidad de su obra. Asimismo el Evan­
gelio, en sus promesas y en sus parábolas, concrétase á des­
cribir anticipadamente las luchas que ha de sostener y las
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 333

victorias que contra ol error y las pasiones ha de alcanzar


la Iglesia en su indefectible permanencia hasta la consu­
mación del siglo. A primera vista prescinden ambos de
todo lo que se roce con el órden temporal, social é histó*
rico; al parecer para nada se ocupa la profecía bíblica de
historia ni de civilización. Pero si no nos detenemos en la
corteza, y se ahonda el asunto hasta llegar al fondo de las
cosas, aparecerá más claro que la luz meridiana que por el
enlace que existe entre la religión y la sociedad, entre la
vida sobrenatural del cristianismo y el desarrollo histórico
de la civilización, lo uno va envuelto y arrastrado por lo
otro. Pongamos sólo un ejemplo. Por los vaticinios combi­
nados de Daniel y de Malaquias sabemos que después do
setenta semanas de años, al ser ungido el santo de los san­
tos serían abolidos los sacrificios sangrientos, y reemplaza­
dos por una ablación pura, que se habia de ofrecer en
toda, la tierra. Y con efecto, quinientos años después de es­
tos anuncios, el Salvador, instituyendo en la última cena el
sacrificio incruento, dice á sus Apóstoles: id y predicad á to­
das las naciones enseñándolas á obsrr?>ar todo lo que os he
mandado.
Como es claro aquí los vaticinios se refieren directa­
mente al inmenso cambio que va á sufrir el mundo en la
época determinada del Mesías y mediante su sacrificio, pa­
sando de las abominaciones gentílicas á la pureza del eu-
carístico, y del politeismo al Evangelio. L a profecía aquí,
como es evidente, no habla de la transformación social
que la religiosa habia de llevar consigo, ni de la pura y
vigorosa civilización que habia de sustituir á las viciosas
politeístas, ni del tránsito déla edad histórica de la división
á la edad histórico-social de la unidad. Pero en cambio in­
dica lo bastante para conocer la luz que habia de servir de
guia, la ley que habia de servir de norma, el espíritu de
verdad y de justicia, que se habia de infiltrar en todas las
334 B O SQ U EJO D E UNA. F IL O S O F ÍA

fibras de la sociedad, y sobre todo la época, el motivo, la


causa de ese cambio, de esa magnífica creación histórico-
soci.al que habian de realizar los siglos cristianos. A l libro
de Dios, á la profecía no la tocaba bajar á las consecuen­
cias del colosal suceso, y mucho ménos á pormenores que
fácilmente podía descubrir el estudio, ó más bien el natu­
ral trascurso del tiempo: bastábales indicar lá causa, la
fuente, la norma suprema de esa nueva y prodigiosa civi­
lización, que ni tenia modelo en las anteriores, ni despues
admitirá copia. Si el portento realizado por la Iglesia en
los siglos feudales, que es esa misma civilización cristiana,
y principalmente su universalización, mediante el descubri­
miento que es el rasgo más saliente del anuncio profético;
no les ha conocido el mundo, sino despues de realizados
históricamente; más aún, si la erudición moderna con toda
la altivez de sus pretensiones no ha ensayado describirles,
sino muy recientemente, y esto de una manera incomple­
ta; exigir á la profecía que anticipadamente hubiera traza­
do un cuadro histórico, que la erudición no ha acabado
aún, seria trastornar por completo el orden de la vida. Esto
equivaldría á confundir la luz profética que es la vista de
lo futuro al través de la oscuridad de lo presente, ó como
dice San Pedro, una lucecita en medio de las tinieblas, lu­
cerna, in loco caliginoso, con la narración de lo pasado, que
es precisamente el cargo de la historia. Lo diremos paladi­
namente. Sólo para Dios lo futuro es presente en la inmu­
table presencia de su eternidad. Para el vidente el porve­
nir es futuro, y como tal le ve mediante la luz profética, de
que carecen los demás, y de él sólo aquel rasgo, aspec­
to ó circunstancia que Dios se digna manifestarle en la ins­
piración, por convenir así á los designios de la Providen­
cia, y á la sabia economía de la redención. Para que el
anuncio sea profético, es menester que se refiera á futuros
que dependen del líbre albedrío, á sucesos que sean leja­
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . j ¿5

nos y enteramente superiores á toda previsión, y sobro


todo que se hagan, no de la manera incierta ó ambigua de
los oráculos paganos, sino de la cierta, fija y determinada
en que siempre vienen formulados los vaticinios bíblicos.
Pero no es lo mismo el que este anuncie cierta y'determi­
nadamente un lado ó circunstancia del suceso futuro, que
el que le describa en todas las fases y relaciones, con que
históricamente se realiza. Esto último sólo lo ve Dios en
su eternal presciencia, y después de realizado sólo puede
de algún modo describirle la historia. L a profecía que le
ve de lejos sólo le anuncia bajo el aspecto, en que es reve­
lado, y principalmente bajo el religioso y sobrenatural que
es el objeto principal del libro de Dios. Pero aun así y todo,
y aunque la profecía en el sabio plan de la redención se
refiera directamente á los destinos superiores del hombre y
del género humano, esto no obsta para que secundaria­
mente y como por consecuencia se roce con los tempora­
les de la civilización, y sea en este sentido la verdadera y
única lumbrera y directriz de la historia. Y la razón es cla­
ra; así como no se concibe el hecho de la civilización cris­
tiana sin el anuncio que del cristianismo hicieron los profe­
tas, así por el contrario, una vez arrojado el gérmen fecun­
do del vaticinio en el campo dé la historia, tenia que bro­
tar espontáneamente el árbol frondoso de la civilización,
cuyas ramas se habian de extender á toda la tierra. Profe­
cía é historia entran cada una á su modo en el gran esta­
dio, donde se labran los destinos del género humano, para
formar un solo drama, que no es otro que el plan de la
creación y de la redención.
Entre la intuición krausista, la idea hegeliana, ó cual­
quier otro sistema panteista por una parte, y la teoría que
se desprende de la Biblia por otra, media por tanto un
abismo. E l panteísmo sobre absurdo, es insuficiente para
explicar la historia: el vaticinio bíblico, sublime en sí, es
33Ó BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

además prácticamente histórico, h'n el primero se confunde


á ía pobre razón del hombre con la infinita intelig-encia de
Dios; pero ni aun con ese absurdo de la razón y ese dislate
del buen sentido se alcanza á dar solucion al enigma. Con­
cedamos al autor de la Filosofía de la historia y de la Es­
tética que el espíritu viene desenvolviéndose desde los
tiempos heroicos, propios de la poesía, hasta los histórico-
filosóficos de la plenitud de la idea en la cabeza del cri­
ticismo aleman: demos asimismo al autor del Sistema de la
Filosofía, del Ideal de la Humanidad, y de las notas ó co­
mentarios á la Historia de Weber, la intuición simple y
primitiva del sér, que desenvuelta por la reflexión se eleva
en el cerebro krausista á la ciencia de lo absoluto. Pero
aun concedido todo eso y dentro de los principios del sis­
tema, la idea adormecida ó la intuición simple con que hu­
biera el género humano inaugurado y aun continuado su
carrera; refiriéndose á lo absoluto, no á lo contingente; á lo
necesario, no á lo que depende del libre albedrío; á lo pre­
sente, no á lo futuro; á la evolucion de la idea ó de la esen­
cia, no al papel que cada actor ha de desempeñar en el
drama; aun en el período de reflexión se limitarían á la on-
tología ó á la lógica sin alcanzar á la historia, cuyo ideal
mismo no podría conocerse sino después de realizados am­
bos. Lo contrario sucede á la teoría bíblica, sublime, fecun­
da, luminosa, histórica. Lejos de contrariar, es conforme á
la razón decir que Dios, inteligencia infinita puede, que
Dios criador del hombre quiere, que á Dios reparador de la
afeada imágen le interesa, y que en el plan de Dios, provi­
dente y supremo fin de la criatura, ha entrado el amo­
roso designio de revelar al hombre, según la oportunidad
de los tiempos, los secretos del porvenir, como uno de los
medios necesarios para conocer y poder cumplir sus des­
tinos temporales y eternos. Pero si la luz profética, sin re­
pugnar á la razón, armoniza y forma parte de la sabia eco­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 337

nomía del plan divino; sobre el modo misterioso de pene­


trar en la. mente del vate, ó irradiar desde allí como el
lucero en la noche de lo futuro, la filosofía misma tiene
mucho que aprender de la mística por boca de la gran re­
formadora del Carmelo. Valiéndose de la preciosa imánen
del Castillo, la insigne doctora establece varías moradas
á donde se sube por la escala de la contemplación hasta
llegar á lo reservado, á lo superior, á lo que, y esto ni lo
dijo Platón, ni lo podía repetir Hegel, á lo que sólo ella ha
llamado el centro del alma, que es el santuario de los gran­
des arcanos, que es el cielo de la tierra, que es la puerta
de comunicación entre el Espíritu de Dios y el espíritu hu­
mano. Aplicando, con efecto, esta doctrina elevadísima, ó
más bien generalizándola de la mística á la revelación, y
del estado de unión ó éxtasis al Espíritu que inspiró á los
profetas y bajó sobre los Apóstoles en el dia de Pentecos­
tés, vése con claridad por qué la revelación del misterio y
el anuncio del porvenir, superior la una á la esfera de la
razón y el otro á la previsión de toda mente finita, y por
tanto, aunque en distinto concepto igualmente sobrenatu­
rales los dos, ahora se comprende decimos, por qué profe­
cía y revelación salen al horizonte de la vida precisamente
y al mismo tiempo por el oriente de la religión, que es el
punto de enlace de lo pasado y de lo futuro, de lo humano
y lo divino, de la tierra con el cielo, del tiempo y de la
eternidad. Según eso á nadie parecerá extraño que la pro­
fecía se refiera como objeto primario y principal al Mesías,
centro del mundo sobrenatural, y que de este órden, por
el anillo que Dios ha puesto entre la religión y la socie­
dad, se extienda su luz secundariamente, y como de refle­
jo á la civilización y á la historia. Y de aquí la sublime'ar­
monía de que- el vaticinio como la revelación, de que es una
parte, y la religión, de que es el aliento, se encierren en el
libro de Dios, y sólo en él: ó más bien, de-que la Biblia en
33s Bosquejo di¿ una filosofía
el carácter típico y profético que la distingue de todos los
demás libros, 11 ove una señal relevante de ser inspirada, la
prueba más palmaria de ser el libro de Dios. Y lo más sin­
gular del caso y lo más congruente á nuestro objeto es que
la doctrina expuesta 110 es simple teoría como la fantástica
de los panteistas, sino que principalmente es un hecho que
ningún sofisma puede oscurecer, ni sistema alguno alcan­
zará á destruir. Porque es un hecho auténtico en los ana­
les del mundo antig'uo, que la historia del hombre expulsa­
do del Paraíso comienza por la promesa del futuro liberta­
dor, que esta promesa, salvada de la catástrofe del Diluvio,
fué trasmitida á todos los pueblos de la dispersión; que
vinculada en la descendencia de Abrahan, vino aclarándo­
se por boca de los profetas de Israel en todas las circuns­
tancias relativas al tiempo, lugar, situación de la Judea y
del mundo, carácter de la persona, oficios del cargo y gran­
deza y universalidad de la obra que el Mesías había de
llevar á cabo: y sobre todo es un hecho que llena las pági­
nas del mundo renovado la realización de aquella prome­
sa, de estos vaticinios y de las fases que señalan de ante­
mano á la historia de la Iglesia el Evangelio, varios pasa­
jes de las cartas paulinas y principalmente el Apocalipsis.
De todo lo cual, en último término se deduce no ya teórica
sino práctica é históricamente, que si á la historia aunque
de reflejo sirve de lumbrera la profecía, la profecía á su vez
está confirmada por la historia, y ambas entran como da­
tos del gran problema, como factores del plan, cuyo sello,
cifra, solucion, término y definitivo desenlace, será, según
la misma Biblia, la escena grandiosa de la resurrección.
Convertido en ella lo transitorio en inmanente, lo dis­
creto en continuo, .las sombras de la fé en claridad de vi­
sión, la promesa, la profecía y el tipo en una sola y.g lo ­
riosa realidad, y lo pasado y futuro en un presente eterno,
la historia de todos los siglos se compendiará en un sólo
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 339

acto, que es el juicio universal; quedará escrita con ios


nombres de todos, en sus más menudos detalles, y basta
lo más hondo de sus secretos, en el libro que la Biblia
llama el libro de la vida, y se explicará y comprenderá
por sí misma de una sola ojeada en todo el desarrollo de
su plan, y bajo el único sistema de la verdadera Filosofía,
de la Historia. Y todo esto lo sabemos ya anticipadamen­
te, porque nos lo dejan vislumbrar de algún modo las grá­
ficas y sublimes indicaciones, que á la flaqueza de nuestra
razón, y bajo la oscuridad de la profecía, se ha servido ha­
cer el libro de Dios, que durante el tiempo y para este es­
tado es el único libro de la. vida.
Según él, uniéndose entonces en dialéctica armonía lo
que ahora anda muchas veces en sofístico y dañoso divor­
cio; esto es, lo natural y lo sobrenatural, la sociedad y la
cultura de la religión, y la esfera de la materia de la del
espíritu: ó por mejor decir, en claro dia, en pleno órden
sobrenatural, del que el actual de redención es tan sólo
causa, gérmen y tipo: radiante entonces el cuerpo con las
cuatro dotes del cuerpo glorioso, divinizada el alma con la
luz de la gloria, unidos todos en Dios con el lazo indisolu­
ble de perfecta caridad, resultará una sola y eterna vida,
una sola y perenne bienaventuranza, un solo y glorioso
reino de Cristo, que contrastando con el sempiterno horror
y desorden y sin fin desdicha de los precitos que volunta­
ria en vida, y definitivamente en el momento de ]a muerte
se separaron de la luz, del órden y de la vida; producirá á
su vez por medio de un ósculo eterno en la frente de la
verdad la soberana armonía de la misericordia y de la jus­
ticia. Ante la magnificencia de la Biblia lamente abrumada
sucumbe; tienen que huir avergonzados los fantásticos, in­
sustanciales, contradictorios, insuficientes y sofísticamente
varios sistemas panteístico-racionalistas.
CAPÍTULO XIX.

LEYES DE LA J-IISTOKIA SEGUN LA B1BLTA.

[ no h ay historia sin profecía, ni profecía é histo­


ria sin la Biblia; si la Biblia nos sum inistra los he*
chos primarios y las ideas fundam entales, el hiío
y los cabos de la trama, el lienzo y el pincel para trazar el
sublim e cuadro; ínterin v e n g a el genio cristiano, el M urillo
ó el R a fa e l que lo llene ó coloree, bien podrem os hacer
un torpe y ligero bosquejo, seguros de que en la Biblia, y
sólo en ella liem os de encontrar los lincam entos del p la n ,
las verdaderas leyes del suceso, y por lo tanto la única
filosofía de la historia. En contrapo.sicion, pues, de los sis­
temas, clásicos y universitarios del renacim iento, incrédulo-
racionalistas de la Enciclopedia, y panteistas de este siglo!
sin separarnos en lo fundam ental del pensam iento de B os-
suet y de F ederico S ch leg el, y tom ando por norte á San
A g u stín y á nuestro Orosio; vam os á form ular las leyes
que sobre desprenderse claram ente de los hechos, son ca-
54- B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

pítales en el drama de la vida, presiden en todo su desar­


rollo el altísimo plan de la historia, y sirven para dividirla
filosóficamente en dos edades, precedida la una de un na­
tural exordio, y cerrada la otra con su lógico complemen­
to. i.a Unidad de trasmisión orgánica. 2.a Fuerza disol­
vente introducida por un hecho perturbador. 3.a Fuerza
unitiva superior reorganizadora; y 4.a Progreso lento y
triunfo definitivo de la unidad sobre la división: tales son
en nuestro humilde concepto las condiciones primarias de
la vida humana, ó sea las leyes fundamentales de la histo­
ria, y por lo mismo su verdadera filosofía. Nos explicare­
mos. L e y i.a Unidad orgánica; es decir, material de vida
fisiológica, formal de vida religioso-social, y final de ori­
gen, de ley, de dirección y de plan. Ley 2.a Fuerza disol­
vente, mediante un hecho perturbador; es decir, fuerza in­
terna, original y permanente, y por tanto perpetua y uni­
versal, que tiende á separar á la potencia de su objeto; y
por tanto fuerza que aleja al entendimiento de la verdad, á
la voluntad de la justicia, al apetito del sensible racional, al
sensible vedado para arrastrarle á vergonzosas concupis­
cencias;' fuerza, en fin, que trastorna el órden de la vida
misma, rompiendo con el golpe de la muerte el lazo de
personalidad sustancial, que entre el alma y el cuerpo es­
tableciera el Criador en la primera y feliz condicion. Y esta
fuerza no es otra que él original pecado. Mas por lo mismo
y tras él y en él fundada, viene otra causa desorgani­
zadora, externa y accidental, producida por un hecho pos­
terior, que afecta á la parte externa y social de la vida, y
sólo de rechazo á la interna é individual. Este hecho fué la
brusca división de las lenguas, y la violenta separación de
los pueblos, origen de la división de las civilizaciones, que
ocupan toda la historia del mundo antiguo, y cuyos vesti­
gios, aún permanentes, sólo serán borrados del todo en el
período de la unidad final. Ley 3-:i Fuerza ■unitiva, supe­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 345

rior y reorganizadora, que sobre la base de la unidad fisio­


lógica esencial á la vida, y reanudando la unidad formal
de la religión penetre en el interior del hombre, para reor­
ganizar todas las perturbaciones de sus potencias; y por
medio del hombre renovado, transformando á la familia y
á la sociedad, cambie la órbita de la historia. De otro
modo; fuerza unitiva, que bajando del cielo, como en la no­
che el rocío, entra en escena secretamente; y que como toda
fuerza expansiva procede del centro á la circunferencia de
la vida; esto es, del mundo interior al externo; por el supe­
rior de la religión al humano de la sociedad y de la histo­
ria; y en el espacio, de un punto dado á toda la tierra; y en
el tiempo, línea recta del principio al medio, y del medio
extendiéndose siempre por su inagotable savia hasta el fin.
Para conseguirlo, es claro que sobreponiéndose á las di­
visiones sociales y religiosas, tiene que reanudar el hilo de
filiación orgánica, interrumpido por la división, en el lazo
de una unidad religiosa, intelectual, moral y social, que lle­
gue á producir en último .término la unidad final de la ci­
vilización: y como es obvio también, esta fuerza no es, ni
puede ser otra, que la sobrenatural de la religión ver­
dadera.
De donde aparece clara la cuarta ley, que es el progre­
so histórico de la unidad reorganizadora, lento pero segu­
ro, hasta que consiga el triunfo definitivo sobre la divi­
sión. Y esta victoria no es otra que la del único lenguaje
verdadero, que es el cristiano, infiltrándose en la variedad
de lenguas divididas en Babel; la de la religión original
desenvuelta en el cristianismo, desvaneciendo las abomi­
naciones politeístas de la antigua edad; la de la civilización
perfecta, que es la cristiano-europea, infiltrando sus m áxi­
mas saludables en todos los grados de cultura, y creando
con variedad de formas una sola y universal civilización
sustancial, y todo esto dentro de los límites del tiempo y
344 B O SQ U EJO D E U X A F I L O S O F Í A

bajo la jurisdicción de la historia. Pero como el triunfo no


seria completo sin la destrucción de otro desorden más ra­
dical y profundo, que es la rotura de la personalidad hu­
mana, introducido aquél, y ocasionada ésta por el pecado,
p e r uuuw ho mine ni peccatwn, ct perpcccatu-m mors, dice
San Pablo; el progreso de la^unidad, traspasando las vallas
del tiempo y de la historia terrena, extenderá su alcance
á las regiones de la eternidad, poniendo de este modo con
la victoria sobre la muerte misma, como dice San Pablo,
esto es, con la entera reorganización del hombre, el sello
y remate al plan de la creación y de la redención. Tales
son, repetimos, las leyes que en nuestro pobre concepto
forman la trama de la historia. En rigor no debíamos de­
tenernos en ulteriores aclaraciones: dedúcense lógicamente
de todo lo que llevamos expuesto. Sin embargo, y aun á
riesgo de repetir ideas ya apuntadas ó desenvueltas, con­
viene formularlas, reduciéndolas á sistema ó á cuerpo de
doctrina para verlas de una sola ojeada: siquiera para de­
satar de paso las dificultades que á primera vista parecen
de ellas surgir.
L ey i .a E l hombre es uno en especie, como lo es en ar­
monía el mundo, como lo es en esencia Dios. E l mundo se
une con Dios por el lazo de la creación, como el efecto
con su causa; el hombre se une con el mundo, como su
compendio, y con Dios como hecho á su imágen y seme­
janza; y todo se subordina á un solo plan por medio del
hombre, que es el feudatario de Dios en la tierra. Como
de todos los globos que forman el Universo, este nuestro
es el lugar destinado para su temporal morada, y el esta­
dio donde ha de ganar su destino eterno, el hombre lo resu­
me todo en su alta dignidad de rey de la creación, pero es
á condicion de que él mismo se someta, y con él todas las
cosas, á Dios, que como causa y autor de todo, es también
y por lo mismo su último fin-. Mas si el hombre en su crea-
C R IS T IA N A DE L A H ISTO RIA . 345
cion estaba unido con los seres inferiores por su dominio,
y con Dios por .su subordinación, debia estarlo también
consigo mismo, sin sentir esa repugnancia al bien, sin e x ­
perimentar esa lucha que San Pablo describe con gráficos
colores en su carta á los Romanos, que el poeta latino in­
dicaba en el video meliora proboque, deteriora sequor, y
que Luis X IV , después de un discurso de Masillon, en que
describía las dos tendencias del hombre interior, expresó
gráficamente diciendo: ¡d esos dos hombres los conozco yo
muy bien!
E l hombre, pues, no fué formado tal como aparece, hoy
en la historia. En virtud de la original justicia sus apetitos
estaban subordinados á la razón, el cuerpo al alma, y
ésta, ó más bien, el hombre entero á Dios. Las antiguas
tradiciones no habían olvidado, aunque sí confundido y
tergiversado, e.sa primera condicion del hombre. E l poeta
la llama edad de oro, miren prinntm sata cst o?ias\ Varron
edad divina, y la fábula el reino de Saturno, anterior á la
usurpación de Júpiter. Y sobre la base de esa unidad, que
llamamos de subordinación original de las cosas al hom­
bre, y del hombre á Dios, hay otra que es su legítima con­
secuencia, que es la unidad de la especie, es decir, la ge­
nealógica, ó de vida orgánica, que se propaga fisiológica­
mente, y la formal ó de irradiación de un centro á la
circunferencia, siendo base las tres de la unidad de plan y
de drama, de la unidad de la historia. Laurent no ha com­
prendido la importancia de esta primera ley. Después de
resolver el problema de la filiación de las civilizaciones
apresuradamente y con un principio abstracto y sin base
en el sistema racionalista; introduce á los antiguos impe­
rios en escena, sin haber fijado de antemano el origen de
su respectiva cultura. En los Estudios falta una condicion
sustancial. Mientras no nos diga si las civilizaciones han
brotado, como los hongos en el erial de un salvajismo pri­
B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

mitivo, ó si todas ellas reconocen un solo centro de ir­


radiación, que es la original palabra, instrumento g-eneral
de enseñanza; queda por resolver el gran problema que
envuelve su historia de la humanidad.
A l contrario; según la Biblia, á que se acomoda el pro­
fundo y más racional sistema de Bossuet y antes de Orosio
y San Agustín, la vida física como la religiosa, moral y so­
cial proceden de un sólo tronco, y de allí se van extendien­
do á todas las ramas; la una en familias, tribus y naciones, y
las otras irradiando del A sia central, cuna de la cultura, á
Grecia y Roma, y de allí á las naciones modernas. Todo
sistema que multiplique ó divida el tronco, del árbol ge­
nealógico, hace á la historia inorgánica, y la imposibilita
para explicar la unidad de drama, la unidad de plan, Sólo
en la Biblia todo está previsto y ordenado. Adán es un in­
dividuo, y la especie; es un hombre y la fuente de la vida
humana. L a esposa sale de su costilla, y es su misma car­
ne; y por eso, como Adán el tronco, E v a es la madre de
todos los vivientes. Todo hombre que viene á este mundo
desciende en su cuerpo de Adán, como padre, y en su in­
teligencia es por él enseñado, mediante el magisterio pri­
mitivo y universal de la palabra. Y esa doble corriente
originaria del manantial fecundo de la creación se puede
torcer, pero nunca romper ni acabarse del todo. En la
vida del cuerpo, propagada por g'eneracion, es evidente.
Las cinco razas de la fisiología son una sola especie. Los
etiopes del Africa, los mongoles del Asia, los bronceados
americanos, y los atezados de la Oceanía, sea cualquiera
la dificultad que haya para explicarlo, todos descienden de
la raza caucasiana.
Pues lo que para el cuerpo es generación, en los órde­
nes intelectual y moral es enseñanza, generación espiritual.
L a palabra recibida de Dios por creación, fué en Adán in­
teligencia en acción, adulta, desarrollada, y al mismo tiem­
C R IS T IA N A . D E L A H IS T O R IA . 347

po inspiración sobrenatural de la fé; es decir, ciencia natu­


ral pero infundida por dón gratuito, no adquirida por el
trabajo; y al par conocimiento, por luz sobrenatural, de lo
que excede la esfera de la razón, de ío que pertenece á la
fé. Dios fué maestro del hombre por creación, por el len­
guaje inspirado, para que Adán lo fuera del género huma­
no por la palabra. Todo hombre que no sea Adán recibe
la vida trasmitida de otro; y es embrión, niño, adulto. Todo
otro hombre fuera de Adán nace mudo, ignorante, y por
medio del lenguaje es enseñado. Y como la lengua primi­
tiva fué una, aunque la ciencia no pueda hoy designar la
original, tiene que admitir, sin embargo, que toda otra es por
necesidad de ella originada. Por eso en todas las habladas
hoy en el mundo se contienen rudimentos, por lo ménos,
de religión, de moral, de filosofía, de derecho, de familia,
de sociedad, de artes, de los elementos, en fin, que compo­
nen la vida. Toda lengua es una especie de razón formada
de antemano, que el niño recibe cariñosamente en el
regazo de la madre sin comprender ni el uno ni la otra
todo el caudal de sabiduría que por tan sencilla manera
se comunican. Pero en ese lenguaje tradicional ha venido,
sin duda, un gran hecho perturbador á dividirle en lenguas,
y con ellas á transformar el órden de las ideas. No es ex­
traño, pues, que las religiones tergiversando la tradición,
y la filosofía divorciándose de la fé, hayan producido esas
monstruosidades religioso-morales que se llaman politeís­
mo, y esas organizaciones viciosas que se llaman civiliza­
ciones paganas. Por eso Dios, que nunca suelta las riendas
de la historia y la va conduciendo suavemente bajo la
base de unidad del drama; dentro del lenguaje ya dado en
el principio, y en una lengua determinada, la hebrea pri­
mero, y la griega después, restablece la verdad alterada,
ampliándola, y desenvolviéndola hasta su plenitud, y esto
lo hace por el mismo sencillo medio que la comunicó en el
;,4'3 B O SQ U E JO !)!•; U N A f il o s o f ía

principio; es decir, por creación, por inspiración. La sinaí-


tica, la profética, la inspiración cristiana, no se diferencian
de la adámica ó infusión del lenguaje, más que en el modo.
L a de Adán como primitiva, de creación, abarcaba las ver-
dades de la fé y la ciencia natural; ó más bien el ejercicio
actuado de la inteligencia y las verdades sobrenaturales
de la religión primitiva. La inspiración bíblica en sus di­
versas fases, al contrario, sin tocar las lenguas ya formadas,
ni las culturas ya desenvueltas respectivamente, se limita
á esclarecer lo oscurecido por la razón, y enderezar lo tor­
cido por las pasiones. Y así va ampliándose siempre hasta
que llega á la plenitud en Pentecostés, ó más bien en el
ciclo cristiano, después del cual es absurdo admitir un nue­
vo Evangelio como predicaban el Abad Joaquín, Parma y
Oliva; revelación, ó más bien una religión nueva, como
fantaseaba Hartmann.
Y en este tosco diseño de la unidad de la vida, mate­
rial del cuerpo, religioso, social del hombre, y orgánica de
la historia, no entran para nada las cuestiones acerca de la
posibilidad de inventar el lenguaje, ni de las fuerzas de la
razón, ni de los limites de demarcación entre la razón y la
fé, sobre las cuales tanto se ha disputada entre la escuela
tradicionalista y su contraria. Aquí sólo se asienta el hecho
de la unidad religioso-social, y su propagación, por medio
de la palabra, para dar unidad orgánica á la historia como
su ley primera y fundamental.
L e y 2,11 Pero en medio de esta unidad material y moral,
y sobre ellas la unidad de plan, hay que introducir una
fuerza disolvente y desorganizadora, si se han de explicar
satisfactoriamente todos los desórdenes que nos ofrece en
sombrío pero variado panorama la historia; es decir, esa
fuerza interior y permanente que siente el hombre peren­
ne en su conciencia, y esa fuerza exterior y ocasional que
ha producido la división histórica de las civilizaciones poli­
C R 1S T I A M A J J K - L A H ISTO RIA . 341J

teístas. Sin duda el género humano está en itn estado


morboso. L a razón fuera de su centro, que es la verdad, os­
cila entre los abismos que en el mundo antiguo sollamaron
emanantismo, dualismo, mitología, y desde el renacimiento
para acá reciben el nombre de protestantismo, escepticis­
mo, deísmo, racionalismo. Y la voluntad extraviada del ca­
mino de la rectitud ha marchado de un precipicio en otro
por esa serie de torpezas é injusticias que se llaman en el
individuo inmoralidad, y atropellos, servidumbres y guer­
ras injustas en las naciones. Y claro, ni el hombre ni la
sociedad salieron así de las manos bondadosas del Criador.
E l rio de lágrimas que ha vertido el ojo del hombre es
signo de una conciencia oprimida por la culpa; el reguero
de sangre que han dejado las naciones en el camino de la
historia, es fruto de un gran desorden. Los antiguos filóso­
fos llamaban á la naturaleza madrastra noverca: todas las
tradiciones hablan de una gran prevaricación cometida allá
en los albores de la historia, y según el ya citado testimo­
nio de Proudhon, la humanidad en todas partes ha excla­
mado, ¡ay pecadora de mi7 Poco importa que estos ayes
desgarradores ofendan el oído melindroso del racionalis­
mo. L a historia, so pena de enredarse en un laberinto sin
salida, sin temor al necio é infundado clamoreo de la incre­
dulidad, debe poner al original pecado como fuente de to­
dos los males, y por tanto como la segunda ley de su filo­
sofía. Adán, padre del linaje, fué también autor de su con­
dicion trabajosa. Adán, tronco de la vida fisiológica, es
también la causa de la perturbación moral del organismo
y autor de la muerte del género humano.
Pero además del desorden fundamental del pecado ori­
ginal, vivo y permanente en la conciencia del hombre, es
menester admitir otro fundamental también, pero en época
dada. “ Los que suben á una pareja única, dice Niebuhr(
citado por Wiseman, deben suponer un milagro para expli*
,550 B O SQ U EJO D E - Ü N A F IL O S O F ÍA

car idiomas de extructuras diferentes; y respecto de aque­


llas lenguas que se diferencian por sus raíces y otras cua­
lidades esenciales, hay que admitir el prodigio de la confu­
sión de las lenguas,,. Mas semejante prodigio no ofende á
la razón. „ Mientras la filología no acabe de asentar este
hecho, como origen de la edad de la división, la etnografía
y la historia no pueden dar un paso por la senda de su filo­
sofía. Babel es el único punto de partida para explicar
satisfactoriamente el hecho colosal de la división de las ci­
vilizaciones. “ L a lengua, dice Balbi, citado por Malte-Brun,
es el verdadero y característico rasgo que distingue una
nación de otra, y muchas veces el único que tiene este
privilegio; pues todas las demás diferencias producidas por
la diversidad de raza, gobierno, usos, costumbres, religión
y civilización, ó no existen, ú ofrecen variaciones imper­
ceptibles é inapreciables.,, En ménos palabras había dicho
lo mismo San Isidoro, como se advirtió en su lugar, pero
bueno es confirmarlo con tan autorizado testimonio.
De todos modos, sólo á la luz esplendorosa del caos
moral de la confusion de lenguas, es como se explican to­
dos los fenómenos de la edad de la división. La religión,
una en su origen, se divide en tantas teogonias como son
las lenguas y razas en que al partir de Babel se fracciona
el género humano. Falsificación lenta y sucesiva de la úni­
ca religión verdadera como la luz al descomponerse en co­
lores, sepáranse del tipo original con más ó ménos vivo
matiz, según la facultad que predomina en el prisma de la
tergiversación. A llí donde sobresale la imaginación, resal­
tan las concepciones fantásticas en forma de mitos, obra
de la fantasía; donde predomina la sensibilidad, revisten el
tinte fetiquista del ídolo, obra de los sentidos; donde se
eleva á la abstracción filosófica, toma la forma de filosofe-
ma, panteísmo emanantista, ó naturalismo racionalista, obra
de la razón extraviada. Y sólo con esta clave es como pue­
C R I S T I A N A DJ£ L A H IS T O R IA . 351

den explicarse dos fenómenos históricos que en cualquier


sistema racionalista no tienen solucion satisfactoria. E s el
primero un hecho que la critica arqueológica va poniendo
más en claro cada dia. Las tradiciones de los pueblos son
más uniformes cuanto más se remontan en antigüedad; y
las religiones más puras y sencillas cuanto más se aveci­
nan á la fuente, de cuyo fecundo manantial se derivan to­
das. Sólo haremos aquí algunas indicaciones. Los reyes
pastores del tiempo de Abrahan temían á Dios; el árabe
Jetro y el Idumeo Job adoraban al Dios verdadero; los re­
cuerdos caldeos de Beroso semejan á las tradiciones bíbli­
cas; en la China y en la India hay indicios de que reinó por
algun tiempo el monoteismo; y de los estudios que ha he­
cho vsobre Homero, viene á concluir Gladstone, que la Gre­
cia va desfigurando sucesivamente los puros recuerdos
tradicionales, hasta convertirlos en bella pero absurda mi­
tología. Y á este primer fenómeno corresponde otro, tan
decisivo para nuestro objeto como embarazoso para los
racionalistas. E n todas partes la división intelectual, artís­
tica y social, depende de la religiosa: en todas partes las ci­
vilizaciones se malean, gangrenan, disuelven ó desaparecen
á medida que se extravía la religión y corrompe la moral,
olvidando el origen y quebrantando la ley de la unidad.
No es extraño: porque de la religión, esfera superior de
la vida, baja el desorden á las sociales, á todos los elemen­
tos de la humana cultura y de las civilizaciones politeís­
tas. En todas partes el hombre y la sociedad son semejan^
tes á los dioses que se foijan. A las emanaciones del B ra­
ma corresponden las castas de la India. Desde el Bramin.
que sale de la boca de la divinidad, hasta el que brota del
pié, el desgraciado Sudra. A la observación y culto de la
naturaleza por medio de una ciencia vinculada en el sa­
cerdote y oculta en eí misterio del ladrillo ó del geroglífi-
co responden en Egipto y Asiría monumentos colosales en
35 - BO SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

et grandor, pero sin rasgo alguno do belleza estética. A l


Dios abstracto de la China y á una lengua semi-atea respon­
de un gran taller de industria, donde el pueblo, sin otro
Dios que el cielo, y su representante en la tierra, el em­
perador, se ocupa en trabajar la seda ó la porcelana, con
olvido de todo deber moral. Y donde la religión es una
mercancía, sólo servirá para traficar, dando dioses en cam­
bio de metales, y propagando junto con las ricas telas de
Tiro y de Sídon, toda clase de supersticiones é idolatrías.
Y por lo mismo, donde los hombres son dioses ú hombres
elevados á la apoteosis, y los dioses séres que revisten for­
ma humana, las creencias serán mitología, y la religión un
solaz, y las artes de suma belleza plástica, y sólo el ciuda­
dano hombre libre, mientras reduce al esclavo á la ca1,->go-
ría de cosa. Introducido después el teatro y la danza, el
pueblo aprenderá los vicios de sus dioses al son de la lira
y de versos armoniosos, hasta que embriagados en el pla­
cer los habitantes de Atenas, al decir de Diógenes Laercio,
reputen un crimen hablar de cosas espirituales, y como
es bien sabido hagan beber á Sócrates la cicuta, y á Pla­
tón escarmentado hablar de Dios con reserva y en el seno
de los amigos. Y como consecuencia de todo, allí donde se
reúnan en una sola religión sintéticamente politeísta, la se­
veridad de los dioses etruscos con la belleza mitológica de
los latinos; organizada la sociedad en clases, la absorvente
y tradicional de los patricios, y la móvil y reformadora de
los plebeyos; surgirá un pueblo, tan tenaz en sus costum­
bres como el derecho quiritario, y tan expansivo en sus con­
quistas como el vuelo de sus águilas; pero un pueblo que
si domina con las armas al mundo y rige á las naciones con
el derecho, recibiendo en cambio lo más absurdo de las re­
ligiones, lo más degradado de las costumbres y los vicios
de las antiguas civilizaciones, bajo la deslumbradora púr­
pura del César, y la colosal organización de sus dignidades
C R IS T IA N A DE LA H IS T O R IA . 35j

pretorianas, llevará en sus entrañas el cáncer de corrupción


que descubren las licenciosas páginas de Cátulo, de Tíbu-
lo y de Propercio, y resume la célebre cena de Augusto
descrita con vivos colores por Tácito.
E s un hecho, pues, que de la división de lenguas pro­
viene la de civilizaciones, y lo que con ella nosotros llama­
mos la edad de la división, coronada por la más monstruo­
sa confusion, que es la amalgama de todas las religiones, en
una tolerancia impía y absurda, Rom a bajo la forma exte­
rior de unidad de civilización representada en el imperio,
es la división religiosa del mundo antiguo elevada á su úl­
tima potencia, representada en el Panteón; y hubiera sido
menudo fraccionamiento de todo en la ruina y disolución
del imperio, á no haberse interpuesto providencialmente y
con su fuerza superior unitiva el cristianismo, para reorga­
nizarlo todo, sociedad, civilización é historia por medio de
la unidad de la religión.
Ley 3.a Con efecto, en medio de esta s.ombreada des­
viación, de estas corrupciones universales de la inspiración
y la religión primitiva, hay una linea incorrupta é incor­
ruptible de trasmisión, que marcha en línea recta de Adán
á Jesucristo, y que, si como luz es foco, como institución
tipo, y como anuncio profecía; como hecho es el centro re­
ligioso del mundo antiguo y el anillo religioso-social con
que históricamente le une con el mundo moderno. Y en
esas dos líneas de trasmisión, ortodoxa de. atracción y or­
gánica la una, heterodoxa, centrífuga y disolvente la otra,
es donde más resalta el carácter sobrenatural, conserva­
dor y director de la primera, y el natural, disolvente y
perturbador de la segunda, formando entre ambas todo el
movimiento de rotacion del mundo histórico. Ciertamente
que en el ciclo politeísta los imperios de Oriente, la cultu­
ra helénica y el gobierno y dominación cesárea, son astros
de gran magnitud, moviéndose en anchas esferas de espa­
354 B O SQ U EJO D E U X A T IL O S O l-ÍA

ció y de tiempo. Pero el sol de ese sistema planetario no


ha de buscarse en Nínive ó Tiro, en Menfis ó Babilonia,
ni siquiera en Atenas, en Rom a ó Alejandría. Por extraña
que parezca la aserción, lo decimos con convicción profun­
da, el centro de atracción religioso-ideal del mundo anti­
guo era Jerusalen, mejor dicho, la línea ortodoxa y reorga­
nizadora, que conteniendo en su marcha centrífuga ó irre­
gulares movimientos á todos los pueblos de la dispersión
babélica, hizo converger las tradiciones, las esperanzas, los
sentimientos religiosos y aun las inspiraciones do la cultu­
ra hacia el punto luminoso que, anunciado claramente por
los profetas y presentido ya en la égloga de Virgilio, era
viva creencia en los tiempos de Suetonio, Tácito y Plutar­
co (i). Y que esa creencia era fundada lo prueba el hecho
de que desde el dia de Pentecostés, mudados los polos de
rotación, iluminado todo con la luz que sale del Cenáculo, y
atraido todo por la fuerza central de la silla que en Rom a
establece Pedro; no sólo de los clásicos pueblos griego y
latino, no sólo de los restos de los antiguos imperios de
Oriente, sino de otros ignorados, y que sólo se conocían
con la denominación de bárbaros, fórmase un mundo nue­
vo, que girando desde el primer dia en la órbita de la uni­
dad, y ensanchándola luego con el descubrimiento, ha de
abarcar á todos los pueblos de la tierra en su entera cir­
cunferencia, L a ciencia de las religiones que hace del cris­
tianismo un plagio de las ideas,greco-orientales, más bien
que un sistema, que haya que combatir científicamente, es
tan sólo una equivocación histórica, que hay simplemente

(l) Si A geo decía más de 40o años antes.de J , C. veniet desideratus


cHiiciis gentibm , y V irgilio cantaba en tiempo de Augusto, rnagnm ab inte­
gro, sectdorum renaseitur ordo\ Tácito respondía, percrelm erat toto Oriente
i-ehts et cónstans opiato , y añadía Suetonio, phir¿b?ts pc.rsitasio inerat antiquis
sacerdolwn libris contineri, y concluía Plutarco antiquüsim a h<ec desee 11-
apud barbareis, ct apud gripcos...., nt convaleseerct Orietis.
C R IS T IA N A DE LA I-IIS T Ü R IA .

que rectificar. L a historia de lo.r conflictos, que hacc nacer


la importancia del cristianismo de la unidad del imperio,
es además una falta de sentido histórico, ó más bien un
ejemplo vivo de los conflictos que .suscita siempre la incre­
dulidad contra el sentido común.
Mientras la religión primitiva y original que todos los
pueblos recibieron en Babel por conducto de los tres hijos
de Noé, sus respectivos ascendientes, se conservaba sin no­
table alteración; "Dios, que no abunda en lo supérfluo, como
tampoco falta en lo n e c e s a r io , no tenía para qué intervenir
en la repetición de una merced, que por el lazo del co­
mún oríg-en había legado en rico patrimonio al género hu­
mano. Pero desde el momento que. las razas dispersas, ol­
vidando, ó más bien tergiversando el dón recibido, sustitu­
yen á la religión tradicional las creaciones de su fantasía
se hace precisa la intervención del cíelo. San Jerónimo y
nuestro Orosio, observan atinadamente que la vocacion de
Abrahan coincide con la introducción de la idolatría: lo que
traducido al lenguaje de la filosofía de la historia podemos
formular de este modo: la línea reorganizadora de la uni­
dad histórica coincide providencialmente con el primer bro­
te del árbol de la división para que, cuando este crezca, y
se desarrolle, y produzca el fruto podrido de las religiones
politeístas en las paganas civilizaciones que han de alcan­
zar en Rom a su cima y complemento; del fondo mismo de
la división surja sobrenaturalmente el árbol frondoso de la
unidad.
Ahora bien, este árbol, que como el del Paraíso en el
estado de inocencia, está destinado á sostener la vida en el
valle de lágrimas de la historia, no es ni puede ser otro que
la única religión verdadera, que como original y dada para
el género humano, es de suyo perpétua en el tiempo, y en el
espacio sucesivamente universal; que como divina entraña
una virtud inagotable que sirve, para todos los tiempos y
3ó ó b o sq u e jo UJ-; u n a filo s o fía

circunstancias y que lazo de unión entre el cielo y la tierra,


lo natural y sobrenatural, entro lo humano y lo divino, es
contemporánea de todos los tiempos y edades, testigo de
todos los sucesos; y que así como en el principio, por ori­
ginal, fue creadora de todos los órdenes de la vida social,
y reorganizadora en todos los extravíos y desórdenes de
la continuación, y redentora y regeneradora en el medio
del cristianismo, así será soberanamente unitiva, una vez
disipadas las sombras y borradas las divisiones, en la con­
sumación y el fin. Por eso, idéntica siempre en la sustancia,
idealmente en el dogma, prácticamente en la moral y sim­
bólicamente en el rito, que es el sacrificio, resumen y com­
pendio de los dos, recibe ampliaciones á medida que el er­
ror se desenvuelve, que la corrupción avanza, que se con­
suma la abominación, hasta que llegados éstos á su colmo,
en la plenitud de los tiempos, dice San Pablo, recibe con
la Encarnación del Verbo su complemento, su perfección,
más allá de la cual sería absurdo y contrario diametral­
mente á la sabia economía de la revelación admitir otra
verdad. Docebit vos omnem veritatem.
Mas por lo mismo que la religión original es la casa
paterna de donde todas, como hijos pródigos, salieron para
disipar en las orgías de las abominaciones paganas el rico
patrimonio de la verdad y de la moral; para llenar su altí­
sima misión de sostener en el mundo la idea de unidad, te­
nía que seguir al extravío en todos sus torcidos pasos, 11a-
•lándole con dulce reclamo al redil; y ya que desoyera la
voz amorosa del aviso, forzándole por lo ménos para que
sirviera de larga preparación al gran acontecimiento de la
unidad cristiana, comienzo y poderoso impulso de la final.
L a línea ortodoxa de la religión, pues, fué conservadora
progresivamente, y aclaratoria sin dejar de ser tradicional.
Por progresiva era creación nueva, una reproducción de
la inspiración primitiva; por conservadora era antigua y
C R IST IA N A D1L L A H ISTO RIA . 357

eminentemente tradicional, y bajo ambos conceptos sobre­


natural, porque sobrepuja á la esfera del pensamiento hu­
mano, qun 110 habia hecho sino adulterar la divina y única
religión original. Por lo mismo es eminentemente histó­
rica, 110 sólo en el sentido de enlazarse con los hechos y
ser ocasionada por las grandes evoluciones del error, sino
también y principalmente, porque llevaba de frente todos
los adelantos humanos de las culturas politeistas, que la
razón y mano del hombre crearan, que la ciencia y el arte
conquistaran con su respectiva y á veces prodigiosa acti­
vidad. Parémonos aquí un instante para admirar el plan
de la Providencia.
La religión no ha nacido, ni se ha desenvuelto en la
oscuridad, ni es enemiga de la luz como neciamente se le
acusa por algunos escritores de nuestros dias. Lo contrario
es precisamente lo verdadero. La primitiva es origen de
toda civilización, y las fases principales de su desarrollo or­
ganizador coinciden con los siglos en que la cultura bri­
lla en todo su resplandor. Lo cual está en sublime armonía
con el plan altísimo de la misma religión. En primer lugar,
ésta que comienza con el hombre y es el alma de la socie­
dad y de la civilización, no podia, no debia estar reñida con
la cultura literaria de la palabra ni con la artística de los
monumentos. Para llenar además su altísima misión de cor­
regir los errores, condenar las torpezas y sanar las llagas
sociales del politeísmo y paganas civilizaciones, tenia que
ponerse providencialmente en contacto con ellas, sirviéndo­
las de faro en su oscuridad, de freno en sus extravíos, de
despertador en su letargo. Como testamentaria también de
un mundo viejo que iba á perecer, víctima de la gangrena
que llevaba en sus entrañas, y tutora de un mundo nuevo
que, heredero de los humanos adelantos purificados, iba á
nacer á la única' era de la unidad, y habia de perpetuarse
en la universalidad hasta la consumación y el fin; tenia que
558 B O SQ U EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

abrir desde el principio el expediente donde todo constase


auténticamente, y en el dia dado se habia de entregar en
rico patrimonio al heredero, que es la humanidad regene­
rada. Pues bien, con todos esos títulos y caracteres, con toda
la virtud de su expansión salvadora y reparadora, se pre­
senta la línea ortodoxa el dia de Pentecostés. Por eso la
Biblia, encargada de tan altísima misión histórica, sin per­
der nada de su originalidad sustancial inspirada del cielo,
ha recogido en su roce con la tierra y tránsito por los siglos
lo más selecto de los humanos adelantos, perlas preciosas
que engastadas en la corona de su inspiración, le dan asi­
mismo el brillo de la más sublime y elevada de todas las li­
teraturas. Tor donde al par que se confunde á los necios de­
tractores de la religión y de la Biblia, se ve con claridad la
sabia economía de la religión. Y esta teoría está confirma­
da por la historia.
Así, Abrahan nace en U r de los Caldeos, vive en l i a ­
ran de Mesopotamia, pasa á Canaan y baja á Egipto, que
son los pueblos más adelantados de su época, para ser en
todos el misionero de la unidad. Y lo mismo sucede con la
revelación sinaítica, profética y sapiencial, que con el hilo
de la historia hebrea y sus conexiones con los grandes im­
perios y civilizaciones, forma un todo compacto que se
llama el Testamento antiguo. Moisés, en frase de San E s­
teban, estaba instruido en todas las ciencias de los egip­
cios; y si en la construcción del tabernáculo y vestiduras
sacerdotales muestra gran conocimiento de todas las ar­
tes, en la redacción del Pentateuco eleva la escritura á
una perfección que, como instrumento, nada ha adelantado
desde entonces en la sustancia, y como idea no ha alcan­
zado ningún escritor antiguo ni moderno. Pero la revela­
ción sinaítica es el contrapuesto, la explícita condenación
de la religión del geroglífico. A un deismo naturalista,
vago y sin personalidad, opone un Dios personalísimo, eí
C R IS T IA N A DE L A H ISTO RIA . 359

yo soy el que soy del Horeb; á la adoracion del buey Apis


y del carnero Ammon, la inmolación de estos animales en
el altar de los holocaustos; y á la profusión de riqueza ar­
tística, pero monstruosa del templo y del culto egipcio, la
artística, pero sencilla construcción del tabernáculo, á don­
de baja en misteriosa nube la majestad de Dios. Y del
mismo modo podríamos ir discurriendo de los libros de
Isaías y de Ecequiel enfrente de las abominaciones féni-
eo-asirias; y del brillante destino que desempeña Daniel
entre los Mayos de Nabucodonosor, y su interpretación de
los reinos figurados en la estátua, y de la determinada y
célebre profecía de las setenta semanas anunciada en ple­
na civilización babilónica; y de las relaciones del pueblo
de Esdras y Nehemias con los Daríos y Artajerjes, y los
cada vez más claros vaticinios de la proximidad del liber­
tador; y de los libros del Eclesiástico y de la Sabiduría, en
oposicion al escepticismo sensualista y racionalista de la
filosofía griega. Sin detenernos á desenvolver todas estas
grandes fases con que se entrelaza históricamente la orto­
doxa línea religioso-tradicional con las grandes civiliza­
ciones antiguas; por conducente á nuestro objeto, vamos
tan solo á deducir una consecuencia importante, que es
asimismo nuestra 3.a ley fundamental.
En medio de la disgregación religioso-social del poli­
teísmo, hay una fuerza religioso-civilizadora- de unidad,
que concentrada en el pueblo escogido como hecho, y.en
la Biblia como doctrina; con la condenación parcial de los
grandes extravíos religioso-morales, y con sus oportunos
avisos á las culturas histórico-sociales del politeísmo, iba
preparando la gran renovación religioso-histórico-social
que habia de llevar á cabo el cristianismo en la nueva,
única y regeneradora era de la unidad.
Y esa fuerza reorganizadora del medio, que directriz de
la historia ha de conducir con segura mano la nave por
36o B O SQ U EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

entre los escollos del tiempo, y contra el huracán de las


contradicciones al puerto de la unidad final, no es, ni pue­
de ser otra que la religión verdadera, fuente de vida social,
foco de civilización, y que originaria del principio y pasan­
do, como todos los elementos de la vida, por las fases del
individuo en Abrahan, de la familia de Isaac, de la tribu
en los hijos de Jacob, se constituye en nación en Moisés, y
después de las varias vicisitudes providenciales ya expues­
tas se eleva á Iglesia Católica en Jesucristo. Tomando des­
de entonces el mundo religioso-social, tal como le habian
deparado los siglos, con todos sus sistemas en filosofía,
con todos sus adelantos en las ciencias, con todas sus flo­
res en literatura, con las bellezas del arte plástico y solidez
del romano; pero al mismo tiempo con su oscuridad y con­
fusión religiosa, con sus dudas é inseguridades en toda
cuestión importante, con su vergonzosa inmoralidad en las
costumbres, con las llagas que aquejaban á la sociedad,
con el estudio delicado del ciudadano; pero con la profun­
da ignorancia del hombre, de su origen, de su destino, de
su dignidad; como que desconocía completamente á Dios,
y con toda verdad habia elevado un altar al Dios descono­
cido, ignoto Deo: desde entonces, decimos, el cristianismo,
tomándole sobre sus hombros de jigante, levanta al mundo
antiguo de su postración, para que cambiados sus polos
encaje en líi órbita de la unidad: no ya la sencilla primiti­
va que se rompiera en Babel, sino la superior y universal,
que contando con la elaboración de los siglos y sobre la
diferencia de civilizaciones, desde el punto central en que
se coloca, lo reunirá todo con armonía suprema en el lazo
de la unidad final. Y el cristianismo obra ese prodigio his­
tórico por medio de una fuerza inmensa en la extensión,
omnipotente en la eficacia, sabia en la dirección, oportuna
en el tiempo. Y el cristianismo es tan prodigioso en su ac­
ción, precisamente porque, si como doctrina es misterio,
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 361

com o hecho m ilagro, com o anuncio profecía, como institu­


ción sociedad divina, Iglesia; por lo mismo es tam bién su­
perior á las fuerzas de la naturaleza, está por encim a de la
categoría del pensam iento del hombre, y supera á las le­
yes ordinarias de la historia. Luz profética que anuncia lo
futuro, v iv a y fecunda que esclarece y fertiliza lo presen­
te, altísim a que descubre el secreto del origen, el medio y
el fin; es al mismo tiem po amor secretísimo, que com o el
fu ego purifica, como el imán atrae, como el norte dirige;
especie de escala de Jacob que une al cielo con la tierra,
sobordinando la razón á la fé, la voluntad á la ley, la cul­
tura á la civilización, el hombre á Dios, y el tiempo á la
eternidad. E l cristianism o es la unidad, reorganizadora de
todos los desórdenes introducidos en el hom bre por el pe­
cado, en la sociedad por la injusticia y por el error, en el
mundo antiguo por la cortfusiou babélica, en la historia
por la fuerza universal y perpetua de la división. Y es uni­
dad superior en cuanto reanudando el hilo de la prim itiva
por el cabo de todos los girones politeístas, enlaza en la
Ig lesia católica á todos los pueblos, haciendo del género
hum ano una familia, y de todas las culturas una sola civ i­
lización.
CAPÍTULO XX.

t i PRUÍ i RESO SE(t UX I..V BIBLIA, L E Y .SUPERIOR


DE L A HI STORI A.

GiWSECULXUA y resumen de las tres anteriores


es la cuarta lev, que form ulam os de este modo:
progreso lento y triunfo definitivo de la unidad,
sobre la división. L os racionalistas, robando el nom bre á
la Biblia, han hecho del progreso un ariete contra el cato­
licismo, convin ien do á esa le y histórica en bandera de
irreligión y de impiedad. M enester es arrancársela de la
mano restituyéndola á su verdadero sentido, com o decia
San A gu stin , de la verdad tradicional que tenia aprisiona­
da el paganism o.
Sólo D ios es perfecto, y la cima, y el cúmulo, y la
fuente de toda perfección. L a criatura es sólo perfectible,
subiendo por la escala de su perfección relativa, á m edida
que se eleva en su ascensión hacia Dios, fin últim o de todas
las cosas en el plan, com o es el principio y la causa en el
364 B O S Q U E JO DE U NA F IL O S O F ÍA

acto de la creación. D e estos principios y de esta ley nos


dá el Génesis la clave, el m odelo y el ejemplo. D ios cria
la m ateria en estado informe, caótico; em plea seis dias
(divinos) en organizaría, procediendo siempre de lo im per­
fecto á lo perfecto, del m ineral al veg etal, al animal, al
hombre, y esto, dice Santo Tom ás, no por impotencia, sino
por sabiduría, para guardar el orden debido en las cosas,
ut rerun scrvaretur ordo. H é aquí trazada por la mano de
D ios la le y del progreso. P ero una vez distribuidas las
perfecciones relativas en los séres, que componen el U n i­
verso, según su tipo especial, ó como dice sabiam ente el
texto, cada una según su género; la le y debe cumplirse,
partiendo del tipo, conform e á la naturaleza, de cada uno,
bajo la dirección de la Providencia, que com o creó y o rga ­
nizó, tam bién gobierna el Universo; los séres insensibles
por la le y de afinidad, los orgánicos por la le y de la vida,
los sensibles y cognoscitivos por la le y de espontaneidad,
y el hom bre por la le y de su doble destino, el tem poral
con subordinación al eterno. Tipo fijo, evolucion sucesiva,
orgánica, espontánea ó libre, y término del proceso en la
perfección de cada sér; hé aquí las condiciones del progreso.
E l transform ism o selectivo de D arw in, aun corregido y
aum entado por H ackel, no sólo está destituido débase cien­
tífica; es adem ás contrario á la misma nocion del progreso.
N o nos toca recorrer uno por uno los veintidós grados
del árbol genealógico, que el más autorizado doctor de la
escuela supone ser otros tantos antepasados del hom bre (1).
L a no existencia de la generación espontánea, probada por
el célebre Pasteur, la inm utabilidad de las especies, que se­
gú n M ivart, tiene que reconocer en su estado actual la geo-

(1) Merece leerse la doctu y donairosa, aunque lina y disimulada sátira con
que h;i sabido exponer el sistema el Sr. Hernández Huerta, en su libro impre­
so en Toro el ano 1882, que se titula: ¿ S i ser»? ¿ S i no será?
C I U Ü T I A X A D ü 1. A H I S T O R I A .

logia; y la falta, de anillos ú organizaciones intermedias,


notada y a en su tiempo por Cuvior, y confesada im plícita­
m ente por el discípulo de D anvin, al decir que las más de
las graduaciones que necesita el sistema, son seres extin-
g-uidos, de que no han quedado vestigios en los estratos
fosilíferos: sólo estos tres irrebatibles argum entos serían
bastantes para derribar ese castillo de naipes levantado
con tanto aparato de datos biológicos. P ero lo repetimos,
no nos atañe entrar en polém ica con el autor de la historia
de la creación natural. D el largo viaje emprendido p or el
osado argonauta desde los m ares laurentianos h asta la re ­
gión de los JÍntropoides, lo único que por ahora nos inte­
resa es el momento solemne, en que desde agu as no sur­
cadas por la caravela del genio, en una de sus noches p a­
sada de claro en claro, fantasea divisar, y al am anecer de un
dia que corre de turbio en turbio descubre al fin tierra h a­
bitada, un mundo nuevo, el hombre, que podem os llam ar
no prc sino pra'tcr histórico. Sí, porque el hom bre racke-
liano no es el indio de las L u ca ya s ó de las A n tillas, ni si­
quiera el negro del C ongo, el cafre ó el hotentote: es un
bípedo indefinible; que está fuera de los anales y de todo
cronóm etro, m uy distante de los datos que arroja la g e o ­
logía. E l viajero al m énos no acertó á tom arle bien las se­
ñas, borradas com o están con el transcurso de las edades.
N o atreviéndose á señalarle p rogen itor fijo, dice que sus
ascendientes inm ediatos hubieron de ser, no precisam ente
los grandes catarinas sin cola, sino un sér extinguido que se
le parecía mucho, es decir, algún primo ó colateral del G orila
ó del Chim pancé. Y de padres desconocidos, era consiguien­
te que no hallase su partida de registro civil en el archivo
de los estratos fosilíferos. P o r conjeturas sospecha que con­
tem poráneo del M am m outh y del R inoceros, hubo,' como
ellos, de v iv ir errante sigios enteros por las selvas. Sólo
sabe de cierto que m udo de nacimiento, v e g e tó gen erad o -
,366 BOSQUEJO D lí U N A F IL O S O F ÍA

nes enteras sin habla; que con grandes trabajos aprendió la


escala de la voz hum ana por la gradual transformación del
grito animal en sonidos articulados; y que una vez aproba­
do en exam en m usical por el jurado de la naturaleza, la
mano de la selección le dió la investidura del silabario. Y
aquí está el toque del gran descubrim iento hackeliano.
L a filosofía dijo siempre con gran candor, que no h a ­
biendo efecto sin causa, la causa p rccedía al efecto; y el
sentido común más sencillo aún-añadía, ese es un hom bre
de seso, y de len g u a (ó laringe) expedita, y por eso piensa
bien y habla mejor. Pues bien, ahora resulta que el mundo
estaba en un error. E l Homo Alalias, grado 21 d e H a c k e l,
h a venido á trastornar los polos de la ciencia, y suprimir el
sentido común. E l desarrollo de la función del lenguaje
produjo naturalmente el de los órganos correspondientes,
como son la laringe y el cerebro. Son palabras textuales,
que traducidas al idioma usual quieren decir, el hombre
primitivo, á fuerza de hablar, articuló palabras, y á fuerza de
pronunciar palabras sin sentido, inventó el pensamiento: de
otro modo, y usando del diccionario transformista, la f u n ­
ción del lenguaje afinó la laringe; la vocalización larín­
gea sobreexcitó el cerebro; y el cerebro, ensanchado el án­
gulo fa c ia l y alimentados los sesos, tomó la form a de pensa­
dor, ó por m ejor decir, la forma de un sér pensante; porque
la difei-encia de los ingenios, como diría H uartc, sólo vino
con el trascurso del tiempo. A q u í acaba el papel de H ac-
kel. Con el hom bre prim itivo, grad o 22 de su gencalogiV
cierra el G énesis de su creación natural. M as no por eso
debe term inar nuestra tarea. Con los principios en él sen ta­
dos y las noticias de su análoga, la escuela prehistórica, fá­
ciles segu ir hasta su término los pasos del p rogreso trans­
formista.
Con efecto: el nieto del O ran g ó del Gibon, ó sea de al­
gún colateral suyo, em plea una edad entera, o según otros
CK iSTIAMA UE L A HISTORIA. 3Ó7

dos edades en inventar y pulir instrum entos de sílice. E s su


vestido de pieles, y viv e de la caza, corre mucho, piensa
poco, habla ménos, y com o su len gu a apénas pasa de m o­
nosílabos, si tiene nociones son rudim entarias, de religión
y do sociedad. S e ex p lica bien. A g il de piés, robusto de
cuerpo, ligero de manos y dedos, en su larin ge conserva
en parte la rudeza del grito animal, y en su cerebro el
poco seso del antropnide. P ero corren los tiem pos....C avan ­
do las montañas, ó casualm ente, descubre los metales, que
para él son una revelación de V ulcan n y otros dioses in fe­
riores, é introduce su culto. Em belesado de] g o rg e o de las
aves, las rem eda con su gargan ta, hace sus prim eros en­
sayos m usicales en los frigios, hasta que al fin lleva el coro
al teatro g riego . Mirando de noche á las estrellas, por la
fuerte impresión del espectáculo, le crecen los sesos, le salen
en el cráneo protuberancias y .... con el nuevo órgano de
la fantasía, al par que dioses risueños, crea la Iliada; y
con el de la inducción forja en Oriente teogonias, abre
las escuelas jónica, itálica, etc....U n a vez y a en posesion
de los m etales, con las construcciones grandiosas, aunque
toscas, la reunión de tribus en pueblos, el nacim iento de
las artes y de las ciencias, y sobre todo educados y a la
laringe y el cerebro, entonces es cuando despunta la auro­
ra de la cultura y lleg an los tiem pos llam ados históricos.
Y decimos llamados, porque la reciente invención de una,
ó más edades prehistóricas es la m ayor injuria que ha
podido irrogar á sus m ayores el hom bre que se llam a á sí
mismo civilizado. U n a cosa es que los prim itivos picapedre­
ros no se cuidaran de consignar en anales sus hechos, y
otra m uy distinta que esos honrados é industriosos opera­
rios del progreso, á su modo al ménos, no hicieran tam bién
historia, como h o y se dice. Si la escuela conoce tan sólo
la parcial y fragm entaria que últim am ente ha descubierto
en la palafita, en el dolmen ó en la caverna, achaque es de
j6 S B O S Q U E JO .DE U N A F I S.(,)SOJ-í A

los tiempos, no culpa de los inventores y pulim entadores


del lapídeo instrum ento, ó de la grafita. Q uizá otros m u­
chos sucesos contem poráneos, grabados en stelas, al decir
de Josefo con otros historiadores; acaso gen ealogías ente­
ras ó acontecim ientos necesarios para entender los p oste­
riores, cuyo recuerdo confuso han conservado algunos p ue­
blos, sin borrarse del todo, se hayan sólo oscurecido por
efecto de algun a espantosa catástrofe. D e todos modos, los
primeros pobladores en forma hum ana de nuestro globo, por
ningún título deben ser despojados de un derecho, que con
las m odernas constituciones llam aríam os inalienable é im­
prescriptible, si no tuviera el más firme cimiento de una ve­
nerable antigüedad, y de la cro nológica prim ogenitura; es
decir, el derecho de intervenir como actores principales, más
aún, como socios fundadores en la gran epop eya de la his­
toria y del progreso. Y tod avía m ayor que la injusticia de las
edades prehistóricas, es la ingratitud con que trata á los
protoparentes de la cultura el desdeñoso olvido racionalis­
ta. Y no nos referim os ahora al discurso de apertura pro­
nunciado por D rap er en el M useo de A lejandría, que tan­
tas v eces hem os notado de liviano. H ablam os de autores
más sérios y concienzudos. Como si la historia hubiera sa­
lido en form a de m ariposa del capullo de la naturaleza;
com o si la cultura adm itiera un exordio á la m anera de la
oracion catilinaria exabrupto; sin antecedentes, sin prepa­
rar siquiera la escena, com o la cosa más sencilla y natural
del mundo tienen el m al acuerdo de inaugurar el drama,
algunos egip tólogos en las dinastías de M anethon; Bur-
n ou f en los himnos védicos, y L aurent en los imperios de
Oriente, com unicándose entre sí, sin hilo alguno de filia­
ción de culturas, en solidaridad de civilizaciones. E sto prue­
b a que el racionalism o avergonzado del estado salvaje de
H obbes y de R ousseau, y de la estupidez prim itiva de Pe-
lletan, v a renunciando y a al em peño de erigir las selvas
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 369

en cuna de la civilización. Pero en este, com o en otros pun­


tos, esos buenos señores padecen im a ilusión óptica, des­
lum brados por el espejismo racionalista. A l dar el salto del
estado salvaje á las culturas pasando por encim a de la
edad prehistórica, sin duda no h a caido en la cuenta que
los aryas no podían entonar sus himnos, sin ejercitar su la ­
rin ge con largos ensayos en el arte de la palabra y aun de
la música: que los imperios orientales no hubieran ostenta­
do el lujo de sus relativam ente adelantadas culturas, sin
que en el cerebro se desarrollasen antes los órganos corres­
pondientes para crearlas: que nunca se levantaran, en fin,
en el país del je ro g lífic o esas scberbias construcciones que
todavia adm iramos hoy, sin haberse éste preparado siglos
enteros en p erfeccionar sus instrumentos. Como se ve, el tor­
rente del progreso, la ló gica y el común sentido arrastran
irresistibles el rio racionalista al lago de la edad prehistó­
rica para abism arles am bos en los m ares g eo lógicos del
transformismo. Y a no caben supercherías habilidosas, ni
m istificaciones científicas. T od o el que con criterio lib re­
pensador h ay a de escribir sobre pueblos antiguos tiene que
encabezar el libro con un prim er capítulo sobre las edades
prehistóricas: y sólo será com pleta la obra h eterod oxa con
el indispensable p rólogo de la creación natural de H ackel.
E l hom bre prim itivo, ó más bien, los 22 grados de la g en ea­
lo g ía transformista; hé aquí la últim a palabra de la ciencia
y de la historia. ¡Fuera disimulos! ¡Paso á la lógica!
U n a vez apagado el foco de la original civilización p a­
radisiaca, para lle g a r á las culturas históricas, h a y que re­
correr antes toda la escala; del bárbaro ó semi, al salvaje de
len g u a h o y hablada, al de le n g u a rudim entaria, al de los
m onosílabos, al de los prim eros sonidos articuladas, al drl
grito salvaje, al anlropoide, y de allí á los 2o grados res­
tantes de la g e n e a lo g ía hackeliana. L a historia no com ienza
en B elo, en Menes, en Y ao , en Japeto, en D eucalion: el
24
j 70 BOSQUEJO D E UNA. 1 'IL O iiO l'iA

dram a no se estrena con los aryas, pelasgos, celtas ó con


los turanios: el p rogreso no arranca del indio de San S a l­
vador, del papua, ó del australiano: la cultura no parte de
la g ru ta funeraria de A u rign ac, ó de la caverna de Peri-
gord. E sas fechas son m uy recientes, esos hom bres m uy
modernos, esos progresos avanzados y a en el cronómetro
de las edades. H a y que retroceder al antropoide del terre­
no terciario... al monocercos... al viarsupial... al cscolicideo
y á la moncra, prim er grado de la escala. L a escena no so
abre y a en la selva racionalista ó en la caverna prehistó­
rica, sino sobre el suelo de la masa granítica. E l carbono y
el ázoe, el hidrógeno y el ácido carbónico combinándose en
los mares laurentianos para form ar la mouocctida, hé aquí
el origen de la vida, el punto de partida del progreso, el
tronco de la genealogía, el comienzo de la historia. H ack el
ha venido á sacar de apuros á la m oderna erudición h ete­
rodoxa, llenando sus vacíos, y disipando sus escrúpulos y
tim ideces. Sólo se p a ga este gran servicio, levantándole en
medio del tem plo de la razón una de aquellas estátuas grie­
gas, que abriendo el ángulo facial á más de 90 grados, pre­
ludiaban y a la cabeza monstruo del transformismo. Cifra y
resúm en de cuatro siglos de libre pensar, es el único y uni­
versal heredero de todos los progresos: no sólo de la raza
de los antropoides, sino de las que por lo visto le son infe­
riores, es decir, la racionalista y la raza de los prehistóricos.
L ibres de todo compromiso con ellas, los míseros des­
cendientes de A dán, que no hem os heredado cerebro
capaz de entender, ni laringe apta á expresar esa serie de
creaciones naturales, ó más bien, esa red de contradicciones
en que se ha prendido sin poderse escapar la razón h ete­
rodoxa, volvam os tranquilos al sagrado texto, á la lógica
y al buen sentido.
Com o á los árboles con fruto, que es al mismo tiem po
sem illa de una série de individuos bajo la unidad del gé-
C R IS T IA N A DE L A HISTOR IA. 37 J
ñero, ligiuim pomífera ni et facir.ntcm semen; como á los
animales en disposición de procrear y m ultiplicarse, crescí-
te e t multiplicawiní; así y con sobra de razón, D ios cria
al hombre en el cuerpo adulto y en disposición de ser
padre, y en el alma, enseñado y en disposición de ser
m aestro del genero humano. EL progreso de los seres, para
adquirir su perfección final, y en especial el hom bre su
doble destino, fúndase sobre la sólida base de la perfección
típica, que les dió D ios en la creación. P ero el m ovim iento
evolutivo del sér en busca de su perfección respectiva,
aunque sin salir, ex cep to el caso del m onstruo, del m olde
sustancial de su tipo, no es indeclinable ni indefinido com o
vuelven á asentar erróneam ente los racionalistas: puede
ser interrumpido, y aun convertirse en retroceso por causas
bien diversas. En los séres orgánicos y aun en los sensi­
tivos y cognoscitivos, aunque sujetos á leyes fatales ó m o­
vim ientos espontáneos, pueden concurrir causas naturales
ó im previstas que tuerzan su desarrollo, ó estorben su
acción. A la escarcha que herida por el ray o solar quem a
una planta, á la sequía que priva al animal del pasto, los
krausi.stas lo llam arian condicionalidad. No disputem os de
nombres, ni se tomen estos ejem plos sino como indicación
de un hecho e\ridente que el proceso de los séres no es
indefinido, que puede torcerse, paralizarse, convertirse en
retroceso.
L o que nos im porta es aplicar esta le y de ondulación
al hombre, cuyo destino sobre los demás séres depende de
su libertad. E l progreso, individual d el hom bre, colectivo
de las naciones, y universal del g'énero hum ano, es un
dram a en que cada actor desem peña librem ente su papel,
con la trem enda facultad de extraviarse, de retroceder im ­
pidiendo su perfección, aunque siem pre bajo la dirección
de una sabia y paternal providencia, que tiene en sus
m anos la sanción de las le ye s naturales com o escarm iento,
37- BO SQUEJO D E U N A F IL O S O F I A

la acción ordinaria aunque sobrenatural de su gracia, para


llam ar al hom bre al arrepentim iento, la acción extraord i­
naria del m ilagro para encauzar á las naciones, la de la
profecía y la revelación, en fin, para enderezar al género
humano, á la realización de su plan de creación, coronado
y com pletado por la redención. S i A d á n hubiera perm ane­
cido fiel en su feliz condicion prim itiva, el progreso hubiera
revestido otras condiciones propias de aquel estado, y el
individual del hom bre, colectivo del linaje, y final de la
historia hubiera sido ordenado y normal; salva siempre la
trem enda facu ltad de retroceder el individuo, hundiéndose
en el abismo.
P ero la fé nos dice que ese estado feliz del hombre, y
esas condiciones norm ales del dram a t.e perdieron por la
culpa; y la historia, con el rio de lágrim as que corre por su
cauce, y el regu ero de sangre que v á dejando en su
m archa, nos dice que el hom bre expía un gran pecado, ó
por lo ménos que es víctim a de una gran desdicha. D e to­
dos modos las aberraciones y torpezas de que están llenas
sus páginas, proclam an con la vo z elocuente de los hechos
que el individuo falta á su destino, que las naciones andan
por torcidos senderos, que el linaje se pára, retrocede, v u e l­
v e á encauzarse, y que á no ser por el norte de la B ib lia que
le guía, estaría h o y tan desorientado, á pesar de los siste­
mas racionalistas, com o al decir de S an P ab lo andaba pal­
pando tinieblas en la noche del paganism o. E l progreso
continuo, pues, es una quimera: el progreso racionalista
está desm entido por los hechos, y ám bos son incom pati­
bles con el estado actual de la hum ana naturaleza. E l siste­
m a de Condorcet, falto de base, desconoce la ley, ign ora las
condiciones, y no acierta á entrever siquiera la sabiduría y
m agnificencia del plan. E l pecado original del racionalism o
es n eg a r el estado m orboso del linaje, es precisam ente el
desconocer el original pecado, pero así com o sin esa verdad
C R I S T I A N A D E L A H I S T O R IA . 373

que nuestro Orosio ponia como piedra angular, no se con­


cibe la fábrica del edificio de la historia; así por el contra­
rio una vez sentado ese incontrastable cimiento, la cons­
trucción procede ló gica y ordenadam ente. V o lvam os á la
Biblia.
E l órden primero, de creación, se transform a por la
culpa. L a caída es el m ayor retroceso que concebirse
puede en la esfera de lo finito. D el cielo á que estaba d es­
tinado el hombre, se precipita de un g o lp e en el infierno
que en frase de una escritora m ística salmantina, es el
principio de la n a d a (1), y con tan vivas y variadas im á g e­
nes acertó á retratar el Dante. Pero este descenso fué sólo
en reato, no de hecho, porque á diferencia del án gel re b e l­
de, le detuvo en su caida la mano paternal de la P ro v i­
dencia. A l órden de creación sustituye D ios sabiam ente el
m isericordioso de la redención. E l dram a cam bia de con­
diciones, no de esencia; el progreso de modo, no de ley,
la historia de rumbo, no de plan, ni de fin. A h o ra en el
m agnífico cuadro figura el hom bre con el doble destino
que lle v a m arcado en su frente, es decir, la señal del
hom bre caido pero con la esperanza de reparación. Y por
lo mismo, para conseguirle, claro es que tiene que em plear
ó sufrir medios más penosos, el trabajo; estím ulos más v i­
vos, el dolor; ensayos más largos, los siglos; peligros más
arduos, la seducción de las pasiones y sobre todo el trance
am argo de la muerte. P ero si la lucha es tan recia y fo r­
m idable, en cam bio dispone de auxilios más eficaces, que
son los copiosísim os de la redención. Con el recuerdo de
lo pasado en el libro de su conciencia, con la esperanza
del porvenir en el bordon de su pecho, con el V iático de
una civilización, que en su fondo abarca todas las esferas

(1) Sur A n a do S:ni Josc, religiosa en el convenio de Franciscas descalzas


en el xvi,' en su vida escrita por ella misma.
374 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

de actividad, las le ye s sustanciales de la vida y los deberes


todos de su nu evo estado, el desterrado del Paraiso em ­
prende el itinerario de los siglos en distinta forma, pero
siem pre bajo la unidad de plan, y com o la historia su
tronco y la civilización su faro, así tam bién el progreso
tiene en la B ib lia el punto de partida, su le y constante, y
las condiciones y elem entos de su desarrollo. A la luz que
arrojan sus páginas y a podem os m archar seguros.
E l hom bre h a entrado en escena con nociones funda­
m entales de religión, de sociedad, de todo género de ideas
especulativas y prácticas contenidas en el lenguaje, y por
tanto con los elem entos todos de una civilización. E n el
planteam iento y aplicación de todas ellas á las diversas
situaciones de la vida, y en especial en el desarrollo de to ­
dos los ram os de la cultura es en lo que viene em pleándo­
se desde entonces la le y superior del progreso. A s í de la
fam ilia pasa á la sociedad patriarcal, y del régim en patriar­
cal al de los reyes hasta lle g a r á la constitución de los
grandes imperios: de la habitación tosca y natural, á la ciu­
dad de H enoch y de Nínive, m encionadas en el Génesis,
hasta lle g a r á las pirám ides de G-izeh, hasta la arm onía eu­
rítm ica del Partenon; y del vestido de pieles con que cu­
bre D ios á los culpables, al palio de Sem y túnica de José 6
la hiacintina de A a ro n hasta los colores de la India de que
h ab la Job, hasta la seda de Tiro, ó la púrpura de los reyes;
y desde el cam bio de una m ercancía con otra al signo del
va lo r representado por los metales, á los siclos por peso
con que com pra A b rah án la sepultura de Sara, h asta que
cinco ó seis siglos antes de nuestra era se introduce la mo­
neda acuñada. Y por este estilo m archan p rogresivam en te
los demás órdenes de la vida social: á las condiciones del
com ercio es natural que va y a n paralelas las vías de com u­
nicación, ya las terrestres, ó cortas al pueblo vecino, ó e x ­
tensas de A ra b ia á E gip to , de la India al centro de A s ia , ó
C R IS T T A X A D E L A H IS T O R IA . ,37,5

las célebres vías romanas; y y a las marítimas de los fenicios,


por el M editeráneo y aun á las costas británicas. Y los ins­
trum entos de labor y usos domésticos, habrán venido, sin
duda, perfeccionándose desde los tiempos de Caín a g rí­
cola y los artefactos en todo género de hierro y de cobre,
que m aleaba y a su nieto Tubalcain, por tanto m ucho antes
de la precipitadam ente form ulada edad de piedra de la m o­
derna ciencia prehistórica. A l hablar así, no se crea que
reprobam os esas investigaciones eruditas, m erced á las
cuales sabem os que el uso de los m etales, que no es del
caso exp lanar aquí, por varias causas, desconocido en mu­
chos pueblos, aparece otra vez despues del D iluvio en tiem ­
pos rem otos en A siría, y desde las prim eras dinastías del
E gip to; ofreciéndonos también curiosos ejemplos la B ib lia
en ía espada de A.brahán, zarcillos de R e b e c a y collar im ­
puesto en el cuello de José. Lejos, pues, de desechar, lla ­
mamos en nuestro auxilio á la arqueología reclam ando tan
sólo de los prehistóricos sobriedad en sus generalizaciones:
y esto con el fin de que no sean luego desm entidos por los
hechos; sobre todo, cuando, como sucede en el caso pre­
sente, están y a indicados en el Libro, que la exp erien cia y
la erudición van dem ostrando no equivocarse jamás. Lo
mismo decim os del origen y progresos de la escritura. P o r ­
que en unos pueblos no ha pasado de la form a pictórica,
como según refiere Solts, era la de los espias enviados
por M ótezum a para observar á H ernán Cortés; porque en
otros, com o en la China, sólo se ha conocido la silábica; y
sobre todo, porque en E gip to, aun en p le n o . uso de la ye-
rática, y la dem ótica, para las inscripciones, sin em bargo,
desde los F araones á los Ptolom eos se dió la preferencia á
la g-eroglífica: de estos y otros hechos particulares háse de­
ducido precipitadam ente, y es h o y opinion común que esas
form as son otros tantos pasos del hum ano p rogreso en el
instrum ento, que despues del len guaje hablado, podem os
376 BO SQUEJO D E U N A F IL O S O F Í A

considerar com o el más activo y perm anente de la cultura.


Y con m ucha seriedad se afirma que el m aravilloso arte
principió en el m undo por la form a iconográfica; que de
ella pasó á la sim bólica, ambas representativas del objeto;
que lu e g o se dió un salto á la fonética, expresión no y a del
objeto sino de la voz, y com o es claro, principiando por la
más im perfecta, la silábica; hasta que en tiempos rem otos
un genio desconocido, entresacando del confuso hacina­
miento de m ateriales las letras, inventó el alfabeto. S i non
é vero, é ben trovato: podem os exclam ar ante esa teoría,
por lo m énos de sabor racionalista. No vam os á im pugnar­
la aquí. P ero sin reproducir la sentencia de S c h le g e l de
que la escritura es un arte prim itivo y parte esencial del
lenguaje, tom ado éste en su sentido más completo; pero
sin recordar la tentativa que hizo Court de G ibelin ,p ara
probar la unidad de todos los alfabetos; y sobre todo los
recientes é interesantísim os trabajos que ha hecho T a y lo r
sobre el mismo asunto del alfabeto, nosotros diremos tan
sólo que el Libro que tanta luz arroja aún sobre objetos
que al parecer le son extraños, nos ofrece tablas g en ea ló g i­
cas de patriarcas y etnográfica de pueblos, que solo pudie­
ron trasm itirse por medio de este género de escritura; que
en sus páginas sublim es está y a elevado el arte á su per­
fección sustancial; y que para dar el salto relativam ente
pequeño de la im prenta pasaron más de 200 siglos y cu l­
turas tan activas como la g rie g a y romana. D e donde po­
dría colegirse que el tan ponderado p rogreso queda redu­
cido á la m ateria en que se escribió; que al principio serían
hojas de árbol, tablas de madera, de bronce ó de ladrillo,
y pieles toscas; hasta que se introduce el pergam ino, así
llam ado por ser su inventor un rey de Pérgam o, hasta el
p apel de invención relativam ente m uy reciente. Con alto
■sentido, pues, la escuela española sostiene que el alephato
es prim itivo, y acaso coetáneo de la len gu a hebrea. Pero
C R IS 1 1A. X A D E I.A H IS T O R IA . 377

en fin, sea lo que quiera, recordando el extracto que en otro


lu g a r hicimos del Cronicón de Isidoro, aquí podría trazar­
se el cuadro de los verdaderos progresos que ha hecho el
arte desde los prim eros albores de la historia hasta los tiem ­
pos de su m ayor esplendor. Y rem ontándonos á los celtas,
citaríam os el peulvan, los túmulos y dólmenes, y aun to ­
davía más atrás el tallado en marfil de la cavern a de P e-
rigor. V iniendo después á los antiguos pelasgos, desde las
construcciones ciclópeas como el H ieron de Sig'nia ó los
m uros de M antinéa, llegaríam os hasta los tesoros de D e l-
fos, ó los palacios descritos en la Odisea. Y de los fenicios
traeríam os á la m em oria la torre de los G igan tes en la isla
de Gozzo, cerca de Malta; y de los babilonios las inm ensas
m urallas, los m alecones para contener al E úfrates, los ja r ­
dines co lgan tes y el célebre tem plo de Eelo; y de los etrus-
cos los sepulcros de V u lc i y de Norchía, quizá el arco de
m edio punto, de donde probablem ente tom ó A n a x á g o ra s
el plan para el teatro g riego , y de quienes de todos modos
aprendieron los romanos los prim eros ensayos de lo que
despues habian de ser construcciones robustas y colosales.
B ajando después de esos pueblos prim itivos á los clásicos,
g rie g o y romano, podrían irse recorriendo sucesivam en*
te artes distintas, épocas, estilos escuelas. A sí, en arqui­
tectu ra podría discurrirse desde el oratorio de Phalaris,
la tribuna de Erecteion, los tem plos de Júpiter en Olim pia,
ó de M inerva A p tera, hasta el O deon en el teatro de A t e ­
nas, sitio de la música, fundado por Pericles, hasta los g im ­
nasios y los agoras y demás construcciones helénicas, h asta
los puentes, acueductos, vías, circos, term as y panteones ro ­
manos. Y en escultura pasaríam os desde la cabeza de M e ­
dusa ó el A p o lo niño, ó el A p o lo pitio, hasta el Júpiter de
Fidias, en que á juicio y con asom bro de los atenienses es­
tab a representada la m ajestad del dios, ó la V en u s de
P raxíteles, que era el tipo acabado de la b elleza plástica. Y
3 ?S BO SQUEJO DE U N A F I L O S O F I A

en pintura, en fin, dando principio A la reseña por la de los


vasos ó en Silhueta, no anterior al siglo XII antes de Je­
sucristo; y bajando después á la escuela ática, en que se
distingue P o lign o to por la nobleza de sus figuras m itoló­
gicas, á la jónica en que sobresalen Zeusis por la m ajes­
tad que dá á la form a de los dioses, Parrasio por la varie­
dad y anim ación de sus figuras y Tim antho por la ex p re ­
sión de dolor en el sacrificio de Ifigenia llegaríam os hasta
la dórica de esm erada erudición y correcto dibujo, hasta la
ecléctica con que uniendo la b elleza jónica á la severidad
dórica, A p e le s trazó el célebre retrato de A lejandro.
P ero no nos toca á nosotros desflorar siquiera un ver­
gel, cultivado hoy por hábiles y variadas manos. L o que
nos interesa, y en este punto á nosotros atañe, es form ular
sobre esos datos por todos admitidos la verdadera ley del
progreso, en cuanto esos diversos aspectos de la cultura
son ramos diversos, 110 el árbol, bellas figuras, grupos in­
teresantes, no el m agnífico cuadro, elem entos, en fin, del
progreso, no el progreso mismo.
Sí, porque en toda reseña de los adelantos por extensa
y animada que la trace el pincel racionalista, podrán des­
filar á los ojos del espectador perspectivas más ó ménos
risueñas; pero siem pre m archarán en cierto desorden y
confusion, y sin dar nunca en punto de partida fijo, en
hilo de filiación no interrumpido, en m arcado fin y plan
determ inado. L as conquistas y adelantos de la hum ana
industria han sido locales, salteados, rotos y perdidos ú ol­
vidados m uchas veces. E n E gip to nacen jig a n tes y lu ego
se estacionan, siendo casi uno mismo el g_rado de cultura
desde las prim eras dinastías de M aneton hasta que se tras­
lada, ó más bien se acum ula en A lejan d ría toda la enciclo­
pedia g rie g a en tiempo de los Ptolom eos. L a de la China
y singularm ente la aryana brilla con esplendor inusitado
y luxuriante lozanía para m architarse en la inacción y se­
C R IS T I A X A I)E L A H IS T O R IA . 379

carse luego en el estío de los siglos. L a asiría y babilónica


son un coloso en el grandor, pero como la estatua que in­
terpretó D aniel sostenida en pies de barro cae desplom a­
da al golpe de una piedrecita. Y si la F enicia sirve de
lazo de com unicación entre el O riente y O ccidente, no deja
en pos de sí más que colonias que han de ser absorvidas
por otras culturas, y fragm entos de una lengua, que h a de
reunir (.jesenio. Y si las clásicas adquieren un desarrollo
normal hasta florecer espléndidas en su siglo de oro, el de
F eríeles en A te n a s y el de A u g u sto en R om a, com o en su
renacim iento producirán el de León X en Italia, el de F e ­
lipe Li en España, el de Isabel en In g laterra y en F ran cia
el de Luis X IV ; es para lan gu id ecer lu ego en una d eca ­
dencia que no es poderoso á detener ningún hum ano es­
fuerzo.
Y hasta aquí sólo hem os hablado de los pueblos donde
más m arcada se señala la línea del p rogreso en su g e n e a ­
ló g ica filiación. M as para resolver el problem a, que no se
lim ita á tiempo, cultura, clim a ó latitud determ inada, es
m enester no echar en olvido esa m uchedum bre innum era­
ble de familias, de razas, de pueblos, que por haber roto la
cadena y desprendídose del tronco del árbol, h a caido en
la barbarie ó semi, y en el salvajism o más ó ménos a b y e c ­
to. Concretándose hasta h oy los narradores y pretendidos
filósofos de la historia al estrecho criterio de un clasicism o
estéril, suelen descartar, como de la historia las vicisitudes,
así de la le y del progreso á esos innum erables pueblos,
que junto con los más ó ménos civilizados han de form ar
el cuadro entero de la vida, Y esto se ex p lica fácilm ente;
porque esos pueblos son la prueba irrecusable de las on­
dulaciones históricas de la cultura, ó más bien de la e x is­
tencia en tiem pos remotos, del m ayor retroceso que se co ­
noce; hechos am bos no m uy en arm onía con las hipótesis
predom inantes. P ero con apartar los ojos de las dificulta­
380 BOSQUEJO D E U N A F I L O S O F Í A

des, no quedan éstas resueltas. N unca se llegará á form u­


lar la verdadera le y del asendereado progreso, si no se to­
man en cuenta todos los datos y con ellos á la vista se dis­
cierne con fino y elevado criterio.lo que en ella h a y de ac­
cidental, de forma, de adorno, de lo que constituye el fon­
do oculto, la le y permanente, la sustancia de todo. E n h o­
rabuena que se recoja cuidadosam ente de este pueblo ó
del otro, de varias épocas, y de todos los ramos, el tesoro
que van acum ulando los siglos: bien que á los adelantos
indicados se agregu en los que siempre serán gloria de sus
inventores y rico patrimonio del género humano. L as le ­
yes del pensamiento, form uladas por A ristóteles; las del
buen gusto poético por H oracio en su arte poética, ó Lon-
gino en E l Sublime-, y las oratorias por Quintiliano no se
perderán de la'm em oria del hum ano linaje. E l peso espe­
cífico de los cuerpos, ó la relación do la hipotenusa con los
catetos hallad a por Arquím edes; ó la aplicación que hizo
Eratóstenes de la astronomía á la geografía; como la tabla
pitagórica, los números arábigos debidos al pueblo de su
nombre, el á lg e b ra y sobre todo su aplicación á la g eom e­
tría por D escartes, ó el cálculo infinitesimal buscado aun­
que en distinto procedim iento por Leibm tz y N ew tcn;
com o el astrolabio, la brújula, el papel y la imprenta; y la
circulación de la sangre, y la electricidad, y la química, y
tantos otros, lauros son de sus autores y corona de la acti­
vidad del hombre. P ero al reconocerlo así, no debe oscu­
recer ni disimularse el punto de donde ha partido, y la ley
que preside al desarrollo de la hum ana cultura. No o lvid e­
mos que esos vaiven es en que boga, y esos tesoros que
conserva en el oleaje de los siglos la frágil nave del p ro­
greso, reitérense tan solo á una parte del viaje, á latitudes
relativam ente estrechas del gran océano de la historia. E n
la tripulación de esos argonautas en busca del áureo v ello ­
cino, lo repetimos, no entran infinidad de tribus, fam ilias y
C R I S T I A N A D E I.A H I S T O R I A . 3 tí J

pueblos que, separados por clim as y siglos del centro y lí­


nea seguida de la cultura, han caído en el abismo de la
barbarle ó del estado salvaje, para vejetar silenciosam ente
generaciones sin cuento, prolongados siglos. N o olvidem os,
ni exclu yam os de la le y del progreso histórico, si algo s ig ­
nifica la palabra, á ese enjam bre de pueblos bárbaros que,
errantes m uchas centurias por el A lta i, los U rales y el
Cáucaso, y pasando después por la E sclavo n ia y la Germ a-
nia, han de venir algún dia á sentarse en el banquete de la
civilización. Ni h agam os caso omiso de aquel otro hem is­
ferio, y de todas las demás islas y continentes, que in c o ­
municados desde tiempos remotos con sus herm anos de
aquende los mares, cuando suene su hora, ha de entron­
carles Colon por m edio de la carabela del p rogreso en el
árbol gen ealó gico para h acer una sola fam ilia de todo el
género humano. T od a teoría que no se coloque en la cum ­
bre de la universalidad, un cuadro donde no figuren to­
dos los pueblos com o factores del problema, será siempre
deficiente en la idea y corto en la aplicación; y sin rep ro­
ducir ahora las profundas y oportunas reflexiones con que
en la revista titulada La Ciudad de Dios, número 3.0 y si­
guientes im pugnaba el P. Zeferino al gran pensador
V ico, sólo diremos que el sistem a de los tres períodos di­
vino de la teocracia, heroico de la aristocracia y hum ano
de la monarquía, aplicable de algú n m odo á G recia y á
R om a, es insuficiente para exp licar el p rogreso en la esfe­
ra universal de la historia, en el área entera del género
humano.
R e v u é lv a s e á donde quiera la serpiente del progresis­
mo racionalista, no puede salir nunca del círculo m áxim o
de la Biblia. Sólo desde su cum bre ó spécula-, com o diría
Orosio, es donde se distingue en toda su extensión el h o ­
rizonte, com o sólo desde la unidad prim itiva, pasando por
la central cristiana, puede seguirse, por entre la inconm en-
BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

su rabie variedad de sus ondulaciones y rodeos, la línea del


p rogreso hasta lle g a r á la unidad final.
P ero desde la cim a de la revelación todo se ve, si no en
sus detalles, al m énos en su conjunto armónico. Con el lazo
de la línea o rtodoxa todos los cabos se atan, si no de tribus
y fam ilias entre sí, lo cual corre á carg o de la etnografía
al ménos para unirlas á todas en el nudo de 1111 solo pro­
greso histórico. L a tarea científica y al detai, aunque ar­
dua, es posible al hum ano ingenio, y on ella se ocupan
m uchos operarios laboriosos é inteligentes; la dogm ática y
fundam ental sólo se encierra, y en elocuente sencillez la
tiene de antem ano desem peñada hi Biblia. La hem os e x ­
puesto y a de diversos modos: sólo resta resum irla en esta
breve fórm ula. L a le y del progreso se cifra en la unidad,
con ella sigu e todos los pasos, com o ella es universal, en
potencia primero, en preparación después, de hecho en el
centro, am pliándose desde entonces hasta que lleno la cir­
cunferencia toda de la vida en el fin. H é aquí la lej^. A c la ­
rem os el pensamiento. En la edad prim itiva el progreso se
funda en el m agisterio de A dán, que legad o común á toda
su descendencia es al par legítim a especial de cada indivi­
duo, tribu, familia, para que de él hagan el uso que les su­
g iera su libertad. I,o que el T e x to llam a hijos de los hom ­
bres, olvidando el deber se entregan á la cultura m aterial
y al g o ce de los sentidos; los que llam a hijos de Dios, sin
descuidar los adelantos procuran especialm ente el honor
de la R e lig ió n . A pesar de la catástrofe del D iluvio, sálva­
se con la unidad la cultura, gérm en de los progresos sucesi­
vos, A u n q u e rota en B abel, no desaparece, ni suelta de sus
m anos la dirección d é la historia. Tom ando cada tribu de la
religión lo que en la form a más se adapta á su lenguaje, y
de la cultura aquella parte que más se acom oda á su género
de vida errante ó sedentaria, desde el momento de la dis­
persión quedan y a constituidas en diversos grados de civi-
CR ISTIA N A DK !.A H I S T O R IA . 38.3

lizacion. L as inm igraciones sucesivas; choques de pueblos;


guerras de razas; roces ó aislam iento de tribus fundidas,
arrojadas ó vencidas; la diversidad de clima, aficiones, há­
bitos connaturales ó adquiridos; y sobre todo el transcurso
del tiempo, y otras circunstancias que v a vislum brando la
etnografía, com pletarán la división. D e aquí que, com o h e­
mos observado, la religión es tanto más pura y uniforme,
cuanto es más antigua; de aquí el fenómeno advertido por
el em inente y nada sospechoso filólogo M ax-M üller, que
desde la India á la Islandia ha)r una faja de lenguas que
han vivido al calor del mismo hogar. Common homc: de
aquí el hecho y a asentado en arqueología, que en muchos
puntos la raza etiópica ó cam ita fué víctim a de otras más
hábiles ó poderosas, dando la conquista origen á las castas,
á la esclavitu d ó á la incomunicación; de aquí, en fin, la ver­
dad siem pre reconocida por la historia, que la cultura p ar­
tiendo del A s ia central se ha com unicado por una línea
bien m arcada desde A siría, Fenicia y E gip to, á G recia y á
Rom a; m ientras otros pueblos yacían en el estado bárbaro
ó salvaje, á m edida que se alejaban del foco de irradiación.
L a unidad, pues, aunque en su m ayor estado de d isg re g a ­
ción, sigu e siendo la directriz de la historia; como la religión
el germ en, la cultura, las ram as y la civilización, la flor del
árbol del verdadero progreso. E l del árbol politeísta resum i­
do en la civilización romana, será colosal en su tronco y
frondoso en sus ram as si se quiere; pero com o las u vas del
m ar de Sodom a, está lleno en sus entrañas de podredum bre.
A l encontrarse frente á frente el mundo civilizado con el
m undo de la barbárie, que desde el imperio está llam ando
á las puertas, no queda y a m anantial de vida, ni bálsam o
de salud á la civilización, ni salida a lg u n a al estrecho ca­
llejón en que se ha encerrado el progreso politeísta.
L a R e lig ió n en tal descrédito, que los augures no pue- ■
den m irarse cara á cara el uno al otro; las costum bres tan
3 84 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

libianas como las retratan poetas é historiadores; la familia


en disolución, que no alcanzan á atajar las leyes Julia y
P ap ea popéa; la sociedad tan revuelta, como lo m uestran
las guerras civiles de M ario y Sila, sociales de los Gracos,
de Catilina y E spartaco, y políticas de los dos triunvira­
tos; las instituciones y dignidades reunidas por no perder­
se de puro gastadas en el imperio; el imperio gobernado
por monstruos que le deshonran, políticos que le dividen y
un im bécil con que se hunde, am enazado com o está de
una caída sin apoyo, de una ruina sin remedio; y la ciencia
desvanecida en sistemas, hundida en el escepticismo; la li­
teratura em pleada en h ala g a r la vanidad ó en aviva r las
pasiones; las artes sirviendo, con las riquezas del mundo
acum uladas en afeites de las matronas, en lujo de los P a ­
tricios, en diversión de un pueblo, que sólo pide pan y cir­
co, Pancm et circenses: cuando las hordas desbordadas se
esparram en por el suelo del caduco politeísmo, y los mo­
num entos sean arrasados, volcad as las cátedras de los so­
fistas, em botada la espada del Proconsul, aho gada la voz
de las arengas, ■ despojado de su to g a el m agistrado, heri­
das en su vu elo las águilas imperiales, hecha girones la
púrpura imperial; y aquello mismo en que L acio era g ra n ­
de, la unidad político-social rota,, la do len gu a y a en deca­
dencia por el habla m ultiform e de las tribus, la de le y por
las nuevas costum bres é instituciones, y la de Gobierno
por la de tantos caudillos como son los pueblos invasores;
la cultura deshecha, la civilización podrida; en tan lam enta­
b le situación el progreso queda sin base, sin resorte, sin
savia, sin rem edio. E n el D ilu vio flota sobre las olas un
arca para salva r los gérm enes, en B ab e l so b revive la tra­
dición que es la m em oria del hum ano linaje, y la prom esa
y esperanza que en vuelve lo futuro en lo pasado y que
desde el pasado aspira á seguro porvenir, P ero en la in­
vasión de los bárbaros, cerrado por todas partes el hori­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 3 85'

zonte, no h a y estrella a lgu n a que sirva do norte á la nave


de la civilización, de tab la de salvación al progreso, y de
plaza donde arribar al náufrago de la historia. E l mundo
nada sabe de^ Dios, cu ya unidad h a despedazado en tría­
des, dualism os ó politeísmo; nada del hom bre, cuyo hilo ha
perdido, el de recuerdo para rem ontarse al origen, y el de
profecía para mirar al futuro, para aspirar hacia el fin. L os
que rom pen la cadena que une al cielo con la tierra, la re­
ligión con la cultura y la B iblia con el progreso; cadena
de-oro, más preciosa que la que la fábula atribuía á Júpi­
ter, quédanse sin anillo para enlazar en arm ónica trasm i­
sión al mundo antiguo y al nuevo, para reanudar el
progreso.
N ingún racionalista, que nosotros sepamos, ha pensado
en la aprem iante dificultad, porque ninguno se atreve á
m irar cara á cara al sol de las grandes verdades. P ero ello
es cierto que sin ese sol de la unidad no queda en el hori­
zonte de la historia más que la oscuridad de la barbarie.
Mas lo que no alcanzan á p reveer ni rem ediar el filó­
sofo con sus teorías, el legislador con sus tablas y sus có­
digos, el guerrero con su espada, el m oralista con sus m á­
xim as y el sacerdote con sus augurios, lo ha prevenido la
unidad con su no interrum pida cadena, y con su interven­
ción sobrenatural la Providencia.
Sólo el cristianismo con luz bastante para aclarar toda
idea, norm a fija para rectificar toda ley, sávia fecunda para
reju ven ecer toda institución, pureza vivífica para reform ar
las costum bres; descubriendo virtudes antes desconocidas,
inspiración celestial para sublim ar todas las artes, bálsam o
eficaz para sanar toda lla g a social, sabiduría para tom ar á
su cargo el destino tem poral y eterno del hombre, y hom ­
bros de jjg a n te para ca rg a r sobre sí como punto central
el peso y responsabilidad de la m archa m ajestuosa de la
historia; sólo el cristianism o es el que rem ontándose al orí-
BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

gen, com o religión que renueva, y bajando por la linca do


unidad profética que cumple, y típica que viene á realizar,
es el que tom ando á la religión judaica com o preparación
de sustancia sobrenatural, y á la cultura p elásgica como
preparación hum ana de form a exterior, es el único que po­
día resolver el problem a, por lle v a r él solo en sus manos
la lla ve del progreso, que habia de realizarse en la purifi­
cación de la cultura, en la regen eración social de la civili­
zación, en la cadena no interrum pida de la historia. E n las
miras providenciales..el imperio, aunque gangrenado, dura
el tiem po suficiente para que la Iglesia, heredera y testa­
mentaria, h a g a el inventario de las cantidades positivas de
los adelantos en él resumidos, y de las n eg ativas del er­
ror y de la abominación, en él y a gastados; para que asis­
tiendo á sus funerales, p o n ga en posesion del lega d o á otros
pueblos y razas que por alejados del fastuoso banquete del
p rogreso estaban en cierto modo vírgenes, por no haber
asistido á las orgías y delirios de su vergon zosa disipación.
Los siglos feudales no son un paréntesis en la historia, una
posa ó un retroceso en el adelanto, un eclipse en el astro
de la civilización, como han repetido, confundiendo lasti­
m osam ente el fondo con la form a en todos los tonos los
escritores del renacim iento. Bajo una form a ruda aunque
vigorosa, pero con un pensam iento superior á todos como
es el cristiano, el feudalism o es el verdadero renacim ien­
to de la civilización y del progreso, aho gado en el carco­
mido imperio romano; y de tan robusto tronco, y de ram as
tan colosales, que sin desgajarse h a sido poderoso á e x ­
tender con el descubrim iento de Colon sú som bra benéfica
por toda la redondez del orbe.
A u n q u e le sirvan de adorno más ó m énos brillante las
culturas que nunca desecha, el progreso no depende de su
m ayor ó m enor desarrollo. L o sustancial del progreso con­
siste en la unidad, que desciende en línea recta y sin ínter-
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 387

rupcion del principio al fin, tom ando nuevas fuerzas y un


verdadero carácter de universalidad en el medio: es decir,
la unidad prim itiva, fuente y lazo de todo progreso, hasta
Babel; la unidad profética y típica que sirve de lum brera
y centro á la división; y la unidad cristiana del com plem en­
to y realización que adm itiendo á todos los pueblos, reli­
giosa en P edro y social en G regorio V II, se extiende g eo ­
gráficam ente por Colon á todos los ám bitos de la tierra.
CAPÍTULO XXI.

D IVISIO N SU STAN CIAL Y FILO SO FICA DE LA H ISTO R IA ,

FUNDADA EN LA B IB L IA Y C O N F IR M A D A POR EL

D E SC U B R IM IE N TO DEL NUEVO MUNDO.

j o h a y más que dos hechos capitales en la vida


■ del género humano, que son el Paraíso y el Cal-
j vario; como no h ay más que dos grandes fechas
en el curso de los sucesos, que son la torre de B ab el y el
Pentecostés cristiano. E l E dén y el Gol g o ta son com o los
dos polos del mundo religioso, m oral y social; la confusion
de lenguas y el único lenguaje cristiano adaptado á todo
linaje de idiomas, y extendido desde Colon á todos los p ue­
blos de la tierra, son como la órbita en que se verifican to­
dos los m ovim ientos del mundo histórico. D e aquí el e x a c ­
to compás y la justa m edida para introducir en la trama
de los sucesos una división filosófica. S i la generalm ente
adm itida en edad antigua, m edia y m oderna, fuera tan sólo
una clasificación pendiente del diverso plinto de vista, des-
390 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

de el que cada narrador mirase los acontecim ientos; el


asunto no m erecería la pena de ser tratado detenidam ente.
P ero si bien se considera y después de lo que llevam os e x ­
puesto, la cuestión no es sim plem ente de forma, de más ó
ménos clara y e x a cta distribución de los hechos; trascien­
do á la sustancia misma de la vida y en vuelve un criterio
histórico radicalm ente diverso. S e trata de averigu ar si el
drama ha de ser dividido por una literatura más ó ménos
brillante ó por una re g la más ancha que la cultura; por un
imperio más ó ménos poderoso, ó por una grand eza supe­
rior al de un imperio ó de una civilización dada; por un ci­
clo, en fin, más ó ménos extenso ó por una línea que no se
limite á época ó lugar, sino que abarque en su extensión
el espacio y en su prolongacion todos los tiempos. P ara
los que no ven ideas fundam entales sino en el Liceo, flores
vistosas sino en el Olim po, grandezas históricas sino en la
púrpura ó en las leg'iones, es natural y consiguiente que
el mundo antiguo se refunda en el imperio romano; que los
siglos feudales sean un paréntesis en el desarrollo de la
cxütura, época de barbarie; y que el sol de la vida sólo
vu e lv a á brillar pasado el trem endo eclipse, en la era del
renacimiento.
P ero esa división puram ente arbitraria, hija de estrecho
criterio, no puede, no debe sostenerse por más tiempo. Im ­
pídelo la erudición m oderna que v a introduciendo en esce­
na pueblos antes desconocidos ó poco estudiados, si no de
tanto brillo, al ménos de no escaso interés histórico. R ó m ­
pese, sobre todo, el pequeño molde clásico ante el gran
hecho central del cristianismo, ante el plan vasto de la B i­
blia, ante la revelación de un nuevo mundo, m ediante el
arrojo de un genio cristiano y con el desvencijado instru­
m ento de tres carabelas. Y el pensamiento no es nuevo del
todo. H a ce siglos que viene germ inando la idea de trazar
una línea divisoria entre el mundo de la preparación y el
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 393
mundo cristiano; y de segu ir el hilo de la unidad cristiana
desde el nacim iento de N uestro Señor Jesucristo hasta el
fin del mundo, sin que sirva de em barazo la catástrofe par­
cial del trono de los Césares. No es de h o y tam poco e]
atisbo de levan tar como colum na m iliaria en el gran itine­
rario el descubrim iento de Colon, en que geográficam ente
tom a la unidad un nuevo rumbo. E l pensamiento, en fin, de
dividir la gran ep op eya en solos dos actos, con su ex o r­
dio natural que es la unidad prim itiva, y su lógico d esen la­
ce por Colon en la final, viene palpitando en la m ente cris­
tiana desde antiguo, y digám oslo paladinam ente, es un
pensam iento em inentem ente católico y singularm ente es­
pañol.
E n los P adres y prim eros apologistas es palpable y
continuo el contraste entre el paganism o y el E van gelio; y
lo que en los cuatro prim eros siglos de la Ig lesia era un
presentim iento, se eleva y a en la Ciudad de Dios á filosó­
fica teoría y en el Mmsta imtndi á línea de histórica d e ­
marcación. P ero al fin, los prim eros com o anteriores á la
supuesta Edad Media y los dos últimos por pertenecer á la
época de transición, no podían ofrecer un punto de vista
definitivo. R eserva d o estaba al gran D octor de las E sp a ­
ñas la gloria de no reconocer, de desechar claram ente la
distinción entre la época del imperio y la E dad M edia do
los m odernos historiadores. D e sus adm irables libros D e
¿as etimologías y D e las diferencias, colígese que con la
caida del imperio no h ay interrupción del saber y de la
cultura, puesto que casi dos siglos más tardo se redactaba
esa suma adm irable, delicadam ente sustanciosa de todos los
adelantos atesorados en el gran archivo de los siglos. P ro ­
fundo conocedor de la le n g u a h eb rea y de la literatura b í­
blica, extiende adem ás su v iv a y penetrante mirada al área
inm ensa de los hechos, ideas, palabras, inventos é institu­
ciones que han cruzado por el ciclo de la m ente ó pasado
392 BOSQU EJO EiE U N A F IL O S O F ÍA

por el estadio de la vida desde el principio hasta siglo y


medio después del destronam iento de A u g ú stu lo . Con p le­
no conocim iento de la len gu a g rieg a , c u y a etim ología
desentraña, y de sus dialectos que detalladam ente marca,
fam iliarizado con la latina, cuyas fases describe y cu y a es­
tructura m aneja con una elegan te claridad que no puede
ser fácilm ente imitada; San Isidoro ha destruido anticipa­
dam ente la base de la división clásica fundada en la su­
puesta interrupción de la cultura, y en el soñado parénte­
sis de la civilización y de la historia. A dem ás de que en
concepto del D octor sevillano el imperio no ha desapareci­
do sino: tan sólo cam biada de residencia con la invasión
de las tribus germ anas ó de las hordas escandinavas. L a
sex ta de su Crouicon, la edad cristiano-rom ana sigue tran­
quila su m archa m ajestuosa por entre el oleaje de las e x ­
cursiones de him nos y vándalos, de godos y francos, de
hérulos y lombardos. Y aunque del viejo m anto im perial
v e a arrancar algunos retazos para vestirse con ellos los
Teodoricos, A ta ú lfo s y Clodoveos, los O doacros y los A l ­
bornos; la púrpura y m ajestad del imperio, sin em bargo,
siguen ocupando el solio, y los sucesores de A u g u sto lle­
vando en sil cab eza la diadem a y en sus m anos el cetro de
los hum anos destinos. H eraclio, contem poráneo del r e y de
E spaña Sisebuto, que es el punto á donde alcanza la cro­
n ología isidoriana, es todavía el em perador y el heredero de
los Césares á los ojos del gran D octor de las Españas.
,Y razón tenían estos insignes varones para pensar así,
previniendo, y aun condenando anticipadam ente el crite­
rio rom anista y la m oderna división clásica. B ajo el punto
de vista de los apologistas y Padres anteriores á la in va­
sión, la cosa es clara. E n el paganism o, aunque en galan a­
dos con el brillante ropaje de aparatosos sistemas, y de re­
finada cultura artístico-literaria; el individuo, la fam ilia y
la sociedad estaban viciados en todas las fibras de su o rga ­
C R I S T I A X A D E L A H IS T O R IA . 393

nismo. L a civilización politeísta era la viciosa dam a corte­


sana que oculta con el brillo de sus galas y el disfraz de
sus afeites la fealdad de su alma,- y acaso la podredum bre
de su cuerpo y de su corazon. P ues bien, el cristianismo,
sin tocar las form as y organización social, y aun valiéndo­
se del vaso de la misma cultura, infiltra su espíritu de v e r ­
dad y de justicia en todos los órdenes de la vida, p ro d u ­
ciendo una renovación íntima y radical en el individuo y
por medio de este en la fam ilia y en la sociedad. L a civ i­
lización y la historia tienen señalada su línea divisoria. E l
mundo nuevo, ó más bien renovado, sustancialm ente en el
órden de las ideas é históricam ente en la esfera de los h e­
chos, es independiente de la grand eza del imperio ó de su
caida; y por tanto no le divide del antiguo el palacio im pe­
rial, si no el portal de Belén; no la corona de brillo del C é­
sar, sino la corona de espinas del Salvador; no el Panteón
sino el cenáculo; 110 la obra de A u g u sto sino la de Pedro;
no la enciclopedia greco-oriental, reunida en A lejandría,
cifra del politeísm o y de la división de len guas en B abel,
y com pendio de las diversas civilizaciones paganas, sino
el nuevo len gu aje cristiano, que traducido á todas las le n ­
guas en el m ilagro de Pentecostés, producirá otro análo­
g o en los siglos feudales, la única civilización verdadera,
esto es, la europea, ó más bien la civilización cristiana.
Traducido al len gu aje histórico, tal es en resúmen el
presentim iento de los prim eros siglos cristianos. San Isi­
doro, sin em bargo, avanza más. Con ocho siglos de ante­
rioridad a taca y a al clasicism o del renacim iento en su mis­
mo baluarte y en la estrechez de sus miras históricas, de­
salojándole de su último atrincheram iento. P ara probarlo
no nos detendrem os en reflexiones, que ocuparán lu g a r
oportuno en el tosco cuadro histórico, que con la a yu d a de
D ios y favor del público verá la luz después de esta pobre
y desaliñada introducción. P o r ahora creem os bastante
BOSQU EJO D E Ü X A F IL O S O F ÍA

lig eras indicaciones para no dar por rota la cadena de la


historia y de la civilización rom ano-cristiana con el simple
hecho de la abdicación de un imbécil, ó la victoria de un
je fe bárbaro.
Y ciertam ente que los sucesos señalados por el renaci­
m iento com o colum nas m iliarias del gran itinerario no re­
visten im portancia que les h a g a acreedores al honor de
dividir la historia, aun m irada con el telescopio y desde el
gabinete del observatorio clásico. E l y a citado y riada sos­
pechoso B u rn o u f hace una reflexión atinada en este punto.
Los cam bios verificados en E uropa son de escasa trascen­
dencia, si se com paran con los que sufrió el país de los
aryas, al pasar de los tiempos védicos á los bram ínicos y
otras transform aciones religioso-sociales. A u n q u e el racio­
nalista no saca partido de ella, bastaría la observación para
derribar las edades clásicas. P ero aun prescindiendo de ese
pueblo y esa civilización, relativam en te remota, la hazaña
del caudillo hérulo no en vuelve m ayor trascendencia histó­
rica que la de N abopolasar sobre el segundo imperio asi-
rio; que la de Ciro al destruir el poder babilónico; y sobre
todo que las del m acedonio, acabando él solo en pocos años
y m enor número de batallas con el tan vasto com o carco­
m ido imperio de los Daríos. E n vista de estas catástrofes-,
que registra la edad de la división, no se alcanza á com ­
prender p o rq u é el despojo de la púrpura cesárea, im portan­
tísim o si se quiere para algunas provincias romanas, h a y a
de elevarse á la catego ría de cierre de la antigua y com ien­
zo de la que llam an Edad-media,
P ero h a y más: si atentam ente se considera la abdicación
del degradado sucesor del César, ni siquiera representa por
com pleto la caida del coloso, ídolo del fanatism o rom anista
siendo por tanto frá g il y de m ovediza arena el cim iento
sobre que se ha levantado el fastuoso edificio clásico. L a
invasión de las tribus escitas, eslavas ó germ anas, en m edio
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA . 39 5

de sus vaivenes, lim ítase al imperio de O ccidente, y no en


todas sus provincias; puesto que por algún tiempo siguen
en poder de los em peradores de B izanzo la del A frica, una
zona de la Iberia y lo que se llam ó el exarcado de R a ven a.
E sta es, sin duda, la razón porque en la altivez de los pur­
purados Bizantinos y áun en la m ente de los mismos bár­
baros el imperio segn ia rigiendo el timón d el m ovim iento
histórico. Justiniano, queriendo reorganizar el imperio, le ­
gisla en nom bre del pueblo y senado rom ano com o en
tiem po de Teodosio; y en la Instituto, da un libro de texto
á las escuelas, y en las Pandectas resum e las sentencias de
los jurisconsultos, para que sirvan de norm a á los jueces se­
llando la continuación del poder le gisla tivo romano con la
publicación de sus Novelas. Y este mismo sentim iento está
constantem ente viv o en la mente de los bárbaros. E l visi-
god o T eodorico aspira á recom poner bajo una dinastía g e r ­
mana el antiguo imperio de Augusto: los visigodos que
luego se asientan en E sp añ a respetan el derecho de los
vencidos trasladando parte de la legislación rom ana al que
se llamó Breviario de Amano: y para decirlo de una vez,
los invasores, deslum brados por una grandeza, que aun por
ellos derribada les causa una adm iración m ezclada de re ­
ligioso respeto, no cesan en su em peño de resucitarla hasta
que logran ver en m anos de Carlo-M agno, el g lo b o im pe­
rial que después de varias vicisitudes vendrá á parar á las
de otro Cárlos, para que con la corona austríaca española
em puñe el cetro del mundo descubierto por Colon.
Y si en el orden práctico y social de los hechos no ex is­
te el interregn o soñado por los clásicos, m énos aún puede
adm itirse el eclipse total de la cultura, ó más bien la brusca
rotura de la civilización de la unidad en los siglos feuda­
les. E l cristianismo, testam entario del mundo antiguo si­
glos ántes de la invasión tenia y a inventariado todo el cau­
dal de los adelantos humanos, principalm ente los g reco -la ­
¿9 6 BOSQUEJO D l i U N A F IL O S O F Í A

tinos para entregárselos en precioso legad o á generaciones


posteriores. D e ello son testigos los apologistas, historia­
dores de herejías, expositores de la Santa E scritu ra y del
dogm a cristiano reseñados y a en otro lugar. D e ello es un
brillante ejem plo el grande A gu stin o, esquisito resumen de
la antigua enciclopedia, pasada por el tamiz 'del génio
cristiano. V aciad o de este modo el sustancial pensam iento
bíblico en el m olde de la form a greco-rom ana, la civiliza­
ción de la unidad en la prolongacion de los siglos, tiene que
recibir, de reflejo por lo ménos, esa nunca interrum pida cul­
tura. Pero h ay más aún. L a cultura misma en sus origina­
les, que es lo que h ace v erter tantas lágrim as á los ojos del
clasicismo, aunque oscurecida algú n tanto entre la nube de
polvo levantado por la invasión, no es cierto que se corte
y desaparezca al extrem o de form ar un paréntesis, una ro­
tura en la cadena de su trasmisión. San Isidoro, como h e­
mos dicho, casi dos siglos después, m anejaba una biblioteca
de autores g riego s 3^latinos tan extensa corno dem uestran
sus portentosas obras, especialm ente sus Etimologías. Y
sin recordar á B oecio y Casiodoro y los célebres Trivio y
Cuatrivio, que siempre se conocieron en las escuelas m ona­
cales, precioso anillo de la cultura latíno-helénica, nunca
olvidada; en prueba de que los siglos feudales seguían con­
sultando en m enor ó m ayor escala los originales, recorda­
remos tan sólo cuatro autores ó instituciones en el asunto
decisivos. E n filosofía vale por todos el A n g e l de la escue­
la, que adem ás de refutar todos los antiguos sistem as en su
adm irable Summa, contra gentes, com enta y rectifica las
obras de A ristóteles. E n el derecho, ahí están la U niversidad
de B olon ia y nuestro C ódigo de las Partidas para probar el
alcance de sus conocim ientos jurídico-romanos. L as Tablas
Alfonsinas nos dicen m uy alto que á sus confeccionadores
eran fam iliares los antiguos astrónomos, especialm ente
Ptolom eo. Y la D ivina comedia, escrita bajo la dirección
C R IS T IA N A DE J..Y H IS T O R IA . .597

del que Dante llam a á cada paso su maestro, V irgilio, si do


algún defecto adolece en este punto es do recargar dem a­
siado sus estancias del infierno y clel purgatorio, con alu­
siones á la m itología. D e modo que toda la cuestión queda
reducida á unos centenares de m anuscritos escabullidos
entre las garras de la invasión; y estos no de m ayor interés
histórico que los que se hubieran perdido definitivam ente,
á n o haber conservado sus fragm entos la apología cristiana
y en especial E usebio de Cesarea; ó más bien y por citar un
ejem plo contem poráneo; y éstos no de otro modo que las
jo ya s literarias em pleadas, cuando el saqueo de los con ven ­
tos, en cartuchos para defender, y en h ogueras para feste­
ja r la ilustración liberalesca.
Y si tan descam inado anda el clasicism o en el punto
de entrada, no enfila más derecho á la puerta de salida de
su pretendida E dad Media. P o r haberse separado del centro
de unidad, por no aprovecharse del beneficio de la unión
reanudada en los concilios, segundo de L y o n y Florentino,
ó si se quiere por su carácter disputador y afeminado, el
imperio de Bizancio, sufre la afrenta de ver ondear la en­
seña de la Media Luna en la cúpula de Santa Sofía, Como
el náufrago cuando salva en una lancha con la vida algun as
joyas, era natural que algunos fu gitivos tuvieran el buen
acuerdo de traer consigo m anuscritos de filósofos, historia­
dores y poetas g riego s desconocidos entre los latinos. H a s­
ta aquí nada h ay que no h aya ocurrido m uchas veces en
todos los tiempos, países, culturas y civilizaciones. M enes­
ter ha sido toda la fuerza de im agin ativa invención; ó inás
bien, los vidrios de aumento con que h a m irado esos su ce­
sos el clasicismo, para descubrir en ellos una grari fase en
la vid a ó sea el punto de intersección de dos edades en los
anales del género humano, S in duda no han parado m ien­
tes en que el triste y para la E urop a y la cristiandad v e r ­
gonzoso suceso acaecido en O riente y á las orillas del Bós-
3yS BOSQU EJO D E U X A F IL O S O F ÍA

foro, queda á los pocos años reparado con otro de no m enor


trascendencia histórica que para bien de la E uropa cristia­
na se lle v a á cabo en O ccidente y cerca del M editerráneo;
á no ser que la conquista de Granada en la balanza del
clasicism o no pese lo bastante para contrabalancear si­
quiera la tom a de Constantinopla. P ero en este caso sería
m enester olvidar asimismo que si á la epop eya de siete
siglos que cierra la enseña de la Cruz plantada en las a l­
m enas de la A lham bra, hubiera correspondido la E uropa
cristiana; lo que llam a C ervantes la facción más gloriosa
de los stglos, Lepante, hubiera anticipado otro suceso que
para vergüen za de la civilización, no han podido acabar
tres siglos de lo que los clásicos llaman edad ó civilización
moderna.
Y lo mismo que del histórico podem os decir del órden
científico-literario. A l salmantino D iego de A n a ya , asisten­
te al Concilio de Constanza, después de tratar con los hom ­
bres más sábios del mundo, ocurrióle la idea de fundar el
prim er co legio m ayor de E sp añ a y dotarle de los libros que
reco giera en su viaje á Italia. P ues bien, el colegio de San
Bartolom é, erigido antes de los célebres manuscritos, pro­
ducía á los pocos años un portento de saber, el Tostado,
asom bro de su siglo y adm iración de los siguientes. M ás aún.
L os pergam inos bizantinos fueron conocidos y estudiados
en Salam anca con tanta profundidad y provecho, aunque
con distinto espíritu que en P ad u a y otras escuelas de F ran ­
cia y A lem ania- P ero en la ciudad del Tórm es nada aconte­
ció en este punto de extraordinario, que sirviera de ocasion
ni p retexto siquiera para trazar una línea divisoria á dos
edades. L a A te n a s española entendió que el precioso hallaz>
g o debía servir tan solo para ensanchar y em bellecer el pen­
sam iento cristiano de los siglos feudales: y nada, no ocur­
rió ningún suceso que viniera á trastornar los polos de la
Ciencia, ó turbar el curso de la historia. Lo único que resu l­
C R I S T I A N A D 1-: L A H I S T O R I A .

tó de la prodigiosa actividad intelectual salmantina, fué


que sin perder un quilate la fé de los españoles, ganaron
rnuclio la ciencia europea en extensión y profundidad, y
las letras renacidas en galanura y esplendor. E sp añ a en
gen eral y Salam anca en particular, por tanto, no tienen lazo
alguno de solidaridad con las edades m edia y m oderna de
los clásicos. A s í como al inventarla no prestaron su con­
sentimiento, así ahora los que sigan en el empeño de sos­
tenerlas, entiendan de una vez que no pueden contar para
nada con el nom bre de una gran nación, la de los R e y e s
Católicos, y de la dinastía austríaca; ni con la reputación de
una gran escuela, la que tuvo la arrogancia de poner en
su lem a omniitm scicníiaruvi princeps la escuela de S a la ­
manca. Léjos de eso, el pensam iento decidido de ese p ue­
blo y de ese gim nasio es diam etralm ente opuesto á la di­
visión clásica.S egú n de su h isto riase co lig e bien claro, para
ambas la civilización de la unidad, que nacida al pié de la
Cruz y trasplantada por P edro al imperio romano, adquiere
su robusto tronco en los siglos feudales; en el período critico
que venim os discutiendo, había llegad o á sazón y m adurez
bastante para derram ar sus frutos de bendición en E u ro ­
pa, y con el descubrim iento extend er sus ram as frondosas
por toda la redondez de la tierra. S i al m énos en parte han
sido frustrados sus civilizadores designios, no es culpa del
pueblo heroico, y de la sabia escuela, si no de.....pero aquí
h a y que vo lv e r á los m anuscritos de que nos habíam os casi
olvidado.
P ues bien: es el caso, que esos m anuscritos, eco de
otras ideas, de otra civilización distinta de la de los siglos
feudales, encerraban un espíritu diversista en el fondo, que
no acertaban á encubrir todas las g ala s de su b elleza lite­
raria. S i las cosas hubieran m archado rectas, el usufructo
que de ellos sacara la E uropa cristiana, hubiera sido discre­
to, com o de ello ofrecía un ejem plo insigne Salam anca. L a
400 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

cristiandad tenía y a expresado, aunque en formas rudas, un


pensam iento altísimo, vasto, y el más apropiado al mundo
redimido y renovado, el más opuesto al mundo de la di­
visión. l o s clásicos, pxies, hubieran obrado cuerdam ente
am pliando y em belleciéndole en la forma, en vez de tras­
tornarle con ideas propias de otros tiempos y de otra civi­
lización. M as para ello era m enester un tamiz m uy d e lg a ­
do, y una discreccion m uy exquisita, y sobre todo una so­
briedad á que no saben acom odarse los caracteres impa­
cientes. N o estamos del todo conform es con el juicio que
del renacim iento ha form ado G aum e en su eruditísim a obra
La Revolución, y á ello nos m ueve el ejem plo de Salam an­
ca, y aun la experiencia de los que al traducir los clásicos,
no hem os sentido la más lig era tentación de paganizar-
nos. E nem igos, no obstante, de cuestiones secundarias
cuando están pendientes otras fundam entales, que suelen
ser su raíz y quizá la cla ve de su solucion; con el nada sos­
pechoso Cousin, nos lim itarem os á asentar el hecho histó­
rico indisputable de que la E u ro p a (es decir, una parte de
ella) se embriagó de clasicismo. Y esto basta á nuestro pro­
pósito. P recisam ente por estar ébrio de ese espíritu diver­
sista que traducido prim ero en el v a g o paganism o que res­
pira la época del renacim iento, se declara despues en la
abierta rebelión que alza la reform a contra la Iglesia; el
clasicism o degenera en plena secularización de la filosofía
en D escartes, en pleno naturalism o del derecho en Grocio,
Puffendord y Tom asio, para concluir en libelo infam atorio
en la E nciclopedia, y en la más espantosa anarquía de ideas
y sentimientos, en el racionalism o, liberalism o y socialis­
m o contem poráneos. E n este sentido tienen razón los clá­
sicos. L a llam ada E d a d M edia es un interregno, un eclipse,
una rotura. E n lo que se equivocan lastim osam ente es en
creer que ese interregno es el del imperio romano, que
subsiste en su m itad oriental, y retoña cristianizado en el
C R IS T IA N A DK L A H ISTO R IA . 401

Occidente; en que esa rotura es de la historia que en los s i­


g lo s feudales hace cosas más m aravillosas que en los an­
teriores y sucesivos; en que ese paréntesis es de la civiliza­
ción que resum iendo las cualidades de las antiguas, añade
un sello que á las otras faltaba, el sello de la unidad; en lo
que los clásicos andan olvidadizos, en fin, es en suponer un
eclipse total de la cultura greco-latina, que m u y al contra­
río es uno de los elem entos de la ciencia, de la legislación
y de la literatura feudales. E l paréntesis, el interregno, la
rotura que ellos traslucen sin que acierten á form ularlos,
de una cosa más honda y sustancial que se escapa á los
ojos vendados del clasicismo, pero que ni principia en
Odoacro, ni acaba en M ahom et II. O por m ejor decir, sin
querer, ni entenderlo quizá, en los cuatro siglos de recon­
centrado encono y delirante fanatism o contra la edad m e­
dia nos han m ostrado lo bastante el secreto resorte que les
m ueve á condenarla. No les ofenden tanto las tinieblas, ó
m ás bien la form a ruda de esos siglos, com o la luz del p en ­
sam iento cristiano, en ellos claram ente definido y formular-
do, que es lo que les ofusca y desconcierta. N o son p reci­
sam ente las ñores literarias, ó algun a idea filosófica más ó
m énos im portante escondida en los m anuscritos, lo que les
fascina y enloquece; sino el salto que da el renacim iento
por encim a de los siglos profunda y exclu sivam en te cris­
tianos, al paganism o resum ido idealm ente en Grecia, y en
R o m a en la esfera de la le y y del gobierno. P o r eso en­
vu elv e n en un mism o odio y en com ún anatem a á escu e­
las, naciones y acontecim ientos, que ligad o s estrecham ente
con la idea y sentim ientos y siendo en cierto m odo conse­
cuencia ló g ic a de los siglos feudales, cronológicam ente al
ménos nada tienen que v e r con la aborrecida Edad Media.
A sí, tergiversan el descubrim iento, y oscurecen la gloria
del genio, sólo porque tuvo por cooperadores á los frailes;
sólo por la intervención que en la inm arcesible gloria cabe
26
402 BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

á una escuela, á una nación, y á una reina em inentem ente


católicas. Como no sufren en paciencia el poderío é inm or­
tales hazañas de la dinastía austríaco-española, sólo porque
en la g ra n contienda que suscita el espíritu rebelde y diver­
sista de la reforma, com prendiendo m ejor que ella el alto
sentido de la. historia, se puso franca y decididam ente al
lado de la civilización de la unidad, sirviendo de brazo y
antem ural á la Iglesia. Pues bien, volvam os la hoja á los
nombres, instituciones y sucesos, y en la balanza del clasi­
cismo, todo será ju zg ad o con otra m edida y con otro peso.
A u n q u e se ven con los ojos, se tocan con las manos, y la
historia hará siempre responsable á la reform a de las miras
estrechas, de los cálculos interesados, y hasta de la ridicu­
la frivolidad que ha inspirado á la diplom acia, y presidido
en los tratados del nunca realizado concierto europeo; los
clásicos, sin em bargo, todo se lo perdonan á los viciosos
reform adores, y disimulan ó cohonestan la pequenez y m ez­
quindad del derecho público europeo, sólo porque no está
regu lad o por la civilización de la unidad, ni interviene en
su form ación la m ano sagrad a del Papa. Y no h ay duda, en
ello son consiguientes.
Sin grandes esfuerzos está despejada la incógnita, y
por tanto resuelto el problema. E l defecto de la civiliza­
ción feudal, que no es otro que la inaugurada en P en tecos­
tés, y abarcando prim ero al imperio romano, lu ego á los
bárbaros, p or el descubrim iento se ha de lle va r al nuevo
hemisferio, y de allí á toda la tierra; para los clásicos el
gran defecto de la civilización de la unidad consiste en ha-
berse robustecido en los siglos feudales lo bastante para
unlversalizarse por el genio de Colon, y ayuda y coopera-
cion de los frailes. L a cuestión entre el criterio clásico y
el cristiano no versa y a sobre fechas, ni este ó el otro su­
ceso ó institución. N o hablemos, pues, de M ahom et, ni de
Bizanzo, ni de m anuscritos griegos. Todos esos nom bres
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 403

no son más que una p antalla ó un pretesto para encubrir


la segu n d a intención del clasicismo. N i siquiera se invoque
el nacim iento de la diplomacia, ni el poderío de los reyes,
ni la erección de las grandes nacionalidades. T od as esas
cosas coinciden sim plem ente con un período en que la ci­
vilización cam bia de faz, y la historia tom a un nuevo rum ­
bo. Pero, com o es claro, no son ellos en verdad^las que de­
terminan el nuevo giro de los sucesos; son síntom as, no el
aliento que da la vida ó la m uerte; efectos, no causas que
le producen. L a división histórica en edades ó en fases, ó
en períodos h a y que tom arla de alg o más radical, de algo
m ás hondo. Y ese algo tan oscuro durante cuatro siglos
de clásicas investigaciones, está bien claro y descubierto
desde el punto de vista de la unidad.
Con efecto; á fines del x v y principios del siglo X V I
ocurre algo g ra ve en E u ro p a que m erece fijar la atención.
E n esa época aparecen dos hom bres y se realizan dos acon­
tecim ientos, que el uno inm ensam ente y para el bien, y. el
otro m ezquinam ente y para el m al ejercen una gran in ­
fluencia en la m archa de la historia y de la civilización.
Pues bien, todos lo saben: esos dos hom bres se llam an Co­
lon y Lutero; y esos dos acontecim ientos ju e g a n á cada
paso en boca de todos, y son el descubrim iento y el protes­
tantismo. Sólo que aparte las cualidades personales, en que
no debem os entrar ahora, h a y en los resultados la enorme
diferencia que m edia entre la civilización politeísta de la
división, que resucita el fraile apóstata, y la civilización de
la unidad que geográficam ente com pleta el genio cristia­
no. Colon, ensanchándola con un nu evo hemisferio, unlver­
saliza histórica y geográficam ente la civilización cristiana.
Lutero, dividiendo en girones la túnica de la Iglesia, y tor­
ciendo en torpes desbordam ientos la civilización europea,
pone obstáculos á la historia, para que durante tres siglos
de estériles rivalidades y raines miras diplom áticas, se de­
BOSQUEJO DE U N A 1’ l L O S ü l'l A

ten g a su m archa m ajestuosa por el camino de la u niver­


salización. L a obra del marino inspirada en un alto sentido
histórico, bajo la base sustancial de la unidad de pensa­
miento, ha engalanado á la civilización con el variado ro­
paje de tantas form as cuantos son los pueblos y razas por
él descubiertos, y por sus cooperadores cristianizados y co­
lonizados. E l m onstruoso engendro del apóstata, unifor­
m ando lo accidental con la supresión de la genialidad de
los pueblos europeos, y bajo el peso de m ezquinos trata­
dos, de teorías utópicas y de constituciones m onótonam en­
te estériles y deleznables, ha arrebatado á la E u rop a el
dón precioso de la unidad de la civilización, im posibilitán­
dola para concebir, y más aún, para acom eter, y sobre todo
para acabar ninguna de las grandes em presas que llevó á
cabo la tan calum niada como m al com prendida E dad Ate­
dia. Colon, en fin, instrum ento de la Providencia, exten ­
diendo geográficam en te el cristianismo, lle v a á toda la
tierra la unidad que religiosa en Pedro y social en G re g o ­
rio V II, se h ace civilización universal en el descubrim ien­
to, como fruto de catorce siglos de preparación. Lutero,
saltando por encim a de la E dad M edia y hollando el san­
tuario mismo de la unidad, es decir, la silla de Pedro, á
cu ya autoridad resiste, y el baluarte de la Iglesia, c u y a or­
ganización destruye, retro grad a á la R o m a pagana, últim a
potencia de la edad de la división, y renovando el politeís­
mo en las sectas protestantes, reproduce el B ab el de la
idea en el pensam iento y en el lenguaje, y la confusion de
los sentim ientos civilizadores en medio de las naciones y
de la civilización cristiana.
A n te la evidente sencillez de esta observación, é in­
contestable autenticidad é im portancia de estos hechos, la
filosofía de la historia, si h a de proceder racional y ló g ic a ­
mente, tiene que optar por uno de los m iem bros del dile­
ma. P a ra los que después de P entecostés no adm iten más
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA . 40,5

edad que la cristiana de unidad religiosa en la época rom a­


na, y social en el feudalism o, el descubrim iento, no es ro­
tura, sino continuación de lo siglos cristianos por e x ce len ­
cia; no es siquiera división ó antítesis, sino com plem ento
geográfico de la unidad religioso social, que elaborada en
el espacio de catorce siglos, y arraigada y robustecida lo
bastante para unlversalizarse en variedad de form as y sin
rasgar su unidad sustancial; desde el suelo del mundo anti­
guo donde naciera y se desarrollara, extiende ahora sus
ram as á un nuevo hem isferio y de allí á toda la redondez de
la tierra. M as para los clásicos, protestantes, racionalistas y
todo género de libre-pensadores, que en su odiada E d ad
M edia no ven más que un interregno, un eclipse, una rotu­
ra; para los que saludan á su acariciada edad m oderna
com o la aurora de un nuevo dia, com o el renacim iento de
las letras y de las ciencias; para los que miran al renaci­
m iento com o la- vu elta de la cautividad, ó sea de la subor­
dinación del pensam iento á las anchuras de la libertad; y
al último com o el triunfo de la filosofía sobre el fanatismo,
de la civilización sobre la barbarie, y digám oslo claro, aun ­
que quizá algunos de entre ellos no se atrevan á tanto
com o el triunfo de la razón libre sobre la servidum bre de la
fé; para todo libre-pensador, para los no católicos, deci­
m os, el com ienzo de la edad m oderna no es M ahom et, ni
los m anuscritos, ni Padua, ni Bem bo, ni siquiera Erasm o.
T od os esos sucesos y personajes son heraldos, anuncios,
preparativos, conatos, chispazos aislados; y aun del burlón
de R oterd an se h a dicho con verdad que em polló el huevo
y con donaire se le ha llam ado Eradcns mus. P ero el h é­
roe de la jornada no es ninguno de los citados personajes,
com o el gran acontecim iento no es ninguno de esos p relu ­
dios. E l punto de división es otro y }^a le había atisbado
B alm es con ese talento de intuición que recibiera del cielo,
y que tan fecundo em pleó en adivinar lo que habia después
400 b o s q u e jo d e u n a filo s o fía

de poner en claro la erudición. S eg ú n el insigne publicista,


el protestantism o, herejía común á todos los siglos, ad­
quiere esa gran trascendencia religioso-social que tantos
m ales ha causado á la Ig lesia y á la sociedad, no por el m é­
rito personal de su autor y propagadores, ó por la cons­
trucción científica de su doctrina variable, inconsecuente,
absurda y enem iga de todo progreso; sino por dos circuns­
tancias que le son agenas; por haber nacido en el siglo X V I
y haber sentado sus reales en la E u ro p a cristiana. Y este
juicio de nuestro insigne publicista ha venido á confirm ar­
le, al m énos en parte, el erudito Janssen al describir con pas­
m osa y razonada erudición el estado intelectual, político y
social de los estados que com ponían el imperio germ ánico
en su y a citada obra L a Alemania desde la salida (conclu­
sión), de la. Edad Media.
P ara el libre pensamiento, pues, el gran suceso de los úl­
tim os tiempos, el com ienzo de la edad m oderna es, ó al m é­
nos debe ser el protestantism o; y el genio, el héroe, el g ra n ­
de hombre, L utcro, N ada im porta que al celebrar reciente­
m ente el centenario de su nacimiento, el mundo sensato
h a y a cubierto de rubor su rostro. D esde el punto de vista
clásico los autores del escandaloso proyecto, sin pensarlo,
le han dado la clave para dividir filosóficam ente la historia.
N i es m ayo r inconveniente en el sistem a clásico, el que esa
pretendida edad de renacim iento, de ilustración y de lib er­
tad estreche el horizonte histórico á la Europa, ó más bien
á los paises protestantes extendiéndole cuando más á las
misiones, donde han ido á evangelizar, ó más bien á com ­
prar conciencias los flam antes socios de la sociedad bíblica.
L o s que dividen la gran epop eya de la vid a por el destro­
nam iento de un im bécil, ó si se quiere por la caida parcial
del imperio romano, y la reanudan después por la pérdida
de una capital, ó la lectu ra de unos manuscritos, ó la em ­
briaguez de una generación, ó más bien de una escuela ó
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA .

de algunos literatos, no deben pararse mucho, por la lim i­


tación en el espacio, ó la incertidum bre, variabilidad, y
anarquía de las ideas que entraña el protestantism o. E n la
imposibilidad de adoptar un criterio de universalidad his­
tórica, que rep ugna al sistema, y que es propio y exclu sivo
de la civilización cristiana, unlversalizada por Colon, deben
llenar al ménos las otras condiciones que requiere una d ivi­
sión sustancial y filosófica. A s í levantándose por encima
de lo accidental de la form a y de bellezas artístico-litera-
rias, que hasta aquí les ha deslum brado, conseguirían al
ménos lle g a r al fondo de las cosas, dividiendo sustancial-
mente la historia de la E urop a cristiana, que es el horizonte
único de su observación. B ajo este aspecto la división es
tan clara y sencilla, como filosófica y natural. B ien que el
terreno estuviera preparado por el renacim iento junto con
otras m uchas concausas que no es del caso enum erar aquí.
E sto ocurre siem pre en los sucesos que m udan la faz de
una civilización. Pero dados los antecedentes, es lo cierto,
es un hecho tan triste com o indisputable, que por la refor­
ma, una parte de la Europa, de cristiana que era, se co n v ier­
te en setni-pagana primero, para cam briase después de
religiosa en libre-pensadora, en indiferente, en impía, en re­
volucionaria, en racionalista.
A n te s de la reform a la civilización cristiana, una en lo
sustancial, era varia en la gen ialidad y diversas aptitudes
de cad a pueblo y capaz ella sola de obrar los m ayores
prodigios, de civilizar la tierra entera. É p ica y caballerosa
en España, b ella y artista en Italia, em prendedora y difu­
siva en Francia, rudam ente feudal, pero a ctiv a y pensado­
ra en A lem ania, industrial y negocian te en Inglaterra,
gran d e y fecunda en todas partes; desde la altura del pen­
sam iento cristiano, con el ornato artístico-literario del re­
nacim iento, m erced al im pulso dado á las ciencias natura­
les, astronóm icas y geográficas, abiertas anchas vías de
408 BO SQU EJO DE U N A F IL O S O F ÍA

com unicación por Colon á las Indias, y de las Indias por


M agallan es y Sebastian E lcano en derredor del orbe; era
la destinada en los designios providenciales para lle v a r á
todas partes la verdad era civilización, y com prendiendo su
alto espíritu, seguir el liilo de oro de la historia. D e s g ra ­
ciadam ente no sucedió así. D estru yendo con la rebelión la
unidad sustancial de la idea, y con una política ruin y es­
tériles ó vergonzosos tratados lo vario y fecundo en la
genialidad de los pueblos, la reform a vino torpe é inopor­
tunam ente á trastornarlo todo en Europa, y á entorpecer
fuera de ella la m archa m ajestuosa de la historia y de la
civilización. D ividiéndola religiosam ente en sectas, interna-
cionalniente en m ezquinas rivalidades, políticam ente en
pontificados laicos ó cesarism os más ó ménos absorventes,
y socialm ente en enconos de clases, que produciendo a lb o ­
rotos en los paisanos de A lem ania, invasiones en los p ar­
lam entos, adulaciones primero, y rebelión después á los
reyes, y un socialism o v a g o y latente durante algú n tiem ­
po al fin ha estallado en una revolución, más que san grien ­
ta en el hecho, disolvente y corruptora en el espíritu y que
cifra y suma de todos ellos es tam bién el gérm en fecundo
de la anarquía de ideas, desasosiego de los ánimos, y falta
de asiento de todas las instituciones. E stad o lastim oso de
que todos se quejan hoy, siendo pocos los que se elevan á
las hondas y seculares causas, que lo han producido, y m é­
nos aún los que quieren aplicar el oportuno remedio.
Sin m eternos ahora á dar consejos á quien no los ha de
escuchar, y lim itándonos á nuestro objeto, resueltam ente
proponem os al mundo sabio esta división. D espués de la
unidad cristiana, religiosa en el imperio y allá á donde a l­
canza la Ig le sia católica primero, y social después que fué
infiltrando su espíritu en todas las fibras, y aun en el cora-
zon de la sociedad, com o sucedió en los siglos feudales;
para los católicos no h ay, no puede haber otra edad histó­
C R IS T IA N A D E L A H IS T O R IA , 409

rica posterior, sino tan sólo una nueva fase, que am plián­
dola á países antes desconocidos, la sirve de com plem ento
en toda la redondez de la tierra. P ara los libre-pensadores
que lejos de aceptar agradecidos, rechazan desdeñosos esa
civilización que aunque ruda en la form a y falta de algún
ornato de fácil adquisición, representa, sin em bargo, la e la ­
boración altísim a en el pensamiento, y fecundísim a en sus
frutos llevad a á cabo en los siglos feudales; y la rechazan
y condenan bajo el supuesto paréntesis de la cultura, para
ellos sinónima de la civilización misma; para todo libre-pen­
sador, decimos, h ay ó debe haber, con efecto, una edad m o­
derna. P ero el com ienzo de esa edad de ventura, de ese
eden de felicidad, de ese vu elo libre, del espíritu, no debe
arrancar del renacim iento que al ménos en una nación, E s ­
paña, y en una escuela, Salam anca, se utilizó para exornar
y desen volver la civilización feudal por ellos anatem atiza­
da. L a era del nuevo paraíso debe partir del punto preciso
en que esa nación, entonces árbitra de los destinos de E u ­
ropa, y esa escuela á la sazón influyente y freno de los e x ­
travíos de las otras, se separa de las demás escuelas ó nacio­
nes. P ara los clásicos la edad m oderna debe arrancar del
período preciso en que mientras E spaña con el descubri­
m iento unlversaliza; las naciones más ó ménos disidentes por
la rebelión protestante rompen-en mil girones, con la túnica
de la Iglesia, la civilización de la unidad. P ara los católi­
cos y sobre todo para los españoles, Colon y el descubri­
miento: para los protestantes y todo genero de libre-pen­
sadores, L utero y la reforma: hé aquí el punto de partida
respectivam ente de la época ó de la edad moderna.
A d o p ten ó no los clásicos la suya, Colon y el descubri­
m iento son una feliz im posición para los hijos de la I g le ­
sia, y en especia] para los españoles una honra nacional y
una tradición gloriosa. E sta es la idea presentida por la
te o lo gía desde los tiem pos de San Isidoro: este el am biente
410 BOSQUEJO D i; U N A F I L O S O F Í A

que respiran todos los historiadores españoles que se o cu ­


pan de algun o de los ramos del descubrimiento. Las histo­
rias generales de Indias escritas por L as Casas y H errera,
las particulares del Perú, Chiapa y M éjico por Gomara, R e -
m esal y Solís, y Torquem ada en su Monarquía indiana, y
Solórzano en sus estudios sobre la legislación de Indias, y
los numerosos que reseñaba y a el salm antino L eón en el si­
g lo x v i l : todos los escritores de nuestras posesiones ultra­
marinas en esta ó la otra form a convienen en afirmar que
después del cristianismo el descubrim iento es el suceso más
im portante y trascendental de los siglos, llegan do á decir
el moderno y nada sospechoso historiador de E sp añ a C a­
ballero, que el colosal suceso era bastante para dividir la
historia.
L a fé siem pre tiene una mirada de águ ila en la solucion
de los grandes problem as. E l patriotism o adivina por ins­
tinto m uchas veces lo que no alcanza á descubrir la fria
razón. T res siglos antes que el católico conde francés R o -
selly de L o rg u cs viera el aspecto providencial del gran su­
ceso, todos los escritores nacionales le habían considerado
com o un dón precioso del cielo otorgado á la Corona de
C astilla en premio de su fé, asociando su nom bre con el del
héroe en galardón de su acendrado catolicism o. A qu ellos es­
critores, á quienes aterra la colosal figura de Colon, y abru­
ma la gloria que del descubrim iento redunda en favor del
Pontificado, de la Ig lesia y de la católica España, se han
entretenido en desfigurar la fisonom ía del héroe, y m ate­
rializar ó em pequeñecer el acontecim iento, y no pudiendo
arrancar de la frente del génio la corona, y de m anos de la
nación católica el cetro de dos mundos, y la gloria de h a­
b er cristianizado y colonizado el nuevo, han buscado m e­
dios al ménos de oscurecer su brillo y rebajar su m érito y
trascendencia. P ero les cieg a el empeño de estrechar en
el lecho de Procusto de la pobre razón lo que sólo se e x ­
C R IS T IA N A DE L A H IS T O R IA . 411

plica á la luz de la unidad revelada y sostenida sólo por el


cristianismo, y por medio de la intervención de la P ro v i­
dencia. L a figu ra de Colon es tan colosal,' que sólo puede
verse en su m agnitud relacionándole con la gran epopeya:
el argum ento de la gran epopeya es tan sublime, que sólo
se entiende desde el punto de vista del cristianism o, coro­
nado por el descubrimiento.
E sto es obvio, parece evidente, pero por desgracia la
vida de Colon, y sus relaciones con España, han estado
envueltas por m ucho tiem po en la oscuridad. N uestros
cronistas, aunque vieron el carácter providencial del suce­
so, lim itándose á objetos determ inados, no le relacionaron
directam ente con la historia. Cuando ésta, ilustrada y am ­
pliada con los grandes descubrim ientos de la etn ografía
pudiera, tom ar al cristianism o por g u ía del viaje, y por lazo
de am bos mundos á Colon, y de estos dos focos de luz sacar
la gran idea de la unidad aplicada á la historia, ésta por
desgracia había caido en m anos de protestantes y r?cio-
nalistas que lejos de darles la im portancia que merecian,
tuvieron em peño en rebajar y oscurecerla. L o s mismos es­
critores católicos influidos por la antigua escuela universi­
taria, no se atrevieron á rom per las trabas im puestas por
el uso ó por la rutina. D eslum brados por el gran aparato
artístico y científico con que aparecen en la historia las
ddS naciones clásicas por excelencia, y sobre todo form an­
do contraste con la sencillez de la idea cristiana, y con la
oculta y poco ruidosa influencia con que h a ido lentam en­
te infiltrándose en todas las esferas sociales; aunque com o
religión conceden al cristianism o una superioridad inm en­
sa, el carácter de sobrenatural y divino, el ser la única reli­
gión verdadera; históricam ente, sin em bargo, le consideran
sólo como un incidente, como un episodio, com o si fuera
extrañ o ó accidental á la m ism a historia.
Y á la verdad que salta á la vista la contradicción de
412 BOSQUEJO D E U N A F IL O S O F ÍA

m irar al cristianism o como agcn o y sin. relación con los


hechos que pasan en el mundo y atribuirle enseguida
nada m énos que la creación de una hum anidad nueva, de
una civilización, que es preciso llam ar cristiana, si se ha
de distinguir de las antiguas, á quienes todos dan el
nom bre de paganism o. Porque, si como es verdad, sin
perder en nada su carácter divino y sobrenatural; antes
bien precisam ente por ese mismo carácter ha transform a­
do, aunque lentam ente, el individuo y la familia, y por
am bos la sociedad; exclu irle ó darle sólo un puesto secun­
dario en la historia, es suponer que la historia m archa por
vías distintas de la sociedad, ó que sin fam ilia y sin socie­
dad y sin contar para nada con el individuo, puede tejer
su variada trama. Y sin em bargo de ser tan m arcada y
palpable la contradicción, ante el palacio de A u g u sto y
el hum ilde portal de B elen, todos los observadores se q u e­
dan deslum brados y absortos entre la m ajestad imperial,
y apenas les queda tiempo para dirigir una mirada hácia
la cuna del H om bre-D ios. E s verdad que para cum plir de
algún m odo el cargo -de cronistas les e.s preciso registrar
en su lu gar oportuno el nacim iento del Salvador; pero
tienen buen cuidado de no insistir en él, y m ucho ménos
de h acer una pausa é inaugurar en él una época, y ménos
aún dar principio á una nueva edad; por tem or de inter­
rum pir la m archa m ajestuosa de la historia resumida, en
la opinion general, en la amplísima extensión del imperio.
Y si al S a lv ad o r del mundo le relegan al histórico puesto
secundario de uno de tantos personajes com o en ella fi­
guran; y si al cristianismo, aun reconociendo su origen
divino, su extensión m ilagrosa, su incom prensible duración,
se le reb aja históricam ente á la categoría de un satélite del
imperio, que se m ueve sólo por la atracción y resplandece
con la luz prestada del g lob o imperial; no es extraño que
á Colon, distante de la augusta persona de Jesús infinita­
l.'RLSTJAXA DK L A H I S T O R I A . 413

mente, pero instrum ento de que Jesús se dignó valerse


para lleva r el conocim iento de su E v a n g e lio á rem otas re­
giones, y com pletar su obra de santificación y cristianiza­
ción en el mundo; no es extraño que á Colón se le coloque
en el puesto incidental y secundario con que aparece en
todas las historias.
E n nuestro concepto toda la equivocación consiste en
separar sofísticam ente lo que arm ónicam ente debe estar
unido. L a religión y la historia, el cristianismo y la civili­
zación son esferas distintas, pero no separadas; y lo que es
grande y capital en religión, no puede ménos de ser in ­
m enso en la civilización y en la historia. Suponer que el
cristianismo divide el mundo religioso en dos fases, v que
histórica y socialm ente es tan sólo un incidente en los
fastos del imperio romano, es partir del falso supuesto que
la religión es extrañ a á la vida histórico-social, cuando es
la dirección suprem a de la historia, y el alm a y la vida de
la sociedad y de la civilización. Tiem po es y a de desvan e­
cer esa fatal equivocación y restituir cada cosa á su lugar.
No h a y más edad nueva que la inaugurada por el Cristia­
nismo en el imperio romano prim ero y después en las
tribus bárbaras y en todos los pueblos, razas y lenguas,
donde principió á b rillar la luz de la unidad, borrando las
huellas de la antigua división. R o m a no tiene otro p rivile­
gió que el haber sido la cifra de los adelantos hum anos y
la sum a de todas las aberraciones de la gentilidad, ó más
bien que el h ab er sido escogida en los inescrutables de­
signios de la P ro vid en cia para m etrópoli de la n u eva idea
pasando á ser, dice S an León, discípula y centro de verdad
como antes fuera la m aestra del error y sentina de todos
los vicios. A s í lo había entrevisto el común sentido de los
pueblos católicos; así lo consign a el lenguaje com unm ente
admitido entre los pueblos cultos. D esde que en el siglo
v i el célebre Dionisio el E xig u o , considerando com o una
BOSQU EJO D E U N A F IL O S O F ÍA

m engua para la cristiandad regirse por eras paganas,


introdujo un nu evo cómputo, reduciendo las antiguas de
las olimpiadas, de la