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MATRICES DEL PENSAMIENTO.

Alcira Argumedo

Liberalismo político y liberalismo económico.


Este desarrollo adopta dos formas principales: por un lado la filosofía jurídica- política, donde la sociedad se
constituye a partir de un contrato o un pacto voluntario entre los individuos racionales que la componen. Esta
visión de la filosofía política, que sustenta su desarrollo teórico en la idea del contrato social, va a formular
dos conceptos diferentes de Estado, que se basan en la naturaleza humana originaria: la teoría del Estado
Absoluto y la teoría del Estado Representativo o Liberal.
Estado Absoluto. Thomas Hobbes plantea que la sociedad se constituye ante la necesidad de superar el
estado natural caracterizado por “una guerra entre todos contra todos”. Hobbes manifiesta la necesidad de la
monarquía absoluta, ya que sino no existiría opción entre la anarquía total y el poder soberano. (Hobbes,
Locke, Rousseau eran hijos de dueños de empresas, comerciantes de la burguesía, tenían poder en los
medios de producción, es por ello que se les dificulta desprenderse del monarca). “Todo gobierno poderoso es
bueno si garantiza la propiedad, seguridad, paz y orden”.
Según John Locke, el estado de naturaleza en el que se encuentran los hombres es de completa igualdad y
libertad para ordenar sus actos y disponer de sus propiedades y de sus personas como mejor les parezca.
Dicha ley coincide con la razón de que siendo iguales e independientes, nadie debe dañar a otro con su vida,
libertad o posesión. Propone la idea de pacto, por el cual todos acuerdan formar una sola comunidad y un
solo cuerpo político. Por lo tanto, la sociedad es producto de un contrato entre individuos que tienen voluntad
y conciencia para ingresar en él. El orden social que se constituye a través del pacto es un orden jurídico, ya
que la sociedad civil se manifiesta y concreta en las leyes o normas. El acto primordial de una sociedad es la
constitución del poder legislativo (leyes). Pero solo se constituye una sociedad política cuando un cierto
número de hombres se une renunciando al poder de ejecutar la ley natural.
La forma de gobierno del Estado dependerá de la manera como se otorgue el poder de hacer las leyes
(democracia, oligarquía, monarquía, etc). Para que ese contrato se siga reproduciendo, es necesario que los
individuos interioricen las normas y las transmitan a los nuevos miembros que se incorporan. La educación es
esencial, dado que solo se es ciudadano cuando se está preparado o maduro para participar del pacto
(Sujeto pre-social: no está constituido como individuo, necesita una generación adulta para poder
transformarse en sujeto social). Estos lineamientos de Locke van a conformar la matriz del liberalismo
jurídico- político, asentado en la teoría del contrato social y la división de los poderes.
La otra forma fundamental que toma el concepto de sociedad en el pensamiento liberal es la economía
política, cuyos primeros representantes son Adam Smith y David Ricardo. Para esta matriz de pensamiento,
la sociedad aparece como un orden o estructura que los individuos creían sin tente conciencia de ello,
persiguiendo sus fines particulares. En la búsqueda individual del lucro, los hombres – guiados por una mano
invisible- van conformando a través del mercado, una estructura donde el comportamiento individual egoísta
redunda en el bienestar general. La forma de gobierno, el modelo de Estado se define para esta matriz en
términos funcionales, ya que su forma política es secundaria respecto al rol principal de garantizar la
seguridad de los bienes privados y promover la libertad mercantil.
En ambas matrices (fílosofica- júridica y económica) el derecho natural de propiedad de los hombres sobre
sus bienes, originados por el trabajo y transmitidos por herencia, solo puede generar conflicto en tanto alguien
pretenda arrebatarle a un hombre su pertenencia.
La matriz de pensamiento Marxista
Carlos Marx y Federico Engels plantean una crítica a la ideología y a la sociedad burguesa, intentando
superar el pensamiento liberal, partiendo de una interpretación de la naturaleza humana originaria y de la
historia de la humanidad, que consideran al hombre como ser social.
La sociedad presenta para Marx como una totalidad articulada en dos instancias diferenciadas: el Estado y la
sociedad civil. La definición de naturaleza humana originaria constituye uno de los núcleos esenciales de la
teoría marxista: en el comienzo de la ciencia en Marx se encuentra el concepto de ser social, base de la crítica
al pensamiento liberal. La naturalización de la historia humana supondría la existencia de individuos aislados
capaces de subsistir al margen de sus relaciones con un contexto social más abarcador, como individuos que
existen con anterioridad a la sociedad.
Para Marx el hombre es un ser social que no puede concebirse como tal al margen de su interacción en una
sociedad históricamente determinada. El modo como estos producen y las relaciones de producción e
intercambios que establecen, caracterizan a las diversas formaciones sociales y es la base que explicita la
forma de conciencia en tanto producto social (el ser social es lo que determina su conciencia).
En la idea histórico- filosófica de Marx y Engels, la pre-historia de lo humano caracteriza al hombre como un
ser genérico enajenado, donde sus prácticas sociales se le aparecen como fenómenos naturales y la
relaciones entre los hombres se le manifiestan como relaciones entre las cosas. Podríamos afirmar que la pre-
historia de lo humano, se divide para Marx en dos grandes momentos: las formaciones sociales pre-
capitalistas y el desarrollo del capitalismo con carácter universal a través de la consolidación de la industria y
el mercado mundial. Los períodos anteriores al capitalismo se encontraban regidos por el azar, según Marx.
El capitalismo establece una necesidad dentro de la evolución histórica. Necesidad de generar sus propias
condiciones de reproducción y también en el nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas bajo
esta formación social, gesta las condiciones materiales para la construcción de una nueva forma de sociedad
capaces de superar las anteriores sociedades de explotación.
Si el capitalismo ha creado las condiciones históricos- materiales para el pasaje del azar a la necesidad, el
socialismo (gracias a la propiedad social de los medios de producción, a la anulación de la propiedad privada
y la división social del trabajo) constituye el pasaje de la necesidad a la libertad.
El poder político que se expresa en el Estado es el poder organizado de una clase para la dominación de las
otras y monopolizan el ejercicio de la violencia a fin de mantener las relaciones de producción existentes.
La transformación de la propiedad privada burguesa en propiedad social de los medios productivos tiende a
disolver la división antagónica de la sociedad en clases sociales y el Estado pierde su sentido y se extingue.
Esta revolución garantiza la emancipación general del hombre y comienza entonces la verdadera historia
humana.
El pensamiento de Marx y Engels está influido por las concepciones positivistas de la época.
La necesidad que caracteriza a la formación social capitalista genera las condiciones materiales para el
desarrollo de la ciencia; ya que no es posible hacer ciencia sobre condiciones de azar.
El marxismo otorga a la ciencia un doble papel: por una parte, en tanto existe una legalidad material que no es
perceptible por los hombres, se requiere de la ciencia para develar las leyes que rigen su desenvolvimiento y
las condiciones de explotación que conlleva. Por otra, también esa formación social genera una enajenación
de la conciencia de los sujetos sociales, explotados, tras la apariencia del trabajo libre y el intercambio de
equivalentes en la esfera de la circulación que encubre el verdadero proceso de explotación que se realiza a
través de la extracción de plusvalor en la esfera de la producción.
La enajenación de la conciencia se manifestaría como la incapacidad para aprehender las condiciones de
explotación a las cuales el capitalismo somete al proletariado. Sujeto social que tiende a hacer suyas la visión
del mundo, los valores y la ideología de la clase que lo explota.
La actualización de las Matrices Liberales
La actualización Weberiana del liberalismo político
Al finalizar el siglo XIX, se muestra al liberalismo económico como un modo fundamental de desarrollo y al
liberalismo político estatal en tanto forma de gobernabilidad que recupera una visión propia de la democracia,
frente a las concepciones de Marx y el movimiento obrero.
El Estado intenta recomponer los acuerdos con las clases proletarias. Es el tiempo en que se plantean en
distintos países las posibilidades de un sufragio ampliado; una significativa reducción de las horas laborales,
con la concomitante mejora de las condiciones de trabajo, el incremento de los salarios reales y la creciente
incorporación de los sectores subalternos a los proyectos de lucha interhegemónica y expansión colonial.
La matriz que recupera Max Weber para formular su crítica a las corrientes marxistas se vincula con el
liberalismo político estatal que se está consolidando en Europa. Para Weber el tardío desarrollo del
capitalismo y el retraso relativo de Alemania se revelan en la inmadurez del proletariado y de una burguesía
económicamente dinámica pero con dificultades para desplazar el poder tradicional de los junkers (miembros
de la antigua nobleza terrateniente de Prusia que dominó Alemania a lo largo del siglo XIX) y consolidar a la
nación como una potencia mundial. Tomará entonces como punto de partida un liberalismo político que
incorpora la idea democrática en un contexto de disciplinamiento social y expansión imperial.
Basándose en la matriz jurídica política liberal, Weber desarrolla una crítica sistemática y abarcadora al
pensamiento de Marx. La concepción de la ciencia va a vincularse con un concepto de lo social definido a
partir del individuo dotado de voluntad y conciencia como su unidad esencial. Lo social se constituye en tanto
los individuos participan en múltiples y variados espacios de acción; y las diferentes formaciones sociales no
son otra cosa que desarrollos y entrelazamientos de acciones individuales, ya que sólo los individuos pueden
ejercer una acción con sentido.
El capitalismo moderno está caracterizado por el énfasis en la aspiración racional al lucro y se asienta en la
organización racional del cálculo de la ganancia en dinero; en la ciencia y las técnicas aplicadas a la industria;
en la constitución del Estado como una organización política con un derecho racional, administrados por
funcionarios especializados que se guían por normas racionales y previsibles; y en la organización racional del
trabajo libre. A Weber le interesa detectar la capacidad y aptitud de los hombres para ejercer determinados
tipos de acción, en sociedades donde primaban como elementos formativos la fe y el deber ético,
contraponiendo esta interpretación a la idea marxista de la acumulación primitiva.
Weber va a enfatizar, hasta que puntos han existido afinidades electivas entre modalidades de la fe religiosa y
una ética profesional, y en qué medida determinados contenidos de la civilización moderna son imputables a
motivos religiosos. En la noción weberiana, materialismo e idealismo son interpretaciones posibles como
trabajo preliminar de búsqueda, pero si pretenden constituir el término de la investigación, ambos son
igualmente inadecuados.
Siguiendo los lineamientos de la matriz jurídico- política liberal, Weber considera que no existen sujetos
colectivos capaces de plantear una transformación cualitativa de las modernas sociedades capitalistas. El
individuo con fines y valores va estructurando distintos “contratos”; tiene diversas áreas de actividad sin una
vinculación necesaria entre sí, que relativizan significativamente su eventual pertenencia a una clase social.
Weber desecha la existencia de leyes objetivas al margen de la voluntad y la conciencia de los individuos y
considera que una percepción economicista de lo social impide incorporar la riqueza de las instituciones
políticas y culturales en el desarrollo de la historia.
Keynes y la crítica del liberalismo económico
Europa 1984- estallido Primera Guerra Mundial. Un laissez faire (expresión francesa que significa “dejen
hacer, dejen pasar”, basada en la libertad individual de elección y acción; se opone a la intervención del
estado en asuntos económicos) como dinámica dominante en las economías nacionales conjugado con el
libre cambio en el mercado mundial allí donde favorecía los intereses más poderosos y con un férreo
monopolio del tráfico comercial con las colonias o un desembozado proteccionismo frente a eventuales
competidores.
Keynes acepta las relaciones de clases existentes en las sociedades capitalistas y la distribución de la
propiedad y de la renta que reproducen estas relaciones. Coloca el problema del empleo en el centro del
desarrollo de la economía aunque “nunca pudiera superar las limitaciones del enfoque neoclásico. El núcleo
central de la crítica de Keynes a los clásicos se encuentra en el rechazo de la llamada Ley de Say. Esta
noción suponía que, en tanto la oferta crea su propia demanda, es imposible que en los mercados
competitivos se produzcan excesos de producción o que exista una desocupación involuntaria.
Hacia fines de la década de 1930, la influencia de Keynes crece decididamente, implantando Estados de
Bienestar como modo de articulación básica del funcionamiento de sus economías. La teoría de Keynes
significa una redefinición importante del papel estatal en la economía y en sus relaciones con la iniciativa
privada, que condenaba decididamente la idea del Estado prescindente propio del liberalismo clásico. Según
Keynes, el Estado debía implementar diversas políticas y mecanismos de compensación que permitieran
orientar los grandes objetivos.
La era Keynesiana del Estado de Bienestar iba a durar en Occidente hasta la crisis de los años ’70. Esta
teoría no contemplaba el contexto histórico de la vida económica ni tomaba en consideración el impacto de los
cambios tecnológicos en la economía y en especial en el empleo. Cuando la crisis comienza a manifestar un
cambio decisivo en el contexto histórico internacional y los nuevos paradigmas tecnológicos, caracterizados
por un desplazamiento de mano de obra, impulsan el incremento de la concentración monopólica a través de
la fusión de conglomerados para afrontar la lucha por el mercado mundial, las ideas “socializantes” de Keynes
van a ser desplazadas por el surgimiento liberal agresivo, elitista.

De nuevo el liberalismo económico


La matriz de liberalismo que articularan Smith y Ricardo hace ya dos siglos se mantiene incólume (ileso), en
sus rasgos esenciales, en estas renovaciones modernizantes. Pero es un liberalismo que debe dar respuestas
a la presencia de Marx y de Keynes. Uno de los más destacados exponentes del neoliberalismo, Friedrich Von
Hauek, va a establecer una polaridad entre dos interpretaciones de nuestras sociedades: el orden madurado o
espontaneo, que llama Kosmos, y el orden impuesto o decretado, al que denomina Taxis. El primero
corresponde al liberalismo, en el segundo se entrelazan el socialismo, la social democracia y las diferentes
vertientes del social- estatismo.
Según sus nuevos voceros, la ciencia del liberalismo permitiría demostrar que esta dinámica es la única
científicamente correcta y la sola distinción con el liberalismo clásico, es que tales leyes no son resultado de la
providencia sino de una evidencia empírica estrictamente terrenal y matemáticamente demostrable. Los
protagonistas de la historia de las naciones vuelven a ser los empresarios, los inventores, los comerciantes
que arrastran al crecimiento.
Estos activistas económicos tienen frente a si como enemigos al Estado y las clases burocráticas,
comprometidas con una interferencia estatal parasitaria. El verdadero liberalismo se asienta en los
empresarios. Se trata de “nosotros los empresarios” frente a las burocracias estatales que cercenan la
libertad, obstaculizan la iniciativa, privan a los individuos de la posibilidad de progreso, coartan el crecimiento
económico.
El proyecto de sociedad planteado por las vertientes renovadoras del liberalismo manchesteriano es
postindustrial e individualista. Reconoce sus bases en las fragmentaciones sociales producidas por una
automatización que destruye la homogeneidad del mercado de trabajo, las solidaridades de los trabajadores y
las formas tradicionales de lucha. El capitalismo popular propuesto por el neoliberalismo con sus distintos
perfiles, se encuadra en estas segmentaciones laborales y sociales. Una nueva revolución conservadora
promociona valores tradicionales, nuevos modos electrónicos de movilización y participación de las mayorías
silenciosas y una agitación intelectual y cultural mediante fundaciones y medios de comunicación,
reivindicando las conductas individualistas y la fragmentación social. El capitalismo neoliberal plantea
respuestas a problemas sociales desde un punto de partida que afirma que la libre empresa no es un fin en sí
mismo, sino el único medio de conciliar libertas y eficacia, prosperidad y solidaridad.
El neoliberalismo tiene una paradójica posición ante el Estado. Se reivindica sin el Estado de Hobbes, que
garantiza la seguridad de los individuos y los bienes contra cualquier amenaza de sus valores más decisivos.
El estado policial es una constante explícita o implícita del pensamiento liberal económico. La noción de
responsabilidad permite establecer criterios primitivos, porque solo a los irresponsables se les puede ocurrir
poner límites al libre juego de las leyes mercantiles y el estado policial debe evitarlo.

Nuevas actualizaciones del liberalismo político


El debate norteamericano y europeo de los años 80 va a presentar diversas líneas de actualización del
pensamiento jurídico político liberal. Las nuevas vertientes buscan alternativas de gobernabilidad y se
imponen interrogantes sobre la historia y la cultura. Se trata de fortalecer las opciones liberal- democráticas
frente al resurgimiento de tendencias neofascistas.
Las ideas de modernización y democracia que se derivan de las postulaciones weberianas retoman con pocas
variaciones las propuestas que en la década de los ’60 tenían una significativa influencia en las ciencias
sociales de América Latina.
Las manifestaciones más relevantes de las corrientes postmarxistas presentan puntos de contactos con el
pensamiento weberiano. En las nuevas vertientes enmarcadas en nociones de fragmentación social y
contractualismo a partir de la acción individual, existe un importante punto de diferenciación con respecto a
Weber, para quien el elemento de unificación social de estas fragmentaciones es la idea de pertenencia a una
nación, a una potencia mundial y a una tradición cultural.
En las actualizaciones más recientes el elemento ha de ser solo la idea de democracia.
El postmarxismo no pretende romper con una identidad socialista al alejarse de las teorías de Marx. La
búsqueda se encamina hacia una reformulación paradigmática donde dejar de creer en un socialismo
científico no implica abandonar la creencia en un socialismo previsible, razonablemente factible. Supone
tomar algunas ideas válidas y reformularlas y desechar aquello que se liga con una visión teleológica y
necesaria de la historia.
Se trata de concebir una idea distinta de lo social, crítica y superadora del concepto marxista de sociedad.
Partiendo de la fragmentación y complejidad creciente, de proliferación de diferencias entre los individuos que
se observa en los países industriales avanzados el interrogante central de un nuevo concepto de sociedad se
vincula con el tipo de articulaciones sociales que es posible postular teniendo en cuenta tales diferencias.
Los agentes sociales son concebidos como sujetos “descentrados”, que se constituyen mediante una unidad
relativa y débilmente integrada, partiendo de una pluralidad de posiciones de sujeto. Una de las claves se
encuentra en el rechazo del concepto marxista de clase social, que significa rechazar también el concepto de
sociedad en Marx.
Lo social se concibe entonces como una articulación permanente y sin fronteras de múltiples espacios o
posiciones de sujeto; hay una indeterminación última de lo social que impide que la sociedad pueda
significarse como una totalidad. La política es entendida como una articulación y construcción de hegemonía,
es autónoma con respecto a las determinaciones económicas.
LA FORMACIÓN DEL ESTADO ARGENTINO. Oszlak

Estado, Nación, Estado Nacional: Algunas precisiones


La formación del Estado es un aspecto constitutivo del proceso de construcción social. De un proceso en el
cual se van definiendo los diferentes planos y componentes que estructuran la vida social organizada.
Elementos tan variados como el desarrollo relativo de las fuerzas productivas, los recursos naturales
disponibles, el tipo de relaciones de producción establecidas, la estructura de clases resultante o la inserción
de la sociedad en la trama de relaciones económicas internacionales, contribuyen en diverso grado a su
conformación.
Depende también de los problemas y desafíos que el propio proceso de construcción social encuentra en su
desarrollo histórico, así como de las posiciones adoptadas y recursos movilizados por los diferentes actores -
incluido el Estado- para resolverlos.
Dentro de este proceso de construcción social, la conformación del Estado nacional supone a la vez la
conformación de la instancia política que articula la dominación en la sociedad, y la materialización de esa
instancia en un conjunto interdependiente de instituciones que permiten su ejercicio. La existencia del Estado
se verificaría entonces a partir del desarrollo de un conjunto de atributos que definen la "estatidad" el
surgimiento de una instancia de organización del poder y de ejercicio de la dominación política. El Estado es
relación social y aparato institucional.
La estatidad supone la adquisición por parte de esta entidad en formación, de una serie de propiedades: 1)
capacidad de externalizar su poder, obteniendo reconocimiento como unidad soberana dentro de un
sistema de relaciones interestatales; 2) capacidad de institucionalizar su autoridad, imponiendo una
estructura de relaciones de poder que garantice su monopolio sobre los medios organizados de coerción; 3)
capacidad de diferenciar su control, a través de la creación de un conjunto funcionalmente diferenciado de
instituciones públicas con reconocida legitimidad para extraer establemente recursos de la sociedad civil, con
cierto grado de profesionalización de sus funcionarios y cierta medida de control centralizado sobre sus
variadas actividades; y 4) capacidad de internalizar una identidad colectiva, mediante la emisión de
símbolos que refuerzan sentimientos de pertenencia y solidaridad social y permiten, en consecuencia, el
control ideológico como mecanismo de dominación.
Estos atributos no definen a cualquier tipo de Estado sino a un Estado nacional. El surgimiento del Estado
nacional es el resultado de un proceso de lucha por la redefinición del marco institucional considerado
apropiado para el desenvolvimiento de la vida social organizada. Esto implica que el Estado nacional surge en
relación con una sociedad civil que tampoco ha adquirido el carácter de sociedad nacional. Este carácter es el
resultado de un proceso de mutuas determinaciones entre ambas esferas.
En la idea de nación también se conjugan elementos materiales e ideales. Los primeros se vinculan con el
desarrollo de intereses resultantes de la diferenciación e integración de la actividad económica dentro de un
espacio territorialmente delimitado. . Los segundos implican la difusión de símbolos, valores y sentimientos de
pertenencia a una comunidad diferenciada por tradiciones, etnias, lenguaje y otros factores de integración,
que configura. La existencia del Estado presupone entonces la presencia de condiciones materiales que
posibiliten la expansión e integración del espacio económico (mercado) y la movilización de agentes sociales
en el sentido de instituir relaciones de producción e intercambio crecientemente complejas mediante el control
y empleo de recursos de dominación.
El surgimiento de condiciones materiales que hacen posible la confirmación de un mercado nacional es
condición necesaria para la constitución de un Estado nacional. La Constitución de la nación supone el
surgimiento y desarrollo, dentro de un ámbito territorialmente delimitado, de intereses diferenciados
generadores de relaciones sociales capitalistas; y en un plano ideal, la creación de símbolos y valores
generadores de sentimiento de pertenencia que tienden un arco de solidaridades por encima de los variados y
antagónicos intereses de la sociedad civil enmarcada por la nación.
La existencia del Estado deviene de un proceso formativo a través del cual va adquiriendo un complejo de
atributos que en cada momento histórico presenta distinto nivel de desarrollo. Es en este sentido como
hablamos de "estatidad" para referirnos al grado en que un sistema de dominación social ha adquirido el
conjunto de propiedades que definen la existencia de un Estado.
¿Qué factores confluyen en la creación de condiciones para que dichos atributos se adquieran?
El acento ha sido colocado alternativamente en el legado colonial, la relación dependiente establecida en la
etapa de "expansión hacia afuera" y la dinámica interna propia del Estado mismo. Sin duda, estos factores
explican buena parte de las características que fue asumiendo el Estado en los países de la región.
En su objetivación institucional, el aparato del Estado se manifiesta como un actor social, diferenciado y
complejo, en el sentido de que sus múltiples unidades e instancias de decisión y acción traducen una
presencia estatal difundida en el conjunto de relaciones sociales. El referente común de su diversificado
comportamiento, el elemento homogeneizador de su heterogénea presencia es la legítima invocación de una
autoridad suprema que, en su formalización institucional, pretende encarnar el interés general de la sociedad.
El ámbito de competencia y acción del Estado puede observarse como una arena de negociación y conflicto,
donde se dirimen cuestiones que integran la agenda de problemas socialmente vigentes. De esta forma el
origen, expansión, diferenciación y especialización de las instituciones estatales resultarían de intentos por
resolver la creciente cantidad de cuestiones que va planteando el contradictorio desarrollo de la sociedad.
La ampliación del aparato estatal implica la apropiación y conversión de intereses "civiles", "comunes", en
objeto de su actividad, pero revestidos de la legitimidad que le otorga su contraposición a la sociedad como
interés general. Este proceso conlleva la apropiación de los recursos que consolidarán las bases de
dominación del Estado y exteriorizarán, en instituciones y decisiones concretas, su presencia material. La
expansión del aparato estatal deriva entonces del creciente involucramiento de sus instituciones en áreas
problemáticas (o "cuestiones") de la sociedad, frente a las que adoptan posiciones respaldadas por recursos
de dominación.

Emancipación, organización y Estados Nacionales en América Latina


El proceso de emancipación constituye un punto común de arranque en la experiencia nacional de América
Latina, pero el acto de ruptura con el poder imperial no significó la automática suplantación del Estado colonial
por un Estado nacional. En parte, ello se debió a que en su origen, la mayoría de los movimientos
emancipadores tuvieron un carácter municipal, limitados generalmente a la localidad de residencia de las
autoridades coloniales. En la medida en que consiguieron suscitar apoyos, se fueron extendiendo hasta
adquirir un carácter nacional. Los débiles aparatos estatales del período independentista estaban constituidos
por un reducido conjunto de instituciones -administrativas y judiciales- locales. A este primitivo aparato se
fueron superponiendo órganos políticos (v.g. juntas, triunviratos, directorios), con los que se intentó sustituir el
sistema de dominación colonial y establecer un polo de poder alrededor del cual constituir un Estado nacional.
Estos intentos no siempre fueron exitosos, y en muchos casos desembocaron en largos períodos de
enfrentamientos regionales y lucha entre fracciones políticas, en los que la existencia del Estado nacional se
fundaba, de hecho, en sólo uno de sus atributos: el reconocimiento externo de su soberanía política.
La efectividad del sistema de poder estructurado -o sea, la concreta posibilidad de constitución de un Estado-
dependió fundamentalmente del grado de articulación logrado entre los intereses rurales y urbanos, lo cual a
su vez estuvo relacionado con las condiciones existentes para la integración económica del espacio territorial.
Podríamos aceptar al menos que la efectiva posibilidad de creación de una economía más integrada y a la
preservación de ciertas instituciones coloniales como instrumentos de control político, suministraron el
cemento que amalgamaría a la sociedad territorialmente asentada y al incipiente sistema de dominación, en
un Estado nacional.

Cuestiones centrales en la etapa formativa del Estado


Hacia mediados del siglo pasado tenían lugar en Europa profundas transformaciones sociales. El continente
vivía la era de las nacionalidades. Simultáneamente, se producían la extensión de la revolución industrial, la
revolución en los transportes y el alza continuada de la demanda de bienes primarios, tanto para alimentar el
proceso productivo de una economía crecientemente capitalista como para satisfacer las necesidades de
consumo de una población crecientemente urbana.
La extraordinaria expansión del comercio mundial y la disponibilidad e internacionalización del flujo de
capitales financieros, abrieron en América Latina nuevas oportunidades de inversión y diversificación de la
actividad productiva e intermediadora. No es tampoco desconocida la estrecha correlación entre el
crecimiento de la demanda externa, las grandes corrientes migratorias que proporcionaron a algunas de las
nuevas naciones abundante fuerza de trabajo, las inversiones en infraestructura y el auge de las
exportaciones. Todos estos procesos se vinculaban al contagioso optimismo respecto del "progreso
indefinido" que la experiencia norteamericana y europea generaba en la región.
El papel que los nuevos estados nacionales desempeñaron frente a estas transformaciones; bajo qué
condiciones y empleando qué mecanismos afrontaron e intentaron resolver sus múltiples desafíos. La
existencia de dichos estados estuvo ligada a la aparición de condiciones en el ámbito internacional que
modificaron profundamente la extensión y calidad, del abanico de oportunidades de actividad económica
potencialmente desarrollables en la región. Con mercados muy localizados, población escasa, rutas
intransitables, anarquía monetaria, inexistencia de un mercado financiero y vastos territorios bajo control
indígena o de caudillos locales, las iniciativas veían comprometidas sus posibilidades de realización. Para los
sectores económicos dominantes que encontraban en la apertura hacia el exterior creciente terreno de
convergencia para la homogeneización de sus intereses, la superación de tales restricciones pasaba por la
institución de un orden estable y la promoción de un conjunto de actividades destinadas a favorecer el
proceso de acumulación. "Orden y progreso", la clásica fórmula del credo positivista, condensaba las
preocupaciones centrales de una época: aquella en la que comenzaban a difundirse en América Latina
relaciones de producción capitalista. La garantía de expansión y reproducción de estas relaciones no podía
quedar librada a las propias fuerzas sociales que las engendraban. La dominación celular ejercida en el
ámbito de la producción, resultaba insuficiente frente a la creciente "nacionalización" e internacionalización
de la vida económica. Ante los sectores dominantes de la época, el Estado nacional aparecía como la única
instancia capaz de movilizar los recursos y crear las condiciones que permitieran superar el desorden y el
atraso. Resolver estas cuestiones exigía, necesariamente, consolidar el "pacto de dominación" de la incipiente
burguesía y reforzar el precario aparato institucional del Estado nacional.
Uno de los aspectos más notables de la etapa histórica que estamos considerando es la diversidad y
simultaneidad de manifestaciones de "desorden" que el Estado nacional debía afrontar (enfrentamiento
armado, rebeliones campesinas, incursiones indígenas, entre otros).
El "orden" aparecía entonces como una drástica modificación del marco habitual de relaciones sociales.
Implicaba la imposición de un patrón diferente, congruente con el desarrollo de una nueva trama de relaciones
de producción y de dominación social.
La reiterada y manifiesta capacidad de ejercer control e imponer mando efectivo y legítimo sobre territorio y
personas, en nombre de un interés superior material e ideológicamente fundado en el nuevo patrón de
relaciones sociales, es lo que definía justamente el carácter nacional de esos estados. Esa capacidad se veía
jaqueada por el enfrentamiento con intereses regionales, con tradiciones de administración localista, con
formas caudillistas de ejercicio del poder local y con variables proyectos federativos y tendencias disolventes
que amenazaban la integridad de los territorios pretendidamente acotados por la nación. En esta primera
etapa los nuevos estados exteriorizaran su presencia fundamentalmente como aparatos de represión y
control social, lo cual se reflejaba en el mayor peso relativo de aquellas instituciones destinadas a la
consolidación y legitimación del poder central.
Un Estado capaz de imponer el orden y promover el progreso era, casi por definición, un Estado que había
adquirido como atributos la capacidad de institucionalizar su autoridad, diferenciar su control e internalizar una
identidad colectiva. Ello suponía un grado de "presencia" en estos diversos planos que la precariedad de los
nuevos estados no estaba en condiciones de institucionalizar. Asignar sus escasos recursos al "orden"
restaba posibilidades de facilitar el "progreso", con lo cual su legitimación tendía a fundarse en la coacción,
resintiéndose su viabilidad institucional. Pero por otra parte, imponer "orden".
La inversión directa en obras de infraestructura y actividades productivas garantizadas por el Estado, así
como los anticipos contraídos por el mismo, suministraron los recursos adicionales necesarios para asegurar
el funcionamiento del aparato institucional. Al constituirse en activo agente de la acumulación, el Estado pudo
dinamizar los circuitos, económicos y contribuyó a aumentar el excedente social. Consiguió apropiarse de una
moderada proporción de este excedente a medida que se expandía la actividad económica, lo cual le permitió
atender el servicio de la deuda pública. Ello reafirmó su capacidad de crear y garantizar las condiciones de tal
expansión, afianzando sus posibilidades de un nuevo endeudamiento externo. Ambas condiciones aseguraron
la reproducción y crecimiento del aparato estatal.

Cuestiones dominantes en la etapa de consolidación del Estado.


No es casual que "orden" y "progreso" hayan aparecido como las cuestiones centrales del período formativo
del Estado. En cierto modo, ni los problemas del "orden" ni los del "progreso" acabaron por resolverse nunca.
Cuando a comienzos de este siglo empezó a agitarse la llamada "cuestión social", cuando décadas más
tarde el redistribucionismo populista debilitó las bases de acumulación de los sectores económicos
dominantes, o cuando más recientemente los movimientos subversivos amenazaron la propia continuidad del
capitalismo como sistema, la cuestión del "orden" fue una y otra vez reactualizada: necesidad de estabilizar el
funcionamiento de la sociedad, reprimir los focos de contestación armada, hacer previsible el cálculo
económico, interponer límites negativos a las consecuencias socialmente destructivas del propio patrón de
reproducción de las relaciones sociales capitalistas.
Los sucesivos sinónimos del "orden y progreso" no serían más que eufemísticas versiones del tipo de
condiciones que aparecen como necesarias para la vigencia de un orden social que ve amenazada su
continuidad por las mismas y antagonismos que genera. Pero su utilización en el discurso político está
expresando, además de su necesidad, el carácter mismas tensiones recurrentemente problemático que .tiene
el mantenimiento de estas condiciones. Por eso, no parece desatinado, erigirlas en cuestiones sociales
dominantes, también durante la etapa de consolidación de los estados nacionales en América Latina.
Si el Estado es el principal garante y articulador de las relaciones capitalistas, la adquisición o consolidación
de sus atributos estarían ligadas a los acontecimientos de los procesos desarrollados en torno a las
cuestiones más desagregadas, ya que éstas expresarían las modalidades concretas que asumen las
tensiones estructurales del capitalismo. Las iniciativas y respuestas del Estado manifestarían intentos de
resolución de las cuestiones planteadas e intentos renovados de superación de las tensiones más profundas
del orden social vigente.
Adquieren nuevo sentido ciertos rasgos comunes observables en la evolución histórica del aparato estatal en
América Latina. Uno es la correspondencia entre el tipo de cuestión social suscitada y el tipo de mecanismo
institucional apropiado para resolverla. Los organismos de seguridad social surgieron como intentos de
resolver parcialmente la llamada "cuestión social". Los organismos de expropiación de tierras y desarrollo
agrario fueron creados como unidades especializadas para atender las necesidades creadas por la reforma
agraria. Y los mecanismos de regulación cambiaria, tributaria, arancelaria y crediticia creados en la década del
30 constituyeron formas de paliar los efectos locales de la crisis mundial. Otro rasgo común, es el crecimiento
del aparato estatal a través de tandas de organismos y recursos funcionalmente especializados, lo que en
parte señala la vigencia alternada de cuestiones de determinado signo y especie. No casualmente hay
"épocas" en que se crean masivamente empresas públicas de servicios, organismos de inteligencia y
seguridad, institutos de ciencia y tecnología o aparatos de planificación. Estos casos ponen de manifiesto el
papel "iniciador" del Estado en la problematización social de ciertas cuestiones, frente a las que su posición
se traduce muchas veces en la creación o apropiación de nuevos ámbitos operativos. Un tercer rasgo común
es el carácter conflictivo que adquiere el propio proceso de expansión estatal, como consecuencia de la
constitución de su aparato en arena de negociación y enfrentamiento. Es habitual que ciertas cuestiones
sociales den lugar a posiciones contradictorias del Estado, en parte porque su acción se expresa a través de
múltiples unidades, y en parte porque tienden a asumir o representar intereses muchas veces encontrados.
Este fenómeno está en el origen de las "dificultades" en los "procesos de implementación" de las
repetidamente señaladas "superposiciones" institucionales, y de otras manifestaciones de organización o
funcionamiento burocrático presuntamente patológicas.

Recapitulación
En su origen, la formación de los estados nacionales latinoamericanos implicó la sustitución de la
autoridad centralizada del Estado colonial y el sometimiento de los múltiples poderes locales que
eclosionaron, luego de la independencia, como consecuencia de las fuerzas desatadas por el proceso
emancipador. La identificación con la lucha emancipadora, precario componente idealista de la nacionalidad,
fue insuficiente para producir condiciones estables de integración nacional. La base material de la nación
recién comenzó a conformarse con el surgimiento de oportunidades para la incorporación de las economías
locales al sistema capitalista mundial y el consecuente desarrollo de intereses diferenciados e
interdependientes generados por tales oportunidades.
Este sistema de dominación -el Estado nacional- fue a la vez determinante y consecuencia del proceso de
expansión del capitalismo iniciado con la internacionalización de las economías de la región. Determinante, en
tanto creó las condiciones, facilitó los recursos, y hasta promovió la constitución de los agentes sociales, que
favorecerían el proceso de acumulación. Consecuencia,- en tanto a través de estas múltiples formas de
intervención se fueron diferenciando su control, afirmando su autoridad y, en última instancia, conformando
sus atributos.
IDEOLOGÍA Y APARATOS IDEOLÓGICOS DEL ESTADO.
Althusser
Acerca de la reproducción de las condiciones de producción
La condición final de la producción es la reproducción de las condiciones de producción. Puede ser “simple” (y
se limita entonces a reproducir las anteriores condiciones de producción) o “ampliada” (en cuyo caso las
extiende).
Las evidencias ofrecidas por el punto de vista de la producción, se incorporan de tal modo a nuestra
conciencia cotidiana que es sumamente difícil, elevarse hasta el punto de vista de la reproducción.
Toda formación social depende de un modo de producción dominante. El proceso de producción emplea las
fuerzas productivas existentes en y bajo relaciones de producción definidas.
Para existir, toda formación social, al mismo tiempo que produce y para poder producir, debe reproducir las
condiciones de su producción. Debe reproducir:

 Las fuerzas productivas


 Las relaciones de producción existentes.

Reproducción de los medios de producción


No hay reproducción posible si no se asegura la reproducción de las condiciones materiales de la producción:
la reproducción de los medios de producción.
Todos los años es necesario prever la reposición de lo que se agota o gasta en la producción: materia prima,
instalaciones fija, instrumentos de producción, etc. La reproducción de las condiciones materiales de la
producción no puede ser pensada a nivel de la empresa ya que no es ahí donde se dan sus condiciones
reales.

Reproducción de la fuerza de trabajo


La reproducción de la fuerza de trabajo se opera fuera de la empresa.
¿Cómo se asegura la reproducción de la fuerza de trabajo? Dándole a la fuerza de trabajo el medio material
para que se reproduzca: el salario. El salario figura en la contabilidad de la empresa como capital mano de
obra. El salario representa solamente la parte del valor producido por el gasto de la fuerza de trabajo,
indispensable para su reproducción.
El valor (el salario) necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo no está determinado solamente por
las necesidades de un SMIG biológico, sino también por las necesidades de un mínimo histórico y por lo tanto,
históricamente viable. Este mínimo no está definido por las necesidades históricas de la clase obrera que la
clase capitalista “reconoce” sino por las necesidades impuestas por la lucha de clase proletaria.
No basta con asegurar a la fuerza de trabajo las condiciones materiales de su reproducción para que se
reproduzca como tal. La fuerza de trabajo disponible debe ser “competente”, es decir apta para ser utilizada
en el sistema del proceso de producción. El desarrollo de las fuerzas productivas y el tipo de unidad
históricamente constitutivo de esas fuerzas productivas en un momento dado determinan que la fuerza de
trabajo debe ser calificada y reproducida como tal, en sus distintos puestos y empleos.
La reproducción de las fuerzas de trabajo exige la reproducción de su sumisión a las reglas del orden
establecido, una reproducción de su sumisión a la ideología dominante por parte de los agentes de la
explotación y la represión, a fin que aseguren también “por la palabra” el predominio de la clase dominante.
La escuela enseña las “habilidades” bajo formas que aseguran el sometimiento a la ideología dominante o el
dominio de su práctica.
La condición sine qua non de la reproducción de la fuerza de trabajo no solo radica en la reproducción de su
calificación sino también en la reproducción de su sometimiento a la ideología dominante, o de la práctica de
esta ideología, debiéndose especificar que no basta decir “no solamente sino también”, ya que la reproducción
de la calificación de la fuerza de trabajo se asegura en y bajo las formas de sometimiento ideológico, con lo
que reconocemos la presencia eficaz de una nueva realidad: la ideología.

Infraestructura y superestructura
Según Marx la estructura de toda sociedad está constituida por niveles o instancias articuladas por una
determinación específica: la infraestructura o base económica (unidad de fuerzas productivas y relaciones
de producción), y la superestructura, que comprende dos niveles o instancias: la jurídico- política (el derecho
y el Estado) y la Ideología.
Representar la estructura de toda sociedad como un edificio compuesto por una base (infraestructura) sobre
la que se levantan los dos pisos de la superestructura constituye una metáfora. Como toda metáfora, hace ver
que los pisos superiores no podrían sostenerse por sí solos si no se apoyaran sobre su base. Tiene por objeto
representar ante todo la determinación en última instancia, por medio de la base económica. Es la base lo que
determina en última instancia todo el edificio, por lógica consecuencia, obliga a plantear el problema teórico
del tipo de eficacia derivada propio de la superestructura, es decir, obliga a pensar en lo que la tradición
marxista designa con los términos conjuntos de autonomía relativa de la superestructura y reacción de la
superestructura sobre la base.

El Estado
La tradición marxista es formal: el Estado es concebido explícitamente como aparato represivo. Es una
“máquina” de represión que permite a las clases dominantes asegurar su dominación sobre la clase obrera
para someterla al proceso de extorción de la plusvalía (explotación capitalista).
El Estado es ante todo lo que los clásicos del marxismo llaman el aparato de Estado. El aparato de Estado,
que define a éste como fuerza de ejecución y de intervención represiva al servicio de las clases dominantes,
en la lucha de clases librada por la burguesía y sus aliados contra el proletariado, es realmente el Estado y
define perfectamente su función fundamental.

Lo esencial de la teoría marxista del Estado


El Estado solo tiene sentido en función del poder de Estado. Toda lucha política de las clases gira alrededor
del Estado. Se puede distinguir el poder de Estado, objetivo de la lucha política de clases por una parte, y el
aparato de Estado por otra.
Los clásicos del marxismo siempre han afirmado que:

 El Estado es el aparato represivo de Estado


 Se debe distinguir entre el poder del Estado y a la utilización del aparato del Estado
 El objetivo de la lucha de clases concierne al poder de Estado y a la utilización del aparato de Estado
por las clases que tienen el poder de Estado en función de sus objetivos de clase
 El proletariado debe tomar el poder de Estado completamente diferente, proletario, y elaborar en las
etapas posteriores un proceso radical, el de la destrucción del Estado.

Los Aparatos Ideológicos de Estado


No se confunden con el Aparato Represivo de Estado, El aparato de Estado comprende: el gobierno, la
administración, el ejército, la policía, los tribunales, etc., que constituyen lo que llamaremos el aparato
represivo de Estado. Represivo significa que el aparato de Estado en cuestión funciona mediante la
violencia, por lo menos en situaciones límites.
Los Aparatos Ideológicos del Estado son cierto número de realidades que se presentan al observador
inmediato bajo la forma de instituciones distintas y especializadas.

 AIE religioso (sistema de las distintas Iglesias)


 AIE escolar (sistema de las distintas Escuelas, privadas y públicas)
 AIE familiar
 AIE jurídico
 AIE político (sistema político del cual forman parte los distintos partidos)
 AIE sindical
 AIE de información (radio, prensa, tv)
 AIE cultural
Diferencia entre los AIE y el aparato represivo de Estado:
Si existe un aparato represivo de Estado, existe una pluralidad de aparatos ideológicos de Estado. La unidad
que constituye esa pluralidad de AIE en un cuerpo no es visible inmediatamente.
Mientras que el aparato represivo de Estado (unificado) pertenece al dominio público, la mayor parte de los
aparatos ideológicos de estado provienen en cambio de un dominio privado.
Hay una diferencia fundamental entre los AIE y el aparato represivo de Estado: el aparato represivo funciona
mediante la violencia, en cambio los AIE funcionan mediante la ideología. Todo aparato de Estado, sea
represivo o ideológico, funciona a la vez mediante la violencia y la ideología, pero con una diferencia muy
importante que impide confundirlos. El aparato represivo de Estado, funciona masivamente con la represión
(incluso física), como forma predominante y, solo secundariamente con la ideología. Los AIE funcionan
masivamente con la ideología como forma predominante pero utilizan secundariamente, y en situaciones
límites, una represión muy atenuada, disminuida, simbólica.

Sobre la reproducción de las relaciones de producción


¿Cómo se asegura la reproducción de las relaciones de producción? Está asegurada por la superestructura
jurídico- política e ideológica. Está asegurada por el ejercicio del poder de Estado en los aparatos de Estado,
por un lado el aparato represivo de Estado y por otro los AIE.
El rol del aparato represivo del Estado consiste en tanto aparato represivo, en asegurar por la fuerza las
condiciones políticas de reproducción de las relaciones de producción que son relaciones de explotación. El
aparato de Estado contribuye a su propia reproducción y asegura mediante la represión las condiciones
políticas de la actuación de los AIE. Aseguran tras el escudo del aparato represivo del Estado, la reproducción
misma de las relaciones de producción. Es aquí donde interviene el rol de la ideología dominante, la de la
clase dominante asegura la “armonía” entre el aparato represivo del estado y los aparatos ideológicos del
Estado.
En el período pre- capitalista, existía un aparato ideológico de Estado dominante, la iglesia, que concentraba
no solo las funciones religiosas sino también las escolares y buena parte de las funciones de información y
cultura.
El AIE que ha sido colocado en posición dominante en las formaciones capitalistas maduras, como resultado
de una violenta lucha de clase política e ideología contra el antiguo aparato ideológico de Estado dominante,
es el aparato ideológico escolar. Es este aparato el que reemplazó en sus funciones al antiguo aparato
ideológico de Estado dominante, es decir, la iglesia. La pareja Escuela- familia ha reemplazado a la pareja
Iglesia- Familia.
La Escuela, toma a cargo a los niños de todas las clases sociales desde el jardín de infantes, y desde el jardín
de infantes les inculca habilidades recubiertas por la ideología dominante o la ideología dominante en estado
puro. Cada grupo está prácticamente provisto de la ideología que conviene al rol que debe cumplir en la
sociedad de clases: rol de explotado, rol de agente de la explotación, de agentes de la represión, o de
profesionales de la ideología que saben tratar a las conciencias con el respeto.
Con el aprendizaje de algunas habilidades recubiertas en la inculcación masiva de la ideología de la clase
dominante, se reproducen las relaciones de producción de una formación social capitalista, es decir las
relaciones de explotados a explotadores y de explotadores a explotados. Los mecanismos que producen este
resultado vital para el régimen capitalista están recubiertos y disimulados por una ideología de la escuela
universalmente reinante, una ideología que representa a la escuela como un medio neutro, desprovisto de
ideología en el que maestros respetuosos de la conciencia y de la libertad de los niños que les son confiados
los encaminan hacia la libertad, la moralidad, y la responsabilidad de adultos mediante su propio ejemplo.
La escuela, constituye el aparato ideológico del Estado dominante, aparato que desempeña un rol
determinante en la reproducción de las relaciones de producción de un modo de producción amenazado en su
existencia por la lucha de clases mundial.
ESPÍRITU DE ESTADO. Bourdieu
No se duda nunca demasiado cuando se trata del Estado. Para darse alguna oportunidad de pensar un
Estado que se piensa aun a través de quienes se esfuerzan en pensarlo, hay que tratar de cuestionar todos
los presupuestos y todas las pre-construcciones que están inscriptas en la realidad que se trata de analizar.

La duda radical
No se puede darse algunas oportunidades de pensar verdaderamente un Estado que se piensa aun a través
de aquellos que se esfuerzan en pensarlo, más que a condición de proceder a una suerte de duda radical
dirigida a cuestionar todos los presupuestos que están inscriptos en la realidad que se trata de pensar y en el
pensamiento mismo del analista.
La influencia del Estado se hace sentir particularmente en el dominio de la producción simbólica: las
administraciones públicas y sus representantes son grandes productores de problemas sociales que la ciencia
social los retoma por su cuenta como problemas sociológicos.
La ciencia social misma es, parte integrante de este esfuerzo de construcción de la representación del Estado.
Todos los problemas que se plantean a propósito de la burocracia, como la cuestión de la neutralidad y el
desinterés, se plantean también a propósito de la sociología que los plantea, pero en un grado de dificultad
superior porque puede plantearse a su propósito la cuestión de la autonomía en relación a las ciencias
sociales.

La génesis: un proceso de concentración


El Estado es una X (a determinar) que reivindica con éxito el monopolio del uso legítimo de la violencia física y
simbólica en un territorio determinado y sobre el conjunto de la población correspondiente. Si el Estado está
capacitado para ejercer una violencia simbólica es porque se encarna a la vez en la objetividad bajo la forma
de estructuras y mecanismos específicos y también en la “subjetividad” o, si se quiere, en los cerebros, bajo la
forma de estructuras mentales, de categorías de percepción de pensamiento.
Es por eso que sin duda no hay instrumento de ruptura más poderoso que la reconstrucción de la génesis; al
hacer resurgir los conflictos y las confrontaciones de los primeros comienzos, y al mismo tiempo los posibles
descartes, reactualiza la posibilidad de que hubiera sido de otra manera y, a través de esta utopía práctica
cuestiona lo posible que se encuentra realizado.
El estado es el resultado de un proceso de concentración de diferentes capitales, capital de fuerza física o de
instrumentos de coerción (ejército, policía), capital económico, capital cultural o informacional, capital
simbólico, concentración que, constituye al Estado en una suerte de meta-capital que da poder sobre las otras
especies de capital y sobre sus detentores. La concentración de diferentes especies de capital conduce a la
emergencia de un capital específico, propiamente estatal, que permite al Estado ejercer un poder sobre los
diferentes campos y sobre las diferentes especies particulares de capital y, sobre la tasa de cambio entre
ellas.

Capital de fuerza física


Es la concentración del capital de fuerza física la que ha sido privilegiada en la mayoría de los modelos de la
génesis del Estado, desde los marxistas, inclinados a considerar al Estado como un simple órgano de
coerción. Decir que las fuerzas de coerción se concentran, es decir que las instituciones que tienen el
mandato de garantizar el orden se separan progresivamente del mundo social ordinario; que la violencia física
no puede ya ser aplicada sino por una agrupación especializada, encomendada especialmente a ese fin,
identificada en el seno de la sociedad centralizada y disciplinada que el ejército profesional hace desaparecer
poco a poco a las tropas feudales, amenazando directamente a la nobleza en su monopolio estatuario de la
función guerrera.
El Estado naciente debe afirmar su fuerza física en dos contextos diferentes: en el exterior en relación con
otros Estados, y en el interior en relación con los contra-poderes y las resistencias.

Capital económico
La concentración del capital de fuerza física pasa por la instauración de un fisco eficiente, que va a la par de la
unificación del espacio económico (creación del mercado nacional). La recaudación llevada a cabo por el
Estado dinástico se aplica directamente al conjunto de súbditos. El impuesto de Estado, que aparece en el
siglo XVII, se desarrolla en relación con el incremento de los gastos de guerra.
Así se instaura una lógica económica específica, fundada en la recaudación sin contrapartida y la
redistribución que funciona como principio de la transformación del capital económico en capital simbólico. La
institución del impuesto está en una relación de causalidad circular con el desarrollo de las fuerzas armadas
que son indispensables para extender o defender el territorio controlado y; la recaudación posible de tributos e
impuestos, pero también para imponer por la violencia la entrega de dinero por ese impuesto.
La concentración de fuerzas armadas y recursos financieros necesarios, no se lleva a cabo sin la
concentración de un capital simbólico de reconocimiento, de legitimidad.
Es correcto asociar el desarrollo progresivo del reconocimiento de la legitimidad de las recaudaciones oficiales
a la emergencia de una forma de nacionalismo. Es probable que la percepción general de impuestos haya
contribuido a la unificación del territorio, o a la construcción, en la realidad y en representación del Estado
como territorio unitario.

Capital informacional
La concentración del capital económico ligada a la instauración de un fisco unificado va de la mano de la
concentración del capital informacional que se acompaña de la unificación del mercado cultural. El Estado
concentra la información, la trata y la redistribuye. Y opera una unificación teórica. La cultura es unificadora: el
Estado contribuye a la unificación del mercado cultural al unificar todos los códigos: jurídico, lingüístico y
operando así la homogeneización de las formas de comunicación. A través de los sistemas de enclasamiento
(edad y sexo) que están inscriptos en el derecho, los procedimientos burocráticos, las estructuras escolares y
los rituales sociales, el Estado modela estructuras mentales que impone principios de visión y de división
comunes, contribuyendo con esto a construir lo que se llama identidad nacional.
La unificación cultural y lingüística se acompaña de la imposición de la lengua y de la cultura dominante como
legítima y el rechazo de todas las otras como indignas.

Capital Simbólico
El capital simbólico es cualquier propiedad (cualquier especie de capital: físico, económico, cultural, social)
mientras sea percibido por los agentes sociales cuyas categorías de percepción son tales que están en
condiciones de conocerlo (de percibirlo) y de reconocerlo, de darle valor. Es la forma que toma toda especie
de capital cuando es percibida a través de las categorías de percepción que son el producto de la
incorporación de las divisiones o de las oposiciones inscriptas en la estructura de la distribución de esta
especie de capital.

Capital Jurídico
El proceso de concentración del capital jurídico, forma objetivada y codificada del capital simbólico, sigue su
lógica propia. En los siglos XII y XIII en Europa muchos derechos coexisten: hay jurisdicciones eclesiásticas,
las cortes de la cristiandad, y jurisdicciones laicas, la justicia del rey, las justicias señoriales, las de los
comunes (ciudades), las de las corporaciones, las del comercio.
El proceso de concentración del capital jurídico va de la mano de un proceso de diferenciación que culmina en
la constitución de un campo jurídico autónomo: El cuerpo judicial se organiza y jerarquiza. En el siglo XIV
aparece el ministerio público encargado de la demanda del oficio.
La construcción de las estructuras jurídico- administrativas que son constitutivas del Estado va de la mano de
la construcción del cuerpo de juristas y el contrato entre el cuerpo de juristas que se constituye como tal al
controlar rigurosamente su propia reproducción y el Estado.
El capital jurídico es el fundamento de la autoridad específica de quien detenta el poder estatal y en particular
de su poder, difícil de designar.
Se pasa de un capital simbólico difuso, fundado únicamente en el reconocimiento colectivo a un capital
simbólico objetivado, codificado, delegado y garantizado por el Estado, es decir, burocrático. La declinación
del poder de distribución autónoma de los grandes, tiende a asegurar al rey el monopolio del ennoblecimiento,
y el monopolio del nombramiento. El nombramiento o el certificado pertenecen a la clase de actos o de
discursos oficiales simbólicamente eficaces porque son cumplidos en situaciones de autoridad por personajes
autorizados, oficiales que obran ex oficio, en tanto que detentan un officium (publicum), una función o un caso
asignado por el Estado.

Espíritus de Estado
Para comprender el poder del Estado en la forma de eficacia simbólica que ejerce, hay que integrar
tradiciones intelectuales percibidas como incompatibles. Hay que superar la oposición entre una posición
fiscalista del mundo social que concibe las relaciones sociales como las relaciones de fuerza física y una
visión cibernética que hace de esas relaciones de fuerza simbólica, relaciones de comunicación.
Las estructuras estructurantes son formas históricamente constituidas de las cuales se puede trazar la
génesis social. A estas estructuras se les puede encontrar el principio en la acción del estado: se puede
suponer que en las sociedades diferenciadas el Estado es capaz de imponer y de inculcar de manera
universal, a escala de una cierta jurisdicción territorial, un principio de visión y división común, estructuras
cognitivas y evaluativas idénticas o parecidas y que es, el fundamento de un conformismo lógico y de un
conformismo moral a cerca del sentido del mundo que está en el principio de la experiencia del mundo como
mundo del sentido común.
En las sociedades poco diferenciadas a través de toda organización espacial y temporal de la vida social y a
través de los ritos de institución que establecen diferencias definitivas entre aquellos que se han sometido al
rito y aquellos que no lo han hecho, que se instituyen en los espíritus los principios de visión y división
comunes.
En nuestras sociedades el Estado contribuye en una parte determinante a la producción y a la representación
de los instrumentos de construcción de la realidad social. En tanto estructura organizacional e instancia
reguladora de las prácticas ejerce permanentemente una acción formadora de disposiciones durables, a
través de todas las violencias y las disciplinas corporales y mentales que impone universalmente al conjunto
de los agentes. A través del encuadramiento que impone a las prácticas, el Estado instaura e inculca formas y
categorías de percepción y de pensamientos comunes, las cuales conforman el conjunto de evidencias que
son constitutivas el sentido común.

La monopolización del monopolio


La constitución del monopolio estatal de la violencia física y simbólica es inseparable de la construcción del
campo de luchas por el monopolio de las ventajas ligadas a ese monopolio. La unificación y la
universalización relativa que esta asociada a la emergencia del Estado tiene como contraparte la
monopolización por algunos de recursos universales que él produce y procura. Pero ese monopolio de lo
universal, no puede ser obtenido sino al precio de una sumisión al universal y de un reconocimiento universal
de la representación universalista de la dominación presentada como dominación legítima, desinteresada.
La monopolización de lo universal es el resultado de un trabajo de universalización que se realiza
principalmente en el campo burocrático. Lo universal es el objeto de un reconocimiento universal y el sacrificio
de los intereses egoístas (económicos) es universalmente reconocido como legítimo.
El beneficio de universalización es sin duda uno de los motores históricos del progreso de lo universal.
Favorece la creación de universos donde son reconocidos los valores universales y donde se instaura un
proceso de refuerzo circular entre las estrategias de universalización dirigidas a obtener beneficios asociados
a la conformidad con las reglas universales y las estructuras de estos universos oficialmente consagrados a lo
universal.
LA TRANSICIÓN DEL PARADIGMA BUROCRÁTICO A UNA
CULTURA DE GESTIÓN PÚBLICA. Crozier
La cultura de la gestión pública
El éxito de una cultura de gestión pública se está convirtiendo en el problema central del desarrollo de los
países avanzados. Existen dos razones para este planteamiento:
a- El crecimiento de todas las actividades administrativas -públicas, semipúblicas y aún las privadas- está
sobrecargando los recursos asignables, financieros y humanos, y ya no pueden ser administrados con
las herramientas tradicionales de la jerarquía administrativa.
b- Estamos viviendo una verdadera revolución, no solamente en las actividades humanas sino también
en el funcionamiento de los sistemas de relaciones de poder. El sistema burocrático que originó la
estructura de nuestro aparato colectivo de toma de decisiones ha tenido un gran impacto sobre nuestro
sistema industrial, pero no logra ajustarse a las exigencias de la presente era totalmente nueva y
diferente. Ahora nos vemos obligados a funcionar dentro de un nuevo paradigma que pudiéramos
llamar la cultura de gestión pública.

Los límites del paradigma burocrático


El paradigma burocrático surgió en los estados naciones europeos en el siglo XVII, gracias a la tradición
patrimonial de imponer un orden formal y crear una responsabilidad ante la administración Real. Una vez
establecida la voluntad soberana del pueblo, en reemplazo de los antojos del monarca, dicha voluntad habría
de ser ejecutada por servidores públicos obedientes cuyas cualidades de rigor, competencia y responsabilidad
eran particularmente admiradas. El "grand commis" francés, el burócrata prusiano, el miembro del servicio civil
inglés habrían de convertirse en la personificación del interés general. Max Weber nos ofreció la mejor teoría
de esta maquinaria tan maravillosa y eficiente. Los demócratas y el mismo Max Weber a veces temían su falta
de sensibilidad y su posible tendencia antidemocrática. Por eso, se propusieron limitarla. En su momento
nadie cuestionó su eficiencia y su enorme capacidad para obtener logros. Se la consideró la piedra angular
del Estado Moderno y casi de la civilización moderna.
¿Por qué entonces ha perdido todo prestigio? ¿Por qué parece haber quedado sumida en el
desorden? Esto no se debe a las cuestiones morales que tanto se le criticaron a comienzos del siglo XX, sino
al hecho que ya no funciona eficientemente. Los patrones burocráticos han llegado a ser tan difíciles de
manejar que no logran dominar la complejidad creciente de nuestras actividades colectivas. Además, la
obediencia que antes constituía la virtud cardinal que hacía funcionar el sistema ya no es aceptada de buen
grado por los ciudadanos y los empleados públicos, quienes ahora exigen libertad personal y autonomía
individual en forma incontrolable. Después que la burocracia se vio la necesidad de dictar cada vez más
reglas para controlar la complejidad, el respeto por las mismas ha declinado y el sistema ha generado
confusión e irresponsabilidad. Esta situación radica en prácticas económicas y sociales. La revolución
postindustrial que tiende a desplazar a las actividades industriales por los servicios y las comunicaciones.
La innovación es ajena al paradigma burocrático, harán falta nuevas formas de relaciones humanas no
burocráticas, pues la innovación nunca ha podido ser dirigida por órdenes. Para lograrla se requerirá también
una cadena de relaciones ágiles, no verticales, a través de las cuales las personas puedan comunicarse con
rapidez y franqueza, sobre la base de la reciprocidad. La situación de fragmentación y subordinación que
implica el modelo burocrático paraliza las comunicaciones y por ende, restringe la innovación.

El problema real de la transición


Las dificultades han girado siempre en torno a una contradicción básica. Es necesario cambiar uno de los
rasgos centrales del sistema social. Este rasgo siempre ha sido considerado como absolutamente necesario
para que el sistema funcione. En el período actual, estas dificultades van asociadas a la imposibilidad de
disociar las dos principales tendencias de nuestro tiempo: la complejidad de nuestras actividades y la
libertad del agente individual. Estas dos tendencias operan juntas y pueden parecer complementarias, pero
en cuanto se refiere al gobierno y a la gestión, funcionan en abierta oposición. Mientras mayor complejidad,
mayores oportunidades para que los actores sigan su propio curso con mayor libertad de selección. Pero a la
inversa, mientras más libertad tienen los actores, mayor complejidad en sus interacciones. Sin embargo, si
estudiamos el gobierno y la gestión, observamos que las mismas dos tendencias son difíciles de conciliar, por
lo menos mientras sigamos siendo prisioneros del paradigma burocrático. Necesitamos más intervención
pública para dominar la complejidad; todos los grupos exigen la intervención, pero se rehúsan a obedecer las
reglas que visualizan para otros, no para ellos mismos. Y tienen la capacidad de incumplir las órdenes y las
reglas. La solución fácil es aumentar la presión del sistema burocrático, el cual entonces dictará más y más
reglas, las cuales serán acatadas cada vez menos. El problema básico de la transición es, en consecuencia,
cómo sobreponerse a la contradicción entre las necesidades crecientes de dominar la complejidad y la
declinación de los medios para lograrlo.
Si hemos de progresar tendremos que construir una cultura de gestión pública cuya primera característica
básica ha de ser la capacidad de todas las personas, en todos los niveles operativos, para cooperar. Una
segunda característica, la capacidad de comunicarse con libertad y franqueza, a través de todas las barreras
de la especialización. El sistema burocrático se construyó sobre el paradigma de la especialización. Según
este sistema, para resolver problemas es necesario desglosarlos en problemas más pequeños que puedan
ser tratados en forma técnica por las unidades especializadas. Este modelo de resolución fragmentada
representará una carga sobre el aparato burocrático, presionando hasta lograr el crecimiento desmesurado de
las oficinas centrales de gestión. Por tanto, la transición es un proceso prolongado y doloroso, ya que lo que
debe cambiar no sólo son las técnicas, sino todo un sistema humano y cultural, un conjunto de complejas
relaciones de poder. En la administración pública las relaciones entre los programas y los resultados son
vagas. Las metas no son claras o son puramente retóricas, lo cual conduce a una ampliación de los
procedimientos y el formalismo.
La clave para que el cambio sea exitoso está en una revolución que debe obrarse en el comportamiento
gerencial; para poder responder a la complejidad, la gerencia debe cambiar su modo de razonar. En lugar de
tratar de cumplir pasando a una mayor especialización, debe responder a la complejidad desarrollando la
sencillez en las estructuras y en los procesos.

Una estrategia para el cambio


 El conocimiento es prioritario
El conocimiento es la clave para la transformación de sistemas humanos, tales como la administración
pública. Podemos pasar meses haciendo análisis precisos para preparar la implantación de un cambio técnico
como la informatización del sistema de comunicaciones, pero no podemos dedicar el mismo tiempo y recursos
para el desarrollo de un verdadero conocimiento del sistema humano que vamos a intervenir, y que por
humano se va a resistir, pervertir y aún rechazar el nuevo esquema que pretendemos imponer. El contraste es
más desastroso cuando está en juego una reforma como pudiera ser el esfuerzo por tratar de imponer una
cultura moderna de gestión pública.
La inversión en el conocimiento debe ser la primera inversión indispensable que debe hacerse para elaborar
una estrategia razonable para el cambio. Tal conocimiento permitirá al reformador concentrarse en las
regulaciones esenciales; hacer cambios sin desordenar todo el sistema y sin estar obligado a despilfarrar una
gran cantidad de recursos. Los reformadores necesitan conocimientos a un nivel muy práctico, especialmente
para descubrir por adelantado cuáles acciones pudieran resultar peligrosas y cuáles ofrecen oportunidades
para el éxito.
En lugar de trabajar con el esquema dual tradicional: fijar objetivos y luego determinar la mejor forma racional
de lograrlos, se debe trabajar con un esquema triangular más abierto: los fines, las restricciones. La falta de
comprensión de ese esquema estratégico explica los repetidos fracasos de los tecnócratas como
reformadores en todos los países. Existe otra dimensión en el uso de los conocimientos; se trata de
compartirlos con los actores que van a soportar la mayor carga de la reforma. Los conocimientos constituyen
el mejor recurso para dirigir los cambios, pero hay que recabarlos y utilizarlos en circunstancias específicas.
En consecuencia, la inversión debe dirigirse en tres direcciones básicas: la preparación de las decisiones,
la evaluación de sus resultados y el entrenamiento de los operadores y de los líderes de las
instituciones.

 La preparación de las decisiones


Los reformadores a nivel gubernamental deben comprender que la preparación de las decisiones que se
hace por ellos sigue siendo inexperta. Las soluciones de moda, inteligentes pero poco profundas, tendrán
mayor peso que un análisis cabal de los problemas que experimentan las personas involucradas, que serán
los actores del proceso de cambio. Si queremos lograr un cambio en el sistema de toma de decisiones,
tenemos que invertir en este sistema para transformar la actitud mental de sus miembros y las relaciones
entre ellos. Una manera promisoria ha sido la formación de células especializadas de analistas profesionales
que se concentran en los problemas en lugar de saltar a conclusiones. En el caso de los problemas de la
sociedad han progresado lentamente. Estos problemas se han tornado más urgentes y el contraste entre el
flujo constante del enorme gasto y el manejo inexperto de la preparación de decisiones es motivo de gran
preocupación. Hay una sorprendente falta de profesionalismo en la mayoría de los países en temas de salud,
bienestar y asuntos sociales. Las comisiones que deberían jugar un importante papel en la administración de
los problemas sociales o educativos, los cuales están plagados de conflictos, siguen mal organizadas en la
mayoría de los países, y existen demasiadas personas que se consideran voceros de uno u otro grupo y que
no tienen ni el tiempo ni los recursos suficientes para trabajar seriamente. Hay que entrenar a los jóvenes
profesionales que serán su personal de planta.

 La evaluación de los resultados


La evaluación es una de las mejores herramientas para influenciar a los miembros de las burocracias
administrativas para que abran las puertas al cambio de paradigma que implica una cultura de gestión pública.
Esta es la única manera definitiva de hacerles saber para qué sirven. Si se organiza y se publicita con respeto
hacia todos los involucrados, se convertirá en un mecanismo que servirá de punto de referencia. Será decisivo
para progresar hacia la formación de un cuerpo de funcionarios públicos más comprensivos, más
conocedores y capaces de escuchar y diagnosticar los problemas con suficiente antelación. La evaluación,
tendrá un impacto sobre la forma de fijar las metas y los objetivos. Será cada vez más difícil preparar
programas y aún legislación sin tomar en cuenta la evaluación de los resultados anteriores. Los evaluadores
deben recibir entrenamiento sobre la nueva filosofía de servicios. La evaluación se dirige a un cambio de
cultura que tendrá éxito en lo técnico, únicamente si también es exitoso en lo cultural, entonces tenemos que
aceptar que tomará tiempo.

 En entrenamiento de funcionarios públicos para la nueva cultura


El entrenamiento es la principal herramienta para ayudar a las personas a ajustarse al cambio cultural. Los
programas de entrenamiento deben ser diseñados para el problema específico del cambio que se prepara o
que ya se ha implantado. Cuando existe una convergencia bien preparada entre una buena estrategia, los
conocimientos bien compartidos acerca de problemas y el entrenamiento de las personas, entonces se
multiplican las probabilidades de éxito. El problema más difícil suele ser el entrenamiento de los líderes, no
habrá innovación sin innovadores. El entrenamiento de los líderes es una verdadera prioridad. La transición a
una cultura de gestión pública requerirá que las personas consideren toda clase de experiencias similares
para inducir su compromiso y analizar su propio comportamiento. Necesitaríamos de generaciones sucesivas
de este tipo de innovadores bien entrenados en el análisis, el diagnóstico y la orientación del cambio a la vez
que en el uso del sentido común, acompañado de una extraordinaria filosofía para la acción.