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La colonización

Roberto Luis Jaramillo

Antioqueña

Para mediados del siglo XVI11, la política virrei­ nal se decidió por una variación territorial de' la jurisdicción de Antioquia, entonces muy reducida. Para citar solo un casa, en los valles de la Marinilla y el Rionegro, densamente poblados, confluían con límites imprecisos las viejas gobernaciones de Popa- yán, Antioquia y Mariquita, siendo esto motivo de fraudes a la Real Hacienda, impunidad, disputas por competencia judicial y agrias rivalidades regionales. E! virrey Solís agregó entonces para Antioquia las jurisdicciones de Arma y Marinilla (1756), Reme­ dios (1757) y Supía (1759) tratando de solucionar los inconvenientes citados y facilitando el reordena­ miento de la población, y la ampliación de nuestra frontera; fue particularmente acertada la anexión de Arma y Marinilla, con sus enormes terrenos baldíos. El aumento poblacional en la América colonial de ese siglo, también fue notorio en la región antio­ queña (teniendo en cuenta además las nuevas anexio­ nes), y aunque no está precisamente estudiado, se sabe que su intensidad aquí varió de unas zonas a

otras

asentados en la franja central de la gobernación, y concentrados en tres valles escalonados, uno cálido, uno medio y otro frío (habían sido ocupados, histó­ ricamente en tal orden). Pobladas en las fértiles vegas del Cauca, el Porce y el Rionegro estaban colocadas la ciudad de Santa Fe de Antioquia, la villa de Me- dellín, la ciudad de Rionegro y la villa de Marinilla, todas ellas con importantes anexos y pueblos de indios inmediatos. Ese reordenamiento jurisdiccional tuvo su co­ rrespondencia en un grupo de gobernadores de la corriente ilustrada, preocupados por el fomento de varios ramos, entre ellos el comercio, la minería y la agricultura. El primero de ellos, Don José Barón de Chaves, gobernó quince años (1755-1769), obede­ ciendo las medidas de agregación y elevando a la categoría de Sitios y Partidos a varias comunidades dispersas o rurales, a la vez que organizando algunos centros urbanos. Tal política fue mantenida por sus sucesores, en especial por don Francisco Silvestre durante su corta gobernación interina, cuando atrajo

y que la mayoría de los habitantes

estaban

indios fugitivos del Chocó para atarlos a la tierra y fundarles un pueblo al noreste, en la frontera con los indios cunas, entonces territorio de guerra; y Don Cayetano Buelta Lorenzana, quien atrajo más indios y levantó unos necesarios censos de población. Pero fue la segunda administración de Don Francisco Sil­ vestre (1782-1785) la que más se caracterizó por el impulso dado a la minería, las vías de comunicación,

la colonización y el poblamiento: trabajó por la tras­

lación de ia diminuta y decaída ciudad de Arma a los valles de Rionegro, entonces floreciente; con el auxilio de competentes criollos recorrió la goberna­ ción y con ellos elaboró varios informes; tomó útiles medidas en el ramo de hacienda y concibió un plan de desarrollo regional (el primero entre nosotros) que se comenzaba a aplicar cuando fue reemplaza­ do1. Silvestre puede ser considerado como el más importante funcionario de la Antioquia colonial. El mismo había pedido un visitador, que vino en la persona de Don Juan Antonio Mon y Velarde el cual dejó una útil relación del estado de la provincia, y quien durante tres años aplicó drásticamente las pro­ puestas de reforinismo borbónico planteadas por Sil­ vestre.

Cuando los habitantes de Antioquia ya tenían suficiente territorio como para no vivir estrechos, y poder emigrar y expandirse, se podían diferenciar cinco “países” o comarcas, para usar la terminología colonial: uno al norte (hoy Bajo Cauca) con los núcleos de Cáceres, Zaragoza y Nechí; al centro los

de

Antioquia y M edellín, y al oriente los de Rionegro

y

Marinilla. La condición de sus habitantes, sus

clases sociales, las relaciones entre grandes, media­

nos y pequeños propietarios, etc., son aspectos estu­ diados por Beatriz Patiño en este mismo manual. En esa sociedad de muchos pobres y pocos ricos,

Los trabajos más ¡mportanles sobre el tema son los de James Parsons, Roger Brew, Guillermo Duque Botero y Marco Palacios. Las visitas de Zea, López de Mesa y Silvestre están en el Archivo Histórico de Antio­ quia. El plan de desarrollo del gobernador Silvestre será publicado este año por el profesor D. Robinson, de la universidad de Siracusa, en tanto que la relación de Mon y Velarde se editó hace años por Emilio Robledo.

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uno que otro pudiente se atrevía a ejercer la arriería, muy riesgosa por los pésimos caminos o trochas de buey; de entre los pobres solo algunos “montaraces”

o “vaquianos” se habían adentrado en los montes

para hacer pequeñas rozas. Grave problema consti­ tuían los vagos, atados a los centros urbanos o agru­

pados en núcleos de mendicidad y de abandono en

el área rural: en tiempos del gobernador Lorenzana

se calcularon cuatro mil en toda la provincia y se pensó que la solución a tal problema era la expulsión forzada de tales sujetos hacia las tierras recién ane­ xadas o a las nuevas colonias que se habían estado organizando en forma espontánea y en todas direc­ ciones, desde los centros poblados hacia las monta­ ñas inmediatas y cercanas, eso sí, sin salirse de la propia jurisdicción de la ciudad o de la villa. Así, desde Santa Fe de Antioquia se consolidaba una colonización hacia el “río arriba de Cauca” por los Titiribíes y Anzá para más tarde pasar al valle de Urrao, Abriaquí, Cañasgordas y el Frontino. Al mismo tiempo aumentó la presencia de mineros, agricultores y ganaderos en el frío valle de los Osos. Algunos mestizos y mulatos, sumados a indios libres de los pueblos de Buriticá y Sabanalarga, estrecha­ ban a los tributarios, empujándolos más al norte, en un proceso colonizador y de poblamiento que llegó hasta Ituango, en la frontera con la gobernación de Cartagena. Por su parte vecinos de Medellín “sin tener con qué alimentarse, ni terreno que poder cul­ tivar, ni casa propia en qué vivir, de lo que resulta

andando vagueantes” , iniciaron su proceso coloniza­ dor por etapas y en dos direcciones: primero salieron

al norte, y ocuparon el resto del valle de los Osos,

para pasar después a las montañas del Tenche y el Yarumal; luego emigraron al suroeste, especial­ mente blancos y mestizos, hacia las montañas cerca­ nas de Amagá y Sinifaná, saltando sobre el pueblo de La Estrella, que les estorbaba el paso. Algunas familias de Llanogrande y del valle de Rionegro se

habían entablado con éxito en las vertientes de los ríos La Miel y El Buey y para 1777 se ofrecían a dotar una iglesia. Diez años más tarde vecinos de

la nueva ciudad de Rionegro y de Marinilla, como

“pobres desvalidos” y, siguiendo esa misma ruta, optaron espontáneamente por retirarse a las monta­ ñas de Sonsón, más al sur, y exploraron las tiernas cálidas del río Arma, cercanas a la derruida ciudad de ese nombre. Campesinos de Marinilla también

pidieron tierras al oriente, buscando el beneficio del camino a Nare, sin tener calabozos “ni fierrito algu­ no” . Esta colonia fue la menos dinámica de todas y casi fracasó; pasaron algunos a Canoas, lugar más estratégico en el camino al río Magdalena. Entretan­ to, en el “país” del Bajo Cauca (que en parte se había agregado a Mompox desde 1777, ya que en

lo eclesiástico, lo económico y lo cultural no había

dejado de ser costeño) la colonización era inexisten­ te, o por lo menos insignificante. La única actividad económica era la minería temporal ejercida por una

desordenada población triétnica muy mezclada y unos pocos dueños de cuadrilla, viviendo la totalidad de sus habitantes en condiciones infrahumanas, y hasta donde no llegaba la administración real, por ser los lugares más remotos de las gobernaciones de Cartagena y Antioquia. Tal grupo, de indios huidos, negros libres o esclavos, mestizos, mulatos y zarm bos, está muy bien descrito en las notas de viaje de fray José Palacios de la Vega2. Los antioqueños de entonces no solo buscaban beneficiar minas y abrir rozas: también querían ex­ plotar y construir vías de comunicación con puntos navegables del Atrato, el Cauca, el Nechí y el Mag­ dalena o con los caminos a Supía y M ariquita, todas ellas vías útiles para un lucrativo tráfico comercial sostenido con Cartagena, Santa Marta, Mompox, Tenerife y Magangué en la Costa, y con Honda, Santa Fe, Girón, Popayán y otros centros del interior. La Real Audiencia y los virreyes se propusieron además la reunión de varias comunidades dispei'sas que habitaban las orillas del Magdalena, para orga­ nizarías en poblados y con el propósito de aumentar la producción de cacao, mercado controlado en Honda y que a veces hasta les servía de moneda. Buenavista, Nare, Garrapatas, Carare, San Bartolo­ mé, Bohórquez y otros lugares fueron agregados, segregados, trasladados o eliminados en una política titubeante y errada. De las varias concesiones de tierra que se hicieron con tales fines a varios vecinos importantes de Honda y Mariquita, solo muy pocas adelantaron como haciendas cacaoteras, entre ellas las de Buenavista y Fierro Bajo, heredadas por los jesuítas y que alcanzaban a medir nueve y media leguas de extensión, lindantes con Antioquia3. Tal región, hoy llamada del Magdalena Medio, no for­ maba parte de nuestra gobernación, sino de Mariqui­ ta, y por su clima malsano y dudosa calidad de suelos no fue punto.de atracción para los colonos antioque­ ños sino a partir de mediados del siglo pasado, cuando fue anexada a Antioquia. Un grupo de hombres que bien pudiera llamarse “la geneiación del medio siglo XVIII antioqueño” contó con figuras criollas y españolas que, dotadas de influencia y poder, unas y otras, vencieron obs­ táculos en la estructura política, económica y mental de su región, hasta entonces fuertemente dominada por funcionaiios torpes, incomunicación, pobreza casi general, indolencia, rutina diaria, fanatismo y pereza mental. A pesar de tal generación, el desarro­ llo de la agricultura y la colonización, se vio obsta­ culizada en parte por una discutible política oficial de concesión de tierras para labor. Desde España se dictó la real instrucción de 1754 que no fijaba límites en el tamaño de las mercedes de tierras realengas, casi siempre medidas a ojo y practicando algunas

- PALACIOS DE LA VEGA, José, Diario de Viaje. G. Reichel (Ed.), ABC, 1955.

^ PAEZ COUR VEL, Luis E: Historia de las medidas agrarias antiguas. Voluntad, 1940.

diligencias legales: en Antioquia se otorgaron gran­

des concesiones, casi siempre hacia donde apuntaban los colonos, los vagos y los desacomodados. Gente pobre y sin influencias en Santa Fe, creía que con solo hacer la petición y depositar un dinero bastaba; los pudientes, miembros de las élites, sabían de sobra la manera de adquirir grandes globos de realengos en forma legal, con procedimientos ajustados y ase­ gurándose una buena ganancia, mediante ventas o arrendamientos. Esa real instrucción había derogado otra de 1735, gracias a la cual muchos propietarios nuevos, para evitarse gastos en compras y trámites,

poseían

Una de las más conflictivas concesiones en Antio­ quia se había otorgado a Don Felipe Villegas durante la vigencia de la norma de 1754. Esta ley fue some­ tida a críticas y estudios y se dictó entonces la real cédula de 17H0 que centralizó en la Real Audiencia y en el virrey la nueva política de realengos, mirando al desarrollo de la agricultura: daba un plazo a los poseedores irregulares para que presentaran títulos, so pena de ser expropiados; exigía engorrosos trámi­ tes de adjudicación que hicieron desistir a muchos; daba un término legal para ponerlas en explotación, so pena también de perderlas y, en fin, hablaba de “métodos suaves” para que los dueños vendieran parte de los terrenos. Pero para los pobres, esta norma prácticamente tenía los mismos inconvenien­ tes de la anterior y por tanto, si querían ser colonos- labradores, las tenían que. comprar a los poderosos; si no tenían dinero, podrían ser colonos-jornaleros, arrendatarios o agregados. Tanto Silvestre como Mon y Velarde hicieron sugerencias en cuanto a su interpretación y aplicación, para beneficiar a los la­ bradores pobres, en el sentido de darlas gratis a quienes las pidieran, con tal.que las pusieran en explotación dentro de un plaz j corto, o que la Corona se Jas vendiera al fiado y con intereses bajos; insinua­ ron además que los grandes globos adjudicados pero no explotados se tuvieran como “vacantes” para re­ partirlos entre tales labradores pobres, que consti­ tuían la mayoría de la población. Tantos conflictos se presentaron con la aplica­ ción de la norma de 1780, que para su cumplimiento se acudió a las instrucciones que el rey dictó para Nueva España en 1786, y doce años des'pués, ante la polémica formada, la Corona decidió exigir un 2% sobre eí avalúo de las tierras, para evitar así los trámites de lá confirmación de títulos y las encontra­ das interpretaciones dadas a los citados “métodos suaves”. En la gobernación de Antioquia, no obstante su ampliada jurisdicción, las élites de cada una de las comarcas o “países” de que se ha hablado, se habían amparado hábilmente en esas normas de 1754 y 1780 adquiriendo grandes extensiones de terrenos, para acapararlos y prepararse para la famosa empresa de la “colonización antioqueña”: tenían una base econó­ mica capaz y suficiente, apoyada en un renacer de

“viciosa y clandestinamente los realengos” .

La colonización antioqueña

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la minería y en una habilidad especial para el comer­

cio legal o clandestino, y para el transporte. Tierras incultas, explosión demográfica, hambre, someti­ miento, leyes contra la vagancia, legislación agraria tolerante y otros factores, decidieron la salida de muchos hombres hacia las nuevas tierras, con el fin

de labrarlas. Pero ahí estaban las trabas legales pues­

tas por las habilidosas clases dirigentes de entonces que planteaban a los campesinos pobres una alterna­ tiva: optan por comprarnos o son nuestros arrenda­ tarios, o jornaleros. Negociantes de tierras, pues, hicieron el recorrido de la “selvatenencia” a la terra- tenencia, sin mucho esfuerzo. Tal vez el término no

agrade, pero lo considero ajustado a tales conductas

y circunstancias (en el mapa se señalan algunas de las grandes concesiones en la región antioqueña). Se ha escrito mucho sobre olas, rutas, etapas, líneas y períodos de nuestra colonización. Para con­ tribuir a tal caos, la he dividido en tres períodos, tentativamente: Temprano, Medio y Moderno. El primero abarca desde los comienzos del siglo XVIli hasta sus últimas décadas; el segundo, desde finales

de tal siglo hasta casi cerrarse el XIX; y el tercero, que abarca todo el siglo XX. Del primero, poco estudiado por los historiado­ res, se sabe que los valles de Ebéjico, Aburrá, Rio- negro y Marinilla habían sido ocupados desordenada

y totalmente, llegando a afectar seriamente a los

pueblos de indios vecinos'1. En la jurisdicción de Santa Fe de Antioquia, para mostrar un caso, solo un reducido número de vecinos se había atrevido a

establecerse como colonos al occidente de la ciudad, buscando los valles de Urrao y Murrí, hacia el Cho­ có45; pero partí mediados del siglo XV1I1 unos pocos blancos se habían radicado en el occidente, explo­ tando ojos de sal, minas y pequeños hatos, casi siempre ubicados a orillas del camino que llevaba

al asiento de Antioquia “la vieja” , y tal vez con el

propósito oculto de buscar rutas al contrabando en

U rabá;/nás allá era territorio cuna, peligroso o im­

penetrable para colonos. Cuando vino el gobernador Silvestre, tomó medidas para que a los indios cho-

4 Para dar una idea, nada más, del estado de ocupación de los valles de Aburra y R¡onegro, se sabe que cuando se tramitaba la elevación

del sitio de Aburrá a la categoría de Villa de la Candelaria (Medellín), los vecinos de Santa Fe de Antioquia se opusieron alegando, por

ejemplo, que entre esa ciudad y el valle de Rionegro “

palmo de tierra desocupada, sin dueño

Villa afectó las rentas del cabildo y del cura de Santa Fe de Antioquia; por esa razón la jurisdicción de Meitellín fue tan reducida y sus habitantes vivieron estrechos desde entonces. Ver: PIEDRAH1TA E., Javier: Documentos y estudios para la historia de Medellín. Colina,

El surgimiento de la nueva

hay un

no

".

1983.

^ , Desde comienzos del siglo XVIÍI se había frustrado un plan de anexión de parle de) Chocó, con varias entradas de pacificación y exploración, buscando minas y fundando poblados como Fuemia, Murrí y otros, para después alegar el mando de la gobernación de Antioquia en esas tierras. Patrocinador de esa política fue el gobernador López de Car­ vajal, quien hizo esas “entradas” so pretexto de buscar el tesoro de Dobaibe. Se ha dicho que ese fracaso poblacional y político se debió

a la crueldad de los misioneros franciscanos para con los indios, que

se alzaron. La antropóloga Patricia Vargas tiene varios trabajos sobre

el Chocó colonial.

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180 La colonización antioqueña

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"Aserradores” , óleo de Humberto Chávez (co­ lección Historia del transporte, Fabricato).

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Pobladores de la región de Manizales en 1852, cuando ésta hacia parte de la Provincia de Cor­ elova (Album de la Comisión Cor ográfica).

"El barequero".fresco de Pedro Nel Gómez. (Mural del antiguo Palacio Municipal, MedeUin).
"El barequero".fresco de Pedro Nel Gómez. (Mural
del antiguo Palacio Municipal, MedeUin).

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coes atraídos (y cuya matrícula había fracasado en Buriticá) se les misionara y fundara en Sitio, más ;arde Pueblo de Cañasgordas, cuya enorme jurisdic­ ción servía de frontera con el Chocó y el Darién6. El segundo período es tal vez el más importante y difícil de estudiar, dada la abundantísima y dis­ persa documentación, por el montaje del mito antio- queño y, quizá lo más importante, por lo dinámico

y controvertido del proceso. Las migraciones espon­ táneas o forzosas, presionadas por el hambre, el cebo de las políticas sobre tierras baldías y otras causas, hicieron que las migraciones de futuros co­ lonizadores rompieran en todas direcciones. En el tercero y último período, aunque continua­ ron los procesos de apertura de frontera agrícola, se inició el desarrollo de colonizaciones en el occidente

Jurisdicción de Antioquia a mediados del siglo XVIII.

Jurisdicción de Antioquia a mediados del siglo XVIII. 6 i Silvestre pensaba que antes de hacer

6 i Silvestre pensaba que antes de hacer una colonia había que construir caminos que comunicaran a Antioquia con la Costa, Santa Fe, Popayán y el Chocó. En efecto, promovió reuniones con sujetos de las élites y les insinuó construir caminos por valorización, repartiendo el costo entre los vecinos. Propuso además distribuir tierras realengas a cambio de la apertura de esos caminos, prefiriendo a los pobres, a quienes se darían retazos de tierra a orillas de las vías, evitando que los ricos capitularan la construcción de las obras y acapararan grandes globos de tierra. Esa modalidad tenía la ventaja de no cubrir al fisco derechos de conducción, que sí se pagaban al traficar poi el Magdalena. De ahí el interés de Don José Mesa Armero, Don Juan Blas Aranzazu y Don Felipe Villegas (de Honda, Mariquita y Rionegro, respectivamen­ te) en abrir caminos a su costa, que comunicaran con Honda, por

Arma, San Carlos, o Sonsón. Otras sugerencias importantes fueron:

la descentralización de trámites para adjudicación de realengas; la «atracción de los indios salvajes, con pequeños regalos, para fundarles

pueblos muy cercanos unos de otros; la eliminación del tributo indígena y ei reparto de las tierras de los pueblos indígenas entre sus propias familias para tratar así de “españolizarlos” (este experimento se debía practicar primero en Antioquia).Por su parte, el visitador Mon y Ve- larde, en relación que hizo, se mostró satisfecho con los resultados de los planes de Silvestre y de sus propias ejecutorias, diciendo que

sido la redención de Antioquia”, y agre­

gando que “de unos pobres mendigos que eran antes, se contemplan

hoy como vecinos honrados” .

las nuevas colonias “

han

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del departamento, a partir de la salida al mar, con la anexión de Urabá, haciendo la salvedad de que tanto en este período como en el anterior hubo im­ portantes procesos colonizadores que rebasaron las propias fronteras de Anlioquia.

Montes y colonos

Para ¡os funcionarios de la Corona y partí los “patricios” que acapararon y negociaron con las tie­ rras era relativamente fácil hacer planes o gestionar la adquisición de terrenos realengos. Lo verdadera­ mente difícil era el acto en sí de colonizar: general­ mente se comenzaba con una “entrada” o exploración previa para conocer la clase y calidad de los terrenos:

dentro de la terminología colonial y republicana los colonos diferenciaban los “realengos” (de propiedad- de la Corona) de las tierras "vacas” que habían tenido dueño anterior; y para la república es casi común la denominación de baldíos ti los terrenos de propiedad de la República, el Cantón, la Provincia o el Estado. Clasificaban los terrenos en: a) fértiles o estériles, según la frondosidad del bosque, al tiempo que de­ tectaban si un temperamento era sano o malsano, prefiriendo las tierras frías, consideradas de buen temperamento, frente a las calientes o situadas en las vegas de ríos, pues las tenían por enfermas. Casi siempre, en fin, buscaban ubicarse como colonos en un temperamento igual o parecido al del lugar de vecindad u origen; b) "montaña áspera” era lo mismo que monte espeso o tierra “eriaza”; c) por su parte “monte claro o andable” era aquel que tenía el bosque

Lo colonización amioqueña

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ya socolado y que denotaba que allí habían estado los indígenas con sus rocerías y técnicas de cultivo y vida; d) cosa distinta eran los terrenos de “rastrojo” en donde encontraba el rastro y desmonte de un colono anterior, y en los cuales era muy fácil hacer un “claro”; e) las “lomas” eran realengos o baldíos muy apetecidos: (por ser terrenos pendientes y de escasos árboles). Muchos se establecían primero en lomas como las de San Vicente y Maitamac, que fueron puntos de atracción para las futuras colonias de Abejorral y Sonsón, por ejemplo. También era común que hablaran de sabanas, llanos, vegas, ver­ tientes, pie de montes, tierras sobrantes, holgadas o estrechas, etc. Estas diferencias hacían que una co­ lonización fuera más o menos difícil que otra, o que unos colonos lograran más ventajas que otros. Y lo que en la Colonia llamaban tierras “de pan y caba­ llería”, en el siglo pasado nombraban tierras “de labor y pasto” . Una vez explorada y adentrada la zona, venían los preparativos para sembrar rozas, casi siempre salteadas y alrededor de una primitiva vivienda, mé­ todo distinto al de los indios del occidente, por ejem­ plo, que hacían sus rocerías frente al rancho, pero siempre río de por medio. Vale la pena preguntarse qué comían los colonos mientras estaban en el monte. La dieta inicial era preparada en el lugar de origen, y llevaban a sus exploraciones bizcocho, carne en tasajo, algo de miel de caña o troncos de panela, y bolas de choco­ late. Al agolarse estos mantenimientos, adoptaban recursos muy similares a los que cita Richard Price

"Una misa en Satemo en las manlañas ¿leí Qn in­ dio , dibujo de Rioit, 1869 (Geografía Pintoresca de Colombia. Bogotá. 1971).

Satemo en las manlañas ¿leí Qn in­ dio , dibujo de Rioit, 1869 (Geografía Pintoresca de

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Países o comarcas en la segunda mitad del siglo XVIII antioqueños

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Detalle de un mapa de las tainas de Río Chico. 1815 (colección particular).

La colonización antioqueña

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(colección particular). La colonización antioqueña ] 85 Ranchos en la zona de Río Chico, fragmento del
Ranchos en la zona de Río Chico, fragmento del mapa de las minas de Redro
Ranchos en la zona de Río Chico, fragmento del
mapa de las minas de Redro Londoño, 1815 (co­
lección particular).
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186 Lo colonización ontioqueñci

para los negros cimarrones, y se dedicaban a la caza de aves como gallineta, guacharaca, pava, perdiz, torcaza y tórtola, muy apetecida esta última por su carne y fácil captura (madrugaba el colono a los ojos de sal, adonde acudían en bandada las tórtolas y con un solo disparo lograba varias libras de carne). Otros animales de monte que cazaban en tales salados o con trampas, eran el saíno (parecido al cerdo), la tatabra, el conejo, la guagua, el gurre y el venado. Al tiempo, comían frutas silvestres o “de la tierra” como guamas y guayabas. Como almíbar buscaban, entre troncos huecos, panales de abejorro, y les ex­ traían un producto azucarado; en tanto que de las colmenas de abejas tomaban una miel de sabor dis­ tinto a la del abejorro. Cuando tenían sed, sacaban del roble un “vinete” que semejaba el sabor del vino (también del roble cogían una fruta útil para engordar cerdos y que servía de sustituto mientras crecía el maíz de la primera roza). Una vez establecidos en colonia, la dieta de carnes, frutas silvestres y de arepa, natilla, huevos de monte, etc., cambiaba con variedad de platillos preparados con base en animales domésticos introducidos al monte y de fácil adapta­ ción, como gallinas, ganado vacuno y cerdos, pues establecidas las primeras rozas era fácil conseguir el grano, el pasto y otros vegetales; también con semillas llevadas, se alimentaban con breva, cidra, plátano, granada, granadilla, ciruela, naranja, li­ món, aguacate, chirimoya, guanábana y piña. Era co­ rriente el consumo de raíces como yuca, arracacha papa (en las colonias de oriente llamada también turma); y siempre según el clima, comían legumbres como fríjol y alverja, u hortalizas como repollo, col, lechuga, cebolla, ajo, que eran muy comunes entre los colonos que de Rionegro y Marinilla migraron al sur. En tierras frías cultivaron algo de trigo y cebada; en las calientes sembraron especialmente cacao. También eran abundantes las yerbas aromá­ ticas y medicinales. En cuanto a variedades, sembra­ ban fríjol común, fríjol blanco y “fríjol de año” ; el maíz era el “indio” , y la variedad Cuba; de las regio­ nes de viejo poblamiento llevaron caña “antigua” o criolla de la cual sacaban miel sencilla para consumo directo, y también desde finales del siglo XVIII y comienzos del XIX sembraron la “caña hotaite” que no era otra que la variedad Tahití o Tahitense, de donde sacaban miel para fabricar panes de azúcar o panela. Solo se conocían tres clases de plátanos: el hartón, el dominico y el guineo. El pescado lo con­ sumían los indios del monte o los habitantes ribere­ ños del Cauca, en toda su extensión. Mucho se critica a los campesinos por la agricul­ tura de quema, practicada explicablemente desde antiguo hasta hoy. Los colonos, una vez realizados algunos trabajos de socolado y desmonte, hacían tumba de uno que otro árbol; y troncos, varejones, muñones, espinas y rastrojos que estorbaban, eran quemados y reducidos a cenizas. Como al comienzo casi todos los colonos carecían de herramientas ap­

tas, se ahorraban muchas faenas con el método de la quema: el fuego era la única arma eficaz contra insectos, culebras y demás animales ponzoñosos, además de que alejaba tigres, osos, micos, ardillas y pájaros, animales carnívoros o fructívoros que cons­ tituían gran peligro para sus cortos ganados, huertas

o rozas. El fuego también se usaba como defensa

en tiempo de plagas. Tal proceso de tumba, quema

y cosecha está descrito con la precisión de colono

conocedor y el sentimiento algo bucólico en la Me­ moria sobre el cultivo del maíz de Gregorio Gutiérrez González. Por lo que toca a la dificultad inicial de los colonos, es útil la declaración de los vaquianos y montaraces José María y Mateo Quintero a propó­ sito de una migración marinilla hacia el río Cocorná, en 1791. Como expertos en agricultura y rocerías describían las primeras entradas afirmando que, pri­ mero había que facilitar los tránsitos y luego “hacer alojamientos y planta” ; seguidamente, dice José Ma­ ría, conducir “mantenimientos y trastes, pues hay muchas partes en que hasta la piedra de moler hay que llevarla y luego, si no es hombre de posibles el que allí se va a plantar, apenas podrá hacer uno o dos almudes de roza y ésta si no la cuida y pajaría, se la comen los animales, de suerte que considera que en este primer entable no le alcanza a sufragar la dicha rocita a lo que en ella ha costeado” . Agrega­ ban además que “abrir los caminos y medio plantarse cuesta buenos tomines y crecidos sudores”.

Un colono pobre solo podía hacer rozas de uno

a tres almudes por año. Cada cuadra era capaz con

un almud de sembradura; 12 almudes hacían una fanega, y 833 fanegas cabían en una legua, aproxi­ madamente7. Esto para los colonos pobres, que solo podían poseer las tierras en forma irregular, ya que

los trámites legales eran largos y costosos: petición

al juez de tierras, reconocimiento y citación de ve­

cinos lindantes, avalúo, pregones, depósito de su valor, envío de documentos a la Real Audiencia para el concepto del fiscal, aprobación y confirmación. La colonización antioqueña revistió en sus pri­ meros períodos dos modalidades: la espontánea y la planeada; hacia donde los campesinos pobres y futu­ ros colonos apuntaban espontáneamente, allí mismo las élites compraban calculadamente los terrenos. Unos y otros colonizaron con distintos esfuerzos, los primeros para subsistir y los segundos para inver­ tir en una empresa prevista, calculada y lucrativa (a veces estos patricios, desde sus posiciones burocrá­ ticas, señalaron hacia dónde se deberían dirigir los colonos pobres o los vagos expulsables). Colonizar, pues, no era empresa fácil ni román­ tica, como nos la han descrito tantas veces los for­

jadores de la “epopeya” antioqueña. Es conveniente mostrar otra alternativa y otra cara del asunto, reconociendo que aunque en Colom-

^ Archivo Nacional. Tierras de Anlioquia. tomo IV.

La colonización anticn/neña

18?

bia ha habido otros procesos colonizadores, el antio- queño ha sido el más significativo y estudiado hasta ahora. Se ha montado una novela rosa acerca de! tema, desde el mismo período de la Independencia:

el

éxito ganado por nuestros hábiles comerciantes

se

generalizó con la osadía y prosperidad de nuestras

colonias hacia el sur. Aún hoy tiene vigencia tal novela, como compuesta para teatro, cuyo protago­ nista es un antioqueño típico, guapo, blanco y titán del trabajo: tiple, camándula, escapulario, trova, ma­ chete, carriel, ruana, muía, perro, zurriago y “mi morena” , junto con la bendición de una madre, el hacha y un bambuco, eran elementos adecuados para que las fieras se apartaran, los árboles del monte cayeran, el maíz naciera y la familia modelo se multiplicara, surgiendo, en fin, una raza superior con cultura de alpargata. También es cuento, puro cuento,, que el título de propiedad fuera un premio caído del cielo, o actitud generosa de algún vecino terrateniente, con ánimo cívico. El mito del pueblo antioqueño como el único que ha pujado en Colom­ bia, debe ser revisado, pues tal invención ha tenido más fuerza que la verdad: los propagadores de la leyenda deben pensarlo más de dos veces antes de hacer afirmaciones efectistas y exageradas, que sue­ len ser discriminatorias o risibles. La ocupación de tierras por parte de los antioqueños fue un proceso muy diferente.

Colonias deí sur

En el valle de Rionegro estaba radicado desde hacía años Don Sancho Londoño con extensas pro­ piedades y una rica fortuna; tres años antes de morir (1762) obtuvo cuatro leguas de terrenos realengos en el extremo del valle y en vertientes del río La Miel, lindando con las suyas propias y con las de su yerno, el español Don Felipe Villegas, también dueño de rocerías y minas en el río Piedras. Este último, logró formar un dilatado globo de tierras, entre 1763 y 1768, adquiriendo, mediante negocios viciados procesalmente, una propiedad que hoy abarca parte de los municipios de La Unión, El Retiro

y Montebello, y la casi totalidad de Abejorral y

Sonsón: en la vastedad de su propiedad cabían desde los páramos hasta las ardientes riberas del Arma. Este globo se conoce como “Concesión Villegas” y, como se dijo antes, fue una de las más conflictivas. Claro que no fue quieta y pacífica su posesión, pues

afrontó varias demandas: la de un blanco, Don Mi­ guel Arango Vélez, que alegaba que parte de ellas las había ganado su abuelo desde 1707; la otra, la interpuso un colono cuya abertura quedó compren­

dida en la concesión y que juzgaba que sus rocerías

y ganados valían más de-500 pesos, cuando Don

Felipe había adquirido todo el globo por solo 50 castellanos. Villegas inició tumbas y rocerías con jornaleros, y benefició minas y salados (de antigua explotación) con sus esclavos y agregados.

También, como acaparador de tierras, negoció algunas porciones en ventas que superaron los 8.000 pesos. Los compradores fueron colonos que se esta­ blecieron entre las vertientes de La Miel y El Buey, que pueden ser considerados como los primeros co­

lonos libres en salir de los hacinados valles de Rio- negro. Villegas compartía con la élite rionegrera una grave preocupación: sus bienes y actividades estaban regidos por la diminuta y decaída ciudad de Arma. Pensaban con ahínco en el traslado físico y jurídico de los habitantes y títulos de la ciudad, al Llano- grande o al Sitio de San Nicolás, en donde se estaba formando urbanamente Rionegro; aunque movieron todas sus influencias, la Real Audiencia ordenó el

traslado

donde estuvo asentada la ciudad en tiempos de la

Conquista.

tenía asiento y planta en

terrenos de propiedad particular (en cercanías del actual corregimiento de Damasco); su situación de­ plorable hizo que algunos se pasaran como colonos al otro lado del río, viniendo a quedar dividida la ciudad en dos: Arma y Arma Viejo, única manera de defender la propiedad común para todos, de los propósitos claros de las élites de Rionegro. Es nece­ sario que quede clara y explicada la vía crucis de los armeños para entender el desarrollo de las colo­ nias antioqueñas del sur. Una cara de la historia nos ha presentado un Rionegro rico, importante y flore­ ciente, cuando Arma era todo lo contrario. Pero la otra cara nos muestra que Rionegro no tenía título alguno y que apenas era un Sitio dependiente de la decadente Arma, que sí tenía título de ciudad. Pero si se hacía el traslado y eliminación, las élites que­ darían con un poderoso cabildo de españoles y crio­ llos ilustrados, controlando una enorme jurisdicción entre Rionegro y el Chinchiná, con inmensas y for­ midables tierras. También ellas solucionarían los problemas de estrechez del valle, pues muchos de los habitantes eran vagos o vivían en tierras ajenas en calidad de agregados, jornaleros, desacomodados o simplemente de “por Dios’.’ Los herederos de Don Sancho Londoño, el propio Villegas y otros sujetos importantes concibieron la forma de suprimir la di­ minuta ciudad, iniciándose pleitos que durarían cerca de 80 años. Uno de ellos declaró en un juicio sobre un peligro inminente, hablando del cabildo de Arma, “pues los pocos que ocurren son pardos los que, si su excelencia no pone remedio, se apoderan de la ciudad”8. También hacían burla de la penuria de los armeños, mirados como pobres, mulatos, sin comercio, y atormentados por fiebres terciarias y cuartanas. Por lo demás padecían una enfermedad muy parienta de las venéreas: el carate. Un cura importante -tal vez se contagió en sigilo y por des­ cuido—declaraba con toda propiedad que este “pro-

a las montañas de Arma Viejo, región en

ciudad

La

diminuta

o Archivo Nacional. Tierras de. Anlioquia. tomo X.

188 La colonización aníioqueña

Pueblos de indios y algunas grandes concesiones coloniales y adjudicaciones republicanas de baldíos.

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La colonización amioqueña

189

La colonización amioqueña 189 “Horizontes”, óleo de Francisco Antonio Cano. “Nipapel sellado, ni mayor sonante en

“Horizontes”, óleo de Francisco Antonio Cano. “Nipapel sellado,

ni mayor sonante en sus morrales; el capital que intervenía en la

No iban

a comprar tierras; iban a ocuparlas, las más de las veces arreba­

tándolas al poseedor excluyeme” (colección particular).

aventura está inventariado en el cuadro 'Horizontes' (

).

está inventariado en el cuadro 'Horizontes' ( ). “Transporte de caña”, óleo de Hum­ berto Chaves,

“Transporte de caña”, óleo de Hum­

berto Chaves,

toria del Transporte, Fabricato).

1948. (colección His­

190 Lo colonización ontioqucña

duce una rascazón de día y de noche”; en tanto que el español Don Juan Prudencio Marulanda (cuñado de Villegas) era más detallista, diciendo que los armeños sufrían “una lepra o mancha que llaman carate que los coje de pies a cabeza y los transmuta de colores, porque el que es negro se pone blanco, azul o colorado, y al contrario, y de tal manera que no les permite llegar a viejos”9. Pardos, pobres y de sobremesa caratejos, como si este último “privile­ gio” no cobijara a todas las clases por igual, pues esta era la señal fija que dejaban los amoríos sin higiene. Volvieron a insistir los de Rionegro en tal tras­ lado, apoyados por los gobernadores Silvestre y Lo- renzana (aliado nato e incondicional de Villegas); con un sonado y escandaloso pleito en que no faltaron las declaraciones falsas, el atropello y hasta el sobor­ no, se decidió el traslado de los títulos para la nueva ciudad de Rionegro, en 1783. De los armeños nin­ guno pasó a Rionegro, alegando que en tal valle solo se cogía una regular cosecha de maíz anual, en tanto que en la caliente Arma alcanzaban a dos; algunos se dispersaron para pasar a Arma Viejo y unos pocos, manipulados por Villegas, engrosaron la nueva y pobrísima parroquia de Santa Bárbara (el visitador Mon y Velarde no estuvo conforme con el traslado y supresión: se enfrentó a las élites rionegre- ras por el asunto de las imágenes, dijo de la buena ubicación de Arma como enlace con la gobernación de Popayán y atacó duramente al cura de Rionegro, doctor José Joaquín González, por haber dado so­ borno al cura de Arma para que abandonara a sus feligreses). Villegas, sus cuñados y yernos habían ganado por punta y punta: en lo económico y en lo político. Sus descendientes inmediatos, Bemales, Marulandas, Llanos, González, Campuzanos y Vi­ llegas entroncados con las viejas familias de Aran- gos, Jaramillos, Uribes, Londoños, Mesas, Echeve- rris, M ejías, Boteros y otras pocas, son tenidos como modelo por su espíritu colonizador y como empresa­ rios del agro. Una vez ganado el título de ciudad, muchos campesinos que vivían en las condiciones de paupe­ rismo enunciadas atrás, vieron la posibilidad de ser al fin propietarios libres en unas tierras nuevas, y más fértiles que las de Rionegro y Marinilla: ya otros habían salido de primeros y se habían mantenido. En 1787 muchos desesperados sociales, acosados, se adentraron en las montañas más al sur de las colonias dé La Miel y El Buey; se ubicaron primero en la “loma” de M aitamac, camino de Supía. Des­ pués de algunas desavenencias y junto con algunos armeños, exploraron las tierras frías que les eran de más confianza (los “valles altos” de Sonsón). Se decidieron por una nueva colonia y pidieron una limitación sobre el dominio que en aquellas tierras

9 Archivo Histórico de Antioquia, volumen 75.

tenía Don Felipe Villegas, pues allí no tenía rozas,

ni minas, ni cam ino No obstante, víctimas de las encontradas inter­

pretaciones de las leyes agrarias, se ofrecieron a comprarlas “evitando por este medio los pleitos que

se

fundaciones

pobres y mestizos y, además, habían reforzado su posición con el descubrimiento del camino antiguo

que comunicaba con Mariquita. Una división entre los colonos quebró la unidad del cabildo de Rione­ gro: unos eran partidarios de una colonia con pobres

formar incluyendo

ricos y blancos10. En 1792 los partidarios de la prime­

y mestizos,

nos pudieran originar, como ha sido en las demás ”

. Querían poblarse solamente con

y otros la querían

ra

modalidad, a pesar de críticas como la de que “si

se

fundaba de solo pobres no sería sino un palenque”,

compraron a Don Juan José Villegas, hijo del con­ cesionario, las tierras abarcadas entre los ríos Aures

y Arma, para repartirlas entre todos; acusados y

calumniados, en medio del negocio, apareció un blanco de Rionegro y miembro de las élites, Don José Joaquín Ruiz y Zapata, quien ofreció el doble por ellas, para repartirlas a su modo (las compró por 1.000 castellanos pero nunca las pagó totalmente).

Nombrado juez poblador, hizo venir de Rionegro, Llanogrande y Medellín a sus allegados y parientes, adjudicándoles las mejores tierras (que aún hoy go­

zan sus descendientes), y repartió el resto a los colo­ nos pobres. Este repartimiento solo se afianzaría ocho años después de la compra, en vista de los enfren­ tamientos de los colonos con el tal juez poblador

y cuando al fin logró organizar para ios pobladores un centro urbano, con mercado y cura. La colonia,

en sus formas rural y urbana prosperó rápidamen­ te: un padrón levantado en 1808 arrojó 315 cabe­ zas de familia y 2.143 pobladores que ya declaraban su propia posesión, estancia, trapiche, ganado o mina. Por el desigual reparto de terrenos y por el dinamismo de la colonia, se sintieron estrechos, y como cada quien quería tener lo propio, pidieron más tierras al oriente, pasando los páramos, pues ya tenían camino hasta el río Samaná: se encontraron con que esas tierras adonde apuntaban tenían dueño

y pertenecían a la “Concesión Zuluaga-Duque” . So­

licitaron otro globo entre los ríos Samaná y La Miel, vertientes al M agdalena, lindando con las posesiones que fueran de los jesuitas". Concedidas, les nombra­ ron el mismo juez poblador, que volvió a ser acusado de repartir mal en su propio beneficio y en el de sus parientes, amigos, clientes y compadres. No en todos los casos los colonos marcharon a las montañas espontáneamente: el procurador de Rionegro, doctor José M aría Montoya, obedeciendo claras disposiciones reales sobre la vagancia, se que­ jaba de la situación deplorable de la ciudad, en vista

'

ZAPATA CUENCAR, Heriberto: Sonsón. Centro de Historia de Son­ són (Ed.), 1980.

'

'

URIBE ANGEL, Manuel: Geografía general y compendio histórico

del Estado de Antioquia, en Colombia (edición crítica),

1985.

de las malas y pobres cosechas. Apelando pues a la política española contra “vagos y mal entretenidos” , promovió ante el cabildo una colonización forzosa hacia.el sur, sobre todo a las tierras calientes del Buey y del Arma, para sembrar el maíz, caña, plá­ tano.y cacao que necesitaban para el consumo de la ciudad, abaratando al tiempo sus costos. En tono enérgico sentenció que sobraban brazos y tierras fér­ tiles y que el origen de los males estaba en “tanto holgazán y vagabundo que vive abandonado a expen­ sas de los pocos que trabajan; estos miembros corrup­

tos, que debían cortarse del cuerpo político, son los que destruyen las repúblicas” . El cabildo le respon­ dió, con todo el candor posible, que los acaparadores

y negociantes de tierras “como buenos patriotas con­

cederán el permiso y auxilio suficiente para que lo­ gren, los que se dedicaren a la siembra, el fruto de su trabajo”'-. Los citados "patriotas” no acataron la sugerencia, pero sí constan en muchos documentos del archivo de Rionegro los listados de vagos con la nota “que salga” , “debe salir a los montes” y otras, como en una especie de reclutamiento. 25 años más tarde, ya avanzada la colonización hacia

el sur, se ventilaba en el mismo cabildo el proyecto de acabar con vagos y ladrones, formando una pobla­ ción en Sabanalarga, camino de Herveo: con esos colonos forzados se dieron los primeros pasos para la fundación de Salamina. Vagos eran los que no tenían rentas, ni bienes, ni sueldo, ni oficio, ni be­ neficio, ni ocupación; ser hijo travieso o jornalero sin estabilidad en una finca ajena constituía vagan­ cia. Ser pobre o desadaptado social era delito. Lindando con la nueva colonia de Sonsón se en­

tabló

nietos de Villegas, que compartían los costos del

mantenimiento de caminos, cura y oficios con los demás colonos. También muy próspera, pronto se vieron estrechos y, junto con los de Sonsón, pasaron

a Arma Viejo, en donde ya había varios parajes con

colonos, dispersos en las montañas. Se reunieron con otros en una colonia que llamaron “Las Agua­ das” , que fue fomentada al poco tiempo por el go­ bierno “para reunir a varias familias enantes por los montes, imitando a las fieras, viviendo en el idio­ tismo sin ley y sin rey” . Les quiso estorbar el pro­ yecto un rionegrero vecino de'Abejorral, Don Salva­ dor Isaza, alegando que las tierras de la futura pobla­

ción de Aguadas eran suyas: pidió la expulsión de más de 200 colonos, pero el nuevo gobierno republi­ cano los protegió, y nombró como poblador a Nar­

ciso Estrada, sobrino del cura sobornado de Arma. Pronto tendrían más problemas estos colonos al sur del río Arma: las enormes y fértiles tierras que abarcaban hasta el río Chinchiná eran apetecidas por las inquietas élites. Desde finales del siglo XVIII,

el cura sobornado de Arma denunció como realengas-

¡a

de

Abejorral,

propiciada

por

los hijos

y

15 leguas entre el río Arma y la quebrada Maybá;

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h istó rico de R io n eg ro .

“ V ario s",

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16.

La colonización ciniiix/ucíui

191

al llegar al remate, su propio cuñado obrando como procurador de Arma, se opuso a la venta, alegando el perjuicio para los colonos; las remató para todo el vecindario, pero nunca finiquitó los trámites; los colonos comenzaron a poseer de hecho y a levantar rozas desordenadas; cuando las iba a medir dijo que “no hay en dichas tierras estancias que se puedan medir, porque las rocerías que forman en ellas los habitadores son móviles, pues cada cosecha mudan de terreno, y las viviendas son unos ranchos de poco valimenlo, y el mejor huerto hará una pucha de

sembradura”11.

La concesión Aranzazu

Años más tarde el comerciante español Don José María Aranzazu. al igual que su padre y otros parien­ tes de Mariquita, intentaba construir un camino que pasando por el páramo de Herveo saliera a Supía y torciera a Rionegro: ¡os colonos de Sonsón lo criti­ caron porque temían la competencia y por ser éste

más largo que el que ellos estaban abriendo; en 1799 Aranzazu acusó de rebeldía al procurador de Arma ante la sordina frente a este proyectado camino que estaría fuera de todo control y facilitaría el comercio ilícito (Aranzazu estaba casado con Doña María An­ tonia González Villegas, y aportó al matrimonio 37.000 pesos; tenía intereses comerciales en Cuba y Puerto Rico, exportaba quina, café y cacao a Cádiz, poseía una goleta y traficaba además entre Honda y Rionegro). Era evidente que también buscaba capi­ tular tierras, entre los ríos Pozo y Pacora; aunque nunca recibió título, su viuda y heredero único siem­ pre manifestaron que a ellos pertenecía la “concesión Aranzazu” , claro que con una amplitud mayor que la denunciada inicialmente. En 1803 un tal Pablo Giraldo, marinillo vecino de Supía, pedía tres leguas de tierras en el nuevo “sitio de Moná” , entre esta quebrada y la de Maybá:

alegaba tener ya una estancia de cacao, y caudal suficiente para explotarlas. Amojonadas y avalua­ das, se opusieron los de Arma pues perjudicaría a más de 150 cultivadores ubicados ahí cerca. Pedían además a Don Tomás Valencia, payanés y esclavista residente en Supía y también peticionario de tierras, “que no los molestara ni violentara durante los plei­ tos”. La Corona, al fin, declaró que esas tierras no estaban baldías, dejando a los de Arma en quieta pero no pacífica posesión: Don Manuel Villegas Ber­ na!, que había sido procurador de Rionegro, pidió

un

hasta las de la Moná, aduciendo que los vecinos, como pobres que eran, no tenían “potencia” para cultivarlas. Más al sur de Aguadas, un sobrino del fundador de Sonsón exploró tierras y pretendió esta­ blecer una nueva colonia con campesinos pobres de

inmenso

globo

desde

las

cabeceras

del

Arma

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192 La colonización antioqueña

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Mapa de unas minas de oro situadas en las cer­ canías de Santa Rosa de Osos, 18)5 (colección particular).

La colonización antiuqueña

19?

Sonsón: su tío, como poblador, y Tomás Henao, el cura, se ¡o atajaron, porque perjudicaría a la reciente colonia de Sonsón y a los emolumentos de su cura; este último le aconsejó que se radicara en la nueva colonia de Aguadas que solo comenzaba a organi­ zarse por su propio cuñado Estrada. El conflicto con la enunciada “concesión Aran- zazu” comenzó tal vez por 1822, según versión de Don Elias González Villegas; “Cuando se planteó

en esta Provincia el gobierno colombiano, pretendie­

ron comprarle dicho terreno los señores Uribe, Os-

pina y compañía; aceptó el gobernador, coronel Francisco Urdaneta, la propuesta de compra y fijó

carteles e hizo medir el terreno para acelerar la venta

y arreglar el contrato según lo disponía la ley; se

hallaba en este estado el negocio cuando representó a dicho gobernador mi hermana María Antonia Gon­ zález pidiéndole que suprimiera la venta hasta que

su hijo Juan de Dios de Aranzazu probara legalmente

que los terrenos le pertenecían por herencia de su padre” 14. ¿De quién o de quiénes eran las tierras al sur del río Arma? ¿de los pobladores de Arma Viejo?, ¿de los nuevos pobladores de Aguadas?, ¿del doctor Aranzazu y sú madre? Suspendida la venta a Uribe, Ospina y compañía, la viuda y el hijo del comer­ ciante Aranzazu lucharon en lo jurídico y en lo po­ lítico, cada uno, desde Rionegro la primera y desde Bogotá el segundo, pues era representante antio- queño al Congreso de 1824 (allí formó filas en el

“partido” del general Santander); con tales conexio­ nes logró que el intendente de Cundinamarca refren­ dara con su firma la supuesta concesión a su padre,

tal vez obtenida en

Esta extraña pieza jurídica chocaba precisamente contra lo actuado en ese Congreso que había supri­ mido los mayorazgos y las vinculaciones: era la Re­ pública prolongando los privilegios coloniales. El doctor Aranzazu declaró e hizo declarar a otros que

esas tierras sí estaban cultivadas, pero no dijo por quiénes. Su declaración fue una verdad a medias, pues estaban siendo explotadas desde 60 años atrás por los mulatos de Arma Viejo y más tarde por los colonos de Aguadas y los de la reciente colonia de Sabanalarga (Salamina). Cuando se le posesionó ju ­ rídicamente de las tierras, los colonos afectados pro­ testaron inútilmente; pasaban de 300 los despojados de sus labranzas; consiguieron un apoderado de la élite rionegrera, aparentemente enemigo de los Ville­ gas y Aranzazu; era Don Luis Gómez de Salazar, perteneciente a una antigua y noble familia criolla.

¡801.

El

pondría los gastos en el futuro litigio y los afínenos

le

pagarían

con tierras.

No sé si por coincidencia las dos partes litigantes

otorgaron poder a dos sujetos importantes de Mecle- llín, comerciantes, hermanos y futuros colonizado­ res: Don Antonio y Don Juan Uribe Mondragón. En

14 Archivo Histórico de Antioquia, Volumen 2539.

una de las etapas del pleito, el doctor Aranzazu logró una autorización del presidente, general Santander, para fundar la colonia de Salamina, en tierras que eran objeto de un litigio: esto constituía una ventaja legal que lo igualaba con los colonos. Procedió a repartir algunos lotes entre sus parciales, vendió otros, y desmontó otros para sí. Pero la justicia le ordenó restituir las tierras a los de Arma, quienes quisieron anular los repartos de Aranzazu, y hasta derrumbar la iglesia de Salamina, naciendo así la primera de una cadena de rivalidades entre las colo­ nias del sur. Aranzazu amenazó a los jueces y apeló ante la Corte de Cundinamarca (de mayoría santan- derista) la cual dictó sentencia favorable al joven político. Salazar y los armeños protestaron, y más tarde apelaron ante la Alta Corte (de mayoría boli- variana y en donde ejercía influencia el doctor José María Gómez de Salazar, tío del apoderado de los armeños y antiguo protector de Bolívar); esta Alta Corte dictó sentencia definitiva y favorable a la po­ sesión de los armeños, además de condenar en costas

procesales

dinamarca. Pero para entonces ya Aranzazu, su ma­

dre, sus tíos, primos y otros parientes se habían

establecido, como dueños o como poseedores en las tierras frías, medias y calientes, destinando las me­ dias a la agricultura y las altas y calientes para la

iniciado una especula­

ción fundiaria, vendiendo montañas a colonos que los habían apoyado durante el pleito. Pero todo pa­ recía fallar para los armeños, porque cuando Salazar recibió su parte en tierras, de inmediato se asoció con sus antiguos enemigos y surgió entonces “Gon­ zález, Salazar y compañía” una de las más importan­ tes empresas colonizadoras en la Colombia del siglo XIX. (Aranzazu nunca quiso que su apellido figurara en la razón social, prefiriendo que apareciera el de su madre doña María Antonia González). Aranzazu, siendo gobernador de Antioquia, ordenó otro tras­ lado de Arma hacia las cabeceras del río Pacora por lo que estalló un motín contra tal decisión: despo­ blando a Arma, sus tierras quedarían libres para los nuevos socios. Divididos los campesinos, unos obe­ decieron el traslado y otros fueron obligados a vender sus posesiones a Don Ambrosio M ejía Villegas, fu­ turo socio de la compañía y pariente del doctor Aran­ zazu (muchos años más tarde fundaría otra sociedad colonizadora y de cultivos en grande escala, para la exportación: “M ejía, Gaviria y com pañía”). En las primeras etapas unas colonias fueron más dinámicas que otras: una colonia agraria bien orga­ nizada era indispensable para lograr una colonia ur­ bana, puesto que ésta se constituía en centro para el mercado, transacciones de toda índole, ejercicio de las prácticas religiosas y lugar de contacto con las autoridades. Aunque es innegable que se produjeron cambios en la distribución espacial de la provincia de Antio­ quia, no es del todo cierto que se hubiera logrado

a los magistrados de la Corte de Cun­

ganadería.

Además habían

194 La colonización antioqueña

una sociedad democrática. La riqueza o pobreza de las ciudades y villas de finales del período colonial se proyectó también en las zonas colonizadas por sus vecinos: las colonias de los rionegréros y mede- llinenses fueron más dinámicas y ricas que las de los vecinos de Marinilla y Antioquia.Tampoco, como se ha dicho por otros historiadores, se logró una sociedad igualitaria, de pequeños propietarios. Esto tal vez se hubiera logrado en el sur, de haberse fundado la colonia de Sonsón solo con pobres y repartiendo el juez poblador las tierras por igual, como se pretendió. Tal propósito se frustró, y tanto en Sonsón como al sur del río Arma se conformaron colonias desiguales en cuanto al tamaño de las par­ celas, su situación y su fertilidad. La desigualdad también era notoria en lo referente a la composición social y racial. Si se miran las primeras estadísticas de Sonsón, Aguadas o Salamina, se verá una socie­ dad esclavista en decadencia, pero señorial en otros aspectos; los blancos de Rionegro residentes en las colonias poseían pocos esclavos, pero numerosísi­ mos sirvientes que tenían la calidad de libertos. Ma- rulandas, Londoños, M ejías, Llanos y Villegas con­ taban con esclavos y sirvientes en sus casas, y con agregados en sus tierras. Patricios y plebeyos, trans­ plantados a las nuevas tierras, lograron reproducir las condiciones de sus lugares de origen. Habían desaparecido los vagos, y el número de propietarios libres había aumentado considerablemente15; con el tiempo surgiría una sociedad distinta en estas zonas de colonización, que tendría unas manifestaciones políticas independientes, lo mismo que una econo­ mía fuerte que les permitiría salirse de la órbita antioqueña. Estaba conformándose El Sur, cuyo pri­ mer logro fue el verse convertido en cantón de Son­ són, más tarde cantón de Salamina. El desarrollo y dinamismo de tales colonias ahora con la categoría política de cantón se debió en parte a que nada les impedía migrar más al sur, consideraban tales terre­ nos como baldíos, no había en tal ruta pueblos de indios que les impidieran el paso (salvo algunos

En efecto poco después de la fundación de Manizales fue asesinado Don Elias González por colonos y vecinos de Salamina que le pasaban la cuenta de los muchos y continuos atropellos que había ejecutado a los armeños y a los colonos independientes que sostenían enfrentamientos con la empresa de “González, Salazar y compañía”: les había destruido los cultivos, incendiado cosechas y trojes y aun puesto fuego a los ranchos con sus habitadores adentro. Estos atropellos (llamados “méto­ dos bruscos” por el padre Fabo) fueron ejecutados con el eficaz auxilio de una red de clientes, mayordomos y parientes de Don Elias (se acusó de incendiario a su sobrino el poeta Gutiérrez González). Su muerte

apaciguó temporalmente la comarca conmoviendo a las esferas políticas de Medellín y Bogotá; aceleró una transacción entre el gobierno nacional

y

la violenta compañía que resultó gananciosa al final, pues el gobierno

le

cedió “los derechos y acciones que en la actualidad pueden correspon-

derle sobre la propiedad y la posesión de los terrenos de Salamina, Neira

y Manizales” . Para sorpresa, el gobierno no solo renunció a lo propio,

como dueño de los baldíos, sino que amplió hasta el río Chinchiná los linderos de las tierras en litigio (la supuesta merced de 1801 a favor del

padre de Aranzazu, solamente comprendía realengos entre los ríos Pozo

y Pácora). En tal arreglo intervinieron políticos y funcionarios del antiguo santanderismo, un político y senador socio de la compañía y hasta el propio Presidente de la República, el general Obando (casado con una parienta y protegida de Aranzazu).

naturales, provenientes del Chocó) y por lo demás los suelos, todos vertientes al Cauca, eran fértiles; adentrados en la Cordillera Central de la República, pronto abrirían comunicaciones terrestres y comer­ cio entre el occidente y el oriente: su primer mercado fue la zona minera de Marmato y Supía, ruta que también les servía para tratos comerciales con los caucanos, incluyendo a Popayán. A medida que ga­ naban estos mercados, se iban consolidando más y más como para independizarse y romper el cordón umbilical con la Antioquia nativa (asunto previsto por Ospina Rodríguez desde mediados del siglo y sobre el cual insistiría más tarde el general Uribe Uribe). Todas las condiciones enunciadas atrás, permi­ tieron un rosario de colonias más al sur, originándose además una cadena de rivalidades locales que aún subsisten: los de Sonsón se opusieron a la colonia

Pácora y

los de

Neira y Salamina, a la de Manizales, etc. En este

juego

las

de Sabanalarga; los de Arma,

Salamina;

los de Salamina,

no estaban

del todo

yderechos

a

a

la

las

de

de Neira;

libres los curas dé

prisioneros

Xo'ílV. v;

colonias más viejas,.pues eran

emolumentos

colonia con categoría política y expresión urbana se conformaba coman -nuevo"cura párroca. Ejercían un poder a nivel de~conciéñcias y á nivel de toda la sociedad: se opusieron muchas veces contra las pre­

tensiones

fomentaron las colonizaciones, asistieron espiritual­

mente a sus selváticos fieles y controlaron el proceso migratorio y político. Cuando Don Elias González pretendía la fundación de Neira, se le opuso el cura de Salamina (el mulato Ramón M arín), alegando que la nueva colonia lo perjudicaba, que las tierras no eran de la tal compañía y que los caucanos harían una fundación de Caitago hacia el norte; Don Elias

lo calificó en

mina, lo que el doctor Francia al Paraguay. La colonización hacia el sur, considerada como “clásica” por la mayoría de los estudiosos y como “única” por el común de los colombianos, se desa­ rrolló en el escenario de una frontera natural entre caucanos y antioqueños: si la selva virgen log sepa­ raba, el trabajo antioqueño los acercó y contactó. Esa misma selva sirvió de teatro de enfrenta­ mientos jurídicos, sociales, políticos y culturales, además de generar rivalidades locales y regionales entre los mismos colonos, y entre caucanos y antio­ queños. Estos enfrentamientos se vieron reforzados por las políticas oficiales deTas cámaras provinciales, ¡ al fomentairiuiravarizadasTolonizadoras y mediante la aplicación efectiva de Ordenanzas que, desde^ 1 1836, mandaban repartir baldíos entre los pobladores‘ J 1 J,' de nuevas colonias, y fundadores de poblaciones, itf%“0 Repartos inequitativos de estos terrenos com unes,ffli casi siempre lograban que los campesinos de los nuevos distritos entraran en conflicto con la junta

de los^

parroquiales: cada nueva

de la compañía de “González y Salazar” ,

términos de ser el cura M arín, a Sala-

V

Aa a

repartidora local. Además, la creación de un nuevo distrito implicaba la instalación de la respectiva junta competente para los repartos, eliminándose así la primacía dé la junta anterior. Así también se explican las rivalidades entre localidades vecinas. Los colonos dei sur, por ejemplo, se organizaron en grupos contrarios y favorables a los intereses de la compañía de “González y Salazar”; esta última conformó dos frentes: uno, de derecho, por medio de abogados de alta representación política en la provincia y en el gobierno central de Bogotá, y otro, de hecho, en forma de tropel, compuesto por parien­ tes inmediatos y por esclavos, mayordomos, agrega­ dos, dependientes y clientes. Allí estaban Don José Ignacio Gutiérrez y su hijo, el poeta doctor Gregorio Gutiérrez González, los generales Cosme Marulanda González y Cosme González; el director del tropel era Don Elias González Villegas, tío de todos ellos, tipo pendenciero y considerado como “titán labora-

dor” , empresario

sente en todos los pleitos por la validez o no de la concesión Aranzazu, fomentó unas colonias y frustró otras; se hizo elegir en varios congresos y alegaba que la concesión de su hermana y sobrino llegaba hasta el río Chinchiná. Cuando la Cámara Provincial de Antioquia creó las Juntas Repartidoras de terre­ nos, con la facultad de calificar los títulos de propie­ dad, la Junta de Salamina repartió algunas porciones de terrenos que se suponían de la sociedad; el general Cosme Marulanda, importante líder conservador, es­ cribió al gobierno en 1853, denunciando tales medi­ das y pidiendo interrumpir los repartos, pues solo así “puede cesar en aquellos pueblos ese espíritu de comunismo a que han sido impulsados por miras políticas” , alegando además que no se podían dar esas tierras “a otros que solo han tumbado árboles y sembrado m aíz” . Dos años más tarde su primo Don Melitón Villegas también acusaba a las juntas diciendo “que en el distrito de mi vecindad se está haciendo uso de una manera escandalosa de las pro­ piedades de los ciudadanos, declarándose simulada­ mente un verdadero comunismo” . En el sur se enfrentaron dos posiciones respecto de las tierras: la de la compañía de “González y Salazar” , y la de la mayoría de colonos que alegaba su calidad de tierras baldías. La nueva ley sobre salinas, dictada en 1838, reforzó a la compañía, que denunció varias salinas al sur de Salamina, en el río Guacaica. Puestas en explotación, se necesitaba ma­ dera para cocinar el agua salada y esto motivó a muchos para establecerse como colonos. Don Elias González, autorizado por su sobrino Aranzazu, co­ menzó a repartir terrenos entre el Guacaica y el Chinchiná, frontera reconocida con la ciudad de Car- tago y gobernación de Popayán. El gobierno también envió en 1841 un comisionado para repartirlas como baldíos, pero sin pasar el río Chinchiná. Don Elias resolvió fundar entonces la colonia de Neira, para repetir lo actuado en Salamina: esto significaba una

y colonizador del sur. Estuvo pre­

La colonización antioqueña

195

del sur. Estuvo pre­ La colonización antioqueña 195 "Paisaje de montaña", acuarela Je Jasé Res- ire

"Paisaje de montaña", acuarela Je Jasé Res- ire¡)0 Rivera (colección particular).

ventaja para la compañía, frente al gobierno y los colonos. Alegó que ya tenía abierta una trocha para bueyes desde Salamina hasta Cartago, que en Neira ya había 172 casas, muchas otras en las montañas

y 300 familias. Hubo oposición, como ya se ha

dicho, de colonos, de su líder Don Marcelino Palacio y también del cura Marín quien alegaba haber varios dueños en las tierras del Chinchiná: eran de los ve­ cinos de Arma, de la familia Hernández de Supía, de Don Marcelino Palacio (éste había denunciado hasta la quebrada del Manizal), y de la Compañía; sugirió que más bien se fundara población en la quebrada de Olivares, ya que los caucanos fundarían allí cerca la población de “Italia” . Pero el obispo

Gómez Plata (santanderista y amigo de Aranzazu) autorizó la erección de parroquia en Neira. Se levan­ taron algunos enemigos de la compañía, y Don Mar­ celino Palacio se hizo nombrar alcalde de Neira: en tal calidad forzó a algunos parciales de la compañía

a

salir, y promovió el traslado de la colonia hacia

la

quebrada Olivares, donde ya había montaña tum­

bada, tierras repartidas en calidad de baldías, culti­

vos, además de calles y plaza trazada. Despoblar a Neira era fundar a la futura Manizales. Negada la solicitud por el gobierno, al año siguiente, ante el número de colonos ya establecidos, nació a la vida

jurídica el nuevo distrito de Manizales: habían triun­ fado frente a las pretensiones de la compañía16. Su posición geográfica excepcional la colocaba como “Termopilas” de Antioquia. Como algunos colonos antioqueños pasaron el río Chinchiná, ocupando en­ tonces la provincia del Cauca y ofreciendo compras de baldíos, el gobierno liberal del Cauca determinó atajar las avanzadas colonizadoras de la conserva­ dora Antioquia: autorizó la fundación d é la aldea de

M aría extendiendo su jurisdicción hasta Campo Ale­

gre y desde el Chinchiná, entendiendo que éste es­

taba en medio del Guacaica y el río Claro. Esto movió a los de Manizales, que se creyeron despoja­ dos: el gobierno de Antioquia pidió al ingeniero

16 El Iris, periódico de Supía, 1884.

196 La colonización antioqueña

196 La colonización antioqueña Construcción del Ferrocarril de Amagó, 1921 (fotografía de Melilón Rodríguez,

Construcción del Ferrocarril de Amagó, 1921 (fotografía de Melilón Rodríguez, archivo Foto Rodríguez).

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198 La colonización antioqueña

Codazzi que informara que el río Chinchiná era otro. Tal ingeniero “evaporó” las aguas de este río y las

descargó

más al sur, quedando los conservadores

antioqueños dueños de la aldea de M aría, caucana

y liberal, que era como una punta de lanza en el

sur. Se inició entonces otro pleito, entre Antioquia

y el Cauca, por la aldea de M aría, que enemistó a

las dos regiones (deberá consultarse el folleto publi­ cado por el abogado de los caucanos, doctor Ramón Arana: Refutación al informe del general Codazzi sobre los límites de los Estados de Antioquia y Cauca por la aldea de M aría). Es explicable que muchos colonos antioqueños se establecieran al sur del Chinchiná, considerado

territorio libre, pues allí no tenía dominio la sociedad

Salazar y compañía” . Más al sur se

extendían más de 100 leguas de terrenos baldíos y con la ventaja de no haber un solo pueblo de indios. Todas pertenecían al cantón de Cartago. En tanto, en el cantón vecino de Supía solo había 5 leguas de baldíos y varias poblaciones con habitantes de ma­ yoría indígena, y muchos negros y mulatos: en lo que hoy se llama el occidente del departamento de Caldas, había pues pocos terrenos baldíos y menos posibilidades de colonizar; por eso los antioqueños allí solo recolonizaron terrenos abandonados (tierras “vacas” del período colonial) y repoblaron caseríos decadentes, que revitalizaron e integraron a la eco­ nomía antioqueña. El abogado conservador doctor Ramón Elias Palau, obrando como defensor de los indígenas, vendió porciones de los resguardos a los colonos antioqueños (había sido miembro de las cá­ maras legislativas en donde trabajó por la disolución y venta de resguardos). Cuando fue atacado por cau­ canos celosos de la presencia antioqueña, respondió diciendo ser defensor de los indígenas, pero también de los derechos de los “mejoradores” de Antioquia,

agregando que “el impulso dado por las inmigracio­ nes es incalculable; con ellas vienen el comercio, la minería, la agricultura, las artes y las ciencias”'7. Tomando como cuartel a Manizales y a la aldea de M aría, los colonos antioqueños avanzaron más

al sur: el principal de ellos fue Fermín López Buitra-

go, un rionegrero que había sido de los primeros colonos de Sonsón y Salamina; enemistado con la

compañía

“clan” familiar desde su propia rocería de San Cancio (hoy Manizales) y atravesando selva virgen llegó hasta Cartago, en donde lo recibieronjgqtjío a héroe. Allí le fueron ofrecidas tierras para establecer una colonia en las minas de la antigua Cartago, propuesta que rechazó, por ser tales terrenos parte de la “Con­ cesión Pereira” cuyo propietario, el doctor Francisco Pereira M artínez, un importante político santande- rista, las había adquirido en remate. López y su clan, acostumbrados a tierras frías, se'establecieron

al noroeste de Cartago en donde iniciaron la colonia

de “González,

de

“González y Salazar” partió con

el

^ El Iris, periódico de Supía', 1884.

agrícola que se llamó Cabal y más tarde Santa Rosa de Cabal, la segunda gran presencia antioqueña en el Estado del Cauca. En el transcurso de 20 años, tal colonia recibió unas 48.000 fanegadas de baldíos. Esto da una idea del rápido aumento de colonos quienes fueron últimamente agraciados por la Con­ vención de Rionegro, que los volvía propietarios de su fundo con solo establecer una roza y construir vivienda. Fracasada la iniciativa de los caucanos por lograr una colonia de antioqueños en los antiguos asientos de Cartago, que sirviera de apoyo para la construc­ ción del recientemente decretado camino del Quin- dío, las autoridades del Cauca, que siempre habían tenido una política avara y errática respecto de la entrega de lotes de baldíos para colonizadores, crea­ ron la colonia penal de Boquía, cuyos presos estaban destinados a la obra del camino. A ellos se unieron algunos migrantes antioqueños, dando origen a la colonia y población de Salento. En la década de los años 40, pues, había ya dos grandes e importantes nú­ cleos de colonos antioqueños en territorio caucano.

el doctor Pereira M artínez, con

su hijo Guillermo Pereira Gamba y el presbítero Remigio Antonio Cañarte, promovieron la fundación de una colonia y poblado en témenos de su propia concesión. Pereira, que desde sus puestos públicos había trabajado por una ley que ordenara la construc­ ción del citado camino del Quindío, se decidía al fin por la rotura de montañas y el establecimiento de colonos, 20 años después de la negativa de Fermín López. Los fundadores de Pereira (1863) planearon la colonia solo con agricultores caucanos, pero con los años sería absorbida y controlada por colonos y comerciantes antioqueños. Situada Pereira éntre las poblaciones de Santa Rosa de Cabal y Salento, todas tres aportarían un impresionante contingente de co­ lonos antioqueños que saldrían a poblar, repoblar o fundar. Está por demostrarse hasta dónde ¡a colonización de antioqueños en el Quindío fue movida principal­ mente por la búsqueda de guacas; está sí probada la financiación de bancos de M edellín, que pasaron dineros a través del capitalista Don Lorenzo Jarami- 11o y de las entidades financieras en que este último participó (con sedes en Sonsón y Manizales); así, financiaron tumbas de montañas y cultivos de m aíz en grande, que sería la base de un lucrativo negocio de engorde de cerdos, dieta preferida por los antio­ queños. Más tarde, también invertirían grandes ca­ pitales en la formación de importantes y surtidos hatos ganaderos. Aunque son aceptables los cuatro atractivos cita­ dos por James Parsons para intensificar las oleadas de antioqueños (explotación de caucho, guacas, en­ gorde de cerdos y refugio para perseguidos políti­ cos), se deberían anteponer a éstas el incentivo de las 100 leguas de tierras baldías y fértiles al sur de

Años después,

Manizales, además de las otras muchas leguas de tierras templadas y frías, prácticamente despobladas, pertenecientes a los antiguos cantones de Anserma, Tuluá, Buga, Palmira, etc., sin olvidar el atractivo

del contrabando18; es también conveniente

agregar

que parte del éxito logrado por los antioqueños se debió a un ejercicio propio de la agricultura, muy distinta de la caucana (entonces casi completamente

arruinada por los conflictos políticos y por lo que se pudiera llamar “el modo de ser” de los propios caucanos, en concepto de Agustín Codazzi19). Los

colonos antioqueños llevaban además una herra­ mienta de su propia tecnología que, afilada por am­ bos lados, permitía con un solo vaivén desmalezar el doble; tal era el güinche, que con un movimiento parejo (“ritmo paisa”) reducía el esfuerzo de la jor­ nada a la mitad. Esto colocaba a! agricultor antio- queño en ventaja sobre el cancano. La frontera móvil y progresiva que fueron am­ pliando los paisas hizo pensar en una anexión terri­ torial por acuerdo entre los conservadores antioque­ ños y caucanos, según von Schenck, a propósito de la guerra del 76; pero no solo se frustró este intento sino que los liberales del Cauca, triunfantes en tal

los

antioqueños, como promotores de tal guerra20. En su avance colonizador, los antioqueños embistieron los pie de montes y cordilleras que enmarcan las tierras planas del Valle del Cauca: por el occidente llegaron casi hasta las goteras de Cali, pero fueron detenidos por los farallones; por la Cordillera Central avanzaron hasta la parte alta del municipio de Florida donde fueron atajados por indígenas caucanos. No obstante, no puede decirse que todas las tierras altas de ambas cordilleras fueron obra exclusiva de los colonos antioqueños, pues también ha habido aporte de campesinos boyacenses y santandereanos. En la pax'te plana colonizaron el valle del Risaralda. Tam­ bién repoblaron y ayudaron a recuperar económica­ mente las actuales ciudades, además de tumbar mon­ tañas y abrir haciendas e ingenios, facilitando la futura industrialización rural. Previendo el avance colonizador de los antioque­ ños, se constituyó en Cali, en mayo de 1873, la “Com­ pañía de Fomento y Compraventa de Tierras” , en­ tre cuyos objetivos estaba el mejoramiento de terre­ nos propios y la parcelación y venta de lotes. Para tal logro se asociaron los hermanos doctores Lisan- dro y Belisario Caicedo con el ingeniero norteame­ ricano David R. Smith. Las tierras aportadas habían pertenecido a la antigua hacienda “La Paila” y entre ellas se explotaba una salina en la parte de montaña

guerra,

pidieron

una fuerte

indemnización

de

Memoria del secretario de hacienda del Estado Soberano del Cau- ca. Imprenta del Estado, Popayán, 1877.

19 Geografía física y política de las provincias de la Nueva Granada, por la Comisión Corográfica, bajo la dirección dé Agustín Codazzi. Banco de la República (Ed.), 15)59.

20 SCHENCK, Fr., von: Viajes por Antioquia en 1880. Banco de la República, 1953.

Lu colonización aniioqtteña

¡99

con el nombre de Burila. Tal sociedad fue liquidada

a los 3 años; los Caicedo aportaron dichas montañas de Burila a otra sociedad constituida en Manizales en 1884, pero con los linderos más amplios. Los socios manizalitas, que habían sido perseguidos por

la sociedad de

“González, Sal azar y compañía” , pa­

saban ahora a ser perseguidores de colonos. Hábil­

mente los Caicedos habían dejado en manos de los mismos antioqueños el proceso de apertura de mon­ tañas, enfrentando negociantes antioqueños contra

antioqueños colonos, en terrenos caucanos21. Ciertamente, se ha producido una abundante aunque no todavía completa literatura histórica de

la colonización antióqueña en el Cauca y el Tolima.

El historiador Marco Palacios, además de sostener importantes tesis al respecto, ha estudiado con bue­

nos aportes los incidentes con la “Empresa Burila” ,

y cita además buena parte de la bibliografía sobre ambos temas22.

Al sur de Medellín

En el “río arriba de Cauca” y más concretamente en la “Loma” de los Titiribíes se habían ido estable­ ciendo algunos vecinos de la ciudad de Antioquia como mineros y colonos, desde comienzos del siglo XVIII, para más adelante radicarse en las cercanías de la actual población de Titiribí. También desde el valle de Aburrá se desplazaron algunos campesinos pobres, para establecerse en la parte alta de la que­ brada de Sinifaná; para ello pasaron por los montes del pueblo de La Estrella, un resguardo situado al sur del valle y que prácticamente lo taponaba. Con­ fluían pues, en las montañas de Titiribí y de Ainagá dos corrientes migratorias y colonizadoras. En 1760

el gobernador concedió algunas tierras baldías a Don

José Vélez de Rivero, las cuales comenzaron a des­ cuajar sus nietos, los señores Pérez de la Calle jun­ tamente con colonos de Itagiií y Envigado. Obtuvie­ ron sendas concesiones lindantes con las colonias

ya citadas y con el resguardo de La Estrella. La co-

Las tierras de Burila pertenecieron hasta 1839 a las ánimas del purga- torio; esta obra pía era administrada por el coronel José María Caicedo Zorrilla, padre de los citados doctores Caicedo. El coronel las compró

al obispo de Popayán en ese año. Para 1853 sus herederos las redimie­

ron, pagando al tesoro nacional y de acuerdo con la nueva legislación desamortizadora. Fracasada la sociedad con Mr. Smith, los Caicedos

hicieron contratos con los colonizadores Antioqueños Don Tomás Uribe y su hijo Don Julián para cobrar los arrendamientos atrasados

que deberían pagar otros colonos antioqueños que ya se habían esta­ blecido allí desde 1874. Los Uribes, además, recibirían la mitad de los terrenos que desecaran, en la hacienda “La Paila” (Notaría de Buga. 1877). Al igual que en las colonias del sur, algunos colonos poseyeron tierras en Burila, en tanto que otros compraron lotes. Más adelante, los primeros fundarían la población de Sevilla, y la empresa Caicedonia. -2 PALACIOS, Marco: El café en Colombia. Bogotá, 1979. Debe con­ sultarse también el libro de Hyland, coeditado por el Banco Popular

y la Universidad del Valle. También existen nuevos estudios de pro­

fesores de las universidades de Quindío, Caldas y Valle. Son de mucho interés los libros de Rafael Jaramillo Fragmentos de un diario íntimo y de su hermano Gilberto, Relatos de Gil, en los que narran las colonizaciones empresariales emprendidas por su familia en el Magda­

lena Medio, el Quindío, Risaralda y el norte del Valle del Cauca.

200 La colonización antioqueña

Gabriel Echeverri, tarjeta de visita de Pastar Restrepo, cci. 1880 (Centro de Memoria Visual, FAES).

Tierras de Gabriel Echeverri sobre el río Porce. En las riberas de la quebrada Víbora! pueden verse los nombres de los colonos (Mapoteca FAES).

sobre el río Porce. En las riberas de la quebrada Víbora! pueden verse los nombres de
sobre el río Porce. En las riberas de la quebrada Víbora! pueden verse los nombres de

lonia de los señores Calle prosperó tan rápidamente que el visitador Mon y Velarde decretó que se fun­ dase la población de Amaga (1788), repartiendo te­ rrenos entre los pobladores y delimitándola de los titiribíes con linderos imprecisos hacia las cabeceras de la Sinifaná, en donde habían sido capituladas otras tierras realengas por el español Don Juan Flores Paniagua, con una cabida de tres leguas, desde

1774. Esta concesión “Paniagua” o Cerrobravo fue

heredada por su hijo Don Carlos Paniagua, el cual

se asoció con sus cuñados Don Gregorio Uribe y el

doctor Don Ignacio del mismo apellido para iniciar

un proceso de apertura de montaña y establecimiento

de colonos pobres; así surgieron los primeros colo­ nos y rocerías de lo que hoy es Fredonia. Los señores Uribe y sus descendientes se establecieron en la zona lindante con los pobladores de Amaga y formaron con sus colonos y agregados importantes haciendas; vendieron- además algunos pedazos de montaña a vecinos de Rionegro, Envigado e Itagüí, a su vez colonizadores y pobladores de la región. Unos y otros iniciarían una cadena de especulaciones fundia- rias que conformarían entonces un grupo considera­ ble de pequeños propietarios independientes. Las familias de los Uribe Mondragón, junto con las de Escobar, Restrepo, González, Toro, Vélez y otras, conservarían la calidad de “patricias” que ya tenían en el originario valle de Aburrá, posición que perpe­ tuaron en todo el suroeste anlioqueño. Tanto Titiribí como Amaga y Fredonia, serían locos de coloniza­ ción de donde saldrían oleadas de colonizadores en rutas paralelas a las de ios rionegreros y marinillos.

Al igual que en las colonias de! sur de) Arma, ios pobladores de Amaga tendrían conflictos con su juez poblador y con los propietarios de los globos

de terrenos vecinos (con los Uribe, en 1790) y años

más tarde con un vecino de M edellín, Don José Antonio Piedrahíta, que denunció como baldías unas tierras desde el mencionado Cerrobravo hasta el río Cauca, en dirección sur: se le contestó negativamente por parte del procurador de la ciudad de Antioquia (pues eran de su jurisdicción); tal funcionario alegaba en contra de los posibles colonos de M edellín, di­ ciendo de la calidad de las tierras, lo extensas, lo bien ubicadas y que de ellas se proveían para las maderas de construcción de la ciudad capital.

En efecto, las vegas del Cauca estaban dedicadas a la ganadería en lugares corno Magallo, Sapito, El Golpe (boca de la Sinifaná), Comiá y San Mateo. Pero de estos pisos hacia arriba todo era loma y montaña espesa. Desde Cerrobravo, Amaga, Anzá

y especialmente de Titiribí, partieron colonos de

todas las clases sociales a establecerse en el cañón de la Comiá, primero, y después en la hoya del río San Juan y tierras del Barroso. Tal colonia dependió en lo político de Anzá (ciudad de Antioquia) y en

lo económico de Titiribí (Medellín). Basados en la

ley sobre realengos (propuesta en 1812 por Don José

Manuel Restrepo) los pobladores de Titiribí fueron agraciados con un gran globo de tierras en la margen izquierda de los ríos Cauca y San Juan, hasta la Cordillera Occidental. Para cuando quisieron explo­ tarlas no encontraron el título de la merced, que se les rehabilitó en 1820 por consejo del propio Restre- po. Ya seguros, tales colonos iniciaron la rotura de la montaña en la década de 1830 y cinco años después se hizo el reparto de 12 mil fanegadas entre los pobladores, teniendo como juez a un sobrino de dicho Restrepo; además el Estado se reservó para sí 10.880 hectáreas más y vendió también algunas a comerciantes de Medellín. El éxito de la colonia de Comiá motivó un agrio enfrentamiento entre los cantones de Antioquia y de Medellín, pues cada uno reclamaba para sí la juris­ dicción de la colonia y los baldíos restantes. Esta rivalidad regional no se resolvió ni con la decisión del gobernador de la provincia al dictaminar que las tierras quedaban del cantón de Medellín, pues cada uno de los distritos (Anzá y Titiribí) nombró juez para la colonia, situación que se mantuvo hasta cuando Comiá se elevó a la categoría de distrito parroquial, ya con el nombre de Concordia.

Al suroeste

La cuenca del río San Juan, desde el nacimiento hasta su boca en el Cauca, era territorio en que se movían los indios del Chamí; también algunos ne­ gros huidos de sus amos habían establecido un palen­ que desde comienzos del siglo pasado. Como ya se anotó, la margen izquierda del San Juan estaba ad­ judicada por el gobierno al cabildo de Titiribí; en este estado dos vecinos envigadeños, José María Restrepo y Don José M aría de la Calle habían subido por el río buscando minas y salados, logrando los respectivos registros. En los terrenos de Titiribí, otorgados desde tiempos de la República de Antio­ quia, todavía quedaban muchas montañas baldías; usando pues de facultades otorgadas en 1834 por el gobierno nacional para repartir terrenos a nuevos pobladores y poblaciones, la Cámara Provincial de Antioquia procedió a repartir porciones de tales bal­ díos: para mediados del siglo XIX ya se habían entregado muchos lotes a los vecinos de Comiá, se habían enajenado otros a varios particulares y dejado los más a disposición de la misma Cámara, para futuros repartos o ventas. De las entregas, muchas fueron improvisadas o desiguales, viniendo a quedar algunas familias en condiciones de agregados o peo­ nes.

En 1847, cuando se iba a practicar otro reparto en las tierras del Barroso, un afluente del San Juan, se opusieron el cura de Titiribí y Don Salvador Es­ cobar, quienes alegaban ser poseedores de un gran globo de ellas; el cabildo procedió a contratar a un abogado experto en pleitos agrarios, además de pres­ tigioso político, el doctor Pedro Antonio Restrepo

202 La colonización aniioqueña

Escobar: también como en el caso de Arma, cobraría sus honorarios en tierras.Se inició un pleito por el globo de aproximadamente 150.000 fanegadas. Las partes tranzaron y el abogado recibió 18.750 fanega­ das, de las cuales cedió 10.000 a los demandados Vélez y Escobar, y de las propias entregó algunas

a parientes y colonos, además de trazar una pobla­

ción el 9 de marzo de 1853 con el nombre de San Juan de los Andes.Todo esto lo actuó en presencia de la Junta Repartidora de Titiribí como un medio para presionar la entrega de más tierras a colonos,

ya que se acusaba a tal Junta de dar las mejores montañas a los de Titiribí y de no entregar más por falta de papel sellado. La tumba de montañas y cons­ trucción de casas avanzaba rápidamente, cuando “se hizo extender la idea de que no se les daría tierras

y entonces como un golpe de rayo todo quedó para­

la mayor parte de los individuos se han

retirado de manera que esto que en aquellos días presentaba el más hermoso aspecto, oyendo por to­ das partes el golpe de la hacha y viendo a cada paso levantarse un nuevo edificio, hoy está en una com­ pleta soledad”23. A nombre de los colonos, el funda­ dor acusaba a los de Titiribí de retener las tierras para venderlas y no para entregarlas. También entraron en escena los indios, pero para usarlos en el argumento jurídico: “En primer lugar —alegaba el mismo doctor Restrepo—estos indígenas tienen en su favor el respeto debido a esta clase ignorante, desgraciada y perseguida desde la época memorable de la Conquista; desde entonces el espa­ ñol persigue al indio y nosotros no debemos aseme­ jam os a aquellos caníbales detestables”, aclarando que los indios poseían esas tierras por más de 200 años hasta que llegaron los de Titiribí que “los han

arrojado de sus casas, de sus sembrados y han tenido que ir a buscar asilo en otras partes” (ibíd.). Presio­ nes diversas lograron una solución del gobernador; en adelante las tierras pertenecerían a varios dueños:

al doctor Restrepo, a “Gómez Restrepo y C ía.” , a

los indios del Cham í, a la

Cámara Provincial y las sobrantes a los futuros co­ lonos que quisieran establecerse. En la margen izquierda del San Juan, pues, se distinguían algunos grandes propietarios de tierras calientes y templadas, unas de compañías agrícolas

o de sujetos provenientes de las “buenas familias”

de Titiribí y Medellín; de resto, se repartieron me­

dianos y pequeños lotes en pisos templados y fríos,

a un considerable grupo de mestizos, mulatos, indios

y blancos pobres (estos últimos con fuertes lazos de parentesco con los citados grandes propietarios). Con tal reparto se logró una sociedad de pequeños agricultores independientes y casi igualitaria, en donde no sobraba la mano de obra. En ese logro tuvieron mucho que ver las instrucciones dadas por

lizado

los primeros colonos, a

23 Archivo Histórico de Antioquia volumen 2540.

Don Mariano Ospina Rodríguez sobre la forma, situa­ ción, calidad y cantidad de los terrenos para repartir.

A sí,

en esas condiciones estaban sentadas las",

bases para el cultivo del café: en 1846 se cogían e n ¡

Titiribí 14 arrobas, algo más que una carga. Por los¡ años 70 las muestras enviadas a Europa calificaron:

al café antioqueño como de calidad moka. Según estadísticas de 1875, cuando ya se exportaba al ex­ tranjero, se producían 150 cargas en el sur 182 en el suroeste, siendo los más productores Bolívar, Abe- jorral, Concordia, Salamina, Andes, Titiribí y Ma- nizales, respectivamente. Era tal el auge que para 1878 se calculaban 8.000 cargas, casi todas produ­ cidas en zonas de reciente colonización. Sorprenden

también las cifras y valores de otros productos (en especial la ganadería) en que se notan las grandes diferencias entre las regiones antioqueñas de antigua y nueva colonización, que sirven además para com­ parar el dinamismo entre estas últimas24.

Los

colonos

de

Andes

fueron

clasificados

erí>

“antiguos pobladores, poseedores actuales y solici- ' tantes actuales” pues no tenían las mismas condicio- • nes ni los mismos intereses; había quienes solo que- \ rían la explotación de minas y salados para luego :

incorporarse a la vida agraria. En cuanto a los indios, se les repartió tierras en Tapartó y Caramanta en 1

donde fracasaron como vecinos incómodos; Don Ga­ briel Echeverri, el empresario y colonizador, les donó 100 cuadras de tierras pero en la otra margen del río, y con la condición que se ubicaran allí y se ■ pusieran bajo la protección del fundador de Andes; ; así lo hicieron, quedando entonces como colonos 5 con tierra propia y como mano de obra a disposición í de los colonos vecinos. Lina vez repartidas todas las tierras útiles (solo :

quedaban 20 leguas baldías, 18 de ellas en unos ! farallones y 2 en páramo improductivo) los colonos i que se quedaron sin reparto podían optar por seri agregados o pasar al vecino Estado del Cauca. Hicie­ ron lo último, dirigiéndose primero a Riosucio jl más adelante a Guática, Mistrató, etc. Esta ruta co- i Ionizadora én tieiras del Cauca (cantón de Supía) fue menos importante que las otras, a pesar de los5 esfuerzos del doctor Palau, quien, como ya se vio, era gran defensor de la presencia colonizadora paisa en el Cauca.

Concesión Echeverri

Desde muchos años atrás una de las caracterís­ ticas de las élites antioqueñas había sido la de com­ binar actividades diversas y altamente lucrativas. Así, unos comerciantes ricos de M edellín, que ha­ bían heredado fortuna o amasado la propia durante la Independencia, viajando a Popayán y a Jamaica, tenían fuertes inversiones ganaderas en las tierras

-4

Memoria de Hacienda, 1875.

calientes de Santa Bárbara y en las recién abiertas de Fredonia. Tales, los señores Uribe Mondragón. Don Juan Santa María y Don Gabriel Echeverri, particularmente este último que era rico comerciante, contratista con el gobierno, prestamista, agricultor, ganadero y político: poseía grandes intereses gana­ deros en su finca de Túnez, en donde también explo­ taba una gran salina, cultivos de tabaco, etc. Uribe, Santa María y Echeverri, de la clase del “colonizador capitalista” de que habla Marco Pala­ cios, bien enterados del grave conflicto agrario en que estaba envuelto su copartidario y amigo Aran- zazu y del avance inevitable de colonos del sur de Medellín, manifestaron al gobierno el deseo de ad­ quirir un globo de baldíos, situado en medio de las tierras de los pobladores de Titiribí y de la llamada “Concesión Aranzazu” ; contaban con buenas hacien­ das a orillas del Cauca, las que usarían como cuartel general de donde saldrían las expediciones de colo­ nos. Habían recogido buena cantidad de vales o bonos, adquiridos poco a poco en sus propios alma­ cenes y que formaban parte de la deuda consolidada de la naciente república. Comenzaron las gestiones de adquisición desde 1831 y después de algunos errores de procedimiento, cuatro años después rema­ taron, el 23 de julio de 1835, el globo de 160.496 fanegadas en Jas “montañas de Caramanta” , pagando a un peso la fanegada (se llamaban así porque habían sido jurisdicción de la villa de Caramanta, destruida por los indios en 1a Conquista, y desde entonces montaña que también nos separaba de los cancanos).

La colonización umioqucña

203

En la negociación intervinieron el gobernador Aran­ zazu y su secretario Ospina Rodríguez; enviada la documentación a Bogotá, allí liquidó los bonos Don Florentino González y aprobó todo lo actuado el

general Santander. A los 20 días el socio Santa María fue nombrado gobernador de Antioquia. Echeverri tampoco se quedaría inactivo: exploró minas y sali­ nas, compró mejoras a unos pocos colonos estable­ cidos desde antes en su concesión e inició un camino que pasando por sus tierras de Fredonia, atravesando la montaña recién comprada, terminara en Supía:

intentaban los comerciantes de Medellín conseguir el oro de Marmato y los mercados del Cauca. Las minas de Marmato habían sido reactivadas con la llegada del francés Boussingault, amigo de Don Ga­ briel Echeverri. El francés cuenta en sus Memorias la necesidad que tuvo de mano de obra antioqueña para el trabajo en las minas y el comercio de víveres que comenzaron a llegar de Antioquia; desde enton­ ces hay presencia de antioqueños en la zona, algunos de los cuales se dedicaron a la agricultura. En pala­

bras del propio Boussingault, “en la tierra

había

que cultivar para vivir. De esta época datan mis estudios de agronomía”25. Así se expresaba el funda­ dor de la química agrícola y de la agronomía moder­ nas.

La “Concesión Echeverri” abarcaba toda la mar­ gen derecha del río San Juan desde su nacimiento

-■* BOUSSINGAULT, J.B.: Memorias, lomo 4. Banco de la República

(Ed),

1085.

/-./ intercambio tle víveres y mercancías con las tierras recién co/onisatlas se hacía en recita vde muías como ésta (fotografía de Escobar. Album de la Sociedad de Mejoras Públicas. Medellín

1910).

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204 La colonización antioqueña

hasta su boca en Cauca y éste arriba hasta la boca del Arquía y luego hasta sus fuentes. Cada socio, con su capital, emprendió explotaciones, comen­ zando por las tierras calientes muy aptas para el engorde de ganado; surgidos algunos desacuerdos liquidaron la sociedad, tocando a los herederos de Santa M aría las tierras de los actuales municipios de Jericó, Tarso y Pueblo Rico, a los de Uribe las de Valparaíso y las restantes para Echeverri. Todos ellos repartieron pedazos de tierras a quienes dedica­ ran unos días a la apertura del citado camino y con las otras iniciaron un lucrativo rosario de especula­ ciones fundiarias en vista de la fuerte demanda de pequeños lotes, al igual que en otras concesiones. Esto lleva a decir a Jaramillo Uribe que los grandes colonos antioqueños eran ante todo negociantes de baldíos ya valorizados, y a K. Christie que “la colo­ nización de una parte de la frontera antioqueña fue llevada a cabo con un notable espíritu comercial”26. Muchos colonos de Fredonia y el suroeste pla­ nearon la apertura de grandes haciendas; para ello hipotecaban sus montañas como garantía del pago de un capital pactado a altísimo interés, suministrado por financistas de M edellín, como los Villas y los Vásquez. Vencido el plazo, entregaban a sus acree­ dores las tierras ya mejoradas. Para establecer haciendas ganaderas, Don Ga­ briel acudió a contratos de “desmonte y cultivo de terrenos” como el que celebró por un término de 9 años con los envigadeños Don Luis y Don Cesáreo Ochoa: éstos se obligaban a desmontar y luego a sembrar sucesivamente maíz y pasto pará “de tal manera que cuando esté la roza de coger, esté tam­ bién crecido el pasto para poder usar de él” . Además correrían de su cuenta los gastos de las mejoras, aunque podían sacar las maderas, que tenían buena demanda para la construcción de casas, corrales y cercas. Don Gabriel se encargaba de surtirlos nuevos potreros con ganados y de suministrar la sal amarga de su salina de Túnez. En la escritura se dan instruc­ ciones precisas respecto de la madera-, de la siembra del pará en lotes contiguos, de la preservación de algunos árboles y del destino de algunos bosques27. Don Gabriel, siendo gobernador, erigió sus tie­ rras de Caramanta, en donde había ya una próspera colonia, en distrito, con autoridades y cura propios. Al igual que en otras zonas, los empresarios coloni­ zadores sostuvieron económicamente a curas que los ayudaban en sus propósitos, pasando de montaña en

montaña, de colonia en colonia para asistir espiritual­ mente a sus feligreses campesinos, y promoviendo

nos

Marmato, Supía, Anserma, Cartago, Buga, Cali y Popayán. Las guías comerciales de 1820 a 1840 muestran claramente el aumento de los mercados que habían abierto inicialmente los colonos de Son- són, Abejorral y Salamina; éstos, juntamente con los de Manizales, tendrían que compartir esos mer­ cados con los comerciantes de M edellín, que veían, gracias a la colonización antioqueña, ampliamente expandidas sus actividades.

que

a ambos lados

del río

comunicaban

con

Al norte

En 1785 el Ilustrado Don Pedro Rodríguez de

Zea visitó el valle de los Osos, por orden del gober­ nador Silvestre. Encontró una abundante población de libres de todas las clases (y algunos negros de cuadrilla), unos dispersos y otros en pequeñas ran­ cherías casi todas inmediatas a los reales de minas; también observó que la mayoría de la población estaba dedicada al laboreo de las minas siendo nota­ ble el número de mazamorreros que alternaban su actividad minera y agrícola por temporadas; los de­ más, sin otra iniciativa, fueron calificados como va­

ne­

gro” , “boliche” o naipes. Elvalle había sido ocupado

en dos etapas, primero por los mineros de Santa Fe de Antioquia (de cuya jurisdicción era) y después por gente del valle de Aburrá, cuya presencia fue la más dinámica. Algunos dueños de cuadrilla habían intentado una población, pero fracasaron por el ele­

M ede­

vado costo de los mantenimientos, traídos de

llín por pésimos caminos. El minero español Don Antonio de la Quintana, quien alegaba un dominio irregular sobre una gran porción de tierras, había vendido lucrativamente al­ gunas porciones y también había permitido que algu­ nos colonos, temporalmente, cultivaran rozas y de­

socuparan después; ni éste ni sus herederos, los Fon- negra, habían permitido que se establecieran colonos

o que se fundara una población. Por lo demás se

habían lanzado a un pleito con los señores Barrientes

y Misas por delimitación de las montañas del Yaru-

mal. Había sido nulo el intento de otorgar medianas o pequeñas mercedes de tierras. Zea propuso repartir tierras gratis a los pobladores y mazamorreros, así como a los dueños de cuadrillas. También sugirió

que se trajeran familias de mulatos de M edellín, que no tributaban y que estaban impedidos para empleos en milicias; pidió además que se abriera un camino

gos dedicados al juego de “chumbimba” , “maíz

la edificación de capillas que elevadas prontamente

a

Cáceres, lugar que se debía repoblar y que poseía

a viceparroquias luego serían parroquias indepen­

tierras las más fértiles. Silvestre acogió las propuestas

dientes.

de Zea, especialmente en cuanto a obligar a todos

Las concesiones “Echeverri” y “Aranzazu” con­

los moradores a que cultivaran rozas de por lo menos

trolaban entonces el paso de Caramanta y los cami­

4

almudes de sembradura, y además que se fundaran

4

poblaciones. Solo así se podría iniciar un proceso

26 CHRISTIE, Keith: Oligarcas, campesinos y política de Colombia. U. Nal. (Ed.), 1986.

colonizador hacia la costa, pues entre los Osos, Cá­

27 Notaría 2da. de Medellín, 1858.

ceres y Zaragoza todo eran montañas desiertas.

Bien distinta era la situación en Cáceres y Zara­ goza, visitadas en 1784 por el

Bien distinta era la situación en Cáceres y Zara­

goza, visitadas en 1784 por el regidor de Medellín Don José López de Mesa. Cáceres traficaba por el

Nechí con Zaragoza y ésta

llegaba el oro en polvo y sin quintar. La navegación peligrosa y los caminos intransitables, además del desorden de sus habitantes y de la no presencia del

estado colonial, hacían de ese “país” del Bajo Cauca una región prácticamente dependiente de Mompox

e inútil para la agricultura de colonos antioqueños. Solo algunos pobres cultivaban las vegas del río Porce, rocerías que abandonaban en verano, cuando pasaban a ser mazamorreros, enmontándose la tierra

otra vez; por eso mismo no les cobraban el terraje. En concepto de López de Mesa, “ni ciándoles la tierra trabajan” . Silvestre y Mon aceptaron las pro­ puestas de Zea, ejecutadas en parte por el primero

y reformadas y aplicadas con éxito por el segundo.

Repartieron tierras, abrieron caminos y surgieron

varias poblaciones, siendo las principales Santa Rosa de Osos, que se pobló y organizó, y Yarumal que se colonizó, pobló y fundó con vecinos de los Osos

y del valle de Aburrá. Así se iba logrando el plan

virreinal de fundar poblaciones, construir caminos

y unir regiones del Nuevo Reino de Granada.

con M ompox, adonde

La colonización nmioqueña

205

Granada. con M ompox, adonde La colonización nmioqueña 205 J Re/roiüs de un arriero y un

J

Re/roiüs de un arriero y un une sano lomados por Benjamín de la Calle a principios del siglo (Centro de Memoria Visual del FAES y Album de la Sociedad de Mejoras Públicas. Medellín,

1910).

Las gobernaciones de Cartagena y Antioquia se estaban acercando merced a los trabajos de reorde­ namiento poblacional y colonización iniciados en esa gobernación por Latorre y Miranda, continuados por fray José Palacios de la Vega; y por los iniciados en la región del norte de Antioquia por Silvestre y Mon y Velarde. Durante la guerra de Independencia, mientras los cartageneros sostenían luchas con los momposi- nos y samarios, los antioqueños, por sí mismos o incentivados por los distintos gobiernos, partiendo de Yarumal como centro de penetración, comenza­ ron a colonizar la región minera de Anorí, abriendo también una pequeña parte de las tierras de Valdivia, buscando camino para introducir ganado costeño en las nuevas zonas mineras. Pronto rivalizarían Santa Rosa de Osos y Yaru­ mal en la construcción de un camino que los llevara

a un puerto navegable. Los primeros abrieron camino

hasta el puerto de Espíritu Santo y los segundos, con Don Vicente Restrepo, lograron un camino hasta

Cáceres. Comerciantes antioqueños, estratégica­ mente ubicados en Santa Rosa de Osos, comenzaban

a penetrar los mercados costeños que antes surtían

los momposinos: tenían oro en polvo para llevar a

206 La colonización antioqueña

la costa, a cambio de ganados y mercancías; los colonos de Yarumal les vendían productos agrícolas. Así se fue configurando el norte de Antioquia, lin­ dero con la Costa y tan próspero, que para los prime­ ros años de la República ya ostentaba la categoría de Cantón de Santa Rosa. Gracias a los contactos que hizo Don Francisco Antonio Zea en Europa y a la publicidad sobre la nueva república, vinieron del viejo mundo y del Caribe algunos extranjeros interesados en el comer­ cio de herramientas o de explotación de minas. En el cantón de Santa Rosa se establecieron suecos, franceses e ingleses que compitieron entre sí; pero el más importante de los ingleses, que sentó las bases de la nueva tecnología minera, el ingeniero J. T. Moore, pidió y obtuvo un privilegio para establecer una colonia con ingleses, amparado en la nueva po­ lítica de baldíos, colonización e inmigración. Pensó primero en una colonia en Urabá, pero entró en conflicto con las élites de Santa Fe de Antioquia. Entonces M oore, aliado y protegido de los señores Vásquez y Barrientos (de Santa Rosa) decidió pedir, en 1836, el privilegio del establecimiento de la co­ lonia inglesa en el cantón vecino a la costa; obtuvo 100.000 fanegadas de baldíos en Valdivia, con terre­ nos aptos para caña, cacao y pasto y pensó traer agricultores, artesanos y mineros ingleses. Pero los vecinos de Yarumal y su cura a la cabeza se lo impidieron y fracasó tal colonia: en 1837 escribieron a la Cámara Provincial de Antioquia advirtiendo el peligro y la injusticia de un establecimiento inglés. Alegaron razones económicas, culturales, de seguri­ dad, religiosas y morales. Consideraban injusto que las mejores tierras y minas del cantón fueran para extranjeros,- y que los vecinos que ya estaban allá debieran abandonar sus rocerías, “o sujetarse a vivir continuamente atormentados en medio de una gente con quien no se tiene ni la menor simpatía. Su idio­ ma, sus costumbres y religión, todo es diferente” . Preveían un ensanche futuro de sus habitantes hacia la región de Valdivia (lo que en efecto ocurrió mu­ chos años después), advertían del peligro que ten­ drían los antioqueños si los ingleses introdujeran armas y se hicieran fuertes, posibilidad facilitada por ser colonia vecina a un río navegable, recordando situaciones anteriores y conflictivas con extranjeros en Marmato, Cartagena, Jamaica, etc. Vetaban la posible vecindad con ingleses: “Y cuántas disputas no se proporcionarán entonces a nuestros paisanos con aquellos hombres que por lo regular son muy dedicados al uso de los licores fermentados?” Tam­ bién pedían reflexionar sobre si la nueva población inglesa tenía o no una religión; y de tenerla, sería contraria. “Y quién puede asegurar la paz futura entre unos colonos protestantes y una población ca­ tólica, apostólica, romana?”28. Esta colonización

28 Archivo Histórico de Antioquia. volumen 2537.

“dirigida” fracasó y mister Moore dispuso la venta de acciones de su concesión en la Bolsa de Londres, con resultados desconocidos. Si las élites políticas de Antioquia promovían la colonización del norte buscando una salida a la costa, también las élites, pero cartageneras, pensa­ ban comunicar a la costa con Antioquia: en 1844 la Cámara Provincial de Cartagena concedió un privi­ legio al presbítero José Pío Miranda para abrir un

camino entre Ayapel y la boca del río Tarazá, frente

a la cabecera actual de Cáceres; este camino, cono­ cido como El Padrero, fue apoyado por Don Pedro

Vásquez y sus hijos y sería utilizado para las transac­ ciones mercantiles y ganaderas entre la costa y An­ tioquia, y para una colonización doble. Vásq.uez compró en 1849 un lote de 12.000 fanegadas en Valdivia y de inmediato las desmontó y cultivó; a los 3 años ya tenía varias haciendas ganaderas y entraría en conflicto con sus antiguos agricultores, que establecieron colonia aparte, surgiendo el actual municipio de Valdivia, segregado de Yarumal y Cá­ ceres. El mismo año del privilegio otorgado al padre

M iranda, la Cámara Provincial de Cartagena auto­

rizó el establecimiento de una empresa extranjera, que sería la primera de una serie de inversiones de capital francés, belga, inglés o norteamericano en la costa y Urabá. Cerca de medio siglo se fueron sucediendo empresas mineras, cacaoteras, ganaderas

y de extracción de maderas que, en su objetivo,

colonizaron grandes extensiones de baldíos en el Sinú y el San Jorge. Del Sinú pasaron a Urabá: en 1903 se autorizó la tala y explotación de maderas

de los baldíos en las cuencas de los ríos San Juan

y M ulatos, facilitando el establecimiento de hatos

ganaderos en la actual costa norte de Antioquia. La presencia firme de colonos antioqueños en la costa parece haberse iniciado apenas pasada la guerra de los Mil Días, cuando el teatro de la guerra se trasladó a esa región, con soldados rebeldes co­ mandados por el agricultor general Uribe Uribe y con los gobiernistas al mando del agricultor y empre­ sario general Pedro Nel Ospina (nietos de los ya citados colonizadores Uribes y Vásquez). Otro ali­ ciente habría sido el establecimiento de la colonia penal de Antadó, patrocinada por los Ospinas y a la cual se le concedieron baldíos que aún traspasaban los límites entre Antioquia y Bolívar, pues estaba situada en las cabeceras del río San Jorge. La primera gran presencia empresarial en la costa se manifestó con la compra de la “Sociedad francesa del río Sinú” por parte de capitalistas antioqueños, en 191329.

29 La colonización de antioqueños en la costa está en parte estudiada por Fals Borda, y Le Roy Gordon. Pero muy especialmente por Joaquín Berrocal Hoyos en La colonización antioqueña en el departamento de Córdoba, 1980.

r

Urabá y occidente

Quien quiera estudiar la colonización antioqueña en Urabá deberá tener presente que nuestra presen­ cia, si bien importante, fue tardía. Muchos años antes de las oleadas de campesinos antioqueños, ya se habían iniciado las tumbas y las sacas de maderas preciosas, y el establecimiento de ganaderías y cul­ tivos por parte de inversionistas y agricultores fran­ ceses, norteamericanos, alemanes, caucanos y sirio- iibaneses, usando brazos chilapos y chocoanos. La colonización del extremo occidente de Antio- quia y de Urabá era idea acariciada desde los prime­ ros años de la República: se presentaron interesantes propuestas viales por el sueco Hauswolff (apoyadas por el gobernador Aranzazu) que más tarde se con­ cretarían en parte con los trabajos de su cuñado Don Carlos S. de Greiff y sobre todo con las exploracio­ nes, observaciones, sugerencias y fundaciones del ingeniero inglés Don Juan H. While. Pero solamente en 1905 cuando se anexó Urabá a Antioquia (el mismo día que se segregó el “Sur” para constituir el departamento de Caldas), comenzarían los planes concretos de colonización, unas veces dirigidos y

otras, eá'p<?¡?íáfte<?£'. Esos proyectos habían tropezado siempre con el estorbo del resguardo de Cañasgor- das, con una cabida de 210.000 hectáreas inexplota­ das y con tierras especialmente fértiles en el valle del Frontino y a donde, no obstante, penetraron al­ gunos colonos que atropellaban a los indígenas. Poco después de la disolución legal de los resguardos, se inició una tímida colonización con gente de! mismo cantón de Antioquia, pero que no tuvo los resultados deseados, a pesar del impulso que el gobierno dio para solucionar los problemas nacidos de la defi­ ciente distribución de los terrenos del antiguo res­ guardo, de la concesión de otras 100.000 hectáreas entre Frontino y el A trato,- de ¡a construcción de caminos y fundación de varias colonias que prospe­ raron muy lentamente, y aun del proceso civiliz.atorio emprendido por las monjas de la madre Laura con los indios; tampoco fue aliciente para los campesinos el ofrecimiento de lotes en la ruta del proyectado ferrocarril de Urabá. Había fracasado la colonización espontánea del occidente y de Urabá y solo algunos ricos de Medellín lograban algunas aberturas en el Riosucio, muy cerca de Dabeiba. Aparte de los tra­ bajos de White, se deberán estudiar otros, como los del visitador fiscal Carlos Muñoz, el Album de la

M ar, la recientemente publicada obra

de Parsons, los escritos de Don Gonzalo Mejía y, por último, el importante plan presentado en 1949 por el agrónomo José M. Isaza en que desecha la colonización espontánea de Urabá “que en otros tiempos, otros climas y en otras circunstancias eco­ nómicas bien distintas a la actual, se desarrolló en el Quindío”30. Luego vendrían las empresas agríco­

Carretera, al

^ ISAZA M., José María y oíros: rían de colonización de Urabá (me- canogr.,) 1949.

La colonización am ioqueña

207

las de la palma africana, el banano, etc., que no serán comentadas en este trabajo.

Urrao

desde comienzos del siglo XVIII solo se fomentaría con las compras de los últimos derechos de tierras a los herederos de los conquistadores Guzmán, por parte de ricos comerciantes españoles radicados en Santa Fe de Antioquia; los principales fueron Don Bernardo Martínez y Don Juan Pablo Arrubla, el cual llegó a ser dueño de casi todo el valle de Urrao. Esta colonia fue dinámica y en 1815 ya había trazada una colonia urbana. Un nieto de Arrubia, Don Manuel Dimas del Corral, fue gran colono y logró abrir varias haciendas ganaderas; se tiene en él al hombre que más influyó para que la colonia fuera elevada a distrito independiente que pudiera disponer de sus baldíos; en efecto, a él y a otros sujetos se les había negado tierras en Frontino por ser tierras de los indios. Recibieron grandes porcio­ nes en el nuevo distrito, especialmente hacia Ocaidó, región que hasta hoy está inexplotada casi totalmen­ te, lo mismo que las jurisdicciones de Urrao, Murin- dó, Dabeiba y Mutatá limítrofes con el Chocó.

La colonización

iniciada en el valle

de

A/ oriente y al Magdalena Medio

Escasas las tierras del valle de la Marinilla y creciente su población, algunos de sus habitantes se movieron a las montañas de sus alrededores abriendo pequeñas rocerías. Para un mejor ordenamiento de ese incipiente proceso colonizador, en 1756 Reme­ dios y Marinilla fueron segregados de Mariquita y anexados a Antioquia. Las nuevas colonias fueron apoyadas positivamente, por los curas Jiménez y Po­ sada que administraron auxilios espirituales desde su curato de Marinilla. Desde entonces, unos pocos vecinos, Arbeláez, Pinedas, Gómez, Zuluagas, Du­ ques, Giraldos y Riveras fueron agraciados con con­ cesiones que miraban a las vertientes de los ríos Santo Domingo, Cocorná, Caldera, Guatapé y Sa- rnaná del Norte, que comenzaron a explotar con minas y luego con tímidos cultivos de subsistencia, apoyados en sus “clanes” familiares. Los colonos marinillos fueron menos dinámicos que sus vecinos de Rionegro y los que más prosperaron fueron aque­ llos que ayudaron a la colonización de las montañas de Sonsón. Muy importante fue la rivalidad entre los comerciantes de Medellín y Rionegro por una ruta rápida al Magdalena, de la cual nacieron los caminos de Juntas, Islitas y Palagua, usando cargue­ ros del Peñol y Marinilla. Mucha gente atrajeron los minerales de Santo Domingo, explotados casi siempre por vecinos de M edellín. Al oriente de estos minerales, y entre los ríos Ñus y Nare, la Corona otorgó una enorme con­ cesión al capitán Don Felipe Rodríguez Vivanco, vecino de Medellín (Niquía). Este explotó algunas minas y permitió el establecimiento de colonos. Se­ parado canónicamente de su esposa, entró de jesuíta,

208 La colonización anlioqueña

y las cuatro hijas ingresaron con la madre al convento

concesiones en ese camino al comerciante Don Pedro

obviamente, la población de Maceo.

 

de carmelitas de Santa Fe de Bogotá. Esta concesión fue confirmada por el virrey M essía en 1767 a la madre M aría Gregoria del Sacramento la cual, al fallecer, las dejó ei> herencia ai convento, que tuvo varios pleitos con colonos que tenían esas tierras por baldías. En los años 30 del siglo pasado hicieron inversiones en caminos y cultivos algunos capitalis­

Por último, varios y complejos conflictos agra­ rios se presentaron en la zona de la construcción del ferrocarril, en donde se involucraron 300.000 hectá­ reas. En 1872, la Unión cedió al Estado Soberano de Antioquia 200.000 hectáreas de baldíos para el fo­ mento de la inmigración, asunto que de acuerdo con

tas de M edellín, que habían comprado parte de la

la

Constitución de Rionegro competía a los Estados

inmensa concesión. De ella surgieron varias colonias que hoy son municipios.

Soberanos. Dos años más tarde y para auxiliar la construcción de la vía férrea, se otorgaron varias

El tráfico del camino a Nare empujó a varios

concesiones,

entre otras

la

de

100.

000 hectáreas

campesinos marinillos a establecer rocerías en la

más,

en los terrenos

por donde pasaría la vía “a

ruta, de las que nació la colonia de San Carlos que

ambos lados del camino y en lotes alternados de a

progresó muy difícilmente por ser colonos muy po­ bres y faltos de iniciativa. La Corona también otorgó

Elejalde y a otros, situación que llevó a la fundación del puerto de Nare en 1793, en lo que parecía el

diez mil hectáreas

El ingeniero Cisneros compró la mitad de las primera 200.000 hectáreas y se comprometió a for­

mar una sociedad anónima, agrícola y de inmigra­ ción, y conforme al contrato de construcción del

.

la

sociedad duraría 10 años. Más adelante Villa com­

despegue definitivo

de la colonización del M agda­

ferrocarril recibió otras 100.000 de la segunda con­

lena Medio. Pero San Carlos casi se extinguió cuando muchos de sus colonos pasaron a San Juan Nepomuceno de Canoas en 1799, punto más estra­ tégico en la ruta a Nare. La situación se alteró a partir de los años 60 del siglo pasado cuando se pensó en una vía mayor al Magdalena: mister Griffin trazó un “camino carretero” que saliendo de M ede­

cesión; al mes, el 7 de agosto de 1878, constituyó la “Sociedad Agrícola y de Inmigración” , con 600.000 acciones, representando 200.000 hectáreas en montañas y 100.000 pesos en capital; sus socios fueron Don Francisco de Villa Corral (hijo y nieto de los colonizadores de Urrao) y Don Jorge Bravo;

llín llegara al citado río. Pero las pequeñas colonias

pró los derechos a Bravo, y en 1885 Cisneros cedió

que se habían establecido cerca al “carretero” tam­ bién se vieron afectadas por el proyecto de un “ca­ mino de hierro” o ferrocarril que, partiendo de un punto navegable en el M agdalena, llegara a M ede­

llín,

tiernas de Nare, también segregadas de Honda (sus habitantes habían pedido la anexión desde 1832). Cuando se discutían las distintas rutas del Ferro­ carril de Antioquia, comenzaron las grandes presio­

nes de los comerciantes de Rionegro y Medellín: los primeros y el propio ingeniero Francisco Javier Cis- neros recomendaban como más técnicamente viable la ruta por el río Nare, pero los comerciantes de

hecho fuertes in­

versiones en las tierras del Porce y de la hoya del

Ñus, lograron que el trazado se hiciera conforme a sus propósitos. Las tierras del Ñus se colonizaron gracias a la obra del ferrocarril y no había una sola montaña, lote o hacienda que no fuera de propiedad de un comerciante o capitalista de Medellín; éstos tenían el control desde la propia ciudad hasta Cara­ coli (el ingeniero Cisneros calculó en 247.000 acres el valle del Ñus). Es conveniente agregar que parte de la apertura

en la región del M agdalena se facilitó

M edellín, que desde antes habían

situación ya favorecida por la anexión de las

de montañas

gracias a los leñateos que se fueron estableciendo a orillas del río, para efectos de mantener la navega­ ción. Otro factor fue el establecimiento de la colonia penal de Patrburrú, a donde fueron enviadas las pros­ titutas cuando el gobierno de Berrío decidió que esa actividad era delictiva; muy cerca de allí surgió, casi

al Estado de Antioquia sus derechos y acciones en

tal sociedad. Parte de los conflictos comenzaron con el empréstito que la Sociedad hizo al Estado de Antioquia, controversia que se solucionó 21 años después, cuando se reconstituyó de nuevo la citada sociedad, quedando como socios Villa y el departa­ mento de Antioquia, sin que hasta entonces se hubie­

ran desarrollado empresas agrícolas, ni poblaciones; tampoco se había hecho medición y entrega de los lotes. Estaba sí claro, quedos terrenos cubrían la línea del ferrocarril, desde Caracoli hasta Puerto Berrío. El departamento siempre tuvo como política

el oponerse a la mensura de los témenos y el gobierno

nacional, en consecuencia, negaba la entrega. Entre­

tanto en ellas “

sin contar para ello con la Sociedad Agrícola, mu­

chos colonos, de los cuales algunos tienen ya grandes haciendas de pastos artificiales con numerosos gana­ dos”3'. Se habían radicado allí, cerca de los caseríos

y estaciones. Todavía en la década de los años 30

de este siglo se tramitaban pleitos agrarios entre colonos (muchos de ellos ricos de Medellín) y los herederos del señor de Villa; los primeros alegaban ser baldíos los terrenos y los segundos que, en efecto sí habían explotado tierras, abierto haciendas y

traído inmigrantes extranjeros, como unos italianos, obreros del ferrocarril, que habían muerto de enfer­ medades tropicales y por tanto no podían declarar en los juicios

.se han establecido desde hace años,

MARULANDA, Jesús M.: Compilación de los principales documentos sobre la Sociedad Agrícola y de Inmigración, imprenta Oficial, 1921.