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Universidad Central del Ecuador

Facultad de Ciencias Sociales y Humanas


Sociología
Teoría Política IV

Adorno, Theodor. Mensajes en una botella


Por Hugo Montalvo

En la sociedad moderna el individuo se define a sí mismo en relación con su


pertenencia a una o varias instituciones, entendidas por Adorno como las “formaciones
reificadas en las que se han cuajado las relaciones interpersonales” (Adorno, 2003), desde la
familia hasta las empresas y las entidades estatales. Así las instituciones adquieren una
importancia tal que sus miembros las fetichizan, convirtiendo lo que en principio debe ser un
medio de socialización en motivo de asocialidad.

La abominación de los crímenes perpetrados por los nazis contra el pueblo judío creó
la necesidad de acuñar un término capaz de englobarlos y definirlos. Con el surgimiento del
concepto de genocidio “se reconoce virtualmente su posibilidad de existencia” (Adorno, 2003),
por condenable que sea, y el horror al que hace referencia se vuelve medible.

El individuo libre, abstracción propia de la ideología liberal, sólo se manifiesta en lo


concreto en los miembros de un grupo específico, la burguesía. Su existencia ideal y material
es consecuencia de la lucha de clases.

La racionalidad capitalista relativiza el sentido de pertenencia y el arraigo. Las personas


se trasladan de un lugar a otro en función de las condiciones favorables que les ofrezca el
mercado laboral (Adorno, 2003). Bajo esta misma lógica, las telecomunicaciones eliminan la
separación, confiriendo a “todas las cosas no presentes el aspecto palpable de la presencia y la
inmediatez” (Adorno, 2003). La disolución de las distancias es deshumanización.

Un requisito formal para que la mujer se vuelva una posesión del hombre es la
fidelidad a la pareja, si bien en la práctica la promiscuidad es la norma. La búsqueda de
satisfacción de las necesidades carnales de una y otro, en conflicto con la institución del
matrimonio, hace que ambos se ingenien formas de lograr lo primero sin poner en peligro lo
segundo, que se traducen en rasgos de carácter que suponemos naturales: la discreción
masculina y la astucia femenina.

El pensamiento burgués reifica medios y fines: los medios como simples datos
despojados de razón, y los fines como ideas no exteriorizables (Adorno, 2003). Dentro de esta
concepción los medios se vuelven fines (adaptación a lo establecido), y los fines aparecen
como medios (violencia). El momento en que la conciencia, por la tendencia homogeneizante
de la sociedad burguesa, se convierta en nada más que un medio, será precisamente cuando
deje de serlo, al advertir el sujeto “la incongruencia entre su desarrollo racional y la
irracionalidad de sus fines” (Adorno, 2003).