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Autoridades del Harvard Kennedy School of

Governenment, y del Carr Center for Human Rights,


responsables de la Iniciativa Latinoamericana, profesores,
estudiantes, becarios y público en general.

1
En primer lugar quiero agradecerles por invitarme a
compartir, con ustedes, este espacio de estudio, debate y,
reflexión, y también permitirme conocer este campus
dedicado al conocimiento y a aportar soluciones a los
graves problemas de la humanidad y, en particular de
nuestra América Latina.

Prensa y derechos humanos engloban numerosos tópicos,


e incluso suelen estar tan emparentados entre sí que por
momentos pueden fundirse en una misma temática.

Cuando se habla de prensa, en términos de libertad de


publicar y expresar, y de Derechos humanos, hablamos
indefectiblemente de democracia. Cuando ambos
derechos están afectados o son violados, es la carencia de
una cultura democrática, la que empieza a sobresalir.

Suele ser muy difícil concebir el respeto a los derechos


humanos con una prensa que no puede desarrollar con
fluidez y tranquilidad su verdadera razón de ser. Muchas
veces no reparamos en ello. Si bien los periodistas
solemos trabajar con el día a día, además de revisar
constantemente la historia inmediata. Investigando
injusticias cometidas en el pasado reciente o no tan
reciente, muchas veces no reparamos que el maltrato a
esos derechos esenciales es a diario. Cada vez más a
menudo para mi gusto. Y se los viola desde las propias
instituciones, o con su anuencia o desde usinas
paraestatales. Se los viola al mismo tiempo desde ambos
estamentos o en forma separada, de acuerdo al carácter del
régimen político que exista en el momento.

Ahora bien, son periodistas, en buena parte de los casos,


los primeros en investigar y denunciar esas violaciones.
Los primeros en tomar y difundir desgarradores
testimonios de las víctimas. Las que suelen desafiar el
miedo que los invade y que recibieron muchas veces a
través de la tortura o por las persecuciones y
desplazamientos de toda índole, como las acaecidas en
Colombia y que seguramente mi compañero aquí presente
podrá explicarlas más atinadamente.

Testimonios que le ponen nombre y apellido a los autores


materiales de semejantes hechos. Sobran las pruebas.
Los periodistas, concientes o no de su rol, mientras
cumplen su labor y se transforman en la primera fuente de
la historia, están así combatiendo la impunidad. Esa
impunidad que no es más que es el objetivo final para
aquellos que emprendieron una cadena criminal y para
regímenes cimentados, en la corrupción o en alguna
forma de autoritarismo.
No en vano suelen ser los periodistas el primer eslabón a
destruir, ya sea por esos regimenes autoritarios o bien por
el crimen organizado. Esto se pudo observar tanto en la
dictadura argentina -donde 84 periodistas fueron
secuestrados y desaparecidos y otros 17 asesinados- o
en México más recientemente, donde el ejercer
libremente su profesión, les costó la vida a 68
trabajadores de prensa mientras otros 11 se
encuentran desaparecidos. Y ni que qué hablar del
luctuoso balance de la prensa colombiana.

Todo por el sólo hecho de informar y dilucidar los


pormenores de los respectivos conflictos; denunciar los
abusos de poder y las irregularidades o, por ser la voz
más “incomoda” para el narcotráfico. Un delito
organizado, que en México como antes en Colombia,
dejó de convertirse en un problema para transformarse en
un flagelo que atraviesa a la toda sociedad, incluso
culturalmente, y a las instituciones.

Hoy la mayor parte de los países de América Latina no


vive bajo regimenes autoritarios tales como fueron
concebidos en la segunda mitad del siglo XX ni bajo el
yugo de dictaduras militares las que finalizaron durante la
década del 80.

No obstante, en muchos de nuestros países, las deudas


que acumula la Justicia en materia de violación a los
derechos humanos, provienen de aquella época o de bien
entrados los años 90, como el caso de Perú, donde la
impunidad y la indiferencia social frente a los abusos de
militares y la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso,
siguen reinando.

Algunas naciones, y llevadas por su propia dinámica


política, han avanzado más que otras, en materia de
juzgar esos delitos.

En Argentina por ejemplo, cuando las leyes de


Obediencia Debida y Punto Final, sancionadas primero
bajo amenazas de levantamientos militares en los albores
democráticos, y el Indulto decretado por el entonces
presidente Carlos Menem, en los años 90, parecían
garantizar la libertad para todos los culpables del llamado
“genocidio Argentino”, los organismos de derechos
humanos de ese país encontraron un resquicio ante la
Justicia para comenzar a permear la Impunidad:
comenzaron a denunciar el Robo de Niños nacidos en
Cautiverio. Un delito que violaba las leyes de Identidad
o de Adopción y que por lo tanto quedaba fuera de la letra
del Indulto. Fue así que, a partir de 1998, el dictador Jorge
Videla y otros altos militares fueron encarcelados,
mientras las innumerables causas por torturas y
desapariciones en los campos de exterminio siguieron
durmiendo el sueño de los justos por varios años más.

Por entonces, el juez español Baltasar Garzón, en medio


de los debates y el trabajo para la creación de un
Tribunal Penal Internacional, ya había comenzado a
investigar los crímenes de la dictadura chilena. Aquel
procedimiento penal terminó con Garzón sorprendiendo al
mundo. El 16 de octubre de 1998, había librado la orden
de detención de Augusto Pinochet, máximo responsable
durante su dictadura entre 1973 y 1990 de la desaparición
y asesinato de más de 3.100 personas.

Aquel episodio marcó si, una suerte de quiebre en esta


lucha entre la búsqueda de justicia contra la impunidad en
muchos de nuestros países. Hoy visto a la distancia, poco
importó que tiempo después Pinochet lograra regresar a su
país, para morir el 10 de diciembre (paradójicamente el
día internacional de los derechos humanos) de 2006,
cumpliendo una condena en su domicilio.
Aquella orden de detención de Garzón, había
significado un avance en materia de Justicia penal
internacional.

Las denuncias por violación sistemática de los derechos


Humanos en Guatemala, durante la sucesión de regímenes
militares que se dieron desde 1954 a 1986, y en Argentina,
también llegaron a fines del 98 al despacho de Garzón.

Un grupo de abogados latinoamericanos y españoles,


pugnaban por la detención y extradición del dictador
guatemalteco Efraín Rios Mont y de una larga lista de
militares guatemaltecos y argentinos acusados de haber
integrado los escuadrones de la muerte.

En el caso argentino, puntualmente, las leyes de


Impunidad, funcionaban dentro del territorio argentino.
Una vez cruzada la frontera, Garzón u otros jueces en
Italia o en Francia que llevaban años investigando la
desaparición de sus compatriotas en Argentina, podían
pedir la detención y la extradición de los acusados.
Máxime después de la detención de Pinochet en Londres.

Fue en ese contexto en el que se produjo la detención del


represor argentino devenido empresario en la Ciudad de
México, Ricardo Cavallo, a través de una investigación
periodística en agosto de 2000. Cavallo se había
desempeñado como un de los responsables de la
catacumba que funcionaba en la Escuela de Mecánica de
la Armada (ESMA), el mayor centro de exterminio de la
Dictadura. Entraba y salía del país sin problemas.
Escudado por los alias y nombres falsos que había
utilizado entre 1976 y 1981, el lapsos de su labor
represiva, y con los que había sido identificado hasta el
entonces en la Justicia. En el momento de su detención se
desempeñaba como director del Registro Nacional
Vehicular de México (RENAVE).

Cavallo, a la postre, se convirtió en el del primer represor


latinoamericano extraditado a España en el marco de la
Justicia Penal Internacional el 10 de junio de 2003.

Aquella extradición fue sobre la que, el entonces recién


asumido presidente Néstor Kirchner, comenzó a forjar su
política de derechos humanos. Todo, después de ver el
impacto internacional que aquellas imágenes del represor
esposado y llevado a España habían provocado en la
opinión pública. En parte, gracias a esa política, un
presidente débil, que había surgido de las urnas con escaso
margen de aceptación popular y que vio en los derechos
humanos –un dossier que hasta entonces en sus 12 años
como gobernador de la provincia de Santa Cruz no le
había interesado-, la posibilidad de construir
gobernabilidad y liderazgo. Un liderazgo ampliamente
reconocido hace algunos días, luego de su fallecimiento.

Kirchner decía a menudo, cuando observaba el juicio


contra Alfredo Scilingo quien había participado de los
“Vuelos de la muerte” y se había entregado por “motu
propio” ante la Justicia española, que era “un bochorno”
ver cómo se juzgaba a argentinos en tribunales extranjeros
y que los juicios se deberían celebrar en el país. Fue así
que finalmente derogó las leyes de obediencia Debida y
punto Final y dio marcha atrás con el decreto de los
indultos, a pocos meses de asumir y recién cinco años
después, el 31 de marzo de 2008, Cavallo volvió a ser
extraditado pero a la argentina, donde está siendo juzgado.

Si bien el gobierno argentino utilizó al extremo, incluso


como bandera electoral, esa concreción de un reclamo
social que llevaba décadas, hoy los juicios se realizan con
una lentitud sorprendente, aunque es importante destacar
que casi a 35 años de aquellos sucesos, comienza a
hacerse justicia y a intentar cerrar una herida abierta desde
entonces.

Y esto se debe en gran parte a la instauración de la Justicia


Penal Internacional, a la toma de consciencia de su
necesidad, aplicada a los delitos de lesa Humanidad. Un
hecho que resultó una bisagra en materia de lucha
contra la impunidad. Un antes y un después, a pesar de
que algunos países, como el caso más notorio de Estados
Unidos, se resista a reconocer plenamente las facultades
del Tribunal.

Las investigaciones y los juicios por los crímenes en


Ruanda o durante la guerra en los Balcanes, muestran que
no hay fecha de vencimiento para los crímenes de lesa
humanidad, para los asesinatos cometidos desde la
maquinaria estatal, o impulsados por algún sector
político que la controla, o bien aquellos grupos que a la
sombra del estado o por subvertir el orden violando los
tratados y convenciones.
Es esta la filosofía de los Tratados de Roma que le
dieron vida a la Justicia penal Internacional.
20 Imprescriptibilidad y materia prima periodística
La necesidad de punir este tipo de delitos aberrantes y de
perseguir la impunidad por todo el planeta.
Gracias a ello esos crímenes son y serán
imprescriptibles y extraterritoriales. Por lo cual son y
serán materia prima suficiente para nuestro trabajo. La
oportunidad constante de ratificar la responsabilidad
ética para con la opinión pública. Algo que tampoco
tiene fecha de expiración, para aquellos periodistas
dispuestos a investigar y a desafiar muchas veces los
intereses corporativos o de la propia dinámica de las
empresas periodísticas.

Y esto si, el rol de los periodistas en la investigación de


estos delitos, no es nuevo ni llegó con los Tratados de
Roma. En el año 1994, medio siglo después de que se
perpetrara una de las matanzas más importantes que
sufriera Italia durante la Segunda guerra Mundial, Eric
Priebke, el criminal de guerra Nazi, responsable de 335
asesinatos en las Fosas Ardeatinas en 1944, fue
encontrado en la Argentina por un grupo de periodistas
estadounidenses y deportado a Italia donde se lo juzgó y
aún cumple su condena.
Hace unos meses en El Salvador, Elfaro.net, dio con los
autores materiales de Monseñor Arnulfo Romero, 30
años después de que fuese asesinado en una parroquia de
San Salvador.

Ya hablamos del caso Pinochet, que a fines de los 90


ayudó a reactivar todos los resortes políticos y jurídicos
en un Chile cuyas transiciones políticas (porque Chile
tuvo varias transiciones entre 1990 y 2010), no estaban ni
preparadas ni muy dispuestas a revisar los delitos que se
habían cometido durante la dictadura.
Uruguay, país que como Chile busca hacer de la
constitucionalidad y del respeto por las políticas de Estado
una suerte de culto, había salido de su dictadura mediante
un pacto cívico militar para no revisar los crímenes de la
dictadura. Incluso en 1986, a poco de recuperar las
facultades constitucionales el parlamento había votado
una ley de caducidad por la que ninguno de esos delitos
podía ser juzgado con retroactividad. La presión de las
víctimas y el compromiso con la memoria histórica y con
muchos de sus compañeros de militancia de los gobiernos
del Frente Amplio, llevaron a comenzar a revisar todo ese
andamiaje legal. El año pasado, mediante un plebiscito se
intentó derogarlo. Pero los votos para anular la iniciativa
no fueron los suficientes. No obstante, tanto el gobierno de
Tabaré Vázquez como el actual de José Mujica,
aprovecharon los resquicios que esa norma les fue dejando
e impulsaron investigaciones de aquellos delitos
perpetrados contra uruguayos en el extranjero o de
extranjeros en el Uruguay. Por una de esas causas es que
el dictador Gregorio Alvarez fue detenido por primera vez
en 2009, 24 años después de abandonar el poder.

En cambio en Perú, esa indiferencia social, esa falta de


voluntad política de los distintos gobiernos para hacer
justicia, encontró en los periodistas una novedosa manera
de llamar la atención. Dos fotógrafas, Morgana Vargas
Llosa y Marina García Burgos, junto a la periodista
Paola Ugaz, crearon la ONG “Desvela”, apoyando el
tejido de una chalina kilométrica por parte de los
familiares de la víctima de la represión militar y de los
ataques de Sendero. En la sierra peruana, el tejido suele
ser, como se vio en algunas exhumaciones colectivas, el
único ADN posible. En la cultura incaica y andina no hay
un punto de tejido igual al otro. Es así que al ver que
algunos lograron identificar los restos de sus seres
queridos gracias a los retazos del sueter que tenían su
esposo, su hijo o su hermano a la hora de morir, el resto de
los familiares decidieron tejer y tejer para llamar la
atención de las autoridades y, en especial de la Justicia.

No obstante, todos estos ejemplos, incluso el peruano, me


animan a creer que aún en casos como el de Colombia,
con el fusilamiento a mansalva de jóvenes, presentados
oficialmente como “Falsos positivos”, no quedarán
impunes a pesar de los intentos.

Muchos de esos casos, como otros en el pasado reciente de


este conflicto que marcó las últimas décadas en ese país
fueron descubiertos gracias a trabajos periodísticos.
Fueron periodistas independientes los que sufrieron el
acoso y la persecución, de un gobierno que en su afán
por pulverizar a una guerrilla y acabar con un conflicto
armado, cometió cuanto exceso verbal, político y militar
tuvo a su alcance.

Tampoco deberían quedar impunes algunos asesinatos


cometidos en los últimos años en Venezuela, ni el acoso
y hostigamiento permanente para con los periodistas, por
parte de un gobierno siempre tentado en caer en la
intolerancia y dejándose llevar por sus vicios
autoritarios.
Como en el caso de Francisco Pérez de El Carabobeño
al que le fue prohibido ejercer su profesión durante más de
tres años, como si en vez de un trabajador de la palabra, se
tratara de un funcionario gubernamental acusado de
malversación de fondos o mal desempeño de sus
responsabilidades.

Ambos casos demuestran que en materia de autoritarismo,


en sus diversas formas, y del irrespeto a los derechos
esenciales, no existe ideología. Y ahí está el caso de
Cuba, que en septiembre pasado y después de décadas,
dejó en libertad a 52 disidentes políticos, entre ellos
varios periodistas.

Acostumbrados como estamos, la más de las veces, a


hablar de delitos de lesa humanidad, y de impunidad,
este es el fin único no sólo de quienes incurren en esos
delitos aberrantes, sino también de muchos de aquellos
gobiernos que la amparan, obstaculizando la justicia o
mirando para otro lado cuando llueven las denuncias sin
que pase nada. De esa manera la impunidad termina
siendo percibida por gran parte de la sociedad como un
mal irrelevante. Termina por almacenarse en el
inconciente colectivo como algo contra lo que es
imposible o no vale la pena luchar. A tal punto que la
violación de derechos humanos termina difuminándose
para esa sociedad.

Esos derechos básicos que se violan a diario en nuestros


países:
Hospitales sin elementos esenciales, niños que mueren
por inanición, imposibilidad de alcanzar un nivel
mínimo de educación, cárceles hacinadas, Detenciones
políticas, crímenes por abuso de autoridad y represión
policial, falta de vivienda, de trabajo…de justicia,
entre otros.
27 Impunidad y corrupción
Por algunos de esos males, o por varios juntos, la
impunidad pasa a cobijar directamente a la
corrupción. Y la corrupción, nunca está demás
recordarlo… “la corrupción mata”.

Y en muchos de nuestros países lo hace más


silenciosamente, sin el estruendo de las armas ni el
chillido característico provocado por el voltaje de una
picana eléctrica, pero con el mismo saldo de muerte. Sólo
basta ver las cifras de mortalidad infantil o a manos de la
violencia callejera por falta de inversión en salud, en
prevención y en seguridad.

Y permítanme volver a la Argentina, ejemplo que por


razones obvias tengo más cercano. Dijimos que las leyes
de impunidad se habían sellado durante el gobierno de
Carlos Menem. Desde aquellos años y hasta la actualidad
se sucedieron muchos de los mayores escándalos de
corrupción de la historia de ese país. Sólo un pequeño
porcentaje de todas las denuncias –gran parte fruto de
trabajos periodísticos- llegaron a los Tribunales. En muy
pocos casos los acusados desfilaron por los estrados y en
contadas ocasiones se pudo ver a los culpables cumpliendo
sentencia.

Y es en coyunturas como la que vive la Argentina desde


los 90 donde se corre el riesgo de que aflore en el
inconsciente colectivo ecuaciones como la siguiente:

¿Cómo va a ir a la cárcel alguien que robó un millón, 10


millones o 100 millones de dólares, si los que torturaron,
desaparecieron y mataron, fungen como buenos padres de
familia, pagan sus impuestos al día, se transforman en
empresarios de éxito y obligan a toda la sociedad a tener
que convivir con ellos?

Y esa ecuación puede cabe en uno y cada uno de los países


donde la Justicia no llega o se demora en llegar.

Hablamos de países, los nuestros que -salvo escasas


excepciones-, ponen de manifiesto una preocupante
carencia de cultura democrática. Con gobiernos que se
aprovechan de esa falta de cultura democrática en
nuestras sociedades para lograr la acumulación obscena
del poder.
Países donde no suele ser normal no respetar la libertad de
prensa, ni el derecho a pensar o discernir, sino tampoco la
independencia de la Justicia y los poderes de contralor y
con un agravante: que al igual que con la corrupción, una
gran parte de la sociedad no es conciente del por qué, es
necesario que reclame, que se manifieste a favor de que
eso no ocurra.

Aquí también, los periodistas, en mi opinión, tenemos


sobrado material de investigación y de trabajo. Cada
vez con mayor dificultad. Con las fuentes documentales
cada vez más cerradas, sin leyes que amparen nuestra
labor como la de acceso a la información o con algunos
colegas, que prefieren dejar de lado la razón de ser de
nuestra profesión –algo así como esa mosca molesta
revoloteando sobre el rostro del poder-, para participar de
pseudos proyectos periodísticos tendientes a desprestigiar
a aquel que con sus herramientas profesionales cuestiona o
demuestra las contradicciones del propio oder. Algo que
se repite últimamente en Venezuela, Ecuador o en
Argentina, y con otros matices también en Colombia. Ni
hablar de aquellos periodistas que en las redacciones de
Ciudad Juárez, Torreón o Sinaloa, ocupan un lugar para
controlar y delatar ante el narco a sus compañeros, como
lo demostró un trabajo del semanario Proceso hace
algunas semanas.

Aún así, creo que sigue valiendo la pena el dedicar este


oficio a la investigación de estos casos. No se trata sólo de
denunciar al genocida y al corrupto; muchas veces por
corrupto y genocida, no se trata sólo de buscar y encontrar
la verdad y de reparar la historia. Mucho menos de lograr
una primicia o algún renombre.
Se trata sí, de poner un grano de arena para construir
a diario esa cultura democrática indispensable para
defendernos de los abusos en tanto sociedad, sin la cual
cada vez se hace más difícil poder hablar de Nación. Se
trata nada más y nada menos que de defender, desde
nuestro humilde puesto de trabajo, la vida.