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Plan supremo de evangelización

Por Robert Coleman

Traducido por José María Blanch

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES

© Copyright 1983, Casa Bautista de Publicaciones. Este libro fue publicado originalmente en inglés por Fleming H. Revell
Company bajo el título The Master Plan of Evangelism. © Copyright 1963, 1964 por Robert E. Coleman. Las primeras dos
ediciones en español fueron publicadas por la Editorial Caribe y la Casa Bautista de Publicaciones. Traducido y publicado
con permiso. Todos los derechos reservados.

Ediciones: 1972, 1974, 1977, 1978, 1980, 1983, 1984, 1986


Novena edición: 1989
Clasificación Decimal Dewey: 269
Temas: 1. Evangelización
ISBN: 0-311-13816-0 C.B.P. Art. No. 13816
Printed in U.S.A.

CONTENIDO

PROLOGO
INTRODUCCIÓN.
CAPÍTULOS:
1. SELECCIÓN
2. ASOCIACIÓN
3. CONSAGRACIÓN
4. COMUNICACIÓN.
5. DEMOSTRACIÓN
6. DELEGACIÓN
7. SUPERVISIÓN
8. REPRODUCCIÓN
EPILOGO
BIBLIOGRAFÍA
PROLOGO
1
Bien merece el puesto de profesor de evangelismo el doctor Robert E. Coleman,
autor de este libro. Su conocimiento sobre este inquietante asunto no se debe a otra cosa
sino a la práctica de la evangelización que ha llevado a cabo en la conversión de nuevos
creyentes en Cristo.
Como en los días cuando el Señor Jesús anduvo por la tierra, los sencillos principios
que el doctor Coleman nos ayuda a descubrir en el Nuevo Testamento tienen aplicación
para las tres décadas finales de nuestro siglo XX.
Toda la América Latina está viviendo "su hora histórica" en el terreno espiritual.
Millares están recibiendo a Cristo Jesús como Señor y Salvador por medio de la fe. Sin
embargo, aún quedan millones que desconocen "la palabra verdadera del evangelio"
(Colosenses 1:5). La evangelización del mundo entero en esta generación demanda, por
tanto, discípulos del calibre bíblico que nos pinta el autor en esta obra: hombres cuya
misión en principio y método sea la que Cristo mostró con su vida.
Es inquietante la falta de visión nacional y aun mundial en muchas etapas de nuestro
historial evangélico. Pero, Plan Supremo de Evangelización demuestra que en nuestro
día es posible evangelizar a una nación entera. En verdad, al mundo entero también.
Aquí encontramos los principios que practicó y nos enseñó nuestro Maestro, el Señor
Jesucristo. ¿Puede haber plan mejor? La visión nacional y mundial, sin embargo, no
elimina en ningún momento la obra personal. La predicación a las masas reunidas en
algún estadio deportivo o plaza de toros para escuchar la Palabra de Dios, encuentra su
solidez y se desarrolla a través de la labor personal y el discipulado serio de los cristianos
en la ciudad en que se efectúe. La evangelización de las multitudes y el discipulado
individual marchan del brazo. ¡Son hermanos!
Hechos uno con Cristo y actuando como un solo Cuerpo, nuestro plan supremo personal
deberá ser, entonces, dar i conocer al que es Maestro de evangelización por excelencia.
Esto es lo que la Biblia explica como la Gran Comisión.
Vaya para la editorial, por tanto, un aplauso caluroso por escoger un libro tan vitalmente
necesario en esta hora decisiva para la iglesia de Jesucristo en los países de habla
hispana.
LUIS PALAU

Yo soy el camino. Juan 14:6

INTRODUCCIÓN

2
EL MAESTRO Y SU PLAN

El problema de los métodos de evangelización


Propósito y pertinencia: estos son los problemas cruciales de nuestra labor. Tienen
relación mutua y la significación de toda nuestra actividad dependerá en gran parte de la
medida en que logremos que ambos elementos sean compatibles. El hecho solo de que
estemos ocupados (o de que seamos hábiles) en alguna actividad no significa
necesariamente que estemos cumpliendo algún propósito. Siempre habrá que
preguntarse: ¿Vale la pena hacerlo? ¿Se cumple la tarea establecida?
Estas son las preguntas que debieran plantearse constantemente en relación con la
actividad evangelizadora de la_ iglesia. En nuestros esfuerzos por llevar adelante las
cosas, ¿estamos realmente cumplimentando la gran comisión de Cristo? ¿Vemos como
resultado de nuestro ministerio una comunidad creciente y pujante de hombres
consagrados que comunican al mundo el evangelio? No se puede negar que estamos
muy ocupados en la iglesia, afanados por llevar a cabo un programa tras otro de
evangelización. Pero, ¿estamos cumpliendo el propósito deseado?

A la función le sigue la forma


Nuestra atención se centra de inmediato en la necesidad de idear una bien madurada
estrategia de acción diaria, en función de la meta a largo alcance que nos proponemos
alcanzar. Debemos estar conscientes de cómo armoniza determinado curso de acción
con el plan general que Dios tiene para nuestra vida, si queremos que conmueva nuestra
alma con un sentido de destino. Esto es así en cualquier procedimiento o técnica que se
utilice para propagar el evangelio. Al igual que un edificio se construye de acuerdo con
un plano diseñado en función de su uso, así también todo lo que hacemos debe tener un
propósito. De lo contrario, nuestra actividad puede resultar inútil por falta de rumbo y
por confusión de metas.

Estudio de los principios


Lo anterior explica lo que ha motivado este estudio. Es un esfuerzo por descubrir los
principios que dirigieron las acciones del Maestro; con la esperanza de que nuestros
propios esfuerzos puedan conformarse a una pauta semejante. Por consiguiente, el libro
no pretende interpretar métodos específicos de Jesús en la evangelización personal o de
masas.1 Es más bien un estudio de los principios que forman el sustrato de su ministerio:
principios que determinaron sus métodos. Se le podría llamar un estudio de su
estrategia de evangelización en torno a la cual orientó su vida sobre la tierra.

Necesidad de más investigación


Causa sorpresa lo muy poco que se ha publicado acerca de este tema, aunque, desde
luego, la mayoría de los libros que tratan de métodos de evangelización contienen en
forma somera algo acerca de ello. Lo mismo podría decirse de los estudios acerca de los
métodos docentes de Jesucristo, como también de las historias generales que tratan de
su vida y obra. Probablemente el estudio más esmerado que se ha escrito hasta la fecha,
en cuanto al plan general de evangelización del Maestro, haya sido en relación con la
preparación de los discípulos. Destaca entre todos el libro The Training of the Twelve (La
Preparación de los Doce) de A. B. Bruce. Publicado por primera vez en 1871 y revisado en
1899, este relato del crecimiento de los discípulos en la presencia del Maestro, no ha sido
superado en cuanto a riqueza de ideas. Otro volumen, Pastor Pastorum, de Henry
Latham, escrito en 1890, hace hincapié sobre todo en la forma en que Jesús preparaba y
1
Entre las distintas obras que tratan de varias fases del mensaje y metodología de evangelización de Jesús, véase, por ejemplo, Así
Predicó Jesús, de Douglas M. White (Publicaciones de la Puente).
3
capacitaba a hombres, aunque resulta menos comprensivo en su análisis. Después de es-
tos primeros estudios, han aparecido unos cuantos volúmenes menores que
proporcionan ideas estimulantes siempre en relación con el mismo tema. No todos estos
volúmenes tienen el mismo punto de vista teológico evangélico, pero es interesante
advertir que coinciden cuando se trata de evaluar la característica fundamental de la
obra que Jesús realizó con los discípulos.
Lo mismo se puede decir de muchas obras prácticas acerca de diversas fases de la vida y
ministerio de la iglesia que han sido publicadas en años recientes, sobre todo de los
escritos relacionados con el movimiento creciente de testimonio laico y de grupos
pequeños dentro de la iglesia. Estamos conscientes de que estos autores no han escrito
de modo primordial desde el punto de vista de la estrategia de la evangelización; con
todo, debemos reconocer lo mucho que les debemos por tratar de los principios
fundamentales del ministerio y misión de nuestro Señor.
Sin embargo, el tema de la estrategia básica de Jesús muy pocas veces ha recibido la
atención que merece. Aunque agradecemos los esfuerzos de los que la han estudiado —
y no prescindimos de sus hallazgos—, sigue siendo apremiante la necesidad de más
investigación y aclaración, sobre todo en el estudio de las fuentes primarias.

Nuestro plan de estudio


Para comprender plenamente el plan de Jesús, debemos acudir al Nuevo Testamento y,
en especial, a los Evangelios, A fin de cuentas, son los únicos relatos de primera mano
que nos hablan del Maestro en acción (Luc. 1:2, 3; Jn. 20:30; 21:24; 1 Jn. 1:1). Es cierto que
los Evangelios se escribieron primordialmente para presentarnos a Cristo el Hijo de
Dios, y para que por fe podamos tener vida en su nombre (Jn. 20:31). Pero lo que a veces
no acertamos a ver es que la revelación de esa vida en Cristo incluye la forma cómo vivió
y enseñó a otros a vivir. Debemos recordar que los testigos que escribieron los libros no
sólo vieron la verdad, sino que la verdad los cambió. Por consiguiente, al escribir el
relato nunca dejan de hacer resaltar lo que más influyó en ellos y en otros para que
dejaran todo y siguieran al Maestro. Claro que no lo mencionan todo. Como cualquier
otro historiador, los autores de los Evangelios presentan un cuadro de conjunto,
poniendo de relieve unas pocas personas y experiencias características y haciendo
resaltar ciertos puntos vitales dentro del desarrollo de los acontecimientos. Pero en lo
que respecta a esas cosas que se seleccionan y detallan con esmero y con integridad
absoluta bajo la inspiración del Espíritu Santo, podemos tener la seguridad de que
conllevan la intención de enseñarnos cómo seguir las huellas del Maestro. Por esto, los
relatos evangélicos de Jesús constituyen nuestro mejor e infalible libro de texto sobre la
evangelización.
De ahí que el plan de este estudio es el de seguir las pisadas de Jesús, tal como se
describen en los Evangelios, sin recurrir mayormente a fuentes secundarias. Para ello se
ha examinado con detenimiento —repetidas veces y desde varios puntos de vista— el
relato inspirado de su vida, con el afán de descubrir la razón que lo indujo a llevar a cabo
su misión en la forma en que lo hizo. Sus tácticas se han analizado desde el punto de
vista de su ministerio en conjunto, con la esperanza de entender de este modo el signi-
ficado más amplio que revistieron los métodos que siguió con los hombres. Hay que
confesar que la tarea no ha sido fácil, v sería yo el primero en admitir que queda mucho
por aprender. Las dimensiones ilimitadas del Señor de Gloria no pueden en modo
alguno encerrarse en alguna interpretación humana de su perfección, y cuanto más lo
contempla uno, tanto más se da cuenta de que así es.

Cristo: ejemplo perfecto

4
No obstante de reconocer esta realidad, ningún otro estudio resulta más satisfactorio.
Por limitadas que sean nuestras facultades perceptivas, sabemos que en Jesús tenemos al
Maestro perfecto. Nunca cometió error alguno. Si bien compartió nuestra vida y fue
tentado como nosotros, no estuvo sujeto a las limitaciones de la carne de que se revistió
por nuestro bien. Aun en los casos en que decidió no utilizar su omnisciencia divina, su
mente tuvo una claridad absoluta. Siempre supo discernir la senda recta y, como hombre
perfecto, vivió tal como Dios viviría entre los hombres.

Su propósito fue claro


Los días que Jesús vivió como hombre no fueron sino la manifestación, en el tiempo, del
plan que Dios concibió desde el principio. Siempre lo tenía presente en su mente.
Quería salvar del mundo y reservarse para sí un pueblo y también edificar una iglesia del
Espíritu que nunca pereciera. Tenía puesta la mirada en el día en que su reino aparecería
con toda gloria y poder. Este mundo era suyo por creación, pero no quiso convertirlo en
su morada permanente. Sus mansiones estaban en lo alto. Fue a preparar para su pueblo
un lugar que tenía fundamento eterno en los cielos.
Nadie estaba excluido de su propósito de gracia. Su amor era universal. No nos
confundamos en cuanto a esto. Era "el Salvador del mundo" (Jn. 4:42). Dios quiso que
todos los hombres se salvaran y llegaran al conocimiento de la verdad. Para ello se
entregó Jesús a fin de ofrecer a todos los hombres la salvación del pecado, y al morir por
uno, murió por todos. Al contrario de nuestra forma de pensar superficial, en la mente
de Jesús no existió jamás distinción alguna entre misiones extranjeras y domésticas. Para
Jesús era todo evangelización mundial.

Se propuso triunfar
Toda su vida se encaminó a este propósito. Todo lo que hizo y dijo fue parte del plan
general. Su significado emanaba del hecho de que contribuía al propósito último de su
vida de redimir el mundo para Dios. Esta fue la visión rectora de su conducta. Fue la
norma de todos sus pasos. Démonos bien cuenta de ello. Ni por un momento perdió
Jesús de vista su meta.
Por esto es de suma importancia examinar la forma cómo Jesús realizó su propósito. El
Maestro puso de manifiesto la estrategia de Dios para la conquista del mundo. Tenía
confianza en el futuro precisamente porque vivió de acuerdo con ese plan en el presente.
En su vida nada hubo fortuito: no hubo energías malgastadas ni palabras ociosas. Se
dedicó a los negocios de su Padre (Luc. 2:49). Vivió, murió, y resucitó según lo previsto.
Al igual que un general planea el curso de la batalla, el Hijo de Dios hizo planes para
triunfar. No se pudo permitir el lujo de correr riesgos. Sopesó todas las alternativas y los
factores variables en la experiencia humana, después de lo cual concibió un plan que no
fallaría.

Su plan merece cuidadoso examen


Es sumamente revelador estudiarlo. Reflexionar en ello con seriedad conduce al
cristiano a conclusiones profundas y a veces abrumadoras, si bien es probable que su
plena comprensión resulte lenta y ardua. De hecho, a primera vista podría incluso
parecer que Jesús no tuvo plan alguno. Otros descubrirán una técnica particular pero no
las normas básicas. Y aquí radica una de las maravillas de esa estrategia. Es tan modesta
y silenciosa, que el cristiano atolondrado no atina a descubrirla. Pero cuando el
discípulo dispuesto llega por fin a caer en la cuenta del método general de Jesús, le
sorprende su sencillez y se pregunta cómo la pudo pasar por alto anteriormente. Sin
embargo, cuando se reflexiona acerca del plan de Jesús, la filosofía básica del mismo es

5
tan diferente de la de la iglesia moderna, que sus implicaciones resultan poco menos
que revolucionarias.
Las páginas que siguen pretenden aclarar ocho principios rectores del plan del Maestro.
Sin embargo, debe aclararse que no hay que entender los distintos elementos si se dieran
siempre en un mismo orden, como si el último no comenzara hasta tanto que los otros
estuvieran en pleno funcionamiento. De hecho, cada uno de ellos implica todos los
demás y, en cierto modo, todos comenzaron con el primero. El esquema sólo pretende
estructurar el método de Jesús y hacer resaltar la lógica progresiva de] plan. Se observará
que a medida que el ministerio de Jesús se desarrolla, los elementos se hacen más
patentes y la secuencia de los mismos se vuelve más perceptible.

Escogió a doce de ellos. Lucas 6:131

1 • SELECCION
Hombres fueron su método
Todo comenzó cuando Jesús invitó a unos pocos hombres a que lo siguieran. De
inmediato puso así de manifiesto el camino que habría de seguir su estrategia
evangelizadora. No se preocupó por programas con los cuales llegar a las multitudes,
sino por los hombres a quienes las multitudes habrían de seguir. Por extraño que
parezca, Jesús comenzó a reunir a estos hombres aún antes de organizar una campaña de
evangelización o de siquiera predicar un sermón en público. Los hombres constituirían
su método para ganar al mundo para Dios.
El propósito inicial del plan de Jesús fue reclutar a hombres que pudieran dar testimonio
de su vida y completar su obra después de que él regresara al Padre. Los primeros a los
que Jesús invitó, cuando abandonó el escenario del gran avivamiento del Bautista en
Betania, más allá del Jordán, fueron Juan y Andrés (Jn. 1:35-40). Andrés a su vez trajo a
su hermano Pedro (Jn. 1:41, 42). Al día siguiente, Jesús encontró a Felipe cuando iba
hacia Galilea, y Felipe encontró a Natanael (Jn, 1:43-51). No hay indicios de
apresuramiento en la selección de estos discípulos; sólo descubrimos decisión. Jacobo, el
hermano de Juan, no se menciona como parte del grupo sino hasta que los cuatro
pescadores reciben el llamamiento meses más tarde junto al mar de Galilea (Mar. 1:19;
Mat. 4:21). Poco después, cuando Jesús pasó por Capernaum, invitó a Mateo para que le
siguiera (Mat. 9:9; Mar. 2:13, 14; Luc. 5:27, 28). Los detalles que rodearon el llamamiento
de los otros discípulos no se mencionan en los Evangelios, pero se cree que todos ellos
fueron llamados en el primer año del ministerio del Señor.2
Como era de esperarse, estos esfuerzos iniciales por ganar almas tuvieron muy poco o
ningún efecto en la vida religiosa de ese tiempo, pero esto no importó mucho. Los pocos
conversos que el Señor hizo, al comienzo, estaban destinados a ser los líderes de la
iglesia que había de ir por todo el mundo con el evangelio; y desde el punto de vista de
su propósito final, el impacto de sus vidas se haría sentir por toda la eternidad. Y esto es
lo único que cuenta.

Hombres ansiosos de aprender


Lo más revelador acerca de estos hombres es que al principio no nos causan la impresión
de que fueran hombres clave. Ninguno de ellos ocupaba un lugar prominente en la
2
Un requisito para ser apóstol, que se menciona en Hch. 1:21, 22, es el haber estado con Jesús "comenzando desde el bautismo de Juan
hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba". Si bien esto no nos dice desde qué punto de la obra bautismal de Juan
debemos de comenzar a contar (desde luego que no desde el principio ni del bautismo del Señor), sí indica que se trata de una
asociación temprana de todos los apóstoles con Jesús, quizá a partir del encarcelamiento de Juan el Bautista.
6
sinagoga, ni pertenecía alguno de ellos al sacerdocio levítico. En su mayoría eran
trabajadores comunes, que probablemente no tenían preparación profesional que no
fuera los rudimentos de conocimientos necesarios para su vocación. Quizá unos pocos
procedían de familias de ciertos recursos, tales como los hijos de Zebedeo, aunque nin-
guno de ellos pudo haberse considerado rico. No tenían títulos académicos en las artes y
la filosofía de la época. Al igual que su Maestro, su educación formal la consiguieron
probablemente en las escuelas de la sinagoga. La mayoría de ellos creció en la región
pobre del país alrededor de Galilea. Al parecer, el único de los doce oriundo de la región
más culta de Judea fue Judas Iscariote. Cualquiera que sea el criterio cultural que se
aplique, tanto de entonces como de ahora, habría que considerarlos más bien como un
grupo de personas toscas. Uno podría preguntarse cómo iba a poder servirse Jesús de
ellos. Eran impulsivos, temperamentales, susceptibles, y tenían todos los prejuicios del
medio ambiente. En resumen, estos hombres que nuestro Señor seleccionó para que
fueran sus ayudantes, representaban bien a la sociedad de la época. Pero no constituían
un grupo del cual se pudiera esperar que fuera a ganar el mundo para Cristo.
Con todo, Jesús vio en estos hombres sencillos la capacidad de liderazgo para el reino.
Eran realmente "hombres sin letras y del vulgo" según el criterio del mundo (Hch. 4: 13),
pero eran moldeables. Aunque a menudo de juicio errado, y lentos para comprender las
cosas espirituales, eran hombres honrados, dispuestos a confesar su necesidad. Sus
modales quizás fueran toscos y sus capacidades limitadas; pero a excepción del traidor,
eran de gran corazón. Quizás lo más significativo de ellos era su anhelo sincero de Dios y
de las realidades de la vida divina. Lo superficial de la vida religiosa que los rodeaba no
había adormecido sus esperanzas del Mesías (Jn. 1:41, 45, 49; 6:69). Estaban hartos de la
hipocresía de la aristocracia dirigente. Algunos de ellos ya habían entrado a formar parte
del movimiento de avivamiento de Juan el Bautista (Jn. 1:35). Buscaban a alguien que los
guiara por el camino de la salvación. Maleables en las manos del Maestro, podían ser
modelados según una imagen nueva: Jesús puede servirse de todo el que desea ponerse a
su servicio.

Concentración de unos pocos


Por darle atención a este hecho, sin embargo, no queremos pasar por alto la verdad
práctica de cómo lo hizo Jesús. En ello radica la sabiduría de su método, y al fijamos en
él, volvemos una vez más al principio fundamental de la concentración en aquellos que
quería fueran sus instrumentos. No se puede transformar al mundo a menos que se
transforme a los individuos que lo componen; y este cambio individual no se dará sino
únicamente cuando éstos sean modelados por las manos del Maestro. Es evidente, pues,
no sólo la necesidad de seleccionar a unos pocos hombres, sino también la de mantener
al grupo lo suficientemente reducido como para poder trabajar con ellos eficazmente.
Por consiguiente, a medida que el grupo de seguidores de Jesús crecía, —hecho que
ocurrió a la mitad de su segundo año ministerial—, se hacía necesario reducir el grupo
escogido a un número más manejable. En consecuencia, Jesús "llamó a sus discípulos, y
escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles" (Luc. 6:13-17; cp. Mar. 3:13-
19). Aparte del significado simbólico que se le prefiera dar al número doce3, es evidente
3 2
Se ha tratado de explicar de diversas maneras por qué sólo doce discípulos fueron llamados apóstoles, cuando Jesús hubiera podido
escoger más o haber preferido menos, pero probablemente la teoría más admisible sea la de que el número doce indica una relación
espiritual del grupo apostólico con el reino mesiánico de Dios. Tal como lo expresa Edwin Schell: "Doce es el número del Israel espiritual.
Ya sea que se encuentre en los doce patriarcas, en las doce tribus, o en los doce fundamen tos de las doce puertas de la Jerusalén
celestial, el número doce simboliza siempre que Dios mora en medio de la familia humana — la interpenetración de la divinidad con el
mundo", (Schell, Traits of the Twelve, p. 26; cp. (esta abreviatura se usa en algunos lugares con el sentido de "compárese"). A. B. Bruce,
The Training of the Twelve, p. 32). Es muy posible que los apóstoles vieran en el número doce un significado más literal, y al principio
edificaran en torno al mismo esperanzas engañadoras de la restauración de Israel en el sentido político. Con toda certeza estuvieron
conscientes del lugar que ocupaba cada uno dentro de los doce y tuvieron cuidado de llenar la vacante que produjo la pérdida de Judas
(Hch. 1:15-26; cp. Mt. 19:28). Una cosa es cierta, sin embargo; el número doce sirvió para hacer comprender a esos escogidos lo
importante que eran en la obra futura del reino.

7
que Jesús quiso que estos hombres tuvieran privilegios y responsabilidades únicas en la
obra del reino.
Esto no quiere decir que la decisión de Jesús de tener doce apóstoles excluyera que otros
lo siguieran, porque, como sabemos, tuvo muchos más asociados, algunos de los cuales
llegaron a ser obreros muy eficaces en la iglesia. Los setenta (Luc. 10:1); Marcos y Lucas,
los evangelistas; Santiago, su propio hermano (1 Cor. 15:7; Gal. 2:9, 12; cp. Jn. 2:12 y 7:2-
10), son ejemplos notables de esto. Con todo-, debemos reconocer que la prioridad
otorgada a los que no formaban el grupo de los doce fue cada vez menor.
La misma norma se podría aplicar a la inversa, porque dentro del grupo apostólico,
Pedro, Santiago y Juan parecieron disfrutar de una relación más especial con el maestro
que los otros nueve. Sólo estos pocos privilegiados pudieron entrar en la habitación de la
hija de Jairo (Mar. 5: 37; Luc. 8:51); sólo ellos ascendieron con el Maestro para
contemplar su gloria en el monte de la Transfiguración (Mar. 9: 2 ; Mat. 17:1; Luc. 9:28); y
entre los olivos de Getsemaní, con sus sombras nefastas a la luz de la luna llena de la
Pascua, sólo estos miembros del grupo íntimo estuvieron más cerca de su Señor en
oración (Mar. 14:33; Mat. 26: 37). Es tan notable la preferencia demostrada hacia estos
tres que de no haber sido por la falta de egoísmo tan evidente en la persona de Cristo,
hubiera despertado resentimiento en los otros apóstoles. El hecho de que no se mencio-
na en ninguna parte que los otros discípulos se quejaron de la preeminencia de los tres,
aunque sí murmuraran de otras cosas, es prueba de que cuando se demuestra
preferencia por la razón adecuada y en el espíritu justo nadie se siente ofendido4.
El principio aplicado
Todo esto ciertamente le deja a uno la impresión de que Jesús tuvo una forma
premeditada de dedicar su vida a los que quería preparar. También ilustra en forma
gráfica un principio fundamental de la enseñanza: que en igualdad de circunstancias,
cuanto menor es el tamaño del grupo al que se le enseña, tanto mayor es la oportunidad
para impartir una instrucción eficaz.5
Jesús dedicó la mayor parte de la vida que le quedaba en la tierra a estos pocos
discípulos. Literalmente consagró todo su ministerio a ellos. El mundo podría mostrarse
indiferente hacia él y, con todo, no hacer fracasar su estrategia. Ni siquiera le preocupó
gran cosa el que sus seguidores marginales lo abandonaran cuando se les propuso el
verdadero significado del reino (Jn. 6:66). Pero no pudo soportar que sus discípulos
íntimos no comprendieran su propósito. Tenían que entender la verdad y ser
santificados por ella (Jn. 17:17) o, de lo contrario, todo se perdería. Por esto oró no "por el
mundo" sino por los selectos que Dios le dio (Jn. 17:6, 9). 6 De la fidelidad de ellos
dependía todo, si es que el mundo habría de creer en él "por la palabra de ellos" (Jn.
17:20).

No descuidar al pueblo
Sería erróneo, sin embargo, basarse en lo dicho para afirmar que Jesús se olvidó de las
masas, pues no fue así. Jesús hizo todo lo que se le podía haber pedido a un hombre, y
aún más, para llegar a las multitudes. Lo primero que hizo al comenzar su ministerio fue

4
"Henry Latham sugiere que la selección de estos tres sirvió para hacer comprender a todo el grupo la necesidad de la "abne gación
propia". Según su análisis, tuvo como propósito demostrar a los apóstoles que "Cristo daba la responsabilidad que quería a quien
quería; que en el servicio de Dios es honor suficiente poder servir; y que nadie ha de sentirse descorazonado porque vea que a otro se le
asigna un trabajo que parece más elevado que el propio". Latham, Pastor Pastorum, p. 325.
5
El principio de concentración del que es ejemplo el ministerio de Jesús no lo inició. desde el comienzo ésta había sido la estrategia de
Dios. El antiguo Testamento menciona como Dios escogió a la nación relativamente pequeña de Israel por medio de la que quiso llevar
a cabo su propósito redentor del género humano. Incluso dentro de la misma nación, el liderazgo estuvo concentrado de ordinario en
unos grupos familiares, especialmente la rama davídica de la tribu de Judá
6
La oración sacerdotal de Cristo en el capítulo 17 de Juan tiene una importancia especial a este respecto. De los 26 versículos de la oración,
14 se refieren en forma inmediata y directa a los doce discípulos (Jn. 17:6-19).
8
identificarse en forma visible con el gran avivamiento espiritual popular de su tiempo,
por medio del bautismo de manos de Juan (Mat. 3:13-17; Mar. 1:9-11; Luc. 3:21, 22), y
posteriormente proclamó y ensalzó la obra de este gran profeta (Mat. 11:7-15; Luc. 7:24-
28). Predicó sin cesar a las multitudes que seguían su ministerio milagroso. Les enseñó.
Los alimentó cuando tuvieron hambre. Curó a los enfermos y echó de ellos a los
demonios. Bendijo a los niños. A veces pasó días enteros dedicados a servirlos, hasta el
extremo de que "ni aun tenían tiempo para comer" (Mar. 6:31). En todas las formas
posibles, Jesús mostró una preocupación sincera por las multitudes. Ellos eran los que
había venido a salvar: los amaba, lloró por ellos, y por fin murió para salvarlos del pe-
cado. Nadie debería pensar que Jesús desatendió la evangelización de las masas.

Entusiasmo de las multitudes


De hecho, el poder de Jesús para impresionar a las multitudes creó un problema serio en
su ministerio. Produjo tanto efecto el manifestarles su compasión y poder, que en una
ocasión quisieron "apoderarse de él y hacerle rey" (Jn. 6:15). Los seguidores de Juan el
Bautista fueron a informar al profeta que "todos" acudían a Jesús (Jn. 3:26). Incluso los
fariseos admitieron entre sí que el mundo se iba tras él (Jn. 12:19), y por desagradable
que fuera admitirlo, los sumos sacerdotes estuvieron de acuerdo con esta opinión (Jn.
11:47, 48). Sea como fuere que uno lo mire, el relato evangélico ciertamente no indica
que Jesús careciera de seguidores entre las masas, a pesar de que la lealtad de éstas fue
vacilante, y así continuó hasta el fin. En realidad, fue precisamente el temor de este
sentimiento popular amistoso por Jesús lo que indujo a sus denunciantes a apoderarse
de él a escondidas del pueblo (Mat. 21:26; Mar. 12: 12; Luc. 20:19).
De haber estimulado Jesús en lo mínimo este sentimiento popular entre las multitudes,
fácilmente hubiera podido tener a su disposición todos los reinos terrenales. Lo único
que hubiera tenido que hacer era satisfacer con su poder sobrenatural los apetitos y
curiosidades temporales del pueblo. Esta fue la forma en que Satanás lo tentó en el
desierto cuando lo incitó a que convirtiera las piedras en panes, y a que se echara abajo
del pináculo del templo para que Dios lo sostuviera (Mat. 4:1-7; Luc. 4:1-4, 9-13). Estos
hechos espectaculares sin duda hubieran suscitado el entusiasmo de las multitudes. Por
otra parte. Satanás no le ofreció nada extraordinario a Jesús cuando le prometió todos
los reinos del mundo si el Maestro lo adoraba (Mat. 4: 8-10). El astuto engañador de los
hombres sabía muy bien que Jesús hubiera conseguido todo esto en forma automática si
no hubiera concentrado sus energías en lo que concernía al reino eterno. (Estos
comentarios, sin embargo, no intentan sugerir que en la tentación no entrara más ele-
mento que este, sino destacar que la tentación apelaba tanto a la estrategia de Jesús para
la evangelización mundial como al propósito espiritual de su misión.)
Pero Jesús no actuaba para espectadores. Al contrario, en muchas ocasiones se esforzó
por calmar el apoyo popular y superficial de las multitudes que su poder extraordinario
había suscitado (p. ej. Jn. 2:23-3:3; 6:26, 27). En varias ocasiones pidió a los que habían
recibido la ayuda de su poder sanador que no lo propagaran, para así evitar
demostraciones masivas de las multitudes tan impresionables. 7 Asimismo, a los
discípulos, después de que vieron la transfiguración en el monte "mandó que a nadie
dijesen lo que habían visto" sino hasta después de la resurrección (Mat. 17:9; Mar. 9:9).
En otras ocasiones, cuando la multitud lo aclamaba, Jesús se retiraba con los discípulos
hacia otro lugar para continuar su ministerio. 8
7
Ejemplos de esto los tenemos en el caso del leproso (Mt. 8:4; Mr. 1:44, 45; Luc. 5:14-16); de los librados de espíritus in mundos junto al
mar de Galilea (Mr. 3:11, 12); de Jairo después de ver a su hija resucitada (Mr. 5:42, 43; Luc. 8:55, 56); de los dos ciegos que recuperaron
la vista (Mt. 9:30); y del ciego de Betsaida (Mr. 8:25, 26).
8
Algunos ejemplos de esto se hallan en Mt. 8:18, 23; 14:22, 23; 15:21, 39; 16:4; Mr. 4:35, 36; 6:1, 45, 46; 7:24—8:30; Luc. 5:16; 8:22: Juan
1:29-43; 6:14, 15; y otros.
9
Esta actitud suya a veces molestaba a sus seguidores, los cuales no comprendían su
estrategia. Incluso sus propios hermanos y hermanas, quienes todavía no creían en él, lo
incitaron a abandonar esta actitud y a manifestarse al mundo, pero no quiso aceptar tal
indicación (Jn. 7:2-9).
Pocos parecieron entender
Frente a tal actitud, no sorprende el hecho de que poca gente se convirtiera durante el
ministerio de Cristo, es decir, en una forma clara. Desde luego, muchos de entre las
multitudes creyeron en Cristo en el sentido de que su ministerio divino les pareció
aceptable,9 pero relativamente pocos captaron el significado del evangelio. Quizá el
número total de los que todavía lo seguían al final de su ministerio terrenal no excedía
en mucho los 500 hermanos a los que Jesús se apareció después de la resurrección (1 Cor.
15:6), y sólo unos 120 permanecieron en Jerusalén para recibir el bautismo del Espíritu
Santo (Hch. 1:15). Si bien este número no es pequeño si se considera que su ministerio
activo sólo duró unos tres años, con todo, si uno midiera la eficacia de su evangelización
por el número de conversos, Jesús, sin duda, no podría ser considerado como uno de los
evangelizadores populares más productivos de la iglesia.

Su estrategia
¿Por qué Jesús consagró su vida en forma deliberada a un número tan reducido de
personas? ¿No fue su venida para salvar al mundo? Resonando todavía en los oídos de
las multitudes el glorioso anuncio de Juan el Bautista, el Maestro hubiera podido
fácilmente conseguirse miles de seguidores si lo hubiera querido. ¿Por qué, pues, no
trató de aprovecharse de esas oportunidades para conseguirse un ejército poderoso de
creyentes que conquistara el mundo por asalto? Sin duda el Hijo de Dios hubiera podido
adoptar un programa más atractivo para reclutar a las masas. ¿No resulta acaso
descorazonador que alguien que posee todo el poder del universo viviera y muriera para
salvar al mundo y, con todo, a fin de cuentas, dispusiera sólo de unos pocos discípulos de
poco valor como resultado de sus esfuerzos?
La respuesta a esta pregunta pone inmediatamente de relieve el verdadero propósito del
plan evangelizador de Jesús. El no quiso impresionar a las multitudes sino introducir un
reino. Esto significó que necesitaba hombres que pudieran ser líderes de las multitudes.
¿De qué hubiera servido para su objetivo final el suscitar el entusiasmo de las multitudes
y hacer que lo siguieran si esa misma gente no iba luego a tener quien los dirigiera e
instruyera en el Camino? Se había demostrado en un sinnúmero de ocasiones que las
multitudes son presa fácil de los dioses falsos cuando no hay quien las cuide. Las masas
eran como ovejas indefensas, descarriadas y sin pastor (Mat. 9:36; 14:14; Mar. 6:34).
Estaban dispuestas a seguir a quien se presentara con promesas que los favorecieran, ya
fuera éste amigo o enemigo. Esta era la tragedia de ese tiempo: Jesús despertaba
fácilmente las nobles aspiraciones de la gente, pero con la misma facilidad las apagaban
las falaces autoridades religiosas que la dominaban. Los líderes de Israel,
espiritualmente ciegos (Jn. 8:44; 9:39-41; cp. Mat. 23:1-39), aunque relativamente pocos
en número10, tenían dominada por completo a la gente. Por esta razón, a menos que a los

9
Ejemplos de esto se hallan en Mt. 14—17; 21:8-11; Mr. 11: 8-11; Luc. 14:25-35; 19:36-38; Jn. 2:23-25; 6:30-60; 7:31-44- 11: 45, 46; 12-
11; 17—19.
10
• Los fariseos y los saduceos eran los líderes principales de Israel, aparte de las fuerzas romanas de ocupación, y toda la vida
religiosa, social, educativa, y hasta cierto punto, política de los aproximadamente dos millones de personas que vivían en Palestina,
estaba moldeada de acuerdo con su querer. Con todo, el número de personas que pertenecían al grupo fariseo, com puesto casi
exclusivamente de rabinos y de gente acomodada, según el cálculo de Josefo (Ant., XVII, 2, 4), no excedía los 6.000; el número de
saduceos, por otro lado, en su mayor parte familias de los sumos sacerdotes y del Sanedrín, probablemente no excedía unos pocos
centenares. Cuando se piensa que este grupo reducido de privilegiados de menos de 7.000 personas, que representaba alrededor de un
tercio del uno por ciento de la población de Israel, dirigía el destino espiritual de la nación, no es difícil comprender por qué Jesús habló
tanto de ellos, al mismo tiempo que enseñó a sus discípulos la necesidad estratégica de disponer de mejores líderes.
10
convertidos de Jesús se les dieran hombres de Dios competentes que los dirigieran y
protegieran en la verdad, muy pronto iban a caer en la confusión y desesperación, y su
condición final sería peor que la de antes de conocer a Jesús. Por consiguiente, para que
el mundo pudiera recibir ayuda permanente, se hacía necesario preparar a hombres que
pudieran dirigir a las multitudes en las cosas de Dios. Jesús fue realista. Se dio perfecta
cuenta tanto de la veleidad de la depravada naturaleza humana como de las fuerzas
satánicas confabuladas contra el hombre, y por este conocimiento basó su evangelismo
en un plan que satisficiera la necesidad. Las multitudes de almas desentonadas y
errantes estaban potencialmente dispuestas a seguirlo, pero Jesús no estaba en
condiciones de dar a cada una de ellas el cuidado individual y personal que necesitaban.
Su única esperanza era conseguirse hombres llenos de él y de su vida que hicieran esto
en su nombre. Por esta razón se concentró en aquellos que iban a ser los pioneros de este
liderazgo. Aunque hizo lo que pudo por ayudar a las multitudes, quiso dedicarse
primordialmente a unos pocos hombres, y no a las masas, a fin de que éstas pudieran, en
último término, salvarse. Esto fue lo genial de su estrategia.

Aplicación actual del principio


Con todo, por extraño que parezca, en la práctica apenas si se comprende actualmente el
principio de Jesús. La mayor parte de los esfuerzos que la iglesia realiza para evangelizar
comienzan por las multitudes, en el supuesto de que la iglesia está en condiciones de
conservar todo lo bueno que se hace. El resultado es nuestra espectacular insistencia en
el número de convertidos, candidatos para el bautismo, y más miembros para la iglesia,
con poco o ningún interés genuino por fundamentar a estas almas en el amor y poder de
Dios, y mucho menos por la conservación y continuación de la obra.
No cabe duda de que si el ejemplo de Jesús a este respecto significa algo, nos enseña que
el primer deber del pastor y la primera preocupación del evangelizador es velar por echar
el fundamento al comienzo mismo, de modo que sobre él se pueda edificar un
ministerio evangelizador eficaz y continuado entre las multitudes. Esto exigirá más
concentración de tiempo y talentos en unos pocos hombres en la iglesia aunque sin
olvidar la pasión por el mundo. Significará intensificar la preparación de líderes "para la
obra del ministerio en unión con el pastor (Ef. 4:12).11
Unos cuantos consagrados así, con el tiempo sacudirán al mundo para Dios. El triunfo
nunca lo consiguen las multitudes.
Algunos quizá objeten este principio cuando lo practica el obrero cristiano, por razón de
que con ello se muestra favoritismo hacia un grupo selecto dentro de la iglesia. Pero sea
así o no, es cierto que Jesús así lo hizo, y sigue siendo necesario, si se quiere disponer de
un liderazgo preparado permanentemente. Cuando se practica con un espíritu genuino
de amor hacia toda la iglesia, y se manifiesta la debida preocupación por las necesidades
de todos, por lo menos se pueden armonizar las objeciones con la misión que se lleva a
cabo. Sin embargo, la meta final debe resultar completamente clara para el obrero, y no
ha de haber en él ni aun mínima sospecha de parcialidad en las relaciones con los
demás. Todo lo que se hace con esos pocos es para la salvación de las multitudes.

11
Esta idea se percibe con claridad en la traducción de Efesios 4:11 y 12 en la Versión Revisada 1960, la cual dice: "V él mismo
constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para
la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo". Otras versiones modernas indican el mismo significado básico, por
ejemplo, Versión Moderna, Versión Popular, Versión Hispano-Americana, Biblia de Jerusalén, Versión Nacar-Colunga. Las tres
cláusulas del versículo 2 dependen cada una de la anterior, siendo la última el punto culminante. Según esta
interpretación, Cristo dio a algunos en la iglesia un don especial con el fin de perfeccionar a los santos para que realicen un
servicio específico personal dentro del único gran propósito de edificar el cuerpo de Cristo. El ministerio de la iglesia se considera como
obra que comprende a todos los miembros del cuerpo ( cp. ICo. 12:18 y 2 Co. 9:8). Lutero hace resaltar esta misma idea en su
comentario de "Efesios".

11
Demostración moderna
Este principio de selección y concentración está grabado en el universo, y producirá
resultados sea quien fuere el que lo practique, sea que la iglesia crea en él o no. No
carece de significado el que los comunistas, siempre listos a adoptar lo que produce
resultados, incorporan en su sistema este método del Señor. Empleándolo para su
propio fin, se han multiplicado y, de un puñado de fanáticos hace setenta y cinco años,
han pasado a ser a una vasta multitud de seguidores que esclaviza a la mitad de los
pueblos de la tierra. Han demostrado en nuestros días la validez de lo que Jesús puso en
práctica con tanta claridad en su tiempo, a saber, que se puede ganar con facilidad a las
masas si se tienen líderes a quienes seguir. ¿Acaso esta difusión de la filosofía comunista
no es, en cierta medida, una acusación a la iglesia, no sólo por su floja dedicación a la
evangelización, sino por la forma superficial en que la ha enfocado?

Tiempo de acción
Ya es hora de que la iglesia se enfrente en forma realista a la situación. Se están acabando
los días de superficialidades. El programa de evangelización de la iglesia ha fracasado en
casi todos los frentes. Lo que es peor, el empuje misionero del evangelio hacia nuevas
metas ha perdido en gran parte su fuerza. En muchos países la iglesia debilitada ni
siquiera aumenta en proporción al crecimiento de la población. Mientras tanto, las
fuerzas diabólicas de este mundo se vuelven cada vez más osadas en sus ataques. Resulta
irónico cuando uno se detiene a pensarlo. En esta era en que la iglesia dispone más que
nunca de facilidades para la rápida difusión del evangelio, estamos en realidad
consiguiendo menos en la conquista del mundo para Dios que antes del invento de la
radio, la televisión y la aviación.
Al valorar la situación trágica en que se encuentra la iglesia hoy, no debemos, sin
embargo, tratar en forma frenética de cambiar de la noche a la mañana el curso de los
acontecimientos. Quizá este haya sido nuestro problema. En nuestro afán de hacerle
frente a esta situación, hemos iniciado uno tras otro programas agresivos para llegar a
las masas con la Palabra salvadora de Dios. Pero lo que no hemos acertado a comprender
en nuestra frustración es que el verdadero problema no está en las masas: en lo que
creen, cómo se gobiernan, si reciben una alimentación adecuada o no. Todas estas cosas
que se consideran tan vitales las manipulan en último término otros. De manera que,
antes de que podamos resolver el problema de la explotación de los pueblos, debemos
alcanzar a aquellos a quienes la gente sigue.
Este, desde luego, indica la prioridad de ganar y preparar a aquellos que ya están en
posiciones responsables de liderazgo. Pero si no podemos comenzar desde arriba, por lo
menos comencemos donde estamos, y preparemos a unos cuantos de los que ahora
están en cierne para que después lleguen a ocupar cargos elevados. Y recordemos
también que no es preciso poseer el prestigio del mundo para ser de gran utilidad en el
reino de Dios. Quienquiera que esté dispuesto a seguir a Cristo puede llegar a poseer una
gran influencia en el mundo, suponiendo, desde luego, que esta persona tenga la
preparación adecuada.
Ahí es donde debemos comenzar, como lo hizo Jesús. Será lento, aburrido, doloroso, y es
probable que al principio los hombres ni le presten atención; pero el resultado final será
brillante, aunque no vivamos para verlo. Sin embargo, si se considera desde este punto
de vista, se hace necesaria una decisión sumamente importante en el ministerio. Uno
debe decidir en qué esfera quiere que tenga valor el ministerio: si en la del aplauso
momentáneo de la aclamación popular, o en la de reproducción de su vida en unos
pocos escogidos que proseguirán la obra cuando uno ya no esté. En realidad el problema
se reduce a decidir para qué generación vivimos.

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Pero debemos proseguir. Es necesario ver ahora cómo Jesús preparó a sus hombres para
continuar su obra. Toda la pauta es parte del mismo método, y no podemos separar una
fase de la otra sin destruir su eficacia.

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