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1 Gregorio Samsa Gregorio Samsa no era Gregorio Samsa. O, mejor dicho, no era el hijo literario de Franz Kafka, sino el profesor de Educacién Artistica, a quien, sin mucho esfuerzo, los estudiantes del cuarto afio de secundaria del Colegio Nacional Francisco Morales Bermudez habiamos bautizado con ese apodo por su abdomen de escarabajo gigante, sus ojos saltones de insecto nocturno y su mania de mover las manos en un incesante ir y venir, como si estuviese tratando de pintar el tedio del dia a dia enuna tela imaginaria. Durante gran parte del afio, Gregorio Samsa habia tratado de ensefiarnos, con mayor o menor éxito, los secretos de los trazos con lapiz Mongol, los dibujos a carboncillo y la pintura al éleo. A pesar de su ebriedad perpetua, era un gran muralista y de su talento daba cuenta la enorme alegoria que adornaba una de las paredes laterales de la entrada del colegio. Se trataba del juramento de tres alumnos frente a una pileta, en visperas deira la guerra, mas de cien afios antes. En las dos ultimas semanas, Gregorio Samsa se habia artistas de la escultura. Para él, empefiado en convertirnos en dimbre de un poema sobre la moldear el barro era tejer la ur blanda textura de la arcilla. Cuando menos un par de veces, vencido por la emocién o por el efecto de unas copas de mis, habia recordado a Javier Heraud: «Pero conforme pasa e| tiempo / y los afios se filtran entre las sienes, / la poesia se vq haciendo / trabajo de alfarero, / arcilla que se cuece entre las manos, /arcilla que moldean fuegos rapidos». Esa mafiana iba a evaluar el resultado de su esfuerzo didactico. Como de costumbre, se acomod6 frente a su pupitre y nos hizo formar en fila india. Iba Ilamando por numero de orden y el aludido debia acercarse con su escultura de barro. Gregorio Samsa observaba el trabajo con detenimiento y luego lo calificaba a ojo de buen cubero. Con el transcurrir de los minutos, la cola se fue acortando hasta quedar reducidaa un pufiado de alumnos. —El ntmerotreinta y nueve... jSu trabajo! El numero treinta y nueve era Francisco Velezmoro, a quien carifiosamente apodabamos Ciego, por las gruesas gafas con las que contrarrestaba su acentuada miopia. Como yo estaba detras de él, pude ver la magnifica obra que habia logrado plasmar: en sus manos, el barro rojizo de la cantera circundante al colegio se habia transformado en un garboso alaz4n en miniatura. El profesor miré el caballito de arcilla mientras el Ciego explicaba algo que, a pesar de mi cercania, no pude llegar a entender. La calificacién seria excelente, sin duda. —Puedesirte —le dijo. Desde mi posicién, lo vi colocar un diecinueve en su registro. El Ciego empez6 a caminar hacia la salida, bastante ufano, 16 deseandome suerte. De pronto, la voz de Gregorio Samsa inund6 el salon. Los curiosos que merodeaban por la puerta se detuvieron en el acto y se produjo un silencio expectante. —Velezmoro, ven aqui, «canguerejo» —trond. Nunca supe si Gregorio Samsa pronunciaba asi el nombre de ese crustéceo parecido a una arafia acorazada por simple ignorancia o por el deseo de acentuar la palabra. Lo cierto es que lo hacia con mayor frecuencia cuando estaba molesto. Velezmoro se detuvo en seco y luego giré sobre sus talones. Desanduvo los pocos pasos que habja dado hacia la puerta y se estrellé contra los ojos de cucaracha del profesor. —Quiero ver de nuevo tu trabajo. El rostro del Ciego estaba demudado. Se acercé al pupitre del maestro. El alazan de barro rojizo parecia encabritarse en sus manos temblorosas. Gregorio Samsa cogié el caballito, lo volvié a mirar y luego, como si Ilegara a una conclusién definitiva, hundié una moneda en laarcilla atin fresca y empez6 a raspar con ella la piel del equino. En unos segundos, quedé en evidencia que el brioso corcel ten{a el alma de plastico. La obra de arte no era mas que un juguete forrado de una gruesa capa de barro. —Conque querias hacerte el vivo, jno?, j«canguerejo» pendejerete! Y cogiendo una Ilave del manojo que tenia sobre el pupitre lahundié en la cabeza del Ciego, quien tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no llorar de dolor. Cuando paso por mi lado, un hilo de sangre empezaba a descender por una de sus sienes. 17