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TEORIA COMUNICACIONAL DEL DERECHO DE ROBLES

La teoría comunicacional del derecho: una filosofía jurídica para juristas. Este capítulo tiene por
objeto presentar, con la brevedad y el estilo exigidos a un libro dedicado a la docencia
universitaria, algunas ideas básicas de la que he denominado “teoría comunicacional del derecho”.

los resultados alcanzados permiten –al menos, así lo espero- exponer sus principios básicos. La
teoría comunicacional del derecho debe su origen, por una parte, a la insatisfacción que me
produjo el largo y en parte estéril debate entre el iusnaturalismo y el positivismo jurídico (debate
que se prolonga en la actualidad en formas a veces llamativamente confusas) así como también a
la necesidad de situar la teoría jurídica a la altura de nuestro tiempo.

En cierto modo, la teoría comunicacional es, al menos en una de sus partes6, una continuación de
la teoría pura del derecho y, por otro lado, una réplica a las aporías internas y externas que dicha
teoría plantea.

Todo filósofo del derecho tiene el deber profesional de estudiar filosofía. A dicho estudio le debe
dedicar unos años, bien cursando la licenciatura, bien de otra manera; y además nunca debe
abandonar dichos estudios a lo largo de su vida. En caso contrario, no podrá elaborar sino una
filosofía jurídica rudimentaria, demasiado a ras de tierra, sin la perspectiva del águila que
contempla en su vuelo amplios horizontes.

La tesis nominalista: “derecho” como nomen.

Un problema que ha obsesionado y obsesiona a los iusfilósofos es el del concepto del derecho.

El positivismo lógico erró en muchas cosas, pero nos transmitió algunas que no debemos olvidar.
Una de ellas es que los debates y los discursos filosóficos encubren muchas veces
pseudoproblemas (o sea, sedicentes problemas que, en realidad, no son verdaderos problemas).

En lugar de aventurar una nueva definición del derecho, nos contentaremos con afirmar que el
término “derecho” es un nombre que sirve para designar todos los ámbitos jurídicos.

Podemos sostener que la palabra “derecho” es un nomen que sirve para designar al conjunto de
ordenamientos jurídicos que han existido en el pasado, que existen en el presente y que
presumiblemente existirán en el futuro.

El derecho desde la perspectiva comunicacional: ámbito, ordenamiento y sistema.

La teoría del derecho, en efecto, tiene el cometido de poner orden en el desorden fenoménico sin
dejarse engañar por las “trampas” del lenguaje. Mas ¿cómo debe llevar a cabo esa tarea? Muchos
caminos se ofrecen como posibles y cada uno de ellos tiene sin duda su razón de ser. Unos serán
más sencillos que otros, y los habrá que arrojen mayor luz. Nuestro camino, el que hemos elegido,
es el de la teoría comunicacional, la cual tiene como propósito presentar los fenómenos jurídicos
como fenómenos de comunicación. Se llama “comunicacional” porque tiene su punto de
referencia constante en la comunicación humana por medio del lenguaje (o, más en general, por
medio de sistemas de signos). Para abordar la pluralidad fenoménica de la comunicación jurídica
es conveniente distinguir tres conceptos que se presentan relacionados entre sí pero que tienen
entidad propia y sobresaliente función.

El sistema jurídico es el conjunto de las asignaturas de derecho positivo que se estudian en la


licenciatura y que suelen agruparse en dos grandes categorías: derecho público y derecho privado.
Así, el sistema jurídico está integrado por aquellas obras de juristas que, referidos a un solo
ordenamiento jurídico, presentan en un cuadro armonioso y sistematizado la materia propia de
dicho ordenamiento.

Todo ordenamiento jurídico está compuesto por textos que se originan en distintos momentos y
tienen autores diferentes, por lo que suelen presentar un cierto grado de desorden.

El derecho primitivo sí conoce los ordenamientos jurídicos (de tales o cuales comunidades
tribales) pero no los sistemas. Esto es evidente en aquellos estadios de civilización en los que se
carece de escritura. A diferencia de un ordenamiento, que puede ser establecido exclusivamente
por actos comunicativos orales, mímicos o simbólicos (o sea, por decisiones normativas que se
manifiestan a través de actos de lenguaje no escritos), el sistema, al ser el resultado de la ciencia
de los juristas –también llamada a veces dogmática jurídica y otras veces jurisprudencia-, no es
pensable sino bajo la forma de la escritura.

En el derecho moderno ocurre que, tanto respecto del ordenamiento como del sistema, la escritura
se ha transformado en uno de sus rasgos básicos. Entre ordenamiento jurídico y sistema jurídico
se dan relaciones fundamentales y complejas, investigables en cada país y en cada período
histórico. Corresponde esa tarea a la historia del derecho. Las relaciones entre ambos son
relaciones intertextuales que se generan formando una espiral hermenéutica a lo largo del tiempo.

El eje ordenamiento jurídico / sistema jurídico (ORD/SIS) constituye la dualidad textual central
de todo ámbito jurídico. Todos los procesos comunicacionales giran alrededor de dicho eje. Unos
crean el ordenamiento por medio de las decisiones normativas; se genera así el texto ordinamental.
Sobre este texto ejercen sus funciones los juristas teóricos o dogmáticos y construyen de este
modo el sistema jurídico, el texto sistémico. La ciencia del derecho o dogmática jurídica tiene la
función de canal de comunicación e intermediación entre el ordenamiento y el sistema. En torno
a ambos (ORD/SIS) pivotan todos los demás procesos de comunicación que tienen lugar en el
ámbito jurídico.
El derecho como texto: las partes básicas de la teoría comunicacional.

Desde la perspectiva de la teoría comunicacional del derecho pueden distinguirse los siguientes
tipos de textos jurídicos: 1) los textos que componen el ordenamiento jurídico (constitución, leyes,
jurisprudencia, etc.; 2) los textos que coadyuvan a la formación de los textos que componen el
ordenamiento jurídico (propuestas de ley, de reglamentos, dictámenes previos a la decisión,
demandas, contestaciones a las demandas, asesoramientos, etc.); y 3) los textos que componen el
sistema jurídico.

La teoría comunicacional del derecho se define a sí misma como análisis del lenguaje de los
juristas. Dicho lenguaje se plasma en textos, por lo cual las dos fórmulas vienen a coincidir en lo
sustancial si bien el ángulo es diferente. Afirmar que el derecho es texto, en el sentido que damos
a esta afirmación, viene a ser lo mismo que decir que el derecho es lenguaje, pues todo lenguaje
se expresa o es expresable en textos, y todo texto es manifestación del lenguaje.

Si el derecho es texto y, por consiguiente, lenguaje, no cabe duda de que la lingüística nos ofrecerá
alguna pista para abordar nuestros problemas en el seno de la teoría comunicacional. Es ya una
tradición que la lingüística divida sus investigaciones distinguiendo tres niveles: el de la
pragmática, el de la semántica y el de la sintaxis (o morfosintaxis).

La pragmática se hace cargo del uso del lenguaje. Para ello se centra en el estudio de las
situaciones comunicacionales, de los sujetos de la comunicación y de los diversos actos
comunicativos que dichos sujetos realizan.

La semántica tiene por objeto la investigación del sentido de las expresiones lingüísticas, ya sean
éstas meras palabras que se presentan aisladas, ya sean frases, ya obras enteras (literarias,
históricas, jurídicas, etc.).

Por último, tenemos la sintaxis (o morfosintaxis), cuya tarea consiste en investigar las estructuras
formales del lenguaje. La sintaxis supone el previo análisis pragmático y semántico, ya que sólo
es posible el estudio formalista si entendemos los contenidos de sentido de aquello que
pretendemos estudiar y, a su vez, sólo comprenderemos el sentido si tenemos clara la función
pragmática del acto comunicativo investigado.

La teoría comunicacional del derecho propone tres niveles de análisis del lenguaje jurídico (esto
es, de los textos jurídicos) que, siguiendo el esquema anterior, pueden ser denominados
pragmática jurídica, semántica jurídica y sintaxis jurídica. Sin embargo, no usa apenas esta
terminología, sino que la adapta a los usos más habituales de los juristas. Así, a la primera la llama
“teoría de las decisiones jurídicas”, en atención a que es por medio de decisiones como se genera
el texto ordinamental (ordenamiento jurídico). A la segunda la llama “teoría de las instituciones
jurídicas”, ya que son éstas las que conforman el texto sistémico (sistema jurídico) que construye
la dogmática o ciencia del derecho, cuyo objetivo es interpretar y ordenar los significados. Y a la
tercera, la denomina “teoría de las normas jurídicas y de los conceptos jurídicos universales”, por
ser las normas de derecho las unidades lingüísticas elementales y por ser dichos conceptos
jurídicos los elementos formales básicos que, explícita o implícitamente, manejan o presuponen
las normas de derecho.

A estas tres partes que conforman la teoría comunicacional del derecho, hay que añadir una
“introducción” preliminar que tiene por objeto la justificación del nuevo programa que plantea la
teoría comunicacional del derecho. Esta introducción se centra en la revisión crítica de los
modelos de pensamiento jurídico atendiendo, sobre todo, a sus esquemas epistemológicos de
fondo.

Según lo expuesto, la teoría comunicacional del derecho se estructura en las siguientes partes:

Introducción. - Teoría del derecho natural, filosofía del derecho y teoría del derecho.

Primera Parte. - Teoría de las decisiones jurídicas: el ordenamiento jurídico.

Segunda Parte. - Teoría de las instituciones jurídicas: el sistema jurídico.

Tercera Parte. - Teoría de las normas jurídicas: los conceptos universales del derecho.

Las decisiones jurídicas

La totalidad textual que es todo ordenamiento jurídico se crea a golpe de decisión.

Todo ordenamiento jurídico conoce un comienzo. Ese comienzo es la decisión constituyente.


Mediante ella el poder constituyente crea la constitución de un ordenamiento jurídico
determinado.

La decisión constituyente es, pues, la decisión del llamado poder constituyente que crea
(establece) la constitución de un ordenamiento jurídico en un primer momento. A la decisión
constituyente suele preceder un amplio debate sobre los criterios de justicia, de eficacia y de
conveniencia que han de incorporarse a su texto como guía de las decisiones que se tomarán
posteriormente, decisiones que tendrán lugar dentro del ordenamiento jurídico ya constituido.

La decisión constituyente puede ser denominada también decisión extraordinamental o


extrasistémica, ya que no está sometida al derecho positivo sino sólo a las exigencias de la razón
(en el caso del constituyente ideal, que disfruta de una situación comunicativa ideal) y a las
propias de la sociedad en la que vive y a la cual se dirige (en el caso del constituyente real, que
no disfruta de una situación comunicacional ideal sino de una situación que se le aproxima en
mayor o menor medida, dependiendo del tipo de sociedad y del momento histórico).

Las normas y el sistema jurídico como resultado de la construcción hermenéutica.


El ordenamiento jurídico y asimismo los textos parciales que lo componen tienen una función
regulativa: dichos textos establecen reglas, disposiciones, preceptos; los cuales son expresiones
de lenguaje cuyo significado sólo se alcanza si se los pone en relación con las acciones que
regulan.

Las normas jurídicas no vienen perfiladas y acabadas en el texto ordinamental. Los ordenamientos
jurídicos se hacen a golpe de decisión cada día y las imprentas oficiales no dan abasto en producir
texto de derecho. Por mucho que las leyes en general se aprovechen del orden y conceptualización
que la doctrina les indica, lo cierto es que no existe ordenamiento moderno que no precise de una
elaboración en virtud de la cual lo que era texto bruto se transforme en texto elaborado.

Las normas jurídicas: concepto.

Podemos definir la norma jurídica como una proposición lingüística perteneciente a un sistema
proposicional expresivo de un ordenamiento jurídico, dirigida (por su sentido) directa o
indirectamente a orientar o dirigir la acción humana.

Desde el punto de vista de la teoría comunicacional del derecho se defiende una concepción
heterogénea de las normas jurídicas. Eso no quiere decir que la concepción homogénea sea
errónea en términos absolutos, pues con el material ordinamental es posible presentar un sistema
que se inspire en la homogeneidad de las normas, o sea, en la idea de que toda norma jurídica es,
por definición, una proposición que conecta mediante un nexo de deber (o deber ser) un supuesto
de hecho (ilícito) y una consecuencia jurídica (sanción).

Derecho y juego: su semejanza estructural.

Los ordenamientos jurídicos, en cuanto a su estructura formal, se parecen más a los juegos que a
los sistemas morales. Esto se percibe enseguida si se tiene en cuenta que tanto en el derecho como
en los juegos encontramos elementos o aspectos (ámbito espacial y temporal, sujetos
competentes, competencias, procedimientos, etc.) que no encontramos en la moral. En ésta no
hay aparato institucional, ni árbitros ni jueces, ni tampoco procedimientos formales.

A todo ordenamiento jurídico encontramos esos mismos elementos

1) El conjunto de normas aplicables.

2) El espacio en el que hay que jugar.

3) El tiempo durante el cual se ha de jugar.

4) Los sujetos, esto es, los jugadores y los equipos que eventualmente forman dichos jugadores.
5) Las competencias o capacidades de obrar, es decir, las posibilidades de acción que
corresponden a los jugadores, tanto las de carácter lícito como ilícito.

6) Los procedimientos para jugar. Los procedimientos establecen en qué consisten las acciones
propias del juego, y no cuáles son las acciones posibles, tarea ésta que queda para las
competencias o capacidades de obrar.

7) Los poderes, o sea, las acciones que, además de ser posibles a los jugadores, son lícitas.

8) Los deberes.

Tipos de normas jurídicas.

La teoría comunicacional defiende la idea de que es preciso presentar un cuadro teórico de las
normas jurídicas que conjugue dos criterios: su diversa funcionalidad dentro del sistema y su
distinta configuración lingüística. Función y expresión son los criterios con los que se ha
construido la tipología de normas de derecho que resumimos en las páginas siguientes. Antes
conviene destacar en qué sentido entendemos los términos “función” y “expresión”.

La palabra “función” no la empleamos aquí en su sentido sociológico o psicológico o, en general,


en cualquier otro que ponga en relación el ámbito jurídico con el contexto fáctico que le rodea;
por tanto, no la usamos en su sentido externo o externalista. “Función”, en nuestro esquema actual
para presentar una teoría de las normas de derecho, tiene un significado estrictamente interno o
inmanente al sistema jurídico.

El término “expresión” nos referimos al segundo criterio que nos sirve para clasificar los distintos
tipos de normas. Como sabemos, éstas son el resultado de la construcción hermenéutica y, por
consiguiente, tan sólo aparecen completas, desde el punto de vista lingüístico, en el sistema
jurídico. Para llevar a cabo esa construcción hermenéutica de la mejor manera posible la teoría
del derecho tiene la tarea de proponer los verbos que mejor cuadren a los distintos tipos de normas,
teniendo en cuenta la función de éstas. Así, a las normas indirectas de la acción no les encaja un
verbo que por su naturaleza exija o permita una acción. Los verbos que por su naturaleza exigen
una acción habrá que reservarlos, como es lógico, para las normas directas de la acción. Por eso,
para las normas directas he propuesto tres verbos: deber, poder y tener que. Mientras que para las
indirectas he propuesto el verbo ser.

A) Las normas indirectas de la acción.

Normas indirectas de la acción son aquellas que tienen la función de establecer los elementos del
ámbito jurídico que son previos a la acción misma.

La función de las normas indirectas la podemos desglosar en estos términos: establecer cuáles son
las normas aplicables (dicho de otro modo: cuáles son las fuentes del derecho en el ámbito
concreto); asimismo, determinar cuáles son los elementos espaciales y temporales en los que las
acciones pertenecientes al ámbito han de tener lugar, quiénes son los sujetos de la acción, y cuáles
son las competencias de dichos sujetos.

Las normas indirectas de la acción se expresan en su significado profundo mediante el verbo ser
directivo (o prescriptivo). Desde esta perspectiva, son normas ónticas.

B) Las normas directas de la acción.

Como ya he indicado, estas normas jurídicas se caracterizan porque en el texto que las expresan
se contempla de modo inmediato o directo algún tipo de acción, ya sea para establecer en qué
consiste la acción en sí misma, ya para permitirla o autorizarla, ya para imponerla como deber, ya
para prohibirla.

Podemos distinguir tres tipos de normas directas: las procedimentales, las potestativas y las
deónticas.

a) Las normas procedimentales.

Las normas procedimentales, como su nombre indica, son las que establecen o crean
procedimientos. Ahora bien, todo procedimiento es una acción; y, viceversa, toda acción es un
procedimiento. Por tanto, las normas procedimentales establecen o crean las acciones propias del
ámbito jurídico, es decir, las acciones con significado jurídico o, dicho más simplemente, las
acciones jurídicas.

b) Las normas potestativas

Las normas potestativas determinan, de entre las posibilidades (lícitas e ilícitas) de acción, cuáles
son las posibilidades (acciones) lícitas.

c) Las normas deónticas.

Son aquellas que imponen deberes jurídicos y que se expresan mediante el verbo deber.

Dentro de las normas deónticas distinguimos tres tipos: las normas deónticas de conducta, las de
decisión y las de ejecución. Normalmente van enlazadas entre sí.

Las sanciones en el derecho

La coactividad del derecho consiste, según lo expuesto, en el dato comprobable de que todos los
sistemas jurídicos conocidos prevén normas de ejecución. La ejecución puede llevarse a efecto
bien con el libre consentimiento de quien la padece (ej., quien sentenciado a pena de prisión acepta
sumisamente la sanción), bien por la fuerza. Cuando se afirma que el derecho es coactivo se está
sosteniendo una verdad que es atribuible únicamente al sistema en su conjunto y cuyo significado
es justamente éste que señalamos: el hecho de que todos los sistemas jurídicos tienen previstas
normas de ejecución.

Las acciones en el derecho

Si las normas constituyen el elemento regulador, las acciones son el elemento regulado. Aquellas
sólo son comprensibles si se las conecta con éstas; si bien, como hemos destacado en la exposición
precedente, esa conexión puede ser directa o indirecta. La más directa de todas es, sin duda, la
propia de la norma procedimental, ya que dicha norma constituye o crea la acción jurídica.

La acción no se identifica con el movimiento (salvo en el caso de llamada “acción básica”) sino
con el sentido o significado que tiene ese movimiento.

Un individuo realiza un acto o acción jurídica cuando usa una norma jurídica procedimental, o
sea, cuando hace uso de un texto del ordenamiento jurídico del que se trate, texto que establece
un procedimiento. Normalmente dicho texto expresa los pasos necesarios en que consiste la
realización de la acción y, a la par, designa esta última con un nombre. Y esto sucede tanto si se
trata de acciones lícitas como ilícitas pues, como ya hemos subrayado, no corresponde a la norma
procedimental la función de establecer la licitud o ilicitud de la acción, sino tan sólo determinar
en qué consiste la acción en sí misma considerada. Por ejemplo, si se trata de un contrato como
el de compraventa la norma procedimental correspondiente crea la acción en que consiste ese tipo
contractual; si es un asesinato, como hemos visto antes, la norma procedimental determina los
requisitos exigidos para que un conjunto de movimientos sea considerado ese tipo delictivo.

Acción, conducta y omisión.

Es adecuado emplear el término “conducta” únicamente para referirnos a aquella acción o


conjunto de acciones que son objeto de un deber (en el caso del derecho, de un deber jurídico).

Un individuo puede hacer una acción sin con ello haber realizado una conducta. Podemos afirmar,
por tanto, que el concepto de acción es más amplio que el de conducta, ya que toda conducta
implica una acción (o conjunto de acciones), mientras que no sucede al revés: una acción no
necesariamente supone la realización de una conducta; tal sucede con una acción que no es
contemplada por una norma que impone un deber. En términos normativos (o textuales, ya que
toda norma se expresa en un texto) puede sostenerse que la mera acción la establece una norma
(texto) procedimental, mientras que en una conducta encontramos necesariamente dos normas: la
procedimental que determina en qué consiste la acción, y la deóntica, que impone al destinatario
el deber de cumplirla o, dicho con otras palabras, el deber de realizar la acción (o el deber de
omitirla, por ser una prohibición).
La omisión no es un mero “no-hacer”, esto es, no es una mera “no acción”; no es la negación de
una acción sin más. La omisión consiste en no hacer lo que se debe hacer. Es, por tanto, una
especie de conducta consistente en abstenerse de realizar la acción que alguien está obligado a
hacer.

Juridicidad y validez.

De ordinario en la teoría del derecho no se distingue con claridad entre estos dos conceptos:
juridicidad y validez. Se tiende más bien a equipararlos. Esto sucede cuando se afirma, por
ejemplo, que la validez u obligatoriedad de una norma consiste en su pertenencia al sistema
jurídico, siendo esta última el rasgo característico de la juridicidad.

Juridicidad, es sinónimo de pertenencia a un ámbito jurídico. . La juridicidad consiste en la


cualidad que tiene algo en virtud de que está contemplado o supuesto por un ordenamiento /
sistema.

Decimos que un acto jurídico es válido cuando ha sido realizado por un sujeto capaz (o
competente) dentro de su capacidad de obrar (o competencia), de acuerdo con el procedimiento
establecido y sin que sea contrario a lo establecido por las normas del derecho.

Podemos, distinguir entre validez formal, validez material y validez plena. La primera se da
cuando el acto cumple los tres requisitos formales; la segunda, cuando cumple el requisito
material de cumplir los deberes. La validez plena del acto supone la conjunción de las dos
anteriores, es decir, de la validez formal y de la validez material.

La condición de validez o invalidez de una norma (y asimismo de un acto) depende totalmente de


que así lo establezca el órgano encargado de tal función. Una norma, supuestamente inválida (eso
quiere decir inválida para determinadas personas o grupos), conserva su validez mientras no sea
declarada inválida por el órgano competente. En tanto eso no suceda ostenta una presunción de
validez a su favor.

La eficacia de las normas jurídicas

el concepto de eficacia de las normas jurídicas no pertenece propiamente a su campo


problemático, sino al de la sociología jurídica. En efecto, una norma jurídica es eficaz cuando se
cumple e ineficaz en caso contrario. Ahora bien, el cumplimiento o incumplimiento de la norma
sólo es posible percibirlo mirando a las acciones y conductas reales que tienen lugar en la vida
social. La eficacia de una norma no es una cualidad intrínseca de la norma misma (como pueda
serlo su juridicidad o su validez) sino que tiene que ver con el hecho de que los sometidos a ella
se conduzcan de acuerdo con lo exigido.

Otros conceptos jurídicos formales


La teoría comunicacional del derecho aborda otros conceptos jurídicos universales80,
complementarios de los ya analizados, y cuyo conjunto forman como una red que nos sirve a los
juristas para “colocar las cosas en su sitio” cuando nos enfrentamos a un ordenamiento jurídico
determinado.

A) Los poderes jurídicos.

Dentro de esta categoría se estudia, en primer lugar, el concepto de soberanía, como atributo del
estado. Inmediatamente después, las potestades o prerrogativas supremas, que corresponden a los
órganos superiores del estado (en el caso de España, la Corona, las Cortes Generales –nombre de
nuestro Parlamento, con sus dos cámaras: el Congreso de los Diputados y el Senado- el Gobierno
y el Poder judicial –básicamente el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y los Tribunales
Superiores de las Comunidades Autónomas-).

B) Los deberes jurídicos.

El concepto de deber es uno de los conceptos centrales tanto de la teoría ética como de la teoría
del derecho, y así se demuestra a lo largo de la historia de la filosofía. La teoría comunicacional
lo sitúa en el lugar que le corresponde, vinculándolo a otros conceptos no menos relevantes. Se
señalan los tres planos desde los cuales pueden considerarse todos los conceptos jurídicos y
asimismo los deberes: el plano de la teoría formal, el plano de la dogmática jurídica y el plano de
la decisión.

El deber jurídico implica el vínculo o sujeción de una persona, que se concreta en la exigencia de
realizar u omitir una acción. Esa exigencia es formulada por una norma deóntica emitida por una
autoridad jurídica.

Sin autoridad jurídica no hay exigencia, y sin exigencia, no hay deber jurídico. El deber jurídico
es el lado pasivo de la exigencia jurídica.

C) La responsabilidad jurídica.

En el derecho cada cual es responsable de sus propios deberes jurídicos; esto quiere decir que
cada cual responde del cumplimiento o del incumplimiento de sus deberes. Si una persona cumple
su deber jurídico, ha respondido a ese deber y ha satisfecho la exigencia impuesta por el
ordenamiento. Pero si lo incumple, no habrá respondido al deber, y deberá entonces responder de
las consecuencias. Este deber jurídico de hacerse cargo de las consecuencias del incumplimiento
de un deber jurídico previo es lo que se denomina responsabilidad jurídica.

D) Las situaciones jurídicas.


La situación jurídica para la teoría comunicacional del derecho es: Primero, en el lenguaje de los
juristas la expresión “situación jurídica” es aplicable a los diversos elementos que componen o
contemplan los textos que forman parte del ORD/SIS, y no sólo a las personas y a las relaciones.

E) Las relaciones jurídicas.

Una teoría de las relaciones jurídicas que fuera completa se plantearía estudiar todo tipo de
relaciones entre los diversos conceptos jurídicos, no sólo la relación de persona a persona
(relación interpersonal), sino asimismo la que existe entre las normas jurídicas (la relación de
jerarquía, la derogatoria, la de especialidad, etc.), entre los hechos y los actos y sus consecuencias
jurídicas, entre las cosas entre sí y entre las cosas con sus titulares, la relación de las personas con
el ordenamiento jurídico, etc.,.

F) Las relaciones jurídicas intersistémicas.

La teoría del derecho ha prestado escaso interés a este complejo y acuciante problema y se ha
limitado al estudio de las relaciones entre el derecho internacional y el derecho del estado.

La importancia de distinguir los tres niveles de la teoría comunicacional del derecho.

Esta diferenciación no es tan sólo –aunque también- un modo de ordenar la materia de esta
disciplina filosófica que llamamos teoría del derecho, sino que tiene asimismo máxima relevancia
a la hora del tratamiento de los diversos conceptos y problemas del derecho, así como también a
la hora de comprender la entraña o rasgo básico de los diversos autores o las distintas
concepciones filosófico-jurídicas.
LA TEORIA CRITICA Y NARRATIVA DE CALVO

Derecho y narración es un libro exploratorio. Constituye uno de los resultados de un programa de


investigación que su auto viene desarrollando sobre la dimensión narrativa del derecho. En tanto
que exploración es así mismo un libro experimental que nos introduce En el campo de las
relaciones entre la semiótica y Derecho a través de una perspectiva eminentemente
posestructuralista y mas en concreto, por razón de método, deconstructiva. Su contenido es
mostrar el carácter narrativo y por tanto, discursivo también, de la justificación jurídica: desde la
presentación razonada de la ley hasta las decisiones judiciales, todo ello en orden a su
fundamentación argumental.

El recurso a la narración constituye, pues, una alternativa heurística y hermenéutica. Lo primero,


en tanto que modo de investigación que sitúa el problema de la justicia en el entorno de la
racionalidad intersubjetiva. El recurso a la narración permite considerar la construcción del
Derecho como una tarea argumentativa participada desde funciones de discurso diferenciadas
entre sí, pero todas ellas interdependientes y equilibradas, dado el presupuesto del acceso
igualitario a las oportunidades de interlocución. Por otra parte, la narración abre la posibilidad de
una alternativa hermenéutica. «Lo narrativo posee valor de método», escribe José Calvo, por
una doble razón: en primer lugar, por orientar los pasos de la argumentación jurídica desde la
tarea previa de la reconstrucción del término narración, que si bien comienza siendo un ejercicio
de arqueología, no queda en esto, pues un paso más allá acaba por clarificar en el presente las
fronteras del significado y el sentido: narrar, es contar, es «dar cuenta», Se percibe así lo
compartido por la comunidad de intérpretes/narradores/narratarios es justificatorio. En segundo
término, por obligar al intérprete a no perder la perspectiva real de la argumentación (discurso
normalizado pero abierto, sin embargo, a la construcción de cada participante; por consiguiente,
dando lugar a distintas versiones posibles) y a referir a ese contexto plural la formación de la
racionalidad y de la razonabilidad del diálogo-relato de la justicia.

De nuevo, en el cuarto capítulo, Semiótica jurídica y narración, retoma el autor el hilo conductor
de lo narrativo, esta vez por referencia al uso retórico y hasta fabulador de la figura del juez como
iudex suspectus, en un tratamiento «semionarrativo», tanto de las semióticas explícitas como
de ocultación del gesto, con respecto a la pretensión justificadora retórico-argumental en
satisfacer una determinada imagen de la justicia y, más en concreto, de la imagen administrativa
(burocrática) de la justicia. Un paso más es dado en el siguiente y último capítulo, Metanarrativa
e interpretación jurídica, con el trabajo «Iurisdictio como traducción» al contrastar el oficio
de la jurisdicción (decir el derecho) sobre el fondo semiológico y pragmático de la traducción,
al objeto de recuperar la continuidad entre narración e interpretación, vindicada a la base, y de
hacer explícito el juego del lenguaje, los múltiples juegos de lenguaje (la «deriva interpretativa»
de diversas versiones, inversiones, reversiones, diversiones, perversiones, aversiones),
participados multilateralmente por una comunidad infinita de interlocutores (intérpretes-
traductores) sobre la narración dialogada de la justicia.

La recepción de la narración rompe, o permite romper, el espejismo y algunas de sus


consecuencias perversas: el riesgo de ininteligibilidad en la comprensión de lo narrado, o de
confusión entre motivos y fines, al permitir someter el curso (decurso, discurso) de la narración
al imperativo procedimental de interlocución con la misma ley y las condiciones históricas, en
cuyo diálogo se pone a prueba no sólo su racionalidad formal o arquitectónica, sino también su
razonabilidad, es decir, su carácter y pretensión de ley justa.

Otro ejemplo de esa pretensión de razonabilidad «corno relato» viene planteado con toda su fuerza
ante el problema de la publicidad y su conexión con la idea de ley justa en el caso de la publicidad
de las sentencias judiciales y el «reíato de los hechos» que en ellas se ha de dar a conocer. El
capítulo 11, Derechos fundamentales, proceso y narración, reconstruye, deconstruye y formula
una interpretación crítico-alternativa al acuerdo del Pleno del Consejo General del Poder
Judicial de 12 de enero de 1994, que resolvió suscribir el informe de su Gabinete Técnico
sobre «acceso al texto de las sentencias penales por parte de los medios de comunicación para
su ulterior publicación en extracto», El informe había desarrollado una interpretación que
primaba el derecho a la intimidad del ofendido sobre el derecho a la información, lo que condujo
-al limitar la publicidad con objeto de salvaguardar la intimidad del ofendido- al «irrazonable»
menoscabo de la libertad informativa. José Calvo rebate punto por punto la argumentación del
informe, hasta poner de relieve no sólo su inconsistencia lógica (y además, en efecto, su déficit
de coherencia narrativa), sino también la frágil técnica de ponderación, de apelación al
equilibrio de consecuencias, su insuficiente argumentación consecuencialista respecto de
ambos derechos en el iterconflicto-colisión-conculcación y para la motivación justificatoria
presentada, que bien puede probarse, y con plena coherencia, a la inversa (reversiblemente ),
pues la limitación de publicidad puede volverse (por re-versión) incluso contra el mismo derecho
que busca proteger.

Es, en fin, Derecho y narración, un ejercicio de práctica narratológica, de aprovechamiento de


lo narrativo como método de investigación aplicable a la comprensión y a la construcción misma
de la justicia. Tras la lectura de esta obra, y con una libertad no menor que la de este comentario,
el lector podrá acudir a un útil apéndice bibliográfico, Addenda bibliotemática (1986-1996), que
una vez más da muestra de la voluntad investigadora y oferta científica de diálogo de su autor
para seguir explorando otras vías de teoría y crítica narrativa del Derecho.
LA TEORIA DISCURSIVA DEL DERECHO DEL HABERMO

La preocupación de Jürgen Habermas por el Derecho es una constante en su obra en la que se


encuentran con frecuencia reflexiones teórico-jurídicas. Desde su tesis de habilitación, publicada
en 1962 y que estaba dedicada a analizar los cambios de la esfera pública burguesa —con efectos
también en el ámbito jurídico—, pasando por Theorie und praxis, donde se ocupa de las
decantaciones del iusnaturalismo racionalista, hasta el planteamiento de la legitimidad de las
normas que aparece en Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, toda la trayectoria de
Habermas se encuentra jalonada de referencias más o menos implícitas a problemas ius-
filosóficos. Ahí es cuando el Derecho adquiere una mayor relevancia en la trayectoria de
Habermas, ya que concluye que la teoría jurídica constituye una exigencia interna de su teoría de
la Sociedad, porque, de otro modo, su propuesta sociológica quedaría incompleta. Cierto es, sin
embargo, que tiene que pasar por alto algunos problemas específicos para que adquiera coherencia
su proyecto social omnicomprensivo.

Pero si simplemente tuviéramos en cuenta esto no podría justificarse la novedad epistemológica


de la teoría habermasiana del Derecho: exclusivamente nos habríamos referido a su proposición
como una exigencia más que plantea la coherencia sistémica de un planteamiento científico.
tampoco serviría para explicar su teoría discursiva del Derecho la necesidad de apuntalar
coactivamente un planteamiento moral que no encuentra motivación suficiente para que los
ciudadanos adecuen su conducta a él. en uno y otro caso, la propuesta habermasiana sería, sin
lugar a dudas, relevante, pero no podría recurrirse a ella para ensanchar un horizonte teórico como
el representado en la actualidad por la teoría del Derecho.

De ahí que, en segundo lugar, una ampliación del modelo de razón sólo sea posible en un sentido
formal y no sustantivista, pues ha de permitir entrelazar las explicaciones sobre las condiciones
procedimentales de la racionalidad con análisis empíricos.

De esa forma, la ciencia que hoy día piensa los problemas de la racionalidad es la Sociología,
tanto por motivos metateóricos, como metodológicos y sustantivos. en efecto, esta disciplina
categoriza el desarrollo social en términos de racionalidad de la acción y, al tiempo, aborda el
problema de la comprensión del sentido de las acciones individuales y colectivas, sin olvidar las
cuestiones empíricas y la comprobación macrosociológica de sus intuiciones teóricas. Así, la
teoría de la Sociedad de Habermas se postula como una ciencia reconstructiva que, sin renunciar
a su cientificidad, se concibe normativamente, teniendo en cuenta, sin embargo, que estas
pretensiones teóricas tienen que acreditarse empíricamente.
La pragmática tiene por objeto la reconstrucción del saber implícito de los hablantes que se
manifiesta en reglas. en un conocido texto. La pragmática busca analizar el acto de comunicación
o acto de habla entre hablante y oyente, dando por supuesto que los participantes en las
interacciones comunicativas poseen una competencia específica, esta perspectiva se conforma al
canon epistemológico de las ciencias reconstructivas, con un alto potencial explicativo, porque su
fin es identificar las condiciones universales del entendimiento posible, esto es, detectar los
presupuestos universales que han de darse para que tenga lugar la comunicación y entendimiento.

La pragmática, en el caso de Habermas, se postula como una especie de ciencia última, como una
forma contingente de fundamentación, como una perentoria y urgente sustitución de la ontología.
Una pragmática meramente empírica no dispondría de los instrumentos conceptuales necesarios
para descubrir los fundamentos racionales de la comunicación insertos en la confusión y en la
distorsión de las prácticas cotidianas, y escaparía al vuelo de la crítica. Lo relevante, en cualquier
caso, es que en el análisis del proceso de comunicación es fácil percatarse de que lo que emisor y
receptor pretenden es entenderse o, lo que es lo mismo, iniciar «un proceso de obtención de un
acuerdo entre sujetos lingüística e interactivamente competentes».

Las pretensiones universales son garantías de la racionalidad del acto de habla, de cualquiera que
sea, también los normativos, y en principio su tematización discursiva sólo se produce cuando el
consenso o la suposición de su validez se ha roto, es decir, cuando el oyente exige al hablante que
explique y justifique su comunicación. Desde un punto de vista epistemológico y metodológico,
la pragmática aspira a servir de apoyo a una teoría de la Sociedad.

El Derecho, si aspira a convertirse en discurso científico, se habrá de acomodar también a las


peculiares exigencias de las ciencias reconstructivas y aplicar a su propio ámbito disciplinar los
criterios empíricos de las mismas. Por una parte, ha de vincularse explícitamente al modelo de
razón descubierta en la pragmática del habla, eliminando los residuos trascendentales y
descubriendo los núcleos de la razón mediante el análisis reconstructivo de los actos de habla
normativos. esto por lo que se refiere a los requisitos epistemológicos. por otro lado, la pragmática
ofrece el apoyo seguro de la ciencia, ya que se basa en reconstrucciones hipotéticas y, por tanto,
falsables, como requiere una conciencia metodológica post-empirista.

La Dualidad Inmanente De La Teoría Discursiva Del Derecho

Si tuviéramos que caracterizar la teoría discursiva del Derecho de alguna manera no dudaríamos
en afirmar que se trata de una propuesta teórica integradora en la que se entrecruzan, de forma
coherente y no conflictiva, diferentes perspectivas sobre el fenómeno jurídico. De acuerdo con
esto, Habermas realiza un recorrido por las visiones contemporáneas sobre el Derecho. Son, en
concreto, dos los campos teóricos en los que, con mayor o menor fortuna, se ha propuesto una
determinada concepción del Derecho, dos campos antagónicos que revitalizan la ininterrumpida
polémica entre positivismo y iusnaturalismo: a saber, la sociología del Derecho y la filosofía
moral. La sociología, deudora de una visión objetivante que considera las normas jurídicas como
fenómenos susceptibles de explicación descriptiva y autónoma, sucumbe a los cantos de sirena
de un cientificismo encerrado en las estrecheces de una racionalidad sistémica.

Fue precisamente la pérdida de relevancia moral del Derecho lo que, entre otras cosas, favoreció
el desarrollo de una gran parte de la filosofía moral, en la que el movimiento de rehabilitación de
la filosofía práctica, sobre todo en Alemania, fue paradigmático. Desde el punto de vista de la
teoría del Derecho se debe considerar insuficiente e irreal la preferencia del estatuto normativo
de la teo- ría de la justicia. Analíticamente, Habermas ha diferenciado a este respecto las
cuestiones morales y las jurídicas.

Si la filosofía moral pierde contacto con la dinámica social por privilegiar la validez deóntica,
situándose en la abstracción de situaciones ideales, la perspectiva sociologista obvia las
referencias axioló- gicas. está claro que lo que no es científico en ningún caso es «empecinarse
en ninguna orientación ligada a una sola disciplina», como expresamente se nos advierte.

Dimensiones sociológicas y filosóficas. El derecho moderno como garantía del orden social

Una teoría deliberativa del Derecho requiere pues combinar en un proyecto teórico común la
dimensión sociológica e institucional del fenómeno jurídico con la perspectiva axiológico-moral
de las normas. para advertir de qué forma Habermas pone fin a esa controversia disciplina- ria y
metodológica es menester referirse a una de las primeras dimensio- nes en las que se pone de
manifiesto la dialéctica entre facticidad y validez. Sólo demostrando que la teoría deliberativa
responde con éxito a pacificar esa tensión inmanente en la teoría de la Sociedad podrá postular su
análisis del Derecho como una vía alternativa a las visiones sociologistas y moralistas.

La pragmática universal permite, de ese modo, la intelección de la dia- léctica metodológica de


la facticidad y la validez, tensión que tiene alcan- ce constituyente en el proyecto habermasiano
y, en particular, en su concepción jurídica. La validez de un acto de habla viene determinada por
la orientación al entendimiento, definido en términos de incondicionalidad normativa, de las
acciones sociales. entenderse, como repite insistentemente Habermas, es orientarse para lograr
acuerdos válidos y, por tanto, racionales. en sus interacciones los sujetos asumen compromisos
que apuntan a esferas que están más allá de todo contexto, pero, al mismo tiempo, las acciones
sociales no pueden obviar el problema de la aceptación de sus pre- supuestos en la práctica, en la
realidad cotidiana de un mundo de la vida social determinado: en el aquí y ahora se acredita su
facticidad.

Desde un punto de vista evolutivo, en las sociedades premodernas la visión omnicomprensiva de


las formas culturales aseguraba que la matriz consensual de la sociedad, si bien de forma implícita,
mantuviera en laten- cia el conflicto entre la facticidad y la validez. De hecho, la explicitación de
esa dialéctica es un fenómeno que Habermas considera típicamente moderno: con el nacimiento
de la modernidad se fractura la uniformidad de la cultura y la sociedad. La diferenciación de los
respectivos órdenes sistémicos especializados, que actúan como factores desequilibrantes de la
unidad cultural, provocan crisis sociales. Y las sociedades no tienen más remedio que enfrentarse
a las contingencias que desafían sus presupuestos, buscando remedios que alivien la tensión y
pacifiquen los conflictos con normas de carácter vinculante y validez incondicionada 38.

A partir de estas consideraciones, es fácil comprender el alcance que adquiere el Derecho como
instrumento para resolver problemas de integración y coordinación de las acciones en una teoría
de la Sociedad cons- tituida a dos bandas, como mundo de la vida social y sistema.

La regulación normativa de las acciones en la modélica forma que adquiere con la


institucionalización moderna del Derecho flexibiliza una tensión que se extiende a toda teoría de
la Sociedad, desde el plano epistemológico, pasando por el metodológico y el sustantivo.

El Derecho, Entre La Política Y La Moral

El interés de Habermas por el Derecho procede, como hemos trata- do de indicar, de exigencias
que se plantean en el seno de su teoría de la Sociedad. en este sentido, el prisma desde el cual se
acerca al Derecho es eminentemente sociológico. Ahora bien, si se tiene en cuenta lo que hemos
mencionado al principio, es decir, que la ciencia social es el lugar idóneo para debatir las
cuestiones acerca de la racionalidad, se puede entender entonces que este planteamiento no sólo
no es reduccionista, sino que es el único posible en esta etapa del desarrollo científico. Se supera
de esa forma la visión más reductiva de la sociología del Derecho, puesto que si bien es cierto que
el Derecho actúa en la teoría de la Sociedad haberma- siana como un mecanismo que descarga de
tensión la red comunicativa del mundo de la vida social, mermado y expuesto a distorsiones en
las socieda- des de hoy, no por ello está exento de presupuestos de validez.

La dualidad del sistema mundo de la vida, facticidad y validez, ciencia empírica o teoría
normativa reaparece en su consideración del Dere- cho como un elemento que sirve de bisagra
entre el mundo de la vida y el sistema social, posibilitando su comunicación y, sobre todo, su
equilibrio. El Derecho actúa como un transformador que «asegura que la red socio integradora no
se rompa» a lo largo del espectro social, permitiendo una comunicación recíproca de exigencias.

La derivación procedimentalista del Derecho no significa, en cualquier caso, su indiferenciación


con respecto a los procedimientos mora- les, pero sí supone admitir que la acreditación formal de
los procedimientos de creación de normas jurídicas remite a la fundamentación moral de
principios universalistas. Además de ámbitos de aplicación diferentes unas normas pretenden
validez universal, mientras las jurídicas se refieren a un contexto determinado.

La teoría discursiva del Derecho se presenta de nuevo como alternativa al afirmar el


entrelazamiento inmanente entre moral y Derecho. La fuente discursiva y comunicativa de la que
ambos nacen sirve en los dos casos para solventar la incondicionalidad de las normas y afirmar,
en el caso del Derecho, su legitimidad. La concepción procedimentalista de las normas que
plantea Habermas significa que la moral emigra al interior del Derecho, por emplear la expresión
del pensador alemán, y se entromete en el espacio discursivo sin agotar su sustancia en Derecho
positivo. A través del proceso de producción legislativa, regulado discursivamente, penetra en el
ordenamiento jurídico la razón moral. en este sentido, moral y Derecho, como sistemas
normativos complementarios, se vigilan y controlan recíprocamente, sin llegar nunca a
confundirse.

Conclusiones

Hemos perfilado en las páginas anteriores los principios y aspectos bási- cos de la teoría discursiva
del Derecho. La intención era demostrar que este proyecto teórico permite recuperar y actualizar
una nueva teoría del Derecho que cuenta con una acreditación metodológica suficiente. La
raciona- lidad discursiva es un modelo al que nuestra disciplina no puede dejar de prestar atención,
aunque la decantación cientificista de la misma haya gene- ralizado, como hemos indicado en la
introducción, una alergia a los cuestiones de fundamentación. La teoría discursiva del Derecho
posee un estatuto epistemológico y metodológico que justifican su inclusión en los planes de
estudio, sin restar importancia al análisis de las normas típico de la Ciencia del Derecho ni a los
aspectos normativos implicados en el fenómeno jurídico recogiendo, pues, la estela del Derecho
natural, que conformaba una asignatura introductoria y fundamental en los planes de Derecho, o
también ahora de la Filosofía del Derecho.

En las aproximaciones descriptivas predomina una mirada objetivante, la única alternativa viable
hoy es la que ofrece la teoría discursiva, ya que es la base de la racionalidad discursiva y
procedimental, que también anida en la producción moderna de las normas jurídicas, la única
dimensión que, como indica Habermas, «puede asegurar al Derecho positivo un momento de
incondicionalidad y una estructura sus- traída a ataques y manipulaciones contingentes». Con esa
remisión a la incondicionalidad y normatividad a la que aspiran unas normas elaboradas en
procesos contingentes se asegura también la potencialidad crítica de la aproximación
habermasiana al fenómeno jurídico.

SEMIOTICA DE LANDOWSKY

En la vida cotidiana, usualmente buscamos signos en la superficie del mundo, como si fuera
un texto. Pero también ocurre, en ausencia de signos particulares que puedan referir a algunas
significaciones previamente categorizadas, que tenemos la sensación de estar en presencia de
elementos que hacen sentido. Rostros, imágenes, música, incluso objetos, como un auto,
funcionan (parcialmente) de esta manera: sensitivamente capturamos lo que significan para
nosotros, antes que leerlos cognitivamente como signos. La semiótica debe desarrollar
herramientas para dar cuenta para estos dos modos de sentido. El presente ensayo reconsidera
críticamente, con vistas a estos objetivos, las nociones básicas de narratividad y discursividad, y
propone un modelo articulando diferentes regímenes de significación en juego en la interacción
humana.

En Semántica estructural, trató de refundar la semántica para hacer de ella una teoría capaz de
sobrepasar los límites de los tratamientos lexicales, lingüísticos o lógicos, entonces dominantes,
y para eso, dejó de lado las precauciones epistemológicas corrientes en aquel momento y se fijó
como marco de reflexión el horizonte más amplio que se podía concebir: partir de “la situación
del hombre” y de aquello que constituye el rasgo primero y decisivo, a saber, el hecho de que,
para cada uno de nosotros, “habitar el mundo consiste, de la mañana a la noche y de la edad
prenatal hasta la muerte, en ser asaltados por las significaciones que nos solicitan por todas
partes” (Greimas 1971: 12.

El proceder que eso exige de nuestra parte en el plano conceptual no está impuesto por ningún
imperativo, ni filosófico ni de otra naturaleza, exterior a la semiótica misma, sino que se impone
como una exigencia inseparable del oficio de semiótico tal como nosotros lo entendemos.

Avatares y promesas de una invención

“Lo mejor que podemos hacer”, escribe, ante esta “situación” insuperable por el hecho de que
nosotros pertenecemos al mismo universo del sentido que nos proponemos analizar, “es tomar
conciencia de la visión del mundo que ahí se encuentra implicada, a la vez como significación
y como condición de esa significación”.

Sobre esa escena del mundo, convertida así en lenguaje (es decir, en significante), o mejor, en
discurso (porque el universo significante es un universo en movimiento, sin lo cual no sería un
espectáculo, sino a lo más un cuadro), “el contenido de las acciones cambia todo el tiempo, los
actores varían, pero el enunciado-espectáculo sigue siendo el mismo” (Greimas 1971:265).

Lo que hacemos con los textos y lo que los textos hacen con nosotros

El primer obstáculo por superar era la confusión que se produce a propósito del objeto mismo de
la semiótica.

Los discursos verbales, de preferencia escritos– y de otra parte, todo lo que los rodea, zona
decretada como prohibida, el “contexto”, es decir, nada menos que la sociedad, la historia, lo real,
la vida, e incluso cualquier otro texto distinto de aquel que se ha toma- do como objeto específico
del análisis, a pesar de los lazos intertextuales que condicionan la comprensión de todo discurso.
Desde el momento en que uno admite que, al contrario, ningún objeto texto u otro contiene de esa
manera su significación, sino que todo puede recibir una a condición de que un sujeto la
construya. Tenemos que admitir también que el sentido que sería atribuido, en particular a un
texto, de- pende constitutivamente, a la vez, del intertexto que tome en cuenta el que efectúa dicha
construcción, y del “con- texto” en cuyo interior se efectúa.

A partir del momento en que se considera que lo que importa es lo que pasa en la vivencia de la
lectura concebida como operación que da sentido a objetos cualesquiera, son las condiciones de
esa lectura las que se imponen como el principal objeto semiótico por describir (Landowski 2004).

¿Narración o experiencia?

Bajo el pretexto de que la dimensión sensible de los objetos de sentido no parece reductible a un
juego de oposiciones categóricas, fácilmente denominables, y de que, además, no se ve claramente
cómo podría articular- se por medio de los esquematismos sintácticos que propone la gramática
narrativa “canónica”, los adeptos de la semiótica estándar juzgan más prudente ignorar dicha
dimensión: por oposición a la positividad de las articulaciones sintáctico-semánticas que permiten
dar cuenta de la acción y de las pasiones en el marco de análisis textuales en buena y debida
forma, la experiencia sensible correspondería a lo inefable.

Lo que en esos casos se deja ver, entender, sentir, no tiene ciertamente una sig- nificación del
género de aquella que atribuimos a una palabra, a un texto. No por eso deja de ser una forma de
comunicación, cara a cara o cuerpo a cuerpo, y que nos afecta. El hecho de que se instaure más
acá de las palabras no implica que sus efectos de sentido no ofrezcan ninguna regularidad, y por
consiguiente nada autoriza a postular que sus principios de funcionamiento escapan a toda forma
de conocimiento distinta de la intuitiva.

En todo caso, lo que interviene a ese nivel influye tan fuertemente en el sentido que atribuimos a
nuestra presencia mutua –el primer elemento del “sentido de la vida”–, que no vemos cómo
podríamos, en cuanto semióticos, resignarnos a no tomarlo en cuenta.

Entre historia y presencia

Como los políticos hablan mucho, se ha cogido la costumbre, desde hace algún tiempo, de analizar
sus discursos. Se ha tendido primero a poner de relieve los contenidos ideológicos, doctrinales,
pragmáticos que en ellos se expresan, después nos hemos dedicado a describir los procedimientos
de argumentación, de persuasión o de manipulación que actúan en ellos, y más recientemente, al
constatar que ese género de discursos se dirige tanto a la afectividad como al intelecto, se ha
tratado de dar cuenta también de los efectos emocionales o pasionales que consideramos que
producen o pro- mueven. Aunque lo “pasional” no es lo sensible, y la política no se detiene allí.

Sin duda, nada hay en eso de radicalmente nuevo y, sin embargo, en nuestros días, esa inflexión
a favor de lo sensible afecta cada vez más el estatuto, las formas, el lugar mismo de lo “político”
(Landowski 2008).

La política que, según se dice, es el dominio del cálculo y de la razón fría, tiende así a convertirse
en uno de los planos sobre los cuales aflora a la superficie la dimensión existencial de nuestra
relación con el otro y se traduce en forma de gestos de adhesión o de rechazo a flor de piel. Hemos
tenido en Francia una buena prueba de eso con ocasión de un debate crucial entre los dos
candidatos de la segunda vuelta en la elección presidencial del

La vivencia y su discurso

Pero “la política” no es más que una construcción semiótica entre otras, y los dos regímenes de
significación que acabamos de distinguir en su práctica

–la experiencia, la narración– tienen un alcance mucho más general.

Las narraciones son las que nos permiten dar un poco de significación y de valor a la vida a pesar
de lo que pueda tener de insignificante por su monotonía o de sinsentido por su as- pecto
imprevisible y caótico. Pero in- dependientemente de las significaciones que conlleva lo que se
cuenta, pasa a veces –frente a otro, o ante una obra, ante un paisaje– que nos sentimos cautivados
por la presencia de un sentido que, si por hipótesis no emana de ningún discurso constituido, de
ningún relato formal, se impone, no obstante, inmediatamente a nuestra intuición. Ese sentido
segundo (o tal vez, en realidad, primero), la narración no lo cuenta, y no puede “contarlo”.

44-49, 2005: 94-96 [2009b: 105-108]). El hecho de que, en esas condiciones, nos encontrásemos
relativamente despro- vistos de instrumentos para dar cuen- ta de la experiencia, ¿es razón
suficien- te para ignorar todo aquello que esca- pa a las rejillas de análisis construidas para
describir la narración? Por nues- tra parte, lejos de sacar de la limita- ción de nuestras conquistas
teóricas y metodológicas la conclusión de que la cuestión existencial no es pertinente o de que el
estatuto del sentido aprehen- dido en la experiencia no puede ser sino extrasemiótico, creemos
que el problema radica en lo incompleto de los modelos de que disponemos. Y en ese sentido,
hemos tratado y seguimos tratando de completarlos y de hacer- los cada vez más potentes.

La óptica sociosemiótica

Pasar de una semiótica del texto a una semiótica de las situaciones, y luego, de la experiencia,
exigía ampliar el campo de pertinencia con relación a la práctica dominante. En eso consiste
principalmente la especificidad de la versión de la semiótica general que nosotros hemos
elaborado con el nombre de sociosemiótica. Esa extensión corresponde al mismo tiempo a una
profundización, en el sentido en que conduce de lo que es más exterior al sujeto –el texto, en su
objetividad de “enunciado enunciado”– a lo que es más propio, más “interior” del sujeto –la
experiencia del sentido tal como él la vive–, pasando por un nivel intermedio, la situación como
configuración significante construida intersubjetivamente por los coparticipantes en la
interacción.

Lógicas complementarias de la junción y de la unión

En la base de la gramática narrativa llamada estándar, se encuentra la hipótesis implícita de


que todas las fluctuaciones que afectan nuestra condición material y moral de sujetos dependen
de operaciones de “junción” que, unas veces, nos ponen en posesión de los “objetos de valor” a
los que apuntamos (=conjunción); otras veces, nos privan de ellos (=disjunción). Un modelo
semejante se justifica respecto de un espacio de interacción concebido como espacio cerrado y
saturado –típicamente, el del cuento– en cuyo interior lo que un personaje pierde, otro debe
recibirlo como participación. Y tiene la ventaja de prestarse a cierta formalización. Pero tiene el
inconveniente de ser ideológicamente demasiado marcado

Regímenes de sentido en la interacción

Una vez sobrepasados los límites del modelo juntivo, nuevas posibilidades se abren para una
teoría general de la construcción y de la aprehensión del sentido en la interacción. Comencemos
a este propósito por algunas generalidades.

Cualquiera que sea el proyecto por realizar, el proceder que hay que poner en marcha, el problema
que tenemos que resolver o el asunto que gestionar para llegar a buen término, es un hecho
empíricamente constatable: que cada cual, en la vida cotidiana, está inclinado (en función de su
cultura o de su idiosincrasia personal) a privilegiar un modus operandi determinado, un cierto
estilo de acción, una “estrategia”, de preferencia a tal o cual otra. Muchos, no sintiéndose en
confianza más que en un entorno ordenado y controlado, soñarán con poder programar el
comportamiento de la gente al igual que el curso de las cosas, a fin de asegurar hasta en el más
mínimo detalle, el control del desarrollo de la operación en la que se hallan implicados.

Esas distintas maneras de ser, que corresponden a diferentes modos de concebir el sentido de la
vida, se traducen en estilos de conducta diferenciados por el tipo de interacciones que entablan
con los objetos, con el otro y consigo mismos. Dichas variantes dependerían únicamente de datos
psico- lógicos y no tendríamos nada más que hacer sino constatar si los regímenes de sentido y de
interacción a los que remiten se articulan unos con otros en función de principios estructurales
que nada deben a la psicología y que por el contrario, revelan ser semióticamente analizables.

Formas de estar en el mundo

Según las circunstancias, en función de los contextos, del tipo de objetos que se presenten y de la
naturaleza de las relaciones que tratemos de establecer con lo que nos rodea, oscilamos, en la vida
misma, entre dos maneras muy diferentes de mirar el mundo y de hacerlo significar. En el marco
de una problemática semiótica de alcance general, una y otra deben ser tomadas en consideración.
La lectura y la captación

Con mucha frecuencia, miramos el mundo como si se tratase de una superficie cubierta de signos
que hemos aprendido a leer. La comprensión de aquello con lo que nos enfrentamos pasa entonces
por el desciframiento de formas manifiestas que, verbales o no verbales, constituyen el
equivalen- te de otros tantos textos que suponemos que “quieren decir algo” o, según la fórmula
adoptada más arriba, que “tienen significación”.

Formas de la figuratividad

En la arquitectura de la teoría semiótica, la “figuratividad” se define, como se sabe, en relación


con la “narratividad”: esos son dos conceptos genéricos que remiten, el primero –la figuratividad–
al componente semántico del discurso, el segundo –la narratividad– al componente sintáctico. En
cambio, cuando el término “figuratividad” se utiliza como instrumento de análisis de un discurso
particular, la noción de figuratividad adquiere un carácter más técnico.

Estilos existenciales

La primera de esas correlaciones consiste en que el desciframiento de las significaciones a través


de la lectura del mundo –de sus figuras de superficie– corre paralelo, en el plano de la interacción,
con comportamientos que pertenecen a uno u otro de los dos principios en los que la teoría
semiótica estándar basa el resorte gramatical de toda narración: ya sea el principio de
intencionalidad que funda la sin- taxis de la manipulación, ya sea el principio de regularidad que
presupone toda programación, o, por último, una combinación de los dos.

Conclusión

Cada una de las configuraciones semióticas de las que nos hemos ocupa- do recubre, por
consiguiente, a la vez, desde el punto de vista de la teoría general del sentido, algunos modos de-
terminados de tratamiento de la figuratividad, y desde el punto de la teoría de la acción, algunas
formas precisas de la narratividad, y el conjunto per- mite dar cuenta de la diferenciación de los
tipos de actitudes y de prácticas que cada individuo (y, por extensión, cada cultura) tiende a
privilegiar frente a la cuestión del sentido de la vida. Lo cual quiere decir que tratar de la
experiencia no obliga de ningún modo –como tampoco lo hace descifrar la narración– a salir del
campo conceptual en el que las nociones de figuratividad y de narratividad encuentran su
pertinencia.
Pero esas distinciones tienen también un alcance más general. Tomando en cuenta todo lo que
precede, la “narración” es en el fondo el conjunto de los discursos que fijan la identidad, la
regularidad, la necesidad y la racionalidad de todo lo que existe.

Se trata de un discurso de la aserción: discurso de lo inteligible, el cual, ante la experiencia incierta


de lo real, permite fijar significaciones reconocibles, legibles, porque se supone de antemano que
se hallan instaladas en la forma manifiesta de lo que es. A la inversa, la experiencia es
interrogación sobre el sentido de los efectos del sentido que surgen de lo que adviene al sujeto,
sea des- de fuera en forma de figuras estéticas que lo impresionan, lo conmueven, lo afectan, sea
desde dentro de sí mismo en forma de impulsos que provienen de la dinámica del cuerpo propio
y tal vez también –sobre todo si se opta por incluir el sueño en el campo de la experiencia-que-
hace-sentido– de fi- guras fantasmadas que traducen las pulsiones del “inconsciente”. El sujeto
puede dejarse llevar por esas fluctuaciones, o al contrario, esforzarse por dominarlas, tratando de
reducirlas a esquemas tomados del universo de la narración. Pero puede también tratar de decirlas
por medio de la producción de un discurso de la experiencia, capaz de recuperar reflexivamente
y de restituir para sí mismo y, dado el caso, para otros aquello que antes ha hecho sentido en la
vivencia de la experiencia, es decir, en la captación inicial. Porque si, como hemos dicho, la
experiencia no es narrable, no por eso es, en principio, menos decible, por medio de formas de
expresión y de escritura adecuadas, literarias o cinematográficas, y también fenomenológicas, y
hasta algún día, por qué no, semióticas.