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¿QUÉ DICE LA FÍSICA SOBRE LOS

VIAJES EN EL TIEMPO?

En un artículo se plantea algunas paradojas que nos podrían hacer dudar


sobre la posibilidad de realizar viajes en el tiempo. Pero ¿qué dice la
física? ¿Hay alguna teoría que haga posible viajar en el tiempo? ¿Es
verdad, como dicen algunos, que la teoría especial de la relatividad de
Einstein implica que será posible viajar en el tiempo?

En primer lugar, es preciso refutar una idea falsa, pero bastante


extendida. A menudo se oye decir algo parecido a esto:

Si fuese posible viajar a velocidades mayores que la de la luz,


viajaríamos hacia atrás en el tiempo, porque el tiempo
transcurrido sería negativo.

¿Es esto cierto? Veamos la ecuación que define la relación entre el


tiempo propio y el tiempo externo para un cuerpo que se mueve con
movimiento rectilíneo y uniforme, de acuerdo con la teoría especial de
la relatividad:

Donde t es el tiempo vivido por los viajeros que se mueven a la


velocidad v; t 0 es el tiempo externo equivalente (el tiempo
experimentado por un objeto que se encuentre en reposo); y c es la
velocidad de la luz. Podemos ver que, para v < c, el término que está
dentro de la raíz cuadrada es positivo y menor que 1, su raíz también lo
será, y por lo tanto t < t 0 (el tiempo de los viajeros se acorta).

Pero ¿qué pasa si v>c (si se pudiese ir a velocidades mayores que la de


la luz)? En tal caso, el término bajo la raíz cuadrada sería negativo, es
decir, el tiempo sería imaginario. No negativo, sino imaginario. ¿Y
qué es un tiempo imaginario? De acuerdo con el invariante d e
Minkowski, sería un tiempo que se comportaría exactamente igual que
el espacio. Un tiempo que no transcurriría. Luego viajando a velocidades
mayores que la de la luz, no sería posible viajar en el tiempo.

Es verdad que la teoría general de la relatividad es compatible con la


existencia de bucles temporales que permitirían, en teoría, viajar hacia
atrás en el tiempo (siempre que la realidad se adapte a la teoría-B, no
a la teoría-A). El viaje se realizaría a través de
un wormhole (literalmente, un agujero de gusano), un túnel a través
del espacio-tiempo. De estos wormholes hay varios tipos:

 Wormholes de Euclides, que utilizarían dimensiones


desconocidas y sólo sirven para viajar en el espacio.
 Wormholes de Lorentz: ideados por Hermann Weyl (1921) y
John Wheeler (1957), estructuras topológicas especiales del
espacio-tiempo puramente teóricas, que no han podido asociarse
hasta ahora con ningún proceso físico natural. Los viajes hacia el
pasado realizados así no provocan paradojas, porque el viajero no
puede viajar a su propio pasado, aunque sí le permitirían realizar
un viaje interestelar y volver a casa una fracción de segundo
después de su partida.

 Wormholes de Schwarzchild: túneles en los que se entraría por


un agujero negro y se saldría por un agujero blanco (una
estructura totalmente hipotética).

Los más utilizados en la literatura de ciencia-ficción (aunque más para


viajar en el espacio que en el tiempo) son los últimos, los de
Schwarzchild. Yo mismo los he leido en la novela Más allá del agujero
negro (Isaac Asimov). Desgraciadamente, aunque la existencia de los
agujeros negros está bastante comprobada, la de los agujeros blancos
sigue siendo una pura hipótesis. Pero aquí se plantea un problema de
mayor calado.

En los 100 años de su existencia, la teoría de la relatividad ha recibido


el espaldarazo de haber realizado cinco predicciones correctas:

1. Las anomalías en la precesión de la órbita de Mercurio, detectadas


mucho antes de la formulación de la teoría e inexplicables hasta
entonces.
2. La desviación de la luz al pasar cerca de una gran masa,
comprobada por Eddington en 1919 con ocasión de un eclipse
solar.
3. El corrimiento al rojo de la luz que sale de un cuerp o de gran
masa, comprobado inicialmente en 1925 y de forma más segura
en 1959-65.
4. Las lentes gravitatorias, debidas a la desviación de la luz por
entidades con gran masa (galaxias), descubiertas a partir de
1979.
5. Las ondas gravitatorias, predichas por Einstein en 1916 y
seguramente descubiertas en 2016, justo 100 años después.

Vemos que la teoría de la relatividad general ha tenido varios éxitos


predictivos muy importantes. A pesar de ello, como toda teoría
científica, está sujeta a ser refutada por descubrimientos posteriores.
¿Dónde podría ocurrir esto?

Precisamente en sus predicciones sobre lo que pasa en el interior de un


agujero negro. De acuerdo con la relatividad general, un agujero negro
contendría una singularidad, un punto de densidad infinita . Ahora bien:
a lo largo de la historia de la física ha habido muchas predicciones de
infinitos que luego se han eliminado modificando las teorías. En general,
la suposición de que toda predicción de un infinito es el punto débil de
una teoría se ha cumplido siempre, hasta ahora. Si esto ocurriera con la
teoría de Einstein, la posibilidad de viajar en el tiempo a través
de wormholes podría desaparecer.

Para terminar, citaré que el famoso matemático Kurt Gödel propuso en


1949 un modelo cosmológico compatible con la relatividad gene ral, en
el que los viajes en el tiempo serían posibles. Desgraciadamente, su
modelo es incompatible con la existencia de la materia, por lo que en el
universo de Gödel sería posible viajar en el tiempo, pero no habría
ningún viajero que pudiese intentarlo.
La Física y los viajes en el tiempo
Es habitual en el cine, la literatura y actualmente también en el mundo de los
videojuegos, toparnos con historias en las
cuales la trama se desarrolla a través de un
laberinto temporal, donde los protagonistas se
pierden entre los intrincados escondites del
espacio y el tiempo. A menudo descubren que
sus actos provocan terribles cambios en la
época de la que ellos proceden, como el
hecho de que sus padres no se conozcan y,
entre otras cosas, que su cara desaparezca
de la foto familiar que procuró guardar en la
cartera antes de salir de viaje por el espacio-
tiempo. Esta historia misma la podéis encontrar en la famosa película Regreso
al Futuro. Por supuesto, hay infinidad de historias diferentes con tramas mucho
más enrevesadas y complicadas. En el relato corto "All you Zombies" de Robert
Heilein, todos los personajes del relato son la misma persona. Como he dicho
estamos acostumbrados a disfrutar de estas historias en la literatura y en el cine,
pero ¿qué dice la ciencia de todo esto?

Siempre se pensó que el espacio y el tiempo eran dos conceptos universales, es


decir, que el tiempo fluye a la misma velocidad a lo largo de todo el universo, y
que este espacio es el único y el mismo para todos. Esta idea, aparentemente
de sentido común, quedó destruida por la teoría de la relatividad especial,
enunciada ya hace poco más de un siglo por Albert Einstein.

Desde entonces ha sido confirmada


experimentalmente en varias ocasiones, y
aunque en los últimos meses una de sus ideas
principales (que nada en el universo puede
viajar más rápido que la luz) se ha tambaleado
un poco con todo este asunto de los neutrinos,
aún sigue aparentemente intacta. Con la puesta
en escena de la relatividad, los viajes en el
tiempo encontraron una puerta por la que
colarse del mundo de la ciencia-ficción al de la
realidad. Fueron los propios físicos los que
comenzaron a especular sobre las
consecuencias que podría tener un viaje en el
tiempo, realizándose todo tipo de preguntas
sobre qué distintas consecuencias para el
presente tendrían los diversos itinerarios
turísticos posibles a través del espacio-tiempo. De todos estos viajes surgían
callejones sin salida, bucles infinitos o universos paralelos. Pero los físicos no
sólo se quedaron ahí, también comenzaron a desarrollar todo tipo de “posibles”
máquinas del tiempo permitidas por la física teórica (agujeros de gusano,
cilindros rotatorios, vórtices de luz...). El viaje en el tiempo había dejado de
formar parte únicamente de la ciencia ficción y se había hecho un pequeño sitio
en la ciencia real, aunque no siempre tomado demasiado en serio. En general
los físicos han llegado al consenso de que, de poder realizarse un viaje en el
tiempo, únicamente sería posible hacia el futuro, y que en el caso de viajar hacia
el pasado no podríamos viajar a una fecha anterior a la creación de la máquina
del tiempo. Esta afirmación evitaría espinosas preguntas como ¿por qué no
hemos sido aún visitados por viajeros del futuro? Aceptando este hecho, voy a
hablaros aquí de una de tantas máquinas del tiempo que se han diseñado, y que
en el caso de que tecnológicamente fuera posible construir, más comodidades
ofrece para disfrutar de un viaje seguro y temporalmente factible para el viajero
espacio-temporal.

Una de las distintas formas de las que se ha afirmado que podrían servir como
instrumento para viajar en el tiempo es a través de los agujeros de gusano,
también conocidos como puentes de Einstein-Rosen. Un agujero de gusano es
un túnel que nos permite atajar entre dos lugares diferentes del espacio y el
tiempo. La idea de agujero de gusano derivó de la concepción de agujero negro,
formulada por el físico alemán Karl Schwarzschild, cuando en 1916, utilizando
las recién formuladas ecuaciones de la relatividad general de Einstein, calculó el
campo gravitatorio de una estrella masiva estacionaria. Pero el puente de
Einstein-Rosen era simplemente una curiosidad matemática, ya que para
atravesar el centro se debían salvar un gran número de dificultades. La fuerza
gravitatoria en el centro del agujero sería enormemente potente, lo que haría que
cualquier objeto que intentara atravesarlo quedara aplastado. Para superar con
éxito esta fuerza gravitatoria se necesitaría una velocidad mayor a la de la luz, lo
cual según la relatividad era imposible. A medida que nos acercáramos al centro
del agujero, el tiempo se iría frenando, llegando en el centro a detenerse
completamente. Además de estos inconvenientes existían otras pegas: como la
propia estabilidad del agujero, qué efectos cuánticos evitarían que el agujero se
mantuviese abierto, o que la radiación producida en la entrada del agujero
mataría al que intentara atravesarlo. Con toda esta lista de inconvenientes
parecía lógico pensar que nunca sería posible, si es que realmente existían,
atravesar un agujero de gusano.

Representación gráfica de un agujero de gusano en dos dimensiones (fuente:


Wikipedia)
Pero en 1985, Carl Sagan buscaba una manera de comunicar dos regiones
enormemente distantes del universo de la forma más breve posible, para incluirla
en su novela Contact. Carl consultó a Kip Thorne, físico estadounidense, acerca
de un posible método que permitiera este viaje de la forma más científica y real
posible, y que además permitiera a un ser humano realizar el viaje en un tiempo
aceptable. Thorne quedó realmente intrigado por la pregunta de Sagan y buscó,
junto a Michael Morris y Ulvi Yurtserver, una respuesta que ofreciera una
posibilidad real para este tipo de viaje. La solución que encontraran debía salvar
todos los inconvenientes anteriormente enumerados. Finalmente dieron en el
clavo, lograron diseñar un agujero de gusano en el cual, un ser humano que lo
atravesase no sentiría una fuerza gravitatoria mayor a 1g, el agujero
permanecería estable y sin cerrarse, y además el viaje no supondría más de 200
días para el viajero. Solo existía una pega, en el centro del agujero debía existir
una materia exótica, que aunque podía estar al alcance de una posible
civilización futura y no violaba las leyes de la física, podía perfectamente no
existir.

Y, ¿Cómo podemos construir una


máquina del tiempo con este tipo de
agujero de gusano?

Primero deberemos "encerrar" una


de las entradas del agujero en una
nave espacial con capacidad de
volar a velocidades cercanas a la
luz, y dejar la otra por ejemplo en nuestra habitación. Con nuestra nave última
generación, viajaremos a una velocidad cercana a la de la luz, durante lo que
desde la tierra se percibirían como por ejemplo…2000 años. Según la geometría
de la relatividad general, la longitud del agujero de gusano podrá mantener su
longitud original durante el viaje, es decir, que no se estirará según nos alejemos
del otro extremo. Tras aterrizar en la tierra 2000 años después, desde la
perspectiva terrestre, descubriremos que todo ha cambiado, y tras acercarnos al
lugar donde debería estar nuestra casa, esta ni siquiera existe. Ante el asombro
nos apresuramos a asomarnos al agujero de gusano que aún está abierto en
nuestra nave espacial, y observamos que nuestra habitación se encuentra
perfectamente al otro lado del agujero, consiguiendo de este modo, no solo un
desplazamiento en el espacio, si no un desplazamiento en el tiempo. Solo
tendríamos que cruzar de un extremo a otro para encontrarnos de nuevo en la
época de la que procedíamos.

Por supuesto, hoy por hoy es imposible crear un agujero de este tipo, y como se
ha dicho anteriormente, ni siquiera se sabe si es posible que este tipo de agujero
exista. Actualmente se especula sobre la posible creación de micro agujeros de
gusano en los aceleradores de partículas, y se sugieren formas de cómo poder
estirarlos a tamaños que permitieran a un ser humano atravesarlos. Pero estas
afirmaciones no son más que especulaciones, y grandes físicos como Stephen
Hawking comentan que posibles fluctuaciones del vacío, fruto de las agitaciones
que surgen de la incertidumbre cuántica, podrían destrozar el agujero de gusano
cuando se encontrara en una configuración como la descrita en nuestro viaje en
el tiempo. Sin duda, aún es demasiado pronto para dar una respuesta definitiva
a todo lo relacionado con este asunto, y como siempre ha ocurrido con la ciencia,
poco a poco encontraremos pequeñas pistas que nos abrirán y cerrarán puertas
a infinidad de asombrosas posibilidades. Puede que en un futuro, dispongamos
de la energía y tecnología suficiente para poner a prueba alguna de estas teorías
y, quien sabe, puede que nos llevemos una sorpresa.

Fuentes:

 Greene, Brian. El tejido del cosmos.


 Kaku, Michio. Hiperespacio.
 Punset, Eduardo. Cara a cara con la vida, la mente y el Universo

Experimentos realizados en los últimos años sugerían la eventualidad de que los


fotones, las unidades de luz, tomadas de forma individual, podían superar la
misma velocidad de la luz en su conjunto, pero los investigadores han confirmado
que este salto en las reglas del Universo no es posible. Y si esto no es posible,
por mucho que duela a los más entusiastas, tampoco lo será viajar al pasado o
al futuro.

Durante la investigación, publicada en Physical Review, los científicos, dirigidos


por Shengwang Du, hicieron pasar pares de fotones a través de un vapor de
átomos a unas 100 millonésimas de grado sobre el cero absoluto, la temperatura
más baja de Universo, según informa la BBC. Y resultó que los fotones
individuales cumplían con los límites de la velocidad de la luz en el vacío, lo que
significa que siguen el principio de causalidad establecido por la teoría de la
relatividad de Einstein, por el que el efecto no puede suceder antes de su causa.

LOS LÍMITES EINSTEIN

"Einstein afirmaba que la velocidad de la luz imponía la ley del tráfico del
Universo: nada puede viajar más rápido que la luz", explican los investigadores
de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong. "El estudio demuestra
que un único fotón también obedece esa ley", subraya. Para el profesor Du, el
fracaso individual de los fotones "cierra el debate" de la velocidad que pueden
adquirir estas partículas. Además, la investigación puede proporcionar nueva
información en los estudios sobre transmisión cuántica.

La luz viaja a una velocidad de casi 300.000.000 metros por segundo en el vacío,
pero puede variar en diferentes materiales, como el agua (el popular experimento
de la pajita 'doblada' en el vaso) o los gases.
Hawking define las formas posibles de
viajar en el tiempo
Agujeros de gusano agrandados o alcanzar la velocidad de la luz podrían servir para
desplazarnos al pasado o futuro

En un artículo publicado por la revista Daily Mail, el famoso físico británico Stephen Hawking,
ha definido las vías que, según las teorías actuales de la física, podrían servirnos para viajar en
el tiempo: agujeros de gusano agrandados, órbitas alrededor de agujeros negros o viajes a la
velocidad de la luz podrían servir, al menos teóricamente, para desplazarnos hacia el pasado o
el futuro. Pero estos viajes, aunque físicamente posibles, aún deben superar enormes
dificultades técnicas para convertirse en realidad.

Para entenderlas, explica la revista Discovery se debe pensar, en primer lugar, en el tiempo
como si éste fuera una dimensión más, similar a la altura, el ancho o la longitud de todas las
cosas.

Hawking ilustra esta idea con el ejemplo de la conducción de un coche: los vehículos pueden ir
hacia delante, en una dirección; pero también pueden ir hacia derecha o izquierda: ésa sería
otra dirección. Por último, también pueden subir por una carretera de montaña (tercera
dirección). La cuarta dimensión que el coche recorrería sería el tiempo.

Atajos en el espacio tiempo

¿Pero cómo podríamos hacer ese “giro” y desplazarnos hacia el futuro o el pasado? En primer
lugar, según Hawking, en teoría podría hacerse a través de ciertos portales espacio-temporales
conocidos como agujeros de gusano que, según las ecuaciones de la teoría de la relatividad, son
"atajos" que recorren el espacio y el tiempo.

El físico escribe que estos agujeros de gusano se encuentran por todas partes (en la
llamada espuma cuántica o fundación del tejido del universo), a nuestro alrededor.

El único problema que presentan para cualquiera que quiera viajar en el tiempo es que son
demasiado pequeños (se encuentran en el nivel cuántico o subatómico de la materia) como
para que en ellos quepan personas o medios de transporte espacio-temporal.

Si fuera posible, con una técnica futura, hacer un agujero de gusano lo suficientemente grande,
entonces, podríamos viajar a través de ellos a otros planetas situados a años luz de distancia del
nuestro o quizás al pasado, para ver a los dinosaurios, afirma Hawking.

Los ríos del tiempo

Otra interesante idea que plantea Hawking sobre los viajes en el tiempo en su artículo es que
éstos podrían hacerse navegando por los “cambiantes ríos del tiempo”. Según el físico, “el
tiempo fluye como un río y parece como si cada uno de nosotros fuera inexorablemente
arrastrado por su corriente” pero, de hecho, el tiempo es como un río en otro sentido: fluye a
diferentes velocidades en distintos sitios, y ahí está la clave para el viaje al futuro.
Stephen Hawking.

Esta idea fue propuesta por otro físico: Albert Einstein, hace un siglo. Einstein pensó que debía
haber sitios donde el tiempo se desaceleraba y otros donde se aceleraba.

Tenía razón, escribe Hawking, y la prueba llegó con la red de satélites de posicionamiento
global (GPS) que, además de ayudarnos a navegar por la Tierra, ha revelado que el tiempo va
más rápido en el espacio: los precisos relojes instalados dentro de estas aeronaves ganan
alrededor de un tercio de la billonésima parte de un segundo cada día. El problema no está en
los relojes: lo que ocurre es que la masa de la Tierra arrastra al tiempo y lo hace más lento.

Esta sorprendente realidad abre la puerta a la posibilidad de viajar en el tiempo, por los diversos
ríos temporales, afirma el físico.

Agujeros negros

Otra posibilidad para viajar en el tiempo, al menos en teoría, es la de los agujeros negros. Estos
agujeros son regiones finitas del espacio-tiempo provocadas por una gran concentración de
masa en su interior, con un enorme aumento de la densidad, que a su vez genera un campo
gravitatorio de tal magnitud que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz,
puede escapar de él.

Según Hawking, los agujeros negros tienen un efecto dramático en el tiempo, porque lo
ralentizan más que cualquier otra cosa de la galaxia. Por tanto, estos agujeros son “máquinas
del tiempo naturales”.

Así, por ejemplo, si una nave espacial orbitara alrededor del agujero, tardaría 16 minutos en
completar una órbita, desde la perspectiva de la agencia espacial que controlara la misión desde
la Tierra. Para los astronautas, en cambio, sólo habrían pasado 8 minutos.

Cien años en una semana

Stephen Hawking propone, por último, otro medio de desplazamiento en el tiempo: los viajes
a una velocidad cercana a la de la luz. Según el científico, viajar casi a la misma velocidad de la
luz, que se mueve a 300.000 kilómetros por segundo, nos transportaría directamente al futuro.

Para ilustrar esta posibilidad, Hawking utiliza el ejemplo de un tren de alta velocidad que saliese
de una estación el uno de enero de 2050 y que pudiera dar siete vueltas a la Tierra cada segundo.
A esa velocidad, en el interior del tren el tiempo transcurriría más lentamente que fuera. En una
semana de viaje para los pasajeros, sin embargo, éstos llegarían a su destino 100 años después
de haber salido, en 2150, según el tiempo terrestre común.

Aunque a escala macroscópica esta velocidad es imposible de alcanzar por el momento, lo


cierto es que en el acelerador de partículas LHC (Gran Colisionador de Hadrones del CERN, en
Ginebra), se ha logrado que unas partículas subatómicas que normalmente se desintegran
inmediatamente después de aparecer y llamadas pimesones, se movieran a dicha velocidad.
Como consecuencia su tiempo de vida se prolongó hasta 30 veces.

Para hacer lo mismo con un ser humano, explica Hawking, necesitaríamos estar en el espacio y
una nave que fuera 2.000 veces más rápida que el Apolo 10. Por tanto, parece que, en teoría,
viajar en el tiempo es posible, quizá sólo sea cuestión de esperar.

Cuestión de dinero, no de física

Los viajes en el tiempo ya no parecen, al menos para los científicos y a juzgar por una serie de
investigaciones realizadas recientemente, sólo un sueño de la ciencia ficción.

En los últimos años, se ha hablado de diversos avances en este terreno y en cuyo contexto las
afirmaciones de Hawking cobran mayor sentido. Así, en 2007, por ejemplo, un equipo de
científicos israelíes estableció un modelo teórico para el viaje en el tiempo que podría permitir
a las generaciones futuras desplazarse al pasado. Sus cálculos, en concreto, demostraban que
se podía generar un bucle espacio-temporal a partir únicamente de materia ordinaria y
densidad de energía positiva.

Por otra parte, en 2006, un físico de la Universidad de Connecticut, en Estados Unidos, publicó
que había creado un prototipo de máquina del tiempo que utilizaba energía luminosa en forma
de rayos láser para curvar el tiempo y así desplazarse por él. Según este físico, con este método
el ser humano podría viajar en el tiempo a lo largo de este mismo siglo.

En 2004, incluso, el físico Paul Davies llegó a afirmar en un encuentro de especialistas que “la
máquina del tiempo era cuestión de dinero y no de física”. Es decir que, si hubiera inversiones
para la investigación en este terreno, tal vez podrían superarse las dificultades tecnológicas de
un viaje que, según las leyes de la física, es posible.
"El viaje en el tiempo no
existe, no puede existir"

La cultura lleva décadas logrando lo que la física (¿todavía?) no permite:


trasladarnos al pasado y al futuro
Wells, Twain, Woolf, Joyce, Proust... Sólo las letras rompen el continuo
espacio-tiempo

No hace falta un condensador de fluzo, ni la cabina telefónica del Doctor Who, ni


siquiera una de las puertas del Ministerio del Tiempo. Si de lo que se trata es de
viajar en el tiempo, la narrativa y sus engranajes son capaces de llevarnos
al más lejano de los momentos y al más distante de los lugares. Pero la idea
del periplo temporal, que todos hemos asumido con la misma soltura con la
que Terminator se cargaba primero a los buenos y luego a los malos (¿o era al
revés?), lleva con nosotros poco más de un siglo.

En pocos años hemos visto cosas que jamás creímos que fueran posibles salvo en
la ficción: dispositivos móviles, coches autónomos y ese gigantesco aleph llamado
internet. Una revolución comparable a la del siglo XIX, en el que se vivieron
una sucesión de avances científicos y tecnológicos que modificaron la manera de
ser y estar del ser humano en el planeta: del ferrocarril al telégrafo, del gramófono
al cinematógrafo.
Muchos de esos inventos lograban, precisamente, acortar o hacer desaparecer las
distancias, y daban un nuevo sentido al escurridizo concepto del tiempo. Porque,
¿qué es el tiempo? Esa es una de las grandes preguntas a las que intenta responder
James Gleick, autor de Viajar en el tiempo (Crítica), ensayo que recorre
las interconexiones entre las teorías científicas al respecto, las corrientes
filosóficas y una considerable cantidad de la producción cultural de los últimos
130 años.

Retrocedamos el reloj hasta febrero de 1887. Un señor adicto a la literatura y a los


descubrimientos científicos, al que familia y amigos llaman Bertie, idea en su casa
de Londres un artilugio capaz de alimentar la imaginación de sus
coetáneos y de todas las generaciones posteriores: la máquina del
tiempo. Estaba fabricada a base de «níquel y marfil, rieles de bronce y bielas de
cuarzo», y su destino era difuminar la línea que tradicionalmente separaba la
ciencia de la ficción. Hablamos de H.G. Wells, el primer escritor, con permiso de
Poe, que vio las posibilidades de romper las amarras del tiempo.

Wells, defensor «del socialismo, el amor libre y la bicicleta», fascinado por el


hallazgo de una cuarta dimensión -la duración-, escribió la primera gran
referencia de un subgénero que hoy en día propicia un caudal casi infinito de
relatos. Lo que comenzó como narración fantástica en manos del más ilustre
heredero de Julio Verne, pronto «pasó a formar parte de la ortodoxia de la física
teórica», en palabras de Gleick.

A LOS FÍSICOS LES CONDICIONA UN


SIGLO DE CIENCIA FICCIÓN. PERO EL
VIAJE EN EL TIEMPO NO EXISTE. NO
PUEDE EXISTIR
Los vasos comunicantes entre la narrativa, las matemáticas, la física teórica y la
filosofía se ensancharon, permitiendo una retroalimentación constante. Mark
Twain llevó a un yanqui a la corte del Rey Arturo; Isaac Asimov creó un genuino
y deprimente Ministerio del Tiempo en El fin de la eternidad; Ray Bradbury acertó
a vislumbrar el cataclismo temporal que podía causar la muerte de una mariposa
en la prehistoria en El ruido del trueno, diez años antes de que Edward Lorenz
acuñara el célebre efecto mariposa. Incluso escritores en las antípodas del género
idearon sus propios viajes narrativos: «Proust buscaba el tiempo perdido.
Woolf lo estiraba y distorsionaba. Joyce asimilaba las noticias sobre el tiempo
a medida que llegaban de la frontera de la ciencia».

Mientras Einstein refutaba la teoría de Newton sobre el tiempo y el espacio


absolutos, muchos jóvenes con vocación científica devoraban Astounding
Science Fiction y otras revistas de relatos de serie B. Un sorprendente
número de ellos acabaron en la órbita del visionario John Archibald Wheeler,
candidato número uno a ser un viajero procedente del futuro por sus aportaciones
a la teoría de los agujeros negros. Curiosamente, fueron las publicaciones pulp,
afirma Gleick, las que «no tardaron en elaborar normas y
justificaciones que harían que un talmudista se sintiera orgulloso. Lo que está
permitido, lo que es posible, lo que es verosímil». Asomaban la patita los laberintos
temporales sin salida y un sinfín de ucronías, distopías, multiversos e historias
alternativas.

«El viaje en el tiempo está ahora presente en todas partes», dice Gleick. «Pero no
existe. No puede existir». Vaya chasco. «No hay forma de acceder al futuro.
Sólo cabe sentarse a verlo llegar», decía el escritor Israel Zangwill,
prefigurando las cápsulas del tiempo, que ocupan uno de los capítulos más
divertidos del libro. Para su autor, iniciativas como la Cripta de la Civilización no
son más que «máquinas del tiempo tragicómicas. Envían nuestros cachivaches
culturales al futuro a paso de tortuga».

Eso no impide que «cada pocos años aparezca alguien anunciando la posibilidad
de viajar en el tiempo a través de un agujero de gusano. Estos físicos han estado
condicionados inconscientemente por un siglo de ciencia ficción». Y eso no es
necesariamente negativo, sino una prueba más del incontrolable deseo del
hombre por encontrar en la fantasía respuestas a preguntas que esquivan
ser contestadas.
En la actualidad, ilustres físicos teóricos como Kip Thorne ejercen de productores
ejecutivos y asesores de grandes películas de Hollywood, véase Interstellar. Por su
parte, su colega Stephen Hawking ha desarrollado la conjetura de la protección de
la cronología, o lo que es lo mismo, las leyes de la física como garantes de que los
viajeros en el tiempo no puedan cambiar la Historia a su antojo. «La prueba
experimental más sólida a favor de la conjetura es que no nos hayan
invadido hordas de turistas del futuro», asegura Hawking.

Lo que queda claro, por más que la ciencia niegue la posibilidad de regresar al
pasado para matar a Hitler o al futuro para saber qué ha sido de nuestra especie, es
que la propia cultura es la única manera de proyectarnos en el continuo
espacio-tiempo.¿Qué es, al fin y al cabo, entrar en un museo, ver una película o
leer un libro? Pues eso.

Los Problemas Filosóficos del Viaje en


el Tiempo
En los últimos artículos de esta serie, hablamos acerca de cómo cambia la noción que
tenemos sobre el tiempo a partir de las teorías de la relatividad especial y relatividad
general, y de las implicaciones de la mecánica cuántica. Hoy comenzaremos a examinar
una cuestión de asiduas controversias: los viajes a través del tiempo.

Todos nos hemos preguntado alguna vez: ¿será posible viajar en el tiempo?, y muchas
veces sin considerar inmediatamente: ¿qué es el tiempo? Como hemos visto a lo largo
de la serie, la naturaleza del tiempo aparenta exceder los límites del intelecto humano,
si bien hemos avanzado mucho en la comprensión de su comportamiento físico, a través
de los trabajos fundamentalmente de Albert Einstein. Al hablar de viajar a través del
tiempo, ¿qué estamos entendiendo por “tiempo”, y qué por “viajar”? Por ejemplo,
¿estamos presuponiendo que tanto el futuro como el pasado existen físicamente, y que
podemos acceder a ellos? Por otra parte, el concepto de viaje o movimiento se refiere
a la relación entre espacio y tiempo (de ahí que hablemos de km/h, m/s, etc.); ¿qué
significación le estamos dando al aplicarlo únicamente en el tiempo?

Es necesario preguntarnos ¿qué entendemos por viajar en el tiempo?, ya que de su


respuesta depende ¿qué principios físicos avalan o comprometen el viaje a través
del tiempo? En este artículo examinaremos el origen del concepto de viaje en el tiempo,
las distintas interpretaciones desde la Física, y las implicaciones filosóficas que éstas
sugieren. De modo que propongo comenzar con la pregunta: ¿De dónde y cuándo
surge semejante idea?

Representación artística de “La máquina del tiempo” de H. G. Wells.

La expresión “viaje en el tiempo” brota en la Literatura, a finales del siglo XIX. Pero en
contraste con una creencia muy extendida, no fue H. G. Wells en su obra “La máquina
del tiempo” de 1895 quien propuso por primera vez esta idea. En años anteriores se
escribieron otros célebres relatos como “El reloj que marchaba hacia atrás” de Edward
Page Mitchell, publicado en 1891, o “El Anacronópete” del español Enrique Gaspar, en
1887. Existe un acalorado debate en torno a quién fue el primer escritor que ‘inventó’ la
máquina del tiempo; hay quienes encuentran este artilugio de manera implícita en obras
aún anteriores, mientras que otros sostienen que el viaje en el tiempo en la ciencia-
ficción (es decir, no por métodos mágicos) empieza con “El Anacronópete”. Lo que sí es
cierto es que fue “La máquina del tiempo” de Wells a través de la cual se extendió
enormemente esta idea, y no sólo entre escritores sino también entre ‘aficionados’ que
pretendían construirla o al menos ganar dinero o fama en el intento.

Consideremos el significado de la palabra viajar en el sentido cotidiano: nos referirnos


al desplazamiento de un cuerpo a través del espacio, durante un período de tiempo.
Cuando alguna de las coordenadas que indican nuestra posición cambia, decimos,
pues, que viajamos en el espacio. Ahora bien, nuestra posición en el tiempo está
cambiando constantemente, así que con el mismo criterio se puede afirmar que estamos
viajando en el tiempo. ¿Quieres ir hacia el futuro? Sólo debes sentarte y esperar. Por
supuesto, esto no es lo que tenemos en mente cuado hablamos de viajes en el tiempo.
La idea que sugiere esta expresión es la de manipular, de alguna manera, nuestra
coordenada del tiempo, en particular por la tentadora imagen que representa conocer
nuestro futuro o modificar el pasado.

En esta serie enfocamos la cuestión del tiempo desde el punto de vista de la Física y la
Filosofía; pero, con el fin de ver cómo nace la noción de viaje en el tiempo, me parece
interesante que comencemos haciendo una breve referencia literaria. Echemos un
vistazo a la novela de Wells. El personaje “Viajero a través del tiempo” que construye
su dichosa máquina, narra lo siguiente:

Cogí la palanca de arranque con una mano y la de freno con la otra, apreté con fuerza
la primera, y casi inmediatamente la segunda. Me pareció tambalearme; tuve una
sensación pesadillesca de caída; y mirando alrededor, vi el laboratorio exactamente
como antes. […] Observé el reloj. Un momento antes, eso me pareció, marcaba un
minuto o así después de las diez, ¡y ahora eran casi las tres y media! […] El laboratorio
se volvió brumoso y luego oscuro. La señora Watchets, mi ama de llaves, apareció y
fue, al parecer sin verme, hacia la puerta del jardín. Supongo que necesitó un minuto o
así para cruzar ese espacio, pero me pareció que iba disparada a través de la
habitación como un cohete. Empujé la palanca hasta su posición extrema. La noche
llegó como se apaga una lámpara, y en otro momento vino la mañana. […] Pronto,
mientras avanzaba con velocidad creciente aún, la palpitación de la noche y del día se
fundió en una continua grisura; el cielo tomó una maravillosa intensidad azul, un
espléndido y luminoso color como el de un temprano amanecer; el sol saltarín se
convirtió en una raya de fuego, en un arco brillante en el espacio, la luna en una débil
faja oscilante; y no pude ver nada de estrellas, sino de vez en cuando un círculo brillante
fluctuando en el azul.

¿Qué está significando aquí viajar en el tiempo? Desde el punto de vista del viajero, la
máquina cumple la función de acelerar la evolución física del resto del Universo a un
ritmo progresivamente elevado. Pero claro, desde el punto de vista de un observador
externo (fuera de la máquina), la función de ésta consiste en retardar la evolución física
del viajero, haciendo que todos sus procesos biológicos estén prácticamente
‘congelados’, y así avanzar en el tiempo sin envejecer. El método que usa el artefacto
para lograr esto lo desconocemos; pero vemos que expresión ‘viajar al futuro’ no está
significando más que un retardo o dilatación en la evolución física del viajero, a lo que
para abreviar vamos a llamar viaje al futuro mediante dilatación. Hacemos esto para
diferenciar esta idea de otra interpretación muy extendida sobre el ‘viaje al futuro’ que
aparece en la ciencia-ficción.
Albert Einstein. Un gran músico.

Si has leído los artículos anteriores ya sabes que la Teoría de la Relatividad Especial
demuestra que el viaje al futuro entendido de esta manera es perfectamente posible.
Basta con adquirir una velocidad cercana a la de la luz, con respecto a los demás (o
estar cerca de un campo gravitatorio intenso, según la Relatividad General) para que
nuestro tiempo se dilate; cuando frenáramos veríamos que en el mundo ha transcurrido
un tiempo mucho mayor al que estuvimos viajando. Desde luego que esto ya lo hemos
comprobado hace muchos años, pero no con naves espaciales sino con partículas
subatómicas. En un artículo posterior examinaremos los problemas de ingeniería que
impiden que hoy aceleremos naves a estas velocidades extravagantes; pero ahora el
tema que nos ocupa es analizar las distintas interpretaciones del viaje en el tiempo.

Otra idea muy popular en la literatura y el cine sobre el viaje al futuro, es la que consiste
en un salto instantáneo desde el presente hacia un punto del futuro, lo que permite, a
diferencia del viaje al futuro mediante dilatación, encontrarse con uno mismo. Por citar
algún ejemplo conocido, esto aparece en las películas de la trilogía “Back to the Future”
(“Regreso al Futuro” o “Volver al Futuro”). Ahora bien, esta interpretación trae consigo
bastantes problemas. Antes que nada, el término viaje no se ajusta del todo, ya que no
se trata de atravesar todos los puntos intermedios entre el tiempo de partida y de
llegada, como sí ocurre en el caso de Wells. Si usamos la palabra viajar para referirnos
a un recorrido, por ejemplo desde Montevideo hasta Moscú –que implica atravesar los
países intermedios–, no podemos usarla también para indicar una ‘teletransportación’
instantánea desde Montevideo hasta Moscú. Así que para diferenciar aquella forma de
‘salto’ en el tiempo, vamos a usar la expresión salto instantáneo al futuro.

Este salto instantáneo al futuro, que en la ficción hace parecer al viaje en el tiempo tan
fácil y asequible, acarrea dificultades muy complejas. Si miramos de nuevo el viaje al
futuro mediante dilatación, notamos que, por decirlo de algún modo, el viajero nunca se
‘desprende’ de su tiempo presente. De hecho, si se llegara a pensar que el pasado y el
futuro no existen, y que el presente es la única realidad, este tipo de viaje en el tiempo
seguiría teniendo sentido. Sin embargo, en un salto instantáneo al futuro, es menester
que eso que llamamos “futuro” exista como algo físico. Podemos viajar por una carretera
porque la carretera existe; pero si pretendemos viajar al futuro de esta manera, ¿qué
realidad o existencia tiene aquello a donde queremos llegar?; ¿acaso el futuro ya
está determinado y fijo, y podemos acceder a él a antojo? Aquí es donde comienza a
revelarse la importancia de qué entendemos por tiempo, en la expresión viaje en el
tiempo.
Para encarar estas cuestiones, existen principalmente tres visiones o interpretaciones
modernas del tiempo, que surgen como fruto de las Teorías de la Relatividad: el
Presentismo, el Posibilismo y el Eternalismo. En realidad, estas visiones adoptan
muchos nombres distintos; por ejemplo, a veces se usa “Block Time” o “Block Universe”
como sinónimo de “Possibilism”, y a veces también de “Eternalism” (casi toda la
bibliografía está en inglés). El hecho es que existen tres interpretaciones; veamos de
qué se trata cada una en relación con el viaje en el tiempo.

El Presentismo se basa en dos postulados íntimamente relacionados: por un lado,


que el tiempo presente es lo único que tiene existencia, mientras que el pasado y el
futuro no; y por otro lado, que el universo es tridimensional (sólo se consideran las tres
dimensiones de espacio, y no al tiempo como una cuarta). Si el pasado ya no es, y el
futuro aún no es, lo único existente es el punto presente, que no tiene duración. De ahí
que aquí al tiempo se lo conciba de naturaleza distinta al espacio: en una dimensión hay
extensión (podemos saltar de abajo a arriba y viceversa); pero si en el tiempo no hay
extensión (porque lo único que existe es el presente, que es un límite, un punto) no
podemos decir que es una dimensión. Sin embargo, el Presentismo no habla de un
‘presente universal’: la Relatividad Especial nos dice que el presente es distinto para
cada observador, según su velocidad relativa. El presente de una persona en un avión
es distinto que el presente de alguien parado en una playa. Para esta postura, entonces,
sólo los sucesos presentes son los que gozan de realidad.

Analogía ilustrativa de la concepción presentista. No podemos representar el tiempo


como una línea, tal como en los gráficos cartesianos, ya que según esta interpretación,
el tiempo es un punto.

De modo que según el Presentismo, es coherente el viaje al futuro mediante dilatación,


pero es imposible el salto instantáneo al futuro pues, de acuerdo con esto, el futuro
simplemente no existe. (Desde luego que tampoco sería posible un salto instantáneo al
pasado, pero eso lo examinaremos más adelante). Afortunadamente para los viajeros
del tiempo, existen razones para creer que el Presentismo, aunque intuitivo, es falso.

El Posibilismo (también llamado “Block Time”, “Growing block Universe” y de diversas


formas) plantea que el presente y el pasado tienen realidad física, mientras que el
futuro es sólo posibilidad. Vamos por partes. A diferencia del Presentismo, aquí el
tiempo sí es una dimensión (tiene extensión), pero de naturaleza distinta al espacio, ya
que se trata de una dimensión que está en constante crecimiento, expansión y flujo.
Para entender cómo es que el pasado tiene existencia física, tenemos que recordar que
el universo no tiene tres, sino cuatro dimensiones: el espaciotiempo. Según el
Posibilismo, el espaciotiempo es incompleto, y se va ‘construyendo’ mediante flujo del
tiempo. Esto quiere decir que el futuro no está determinado y que cualquier posibilidad
puede tener lugar. Notemos que este argumento se ve reforzado por las Relaciones de
Indeterminación de Heisenberg (o “principio de incertidumbre”), que –recordemos– dice
que cuanto más determinada está la posición de una partícula, menos determinada
estará su velocidad y viceversa, lo que demuestra que, a grandes rasgos, el desenlace
de los sucesos no está determinado por las condiciones iniciales (dicho mal y rápido,
que el futuro no está escrito).

Resumiendo, el Posibilismo es la opinión de que tanto el pasado como el presente


forman parte del espaciotiempo, pero que el futuro no existe a causa del Indeterminismo.
Veamos ahora qué pasa con el viaje en el tiempo. El viaje al futuro mediante
dilatación continúa siendo posible, y el salto instantáneo al futuro continúa siendo
imposible. Pero, ahora vemos que un salto instantáneo al pasado tiene mayor
coherencia. Según esto, intentar viajar al pasado es lo mismo que intentar viajar a la
izquierda, por ejemplo. Sin embargo, el salto instantáneo al pasado (¡aún no estamos
discutiendo el método para llevarlo a la práctica!) es uno de los mayores desafíos
intelectuales, ya que de él nacen las famosas paradojas capaces de enloquecer al más
prudente, que analizaremos en profundidad en el próximo artículo. La más clásica es la
que dice: si volvieras al pasado y mataras a tu abuelo, nunca podrías haber nacido ni
por tanto haber matado a tu abuelo.

Analogía ilustrativa de la concepción posibilista. El tiempo se extiende desde el pasado


y culmina en el punto presente, más allá del cual, no hay nada.

Finalmente, está el Eternalismo (que peligrosamente algunos autores llaman también


“Block Time”) que es la postura mantenida por Einstein: tanto el pasado, como el
presente y el futuro, existen físicamente, formando la cuarta dimensión que
constituye el espaciotiempo. Como hemos visto en artículos anteriores, la Teoría de la
Relatividad nos muestra que el tiempo es sólo otra dimensión más de espacio. Decir
que, por ejemplo, el pasado es más real que el futuro, es como decir que la derecha es
más real que la izquierda. Considerar el tiempo como la cuarta dimensión del
espaciotiempo, significa que debemos olvidarnos de la idea clásica de que el mundo es
algo tridimensional que se va modelando con el tiempo. Los cuerpos se extienden no en
tres sino en cuatro dimensiones. Para fijar ideas, el Universo “visto desde afuera” sería
como un bloque estático, inmóvil, en donde se podría observar todo su desarrollo en lo
que nosotros llamamos tiempo, con sólo dirigir la vista sobre una de las cuatro
dimensiones que lo forman.
Para los no familiarizados con la Teoría de la Relatividad, esto puede parecer absurdo,
y no hay culpa, ya que va contra toda intuición. Pero adentrándonos un poco más,
veremos que ésta es la forma más consistente de entender la naturaleza del tiempo, en
la Física. En artículos anteriores hemos visto que la Relatividad es determinista:
pretende describir la totalidad de los sucesos pasados, presentes y futuros, con certeza
absoluta. De ahí que también el futuro se considere como real: ya está escrito por las
leyes de la Física –relativista–. Además hemos visto es una teoría reversible, o simétrica
en el tiempo (si el tiempo fluyera en sentido contrario, las ecuaciones seguirían
funcionando), por lo que el pasado y el futuro tienen en realidad la misma naturaleza.

Esto es a lo que refería Einstein en su famosa carta en memoria de su amigo Besso,


que ya hemos citado en otra ocasión pero que no está demás reproducirla de nuevo:

Michele me ha precedido de poco para irse de este mundo extraño. Eso no tiene
importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la diferencia entre el pasado, presente,
y futuro no es más que una ilusión, aunque tenaz.

Es decir, el espaciotiempo está constituido por cuatro dimensiones exactamente iguales


(de la misma naturaleza), una de las cuales, a causa de una “ilusión tenaz”, el hombre
ha decidido diferenciarla con el nombre de tiempo. Pero según la Relatividad, no hay
nada que distinga el tiempo del espacio; el tiempo simplemente no ‘fluye’, como no
fluyen las demás dimensiones de espacio. Quizá ese ‘fluir’ sea estudio de la Psicología,
no de la Física, según el Eternalismo. Esto no quiere decir de ninguna manera que el
tiempo como tal “no exista”; sabemos que es una dimensión más y que el pasado y
futuro forman parte del espaciotiempo, pero el ‘flujo’, que lo distingue del espacio, aún
no lo comprendemos. Lo que hay que rescatar de todo esto, es que son coherentes –
como más abajo veremos– los saltos instantáneos al futuro y al pasado, en el sentido
de que en estos ‘viajes’ al menos habría un lugar a donde llegar.

Analogía ilustrativa de la concepción eternalista. La extensión en el tiempo de los


cuerpos ya está completamente determinada por la Causalidad. El presente, no es
más que una arbitrariedad.

Sin embargo, aceptar el Eternalismo significa aceptar el Determinismo, admitir que las
Relaciones de Indeterminación de Heisenberg no implican azar o incertidumbre en la
Naturaleza, y gritar junto con Einstein que “Dios no juega a los dados con el Universo”.
Porque sólo así el futuro tendría realidad física; de otro modo habría que refugiarse en
el Posibilismo, que dice que el Indeterminismo implica que el futuro no existe.
Recapitulemos:

 Si el Presentismo es cierto, la única forma posible de viaje en el tiempo es el viaje al futuro


mediante dilatación (esto es, la dilatación del tiempo que se adquiere al moverse a velocidades
cercanas a la de la luz).
 Si el Posibilismo es cierto, es coherente lo anterior y además podemos plantearnos la posibilidad
del salto instantáneo al pasado.
 Si el Eternalismo es cierto, es coherente todo lo antedicho y además el salto instantáneo al futuro.

Todo esto desde el punto de vista conceptual; ahora estamos en condiciones de


preguntarnos: ¿la Física contempla la posibilidad de los saltos instantáneos en el
tiempo?Hasta 1949 se creía que no. Pero en ese año, Kurt Gödel halló la primera
solución a las ecuaciones de la Relatividad General, que demuestra que, bajo
determinadas circunstancias y en determinados fenómenos gravitatorios, puede
originarse un bucle en el tiempo (técnicamente una Curva cerrada de tipo tiempo) que
permitiría a alguien trasladarse a un punto del pasado del espaciotiempo, como ya
habíamos comentado en el artículo sobre Relatividad General. Desde entonces, físicos
de todo el mundo han hallado cientos de soluciones que permiten la existencia de este
extraño suceso.

Analogía de un espaciotiempo con una Curva temporal cerrada. Con estas


características sería posible regresar a un punto del pasado.

Ahora, ¿en qué fenómenos gravitatorios puede existir una curva temporal cerrada? En
la actualidad, el modelo más factible es lo que comúnmente se llama Agujero de
Gusano (o Puente de Einstein-Rosen) que, como también vimos en aquel artículo,
consiste en dos “bocas” que conectan dos puntos distantes del espaciotiempo, como un
atajo. Por ejemplo, si alguien entrara allí, tal vez sólo recorriendo unos miles de
kilómetros, acabase en otra galaxia lejana o en el año 5000 a.C. Es el día de hoy que
no tenemos evidencia de la existencia de esto, ni sabemos si sería estable de modo tal
que sirviera como máquina del tiempo, pero sí sabemos que encaja perfectamente en
las ecuaciones de la Relatividad General. En otro artículo próximo examinaremos los
fascinantes problemas que dificultan construir una máquina del tiempo de esta especie.

Sin embargo, antes de salir a la calle a gritar que la Física permite el viaje al pasado,
tenemos que considerar otra forma de viaje al pasado que aparece en la literatura y que
es totalmente imposible, según lo que hasta hoy sabemos.

Como vimos, la máquina de Wells que emplea el viaje al futuro mediante dilatación está
avalada por la Relatividad Especial (salvo por el hecho de que no se desplaza a
velocidades relativistas). Sin embargo, Wells se mete en problemas cuando, por el final
de la novela, el “Viajero a través del tiempo” regresa con su máquina hacia el siglo XIX,
describiéndolo así:

Debí permanecer largo tiempo insensible sobre la máquina. La sucesión intermitente


de los días y las noches se reanudó, el sol salió dorado de nuevo, el cielo volvió a ser
azul. […] Las agujas giraron hacia atrás sobre los cuadrantes. […] Empecé a reconocer
nuestra mezquina y familiar arquitectura, la aguja de los millares volvió rápidamente
a su punto de partida, la noche y el día alternaban cada vez más despacio. Luego los
viejos muros del laboratorio me rodearon. Muy suavemente, ahora, fui parando el
mecanismo. Observé una cosa insignificante que me pareció rara. Creo haberles dicho
a ustedes que, cuando partí, antes de que mi velocidad llegase a ser muy grande, la
señora Watchets, mi ama de llaves, había cruzado la habitación, moviéndose, eso me
pareció a mí, como un cohete. A mi regreso pasé de nuevo en el minuto en que ella
cruzaba el laboratorio. Pero ahora cada movimiento suyo pareció ser exactamente la
inversa de los que había ella hecho antes. La puerta del extremo inferior se abrió, y ella
se deslizó tranquilamente en el laboratorio, de espaldas, y desapareció detrás de la
puerta por donde había entrado antes. […] Entonces detuve la máquina, y vi otra vez a
mi alrededor el viejo laboratorio familiar, mis instrumentos mis aparatos exactamente
tales como los dejé.

Ahora las cosas se tornan un tanto complicadas. ¿Qué se entiende aquí por “viajar al
pasado”? A simple vista se podría pensar que la máquina cumple la función de hacer
que la evolución en el tiempo del viajero se dé en sentido opuesto al del resto de los
objetos fuera de la máquina. Como vimos en otro artículo, la flecha del tiempo está dada
por el aumento de la entropía (dicho mal y rápido, las cosas tienden a desordenarse con
el tiempo). Se podría llegar a suponer que lo que está haciendo la máquina es, de algún
modo, invertir la flecha del tiempo dentro de la máquina: lograr que la entropía disminuya
con el tiempo. Pero el resultado de esto no sería regresar al pasado, sino que el viajero
rejuvenezca, mientras el tiempo sigue fluyendo indiferente fuera de la máquina. Desde
luego, según la Física actual esto es imposible. Sin embargo, lo que Wells nos está
pidiendo que aceptemos, es que la función de la máquina es invertir el curso del tiempo
de todo el Universo, excepto dentro de la máquina; y esto claramente pertenece a la
fantasía. Para abreviar, vamos a llamar a este imposible como retroceso gradual al
pasado.

De modo que la única forma en principio lógica del viaje al pasado, es la emplea un
agujero de gusano. Pero existe una objeción muy popular entre aficionados a la ciencia-
ficción, hacia los saltos instantáneos en el tiempo del modo en que aparecen en la
literatura y el cine. Esta objeción dice así: si viajáramos en el tiempo, no podríamos
“materializarnos” [nótese la expresión usada] en el mismo lugar del que partimos, pues
la Tierra estaría ya en otro lugar del espacio, teniendo en cuenta que orbita velozmente
en torno al Sol, y el Sol en torno al centro de la galaxia, etc. Pero en la literatura y el cine
se muestra que el viajero aparece en el mismo punto del planeta que partió.

Sencillo. Este problema nace porque algunos escritores imaginan el viaje en el tiempo
como una suerte de “desmaterialización” del viajero, y “rematerialización” en otra
época. Desde luego, la Física no contempla esta posibilidad. Lo que sí contempla, son
los agujeros de gusano, cuyas “bocas” ya estarían definidas en espacio y tiempo antes
de que nada viajase a través del agujero. De modo que no existiría, en realidad, ningún
problema como el dicho arriba.

Hemos visto cómo la expresión “viaje en el tiempo” tiene múltiples significados: unos los
hemos comprobado (viaje al futuro mediante dilatación), otros están avalados por la
Física Teórica pero aún no tenemos evidencia (salto instantáneo al pasado), y otros son
insostenibles según la ciencia actual (retroceso gradual al
pasado y “desmaterialización”). Por eso, cuando leas que alguien habla de la posibilidad
o imposibilidad de los viajes en el tiempo en general, sin especificar a qué se refiere, ten
mucha cautela; es mejor no sacar conclusiones apresuradas.

De modo que para la pregunta “¿es posible viajar en el tiempo?”, la respuesta más
indicada posiblemente sea un rotundo “¡depende a qué te refieres!”. En el proximo
articulo, examinaremos las paradojas del viaje en el tiempo más interesantes, y las
posibles soluciones que se han propuesto.
Análisis de las Paradojas del Viaje en el
Tiempo.
En el artículo anterior, que forma parte de esta serie sobre la naturaleza del tiempo,
hicimos las primeras consideraciones sobre el viaje a través del tiempo: cuáles son sus
distintos significados, cuáles están avalados por la Física, y cuáles son las implicaciones
filosóficas iniciales. Ahora, iremos más allá y examinaremos la cuestión más
problemática y a su vez fascinante: las paradojas del viaje en el tiempo. Sin
embargo, ¿qué es una paradoja? ¿Existen contradicciones en la naturaleza?, ¿o sólo
en las ecuaciones de los físicos?

En la naturaleza no hay paradojas. La naturaleza es coherente y consistente consigo


misma: de ahí la pasión del hombre por encontrar patrones, inducir leyes y hacer ciencia.
Con todo, la ciencia no es una narración de la realidad, sino justamente una creación
del ser humano en el intento por comprenderla. Las paradojas en la Física son, de
hecho, una señal de alerta de que algo estamos entendiendo mal, y de que nuestros
modelos o creencias no se ajustan del todo con la naturaleza. Hemos vistos antes que
la Física permite cierto tipo de viaje en el tiempo; entonces ¿por qué surgen
paradojas? ¿Qué es lo que estamos entendiendo mal? ¿Son paradojas por ser
contradicciones reales, o sólo aparentes?

“Drawing Hands”, M. C. Escher.

Es recomendable que, antes de leer este artículo, lo hayas hecho con el anterior; si no,
es posible que te encuentres con algunas dificultades cuando mencionemos conceptos
como Eternalismo o curva cerrada de tipo tiempo. Como ya vimos, la Teoría de la
Relatividad nos dice que el tiempo es la cuarta dimensión de espacio, conformando el
espaciotiempo, y que no existe diferencia objetiva entre pasado y futuro. Ese “fluir del
tiempo” al que estamos tan habituados a considerar, escapa de la descripción de la
Física. Como es sabido, las paradojas del viaje en el tiempo nacen cuando nos referimos
a viajar al pasado. Viajando al futuro no se crea contradicción alguna. Pero, ¿cómo
puede suceder esto si para la Física pasado y futuro son la misma cosa?; ¿acaso sí
existe una dirección privilegiada en el tiempo?

Generalmente leemos que, de viajar al pasado, se entraría en conflicto con el Principio


de Causalidad, que dice que las causas deben preceder a los efectos, y no al revés.
Pero ¿qué es exactamente la causalidad? Este principio, aunque es una de las cosas
más básicas y fundamentales que sabemos sobre el universo, no se deriva de las leyes
de la Física. ¿Cómo puede ser esto? En las ecuaciones de la Física no hay nada que
nos explique la naturaleza de la causalidad; si bien todo efecto debe tener una causa
¿por qué ésta tiene que existir antes y no luego que aquél?, ¿qué es exactamente el
lazo que une a una causa con su efecto? Cuando se trata de cuestiones como el tiempo
o la causalidad, la Ciencia no nos dice cosas claras.

Existen diversas clases de paradojas causales del viaje en el tiempo. Dependiendo qué
aspecto de la causalidad violan, se clasifican principalmente en dos grupos:

 Por un lado, en las que existe un efecto sin causa. Una causa A produce un
efecto B, el cual regresa al pasado e impide que ocurra A. De modo que si la
causa A nunca existió ¿de dónde rayos salió el efecto B? Las paradojas de esta
especie reciben a veces el nombre de paradojas de incoherencia.

 Por otro lado, en las que un efecto se convierte en su propia causa. Una
causa A produce un efecto B, el cual regresa al pasado y produce A, formando
lo que se llama un bucle causal, sin principio ni fin. A esto apunta la imagen de
arriba. ¿Cuál mano comenzó a dibujar?

Del primer tipo, la más célebre es la archiconocida y poco analizada paradoja del abuelo,
que se presume fue expresada por primera vez en 1943 por el escritor francés René
Barjavel. Aunque es cierto que a menudo los escritores hacen historias inconsistentes y
paradojas mal formuladas, otros literatos sobresalen con historias meticulosamente
elaboradas, que son fruto de un exhaustivo análisis lógico. Desde luego que, como
veremos, las más profundas fueron desarrolladas en realidad por físicos y lógicos, más
que por escritores. Las paradojas de viaje en el tiempo constituyen uno de los mayores
desafíos intelectuales para la razón humana. Será, por tanto, interesante y fructífero
examinarlas.

Comencemos enunciando rápidamente la paradoja del abuelo, para llevarla luego hasta
sus últimas consecuencias: Una persona toma una máquina del tiempo (un agujero de
gusano, o lo que sea) y regresa a un punto del pasado en donde ni él ni sus padres han
nacido todavía. Esta persona se encuentra con quien en el futuro será su abuelo; toma
un arma y –digamos accidentalmente– lo mata. La situación que se plantea es la
siguiente: si el abuelo murió de joven, nunca habrá nacido, pongamos, la madre del
viajero, ni tampoco él. Si no hay viajero, no hay asesinato. O dicho de otro modo, el
viajero mata a su abuelo si y sólo si no lo mata: ésta es la contradicción. Por supuesto,
no hace falta que quien muera sea el abuelo; la paradoja sería más explícita si el viajero
asesinase a su propia persona del pasado.

Analicemos primero la llamada solución de la auto-consistencia. Según esto, las


leyes de la Física no permitirían ningún suceso que resultase paradójico; el viajero
nunca lograría matar a su abuelo. ¡¿Cómo?! Pero, ¿qué lo detendría exactamente?,
¿acaso va contra las leyes de la Física el simple hecho de que un hombre tome un arma
y dispare? Uno de los más destacados en analizar estas cuestiones, fue el filósofo David
Lewis (1941-2001). En su escrito “Paradoxes of Time Travel”, nos dice:

Tim [el viajero] puede matar a Abuelo. Tiene lo que necesita. [...] ¿Qué puede
pararle? ¡Las fuerzas de la lógica no detendrán su mano! Ningún poderoso
guardián espera para defender del pasado de interferencias. (Imaginar, como hacen
algunos autores, tal guardián es una aburrida evasiva, innecesaria para hacer
consistente la historia de Tim.) En resumen, Tim es tan capaz de matar a Abuelo como
cualquiera puede serlo de matar a cualquiera.
David Lewis. La profundidad de su pensamiento es acorde a la de su barba.

Sin embargo –explica Lewis– en otro sentido no puede matar a su abuelo. Él indaga:
¿qué entendemos por posible? Decimos que podemos hacer algo, cuando ese algo es
componible o introducible en un contexto determinado de hechos. Por ejemplo,
Lewis puede nadar, únicamente cuando existen hechos que permiten que esto tenga
sentido, como el hecho de que él se encuentre dentro de una piscina. Si bien la acción
matar-abuelo es componible con los hechos del momento en que el viajero decide
hacerlo (en otras palabras, las leyes de la Física lo permiten en ese momento), esta
acción no es componible con una cantidad mayor de hechos: por ejemplo, el hecho de
que al año siguiente el abuelo se casó, tuvo un hijo, compró una propiedad, etc., más
precisamente todos los efectos futuros de los que el abuelo es causa. Por lo tanto, nos
dice Lewis, sería lógicamente imposible que el viajero logre matar a su abuelo (así como
tampoco a cualquier otra persona hoy viva).

Para entender con más claridad este confuso argumento, tenemos que recordar la
interpretación eternalista, o de “universo bloque”, de la que hablamos antes. La Teoría
de la Relatividad nos dice que el mundo es una combinación de espacio y tiempo –el
espaciotiempo– y por consiguiente que todo lo que ocurrió y ocurrirá está fijo y
determinado en él. Si el futuro es tan real como lo es el presente (pues esa división no
existe en la Física), no hay forma de que podamos realizar actos que alteren los sucesos
futuros. Es decir, no sería posible el libre albedrío; la libertad y voluntad humanas serían
sólo apariencias; todas nuestras acciones y decisiones estarían determinadas de
antemano por las leyes de la Física. De este modo, argumenta Lewis, lo que un
hombre puede y no puede hacer, está determinado por el todo, no sólo por el presente,
que no tiene nada de particular. Nuestras acciones no deben estar únicamente en
concordancia con la Física a escala local, sino también global. El físico John L.
Friedman, entre otros, llama a esto como principio de coherencia.

A pesar de todo, alguien puede intervenir aquí y decir: ¡Sigo sin entender qué es
exacta y concretamente lo que impide que el viajero tome un arma y le dispare a
su abuelo! Razonar de este modo significa que no estamos comprendiendo lo que
quiere decir consistente. ¿Cuándo una historia es consistente y cuándo no? En la
literatura y el cine, se suele mostrar que el viajero en el tiempo puede alterar los sucesos
pasados, quizá sólo levemente, aunque la historia a grandes rasgos se mantiene intacta,
por lo que se dice que esa historia es consistente. Por citar algún ejemplo conocido, en
“Back to the Future” (“Regreso al Futuro”) , Marty McFly hace todo tipo de estragos con
sus padres en el pasado, pero aun así, años después su nacimiento no se ve alterado
en lo más mínimo; de esta manera se nos dice que no hay paradoja alguna.
Sin embargo, esta forma de entender los conceptos de historia y de consistente, es muy
humana: para la Física no es más importante si una persona está viva o muerta que si
una lámpara está encendida o apagada: todos los sucesos tienen relevancia física, y
todos son igualmente capaces de producir paradojas, como más abajo
ejemplificaremos. Es decir, la hipótesis de la auto-consistencia no dice podemos viajar
al pasado siempre y cuando ‘no toquemos nada’ que ponga el peligro el curso de la
historia. Dice que todo lo que allí se haga (hizo) ya está reflejado en la actualidad, y que
simplemente no podemos “cambiarlo”, sino sólo formar parte de él. ¿Qué nos garantiza
que el viajero fallará y no matará a su abuelo? El hecho de que falló evidentemente,
pues su abuelo vivió y el viajero nació.

Es interesante observar que solemos usar verbos conjugados en futuro para referirnos
a las acciones del viajero en el pasado. Decimos: “¿qué le impedirá matar a su abuelo?”.
Esto nos lleva a cometer errores de razonamiento. Aunque parezca contraintuitivo, lo
correcto sería decir “¿qué le impidió matar a su abuelo?”. La auto-consistencia no
ostenta que fallará, sino que falló. Si todos los sucesos en el espaciotiempo ya están
determinados y fijos, no tiene sentido la expresión “modificar el pasado”. De tal suerte
que lo único que podría hacer el viajero en ese punto del espaciotiempo que
localmente llamamos pasado, sería formar parte de él, no modificarlo. No es que
el pasado tenga algo de especial por lo que no podamos cambiarlo; tampoco podemos
cambiar el presente ni el futuro, teniendo en cuenta el Determinismo del que nos habla
la Teoría Relatividad. Podríamos comparar el tiempo con una novela ya escrita: por
mucho que retomemos la lectura y hagamos saltos de página en página, en ella siempre
sucedería inexorablemente lo mismo.

Hasta aquí estuvimos hablando de la auto-consistencia en su formulación meramente


conceptual. En las últimas décadas del siglo pasado, el físico Igor Novikov (1935-), entre
otros, se encargó de traducir esta idea al lenguaje de la Física, e investigar si tenía
sentido matemáticamente. En su libro “Evolution of the Universe” dice:

El cierre de las curvas de tiempo no supone necesariamente una violación de la


causalidad, ya que los acontecimientos a lo largo de esta línea cerrada pueden estar
todos ‘auto-ajustados’ — todos se afectan unos a otros en un ciclo cerrado y se siguen
uno de otro de una forma coherente.

Sin embargo, esta tesis no está libre de críticas. Por la misma época, un colega y amigo
suyo, el físico Joseph Polchinski (1954-), formuló una célebre paradoja que no involucra
abuelos ni asesinatos, sino bolas de billar –que son más adecuadas para ser tratadas
por la Matemática–, intentando refutar la hipótesis de la auto-consistencia y generando
un candente debate sobre el viaje en el tiempo. Consideremos la siguiente situación.
Imaginemos una mesa de billar en la que dos de sus agujeros son en realidad las bocas
de un agujero de gusano. El agujero de gusano tiene esta peculiaridad: si una bola
ingresa por la boca derecha, emerge por la boca izquierda unos segundos en el pasado.
Desde el punto de vista de un observador externo (que no se introduce dentro del
agujero) la experiencia sería un tanto extraña, como se muestra en la siguiente
animación:
La bola sale antes de que ingrese en el agujero, es decir, el efecto ocurre antes que la
causa. Sin embargo, por ahora no hay paradoja alguna. Lo que se le ocurrió a Polchinski,
es que la trayectoria de la bola podría ser de modo tal que, al salir por la boca izquierda,
chocase contra su ‘yo’ del pasado, impidiendo que entre en la boca derecha. Si la bola
nunca entró en el agujero de gusano, ¿de dónde provino la que salió por la boca
izquierda? Al parecer, no provino de ninguna parte. En términos de causalidad, esta
paradoja se podría expresar así: si un efecto ocurre antes que su causa, alguien o algo
podría impedir que aquella causa suceda, obteniendo de este modo un efecto sin causa
(como la bola billar que no salió de ninguna parte), lo que crea una contradicción. Ésta
se conoce como la Paradoja de Polchinski.

Te darás cuenta que la estructura causal de esta paradoja es análoga a la del abuelo,
sólo que reducida audazmente hasta sus aspectos más básicos. La ventaja que tiene
este modo de formularla, es que eliminamos todo lo referente al libre albedrío y la
libertad humana, y podemos enfrentarnos cara a cara con la esencia de la contradicción.
Es como si observáramos –si fuera posible– una singularidad.

En la mayoría de los relatos sobre viajes en el tiempo, interviene como factor decisivo
una persona, sus decisiones, asesinatos, memoria, abuelos, cambios de sexo, etc.; pero
todo eso no es más que un disfraz para hacerlas más vistosas. Quedamos estupefactos
por estos asuntos accesorios, y olvidamos la esencia de las paradojas, que es la
causalidad. Si queremos comprender si tiene o no lógica el viaje al pasado, debemos
atacar directamente la raíz de todo este asunto, que es el nebuloso Principio de
Causalidad. Y Polchinski nos ayuda en este aspecto.

Visualicemos lo que ocurriría desde la perspectiva de la bola (si tuviera ojos para mirar).
Es impulsada, entra por la boca derecha del agujero de gusano, atraviesa un extraño
‘túnel’, sale por la boca izquierda y choca contra otra bola. Si le preguntáramos a la bola,
ella nos diría que no ha ocurrido ningún suceso paradójico. No obstante, la historia vista
desde un observador externo sería distinta: la que se muestra en la animación de arriba.
En Física, a las “historias” de los objetos, es decir, lo que les va sucediendo a lo largo
del tiempo, se las llama líneas de mundo. Como acabamos de ver, en la paradoja de
Polchinski hay dos líneas de mundo, o historias, para un mismo suceso: en una, la bola
entra por el agujero; en la otra no, a causa de que es golpeada por ella misma. Esto es
lo que crea la paradoja. ¿Cómo pueden coexistir dos líneas de mundo diferentes, que
describen la misma cosa? Es como si arrojáramos una copa al suelo, que se rompe y a
la vez no se rompe. ¿Cuál es la historia original?

Uno de los que más ha investigado sobre esta paradoja, es el conocido físico Kip
Thorne (1940-). Él se preguntó: ¿existe alguna otra trayectoria de la bola, análoga a
la de Polchinski, pero que no cree una paradoja? Encontró que sí. Por ejemplo,
podría suceder que la bola chocase consigo misma, desviándose, pero no lo suficiente
como para no entrar en el agujero. Y ese rozamiento inicial explicaría a su vez por qué
ha salido la bola por la boca izquierda con un impulso menor, como para sólo acariciar
a su ‘yo’ del pasado, sin crear una paradoja. Veámoslo gráficamente:

Esta trayectoria de Thorne es completamente consistente, y está en brillante


concordancia con las leyes de la Dinámica. Notemos que no hay dos líneas de mundo,
como antes, sino una sola. Ahora, ¿ésta es la única trayectoria no-paradójica que
existe? Por su puesto que no. De hecho, hay infinitas. Por ejemplo, se encontraron otras
en donde la bola describe un complejo recorrido, entrando y saliendo varias veces por
los agujeros, aun sin crear ninguna paradoja. La pregunta a formularse entonces es:
¿de qué modo las leyes de la Física ‘elegirían’ una de estas trayectorias consistentes,
de las infinitas que hay, y ‘evitarían’ a toda costa la de Polchinski? ¿Cómo la Naturaleza
se protegería a sí misma de las paradojas? Ésta es una cuestión sumamente abierta,
y estaría mal inclinarnos caprichosamente hacia alguna respuesta ‘bonita’.

 Alguien que asumiera el determinismo radical, diría: no es que la Naturaleza deba ‘protegerse’ de
nada; todo lo que ocurrirá ya está determinado y acorde con ella; no existe posibilidad de crear a
voluntad una paradoja.
 Alguien que asumiera el libre albedrío, podría decir: el hombre puede crear todo tipo de situación
física y puede modelar la Naturaleza a su deseo, pero no tiene la capacidad de lograr que ella se
contradiga a sí misma. Las leyes de la Física lo impedirían contra viento y marea. Quizá hoy no
comprendemos cómo, porque ni siquiera las comprendemos a ellas mismas.
 Alguien que asumiera el indeterminismo (que no implica libre albedrío) podría hacer una síntesis
y decir: la mecánica cuántica nos muestra que la indeterminación está presente en todo suceso
natural; aunque pueda existir un determinismo a escala macroscópica, en el mundo microscópico
siempre existe la posibilidad de eludir el ‘plan’ de la Naturaleza, dando lugar a aleatoriedades. Las
paradojas del viaje en el tiempo surgen cuando nos referimos a objetos macroscópicos, como
personas o bolas de billar. Pero si estos viajes fueran sólo posibles a escalas microscópicas o aun
subatómicas, habría que analizar las paradojas con los términos de la mecánica cuántica, la cual
tiene otras reglas de juego, y sí permite fluctuaciones de la causalidad.
Este último punto se acerca en cierto aspecto a la llamada Conjetura de la Protección
Cronológica, postulada por el famoso astrofísico Stephen Hawking (1942-). Esta
hipótesis dice que tal vez las leyes de la Física impidan que un
objeto macroscópico viaje al pasado, en un agujero de gusano, o en cualquier otro
medio, como si el Universo se protegiera a sí mismo de contradicciones.
Profundizaremos más sobre este tema en el próximo artículo. Lo que nos ocupa aquí es
examinar la naturaleza de las paradojas.

Volvamos a lo que decía Thorne sobre las trayectorias de la bola. Si se creara una
situación consistente, como la ilustrada en la última animación, esto daría lugar a uno
de los fenómenos más curiosos jamás concebidos por la mente humana: los bucles
causales. Notemos que la causa por la cual la bola que sale por la izquierda choca
levemente, es que ella (antes de meterse en el agujero) perdió impulso a causa del
choque. Es decir, el choque es leve porque el choque fue leve: un efecto es su propia
causa. Digámoslo en términos más sencillos: Thorne está a punto de escribir su próximo
libro sobre viajes a través del tiempo. Pero antes de que tomara la pluma, toca la puerta
alguien: es Thorne-viejo, que ha venido del futuro. Él le entrega a Thorne el libro ya
escrito. Thorne, muy agradecido, manda a hacer copias de editorial y vende muchos
ejemplares. Unos años después, Thorne regresa al pasado y le entrega a su ‘yo’ joven
el libro ya terminado.

En la historia anterior no hay contradicciones. Pero… ¿Quién escribió ese libro? ¡¿De
dónde salió?! Thorne-joven no lo escribió, pues a él se lo entregó su ‘yo’ futuro. Éste
último tampoco, ya que a él se lo dieron cuando era joven. Lo que tenemos es un bucle
causal, un efecto que es su propia causa. Éste es el segundo tipo de paradoja causal
del viaje en el tiempo, aunque, como veremos, quizá no es tan paradójico como el primer
tipo. Empecemos por decir que esta historia es completamente consistente; la solución
de la auto-consistencia no tiene nada que reprocharle. Cada evento se explica a partir
del anterior. Pero cuando miramos el todo, hay algo que parece fallar. ¿De dónde
provino la información? En la vida cotidiana nunca vemos libros que se escriben solos.

Sin embargo, ¿qué es la información? Miremos de nuevo la solución consistente de la


trayectoria de Polchinski, que es esta misma historia del libro, aunque reducida a bolas
de billar. En vez de aparecer en forma de texto, allí la información está dada en la
trayectoria. El que la bola-joven haya sido golpeada levemente, se explica a partir de
que la bola-vieja había perdido impulso por el choque que sufrió antes de haber
ingresado en la boca derecha, es decir, cuando era una bola-joven. Uno podría
preguntarse: ¿de dónde salió la “información” que hizo que la trayectoria fuera así y no
de otra forma? Viéndolo de esta manera, notamos que la pregunta no tiene mucho
sentido. El bucle se explica a sí mismo, pero es imposible hallar explicación a partir de
causas externas a éste. La información no salió de ninguna parte: siempre estuvo ahí.
El bucle causal es análogo a la escalera sin fin de Penrose. Cada escalón está en perfecta
concordancia con el anterior, pero su conjunto parece ser paradójico.

Lo interesante es que estos bucles causales parecen no violar ningún principio de la


Física, aunque intuitivamente nos aturda la idea de que exista un libro que no haya sido
escrito por nadie. Como dice Lewis, ¡extraño! Pero no imposible.

El escritor de ciencia-ficción Robert Heinlein (1907-1988), ha llevado esta idea hasta el


extremo, en lo que se convirtió, según algunos, en una de las mejores y más lógicas
historias de viajes en el tiempo, de toda la historia. El relato en cuestión se llama “Todos
vosotros, Zombies”, en donde una persona se convierte en su propia madre y su propio
padre. Recomiendo su lectura, por razones morbosas.

Para terminar con este episodio sobre las paradojas, nos queda examinar los aciertos y
flaquezas de otra solución muy extendida y desventuradamente popular: la de
los Universos Paralelos. Sin duda, una expresión como ésta hace arquear la ceja a
cualquiera. ¿Por qué debería haber otros universos a parte del nuestro? Y si así fuere,
¿cómo lo sabríamos? Generalmente se dice que el modo en que éstos resuelven las
paradojas, vendría a ser éste: al viajar en el tiempo, lo que se está haciendo es viajar
hacia otro universo paralelo al nuestro; es posible modificar el pasado, alguien podría
perfectamente asesinar a su abuelo o impedir la muerte de Luis XVI; no existiría
contradicción alguna ya que el universo en donde el viajero nació es distinto al universo
en donde el abuelo murió de joven y el viajero nunca nació.

En el párrafo anterior hay muchos gatos encerrados. El lector se dará cuenta de que
ésta es una hipótesis formulada con el específico fin de resolver las paradojas. No es
que haya algo en la Naturaleza que nos haga pensar que debe haber múltiples mundos,
y que como consecuencia de eso hayamos descubierto una nueva forma de esquivar
las contradicciones del viaje en el tiempo. ¿O sí?… Es muy común que los avezados
escritores de ciencia-ficción hagan referencia a la Interpretación de Múltiples
Universos de Everett (una teoría seria que intenta explicar ciertos problemas de la
Mecánica Cuántica), al hablar de universos paralelos. ¿Entonces sí existe un
fundamento en la Física Teórica para esta extravagante solución de las paradojas? Para
hallar la respuesta, debemos explorar de qué se trata la curiosa Interpretación de
Everett. Si bien ya la habíamos mencionado muy brevemente en otro artículo, aquí
entraremos en más detalles.
Tradicionalmente, en la Física, se usaba a la Matemática para describir las cosas del
mundo tal cual son. Cuando contamos las personas que hay dentro de un autobús, o
calculamos la trayectoria de la Luna, estamos sustituyendo objetos físicos por símbolos
matemáticos que los representan exactamente. Pero en la Mecánica Cuántica, esto ya
no es así. En virtud de las Relaciones de Indeterminación de Heisenberg (o Principio de
Incertidumbre), que dicen que cuanto más determinada está la posición de una partícula,
más indeterminada será su velocidad, y viceversa, es imposible representar
matemáticamente un objeto ‘tal cual es’: siempre habrá aleatoriedad. Lo que se hace en
Cuántica, es hallar una función de onda que contiene todos los estados en que es
posible encontrar una partícula cuando la midamos (o todas las “historias” posibles de
la partícula). Pero, ¿cómo se interpreta esto? La forma más aceptada, es la que dice
que la función de onda es en realidad una abstracción que representa
las probabilidades que tiene una partícula de encontrarse en el modo en que
presuponemos (esto se llama Interpretación de Copenhague).

Pero lo que se le ocurrió a Hugh Everett (1930-1982) en 1957, es que la función de


onda, en donde están condensadas todas las posibles historias, no es ninguna
abstracción, sino que representa la realidad tal cual es. No es que de todas las historias
posibles, alguna de las más probables se dé en nuestro universo. Más
bien, absolutamente todas las historias que nos muestra la función de onda,
existen físicamente, pero necesariamente en distintos universos. La interpretación
de Everett no es más metafísica que la interpretación de Copenhague. Por el contrario,
lo que hizo Everett fue interpretar las matemáticas de la Cuántica al pie de la letra, las
cuales dicen que existen distintas historias superpuestas.

¿Acaso la realidad consta de múltiples universos?

Según esto, entonces, el tiempo no es lineal, sino que se va ramificando


constantemente, hacia todas las posibilidades. Algunos universos serían exactamente
iguales al nuestro, salvo por las posiciones de algunas partículas, y otros serían muy
distintos y con características tan esquizofrénicas que la razón humana jamás podría
concebir. En algunos universos tú no has leído este artículo; estoy agradecido de estar
en uno en que sí lo has hecho.

Un aspecto interesante de todo esto, es que se compatibiliza el Determinismo de la


Relatividad con el Indeterminismo de la Cuántica, como ya han señalado físicos
como Paul Davies (1946-). La indeterminación no residiría ya en cuál será el resultado
de tal experimento cuántico, sino en qué universo estamos. Todos y cada uno de los
universos serían completamente deterministas. La aleatoriedad provendría en realidad
de que sólo tenemos acceso a una pequeña parte del todo, y no de algo intrínseco de
nuestro universo.

Ahora viene lo importante: en lo que respecta a la comunicación, estos universos están


totalmente desconectados. No es posible salir de uno e ingresar en otro, o al menos no
hay nada en la Ciencia que lo permita. ¿Y qué hay de los agujeros de gusano?, ¿no
podrían utilizarse como ‘túneles’ para conectar estos universos? Pensemos en esto: un
agujero de gusano es una curvatura del espaciotiempo que se ha cerrado sobre sí
misma, y que permite de este modo acortar la trayectoria entre dos puntos ya sea del
espacio o del tiempo. Pero esta curvatura se da en el espaciotiempo local, de un
universo en particular. Curvando el espaciotiempo tanto como queramos, no lograremos
que una línea de mundo acabe en otro espaciotiempo, de otro universo. Para entenderlo
más fácilmente, tomemos una hoja de papel e imaginemos que es el espaciotiempo.
Podemos estrujarla, enrollarla o agujerearla todo lo que queramos, pero es imposible
que, haciendo esto, acabemos con otra hoja diferente en las manos.

Si existiera una curva cerrada de tipo tiempo, que permitiera regresar al pasado, el
viajero acabaría en otro punto del espaciotiempo, sí, pero del mismo universo, cuya
historia debería ser consistente. De modo que la Interpretación de Everett está
irónicamente más de acuerdo con la auto-consistencia que con la solución de “universos
paralelos”. Si pretendemos que los universos paralelos resuelvan las paradojas, habrá
que desechar todo lo que se sabe de agujeros de gusano y curvas temporales cerradas,
y descubrir otra forma radicalmente nueva de viajar al pasado.

Pero nada está dicho; aún no sabemos hasta qué conclusiones nos llevará la Ciencia
en los próximos años. Es conocida la frase que dice que hoy estamos tan lejos de hacer
práctico el viaje el tiempo, que lo que los hombres de las cavernas estaban de hacer
posible el viaje espacial, algo que hoy es un hecho cotidiano. Sin embargo, también es
conocida la famosa objeción de Stephen Hawking que dice: si en el futuro se llegara a
encontrar la forma de viajar al pasado, ¡¿por qué no nos están invadiendo hoy turistas
del futuro?! Algunos suelen contestar: ¿y por qué elegirían visitar una época tan insulsa
como la actual?; entretanto otros contestan: quizá nadie venga del futuro porque el
futuro está desierto…

Pero una respuesta más firme, es que al crear una curva cerrada de tipo tiempo, no
sería posible regresar a un punto del pasado anterior a su creación. En el próximo
artículoveremos el porqué de esto, y examinaremos las diversas máquinas del tiempo
(serias) que los físicos han propuesto y las dificultades teóricas y prácticas que
imposibilitan que hoy construyamos cualquiera de ellas.
Las Dificultades Teóricas de las
Máquinas del Tiempo
Después de discutir los problemas filosóficos y de analizar las paradojas del viaje en el
tiempo, nos resta comentar acerca de las dificultades teóricas y prácticas que implican
las diferentes “máquinas del tiempo” que los físicos han formulado. Naturalmente, la
palabra máquina no es del todo adecuada: la Relatividad nos dice que son los
fenómenos gravitatorios los que distorsionan el tiempo, no aparatos mecánicos, circuitos
electrónicos o cosas por el estilo, como antiguamente imaginaban los escritores.

Einstein pasó por este mundo para mostrarnos que el modo en que funciona el universo
es radicalmente distinto de lo que intuitivamente creemos. Probablemente, mucho más
extraño que las mejores obras de ciencia-ficción. Estrellas supermasivas que colapsan
hasta la nada, regiones del espacio que se curvan hasta el infinito, diminutas masas que
liberan inconmensurable energía, tiempo que se dilata, retuerce e incluso detiene.
¿Pero, qué clase de universo es el nuestro? ¿Las leyes de la Física enloquecieron?
Quizá el aspecto más desconcertante de la Relatividad General, es que también permite
sin reparos la posibilidad de viajar al pasado. A Einstein siempre le aturdió este hecho,
si bien sabía que las tecnologías implicadas para tal fin estarían muy lejos de los
alcances de nuestra civilización. Pero, ¿qué tan lejos lo están? ¿Cuáles son
exactamente las dificultades de las máquinas del tiempo? ¿Son sólo prácticas, o
también teóricas?

Diagrama de un agujero de gusano en un espaciotiempo de dos dimensiones.


Hablaremos de él más abajo.

Un comentario: este artículo requiere una lectura calma y pausada. Intentar leerlo de un
tirón probablemente no tenga mucho sentido.

Al principio, los físicos se vieron obligados a recurrir a situaciones imposibles o


improbables, que jamás podrían llevarse a la práctica, para ejemplificar cómo se podría
viajar en el tiempo, según la Relatividad General. Una de las primeras máquinas del
tiempo, fue la planteada en 1937 por el físico Willem van Stockum. Sus cálculos
indicaron que la única forma de lograr una curvatura del espaciotiempo que permitiera
viajar al pasado, sería por medio de un enorme cilindro de alta densidad, girando a
velocidades espectacularmente elevadas, cercanas a la de la luz. Al rotar, el cilindro
arrastraría consigo el espacio y el tiempo, deformándolos de un modo particular:

Imaginemos que un observador decidiera emprender un viaje en torno al cilindro. Al


avanzar sobre su trayectoria, no notaría nada fuera de lo normal. Pero en un momento
dado, se toparía con alguien que está a punto de emprender un viaje… que es él mismo,
antes de haber partido. Es decir, se generaría lo que en Física se llama una curva
temporal cerrada (que desde ahora abreviaremos como CTC), un tipo de trayectoria en
donde el tiempo forma un bucle y se cierra sobre sí mismo. Sin embargo, los cálculos
de van Stockum indicaban que esto ocurriría únicamente si el cilindro tuviese una
longitud infinita. Y obviamente, algo así sería imposible de llevar a cabo.

El siguiente paso lo dio Kurt Gödel, en 1949, cuando descubrió que si el universo entero
estuviese en rotación, habría CTCs por doquier: con estas características, el universo
mismo sería una gran máquina del tiempo. Sin embargo, hoy sabemos que el
universo no rota, sino que se expande. Luego, en 1963, Roy Kerr planteó que un agujero
negro en rotación (¡sí, otra vez rotación!) podría originar CTCs, que crearan una
situación parecida al cilindro de van Stockum, pero más realista. Sin embargo, Kerr era
consciente de que si algún intrépido observador se acercase a este tipo de agujero
negro con la ilusión de viajar en el tiempo, antes su cuerpo sería espeluznantemente
destrozado por la intensísima gravedad, aun estando miles de kilómetros lejos.
A Hawking le gusta llamar a este efecto como “espaguetización”: el cuerpo del
desafortunado observador se estiraría varios kilómetros.

Todos estos fracasos de las ‘máquinas del tiempo’, hicieron pensar durante muchos
años que, si bien la Relatividad avala explícitamente la posibilidad del viaje al pasado,
probablemente no exista método alguno para llevarlo a la práctica. No fue sino hasta
1989, cuando el debate se reabrió (y más fervientemente que nunca) a partir de los
trabajos fundamentales de Michael Morris, Kip Thorne y Ulvi Yurtsever. Para
entender cuán importante fue lo que hicieron, debemos recordar lo siguiente:

Al poco tiempo que Einstein y Rosen descubrieran en 1935 cómo la Relatividad permite
la existencia de agujeros de gusano (recordemos, el tipo de deformación del
espaciotiempo que conecta puntos distantes a través de un ‘túnel’, como muestra la
imagen del comienzo) los físicos se dieron cuenta de que éstos serían muy inestables,
y se cerrarían inmediatamente antes de que nada pudiera atravesarlos. A partir de
entonces, los agujeros de gusano fueron totalmente descartados.

Lo que descubrieron Thorne y sus colegas, para sorpresa de todos, fue un nuevo tipo
de agujero de gusano que podría ser estabilizado y utilizado como máquina del
tiempo. La estabilización, sin embargo, traería consigo curiosos y extraños problemas.
Antes de hablar de ellos, debemos ver de qué modo este fenómeno podría emplearse
como máquina del tiempo. A Thorne se le ocurrió un experimento mental para ilustrarlo:

Imaginemos que contamos con un agujero de gusano, cuyo cuello (la longitud del túnel)
no es mayor que unos centímetros. ¿Qué aspecto tendrían las bocas? En realidad, no
serían precisamente agujeros, sino más bien esferas. El diagrama del comienzo
muestra que si el espacio tuviera dos dimensiones, las bocas de agujero de gusano
serían circulares. Pero como nuestro universo tiene tres dimensiones de espacio, las
bocas serían esferas. A través de una, emergería la radiación (luz) que ingresa por la
otra, lo que quiere decir que podríamos ver el paisaje de la región en donde se
encunentra la otra boca.
Supongamos que al principio ambas bocas están reunidas, y que un observador,
llamémosle Albert, decide llevarse una de ellas en un vehículo que le permite trasladarse
a velocidades muy próximas a la de la luz. Mientras tanto, otro observador, llamémosle
Kip, se queda en su casa con la otra boca del agujero de gusano. El hecho de que las
bocas se separen en el espacio, no significa que el cuello que las une se alargue, como
se puede apreciar en la siguiente animación:

No debemos interpretar la altura del cuello como una dimensión de espacio adicional.
Es simplemente una analogía para ayudarnos a visualizar el agujero de gusano.

Al moverse a velocidades cercanas a la de la luz, Albert experimentará los efectos


relativistas, como la dilatación del tiempo. Lo interesante es que cada uno puede
asomarse por el agujero y espiar lo que sucede con el tiempo del otro.

De acuerdo con la Relatividad Especial, cuando dos observadores se mueven el uno


con respecto al otro, cada uno notará que es el tiempo de su compañero el que fluye
más lento, y no el tiempo propio. Entonces, si alguno se asomara por la boca del agujero
de gusano, ¿qué vería?, ¿vería al otro congelado?, ¿vería al otro moverse en ‘cámara
rápida’? Supongamos que durante todo el viaje, las manos de Kip y Albert permanecen
estrechadas a través del agujero. Cuando Albert adquiere una velocidad cercana a la
de la luz, ¿acaso Kip notará que la mano de Albert está cada vez más rígida?, ¿al
asomarse por el agujero lo verá moverse en cámara lenta y pronunciando palabras
inentendiblemente dilatadas? Es más, ¡Kip podría atravesar completamente el agujero
y estar en el mismo sistema de referencia que Albert, pero con distinto ritmo de tiempo!

Sin embargo, nada de esto sucedería en realidad. Cuando alguno se asomase por el
agujero de gusano –explica Thorne–, vería que el tiempo de su compañero fluye de la
misma manera que el tiempo propio. ¿Por qué? De acuerdo con el cuello del agujero de
gusano, ambos están en el mismo sistema de referencia; ambas bocas están en reposo
una con respecto a la otra, y no experimentan movimiento relativo, ni por tanto dilatación
del tiempo. No obstante, observados externamente, desde el espacio normal, sí
experimentan movimiento relativo y dilatación temporal. Es ahora cuando empiezan a
ocurrir cosas verdaderamente extrañas.

Supongamos que Albert parte con su nave a las 00:00 horas del día 1 de enero del año
2100. Él se aleja de la Tierra a una velocidad muy cercana a la de la luz, durante 5 horas
medidas en su tiempo propio. Luego da la vuelta y regresa a casa, lo que le lleva también
5 horas. Según el tiempo de Albert, entonces, el viaje de ida y vuelta duró en total 10
horas. Kip mantuvo su mano estrechada con él durante todo el viaje. A las 10:00 horas,
Kip ve a través del agujero que Albert efectivamente ha llegado: detrás de él se puede
ver el patio de la casa. Kip sale ansioso al patio, pero no ve a nadie; ni Albert ni la nave
están. Como Kip había estudiado Relatividad, se da cuenta de lo que está sucediendo:
toma un potente telescopio y observa que la nave de Albert todavía se está alejando de
la Tierra en su viaje de ida, un viaje que, medido desde la Tierra duraría 10 años.
Consciente de ello, Kip continúa con su vida, hasta que en su sistema de referencia
llega el año 2110 y Albert aterriza. Kip se acerca y descubre que, en efecto, Albert
envejeció 10 horas, no 10 años. Además, observa que Albert tiene un brazo introducido
en el agujero de gusano, estrechando la mano con alguien… Al acercarse más, Kip
encuentra que ese alguien es él mismo, 10 años más joven, sentado en la sala de estar
de su casa el 1 de enero de 2100. De hecho, si Kip-viejo atravesara el agujero, acabaría
10 años en el pasado; de la misma forma que si Kip-joven lo hiciera, acabaría 10 años
en el futuro. De este modo, gracias a la dilatación del tiempo de la Relatividad
Especial, el agujero de gusano se habría convertido en una máquina del tiempo.
Pero notemos que no habría modo alguno de utilizarlo para viajar a un momento anterior
al año 2100, que es cuando se originó la CTC, en nuestro ejemplo.

Aunque la Relatividad contempla todas estas posibilidades, existen serias dificultades.


Más arriba mencionamos el problema de la estabilización del agujero de gusano. Thorne
y sus colegas encontraron que para que no colapsara, habría que generar de algún
modo una curvatura del espaciotiempo opuesta a la que produce la materia ordinaria,
es decir, un tipo de repulsión gravitatoria que desde adentro mantuviese el agujero
estable. La masa y la energía tal como las conocemos curvan el espaciotiempo de un
modo positivo: esto es lo que llamamos atracción gravitatoria. Para producir el efecto
contrario, o sea, una curvatura negativa, sería necesario emplear energía negativa.

¿Pero qué significa que sea negativa? Por ejemplo, un objeto en movimiento tiene
asociada una energía (cinética) que es mayor cuanto más rápido se mueve, y cero
cuando el objeto está quieto. Decir que la energía es negativa, ¡sería decir que el objeto
se mueve más lento que estando quieto! Absurdo. No obstante, la Mecánica Cuántica
revela que, por más estrafalario que suene, la energía negativa puede existir en ciertas
situaciones. De hecho, a partir de la mitad del siglo XX, los físicos la producen en
laboratorios, aunque en muy pequeñas cantidades, gracias al famoso efecto Casimir,
descubierto por Hendrik Casimir:
Recordemos que el Principio de Indeterminación de Heinsenberg nos dice que, en
intervalos de tiempo minúsculos, la energía está indeterminada y fluctúa aleatoriamente.
Como habíamos visto en otra ocasión, esto implica que no puede existir el espacio vacío
como tal, sino que siempre habrá fluctuaciones energéticas cubriéndolo todo, incluso la
habitación en la que tú estás leyendo esto, el interior de tu cuerpo, etc. Naturalmente, la
suma de estas fluctuaciones al fin y al cabo es cero (si no, observaríamos tazas de café
que se calientan espontáneamente, libros que vibran, y cosas así).

Supongamos que enfrentamos dos espejos diminutos, a una distancia muy pequeña.
Fuera del espacio que encierran los espejos, las fluctuaciones –imaginémoslas como
ondas– pueden tener cualquier longitud de onda, es decir, pueden tener la energía que
se les dé la gana. Pero en la región entre los dos espejos, no puede haber cualquier tipo
de onda, sino únicamente las que “entran justo” (más precisamente, las que tienen un
número entero de longitudes de onda entre espejo y espejo. Si la distancia entre ellos
es un poquito más o un poquito menos que un número entero de longitudes de onda de
una onda, ésta se cancelará luego de algunas reflexiones).

Aquí está la clave del asunto. En medio de los espejos la densidad de la energía
es menor que fuera de ellos. Y si, como dijimos, afuera la suma de las ondas
es cero, entre los espejos la energía tendrá una densidad negativa. Literalmente, si
decimos que en el espacio vacío no hay nada, en esta región del espacio habría menos
que nada. Como las fluctuaciones exteriores son más fuertes, producen un empuje que
hace que los espejos se junten. Éste es el efecto Casimir, y se ha comprobado. De esta
manera, conseguimos la energía negativa que estábamos buscando. Pero… ¿cuánta?
Evidentemente una cantidad minúscula. Hoy no se conoce ningún método para generar
una cantidad mayor, que pueda ser acumulada para emplearla en la estabilización de
un agujero de gusano, y así construir la primera máquina del tiempo de la historia.

El hecho es que un problema: las leyes de la Física dicen que cada pulso de energía
negativa es compensado inmediatamente por uno de energía positiva, anulándolo. Uno
podría preguntarse, ¿no existe alguna forma de “atrapar” la energía negativa, antes de
que sea anulada por la positiva? Los físicos Lawrence Ford y Thomas Roman
investigaron muchos años esta cuestión, y concluyeron que el mismo acto de separar
un pulso de energía negativa implica la intervención de energía positiva, que anularía
necesariamente a la negativa. Podemos comparar la energía negativa con un préstamo
de dinero, aunque con esta particularidad: cuanto mayor sea la cantidad de dinero que
pedimos, menor será el plazo de devolución, a tal punto que ni nos dará tiempo para
gastarlo.
De acuerdo, pero uno está en pleno derecho de preguntarse ¿cuánta energía negativa
se necesitaría exactamente para estabilizar un agujero de gusano? La respuesta es
perturbadora. El matemático Matt Visser calculó que para mantener abierto un metro
el cuello de un agujero de gusano, haría falta energía negativa de una magnitud
equivalente a la energía que producen diez mil millones de estrellas durante un
año. Thorne era consciente de este hecho, así que de antemano suponía que la opción
más factible sería utilizar no energía, sino materia negativa. De acuerdo con la
famosísima ecuación E=mc2, la masa es una forma muy condensada de energía, lo que
significa que se necesita mucha menos masa para producir la misma curvatura del
espaciotiempo que una enorme cantidad de energía.

La materia negativa (más técnicamente, de densidad de energía negativa) sería distinta


de todo lo que hasta hoy se conoce. Como produciría repulsión en vez de atracción
gravitatoria, un objeto constituido por esta materia literalmente se caería hacia arriba. A
este tipo de materia se la denomina materia exótica, y se cree que posiblemente no
exista, aunque no hay nada que lo demuestre. Hasta en el mejor de los casos, la
cantidad de materia exótica necesaria para estabilizar un agujero de gusano seguiría
siendo abrumadora: aproximadamente la masa de nuestro Sol.

Más allá de estas dificultades, el factor clave que requiere un agujero de gusano para
convertirse en una máquina del tiempo, es que una de las bocas sea transportada a
velocidades cercanas a la de la luz, y esto es severamente complicado. Incluso las
naves espaciales más veloces que hasta la fecha se construyeron, son cientos de miles
de veces más lentas que la luz. El combustible requerido para alcanzar velocidades tan
fantásticas, sería monstruoso. Por suerte, conocemos bien cuál es el combustible más
eficaz de todo el universo: la antimateria (no confundir con materia exótica). La
antimateria es muy escasa en el universo, y producirla es muy costoso. Si una pequeña
porción de antimateria entra en contacto con una de materia ordinaria, se libera una
increíble cantidad de energía, de acuerdo otra vez con la ecuación E=mc2. Como la
velocidad de la luz (c) es muy grande (más de mil millones de kilómetros por hora), al
multiplicarla (encima su cuadrado) por una pequeña cantidad de masa, obtenemos
muchísima energía, que de ser controlada podría ser usada como combustible para
naves super-eficientes.

Por ejemplo, una moneda hecha de antimateria podría satisfacer los gastos
energéticos de 60 viajes a la Luna. El problema está en que ¡producir antimateria con
la tecnología actual requiere más energía que la que ella brinda! Si no podemos
transportar la boca de un agujero de gusano a velocidades tan altas, existe otra opción
quizá más realista, que es la que propusieron Igor Novikov y Valery Frolov en 1990:
llevar la boca cerca de un campo gravitatorio lo suficientemente intenso, para que su
tiempo atrase por la dilatación gravitatoria. Generalmente se habla de una estrella de
neutrones, ya que es uno de los objetos más densos del universo, y que
consecuentemente haría que el proceso de dilatación sea más breve. Dejando una de
las bocas cerca de estas estrellas, el tiempo transcurriría alrededor de 3 segundos por
cada 10 medidos desde el exterior. Es decir, si dejáramos allí la boca unos 10 años,
para ella habrían pasado sólo 3, y obtendríamos una máquina del tiempo que permitiría
viajar 7 años al pasado… y volver. Pero… ¿dónde está la estrella de neutrones más
cercana? ¡Entre 250 y 1000 años-luz lejos de la Tierra!

Por otro lado, existe otra dificultad: ¿cómo rayos se forman los agujeros de
gusano? En realidad, no existen razones para creer que se forman de un modo natural
en el universo. Con los agujeros negros es distinto: son una consecuencia inevitable del
colapso de estrellas muy masivas. Pero no se conoce ningún proceso análogo cuyo
resultado sea la formación de un agujero de gusano. Para ‘fabricar’ uno, los físicos
especulan en torno a dos métodos, principalmente: el método cuántico, y el método
clásico. Veamos en qué consisten.

Las fluctuaciones del espaciotiempo podrían originar agujeros de gusano diminutos.

En 1955, John Wheeler dedujo que a escalas fantásticamente pequeñas, del orden de
10-33 centímetros (esta escala se llama Longitud de Planck), las fluctuaciones
energéticas del vacío hacen que el propio espaciotiempo burbujee como agua hirviendo.
Este fenómeno recibe el nombre de espuma cuántica. Cuando Einstein desarrolló su
teoría, imaginaba el espaciotiempo suave y continuo, como el agua calma de un lago.
Pero la Mecánica Cuántica nos muestra que eso es sólo una apariencia aproximada. A
escalas suficientemente ridículas, el espaciotiempo que nos rodea está fluctuando
turbulentamente, a tal punto que deberían formarse mini agujeros de gusano y
desvanecerse casi de inmediato.

Para fabricar un agujero de gusano por el método cuántico, entonces, habría que
ampliar de algún modo uno de estos mini agujeros de gusano que están en todas partes.
Todavía no se comprende si las leyes de la Física lo permiten o no. Se presume que la
forma de lograrlo es ‘inyectándole’ materia exótica al agujero, de la misma manera que
un compresor infla un neumático. Pero hay diversos problemas. Recordemos que estos
agujeros serían inconmensurablemente pequeños: intentar inyectar por ejemplo una
partícula del tamaño de un electrón en ellos, sería como intentar introducir el planeta
Tierra en una copa. También debemos recordar que se desvanecerían casi
instantáneamente, a tal punto que quizá sea imposible controlarlos. Para entender el
comportamiento de la espuma cuántica, hace falta una Teoría de la Gravedad Cuántica,
que combine la Cuántica con la Relatividad. Hasta la fecha no existe tal teoría.

Pero entonces, ¿existe algún otro modo de crear un agujero de gusano, solamente
a partir de la Relatividad, y sin meternos en problemas cuánticos? Sí y no. Si
intentáramos desgarrar de alguna manera el espaciotiempo, para obtener dos agujeros
y luego unirlos, esto implicaría la formación, al menos momentánea, de una singularidad
en el lugar de desgarro. Y las singularidades sólo pueden ser comprendidas por la hasta
ahora inexistente Teoría de Gravedad Cuántica.

Cuando parecía que no había escapatoria, apareció Robert Geroch, en 1966, para
demostrar que sí es posible crear un agujero de gusano de un modo totalmente ajeno a
la Cuántica y sus problemas. Pero al mismo tiempo, su método traería nuevas
dificultades. Geroch encontró que la única forma de lograrlo es que, durante la
construcción, además del espacio el tiempo también se retuerza. En otras palabras, la
maquinaria empleada para construir el agujero debe distorsionar el tiempo tan
violentamente que ella misma acabará viajando hacia atrás en el tiempo, así como hacia
adelante. Es decir, para construir un agujero de gusano sin desgarrar el espacio, es
necesario que la maquinaria empleada funcione brevemente como máquina del tiempo.
Hasta la fecha, nadie tiene la menor idea de cómo lograr algo así.

Hemos visto las arduas dificultades de la estabilización y construcción de los agujeros


de gusano, ¡y eso que son las máquinas del tiempo menos problemáticas! Sin embargo,
existen otro tipo de dificultades… en el momento en que los agujeros están funcionando.
El físico William Hiscock se dio cuenta de que las fluctuaciones energéticas del vacío,
de las que estuvimos hablando, podrían acumularse hasta el infinito dentro del agujero
y así destruirlo. ¿Cómo? Supongamos que las dos bocas se están alejando la una con
respecto a la otra, a velocidades muy altas. Por ahora, el agujero de gusano no es una
máquina del tiempo, ya que la dilatación del tiempo entre las bocas es relativa, no
absoluta. Sólo cuando una de ellas da la vuelta se origina la CTC. Para entender por
qué, debemos recordar la Paradoja de los Gemelos: hasta que un gemelo no de la vuelta
y vuelva a la Tierra, no tendrá sentido preguntar quién es más joven y quién más viejo.

Si tienes dificultades con el párrafo anterior, no te preocupes y sigue leyendo tranquilo,


pero retén esto: el agujero de gusano se convierte en una máquina del tiempo en el
momento exacto en que una de las bocas frena y da la vuelta. En ese instante, las
fluctuaciones del vacío que salen por la boca que está en la Tierra, viajan a la velocidad
de la luz hasta la boca que está volviendo. Al ingresar por ella, acaban emergiendo por
la boca que aguarda en la Tierra, a través del agujero de gusano, en el pasado; más
precisamente en el mismo instante en que habían partido. Esto hace que las
fluctuaciones se acumulen sobre sí mismas en un círculo vicioso, hasta alcanzar
una intensidad infinita, lo que da como resultado el colapso del agujero de gusano.

El debate sobre si esto sucedería en realidad o no, está muy abierto. En particular,
porque entender este proceso requiere, otra vez, una Teoría Cuántica de la Gravedad.
Pero lo interesante de esto, es que parece como si las leyes de la Física intentaran
destruir toda máquina del tiempo justo antes de que pueda ser utilizada, quizá
resguardando el universo de posibles paradojas, como conjeturaba Stephen Hawking.
Representación artística del interior de un agujero de gusano.

Pero además de los agujeros de gusano, posteriormente los físicos han encontrado
otros fenómenos que podrían ser utilizados como máquina del tiempo, aunque en su
mayoría requieren situaciones extremas o improbables. Por ejemplo, en 1991 el físico
Richard Gott descubrió que sería posible viajar al pasado mediante el empleo
de cuerdas cósmicas, unos fenómenos hipotéticos predichos por el Modelo Estándar
de la física de partículas. Las cuerdas cósmicas no tienen nada que ver con la Teoría
de Cuerdas, Supercuerdas, o similares. ¿Qué son, entonces? Son filamentos muy
densos, escasos en el universo, que habrían surgido en los primeros instantes luego del
Big Bang, como consecuencia del repentino enfriamiento.

Las cuerdas cósmicas no pueden tener extremos: o bien forman bucles, o bien se
extienden por todo el universo. En sus cercanías, deforman el espacio de un modo tal
que hacen que las trayectorias se acorten. Imaginemos que desde la Tierra hasta Plutón
se extiende una cuerda cósmica: un observador que viajase en sus inmediaciones, y a
una velocidad suficientemente alta, podría llegar a Plutón incluso antes que un rayo de
luz propagándose por una trayectoria normal. Esto quiere decir que ese observador
podría mirar hacia atrás y verse a él mismo antes de partir, pues la luz aún no lo habría
alcanzado. Sin embargo, esto no sería ninguna máquina del tiempo, sino sólo una
trayectoria acortada, que permite ganarle la carrera a la luz y observar estos curiosos
fenómenos. Gott se dio cuenta de que si existieran dos cuerdas cósmicas paralelas,
moviéndose una con respecto a otra, a velocidades muy próximas a la de la luz, sí sería
posible viajar al pasado. Si un observador viajase bordeando una de las cuerdas, para
luego retornar a través de la segunda, debería poder llegar al punto de comienzo, y
encontrarse con alguien que está a punto de partir: efectivamente, él mismo en el
pasado.

Empero, Gott era consciente de que encontrar una cuerda cósmica en el universo sería
más difícil que hallar una moneda en todo el Sahara. Y todavía más improbable, si son
dos cuerdas moviéndose a velocidades relativistas una con respecto a la otra. Por el
momento, las máquinas del tiempo más viables, o mejor dicho, menos inalcanzables,
parecen ser las que emplean algún tipo de agujero de gusano. Cuando Hawking publicó
en 1991 su Conjetura de la Protección Cronológica, argumentó que si no es la
acumulación estrepitosa de fluctuaciones, será algún otro fenómeno no tenido en cuenta
el que destruya las máquinas del tiempo, como si la Naturaleza las aborreciese. Con su
característico humor, mencionó que esta conjetura “haría seguro el universo para los
historiadores”. Pero algunos años después, cambió su manera de pensar: ahora no
sostiene que las leyes de la Física confabulen para impedir el viaje en el tiempo; más
bien que no lo hacen práctico.

Esto nos lleva a retomar una pregunta que hicimos al comienzo del artículo: si las leyes
de la Física contemplan la posibilidad de viajar en el tiempo, aunque quizá no sea
práctico, ¿pero, qué clase de universo es el nuestro? Aún nos aguardan muchos
misterios por descubrir, que hoy el ser humano ni siquiera llega a entrever. Hace un
siglo, nadie hubiera imaginado que la gravedad puede distorsionar el tiempo, o que el
universo haya comenzado en una singularidad, en la que toda la materia –incluida la
que forma nuestro cuerpo y todas las cosas que nos rodean– estaba infinitamente
condensada. El siguiente gran paso que daremos como civilización, ocurrirá cuando se
desarrolle una Teoría Cuántica de la Gravedad eficaz. ¿Por qué es tan importante una
teoría así? En palabras de Thorne:

Probablemente más pronto antes que más tarde, algunos físicos intuitivos descubrirán y desvelarán
las leyes de la gravedad cuántica y todos sus íntimos detalles. Con estas leyes de la gravedad cuántica
a mano, podremos concebir exactamente cómo nació el espacio-tiempo de nuestro Universo, cómo
surgió de la espuma cuántica de la singularidad del big bang. Podremos conocer con seguridad si
tiene significado o es absurda la tan planteada pregunta: «¿Qué había antes del big bang?».
Podremos conocer con seguridad si la espuma cuántica produce múltiples universos con facilidad, y
los detalles completos de cómo se destruye el espacio-tiempo en la singularidad del corazón de un
agujero negro o del big crunch, y cómo y si y dónde el espacio es creado de nuevo. Y podremos conocer
si las leyes de la gravedad cuántica permiten o prohíben las máquinas del tiempo. ¿Deben
autodestruirse siempre las máquinas del tiempo en el momento en que empiezan a
funcionar?

En este preciso instante, mientras el lector contempla estas líneas, multitud de físicos
están investigando sobre estas cuestiones, hallando nuevas soluciones para las
ecuaciones de la Relatividad, develando sigilosos misterios del universo, e inscribiendo
una nueva página en la historia del conocimiento humano. La respuesta para la
pregunta ¿son prácticas las máquinas del tiempo? llegará un día cualquiera; quizá no
hoy mismo, quizá sí mañana.

Con este artículo, esta serie sobre el tiempo culmina. La próximo articulo estará
dedicado a sacar algunas conclusiones y principalmente a formular preguntas, en
relación a los aspectos más importantes de todo lo que estuvimos hablando a lo largo
de la serie. Será hasta entonces.
Eso que llamamos “Tiempo” –
Consideraciones finales
El objetivo de los artículos de esta serie nunca ha intentado ser el de dar una respuesta
conclusiva a la pregunta: ¿Qué es el tiempo? En su lugar, el objetivo ha sido hacer un
recorrido a lo largo de la historia, para comprender cómo han cambiado las ideas que el
ser humano tiene sobre el tiempo, ideas que probablemente nunca alcanzarán una
completitud. Desde Tales hasta Boltzmann, desde Platón hasta Einstein, en lo amplio
de dos milenios y medio de reflexión, el hombre aún no ha llegado a una conclusión
unánime, acerca de qué es exactamente el tiempo.

¿Es la imagen móvil de la eternidad? ¿Es el número del movimiento según el antes y el
después? ¿Es una extensión y cualidad única del alma? ¿Es algo verdadero,
matemático y objetivo? ¿Es el resultado de las relaciones entre la materia? ¿Es la
intuición a priori de la razón humana que hace posible el pensamiento? ¿Es la cuarta
dimensión del espacio? ¿Por qué es tan complicado entender qué es el
tiempo? ¿Cómo puede ser que algo tan familiar y corriente presente tantas dificultades
para nuestro intelecto?

El enigma del tiempo representa uno de los quebraderos de cabeza por excelencia de
todo filósofo y científico. Y no sin razón. Los incontables interrogantes aún sin resolver
acerca del tiempo, de hecho, están profundamente vinculados con nuestra propia vida,
con nuestro lugar en el Universo, con nuestro libre albedrío, y con los aspectos más
fundamentales de nuestra propia existencia que nos afectan día a día, como se ha
podido entrever a lo largo de esta serie de artículos, y como espero quede de manifiesto
en los siguientes párrafos.

Las cosas cambian; es un hecho. Nacemos, envejecemos, morimos. Lo irreversible


gobierna nuestras vidas. En el afán por comprender y describir este mundo cambiante,
el hombre ha desarrollado la Ciencia. Y sin embargo, hemos visto que la Física nos dice
cosas diametralmente distintas que nuestra percepción cotidiana del tiempo. Las
Ciencias Físicas parecen no establecer una flecha del tiempo objetiva; las ecuaciones
más fundamentales no distinguen entre el pasado y el futuro. La Relatividad no nos dice
nada acerca del ‘paso’ o el ‘fluir’ del tiempo; por el contrario, refleja que el tiempo no es
sino parte del espacio, del espaciotiempo estático, que se limita a estar ahí, sin más. De
acuerdo con esto, nuestra extensión en el tiempo –vale decir, nuestra historia pasada y
futura– está tan fija y determinada como lo está en el espacio.

Si la naturaleza del tiempo es como la describe la Relatividad, simplemente no nacemos


ni morimos: en algunos puntos del espaciotiempo estamos vivos, en otros no, y eso es
todo. Nuestra existencia se limita a ocupar estática y eternamente una porción del
espaciotiempo. ¿Cómo puede ser que la Ciencia, la encargada de describir el
mundo, nos diga semejantes desvaríos? ¿Cómo se reconcilia la noción del mundo
cambiante y temporal que nos muestra la experiencia, con la idea de que todo está fijo
e inmóvil en un espaciotiempo de cuatro dimensiones?

No lo sabemos. Como si volviéramos a la antigua discusión entre Heráclito y


Parménides, nuestro sentido común parece apoyar al primero, quien sostenía que todo
fluye, nada permanece. Mientras tanto, la Física relativista parece acreditar las ideas del
segundo, quien argumentaba que el Ser es inmóvil y eterno, y que el movimiento es una
ilusión. A Karl Popper le gustaba llamar, por este motivo, a Einstein con el nombre de
Parménides.
Una buena pregunta que podríamos formularnos en relación a esto sería ¿hasta qué
punto las matemáticas de la Física representan la realidad del mundo? La
Matemática es una ciencia creada a partir de la abstracción, a priori, de forma apartada
de la experiencia. La Física, por el contrario, es una ciencia empírica, que se vale de la
experimentación. ¿Cómo es posible tan perfecta conjugación entre ciencias de tan
distinta especie? Pareciera que, como creía Galileo, el libro de la Naturaleza fue escrito
en el lenguaje matemático. Pero con el advenimiento de la Mecánica Cuántica, estas
nociones sufrieron una sacudida tremenda. Como señaló Bohr, la Física ya no debe
intentar describir cómo es el mundo, sino qué podemos decir sobre él, a fin de obtener
resultados medibles. A Einstein no le gustaba para nada esta idea, y la rechazó quizá
por considerarla incómoda, defendiendo en cambio la postura de Galileo.

De aquel modo de pensar de Bohr –y de algunos otros contemporáneos, como


Heisenberg– surgió la postura de que el concepto del espaciotiempo es quizá un truco
matemático para obtener resultados medibles, y que no necesariamente representa la
realidad de la Naturaleza. En otras palabras, surgió la idea de que el tiempo en efecto
fluye, aunque la Física necesite ‘pararlo’ y combinarlo con el espacio para estudiar con
mayor facilidad los sucesos físicos de nuestro Universo. Si bien ésta parece una
solución elegante a un problema insondable, no resuelve el núcleo de la cuestión:
¿acaso el ‘flujo’ del tiempo rebasa las posibilidades de la descripción de la
Física? ¿Descubrirá algún día la Ciencia qué es realmente el tiempo?

Nada podemos argumentar acerca de esto, así que será mejor que retomemos lo que
veníamos diciendo antes. Además de hacer tambalear esos conceptos de la Relatividad,
hemos visto cómo la Mecánica Cuántica parece comprometer otras nociones
fundamentales: ¿Cómo se reconcilia el futuro estático y determinista de la Relatividad,
con el futuro abierto a posibilidades indeterminables de la Cuántica? ¿El futuro está
escrito o no? De ser correcto del Determinismo, los seres humanos resultaríamos no ser
más que aparatos mecánicos, no muy diferentes que relojes de engranajes, cuyo
pensamiento, conciencia y voluntad serían simplemente ilusiones aparentes, como si
nos engañáramos a nosotros mismos. No, esto es enserio.

Descartes consideraba que si ponemos completamente todo en duda (lo que nos
muestran los sentidos sobre el mundo, nuestras creencias, etc.), lo único que podemos
afirmar con certeza absoluta es el hecho de que estamos dudando, y por lo tanto
pensando y ejerciendo consciencia. Pero si el Determinismo finalmente es cierto,
deberíamos dudar de nuestra propia consciencia, dudar de nuestra propia duda, y caer
así en un círculo que no conduce a ninguna parte. Ya no habría ningún principio
irrefutable a partir del cual apoyarnos. Si nuestra consciencia fuese ilusoria, ¿habría algo
de lo que podamos estar completamente seguros?

En cambio, si el Indeterminismo es cierto (en el sentido de que es algo propio del


Universo y no de nuestra incapacidad de predecir los sucesos futuros con certeza
arbitraria) el panorama sigue siendo turbio:

El Indeterminismo del que nos habla la Cuántica no implica necesariamente el libre


albedrío. Alguien podría llegar a pensar que las partículas que conforman nuestro
cerebro se comportan de manera aleatoria e impredecible, dando lugar a la “libertad de
consciencia”. Yo lo pensaría dos veces. La mayoría de los procesos cerebrales son
prácticamente macroscópicos en comparación con las partículas subatómicas en donde
se da la indeterminación cuántica. Si arrojamos una roca al río, éste seguirá su curso
indiferentemente. Sin embargo, alguien podría interrumpir aquí y argumentar que, por
el efecto mariposa, una minúscula perturbación puede producir un efecto mayor, y así
sucesivamente hasta alcanzar una consecuencia considerable, que tenga incidencia en
nuestro pensamiento, tal como el aleteo de una mariposa en Brasilia puede
desencadenar un tornado en Lisboa. Efectivamente es posible, pero esto resultaría ser
un fenómeno muy poco probable, y por tanto insuficiente para justificar la libertad de la
consciencia.

Asumamos, sin embargo, que nuestro cerebro fluctúa aleatoriamente: ¿cómo se supone
que podríamos ‘controlar’ esas aleatoriedades, a fin de tener la voluntad de
pensamiento? Con un cerebro fluctuante, ¿el pensamiento de la persona acaso no
estaría más bien a merced de los caprichos cuánticos? Lo cierto es que en la actualidad
comprendemos muy poco acerca del funcionamiento cerebral. De hecho, conocemos
mucho más sobre nuestro Sol (que está a 150 millones de km. de distancia) que sobre
nuestro propio cerebro. Y además, estas cuestiones exceden los propósitos de este
artículo.

Continuemos con la discusión sobre el Indeterminismo. Es interesante señalar que el


hecho de que el futuro esté indeterminado no implica que no exista como tal; o dicho
más específicamente, que el hecho de que los sucesos futuros estén indeterminados
quizá no significa que no forman parte del espaciotiempo, sino que al menos no pueden
deducirse a partir de los sucesos presentes. De ser así, el Universo sería determinista
pero no determinable, pues la cadena de la causalidad estaría entrecortada: los efectos
no se derivarían de sus causas. Pero claro, si no son determinables, por definición
escapan de los límites de la Ciencia, y en ese caso, muchos alegarían que no tiene
sentido hablar sobre su existencia o no (nos referimos a los sucesos futuros).

Lo que quiero poner en relieve es que el problema del Determinismo e Indeterminismo


nos muestra cuán vinculada está la cuestión del tiempo con los aspectos
fundamentales de nuestra propia vida, como el libre albedrío, la voluntad, la vida y la
muerte, por mencionar algunos. En este ámbito, quizá cuesta trazar la línea que divide
a la Física de la Filosofía. Como ha quedado de manifiesto en sucesivos artículos de
esta serie, estas dos ramas del conocimiento guardan un profundo vínculo, y
probablemente ninguna sería fructuosa sin la otra. Es importante, sin embargo, tener en
cuenta que Filosofía no significa Metafísica. La Filosofía no es la encargada de continuar
el camino, cuando la Física ya no puede hacerlo; de eso se trata la Metafísica. La
Filosofía, en su sentido más puro, es más bien una compañera imprescindible de la
Física –y claro está, de la Ciencia en general–, una compañera que no va adelante ni
atrás, sino junto con ella, y que la ayuda a no desfallecer, a lo largo del escalonado
trayecto que debe recorrer.

Antes de Galileo y sus contemporáneos, se entendía que la reflexión pura era un medio
suficiente para comprender el mundo. Los antiguos consideraban que hallando el más
alto grado de pensamiento, sería posible entender el funcionamiento del Cosmos en sus
más íntimos detalles. Sin embargo, en ausencia de una ciencia experimental, empírica,
el desarrollo de la Filosofía de la Naturaleza se vio entorpecido: no contaba con aquella
compañera fundamental, que es la Física. ¿Quiere decir esto que las reflexiones de los
antiguos son vanas? De ninguna manera. Es impresionante cuánta convergencia
existe entre la Filosofía antigua y la Física moderna. Como mencionamos más arriba, el
debate entre Heráclito y Parménides hoy continúa vivo y refulgente, por poner un
ejemplo.

Pero a fin de cuentas, resulta curioso e inquietante el hecho de que las Ciencias Físicas
no puedan dar una respuesta clara y concisa al enigma del tiempo. Estamos hablando
de un concepto que oscila entre la Física y la Filosofía, o que abarca ambas a la vez.

Desde Galileo hasta hoy, en tan sólo cuatro siglos, los seres humanos hemos adquirido
una cantidad de conocimientos sobre el funcionamiento del Universo, muchísimo mayor
a la acumulada durante el resto de la existencia del hombre. Hoy comprendemos cosas
que hasta hace algunos pocos años parecerían totalmente fantásticas, como la
formación y el comportamiento de los planetas, las estrellas y las galaxias. Todo ello,
conseguido sin siquiera salir de nuestro planeta, gracias a nuestra capacidad intelectual.
Quizá, después de todo, los antiguos tenían razón al considerar que la herramienta
última que el ser humano dispone para comprender el mundo, es su pensamiento.

Pero como decía Alberto Einstein, comparada con la realidad, nuestra Ciencia está en
pañales. De hecho es eso justamente lo que nos mueve: el saber que todavía nos queda
mucho por descubrir. Y el concepto del tiempo ilustra esta situación claramente. Allá por
el siglo XVII, Descartes decía:

Nunca, por ejemplo, llegaremos a ser matemáticos por mucho que nuestra memoria
esté en posesión de todas las demostraciones hechas por otros, si nuestro espíritu no es
capaz de resolver toda clase de problemas; no llegaremos a ser filósofos por mucho que
hayamos leído todos los razonamientos de Platón y Aristóteles, sin ser capaces de
formular un juicio sólido sobre lo que se nos propone.

De tal manera, invito al lector a sacar sus propias conclusiones y reflexionar sobre estas
cuestiones. Invito al lector a preguntar ¿qué es el tiempo? en una charla de amigos, en
casa, o en cualquier otra parte, y le aseguro que se ganará una interesante
conversación. De eso se trata.

En lo personal, quiero comentar que he disfrutado mucho haciendo esta serie: en el


camino he aprendido muchas cosas, y me he enfrentado con interrogantes que de otro
modo nunca habría considerado.

Y para concluir quiero compartir unas palabras que, a mi modo de ver, son dignas de
relectura indefinida:

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico,

son desesperaciones aparentes y consuelos secretos.

Nuestro destino no es espantoso por irreal;

es espantoso porque es irreversible y de hierro.

El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;

es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;

es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

El mundo, desgraciadamente, es real;

yo, desgraciadamente, soy Borges.

— Jorge Luis Borges.

“Nueva refutación del tiempo”.