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LA CLASE

Tema del mes


Nelson Ruiz

Psicoanálisis y Sexualidad: Los avatares de Freud y


sus huellas sobre los cuerpos sexuados
Introducción
Freud en 1905, en su obra “Tres Ensayos sobre una Teoría sexual”,
señaló cómo las primeras impresiones sexuales de nuestro
desarrollo, dejan las más profundas huellas en nuestra vida
anímica y pasan a ser determinantes de nuestro desarrollo sexual
posterior, y que la desaparición real de tales impresiones
infantiles obedece a un mero apartamiento de la conciencia
(represión). Esta suerte de amnesia de vivencias sexuales
infantiles, conduce al hombre a esforzarse por dilucidar el
misterio de su sexualidad, recurriendo a intuiciones y
conocimientos pre-conceptuales para intentar darle sentido a su
experiencia sexual subjetiva (Jaida, 2001).

Este ensayo pretende hacer una revisión del material bibliográfico


referido al tema del origen de la configuración de la sexualidad
desde una mirada psicoanalítica, y con ello promover en el lector
una reflexión crítica de los postulados y axiomas propuestos por
Freud para dar explicación al modo en que se constituye la
sexualidad humana. Los supuestos enunciados por Freud sin
duda han sesgado la práctica e intervención de profesionales de
la Salud y de las Ciencias Sociales, y al mismo tiempo el modo que
tenemos de concebir el origen, desarrollo y evolución de nuestra
sexualidad.

Sexualidad
De acuerdo a la Organización Panamericana de la Salud (2006), el
término sexualidad se refiere a una dimensión fundamental del
ser humano, basada en el sexo, incluye al género, las identidades
de sexo y género, la orientación sexual, el erotismo, la vinculación
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afectiva, el amor y la reproducción. Se experimenta o se expresa
en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes,
valores, actividades, prácticas, roles y relaciones. La sexualidad es
el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos,
socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales
(Lyra, 2006).

Es indudable que la sexualidad está marcada por la institución del


género; las propias prácticas y discursos tienen distintas
connotaciones y son ejercidas diferencial e inequitativamente por
los hombres y las mujeres. La sexualidad no es aceptada ni
practicada de la misma manera por unos y otras y las diferencias
conllevan jerarquías y valoraciones que hacen aceptables algunas
acciones e inaceptables otras en tanto son hombres o mujeres
quienes las ejercen (Rivas, 2004).

En este sentido, el género a estado tradicionalmente


caracterizado por una diferenciación jerárquica, donde lo
masculino es el modelo, lo dominante, mientras que lo femenino lo
dominado (Sandoval, 1998). El género es entonces un organizador
social que como la clase, la raza y la edad, interviene de manera
fundamental en la constitución de los distintos planos de la vida
cultural, simbólica, institucional y personal puesto que entraña
relaciones significativas de poder históricamente desbalanceados
entre los universos femeninos y masculinos (Scott, 1990; cp. Rivas,
2004).

De este modo, como lo afirma Torres (1998), la feminidad y la


masculinidad pertenecen a un orden imaginario y simbólico, a las
representaciones; siendo el cuerpo, un espacio representado
como femenino o masculino; de acuerdo a esta autora, un sujeto
es producto de una construcción imaginaria y simbólica que se
genera a lo largo del tiempo, por medio del proceso de
subjetivización al cuál es sometido, termina adquiriendo
características asociadas a lo masculino o femenino.

Así, la categoría género se refiere a una construcción cultural,


social e histórica, acerca de la diferencia de los sexos. A partir de
la anatomía, los seres humanos son introducidos, a través del
lenguaje y de la crianza de las figuras parentales, en un complejo
sistema de deseos, expectativas y funciones que definen su ser

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femenino o masculino.

Psicoanálisis y Sexualidad
De acuerdo a Rausseo (2006), el psicoanálisis y los estudios de
género tienen en común su objeto de estudio relacionado a la
formación de la sexualidad humana. El psicoanálisis por su parte,
valiéndose de la exploración del inconsciente y de la clínica,
intenta dar cuenta de cómo las experiencias tempranas son
determinantes en la estructuración de la masculinidad y
feminidad. Los estudios de género, a partir de métodos de
investigación pertenecientes a las ciencias sociales, como
entrevistas, pequeños grupos, entre otros, se interesan en los
aspectos socio-históricos que influyen en la construcción de la
identidad sexual.

Ahora bien, para el psicoanálisis, no se puede pensar en la


constitución de la sexualidad sin antes tener un conocimiento
claro de las relaciones que establece el sujeto con el otro a lo
largo de su historia de vida. Asimismo, Freud, desde sus primeras
teorizaciones, ubicó en un lugar central al inconsciente para
entender la sexualidad de hombres y mujeres; señaló que para
formar parte de una sociedad renunciamos bajo ciertas
circunstancias a nuestros deseos sexuales más primitivos;
constituyendo el deseo sexual uno de los polos del conflicto
psíquico más comunes observados en hombres y mujeres. El
bloqueo de tales deseos sexuales se traducen mas tarde en
síntomas, una serie de procesos anímicos investidos de afecto y de
aspiraciones concretas que se les ha denegado el acceso a su
tramitación en una actividad susceptible de conciencia por
consecuencia de la represión (Freud, 1905); los síntomas ocurren
entonces cuando el deseo y el impulso sexual compiten con una
desautorización sexual simultánea.

Freud, planteo que escenas de experiencia sexual prematura, son


determinantes en la configuración de la sexualidad posterior del
individuo. Propuso que los niños muy tempranamente son
enfrentados pasivamente a una irrupción de la sexualidad adulta.
El niño sirve como objeto de seducción por parte de un adulto
perverso, desviante en cuanto al objeto porque es pedofílico, y en
cuanto a la meta porque busca satisfacer sus necesidades con ese

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niño (Freud, 1905; cp, Laplanche, 1987).

Estas experiencias de seducción infantil, fue lo que denominó


“seducción originaria”, y explica la respuesta del niño o
adolescente frente a una segunda experiencia de seducción,
donde se reactualiza el recuerdo difuso de la escena primaria,
desencadenándose un trauma difícil de elaborar. Es precisamente
la emoción que se genera con la reactivación de este recuerdo lo
que se reprime y desencadena luego el síntoma (Freud, 1905; cp,
Laplanche, 1987). El histérico surge por consecuencia de una
seducción precoz por parte de un adulto perverso, el obsesivo por
su participación en la transgresión que parte del adulto, no
obstante, la actividad encontrada en la infancia del obsesivo se
esboza siempre sobre el fondo de una experiencia pasiva más
antigua.

El termino narcisismo, fue introducido por Freud para dar cuenta


a ese movimiento que se genera cuando el objeto (niño) se
transforma en sujeto a través de las vicisitudes pulsionales
sexuales y su devenir identificatorio con el mundo (Hornstein,
2000). En el encuentro con el entorno, el niño se confronta con un
adulto que le provee mensajes a los que intenta dar sentido y
respuesta. Su supervivencia, depende del cuidado que proviene
de la madre, quien tiene la difícil tarea de estimular su actividad
pulsional y de contenerla, de ofrecerse y de rehusarse como
objeto de placer.

De este modo, tenemos que la configuración de la sexualidad se


establece sobre la base de ligazones entre sistemas de
representaciones preexistentes, es ese juego de afectación que se
produce entre la madre y el niño, lo que sirve de base para
estimular las raíces sexuales del bebé.

Freud (1905), planteó que los gérmenes de mociones sexuales que


trae consigo el neonato presentan cambios a lo largo desarrollo;
desde la fase pregenital, cuando la vida infantil es esencialmente
autoerótica, y las pulsiones parciales (ver, exhibir, crueldad)
aspiran conseguir placer cada una por su cuenta; hasta la fase
genital, cuando la consecución del placer está al servicio de la
“función de reproducción”, y las pulsiones parciales se subordinan
a una única zona erógena, formando así una organización sólida

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para el logro de la meta sexual en un objeto ajeno.

Ahora bien, el deseo sexual es excéntrico con respecto a la


conciencia y con respecto a la autoconservación, dicho en otras
palabras, no siempre el fin del deseo sexual consiste en garantizar
la conservación de la especia humana a través de la reproducción
sexual; esto se ve evidenciado en exteriorizaciones de la
sexualidad infantil, cuando el chupeteo y el autoerotismo, no
cumplen la función de obtener gratificación del alimento sino la
necesidad de repetir la satisfacción sexual, al descargar la pulsión
en el propio cuerpo, encontrando zonas erógenas de menor valor
en comparación a las que se conseguirán posteriormente en un
objeto externo (los labios del otro por ejemplo).

La meta sexual infantil y adulta consiste entonces en sustituir la


sensación proyectada sobre la zona erógena, por aquel estímulo
externo que la cancele al provocar la sensación de satisfacción. Si
bien existen zonas erógenas predestinadas (boca, ano, genitales),
cualquier otro sector de la piel o de mucosa puede prestar los
servicios de zona erógena. Vale acotar que para la producción de
una sensación placentera, la cualidad y naturaleza del estímulo es
más importante que la parte del cuerpo afectada.

Existen tres momentos del desarrollo de la sexualidad que dan


lugar a la activación de estas zonas erógenas, el primero,
corresponde al período de lactancia; el segundo al florecimiento
de la práctica sexual hacia el cuarto año de vida, y el tercero,
responde al onanismo (masturbación) de la pubertad (Freud,
1905).

En este punto, es importante hacer un especial detenimiento en el


segundo momento de activación de la corriente de excitación
sexual (libido). El niño luego de haber pasado por el período oral,
donde la meta sexual era la incorporación del objeto, y el sádico-
anal, en la que la meta era apoderarse del otro o dejar ser
controlado por el otro; con el resurgimiento de la actividad sexual,
el varón asume que la mujer ha sido castrada, y se produce el
complejo de castración, el temor de ser burlado como sujeto. Es el
miedo o temor a la castración lo que moviliza la actividad del
varón, y la envidia del pene la que moviliza la de la hembra (Freud,
1905). De este modo se desarrolla el complejo de Edipo, colocar

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como objeto de deseo al progenitor del sexo opuesto, y entender
al del mismo sexo como rival.

Es en este momento del desarrollo de la organización sexual,


donde se fundan las bases del género, las identidades de género y
la orientación sexual de ese niño o niña. La inclinación sexual, se
deriva de procesos identificatorios que se generan entre el niño y
el padre, y la niña y la madre. De este modo, se determina el
objeto de deseo erótico y/o amoroso que brindará gratificación
sexual. Así, dependiendo de cómo haya sido resuelto el conflicto
edipico, el objeto de deseo será del sexo opuesto (heterosexual),
del mismo sexo (homosexual) o de ambos sexos (bisexual).

De esta manera, vemos como desde el psicoanálisis se propone


que las relaciones erógenas con la madre y el padre como lugar
tercero en la organización edipica, permiten el acceso a la
diferencia en la historia de la sexualidad del sujeto y en
consecuencia, a la formación de su identidad sexual y con ello a la
práctica de su sexualidad.

La teoría del complejo de Edipo, si bien fue propuesta inicialmente


para dar cuenta del desarrollo psicosexual del niño, constituye un
eje a partir del cual se pueden comprender diferentes fenómenos
socioculturales, en el sentido de que permite entender como ese
“Yo” del sujeto se constituye en relación con el otro (Neumann,
2007). Existe una creciente controversia entre las Ciencias
Sociales y del Comportamiento Humano por determinar las fuerzas
que modelan y estructuran la experiencia de la vida sexual: ¿es la
sexualidad humana un resultado de la interacción entre lo
biológico y psicológico?, ¿O más bien los sistemas culturales y
sociales modelan nuestra constitución y herencia dando lugar a
una disposición en el modo de responder del sujeto?.

Con relación a este punto Freud propuso que si bien existe una
corriente de excitación sexual que afecta a determinados órganos
del cuerpo y que busca la descarga y gratificación, existen
también fuerzas inhibitorias que se contraponen a esa pulsión
sexual, y que los gérmenes de mociones sexuales que trae consigo
el neonato sufren una progresiva sofocación por consecuencia de
poderes anímicos como el asco, la vergüenza, la estética y la
moral, que parecen desarrollarse con relativa independencia de la

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educación formal.

Ahora bien, la actividad sexual viene a ser una expresión de un


“Yo” que se construye en función de la realidad, el “Yo” del sujeto
se nutre con significaciones sexuales compartidas en el imaginario
social. La sexualidad, no es entonces una propiedad de individuos
atomizados o aislados, sino de sujetos sociales integrados dentro
de un contexto de distintas y diversas culturas sexuales
preexistentes.

En síntesis, el Psicoanálisis, se convirtió en una Institución que ha


orientado la práctica y teorización de muchos profesionales,
distorsionándose en algunos casos los postulados originales
propuestos por el mismo Freud. Desde los años 50 se asumió
como una especie de práctica médica con la que se intentó
promover la idea de la sexualidad llamada “normal”; la
estigmatización del homosexual como “perverso”, el uso del
término de” inversión”, la referencia a un desarrollo “normal” o
“anormal” de la sexualidad, el olvido de la bisexualidad original a
causa de teorizaciones heterocentradas, constituyen sólo ejemplos
de cómo se utilizó el Psicoanálisis para “normalizar” el
funcionamiento sexual de hombres y mujeres; dejando de lado la
intención inicial de Freud de separar la pulsión sexual de
cualquier determinismo natural o biológico. En palabras de Seaz
(2004), Freud no concibió las pulsiones sexuales en términos
reproductivos, como lograron institucionalizar distintos
profesionales psicoanalistas conservadores (avatares) a lo largo
de la historia, sino que más bien descubrió que las pulsiones
sexuales pueden dirigirse a cualquier objeto, sin que su dinámica
tenga nada que ver con la necesidad.

El poder que le ha otorgado el Psicoanálisis a muchos


profesionales de la salud (psiquiatras, psicólogos, sexólogos, etc)
y de las Ciencias Sociales (Literarios, Antropólogos, Sociólogos,
Historiadores, etc), ha ejercido influencia sobre el modo en que
suponemos debemos practicar nuestra sexualidad, invadiendo
nuestra esfera privada al dictar lo que es esperado y permitido
sexualmente.

La importancia de distinguir “sexo” y “género”, no constituye una


pretenciosidad intelectual, representa más bien un esfuerzo por

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establecer una discontinuidad radical entre el binarismo hombre
/mujer instalado en el occidente (Cuerpos sexuados) y la
diversidad de géneros social y culturalmente construidos que se
resisten simbólica y políticamente a lo normado (Queerpos
sexuados).

Además del papel que pueda ejercer eventualmente el


Inconsciente sobre el repertorio sexual de hombres y mujeres, sin
duda, las influencias históricas – sociales impactan de manera
preponderante el modo en que interpretamos y comprendemos
nuestra experiencia sexual subjetiva. Las significaciones
colectivas asociadas con la sexualidad en diferentes situaciones
sociales y culturales, moldean nuestro “Yo” a través de procesos
identificatorios con el otro. De este modo, nuestra sexualidad,
identidad de género y orientación sexual, están moldeados por
afectaciones que nos impactan desde muy temprano en nuestro
devenir histórico como sujetos, impulsándonos hacia la vida, con
un desempeño sexual integrado, coherente y no fragmentado, o
hacia la muerte, con un repertorio sexual inestable e informe.

Referencias Bibliográficas
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Freud, S (1929) El malestar en la cultura, O.C., T. XXI,
Editorial Amorrortu, Buenos.
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Editorial Paidos. Buenos Aires.
Jaida, I (2001). Imágenes míticas de la sexualidad.
Sexualidad: símbolos, imágenes y discursos. México D-F.
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enhttp://www1.paho.org/Spanish/AD/FCH/AI/homofobia.pdf(link
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Rivas, M (2004) Sexualidad, género y subjetividad femenina.
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Neumann, E. (2007). Complejo de Edipo: Red Simbólica de
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Sandoval, M. (1998). El Género como categoría diagnóstica.
En Torres, A. et al. (Eds.), Trópicos. Revista de Psicoanálisis.
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Sáez, J (2004). Teoría Queer y psicoanálisis. Editorial Síntesis
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Torres, A. et al. (Eds.), Trópicos. Revista de Psicoanálisis.
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Editorial Sociedad Psicoanalítica de Caracas.
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