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El saber ya no cabe en el campus

En la era de Internet la Universidad ha perdido el monopolio del conocimiento. Los


estudiantes y el mercado exigen un modelo más flexible
J. A. AUNIÓN
Madrid 28 DIC 2014
Aprendió a programar buscando información en Internet y con algo de ayuda de su padre,
también programador. “Lo hice con tutoriales; ensayo y error y echándole muchas horas”.
En clase, se aburría. A los 12 años, Luis Iván Cuende creó un sistema operativo
de software libre, a los 15 ganó un premio al mejor hackereuropeo menor de edad. Con 19,
monta empresas tecnológicas, ha publicado un libro —Tengo 18 años y ni estudio ni
trabajo—, da conferencias por todo el mundo y ha sido asesor especial de la vicepresidenta
de la Comisión Europea. Y no piensa estudiar una carrera. “Simplemente, creo que no
aporta nada a mi método de aprendizaje, porque aunque no esté en la universidad yo
aprendo todos los días”, explica.
Siempre ha habido mentes más despiertas, que sobresalen por cualquier razón, y siempre ha
habido autodidactas. Pero en el mundo de Internet, el joven Cuende representa algo más. Es
la personificación de los augurios de algunos expertos que aseguran que la democratización
del conocimiento a través de la Red terminará haciendo de las carreras universitarias algo
innecesario.
Otros, la mayoría, no van tan lejos: “El valor de la Universidad no es solo transmitir
conocimientos, se trata de formar a personas, su identidad, su capacidad crítica y analítica”,
dice Roger Chao, profesor de la Universidad de Hong Kong y asesor de la ONU. Pero casi
todos admiten que la educación superior está ante un cambio radical y que los campus han
de adaptarse a las necesidades de los alumnos y no al revés, como ocurría hasta ahora.
Algunos expertos creen que la Red hará de las carreras algo innecesario
Hablan de un mundo en el que se multiplicarán las posibilidades: desde los cursos masivos
gratuitos por Internet entre los que se podrá ir picoteando (hoy, una asignatura de Harvard,
el próximo semestre otra de la Carlos III) hasta titulaciones online,presenciales y, sobre
todo, mixtas. Dicen que se romperán los corsés de carreras cerradas y las estructuras
clásicas de facultades con saberes separados, y que buena parte del trabajo de la
Universidad consistirá en certificar los conocimientos que alguien puede haber adquirido de
mil maneras y fuentes.
“El valor del título será incierto. Lo que es seguro es que tener una educación universitaria
deberá suponer habilidad para manejar el cambio, la colaboración, la sobrecarga de
información y la incertidumbre”, dice la profesora de la Universidad de Duke (EE UU)
Cathy Davidson. Y añade: “Eso requiere una fusión de disciplinas: filosofía, física, historia,
informática, antropología, ingeniería... En los desafíos del mundo real, está cada vez menos
claro donde termina una disciplina y comienza otra”.
Está pasando algo parecido a lo que ocurre en los medios de comunicación, un sector en el
que las nuevas tecnologías han multiplicado la oferta, ejemplifica el profesor de la Pompeu
Fabra Carlos Scolari. “Oferta gratis y de pago, más corta y más larga, presencial, online...
Los estudiantes tendrán una dieta más variada, igual que con los medios, que entramos en

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Twitter, luego vemos el periódico, escuchamos la radio, vamos a Youtube...”. La Pompeu
Fabra encargó a Scolari un estudio para Diseñar la Universidad del futuro (así se titula el
trabajo). “La crisis económica, en este contexto, es solo un condimento más a una crisis
existencial de la institución tradicionalmente dedicada a la formación superior”, dice el
texto.
Según esta idea, la Universidad española tiene que lidiar con este reto a la vez que con los
recortes y con problemas pendientes como los que se han tratado en esta serie de reportajes:
endogamia, falta de incentivos, de rendición de cuentas... Aún así, se están haciendo
avances. Se multiplican las iniciativas (muchas veces desperdigadas) de utilización de
videoconferencias, plataformas de docencia virtual, herramientas de trabajo colaborativo,
de software libre, asignaturas híbridas con clases virtuales y seminarios presenciales. Hay
universidades, como la Jaume I de Castellón, que tienen en sus estatutos promocionar el
uso de la tecnología.
Los títulos 'online' se antojan necesarios ante el aumento de universitarios
Pero no parece suficiente. No solo porque el retraso en la parte pedagógica es muy grande,
según Scolari. Ni por casos como el de Luis Iván Cuende. Las costuras del modelo clásico
se están saltando y las evidencias más claras están en el auge de la educación online. El
número de alumnos de los campus presenciales (sin contar los másteres) descendió un 12%
en la última década (en 177.000, hasta quedarse en 1,21 millones); sin embargo, a pesar de
la bajada de 2013, en las no presenciales creció el 15% (hasta 198.000).
La gran mayoría de estos estudiantes están en la pública, la Universidad Nacional de
Educación a Distancia (UNED), pero las privadas están explotando el filón, con cinco
campus virtuales, cuatro de ellos creados en los últimos ocho años. Además, las 47
universidades públicas presenciales ofrecen 30 grados online o semipresenciales; y las 24
privadas, 45.
No se trata solo de cuántos, sino de quiénes son. “Hay cada vez alumnos más jóvenes, de
18 o 19 años”, cuenta Mili Jiménez, profesora de Historia del centro de la UNED en Cádiz.
“Muchos lo hacen porque el precio es más barato y porque así pueden estudiar lo que
quieren sin desplazarse. Pero cada vez más es que están hastiados de los horarios, de tener
que ir a remolque de lo que el profesor mande”. La docente explica, por ejemplo, que su
clase presencial semanal se puede seguir en directo o ver más tarde a través de Internet. La
cifra es pequeña, pero muestra la tendencia: en la UNED, los estudiantes de primer ciclo
menores de 21 años han pasado en los últimos cinco cursos de ser el 2,7% al 4,6% (son
7.090); en la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), del 1,7% al 3,2%.
"El valor de la Universidad", rebaten otros, "es formar personas críticas"
En la UOC (una universidad atípica, híbrido público-privado creado por la Generalitat de
Cataluña en 1994) es donde estudia Psicología Sonia Juárez, de 25 años, desde los 19. La
libertad de horarios le ha permitido en este tiempo compatibilizarlo con el trabajo, mudarse
varias veces (de Barcelona a Baleares y vuelta y, ahora, a Las Palmas) o dejar algún
semestre en blanco si surgía otra prioridad. “Es mucho esfuerzo, pero la enseñanza es
buena, al menos aquí. Tienes que hacer debates, muchos trabajos...”. Después de la carrera,
quiere un máster presencial, “para probar las dos experiencias”, dice. En realidad, el
camino suele ser a la inversa, pues el posgrado es el gran mercado para la enseñanza a

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distancia. La demanda de másteres online ha crecido un 300% en los últimos dos años, y el
17% de todos los matriculados de estas titulaciones son alumnos virtuales.
A la oferta de títulos oficiales hay que sumarle la fiebre de los MOOC (cursos masivos en
línea). Cualquier persona en cualquier parte del mundo se puede inscribir y seguir el curso
(normalmente equivalente a una asignatura) a través de clases grabadas, bibliografía
o podcasts, haciendo trabajos e interactuando con compañeros. En general, solo hay que
pagar algo si el alumno quiere un certificado de asistencia.
España es uno de los países europeos más activos en la oferta de MOOC. La Carlos III y
la Autónoma de Madrid, por ejemplo, forman parte de la plataforma EdX, creada por
Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts en 2012 para este tipo de formatos.
Entonces, muchos se apresuraron a declarar el final de la Universidad. Pero, pasado el
tiempo, la opinión más extendida es la de la convivencia. “Lo más interesante es la
comunidad de aprendizaje que se crea, algunos momentos de inteligencia colectiva”, dice
Scolari.
La Universidad online ha sido señalada por muchos especialistas como imprescindible para
sostener los costes del imparable aumento de universitarios en todo el mundo: son unos 152
millones y podrían ser más del doble en 2030, según la Comisión Europea. Pero expertos
como Albert Sangrá, director del eLearn Center de la UOC, no se cansan de advertir que
una buena enseñanza virtual, aunque pueda ahorrar algunos costes, no es gratis, requiere
muchos profesores y tutores a los que hay que pagar. “La educación en línea debe sostener
los costes vinculados a su exigencia de calidad como son la elaboración de los recursos de
aprendizaje, el acompañamiento y guía de un profesor especialista, el proceso de
evaluación continua, y la infraestructura tecnológica”, escribía Sangrá en 2013.
Los que sí ganan todavía más fuerza en ese contexto de ruptura tecnológica son los
argumentos a favor de la especialización de los campus que se han presentado a lo largo de
esta serie de reportajes para hacer rendir más el dinero invertido y ganar en calidad. “Hay
demasiadas universidades intentando hacer lo mismo. Se trata de diferenciar la oferta de
acuerdo con las diferentes fortalezas de cada uno”, dice la rectora de la Universidad de
Manchester Nancy Rothwell. Investigación o formación; online o presencial; de ámbito
local o concentrados en captar alumnos extranjeros (con muchas titulaciones en inglés);
humanidades o ciencias... Las posibilidades son enormes.

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Adiós a las aulas
¿De verdad ha perdido la Universidad el monopolio del conocimiento? Lo que parece
ponerse en cuestión es que haya que ir a la Universidad para poder ganarse bien la
vida
JOSÉ LUIS PARDO
13 FEB 2015
Me entero por el excelente y documentado reportaje de Juan Antonio Aunión en este
periódico (El saber ya no cabe en el campus, 29-12-2014) de que la Universidad ha perdido
el monopolio del conocimiento. Mi primera sensación es de alivio: de haber sabido que
existía tal monopolio, me habría puesto muy nervioso ir a trabajar cada día a mi Facultad y
que, con lo despistado que soy, pudiera haber puesto en peligro un material a primera vista
tan valioso como “el conocimiento” y del que al parecer mis colegas y yo teníamos la
exclusiva. Sigo leyendo: algunos expertos afirman que, debido a la circulación de la
información en la Red, las carreras universitarias se convertirán en algo innecesario.
Ahora ya no siento solamente alivio, sino franca satisfacción: por fin se van a enterar mis
colegas de Matemáticas, de Físicas y de Económicas de cómo se siente uno cuando le dicen
a todas horas que lo que estudia o lo que enseña es completamente inútil. La información
continúa como era previsible: van a proliferar los títulos online (puesto que ya se ha
descubierto que son inútiles, ¿por qué sufrir durante años para obtenerlos? Mejor
descargárnoslos desde nuestro ordenador portátil, como hacemos con las canciones de
Beyoncé); la razón es aplastante: no es que los títulos online sean más útiles que los
presenciales, pero por lo menos son más baratos. Me froto las manos: se acabó dar clase en
esas aulas desangeladas, glaciales en invierno y asfixiantes en verano, se acabaron los
madrugones y los malos ratos intentando que funcione la manivela de la persiana. Y
entonces llega la amarga (pero forzosa) conclusión: sobran universidades. Creo incluso que
el periodista ha sido demasiado compasivo, pues en rigor debería haber escrito
“sobran las universidades”. Vamos, que después de bajarme el sueldo, congelármelo,
aumentarme la jornada, disminuirme las prestaciones sociales y racanearme la calefacción
además me van a despedir. Ya me lo dijo Manolito (el de Mafalda) cuando empecé a
comentar en voz alta mis primeras impresiones ante el artículo: “¡Si seréis bobos! Os habéis
dejado quitar el monopolio, y ahora tendréis que competir por los garbanzos en el mercado,
como todo quisque”.
Entonces me quedé un rato meditando (tal vez cabeceando, porque era la hora de la siesta)
y preguntándome por qué no me había dado cuenta hasta ese momento de la feroz
competencia que me amenazaba. Y llegué a dos conclusiones, que dejo aquí a modo de
fruto prematuro al arbitrio del lector. La primera es que, en toda esta disputa, se habla
simplemente de “conocimiento”, sin apellidos, calificativos ni especificaciones. Y claro
está, me digo, que la Universidad nunca ha tenido la exclusiva de “el conocimiento” en
general y que siempre hemos sabido que había ciertos conocimientos (como la información
bursátil, la militar o la de las recalificaciones del suelo) que caían fuera del ámbito de la
Universidad, a pesar de su manifiesta relevancia social, política y económica. El único
monopolio cognitivo de la Universidad del que tengo conciencia es el que se refiere al
conocimiento científico. ¿Hay que tomar en serio la idea de que esta exclusividad esté
amenazada? ¿Van a contratar en la NASA a un físico que haya adquirido familiaridad con

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los átomos moviéndose mucho por Internet? ¿Van a poner a los enfermos de los hospitales
en manos de los que hayan aprendido medicina en la web de Saber vivir? ¿Van a abrir las
oposiciones a inspector de Hacienda a los hackers infobancarios? ¿Van a construir puentes
levadizos consultando solamente a Google? No creo, en verdad, que nada de esto vaya a
suceder de aquí a mañana pero, en el caso de que sucediera, por lo último que habría que
preocuparse sería por la supervivencia de las universidades, puesto que estarían mucho más
amenazados nuestros impuestos, nuestra salud y nuestro planeta. Sin embargo, el hecho
mismo de que en el discurso contemporáneo circule de manera tan significativa y
generalizada el sustantivo “conocimiento”, sin precisión alguna, es un importante indicador
de la progresiva descualificación de los conocimientos que afecta a nuestra cultura actual, y
que va poco a poco contaminando a los sistemas educativos y destruyendo sus arquitecturas
y sus prioridades, empezando por los niveles más bajos de enseñanza y por los saberes
considerados como “más blandos”. Y esta “flexibilización” del conocimiento tiene mucho
que ver con los sistemas cibernéticos de circulación de la información y con la afinidad de
esta última con el dinero, especialmente con el dinero “virtual”.
La segunda conclusión es que, por este camino, lo que parece ponerse en cuestión es que
haya que ir a la Universidad para poder ganarse bien (e incluso muy bien) la vida, aunque
lamentablemente no haya más remedio que hacerlo para aprender Física, Medicina o
Lingüística. Serán otros quienes se rasguen las vestiduras por este concepto, puesto que yo,
desde el negociado de la Facultad de Filosofía, lo que encuentro obsceno y hasta ridículo es
que la gente acuda a la Universidad con la exclusiva pretensión de ganarse bien la vida.
Esto último ha dependido siempre de las condiciones del mercado laboral, que creo que ya
habrán oído ustedes bastantes veces que son muy fluidas y cambiantes, y siempre lo han
sido. Que la Universidad otorgue capacitación profesional en los ámbitos de competencia
científica es justo y necesario. Que, además, tenga que garantizar a sus egresados un puesto
de alta dirección política o empresarial es más bien cosa de otros tiempos, cuando los
estudios superiores estaban reservados a la clase pudiente, o quizá de las escuelas de
negocios, sobre todo si son muy costosas. ¿Y entonces a qué se va a la Universidad? Ya sé
que hay muchos a quienes esto les parecerá muy poco, pero lo cierto es que se debería ir a
aprender, a enseñar, a estudiar y a investigar. ¿Y todo eso (aprender, enseñar, estudiar,
investigar) para qué? El que necesite una respuesta a esta pregunta (o sea, aquel a quien
estas cosas no le parezcan una finalidad lo suficientemente digna), en efecto, debería
conformarse con la información que circula en la Red o, como mucho, con un título online.