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OSCAR WILDE Y EL DANDISMO

EL RETRATO DE DORIAN GRAY Y DE PROFUNDIS

Natalia Galbis Reig


Natalia Galbis Reig

«Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado,


ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; solo puede vivirse»
(Oscar Wilde)
1. OSCAR WILDE Y EL DANDISMO

Oscar Wilde personalizará la actitud del dandi-esteta. El dandi es egocéntrico,


porque se entrega a ese arte de sí mismo y los demás son solo el pretexto del espejo;
impasible, porque eso lo distancia y marca su rebeldía; e impertinente, porque marca la
diferencia. El auténtico proyecto existencial del dandi es una síntesis refinada y cultiva-
da de hedonismo epicúreo y ascesis estoica. El lenguaje es de vital importancia en el
seno del dandismo. Wilde, al igual que Nietzsche, demuestra la hipocresía de la moral
convencional y de las costumbres de su tiempo a través de la ironía, que le procura al
dandi máscaras tras las cuales esconderá su verdadero ser, el cual reserva a una pequeña
élite. La auténtica elegancia del dandi yace en el secreto. La postura de Wilde es una
síntesis contra la crítica de la sociedad victoriana y la apología de la belleza artística.
«Un dandi no puede ser jamás un hombre vulgar. Ningún crimen es vulgar, pero la vul-
garidad es un crimen. La vulgaridad es lo que hacen los demás1». El dandi tiende a lo
estético antes que a la ética.

Para Baudelaire, la figura del dandi nacerá de la confluencia de la estética


nietzscheana, con su concepto de “gran estilo”, para la que la personalidad del “filósofo-
artista” es la encarnación ideal, y de la estética kierkegaardiana, con su teoría de los tres
estadios –estadio estético, estadio ético y estadio religioso–. Esta noción la toma de los
artistas –entre ellos los pintores prerrafaelitas– y poetas ingleses de la época victoriana.
La aparición de la palabra dandi está bien contextualizada e incluso datada, puesto que
nace en Inglaterra en 1760, en pleno siglo XVIII. Pero no será hasta 1800 cuando emer-
gerá definitivamente este término, encarnado por el elegante George Brummell (1778-
1840). Uno de los principales rasgos del dandismo es el de producir siempre lo impre-
visto. El dandismo se burla de la regla pero la sigue respetando. «La sufre y se venga de
ella, sin dejar de soportarla; la invoca cuando escapa de ella; la domina y es dominada
por ella alternativamente2». En El pintor de la vida moderna3 Baudelaire hace un retrato

1
Aforismo extraído de Frases y filosofías para uso de la juventud, de O. Wilde.
2
Daniel S. Schiffer, Filosofía del dandismo, p. 151.

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Natalia Galbis Reig

admirable del dandi: el dandismo no es un gusto inmoderado por el acicalamiento y la


elegancia material (esas cosas no son para el perfecto dandi sino un símbolo de la supe-
rioridad aristocrática de su espíritu), sino que es, ante todo, la necesidad ardiente de
hacerse una originalidad, dentro de los límites de las conveniencias. Es una especie de
culto de sí mismo.

Para Baudelaire, todos los dandis participan del mismo carácter de oposición y
de rebelión, de combatir y de destruir la trivialidad. Nace en ellos la actitud altiva de
casta provocadora. El dandismo es un «grito armonioso antes de la muerte, ya que el
dandismo es una decadencia4». El dandi se retoma, se forja una unidad, por la fuerza
misma del rechazo, es decir, no puede asegurarse su existencia sino oponiéndose al ros-
tro de los otros. Los otros son el espejo. El dandi está forzado a sorprender siempre.
Siempre en ruptura, en margen, fuerza a los demás a crearlo, negando sus valores. Re-
presenta su vida a falta de poder vivirla –excepto en los instantes en que está solo y sin
espejo–. Wilde llegó a sostener en El crítico como artista, contra la interpretación tradi-
cional de la mímesis, que «es la naturaleza la que imita al arte» y no a la inversa. El
dandi se convierte, pues, en artista de sí mismo, es una obra de arte viviente. El artista
se convierte entonces en modelo o ejemplo: el arte es su moral. De ahí la importancia
que le atribuye el dandi a su aspecto exterior: código de vestimenta, atuendo elegante y
original, excéntrico y mundano a la vez, poses rebuscadas, gestos refinados, discursos
cultivados, delicadeza de lenguaje, cinismo, narcicismo, actitudes provocadores, culto
del yo, posiciones ideológicas elitistas y comportamientos desviados. El objetivo es
forjarse, a través de la distinción y la elegancia, una identidad personal y social. El arte
de gustar se convierte, pues, en el arte de gustar disgustando. La multitud será su princi-
pal enemigo.

Aquí radica la grandeza y la tragedia a su vez del dandi: la aspiración perpetua a


un ideal superior. Es «el deseo de vivir, y la fatiga de vivir, la pasión de conocer más
allá mismo de la moral, y de sentir, mas allá incluso de los sentidos, esta voluntad del
más allá que, porque la experiencia humana no es infinita, se muda en voluntad a con-
trapelo, son los síntomas de un mal fin de siècle5». Esta toma de conciencia es ante todo
un grito de rebelión, una dramática y orgullosa actitud. Es el salto de un hombre que,

3
Aparecido inicialmente en el periódico Le Figaro los días 26 y 29 de noviembre y 3 de diciem-
bre de 1863.
4
Luis Antonio de Villena, Oscar Wilde, p. 38, Madrid: Mondadori España, 1989.
5
Robert Merle, Oscar Wilde, p. 112, París, Éd. de Fallois, 1995.

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tropezando con una poderosa exigencia social, reconoce que su deseo es un crimen a los
ojos de los hombres. La amoralidad que subyace al pensamiento de estetas como Bau-
delaire o Wilde desafía toda trascendencia, desafían a la propia divinidad y, por ello,
provocan su “odio”, con el objetivo de elevarse, prendados solo por la belleza, y abrazar
la eternidad.

2. EL RETRATO DE DORIAN GRAY (1890) Y DE PROFUNDIS (1905)

El retrato de Dorian Gray contiene un prefacio, en forma de aforismos, en el


que Wilde teorizaba sobre arte, respondiendo así a las acusaciones de inmoralidad que
la historia de Dorian Gray había suscitado en la puritana sociedad británica, pues, para
algunos, hacía pública en la obra la ostentación de sus vicios. («Un libro no es de
ningún modo moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos, Eso es todo»). El
retrato de Dorian Gray es una novela decadente: Dorian Gray es un muchacho de
espléndida belleza que convierte su vida en una pasión absoluta, ajeno a cualquier mo-
ral, inalterablemente joven, mientras su retrato va envejeciendo y desgastándose. Cuan-
do Dorian decide, al final del relato, destruir su imagen horrenda, morirá él mismo, que-
dando su hermosura en el lienzo y todo el espanto del retrato en su cuerpo deforme y
avejentado. En esta obra Wilde alcanza el punto culminante de sus teorías, decidiéndose
por una estética decadente. El A Rebours de Huysmans, aludida por Wilde de forma
indirecta como la novela que envenena a Dorian, y las teorías de los parnasianos y los
simbolistas franceses, respaldan ese decadentismo wildeano. Se alude al triunfo del arte,
como artificio, frente a la naturaleza; la búsqueda de nuevas sensaciones se mira como
placer pero también como intensa destrucción de la vida propia. «El arte triunfa como
una refinada y malvada belleza que se sabe destinada a su muerte6». No obstante, la
novela de Wilde no podría explicarse únicamente por este componente decadente, sino
que aparecen también sus teorías vitales y neopaganas: el hedonismo como eje de vida,
y el culto apasionado a la Belleza y a la Juventud (también a la belleza de la juventud).
La Belleza «convierte en príncipes a quienes la poseen»7. El neopaganismo coloca el
placer por encima de la felicidad: «La felicidad no ha sido nunca mi objetivo. ¡Quién
quiere felicidad? Siempre he buscado el placer»8. Otros elementos wildeanos en la obra
son las paradojas aforísticas en las conversaciones; la peculiar unión entre decadencia y

6
Luis Antonio de Villena, Oscar Wilde, p. 62, Madrid: Mondadori España, 1989.
7
Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, p. 35, trad. de José Luis López Muñoz, Madrid:
Alianza Editorial, 2003.
8
ibíd., p. 261.

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paganismo; un leve moralismo rastreable en la escena final, y un interés por las clases
menesterosas, aunque desde la altura de la high life.

Según De Villena, El Retrato de Dorian Gray es un perfecto autorretrato de Os-


car Wilde, a través de sus tres principales personajes. Por una parte, Basil Hallward, el
pintor, retrata la faceta del artista puro, entregado a su misión creativa, enamorado de la
belleza (en arte) y pederasta platónico (es el descubridor de Dorian Gray) por amor de
esa misma belleza. Lord Henry Wottom representa al Wilde mundano. El artista que
modela con su propia vida. Es el dandi brillante y cínico en una sociedad elegante, el
pederasta real que se arriesga al placer mórbido de la doble vida (teórica). Finalmente,
el propio Dorian Gray representa la acción misma de esa doble vida, y sobre todo el
deseo de Wilde. Dorian es el muchacho hermoso de las ánforas griegas, el perfecto ideal
(en decadente), lo que Oscar quiere ser. Su imagen ideal e imposible.

Wilde adopta una actitud existencial según la cual la moral se ve remplazada a la


estética por una suerte de ética artística. El artista busca permanentemente ese modo de
existencia donde el alma y el cuerpo hacen un todo indivisible. «La armonía del alma y
del cuerpo, ¡qué maravilla! En nuestra locura hemos separado las dos cosas, y hemos
inventado un realismo que es vulgar, y un idealismo hueco9”. Wilde subraya ese vínculo
entre la belleza y la virtud. Aparece en toda la obra de Dorian Gray una clara postura de
negar la ética. Son el cuerpo y el rostro objeto de una inversión estética, y esta confu-
sión entre el objeto de arte y el hombre-objeto conduce a una valoración narcisista. A
través de una estética de esencia religiosa Wilde une el cuerpo y el alma, una unión tan
menospreciada por dos milenios de especulación filosófica. Esto se refleja en una frase
decisiva de Lord Henry en Dorian Gray: «Curar el alma por medio de los sentidos, y los
sentidos por medio del alma10». Y continúa en De profundis: «Ahora sé que el dolor, la
más noble emoción de que es capaz el hombre, es a un tiempo el modelo más original y
la piedra de toque del gran arte. Con arreglo a lo que siempre busca el artista, esa es la
forma de vida en la cual el cuerpo y el alma se hallan fundidos e inseparables, en la que
lo exterior expresa lo interior que por él se exterioriza11». Es esta mezcla de religiosidad
y de paganismo, esa ambivalencia entre lo divino y lo satánico –simbolizado por el gus-
to por el pecado– una característica de la obra wildeana.

9
ibíd., p. 21
10
ibíd., p. 244.
11
Oscar Wilde, De profundis, p. 92, Barcelona: Ediciones Brontes, 2014.

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Wilde escribe a principios de 1987 su obra De profundis, una larga carta a Lord
Alfred Douglas en la que Oscar hace repaso de su historia y esboza su nueva estética
surgida en el dolor de la prisión. Wilde es de nuevo el actor, y ahora representa la
máscara (estética) del dolor. Es una meditación sobre sí mismo; es la expresión del su-
frimiento y la desesperanza. De profundis es un espejo, un texto de deleitación narcisis-
ta, de confirmación del dolor y la miseria, de la victoria del arte (el drama) sobre la du-
reza de los acontecimientos.

3. CONCLUSIONES

En definitiva, El retrato de Dorian Gray es, en realidad, una autobiografía de


Wilde; el protagonista de la obra es simbólico: es el ideal de la belleza, refinamiento,
camaradería, inteligencia y juventud eterna. En cambio, De profundis es el contrapunto
oscuro de su anterior filosofía hedonista. Frente al lado morboso y artificial que hay en
su obra, hay en Wilde un canto al esplendor de la vida en libertad, al amor (sea del lado
que sea), a un afán de felicidad, una exaltación de los sentidos. Pero, por encima de todo
eso está la estética, un intenso amor a la Belleza. Por eso no cabe separar la obra de
Wilde de su vida, porque están unidas por un ideal común: la estética.

4. BIBLIOGRAFÍA

DE VILLENA, L. A., Oscar Wilde, Madrid: Mondadori España, 1989.

- - - - «Oscar Wilde y la pasión de la hermosura» en Máscaras y formas del Fin de Si-


glo, 1ª. ed. Madrid: Valdemar, 2002.

SCHIFFER, D. S., Filosofía del dandismo. Una estética del alma y del cuerpo (Kierkeg-
gaard, Wilde, Nietzsche, Baudelaire), traducido por Garciela Montes, 1ª ed. Buenos
Aires: Nueva visión, 2009.

WILDE, O., De profundis, Barcelona: Ediciones Brontes, 2014.

- - - - El crítico como artista, Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, 1946.

- - - - El retrato de Dorian Gray, trad. de José Luis López Muñoz, Madrid: Alianza
Editorial, 2003.