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JOHANN CHRISTOPH ARNOLD

El poder de la oración
EL PODER DE LA ORACIÓN
Johann Christoph Arnold

Hay momentos cuando nada puede darnos paz, salvo la


oración. Aunque nos esforcemos por alcanzar la sencillez y el
silencio, y por desprendernos de todo lo que nos causa
intranquilidad, fuera o dentro de nosotros, aun así es posible que
nos quedemos con un vacío por dentro que sólo Dios puede llenar.
Y ya que Él no pasa a nuestros corazones si no lo invitamos,
tenemos que pedirle que entre.

En el Salmo 130, uno de mis favoritos, las palabras “desde lo


profundo grito a ti, Jehová”, nos aclaran cómo debemos orar en los
tiempos difíciles. Pensándolo bien, reflejan el espíritu en que
debemos volvernos hacia Dios en todo momento: siempre – “en lo
profundo” – estamos postrados, siempre necesitados de su ayuda
y guía, y Él siempre está allí – en lo alto – firme, seguro y fuerte.

El filósofo judío Martín Buber dice que, cuando oremos, lo


hagamos a voz en cuello como si estuviésemos colgando de una
escarpa por el pelo, en medio de una tormenta tan violenta que
seguramente nos quedan pocos segundos para que nos salven.
Buber continúa: “Y, en verdad, no hay consejo, ni refugio, ni paz
para nadie excepto si alzamos ojos y corazón hacia Dios y
clamamos a Él. Lo deberíamos hacer en todo momento, porque en
este mundo estamos en gran peligro”.

Sin una vida de oración activa, perdemos fuerza de carácter


y sucumbimos fácilmente a lo que los sociólogos llaman el instinto
gregario: nos volvemos fácil presa del temor al qué dirán, de la
ambición y del afán por complacer a los demás. Sin oración, el
roce constante con la gente alrededor nuestro y con sus opiniones
va inundando nuestra vida interior poco a poco, hasta que la
ahogan por completo. Nos creemos dueños de nuestras vidas, pero
en realidad ya no somos capaces de pensar–y mucho menos orar–
por nosotros mismos. Una vez que perdemos nuestra relación con
Dios, la vida consiste meramente, según Nietzsche, en “continuos
ajustes a las diversas exigencias sociales e influencias colectivas”.
La oración es la mejor defensa contra tales ataques
violentos; es como una protección alrededor de la quieta llama que
arde en el corazón. Y es más: Para mí, orar es disciplina que ha
sido decisiva en ayudarme a mantener un sentido de paz y orden
en mi vida. Tanto, que la oración o su ausencia, más que ninguna
otra cosa, pueden decidir el resultado final del día. Como señala
Bonhoeffer en su libro Writings and Letters from Prison (Cartas y
escritos desde la prisión), el tiempo que malgastamos, las
tentaciones a las que cedemos, la pereza en el trabajo – en
términos generales, cualquier falta de disciplina, en nuestros
pensamientos o en nuestras relaciones – a menudo tienen su raíz
en nuestra indiferencia a la oración.

El teólogo suizo Karl Barth escribió cierta vez que, cuando


juntamos las manos en oración, iniciamos un levantamiento contra
el desorden del mundo. Si esto es cierto, y creo que lo es,
entonces no debemos limitar nuestra vida espiritual a una sola
esfera, y algo más que nuestros anhelos o propósitos han de
constituir nuestras plegarias. Tal como la fe sin obras es la muerte
espiritual, orar sin obrar es hipocresía. Pero aun sin obras, si
nuestra oración ha de tener algún efecto en el resto del mundo,
tiene que consistir en más que meras peticiones egoístas por la
felicidad personal.

Es esencial incluir a otros en nuestras oraciones. Entre los


primeros cristianos, y a lo largo de la historia de la iglesia y de sus
mártires, verificamos el mismo pensamiento; y aquel otro, más
radical aún, que nos manda Jesús: de orar por los que nos
persiguen, así como por aquellos que nos han hecho o hacen daño
por vía de chismes, calumnias, o cualquier otra cosa.
Sobre el autor

Muchas personas han encontrado


valiosos consejos de parte de Johann
Christoph Arnold, galardonado autor con
más de un millón de ejemplares de libros
impresos en más de 20 idiomas.

Destacado conferencista y escritor


sobre el matrimonio, la crianza de los
hijos, la educación y la senectud, Arnold
fue pastor principal del Bruderhof,
movimiento de comunidades cristianas.
Junto con su esposa Verena, aconsejó a miles de personas y familias
durante más de 40 años, hasta su muerte en abril de 2017.

El mensaje de Arnold tomó forma a partir de encuentros con


grandes pacificadores como Martin Luther King Jr., la Madre Teresa,
Dorothy Day, César Chávez y Juan Pablo II. Junto con Steven McDonald,
un oficial de policía paralítico, Arnold comenzó el programa Breaking the
Cycle (Rompiendo el ciclo), que trabaja con estudiantes en cientos de
escuelas públicas para promover la reconciliación a través del perdón.
Este trabajo también lo llevó a zonas de conflicto, desde Irlanda del
Norte y Ruanda hasta el Oriente Medio. Muy cerca de su casa, sirvió
como capellán en el departamento de policía local.

Arnold nació en Gran Bretaña en 1940, hijo de refugiados


alemanes. Pasó sus años de infancia en América del Sur, donde sus
padres encontraron asilo durante la guerra y emigró al estado de Nueva
York, EEUU, en 1955. Él y su esposa tienen ocho hijos y muchos nietos
y bisnietos.

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