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NOTAS Y COMENTARIOS

Antonietta Meo - La sabiduría de los pequeños

P. JUAN RETAMAR SERVER, CVMD

(Perú)

INTRODUCCIÓN

«Me ha complacido que hace unos momentos hayáis citado a una niña, Antonia Meo, llamada Nennolina. Precisamente hace tres días decreté el reconocimiento de sus virtudes heroicas y espero que pron- to se concluya felizmente su causa de beatificación. ¡Qué ejemplo tan luminoso dejó esta pequeña coetánea vuestra! Nennolina, niña roma- na, en su brevísima vida -sólo seis años y medio- demostró una fe,

una esperanza y una caridad especiales, así como las demás virtudes cristianas. Aunque era una niña frágil, logró dar un testimonio fuerte

y robusto del Evangelio, y dejó una huella profunda en la comunidad

diocesana de Roma. Nennolina pertenecía a la Acción católica. Segu- ramente hoy estaría inscrita en la A.C.R. Por eso podéis considerarla como una amiga vuestra, un modelo en el cual inspiraros. Su vida,

tan sencilla y al mismo tiempo tan importante, demuestra que la san- tidad es para todas las edades: para los niños y para los jóvenes, para los adultos y para los ancianos. Cada etapa de nuestra vida puede ser propicia para decidirse a amar en serio a Jesús y para seguirlo fiel- mente. En pocos años Nennolina alcanzó la cumbre de la perfección cristiana que todos estamos llamados a escalar; recorrió velozmente la "autopista" que lleva a Jesús. Más aún, como habéis recordado vo- sotros mismos, Jesús es el verdadero "camino" que nos lleva al Padre

y a su casa, a nuestra casa definitiva, que es el Paraíso. Como sabéis, Antonia vive ahora en Dios, y desde el cielo está cerca de vosotros:

sentidla presente con vosotros, en vuestros grupos. Aprended a cono- cerla y a seguir sus ejemplos». BENEDICTO XVI

REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 75 (2016), 277-300

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Al conocer la vida de Antonietta Meo se pasa de admiración en admiración, de conmoción en conmoción… todo en su vida es el cumplimiento de la gran exultación de Jesús: «Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). En pocos años, dice Benedicto XVI, Antonietta alcanzó la cumbre de la perfección cristiana y le fue revelado el secreto escon- dido a los sabios e inteligentes: el Amor de Nuestro Señor en la Cruz.

En este sencillo trabajo, pretendemos recorrer las etapas funda- mentales de sus, no llega, siete años de vida, para descubrir, de la mano de esta pequeña santa, de los acontecimientos que vivió, la en- fermedad que sufrió, las cartas que escribió, los secretos más profun- dos que Dios le quiso revelar y que hacen evidente, no sólo la posibi- lidad sino la realidad, de la santidad desde la más tierna infancia.

1.- INFANCIA Y EDUCACIÓN

Antonietta Teresa Gabriella Rosa Meo nace el 15 de diciembre de 1930, en la casa familiar que estaba en frente de la Basílica de la San- ta Croce in Gerusalemme en Roma. Le preceden dos hermanas, Margherita y Carmelina -que murió a los pocos meses- y un hermano, Giovanni, muerto también prematuramente al año de vida. Sus padres -Michele y Maria Meo- esperaban un niño que pudieran ofrecer al Señor como sacerdote o misionero, pero la nueva niña, que fue bauti- zada el 28 de diciembre en la Basílica de la Santa Croce in Gerusa- lemme, pronto se convirtió en la princesa de la casa. Sobre ese día nos cuenta su madre en su diario:

«A las tres de la tarde del día 28 en dos coches fuimos toda la fa- milia a la Basílica de la S. Croce, donde el párroco don Ildefonso Gentilucci, de la Orden Cisterciense, le administró el santo bautismo. Cuando casi estaba terminando la ceremonia, se dejó lavar la cabeza en silencio y saboreó con satisfacción el trocito de sal. Lo debió en- contrar sabroso ya que en su breve vida debió soportar mucho más la sal que el azúcar. Le fue puesto el nombre de Antonietta por dos motivos: sobre to- do, porque mi padre se llamaba Antonio y porque estábamos en el centenario antoniano. Su segundo nombre, Teresa, por la devoción que teníamos a S. Teresa del Niño Jesús; Gabriella, como ya he di-

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cho, para honrar a S. Gabriel de la Addolorata, y Rosa, que le fue im- puesto por la madrina, en honor de S. Rosa de Viterbo» 1 .

Su padre, Michele, estaba muy feliz aquel día, cada nuevo miem- bro en la familia era para él un motivo de bendición del Señor. Con su carácter manso y bueno, ya pensaba en todo el afecto que quería derrochar en su nueva hija. Su hermana, Margherita, se encontraba también muy feliz, estaba determinada a ser su ángel de la guarda, protegerla de todos los peligros y acompañarla en el camino de su vi- da.

Su infancia fue una infancia serena. En el ambiente familiar la llamaban Nennolina; a ella no le gustaba demasiado pero Antonietta era demasiado largo. Le molestaba mucho y, a veces, contestaba con fuerza: “¡Yo me llamo Antonietta Meo!”. Creció en un hogar transido por la ternura, la sencillez, la alegría y la piedad. Su familia era una familia normal de la Roma de los años 30. Su padre trabajaba de em- pleado en la presidencia del Consejo de Ministros, su madre, en casa, educaba a sus dos hijas.

La familia estaba muy unida pues creció sobre el sólido funda- mento de la fe y de la oración. Sus padres iban a Misa cada día, viví- an según el espíritu del Evangelio y, en cada decisión que se tenía que tomar, buscaban la voluntad de Dios. Su vida familiar se asemejaba a la vida de la familia de Nazaret. Se querían y se demostraban con na- turalidad este cariño. El 24 de enero de 1937, Antonietta escribía esta carta a su padre:

«Querido Papá

Te escribe la rosa más perfumada de esta familia y te quiero mu- chísimo papá, soy Antonietta. Querido papá rezaré tantísimo para que algún día vayas al paraíso y tu rezarás por mí. Te queremos muchísimo. Querido papá, esta rosa que te escribe quiere ser buenísima contigo para hacerte feliz a ti. Querido papá, te prometo que no seré nunca tan caprichosa y te obedeceré siempre. Querido papá ¡esta rosa quiere sufrir tantísimo por Jesús! Querido papá, esta rosa te quiere muchísimo y su alma se-

1 M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma, 28-

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rá un buen perfume. Querido papá, esta rosa te saluda y te manda muchos besos. Antonietta» 2 .

En octubre de 1933 empieza a ir a la guardería por primera vez. Los testimonios la recuerdan como una niña vivaz pero muy educada, sabía controlarse y era muy reservada, aunque siempre dispuesta a la amistad con todos. En el fondo de su ánimo vivía la presencia siempre viva de Jesús y de Dios Padre, con quienes, desde pequeña, vivió una relación siempre cercana, de hecho, cada pocos días pedía hacer una visita a la capilla de la escuelita para hablar con Jesús de quien se sentía cercana compañera. Mons. Domenico Dottarelli, su director espiritual, testificó cómo, «a los tres años no sólo rezaba sino que rezaba con ardor y rezaba meditando» 3 .

Un último dato sobresale en la primera infancia de Antoniet- ta: su amor por la verdad. Todo lo tomaba en serio, la presencia de Jesús iluminaba todo en su vida y no concibe que la mentira sea posible. Todo lo cree y espera. Su maestra cuenta: «Anto- nietta se distinguía de los otros niños en que nunca decía menti- ras, en dos años en la guardería nunca le oí una mentira» 4 .

2.- LA ENFERMEDAD

Los años 1936-1937 son fundamentales para entender la vida de Antonietta. Diversos acontecimientos se suceden rápidamente, como si Jesús tuviera prisa en prepararla para ir al cielo: aparecen los pri- meros síntomas de la enfermedad que le llevará a la muerte, comienza el primer curso de la escuela elemental, entra en la Acción Católica, toma la comunión, recibe la confirmación y empieza a escribirle unas preciosas cartas a Jesús… Veamos poco a poco cada uno de estos acontecimientos y cómo los vivió esta santa niña.

2 Carta 124. Utilizamos la edición de María Rosaria del Genio: M.R.D.

Antonietta Meo -Nennolina- e le sue lettere,

Città del Vaticano (Libreria Editrice Vaticana) 2009.

3 Cf. D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo, 38.

GENIO, Carissimo Dio Padre

4 Ibidem, 40.

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En febrero de 1936 Antonietta comienza a quejarse de fuertes do- lores en la rodilla que le llevan a llorar muchísimo, su familia se asus- ta pero el médico sólo le diagnostica una ligera sinovitis que le tratan con inyecciones de calcio y yodo, éstas segundas mucho más doloro- sas que las primeras. Su madre narra con estas palabras lo que signi- ficó esa cura:

«El primer día que le hice la cura de yodo Antonietta lloró muchí- simo. Al día siguiente le puse la inyección de calcio que soportó bas- tante bien. Después, sentándome cerca, le dije: “Mañana toca la de yodo”. Y como comenzaba a protestar, le dije: “Antonietta, es nece- sario hacerlo para curarse, ¡lo ha dicho el médico y no se discute! Si además, tú que amas tanto a Jesús, pensases en aquello que ha sufrido por nosotros cuando le pusieron la corona de espinas, sabrías soportar por amor suyo este dolor y ofrecérselo a Él. Piensa también en los clavos que le traspasaron las manos y los pies…” Nennolina escu- chaba con los ojitos fijos en mí y, casi al final, dijo: “Sí, mama, seré buena y soportaré todo por amor a Jesús” […] Cuando terminé la in- yección de yodo que tocaba ese día la miré a los ojos y los tenía lle- nos de lágrimas. Había sufrido más que si hubiese llorado. Todas las otras inyecciones las aceptó siempre con ánimo, es más, cuando tenía que hacerle la de calcio, que dolía mucho menos, me decía: ¡qué pena que hoy no toque la de yodo para poder sufrir por Jesús”» 5 .

El tratamiento no sirvió de nada y los dolores aumentaban. Se le realizaron unas pruebas que revelaban la verdadera enfermedad: un osteosarcoma que había invadido toda la pierna izquierda; era necesa- ria una intervención para amputarle la pierna. Nennolina fue ingresa- da el 20 de abril para prepararla a la intervención que tendría lugar el 25. Es, otra vez, su madre, la que recoge el testimonio de lo vivido en el hospital los días previos a la operación:

«Estaba sentada sola, junto a mi pequeña; la operación en la que le tenían que amputar la pierna se había fijado para dentro de dos días y quería sondear cómo estaba ella. Comencé a hablarle de Jesús, de su amor, de todo lo que había sufrido por nosotros; luego, rápidamente, mientras el corazón me latía con fuerza, le pregunté: “si Jesús te pi- diese todos tus juguetes ¿se los darías?”. “Sí, mamá”, contestó. Yo seguí: “si Jesús te pidiese una de tus manitas, ¿se la darías?”. La pe- queña se miró su mano derecha y me respondió: “Sí, mamá, si Jesús

5 M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma, 83-

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quiere le doy también mi mano”. Después, poniéndose seria, me dijo:

“¿por qué me lo preguntas?”. Me levanté de un salto, un nudo me apretaba la garganta y me impedía hablar, salí fuera y lloré. Antoniet- ta se dio cuenta de mi tristeza pero no dijo nada más. La espera era tremenda. Por ciertas frases y por el ir y venir de gente, entendió que se preparaba para ir al quirófano el día siguiente» 6 .

A las 7,00 de la mañana tuvo lugar la operación. Durante las dos

horas y media que duró la operación, el padre esperó en la clínica y la madre se fue a la iglesia a rezar. Al terminar la operación el doctor se acercó al padre y le dijo: “No hemos podido hacer otra cosa que am- putar la pierna y apenas hemos llegado a tiempo para salvarle la vi- da”. El cáncer, en un tiempo rapidísimo se había extendido por toda la pierna y, aunque los médicos habían mantenido la esperanza hasta el final de salvar la pierna de Antonietta, no pudieron hacer otra cosa que amputarla. Esa misma tarde, Antonietta, al despertar, les dijo a sus padres: “¿qué me han hecho?, ¿dónde está mi rodilla?, ¿dónde es-

tá mi pierna?”; después no dijo nada más.

El 27 de abril comenzaron con las primeras curas, que le resulta-

ban sumamente dolorosas. La madre recuerda cómo se asustaba su hija al ver entrar a las enfermeras y cómo ella le hablaba del amor que

le tenía Jesús y de cómo era necesario ofrecer los padecimientos. Por medio de la gracia sobrenatural, Antonietta, a una tiernísima edad, se había formado un altísimo concepto del valor redentor del sufrimien- to, lo cual no puede ser entendido sino como un don especial de la gracia. Un año después de la operación escribía esta carta a Jesús:

«Querido Jesús Eucaristía. Hoy, querido Jesús, te vuelvo a ofrecer el sacrificio de mi pierna. Te doy las gracias porque un día me ofre- ciste el medio para estar más cerca de ti. Te doy las gracias porque me has dado paciencia para soportar nuestra Cruz». 7

Finalmente llegó el día de abandonar el hospital. Su familia fue a recogerla y, al verla, su abuela, con una mirada llena de compasión, le dijo: “Por desgracia sales de la clínica no como entraste, pues te falta una cosa”. Antonietta le contestó: “No me falta nada abuela”. Des- pués de pensar un poco prosiguió: “Me falta una pierna, pero se la he

6 Ibidem, 94.

7 Carta 159 (25 de abril de 1937).

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regalado a Jesús” 8 . Había entendido que, a través del sufrimiento, Je- sús le expresaba su amor y por medio de este sufrimiento podía res- ponder a Jesús con el mismo amor: el sufrimiento no era una tragedia sin esperanza sino una manera de expresar el amor de altísimo valor. Por ello, en los días de la convalecencia de la intervención, cuando su padre le preguntó: “¿Tienes mucho dolor?”, Antonietta le respondió:

“Papá, el dolor es como la tela, cuando más fuerte es, más valor tie- ne” 9 . El P. Garrigou Lagrange, uno de los más grandes teólogos de nuestro tiempo, impactado por la figura de Antonietta Meo, comenta al respecto de esta frase: «Nadie, fuera del Señor, puede sugerir este tipo de respuesta» 10 .

3.- LAS CARTAS AL CIELO

Tres son las fuentes para acercarnos a la figura de Antonietta Meo: el diario de su madre María, que ya hemos citado alguna vez a lo largo de estas primeras páginas, la relación de los procesos infor- mativos y canónicos 11 y las cartas, que ella misma escribió, a partir de Septiembre de 1936, y que suman más de 160; son el documento más precioso que tenemos pues reflejan con gran claridad la relación siempre cercana que vivió con Nuestro Señor Jesucristo.

Después de la operación para tratar de frenar el cáncer, la familia Meo se trasladó a un pequeño pueblo de la Sabina llamado Montopo- li, donde pasar el verano y descansar de la tensión vivida en las últi- mas semanas de curso. De vuelta a Roma, la familia, recibió la visita del P. Bonaventura Orlandi, franciscano, el cual le preguntó a Anto- nietta: “¿Cómo se ama a Dios?”. Ante esta pregunta Antonietta se quedó en silencio y, después de unos segundos contestó de manera espontánea: “¡Con los sacrificios!”. Impresionado por la respuesta, al cabo de unos días, volvió con un pequeño regalo que encantó a la pe- queña: una pequeña estatua del Niño Jesús. Ésta tenía una particulari-

8 D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo,

47.

9 Cf. M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma,

105ss.

10 R. GARRIGOU-LAGRANGE, Le virtù eroiche nei bambini, 14ss. 11 A. ROSSI, Antonietta Meo (Nennolina). Studio dei documenti del pro- cesso canonico, Piacenza (Tipografia Le.Co.) 1986.

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dad: su cuna era una cruz. El P. Bonaventura propuso a la familia adelantar, de Pascua a Navidad, la primera comunión de Antonietta pues la vio suficientemente preparada.

Desde aquella visita, Antonietta, comenzó a escribir algunas car- tas, primero dictándoselas a su madre o a su hermana y, luego, escri- biéndolas de su propio puño y letra, que metía bajo la estatua del Ni- ño Jesús, así, tal y como decía a su hermana, Jesús las leía por la no- che. Al principio eran como poesías que dirigía a algunos de sus fa- miliares: a sus padres, a sus hermanos… después empezó a escribirlas destinadas, directamente, a Jesús, al Padre, al Espíritu Santo, a la Vir- gen María o alguno de sus santos más cercanos (Santa Teresa del Ni- ño Jesús, Santa Inés…)

Cada día, al caer la tarde, la madre de Antonietta le quitaba la pierna ortopédica y, después de un tiempo de oración y meditación juntas, dictaba o escribía sus cartas. Los primeros meses escribía casi todos los días, después, al tiempo que la enfermedad avanzaba con fuerza, estas cartas se fueron espaciando más en el tiempo. Su madre transcribió sus palabras sin modificarlas ni corregirlas, aunque, a ve- ces, su forma gramatical no era del todo correcta o la expresión podía resultar un poco infantil. Intuía que, detrás de esta ingenuidad, se es- condían pensamientos y experiencias profundas. Al inicio las enseñó a algunos religiosos para conocer su valor espiritual, pero los juicios recibidos no fueron muy animosos. El único que apreció estas cartas fue Mons. Dottarelli, el director espiritual de Antonietta desde enero de 1937, que intuyendo su valor, insistía a la madre en no cambiar nada de cuanto su hija le dictaba 12 .

4.- LA PRIMERA COMUNIÓN

Después de que el P. Buenaventura hubo indicado el día de Navi- dad para recibir la primera Comunión, comenzaron los preparativos para que la celebración pudiera tener lugar en la capilla de las Her- manas Apostólicas del Sagrado Corazón, que tenían una comunidad cerca de la casa familiar de los Meo. Antonietta se preparaba para el momento y escribía:

12 Cf. M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma,

138.

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«Querido Jesús, espero que pronto llegue la Navidad para poder recibirte por primera vez en mi corazón; será un día precioso y haré muchos sacrificios para hacerte sentir menos dolor. Querido Jesús, te pido tres gracias para este tiempo: la primera que sea cada día más buena para hacer cada vez más mi alma más preciosa, la segunda, que mi corazón esté lleno de luz y de amor para recibirte en la Sagrada Comunión, la tercera, que ayudes a esa persona que tú ya sabes» 13 .

Desde octubre hasta Navidad, al terminar la escuela, Antonietta se quedaba una hora más con una de las hermanas de la Congregación que atendía el colegio, llamada suor Noemi, que le explicaba el cate- cismo, mientras que en casa le ayudaba su madre en la preparación a la primera Comunión. Antonietta llevaba la cuenta de los días que fal- taban para tan esperado acontecimiento. Los tres meses que la sepa- raban de la primera Comunión se caracterizaron por una espera cre- ciente. Las cartas que escribía Antonietta repiten, como un ritornello:

“Cuando llegue Navidad…” o frases en las que pide a Jesús: “Que llegue pronto la Navidad” y, en una carta dirigida a Dios Padre, dice:

“Dile a Jesús que lo espero y deseo muchísimo”.

Durante el tiempo de preparación a la Comunión fue muy impor- tante la búsqueda y el deseo de la confesión. Desde, septiembre, cuenta su madre, Antonietta insistía en que le enseñasen a confesar y le buscasen un confesor, tenía sólo cinco años y medio. La pequeña Antonietta comienza a rezar para tener un confesor: «Querido Jesús ayúdame a encontrar un buen confesor y ayúdame a encontrarlo rá- pido pues me quiero confesar» 14 . Empezó a prepararse para la confe- sión con gran empeño y espera este momento con ansia. El día antes de la primera confesión daba gracias a Dios por el don del perdón de los pecados:

«Querido Dios Padre, estoy contentísima de que mañana me confe- saré por primera vez y Tú me perdonarás. Querido Dios Padre, estoy muy contenta y te doy las gracias» 15 .

13 Carta 59 (11 de Noviembre de 1936).

14 Carta 55 (7 de Noviembre de 1936). A partir de Enero de 1937, el con- fesor de su madre, mons. Dottarelli, se convertirá en su confesor ordinario y director espiritual.

15 Carta 77 (28 de Noviembre de 1936).

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Un suceso imprevisto amenazaba con alterar los planes y prepara- tivos: el 22 de diciembre, tres días antes de la fecha establecida para recibir la primera Comunión, Antonietta se puso enferma, tenía fiebre altísima y fuertes dolores. Los padres, consternados, mostraban su preocupación, y, preguntándole por qué no dormía, la pequeña les contestó: «estoy rezando al niño Jesús para que pueda curarme y po- der hacer, el día de Navidad, la Comunión» 16 . Al día siguiente, se le- vantó sin fiebre ni dolor y con la fortaleza necesaria para la gran fies- ta. Inmediatamente escribió una de sus cartas a Jesús:

«Querido Jesús Eucaristía, te doy las gracias por haberme curado; si supieras, querido Jesús, cómo estoy de contenta. Falta, solamente, un día y, después, querido Jesús, te recibiré en mi corazón» 17 .

Esperaba que llegase el momento en oración e intimidad con Je- sús. La misma noche del 24 de Diciembre, después de un tiempo de oración, escribía esta carta:

«Querido Jesús Eucaristía, estoy contentísima de que, tras unas po- cas horas, Te recibiré en la Sagrada Eucaristía. Querido Jesús, dile a Dios Padre que le doy las gracias a Él, a Ti y al Espíritu Santo porque te recibiré en la Eucaristía y seré muy feliz. Querido Jesús, te amo tanto, tanto, tanto… Querido Jesús, dile a la Virgen que te quiero re- cibir de sus manos, querido Jesús, ayuda a la Iglesia, al Papa, a los sacerdotes, a mis padres, a mi, a todo el mundo… Ven. Ven Jesús mío a tu pequeña Antonietta» 18 .

Llegó el momento esperado y Antonietta estaba tranquila, con- templando el Misterio al que se acercaba sin dejarse distraer por las cosas secundarias. Muchos pensaban que era imposible que pudiese estar tranquila durante las tres Misas que se celebraban en la noche de Navidad. Todo había sido preparado con esmero por la familia y las monjas: la capilla, las flores, el vestido… su hermana Caterina le co- mentó: “¡Qué bonito el vestido que llevas!”. Antonietta se limitó a contestar: “Sí, el vestido es precioso, pero lo esencial es que sea bello

16 M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma,

155.

17 Carta 104 (23 de Diciembre de 1936). 18 Carta 105 (24 de Diciembre de 1936).

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el vestido de mi alma” 19 . En el proceso canónico, su madre declaró cómo había sido la celebración:

«Durante la celebración nada distraía a Antonietta; ni la luz de las veles, ni los cantos parecían distraerla. Recibida la Comunión, inclinó la cabeza y permaneció inmóvil. Extrañamente, desde que había en- trado en la capilla, estaba arrodillada, con las manos juntas y los ojos mirando al altar, sin moverse, algo poco común en ella. Al final de la tercera Misa salimos de la capilla […] pero ella se mantenía quieta y recogida, también durante el refrigerio que nos ofrecieron las herma- nas. Todos hablaban y se felicitaban pero ella se mantenía recogida y a parte» 20 .

Este especial recogimiento sorprendió a todos los presentes; nadie podía imaginar el diálogo íntimo que se daba entre Antonietta y Je- sús. Algunos, como su hermana, se lo preguntaron explícitamente pe- ro ella no contestaba. La relación viva con Jesús es siempre un miste- rio; y cuando la relación es entre un niño y Jesús, el misterio es toda- vía más grande. Sin embargo algunas veces es posible penetrar fu- gazmente en este el secreto de tal relación. Creemos que este secreto era la conciencia clarísima que tenía la pequeña Antonietta de que Je- sús habitaba realmente en su corazón:

«Querido Jesús Eucaristía, te doy las gracias porque durante este año he hecho la primera Comunión y tú has venido a habitar en mi corazón» 21 .

De esta inhabitación nace una relación de especial intimidad con el Señor: Él está siempre presente. Y de esta relación que vivía con Jesús, al que en todo veía, nace un gozo especial en el que, ante cada acontecimiento, todo su ser vibra de alegría, se tranquiliza y regocija. Se puede objetar que el niño se apasiona por muchas cosas y que mu- chas cosas lo hacen feliz y es cierto; pero hay muchas cualidades de alegría: existe la alegría que acaba por poner nervioso al niño. No era esta clase de alegría que vivía Antonietta. La alegría que brotaba de su relación con Dios la ponía en paz, le hacía estar serena y tranquila.

19 Cf. D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo, 75.

Antonietta

20 Dep. 1. Citado por: M.R.D. GENIO, Carissimo Dio Padre Meo -Nennolina- e le sue lettere, 60.

21 Carta 159 (25 de Abril de 1937).

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Desde aquella noche deseó recibir a Jesús cada día; su presencia le llenaba de alegría, de una alegría sencilla y tranquila. Para ella, ir a Misa, era la oportunidad para unirse al sacrificio de Jesús en la Cruz, pues entiende, que el sacrificio de un pequeño es también importantí- simo ya que Jesús, también desde pequeño, aprendió a crecer con el sufrimiento. Todo esto se lo dice a Jesús en una carta escrita poco más de un mes después de la primera Comunión:

«Querido Jesús Eucaristía, ¡te quiero tantísimo! Se que has sufrido mucho cuando eras un niño y yo quiero ir todos los domingos a Misa donde se renueva el sacrificio de la cruz y donde tú haces un sacrifi- cio todavía más grande: recluirte en el Santísimo Sacramento del Al- tar. Querido Jesús, yo iré a recibirte todos los domingos, pero quisiera recibirte todos los días, pero mi mamá no me lleva a Misa. […] Te saludo y te adoro querido Jesús y quiero estar siempre en el Calvario bajo la cruz» 22 .

5.- LA CONFIRMACIÓN

Antonietta tenía un confesor habitual, monseñor Dottarelli, que era párroco en una iglesia cercana a casa de los Meo llamada San Eu- sebio. María Meo lo había elegido, años atrás, como su confesor por su sabiduría y discernimiento. Había fundado una floreciente asocia- ción de Acción Católica en la que se entregaba en la formación cris- tiana de los jóvenes y a la que invitó a participar a Antonietta, pues ya había tomado, aunque antes de la edad acostumbrada, la primera Co- munión.

En la Acción Católica se fomentaba, entre los jóvenes, el deseo de la misión, de hacer apostolado, para difundir, como se decía en estos ambientes, el reino de Dios en el mundo. Un día, la delegada de la formación, preguntó a las más jóvenes: “¿Cómo se hace el apostola- do?”. Las niñas respondieron: “con la oración, el ejemplo, la pala- bra…” Antonietta intervino: “¡Con el sufrimiento! Cuando alguien está enfermo y se dice: sufro por la conversión de un pecador. ¡Así es como se hace apostolado!” 23 . La experiencia en la Acción Católica

22 Carta 128 (31 de Enero de 1937). 23 Cf. D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo, 80.

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provocó en ella un enorme deseo de recibir el sacramento de la Con- firmación. En abril de 1937 escribía:

«Querido Espíritu Santo, dentro de pocos días Te recibiré en el Sa- cramente de la Confirmación; te deseo tanto que estoy ansiosa espe- rando que llegue ese día. Dame, ese día, tus siete dones, ilumíname y lléname de tu gracia y santifícame. Querido Espíritu Santo, tú que eres el amor que une al Padre y al Hijo, úneme también a mi a la Santísima Trinidad. Querido Espíritu Santo, dile a Jesús que lo amo muchísimo, dile al Padre que lo alabo y lo bendigo» 24 .

Durante los primeros meses del año estuvo preparándose, con una hermana que pertenecía a la Congregación de las Hermanas Apostóli- cas del Sagrado Corazón, para recibir el Sacramento. El día antes de la celebración se tenía un examen para la admisión al Sacramento. El día 15 de Mayo, por la mañana, su madre la llevo a confesarse por monseñor Dottareli. Al terminar la Confesión y un tiempo de conver- sación, en el que pudo leer algunas de las cartas que Antonietta había escrito los últimos meses, le dijo: “¡Tendrás que convertirte en un soldado de Cristo!” 25 .

Por la tarde, en la misma capilla donde había recibido la primera Comunión y con el mismo vestido, recibió la Confirmación de manos de Mons. Antonio Giulio Mattioli. Antonietta, al ser la más pequeña, fue la última en recibir el Sacramento en una celebración en la que todo se desarrolló con naturalidad y alegría. Días después, la madre, comentaba cómo las cosas más grandes suceden en una gran senci- llez; la obra del Espíritu Santo es interior y los frutos de santidad se ven mucho después.

Ahora, como ella misma deseaba, estaba preparada para salir en misión; enviada, como los apóstoles en el día de Pentecostés, con la fuerza del Espíritu Santo. Antonietta recibió la Confirmación en la víspera de la fiesta de Pentecostés y, al día siguiente, en la Eucaristía de la solemnidad, vestida por tercera vez con el vestido de la Comu- nión, renovó su pacto con Jesús: sería misionera con el sufrimiento ofrecido por amor junto a Jesús en la cruz.

24 Carta 160 (26 de Abril de 1937).

25 Cf. M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma,

187.

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La misión a la que se sentía enviada Antonietta, como su pequeña amiga Santa Teresita, era la de ofrecerse por amor. De este modo, con su oración, con su afecto, con su dolor y sufrimiento ofrecido a Jesús, ayudaría a sostener a los sacerdotes y todos aquellos que ofrecen su vida por el Evangelio, a los que entregaban su vida en las misiones… Antonietta era perfectamente consciente de esta misión a la que Dios le enviaba:

«Querido Jesús Eucaristía, quiero sufrir para poder reparar los pe- cados de todos los hombres» 26 . «Querido Jesús, protege a los sacerdotes y misioneros y haz que los pobres paganos te conozcan» 27 . «Jesús, te pido cuatro gracias […] y la cuarta, la de ayudar a todos los que sufren. Querido Jesús, me he equivocado, aún querría otra gracia, la de que muchas almas se salven» 28 . «Querido Dios Padre, salva las almas para que vayan al paraíso y te glorifiquen, estaría contentísima que pudiesen salvarse y, espe- cialmente, te encomiendo a España y a los Abisinios» 29 . «Querido Jesús, yo quiero estar en el Calvario contigo. Querido Je- sús, dame las fuerzas necesarias para soportar los dolores que te ofrezco por los pecadores. Yo quiero ser, querido Jesús, tu víctima de amor» 30 .

El Padre Wiliamson, capellán de la clínica donde tantas veces es- tuvo ingresada la pequeña Antonietta, testimoniaba:

«Su apostolado era, en gran parte, el sufrimiento soportado heroi- camente hasta el último respiro. No, solamente, es que se negaba a evitar el dolor, sino que, voluntariamente, lo abrazaba, pidiendo po- der sufrir por las necesidades de la Iglesia, por el Papa, por los sacer- dotes, por la conversión de los pecadores» 31 .

26 Carta 33 (16 de Octubre de 1936).

27 Carta 38 (22 de Octubre de 1936).

28 Carta 68 (20 de Noviembre de 1936).

29 Carta 86 (7 de Diciembre de 1936). Antonietta se refiere aquí a la Gue- rra Civil española (1936-1939) y a la guerra que enfrentaba a Italia con Etio-

pía. 30 Carta 162 (2 de Junio de 1937). Se trata de la última carta que escribió antes de su muerte sucedida un mes después.

31 D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo,

96.

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6.- ÚLTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE DE ANTONIETTA

María Meo, madre de Antonietta, narra en su diario cómo empe- zaron, de nuevo, síntomas preocupantes y dolorosos que marcaron profundamente los últimos meses de la vida de su hija 32 . En la sema- na siguiente a la celebración de la Confirmación, su apetito disminu- yó notablemente, tal y como le sucedió cuando le detectaron el cáncer en la pierna. El domingo 23 de Mayo comulgó por última vez en una iglesia; al volver de la Misa tenía una fiebre altísima. El médico dijo que era una simple indisposición, nada grave.

Esos días insistía a sus padres en poder recibir la comunión, espe- cialmente en la fiesta del Corpus Domini que, ese año, caía el 27 de Mayo. A pesar de la insistencia, por miedo a molestar a un sacerdote en un día tan importante y viendo que lo que le sucedía a Antonietta era una simple indisposición, sus padres no llamaron a nadie para que pudiese llevarle la comunión a su hija. Viendo la tristeza de su hija, a partir de ese día, después de hablar con los franciscanos de via Meru- lana, Antonietta, cumpliéndose así sus deseos, recibió la comunión todos los días en su casa; no podía quedarse sin recibir la Comunión y, mucho más ahora, que tanta fuerza necesitaba.

Una fuerte tos y dolor en el pecho, hicieron creer a los médicos que Antonietta estaba enferma de una pulmonía, enfermedad graví- sima en aquellos tiempos, mucho más si tenemos en cuenta el estado ya de por sí precario de Antonietta. Su familia se volcó en cuidados hacia la pequeña pero no acababa de curarse, es más, la enfermedad empeoraba. Antonietta hablaba poco, escuchaba las historias que su madre y su padre le contaban y rezaba. Sentía un dolor muy grande en el flanco izquierdo y una tos muy molesta, pero no se quejaba, buscando no molestar demasiado.

Antonietta hablaba tanto de ofrecer su enfermedad y dolores al Señor que parecía que no quería curarse. Su madre preocupada sólo encontró paz en la oración y aprendió de su hija a recorrer el camino de la ofrenda a Dios de su dolor de madre que ve a una hija morir po- co a poco. Fue su hija quien le recomendó contemplar a María al pie

32 Cf. M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma, 189 ss.

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JUAN RETAMAR SERVER

e la cruz en el Calvario. Antonietta pedía que rezasen por ella para

poder ser ayudada a permanecer con Jesús en la cruz. A una religiosa que fue a visitarle le dijo: “reza por mi para que no descienda del Calvario, para que permanezca siempre a los pies de la Cruz, sufrien- do y haciendo la voluntad de Dios” 33 . Unos días antes había escrito:

«Querido Jesús, te quiero mucho y quiero hacer aquello que Tu quieras que haga, quiero abandonarme en Tus manos […] quiero permanecer siempre bajo la Cruz contigo» 34 .

La enfermedad seguía su curso y los dolores aumentaban. Los médicos decidieron extraer las bolsas de pus que tenía en los pulmo- nes. La madre de Antonietta, ya desesperada, no quería que operasen

a su hija; al final los médicos la convencieron y realizaron la inter-

vención en la misma casa. Sin ningún tipo de anestesia le extrajeron de los pulmones el pus que se había producido mezclado con muchí- sima sangre. Antonietta soportó el dolor sujeta al crucifijo pero los médicos decidieron llevarla de urgencia al hospital.

El 24 de junio se realizó una nueva intervención sobre la pequeña. Con anestesia local, los médicos le quitaron tres costillas y un tumor en los pulmones que le impedía respirar. Los médicos y enfermeras estaban impresionados de la manera que tenía Antonietta de vivir el dolor. Comenta sor María Teresa, una joven religiosa enfermera en el hospital donde realizaron la intervención:

«Que una niña de sólo seis años comprenda perfectamente el valor de la inmolación silenciosa es algo realmente sorprendente, misterio- so. Quiso estar sola en la sala quirúrgica, algo impresionante en una niña, pues hasta la gente mayor le gusta estar acompañada por sus familiares… Ella quería estar sólo, mejor dicho, únicamente con Je- sús en el Calvario» 35 .

Después de la operación, Antonietta mejoró rápidamente, cam- biando el pronóstico negativo que tenían los médicos con respecto a la vida de la pequeña. Pero esta leve mejoría duró sólo unas horas; volvieron el dolor y las dificultades para respirar. A pesar del sufri-

33 Cf. D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo, 101.

34 Carta 151 (30 de Marzo de 1937).

35 Testimonio recogido en: D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo, 105.

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miento y del dolor, ella estaba tranquila y serena. Una serenidad que sorprendía a quien la conocía. Esta paz era el secreto que la sostenía. Su cuerpo estaba rasgado pero su corazón rebosaba dulzura y delica- deza con los que le rodeaban. Cuanto más grande era su dolor más necesidad tenía de entregarlo y ofrecerlo al Señor y más cercana se sentía a Jesús en la Cruz. La delegada diocesana de la Acción Católi- ca, después de ir a visitarla los días posteriores a la intervención, tes- tificó: «aquel día vi sobre su rostro el sufrimiento de Jesús Crucifi- cado y, al mismo tiempo, una tranquilidad admirable» 36 .

La tarde del 2 de julio sus condiciones de salud eran gravísimas, pero si alguno le preguntaba como estaba, su respuesta era invariable:

“estoy bien”. Aún así, sus males eran muchos y duros de soportar: el sarcoma, la mano hinchada, el tumor que le habían detectado en la cabeza, la cistitis que tanto le hacía sufrir, el pie nuevamente hincha- do y una infección (candidiasis) en la boca. Antonietta, realmente, es- taba sobre la cruz. Su madre cuanta la consolación, en medio del do- lor, que le vino por medio de la Virgen María:

«El viernes por la mañana hice el camino desde casa a la clínica sufriendo una angustia indescriptible; después, cuando llegué a la es- tatua de la Virgen, situada en el jardín de entrada a la clínica, dije:

“¡Madre mía, no puedo más! ¡Como sufre mi Antonietta! No te pido que deje de sufrir sino que se cumpla la voluntad de Dios”. Después de esta oración me sentí confortada y pude permanecer tranquila» 37 .

Para que se le calmase un poco el dolor que sufría, Antonietta pi- dió una inyección con la que se calmó y durmió un poco. Sus padres aprovecharon para ir a descansar a casa, hacia muchas noches que no dormían. Pero a medianoche la pequeña se levantó atormentada por la sed y el dolor. Estaba ardiendo de fiebre y llamaron a sus padres para que se acercaran a la clínica en cuanto antes. Las enfermeras prepara- ron todo para que Antonietta pudiese, tal y como pedía y deseaba, tomar la comunión, mientras, como cuentan las mismas enfermeras, sobre su rostro se leía un sufrimiento inaudito.

36 Testimonio recogido en: D. DE CAROLIS, Antonietta Meo. La sapienza dei piccoli del Vangelo, 108. 37 M. MEO, Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma,

227.

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Su madre le había llevado al hospital una reliquia de Santa Teresi- ta y un crucifijo que cogió, abrazó y besó por última vez. Su padre se inclinó sobre ella para poder besarla y después, Antonietta, les pidió que le ayudasen a incorporarse y dijo fuerte: “¡Dios, mamá, papá!”. Su madre le tomó de la mano y fijó en el rostro adolorado de su hija su mirada; el padre comenzó a decir: “Jesús, José, María, expire en paz con vosotros el alma de mi hija”. Al terminar la invocación, An- tonietta había terminado su misión en la tierra y estaba ya junto a su querido Jesús resucitado. En ese momento entraba en la habitación el sacerdote con la comunión, ya no hacía falta, en ese momento, la co- munión de Antonietta con Dios era total.

Un mes antes de morir, en una carta que ya hemos citado, decía:

«Querido Jesús, te quiero mucho y quiero hacer aquello que Tú quieras que haga, quiero abandonarme en Tus manos […] quiero permanecer siempre bajo la Cruz contigo» 38 .

Un simple cartel blanco anunció: “hoy, 3 de julio, a las 6, Anto- nietta Meo ha volado al Paraíso”. Los funerales se realizaron en la iglesia parroquial de la Santa Croce in Gerusalemme. Participaron muchos sacerdotes, tantísimos jóvenes de las asociaciones de la Ac- ción Católica, sus compañeros de escuela, las religiosas que habían sido sus maestras. Era tal el convencimiento de que Antonietta estaba en el cielo y la alegría por haber conocido a una niña santa así, que el párroco no sabía si ponerse los ornamentos negros o blancos. Al final intervino el Abad y le dijo: “ponte los ornamentos blancos”.

En su tumba, en el cementerio de Verano, donde inicialmente An- tonietta fue sepultada, se colocó una lastra de mármol que decía: “An- tonietta Meo, pequeña sabia, víctima de Jesús, de quien amó las lla- gas y conoció el dolor, con una apostolicidad operosa, en la mañana de un día sagrado dedicado a la Virgen, en la espera ardiente del pan de los Ángeles, voló contenta hacia donde estaba su corazón”. El 3 de Mayo de 1999 la tumba de Antonietta fue trasladada a su parroquia, la Basílica de la Santa Croce in Gerusalemme, en una capillita conti- gua a la escalinata que sube hasta la capilla donde se albergan las re- liquias de la Santa Cruz.

38 Carta 151 (30 de Marzo de 1937).

ANTONIETTA MEO LA SABIDURÍA DE LOS PEQUEÑOS

7.- VIDA ESPIRITUAL DE NENNOLINA

295

La brevísima vida de Antonietta, marcada por la enfermedad y el dolor vividos siempre con alegría, estuvo siempre sostenida por una dulce relación con cada una de las Personas de la Trinidad y, espe- cialmente, con Cristo Crucificado, donde encontró la fuerza y la luz para vivir con fe cada uno de los dolorosos acontecimientos por los que tuvo que pasar. Su íntima relación con Cristo Crucificado le lle- vo, en segundo lugar, a ofrecer, por la conversión y salvación de los hombres, cada uno de los sufrimientos, viviendo la enfermedad y el dolor como una manera de hacer apostolado.

Su relación con Dios Padre aparece siempre llena de gozo, de confianza, de alegría. No teme expresar, en cada una de sus cartas, lo que siente sobre Dios y no le da vergüenza mostrar la cercanía que vive con Él. La paternidad, el cuidado de Dios en su vida y sobre ca- da uno de los hombres le parece algo evidente. El descubrimiento en su vida del secreto de la infancia espiritual, la experiencia de la filia- ción divina, lleva a Antonietta a exclamar:

¡que hermoso nom-

bre!

mingo pueda recibir el sacramento de la confesión. Querido Dios Pa- dre me gusta tanto este nombre, porque quiere decir padre de todo el

mundo. Tú que eres el creador

nosotros. Querido Dios Padre yo te quiero mucho. Querido Dios Pa-

dre bendice todo el mundo, primero que todo mis papás y mi herma- nita y luego todos los demás y mándalos a todos al Paraíso salva mu- chas almas para que vengan al Paraíso a glorificarte. ¡Querido Dios

Padre!

sociedad de la Iglesia. Querido Dios Padre dile a Jesús que yo estoy muy contenta de recibirlo y espero que esté contento Él también. Querido Dios Padre tantos saludos y besos de Tu hija. Antonietta» 39 .

que todo bendice la Iglesia y el Clero y luego toda la

manda al Espíritu Santo sobre todos

Hazme

curar pronto para que el Do-

«Querido Dios Padre. ¡Dios! ¡Padre! ¡Padre!

¡Querido Dios Padre!

primero

Vivió, cada día más, una identificación profunda y gradual con Cristo Crucificado, experiencia que le llevó a hacer de su vida una oferta generosa al Padre, a imitación de Cristo. Esta experiencia le llevó, día a días, a pasar de un Jesús compañero e juegos a la contem- plación de Jesús flagelado ya crucificado. A este Jesús escribe:

39 Carta 72 (22 de Noviembre de 1936).

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«Querido Jesús flagelado que tanto sufriste por nosotros; oh Jesús, tu no merecías sufrir por mí, reconozco todos mis pecados y te pido perdón. Querido Jesús, tu sufriste con paciencia […] quiere aprender a recibir cualquier daño con amor. Querido Jesús, te ofrezco todos mis sacrificios en reparación de los pecados que se harán y se están haciendo […] Querido Jesús, quiero ser la lámpara que arde junto a ti con una llama de amor, y ser un lirio que siempre permanece ador- nando el altar y adorándote» 40 .

Las cartas que escribió Antonietta nos muestran esta gradualidad en la identificación con Cristo Crucificado. De hecho, en las prime- ras, firma “tu Antonietta” como era común en el estilo epistolario de la época. Después empezó a firmar como “tu querida Antonietta” ex- presando un vínculo afectivo que iba más allá de la forma típica y común de firmar una carta. Existen algunas otras cartas posteriores en las que, al firmar, se define como hija. Es ya un paso ulterior en el propio sentimiento y conciencia de ser hija de Dios. En la vigilia de la Primera Comunión añade a su nombre el de Jesús: “Antonietta Jesús” que se convertirá en “Antonietta y Jesús” y, más tarde, a partir de abril de 1937, en “Antonietta de Jesús”, su firma definitiva.

Esta identificación con Cristo le llevó a dar un sentido redentor y reparador de su dolor. Sentido que sorprende en una niña de seis años. En muchas de sus cartas se repite, como un leimotiv: «Querido Jesús, dame almas, yo te doy mi corazón» 41 . El sufrimiento y el dolor, que no sólo aceptó sino que buscó, se convierten así, no en un fin en sí mismo, sino en una unión íntima con el Señor que le lleva a desear completar en su carne lo que falta en la Pasión de Cristo (Col. 1,24).

Cristo Crucificado fue el Maestro querido, el Amigo tiernísimo, el Compañero siempre cercano de Antonietta. Cuando más aumentaba su dolor, muy fuerte en los últimos meses de enfermedad, Antonietta decía: «Estoy contenta de permanecer en el Calvario cercano a Ti, mi querido Jesús». Este es el fin sobrenatural por el que actuaba siempre Antonietta. No había en ello un cálculo humano, piadoso o afectivo.

40 Carta 146 (22 de Marzo de 1937).

41 Entre otras, la carta 5 escrita el 21 de Septiembre de 1936.

ANTONIETTA MEO LA SABIDURÍA DE LOS PEQUEÑOS

297

8.- CONCLUSIÓN: “HABRÁ SANTOS ENTRE LOS NIÑOS

Al escuchar este tipo de expresiones pueden surgir muchos tipos de dudas. El P. Agostino Gemelli, que durante muchos años estudió el caso y habló con familiares y personas que habían atendido a An- tonietta en los últimos meses de su vida, al leer todas sus cartas por primera vez, se planteó tres dudas 42 ; en primer lugar: ¿no serán estas cartas fruto del mimetismo tan frecuente y habitual en los niños? En, segundo lugar: algunas frases de estas cartas son típicas de la literatu- ra cristiana, ¿no habrán sido escritas por ecolalia sin entender, por parte de Antonietta, su verdadero significado ni profundidad? Y, en tercer lugar, se discute entre los psicólogos a que edad el niño llega al uso de la razón. Ciertamente, aunque la determinación de la edad de- pende de las escuelas psicológicas, no antes de los siete años. ¿Cómo podemos hablar de virtud teologal en una niña tan pequeña? 43 .

No queremos aquí elaborar una argumentación teológica que con- trarreste este tipo de dudas 44 . Las hemos despejado por la vía de los hechos pues, si existe el hecho, existe evidentemente también la posi- bilidad. El mismo P. Agostino Gemelli, en un segundo estudio de las cartas de Antonietta Meo reconocía: «no tengo ninguna duda, es evi- dente en estas cartas la acción de Dios» 45 .

Pío X, invitando a los niños a recibir la Primera Comunión en tor- no a los siete años, dijo: «¡Habrá Santos entre estos niños!». De hecho, parece que en estos años hayan aumentado los signos de virtu- des heroicas, haciendo evidente el potencial religioso del niño. Sólo

42 Cf. A. GEMELLI, Prefacio al libro de A. PIEROTTI, Le letterine di Nennolina, 3.

43 Para algunos teólogos la virtud heroica en un niña es imposible sin un milagro por el cual, el niño, se transformase en adulto, ya que el niño no ha tenido tiempo suficiente para adquirir el pleno uso de la razón con el dominio de las pasiones y de los movimientos del apetito sensitivo. Las virtudes no se pueden adquirir con un único acto, sino con la repetición de muchos, y para ello es necesario el tiempo para que el dominio de la razón penetre en la sen- sibilidad.

44 Ésta ya ha sido elaborada por el P. Garrigou-Lagrange: R. GARRIGOU- LAGRANGE, Le virtù eroiche nei bambini, 17-27.

45 Cf. A. GEMELLI, Prefacio al libro de A. PIEROTTI, Le letterine di Nennolina, 4.

298

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la experiencia de estar con niños y la vida espiritual de algunos de ellos (por ejemplo la beata Laura Vicuña o los beatos Jacinta y Fran- cisco de Fátima… por nombrar algunos contemporáneos) pueden hacer creer que el niño es capaz de relación con Dios y de realizar ac- tos heroicos de fe esperanza y caridad, tal y como lo ha reconocido el Papa Benedicto XVI en Antonietta Meo, con facilidad, en modo su- perior al ordinario y por un fin sobrenatural 46 :

«Nennolina, niña romana, en su brevísima vida -sólo seis años y

medio- demostró una fe, una esperanza y una caridad especiales, así como las demás virtudes cristianas. Aunque era una niña frágil, logró dar un testimonio fuerte y robusto del Evangelio, y dejó una huella profunda en la comunidad diocesana de Roma. Nennolina pertenecía

a la Acción católica. Seguramente hoy estaría inscrita en la A.C.R.

Por eso podéis considerarla como una amiga vuestra, un modelo en el

cual inspiraros. Su vida, tan sencilla y al mismo tiempo tan importan- te, demuestra que la santidad es para todas las edades: para los niños

y para los jóvenes, para los adultos y para los ancianos. Cada etapa de

nuestra vida puede ser propicia para decidirse a amar en serio a Jesús

y para seguirlo fielmente. En pocos años Nennolina alcanzó la cum-

bre de la perfección cristiana que todos estamos llamados a escalar; recorrió velozmente la "autopista" que lleva a Jesús» 47 .

El 17 de Diciembre de 2007, 70 años después de la muerte de esta pequeña, el Santo Padre Benedicto XVI autorizó a la Congregación de las causas de los santos a promulgar el decreto sobre las virtudes heroicas de Antonietta Meo y declarándola así venerable. Podría con- vertirse, muy pronto, en la más joven santa no mártir de la historia de la iglesia, de hecho está ya en estudio una presunta curación sucedida en Estados Unidos bajo su protección e intercesión.

46 «Para ser heroica una virtud cristiana debe capacitar a su dueño para realizar acciones virtuosas con extraordinaria prontitud, facilidad y placer, por fines únicamente naturales y sin razonamientos humanos, con espíritu de abnegación y dominio de las pasiones naturales y de un modo superior al or- dinario». BENEDICTO XIV, De Servorum Dei beatificatione, III, c.22. 47 BENEDICTO XVI, Discurso a los muchachos y muchachas de la Acción Católica Italiana, Roma, 20 de Diciembre de 2007.

ANTONIETTA MEO LA SABIDURÍA DE LOS PEQUEÑOS

CRONOLOGÍA

299

15 Diciembre

En Roma, nace Antonietta Meo, cuarta hija

1930

del matrimonio entre Michele Meo y Maria Ravaglioli

Octubre 1934

Comienza la escuela materna (guardería)

25

Abril 1936

Amputación de la pierna izquierda por un os- teosarcoma en la rodilla

15

Septiembre

Escribe la primera de las más de 160 cartas al

1936

Cielo

Octubre 1936

Es inscrita en la Juventud Femenina de la Ac- ción Católica

19

Octubre 1936

Comienza la escuela elemental. Primera Con- fesión

25

Diciembre

La noche de Navidad recibe la primera comu-

1936

nión de manos del obispo Mons. Mattioli

Enero 1937

Mons. Dottarelli se convierte en su confesor ordinario y director espiritual

19

Mayo 1937

Recibe la Confirmación de manos del obispo Mons. Mattioli

22

Mayo 1937

Interrumpe la escuela por la reproducción, en varias partes del cuerpo, del sarcoma. Recibe, a los pocos días, la unción de los enfermos

24

Junio 1937

Última etapa de la enfermedad. Operación, metástasis del sarcoma y otros tormentos.

3 Julio 1937

Muerte de Antonietta Meo

BIBLIOGRAFÍA

DE CAROLIS, D.,

Antonietta

Meo.

La

sapienza

dei

piccoli

del

Vangelo, Milano (Paoline Editoriale) 2004.

GARRIGOU-LAGRANGE, R., Le virtù eroiche nei bambini, Firenze (Edizioni di Vita Cristiana) 1943.

300

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GEMELLI, A., Prefacio al libro de A. PIEROTTI, Le letterine di Nennolina, Milano (Vita e Pensiero) 1951.

GENIO, M.R.D., Carissimo Dio Padre

e le sue lettere, Città del Vaticano (Libreria Editrice Vaticana)

Antonietta Meo -Nennolina-

2009.

MEO, M., Nennolina: una mistica di sei anni. Diario della mamma, Roma (AVE) 2007.

ROSSI, A., Antonietta Meo (Nennolina). Studio dei documenti del processo canonico, Piacenza (Tipografia Le.Co.) 1986.