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La indígena desterrada por feminista

Lorena Cabnal, maya-xinka de Guatemala que fue expulsada de su comunidad por


denunciar la violencia sexual y los femicidios

A Lorena Cabnal le gusta hablar en plural. No dice realidad, sino realidades. No cree que
haya un solo feminismo, sino muchos. Sin abandonar su cosmogonía indígena, la estructura
de sentimiento y pensamiento que ha guiado a los pueblos originarios desde hace milenios,
se autodenomina, entre otras cosas, feminista. Pese a ser un término ajeno, y en muchos casos
rechazado por las mujeres indígenas, esta inspiradora maya-xinka de 44 años empezó a
declararse como tal desde el año 2006 tras iniciar una lucha contra la violencia sexual en la
comunidad de la montaña de Santa María de Xalapán. Después de haber sufrido la violencia
en su propio cuerpo durante su infancia, Cabnal se organizó junto a otras indígenas para
concienciar a niñas y mujeres de la necesidad de frenar los abusos.

Movida por una doble indignación, frente al machismo en las comunidades y frente al
racismo sufrido por los pueblos indígenas, alzó una voz que retumbaría por toda Abya Yala –
nombre ancestral que engloba todo el continente americano. El feminismo comunitario,
promovido no solo desde Guatemala sino también desde Bolivia y otros lugares, se convirtió
en una forma de reivindicación de la autonomía de las mujeres indígenas frente al patriarcado
ancestral originario, el sistema de opresión que las somete en sus comunidades. Así, Cabnal
y sus compañeras luchan por defender tanto el “territorio cuerpo” como el “territorio tierra”.
No conciben, dicen, que la lucha de sus pueblos contra el despojo de sus territorios esté
separada de la lucha contra la violencia machista que abunda en ellos.

“Lo que a mí me mueve desde hace muchos años y me sigue moviendo hoy es la
indignación”, afirma durante una entrevista en Quito, adonde viajó para participar en un foro
sobre feminismos. “Creo que tener un cuerpo indignado por experimentar en mi historia
personal múltiples formas de violencia y opresión, tanto en lo urbano como en lo rural, me
mueve a hilar con otras la propuesta feminista comunitaria desde lo territorial”, explica en
“castellano colonial”, la lengua ajena que utiliza para criticar las estructuras de opresión que
estableció la colonización sobre los pueblos originarios.

Había naturalizado la violencia sexual. Creía que era parte de la vida cotidiana

Cabnal se crió en un asentamiento urbano marginal a las afueras de la capital durante los años
más oscuros de la guerra civil guatemalteca. Su familia paterna había tenido que huir de su
territorio maya q´eqchí en Alta Verapaz tras ser expulsada por terratenientes, en el marco de
la guerra contrainsurgente, que condenó al desplazamiento forzado a decenas de miles de
indígenas. Mientras el gobierno militar de Rios Montt torturaba, violaba y masacraba a los
pueblos mayas, Cabnal crecía en una comunidad desarraigada, alejada de las milpas y los
lugares sagrados. “Mi herencia ancestral fue negada tras el desalojo que sufrieron mi abuela
y abuelo maya”, confiesa. Nacida en un clima de violencia, la violencia no tardaría en llegar
a su vida.

“Yo era una niña sumamente empobrecida que había tenido mucha dificultad para ir a la
escuela”, cuenta. “Había naturalizado la violencia sexual. Creía que era parte de la vida
cotidiana”, revela con aplomo. Fue unos años más tarde cuando se dio cuenta de lo que
sucedía. “En la escuela, una amiga me abrió los ojos. Le conté las cosas que mi padre hacía
conmigo y ella asustó y me dijo: ‘Pero eso no puede hacer tu papá’. Yo me enojé mucho y
dejamos de ser amigas”. Tras esa traumática revelación, Cabnal inició un camino que le ha
llevado a ser quien es hoy. A los 15 años huyó de su casa y a los 25, tras haber estudiado
medicina y psicología en la universidad, decidió seguir las huellas de su abuela materna, de
quien heredó su mitad xinka. “Yo quise irme a una comunidad indígena lo más alejada
posible. Y así fue como llegué a la montaña de Xalapán un 14 de noviembre de 2002”,
recuerda con orgullo. “Allí me quedé y enterré mi corazón”.

Fue en Santa María de Xalapán donde empezó a trabajar contra la violencia sexual. “Mi
intención era hablar con las niñas y los niños, porque yo quería aportar a que no siguiera
habiendo más violencia sexual contra ellas a partir de mi historia”, expone la activista, quien
pagó caro su desafío a la estructura de poder que regía al gobierno xinka. “A mí me habían
enseñado que mucha de la vida de los pueblos indígenas en comunidades todo era en paz y
amor, que vivíamos en armonía. Pero luego fui cuestionando mi mundo y reconociendo
formas propias del machismo, lo que más tarde llamé patriarcado ancestral originario”,
desvela Cabnal, madre de una hija de ocho años. Fue entonces cuando empezó a hacerse
preguntas, tratando de comprender lo que para ella eran incoherencias en la vida actual de
estas comunidades.

“¿Por qué el gobierno xinka está formado por 357 señores y no hay ninguna mujer? ¿Por qué
solo hay hombres guías espirituales, que son los que hacen las grandes ceremonias, y las
mujeres estamos a la orilla? ¿Por qué las mujeres somos las más empobrecidas? Y entonces
llegó el interrogante clave que atravesaba toda su historia personal. “Si los indígenas somos
de paz y amor, el enunciado que yo tenía desde pequeña bien internalizado, ¿por qué mi papá
hacia violencia sexual conmigo? ¿Por qué?”

De aquellas preguntas surgieron respuestas que fue completando junto a un grupo de mujeres
que compartían sus inquietudes en la montaña. Así fue como dieron a luz al feminismo
comunitario territorial, que no partió de la teoría, sino de la práctica cotidiana de violencias
y discriminación sufrida en sus propios cuerpos indignados. “Fueron demasiadas
coincidencias de violencia sexual que se fueron encontrando al dialogar con las mujeres”,
recalca Cabnal.

Pese a haber jugado un rol muy activo en la defensa del territorio xinka contra los numerosos
proyectos mineros y en la revitalización de este pueblo, que muchos creían extinto, Cabnal
fue obligada a abandonar la comunidad a la que había entregado su corazón. “Uno de mis
mayores atrevimientos fue nombrarme feminista. Esa fue una de las transgresiones más
fuertes y, además, levantó una ola muy fuerte de estigmatizaciones”.

La negativa a aceptar lo que ella llama “fundamentalismos indígenas”, las costumbres


patriarcales originarias consideradas inamovibles, la llevó a una situación límite. En algunas
asambleas, los líderes llegaron a cuestionar que siguiera siendo lo que era, acusándola de
haber sido contaminada por feministas blancas extranjeras. Además, le exigieron que
volviera a quedarse embarazada, dado que la única hija que tenía Cabnal no era suficiente a
ojos de los hombres y la comunidad.
"Los hijos son la vida y la garantía de existencia de nuestros pueblos", le dijeron. "Y una hija
no es nada. Si quieres volver a trabajar con las mujeres, te tienes que volver a embarazar".

Si los indígenas somos de paz y amor, el enunciado que yo tenía desde pequeña bien
internalizado, ¿por qué mi papá hacia violencia sexual conmigo?

Pero ella no cedió. El destierro cayó sobre ella como el sol implacable cae sobre la piel
campesina. Cabnal partió junto a su hija, que por aquel entonces apenas tenía un año. “Me
desterraron de mi comunidad por declararme feminista comunitaria”, sentencia con nostalgia.

Su delito fue denunciar a agresores sexuales y redes de trata en la montaña, así como señalar
a funcionarios públicos y posicionarse abiertamente contra la minería. No obstante, Cabnal
continúa sintiéndose parte de la comunidad, manteniéndola como una parte vital de sus
reivindicaciones territoriales.

“Mis historias del destierro vienen por abrir los ojos de las mujeres, por enseñarles a leer
escribir y a usar métodos anticonceptivos para evitar embarazos forzados”. Pese al dolor que
para ella y su hija supuso la condena al exilio, cree que actuó como debía. “No me volvería
a quedar callada contra la misoginia, la violencia sexual y el femicidio”, asevera con voz
firme esta mujer a la que el feminismo comunitario territorial le sirvió como una forma de
sanación de las secuelas provocadas en su cuerpo por la violencia patriarcal.

A lo largo de la última década, la práctica de los feminismos comunitarios se ha extendido


por países como Bolivia y Guatemala, los dos estados con mayor porcentaje de población
indígena del continente. Desde Iximulew, nombre utilizado por Cabnal para referirse a
Guatemala que significa Tierra del maíz en maya, lanzaron “la propuesta emancipadora de
la Recuperación y Defensa del Territorio Cuerpo-Tierra”. Se trataba de sacar a relucir la
necesidad de tejer las luchas contra los proyectos extractivistas con la erradicación de la
violencia ejercida por los hombres contra los cuerpos de las mujeres en esas mismas
comunidades en resistencia. “Si hablamos de defender el territorio tierra, ahí van los grandes
líderes y las grandes movilizaciones, pero si no nos indigna que las niñas estén siendo
violadas y que las mujeres que estén siendo asesinadas dentro de la tierra que defendemos,
eso es una incoherencia cosmogónica y política”, subraya Cabnal, quien se distancia de los
feminismos occidentales por ser demasiado teóricos, eurocéntricos y no tomar en cuenta a
las mujeres indígenas y afrodescendientes.

Para esta tejedora del feminismo comunitario, la consolidación de los hábitos machistas en
los pueblos originarios tuvo lugar mucho antes de la invasión europea de América. La
gestación del patriarcado ancestral originario ocurrió varios milenios antes y supuso, según
Cabnal, “la primera gran desarmonización de la Red de la Vida en Abya Yala”. La segunda,
que también se mantiene hasta nuestros días, llegó con los barcos cargados de hombres
blancos desde el otro lado del Atlántico. “Hace 525 años nos vino la colonización, que trajo
una interpretación de la vida totalmente diferente: un patriarcado occidental, con la religión,
el pecado, la virginidad, el matrimonio; un modelo económico con la propiedad privada y la
mercantilización de los cuerpos y la naturaleza; y el racismo, con el idioma castellano que
ahora hablo”, enumera. En ese tiempo se incubó, de acuerdo a Cabnal, el caldo de cultivo
propicio para la aparición del racismo. “Por primera vez el hombre indígena va a sentir la
subordinación, que viene del hombre blanco, colono y heterosexual”, esgrime.

Llevando siempre consigo el circular y colorido calendario lunar xinka, Cabnal no deja de
reivindicar la doble lucha que articula su vida como mujer indígena y feminista. Durante su
estancia en Quito, que coincidió con la muerte de 41 niñaspor un incendio en un “hogar
seguro” de Guatemala, Cabnal acudió a manifestarse para denunciar lo ocurrido al grito de
“no fue el fuego, fue el estado”. Pese a la violencia sufrida a lo largo de su vida, esta
impetuosa maya-xinka ha sabido levantarse una y otra vez para continuar su camino de
resistencia frente a las múltiples opresiones a las que se enfrentan cotidianamente las mujeres
originarias. Gracias a la fuerza que le ha otorgado el “acuerpamiento” —apoyo mutuo físico
y espiritual— con sus compañeras de lucha, Cabnal tiene clara su identidad y fortaleza.
“Nunca voy a dejar de ser mujer indígena”, proclama esta transgresora.