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h év ere

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EL TUNCHE
UNO

Ingresé a la oscura cabaña de maderas viejas y podridas con el


corazón en la mano. Un relámpago brilló a lo lejos con un guiño
siniestro. A cada paso, las maderas del piso crujieron como gatos en celo.
Me oculté en el rincón más apartado de la habitación y guardé
silencio. Respiré apenas, para no hacer ruido. Pero en la selva el silencio
es imposible, excepto cuando lo envuelve el peligro. Un coro bullicioso
de todos los sonidos imaginables llegaba desde afuera. Era un rumor de
vida incontenible. A pesar de todo, no me moví. Esperaba la llegada de
un visitante recurrente que desde la lejanía de su voz diría finnnnn, finnnn,
anunciando su presencia.
Entonces lo vería, sentiría su realidad, grabaría en mi mente lo
tangible de su existencia, aunque solo fuese la vida fantasmal y
legendaria que me habían contado los viejos y viejas desde que nací en
Pucallpa, hace más de 30 años.
De pronto, el ruido de la naturaleza cesó. Oí algún chillido de
agonía, y un silencio de muerte lo invadió todo. Agucé la vista y esperé
sombras en movimiento, algún espectro que flotase sobre la tierra o quizá
la imagen de un cadáver andante, huesudo, por cuya hueca dentadura
escapase su silbido característico. Así imaginaba yo a mi visitante. Jamás
lo había visto.
Sin embargo, lo primero que vi fue una sombra rojiza corpulenta,
alta, musculosa, que cargaba sobre sus hombros el cuerpo exánime de un
venado. La sombra rojiza ingresó en la cabaña, crujieron las tablas del
piso y el cuerpo del venado cayó pesadamente contra el suelo.
Entonces, un relámpago oportuno iluminó la escena y lo que vi me
dejó más paralizado aún.
Era un otorongo enorme, de pie, con cabeza humana y los ojos más
tristes que había visto en mi vida. Su piel manchada de ocre amarillo y
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negro le daba un aspecto terrorífico. De pronto, su imagen cambió: era


un ser con cuerpo humano musculoso y cabeza de otorongo. Al arrojar
el venado contra el piso, levantó los brazos libres y lanzó un rugido
poderoso que me hizo estremecer de pies a cabeza y sentir, por primera
vez en mi vida, algo peor que el miedo: el pavor paralizante de la presa
que está a punto de morir.
Cerré los ojos. Contuve totalmente la respiración. Imaginé que el
monstruo felino se acercaba y de un zarpazo me partía en dos. Mejor era
no mirar y esperar. Pasaron algunos segundos de angustia. Hasta que,
finalmente, el grito familiar de un mono en la lejanía atrajo más ruidos y
pronto toda la selva volvió a cobrar vida, se llenó de la bulla de los
animales, de los sonidos del río y del roce de las miles de plantas que
bailoteaban con el viento.
Abrí los ojos y el ser monstruoso ya no estaba.
Pero sobre el suelo yacía la pieza de venado.
Me levanté de mi rincón y de un salto abrí la puerta de la cabaña.
Extraje mi linterna y corrí por el sinuoso camino que me había llevado
desde el pueblito de Alto perillo hasta aquella cabaña siniestra, a orillas
del río Ucayali.
Mi cuerpo aún temblaba de miedo. Si no fuera por la pieza de
venado ensangrentada sobre el piso, habría creído que todo era una
alucinación, motivada por la angustia, la necesidad de ver fantasmas, el
deseo de creer.
Ya en la casita de madera y techo de criznejas de don Ruperto
Saavedra, a quien todos llamaban Rupacho, me metí al mosquitero lo
más rápido que pude. Debía calmar el temblor de mi cuerpo. Mis dientes
castañeteaban y hasta mis párpados vibraban inquietos. El miedo es
incomprensible.
Unos minutos después, sentí que mis brazos se aletargaban, que mi
espíritu volvía a recuperar la calma y que Rupacho, frente a mí, desde
afuera del mosquitero me llenaba de humo de tabaco.
Salí del mosquitero dando un suspiro.

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—El humo del tabaco aleja a los malos espíritus —dijo Rupacho—
, y también el miedo.
Vi algo extraordinario —dije, seguro de mis palabras.
- ¿Encontraste al tunche que querías ver?—dijo Rupacho, riendo—.
Porque aquí oímos al tunche todas las noches. Bien fastidiosos son esos
mentecatos si se la agarran contigo.
Rupacho era un sanador. Algunos decían que era un «banco», es
decir, el máximo nivel al que acceden los brujos o shamanes de la
Amazonía. Y su aspecto era grotesco. A su pequeño tamaño de menos
de metro y medio, se sumaba el pelo largo, la nariz grande y dos enormes
orejas que duplicaban fácilmente el tamaño normal. Pero era temido y
respetado, y a él venían personas desde Iquitos, Contamana o Pucallpa
para sanarse.
—He visto un fantasma difícil de olvidar, Rupacho.
Era alto, fuerte, con cuerpo de otorongo y cabeza humana, o quizá
con cuerpo humano y cabeza de tigre...
No puede ser —dijo Rupacho, sorprendido.
- Y llevaba un venado recién cazado que arrojó al suelo.
- No puede ser —repitió Rupacho. De pronto, a lo lejos se oyó el
sonido (roce de hojas, murmullo de aguas agrias, piedras
entrechocándose) típico del tunche: finnnn... finnnn...
- Debo verlo —dije. Rupacho me hizo alto con la palma de la mano,
pero no le hice caso.
Corrí a la salida de la casa de madera, pero no me atreví a abrir la
puerta. De pronto, empezó a oler a muerto y a hacer frío.
Había una mirilla en la juntura de dos tablas ya viejas, y por ahí
miré hacia afuera. Súbitamente me tiré para atrás. Había creído ver el
cuerpo andrajoso, podrido, huesudo, cadavérico del tunche, pegado a la
pared de la casa.
No pude hablar. Comencé a botar espuma por la boca y a tener
convulsiones. No podía tragar aire. Me ahogaba.

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Rupacho vino nuevamente hacia mí y me lanzó el denso humo de


su mapacho, mientras emitía sus icaros poderosos y cantaba, en una
mezcla de quechua y cocama, un mariri de protección que me devolvió
a la normalidad.
—Si no fueras terco, aprenderías, amigo Ricardo —dijo Rupacho,
serio.
Bajé la cabeza, como un perrito arrepentido y le di la razón. Mi
deseo de encontrarme con el tunche era incontrolable. Debía redactar un
informe para la universidad, donde estudiaba el último ciclo de
antropología. Llevaba viviendo más de un mes en Altoperillo, en la casa
de Rupacho, y hasta ahora no había podido ver un tunche o tunchi, como
también se le llama. ¿Cómo iba a escribir si no tenía nada para contar?
Y esta noche, de pronto, todo se había juntado.
—Siéntate —dijo Rupacho—. Voy a contarte todo lo que sé sobre
tunches y sobre ese ser que has visto en la cabaña maldita. Te dije que no
fueras, pero terco, muy terco, fuiste. Y has visto algo que ni mi
generación ni la generación de mis padres han visto. Mi abuelo sí lo vio.
Y voy a contarte. Siéntate.

DOS

Si vas a la selva y, de pronto, en la noche cerrada, sientes frío, o


empiezas a oler a podrido o a muerto, u oyes un silbido que pareciera
que viene de lejos; o si estás dentro de la selva y de pronto sientes que
alguien te sopla en la nuca, o si en la mano o en el brazo sientes que algo
te roza, o si te parece que una mano acaba de tocar tu pierna o despertar
tu pelo; O si crees ver sombras que se mueven solas, o cuerpos que
parecen de humo o de aire, o miradas huecas o rojizas en lo profundo de
la oscuridad; o si oyes pasos en la soledad de tu cuarto, o si crees que las
hojas de los árboles conversan o que las aguas del río están muy
habladoras; y, sobre todo, si sientes que hay alguien a tu lado pero miras
y no hay nadie, y si oyes ese finnnn, finnnn, que nos asusta a todos, y peor

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aún, si tu cuerpo empieza a desobedecer y no puedes moverte, ni hablar,


y solo sientes el frío de la oscuridad o el frío del miedo, pues ten por
seguro que el tunche anda cerca. Muy cerca.
Voy a contarte. Una noche, doña Dorita empezó a sentir el tunche
a cada rato, finnn por aquí, finnn por allá, no la dejaba tranquila. Entonces
llamó a su compadre, don Rudecindo, que era el brujo del pueblo, y
tomaron ayahuasca. El compadre le dijo entonces que había visto en
sueños que se trataba del tunche de su marido, el que se había ahogado
en el río, y que había venido a llevársela porque mucho la extrañaba.
Pero doña Dorita no creía en tonterías. «Muerto es muerto», dijo, «qué
majadería que un muerto esté con ganas de fastidiar». Y noche sintió que
en la completa oscuridad algo la levantaba de la cama.
Y ella, sin fuerzas, salió de la casa, fue por el caminito de la
quebrada y llegó al río grande.
Algunas personas que no podían dormir por el tremendo calor de
esa noche la vieron entrar en el agua, y se perdió ahí. Se ahogó. Nunca
encontraron su cadáver. El tunche de su marido se la había llevado.
Y peor fue lo que pasó con el Gabicho. Un día su mujer le comprobó
lo mozandero que era y se volvió loca. Tomó el machete filudo y mató
a sus dos wawitas, y después ella se cortó las venas y se dejó desangrar.
Cuando Gabicho llegó a su casa, después de su última aventura con otra
mujer, descubrió el horrendo crimen. Lloró como nunca lo había hecho
en su vida.
Enterró a su mujer y sus hijos. Y desde entonces, todas las noches
oía al alma de su mujer andando por las calles del pueblo, flotando
caminando con una vela encendida en las manos, pidiendo perdón por
haber matado a sus wawitas, qué culpa habían tenido ellos. Gabicho se
fue a vivir a otra casa, porque cada vez que volvía de la chacra, veía
nuevamente la sangre en las paredes, la mesa húmeda y roja, las camas
revueltas y todavía sangrantes. Una noche siguió al alma de su mujer y
la vio entrar en la antigua casa.

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Y ahí estaban ella y sus hijitos, todos con una vela en la mano,
dando vueltas y vueltas, como en una procesión. El Gabicho no pudo
soportar más. Quiso acabar con su dolor y con las espeluznantes
imágenes.
Trajo una galonera llena de queroseno y le prendió fuego a su
antigua casa. Vio a los tunches de su familia lanzar agudos chillidos de
rabia y, de pronto, los tres lo miraron. Vio tres pares de ojos ardiendo de
odio, un rojo intenso como brasas diabólicas, y súbitamente se sintió sin
fuerzas; tres pares de manos lo atraparon y lo introdujeron en la casa
ardiente.
Los pobladores oyeron los gritos aterrorizados y muchos no
durmieron esa noche. Al amanecer, de la casa solo quedaban las cenizas.
Nada más. Y después, el olvido.
Comprendes ahora, tú que quieres saber de tunches, ¿qué imaginas
que es un fantasma y nada más que eso? Es mucho más. Más. Es el
maligno. Es la muerte invisible que camina. Nunca te cruces en su
camino. No imites su silbido. No te acerques. Más bien aléjate, ocúltate.
Por eso, respeta nuestro tabaco. El mapacho ahuyenta a los
espíritus, aleja al tunche. Hace miles de años nuestros antepasados tienen
al mapacho como amigo. Mira, yo tengo aquí mi atadito de mapacho. Si
se me acaban los cigarros, lío el tabaco y al rato ya tengo varios cigarros
para fumar.
Ahora ya sabes del tunche. ¿Y quieres saber, también, del hombre
otorongo que viste la noche pasada?
Voy a contarte. Escucha. Y después debemos volver a esa cabaña
maldita, para ahuyentar a ese espíritu de nuestros antepasados.

TRES

Hace mucho tiempo, cuando los animales eran hombres y los


hombres podían ser animales, vivió un hombre fuerte que sabía
convertirse en otorongo. Su nombre no importa ahora, pero

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transformarse en tigre lo convertía a él en un Minayahua, temido por


todos, envidiado por todos. Su esposa había muerto, así que solo vivía
con su hija, el esposo de ella y su nieta. El hombre era tabaquero. Sabía
dónde mirar y apuntar. Vivía alejado de todos.
A veces, su hija se acercaba a decirle: —Papá, ya no tenemos qué
comer-
Y el hombre se internaba en el bosque y, transformado en
Minayahua, cazaba venados, sachavacas y picuros.
Los dejaba junto a una aleta de lupuna. Luego tomaba su pucuna y
cazaba paujiles y shanshos, que también dejaba en la aleta del árbol
gigantesco.
Iba donde su hija y le decía:
—Hija, anda a la lupuna, que ahí tienes mitayo—. Y se alejaba.
La hija encontraba la gran cantidad de caza y se alegraba mucho
con su esposo y su pequeña hija.
Pero los vecinos estaban envidiosos. Miraban el venado y la
sachavaca, y decían entre dientes: —Otra vez se ha convertido en
Minayahua, va a cazar mucho nuevamente. Mejor matemos a su hija.
Y fueron con lanzas y flechas, mataron a la hija y se fueron. La nieta
corrió a avisar y encontró al abuelo dormido en su hamaca, convertido
en tigre. Con un palo lo golpeó y el abuelo volvió a ser hombre.
Al enterarse de que los vecinos envidiosos habían matado a su hija,
corrió hacia ella, fumó bastante tabaco y cantó mariris poderosos, y
revivió a su hija. Esto ocurrió muchas veces, hasta que un día los vecinos
envidiosos aprendieron una cosa: que si cortaban a la hija en pedazos, el
viejo Minayahua ya no podría revivirla.
Y así lo hicieron, efectivamente. Una noche los vecinos entraron
armados a la maloca de la hija, la mataron con lanzas y flecharon al
esposo y a la niña, y luego los trozaron a todos. Entonces se retiraron
muy seguros de su hazaña.
A la mañana siguiente, el hombre fue a visitar a su hija y encontró
la desgracia. Lloró desconsoladamente. Intentó revivirlos, pero fue

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imposible. Su grito fue tan poderoso, ya convertido en hombre-tigre, en


Minayahua, que sus propios enemigos temblaron de miedo.
Desde esa vez, el Minayahua ya no pudo convertirse en hombre. Y
comenzó su terrible venganza.
Cada vez que un cazador se internaba en el bosque para llevar
comida a su familia y se oía su grito desgarrador, era señal de que se
había topado con el Minayahua. En esos casos, el cazador trataba de huir
sudando de terror, pero el Minayahua lo alcanzaba de un salto, lo
arrinconaba contra algún árbol y de varios zarpazos y mordidas lo dejaba
muerto, partido en pedazos.
Su familia solo encontraba restos de su cadáver, comido por las
fieras y alimañas Además, a la venganza del Minayahua no tenía límites.
Cazaba hombres, mujeres y niños con igual ferocidad. No distinguía al
bueno del envidioso. Los hombres nos habíamos convertido en sus
enemigos. En sus presas.
Mi abuelo me contó que esta historia se fue perdiendo en la noche
de la memoria. Muchos hombres y mujeres murieron, hasta que poco a
poco dejó de hablarse del Minayahua. Pero no había desaparecido.
Quizá solo se había ido a cazar a otros territorios. Una vez ingresó a la
casa de un pescador, que dormía con su familia. Los mató a todos. Los
desgarró como manteca de boa. Y es que esta familia había construido
su casa de madera sobre la que antes fue, según dicen, la maloca de la
hija del Minayahua, cerca de la quebrada y de una gigantesca lupuna.
Pero el Minayahua cambió con el tiempo. Volvía de cuando en
cuando a la casa abandonada y dejaba piezas de venado, sachavacas y
sajinos, que cazaba en las noches tenebrosas. Estaría extrañando a su hija
y nieta, que lo apaleaban para que se convirtiera en hombre cada vez que
se dormía como tigre. Algunos oían llantos lastimeros. Otros, solo el
rugido de la muerte. Mi abuelo cuenta que aquella ocasión en que el
Minayahua trozó a la familia del pescador fue la última vez que tuvo
noticias de él. Después parecía haber desaparecido. Mi padre tampoco
oyó nada de él, y pensó que todo era invención de los antiguos para

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asustar a la gente. Te aseguro que yo pensaba lo mismo, hasta ahora. Tú


lo has visto, y eso no es nada bueno. Seguro dentro de poco vamos a oír
de muertos trozados por las garras y los dientes del Minayahua.
Ahora que ya sabes todo, vamos a esa casa abandonada. Ayúdame
a fumar mucho tabaco para expulsar a ese mal espíritu. Para que ese
monstruo del pasado no vuelva más. Y también para que el tunche deje
de vagar por este pueblo.

CUATRO

Cuando Rupacho terminó su relato, me quedé pensativo un


momento. Eso me ocurría cada vez que creía haber respondido a una
interrogante, cuando en realidad se había abierto para mí un abanico de
muchas preguntas. Pero no era tiempo para pensar.
Debíamos actuar de inmediato.
Ya estaba atardeciendo. El horizonte lamía una larga mancha
sanguinolenta sobre el cielo. Los crepúsculos siempre son distintos y
parecidos a la vez. En una diminuta shicra, Rupacho guardó mapachos
y un pequeño mazo de tabaco, fósforos y papeles de periódico. Yo solo
me agencié mi linterna de mano, del tamaño de un lapicero.
Salimos de Altoperillo, un pueblito hermoso y lleno de lomas a
orillas del río Ucayali, y nos internamos en el bosque. Entrar en el bosque
significa, casi siempre y a cualquier hora, sumergirse en la noche. Un
caminito oscuro nos llevaba hasta la quebrada, en cuya orilla se
levantaba la casa abandonada a la que yo había ido la noche anterior en
busca de tunches y espíritus vagabundos.
Después de varios minutos de caminata, llegamos a la casa maldita.
Un coro de sombras surgía en la naciente noche y Rupacho no prestó
atención a lo que a mí me había hecho estremecer de pies a cabeza.
—No seas miedoso, Ricardo. Entra —dijo Rupacho.

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Dentro de la casa había un olor extraño. Ya no olía solo a maderas


viejas y aguas estancadas, humedad, tiempo envejecido. Olía también a
podrido.
¿Por qué huele así, Rupacho?
—Pero si huele igual que siempre. Siéntate aquí. Y no hables.
Me senté sin chistar. Me parecía extraño que Rupacho no hubiese
prestado atención a las sombras que parecieron envolvernos al entrar a
la casa, ni al extraño hedor del ambiente. Pensé que quizá se tratase de
ratas muertas, o cualquier animal en descomposición en algún rincón de
la casa.
Rupacho tarareaba un cántico en quechua. También decía algunas
palabras en cocama, que podía distinguir claramente. Sobre los
periódicos en el emponado había extendido el tabaco, abierto el mazo y
colocado en varias filas los mapachos. Y mientras movía las manos, iba
cantando. Suavemente. Como para no molestar a nadie. Entendí su idea.
No se trataba de enfrentarse, sino de pactar: sugerir la ausencia,
ahuyentar con palabras y canciones.
Cuando Rupacho encendió el primer mapacho, descubrí que ya era
noche cerrada. Alrededor estaba tan oscuro como antes del nacimiento
del mundo.
Fumé también un mapacho, pero me atoré. Su fuerte sabor me
golpeó la garganta y sentí náuseas. Dejé el cigarro a un lado y observé
fumar a Rupacho. Pensé en los miles de años que los antiguos peruanos
venían fumando, sanando, sabiendo cosas del mundo gracias al tabaco.
Algunos lo bebían. Y Rupacho lo disfrutaba.
De pronto, el piso crujió y mi cuerpo se escarapeló. Una sombra
rojiza cruzó el ambiente y el silencio más absoluto nos invadió por unos
segundos.
Otra vez ese pesado olor a carne podrida. Rupacho tomó aliento y
siguió cantando. —De verdad necesito que fumes —me dijo.
La puerta se abrió violentamente y cayó destrozada contra el piso.
Pero nadie entró. Era pura señal de furia.

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Rupacho siguió cantando y fumando. El ambiente olía a tabaco y


me era difícil respirar. Oía palabras que se repetían una y otra vez: «Vete,
vete Minayahua, duerme, duerme Minayahua, sueña, sueña compañero, tiempo,
tiempo ya ha pasado...».
En eso, Rupacho salió disparado por los aires y fue a golpearse
contra la pared de madera. Yo me puse de pie de un salto y lo llamé,
corrí a buscarlo y levantarlo del piso.
—No dejes de fumar, cojudo —me dijo Rupacho.
Volví por los mapachos y, repentinamente, me vi frente a frente con
el hombre otorongo, gigantesco y de pie, rojizo como un monstruo de
sangre, con sus fauces sanguinolentas y sus ojillos brillantes y amarillos.
Me paralice por completo. Mi terror era absoluto. Por suerte, sentí una
nube de tabaco a mi alrededor. Nunca amé tanto el tabaco como
entonces. Rupacho otra vez venía a salvarme.
Pero el monstruo no estaba para humos ni canciones, así que nos
golpeó a los dos y caímos cerca de la puerta destrozada. Nos miramos y
comprendimos que debíamos huir. El cigarro de Rupacho había caído
sobre los periódicos y se había encendido un pequeño fuego. Sentí que
caía sangre por mis ojos y me sentí herido. Rupacho también sangraba.
Nos ayudamos mutuamente a salir de la casa terrible y llegamos al
caminito, donde nuestras piernas se doblaron aplastadas por el dolor.
Al volver la mirada hacia la casa abandonada, descubrimos que el
fuego ya se había extendido y acababa de llegar al techo de criznejas, que
se encendió como seco papel ávido de fuego. Un rugido estremecedor se
oyó en toda la selva, un rugido de animal herido y enojado. ¿El hombre
otorongo estaría quemándose en su propia casa? ¿Terminaría, por fin, la
infinita venganza del Minayahua?
La casa de madera ardió en pocos minutos. Los carbones del techo
se vinieron abajo y las paredes, devoradas desde dentro por los
comejenes y gusanos, fueron presa fácil de las llamas. En pocos minutos,
no quedó nada en pie.

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Y cuando creímos que ya todo se había acabado, oímos el grito


profundo, el rugido poderoso del monstruo. Pero venía desde tan lejos,
que comprendimos que definitivamente el Minayahua se estaba alejando
para siempre
- Logramos alejarlo, Rupacho —dije, adolorido pero contento.
- Sí, lo logramos —dijo Rupacho—. Pero no sé cuántas heridas
tengo. No puedo ver y estoy sangrando mucho.
- Yo también estoy sangrando mucho —dije, agitado—.
Y no sé de qué estoy herido.
—Deben ser las garras del tigre —dijo Rupacho.
Nos pusimos de pie nuevamente y reemprendimos la marcha. No
era difícil avanzar por el caminito que nos conduciría al pueblo. Lo difícil
era soportar el dolor.
Pronto estaríamos en una cama limpia: nos bañaríamos primero y
luego nos curarían las mujeres del pueblo, agradecidas. Pronto
dormiríamos como niños felices y toda la pesadilla de esa casa maldita
habría terminado. Y por fin podría redactar mi informe para la
universidad. No me importaba que no me creyeran. La experiencia
vivida era suficiente para mí y me acompañaría toda la vida.
Faltaban pocos minutos para llegar al pueblo. Ya oíamos los
aullidos de los perros a lo lejos. Aunque cojeábamos, íbamos tomados
del brazo y los hombros y nos ayudábamos a soportar el dolor.
Fue entonces cuando sucedió.
Apareció el frío que todo lo rodeaba. El temblor en las piernas. La
náusea en el filo de la boca. Y ese sonido lejano que no era otra cosa que
el silbido de la muerte.
—Fiuuuuu... fiuuuuu.
La gente solía decir que el tunche silbaba finnnnn,finnnn, pero yo
escuchaba fiuuuuuuu.
Rupacho cayó de rodillas y buscó la shicra con el mazo de tabaco,
que se le había caído en la casa abandonada. Buscó sus mapachos, pero

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todo el tabaco se había quemado en la casa también. No había cigarros


que nos salvaran esta vez.
En ese momento la selva no parecía la casa amiga de siempre, sino
una cárcel horrenda de la que no podíamos escapar.
Miré a Rupacho y tenía los ojos blancos, el cuerpo contorsionado,
las babas resbalando por su rostro petrificado. Me había advertido tanto
sobre los peligros del maligno, y ahora estaba exhalando sus últimos
suspiros. Al final, cayó pesadamente en tierra.
Quise correr en su auxilio, pero no pude. Una fuerza sobrenatural
me detenía y anulaba todas mis fuerzas.
Estaba tan paralizado como un árbol seco a punto de ser derribado
por el viento.
Al poco rato, también caí en tierra, de rodillas. Sentí que mi boca
espumaba de espanto y que se atoraba mi respiración, mientras el
maligno, el tunche de las selvas profundas, pasaba cerca de mí y se
inclinaba sobre Rupacho. No podía verlo, pero sentía su presencia, su
frío estremecedor, su olor nauseabundo. Podía simplemente sentirlo.
Ni siquiera el pavor que había sentido anteriormente ante el hombre
otorongo podía compararse con este miedo cerval. No había palabra para
describir el otro miedo, el definitivo, el último.
Vi que el cuerpo de Rupacho era envuelto por una nube más oscura
que la noche. Luego, pareció torcerse, quebrarse, como si se tratase de
una imagen que se disuelve en el agua cuando la agitamos.
No quedaban ni restos de humo ni vapor ni viento movido. Solo un
largo silbido que se perdía en el horizonte.
A pesar de que me abandonaban las fuerzas, pude empezar a
respirar de nuevo.
A lo lejos, los perros aullaban desesperadamente

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VOCABULARIO

-Ayahuasca: bebida hecha a base de la planta medicinal del mismo


nombre. Además, es alucinógena.
−Cocama: versión castellanizada del nombre kukama kukamiria, uno de
los pueblos con mayor presencia en la Amazonía peruana.
−Crizneja: trenza de hojas de palmera usada como techo para evitar el
ingreso de la lluvia.
-Emponado: piso de madera hecho de una palmera llamada pona, muy
común en las casas indígenas.
-Icaro: canto de sanación. También se emplea el verbo icarar como
sinónimo de cantar para curar.
−Lupuna: el árbol más alto de la Amazonía que puede sobrepasar los 70
metros de altura. La lupuna aparece en muchas leyendas y es
considerada un árbol mágico.
−Maloca: casa familiar de los indígenas amazónicos. La maloca
comunitaria es inmensa y en ella se transmite el conocimiento ancestral.
−Mapacho: tabaco amazónico de altísimo contenido de nicotina, que se
usa en rituales shamánicos. También se llama así al cigarro armado con
dicho tabaco.
-Mariri: al igual que el icaro, es un canto de sanación usado durante
sesiones curativas y de ayahuasca.
-Mazo: porción de tabaco atado, el cual se corta en pedacitos para formar
los mapachos.

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−Minayahua: nombre que se le da en la tradición oral cashinahua al


hombre - otorongo.
−Mitayo: en la Amazonía, caza. Se usa también en forma de verbo:
mitayar.
−Mozandero: enamoradizo.
- Otorongo: el felino más grande de América. Es llamado también tigre
o jaguar en la Amazonía peruana.
-Paujil: ave amazónica muy parecida al pavo, cuya carne es muy
apreciada. Es un animal silvestre.
-Pucuna: arma compuesta de un tubo delgado, en el que se introducen
dardos o flechas que se disparan al soplar desde uno de los extremos.
También se le conoce como cerbatana.
−Sachavaca: el mamífero terrestre más grande de la Amazonía que
puede pesar hasta 3oo kg. También es llamado tapir.
- Sajino: mamífero silvestre parecido al cerdo, también llamado pecarí.
Habita en muchas áreas de América.
−Shamán: sabio curandero, poseedor de poderes sobrenaturales, como
el de comunicarse con los espíritus y adivinar el futuro. También se
escribe chamán.
- Shansho: ave amazónica del tamaño de un pollo y de aspecto
prehistórico. Tiene una enorme cresta de plumas sobre la cabeza.
-Shicra: bolso tejido con fibra vegetal de uso común en los pueblos
amazónicos, llamado también ficra.
-Wawa: palabra quechua que significa bebé o niño pequeño. Se escribe
también huahua o guagua.
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