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Internet: el otro juguete que rompimos

Jorge Albarrán

La tragedia en Nueva Zelanda acentuó dos cosas: la primera es que el extremismo blanco es
un fenómeno global; y la segunda, que las redes sociales se han convertido en un escaparate
para hacer de la violencia un espectáculo global

El pasado 15 de marzo se transmitió en vivo uno de los episodios más escabrosos de la era
digital. Desde Nueva Zelanda se difundieron por Facebook 17 de los 36 minutos de terror en
los que un hombre entró a dos mezquitas en Christchurch y comenzó a disparar en contra de
las decenas de personas que hacían sus oraciones. El video que se diseminó como pólvora por
la red fue filmado en primera persona, de forma que se mostraron las armas plagadas de
inscripciones de color blanco que hacían referencia a otros terroristas y defensores del
supremacismo blanco. La masacre ha sido adjudicada a Brenton Tarrant, un australiano que
junto al metraje publicó el manifiesto donde expuso las motivaciones que lo llevaron a atacar
dos mezquitas neozelandesas y asesinar a 50 personas; en las 74 páginas de este especie de
testamento ideológico, el presunto autor del atentado terrorista deja en claro su odio por los
migrantes, los musulmanes, así como su fe en la supremacía de la raza blanca, también destaca
su simpatía por el nacionalismo de Donald Trump, la francesa Marine Le Pen y la profunda
admiración por Anders Breivik, el terrorista que en el 2011 asesinó a 77 personas en la isla de
Utøya, en Noruega, bajo los mismos argumentos xenófobos.
La tragedia en Nueva Zelanda acentuó dos cosas: la primera es que, como lo expuso
Patrick Kingsley para el New York Times, el extremismo blanco es un fenómeno global. Y la
segunda, que las redes sociales se han convertido en un escaparate para hacer de la violencia
un espectáculo global, porque poco más de un mes antes, el 5 de febrero, también se difundió
un video que se vale de la misma estética narrativa (con la perspectiva en primera persona),
para registrar y difundir el asesinato de unos presuntos miembros el Cártel Jalisco Nueva
Generación, en una vulcanizadora ubicada en el municipio de Valle de Santiago, Guanajuato.
No son los únicos ejemplos ni se trata de situaciones aisladas, en el 2015, un hombre
publicó en Twitter el momento en que asesinó a dos reporteros en Roanoke, Virginia; también
en Estados Unidos, en Cleveland, un hombre identificado como Steve Stephens publicó en
Facebook que tenía la intención de matar a alguien, poco después, ya que había captado la
atención de la audiencia, utilizó la misma red social para exhibir el momento en que asesinó a
un anciano de 74 años llamado Robert Godwin, además, en el metraje confesó haber ejecutado
a otras 13 personas. De hecho, una investigación realizada en el 2017 por BuzzFeed News
encontró que desde que Facebook permitió realizar transmisiones en vivo los usuarios han
difundido, por lo menos, 45 casos de violencia. La situación llevó a la red social de Zuckerberg
a emitir un comunicado donde se comprometía a mejorar sus políticas para evitar que esta
clase de episodios pudieran propagarse con tanta facilidad. Sin embargo, casi dos años después
de esto, se volvió patente la ineficacia de los algoritmos para bloquear el acceso a esa clase de
contenidos.
Según información emitida por la misma red social y divulgada por el periodista Alex
Barredo en La Vanguardia, el terrorista publicó el enlace a su video a través de un foro
anónimo y sólo contó con alrededor de 200 visitas durante la transmisión en vivo de la masacre
y ninguno de estos espectadores realizó la denuncia del contenido, por lo que a los sistemas
de detección de violencia explícita les fue imposible detectarlo. Terminada la transmisión, la
audiencia alcanzó los 4 mil espectadores, de aquí al menos una persona consiguió descargar el
metraje y comenzó a difundirlo. En tan sólo 24 horas Facebook detectó más de un millón y
medio de copias del atentado, las cifras en otras plataformas como Twitter o YouTube aún se
desconocen, pero es posible suponer que el rango de difusión es muy similar.
La conclusión evidente es que las herramientas tecnológicas fueron vencidas por el
morbo humano y millones de personas en todo el planeta pudieron ver el video del atentado
en contra de la comunidad musulmana y, por ende, los terroristas cumplieron con su cometido
desde distintos frentes: perpetraron el atentado, dieron a conocer su mensaje y sembraron el
terror a escala global; porque si hay algo seguro es que los agresores buscaban atraer la atención
del mundo. Al respecto, Charlie Warzel, también del New York Times, refiere que se trata de
una nueva forma de terrorismo, cultivado en la aldea digital y concebido para volverse viral.
El reto que se plantea es enorme, porque la violencia no es el único problema al que
deben enfrentarse las plataformas digitales, en febrero de este mismo año, el youtuber Matt
Watson reveló cómo el mismo algoritmo que nos hace recomendaciones sobre aquellos temas
que buscamos con más frecuencia, tiene una especie de hueco o un agujero del gusano, como
él mismo lo llamó, que con un par de clics le permite a cualquier persona acceder a una red
de pedofilia sin salir de Youtube. Una acusación que ya en el 2017 había llevado a la plataforma
a bloquear cerca de 150 mil videos ante la amenaza de varias empresas de retirar sus
patrocinios.
El internet, que en un principio surgió bajo la promesa de un sitio abierto para la
difusión del conocimiento, pero en su propio exceso de información, ha permitido que a la
vista de todos se encubran muchas atrocidades. Para combatir esta situación es que muchos
expertos, como la periodista Ellie Hall, le exigen a las grandes tecnológicas una solución
específica y coordinada, además de incorporar más moderadores humanos que reemplacen la
evidente ingenuidad de las inteligencias artificiales.