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OBSTINACIÓN

Margaret Pargeter

Argumento:

Chase Marshall había dado por sentado que Alex aceptaría su propuesta de matrimonio. Él pensaba que, con su atractivo físico y su dinero, ninguna chica sensata se negaría a casarse con él. Pero Alex ya había tenido la experiencia de tener que enfrentarse a una madre autoritaria, y no estaba dispuesta a caer en las manos de otra persona que dirigiera su vida. Además, no tenía la menor intención de contraer matrimonio, y menos con un hombre tan arrogante como aquél.

Capítulo 1

EL APARTAMENTO que compartían las dos chicas en Mel-bourne era confortable y amplio. Por eso, Alex no podía en-tender por qué Ruby Marshall, la otra joven, se quejaba constantemente, como lo estaba haciendo en ese momento, de la fal-ta de espacio.

—¡Voy a volverme loca! —exclamó Ruby—. ¡Aquí se pierde todo!

Alex se agachó para sacar de debajo de la cama de Ruby las za-patillas que estaba buscando.

—Si aprendieras a ser un poco más ordenada, Ruby, no pensa-rías que vas a volverte loca.

—¿Cómo voy a aprender nuevas costumbres a mi edad? —pre-guntó, cogiendo las zapatillas sin una palabra de agradecimiento. Alex la miró enfadada. El único momento en que la otra chica se refería a su edad era cuando no quería hacer algo.

—Creía que habías venido a Melbourne para aprender a bastar-te por ti misma.

—¿Y qué? —inquirió Ruby, irritada—. ¿Qué tiene eso que ver con ser más ordenada?

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Alex se imaginó cómo tendría el apartamento Ruby si viviera sola. Siempre le decía a Alex que se había ido de su casa para huir de la riqueza y del aburrimiento que la sofocaban, pero se quejaba continuamente de la falta de comodidades.

Era realmente extraño que el destino hubiera unido a aquellas dos jóvenes con tan pocas cosas en común. El irse de casa era algo que la obstinada Ruby había intentado hacía mucho tiempo, mien-tras que Alex sólo había pensado en ello hacía un año.

Sus padres se habían trasladado de Inglaterra a Australia cuan-do ella era muy pequeña. Su padre, un bioquímico que trabajaba en investigaciones agrícolas cerca de Sydney, en Nueva Gales del Sur, había decidido que Australia les ofrecía buenas oportunidades a él y a sus hijos. Su esposa no había estado tan dispuesta a emigrar. Era una persona presuntuosa y pensaba que Inglaterra ofrecía ventajas de otra índole; sin embargo, no creía que le resultara difícil acomo-dar a sus hijos en la nueva sociedad. Se había casado por amor, aqué-lla fue la única vez en su vida que permitió que algo se interpusiera en sus planes, pero luego se había arrepentido. Por eso, estaba de-cidida a que Alex y su hermano no cometieran el mismo error. No quería que se pasaran la vida trabajando por un sueldo que podía parecerles muy aceptable a otros, pero que para ella significaba una miseria.

Después de establecerse a disgusto en Sydney, se dispuso a sa-car el mayor partido posible de la situación. Durante los siguientes años se esforzó por hacer sentir su presencia en lo que ella conside-raba la mejor sociedad, y desde su punto de vista había tenido éxito. Había logrado que Alan, el hermano de Alex, se casara con una chi-ca que pertenecía a una familia conocida y respetada, e inmediata-mente canalizó su ambición hacia Alex. Ésta, que acababa de termi-nar sus estudios, debía llevar la ropa adecuada, asistir a los lugares más elegantes y tratar a las personas que le señalaba su madre. En vano le dijo la joven que no quería llevar esa clase de vida, que su padre no podía permitirse ese lujo, qué serían el hazmerreír de los demás si ella continuaba insistiendo

Durante meses dividió sus fuerzas entre su trabajo en una ofici-na y discutir con su madre, hasta que, agobiada por el asedio al que la sometía un joven que le había presentado ella, decidió hablar con su padre.

—Está haciendo todo lo posible para que consiga un esposo rico, y lo último que deseo en este momento es un marido, papá.

—Estoy seguro de que tu madre actúa pensando en tu bien. Pero en esa ocasión Alex no respetó los deseos de su padre de evadir un tema molesto.

—¿Por qué no pones los pies en la tierra, papá? Podrías ayudarme mucho. Yo no quiero casarme todavía, y cuando lo haga, de-seo escoger a mi marido.

—Tu madre cree que Donald se ha enamorado de ti.

—¡Pero yo ni siquiera sé si me gusta!

—Pues es un buen muchacho.

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Desesperada, Alex le miró, dándose cuenta de que tendría que luchar sola. Semanas más tarde, cuando ya estaba casi exhausta de la presión de su madre y de Donald, algo sucedió.

Llegó un telegrama urgente de Inglaterra. La abuela de Alex es-taba enferma y quería ver a su hija. La señora Latham se fue, así que Alex, aprovechando su ausencia, decidió que quería trabajar en otro lugar.

—Me han dicho que ha quedado una vacante en una oficina de Melbourne. Por lo menos —sonrió apesadumbrado su padre—, evi-tarás los compromisos sociales que no te interesan.

—¿Melbourne?

—Bueno, es sólo una sugerencia. Puedes ver si te gusta. Melbourne, la capital del estado de Victoria. Sí, le gustaba la idea.

—Pero, ¿dónde voy a vivir?

—Puedes alojarte en un hotel. Tus compañeros podrán ayudar-te cuando los conozcas un poco mejor.

Había sido más fácil de lo que imaginaba. Después de una en-trevista el trabajo fue suyo. La chica que trabajaba antes allí se ha-bía casado y se había ido al oeste de Australia. Al irse, también ha-bía dejado el apartamento que compartía con Ruby.

A ésta no le importó que Alex fuera a vivir con ella siempre y cuando aceptara hacerse cargo de la limpieza. La renta que le puso era baja y Alex pensó que le convenía aquel arreglo. No le preocupaba saber quién era Ruby Marshall; sólo sabía que era una compa-ñera de trabajo, tratada con mucho respeto por su jefe. No obstan-te, al ver el apartamento comenzó a tener sus dudas, pero prefirió no darles importancia y adaptarse a su nueva vida. cuando Enid Latham, la madre de Alex, regresó de Inglaterra, se enfureció al saber que su hija se había ido pero, aparte de llamarla frecuentemente por teléfono, no hizo nada para obligar a Alex a volver a casa.

Se sentía muy aliviada por el hecho de que su madre no tuviera intenciones de visitarla, pues estaba tan ocupada después del trabajo arreglando el apartamento que no tendría tiempo para distraerla.

Miró a Ruby que estaba contemplándose en el espejo.

—¿No te estará esperando tu novio? —le preguntó Alex.

—Supongo que sí —contestó Ruby, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres que me vaya?

—Desde luego que no. Lo único que voy a hacer es lavarme el pelo.

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—Tú siempre tienes un pelo precioso.

Alex sonrió, recordando los meses que había pasado luchando con su madre, la cual le daba demasiada importancia a su aspecto y quería que estuviese arreglada en todo momento. Sin embargo, la semana anterior se había cortado el pelo, dejándose una melena lisa a la altura de los hombros que se movía con gracia cuando ella caminaba. Le favorecía mucho más que el ondulado que a Enid le gustaba.

Ruby no solía fijarse en nadie más que en sí misma, pero en ese momento la observó detenidamente y comprobó que Alex era una chica realmente bonita.

—¿Por qué no sales con Martin James, el que trabaja en la ofi-cina? —le preguntó—.Está siempre detrás de ti.

—No me interesa Martin tanto como para salir con él. ¿Te preo-cupa cómo paso mi tiempo libre?

—A mí no me importa. De todas maneras creo que me iré de aquí muy pronto. Sinceramente, ya estoy cansada de Melbourne. En cierto sentido es tan desagradable como mi casa. Después de las va-caciones me iré a Sydney.

Alex pensó que si Ruby se marchaba, ella también tendría que hacerlo y buscar otro lugar dónde vivir.

—¿Qué dirá tu hermano si te vas de Melbourne?

—Lo importante es lo que va a decir si no lo hago —refunfuñó Ruby—. Me gusta el hombre con el que salgo ahora, pero sé que a Chase no le gustará.

—Eso no puedes saberlo hasta que se conozcan —dijo Alex, dán-dose cuenta de que Ruby necesitaba consuelo—. Pero, de todas for-mas, ¿por qué tienes que decírselo a tu hermano?

—No conoces a Chase. Sabe lo que hacen todos sus empleados, hasta los menos importantes, así que con mayor motivo se enterará de lo que hago yo aunque no se lo diga.

—Bueno, si no puedes enfrentarte a él y ese joven es importan-te para ti, usa tu ingenio. Estoy segura de que te sobra.

—Chase es arrogante y también inteligente, Alex. Mi abuelo era así y la tía Harriet también, pero Chase es peor. Resulta imposible luchar con él en su propio terreno. Yo no tendría ninguna oportuni-dad de triunfar.

—Entonces actúa a sus espaldas.

Alex no se detuvo a pensar que su consejo podía ser impruden-te. Lo que intentaba era consolar a Ruby y no empujarla a desafiar a su hermano. Sabía por experiencia lo que era

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estar atrapada por ambiciones familiares, pero le parecía increíble que una chica con la edad y carácter de Ruby reconociera una autoridad superior.

—Nadie puede engañar a mi hermano. Créeme, el escapar has-ta aquí significó una gran victoria; normalmente no lo hubiera permitido.

A Alex le pareció que estaba exagerando y, sin embargo, nunca había visto a Ruby tan preocupada como lo estaba en ese momento.

—Entonces, ¿por qué te dejó venir?

—No lo sé. Tal vez se dio cuenta de que estaba forzando dema-siado la situación. Quería casarme con un vecino nuestro. Parece Creer que una chica ya no tiene oportunidades de casarse después de tos veintiséis años, pero yo tengo mis propias ideas al respecto. ¡Y pronto lo descubrirá! —terminó, irritada.

—Tal vez tu hermano no es tan obstinado como tú crees. Si lo fuera, ¿por qué iba a permitir que vinieras a vivir a esta ciudad?

—¡Ya te he dicho que no lo sé! —exclamó Ruby, impaciente—.Quizá pensó que podía vigilarme como lo hacía en casa. Debe haber una razón, pero no he tratado de descubrirla. Simplemente acepté lo que me ofreció sin hacer preguntas.

—Yo creo que no deberías preocuparte. Si, como tú dices, él se entera de todo lo que haces y todavía no te ha dicho nada, será por-que lo aprueba.

—No le veo desde hace varias semanas. Tengo motivos para creer que está muy ocupado al otro lado del mundo, ésa debe ser la explicación.

—¿Ocupado?

—Con una morena muy atractiva. Supongo que el viaje forma parte de los caprichos que tiene que satisfacer hasta que le convenga.

Alex consideró deplorable el cinismo de Ruby y también le es-candalizó un poco, pero la actitud de Chase le disgustó más.

—¿Tu hermano siempre permite que sus amigas le lleven a esos extremos?

—No, no siempre, y de todas maneras tenía que ir a América. Generalmente no tiene que esforzarse para obtener lo que desea. Las mujeres le siguen porque es guapo y rico, pero él nunca ha demos-trado mucho interés por ninguna.

—¿Nunca?

—Oh, a veces le dura el interés algunos meses, pero sus aven-turas son generalmente cortas. Por eso todavía no se ha casado.

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—Quizá alguien le rechazó.

—Nadie de la familia recuerda haber notado en él ninguna señal de ansiedad o desilusión. Lo hubiéramos sabido. Además, las chicas no tienen oportunidad de rechazarle. Si alguna vez le conoces, lo comprenderás.

No era probable que llegara a conocerle, y si lo hacía, segura-mente él no se fijaría en ella. Chase Marshall no era de la clase de hombres que se interesaban por chicas como ella.

—La imagen que das de tu hermano no es muy agradable, Ruby. Lo describes como si fuera una persona difícil de tratar.

—No lo es, pero puede ser muy peligroso cuando se le contraría.

—¿Y no lo somos todos?

—Puedes reírte, Alex. Para mí no es un chiste. Tú no sabes lo que es luchar continuamente para que no te obliguen a casarte.

No podía responder sin hablar de su propia experiencia pero, aunque reconocía que Ruby nunca había sido tan sincera al hablar de su familia, todavía no tenía la confianza suficiente para contarle sus asuntos personales.

—A mí no me importaría mucho —dijo al fin—, si me gustara el chico.

—Oh, Henry está bien —confesó Ruby—, pero es muy aburri-do. Casarme con él significaría cambiar una vida tediosa por otra. No sabes lo solitaria que puede ser la vida en las llanuras, a menos que eso te guste. Yo

El timbre sonó en ese instante y Ruby se mostró aliviada por la interrupción. Parecía que temía haber hablado demasiado.

—Hasta luego —le dijo al salir.

En cuanto se fue, Alex se dispuso a lavarse el pelo. Las pala-bras de Ruby la habían intranquilizado. Realmente parecía que tenía un problema con su hermano, pero Alex no sabía cómo ayudarla.

Acababa de arreglarse el pelo cuando el timbre sonó de nuevo. ¿Habría olvidado algo Ruby? ¿O sería otro de sus admiradores?

Rápidamente se anudó el cinturón de la bata mientras corría ha-cia la puerta.

Su sonrisa desapareció cuando se encontró con un extraño al abrir la puerta. Medía cerca de dos metros y era delgado, tenía el pelo oscuro y abundante y los ojos grises. La expresión de su rostro mostraba una fuerte personalidad que la impresionó.

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—Buenas noches —dijo, preguntándose qué hacia un hombre como él allí.

Él contestó a la vez que la observaba con el mismo detenimiento que ella lo había hecho. Alex se estremeció cuando él añadió fríamente:

—Tengo entendido que la señorita Marshall vive aquí. La seño-rita Ruby Marshall, mi hermana.

¡Había debido imaginárselo! Se ruborizó ligeramente y estuvo a punto de exclamar:

“¡Vaya, hace un rato estábamos hablando de usted!”, pero se contuvo a tiempo.

—Yo

será mejor que entre, señor Marshall, Ruby ha salido, aunque, bueno, creo que

será mejor que regrese cuando ella esté en casa.

Alex no comprendía porque titubeaba tanto, así que se ruborizó aún más. Chase, por su parte, entró en el apartamento y sonrió al notar su turbación.

—¿Está ocultando algo? ¿Un hombre, tal vez? Alex cerró la puerta.

—Si hubiera un hombre aquí no lo ocultaría. De pronto comprendió lo que él había querido decir, cuando le sorprendió observando cómo la fina bata moldeaba su cuerpo.

—¡No estará sugiriendo que hay alguien en mi habitación!

—Pronto lo descubriré.

Ignorando su disgusto, cruzó el pequeño vestíbulo y abrió las puertas de las alcobas. Mientras él revisaba el apartamento, Alex se-guía sus movimientos con una mirada iracunda.

—Ésta es la habitación de Ruby

y ésta la suya. La cocina, el cuarto de baño y la sala de

estar. Bueno, a menos que su novio se haya escondido en la azotea, no hay nadie aquí.

—¡Señor Marshall! Comparto el apartamento con su hermana, no con media docena de hombres. Ella me permite vivir aquí por una pequeña cantidad de dinero y se lo agradezco, pero eso no significa que tenga que soportar los insultos de su familia.

—Tal vez no le guste mi manera de proceder, pero tengo dere-cho a saber lo que está sucediendo. La última vez que estuve aquí Ruby vivía con una mujer de edad mediana. Es algo que yo arreglé personalmente ya que me siento responsable de mi hermana. Quizá usted pueda decirme adonde se fue esa persona.

Nunca le habían hablado a Alex de esa forma. En ese momento comprendió que el hermano de Ruby era tal como la joven se lo ha-bía descrito.

—Debe referirse a Lilian Beck.

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—Exactamente.

—Me dijeron que la señorita Beck conoció a un hombre, se casó a la semana siguiente y se fue a vivir al oeste de Australia.

—¿Un romance tan rápido y arrasador como un torbellino?

—Es evidente que no cree en esas cosas.

—De ninguna manera —respondió con firmeza y añadió algo más suavemente—: ¿Por qué no me informaron?

—No lo sé. ¿Usted piensa que debe ser informado de todo, señor Marshall? Además, no creo que Ruby supiera dónde estaba usted.

—Ella sabe cómo ponerse en contacto conmigo. En cuanto a la señorita Beck, tendré que

decirle algunas cosas si vuelvo a verla. Us-ted es demasiado joven para el trabajo que le

encomendé a ella

y Ruby lo sabía.

—Tengo diecinueve años.

—¿De verdad? ¿Se supone que debo sentirme impresionado?

Él era once años mayor que Ruby, así que no debía estarlo. Alex jamás había conocido a un hombre que la irritara tanto y, como es-taba a punto de estallar de indignación, prefirió no contestar a su úl-tima provocación. Él, sin embargo, estaba muy tranquilo cuando ha-bló de nuevo:

—¿Sabe a qué hora regresará Ruby, señorita

?

—Latham. Bueno, Ruby nunca regresa tarde, pero será mejor que la vea mañana.

—Yo tengo que irme mañana y es necesario que hable con ella de algunas cosas que no van a quedarse como están.

—Entonces, siéntase como en su casa —dijo Alex fríamente.

—Su invitación no es muy cordial, señorita Latham.

—Estoy segura de que no va a dejar de dormir por eso, señor Marshall. ¿Por qué no se olvida de que existo? Después de todo, es a Ruby a quien quiere ver.

—¿Hay algo de beber? Creo que lo necesitaré.

—¿Por mi culpa?

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—Sólo su apariencia la salva de una paliza —murmuró—. Cuando aprenda a sonreírle a un hombre en lugar de molestarle, entonces tal vez logre algo.

Alex no estaba muy segura de lo que había querido decir, pero ya se había dado cuenta de la habilidad que tenía ese hombre para que se sintiera confundida, así que prefirió cambiar de tema.

—Le prepararé algo.

Antes de que pudiera hacer nada, Chase ya estaba a su lado, mirando -las botellas. Sacó una de whisky y la destapó. Mientras lo hacia, observó a la joven pensativamente.

—Vaya a vestirse, la llevaré a cenar a algún sitio.

—Puedo preparar algo aquí. No hay necesidad

—Estoy de acuerdo, pero no actúo por amabilidad o porque dude que puede preparar una buena cena. Simplemente, tengo ham-bre y quiero salir.

—No tiene que ir conmigo.

Chase ignoró su comentario y se sirvió más whisky, como si la contrariedad que sentía le impulsara a beber. La miró mientras be-bía y ella comprendió que era mejor no oponerse a sus deseos.

Cuando entró en su habitación, decidió ponerse el vestido de seda azul; era el que tenía el escote más alto y eso le probaría a Cha-se que no era una chica que tuviera por costumbre salir con extra-ños. El comportamiento y el atuendo podían expresar más cosas que las palabras; además, no quería que volviera a dirigirle las miradas atrevidas que le había lanzado al verla con la bata de satén verde.

Y sin embargo, cuando estuvo lista, se preguntó por qué ese ves-tido no le complacía esa noche. Se miró en el espejo, frunció el ceño, sin encontrar una respuesta.

Cuando salió de la habitación, llevando una capa de piel sobre los hombros, él la miró con admiración.

Hablaron muy poco hasta que llegaron a un restaurante de Yarra del Sur, uno de los mejores de Melbourne, según había oído decir Alex. Chase parecía muy conocido allí.

Después de pedir la cena, la miró detenidamente y comentó:

—Es usted muy joven, por lo que no la considero adecuada para el puesto que está ocupando. Parece que tiene diecisiete años.

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—Si yo parezco dos años más joven, creo que no puedo decir lo mismo de usted. Parece mayor.

—Eso significa que sabe mi edad.

Ella notó con satisfacción que su comentario había herido su vanidad.

—Su hermana me lo dijo. Debe tener treinta y seis viejo.

o treinta y siete años

No es tan

Creyó ver un destello de furia en sus ojos, pero enseguida adop-tó su característica expresión de seguridad en sí mismo.

—Mi edad no ha sido una desventaja hasta ahora, señorita Latham. No soy mujer. .Entonces, usted tiene diecinueve. ¿Ya cerca de los veinte?

— No, mi cumpleaños fue hace muy poco.

— ¡Por Dios! ¿Cómo es posible que Ruby pensara que yo iba a aprobar que una niña fuera su dama de compañía?

Los ojos azules de Alex se agrandaron por la sorpresa.

— ¿Usted debe aprobarlo, señor Marshall? ¿En realidad cree que ella necesita una dama de compañía?

— Por supuesto. La señorita Beck era apropiada, pero usted no lo es.

Ruby no le había dicho nada de ese asunto cuando se fue a vivir con ella y, desde luego, podía comprender por qué.

— ¿Ha olvidado que su hermana tiene veintiséis años? Creo que tiene edad suficiente para que la idea de una dama de compañía re-sulte ridícula.

— No era exactamente ése su trabajo.

— ¿Quiere decir que la señorita Beck tenía que espiarla?

— Puede decirse así.

— ¡Ésa es una actitud despreciable!

— Si yo fuera usted, señorita Latham, cuidaría mis palabras, aun-que me doy cuenta de que es usted una joven a la que no le enseñaron a pensar antes de hablar. Yo conozco a mi hermana y sé lo que le conviene. Tiene algunas obligaciones en casa y no permitiré que se libre de ellas.

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Alex se encogió de hombros.

— Bien, espero que vea pronto a su hermana y arreglen sus asun-tos. A mí no me importan.

— ¿Con quién ha salido esta noche?

Alex suspiró, considerando que era preferible contestarle por el bien de Ruby.

— Con un hombre que conoce hace tiempo. Yo le conozco también, se llama Alexander Brown. Es gracioso, tiene el mismo diminutivo que yo.

—Usted se

— Alex.

—Si, es curioso. ¿Sabe si está muy interesada por él?

Alex le miró, recordando que Ruby le había dicho que Chase quería casarla con otro

hombre. Debía tener cuidado

tal vez le ha-bía dicho demasiado.

—No sé cuáles son sus sentimientos —contestó, intranquila—. Sólo sé que le gusta.

Capítulo 2

CUANDO Chase habló de nuevo, Alex reaccionó ante su insistencia bruscamente.

—¿Puede ser algo serio?

—Mire, señor Marshall, no lo sé. Conocí al señor Brown y me pareció una persona muy agradable. Sé que sale con Ruby y eso es todo lo que puedo decirle. Creo que deberíamos hablar de otra cosa.

—Como usted quiera. ¿Hace mucho que vive en Australia, señorita Latham?

Cuando ella le miró, sorprendida, él añadió sonriendo:

—Todavía conserva un ligero acento.

—Desde que tenía diez años.

—Y aún guarda el encanto inglés —mientras hablaba se iba fi-jando en cada uno de sus rasgos—. Su pelo es del color del trigo du-rante el suave verano inglés, su piel es suave y

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ligeramente pálida. Sólo los ojos son de un tono un poco más oscuro que el azul del cie-lo inglés.

Su voz era demasiado fría para considerar sus palabras como un cumplido, así que decidió no darle las gracias.

Él continuó, imperturbable:

—¿Por qué no está viviendo con sus padres?

—Porque ellos viven en Sydney.

—No comprendo cómo permitieron que se alejara de ellos.

—No todo el mundo es tan posesivo, señor Marshall —replicó, intentando no pensar en su madre.

—Ahora va a decirme que a las mujeres no les gusta que las pro-tejan, que las cuiden.

—No me atrevería a decirle nada, señor Marshall. Es evidente que usted ya tiene una idea preconcebida al respecto. La mujer moderna

—Creo que ni una cosa ni la otra se aplican a usted, Alex.

—Tal vez no sea una mujer todavía, pero tengo la edad suficien-te para hacer lo que me he propuesto. He tomado la decisión

—Si yo tuviera tiempo, cambiaría su decisión.

—Entonces debo agradecerle que no tenga tiempo, para mí.

—No debe ser difícil dedicarse un poco a usted —dijo, levan-tando la copa y mirándola burlonamente—. Si fuera un poco mayor, lo pensaría.

—No siempre tendré diecinueve años.

—Pero eso no cerrará la brecha.

—¿La de la edad? No, no lo hará. Supongo que las chicas de mi edad le aburren.

—Sólo cuando hablan como usted lo hace. ¿En qué trabaja su padre?

—Es bioquímico. Trabaja en una compañía de Sydney —y le dio el nombre.

—La conozco. ¿Cuánto tiempo hace que trabaja usted en Melbourne?

Ella se lo dijo y después le preguntó a qué se dedicaba.

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—Ruby me ha dicho que no pasa mucho tiempo en casa.

—Yo administro una compañía, Alex, no sólo una granja de ga-nado. Si así fuera, la vida sería mucho más sencilla para mí, pero nada cómoda para Ruby y los otros miembros de mi familia. No creo que ella le dijera también eso.

—¿Es tan importante el dinero?

—Para muchas personas es lo más importante. Alex pensó de nuevo en su madre.

—Ruby también me contó que a usted le gusta estar en la granja.

—Se llama “Coolabra” y me encanta. Tengo una pasión por ese lugar que mi hermana no comparte. Lo único que le gusta es el di-nero que le proporciona.

—Pero no tendría tanto dinero si sólo existiera la granja.

—Eso creo yo también.

La miró fijamente y Alex se sintió nerviosa. No podía comprender que una chica como ella atrajera la atención de Chase. De hecho, no creía que hubiera ninguna mujer capaz de hacerlo totalmente.

Más tarde, la llevó al apartamento en su coche. Cuando le pre-guntó si había tenido que conducir mucho para llegar a Melbourne, sonrió.

—He venido en avión. Es más rápido y menos pesado. Tengo un apartamento aquí y otro en Sydney.

Para aligerar la repentina e inexplicable tensión que se había for-mado entre ellos, le ofreció café mientras esperaban a Ruby. Chase aceptó, pero cuando volvió de la cocina él ya se había servido otro vaso de whisky.

Al llevarle el café, le dirigió una mirada de reproche, lo que hizo que Chase sonriera irónicamente al tiempo que cogía la taza y se echaba azúcar. Mientras se tomaba el café la observó como lo había hecho durante la cena, haciendo que Alex se sintiera moles-ta. Era como si ella representara un acertijo que no supiera cómo resolver.

Cuando Ruby llegó a casa, Alex dejó escapar un suspiro de ali-vio e inmediatamente se despidió. Por la expresión de la joven comprendió que no se alegraba de ver a su hermano.

Mientras Alex se dirigía a su dormitorio, oyó a Ruby decir que iba a prepararse una taza de té. Luego, Chase siguió a Ruby hasta la cocina. Ésta estaba junto a la habitación de Alex, por lo que se oía claramente la conversación que mantuvieron.

—¿Dónde has estado, Ruby?

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—Fuera.

Oyó el ruido de la tetera al llenarse y después que Ruby añadía t impertinencia:

—Parece que estás enfadado. ¿Qué te ocurre?

—¡Estoy esperándote hace horas, aburriéndome!

—¿No te ha entretenido Alex?

Alex palideció intensamente y se volvió para esconder el rostro en la almohada. Chase le había impresionado mucho, pero en reali-dad no le había disgustado; incluso, a pesar de todo lo que habían discutido, hubiera asegurado que ella también le agradaba. ¡Y resul-taba que había estado aburrido todo el rato! ¡Qué tonta había sido al imaginar que ella podía interesarle! Pero, de todas formas, ¿por qué tenía que habérselo dicho a Ruby? Las lágrimas asomaron a los ojos de Alex y sintió que le odiaba.

Sofocada por la almohada, se volvió de nuevo y oyó que aún es-taban hablando.

—Le escribiste a Isobel Berry y le contaste que ibas a ir de va-caciones con alguien que se llama Alex —decía Chase.

—Acabas de ir a cenar con ella.

—No era esa Alex de la que hablabas. Por el tiempo que lleva trabajando sé que todavía no tiene derecho a vacaciones. Sin embar-go, hoy has salido con un hombre llamado Alexander. Supongo que a él también le llamas Alex.

—¿Quién te lo ha dicho?

—La señorita Latham.

—¡Oh, qué tonta!

—Tú eres la tonta, Ruby. Tu amiga Isobel lo comentó y todos nuestros vecinos lo saben. Henry está furioso.

—¿Isobel? ¡Pero si yo confiaba en ella!

—Pues no sé por qué. Sabes que persigue a Henry hace años.

—Pero ella es mi mejor amiga.

—¿Estás segura?

—Además, no estoy comprometida con Henry —protestó Ruby.

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—Entonces es mejor que te decidas, porque tal vez no tengas otra oportunidad —hizo una pausa y después continuó—: Si preten-días ir de vacaciones con Alex, ¿cómo es que ella no lo sabe?

—Porque aún no se lo he dicho.

—Está bien, se lo dirás mañana. Y cuando te pregunte que donde vais a ir, le dirás que a “Coolabra”. Os recogeré en el manantial Alicia.

—¡No iré a casa!

—Será mejor que lo hagas. Todos saben que quieres ir a los arre-cifes de coral con un hombre, así que es mejor que te dispongas a llevar a la señorita Latham contigo y la gente se convenza, Henry es-pecialmente, de que Alex es una chica. O haces eso o te despides de Henry, y en ese caso prepárate a cambiar de vida, porque yo no pienso tolerar más tonterías.

—¿Cómo vas a soportar a Alex allí? Ella no es tu tipo.

—No, no lo es, pero no me quedaré más que un día o dos.

Alex no se durmió, ni siquiera cuando Ruby y su hermano se fueron a la sala y ya no podía escuchar su conversación. Chase no se que-dó mucho tiempo, pero mientras lo hizo estuvo hablando continua-mente. Parecía que Ruby había aceptado sus condiciones.

No esperaba ver a Ruby hasta la mañana siguiente, así que se sorprendió de que entrara en su habitación cuando Chase se fue.

Malhumorada, Ruby gritó:

—¿Por qué has tenido que hablarle a Chase de Alexander?

—El me lo preguntó y tú no me habías dicho que era un secreto.

—Ahora tengo que pasar las vacaciones en “Coolabra”. No sólo eso, quiere que tú también vayas.

Alex logró fingir que estaba sorprendida.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque fui tan tonta que le confié a una amiga que iba a pasar las vacaciones con alguien llamado Alex. Ahora Chase quiere que tú vayas a “Coolabra” para convencer a la gente de que Alex es una mujer.

—¿Realmente pensabas irte con Alexander?

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—Lo estaba pensando. De todas maneras, Henry, el vecino del que te hablé y con el que Chase quiere que me case, se ha enterado y está furioso.

Alex le pareció que a Ruby le agradaba la idea de que Henry estuviera disgustado.

—¿Estás enamorada de ese chico?

Ruby frunció el ceño.

—¿No te das cuenta de que eso es lo que trato de descubrir? Por eso salgo con otros hombres, pero Chase no me da tiempo.

—Pues me temo que no iré contigo. Por un lado, llevo muy poco trabajando en la compañía y no puedo pedir vacaciones, y tuviera derecho a ellas, no las pasaría contigo. No quiero ser grosera —añadió rápidamente—, pero sé que a ti no te apetece y tu hermano no tiene autoridad sobre mí para obligarme.

A las seis de la mañana, Alex se despertó al oír voces. Se levan-tó de la cama y su asombro no tuvo límites al ver a Ruby hablando por teléfono. Retrocedió un poco para que ella no notara que estaba allí y se dispuso a escuchar.

—No está de acuerdo, Chase. Intentaré convencerla de nuevo cuando se levante, pero estoy segura de que no cambiará de opinión.

Después de una pausa, dijo:

—Bueno, si quieres puedes intentarlo. Pobre chica, creo que no podrá negarse. Pensé que ya te ibas a Sydney.

Y un minuto después:

—Sí, me iré de aquí a las diez. Adiós, Chase.

Alex ya estaba en la cama, con los ojos cerrados, cuando Ruby abrió la puerta silenciosamente para ver si estaba durmiendo. En cuanto la cerró, Alex se incorporó, agitada. ¡Así que Chase creía que con sólo mover un dedo iba a conseguir de ella lo que quisiera! Pues se equivocaba, porque ella no pensaba ir a “Coolabra”. Además de lo sucedido, algo en su interior le advertía que debía mantenerse ale-jada de Chase si no quería tener problemas.

Creía que Ruby iba a intentar convencerla de nuevo, por eso se sorprendió cuando la chica se fue sin decir una palabra, a las nueve y media. Seguramente iba a la peluquería, como todos los sábados por la mañana. Tal vez Ruby había pensado que si hablaba con ella empeoraría las cosas.

Alex no se arregló demasiado. Si Chase quería sorprenderla, le haría creer que lo había

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logrado. Al principio pensó decirle fríamen-te que no iba a conseguir convencerla, pero después vaciló. ¿Por qué hacer las cosas tan simples? ¿No merecía que alguien le hiciera sufrir un poco, por lo menos perder algo de su valioso tiempo? ¿Por qué no engañarle y hacerle creer que era tan tonta como él pensaba? Si ya había cenado con él en aquel restaurante tan elegante, ¿por qué no hacer que la invitara a comer en un lugar parecido?

Cuando el timbre sonó, el corazón le dio un vuelco. Le extra-ñaba que Chase deseara tanto el matrimonio entre su vecino y Ruby como para renunciar a sus propios planes. La prueba de ello era que le preocupaba tanto que Henry se convenciera de que Ruby no iba de vacaciones con un hombre que había pospuesto su salida de Melbourne para hablar con una joven que, como él había dicho, no le agradaba.

Alex le abrió la puerta a Chase y no pudo evitar un ligero es-tremecimiento. Tenía que reconocer que no había conocido muchos hombres como él. No obstante, procuró dominar sus nervios y pare-cer sorprendida.

—¡Oh! No esperaba verle de nuevo, señor Marshall. Ruby ha sa-lido. Está en la peluquería.

—He cambiado de idea y no me iré esta mañana —le dijo con una sonrisa encantadora—, y no es a Ruby a quien he venido a ver.

—Entonces, sólo quedo yo —comentó Alex, sonriendo también.

Él entró en el apartamento y cerró la puerta.

—Sí, sólo queda usted. Espero que no tenga pensado ir a la peluquería como Ruby.

—No, yo misma me arreglo el pelo.

—Anoche admiré su color. Esta mañana —dijo, levantando una mano para acariciarlo—, con la luz del sol, me parece más bonito.

Alex apartó la cabeza con impaciencia. Hubiera querido decirle que la noche anterior había estado aburrido y que el color de su pelo, no le importaba nada, pero se contuvo y murmuró:

—Gracias.

—Tengo entendido que rechazó la invitación de Ruby para visitar “Coolabra”.

—Así es.

Esperaba ser bombardeada con argumentos que la convencieran que debía ir, pero se sorprendió cuando él simplemente comentó:

—Tengo que ir a Geelong. Está a unos cincuenta kilómetros de aquí. ¿Por qué no viene

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conmigo y así le cuento algunas cosas de “Coolabra” durante el viaje? Puede ir como está, si quiere —añadió, mirando sus ajustados pantalones vaqueros—. Podemos comprar algo para comer en la playa.

Alex tuvo ganas de reírse al ver que los dos seguían el mismo juego, aunque por diferentes motivos.

Estaba a punto de aceptar su sugerencia e irse como estaba, pero recordó su plan. Tenía que conseguir que la comida le costara más que un par de emparedados y unas botellas de refrescos. Sonriendo, le pidió que la esperara mientras que se cambiaba.

Al entrar en su habitación se detuvo a reflexionar. ¿Por qué no comenzar con su plan desde ese momento? Podía hacerle esperar por lo menos media hora. Sospechaba que no estaba acostumbrado a ha-cerlo, pero si le parecía, podía irse.

Sin embargo, aún estaba allí cuando salió luciendo un vestido blanco con flores azules. Estaba sentado en un sillón, tomando té y leyendo el periódico.

—Encantadora —comentó, mirándola de arriba abajo—. Ha va-lido la pena esperar.

—Espero no haber tardado mucho.

—No importa —dijo, poniéndose de pie—. Para obtener lo que se desea es necesario tener un poco de paciencia.

—¿Y no se ha aburrido?

—No.

Le lanzó una mirada severa, preguntándose si le habría oído ha-blar con su hermana la noche anterior. Luego, continuó:

—Como puede ver, estaba cómodo. Me gusta tomar una taza de té mientras leo los periódicos. Hoy, además, había noticias interesantes.

Salieron del apartamento y, cuando Alex entró en el coche, pen-só que nunca había estado en ninguno tan confortable como aquél. Chase conducía con rapidez, pero cuidadosamente, a través de la zona industrial del oeste de la ciudad para llegar a la carretera Prin-cesa. Geelong estaba en la orilla de la bahía Puerto Felipe y era la entrada a la región de Victoria. Llegaron a la carretera que unía Melbourne y Geelong, la cual estaba bordeada de grandes fincas. Chase le dijo que allí había más cabezas de ganado que en muchas de las granjas del norte de Australia.

Alex, que nunca había ido por esa zona, escuchaba atentamente lo que le explicaba Chase. Era un guía excelente y la distrajo durante todo el viaje, así que cuando llegaron a la

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ciudad, Alex se sorprendió de que el tiempo hubiera pasado tan deprisa.

Geelong era un puerto muy importante a través del cual se exportaba el veinticinco por ciento del trigo de Australia. También se realizaban allí ventas de lana a las que Chase asistía generalmente, aunque la mayor parte de este producto de exportación salía por Melbourne.

Aparcó y le pidió a Alex que le esperara en el coche mientras él entraba en un gran edificio de oficinas. No tardó mucho, pero ella tuvo que reconocer que se alegraba de verle regresar.

—¿Me has echado de menos? —le preguntó Chase, sonriendo.

—¿Esperabas que lo hiciera? Nos conocemos hace poco tiempo.

—Sí, es cierto.

Alex notó que se sentía inseguro e intranquilo por algo.

—¿Te apetece comer ya? —le preguntó mientras ponía en marcha el coche—. ¿Tienes hambre?

Ella movió la cabeza afirmativamente, pero añadió:

—Lo que no me apetece es sentarme en la playa:

—No te preocupes. En realidad la idea de comer en la playa no era muy buena. Además, no has traído traje de baño y una chica como tú no nadaría sin él.

A Alex le pareció que había un tono burlón en su voz y eso la impulsó a contestar:

—¿Quieres que lo haga?

—A la mayoría de las jóvenes les gusta nadar en el mar y yo no me opongo. La decisión es tuya. Desde luego —añadió—, puedo volverme de espaldas para no verte.

—No, gracias —contestó fríamente, sintiéndose como una colegiala y odiándole por burlarse de ella como lo estaba haciendo.

—Muy bien, tal vez en otra ocasión. Hoy podemos comer en un hotel.

Alex no dijo nada mientras él conducía. Se había dado cuenta de que Chase nunca titubeaba ni perdía tiempo diciendo adonde ir. La llevó a un hotel tan elegante como ella había deseado, pero, aunque la comida era deliciosa, no disfrutó. Se sentía nerviosa frente la mirada penetrante de Chase. Éste, sin embargo, no parecía notar la turbación de Alex, aunque la miraba más a ella que al plato que había pedido. Cuando les sirvieron el postre, empezó a hacerle preguntas sobre su familia y amigos.

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—¿Tienes algún amigo especial en Sydney?

—No.

No era verdad, pero en ese momento no se sentía inclinada a las confidencias. Además, no pensaba volver a ver a Chase después de ese fin de semana.

—Eres una chica muy guapa, así que debes conocer muchos hombres.

El rostro de Alex se ensombreció, revelando más de lo que se imaginaba a un hombre tan inteligente como Chase.

—A mi madre le gusta estar rodeada de gente, así que conoce-mos muchas familias con hijos e hijas de mi edad o un poco mayo-res. Pero no hay nadie especial.

—A tu edad, puedes permitirte el lujo de no apresurarte.

Alex comprendió que hablaba pensando en Ruby. ¿Por qué es-taría empeñado en que su hermana se casara pronto? Tenía veinti-séis años, aún era muy joven.

—Si te refieres al matrimonio—contestó, pensando en ayudar a Ruby indirectamente—, no tengo la intención de preocuparme por eso hasta dentro dé mucho tiempo.

—O hasta que un hombre te haga cambiar de opinión.

Después de comer, insistió en que conociera algo de la ciudad. Mientras paseaban le enseñaba los lugares más interesantes; después, se detuvo y le compró un ramillete de rosas.

—Son las que tienen un color más parecido al de tu piel.

Ella se sonrojó y aceptó las flores. Chase parecía muy satisfe-cho y Alex supuso que había interpretado su confusión como un sig-no de que ya había sucumbido ante su encanto. Tal vez pensaba que ya había terminado con éxito la tarea que se había impuesto; no sabía que ella se mantenía inflexible en su idea de rechazar su proposición.

—Gracias, señor Marshall.

Fingió sentirse abrumada con el regalo y escondió sus verdade-ros pensamientos detrás de una dulce sonrisa.

—Ya que hemos empezado a tutearnos, ¿por qué no me llamas Chase?

—Oh, sí, como quieras.

Alex sonrió de nuevo y le dirigió una tímida mirada.

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Le extrañaba que él no sospechara nada pues no era una buena actriz y le resultaba imposible llamarle por su nombre. Decidió que lo se dirigiera a él no mencionaría su nombre, esperando que lo notara.

Ya eran más de las seis cuando regresaron a Melbourne y ella llevaba, no sólo las flores, sino también una caja de bombones. Chase también le había comprado revistas y un perfume al que Alex no se atrevía a ponerle precio, pero cuando había protestado diciendo que no debía gastar tanto dinero con ella, él se había limitado a sonreír y a decirle que podía compartirlo con Ruby. Le intrigaba que después de esa lluvia de regalos no tocara para nada el tema de “Coolabra”. Tampoco habló de eso cuando llegaron al apartamento y se preguntó si habría cambiado de opinión, pero al ver todas las cosas que llevaba en los brazos no lo creía. Ningún hombre gastaba tanto en una chica a menos que quisiera obtener algo de ella antes de irse y cuando ella empezaba a dudar de los verdaderos propósitos de Chase, él le dijo:

—He llamado por teléfono a Ruby mientras estabas en el tocador antes de comer. Vamos a cenar con ella y con algunos de sus amigos esta noche.

Alex, que ya estaba preparada para negarse nuevamente a ir a “Coolabra”, se quedó en silencio un momento.

—No creo que pueda —dijo al fin.

Chase apretó los labios, enfurecido por su rechazo. Esa reacción más que nada le demostró que Chase aún pretendía convencerla para visitara su granja de las llanuras y que su paciencia se estaba

agotando.

—Lo siento —añadió, intentando suavizar su expresión.

—Me has dicho que no tenías un amigo especial.

—No es eso

—¿Entonces?

ese simple contacto hizo que la joven se estremeciera.

Deliberadamente, Chase se acercó más, como si es-tuviera seguro de que no podría resistirse, y la miró a los ojos con dulzura.

La

cogió

del

brazo

y

—Te has divertido, ¿no es cierto, Alex?

—Sí.

No tenía intención de negarlo. A pesar de todo, había disfruta-do con su compañía.

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—Entonces, te veré más tarde, a las ocho.

Capítulo 3

AL ENTRAR en el coche, Chase se despidió moviendo una mano.

—He quedado con Ruby en el hotel, pero yo vendré por ti.

Más tarde, cuando se reunieron con los demás, él se mostró cortes y amable, como si nunca hubieran tenido una desavenencia. Era una persona encantadora y Alex se dio cuenta de la atracción que ejercía sobre las otras mujeres de la reunión y sobre ella misma. Se alegraba de saber la opinión que tenía de ella; de no ser por eso hubiera sucumbido tan fácilmente como las demás. Cada vez que recordaba la conversación que había mantenido con su hermana la noche anterior se avivaban sus deseos de engañarle, así que decidió seguir con su plan.

Cuando Chase le pidió que bailara con él después de cenar se levantó y le sonrió seductoramente como había visto hacer a las otras, como si estuviera realizando un experimento y, al observar los resultados, se sintió satisfecha, aunque no pudo evitar un ligero sonrojo cuando él la abrazó más estrechamente.

Chase había prometido llevarla a casa y así lo hizo. Ruby no los acompañó porque fue a casa de un amigo a tomar una taza de té. Alexander no había estado con ellos esa noche y Alex se preguntó si sería ése el inicio del plan de Chase. Podía estar equivocada, pero la impresión de que él se había asegurado de que todos los de la reunión se enteraran de que se llamaba Alex y que compartía el apartamento con Ruby. Sospechando que había sido utilizada de nuevo, sintió una extraña mezcla de pena y enfado. Ruby no parecía estar disgustada, sino todo lo contrario.

Cuando Chase detuvo el coche frente al apartamento y se volvió hacia ella, Alex supuso que iba a hablarle de “Coolabra”, pero no lo hizo. Ella, por su parte, permaneció también en silencio. Aún le dolían sus insultos y estaba decidida a no decir nada hasta que él lo hiciera. Si quería seguir perdiendo su precioso tiempo, lo único que iba a conseguir era ponerse más furioso al final. Ése era el principal objetivo de Alex: que el gran Chase Marshall aprendiera una lección que no olvidara con facilidad.

Cuando le preguntó si tenía algo qué hacer al día siguiente, es-taba tan abstraída que no le dio tiempo a mentir y le dijo que no.

—¿Por qué no pasas el día conmigo, Alex? —le preguntó son-riendo y, cogiéndole la mano, se la llevó a los labios.

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Al tocarla, su fingida indiferencia la abandonó y el corazón le dio un vuelco. Había podido dominarse al estar entre sus brazos, bailando pero aquella caricia la cogió desprevenida, de modo que, lan-zando una exclamación, apartó la mano.

Entonces recordó cómo se había propuesto comportarse y trató de sonreír. No obstante su sonrisa no fue como ella hubiera desea-do, sino que reflejó la turbación que sentía; sin embargo, pareció complacer a Chase, que repitió la pregunta.

—Si tú quieres

—murmuró

ella.

—Bien. Hasta mañana, entonces.

Pasaron el día siguiente juntos. Él la llevó a una playa, a varios kilómetros de la ciudad, que resultó tan maravillosa como se la ha-bía descrito y en la que estuvieron solos completamente.

—No es un lugar tan bueno como algunas de las islas que hay en la Gran Barrera de Arrecifes —dijo sonriendo—, pero está bien para pasar un par de horas.

—Nunca he estado en la Barrera de Arrecifes.

—Puedo llevarte allí si quieres —sugirió Chase, mientras recorría la figura esbelta de la joven con la mirada.

Ella llevaba un bikini amarillo con el que nunca se había sentido cohibida, pero las miradas de Chase la ponían nerviosa.

—Vaya —le replicó, tratando de recobrar la calma—, parece que tienes unas normas para tu hermana y otras para las demás chicas.

—No era una proposición deshonesta. Pensaba en un viaje des-de “Coolabra”. No está muy lejos de allí.

—Suponiendo que yo vaya a “Coolabra”

—Oh, vamos, Alex. Estamos participando los dos en un juego resulta muy agradable, pero tú sabes, como yo, que irás. Había llegado el momento que tanto había esperado. Se sentía a gusto en la playa y hubiera dado cualquier cosa por evitar una discusión entonces, pero ya no podía echar marcha atrás.

—Lo siento —murmuró.

—Lo sentirás más si pierdes un viaje como éste. Vale la pena conocer “Coolabra”.

—Es posible, pero yo no soy tu hermana. No puedes darme órdenes ni chantajearme para que te obedezca.

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—Hay otras formas de lograrlo.

Se acercó más a ella y Alex no tuvo más remedio que mirarle. Inmediatamente su mirada quedó presa, como fascinada, del musculoso cuerpo de Chase. Cuando reaccionó, se sintió avergonzada al darse cuenta de que él había notado la impresión que le había causado.

Chase no trató de tocarla. Alex sabía por instinto que no eso lo que él pretendía. Sólo la estaba desafiando. Tal vez creía que con una amenaza podía salirse con la suya, especialmente con una chica ingenua como ella.

Mientras él observaba su esbelta figura parecía estar leyendo en su mente, hasta que, ante el rubor de la joven, sus ojos brillaron burlonamente.

—Alex, no creo que hayas tenido nunca una aventura amorosa, es más, no creo que tengas ninguna experiencia. Eres una “Bella Durmiente” a la que no puedo seducir como suelo hacerlo, por lo menos todavía.

—¿Quieres decir que si yo fuera otro tipo de mujer estarías dispuesto a seducirme para convencerme de ir contigo a “Coolabra”.

Chase la cogió de los hombros y exclamó, furioso:

—Sólo trataba de decir que otra mujer podía encontrarme lo suficientemente atractivo como para que le apeteciera pasar unas semanas allí, sin implicar ningún tipo de atadura. Yo me encargaría de que recibiera un pago por el trato.

¿Cómo pensaba pagar?, se preguntó Alex, confundida, si Chase le había dicho a Ruby que sólo iba a estar allí dos días. Seguramente ofreciendo el mismo sueldo que ganaba en la oficina, ya que sería como seguir trabajando, y en cuanto llegaran a “Coolabra”, desaparecería. Para un hombre como él no sería difícil. Ni siquiera se preocuparía de disculparse.

Afortunadamente, ya sabía que no podía confiar en él. Pero te-nía que contestarle y para no dejarse atrapar decidió jugar su mejor carta, la que hacía inútil toda insistencia dé Chase.

—Olvidas que no tengo derecho a vacaciones y que no podría ir aunque quisiera.

—Eso puede arreglarse.

—¡No esperarás que deje de trabajar! Puedo conseguir otro tra-bajo, pero el que tengo me gusta.

—¿Después de unas pocas semanas? Yo puedo lograr que te den vacaciones.

—¿Tú?

—Si pero preferiría que fueras tú la que hablaras con tu jefe para pedirle el permiso que te

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dará de buena gana. No quería que te enteraras de que soy el dueño de esa compañía.

—Vaya, has conseguido impresionarme. ¿Por qué te empeñas en manejar la vida de los demás tan a menudo?

—Algunas veces sé lo que es bueno para ellos, mejor que ellos mismos.

—¿Como en el caso de Ruby?

—Y en el tuyo.

Alex estaba furiosa. ¿Se atrevía él a suponer que podía tratarla como a una niña?

—Lo siento, Chase. A pesar de lo que estás dispuesto a hacer, no iré. Ruby y yo no somos muy amigas.

—¿Acaso ella no te ayudó?

Alex notó que estaba muy molesto y que difícilmente controla-ba su impaciencia.

—¿Cuántas veces voy a tener que decirte que no cambiaré de opinión? Desde luego, agradezco que quieras ayudarme —terminó irónicamente—, por el bien de Ruby.

Repentinamente, Chase se encogió de hombros.

—Entonces, olvidémoslo. No me apetece perder el fin de sema-na discutiendo con una chica guapa.

Alex suspiró, aliviada. No sabía de dónde había sacado fuerzas para enfrentarse a él. Si no hubiera sido por aquel comentario que la humillo tanto, ¿hubiera podido hacerlo? Probablemente no, pero en ese momento se daba cuenta de que no había sido ése el único motivo de su terquedad. La arrogancia, la presunción y el autoritarismo de Chase habían contribuido también a que Alex decidiera que era hora de que alguien se opusiera a sus deseos.

Fueron a nadar y, más tarde, cenaron juntos nuevamente. A Alex le extrañó que él la invitara después de la conversación que habían tenido en la playa, pero accedió porque, a pesar de los defecto-s que reconocía en él, había algo en su persona que la atraía terriblemente. Aún más la sorprendió cuando le dijo que no era necesario que se cambiaran de ropa. Ella creía que Chase daba mucha importancia al arreglo personal de la mujer que fuera con él, pero en esa ocasión él insistió en que tal como estaba iba preciosa. Alex no se sentía muy segura de su aspecto; sin embargo, le parecía que Chase siempre estaba bien llevara la ropa que llevara. Comprendió entonces que no era su apariencia, sino su fuerte personalidad lo que la impresionaba, por eso, se alegró de que tuviera que irse de Melbourne muy pronto. No creía que pudiera resistir indefinidamente.

Cuando llegaron al apartamento, él la acompañó hasta la puerta.

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—Tenemos que despedirnos —le dijo con suavidad—. Ha sido agradable conocerte. Creo que voy a echarte de menos, Alex. ¿Tú no?.

Alex lanzó una exclamación cuando él inclinó la cabeza para besarla. Sintió su aliento sobre la boca y después sus labios sobre la mejilla. Había sido un beso inocente, como el que podía haberle dado a su hermana, pero sabía que su intención había sido recordarle lo que iba a perderse.

El no la soltó enseguida, sino que parecía no querer apartarse y que se ponía tenso. Alex tuvo la impresión de que él deseaba besarla en la boca, pero que luchaba contra ese impulso. Aunque ella también experimentó el deseo de abrazarle y sentir la fuerza de sus labios contra los suyos, comprendió que era una locura y se apartó.

Se miraron a los ojos durante largos segundos hasta que Alex tuvo la serenidad suficiente para despedirse.

—Buenas noches y adiós, Chase. Cerró la puerta y lanzó un suspiro.

Ya en su habitación, Alex se dejó caer en la cama. La habían besado antes, pero nunca se había sentido así.

Pensó que objetivamente no podía sentirse atraída por él, un hombre que trataba a las mujeres con tanta indiferencia. Y, sin em-bargo, sus sentimientos insistían en demostrarle todo lo contrario. Es-taba intentando encontrar una razón lógica para lo que le sucedía, cuando sonó el teléfono.

Chase no había tenido tiempo de llegar a su apartamento, así que no podía ser él. Sintiéndose más tranquila, cogió el auricular.

—¿Diga?

—Alex, ¿eres tú?

Era su madre. Unos minutos después Alex colgó el auricular temblando. Estaba aturdida por la noticia que había recibido.

Enid le había dicho que pensaba ir a Melbourne durante el próxi-mo fin de semana con una amiga inglesa y que Donald iba a llevar-las. Las habitaciones iba a reservarlas al día siguiente. Luego, la se-ñora Latham bajó la voz, como si estuviera contándole un secreto, para decirle que Donald había comprado un anillo para ella, el me-jor que había visto.

—Su padre es muy importante en Sydney ahora, Alex —había añadido su madre—. No puedes hacer nada mejor que aceptarle. Su padre me ha dicho personalmente que aprueba vuestro matrimonio.

—¡No puedo casarme con Donald! Yo no le quiero.

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—¡Qué tontería! Donald pronto te hará cambiar de parecer.

—No voy a estar aquí.

—¿Que no vas a estar? ¿Por qué no?

—Yo

tengo que ir al norte por el

—¿Al norte?

por el trabajo.

—Sí —improvisó Alex—. Necesitan ayuda en una de las gran-jas. A veces sucede y no puedo negarme.

Se daba cuenta de que se estaba metiendo en un buen lío y que no iba a tener más remedio que ir a “Coolabra”, siempre y cuando, aún quisiera llevarla. Ante la sola idea de tener que rogarle lo que tantas veces le había negado se sintió aterrada, pero era la única manera de escapar de un compromiso que ella creía medio olvidado y que su madre, por lo visto, se había encargado de fortalecer.

—¿Sabes cuánto tiempo vas a estar fuera?

—Dos o tres semanas, no estoy segura. Si quieres, puedes llamar a mi oficina.

—Pero Donald va a tener una gran desilusión. Le diré que llame a la oficina dentro de unos días para saber cuándo regresas. Creo que debes pensar seriamente en dejar ese trabajo y volver a casa.

—Lo pensaré —murmuró Alex.

Tenía que actuar rápidamente durante las siguientes semanas. Si le gustaba el norte, podía buscar otro trabajo en Darwin, y de esa manera alejarse más aún de su familia para no crear un conflicto.

No le fue fácil decidirse a llamar a Chase para decirle que había cambiado de opinión. Ruby tenía su número anotado en una libreta y Alex se quedó mirándolo largo rato antes de tener el suficiente valor para marcarlo. Él, seguramente, creería que los momentos que había pasado en sus brazos la habían hecho cambiar de idea, pero más importante que la opinión que Chase tuviera de ella era la solución del problema que le había planteado su madre, así que, sin pensarlo más, marcó el número.

—¿Sí? —contestó él.

—Soy Alex, Chase. Yo

he decidido ir a “Coolabra”.

La pequeña pausa que siguió le indicó que estaba sorprendido.

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—Es un cambio muy repentino —contestó con sequedad—. ¿Por qué?.

Ella no tenía la más mínima intención de hablarle de Donald ni de su madre. Una persona como Chase, entre cuyas virtudes no se hallaba la de la comprensión, se reiría de la situación y se burlaría de su familia; por lo tanto, trató de encubrir sus verdaderas razones.

—Bueno, de repente he cambiado de opinión. Yo soy así.

—Es interesante saberlo.

Rápidamente, ella añadió:

—Mi madre acaba de llamarme por teléfono y le he dicho que iba a ir a “Coolabra”.

—Estás dando ya todo por hecho, ¿no crees? Hace apenas una hora te negabas a ir.

—Entonces, ¿no quieres que vaya?

—No he dicho eso. Eres necesaria para solucionar los proble-mas de Ruby.

Su franqueza la hirió nuevamente, pero tenía que soportarlo si quería lograr su propósito.

—¿Vas a encargarte de que me concedan el permiso en el tra-bajo como dijiste?

—Sí. Puedo ocuparme de eso ahora que estoy seguro de que irás. Gracias, Alex. Te llamaré mañana.

Colgó el auricular, sintiéndose triste por el desdén que había no-tado en su voz. Era evidente que él estaba convencido de que ella había tenido la intención de ir con Ruby desde el principio, pero que había dicho lo contrario para tratar de obtener algo.

En ese momento, deseaba haber tenido el valor de decirle que había decidido ir a “Coolabra” para escapar de un compromiso que no le interesaba y que había querido que gastara dinero con ella du-rante el fin de semana sólo porque le había oído decir que ella le aburría. En realidad, se arrepentía de lo que había hecho. Si no hu-biera salido con él ni se hubiera empeñado tanto en rechazar su pro-posición, no habría dado lugar a que él tuviera una mala opinión de ella ni, por otra parte, a que se complicaran tanto sus sentimientos.

Presentía que todo aquello no iba a facilitarle su estancia en “Coolabra”.

Tres días después estaba en “Coolabra”, Ruby y ella fueron en avión al manantial Alicia, donde las esperaba el administrador de la granja. Él las llevó a “Coolabra” en la avioneta particular de Chase.

—Es una de tantas —le informó Ruby, al notar su sorpresa—. Viaja constantemente y tiene varias.

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Para Alex, como para la mayoría de los australianos, no era una novedad viajar en avión, pero nunca había volado en uno tan pequeño. Al salir del manantial Alicia, la famosa población del centro, estaba atemorizada.

—Es mejor que te relajes —le aconsejó Ruby.

Drew Blaké, el administrador, le sonrió con amabilidad, dándose cuenta del nerviosismo de la joven, e hizo un comentario:

—Vamos a bambolearnos un poco por las corrientes de aire, pero, créame, se corren más riesgos viajando por la carretera, es ésa que se ve allí abajo.

Alex miró hacia donde le indicaba y vio la carretera Stuart, que unía Alicia con Darwin. El terreno era muy abrupto y comprendió que el joven le había querido decir.

—Espero no ponerme muy nerviosa.

—Es cuestión de tiempo.

Ella no le aclaró que no iba a tener mucho tiempo para acostumbrarse. Sólo dos o tres semanas, según Ruby, que aún refunfuñaba por el viaje que Chase le había obligado a hacer. A pesar de todo, Alex notó que la joven no parecía muy contrariada.

Drew era un joven de unos treinta años, esbelto y bronceado. Ruby empezó a hablar con él.

—No sé por qué Chase insistió tanto para obligarme a venir a casa, Drew. Alex y yo pensábamos ir a los arrecifes.

No le preocupó que ésa fuera la primera vez que Alex oía ha-blar de aquello.

—No debes enfrentarte a tu hermano, Ruby —replicó Drew—. Estoy seguro de que tiene sus razones.

—¿Aún está él en “Coolabra”?

—Llegó ayer, pero me dijo que iba a quedarse una temporada,

—Pero si sólo iba a quedarse un par de días

tal vez no le en-tendiste bien.

Alex escuchaba y a la vez contemplaba el paisaje. Parecía una zona estéril y desolada, pero tenía una extraña belleza. La extensión que abarcaba su mirada era enorme; un mosaico de planicies, remotas cordilleras, valles y terrenos pedregosos.

Alex recordó el día que había salido con Chase en Melbourne, cuando le habló de su granja y los terrenos que la circundaban, y se sorprendió deseando que él estuviera en la avioneta para que le comentara todo lo que veía. ¿Era posible que le echara de menos? En

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los últimos tres días sólo le había visto una vez: cuando llevó los bi-lletes del avión al apartamento de su hermana.

Debajo de ellos apareció repentinamente un rebaño y algunos hombres a caballo. Drew dijo:

—Allí está Dintlaw Downs. ¿Cuántos de los nuestros habrán cogido?

Ruby sonrió sin contestar, como si el comentario de Drew fuera tan normal que no necesitara respuesta. Para Alex significaba dos co-sas: que alguien estaba robando el ganado de Chase y que debían es-tar ya muy cerca de “Coolabra”. Ambas cosas la intranquilizaron.

—¿Y no hacen nada cuando les roban el ganado? —le preguntó a Drew, asombrada.

—Bueno, no se trata exactamente de un robo. Es una especie de arreglo que nos satisface tanto a nosotros como a ellos. Las cosas no son como antes.

—No siempre —replicó Ruby secamente.

Se sintió decepcionada porque no había comprendido aquellas palabras que los otros suponían que estaban tan claras y que no ne-cesitaban explicación, pero no tuvo mucho tiempo para pensarlo por-que de repente Drew exclamó:

—¡Allí está “Coolabra”!

Mientras Ruby comentaba fríamente que no hacía mucho que había estado allí, Alex se quedó sin habla al ver “Coolabra” por pri-mera vez desde el aire. Era una casa rodeada de árboles, otras cons-trucciones y cercas. Nada más verlo se enamoró de todo aquello; le pareció un lugar familiar y acogedor.

La arrobada expresión de Alex provocó un mordaz comentario de Ruby, al que la joven no se preocupó de contestar. Simplemente trató de contener su entusiasmo.

Pocos minutos después, aterrizaron a cierta distancia de la casa. Ruby se puso de pie inmediatamente, ya que estaba acostumbrada a viajar en esas avionetas y no sufría ningún malestar. Alex no se sen-tía mal, pero las piernas le temblaban un poco cuando se levantó.

La fuerte luz del sol la hizo pestañear y vio que un camión se acercaba a toda velocidad, con Chase al volante. Su mirada se quedó fija en él. Sabía que estaba allí, pero no esperaba que fuera a recibirlos. Cuando se detuvo y bajó del vehículo, vio que llevaba un pantalón vaquero, una camisa de cuadros y un sombrero de ala ancha. No era la ropa con la que estaba acostumbrada a verle, pero tenía el mismo aspecto autoritario de siempre.

Drew se volvió para ayudarla y le sonrió al darse cuenta de que estaba temblando, pero Chase le apartó y fue él quien la ayudó a bajar.

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—Buenas tardes, Alex. Bienvenida a “Coolabra”.

La miró detenidamente y observó las huellas de cansancio y nerviosismo que había en su rostro, hasta que Ruby le interrumpió, impacientemente.

—Alex es capaz de cuidarse, Chase. Parece que es frágil, pero créeme, no lo es.

—Cualquiera podía darse cuenta de que necesitaba ayuda para bajar. No todo el mundo está tan acostumbrado como tú a este tipo de vuelos.

—Supongo que no —contestó Ruby con indiferencia mientras se dirigía hacia el camión.

Alex la siguió y Chase, junto con Drew, se hizo cargo del equipaje. Ella no había llevado muchas cosas, pero creía que serían adecuadas para el clima. Hacía mucho más calor allí que en Melbourne. Ruby dijo que prefería viajar en la parte trasera del camión y allí se acomodó. Si eso le pareció bien a Chase o no, no lo dijo; simplemente se sentó frente al volante y se volvió para mirarla fijamente.

Cuando llegaron a la casa conoció a la señora Marshall, la tía de Chase y Ruby, que se hacía cargo de la casa. Era una mujer de sesenta años y que tenía un carácter fuerte. Su rostro era agradable.

Al igual que Chase, notó que Alex estaba cansada e inmediatamente empezó a disponerlo todo.

—Ruby, es mejor que lleves a la señorita Latham arriba ahora mismo. Se quedará en la habitación rosa, la de huéspedes —se interrumpió un momento cuando vio que Ruby alzaba las cejas desdeñosamente, pero enseguida continuó—: Le diré a la señora Young que sirva el té dentro de media hora. Eso os dará tiempo suficiente para cambiaros.

Chase se quedó hablando con su tía y aún estaba con ella cuan-do la joven bajó a la sala.

—Entra —dijo Harriet, haciéndole una seña con la mano—. ¿Dónde está Ruby?

—No quiere té —contestó Alex, sentándose en la silla que la se-ñora le indicó.

—Lo más probable es que no quiera darnos una explicación. ¿Ya le has dicho —preguntó, dirigiéndose a su sobrino—, que Henry ven-drá más tarde?

—No, aún no.

Chase miraba fijamente a Alex, que se había cambiado de ropa y se había puesto un vestido de verano más escotado. Ella se rubo-rizó. ¿Qué estaría pensando mientras la observaba tan atentamente?

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Capítulo 4

LAS SIGUIENTES palabras de Chase cogieron a Alex por sorpresa.

—¿Qué te parece mi casa, Alex? Ella tuvo la impresión de que su respuesta tenía importancia para él.

—En realidad no he tenido tiempo de conocerla —empezó a decir, pero, incapaz de dominarse, exclamó con emoción—: ¡Creo que es maravillosa! Nunca había visto nada parecido.

—¿Te refieres a la casa?

Ella bajó la mirada a la taza, para ocultar su turbación. Él debía creer que había visto sólo el interior de la casa. Éste era indescriptible, capaz de impresionar y deleitar a cualquier mujer acostumbrada a lo mejor y, seguramente, Chase pensaba que una chica como ella no notaría nada más.

—La casa es muy hermosa, pero eso no lo he sabido hasta que he entrado en ella.

—¿Quieres decir que te impresionó cuando la viste desde el aire?.

—Así es. ¡No tienes por qué reírte! No creo que yo sea la primera visitante que se siente atraída por algo inexplicable al ver la granja desde el aire. Además, estoy segura de que todos los paraísos terrenales tienen sus problemas.

Si quieres decir que te ha

gustado “Coolabra” a primera vista, seré el último en desaprobarlo, pero no te dejes llevar

por la primera impresión. “Coolabra” es demasiado grande para conocerla de un vistazo. Va más allá de lo que alcanza la vista.

—No mires esto como si fuera lo mejor del mundo, Alex

—Sí —intervino la señora Marshall, sonriendo con orgullo. —Tiene cinco mil kilómetros cuadrados y es sólo una de nuestras granjas.

—Ruby me contó que “Coolabra” es parte de una compañía —dijo Alex.

—Chase es la compañía —contestó su tía con evidente admira-ción—. Él lo administra todo.

Como ninguno de los dos dijo nada, se dirigió a Alex de nuevo:

—¿Cuánto tiempo hace que conoces a Ruby?

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—Ambas trabajan en la misma oficina —le explicó Chase antes de que la joven pudiera abrir la boca—. También comparten el apar-tamento desde que la señorita Beck se marchó.

—Ah, sí —comentó la señora Marshall, divertida—, ésa fue una aventura extraordinaria, ¿no creéis? ¿No te parece, Alex, que es poco frecuente que una chica se enamore tan rápidamente?

—Como Alex no ha estado enamorada, no tiene objeto pregun-társelo —contestó Chase.

Su comentario hizo que Alex se ruborizara y que, por consi-guiente, se sintiera nerviosa e indignada.

—Eso no evita que pueda usar mi imaginación.

—Creo que tienes demasiada —dijo irónicamente—. Mejor ha-rías convirtiendo tus sueños en realidad, como la señorita Beck. Es probable que ya haya descubierto que la vida fue hecha para vivirla y no para soñarla.

Alex se alegró cuando terminó el té, pues cualquier cosa que de-cía parecía provocar el menosprecio de Chase. Cuando le llamaron, le pareció que hasta su tía suspiró con alivio.

—Chase

tiene

mucho

que

hacer

—comentó

la

señora,

tratando

de

disculpar

su

brusquedad-. Hace tiempo que deseó que encuen-tre una buena chica y se case.

—¿Acaso no tiene novia?

Ruby le había hecho creer que la tenía, pero nada más hacer la pregunta se arrepintió de su curiosidad. No era algo que a ella le im-portara y sospechaba que Chase no se sentiría muy complacido si se enteraba de que su tía había hablado con ella de su vida privada.

—Tuvo una hasta hace poco —respondió la señora Marshall—. Una actriz de cine. No es la clase de chica que se quedaría a vivir aquí.

—No puede asegurarlo. Quizá lo haría.

—Ya da igual. El mismo Chase me dijo que todo había terminado entre ellos y me prometió que trataría de encontrar una chica más sensata.

—A las chicas sensatas generalmente se las considera aburridas.

Se quedó muy sorprendida cuando la señora Marshall replicó:

—Eso es exactamente lo que él dijo; sin embargo, nada puede ser peor que Davina. Sólo espero que no la haya dejado demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde?

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Alex pensó que Chase era uno de los hombres más atractivos que había conocido y que estaba en la plenitud de su vida.

—En realidad, no estoy hablando de su edad. Las mujeres le encuentran muy atractivo, pero el problema es que él no parece tomarlas nunca con seriedad. No sé si lo hará algún día.

Más tarde, durante la cena, Alex notó que con la mirada buscaba a Chase con frecuencia. No sabía por qué le encontraba tan interesante si aún estaba dolida por sus comentarios. Deseaba olvidarlos pero no podía; aunque, pensándolo bien, casi prefería no olvidarlos, ya que así sabía a qué atenerse respecto a él.

Chase se sentó a un extremo de la larga mesa del comedor y su tía al otro. La señora Marshall hablaba mucho y era evidente que le gustaba estar rodeada de gente. La joven sospechaba que era una mujer chapada a la antigua y que tenía principios morales firmes.

Chase era un buen anfitrión; un poco distante, pero no dejaba escapar ningún detalle. Alex se alegró de haberse comprado un vestido nuevo para ir a “Coolabra”, ya que todos le dijeron que le sentaba muy bien. Sólo hubiera querido que la mirada de Chase no se dirigiera con tanta frecuencia hacia su escote. La ponía nerviosa, todo porque tenía la impresión de que lo hacía deliberadamente.

Henry, que estaba sentado al lado de Ruby, había llegado a tiempo para cenar con ellos. Cuando llegó, dio la impresión de que estaba muy enfadado, pero después de hablar con Ruby y de ver a Alex, su humor mejoró mucho. A Alex le hacía gracia que Ruby mencionara su nombre a cada momento, aunque no veía razón para que estuviera preocupada. Parecía que Henry ya había olvidado los rumores.

Después de la cena, cuando Henry pidió prestado un vehículo para llevar a Ruby a dar una vuelta a la luz de la luna, Chase acce-dió con jovialidad. Media hora después, éste se disculpó para ir a su despacho y la señora Marshall fue a hablar con el ama de llaves. Como se había quedado sola, Alex decidió dar un corto paseo por el jardín antes de irse a la cama.

Al salir al jardín, percibió el fresco aire nocturno. Respiró pro-fundamente, sintiéndose contenta. No podía ver la luna que Henry había mencionado, pero las estrellas brillaban más que en el sur. Se encaminó por un sendero que serpenteaba entre lo que parecían ar-bustos, pero que no podía ver bien por la oscuridad. Como no cono-cía el jardín, decidió no alejarse mucho de la casa.

No había estado fuera más de diez minutos y empezaba a pensar en regresar, cuando oyó unos pasos. Se volvió y vio a Chase detrás de ella.

—Ahora mismo iba a regresar.

—¿Por qué? —preguntó sonriéndole—. Apenas has estado fue-ra diez minutos. He estado a punto de proponer que fuéramos a acompañar a Ruby y Henry, pero luego he pensado que íbamos a estorbar.

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—¿Crees que Henry va a perdonarla?

—Me parece que Henry ha decidido que no hay nada que per-donar, excepto una pequeña indiscreción que tú has aclarado al ve-nir aquí.

Alex replicó, indignada.

—¿Y no te importa haber organizado todo este engaño? ¿Cómo vamos a llamarlo? ¿Una mentira piadosa?

—¿Por qué te enfadas? Ruby tenía la intención de irse de va-caciones con un hombre, pero no lo hizo. Por otra parte, tú no has tenido que decir ninguna mentira; sólo le has dicho que trabajas en la misma oficina que Ruby y con eso ha quedado satisfecho. Dudo mucho que te pregunte sobre las vacaciones que ibais a pa-sar juntas. No querrá hablar con Ruby de ese tema. A menos que me equivoque, debe estar pensando en la luna de miel.

—Entonces

¿si deciden casarse, puedo volver a casa?

—No, aún no. Estás apresurándote demasiado. Él no es tan tonto. Debes quedarte aquí para convencer a otras personas. Pero no te preocupes. Se hará de tal forma que tú no te darás cuenta. Los padres de Henry querrán conocerte y habrá una o dos fiestas, eso es todo.

—Entonces, ¿se casarán?

—Puedo asegurarte que sí, Alex.

—¿Siempre logras lo que te propones?

Me gustaría saber el motivo por el que cambiaste de opinión respecto a

venir aquí. Es una cosa que quería y logré, pero no estoy seguro de haber intervenido en la decisión.

—Si es posible

—Así es. No tuvo nada que ver contigo

pero no puedo decírtelo.

—Tal vez tengas que hacerlo algún día.

Alex prefirió ignorar sus palabras. No creía que en el futuro tuviera ninguna obligación de explicarle nada.

—Tengo curiosidad, pero no te presionaré. Es evidente que no estas preparada para compartir tus secretos conmigo todavía.

—Los secretos de otras personas pueden desilusionarte.

—Es posible, pero creo que los tuyos no. Me gustaría saber más cosas sobre ti.

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Alex no estaba muy segura de lo que él quería decir y se intranquilizó.

—¿No temes que pueda aburrirte?

Chase se rió.

—Aunque yo deje que mantengas tus secretos y tú permitas que guarde los míos, eso no evitará que podamos conocernos un poco mejor.

—¿Pero para qué? Tú sólo vas a quedarte aquí dos días y yo también me iré pronto.

—Aunque sólo tuviéramos dos horas para conocernos, Alex, yo lo intentaría. Y mis planes pueden cambiar. Voy y vengo cuando quiero.

—¿Siempre dejas una salida? Eres muy precavido.

—No, no lo soy, pero sospecho que tú sí. Alex sintió cómo sus mejillas se sonrojaban, por eso se alegró de que la penumbra las ocultara.

—¿No es sensato que una chica trate de ser precavida? Los sen-timientos pueden complicar las cosas, por lo que he visto.

—También pueden darnos placer.

—Siendo un hombre, me imagino que siempre relacionas los sen-timientos con el sexo.

—¿Por qué no? También eso puede ser muy agradable, como al-gún día descubrirás tú misma.

—Supongo que sí, pero creo que no es bueno experimentarlo an-tes de casarse. A pesar de lo que dices, me parece que los problemas pueden ser más grandes que el placer.

Él sonrió irónicamente.

—Yo no estaba abogando por el desenfreno, sino por una conducta más abierta que puede

alegrar la monotonía de una vida

o de una persona.

—¿Estás diciendo que soy aburrida?

—No. Tienes mucho que aprender, Alex, pero demasiado qué dar. Una boca puede ser muy reveladora, ¿sabes?, y estoy seguro de que la tuya es capaz de dar mucho más de lo que tú supones.

—¡No digas tonterías! Ni siquiera reconozco a la chica que estás describiendo.

—¿No? —le preguntó Chase con suavidad.

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Ella retrocedió rápidamente y tropezó. Inmediatamente, él alargó una mano para sostenerla y la atrajo hacia sí, a la vez que le decía:

—Creo que es hora de que aprendas algunas cosas de ti mis-ma. Si no se ayuda a las “bellas durmientes”, pueden no despertar jamás.

—¡No quiero que me des lecciones!

Él le apartó algunos cabellos que la brisa había llevado hasta su boca.

—Me sorprendería mucho saber que no queremos lo mismo. Chase le delineó los labios con un dedo y después inclinó la ca-beza para besarle la boca.

La sorprendió tanto que se hubiera caído si él no la hubiese tenido abrazada. Alex sintió que su corazón palpitaba alocadamente y empezó a notar que la invadía un extraño fuego.

Cuando apartó su boca de la de ella, Alex trató de soltarse, pero él le dijo sonriendo:

—Aún no.

Alex se puso tensa al notar que Chase deslizaba una mano por su espalda. Éste, cogiéndola de la barbilla, la obligó a mirarle.

—Creo que nunca te habían besado correctamente.

Se sintió asustada. Por primera vez un hombre estaba descubriendo sus secretos y sintió que no podía resistirlo. La habían besado antes, pero no así, era cierto. Por lo menos nadie la había hecho experimentar esas extrañas emociones como en ese momento.

—Por favor —murmuró—. ¡Suéltame! Somos unos extraños.

—Ya no seremos extraños después de esto —dijo Chase, un poco molesto, mirándola a los ojos con tal intensidad que ella se sintió turbada. —¿Por qué no dejas de preocuparte y te relajas? No voy a hacerte daño.

—no

Nuevamente él inclinó la cabeza y encontró sus labios. La joven se revolvió, tratando de soltarse, pero él venció su resistencia. Alex sabía que no era de Chase de quien quería escapar, sino de la llamarada de pasión que había provocado en su interior, una emoción que la hacía desear abrazarle con fuerza y olvidarse de todo.

Cuando la soltó, no hubiera querido separarse de él, sino permanecer largo rato entre sus fuertes brazos. No obstante, su orgullo le impedía manifestar su debilidad de esa manera y reaccionó bruscamente.

—¿Ya estás satisfecho? Te divierte asustar a las jovencitas, ¿no es cierto?

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—Mi intención no era asustarte. ¡Tú sabes que eso es una tontería! Si alguien está asustado soy yo —confesó con el ceño fruncido.

Parecía que era víctima de algo más fuerte que él mismo, pero que lo había descubierto demasiado tarde. La miró, mientras las lagrimas asomaban a los ojos de Alex.

Era increíble, pero Alex sólo podía pensar en el éxtasis que ha-bía encontrado en sus brazos. Había sido tan intenso que tuvo que negarlo.

—Si crees que me ha gustado que me maltrataras, ¡estás equi-vocado! —gritó—. Es una experiencia que no quiero repetir.

—Eres una mentirosa y te lo demostraré la próxima vez.

—¡No tienes derecho a hablarme así!

—Creo que ya es hora de que alguien te coja de la mano y te mues-tre la otra parte de tu naturaleza. Considéralo como un aspecto de tu educación que ha sido pasado por alto y es necesario que aprendas.

Alex empezó a temblar.

—Ve a casa, Alex. Hoy ha sido un día largo y quizá mañana ten-gas que enfrentarte con otro aún más difícil. Ah, no te olvides de dar-le las buenas noches a mi tía antes de irte a la cama.

A la mañana siguiente hubo noticias sorprendentes. Alex no había cerrado los ojos hasta el amanecer y después durmió poco. Los otros ya estaban desayunando cuando ella se levantó, así que se dio una ducha rápidamente y se puso una blusa de rayas blancas y ama-rillas y unos pantalones vaqueros.

—Siento mucho llegar tarde —se disculpó.

Chase no dijo nada. Mientras se ponía de pie y cogía una silla para ella, la observaba como si adivinara las largas horas que había pasado pensando en él.

—Gracias —murmuró al sentarse. Henry le sonrió.

—Serás una de las primeras en felicitarme, Alex. Ruby ha acep-tado casarse conmigo. Chase dice que te quedarás para la boda.

Aunque Alex se sentía un poco confundida, logró dar a la pa-reja la enhorabuena. No estaba dispuesta a quedarse hasta la boda, pero ése no era el momento adecuado para decirlo.

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Cuando le preguntó a la radiante Ruby si ya le había dado la no-ticia a su tía, la chica afirmó con la cabeza.

—Se lo dijimos anoche, cuando regresamos del paseo. La tía se alegró mucho.

Chase la confundió aún más al acercar una silla junto a la de ella, en lugar de regresar a su sitio que estaba en un extremo de la mesa. Ignorando la mirada de asombro de Ruby, sirvió una taza de café para ella y otra para él. Alex sintió que se ruborizaba. No podía entender por qué le causaba tanto placer turbarla.

Henry había pasado la noche en “Coolabra”, pero se marchaba esa mañana para que Ruby visitara a sus padres. Alex también iba a ir con ellos. Todo estaba ya arreglado y ella miró a Chase, desani-mada. ¿Cuántas cosas más habrían decidido ya sin consultarla? ¡No quería ir a ningún sitio, excepto a Melbourne!

—Acabo de llegar y aún no conozco “Coolabra”.

—Tendrás mucho tiempo para eso —le aseguró Chase y, vol-viéndose hacia Henry, le dijo—: Yo llevaré a Alex a tu casa esta tar-de. Tú puedes adelantarte con Ruby.

Ruby se mostró sorprendida.

—Alex puede ir con nosotros, Chase. No tienes por qué molestarte.

—Estoy seguro de que los padres de Henry estarán dispuestos a darnos alojamiento —comentó Chase—. Alex y yo regresaremos mañana.

Después, se dirigió a Alex.

—¿Sabes montar a caballo?

Estaba perpleja por la rapidez con la que estaba sucediendo todo, así que, sin pensarlo, respondió que sí.

Se asombraba del talento que poseía Chase para organizar des-de la boda de su hermana hasta su propia vida. Era increíble que na-die pensara en enfrentarse a él, pero debía reconocer que no era fá-cil. A ella misma le hubiera gustado hacerlo, negándose a cabalgar con él, pero se daba cuenta de que no tenía valor para hacerlo allí, delante de todos; había ido a “Coolabra” como amiga de Ruby y aún trabajaba en la compañía que pertenecía a Chase.

—Pero hace mucho tiempo que no cabalgo —añadió con rapi-dez, esperando que renunciara a ir con ella.

—No importa, enseguida te acostumbrarás. Nos veremos esta tarde —dijo, dirigiéndose a Ruby y a Henry.

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Chase cogió del brazo a Alex y la llevó con firmeza al vestíbulo.

—Necesitarás un sombrero, puede quemarse tu blanca piel, y no quiero que eso suceda.

—Tengo uno en mi habitación.

—Bien.

Él permanecía inmóvil, como si estuviera esperándola, y la jo-ven le preguntó.

—¿Hay algo que yo pueda hacer, Chase? ¿Tal vez en la oficina? Ya que estoy recibiendo un sueldo me gustaría justificarlo de algún modo. Tengo mucho tiempo libre.

—Por el momento no puedes trabajar aquí —replicó con impa-ciencia—. Si lo hicieras, levantarías sospechas. Pero no te preocupes, pronto tendrás muchas cosas en qué ocuparte. Ahora, corre por tu sombrero.

Una hora más tarde, el rostro de Alex reflejaba la felicidad que sentía por todo lo que había estado viendo. La granja estaba junto al río Georgina, llamado así en honor de la esposa de un gobernador de Queensland. La mayoría de los terrenos de “Coolabra” estaban situados al norte de su cauce. El pueblo más cercano era Monte Isa, enclavado en una región minera donde se hallaba la escuela del aire, y en Cloncurry, un poco más lejos, se encontraba el hospital más cercano.

Los lagos, producto de las frecuentes inundaciones, eran una ca-racterística importante de la región. Chase le dijo que podían exten-derse veinte kilómetros y tener cuarenta metros de profundidad. La llevó a uno, que, aunque no era de los más grandes, la impresionó. Alex observó la gran extensión de agua cubierta de plantas y de pá-jaros, que elevaron el vuelo al verles acercarse.

—¡Es asombroso! —exclamó Alex, incapaz de contenerse—. Tantos pájaros, y todo tan lleno de colorido. Es como si un pin-tor se hubiera vuelto loco con su pincel. ¡Nunca había visto nada igual!

—Lo has expresado muy bien. Yo no hubiera podido describirlo mejor.

—Me encantaría nadar —dijo, apesadumbrada—, pero no he traído el bañador.

—Puedes nadar desnuda —sugirió, sabiendo que iba a ruborizarse—. Yo lo he hecho muchas veces, sobre todo cuando era pe-queño. Es una sensación maravillosa.

Podía imaginárselo y casi sentirlo. Alex controló los pensamien-tos sensuales que empezaban a invadir su mente y, rápidamente, cam-bió el tema de conversación.

Todo había sido una revelación para ella desde el momento en que montó en la yegua pura sangre. “Coolabra” podía ser un lugar solitario, pero el constante movimiento que había

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entre los distintos edificios y los patios hacía difícil creer en su aislamiento. Chase le ha-bía enseñado la mayor parte de las instalaciones antes de salir y ha-bía estado tan entretenida que hasta se había olvidado de su enfado; además, él se había mostrado amable y complaciente en todo mo-mento: sonreía ante su entusiasmo, la ayudaba cuando tenían que pa-sar por algún tramo del camino más irregular y contestaba todas sus preguntas, añadiendo comentarios sobre todo lo que veían.

Lejos de la casa, la planicie se extendía sin fin, cruzada por pe-queñas zanjas que le daban nombre a la región: “el territorio de los canales”. Parte de esa zona, comentó Chase cuando ella le dijo que a su padre le interesaba la tierra de pastoreo, podía ser empleada para la industria ganadera. La hierba mantenía su valor nutritivo de ocho a diez meses después de la época de lluvias. El spinifex, que cre-cía con abundancia, podía alimentar al ganado durante épocas de se-quía, cuando no había nada más, pero eran las plantas que se repro-ducían después de los aguaceros las que daban a la región su forma de producir carne de primera.

—Creo que ya has tenido bastante por esta mañana —dijo, mi-rando sus sonrosadas mejillas—. No parece que estés cansada, pero quiero que disfrutes del resto del día. Si vamos más lejos, no lo ha-rás y, además, tengo que estar un rato en la oficina.

—Sí, Chase.

No podía decir nada más. Ya le había enseñado muchas cosas y no debía quitarle más tiempo. Él hizo una mueca.

—Cuando hablas así pareces una chica acostumbrada a hacer lo que se le dice.

—Así se supone que soy en casa.

Él acercó el caballo más al suyo, hasta que su pierna rozó la de ella.

—¿Tu madre?

Ella movió la cabeza afirmativamente. La expresión de alegría que hacía un momento iluminaba su rostro, se transformó en otra de preocupación.

—Exactamente, ¿cuál es el problema?

Después de todas sus amabilidades, Alex decidió que podía con-fiar en él.

—Quiere que me case con un millonario.

—¿Y por qué no?

Ella deseó no haberle dicho nada.

—¡Te estás burlando de mí!

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—No es así. Supongo que tu madre es muy ambiciosa, Alex. De-safortunadamente no hay muchos millonarios.

—Sólo estoy bromeando respecto a que sea un millonario. Su-pongo que cualquier

hombre con mucho dinero sería adecuado

para mi madre.

—Pero no para ti. ¿No te gusta la idea?

—No seas tonto —dijo, forzando una sonrisa—. No me imagino con alguien así. Un

hombre normal será suficiente

siempre y cuan-do le ame.

—Y ¿tiene decidido a alguien en especial?

—Uno o dos

—¿Por eso huiste de Sydney?

—No —respondió para protegerse, aunque enseguida percibió que él no le había creído—. Me fui a Melbourne mientras mi madre estaba en Inglaterra. Pensé que necesitábamos separarnos durante al-gún tiempo.

—¿Y no ha tratado de verte? —le preguntó, cogiendo las rien-das para que el caballo se parara, como si su respuesta fuera impor-tante para él—. Contéstame, Alex. ¿Lo ha intentado? ¿Sabe dónde estás?

—Cree que estoy en el norte, trabajando. No tienes por qué dis-gustarte. No era fácil explicarle este asunto de Ruby.

—No creo que me hayas dicho la verdad.

Su mirada la asustó; parecía como si quisiera obligarla a decir la verdad.

Sin pensarlo, le arrebató las riendas de las manos bruscamente, pero la yegua retrocedió y, al levantar las patas delanteras, hizo que la joven perdiera el equilibrio, y cayera al suelo.

Capítulo 5

ALEX permaneció inmóvil. No era la primera vez que se caía de un caballo, pero sí la primera que cometía una tontería tan grande. Se merecía lo que le había sucedido. Mantuvo los ojos cerrados para no verla expresión burlona de Chase cuando se acercara a ella. Inmediatamente, él bajó a su lado.

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—¿Alex?

Parecía asustado. La tocó con cuidado y la volvió para ver si no tenía heridas.

Avergonzada de su simulación, abrió los ojos y le sonrió para que viera que estaba bien.

—No estoy herida. Mira

Movió los brazos y las piernas para demostrárselo.

—¡Eres una tonta! —exclamó, furioso—. ¿No tienes un poco de sentido común? ¡Has podido matarte!

—No lo creo —comenzó a decir, pero se detuvo al ver la mirada que le dirigió y trató de calmarle—. Lo siento

—¡Lo sientes!

De improviso, corno si no pudiera expresar su disgusto de otra manera, inclinó la cabeza y la besó violentamente.

La caída la había aturdido, pero aquello era peor. La besaba con desesperación, como si tuviera que desahogar la tensión que ha-bía provocado con su caída de ese modo.

—¡Suéltame! —exclamó Alex, luchando contra la presión de sus brazos.

Chase titubeó y enseguida se apartó de ella, poniéndose de pie.

—Ya sé que ha sido una tontería asustar al animal —dijo Alex, levantándose—. No lo pensé, pero eso no es motivo para que me tra-tes así.

—Tienes que aprender a dominar tu mal genio. Te comportas como una niña.

Chase se encaminó hacia los animales.

—Vamos a casa —le dijo, ayudándola a subir a la yegua. Después de comer fue con él a visitar la granja de los Brett, los padres de Henry.

—¿Tienes tiempo de ir allí? —le preguntó.

—Si no lo tuviera, no iría —respondió Chase—. Drew es un buen administrador.

Alex trató de relajarse. Chase parecía indiferente, pero un poco más amigable. Tal vez ya la había perdonado, así que siguió hablando.

—¿Has pensado en dejar las responsabilidades que tienes en otros lugares para vivir aquí permanentemente?

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—Lo haré si me caso.

—¿No tendrías que preguntarle a ella si está dispuesta a vivir en una granja, en la llanura árida y abrupta del interior del país? —le preguntó, sonriendo.

—Me imagino que estará dispuesta a vivir en cualquier parte conmigo. ¿Y tú, Alex? ¿Quieres pasarte el resto de tu vida en una ofi-cina? Tu madre puede estar un poco equivocada, pero sus ideas son mejores que las tuyas.

—Me gusta trabajar y el trabajo de oficina no siempre es aburri-do. Además —añadió, aún sonriendo—, no representa toda mi vida. Tengo mucho tiempo libre.

—¿Nunca piensas en tener un marido e hijos?

Al pensar en Donald, rechazó la idea inmediatamente.

—Tal vez piense en eso algún día, pero ahora no.

—Quizá yo pueda hacerte cambiar de opinión.

—¿Quieres decir que estás dispuesto a perder tu tiempo conven-ciéndome de las ventajas del matrimonio?

—Tal vez alguien quedará muy agradecido si te convenzo. Así que estaba hablando en general. Aunque aliviada, se sintió herida por el rechazo.

—Entonces, ¿lo de anoche fue parte de un plan?

—No creo que esas cosas puedan planearse

y tú reaccionaste positivamente.

El avión se inclinó un poco y Alex se apartó el pelo de la cara, sintiéndose sofocada.

—¿No puedes olvidarlo?

—Sólo me olvido de lo que no tiene relación con mi futuro.

—Yo no formo parte de ese futuro. Me iré muy pronto a casa, y ya no estaré aquí.

—No irás a ningún lado durante una temporada. Y yo tampoco. Me parece que ya te lo había dicho.

Alex se encogió de hombros. Sería maravilloso quedarse allí, pero estaría más contenta si supiera que Chase se iba. Cuando él es-taba cerca ella no podía relajarse. Sin pensar mucho le preguntó:

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—Si te quedas en “Coolabra”, ¿qué pasará con tu novia?

—¿Novia?

—La

actriz de cine. Ruby me habló de ella.

—Ah, Davina.

—¿Es Davina Wilde?

—La misma. Eso terminó.

—¿Cuánto

cuánto duró?

Se arrepintió de habérselo preguntado ya que seguramente iba a decirle que eso no era asunto suyo, pero se sorprendió cuando él le contestó.

—Algunos meses. Nos separamos como buenos amigos.

Estuvo a punto de preguntarle que en qué términos había acep-tado Davina terminar con su relación, pero se detuvo a tiempo, horrorizada de sus pensamientos. Segundos después, le dijo fría-mente:

—Supongo que estás muy ocupado buscando a otra. Él volvió la cabeza y los ojos le brillaron al observar el rubor de la joven.

—No soy un santo, Alex. Me gusta tener una mujer a mi lado, pero también puedo pasarme sin ellas.

—No creo que tu resistencia sea muy grande. ¿Por qué no te ca-sas con una de las mujeres que has seducido?

—¡Alex! —exclamó—. Yo no tengo un harén y si alguna vez de-cido casarme con alguien, no tendrá ninguna importancia si vamos a la cama antes o después.

—Pero no aceptarías a una chica que se hubiera acostado con otro hombre.

—Oh, Dios

¡No, desde luego que no! Y no empieces a hablar acerca de esas tonterías de

la igualdad de los sexos, porque no estoy dispuesto a escucharte.

—¡Bien! —dijo, respirando profundamente—. Supongo que un hombre como tú piensa

que se merece lo mejor

que puede pagarlo.

—empezó a decir, furioso, pero se detuvo y se echó a reír—. ¡Alex, por

favor! ¿No crees que esta conversación ha ido demasiado lejos? Vamos a celebrar un

o de un

acontecimiento feliz. No debemos llegar como si viniéramos de un funeral

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—Eres una bruja

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cam-po de batalla.

Alex se sintió aliviada cuando la granja de los Brett estuvo a la vista. Se quedó callada, aparentemente apaciguada, pero molesta no contra Chase, sino contra el sentimiento que la atraía a un hombre que la encontraba aburrida.

Henry estaba esperándolos y los llevó inmediatamente a la casa. Ésta no era tan lujosa como “Coolabra”, pero sí muy confortable. Ruby era afortunada. Podía vivir muy feliz en ese lugar.

Los padres de Henry se iban a ir a vivir a la granja de la familia cuando Henry se casara. Estaba en Nueva Gales del Sur y era más pequeña que ésa. Sólo estaban esperando que Ruby y Henry deci-dieran el día de la boda. La sorprendente noticia de que Ruby pen-saba irse de vacaciones con otro hombre los había asustado, pero ya podían reírse. Era muy divertido saber que Alex era en realidad una chica, y muy atractiva. De acuerdo con Chase, que nunca se separa-ba de su lado, ella iba a ser una de las damas de Ruby.

La cena fue un acontecimiento. Cuando terminó, el salón esta-ba lleno de vecinos que habían ido a felicitar a la feliz pareja. Desde luego, aquél no era el compromiso oficial, ya que éste iba a celebrar-se más adelante en “Coolabra”, según había dicho Chase, y todavía iban a tardar algunos días en prepararlo.

Alex aún se sorprendía de lo contenta que estaba Ruby, a pesar de todo lo que había protestado en Melbourne. Daba la impresión de que no quería separarse ni un instante de Henry.

Pero ahí no acababan las sorpresas. Asombrada, Alex vio a una hermosa mujer que entró y se quedó mirando fijamente a Chase. Alex notó la sorpresa de él y que se volvió a mirarla de reojo antes de dirigirse a la recién llegada. La joven felicitó primero a Henry y a Ruby, pero Alex estaba un poco alejada y no pudo oír su nombre.

—¡Hola, cariño! ¿No te alegras de verme? —exclamó cuando él se acercó. Como si no tuviera la menor duda de que así era, le besó en la boca. Él la abrazó por la cintura para corresponder a su beso.

—¡Oh, Chase! —dijo efusivamente—. Te he echado de menos, tanto que decidí aceptar la invitación de Mary. Ya he terminado mi actuación en Nueva York y tengo tres semanas, de descanso antes de empezar la otra película.

Alex comprendió que debía ser la novia de Chase. O su ex-novia, como él había dicho, pero aquella mujer era tan seductora que podía recobrar el interés de cualquier hombre en un momento. Se asió del brazo de Chase desplegando todo su encanto y Alex se alejó de allí. Más tarde los vio hablando animadamente y sintió un extraño males-tar. Davina no hacía ningún intento por ocultar lo que buscaba.

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Cuando Chase acompañó a la mujer a la puerta, después de me-dianoche, Alex se fue a su habitación y en el camino se encontró con Ruby.

La otra chica se detuvo y observó el pálido rostro de Alex.

—Me pregunto por qué Chase no se ha ido a la ciudad. ¿Qué te parece Davina?

—Creo que Chase se ha sorprendido al verla —respondió Alex con indiferencia.

—No veo por qué. Parecía más contento desde esta mañana. Es-toy segura de que por eso decidió quedarse más tiempo.

Cuando al fin llegó a su habitación, Alex estaba temblando. Odiaba a Chase por haberla impresionado tanto y decidió que debía irse cuanto antes.

Al día siguiente regresó a “Coolabra” con Chase, donde ya se estaban haciendo los preparativos para la fiesta de compromiso. La señora Marshall lo tenía todo bajo control, pero necesitaba ayuda. Alex había pasado la última hora soportando la conversación sarcástica de Chase, así que se alegró de tener la oportunidad de olvidarla. No tenía por qué importarle lo que él hubiera hecho la noche ante-rior. ¿Y por qué le interesaban a él tanto sus reacciones?

Cuando la señora Marshall le propuso que la ayudara, Alex es-taba más que dispuesta a hacerlo. Cualquier cosa era mejor que deambular por la casa pensando en Chase.

—Espero que no estés muy cansada —le dijo él, unos días antes de la fiesta, acercándose a la piscina—. No deberías nadar sola si es-tás agotada.

Alex no veía la razón para no hacerlo. El baño le había servido para relajarse; sin embargo, había bastado con que él se acercara para que su corazón empezara a latir más deprisa. Alex se llevó una mano al pecho y él fijó la mirada en sus inquietos dedos. Era evi-dente que había notado lo que trataba de ocultar.

Ella recogió la bata rápidamente, sin importarle que él la mirara con una mezcla de burla e interés mientras se la ponía. Después se sentó en una silla con cierto aire de dignidad.

—Estoy un poco cansada —reconoció—, pero todo el mundo lo está, excepto tú —añadió, refiriéndose a su energía que no parecía disminuir nunca.

Había empezado a darse cuenta de su poder. “Coolabra” era casi un pequeño imperio y no estaba tan aislado como ella había pen-sado en un principio. Los miembros más importantes de su personal volaban allí regularmente. Sabía lo que estaba sucediendo en todas partes y si no, lo descubría al poco tiempo. Tenía una fría autoridad que a veces le hacía parecer poco humano, por eso, ella se sentía me-jor con Drew o con alguno de los otros hombres.

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Sí, los últimos días le habían abierto los ojos. Apartándose el pelo mojado de la cara, pensó que hubiera preferido que no fuese así. Ahora todos sus pensamientos se dirigían a un hombre al que in-conscientemente temía, un hombre cuyo atractivo reducía su volun-tad a la nada.

El tiempo era caluroso aún; por eso, le gustaba mucho esa hora del día, después de la cena, cuando el sol ya se había ocultado y sólo las estrellas titilaban en el cielo. Era la segunda vez que nadaba a esas horas, ya que generalmente se quedaba en la sala con la señora Marsháll y algunos miembros del personal que cenaban con ellos. Esa noche, sin embargo, todos se habían marchado y la señora Marsháll se había ido a la cama.

—Tal vez sea una tontería nadar sola —dijo, viendo que Chase no contestaba—, pero no me ha sucedido nada.

—Podría sucederte. Pareces muy frágil. ¿Estás comiendo bien?

—Claro que sí, pero soy delgada por naturaleza.

El agua se deslizaba por su pelo hasta las mejillas y ella buscó a su alrededor algo con qué secarse. Encontró un pañuelo en un bol-sillo de la bata.

—¿Dónde está tu toalla?

Ella se encogió de hombros con indiferencia.

—Generalmente lo escurro y dejo que seque solo.

—Adelante —le dijo con tranquilidad—. No me prestes aten-ción.

—No lo he hecho porque quiero nadar otra vez.

—Muy bien. Nadaré contigo. No tienes que privarte de ese gus-to sólo porque yo esté aquí. Además, a mí también me apetece un baño.

Se volvió y entró en un vestidor, dejándola confusa y aturdida. La piscina era de él, así que no podía evitar que nadara, pero no que-ría estar con Chase allí. No deseaba verle en traje de baño, como cuando estuvieron en la playa de Victoria.

De pronto tuvo una idea. Se quitó la bata de baño y se lanzó a la piscina; luego nadó hasta el otro lado, y se ocultó entre las ramas de un árbol. Allí esperaría hasta que Chase entrara en el agua y des-pués huiría.

El silencio parecía burlarse de ella mientras la brisa nocturna me-cía las ramas de los árboles. Un pájaro saltó tan cerca de ella que la asustó y reaccionó moviendo la cabeza bruscamente. A los pocos se-gundos, Chase ya estaba allí. Se había deslizado por la parte trasera de los vestidores y apareció por donde menos lo esperaba.

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Alex se volvió asustada.

—Tu pelo llama la atención —le dijo, sonriendo—. Parece una cortina dorada que flota detrás de ti. Con ese pelo no puedes pasar desapercibida en la oscuridad.

¿Se había dado cuenta de lo que había intentado hacer? Le miró fijamente, tratando de calmarse.

—Vamos. ¿Qué esperamos, sirenita? Eres una buena nadadora, así que podemos echar una carrera.

Ella aceptó el reto enseguida. Se sentía más segura nadando que hablando con él. Chase ganaría con facilidad, pero en cuanto pasara junto a ella se saldría. Desafortunadamente, lo hizo antes de lo de-bido. Cuando él ya se había adelantado algunas brazadas, ella nadó en dirección contraria, pero en un momento él ya estaba a su lado.

—¿Adonde crees que vas? —le preguntó.

—¡Fuera! —exclamó, esperando que su falta de aliento le con-venciera de que estaba agotada.

—¿Sólo porque no ibas ganando? No puedes ganar siempre, ¿sabes?

—No es eso. Ya he estado mucho tiempo. No creí que te im-portara que saliera antes que tú.

—Pues sí me importa —dijo al tiempo que la atraía hacia él—. No la carrera, sino ser privado de tu compañía. ¿Cómo vamos a co-nocernos mejor si huyes cada vez que trato de acercarme a ti?

—No huyo.

—Sí, eso es lo que haces.

Alex notó que jugaba con un tirante del sostén de su bikini como si no se diera cuenta de lo que estaba haciendo.

—Debo asegurarme de que no te alejarás de mí en el futuro.

La amenaza no parecía muy seria, pero ella se puso nerviosa, ya que tenía la impresión de que no se trataba de una broma. Era un hombre que todo lo qué hacía tenía una finalidad y, que por alguna razón que ella no comprendía, le hablaba con toda seriedad. Cuando deseaba algo no permitía que nadie se interpusiera en su camino.

—Supongo que estás bromeando —murmuró Alex.

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—Cuando se trata de ti, no.

Nerviosa, le miró a los ojos sin darse cuenta de que estaba ba-jándole los tirantes. Cuando el sostén resbaló hasta su cintura, él la abrazó rápidamente.

—¡Chase!

Su protesta fue ahogada por los labios de él. Sintió el pecho ás-pero contra su piel desnuda, lo que le produjo un estremecimiento. Quería gritar, luchar para librarse de su abrazo y logró hacerlo hasta que sintió que una dulce debilidad invadía su ser.

Al sentir él que la joven se relajaba, besó sus labios entreabier-tos con sensualidad. Alex se sentía indefensa para evitarlo. Chase la sujetaba por la nuca para que no sé moviera, hasta que dejó de re-sistirse y comenzó a responder.

Lanzando un suspiró, él la cogió en brazos y la llevó al sillón. La recostó y se sentó a su lado, abrazándola con pasión.

—Eres maravillosa —murmuró mientras la observaba—. Tienes un cuerpo precioso.

Comenzó a besarla de nuevo, deslizando los labios por su rostro y cuello y acariciando con dulzura sus senos. Alex intentó resistirse una vez más, pero sólo logró excitarlo más.

—Alex, ¿le has pertenecido a algún hombre?

—¡No!

Estaba demasiado aturdida y excitada para contestar otra cosa que la verdad. Chase la trastornaba. No podía pensar.

—Quiero casarme contigo —le confesó en voz baja, confundién-dola—. Quiero darle “Coolabra” a una chica ingenua como tú. A al-guien que me dé los hijos que necesito.

—¿Casarme contigo? ¿Por el bien de “Coolabra”?

—Eso es lo que he dicho.

Ignorando la mirada de asombro de la joven, empezó a besarle un brazo. Era evidente que pensaba que ya tenía la batalla casi ganada.

Dándose cuenta de que lo estaba pensando, Alex dijo:

—No, Chase. No puedo creer que lo digas en serio, pero aun-que así sea no puedo casarme contigo.

—Estás confusa.

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Levantó la cabeza y acercó sus labios a los de ella nuevamente y luego con una mirada intensa y la voz incitante, continuó:

—Nunca le he pedido a una mujer que se case conmigo, Alex. Puedes sentirte halagada. Cásate conmigo y tendrás todo lo que quieras. Serás lo que desea tu madre: la esposa de un millonario.

—¡No seas tonto!

¿De qué estaba hablando? ¿Acaso trataba de impresionarla? ¿Creía que podía comprarla? Quería una mujer sin mancha para “Coolabra”. Con ese fin había besado apasionadamente a una chica que, él mismo lo había dicho, le aburría. ¡Todo por su adorada gran-ja! Sentía lástima por él. Debía ser difícil para Chase descender de la elevada posición que ocupaba para rogarle y humillarse. Había lo-grado excitarla, pero no era tan tonta como para no saber que el amor no había participado en sus caricias. El deseo podía provocar pasión, ¿pero cuánto tiempo duraría sin que el amor lo apoyara?

—No, Chase. Si me estás pidiendo seriamente que me case con-tigo, debo negarme.

Él se apartó un poco para observar su rostro sonrojado.

—Mi querida niña, ¿te das cuenta de lo que estás rechazando?

—¡Me estás ofendiendo!

Le dio un empujón y consiguió soltarse. Se colocó el sostén y terminó poniéndose de nuevo la bata. Chase no se ofreció a ayudar-la, sólo se sentó a mirarla hasta ponerla nerviosa.

—¡Me estás ofendiendo!

—Ya te he oído la primera vez —dijo, furioso—. No creo que ninguna mujer que estuviera en tu lugar respondería de ese modo, Alex. ¡Por Dios! Te he pedido que te cases, no que te acuestes con-migo, por lo menos, no antes de la boda. Ni siquiera he tratado de hacerte el amor, y estoy seguro de que serías muy ardiente después de la primera vez. No puedo creer que no te des cuenta de que estás perdiendo una oportunidad que tal vez no se repita.

Igualmente enfadada, Alex contestó:

—Quieres casarte conmigo, pero no me amas. Sólo me quieres para repugnante!

para procrear. ¡Es

—¡Amor! Si estás esperando amor, nunca llevarás un anillo de compromiso. Y en cuanto a eso, ¿me amas tú?

—¡No, pero yo no soy la que te está pidiendo que te cases conmigo!

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—Entiendo. Y dejando aparte el amor, ¿qué otra cosa te preocupa? ¿Tu madre?

—¡No! Estoy segura de que ella estaría encantada. Creería que soy una tonta por no aceptar tu ofrecimiento, pero como no está aquí, no puede forzarme. En esta ocasión no

tengo que huir

pue-do decidir yo sola.

La joven se puso de pie y él la siguió, sonriendo ligeramente.

—Puedo esperar, pero haré todo lo posible para vencer tu re-sistencia. Te darás cuenta de que puedo ser muy insistente cuando quiero algo. Podríamos casarnos antes que Ruby.

—No, Chase. No merece la pena que pierdas tu tiempo conmi-go. Yo no quiero casarme. Han tratado de meterme esa idea por la fuerza demasiadas veces.

—Estás loca. Yo no soy cualquier hombre.

—¡Eres un engreído! Mira, mi madre me agobia intentando em-pujarme al matrimonio y ahora eres tú el que tratas de hacerlo. No lo deseo. ¿No puedes creer que quiera decidir sobre mi vida?

—Puedo creer que tú lo crees, aunque no esté convencido. De hoy en adelante intentaré hacerte cambiar de opinión, pero mi pa-ciencia no es ilimitada. Si no lo consigo por las buenas, te advierto que estoy dispuesto a utilizar cualquier medio.

Alex estaba pálida, agobiada por un terrible cansancio. ¿Cómo iba a luchar contra él? Deseaba ser libre, no tener cadenas que la mantuvieran unida a aquel hombre. En sus brazos se sentía prisio-nera, sometida, en peligro por la pasión que despertaba en ella. Ha-cía unos minutos se había sentido abrasada por un fuego que no po-día controlar ni comprender. Estar cerca de él amenazaba el curso de su vida. No podía casarse con Chase.

—Voy adentro —dijo en voz baja y con decisión.

—¡Alex! Es mejor que lo pienses. Ten en cuenta las ventajas. Tendrás todo lo que quieras. Lo único que te pido es que me ayudes como anfitriona. Atiendo a muchas personas y necesitaré alguien que colabore ahora que Ruby va a casarse y mi tía está cansada. La otra cosa que te pido es que me des hijos. Nunca había deseado tenerlos con otra mujer.

¿Hijos de Chase? Alex se ruborizó.

—¿Por qué no se los pides a la señorita Wilde?

—Te lo estoy pidiendo a ti, no a la señorita Wilde. Te sugiero que lo pienses.

—Mi respuesta será la misma —contestó, marchándose.

Al día siguiente, Chase iba a ir a Monte Isa. Alex se enteró du-rante el desayuno y la

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tensión que la había acompañado toda la no-che comenzó a desaparecer al darse cuenta de que iba a pasar todo un día sin verle. Pero su alivio no duró mucho. Se convirtió en aba-timiento cuando la tía Harriet hizo una lista de cosas que necesitaba y le rogó a Alex que fuera con él.

Cuando la señora Marshall salió para consultar una cosa con la señora Young, Chase levantó la vista de una carta que le había lle-gado hacía un rato.

—¿Estás pensando en negarte a ir?

—No sé cómo podría hacerlo —replicó fríamente, sintiéndose atrapada.

Chase se había comportado en el desayuno igual que siempre, pero no estaba tranquila. No podía confiar en él.

—Puedes comprarte un vestido nuevo para la fiesta en Monte Isa. Allí hay tiendas muy buenas.

—Ya tengo uno.

—Déjame comprarte otro. Iré contigo si quieres.

—Eso daría mucho que hablar. No, gracias.

—¿Pero vendrás conmigo?

—¿Tengo otra posibilidad?

—Tienes una gran capacidad de entusiasmo —observó iró-nicamente.

—Estábamos hablando de un viaje a la ciudad.

—¿Ah, sí?

Se miraron hasta que Alex tuvo que bajar la mirada.

—No te preocupes tanto —le dijo, poniéndose de pie—. El via-je y mi compañía pueden ser mejores de lo que piensas. Vendré a buscarte dentro de media hora.

Capítulo 6

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MONTE Isa, a orillas del Leichhardt, era la ciudad industrial, comercial y administrativa más importante del noroeste de Queensland. Sus minas de cobre y de plomo eran muy conocidas.

Chase le contó a Alex que Monte Isa atraía a muchos turistas que querían conocer la verdadera Australia. Durante el invierno se celebraba un gran rodeo que duraba dos días y que reunía a los me-jores jinetes de todo el estado.

—Te llevaré —le prometió cuando la avioneta aterrizó—. Cuan-do seas mi esposa podrás estar siempre en mi compañía.

—¿En las raras ocasiones en que estés en casa?

—¿Eso significa que has decidido casarte conmigo?

—No, no significa nada.

—Voy a estar la mayor parte del tiempo en casa, si eso es lo que te preocupa.

—Dijiste que querías una familia. Supongo que eso lleva tiempo.

—¿Tú crees? —replicó, tan suavemente que inmediatamente ella se arrepintió de haber hablado.

—¿A qué hora nos vamos? —preguntó Alex.

—Después de la comida. Supongo que querrás acompañarme. Ignorando su sarcasmo, contestó que sí. Luego, él le indicó el hotel al que debía dirigirse.

—Allí estaré.

Más tarde, al volver una esquina, Alex vio a Chase hablando con Davina. Alex se detuvo al ver que él se aproximaba más a la jo-ven y le acariciaba una mejilla.

Furiosa, se volvió y se alejó de allí. ¿Cómo podía Chase propo-nerle matrimonio a una chica y coquetear con otra? Eso sólo demostraba lo que ella ya sabía: que no tenía sentimientos.

Se encontraron en el hotel y, después de pedir la comida, él le preguntó si se lo había pasado bien.

—Sí, y he podido comprobar que tú también.

—¿Qué quieres decir?

—Que te he visto con la señorita Wilde. No había podido evitarlo. ¿Cómo se había atrevido? Él podía ha-blar con quien quisiera.

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—¿Estás celosa? —le preguntó riéndose.

—No, ¿por qué iba a estarlo?

Chase puso una mano sobre la de ella y la joven se estremeció. Inmediatamente retiró la mano.

—Los celos son un sentimiento muy normal, Alex; nacemos con él. Anoche te negaste a casarte conmigo y hoy me has visto con otra mujer y no te ha gustado.

—Yo no he dicho eso

—Pero te molesta. Hasta piensas que es despreciable mi actitud.

—Tampoco he dicho eso —respondió, inquieta por su astucia.

—Cuando nos casemos

—empezó a decir Chase, sonriendo. De pronto, ella se sintió

asustada por su insistencia. Le parecía que ya no tenía fuerzas para enfrentarse a él.

—Aún no he aceptado, así que baja la voz.

—Yo nunca me doy por vencido, Alex. Ya te dije anoche que siempre obtengo lo que quiero, de una forma u otra. Aunque tenga que usar un poco de fuerza.

—¿Vas a secuestrarme? —le preguntó burlonamente.

—No, a menos que todo lo demás falle.

La fiesta de compromiso de Ruby fue un gran acontecimiento, tanto que casi duró una semana. Alex estuvo contenta, pero se sintió aliviada cuando terminó. Le gustaba más “Coolabra” cuando estaba tranquila. No obstante, aquello le sirvió para darse cuenta de lo que Chase había querido decir respecto a que necesitaba una anfitriona. “Coolabra” estaba bien adaptada para recibir invitados ya que tenía amplios salones y espaciosas habitaciones; se podía cabalgar, nadar y jugar al tenis, o simplemente descansar con una copa en la gran terraza o pasear por los maravillosos jardines. Pensó en su padre con añoranza, a él le encantaría un lugar así.

Durante la fiesta y la semana siguiente, Chase fue atento con ella pero no como para provocar murmuraciones. Había baila-do más con Davina y con otras jóvenes que con ella, lo que la hacía abrigar esperanzas de que hubiera cambiado de parecer respecto a casarse.

Tan tranquila estaba que aceptó quedarse hasta la boda. Como iba a celebrarse también en “Coolabra”, no cabía duda de que había mucho que hacer y que ella podía ser muy útil. Se sintió orgullosa cuando la señora Marshall y la señora Young le aseguraron que era muy

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eficiente para su edad.

Ruby estaba tan ocupada con su ajuar de novia que no ayudaba en los preparativos y Chase tenía trabajo en la oficina o en la granja.

Un día, Ruby comentó sobre eso:

—Sólo iba a estar unos días. Hace mucho que no se quedaba tan-to tiempo. Todos estamos sorprendidos.

—No puede irse la víspera de tu boda —replicó Alex, sin dejar de mirar la funda que estaba arreglando.

—Yo no estoy muy segura de eso. Davina está aquí y me he dado cuenta de que aún está interesada por él. Tal vez sea ésa la ra-zón. ¿Él había dicho algo?

—No.

¿Qué pensaría Ruby de la proposición que le había hecho su her-mano? Lo más probable era que no lo creyera; ella, igual que Cha-se, no podía entender que alguien le rechazara.

Davina se quedó varios días más después que los otros huéspe-des se fueron, pero no ayudaba a nada. Se levantaba a mediodía y se pasaba la mayor parte del tiempo en la piscina; luego, debía de-dicar toda la tarde a arreglarse para hacer resaltar su belleza durante la cena. Podía usar los vestidos más extravagantes sin que resultaran ridículos. Algunas veces, Alex se sonrojaba por ella hasta que recor-daba que era actriz y le gustaba llamar la atención.

—Estoy tratando de imaginarte con un vestido como el que trae Davina—le dijo Chase un día, al darle una copa de jerez.

—No me atrevería a ponérmelo.

Alex se fijó en el vaso de whisky que se estaba sirviendo. Que-ría que se fuera a hablar con otra persona, pero se quedó a su lado.

—Y yo te mataría si te lo pusieras.

—¿Por qué no empleas tus métodos rudos con la señorita Wilde?

—Porque la señorita Wilde no me incita a hacerlo como tú.

Él observó el vestido que llevaba Alex, precisamente uno que su madre había elegido. No la favorecía mucho y él continuó:

—Tu pelo es maravilloso, Alex, parece seda. Tu piel es suave y tu figura excepcional, pero me gustaría conocer a la persona que eli-ge tu ropa. ¿Es tu madre?

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El rubor apareció en las mejillas de Alex. Sintió el deseo de dar-le una bofetada, pero se contuvo al darse cuenta de que no estaban solos.

—No tiene nada de malo mi ropa.

—Tampoco el pan y la mantequilla. Cuando nos casemos interrumpió.

El sonido del gong los

—Permíteme —murmuró Chase, cogiendo del brazo a Alex y lle-vándola con firmeza al comedor.

La joven no estaba tan molesta como para no darse cuenta de que los otros estaban sorprendidos. Cuando la soltó, se sintió obli-gada a darle una explicación a la tía Harriet y le dijo lo primero que se le ocurrió:

—Quería hablar con Chase de sus caballos. Tiene algunos pura sangre muy hermosos. La señorita Wilde y yo estuvimos viendo a Drew domar a uno y comentamos que es raro verlos por aquí.

No esperaba que Chase llegara a oírla, pero así fue y él aprove-chó la ocasión.

—Te llevaré a verlos mañana, cariño, si te levantas temprano. Maliciosamente, Alex le sonrió a Davina, que estaba sentada junto a ella.

—Creo que el señor Marshall le habla a usted, señorita Wilde. Davina miró a Alex con los ojos brillantes.

—¿Sabes?, es una invitación que he estado esperando desde que llegué—dijo sonriendo; luego, dirigiéndose a él, añadió—: ¡Eres un hombre muy extraño, cariño! ¡Qué momento has elegido para decírmelo!

Alex no pudo entender por qué se sintió tan deprimida cuando los vio juntos. La noche anterior, ignorando la expresión sombría de Chase, se había felicitado por haber sido más astuta que él, pero esa mañana ya no estaba tan contenta. La idea de que Davina estuviera compartiendo con él unos momentos agradables reducía su triunfo a la nada y le hacía sentirse inquieta. Chase no se había acercado a ella después de la cena, se había sentado en el salón para charlar con los demás mientras tomaba un whisky, en lugar de café, y eso pro-vocó en Alex una terrible intranquilidad.

Haciendo un gran esfuerzo, cerró los ojos para no seguir vién-doles y, en seguida, se dirigió a la casa ya que había mucho que hacer.

Ruby la detuvo cuando se dirigía a la piscina.

—¿Por qué no me acompañas, Alex? La tía Harriet aún está dur-miendo y Chase se ha ido con Davina. Creo que han entrado en las caballerizas, aunque no puedo entender qué va a

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hacer ella allí.

Alex titubeó; sintió la tentación de aceptar la invitación, pero sólo fue un momento.

—Le prometí a tu tía que iba a tener listas unas cartas para que las firmara. También tengo pendientes algunas de tu hermano que no terminé ayer. Sabes bien que no estoy de vacaciones.

Ruby no parecía preocuparse por eso.

—Bueno, pero no lo digas como si fuera una penitencia, Alex. Estar aquí no puede ser peor que hallarse en aquella oficina de Melbourne. Piensa en lo divertida que será una boda en las llanuras. Es una oportunidad que tal vez no te surja nunca más.

—Yo no quería venir, ¿recuerdas? Ruby se encogió de hombros.

—Deja de preocuparte. Tu visita ha cumplido su propósito. Henry está convencido de que los rumores eran falsos. ¿Qué te parece?

—Realmente no es asunto mío.

No sabía lo que Henry podía pensar, pero de lo que sí estaba convencida era de que no era un hombre tonto. Sin embargo, pare-cía que había admitido las explicaciones que le había dado Ruby. Ruby estaba segura de que había engañadora Henry, pero, ¿no sería ella la que había sido engañada?

Estaba preguntándose si podría recurrir a ella para que la ayu-dara a salir de “Coolabra”, cuando la joven preguntó:

—¿No sería divertido celebrar una boda doble? ¡Chase y Davi-na! Se me acaba de ocurrir. ¿Crees que están enamorados?

—¿Cómo puedo saberlo?

—No lo sé —dijo Ruby, frunciendo el ceño—. A Chase le gus-taba no hace mucho, pero después pareció desilusionarse. No la si-guió a Sydney, sino que se fue a Melbourne.

—Para hablar contigo —le recordó Alex.

eso

debe significar algo. Mi boda no es la cau-sa, de eso estoy segura, así que tiene que haber otra razón para que se quede y mi tía y yo creemos que sólo puede deberse a Davina.

—Sí, pero aun así no lo comprendo. Davina está en “Coolabra” y Chase no se ha ido

Cuando entró en el despacho, Alex trató de tranquilizarse. Si Chase se había enamorado, aunque lo dudaba después de lo que le había oído decir el día que estuvieron en la piscina, esperaba que fue-ra de Davina. No podía entender por qué al pensarlo se sentía mal, aunque sus sentimientos por él eran tan confusos que lo lógico era que no lo comprendiera.

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Inconscientemente lo relacionaba con su madre. Ambos querían verla casada y ninguno se detenía a pensar en lo que ella deseaba realmente.

Davina y Chase volvieron a casa por la tarde y, ante el asombro de todos, Davina se fue de allí una hora después. Nadie hizo comen-tarios. La ira que se reflejaba en el rostro de la chica era suficiente explicación.

—¡Y yo que estaba hablando de una boda doble! —le dijo Ruby a Alex mientras se arreglaba para salir con Henry.

—A lo mejor se reconcilian en seguida. Puede que haya sido una simple discusión.

La casa se quedó silenciosa sin Davina, pero Alex la prefería así. Henry fue a recoger a su prometida para llevarla a Monte Isa, ya que estaban invitados a cenar con unos amigos; luego, Ruby, iba a dormir en la granja de los Brett para hablar de los últimos detalles de la boda con Henry y sus padres al día siguiente.

Después de la cena, Harriet dijo que se iba a dormir y Chase le pidió a Alex que fuera a su despacho.

—Quiero hablar contigo —le dijo.

Alex estaba cansada, pero le aseguró que en seguida iría, des-pués de terminar unas cosas que le había encargado su tía.

—Entra —dijo Chase cuando ella llamó a la puerta.

Alex lo hizo y cerró la puerta. Parecía más frágil y atractiva esa noche; con el pelo sedoso que enmarcaba su hermoso rostro y los ojos brillantes por una preocupación que la había asaltado esa tarde.

—Tu tía está agotada, Chase. Deberías decirle que se quedara un día en la cama.

—Alex, siéntate, es probable que mi tía se pase un mes en la cama después de la boda, pero no lo hará antes de esa fecha. Estará muy cansada, pero se supone que sólo ella debe saberlo.

—¿Te das cuenta de que puede caer enferma?

—No le sucederá nada, pero debemos procurar que no trabaje tanto

—Haré todo lo que pueda.

—Sólo faltan tres días. Pasarán pronto.

discretamente.

—Espero que tengas razón. No quisiera quedarme aquí más tiempo, pero sé que no puedo abandonar a tu tía ahora. Me parece todo tan inútil

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—Claro que no lo es —afirmó, al tiempo que servía un jerez para ella y un whisky para él—. Es un buen entrenamiento para tu boda que será dentro de poco tiempo.

Demasiado cansada para discutir con él, suspiró. Sabía que su comentario era intencionado y, por lo tanto, no consideró prudente tomarlo en serio.

—Creo que con la boda de Ruby tengo suficiente para el resto de mi vida. ¿Quién querría pasar por todo esto de nuevo?

—Desgraciadamente, a menos que quieras vivir en el pecado, como diría tu madre, no hay otra forma.

—Supongo que no —dijo, bostezando ligeramente mientras se dirigía a la puerta—. Pero no pienso casarme ni vivir en pecado, así que no tengo por qué preocuparme.

—¿Adónde vas? Te he dicho que te sentaras. Desganadamente, regresó donde él estaba pues no quería que pensara que era una cobarde. ¿Por qué no se habría disculpado para ir a acostarse, como la señora Marshall?

—Ya he terminado de ordenar tu correspondencia. ¿Por eso que-rías verme?

—¿La correspondencia? No, no era por eso. Quería saber si ya has recobrado la razón y has decidido casarte conmigo. Has tenido tiempo suficiente para pensarlo. No anunciaré nuestro compromiso el día de la boda de Ruby, pero muchas personas se quedarán aquí después, así que puedo hacerlo en cualquier momento. Si no te gus-ta una gran boda, podemos casarnos discretamente dentro de unos cuantos días.

—¡Estás loco! Eso es lo que la gente creería si viera que te com-portas de esta manera. Es absurdo.

—No me interesa lo que piense la gente ni me importan las opi-niones de los demás. Casi todos los hombres actúan de una manera absurda en algún momento de su vida. Algunas veces es necesario, especialmente cuando tienen que tratar con una chica tonta como tú.

—¿No deberías estar contento entonces? —le gritó, enfadada—. No creo que te apetezca soportar a una esposa tonta y que no te gus-ta. Tampoco tú me gustas.

Chase la cogió por la cintura cuando ella quiso retroceder.

—¡Ven! Si tengo que convencerte de que eres normal a pesar de todas esas misteriosas inhibiciones, hay mejores maneras de hacerlo que con palabras.

—¡No, Chase!

¡No iba a permitir que la conquistara de esa forma! Si iba a usar la fuerza para dominarla, no se rendiría sin pelear.

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—¡Déjame en paz!

Levantó la mano en actitud defensiva, sin darse cuenta de que tenía la copa de jerez. La bebida cayó en la chaqueta blanca de Cha-se, que se quedó inmóvil mientras ella miraba, asustada, aquella man-cha oscura que se extendía por la tela.

—¡Oh, tu chaqueta! No era mi intención hacer eso.

—¿No? Está bien, podemos manchar tu vestido también para po-der compadecernos mutuamente.

Violentamente, la abrazó y buscó su boca; Chase la atrajo aún más hacia él, apretando con sensualidad su cuerpo contra el suyo.

Era una pasión desatada y Alex sintió que el corazón iba a estallarle mientras luchaba por soltarse. La habitación daba vueltas a su alre-dedor, ya que la mareaba el fuerte olor a jerez que inundaba el am-biente y la pasión de Chase que continuaba abrazándola y besándola sin tener en cuenta sus protestas.

Le hacia daño y se sentía humillada. Ciegamente, apretó los pu-ños y le golpeó los hombros.

Él le cogió las muñecas y dijo junto a su boca:

—Tú ya has disfrutado tu momento de triunfo. Ahora es mi turno.

—¡No!

Le empujó con todas sus fuerzas y en cuanto se separó de él le dio una bofetada. Él lanzó una maldición.

Alex corrió por la escalera para llegar a su habitación. Nunca le había parecido aquélla tan larga. La luz de las lámparas bailaba en sus ojos mientras trataba de convencerse de que no tenía por qué sen-tir ese pánico. Chase no se atrevería a perseguir a una joven y asus-tarla tanto.

¿O sí? Estaba segura de que, aunque le había manchado la cha-queta y la camisa, eso no tenía importancia para él. Eran las circuns-tancias que rodeaban la situación lo que había provocado su furia. ¡Y además le había abofeteado!

Chase no le habría dado importancia al incidente si no fuera por-que ella le exasperaba por negarse a contraer matrimonio con él. ¿Por qué no podía aceptar que ella no quería casarse con nadie?

Llegó a su dormitorio sin aliento y pensando que ya estaba se-gura, pero, ante su asombro, él entró en la habitación detrás de ella y dio un portazo. Antes de seguirla se había quitado

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la chaqueta, no obstante, aún llevaba la camisa manchada de jerez. Se la desabrochó y dijo:

—¡Vas a disculparte apropiadamente! Y es mejor que lo hagas ahora mismo si no quieres tener a un hombre medio desnudo en tu habitación. No me apetece estar empapado en jerez toda la noche.

—¡Sal de aquí! ¿Por qué he de disculparme?

—¿No pensarás que voy a irme sin que me pidas perdón, verdad? Alex tragó saliva, asustada. Chase estaba realmente enfadado.

—Estás haciendo un drama de algo sin importancia —balbuceó.

—Me provocas deliberadamente. Ninguna joven en su sano jui-cio rechazaría lo que yo te he ofrecido.

—Debe ser un consuelo para ti pensar así.

—¡Cállate! —exclamó, enfurecido—. Cállate o

La atrajo violentamente hacia él y la besó en la boca con tal fuer-za que la dejó sin aliento.

Alex intentó recuperarse cuando él levantó la cabeza. Se sentía débil e impotente en sus brazos. Ya había sido demasiado para ella y no podía seguir resistiéndose. Su mente se rebelaba, pero estaba aturdida por la fuerza de la pasión que empezaba a sentir. ¿Qué te-nía aquel hombre que despertaba en ella sentimientos que no había experimentado jamás?

Chase le levantó la barbilla con un dedo.

—Quiero que termine esta situación. Mi tiempo y mi paciencia se están agotando.

—No vas a hacer que me sienta culpable. Tú eres el que debería sentirse así por estar en la habitación de una mujer.

—Hace mucho que dejé de sentirme mal por una cosa así —con-testó burlonamente.

—¡No lo dudo! —exclamó, furiosa—. Pero me imagino que no tendrás la costumbre de insultar a las invitadas que tu hermana trae a “Coolabra”.

—¡Así que mis caricias te parecen un insulto! ¡Al fin estamos lle-gando a la verdad!

Al tiempo que hablaba, deslizó la mano que tenía apoyada en su hombro bajo el vestido.

—Vamos, aún puedo escuchar el resto. ¿Qué otras cosas oculta tu estrecha mente?

—¡Te aseguro que nada que sea halagador para ti!

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—Déjame decirte lo que tu rechazo a entrar en razón ha provo-cado: cuando te conocí no te tomé en serio, pero ahora sí.

Alex estaba demasiado confundida para entender sus palabras. Le miró fijamente, tratando de hacerlo, pero no llegó a ninguna conclusión.

—Estás dándole demasiada importancia a este asunto, Chase.

Has dejado que crezca fuera de toda proporción. Si por lo menos te detuvieras a pensar

—¿Quieres decir que no me conozco a mí mismo? Te he queri-do desde la primera vez que te vi y ese sentimiento ha crecido desde entonces.

Alex estaba cansada de luchar. ¿Y si se quedaba callada? Pero ¿cómo iba a hacerlo si el brillo que había en los ojos de Chase la lle-naba de inquietud?

—Tienes que salir de aquí.

—Aún no. Puedes soportarme un rato más.

Le bajó la cremallera del vestido con tal habilidad que, hasta que el traje no cayó al suelo, la joven no se dio cuenta de lo que es-taba sucediendo.

—¡Chase! —dijo con voz entrecortada, tratando de apartarse de él—. ¡Estás loco!

—Si me estoy volviendo loco, ¿por qué no te unes a mí?

La cogió en brazos, besándola al tiempo que la alzaba. La echó sobre la cama. Le besó los ojos, el rostro, el cuello y, muy despacio, le quitó el resto de la ropa. En vano su esbelto cuerpo se estremecía; él la sujetaba con fuerza. Chase se quitó la camisa y la abrazó mien-tras su boca entreabría la de ella.

El beso ardiente de Chase provocó una aterradora tormenta de emociones en la joven. Inconscientemente, ella se acercó más a él cuando sus fuertes manos acariciaron sus senos. Segundos después, fue transportada a un mundo de sensaciones desconocido.

—¡Alex! —murmuró—. Te quiero

—¿Yo

?

me atormentas. Y tú me quieres también.

Había oído sus palabras, pero éstas no tenían sentido. Tal vez él tenía razón. Debían quererse, pues ese remolino de pasión no po-día mentir; atormentaba sus cuerpos con una ferviente impaciencia por ser uno solo y los llevaría a una completa realización si estuvie-ran enamorados. La idea de que Chase no la amaba apareció en el fondo de su mente como una advertencia del peligro en que se encontraba.

En ese momento, se dio cuenta por instinto de que Chase estaba a punto de perder el

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control. Su respiración era agitada, sus ojos brillaban de deseo.

No tenía fuerzas pero vibraba por la excitación. Ya no estaba se-gura de lo que quería. Abrazó sus anchos hombros cuando se inclinó sobre ella. Sintió como si se estuviera ahogando y a la vez deseara hundirse bajo las olas de deseo.

De repente, Chase se separó de ella.

—¡Tápate! —le ordenó, hundiendo la cabeza en la almohada.

Alex vio que apretaba los puños y que tenía el cuerpo en ten-sión. Unos momentos después, mientras ella trataba torpemente de hacer lo que le había dicho, Chase se puso de pie y cogió su camisa.

—Agradece que quiero darle a “Coolabra” una novia inmacula-da —le dijo fríamente—. Y eso voy a hacer a menos que continúes con tu obstinación.

El desdén que se adivinaba en su voz, que daba a entender cla-ramente que estaba seguro de que podía haberla hecho suya en ese momento si lo hubiera querido, transformaron su vergüenza en ira.

—¡Nunca seré tu novia! —le gritó—. No podría vivir contigo. Mi forma de ser no va de acuerdo con tu experiencia.

Chase se sentó en el borde de la cama y comenzó a abrocharse la camisa con serenidad, mirándola burlonamente.

—Todos tenemos que empezar en algún momento y si eso es todo lo que te preocupa, te aconsejo que lo olvides. Aprendes a un ritmo que pronto me llevarás ventaja. Una vez que seas mía, estoy seguro de que no querrás separarte de mí.

—¡Por favor, sal de mi habitación! —gritó, ruborizada. Como él no hizo ningún movimiento le preguntó:

—¿Por qué me tratas como a una

como a una mujer fácil y me obligas a hacer esto? No

puedo creerlo. Estás actuando como un

como un

—¿Como un hombre normal? Todos somos iguales, Alex. Y no olvides que quiero casarme contigo. Recuérdalo cuando tiendas a sentirte insultada. Si quisiera una relación ilícita no me hubiera de-tenido cuando lo he hecho.

Capítulo 7

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ALEX dejó que Chase saliera de la habitación sin decir una pa-labra. A la joven le hubiera gustado tirarle algo pues la en-furecía por su arrogancia. Parecía creer que con sólo mover un dedo lo conseguía todo. Había dicho que todos los hombres eran iguales, ¿pero cuántos podían hacer la mitad de las cosas que él ha-cía y quedarse tan tranquilos? Asumía aquella actitud con tanta na-turalidad y la gente lo aceptaba con tal facilidad, que consideraba que ya era hora de que se encontrara con alguna resistencia. Se ha-bía negado a casarse con él y continuaría haciéndolo.

Cuando el enfado se le fue pasando, se reclinó en la almohada. ¿Cómo se sentiría si Chase se alejara de su vida, dándose por venci-do? El corazón le dio un vuelco. El tenía razón en una cosa. Cuando estaba en sus brazos se olvidaba de todo, lo que la rodeaba se des-vanecía, pero no estaba dispuesta a reconocer que eso era amor.

Pero ¿cómo podía saberlo? No era una pregunta a la que qui-siera responder ya que estaba segura de que Chase no la amaba. Por esa sola razón el matrimonio era imposible, aun cuando estuviera ten-tada de aceptarlo; pero no lo estaba. Además de sentir una aversión natural a que la obligaran a casarse, estaba convencida de que aque-lla relación no podía durar. Chase era demasiado dominante. Cuan-do estuviera envuelta en la pasión, y tenía que reconocer que él la despertaba en ella, podía fácilmente declararle su amor y sólo reci-biría a cambio su risa burlona.

El día de la boda se acercaba y Alex tenía muchas ocupaciones, por lo que intentó mantener a Chase alejado de sus pensamientos; sin embargo, le resultó difícil lograrlo. Al principio pensó que sólo era una coincidencia, hasta que se dio cuenta de que tratándose de Chase no existía esa palabra. Los hechos sucedían tal como él los había planeado, no porque fueran resultado del destino.

Chase se reunía con Ruby y con ella para tomar el café. Últi-mamente se había propuesto aparecer por allí a la hora de la comi-da. La atención que centraba en Alex se reducía a mantener su copa de vino llena y a hacerle algún comentario de vez en cuando; sin em-bargo, sus ojos se detenían con frecuencia en su juvenil belleza y en una ocasión la llamó “cariño” delante de todos, provocando el rubor de la joven y la mirada sorprendida de la señora Harriet.

Excepto en esa ocasión, no la importunó hasta el día de la boda. Fue entonces cuando estuvo a su lado tan a menudo que empezó a llamar la atención. La llamó “cariño” con frecuencia, sin importar quién lo escuchara. Ella sentía que le odiaba cada vez más y le dijo que la dejara en paz.

—¿No te complace estar atrayendo un poco la atención que de-bían darle a la novia?

—No. Lo que estás haciendo puede motivar muchos chismorrees innecesarios.

—No pueden decir nada que no sea verdad —dijo, recorriendo con la mirada su bella figura—. Con ese vestido puedes lograr que cualquier hombre pierda todo sentido de la

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discreción.

—¡Te odio!

—Entonces, debes prepararte para odiarme aún más.

Cuando la ceremonia terminó, la cogió del brazo y siguieron a los novios hasta la recepción.

Ruby estaba radiante y Henry, por su parte, se mostraba feliz.

Alex observó a Henry y a Chase y tuvo que aceptar que no po-dían compararse. Chase era muy guapo y atraía las miradas de todas las mujeres. El hecho de que muchas personas la miraran la hacía sen-tirse molesta, sobre todo porque él no tenía ninguna intención de apartarse de su lado.

Habían contratado a una famosa empresa para que se hiciera car-go del banquete, así que no había nada de qué preocuparse en ese sentido. Las mesas estaban muy bien adornadas y la comida y los vi-nos eran de la mejor calidad. Nadie podía advertir un solo fallo y si lo había, pensó Alex con ironía mirando a Chase, alguien tendría que pagar por ello. El señor Marshall no podía aceptar nada que no fuera lo mejor, y pobre del que lo decepcionara Suspirando, miró a lo lejos,

—Muy pronto será tu turno, querida —comentó una mujer que pasó a su lado y notó la expresiva mirada de Alex.

—Desde luego que sí —contestó Chase, lo que provocó las mi-radas atentas de los que les rodeaban.

Alex, encolerizada, estaba a punto de ponerse de pie y alejarse de allí, cuando advirtió que Chase la cogía del brazo.

—Si te vas, iré por ti —la amenazó.

La obligó a sentarse con él durante la recepción. Alex nunca se había sentido tan turbada en toda su vida, especialmente porque era evidente que Ruby y la señora Marshall no entendían por qué estaba sentada en aquel lugar. Chase era el único que disfrutaba con esa si-tuación. Aún estando de pie y dirigiendo a sus invitados un discurso, se volvía para mirarla con demasiada frecuencia.

—¡Lo estás haciendo deliberadamente! —le acusó cuando él, después de agradecer los aplausos, se sentó—. No sé qué pretendes.

—Pretendo casarme contigo, como ya te he dicho varias veces. Y si no nos casamos en cuanto termine esta semana te arrepentirás. A todo el mundo le gustan las historias de amor que acaban bien, es decir, en boda.

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—Pues yo te he rechazado.

—Ah, ¿pero quién va a creerlo? Aquí hay algunas damas que si tienen la oportunidad, harán trizas tu reputación. ¿Qué dirá tu ma-dre entonces?

—¡Eres un hombre perverso!

—Entonces, no seré un marido aburrido.

—No quiero un marido de ningún tipo.

—Creo que sí lo quieres —dijo, poniendo la mano sobre su bra-zo, y acariciando sensualmente la suave piel—. Es mejor que des-piertes, Alex, antes de que sea demasiado tarde. Uno de estos días te puedes enredar con un hombre que sólo quiera pasar un rato con-tigo. Te he tenido en mis brazos, ¿lo recuerdas? Yo puedo saberlo.

Poco después de terminar el banquete, Henry y Ruby se fueron de viaje de luna de miel a Europa. Un grupo de invitados fue hasta el pequeño aeropuerto para verlos partir y después hubo baile durante toda la noche. Como Chase era el anfitrión, estaba obligado a bailar con otras mujeres, pero bailó con Alex casi todo el tiempo. Aún estaba levantada a las dos de la mañana, sorprendida de su vitalidad.

Había conocido a un joven de unos veinticinco años, propieta-rio de una granja que había cerca de Darwin. Rex Clyde era un agra-dable y perfecto caballero y resultaba divertido estar con él. En una ocasión tuvieron la pista para ellos solos y bailó con él; aunque no estaba muy acostumbrada a bailar, su flexibilidad y ligereza le ayu-daron y recibió muchos aplausos de la concurrencia cuando terminó la pieza.

Rex estaba felicitándola por su actuación cuando Chase los interrumpió:

—¿No te importa si regreso con mi pareja, Rex? —le preguntó bruscamente y, sin esperar una respuesta, la llevó a bailar.

—No había necesidad de hablar así, Chase. No tienes ningún de-recho sobre mí.

Cuando trató de marcharse, él la retuvo.

—Ya sabes cuál es el derecho que tengo sobre ti —le dijo con frialdad—:. Vas a casarte conmigo y no me gusta que mi futura espo-sa dé una exhibición en la pista de baile. Clyde debía saberlo. Ten-dré que hablar con él después.

—Puedes intentarlo, pero estoy segura de que no te escuchará —le replicó, mientras se preguntaba por qué se sentía tan turbada en los brazos de Chase, si no sentía nada cuando estaba en los de Rex.

—¡Baja la voz! —le ordenó—, a menos que quieras que todos te miren de nuevo. Recuerda dónde estás —añadió con una expre-sión sombría.

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—No me hace falta recordarlo, tú ni me das oportunidad de ol-vidarlo. Supongo que debo sentirme honrada por estar aquí, sin men-cionar el hecho de que me haces compañía.

—Alex, ¿quieres callarte? No estoy dispuesto a que me pro-voques.

Ella dejó de bailar, pero él la abrazó con fuerza para obligarla a continuar.

—¡Chase, déjame! ¡Me estás haciendo daño!

—¿Ah, sí? ¿Y no estás cansada?

Pensando que iba a sugerirle que se fuera a acostar, respondió lo contrario de lo que suponía que él esperaba.

—No, no lo estoy.

—Muy bien. Entonces no supondrá un gran esfuerzo para ti ir a dar un paseo por el jardín. Podemos continuar esta discusión afuera.

Se alejaron de la gente y se encontraron entre los árboles antes de que Alex se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

El

jardín

estaba

oscuro

y

solitario.

Para

tener

un

poco

de

valor,

Alex

respiró

profundamente y, al ver que Chase no soltaba su brazo, se volvió hacia él agresivamente.

—¡Suéltame! ¡Si grito, alguien vendrá a ayudarme!

—¿Rex? Debemos asegurarnos de que no nos oiga.

—¡Chase! —protestó cuando él inclinó la cabeza, silenciándola con sus labios,

Cuando sus brazos la rodearon, pensó que era inútil resistirse. Como siempre que la besaba, sólo se le ocurría una clase de defensa: la de no luchar para que perdiera interés, pero enseguida, se daba cuenta de que las cosas no sucedían así. La pasión que les envolvía no podía ignorarse fácilmente.

Como no deseaba darle la satisfacción de que notara lo mucho que le impresionaban sus besos, se movió frenéticamente, sin darse cuenta de que así lo provocaba más que si se hubiera quedado quie-ta. Chase le sujetó la cabeza hasta que la joven se tranquilizó y res-pondió a sus ardientes besos.

Cuando él advirtió que Alex ya no luchaba por soltarse, aflojó un poco su abrazo para permitir que ella rodeara su cuello con los brazos. Él murmuró unas palabras junto a su boca y Alex olvidó to-dos sus razonamientos anteriores: cogió su cabeza entre sus manos y acercó sus labios a los de él. Chase la besó con tal intensidad que se estremeció.

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Sus manos recorrían el cuerpo de la joven, acariciándolo para eli-minar toda su resistencia. La noche anterior había logrado despertar su sensualidad dormida; tampoco le había resultado difícil hacerlo en esa ocasión, ya que Alex estaba temblando.

Chase la soltó. Ya había recuperado su habitual expresión auto-ritaria y esbozó una ligera sonrisa de triunfo.

—Alex, a pesar de lo mucho que deseo llevarte a mi cama, debo tener cuidado—hizo una pausa y, luego, le preguntó—: ¿Estás bien? Ella le contestó que sí y él añadió:

—No me importa darles a los invitados de qué hablar, siempre que sea algo correcto. ¿Puedo anunciar nuestro compromiso ma-ñana?

—¡No!

Alex estaba tan condicionada a esa respuesta que no titubeó.

—No tienes derecho

—Muy pronto tendrás que ceder —dijo, irritado por su re-sistencia.

Su orgullo le exigía que ella le aceptara. Alex podía leerlo en su rostro y le causaba repulsión aun cuando su emocionado corazón murmuraba que era lo más maravilloso que podía suceder.

—No —repitió tranquilamente.

Chase se rió y, mientras se marchaba, la amenazó.

—Si no cedes, encontraré la manera de obligarte. Muy pronto te darás cuenta de que no tienes más remedio que aceptarme.

—Ya me dijiste eso antes.

—Pues ahora te lo repito.

Poco después la fiesta terminó, aunque no todos se fueron a dor-mir. La casa estaba llena de personas y mientras unas trataban de con-ciliar el sueño, otras desayunaron, listas para enfrentarse al nuevo día. Alex se sorprendió de la habilidad de muchos para continuar la fiesta indefinidamente.

Estaba también sorprendida de su energía, pero nada más ter-minar la semana de la fiesta, se sintió tan agotada que no pudo discutir cuando Chase insistió en que se quedara unos días más a descansar.

Estaban un día Harriet, Chase y Alex tomando el café en la sala después de la comida. La señora Marshall la miró con cariño.

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—Lo has hecho muy bien, Alex. Has sido una gran ayuda. Estoy segura de que la boda de Ruby no hubiera resultado tan bien si no hubieses estado aquí.

Alex pensó que tal vez había heredado esa cualidad de su ma-dre, ya que la señora Latham era una gran organizadora. Chase dijo:

—Cuando Alex haya pasado aquí algunos años, se habrá gana-do una buena reputación. Tal vez lo logre en muy poco tiempo, si accede a quedarse.

Harriet se dirigió a ella de nuevo:

—Ojalá lo hagas, Alex. Ahora me he dado cuenta de lo mara-villoso que es tener una ayudante. La señora Young es eficiente, pero no puede contestar mis cartas y atender a los invitados al mismo tiempo.

—Bueno, me temo que no podré quedarme más tiempo —co-menzó a decir Alex, sintiéndose atrapada.

Le resultaba difícil decirle a la señora Marshall que quería irse inmediatamente. No conocía “Coolabra” del todo y dudaba que al-gún día lo lograra, pero cada vez era más importante para ella no ver a Chase. Le había pedido dos veces que se casara con él desde la boda de Ruby y ambas lo había rechazado. Temblaba al recordar su expresión. Cada día que pasaba sentía que el peligro aumentaba.

—Te quedarás aquí hasta que yo regrese —le dijo Chase. La señora Marsha, sin dar importancia a las protestas dé Alex, se apresuró a salir para hablar con la señora Young.

—¿Hasta que regrese? —le preguntó, extrañada—. Yo

yo no sabía que te ibas.

Él sonrió y se acercó a ella en el momento en que se ponía de pie, nerviosa.

—¿Nadie te lo ha dicho? Voy a Sydney, pero espero regresar el jueves.

—Podría irme contigo hasta Brisbane y tomar allí el avión de Melbourne.

—No. Estarás aquí para darme la bienvenida cuando vuelva puedo traerte una sorpresa.

y si eres una buena chica,

Alex frunció el ceño. Tenía razón al sospechar que estaba pla-neando algo.

—No quiero una sorpresa —le dijo, furiosa—, sólo quiero irme. ¿Cuándo te vas?

—Drew está esperando para llevarme a la avioneta.

—¿Ahora? —preguntó, asombrada.

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Miró rápidamente los pantalones oscuros y la camisa que lleva-ba. Era la clase de ropa que usaba cuando no trabajaba en la granja, pero ella no se había fijado en ese detalle.

—Sí, me voy ahora mismo. Puedes ir a la pista a despedirme, pero no irás más lejos.

Negándose a darse por vencida, Alex le siguió con la esperanza de que en esos escasos minutos él cambiaría de opinión.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque lo único que hubiera conseguido era que me importu-naras más de lo que estás haciendo ahora y éste ha sido el primer día tranquilo que tenemos hace semanas.

Drew cogió su maleta y la metió en la parte trasera de la camio-neta mientras Chase llevaba a Alex a la parte delantera. La sentó en-tre Drew y él y partieron.

La avioneta ya esperaba en la pista y Alex comprendió que todo era inútil. No podía viajar como polizón. No tenía oportunidad de escapar.

Chase la observó detenidamente como si adivinara sus pensa-mientos

—No puedes venir conmigo.

Puso las manos sobre sus hombros y la atrajo hacia él.

—Dame un beso de despedida —le pidió en voz baja.

Cuando inclinó la cabeza hacia ella, Alex notó que Drew mira-ba a otro lado y su resentimiento contra Chase renació. A menos que quisiera que le hiciera una escena, debía darle el beso que le pedía. Para que todo terminara cuanto antes, levantó la cabeza.

El ardor de Chase barrió en un momento sus intenciones de que él beso fuera breve. La rodeó con sus brazos y la forzó a abrir los labios.

Intentó ponerse rígida, pero se traicionó con una respuesta apasionada.

Cuando Chase la soltó, la miró unos segundos con los ojos brillantes de deseo.

—¡Y, sin embargo, sigues diciendo que no!

Se apartó de ella para decirle algunas palabras a Drew, mientras su comentario burlón seguía sonando en los oídos de la joven.

Durante los días siguientes, no pudo concentrarse en nada, aun-que se decía que debía sentirse contenta por el descanso que su au-sencia le daba. Se enteró de que Harriet sabía

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que Chase se iba de viaje, pero aquélla le dijo que no se le había ocurrido comentárselo. Alex no sabía si creerle o no. A veces pensaba que habían organiza-do una conspiración en contra suya. Cuando le preguntó si echaba de menos a Chase, la mujer admitió que sí, pero que ya se había acos-tumbrado a que estuviera lejos. Parecía que no le gustaba hablar de aquel asunto, aunque en aquella ocasión le aseguró a Alex que siem-pre regresaba.

Se le ocurrió pensar que no había nada que la impidiera salir de “Coolabra” mientras Chase no estuviera. No sabía qué órdenes ha-bía dejado, pero estaba segura de que no había dicho que no la de-jaran alejarse de la granja. Sin embargo, el instinto le indicaba que debía ser precavida, así que hizo sus primeras indagaciones con discreción.

Nuevamente, se dirigió a Harriet.

—Me gustaría hacer algunas compras en Monte Isa. ¿Le parece bien que vaya hoy?

No le gustaba tener que mentir, pero parecía la única manera de escapar de allí.

—Por mí no hay problema, pero no creo que nadie tenga tiem-po de llevarte. Drew está muy ocupado juntando el ganado.

—No me importa aunque no sea Drew el que me lleve. Tal vez otra persona pueda hacerlo.

—Tal vez dentro de unos días —dijo vagamente—. Pero puedes ir a ver a Drew y preguntárselo.

—Pero usted puede darle la orden.

—Oh, yo no puedo hacer eso —contestó la señora, marchándo-se rápidamente.

Decidida a no darse por vencida fácilmente, Alex fue a ver al administrador.

—¿Vas a poder llevarme? —le rogó.

—Me temo que no —contestó Drew, sonriendo—. No podré has-ta dentro de unos días.

¡Hasta que Chase regresara! A pesar de lo que había creído, era evidente que había dejado órdenes. Tratando de esconder su disgus-to tras una sonrisa encantadora, insistió:

—No vas a decirme que no tienes disponible alguna persona que pueda llevarme. Desde que estoy aquí he visto decenas de tra-bajadores.

—Pero todos tienen algo que hacer. Si quieres, podemos ir a dar un paseo a caballo. Chase lo sugirió.

—No, gracias —contestó sombríamente—. Tardarías el mismo tiempo que si me llevaras a Monte Isa, Drew.

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Como no había manera de escapar, Alex se encontró pensando en Chase continuamente, hasta que un día, que estaba paseando por el jardín, comprendió que lo que en realidad quería era estar siem-pre junto a él. No sabía cuándo había empezado a amarle; tal vez era un sentimiento que había estado escondido dentro de ella todo el tiempo, detrás del odio que creía que sentía por él. Se daba cuen-ta de que la pasión que provocaban sus besos, el arrobamiento que sentía en sus brazos, no podían ser producto del odio. Su cuerpo ar-día al recordar sus caricias y sólo deseaba estar en sus brazos otra vez.

Pero el hecho de que ella le amara no cambiaba las cosas. Cha-se la había besado con pasión antes de irse, pero no la amaba. Era tan dominante como su madre, estaba acostumbrado a que las cosas siempre se hicieran a su manera. Si se casaba con él, sólo cambiaría un cautiverio por otro, y era más difícil escapar de un marido que de una madre.

Las horas y los días pasaban cada vez más despacio y Alex co-menzó a cambiar de opinión. Echaba de menos a Chase. Las noche eran tan largas que las pasaba llorando, hundiendo sus ardientes me-jillas en la almohada, incapaz de descansar. Ceder y casarse con Chase no podía ser peor que lo que estaba sufriendo y, por lo menos, sería una decisión propia. Chase no sería un marido elegido por su madre.

No supo nada de Chase hasta después de cuatro días. Cuando Drew le dijo que iba a volver a casa, sintió una alegría que la desbordó.

—¡Ha estado fuera mucho tiempo! —exclamó con una expre-sión tan radiante, que Drew y Harriet se miraron con complicidad.

—Bueno —dijo la señora Marshall con una ligera sonrisa—. Será muy agradable tenerle en casa. ¿Ha dicho alguna cosa más, Drew? Drew bajó la mirada.

—No

eso ha sido todo.

Alex murmuró una disculpa y salió de allí, sintiendo deseos de estar sola. Recorrió su rincón favorito del jardín y después volvió a casa. Al subir a su habitación para lavarse las manos y la cara antes del té, se encontró con la señora Young que bajaba apresuradamente.

Era tan raro que la señora Young se desconcertara por algo, que Alex se detuvo.

—¿Pasa algo malo, señora Young? ¿Puedo ayudarla?

—No, querida, ya está todo arreglado. Chase va a traer una in-vitada y voy a prepararle una habitación. Normalmente estaría lista, pero con este jaleo de la boda

¿Una invitada? Alex continuó su camino sintiendo un terrible malestar. ¿Ésa era la razón por la que Drew parecía turbado? Segu-ramente se trataba de Davina; claro que también podía ser cualquier otra. Pensó con amargura que a Chase no le habría resultado difícil hacer una nueva conquista en tan poco tiempo.

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¿Pero podía culparle? ¿Acaso no se había negado a casarse con él en varias ocasiones? Por

eso había insistido en que se quedara has-ta que él regresara

atraía y había que-rido casarse por el bien de “Coolabra” y se había sentido muy mo-lesto por sus continuos rechazos. Ahora regresaba con él una chica ansiosa de convertirse en su esposa. ¡Tal vez hasta le pediría que se quedara a ayudar en los preparativos de su boda!

para vengarse. Sabía que le

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Debía tran-quilizarse, ya que no quería que nadie se diera cuenta de lo desdi-chada que se sentía, y menos Chase. Le costaría trabajo pero no se-ría mucho tiempo. Con un poco de suerte estaría en Melbourne al día siguiente. Tendría que dejarla marcharse después de aquello, por-que ella no pensaba quedarse bajo ningún concepto. Podía sentirse destrozada, pero le demostraría que aún le quedaba un poco de orgullo.

Esperó hasta que oyó el ruido de un coche que se acercaba. Drew había ido a recoger a Chase y a su amiga a la pista. Hubo un silencio y, después, el murmullo de voces llegó hasta su habitación.

Se levantó de la silla desganadamente y abrió el armario. Esta-ba tan aturdida que tardó por lo menos cinco minutos en elegir el ves-tido que iba a ponerse. El que escogió era tal vez demasiado elegan-te para tornar el té, pero en ese momento sentía la necesidad de ad-quirir confianza en sí misma de alguna manera.

Al mirarse en el espejo, frunció el ceño. El día anterior, su ros-tro resplandecía por la decisión que había tomado; esta tarde, estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos. Tuvo que lavarse de nuevo y pal-mearse las mejillas para darles algo de color.

Cuando bajó la escalera, oyó voces que provenían del vestíbulo. Alex se detuvo un momento, mirando la puerta cerrada. Chase le ha-bía prometido una sorpresa y allí estaba. Respiró profundamente y abrió la puerta, esbozando una sonrisa forzada.

Dio un paso adelante, pero se detuvo bruscamente, sintiendo que estaba a punto de desmayarse. Sentada junto a la señora Mars-hall, estaba su madre.

Capítulo 8

CON los ojos muy abiertos, Alex se quedó mirando fijamente a su madre; ésta no la había visto aún. Sin embargo Chase, que estaba junto a la puerta, se acercó a ella sonriendo.

—Ahora iba a tu habitación para ver por qué tardabas tanto —le dijo, cogiéndole una mano.

Ella le ignoró y no respondió a su sonrisa.

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—¿Qué hace mi madre aquí?

Él se acercó más a ella, como si quisiera que la discusión que-dara entre los dos. Alex retrocedió instintivamente cuando él le con-testó burlonamente.

—Ha venido porque yo la invité. Tu padre también tenía mucho interés en venir, pero no podrá hacerlo hasta la próxima semana. Tus padres nunca habían estado en una granja de ganado.

—Chase, tú no invitas a la gente aquí sólo porque no hayan es-tado nunca en las llanuras. Tienes otros motivos.

—Tú puedes ser todo el motivo que necesito. ¿No has pensado en eso?

—Has traído a mi madre para que me obligue a casarme contigo.

—¡Por amor de Dios, Alex! No sé por quién me tomas, pero no podemos discutirlo aquí.

Enid se volvió y sonrió al ver a su hija.

—¡Alex, cariño! Ven a darme un beso. ¿No te sorprendes de ver-me? Le dije al señor Marshall que así sería, pero él dijo que te había prometido una sorpresa.

—Y así fue ¿Cómo estás, mamá?

Muy despacio, con el rostro sombrío, Alex se acercó para reci-bir el abrazo de su madre, a la que le encantaban esas demostracio-nes de afecto.

—Nunca me he sentido mejor.

Después de darle un beso en la mejilla, Enid volvió a sentarse. Tenía cincuenta años, pero parecía diez más joven pues le gustaba cuidarse mucho. Hasta Harriet parecía un poco impresionada.

—¿Por qué no me habías hablado de este lugar tan maravilloso? —dijo Enid, un poco enfadada—. Sólo recibimos una carta tuya di-ciendo que habías llegado bien. Ni siquiera sabíamos la dirección correcta.

—Yo

yo no creí que tuviera que quedarme aquí mucho tiempo.

Enid sonrió de nuevo.

hizo

todos los preparativos y me ha traído hasta aquí —y continuó dirigiéndose a Harriet—: ¡Me siento abrumada!

—No importa. El señor Marshall me lo ha explicado todo. Ha sido muy amable

¿Cómo podía su madre actuar así? Nunca hubiera creído que la señora Marshall podía ser

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engañada tan fácilmente, pero así parecía por su mirada de aprobación.

Aceptó con gentileza las alabanzas que hacía de “Coolabra” y le dijo:

—La mayoría de las personas se sienten abrumadas la primera vez que la visitan —luego, volviéndose hacia Alex, añadió—: ¿Quie-res servirnos té, querida, antes de que se enfríe más? Estábamos esperándote.

Alex obedeció, sentándose en el pequeño sofá que había frente a la bandeja que tenía el servicio de té. Cuando Chase se sentó junto a ella se sobresaltó, pero no le miró. Simplemente el tenerle a su lado, aunque no se tocaran, la hacía temblar. Era como si sus cuerpos trataran de alcanzarse con ansia.

No obstante, Alex, tratando de analizar la situación desapasionadamente, se dijo que era la mente la que importaba, y en ese sentido Chase y ella estaban muy alejados. No había simpatía entre ellos; si existiera, no le habría pedido a su madre que fuera a ayudarle a combatir en una batalla que hubiera podido ganar él solo si hubiese empleado la ternura en lugar de la fuerza. ¡Qué tonta había sido al creer que podía casarse con un hombre que hacía cosas así!

Se disculpó por haberse retrasado y les sirvió a las señoras su té.

Cuando le dio a Chase su taza, las manos le temblaban levemente al rozar sus dedos, pero siguió sin mirarle a los ojos.

No dijo ni una palabra mientras tomaban el té; luego, cuando terminaron, Harriet le pidió a Alex que llevara a su madre a su habitación.

—Supongo que querrá descansar antes de la cena, señora Latham. Espero que esté cómoda, pero no deje de pedir lo que le haga falta.

—Sí, desde luego —dijo Alex, poniéndose de pie, aún sin mirar a Chase.

Mientras subían la escalera y recorrían un pequeño pasillo, la emoción de Enid aumentaba. Ya en su habitación, se volvió hacia Alex con los ojos brillantes.

—¡Casi no puedo creerlo! Oh, cierra la puerta, Alex, y siéntate un minuto. ¡Nunca soñé que fueras a vivir en un lugar así! Alex siguió de pie y sin moverse.

—¿De qué estás hablando, mamá? Estoy trabajando aquí. Re-gresaré a Melbourne en cuanto pueda; seguramente dentro de unos pocos días.

Enid parecía que no la escuchaba.

—El señor Marshall, Chase, es encantador. Un hombre excelen-te. Cuando fue a casa y habló con tu padre y conmigo, quedé impre-sionada. Los dos estuvimos de acuerdo en que nunca habíamos co-nocido a nadie como él. Tu padre dice que debe ser millonario.

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—¡Qué comentario más interesante!

Enid frunció el ceño al darse cuenta de la falta de entusiasmo de su hija.

—Si fuera tú, no diría esas cosas. El dinero es importante

—Si tú lo dices

—¡Alex!

—¿Y; qué me dices de Donald? —le preguntó, furiosa, pensan-do que era mejor atacar que ser atacada.

—¿Donald? Oh, creo que se ha ido a algún sitio. No le veo des-de hace tiempo.

—¿Y tu amiga inglesa?

—Mónica fue a visitar a unos sobrinos que viven en Perth, pero es de Chase de quien quiero hablar, Alex.

—Será en otra ocasión, mamá. Tengo cosas que hacer.

Furiosa, Alex salió casi corriendo de la habitación. Le apetecía salir a andar o montar a caballo, pero no quería encontrarse con Cha-se. Antes de verle, quería tranquilizarse.

Entró en su habitación, decidida a darse un baño y a bajar tem-prano para ayudar un poco a la señora Young, pero no pudo hacerlo porque se quedó paralizada por el asombro al ver a Chase recostado en su cama. Alex tembló al pensar lo que su madre habría dicho si la hubiese acompañado.

—¿Estás loco?

Bajó las piernas al suelo en un lado de la cama.

—No, no lo estoy, pero muy pronto lo estaré si no dejas de com-portarte como una niña mimada. Y la locura de la que estoy hablan-do es ira, no enfermedad.

—¿Qué quieres?

—Tenemos que hablar

—Yo diría que ya has decidido actuar. ¿Por qué has traído a mi madre? Ahora puedes contestarme, ya no estamos en la planta baja.

—¿Por qué no traerla? Mis intenciones son buenas, y eso es algo que a ti se te olvida con frecuencia. Pensé que ya era hora de cono-cer a tu familia y de que ellos conocieran mi

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casa. Tus padres se preo-cupan por ti. Era mi deber tranquilizarlos respecto a su futuro yerno.

El rubor apareció repentinamente en sus mejillas.

—¡Yo no he accedido a casarme contigo!

—No he dicho nada que les haga pensar que lo has hecho.

Alex recordó que había decidido decirle que se casaría con él cuando regresara. De no ser por la llegada de su madre, ya se lo hu-biera dicho. Chase no lo sabía, pero lo había estropeado todo al lle-var a su madre a “Coolabra”. El problema era que no podía expli-cárselo. Si hubiese llegado con Davina esa tarde, se habría sentido muy abatida, pero aquello era peor.

—No sé qué pensar, pero creo que has traído a mi madre para tratar de obligarme. ¡No soy tan tonta como para no entenderlo! Chase hizo una mueca.

—Estás equivocada. Creo que no comprendes a tu madre. Reconozco que es dominante, pero a estas alturas no vas a cambiarla. No puede evitar el deseo de verte bien casada pues

y eso es mejor que si se quedara sentada

es parte de su carácter. Es una persona activa

pensando en lo que debería hacer. Una vez que nos case-mos, ya no tendrás que preocuparte por ella.

— Sólo si me caso contigo.

— ¿Y crees que eso es peor?

Alex no sabía qué decir. Estaba siendo sincero, pero seguramen-te con algún propósito. Parecía tratar de que ella comprendiera algo; sin embargo, estaba tan confundida que no sabía qué. Había dicho muchas cosas, pero ella sentía que no había mencionado lo más importante.

Se acercó a ella y la cogió de los hombros.

— Tienes que aclarar tus ideas, Alex, o nunca estarás segura de tus decisiones. Creerás que fue mi voluntad y la de tu madre, y que nos impusimos, y eso no será bueno para ninguno de los dos.

Las lágrimas brotaron de los ojos de la joven.

— ¡Qué agradable va a ser teneros a mi madre y a ti vigilándome!

— Oh, ¡vamos, Alex! No soy un monstruo y comprendo que ten-dré que dejar de insistir. Vamos a olvidarnos del matrimonio por ahora.

— Eso ya lo habías dicho antes, pero no has dejado de pedírme-lo continuamente.

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— Tal vez deba esperar a que tú me lo pidas.

— ¡Qué alivio! — contestó — . Entonces podré olvidarme del asunto.

— No te prometo que no vaya a recordártelo. Como ya te dije, puedo obtener lo que quiero sin palabras. Hay métodos más efecti-vos que hablar.

— ¿Te

te atreverías a comprometerme?

Sus manos se pusieron tensas sobre los hombros temblorosos de Alex.

— Ésa es una manera muy anticuada de decirlo.

—Recuerda que yo soy una chica anticuada.

— Y teniendo en cuenta la madre que te educó, eres muy indisciplinada.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Ya veremos. Te quiero, Alex, y confieso que no me gusta es-perar. Deseo hacerte el

amor hasta que el único pensamiento que quede en tu loca cabeza sea que quieres pertenecerme. Uno de estos días, con anillo de compromiso o sin él, puedo sentirme tentado

de hacerlo

si me sigues provocando.

Se sentía tan débil que no pudo retroceder cuando él bajó las manos hasta sus senos.

—¿Por qué se acelera tu corazón cuando te toco? Nunca vi una respuesta tan inmediata.

—Sólo puede ser el odio que siento por ti—respondió, ignoran-do la fuerza de su amor.

—No lo creo —le dijo burlonamente, pero soltándola—. Es evi-dente que estás agotada. Te aconsejo que descanses hasta la hora de la cena.

—Esto es lo último

—empezó a decir Alex.

—Haz lo que quieras —la interrumpió con impaciencia—. Ten-go mucho que hacer para perder mi tiempo y mi interés en los que no lo quieren.

Estaba deseando que se fuera, pero al mismo tiempo le retenía.

—Creía que tú nunca perdías el tiempo aquí.

—No lo he perdido, pero ahora tengo que tenerte en cuenta. Desde hoy estaré aquí casi todo el año. Durante mucho tiempo.

—No encontrarás otra distracción tan fácilmente en estas lla-nuras.

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—Si con eso quieres decir otras mujeres, no las necesitaré si te tengo a ti.

—Ya lo das todo por hecho.

—He dicho que si te tenía.

—¡Qué amable por tu parte!

Le sonrió, desafiante, aunque en su interior luchaba contra el deseo de abrazarle y besarle.

Habían pasado cuatro días

—¿Cuánto tiempo me das?

De repente, le preguntó:

—Hasta que ya no soporte más. Ahora me voy a trabajar. A lo mejor te veo durante la cena.

Cuando salió, Alex se dejó caer en la cama y puso la cabeza en el lugar donde él había apoyado la suya. Había dicho que hasta que no pudiera soportar más, sin detenerse a considerar a nadie más. Apretó los puños y su cuerpo se puso rígido mientras la envolvía una ola de deseo.

Estaba dispuesta a darse por vencida, a saltar de la cama y al-canzarlo, pero se contuvo. No podía hacerlo. Aunque la quería, ha-bía dicho claramente que le aburría. Se lo había dicho a Ruby. Sin-tiéndose muy afligida, Alex se quedó donde estaba. Se alegraba de haberlo recordado a tiempo, antes de haber perdido la cabeza.

Durante los días siguientes, Chase mantuvo su promesa de de-jarla tranquila. Pasaba la mayor parte del tiempo con sus trabajado-res, entre los que destacaba por su autoridad. No había duda de que infundía respeto.

Alex tenía que oír las constantes preguntas que hacía su madre, aunque la tranquilizó que Harriet estuviera siempre dispuesta a ha-blar de su adorado sobrino. La información que reunió evidentemen-te impresionó a Enid e inquietó a Alex, quien ni siquiera quería ana-lizar sus sentimientos. Era mejor no hacerlo. ¿Por qué fingir que era valiente? Era más fácil continuar en su estado de aturdimiento e in-diferencia que exponerse a una pena innecesaria.

Sin embargo, Chase no siempre estaba fuera. Todas las noches cenaba con ellas. Era el anfitrión perfecto, muy distinguido con sus trajes de corte perfecto que no se parecían en nada a la ropa que lle-vaba durante el día. Alex esperaba con ansia las veladas. Drew los acompañaba generalmente, igual que otros dos muchachos que esta-ban adquiriendo experiencia para administrar sus propias granjas, y en dos ocasiones, fueron unos amigos.

Sí, Alex tenía que reconocer que las veladas eran divertidas y no le sorprendía que su madre cooperara a que así fueran. Enid te-nía estilo para las relaciones sociales y además era bella. Alex se dio cuenta repentinamente de que no era mucho mayor que Chase. En una

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ocasión los sorprendió riéndose y sintió una intensa ola de celos.

Cuando tuvo un rato libre, Chase llevó a Enid y a Alex a mon-tar a caballo. Su madre era una experta amazona y Chase parecía apreciarlo. Generalmente ellos dirigían la marcha y dejaban que Alex fuera detrás. A ella no le molestaba, pues le daba la oportunidad de mirar a Chase sin ser observada, lo que hacía últimamente con mu-cha frecuencia. El mirarle era una necesidad para ella, aunque pre-fería morir antes de que él lo supiera.

Se sintió muy complacida cuando, un día que estaban fuera, Enid dijo que aunque lo estaba pasando muy bien, no le gustaría vivir en “Coolabra”, ya que era un lugar solitario.

Antes de que Chase pudiera hablar, Alex ya estaba defendien-do “Coolabra”.

—Yo no he notado la soledad, mamá. Siempre hay algo que ha-cer. Es un lugar maravilloso. ¡Me encanta!

No había acabado de hablar cuando se arrepintió de haberlo he-cho. La cara de Chase tenía una expresión de profunda satisfacción. Golpeó con los talones los costados de la bella yegua que cabalgaba para escapar, pero su provocadora sonrisa la siguió.

Una tarde, después de estar cinco días en casa, les dijo que iba a ir a Monte Isa.

—Entonces, lleva a Alex contigo —sugirió su tía—. Quería ir cuando tú estuviste en Sydney, pero no pudo llevarla nadie.

—Qué pena

¿Aún tienes compras urgentes que hacer, Alex?

Él sabía por qué había querido ir y la joven se sonrojó. Ya no le cabía duda de que había dejado órdenes precisas de que no debía salir de la granja.

—Sí, aún tengo compras que hacer —contestó, sonriendo, deci-dida a molestarle.

—Será un placer llevarte. Puedes ir por tu sombrero mientras yo intercambio unas palabras con estas dos señoras.

Se apresuró a hacer lo que le decía; sin embargo, notó que no había invitado a su madre. A Enid no le gustaba volar, así que tam-poco hubiera ido y Chase lo sabía. Su satisfacción disminuyó un poco, así que no se apresuró a subir la escalera. Esos días él parecía velar más por la comodidad de Enid que por la suya.

Incapaz de resistirlo, Alex se lo hizo ver cuando sobrevolaban la granja.

—No tienes que esforzarte tanto con mi madre, Chase. Ella ya te quiere, mejor dicho, quiere lo que representas.

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—Un día de estos, voy a estrangularte.

—¿Quieres asustarme?

—¿Crees que no puedo hacerlo?

No le dio importancia a esa amenaza, ya que se sentía muy se-gura allí. No podía hacer nada más que amenazarla mientras condu-cía el avión.

Ambos guardaron silencio. Después, él le preguntó:

—¿Tienes muchas ganas de ir a Monte Isa, Alex?

—Realmente, no. ¿Por qué?

—Estaba pensando en llevarte a Alicia. Sería un cambio in-teresante.

—¿A los manantiales Alicia?

Él movió la cabeza afirmativamente.

—Nunca has estado allí. No puedes irte sin verlos.

Aquel comentario la hirió, pero para disimular le preguntó:

—¿No se nos va a hacer muy tarde?

—Tenemos tiempo suficiente para ir allí y regresar. No tardare-mos mucho.

—¿Y los asuntos que tenías que atender en Monte Isa?

—Puedo atenderlos en Alicia.

—Vamos entonces, si quieres —dijo, emocionada. Había oído decir que el paisaje de los manantiales Alicia era maravilloso.

—No tendremos tiempo de ver todos los lugares interesantes, como la roca Ayers, pero podemos sobrevolarla. Otro día te llevaré con más calma.

Un minuto antes le había hablado como si ella fuera a irse y al siguiente como si supiera que iba a quedarse. Malhumorada, le miró de reojo y después trató de relajarse. Experimentaba un vivo deseo de saber lo que estaba pensando. ¿Cómo podía sentirse segura si no lo sabía? Él le había mostrado muchas cosas de sí misma, pero para ella, él seguía siendo un misterio.

El ruido monótono de los motores y el calor le produjeron sue-ño. Ya habían volado un buen rato en dirección sudoeste cuando Chase la despertó, asustándola un poco.

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