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8/7/2019 Metafísica del poder: Jouvenel y Foucault – Aldea Política

Aldea Política

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11 JUNIO, 2019

LAPSARIO

Metafísica del poder: Jouvenel y Foucault

El descubrimiento de la experiencia del poder es un acontecimiento de primer orden en la vida


del sujeto. Desde que nacemos a la vida social nos encontramos con que existen fuerzas que nos
exceden y tienen autoridad sobre nosotros. La ley del padre es la forma específica en que el
psicoanálisis explica la instalación de una estructura normativa externa en el sujeto durante su
infancia primera. El descubrimiento de la función paterna es la estructura mental que se instala
en el sujeto para dar base a toda manifestación ulterior de la experiencia del poder.

Para la inteligencia moldeada por el saber oficial, el poder es un hecho natural que no puede ser
controvertido. Siempre ha habido poder y siempre lo va a haber. El sujeto que no ha nacido a la
desconfianza respecto al fenómeno del poder asume que su soberanía individual no depende de
la existencia o ausencia de una estructura externa que dirige sus actos hacia un deseo que no
necesariamente es el suyo. El poder es percibido por él como una fuerza que a veces actúa en su
beneficio, pero cuya esencia no está en principio reñida con la posibilidad de que sus deseos y
necesidades puedan ser satisfechos.

“El saber oficial ha representado siempre al poder político como el centro de una lucha dentro
de una clase social (querellas dinásticas en la aristocracia, conflictos parlamentarios en la
burguesía); o incluso como el centro de una lucha entre la aristocracia y la burguesía. En cuanto
a los movimientos populares, se les ha presentado como producidos por el hambre, los
impuestos, el paro; nunca como una lucha por el poder, como si las masas pudiesen soñar con
comer bien pero no con ejercer el poder. La historia de las luchas por el poder, y en
consecuencia las condiciones reales de su ejercicio y de su sostenimiento, sigue estando casi
totalmente oculta. El saber no entra en ello: eso no debe saberse”, dice Foucault en Microfísica
del poder.

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Los saberes sobre el funcionamiento de la sociedad no pueden hablar sin tabúes sobre los
detalles más oscuros sobre el poder. En cada sociedad y en cada momento en el tiempo, el
poder es imaginado de formas muy distintas que varían en cuanto a su contenido, y esa
imaginación está moldeada en buena medida por las verdades establecidas que dominan en ese
contexto. Las formas en las que el sujeto se piensa determinan las formas en las que el sujeto
puede pensar el poder.

El saber oficial sobre el poder siempre se ha rehusado a poner de manifiesto las


vulnerabilidades que éste tiene respecto a una potencial situación de desobediencia
generalizada del sujeto. Como si se tratase de un axioma, al individuo se le educa desde un
comienzo en la idea de que siempre resultará más beneficioso para él aceptar el hecho natural
de que existen fuerzas que deben gobernarlo. Sólo en situaciones muy particulares se consiente
que la lucha contra el poder puede resultar legítima (“cuando hay demasiada opresión, las
revoluciones son aceptables”), pero sólo a condición de que eventualmente se regrese a una
situación de obediencia respecto al nuevo poder a constituirse. Las revoluciones tienen como
supuesto escondido la idea de que el desbarajuste no puede durar para siempre y siempre hay
que encontrar algo nuevo a lo cual obedecer al cabo de un tiempo.

La memoria colectiva no recuerda jamás cuáles son las verdades completas sobre el origen de
los poderes que la gobiernan. La educación humanística y el estudio de la historia tratan de dar
una visión racional sobre el surgimiento del poder, y al hacerlo ocultan muchas cosas que ellas
mismas desconocen por razones historiográficas. El saber oficial representa el surgimiento de
los poderes del mundo como un fenómeno racional basado en criterios irreductibles de verdad
y lógica, y al hacerlo excluye de su ámbito la posibilidad de que los poderes del mundo hayan
surgido de fuerzas irracionales que sólo con el paso del tiempo terminaron revistiendo formas
racionales. Hay suficientes razones para suponer que el poder no es una construcción
exclusivamente social, sino que también está determinado por la naturaleza y la vida espiritual
de la sociedad.

Independientemente de cuál sea el contenido específico de las visiones a las cuales se acude, el
origen del poder siempre es presentado como un evento gobernado por la razón y no por la
naturaleza o por Dios. Se tiene como premisa la noción de que el hombre crea el poder por
medio de su razón. Las teorías del poder con las que se introduce al individuo por primera vez
a la discusión sobre qué es el gobierno y qué es el Estado jamás abandonan el axioma de que el
poder es un producto racional. El poder puede ser visto legítimamente como resultado de un
contrato entre sociedad civil y clase gobernante, como una imposición de la clase dominante
sobre la clase dominada, o como una creación histórica determinada por la búsqueda del bien
común, pero jamás puede ser explicado en base a criterios inalcanzables para la filosofía.

El conocimiento no epistémico del poder, es decir, la exploración basada en la dimensión


sensible del objeto en cuestión, no sólo tiene como condición el oscurecimiento de los orígenes
históricos del poder, sino que también conduce al oscurecimiento de la relación entre poder y
sociedad civil.

La pregunta sobre la eficacia del poder no puede ser separada de la reflexión sobre el efecto que
tiene en él el enigma de la obediencia. Según Jouvenell, la eficacia del poder puede depender
tanto de la participación del pueblo en la edificación del sistema de poder como también de la
obediencia que se logra mediante el derecho sobre la vida y el derecho sobre la muerte. Sólo hay
dos posibilidades: o bien el individuo obedece al poder porque reconoce su legitimidad (acepta

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sus causas finales) o bien se somete a él porque tiene miedo a ser castrado por él. Para la
ontología del poder la cuestión de por qué el sujeto se rinde ante las fuerzas que lo determinan
y decide hacerlo sin demasiadas objeciones es una interrogante de gran importancia.

El poder debe ser pensado por el individuo como una fuerza que debe ser obedecida por su
naturaleza histórica o por sus fines. Por ambos lados se llega a la misma conclusión: el poder ha
sido pensado racionalmente por alguien capaz de pensar racionalmente, y tanto su naturaleza
social como sus fines sociales pueden ser justificados de algún modo. Algunos de los fines a los
que se acude para proporcionar un justificativo a la violencia del poder son la defensa de la
constitucionalidad (sin Estado no tendríamos leyes), la defensa de la democracia (sin Estado no
habría participación popular), la defensa de la soberanía (sin Estado seríamos invadidos por
otros Estados) y la administración del problema de la escasez económica (sin Estado la
actividad económica se estancaría).

“Lo que efectivamente existe es la creencia humana en la legitimidad del Poder, la esperanza en
su capacidad bienhechora, el sentimiento que se tiene de su fuerza. Pero, evidentemente, su
legitimidad radica tan sólo en su conformidad con lo que los hombres estiman en general que es
la forma legítima del Poder, y no posee un carácter bienhechor sino por la conformidad de sus
fines con lo que los hombres creen que es bueno para ellos.” El sujeto moderno necesita creer
que el poder puede de algún modo actuar con bondad respecto a su existencia. Para que la
legitimación del aparato de poder sea factible, es necesario que se pueda tener fe en la
posibilidad de que el poder esté actuando, sí, con violencia, aunque con fines nobles y
aceptables desde un punto de vista moral.

Las teorías de la función estatal se basan en el supuesto de que la acción específica del Estado
está sobredeterminada por ciertas causas finales que son inseparables de su naturaleza. El
Estado es una formación histórica necesaria desde un punto de vista racional porque mantiene
una relación de condicionalidad con el bien común. El bienestar generalizado de la sociedad
sólo es posible a condición de que exista una fuerza externa que utilice la fuerza de ley para
organizar las energías de la sociedad con respecto al ideal de la riqueza material y moral.

El poder racional necesariamente tiene fuerza, legitimidad y beneficiencia (Jouvenel). Tiene un


modo de operar que le es exclusivo y se desprende de su metafísica. En otras palabras, su forma
de actuar está determinada por la metafísica del poder, la cual implica tanto su acción
generalizada como también su microfísica (Foucault). La legitimidad es el resultado de la acción
del lenguaje en la historicidad del poder. La autoridad se instala en el individuo por medio de
la palabra. El poder se infiltra en el ejercicio de la lengua y difunde de ese modo un sistema de
razones lógicas que lo justifican. Finalmente, la beneficiencia del poder es la dimensión utilitaria
del poder. Su ejercicio beneficia siempre a alguien, si bien es posible que ese producto utilitario
sea una consecuencia secundaria y no su finalidad básica.

“(…) Las relaciones entre deseo, poder e interés, son más complejas de lo que ordinariamente se
piensa, y resulta que aquellos que ejercen el poder no tienen por fuerza interés en ejercerlo,
aquellos que tienen interés en ejercerlo no lo ejercen, y el deseo de poder juega entre el poder y
el interés un juego que es todavía singular” (Foucault). El interés utilitario, a diferencia de lo
que piensan las teorías de la dominación de clase, no es la esencia última del poder. Si el nivel
de beneficio al que el sujeto puede aspirar fuese lo que determinase su relación respecto al
poder, entonces la dominación no sería posible porque siempre serían los oprimidos los que
buscasen con más vehemencia la conquista del aparato de poder pues son ellos los que tienen
más incentivos materiales para su apropiación.

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El poder se sirve de aquellos derechos que el sujeto se reconoce a sí mismo para organizar
racionalmente su existencia social. La soberanía es tratada como un derecho absoluto e
ilimitado que sólo puede ser ejercido de forma efectiva por medio de la fuerza organizada de la
colectividad. Los hombres necesitan actuar coordinadamente para crear un aparato de poder
que garantice su progreso y proteja su autonomía respecto a ciertas amenazas externas que no
pueden ser nulificadas de ninguna manera. La comunidad es la entidad titular de la soberanía y
subroga su defensa al Estado para asegurarse de que se ejerza alguna violencia en su
protección.

En el contractualismo (Hobbes), el poder es consecuencia de un acuerdo primitivo que vio la


violencia organizada como una condición necesaria para acabar con la violencia caótica del
estado natural. En la teoría de las clases sociales (Marx), el poder es consecuencia de una lucha
histórica que hace necesario la aparición de un instrumento político de dominación para
asegurar los intereses de una clase social en desmedro de otra con respecto a la propiedad y la
plusvalía. En la teoría rousseauniana, la sociedad se compromete a obedecerse a sí misma al
otorgar al Estado la facultad de administrar la soberanía popular y perpetuarla.

“Cuanto más entreguemos de nosotros mismos al Estado, por más tranquilizador que hoy
pueda ser su aspecto, mayor es el riesgo que corremos de alimentar la guerra futura, haciendo
que sea respecto de la pasada lo que ésta fue respecto de las guerras de la Revolución”
(Jouvenel). No se puede demostrar de forma concluyente que la democracia y los fines
legítimos que justifican el poder inevitablemente conducen a una situación de creciente
restricción de su violencia. La historia de la humanidad no apunta a que el progreso esté ligado
a la posibilidad de que el poder pueda ser ejercido de forma cada vez más limitada. Entre
progreso y metafísica del poder existe una relación incontrovertible que necesariamente sigue
uno de dos caminos: o bien el progreso reduce la violencia con la que el poder es ejercido, o
bien el progreso perfecciona y profundiza la violencia del poder.

El quantum o proporción de los medios sociales del poder es la variable que mide el grado de
obediencia que determinada manifestación histórica del poder es capaz de generar. La dinámica
del cambio histórico produce cambios que alteran la efectividad con la que el poder es ejercido.
La historia del poder no puede evitar abordar la cuestión de cómo evoluciona a lo largo del
tiempo la violencia y eficacia del poder.

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