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Los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki

La Little Boy y la Fatman mataron a cientos de miles de personas en Hiroshima y


Nagasaki y, según algunos historiadores, sirvió para que Japón claudicara en la II
Guerra Mundial. Para otros no hubiera sido necesario.

Han pasado más de 70 años desde que el mundo contemplase la capacidad


destructiva del hombre hecha realidad en forma de bombas atómicas. La Segunda
Guerra Mundial supuso, una vez más, la subordinación de la ciencia al servicio de
la guerra y la muerte, buscando provocar el mayor daño al enemigo para que no
pudiera levantarse y devolver el golpe. Los cinco años de conflicto vieron nacer
algunas de las herramientas más temibles que el mundo había conocido hasta
entonces.

Si durante la Gran Guerra las armas químicas y las ametralladoras supusieron un


cambio radical en el arte de la guerra del que hablaba Sun Tzu y eliminaron lo poco
que le quedaba de arte para dejar únicamente el dolor, la violencia y la muerte. Un
grupo de científicos, muchos de ellos judíos, decidieron unirse para luchar contra el
fascismo y arrebatar la primera posición en la carrera armamentística a la Alemania
de Adolf Hitler. Nacía así el 'Proyecto Manhattan', y con él las armas de destrucción
masiva y el miedo a la destrucción total.

El 6 y 9 de agosto de 1945, las bombas 'Little Boy' y 'Fat Man', respectivamente,


fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki por orden del Presidente de los Estados
Unidos, Harry S. Truman. Mataron a miles de personas, en su mayoría civiles, y
sirvieron como elemento disuasorio para que Japón claudicara y pusiera fin al
conflicto. Para algunos, esta decisión fue un sacrificio tomado con la única intención
de reducir pérdidas humanas y regresar a la paz. Para otros, una medida
desproporcionada teniendo en cuenta que Alemania e Italia habían sido derrotadas y
que Iosif Stalin se había comprometido a unirse a la lucha en el Pacífico. El
lanzamiento escondía un mensaje de advertencia para la Unión Soviética, con quien
ya había empezado a romper relaciones tras vencer al enemigo común y esto
provocaría una carrera armamentística y un aumento de las tensiones entre ambas
potencias durante la Guerra Fría.

Los lanzamientos de las bombas atómicas cambiaron el mundo y abrieron una puerta
a la destrucción absoluta a un solo botón de distancia. Aquí tienes las fotos de la
tragedia.

El equipo de bombardeo

Los encargados de bombardear Hiroshima y Nagasaki en 1945. De izquierda


a derecho de rodillas: Sargento George R. Caron; Sargento Joe Stiborik;
Sargento del Estado Mayor Wyatt E. Duzenbury; Soldado de Primera Richard
H. Nelson; Sargento Robert H. Shurard. De izquierda a derecha de pie: Mayor
Thomas W. Ferebee, del Grupo de Bombarderos; Mayor Theodore Van Kirk,
Navegador; Coronel Paul W. Tibbetts, Comandante de grupo de la brigada 509
y piloto del Enola Gay; Capitán Robert A. Lewis, Comandante del avión.

"Me he convertido en muerte, el destructor de mundos".

Este verso del Bhagavad-gītā, un texto sagrado hinduista, es la primera frase


que dijo Robert Oppenheimer tras contemplar el primer ensayo nuclear de la
historia en el desierto de Alamogordo, unas semanas antes del lanzamiento de
la 'Fat Man' sobre Nagasaki. El ensayo, denominado Trinity, fue el último paso
del 'Proyecto Manhattan' por el que un grupo de científicos compuesto
por Niels Böhr, Enrico Fermi, Ernest Lawrence y Luis Walter
Álvarez adelantaron a la Alemania nazi en la carrera por el primer artefacto
nuclear.

Hongo nuclear

Espectacular hongo nuclear formado por la segunda bomba atómica de la


Historia, lanzada sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Pocos días después,
el 15 de agosto, Japón se rendiría definitivamente, lo que supuso el fin de la II
Guerra Mundial, el conflicto bélico más destructivo y mortífero del siglo XX.

Capitán Robert A. Lewis

El capitán Robert A. Lewis fue el copiloto del famoso Enola Gay, el


bombardero B 29 desde el que se lanzó la bomba atómica de Hiroshima. La
foto se tomó en Nueva York el 19 de noviembre de 1945, pocos meses del
término de la II Guerra Mundial.

Un dudoso honor

Este famoso bombardero Boeing B-29 fue bautizado así en honor a la madre
del piloto de la misma, Paul Tibbets, la señora Enola Gay Tibbets. Actualmente
el avión se encuentra en el Steven F. Udvar-Hazy Center del Smithsonian
National Air and Space Museum.

Coronel Paul Warfield Tibbets

El Coronel Paul Warfield Tibbets Jr, piloto del bombardero Enola Gay delante
del avión que lanzaría, ese mismo 6 de agosto de 1945, la primera bomba
atómica de la Historia sobre la población japonesa de Hiroshima. Se calcula
que dicho bombardeo causó la muerte a más de 166.000 personas, la mayoría
de ellos civiles.

Fat Man

'Fat Man', en castellano, 'hombre gordo'. Este fue el nombre en clave que
recibió la bomba nuclear que se lanzó sobre Nagasaki. La bomba (en la
imagen una réplica) medía 3,25 m de longitud por 1,52 m de diámetro,
pesaba 4.630 kg y su fuerza era de 25 kilotones. Fue detonada a una altitud
de 550 m sobre la ciudad.

Ruinas

Acero completamente retorcido entre las ruinas. En este estado se encontraba


Hiroshima un año después del lanzamiento de la bomba atómica el 6 de agosto
de 1945 por parte del ejército de Estados Unidos.

Hiroshima, 1945

Fotografía aérea de Hiroshima tomada en 1945 días antes del bombardeo. En


la ciudad se encontraba una base armamentística del ejército japonés lo cual
era, teóricamente, el objetivo principal del bombardeo atómico.

Un árbol entre las ruinas

Espeluznante imagen de un árbol en pie entre las ruinas de los edificios


destruidos por la famosa bomba atómica 'Little Boy' . La bomba fue lanzada a
las 8:15 de la mañana y tardó 55 segundos en alcanzar los aproximadamente
550 metros de altura sobre la ciudad, donde debía hacer explosión. Según los
expertos la explosión creó una bola de fuego de unos 250 metros de diámetro y
una temperatura de un millón de grados centígrados.

Ruinas de Nagasaki

Reducida a escombros. Así quedó la ciudad japonesa de Nagasaki, que se no


levantaría de nuevo hasta años más tarde. Esta imagen fue tomada el 24 de
septiembre de 1945, más de un mes después del bombardeo del 9 de agosto
del mismo año.

Hiroshima un año después

Entre ruinas, un año después de la detonación de la bomba atómica,


exactamente el 27 de julio de 1946, estos niños japoneses asisten a clase en
Hiroshima. Se calcula que prácticamente el 60% de la ciudad fue
completamente destruida, algo que se puede apreciar a través de las ventanas
de la propia clase.

Hiroshima reducida a cenizas

Espectacular imagen aérea de la destrucción que causó la famosa bomba


atómica conocida como 'Little Boy' y lanzada por el bombardero Boeing B-29
Enola Gay el 6 de agosto de 1945. Le seguiría la detonación de otra bomba
similar en Nagasaki tres días después. El 15 de agosto del mismo año, Japón
se rindió y terminó la II Guerra Mundial.

Hospitales improvisados en Hiroshima

Tras la explosión de la bomba nuclear cualquier sitio era bueno para atender a
los miles de heridos que provocó. Las ruinas de la ciudad se conocen
actualmente como Memorial de la Paz de Hiroshima y pasaron a engrosar los
sitios Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1996 con las objeciones de
China y Estados Unidos.

Víctimas de la explosión

En esta fotografía tomada el 5 de octubre de 1945 una madre cura a su


hijo dos meses después de la masacre.

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki

Desde ese 6 de agosto de 1945, el mundo y las guerras ya no volverían a ser


iguales

La bomba que paró el tiempo


La explosión de la bomba atómica de Hiroshima se registró a las 8:15 de la mañana
del 6 de agosto de 1945. En este reloj de pulsera encontrado en las ruinas de la
ciudad, la aguja pequeña del reloj quedó abrasada por la explosión, marcando una
sombra sobre él mismo que le hace parecer la aguja grande.

Paul W. Tibbets Jr.


El Coronel Paul W. Tibbets, de 31 años, posa para una fotografía delante del Enola
Gay en una localización desconocida. Fue el piloto encargado de pilotar el
Bombardero B-29 que lanzó la bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima
el 6 de agosto de 1945, el cual, llevaría el nombre de su madre.

George R. Caron
El protagonista de esta foto de archivo de 1945 es el Sargento George R. “Bob” Caron
(31 de octubre de 1919 - 3 de junio de 1995), artillero de cola en el Enola Gay, el
Bombardero B-29 que lanzó la bomba atómica sobre la ciudad Japonesa de Hiroshima
el 6 de agosto de 1945.

La tripulación del Enola Gay


De izquierda a derecha en primera fila: Jacob Beser, teniente primero; Norris R.
Jeppson, teniente segundo; Theodore J. Van Kirk, capitán; el mayor Thomas W.
Ferebee; William S. Parsons, Capitán; el coronel Paul W. Tibbets Jr. y el Capitán
Robert A. Lewis. En segunda linea el sargento Robert R. Shumard, el soldado Richard
H. Nelson, y los sargentos Joe A. Stiborn, Wyatt E. Duzenbury y George R. Caron.
Little Boy
Little Boy fue el nombre con el que bautizaron los americanos a la bomba lanzada en
Hiroshima. La bomba de uranio-235 de 4.400 kilogramos de peso, 3 metros de
longitud, 75 centímetros de diámetro y una potencia explosiva de 16 kilotones, – 1600
toneladas de dinamita-, explotó a las 8:15 del 6 de agosto de 1945 a una altitud de 600
metros sobre la ciudad japonesa, acabando con la vida de aproximadamente 140.000
personas.

Un soldado con pulso de fotógrafo


Una columna de 6 kilómetros de altura se eleva desde la zona cero sobre las ruinas de
la ciudad de Hiroshima. La fotografía fue tomada por George Caron, artillero de cola
del Enola Gay a quien le dieron una cámara en el último momento y la cual disparó a
través de la ventana de plexiglás de su puesto de combate.
La alternativa nuclear
Foto difundida por el ejército de los Estados Unidos y proporcionada por el Museo de
la Paz de Hiroshima. En ella se aprecia la enorme nube de humo resultado de los
enormes incendios masivos provocados por Litte Boy. La fotografía se tomó pocas
horas después de la detonación desde un avión de reconocimiento del ejército
estadounidense.

Las secuelas de Little Boy


Imagen de ciudad de Hiroshima tomada a algo más de kilómetro y medio del lugar
donde fue detonada Little Boy, la primera bomba atómica de la historia lanzada sobre
una población civil.
Desolación desde el aire
Vista aérea de la ciudad de Hisroshima unas horas después del lanzamiento de la
bomba nuclear.

Una ciudad reducida a escombros


Metales retorcidos y cascotes: retales de lo que un día fue la ciudad más
industrializada de Japón. La fotografía sería tomada unos días después del
bombardeo.
Los restos de la tragedia
El armazón de este bloque de apartamentos es lo poco que quedó en la zona cero tras
la explosión nuclear en la ciudad japonesa de Hiroshima.

Sobrevivir a una bomba nuclear


En esta foto proporcionada por el Cuerpo de Ingenieros de EE.UU., se pueden
contemplar las heridas de una de las víctimas de la primera bomba atómica. La
fotografía fue tomada en el departamento de Ujina, en el primer hospital provisional del
ejército japones en Hiroshima. Los rayos térmicos emitidos por la explosión quemaron
el patrón del kimono de esta mujer, los cuales quedaron grabados sobre su espalda.

Las primeras reacciones japonesas


Víctimas japonesas esperan recibir los primeros auxilios en la parte sur de Hiroshima
horas después de la explosión. La detonación mató al instante a 66.000 personas,
hiriendo a otras 69.000.

Protegidos por las colinas


La foto, tomada un 2 de febrero de 1951, muestra una zona residencial protegida por
la orografía en Nagasaki, la cual se salvó de la destrucción que arrasó vastas
porciones de la ciudad. El área desnuda en primer plano es un cortafuegos.
Vivos y juntos
Un hombre y una mujer japonesa, víctimas de la bomba atómica de Hiroshima, se
sientan en un edificio de un banco dañado convertido en un hospital provisional. La
cara de la mujer está gravemente marcada por el tremendo calor generado en la
explosión.

El mensajero de la muerte
El Enola Gay aterrizando en Tinian, al norte de las Islas Marianas después del
bombardeo de Hiroshima.
Cuando lo peor aún no ha pasado
Hiroshima, 1 de Septiembre de 1945. Científicos japoneses comprueban los niveles de
radiactividad en la zona cero.

Fat Man
Fat man fue el apodo dado a la segunda bomba lanzada – en este caso de plutonio-
por el ejército estadounidense sobre Nagasaki, el 9 de agosto de 1945. Detonado a
una altitud de 550 metros sobre la ciudad, el dispositivo de 3,25 metros de longitud por
1,52 de diámetro, pesaba 4.630 kilogramos y poseía una potencia de 25 kilotones. Los
ataques provocaron la rendición incondicional de Japón.
Nagasaki, la segunda bomba
Una columna de humo ondulante en forma de seta se eleva a kilómetros de
altura sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. Fat man fue lanzada 3 días después del
ataque sobre Hiroshima, acabando instantáneamente con la vida de 70.000 personas.
Otros miles morirían después a consecuencia de la radiación.
En el centro de la catástrofe
Una flecha marca el punto sobre el que estalló la bomba arrojada en Nagasaki. Gran
parte de la zona bombardeada sigue asolada, los árboles en los alcores colindantes
permanecen carbonizados y empequeñecidos por la explosión. La reconstrucción del
lugar ha sido apenas testimonial.

Heridas sempiternas
En esta foto del 24 de marzo de 1980, Sunji Yamagushi, quien sobrevivió a la bomba
atómica sobre Nagasaki, muestra sus profundas cicatrices durante una conferencia de
prensa en Los Ángeles.
El avión que puso fin a la Segunda Guerra Mundial
Fat man, fue lanzada desde un bombardero B-29 apodado como “Bockscar”. Charles
Donald Albury que en la imagen sostiene una fotografía del avión, copilotó el avión que
arrojaría la segunda bomba sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945 y fue testigo del
despliegue de la primera bomba atómica sobre Hiroshima tres días antes en calidad
de piloto de reserva.

Territorio americano en el Pacífico


La guerra en el Pacífico terminó un 2 de septiembre de 1945, cuando el acta de
rendición japonesa fuera finalmente firmada a bordo acorazado Missouri de los
Estados Unidos. El barco aparece en la foto disparando en un lugar desconocido del
Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
Foto: AP
El fin de la guerra
En la imagen, el almirante Chester Nimitz, comandante en jefe de la Flota del Pacífico,
a bordo del acorazado Missouri durante la firma de la rendición de los japoneses que
ponía fin a la Segunda Guerra Mundial el 2 de septiembre de 1945. De pie, detrás de
él, y de izquierda a derecha, el general Douglas MacArthur, el almirante William F.
Halsey Jr., y el contralmirante Forrest Sherman.

Reportes de Guerra
De regreso de la Conferencia de Postdam, a bordo del crucero de guerra Augusta, el
presidente de los Estados Unidos Harry S. Truman, radio en mano, lee a la población
los primeros informes de la misión en la que fue lanzada la bomba sobre Hiroshima.
La rendición incondicional de Japón
El Secretario de Guerra, Henry Stimson, a la izquierda, observa como el presidente
Harry Truman sostiene los documentos firmados de la rendición incondicional
japonesa en la Casa Blanca un 7 de septiembre de 1945. Antes del ataque a
Hiroshima, Stimson presidió un comité para reflexionar sobre la necesidad de lanzar la
bomba. Stimson se mostraría consternado por los métodos de la guerra moderna en la
que el bombardeo de civiles se había convertido en algo común.

¿Quién pulsó el botón?


El mayor Thomas Ferebee, a la izquierda y el capitán Kermit Beahan, a la derecha.
Ferebee lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, Beahan lo hizo sobre Nagasaki.
Criminales de guerra
Foto tomada en diciembre de 1947 al general Hideki Tojo, primer ministro de Japón
durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial. Tojo fue considerado un
criminal de guerra de clase A y ejecutado por ahorcamiento el 23 de diciembre de
1948. Fue culpado de ser el cerebro y ejecutor del ataque a Pearl Harbor y de la
prolongación de la guerra en el pacífico, desencadenante de los bombardeos de
Hiroshima y Nagasaki.
El padre de la bomba atómica
De derecha a izquierda el general Leslie R. Groves, y el Dr. En física J. Robert
Oppenheimer, conocido coloquialmente como "el padre de la bomba atómica" y
director científico del proyecto Manhattan, desarrollado en secreto en Alamogordo,
Nuevo México.

Juegos de espías
En la imagen, David Greengrass con 29 años, participante en el proyecto Manhattan y
espía confeso, se encuentra en la antesala de la Corte Federal, en Nueva York, un 12
de marzo de 1951 durante el receso del juicio por espionaje al que fue sometido.
Greengrass testificó pertenecer a una red de espionaje orquestada por la Unión
Soviética. Fueron también acusados de conspiración y espionaje al servicio de los
soviéticos en tiempos de guerra Morton Sobell, Julius Rosenberg y su esposa, Ethel,
hermana de Greengrass .

Un lugar en la memoria
Varias mujeres rezan durante una misa especial celebrada en la Iglesia Urakami en
Nagasaki, el 9 de agosto de 1983 con motivo del 38 aniversario de la destrucción
atómica de la ciudad.
MÁS INFORMACIÓN
LA BATALLA DE DUNKERQUE

Un 7 de mayo de 1945, el general Alfred Jodl, Jefe del Estado Mayor del Alto
Mando de las Fuerzas Armadas Alemanas, firmaría en el Cuartel General Supremo
de la Fuerza Expedicionaria Aliada, en Reims, Francia, el Acta de Rendición
Incondicional de la Alemania Nacionalsocialista ante las fuerzas aliadas. Sin
embargo, la rendición de los alemanes no pondría fin a la mayor guerra de la historia
de la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. La contienda se trasladaría
exclusivamente al Pacífico, donde la Segunda Guerra Sino-Japonesa se venía
librando desde 1937.
Esta comenzaría el 7 de julio de 1937 con la invasión por Japón del noreste
de China. Con este acto bélico los nipones darían comienzo a una guerra particular en
la que pronto se verían involucradas varias naciones. Es desde este momento que
Japón trataría - con éxito- de expandirse por el continente asiático.
La aplastante superioridad militar de los japoneses respecto a sus vecinos pronto dio
sus frutos. Las ambiciones japonesas crecieron paulatinamente hasta que, unos años
después, continuando con su política bélica expansionista, firmarían con Alemania
e Italia el Tratado Tripartito, mediante el cual quedaba alineado con las potencias
del eje.
En julio de 1941, con el objetivo de conformar en la zona una coalición de naciones
asiáticas libres de la influencia europea y lideradas por Japón, lo que los
japoneses conceptualizaron bajo el término de "la Esfera de Coprosperidad de la Gran
Asia", los nipones decidieron dirigir su ejército hacia el sur de Indochina, territorio
controlado por Francia.
Ante este acto de beligerancia la respuesta de algunos países europeos, así como de
los Estados Unidos, -con intereses económicos en la zona- no se hizo de esperar. El
resultado fue una serie de embargos comerciales y una disminución del 90% en el
suministro de petróleo en detrimento del país del sol naciente.
El ataque a Pearl Harbor fue el acicate para que los Estados Unidos participaran en la
Segunda Guerra Mundial

La historia de la Segunda Guerra Mundial se encuentra llena de innumerables


enfrentamientos aéreos, será en tales batallas donde se producirían una gran serie de
bombardeos. En esta lección de unPROFESOR analizaremos la historia de Nagasaki
e Hiroshima ya que son los bombardeos más famosos de toda la guerra, dado que
fue el momento en el que se usaron las famosas bombas nucleares que aún, a día de
hoy, siguen dejando su huella en los habitantes de la región.

Japón y su necesidad de expansión militar


Comenzamos la lección sobre la historia de Nagasaki e Hiroshima deteniéndonos en
un punto fundamental para comprender los movimientos japoneses a lo largo del
periodo de la Segunda Guerra Mundial.

Un hecho a tener en cuenta para comprender la alianza que hizo Japón con la
Alemania del Tercer Reich lo encontramos en el tratado Naval de Washington, un
documento que obligaba al país nipón a tener un límite en sus embarcaciones,
haciendo que los EEUU e Inglaterra obtuvieran la supremacía naval.

Ello hizo que los japoneses se sintieran ninguneados, obligándolos a tomar una
alternativa que fue expandirse por lo que denominarían su esfera de influencia, un
hecho muy parecido a lo que los alemanes utilizaron para anexionar varias partes de
Europa. Una vez comenzó su expansión por territorio colonial francés a partir de julio
de 1941, los EEUU propusieron el veto comercial al país nipón reduciendo sus
ingresos en un 75%, hecho que supuso el fin de las relaciones entre ambos países.

Todo ello daría como resultado el inicio de la guerra entre Japón y los EEUU, siendo el
detonante el ataque sobre la base de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941.
El bombardeo de Hiroshima
A partir del inicio del enfrentamiento bélico entre ambas potencias, los EEUU
comenzaron a examinar los puntos más débiles del Imperio nipón, o por lo menos los
lugares dónde se podría hacer más daño para terminar rápido la guerra con este país
asiático. Por ello, el Laboratorio Nacional Los Álamos fue el encargado de buscar unas
áreas perfectas para el lanzamiento de un “castigo ejemplar”. Dentro de la búsqueda
de las localizaciones, se vio gracias a los barridos de radares norteamericanos que la
ciudad de Hiroshima poseía un gran depósito de armas, además de poseer un
puerto bastante importante.

Continuando con la lección sobre la historia de Nagasaki e Hiroshima nos detenemos


el 6 de agosto de 1945, fecha en la que se procedió a iniciar el ataque sobre la
ciudad. Como hemos mencionado con anterioridad, esta había sido definida como
punto industrial importante para el abastecimiento del ejército japonés y, por ello, era
un punto que, si desaparecía, haría mucha mella en el país nipón.

Así a las 08:15h era lanzado el ataque, el cual dejó una enorme bola de fuegoque
tuvo como foco principal el Hospital quirúrgico de Shima, haciendo que todos los
edificios en un radio de 16 km perdieran todos los cristales al momento de la
explosión. Según narran los testimonios de la época, se pudo sentir a 60 km de
distancia. El resultado de esto fue, que el 69% de la ciudad fue destruida al instante,
haciendo que entre 70.000-80.000 personas perdieran la vida.

El bombardeo de Nagasaki
Seguimos la lección pasando ahora a hablar sobre lo ocurrido en la ciudad de
Nagasaki. Dicha ubicación era un fuerte núcleo industrial y que había servido
durante todo el periodo bélico a crear armas para el ejército japonés, además de ser
un puerto bastante importante para el transporte de las mercancías y personal.

Pero el inconveniente era que la mayoría de los trabajadores vivían en casas de


madera y al lado de las fábricas porque era una ciudad que había ido construyéndose
en tanto iba creciendo, es decir, sin ningún orden arquitectónico.
El día 9 de agosto se inició el ataque aéreo y a las 11:01h era detonada la bomba,
pereciendo en el momento de la explosión entre 35.000-40.000
personas,destruyendo el 40% del total de la ciudad.

En esta otra lección te descubrimos el desarrollo y el fin de la Segunda Guerra


Mundial para que entiendas mejor las causas de este bélico conflicto.

Imagen: Slideshare

Las consecuencias de estos bombardeos


Terminamos la lección sobre la historia de Nagasaki e Hiroshima, hablando sobre los
hechos que se sucedieron tras el lanzamiento de las dos bombas:

 En primer lugar, la rendición de Japón, cuya única petición fue la de mantener


el trono imperial, una vez los EEUU aceptaron esto, el mismo emperador redactó un
discurso donde explicaba al pueblo nipón la necesidad de parar las hostilidades, dado
que las armas nucleares podían acabar con la vida tal y como la conocían en el
momento. La rendición se dio el 2 de septiembre de 1945 a bordo del USS
Missouri.

 En segundo lugar, se abrió a partir de 1948 un estudio sobre los efectos de


las armas nucleares sobre la población afectada. Estos estudios revelaron que
muchos de los afectados sufrieron graves enfermedades, como cáncer de diferentes
tipos, debido sin duda a las reacciones químicas dadas tras la absorción de las
partículas nucleares por las capas capilares.

El terror radiactivo de Hiroshima y Nagasaki

El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica de uranio

enriquecido explotó a una altura de 600 metros sobre la ciudad japonesa de

Hiroshima. La explosión, equivalente a 16.000 toneladas de TNT,

creó una onda de calor de unos 300.000 grados centígrados, una

potente onda de choque y un estallido de radiación gamma. Los edificios de

madera de la ciudad entraron en combustión, y casi todas las personas que

estaban dentro de un radio de un kilómetro y medio del centro de la

explosión (el hipocentro) murieron inmediatamente. Los potentes incendios

que devoraron la ciudad crearon corrientes de aire caliente que elevaron a

la atmósfera algunos de los 200 isótopos radiactivos que creó la

detonación. El resultado fue una lluvia radiactiva que esparció

la contaminación: la llamada «lluvia negra». Con aquella explosión, se cree


que murieron unas 100.000 personas. Otras 10.000 lo harían en los dos

años siguientes.

Solo tres días después de la explosión de Hiroshima, el 9 de agosto, los

Estados Unidos de América detonaron una bomba aún más

potente . El blanco primario era la ciudad de Kokura, pero el humo creado

por bombardeos anteriores hizo que el avión volara hacia Nagasaki. La

segunda bomba, basada en el plutonio, estalló a 500 metros de altura con

una potencia equivalente a la de 21.000 toneladas de TNT. En aquella

explosión las cifras de víctimas fueron similares. Unas 100.000 en el

momento y otras 10.000 en los años posteriores.


La bomba atómica hace

explosión en Nagasaki - AFP

En realidad, las cifras de muerte y devastación alcanzadas

en Hiroshima y Nagasaki fueron comparables a las de sucesos

ocurridos meses antes . Los Aliados, encabezados por Estados Unidos y

Gran Bretaña, ya arrasaron ciudades alemanas, causando decenas de

miles de muertes ( Dresde y Hamburgo) en un solo ataque. Y en

Japón, cuando Alemania ya estaba a punto de caer, los bombardeos

indiscriminados fueron aún más intensos. Empleándose a fondo en el uso

de bombas explosivas e incendiarias, y enviando al cielo cientos de

aparatos en cada oleada, los estadounidenses golpearon las


principales ciudades japonesas . Por ejemplo, el 9 de marzo

un bombardeo de más de tres horas causó 100.000 muertos y un

millón de heridos en Tokio. Los días siguientes, las bombas arrasaron

Nagoya (11 de marzo), Osaka (13 de marzo) y Kobe (16 de marzo),

matando a otros 150.000 ciudadanos y causando un número incalculable de

heridos y mutilados.

Pero las bombas convencionales no lograron lo que consiguió el terror

nuclear. El 15 de agosto de 1945, tras la explosión de las dos bombas

atómicas y mientras Estados Unidos preparaba sus próximos bombardeos

nucleares, el Emperador Hiro-Hito anunció la rendición

incondicional de Japón , citando el poder destructivo de la bomba atómica:

«El enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a

muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente

incalculable. Por eso, si continuamos esta situación la guerra al final no

sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa , sino


también la destrucción total de la propia

civilización humana. Y si esto fuese así, ¿cómo podría proteger a mis

súbditos, mis hijos, y cómo podría solicitar el perdón ante los sagrados

espíritus de mis antepasados imperiales? Esta es la razón por la que he

hecho al gobierno del Imperio aceptar la (rendición)».

La odisea de los supervivientes

Para los supervivientes de las explosiones atómicas, la rendición no hizo

más que marcar el comienzo de una nueva odisea . Los muertos fueron

víctimas de la onda de choque, de la explosión de calor y de la radiación

liberada en el momento de la detonación, que les causó el llamado

síndrome de irradiación aguda (ARS). Pero los supervivientes hicieron

frente a otras amenazas: aparte de quedar huérfanos, heridos,

mutilados y sin hogar, muchos quedaron afectados por la radiación. En

primer lugar fueron marcados y rechazados porque se pensaba que la

radiación podía ser contagiosa (se les llamaba los Hibakusha), y también se
decía que habían quedado condenados a tener una descendencia con

malformaciones.

Una víctima de quemaduras tras la explosión de Hiroshima - U.S. National

Archives and Records Administration

Entre los incontables problemas de salud de los supervivientes, se registró,

por ejemplo, un incremento del riesgo de padecer cáncer del 44 por ciento,

entre 1958 y 1998, entre aquellos que estuvieron expuestos a unas dosis

más altas de radiación (del orden de 1 Gray, 1.000 veces por encima de los

límites máximos de seguridad permitidos hoy en día).

¿Pero las consecuencias sobre la salud a largo plazo de la radiación fueron

tan graves como se suele pensar? Para Bertrand R. Jordan ,

investigador en la Universidad Aix-Marsella, no está tan claro: «Hay

un enorme salto entre las consecuencias que se cree que hubo y

lo que realmente ha sido descubierto por los investigadores».


En un estudio presentado recientemente en la revista « Genetics »,

una publicación de la Sociedad de Genética de América, el investigador ha

resumido 60 años de investigación médica y 100 artículos científicos

basados en los análisis hechos a los supervivientes de Hiroshima y

Nagasaki. Un total de 120.000 supervivientes y 77.000 de sus hijos han

sido estudiados en estas investigaciones.

«La percepción general es que los supervivientes quedaron gravemente

afectados por varios tipos de cáncer, y que su vida se acortó. Es cierto que

el cáncer se incrementó en casi un 50 por ciento en las personas que

recibieron mayores dosis de radiación, pero también es cierto que la

mayoría de los supervivientes no desarrolló cáncer y que su

esperanza de vida solo se redujo en meses, como mucho un año», ha

escrito el investigador en el estudio.

«Los peores efectos definitivamente fueron un incremento de la tasa de

cáncer, superior al 42 por ciento, y una pérdida de esperanza de vida de un


año, pero esto solo afectó a la minoría que recibió las dosis más

altas de radiación », ha explicado Betrand R. Jordan a ABC.

os supervivientes del bombardeo de 1945 sufrieron tasas de cáncer sólido

superiores a lo normal (barra blanca). El eje horizontal representa el número de

casos - "The Hiroshima/Nagasaki Survivor Studies: Discrepancies Between

Results and General Perception," by Bertrand Jordan. Genetics journal, Genetics


Society of America

«También se piensa que hubo nacimientos anormales, malformaciones

y extensas mutaciones entre los hijos de los supervivientes

irradiados , pero en realidad el seguimiento de 77.000 de estos niños no es


capaz de aportar evidencias de este tipo de efectos», prosigue la

investigación.

En este sentido, Jordan ha sugerido que esta falta de evidencias justifica la

necesidad de hacer análisis genéticos más detallados , y

también para pensar que, de haber consecuencias para la salud, los

riesgos asociados deben de ser pequeños.

Pero, tal como ha proseguido, esto no es motivo para dejarse llevar

por la complacencia sobre los efectos de los accidentes nucleares, ni

mucho menos sobre las consecuencias de una guerra nuclear. Tan solo

indica, tal como ha dicho, que «hay un gran salto entre los resultados de los

estudios científicos y la percepción del público».

Miedo a lo desconocido

«Descubrí que las ideas equivocadas sobre Hiroshima y Nagasaki eran

frecuentes incluso entre científicos y genetistas, así que decidí escribir un

artículo resumiendo los resultados del RERF», ha recordado el investigador


a ABC. Este organismo que menciona, la Fundación para la

Investigación de los Efectos de la Radiación , fue fundada por Japón y

Estados Unidos en 1975, y desde el principio se basó en los

descubrimientos ya hechos por la Comisión de Víctimas de la Bomba

Atómica (ABCC), gestionada conjuntamente por Estados Unidos y Japón, y

que analizó los daños sobre las víctimas de los ataques nucleares desde

1947. Antes de aquello, el Ejército de los Estados Unidos ya hizo pruebas

con las víctimas entre 1945 y 1947, pero los resultados

recopilados permanecen clasificados hoy en día.

Contador Geiger a las afueras de la central nuclear de Chernóbil, en 2011 - AFP


Al margen de esto, para Bertran R. Jordan las causas de esta discrepancia

entre lo que se teme y lo que se ha demostrado son varias: « La gente

tiene siempre más miedo a los peligros nuevos frente a los conocidos .

Por ejemplo, la sociedad tiende a no tener en cuenta los peligros del

carbón, aunque muera mucha gente en el proceso de extracción o aunque

muchos mueran a causa de la polución», ha justificado.

Además, tal como ha mencionado, aunque la radiación es invisible y

silenciosa, «es más fácil detectar» que un producto químico tóxico, por

ejemplo: «Con un detector Geiger puedes captar escasos niveles de

radiación que no suponen ningún riesgo». Pero no ocurre así con los

productos químicos que están detrás de enfermedades endocrinas o ciertos

tipos de cáncer y que rodean al ser humano.

La ineptitud de Fukushima y Chernóbil

Aparte de estos motivos, también considera que la historia ha originado

este pánico nuclear. La devastación vista en Hiroshima y Nagasaki y el


temor a la guerra atómica que se cultivó durante la Guerra Fría tuvieron un

importante papel. Pero también los dos accidentes nucleares más famosos

dejaron su huella: « La gestión de los accidentes nucleares ha sido

particularmente inepta y ha dado fuertes motivos para que el público

desconfíe», escribe Bertrand en el estudio. Así pasó tras el accidente de

Fukushima, cuando Tepco negó la seriedad del accidente, o durante la

catástrofe de Chernóbil, durante la cual las autoridades soviéticas negaron

el desastre y los gobiernos europeos tampoco reconocieron la extensión de

la nube de contaminación en un principio.

El resultado es, en su opinión, no solo un miedo exacerbado a la energía

nuclear, sino también que las consecuencias del accidente de

Chernóbil hayan sido también probablemente exageradas por el

público. Aunque en este caso, y a diferencia de los extensos estudios

realizados en Hiroshima y Nagasaki, sí que reconoce que las


investigaciones son más incompletas y deficientes, de forma que es difícil

llegar a una conclusión clara.

Miedo o debate racional

Pero Jordan también ha tratado de dejar claro que sus cautelas no son un

alegato en favor de la energía nuclear. «Apoyaba la energía nuclear hasta

que ocurrió el accidente de Fukushima. Este demostró que los desastres

nucleares pueden ocurrir hasta en un país como Japón, con regulaciones

muy estrictas de seguridad. Sin embargo, creo que es importante

que el detabe sobre la energía nuclear sea racional . Por eso, preferiria

que la gente pudiera acceder a datos cientificos fiables, en vez de a burdas

exageraciones del peligro».

Sea como sea, quizás todo el sufrimiento humano causado por las

explosiones de las bombas atómicas y por los desastres nucleares de

Fuskushima y Chernóbil sean motivos más que suficientes para plantearse

si la energía nuclear merece o no la pena. En opinión de Bertrand R.


Jordan, el debate debe desarrollarse. Pero no con miedos

irracionales , sino con datos comprobables: «Lo único que podemos hacer

es publicar los datos más solidos y explicar la diferencia entre datos y

especulaciones».

Al margen de este debate quedan, de momento, los resultados de los

informes redactados por los Estados Unidos entre 1945 y 1947 sobre las

secuelas entre la población, y que aún permanecen clasificados y sin

publicar.

Conoce la historia de Paul Tibbets, el piloto que lanzó la bomba sobre Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, Paul Tibbets recibió la orden de subir a su avión para dar
inicio al bombardeo que causó la muerte de más de 140 mil personas.
Redacción
06 de agosto del 2015 - 12:10 PM
El mundo entero recuerda hoy el terrible bombardeo atómico que sufrió Japón a
manos de Estados Unidos. Si bien la decisión de lanzar el ataque contra suelo japonés
fue tomada por el presidente norteamericano Harry S. Truman, fue Paul Warfield
Tibbets, el piloto del bombardero B-29 Enola Gay, el avión que lanzó la bomba
atómica sobre Hiroshima, quien tuvo que realizar tan difícil misión.

Paul Tibbets nació el 23 de febrero de 1915 en Illinois, Estados Unidos, y desde


pequeño su padre le inculcó una férrea disciplina que terminaría motivado su carrera
militar. En 1937, se alistó en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos como piloto de
bombardero.

El 6 de agosto de 1945, Tibbets recibió la orden de subir a su avión para dar inicio al
bombardeo que causó la muerte de más de 140 mil personas y convirtiendo a esa
zona de Japón en una sucursal del infierno.

Por entonces teniente coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, solo tenía 30
años cuando despegó con el B-29 junto a 11 tripulantes de una base estadounidense
en las islas Marianas. El bombardero fue bautizado como Enola Gay, el nombre de
pila de la madre de Tibbets.

"Si Dante se hubiera encontrado con nosotros en el avión, se habría horrorizado",


contó años después Paul Tibbets. "La ciudad que vimos tan claramente bajo la luz del
día estaba después recubierta de una horrible mancha. Todo había desaparecido bajo
esa espantosa cobertura de humo y fuego", agregó.

Después de la misión, Tibbets permaneció en el servicio. En todas las entrevistas que


otorgó a través de su vida expresó incontables veces que no sentía ningún tipo de
remordimientos como los expresados por otros miembros de su tripulación y que
volvería a hacer lo mismo bajo las mismas circunstancias.

El piloto que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima falleció en Ohio (Estados
Unidos) en el 2007, a la edad de 92 años.
Fotos impactantes del ataque atómico a
las dos ciudades de Japón

En la conmemoración del 70 aniversario del bombardeo a Hiroshima, tanto Japón


como una gran cantidad de países se han sumado a la tarea de no olvidar la
destrucción masiva y la muerte de miles de personas que propició el primer ataque
atómico en la historia.
Esta recopilación de fotografías muestra la magnitud del suceso que marcó para
siempre a la humanidad y dio fin a la Segunda Guerra Mundial.

El 06 de agosto 1945, aviones estadounidenses lanzaron dos bombas atómicas, una


en Hiroshima y otra en Nagasaki, con un poder destructivo sin precedentes
La explosión dejó una enorme extensión de ruinas, cerca de 140 mil muertos y
cicatrices para toda la vida en los sobrevivientes y en las propias ciudades
La explosión de la primera bomba, conocida como “Little Boy,” mató instantáneamente
a 66 mil personas.

Re
stos de la Iglesia Protestante Nagarekawa en Hiroshima tras el ataque de la bomba
atómica.

Una enorme nube en forma de hongo mató a 70 mil personas. Se trató del
lanzamiento de la segunda bomba en Nagasaki el 9 de agosto de 1945
Víctima de la primera
bomba atómica de Hiroshima. Los rayos térmicos emitidos por la explosión quemaron
su espalda atravesando su kimono

La Catedral Católica de Urakami en Nagasaki, el 13 de septiembre de 1945, tras la


detonación de la bomba atómica
Sobrevivientes recibieron tratamiento de emergencia por médicos militares. Fue la
primera y única vez que armas nucleares se utilizaron en una guerra

Una mujer japonesa y un niño sobrevivientes de Nagasaki. Sus rostros están


marcados con quemaduras por el calor de la explosión
La ciudad de Hiroshima tras el ataque

Víctima de la bomba en Hiroshima


Bomb
a atómica “Little Boy”

Bomba atómica “Fat Man”


Enola Gay, el avión desde donde se lanzó la primera bomba

FCEBOOK
ITTER
Fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa

Miembros del Gobierno de Flensburgoarrestados por los británicos el 23 de mayo. En


primer plano el almirante Karl Dönitz en uniforme, detrás el general Alfred Jodl en
uniforme y Albert Speer, en abrigo civil. La caída del gobierno provisional y la victoria
soviética en Praga significo la rendición absoluta de Alemania.
El Fin de la Segunda Guerra Mundial reúne tanto el cierre del Teatro Europeo en la
Segunda Guerra Mundial como la rendición alemana. Tuvo lugar entre finales de abril
y principios de mayo de 1945 y finalizaría, el 8 de mayo de 1945, tras la firma de la
capitulación alemana, en Berlín, entre los mariscales Keitel y Zhúkov.

Antecedentes de la rendición
El 25 de abril de 1945, las tropas soviéticas y estadounidenses entraron por primera
vez en contacto directo, cortando a Alemania en ocho (Día del Elba). Las primeras
unidades en hacer contacto fueron de la 69.ª División de Infantería norteamericana y la
58. División de Guardias soviética del 5.º Ejército de Guardias, cerca de Torgau, sobre
el río Elba, localidad donde soldados de ambas nacionalidades realizaron una breve
celebración por encontrarse personalmente tras meses de avances desde extremos
opuestos.1 Contra lo que esperaba la propaganda nazi, el contacto entre ambas tropas
no fue hostil, mas todo la contrario.

Suicidio de Hitler y caída de Berlín[editar]


En las últimas horas de la batalla de Berlín, en la tarde del 30 de abril de 1945, el
canciller alemán Adolf Hitler se suicidó en su búnker de la Cancillería del
Reich en Berlín junto a Eva Braun, entendiendo que la guerra ya estaba perdida para
el Tercer Reich y deseando no ser capturado por las tropas soviéticas que avanzaban
sobre la capital alemana.
En su último testamento, Hitler nombró a sus sucesores: el almirante Karl Dönitz como
el nuevo Reichspräsident (Presidente de Alemania) y al ministro de
Propaganda Joseph Goebbels como el nuevo Reichskanzler. Sin embargo, Goebbels
se suicidó con su esposa en Berlín en la mañana del 1 de mayo, dejando al almirante
Dönitz orquestar las negociaciones de rendición.
El 30 de abril el almirante Dönitz no se hallaba en Berlín sino en Plön, desde donde se
trasladaría para formar su nuevo gobierno al pequeño puerto de Flensburgo, cerca de
la frontera danesa a orillas del Báltico, en el que se había instalado el último cuartel
general de la Marina de Guerra alemana. Enterado de la muerte de Hitler, Dönitz
nombró al diplomático Schwerin von Krosigk como nuevo Reichskanzler, con autoridad
sobre las zonas de Alemania donde aún no habían entrado aliados o soviéticos.

Reacciones en el resto de Europa


Mientras tanto en Italia las tropas alemanas controlaban solo la zona más cercana a
los Alpes y algunas localidades menores, después que una insurrección masiva
de partisanos locales y el avance del V Ejército estadounidense los expulsaran de las
principales ciudades del norte de Italia a partir del 25 de abril. Tras meses de
negociaciones no autorizadas por Hitler, el 1 de mayo, el general de las SS, Karl Wolff,
y el comandante en jefe del X Ejército de la Wehrmacht, el general Heinrich von
Vietinghoff, aceptaron la derrota y ordenaron a todas las fuerzas armadas alemanas
en Italia cesar las hostilidades, firmando un documento de rendición en la ciudad
de Caserta que estipulaba que todas las fuerzas alemanas en Italia se rindiesen
incondicionalmente a los Aliados el 2 de mayo; en ese documento se incluía también
la rendición de las tropas italianas neofascistas que obedecían a la República Social
Italiana.
La situación bélica en la propia Alemania era también prontamente liquidada: la batalla
de Berlín finalizó al amanecer del 2 de mayo, cuando el último comandante en jefe de
la guarnición, el general Helmuth Weidling, entregó la ciudad a las tropas soviéticas al
considerar inútil proseguir la lucha en la urbe ya bastante destrozada. El 3 de mayo se
rendían también las guarniciones alemanas en los puertos de Hamburgo y Bremen,
que se hallaban cercadas desde varias semanas antes por tropas británicas y
canadienses, capitulando también las guarniciones germanas que aún resistían en la
costa norte de Alemania. Mientras tanto, tropas soviéticas y estadounidenses
terminaban de ocupar las regiones de Sajonia y Turingia, mientras que fuerzas
estadounidenses tomaban las localidades alpinas del sur de Baviera y del norte
de Austria.

En azul, territorios de Europa bajo control efectivo del nazismo tras la muerte de Hitler.
El 4 de mayo de 1945, el mariscal británico Montgomery aceptó la rendición militar de
todas las fuerzas alemanas que aún resistían en el norte y oeste de Holanda, y el
extremo noroeste de Alemania, comprendiendo a las guarniciones alemanas aún
situadas en Dinamarca. Esta capitulación se celebró en el cuartel general británico
situado en la ciudad de Luneburgo, situada en un área entre las ciudades
de Hamburgo, Hannover y Bremen. Como el comandante operacional de algunas de
estas fuerzas era el almirante Dönitz, él mismo señaló a sus subordinados de la zona
que la guerra europea había terminado y no tenía sentido resistir. Mientras tanto,
fuerzas navales británicas se lanzaban a la ocupación de Dinamarca con apoyo de
la resistencia danesa, desarmando y apresando a las fuerzas alemanas que
encontraron, sin hallar resistencia apreciable.
El 5 de mayo, Dönitz ordenó a todos los submarinos de la Kriegsmarine cesar las
operaciones ofensivas y regresar a sus bases. El mismo día las fuerzas alemanas
de Noruegase rindieron en todo el país ante los británicos y la resistencia local, que
días antes controlaba ya varias localidades rurales, mientras el extremo norte de
Noruega era ocupado por los soviéticos. Ese mismo día estalló la sublevación de la
resistencia checa en Praga que atacó a las tropas alemanas que aún resistían en las
regiones centrales de Bohemia, atrapadas entre las tropas estadounidenses y
el Ejército Rojo.
Al día siguiente, 6 de mayo, se rindió la guarnición alemana de Breslavia al mando del
general Hermann Niehoff; esta ciudad de Silesia se hallaba cercada por tropas
soviéticas desde mediados de febrero y las sucesivas ofensivas del Ejército Rojo la
habían alejado paulatinamente del territorio bajo control nazi.

Tropas alemanas capitulando en Breslavia el 6 de mayo de 1945

La primera página de The Montreal Daily Star anunciando la rendición alemana.


A las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945, en los cuarteles del Cuartel
General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada (SHAEF)
en Reims, Francia, el jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las Fuerzas
Armadas alemanas (Oberkommando der Wehrmacht, OKW), el general Alfred
Jodl, firmó el acta de rendición incondicional para todas las fuerzas alemanas
ante los Aliados.2 Esta incluía la frase «todas las fuerzas bajo el mando alemán
cesarán las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8
de mayo de 1945». Tales palabras no hacían diferenciación entre las fuerzas
de la Wehrmacht que luchaban contra los Aliados Occidentales o contra
los soviéticos, por lo cual se infería tácitamente que ponía fin a toda resistencia
alemana dondequiera que la hubiera.
Cuando la Stavka soviética se enteró de la rendición firmada sólo ante
británicos y estadounidenses en Reims, exigió que el mando supremo de
la Wehrmacht también capitulara ante el Ejército Rojo, alegando que una
rendición «parcial» dejaba a las tropas alemanas en libertad para seguir
luchando contra las fuerzas soviéticas. El gobierno soviético apreciaba también
el sentido histórico del momento y exigió que se «ratificara» la rendición de
Reims ante el estado mayor del Ejército Rojo. Precisamente al día siguiente,
poco antes de la medianoche, los máximos jefes de la Wehrmacht fueron
llevados a Berlín, liderados por el general Wilhelm Keitel, donde en la noche
del 8 de mayofirmaron un documento similar en el cuartel general soviético
situado en la localidad de Karlshorst (un suburbio de Berlín), rindiéndose
explícitamente ante la Unión Soviética, en presencia del general Gueorgui
Zhúkov, comandante en jefe de las tropas soviéticas en Alemania. De hecho,
esta rendición fijaba a las tropas de la Wehrmacht el deber de rendirse
«también» a las 23.01 horas del mismo día.
Durante todo este tiempo los líderes militares alemanes habían tratado de
ganar tiempo vanamente para que los restos de varias unidades de
la Wehrmacht huyeran lo más al oeste posible y evitaran así rendirse al Ejército
Rojo, pero el alto mando de la Stavka soviética presionó para evitar esta
maniobra de última hora y logró que las tropas alemanas aceptaran rendirse sin
condiciones en la noche del 8 de mayo, sin importar el punto de Europa en
donde estuvieran.
La rendición del 8 de mayo afectó de inmediato a las tropas de la Wehrmacht
que aún se hallaban en la región central de Austria, así como en el norte
de Eslovenia y Croacia, donde se hallaban respaldadas por
fuerzas nacionalistas croatas. Al saber de la rendición incondicional, las fuerzas
alemanas y sus aliados croatas o eslovenos trataron de huir hacia el noroeste
para capitular ante británicos o estadounidenses en el sur de Austria y no ser
capturados por los partisanos comunistas yugoslavos o por el Ejército Rojo.
Esos esfuerzos motivaron una evacuación acelerada de las últimas zonas bajo
control nazi, como los alrededores de Zagreb o Liubliana, pero al penetrar en
territorio austriaco el mando militar británico rechazó tomar prisioneros a
croatas o eslovenos y los devolvió a la Yugoslavia bajo control partisano.
La rendición se hizo efectiva también en las fortificaciones de la costa atlántica
de Francia. Allí, en los puertos de La Rochela, Dunkerque, Lorient y Saint-
Nazaire había tropas alemanas que no habían podido evacuarse
oportunamente hacia el este tras el Desembarco de Normandía y que habían
recibido la orden de Hitler de conservar a todo trance los puertos franceses
del Atlántico para los submarinos de la Kriegsmarine. Otros enclaves de
resistencia alemana eran las islas de Ré y de Oleron, que fueron bloqueadas y
bombardeadas durante varios meses por tropas francesas y estadounidenses,
mientras los sitiados se amparaban en sus fortificaciones. Aunque la isla de
Oleron se rindió a los franceses el 30 de abril, las demás guarniciones
alemanas de esos enclaves acordaron rendirse sólo tras confirmar la noticia de
la capitulación incondicional en Berlín: el 9 de mayo se rindieron La Rochela,
Dunkerque y la isla de Ré, al día siguiente capituló Lorient y el 11 de
mayo Saint Nazaire.
Otros enclaves alemanes insulares, las islas de Alderney y Guernesey (únicos
territorios del Reino Unido que fueron invadidos por el Tercer Reich en toda la
contienda) se rindieron tras varios meses de bloqueo naval y aéreo británico
el 9 de mayo.
El 8 de mayo también se rindieron las tropas alemanas de la guarnición
del Dodecaneso y el 12 de mayo las de Creta, siendo estas las posiciones más
aisladas de todo el Tercer Reich.
Ese mismo día se rindió la Bolsa de Curlandia, un enclave bajo control alemán
sostenido por el Grupo de Ejércitos Curlandia en la costa báltica de Letonia,
que debió capitular ante los ejércitos soviéticos que la cercaban por completo
desde octubre de 1944. A semejanza de lo ocurrido en la costa atlántica de
Francia, las tropas de Curlandia fueron obligadas a mantener sus posiciones
para custodiar las bases de submarinos alemanes en el Báltico, tras haber
quedado aisladas por el avance del Ejército Rojo.

Celebraciones

Karl Dönitz.
La noticia de la rendición de Reims llegó a Occidente el 8 de mayo y las celebraciones
brotaron a lo largo de Europa. En los Estados Unidos, los norteamericanos
despertaron con la noticia y declararon el 8 de mayo el día V-E (Victory in Europe).
Las celebraciones ocurrieron de manera espontánea en algunos lugares, al faltar
confirmación oficial de la rendición final del Tercer Reich. El diario Stars and Stripes,
de las tropas estadounidenses en Europa, publicó la noticia en su edición del 8 de
mayo, mientras que en horas de la tarde (por la diferencia horaria) se realizaron
celebraciones espontáneas en Nueva York y Chicago. En la mañana del 8 de mayo
hubo una concentración popular en Londres para celebrar el triunfo, mientras ocurrían
similares conmemoraciones en París.
Mientras tanto en la Unión Soviética, al este de Alemania, hubo festejos espontáneos
entre las tropas soviéticas desde la tarde del 8 de mayo, tras oír noticias de la radio
estadounidense, pero el gobierno de Stalin exigió esperar a la rendición alemana
celebrada en Karlshorst para aceptar celebraciones oficiales. Precisamente, según la
hora de Moscú cuando la rendición militar alemana se hizo efectiva era ya 9 de mayo y
en esa fecha se realizaron las celebraciones del triunfo en Moscú y otras ciudades
soviéticas. La Segunda Guerra Mundial es conocida como la Gran Guerra
Patriótica en Rusia, y este país y muchos otros países europeos al este de Alemania,
conmemoran hasta hoy el Día de la Victoria el 9 de mayo.

El fallido Gobierno de Flensburgo[editar]


Tras la capitulación oficial alemana en la Segunda Guerra Mundial, Karl Dönitz,
designado Reichspräsident, continuó actuando como jefe de estado alemán en esta
localidad pues en tal situación había constituido el denominado Gobierno de
Flensburgo aunque prudentemente evitó titularlo como Reichsregierung o «Gobierno
del Reich» y optó por el nombre de «Gobierno encargado de los asuntos del Reich».
Este Gobierno de Flensburgo únicamente tenía autoridad efectiva sobre una pequeña
área alrededor de este puerto y no fue reconocido por las potencias aliadas, pese a
que Dönitz trató de constituir un gabinete sin ministros nazis, dirigido por el conde Lutz
Schwerin von Krosigk como Reichkanzler, y de convocar a Flensburgo a jefes militares
como Alfred Jodl y funcionarios como Albert Speer, en un esfuerzo vano de evitar que
los Aliados y la URSS asumieran el gobierno directo de Alemania.
Al contrario, este gobierno se disolvió tras dos semanas de inacción e impotencia
práctica, prácticamente ignorado por los vencedores, cuando sus miembros fueron
capturados y arrestados por las fuerzas británicas el 23 de mayo de 1945, el mismo
día en que Heinrich Himmler se suicidó tras ser capturado.
Los Aliados tenían un problema inicial con el gobierno provisional alemán, porque se
dieron cuenta de que aunque las fuerzas armadas alemanas se habían rendido de
forma incondicional, Hitler sí había designado un sucesor para actuar como jefe de
Estado de Alemania. Esto fue considerado un asunto muy importante, recordando que
en 1918 la rendición alemana de la Primera Guerra Mundial había sido firmada por un
gobierno civil y no por el Ejército, lo cual había sido un pretexto de Hitler para crear el
argumento de la «puñalada por la espalda», invocando una traición cometida por el
gobierno del Imperio alemán al capitular. En 1945 los Aliados no querían dar a un
futuro régimen alemán hostil excusas para resucitar esa leyenda propagandística
donde la derrota alemana era fruto de una supuesta «traición del gobierno»,
prefiriendo que la rendición fuera asumida por los jefes de la propia Wehrmacht y que
este acto fuese considerado como suficiente para que los vencedores establecieran un
gobierno directo sobre Alemania.
Por tales motivos, ni los Aliados Occidentales, ni la URSS, reconocieron al gobierno
de Flensburgo, no aceptaron la designación hecha por Hitler en favor de Dönitz, ni la
autoridad de cualquier otra autoridad civil o militar alemana, y en cambio firmaron un
documento de las cuatro potencias, creando el Consejo de Control Aliado que incluía
lo siguiente:
Los gobiernos de los Estados Unidos de América, la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas y el Reino Unido, y el gobierno provisional de la República Francesa,
asumen por este medio la autoridad suprema con respecto a Alemania, incluyendo a
todas los poderes poseídos por el gobierno alemán, el Alto Mando Militar y cualquier
gobierno o autoridad estatal, municipal o local. La asunción, para los propósitos
señalados sobre dicha autoridad y las potencias no afecta la integridad de Alemania.
El 5 de junio de 1945, las cuatro potencias firmaron el documento en Berlín y el de
facto se convirtió en de iure. Durante los cuatro años y medio siguientes, Alemania
estaría sujeta al gobierno militar de los vencedores. En tanto la declaración del 5 de
junio no reconocía validez a los nombramientos hechos por Hitler antes de morir (y
menos aún a los realizados por Dönitz), la autoridad que intentara atribuirse en vano el
Gobierno de Flensburgo era ignorada por completo.

Campos de concentración y refugiados de la Segunda Guerra Mundial


En los últimos meses de la guerra e inmediatamente después, los soldados aliados
descubrieron incontables campos de concentración y otras locaciones que habían sido
usadas por los nazis para encerrar y exterminar a unos 12 000 000 de personas. El
grupo más grande representado en esta cifra eran los judíos (la mitad del total según
los Juicios de Núremberg), pero los gitanos, eslavos, protestantes, homosexuales y
varias minorías y personas discapacitadas, así como también enemigos políticos
del régimen nazi (particularmente comunistas) formaban el resto. El más conocido de
estos campos es el campo de exterminio de Auschwitz, en el cual murieron 1,1
millones de prisioneros.
En mayo y junio de 1945, miles de refugiados de Yugoslavia y la Unión
Soviética fueron acorralados por los Aliados Occidentales en Austria y entregados a
los soviéticos y yugoslavos en la Operación Keelhaul. Los soviéticos y yugoslavos
ejecutaron o deportaron a muchos de ellos (un ejemplo claro es la masacre de
Bleiburg).3 La también derrotada Finlandia y Suecia se sintieron compelidas a
extraditar refugiados ingrios y bálticos de similar manera, algunos de los cuales se
suicidaron antes de ser extraditados.

División del territorio de Alemania


El antiguo Tercer Reich fue dividido tal como se había acordado previamente por
los Aliados en la Conferencia de Yalta. Algunas regiones como Prusia Oriental fueron
repartidas entre Polonia y la URSS, mientras que las regiones germanas
de Pomerania y Silesia, al este del río Óder, fueron transferidas a Polonia según lo
pactado por el Reino Unido, los Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia en
los Acuerdos de Potsdam. El resto de Alemania, excluyendo a Berlín, quedaba dividido
en cuatro zonas militares de
ocupación: estadounidense, británica, francesa y soviética.
Austria, que había sido anexada por el Tercer Reich en 1938 (el Anschluss), fue
separada de Alemania y dividida de manera similar entre los vencedores.
En 1955 Austria firmó el Tratado de Estado austriaco y, bajo la condición de que
permaneciera neutral, el país se convirtió en una república totalmente independiente.
En 1949, las tres zonas ocupadas por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se
convertían en Alemania Occidental (República Federal de Alemania, RFA). En ese
mismo año, la zona de ocupación soviética se convirtió en Alemania Oriental
(República Democrática Alemana, RDA).
La ciudad de Berlín, la cual también estaba dividida en cuatro zonas, permaneció bajo
ocupación militar formal hasta el 12 de septiembre de 1990, cuando el Tratado sobre el
acuerdo final con respecto a Alemania fue firmado por las cuatro potencias y los dos
gobiernos alemanes, el cual fue el tratado final de paz y la restauración de la plena
soberanía alemana al acordarse oficialmente el fin de la ocupación extranjera. Esto
permitió que la reunificación alemana se llevara a cabo el 3 de octubre de 1990 y el
país reunificado obtuviera soberanía total nuevamente el 15 de marzo de 1991.
Alemania firmó un tratado separado con Polonia, confirmando en ese mismo año la
plena validez de la frontera polaco-germana establecida en 1945.

¿Cómo acabó la Segunda Guerra Mundial?

Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945. Con gran parte de las tropas aliadas
ganando posiciones en Europa, los rusos a las puertas de Berlín y el reciente
asesinato de su mayor aliado, Mussolini, no vio otra salida. Con el dictador fuera de
juego, ¿por qué no finalizó el conflicto hasta septiembre de ese mismo año?

Tras el suicidio del artífice y mayor impulsor de esta guerra, le sucedió al mando su
número dos, Goebbels, el famoso ministro de propaganda. La situación de Alemania
con él al frente no fue a mejor, tras fracasar en su intento de llegar a un acuerdo con la
URSS, acabó suicidándose también. La esperada e inminente rendición se
produjo el 7 de mayo de 1945, a manos del último presidente de la Alemania
nazi, Karl Dönitz, que se rindió ante los americanos.

La Alemania de Hitler ya estaba fuera de combate, entonces ¿quién quedaba?


Japón. Los americanos llevaban trabajando varios años en la creación de la bomba
atómica, y cuando ya consiguieron que fuese una realidad, sus planes de usarla no
cambiaron, tan solo varió el objetivo.

En vez de Alemania, el destinatario fue Japón. El 6 de agosto de 1945 se lanzó la


primera de las dos bombas atómicas. El bombardero Enola Gay arrojó
sobre Hiroshima la mortífera carga, que mató de un plumazo a 70.000 personas e
hirió de gravedad a otras 70.000.
A pesar de este duro golpe, Japón no se rindió, y el presidente Truman prosiguió con
su mortal ofensiva. El 9 de agosto de ese mismo año tuvo lugar el lanzamiento de
la segunda bomba, esta vez, sobre Nagasaki. En este ataque fallecieron
80.000 personas.

El 15 de agosto, antes de que la aviación americana prosiguiese con sus


lanzamientos, el emperador japonés Hirohito anunció públicamente su rendición.
Finalmente, la capitulación oficial se firmó el 2 de septiembre de 1945 en el interior
de un acorazado estadounidense.
Exactamente 6 años y un día desp

El fin de la Segunda Guerra Mundial: el día más grande del siglo XX


Hace setenta años acabó la contienda. Rememoramos aquella fecha histórica a través
de los diarios de dos escritores alemanes de la época: Thomas Mann y Ernst Jünger

 El diario de guerra de Ernst Jünger

El siglo XX, con toda su brutalidad bélica, no conoció seguramente muchos

días felices. Cabe pensar que el 8 de mayo de 1945, martes, día soleado y

hermoso, haya sido uno de los más dichosos. Pues en la víspera,

el día 7, se firmó la rendición incondicional que daba término a la Segunda

Guerra Mundial en Europa y asistimos al entierro oficial del Tercer

Reich en un escenario tétrico: las calles saturadas de cadáveres


abandonados, las ciudades convertidas en inmensas ruinas, millones de

personas caminando como fantasmas, sin rumbo, sin hogar, ni

cobijo. Churchill le dio a ese día máximo rango histórico : «La

rendición incondicional de nuestros enemigos fue la señal para la mayor

explosión de alegría en la historia de la humanidad».

Todo eso fue posible porque unos ocho días antes, el 30 de abril,

se había suicidado en su búnker de Berlín el gran Satán, la

«bestia» –por repetir fórmulas de entonces–, «el animal de

histéricas pezuñas», que le llamó Thomas Mann. Esas analogías con lo

demoniaco «rebotaron» al gran politólogo en el exilio E. Voegelin, quien vio

en ellas la intención cínica de «dis-culpar» a los alemanes de su

responsabilidad en la insólita barbarie. Aunque para majestuosidad literaria,

la de los ingleses citando la frase final del Ricardo III de

Shakespeare: «The day is ours, the bloody dog is dead» .


Las dos grandes figuras simbólicas de la literatura alemana de la época –

Thomas Mann y Ernst Jünger – comentan en sus Diarios

ese día. Uno vive la experiencia en el «feliz» exilio de Pacific Palisades, en

California, con otros exiliados eminentes como su hermano Heinrich,

Horkheimer, Marcuse, Adorno. El otro, Jünger, experimenta en directo el

final de la guerra en su casa de Kirchhorst, cerca de Hannover, donde ve

pasar los tanques y las tropas vencedoras camino de Berlín, y tiene que

arreglárselas con asaltantes, soldados perdidos que roban o invasores que

violan.

El «Mago» y «Dr. Faustus»

Thomas Mann escribe su Diario como siempre: en estilo telegráfico, muy

pendiente de los acontecimientos y obsesionado con la obra que está

escribiendo: «Dr. Faustus». El día 8 de mayo el «Mago», así le llaman en

familia, pasa un día difícil: va al hospital a revisar su dañado pulmón.

Escribe en el Diario: «Día desacostumbrado y fatigoso», «radiografías»,


«champán francés para celebrar el día V», «oímos los discursos de

Churchill y de Truman». Y el mensaje del Almirante Dönitz al pueblo

alemán: «El fundamento del Estado nacional-socialista ha sido destruido»;

«el derecho debe reinar en Alemania y la meta tiene que ser pertenecer a la

familia de pueblos europeos tras la superación del odio». El «Mago» se

permite sólo un agrio comentario: «El rechazo del nazismo no pasa de ahí».

Y termina: «Los rusos siguen buscando inútilmente el cadáver de

Hitler» .

Por supuesto, hay muchos comentarios interesantes los días anteriores y

posteriores al 8 de mayo. El 7 confiesa: «Sobrevivir significa vencer. Es una

victoria. Claridad sobre a quién debemos la

victoria: Roosevelt ». Y tres días antes, el 4, escribe: «Habría

que eliminar a un millón de alemanes», pero «no es posible ejecutar a un

millón sin copiar los métodos nazis». Y un mes antes confiesa en una carta:

«Ud. no se hace idea de la locura patriótica de los emigrantes alemanes [se


refiere a Döblin], de la furia que les entra cuando uno reconoce la verdad:

que el nacional-socialismo no es algo que les hayan impuesto a los

alemanes desde fuera, sino que está enraizado en siglos de historia

alemana».

En sus habituales mensajes radiofónicos, el 8 de mayo llama a los

«torturadores» de los campos de concentración «criaturas animalizadas del

nacional-socialismo». Los asesinos, añade, no fueron unos pocos, fueron

cientos de miles de una élite alemana que, por doctrinas enloquecidas,

cometieron esos crímenes «por el goce enfermo de sus bestialidades». Eso

indica ya cuál es su estado de rabia por Alemania, que le traerá distintos

problemas con otras figuras alemanas, con el filósofo Jaspers, por ejemplo,

que siente que Mann ofende a muchos alemanes «limpios» y decentes

durante el nazismo como él, que le decía a su desesperada mujer en los

momentos más terribles: «Yo soy Alemania».


A partir de ese día, de esa «hora cero» como se la llamó muy

impropiamente, habrá duros debates sobre el futuro de Alemania, en los

que Mann mantuvo siempre un tono crítico, aunque colaborativo,

colaboración que no fue compartida por otros, como Einstein, quien escribió

una durísima carta contra Alemania. Ya Brecht había hecho, según cuenta

Arendt, una importante puntualización: «Los grandes criminales políticos no

son los grandes criminales políticos, lo son, más bien, los generadores de

grandes crímenes políticos, que es algo totalmente distinto». Y Adorno

había escrito a sus padres en 1943: «Casi hay que pedir que la cosa no

vaya muy rápida: que no se produzca un colapso político que les ahorre a

los alemanes la clara derrota militar, para que sientan en su propio cuerpo

todo lo que ellos han causado».

«Radiaciones»

Jünger es de otra pasta, militarista. No es telegráficamente conciso, como

Mann, y es hombre de acción que conoce el caos de las guerras y había


visto de cerca la muerte. En sus Diarios, titulados «Radiaciones», que

escribe en el pajar o en la buhardilla de su casa, aprovecha los

acontecimientos, anteriores o posteriores al 8 de mayo, para realizar largas

reflexiones sobre el mundo o la existencia. Le había ocurrido lo peor: en

noviembre de 1944 su hijo, de nombre Ernesto como él, al que siempre

llama «Ernestín», moría en Carrara de un disparo en la cabeza. Un hombre

que había escrito una narración titulada «Sobre los acantilados de mármol»

veía morir a su hijo en los montes de mármol de Carrara. Paradojas del

destino. Ese «mi buen niño» está constantemente presente en los Diarios:

«El dolor es como una lluvia que primero discurre como una torrentera y

luego va calando lentamente en la tierra». Tiempo después su amigo Carl

Schmitt, el teórico del derecho, le consolará con una carta en latín:

«Ernesto no nos ha abandonado, sino precedido».

El 1 de mayo Jünger abre su diario admirando a los lirios, y dice: «Ellos y el

lloroso corazón engalanan la imagen del hijo: hoy habría cumplido 19


años». Pero, a continuación, escribe unas palabras más que interesantes

sobre Hitler: « La radio notifica la muerte de Hitler , muerte que es

oscura como casi todo lo que le envolvía. Mi impresión es

que este hombre, igual que Mussolini, era desde hace tiempo sólo

una marioneta movida por otras manos y otras fuerzas . La bomba de

Stauffenberg no le arrebató, es cierto, la vida, pero sí el aura; se percibía

en su voz». Y al final añade una reflexión: «Tenemos que reencontrar el

camino que nos marcó Comte: pasar de la Ciencia, por la Metafísica, a la

Religión». El 7 de mayo escribe: «Como informan los rusos, encontraron

ayer los cadáveres del Dr. Goebbels y su familia ». Y, a

continuación, hace una larguísima descripción de su relación con Goebbels

desde los viejos tiempos de Berlín.

Concluye críticamente sobre estos advenedizos a los que despreciaba: «Mi

buen genio me guardó de sus laureles y distinciones». Y el 8 de mayo nos

notifica que «el cuclillo canta por primera vez en las lagunas» y, tras larga y
gélida poética, esa que a tantos soliviantó, cuenta que ha vuelto, tras años,

la luz. Una alegría modesta –señala– comparada con la fiesta exuberante

de las capitales aliadas, desde Nueva York a Moscú, mientras el vencido

está metido en el sótano con la cara cubierta. «Oí el discurso del rey de

Inglaterra, digno y honroso, lo propio del soberano de un gran pueblo». Y

vuelve sobre Goebbels para concluir: «El espíritu del mundo trabaja

ahorrativamente. Para derrumbar este edificio no hacía falta un Mirabeau».

Y finaliza: «Vi al Doctor [Goebbels] una vez más, ya como ministro, en… la

presentación en sociedad de la nueva clase dirigente». «¿Qué dice Ud. a-

ho-ra?, fueron las últimas palabras que me dirigió, una pregunta. ¿Podría

contestarla hoy? Se contesta siempre mucho antes de lo debido».

Wagnerismo político

Puede decirse que ese 8 de mayo de 1945 finaliza el wagnerismo político.

Una «teatrocracia» hecha de escenificaciones gigantescas, retóricas

huecas y falsos héroes nibelungos que, en realidad, eran seres alicortos y


criminales con sueños monstruosos. En el libro «Conversaciones de mesa

en el Cuartel General del Führer» se ven esas ensoñaciones

oligofrénicas de Hitler : en febrero del 42 dice a sus comensales que

él es uno de los grandes hombres de la historia alemana, con Lutero,

Federico el Grande o Bismarck; les cuenta también que estaba muy dotado

para la arquitectura y que, si no hubiera sido por la Guerra de 1914,

«habría sido uno de los primeros arquitectos, si no el primero, de

Alemania».

En realidad, no sabía ni dibujar ni calcular. Según el general Jodl, tenía «el

convencimiento místico de su infalibilidad como Führer de la nación». Todo

pura psicopatología. Estamos ante un terrible simplificador y

mal actor . Voegelin le llamó el «stultus». Esa idiocia ve a

Mussolini como «un césar romano», a Churchill como un «mentiroso

comprable», un bocazas y un borracho, y a Roosevelt como «un enfermo

mental». En el búnker, en los desesperados días finales, Goebbels le lee a


Hitler un pasaje del «Federico el Grande» de Carlyle para animarle a

resistir y confiar en la victoria: «Rey valiente, espera aún un poco, hasta

que pasen los días de tu sufrimiento, tras las nubes está ya el Sol de tu

felicidad, que lucirá muy pronto». Comenta Goebbels: «El Führer tenía

lágrimas en los ojos». Pero, con Hitler, la historia no estaba por los

milagros, sino por la venganza.

¿Como fue el fin de la segunda guerra mundial?


Resumen
Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945. Con gran parte de las tropas aliadas ganando
posiciones en Europa, losrusos a las puertas de Berlín y el reciente asesinato de su
mayor aliado, Mussolini, no vio otra salida. Con el dictador fuera de juego, ¿por qué no
finalizó el conflicto hasta septiembre de ese mismo año?

Tras el suicidio del artífice y mayor impulsor de esta guerra, le sucedió al mando su
número dos, Goebbels, el famoso ministro de propaganda. La situación
de Alemania con él al frente no fue la mejor, tras fracasar en su intento de llegar a un
acuerdo con la URSS, acabó suicidándose también. La esperada e inminente
rendición se produjo el 7 de mayo de 1945, a manos del último presidente de
la Alemania nazi, Karl Dönitz, que se rindió ante los americanos.

La Alemania de Hitler ya estaba fuera de combate, entonces ¿quién quedaba? Japón.


Los americanos llevaban trabajando varios años en la creación de labomba atómica, y
cuando ya consiguieron que fuese una realidad, sus planes de usarla no cambiaron,
tan solo varió el objetivo.

En vez de Alemania, el destinatario fue Japón. El 6 de agosto de 1945 se lanzó la


primera de las dos bombas atómicas. El bombardero Enola Gay arrojó sobre
Hiroshima la mortífera carga, que mató de un plumazo a 70.000 personas e hirió de
gravedad a otras 70.000.
A pesar de este duro golpe, Japón no se rindió, y el presidente Truman prosiguió con
su mortal ofensiva. El 9 de agosto de ese mismo año tuvo lugar el lanzamiento de la
segunda bomba, esta vez, sobre Nagasaki. En este ataquefallecieron
80.000 personas.

El 15 de agosto, antes de que la aviación americana prosiguiese con sus


lanzamientos, el emperador japonés Hirohito anunció públicamente su rendición.
Finalmente, la capitulación oficial se firmó el 2 de septiembre de 1945 en el interior de
un acorazado estadounidense.
Exactamente 6 años y un día después, el conflicto mundial más dañino hasta el
momento puso punto y final.

Muerte de Adolf Hitler

Portada del 2 de mayo de 1945 del diario militar estadounidense The Stars and
Stripes, con la noticia de la muerte de Hitler.
La muerte de Adolf Hitler, jefe del Partido Nazi y canciller de
Alemania de 1933 a 1945, se produjo el 30 de abril de 1945; Hitler se suicidó por
medio de un disparo en la cabeza junto a su esposa, Eva Braun, que recurrió al
envenenamiento con cianuro. La falta de información pública referente al paradero de
sus restos y los informes confusos al respecto animaron los rumores de que Hitler
podía haber sobrevivido al fin de la Segunda Guerra Mundial. La duda se suscitó
intencionadamente por las autoridades de la Unión Soviética, que ocultaban
información relevante sobre el suceso.
En 1992, la publicación de los registros mantenidos por la KGB soviética y por
la FSB rusa confirmó la versión ampliamente aceptada de la muerte de Hitler, como
fue descrita por el historiador británico Hugh Trevor-Roper;1 sin embargo, los archivos
rusos no muestran lo que sucedió con el cadáver de Hitler.

Hitler estableció su residencia en el búnker de la Cancillería el 16 de enero de 1945,


desde donde ejerció la presidencia de un Tercer Reich en proceso de desintegración,
debido a que los Aliados estaban avanzando tanto por el este como por el oeste. Para
finales de abril, las fuerzas soviéticas habían entrado en Berlín y estaban librando una
lucha hacia el centro de la ciudad, donde se encontraba la Cancillería.
El 22 de abril, Hitler padeció lo que algunos historiadores describen como una crisis
nerviosa durante una de sus reuniones para examinar la situación militar, al admitir
públicamente que la derrota era inminente y que Alemania perdería la guerra. Hizo
salir a algunos de la habitación y quedó con Goebbels y Krebs. Hitler entró en un
estado de histeria gritando que sus generales lo habían traicionado y que Alemania
había sucumbido ante una sarta de traidores y cobardes; después salió de la
habitación desmoronado anímicamente. La enfermera Erna Flegel declaró que Hitler
parecía quizás 15 o 20 años mayor tras esa última reunión con sus generales y
temblaba fuertemente su mano del lado izquierdo.2
Expresó su intención de matarse y, más tarde, solicitó al médico Werner Haase que le
recomendara un método confiable de suicidio. Haase le sugirió combinar una dosis
de cianuro seguida de inmediato con un balazo en la cabeza. Hitler tenía una reserva
de cápsulas de cianuro que había obtenido por medio de las SS.
El 28 de abril, Hitler se enteró del intento de Heinrich Himmler de negociar
independientemente mediante la Cruz Roja Internacional, presidida por el conde Folke
Bernardotte, un tratado de paz y lo consideró como una traición; acto seguido ordenó
la detención y ajusticiamiento de Hermann Fegelein, enlace de Himmler en el Búnker.
Este hecho fue el punto de quiebra emocional para Hitler. Desde entonces, Hitler
empezó a mostrar síntomas de paranoia, expresando preocupación sobre la
autenticidad de las cápsulas de cianuro que había recibido por medio de las SS de
Himmler, por lo que ordenó al doctor Haase que las probara con su perra Blondi.
Como resultado, el animal murió de inmediato. 3 Asimismo, se enteró de la ejecución de
su aliado Benito Mussolini, víctima de los partisanos antifascistas, y juró no compartir
su misma suerte.
Después de la medianoche del 29 de abril de 1945,4 Hitler se casó con Eva Braun en
una pequeña ceremonia civil en el interior del Búnker, teniendo como testigos a Magda
y Joseph Goebbels, con la presencia de Traudl Junge, su secretaria, quien preparaba
lo necesario para el testamento político. Antony Beevor sostiene que, después de
tomar un modesto desayuno de bodas con su esposa, Hitler llevó a su secretaria
Traudl Junge a otra habitación y le dictó su última voluntad y testamento. La redacción
duró algo más de dos horas y se prepararon cuatro copias, que salieron
inmediatamente a sus destinos. Firmó estos documentos a las 04:00 y luego se retiró
a dormir (algunas fuentes señalan que Hitler dictó su última voluntad y testamento
inmediatamente antes de su matrimonio, pero todas las fuentes concuerdan en la hora
de la firma).56
Salida del Búnker hacia el jardín de la Cancillería. Muy cerca de la entrada, detrás de
la torre, se incineraron los restos de Hitler.

Suicidio
Al amanecer del 30 de abril de 1945, Hitler pidió reunir a todo el cuerpo médico y se
despidió de él, ante la estupefacción y sollozos de los presentes. Según Junge, Hitler
quedó contemplando pensativo un cuadro de Federico el Grande en su despacho y
luego a continuación ordenó que el personal que no fuese indispensable abandonara
el Búnker. Hizo llamar a Otto Günsche y a Heinz Linge, sus ayudantes, y les dio
estrictas instrucciones de cómo debían actuar en el momento del suicidio y qué hacer
con su cuerpo y el de Eva Braun. Günsche inició los preparativos y llamó a Erich
Kempka, el chófer de Hitler, para que de inmediato subiera bidones de gasolina hacía
la salida del jardín de la cancillería.
Hacia el mediodía, se reunió con sus secretarias y almorzó silenciosamente una
comida basada en pastas; luego se despidió de cada una de ellas regalándole una
cápsula de cianuro. Posteriormente se despidió de la familia Goebbels, sin hacer caso
a las peticiones de Magda Goebbels de que no se suicidase.
Hacia las 15:30 horas, Hitler y Eva Braun se reunieron frente a la sala de mapas
contigua al despacho privado y se despidieron de sus edecanes, Heinz Linge y Otto
Günsche, quienes cerraron la puerta; un par de minutos después se escuchó un solo
disparo ahogado.
Los edecanes esperaron unos 15 minutos y encontraron a Hitler doblado sobre sí
mismo en un sillón exhibiendo una mueca deformada en su boca, con una
pistola Walther PPK de 7,65 mm caída de su mano derecha y con un hilo de sangre
manchando la cara del líder. Eva Braun no alcanzó a percutir su arma y estaba tendida
a lo largo del diván con los ojos aún abiertos; el efecto del cianuro no le permitió el uso
del arma.7
Linge8 relató de primera mano lo que vio en el despacho de Hitler:
Cuando abrí la puerta de su habitación, me encontré con una escena que nunca
olvidaré: a la izquierda del sofá estaba Hitler, sentado y muerto. A su lado, también
muerta, Eva Braun. En la sien derecha de Hitler se podía observar una herida del
tamaño de una pequeña moneda y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre. En la
alfombra, junto al sofá, se había formado un charco de sangre del tamaño de un plato.
Las paredes y el sofá también estaban salpicados con chorros de sangre. La mano
derecha de Hitler descansaba sobre la rodilla, con la palma mirando hacia arriba. La
mano izquierda colgaba inerte. Junto al pie derecho de Hitler, había una pistola del
tipo Walther PPK calibre 7,65 mm. Al lado del pie izquierdo, otra del mismo modelo,
pero de calibre 6,35 mm. Hitler vestía su uniforme militar gris y llevaba puestas la
insignia de oro del Partido, la Cruz de Hierro de Primera Clase y la medalla de los
heridos de la Primera Guerra Mundial; además, llevaba puesta una camisa blanca con
corbata negra, un pantalón de color negro, calcetines y zapatos negros de cuero.
Heinz Linge

Destino final del cadáver


De inmediato los asistentes de Hitler sacaron ambos cuerpos envueltos en una
alfombra. Linge y Günshe transportaron el cuerpo de Hitler en la alfombra, mientras
que Martin Bormann y Erich Kempka trasladaron el cadáver de Eva Braun, aunque
Bormann trató con muy poca consideración dicho cuerpo. Los cadáveres fueron
subidos hacia el patio de la Cancillería del Reich, siendo depositados en un agujero de
obús; Otto Günsche roció ambos cuerpos con unos 200 litros de gasolina sacada de
los automóviles que aún se hallaban en los sótanos de la Cancillería. Ante la
imposibilidad de acercar una cerilla a causa del fuerte viento, Bormann elaboró una
antorcha que prendió y se la pasó a Erich Kempka, con lo cual éste pudo poner fuego
a los cadáveres. Estaban presentes Joseph Goebbels y otros dignatarios.
La caída de obuses del Ejército Rojo en el patio impidió a los edecanes seguir en el
exterior, por lo cual no pudieron supervisar que los restos se consumieran
completamente; ante ello, los jefes nazis allí presentes optaron por enterrar ambos
cadáveres, aunque debido a las prisas del momento sólo lograron hacerlo
superficialmente.
Cuando el 1 de mayo el almirante Karl Dönitz anunció por radio la muerte de Hitler en
su búnker, Stalin mostró escepticismo y formuló presión directa a la NKVD y al jefe de
ésta, Lavrenti Beria, para que las unidades de la NKVD en Berlín hallasen los
presuntos restos de Hitler en el plazo más breve posible. Una unidad especial
soviética de la SMERSH se encargó de una exhaustiva búsqueda en la Cancillería del
Reich y allí lograron encontrar los cadáveres de Hitler y Eva Braun el 9 de mayo. Las
piezas dentales de ambos cráneos se hallaban intactas y fueron comparadas con
archivos dentales suministrados por una ayudante del dentista de Hitler; asimismo se
realizaron interrogatorios detallados a todos los edecanes y ayudantes capturados en
el Führerbunker, con lo cual los hallazgos de la SMERSH quedaron ratificados.
De todos modos, el gobierno de la Unión Soviética no divulgó mayor información sobre
la muerte de Adolf Hitler, e inclusive Stalin negó ante diplomáticos estadounidenses
tener alguna certeza de la muerte de Hitler. El régimen stalinista consideró
conveniente mantener dudas sobre el cadáver del líder nazi como arma
de propaganda durante la Guerra Fría, acusando a los gobiernos de EE. UU. y Gran
Bretaña de ocultar un presunto "escape" de Hitler hacia España o Sudamérica, sea en
un submarino o bajo una identidad falsa. Esta incertidumbre, aumentada por el hecho
que el gobierno soviético rehusaba dar información detallada sobre el cadáver de
Hitler o el de Eva Braun, desencadenó toda suerte de mitos sobre el destino final de
Hitler que perduran hasta el día de hoy.
Tras la muerte de Stalin en 1953, la política oficial de la URSS se basó en mantener
dudas sobre la muerte de Hitler, en línea con la propaganda del régimen, aunque
en 1969 un periodista soviético logró publicar un libro detallado sobre el destino de los
cadáveres del Führer y su esposa.
Revelaciones tras el fin de la URSS
Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 se permitió el acceso de
investigadores extranjeros a los archivos soviéticos de la Segunda Guerra Mundial,
pero éstos no arrojaron nuevas informaciones en tanto el destino final de los restos de
Hitler seguía siendo calificado como información de alto secreto. Paulatinamente,
documentos desclasificados de la KGB permitieron reconstruir lo sucedido, y acreditar
que la NKVD sí descubrió e identificó los restos de Hitler pocos días después de cesar
la batalla de Berlín, junto a los restos de la familia Goebbels.
Las autoridades de la NKVD ordenaron llevar los restos a un cuartel de la propia
NKVD en la ciudad de Magdeburgo (en territorio de Alemania Oriental), junto a los
restos de la familia Goebbels, y en febrero de 1946 los enterraron en cajas de madera
dentro de un jardín del cuartel. Sólo la máxima jerarquía de la NKVD (y de su
sucesora, la KGB) sabían el contenido de esas cajas, así como su ubicación precisa.
En 1970 la KGB cedió el control de sus instalaciones de Magdeburgo al gobierno de
la República Democrática de Alemania, pero antes de ejecutar el traslado el primer
ministro soviético Yuri Andrópov envió desde la URSS un equipo especial de la KGB a
Magdeburgo para destruir secretamente los cadáveres enterrados allí en 1946. Tras
desenterrar las cajas en abril de 1970, los agentes soviéticos quemaron los restos de
cadáveres que encontraron dentro, y luego trituraron las cenizas, arrojándolas
inmediatamente después al río Biederitz, un afluente del Elba.9

El 30 de abril de 1945 Adolf Hitler y su flamante esposa, Eva Braun, se suicidaron en


el búnker de la Cancillería del Reich en Berlín. Fuera del mismo, el Reich de los Mil
Años que el Führer alemán proclamó y en aquel momento regía en persona, se
reducía a unas hectáreas de escombros, ya en el centro de Berlín, que los soldados
del Ejército Rojo iban reduciendo paso a paso.
Al norte y al sur, en las áreas que el III Reich aún dominaba, sus principales
secuaces, Hermann Goering y Heinrich Himmler, hacían lo que podían para salvar la
vida y su posición ante los vencedores de la guerra, mientras quienes seguían
combatiendo sólo querían dejar de hacerlo cuanto antes.
Para completar la humillación del nacionalsocialismo y sus teorías raciales, además de
verse vencidos por los 'subhumanos' eslavos, buena parte de los defensores de Berlín
eran combatientes extranjeros procedentes de pueblos 'inferiores' (encuadrados en las
Waffen SS, en una más de las innumerables paradojas del nazismo). Las fotografías
del cadáver de su aliado Benito Mussolini colgado boca abajo de una gasolinera
acabaron de decidirle. Stalin había manifestado que de tomar a Hitler prisionero, le
conduciría a Moscú.
Para el suicidio, Hitler y Eva Braun utilizaron cianuro y armas de fuego. Buena parte de
los dirigentes y oficiales del III Reich que eligieron suicidarse utilizaron este veneno, lo
que hizo cundir la leyenda de que se trataba de un tóxico rápido e indoloro. Y tal cosa
es falsa: rápido y letal sí lo es, pero en modo alguno indoloro.
El cianuro sólido es mortal en dosis de unos 50 microgramos (un sobre de azúcar
suele pesar unos 5 gramos). Impide que el oxígeno que transportan los glóbulos rojos
de la sangre llegue a las demás células del organismo, de forma que se interrumpe la
respiración celular lo que afecta rápidamente al corazón y cerebro, los órganos que
necesitan más oxígeno. Este proceso crea también ácido láctico, que no puede ser
eliminado. El cianuro provoca, rápidamente, parálisis respiratoria, convulsiones,
sensación de quemazón interna y ahogo.

Walther PPK
Hitler eligió el cianuro por consejo del médico de las SS Werner Haase (muerto en
diciembre de 1945 como prisionero de los soviéticos), a quien pidió consejo sobre una
forma efectiva de suicidio. Previamente lo probó con 'Blondi', su perra pastor alemán,
que murió en el acto. Después, Hitler distribuyó ampollas de veneno entre parte de
quienes le acompañaban en el bunker.
En torno a las 15:30 de la tarde Hitler se encerró en su despacho junto a Eva Braun.
Su asistente, el Sturbannfürher de las SS Otto Gunsche, de dos metros de alto, quedó
de guardia en la puerta. Debió hacer frente al intento de Magda Goebbels de suplicar a
Hitler que no se suicidara. No permitió a la esposa del Ministro de Propaganda del
Reich entrar al despacho de Hitler, pero sí le transmitió su presencia, sin que el Führer
quisiera recibirla.
Al cabo se escuchó un disparo. Tras unos minutos Gunsche entró al despacho y
encontró a Hitler y Eva Braun sentados en un sofá. Ambos habían mordido una
cápsula de cianuro y él se había disparado simultáneamente en la sien con una pistola
Walther PPK. Junto a él conservaba el retrato de su madre. Eva Braun no había
llegado a usar su propia arma por los efectos fulminantes del veneno.
En una suerte de justicia poética, Hitler se había suicidado con el mismo compuesto
empleado para dar muerte a millones de inocentes en los campos de exterminio que él
impulsó. El Zyklon B que se usaba en el mismo es gas de cianuro. Semanas
después, Himmler se suicidó también con cianuro para no ser hecho prisionero. Y al
cabo de unos meses hizo lo mismo Goering, horas antes del momento en iba a ser
ahorcado por sus crímenes tras el veredicto del Tribunal de Nuremberg.

El suicidio de Rudolf Hess, el "niño mimado" de Hitler, y la vida secreta de la cárcel de

Spandau
En Núremberg fue condenado a perpetua. Lo enviaron a la prisión de máxima
seguridad custodiada por los Aliados. La dura convivencia con seis criminales de
guerra, los aullidos en la noche y el cable de un velador que -el 17 de agosto de 1987-
usó para terminar con su vida
Por Matías Bauso
17 de agosto de 2018
Adolf Hitler y su “niño mimado” Rudolf Hess
Fue la prisión con menor densidad demográfica de la historia. Tanto es así que en sus
últimos veinte años albergó a un solo recluso. Un hombre grande, perdido, con las
facultades mentales alteradas, con manías persecutorias, que creía estar viviendo en
1924.

Pero era 1987 y Rudolf Hess merodeada bajo una gran custodia rotativa integrada
por soldados de cuatro de las naciones más poderosas: Estados Unidos, la Unión
Soviética, Francia e Inglaterra.

Hess, el ex jerarca nazi, tenía 93 años. Era el único que permanecía en la prisión de
Spandau, creada por los Aliados para alojar a los nazis juzgados en Nuremberg.

La cárcel era de alta seguridad y las condiciones de reclusión muy severas: la


Unión Soviética se opuso, con perseverancia, durante cuarenta años a cualquier
propuesta de sus socios que pudiera morigerar las condiciones de prisión de los
reclusos o que implicara un mínimo beneficio para ellos.
Sólo los ablandó la impensada longevidad de Hess. Mientras que Estados Unidos
proponía entregarlo a su familia o internarlo en una institución mental, los soviéticos
sostenían que debía permanecer en Spandau.

La prisión de Spandau, Alemania


Hess era el prisionero más vigilado de la historia. Todos los que estaban en esa
cárcel estaban para cuidarlo a él. Sin embargo, ese viejito de 93 años, ese criminal de
guerra nazi, el 17 de agosto de 1987, logró escapar de la vista de sus cuidadores y,
luego de haber fracasado varias veces en los últimos cuarenta años, logró ahorcarse
con el cable de una lámpara.

La cárcel de Spandau se había terminado de construir en 1881. Hasta 1919 había


funcionado como lugar de reclusión militar. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo
dos fines específicos. Por un lado servía como lugar de tránsito hacia algunos de
los campos de concentración cercanos a Berlín; y por el otro, allí fueron alojados
y ejecutados varios enemigos, principalmente rusos.
Spandau llegó a tener 650 presos, al final solo 7 ocuparon sus 132 celdas
Tenía 132 celdas y en 1946 estaba casi al punto del hacinamiento con más de 650
prisioneros. El estado general del edificio era muy malo. Varios bombardeos habían
deteriorado su estructura, algunos muros habían sido derribados (algunos cuentan que
era muy fácil fugarse de allí: bastaba con tirar una soga hacia la calle y asirse fuerte de
ella hasta descender), no contaba con servicios médicos y la alimentación era escasa.

Todo cambió cuando llegó la orden de evacuar a todos los prisioneros. La cárcel debía
quedar vacía e iniciar un proceso fulminante de reconstrucción para alojar a los siete
prisioneros que habían logrado salir con vida, pero con largas condenas, de los
Juicios de Nuremberg.

Se refaccionaron todas las instalaciones y se reforzó la seguridad de la propiedad,


haciendo hincapié en la seguridad perimetral. Spandau debía ser impenetrable.
Además batió otro récord. Fue la cárcel con mayor número de guardias por
preso. Había 25 guardias por cada detenido.
Rudolf Hess en el juicio de Núremberg
Los jueces de Núremberg juzgaron a los que se consideraban en ese entonces los 22
nazis de mayor influencia que habían sobrevivido a la caída.

Doce de ellos fueron condenados a muerte y ejecutados tras el proceso; tres


fueron absueltos y siete penados con prisión.

Esos siete fueron los habitantes de Spandau. Tres condenados a cadena


perpetua: Rudolf Hess, Erich Raeder (Comandante en Jefe de la Marina) y Walter
Funk (Ministro de Economía y presidente del Reischbank). A Konstantin Von
Neurath (Ministro de exteriores y a cargo de Bohemia y Moravia) le dieron 15 años;
como tenía 73 años se interpretó que era otro de los que moriría preso. Albert
Speer (Ministro de Armamento, arquitecto del Fuhrer y diarista minucioso en
Spandau), con su fingido arrepentimiento, logró escapar a la horca y obtuvo una pena
de 20 años. Baldur Von Schirach (líder de las Juventudes Hitlerianas y gobernador
de Viena) también recibió dos décadas. Y Karl Dönitz (Comandante de la Marina y
sucesor de Hitler al mando del estado alemán -creyó serlo hasta el final de sus días-)
recibió la pena más benévola: 10 años.
Pero los magistrados de ese tribunal internacional inédito, una vez dictada sentencia
salieron en estampida hacia sus países. No deseaban estar en Núremberg ni un
segundo más. Eso hizo que no se supiera bien cómo aplicar las condenas de prisión.

¿Dónde se los alojaría? ¿En qué condiciones? ¿Desde qué día comenzaba a
correr el cómputo? Esos y muchos otros interrogantes debieron ser respondidos
sobre la marcha navegando entre las tensiones políticas de los cuatro países que
decidían.

En Spandau había 25 guardias por cada detenido


Respecto de las condiciones de detención, los soviéticos siempre fueron los más
rígidos.Pretendían que los prisioneros no gozaran de ningún beneficio, que su
estadía en Spandau fuera lo más dura posible. Una carta por mes, una visita
cada tres meses, un régimen alimenticio demasiado frugal, incomunicación casi
total entre ellos.

Los soviéticos hablaban de reciprocidad: pretendían aplicar el severo estatuto


penitenciario alemán de 1943.

Si bien cada país tenía poder de veto en las grandes decisiones, mes a mes la
situación cambiaba dado que la administración de Spandau rotaba cada treinta días.
Así durante tres meses (salteados) por año soviéticos, norteamericanos, ingleses y
franceses tenían el poder en la cárcel.

Spandau fue la última empresa de manejo conjunto que le quedó a los Aliados luego
del divorcio producido después de la Segunda Guerra Mundial. El último bien
ganancial de los Aliados. Casi el único punto de contacto de las potenciales a lo largo
de la Guerra Fría.

La posición estratégica en esa Alemania dividida de posguerra y la importancia de los


detenidos hacían que nadie quisiera perder su sitial en las decisiones de la cuestión.
Si los rusos eran los que peores condiciones les querían imponer a los detenidos, los
ingleses eran los que pedían mayor flexibilidad y humanidad en el trato. Esto no
deja de tener un costado paradójico ya que Churchill fue el más férreo opositor a los
juicios de Núremberg: el líder británico quería fusilar a los jerarcas nazis sin juicio
previo.

Hess en la cárcel de Spandau


Al entrar en Spandau, cada recluso recibió

un
número de identificación. Del 1 al 7. Premonitoriamente a Hess le otorgaron el
7. Como si alguna fuerza superior hubiera sabido que él sería el último en salir. El que
perpetuaría por veinte años, hasta el límite del ridículo, esta cárcel de un hombre solo.
Rudolf Hess combatió en la Primera Guerra Mundial. Fue condecorado por su
coraje. Luego conoció a Hitler y compartió prisión con él -allí le dictó el
infame Mi Lucha–.

Con los años llegó a ser el segundo en la jerarquía nazi, ocupando varios ministerios y
siendo el presidente del partido. Hasta su misterioso viaje en avión a Escocia en
medio de la Segunda Guerra Mundial.

La versión más extendida indica que iba a proponerle un acuerdo de paz a


Churchill. Así Alemania sólo se tenía que dedicar al frente oriental y a su lucha con los
rusos. Detenido cuando tuvo que lanzarse en paracaídas, sostuvo que traía un
mensaje de paz del Führer. No fue escuchado por los ingleses y fue negado por los
alemanes. Sin certezas, sólo quedó el misterio. Y a él esperar en prisión el final de
la guerra.

Su actuar errático continuó durante cuarenta años más.

Nadie supo bien nunca cuál era el estado mental de Hess. Logró despistarlos a
todos. ¿Estaba completamente loco? ¿Era un eximio simulador? ¿O alternaba
periodos lúcidos con ataques maníacos?

Hess en el juramento de lealtad a Hitler


Durante años, mientras estaban los siete prisioneros originales en Spandau, no dejó
dormir a sus compañeros de las celdas vecinas debido a los alaridos que
pegaba de noche, motivados según él en fuertes dolores en el abdomen, aunque los
médicos jamás le encontraron afección alguna. Un guardia confesó que nunca había
escuchado nada igual.

En los diarios de Albert Speer muchas entradas mencionan los aullidos nocturnos de
Hess. Las autoridades en algún momento pensaron en cambiarlo de sector para que
no afectara la salud mental de los otros seis.

En sus cuarenta años de reclusión Hess pasó por los más variados estados de ánimo.
Y porvarios intentos de suicidio, aunque la mayoría fueron algo tímidos y poco
convincentes.

Ya en el Juicio de Núremberg se había hecho pasar por loco, aduciendo una


amnesia, que mostró ser sugestivamente selectiva.

En sus últimos años creía ser el mismo que había sido en 1924. Las
circunstancias se asemejaban: ese año también lo había pasado en prisión; su
compañero de celda le dictaba a Hess un largo escrito: así escribió Hitler Mi Lucha.

Conoció a Hitler en prisión, quien le dictó “Mi lucha”


Recibió su primera visita en la cárcel recién en 1964, 18 años después de su
ingreso. Y fue de su abogado, un excéntrico personaje que ostentaba una habilidad
única en la práctica del derecho: con cada intervención suya -siempre enérgicas y
extremas- la situación procesal de su defendido empeoraba.

Recién en 1969 lo visitaron su esposa y su hijo. Con el tiempo y


siendo el único habitante de ese monstruo espectral en que se había
convertido Spandau, obtuvo más libertades y comodidades.

Los soviéticos, sin embargo, se mantenían alertas. Durante una


internación en un hospital alemán para ser sometido a una
intervención quirúrgica en el corazón, los hombres de la Unión
Soviética llegaron al ridículo de mantener -durante su mes de
regencia- apostados en las seis garitas de vigilancia, a lo largo de las
24 horas del día, a sus soldados fuertemente armados. Nadie los pudo
convencer de la inutilidad de la tarea: el único habitante de la
prisión no se encontraba en ella.

Rudolf Hess en prisión


Enfermo mental o no, joven o anciano de 93 años, algunas cosas
permanecieron inalterables. Obligó a que una de las enfermeras
que lo asistía fuera desplazada por que era de raza negra.
Hess tenía una rutina diaria. Mucho más laxa y relajada en la década
del ochenta. Una tarde de hace treinta y un años, paseaba como
cualquier otra tarde. En medio del jardín había una pequeña cabaña
amueblada en la que el anciano criminal de guerra se detenía,
cotidianamente, a hacer una breve siesta. Los guardias, en un pacto
tácito, le permitían cierta intimidada; sólo debía dejar un ventana
visible, son correr la cortina.

La versión oficial -con el tiempo se tejieron las más diversas teorías


conspirativas: imaginativas pero poco fundadas- dice que se enroscó
el largo cable de un velador alrededor del cuello y se ahorcó.

Así dio por finalizado su largo cautiverio. Y también la vida útil de la


prisión de Spandau.

Su hijo Wolf, quien reanudó el contacto con su padre ya de grande,


fue el principal impulsor de la teoría del asesinato. Según él, Hess fue
asesinado por dos agentes británicos. Sostuvo que dos años
después mandó a realizar una nueva autopsia y que el resultado
fue muerte por asfixia y no por colgamiento. Además agregó que
la artitris avanzada en las manos cansadas de su padre hubieran
hecho imposible todas las maniobras que implican un ahorcamiento (el
médico de Spandau negó este supuesto).
Su hijo Wolf aseguró que Hess fue asesinado
Esta teoría revisionista, esta versión alternativa de la historia, es una
de las tantas historias conspirativas que rodean a los nazis.
Modos de intentar torcer la historia y de buscar motivos para nuevas
reivindicaciones para los genocidas.

Se debe recordar que en el bolsillo de Hess se encontró una nota


dirigida a su familia expresándole agradecimiento por todo lo que
habían hecho por él esos años, una nota suicida.

También que no se encuentra móvil alguno al asesinato (Wolf Hess


dijo que el padre iba a revelar secretos de guerra británicos: no se
entiende qué podría haber dicho de nuevo que no dijo en esos
cuarenta años ni qué podría recordar con claridad dada su avanzada
demencia senil).

Hess había tenido al menos otro cuatro intentos de


suicidio anteriores desde su llegada a Spandau.

La autopsia original fue clara y no controvertida por ninguna parte en


su momento; la segunda autopsia no llega a las conclusiones que Wolf
Hess sugiere -tampoco se debe olvidar que el hijo de Hess se convirtió
en un prominente agitador neonazi-.

Las potencias occidentales durante los últimos diez años de vida del
criminal nazi intentaron liberarlo para que regresara a su hogar por
razones humanitarias -lo mismo pidieron los diferentes gobiernos
alemanes- por lo que no se ve cuál era la utilidad de asesinarlo.

La teoría del asesinato logró convertir a Hess en objeto de culto


y cada 17 de agosto se congregaron varios centenares de
neonazis a rendirle homenaje, a él y al régimen que representaba,
bajo la batuta de Wolf Hess.

Se suicidó con ahorcándose con el cable de un velador. Tenía


93 años
En 2012 el municipio alemán en el que se encontraba su tumba le
denegó la renovación de la concesión para evitar estas
manifestaciones; su cuerpo entonces fue cremado por su familia, y
sus cenizas esparcidas en el mar.
Apenas finalizaron los trámites ocasionados por el suicidio de Hess, se
comenzó a derruir la cárcel. Mientras el gobierno alemán buscaba
precio entre distintas empresas de demolición, los soldados ingleses
con hachas, mazas y machetes fueron destruyendo varias de las
principales instalaciones y muebles.

No había que perder tiempo. No querían que nada quedara en pie,


que nada se conservara como una reliquia, ni que posibilitara un
peregrinaje hacia el lugar años después. Esa era una de las mayores
preocupaciones de los aliados. Fue por eso que el cuerpo de Hess
fue entregado a su familia que se comprometió a realizar un
funeral privado.

Dada la avanzada edad de varios de los detenidos originalmente, ese


debate -macabro-, el de qué hacer con los cuerpos una vez fallecidos
los nazis detenidos, se dio muy tempranamente.

Las posiciones fluctuaron según qué país las sostuviera y según el


momento histórico. La Guerra Fría hacía cambiar de opinión con
velocidad a los involucrados. Pensaron cremarlos y esparcir las
cenizas en un lugar desconocido, enterrarlos en Spandau o
entregarlos a las familias.

No fue necesario, salvo en el caso de Hess, tomar una decisión. De


los siete jerarcas presos originalmente, seis murieron fuera de la
cárcel.
Teorías sobre la muerte de Hitler

La muerte de Adolf Hitler tiene, como todo hecho histórico, una historia oficial y,
por no haber información pública concreta sobre el destino de sus restos,
cuenta también con numerosas teorías alternativas que intentan responder a
las preguntas que el mito genera.

-La historia oficial: a las 15:30 horas del 30 de abril de 1945, Adolf Hitler y su
esposa, Eva Braun, se encerraron en una sala. 15 minutos más tarde sus
ayudantes ingresaron y encontraron a Hitler muerto por un disparo y a Eva
Braun muerta por efecto del cianuro. Sus cuerpos fueron quemados y los
restos que no se consumieron fueron enterrados superficialmente. 9 días más
tarde una unidad especial soviética encontró los restos, que fueron llevados a
un cuartel en Magdeburgo, donde se los enterró en un jardín. En 1970 fueron
exhumados y destruidos.

-Huida a la Argentina: una teoría muy difundida afirma que Estados Unidos
salvó a Hitler de la muerte para contar con su información, que sería valiosa en
una esperable confrontación con el comunismo ruso. Por eso Hitler habría sido
evacuado y conducido a la Patagonia, en un submarino, donde habría muerto
de muerte natural, 17 años más tarde.

-Teoría de la Conspiración: otra versión indica que, con la guerra ya


prácticamente perdida, Goebbels acusó al Führer de ser judío y, aprovechando
su sorpresa, lo asesinó de un tiro en la cabeza. Luego, el propio Goebbels
convenció a su esposa Magda de suicidarse con una cápsula de cianuro;
muerta Magda, colocó su cuerpo junto al de Hitler y los prendió fuego. Mientras
se quemaban, escapó del bunker disfrazado de religioso.

-El cráneo de una mujer: en el año 2009 una investigación de expertos de la


Universidad de Connectitut determinó que los restos óseos del cráneo que los
rusos guardaban como perteneciente a Hitler, en realidad correspondían a una
mujer cuya edad no superaba los 40 años. Este hecho disparó una vez más
numerosas teorías sobre la falsedad del suicidio de Hitler y una posible huida
con diversos destinos: Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Venezuela o
Chile.
-El escape: otra teoría, similar a la de la traición pero de final opuesto, propone
que fue Hitler, y no Goebbels, quien escapó de Berlín disfrazado de religioso,
viajando escondido en ataúdes que iba intercambiando.

-La Antártida: la CIA llevó a cabo expediciones a la Antártida, a cargo


del Almirante Richard Evelyn Byrd, quien aseguró: “Adolf Hitler está entre
nosotros y la Antártida”. Su teoría se basaba en los experimentos de los
científicos nazis sobre la supervivencia en un ambiente frío extremo, y la
animación suspendida.

Así mintió Stalin a los


aliados sobre la muerte
de Hitler
El führer se suicidó en su búnker de un disparo en la cabeza. Y Stalin,
que lo supo desde el principio, se encargó de ocultar la verdad y
mentir a los aliados. Así lo asegura el periodista galo Jean-Christophe
Brisard, con quien ha hablado LA RAZÓN, en un documentado
ensayo.

Radiografía que se conserva de la cabeza del führer perteneciente a su


historial médico

pretenden poner poner punto final a la leyenda resolviendo


definitivamente el dilema.

¿Se suicidió realmente Adolf Hitler en su búnker de Berlín junto a


Eva Braun en 1945? La respuesta es sí. Murió de un disparo en la
cabeza, su cuerpo fue incinerado de forma muy rudimentaria y
partes de sus restos fueron conservados en los archivos de la
KGB. Así lo sostiene el libro «La mort d’Hitler» (La muerte de
Hitler), publicado por la editorial Fayard) del periodista francés
Jean-Christophe Brisard y la historiadora rusa Lana Parshina, que
pretende dar carpetazo a cualquier especulación. Una
investigación de 372 páginas que aporta las conclusiones del
médico antropólogo Philippe Charlier, que pudo estudiar con
Berlín, 30 de abril de 1945. Mientras las bombas caen sobre la
capital del Reich, Adolf Hitler se introduce en una habitación
privada del búnker en el que vive junto a Eva Braun con la idea de
tomarse una ampolla de cianuro y dispararse en la sien para lograr
escapar de las vejaciones a las que les someterían los rusos, que
estaban cada vez más cerca. Así al menos lo recoge la versión
oficial que todos hemos estudiado en el colegio, y que, sin
embargo, ha tenido que lidiar con numerosos fallos recopilados en
varios libros que dieron paso a teorías conspiranoicas de diversa
catadura y, en ocasiones, a puros delirios estrambóticos. Desde
que estaba en un refugio dorado en Argentina, pasando por un
cómodo escondite de paso en la España franquista hasta una
huida de Berlín disfrazado de religioso y viajando metido en
ataúdes. Más de siete décadas después, las pruebas científicas
precisión un trozo de mandíbula y el cráneo de Hitler, que
presenta una perforación de bala en el parietal derecho. Sobre
esos restos también se distinguen trazas de carbonización, lo que
prueba que estuvieron expuestos a una exposición térmica
prolongada. Estas conclusiones han sido cotejadas con otros
documentos escritos y declaraciones de sobrevivientes del búnker.
«Sí, todo corresponde perfectamente a los testimonios que
tenemos de la gente que sobrevivió al momento de la cremación
del cadaver de Hitler. Pero hemos intentado multiplicar estas
fuentes de información y recopilar también lo que dijeron
prisioneros alemanes detenidos por los rusos y americanos. Sobre
todo, porque queríamos protegernos de las manipulaciones que
falsifican la historia. Hemos sido muy rigurosos con todos los
detalles», así lo cuenta el propio responsable de la investigación,
Jean-Christophe Brisard, en entrevista con LA RAZÓN.

Sin testimonio gráfico

El hecho de que no existiese documentación gráfica del cuerpo de


Hitler, como sí que la hubo de los restos de Goebbels, Goering y
Himmler, ayudó a poner en cuestión la versión oficial. Pero sin
duda, el gran responsable de la propagación de todas las teorías
conspiranoicas que se establecieron desde entonces fue el
mismísimo Stalin, quien mintió a los aliados siendo conocedor
desde el primer minuto de que Hitler estaba muerto. ¿Por qué lo
hizo? «He hecho esa pregunta a un montón de historiadores en
muchas ocasiones y no hay ninguna traza ni documento escrito
que pueda aportar una respuesta a esa mentira de Stalin. Así que
nos basamos fundamentalmente en dos hipótesis: la primera es
que era un paranoico con un disfrute tremendo por el secreto y la
trama, incluso mentía a sus propios hombres. Solo su entorno más
próximo conocía la verdad. La otra posibilidad es que Stalin
pretendiese con esta mentira llevar a los aliados a una búsqueda
desquiciada del cuerpo de Hitler o del propio führer vivo en
América Latina. Pero lo cierto es que cuando Stalin llega a
Potsdam, él ya tiene las evidencias científicas de sus hombres de
que Hitler está muerto y de que estaba enterrado a pocos
kilómetros de Potsdam, donde mintió cara a cara a Churchill y
Truman sobre el paradero de su cuerpo». A la muerte de Stalin en
1953, la URSS continuó con su política de secretismo y de
mantener vivas las dudas sobre el verdadero desenlace de Hitler.

La investigación de Brisard arranca hace cinco años, cuando se


encontraba trabajando con otro historiador del Memorial de Caen
en Normandía, muy conocedor de los contenidos de los archivos
estatales de la Federación Rusa (GARF). «Me contó que un día le
llegaron a enseñar un cráneo dentro de una caja de zapatos y se
lo presentaron como los restos de un alto dirigente de la Alemania
nazi». A partir de ahí, Brisard se asocia con la historiadora rusa
Lana Parshina y viaja a Moscú poco después en lo que sería el
principio de un laberinto burocrático y diplomático que lo llevó a
Rusia hasta en seis ocasiones. «A veces me abrían una puerta,
luego me la cerraban. A veces me decían que sí y después que
no».

El propio periodista admite que no fue únicamente su tenacidad lo


que le permitió llevar a cabo la investigación, sino el monumental
enfado que a los rusos les produjo otra investigación anterior no
autorizada por el Kremlin a cargo de un equipo de televisión
norteamericano que afirmó que aquel cráneo era de una mujer y
no de Hitler. «Se sintieron humillados. Decidieron optar por un
equipo neutro, ni ruso ni americano, para dar verosimilitud a los
restos. Por ello nos dejaron a nosotros, a uno francés». El
momento ayudó a Brisard pero la coyuntura geopolítica, que
también contaba en un asunto de relevancia histórica, se le puso
en contra. Tuvo que sortear momentos de máxima tensión entre la
administración de Hollande y las posiciones rusas en asuntos
como Siria o la guerra en Ucrania. «Al principio solamente me
dejaban ir a ver los restos. Luego les dije que no era suficiente y
que tenía que venir con un equipo científico para la verificación.
Entonces me propusieron a un experto ruso y les dije que no, que
no sería validado por alguien de ellos. Era consciente de la
posibilidad de que me manipulasen. Y entonces impuse mis
condiciones para seguir: formar mi propio equipo, llevar nuestro
material para la investigación y, sobre todo, no rendirles cuentas
de los resultados por anticipado. Nunca me pidieron después
enviarles mis conclusiones. Las elaboré libremente», cuenta.

Cuatro dientes sanos

Los rusos han podido sentirse aplacados tras la verificación del


médico francés, Philippe Charlier, que ya había investigado la
muerte de otros personajes históricos como Enrique IV, quien
establece algunas imposibilidades de verificar al cien por cien el
cráneo pero no duda en afirmar que los dientes «pertenecen a
Hitler». Al final de su vida, según relató su enfermera personal
interrogada por los soviéticos, que al führer le quedaban
únicamente cuatro dientes sanos. Para salvar uno, su dentista le
realizó una prótesis en forma de herradura. Este hecho facilitó
todo el trabajo de reconocimiento. Sin embargo, puede que las
autoridades de Moscú no se hayan sentido tan cómodas con la
imagen de ineficacia que Brisard proyecta de los archivos. Piezas
de una gran valía histórica guardadas en cajas de zapatos y de
cigarrillos.
Lo que nunca olvidará el periodista francés es el sentimiento que
vivió cuando tuvo en su poder ciertos documentos que con el
tiempo llegarían incluso a quitarle el sueño. «No llegué a tocar los
dientes o el cráneo pero sí que manipulé escritos del propio Hitler
y de Goebbels que me transmitían una especie de maldición, pues
mi cabeza pensaba en todo lo que había significado el nazismo,
en las millones de víctimas... Y por las noches tuve un montón de
pesadillas. Soñé con las SS, con los nazis... Hubo un momento en
que me sentí realmente mal». Para Brisard estos son los
recuerdos más oscuros de una investigación que pretende poner
punto final a la enorme cantidad de especulaciones que han
circulado sobre la muerte de Hitler.

Sentado y muerto en el sofá

Uno de los testimonios más citados a la hora de estudiar la muerte


de Hitler es el del oficial de las SS Heinz Linge, su jefe de
protocolo, presente en el búnker en el momento del suicidio.
Según Linge, dos minutos después de despedirse de Hitler y de
Eva Braun en la sala de los mapas, oyó un disparo. «Cuando abrí
la puerta de su habitación, me encontré con una escena que
nunca olvidaré: a la izquierda del sofá estaba Hitler, sentado y
muerto. A su lado, también muerta, Eva Braun. En la sien derecha
de Hitler se podía observar una herida del tamaño de una
pequeña moneda y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre.
En la alfombra, junto al sofá, se había formado un charco de
sangre del tamaño de un plato. Las paredes y el sofá también
estaban salpicados con chorros de sangre».
¿Realmente Adolfo Hitler se suicidó?
Exagentes secretos de EE.UU.
revelan la verdad

Un nueva investigación de dos exagentes del servicio secretos de los Estados


Unidos quiere desmentir la versión oficial del suicidio de Adolfo Hitler, esta es
la verdad

La historia nos cuenta una cosa: el 30 de abril de 1945, durante la Segunda


Guerra Mundial, Adolfo Hitler entró en pánico. Se encontraba junto a su
esposa, Eva Braun, y temía lo peor. Le llegaron noticias que los soviéticos
estaban a metros del búnker en el que se refugiaba tras el incesante avance de
los Aliados. Hitler no soportaría ser atrapado y se suicidó junto a su amada.
Esto lo sabemos desde el colegio y además, es objeto de estudio por miles de
investigadores. Existen varias teorías sobre si esto sucedió en verdad o fue un
invento de los Aliados. Se rumorea, por ejemplo, que Hitler en realidad huyó vía
España hacia Sudamérica, como lo habrían hecho muchos nazis luego de la
derrota. ¿Cuál es la verdad?
NO TE LO PUEDES PERDER: ¿QUÉ ESCONDÍA ADOLF HITLER? UN
INFORME MÉDICO REVELÓ UN IMPACTANTE SECRETO SOBRE SU
CUERPO
¿Adolfo Hitler se suicidó?

Dos exagentes del Servicio Secreto de EE.UU realizaron una nueva


investigación sobre las circunstancias que rodearon la muerte de Hitler y que
traerían abajo la versión oficial. Bob Baer, exagente de la CIA, y Tim Kennedy,
un militar estadounidenses que participó en la captura del líder de Al Qaeda
Osama Bin Laden, examinaron cerca de 12.000 documentos
desclasificados sobre este asunto. Los detalles de su trabajo forman parte del
más reciente capítulo del documental 'Hunting Hitler' ('Cazando a Hitler') del
canal History Channel, que será emitido pronto.

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