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CUENTOS DE FUEGUITOS

Cuentos
CUENTOS DE FUEGUITOS
Cuentos

Compilado y corregido por

Roberto D. Barletta

EDITORIAL DUNKEN
Buenos Aires
2016
Cuentos de fueguitos / Fernando Aiduc ... [et al.]
Compilado por Roberto D. Barletta.
Coordinación general de Jairo Fiorotto - Sabrina Mariel Vega.
1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Dunken, 2016.
184 p. 23x16 cm.

ISBN 978-987-02-8949-4

1. Narrativa en Español. 2. Cuentos. I. Aiduc, Fernando.


II. Barletta, Roberto D., comp. III. Fiorotto, Jairo, coord.
IV. Vega, Sabrina Mariel, coord.
CDD 863

Contenido y corrección a cargo de los autores

Compilado y corregido por: Roberto D. Barletta

Coordinación Editorial: Jairo Fiorotto


jairo@dunken.com.ar

Coordinación General: Sabrina Mariel Vega


seleccion@dunken.com.ar

Impreso por Editorial Dunken


Ayacucho 357 (C1025AAG) - Capital Federal
Tel/fax: 4954-7700 / 4954-7300
E-mail: info@dunken.com.ar
Página web: www.dunken.com.ar

Hecho el depósito que prevé la ley 11. 723


Impreso en la Argentina
© 2016 Autores Varios
ISBN 978-987-02-8949-4
PRÓLOGO

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo


subir al cielo.
Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo
que somos un mar de fueguitos. –El mundo es eso –reveló–. Un montón de
gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con la luz propia entre todas
las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay gente de fuegos grandes y fuegos
chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se
entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas; algunos
fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden la vida con
tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se
enciende”.
Fragmento de “El Libro de los Abrazos” de Eduardo Galeano.

Eso, que de manera tan bella describe el maestro Galeano sobre nosotros,
eso, exactamente es lo que pretende describir este libro.
“Cuentos de Fueguitos” es un homenaje al maestro y a todos los diferentes
fueguitos que pretenden brillar con alguna chispa.
En esta selección el lector encontrará distintos fueguitos literarios: aquí
conviven los fueguitos románticos, que nos harán enamorar de cada personaje
de la historia. También están los fueguitos de suspenso, que nos mantendrán
en vilo hasta el final. Los fueguitos alegres, que nos pintan la cara con una
sonrisa. También existen los fueguitos nostálgicos, esos que siempre nos dejan
una reflexión sobre lo que fuimos y lo que queremos ser.
Espero como seleccionador, que usted, querido lector, disfrute este libro
de nuestros brillantes fueguitos escritores.

Roberto D. Barletta
Buenos Aires, enero de 2016
9

UN VIERNES POR LA NOCHE 

por Fernando Aiduc


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La conversación había durado varios minutos y no parecía que tuviera una


dirección definida cuando de repente el mensaje fue directo:
–Quiero desaparecer ¿Me venís a buscar?
–¿Segura?
–Sí. Buscame. No sé para qué, pero sacame de acá.
–Ok. Esperame
–Sí claro.
Y fui. Me cambié de ropa, salí a la calle, paré un taxi, le indiqué la di-
rección y esperé. El chofer era un ex marino mercante que trabajaba para los
vicios, según sus propias palabras, y me entretuvo la media hora que duró el
viaje con historias de países lejanos y aventuras del todo creíbles. Recordé las
de mi padre en sus años de marina y por ese breve lapso de tiempo olvidé a
dónde iba y por qué. Si alguien me lo hubiera preguntado habría podido res-
ponder sin dudarlo cuál era mi destino, las razones no tanto.
Llamé por teléfono para avisar que estaba frente al número 1025 de la
calle V... y ella sólo respondió con un breve “Ya bajo”.
No voy a negar que estaba un poco nervioso, pero sólo por la falta de
práctica. Acciones como esa, tan repentinas, no son mi manera habitual de
hacer las cosas, pero en esa ocasión algo me impulsó a salir de mi zona de
confort e ir a rescatarla. Aún hoy, mientras escribo esto, no sé por qué lo hice,
pero me alegra haberlo hecho. Supongo que aunque parezca insignificante, es
probable que ese acto haya cambiado algo, en mí y en ella. Si me viera obliga-
do a responder, en un principio diría que fue uno desinteresado, atender una
llamada de auxilio, ayudar a una amiga, una muy reciente y que todavía está
en proceso de consolidarse.
Caminamos por calles desconocidas, nos detuvimos a contemplar la luna
en cada esquina, me contó mucho sobre ella y a cambio recibió demasiado
poco de mí. Finalmente, después de caminar un poco más, sentarnos en dos o
tres escalones y recordar canciones de los años 80, paramos un taxi y la llevé
a su casa.
10

No la besé esa noche. Podría haberlo intentado, ganas no me faltaban,


pero preferí no arruinar el momento y ser el que ella necesitaba que fuera. Me
dije que ya habría tiempo para otra cosa si así debía ser.
El mismo taxi me devolvió a mi departamento, me senté en el sofá, en-
cendí un cigarrillo y sonreí sin motivo aparente. Una pequeña aventura de
viernes por la noche que no imaginaba cuando dejé la cama esa mañana y
que me dejó la satisfacción de haber hecho algo por alguien sin desear o pedir
nada a cambio.
Intento no darle muchas vueltas al asunto, seguro de que no hace falta.
A veces es bueno no pensar tanto y dejar que las cosas fluyan por sí mismas.
“Porque la verdad que yace detrás de la cortina está tan oculta que ni
siquiera las voluntades más férreas consiguen desprenderla de su manto de
misterio”.
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A DESTIEMPO 

por María Elvira Alvarez


Buenos Aires

Ella tenía el reloj descontrolado. Nunca llegaba a tiempo a sus citas, a


veces tarde, otras, demasiado temprano. La noche de la fiesta cuando Dios
entregó los talentos, llegó cuando los invitados ya se iban y se quedó con las
manos vacías. Se atrasó también en su cita con la dicha, y sólo encontró a su
llegada la infelicidad y las lágrimas. 
El amor llegó hasta ella, pero demasiado temprano. Era apenas una niña
y él un hombre maduro. Cuando volvió a encontrarlo, ya era una mujer y él
un adolescente. Aceptó sus fracasos pensando que le quedaba mucho tiempo
por delante. Postergó la búsqueda de una pareja, enredada entre la ambición y
su vano deseo de realización personal. Al decidirse, finalmente, a buscar con
quien formar una familia, descubrió que ya no estaban disponibles aquellos
que le podrían haber interesado. Debió entonces conformarse con el material
rechazado por las demás mujeres y aceptó a un hombre muy inferior al que
hubiera podido aspirar si hubiese accedido al mercado amoroso cuando aún
sus carnes eran firmes y su rostro sin arrugas. 
Una vez, muy joven, sintió que una nueva vida bullía en su interior. Pensó
que aún era muy temprano y se deshizo de ella. Cuando decidió que ya era
hora de ser madre, su reloj biológico le marcó una nueva tardanza y su vientre
quedó vacío para siempre.
Una tarde recibió una visita inesperada. No le abrió la puerta. No estaba
preparada para recibirla. Más tarde, cansada de largos años signados por el
destiempo y el fracaso, salió en busca de la dama vestida de negro a la que
hacía años atrás no le había permitido la entrada. Por más que la buscó, no
pudo dar con su paradero. Luego, al volver a su hogar, la encontró en el living
de su sala, sentada en su sillón favorito. Entonces descubrió que aquel día, ya
lejano, la muerte había entrado por la puerta de atrás y la había acompañado,
sin que ella la notara, la mitad de su existencia. 
Incluso su muerte había sido a destiempo.
12

COMO ACEQUIA DEL DESIERTO 

por Teresa Amitrano


Mendoza

Cae al piso retorciéndose sobre el estómago. Inútil tratar de levantarse. Se


arrastra hasta el carro, imposible sacar al bebé. Ruega que pase alguien. Sus
gritos de dolor y el llanto del hijo, rompen la quietud y el silencio del desierto.
Los encontraron en la madrugada: la piel seca como papel, y un charco
de sangre. El pequeño, deshidratado. Ambos, con lágrimas que aún surcaban,
como aguas cantarinas de las acequias, los rostros crispados de sus muertes
dolorosas.
El sol calcina la arena del camino y el yute de las alpargatas. Sus pies se
incineran. La chupaia absorbe el calor, provocando caliente transpiración en
su rostro y su cabeza. 
Mira para atrás: el pequeño de dos años duerme profundamente en el
carrito que tira. Menos mal que se les había ocurrido cubrirlo con un toldo. Se
detiene y con la mamadera da de beber al niño. Toma de la botella. Hubiese
querido volcársela encima, pero todavía quedaba un buen trecho. Además,
como fruto de ese desierto, sabe que el efecto es peor. 
Ya había doblado la curva que venía de la Villa, y tomado la interminable
recta arenosa hacia El Vergel. 
El vecino la había dejado en el Supermercado. Le insistió que lo esperara,
pero decidió hacer el esfuerzo nomás. Ya es rutina: todos los meses iba en bus-
ca de las ofertas. Mantener cinco chicos es difícil; y en la zona los almacenes
cobran el doble. 
Piensa que ha dejado los cuatro solos. Están acostumbrados, pero siem-
pre le aparecía un presentimiento de que algo podía pasar. Tienen una buena
distancia hasta el pueblo, o la casa más próxima. 
Desde que se había casado, repetía este viaje cada 30 días. Siempre se lle-
vaba al más chico, por las dudas. Total, el carro tenía buenas ruedas de goma,
y sus brazos fuerza para tirarlo. 
Ese día no. El calor parece derretir las gomas, y su fuerza disminuye a
cada paso. El brillo de la arena de la senda, le lastima los ojos. Ni un mísero
arbusto. Necesita parar, descansar un rato; el sudor empapa su cuerpo. Pero al
sol, puede ser peor. El calor envuelve, abraza, impide pensar. Ya ha perdido el
cálculo de cuánto falta para llegar.
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Trata de pensar en cosas lindas: cuando se casaron, cuando alquilaron ese


pedazo de tierra con regadío, donde construyeron su rancho, donde a veces
tuvieron que pasar el arado a las verduras porque no tenían precio, y otras les
fue pródiga la suerte para ampliar la casita, comprar la tele, la heladera, y el
proyecto de la vieja camioneta. 
Recuerda cómo fueron llegando los hijos, varones todos, buenos para
ayudar en la siembra, en la cosecha. Eso sí, iban a la escuela. Ya el mayor
estaba en la secundaria.
Qué mal se siente... tal vez... sí, tal vez es demasiado calor. Una cosa es
la costumbre, otra, este tiempo de más de cincuenta grados, el zonda y su
debilidad. ¡También, justo ahora!
Eran ocho kilómetros en total. Después el camino a la chacra se hace
liviano: hay árboles, hijuelas de agua que corren con fuerza para el riego.
Agua... hasta siente el gorgotear de su carrera por las acequias y canales y la
frescura de las gotas que salpican al pasar sobre las piedras.
Vuelve a detenerse para ver al chiquito. Duerme, el toldo le da sombra,
pero cuando mete la mano para pasar un trapo húmedo por el cuerpo, casi
se quema. Lo moja lo más que puede. Le da nuevamente con la mamadera;
sacude las alpargatas (el yute tiene la arena pegada con su transpiración), se
saca el sombrero de paja, refrescándose la cabeza, y retoma el ritmo. Con su
situación, en este día insoportable, se le hace cada vez más difícil.
Trata de apurar el paso, pensando en los niños. 
A lo lejos divisa árboles. Por fin, se dice: El Vergel. Sabe que le queda un
kilómetro más o menos y la esperanza reaviva su corazón. Comienza a cantar,
para calmar al niño y entretener su alma, hasta que el canto se convierte en
un aullido. 
En el silencioso eco del desierto, como agua fresca de las acequias, se le
va una vida por llegar.
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LEJOS DE MIS MANOS 

por Tomás Alva Andrei


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Estoy en la laguna a la vuelta de su casa. Las ráfagas de viento traen el calor


de los veranos en la pileta del club. El olor a naturaleza viva me recuerda a las
tardes después del colegio en que tomábamos la merienda mientras su papa regaba
el jardín. Es una de esas tardes mágicas; el cielo de color rosa.  Lo veo a lo lejos,
detrás de los largos pastizales. Su postura intacta, su imagen erguida como en
los días en que vivimos como hermanos. Se acerca hacia mí riendo, mirando con
comicidad. Lo veo y no lo puedo creer, me exalto, grito y lloro. Caigo al suelo de
rodillas y él me levanta para sostenerme en pie. Continúa riendo, como si nunca
hubiera muerto, aún cuando lo exprimo con mis brazos. Lo abrazo tan fuerte como
puedo, con miedo a volver a perderlo. Siento el calor de su cuerpo, no me quiero
desprender, pero ríe como si yo fuera un exagerado. Le clavo la mirada, las gotas
de transpiración y nervios deslizan por mi frente y al fin largo unas palabras.
–¿Como puede ser posible?
–¿Posible?
–Si estás muerto, yo te vi. –Lo sigo mirando fijo a los ojos, totalmente
sobrepasado–: Te perdimos.
–Te voy a explicar todo. Tranquilo. Sentémonos allá –me dice mientras
señala la pequeña lomada que se asoma al final del verde. Es el lugar donde
solíamos ir los días de semana a tener las conversaciones más profundas.
Caminamos a la par. Lo miro una y otra vez. Lo palpo con los ojos.
–No te imaginas lo que te extrañamos todos. –Me mira y sin contestar una
sola palabra, entiendo su respuesta. Echo a llorar como un chico.
Nos sentamos en la lomada y arrojando piedras a la laguna me habla con
su voz más tierna. 
–Es verdad que estoy muerto. –La frase me suena muy rara viniendo de
su propia voz.
–Pero en este mundo estoy vivo, más vivo que nunca. 
–¿Dónde estamos? 
–Donde estuvimos siempre, pero del otro lado. 
A lo lejos pasa volando un ave con forma de tatuaje. Nos quedamos calla-
dos por unos segundos, lo vuelvo a mirar. Sonrío incrédulo. 
El viento –todavía cálido– sopla fuerte y sus pelos flamean iluminados
por los últimos rayos de sol.
15

–Ahora tengo todo el tiempo de mundo. Vivo en paz –me dice desde el
silencio de la laguna.
–Pero no te aburrís, ¿qué haces con tanto tiempo?
–Bueno, en realidad tengo una distracción. 
–Ah, ¿sí?
Me mira con esa cara de complicidad tan suya.
–Algo así como un pasatiempo.
–Visito a mis amigos en sus sueños.
–Suena bastante divertido. –Lo pienso unos segundos y entiendo que
estoy en uno. Aún no despierto.
–Acá tengo todo el tiempo que busqué en la vida. Hago lo que quiero
cuando quiero, como en este preciso momento frente a vos.
Me pongo serio y se me llenan los ojos de lágrimas nuevamente. 
Lo tomo de los brazos y le digo como nunca le dije en la vida: 
–Te quiero mucho. Fuiste un gran amigo, un gran compañero de aventu-
ras. No me voy a olvidar nunca del tiempo que pasamos juntos y de la cantidad
de cosas que aprendí observándote día a día.
–Gracias –me contesta con la voz temblorosa.
–La verdad es que te extraño todas las mañanas en cuanto abro los ojos
–se me vienen a la mente los domingos en los que su ausencia nos persigue a
todos–. Y especialmente los fines de semana, aun más cuando están soleados.
–Yo también los extraño, a vos y a todos. Pero créeme que yo soy muy
feliz acá... allá, en todas partes. Ahora soy algo más de lo que fui. Formo parte
del todo, del universo infinito. 
Suspira sin derramar una gota de sal.
–Mañana le voy a contar a los demás que estuve con vos, que te abrace
fuerte y que hablamos por horas. 
–Fue un lindo abrazo, es verdad, de esos que jamás nos dimos. Pero la
charla ni siquiera duró diez minutos.
–¿Te puedo pedir un último favor?
–Lo que sea.
–Hay alguien que necesita que lo visites, en sueños.
–¿Quién?
Me acerqué y le dije al oído el nombre de un gran amigo nuestro. De un
segundo a otro lo vi a la distancia nuevamente, detrás de los largos pastizales.
Lejos de mis manos.. 
16

TRES 

por Ana Belén Bedetti


Mendoza

Hoy volví al acantilado. Lo miré desde arriba y no encontré mi sombra.


Era tan alto como ayer, o más. 
Llevaba un libro, un espejo, un dado, tres monedas de cobre y un cara-
melo de anís. Me senté en el borde (del acantilado) y lo sentí crujir (era impo-
sible). Palpé la tierra, dejé de respirar y me mantuve quieta por seis segundos
(nada). Cerré los ojos, olí el viento, tomé mi dado de la suerte y lo sacudí muy
fuerte. Lo solté sobre el libro. Me mostró un uno. 
Miré hacia adelante, más allá de la bahía, y divisé lejana la atalaya del
Tiempo. La miré tan fijo que la vi tambalear (era imposible). Dejé de respirar
y me mantuve quieta por seis segundos (nada). Tomé el dado y esta vez no lo
sacudí. Dos. 
Por fin limpié el espejo contra mi ropa y revisé la hinchazón de mi me-
jilla. Ahí estaba (mi mejilla) y ahí seguía (la hinchazón) y a través del espejo
detrás mío las zarzas se estremecían. Y hacia adelante no pude ver la atalaya
del Tiempo... Dejé de respirar.
Tomé el dado y lo arrojé apenas, pero no quiso detenerse y se precipitó.
Intenté alcanzarlo (creo que era un tres). Conseguí respirar pero no pude que-
darme quieta. No hasta al menos seis segundos. (Nada).
Hoy volví al acantilado. Lo miré desde abajo y no encontré mi sombra.
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LA PARED DE HIELO 

por Facundo José Beltrán


Buenos Aires

En la profundidad de su valle profetizaron Los Morrillos tres amables


puntos en el fondo de su paisaje de retamas y carillas. Las inesperadas visitas
devenían en figuras con las horas, tras las huellas de sus ancestros quizás...
que clamaron fama desde las marcas púrpuras de sus rocas.
Aquellos hombres perseguían en silencio sus pensamientos, quizás su reden-
ción, de vez en cuando los entrecortaban las quejas de sus mochilas y equipos.
De pronto se reconocían y sus caras impávidas de grietas ya no eran
ajenas sino conspicuas del milenario paisaje. Promesas de comodidad fueron
trocadas por un clima hostil pero maravilloso, por eso sus voces fueron una
sola: la respuesta unívoca e irrenunciable de volver a su valle.
Compartieron nuevamente el sueño y el premio parecía prometedor con
tanta nieve acumulada. La cumbre más esquiva del cordón Ansilta los espera-
ba, como siempre imprevista.
Se decía de Mallory que lo aquejaba la misma fiebre, pero nunca supo
explicar por qué... que esté allí nada más no parecía una explicación... pero las
décadas ayudaron a entender. 
Su carga era mucho más pesada que la de sus mochilas, en la intimidad
los montañistas imaginaban alivianar (o cargar) ese peso. Sabían (creo) que
su destino los unía y que su comunión les daba el ánimo para continuar la
empresa. 
La pesada nieve retrasaba su paso, los diálogos escaseaban en el silencio
blanco y brillante. Ese valle ya les había pertenecido, tal como a Mallory el
glaciar del Kumbu, pero ellos no lo sabían, y presumo que tampoco aquel
intrépido británico.
Los sucesos se contaron en forma anónima porque nadie ha dado, en
Barreal, fe de haberlos visto doblegar el valle del arroyo, la ruta al ansiado
anfiteatro. 
No sin llegar al umbral de su esfuerzo los campamentos se armaron casi
según lo que pensaron, bajo la regla constante y disciplinada del mayor de
ellos, un alemán del Volga se decía.
Desde la tercer noche, aquél mayor y más experimentado divisó en la
pared un hielo inusual, imaginó que el cristal era demasiado azul y mortal
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para esa empresa. El de mediana edad clamaba entusiasmo y su palabra era


siempre un viso de esperanza, el más joven acompañaba y esperaba el frío del
miedo que ya le era conocido.
La espesa alfombra blanca obligaba a tomar los recaudos propios del
invierno para el descanso y el valle comenzaba a retacear el cielo que aún
podían respirar.
La pared los esperó tal como el mayor lamentaba. El mediano no disi-
muló su enceguecido espíritu y adujo un ataque rápido y temerario. El mayor
lo consintió, no por confianza en la misión sino por mera complicidad con su
amigo. El menor, en cambio, prefirió esperar, afirmó: “si la montaña no nos
deja llegar a su cumbre es porque quiere nuestra vuelta”.
Los guanacos no llegaron a esa altura pero respetaron con distancia las
ganas de estos huéspedes conspicuos.
De madrugada se pensó el intento y la misma noche se los negó. La prema-
tura vuelta de los expedicionarios explicó lo imposible de su proyecto. La pared
no quedaría virgen tampoco, la mañana fue testigo de su diversión... los piolets
repiqueteaban en el hielo. El alemán prefirió el descanso de la observación. 
La pendiente les era cómoda en su recuerdo, el calor de la nieve los que-
maba por dentro y fuera. Las pausas no eran tales sino ventanas para conversar
con la vista. Un anfiteatro lleno de penitentes y seracs formaban el mausoleo
de un glaciar que se supo invencible.
Las rimayas les ofrecían un paisaje que su imaginación no podía compren-
der. A los 300 metros decidieron su vuelta. Su carga de lágrimas escondidas
y nieve cedió ante una imponente alegría.
El contorno del Pico 2 les mostró una vez más su pequeñez pero sus almas
se sinceraron: se supieron juntos y dichosos de volver y agradecer el privile-
gio de caminar por esas rocas, a la escolta de un pico predilecto, aquel al que
nunca llegarán. El de sus almas, sus ancestros, lo rupestre de sus sentidos que
todavía habitan el valle, que surca aquel arroyo que los hace sentirse vivos
una vez más...

Expedición Pico 2 Cordón Ansilta, Marzo 2014. Daniel Geist, Leonardo


Carini y Facundo Beltrán. 
19

TANTOS 

por Jorge Benito


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Tantos días de agradecimiento, tantos elogios.


Y ahora...
Soy guardabarrera en Mitre, al lado de la estación.
Tantas gauchadas que hice...
Pensar que ahorré el tiempo de los automovilistas, esperando hasta el último
instante y más, hasta cuando el tren estaba en la estación. Yo los dejaba pasar.
Como ese día.
No sé como pensé que era el local de las 15:16 en lugar del rápido de las 16:15.
Pero también, el del transporte escolar se podría haber fijado...
20

GIOVANNI MORAPIO, POETA MENOR 

por Marcos Bongiovanni


Santa Fe

A nadie alarmaría si dijera que Giovanni Morapio fue un poeta mediocre.


De hecho aún hoy, decenios después de su muerte, atribuirle a su persona
la categoría de poeta es en los círculos literarios una pretensión rayana a la
irreverencia, capaz de provocar la indignación de muchos que sí han hecho
méritos para ser portadores de tan noble título. Bien podría acusársele, con
sobradas y contundentes pruebas, de “ejercicio ilegal de la poesía”. Si tal
conducta estuviese tipificada, Morapio sería el delincuente por antonomasia.
El infausto Giovanni construyó poemas como edificios y ordenó sus
versos con fórmulas matemáticas, como si la poesía fuese una ciencia exacta.
Nunca fue amigo de las rimas y la métrica; más bien, ellas no quisieron su
amistad. Así, luchó infructuosamente con las palabras tratando de hacerlas
encajar en sus versos, aunque fuere a martillazos. En resumidas cuentas, jamás
logró acuñar un par de líneas decentes. 
Quizás su mayor pecado con la pluma haya sido escribir en exceso; pocas
cosas hay tan infortunadas como la prolificidad de un mal escritor.
Morapio no conoció el pudor literario, ni el miedo a la imprenta o al
justiciero paso del tiempo. Esparció sus pésimos ripios por los estantes de las
librerías, poblando tanto pomposas antologías de aficionados como humildes
pasquines literarios.
No reconocía influencias, juraba que leer a otros minaba su originalidad.
Pasaba horas leyendo y releyendo sus propios textos, orillando los ajenos, en
un infinito círculo onanista. Soñaba con glorias que no llegarían.
En sus años postreros a Morapio le inquietaba la sospecha de –pese a
consagrar sus mayores esfuerzos al oficio de escribir– no haber logrado con-
mover; no haber sido capaz de trascender lo superfluo y alcanzar lo que acaso
sea el norte del arte: la conjunción del deleite y la emoción.
La sospecha devino en certidumbre, la inquietud en angustia. Desespe-
rado pasaba las noches en vela entre garabato y garrapato, en busca de ese
puñado de versos que lo redimieran. Apenas se alimentaba. 
En una de tantas jornadas de ayuno y desvelo se topó por azar con unas
líneas que había escrito cuando joven, y las halló intensas, embebidas de ese
ímpetu que con la edad había menguado.
21

Convencido de reencauzar su escritura con la impronta de aquellos versos


decidió emprender un análisis retrospectivo de su obra, un examen de sus poe-
mas desandando el camino que sus pasos literarios habían trazado, buscando
dar con el punto exacto en donde había equivocado el rumbo.
Así, dispuesto a convocar una vida de estrofas noveles y pretéritas, es-
crutó minuciosamente el mínimo cuartucho que hospedaba su vejez; hurgó
sin piedad rincones y recuerdos, hasta que no hubo espacio ni tiempo sin
interrogar. 
En el decurso de esa búsqueda, en el añoso fondo de un arcón de madera,
bajo la foto escolar del tercer grado, asomó una caligrafía infantil que Morapio
reconoció de inmediato. Con voz trémula el poeta leyó las líneas que medio
siglo atrás le había dictado su maestro de escritura: “Mamita de mi alma: hoy
cumplo siete años. A esta edad ya se discurre; ya sé lo que te debo. Te juro
emplear bien la vida que me has dado. Tu hijo que te adora”. *
El gatillo fue una tentación aquella noche.
22

AYER VI A CLAUDIA EN EL SUBTE 

por Fernando Bustos Odzomek


Buenos Aires

Cada vez que viajo en subte fuera de las horas pico recuerdo vagamente
una película que no encuentro en mi memoria el nombre ni los actores. Puede
ser Nick Nolte o Harrison Ford. La chica, una mujer cincuentona, bella, ade-
cuada. Creo que ahora le dicen, le dirían MILF. La historia era de dos personas
solitarias de los suburbios de New York, que viajaban a diario en el mismo
tren. Desconocidos, por supuesto, de eso se trataba, de cómo la cotidianidad
los acercó y decidieron conocerse.
A mi me falta un poco para llegar a esa edad y en todo caso sentir la sole-
dad en compañía de la familia formada, incluso me falta formar una familia,
que me permita sentirme frustrado.
En un diálogo de la película el hombre le cuenta a la mujer por qué sintió
la necesidad de animarse a invitarla a perder el turno del tren de regreso y
tomar un café antes de volver a la rutina de sus hogares. En su romántica ju-
ventud, antes de crecer, dijo haberse encontrado en un tren con la mujer más
bella que jamás había visto. En ese mismo tren que lo llevaba desde su barrio
natal a la gran manzana. Que cruzaron sus miradas, que las estaciones se su-
cedieron interminablemente mientras su timidez lo ahogaba, que finalmente la
chica bajó antes que él y cuando el tren retomaba su marcha la observó como
ella giró su cabeza hacia atrás desde el andén y sus miradas desnudaron la
evidencia. Contó que él volvió, cada tarde, a la misma hora, en el mismo tren,
durante dos meses, y que jamás la volvió a ver. No recuerdo muchos detalles
de la película, que quisiera volver a ver. Si tan solo recordara algún detalle
exacto, quizá el nombre de los actores, podría googlearla. 
Cada vez, de esas pocas veces, que alguna mujer me mira en el subte,
siento que me viola el alma, y me causa placer. No hay nada más práctico
que mirarla de espalda contra el reflejo de las ventanas, para que sus ojos no
esquiven mi mirada. Cada mujer de treinta, cada bella mujer de treinta que me
mira disimulando abstracción, que viaja sola o acompañada, pero sin pareja y
sin anillo, puede ser ella. ¿Todas las mujeres casadas o comprometidas usan
anillo ahora?
Yo la conozco. Sé que sabe que la vida es una mierda y aunque la cicatriz
todavía duela, se que la esperanza es su fiel confidente y la sostiene. Ella está
allí, cada día, del otro lado de la línea, en alguna oficina de esta puta adorable
23

Buenos Aires. Y me ofrenda esos minutos que necesita para desenchufarse de


las tareas cotidianas, en cada café, cada cigarrillo que le quita un suspiro de
sus pulmones, pero le regala a cambio un suspiro de internet que combate la
realidad. Somos camaradas de lucha, héroes de guerra sin medallas, heridos
en distintas batallas, encontrados en el hospital de campaña. Yo la conozco.
Claudia tiene fotografías mías. Yo jamás le mande ni me atrevería a pe-
dirle alguna de ella, pero aunque no sea una persona famosa ni mucho menos
una celebridad, con un poco de interés es fácil encontrar en la red una imagen
mía. Aunque me esfuerce en ser reservado. Trato de esquivar los flashes. Trato
de borrar las etiquetas. Trato de pasar desapercibido en las redes, pero sé que
de alguna forma, ella sabe quién soy.
Ayer la vi en el subte y sé que no se animó a decirme que era ella.
24

FUNERAL 

por K aren Abril Cáceres Aguirre


Buenos Aires

Mis manos están llenas de sangre que comienza a escurrirse del cadáver
junto a mí, comienzo a gritar por auxilio, alguien tiene que salvarlo, no puede
irse. Estoy desesperado, pero puedo oír las sirenas fueras que me indican que la
ayuda está aquí. Grito y les indico donde está el cuerpo, no sé qué sucede luego.
En el funeral permanezco quieto, en un rincón. No hay nada nuevo, todo
el mundo sabe que ha muerto, que ya no lo verán ¿Cuál es la necesidad de
atormentar sus mentes?, y dejar que su último recuerdo sea el del cuerpo quie-
to, pálido, inerte, frío, con los ojos lejanos y cerrados, y su alma fuera. Los
funerales, en mi humilde opinión, son una total pérdida de tiempo. 
Permanezco inmóvil, y la gente finge que no estoy allí, en ese pequeño
rincón observándolos con atención. No sufro, no me afecta su muerte, cuando
se fue sentí paz, no hay un lugar donde fuera a estar mejor que lejos de esta
tierra llena de engaños, y negocios y aprovechadores y deudas y desamores,
¿Qué tiene de fantástico la tierra? El cielo debe ser mejor, por supuesto. 
Me acerco por un segundo al cajón y observo el cuerpo, despojado de toda
belleza y de aquel brillo que pudo en algún momento haberlo caracterizado,
aún no lo entiendo, veinte años, veinte años estuve aquí en la tierra en este
cuerpo que ahora yace vacío, veinte años y esta gente no entiende que no he
logrado nada. veinte años para terminar aquí, viéndolos a todos por última
vez en mi funeral. 
25

DIMENSIONES 

por Daniel Calcagni


Buenos Aires

Nunca se había percatado que aquel libro llevaba su nombre, mucho más lo
sorprendió al leer en su primera página la fecha y hora exacta de su nacimiento.
No supo que pensar, el temor y la confusión hicieron que sus manos tem-
blaran de tal manera, que no pudo evitar que el mismo cayera al suelo dejando
ver en sus páginas el dibujo de la escena recién vivida.
A media luz, en un silencio que lo aturdía y horrorizado casi al punto del
desmayo, no tuvo la valentía ni el coraje de dar vuelta la hoja... mucho menos,
ir al final del libro. 
26

CELOS Y FRACASO 

por Elsa Fabiana Cantero


Misiones

Esta historia tenía tres años de antigüedad. Sabrina recién había conocido
a Víctor cuando su prima, Camelia, aún era la novia de él. 
La familia fue testigo de cómo en una oportunidad, Camelia montó en
cólera al advertir que su amado dirigía miradas hacia otra mujer, sin previo
aviso, golpeó a la joven culpándola de querer robarle el novio. Fue un caos:
cabellos que volaban al aire arrancados de una cabeza avasallada, golpes que
más que ruidos parecían la parafernalia de una guerra. Nadie osó intervenir y
la inocente e indefensa joven quedó destartalada en el piso. Hubo que llamar
a un médico a que restañara las heridas dejadas por las uñas de la atacante
enloquecida. 
A partir de ese día Víctor la evitaba y comenzó una huida en cada casa
de pariente que lo escondía.
Un día cualquiera, Víctor en una confitería del pueblo encontró la mirada de
Sabrina. Era una que decía mucho pero que el joven interpretó muy malamente.
Prontamente consiguió la primera cita y a esta le siguieron muchísimas
otras de manera que comenzó el noviazgo. 
Víctor, un ser mimado por las mujeres tuvo una aventura con la nueva
presidenta del banco local llegada al pueblo ansiosa de encontrar un amor tras
una desilusión amarga.
No faltó mucho para que Sabrina se enterara de la traición que llevaba ade-
lante su novio. Fue consecuente con la actitud que hasta parecía de indiferencia
pues nadie podía leer en su interior donde borbotones de lucha y de deseo de
venganza pugnaban por expresarse. Enfrentó a Víctor quien no tuvo más que
aceptar la realidad aunque su mayor sorpresa la tuvo cuando le espetó:
–Te perdono, no se te ocurra volver a hacerlo porque me conocerás recién allí.
El idilio siguió un aparente curso normal. Se supuso que todo quedaba en
el pasado, oculto bajo la máscara del olvido.
Fueron pasando los días, se conjugaron meses y fechas de un casamiento
por demás expectante.
Yo veía a Víctor que un día estaba feliz, radiante y más tarde, tal vez dos o
tres después, más parecía un alma en pena. Lo miraba y no podía descubrir las
razones. Por último creí haber encontrado los porqués de esos cambios sin razón.
27

Llegó el día de la boda. Estaban todos en la iglesia, todos pero todos:


parentela, conocidos, amigos, enemigos, desconocidos y más. 
Se esperaba algo indefinido y lo esperado sucedió.
En el instante en que Víctor debía responderle al sacerdote que le decía
“¿Tomas por esposa a Sabrina Manquera?” un ¡NO! se oyó desde el fondo de
la nave principal. Cabezas como impelidas por un resorte giraron y vieron in-
gresar a Camelia, despeinada, sucia, desaliñada. La reconocieron únicamente
por la voz.
La sorpresa escindió la ceremonia porque ese, precisamente ese, era el
momento que Sabrina esperaba.
Le parecía que la vida de Camelia sería el futuro que le tocaría si unía
su destino al de Víctor. Además, el noviazgo fue estratégicamente preparado
como venganza porque adoraba a su prima y más que nada amiga. Eligió ese
escarmiento para defenderla. Tenía la certeza de que el amor le llegaría algún
día y no le gustaría el mismo suplicio.
Se supo después, cuando la calma colmó los espacios, que el antiguo no-
viazgo entre Camelia y Víctor había tenido consecuencias. Camelia se había
ocultado, se recluyó en un pueblo no muy cercano de tal manera que todo lo que
hicieron los parientes de Víctor para ocultarlo, fue inútil, ella no estaba visible.
Sabrina, madre y hermanos de Camelia, cuatro en total fueron los únicos
enterados de la verdad. A los siete meses de aquel escándalo, Sabrina había
desaparecido del lugar, estuvo ayudando al nacimiento del nuevo ser que lle-
gaba al mundo.
La niña, porque fue una niña, tenía a la fecha un poco más de dos años y
la identificaron como adoptada por uno de sus tíos. La locura se había hecho
presente después de ese nacimiento, siendo este el principal motivo de su in-
visibilidad. Se enteró del matrimonio por infidencias del servicio doméstico y,
en complicidad con su prima, esperó ese momento de la pregunta que quedó
sin respuesta.
Ayer vi a Víctor, es un joven perdido en una sociedad que lo acusó de
maldad al ofender a Camelia, tan querida por todos. Me dio pena. 
28

LA MUCHACHA EN EL RÍO 

por María Claudia Capelli


Buenos Aires

La vi. Se había recogido la falda hasta las rodillas para refrescarse los pies
en el agua. En ese momento supe que era ella, o ninguna.
El viento jugaba con su cabello renegrido y eso le molestaba, ya que cada
tanto lo retiraba de su rostro con un gesto de princesa. Estaba totalmente
ensimismada en sus pensamientos, lejana de la realidad de su entorno. El río,
algo caudaloso aunque bajo, se escurría entre sus tobillos delgados y finos.
Noté sus zapatos acomodados en la orilla: pequeños zapatitos rojos, perfectos
contenedores de sus pies delicados. La imaginé quitándoselos, disponiéndolos
uno al lado del otro con exactitud matemática, y luego internándose despacio
en el agua con la piel erizada por el frescor repentino.
La imagen era perfecta. La belleza del paisaje armonizaba con la belleza
de la muchacha. Imaginé su nombre, su edad, sus gustos y sus placeres. ¿Qué
la haría vibrar? ¿Qué la haría fruncir el seño de disgusto? Estuve mirándola
tanto rato que ya creía conocerla...
Ella ni siquiera había notado mi presencia y, con toda sinceridad, era me-
jor así. No quería que nada de este mundo arruinara la magia del momento.
Porque era justo eso: magia. Ese instante maravilloso en que sabemos, en que
no tenemos duda. Y yo sabía.
De pronto una ráfaga de viento le revolvió el cabello y ella debió soltar la
falda para recogérselo en una trenza improvisada. Sonreí. Se le había mojado
el ruedo del vestido.
El destino, a veces, nos pone delante pruebas que ni siquiera imaginamos.
Todas las tardes salgo a caminar pero ese día, justo ese día, cambié el reco-
rrido habitual. Era la primera vez que tomaba por la orilla del río y la suerte
quiso que me encontrara con ella. Me sentía feliz, exultante. El corazón me
latía muy fuerte y las manos me temblaban. La mujer que había esperado
durante toda mi vida estaba allí, frente a mí, serena y hermosa, con los ojos
perdidos en el horizonte, fijos en la línea que forman el verde de la hierba y el
azul del río cuando se juntan.
Debía acercarme. No podía dejar pasar esta oportunidad... ya había des-
perdiciado muchas por miedo y esta vez sí, debía ser valiente, vencer esa timi-
dez que me acechaba y me encerraba en una prisión de irremediable soledad.
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Junté todo el valor que fui capaz y llegué hasta ella. No recuerdo haber
sido tan feliz. Como lo había pensado, una cosa llevó a otra: una palabra, un
gesto, una sonrisa... Yo tenía razón, era ella, o ninguna.
Durante años atesoré ese encuentro; lo guardé en lo más profundo de mi
memoria como la más valiosa joya dentro de un relicario. Su cabello, su perfu-
me, la suavidad de su voz, sus ojos muy abiertos mientras su vida se escurría
entre mis manos.
30

DOLOR 

por Silvia Beatriz Cecchi


Buenos Aires

Están en mi esquina. Se turnan para hacer malabares con cuatro pelotitas


desgastadas frente a los automovilistas, en cada corte del semáforo. Después,
cuando los autos circulan, brincan a los empujones muertos de risa. Uno empina
la botella y otro muerde una manzana, hasta que la luz roja detiene a los autos
de nuevo y empiezan otra vez a rotar las pelotas en el aire del circo callejero.
Nada duele tanto como el dolor de la niñez.
Nunca la carencia será tan infinita.
Niños vagabundos de la calle, de la noche, de la ausencia, del abandono.
Dedos de tierra que rasguñan la basura, los vidrios de los negocios, la
corteza de los árboles en la búsqueda de un indicio. Náufragos de ciudades
indolentes y hombres que transitan con ojos vacíos.
Embriagados de luces, de tinieblas, de noches heladas y asfalto caliente;
de alcohol y de droga; de silencio y de nada, frente a la ciega fuente que danza
aguas de colores.
Criaturas de luz de luna, perdidos en la marea de la humanidad ausente.
Errantes por que sí, afines a la pertenencia de ese pulular en sombras sin orillas.
Les dejé mi pan, a cambio del opaco brillo de sus ojos que se clavaron en
mi pecho, vencido de impotencia.
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LA HUMANA 

por María Mercedes Chasampi


Catamarca

Era la primera vez que un ser humano era llevado a juicio desde el inicio
de la era de los robots. Tras semanas y semanas de búsqueda los centinelas la
encontraron escondida en una cueva en las afueras de la central. La trasladaron
en una cápsula hasta la estación. Vedados sus ojos, desde aquel día esperó. 
Se le preguntó por la guarida, por los otros, por la comida. Se negó a decla-
rar. Fue condenada al laboratorio. Decidió morir luego de recibir la sentencia. 
Nunca más habló. Tras reiterados intentos para convencerla nunca doblegó
su voluntad. Nunca habló. Nunca contó dónde estaban los otros. Nunca contó
dónde germinaba la nueva raza humana.
La encontraron desvanecida en un rincón del laboratorio con un cable en
la boca y una nota en sus manos: Nos han dominado. Nos han exterminado.
Nos persiguen. Quieren nuestro corazón. Anhelan sentir amor. Nos torturan
en laboratorios intentando entender cómo funciona nuestra humanidad. Los
robots no entienden que nunca sentirán amor. Nunca sabrán lo que es amar.
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EL CASERÓN MALDITO 

por Cristian Nicolás Chazarreta


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Allí yacía en ese caudal de penas inconmensurable, en ese caserón de


basta soledad. Su humanidad perdida abarcaba cárceles de dolor que teñían
ferozmente de un gris oscuro su bondad y amor. Los aullidos de su sufrimiento
se escuchaban a lo lejos, como un eco que persistía en el pueblo. Nadie se atre-
vía a acercarse a aquella casa, maldecida y corrompida por el odio. Nadie vivía
allí físicamente, pero su espíritu vagaba repleto de ira y quien se atreviese a
entrar sufriría las consecuencias.
Ya habían pasado alrededor de catorce años cuando todo comenzó y había
coincidido la aparición de esta entidad con la ruina del pueblo, que se sumergía
cada vez más en la pobreza. Las interminables lluvias ahogaban los cultivos
y ni siquiera los mejores ingenieros genéticos lograban modificar plantas que
resistan, cada vez era más dificultoso clonar el ganado ya que los embriones
morían con enfermedades extrañas y el agua se tornó del color de la sangre, a
causa de la cercanía al mar donde se había alojado una rhodophytacida (alga
roja mutante) incapaz de ser consumida, solo el proceso de osmosis inversa
lograba eliminarla, pero desde ya que era costoso.
Roberto Cuña, había nacido el mismo año que aquella maldición y siem-
pre se sentía atraído hacia ese lugar extraño, aunque sus padres le prohibían
acercarse. Sin embargo, el muy rebelde osaba a rondarlo cada vez que podía,
sintiendo muy adentro algo inexplicable, pero a su vez familiar. De pequeño se
mantenía a una distancia prudente de la casa, arrojando piedras a las ventanas,
como cualquier niño que jugaba a explorar Tierras poseídas.
Una noche despertó acalorado, con el sudor recorriendo por su cuerpo.
Había soñado con ese lugar, que había dejado de visitar hace un año, porque ya
no se le daba por ser un niño explorador, había crecido y debía centrarse en sus
obligaciones. Aunque percibía que debía volver, no entendía el porqué, pero
era un ritual que lo ayudaba a sentirse el mismo. Si bien, la familia Cuña era
bondadosa con él, a Roberto le costaba empatizar con ellos, le pesaba la dife-
rencia y tenía la sensación de que su historia estaba incompleta. Por supuesto
que sentía amor por sus padres y hermanas, pero era algo cotidiano y no nato.
Se levanto de la cama, abrió la ventana de su habitación y salió directo
hacia el lugar.
33

Parado frente a esa casa, preguntándose por qué estaba allí, su corazón
latía tan fuertemente, como si aquella arquitectura hubiese hecho conexión con
él. Debía entrar, lo había soñado, lo que no sabía era si volvería a salir de allí.
Respiró hondo, tomó coraje y atravesó el umbral.
Apenas puso un pie dentro fue arrastrado hacia atrás y su cabeza dio
contra una pared de mármol, perdió levemente la conciencia y al abrir los ojos
vio una figura fantasmagórica que se movía de un lado a otro cargada de ira.
De pronto Roberto sintió que su cuerpo levitaba y voló directamente hacia la
pared opuesta del recinto; escucho el crujido de dos costillas fragmentándose
y a punto de perforarle el pulmón. Gritó de dolor, como cuando era niño.
Aquel fantasma se enfrento a él cargado de odio, pero al escuchar ese gri-
to como el de un niño, lo reconoció. Era él, Frabrizio, su hijo. Había regresado,
sabía que algún día lo haría, porque se lo habían arrebatado, por más que ella
haya muerto dándolo a luz.
Se miraron interminablemente, y una extensión de ese fantasma rozó con
delicadeza el rostro de su niño. Él sintió el calor de su madre con ese gesto,
comprendió lo sucedido, y de pronto en su cabeza comenzaron a tomar forma
nuevas imágenes, de la vida de ambos en algún mundo distinto.
Mamá, pensó y una lágrima le surcó el rostro. También, sabía que no iba
a volver, quería irse con ella y le extendió su mano. Ella tomó la forma de una
adolescente hermosa, de pelo rubio y él un niño de apenas cuatro o cinco años.
Se miraron, rieron juntos y caminaron hacia una luz, que los conduciría a otro
universo donde podrían vivir juntos.
Nadie supo nunca más de Roberto Cuña, lo buscaron por varios meses,
pero dieron por sentencia final que la casa se lo había devorado. Tiempo des-
pués de su desaparición, las cosas en el pueblo comenzaron a cambiar, tal vez,
algún día abandonarían la pobreza. 
34

CORRESPONDENCIA 

por Flavia Ciarlariello


Santa Fe

Tres. La profesora redondeó con birome roja el número que acababa de


escribir en la prueba de Pablo. Tomó tres hojas de papel de su carpeta. En la
primera redactó lo siguiente, con letra redonda y estilizada:

“Sres. Padres:
Por la presente les informo que la calificación obtenida por su hijo en la
evaluación correspondiente al primer trimestre del presente ciclo no ha sido
satisfactoria. Les sugiero mayor acompañamiento para su hijo, que indudable-
mente presenta muchísimo potencial. Con esfuerzo y trabajo, y con el invalua-
ble apoyo de su familia, podrá progresar y concluir el ciclo de manera exitosa.
Atte.
La Profesora”.

En la segunda hoja, escribió, con birome negra y suma prolijidad, la si-


guiente nota:

Informe Socio-educativo del alumno Pérez, Pablo:


El alumno no ha alcanzado satisfactoriamente las expectativas de logro
planteadas para el primer trimestre. Su actitud frente a la asignatura es posi-
tiva. Muestra predisposición para el trabajo áulico. Sin embargo, no presenta
tareas y trabajos prácticos en tiempo y forma y su producción académica no
llega a alcanzar los estándares requeridos.

Tomó la tercera hoja, en la que garabateó las siguientes palabras:

“Pablito:
Has mejorado mucho, pero aún debes esforzarte más si quieres tener
mejores notas. No charles tanto con Pedrito, deja de mandarte notitas a es-
condidas con Laurita, y verás como tus calificaciones mejorarán.
La profe”.
35

Al día siguiente, la profesora recibió tres notas de manos del preceptor. La


primera, que ostentaba la imponente y ribeteada firma de la directora sobre el
sello de la escuela, decía lo siguiente:

“El informe socio–educativo correspondiente al alumno Pérez Pablo


debía ser presentado en formato de cuadro, como fue establecido en la última
plenaria, a la que usted no asistió. Por favor vuelva a redactarlo y entréguelo,
impreso en computadora como corresponde, antes del cierre de la semana”.

La segunda nota estaba escrita en lápiz en una hoja de carpeta, y contenía


lo que se detalla a continuación:

“Seniorita: mi ijo pablito es el mayor asi que tiene que salir a trabajar
porque yo tengo cinco hijos mas que son chiquitos y no tenemos para comer.
Asi que disculpe usted si no saco nota buena en la prueva. La prosima ves le
doy con el cinto y le prometo que saca un seis.
P.d: Usted disculpe pero no se yo que es el atte. Le pregunte al Pablito
pero tampoco sabe”. 

La tercera nota, dentro de un sobre improvisado con una hoja de carpeta


y cinta adhesiva, escrita en un trozo de hoja recortada a mano por el mismo
Pablo Pérez, leía:

“Y bueno, por lo menos yo no me copié, como Juan y Alejo que eran re


alevosos con el machete. Con Pedrito charlaba de cómo hacer para que no
nos fajen a la salida porque ahora dicen que el celular de Romina lo afane
yo, ¡que ni ahí! Y con Laurita me voy a seguir mandando notitas hasta que se
sepa si esta embarazada o no. Porque si sí, estoy al horno.
PD: no me vaya a botonear”.
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MISTER BLACK 

por Verónica Civale


Buenos Aires

La carta en manos de la muchacha parecía una blanca paloma asustadiza


dispuesta a desplegar las alas y huir más allá del naranjo. 
De ella había nacido la idea. Danielle había comenzado como un juego la
invención de un romance que sólo existía en el mundo de la fantasía. A falta
de amores reales decidió crear uno ficticio para agobiar su desazón y desilu-
sionar a Philip, un enamorado insufrible que no se resignaba a las negativas y
continuaba con su lucha.
Decidió que se llamaría Mister Black, que pertenecería a la alta sociedad
y sería un romántico que cada semana le escribiría apasionadas cartas y bellos
poemas prometiendo amor eterno. 
Sólo ella conocía este secreto, por ello las amistades envidiaban su suerte
y las vecinas curioseaban todo lo que la casualidad o causalidad les permitía
para enterarse de los pormenores de la situación amorosa. 
Una mañana una carta de Mister Black descansaba temblorosa en su re-
gazo pero no era una de las que ella había escrito. Conocía de memoria todas
las líneas, puntos y comas así como las palabras cuidadosamente elegidas
para dar un marco romántico y pasional a la historia. Podría ser casualidad
pero era imposible, no había margen de error. ¡Esa carta no la había escrito ni
enviado ella!
El sello postal era proveniente de una ciudad vecina, cualquiera hubiera
podido llegar hasta allí y echar la carta para jugarle una mala pasada. 
¡Alguien no había creído su historia y había decidido reírse para luego
hacerla pedazos! Pero ¿quién? Ninguna de sus vecinas tenía suficiente picar-
día! ¡Sólo les gustaba estar atentas a los movimientos del barrio, pasarse las
últimas novedades que se metamorfoseaban en el camino y tener listo algún
consejo o dardo venenoso para apuntar al objetivo en el momento apropiado.
Luego de leer el bello poema que el supuesto Mister Black le dedicaba con
cuidadosa caligrafía, un rostro apareció en su mente: ¡Philip! Seguramente de-
cidió torturarla utilizando su propia estrategia, ¡quemándola en su propio fuego!
Pero no se saldría con la suya, nunca daría por sentado que el señor Black
era ficticio, ni confesaría que todo había nacido de su frondosa imaginación.
Si quería divertirse lo harían juntos, ella seguiría su juego y así lo mantendría
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ocupado escribiendo, viajando en carruaje para dejar la carta en el correo y


buscando versos... pues no lo creía capaz de la más mínima pizca de romanti-
cismo ni amor por las letras y ya no la visitaría tan seguido para aburrirla con
las historias de sus caballos.
Lo importante era seguir con la farsa. Respondió la misiva resaltando la
alegría de recibir sus poemas y la emoción de saberse amada por un caballero.
Cuando Philip la visitaba trataba de ser cortés y natural como siempre.
Siguieron llegando cartas con poemas que destacaban la fuerza del amor,
la pasión más allá del tiempo y la felicidad eterna Danielle siguió respondiendo
muy risueña imaginando el ridículo aspecto que presentaría Philip en su papel
de poeta enamorado. 
Su plan funcionaba: rechazaba a Philip por estar comprometida, pero si él
quería revelar la verdad sobre la identidad de Mister Black se daría por aludido
y tendría que confesar primero inmiscuirse en su vida, luego adueñarse de
otra identidad y ser el autor de las cartas. ¡En buen embrollo se había metido!
Digno de ver sería de qué manera saldría victorioso. 
Nunca Danielle imaginó que saldría de la peor manera. 
Una mañana como cada día, Philip salió con su caballo por el bosque,
pero esta vez el animal regresó solo. Una caída provocó su muerte prematura.
Se fue sin despedidas, sólo quedaron las cartas y la caligrafía perfecta como
trazos de un amor imposible.
Danielle no lo amó pero le había tomado simpatía por el esmero en con-
vertirse en poeta romántico.
A la semana siguiente decidió finalizar la invención de amores diciendo
a todos que el romance con Mister Black había terminado.
Sin embargo las cartas como palomas temblorosas abriendo sus alas se
acumularon en su cofre. Fueron llegando cada mes con la caligrafía prolija
como siempre, un bello poema de amor, el mismo sello postal y la firma de
Mister Black. 
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ARENGA

por Marcelo Colussi


Guatemala

Compañeros:
Sabemos que en esta misión nos va la vida. Pero no importa. Desde siem-
pre hemos tenido claro cuál era nuestro objetivo, qué superiores intereses
rigen nuestro actuar. Seguramente la gran mayoría de nosotros va a morir
en el intento, pero eso no debe acobardarnos. De nuestro esfuerzo, de nues-
tra accionar digno, glorioso, inmortal, surgirá vida. De nuestro final como
individuos el colectivo se verá beneficiado. Es por eso, compañeros, que no
debemos estar tristes. Sabemos que si morimos, estaremos dando aliento a
otros intereses más nobles, más trascendentes. Pero bueno, basta de palabras.
¡A la acción concreta! ¡Salgamos, espermatozoides!
 
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LA MONEDA 

por Juan Manuel Cuello


Buenos Aires

Nunca había llegado al punto de tener que tirar una moneda al aire para
tener que decidir algo. Siempre me había sentido seguro de mis decisiones
debido a que la vida no me había hecho difíciles las cosas, razón por la cual,
decidir lo mejor, siempre fue algo relativamente sencillo. Pero esa vez no, a
tal punto que cuando comenzó a dar vueltas la moneda hacia arriba, aún no
había decidido qué correspondía para cara y qué para cruz. Nunca había estado
en una situación que generara tantas turbulencias en mi cabeza. “¿Qué hacer?
¿Qué hacer?” retumbaba en mi cabeza desde que me despertaba por la mañana
hasta la hora en que me iba a dormir con ayuda de recetas naturales para in-
ducir al sueño en medio de no sólo un dilema, sino del dilema más importante
que me tocó resolver en mis escasos 25 años, y que me llevaba a otros dilemas
futuros e inciertos, probables e improbables, interdependientes unos con otros
de acuerdo a cuál de las dos alternativas tomaba; cuál para cara o cuál para
cruz. El punto es que la moneda la tiré hacia arriba impulsándola con el pulgar
derecho, y en el momento en que fue dando vueltas en el aire, llegué a pensar
que mejor sería que cayera de canto, con una probabilidad bastante improba-
ble, pero de ese modo me hubiera evitado elegir. La decisión tenía que ver en
seguir como estaba acostumbrado o animarme a cambiar. Se preguntarán si
todo este relato fue pensado mientras la moneda giraba, y aunque no parezca
posible, el pensamiento es más rápido que lo que uno puede imaginar, sino
hagan la prueba y recuerden su primer día de clases, y verán que en un solo
segundo podemos viajar muchos años en el tiempo, o recuerden su viaje más
lejano, y podrán llegar quizá al mágico Caribe en una milésima de segundo.
Pensamos rápido pero decidimos muy lento, al menos yo. A veces pienso en
cuánto mejor sería decidir como lo hacen los animales, por puro instinto. Hay
personas que lo hacen así también y tan mal no les va. He conocido más de
un caso, incluso íntimos amigos, que sólo hacen lo que desean hacer en cada
instante, y les puedo asegurar que se divierten mucho más que cualquiera
de nosotros. De todos modos ser racional me ha llevado a tener una vida lo
suficientemente ordenada, y poder tener previsibilidad en mis acciones. De
hecho, hasta que se presentó esta alternativa que quiero resolver, mi vida tenía
las incertidumbres normales que cualquier persona puede tener acerca de su
futuro, pero por ejemplo este año no pensaba que iba a ser distinto del que
había planificado en mi agenda mes por mes. Una locura para mis 25 años,
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pero así funcionaba mi cabeza. Hasta... Hasta que conocí a un persona que no
esperaba conocer. En realidad no esperaba conocer a nadie, pero, ¿cómo evitar
que sucedan ciertas cosas? Hay veces que un planifica tanto su vida, que se
olvida que hay cosas que son imposibles de planificar. Uno puede desear pasar
un buen momento con la persona que ama, pero no puede planificar que en un
día de campo encuentre rosas silvestres, que en cielo no haya nubes y que el
sol se ponga justo del otro lado del río, mientras el lucero brilla con intensidad
entre pinceladas azules y naranjas en el horizonte y la luna en cuarto creciente
comience a reflejarse en las aguas quietas debido a que el viento no sopla ese
día. Todavía, y gracias a Dios todavía, el hombre no puede manejar eso; como
no pude manejar cautivarme por una persona que conocí hace apenas unos
días. Que me embelesó con su mirada y su voz, con su sonrisa y sus besos que
nunca creí que iba a dar ni a recibir, y que me llevó a arrojar una moneda al
aire para decidir entre lo bueno y lo desconocido, pero con el presentimiento
de que puede ser maravilloso. La moneda había comenzado su ciclo descen-
dente y ya estaba por llegar al piso, fue entonces cuando un fuerte impulso se
apoderó de mí y le di instintivamente una patada y ya no me importó si caía de
cara, de canto o de cruz. Y recordé un refrán que dice lo siguiente: “A veces se
pierde lo bueno buscando lo mejor”. Y entonces pensé que quien había pensado
ese refrán por primera vez o era un conformista o un mediocre. 
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UN CUENTO MARAVILLOSO 

por Ana Maria Damico


Mendoza

Para mi nieto Tomás


Hace muchos años en la cordillera, perdido entre picos nevados, se había
instalado un grupo pequeño de familias, lo curioso de ellas, era el tamaño de
sus integrantes. Muy pequeñitos ante la grandeza de las montañas que los ro-
deaba; los árboles medían escasos noventa centímetros, los hogares cincuenta
y los niños, veinte; todo era minúsculo y sus ropas, se destacaban por ser de
colores brillantes y por su luminosidad. ¿Sabes por qué eran tan pequeños?
Porque habían venido de otro planeta, buscando un lugar para vivir. El prota-
gonista de esta historia se llama Tomás, tiene cinco años y dice hablar con las
estrellas y ellas le cuentan historias maravillosas, de paisajes inimaginables, de
grandes ciudades con edificios gigantes y ruidos ensordecedores, un lugar don-
de los niños no tienen espacio para jugar ni tampoco sueños. Sus amiguitos,
tan pequeños como él, se habían cansado de sus historias y cuando comenzaba
el relato, lo dejaban solo.
Cierto día, ocurrió el milagro, una gran rueda formaron junto a Tomás
y callados lo observaban... esperaban que comenzara a contar historias. Él
no estaba dispuesto a soportar las burlas y entonces callaba y contemplaba el
cielo; así, en el silencio, comenzó a anochecer, ninguno se movía, expectante,
esperaban.
De pronto, una brisa cálida y curiosa comenzó a acariciar los rostros se-
renos de los niños, luego se convirtió en viento helado y una luz intensamente
blanca, iluminó el lugar. Sólo eso vieron, pero en ese instante, una hermosa
mujer, muy alta y vestida de estrellas, descendía del cielo y se detenía junto
a Tomás; en sus manos llevaba un paraguas vestido de tulle, en sus cabellos
cientos de pájaros volaban en círculos esparciendo luces violetas, celestes,
rosadas. Tomás le tendió su mano y la mujer le acarició el rostro posando en
su frente un beso.
–¿Cómo estás pequeño mío? –preguntó casi en un leve susurro.
–Bien, ¿dónde has estado que llevas tanto tiempo sin hablar conmigo?
–Muchas son las cosas que tengo para hacer en este mundo, hay otros ni-
ños que necesitan de mi magia para poder vivir con alegría, pero te extrañaba
tanto, por eso estoy aquí.
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–Pensé que no te volvería a ver, es más, llegué a imaginar que mis amigos
tenían razón, que tú no existías, que sólo eras un producto de mi imaginación.
¿Por qué te apareces ahora, cuando están todos mirándonos?
–Una estrella me contó que tú sufrías de soledad por mi culpa, que nadie
creía tus historias y decidí ayudarte. Mostrarme para que puedan creerte, pero
no te preocupes, no me ven, sí presienten mi presencia, ven luces, pájaros, y
sienten el viento sacudiéndolos. Hoy he decidido escuchar lo que les cuentes
y si ellos no te creen, utilizaré mis poderes.
Y así fue como Tomás, pudo contar sus relatos y mientras lo hacía, los
otros veían luces que bailaban, estrellas que parpadeaban y se posaban en las
manos de todos los presentes. Los árboles se agitaban, las flores esparcían
su fragancia con mayor intensidad, los animales de la montaña se acercaban
a la rueda para escuchar las leyendas. Todos estaban allí, guardando en sus
corazones esta vivencia.
Recién en ese momento, los niños comenzaron a confiar en ese mundo
mágico poblado de fantasías.
43

EL ARTE Y YO 

por Nora Ángela Dantas


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

En esos días en que el frío invernal con su escarcha matinal cambia la


vista cotidiana de la ciudad, mi mente viajó hacia esos lugares recónditos de
mi infancia y recordé una tarde en especial. Amalia una de mis abuelas, me
llevó a un desfile de disfraces, yo tendría siete años; sentada en una de las bu-
tacas del teatro miraba asombrada los diferentes disfraces que mostraban los
chicos de ese lugar. En un momento dado, mi abuela me dijo: el año próximo
te hago el traje de Pierre Ross... Y lo hizo, cada vez que veo esa foto tan lejana
recuerdo esta historia. Me hubiera gustado estar arriba del escenario, ese día.
Pero, las vueltas de la vida han posibilitado que cumpliera mi sueño, años
después una y otra vez.
A la distancia, observo que mi relación con el arte ha tomado caminos
diferentes a lo largo de mi vida.
Cursando séptimo grado, aprendí a bailar folklore de la mano de una
maestra que era como mi segunda mamá, bailaba interpretando a una paisa-
na y a veces a un gaucho según la ocasión. En las peñas y festivales que se
organizaban, yo estaba presente y disfrutaba cada momento, cada tema, cada
interpretación con mi timidez a flor de piel. 
En la adolescencia y en la búsqueda de respuestas ante interrogantes que
caían como lluvia de estrellas multicolores, mi imaginación echó a volar y la
poesía fue la gran atracción, entre enamoramientos y desilusiones, las palabras
fluían en su máxima expresión.
En la etapa otoñal, un loca idea cobró fuerza como nunca hubiera imagi-
nado; volver a danzar y me preguntaba: ¿A esta edad? Hacía tanto tiempo que
me había alejado de la música, de lo que sentía cuando escuchaba una melo-
día, de las miradas, de los aplausos... en fin, de mí misma. Un día, sin darme
cuenta, dije sí; ¿por qué no?, me animé y entré a un mundo que no conocía o
creía no conocer. 
Recuerdo mis primeras clases, la rigidez corporal, la falta de coordinación
en cada parte de mi cuerpo y seguí adelante, esforzándome mes a mes para
volver a danzar y sentir esa vibración interna que me hacía tan feliz.
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La alegría me acompañaba en cada lugar que expresaba a través de los


movimientos la interpretación de cada ritmo y melodía, brillos, música y
aplausos coronaban cada presentación. Y fue así que me reencontré con lo más
profundo de mi ser y la expresión de mi rostro en cada espectáculo fue testigo
de esos maravillosos momentos vividos entre el arte y yo. 
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LA CARTA DE AMOR MÁS BELLA 

por Ana Clara Del Teglia


Buenos Aires

Las 2 de la mañana y Julián no podía dormir. Otra vez. No paraba de


pensar en Sonia. ¡Estaba tan enamorado! Desde hacía meses. Como loco.
Como, según dicen, sólo los poetas se enamoran. Y Julián se consideraba un
gran poeta. Capaz de escribir un poema sobre cualquier tema, a pedido, en el
momento. Poemas hermosos, ojo. No cualquier cosa.
Hacía tres noches se le había puesto en la cabeza que era hora de declarar-
le a Sonia todo ese amor que inundaba sus sentidos a tiempo completo. Supuso
que sería muy fácil para alguien con sus dotes poéticas pero cuando se sentó a
escribir se encontró con que no le salía nada. Quería escribir la carta de amor
perfecta, digna de un poeta como él, digna de una chica como ella. Pero por
este asunto de la “inundación de los sentidos” no se le ocurría absolutamente
nada. Bueno, sí se le ocurrían muchas cosas pero nada a la altura de las cir-
cunstancias. Por ejemplo, no podía dar con la fórmula correcta para comenzar:
“Mi adorada Sonia...” (Malísimo) Y no encontraba las palabras precisas para
definir la catarata de sentimientos (sí, la inundación) que lo ahogaba: “Lo que
siento por vos es tan inmenso como el mar...” (Horrible) Tampoco encontraba
la manera de expresar todo lo que sentía cuando sus miradas se cruzaban en
los pasillos del colegio: “Mis sentidos se nublan con una simple mirada tuya...”
(Es pan to so) ¿Cómo demostrarle lo apasionado que podía ser, aún detrás de
aquellos anteojos grandotes que hacían que sus ojos se vieran tan chiquitos? :
“Por vos sería capaz de...” (¿En serio?). ¡Una cursilería tras otra! Jamás ima-
ginó que le fuera tan difícil hablar de amor. Había ganado cada premio, cada
mención en los concursos del colegio y del barrio. La poesía era sin ninguna
duda su idioma y era esta su oportunidad de escribir el poema más hermoso,
la carta de amor más bella jamás escrita. ¿Sería el famoso bloqueo de autor?
Quizás con un poco de ayuda... Recorrió su biblioteca una y otra vez, releyen-
do a los mejores poetas, buscando inspiración. Rebuscó en las novelas de amor
más tormentosas alguna línea que le sirviera de disparador. Buscó en internet
las mejores frases románticas. Nada. Intentó recordar escenas de películas,
donde el galán siempre consigue a la chica. Fue inútil. Puso la radio. Un tema
de Arjona. ¡Ah, nooo! Todo tiene un límite. Buscó desesperadamente entre sus
cd´s. Encontró temas de amor increíbles, “de aquellos”. No hubo caso. Todo
tan trillado. Sólo elaboraba frases artificiales, exageradas, inexactas y hasta
ridículas. Para Julián, era la peor de las tragedias. ¡Y ya eran las 5 de la ma-
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ñana! Dos horas y el despertador volvería a sonar. Otra vez no había dormido
nada. ¡Otra vez no había escrito nada! ¿Qué clase de poeta era? Con la cabeza
entre las manos, suspiró. Cerró los ojos. Antes de que pudiera darse cuenta
se quedó dormido. Se despertó sobresaltado. ¡Ya había amanecido! Se incor-
poró de golpe en la silla, pensando que debía ser tarde. Tarde para la escuela.
Tarde para escribir. No. Su mamá lo hubiera ido a despertar. Miró el reloj:
había dormido nada más que una hora. Respiró hondo. Hizo sonar los dedos.
Inesperadamente, la idea. Sacó una hoja de la impresora y con una birome
roja que era lo que tenía más a mano, escribió. Dobló la hoja en cuatro y se la
puso en el bolsillo de la camisa. Volvió a respirar hondo. Al fin. Apenas tocó
el desayuno y salió rápidamente. Tenía el estómago revuelto de tantos nervios
y sueño atrasado. No podía esperar a encontrársela. Pero cuando la vio de lejos
se sintió inseguro y pensó en esperar a la hora de salida o al día siguiente o tal
vez mejor nunca... Ella se dio vuelta justo, lo vio venir y le sonrió. Sin darse
cuenta de que también estaba sonriendo él se acercó y le dio la carta. Sonia se
apartó de sus compañeras que se rieron sin ningún disimulo y desdobló la hoja
con cuidado. Julián notó que se ponía colorada y no levantaba la vista. Estaba
a punto de irse cuando finalmente lo miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Sin decir una palabra lo abrazó y le dio un beso torpe y dulce, tan esperado,
mientras en sus manos apretaba con fuerza la hoja donde Julián había escrito,
con su letra pequeña de miope: “TE AMO”
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EL APUNTADOR 

por Lidia Dellacasa


Santa Fe

Por un instante que pareció suspendido en el tiempo, el silencio se adueñó


de la escena. Nadie –o casi nadie– lo percibió, porque el protagonista improvi-
só rápidamente, con oficio de actor veterano, ese hueco en el texto, ese vacío
que el apuntador debió evitar.
Hacía años, muchos, que cumplía rutinariamente el tedioso trabajo de
apuntar la letra de las obras que se representaban en el único teatro de aquella
ciudad casi pueblo. Cada tanto llegaba alguna compañía que alborotaba el
lugar con su presencia, y entonces, el viejo recinto se engalanaba para recibir
a los actores. Pero lo habitual eran las representaciones que hacían los grupos
teatrales de la ciudad, más precisamente dos grupos de adultos y uno formado
por jóvenes que comenzaban a incursionar los caminos del teatro.
Aunque en su juventud había soñado con subir a escena en el rol de actor,
ya se había resignado a su trabajo de traspunte que pasaba casi desapercibido
para todos, incluso para sus propios compañeros. Cuando terminaban las
funciones casi nunca se quedaba a compartir con ellos la cena acostumbrada.
Todos lo sabían un solitario.
Las noches de función volvía a su casa, en realidad, un viejo caserón que
había heredado de sus padres y que nunca se había ocupado de refaccionar.
Volvía siempre por las mismas calles, muchas veces recitando con voz susu-
rrante largos parlamentos que su memoria retenía de tanto repasarlos, porque
no le gustaba leer mientras la obra transcurría. 
Vivía solo y no se le conocía pareja. Años atrás –demasiados para que la
gente del lugar lo recordara– se había enamorado intensamente de una joven
llegada de otra ciudad. La relación duró poco y el día que ella se fue sin des-
pedirse, él sintió que ese abandono era el final de su vida amorosa. 
Sin embargo, cuando la soledad se hacía insoportable, solía soñar que se
enamoraba de una heroína de ficción y que ella le correspondía. Desde enton-
ces comenzó aquel juego que consistía en descubrir cuál era la mujer de sus
sueños. Así, se sintió el enamorado de Ofelia, de Desdémona, de una de las
hijas de Bernarda Alba y de la protagonista de “Bodas de sangre”. También
pasaron por sus brazos la Julieta de Romeo y algún personaje de Tennessee
Williams. En vano. Ninguna de ellas era la mujer que esperaba. Huían fuga-
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ces de su mente, lo abandonaban para regresar silenciosas al texto de donde


habían salido.
Lo supo el día menos pensado, la noche de aquel silencio imprevisto en
medio de la función. Mientras la compañía que había llegado al pueblo ponía
en escena “Casa de muñecas” de Ibsen, y la representación estaba llegando
a su fin, sintió repentinamente que ya no podría apuntar nada a los actores y
menos aun a la actriz que jugaba el papel de la protagonista. Era la mujer que
había buscado durante tantos años...
En el momento exacto en que ella se marchaba de la casa, no pudo conte-
ner el grito. ¡Nora!!... ¡No me dejes!... Su voz resonó dramáticamente en toda
la sala. La había deseado tanto sin saberlo y ahora, igual que el esposo en la
ficción, la perdía para siempre.
Los actores se paralizaron y un murmullo de inquietud recorrió la sala.
Se encendieron las luces y todos los que estaban en el escenario y entre bam-
balinas corrieron hacia la caja que disimulaba su presencia ante el público.
Pero aquella oquedad oscura que parecía ahora de una hondura insospechada,
estaba vacía. 
Muy lejos, muy en lo profundo, volvió a escucharse, ahora casi como
un susurro lastimero que iba apagándose a medida que se hundía, la voz del
apuntador que había desaparecido para siempre en busca de la mujer soñada. 
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CARLOS Y BOXER 

por Juan Andrés Duro


Buenos Aires

–¡Marta!
Carlos llamó a su esposa mientras preparaba el desayuno: mate, dos tosta-
das de pan integral para cada uno, mermelada light, yogur descremado y jugo
de tomate, zanahoria y apio.
–¡Marta! –volvió a llamar a Carlos, esta vez con un poco más de vehe-
mencia mientras llenaba el termo con el agua a la temperatura exacta a la que
Marta le gustaba tomar el mate. –¡Te estoy llamando! ¿No me oís? –Su voz
sonaba como un grito que no quería ser.
Carlos y Marta vivían en un lindo departamento de barrio norte. Luego
de tres años de noviazgo intenso, un día decidieron casarse y dos días después
de haber llegado de la luna de miel, Marta se dio exacta cuenta de que se
había casado con un imbécil. Ello ocurrió cuando Carlos se apareció con un
cachorro de perro bóxer al que en un alarde de imaginación e ingenio decidió
llamar “Boxer”. La imagen de Carlos y el cachorrito en sus brazos recortada
en la puerta del departamento, con sus cabezas ligeramente inclinadas hacia
la izquierda, la sonrisa de Carlos y la lengua afuera de Boxer, bastaron para
que Marta entrara en un estado de desasosiego profundo.
–Me casé con un pelotudo –fue el primer e instantáneo pensamiento de
Marta– y ahora tengo dos pelotudos en casa: uno con dos patas y el otro con
la lengua afuera. 
De esto habían pasado cuatro años.
–¡Marta! Está el desayuno... ah... acá estás –fue bajando el tono de voz a
medida que Marta se acercaba a la mesa.
Carlos bajó la vista y Marta se sentó en silencio para dar comienzo a su
ritual del desayuno. Con actitud desafiante Marta buscaba insistentemente la
mirada de su marido pero no lo lograba. Hacía tres días que Marta no le dirigía
la palabra. Se habían peleado feo y cuando la pelea había empezado a bajar
de tono y todo indicaba que volvería a ser un día más en la vida de la pareja,
a él se le ocurrió hablar de las sospechas que tenía de que Marta lo engañaba.
–¿Y? ¿Qué onda vos con Félix, el del tercero B? ¿Pasa algo con el langa
ese? –le largó Carlos sin filtro.
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Marta explotó y a punto estuvo de lanzarle con el candelabro de bronce


por la cabeza con lo que hubiera incurrido en la figura de homicidio preter-
intencional ya que en verdad no había tenido la intención seria de asesinarlo.
En lugar de ello, empezó a vomitar sus cuatro años de angustia, de estar
casada con un imbécil que lo único que había hecho en su vida había sido
arruinar la suya.
–¡Vos y el otro boludo de tu perro que cuando no está rompiendo algo,
anda llenando de baba todo el departamento... desparrama baba por los sillo-
nes, en la cama... ¡Y vos! ¡Nada! ¡Como siempre, nada; como en todo, nada!
Marta empezó a virar su contraataque. –¿Qué otra cosa se puede esperar
de vos? ¿Eh? ¡Dale! ¡Hablá! ¡Decí algo, por favor! ¡Defendete aunque sea! –Y
profundizó el giro de su enojo. 
–¿Cómo podés sospechar de mí? ¿Esa es la confianza que me tenés? –y
se desplomó sobre el sillón en un mar de lágrimas consciente de que había
logrado dominar la situación.
–Dame un solo motivo para que sigamos juntos... te lo ruego –asestó a
modo de estocada final.
Carlos se sentía culpable absoluto de todo lo sucedido y Marta aprovechó
esa circunstancia muy bien. Se sabía ganadora.
El desayuno transcurrió casi en silencio. El masticar de las tostadas se
imponía sobre el rumor tempranero de la ciudad.
Marta bebió su jugo, suspiró largamente y lanzó una mirada conciliadora
a Carlos quien acusó recibo y extendió sus manos como para asir las de ella.
Marta aceptó el contacto, luego tomó un mate que Carlos le alcanzó y comen-
zó a despedirse como todas las mañanas, desde hacía cuatro años.
Tomó su cartera, su saquito de hilo con el que se abrigaba de la frescura
matinal y al tiempo que abrió la puerta de salida, giró sobre sus pies para
lanzarle a un Carlos revivido un beso por el aire como lo había hecho durante
los últimos cuatro años.
Cerró la puerta y comenzó a bajar los seis pisos por escalera como desde
hacía un año, ya que – según sostenía– con ese ejercicio mantenía la tonicidad
muscular de sus lindas piernas.
Se detuvo frente a la puerta del tercero B, como desde hacía un año, y
golpeó la puerta rítmicamente para acomodarse primero el pelo y luego la
minifalda.
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LA PROCESIÓN 

por Heriberto Victorio Etcheverry


Buenos Aires

Los ramalazos de agua y el desorbitado vendaval abatían su vasto poncho


encerado. El ala gruesa de un sombrero gris y sin tiempo le impedía mirar ha-
cia adelante, pero era su defensa para no sucumbir ante la violenta cortina de
gotas gordas que se bamboleaba como un barrilete sin timón. Irritadas por los
relámpagos que encendían la tormenta, las bestias resoplaban por sus hocicos
henchidos. Junto con los cachetazos que propinaban los rebenques, los gritos
intentaban sofocar la latente estampida.
El esfuerzo descomunal de los caballos, que les cerraban el paso con sus
pechos briosos, y el barro grueso del camino, pretendían frenar la loca carrera,
incentivada por el castigo que caía desde el cielo.
No era la primera vez que don Ramón Gómez enfrentaba esa batalla.
Hijo de no sabía quién, criado en los reductos de la indiada, había pasado de-
masiadas noches sobre el lomo de un caballo. Más que las vividas bajo techo.
Surcado por arrugas, su cuerpo destilaba olor de campo, sudor y sangre de
animales, arena de caminos inciertos. Sus años eran un mundo de margaritas
silvestres, vuelos de taba, sonidos de cubilete, aroma barato de prostíbulo.
Fue testigo de numerosos duelos a cuchillo, aunque jamás permitió que
las trenzas de alguna muchacha, las insidias de los garitos o las discusiones en
las carreras cuadreras, mancharan sus manos con sangre. Su único medio de
movilidad era el caballo y su orgullo, la tropilla de moros, alazanes, tobianos,
zainos y pintados, a los que cuidaba como a sí mismo.
Era requerido durante las yerras de muchas leguas a la redonda. Capataz
indiscutido de los arreos más distantes, no podía desertar del polvo de sende-
ros que ahora, vestidos de asfalto, hacían que sus viajes se hubieran convertido
en una tarea exótica, del pasado.
Aquella noche, cuando la respiración de hombres y animales era un jaleo
confuso, una ráfaga diferente apareció desde el oeste. El aguacero se tranqui-
lizó. Las únicas secuelas sobrevivientes del temporal eran los charcos de la
calle. Llegaron a un monte de eucaliptus y decidieron acampar. Los hombres
se prestaron para el asado, las anécdotas y un merecido relax después del
sacudón, mientras los novillos rumiaban la hierba aderezada por el aroma
de la lluvia. El tiempo permanecía inmóvil, como guardián de la osamenta
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de las brasas. Los párpados cargados de sueño se eclipsaron en la negrura de


la noche, cuyos únicos mojones eran el punto rojo de los últimos cigarrillos.
Don Ramón no se dio cuenta de que, junto al brazo de Morfeo, otras sen-
saciones llenaron las cicatrices de sus ojos. Fue otra vez niño, revivió al indio
que lo montó en un caballo, aquel otro que le enseñó a usar el cuchillo, cómo
se volteaba un animal. Se imaginó al lado de la virgen, al trote del más guapo
de sus pingos; recordó entreveros en lupanares, carnavales y serpentinas de
pueblo; aquella vez que se deslumbró frente al mar; hijos con mujeres diferen-
tes, campos, cielos, todo, nada; y se dejó llevar, comprendió que conducía su
último arreo; una manada de nubes y estrellas, una reverberación de lo que
nunca más podría ser.
Por la mañana su rostro era una llanura infinita, un cielo azul donde se
espejaban el canto de los pájaros, una pradera de tréboles y alfalfa, cañadones
de juncos, hilos de agua en el caracoleo de un itinerario sin prisa ni pausas.
El cuerpo todavía tibio fue colocado sobre el recado para iniciar el regreso
a través de sombras torpes que aparecían rápidas, voraces; hasta que otro día
y otro sol asomaron con un color inmaculado.
Cuando se tornaron visibles las primeras paredes de adobe se escuchó el
repicar de las campanas. Una multitud caminaba junto a la virgen, como una
hilera de hormigas preñadas de sueños y pecados. Respetuosa ante la muerte,
la letanía de los peregrinos se volvió un murmullo de voces apagadas.
Los cascos herrados marcaban sobre el pavimento los compases de una
fúnebre melopea. La gallarda cabeza del equino se movía a diestra y siniestra,
se sacudía hacia arriba y hacia abajo, despedía un brillo casi humano por los
ojos. No necesitó de ninguna orden para colocarse junto a la imagen de Santa
Teresita. Él y su jinete volvieron a estar al frente de la procesión.
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REENCUENTRO ANACRÓNICO 

por Walter Francisco Faul


Buenos Aires

El extravío de mi vida, de mi alma inquieta, creativa, era la causa de mi


pena. Aunque aún sonaban en mi interior sonidos maravillosos. Una sensación
fría de haberlo perdido todo, me impulsaba a continuar aquella búsqueda de
porqués entumecidos. Pasaron meses, años, vidas. No lo sé.
Atravesar el espeso bosque. Transitar el húmedo sendero de piedras, me
condujo lentamente hasta la casa. El lugar se percibía inundado de vestigios
de sombras inquietas, como mis dudas.
Respiré lento. Con cautela me aproximé a la oscura puerta de madera. Por
la pequeña hendija, pude observar el perfil de su adusto gesto ermitaño. Sus
renegridos ojos se habían perdido tras la pasión de algún sentimiento oculto.
No era tan viejo, como algunos describían al “hombre de la música”. Así lo
llamaban los parroquianos.
El haz de luz matinal que ingresó por la ventana del frente, transfirió al
hombre un sorprendente brillo dorado. Recodé por un segundo las acacias
florecientes de un terruño lejano. Bronceados bustos. El oro bruñido... 
¡Qué fantástica visión!
De pronto hizo crujir sus largos dedos. Aquellos asiduos caminantes del
teclado. Perfectos conocedores del sinuoso recorrido que reúne al hombre con
su alma. 
¡Quería recordarlo!
Levantó su mano derecha, bruta, profunda, sutil. Al girar su expresión al
cielo, relamió en los delgados labios aquella ambrosía musical que su mente
engendraba. Los sonidos fluyeron sublimes, etéreos.
¡Deseaba oírlo!
La puerta se abrió con un chillido. Se produjo un silencio espantoso. 
–Puedes ingresar –dijo la voz grave.
Una vez dentro me acometió el recuerdo de un antiguo aroma, conforma-
do por la mixtura de madera, humedad, y papel pautado.
–No quise importunar señor –dije entrecortado.
–¿Qué es lo que buscas niño? –añadió con voz firme.
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–Mi vida, mi alma –alcancé a balbucear.


Flexionó la mano para indicar que me aproximase. Como las fuerzas de
imanes, que se atraen, se repelen... avancé, retrocedí. Hasta que estuve junto a él.
El espléndido piano de madera lustrada, reflejó su imagen espectral.
Desde un flanco, se reveló en aquel espejo desgastado, el perfil de mi pe-
queño rostro asustadizo. Sin decir nada, con un vaivén de manos, transformó
fortísimos sonidos, en otros casi imperceptibles. Súbito, con la premura de la
muerte, se detuvo. Secó sus palmas transpiradas, respiró profundo... luego de
un pronunciado silencio preguntó.
–¿Qué has oído?
Mi segundo de duda lo enervó.
–¿Qué has oído? –Repitió alzando la voz.
–Un viento frío, helado –respondí–. El fluir de la sangre en mis venas.
Una copiosa llovizna persistente acariciándome el rostro. Una extraña sensa-
ción al mezclarse con mis lágrimas aún tibias.
Atónito, me observó de arriba abajo. 
–Eso es la vida –murmuró.
Decidido, tomó un libro del costado. Al primer intento lo abrió en el lu-
gar exacto. Miles de fúnebres figuras conformaron una macabra melodía, al
correr de unos minutos se volvió increíblemente bella. Flácido me abandoné a
la prodigiosa secuencia. Me desbordó un manantial de reconfortantes alivios.
–¿Y bien? –dijo. Esta vez yo lo miré fijo a los ojos y levante la voz.
–El doblar de las campanas –dije. La triste resignación del hombre ante
su inexorable final. La muerte atrevida, desgarradora. La vida osada pisoteán-
dola. Resurgiendo mil veces. La vida, la vida, la vida...
–Eso es el alma –agregó. Dejó caer en forma de lágrima esa inmensa pena
contenida, putrefacta.
–¿Entonces? – pregunté.
Giró la mirada con lentitud hacia la pared del frente. La imagen pendía
inclinada hacia un lado. El lado del corazón. Un corazón completo de amor, de
tristeza. De dudas que fueron transformándose en certezas. Como aquellas miles
de fúnebres figuras, se convirtieron en luz. Mantuvo el mirar fijo. Allí, donde
él era un niño. Donde yo era un hombre. Diferentes cabellos, otros ojos. Penas
diferentes. Éramos el maestro y el discípulo. Unidos para siempre por el arte.
Lento, se acercó hasta rozar mi cara con la suya. El agrio aliento del alco-
hol ingresó hasta mis tripas. Y entre lágrimas me abrazo. 
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BICICLETA DE BRUMA 

por Zulma Fedrizzi


Buenos Aires

¡Me declaro ciclista! No una cualquiera ¡Soy apasionada! ¡Fanática! Ma-


nubrio hecho carne en la piel de mis manos como una prolongación del cuadro
de metal. Pies modificados para tener calce perfecto de pedales. Ansias de
romper el aire con la velocidad ¡El viento partiéndose contra mi cara!
Cuando contaba cinco años armé con un cuadro viejo, una rueda oxida-
da de carretilla y una rueda grande de bicicleta (con pocos rayos) mi primer
“vehículo”. Atada con hilo de coser, de bolsa, de sisal, restos de todos los que
encontraba tirados, con bolsas anudadas por asiento, sin pedales, ni cadena
¡Con tanto amor y tantas ganas, que se me escapaban del cuerpo!
Una vez lista subí a la cima de una pila de tierra y me arrojé por ella, con
entusiasmo, con ferocidad, con el rostro del que escucha la partida de un triat-
lón. Llegué rápido a mi meta, llena de golpes: mordí el polvo. 
Marcaba el suelo con mis llantas. Soñaba con que me llevaba a la escuela,
con paseos en tardes de otoño, con ir hasta el arroyo y lavarla allí, darle su
primer bautismo, soñaba... soñaba...
Parecería una de las primeras creadas, he visto fotos antiguas, allí los
prototipos con una rueda grande y otra pequeña. La mía: ¡un engendro! ¡Mi
amado engendro! ¡Cómo la criatura de Mary Shelley! 
Ahí comenzó mi obsesión. Tener una bicicleta real. Un manubrio azul,
asiento suave, ruedas verdaderas. 
Me puse en campaña, formalmente y por escrito, como es debido hacer,
para un pedido de tal magnitud, escribí una carta con fervor a Papá Noel. No
obtuve ninguna respuesta favorable. Seguí en esas y sin dilación, le escribí a
los Reyes Magos, lavé mis alpargatas nuevas, las sequé con el sol del medio-
día. Las preparé para el evento. Dormí muy poco esa noche. Espiaba entre el
manto de la noche la llegada de mi maravilla. Todo con nulo resultado: Me
trajeron una cartuchera con lápices para la escuela. Mi madre me dijo una y
otra vez que los Reyes daban regalos más humildes, para tener para todos. Eso
funcionó hasta Marzo. Cuando empezaron las clases. Todos contaban sobre
sus regalos escuché la palabra mágica: “bicicleta”, algo no andaba bien: ¿Por
qué a ellos sí y a mí no? 
La infancia muere con pequeños sorbos de amargo veneno.
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Pero no me quedé con los brazos cruzados, así nació: “Eustaquio”. Una
llanta de bicicleta que me acompañaba a todos lados. La hacía girar a mi lado,
corría con ella por el patio, hacía junto a mí los deberes, me esperaba cuando
me trepaba al ciruelo a bajar fruta fresca. Tomaba conmigo la leche. Tenía
un lazo y la ataba cuando nos deteníamos como si fuera un caballo del Viejo
Oeste Americano, o “Tornado” de “El Zorro”. Lo hacía por su temperamento
brioso ¡no fuera cosa que se me escapara!
El tiempo pasa y lo cura todo. Eso dice el refrán popular. Esto no siempre
“cuadra” para todas las personas. 
Con mi primer sueldo me compré una bicicleta. Una Cavallino bordó. Me
di dos mil quinientos porrazos y medio con ella. Hasta desistir. El equilibrio
siendo grande es difícil de aprender. Probé de todo. Me rompí todo. Como
tenía que trabajar no podía seguir esta lucha Kamikaze así que la guardé en el
galpón. Hasta que en un momento de mal pasar económico la tuve que vender.
Nunca sabré si el comprador se dio cuenta lo que se llevaba ¿Dónde estará
ahora? ¿Qué aventuras habrá sorteado?
Mis paseos nocturnos eran un bálsamo. Allí éramos un centauro. Mi bi-
cicleta de brumas y yo. Esa misma que me acompañaba desde los cinco años.
Remontando nubes. Siempre llegábamos a destinos mágicos, nunca sufrí con
ella golpes, ni caídas.
Así llego a la ancianidad como una ciclista acérrima: con una bicicleta
de brumas. Aún paseo cada noche a todo pedal. Mi fiero recuerdo de infancia
es: mi bicicleta, “esa”, que marcó a fuego con sus llantas mi alma. Esa que
me llevará suave y segura, con su manubrio azul y su asiento suave, cuando
cruce al otro mundo.
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PERSECUCIÓN 

por Osvaldo Fernandez


Buenos Aires

La cacería humana iba en aumento. Había comenzado después de que


Ángel Solano había salido del boliche. Serían las dos de la madrugada, y corría
desaforadamente por las angostas calles del pueblo.
No recordaba muy bien, ¿habría pasado ya una semana? Había venido por
trabajo pero también huyendo de sí mismo.
Esa noche, se había dirigido a un pequeño bar llamado “el amigo”, ubi-
cado en las afueras de la ciudad. Un cartel luminoso rojo y verde, como le
habían dicho Mario y su amiga, marcaba el lugar. Más que a divertirse había
concurrido a olvidar. 
Pero ahora huía de otra realidad, lo perseguían unos jóvenes del lugar.
Cruzó una gran avenida y se internó en un barrio de casas altas y calles muy
angostas. Era como un laberinto de asfalto y paredes, como el otro, el de su
mente. El laberinto de sus pensamientos no tenía salida. De pronto vio una
escalera, casi oculta pegada a la pared, de hierro carcomido, que lo llevaría a
los techos del silencioso barrio.
Subió a la azotea, se veía como abandonada. Se ocultó rápidamente detrás
de una de las gárgolas que adornaban el borde de la pared, ancha y vetusta.
Observó los detalles de sus molduras medievales y el friso que corría a lo largo
de los tapiales. Eran únicos. En ese escondite tuvo tiempo de pensar en lo que
había sucedido.
“Vení”, había dicho Marita, la amiga de Mario, “tomá una copa con no-
sotros”. La conocía del trabajo en la pescadería. Siempre reían y charlaban
animosamente. Ahora compartirían una copa.
Interrumpió sus recuerdos y se asomó muy despacio por el filo del muro.
Miró: la calle estaba desierta, Parecía un pequeño río de metal. ¿Lo habrían
perdido? La verdad que él no tenía la culpa de lo que le había sucedido. No
sabía que ella estaría justo detrás de él.
Nuevamente miró por el borde del techo, el silencio de la noche era de-
vastador. Nadie a la vista. ¿Dónde estarían? ¿Se habrían ido? Fue entonces que
sintió unos pasos que se aproximaban. Miró y vio que venían por detrás. La
angustia lo poseyó y empezó a temblar.
–Detente, le gritó.
58

Entonces la mente de Ángel se cubrió con las últimas y fatales imágenes.


Vio como ella caía en cámara lenta cuando él sin querer, al darse vuelta la
había empujado. Quiso sujetarla pero fue peor, la había hecho caer. Irremedia-
blemente. Ahora los tenía enfrente, a pocos pasos de él. Lo habían rodeado. Se
puso de espaldas contra el tapial, la gárgola le cubría las espaldas. Entonces
Mario se acercó hasta casi tocarlo con su rostro. Sacó su puñal y se lo acercó
a la garganta. Sintió el filo del cuchillo que le raspaba la cara y bajaba hasta su
pecho. También se dijo que ya no importaba. No tenía miedo de morir. Su vida
no había sido como la había soñado cuando era joven. Sin embargo todo había
sido un inevitable accidente. Al caer, Marita se había golpeado en la cabeza
contra el borde de una silla. Un golpe seco, terrible y mortal.
Pasaban los segundos, un tiempo sin acabar. 
–Bueno, acabalo de una vez, –gritó José.
Al escucharlo, Solano en un impulso no previsto, empujó a Mario con
todas sus fuerzas y abriéndose paso se subió a la cornisa y comenzó a correr.
Detrás venían dos de ellos. Dio un salto y al apoyar su pie derecho sobre la
cornisa, se le dobló el tobillo y cayó de bruces. Detrás sintió los pasos de ellos
que ya llegaban hasta él. Se incorporó rápidamente y siguió su marcha. Se
deslizaba como un gato en los tejados.
De golpe se detuvo. No pudo dar un paso más. Era ella, parada frente a
él con los brazos abiertos. Se la veía como la última vez, en el bar. ¿Le habría
llegado su hora? Su mente era un caos. Sintió un golpe en la espalda, pero
perdió el equilibrio y cayó de costado. Apenas pudo sostenerse del borde de
la cornisa con sus dos manos. Miró hacia abajo. Su corazón palpitaba al ritmo
de una locomotora y no escuchaba nada. Al levantar la cabeza vio nuevamente
los ojos de Marita que lo observaban afectuosamente.
–Oh, Dios mío –dijo susurrando. Cerró sus ojos, suspiró y abrió lenta-
mente sus manos.
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LA FIGURA EN LA TORMENTA 

por Silvana Ferrari


Entre Ríos

La lluvia no cesaba. La madrugada era alumbrada por rayos y centellas.


El viento torturaba las viejas ventanas de su habitación. Se levantó a tientas,
hacía más de media hora que no había luz en su cuadra. Buscó en el cajón de la
mesita de luz una revista vieja, cortó algunas hojas, las dobló en varias partes
y trancó la ventana, para que el golpeteo monótono deje de inundar el cuarto. 
Abrió la cortina intentando encontrar los signos que indiquen que el tem-
poral está a punto de terminar, pero hasta la línea del horizonte el cielo estaba
dominado por nubes negras. Los árboles de la calle, vistos desde el primer
piso, iban y venían en un vaivén de agua y viento. En el paisaje tormentoso
que le dejaban ver los relámpagos, comenzó a divisar una figura humana que
caminaba por el medio de la calle. No llevaba paraguas. No podía distinguir
claramente si se trataba de un hombre o una mujer, aún estaba lejos. 
Cerró la cortina y volvió a la cama porque sintió frío. Pero algo le decía
que debía seguir mirando, que no era normal que una persona caminara en
una noche tan espantosa y fría. Retornó a la ventana, abrió con cuidado la
cortina, buscó la imagen donde la había dejado hacía unos instantes, pero
no estaba allí, sino parada frente a su casa. Desde su perspectiva, le seguía
resultando imposible ver el rostro de la figura. Parecía un hombre, pero no
estaba totalmente segura, la cortina de agua era cada vez más densa. Llevaba
una mano en el pecho, como si ocultara algo, su cabeza comenzó a imaginar
varias opciones, siempre macabras. La persona comenzó a caminar hacia la
entrada de la casa y dejó de verla. Deseaba que su marido esté con ella y no
reemplazando a su compañero en la guardia del supermercado. 
El miedo le caló los huesos, comenzó a temblar. Sus oídos se agudizaron,
la tormenta pareció desaparecer de su mundo. El ruido de la puerta de la en-
trada al cerrarse con un golpe seco, le impidió seguir de pie, volvió a la cama y
se sentó frente a la puerta. Fijó la vista en el picaporte. Los pasos comenzaron
a oírse en la escalera, un sudor frío corría por su cuerpo inmóvil. No podía
moverse, ni pensar con claridad, solo esperaba que pase lo peor.
Quizás es alguien que solo busca refugio, o algún borracho. No podía gri-
tar, nadie la oiría, en la casa estaba sola y sus vecinos no llegarían a distinguir
sus gritos en la tormenta. Intentó recordar dónde había guardado la llave de la
puerta de la habitación, pero los pasos acercándose volvieron a paralizarla. El
60

picaporte comenzó a moverse, un grito ahogado salió de su garganta, mientras


sus uñas se aferraban a la cubrecama. Milimétricamente la puerta fue abrién-
dose, entre truenos y relámpagos.
Estaba ahí, justo frente a ella, chorreando agua, mojando todo y avanzan-
do. Comenzó a sacar algo de entre sus ropas.
–Amor, te traje tortas fritas para el desayuno.
El marido nunca supo que las agudas crisis nerviosas de su esposa, habían
tenido origen aquella vez que el auto se le quedó por culpa de la tormenta y
debió volver caminando a su casa. 
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SOLEDAD 

por Carlos Ferreyra


Buenos Aires

“La soledad me enseñó a conocerme”.


Me enseñó a crear mi mundo interior, ese que dice qué hacer, ese que no
escuchamos cuando nos alerta, cuando nos protege.
Mis sentimientos y recuerdos son alegres y tristes al mismo tiempo. La
vuelta del colegio en la lancha escolar que manejaba mi tío Héctor, bajaba y
caminaba hasta la casa, son como cincuenta metros, lobo me hacia fiestas, sal-
taba y me ensuciaba con sus patas, la tristeza del café caliente en soledad a mis
doce años, el pan con manteca, porque el dulce de leche no me gustaba –aun
no me gusta– encender la tele como compañía, el silencio en la isla es un sin-
número de ruidos, gritos de pájaros, golpeteos, crepitar de hojas, el sonido del
viento en las casuarinas, esperando su vuelta del recorrido para cenar juntos. 
Tristeza que me hacía sentir esa sensación de poseer un sentimiento pro-
pio, único, era mío, era raro. ¡Feliz por estar triste!
Mi querida isla, esa de la soledad buscada y la belleza de no hablar con
quien no quiero, esa de sentir la humedad en los zapatos y caminar sin tiem-
po, la de tener el barro en el olfato e ir sin rumbo cierto, las gallinas vecinas
son como jefes dominantes pastando las siestas en el silencio de los ruidos
asonantes.
El río es como una serpiente que se te sube por las piernas, se te mete
en el corazón para nunca más dejarlo. Hoy lo llaman “El mal del sauce” y es
tan real como el sol, como la vida misma, solo que es una sensación, un sen-
timiento arraigado, melancólico, casi triste, el tiempo se vuelve lento, suave,
casi como los árboles cuando se mueven con el viento, pareciera que todo está
en sincronía, como una danza, armónico y sereno, sin ese ruido histérico de
la mente estresada de las grandes ciudades que no nos permite oír nuestros
llamados internos.
Quiero sentir el ruido dorado de los álamos en otoño, la costa con su soni-
do color barro de mojarras a la siesta y chapalear las crecidas con las canastas
al hombro, extraño el olor a agua crecida, el olor a sudestada, el olor a paz, el
ruido del silencio y la luminosa oscuridad de la isla.
EL sentirme solo ayudaba a tener la sensación de ser el protagonista de la
novela, la novela de la isla, esa en la que se sufre la soledad y después aparece
62

el amor para nunca más dejarlo, con violines de fondo, lágrimas en los ros-
tros brillantes al atardecer, todos los encuentros románticos son al atardecer.
Mágicos. 
Pero no es así, hay dolor de sentirse solo, nadie escucha, solo el lobo que
anda por ahí ladrando, y nada más, me hago una café con leche, es tarde, estoy
solo, como una rebanada de pan con manteca, está un poco dura pero no hay
alternativas, leo, escucho los ruidos prestando atención a todos los detalles,
voy al muelle porque escucho que viene un buque, además porque la vibración
se siente en el piso, voy a verlo, todo iluminado, su estropada cubriéndole la
roda y ese aire invencible producido por la majestuosidad del tamaño en el
paisaje chato del gran río de llanura, me quedo mirando un rato, ya pasó, ya se
fue dejando una marejada de fondo en el río y un movimiento de canoas en la
orilla que dura un rato largo, y otra vez la soledad, otra vez los pensamientos,
otra vez la melancolía. 
Enciendo la tele, me desplomo en el sillón, está oscureciendo, a cerrar
las puertas, poner espirales, echar flit para los mosquitos y a dejar pasar el
tiempo... solo con mis pensamientos, queriendo salir de ellos pero no del lugar,
una sensación ambigua de querer escapar de allí y querer quedarme, llorando
y amando la soledad de la isla.
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CITA EN “EL CATEDRÁTICO” 

por Sonia Figueras


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Toda de negro. Vestida como para otra ocasión. Un poco en demasía el


suéter con excesivo brillo de lentejuelas combinadas con el plateado de sus
sandalias.
Llegó al lugar mucho antes de la hora que habían establecido, con descon-
cierto y algo de suspenso.
“El Catedrático”, el nombre ¿correspondería al turf o se referiría a lo in-
telectual? Había pasado primero por “Plutarco”, librería habitué de ellas, años
ha, que encontró renovada, moderna, con ascensores y un barcito modernísimo
para un café y leer. Se dio cuenta del tiempo que las dos no hacían salidas en
busca de libros, entradas para teatros. Se había enclaustrado.
Entró al café. Nada que ver con el lujo del café que la librería “Plutarco”
lucía en la mejor esquina del barrio pituco. El elegido era un lugarcito casi
desapercibido pegado a la barrera, que lo separaba del suburbio. 
Se acomodó junto a la ventana y apoyó la revista, esa revista prometida
la última vez que habían comentado la esquela de Cortázar a Yánóver. A las
dos les gustaba Cortázar y en esas pocas líneas estaba la promesa de él, la
de volver a Buenos Aires en febrero del 83. Promesa que cumplió a pesar de
“enfermo y trabucado” –como se describió en la escueta carta– y volvió en
diciembre, para nunca más, por siempre.
Pidió un café que le supo a acíbar, tan fuerte era.
Las carcajadas de un grupo de jóvenes la retrotrajeron por unos instantes
a las que nunca logró en su juventud. Reír. Mujer melancólica era. Nada la
incitaba a sonreír y menos a la risa abierta. 
Se preguntó cómo sería el encuentro después de varios años ¿vendría
triste? ¿Seria? ¿Preocupada? ¿Cariñosa? La cita había sido sugerida por la otra.
Ella, de más edad, había aceptado de inmediato ante el llamado que le
hizo prever que era de premura y preocupación. Mientras dejaba el café into-
mable en el pocillo, trató de imaginar qué iba a escuchar. La inquietaba desde
que salió de su casa sin previo aviso.
La vio llegar. Caminaba rápido por el andén de la estación, inmersa en el
olor a grasa que emanaba de la pizzería de la esquina. Se divisaron. La otra
era más joven.
64

Alta, de atuendo juvenil. Jeans a media pierna, cabello partido al medio


recogido en una colita y dos mechones rubios que le enmarcaban el rostro de
dos ojos muy negros. 
A un primer abrazo corto muy fuerte, una mirada clavada al unísono
hasta lo más profundo en busca de preguntas y respuestas inmediatas, siguió
otro más largo, como si no pudieran despegarse. Le ofreció cambiar de lugar
y se ubicaron en el interior, en un rincón apartado y la conversación vino sola,
fluida, amable, siempre inquiriendo cada una los ojos de la otra. Le mostró
ostentosa la revista La Maga, con la carta prometida aquella última vez.
Los recuerdos afloraron con ternura y el presente estaba por llegar en esa
maravillosa conferencia dilatada y postergada. En un momento sus manos se
tocaron en el centro de la mesa en busca de esas reminiscencias no olvidadas.
En ese preciso instante y no otro un gran estrépito resonó en el salón y el
techo del negocio cayó sobre todo lo que allí había. 
Los bomberos sacaron de entre los escombros los cuerpos de las dos mu-
jeres no identificadas que tenían todavía sus manos entrelazadas en una revista
retorcida, las bocas sonrientes y todavía mucho que decirse...
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LA ODISEA DE ERNESTO 

por Virginia Fontela


Santa Fe

Y la escuchó decir que se había cansado, que sentía que la relación se ha-
bía estancado y que no quería seguir perdiendo el tiempo ni hacérselo perder
a él. Se lo desparramó así de un tirón, sin demorarse en elegir las palabras. Se
lo estampó en la cara sin titubeos. Como un sello de visado en un pasaporte
hacia un lugar donde nunca irían juntos.
Al final le dijo que se terminaba, se lo lanzó como una bofetada, como
quien despacha una valija en la baulera de un micro. Allí mismo, en la parada
del 138, frente a la Plaza López, frente a los bancos que rodean la fuente. En
esos mismos bancos donde infinitas tardes se besaron largamente. Allí, donde
Ernesto podía perderse para siempre en sus grandes ojos negros sin fondo.
Elena le recitó casi como de memoria sus argumentos, como quien repasa
las tablas de multiplicar, con un tono impersonal y distante.
Ella, ciega como el topo que se mira para dentro sin tener en cuenta nada
más, le dijo que se había cansado de querer resucitar una relación que hacía
rato había muerto, que seguro a él le pasaba lo mismo y que ambos se mere-
cían algo mejor.
Ernesto quería gritarle que no, que él no pensaba ni sentía lo mismo. Quería
preguntarle que cuándo, que cómo, que por qué mejor no se tomaba un tiempo
para pensarlo mejor, que con qué derecho ella decidía clausurar una vida juntos,
que dónde guardaría él ahora todas las horas que soñaba para ellos.
Todo eso quería preguntarle Ernesto pero no podía articular palabra, la
sangre se le había helado. Permanecía de pie sin moverse, impertérrito como
un cuerpo sin vida.
Entonces sintió nostalgia del presente y rogó al cielo un segundo más con
ella. Una pena honda le estrangulaba la garganta. Sintió pena por las horas
malgastadas en peleas por celos febriles. Pena por los días regalados a la es-
peculación y a la cordura sospechando que eran felices. Pena por los hijos que
no tendrían, pena por el futuro que se le escurría, pena por ellos, pena de sí.
Sin mirarla advirtió que ella apuraba la tarjeta de colectivo y estirando su
brazo se trepaba en los estribos de un repleto 138, en esa maquinaria ruidosa
que le arrancaba para siempre todo aquello que alguna vez lo hizo sentir vivo.
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Y ahora la sangre helada que le recorría el cuerpo se convertía en el fuego


indómito de la impotencia y la bronca.
Miró hacia el frente y la Plaza seguía siendo la plaza por todos lados. La
dueña de la calesita ultimaba cada detalle para iniciar la tarde de jueves.
Ernesto se refregó los ojos con un pañuelo de tela mal doblado que sacó
de su bolsillo y con paso de autómata caminó hacia la calesita. Entregado a su
vil destino de trabajador de carrusel se colocó la montura gastada mientras la
voz de Elena le retumbaba como un mantra.
Pensó en Elena y recordó a la otra Helena. A la Helena griega amiga de
su bisabuelo. A la Helena que con su belleza sublime desató el fuego cruzado.
Pensó en el rol heroico de su bisabuelo y quiso dormir para despertarse
siendo otro.
Despertarse y ser aquel artilugio inmenso de madera troyano testigo pre-
sencial de una guerra de luchadores aguerridos. Despertarse y no ser nunca este
latoso empleado de calesita. Despertarse y no ser Jamás este ente pequeño al
que Elena acababa de dejar de prisa y sin remordimientos en la parada del 138.
Quiso ser aquel bizarro equino que escondía en sus entrañas a los gue-
rreros aqueos.
Aquel que ardía entre las llamas. No este caballo mediocre asalariado a
quien le quemaba la soledad del abandono.
Todo su ser olía a desamparo y la colorida calesita se le antojaba inexora-
blemente gris. La Plaza era ahora la sombra de su desolación.
Se refregó los ojos con sus puños cansados y como cada tarde ocupó su
puesto delante de Dumbo, al lado de Pluto y se entregó a la sinfonía monótona
de María Elena Walsh convencido de que tal vez en “El reino del revés” sería
él el héroe de otra historia. 
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LA CAÍDA 

por Marta Sonia Forleo


Santa Fe

En un leve suspiro cerró los ojos y se entregó dócilmente al ensueño.


De pronto trajo a su memoria el recuerdo de una tarde gris de primavera,
caminando sin prisa, con los brazos sueltos y el cuerpo liviano, con un ves-
tido verde y negro flotándole en el cuerpo. Hacía calor y sintió la piel apenas
transpirada, rozada por un aire manso del este que anunciaba lluvia; la misma
tarde en que lo conoció y se tomaron el primer té y charlaron hasta que sus
manos se encontraron y él le dio el primer beso.
Recordó también una calle angosta, de tierra con altos e imponentes pinos
en las veredas de ambos lados, a la cual su hija la llamaba el “sendero mági-
co” porque se parecía a un cuento que ella le había narrado, sobre un país de
magia habitado por una bruja malvada que se convertía en piedra por el valor
de unos niños.
Pasaron por su mente las noches en vela, escribiendo hasta suspirar de
emoción, esa novela y otros cuentos que rebosaron su alma y que un día con-
virtió en libros.
El momento en que su hija abrió los ojos por primera vez y supo, entre el
miedo y el gozo, que nunca, nunca más estaría sola en el mundo. Y el día que
la vio correr bajo la lluvia descalza sobre el pasto, una tarde tormentosa, en el
antiguo patio arbolado de su casa de sueño.
La vez que él le dijo su primer te amo y la primera canción que le regaló;
sus manos, su abrazo de diez segundos cada vez que se enojaban. El viaje que
hicieron a las montañas y la bruma del amanecer desde la ventana. El sendero
que caminaron juntos una y otra vez de la mano. La tarde de sol, recostados
sobre unas piedras. Las risas en las noches y otros momentos de amor incon-
mensurables.
Su memoria se volvió más vieja aun y evocó cuando, sola y llena de valor,
se tomó aquél ómnibus de su pueblo hacia la ciudad, con la certeza que nunca
más volvería y que iba a un destino colmado de vivencias, que imaginaba pero
que casi nunca serían lo que pensó. El rostro de su madre despidiéndola con el
llanto que nunca abandonó. Las manos ásperas de su padre, abrazándola como
si pudiera con ese abrazo, vanamente, retenerla.
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Trajo a su mente las siestas, por favor cómo amó siempre las siestas de
verano con el viento de las sierras, en el patio de la casa del Crucero, bajo el
laurel, escribiendo sus primeros cuentos. O aquéllas de chupina, a escondidas
en el cuartito de la casa de su mejor amiga, tomando mates y oyendo a Camilo
Sesto, enamoradas de sus primeros amores imposibles.
Recordó el primer mimo de su madre, y el último. El primer “mamá” de
su hija, su primera sonrisa, la primer rabieta. El primer te amo que le dedicó a
él, sus labios suaves y firmes, su perfume, los desayunos con música gloriosa.
Las tardes en el patio bajo la sombrilla. Los viajes, las noches, la lluvia, el sol
ardiente del verano. El miedo, la calma que tantas veces perdió y que tantas
volvió a encontrar. Las voces de sus seres queridos llamándola de lejos. Las
caras de ellos, sus ojos implorándole volver, volver. 
–Volvé amor, volvé –le repetía él tomándole las manos.
De pronto la penetró una bocanada de aire. Las náuseas volvieron a ella y
sintió algo vivo en su cuerpo nuevamente. Oyó voces afuera o lejos, no supo bien. 
Más luego se enteró que el accidente la había dejado inconsciente, arrojada
en el suelo, con la cabeza golpeada. Un simple y tonto accidente, una torpe caída.
Ese día, recordó, estaba nerviosa, hipertensa, con taquicardia, queriendo
resolver lo que la vida le había puesto en su camino, grandes y pequeñas, pero
pasajeras eventualidades. Tropezó y en el instante que pudo asirse de algo,
por el contrario, como una ligera casualidad, se dejó “caer” dócilmente, sere-
namente, con todo el peso de su cuerpo, sin buscar defensa alguna, tan sólo
hundiéndose en el desplome, entregándose a la falta de aire y al instante que
dejó de sentir el cuerpo que había intuido sin sensibilidad. Dejarse ir, sospe-
chando que tal vez ya no estaría allí nunca más, aun cuando se había creído
eterna tantas veces.
La “caída” le había salvado la vida, la vida que recordó, los verdaderos y
grandes momentos. Los que se atesoran y aquéllos que nunca se van.
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DESDE EL PEÑASCO 

por María Madalena Gabetta


Córdoba

A primera hora de la mañana, ubicado en lo alto del peñasco, me gusta


observar el mar y sentir en mi rostro la caricia del aire marino que todo lo
revitaliza. Me produce un inmenso placer disfrutar del espectáculo magnífico
del sol elevándose, iluminando el paisaje, ganándole espacio a la oscuridad. 
El peñasco domina la playa que se extiende más abajo semejando una ex-
tensa franja de terciopelo dorado; sólo algunas gaviotas emiten sus graznidos
sobre el murmullo del oleaje.
La posición privilegiada en la que me encuentro, permite que disfrute de
varios pequeños placeres; la frescura del aire marino, la cercanía de las aves
y la inmensidad del mar. Algunas gotas saladas llegan hasta mí, es un regalo
que me brinda el viento, en homenaje a mi cotidiana presencia.
Con regularidad, a esta hora, en el horizonte se distingue una grácil figura
que asoma caminando por la playa, una mujer de ondulante cabellera, que el
viento hace jugar alrededor de su rostro. Un rostro que no distingo desde aquí,
pero que percibo bello y triste. 
Sus pequeños pies van dejando leves huellas sobre la arena, mientras
recorre a paso tranquilo la extensa bahía; tras ella, un perro cuida su paseo;
he notado que nunca va delante de ella, siempre unos pasos atrás, a corta dis-
tancia, como temiendo distraerla de sus pensamientos.
Pasa bajo mi peñasco sin percatarse que estoy allí, observándola, be-
biendo con mis ojos hasta el último de sus gestos que, más que ver, adivino
en la distancia. Es sólo un instante en el que hasta creo percibir el aroma de
sus cabellos, luego se va perdiendo hasta diluirse en la lejanía, hasta volverse
completamente invisible. 
Es un rito que repite día a día, como el mío. Pienso en sus ojos celestes,
tristes y húmedos por un recuerdo imborrable que le araña el alma. 
¿Cómo puedo imaginar el color de sus ojos que no veo? ¿Cómo puedo
percibir su humedad? ¿Qué puedo saber de sus recuerdos?
Cuando su figura desaparece, seguida por el perro que juguetea por momen-
tos con las caracolas que las olas depositan sobre la playa, siento que mi rito diario
está cumplido; me despido del mar, despliego mis alas y emprendo mi vuelo de re-
greso, mientras mi corazón se ensancha agradecido por haberla visto; una vez más.
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DERRUMBE 

por Rodrigo Gaite


Buenos Aires

El viejo caminaba arrastrando los pies, encorvado y mirando la derruida


fachada de la casa. Claro que esa construcción no siempre fue así, en sus
años de esplendor supo ser una vivienda con todas las comodidades y una
de las más importantes del lugar, ya que en ella naciera y viviese el héroe de
la nación. Desde hacía mucho tiempo, día a día el viejo transitaba el mismo
recorrido y día a día la casa se deterioraba, y también él se iba deteriorando
un poco más, aunque ninguno de los dos lo notase o se negaran a aceptarlo.
Nadie sabía quién era ese viejo pordiosero que con la ropa hecha jirones,
el cabello enmarañado y seguido por dos perros callejeros, contemplaba el
lugar abandonado sin prisa y con un dejo de tristeza en sus ojos. A las nuevas
generaciones poco le importaba la gesta heroica y hasta poco creíble de aque-
llos hombres que lograron la independencia del país. Desde aquel entonces
al héroe nacional lo fueron relegaron poco a poco al arcón de los recuerdos.
Los sucesivos gobiernos mandaron a realizar estampitas con su cara para los
sellos postales, pero eso fue todo. Nadie se preocupó por salvaguardar la casa
y mantener viva la memoria del país, así la construcción se fue deteriorando y
los yuyos crecieron en su interior y por fuera las paredes estaban escritas con
grafitis de enamorados, tanto fue el despilfarro que hicieron los gobernantes
que la deuda externa los volvió colonia nuevamente, echando por la borda la
tan anhelada y sufrida independencia lograda y volviéndolo un país bananero.
Y al día de la independencia solo se lo tenía en cuenta para el almanaque, no
importaba que día cayera, porque siempre será lunes para aprovechar el fin
de semana largo.
El viejo ingresó al lugar entre matorrales y telas de arañas mirando los
rayos de sol que se filtraban por las hendijas del techo, después hizo un paneo
pasando la vista por todos los lugares y dio una patada a una de las columnas
principales. No fue un impacto demasiado potente, pero si lo suficiente para
que la columna se tambaleara y se desprendiera de la viga del techo que co-
menzó a desmoronarse. 
En menos de lo que canta un gallo la construcción se derrumbó y el
hombre obviamente no tuvo tiempo de salir. Así que quedó aprisionado entre
las paredes que se le cayeron encima y los horcones del tejado. En la tenue
claridad cubierta de polvo, entre los escombros, un metal redondo brillaba
71

vivamente en su pecho, se lo arrancó con las pocas fuerzas que le quedaban y


lo arrogó lejos de él. Después trató de sacarse los restos de las paredes que se
le habían caído encima, pero ya no tenía sentido. 
Impactados por la noticia los partidos opositores salieron a defenestrar al
gobierno de turno por no haber hecho nada a tiempo, se olvidaron que cuando
ellos habían estado en el poder tampoco hicieron nada al respecto. El oficialis-
mo viendo la magnitud del caso decidió declarar patrimonio histórico al lugar
prometiendo una cifra sideral para su reconstrucción. 
Cuando comenzaron las obras de restauración, delante de los medios de
prensa, los operarios sacaron el cuerpo de ese indigente que no había encon-
trado mejor lugar para vivir. Después ante los mismos periodistas y curiosos,
los responsables de la obra mostraron el hallazgo de una condecoración que
seguramente el padre de la Nación habría dejado olvidada en algún rincón
de la casa. Era una medalla de oro macizo que el gobierno le había entregado
cuando, triunfante y seguido por su ejército, entró con su caballo a la Plaza de
Armas; y a pesar del polvo indiferente del olvido se leía claramente su graba-
do: “Al padre de la patria. Tu pueblo”.
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MODO AVIÓN 

por Daniela Giraud


Entre Ríos

Nunca creyó que un dispositivo tan pequeño como un celular pudiera


afectar algo tan grande como un avión.
La explosión al tocar el suelo fue tan impresionante que de su cuerpo
carbonizado solo encontraron la mano sin el pulgar.
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LA HISTORIA DEL SEÑOR F. 

por Ernesto Alfonso Golini


San Luis

El señor F iba a morir. El médico le había dicho al fin la verdad. Un cán-


cer de cerebro terminaría con sus días en la tierra y por tanto solo restaba al
pobre señor F saber cuánto tiempo de vida le quedaba. El doctor le dijo enton-
ces “Tal vez seis meses, o tal vez menos, quién sabe F.
–¿Cómo que quién lo sabe? Acaso usted ¿No lo puede determinar con
exactitud?
–No mi amigo, no puedo. –Respondió el médico.
–¿Qué debo hacer?
–Seguir mis instrucciones, si a eso se refiere.
–Además de recibir sus instrucciones ¿Qué otra cosa podría hacer?
El médico no supo qué contestar, era muy poco tiempo el que le quedaba
y sobre todo podría tener algunas complicaciones, no la iba a pasar muy bien.
–Mire –dijo al fin el doctor–, yo no le puedo decir que puede usted hacer,
pero, es usted el que tiene que decidir hacer lo que nunca jamás hizo en su vida.
–Casarme y tener un hijo –fue la respuesta que dejó aun más atónito al
médico.
–Y... otras cosas... por ejemplo, viajar, conocer algo del mundo, escribir un
libro, en fin no se me ocurre otra cosa.
–¿Es que no puedo casarme y tener un hijo doctor? –Volvió sobre la pro-
puesta anterior el señor F.
–Amigo, le estoy diciendo que le queda poco tiempo de vida y todo no
resultará tan bueno... habrá momentos difíciles. 
–Doctor usted dijo seis meses, tal vez menos, o tal vez más. Si me lo pro-
pongo, puedo llegar al año de vida y realizarme como esposo, amante y padre.
–Si es lo que se ha propuesto... siga adelante señor F.
***
El señor F tenía sesenta años, soltero y cuando joven, había tenido una
novia. Fanny, que así se llamaba la mujer, era mucho menor que F. Ahora,
pensó el señor F “tendría unos cuarenta y dos años si mi memoria no me falla
74

y está soltera”. Entonces volvió a reflexionar “Es tiempo de remover viejos


amores, viejos recuerdos, total ella comprenderá cuánto de vida me queda y el
matrimonio la beneficiará pues soy un hombre de buena posición”.
El señor F encaró su plan con éxito. Fanny aceptó el ofrecimiento aun
sabiendo que su viejo amor no iba a vivir por mucho tiempo.
Se casaron y el médico del señor F aun más se admiró de la provocativa
resolución de este condenado a muerte por la fatalidad de sufrir una enferme-
dad que lo llevaría pronto a la tumba. Y más se sorprendió cuando el señor F
le anunció que Fanny había quedado embarazada. 
Más aun la sorpresa del médico de cabecera, el señor F no murió a los seis
meses. Sobrepasó el año. 
Cuando el señor F visitó nuevamente a su médico encontró que el con-
sultorio estaba cerrado. La enfermera había puesto un cartel en la puerta:
“Cerrado por Duelo”. 
“¿Quién murió?” se preguntó extrañado el señor F. Compró el diario y
directo se fue a la página de los obituarios. Allí se participaba la muerte de
Américo Valli, el médico de cabecera del señor F.
El señor F muy preocupado y afligido por la muerte de su médico, aquél
que le anunció que no iba a vivir más de seis meses, había muerto. Cuando
llegó a la sala velatoria, muchos profesionales estaban conversando sobre la
enfermedad de Valli. Allí el señor F se enteró que quien tenía un tumor cere-
bral era precisamente su doctor.
El señor F tenía entonces que averiguar qué era lo que había ocurrido.
Nunca lo supo. Vivió para ver crecer a su hijo Esteban y los años pasaron y
Fanny enfermó de cáncer, él cuidó de su mujer hasta que falleció cuando ha-
bían cumplido quince años de feliz matrimonio.
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EL VIEJO ALGARROBO 

por Fernando A. Gonzalez


Córdoba

Quizás sea viejo, lo sé. De lo que sí estoy seguro es que día a día demues-
tra no haber sido vencido. La dureza que su piel como firme corteza se ha
logrado por efecto de tantos soles en duras jornadas. Con la pala el hombro ha
desandado los mismos senderos que durante lustros señalaron el destino de
su vida, sin quejarse y soportando el dolor. Sin prestar atención al futuro por
encontrarse tan cerca, se ha refugiado en el pasado. Y en las pocas ocasiones
que he tenido la oportunidad de escuchar su historia, he descubierto una vida
cargada de pasión. Alguna vez he visto su mano tendida tan solo como él sabe
darla, recibiendo a cambio y sin saber por qué, un poco de afecto.
El tibio sol de un atardecer de otoño iluminó el perfil de su figura, y desde
la sombra divisé la energía de un hombre, que a sus “ochenta” debería sentirse
cansado. O a lo mejor desilusionado de tanta lucha por un futuro. Y ni siquiera
sé si su lucha fue en pos de un futuro mejor. Tan solo el misterio de un mañana
muchas veces ha inducido a Don Marcelo a ponerse en marcha nuevamente
y desandar las huellas que lo conducen a su destino. Por otro lado sé que tal
vez la vida de cada uno de los seres humanos sea digna de ser contada y es
allí donde me descubro describiendo a esta persona. Intentando descubrir su
legado. Sus enseñanzas. Las riquezas de una vida plagadas de historias y mis-
terios. ¿Por qué no? Me pregunté esa mañana. Quizás nazca un buen relato.
Un día lo vi reírse de la muerte y aquella fue una risa sincera. Recordan-
do años de su juventud vapuleado fuertemente por la rama de aquel tronco,
cuando lo arrastraba con el ajado tractor, extirpando esperanzado las raíces
de los viejos algarrobos. Descubrí también, añoranzas por una tierra cubierta
de sudor que ya no es suya. O que quizás nunca lo fue. Tiempo después lo vi
reírse de la muerte otra vez, con una verdadera sonrisa. Al recordar el pesado
caño que cayó sobre su descuidada cabeza desde lo alto del molino. Esos años,
que ya no eran dueños de su juventud, brillaron igualmente sobre una tierra
cubierta de sudor que ahora sí era suya y que quizás siempre lo fue.
76

LA DECISIÓN 

por Alicia Gonzalez Alarcon


Santa Fe

No era un día cualquiera. A las seis y media de la mañana, despertó ur-


gida por lo que se venía.
Abrió la ventana, oteó el cielo. Despejado, asomando sol, colándose el
calor ya. Día primaveral.
Buscó los jeans celestes, combinó con el sweater azul, y para alegrar el
conjunto, un par de cómodas chatitas metalizadas.
Faltaba recorrer el trayecto que la llevaría a su destino, la principal acti-
vidad de ese día.
Al peinarse se miró al espejo. Sonrió al verse las suaves marcas de las
arrugas. Ha pasado el tiempo.
Tiene veinte años y los sueños intactos. Ama como sólo se ama a esa
edad. Crea con las energías intactas. Cree con la fuerza de una convicción que
crece. Es militante.
Tiene veintitantos. Los sueños intactos. Las convicciones resistentes. La
rebeldía a flor de piel. El encierro no merma sus fuerzas. Es militante igual.
Tiene treinta. Conoce volver a ser libre. Sigue soñando. Milita la vida.
Tiene cuarenta. Será su mayor desafío. Seguir creciendo como mujer. Es
militante de los sueños. 
Lo sigue siendo.
Hoy toma la tarjeta plastificada. Entra al cuarto oscuro.
La decisión estaba tomada desde los dieciocho años. 
77

LA JAULA DE TODOS LOS DÍAS

por Mara Denisse Guolo


Buenos Aires

El cuerpo de Carmen, casi sin deseo alguno, se despegó de las sábanas


una mañana más. Sin siquiera despojarse de su pijama, se acercó a la cocina
a preparar el agua para el café. Caminó nueve pasos dormidos hasta llegar
al baño donde se mojó el rostro, se arregló el cabello sin mucho reparo y se
sonrió a sí misma sólo para ver si se veía más bonita que en abril del año
anterior (fecha en la que había sido madre por segunda vez). Hizo ahora unos
siete segundos a pie, volviendo sobre sus pasos, hacia el cuarto matrimonial
y, con una caricia de pluma, abrió los ojos de su esposo que dormía boquia-
bierto. Con una voz maternal le avisó a Juan cuál era la hora en ese momento
y le pidió que saliera de la cama y se quitara la somnolencia para que, de esa
forma, pudieran desayunar juntos. Pero él prefirió ignorar a Carmen, darse la
vuelta y seguir descansando –cosa con la que ella manifestó estar de acuerdo,
marchándose, sin reproches, a su desayuno solitario.
La mente de Carmen resolvió un crucigrama esa misma mañana, resol-
vió la lista de las compras y las tareas del día dos horas antes del almuerzo.
Carmen se sintió, una vez más, orgullosa de llevar la rutina al punto de la
excelencia.
Al llegar la tarde, como todos los días, los dedos de Carmen fueron a abrir
las ventanas del altillo. Pero, esta vez, sus ojos, buscando luz natural, se aso-
maron hacia el sol y notaron cómo los rayos de la gigante estrella se adornaban
con el vuelo de una parvada de aves.
“Pájaros”. Susurró para la habitación vacía y recordó un sueño que había
desprendido de su inconsciente la noche anterior. Ella había sido un ave aquel
instante onírico y nocturno, tenía un pico y dos alas pero no podía cantar ni volar. 
Al cesar su pensamiento sobre aquel sueño, hizo un gesto de gracia y
continuó con sus quehaceres. Entonces, se olvidó de pensar en que tal vez
eso era ella. Un ave que no podía ser ave y se conformaba con ser Carmen,
una mujer ignorada que, desde temprano, cada día, conversaba con la rutina
mientras resolvía un crucigrama. 
78

LA RONDA 

por Felipe Rodolfo Hendriksen


Buenos Aires

Piotr podía ver cómo su respiración dibujaba volutas en el aire. Andaba


por el camino de siempre, haciendo la ronda, y cada vez que exhalaba, una
columna de vapor condensado se difundía ante sus ojos. “–Es extraño –se dijo
a sí mismo–, pensar que bien podría llegar nuestra respiración al otro lado del
mundo, siéndole dado el suficiente tiempo”.
Ahora pasaba por la puerta de la Base. Saludó con un gesto a Ilich, que
contestó con un gruñido. Siguió caminando lentamente y alzó la mirada. Avis-
taron sus ojos un cielo estrellado. “–La magia del campo –susurró”. Se levantó
un fuerte viento: era la Tierra que le contestaba, que asentía. Se le metió un
mechón de pelo en los ojos, que quitó con el dorso de la mano. 
Sintió un fuerte dolor en la espalda. Eran habituales, causados por lo en-
corvado de su andar. Se detuvo y comenzó a mover el cuello. Acompañó estos
movimientos relajantes con torpes masajes a su zona lumbar. Desistió luego
de unos segundos y continuó su marcha. 
Pocos metros más adelante algo le llamó la atención. Un pequeño charco
oscuro ocupaba la mitad de la senda. Piotr se agachó para poder admirarlo
mejor: el líquido era rojo. No necesitó verlo mucho más, menos tocarlo. El
color y su apariencia lo delataban. Era sangre. 
Sintiendo la inminencia del peligro, se paró de un salto y miró a su alre-
dedor. A lo lejos, calle abajo, una figura muy difusa se encontraba arrodillada
delante de un bulto de líneas poco definidas. Este apenas se movía, mientras
que el otro se sacudía violentamente. No emitían sonido alguno. 
Piotr se fue acercando lentamente. Habiendo salvado la mitad de la dis-
tancia que lo separaba de las misteriosas criaturas, pudo ver con claridad la
escena que ambas protagonizaban.
Agazapada, una bestia cubierta de un grueso pelaje marrón se alimentaba
del cuerpo desmembrado de un soldado. Aquella, oyendo los pasos, gruñó al
vacío y mostró sus dientes. Lo único que se movía del pobre hombre era su
sangre, que manchaba cada vez más el asfalto.
El aterrado testigo miraba todo con horror. Cuando el monstruo había
notado su presencia, se quedó quieto, pero ahora volvía a caminar hacia él,
muy lentamente. Desenvainó su cuchillo y siguió avanzando. 
79

“–¿Un congénere aquí afuera? ¡Se supone que debemos permanecer den-
tro de la Base! –se decía una y otra vez”. Ahora se encontraba delante de la
bestia. Cruzaron miradas y Piotr levantó su puñal, el filo brillando a la luz de
la luna, y lo clavó en el cuello del soldado. 
Con dificultad lo decapitó y aulló a las estrellas. Tomó su cabeza con los
dientes, guardó la cuchilla en su funda y echó a correr lo más rápido que sus
cuatro patas le permitieron. 
80

FANTASÍA MÍSTICA 

por María Elena Iglesias


Entre Ríos

El día despertaba reluciente, espléndido, el sol bañaba cálidamente la pradera.


Athea holgazaneaba en la cama, sobresaltada abrió los ojos al recordar,
repentinamente, que debería acudir lo antes posible a la cuadra, quería com-
probar si el heno era abundante, esperaba que fuera suficiente. Rápidamente
se vistió, pasó por la cocina en la estufa sobre la hornalla estaba el té caliente
para ser servido, no lo hizo, solo tomó una hogaza de pan recién horneado y
salió corriendo de la casa. 
Al salir tropezó con su hermano que volvía del arroyo con los cubos
repletos de agua fresca. Molesto por el inconveniente protestó, ella apenas lo
miró sin disculparse, llevaba demasiada prisa como para perder tiempo con él.
Al llegar, con sumo cuidado abrió el portal hacia un costado, ahí estaba,
hermoso en todo su esplendor no conocía otro ejemplar tan maravilloso.
Allí entre la hojarasca y el heno se encontraba altivo el potrillo. Se acercó
despacio, muy lentamente, no quería asustarlo, es sabido que los unicornios le
temen a los humanos, confían más en los duendes o las hadas.
Acarició suavemente su lomo aterciopelado, su cuerno resplandecía con
la suave luz que se filtraba por las maderas del cobertizo. Su piel de un blanco
purísimo se vuelve plateada al alcanzar la madurez, su cuerno y su sangre
tienen cualidades mágicas, muy poderosas.
En general evitan el contacto con seres humanos, lo había hallado en una
cueva rocosa, agreste, nunca supo cómo llegó hasta ese solitario lugar.
Entre la joven y el singular animal se produjo una conexión especial, ella
lo mantenía oculto, nadie debería saber de la existencia de esta criatura, mucho
menos su paradero. Si los aldeanos supieran desearían verlo, si se enterara el
Regidor lo querría para sí, quién sabe qué trato le daría, no era hombre con-
fiable.
Pasaron algunos meses, atrás quedaron los cuidados especiales que le
brindaba su protectora.
El noble potrillo se convirtió en un adulto joven, con un reluciente cuerno
luminoso, su pelaje blanco, blanquísimo, semejaban finos hilos de plata, sus
patas delgadas y fuertes, sus pezuñas brillantes reflejaban la luz del día.
81

Ella sentía la gran ventura de liberarlo por el bosque, cercano a su casa,


se contentaba con su compañía.
La adversidad tocó a la muchacha, a pesar de la mesura con la que pasea-
ba al unicornio, alguien los vio, un labriego los divisó a lo lejos.
Ante tan fantástica imagen, el hombre no pudo más que maravillarse,
sorprenderse. Es de imaginar que semejante hallazgo no podía pasar desaper-
cibido, y fue así como de boca en boca, de oído en oído, llegó hasta los del
mismísimo Regidor.
–¡Qué salgan a buscarlo! –vociferó el mandatario. Lo quería tal como
temía Athea.
Su tropa, tras la pesquisa, salió veloz, iban por el unicornio, prontamente
como si fuera una cacería.
No se podía perder tiempo, ni un segundo. A lo lejos se escuchaban los
caballos galopar.
¡Cómo protegerlo! No podría resguardarlo. Con toda su angustia con-
tenida hizo marchar a tan airoso animal del cobertizo, diciéndole que debía
escapar.
–¡Rápido, rápido que ya vienen! –La fabulosa criatura, apacible, serena,
e inteligente concibiendo el peligro al que se enfrentaba, comenzó a alejarse,
emprendiendo un galope tan veloz que sería imposible de capturar.
Cuando las huestes llegaron, nada encontraron, el escape fue raudo y
preciso. Los soldados revisaron todo el bosque y al anochecer se dieron por
vencidos ya era inútil. La evasión había sido un éxito.
Al día siguiente, Athea sentada en un tronco a orillas del arroyo, pensaba
en su amigo.
Entre victoriosa y apenada sabía que fue lo mejor para él. Los unicornios
son animales quiméricos, libres y como tal deben vivir.
82

EL BRUJO 

por Mabel Labordiva


Buenos Aires

Se preguntaba si el brujo, sentado en una estropeada silla tapizada de lona


negra, estaba muerto. Se sintió incómodo y le costaba mirarlo.
A lo mejor se había trasladado o lo que fuera que hacen los brujos cuando
se van de un sitio a otro con la velocidad del relámpago. Dicen que pueden
llevar el alma, el ectoplasma o algo así adonde quieren y desde ahí ver lo que
nadie puede ver.
La excusa que le había dado al entrar ahora le parecía ridícula aunque el
anciano no demostró siquiera interés, sólo indicó con los ojos el asiento que él
obedientemente ocupó y lo miró unos segundos después dijo algo en voz baja
que resonó como un eco ininteligible. 
Entonces los ojos le cambiaron de color y se quedaron fijos en la nada,
por lo menos tuvo esa sensación. Le preguntó si se sentía bien pero el otro no
abrió la boca ni cambió de postura. 
En la mochila llevaba siempre un kit de primeros auxilios aunque no estu-
viera haciendo su trabajo de enfermero, y estuvo tentado de buscar una aguja
para pincharle uno de los dedos flacos y torcidos pero enseguida se desanimó.
Podía enfurecerse y no le creería que fue un accidente.
Por un rato no percibió actividad alguna en la casa, también vieja y es-
tropeada. Se entretuvo observando una mancha de color bordó subido en la
pared, y no pudo imaginar de qué sería, iba a preguntarle pero era evidente que
tendría que esperar un poco más. Se levantó y acercó a la mancha que había
cambiado de forma asemejándose a un perfil humano.
El viejo seguía inmóvil por lo que se puso a caminar por el salón que olía
a humedad y a encierro. Había objetos por todas partes, cajas con símbolos
extraños, varias figuras talladas en madera a cuál más estrafalaria, libros pol-
vorientos y papeles amarillentos desordenados. Vio en una vitrina un idolito
gris y dos ángeles negros con ojos rojos, sobre una mesa descubrió una vasija
con piedras de distintos colores (mágicas, supuso), reconoció solamente unas
de lapislázuli por su tono azul oscuro y otras de obsidiana. 
Una puerta se abrió sin ruido en la pared más alejada, daba a un pasadizo
iluminado apenas a la entrada y después se perdía en la oscuridad. “Mejor me
voy” dijo y escuchó su propia voz como si fuera de otra persona. 
83

Se esforzó por recobrar el ánimo y volvió a sentarse; el brujo lo estaba


mirando ahora fríamente, como si recién se percatara de que estaba ahí. “Lo
escucho” dijo y su voz carrasposa le trajo a la memoria la de Gollum, de El
señor de los anillos. 
Empezó entonces a contarle la historia de Bolivia que había preparado
con Marcelo sobre el tío Luis, que se fue hace años a la zona de Beni, en la
frontera con Brasil, y jamás regresó, no volvieron a tener noticias de él, ni un
llamado por teléfono como hacía cada tanto, un mail, nada. Su página en In-
ternet quedó paralizada en las últimas fotos de sus recorridas por poblaciones
indígenas y eso era todo. 
Le explicó que el tío era aficionado a estudiar tradiciones y creencias
indígenas, que todos en la familia deseaban saber si su desaparición tenía que
ver con algo del campo mágico, por decirlo de alguna manera. Se esforzaba
por ser concreto y convincente con los datos que le daba, elaborados entre
risas que ahora le parecían estúpidas. 
El brujo lo miró sin cambiar de expresión, pensó que no estaba atendiendo
al relato. De pronto volvió a hablar para emitir una especie de letanía en un
idioma que no reconoció, mientras elevaba los brazos poniendo las manos a
la altura de los ojos. La habitación se oscureció y algunos objetos empezaron
a tener una fosforescencia verdosa; de algún rincón en la oscuridad llegó un
sonido como de algo que se arrastraba.
Se paró de un salto y se alejó del brujo que seguía con su cantinela. Bus-
có las llaves del automóvil, el celular, y envió un mensaje a Marcelo: “Estoy
con él”. Su primo le contestó enseguida, era obvio que estaba pendiente.
“¡Vamo´ahí...! Me ganaste la apuesta pero tomale una foto. ¡Ja, ja, ja!”. 
No le hizo gracia y sólo le contestó: “Ya no me importa. Voy a salir. Es-
perame a la entrada”.
Empezó a buscar la puerta por la que había entrado, descubriendo que
todas la paredes se habían vuelto iguales y circulares.
84

LAS BOTELLITAS 

por Amalú Llamas Irazábal


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

A Ricardo, desde niño le había encantado guardar botellitas de diferentes


motivos, y ya en su adolescencia, siendo un joven estudioso y agradable al
trato, coleccionaba los envases pequeños de los perfumes de su madre, de su
hermana, y los de los licores, whisky y otras cepas, que se utilizaban en los
aviones y en el turismo en general, las que llevaba a su casa su tío, que era
comisario de a bordo. A sabiendas, sus amistades le regalaban, para su cum-
pleaños y otras fechas, las botellitas alegóricas que se vendían para publicidad
de algún producto. Ricardo consumía el contenido y después las rellenaba con
líquido de color semejante al original, porque decía que era una pena que se
vencieran o que cambiaran de gusto por el paso del tiempo. Con motivo de
cumplir los cien años el zoológico privado de su ciudad, el director de dicha
entidad contrató a una empresa para que hiciera botellas pequeñitas con di-
ferentes bebidas, pero con diseños de todos los animales que estaban bajo su
custodia; así aparecieron las jirafitas con licor de limón; los rinocerontes en
color gris oscuro con licor de café; cocodrilos con licor de menta y de melón;
pájaros con licor de huevo, de mandarinas y de frutillas; pero el más simpático,
gracioso y el que más llamaba la atención había sido, sin duda, el elefantito
que contenía anís australiano, del que se hizo una tirada más limitada y con un
éxito mayor, por el exquisito contenido. Los amigos de Ricardo consiguieron
las más comunes, pero no pudieron comprarle la botellita del elefantito.
Hacía un tiempo, Gerardo, uno de sus amigos, se había distanciado de
Ricardo porque no soportaba el éxito y la notoriedad que este tenía con todos.
Él se sentía deslucido, fracasado y desdichado ante la presencia de su amigo,
y había empezado a sentir un odio profundo que no podía evitar. Era habitante
de la misma ciudad y compartía amistad con otros amigos de Ricardo, y no
sentía con ellos la misma sed de venganza que sentía por aquel. Él se enteró
de que le faltaba la botellita del elefantito para completar la colección y, co-
nociendo la devoción por todos los envases pequeños que sentía su ex amigo,
averiguó a través del director del zoológico la empresa que había lanzado la
producción de botellas, con el fin de encargar la que le faltaba a Ricardo. Una
mañana, sintió en su interior que había llegado el día para poner fin a los odios
que él había sentido y aún sentía y, envolviendo cuidadosamente la botellita
elefantito que había conseguido a un alto precio, se acercó hasta la casa de
Ricardo.
85

–Quiero poner fin a nuestro distanciamiento; sabés que siempre te admiré


mucho, y por ello me atreví a conseguirte la botellita de elefante que le falta
a tu colección.
–Si bien estoy sorprendido, agradezco tu gesto.
–Mi deseo es volver a ser tu amigo –le dijo Gerardo, mientras le entregaba
el tributo.
–Muchas gracias –respondió acercándose y abrazándolo.
–Espero que no me guardes rencor.
–No, al contrario, para sellar nuestra amistad, compartiremos un brindis.
–Abrió la botella de la jirafita y lo convidó.
El elefantito fue a reposar en la última estantería diseñada para esa co-
lección especial; en ella había cincuenta animalitos distribuidos entre los tres
estantes, y el elefantito fue a descansar en el del medio. Esa misma tarde,
Eduardo visitó la casa de Ricardo, y cuando vio el elefantito entre toda la
colección, sin que se diera cuenta su amigo, se la llevó en uno de sus bolsillos
y se apresuró a irse, manifestando que tenía que acompañar a su mamá al
médico. Llegó a su casa y, ante la emoción de tener en su poder al elefante, tan
codiciada y buscada botellita, se precipitó a extraerla de su bolsillo, pero esto
se complicó con la presencia de su mascota que lo hostigaba para saludarlo,
y en un ademán brusco, se le cayó al suelo. Sultán, su perro, no escatimó el
tiempo para succionar el líquido derramado, dio dos vueltas sobre su propio
eje y cayó muerto. Eduardo, aunque no sabía cómo reaccionaría su amigo, lo
llamó rápidamente para contarle lo acontecido, pidiéndole disculpas porque
le había robado.
Ricardo lo disculpó y le dio las gracias por haberle salvado la vida: Era
demasiado hermoso para ser verdad. 
86

LA CARTA DE PETRONA

por Rubén Oscar Lofeudo


Mendoza

La historia tuvo origen en una pensión, habitada por un estudiante, unos


jornaleros y una mujer de la vida. El estudiante era un poco introvertido y no
se relacionaba con la mayoría de los otros pensionistas, los jornaleros salían a
trabajar temprano, y la mujer entraba y salía a cada instante de su habitación.
El estudiante se llamaba Pascual y prácticamente no salía de su pieza, tenía
permanente la puerta entreabierta y escuchaba el ir o venir de la rara vecina.
El personaje de la mujer, cuyo nombre era Petrona pero se hacía llamar
Agustina, era por demás desfachatado, hablaba a los gritos y era analfabeta,
o sea que ni leía ni escribía.
En cierta oportunidad, abrió de par en par la puerta del estudiante, y con
su voz rústica y sonora le gritó desde abajo del dintel:
–Che estudiante, ¡necesito que me hagas un favor!... ¡y es urgente!
Pascual, la miró de arriba abajo y observó lo detestable que era su figura,
medía cerca de 1,90 metros de altura, su cuerpo era deforme, vestía un batón
verde y unos zapatos indecorosos. La cabeza parecía una cebolla, con los ca-
bellos atados en su parte superior con una peineta.
–¿Qué se le ofrece a estas horas?... Debo rendir una materia y no cuento
con mucho tiempo, –dijo Pascual de pésimo humor.
–Quiero que me escribas una carta, no te llevará mucho tiempo.
Pascual no lo pensó dos veces, si solo era una carta, no perdería mucho
tiempo y acabaría rápido con el insoportable adefesio que tenía delante. La
hizo pasar, y en la misma mesa que leía sus apuntes, tomo una hoja de papel,
y esperó que Petrona dictara sus cuitas.
–Escriba con buena letra, che estudiante. Afine el lápiz y comience mi
carta de amor.
–“Mi amado y querido Mauricio”, coloca dos puntos.
–Estimada, –dijo Pascual– yo sé muy bien las puntuaciones. Siga dictando.
–“Te extraño un montón en esta pocilga de morondanga, y te pido que me con-
testes rápido, pues ansío tus letras como el corazón a la sangre que lo hace palpitar”.
“Todos me preguntan por vos y les respondo que muy pronto estarás a mi
lado. Amor mío, te amo, y espero tu pronta respuesta”.
87

–Ya está, eso es todo, gracias por su ayuda, pondré la hoja en un sobre y
la enviaré de inmediato.
–Encantado de haberle sido útil, ojala reciba rápidamente respuesta,
–dijo Pascual.
Pasaron algunos días y nuevamente Petrona invadió la habitación con una
nueva propuesta.
–Che estudiante, necesito que me escribas otra carta.
–Estimada señora, ¿usted no pensará tenerme de otario para sus amoríos,
verdad?
–No discutamos sonseras, agarrá un papel y escribime otra cartita, ¡por favor!
El atribulado Pascual, tomó una hoja de su carpeta y, lapicera en mano,
esperó el dictado de la rústico Petrona.
–Escribí, che estudiante, con letra más linda que la anterior:
–“Mi adorada y talentosa Agustina, gran amor de mi vida. No puedo vivir
sin el sabor de tus labios rojos, que añoro sin cesar. Espero que pronto nos encon-
tremos y nos abracemos con fuerza. Te quiero con toda mi alma. Tu Laureano”.
Muy seriamente, Pascual la miró a los ojos y le dijo:
–Señora, ¿usted me toma por idiota o me cree estúpido de nacimiento?
¿Yo le escribo sus cartas y a la vez le respondo las mismas?
–Che estudiante, no te diste cuenta que nadie me ofrece cariño verdadero,
nadie se preocupa por mí, ni siquiera me alientan a vivir ilusionada. Al menos
con las cartas en mi cartera, puedo decirles a mis amigas de la calle que tengo
un pretendiente que está enamorado y me extraña con pasión.
–Ahora la entiendo, pero eso es vivir en una nube, no resiste análisis para
sentirse feliz.
–No me falles, che estudiante, yo vivo en esa nube y soy feliz a mi mane-
ra, no quites la ilusión de sentirme mimada por un fantasma que solo habita
en mi cabeza.
–Está bien, pero trate de no molestarme seguido, pues tengo prioridades
con mis estudios y no debo perder mucho tiempo en tonterías.
A la mañana siguiente, el dueño de la pensión llamó a la puerta del estu-
diante para notificarle que Petrona había sido encontrada muerta en su habita-
ción. Había consumido un frasco de pastillas Valium para dormir.
Pascual, guardó silencio y una lágrima recorrió su mejilla... nadie se
enteró de su misterioso anhelo, ni de su apasionado seductor.
88

EL VIAJANTE 

por Ana Magliola


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Que macanuda anda la vida, solía murmurar Teófilo Tomás Liverio,


corredor comisionista, en sus periódicos viajes a Mendoza. Y allá iba con el
portafolio rebosante de catálogos, el eterno andar arrogante y ese pulcro traje
marrón que se esforzaba en ocultar la panza de comba prominente por los
porotos ingeridos, su plato favorito.
En la estación cuyana lo esperaba su mujer, la otra, porque en Buenos
Aires vivía la primera. Separadas por mil kilómetros y las dos ni se rozaban.
Cualquier información delatora era evitada hábilmente por Teófilo Tomás
Liverio, hombre astuto y precavido.
La mendocina, Dionisia, era tan alegre que hasta se reía de los testarudos
ronquidos de su marido, intercalados con pedos insuflados en las sábanas de
hilo blanco. El aroma a jazmín que las perfumaba, caía abatido definitivamen-
te con las contraofensivas gasíferas del viajante. Esta mujer, de peinado teatral
y alborotada voz, era la dueña de un pensamiento casi elemental. De negocios
ni hablar. La porteña en cambio luego de comidas suculentas, la emprendía
con el riguroso chequeo de ganancias. Porque Severina, tal su nombre, era un
as para los números, la limpieza, el orden y los buenos olores.
Ambas alardeaban de su felicidad conyugal sólo interrumpida, con ca-
llado reproche, por culpa de tan peculiar trabajo. Ocupándose de su pequeño
mundo, las dos ni sospechaban de otro más allá, ignoto pero al acecho.
Eso bien lo sabía Teófilo Tomas Liverio, zorro cauteloso y cuidador de
fronteras de manera minuciosa como lo hacía con sus ganancias.
Solía cavilar imaginando el día aciago de la jubilación. Lúgubres pen-
samientos y pesadillas recurrentes lo volvieron taciturno, con expresión de-
macrada y delatoras ojeras. Para justificar su desasosiego y esquivar alguna
desconfianza en su cónyuge de turno, decía “las ventas disminuyen, nos
vamos a la quiebra”.
Inútilmente se preocupaba tanto, de haberlo sabido a tiempo, quizás, solo
quizás, lo hubiera solucionado. Pero sucedió. Un rubio americano inventó
Internet y dejó de ser necesario que los vendedores recorrieran el país con sus
catálogos. Así empezaba a desaparecer el oficio nómade más antiguo: viajante.
89

En Mendoza las sábanas de hilo blanco huelen a jazmín, pero Dionisia


ahora detesta ese aroma solitario mientras trata de entender qué rara cuestión
retiene a su marido en Buenos Aires y por qué ya no vuelve. 
En la familia porteña Severina mantiene el orden y a pesar de no recibir
las galanterías de su marido se ufana de tenerlo siempre en casa, aunque ese
eterno engolado farabute se haya convertido en un apocado y silencioso sillón
que se mece al compás de la respiración de su achacado poseedor.
90

LA MUJER DE LA PLAZA 

por Andrea Carla Maisterra


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Murmullos incesantes de mentes vacías girando en distintas dimensiones


invaden mis sentidos. ¿Acaso es posible? Me sorprenden ahora, los pensamien-
tos aturdidos de esos seres que marchan a toda prisa mirando su reloj, muy
lejos de comprender que el tiempo no puede, o no sabe esperar. 
De pronto, ese eco se hace silencio y encontrándome de rodillas en el
asfalto, intento pararme. Reincorporándome de a poco, visualizo el entorno y
aquellos que hace un instante susurraban, se convierten en gente gris; sin ganas.
Me pregunto ¿Qué ideas dibujarían en sus rostros expresiones tan disími-
les? Algunas hasta parecen graciosas, otras, en extremo, enmarcan un cuadro
de enojo y miserias.
¡Ah y esas arrugas! Acaso ¿Es una anciana? No, creo que se trata de una
mujer delgada, muy delgada, hasta podría decirse que es joven.
La sigo con la mirada, mientras trato de olvidar el dolor que me atraviesa
y observo que detiene su marcha, cerca del césped, allí, al lado de ese cesto de
la plaza, donde arroja un papel.
Luego en forma lenta, algo la atrae hacia el suelo, como si el efecto de la
gravedad se hubiera empecinado únicamente con ella y camina arrastrando
levemente sus pies. 
Se sienta en un banco desdeñado frente a la catedral y extrae una bolsita con
algún alimento, al menos eso parece porque lo toma con la punta de sus dedos.
Al mismo tiempo extrae del bolsillo un pañuelo y mientras que limpia su mano
y las palomas la rondan en pos de la supervivencia, toma uno más. 
Con otro movimiento pausado, se deshace de sus lentes negruzcos y co-
mienza a restregarse los ojos... Me doy cuenta que esos ojos tristes, son de un
color grisáceo como el mar cuando el atardecer lo visita sin su protagonista, y
en ese instante pienso en la paradoja: ojos de mar, ojos inundados.
Me disperso en mis pensamientos pero vuelvo enseguida a observarla.
¿Qué me intriga de esa mujer? ¿Su apariencia? ¿Sus acciones?
Creo que se encuentra detenida en un paisaje que corre veloz, la gente pasa
por los costados, por detrás, por todos lados, pero en ese eje del tiempo la aguja
del reloj solo se detuvo para ella, y para mi. Sí para mi, que la observo cuida-
dosamente como se encuentra desencajada e inmersa en una realidad paralela. 
91

Sí, somos tres planos: el mundo, esa mujer desconocida, y yo.


De repente resuenan las campanas de la iglesia anunciando la hora de la
misa. Sobresaltada, la mujer toma su bolsita y su pañuelo y los guarda pro-
lijamente en su bolsillo derecho. Se calza sus lentes, y con movimientos un
tanto más acelerados pero seguros, toma la diagonal que resulta ser el camino
directo hacia el templo.
Cruza la avenida, y noto que los autos no la esquivaban, como si no existiese.
Me distraigo un segundo, creo que se escapa del campo de mi visión y un
sentimiento de desesperación me embarga abruptamente. Así que en un acto
apresurado, tomo el calzado izquierdo y manchado que había quedado a unos
metros sabiendo que no debo perderla, pero ¿por qué? 
Ahora suspiro con cierto alivio al reencontrarla. Veo que ingresa a la ca-
tedral, y se persigna con agua bendita arrodillándose frente al altar.
¿Qué la acongoja tanto? Pienso, mientras trato de disipar ese dolor que
ahora se funde en un sudor frío y entonces intento llamarla con un grito apaga-
do, pero en ese instante el cura se viste para oficiar la misa y la gente ingresa
a montones.
Qué curioso, los tres planos continúan vigentes: la gente orando, la mujer
y yo, en ese eje paralelo y distante. Y ya no sé donde me encuentro 
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APOLINARIO OSORIO 

por Javier José Menendez


Buenos Aires

Para él, sólo existía una solución. Ese ansiado momento llegaría en cuanto
su paciencia se diera por concluida. Lo que luego sucediera nada importaba.
Hay una cosa totalmente segura, y es que si no hubiese sido por esa decisión,
su nombre hubiera quedado en el anonimato.
Te voy a matar gritaba parado sobre el lateral de la calle de tierra. Agi-
tado, muy agitado. Esas palabras sonaban tan crueles, que a su vez parecían
mentiras. No lo eran. 
Una estela de tierra liviana viboreaba por el aire perdiéndose entre el sol.
Apolinario estaba ofuscado y sudaba mucho. Regresó a su asiento, un cajón
de madera viejo, cuyas únicas inscripciones vivas a los ojos del lector decían:
“Frutas el argentino”. Y siempre renegaba murmurando palabras que sólo él
escuchaba. 
De reojo miraba el hacha clavada en la tierra sobre la pared lateral de su
rancho de barro. Su mirada triste se hundía en el piso consumida por un punto
fijo. Su rostro solía fluctuar de un rojo furia a un blanco pálido y miraba el
hacha con ojos desorbitados. No tenía vecino cerca, cosa que no padecía pues
era costumbre suya vivir en soledad, evitando así preguntas y respuestas que
jamás hubiera querido devolver. Transcurrían sus días tan iguales como sus
noches. La dicha nunca es completa.
Se sabía muy poco de su procedencia, pero hacía tiempo que estaba radi-
cado en el pueblo. Según parece había llegado sólo, otros afirmaban que había
venido con su hijo. Alguien comentó que había caído en pena, que provenía
del norte, más exactamente de Tucumán y que producto de la desgracia había
llegado a este pago ubicado sobre el kilómetro 158. Hasta se comentaba que
era licántropo.
Lo único certero era que se desempeñaba como jornalero en los campos
de la zona. Pero una vez alguien observó esta reacción en la cual salía ofus-
cado hacia la calle y comenzaba a gritar te voy a matar, te voy a matar, y el
comentario hecho a rodar. El turco y el pelado comentaban en el bar que estaba
loco, y ya no tenía cura. Que todo era producto de su adicción al alcohol, que
era un enfermo y no había vuelta atrás. El mendocino decía que su mujer lo
había dejado por otro hombre y de ahí en más Apolinario cayó en la bebida.
Cada tanto aparecía tirado en alguna zanja camino a su rancho. En ocasiones,
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aparte de la bebida, alguna dama sin escrúpulos lo dejaba sin un peso. Pero
su mirada tenía algo de misterio, amargura y nostalgia. Un perro negro era su
huésped inseparable, Sansón lo llamaba. Apolinario Osorio quedó inscripto
como leyenda viva en el transcurrir de generaciones. Fue en un atardecer de
febrero, un jueves, que señaló el comienzo de los acontecimientos. La tempe-
ratura era agobiante, ni una nube poblaba el cielo y la noche venía ganando
terreno. Cuando sus oídos percibieron el zumbido del motor, se preparó como
nunca lo había hecho. Agarró el hacha y a pasos firmes se encaminó hacia la
calle. Te voy a matar, no me vas a joder más y esta vez lo voy a hacer, excla-
maba con ímpetu mientras sobre el horizonte flotaba la nube de polvareda
que la tierra esparcía a través de una tenue brisa. Se escondió detrás de un
cerco de ligustrina y espero el momento exacto para cometer lo que sería el
acontecimiento del año en el pueblo. La moto venía roncando pareja y en el
momento que se apresta a pasar frente al rancho de Apolinario, este arremete
hacia el hombre como si fuese un guerrero, un vikingo, y le tira un hachazo
certero sobre el cuello, que de inmediato soltó un río de sangre caudaloso.
Cayó a pocos metros. Apolinario apuró los pasos, midió el golpe y hundió el
hacha sobre la cabeza con rabia endemoniada. Con esa sensación de alivio
caminó lentamente hacia su rancho y cerró la puerta. Siempre conservó la tapa
de aquel diario local como el más divino tesoro. Tal vez fue el error que día a
día fue agravando su conducta. Pero también fue su único presente de aquel
hijo que le fue arrancado tempestivamente. Al llegar los agentes policiales
exclamó que había sido un acto de justicia divina.
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EL DÍA QUE DIOS SE ABURRIÓ 

por Enzo Maximiliano Mitre Nicola


Santiago del Estero

Cuando el hastío alcanzó su punto más alto, Dios decidió emprender el


proyecto. Motivado por la soledad omnipotente del creador, movió la mano
y en humilde gesto nacieron la tierra y el cielo. Esta primera etapa no tenía
forma y se hallaba envuelta en tinieblas, Dios observó y meditó un instante;
finalmente promulgó: “que exista la luz”. Y la luz nació, separándose de la
oscuridad, y marcando el camino a seguir. Se formó entonces el día y la noche,
y Dios estuvo conforme con este comienzo. Así transcurrió el primer día.
Al día siguiente, Dios analizó su obra y se le ocurrió formar un vasto
firmamento que separe las aguas inferiores de las superiores y llenara así un
espacio vacío que había quedado y le restaba belleza a su obra. Así nació el
cielo. Este fue el segundo día.
Al tercer día, Dios vio su obra nuevamente y pensó que debía perfeccio-
narla todavía más. Fue así como creó los continentes y los separó de las aguas.
A las primeras las llamó tierra y a las otras mares. Pero sintió que su tierra
aún estaba demasiada vacía y decidió dotarla de vida. De este modo fue como
aparecieron las plantas. Dios las hizo tan perfectas como le fue posible y se
deleitó admirando sus colores y olores el resto de la jornada.
A la mañana siguiente, Dios se despertó con la sensación de que su obra
estaba casi concluida, pero miró a los cielos y determinó que era necesario
un último toque. Así nacieron los astros, que embellecían tanto el firmamento
como la tierra. La obra parecía encaminarse hacia la perfección, pero Dios
todavía no superaba su aislamiento. Esa noche no pudo dormir tranquilo.
Al despertar, tuvo la idea de imitarse a sí mismo y pobló también el agua
y el cielo con vida. Así nacieron los peces y las aves, y el corazón de Dios se
regocijó el resto del día con el divertido nado de aquellos que habitan las aguas
y con el dulce canto de los que surcan el aire.
Al sexto día, Dios vio la vida de los cielos y los mares y entendió que
ese era el detalle que justificaría toda su obra. Tuvo la idea de crear seres con
similares capacidades para impresionarlo para que habitaran en la tierra. Así
nacieron las fieras y los reptiles, y vio Dios que todo esto era bueno. Pero sabía
que era necesario un final y en un arrebato de inspiración dijo: “he de crear
un ser a mi imagen y semejanza y mi soledad se acabará”. Y con meticuloso
trabajo y gran esfuerzo Dios creó al hombre en sus dos géneros. Estaba sa-
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tisfecho, vio su última creación con orgullo y pensó que ese era el final más
perfecto que podía concebir para su obra. Su trabajo había terminado.
Esa noche, antes de dormirse, Dios meditó y se entretuvo recordando los
momentos de la creación y cómo fue concibiendo y corrigiendo cada idea. El
sueño lo encontró con una enorme sonrisa de satisfacción en su rostro.
Al séptimo día, se despertó y vio su obra. El hombre había aprendido a
valerse de los animales y las plantas para subsistir y había dominado el mar y
el cielo también. En efecto, su obra estaba terminada y había resultado mejor
de lo esperado. Ya nada había para agregar o corregir. Ya no había nada más
que pudiera crearse. Dios comprendió, entonces, que nunca se había sentido
más solo y que ese era su inevitable destino.
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TARDE SOLEADA 

por Martín Morales


Tucumán

Esa tarde hermosa no sólo nos regaló a Helios en el cielo, cálido y pleno
en aquel invierno impiadoso que mordía. Ya no me acuerdo con qué me había
distraído cuando sentí la quemazón en la mano y la gruesa correa que se me
escapaba, velocísima, inalcanzable. Serpenteaba en el aire como una culebra
voladora detrás de él, que iba embravecido. La gente se desparramaba a los
gritos. Lo llamé con todo lo que dio mi voz aún sabiendo que era inútil. De
pronto se detuvo y no porque ya empecé a amenazarlo: el animal había distin-
guido algo en la muchedumbre. Miré bien y entonces comprendí. Me arrebaté
en carcajadas y en lágrimas mientras levantaba los brazos mirando al cielo al
que agradecía entre balbuceos. Cuando volví la vista hacia él ya había pegado
el salto definitivo y con los colmillos relumbrando. Esa imagen del Minotauro
en el aire se me grabó para siempre. Es bellísima. No saben cómo quisiera que
ustedes la viesen como yo. Acaso Teseo, que vestía saco y corbata, nunca supo
qué lo mató: tan abstraído estaba el pobre diablo mirando una vidriera. 
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SHAMARIYA 

por Mónica Adriana Morales


La Pampa

Shamariya era una niña de nueve años, feliz, risueña. Vivía junto a su gran
familia en una aldea, muy cercana a Babilonia, donde reinaba el rey Hammurabi.
Sus días eran coloridos y brillantes cuando junto a sus numerosos hermanos y
hermanas cuidaban a las cabras que pastaban en una pradera cercana a la aldea. 
Sus padres habían determinado que su casamiento se realizaría con Ha-
mad, un niño de su edad, hijo de un ceramista de una aldea cercana. 
Shamariya no entendía muy bien aún las palabras de su madre:
–Shamariya, debes ser una buena mujer, una buena esposa y una buena madre.
–¿Podré seguir jugando en el prado con mis cabras?, ¿Serán buenos y
considerados los integrantes de mi nueva familia? –se preguntaba la niña.
Shamariya y sus hermanas, tal como lo habían hecho su madre, su abuela
y otras antepasadas, iban diariamente hasta la fuente de agua más cercana, y
desde allí, varias veces al día, traían los cántaros repletos. 
La vida era difícil para las mujeres 3700 años atrás (¿mucho tiempo atrás,
¿no?). Es que, por entonces, las leyes no protegían a las mujeres. Todo lo con-
trario. Establecían fuertes castigos a aquellas mujeres que no fueran obedientes
y no correspondieran a lo que les imponían sus mayores; su padre, su esposo
o los líderes de la aldea. 
Shamariya no era consciente de esas cuestiones. Ella era feliz siendo
una niña, disfrutando de sus juegos, de sus cabras, de sus recorridos por las
cercanías del zigurat, del templo, de ese bello edificio que se levantaba impo-
nente, con sus incontables escalinatas que ascendían hasta el cielo, al que sólo
accedían unos pocos hombres. 
Un día se le ocurrió que debía aprender a escribir, tal como lo hacían los
hijos de los sacerdotes, en hermosas tablillas de barro, utilizando estilizadas
cañas de puntas afiladas. Feliz, volvió a su casa a contarle a su madre su
brillante idea: ¡quería ser escriba! Desagradable fue la cara de su madre y
cortante su respuesta:
–Shamariya, las niñas no saben escribir ni leer. No es necesario, así lo
establecen nuestras costumbres. Para ser esposa y madre no es necesario saber
escribir. Además, esa actividad los dioses la han reservado para unos pocos
hombres.
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Y, aunque su familia y la sociedad en la que vivía ya habían trazado el


futuro de Shamariya, ella siguió jugando y soñando con que, alguna vez, se-
ría una gran escriba, dominaría el cuneiforme, sería una persona respetada y
nadie la discriminaría por ser mujer.
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CAMINO A UNA RAZÓN QUE DESCONOCÍA, VI CÓMO DEL


CERRO CHORREABAN ARDORES... 

por Nahuel Morales


La Rioja

...llamas, fuegos naranjas, egregios e hirvientes del infierno. Era de noche,


y bajaba cada vez con más pasión buscando las calles de la civilidad.
Yo iba en bici, hasta que estando lejos de casa, fuera de los límites de mi
entendimiento, vi, con la curiosidad que hace a todo niño buscar su propio
castigo, cómo el magma se metía por las puertas de las altas residencias. Sin
pedir permiso, la humanidad corría espantada, abandonando sus hogares. Y
me preguntaba si sufrían más por el temor a la muerte o por la pérdida de sus
alcázares, ahora en ruinas.
Las pomposas veredas, los delicados pórticos los tragaba el magma y
pronto se volvía todo una deformidad de fuego impenetrable.
Yo continuaba pedaleando hasta que, por mérito de la misma inquisición
que me había llevado a acercarme hasta los bordes del calor, una braza saltó
e hirió mortalmente a mi vehículo tanto que haciendo fuerza en esfuerzo no
pude ni logré que se movieran las ruedas. Y al mirar hacia la maquinaria que
la movía, vi también que la cadena se había fundido, haciéndose una misma
argamasa con todo el cuerpo. Pronto me vi parado frente a la amalgama de
metal derretido que era mi antiguo vehículo endeble.
Salí a correr por doquier, buscando un aparejo, lejos de las brazas, cerca
de la gente, pero subí la frente, y el puntiagudo cerro parecía hinchado, deseo-
so de algo más que sólo exudar lava por suelo.
Era maravillosa la estampa de esa noche profunda del verano del `16
mientras cientos de brazos rojos se abrían paso en picada hambrienta, cada
uno con un rugido diferente, y todos, en coro ancestral, penetraban mis oídos
armonizando en mi alma. 
En el lugar, hallé una familia que miraba de lejos la furia. Cuando llegué
a ellos, lo que detrás de mí había quedado era un pedazo de todos los restos
cadavéricos que la corriente dejaba a su paso.
Todavía no había alcanzado la parte baja de la ciudad esta catástrofe,
pero esta gente, esta familia, lo recibía con indulgencia, cargaban todo en sus
maletas, no querían dejarle nada al fuego. Y yo miraba hacia aquel pico, su
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gracia, su brillantez, y me dejaba seducir, me descuidaba de su ira y me atraía


más su fulgor.
“Qué perfección de fetén”, pensé. El hombre me apretó la espalda y me
arrastró hasta su automóvil, me metió en la cabina trasera, y me sentó junto
a sus dos hijas pequeñas. La mujer había trastabillado en la cocina, aplastada
por la heladera, tratando de traer una pequeña chatarra portátil.
El hombre fue a ella, pero en ese momento eyectó el cerro y se presentó
el atisbo fantasmal, sepulcralmente bello.
Cuando giré a mirar por el parabrisas trasero vi, devorando mi horizonte,
un mar rojo caliente y fundidor que avanzaba a una velocidad desaforada. No
podía apartar mis ojos de aquella inmensidad. El hombre había encendido el
auto y había preferido abandonar a su mujer. Yo la oía llorar a gritos mientras
nos alejábamos de la casa. Él también lloraba. El tapiz comenzaba a ablandar-
se, y el sudor de las niñas se mezclaba en hedor con mi transpiración axial.
Eran preciosos los disparos de llama que veía cruzar por los laterales. 
Prontamente, nos veíamos salir de la zona media descendiendo hasta los
suburbios, y se abría la tierra delante nuestro a causa de un gran bólido negro
llameante que aterrizó fulminando la tierra, y cuya onda misteriosa hirvió
las llantas obligando a detenernos y a bajarnos del automóvil. Pero quemaba
tanto el asfalto que aquel hombre y sus niñas me olvidaron detrás y siguieron
corriendo hasta quién sabe cuánto. 
Mi vacilación me había hecho olvidar el dolor, la molienda de mis huesos.
Eran sus rayos, sus ecos, la filosofía que provenía de aquella marea titánica.
Me decidí por caminar hacia ella, que daba panzazos, se erguía y volvía a
chocar contra el suelo mientras venia hacia mí, a mi encuentro, como un delfín
enamorado de la humanidad, de su juicio, de su descuello. Tanta ingeniosidad
junta, creí, para mí, sólo para mí. 
Me detuve, y mis zapatillas se habían vuelto parte del asfalto junto con
mis pies. Los miré y no los vi. Levanté la mirada y vi la luz. 
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OBSTINACIÓN 

por Myrtha Magdalena Moreno


Misiones

El viaje era inminente. La salud de Gerónimo estaba cada vez más de-
teriorada. Era urgente viajar a Buenos Aires para buscar un diagnóstico y
tratamiento certeros porque en la ciudad, aunque era capital de provincia, no
había muchos recursos modernos para tratar enfermedades graves.
En reunión familiar organizativa y de despedida, Gerónimo comentó que
llevaría una cantidad importante de dinero.
–Mirá, cuñado, te convendría llevarlo escondido en algún lugar y no sobre
tu persona, vos sabés cómo están los chorros en esta época en Buenos Aires
–terció Luis preocupado.
–No, ¿qué va a pasar? A mí no me va a pasar nada, lo llevaré puesto en la
ropa. ¡Qué chorros ni chorros! Yo pertenezco a las fuerzas militares, sé cómo
manejar a los delincuentes.
–Si vos querés yo llevo un poco escondido en el corpiño –intervino hu-
mildemente la esposa.
–¡A vos! ¡A vos precisamente te voy a dar! ¡A vos que no servís ni para
mirar quién viene! No, voy a llevarlo yo y se terminó –vociferó espetando a
su mujer, humillándola delante de su hermano, su cuñada y, lo que es peor,
frente a sus hijos ya adultos.
Nadie intervino, nadie la defendió, nadie le hizo ver su actitud prepotente
y agresiva.
Ya en Capital Federal, tomaron un taxi que los llevaría a destino.
–¿De dónde son? –Preguntó el chofer
–De la provincia de Corrientes.
–¡Ah! La tierra del chamamé ¡qué lindo! A mí me gusta mucho esa mú-
sica. ¿Y qué vienen a hacer a la Capital?
–Yo estoy enfermo y vengo para que me hagan algunos estudios y trata-
miento. Así que pensamos quedarnos unos cuantos días.
–¡Ah! Eso no es tan fácil, quizás tenga que quedarse una buena temporada.
–Y sí, puede ser, haremos lo que haga falta. Vinimos preparados para eso.
Iban por unas calles donde los árboles unían sus copas en la altura
otorgando mucha sombra a la calle y las veredas, formando una especie de
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túnel vegetal. El otoño sembraba hojas amarillentas, amarronadas sobre el


pavimento. El viento jugaba con ellas levantándolas danzando, formando re-
molinos y depositándolas suavemente del suelo. Sólo esa música se escuchaba
acompañando el ronronear del motor. Todo lo demás era desolación, edificios
negruzcos como fantasmas, ningún peatón, ningún tipo de tránsito. Los pasa-
jeros curiosos observaban asombrados todo lo nuevo, lo distinto a su provincia.
Este fue el lugar elegido por el taxista para detener el auto. De la nada,
como una sombra, surgió un hombre que se acomodó al lado del conductor y
comenzó una conversación.
–Si vienen a Buenos Aires para quedarse unos días deben traer dinero ¿no?
Sí, algo traigo porque no sabemos cuánto tiempo será necesario –contestó
Gerónimo inocentemente.
–Mire señora, usted puede bajarse aquí y también su equipaje.
La mujer sumisa, mirando a su marido como buscando alguna reacción,
algún gesto... Nada. Callada bajó su humanidad y sus pertenencias a la vereda
y allí quedó parada, tiesa... una estatua.
Después de largos y eternos minutos descendió también él y el auto se
esfumó dejando tras de sí una nube de polvo gris y hojas.
–Vamos al hotel –dictaminó Gerónimo con rastros de preocupación en
su expresión.
–¿Qué pasó? ¿Por qué nos hicieron bajar si todavía no llegamos al hotel?
–Cuando lleguemos te explico. 
Al relajarse, tranquilizarse en la habitación alquilada comentó:
–Ese hombre que subió me dijo que en los noticiosos estaban informando
que cambiaron la denominación de los billetes y que los que me entregaron en
el banco ya no sirven y menos aquí en Buenos Aires.
–¡No puede ser! ¡Y cómo nosotros no escuchamos nada! ¿Qué vamos a hacer?
–Ya hice lo que tenía que hacer. El que subió por último se ofreció a cam-
biarme por los nuevos para que no tengamos inconvenientes.
–¿Ah, sí? ¿Pero vos estás seguro?
–¡Sí, claro que sí! Ahora contaré bien, por las dudas. Él me entregó los
fajos bien ataditos y ordenados.
Con toda parsimonia rompió las tiras que envolvían los atados y cuál no
sería su sorpresa y su rabia al comprobar que sólo el billete superior y el inferior
eran verdaderos, el resto era una preciosa y prolijísima pila de recortes de diario. 
Mi abuelo decía: “Dios castiga pero no con guasca”.
103

AROMAS DE LA INFANCIA 

por Victoria Moyano Vargas


Buenos Aires

¿Qué es ver? le preguntaba de chiquita.


¿Qué es lo que realmente se ve?
Pronto dejó de importarme, ella me enseñó a mirar con el alma. Aprendí
que los ojos no son el órgano de la visión, que aunque los míos se hubieran nega-
do a la luz desde el primer aliento, mi cuerpo y mi espíritu se disponían a más.
Me enseñó a ver, al oír sus palabras. Dicen que el cuerpo habla, que la
actitud corporal expresa mucho, no lo sé, pero las vibraciones de la voz, las
variaciones del tono dicen todo, todo lo que las palabras encierran.
Era un timbre áspero el que me indicaba si el abuelo estaba enojado. Mu-
chas veces de los nervios se le atoraban las letras en un napolitano errante,
pero hacía entender muy bien que me estaba retando. Cuando el intercambio de
palabras fuertes era con la nona, se oía luego el portazo de la puerta que daba
al patio y así él, entre protestas, se sumergía en la calma que exhalaba el huerto.
Lo percibía labrando la tierra, eliminando malezas, con sus manos incansables
bajo el sol. El huerto generoso era prodigio en tomates, regalaba tantos que mi
abuela me mandaba a lo de Genoveva a llevarles algunos fresquitos de la última
cosecha, además de los tarros de dulce que a ella tanto gustaban. Corría feliz
por la vereda; aún me veo volando sobre las baldosas con mi pollerita azul y los
tomates en una bolsa de tela, hasta la casa de Geno donde hacíamos el intercam-
bio por algunos buñuelitos dulces que amasaba para mí.
El aroma de la pomarola era el olor de mi nona, el sonido de las agujas de
tejer chocando era la música que me acompañaba por las tardes mientras me
perdía entre sumas y restas. Sabía que ella me estaba preparando un nuevo
abrigo que seguro duraría tres años o tal vez cuatro si mi cuerpo decidiera ir
despacio. 
La nona era silenciosa. Sus silencios me sonaban a mediterráneo, sus
vacíos estaban llenos de hermanos olvidados en la bella Italia. Ella se había
embarcado hacía mucho tiempo en el amor rumbo a horizontes nuevos, pero
en cada mañana, en cuanto el sol asomaba, se aferraba un poquito más a su
tierra entonando bajito una vieja cantata.
La mesa de madera maciza donde amasábamos los fideos los domingos,
hoy es el escritorio de mi hija. Ahora ella es quien amasa: amasa palabras,
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dibujos, sueños. ¡Se la siente tan a gusto cuando está en esa mesa! Tal vez
aromas remotos de albahaca y ajo la envuelven.
Nona, querida nona.
No pude ver nunca sus ojitos tristes, pero imagino su mirada perdida
recorriendo callecitas angostas y ruidosas. 
Dicen que Francesca tiene tus ojos.
Mi nona... hoy siento tus manitos arrugadas acariciar mi frente. Hoy hace
un año que te fuiste, siguiendo al abuelo, el cruzó antes el océano de la vida y
vos no dudaste una vez más, en seguirle el paso. 
Gracias por darle luz a mis días, por enraizarme al alma... vuelvo con mi
Francesca a ayudarla con las cuentas, las de números, tu herencia ya se sumó
a su sangre.
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LA ARAÑA 

por Fernando Murano


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Movió sus finas patas con delicadeza y avanzó con lentitud hacia la presa.
Una pequeña mosquita se debatía en la imperceptible trama de la pegajosa tela-
raña. Al llegar la araña balanceó el cuerpo entre sus patas y sus mandíbulas se
cerraron como una tenaza sobre el insecto volador. Después de deglutir total-
mente el alado cuerpo sin vida volvió hacia su puesto de guardia con la misma
lentitud con la que había atacado. Allí permaneció inmóvil. Miles de años le
habían supuesto a esa noble tejedora construir una trampa perfecta, caminar
con elegancia y alimentarse en un acrobático y preciso movimiento. Cadenas
de ADN modificadas una y otra vez para que en cada uno de sus cromosomas
quede inscripta esta vital y macabra coreografía. Seis meses, ocho, quizás has-
ta un año llegue a vivir, pero ni uno sólo de sus días se habrán malgastado en
aprendizajes, todo está previsto en los códigos genéticos de su especie. 
Una leve brisa matinal onduló el tejido de seda. La araña no se movió. Por
la tarde, el golpe de una puerta hizo vibrar las finas cuerdas de la telaraña. La
araña no se movió. Transcurrió un tiempo que para ella resultó incierto hasta
que un mosquito, mientras volaba zigzagueante en busca de un poco de sangre,
se topó con la artimaña del octópodo. La araña no se movió. El chupasangre
luchó denodadamente hasta que sus fuerzas menguaron y quedó inanimado
en la telaraña. Una increíble sinapsis que emergió de lo profundo de ese mi-
lenario ADN puso en funcionamiento los millares de células de las delgadas
extremidades y sus minúsculas articulaciones y, como si se tratara de una
perfecta maquinaria de relojería, la araña inició por segunda vez en su vida
el rito ancestral de supervivencia. Nomás terminar su tarea la sigilosa asesina
volvió a su inerte postura. En los breves pero eficaces movimientos de la araña
la naturaleza acababa de demostrar toda su intuitiva sabiduría.
–¿A dónde vas, gordo?
–Al baño, mi amor, tengo una descompostura importante, si no me apuro
me hago encima.
–Ya me parecía que sentía mal olor. ¿Comiste algo al mediodía que te
cayó mal?
–Puede ser el chucrut o... –la cara roja y gorda del hombre se mudó a un
color mortecino.
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¡Paaaaf!
–¿Qué pasó, gordo?
–Nada, ya voy.
–Dale que está por empezar El Observatorio de la Farándula, creo que hoy
van a hablar de la modelo esa que se acostó con medio canal.
–A ver, correte un poco que no entro bien en la cama.
–¿Qué fue el ruido en el baño?
–Nada, maté una arañita.
–¿Qué sería de la vida sin ellas? –suspiró la mujer. 
–¿Sin las arañas?
–¿Arañas? ¿De qué arañas me hablás? Digo que la vida no sería tan inte-
resante sin las locas estas de las modelos mediáticas.
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SOÑAR NO CUESTA NADA 

por Roberto Ezequiel Mussano


Córdoba

¿De qué otra manera se puede empezar a explicar que la tarde es hermosa
en esta pequeña ciudad casi pueblo? Un pueblo que no puede crecer, como un
niño con problemas. Mi alma parece destruida, casi adolescente, o quizás sea
que ella también tiene los mismos problemas que la ciudad y el niño. Entiendo
bien, que el sentido en esta vida, a mi parecer, es la mujer.
Como la hermosa muchacha de ojos claros, rasgos finos y pelo negro
hasta su cintura. Que siempre lo lleva recogido en un semi rodete sujeto con
un prendedor, como hacen casi todas las mujeres con pelo largo. A ella la veo
casi todos los días al salir de la fábrica –motivo este, quizás de la destrucción
de mi luz interna–. La parada del colectivo se encuentra en la esquina del
insalubre sitio. Llego allí cansado, ceño fruncido, pensativo. La mente no
deja de procesar constantemente recuerdos, planes a futuro no muy lejano,
disparates y fantasías, planes que no se llevaran a cabo nunca jamás, planes
para cambiar mi inconforme presente, buscarle un lugar mejor donde morir.
Por qué no un paraíso. La muchacha parece haber escapado de allí mismo. No
quisiera describirla, porque temo que si lo hago quedare como un lobo feroz
aullando en la noche. A ella preferiría llevarle frescas y deliciosas flores. Invi-
tarla al mejor restaurante de Posadas. Esperarla nervioso fumando un Camel;
mirarla venir de repente, sonreírle, mover su silla de la mesa para que pueda
sentarse, preguntarle cómo esta y preguntarle si quiere tomar una copa de vino
tinto. Porque si todo esto sucediera, si la tuviera frente a mis ojos color miel
hipnotizado por los suyos celestes paraíso; disfrutar plenamente de su sonrisa
creada y ese brillo femenino natural, tentando a los míos a que no pierdan ni
un segundo más de secarse a la intemperie. Si todo esto sucediera seguramente
ya podría de ir pensando en poseerla. Todas las tardes son para ella. A veces
tardo unos minutos más en salir de mi trabajo para darle tiempo al colectivo
que abordamos juntos a que se la lleve, porque es una tortura observarla sin
pretender nada más. De querer, se quiere, pero no hay atrevimiento. Esta fue-
ra de mi alcance. El otro día venía sentado detrás de ella. Se había inclinado
sobre sus brazos cruzados apoyados sobre el respaldar del asiento vacío de
adelante. Miraba por la ventana, tenía un vestido comprometedor. Aseguro
de cuidar sus partes antes de ubicarse en su asiento. Hizo una mueca sexy
pero que expresaba el desagrado por el calor que nos aplastaba. ¿Lo habrá
hecho para impresionarme? ¿Se habrá recostado sobre sus manos apoyadas
108

al respaldar del asiento de adelante y mirar por la ventana para ver si podía
verme por el rabillo del ojo para hacerme saber de que le hable? Pero que sea
entretenido, que no sea un retrasado mental de quien avergonzarse. Es que los
petisos somos tan engreídos. Quién sabe. No tenía pensado decirle nada. Algo
muy dentro de mí no podía quedarse más en el más lóbrego cautiverio. ¿Qué
le digo? es para mí como querer romper un paredón a trompadas. 
–Disculpa, te hago una pregunta. 
–¿Si?
–Te he visto anteriormente estos últimos días y note que quizás sos del
barrio, quería saber si no has visto por la zona alguna casa en alquiler. 
–No, no, la verdad que no. No estoy nunca en el barrio, no sabría decirte. 
–Ah. No, porque yo trabajo en la fábrica esa de la esquina de la parada y
vivo muy lejos, y quisiera mudarme por estos lados. 
–No, la verdad que no estoy nunca en casa.
Me habló bastante bien. Quizás podríamos haber tenido una buena charla,
un intercambio de números. Pero al parecer lo que estaba preso dentro de mí
era solo un simple cálculo molesto que pretendía salir para dejar en paz a mi
conciencia. Una estrategia de mi parte lenta y torpe. Esa vez me bajé mucho
antes de la parada donde los dos descendemos juntos. Me paré como un mo-
delo de ropas frente a la puerta sujeto al caño donde está el timbre de aviso,
y antes de bajar la miré y le dije con voz grave de un hombre que sabe lo que
quiere: –Chau.
Ella suavemente me respondió: –Chau.
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SEÑORITA 

por María Guillermina Nabarro


Buenos Aires

Cuando se mudó a Tandil con sus viejos algo se rompió en la relación; ella
lo notó las veces que se vieron después. A la distancia todo fue más difícil. Se
echó la culpa; no debió irse del pueblo, pero con quince años no podía decidir.
Hablaron por teléfono, aunque él casi nunca era el que llamaba; trataron de
arreglarlo pero no pudieron. Rompió todas las fotos y las tiró a la basura con
un nudo en la garganta. Al principio lo extrañó pero después se acostumbró
un poco a la soledad.
Con los años conoció otros pibes, nunca le faltaban pretendientes porque
era muy bonita. Ella aceptaba, siempre queriendo enamorarse. Empezó a
pensar en una familia pero no funcionó. Cuando la cosa pasaba de una noche
eran uno o dos meses que le servían para darse cuenta que solo era sexo y
terminaba todo ahí. 
Quería que el tiempo no pasara y ser como sus dos hermanos para quienes
todo parecía más fácil con su vida simple y sus concubinas; a ellos nadie les
preguntaba nada aunque casi todos sabían de los “cuernos” de sus mujeres. En
cambio a ella sí, la pregunta incisiva y morbosa le ardía hasta las tripas: “¿Y
Beti, para cuándo un novio?” Aguantaba las ganas de mandarlos a la mierda
porque eran la familia y los amigos. 
Cuando cumplió cuarenta seguía esperando el amor. La noche era el peor
momento porque se sentía sola. Soltera, con un trabajo en el que esperaba
jubilarse y amigos de hace “mil” años; ella pensaba que no estaba mal el por
lo menos haberse mudado de la casa de sus padres. 
A los cincuenta tenía más relaciones pasajeras que a los veinte. Ninguna
prosperaba pero ella sentía la exigencia de mantenerse jovial, lo más joven
y linda posible, lo mas “piola” y desprejuiciada posible. La fachada se caía
cuando después de las salidas, con o sin amigos, llegaba a su casa. Amargura,
frustración; todo se le amontonaba dentro.
Estar soltera y sola era una carga. Ella sabía que todos hablaban. Podía
imaginar las conversaciones, las suposiciones sobre su sexualidad y sus
“problemas” para relacionarse con los hombres. Seguro pensaban que era
“tortillera”. Claro, “no había encontrado al hombre; pobrecita Beti”. Pero se
equivocaban. 
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Al cumplir sesenta y casi sin darse cuenta dejó de buscar el amor y de


pretender ser más joven. La imagen en el espejo era cruel, pero era ella mis-
ma con la resignación pintada en los ojos. Se aceptó y se sintió liberada por
primera vez.
Una mañana, salía de la peluquería cuando tropezó con una baldosa y
cayó. Otros que caminaban por la vereda la ayudaron a levantarse, le sorpren-
dió que fuesen tantos. Entre las voces que le hablaban preguntándole si estaba
bien reconoció una. Distinta, pero era la misma, aquella de hace tantos años,
no tenía dudas. Él también la reconoció. Se puso algo nervioso; después la
invitó un café.
Conversaron. Ella se sintió feliz de oír una voz familiar. Había enviudado
hacía dos años y tenía un hijo, canas y algunas arrugas, perfume y buena ropa. 
La acompañó a su casa. Pensó en invitarlo a entrar; estaba segura que
aceptaría, pero sin explicación su boca dijo: “gracias por acompañarme, me
gustó verte otra vez”. Le dio un beso en la mejilla y cerró la puerta.
Caminó a la cocina y destapó una botella de vino. Tomó la mitad en la
hora y media que siguió y se acostó. Encendió el televisor, se durmió casi en
el acto.
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LA CALESITA

por Rosy Nardi


Buenos Aires

No me dejes... No me dejes... ¿Qué querría decir esa frase que se repetía


con cada vuelta? La calesita giraba monótonamente y Mariana sintió que se
volvía loca. Así de simple. Una tarde cualquiera sin sol y sin lluvia. Una tarde
sin vida. Seca y repetida. De esas tardes que te vuelven loco.
Parecía muy normal sentada en el banco de cemento con su vestido ma-
rrón y sus sandalias chatas. Frío, el banco. Helado. Se le había empezado a
meter en los huesos de a poco esa indiferente sensación de estar congelándose.
En pleno verano. ¿Cómo había ido a parar allí?
Todo estaba en su lugar aquella tarde: la calesita, el calesitero, los niños y
Mariana. Muy quieta, eso sí. Cualquiera que se hubiera tomado un momento
para observarla podría haberse dado cuenta que la cosa no iba bien con ella.
Pero nadie hubiera podido imaginar el oleaje de ideas inconexas que se choca-
ban en su cabeza. Emergían y se sumergían estrellándose entre ellas y dejando
el cerebro de la pobre sin respuestas.
Lo poco que le quedaba de razón la acompañó hasta la puerta de la últi-
ma idea cuerda que cruzó su mente. Sí, claro: se había vuelto loca. Loca sin
remedio. Rematadamente loca y esa calesita tenía la culpa. De tanto girar le
había centrifugado las ideas y ellas habían salido escupidas en todas las direc-
ciones dejándola vacía y seca. Coronando los árboles con sus pensamientos,
los techos de las casas con sus reflexiones, los toboganes con sus recuerdos.
Su mirada estaba fija en el aparato giratorio pero aún así veía los restos de su
ser esparcidos sin sentido y sin dueño. Mariana percibía el desparramo de su
esencia. Ella lo supo enseguida como también supo que era demasiado tarde.
La calesita no paraba y con cada vuelta se llevaba su cordura. No le quedaba
nada, estaba sola con su nada.
Entonces reaccionó y supo qué hacer. Todo tenía sentido. Se quitó las
sandalias, se desabrochó los botones del vestido, lo dobló prolijamente y lo
dejó apoyado en el banco helado. Tenía tiempo. Era lo único que tenía. Se
quitó la ropa interior y comenzó a caminar lentamente hacia la calle. ¿Era lo
único que tenía?
Alcanzó a escuchar un alarido que salía de las entrañas mismas del
carrusel y, milagrosamente, la despaviló de su locura. Quiso volver pero no
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pudo. Se quedó inmóvil buscando en su cerebro lo que encontró en su pecho.


Y esperó que llegara...
La niña gritó desesperada y ordenó que detuvieran la calesita. Saltó a tie-
rra firme dejando atrás la brisa que la acariciaba en cada vuelta. Dejando atrás
sus ojos entrecerrados y la sonrisa, su inocencia, los caballitos y su infancia.
Se despidió en ese acto de la tranquilizadora sensación de sentirse cuidada y
enseguida supo qué hacer. Corrió presurosa por la plaza juntando los pedazos
de su madre. Sus recuerdos, las reflexiones, pensamientos, sentimientos y
sus ideas. Juntó todo y se lo alcanzó. Le metió todo de prepo. Le devolvió su
esencia con un abrazo... fuerte... apretado, autoritario, que le impregnaba la
piel con una idea: “No me dejes... No me dejes...”
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CUENTOS CON FÚTBOL:


NICOLÁS CAMPODOMICO VS “EL MANUEL” 

por Fernando Ezequiel Negro


Buenos Aires

Sabía que si hacía el gol lo mataban. Detrás del arco estaba la tribuna vi-
sitante y en ella asomaba un rostro malvado, maquiavélico, un canoso setentón
de ojos grandes con la camiseta amarilla y blanca. 
“El Manuel”, así se hacía llamar. Pensaba que el artículo ensalzaba más
su nombre, de hecho lo hacía. Metía miedo, el carnicero de la ciudad metía
miedo, imaginárselo en la semana con su bata llena de sangre, y ahora miran-
do fijamente al centro delantero de El Trébol, sin lugar a dudas metía miedo.
La ciudad no era demasiado grande, pero sus veinte mil habitantes latían
en el clásico de la ciudad, Sportivo versus El Trébol.
Nicolás Campodomico, se preparaba para patear el penal, se notaba que
estaba asustado, recordó la conversación con “El Manuel”, el 38 que le puso
en la panza...
“Y si lo erro”, “Fui el goleador del torneo, el histórico del club, nadie me
puede decir nada”.
El Árbitro lo había decidido, con el penal se terminaba la historia, Campo-
domico sabía que a dónde quiera que tirara el penal, la historia iba a terminar
para él. Iban 1 a 1, con el empate ganaba Sportivo.
Qué decir ante una situación límite, cualquier reacción parece al principio
la más acertada, pensó en el futuro que llegaría pronto, en su familia, el Jefe de
la Barra le prometió una suma de dinero que si bien no salvaría la economía,
al menos la empujaba hacia adelante.
El árbitro dio la orden, el Estadio Municipal, cuna del clásico estaba
mudo. Pensó un segundo antes de emprender la carrera: ¿Fuerte al medio, o
a una punta?
Hay que asegurarlo, pensó para sus adentros...
La populosa hinchada de El Trébol, estalló cuando la pelota besó la red,
un nuevo clásico quedaba para los de verde, nadie podía parar la alegría de
media ciudad.
Campodomico hizo el festejo en la tribuna donde estaba su padre, su
madre había fallecido tiempo antes a causa de una terrible enfermedad por lo
que no faltó, la mirada al cielo con los brazos extendidos.
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A la entrega de la copa, le siguió la vuelta olímpica, nunca la hinchada es-


taba tan contenta con su estrella, lo llevaron en andas toda la vuelta. La gente
empezaba a irse, Campodomico se quedó sentado en un costado del vestuario,
el final estaba cerca.
Caminaba con la mirada perdida, empezaba a despedirse del mundo mi-
rando el suelo, no sabía si al cruzar la calle lo esperaba una bala, la herida de
una cuchilla filosa o la sucesión de golpes hasta dejarlo inconsciente. 
Sin querer chocó contra la pared, se sintió aturdido, al incorporar su mi-
rada “El Manuel” estaba con una cuchilla lista para hundírsela en el medio
del pecho.
Uno esperaba que el otro atacara primero.
La noche se hundía en su propia miseria, hasta que el Barra levantó su
mano derecha y se abalanzó sobre el goleador.
Nicolás se lo sacó de encima con su mano izquierda, hizo caer al viejo y
al verlo en el suelo recordó que la mochila estaba pesada, golpeó varias veces
la cabeza del carnicero, hasta dejarlo inconsciente. Adentro del bolso, el trofeo
por ser nuevamente el mandamás de la tabla de anotadores era lo suficiente-
mente pesado para ser utilizado como defensa.
No sabía si era la sombra de la sangre o la de la noche que salía de la
cabeza, Campodomico se asustó, corrió hasta su casa.
Se metió en su pieza y no salió por varias horas. El miedo lo invadía,
habló con su padre, quiso llevarlo a la policía pero se armó de valentía para
esperarlo cuando llegara. Pero el Tano nunca llegó.
Nicolás solía cruzarlo, abandonó la barra, dejó de ir a la cancha. “Fue duro
el golpe”, pensó el joven.
Nadie lo entendió. Nicolás Campodomico se retiraba del fútbol a la edad
de 25 años. 
“Cómo va hacer eso el goleador, tenía tanto camino por delante”, era el
lamento general de todos sus fanáticos.
La historia siguió su curso, el miedo quedó a un costado hasta que una
tarde de sábado pasó sin temor por la Carnicería. Lo vio, cabizbajo sin poder
recuperarse..
Meneó la cabeza. Una parte de la historia terminó en su interior. Levantó
la cabeza, recordó que su equipo jugaba en media hora. Fue hasta su casa, a
buscar a su hijo, por primera vez lo iba a llevar a la cancha. 
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ERRORES COMETEMOS TODOS 

por Nahuel Adrian Ovettini


Buenos Aires

Errores cometemos todos decía una señora mientras esperaba en la


guardia de un hospital, era una noche de verano, afuera se escuchaba la fe-
ria, el carnaval había llegado a la ciudad y los chicos y no tan chicos estaban
disfrutando, la señora esperaba sentada sola, no tenía quién la acompañe, y
en la guardia, al igual que siempre, se tardaba en atender, ocurría que en ese
pequeño pueblo solo había un enfermero y un doctor, esas son las cosas de
los pueblos chicos alejados de la tecnología, pueblos sin mar y sin montañas,
pueblo de campo, donde lo único atractivo que se tenía era una piedra con la
cara de un ex político, la cantidad de gente que podía ir a visitar el pueblo, y a
ese atractivo en particular, queda a imaginación del lector.
Las horas pasaban, y la única luz que funcionaba en la oscura guardia em-
pezó a titilar, transcurría el tiempo y la señora se repetía casi en tono de llanto,
porque por más que quería no podía llorar, “un error lo comete cualquiera” el
mío es envejecer, quién me manda a lastimarme un día de feria, cuando me
toque pasar me va a atender el doctor con su buena curda, vaya uno a saber
si se da cuenta lo que me sucedió, y mientras se seguía repitiendo “un error
lo comete cualquiera”. En eso la señora escucha llegar a alguien, ella saluda
pero no le contestan, pasan por al lado y entran a la guardia, nuevamente todo
en silencio. Afuera los ruidos de los juegos de la feria se fueron apagando, se
dejo de escuchar la alegría de la gente, la señora aun esperaba sentada sola en
esa sala de espera cuando escucha una camioneta que llega a los bocinazos,
se exalta al ver que la gente entra a los gritos de “doctor por favor es una ur-
gencia” era su nieta, ella le pregunta “¿Qué paso? yo estoy acá, pero no creo
que sea tan grave como para gritar”. Pero su nieta no solo no le contesta, sino
que va y traspasa a los gritos la puerta que accedía a donde se encontraba el
enfermero. Ahí la señora se paró, sorpresivamente no le dolía ya su corazón,
empezó a temblar y a darse cuenta de lo que ocurría, ella ya estaba muerta,
camina lentamente hacia la puerta de entrada cuando ve salir corriendo al
enfermero, al doctor y a su nieta de la sala, los tres se dirigían hacia la calle,
allí la traía en andas su hijo, era el cuerpo material de la señora ya sin vida.
Ella se horrorizó pero se dio cuenta que por eso no la atendían, no por
la feria, no por la curda del doctor, no porque no hubiese nadie en la guardia,
sino que nadie la esperaba, porque quien no te espera no nota si no estás vivo.
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EL SILENCIO 

por Ruben Daniel Parisi


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

¡Uf, que noche! Terrible, todo parecía tranquilo, pero empezó a sonar esa
alarma, primero pausadamente y luego fue tomando ritmo, la muy hija de puta,
hasta llegar un momento en que comenzaron a entrar y salir personas de la
habitación, algunos se consultaban entre sí, otros sólo movían la cabeza como
diciendo “no”, habrán sido unos 15 o 20 minutos no más; yo los miraba desde
la parte superior, como quien mira desde un balcón, iban y venían, miraban
los aparatos, inyectaban sustancias en las vías y creo trataron de reanimarme,
les hubiese querido decir: tranquilos esto se veía venir, hagan lo que puedan.
Pero ese maldito dolor en la garganta no me dejó hablar.
Finalmente todo se fue tranquilizando, al fin el dolor de la garganta des-
apareció repentinamente, la habitación fue quedando vacía, solo el cuerpo en
la cama ahora tapado por la misma sábana que cambiaron hace tres días, si
mal no recuerdo. De pronto me di cuenta que ya no veía nada, ni la cama, ni el
cuerpo, ni nada de nada, tan sólo podía oír sollozos y gente hablando en voz
baja, casi imperceptible en la oscuridad. Tampoco tenía noción del tiempo.
Sentí un gran alivio y una infinita despreocupación, absoluta.
Que se tenía que haber cuidado más, que el maldito cigarrillo, que todavía
era joven y sollozos y llantos que casi podía adivinar a quien pertenecía, pero
por más que quería hablar y decirles: tranquilos ahora estoy bien, ya no me
falta el aire y dejé de tener ese caño que tanto me hacía doler la garganta, pero
era imposible, ni los podía ver, ni les podía hablar, tan sólo escuchaba cada vez
más lejanamente a alguien que pedía “despídanse llegó el momento”.
¡No, no! Esperen, me hubiera gustado decir, esperen un poco más, no me
quiero ir aún, pero me fue imposible.
Ahora, si a la oscuridad, le siguió el silencio, el más absoluto y solitario
silencio. 
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BANSHEE DE RECOLETA 

por Marcelo Peiti


Buenos Aires

Banshee de Recoleta
¿Cuán pasajera puede ser nuestra
existencia?
¿Hasta qué lugar caminarás?
¿Cuál será el lugar donde descanses?
Ojos y bocas se pierden en la nada del canto.
Rostros enmohecidos, adictos, fugados, inconclusos, horrendos.
A veces, solo a veces brilla la criatura, brillamos
y la existencia proclama alzarse, llora y se retuerce en ideas, en futuros.
¿Cuándo dejó de existir el hombre?
¿Cuándo heredo el malestar de la vida?
La paz grita, la banshee clama.

Un lunes cualquiera en el descanso de mi mediocre trabajo, me senté a


las 22 hs. puntual, a ver el mundo girar y engullir mis nueces y almendras,
una noche típica en la recoleta, donde se palpa el fin de semana toda la se-
mana, desde nenas pro púberes con maquillaje a lo Nina Hagen, hasta viejos
bohemios de parches en los codos del saco, todos girando y girando sin buscar
nada, o tal vez, buscando un algo, un todo.
No me referí en detalle sobre mi persona, bueno, tampoco voy a hacerlo,
solo les contaré de mi trabajo, está relacionado con los libros, no escribo libros,
solo los acomodo y los vendo. El destino se ensaño y ajeno a las culpas como
diría Borges se olvidó de mí, en realidad ni siquiera me vio. Sin subjetividad,
ni pena, está bien, prosigamos.
El humo de las personas abandonadas a su miseria me causa tanto asco
que tuve que cambiarme a un asiento menos contaminado, y de pronto, en mi
tercera nuez, en mi segundo sorbo de agua, ocurrió.
Todo, absolutamente todo, se paralizó, y mis átomos y moléculas que-
daron inmersos en un continuo espacio estático, éramos un conjunto de
paradojas humanas.
¿Cómo describir lo que fue? Un canto, un grito, agudo, en palabras com-
plejas fueron unas garras incorpóreas que rasgaron cada tímpano de los allí
presentes y se fundieron en el inconsciente para no irse jamás. ¿Provenía del
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cementerio? No lo creo. Si creo que fue una banshee, aunque esto suena raro
y hasta enfermo, pero no estoy loco, yo la vi. También voy a contarles como
nos enamoramos.
Mientras todos giraban y se levantaban de sus sillas buscando de donde
venía aquel grito o dulce canto, todo a mi alrededor quedo en silencio, impreg-
nado de miedo y curiosidad. 
Permanecí sin siquiera moverme, ni un pestañeo, ni un pensamiento.
Solo me sumergí en un vacío, donde reinaba un silencio más allá de mi
cuerpo y más allá de las concepciones de sonidos o silencios. Lo que se oyó
como un canto de una soprano fue un aria de la opera Tannhauser, no lo es-
cuché, lo sentí, me hizo retroceder a mi niñez, mi abuelo, Wagner, el piano,
mi abuela y su tragedia. Venus diciendo, “¿Qué estoy oyendo? ¡Lamentos!,
¿qué funestos acentos enturbian tu canto?...” cuando sentí todo esto es que la
vi, esplendorosa con un vestido que se perdía en la sombras del suelo y las
paredes, con el pelo de todos los colores más hermosos y una blancura que
solo un espectro puede tener.
Nos miramos y sentimos un amor, odio, al instante ambos éramos uno
en el vacío del silencio, quise moverme pero no pude, ella dio un paso firme,
altivo y se fundió en algún otro mundo llevándose consigo su canto, pudimos,
ambos sentir nuestra presencia temprana en nuestras diferentes realidades solo
compartidas en un segundo, pude sentir el amor latente entre los dos, el néctar
del sexo incorpóreo, el despojo fisiológico de la carne corrompida, fuimos uno
en la eternidad del instante.
Al parpadear mire a mi alrededor, todos seguían comiendo, riendo, in-
sultando, mirando, peleando, siendo, lo que sea que seamos, todo o nada o
un mundo de dualidad desequilibrada. Ya no importó la mediocridad de la
muerte, o el amor y el desamor, comprendí que todos seres y no seres, tienen
un instante de cielo, ortodoxo, sacro y perdido en alguna conciencia ajena,
impregnados de miedo y curiosidad.
La banshee nunca volvió a aparecer pero por las noches ansío su canto y
cuando mis lágrimas golpean el suelo, a veces, solo a veces, y por un instante
me parece escucharla. 
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EL ÍDOLO DE BARRO 

por Sandra Andrea Peretti


Buenos Aires

Era un día de mucho calor, en el pueblo, mes de diciembre, las chicharras


con su “sintonía” a toda marcha, era la hora de la siesta, Juancito, el “vago”
del barrio de once años, flaco, cabello rubio, gorra, pantalón y camiseta de
River, por supuesto no la dormía, se encontró con sus amigos, que tampoco
dormían, y pensaron, qué hacer, uno propuso meterse a la pile, otro mirar
tele, y Juancito ir a cazar palomas con la honda, ganó esa propuesta, así que
partieron todos para el lado de los galpones del ferrocarril, pero era tanto el
calor que no había palomas, pájaros ni siquiera lagartijas. 
Aburridos y acalorados, regresaron y observaron que en el club Social y
Deportivo, algo pasaba, pues había muchos autos y gente, entraron a curiosear
y grande fue su sorpresa cuando vieron que estaba el más grande, el jugador
de fútbol de la selección al que todos pedían sacarse una foto con él, después
de Maradona, era el más conocido mundialmente, estaba de paso pues se le
había roto su auto.
El mecánico del pueblo, no podía arreglarlo porque él no entendía a estos
autos de ahora, o sea todo lo que sea sistema electrónico, nada de nada, así
que no tuvo otro remedio que quedarse y esperar que viniera otro mecánico,
del pueblo vecino, para solucionar lo del vehículo.
Juancito abrió sus ojos como dos platitos, era su ídolo y lo tenía enfrente,
avanzó entre la gente para saludarlo y en ese instante Luciano Orión, ex ju-
gador de River, que estaba jugando ahora en Inglaterra, la estrella de fútbol,
dijo de mala manera a su representante, que quería ir a un hotel, porque estaba
cansado, el representante le dijo que firmara unos autógrafos más y se sacara
algunas fotos con la gente, pero él dijo no, que no quería perder su valioso
tiempo en ese pueblucho, lo dijo en voz baja, pero Juancito lo escuchó, y su
mundo se vino abajo, la desilusión lo embargó y se fue llorando a su casa,
cuando entró en ella, se dirigió a su habitación y arrancó el poster que tenía
de su “ídolo de barro”, se tiró en la cama, sin poder entender por qué su ídolo,
el ídolo de millones, el que salía en la tele cuando jugaba, y hacía goles y más
goles, era tan... distinto y lloró a moco tendido hasta quedarse dormido.
Cuando su mamá se enteró lo que pasaba, se dirigió al único hotel que
había en el pueblo a ver al jugador, entró y pidió verlo, como le dijeron que no
la atendería, empezó a los gritos a llamarlo, al ratito apareció Orión, ella lo
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saludó, y le dijo: Hoy usted acaba de romper la ilusión de mi hijo, lo hizo llorar
y no se lo perdono, que sea Dios el que lo haga, se dio media vuelta y lo dejó
ahí parado en el medio del hall del hotel, confundido y pensando, ¿quéhabía
hecho mal? Aunque sin la sensibilidad para entenderlo, y tampoco con interés
alguno de arreglarlo, se encogió de hombros y regresó a su habitación.
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DE REGRESO 

por Enrique Carlos Pérez Basile


Buenos Aires

Era la segunda noche de niebla. El camino se perdía como en un abismo.


Los sonidos naturales del campo se oían de modo especial, algunos más níti-
dos, otros deformados y roncos. Las ranas celebraban jubilosas en la laguna.
En el establo, una cierta inquietud se adivinaba en los animales. Un perro
aullaba a la ausente luna desconsolado, y el entrecruzarse de pesados vuelos
y de sombras, marcaban rutas de aire negro de lechuzas y murciélagos.
Las pajas del alero goteaban su soledad brillante. Más arriba, un humo
denso y blanco coronaba el rancho como una gran boina clareada.
Una hendija rectangular de luz definía la puerta.
Él se detuvo en la pequeña empalizada y sin bajarse del caballo llamó,
palmeando las manos. La puerta se abrió con un chirrido vibrante y alegre que
lo predispuso bien. 
La mujer miró al recién llegado y poniendo ambas manos en jarra le
preguntó:
–¿Y desde cuándo llamás así frente a tu casa?
El hombre dudó un instante, su mirada pícara buscaba una reacción de ella. 
–Bueno –empezó a decir dudoso, como midiendo cada palabra–, es que
con esta niebla...
Ella dejó pasar la chusca y contestó:
–Si querés entrar tendrá que ser después que te sacudas bien las patas. Esto
está ordenadito y en paz... Ah... y no hay una sola botella en todo el rancho...
–Ajá, –volvió a decir, pero ahora mucho más serio. 
Estas últimas palabras lo definían ante ella y lo excluían entero.
El adivinó su mirada a contraluz.
–Ya vuelvo... –dijo.
Ella se volvió sin contestar. Ni siquiera lo miró irse esta vez. 
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LOS TIRADORES NEGROS 

por Liana Pividori


Santa Fe

El reencuentro es uno de los términos posibles en los contratos puramen-


te humanos. Para ellos, el reencuentro se demoró veintiséis años. No habían
quedado en volver a verse, ni siquiera lo planearon; pero desde esa única vez
en que se encontraron el hilo del deseo y la intriga quedó suspendido hasta
enlazarlos de manera fatal.
Buenos Aires, un día como otros, un año como cualquiera, una urbe como
ninguna. Ciudad emblemática de la biblia y el calefón, donde se aparean indis-
cretamente lo antiguo y lo futuro; donde el bandoneón danza al ritmo del hip
hop; donde Favaloro muere y Maradona se convierte en objeto de veneración.
Allí, en la capital de la miseria en la calle y el esplendor en las veredas, por
razones de trabajo, dos vidas distanciadas se hicieron cercanas. Ellos.
Vera, lugar singular de la provincia de Santa Fe, paraíso judicial (o in-
fierno... vaya uno a saber...). Dos realidades definidas: este y el otro lado de la
vía. Un tendido de durmientes y hierro que, como la mayoría de los rieles de
la zona, sólo dejan circular la nostalgia de lo que el ferrocarril alguna vez fue.
Viernes santo, un grupo de jóvenes, un cumpleaños, café, chocolate y “Nueve
semanas y media”. Reencuentro de egresados un año después y una invitada
venida de otro pueblo. Ojos marrones, gringa indiscutible, risa ingenua, argu-
mentos profundos. Incómoda con la propuesta en un día tan particular. Ella.
Color madera, sus ojos. Desenvuelto, desinhibido. Ojeras profundas,
enigmas escondidos bajo su mirada, andar despreocupado y seguro. Feliz con
la propuesta. Él.
Un baile, la literatura, las novelas, los autores, la música, el aire libre, los
ideales, las utopías, el futuro. Diálogo ameno que podría haber sido eterno.
Se dio el encuentro. Unas pocas cartas mantuvieron el contacto. Una feria del
libro, un viaje en subte, un departamento en Buenos Aires, renovaron sentidos
dormidos en el tiempo. Ellos.
Los tiradores negros, esos que había visto en su foto en Facebook y que le
llamaron la atención desde el primer día. Esos mismos que ahora le ayudaba
a quitarse y que caían al suelo junto a la quieta muerte de otros vestigios que
hicieron de la piel, la única prenda. La historia contenida se escribía por fin.
Nadie la predijo, nadie la esbozó, pero el destino sabía que ese día era hoy.
Nosotros.
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Quería saber quién era ahora, qué hacía, por qué reía, qué leía, qué lo
emocionaba a él en este presente. Reconstruir ese abismo para entender ese
nuevo rostro, ese nuevo cuerpo. Pero ya no le importó. Él volvía a ser él, con
eso bastó. ¿Ella lo habría amado en silencio? ¿Habría guardado en su mirada
sus ojos tristes y su sonrisa desenfadada? Él nunca lo sabría. Jamás lo sabrá.
Ella.
Él esperó a que se vistiera. Espero a verla sonreír una vez más. Ella es-
taba radiante. Feliz. Tal como la recordaba y como siempre había anhelado
encontrarla. Aún así, el beso del adiós se tiñó de sangre, de horror. No quería
hacerlo pero su oficio no admitía ningún error. Acomodó sus tiradores, se
colgó el saco y salió. Él.

LA NACIÓN – 20 de mayo de 2015

TRÁGICO AMANECER
Una mujer de 43 años fue hallada muerta de un disparo en la madrugada
de hoy, en un hotel céntrico del conurbano bonaerense. No se han encontrado
huellas que permitan identificar al culpable o al móvil del delito. Se continúa
con las investigaciones a cargo del fiscal asignado a este caso.
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VIAJANDO EN UN TREN 

por Gustavo Darío Pizarro


Buenos Aires

Baldosas en forma de espejo, el sonido del tren suena antes de partir de la


estación de Retiro, mi destino es cruzar la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
y llegar a la zona oeste. En el viaje fui observando lo que gira alrededor, entre
ellas está el camino de muchas cosas sin sentidos. Recordé el panorama de
los bosques de Palermo, mirando la avenida y debajo de mi estaba Santa Fe,
recuerdo el movimiento de saltón que había entre cada uno de las tablones que
sujetaban a esas viejas vías oxidadas, recordando la ciudad me fui a escalar
unas idas y otras vueltas de la vida.
En la Chacarita me dormí, el aire golpeaba en mi cara, no sé en qué mo-
mento me desperté y no estaba más en Capital Federal, en Santo Lugares me
despabilé observando Un mundo al revés –recuerdo cuando caminaba por ahí
en tiempos pasados como un ascensorista en busca de uno u otro edificio–,
las vías se estiran de largo golpeando abajo el movimiento, cada estación que
voy pasando, recuerdo historias de otro pasado. El asiento tan viejo, como la
pintura que se va despegando de él, las personas sube y bajan buscando traba-
jos o volviendo a casa. Por El Palomar he visto la pista, aviones abandonados
al pasar. Los campos largos de un lado y del otro lado una ciudad. En Bella
Vista me bajé, para buscar un día un trabajo. Caminé muy poco antes de de-
cirte –que viajar no es un deseo, sino un placer–.
Obtuve lo que quise, oyendo ese efecto doppler. De un tren que pasa rápido
y de otro que solo se aleja de todo. Volviendo a casa me quede pensando (que
si viajar es un placer, puede ser un deseo) –porque viajar en un tren, es volver a
recordar los pasos pasados–. Al llegar a Devoto vi de un lado miles y miles de
maderas sosteniendo unas vías que no están sujetas y que en otras solo se des-
arman. Recuerdo la tragedia de Once por algunos que no hicieron caso.
Viajar me da satisfacción de decirte –mientras uno viaja, también pien-
sa–. Escribir parte de lo que vi tan solo es un parte de mi vida describiendo el
paisaje. Al llegar a Retiro fue recordar, esos viaje largos que hacía de un sitio
a otro, me atreví a escribir este relato, con ella está historia, más que un cuen-
to breve. Una parte de mi aun sigue ahí y otra parte de mi sigue conmigo, y
mientras los dos no sean un cuento absurdo, nuestra historia no es un capítulo,
somos parte de una novela viviente.
125

LA VIEJA DE MIERDA 

por Celeste Poiman


Buenos Aires

“¿Cuándo fue que cambiaron tanto los tiempos?”, le murmuro Graciela a


su marido en la sala de espera de aquella prestigiosa clínica. ¿Cómo podían es-
tar ellos en esa situación?, nada podía calmar la indignación de aquella mujer. 
¿No era ya suficiente tener que estar en la clínica acompañando a su
enfermo marido, como para tener que aguantar aquella familia junto a ellos? 
Graciela y Juan Carlos, fueron educados de la misma manera, con los
mismos valores. Puestos por Dios en familias acaudaladas en aquel barrio de
Recoleta, formado él para continuar con los gloriosos negocios familiares,
formada ella para casarse con alguien como él. 
Mientras los minutos corrían en aquella sala de espera, seguían rondando
esas preguntas en su cabeza decorada por aquel pulido y perfecto peinado
armado y finamente fijado por alguna potente laca; ¿Cómo aquella familia de
paraguayos podía estar en el mismo lugar que ella? 
¿Con que plata iban a pagar su atención? O ¿Cómo una familia de para-
guayos puede tener los mismos privilegios que ellos, una familia de europeos
de pura cepa criados en Argentina? 
Harta de escucharlos hablar con esa tonada irritante, de tener que ver
sus ropas baratas, sus cabezas renegridas por cabellos porosos y tupidos, de
tener que imaginarse el inevitable olor que tendrían, ni bien el médico los
hizo pasar, le reclamo por lo que tuvo que vivir mediante la espera, dejando
al profesional sin respuestas. 
Una vez completos los estudios, el acaudalado matrimonio salió por el
pasillo infectado por los impuros, llevándose los dos a la nariz un pañuelo
apestoso en perfume para no tener que sentir el fatal aroma hediondo que
seguramente rondaba por todos esos cuerpos. Cuando de repente, Graciela,
producto de un tropezón, o tal vez de un bajón de presión por aquel mal mo-
mento vivido, cae de boca al piso, no pudiendo ser reincorporada por su ma-
rido escandalizado por la torpeza de su mujer, siente como alguien de atrás la
sujeta con fuerza y la levanta. Asqueada de pensar que quien puso sus manos
encima de su costoso tapado fue aquel “morocho”, de un tirón logró soltarse de
aquellos brazos que la sostenían, y al darse vuelta, vio al médico que acababa
de atender a su marido. Aliviada suspiró, pero el médico lentamente se acercó
126

a su oído y le confesó sonriente “yo soy de nacionalidad peruana” y el gesto


de la cara de Graciela pasó de una placentera calma, al espanto profundo. Y
así fue que, salieron de aquélla clínica jurando no volver a pisar más ese suelo
profano. 
127

DOS BILLETES 

por Marcelo Posada


Buenos Aires

Era una noche como cualquiera, no recuerdo en qué mes, pero era una
noche igual a tantas otras. El frío arreciaba a esa hora en que escasea el trán-
sito cansado de los vehículos y hasta las ánimas por temor permanecen en sus
sepulcros.
Él, esclavo de su debilidad, se aseguró que los bares ya hubiesen cerrado
para evitar inesperados testigos. Ella, como casi siempre, estaba a mitad de
cuadra, justo en el límite entre la acera y el asfalto. Bella, provocativa, sen-
sual... aguardando la llegada de algún desconocido que al menos justificara la
inclemencia sufrida.
Desde la esquina la vio. En un primer momento dudó en avanzar o solo
verla y regresar. Sabía perfectamente que una vez iniciada la marcha y ser
visto, ya no podría echarse atrás. Se aseguró por última vez la ausencia de
miradas indiscretas y se dirigió a su encuentro.
Ella lo recibió con una amplia sonrisa y falsas palabras halagadoras. Él
apenas movió la comisura de los labios. La investigó y fue investigado. La
recorrió con su mirada, pero ella apuró sus ojos y lo miró fijamente esperando
la pregunta habitual. “Cuanto”, dijo con una voz que intentaba fingir seguridad
pero a la que le era imposible ocultar su nerviosismo. Ella, con un tono de ex-
perimentado mercader, le contestó “dos billetes” y sembró entre los dos uno
de esos silencios que establecen una expectante distancia mientras se aguarda
una respuesta. Él indagó en su bolsillo derecho, tomó los billetes pactados y
quebró el puente que le habían tendido.
Ella fingió una sonrisa con su respectiva dulce y tierna mirada. Le pre-
guntó si prefería la luz mortecina del farol público o el resguardo que ofrecían
las sombras en la cercana entrada de garaje. Él prefirió la luz. “Quiero verte”,
contestó ya mucho más decidido. “Como quieras”, recibió por desinteresada
respuesta.
Arrojó su goma de mascar ya sin sabor, se acercó a él y lo besó, de una
forma absoluta, profunda, total. Casi con seguridad se podría decir que fue un
beso común, rutinario y habitual para ella... eterno y portador de todo el amor
del mundo para él. Sin cerrar los ojos, sintió que la soledad en ese instante se
hacía añicos... que el cristal que lo separaba del mundo circundante se desin-
tegraba y caía a sus pies.
128

Ella separó sus labios de los labios de él. Él cerró los ojos un instante y
volvió en sí. “Listo bebe, ya está” fue lo primero que le escuchó decir. Supo
que debía marcharse. Ella volvió a hurgar en la calle vacía, esperando otro
desconocido, otro beso, otros dos billetes. Él regresó pisando las huellas
dejadas en el camino por el cual había llegado. Volvió a sentir frío, y puso a
resguardo sus manos en los bolsillos. Echó una última mirada a su alrededor
para asegurarse no haber sido visto. Y sin mirar hacia atrás, dobló en la es-
quina y se marchó.
129

DÍA DE LA DIVERSIDAD CULTURAL AMERICANA 

por Rubén Alberto R amello


Córdoba

Sucedió en los confines, zona de frontera, escuela rural enclavada en un


paisaje árido y desierto, contorno paupérrimo y montañoso, pastos hirsutos,
cactus y algunos animales en especial llamas y guanacos. 
Ante la proximidad del acontecimiento histórico que iba a celebrarse, la
galería del establecimiento estaba decorada con láminas alusivas pintadas so-
bre papel afiche con crayones de colores. Para muchos de los educandos, esos
dibujos realizados por los alumnos de los grados superiores dirigidos por la
señorita Matilde, vice‑directora, despertaban todas sus fantasías ya que desco-
nocían lo que era ese inmenso mar y esos enormes barcos con velas al viento. 
Ayelén, con sus trenzas negras y ojos rasgados, llegó con su guardapolvo
blanco y en su bolsa escolar, un papel prolijamente doblado, escrito por su
abuelo Choel.
Lo había leído y releído con el pecho henchido por el orgullo de su raza
y con la ilusión de leerlo en el acto si su maestra y la señorita directora se lo
permitían.
Traía, asimismo, una donación para la feria de platos que a raíz del acon-
tecimiento, había organizado la cooperadora de la escuela. Esta consistía en
un frasco con etiqueta que identificaba su contenido como “arrope” y una
porción en una bandejita descartable, recubierta con papel film, como le había
indicado su señorita, de “añapa”, preparación dulce a base de algarroba mo-
lida y leche, que se consume a modo de postre. Todo ello acompañado de un
trozo de “patay” pan también a base de harina de algarroba. Ello contrastaba
con las donaciones de los hijos de comerciantes, empresarios y burócratas
del pequeño pueblo, quienes colaboraban con latas de duraznos al natural, o
con porciones de tallarines, pastafrola, masas o tortas que se vendían en una
panadería céntrica.
Corría el mes de octubre con un calor sofocante, común durante los días
en esos solitarios parajes, con frías noches de temperaturas a veces inferiores
a cero grados centígrados, sobre todo en los cerros.
En la víspera del día doce del mencionado mes de octubre, en virtud del
feriado escolar para el día siguiente, en la forma acostumbrada formaron en
el patio y después de cantar “Aurora” e izar la bandera nacional, la señorita
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Directora hace referencia a la fecha que se celebraba: “Día de la Diversidad


cultural Americana” nombre que modificó su anterior denominación del “Día
de la Raza”. En su alocución dirigida a la comunidad educativa, comenta que
se conmemora la llegada al continente americano del genovés Cristóbal Colón,
hecho acaecido el 12 de octubre de 1492 y que provocó el encuentro de cultu-
ras diferentes y modificó totalmente la economía y las relaciones mundiales,
alterando el estado demográfico de toda América. Seguidamente expresó que
cada docente iba a dar una clase alusiva en cada uno de los grados, dando con
ello por terminado el acto. 
La señorita Débora, maestra de Ayelén, comenzó su clase destacando la
epopeya de Cristóbal Colón, su travesía oceánica, las tres carabelas, el coraje
de su tripulación para enfrentarse a los indios, muy malos, muy brutos, in-
cultos e inhumanos. La nobleza de la reina Isabel para esparcir la cultura, la
cruz y la espada llevando el saber y enseñando a los infieles las bondades de
la religión monoteísta y de ese Dios creador del universo.
Terminada la jornada escolar, de regreso a su casa por el sendero mon-
tañoso, Ayelén se sienta en un montículo a la vera del camino y con los ojos
llenos de lágrimas, lee por última vez el papel escrito por su abuelo Choel que
decía: “Moches, Paracas Chachapayas, Tiahuanacota, Guaraníes, Mapuches,
Toltecas, Olmecas, Sioux, Pieles Rojas, Uros, Chibcha, Araucana, tehuelche
Mapuche, Diaguitas y Tobas, Yanomami, Charrúa y Querandí. Incas, Aztecas
y Mayas.”
Al papel, lo doblo prolijamente y lo dejó debajo de una piedra al pie de
una higuera de tunas.
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OFICIOS DE LA PELOTA 

por Alixon R eyes


República Bolivariana de Venezuela

Era curiosa su mirada, su oscuridad, su talante. Pero no importa. Se trata de él.


Vítores, loas, alabanzas. Ese día el pueblo refulge de luminoso. Hay
pancartas por todos lados, música, muchachas alborozadas. Parece que se
estaban exponiendo tipo subasta. Estaban muy bonitas todas, pero no prestan
atención a nadie más. Se agolpan todas al frente del abasto donde hay un pen-
dón enorme, más alto que yo. Pelean para que el pendón en el que aparece su
silueta les diga algo, pero no sé de donde creen que el monigote del pendón
va a decirles algo. 
Los padres también pelean con las chicas para que les dejen algo de es-
pacio a fin de poder hacerles fotografías a sus hijos al lado de la imagen en
el pendón. Ya sabían que sería imposible cuando él llegara hacer tal cosa a su
lado. Así que con el pendón bastaría.
Lo que sí es seguro es que todas y todos están agolpados en su nombre. Ver-
lo pasar. ¡Sí!, eso quieren todas y todos. Eso sería lo máximo. Para mí también.
Y pasó. Pero no dijo nada, solo sonreía y agitaba la mano, ni volteó siquie-
ra. Y por supuesto, eso fue lo que más me intrigó.
Como cualquier niño del barrio, habría deseado que posase su mirada en
mí, que me levantara en brazos, al tiempo que decía en voz audible para todas
y todos: –Esteban, ¿cómo estás amiguito?
Me decepcionó. ¡Que se vaya a freír a la patrona con sus afiches!, con los
recuerdos, con los gafetes. Ah, pero también con las franelas, con los zapatos
que llevaban su nombre, ¡hasta con los cuadernos! Sí, y también con las bara-
jitas, con el álbum de las 100 calcomanías, con los anhelos, con los trasnochos
y los sueños despiertos. Se van, se fueron.
Prometí no volver a jugar coreando su nombre, y si alguien se le ocurría decir-
me algo en su nombre, pues, lo patearía. Lo correría. Ya para mí, él estaba muerto. 
Es que ni siquiera volteó. Y mi bronca viene porque, ¿cómo es posible que
no volteara a verme, a vernos? ¡No se imagina cuántas veces no entro a clases
tan solo porque él juega! No sabe cuántos jalones de patilla me llevo de mi
madre, de la maestra, de mi padre, de mi hermano mayor, del tío.
Él no lo entiende. No lo entenderá. Él solo conoce de multitudes, de mu-
chedumbres, de estadios repletos de gente sin nombre, de gente anónima a la
132

que llaman hinchada, pueblo, público, asistentes, almas, entre muchas otras
cosas más.
No puedo contener mi rabia. Y justo en ese momento antes de estallar le
recuerdo a su mamá mientras corro paralelamente a su andada. Y, y, y, pasa lo
increíble, pasa lo únicamente fantástico:
–Hey, tú –me grita.–
–¿Quién?, ¿Yo? –le ripostó.
–Sí, tú...
Levántate Esteban. Otra vez te quedaste dormido y sin clase. 
Al despertar, todos están riendo...
133

DOS VIDAS 

por Nora Elisa Rodriguez


Buenos Aires

Le transpiraban las manos, sus pasos se entorpecían, se vio obligado a


entrar en un bar y pedir un café para recomponerse. Lo bebió hirviendo, de
un trago con la mirada perdida en la pared, lo que le impidió ver de dónde
apareció quien le dio vida por segunda vez, cuando aún no percibía que estaba
muerto en la rutina que perdía con su empleo.
La mujer se sentó del otro lado de la mesa, sonriendo mientras le clavaba
la mirada en los ojos casi inundados de lágrimas. Sin pedir permiso, tomó
rápidamente el pocillo y lo puso invertido sobre su platito sin darle la oportu-
nidad de reaccionar. Sólo aparto sus ojos de los de él para mirar con interés el
interior de la tacita, todavía en silencio.
Y así fue nomás, escuchar la información descifrada de la borra de café,
cambió su destino. Que le dijera que acababa de perder su empleo por muchos
años en una oficina de asuntos inmobiliarios, no le despertó ningún interés,
sólo la veía a ella que seguía pasando su mirada del interior del pocillo usado a
su cara inexpresiva. Que esa morocha, aún joven profetizara hechos tan invero-
símiles lo paralizó, sin embargo abrió nuevas esperanzas, elevó su autoestima
y posibilitó que se animara a entregar sus manuscritos. Sí, siempre escribió a
mano, cuentos y poemas, pensaba que al hacerlo su mano transmitía el senti-
miento que guiaba su inspiración, aunque podría haberlos pasado a máquina,
la urgencia del cierre de concurso se lo impidió. Pero eran otros tiempos y los
leyeron, los dos cuentos y el largo poema “El hastío”. 
Todo esto golpeó su memoria cuando trepaba los seis escalones hacia el
escenario y ante la mirada atónita de su esposa, su madre, hijos, amigos y co-
legas que asistieron a la entrega, decía: “Dedico este premio a la persona que
me sacudió la modorra, sacándome de mi letargo de veinte años...” mientras
apareció de la nada como la vez anterior la enigmática morocha que le enroscó
los brazos en el cuello, estampándole un sonoro beso en la mejilla derecha para
inmediatamente sonreír a los flashes que inmortalizaron su cara de estúpido,
expresión de la que hoy, juntos, se ríen.
Y miran la foto, algo ajada, rodeados de hijos y nietos, incrédulos ante
estos viejitos pícaros que por primera vez en la mesa familiar, responden a la
pregunta cómo se conocieron.
134

LA BENDICIÓN, MAMÁ 

por Pedro Aníbal Roldan


Chubut

Debía hacer no menos de 40 grados, mi madre había regado la vereda y


parecía contenta, nunca sabré por qué, yo si estaba contento y tenía por qué,
esperábamos a la tía Tuca que seguramente me llevaría a pasar algunos días
en su casa del “Alto Verde” querido de don Horacio Guaraní, a orillas del río
que es acceso al puerto de Santa Fe. La tarde se iba sin ganas, la vereda regada
y barrida atenuaba en algo la canícula, ayudada por las sombras perfumadas
de los paraísos debajo de los cuales descansábamos en silencio. Llegaron em-
pujados por los nubarrones que ocultando el sol traían una brisa fresca con
fuerte olor a lluvia de verano, violentas y breves y mi tía no esperó a llegar, su
“¡¡hola Manuela!!” lo soltó desde lejos y mis dos primos, vergonzosos y ariscos
caminaban recelosos escondidos detrás de su madre. Por entonces y aunque ya
casi en desuso, sobrevivían costumbres que fueron en otros tiempos formas de
educación y respeto, una de ellas era el pedido de bendición, esto lo hacían los
chicos al saludar a los mayores: “su bendición tía”... juntando las manos a la
altura de la boca y aguardando quietitos la repuesta que debía ser algo como:
“Dios lo haga bueno, m´hijito”, mis primos, azuzados por su madre, se acer-
caron llenos de vergüenza y su pedido de bendición sonó como un lamento,
mi madre tomada de sorpresa, aunque durante toda su vida lo había hecho, se
trabó y repetía “Dios lo... Dios lo...” sin poder completar la fórmula y tal vez
la alegría que me embargaba me hizo gritar: “no sabe... no sabe...”, por suerte
salí corriendo a tiempo a pesar de lo cual casi me alcanza... “Ya vas a ver mo-
coso....”. Y me fuí al Alto Verde con mi tía Tuca, la tormenta sólo dejó olor a
tierra mojada, hoy cerrando los ojos puedo ver la escena: mis tíos mateando
bajo el alero del rancho protegidos del sol asesino de media tarde que transfor-
ma al río en un viejo espejo rayado, hiere los ojos, hace borrosa y reverberante
la isla que se interpone entre el Alto Verde y la costa santafecina y que fuera
lugar de donde salía el duendecito del cuento de mi padre el “Manito de Fie-
rro” que tantas noches me quitara el sueño, mas allá la ciudad asoma sobre los
árboles, también neblinosos y grises de humos pesados que sin voluntad de
ganar altura se desparraman en hilachas flotantes bajo un cielo indefinido. Los
chicos jugamos en el río de aguas marrones, nacidos en sus orillas se dice que
aprendemos a nadar antes de dar los primeros pasos en tierra y nos hacemos
duchos en robarle sus mojarras y bagres cantores a sus costas barrosas. Al caer
la tarde, ya libres del pesado sol en retirada, se llevan las sillas a la costa al
135

borde de la barranca, escopetas y cartuchos descansan sobre el banco, donde


espera también un fresco tinto carlón que reemplazará al mate dulce ya frío y
lavado. Por alguna razón que nunca averigüé, patos, bandurrias, garzas y otras
aves, dejan la isla al caer el sol y van a pasar la noche en los esteros al este del
poblado, en su viaje pasan sobre el caserío a baja altura donde son acechados
desde patios y galerías, desde allí les disparan eligiendo principalmente a los
patos cuya carne es muy sabrosa, nosotros corremos a recoger los abatidos
por el tío, antes de que se nos adelante algún vecino. Y como todo termina,
también mi visita a casa de los tíos terminó, ellos me traen de vuelta a casa,
volvemos cruzando el río en uno de los botes que hacen el servicio entre am-
bas orillas, vuelvo sin ganas, cae la tarde y pasan sobre nosotros bandadas
de patos, bandurrias y alguna garza majestuosa y solitaria. Es tarde cuando
llegamos, de lejos veo a mamá, su pañuelo marrón, su energía con la escoba
y el balde, su cara, que si refleja pena o alegría nunca lo sabré, corro hacia
ella y cuando va a abrazarme junto las manos y le digo: “la bendición mamá”,
“¡ya vas a ver... Maldito...!”, Y al fin la tarde se ha ido, llevándose su calor, la
tormenta y también a la tía Tuca y a mis primos que se despiden prometiendo
volver pronto. Ya la noche cobija mi barrio, en los límites de la inconsciencia
a la que el sueño me lleva alcanzo a sentir en mi frente el beso y la caricia de
mi madre y en un susurro amoroso decirme “Dios lo haga bueno m´hijito”.
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EL GRAN MARKOVA 

por Judith Rottenstein


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

El Markova se mecía y en su rítmico vaivén, los crujidos de su madera-


men, parecían acompañar el incesante oleaje en un nuevo intento por ancorar
en un puerto americano. Las amarras se desplegaban y el ensordecedor tocar
de las sirenas, anunciaban que la embarcación se detendría por unas horas en
una escala anterior a su destino final.
Oskar asomaba su cabeza por entre las barandillas, mirando curioso el
sincronizado trabajo de los expertos marinos. Su deslucido sacón azul, comen-
zaba a incomodarlo; el autóctono calor brasilero se hacía sentir en su máximo
exponente, sobre su menudo cuerpo adolescente.
Unos cuantos hombres, cargando canastos sobre los hombros, vociferaban
sus mercancías para llamar la atención de los tímidos tripulantes del Marko-
va. Oskar detenía su mirada en unos frutos pardos, espinosos, con aguzados
penachos verdes. 
Enseguida se movió con rapidez, hasta dar con su hermano gemelo y,
sacudiendo ansioso los hombros de Stephan, consiguió arrancarle una moneda.
Orgulloso con el sabroso botín adquirido, buscó la manera de quebrar
la rigidez del exótico fruto, para saciar su sed de conquistador y llevarse a la
boca, algo más que la brisa marina.
La perseverancia de Oskar fue un rasgo distintivo entre su personalidad
y la de Stephan. Con empeño, había logrado convencerlo desde meses atrás,
que América, era la puerta de entrada a una nueva vida. Así, un día, migraron
desde la devastada Europa por la segunda guerra mundial, hacia un remoto
país cuyo nombre se les hacía difícil pronunciar.
Recién llegados a la Argentina, el idioma parecía ser una barrera inque-
brantable para los gemelos, sin embargo, merced a la paciencia de unos pocos
amigos, fueron aprendiendo rápidamente el castellano y adoptando algunas
costumbres.
Trabajando un poco aquí y otro poco allá, el Señor Oskar Blumm, lograba
insertarse en la sociedad, sin faltarle el pan para llevarse a la boca, ni techo
donde poder vivir, y hasta lograba juntar unos pesos para gastarlos en una
noche de copas, tangos, milongas.
137

Los domingos estaban dedicados a escribir largas cartas a lo que quedaba


de su familia y a pasear por el puerto de Buenos Aires, donde aprovechaba
para recordar sus remotos orígenes.
Tal vez fueron los barcos anclados, o las grúas de descarga, o las sirenas
de un moderno crucero que llamaba de vuelta a los pasajeros, los que llevaron
sus pensamientos a encender nuevamente su afán por ir en búsqueda de su
hermano, como aquella vez, en el Markova, cuando por cinco centavos de
marco, recibió a cambio, un “exótico ananá brasilero”. Ahora tenía un nuevo
“negocio” en mente. 
Oskar, que habían aprendido a soportar diversas contrariedades a lo largo
de su vida; había conseguido el dinero suficiente como para invitar a su her-
mano a viajar, pero esta vez de avión y en primerísima clase, hacia su pueblo
natal, para festejar juntos los ochenta jóvenes años.
Esa fría mañana del mes de julio, con paso apresurado y con los pasajes
en su bolsillo salió ansioso rumbo a la casa de Stephan. 
Eran solo dos cuadras pero era tan grande su anhelo por llegar, que la
caminata se le hacía interminable.
Pero en unos segundos y, tras un descomunal estruendo que sacudía a
todo el Barrio del Once, en aquella misma fría mañana del mes de julio, un
joven desconocido, trepado sobre una montaña de escombros, en medio de una
total conmoción, rescataba una gastada billetera de cuero.
En su interior, dos chamuscados tickets de avión, y un documento que
acreditaba los datos de quien fuera su dueño: Oskar Blumm nacido en Casell
Alemania, nacionalizado argentino.
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OKUPAS 

por María del Carmen Rourich de Navoni


Entre Ríos

Llegaron al pueblo sin que nadie pensara en ellos; sin que nadie los lla-
mara (ni con el pensamiento) un día cualquiera.
Pueblo tranquilo; alejado del ruido de las grandes ciudades. Con esa
monotonía y cotidianeidad que a nadie molestaba. El movimiento de la gente,
tranquilo. El aire, diferente y puro. El silencio, abundante.
Allí se instalaron ellos. Se adueñaron del pueblo; de todos los espacios del
pueblo; de la gente del pueblo... Y la vida ya no fue igual.
Los bancos de la plaza permanecían vacíos y –domingo tras domingo– la
banda de música sonaba cada vez más discordante. Inquietos y malhumorados,
sus integrantes se llamaron a huelga.
Las campanas de la pequeña capilla sonaban dispares y los fieles no
sabían si su sonido correspondía al primero, al segundo o al tercero y último
llamado a la misa diaria.
El monaguillo agitaba la campanilla en el instante de más recogimiento y
disimulaba un zapateo que sólo era propio de los tablados callejeros: esos, que
se armaban para las fiestas patronales.
Los bebés ya conocían “sus voces”. Y se despertaban. Y chillaban para alertar
a otros bebés que dormían en sus cochecitos, al pasear por esas calles tranquilas.
Las madres accionaban agitando, bruscas, las manos. Gesticulaban;
transformadas sus caras. El malhumor estaba ganándole a la alegría serena de
la gente del pueblo.
Los intrusos avanzaban, avanzaban sin tregua; sin horario.
Las personas desgajaban los árboles y más de un perro, que dormía sereno
en alguna vereda, se llevó un golpe. Aunque íntimamente lo agradeció, salió
disparado –aullando– con la cola entre las patas para librarse de aquella horda.
Otros, que acostumbraban a dormir hundidos en la frescura de los pastos,
salían despavoridos ante la intromisión; mientras que, algunos privilegiados
que acechaban los asadores –cerca de algún fueguito incipiente– permanecían
estáticos, aunque envueltos en humo.
Las escuelas cerraron sus puertas. Las vacaciones salvaron a los niños de
soportar a los indiscretos.
139

Los panaderos también sufrieron cuando, por las madrugadas, los intrusos
se colaban al sentir el calor del horno; silenciosos, pero nunca en son de paz.
Los confiteros –malhumorados e inquietos– cubrían o rellenaban las
masas con más o menos dulce, apresurados por dejar el lugar.
Todo quedaba a merced del invasor. La vida de este pueblo se convirtió
en un infierno.
El gobernador llamó a los habitantes de todos los pueblos cercanos y pidió a
sus intendentes que ayudaran a estos sufrientes humanos. La orden fue contun-
dente: –¡Tomar las armas! ¡Todas las armas que tengan a su alcance! –enfatizó.
...Un día húmedo; pesadamente caluroso, una nube oscura y compacta se
acercaba, peligrosa.
El intendente del pueblo –uno más de los avasallados habitantes– se pro-
puso expulsar a los intrusos definitivamente. 
–¡Gastos y trámites no menguarán mi posición! –aseguró.
Y llamó al Presidente de la República. Y le expuso el problema. Y le exi-
gió ayuda. Y le pidió armas; ésas, de las que hablaba el gobernador. 
...Y las armas llegaron.
El sol caía, intenso, sobre la tierra. Abrasador sobre los cuerpos de la gente.
Los apicultores calzaron las escafandras en sus ardientes cabezas. Los
empleados municipales, los carniceros, vistieron sus ropas de labor diaria al
igual que las amas de casa: cubiertas de pies a cabezas; y sus manos, con los
guantes de lavar los platos.
Los bomberos de todos los pueblos se prestaron a colaborar y, con voz de
mando, gritaron: –¡Marchemos!
A lo lejos, asomaba un gigante amarillo. Al llegar, abrió su bocaza y todos
quedaron atónitos. Como un dragón, lanzó una bocanada (no de fuego) de un
humo espeso, negro y caliente.
Pudo verse caer a los intrusos; oscurecer las veredas y los lomos de algu-
nos perros blancos; quedar suspendidos en las escafandras de los apicultores...
pero bien muertos, en medio de un silencio contenido.
El conductor de la máquina aseguró, silabeando enérgico: Este trabajo es
“¡de-fi-ni-ti-vo!” Y agregó: “Los intrusos no regresarán” “¡ja-más!”
En ese instante, el dueño de un camión destartalado, que difundía música
por las calles, rompió el silencio de la tarde agobiante: 
“No me molestes mosquito.
No me molestes mosquito...” 
140

MADRE TIERRA 

por María Silvina Sala


La Pampa

En una escuela, los sonidos son comunes, las risas de los niños, los
murmullos en las aulas, sillas que se corren, chillidos de tazas en la cocina...
como en una casa grande los sonidos se cuelan entre los espacios silenciosos.
Pero ese día... se podía escuchar el silencio. No había ruidos, sólo una voz que
hablaba... y la música de la respiración de, muchos, muchísimos pequeños.
Al principio no entendí, pensé que se habían robado la alegría, comencé
a buscar el lugar de donde salía esa voz, la culpable del silencio de la escuela,
cuando entré al salón de usos múltiples vi a mis compañeras paradas en un
rincón y los nenes en una gran rueda escuchando como hipnotizados a una
chica que sentada en el centro, les hablaba con voz suave, dulce, yo no podía
verle la cara. Lo primero que se me ocurrió fue saludarlos muy fuerte para ver
si así, al llamar su atención, el hechizo se perdía.
–Buenas tardes –dije en voz muy alta, a lo que recibí por respuesta ciento
cincuenta y siete ¡SHHHH! Me quedé en silencio y decidí escuchar, mirando
con algo de celos a la mujer que había capturado de esa forma la atención de
mis niños. Sus palabras suaves comenzaron, sin pedir permiso, a acomodarse
en mi corazón para ya no abandonarlo jamás, por eso decidí contarlas tratando
de transmitirlas lo más exactamente posible:
–Quiere decir Madre tierra –dijo como respondiendo a una pregunta que
alguien le hiciera antes de mi interrupción– ¿Alguien sabe lo que es eso?
–¡Yo! ¡Yo! ¡Yo sé! –dijo un pequeñito de primer grado agitando su manita
como si esta quisiera volar–. Cuando entro del patio los sábados después de
jugar, traigo mucha mugre en mis zapatillas y le grito de la puerta a mami...
¡Madre, Tierra! –Inevitablemente todos se rieron ante la ocurrencia del niño.
–¡Yo sé!, es la tierra de mi madre, la que tiene debajo de la quinta en el
fondo del terreno.
–¡No! es lo que vio el marinero de Colón... nada más que solo, sin su
madre. –Cada niño decía lo que le parecía que significaba, todos escuchaban,
algunos sonreían, pero nadie se desenganchaba del tema.
–Tienen razón –dijo esa mujer y las maestras la miramos extrañadísimas–.
Madre Tierra es todo eso que ustedes dicen, el barro que traés en tus zapati-
llas, la tierra de la quinta de tu mamá, lo que vio el marinero de Colón, pero
141

es mucho más aún, Madre tierra, Mamül Mapú como la llamaron nuestros
aborígenes (tierra de leña), significa el amor y la valentía con la que cada uno
de ellos lucharon para defenderla hasta la muerte, es la dulzura del macachín,
fruta que crece en ella para que coma el que se atreva a encontrarla, es la
que vuela con el viento de agosto para hacer crecer un médano y secar una
inundación, es la que está cuidando los cimientos de sus casas, es la que hace
crecer belleza en los campos pampeanos y da seguridad a los seres vivos que
la habitan. La que le da fuerza al caldén, la que se riega de paciencia y paz, es
la que elegí, es la que mi mamá ama tanto que quiso que yo naciera en ella,
la que me enseñó a cuidar y proteger de quienes quieren venderla, ensuciarla,
estropearla o maltratar sus recursos. La Pampa, nuestra tierra, la que deja
huellas en quienes la pisan y por ello la recuerdan–.
Mi piel se puso de gallina, esa mujer que estaba de espaldas y a quien no
podía verle el rostro, robaba mis palabras, decía todo lo que yo pensaba y les
transmitía a diario a mis alumnos, estaba todo tan confuso... ¿quién podría
atreverse a robar mis palabras? ¿Con qué derecho? Uno de los niños se levantó
y preguntó: –Seño, ¿puedo ir al baño? Es hermosa tu hija y habla como vos, le
enseñaste muy bien. Gracias por traerla.
142

TESTAMENTO DEL CUERPO 

por Roberto Daniel Sandroni


Córdoba

¡No quiero réquiem alguno, en definitiva morir es solo parte de la vida!


Así, cerrando la puerta de la última estación, el Beto tomó la decisión de
redactar su testamento; no de los bienes sino para disponer sobre el destino de
su cuerpo cuando su conciencia se apagara y el enorme corazón se detuviera.
Fue así como nuestro personaje, como era su costumbre, se introdujo en
mi organismo de escritor para tomar una vez más mi mano derecha y escribir
un testamento ológrafo que no está redactado en normas de ningún código:
Yo, el Beto, no quiero cajones mortuorios sino que me acuesten bien ves-
tido en mi última cama con una almohada debajo de la cabeza y recostado
sobre una sábana blanca.
Que en las horas previas a mi despedida predomine la música y la alegría, si
alguien desea rezar para encomendarme a su Dios, pues que lo haga en voz baja. 
No quiero sepultura, ni lápidas, ni nichos, ni bóvedas, quiero que mi
cuerpo se convierta en cenizas y esparcirme con el viento; no de cualquier
viento, sino el que talló mi piel, el de Mackenna.
Que mi cuerpo se funda entre las llamas junto a un par de hojas arranca-
das de algún libro por mí escrito, las camisetas de mis dos clubes a los que amo,
el mango de mi raqueta, un pelo de cada hijo y uno de la compañera de la vida.
De mi parte yo me comprometo en el acto considerado como el del último
aliento, a introducir en mí ya cansado cuerpo cada una de mis letras.
Así una vez en las manos de mis hijos ese cúmulo de pasiones transforma-
do en cenizas, quiero que lo dividan en cinco partes para ser desparramadas
equitativamente en los lugares donde eché raíces; el San Martín, el Velocidad,
el Ch–86, el Nacional y entre las plantas de mi patio junto a mi perra muerta. 
Quiero risas y no llantos, tampoco quiero largos silencios, si quieren
romperlo metan algún aplauso. 
No quiero misas ni invocación a un Dios personificado, como ya antes se
los dije quiero volver en forma de polvo junto a mi diosa madre naturaleza. 
En definitiva no somos otras cosa que diminutos HIJOS DEL TIEMPO,
al que solo podemos ganarle una batalla haciéndolo retroceder a través de
la memoria”. 
143

DONNA 

por Eduardo Santamaría


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Era muy viejita cuando la entrevisté para la revista en la cual trabajaba.


Tenía una trayectoria interesante en los círculos artísticos de aquel
Hollywood refulgente de los años treinta. Había resultado ser una de las tantas
estrellitas que integraban elencos de películas “B”.
Me mostró fotos posando con importantes figuras de la época, era de una
belleza latina muy impactante.
...surgían anécdotas y hechos, algunos importantes, otros hostiles.
Cuando terminamos de tomar el té me despedí, me auguró un venturoso
porvenir, le agradecí su tiempo, me acompañó hasta la puerta del viejo caserón
donde pasó parte de su infancia, nos dimos un tierno abrazo.
Fui hasta la parada del micro que me llevaría a la Capital.
Atrás quedaba el populoso barrio sur del Gran Buenos Aires. 
Sentado cómodamente miré la foto que me obsequió... se la veía luciendo su
juvenil y atractiva figura, a su lado un importante personaje, al dorso de la foto
se lee: “Estudios Paramount-Astoria, Long Island” y una dedicatoria:
“A la bella Donna le deseo un futuro lleno de Éxitos con
afecto. Carlos Gardel. Nueva York. Noviembre 1934”. 
144

EL DRAGÓN Y LOS LIBROS 

por Esther Santana


Buenos Aires

Había una vez un dragón que vivía en una isla, en esa isla había un gran
castillo lleno de bibliotecas y esas bibliotecas tenían un montón de cuentos,
pero no había nadie en la isla, sólo el dragón. El dragón se aburría, pasaba sus
días mirando el horizonte, el castillo, los cuentos y sus sólidas bibliotecas de
pura madera de roble. Pero, un día mirando el horizonte vio llegar un barco.
En el barco venían un tigre, un elefante, un halcón y un mono muy inteligente.
Los visitantes desembarcaron, primero el tigre, miró las tierras y sus
alrededores y dijo: ¡Nadie a la vista!
Enseguida se bajó el elefante, gigante, con grandes pasos bajó del barco,
miró un poquito más alto que el tigre y dijo: ¡Nadie a la vista!
Sigue al tigre y al elefante, el halcón que sobrevuela la isla y dice: ¡Nadie
a la vista!
Por último se baja el mono muy inteligente, muy intelectual por cierto
con un libro en las manos, el libro tenía mapas y dice estamos en una isla, sin
lugar a dudas, poca tierra y mucho agua alrededor pero alguien se olvidó de
colocarla en el mapa, bien vamos a dibujarla y la llamaremos “Isla de Fuego”. 
Todos se miraron y pensaron al mono muy inteligente se le ocurrió el
nombre porque aquí hace muchísimo calor. En estos pensamientos estaban
cuando en ese mismísimo instante el halcón grita: ¡Alerta! ¡Alerta! Fuego en
el castillo.
El tigre es el primero que se desplaza, por su velocidad y fuerza entra al
castillo rompiendo la gran puerta principal, de madera maciza y altísima. Lo
sigue el elefante que previamente cargó agua en el mar. El halcón los guía
donde es el incendio. El mono muy inteligente espera, tranquilo y abre otro
libro el de prevención de accidentes y allí está el capítulo de cómo apagar un
incendio de una isla perdida.
El elefante apaga el fuego con el agua de su inmensa trompa, agua salada
que sacó del mar, pero justo en ese momento otra alarma se hace escuchar.
Hay fuego en otra sección según lo indica el halcón, el tigre corre, destruye
y despeja todo lo que se interpone y el elefante lleva el agua, en su gigante
trompa, el mono muy inteligente los acompaña y lleva otros libros con él.
145

Cuando llegan, se llevan una sorpresa, había un pequeño dragón que


tiraba llamaradas de fuego a unos libros que estaban en la biblioteca, el mono
le dice: ¡Espera! ¿Qué haces? El dragón dice: Quemo, tiro fuego, lanzo llama-
radas, lengüetas de calor intenso, no ves que soy un dragón. El mono le dice:
Pero a los libros no les tires tu fuego, ¿no te enseñaron que los libros tienen
conocimiento, sabiduría y que se deben cuidar, no quemar?
El dragón dice: Ok, ok pero son cuentos para niños y no veo ninguno aquí
para que pueda leer. Mi genética, mi naturaleza, ¡bah! Mi ADN me dice que
debo quemar cosas.
El mono muy inteligente dice: ¡No! No sigas quemando, tú dices que en
la isla no hay niños para que lean los cuentos, entonces si hubiese niños tú
no los quemarías a los libros, el dragón ni lerdo ni perezoso le contestó: ¡Por
supuesto! El mono ni lerdo ni perezoso dijo a los gritos: ¡Tengo una idea!
Inmediatamente el mono mandó al halcón a la otra isla, que sí estaba di-
bujada en el mapa y que se llamaba “La Isla de los Niños”, le dio un mensaje
para que los niños, con aprobación de los grandes los dejen tomar un barco y
desembarcar en la “Isla de Fuego”. Los niños entendieron el mensaje y viajaron
en el barco y bajaron corriendo con dirección al castillo y se fascinaron con
los libros, con cuentos de todas las épocas, cuentos de todos tamaños, colores
y texturas..
El dragón se sintió invadido pero muy contento, lentamente sin hacer
ruido, para no asustar, se retiró pero lo siguieron el tigre veloz, el elefante
gigante, el halcón rastreador y el mono muy inteligente y le dijeron, ¿dónde
vas pequeño dragón?
El dragón les contesta: A otra isla, aquí ya no me puedo quedar, por mi
naturaleza saben...
Sí, sí lo entendemos, dijeron a coro, gracias dragoncito por entendernos,
los chicos aquí serán muy felices!
146

EL PRESAGIO 

por Irina Santroni


Buenos Aires

Y aquí estoy otra vez, a los pies de la escalera. Esa que tantas veces me
sintió ansiosa, subirla a su encuentro. Encuentro furtivo, prohibido. En medio
de la cerrada noche, la escalera se abría hacia el claro de luna. Hacia sus ojos
cafés y sus brazos impacientes. Sabía que lo amaba y tal vez logró, con su
experiencia de siglos de piedra, presagiar el final de la historia.
Escalera que has visto pasar la historia misma por sobre tu cuerpo inerte,
has sido testigo directo de mi arrebato y mi locura.
Escalera que te has visto estremecida por estruendos de cañones, y has
albergado mis sueños más profundos.
Escalera que, sin vida ni movimiento, has sostenido el escape de los pue-
blos, has también asistido al fugaz brillo de mi repentina partida.
Estrecha escalera que se abre paso entre los muros de mi albergue de
niñez: te dejé atrás junto con mi inocencia y los sueños de convertirme en una
princesa de tu torre.
Tantas veces me casé, en tu descanso soleado con mi príncipe encantado.
Y tantas veces me quedé, apoyada en la baranda, esperando al hada ma-
drina que me lleve a parajes soñados.
Y tantas otras me viste subir corriendo y llorando, huyendo de mi infor-
tunio, con los piecitos sangrando.
Para que el príncipe me rescatara, me entregué a su designio.
Solos los dos recorrimos grandes distancias heladas.
Todo dejamos atrás, para abrirnos el camino, para escapar por el mundo
y contrariar al destino.
La vida no se hizo fácil y el camino, cuesta arriba. El frío caló los huesos
y el hambre, la barriga.
Y mi príncipe encantado, flaqueó en su primera batalla.
Sentí más frío esa noche y cerré más fuerte mis ojos para no ver su par-
tida en medio de aquel arrojo.
Entendí por las malas que las hadas madrinas no existen.
Que los príncipes encantados son sueños no despertados que algunos
padres acunan para hacerlo más liviano. 
147

Que la magia no es un don y que la vida se vive, el camino se camina y la


tristeza se ovilla con la lana del olvido, muy profundo, se la entierra.
Que los niños no son hombres y que los hombres son niños. Que la mujer
es más fuerte y arremete a la tormenta. Que se moja y que se seca. Que a morir
no se deja, porque se le hace muy fácil.
Que es capaz de reinventarse y de salir a flote. Que no importa quién la mote
ni quién la quiera llevar. Que no se deja engañar y que consigue lo que quiere.
Después de aprender tantas cosas y comprender las más duras, a la vida
le hice frente. Hice de cada piedra el sendero y lo pisé sin dudar. 
Salí adelante con la ayuda de Dios y de las mujeres que me veían luchar.
Con empeño y con ahínco fui logrando mis metas y me fui abriendo paso
en las enredadas madreselvas.
Y canté al viento en el patio de una familia pudiente donde hacía de sirvien-
te y me ganaba la estadía, hasta que un señor, un día, se dispuso a oír mi canto.
Y me convirtió en cantora de la noche madrileña. Mi nombre se hizo famoso
y lo repitieron adrede. Y fue el destino tramposo que lo llevó hasta el albergue.
Que no has sabido nada de lo que pasó al irte y que no te has enterado de
la sangre que ha corrido...
Que tu padrastro buscó sin suerte, que tu amado volvió sin excusas.
Que el hombre lo atacó, en el patio de la villa.
Y que el muchacho aprovechó su borrachera errante para escapar flamante.
Que el hombre lo esperó. Día y noche lo buscaba.
Que le contó a una mucama su más terrible pecado: haber manchado con
sus manos a tan inocente criatura.
Y entonces lo vio venir, embriagado en su venganza que se le fue sin
pensar, directo a la garganta.
Y el joven moribundo, trepó con manos y piernas, la escalera hasta la baranda.
Allí donde jugaban siempre. Allí donde se casaron y donde te hizo mujer.
Allí murió por cobarde, lejos de su deber.
También subió tambaleando el anciano aturdido y antes de dar un grito,
rompió la botella vacía y la enterró en su entrañas, para apurar la salida.
Y ahora me vengo a enterar, que mientras yo caminaba, lo que veía a mi
lado, eran dos hombres malvados, egoístas, posesivos. En la previa eran alti-
vos, pero en batalla eran mansos.
Fuertes en apariencia, pero con gran indecencia, ambos me poseyeron
para su propio provecho y tal vez fue por despecho que se fueron de esta vida.
148

CITA EN EL BAR 

por Fabiana Savatin


Francia

Estaba en el bar sentada cerca de la ventana y desde allí podía observar


como la gente trataba de refugiarse de la lluvia.
El mozo se acerco a mí y me preguntó que deseaba tomar, le dije que
esperaba a una persona.
Lo esperaba a él, a Félix, me había citado en este lugar porque quería
hablarme sobre la carta. Esa carta que escribí sin pensar, y en la cual le con-
fesaba mi amor.
Félix era mi mejor amigo, pero yo estaba enamorada de él; y luego de
callar mis sentimientos por dos años, decidí confesarle mi amor.
Félix llegó cinco minutos después de mí, y no me sorprendió verlo llegar
con su impermeable, pues así era mi amigo, no podía salir de su casa, sin sus
cigarrillos su libro favorito y su sombrero.
El mozo volvió a acercarse a nuestra mesa, y yo pedí un cortado y Félix
un café con leche. Cuando se lo trajeron, le puso el azúcar, lo revolvió apre-
suradamente, bebió el café de un sorbo y dejo la taza a un costado de la mesa.
Todavía no pronunciaba ninguna palabra y yo me sentía nerviosa, desco-
nocía cuales eran sus sentimientos y deseaba que mi mejor amigo se convir-
tiera en mi novio.
Mientras pensaba en todo esto, Félix encendió un cigarrillo y con el humo
hizo varios anillos en el aire, y su mirada estaba perdida en esos anillos. No
me hablaba, no me miraba, se mostraba ausente, como si yo no estuviera allí.
Y en aquel momento se puso de pie; pagó la cuenta y yo esperaba una
palabra que expresara sus sentimientos. Pero cuando se puso el sombrero y el 
impermeable, sentí que las palabras estaban de más. Comprendí que Félix no 
correspondía a mis sentimientos.
El se marcho y yo me quede con un gran vacío dentro de mí.
Solo recuerdo que cubrí mi cara con mis manos para que no vieran mis
lágrimas.
Y salí de allí, para encontrarme con la lluvia y así nadie notó mi llanto.
149

BERRINCHE 

por Antonio Schweinheim


Buenos Aires

Otra vez el gordo González llorando. Las lágrimas le brotan como a un


niño. Si no tuviese 35 años estaría tirado en el suelo haciendo berrinche. No
hace berrinche, no. Pero en cambio profiere una oleada de insultos. Puteadas
al viento. Bien podría tratarse de un berrinche adulto, maduro. Quién puede
saberlo. Uno tras otro van cayendo los insultos y las lágrimas. El destinatario
de esta rabia o rencor o enojo es el mismo de siempre: ese equipo de mierda
que no asciende ni de puta casualidad. Pero tal vez hoy no sea el equipo, se-
guro son los dirigentes. Corruptos hijos de puta. No señor, no es el equipo. La
culpa no la tienen ni el nueve que se hizo expulsar boludamente, ni el arquero
que salió como el culo. La culpa es de esos delincuentes de la comisión. Mal
paridos. A ellos no les conviene que el equipo ascienda, si son unos chorros.
Están ahí para hacer sus negocios y saltar a la política nacional o provincial
o municipal o la concha de sus madres. Mira si Ortiz pobrecito va a ser el
responsable. Si está llorando más que el gordo. Cerró mal su lateral pero no
es el culpable. Arrodillado en el césped como buscando una explicación. Una
explicación que nunca llegará y que seguro tienen los dirigentes y también se
la afanaron. ¿Cómo echarle la culpa a los jugadores? Si pelearon hasta el final,
tres puntos faltaron para meterse al reducido. Tres puntos de mierda. Mira que
justo venir a perder este último partido. Será de Dios. Los jugadores se mata-
ron para llegar con chances. Son horribles, sí, pero le metieron toda la garra.
Hace tres meses que no cobran los sueldos. Encima ganan una miseria como
para que le pijoteen la plata. Estos forros de la comisión se la están patinando
a la guita. Toda se la fumaron. Más ahora que se metió la política en el club.
Ningún caso de política metida en un club funcionó. Nombrame una ahora,
una sola en la que la política nacional le haya hecho bien a un club. Decime un
caso en el que haya salido bien, Si conoces un solo caso, decímela ahora por
favor, que el gordo la necesita. No puede seguir con esta angustia. Porque acá
salió mal, como en tantos otros clubes. Ya estaba todo podrido y se pudrió más
la cosa. Mirá cómo llora, parece que se le murió un ser querido. Llorá, Gordo,
llorá tranquilo. Algunos no te entenderán. Aquellos que vamos a la cancha
sabemos de qué se tratan esas lágrimas y de alguna manera pasamos por esto.
Me partís el alma, González.
Ahí viene Ramírez, también está llorando. Poco importa que estén en cue-
ro. Que estén cubiertos de transpiración o que sean dos grandulones llorando
150

como niños. Se abrazan fuerte. Ya no hay vergüenza. Un rato. Una eternidad.


Poco les afecta que la imagen patética que están dando. Pero lo peor no ha
venido todavía. No hay nada peor que la incertidumbre. Y ya está a la vuelta
de la esquina. Viene cada fin de campeonato. Estos hijos de puta van a desar-
mar el equipo como en cada final de torneo. Otra vez a rezar para que caigan
buenos jugadores y no esos que vienen por negocios turbios, a robar más que
los dirigentes.
Ramírez ya se fue. Todos se están yendo. Solo queda González. Otra vez
se agarra al alambrado con una mano y con la otra golpea y putea. Andate,
Gordo, total, ¿qué más podés hacer? En tu casa te espera Elvira y los chicos.
En tu casa podes ir a refugiarte. Entretenete con tus hijos. Salí con tu señora.
Metele garra ahí, si total estos dos meses de receso pasan volando. Dale, anda
que tu señora siempre te reprocha que estas más preocupado por el equipo que
por tu familia. En agosto ya estás de vuelta en esta popular, contento, saltando
y cantando.
Dale gordo, sécate las lágrimas. Ponete la camiseta y anda para tu casa.
El sueño llego a su fin y la pesadilla de no ascender nuevamente te taladrará
el corazón un par de meses, pero ya se te va a pasar. ¿Pero pará, qué haces?
¿Para qué agarras esa piedra? ¿¡Que tiras piedras boludo!? ¡Gordo gil! ¿Qué
culpa tengo yo de haber entrado al reducido y vos no? ¡Para un poco gordo
tirapiedras, cornudo! Si yo no tengo la culpa que tus dirigentes te caguen todo
el tiempo ¡Pará, no tires más piedras, no se puede ser bueno con vos! ¿Qué te
dije de malo? 
151

DESPEDIDA 

por Micaela Belén Silva


Santa Fe

La decisión está tomada, lo único que me resta por hacer es explicarme.


Tomé una lapicera y comencé a escribir. 
Mamá:
Mediante esta carta voy a contarte los motivos de mi decisión. Cuando la
leas esto ya no voy a estar... pero te mereces una explicación, y la única forma
de expresarme es por medio de este trozo de papel. 
Siempre fui distinta a mis compañeros, por eso no tenía amigos. Ese año,
en el que papá falleció, fue el peor. Sin razón alguna mis compañeros comen-
zaron a hacerme bulling. A medida que el tiempo transcurría se intensificaba
cada vez más.
Me hacían Infinitas atrocidades que no creerías si te lo dijera. Callé y
cuando quise denunciarlo nadie me creyó, mandándome al psicólogo.
Tamara y sus amigas comenzaron todo. 
Al principio no era tan grave, solo unas miradas feas y algún que otro
apodo molesto. Era fastidioso, pero lo que vino después fue peor. Repentina-
mente empezaron a llegarme papeles con amenazas e insultos semejantes entre sí:
que me iban a golpear a la salida, o que me cuidara porque pronto iba a desear
estar muerta...Tenían razón, más de una vez desee esto último. 
Al mes las palizas llegaron: Tamara, sus amigas, y sus novios me espe-
raban a la salida, y me golpeaban hasta dejarme tirada sangrando. Ellos se
iban riendo. Jamás sabía cuándo me iban a atacar porque nunca lo hacían el
mismo día. Vos trabajabas cuando yo llegaba a casa, lo que me daba tiempo
a ocultar mis heridas. Mi orgullo impidió contarte mi situación. 
Comencé a quedarme en la biblioteca escondiéndome hasta que los veía
irse. Resultó por un tiempo, pero me descubrieron y fue peor. No se cómo
supieron que soy claustrofóbica, y siempre que podían me encerraban en el
cuarto de limpieza. Gritaba por horas pero nadie me oía. Rogaba llorando
que me dejaran salir y ellos solo se burlaban de mí.
Los meses pasaban y el miedo fue creciendo, al igual que los hostigamientos. 
El año escolar pasó y... reprobé. Recuerdo que te enojaste mucho pero
yo no podía justificarme, porque me advirtieron que si los delataba me mata-
rían...Tenía muchísimo miedo, por eso obedecí. 
152

Repetir solo trajo más mortificaciones. No contaba con las ganas de


estudiar, mis sueños de ser médica se habían desvanecido, al igual que todo. 
Lo siento. No era mi intención defraudarte pero ellos me devastaron.
Enloquecí y mis nervios colapsaron. La gota que colmó el vaso fue lo
que paso en la fiesta del Bicentenario del instituto, a la que me arrepiento de
haber ido.
Esa noche vertieron una sustancia rara en mi bebida. Enseguida experi-
menté los efectos secundarios de aquella supuesta “Coca–Cola”, perdiendo
la conciencia. 
Cuando desperté me encontraba en el salón de gimnasia. Al principio
me asusté, porque estaba sola y no sabía que había pasado; además estaba
encerrada en la escuela. Me sentía muy mal: mareada y con nauseas. 
Al volver a casa me sentía un poco mejor. No obstante los días siguientes
me descompuse varias veces; Pensé que solo era una intoxicación. 
Dos semanas después de la fiesta seguía así y ya no sabía qué hacer.
Hasta que, en plena clase de biología, me desmayé por segunda vez en el mes.
No voy a detallar mucho esa parte...es muy doloroso. Aun duele como el
primer día... Lo voy a resumir en una oración: Estaba embarazada y, ese día
del desmayo, aborté. Según lo que me dijeron, fue por causa del estrés y la
presión que sentía. 
Lo único que me interesa en este momento es que sepas que te amo y es-
pero que algún día me comprendas. Jamás quise lastimarte. No tengo fuerzas
para seguir adelante, no sé cómo. No cuento con más lugar en mis hombros
para soportar toda esta angustia.
Mi mente y mi alma no pueden continuar y tampoco quiero que vos sigas
decepcionándote. 
Te amo ma. No quiero que te sientas mal, porque yo voy a estar bien con
papá y tu nieto, esperando a que sea tu momento para que nos reencontremos
de nuevo. Tampoco quiero que te culpes por esto. Prometelo ¿sí? Te vamos a
estar esperando. 
Con amor, Sabrina. 
Cerré el sobre y lo dejé en la cama. Jalé el gatillo y la oscuridad se apode-
ro de mí, trasladándome a la paz; Una sensación que me había abandonado y
que me recibió con los brazos abiertos como una vieja y querida amiga. 
153

EL COCHE CUNA Y OTROS 

por Cristina Soria


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

¡Arrorró mi niño, arrorró mi sol, arrorró pedazo de mi corazón....! 


Cuantas veces habrás escuchado esta canción y a su son bailaste acunando
un pedacito de sueños hecho realidad...
Naciste por el mil ochocientos, de una fina madera que talló algún eba-
nista con delicadas herramientas y cuidados que vos merecías. Te colocaron
de sostén, ejes de hierro con cuatro ruedas que te van hacer girar y girar
recorriendo muchos caminos. Completaron tu estructura con una manija de
delicadas curvas terminadas en madera para que sean acariciadas por unas
finas manos de mujer. Pero estás desnudo, te falta tu vestido... unos suaves
vellones, minuciosamente lavados y secados al sol, pasarán por la cardadora
para ser introducidos en una bolsa de tela cotí de colores tranquilos, una aguja
pasará de lado a lado formando lomitas y darán forma al colchón. Para termi-
nar tu vestimenta, unas laboriosas manos de abuela prepararán tu ajuar. Ella
ha elegido una batista blanca y bordará: iniciales, angelitos, flores, puntillas,
volados y culminara así, la tarea hacer las sabanitas y el acolchado.
Ya estás ahí, esperando que las nueve lunas iluminen tu figura. ¿Dónde
dormirás en ese inmenso caserón? ¿Dónde te guardarán?, eso aún no lo sabes
pero como un fiel guardián siempre estarás listo para salir a recorrer junto a
tu preciado dueño.
Cuántos llantos vas a escuchar! Cuántas risas! Ese sonajero de plata... al
que lo harán vibrar en pequeñitas manitas serán, para vos, los mejores acordes
jamás escuchados.
Pero todo no será alegría... noches de desvelo, candelabros que no se
apagan, aguamaniles, toallitas embebidas en agua para calmar la fiebre... y
vos estarás resguardado y esperando para volver a recorrer el jardín, las polvo-
rientas calles... pero feliz y orgulloso, llevando tu preciada carga, escuchando
a tu paso: ¡Qué hermoso bebé! ¡Qué lindo cochecito! Y te sentirás el único,
él mejor.
Todo tiene un comienzo y un final, pasaran muchas generaciones dentro
de tu estructura, quizás cambiarás de dueños, dormirás en un altillo y alguna
niña traviesa te descubrirá y acunará a sus muñecas. Ya estás cansado, tu
madera perdió brillo y tus ruedas chirrían al compás del herrumbre.... Han pa-
154

sado muchos años, has resguardado muchos sueños, has visto crecer y hacerse
hombre a muchos de tus dueños, ya es hora de ocupar tu lugar donde todos de
admirarán e imaginarán tu vida. Hoy estás junto a los mejores recuerdos que
atesoran otras épocas, donde te cuidan y reguardan, hoy estás en el “Museo
Histórico De Casares”, acunando al compás de un arrorró...
155

EL PORTAZO 

por Lucía Pilar Tort Oribe


Buenos Aires

Pegué un portazo y salí. No pensaba retornar. Cuando estuve afuera la


llamé y le dije: 
–Estoy yendo a verte. 
Quería fugarme. Irme. Escaparme. ¡No sé a dónde! Lo que sé es que des-
de hacía tiempo sentía un hondo rencor por mis compañeros de trabajo. Por
ninguno en particular, sino por todos en general. Una parte de mí había llegado
a despreciarlos. Odiarlos, incluso. 
Yo, que jamás había aborrecido a nadie, ¿en qué momento había juntado
tanto resentimiento? Quería saltar por la ventana desde el 5to piso. No me im-
portaba caer al precipicio y estrellarme contra el asfalto, con tal de no pasar
ni medio minuto más ahí. ¿Por qué estaba obligado a compartir ocho, nueve,
diez horas de las 24 que tiene el día con gente con la que no hallaba ninguna
conexión? Sonaba el teléfono. ¡Quería ser invisible! Sonaba el teléfono. Era mi
jefe, que demandaba balances, resultados, soluciones. 
A la recepcionista le pagaban dos pesos con veinte. Ni siquiera podía
costear el alquiler. La mujer pasaba por una situación crítica. Todos se daban
cuenta, pero hacían la vista gorda. Yo también me daba cuenta, aunque no era
como el resto: no toleraba la injusticia. Así que, una mañana fui a la oficina
del director:
–¿Sabe que Marta llora a diario? ¿Sabe, usted, qué le pasa?
El tipo me miró. 
–Estoy ocupado, ahora. ¿No ves?
Volví en silencio a mi box. Caminé despacio, cabizbajo. Me senté, miré
los mails... Pasé los minutos, las horas. Pasé el tiempo. Pasé la jornada y me
fui. Al día siguiente, en mi horario habitual, regresé a la oficina. Marta no
había llegado. No quise preguntar. Lo imaginé: la habían despedido. 
Me enfurecí. Experimenté una profunda ira. Era el sistema, las reglas del
juego que yo aceptaba y que acepté durante más de dos años, hasta que tomé
coraje. O quizá, fue el hartazgo –no lo sé–. Pero me hice de valor, pegué el
portazo, la llamé y le dije: “Estoy yendo a verte”. 
156

PHOENIX 

por Gabriela Vacca


Chaco

¿Cómo se hace para terminar con esto, para terminar, de una vez por to-
das, con esto? Existo desde el Paraíso Terrenal y como premio me dieron esto...
Él, que todo lo sabe, lo entiende como la mejor retribución por mi obediencia,
por haberme negado. ¡Y es que a mí las manzanas ni siquiera me gustan!
Yo no lo sabía, no podía imaginarme siquiera cómo sería. Todas estas mar-
cas en el alma, las cicatrices en las ganas y el significado. Vivía feliz, todos lo
éramos, sin conciencia del tiempo ni de la muerte y los demás eligieron dejarme
solo, solo en el mundo y en la eternidad. ¿O lo elegí yo?, ¿quién lo eligió?
Empujo mi voluntad cada mañana, busco incansable mi sentido pero son
tantos años que el tiempo se vuelve sepia, tanta realidad vista, tantas personas
más cerca de la oscuridad que de la luz; y la rueda de la vida que sigue girando
sin parar y la gente cada vez mira más abajo y hacia adentro. Ya no me ven,
no me ven en ellos, no me ven en su posibilidad de reinventarse, de renacer.
Siento el calor del sol, el calor del fuego y se me antoja ridículo e inútil
intentar y volver a intentar. No voy a morir, nunca voy a morir. Con los siglos
se volvió insoportable, aburrido y monótono esto de seguir sin terminar, de
vivir la eternidad. Tengo otra vez quinientos años y voy a morir.
Hago mi lecho de especias y plantas aromáticas, el sol llega al punto más
alto y lo miro fijo con una mezcla de desafío y angustia, de ira y cansancio.
Me recuesto y extiendo todo lo que puedo las alas, más, más amplio, mucho
más amplio, intentando que los rayos lleguen hasta el último rincón de mi ser,
quizá así, a lo mejor... Cierro los ojos, los aprieto y espero con todas las ganas
que sea la última vez.
Y ahí viene el fuego... siento su calor rojo envolviéndome y confundién-
dose con mi plumaje increíble, unidos en una sola llamarada magnífica que
despide destellos infinitos de luces y colores; y entiendo de nuevo la inevi-
tabilidad de continuar existiendo luego de las cenizas y el dolor del fuego se
trueca en una mezcla agobiante de furia e impotencia.
Luego, otra vez el llanto.
157

Aquí estoy de nuevo, pequeño pero consciente, débil aún pero invencible.
Mañana tendré el plumaje intacto, las alas espléndidas, el pico y las garras
fuertes. Otra vez yo con esta amarga libertad... hasta que dentro de algún
tiempo una vez más me invada la desesperación de seguir vivo sin final y
vuelva a intentarlo. 
158

PIEDRA LIBRE 

por Oscar Diego Varaona


Buenos Aires

I
El tubo fluorescente parpadea otra vez, y la penumbra absorbe la ha-
bitación. No siento miedo. Mis ojos ya se acostumbraron a esta oscuridad.
Aquí nada vale la pena. La celda de aislamiento del pabellón difiere de las
escenografías de las películas: no existen ni muros ni pisos cubiertos de cuero
blanco. Sólo una caja limitada por paredes sin revocar. Paredes salpicadas por
signos ilegibles, prolongaciones de dedos mugrientos de internos que intenta-
ron expiar su condena. 
Un jergón húmedo yace en el suelo de hormigón. Mi cuerpo ya no se
distingue del polvo. Mi cuerpo envuelto en un pijama gris. Un cuerpo gris en
una mortaja gris.
La celda es mi universo. Un universo que me reduce a una repetición
cíclica de seis pasos. Dentro de este universo siento como si un agujero negro
se nutriera de los vestigios de mi cordura. Prefiero concentrarme en las cica-
trices de mi piel. 
Esta habitación es infranqueable. O infranqueable sólo en apariencia para
aquellos que desde afuera me estudian, me espían. Ellos no comprenden que
el silencio burla las murallas del lugar. Y que ese silencio resuena en mi mente
y me transporta a aquel maldito jueves.
Santi, mi hijo. Me cubre los ojos con sus manitos. ¡Vení acá sinvergüen-
za, dame un abrazo! Entre estas paredes disfruto, como aquella vez, de esa
naricita chorreando hilitos de mocos. ¡Límpiate esa nariz, Santi! Y, cuando
regresa mi sonrisa, un estruendo que reconozco como ajeno me ensordece.
El suelo late, y el ventanal del jardín estalla proyectando una miríada de es-
quirlas. Un puño invisible nos golpea y nos catapulta contra el olmo. Luego
de un instantáneo paréntesis de calma, la casa se desmorona. Los restos del
derrumbe me atan, me aplastan, me torturan. El brazo que aún puedo mover
busca perforarlos y se desgarra. La presión cede, y abro un orificio entre los
escombros para respirar.
¿Dónde estás, hijo? No puedo gritar, ni siquiera susurrar. El esfuerzo so-
foca pero logro liberarme. La claridad del día se descarga sobre mí, enmarca
a aquella cabecita inerte castigada por trozos de cristales de sangre.
159

Y es entonces cuando el silencio vuelve. Y me sumerjo en aquellas mismas


ruinas, en esa mascarilla de oxígeno, en los analgésicos, en ese último llanto.

II
Por fin me habían asignado la casa. Lejos de los sucios escondrijos en
Bilbao, la campiña vasca inspiraba tranquilidad y confianza. 
La mesa del garaje era ideal para ordenar mis herramientas y los com-
ponentes que el ensamblaje requería. Todo iba de acuerdo con lo planificado.
Todo, a excepción de mí. 
Allí necesitaba autocontrolarme, no se permitían los errores. Desde que
ingresé en la organización, había hecho mías tales reglas. El peso de aquellos
quince años de combate me agobiaba, y yo sucumbía ante las distracciones
del pasado: la niñez de cada uno es un refugio difícil de abandonar. Me sedu-
cía revivir el aroma de las manchas de tinta en los cuadernos, el dolor de los
moretones en mis rodillas, la angustia ante los “desaprobados” en el boletín
del colegio. 
Ya basta, me dije. Debo empezar de una vez. 
Dos Rivotril me permitirían enfocarme mejor en la tarea. Pero pasaron
treinta minutos, y la situación empeoraba: la voz de la señorita Irene, mi
maestra de cuarto grado, reverberaba en el ambiente: “No te preocupes, Mikel,
de los errores se aprende”. Vieja de mierda. Levanté el volumen del equipo
de audio para ahuyentarla. Ahora sí, el clonazepam estaba haciendo efecto.
Recobraba mi habilidad, y poco a poco el circuito comenzaba a tomar forma:
cables, temporizador, bloques plásticos compactos. Pero el ruido de fondo no
cesaba: la vieja arpía se salía con la suya. 
Debía tomar un descanso. Un poco de aire fresco me caería muy bien. 
En el jardín, Santi jugaba con sus autitos. Pasé silbando a su lado, fingí
ignorarlo. Me detuve y me agazapé. Santi se acercó por detrás y me cubrió los
ojos con sus manitos. 
En el garaje, el detonador rodaba y los filamentos de mercurio vibraban
cerrando el circuito.
Ni siquiera un novato hubiese olvidado colocar el estabilizador.

III
¡Piedra libre para Santi y Mikel! grita una voz dentro de mí. 
Y es la señal de que he perdido el juego. Otra vez.
160

ESA COSTUMBRE DE LLAMARLA PUTA 

por silvia vazquez


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

“No sientas vergüenza. Si yo pu-


diera soñar, soñaría contigo”
Stephenie Meyer

Las citas de siempre. Rostros diferentes. 


Resalta su boca en un tono carmesí. Sabía que eso atraía a los hombres que
elegían dar unos pocos pasos a su lado. 
Se coloca un vestido que late sin nadie.
Lo conquistará con irrecuperables sonrisas.
Será el camino a una muerta lenta. 
Un pedido de amor a cuenta gotas. Un abandono más.
A la luz de la luna se desviste y penetra en su lecho. ¡Y ese frío que recorre
el alma como los árboles deshojados y solitarios que se asoman por la ventana!
Tan iguales a ella, sombríos y de pie, aunque la vida le dé fuertes bofetadas.
Componía una melodía con sus gemidos para complacer la noche de un
señor ardiente de pasión. Lo más difícil era emprender el camino de regreso. 
Anular recuerdos y caricias prometedoras de un futuro amor de entrecasa.
Aplacar el grito, el pedido de que construyan una casa en su pecho, con
jazmines alrededor y una chimenea silbando cada vez que ella llegara.
Belén, la de los ojos tristes, la de las ilusiones escondidas en un cajón.
Sacudió la cabeza como alejándose de esos pensamientos. Se vistió lenta-
mente. Acomodó el pelo revuelto intentando olvidar el olor que la impregnaba.
¡Qué más daba! Otra vez se encontraba perdida en la oscuridad de esa noche
fría de julio.
161

ETÉREO 

por Michelle Veneziano


Buenos Aires

Mi nombre es Azael.
Nadie sabe que existo. O si lo saben, ni los de allá arriba ni los de allá
abajo quieren admitir que soy tan real como ellos. Nadie quiere admitir que
sobrevuelo entre los mortales más que ningún otro ser etéreo; y por más que
odie decirlo, les doy la razón. ¿Por qué? 
Es por mi deber. 
Yo, soy el ángel de los suicidas. 
Lamento quebrar sus expectativas, pero hagan a un lado la primera im-
presión. No evito que esas almas dejen sus cuerpos por propia voluntad. Yo
me encargo de esperar a que se liberen. Luego las sopeso, las paso entre mis
manos, y decido que hacer con ellas. Por algo habían decidido dejar su anterior
existencia, y eso no es algo que pueda tomarse a la ligera. 
Dicho esto, ya sabrán por qué nadie habla sobre mí. Es obvio que a los
humanos les generaría aversión saber que un ángel hace un trabajo tan dudoso. 
Cuando alguien está al borde de su final, me presento como una exha-
lación. Cruzo un par de miradas con la Muerte, y entonces entramos en el
momento decisivo. Debemos enfrentarnos para saber quién de los dos se queda
con el alma del suicida.
La Muerte me observa desde sus ojos oscuros. Con una mano huesuda se
arranca una pluma negra. Yo hago lo mismo con una de mis plumas rojas, y la
dejo flotando en esa distancia solemne que hay entre nosotros.
La muerte espera.
Yo espero.
Segundo a segundo, una vida elige extinguirse. Las plumas no parecen
hacer nada especial hasta que una de las dos desprende una gota de sangre. La
gota se estrella contra el piso.
Esta vez, perdió la Muerte.
La sangre derramada demostró que pese a sus cientos de milenios de
disciplinada frialdad, todavía quedaba en ella la sombra de una luminosa
humanidad.
Victorioso, procedí con mi trabajo mientras ella se disolvía en el aire tal
como había llegado. 
162

El alma ya había sido liberada, y la tomé de inmediato. 


La pasé entre mis dedos, la miré a trasluz, dejé que me cuente sus secretos.
Encontré en ella un buen número de asuntos inconclusos. Lecciones pendientes
que sin dudas impedirían que pasara al plano espiritual. Me sería imposible llevár-
mela. Demasiados lazos la ataban a la vida mortal y por eso, debía regresar a ella. 
Estarán pensando que suena contradictorio, porque nunca se asoció a los
ángeles con la reencarnación.
Al demonio con eso. 
Los humanos nunca podrán interpretar la voluntad de un ser etéreo, por
mucho que lo intenten. 
Guardé al alma y me conecté con el plano espiritual. Todo lo que hacía
visible al mundo humano desapareció al instante, y en lugar de eso me encon-
tré en una maraña interminable de hilos plateados.
Delicados como los rayos de la luna, algunos se alejaban hasta la infini-
dad, otros acababan a poca distancia de mí para anudarse fuertemente. Algu-
nos estaban tan tirantes que parecían a punto de romperse, otros parecían tan
fuertes que nada podría quebrarlos. Pero yo sabía que aunque hubiese algunos
demasiado tirantes, u otros tan transparentes que parecían no existir, ninguno,
nunca jamás, iba a romperse. 
Con mis dedos tantee los hilos.
Entre tanto plateado, algunos hilos rojos como venas latientes se destaca-
ban con facilidad. Los corrí, me moví entre ellos mirándolos con atención, has-
ta que encontré una solución, muy lejos de donde había comenzado a buscar. 
Volví al plano terrenal y me recibió lo que, en el plano espiritual, había
llamado tanto mi atención. Una mujer pronto iba a dar a luz. Con esperanza, y
amor, miraba su vientre acompañada de un hombre que acariciaba sus cabellos. 
Era el lugar perfecto. 
Saqué al alma.
Me acerqué a la pareja sin que ellos pudieran percibirme, pero bajo la fija
mirada de un gato blanco que les ofrecía compañía. Lo saludé con la mirada
y continué con los últimos detalles.
–Esta vez, aprende –le dije al alma, y esta se estremeció. 
La dejé libre y se deslizó a través del vientre de la mujer, y yo supe que
ahora reposaba dentro del cuerpo del que estaba por venir. 
Mi tarea había concluido, una vez más, como fue por los siglos de los
siglos, amén. 
163

VIDA EN EL HORIZONTE AZUL

por Delfina Cecilia Verón R zemyk


Santa Fe

Evangelina contemplaba el mar y le pidió a su madre que la llevara hasta


allí. Ella tomó una hoja y una birome antes de marcharse. La madre la sentó
sobre la arena a una distancia prudente del mar y se fue. 
Sintió deseos de nadar. No pudo. Levantó su remera y observó su estóma-
go. En sus pensamientos había complejos.
Comenzó a escribir. 
Cuando desperté mi mamá estaba a un lado de la camilla, dormida y con
los pómulos hinchados por el llanto. 
Recuerdos intermitentes me asecharon.
El primer rechazo comenzó en jardín. Me había acercado unas niñas que
hacían castillitos de arena y yo les pregunté: –¿Puedo jugar con ustedes? Su
respuesta fue “No porque sos gorda”. 
En la primaria me apodaron y ridiculizaron siempre, nunca supieron como
me llamaba realmente o no querían saberlo. En séptimo grado me empujaron
desde unas escaleras. Dos profesoras estaban de espaldas y cuando voltearon
solo advirtieron mi caída. No llegaron a ver cuando me arrojaron.
Esa “broma” me dejó paralítica y ahora extraño hasta la sensación del
hormigueo que me provocaban mis piernas cuando se dormían. Junté coraje.
Recurrí a mi madre, quien solicitó, urgente, una reunión con mi profesora. 
Di por hecho que ellos negaron su injustificable violencia y que a la pro-
fesora le bastó el palabrerío de mis compañeros. Los retó como quien saca la
lengua, esporádicamente, a alguien con ánimos de ofender.
Había soñado con esa oportunidad muchas veces. Había imaginado a mis
agresores humillados, derramando todas las lágrimas que empaparon la ropa
de mi mamá cuando volvía del colegio. O, ellos, evitando las vidrieras para
obviar el reflejo de sus siluetas. Tuve que conformarme con los miembros
sanos que me quedaban. 
La primaria acabó con un telón entreabierto que dejaba ver, desde la pe-
numbra, un cartel nítido: “Continuará...”. 
Comencé la secundaria. Primer año acabó vehemente. Pero estaba can-
sada y todo cambió. 
164

Empecé con la bulimia. Y luego abofeteando a cualquiera que me mortifi-


cara una vez más... Fue triste la paz que me invadió y lo poco que me arrepentí.
Las burlas descansaron una semana bajo su manto de perjuicios, tomando
energías para atacarme desaforadamente... No quería estar golpeando, ni ser
manejada por mis impulsos, como un animal indómito.
Entonces empecé a fumar. Creía ver a mis penas escabullirse a través del
humo de la adicción.
Un día me llegó un mensaje de texto, el detonante. El mensaje decía que
el próximo día de clases, a la salida, me iban a dar dos golpes por cada arcada
que yo les producía si no hacía la tarea de todos. 
Agarré las pastillas de mi mamá y trague una por una. Esperé que el ale-
teo del tiempo manoteara mi alma ya en deceso...
Evangelina quitó su vista de la hoja. Palpó la cicatriz de su rostro, que
había sido la consecuencia de aquella golpiza colectiva que sus compañeros
le dieron. Una lágrima se deslizó sutil por su cara. Siguió hablando oralmente
mientras su mirada deambulaba, sin prisa, de nube en nube.
“...Y aparecí aquí: en el hospital. Besé a mi madre, sin hacer ruidos me
senté en la silla de ruedas y partí. 
Llegué a una playa. La insistente brisa golpeaba mis pestañas. La luna
iluminaba la arena de tal modo que la hacía parecer hojas de otoño con lunares
grisáceos.
Me acerqué a la orilla, y fumé una caja de cigarros, me adentré al agua
y no tarde mucho en caer. Sentí como el frío del mar atravesaba los cristales
rotos esparcidos en mi pecho; que no era más que mi esperanza muerta. 
Miré por última vez las estrellas, que en ese momento me parecieron
dientecitos de leche de niños mulatos.
En mi interior, las voces de mis compañeros se transformaron en innu-
merables sacos de piedritas que me arrastraron por la astillosa arena del mar”.
Evangelina quedó en silencio. Un calor abrasador le recorrió el cuerpo: la
mezcla del miedo y el dolor. 
Comenzó a arrastrarse hasta el mar. 
Su mano tocaba el agua cuando su mamá, quien la estuvo observando, la
sujetó y le dijo: –La belleza es un momento social. Y como tal es olvidado. Y
sos más que un olvido pasajero. Sos un “ahora en voz alta.”
Deja huellas sobre rocas y no sobre olas que mueren, una y otra vez, sobre
la misma piedra.
165

LA FOTO DEL PATIO

por Juan Carlos Viale


Buenos Aires

Según la pantalla gigante del LCD hoy es un día soleado; pero, como mi
casa quedó incrustada entre dos edificios inteligentes, siento que me cubre la
sombra de los avances tecnológicos...
Estoy inquieto, ¡no aburrido!, pero sí inquieto; no hay manera ni argu-
mentos para aburrirme en esta casa, donde nací y he vivido y vivo todas las
lecciones de la vida (con alegrías y tristezas); y donde siempre encuentro algo
para hacer.
Para saciar mi inquietud me esfumo de mi lugar común, me deslizo sigi-
losamente entre los muebles y vuelo al desván donde aprovecho para limpiar y
acomodar algunas cajas, entre las cuales encuentro una con fotos que me sirve
para revivir hermosos recuerdos; recuerdos que flotan junto a mí ayudándome
a disfrutar el presente...
Veo una foto del viejo patio, con el piso de ladrillos y la glicina apoyada
sobre una glorieta, observo a mi Abuelo parado, portando su bicicleta junto
a mi Abuela que luce un batón oscuro, y... varios enanitos (criaturas) que los
rodean, entre los cuales está mi hermano, unos primos y también yo. Veo y
me imagino escuchar la campanita que anunciaba la presencia de alguien en
la puerta de alambre de la entrada.
En frente del patio, sobre la vereda que da a la zanja de la calle de tierra,
había dos árboles que se transformaban en un arco de fútbol y donde Buticce
(mi ídolo de aquel momento) cada vez que le hacían un gol tenía que ir a bus-
car la pelota entre las flores del jardín de la Abuela y, por supuesto, tenía que
bancarse los retos de la Abuela primero y de la Madre después...
Sigo ordenando fotos y encuentro una que me trae las imágenes de un
cumpleaños, era el festejo de los 18 años de mi hermano mayor.
Algo que movilizó a toda la familia, a todo el barrio... Los tachos de 200
litros cargados con Crush, Coca, cerveza Quilmes y sidra, desbordados por
los pedazos de las barras de hielo gigantes partidas a mazazos.
El patio cubierto con las lonas del camión del Tío, y todos bailando al
ritmo de los LP de Música en Libertad y del Cuarteto Imperial que brotaban
del WINCO a todo volumen...
166

Hasta me parece percibir el aroma a asado y el olor a humo de la parrilla


que se ve al fondo.
Al seguir revolviendo fotos encuentro otra del patio, y lo veo distinto. El
piso ahora es de baldosas en vainillas, la glorieta y la glicina fueron cambiadas
por una rosa china y la campanita de la entrada por un timbre eléctrico.
Están Mamá y Papá, y yo con mi impecable traje de Conscripto a punto de
volver al Cuartel después de un franco... Recuerdo con qué sentimental orgullo
me despedían hasta el próximo fin de semana.
Ahora me doy cuenta que el destino quiso que esté en medio de dos
hechos históricos, cumplí con mi Servicio Militar después del conflicto con
Chile por el Beagle y antes del conflicto con Inglaterra por Las Malvinas...
Siguen apareciendo sobres, y sigo acomodando fotos. Ahora aparece otra
foto, también del patio, y me hace recordar que Papá ya no está.
La calle de tierra se transformó en asfalto y la zanja fue reemplazada por
una red cloacal. Menos mal que todavía quedan los árboles, aunque ya nadie
los puede utilizar como un arco de fútbol por el intenso tránsito (a pesar de los
lomos de burro que logramos que colocaran).
En esta foto me veo junto a mi Esposa, a mi hija en su bicicleta Aurorita
rosa y a mi hijo (bebé) sentado en su zapato andador.
Estuve tan entretenido que el día se me pasó volando, igual que la vida...
Así que acomodo esta última foto y me voy a dormir.
Es una foto actual del patio (o lo que queda de él), los árboles fueron
reemplazados por postes de estacionamiento medido automáticos y al viejo
timbre lo reemplazó un portero eléctrico con cámara de seguridad.
Además también veo a mis nietos metidos de cabeza en una pequeña
computadora. Me siento muy feliz al verlos; pero..., que lástima, yo ya no me
veo en la foto del patio...
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LA OTRA OPCIÓN 

por Gabriela Luisa Fabiana Vilardo


Buenos Aires

¿Y usted qué cree, Sánchez, que yo estoy acá por mero gusto personal?
La duda me apretó siempre la garganta y quiero evitar un edema de glotis,
decía mi amigo D’Amico, con la mirada atenta a todos los movimientos de la
exposición, y con esa extraña descortesía para con un evento semejante. Y yo
pensé que se venía una confesión de hipocondríaco en una galería de arte. Lo
que definimos, decía, como proyección de una imagen para capturarla a través
de una cámara no es más que apoderarse de la realidad y reducirla a una lente.
Es el poder que ejerce el hombre, mi querido Sánchez. Sí, como lo escucha, el
poder tiene una diversificación casi inimaginable. ¡O usted cree que el poder
es privativo de políticos y eruditos! No, no se equivoque, Sánchez. El poder
está instalado en la esencia misma del ser humano; a veces se disfraza de soli-
daridad, otras, de discurso, y en ocasiones como estas, de fotografía. Sírvase
el vinito que le ofrecen y acérquese. Yo no bebo, cuido mi hígado. Aproveche,
usted, me dijo. Mire esta foto, continuó ¿Ve usted lo mismo que yo? Lo supo-
nía: un niño en cuclillas. Sí, muy humilde, estamos de acuerdo. Esa camisa
despojada color marrón que apenas le cubre las rodillas lo indica todo. No,
no está abotonada. Es como si se la hubiese puesto para no salir desnudo y
presiento que, debajo de ella, si el niño se incorpora un poco asomarían las
costillas. Pero no se incorpora; sólo mira las migajas de pan caídas en el piso
que le quedan por comer. Sí, por supuesto que tiene su atención puesta ahí,
diría yo que el estómago, más que la atención. ¿No le parece? Y me indica,
usted, Sánchez, que ignora el lugar donde se encuentra el niño. Un piso de
cemento ya deteriorado, supongo que por erosiones climáticas; y si se tratara
de eso puede contextualizarse en cualquier lugar del mundo. Me dice que el
piso está así por abandono de poderosos. Puede ser. Y de poderosos era que
estábamos hablando. Pero mi observación apuntaba hacia otro lado. Si ese niño
en cuclillas con camisa despojada, desprendida, que apenas le tapa las rodillas
y deja ver sus cobrizos pies descalzos sobre un piso de cemento erosionado por
el clima o dejado al abandono por los poderosos, osara levantar la cabeza y lo
mirara a los ojos, a usted, fotógrafo, póngase en ese lugar, hágame el favor....si
él lo mirara: ¿qué leería, Sánchez, en esos ojos?... ¿Qué interrogante aparecería
en esa mente frente a la lente firme y con dirección hacia un solo destino? No
me corra con otra pregunta y no me diga que el interrogante lo tiene usted.
Ese chico sabía que le estaban tomando la foto. ¡Pero cómo que no! Sí, lo
168

sabía. Sírvase un canapé, Sánchez. Hágalo por mí que no quiero volverme


diabético. Usted quiere saber hacia dónde apunta mi observación. Volvamos al
poder del fotógrafo. Ahí está la lente y detrás de la lente, usted que congela el
instante,lo puede hacer, lo necesita hacer y lo hace. Usted. Una metáfora, claro.
Un hombre que hace que el niño se deje fotografiar, un hombre que hace que
el niño se intimide. Un niño sin nombre, ni lugar, ni fecha, un niño listo para
ser capturado por la cámara de un poderoso. Un niño que, paradójicamente,
tiene poder y deja ejercerlo, tal vez porque su realidad es infinitamente más
amplia que lo que pueda abarcar una lente. Tal vez, porque ignora la suerte que
pueda correr después del ruido de su disparador. Pero él sabe que puede haber
un antes y un después; no impide nada. ¿Me dice, usted Sánchez, que alguien
en semejantes condiciones y de tan corta edad no puede preocuparse de tal
cuestión? Me da cierto alivio su respuesta. Siempre hay otro más poderoso. 
Y quiere, usted, sacarse la intriga de que por qué me contradigo con esto.
Con pesar, sí, con pesar lo confieso y ahora siento alivio. Fingí frente a usted,
porque todavía me atormentaba la duda de la otra opción...aunque durante
mucho tiempo estuve convencido de que, tendido en el piso, sangrando mis
heridas de guerra y con pulsaciones desvaneciéndose, con el cielo cayendo
sobre mi cabeza, sólo quería que aquel fotógrafo que disparaba el gatillo de su
cámara, me estirara una mano.
Venga Sánchez, miremos la fotografía de aquel amanecer. 
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INDIA BLANCA MUJER MEDICINA

por Paola Carina Vincenti


Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Llegó al mundo durante una gran tormenta.


Asomó sus ojos en el preciso momento en que un fiero huracán tocaba
tierra en el Valle Grande.
Toda la tribu: niños, mujeres, ancianos y hombres estaban reunidos en la
choza principal, acurrucados por el miedo. En un rincón Nahuela pujaba por
salir al mundo. Luchó para entrar y ganó... su madre, Estela de Luz, no logró
sobrevivir... Miró con amor a la bebe y sonriendo subió al viento.
La Chamana Bazalinda dijo que la gran tormenta fue la primera de mu-
chas luchas de Nahuela.
Nahuela era una niña diferente... Sus ojos eran negros como la noche, en
ellos se asomaba un alma que traía el ímpetu de los vientos y el temple de la
montaña; contrastaban con su tez blanca, era tan blanca como los picos neva-
dos de la cordillera.
No fue fácil ser diferente en la tribu, aunque fuera la nieta del Cacique.
La llamaban India Blanca... los habitantes de la tribu la trataban con
recelo y su familia, por temor al descontento general no la defendía. Tuvo
una infancia solitaria, era curiosa, por ello aprendió de la naturaleza y de los
animales del ciclo de la vida.
De Bazalinda, quien la tomara bajo su cuidado, aprendió la medicina de
la tierra y de las plantas.
Cuando Nahuela cumplió 16 estaciones, las mujeres de la tribu y ella, li-
deradas por Bazalinda se dirigieron a las montañas, en dirección a la caverna
de ANKA. Allí celebrarían la iniciación, en la que recibiría su don con el cual
ocuparía su lugar en la rueda de la vida de la tribu.
Ya en la caverna encendieron el fuego, comenzaron a entonar cantos
sagrados, estrofa tras estrofa arrojaban hierbas que avivaban las llamas e
inundaban el lugar de un dulce aroma.
Bazalinda llamó una a una a cada mujer y le pidió que presente su ofrenda. 
Las ofrendas fueron susurradas a cada mujer, por el gran espíritu, en sueños.
Tenían formas de regalos, mensajes o amuletos, Nahuela los presentaría
a la Gran Señora de KETRAWE, para que esta derramara sobre las presentes
y la tribu sus bendiciones y le susurrara a Nahuela su Don.
170

La Chamana elevó las ofrendas al cielo y las arrojo al fuego. Temblaron las
entrañas de la montaña, una ráfaga de viento huracanado se coló en la caverna,
este pequeño huracán toco tierra a los pies de Nahuela, quien serenamente mi-
raba lo que sucedía. A sus pies vio un cofre, sintió algo frió que colgaba de su
cuello y daba suaves golpecitos a la altura del corazón, era una llave. 
La Chamana le indicó que usara la llave para abrir el cofre.
Así lo hizo, tomo con manos temblorosa la llave y la deslizo delicada-
mente en la cerradura, giro la llave, inspiró profundamente y levanto la tapa.
Una brillante luz dorada la cegó por unos momentos, luego pudo distin-
guir en el fondo del cofre dos objetos, los tomó y los llevó ante Bazalinda 
B: –Querida Nahuela ¿qué tiene ahí m´hija?
N: –Es una piedra verde y un sobre.
B: Tomó la piedra entre sus manos y le dijo: –Este es tu Don... Ketrawe te
ha entregado el “Don de Sanar Corazones”.
N: –Pero Bazalinda, yo solo sé de plantas... ¿Y si no puedo cumplir lo que
me pide la Gran Señora?
B: –Tranquila abre el sobre y lee.
Nahuela, entre lágrimas, abrió el sobre; para su sorpresa era una carta de
su madre. Que decía así:
Querida hija, qué feliz estoy de que leas estas palabras, estoy bien. Estoy
contigo a cada paso. No temas, has recibido el Don de Sanar Corazones, yo
lo recibí también a tu edad en este lugar pero por miedo decidí guardarlo,
cuando el Gran espíritu me anuncio tu venida al mundo, me previno que no
te vería crecer, y que serías tu quien habitaría el Don.
Estas bendita hija, no temas. Cuando me necesites toca tu pecho y escucha. 
Con Amor Mama. 
Enjuagando sus lágrimas irguió su pecho y mirando a Bazalinda a los ojos dijo:
N: –Acepto habitar el Don.
Al decir esto una Estela de luz, iluminó la caverna y elevándose se con-
virtió en estrella.
Cuenta la leyenda que desde ese día Nahuela dejó de ser una niña diferen-
te. Desde ese día caminó por el Valle Grande ayudando y sanando corazones.
Desde ese día la llamaron India Blanca Mujer Medicina.
También cuenta la leyenda que, cada estrella del firmamento nace cuando
una mujer acepta habitar su don.
171

NEGATIVA, INEVITABLE, COTIDIANA 

por Rodolfo Maximiliano Zamora Damonte


San Juan

Ella tenía la particularidad de hacerle sentir a los transeúntes el desgarro


de 16 o 17 ocasos, a nadie le interesaba realmente sobre sus desgracias, solo
importaban sus impresionantes piernas y culo aunque como no era prostituta
solo la mirada lasciva era su compañera negativa–inevitable–cotidiana. Yo la
miré en más de catorce oportunidades, me hubiese encantado tocar sus pier-
nas, besarlas y lamerlas, a mi hermano menor también pero como la timidez
siempre nos jugó una mala pasada un día decidimos matarla. Ella vivía en esa
esquina así que su ubicación sería sencilla, sus padres no estaban nunca y su
hermano vivía en la entrada de la facultad de derecho. 
Era sábado y nos dirigimos ahí con nuestro auto prestado por papá,
vigilamos su posible salida y cuando esperaba el taxi para ir a la matiné la
interceptamos pegándole con un palo en el medio de su angelical cabeza-
cabellera-fontanela ya cerrada mucho tiempo atrás. 
La subimos al baúl del auto y conducimos rumbo a la iglesia protestante
en construcción. Al llegar notamos que ella aún dormía del manso golpe pro-
pinado, la bajamos y antes de que despertara decidimos cumplir con nuestro
deseo, por ello, yo tome una pierna, la derecha, y mi hermano la izquierda,
tocamos, besamos y lamimos con éxtasis, sin preocuparnos por la comodidad
ya que al cortarlas cada uno fue a un sitio diferente a realizar el acto.
Lo que realmente nos impresionó fue su despertar y su desesperación al
comprobar que no tenía sus miembros inferiores donde debían estar sino en
nuestros miembros superiores, agarrándolos y besándolos. Sus gritos impidieron
que nos siguiéramos divirtiendo, le tapamos la boca con varias vueltas de cinta
adhesiva y prendimos una fogata. Una vez encendida tiramos las piernas al fue-
go, sentimos que ella lloraba al ver sus piernas perderse en el humo. Habíamos
llevado alcohol para desinfectarle las heridas por no sé que acto altruista, vacia-
mos un litro en un balde y se lo arrojamos en sus nuevos muñones, queríamos
que siguiera viva un rato más pero también queríamos abrirle su estómago. Lo
hicimos y creo que se desmayó ya que no volvimos a oírla, sus órganos eran
entre rosados y bordó. La policía llegó y nuestra diversión concluyó con una
noche detenidos, nuestro papá-juez-responsable-del-orden-imperante nos quitó
toda posible amenaza de antecedente y retornamos a casa, a nuestros estudios,
a nuestras normales vidas, sin tener que preocuparnos más por el éxtasis sexual
que nos provocaba esa maldita estatua de la esquina.
SOBRE EL COMPILADOR

Roberto Diego Barletta


Nació en la Ciudad de Buenos Aires, donde también reside, en el año 1960.
Participó en talleres de literatura, gestión de la Creatividad y Guión Ci-
nematográfico en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
Es escritor de novelas y cuentos cortos que han contado con el recono-
cimiento y premiación en diversos concursos literarios y que han servido de
base literaria para documentales de producción nacional.
Actualmente dicta talleres de Creatividad Literaria en la Biblioteca “José
Ingenieros”, en el Partido de Tres de Febrero, en el Centro de Memoria ex
CDDTyE “El Olimpo”, en el barrio de Floresta y el espacio “El Eternauta”, en
San Telmo. Todos ad honorem.
Ha sido seleccionador, compilador, corrector y presentador de “Los Vue-
los del Tintero”, “Senderos con Historia” y “Gotas de Primavera”, siendo este
presente título su cuarta selección de cuentos para la Editorial Dunken.
También conduce el programa de radio “¿Cómo llegamos a esto?” trans-
mitido por por AM 1230 Creativa y administra el blog http://moscuenbaires.
blogspot.com con noticias de Rusia y Argentina.
Sus influencias literarias se basan en tres autores: Herman Hesse, José
Saramago y Julio Cortázar.
Actualmente trabaja en una agencia de noticias y realiza colaboraciones
en distintos blogs literarios.
ÍNDICE

Prólogo. .......................................................................................................... 7
Fernando Aiduc - Un viernes por la noche  .................................................. 9
María Elvira Alvarez - A destiempo  ..........................................................11
Teresa Amitrano - Como acequia del desierto  .......................................... 12
Tomás Alva Andrei - Lejos de mis manos  ....................................................14
Ana Belén Bedetti - Tres  .............................................................................16
Facundo José Beltrán - La pared de hielo  ..................................................17
Jorge Benito - Tantos  .................................................................................. 19
Marcos Bongiovanni - Giovanni morapio, poeta menor  ............................ 20
Fernando Bustos Odzomek - Ayer vi a Claudia en el subte  ....................... 22
K aren Abril Cáceres Aguirre - Funeral  ................................................... 24
Daniel Calcagni - Dimensiones  .................................................................. 25
Elsa Fabiana Cantero - Celos y fracaso  ..................................................... 26
María Claudia Capelli - La muchacha en el río  ........................................ 28
Silvia Beatriz Cecchi - Dolor  ..................................................................... 30
María Mercedes Chasampi - La humana  .....................................................31
Cristian Nicolás Chazarreta - El caserón maldito  ................................... 32
Flavia Ciarlariello - Correspondencia  ..................................................... 34
Verónica Civale - Mister Black  ................................................................... 36
Marcelo Colussi - Arenga ........................................................................... 38
Juan Manuel Cuello - La moneda  ............................................................. 39
Ana Maria Damico - Un cuento maravilloso  ...............................................41
Nora Ángela Dantas - El Arte y Yo  ............................................................ 43
Ana Clara Del Teglia - La carta de amor más bella  ................................ 45
Lidia Dellacasa - El apuntador  .................................................................. 47
Juan Andrés Duro - Carlos y Boxer  ........................................................... 49
Heriberto Victorio Etcheverry - La procesión  ......................................... 51
Walter Francisco Faul - Reencuentro anacrónico  .................................... 53
Zulma Fedrizzi - Bicicleta de bruma  ........................................................... 55
Osvaldo Fernandez - Persecución  .............................................................. 57
Silvana Ferrari - La figura en la tormenta  ................................................ 59
Carlos Ferreyra - Soledad  ......................................................................... 61
Sonia Figueras - Cita en “el catedrático”  ................................................... 63
Virginia Fontela - La Odisea de Ernesto  ................................................... 65
176

Marta Sonia Forleo - La caída  .................................................................. 67


María Madalena Gabetta - Desde el peñasco  .......................................... 69
Rodrigo Gaite - Derrumbe  .......................................................................... 70
Daniela Giraud - Modo avión  ..................................................................... 72
Ernesto Alfonso Golini - La historia del señor F.  ..................................... 73
Fernando A. Gonzalez - El viejo algarrobo  ............................................... 75
Alicia Gonzalez Alarcon - La decisión  ..................................................... 76
Mara Denisse Guolo - La jaula de todos los días ....................................... 77
Felipe Rodolfo Hendriksen - La ronda  ....................................................... 78
María Elena Iglesias - Fantasía mística  .................................................... 80
Mabel Labordiva - El brujo  ........................................................................ 82
Amalú Llamas Irazábal - Las botellitas  .................................................... 84
Rubén Oscar Lofeudo - La carta de Petrona .............................................. 86
Ana Magliola - El viajante  ......................................................................... 88
Andrea Carla Maisterra - La mujer de la Plaza  ...................................... 90
Javier José Menendez - Apolinario Osorio  .................................................. 92
Enzo Maximiliano Mitre Nicola - El día que Dios se aburrió  .................. 94
Martín Morales - Tarde soleada  ................................................................ 96
Mónica Adriana Morales - Shamariya  ...................................................... 97
Nahuel Morales - Camino a una razón que desconocía,
vi cómo del cerro chorreaban ardores...  ................................................ 99
Myrtha Magdalena Moreno - Obstinación  ..............................................101
Victoria Moyano Vargas - Aromas de la infancia  ....................................103
Fernando Murano - La araña  ................................................................... 105
Roberto Ezequiel Mussano - Soñar no cuesta nada  ................................. 107
María Guillermina Nabarro - Señorita  ................................................... 109
Rosy Nardi - La calesita ..............................................................................111
Fernando Ezequiel Negro - Cuentos con fútbol:
Nicolás Campodomico vs ”El Manuel” ........................................................ 113
Nahuel Adrian Ovettini - Errores cometemos todos  ...............................115
Ruben Daniel Parisi - El silencio  ...............................................................116
Marcelo Peiti - Banshee de Recoleta  ........................................................117
Sandra Andrea Peretti - El ídolo de barro  ..............................................119
Enrique Carlos Pérez Basile - De regreso  ...............................................121
Liana Pividori - Los tiradores negros  ....................................................... 122
Gustavo Darío Pizarro - Viajando en un tren  .......................................... 124
Celeste Poiman - La vieja de mierda  ......................................................... 125
Marcelo Posada - Dos billetes  .................................................................. 127
Rubén Alberto R amello - Día de la diversidad cultural americana  ....... 129
Alixon R eyes - Oficios de la pelota  ...........................................................131
177

Nora Elisa Rodriguez - Dos vidas  .............................................................133


Pedro Aníbal Roldan - La bendición, mamá  ............................................ 134
Judith Rottenstein - El gran markova  ...................................................... 136
María del Carmen Rourich de Navoni - Okupas  ......................................138
María Silvina Sala - Madre Tierra  .......................................................... 140
Roberto Daniel Sandroni - Testamento del cuerpo  ...................................142
Eduardo Santamaría - Donna  ...................................................................143
Esther Santana - El dragón y los libros  ................................................... 144
Irina Santroni - El Presagio  ..................................................................... 146
Fabiana Savatin - Cita en el bar  .................................................................148
Antonio Schweinheim - Berrinche  .............................................................149
Micaela Belén Silva - Despedida  ..............................................................151
Cristina Soria - El coche cuna y otros  ......................................................153
Lucía Pilar Tort Oribe - El portazo  ..........................................................155
Gabriela Vacca - Phoenix  ......................................................................... 156
Oscar Diego Varaona - Piedra libre  ..........................................................158
Silvia Vazquez - Esa costumbre de llamarla puta  .................................... 160
Michelle Veneziano - Etéreo  .....................................................................161
Delfina Cecilia Verón R zemyk - Vida en el horizonte azul .......................163
Juan Carlos Viale - La foto del patio .........................................................165
Gabriela Luisa Fabiana Vilardo - La otra opción  ....................................167
Paola Carina Vincenti - India Blanca Mujer Medicina .............................169
Rodolfo Maximiliano Zamora Damonte - Negativa, inevitable, cotidiana  .......171
Sobre el Compilador. ................................................................................................173
Se terminó de imprimir en Impresiones Dunken
Ayacucho 357 (C1025AAG) Buenos Aires
Telefax: 4954-7700 / 4954-7300
E-mail: info@dunken.com.ar
www.dunken.com.ar
Marzo de 2016

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