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ANTONIO PRIANTE

NUEVAS AVENTURAS
DE
FAUSTO
Y
MEFISTO
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MEFISTO SE EXPLICA

Estimado público, hace tiempo que os deleité - a los más despiertos de vosotros - con
algunas muestras de mi inventiva y de mi arte. Pocos me lo han agradecido, como era
de esperar. Y ya no me refiero a los conspicuos exponentes de la industria editorial o
a los críticos más o menos eminentes, de quienes ya es sabido que se puede esperar
cualquier cosa excepto lo que propiamente cabría esperar. Me refiero a vosotros, a los
que formáis la tropa – y sin embargo tan sabios, algunos – de los lectores ávidos,
aplicados e inteligentes. Pero no me quejo. El que recibe los beneficios poco suele
acordarse del benefactor. Y además yo soy la persona – por llamarme de alguna
manera – menos adecuada para presumir de benefactora de nadie.

Para empezar, ha de quedar claro que yo no presumo de mis actos ni de mis
intenciones. Mi destino está escrito, como el de cada cual, desde el llamado principio
de los tiempos. Así, que aquí no se trata de vanagloriarse ni de alardear de unos
méritos que no existen. Aunque quizá sí convendría hacer algunas precisiones para
que nadie se llamase a engaño sobre mi personalidad.

Mefistófeles es el nombre que desde antiguo se adjudicó a un diablo menor, es decir,
distinto del gran Diablo o Demonio de la teología cristiana. Pero desde hace ya
tiempo, se les viene confundiendo a uno y otro. Yo no sé si Goethe tuvo parte de
culpa en esto, o si se debe simplemente a la manía moderna de reducir y simplificar.
Tanto da. Demos por asumido que Mefistófeles es el Diablo y punto.

Lo que sí ha de quedar claro es que Mefisto – que soy yo – no es exactamente el
Diablo (mayor o menor) de la tradición religiosa, sino una especie de demiurgo (o
sea, creador menor) que desde hace un tiempo anda perdido por el mundo de las
letras, aunque, eso sí, con un enorme parecido al Demonio tradicional o, mejor dicho,
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al Mefistófeles goethiano, íntimamente emparentado con aquél. Y este parecido es tan
acusado que, de hecho, me comporto igual que él (el goethiano, se entiende),
salvando las inevitables diferencias debidas a los respectivos temperamentos de sus
autores, no sé si me explico.

Bueno, lo que quería decir – y espero decirlo antes de que pierda el hilo
definitivamente – es que, visto el éxito presunto de las aventuras que di a internet, he
pensado que sería interesante continuar con otras nuevas. Lo malo de este
pensamiento es que no funciona por sí sólo, quiero decir que, una vez lo has tenido y
comunicado, tienes que ponerlo en práctica.

Bien, no hay que agobiarse. La obra está ahí, aguardándome en el futuro. Sólo se trata
de llegar hasta ella. Para empezar, habré de dar con mi socio. Hace tiempo que no sé
nada de él. Espero no encontrármelo convertido en una estrella del cine. En serio, me
conformaría con que hubiese madurado un poco.

Veremos.
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JORNADA PRIMERA

LECCIONES DE FILOSOFÍA

Con cierta preocupación, muy comprensible, Mefisto advierte que Fausto flojea
ostensiblemente en disciplina tan fundamental. Para corregir el déficit, lo envía al
corazón de Europa, donde conocerá a dos lumbreras del género.
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Los grandes filósofos son poetas que
creen en la realidad de sus poemas.
Antonio Machado

Fausto, en la cumbre de la montaña a cuyos pies se extiende la gran ciudad y, más
allá, el mar. Amanece. El rumor de la urbe que se despierta llega como en sordina. A
lo lejos, en el horizonte marino, un sol enorme y rojo pugna por abrirse paso entre
las nubes.

FAUSTO.- He aquí la historia de todos los días. Más de un millón de personas
despertando de sus sueños para seguir enfrentándose a la tarea de vivir. Pero el nuevo
día no habrá de satisfacer ninguno de sus deseos. Suerte tendrán si consiguen
mantener la ilusión, la creencia de que algún día llegarán a ser felices o, por lo
menos, a disfrutar de un instante al que puedan decir ¡detente! Una vida entera no ha
bastado para convencerme de que esto es imposible, de que la felicidad no existe, de
que es sólo una quimera creada por la fuerza misteriosa que nos empuja a vivir. No,
me niego a resignarme. Y así me veo, vagando por el tiempo y el espacio, asociado a
ese engendro infernal que lo promete todo y no da nada... Por cierto, hace tiempo que
no lo veo...¿Por dónde debe andar?...
MEFISTO.- (Surgiendo de la bruma matinal) Aquí estoy, a tu lado y a tus órdenes.
Pero antes de reanudar nuestras relaciones, si es que tal cosa procede, habrá que
aclarar un malentendido, o dos. Paso lo de “engendro infernal” como una concesión
poética a la visión tradicional de mi imagen. Pero ¿de dónde has sacado que yo lo
prometo todo y no doy nada? Para empezar, yo no te he prometido nada – y me
refiero, naturalmente, en el contexto de esta obra – y, en cambio, te he dado mucho
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más de lo que hubieses conseguido por tus propios medios. ¿Quién hubiese sido
capaz de pasearte por toda clase de época y lugares? ¿Con quién hubieses tenido
ocasión de conocer a tantas grandes figuras de la historia reciente? ¿Quién te habría
llevado, como yo lo he hecho, al estrellato del arte cinematográfico?...
FAUSTO.- Ya puedes decir lo que quieras, pero sigo estando en el mismo punto en
que estaba.
MEFISTO.- ¡Esta sí que es buena! ¿Soy yo el responsable de tu inmovilidad? ¿de tu
parálisis? Además, en este preciso punto donde te encuentras, en este lugar, quiero
decir, nunca habías estado antes.
FAUSTO.- ¿Y qué tiene de particular este lugar?
MEFISTO.- ¿No lo sabes? Ante un panorama como éste el Demonio del Evangelio
dijo al Jesús de la misma historia: Haec omnia tibi dabo si cadens adoraveris me. De
ahí el nombre.
FAUSTO. - ¿Qué nombre?
MEFISTO.- El de este lugar. Tibidabo. Tibi dabo, ¿captas? Te daré. “Todo esto te
daré si, prostrado, me adorares.”
FAUSTO.- ¿Y se lo dijo en latín?
MEFISTO.- No, seguro que no. Por aquellas latitudes aún no estaban suficientemente
globalizados. Pero sí cuando se difundió el mensaje.
FAUSTO.- ¿Qué mensaje?
MEFISTO.- El Evangelio... Oye, socio, todo esto es muy extraño. No creo que mi
misión en este mundo, ni en el otro, sea la de dar clases de religión. Pero, claro, lo
que pasa es que tu ignorancia es tan extensa que... no sé cómo se compagina eso con
tu supuesta sed insaciable de conocimiento.
FAUSTO. - El conocimiento que me interesa es el que ayuda a entender y gozar la
vida.
MEFISTO.- Pareja imposible, te lo advierto. La vida, o se la entiende o se la goza. De
todos modos te he de decir que ese conocimiento utilitario nunca te enseñará nada
que no sea el funcionamiento de una máquina. El verdadero conocimiento, el que de
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verdad libera, es el que no busca nada fuera de sí mismo, el conocimiento
desinteresado y gratuito. Mira, desde hace mucho tiempo, de hecho desde que
empezó nuestra relación, he venido observando, cada vez más alarmado, que tu
ignorancia filosófica es descomunal. Puedes presumir de científico, de astrólogo,
incluso de nigromante, pero no presumas de filósofo si no quieres hacer el ridículo.
FAUSTO.- Bien, ya que has sacado el tema, te confesaré una cosa: que la filosofía
siempre me ha parecido el producto de un exceso de imaginación. Para eso está el
arte, la poesía, que eleva el ánimo sin engañarse ni engañar a nadie.
MEFISTO.- Algo hay de cierto en eso. De todos modos, un reciclaje a tiempo nunca
va mal. Así que voy a ponerte en contacto con algún filósofo de acreditada solvencia
para que repases las primeras letras..
FAUSTO. - ¿Clases de filosofía a estas alturas?...Bien. ¿Cuándo? ¿Dónde?
MEFISTO. - (señalando abajo la ciudad). No aquí, naturalmente, sino en tu misma
patria. ¿Cuándo? No ahora, por supuesto (crudo lo tendría, el pobre) sino en el siglo
XIX. ¡En marcha!

Frankfurt del Main. 1858. Es mediodía de un día soleado de otoño. Fausto camina
entre los puestos del mercado instalados en la gran plaza. Se detiene ante uno que
tiene expuestos libros viejos. Se fija en un título: Historia del doctor Johann Faustus.
Lo toma para hojearlo.

LIBRERO.- (con tono seco) Tenga cuidado. Es muy antiguo y muy valioso.
FAUSTO.- Lo conozco. Hace tiempo que tuve en mis manos un ejemplar aún más
antiguo que éste.
LIBRERO.- Imposible. No hay ninguna edición más antigua.
FAUSTO.- No, ahora no.
LIBRERO. - Bueno, ¿le interesa o no? O deje ya de manosearlo.
FAUSTO.- No, no me interesa. Conozco la historia... demasiado bien.
LIBRERO. - Demasiado bien...Vaya con el sabio.
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FAUSTO.- Y además, ahí no está completa... Porque la historia continua.
LIBRERO.- Ésa es una buena noticia. Así, dice usted que la historia continua.
Dígame, ¿qué le ocurre después al pobre hombre? Cuente, cuente.
FAUSTO.- De pobre, nada. Ocurre que no se resigna a perder. Que, aunque su socio
infernal es incapaz de darle nada de lo prometido, él no abandona. Insiste e insiste
porque sabe que el mensaje que anida tanto en su interior más profundo como en las
más lejanas estrellas hablan de una felicidad que se puede alcanzar.
LIBRERO.- ¿Y cómo le va en estos momentos? ¿Se ve ya próximo a esa felicidad
presentida?
FAUSTO.- La verdad es que no. De momento, su socio infernal le ha enviado a
aprender filosofía.
LIBRERO.- Eso de “socio infernal” me parece de muy mal gusto.
FAUSTO.- ¿Cómo dice?
LIBRERO-MEFISTO.- De muy mal gusto, ya te lo dije, incluso como licencia
poética.
FAUSTO.- ¿Tú aquí? ¿Se puede saber qué juego es éste?
MEFISTO. - Estoy cumpliendo el penoso deber de recordarte tu obligación. Eres
como un niño al que hay que llevar continuamente de la mano. Mira, allí, al otro lado
de la plaza está el Hotel Inglaterra. Si te demoras unos minutos más te ocuparán el
puesto que te he reservado en la mesa del huésped, al lado del maestro. ¡Espabila,
hombre!

Salón comedor del Hotel Inglaterra. La table d'hôte (en el sentido propio o francés
del término) está ya rodeada de comensales esperando el primer plato. Fausto ve un
sitio vacío y va a ocuparlo. Saluda a los comensales próximos y se sienta. Observa
con disimulo a un lado y otro. A su derecha, un oficial del ejército, no mayor de
treinta años. A su izquierda, un hombre de unos setenta años, de aspecto muy pulido,
calvicie incipiente, largas patillas y ojos azules de mirada viva y penetrante. Un
camarero empieza a servir la sopa. El hombre de setenta años, llamado Arthur, la
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engulle rápidamente. Luego, se dirige al oficial..

ARTHUR.- ¿Ha visto, teniente? Tenemos comensal nuevo. (a Fausto) No tengo el
gusto de conocerle, señor. ¿Con qué nombre debo dirigirme a usted? El mío es
Arthur. Si estuviésemos en un país civilizado como Inglaterra, alguien ya nos habría
presentado. Pero, qué le vamos a hacer, esto es Alemania, y algunos hasta están
orgullosos...
FAUSTO.- Mi nombre es Johann, y acabo de llegar a Frankfurt.
TENIENTE.- ¿Piensa quedarse a vivir aquí? ¿A qué se dedica?
ARTHUR- ¿Ve lo que le decía, Johann? Haciendo preguntas íntimas a quien ni
siquiera se conoce. En fin, un ejemplo de la típica grosería alemana.
TENIENTE.- No creo que sea usted la persona más indicada para sermonear contra la
grosería, doctor
ARTHUR. - No confunda las cosas, teniente. (a Fausto) Los hay que no distinguen
entre la sinceridad entre iguales y las normas básicas de la buena educación.
FAUSTO. - No se preocupe. No me importa responder. Soy científico, y pienso estar
aquí sólo el tiempo necesario para aclarar algunos aspectos relacionados con una
investigación que estoy llevando a cabo.
ARTHUR. - ¡Científico, qué interesante!
TENIENTE . (a Fausto) Nuestro amigo es filósofo, y bastante famoso, por cierto.
Pero si no lo sabía, no se preocupe. Él mismo le informará con todo lujo de detalles.
ARTHUR. - Teniente, haga el favor de no interrumpir cuando hablo con el caballero.
(a Fausto) ¿Y cuál es el campo de sus investigaciones?
FAUSTO.- La naturaleza, la vida, la muerte...
ARTHUR. - ¡Magnífico! La biología es una de las ciencias fundamentales, quizá,
junto con la física, la vía más rápida y segura hacia la verdadera filosofía. ¿Conoce
usted mi obra La voluntad en la naturaleza?
TENIENTE.- (como para sí mismo) Se lo dije...
FAUSTO. - Soy muy ignorante en cuestiones de filosofía...
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Un comensal próximo, comerciante en viaje de negocios, se dirige al Teniente.

COMERCIANTE.- Parece que nuestro sabio ha encontrado otro párvulo con quien
desfogarse.
TENIENTE.- Sí, el último todavía se debe estar ordenando las ideas.
ARTHUR.- Haga como yo, Johann, como si no los oyese. Si queremos hablar con
calma de cosas serias habremos de buscar otro lugar. Aquí sólo se sabe hablar de
caballos y de mujeres.
FAUSTO.- No son temas despreciables...
ARTHUR.- Por supuesto que no...siempre que no se hable de los caballos como si
fuesen mujeres y de las mujeres como si fuesen caballos. (le da una tarjeta) Le
espero hoy en mi casa a las seis en punto. (mirando al plato que le acaban de servir)
Y ahora ocupémonos de esta carne con su salsa roja, que promete mucho, la verdad.

Sala del apartamento del doctor Arthur Schopenhauer. Austeramente decorada,
destacan un sofá, un sillón sin estilo definido, una mesa de trabajo con unos folios y
unos libros, ordenadamente dispuestos. Al final de la sala se abre un espacio, que
parece ocupado por una gran librería. En la pared sobre el sofá, un retrato de
Goethe sexagenario.

ARTHUR.- (señalando al retrato) ¿Qué le parece? Me lo regaló él mismo. Fuimos
grandes amigos.
FAUSTO.- Sólo por esa mirada se adivina el genio. Pero yo me pregunto ¿le sirvió de
algo? ¿Consiguió en la vida lo que iba buscando?
ARTHUR.- Consiguió todo lo que se puede conseguir. Cierto que en el plano de la
comprensión teórica se quedó un poco corto, pero nadie puede ser perfecto. Él era un
poeta... el más alto poeta de la vida que nunca ha existido.
FAUSTO.- Pero, insisto, ¿de qué le sirvió? Ahora está muerto y, para él mismo, es
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como si nunca hubiese existido. ¿Hay derecho a eso? ¡Es injusto, totalmente injusto!
ARTHUR.- Habla usted como un adolescente impetuoso e irreflexivo. Comprender el
misterio de la existencia requiere tener los sentidos muy despiertos y, sobre todo, gran
capacidad para relacionar y reflexionar. Los exabruptos y los ayes no sirven para
nada.
FAUSTO.- ¿Acaso ha comprendido usted el misterio de la existencia?
ARTHUR.- Yo he comprendido y he explicado todo lo que se puede comprender y
explicar. Pero, llegado a cierto punto, ya no hay más explicación posible. O quizá sí
la hay, pero debe de ser de tal naturaleza que, aunque un ser sobrehumano se
esforzase por comunicárnosla, no entenderíamos nada, de eso estoy seguro. Lo que
usted debería hacer, Johann, es leerse mi obra fundamental El mundo como voluntad
y representación. Ahí encontrará todo lo que se puede saber. El resto es silencio.
FAUSTO. - ¿Silencio? Resignación, querrá decir. Pero yo no me resigno. Mi carácter
me impide aceptar la humillación y la derrota.
ARTHUR.- ¿De qué humillación y de qué derrota me está hablando, hombre?
Comprender la naturaleza y el mecanismo del universo, hallar la fórmula para
destruir las falsas ideas que una fuerza interior absurda y ciega nos hace concebir,
descubrir en fin la vana ilusión que es la existencia, y sin embargo, mientras se vive,
hacerlo con la mayor sabiduría posible, pensando en evitar el dolor antes que en
gozar de un placer siempre tramposo... ¿a todo eso lo llama usted humillación y
derrota?... ¿Le apetece un café? Supongo que también le puedo ofrecer té, si lo
prefiere.
FAUSTO.- Café ya me va bien, gracias.

Arthur sale de la sala, y vuelve a los dos minutos.

ARTHUR.- Tenemos suerte. Está la señora Schnepp, mi asistente. Ella se cuida de
todo.... Mire Johann, yo estoy llegando al final de mi vida, una vida que ha sido
bastante dura, es cierto, pero que también me ha proporcionado más satisfacciones
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que las que cualquier ser humano puede esperar. Porque le digo una cosa, y
escúcheme bien, si supiésemos prescindir de las solicitudes del deseo, de las
urgencias de una voluntad subterránea que continuamente nos engaña para que nos
lancemos en pos de metas ilusorias, si supiésemos hacerlo, la vida no sería un mal
lugar. Dedicados al conocimiento desinteresado, a la contemplación, agotaríamos
plácidamente el tiempo que nos ha sido concedido.
FAUSTO.- Eso del conocimiento desinteresado me lo ha mencionado hace poco un
conocido mío. Pero no acabo de entenderlo. Conocer y actuar son para mí dos
aspectos de lo mismo.
ARTHUR.- Eso es una ilusión, amigo, una ilusión, nacida de la ignorancia y la
soberbia del ser humano. En la naturaleza todo, absolutamente todo, incluido lo que
llamamos materia inerte, ha estado actuando y actúa sin cesar, y sin embargo el
conocimiento no ha aparecido hasta hace poco con el hombre. Y ahí está el gran
peligro, porque si el conocimiento se aplica a la acción para intentar satisfacer los
deseos de esa voluntad subterránea de que le he hablado, estamos perdidos, ya no
habrá manera de escapar de la eterna rueda. En cambio, si se limita a la
contemplación desinteresada, se le revelará la futilidad de todo y la forma segura de
liberarse.

Aparece la señora Schnepp y se dirige a Arthur.

SCHNEPP. - Doctor, está aquí Karl.
ARTHUR.- ¿Cómo que está aquí Karl? ¿Quién le ha llamado? ¡Que se vaya! ¡No
quiero verlo! No tenemos nada que decirnos.
SCHNEPP.- Pero, doctor. Me ha dicho...
ARTHUR.- Y yo le digo que se vaya.

Irrumpe en la sala un hombre de mediana edad, de complexión fuerte aunque no
alto, y con barba abundante que empieza a ser canosa.
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KARL. - Buenas tardes, Arthur. Quiero decir algo.
ARTHUR.- No, ya nos lo hemos dicho todo. ¡Largo!
KARL.- No es por usted que he venido, naturalmente, sino por el señor.
FAUSTO.- ¿Por mí?...Bueno, por mí no hay problema. ¿Es usted también filósofo?
ARTHUR.- Es la negación misma de la filosofía.
KARL.- Sí, de la filosofía tal como se ha entendido hasta ahora, o sea, como un
entretenimiento de gente desocupada que se dedica a imaginar el mundo, interpretar,
dicen ellos. Y no se dan cuenta de que ése es un ejercicio inútil y engañoso, porque
toda interpretación estará determinada por el lugar que ocupa el “intérprete” en las
relaciones de las fuerzas de producción. Y es que ya no se trata de interpretar,
señores, sino de transformar, de transformar el mundo.
ARTHUR.- (a Fausto). ¿Ve? No es un filósofo, ¡es un ingeniero! (a Karl)
¡Transformar el mundo! ¿Qué mundo? Su ingenuidad no deja de asombrarme, Karl.
Usted es de los que se imaginan que las cosas son exactamente lo que parecen y que
el sujeto, que está fuera, puede manejarlas a su antojo. Y que el objeto está ahí
delante, y que seguiría estando aunque no hubiese sujeto... Pero señor mío, ¿se ha
enterado de la existencia de un tal Kant? No sabe que ese realismo ingenuo es hoy
absolutamente inaceptable... excepto para los profesores universitarios que cobran del
estado, por...
FAUSTO.- Perdone que le interrumpa, doctor. De todos modos me gustaría saber qué
es lo que entiende el señor Karl...
KARL. - Marx, Karl Marx.
FAUSTO. - Karl Marx, por transformar el mundo.
ARTHUR.- No hay nada que entender. Es pura basura socialista.
KARL.- ¿Basura? Mi método es la conclusión necesaria de lo que los buenos
pensadores de todos los tiempos han venido preparando, desde Aristóteles hasta el
mismo Hegel... sí, Hegel, y no ponga esa cara. Hegel nos ha proporcionado el
instrumento que él mismo no supo manejar: la dialéctica histórica.
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ARTHUR.- ¡Por todos los demonios! (a Fausto) ¿Cómo quiere que polemice con
alguien que dice haber aprendido de Hegel? (a Karl). Mire, hágame un favor: váyase,
señor Marx, repito, váyase, señor Marx, y no vuelva a aparecer por aquí.
KARL.- Me voy, claro que me voy, pero no sin antes cumplir con mi misión. (a
Fausto) Mire, señor... como se llame, he venido sólo para advertirle: todo lo que oiga
de boca de ese anciano no tiene nada que ver con la realidad objetiva del mundo; es
pura ideología.
FAUSTO.- ¿Ideología?
KARL.- Sí, ideología, una construcción teórica que no se corresponde con la realidad
que dice interpretar, sino que responde a los intereses de clase del “ideólogo”, un
artefacto presuntamente neutral o científico, pero que en realidad está destinado a
justificar y mantener la supremacía de la clase burguesa dominante Y lo más triste es
que esos ideólogos ni siquiera son conscientes de su papel, y es que el hecho de
pertenecer a la clase dominante determina su conciencia de presuntos pensadores. Es
decir, creen interpretar el mundo cuando no hacen otra cosa que justificar y apuntalar
el actual modelo de relaciones de producción, basado en la explotación del hombre
por el hombre.
FAUSTO.- No sé si le he entendido bien...
ARTHUR. - No se preocupe, Johann. Nadie puede entender a un discípulo de Hegel.
KARL.- Oigame, Johann. Cuando hablo de transformar el mundo, me refiero a
sustituir las actuales relaciones de las fuerzas productivas, basadas en la explotación
de los asalariados, en la acumulación de plusvalía, en la alienación de la persona, que
ve cómo el producto de su trabajo, de su actividad de ser humano, va a engrosar las
arcas del capital...
ARTHUR.- Acabe y váyase por favor.
KARL. - Sustituir esta sociedad brutal, en la que tanto explotadores como explotados
no pueden desarrollarse como las personas que deberían ser, por una sociedad sin
clases, de seres humanos libres y felices, porque finalmente se habrá eliminado la
fuente de todos los conflictos y ni siquiera será necesario el gobierno de los hombres
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sino sólo la administración de las cosas..
ARTHUR.- ¡Una sociedad sin clases, ja! Usted se imagina que solucionando las
desigualdades económicas se alcanzaría la paz perpetua. ¡Cuánta ingenuidad! ¿No ha
pensado que los pastores que nos habrían de conducir a esa sociedad sin clases
pueden ser tan fieros y crueles como los lobos, quiero decir, como cualquier hombre
normal con poder? Usted no tiene en cuenta la condición humana.
KARL.- No importa lo que yo tenga en cuenta. Lo único que importa es la marcha
progresiva e imparable de la historia.
ARTHUR.- ¡La historia! ¡Ja!...La historia...

Se abre la puerta y aparece una mujer, joven, esbelta, elegante. Va vestida de negro,
excepto por el blanco cuello plisado, que asoma por el vestido. Todos se quedan
como petrificados; ella misma duda un momento en hablar.

ELISABET.- Perdón... no sabía...
ARTHUR.- ¡Elisabet! No, hoy no es día...Pero no importa, pase, por favor.
ELISABET.- Es que... creo que me dejé aquí el cincel. Es mi preferido, no puedo
hacer nada sin él.
KARL. - (a Fausto en voz baja) ¿Que se dejó qué?
FAUSTO.- El cincel.
KARL.- ¿Qué es un cincel?
ARTHUR.- (que los ha oído) Señor portavoz de la clase trabajadora, veo que su
ignorancia sobre el arte es de dimensiones cósmicas. Un cincel es un instrumento
para transformar el mundo. Ja, ja, eso es, para transformar el mundo... Se toma el
mundo inerte de un pedazo de piedra y con un cincel manejado por unas manos
expertas y delicadas como las de la señorita Ney, la piedra se transforma en una obra
de arte. Y ahora, permítanme que les presente: aquí, el señor Johann... científico y el
señor Karl Marx, ingeniero; aquí, la señorita Elisabet Ney, escultora y, no obstante su
edad, una de las más grandes artistas en su género.
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ELISABET.- Encantada de conocerlos... Pero, no les entretengo más. Sólo he venido
a buscar el cincel.
KARL.- ¡Qué gracia, cin-cel, CIN-CEL!
ARTHUR. - La verdad, es que yo no he visto por aquí ningún cincel.
FAUSTO.- ¿Dónde estará el cincel?
ELISABET.- No puedo trabajar sin él.
KARL.- Pues busquemos el cincel.

Un poco de canto, a modo de musical

ARTHUR. - Oh, Elisabet, criatura,
más dulce que la miel,
ha perdido su cincel.
KARL.- (en un aparte)Y Arthur, el misógino,
ha perdido su papel.
FAUSTO.- Por el cielo y por la tierra
hay que buscar el cincel.
ARTHUR- No puede vivir sin él.
ELISABET.- No, no puedo vivir sin el.
Con él de la masa arranco
la materia innecesaria,
para dar forma a la vida
en el fondo adormecida
TODOS.- ¡No puede vivir sin él!
FAUSTO.- Oh, poderoso cincel,
que a lo informe forma das
que a lo inerte das la vida
para la eternidad.
¡No puedo vivir sin él!
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ARTHUR Y KARL.- ¡Ella, ella
no puede vivir sin él!
FAUSTO.- Yo tampoco, yo tampoco...
Fuera todas las razones
que nos pierden y confunden,
y viva sólo la acción.
Abajo la metafísica,
la dialéctica y la lógica,
abajo la ontología,
la epistemología
y la gnoseología,
abajo la propedéutica,
la hermenéutica y mayéutica
y viva sólo el cincel.
ARTHUR Y KARL. - ¡No pueden vivir sin él!

Se abre la puerta de golpe. Silencio absoluto. Aparece un hombre, vestido con un
largo guardapolvo y con un pequeño paquete en la mano.

ARTHUR.- ¿Y usted quién es?
LIBRERO-MEFISTO. - El librero, le traigo el libro que me encargó.
ARTHUR.- Cierto, hace días que lo esperaba. A ver... (toma el paquete, arranca el
envoltorio y contempla la portada del libro, mientras Karl, con disimulo, también la
mira) ¿Qué mira usted?
KARL.- No, nada, sólo quería ver el título.
ARTHUR.- Pues vea y lea.
KARL.- (lee) “El invierno del puercoespín”.
ARTHUR.- ¿Qué le parece?
KARL.- Bah, pura ideología...
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MEFISTO.- (serio y con autoridad) A ver, señores, señorita...¿Qué es todo este
guirigay? Habrá que poner un poco de orden aquí.
ARTHUR.- ¿Cómo dice? ¿Usted quién es para...?
MEFISTO.- Sí, ya sé que apenas soy nadie, doctor Schopenhauer, pero debe
reconocer que tampoco ninguno de los presentes es gran cosa.
ARTHUR.- Cómo se atreve... No lo dirá por mí, ni por la señorita Ney...
MEFISTO.- No, no lo digo por nadie en concreto, no se preocupe. Pero mire a mi
socio, por ejemplo, (a Fausto) ¿Qué? ¿Qué has estado haciendo por aquí? ¿Has
sacado algo en claro?
FAUSTO.- ¿En claro? ¿En claro?...No, claro que no... Sólo razones, argumentos,
palabras, palabras.
MEFISTO.- Me temo que no tienes remedio. Has de saber que toda la sabiduría está
edificada con palabras, que te lo digan, si no, estas dos lumbreras de la filosofía.
ARTHUR.- No me gusta su tono, señor librero... y veo que ya se conocen... Todo esto
me suena a trampa, a conspiración...
MEFISTO.- No sea tan mal pensado, doctor. Es verdad que Johann y yo nos
conocemos de hace mucho tiempo, es verdad que yo le instado a que viniese a aquí a
aprender un poco y también es verdad que, aprovechando que Marx no andaba lejos
le he sugerido que se uniese al equipo docente...
KARL.- Sólo un pequeño favor de unos minutos, que conste.
MEFISTO. - Pero está claro que ha sido un fracaso...y mejor no averiguar
responsabilidades. (a Fausto) Bueno, pero algo positivo habrás sacado de esta velada,
¿no? por pequeño que sea.
FAUSTO.- ¿Positivo? Sí, y no pequeño, sino grandioso: la visión de Elisabet y su
fervor por el cincel.
MEFISTO.- (resignado) Vale, nos vamos. No hay nada más que hacer aquí.
ELISABET.- Yo también me voy. Adiós, doctor, hasta mañana.
ARTHUR.- Sí, Elisabet, mañana tenemos sesión. ¿Habrá resuelto lo del cincel?
MEFISTO.- A propósito, subiendo por la escalera me he encontrado esto. (Del
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bolsillo del guardapolvo saca una pequeña herramienta y la muestra). ¿Es de
alguien?
TODOS.- ¡El cincel! ¡No podía vivir sin él!

Elisabet se acerca a Mefisto y, después de recibir el cincel, lo abraza emocionada.

ELISABET.- Señor librero, es usted un ángel.
MEFISTO.- Bueno, no exactamente...

Fausto y Mefisto caminan por la calle, en la oscuridad apenas rasgada por la tenue
luz de algunas farolas de gas.

FAUSTO. - Entonces... ¡Se han quedado los dos solos!
MEFISTO.- Sí, ¿qué pasa?
FAUSTO.- Pero...¡se matarán!
MEFISTO.- Qué cosas dices.
FAUSTO.- Tú no has visto cómo se hablaban, cómo se enfrentaban, estaban a punto
de llegar a las manos.
MEFISTO.- Nada de eso, socio... Y te digo más: en el fondo, se necesitan.