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Andrés Felipe Arenas Torres

18 de junio de 2019

De la Sinceridad a la autenticidad - 8

Durante el capítulo se hacen algunas referencias al principio socrático de “conocerse a sí mismo”,


sin embargo, nuestro autor sitúa el surgimiento del problema de la autenticidad apenas en el
siglo XVIII, con Rousseau y Diderot. Cabe preguntarse si el surgimiento de dicho problema no
podría remontarse más bien a los tiempos de Sócrates, o por lo menos a su época. Lo que quiero
decir es: ¿No es el autoconocimiento condición necesaria y suficiente para la autenticidad?

Hume dijo de Rousseau: “... nadie se conoce menos a sí mismo”. ¿Y cómo alguien que no se
conoce a sí mismo puede ser auténtico? ¿Creeríamos en la autenticidad de alguien que no sabe
realmente lo que piensa o lo que es? Puede ser que el caso del “sobrino de Romeau” sea más
propicio para hablar de autenticidad y posteriormente de confianza, pero se puede tener la
intuición de que el problema se puede rastrear ya en los escritos platónicos.

Además del principio de “conocerse a sí mismo” -que es primordial en el camino de cualquier


hombre para llegar posteriormente al saber- Sócrates siempre pide a sus interlocutores (y
también promete él mismo) ser sincero. De hecho, cuando intuye que alguno no está siendo
sincero le ruega de nuevo que siga el curso de lo que realmente cree.

Básicamente se podría decir que la autenticidad es aquel tipo de acciones o de sentencias que
surgen de inmediato, que salen de manera natural y casi “sin pensar” como cuando Rousseau
acusó a su amiga de haber robado el peine. Pero lo que logra hacer Sócrates muchas veces es
mostrar que sus interlocutores están errados cuando responden lo primero que se les viene a la
boca; y de hecho les muestra que no pensaban aquello que acaban de proferir. Así, cuando uno
de los personajes que discuten con él da una definición, por ejemplo de la valentía, les llega a
mostrar por medio de ejemplos y analogías que aquella definición es incoherente con otras que
poseían, en pocas palabras les muestra que no creían en lo que decían. Esto no lo hacían dichos
personajes por ser mentirosos, o por querer salvarse de la pena de ser descubiertos, como en el
caso de las Confesiones; lo hacían así porque posiblemente no habían reflexionado lo suficiente,
y creían saber lo que en realidad no sabían. El punto es que la autenticidad puede ir en contra
de la veracidad, pero no puede surgir en cambio de la total ignorancia acerca de lo que se
requiere expresión. Una respuesta auténtica no puede surgir acerca de la ignorancia absoluta,
se debe poseer algún tipo de creencia al respecto, así sea errónea; de lo contrario no sería
posible dar una respuesta rápida y propia (auténtica) en el caso de que la situación lo requiera.
Se puede pensar que es únicamente después de la reflexión o del diálogo que podemos llegar a
sentar nuestras posiciones respecto de temas concretos, para que cuando se requiera una
respuesta esta pueda ser real.