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Antes y después del

27 de Febrero
Archivo General de la Nación
Volumen CCXCI

Universidad Autónoma de Santo Domingo


Facultad de Humanidades

Roberto Cassá

Antes y después del


27 de Febrero

Santo Domingo
2016
Cuidado de edición, diagramación y cubierta: Juan F. Domínguez Novas
Corrección: Ángela Peña
Motivo de cubierta: Vista de la Puerta del Conde desde el oeste, 1861 (detalle).

Primera edición, julio de 2016


Segunda edición, noviembre de 2016

© Roberto Cassá, 2016

De esta edición
© Archivo General de la Nación (Vol. CCXCI)
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ISBN: 978-9945-586-88-6
Impresión: Editora Búho, S.R.L.

Impreso en la República Dominicana • Printed in the Dominican Republic


2 da.
Edición

Roberto Cassá

Antes y después del


27 de Febrero
Contenido

Palabras preliminares.............................................................. 11
Preámbulo................................................................................ 13
El problema en la historiografía............................................. 25
El contexto histórico-social..................................................... 37
El escaso repertorio de fuentes.............................................. 41
Determinantes de los sujetos.................................................. 47
Naturaleza y evolución del régimen haitiano........................ 53
Implosión de las contradicciones........................................... 93
Fundación de La Trinitaria..................................................... 99
Los dominicanos en La Reforma........................................... 117
Ampliación popular del partido duartista............................ 123
Conflictos y tentativas de acuerdos......................................... 127
Desarticulación de los trinitarios y Plan Levasseur............... 139
Manifiesto del 16 de Enero y planeamiento
de la Separación.................................................................. 167
La noche culminante.............................................................. 187
El conato de resistencia de libertos de la palma
y otras reacciones................................................................. 197
Reconocimiento del Plan Levasseur...................................... 205
Prioridad al apresto militar..................................................... 209
Caída de Hérard y ascenso de Guerrier, primer presidente
de «raza negra».................................................................... 217

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Roberto Cassá

Efectos de la llegada de Duarte.............................................. 245


Discurso de Bobadilla por el protectorado............................ 249
La poblada del 9 de junio....................................................... 255
Proclama de Duarte como presidente................................... 263
Reacción del Cuerpo del Sur.................................................. 269
Sometimiento del Cibao......................................................... 285
Deportación de los intransigentes.......................................... 289
Represión y memoria.............................................................. 293
Dictadura política y étnica...................................................... 297

10
PALABRAS PRELIMINARES

R oberto Cassá, profesor meritísimo de la Universidad


Autónoma de Santo Domingo (UASD), investigador del
Instituto de Historia de la Facultad de Humanidades, docente
de la Escuela de Historia y Antropología, ha brindado grandes
frutos a la UASD y al país en el conocimiento y difusión de la
historia patria.
Sus valiosos aportes a la historiografía dominicana son reco-
nocidos a escala nacional e internacional. En nuestro país, Cassá
encabeza la orientación de una historiografía reflexiva y crítica.
Sus textos son referencias obligadas, entre los estudiantes de los
diversos niveles y los estudiosos de la historia, para comprender
y reevaluar los diversos episodios de nuestro devenir político.
La presente obra es otro ejemplo en el que el experimen-
tado historiador muestra las dotes científicas y críticas aplicadas
en todos sus trabajos.
El tema que aborda es crucial, sobre todo por la orienta-
ción que lo anima: colocar en el tapete una nueva visión de los
acontecimientos de la Independencia y la Restauración de la
República, desvirtuando posturas ya consagradas y oficializadas
como verdades históricas.
En particular, Cassá vuelve sobre la figura de Duarte. El
objetivo es afirmar la preponderancia del patricio y del pensa-
miento liberal que él encarnó, por encima de otros sujetos que,

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Roberto Cassá

si bien jugaron roles importantes en la gesta del 27 de Febrero,


no estuvieron a su altura.
En ese aspecto, retoma la polémica acerca de los tres Padres
de la Patria y demuestra, a partir de nuevas fuentes primarias, que
la formulación de esa trilogía fue el producto de una manipula-
ción y un acuerdo consagrado por el presidente Ulises Heureaux
para zanjar disputas entre los historiadores de la época.
Según Cassá, esa trilogía no corresponde a la verdad, y solo
se sostuvo como un mito. Para él, no existen tres Padres de la
Patria, sino uno solo: Juan Pablo Duarte.
Duarte es, a propósito, el interés principal de esta obra. El
historiador proyecta ese personaje por encima de los demás, tan-
to por su función fundadora y animadora con respecto a nuestra
independencia, como por ser la cabeza principal del pensamien-
to liberal, en oposición al pensamiento conservador encabezado
por Tomás Bobadilla, Santana y otros personajes.
¿En qué consiste el pensamiento liberal de Duarte? La de-
limitación clara de la ideología duartiana es otro de los grandes
aportes de esta obra.
El pensamiento duartiano, afirma el autor, descansa en
los siguientes componentes: Autodeterminación nacional, que
implicaba la soberanía popular; democracia política, que se
concretaba en la constitución, el poder de las leyes y en la sepa-
ración de los poderes del Estado; y democracia social, la cual se
sustentaba en el mestizaje como figura unitaria del pueblo domi-
nicano, sin discriminación racial en el disfrute de los derechos.
Los aportes de esta obra no solo son fundamentales, sino
inéditos para el conocimiento de nuestra historia. La UASD, y en
particular la Facultad de Humanidades, se sienten complacidas
al acoger su publicación conjuntamente con el Archivo General
de la Nación.
Agradecemos infinitamente a Roberto Cassá por permitirnos
estas palabras preliminares, las cuales son muestras de nuestro afec-
to y de los fecundos vínculos del historiador con su Alma Máter.

Mtro. Ramón Rodríguez Espinal


Decano Facultad de Humanidades
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PREÁMBULO

C omo debe ser conocido por todos los dominicanos, el 27


de febrero de 1844 cristalizó un movimiento en la ciudad
de Santo Domingo que dio fin al dominio haitiano establecido
en 1822. Dado que esta fecha se ha asociado en forma icónica
con la fundación del Estado dominicano, ha ganado la posición
de efeméride máxima de la lucha por la autodeterminación.
Desde entonces, sus connotaciones han tenido procedencias y
significados variados. Debido a que para la generalidad de la
población lo ocurrido en 1844 está sumido en penumbras y con-
fusiones y a que reputados historiadores han planteado tesis con-
trapuestas, el texto que sigue se propone dos objetivos: acometer
una exposición sumaria de los hechos, sobre la base del cotejo
de fuentes disponibles, y proponer una interpretación acerca
de los determinantes sociales que intervinieron. Desde poco
tiempo después de consumado el proceso que concluyó con la
fundación del Estado dominicano, se elaboraron narrativas con
sus correspondientes interpretaciones, explícitas o no, acerca
de lo que había sucedido. La distorsión de los acontecimientos
fue la norma durante décadas, fuese para fundar una mitología
autoritaria personificada en Pedro Santana, en desmedro de la
verdad histórica, o simplemente como resultado del encadena-
miento subsiguiente de desconocimientos. Este último aspecto

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Roberto Cassá

ha de ser objeto de atención, habida cuenta de la inexistencia


en aquella época de una producción historiográfica nacional.1
Se procede, por tanto, a una reconsideración de los sucesos
y procesos con la tesis central de que el 27 de Febrero estuvo
pautado por la aspiración al goce de la autodeterminación como
concreción de los atributos de las naciones. En su inmensa ma-
yoría, los dominicanos no se asumieron como haitianos, aunque
otorgaran respaldo o aceptación pasiva al régimen constituido
en febrero de 1822. Tuvo que pasar largo tiempo para que esta
disparidad de identidades, sustentada en siglos de historia en
que se formó el pueblo dominicano como entidad particular,
diera lugar a la disposición de fundar un Estado autónomo.
La perspectiva de quienes auparon el acontecimiento fue
nacional, liberal y progresiva, aunque tuvieran que pactar con
núcleos de orientación conservadora, que ponderaban los pro-
blemas de forma diferente u opuesta, al grado de que algunos
de ellos visualizaban la ruptura con Haití como el preámbulo de
la subordinación a una potencia. El acontecimiento del 27 de
Febrero, por consiguiente, resulta indescifrable si no se analiza

1
Para 1844 no se había redactado una sola síntesis general de la evolución del
pueblo dominicano que tomara en consideración los procesos habidos en las
décadas previas y que, por tanto, ilustrara sobre los gérmenes de la lucha por la
autodeterminación. A finales del siglo xviii Antonio Sánchez Valverde se había
propuesto cumplir con ese cometido, pero al margen de un enfoque nacional,
imposible entonces por definición. Este esfuerzo solitario quedó en suspenso y,
en los años posteriores, si se exceptúan algunos escritos aislados de extranjeros,
ni siquiera se redactaron crónicas sistemáticas de los acontecimientos. Debió
esperarse a que, en el exilio en Cuba, Antonio del Monte y Tejada empren-
diera la redacción de su Historia de Santo Domingo, que incorporaba procesos
políticos de las primeras dos décadas del siglo xix. Véanse Antonio Sánchez
Valverde, Idea del valor de la isla Española, Madrid, 1785; y Antonio del Monte
y Tejada, Historia de Santo Domingo, 4 tomos, Santo Domingo, 1890. Sánchez
Valverde declaró haber escrito un tratado de la historia del país, pero nunca
lo publicó y el manuscrito no ha sido localizado. El primer tomo de la obra
de Del Monte apareció en La Habana en 1853, pero una edición completa
de los cuatro tomos, incluido el último dedicado a la edición de documen-
tos, se logró casi cuarenta años después. Estos dos libros quedaron durante
largo tiempo como referencias casi exclusivas acerca del pasado del pueblo
dominicano. Véase Roberto Cassá, «Historiografía dominicana», en Academia
Dominicana de la Historia, Historia general del pueblo dominicano, t. I, Genaro
Rodríguez (coord.), Santo Domingo, 2013, pp. 57-167.

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Antes y después del 27 de Febrero

desde una dialéctica de conflictos y confluencias entre factores


sociales y políticos intervinientes. Se hicieron presentes, ante
todo, los integrantes de la clase media urbana, protagonista prin-
cipal, pero también la cúspide del poder social, representada
por funcionarios, hateros y comerciantes, así como sectores del
pueblo que asumieron la pertinencia de la ruptura con Haití. La
virtual unidad requerida para la factibilidad de este propósito
no estuvo, por ende, exenta de conflictos derivados de intereses
que se canalizaban en proyectos dispares, resumidos en forma
fundamental en torno a la condición del Estado dominicano.
De ahí se desprendieron tendencias orientadas por los precep-
tos del conservadurismo y el liberalismo, si bien en el país tal
división tuvo por eje crucial la condición jurídico-política del
ordenamiento estatal, en cuanto a si debía ser independiente o
no. Alrededor de los dilemas puestos sobre el tapete giraron las
acciones de los actores políticos y sociales desde inicios de 1843,
cuando hizo implosión la estabilidad de un cuarto de siglo de
la administración presidida por Jean Pierre Boyer. Aun así, los
conservadores dominicanos, aunque terminaron haciéndose de
la hegemonía sobre el naciente Estado, se vieron compelidos a
otorgar concesiones, fundamentales en variados órdenes. Pese
a que se estableció un ordenamiento autocrático, este no fue
producto de los móviles del 27 de Febrero. Incluso una parte de
los conservadores pugnaban por un orden legal de corte repu-
blicano. Y en 1844, salvo la fracción dirigida por Buenaventura
Báez, los adalides del bando conservador, aunque fuese de pa-
labra, se vieron forzados a aceptar como un hecho la aspiración
prevaleciente de que la República Dominicana fuese un país sin
interferencias a su independencia, hecha excepción el destino
de la península de Samaná, tema que seguiría gravitando duran-
te décadas.
Desde perspectivas dispares se ha aducido que la ruptura
con Haití obedeció con exclusividad a motivaciones étnicas,
centradas en el prejuicio de «raza» contra los descendientes de
africanos. Sin duda, tal principio ideológico existía a partir de
sus raíces coloniales, pero en ningún caso puede colocarse en el

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Roberto Cassá

centro de la aspiración por la autodeterminación que enarbola-


ron los patriotas inspirados en la prédica de Juan Pablo Duarte.
Para la generalidad de los dominicanos el asunto era sencillo:
aunque existiera una gama de matizaciones respecto a la valo-
ración del color de la piel, se habían afirmado como un pueblo
distinto, a partir de la ocupación del territorio desde el siglo xvi,
la lengua, los patrones culturales, las tradiciones y la idiosincrasia
forjada en la vida cotidiana. El factor que confirió originalidad al
pueblo dominicano fue precisamente el opuesto a la exclusión
entre conglomerados humanos, puesto que desde la segunda
mitad del siglo xvii la mayor parte de la población era mestiza,
producto de la hibridación entre africanos y europeos y descen-
dientes. El móvil articulador no podía ser «racial», pues de otra
manera no habría sido factible la unidad de la casi totalidad de
la población, con un componente ampliamente mayoritario «de
color» y tras dos décadas de dominio de un Estado que reducía
a todos sus ciudadanos a la condición de «negros». Pero, preci-
samente, el concepto de identidad basado en la pertenencia al
tronco africano no era asumido ni siquiera por buena parte de
los descendientes cercanos de esclavos traídos de África.
Se deja de lado en este momento la crítica del supuesto
de que los patrones de identidad relativos al color de la piel
de la generalidad de los dominicanos pobres implicaban una
distorsión alienada. En verdad, todos los pueblos se formulan
visiones identitarias en torno a factores determinados que ope-
ran en el tiempo. No ha habido país en la historia donde no
hayan intervenido criterios de reconocimiento y sus opuestos
de exclusión. Nociones referidas, como «blancos de la tierra», si
bien no podían ser ajenas a la ideología racista colonial, indican
precisamente lo contrario de un pretendido estado de enaje-
nación colectiva o de no asunción de la «verdadera identidad»,
por cuanto marcaban el reconocimiento de una condición par-
ticular. No se trata de avalar esa o cualquier otra percepción,
se trata de historiarla como parte del decurso de un pueblo.
Pero tampoco procede satanizarla a nombre de una pretendida
objetividad de toda autoconciencia, por definición imposible.

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Antes y después del 27 de Febrero

Lo cierto es que los dominicanos se habían unificado reiteradas


veces en contra de constreñimientos del exterior, no solo pro-
venientes del Estado haitiano, fundado en 1804: rechazaron el
Tratado de Basilea de 1795, cuestionaron el régimen francés pri-
mero de Toussaint Louverture y luego de Antoine Kerverseau y
Louis Ferrand (entre 1801 y 1808), muchos conspiraron contra
la reimposición del dominio español y finalmente lo derrocaron
en 1821. Con posterioridad, en 1863, el enfrentamiento bélico a
la consumación del proyecto estratégico de casi todos los conser-
vadores, la anexión a una potencia, demuestra lo contrario del
racismo que se achaca a los móviles que fructificaron en 1844.
Se podría aducir que 1844 y 1863 respondieron a motiva-
ciones distintas, pero se trata de un error de principio. 1844
se inserta en la corriente de afirmación colectiva tendente a la
autodeterminación, o sea, a la aspiración nacional de constitu-
ción de un Estado autónomo. Los sedimentos dejados por los
patriotas febreristas fueron tan contundentes que determinaron
la inviabilidad del retorno al coloniaje directo. El evento que
se estudia, junto con sus antecedentes y consecuencias inmedia-
tas, marcó un punto de inflexión en la voluntad de autonomía
nacional. Hasta entonces las expresiones y luchas habían sido
dispersas, mientras que desde 1844, pese a la implantación de
un orden conservador, la existencia del Estado-nación se tornó
en irreversible y formó parte de las nociones existenciales de los
dominicanos, un fenómeno que trasluce la trascendencia de la
obra de Juan Pablo Duarte y sus compañeros tras 1838. Desde
el momento en que se reprodujo el imperativo de la autodeter-
minación, aunque con paréntesis pasajeros, 1844 se tornó en el
punto de referencia de un logro considerado auspicioso, salvo
para minorías dirigentes que se atenían estrictamente a sus in-
tereses particulares, carentes de conciencia de pertenencia a un
colectivo que los trascendía.
Tal secuencia de luchas no fue producto de que se hu-
biera establecido un orden deseable para los portadores de la
conciencia nacional. Resultó algo bastante más complicado: la
vigencia de la autodeterminación advino más bien del rechazo

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Roberto Cassá

a condiciones de extorsión y opresión, que daba lugar a la rea-


firmación de un estatus conveniente para la vida libre.2 Tal tipo
de reacción de la población en la guerra de la Restauración
de 1863 ha sido puesta de relieve en múltiples ocasiones.
Paradójicamente, el porqué de la ruptura de 1844 no ha sido
evaluado con igual claridad. Si el régimen haitiano se hubiese
compadecido con los intereses de las masas, resultaría por lo
menos extraño que no fuese defendido prácticamente por na-
die, salvo por un puñado de libertos nacidos en África, y que el
pueblo actuase como un ente integrado detrás de los patriotas
comandados por Juan Pablo Duarte que promovieron el cam-
bio. Sin duda fueron los sectores urbanos mercantiles, medios
y superiores, los que mayormente entraron en conflicto, pero
la propuesta que enarbolaron no chocaba con la aspiración es-
pontánea a la vida libre de la porción mayoritaria de la gente del
campo. Se verá que sin la participación entusiasta del pueblo en
su conjunto hubiese sido imposible compensar el desbalance del
número de tropas movilizadas por ambas partes.
El 27 de Febrero y los combates que le siguieron constitu-
yen epopeyas. No aceptarlo a nombre de un pretendido análisis
de «clase» o de una óptica «popular» es indicativo de una incom-
prensión que implica ponerse de espaldas al pueblo en carne y
hueso de entonces, al que precisamente se apela. Implica, por
otra parte, ignorancia en cuanto a la naturaleza del ordenamien-
to estatal en Haití, al servicio de una minoría militar, burocrática
y comercial, cohesionada o dividida en torno a alineamientos
étnicos ajenos a las mentalidades dominicanas y que permitían
la instrumentación de la explotación del pueblo pobre.
La negativa del Estado haitiano a aceptar la aspiración de
los dominicanos a la autodeterminación constituyó un hecho
desgraciado para ambas partes. En parte puede explicarse por
el temor de una porción de las élites dirigentes del país veci-
no a que otro Estado en territorio de la isla abriera las puertas
para un intento de restablecimiento de la dominación francesa.

Genaro Rodríguez et al., Actualidad y perspectivas de la cuestión nacional en


2

República Dominicana, Santo Domingo, 1985.

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Antes y después del 27 de Febrero

Pero, precisamente, los patriotas duartistas estaban ajenos a tal


perspectiva. Más bien, la hostilidad de los dirigentes haitianos
constituyó uno de los puntales para que el partido conservador
dominicano terminara prevaleciendo al concluir el proceso.
Este error, como se detalla más adelante, fue por lo menos
percibido por Guy Joseph Bonnet, uno de los funcionarios más
capaces del Gobierno haitiano. Aconsejó en 1821 no anexionar
a Santo Domingo, sino llegar a un acuerdo de colaboración con
los dominicanos, tendente a fortalecer la independencia de
ambos países. Bonnet tuvo la clarividencia de prever que se pre-
sentarían problemas insolubles por la diversidad de condiciones
sociales y culturales entre las excolonias de Francia y España.
En aquel tiempo, la antigua parte francesa de Saint Domingue,
ya República de Haití, era mucho más poblada y bastante más
rica que Santo Domingo, la parte española. El estadista haitia-
no precisamente argumentaba que la incorporación de Santo
Domingo conllevaría gastos excesivos e improductivos al Estado
haitiano. El conocimiento de las reflexiones de Bonnet desmien-
te la proclama que esgrimió entonces el presidente Jean Pierre
Boyer de que procedió a ocupar a Santo Domingo porque sus
habitantes le hicieron llegar llamamientos, aunque no hay du-
das de que se había constituido una facción prohaitiana y que
una porción considerable de la población luego ponderó con
simpatía la incorporación a Haití.3
Pero las percepciones fueron cambiando con el tiempo, tras una
sucesión de hitos desfavorables, sobre todo desde 1838, momento en
que comenzaron a aflorar aspiraciones de ruptura con Haití sobre
bases antes no enunciadas. El orden opresivo se fue tornando cada
vez más obsoleto, en concordancia con la emergencia incipiente de
clases burguesas en las pequeñas aglomeraciones urbanas. Durante
los primeros años de la dominación haitiana prácticamente todos
los esfuerzos contra ella se orientaban por la restauración de la sobe-
ranía española. Por el contrario, los patriotas entre 1843 y 1844 no

3
Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, «Ocupación de Santo Domingo
por Haití», Clío, año XVI, No. 81 (enero-junio de 1948), pp. 25-32; Jean Price
Mars, La República de Haití y la República Dominicana, 3 tomos, Madrid, 1958.

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Roberto Cassá

partieron de un apego al coloniaje ni a un fundamentalismo antihai-


tiano, a diferencia de los integrantes de los movimientos disidentes
previos. Prueba del impacto de las nuevas concepciones es que una
de las primeras medidas de la Junta Central Gubernativa establecida
el 28 de febrero de 1844 consistió en reconocer la nacionalidad
dominicana a todos los nacidos en Haití que optaran por acogerse a
ella, como en efecto lo hicieron muchos. Definitivamente, el 27 de
Febrero fue obra de quienes elevaron a categoría política el hecho
objetivo de la existencia del pueblo dominicano y su consiguiente
derecho a constituirse en nación independiente. Por supuesto, no
se afirma que no hayan existido y que existan todavía prejuicios de
color y conceptos discriminatorios sobre los haitianos, pero habrá
que determinar sus naturalezas y alcances en cada caso.
Décadas después, precisamente discurriendo acerca de
la controversia con Haití, Pedro Francisco Bonó, uno de los
pensadores cimeros de la historia dominicana en una pers-
pectiva democrática radical, lamentó que, en vez de la impo-
sición del dominio de uno sobre otro, no se hubiera estable-
cido una confederación entre los dos países. Achacó en parte
esa imposibilidad a la divergencia entre lo que consideraba
particularismo étnico haitiano y el cosmopolitismo domini-
cano, el primero articulado al exclusivismo de la cuestión
racial y el segundo a la disposición a la apertura, que incluía
la preferencia, según sus términos, por la «raza blanca».4 En
los primeros años del siglo xx, Américo Lugo, otro pensador
progresista, avanzó la idea de una confederación de los dos
Estados.5 Desde 1861 luchadores dominicanos por la libertad
se acercaron a Haití, que se vio precisada a reconocer como
hecho consumado que los dominicanos habían optado por
un ordenamiento soberano. Desde entonces se establecieron
líneas de colaboración, no exentas de reservas y tensiones,
entre políticos de ambos países.6
4
Emilio Rodríguez Demorizi (ed.), Papeles de Pedro Fco. Bonó, Santo Domingo,
1964.
5
Américo Lugo, A punto largo, Santo Domingo, 1901.
6
Gregorio Luperón, Notas autobiográficas y apuntes históricos, 3 tomos,
Santiago, 1939.

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Antes y después del 27 de Febrero

Sin embargo, no se borraron cuestionamientos de am-


bas partes, sobre todo a partir de un plano retrospectivo.
El pasado de controversias, empero, tiene que superarse.
Procede una lectura reflexiva de la historia como una de las
claves para la fraternidad entre los dos pueblos en el futu-
ro. Haití es desde hace décadas un país mucho más pobre
que República Dominicana, lo que es fuente de tensiones,
en primer lugar por la tendencia a la migración de pobla-
ción trabajadora y su explotación en forma ominosa. Pero
habría que discutir, claro está, el aserto de que la causa
de los problemas de Haití se encuentra en la República
Dominicana. La masacre ordenada por Trujillo en 1937 sigue
clavada como una espina dolorosa, al igual que lo estuvieron
largo tiempo las ordenadas por los jefes haitianos que inva-
dieron Santo Domingo en los primeros años del siglo xix.
Muchos dominicanos, sobre todo de estratos superiores, re-
troalimentan en la actualidad una actitud despectiva hacia
los trabajadores haitianos, mayormente por su condición
de pobres. Del otro lado, muchos políticos e intelectuales
haitianos asocian al dominicano, en bloque, con tal mirada
racista y clasista, de lo que proviene una retroalimentación
de rencores.
Son problemas del presente que deben ser enfrentados
con la voluntad de solidaridad que deberá pautar las soluciones.
La verdad histórica, lejos de obstaculizar la apertura hacia tal
disposición, constituye un requisito para ella. El Estado haitiano
pretendió absorber al pueblo dominicano. Los patriotas co-
mandados por Juan Pablo Duarte en 1844 tuvieron razón en su
propósito de constituir un Estado soberano. Pero una dialéctica
reactiva fue impulsada por sectores dirigentes ante las recurren-
tes agresiones militares haitianas como medio de obtención de
hegemonía, lo que solo empezó a menguar después de 1861,
cuando de hecho el Estado haitiano renunció al derecho de
poseer el conjunto de la isla.
En definitiva, con el 27 de Febrero arrancó un sinuoso
y prolongado proceso de lucha de los dominicanos por la

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Roberto Cassá

autodeterminación, la libertad y la igualdad. Los retrocesos,


como el establecimiento de un ordenamiento conservador, los
constreñimientos de las potencias y las dictaduras modernas,
no empañan el sostenimiento de una voluntad de lucha, en pri-
mer lugar bajo la inspiración de ideas como las sustentadas por
Duarte y sus compañeros. De ello se deriva la trascendencia de
comprender la gesta de 1844 como punto de partida de compo-
nentes de la historia ulterior.
Este escrito se ha beneficiado del apoyo del profesor
Ramón Rodríguez, decano de la Facultad de Humanidades
de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y de in-
tegrantes de la comisión de investigación de esa facultad,
aunque no es producto de un protocolo de investigación
presentado. Más bien ha sido una respuesta al requerimiento
de dictar una conferencia que se me formula cada año con
motivo de la conmemoración de la efeméride. Desde hace
mucho he venido haciendo exposiciones sobre Duarte y la
Independencia nacional en variados lugares del país. También
las he ofrecido en Milán, Lisboa, Madrid, Barcelona, México,
Santiago de Chile, Caracas y La Habana, por invitación de la
cónsul Natacha Sánchez, los embajadores Ana Silvia Reynoso
de Abud, Alejandro González Pons, Pablo Maríñez, Ricardo
Moya, Jaime Durán y José Manuel Castillo, además de otros
diplomáticos, en la mayoría de la ocasiones con el patrocinio
de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias, presidida
por Juan Daniel Balcácer. Aproveché la invitación de la socie-
dad Sol de Quisqueya, a través de su presidente, Onofre Rojas,
a que participara en la conmemoración del aniversario del
nacimiento de Duarte en enero de 2016 para dar forma final
a estas ideas. Con motivo de la ocasión recibí sugerencias y
colaboraciones de colegas en el Archivo General de la Nación
y la Universidad Autónoma de Santo Domingo, como Álvaro
Caamaño, Salvador Alfau, Genaro Rodríguez y Daniel García
Santos. Me encuentro en deuda con la solícita colaboración
recibida de Katherine de León para la consulta de materia-
les. Ángela Peña hizo una corrección estilística. Vetilio Alfau

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Antes y después del 27 de Febrero

localizó fotografías poco conocidas de personajes menciona-


dos. Juan Francisco Domínguez Novas ha tenido a cargo las
labores de edición. A ellos extiendo mi agradecimiento. Como
siempre, María de los Ángeles Calzada ha leído la versión ini-
cial y ha introducido innúmeras mejorías.
Estas páginas están llamadas a ampliarse y mejorarse sobre
la base de la incorporación de datos suplementarios con la fina-
lidad de afinar las conclusiones que se han obtenido. Todavía
falta mucho por decir desde perspectivas del presente.
En aras de la primacía a los contenidos conceptuales y
educativos que deben pautar un escrito sobre el pasado, desde
hace tiempo, he procurado apartarme, en la medida de lo fac-
tible, de cánones ortodoxos de erudición y cronología. En esta
ocasión, dados los componentes controversiales involucrados,
en respuesta al escamoteo de los contenidos de la obra de
Duarte y sus compañeros, he optado por la transcripción de
citas con las referencias correspondientes a ellas y a otras in-
formaciones importantes.

23
EL PROBLEMA EN LA HISTORIOGRAFÍA

D esde la década de 1880 quedó abierto un debate acerca


de lo acontecido el 27 de febrero de 1844. Se han con-
frontado dos tesis principales. La primera es la originalmente
sustentada por José Gabriel García, y más adelante secundada
por Federico Henríquez y Carvajal y Emiliano Tejera,7 que afirma
un contenido nacional y democrático inherente, puesto que su
mentor fue Juan Pablo Duarte, fundador de la sociedad secreta
La Trinitaria. La segunda, defendida por Manuel de Jesús Galván
y luego por Rafael Abreu Licairac,8 propone que la Separación,

7
Esta tesis democrática subyace en el centro de la obra magna del historia-
dor nacional José Gabriel García, Compendio de la historia de Santo Domingo, 2ª
ed., 4 tomos, Santo Domingo, 1968, especialmente t. III. Otros autores la afir-
maron de manera conceptualmente más elaborada, como Mariano Cestero,
en Propatria, 27 de febrero de 1844, Santo Domingo, 1900. Las posiciones de
Emiliano Tejera se encuentran contenidas en Antología, Ciudad Trujillo, 1951;
esta selección de los textos de Tejera tiene la importancia de haber sido pre-
parada por Manuel Arturo Peña Batlle. Debe consultarse la compilación de
sus obras hecha por Andrés Blanco, publicada por el Archivo General de la
Nación: Escritos diversos, Santo Domingo, 2010. Federico Henríquez reunió una
parte de sus elaboraciones en Duarte. Próceres, héroes i mártires de la Independencia,
Ciudad Trujillo, 1945.
8
El primer expositor de esta tesis conservadora fue Manuel de Jesús Galván,
en un opúsculo publicado en vida de Santana, El general don Pedro Santana y
la Anexión de Santo Domingo a España, New York, 1862. Gran parte de su pro-
ducción está compilada en Textos reunidos, 4 tomos, Santo Domingo, 2008. Se
suscitó una polémica entre Galván y José Gabriel García que se tornó célebre,
el primero en El Eco de la Opinión y el segundo en El Teléfono, aunque ninguno
calzaba su nombre. Está recogida por Vetilio Alfau Durán, Controversia histórica.

25
Roberto Cassá

como se denominaba en la época la ruptura con Haití, fue obra


de un núcleo conservador, único capaz de impulsar una empre-
sa de semejante magnitud, personificado en el general Pedro
Santana. Esta última interpretación retomaba el saber común,
oficializado por la prensa a partir de 1845, mientras la primera
fue resultado de un esfuerzo de investigación y rectificación.
La conclusión que concedía protagonismo absoluto a
Santana fue adoptada con prontitud por autores domini-
canos y extranjeros. Se la encuentra en el primer libro con
visos historiográficos que trata la fundación de la República
Dominicana, de M. R. Lepelletier de Saint Rémy, publicado
en 1846 en París, que culmina con la ruptura de los dominica-
nos con Haití. En él se califica a Santana de «corazón elevado,
espíritu inteligente», para aseverar que «formó el nudo de
la insurrección».9 Es sintomático que en el relato contenido
en ese libro acerca de la ruptura con Haití, aunque bastante
somero, no se mencione a ningún otro personaje. Al autor
francés, buen conocedor de los asuntos de la isla, le bastó que
Santana fuera el más resuelto partidario de la subordinación a
Francia. Los propósitos de estos dos volúmenes eran buscar un
medio para que se cobrase la deuda renegociada por el Estado
haitiano en 1838, propiciar «el retorno de los blancos a Haití»,
es decir, restaurar la tutela francesa bajo una fórmula viable,
obtener la ayuda de los dominicanos para tal fin y lograr la ce-
sión de la península de Samaná como base de la recomposición

Polémica de Santana, Santo Domingo, 1968. Rafael Abreu Licairac reformuló


los planteamientos de Galván con barnices liberales en Consideraciones acerca de
nuestra independencia y sus prohombres, Santo Domingo, 1894. Mariano Cestero
se propuso refutar a Abreu, pero, dado el favor implícito hacia este de parte
del tirano Ulises Heureaux, se abstuvo de publicar su texto hasta el cambio
político de 1899. Se recogen elementos de estos debates en Roberto Cassá,
«Revisionismo historiográfico acerca de la independencia dominicana»,
Anuarios de Estudios Americanos (Sevilla), No. 51 (1994), pp. 273-300.
9
M. R. Lepelletier de Saint Rémy, Santo Domingo. Estudio y solución nueva de la
cuestión haitiana, 2 tomos, Santo Domingo 1978, t. I, p. 264. En adelante se utili-
zará esta traducción de Gustavo Amigó, publicada por la Sociedad Dominicana
de Bibliófilos. Debe aclararse que la traducción del título se presta a equívoco,
ya que el original es Saint Domingue, con lo que se refiere a la parte francesa y
no a Santo Domingo, la parte española.

26
Antes y después del 27 de Febrero

de la hegemonía francesa a escala insular. Continuaba abo-


gando, sin afirmarlo taxativamente, como era de rigor en ese
momento, por los contenidos básicos del Plan Levasseur, al
cual se harán múltiples referencias más abajo. Desde tal án-
gulo, es comprensible que, a pesar de abogar, supuestamente,
por defender a República Dominicana frente a Haití, Saint
Rémy desdeñara el acontecimiento del 27 de febrero, puesto
que tenía conciencia de que se llevó a cabo precisamente para
impedir el protectorado francés, el componente neurálgico
del Plan Levasseur. Este libro pionero, que combina silencios
y manipulación, dio la tónica para la apreciación histórica
inmediata de la fundación de la República Dominicana, en
detrimento de la verdad histórica.
Tardó en rescatarse la figura de Juan Pablo Duarte, ignora-
do durante décadas debido a su postura nacional-democrática,
opuesta a toda fórmula proteccionista o anexionista, así como
por no haber tomado parte en los procesos que se sucedieron.
Incluso, antes de que se emprendieran investigaciones para la
determinación de la realidad, se superpuso la impugnación
de que el verdadero liderazgo en la fundación de la República
Dominicana le había correspondido a Francisco del Rosario
Sánchez, uno de los compañeros de Duarte,10 postura que se
sustentaba en su protagonismo en la preparación de la ruptura
con Haití y en su martirio en la lucha contra la anexión a España
en 1861. Aunque Sánchez desempeñó un papel extraordinario,
a partir de su condición de integrante del círculo íntimo de
Duarte, la conclusión delataba desconocimiento de los procesos
previos, e incluso en buena medida de lo acontecido en la pri-
mera mitad de 1844.
Como es sabido, Duarte se mantuvo alejado del país des-
pués de 1844, lo que contribuyó a que se deformara la memoria
de lo acontecido en ese año, suplantada por una alteración de la

10
Ramón Lugo Lovatón, Sánchez, 2 tomos, Ciudad Trujillo, 1947; José Aníbal
Sánchez Fernández, Sánchez y Duarte frente al problema de la independencia nacio-
nal, Santo Domingo, 1984. Algunos de los textos de Américo Lugo acerca de
Sánchez, en Escritos históricos, Santo Domingo, 2009.

27
Roberto Cassá

verdad instrumentada por las cúpulas que pasaron a controlar el


Estado dominicano. La exaltación de Sánchez como padre de la
patria, posición asumida por Manuel Rodríguez Objío, pionero
de la historiografía nacional, recogía un sentir que, en aquella
época, lo contraponía a Pedro Santana, el tirano conservador
por antonomasia.11 Alejandro Angulo Guridi, intelectual radica-
do en el país en 1852, en un cuestionario sometido a Francisco
Javier Abreu, demostró saber muy poco, en realidad casi nada,
sobre lo sucedido en 1844, por lo que ni siquiera se refirió a
los partidarios de Duarte y centró su indagatoria en la acción
de los cónsules franceses, cuyos nombres incluso desconocía,12
manifestación ilustrativa de la bruma casi instantánea que se
cernió sobre la memoria colectiva. Pero José Gabriel García pro-
fundizó sus indagaciones sosteniendo la primacía del fundador
de La Trinitaria y, armado de su prestigio en materia del saber
histórico, logró que fuese aceptada en la opinión pública desde
mediados de la década de 1870, cuando retornó del exilio y se
restableció el derecho a la emisión de ideas.
Los términos del debate respondían al esquema narrativo y
político de la producción historiográfica, centrado en la acción
de personalidades, pero detrás de las cuales se movían concep-
ciones contrapuestas en lo político e ideológico. Duarte, de he-
cho, pasó a encarnar la opción de corte nacional, aunque unos
pocos continuaron creyendo que cabía resaltar paralelamente el
papel de Sánchez. Esta postura acordaba la jefatura al primero,
pero reclamaba un estatus similar de dignidad a Sánchez.13 Del
lado opuesto, la exaltación de Santana tenía implicaciones que
trascendían su figura, pues conllevaban el rescate de la tradición
autoritaria y anexionista.
Al sopesar la cuestión, el presidente Ulises Heureaux, quien
ejercía un mando despótico pero que explotaba su pasada ads-
cripción al conglomerado liberal, dispuso la oficialización de

11
Manuel Rodríguez Objío, Relaciones, Ciudad Trujillo, 1951.
12
Alejandro Angulo Guridi, «A Francisco Javier Abreu», febrero de 1871, en
Obras escogidas. 3 tomos, Santo Domingo, 2006, t. III, Epistolario, pp. 57-60.
13
Fue la posición de Cestero, Propatria, 27 de febrero de 1844, passim.

28
Antes y después del 27 de Febrero

una trilogía compuesta por Juan Pablo Duarte, Francisco del


Rosario Sánchez y Ramón Mella, considerados los cabezas de la
sociedad secreta La Trinitaria. De esa manera zanjó el debate
tomando en cuenta el reclamo de la corriente que sostenía la
primacía de Francisco del Rosario Sánchez.14 Heureaux descartó
a Santana, en lo que incidió su propia participación en la guerra
de la Restauración contra el intento anexionista, así como ha-
berse conformado una opinión adversa a él entre intelectuales
respetados que difícilmente podía ser ignorada. En particular se
vio forzado a tomar en consideración las posturas derivadas de la
aceptación de los argumentos de José Gabriel García a favor de
la primacía de Duarte.15 Pero al mismo tiempo, el último tirano
del siglo xix sinuosamente disminuía el alcance de Duarte.
Esto era lo que subyacía detrás de la fórmula de tres padres
de la patria, hasta hoy oficializada en el Estado dominicano,
pero carente de veracidad, por lo que alcanza la dimensión de
mito, como bien lo expuso Juan Isidro Jimenes Grullón, lo que
no conlleva suscribir su condena a las actuaciones de Francisco
del Rosario Sánchez.16
Desde cierto momento, cuando Santana quedó descartado
por el referido ucase gubernamental, la polémica acerca de la
preeminencia de Duarte o Sánchez desplazó a la que enfrentaba
a los apologistas de Santana. El asunto se derivó de la reacción
al planteamiento de Emiliano Tejera, Federico Henríquez y
Carvajal, Félix María del Monte, José Gabriel García y muchos
otros que, el 20 de agosto de 1893, propusieron la erección
de una estatua a Duarte en la plaza que luego tomó su nom-
bre, con la finalidad de conmemorar el cincuentenario de la
«Separación». En la ocasión Tejera expuso los alegatos más

14
Juan Daniel Balcácer, Símbolos patrios III. Nuestros héroes y el Panteón de la
Patria, Santo Domingo, 2001.
15
Como se ha visto, se desató la primera polémica historiográfica habida en el
país, escenificada entre García y Manuel de Jesús Galván, en artículos que no
calzaban con sus nombres en los periódicos El Teléfono y El Eco de la Opinión. Para
detalles adicionales, véase José Gabriel García, Antología, Santo Domingo, 2010.
16
Juan Isidro Jimenes Grullón, El mito de los padres de la patria, Santo Domingo,
2014.

29
Roberto Cassá

acabados para elevar a Duarte por encima de los otros integran-


tes de la sociedad La Trinitaria. Estaba subyacente el criterio de
Del Monte, uno de los escasos actores que seguían con vida, que
consideraba que Duarte era el único padre de la patria. Juan
Francisco Sánchez, hijo del prócer, amparado en su posición de
funcionario de la dictadura, elevó una protesta reclamando que
se respetase el criterio de la trilogía, aunque con el trasfondo de
que el mayor mérito lo detentaba su padre.17
El principal relevo del «sanchismo» fue Américo Lugo,
quien, a causa de su defectuoso conocimiento de los hechos
y a pesar de la admiración que profesaba a Tejera, llegó a la
conclusión de que era Sánchez el único padre de la patria. En
varios escritos se sustentaba en los planteamientos de Cestero,
pero para enmendarlos. Muchas de sus afirmaciones estaban
fundamentadas en errores históricos, como los que contenía
su célebre tesis doctoral «El Estado dominicano y el derecho
público».18 Sus conclusiones terminaron condensadas en una
carta a Trujillo, para responder a una encuesta con motivo del
centenario de la República,19 en la que retomaba su opinión
previamente expuesta en cuatro números de la revista Bahoruco
en marzo de 1934.

Allí digo, con sumo recato y miramiento, que no hay


sino un Padre de la Patria Dominicana: Francisco del
Rosario Sánchez. Él es quien encarna la Independencia.
Si se le suprime, sería absolutamente imposible escribir
la historia de ésta: cuando llegásemos al punto culmi-
nante, tendríamos que callarnos, porque no se habría
realizado el 27 de Febrero. Todos los demás próceres hi-
cieron esto o aquello: Trinitarias, Trabucazos, etc. Pero

17
Leonidas García Lluberes, «Cuál fue el verdadero origen del cisma provoca-
do por los que se opusieron a la estatua de Duarte», en Crítica histórica, Santo
Domingo, 1964, pp. 257-259.
18
Alcides García Lluberes, «Otro gran pronóstico», en Duarte y otros temas,
Santo Domingo, 1971, pp. 9-35.
19
Américo Lugo, Carta a Trujillo, 7 de enero de 1944, en Obras escogidas, 3
tomos, Santo Domingo, 1993, t. 3, pp. 311-314.

30
Antes y después del 27 de Febrero

Francisco del Rosario Sánchez es quien asume la inmen-


sa responsabilidad creadora [...]. Sánchez no «necesita»
de la historia, como Duarte y Mella. Es la historia la que
«necesita» de Sánchez. Como se ve, la prueba es obvia.
Sánchez no ha menester «papeles». Su nombre está más
allá de los registros auténticos, porque está en la raíz
misma de las cosas.

No es el caso ahora evaluar la validez de estas aseveraciones,


aunque escamoteaban el componente central de los contenidos
de la acción patriótica. Lugo había realizado importantes apor-
tes al conocimiento de la historia dominicana, pero él mismo re-
conocía que carecía de las herramientas técnicas del historiador.
Desde ese punto de vista de los contenidos, los herma-
nos Alcides y Leonidas García Lluberes, hijos de José Gabriel
García, retomaron la bandera del «duartismo», armados de un
meticuloso dominio erudito. En no pocos aspectos, incluso, en-
mendaron las consideraciones de su padre, en función de que
entendían que no había tenido acceso a documentos funda-
mentales, como la resolución de la Junta Central Gubernativa
del 8 de marzo de 1844, firmada por Sánchez, en la que se
ratificaban puntos centrales del Plan Levasseur, sobre todo la
cesión a Francia de la península de Samaná.20 Desde sus prime-
ros escritos Alcides expresó sumariamente que el «verdadero
Fundador de la República fue Duarte. Creando la Sociedad
Trinitaria determinó el estímulo cuya virtud cristalizó el ansia
de emancipación del país».21
En lo sucesivo gran parte del esfuerzo de los hermanos se
dirigió a realzar la figura de Duarte, que acompañaron con la

20
Leonidas García Lluberes aclaró que el conocimiento de la resolución del
8 de marzo solo fue posible por una copia encontrada por Martín Delanoy en
los papeles de Félix Mercenario, integrante de la Junta y por tanto uno de los
firmantes del documento. Hasta entonces el asunto no traspasaba un ámbito
nebuloso, casi especulativo, al grado de que hasta Emiliano Tejera, seguramen-
te amparado en la autorizada fuente de su padre, llegó a negar la existencia de
la resolución.
21
Alcides García Lluberes, «Duarte», en Duarte y otros temas, p. 7.

31
Roberto Cassá

crítica severa a Sánchez. En un artículo que sintetiza sus puntos


de vista, Leonidas llegó a la conclusión de que hubo un abismo
entre Duarte y Sánchez, por haber estado el segundo todo el
tiempo ligado al «partido conservador».22 Sin ser su autor, aseve-
ra, Sánchez firmó el Manifiesto del 16 de Enero de 1844, que se-
gún la apreciación del crítico historiador divergía totalmente de
la doctrina de Duarte y avaló asimismo la resolución secreta de
la Junta Central Gubernativa que ratificaba el antinacional Plan
Levasseur; además, fugazmente aceptó permanecer en el orga-
nismo ejecutivo después que Santana asumió su presidencia y
avaló el título de Libertador a Santana en el artículo «Amnistía»,
publicado en El Progreso el 6 de marzo de 1853.
Aunque estos temas están harto trillados en la histo-
riografía nacional, se impone reconsiderarlos a la luz de los
problemas del presente, que necesariamente inciden en los
contenidos de las conclusiones. No se trata de aprobar a un
autor o tesis sobre otros. Se trata de interpretar a partir de los
contextos socio-históricos. Los hermanos García Lluberes, por
ejemplo, tuvieron toda la razón en afirmar la condición supe-
rior de Duarte, pero llegaron a extremos no aceptables en la
recusación de Sánchez. No solo él estuvo vinculado al partido
conservador, lo estuvieron casi todos los trinitarios, algunos de
los cuales incluso se tornaron en conservadores furibundos. En
las páginas que siguen se intenta superar la centralidad de tales
controversias y avanzar en la búsqueda de los contenidos de las
actuaciones de los sujetos de entonces, puesto que marcaron
el decurso de los procesos. Esto incluye las inconsecuencias en
que, en determinados períodos, incurrieron muchos de los que
persiguieron mantenerse en el escenario de la política. El pro-
ceso fue sinuoso, a tono con las contingencias, pero sobre todo
con los perfiles ideológicos sustentados en realidades sociales y
las tareas que se trazaban los sujetos.
Estos debates se prolongaron con matizaciones múltiples.
Décadas después, durante la dictadura de Trujillo, iniciada en

Leonidas García Lluberes, «Sánchez integral», en Crítica histórica, pp. 199-205.


22

32
Antes y después del 27 de Febrero

1930, Manuel Arturo Peña Batlle le confirió un alcance mayor a


la corriente conservadora en la historiografía, como parte de su
empresa de legalización intelectual del ordenamiento despótico.
Argumentó que la Separación había constituido un movimiento
de reafirmación cultural, sustentado con exclusividad en motivos
étnicos, sin contenido nacional-democrático.23 Esto era un recur-
so para rehabilitar a Pedro Santana, objeto de un no disimulado
aprecio entre los círculos gobernantes. Pero, a diferencia de lo
sostenido por los conservadores decimonónicos, Peña Batlle no
negaba la figura de Duarte, algo inconveniente para entonces,
sino que le adjudicaba a su obra un contenido conservador.
En idéntico sentido, Emilio Rodríguez Demorizi propuso la
fórmula aberrante de dos padres de la patria: Duarte y Santana.
Pretendía trazar una línea de continuidad entre un Duarte pre-
sumiblemente conservador, a quien entonces resultaba inviable
detractar, y un Santana en última instancia patriota.24 Solo a
regañadientes, durante el trujillato se aceptó la continuidad de
la trilogía, mientras el verdadero objeto de aprecio era Santana,
como lo expresó Rodríguez Demorizi. Únicamente Rafael
Augusto Sánchez, en un texto ultraconservador que optó por
no publicar, osó sostener sin ambages la esterilidad de la acción
de los liberales y, consiguientemente, el protagonismo exclusivo
del núcleo militar comandado por Santana en la creación del
Estado dominicano.25
En el presente ha comenzado a manifestarse una nueva
propuesta, que sospecha implícitamente de la ruptura con Haití
a nombre de haber estado pretendidamente animada por el
racismo o haber respondido no más que a los intereses exclusi-
vistas de los círculos superiores. Según ese punto de vista, poco
explicitado de manera formal y responsable, el movimiento
que llevó a la fundación de la República Dominicana careció
de motivos progresivos y estuvo guiado por el anexionismo.
Aunque explícitamente dirigido contra el conservadurismo,

23
Manuel Arturo Peña Batlle, Escritos históricos, Santo Domingo, 1989.
24
Polémica del general Santana, Ciudad Trujillo, 1956.
25
Rafael Augusto Sánchez, Al cabo de los cien años, Santo Domingo, 1976.

33
Roberto Cassá

el planteamiento despoja de protagonismo a los partidarios


de Duarte, en lo que interviene una descalificación de su
autenticidad o la imputación de ausencia de vigencia, por lo
que erradamente le adjudica al sector conservador incidencia
exclusiva en la plasmación del acontecimiento. Las ideas de
Duarte quedan disueltas en elucubraciones relativistas, con-
trarias a la explicación puntual de los fenómenos históricos.
Da igual lo que cualquiera haya podido interpretar acerca de
Duarte, pues en definitiva se visualiza como un recurso para
validar intereses y visiones de no importa cuáles matices.26 En
otros términos, desde un ángulo pretendidamente popular,
se recupera la postura conservadora de que la ruptura con
Haití estuvo pautada por una motivación racial originada en
los sectores superiores.
En sentido contrario, el presente texto, continuando la
corriente progresiva iniciada por Manuel Rodríguez Objío,
José Gabriel García y Mariano Cestero, se dirige a sustentar
que el 27 de febrero hubo un evento pautado por el proyecto
de una nación soberana, aunque inmerso en un escenario en el
que se manifestaron intereses contradictorios que propendían
a que el dominio haitiano se trocara por un protectorado de
Francia u otra solución similar. No se replantea como central,
por tanto, la cuestión de la relevancia de personalidades, aun-
que se convalida la tesis acerca del papel dirigente de los libe-
rales partidarios de la autonomía nacional y de su único líder,
Duarte. Pero se procede a situar la aspiración a la autonomía
nacional en un contexto de intereses sociales divergentes. Se

26
Véase Pablo Mella, Los espejos de Duarte, Santo Domingo, 2014. En realidad,
este libro no tiene connotación historiográfica. No presenta una propuesta
interpretativa del tema de referencia y se atiene a igualar las visiones acerca
de Duarte y a adjudicarlas a operaciones de poder. No puede ser casual que
recibiera parabienes de una franja de la derecha «moderna», que renueva el
cuestionamiento, ahora más bien solapado, contra Duarte, al fin y al cabo un
exponente de principios democráticos radicales. Coinciden en el fondo con
el conservadurismo quienes se suman a las sospechas sobre los compañeros
de Duarte desde un pretendido ángulo popular, sustentado en torno a la
conexión entre clase y condición étnica. En este contexto, carece de sentido
examinar divagaciones inútiles por no relacionarse con la historicidad.

34
Antes y después del 27 de Febrero

trata, en tal sentido, de ponderar el proceso que condujo a la


fundación y consolidación de la República Dominicana como
resultado de alianzas en las que convergieron sectores socia-
les, étnicos, territoriales y político-ideológicos. Un conflicto
descarnado enfrentó a liberales y conservadores como cues-
tión neurálgica a lo largo de los acontecimientos. La corrien-
te conservadora fue ganando cuerpo desde antes del 27 de
febrero, al grado que a la postre terminó imponiéndose en el
naciente Estado. Duarte y sus compañeros fueron derrotados
como expresión de realidades en torno a las cuales emergió la
nación dominicana. Además de condiciones favorables para el
autoritarismo conservador, incidió el desenlace del conflicto
entre las dos tendencias con que se inició la vida indepen-
diente. Pero este mismo hecho no estuvo desligado de que la
fracción antinacional, para terminar de imponerse, se viera
forzada a pactar con una porción de los patriotas, reconocer
la legitimidad del Estado dominicano y su estatus soberano y
renunciar transitoriamente a aplicar aspectos sustanciales de
su programa.

35
EL CONTEXTO HISTÓRICO-SOCIAL

T anto la naturaleza de las pugnas como la de los resultados


deben ser comprendidas a la luz de la especificidad de la
estructura social y de las características de las tendencias políti-
cas. La clase superior de proveniencia colonial se encontraba
en una proceso avanzado de descomposición. Había quedado
diezmada a raíz de las emigraciones que provocó el Tratado de
Basilea, en 1795, y de las aboliciones de la esclavitud en 1801 y
1822. Estaba desconectada de las palancas básicas de ejercicio
del poder, pese a que quienes permanecieron en el país se ple-
garon al dominio haitiano. La sustitución de los terratenientes
coloniales por nuevas clases fue un proceso lento y tortuoso.
Finalmente, la clase de los hateros –los productores ganaderos
de pequeña o mediana escala– no desaparecía, pese a no contar
más con esclavos. En un contexto de predominio de la economía
campesina, por efecto de herencias ancestrales y de las medidas
del Gobierno haitiano desde 1822, la emergencia de las clases
burguesas en las zonas urbanas fue en extremo débil. La escala
superior de los terratenientes se focalizó en tareas administrati-
vas como medio de supervivencia en aquellas condiciones tan
particulares, en las que desapareció lo que podía equivaler al
concepto de una oligarquía. Los residuos de este antiguo sector
dirigente se habían recompuesto en torno a los cortes de made-
ras preciosas, la principal actividad comercial desde el despuntar

37
Roberto Cassá

del siglo, con lo que se conectaban con las emergentes clases


media y burguesa. El alto comercio estaba compuesto mayori-
tariamente por extranjeros, lo que contribuía a difuminar fron-
teras entre los integrantes de la clase media y la superior. Pero
se debe enfatizar que ambas clases urbanas eran diminutas y de
condición modesta.27
Lo anterior contribuye a explicar que no se plantearan
normalmente rupturas ideológicas tajantes. Por una parte, el
conservadurismo estaba penetrado de preceptos liberales, pues
tomaba nota de realidades incontrovertibles, empezando por el
hecho de que el régimen haitiano había ejecutado aspectos de
la reforma liberal mediante la nacionalización de los bienes de
la Iglesia y otras medidas que se verán adelante. El liberalismo,
al mismo tiempo, estaba penetrado de componentes ideológicos
por lo menos tradicionalistas. La Constitución de noviembre de
1844, aprobada por el bando conservador, se inspiraba en la de
Estados Unidos, la de Cádiz y la haitiana del año anterior, en-
tonces vigente, todas de orientación liberal. Pero, en la práctica,
conservadores y en buena medida también muchos considera-
dos liberales, negaban los preceptos doctrinarios del liberalismo
al acudir a procedimientos autocráticos en la conducción del
Estado.28
Esta ausencia de fronteras, sin embargo, no operó plenamen-
te en 1844 a causa de la exacerbada contraposición entre el anexio-
nismo-proteccionismo de los conservadores y el nacionalismo

27
Los textos de la época se refieren a Haití en su conjunto. Es el caso de
Beaubrun Ardouin, Etudes sur l´Histoire d´Haïti, Port-au-Prince, 1958. Con una
perspectiva dominicana, aunque inédito hasta hace poco, sobresale el carácter
pionero de Gustavo Adolfo Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo. La domina-
ción haitiana, t. IX, Santo Domingo, 2015; véase igualmente, Frank Moya Pons,
La dominación haitiana, 1822-1844, Santiago, 1971. Hay recientes estudios sus-
tentados en documentos municipales o protocolos notariales: María Filomena
González, Libertad Igualdad. Protocolos notariales de José Troncoso y Antonio Abad
Solano, 1822-1840, Santo Domingo, 2013; Francisco Bernardo Regino Espinal,
«Conucos, hatos y habitaciones en Santo Domingo, 1764-1827», Boletín del
Archivo General de la Nación, año LXVIII, No. 116 (septiembre-diciembre de
2006), pp. 487-556.
28
Jaime Domínguez, Economía y política de la República Dominicana, años 1844-
1861, Santo Domingo, 1977.

38
Antes y después del 27 de Febrero

de los liberales. Duarte encarnó el límite nacional-democrático


del liberalismo, mientras Santana representaba con exactitud lo
contrario. Resulta sintomático que, hasta avanzado el siglo, lo que
marcó la diferencia entre conservadores y liberales fuese la cues-
tión nacional.
A pesar de la virulencia con que se enfrentaban ambos
bandos, en coyunturas como la de 1844, estaba abierta la factibi-
lidad de acuerdos y alianzas, precisamente como se produjo en
torno al Manifiesto del 16 de Enero de ese año. La resolución
del conato de guerra civil, entre junio y julio, fue resultado de un
entendido forzado entre los conservadores en su conjunto y una
porción mayoritaria de liberales, que se atuvieron a la realidad
existente.
No obstante ese panorama y el resultado de lo acontecido,
los compañeros de Duarte representaban el sentido progresivo
marcado por la eclosión del sentimiento nacional. De otra ma-
nera no hubiera surgido el Estado dominicano. Los conserva-
dores accedieron a propiciar su creación condicionados por un
contexto que incluía la aparición de la conciencia nacional, aun
fuera en franjas minoritarias de la reducida población citadina.
En concordancia con el avance de la economía mercantil y el
surgimiento de capas urbanas, se iban gestando los fundamentos
para ese avance histórico. En el caso dominicano esto conllevó
un proceso prolongado e irregular que tomó décadas, pero al
final no dejó de primar. Duarte se adelantó a su época y pudo
accionar en los contornos de la realidad para impulsar la aspira-
ción al orden nacional. Los patriotas encarnaban una realidad
llamada a prevalecer, aunque en las condiciones de 1838-1844
estuvieran aquejados de acusada debilidad. Pese a ella, fueron
los ejecutores de la creación del Estado dominicano y de que
con él se implantaran realidades que no pudieron ser soslayadas.
El 27 de Febrero, a pesar de todo, quedó como un paradigma
incontrovertible.
Otra perspectiva del presente texto radica en la incorpo-
ración de determinantes del lado haitiano en el resultado del
proceso. Haití pudo ocupar Santo Domingo en 1822 a causa de

39
Roberto Cassá

un vacío de poder entre los círculos dirigentes criollos y metro-


politanos, resultante de las secuelas en el largo plazo del Tratado
de Basilea.29 Dos décadas después, los dominicanos estuvieron
en condiciones de romper con Haití en virtud de una crisis de
hegemonía que mermó la capacidad de una política consistente
de parte del Estado. Aunque no se pretende historiar lo suce-
dido en Haití, se establecen algunos de los componentes que
contribuyeron a que en 1844 se tornara realidad el derecho de
autodeterminación.
Con un desbalance demográfico entre cerca de 700,000
haitianos frente a menos de 150,000 dominicanos, y a pesar de
que la antigua parte francesa de Saint Domingue continuaba
siendo más rica en todos los aspectos que la española de Santo
Domingo, el resquebrajamiento de la unidad de los círculos
gobernantes haitianos tornó factible encontrar las grietas que
abrieron el terreno a la constitución del Estado dominicano,
como lo comprendieron Duarte y otros actores de primera fila.
En tal tenor, la unidad nacional que advino entre los dominica-
nos, completó el cuadro derivado de la dispersión de los medios
dirigentes haitianos.

29
Detalles en documentos compilados por Emilio Rodríguez Demorizi,
Invasiones haitianas de 1801, 1805 y 1822, Ciudad Trujillo, 1955.

40
EL ESCASO REPERTORIO DE FUENTES

L a propuesta arriba expuesta se sustentará, en primer tér-


mino, con apoyo de las fuentes primarias relativas al ám-
bito político. Estas no son abundantes, puesto que en el entorno
conspirativo que precedió a 1844, y sobre todo a enero de 1843,
apenas se emitían documentos, y partes de ellos se perdieron.
A pesar de existir un archivo del gobierno, a inicios del siglo xx
se destruyeron numerosos expedientes de mediados del siglo
anterior sobre la base de su avanzado deterioro. Ya en la década
de 1870 se habían registrado depredaciones parecidas.30 Dada la
relevancia que les han otorgado los historiadores tradicionales,
casi todos los materiales rescatados han sido publicados, pero no
siempre están disponibles en las recopilaciones más sistemáticas,
como las de Emilio Rodríguez Demorizi. La ausencia de fuentes
en relación a aspectos importantes y la dispersión de otras han
dado pie a controversias, por lo que siguen estando pendientes
de aclaración no pocos puntos factuales.
Esa escasez obliga a que la interpretación se sustente comple-
mentariamente en la revisión de tratados historiográficos, sobre
todo los de José Gabriel García y del historiador haitiano Thomas
Madiou fils.31 Haciendo honor a su condición de gran historiador,
30
Gilberto Sánchez Lustrino, «Los archivos dominicanos», Boletín del Archivo
General de la Nación, año I, No. 1 (1938), pp. 3-13. Roberto Cassá, Directorio de
archivos de la República Dominicana, Madrid, 1996.
31
Thomas Madiou fils, Histoire d´Haïti, 1843-1846, Port-au-Prince, 1904.

41
Roberto Cassá

Madiou se propuso indagar lo que aconteció en el «Este» a par-


tir de marzo de 1843. Tomó partido declarado a favor del sector
democrático de los trinitarios o duartistas y condenó a los conser-
vadores o afrancesados. Implícitamente ponderó la acción inde-
pendentista de los dominicanos como un fenómeno natural.
García, además de su obra principal, dejó en su archivo
particular un volumen considerable de anotaciones y redactó
otros estudios, como biografías de protagonistas. Casi todas las
demás fuentes relativas a lo acontecido con anterioridad a 1844
consisten en recuerdos y memorias escritos o compilados con
posterioridad, como los apuntes de Rosa Duarte, el diario de
Manuel Dolores Galván, las notas de Juan Nepomuceno Tejera,
el opúsculo de José María Serra y correspondencias o recuerdos
dispersos de otros integrantes de La Trinitaria.32 Es posible que
el único material redactado parcialmente en los tiempos previos
fuera el de Manuel Dolores Galván, no por casualidad una de las
fuentes a las que acudió Madiou, aunque sin mencionarlo.33 Para
algunos aspectos sobresale asimismo la correspondencia del cón-
sul general de Francia en Haití, André Levasseur y la del cónsul
en Santo Domingo, Eustache Juchereau de Saint Denis, llegado
a su destino diplomático a mediados de enero de 1844.34 Los res-
tantes documentos, en número bastante escaso, fueron editados
en su mayoría por Emilio Rodríguez Demorizi en recopilaciones
como Documentos para la historia de la República Dominicana.35 La

32
Rosa Duarte, Apuntes de Rosa Duarte, Santo Domingo, 1970; «Apuntes de don
Juan N. Tejera», en Emilio Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia de
la República Dominicana, 4 tomos, Ciudad Trujillo, Santiago y Santo Domingo,
1944-1981, t. IV, pp. 349-380; José María Serra, «Apuntes para la historia de
los trinitarios, fundadores de la República», en Jorge Tena Reyes, Duarte en la
historiografía dominicana, Santo Domingo, 1976, pp. 485-502.
33
Manuel Dolores Galván, «Sucesos políticos de 1838-1845», en Rodríguez
Demorizi, Documentos para la historia, t. II, pp. 9-40.
34
Colección Trujillo, Correspondencia de Levasseur y de otros agentes de Francia
relativa a la proclamación de la República Dominicana, 1843-1844, Santiago, 1944.
35
Otras importantes obras fueron: Papeles del general Santana, Roma, 1952;
Papeles de Buenaventura Báez, Santo Domingo, 1969; Acerca de Francisco del Rosario
Sánchez, Santo Domingo, 1976; Juan Isidro Pérez. El ilustre loco, Ciudad Trujillo,
1938; Academia Dominicana de la Historia, Homenaje a Mella, Santo Domingo,
1964; Pedro Alejandrino Pina. Vida y escritos, Santo Domingo, 1970.

42
Antes y después del 27 de Febrero

ardua labor de Rodríguez Demorizi, en importante medida fo-


calizada en los procesos políticos entre 1843 y 1861, ha facilitado
enormemente el conocimiento de series dispersas en archivos
del país y el exterior, bibliotecas y colecciones privadas.
En contraste con la exigüidad previa a febrero de 1844,
consumada la ruptura con Haití, de golpe comenzó a fluir un
volumen documental bastante considerable. La generalidad de
los actos del naciente Estado fue recogida en documentos, mu-
chos de los cuales se han conservado.36 Ante la ausencia de me-
morias pormenorizadas de actores connotados, salvo opúsculos
o declaraciones puntuales, y en razón del cambio de parámetros
en la emisión de documentos, mientras que lo ocurrido hasta el
27 de febrero está sujeto a controversias múltiples en el orden
episódico, lo posterior resulta mucho más fácil de discernir. Por
otra parte, los recuentos de actores, como los arriba señalados,
en lo fundamental vinieron a plasmarse en negro sobre blanco
solamente tras la existencia del Estado dominicano.37
Después de 1865 el interés de intelectuales liberales por
reconstruir los hechos no compensó demasiado la ausencia de
aclaraciones de los protagonistas, tanto liberales como conser-
vadores, o, a lo sumo, que lo hicieran de manera circunstancial.
Algunos de los cabecillas del bando conservador obraron de esa
manera seguramente adrede, en medio de conmociones, como
se observa en Tomás Bobadilla, Buenaventura Báez y Pedro
Santana, cuyas reminiscencias estuvieron siempre condiciona-
das por conveniencias inmediatas. Se intercambiaron entre ellos
acusaciones tendentes a descalificarse entre sí a propósito de lo
acontecido en 1844.38

36
Especialmente en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, pas-
sim. Véase el primer tomo de la Colección de Leyes: Colección de leyes, decretos y
resoluciones emanadas de los poderes legislativo y ejecutivo de la República Dominicana,
t. I, Santo Domingo, 1880.
37
Correspondencia del cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846, Ciudad
Trujillo, 1944.
38
Esta singular guerra de posiciones fue iniciada por Santana al justificar la depor-
tación de Báez, poco después de dejar la presidencia en 1853: «Manifiesto contra
B. Báez», 3 de julio de 1853, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I,
pp. 272-281. Desde el exilio en Saint Thomas, Báez respondió en «B. Báez a sus

43
Roberto Cassá

En el mismo sentido, figuras de primer orden del bando


patriótico, como Francisco del Rosario Sánchez, Manuel Jimenes
o Joaquín Puello, nunca dejaron apreciaciones acerca de los
acontecimientos en que se vieron envueltos. En notas breves, los
trinitarios Félix María Ruiz y Juan Nepomuceno Ravelo, uno en
correspondencia a Federico Henríquez Carvajal y el otro en co-
municaciones a periodistas venezolanos, resumieron recuerdos
personales de una temática a la cual se concedía trascendencia
social, aunque se limitaron en lo fundamental a aspectos anecdó-
ticos, como el de quiénes fueron los fundadores de La Trinitaria.
Otros actores se contentaron con aclaraciones someras o ni si-
quiera se interesaron en transmitir información alguna. Señal de
la ausencia de cuidado en transmitir los hechos se encuentra en
la «Necrología» de Duarte publicada por Félix María del Monte,
uno de los integrantes de La Trinitaria, escritor de renombre y
con experiencia política acumulada. Se limita a vaguedades en su
ponderación de Duarte de poco más de una página: «Infatigable
en su propósito inició un número de amigos que ejercieron con
fruto su difícil apostolado…».39 Hay que agregar, empero, que,
como intelectual, Del Monte dejó otro texto al cual se hará re-
ferencia, «Reflexiones históricas sobre Santo Domingo», citado
por Alcides García Lluberes. Quedan materiales referidos toda-
vía pendientes de localizar, como unos «Apuntes» de Francisco
Javier Abreu, quien fue considerado durante largo tiempo como
memoria viviente paradigmática de lo que aconteció en 1844, no
obstante su condición de anexionista pertinaz.

conciudadanos», 1 de agosto de 1853, ibíd., pp. 291-322. En un texto sin firma,


Félix María del Monte convalidó desde el exilio la posición de Báez, en ese tiempo
visto como un mal menor por muchos que resentían la dictadura de Santana: Vida
política de Pedro Santana, New York, 1856. Está reproducido por Rodríguez Demorizi,
en Documentos para la historia, t. II, pp. 518-548. En el mismo sentido, pero años
después, se pronunció Manuel María Gautier, también lugarteniente de Báez, en
La gran traición del general Pedro Santana, actual presidente de la República Dominicana.
Fue firmado por Un dominicano, sin lugar de edición, reproducido por Rodríguez
Demorizi, ibíd., pp. 548-600. Equivocadamente, Manuel de Jesús Galván y otros
atribuyeron este último opúsculo a Félix María del Monte. En estos textos no podía
haber interés en desarrollar un relato sistemático dada su connotación polémica.
39
Félix María del Monte, «Necrología», en Tena Reyes, Duarte en la historiogra-
fía, pp. 483-484.

44
Antes y después del 27 de Febrero

Entre los intelectuales liberales únicamente José Gabriel


García asumió las tareas propias del historiador profesional en
lo que respecta a una síntesis general de la historia del pueblo
dominicano. Los demás agregaron bastante poco a lo que se
conocía comúnmente, puesto que se concentraron en aspectos
considerados de principios.40 Aunque un logro historiográfico
apreciable, la obra de Carlos Nouel acerca de la Iglesia católica
no se adentra en los puntos neurálgicos relativos a la ruptura
con Haití y los contornos iniciales del Estado dominicano.41
Puede juzgarse retrospectivamente que, a pesar de su ho-
norabilidad, García prefirió soslayar problemas para no afectar
la imagen de los trinitarios, actitud que debieron reiterar otros
investigadores. Es el caso de la ausencia de detalles sobre el al-
cance de las adhesiones a La Trinitaria y la parálisis o clausura de
la organización poco después de fundada. Algunas apreciaciones
de García y Emiliano Tejera bien pueden ser cuestionadas dentro
de un balance que incluya el cotejo del conjunto de fuentes. De
todas maneras, como investigador, García llegó a conclusiones
fundamentadas acerca de hechos que le parecían relevantes.
Otros autores, como Mariano Cestero, prefirieron limitarse a
generalidades, probablemente animados por la misma inten-
ción. Meriño, que entrevistó a Duarte en Venezuela, en cierto
momento comentó casualmente que no sabía qué decir sobre él,
lo que no fue óbice para que lo exaltara en la apoteósica oración
fúnebre que le dedicó, cargada de emotivas figuras retóricas pero
vacía de información histórica, aunque aquilató correctamente la
entrega de Duarte al ideal de redención del pueblo y su devoción
místico-religiosa.42 De todas maneras, lo contenido en tratados y
otros escritos ulteriores, dada la escasez de documentos, adquie-
re la dimensión de fuente primaria.

40
Véase por ejemplo, Emiliano Tejera, «Juan Pablo Duarte», Boletín del Archivo
General de la Nación, año IV, No. 18 (octubre de 1941), pp. 319-358.
41
Carlos Nouel, Historia eclesiástica de la Arquidiócesis de Santo Domingo, 3 tomos,
Santo Domingo, 1979.
42
Fernando A. de Meriño, «Oración fúnebre pronunciada en la Catedral en
la apoteosis de Juan Pablo Duarte», en Tena Reyes, Duarte en la historiografía,
pp. 557-565.

45
Roberto Cassá

Una mejor comprensión de la coyuntura de 1838 a 1844,


sobre todo a partir de inicios de 1843, remite a la consulta de otros
autores no dominicanos, además de Madiou. Aunque no ofrecen
informaciones pormenorizadas, ayudan a visualizar el contexto
internacional. Es el caso de la mencionada primera obra relativa a
la fundación de la República Dominicana, de Lepelletier de Saint
Rémy. Otros franceses publicaron estudios, algunos de importan-
cia para la comprensión de la política haitiana de esos años, como
el de Gustave D’Alaux, seudónimo del cónsul Maxime Raybaud.43
Por último, conviene consultar a Pauléus Sannon, un historiador
de Les Cayes que, a inicios del siglo xx, estudió La Reforma de
1843.44 Por el momento, no se ha tenido acceso en las bibliotecas
dominicanas a otros escritos de historiadores haitianos y franceses,
algunos referidos por Rodríguez Demorizi.45
Por último, una revisión concluyente de la temática no
puede quedarse confinada a los documentos de entonces, a las
declaraciones ulteriores de protagonistas y a los primeros tra-
tados historiográficos. También contados los historiadores de
avanzado el siglo xx son tomados aquí en consideración, sobre
todo en función de haber acudido a información no contenida
en las fuentes básicas indicadas. Destacan entre los que han sido
revisados los hermanos Leonidas y Alcides García Lluberes, que
bebieron del caudal dejado por su padre, José Gabriel García.
Queda a los investigadores jóvenes continuar abrevando en
fuentes hasta ahora no explotadas. Es el caso de los protocolos
notariales, a base de los cuales el genealogista Antonio Guerra
ha preparado semblanzas con los antecedentes familiares de los
iniciadores de la sociedad secreta La Trinitaria, presentadas a lo
largo de un año en el Archivo General de la Nación.

43
Gustave D’Alaux, L’empereur Soulouque et son empire, Paris, 1856. Fue repro-
ducido en traducción al español por Rodríguez Demorizi, en Documentos para
la historia, t. III, pp. 181-380. En esta versión al español se advierten errores
importantes.
44
H. Pauléus Sannon, Essai historique sur la Revolution de 1843, Les Cayes, 1905.
45
Algunos tratan aspectos significativos de la época, pero no entran en el meo-
llo de lo que aquí interesa. Por ejemplo, Pierre de Lespinasse, Gens d’autrefois,
Vieux souvenirs, Paris, 1926.

46
DETERMINANTES DE LOS SUJETOS

A unque sustentado en la revisión de las fuentes prima-


rias, este texto está orientado por la definición de los
sujetos en movimiento, tarea que trasciende las visiones de ellos
mismos. En torno a las gestiones tendentes a la ruptura con
Haití, como se ha observado, se conformaron grupos que a la
larga se deslindaron entre liberales y conservadores, pese a que
en medio del proceso esto no fuese asumido en tales términos
por muchos y no se prolongase todo el tiempo. A falta de ante-
cedentes de acción política abierta, con la única excepción del
contexto del «trienio liberal» de la historia de España, entre
1820 y 1821, no se crearon partidos o agrupamientos organiza-
dos, sino círculos de opinión que se diferenciaban primordial-
mente por su consideración sobre la pertinencia o no de un
Estado soberano. En el proceso decimonónico posterior a la
Independencia, lo que recicló la fosa entre liberales y conser-
vadores no fue tanto un programa de gobierno, sino la actitud
hacia el estatus jurídico de la comunidad y la observancia al
derecho a la disidencia. Los conservadores no aceptaban la
autodeterminación por considerarla quimérica dado el peligro
haitiano y, en sordina casi siempre, a partir de la conciencia
acerca de la escasez de recursos internos para asegurar la esta-
bilidad y promover la modernización, por lo que en los hechos
tendían a propiciar soluciones autoritarias.

47
Roberto Cassá

La generalidad de conservadores dominicanos se diferen-


ciaban de muchos de sus congéneres de América Latina, compe-
netrados estos con el orden independiente, aunque partidarios
de continuidades fundamentales del pasado, como la reivindi-
cación de un monarca. Los primeros, en cambio, colocaban la
subordinación a una potencia como el punto primario de su
programa, pero no negaban por principio componentes del
liberalismo y aspiraban a la modernización económica dentro
de marcos institucionales pautados por el sentido de la auto-
ridad tradicional. Durante décadas, es cierto, muchos de ellos
añoraron el retorno a la situación previa a 1795,46 pero, al mismo
tiempo, en la práctica se vieron obligados a insertarse en realida-
des que repudiaban. Su posición se encontraba penetrada por
frustraciones seculares. Como se ha visto, el sector terrateniente,
receptáculo del primer conservadurismo en América Latina,
había quedado en extremo lesionado por los procesos inicia-
les del siglo xix. El alto estamento comercial, aunque también
demasiado débil en Santo Domingo, había tomado la primacía
económica dentro de los sectores sociales dominantes, pero
intervenía en asuntos políticos de manera marginal. Se asistió a
una convergencia entre terratenientes y comerciantes en torno
a los cortes de madera, a los que se agregaban los militares de
elevada graduación y los letrados con funciones administrativas
que encontraban su sustento principal en esa actividad. Desde
el punto de vista de sus fortunas, en general no traspasaban la
condición típica de la clase media, pero se reconocían como
integrantes del círculo social superior. No había, sin embargo,
soluciones de continuidad tajantes con otros segmentos en los
ámbitos de poder. Algunas de estas posiciones sociales y parte
de sus actuaciones políticas, marcadas por el oportunismo, se
explican por haberse visto los sujetos insertos en el contexto
desfavorable del dominio haitiano, que vulneraba ordena-
mientos juzgados naturales, como la supremacía de los criollos

Manuel de Jesús Galván es el principal exponente de esta reivindicación.


46

Véase Andrés Blanco (ed.), Textos reunidos, 4 tomos, Santo Domingo, 2008, t. I,
Escritos políticos iniciales.

48
Antes y después del 27 de Febrero

descendientes de europeos. A tono con esas situaciones, casi


todos los políticos conservadores se reclamaban como liberales.
Procede, por tanto, comprenderlos como letrados, políticos y
militares partidarios de una subordinación al exterior, con tal de
que se les concedieran prerrogativas propias y dentro de un es-
quema que reconociera realidades del mundo moderno, como
una institucionalización de los poderes que priorizara otorgar a
los propietarios calificados garantías para el ejercicio de la ciu-
dadanía. Ese era el discurso que compendiaba sus deseos como
colectivo, aunque su práctica los llevara a cohonestar soluciones
autoritarias. Eso explica, asimismo, la tendencia a la dispersión
por aspiraciones personales y la unificación desde el Estado gra-
cias a la imposición de un autócrata, como solución a la mano
para impedir la inestabilidad.
Como tendencia, insertos en una dinámica de interconexión
con los factores mercantiles en ascenso, los conservadores no re-
presentaban exactamente el conflicto de los terratenientes contra
los comerciantes. Representaban el sentido unificado de la autori-
dad tradicional. Se nucleaban en torno al control sobre las princi-
pales arterias económicas y las funciones del Estado. Por lo mismo,
en general no podían negarse a un reconocimiento genérico de la
validez del liberalismo como marca ideológica concordante con el
siglo. Curiosamente, los extranjeros, que concentraban la cúspide
comercial, eran los más propensos a la defensa de los paradigmas
de la primacía de la seguridad y la absolutización del derecho a la
propiedad que caracterizaban el conservadurismo. Constituían en
conjunto la expresión concentrada de la escala social superior, di-
ferenciada de la clase media, la cual, aunque también relacionada
a la tierra, al comercio y a las profesiones, quedaba apartada en
buena medida de los hilos de poder.
Aunque era natural que en sectores de la clase media tam-
bién se produjera una empatía con los sectores superiores, que
a veces marcaba la nota de su existencia política, era en su seno
que fundamentalmente florecía el liberalismo. Asociaba el pro-
greso económico con la autodeterminación como resumen del
contenido del proceso deseable. De ese estrato social provenían

49
Roberto Cassá

algunos de los liberales nucleados alrededor de Duarte, quienes se


consustanciaron, gracias a las prédicas del líder, con una propuesta
democrática, además de nacional, con lo que se diferenciaban con
mayor fuerza de los conservadores. Pero, en el decurso de los acon-
tecimientos, casi todos los liberales estuvieron abiertos a pactar
soluciones matizadas, que incluían reconocimientos de soluciones
autoritarias, contrarias a su forma de pensar, en aras de la unidad
nacional y a nombre del ejercicio de una gobernanza que impi-
diera el caos. Las líneas ideológicas de continuidad contribuían a
facilitar pactos o situaciones de facto que obedecían a una hege-
monía conservadora. Tal cosmovisión explica en parte que Duarte
y sus amigos del círculo íntimo quedaran aislados cuando Pedro
Santana fue proclamado «jefe supremo» en julio de 1844. Con
los años, incluso algunos de los compañeros cercanos de Duarte,
como Mella y Sánchez, se integraron al orden conservador, bajo el
supuesto de que se reconocía la condición soberana del Estado, el
objetivo supremo en aquellas circunstancias.
En 1843 resultó natural que se presentaran divergencias en
el escenario conservador, como se observará a propósito de la
división entre pro-ingleses, pro-españoles y afrancesados, pero,
finalmente, el sector se cohesionó en torno a la tercera corrien-
te. Al mismo tiempo es significativo que algunos conservadores,
aunque orientados por la búsqueda de la subordinación a una
potencia, entendieran conveniente relacionarse con los demó-
cratas partidarios de Duarte. También entre los liberales hubo
matices significativos, al grado de que se plantearon diferencias
poco explicitadas entre Duarte y Sánchez en el fragor de los
acontecimientos. Pero, sobre todo, en ambos bandos existían
franjas mayoritarias dispuestas a la flexibilidad, abiertas a solu-
ciones que garantizaran la independencia y un orden civiliza-
do que respetara la propiedad y se sustentara en un correcto
ejercicio de la justicia.47 Se denota al respecto que todavía los
campos políticos e ideológicos se encontraban escasamente des-
lindados y que, en aspectos fundamentales, casi nada dividía a

47
Detalles en las biografías de Rufino Martínez, Diccionario histórico-biográfico
dominicano, 1821-1930, Santo Domingo, 1971.

50
Antes y después del 27 de Febrero

conservadores y liberales. Si bien por momentos, como se discu-


rrirá más adelante, el debate fue agudo entre 1843 y 1844, exis-
tían planos compartidos que tornaron factible el acuerdo a que
arribaron para la creación del Estado dominicano y explican
la peculiaridad del ordenamiento de hegemonía conservadora
instaurado en julio de 1844. Con el tiempo habría intercambios
de papeles, tanto en la denominada Primera República (1844-
1861) como en el período posterior de la Restauración de 1865,
cuando los liberales pugnaron consistentemente por controlar
el poder.
Cabe integrar la dimensión étnica en la constitución de
los sujetos. Esta no tenía una centralidad política parecida a la
de Haití, como anotó con perspicacia el cónsul inglés Charles
Mackenzie en la década de 1820,48 pero no dejaba de ser im-
portante. Pese a la liquidación de las instituciones coloniales,
quedaba un cúmulo de herencias provenientes de tres siglos, en
el que se equiparaba la condición jurídica y social con el color
de la piel y circunstancias aleatorias. Los sectores superiores
seguían reconociéndose por una condición no tanto clasista
sino identificada a la «raza blanca» o matices de color cercanos
por el mestizaje, que se acompañaba por el orgullo del linaje, el
desempeño económico, la ubicación espacial cercana a resortes
del poder y el nivel educativo.49 A pesar de la promoción de los
estratos subalternos que hasta cierto punto impulsaron los go-
bernantes haitianos, estos no tuvieron interés en romper con
la equivalencia entre lo social y lo étnico, puesto que pautaba
la reproducción del propio Estado haitiano. Por otra parte, los
dominadores carecían de los instrumentos para forzar un en-
frentamiento étnico en la comunidad de dominicanos, en cuyo
interior existía un sentido de cohesión que encontraba sus raíces
en el patriarcalismo colonial.

48
Charles Mackenzie, Notes on Haiti, made during a Residence in that Republic, 2
tomos, London, 1830.
49
El componente étnico tuvo centralidad en el discurso de los autores colo-
niales, por encima de la ponderación que hiciesen de la esclavitud patriarcal.
Véase, por ejemplo, Del Monte y Tejada, Historia de Santo Domingo, especial-
mente t. III.

51
Roberto Cassá

El campo democrático no era homogéneo, pero sus integran-


tes compartían parámetros sociales y étnicos. En la época, entre los
medios populares y superiores dominicanos existían acercamien-
tos fluidos, lo que no era difícil habida cuenta de que se formaba
parte de un Estado que proclamaba que todos sus habitantes se
designaban como negros, si bien era un supuesto rechazado por
la generalidad de dominicanos. La cuestión étnica introdujo una
relación compleja con el dominio haitiano, en la medida en que
reconocía la dignidad de los no identificados como blancos al tiem-
po que la gran mayoría de los dominicanos tampoco aceptaban
ser equiparados como haitianos. Muchos de ellos, fuera de toda
duda, se sintieron agradecidos con los cambios de 1822, que los
dignificaban, pero mantenían planos diferenciados de identidad
como dominicanos o «españoles» y no como «haitianos del Este»,
como oficialmente formulaban las autoridades, aunque el término
pudiera ser aceptado en los hechos de manera frecuente. Al igual
que los dominicanos pobres y de piel oscura se diferenciaban de
los de arriba, se recomponían mecanismos de pertenencia común
y de distinción respecto a los «franceses» del oeste, los haitianos.
Salvo segmentos reducidos, como los nacidos en África, porciones
de los salidos de la esclavitud en 1822 o residentes en zonas fronte-
rizas, durante los veintidós años de dominio escasos dominicanos
mutaron su sentido de identidad para pasar a sentirse haitianos.
Es lo que explica la distancia recompuesta y la factibilidad de una
acción común con «blancos» citadinos de los estratos superiores
cuando estos decidieron romper con Haití.
Esta trama explica que en 1843 se fraguara la unidad en
contra de Haití. Con rapidez, en el término de meses, y hecha la
excepción de contingentes minoritarios y aislados, se superaron
los motivos que habían llevado a muchas personas de color a
aceptar el dominio haitiano. Tal aceptación había sido predo-
minantemente pasiva, tanto entre quienes estaban animados
por consideraciones étnicas como entre quienes percibieron
ganancias sociales.

52
NATURALEZA Y EVOLUCIÓN
DEL RÉGIMEN HAITIANO

L a propuesta que sigue no pasa de ser una apreciación


sumaria, dirigida a situar el contexto previo a 1844.
La instauración del régimen haitiano en Santo Domingo
se fundamentó en la cláusula de la constitución haitiana de
1816, que enunciaba la indivisibilidad del territorio de la
República. Plasmar ese planteamiento se visualizó factible por
la coyuntura de finalización del imperio español en América.
Del lado dominicano se agregó el rechazo de porciones de la
población al intento independiente dirigido por José Núñez de
Cáceres, que mantuvo la esclavitud. En un momento de atonía
de la dominación española, sectores determinados depositaron
expectativas en la incorporación a Haití, por lo que se sumaron
a las maniobras desplegadas por Boyer. Obró, asimismo, el te-
mor ante la manifiesta superioridad militar del lado haitiano.50
Transitoriamente, en círculos ilustrados del sector superior se
abrigaron fugazmente esperanzas acerca de las posibles medidas
progresivas que podría adoptar el Estado haitiano, lo que expli-
ca la incorporación de adalides del fallido proyecto de Núñez
de Cáceres, como Antonio Martínez Valdez, Vicente Mancebo y
Andrés López de Medrano.

50
El tema ha sido objeto de múltiples debates, en buena medida recogidos
por Gustavo A. Mejía Ricart, en Historia de Santo Domingo, t. IX, passim.

53
Roberto Cassá

Es posible que el despliegue de las tropas para ocupar Santo


Domingo e instalar la nueva administración se financiara en par-
te con el cobro a la Gran Colombia de los recursos aportados por
Haití a las expediciones de Bolívar, después que el país sudame-
ricano declinó la solicitud de un convenio de defensa mutua con
Haití, posiblemente dirigido a sacar a España de Santo Domingo
de resultar factible.51
La decisión del Gobierno haitiano de incorporar lo que
se designaba en la jerga de entonces como Partie de l´Est
obedeció a un imperativo de corte geopolítico, vinculado al
temor que suscitaba la presencia de un poder colonial en una
porción de la isla. Esta visión constituía un imperativo para
el conjunto de factores políticos que sustituyeron el dominio
francés a inicios del siglo xix. Ciertamente, desde su génesis,
el Estado haitiano fue considerado un paria en el concierto
internacional de las potencias. No había, por consiguiente,
propósitos de explotación económica. Pero, por definición,
presuponía la anulación política del pueblo dominicano,
cuestión que no generaba preocupación en la generalidad de
dignatarios de Haití.
Así pues, el que no pocos dominicanos apoyasen la implan-
tación del régimen haitiano no tenía significación política. El
principio que condicionó esta situación radicó en la superio-
ridad demográfica, económica y militar de Haití sobre Santo
Domingo. Se trató de una imposición forzosa, en la cual no
tomó parte el pueblo dominicano ni ninguna de sus porciones
sociales o territoriales.
Conscientes de las implicaciones que podía tener en el fu-
turo un acto de fuerza de ese género, los gobernantes haitianos
concibieron el expediente de fabricar «llamados» de los nota-
bles de las villas situadas al oeste de la ciudad de Santo Domingo.
Estos documentos ni siquiera estaban redactados en un español
correcto. Hoy puede parecer una broma cualquier elucubración
que le confiera validez a estos materiales puesto que respondían

Ibíd., p. 87.
51

54
Antes y después del 27 de Febrero

todos a un molde predeterminado en Port-au-Prince. A esas


personas prestigiosas se les impuso la compulsión de firmar o,
de lo contrario, atenerse a amenazantes consecuencias. De un
plumazo, la República de Haití, apoyada en el artilugio de estos
llamamientos, desconoció el gobierno independiente presidido
por José Núñez de Cáceres. Los prefabricados documentos se
tornaron en el recurso exclusivo de la legitimidad del dominio
nacional establecido sobre los dominicanos, el cual resulta plau-
sible desde la óptica del no disimulado proyecto de asimilación.
Se registra una excepción importante a tal comportamien-
to. En Santiago de los Caballeros se conformó verdaderamente
un organismo que rechazó al Estado Independiente de Núñez
de Cáceres. En principio obedecía a la rivalidad regional que
comenzaba a aflorar contra el centralismo de Santo Domingo,
pero bien pudo consustanciarse de criterios enarbolados por
el Estado haitiano. El tema todavía está sujeto a estudio. Los
movimientos fronterizos de Dajabón pudieron contribuir a la
irrupción de los santiagueros, pero sus adalides obraban como
agentes del Estado haitiano.
No obstante su escaso arraigo, el régimen implantado
por el presidente Jean Pierre Boyer en febrero de 1822 tuvo
la particularidad de conllevar cambios históricos de considera-
ción. Introdujo orientaciones en dirección coincidente con las
reformas que proponían los adeptos a la teoría liberal desde
finales del siglo xviii.52 La disposición cardinal fue la abolición
de la esclavitud por segunda vez, con lo que se ampliaba el eco
de la medida revolucionaria adoptada en Saint Domingue por
el comisionado republicano Léger-Felicité Sonthonax en 1793.
Siguiendo la búsqueda de preponderancia del ordenamiento
republicano, al igual que se había hecho en Haití, Boyer dis-
puso la confiscación de los bienes de la Iglesia, medida que ya
empezaba a visualizarse como consustancial con un ordena-
miento moderno en países que arrastraban fuertes instituciones
del antiguo régimen. Se agregó la confiscación de los bienes de

52
Es forzoso acudir a Listant de Pradine, Recueil générale des lois et actes du
Gouvernement d’Haïti, 8 tomos, Paris, 1886, especialmente tomo III en adelante.

55
Roberto Cassá

los propietarios ausentes en caso de que no retornasen en el


plazo perentorio de un año. Casi ninguno acogió la propuesta
y, más bien, muchos otros se ausentaron del país en los tiempos
posteriores. De golpe, el Estado haitiano quedó como dueño de
acaso hasta cuatro quintas partes del territorio de la que pasó
a ser denominada como Partie de l’Est. Con esta disponibili-
dad de tierras no fue difícil extender el concepto implantado
por el predecesor de Boyer, Alexandre Pétion, fundador de la
República de Haití, de cimentar la estabilidad del orden in-
dependiente sobre la base de una repartición de tierras a los
antiguos cultivadores de las plantaciones de Saint Domingue,
reestructuradas tras la abolición de la esclavitud.53 Al obrar así,
Pétion apuntaba a ganar el apoyo de la clase campesina para la
hegemonía de la minoría de «viejos libres», propietarios pro-
venientes del período colonial que controlaban los hilos claves
del poder político, el comercio, las profesiones y gran parte de
la propiedad terrateniente.
Pero la República de Haití estaba entonces minada por
una escisión étnica irresoluble, tanto por las posiciones socia-
les de los grupos enfrentados como por el arrastre de los pre-
juicios de color provenientes de la colonización francesa. Los
«antiguos libres», identificados con la «clase de color» o los
«mulatos», se sentían superiores por sus niveles educativos y su
experiencia como propietarios, por lo que estimaban que eran
los únicos sobre quienes podía asentarse un ordenamiento es-
tatal. No obstante, dado el contexto de libertad general de los
antiguos esclavos –«los nuevos libres» o llanamente «negros»–,
una capa de estos pudo ascender a ubicaciones de mando y
disputar posiciones a los mulatos o «viejos libres». La brutali-
dad del orden colonial ejerció influencia en la reproducción
incesante de esta ruptura socio-étnica, aunque dentro de los
«viejos libres» también había porciones de descendientes pu-
ros de africanos. Pero el hecho sustantivo es que se identificó
al conglomerado dominante con un estereotipo de color. Los

Joseph Saint Rémy (de Cayes), Pétion et Haïti, 2ª. ed., Santo Domingo, 2004.
53

56
Antes y después del 27 de Febrero

«negros» quedaban excluidos o restringidos a puestos milita-


res o a actividades terratenientes de menor monto. Los viejos
propietarios procuraron consistentemente monopolizar los
puestos de mando, aunque si aparecían «nuevos libres» con
capacidad de desempeñarlos les abrían un espacio de partici-
pación. Aun así, la generalidad de propietarios se compacta-
ron gracias a un precepto racial o étnico, como descendientes
de europeos, lo que acompañaron por la continuación apenas
atenuada de los prejuicios de color provenientes de la época
colonial que enmascaraba la subordinación del pueblo pobre,
asociado a la negritud.
Desde los inicios de la República, en 1806, cuando los
viejos propietarios recuperaron capacidad de iniciativa, tales
enfrentamientos contribuyeron a reproducir cierta impotencia
de la clase superior para lograr una estabilidad sostenible de
su proyecto independiente. Tal dificultad contrastó con la efi-
ciencia económica del reino del norte de Henri, identificado
por el dominio de una capa de «nuevos libres», en el que se
recompuso el trabajo forzado en haciendas pertenecientes a
una nobleza feudal identificada en torno a la condición de la
negritud. Lepelletier de Saint Rémy, conocedor al dedillo de lo
que pasaba durante esas décadas, definió al gobierno de Boyer,
heredero de Pétion y liquidador del reino septentrional, como
«un largo sueño turbado apenas por algunos escasos sucesos
interiores […]».54 Detrás de la fachada liberal y benevolente,
el primer presidente, Pétion, descansaba sobre una autocracia
republicana clasista y una dictadura personal. Cuando anexó el
norte de Haití en 1820, Boyer tuvo que acentuar el componente
autoritario en aras de recomponer equilibrios entre intereses
opuestos. Como precio para compensar la ineficacia de la
gestión sobre la base del poder personal, renunció a cualquier
posible institucionalización. La minoría dirigente, mayormente
compuesta de mestizos, estaba sentada en un barril de pólvora
que la paralizaba. El mismo autor francés observó con simpatía

Lepelletier de Saint Rémy, Santo Domingo, t. I, p. 167.


54

57
Roberto Cassá

y conmiseración que «Boyer fue como Pétion, el lento mártir de


su color».55 Detrás de la apariencia de estabilidad se presagiaba
la ruina del enunciado proyecto de una sociedad de iguales,
conforme al ideario estatal original formulado bajo el orden
monárquico de Jean Jacques Dessalines, fundador del Estado
haitiano.
Con el tiempo se fueron esfumando los ingredientes del
orden salido de una revolución social. Mulatos y negros por
igual, funcionarios, terratenientes, comerciantes y militares
explotaban a los libertos pobres sin miramientos y los des-
preciaban con el apelativo de «los negros». Esta masa estaba
por completo excluida de los asuntos públicos. Su pasividad
momentánea fue resultado de que gran parte logró sustraer-
se de la compulsión terrateniente y se alejó, en la medida de
su conveniencia, de las relaciones de mercado, en lo posible
refugiándose en zonas montañosas. Finalmente, la condición
de la mayoría de los libertos había mejorado respecto al orden
colonial, pero a costa de la carestía de los bienes de mercado.
Aun así, hubo episodios que denotaban la resistencia de los
libertos al nuevo dominio social, como la prolongada guerrilla
encabezada por Goman, fundador de un reino cimarrón en el
extremo suroccidental. A los campesinos les interesaba ante
todo la disponibilidad alimenticia, pero esta fue experimen-
tando dificultades crecientes a medida que pasaba el tiempo.
La pobreza en que cayó la masa del pueblo vino a constituir el
fermento que socavaba la estabilidad. Pero habría que esperar
a 1843, pues hasta entonces las manifestaciones de oposición,
tanto de campesinos libertos como militares «negristas», pu-
dieron ser desarticuladas.
En Santo Domingo el proceso presentó ribetes distintos.
En primer término, para la generalidad de los dominicanos la
liberación de la esclavitud, la medida cardinal del nuevo sistema,
no conllevaba una mejoría económica per se. La mayor novedad
fue el reconocimiento de la igualdad jurídica de todos, pero esta

Ibíd., p. 168.
55

58
Antes y después del 27 de Febrero

quedaba contrabalanceada por la posición de subordinación de


los dominicanos en el orden jurídico y territorial.
Por tanto, cabe examinar, aun sea ligeramente, los factores
que incidieron en la estabilidad del régimen haitiano en Santo
Domingo, pese a la condición de minoría marginal y oprimida
del conglomerado.
En 1821 en la colonia española persistía una situación eco-
nómica espantosa, a causa del cierre del comercio fronterizo y
la no recepción del situado para pagar a los integrantes de la
administración y la tropa.56 De manera que, bajo el dominio hai-
tiano, el país entró en una fase de recuperación económica y de
incremento demográfico. Aunque dotado de recursos limitados,
el Estado haitiano asumió el financiamiento de la administración
de la Partie de l´Est. Se agregaba la inclusión en un mercado más
amplio, lo que favoreció cierta recuperación de la producción
ganadera.
En cuanto al entramado social, a pesar de que libertos y
libres de color experimentaron mejorías en sus condiciones so-
ciales, se seguían arrastrando rupturas socio-culturales origina-
das en el coloniaje, por lo que no se produjeron alineamientos
comunes hasta finales del período. Pero no cabría imputar esta
tendencia fundamentalmente a la abolición de la esclavitud,
pues tal relación social se encontraba en un proceso de disolu-
ción paulatina por efecto de las emigraciones y de las guerras
entre 1793 y 1809. En 1822, en una población que no traspasa-
ba 80,000 habitantes, los esclavos debían ser poco más de 5,000.
Muchos habían muerto, no pocos marcharon con sus amos en
diversos momentos, otros obtuvieron una libertad de facto. La
trata negrera había cesado desde 1795. Por tanto, la proporción
de los esclavos había pasado de alrededor de 20% en 1789 a
algo más de 6%, casi todos en labores domésticas o actividades
por su cuenta bajo relaciones patriarcales. Desde el punto de
vista práctico, en el orden económico micro, la abolición de la
esclavitud significó poco para la mayoría de ellos.

56
«Noticias de lo que presenció el Dr. Morillas, escritas por él mismo», en Del
Monte y Tejada, Historia de Santo Domingo, t. III, pp. 275-280.

59
Roberto Cassá

En realidad, el impacto revolucionario de la entrada de


los haitianos radicó en la carga simbólica del final de la escla-
vitud, acompañada por la igualdad jurídica de todos, además
de acelerar la decadencia de los hateros y la desarticulación
de los esclavistas de la aristocracia colonial. En su mayoría,
libres y libertos continuaron con sus ocupaciones habituales
de antaño.
En consecuencia, salvo los que otorgaban prioridad al
componente específico de color, la población en general aceptó
pasivamente el nuevo régimen. Se crearon expectativas sobre lo
que significaría la apertura del mercado haitiano, lo que explica
que también individuos de la clase superior se sumaran al nuevo
orden de cosas.
Aunque en su fuero interno los sectores superiores re-
chazaban el orden vigente, no tenían medios para manifes-
tarse. Tras el fracaso de la tentativa insurreccional de 1824
en Los Alcarrizos, entre ellos se redobló el temor. Pero en la
intimidad continuaba, como cuestión de principio, el rechazo
a un gobierno de «negros franceses» que les enajenaba parti-
cipación en los resortes del poder. Depositaban mayormente
sus expectativas en el retorno de España, frustrados por el
resultado del experimento de Núñez de Cáceres. Las señales
de tal postura son numerosas. José María Serra, por ejemplo,
registra que el arzobispo Valera, junto a sacerdotes y figuras de
su entorno, era calificado como «godo», apelativo que se daba
a los partidarios del orden español. Añade que esos personajes
sufrían «las mortificaciones de unos tantos miserables, de esos
que para congraciarse con los gobiernos utilizan como medio
la honra de las familias, la conveniencia social y la hacienda,
y la vida de cualesquiera cuyo sacrificio les reporte algún
beneficio».57
En los alineamientos contrarios al dominio invasor, que
incluían a sectores populares, incidía la fisonomía del poder
social y político en Haití. En el Estado haitiano, como se ha

57
José María Serra, «Apuntes para la historia de los trinitarios», en Tena Reyes,
Duarte en la historiografía, p. 496.

60
Antes y después del 27 de Febrero

observado, la superioridad de una élite social se imbricaba con


un dispositivo étnico, en torno al color de la piel y los niveles
educativos, lo que dio lugar a un estado latente de antagonismo
por parte de quienes se reclamaban como pertenecientes a la
mayoría de puro origen africano.
Este último tema resultaba tan crucial que, en cierta
manera, la incorporación de Santo Domingo en 1822, hecha
abstracción de la consideración estratégica frente a los peli-
gros de agresiones de potencias europeas, fue ponderada tras
bastidores como un medio para contribuir a estabilizar el ten-
so equilibrio con la porción reconocida como negra, dada la
mayoría mezclada de la población dominicana. En la época se
comentaba que Boyer pretendía compensar a figuras del caído
reino norteño con concesiones de tierras en Santo Domingo,
aunque esto se produjo de manera limitada, lo que se puede
atribuir en principio a la débil inclinación de los militares por
la actividad empresarial y al desinterés por colonizar territorios
distantes y marginales con escasa mano de obra disponible.
Más bien, el atractivo para dignatarios haitianos consistió en
ocupar puestos en la administración local. En fin de cuentas,
el posible cálculo de búsqueda de equilibrio no mitigó el con-
flicto, dormido pero latente, con la llamada fracción negra
y no consolidó un acercamiento al régimen haitiano y a su
élite gobernante de los dominicanos de los estratos superiores
considerados «blancos», tanto por la acepción de extranjeros
como por el color de la piel.
Gracias al control de amplias extensiones de tierra, el Estado
haitiano realizó distribuciones en propiedad a antiguos esclavos
dominicanos, lo que amplió en grado considerable la economía
campesina. En este aspecto, el régimen se insertó en una ten-
dencia que ya venía avanzando, pero la profundizó y la aceleró
con cierta connotación revolucionaria en sus primeros tiempos.
La clave del débil alcance de las medidas haitianas estriba, en
primer término, en que antes de 1822 la mayoría de los trabaja-
dores dominicanos del campo eran productores libres y posee-
dores o virtuales propietarios de la tierra. Lo que mayormente se

61
Roberto Cassá

modificó fue su estatus social y jurídico. A la larga, el Estado hai-


tiano optó por dejar las cosas como estaban, ante las presiones
de los hateros criadores de ganado vacuno, que contaban con el
respaldo de porciones de la población, opuestos a la alteración
de los estilos patriarcales y consuetudinarios, visualizados por los
dirigentes haitianos y personas ilustradas como rémoras para el
progreso de la agricultura.
Pero, bajo el nuevo esquema de dominio social y político,
la élite dirigente haitiana, al margen de consideraciones étnicas,
se tornó beneficiaria, aunque fuera marginalmente, del control
sobre la antigua parte española, fuese por medios fiscales o bu-
rocrático-militares, comerciales y terratenientes. Es de notar que
en la ciudad de Santo Domingo se instaló un núcleo dirigente
compuesto por centenares de haitianos, algunos de los cuales
se integraron al medio local, se casaron con «españolas» y sus
descendientes se hicieron dominicanos.
Si bien el estamento de funcionarios del gobierno de
ocupación integró a unos cuantos dominicanos y Boyer pro-
curó ganar adhesiones con la reposición de las asignaciones
al clero en 1824,58 resultó inevitable que se abriese una fosa
entre los intereses de los sectores dirigentes dominicanos y
este conglomerado de haitianos. La contraposición, aunque
no se manifestase con una connotación aguda, operaba desde
un prisma étnico, a pesar de que muchos de los funcionarios y
comerciantes haitianos eran mestizos, algunos de piel tan clara
como los típicos dominicanos del medio superior. Para paliar
dificultades, el presidente Boyer se esmeró en atraer a notables
dominicanos por medio de la concesión de cargos. Se presentó
la extraña situación de que figuras representativas del orden co-
lonial español fungieran como mediadores de la inserción del
conjunto de los dominicanos en el Estado haitiano, en teoría
de naturaleza revolucionaria. Manuel Joaquín del Monte, para
poner un caso, abogado experimentado y escritor, estrella culta
de su menguada clase, brilló como un adalid apologético de las

Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, p. 123.


58

62
Antes y después del 27 de Febrero

bondades del presidente Boyer. La posición de esta contrapar-


te dominicana estaba penetrada de términos contradictorios,
en el fondo opuesta al régimen haitiano, aunque operando
como representativa local y beneficiaria. Pero la participación
de dominicanos en instancias superiores era insignificante y
carente de consecuencias. Generalmente, las propuestas de los
diputados dominicanos eran desestimadas, como sucedió con
las planteadas en la Cámara de Diputados por Rafael Servando
Rodríguez, Pedro Nolasco de Brea y José Valverde en 1833 y
1837.59
Detrás de todo ello se hallaba una contraposición de
identidades entre «españoles» y «franceses». Desde el mis-
mo inicio del trazado del plan de anexar a Santo Domingo,
Boyer fue consciente de los riesgos que entrañaba. Pese a la
aceptación del régimen haitiano por parte de muchos de los
que no emigraron, ubicados en sectores sociales distintos, no
podía borrarse la diferencia entre dos pueblos delimitados
desde inicios del siglo xviii. El rechazo más agudo se origi-
nó, como era comprensible, en los estratos superiores, pero
abarcó a personas de todas las condiciones sociales. Varios
miles optaron por emigrar, mientras otros decidieron afe-
rrarse a sus bienes o simplemente no tuvieron otra solución
que permanecer en su tierra, conscientes de que, con todo,
su condición sería mejor que en las posesiones españoles
próximas o en las nacientes repúblicas de América del Sur.
Así pues, el apoyo al régimen, desde ópticas variadas, se con-
jugaba con una animadversión soterrada. El fundamento de
la contraposición se remontaba a la diversidad de orígenes,
lengua, costumbres y otros factores que se condensaban en
una apreciación que trascendía fisuras étnicas. Los procesos
de democratización social operados por los gobernantes hai-
tianos contribuyeron a borrar o disminuir diferencias étnicas
a partir, en primer lugar, de la abolición de la esclavitud y
de las distinciones sociales estipuladas en la Constitución

59
Emilio Rodríguez Demorizi, «La Revolución de 1843», Boletín del Archivo
General de la Nación, año VI, No. 26-27 (enero-abril de 1943), p. 29.

63
Roberto Cassá

de Cádiz de 1812, que dividían la población en tres clases


con condiciones segmentadas, teniendo solo los reconocidos
como blancos la potestad de derechos políticos.
De manera que con el tiempo entre los dominicanos se
fue consolidando un nuevo tipo de sentimiento de identidad
común, superpuesto a los previos, que redundaba en una no-
ción de pertenencia. En la medida en que la República de Haití
no tomó en cuenta la diversidad étnica y socio-cultural de la
población dominicana, resultó inevitable que se fueran afian-
zando criterios de comunidad vis a vis la población haitiana en
su conjunto.
Para un observador atento, desde 1822 resultaba previ-
sible que advendrían oposiciones de este género. Núñez de
Cáceres anunció que la diferencia idiomática entre los dos
países creaba un muro mayor que los Pirineos, aludiendo a
un símil entre las colonias y las antiguas metrópolis. Boyer,
político capaz, era consciente de los riesgos que entrañaba
la incorporación de Santo Domingo a la República, pero
decidió afrontarlos por consideraciones militares y de polí-
tica exterior, habida cuenta de la espada de Damocles que
pendía sobre el Estado haitiano por parte de las potencias
del mundo occidental, además de medio para atenuar oposi-
ciones regionales entre el norte y el sur de Haití, como se ha
visto. Sin embargo, algunos de sus dignatarios manifestaron
dudas. Quien las expresó de manera más acabada, como ya se
señaló, fue Guy Joseph Bonnet, un competente jefe militar y
administrador, uno de los líderes de los «viejos libres» desde
los primeros años del siglo, que gozaba de la confianza plena
del presidente.60

60
Años después se publicó su memoria, considerada un documento básico
para la comprensión de las primeras décadas de existencia del Estado haitiano:
Souvenirs historiques de Guy Joseph Bonnet, Général de Division des Armées de la
Republique d’Haiti, ancien Aide de Camp de Rigaud, Paris, 1864. El libro, como lo
explica Rodríguez Demorizi, fue compuesto por su hijo, ya que Bonnet murió
en 1843. Véase Rodríguez Demorizi, Invasiones haitianas, pp. 272 ss. No es de
dudar que eventualmente otros dignatarios remitiesen consideraciones forma-
les a Boyer, pero no se ha tenido acceso a ellas.

64
Antes y después del 27 de Febrero

A solicitud de Boyer, Bonnet le remitió una carta, fechada el


27 de diciembre de 1821, en la que anunció proféticamente los
problemas que se derivarían de la anexión de Santo Domingo.
En la extensa misiva sopesó ventajas y desventajas del curso que
se veía ya decidido. Desdeñó bastante las ventajas de ríos, tie-
rras vírgenes o una población para él de cien mil almas, para
concentrarse en los problemas de orden práctico y financiero
que aparejaría la unificación de toda la isla en caso de que no se
obtuviera mediante la decisión unánime de los dominicanos, lo
que sabía que no se produciría.

Pero si es preciso obtener todas estas ventajas por la


fuerza de las armas, aunque la empresa sea fácil y el éxi-
to seguro, yo pienso que el resultado sería perjudicial y
tal vez funesto a los verdaderos intereses y a la seguridad
futura de la República de Haití.
[...] sin la voluntad unánime de sus habitantes, lejos
de aumentar nuestro poderío, lo disminuiría necesa-
riamente por los sacrificios de todo género que sería
preciso hacer para mantenernos allí. El agotamiento de
las finanzas, el progreso de la cultura en suspenso, la
propagación de la enseñanza retardada, serán los funes-
tos resultados de la empresa.
[...] Esta parte, que no produce sino muy pocos géne-
ros para la exportación no puede sostener más que un
comercio muy pobre. En consecuencia, el producido
de las Aduanas y de las otras rentas del país, siendo
insuficientes para sus gastos, estaría todo a cargo de la
República [...].61

Bonnet, que había sido jefe de Estado Mayor de Pétion


en la invasión de 1805 y, por ende, testigo de los excesos
cometidos contra la población dominicana, al tiempo que
recogía informaciones acerca de su idiosincrasia, preveía

61
Guy Joseph Bonnet, «Recuerdos históricos», en Rodríguez Demorizi,
Invasiones haitianas, p. 276. Las mayúsculas están en el original.

65
Roberto Cassá

problemas de gobernabilidad por parte de un ejército de


ocupación.

¿Son suficientemente disciplinados nuestros soldados


para ocupar un territorio amigo sin cometer desórde-
nes? Yo no trataría de resolver afirmativamente esta
pregunta. ¿Qué resultaría de eso si, obligados por el
hábito que es una segunda naturaleza, estos hombres,
burlando la vigilancia del jefe, se fuesen a los campos
a merodear víveres y a robarle sus bestias a los cam-
pesinos? No hay duda de que tendríamos pronto por
enemigos a aquellos mismos a quienes habríamos ido a
defender; y una vez rota la cordialidad, es fácil calcular
sus consecuencias.

El funcionario esbozaba la propuesta de un acuerdo de co-


laboración entre las dos repúblicas de la isla contra las posibles
apetencias hostiles de las potencias. Para él, la independencia
lograda por los dominicanos suponía ventajas en el orden inter-
nacional para Haití. «Cuáles que sean las medidas que adopten
definitivamente los haitianos del Este, la vecindad de su gobier-
no naciente ofrecería siempre menos peligros a nuestra seguri-
dad que la vecindad del Rey de España. Además, los habitantes
del Este tienen más necesidad de nuestra ayuda que nosotros
de la suya. Su política será, pues, tratarnos bien, y su prudencia
será no aislarse mucho de nuestra causa».62 En conclusión, pro-
pugnaba por un acuerdo de colaboración entre los dos países
en caso de que los del Este no decidieran integrarse a Haití de
manera unánime y voluntaria.

Hubiese sido de desear que el pueblo de esta parte


hubiese tomado primero la resolución de unirse a
nosotros, o que hubiese formado un gobierno entera-
mente independiente, con el cual nosotros hubiéramos

Ibíd., p. 277.
62

66
Antes y después del 27 de Febrero

podido hacer un tratado secreto de defensa respectiva.


Y si él no lo juzga prudente hacerlo, por negociaciones
inmediatas, tratar de conseguirlo haciéndole saber que
nosotros no podremos ofrecerle nuestra ayuda, en caso
de necesidad, sino con esa condición.63

Mientras no se obtuviera un acuerdo con el Reino de


Francia, Bonnet enunciaba que «yo quisiera que se limitase a
cultivar la amistad de nuestros vecinos sin inmiscuirnos en sus
negocios, a menos que seamos llamados, como lo he dicho más
arriba, por su consentimiento unánime, expresado en un acto de
su libre voluntad».64
Tal previsible oposición quedó latente desde las primeras
medidas de Boyer. Es significativo que cuando retornó a Port-
au-Prince, Boyer se llevara casi toda la artillería de los fuertes
de la muralla de Santo Domingo y que las milicias existentes,
aunque incorporadas a la República de Haití, quedaran casi sin
armamentos.65
No obstante el manifiesto interés de presentarse como li-
berador de los «haitianos del Este», el presidente Boyer adoptó
medidas que le enajenaron el apoyo de sectores urbanos. Fue el
caso de la incorporación obligatoria de los jóvenes en unidades
militares, lo que llevó a que la universidad quedara sin estudian-
tes y no hubiese siquiera que decretar su clausura. A posteriori
se argumentó que uno de los perjuicios mayores del régimen
radicó en la agresión a la cultura. Por el lado de los haitianos,
esto era pretendidamente parte de la voluntad de «haitianizar»
a los dominicanos, pues los cánones culturales aceptados en los
medios superiores se interpretaban como vinculados con las
instituciones del pasado colonial español.
El Gobierno haitiano desarrolló un dispositivo tendente
a ganar a los antiguos esclavos sobre la base de consideracio-
nes étnicas, con resultados por lo menos discutibles. Sin duda

63
Ibíd., p. 278.
64
Ídem.
65
Nouel, Historia eclesiástica, t. I, p. 329.

67
Roberto Cassá

muchos de ellos sintieron con simpatía su nueva condición


de libres, pero en otros se mantuvo un apego a sus amos, con
quienes tenían una relación patriarcal.66 Adicionalmente, para
muchos se estableció un ordenamiento represivo, caracteriza-
do por el espionaje dirigido a controlar a los posibles desafec-
tos, ejercido por libertos y otros que se subieron al carro de
los dominadores, no siempre con las ilusiones de libertad que
proclamaban.
Posiblemente el segmento más reacio al cambio político
acaecido en febrero de 1822 fue el clero, que visualizó cos-
tumbres de los haitianos, como el concubinato socialmente
aceptado, contrarias a los preceptos morales del cristianis-
mo y a la idiosincrasia hispánica. Ahora bien, tras el cierre
de los conventos a raíz del Tratado de Basilea y la salida de
una porción elevada de los párrocos, el clero constaba de
un número harto limitado de integrantes. La expropiación
de los bienes eclesiásticos en 1801 había asestado un golpe
irreparable, que se ratificó en la renovación de esa medida
a partir de 1822. De acuerdo a Nouel, en 1827 el estamento
eclesiástico constaba de ocho integrantes de la curia y el
cabildo, cinco párrocos en la ciudad de Santo Domingo y
diecinueve en total en las parroquias del interior para un
territorio superior a 50,000 kms 2.67 Algunos clérigos domi-
nicanos y españoles, por otra parte, se habían trasladado a
la antigua parte francesa, como Elías Rodríguez, Vicente de
Luna y Juan Antonio Pichardo, dada la cuasi inexistencia de
clero a pesar de la voluntad de los gobernantes republica-
nos de apoyar al catolicismo frente a la religión popular del
vaudou, oficialmente proscrita.
En una extraña medida punitiva, que contravenía sus pro-
clamas filantrópicas, Boyer, al retornar a Portau-Prince, cargó
con joyas y obras de arte de los templos como simbólicas prendas
de conquista, lo que avivó más el sentimiento de repugnancia
del clero y su feligresía. En varios movimientos intervinieron

Ibíd., p. 332.
66

Ídem., pp. 358-359.


67

68
Antes y después del 27 de Febrero

sacerdotes, como en Los Alcarrizos, en el conato insurreccional


en Samaná y Sabana de la Mar y en el proyecto expedicionario
concebido por Silvestre Aybar desde Puerto Rico. En todos los
casos se trató de conatos aislados, por lo que no se creó un frente
compacto entre el escaso número de sacerdotes, fuese porque
algunos habían reaccionado previamente frente al intento con-
tra España de Núñez de Cáceres o porque abrigaran posturas li-
berales y concibieran débiles expectativas en la nueva situación,
rápidamente desmentidas. Este último fue el caso del canónigo
Bernardo Correa y Cidrón, quien de todas maneras se mantuvo
fiel a su prelado Valera Jiménez, no obstante el españolismo mo-
nárquico de este, que lo llevó a rechazar su designación como
arzobispo de Haití.
A lo largo de años Boyer desplegó una cadena de manio-
bras tendentes a que la principal jurisdicción eclesiástica se
trasladase a Port-au-Prince, lo que no logró. Amparado en su
jurisdicción episcopal y aconsejado por el letrado Juan Vicente
Moscoso, Valera se tornó en un símbolo de la resistencia en las
franjas superiores, si bien no tuvo otra alternativa que recono-
cer el orden existente. Por ello, obró con circunspección, como
se extrae de las impresiones del cónsul británico Mackenzie,
quien lo consideró la figura de mayor prestigio de la antigua
parte española.
Desde los primeros días que siguieron a la entrada del
dictador, se constituyó una comisión compuesta por reco-
nocidos juristas haitianos y un solo dominicano (José María
Caminero) con la finalidad de determinar las medidas a tomar
en el orden agrario. Entre sus recomendaciones sobresalió la
confiscación de las propiedades eclesiásticas y las de los ausen-
tes. Las capellanías, que proporcionaban rentas a la Iglesia,
se consideraron incompatibles con el sistema, y, aunque no
fueron abolidas, sus menguadas rentas no se entregaron en
lo sucesivo al clero. Durante más de dos años los sacerdotes
quedaron a merced de la caridad pública, en estado casi de in-
digencia, hasta que Boyer decidió asignarles estipendios para
asegurar su tarea.

69
Roberto Cassá

La confiscación de los bienes de los ausentes fue cuestio-


nada por quienes permanecieron en el país, que la percibían
como un atentado al principio del derecho de propiedad. La
oposición soterrada de los propietarios que permanecieron,
considerados casi todos como blancos en un contexto constitu-
cional que determinaba que los haitianos por definición eran
negros, fue enfrentada con el requerimiento de que quienes no
podían asumirse como descendientes de africanos juramentasen
la Constitución haitiana.
Se agregaron ulteriores medidas que propendían a captar
extensas propiedades de quienes habían permanecido en el país
y que agravaron el malestar sordo, no obstante el escaso valor so-
cial de la tierra. Dentro de este dispositivo de vulneración de las
antiguas relaciones de producción sobresalió la tentativa de abo-
lir el sistema de los terrenos comuneros, surgido en el siglo xvii,
que formaba parte central de la producción de ganado y de
la agricultura a pequeña escala por libres y libertos. Aquí sí se
presentó una contestación activa. La defensa de los terrenos
comuneros unificó a terratenientes y campesinos, pues los
últimos asociaban su autonomía social con esa institución con-
suetudinaria.
En el mismo orden se explica el frente opuesto por todos los
sectores sociales al plan de Boyer de incluirlos en los impuestos
para pagar la exorbitante deuda de 150 millones de francos fijada
por Francia a cambio de la concesión de la independencia de Haití
por la ordenanza del rey Charles X de 17 de abril de 1825. La acep-
tación de este acto culminaba negociaciones de larga data, desde
la época de Pétion. Una porción de la élite dirigente republicana
estaba inclinada a obtener el reconocimiento de la independencia
a toda costa para despejar el peligro de un intento de recoloniza-
ción. Mas, cuando la escuadra francesa comandada por el barón
de Mackau se presentó en la rada de Port-au-Prince, cundió la
alarma y se urdió una conjura para deponer a Boyer con el cargo
de traición y colocar a Maximilien Borgella, entonces gobernador
del Departamento de Santo Domingo, por cuanto había detenta-
do la presidencia en Les Cayes tras la muerte de Rigaud. Cuando

70
Antes y después del 27 de Febrero

Borgella declinó, consciente de lo peligroso que resultaría un


cisma de tal naturaleza, Boyer pudo reunificar el cuerpo dirigente
y autorizar algunos fusilamientos sin mayores consecuencias. Aun
así, el asunto resultaba tan escabroso que, para tranquilidad de
todos, se reprodujo un buen número de documentos, recogidos
después en Lois et actes du Gouvernement d’Haïti.
Las negociaciones se manejaron con torpeza desde el lado
haitiano. En la documentación interna de los delegados fran-
ceses sale a relucir que Francia estaba dispuesta a aceptar una
indemnización de hasta menos de 100 millones de francos, lo
que muestra una escasa capacidad de regateo de los diplomáticos
haitianos. Charles X especificaba que la deuda recaía exclusiva-
mente en los habitantes de la antigua parte francesa, en reco-
nocimiento de la revocación del Tratado de Basilea por medio
del Tratado de París en 1814. Por tanto, la disposición de que
los dominicanos contribuyesen al pago de la deuda mediante
cargas impositivas fue rechazada con indignación. Para el pago
de la primera anualidad se consignó una contribución total de la
«Partie de l’Est» a lo largo de diez años, en calidad de «donativo
patriótico», de 461,300 pesos, suma juzgada lesiva a la economía,
pese a que representaba una porción reducida del total de 30
millones para el conjunto de la República.68
Por esos tiempos se adoptó otra medida económica que
generó malestar: la conversión de la moneda de plata en vellón
y papel, lo que equivalía a una devaluación disfrazada que dis-
minuía la capacidad de ingresos de la población envuelta en
transacciones de mercado.
Todavía más significativa fue la oposición concertada de
hateros y campesinos a la promulgación del Código Rural en
1826, por medio del cual el Estado haitiano se retrotraía a las
fórmulas de explotación establecidas en Haití para sustituir a
la esclavitud entre los años finales del siglo xviii y los prime-
ros del xix.69 El trabajo forzado de los recién liberados en las

Nouel, Historia eclesiástica, t. II, p. 364.


68

El Código Rural ha sido editado en edición bilingüe por Bernardo Regino,


69

El Código Rural de Haití de 1826, Santo Domingo, 2015.

71
Roberto Cassá

plantaciones había sido uno de los mecanismos en torno a los


cuales se había fundamentado el ascendiente de estadista de
Toussaint Louverture, transformado en terrateniente además
de ídolo de su pueblo. Pero para los campesinos dominicanos,
sin excepción, el sistema de trabajo dependiente y compulsivo
que contemplaba el Código Rural suponía un empeoramiento
neto de su situación previa a 1822. En la porción haitiana de
la isla tampoco las cosas funcionaron de manera adecuada,
con excepción parcial de la zona del valle del Artibonito, por
cuanto se alteraba una tradición de vida libre a la que los cam-
pesinos se aferraban. En los dos años siguientes el Gobierno
desplegó esfuerzos tenaces para forzar la aplicación del Code
Rural y promulgó infinidad de disposiciones legales que no
tuvieron efectos significativos. Con todo, como se ilustra en
documentos de los archivos reales de Bayaguana, Monte Plata,
El Seibo e Higüey, en casos esporádicos los terratenientes se
acogían al instrumento legal para legalizar convenios de trabajo
con campesinos.
Aunque el Estado haitiano tuvo que renunciar a aplicar
casi todas las disposiciones de reestructuración agraria, en
1824 se produjo una tentativa insurreccional de hateros de las
cercanías de Santo Domingo para derrocarlo, la cual tuvo por
centro Los Alcarrizos. No por casualidad, algunos sacerdotes
se encontraron entre los inspiradores de la conjura tendente a
la reimplantación del dominio español.70 Pese a que el conato
fue sofocado con facilidad, quedó un ambiente tenso entre
los propietarios que imposibilitó aplicar políticas activas de
cualquier género.
Semejante contexto de pasividad explica que la reclama-
ción del rey de España, en 1830, a través de Felipe Fernández
de Castro, con la finalidad de obtener la devolución de Santo
Domingo, no provocara repercusiones trascendentes. En
términos retrospectivos tradicionales, «el alma dominicana es-
taba dormida». En cierta manera esa inercia se relacionaba con

Max Henríquez Ureña, La conspiración de Los Alcarrizos, Lisboa, 1941.


70

72
Antes y después del 27 de Febrero

la imposibilidad del Estado haitiano de promover lineamien-


tos de reestructuración social y económica. No obstante, por
definición resultaba inviable resolver el nudo conflictivo que
dejaba en condición de subordinación nacional a los domini-
canos, carentes de participación en el funcionamiento de las
instancias superiores de un Estado, en el cual supuestamente
gozaban de derechos plenos como ciudadanos. La reclamación
de Fernández de Castro incitó a Boyer a resolver de una vez por
todas la disidencia del arzobispo Valera y Jiménez, quien fue
deportado acompañado de Juan Vicente Moscoso, Bernardo
Correa y Cidrón y otros adeptos, reconocidos como integrantes
del más peligroso núcleo disidente, quienes pasaron a padecer
miseria en Cuba.
Con motivo de la misión de Fernández de Castro se ex-
tremaron medidas represivas ante la presunción infundada
de que se preparaba una expedición contra Haití. Se rumoró
que se tramaba un complot para asesinar al arzobispo. Bajo la
conducción directa de Borgella se construyeron fuertes para
repeler el fantasma de expedición de reconquista española,
se movilizaron tropas y se extremaron acciones punitivas y
de espionaje. Borgella dispuso, con fuerte carga simbólica, la
destrucción de los escudos de las vetustas casonas de la aristo-
cracia colonial. El escudo de Carlos V, situado en la catedral,
fue retirado, pero se salvó de la destrucción al quedar oculto
en el templo.
Al frente de la Iglesia quedó Tomás de Portes e Infante,
pero no en condición de arzobispo, sino de delegado apostó-
lico y vicario general, quien se vio forzado a jurar fidelidad a la
República en septiembre de 1833, pese a lo cual Boyer persistía
en su deseo de que la sede central se trasladase a Port-au-Prince,
causa de controversias que disolvieron aún más la escasa inci-
dencia del clero.
Por tanto, los conflictos se agravaban cada vez que los dig-
natarios de Port-au-Prince se proponían alterar los equilibrios
vigentes en la Parte Este en el interés de forzar, de una vez por
todas, la aplicación de las reformas pospuestas, entre ellas la

73
Roberto Cassá

liquidación del sistema de los terrenos comuneros. En efecto,


en 1834 se renovaron avances en la dirección de poner en
práctica la ley del 8 de julio de 1824 sobre la propiedad de la
tierra, sempiterna piedra de la discordia, y de nuevo no hubo
resultados de ningún género. José Gabriel García consigna que
la circular de ese año otorgaba un plazo de tres meses para el
cumplimiento de la ley de 1824, lo que fue fuente de «fraudes
e ilegalidades».71 Tampoco en esa ocasión la legislación pudo
ser ejecutada a causa de la resistencia universal.
No obstante tales conflictos, llegó un momento, que
García sitúa hacia 1826, a dos años del fracaso de la conspira-
ción de Los Alcarrizos, en el que la población, según su parecer,
se sintió «resignada». Entonces terminaron de organizarse las
tropas locales en los regimientos 31 y 32, que sustituyeron a los
regimientos 12 y 24 compuestos exclusivamente por haitianos.
El primero de esos regimientos se conformó con las milicias de
pardos y morenos de la época española, mientras el segundo
con citadinos y esclavos liberados, estimulados a hacerse sol-
dados. Estas tropas tenían por jefes a haitianos, con contadas
excepciones como la del coronel Pablo Alí (antiguo esclavo de
Saint Domingue) y solo uno de sus comandantes de batallón.72
Una relación de autoridades de 1839, elaborada con motivo de
una reforma agrícola, ratifica la primacía abrumadora de los
nacionales haitianos en la conducción de los dos departamen-
tos del Este, señal de la existencia de un estado de ocupación:
general A. Carrié en Santo Domingo, general P. A. Charrier en
Santiago y La Vega, general V. Simon en Puerto Plata, general J.
B. Riché en San Juan de la Maguana, coronel Saladin en Azua,
coronel Fervier en San Cristóbal, jefe de escuadrón Charlot en
San Francisco de Macorís, M. Mathieu en Moca, teniente coro-
nel Prud´homme en Cotuí y comandante Tremeré en Neiba.73
Paulatinamente, a partir del segundo lustro de 1830, fue
superándose el «letargo» al que aludía García, aun fuese en

71
García, Compendio, t. II, p. 163.
72
Ibíd., p. 131.
73
Ibíd., p. 175.

74
Antes y después del 27 de Febrero

núcleos reducidos. Mejía Ricart sintetiza de manera bastante


adecuada lo que empezó a acontecer:

Además, la tiranía de los detentadores de nuestra tierra


que debía ser libre como la de ellos, sus extraños ritos,
su civilización diversa a la nuestra de origen hispánico
con algunos matices de la superior cultura que nos
inoculó la era francesa, cayó sobre esta vieja sociedad
que renacía, como una ola de inundación que todo lo
arrasa, derribando aquel mundo decrépito que quedó
sumido en las tinieblas. Pero esta estupenda ruina
era la necesaria para la reacción de nuestra agotada
alma colectiva que dormía sueño cataléptico, como el
rayo purificador acosó las tinieblas en que yacía inerte
la conciencia de un pueblo donde el cuerpo social
iba pudriéndose, mientras la elaboración misteriosa
ejecutaba sorda y lentamente su obra de fusión en-
tre los elementos dispersos que podían componer la
nacionalidad.74

De ahí ese autor pionero derivó la génesis de las condicio-


nes para el surgimiento del patriotismo, sobre las cuales incidió
Duarte:

Del análisis escueto de aquella época es necesario llegar


a la conclusión de que se había creado por torpeza del
dominador un espíritu preciso nacionalista, profun-
do, enteramente filosófico, en el fondo, que regía la
conciencia inerme del pasado [...].75

A la cuestión nacional se agregaba en igual medida, en


la perspectiva de los citadinos, la contradicción que provenía
del desgaste de lo que podría ofrecer el Estado haitiano, cuyo
desempeño se caracterizaba por la rutina y la ineficiencia. La

Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, p. 130.


74

Ídem.
75

75
Roberto Cassá

economía de la antigua parte francesa había entrado en una


parálisis que se evidenciaba en el estancamiento de los montos
de los productos de exportación, sobre todo del café, además
de la desaparición del azúcar. Las masas de libertos y sus descen-
dientes vegetaban en condición miserable. Se habían esfumado
las ilusiones.
En contraste, la economía en la antigua parte española
continuaba creciendo a la par con el avance demográfico. Los
campesinos dominicanos se mostraron más preparados para
insertarse en relaciones de mercado, en lo que incidía el pasado
de cuasi inexistencia de la esclavitud de plantación y de amplio
predominio de población libre. Aunque el avance económico en
Santo Domingo se producía en forma modesta, no dejaba de re-
presentar un problema en el conjunto del Estado haitiano, pues
los medios de opinión entre los dominicanos visualizaban de más
en más su ubicación desventajosa como un obstáculo para sus
objetivos a largo plazo. A medida que se iban conformando, los
estratos urbanos burgueses encontraban en el régimen haitiano
un impedimento para la realización de sus intereses materiales.
Lo que faltaba para un cambio de actitudes era la ruptura de los
eslabones que aseguraban la cohesión de los rangos dirigentes
haitianos.

76
Antes y después del 27 de Febrero

Juan Pablo Duarte.

77
Roberto Cassá

Francisco del Rosario Sánchez.

78
Antes y después del 27 de Febrero

Ramón Mella.

79
Roberto Cassá

Pedro Santana.

80
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Alexandre Pétion.

81
Roberto Cassá

Jean Pierre Boyer.

82
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Buenaventura Báez.

83
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Charles Hérard.

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Antes y después del 27 de Febrero

Tomás Bobadilla.

85
Roberto Cassá

Félix María Ruiz.

Juan Nepomuceno Ravelo.

86
Antes y después del 27 de Febrero

Jacinto de la Concha.

José María Serra.

87
Roberto Cassá

Pedro Alejandrino Pina.

88
Antes y después del 27 de Febrero

Félix María del Monte.

89
Roberto Cassá

Rey Henri I de Haití.

Faustin Soulouque, presi-


dente y emperador
de Haití, 1847-1859.
(Fuente: L’Universe Ilustré,
No. 41, París, 26 de
febrero de 1859).

90
Antes y después del 27 de Febrero

Guy Joseph Bonnet.

J. Maximilien Borgella.

91
Roberto Cassá

Francisco Javier Abreu.

Felipe Alfau.

92
IMPLOSIÓN DE LAS CONTRADICCIONES

E n enero de 1843 estalló una insurrección en Les Cayes,


en el Departamento del Sur, tercera ciudad en impor-
tancia de Haití y reducto del conglomerado de «viejos libres»,
donde tenían una participación demográfica mayor que en el
resto de la antigua Saint Domingue. Ese departamento venía
siendo el foco de gestación de una oposición de contenido li-
beral a la administración de Jean Pierre Boyer. La insurgencia
de 1843 agrupaba casi con exclusividad a sectores dirigentes
pertenecientes a una generación juvenil imbuida de ideales re-
publicanos que, por tanto, cuestionaban las prácticas despóticas
de sus mayores. En esa región, distante del núcleo capitaleño
de poder, proliferaban periódicos y hojas sueltas, inicialmente
tolerados, al igual que manifestaciones callejeras en las que se
daban cita los inconformes.76
En 1838 había comenzado a ponerse al rojo vivo el dife-
rendo que sostenían en la Cámara de Diputados un grupo de
representantes provenientes de esa demarcación. Asumieron
el liderazgo antigubernamental los diputados Hérard Dumesle,
David Saint Preux, Elías Lartigue, Lochard y Courete. Desde las
elecciones de 1835, los jóvenes demócratas habían ido ganando
escaños en el cuerpo legislativo, compuesto por representación
popular. Boyer respondió con golpes de Estado, en el primero

Lepelletier de Saint Rémy, Santo Domingo, t. I, p. 170.


76

93
Roberto Cassá

de los cuales, violentando la legalidad, destituyó a los cinco


opositores declarados a causa del desacuerdo derivado de la
designación de unos senadores. Esa decisión fue adoptada por
36 votos, cuando se necesitaba uno más, ya que Boyer no pudo
intimidar a todos los indecisos. En la siguiente elección de 1839,
los cinco destituidos fueron reelectos, todavía con mayor apoyo
popular que en la ocasión precedente. Se suscitó el escándalo
de que, por moción de doce diputados boyeristas, los disidentes
fueron nueva vez expulsados. Al otro día, el presidente de la
Cámara, Lafortune, ordenó impedir la entrada al hemiciclo de
los destituidos. En realidad, en 1839 la mayoría de los diputados
apoyaban a los excluidos, por lo que continuó la confrontación.
Los más activos acudieron entonces a la creación de la secreta
Sociedad de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, que el
1 de septiembre de 1842 lanzó un manifiesto. Este documento
cuestionaba de arriba abajo la gestión de Boyer. Describía la
decadencia del agro, la inseguridad en el campo, las medidas
vinculadas al Código Rural, reclamaba la permisión de inmigra-
ción de otras islas y cuestionaba que se establecieran impuestos
a favor de la burocracia.77
La situación había tomado un giro inesperado con motivo
del terremoto del 7 de mayo de 1842, que destruyó a Cap Haïtien
y otras ciudades, y que, por sus consecuencias, había acentuado
el clima de malestar contra el gobierno. Un estado de desmo-
ralización se abatió sobre todo Haití. Miles de personas pere-
cieron en Cap Haïtien, Port de Paix y lugares aledaños. Causó
conmoción que la mitad de la población de Cap Haïtien perdió
la vida. Campesinos de lugares circundantes se abalanzaron so-
bre los restos de estas ciudades en actitud criminal, asesinaron
a sobrevivientes y se dedicaron a pillar los bienes de todos los
habitantes, en señal del odio clasista que se canalizó por esa vía.
Durante más de dos semanas, mientras continuaban las acciones
de las bandas de forajidos, las autoridades no reaccionaron, lo
que generó indignación en los estratos citadinos, sobre todo

Ibíd., pp. 174-176.


77

94
Antes y después del 27 de Febrero

de la porción noroccidental. El terremoto detonó un cúmulo


de conflictos sociales y políticos que venía madurando desde el
lustro previo, operó como resorte del inicio de la quiebra de la
«República mulata» y contribuyó decisivamente a abrir las puer-
tas para la ruptura de los dominicanos.
El comportamiento del campesinado circundante, aunque
con menor crudeza que en Haití, se reprodujo en Santiago de
los Caballeros, cuyas edificaciones de mampostería, que pro-
venían mayormente del siglo xviii, quedaron destruidas por el
temblor. En la segunda aglomeración de la antigua parte espa-
ñola perecieron más de quinientas personas, aunque los ataques
de bandas de malhechores fueron menos violentos que en Cap
Haïtien. Muchos santiagueros, carentes de hogar, se vieron for-
zados a refugiarse en Moca y La Vega, pese a que en la segunda
de estas poblaciones también se derrumbaron las escasas vi-
viendas de mampostería, con lo que se generó una situación de
desasosiego, aunque en estas dos villas no se repitieron acciones
criminales.
También en Santo Domingo el movimiento telúrico tuvo
poderosos efectos destructivos. Una buena parte de las casas de
piedra y mampostería que no se encontraban en ruinas que-
daron dañadas. No pocas debieron ser abandonadas por sus
habitantes, que optaron por refugiarse en las casas humildes de
madera que, en el interior de la muralla, rodeaban el casco an-
tiguo por el norte y el oeste. Durante semanas cundió el pánico
y un «malestar imponderable», por haber seguido temblores
esporádicos, generarse carestías y adoptarse medidas policiales
equivocadas. Los temores dieron lugar a procesiones intermina-
bles, por interpretarse el siniestro como castigo divino. Se sentía
que algo andaba mal. La anómala situación dio lugar a una sor-
prendente producción poética, dentro de la cual se destacaron
las composiciones del poeta oficial Manuel Joaquín del Monte
y del venezolano Juan José Illas. El primero predicó el consuelo
ante la muerte. El segundo, en cambio, osó anunciar un renacer
auspicioso tras la desgracia.

95
Roberto Cassá

[…] el santo Sacrificio


Del humilde Cordero
Dó se alzara a los hombres el suplicio
¡Extraña mutación! ¡Oh quien creyera!
Que el lugar del castigo en algún día
«Altar, (después de una borrasca fiera)
De nueva redención a ser vendría».78

Se acrecentó el abatimiento colectivo ante tantas obras


arruinadas o deterioradas que no podían ser reparadas por falta
de recursos. El clero se dedicó a la reconstrucción de los templos
que habían experimentado daños, en primer lugar la antigua ca-
tedral, lo que no dejó de tener cierta connotación de resistencia
ante el poder, puesto que se llevó a cabo con la exclusiva colabo-
ración voluntaria de la población.
Siete meses después estalló la sublevación en Les Cayes, que
dio al traste con la dictadura de veinticinco años. Por si fuera
poco, casi en vísperas del estallido, el 9 de enero de 1843, se
desató un furioso incendio en Port-au-Prince, que destruyó gran
parte de la ciudad, compuesta mayormente de inmuebles de
madera. Los habitantes de la capital resintieron un estado de
desasosiego que formó parte de la culminación del desgaste del
régimen boyerista. El caos dio curso a que los opositores pasaran
a conspirar de manera desafiante.
En septiembre de 1842 los complotados de Les Cayes ha-
bían designado jefe de ejecución (es decir, comandante de las
operaciones militares) a Charles Hérard, conocido por el apodo
de Riviere, primo del diputado Hérard Dumesle. Hérard se le-
vantó en armas en su finca de Praslin el 27 de enero de 1843
(dos semanas después del incendio de la capital), proclamando
La Reforma, denominación que adoptó el movimiento insurrec-
cional. Los liberales confiaban en que iban a contar con la adhe-
sión del poderoso general Borgella, pero este hizo exactamente
lo contrario: enfrentarlos, obligándolos a dispersarse.

En Nouel, Historia eclesiástica, t. I, p. 422.


78

96
Antes y después del 27 de Febrero

Los insurrectos no tuvieron otra alternativa que avanzar


primeramente en dirección a Jérémie. Las operaciones fueron
tortuosas, señal de la fuerza que continuaban teniendo los par-
tidarios de Boyer incluso en este reducto de la oposición. En
Jérémie los reformistas tuvieron la suerte de lograr en forma
accidental que se les sumara el general Lazare, de no disimulada
postura negrista. Solo entonces estuvieron en condiciones de
tomar Les Cayes, donde se les sometió el conjunto de la clase
superior. Con tal triunfo quedaba despejado el camino hacia
Port-au-Prince. En las cercanías de Leogane los gobiernistas in-
tentaron una última resistencia, pero al ser aplastados el 12 de
marzo, Boyer se vio precisado a deponer el mando.
El 21 de ese mes, después de dos meses de operaciones,
Hérard entró a la capital haitiana. Se constituyó a toda prisa
un gobierno provisional de compromiso, en el que, además de
Riviere-Hérard, sesionaban generales veteranos de la guerra de
independencia que se habían distanciado de Boyer, como Lazare
y Guerrier. Se anunció la convocatoria de una asamblea consti-
tuyente para promulgar una nueva carta sustantiva del Estado y
elegir un presidente, lo que aconteció el último día de 1843, tras
casi tres meses de deliberaciones.
A lo largo de veinticinco años Boyer había logrado sostener
la adhesión de factores claves de poder, por lo que su ausencia
disparó un cúmulo de conflictos que permanecían latentes. El
más importante reciclaba el cuestionamiento al predominio de
los llamados mulatos por la porción de los sectores dirigentes
que se identificaba como negra. Se sumaba la reivindicación de
derechos de las regiones, en especial la del norte, que reclamaba
el retorno de la centralidad que había tenido durante la colonia
y el reinado de Christophe. El grito de guerra lo dio la fami-
lia Salomon, en Les Cayes, humillada por la arrogancia de los
mulatos y dispuesta a tomar las armas. Fue necesario negociar,
aunque algunos Salomon quedaron en prisión domiciliaria o
confinados en lugares distantes.
En la medida en que el gobierno provisional quedó con-
trolado por Charles Hérard y se implantó un ordenamiento

97
Roberto Cassá

dictatorial similar al de Boyer, se recompuso una oposición libe-


ral en el interior del conglomerado dirigente, en cuyo seno se
cohesionaban los mestizos con descendientes de africanos que
se les adherían por razones socio-culturales. El nuevo régimen
trataba de compatibilizar facciones opuestas como mecanismo
para consolidar el poder, pero Hérard carecía de suficientes
márgenes de maniobra, de forma que su actuación se caracteri-
zó por la lentitud y la vacilación. A menudo las decisiones no se
ejecutaban. Las asambleas locales, convocadas a partir del 15 de
abril, no se reunían o lo hacían en forma irregular. Los nuevos
jerarcas se sentían satisfechos con sus grados militares y no tardó
mucho para que la apatía se apoderara de nuevo de las mentes
de la mayoría.
Los fieles a Boyer procedieron a reagruparse y a tejer alian-
zas subrepticias, sobre todo con los generales partidarios de la
«hegemonía de la raza negra», con la finalidad de derrocar al
gobierno provisional de La Reforma. Una intensa inestabilidad
atravesó el año en que Hérard Riviere ejerció el mando. En sus
postrimerías, para llegar al paroxismo, se agregó la insurgencia
de campesinos del extremo suroeste, que asociaban el dominio
terrateniente con un ordenamiento étnico y se sumaban a la
pretensión de primacía de los negros.
Al inicio en penumbra, la reivindicación nacional de los
dominicanos fue cobrando cuerpo, pero fue subestimada por
los dirigentes haitianos. Solo los más capaces calibraron el des-
contento de muchos dominicanos. Boyer mismo, según consig-
na Madiou, no dejaba de comentar en su círculo íntimo que le
constaba la oposición de los «españoles principales» y que si se
proponían independizarse resultaría casi imposible impedirlo.

98
FUNDACIÓN DE LA TRINITARIA

L a implosión del Estado haitiano tenía antecedentes en la


Partie de l’Est. Para finales de la década de 1830, García
traza el panorama de la apertura de un distanciamiento entre
dominicanos y haitianos que preparó las condiciones para una
oposición activa.

Nacida la división entre ambos elementos, dominicano


y haitiano, en los bancos mismos de las escuelas, campo
de las primeras rivalidades; fomentada en el taller y en
los cuarteles, gérmenes de antagonismos y rencores; y
desarrollada en los templos y en los salones, convertidos
por la animosidad en centros de divergencias conti-
nuas, todas las señales indicaban que había llegado ya
el tiempo de pensar en reunir y armonizar las fuerzas
que ofrecía la juventud de todas las clases, para llevar á
cabo la organización de un partido separatista, llamado
á despertar al pueblo dominicano del letargo en que
yacía [...].79

La primera manifestación visible de este giro fue la confec-


ción de volantes, producto de iniciativas dispersas. José María
Serra consigna que él mismo fue autor de una serie, firmada por

García, Compendio, t. II, p. 164.


79

99
Roberto Cassá

«El dominicano español».80 Se entablaron polémicas entre los au-


tores de las hojas sueltas y se dio el caso de que, espontáneamente,
terceras personas realizaran copias adicionales y las difundieran
por su cuenta. En Baní hubo una repartición de octavillas en
abril de 1842, que dio lugar a que tanto las autoridades como los
conservadores locales por primera vez denunciaran la aparición
de una «facción colombiana» para referirse a los partidarios de
la fundación de un Estado independiente, a quienes se achacaba
falsamente el propósito de restablecer la esclavitud.81
El 16 de julio de 1838 un grupo de jóvenes se reunió en la ciu-
dad de Santo Domingo para dejar constituida la sociedad secreta
La Trinitaria. Fue concebida por Juan Pablo Duarte, de profesión
comerciante, quien había viajado años antes a Estados Unidos y
Europa, donde apreció los parabienes de la modernidad.82 Según
aseveró su hermana Rosa Duarte, pertenecía a la «primera socie-
dad», lo que era extensivo a la mayor parte de sus compañeros, e
implicaba que se reconocían como blancos, de raigambre urbana,
con vinculación familiar en actividades comerciales y un nivel edu-
cativo elevado. Esto no quiere decir que Duarte hubiese alcanzado
un grado excepcional de ilustración. Aunque con el fin de cuestio-
narlo, el cónsul francés Saint Denis no dejaba de tener cierta razón
al considerar en 1844 que, a lo sumo, había alcanzado un estándar
típico del medio urbano europeo. Ahora bien, dentro del entorno
local de su época Duarte sobresalía, fruto de reflexiones que lo
hicieron precursor de la conciencia nacional y de la política de-
mocrática, por lo cual se irguió como el orientador de la juventud
culta de la ciudad de Santo Domingo.
Fue el primero que llegó a la conclusión de que procedía
la separación del Estado haitiano con la finalidad de fundar un

80
Serra, «Apuntes», pp. 492-493.
81
Ídem.
82
Basado en imprecisiones de algunos testimonios y en la afirmación de José
María Serra de que La Trinitaria se fundó en 1840, Mejía Ricart pone en duda
la fecha de 1838. Mejia Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, pp. 152 ss. Las
fuentes son suficientes, empero, para ratificar la validez de 1838. Ahora bien,
en el límite, una diferencia de dos años, en ese plano, no cambia demasiado
los términos fundamentales del análisis.

100
Antes y después del 27 de Febrero

ordenamiento soberano y regido por preceptos democráticos.


Félix María Ruiz, uno sus compañeros de primera hora, aseve-
ra que desde que retornó de su viaje por Europa, «ya tenía en
mientes el gran pensamiento de liberar a su patria del dominio
haitiano. Parece que cual otro Bolívar en el Monte Aventino,
allá en París o en Barcelona, concibió tan aventurado propósito.
Desde luego, me comunicó su pensamiento, que me pareció de
todo punto irrealizable por no contar con ningún apoyo, y sobre
todo, por la desconfianza que inspiraban el indiferentismo, la
apatía y el egoísmo de muchos dominicanos ya habituados a
soportar un yugo de tantos años».83 Para resaltar el aporte de
Duarte, Ruiz, el último de los trinitarios que dejó testimonio des-
de Venezuela, acota que recibieron orientación del fraile Pedro
(Pamiés), pero que «¿no es cierto que hay una notable diferen-
cia entre el que enuncia una idea y el que la tiene en mientes de
tiempo atrás y consigue ponerla en ejecución?».
Alcides García Lluberes emite la hipótesis de que la
adopción de criterios democráticos fue producto de la acción
de Duarte, empeñado en romper la resistencia de actitudes de-
rivadas de la ideología colonial, en primer lugar el racismo.84
Sin embargo, se puede sostener, sobre la base de los indicadores
que ofrecen los escasos materiales relativos a su persona, que el
discurso cotidiano de Duarte no traspasaba el cuestionamiento
del dominio haitiano, aunque incluyera matices nacionalistas,
como su admiración por la lucha del pueblo haitiano. Félix
María del Monte, amigo de Duarte, circunscribe la prioridad del
objetivo de este a la expulsión de los haitianos. Serra, otro de sus
compañeros, recogió una de sus arengas.

Entre los dominicanos y los haitianos no es posible una


fusión. Yo admiro al pueblo haitiano desde el momen-
to en que, recorriendo las páginas de su historia, lo

83
«Carta de Félix María Ruiz», s. f., en Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX,
p. 509.
84
Alcides García Lluberes, «Duarte y la unidad de raza», en Duarte y otros temas,
p. 52.

101
Roberto Cassá

encuentro luchando desesperadamente contra poderes


excesivamente superiores, y veo cómo los vence y cómo
sale de la triste condición de esclavo para constituirse
en nación libre e independiente. Le reconozco posee-
dor de dos virtudes evidentes, el amor a la libertad y
el valor; pero los dominicanos que en tantas ocasiones
han vertido gloriosamente su sangre, ¿lo habrán hecho
para sellar la afrenta de que en premio de sus sacrificios
les otorguen sus dominadores la gracia de besarles la
mano? ¡No más humillación! ¡No más vergüenza!85

La naciente organización tenía antecedentes. Hacia 1834


algunos de los futuros trinitarios, entre los cuales tal vez ya bri-
llaba Duarte, no mucho después de su retorno de Europa, ya
se habían cohesionado en torno a las lecciones que les había
impartido Juan Vicente Moscoso, considerado un maestro de ca-
pacidad excepcional. Al retornar de Europa, Duarte se integró
a los cursos de latín y filosofía que dictaba el presbítero Antonio
Gutiérrez. Poco después extendió los conocimientos entre
recién iniciados. Se ha visto igualmente la relación con el cura
Pedro Pamiés. Más importancia tuvo el centro de estudios de la
filosofía creado por el sacerdote peruano Gaspar Hernández,
llegado a Santo Domingo posiblemente en 1839. En torno a este
parece haberse reagrupado el núcleo que había conformado
La Trinitaria meses atrás. Todo indica que los patriotas se defi-
nían ante todo como estudiosos de filosofía, historia, literatura,
idiomas y otras disciplinas, pero desde una perspectiva que daba
lugar a que el círculo de Hernández fuese más «una junta revo-
lucionaria que clase de estudios». Ahora bien, las enseñanzas no
coincidían exactamente con los propósitos de Duarte: Moscoso
de seguro recogía el legado cultural tradicionalista proveniente
de la colonia y Hernández sostenía, de manera más o menos
explícita, el retorno a la soberanía española. Sin duda Duarte no
compartía semejantes posiciones, por lo que traspasó los límites

Serra, «Apuntes», p. 493.


85

102
Antes y después del 27 de Febrero

plausibles para transmitir conocimientos «sin hacer distinción de


clases ni de colores lo que le atraía una popularidad incontrasta-
ble», asegura Rosa Duarte. Varios de los compañeros de Duarte
se beneficiaron del plantel educativo instalado por el Gobierno,
primero dirigido por M. Arquiere y luego por Auguste Brouard,
político e intelectual que ejerció una beneficiosa influencia en
el estrato juvenil local.86
El carácter de estos maestros sugiere que en esos años no
debió producirse un deslinde de posturas ideológicas en el
seno de los partidarios de la ruptura con Haití, aunque se pue-
de aseverar que Duarte fue instruyendo de manera sutil a sus
compañeros en torno a un conjunto de postulados que definían
una propuesta nacional democrática. Al parecer, el padre de la
patria no se circunscribió a una reivindicación del liberalismo
nacionalista, sino que agregó consideraciones más avanzadas
en el terreno social. Alimentó la aspiración a un orden pautado
por el objetivo de crear una comunidad de iguales, en la que se
erradicaran los preceptos excluyentes del orden colonial.87
Debido a la escasez de testimonios pormenorizados, cobra
valor el texto de Félix María del Monte, que destaca los esfuer-
zos iniciales que llevaron a la constitución de una sociedad que
«carecía de nombre». Del Monte se centra en los antecedentes
educativos a partir de la llegada de Gaspar Hernández, asevera-
ción discutible al menos en parte. A pesar de contener proba-
bles anacronismos, no obstante haber redactado en 1852 esas
«Reflexiones históricas sobre Santo Domingo», en su condición
de protagonista recrea aspectos valiosos del ambiente de los con-
jurados y de las ideas de su líder.88
La deportación de Juan Vicente Moscoso, consigna Del
Monte, habría tenido un impacto demoledor en el desarrollo

86
José Gabriel García, «Juan Isidro Pérez», en Rasgos biográficos de dominicanos
célebres, Santo Domingo, 1971, p. 259.
87
Juan Isidro Jimenes Grullón, La ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte,
Santo Domingo, 2009.
88
Reproducido por Alcides García Lluberes, en «Un ensayo interesante y algo
más acerca del 27 de febrero de 1844», en Duarte y otros temas, pp. 104-114.
También apareció en Clío, No. 109 (febrero de 1957).

103
Roberto Cassá

cultural de los jóvenes urbanos, de lo que se desprendió la


importancia de Gaspar Hernández, llegado casi una década
después. En torno a él se reunieron dieciocho discípulos que
discurrían sobre filosofía, historia y otras materias, como se ha
visto, al tiempo que recibían clases de teología y latín. Esto ha-
bría tenido un efecto automático. «Cesó súbitamente la petri-
ficación de la Sociedad, y la discusión reemplazó desde luego
al mutismo. Si no había libertad de imprenta, si no podía per-
petuarse el pensamiento, había ya a lo menos aptitudes para
pensar; las iniciaciones reemplazaban a los escritos y entonces
principió la propiamente dicha Revolución». Pero aclara que
Hernández no se propuso fomentar la revolución, sino que
contribuyó a preparar las condiciones para ella en momentos
en que «se dormía al arrullo de las fiestas del populacho, o al
rumor del cantar de sus eunucos».
Entonces descolló Duarte como el factor decisivo para pa-
sar a la acción. El ansia por conocer las ciencias sociales, que
conforme a Del Monte tenía por correlato el desprecio de la teo-
ría jurídica, lo había llevado a la prolongada estadía en Europa,
donde se dedicó a examinar las instituciones. «En Inglaterra
observó cuánto influye en su manera de ser política y social la
combinación estupenda de aquellas instituciones especiales del
gran pueblo […]. En aquella antítesis humana, mezcla confusa
de miseria y de opulencia, de recuerdos feudales y de excen-
tralización administrativa, de aristocracia y popularidad de leyes
sangrientas y brutales y de garantías sin cuento protegidas por el
Magistrado […]».
En Francia, continúa Del Monte, Duarte habría estudiado
el «eclecticismo social […] (y) la idolatría por la igualdad […]»,
mientras en España constató la ausencia de unidad de idioma,
usos, costumbres y legislación. En la madre patria repugnó de la
Inquisición, la intolerancia y el «poder del sable».
Retornado al suelo natal, «sentía bullir en su mente las ideas
políticas y sociales que analizaba en el silencio de su gabinete.
Investigaba las causas que pudieran influir en que la Sultana
de Occidente se convirtiera en guarida de cuervos, y haciendo

104
Antes y después del 27 de Febrero

responsable a la España por la política viciosa empleada en la


conquista, halló en primer lugar que la abyección y la ignorancia
eran hermanas».
Lo que refiere Del Monte suena impresionante y aclara
que, aunque Duarte no elaborara una obra socio-histórica, tenía
conciencia cabal de los problemas de la época. Es posible que
Del Monte haya puesto algo de su propia cosecha en interés de
idealizar las ideas de su amigo, pero no se puede determinar a
ciencia cierta si fue así y hasta qué punto.
Como se ha mostrado en otros textos, la prédica de Duarte
incluía los siguientes componentes relevantes:

• Autodeterminación nacional, mediante la soberanía popular


y la exclusión de toda intromisión de poderes del exterior.
Rechazó el postulado del «cosmopolitismo» de los con-
servadores que justificaban la subordinación al exterior.
Calificó a los portadores de esta tendencia con el neologis-
mo de «orcopolitas», ciudadanos del infierno.89 Denunció
los planes de las potencias imperiales, incluso de Estados
Unidos. En el prontuario histórico que evocó después de
la Restauración de 1865, caracterizó el proceso indepen-
dentista como el de lucha entre la minoría de afectos a un
dominio extranjero y los patriotas.
• Democracia política, centrada en la garantía de la legalidad,
la división de poderes y la creación de un cuarto poder, el
municipal, con la finalidad de asegurar la participación del
pueblo en los asuntos públicos, lo que plasmó en su proyec-
to de constitución. Sobresalía la radicalización de la demo-
cracia a través de la igualdad legal, las garantías del correcto
desempeño de los funcionarios y la obligación de estos a
someter sus actuaciones a la consulta popular. Aunque
con una derivación social, en el proyecto de Constitución
expresó la quintaesencia de la democracia política como
«ni más nobleza que la de la virtud ni más aristocracia que

Leonidas García Lluberes, «Duarte y los orcopolitas», en Crítica histórica, pp. 192-198.
89

105
Roberto Cassá

la del talento». Por tanto, los ciudadanos en su conjunto


gozarían sin excepción de iguales derechos.
• Democracia social, en primer término sobre la base de la «uni-
dad de raza», esto es, el rechazo de las «preocupaciones»
por diferencias en las tonalidades de la piel, para conducir
a un estado deseable de igualdad sustentado en la realidad
del mestizaje prevaleciente entre los dominicanos.90 Aludía,
conforme a la interpretación de Alcides García Lluberes, a
la «fusión de razas».91 Caracterizaba el mestizaje, por ende,
como figura unitaria característica del pueblo dominicano,
pero aceptando la coexistencia de todos los grupos de color
existentes. En consecuencia, no podría haber discrimina-
ción de los descendientes de africanos, ni rechazo a la pre-
sencia de europeos. Aun así, lo capital era la exaltación del
mestizaje como signo particular de la nación dominicana.

Retrospectivamente no cuesta advertir la trascendencia


de esos conceptos. Pero Duarte no hizo una elaboración de-
tenida de los mismos en concordancia con las condiciones
históricas de la época, sino que se limitó a enunciar principios
en forma sumaria. Rosa Duarte informa que sus papeles, que
incluían un tratado de historia dominicana, fueron destrui-
dos, pero, aunque fuera cierto, no hay visos de otras exposicio-
nes históricas y teóricas. Las condiciones de la época, sin una
tradición de intelectuales en la escena, sin establecimientos
educativos superiores, sin prensa periódica, sin medios para
la publicación de libros, ciertamente, no favorecían una pro-
ducción sistemática de ideas. Duarte estaba animado por el
espíritu romántico, más inclinado a la exposición literaria que
a la doctrinaria, pero sus poesías no alcanzaron calidad. Aun
así, el cuerpo conceptual que elaboró apenas fue asumido por
unos pocos, y de manera precaria por una parte de ellos, pero

90
Varios de estos puntos están abordados por Juan Isidro Jimenes Grullón, en
La ideología revolucionaria.
91
Alcides García Lluberes, «Duarte y la unidad de raza», en Duarte y otros temas,
pp. 52-54.

106
Antes y después del 27 de Febrero

resultó suficiente para animar al colectivo que encabezó la


ruptura con Haití.
Entre los temas que quedaron sin aclarar sobre el proce-
so de conformación de La Trinitaria, el más sacado a colación
ha sido el de quiénes compusieron su nómina inicial. Algunos
aceptan la lista ofrecida por José María Serra, consistente en
nueve fundadores, aunque otros participantes modificaron las
personas del pretendido núcleo de iniciados. No obstante la
fuerza de esta tradición, el mismo Duarte la desechó, al indicar a
Emiliano Tejera que tanto Sánchez como Mella formaron parte
del colectivo constituido el 16 de julio. Tejera se corrigió con el
tiempo y llegó a la conclusión de que ese mismo día hubo dos
reuniones fundacionales. La primera, en la mañana, se produjo,
como se ha aceptado comúnmente, en el hogar de Juan Isidro
Pérez (hijo de un sacerdote, aunque en el momento solo vivía
con su madre), en tanto que la de la tarde en un lugar marginal
del norte de la ciudad. En los Apuntes de Rosa Duarte, debidos
en gran medida al mismo Duarte y por tanto la fuente más
confiable, se consigna un círculo íntimo compuesto por quie-
nes recibieron el rango de coronel: Sánchez, Mella, Juan Isidro
Pérez, Pedro Alejandrino Pina y Vicente Celestino Duarte.92 Si
bien esa fuente no especifica el número de fundadores, desdice
la noción de que fueron nueve, dado que Sánchez y Mella no
aparecen en ninguna de las listas propuestas. Empero, sobre la
base de los testimonios de Serra, Ruiz y Ravelo, se ha aceptado la
nómina de nueve personas, aunque no todas coinciden. Vetilio
Alfau Durán hizo un pormenorizado ejercicio para ratificar que
los fundadores fueron solamente nueve, los únicos que se deno-
minaron trinitarios o neófitos.93 Los que ingresaron a continua-
ción, conforme a una de las versiones, entraron en la categoría
de iniciados. Las listas de nueve miembros rememoradas por
Serra y Ruiz, si bien no coinciden del todo, al menos indican un
núcleo selecto y seguro de compañeros de Duarte.

Apuntes de Rosa Duarte, p. 45.


92

Vetilio Alfau Durán, «Los fundadores de La Trinitaria», en Tena Reyes,


93

Duarte en la historiografía, pp. 243-277.

107
Roberto Cassá

La constitución de la entidad se llevó a cabo en torno a


figuras cuya participación resulta indiscutible, como Pedro A.
Pina, Juan Isidro Pérez, José María Serra, los hermanos Jacinto
y Tomás de la Concha, Sánchez, Mella, Benito González, Félix
María Ruiz, Pedro A. Bobea, Juan Nepomuceno Ravelo, Vicente
Celestino Duarte, Juan Nepomuceno Tejera, Félix María del
Monte y otros. El historiador García hizo un esfuerzo por esta-
blecer quiénes formaron parte de la organización, para lo cual
elaboró una lista que no traspasó cuarenta personas. Algunos de
ellos más adelante trascendieron en otros planos, no siempre
en concordancia con los propósitos democráticos enunciados
por Duarte. De manera precisa, en unos apuntes García incluyó
además como integrantes de La Trinitaria a Remigio del Castillo,
Pedro Pablo Bonilla, Francisco Martínez de León, Joaquín
Lluberes, Epifanio Billini y Felipe Alfau. Las listas más conoci-
das, en cambio, como se ha visto, aunque divergen, se atienen
siempre al número de nueve fundadores. Ravelo, sin embargo,
en carta a José Gabriel García de 13 de noviembre de 1880, con-
fiesa no recordar bien los nombres, aunque considera que con
seguridad incluían a Vicente Celestino Duarte, Pedro Antonio
Bobea, Felipe Alfau y Benito González. A diferencia de otros,
afirmó que los fundadores fueron doce.94 Tal vez no fue así, aun-
que señalamientos de algunas situaciones, como la sesión del
16 de julio con motivo del día de la Santa Cruz y el juramento,
indican veracidad. Pero de la misma manera pudieron tejerse
mitos e idealizaciones. Por ejemplo, Jacinto de la Concha, uno
de los pretendidos asistentes, reclamó haber conservado duran-
te largo tiempo el documento original del juramento, firmado
con sangre. Se suscitaron polémicas centradas en la exactitud de
quiénes estuvieron o no el 16 de julio. Pedro Pablo Bonilla, para
poner un caso, en correspondencia a Rosa Duarte, refutó la lista
de Serra.
Revisando estos testimonios se puede llegar a la conclusión
de que establecer la nómina precisa de fundadores es imposible

Alcides García Lluberes, Duarte y otros temas, p. 147.


94

108
Antes y después del 27 de Febrero

al día de hoy e irrelevante para los fines del análisis. Un río de


tinta ha corrido entre los historiadores apegados al objetivo de
determinar el detalle narrativo. Lo importante radica en recono-
cer que en La Trinitaria se dio cita un reducido conglomerado
de jóvenes educados de clase media. Lo más probable es que
ingresaran en pocos días.
La Trinitaria se conformó siguiendo preceptos de los maso-
nes y entidades secretas del sur de Europa. Sus integrantes adop-
taron colores y seudónimos para reconocerse, al igual que gestos
para transmitir alertas, como apretones de mano. Crearon un
fondo, superior a cien pesos, informa Serra, que se entregó al es-
tablecimiento comercial del padre de Duarte para ser invertido
en operaciones de cortes de madera. La agrupación se dotó de
un carácter clandestino, organizándose por medio de núcleos
de tres integrantes. Adicionalmente obedecía a una jerarquía
militar, con Duarte como general y sus compañeros íntimos
como coroneles, como se ha visto.95 La adopción de rangos para
dar connotación de un organismo castrense indica que Duarte
orientó a sus compañeros a prepararse en asuntos militares.
Tomaron clases de esgrima y se acordó que todos ingresaran en
la Guardia Nacional.96
A pesar de las ideas liberales enarboladas, la agrupación
recogía un matiz religioso, como se observa en la apelación
del juramento de los integrantes y en la consigna de Dios,
Patria y Libertad. Un rasgo de la personalidad de Duarte era
su acendrada religiosidad, al grado que marcó el contenido
de La Trinitaria, aunque sin que conllevara reivindicaciones
tradicionalistas. Habría afirmado: «No es la cruz el signo del
padecimiento; es el símbolo de la redención: queda bajo su
égida constituida La Trinitaria».97 Reiteradamente calificó a sus
compañeros como templarios, dotados de la misión de imponer
los principios religiosos. Leonidas García refiere que desde los
seis años era un conocedor del catecismo y que, en la adultez,

95
Apuntes de Rosa Duarte, p. 45.
96
García, «Juan Isidro Pérez», p. 262.
97
Serra, «Apuntes», p. 495.

109
Roberto Cassá

alcanzó la condición de teólogo.98 De todas maneras, el énfasis


estaba en la ruptura con Haití. Serra glosa la arenga que Duarte
dirigió a sus discípulos el 16 de julio:

Amigos míos, dijo Duarte después de un largo rato de


abstracción: unidos aquí con el propósito de ratificar
el que habíamos concebido de conspirar y hacer que
el pueblo se subleve contra el gobierno haitiano, a fin
de constituirnos en Estado libre e independiente con el
nombre de República Dominicana, vamos a dejar em-
peñado nuestro honor y vamos a dejar comprometida
nuestra vida. La situación en que nos coloquemos será
muy grave, y tanto más cuanto que en entrando ya en
este camino, retroceder será imposible.99

El juramento tomado por Duarte a sus compañeros, reme-


morado por Félix María Ruiz, aunque su exactitud fue puesta en
duda tras haber pasado medio siglo, aporta algunas de las ideas
básicas, como la religiosidad, la jefatura de Duarte y el propósito
de establecer un Estado «libre, soberano e independiente».
Félix María del Monte informa acerca del funcionamiento
de la sociedad, que según él no tuvo nombre y cuyo caudillo úni-
co era Duarte. La primera aseveración, aunque con seguridad
incorrecta, debe tomarse en consideración como indicio de que
el término La Trinitaria se usó poco y fue abandonado casi de
inmediato. De todas maneras, Del Monte confirmó la estructura
celular de tres integrantes.

El centro comunicaba privadamente con los primeros


iniciadores: éstos sólo conocían a dos de sus iniciados;
y aquellos dos no conocían respectivamente más que a
los dos que iniciaban a su vez, de entre sus parientes o

98
Leonidas García Lluberes, «Influencia de la Iglesia católica en la formación
de la nacionalidad y en la creación de la República Dominicana», en Crítica
histórica, p. 18.
99
Serra, «Apuntes», p. 495.

110
Antes y después del 27 de Febrero

amigos íntimos y cuyos sentimientos conocían profun-


damente. De este modo se precavía el caso no probable
de una denuncia y se designaba una sola víctima; pues
dos hombres viles no podían convencer de conspiración
a otro que a su iniciador, continuando así la ocupación
del radio sin solución de continuidad sensible, sin re-
moto peligro de disolución. Luego que las iniciaciones
se efectuaron en toda la parte Española, se comprendió
la necesidad de comunicar a las masas cierto aliento,
cierto entusiasmo preparatorio que es necesario para
que la idea sea acogida por la multitud.

En términos organizativos el esfuerzo fue fugaz, pues está


reportado que la sociedad paralizó sus actividades a poco de ser
fundada, tal vez a escasas semanas, por razones que no han que-
dado claramente determinadas, aunque circuló la versión de la
delación de un desertor, que fue atribuida a Felipe Alfau.100 Por
ello, la apreciación de Rosa Duarte en cuanto a que «cada día
se incorporaban nuevos reclutas en la cruzada dominicana» ha
de ser cuestionada. Todavía menos creíble es que La Trinitaria
expandiera sus organismos celulares al interior del país. Más
plausible resulta la apreciación ofrecida por Manuel Dolores
Galván de que ese colectivo patriótico no alcanzó influencia y su
existencia careció de efectos prácticos durante años. Sin embar-
go, el mismo Galván informa que la jefatura del regimiento de la
Guardia Nacional debió dársele a Duarte, fruto de la elección de
sus integrantes, pero fue vetado por su reconocido espíritu disi-
dente. Se otorgó entonces el grado a Felipe Alfau, quien profun-
dizó la desavenencia con sus excompañeros, aunque no al grado
de la enemistad, y pasó a colaborar con el régimen. Más adelante
Alfau se significó como un conservador irreductible. Debe re-
saltarse que el hecho de que no se produjera la detención de

100
Aunque Alcides García Lluberes reconoce que Alfau se apartó de La
Trinitaria, lo que lo llevó años después a aceptar el puesto de coronel jefe de la
Guardia Nacional, reclama que en ningún momento delató a sus compañeros,
con los cuales continuó las relaciones de amistad.

111
Roberto Cassá

Duarte y sus compañeros pone en cuestionamiento la versión de


la delación.
Otro confuso incidente que ilustra la corta duración de La
Trinitaria es referido por García en su biografía de Duarte. Uno
de los fundadores de la sociedad secreta se habría negado «a
llevar la palabra de pase al Cibao, pues aunque este proceder
originó un gran desconcierto y paralizó un tanto los trabajos,
como ya la opinión había comenzado a formarse, al momento
volvieron éstos a reanudarse y fructificar con más vigor que
antes [...]».101 Es decir, se infiere que la parálisis de las labores
y la eventual disolución formal de la organización no implica-
ron la desmovilización permanente. Pero se puede corregir la
perspectiva de García, pues parece que la continuación de la
marcha de las tareas cobró un ritmo pausado y, para 1842, el
conglomerado se reducía a unas decenas de jóvenes y unos po-
cos relacionados de mayor edad.
A tono con lo arriba indicado, a la disolución o congela-
miento de La Trinitaria le siguió, más de un año después, la
fundación de dos entidades legales dedicadas a tareas cultura-
les, que tal vez eran una sola: La Filantrópica y La Dramática,
lo que muestra la persistencia del círculo alrededor de Duarte.
La Dramática tuvo mucha mayor trascendencia por el efecto
del montaje de obras teatrales. José Gabriel García refiere que,
después que se efectuaba una representación, se suscitaban
encendidas discusiones entre personas del ámbito citadino. A
este esfuerzo para abrirse a «la masa» es que se refiere Félix
María del Monte al final de la cita previa. Se sabe con segu-
ridad que, como medio de criticar al poder constituido, en
1840 se presentaron tres piezas, aunque es probable que pos-
teriormente se añadiesen otras. Lo importante es que el teatro
contribuyó al despertar patriótico entre el público que asistía,
confinado al entorno urbano. La Filantrópica se orientó a la
difusión cultural y no al ejercicio caritativo, como sugeriría su
nombre. A veces se celebraban sesiones en el hogar de Pedro

101
José Gabriel García, «Juan Pablo Duarte», en Tena Reyes, Duarte en la histo-
riografía, p. 547.

112
Antes y después del 27 de Febrero

Alejandrino Pina, en las que se leían ponencias sobre temáti-


cas culturales.
Cabe presumir que no todos los relacionados a La Filantrópica
y La Dramática habían estado con anterioridad integrados a La
Trinitaria. Precisamente, el objetivo de las nuevas sociedades,
sobre todo de la segunda, perseguía conectar un público más
amplio. Pero, por el momento, no se rompía el cascarón de un
conglomerado exiguo asociado a la minoría de descendientes de
europeos, aislados de la mayoría de color. Años después, Juan S.
Durán de la Concha recibió de Mariana de la Concha de Serra
la apreciación de que «en sus comienzos la Revolución contra
Haití parecía un movimiento racista de los descendientes puros
o casi puros de europeos».102 Como elemento revelador, luego
trascendió que, en los tiempos de los preparativos, Sánchez no
era objeto de confianza, no tanto a causa de su color oscuro, sino
porque su vivienda era frecuentada por haitianos.
No parece que estas dos agrupaciones obtuviesen adhe-
siones en otras localidades. Incluso, ni siquiera alcanzaron un
plano de institucionalización. Terminaron extinguiéndose
imperceptiblemente después del revuelo provocado por sus ac-
tividades, que fueron motivo de preocupación pasajera para las
autoridades. Era patente que por el momento no había mucho
que hacer contra el dominio extranjero, a no ser la preparación
de las conciencias. De esta restricción dan señales afirmaciones
de Rosa Duarte, como la de que su hermano ponía sus libros a
disposición de los interesados. Al parecer el padre de la patria
seguía centrado en el estudio, por lo que las expectativas inme-
diatas de acción se posponían. Como hecho extraordinario, tras
un viaje de negocios a Venezuela en 1841, explicó a sus compa-
ñeros que había encontrado recepción favorable a sus propósi-
tos entre emigrados dominicanos, pero esto no tuvo ninguna
consecuencia práctica conocida.
A partir de las escasas fuentes es dado inferir, por consiguien-
te, que la conformación de La Trinitaria careció de repercusiones

102
En Alcides García Lluberes, «Duarte en la Reforma», en Duarte y otros temas,
p. 43.

113
Roberto Cassá

inmediatas de calibre, habida cuenta de su carácter clandestino


y de la pequeñez de su radio de acción. Lo que en ese entonces
generó un llamado de atención en las autoridades haitianas loca-
les fue la distribución de volantes que proponían la ruptura con
Haití y, en menor medida, las manifestaciones culturales, pese a
presentarse de manera inocua.
Fuera de la agitación creada por la oposición a Boyer de
los diputados liberales del Departamento del Sur, no se registra
ningún otro aspecto objetivo que contribuyese a la gestación
de La Trinitaria. Más bien el círculo duartista pudo contribuir
a acentuar una agitación que el gobernador del departamento,
Carrié, sitúa en 1840, cuando registra la súbita aparición de hojas
o cartas anónimas llamando al final del «gobierno de los negros»
y pretendidas apelaciones al pabellón de Colombia, seguramen-
te esgrimidas como argumento propagandístico. Refiere que
contuvo esa eclosión mediante la renovación de una política de
tolerancia y apaciguamiento.103
En la ciudad de Santo Domingo también se organizó un
núcleo de haitianos liberales, con cuyos integrantes establecie-
ron relaciones los trinitarios. Pero se esbozaban dos proyectos
distintos, y el de los dominicanos se mantenía en penumbra.
Fuera de duda, la oposición a Boyer estaba hegemonizada por
los haitianos disidentes, que tenían por principal figura repre-
sentativa a Etienne Desgrotte, comandante de batallón y exjefe
militar de El Seibo, residente en Santo Domingo, donde contra-
jo matrimonio con una compatriota originaria de Les Cayes.104
El conglomerado de haitianos liberales en Santo Domingo
se consolidó como corriente contestataria con motivo de las
elecciones a diputados a inicios de 1842. Fueron electos por
esta ciudad Alcius Ponthieux y Dominique (Domingo) Benoit,
tras un ahondamiento de los conflictos con la camarilla del go-
bernador Carrié. Al ser llevada a la Cámara la ratificación de

103
Exposición del general Carrié», en Rodríguez Demorizi, «La Revolución de
1843», doc. 1, pp. 33-34.
104
Bernardo Regino, «El matrimonio de Desgrotte», Boletín del Archivo General
de la Nación, año LXVII, No. 111 (enero-abril de 2005), pp. 131-158.

114
Antes y después del 27 de Febrero

las credenciales, en sesión del 13 de abril, los resultados fue-


ron desconocidos. Se hizo público desde entonces el conflicto
cada vez más agudo entre los dos bandos de la élite haitiana
en la ciudad. Según García, del lado de los liberales, junto a
Ponthieux y Benoit, sobresalían Desgrotte, Taupier, Pomaerac,
Montas y Bernier. Entre los gubernamentales se distinguían los
hijos de Carrié, Batsale, Joubert, Fontal Martel, Charles Cousin,
Hippolite Tranquille, Marsena y Juste Lafonte.105
Esa confrontación dio lugar a persecuciones que generaron
consternación, como las sufridas por el joven Francisco Dubosse
y por Mondesir Modest, quienes fueron deportados. Un confi-
nado, H. S. Laforet, fue doblemente castigado por haber defen-
dido a un oficial del regimiento 32 que objetaba manejos ilícitos
que «venían de arriba».106 Siempre según García, se creó «un
malestar público insoportable que fue agravado por los ruinosos
efectos del espantoso terremoto que se sintió de un extremo á
otro de la isla el día 7 de mayo á las cinco y media de la tarde
[...]».107 Estos conflictos intestinos entre los residentes haitianos
tenían mayor centralidad que el despertar nacional por parte de
los fundadores de La Trinitaria.
Así pues, el terremoto del 7 de mayo de 1842, que duró
cerca de dos minutos y dejó efectos devastadores, a lo cual se ha
hecho detallada alusión, coronó el descrédito del gobierno en-
tre los dominicanos, pues se mostró incapacitado para detener
los saqueos y otros hechos vandálicos.
Se ha aducido como causa del resquebrajamiento del
Gobierno haitiano la disminución considerable del precio del
café que se produjo a final de la década de 1830. Esto bien
pudo haber incidido en el territorio haitiano, pero no en el de
la antigua colonia española, donde sobresalían únicamente dos
productos de exportación: el tabaco y la caoba. Los datos dis-
ponibles indican que la economía no dejó de crecer en la Parte
del Este. Por tanto, lo que se inició con la fugaz existencia de La

105
García, Compendio, t. II, p. 177.
106
Ídem.
107
Ídem.

115
Roberto Cassá

Trinitaria, si bien respondía a un estado de opinión de un alcan-


ce limitado, se inscribía en un deterioro gradual del prestigio
del Estado haitiano y de las condiciones económicas. Fuera de
manifestaciones aisladas, nada presagiaba la ruptura con Haití,
aunque la mayor parte del conglomerado urbano había defini-
do su inconformidad.
En la biografía de Duarte, García consigna la importante
información de que en la cúspide de los patriotas se gestó un
plan de insurrección en la segunda mitad de 1842, pero que se
decidió posponerlo cuando llegaron noticias de que se agudiza-
ban los conflictos intestinos en Haití, sobre todo en el extremo
suroccidental de la isla.

116
LOS DOMINICANOS EN LA REFORMA

L a alianza virtual entre los patriotas dominicanos y los libe-


rales haitianos, a decir de García, permitió a los primeros
prepararse para la acción con la cobertura de los segundos, pero
también se estrecharon los controles gubernamentales, que im-
plantaron una vigilancia más estricta.
Gracias sobre todo a los intercambios con los haitianos radi-
cados en la ciudad, Duarte y sus seguidores se mantuvieron al co-
rriente de lo que se tramaba en Les Cayes. Los planteamientos de
los liberales haitianos, que desembocaron en el movimiento de
La Reforma, se tornaron populares entre los sectores superiores
de la ciudad de Santo Domingo. Entre los puntos programáticos
enarbolados sobresalían la abrogación de varios artículos de la
Constitución, reforma de la enseñanza y del ejército, reorgani-
zación de la Guardia Nacional, suspensión del Código Rural,
reforma monetaria y abolición de prohibiciones exclusivistas.108
Antes del estallido del 27 de enero de 1843 en Les Cayes,
Duarte envió a esa ciudad un primer emisario, Juan Nepomuceno
Ravelo, para ofrecer colaboración. Dada la imposibilidad de esta-
blecer un contacto con los conjurados, el jefe de los trinitarios le
encomendó la misma tarea a Ramón Mella, quien se benefició de
la amistad que tenía con el general Maximilien Borgella, goberna-
dor de Santo Domingo entre 1822 y 1831 y todavía figura simbólica

García, Compendio, t. II, p. 181.


108

117
Roberto Cassá

de la nomenclatura dirigente a escala nacional. Mella retornó con


la certeza de un estallido inminente. Aun así, la debilidad de los
patriotas dominicanos se puede calibrar por el hecho de que tuvie-
ron que esperar durante semanas noticias ciertas de lo que estaba
aconteciendo en la península del suroeste, y optaron en adelante
por subordinarse al conglomerado de los haitianos, que encontró
por conductor operativo a Alcius Ponthieux. De todas maneras,
el viaje de Mella a Les Cayes indica que el diminuto colectivo de
jóvenes se mantenía bastante cohesionado y a la expectativa.
Entonces comenzaba débilmente una tendencia al incremen-
to de la influencia de los patriotas. Durante los meses previos al
inicio de La Reforma, el relato de García registra movimientos de
ellos en varias regiones del país. Por ejemplo, Pedro Alejandrino
Pina y Pedro Valverde y Lara hacían propaganda en San Cristóbal
y Baní, Manuel Leguisamón y Pablo Pujol en Puerto Plata y José
E. Jiménez en La Vega.109 Los conservadores, mientras tanto,
«estaban bien hallados con el orden de cosas imperante» y se
dedicaban a intrigar contra los duartistas. Nouel, no obstante su
postura cauta en cuanto a valorizaciones de los actores, reconoce
que hasta el despuntar de 1843 los conservadores dominicanos se
mantenían inactivos, contrariamente a los liberales, que venían
desplegando esfuerzos en pos de la ruptura con Haití.
A pesar de la pasividad de los conservadores, es válido
concluir que desde poco antes de la caída de Boyer en Santo
Domingo se habían conformado tres virtuales «partidos»: los li-
berales haitianos, los afrancesados conservadores y los patriotas.
Afirma Rosa Duarte, de manera confusa, que se había produ-
cido una unidad de acción entre haitianos reformistas y afran-
cesados, estos últimos ya orientados por el abogado y escritor
Manuel Joaquín del Monte,110 no por casualidad caso ejemplar
de colaboración con el dominio haitiano.
El 24 de marzo de 1843, dos meses después del inicio de La
Reforma y a poco de saberse de ella, una multitud se dio cita en
la plaza de armas de la ciudad de Santo Domingo para apoyar ese

Ibíd., p. 183.
109

Ibíd., p. 47.
110

118
Antes y después del 27 de Febrero

movimiento. Se produjo una balacera, con unos pocos muertos y


bastantes heridos de ambas partes.111 Con el fin de detener a los
opositores movilizados, el comandante Charles Cousin, al frente
de la tropa del regimiento 32, se enfrentó a los manifestantes
frente a la morada del gobernador Alexis Carrié. Cuando orde-
nó hacer fuego fue respondido por algunos de los reformistas,
haitianos y dominicanos, que portaban pistolas y otras armas de
fuego, resultando muerto en el intercambio de disparos.
La asonada fue protagonizada básicamente por domini-
canos dirigidos por compañeros cercanos de Duarte, entre los
cuales se distinguieron Francisco Sánchez, Juan Isidro Pérez,
Pedro A. Pina y Ramón Mella. Asimismo contó con la activa par-
ticipación de los liberales haitianos. Inmediatamente después de
la manifestación, Desgrotte fue designado por los manifestantes
jefe de ejecución en el Departamento de Santo Domingo, el
mismo título asignado a Hérard a escala insular, con el apoyo de
sus compatriotas Adolfo Nouel, Francisco Montas, Dominique
Benoit y Auguste Bernier.
En los primeros momentos de esa jornada algunos de los
movilizados consideraron que procedía el derrocamiento inme-
diato del dominio haitiano, a lo cual se opuso Duarte, quien des-
de un momento dado había asumido la conducción de la mani-
festación, al indicar con vigor: «Esto es la Reforma».112 Reiteró esa
consigna en respuesta a un provocador afrancesado que exclamó
«Viva Colombia». Se acallaron los vivas a la independencia que
habían estado profiriendo Sánchez y otros, señal de que hubo
confusión a causa del plan de golpe que había sido desechado
meses atrás. Esta diversidad de miras también ofrece una señal
de que los patriotas duartistas no operaban como un colectivo
organizado, sino como algo más cercano a un círculo de opinión.
Duarte estuvo de acuerdo en ratificar el mando del movi-
miento popular a Desgrotte. Después del tiroteo, acosados por
los soldados, los manifestantes se replegaron hacia San Cristóbal
para reagruparse, donde encontraron el apoyo de Esteban

Ibíd., p. 48.
111

Ibíd., p. 47.
112

119
Roberto Cassá

Roca, quien contribuyó a vencer la resistencia del comandante


Lorenzo Araujo, que al final accedió a plegarse a ellos. Mientras
los insurrectos estacionados en San Cristóbal planeaban tomar
por asalto la ciudad amurallada, llegó la información de que
en Port-au-Prince se había establecido una junta provisional en
sustitución de Boyer. El gobernador Carrié decidió no presentar
más resistencia, dimitió el 26 de marzo y procedió a embarcarse
hacia Curazao. Los reformistas entraron triunfantes a la ciudad
con un desfile de alrededor de tres mil personas.
Además del apoyo que tuvo La Reforma en Santo Domingo,
San Cristóbal, Baní y Azua, en Santiago estalló una revuelta
callejera que pudo ser sofocada por Juan Núñez Blanco, jefe
del partido prohaitiano en la región desde 1821. Los patriotas
debieron ocultarse, pero a los pocos días los jerarcas locales se
vieron forzados a reconocer los cambios acaecidos.
Inmediatamente después de la sublevación, en Santo
Domingo se instalaron nuevas autoridades. Se designó a Pablo Alí,
con el grado de general de división, en la jefatura del departamen-
to y a Desgrotte en la ciudad. Mientras Desgrotte era el cabecilla
de los liberales haitianos, Alí permanecía pasivo en actitud calcu-
ladora, pero su prestigio lo hizo merecedor del honor. A pesar de
ser originario de África y provenir de Saint Domingue, a Alí se le
consideraba como habitante del Este, donde seguramente había
llegado en los años finales del siglo xviii, además de que en las dos
décadas precedentes había detentado posiciones de jefatura en los
regimientos de la ciudad. Por otra parte, se constituyó una Junta
Popular presidida por Alcius Ponthieux. Junto al también liberal
haitiano J. B. Morin, Duarte y Manuel Jimenes figuraban como vo-
cales de ese organismo y Pedro Alejandrino Pina como secretario.
Los dominicanos cohesionados por el propósito de la creación de
un Estado independiente detentaban la mayoría.
Valido de su condición de funcionario, Duarte encabezó un
esfuerzo dirigido a preparar las condiciones para la ruptura con
Haití. En tanto que delegado de la Junta Popular en el Este, con-
tactó figuras de la región, algunas de orientación conservadora,
como los gemelos Ramón y Pedro Santana, de El Seibo. Designó

120
Antes y después del 27 de Febrero

coronel a Pedro Santana por declinar a su favor su hermano


Ramón, aunque, según Rosa Duarte, Ramón se convenció de la
viabilidad de la independencia absoluta, por lo que se puso a dis-
posición de Duarte. Sin embargo, la posición de Pedro Santana
era dubitativa, atribuible a su convicción de depositar las expec-
tativas en Francia. Relata Félix María del Monte que en ocasión
de un viaje posterior de Sánchez a El Seibo, Santana se negó
a alojarlo en su hogar y lo mandó al del haitiano Félix Richer.
Por lo visto, las negociaciones con Santana fueron tortuosas.
De acuerdo con una versión recogida por Mariano Cestero, en
un momento dado, con el fin de incorporarlo a los planes, se
presentó ante él Juan Esteban Aybar, de seguro su amigo por
tener ambos extensos hatos en zonas próximas. La respuesta del
futuro presidente habría sido afirmativa aunque condicionada:
«Sí […] pero yo mando».113 Se infiere que el futuro dictador
esbozaba desde entonces planes personales: se perfilaba como
un aspirante al poder, obtuvo el grado de coronel de las milicias
y se distinguió por canalizar solicitudes ante el gobernador.
Los complotados de El Seibo lograron atraer a representa-
tivos de las demás villas cercanas, generalmente hateros, quienes
acogieron las gestiones de Duarte. No pasó mucho tiempo para
que los jefes haitianos de la ciudad de Santo Domingo llegaran a la
conclusión de que sus contrapartes dominicanos trabajaban para
la ruptura. Un párrafo de García permite calibrar la celeridad con
que se produjo el deslinde casi declarado entre los dos grupos.

Es fama que del seno mismo de la asamblea general


celebrada para organizar la junta de salud pública, par-
tieron las primeras chispas del fuego calentador de las
pasiones que había de inflamar el espíritu revoluciona-
rio y convertir á los amigos de la víspera en enemigos
acérrimos é irreconciliables; porque inconformes los
haitianos de origen desde el primer día, con la pre-
ponderancia política adquirida por los dominicanos á

En Alcides García Lluberes, Duarte y otros temas, p. 33.


113

121
Roberto Cassá

la sombra de la revolución, comenzaron por encelarse


y concluyeron por desconfiar de ellos, al ver la actitud
resuelta y digna tomada por los miembros de la junta
en la discusión de todos los asuntos importantes, que
cada grupo aspiraba á resolver en pro de sus intereses
particulares.114

El historiador nacional también refiere que mientras los


haitianos se reagrupaban en esa coyuntura, seguían contando
con el apoyo de muchos conservadores que juzgaban las aspira-
ciones de Duarte como «una locura».
Todos estos eventos muestran que, para inicios de 1843, antes
de la asonada de marzo un sector de dominicanos se encontraba
presto a la movilización, mientras todavía no pocos seguían fieles
al régimen de Boyer, actitud que fue desvaneciéndose a medida
que se desarrollaban los acontecimientos. A pesar de la ausencia
de libertades públicas y de la prohibición de cualquier reivindica-
ción nacional, se habían decantado los patriotas de la antigua La
Trinitaria, los conservadores asociados a notables de todo el país,
que se distinguían por la propuesta de una solución anexionista,
y los que todavía otorgaban apoyo a Haití, tanto en los sectores
dominantes como en los populares. Sin embargo, estas tres ten-
dencias eran heterogéneas: los conservadores se dividían según
la potencia de su preferencia, como se verá más abajo; los pro-
haitianos respondían a orientaciones diversas, puesto que algunos
eran conservadores apegados a sus posiciones burocráticas y otros
eran militares o personas relacionadas a medios populares, rece-
losos de cualquier manifestación de anexionismo que vulnerara
derechos sociales adquiridos; entre los patriotas, por último, no
había un patrón común deslindado, por lo que coexistían en el
sector personas de inclinación moderada, pero que se situaron en
ese momento a favor de la creación de un Estado independiente.
Durante los meses subsiguientes se producirían realineamientos
de posiciones como parte de la dinámica cambiante.

García, Compendio, t, II, p. 190.


114

122
AMPLIACIÓN POPULAR
DEL PARTIDO DUARTISTA

D adas las favorables condiciones de dispersión y frag-


mentación de los rangos superiores del Estado haitia-
no, los dominicanos procedieron a desarrollar una actividad
conspirativa poco disimulada. Les correspondió a los parti-
darios de Duarte detonar ese proceso, capitalizando el sentir
creciente. A ello contribuyó el acuerdo con integrantes de las
fuerzas militares. La agitación sorda se extendió desde Santo
Domingo a algunas de las villas cercanas, como Los Llanos, El
Seibo, Baní y Cotuí. A estas plazas se enviaron agentes que de-
bían alentar la acción independentista. Fue el caso de Mella,
apresado por Hérard mientras realizaba gestiones en Cotuí,
donde contó con la colaboración del cura párroco. El posicio-
namiento de los sacerdotes parece haber sido unánime, con
lo que se agregó un refuerzo de significación, no obstante la
debilidad de la Iglesia.
Basado en el testimonio de Manuel Joaquín del Monte,
Madiou fija un punto de inflexión en la estructuración del sector
patriótico a raíz de una iniciativa de José Diez, tío de Duarte,115
quien se ofreció en una reunión a concitar la adhesión de otros
notables: «Señores, no se desanimen puesto que hasta ahora no

Madiou, Histoire, p. 105.


115

123
Roberto Cassá

se ha hecho el suficiente esfuerzo para incorporar a un número


mayor de los nuestros en el proyecto, si bien la separación está
en la mayor parte de los corazones. Algunas personas, algunas
de las cuales se encuentran aquí, con influencia en todas las
clases de la sociedad, principalmente en la de color, no actúan,
todavía no hacen nada».116
En esa reunión Diez obtuvo la autorización para incorporar
a representantes de las «clases de color». Para este fin Manuel
Jimenes habría ofrecido 5,000 gourdes. El primer interpelado
por Diez fue Joaquín Puello, sobre la base de propósitos razona-
bles para él.

Yo tengo confianza en el honor suyo y en su sentido


razonable, por lo que cometo la audacia de comuni-
carle un proyecto que todavía está en germen. Usted
cometía un error cuando decía que nosotros queríamos
izar la bandera colombiana. Esto es falso; nosotros que-
remos separarnos de los haitianos y autogobernarnos.
Deseamos que usted nos ayude a llevar las cosas hasta
un final feliz, y le prometemos que usted será objeto
de nuestra consideración y de las atenciones más finas,
como usted lo merece.117

Puello habría respondido de inmediato de manera afirma-


tiva, aunque, según Manuel Dolores Galván, con observaciones a
las cuales Diez accedió. Por tanto, Puello concluyó: «Puesto que
es así, nada es más justo que nuestra reivindicación. Nosotros no
tenemos ningún compromiso con el gobierno haitiano, aunque
hemos permanecido fieles a él. Como hemos renunciado, puede
usted contar con nuestra cooperación».118
Puello hablaba a nombre de un colectivo que había pres-
tado apoyo al Gobierno haitiano. Al quedar significado como
partidario de Boyer, tras La Reforma había sido despojado

116
Ibídem. Traducción del autor, al igual que las restantes citas de Madiou.
117
Ídem.
118
Ibíd., pp. 105-106.

124
Antes y después del 27 de Febrero

de su condición de militar, lo que facilitó que no vacilase en


sumarse a los propósitos de Duarte y sus compañeros cuando
le aseguraron que no se restablecería la esclavitud en el orde-
namiento autónomo que se proyectaba. De esta convergencia
se desprendieron dos hechos cruciales: la incorporación de
sectores populares y el concurso de militares de los regimien-
tos 31 y 32, mayoritariamente compuestos por dominicanos
de extracción popular, no pocos de ellos antiguos esclavos o
libertos.
Al otro día de la junta citada, Puello se entrevistó con Duarte
y llegaron a acuerdos, para lo cual se integraron al movimiento
personas que desempeñarían papeles estelares, como Marcos
Rosas, Juan Erazo, Ventura Gneco, Juan Rosas, Juan Alejandro
Acosta y Pedro Díaz. Para Madiou, fue a partir de la adhesión
de la «gente de color» cuando comenzó «una propaganda de
tal magnitud que solo faltaba a los conjurados pasar a actuar».119
Conforme a Galván, tras varios meses de propaganda, se creó
un estado de opinión que dio lugar a «que ya solo faltaban re-
cursos para dar el grito de separación».120 Esta novedad se pro-
dujo inmediatamente antes de la convocatoria a las elecciones
para elegir a los diputados a la Asamblea Constituyente y a la
municipalidad.
De lo anterior se desprende que la preparación de
las condiciones para la ruptura con Haití comportó, como
elemento indispensable, la sumatoria de los «de color» que
habían concedido apoyo al régimen de Boyer, sustentados en
consideraciones étnicas y por el temor a cualquier retroceso
que conllevase la pérdida de los avances logrados en 1822,
entre los que el temor al restablecimiento de la esclavitud
guardaba centralidad. El fantasma colombiano había compac-
tado con anterioridad a sectores variopintos. En lo sucesivo
los patriotas rompieron el cascarón de la juventud culta y se
tornaron en una opción de mayores alcances en la ciudad de
Santo Domingo.

Ibíd., p. 106.
119

Galván, «Sucesos políticos», p. 14.


120

125
Roberto Cassá

La incorporación de un conglomerado de raigambre po-


pular al proyecto de Estado nacional introducía un novedoso
replanteamiento de las posiciones enfrentadas. Sin ese aporte,
los jóvenes, a pesar de su dinamismo vanguardista, no hubiesen
podido tomar la delantera. Resultó fundamental que muchos
de los recién iniciados pertenecieran a las mencionadas unida-
des del ejército. Esto fue lo que permitió que el golpe del 27
de febrero se tornase factible y no requiriera derramamiento de
sangre.

126
CONFLICTOS Y TENTATIVAS
DE ACUERDOS

A unque el deslinde de opiniones era hasta cierto punto


confuso para muchos, se abrió en forma sorda una gue-
rra de acusaciones, en la que los conservadores, tanto los partida-
rios de España como los afrancesados, persistieron en denostar a
los patriotas. Esto no parece haber tenido demasiado efecto en
el creciente estado de opinión adverso al dominio haitiano.
Los duartistas triunfaron en las elecciones para represen-
tantes de 1843, al ser los únicos portadores del anhelo separa-
tista, con lo que se dispararon las alarmas. Se presentaron como
el factor primordial de la acción patriótica, a contrapelo de
la influencia social de los conservadores. La proclama de que
la ruptura con Haití no conllevaría un restablecimiento de la
colonia, sino la formación de un Estado soberano, fortaleció al
sector nacional-democrático.
La participación de soldados de la clase pobre terminó
por plasmar un consenso. Para muchos de esos «libertos de la
palma»121 había resultado más atractivo enrolarse a las tropas que
permanecer en actividades agrícolas o domésticas. El régimen
invasor los ponderaba como una reserva segura frente a posibles

121
Se les llamó libertos de la palma debido a que en Haití se había establecido
un «Altar de la Patria» en cada localidad, consistente en una palma sembrada
al efecto.

127
Roberto Cassá

disidencias armadas, lo que se había corroborado con motivo de


la tentativa de Los Alcarrizos de 1824. Es bien sabido, empero,
que no todos los libertos reaccionaron de esa manera, pues otros
manifestaron un redoblado apego hacia sus amos, de quienes
habían recibido el apellido y en cuyos hogares se desenvolvían
con naturalidad, al grado de que en 1822 el gobierno prohibió
que los recién liberados abandonaran el país.
Entre los sectores elevados de la población que desconfiaban
de una propuesta de Estado independiente y se orientaban hasta
entonces hacia la reinserción en un dominio colonial, preferible-
mente de la madre patria, no se logró una movilización similar.
Pero al menos, en las condiciones de inestabilidad de la primave-
ra y el verano de 1843, integrantes de los estamentos superiores
consideraron correcto elevar demandas en pos de derechos. Los
duartistas obtuvieron la aquiescencia de personas cautas que antes
habían manifestado dudas sobre la pertinencia de su acción. Estas
adhesiones les permitieron inspirar iniciativas que ampliaron sus
radios de influencia. Tal vez la manifestación más importante fue
una correspondencia dirigida a las autoridades haitianas, fechada
el 8 de junio, en la que se cuestionaba el tratamiento de un país
conquistado, en contraste con la ficción sostenida por el régimen
de que su instauración en 1822 respondió al llamado de los do-
minicanos.122 Los firmantes, que mostraban una franca decepción
con los resultados de La Reforma, enarbolaban por principal
reivindicación el libre uso del idioma, pero la ampliaban al reco-
nocimiento de derechos conculcados. Primeramente llamaban a
la derogación de la ley marcial y a que se garantizase la voluntad
en las urnas. Asimismo demandaban igualdad de todos los repre-
sentantes ante los poderes públicos. El meollo iba dirigido a temas
de religión, lengua y colores de la piel.

[...] que no siendo como no somos pueblo conquistado


por el Gobierno de Haití, sino una porción voluntaria-
mente agregada a la República, nuestros actos deben ser

122
Representación a la Junta Popular de Santo Domingo, en Rodríguez
Demorizi, «La Revolución de 1843», pp. 79-82.

128
Antes y después del 27 de Febrero

escritos en nuestro propio idioma vulgar, y nuestros di-


putados para la Asamblea Constituyente recibir el cargo
de reclamar la observancia de nuestra Religión Católica
Apostólica Romana, y que se conserven el idioma usos
y costumbres nativos y locales, a la vez que en esto, ni se
opone, ni contradice, ni debilita la unión simple e indi-
visible de la República democrática; como tampoco no
causa variedad, contradicción ni discordia la diferencia
de los colores de la piel, ni el origen o nacimiento de los
que ahora nos llamamos haitianos.123

Esa carta fue firmada por algunos de los compañeros de


Duarte, como Félix María Ruiz, pero también por personalida-
des conservadoras, como Julián Alfau. El documento contribuyó
a ampliar un estado de opinión que se iba inclinando hacia la
Separación. El letrado y militar Auguste Brouard, enviado espe-
cial del gobierno y conocedor del medio de Santo Domingo,
reaccionó ante la novedad que suponía esa protesta, aseverando
alarmado que los dominicanos habían decidido romper con
Haití. Es probable que la repercusión creada por ese documen-
to constituyese uno de los resortes que motivaron a Hérard a
realizar una gira por la Parte del Este para sofocar las manifesta-
ciones disidentes.
No se trató de la única manifestación pública. Aprovechando
el repudio compartido contra Boyer, algunos sacerdotes se pro-
nunciaron de tal manera que extrapolaban las críticas del pasa-
do al presente. El ambiente creado por La Reforma los incitó
a actuar casi abiertamente, como hicieron los párrocos Rosón
en Baní, Roca en San Francisco de Macorís, Carrasco en Hato
Mayor y González Regalado en Puerto Plata. Sobresalió entre
ellos Gaspar Hernández, con elevado prestigio en la ciudad,
quien el 25 de marzo, con motivo de la recepción de los suble-
vados reformistas que se habían refugiado en San Cristóbal, leyó
un sermón en el que descalificaba por despótico el orden que

Ibíd., p. 81.
123

129
Roberto Cassá

había existido hasta la víspera. No obstante la euforia comparti-


da por todos, el efecto fue colocarlo en la mirilla de las nuevas
autoridades.

Si pobre, no le falta el alimento y el vestido; si desgracia-


do, no carece de consuelos; si perseguido injustamen-
te, le proporciona los medios de salvarse; si objeto de
salvarse a los ojos de la tierra, lo arma de la virtud de
la paciencia; y si abrumado con el peso de la tiranía,
le ilumina y dirige de un modo inesperado hasta que
rompa y sacuda el yugo abominable que lo oprimiera.124

Y más adelante, audazmente, continuó el cura desde el púl-


pito catedralicio pidiendo un cambio a nombre de la venganza:

Las lágrimas del pobre pueblo derramadas en la tierra,


piden, como la sangre de Abel, las venganzas del cielo.
Las lágrimas de un pobre pueblo oprimido, son las ar-
mas más fuertes y poderosas para derrocar a sus opreso-
res. Las lágrimas de un pueblo oprimido humedecen y
desmoronan poco a poco los cimientos y columnas del
trono del tirano […].125

Llegó a particularizar su llamado a propósito del recién


caído presidente Boyer.

Dios para castigar la República permitió que un hombre


solo, haciendo concentrar en sí mismo los tres poderes
fuese la causa del derrocamiento de las leyes, de los de-
rechos, de las garantías sociales, de la decadencia de la
moda y de la Religión. Le llegó el tiempo de su caída, y
no la pudo evitar.126

124
Citado por Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, p. 495.
125
Ibídem., p. 496.
126
Ídem.

130
Antes y después del 27 de Febrero

Quedaba suficientemente sugerido que para la ruptura con


Haití resultaba imprescindible la colaboración de conservado-
res, pese a la desconfianza que los distanciaba de los jóvenes, a
los que denominaban filorios, en forma sarcástica, aludiendo a
su pretendida condición de filósofos aficionados y soñadores.
Existe también la versión de que el calificativo se originó por
una flor traída por Filomena Gómez de Cova desde Caracas, el
Jazmín de Malabar, tornada en el distintivo duartista, que las mu-
jeres colocaban en el cabello y los hombres sobre el corazón.127
Pese a su radicalismo, Duarte mostró la sensatez de com-
prender la necesidad de un acuerdo con los rivales, consciente
de que estos aportaban prestigio y una fuerza que se traducía en
capacidad de acción. En el intento de unidad se aprecia de nue-
vo la clarividencia de Duarte, al igual que en su postura intransi-
gente con el principio nacional. Entre determinados integrantes
de los círculos superiores, de la misma forma, fue emergiendo
la conclusión de que para derrocar el dominio haitiano estaban
obligados a pactar con los otros, pese a la convicción de que
habría que encaminar el proyecto de ruptura con Haití hacia
la subordinación a una potencia, en particular Francia, habida
cuenta de la incidencia que tenía en la isla.
Se emprendieron tentativas para arribar a acuerdos, pero
todas fracasaron. Una cumbre final se llevó a cabo en la residen-
cia de Manuel Joaquín del Monte, al inicio de la calle Mercedes
(Casa de los Dos Cañones). Ya se ha visto que Del Monte era
una personalidad clave de los medios dirigentes, hijo del también
letrado José Joaquín del Monte, quien se había significado como
un conspicuo partidario de Boyer y había detentado altos puestos.
En ese momento Del Monte era el único adalid reconocido de
quienes se orientaban a la obtención de la protección de Francia.
Asistieron a la reunión, junto con los líderes Duarte y Del Monte,
figuras de ambos sectores que comprendían la importancia de
la acción unitaria en el futuro inmediato. Las opiniones se ex-
presaron con franqueza, con el compromiso entre caballeros

127
Ángela Peña, «Calles y avenidas de Santo Domingo», Hoy, 5 de marzo de
2005.

131
Roberto Cassá

de que no se pondrían en conocimiento de terceros. Como era


de esperar, el intento de esa noche, poco antes de la entrada de
Hérard a la ciudad, también terminó en el fracaso. Serra, asisten-
te al encuentro, lo describe con matices sombríos, registrando
que Duarte lanzó un duro reproche a los interlocutores.

Duarte manifestó que todo pensamiento de mejora en


que el sentimiento nacional se postergara a la conve-
niencia de partidos, debía siempre reprobarse, porque
puesto en ejecución constituía delito de lesa patria.
Una declaración tan franca y que llevaba aparejado el
vituperio que a todos alcanzaba, aun a los mismos que
aceptaron la reforma con los haitianos, le proporcionó
el encono y la ira de unos y otros.128

José Gabriel García, por su parte, trazó un balance de esta


reunión al aseverar que amplió el foso entre las dos tendencias
y precipitó la adhesión de algunos conservadores a Hérard. Al
parecer fue a partir de ahí que Duarte exacerbó su cuestiona-
miento a los conservadores, viéndolos como una tendencia
recurrente de corte antinacional.
En este estado de conflicto entre trinitarios y afrancesados
se celebraron las elecciones el 15 de junio. Una buena porción
de los segundos no se decidían a romper amarras con Haití. A
pesar de los esfuerzos de Brouard, orientador de los políticos
haitianos in situ, la convergencia haitiano-conservadora fue
derrotada gracias al refuerzo de los votos de centenares de
hombres traídos de Monte Plata y otras localidades aledañas.
Los candidatos triunfadores fueron Pedro Pablo Bonilla, Pedro
Valverde y Lara, Juan Nepomuceno Ravelo, Félix Mercenario,
Pablo Pichardo, Carlos Moreno, José Pichardo, Manuel Antonio
Rosas y Fermín González.129
Con todo, continuaba teniendo protagonismo una tendencia
prohaitiana, en la que se conectaban conservadores reconocidos

Serra, «Apuntes», p. 499.


128

García, Compendio, t. II, p. 197.


129

132
Antes y después del 27 de Febrero

con personas de las clases inferiores. La manifestación más cono-


cida se produjo en Baní, donde un grupo dirigido por Marcos
Cabral se dedicó a detractar a los patriotas acusándolos de colom-
bianos, o sea, esclavistas. Como era usual, este personaje hacía
uso de la poesía. Había dado a conocer composiciones exaltando
a Carrié y ahora lo hacía con Hérard con el objeto de zaherir a
los opuestos al yugo haitiano.

Cual murciélagos ocultos


muy pronto os he de mirar
y el más intenso pesar
acibarar vuestros gustos
aquestos opimos frutos
premios de ingratitud […].130

Registra Jacinto de Castro que, por temor a posibles represalias


de Hérard, Manuel María Valencia propuso que se erigiese en la
entrada un arco de triunfo en su honor, lo que en efecto desarmó
al gobernante cuando pasó por la población de vuelta a la capital.
Brouard, no obstante la beligerancia de los conservadores
haitianizados, redobló la demanda de que destinase una tropa
haitiana con la finalidad de sofocar una previsible insurrección.
Tras resolver los preocupantes asomos de disidencia en Cap
Haïtien, Hérard no tardó en dirigirse hacia la antigua parte es-
pañola por el norte, al frente de unos diez mil soldados. El dele-
gado gubernamental en Santo Domingo no estaba desorientado,
pues, en efecto, en el círculo de camaradas de Duarte se barajó
la propuesta de precipitar los acontecimientos para operar la
ruptura con Haití antes de que Hérard traspasase la antigua
frontera. Se destinó a Mella al Cibao para tales fines y a otros
activistas a localidades cercanas. Fue en estas gestiones cuando
Mella resultó apresado en Cotuí.
Para planificar la insurrección se celebró una nueva con-
ferencia de prohombres, en buena mayoría compañeros de

130
«Notas de la vida política de Jacinto de Castro», en Rodríguez Demorizi, «La
Revolución de 1843», doc. 9, p. 98.

133
Roberto Cassá

Duarte, en la residencia de José Diez. En ese momento se advier-


te que algunos integrantes de los círculos superiores se habían
acercado a los patriotas al margen de Del Monte. Duarte los
llamó a planear el levantamiento. Algunos vacilaron, como Juan
Esteban Aybar, un acaudalado propietario de las inmediaciones
del río Soco. Las reticencias de estos recién iniciados contribu-
yeron a impedir que se pasara de inmediato a la acción. Por
ejemplo, a pesar de estar comprometido desde poco antes con
Duarte, Santana se negó a sumarse al plan de resistir la entrada
del ejército haitiano.
Rosa Duarte informa de otra iniciativa, al parecer precipita-
da, consistente en solicitar al Gobierno haitiano que concediese
la independencia, a lo que Duarte se opuso alegando que la
libertad no se mendiga a los opresores. Aun así, parece haberse
suscitado un prolongado debate en cuyo final se mostró dis-
puesto a avalar una solicitud de este género. Esto no se concretó
debido a que poco después el general Hérard entró a la ciudad.
La frustración de los planes determinó que no hubiese
conatos de resistencia cuando la multitudinaria tropa iba pene-
trando en las poblaciones. Invariablemente Hérard procedía a
arrestar a los disidentes más señalados. En Santiago, por ejemplo,
fueron apresados Jacinto Fabelo, Rafael Servando Rodríguez,
excongresista a quien se intentó infligir una herida, Manuel
Morillo, Pedro Juan Alonso y otros acusados de organizar una
insurrección.131 El antiguo jefe de ejecución juzgó tan delicada
la situación que dejó estacionado el regimiento 7 en esa ciudad.
El español Pablo Paz del Castillo, quien desarrollaba tareas
conspirativas a favor del retorno de España, tuvo que ocultarse
para luego escapar clandestinamente. En Moca se hizo arrestar
a Francisco A. Salcedo y en La Vega a Manuel Machado. Tanto
en San Francisco de Macorís como en Cotuí fueron retenidos los
curas párrocos.
El gobernante atribuía el estado de agitación reinante en
todas partes a «un partido colombiano», en realidad inexistente,

Nouel, Historia eclesiástica, t. II, p. 433.


131

134
Antes y después del 27 de Febrero

al que acusaba implícitamente de intentar restablecer la escla-


vitud. Con ese reiterativo expediente de descrédito trataba de
recomponer apoyos tanto entre la masa pobre, temerosa de la
esclavitud, como entre los propietarios adictos a España, que
guardaban un mal recuerdo del intento de Núñez de Cáceres
de 1821.
Al ingresar a la ciudad de Santo Domingo el 12 de julio,
Hérard hizo apresar a decenas de activistas, entre los cuales so-
bresalieron los firmantes de la carta del 8 de junio, al igual que
quienes se habían significado en la campaña electoral. A unos
doce de ellos, considerados los más peligrosos, los deportó a
Port-au-Prince, mientras otros fueron liberados por solicitud de
las logias masónicas. Entre los reducidos a prisión por varios me-
ses se encontró el presbítero Juan Puigvert. Particular atención
prestó el gobernante a algunos prohombres de la zona oriental,
como el llanero Vicente Ramírez. Este tinglado de medidas se
coronó con cambios en la jefatura de los dos regimientos, a los
que de todas maneras sustituyó por tropas haitianas y se los llevó
en condición cautiva a Port-au-Prince.
En contrapartida a las medidas represivas, el jefe haitiano
procuró mostrar un espíritu conciliador, procediendo a devol-
ver las joyas de la catedral, en signo de condescendencia hacia el
vicario, y a suspender los cobros de capitales de algunas capella-
nías sobre edificaciones importantes. Centró la represión en for-
ma selectiva en los duartistas y relacionados. Una de las primeras
medidas adoptadas fue destituir el consejo municipal para desig-
nar haitianos y conservadores. Hérard, quien detentaba poderes
discrecionales con la aquiescencia de los otros integrantes de la
Junta Provisional, deliberadamente premió con posiciones gu-
bernamentales a algunos de los prohombres conservadores, por
cuanto estimaba que la agitación se incubaba entre los jóvenes de
clase media y alta. Entregó el puesto de corregidor de la ciudad
a Domingo de la Rocha, el gran terrateniente por excelencia de
la época, heredero de los restos de varios mayorazgos, y designó
coronel de la Guardia Nacional a Felipe Alfau, directamente
dependiente del comandante del distrito, Pablo Alí, sustituto de

135
Roberto Cassá

Carrié.132 Aun así, permanecieron trinitarios sin ser detectados,


como Serra. Luego ingresó Manuel Jimenes al Ayuntamiento,
seguramente como parte de una táctica de participación en los
aparatos estatales.
En idéntico sentido que Boyer, Hérard estaba convencido
de que la disidencia se originaba meramente en el descontento
causado entre la clase de origen colonial por no ocupar los pues-
tos públicos. Pero los nombramientos resultaron infructuosos,
pues en esos momentos en el seno del sector superior comen-
zaba a fraguarse un estado de opinión listo para la ruptura. En
todo caso, de una oposición pasiva e íntima, muchos de sus inte-
grantes se decidieron a colaborar con Duarte, como se evidencia
en las familias que prestaron cooperación para su protección
y la de sus compañeros cuando tuvieron que ocultarse. En los
dos polos extremos de la estructura social comenzó a despejar-
se la acusación de que los patriotas pretendían restablecer la
esclavitud.
Seguramente por esto último, en uno de sus manifiestos
a los «pueblos del Este», fechado el 27 de julio estando ya en
Santo Domingo, Hérard se empeñó en destacar que su móvil
básico estribaba en defender los intereses de la población po-
bre. Jugaba con acorralar a los conservadores sobre la base de
la presión de una masa a la que ofrecía su respaldo irrestricto.
Por tanto, todo el que cuestionara el orden que él encarnaba
quedaba encasillado dentro de las élites contrarias al interés de
los pobres.

[...] acabo de sentir palpitar la vida del pueblo: he par-


ticipado de las angustias, las fatigas, las privaciones del
soldado. He palpado la ansiedad del obrero. Descendí a
la cabaña del pobre [...].
El pueblo no es esta imperceptible fracción compuesta
de ideólogos que ignoran lo que quieren en el fondo

Guido Despradel, «La municipalidad de Santo Domingo antes del golpe liber-
132

tador del 27 de febrero», Boletín del Archivo General de la Nación, año VI, No. 26-27
(enero-abril de 1943), p. 7.

136
Antes y después del 27 de Febrero

de su pensamiento, y quienes están más atormentados


por la ambición que bien inspirados por la esperanza
del bien, que prefieren a la paz pública, la turbulencia
de las pasiones anárquicas; pero que nada han hecho
en pro de la reivindicación de la libertad, pues ellos
quieren a cualquier precio la revolución para obtener
la preeminencia y explotar a las masas [...].
Es pues a esta masa a la cual hay que satisfacer, y es su
voto el que es necesario conseguir. Son sus derechos los
que deben ser consagrados. Su dicha es el fin por el cual
se debe trabajar por parte de la autoridad, si ella tiene
patriotismo.133

El intento de explotar los intereses sociales y étnicos contra-


puestos no logró impedir la consecución de la unidad nacional
gracias a la consistencia democrática preconizada por Duarte,
quien se planteaba compatibilizar las perspectivas de todos.

Citado por Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, n. 108, p. 406.
133

137
DESARTICULACIÓN DE LOS TRINITARIOS
Y PLAN LEVASSEUR

C omo se ha visto, el colofón más sobresaliente de las


acciones represivas consistió en el desconocimiento
de los resultados de las elecciones de junio. Se decretó una
modificación en el colegio electoral, de forma que se nomi-
nasen diputados considerados confiables. El equipo dirigente
de La Reforma continuaba así la práctica consuetudinaria
desde inicios de la década de 1830. Es llamativo que no pocos
notables se prestasen a secundar esta maniobra que violenta-
ba las leyes, como Juan Esteban Aybar, Antonio Abad Alfau
y Valentín Delgado, designados diputados. Más adelante se
manipuló la escogencia de los diputados de otras localidades,
como Buenaventura Báez en Azua, Antonio Chanlatte en
San Juan de la Maguana, Remigio del Castillo en Higüey y
Manuel María Valencia y Francisco Javier Abreu, entre otros,
en Santo Domingo.134 La jefatura en Port-au-Prince también
propició que algunos haitianos reformistas fueran electos por
Santo Domingo, como Alcius Ponthieux y Domingo Benoit.
La matrícula de los dieciséis diputados de la Parte del Este
era heterogénea, pero no había en ella nadie apegado al ideal
duartista.

García, Compendio, t. II, p. 267.


134

139
Roberto Cassá

Al entrar Hérard a la ciudad, los jefes patriotas debie-


ron ocultarse. En pocos días comprobaron que su situación
era insostenible, por lo que Duarte y sus compañeros Pedro
Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez optaron por embarcarse
al exterior. Sánchez no se sumó a Duarte por estar enfermo, lo
que permitió difundir el rumor de que había fallecido. Mientras
Sánchez estuvo inhabilitado, informa Galván, la jefatura del ban-
do patriótico recayó en Joaquín Puello, quien estaba a cargo de
los preparativos militares.
El gobernante también hizo detener a los hermanos Pedro
y Ramón Santana, quienes escaparon en Baní cuando eran con-
ducidos hacia Port-au-Prince. Hérard comentó, al contemplar el
aplomo y el semblante enérgico de Pedro Santana, que este «es-
pañol», al que hacía presentarse todos los días ante su presencia,
era el único que tenía las condiciones personales para intentar
romper con Haití. Después de pasar cierto tiempo ocultos en
sus predios, los hermanos Santana se agenciaron ser favorecidos
con una amnistía. Los delegados gubernamentales preferían
atemperar la oposición de los clanes de «principales» mediante
negociación y no confrontación.
Además de premiar a conservadores o neutralizar a muchos
de ellos, Hérard dispuso, como ya se mencionó, el traslado a
Port-au-Prince de los regimientos 31 y 32 y su sustitución por dos
unidades haitianas, los regimientos 12 y 20, de Les Cayes y Fort
Liberté, con lo que prevenía cualquier tentativa insurreccional.
El 12 de julio los dos regimientos de dominicanos fueron rodea-
dos por las tropas recién llegadas, pese a que, por los orígenes
sociales de la mayoría de sus integrantes, debían considerarse
seguros. La desconfianza mostrada tenía fundamento, como se
mostraría meses después, y ponía de relieve la concreción de un
espíritu de unidad nacional contra el dominio haitiano. Por lo
pronto, la permanencia en Santo Domingo de casi mil soldados
haitianos arreció el repudio al orden existente, pues su alimen-
tación debía correr en buena parte a costa de la población de
la ciudad, que además sufrió depredaciones a causa del relaja-
miento de la disciplina.

140
Antes y después del 27 de Febrero

En el balance de su visita intimidatoria, presentado en la


Asamblea Constituyente el 9 de noviembre, Hérard no tuvo más
remedio que reconocer un panorama inquietante entre los do-
minicanos, aunque aseveró que su visita había conjurado una
amenaza inminente.

Mis primeros pasos en esta campaña pacífica se dirigie-


ron a reparar injusticias cometidas por el gobierno caído
y a reprimir los abusos. Yo recibí homenajes en nombre
del gobierno que representaba y la entrada en cada
ciudad y aldea estuvo rodeada por una ovación. Pero
la irritación y la malevolencia me esperaban más allá de
los límites del Departamento del Norte. La conducta
que el gobierno pasado mostró hacia los habitantes de
las bellas comarcas del Este resultaba poco adecuada
para inspirarles simpatías hacia los compatriotas de la
porción antigua de la República. Desheredados de las
ventajas de la asociación política, concibieron el deseo
de romperla. La revolución les apareció, pues, como un
producto de la sustitución de hombres y no un cambio
racional de ideas y de principios conservadores. Los que
desde tiempo atrás anidaban una violenta antipatía se
propusieron tomar ventaja del momento revolucionario
para alcanzar su objetivo. Me fue preciso luchar contra
sus tendencias, deshacer intrigas y hacer caer los puña-
les fratricidas que blandían los que estaban dedicados a
exterminar a los liberadores de la patria.135

El vacío en las filas patrióticas, producto de la represión,


resultó favorable para que el bando conservador tomara la
delantera en los intríngulis en las alturas durante los meses
siguientes. El principal foco de influencia se conformó en la
delegación dominicana en la Asamblea Constituyente que ini-
ció sesiones en Port-au-Prince el 23 de septiembre. El cabecilla

Madiou, Histoire, p. 51.


135

141
Roberto Cassá

de los diputados dominicanos afrancesados era Buenaventura


Báez, rico propietario de Azua de aguda inteligencia, quien
había viajado por Europa y tenía la certeza de que la inde-
pendencia absoluta era imposible e indeseable, por lo que
depositaba expectativas exclusivamente en la protección de
una potencia.
Desde 1825, en virtud de la aceptación de la ordenanza
del rey Charles X, Francia había ganado una posición he-
gemónica en las relaciones exteriores de Haití. Al aplicarse
una cláusula de exclusividad como nación más favorecida, el
arancel de 12 % quedó reducido a 6% para las mercancías
francesas. La deuda de 150 millones de francos tuvo un efecto
devastador en las finanzas, aunque se pagase en forma parcial
y fuese reestructurada en 1838. Sobre la base de los privilegios
comerciales, Haití quedó en posición de dependencia econó-
mica de Francia. En consecuencia, el cónsul general disponía
de un amplio margen de interferencia en los asuntos internos
de la antigua colonia.
Tiempo después de llegar a Port-au-Prince, el cónsul
André Levasseur entabló relaciones con Báez y otros diputa-
dos dominicanos, de lo que resultó la aceptación por estos de
un plan que conducía al retorno del dominio francés sobre
toda la isla. Tras bastidores se movía Manuel Joaquín del
Monte, quien seguía siendo considerado el jefe máximo de
los conservadores y había sido designado senador por Hérard
con el fin de neutralizarlo tras trascender las negociaciones
que había sostenido con Duarte. El delegado de Francia y los
diputados llegaron al entendido preliminar de que Francia
colaboraría con la creación de la República Dominicana bajo
su tutela.
Buenaventura Báez, figura dominante de esa trama del
lado dominicano, años después reconoció su posición. Reclamó
haber sido el primero en proponerse «sacudir el yugo haitiano
aun prefiriendo en último caso ser colono de una potencia

142
Antes y después del 27 de Febrero

cualquiera».136 En prueba de su postura aludió a sus discursos a


favor de la derogación de los artículos 38 y 39 de la Constitución
de 1816, que prohibían la propiedad a los blancos.
Los diputados dominicanos se beneficiaron de la pugna
entre Hérard y la mayoría de los congresistas haitianos. Estos
se mostraban remisos a las presiones para concluir las labores
en un plazo perentorio. Por otra parte, Hérard exigía cláusulas
autoritarias que los diputados no estaban dispuestos a conceder.
En un momento dado Hérard amenazó con dimitir si no se apro-
baba de inmediato la nueva constitución. Los dominicanos, sin
distinción, se sumaron a la corriente dominante en la asamblea
como recurso para pasar desapercibidos. Aun así, conforme a
una versión no confirmada, Báez y otros diputados fueron dete-
nidos por orden expresa de Hérard, pero fueron liberados horas
después por gestiones personales de Levasseur. Los dominicanos
lograron granjearse simpatías públicas de unos pocos congresis-
tas haitianos, al grado de que algunas de sus demandas fueron
recogidas por la prensa, como en el Sentinelle de la Liberté de 23
de octubre.
Retrospectivamente, en 1845, uno de los diputados, au-
tor de Reflexiones políticas sobre la cuestión de Haití, sintetizó las
propuestas.

Era preciso, pues, reformar las ideas, las costumbres,


la educación, la industria nacional; curar al pueblo de
sus añejas preocupaciones y llamarle al banquete de
la civilización, destruyendo los artículos 38 y 39 de la
Constitución. Era necesario reformar las escuelas pú-
blicas, y adoptar un plan más adaptado al carácter del
pueblo, tal como enviar a diversos puntos de Europa,
por cuenta del Estado, algunos jóvenes […]. Era indis-
pensable reformar el Ejército que absorbía la mitad de
los ingresos públicos, y organizar bajo un buen plan
la Guardia Nacional. Era urgente reformar el Código

136
«Buenaventura Báez a sus conciudadanos», Saint Thomas, 1 de agosto de
1853, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, p. 308.

143
Roberto Cassá

Penal; el sistema de agricultura; crear haciendas mode-


los; organizar progresivamente el trabajo. Debía haberse
reformado la legislación comercial; disminuir los dere-
chos, abolir las prohibiciones; debía haberse refundido
el sistema de Hacienda; amortizar el papel-moneda, y
crear una moneda que no fuese ficticia.137

Levasseur sumó a su causa al contralmirante conde De


Moges, comandante de la flotilla estacionada temporalmente
en aguas costeras, al frente de la cual estaba la fragata Néréide.
Esta postura del jefe naval tendría consecuencias favorables
para los dominicanos entre marzo y mayo, cuando disputaban
el control sobre las bahías de Ocoa y Neiba. Pero Levasseur
no obtuvo un concurso similar del enviado especial Adolphe
Barrot, quien había llegado con la encomienda de lograr el
pago correspondiente establecido en la renegociación de la
deuda en 1838.138 Para Barrot la prioridad no debía ser otra
que el cobro de la anualidad, lo que le valió la felicitación
del ministro de Marina y Colonias, François Guizot, quien
observaba como inciertas las gestiones que venía realizando el
cónsul general.
Paralelamente a este pacto con los dominicanos, Levasseur
obtuvo la oferta de cooperación de generales negristas para el
restablecimiento del dominio francés. Era una forma de socavar
la hegemonía de los mulatos, en tanto que los primeros carecían
de una perspectiva nacional. Tres militares influyentes suscribie-
ron una correspondencia al ministro Guizot.

Mejor que vernos bajo la dominación de los pequeños


mulatos, que quieren desplazar a los viejos veteranos
de la revolución y adornarse de insignias que no han

137
Se atribuye a Manuel María Valencia. Apareció en El Dominicano, No 4, 1
de noviembre de 1845. Valencia fue fundador y director de ese primer pe-
riódico del período republicano independiente. Reproducido por Rodríguez
Demorizi, «La Revolución de 1843», p. 38.
138
Madiou, Histoire, p. 92. Madiou obtuvo la información del propio Barrot en
entrevista que ambos sostuvieron en Madrid en 1864.

144
Antes y después del 27 de Febrero

ganado en el campo del honor, preferimos devolver el


país a los franceses, sus dueños legítimos.
Sí, preferimos estar bajo la dominación de los franceses,
conservando nuestros grados y nuestras propiedades,
pues ellos implantarán una administración capaz de
hacer prosperar el país. Los mulatos no hacen nada
para la felicidad del país, y quieren apoderarse de todas
las posiciones, después de haber expulsado al hombre
que supo restablecer el orden y reunificar a todo el país.
Ellos dilapidan el tesoro para ellos solos, para enviarlo
al extranjero. Ya los negros de Les Cayes han sido con-
vocados en número de casi dos mil para cuestionar esta
invasión de los pequeños mulatos, que se han apropiado
de todos los cargos. Si ustedes no vienen, entregaremos
la isla a los ingleses.139

Esta postura no llama a sorpresa, si bien se expresaba en


secreto. A medida en que se deterioraron los vínculos entre frac-
ciones de poder en Haití, el nacionalismo fue quedando como
patrimonio del sector mulato gobernante, que reaccionó a las
consecuencias de la aceptación de la ordenanza de Charles X.
Los generales identificados con la causa negrista, en cambio,
dado que perseguían a toda costa desplazar a sus enemigos, se
alejaron de la beligerancia por la independencia.
En la Asamblea Constituyente Báez tomó la palabra en
varias ocasiones para defender posiciones, como el derecho a
la propiedad de los extranjeros y que se declarara oficial la reli-
gión católica, sin duda en una disposición de audacia no exenta
de peligrosidad.140 Denunciaba nada menos que la discrimina-
ción a que estaban sometidos los dominicanos por efecto de la
forma en que se heredaban los puestos en el Estado. Insistió
prioritariamente en el reconocimiento de la participación de

139
Lazare, J. F. Gardel y general de división Guerrier a Guizot, Port-au-Prince, 2
de julio de 1843, en Correspondencia de Levasseur, pp. 94-95. Traducción propia.
140
Algunas intervenciones de Báez se encuentran en Rodríguez Demorizi, «La
Revolución de 1843», docs. 7 y 8, pp. 89-95.

145
Roberto Cassá

los «blancos» (no haitianos en su conjunto) como cuestión


capital para una recomposición económica y el logro de un
efecto civilizador. En particular, expuso que en la Parte del Este
el sistema no funcionaba por falta de capitales, ya que la presen-
cia de forasteros resultaba indispensable para ello. Coronó sus
exhortaciones a favor de que cualquier extranjero casado con
una haitiana y con residencia de diez años, aunque no gozase
de derechos políticos, fuese autorizado a adquirir inmuebles.
Tal osadía coadyuvó a que Báez consolidara la representación
de los afrancesados, pues por primera vez se exponían abierta-
mente algunos de los principios que estos enarbolaban. Careció
de importancia que las propuestas fueran rechazadas por la
Asamblea, a pesar de que algunos diputados del Departamento
del Oeste ponderaron con simpatía que se otorgara la naciona-
lidad haitiana a los «blancos» bajo ciertas condiciones.141
Cuando concluyeron las negociaciones con Levasseur, los
diputados liderados por Báez trasmitieron formalmente sus
propuestas en un documento dirigido al Gobierno francés. Sus
puntos principales recogían el contenido de lo que luego pasó a
conocerse como Plan Levasseur:

1. La parte oriental de la isla de Santo Domingo tomará


el nombre de República Dominicana, «libre e indepen-
diente», y se administrará por sí misma.
2. Francia se compromete a ayudar a su emancipación, a
proveerla de todo lo que sea necesario para consolidar
su gobierno y a acordarle los subsidios necesarios para
sus necesidades urgentes.
3. Francia donará armas y municiones en cantidades
suficientes.
4. El Gobierno francés designará un gobernador encar-
gado del poder ejecutivo, cuyas funciones durarán 10

Es interesante que, retrospectivamente, Madiou le diese la razón en este


141

punto a los diputados dominicanos, ya que perseguían la finalidad de que


Haití se abriera al mundo. De todas maneras, con su agudeza característica, el
historiador haitiano los descalifica moralmente para enaltecer a sus rivales, los
«verdaderos patriotas». Véase, entre otros lugares, Madiou, Histoire, p. 91.

146
Antes y después del 27 de Febrero

años. De todas maneras, Francia se compromete a no


retirar al gobernador si el Senado dominicano decreta
la continuación de sus funciones.
5. La República se abrirá a los inmigrantes de todas las
naciones.
6. En reconocimiento de la protección de Francia, la nueva
República cederá a Francia la península de Samaná.142

Faltaba un punto importante, que se había estado esbo-


zando en las negociaciones: que la República Dominicana
prestaría los concursos necesarios para la captura de Haití por
parte de Francia. La cesión de Samaná formaba parte de un
tinglado gracias al cual Francia se haría del control directo
sobre el conjunto de la isla. El Estado dominicano tendría una
existencia fantasmal, por cuanto el Poder Ejecutivo estaría
en manos de un gobernador francés durante diez años pro-
rrogables. Una solución de ese tipo recogía la fórmula que
se exploraba para América entre sectores de la monarquía
francesa, interesada prioritariamente en la expansión colonial
en África (Argelia) y poco más adelante en el sudeste asiático
(Indochina).
Lo estipulado en el Plan Levasseur evidencia que los
constituyentes dominicanos implícitamente aceptaban la im-
posibilidad de un ordenamiento colonial declarado, lo que era
expresión de su debilidad frente a los patriotas y de las propias
fisuras en su interior, puesto que una parte de la opinión con-
servadora tenía conciencia de que el único cambio con apoyo
del pueblo sería un Estado independiente. Claro está, es seguro
que los cálculos de Báez y sus secuaces propendían a que, con el
tiempo, se afianzaran los términos del sometimiento a Francia
como garantía de progreso, lo que se entrevé en documentos
que intercambiaron durante los meses finales de 1843 y como él
mismo lo reconoció una década después. Con todo lo importan-
tes que fueron sus actuaciones, en Port-au-Prince los diputados

142
Exposición de diputados, en que solicitan la protección de Francia, Port
Republicain, 15 de diciembre de 1843, en Correspondencia de Levasseur, pp. 251-260.

147
Roberto Cassá

se hallaban desconectados de su base social, por lo que otros


afrancesados comenzaron a obrar en sentido paralelo en la ciu-
dad de Santo Domingo.
El 31 de diciembre se promulgó la nueva Constitución y
se designó a Hérard como presidente, quien tomó posesión
el 4 de enero, en sesión especial. Los diputados dominicanos
aglutinados alrededor de Báez lanzaron un manifiesto, fecha-
do el 1 de enero de 1844, en el que proclamaban la fundación
de la República Dominicana, en términos generales conforme
a los puntos contenidos en el Plan Levasseur. Como debieron
circular escasos ejemplares de ese documento, no se conservó
ninguno, aunque es posible que esto se debiera al interés de
que no trascendiera al futuro. Se constata que, a esa altura, casi
todo el mundo estaba de acuerdo en principio con la creación
de un Estado independiente, aunque estuviera sujeto a la férula
de Francia.
En los meses posteriores a la caída de Boyer, la búsqueda
del protectorado francés no era la única salida que se visualizaba
en los sectores superiores. Como la nueva situación presagiaba la
factibilidad de la ruptura con Haití, diversas figuras, de manera
independiente, emprendieron gestiones para obtener la inter-
vención de una potencia. La primera conocida fue la desarrolla-
da por Francisco Pimentel, propietario de Las Matas de Farfán,
donde formaba parte de la administración local. Este personaje,
que ya se había dado a conocer por diversas iniciativas, llegó a la
conclusión de que la opción ideal sería Gran Bretaña, por lo que
entró en contacto con representantes de esa potencia en la capi-
tal haitiana.143 Su solicitud no fue acogida por el cónsul británico
Thomas Ussher, quien estimó que su país no debía interferir en la
posición privilegiada de Francia en la isla, aunque era consciente
del deseo de los dominicanos por zafarse del yugo haitiano.144
La elección de España tenía mayor asidero, dada su con-
dición de madre patria, no obstante las dificultades intestinas

Rodríguez Demorizi, «La Revolución de 1843», p. 34.


143

Cónsul Ussher a lord Aberdeen, Port Republicain, 15 de julio de 1843, en


144

Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. III, pp. 22-23.

148
Antes y después del 27 de Febrero

que ese país atravesaba. Antonio López Villanueva, un notable


de Puerto Plata que tendría protagonismo al año siguiente,
se trasladó a Santiago de Cuba a inicios de 1843, donde logró
hacer entrega formal de una memoria contentiva de una pro-
puesta dirigida a lograr el restablecimiento de la soberanía
española.145 López Villanueva argumentaba la debilidad del
ejército haitiano, cuyos regimientos de 600 plazas en teoría
no llegaban a 250 en la realidad, además de estar mal armados
y desorganizados. El capitán general de la parte oriental de
esa isla traspasó el conocimiento del asunto a su superior en
La Habana, donde fue descartado por no corresponderse con
las necesidades del momento, puesto que en la península se
atravesaba por una aguda inestabilidad en torno a las reformas
de Espartero. Esta indiferencia no fue óbice para que otros
hispanófilos persistieran. El foco más visible lo presentaron los
sacerdotes Gaspar Hernández y Pedro Pamiés, el primero pe-
ruano y el segundo catalán, ambos realistas deportados poco
después de la entrada de Hérard a la ciudad en julio de 1843.
No obstante su prestigio, los sacerdotes no fueron tomados
en serio por los representantes de España en la zona. Después
de su extrañamiento, desde Curazao, Hernández envió co-
rrespondencias a autoridades españolas con el argumento
de que la opinión pública favorecía el retorno de España de
manera casi unánime. En particular, en una misiva dirigida al
gobernador de Puerto Rico, destacaba la cohesión del clero
en torno a tal objetivo, comenzando por el mismo delegado
del arzobispado, Portes e Infante. El reaccionario excura de
la catedral confiaba que el estallido de rivalidades intestinas
preparaba las condiciones para el retorno a España. Aunque
no proponía de manera directa una invasión, ofreció datos
subestimados del número de soldados de los regimientos de
Haití para insinuar que sería fácil ocupar el país.146

145
La memoria de López Villanueva está reproducida en Rodríguez Demorizi,
«La Revolución de 1843», pp. 72-77.
146
«Gaspar Hernández a gobernador de Puerto Rico», Curazao, 22 de agosto
de 1843, en Rodríguez Demorizi, «La Revolución de 1843», doc. 6, pp. 84-88.

149
Roberto Cassá

Idéntico destino cupo a las propuestas que hizo llegar el pe-


ninsular Pedro Paz del Castillo en la misma dirección, quien se
entrevistó sin resultado con el gobernador de Puerto Rico. Otro
sacerdote que tomó parte en las actividades contra el dominio
haitiano, aunque sin pronunciarse taxativamente por el retorno
de España, fue el puertorriqueño Pedro Pablo Bonilla.
Esas gestiones no obtuvieron acogida, por cuanto Gran
Bretaña y España no tenían puestas miras en la isla de Santo
Domingo. Ambas potencias reconocían de facto la hegemonía
que había alcanzado Francia desde mucho antes. Esta correla-
ción de fuerzas condujo a la mayoría de los criollos de los estratos
superiores a centrar esfuerzos ante el cónsul general de Francia.

150
151
Antes y después del 27 de Febrero

Morada de Josefa Pérez de la Paz (Chepita).


Roberto Cassá

Iglesia del Carmen.

152
Antes y después del 27 de Febrero

Catedral de Santo Domingo. (Fuente: El Museo Universal, Madrid, 1862. Tomado


de Julio Portillo, Santo Domingo. Imaginación y vida, 1860-1960, Caracas, 2003, p. 27).

153
Roberto Cassá

Vista de la Puerta del Conde y muralla desde el oeste, 1861.

154
Antes y después del 27 de Febrero

155
156
Roberto Cassá

Puerta de la Misericordia a inicios del siglo xx.


157
Antes y después del 27 de Febrero

Palacio del Cabildo. (Fuente: Portillo, Santo Domingo, p. 16).


Roberto Cassá

Puerto de Santo Domingo, ca. 1870.

158
Antes y después del 27 de Febrero

159
160
Roberto Cassá

Torre del Vigía llamada del Homenaje. (Fuente: El Mundo Militar, Madrid, 1861, p. 181).
161
Antes y después del 27 de Febrero

Puerta de San Diego a inicios del siglo xx.


162
Roberto Cassá

Puerta del Conde, a comienzos del siglo xx.


163
Antes y después del 27 de Febrero

Exterior de los cuarteles y puerta de La Fuerza.


Roberto Cassá

Samaná hacia 1870.

164
Antes y después del 27 de Febrero

165
166
Roberto Cassá

Puerta y cuesta de San Diego y ruinas del alcázar de Colón.


MANIFIESTO DEL 16 DE ENERO Y
PLANEAMIENTO DE LA SEPARACIÓN

M ientras sesionaban los diputados en la capital haitiana,


los patriotas dominicanos procedieron a reorganizar-
se, animados por el propósito de adelantarse a los contrarios. Le
tocó a Sánchez el papel de director de las acciones que conduje-
ron a la recuperación de la hegemonía por la parcela duartista.
En carta dirigida a Duarte el 15 de noviembre de 1843, Sánchez
y Vicente Celestino Duarte lo apremiaban a que desembarcase
por Guayacanes, con el fin de iniciar la insurrección y frustrar
de esa manera los propósitos del «tercer partido». Los términos
de la comunicación permiten inferir que cuando Duarte se ex-
patrió, lo hizo pensando en armar un contingente con apoyo del
Gobierno de Venezuela. Sánchez y Vicente Celestino alertaban
sobre las gestiones de Ramón Mella en contra del lineamiento
antes acordado de desarrollar una acción por cuenta propia,
pues había comenzado un avance hacia personalidades con-
servadoras para sumarlas a la causa. El contenido de esa misiva
resulta fundamental para calibrar lo que sucedía al final del año,
cuando sus autores registraban un auge de las posiciones que
enarbolaban. Estaban enfrascados en la conformación de una
tropa de unos 500 individuos vecinos de Los Llanos y sitios aleda-
ños, comandada por Juan Ramírez, para recibir la esperada ex-
pedición de Duarte desde Venezuela e iniciar el levantamiento

167
Roberto Cassá

a escala nacional.147 En el mástil del buque en que fondearan


Duarte, Pina y Pérez debía haber una corneta blanca.

Después de tu salida todas las circunstancias han sido fa-


vorables; de modo que sólo nos ha faltado combinación
para haber dado el golpe; a esta fecha los negocios están
en el mismo estado que tu los dejaste, por lo que te pe-
dimos, así sea a costa de una estrella del cielo, los efectos
siguientes: 2,000 ó 1,000 ó 500 fusiles, a lo menos; 4,000
cartuchos, 2 ó 3 quintales de plomo; 500 lanzas o las
que puedas conseguir. En conclusión: lo esencial es un
auxilio por pequeño que sea, pues este es el dictamen
de la mayor parte de los encabezados. Esto conseguido
deberás dirigirte al puerto de Guayacanes siempre con
la precaución de estar un poco retirado de tierra, como
una o dos millas, hasta que se te avise [...] para ir a es-
perarte a la costa el nueve de Diciembre, o antes, pues
es necesario temer la audacia de un tercer partido, o de
un enemigo nuestro, estando el pueblo tan inflamado.
Ramón Mella se prepara para ir por allá; aunque nos
dice que va a St. Thomas, y no conviene que te fíes de él,
pues es el único que en algo nos ha perjudicado nueva-
mente por su ciega ambición e imprudencia.148

Por esos mismos días, Pina y Pérez, estacionados en Curazao,


recibieron informaciones verbales del venezolano Freites, que
resumieron a Duarte.

Verá usted lo que ha progresado el partido Duartista que


recibe vida y movimiento de aquel patriota excelente, del
moderado, fiel y valeroso Sánchez, a quien creíamos en la
tumba. Ramón Contreras es un nuevo cabeza de partido,
también Duartista; el de los afrancesados se ha debilitado

García, «Juan Pablo Duarte», en Tena Reyes, Duarte en la historiografía, p. 549.


147

Francisco del R. Sánchez y Vicente C. Duarte a Juan Pablo Duarte, Santo


148

Domingo, 15 de noviembre de 1843, en Apuntes de Rosa Duarte, pp. 66-67.

168
Antes y después del 27 de Febrero

de tal modo que sólo los Alfau y Delgados permanecen en


él; los otros partidarios, unos se han agregado al nuestro
y los demás están en la indiferencia. El partido reinante
le espera como General en Jefe para dar principio a ese
grande y glorioso movimiento revolucionario que ha de
dar la felicidad al pueblo dominicano.149

En los días finales de 1843, pocas semanas después de la


carta a Duarte, Sánchez y sus compañeros comprendieron que
no habría posibilidad de derrocar el dominio haitiano sin el
concurso de un sector conservador que aportase prestigio, re-
cursos y potencia bélica. Infructuosamente se había esperado el
desembarco de Duarte en Guayacanes en los primeros días de
diciembre. Ante la falta de certeza sobre el propósito expedicio-
nario, todavía en diciembre Sánchez intentó que se produjese
un levantamiento sin la coordinación con conservadores y al
margen de que Duarte se apersonase con las esperadas armas.
El intento no se pudo concretar principalmente por falta de ar-
mamentos y la presencia de tropas haitianas, por lo que Sánchez
se sumó a la iniciativa de Mella, pero poniendo como condición
el reconocimiento del programa centrado en la independencia
absoluta. En este plan del núcleo trinitario influyó la sospecha
de que a Duarte le había resultado imposible obtener apoyo del
gobierno de Venezuela para la expedición, no obstante haberse
entrevistado con el presidente Carlos Soublette, un lugarteniente
de Bolívar. Tiempo después, amargamente, Duarte caracterizó su
impotencia como fruto de que «los insuperables obstáculos que
en mi patria se oponían a mis pasos me siguieron al destierro
haciendo todos mis esfuerzos infructuosos».150
En esas circunstancias, Duarte optó por marchar a
Curazao para reencontrar a sus dos compañeros y simplemen-
te esperar el desarrollo de los acontecimientos, aunque en un
momento dado consideró la posibilidad de trasladarse a Saint

149
Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina a Duarte, Curazao, 27 de no-
viembre de 1843, en Apuntes de Rosa Duarte, pp. 65-66.
150
Apuntes de Rosa Duarte, p. 64.

169
Roberto Cassá

Thomas para retornar de forma subrepticia. Antes de salir ha-


cia Curazao, Duarte apenas pudo reunir contadas armas, casi
todas inservibles. En carta de 4 de febrero de 1844 solicitó a su
familia disponer de los bienes para la causa de la patria.
La renuncia al diseño original de desembarco encajó con
el cambio de rumbo operado por Sánchez de aliarse con los
conservadores. No han quedado esclarecidas las razones que
llevaron a Tomás Bobadilla, reputado abogado y colaborador
del Gobierno haitiano, a «irse con los muchachos», tal como él
lo anunció. Detrás de él se situaron otros contados letrados que
aceptaron comprometerse con el golpe planeado por Sánchez
y sus compañeros. Es posible que visualizaran, en idéntico senti-
do que Sánchez y Mella, que la alianza resultaba indispensable
para el éxito, por lo que descartaron el exclusivismo cerrado
de Báez, quien además posponía la ruptura para más tarde, lo
que entrañaba riesgos adicionales de falta de oportunidad. A
pesar de las acusaciones y contraacusaciones que intercambia-
ron años después, Bobadilla, Santana y Báez no aclararon en
ningún momento los móviles que determinaron la división de
los conservadores. Estos se hallaban fraccionados entre el sector
proespañol, los diputados constituyentes, los que acompañaron
a Bobadilla, los fieles a Manuel Joaquín del Monte y otros que
continuaban al servicio del Gobierno haitiano.
Los aprestos para un golpe por cuenta exclusiva de los duar-
tistas fueron resultado, según narra José María Serra, de que, en
fecha indeterminada, Manuel María Valencia, uno de los dipu-
tados afrancesados, transmitió al banilejo José Heredia que Báez
y los suyos planeaban derrocar el dominio haitiano conforme
al Plan Levasseur el 25 de abril de 1844. Serra recibió la infor-
mación de parte de Heredia en diciembre y con prontitud puso
al corriente a Sánchez, en esos días oculto en la morada de los
hermanos Tomás y Jacinto de la Concha. Estos tres procedieron
a reunirse con Mella y los hermanos Joaquín y Gabino Puello, y
tomaron la decisión de adelantarse el 27 de febrero.151

Serra, «Apuntes», p. 500.


151

170
Antes y después del 27 de Febrero

Se han manifestado dudas en cuanto a la jefatura de


Sánchez a causa de la participación de Bobadilla. Sin em-
bargo, algunos sobrevivientes en la década de 1890 fueron
categóricos en cuanto a que el jefe único del golpe que puso
fin al dominio haitiano fue Sánchez. Félix Mariano Lluberes,
invitado por Duarte a las labores conspirativas en 1842, narró
que contribuyó bajo la «única dirección del Sr. Francisco del
Rosario Sánchez a dar el grito de Separación».152 Fue Sánchez,
conforme a este autorizado protagonista, quien ordenó a
Bobadilla y a Jimenes que se apersonaran en Monte Grande y
Mella en San Cristóbal con el fin de obstaculizar la llegada de
refuerzos haitianos. Otro testigo, José Pérez, aseveró que tras
la salida de Duarte y los otros dos compañeros, quedó Sánchez
como jefe, por lo que le correspondió comandar las operacio-
nes en la Puerta del Conde. «Todo lo que se hizo antes de la
toma del Conde y todo lo que se hizo después hasta la capitu-
lación de los haitianos, fue bajo la dirección de Francisco del
R. Sánchez».153
V. Gneco, quien también plasmó recuerdos, acota que la
jefatura de Sánchez fue compartida únicamente por Vicente
Celestino Duarte, Mella, los hermanos Puello (a quienes él re-
clama haber iniciado) «y otros más». Estos y otros testimonios de
primera mano prueban que Bobadilla se sumó a última hora y
que se atuvo a los planes concebidos y ejecutados por Sánchez y
sus compañeros del comité revolucionario.
Se acordó la confección de un documento, que terminó
siendo conocido como Manifiesto del 16 de Enero de 1844, en
torno al cual convergieron los trinitarios, personas de posturas
indefinidas y unos pocos afrancesados orientados por Bobadilla.
En las semanas subsiguientes se obtuvo la incorporación al plan
de otros conservadores, que entendieron que las expectativas
de los diputados respecto a los diplomáticos franceses conti-
nuaban siendo inciertas. Fue el caso del diputado higüeyano

152
Félix Mariano Lluberes a José R. Roques, 27 de febero de 1889, en Mejía
Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, p. 583.
153
José Pérez a José R. Roques, 15 de febrero de 1889, en ibíd., p. 584.

171
Roberto Cassá

Remigio del Castillo, firmante de la carta que materializó el


Plan Levasseur, pero que tras regresar a Santo Domingo junto
a los regimientos 31 y 32 fue puesto al corriente de lo que se
tramaba para finales de febrero, y lo aprobó aparentemente sin
reparos.
Aun así, lo anteriormente expuesto autoriza razonar que
la iniciativa y la concepción del hecho del 27 de febrero solo
pudieron ser producto de la claridad de propósitos y la de-
terminación de Sánchez. Un análisis exegético del Manifiesto
del 16 de Enero arroja que los afrancesados aceptaron el plan-
teamiento central de los patriotas en cuanto a que el objetivo
radicaba en implantar un Estado plenamente soberano. En el
documento no hay mención alguna que indique la posibilidad
de mediaciones a la independencia absoluta, como se planteaba
en el meollo del Plan Levasseur, para no hablar del propósito
de retorno al Reino de España por parte de sacerdotes y otras
figuras influyentes. En consecuencia, ese segmento conservador,
que al final incluyó a uno o dos diputados de la recién concluida
Asamblea Constituyente, posponía su programa anexionista-
proteccionista, convencido de que en ese preciso momento no
resultaba factible aplicarlo.
El Manifiesto partía del consenso de los propietarios
del mundo urbano. No podía ser de otra manera, ya que el
movimiento nacional era citadino y de naturaleza burguesa.
No significa, empero, que se contrapusiese con el interés del
campesinado, por cuanto no recusaba las reparticiones de
parcelas realizadas por Boyer y aceptaba la continuidad de
los terrenos comuneros. Por tanto, la defensa de la propiedad
no conllevaba un retorno a la colonia, pues se subrayaba que
la vulneración del derecho de propiedad formaba parte del
sistema de opresión.
En el aspecto político era donde se exteriorizaba una pro-
puesta progresiva más evidente, al propugnar por un orden
democrático y de igualdad jurídica de todos. Conviene citar el
fragmento del Manifiesto sobre el particular.

172
Antes y después del 27 de Febrero

Considerando que un pueblo que está obligado a obe-


decer a fuerza y obedece, hace bien, y que luego que
puede resistir y resiste, hace mejor. Considerando, por
último, que por la diferencia de costumbres y la rivali-
dad que existe entre unos y otros, jamás habrá perfec-
ta unión ni armonía, los pueblos de la parte española
de la Isla de Santo Domingo, satisfechos de que en
veintidós años de agregación a la República Haitiana
no han podido sacar ninguna ventaja, antes por el
contrario se han arruinado, se han empobrecido, se
han degradado y han sido tratados del modo más bajo
y abyecto, han resuelto separarse para siempre de la
República Haitiana, para proveer a su seguridad y
conservación, constituyéndose bajo sus antiguos lími-
tes, en un Estado libre y soberano. En el cual, y bajo
sus leyes fundamentales, protegerá y garantizará el sis-
tema democrático: la libertad de los ciudadanos, abo-
liendo para siempre la esclavitud; la igualdad de los
derechos civiles y políticos, sin atender a las distincio-
nes de origen y de nacimiento; las propiedades serán
inviolables y sagradas; la religión católica, apostólica y
romana será protegida en todo su esplendor como la
del Estado; pero ninguno será perseguido ni castigado
por sus opiniones religiosas; la libertad de la imprenta
será protegida; la responsabilidad de los funcionarios
públicos será asegurada; no habrá confiscaciones de
bienes por crímenes ni delitos; la instrucción pública
será promovida y protegida a expensas del Estado; se
reducirán los derechos a lo mínimo posible; habrá un
entero olvido de votos y opiniones políticas emitidas
hasta esta fecha, con tal de que los individuos se ad-
hieran de buena fe al nuevo sistema. Los grados y em-
pleos militares serán conservados bajo las reglas que se
establezcan. La agricultura, el comercio, las ciencias y
las artes serán igualmente promovidas y protegidas, lo
mismo que estado de las personas nacidas en nuestro

173
Roberto Cassá

suelo, o la de los extraños que venga a habitar en él,


con arreglo a las leyes.154

Se ha debatido hasta la saciedad quién fue el autor de ese


documento. Casi todos los historiadores, siguiendo a José Gabriel
García, acogieron el reclamo de Tomás Bobadilla, formulado
tres años después, en medio de una disputa con el presidente,
Pedro Santana que tuvo lugar en el Congreso. Pero el único
testigo que dio su versión, Manuel Dolores Galván, secretario
de Sánchez, asevera que el autor fue este, acotando que recibió
ayuda únicamente de Mella.155 Lo más probable es, en efecto,
que se produjera la colaboración entre Sánchez y Mella, el pri-
mero trazando las líneas directrices, como redactor original, y
que Bobadilla luego introdujera ampliaciones y correcciones.
Lo sustantivo estriba en que el documento selló un concierto
de miras de aplicación inmediata, en torno a que la República
Dominicana iba a ser un Estado soberano sin mediatizaciones y
basado en postulados liberales.
No tienen razón, por tanto, los hermanos García Lluberes
al validar el reclamo de Bobadilla de haber redactado el ma-
nifiesto. Su apasionamiento contra Sánchez, a quien sindican
como vinculado al partido conservador, los lleva a restarle pro-
tagonismo, con la acusación de haberse plegado a los supuestos
propósitos antipatrióticos expuestos en el documento. Si se
analizan las palabras de Bobadilla en la disputa del Congreso, se
comprueba su falsedad. Este aseveró que había sido el primero
en enarbolar la consigna de Dios, Patria y Libertad, lo que está
corroborado como falaz, pues le correspondió a Duarte al fun-
dar La Trinitaria. Su afirmación de que estuvo desde el mismo
principio al frente de los congregados frente al Baluarte del
Conde la noche del 27 también está suficientemente refutada.
No deja de ser extraño, sin embargo, que José Gabriel García

154
«Manifestación de los pueblos de la parte del este de la isla antes Española o de
Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana», 16
de enero de 1844, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, p. 14.
155
Galván, «Sucesos políticos», p. 17.

174
Antes y después del 27 de Febrero

admitiera la autoría de Bobadilla, posiblemente porque no


conoció los testimonios categóricos que aseguran que Sánchez
fue el redactor original. Tampoco tienen razón los honestos
y radicales historiadores García Lluberes cuando califican el
documento como globalmente conservador. Reclaman que no
hiciera alusión a la obra de Duarte, pero eso no es criterio sufi-
ciente. Tienen razón parcial en el sentido de que el Manifiesto
fue concebido como medio de compromiso entre las corrientes.
Pero en el punto nodal de la condición del Estado dominicano,
fueron los conservadores quienes tuvieron que hacer concesio-
nes fundamentales. Hay que tomar en cuenta, además, que los
campos no estaban patentemente deslindados, que había no
pocos puntos en común entre la generalidad de conservadores y
liberales y que, en definitiva, aspiraban sin excepción a erradicar
el régimen haitiano cuanto antes. Por tanto, lo importante no
es tanto quién redactó el documento, sino su carácter abierto
al compromiso susceptible de congregar a la generalidad de los
dominicanos. Con un indudable trasfondo tradicionalista y re-
clamos contra los haitianos de corte conservador, el Manifiesto
anuncia un ordenamiento moderno derivado del liberalismo
pero que la mayor parte de los conservadores podían aceptar,
al menos en la letra. Fuera de toda duda, hubo más puntos en
común que discordantes entre la generalidad de conservadores
y liberales, lo que explica la unidad alcanzada a inicios de 1844.
Tampoco se puede suscribir la aseveración de Alcides García
Lluberes de que los patriotas por su cuenta, comandados por
Sánchez, meses antes habían emitido un manifiesto que sería el
mencionado por Manuel Dolores Galván como redactado por
Sánchez. Solo hay un señalamiento al respecto y no exento de
confusión, que no prueba que tal iniciativa se produjera.
Basta referir una de las porciones más sustanciosas del
Manifiesto del 16 de Enero para contrastarlo con la carta de los
legisladores a Levasseur menos de tres semanas antes en Port-au-
Prince. En el Manifiesto se trazaba el balance de falta absoluta
de derechos, en una situación peor que la del dominio español.
Este juicio ratifica que se descartaba el retorno a España, ya que

175
Roberto Cassá

contenía una crítica explícita al pasado colonial. Se caracteri-


zaba la situación existente con términos de despotismo, injus-
ticia, vejámenes y vicios. Se añadían los agravios de la ausencia
de instrucción pública, la división del país en «partidos» y un
sistema monetario «ruinoso». Se aseveraba asimismo que se ha-
bía esperado La Reforma con «buena fe», pero a continuación
cundió la ilegalidad. Se vendieron los empleos y se desconoció
el resultado electoral. La Constitución de 1843 fue calificada de
«mezquina», similar a la «bastarda» de 1816. Se denunciaba, por
añadidura, la campaña «infame» contra los «colombianos». En
síntesis, tal estado de opresión impedía la armonía entre domi-
nicanos y haitianos.
El Manifiesto culminaba, como se observa en la cita antece-
dente, con una exposición de contenido liberal, que proponía
un orden democrático y de igualdad, con libertad de conciencia,
derecho a la propiedad y protección a los inmigrantes.
De la correspondencia del cónsul Saint Denis, llegado a
Santo Domingo por esos días, se deduce que los preparativos
del golpe que se daría el 27 de febrero no fueron comunicados
a todos los diputados y a otros conservadores. Debió existir una
pugna no declarada entre facciones, de lo cual quedaron escasos
rastros, señal de lo cual fue el intento desesperado de Báez en
Azua para oponerse a la fundación de la República. Al mismo
tiempo, la fragmentación de los conservadores formó parte de
las razones que le impidieron a Bobadilla proponerse ganar una
posición indiscutida en el movimiento. Que se sepa, la única per-
sonalidad que se sumó a Bobadilla fue el Dr. Caminero, quien
en adelante sería su compañero de mayor confianza en la Junta
Central Gubernativa. Otros afrancesados puestos al corriente,
como el diputado Remigio del Castillo, no tuvieron participa-
ción significativa en la materialización de los planes. Algunos de
los firmantes de la carta a Levasseur, ya en territorio dominicano,
prefirieron no transmitir a Báez los datos que poseían. Aunque
perfectamente consciente del consenso de opinión a favor de
la Separación, el cónsul Saint Denis no menciona en su corres-
pondencia acción alguna de sus interlocutores afrancesados. El

176
Antes y después del 27 de Febrero

peso de Bobadilla se derivó más bien de la acogida favorable


que le dispensaron los jefes patriotas, quienes juzgaron que su
presencia fortalecía la factibilidad del objetivo. En adición, al
dispersarse los integrantes del círculo dirigido por Báez, este
entró en una aparente parálisis, perceptible por el hecho de no
haber trascendido que propusiera ninguna iniciativa después de
su manifiesto del 1 de enero. Con este flanco cubierto, se forta-
leció la coalición que tenía por representantes paradigmáticos a
Sánchez y Bobadilla.
Ahora bien, la renuencia y las dudas de muchos conserva-
dores contribuyeron a que los liberales recompusieran sin mayor
oposición el control de la marcha de los eventos. Esto facilitó el
compromiso de personas que no se ubicaban en ninguna de las
dos corrientes. Las gestiones conspirativas no se filtraron dema-
siado y las escasas señales no fueron debidamente interpretadas
por las autoridades, encabezadas por el gobernador Desgrotte,
que no tomaron medidas tendentes a frustrar la conspiración.
Por desgracia, Galván no ofrece detalles de una reunión en la
que se leyó y aprobó el Manifiesto del 16 de Enero, aunque se
infiere que se habían agregado algunos «principales» a los pre-
parativos del golpe.
Se distribuyeron contadas copias de ese documento para
ser mostradas persona a persona en las principales regiones. La
de Azua fue llevada por Gabino Puello y la de El Seibo por Juan
Contreras. Puello fue denunciado por Buenaventura Báez y tuvo
que devolverse a Baní, donde el jefe local, Juan Ceara, prefirió
no prenderlo. Gracias a Juan Esteban Aybar se ultimaron deta-
lles con hateros como Juan Rodríguez y los hermanos Santana,
estos últimos refugiados en su hato y observando con reticencia
el desarrollo de los acontecimientos.
La exacerbación de los conflictos en Haití facilitó que las
gestiones de los dominicanos no experimentaran mayores con-
tratiempos. En Port-au-Prince se respiraba un ambiente confuso,
indicativo de graves trastornos en el corto plazo. Desde meses
antes el Estado haitiano se veía sacudido por agudas confron-
taciones entre factores políticos, regionales y étnicos. Por una

177
Roberto Cassá

parte, los partidarios de Boyer se movilizaban por lo bajo, dirigi-


dos por los hermanos Beaubrun y Céligny Ardouin, prominentes
intelectuales que sonsacaban a generales para que derrocaran
a Hérard. En sentido inverso, se había conformado una nueva
tendencia liberal que recuperaba los postulados de La Reforma
y cuestionaba el autoritarismo de Hérard. Los boyeristas y los
nuevos liberales, pese a sus objetivos diametralmente dispares,
no tuvieron empacho en coaligarse en la búsqueda de un golpe
de Estado. Hérard respondía proponiéndose implantar una dic-
tadura con asidero legal. Los generales conspiradores, encabe-
zados por Philippe Guerrier, integrante de la junta presidida por
Hérard, animaban a unos y a otros mientras ofrecían apoyo a las
proclamas del presidente como medio para agudizar las contra-
dicciones. Levasseur se presentaba como un mediador, pero en
realidad se circunscribía a impulsar sus propósitos protervos.
Enfrascados en conflictos irresolubles, los jerarcas capitali-
nos obviaron los movimientos cada vez más visibles de los «espa-
ñoles». El caos sacudía a Port-au-Prince. La manifestación más
sonada se produjo el 9 de septiembre, con motivo del conato
de sublevación encabezado por el coronel Dalzon, oficial que
se planteó derrocar a Hérard para colocar en la presidencia
al general Guerrier, solapadamente considerado «jefe de los
negros». Aunque Dalzon Gabit había desempeñado un papel
importante a favor de la República en 1812, cuando desertó de
las filas de Christophe y contribuyó a impedir que este tomase
Port-au-Prince, compartía con muchos otros altos oficiales una
animadversión hacia el llamado partido de los mulatos, lo que
canalizaba a través del preparativo de una masacre.
En la segunda semana de septiembre de 1843, en riesgo
de ser derrocado por Dalzon, Hérard tuvo que valerse de los
dos regimientos dominicanos confinados en Port-au-Prince para
aplastar la conjura, sin poder evitar que se agudizara la sensa-
ción de que se caminaba directo hacia el abismo. Un oficial de
apellido Regis abatió a Dalzon y quedó como un héroe entre sus
compañeros de la Guardia Nacional, compuesta mayormente
de propietarios citadinos. El fusilamiento de algunos asociados

178
Antes y después del 27 de Febrero

a Dalzon exacerbó los ánimos y creó condiciones para que se


siguieran urdiendo represalias sangrientas.
Mientras tanto, con sentido de oportunidad, los militares
se reunificaban alrededor de Hérard con el designio de barrer
cualquier influencia de los diputados. Hérard alertaba a los fac-
tores de poder de que sus rivales en la Constituyente preparaban
una anarquía similar a la de Francia en 1793. Para evitar que se
agudizara el conflicto intestino en el interior de la cúspide so-
cial y política, Hérard prefirió no ordenar el arresto del general
Guerrier, pese a haber quedado aclarado que había orientado la
conspiración. Esta muestra de debilidad dejó a los «negristas» el
campo libre para continuar sus planes. Quedó un estado de agu-
das tensiones, con toque de queda y la expectativa de represalias
de parte y parte. En el Departamento del Sur los partidarios de la
supremacía negra, encabezados por la familia Salomon, habían
estado intentando cambiar el orden de cosas, por lo que algunos
de ellos fueron confinados en Las Matas de Farfán.
Hérard persistió en el propósito, anunciado menos de dos
meses antes en Santo Domingo, de ganar a los dominicanos para
su causa. Concluida la coyuntura crítica que amenazó con su
derrocamiento, el 14 de septiembre, víspera de la inauguración
de la Asamblea Constituyente, ordenó liberar a los presos domi-
nicanos. Aparentó tender un ramo de olivo, para lo cual dispuso
el retorno de los regimientos 31 y 32 a su ubicación habitual, ba-
sado en la premisa errónea de que podría contar con ellos para
dejar cubierto el flanco de la Partie de l’Est. Es probable además
que albergara más confianza en la fidelidad de los dos regimien-
tos haitianos que había dejado estacionados en Santo Domingo,
por lo que los convocó de vuelta a Port-au-Prince, aunque lleno
de dudas. Aplazó esta medida, que solo vino a ejecutarse en los
primeros días de enero de 1844.
No le fue posible al presidente sustraerse de una intransi-
gencia que contribuyó a la exacerbación de los conflictos. En
su discurso de toma de posesión, a inicios de enero, despotricó
contra la Constitución del 31 de diciembre, juzgándola impropia
para el ejercicio del Ejecutivo. Inmerso en tales trances, Hérard

179
Roberto Cassá

no tuvo más remedio que descuidar la álgida problemática que


significaba la insatisfacción creciente de los dominicanos. A
diferencia de su predecesor Boyer, calculaba que si intentaban
rebelarse no sería difícil someterlos.
Las escasas referencias de que se dispone indican que el
retorno de los regimientos 31 y 32 coronó las condiciones para
el 27 de Febrero. El auge de la propaganda de los antiguos trini-
tarios, que venía de unos cuantos meses atrás, no se había atem-
perado. Gracias sobre todo a las gestiones de Joaquín Puello, se
obtuvieron respaldos entre la oficialidad de ambos regimientos.
La distribución de copias del Manifiesto del 16 de Enero hacia
las tres regiones amplió el estado de opinión. En esos días el
descontento desbordó su anterior carácter subrepticio y la
Separación, como se anunciaba, se tornó un hecho esperado al
doblar de la esquina. Pero la ruptura no hubiese sido factible en
aquel momento en caso de que hubiesen permanecido en Haití
las dos unidades del ejército compuestas por dominicanos, que
totalizaban alrededor de mil hombres. Las otras tropas en Santo
Domingo y alrededores no disponían de un poder de fuego pa-
recido, por lo que en principio se presentaban obstáculos para
que el alzamiento aislado en poblaciones periféricas alcanzase
éxito.
A mediados de febrero, desde su escondite, Sánchez dispu-
so la conformación de un comité revolucionario, en el que tu-
vieron participación señera Joaquín Puello y Manuel Jimenes. El
primero terminó de agrupar al elemento militar y a la población
«de color» de la ciudad y los campos cercanos. El segundo obró
sobre sectores elevados y de distintas condiciones en villas cerca-
nas, sobre todo campesinos acomodados y terratenientes. En el
seno del comité, presidido por Sánchez, no hubo conservadores.
Puesto que fueron sus integrantes quienes movieron los hilos
del pronunciamiento, se constata que este fue resultado de la
acción exclusiva de los trinitarios, aunque con el beneplácito y la
adhesión de una reducida camada de conservadores. Una mues-
tra de la desconfianza de muchos propietarios hacia el comité
revolucionario presidido por Sánchez la manifestó el mismo

180
Antes y después del 27 de Febrero

Pedro Santana, no obstante el acuerdo concertado días antes


por él con Bobadilla. Cuando el comité revolucionario envió a
Victoriano Díaz a El Seibo, narra Félix María del Monte, para
ponerlo al corriente de los preparativos para la noche del 27,
Santana se habría negado a comprometerse: «Yo no me atrevo a
hacer nada, mucho menos cuando se me envía un oficio sin más
firma que la de un hombre a quien yo reputaba por muerto. Así
no se comprometen los hombres».156
Galván agrega que días antes del 27 se celebró una reunión
nocturna donde se ocultaba Sánchez, en la que se ultimaron
detalles operativos. A ella asistieron los tres hermanos Puello,
Mella, Vicente Celestino Duarte, Juan Alejandro Acosta, Ángel
Perdomo, Jacinto y Tomás de la Concha, Tomás Sánchez,
Marcos Rojas y pocos otros.157 En ese momento se nombraron las
posiciones de jefatura, prácticamente todas asignadas a los pre-
sentes. Sánchez quedó designado como coronel jefe del distrito,
Joaquín Puello coronel jefe de la ciudad, teniendo por ayudante
a su hermano Gabino, también con el rango de coronel, Ángel
Perdomo teniente coronel de artillería, Eusebio Puello capitán
ayudante de la plaza, Marcos Rojas capitán de los obreros del
arsenal y Juan Alejandro Acosta comandante del puerto.158
Mariano Echavarría instó vehementemente a Sánchez a que fue-
se él, y no otro, quien presidiese la Junta Central Gubernativa,
por cuanto le correspondía a la corriente democrática nacional
dirigir el naciente Estado. Aclara el mismo cronista que Tomás
Bobadilla había sido incorporado a la conjura inmediatamente
antes, por lo que no desempeñó ninguna función operativa.
De manera imprecisa, Carlos Nouel hace mención de
una Junta Directiva que teóricamente habría dirigido las
operaciones, en la que coexistían liberales y conservadores,
como Bobadilla y Remigio del Castillo.159 La versión se puede
desestimar por no estar corroborada en ninguna otra fuente.

156
«Vida política de Pedro Santana», p. 519.
157
Galván, «Sucesos políticos», pp. 19-20.
158
Madiou, Histoire, p. 110.
159
Nouel, Historia eclesiástica, t. II, p. 435.

181
Roberto Cassá

Algunos de los patriotas mencionados como integrantes en


la tal junta no fueron incorporados en el comité revoluciona-
rio presidido por Sánchez.160
Conforme a Madiou, hasta poco antes del día 27 no se
había tomado una decisión acerca de la bandera. Algunos
habrían planteado prescindir de todos los motivos de la hai-
tiana, pero Joaquín Puello opinó que procedía conservarlos,
al decir que «quizás se producirían incidentes compromete-
dores si se enarbolaba otro», pues «ustedes saben ya lo que se
dice de una pretendida propaganda colombiana».161 Fue en-
tonces cuando, conforme a esa discutible versión, se resolvió
poner en medio de la bandera una cruz, lo que contradice
la versión comúnmente aceptada de que había sido Duarte,
en 1838, el inspirador de la insignia nacional. De acuerdo
con Alcides García Lluberes, hay motivos para descartar esta
información, por provenir de Manuel Joaquín del Monte,
enemigo de Duarte, aunque Madiou sostuvo acertadamente
que ese personaje era el jefe de los «verdaderos patriotas».
Ninguna otra fuente confirma la aseveración de Madiou en
cuanto al origen de la bandera. Ha de ratificarse, aunque al
margen de imprecisiones de detalles, que la bandera había
sido diseñada junto a la fundación de La Trinitaria.162 Juan
Nepomuceno Ravelo reclamó décadas después haber sido
quien concibió la bandera tricolor con la cruz blanca, lo que
no contradice que fuese incorporada al compromiso de jura-
mento tomado por los trinitarios. Un hecho seguramente au-
téntico es que para el solemne 16 de julio de 1838, Manuela
Diez le entregó a su hijo una medalla religiosa, con los tres
colores de la bandera, para que le sirviera de resguardo, la
que llevó el resto de su vida hasta que la regaló al sacerdote

160
Debe tomarse en consideración que Nouel era yerno de Bobadilla y que,
aunque abrazaba la causa patriótica en su escrito, estuvo interesado en exaltar
los méritos del suegro, en abono de lo cual destacó que en los últimos tiempos
de su vida se opuso a la anexión a Estados Unidos.
161
Madiou, Histoire, p. 111.
162
Leonidas García Lluberes, «La bandera nacional», en Crítica histórica, p. 233.
Se emplea a fondo para refutar la tesis de Madiou.

182
Antes y después del 27 de Febrero

Fernando Arturo de Meriño, quien la conservaba como reli-


quia venerada siendo arzobispo.163
Al estado de opinión de casi consenso contribuyó la pre-
sencia del cónsul francés Eustache Juchereau de Saint Denis,
llegado a Santo Domingo el 13 de enero. Su destino original era
Cap Haïtien, pero, a causa de los efectos del terremoto, no pudo
conseguir un alojamiento allí. En Port-au-Prince, por acuerdo
entre Levasseur y el enviado especial Barrot, se decidió que Saint
Denis se trasladase a Santo Domingo, para lo cual obtuvo el per-
miso gubernamental. El propósito cardinal que traía el cónsul
en su portafolio era contribuir a la plasmación del plan formula-
do por su superior Levasseur, en cuanto a que los dominicanos
rompieran los lazos con el Estado haitiano.
Resulta sorprendente que el cónsul fuese recibido con
amabilidad esmerada por el general Alí, gobernador del depar-
tamento. Este, como se ha visto, era un africano proveniente
de Saint Domingue, uno de los dos dominicanos ascendidos a
generales en 1843. Murió días después, a edad avanzada, por lo
que no se enfrentó a la encrucijada de tomar partido frente al
acontecimiento del 27 de febrero, aunque se le tuvo hasta el final
de sus días como compromisario incondicional de la República
de Haití. El conjunto del sector superior criollo acogió con
entusiasmo la llegada de Saint Denis. Una sesión solemne del
Ayuntamiento, el mismo 13 de enero, fue el marco de su recep-
ción. En su segundo despacho, fechado el 5 de febrero de 1844,
el recién llegado trazó un panorama del estado de opinión, que
visualizaba coincidente con los planes que traía bajo la manga.
Con prontitud se vinculó a personalidades representativas del
estamento superior y logró formarse una visión parcial de lo que
acontecía.

Agotadas por el yugo odioso de una administración an-


tipática que pesa cotidianamente sobre las poblaciones
del Este de Haití, sobre todo las de Santo Domingo,

Leonidas García Lluberes, «Influencia de la Iglesia», en Crítica histórica, p. 20.


163

183
Roberto Cassá

estas parecen decididas desde hace largo tiempo al


uso de las armas para derrocar una dominación que
consideran tiránica y enervante. Demasiado débiles,
sin embargo, y demasiado diseminadas para visualizar
cualquier resultado exitoso de un intento desesperado,
sienten la necesidad de asegurar el apoyo de una nación
extranjera.164

El cónsul razonaba que los dominicanos rechazaban por


instinto a Inglaterra, mientras que Colombia era demasiado dé-
bil. Añadía que la madre patria atravesaba una crisis interna que
la agotaba, a lo que se sumaba que la imposibilidad de restableci-
miento de la esclavitud le quitaba atractivo a la reincorporación
de Santo Domingo, pues creaba un problema con las otras dos
colonias antillanas. Su conclusión era que las expectativas esta-
ban puestas en Francia, aunque reconocía que «el pensamiento
único, el deseo unánime de las provincias del Este, es la ruptura
con el Oeste, incluso al precio más oneroso y los sacrificios más
penosos».165 A Saint Denis solo le faltó tomar nota de que la
mayoría de los complotados no contaban con situarse debajo
del control de ninguna potencia, incluida Francia, aunque en
general depositaran esperanzas en el apoyo francés. Los trini-
tarios, liderados por Sánchez, seguramente se cuidaron de no
transmitir sus planes al cónsul por temor a una posible delación.
Es revelador que en los despachos previos al 27 de febrero, aun-
que consciente de la gravedad de la situación, Saint Denis no
anunciase el golpe.
Algunos de los diputados afrancesados, poco después
de su retorno a la ciudad de Santo Domingo, establecieron
contacto con el cónsul a través de su canciller. Ya en esos días
la prensa de la capital haitiana recogía los rumores acerca de
las intenciones de los franceses respecto a Samaná, por lo que
164
Saint Denis a Guizot, Santo Domingo, 5 de febrero de 1844, en E. Rodríguez
Demorizi, Correspondencia del cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846,
Ciudad Trujillo, 1944, p. 17. Traducción propia, al igual que los siguientes
fragmentos citados de Saint Denis.
165
Ibíd., p. 18.

184
Antes y después del 27 de Febrero

Saint Denis decidió obrar con prudencia, lo que no lo eximió


de continuar explorando la factibilidad de plasmar los planes
de Levasseur.
En la cúspide del Estado haitiano no se planteaba como
prioridad contrarrestar la posible secesión de los dominica-
nos. Se estaba en medio de una controversia entre tendencias
contrapuestas con motivo de la convocatoria de las asambleas
electorales a partir del 15 de febrero de 1844. Las autoridades
militares se opusieron a su celebración en no pocos lugares, por
percibirlas como atentatorias a sus prerrogativas autocráticas.
En el Artibonito, con el argumento de que se pretendía res-
taurar las instituciones coloniales francesas, el general Thomas
Héctor ordenó el asesinato del diputado Bazin, uno de los más
prestigiosos, quien había tratado de convocar al pueblo de
Petite-Riviere contra el militarismo. Algunos de los seguidores
de Bazin fueron asesinados, lo que dio lugar a un éxodo de los
propietarios, que temían un saqueo de la «chusma», el cual no
se produjo. Se ponía de manifiesto el rechazo virulento del ala
militar, a nombre del nacionalismo, a toda fórmula liberal o
constitucional.
En esa situación, el llamado «Partido Constitucional de
los mulatos» se planteó pasar a la acción y derrocar a Charles
Hérard, acusándolo de preferir contemporizar con los militares.
Madiou informa que los «constitucionales» enviaron emisarios a
todas partes para «fomentar insurrecciones».166 Estos postreros
disidentes en definitiva convergieron con los propósitos indepen-
dentistas de los dominicanos. En realidad, todas las fuerzas polí-
ticas de Haití estaban enfrascadas en disputas fuera de control.
Los hermanos Ardouin ya no trabajaban para restaurar a Boyer
en la presidencia, sino para implantar un régimen castrense que
dejara las cosas como antes, lo que les permitió obtener la ad-
hesión de sus viejos enemigos. Para ellos y otros conspiradores
convenía colocar a un «negro prestigioso» en la presidencia para
recomponer el poder tradicional, en peligro de disgregación. Sin

Madiou, Histoire, p. 100.


166

185
Roberto Cassá

embargo, sorprende que la cabeza de turco de los conjurados


estaba constituida por los diputados liberales que cuestionaban
a Hérard por haber recaído en las mismas prácticas que Boyer.
En medio de este panorama tan complejo Hérard llegó
al extremo de proponerse disolver la cámara legislativa, con lo
que elevó al tope la temperatura. El Consejo de Secretarios de
Estado, que debía avalar las decisiones presidenciales, se resistió
a ese desatino. Hérard, no obstante, se mantenía obcecado, ani-
mado por generales que en el fondo buscaban derrocarlo.

186
LA NOCHE CULMINANTE

A lgo antes de las once de la noche del 27 de febrero, se


congregó en la Puerta de la Misericordia, detrás del
matadero, un primer contingente de personas, que no debía
pasar de un par de cientos. Ya la posición estaba garantizada
por la complicidad de soldados apostados en las cercanías, pues
temprano en la noche Joaquín Puello había tomado previsiones
para neutralizar un posible ataque reactivo de antiguos esclavos
desde Pajarito. Orientados desde su escondite por Sánchez, los
dirigentes operativos también habían obtenido el compromiso
de oficiales en varios puntos claves de la ciudad, como el puerto
y la Puerta del Conde.
En esos instantes se produjo el célebre disparo de Mella,
quien se encontraba al frente de los manifestantes. Se han dado
dos explicaciones del incidente: la primera, que obedeció al
propósito de evitar una desbandada, ante las vacilaciones de una
parte de los presentes; la otra, que se trató de algo accidental, en
medio del fragor. Al margen de las intenciones de Mella, algunos
de los congregados se habían retirado a sus hogares, temerosos
de una embestida gubernamental. Pero la determinación de los
dirigentes impidió la generalización del temor y al poco rato casi
todos retornaron.
La jefatura haitiana instalada en La Fuerza, encabezada
por Desgrotte, se puso en estado de alerta, pero no dispuso

187
Roberto Cassá

ningún movimiento ofensivo. El gobernador esperaba el estalli-


do unos días después y había convocado al Batallón Africano a
desbaratar cualquier movimiento adverso, pero se vio desborda-
do por los acontecimientos. Esa noche, al captar que se habían
adelantado los planes de los conspiradores, no hizo intento de
contrarrestarlos, sino que se contentó con ordenar a uno de
sus ayudantes, el coronel Deo Hérard, hijo del presidente y con
fama de valiente, que averiguara lo que sucedía. La jefatura de
La Fuerza se limitó a efectuar un disparo de cañón que profun-
dizó el temor momentáneo entre los congregados en la Puerta
de la Misericordia.
Todavía en ese momento no todo estaba asegurado, pues
muchos detalles habían quedado en suspenso en la coordina-
ción con los comprometidos en Sabana Grande, Los Llanos y
Monte Plata. De todas maneras, Pedro Díaz logró hacer llegar
instrucciones a figuras prominentes de esas localidades, como
Juan Hernández, Julián Marcano y Matías Moreno. Joaquín
Puello tomó la iniciativa de despachar gente hacia el otro lado del
río. Se encontró ahí al hatero Manuel Santana, de Hato Mayor,
quien convino en marchar deprisa en dirección a El Seibo. Por
el camino se encontró con que, desde la noche anterior, en Los
Llanos se había proclamado por primera vez la existencia de la
República Dominicana.
Los movilizados se desplazaron hasta la Puerta del Conde
poco antes de medianoche. No hubo dificultades porque
el puesto de 25 hombres estaba comandado por el teniente
Martín Girón, incorporado al movimiento. Fue ahí cuando
se enunció con formalidad la resolución de ruptura con
Haití. No obstante el papel dirigente de los duartistas, bastó
la participación de conservadores para que la convocatoria se
hiciera del dominio de todos. Las opiniones de estos últimos,
alimentadas por la reciente llegada del cónsul de Francia, con-
firieron un sentido de seguridad por la expectativa de apoyo
de la potencia. Décadas después, Juan Alejandro Acosta, uno
de los adalides de la jornada, confesó al historiador Narciso
Alberti: «Todos fuimos a la Puerta del Conde contando con

188
Antes y después del 27 de Febrero

los franceses».167 Al mismo tiempo, otra tradición atendible re-


fiere que, en las primeras horas, cuando se respondía al quién
vive, se respondía «Viva Juan Pablo Duarte».168
Al otro lado de la ciudad, en las cercanías del Ozama, otro
contingente tomó las disposiciones para neutralizar cualquier
resistencia desde La Fuerza y garantizar las comunicaciones
con la ribera izquierda. Una vez llegados Sánchez y otros,
como Bobadilla, se hizo proclama formal del nacimiento de la
República Dominicana. Sánchez se hizo presente pasada la me-
dianoche a causa de que un grupo de haitianos tenían una ter-
tulia al lado de donde se ocultaba, en la esquina de las actuales
calles Hostos y Arzobispo Nouel. De inmediato tomó el mando,
como estaba previsto.169 Bobadilla y Jimenes se ausentaron con
la finalidad de buscar refuerzos y neutralizar a los libertos, sobre
todo los originarios de África. Mientras Bobadilla se dirigió a
Monte Grande, Jimenes atravesó el río Haina en dirección a
San Cristóbal. Eran las dos zonas donde se localizaban las ma-
yores concentraciones de antiguos esclavos o descendientes que
podían mostrar recelos ante el nuevo orden. Por todas partes
se pusieron en juego los compromisos obtenidos por Puello y
Jimenes entre oficiales y soldados.
Lo que indican las fuentes es que, recuperada la confianza,
el ambiente se asemejaba a una fiesta. Hacia las 4 de la madruga-
da del día 28, Sánchez lanzó una arenga que fue calificada por
Galván como un discurso lleno de elocuencia. Madiou ofrece la

167
Alcides García Lluberes, «En torno a una famosa carta», en Duarte y otros
temas, p. 50.
168
Alcides García Lluberes, «Duarte en la Puerta del Conde», ibíd., p. 69.
169
La jefatura de Sánchez es negada por Alcides García Lluberes, en tesis
carente de fundamento, pues acepta los reclamos de Bobadilla. Para García
Lluberes la jornada estuvo dominada por los conservadores, conclusión dirigi-
da a disminuir el aporte de Sánchez. Sostiene que la llegada de los regimientos
31 y 32 tuvo por efecto acelerar la materialización del Plan Levasseur, cuando
la verdad fue exactamente la opuesta. Los duartistas comandados por Sánchez
decidieron adelantarse a los planes de los afrancesados. Es cierto que el 27 de
febrero el tema no se planteó de esa manera, pero no era necesario a pesar
de la participación de algunos afrancesados, como el diputado Remigio del
Castillo. Alcides García Lluberes, «El 27 de febrero ignorado», en Duarte y otros
temas, pp. 86-92.

189
Roberto Cassá

discutible información de que, en ausencia de una bandera do-


minicana, se colocó la haitiana en la Puerta del Conde, y que un
coronel enviado por Desgrotte decidió no atacar pensando que
el movimiento no iba dirigido contra Haití. Lo mismo habría
hecho Juan Santillán, jefe del arsenal.
Se dio parte al corregidor de la ciudad, Domingo de la
Rocha, quien convocó al Ayuntamiento, como representante
del pueblo, para sancionar el cambio. Los afrancesados y pro-
haitianos nucleados en ese organismo no tuvieron empacho en
cambiar de chaqueta de forma apresurada.
Para las 10 de la mañana del 28 de febrero se habían pre-
sentado centenares de moradores de las secciones rurales próxi-
mas a la ciudad, con lo que los independentistas consolidaron el
control sobre ella, y dejaron aislada La Fuerza. Posiblemente la
descripción más fresca de lo acontecido fue la elaborada por el
cónsul Saint Denis para su gobierno.

El 27 en la noche fue el momento fijado para esta


tentativa audaz. Las autoridades estaban alertas y la in-
quietud era generalizada. De todas maneras se esperaba
que el orden no sería alterado. El vicario general y per-
sonas muy influyentes hicieron esfuerzos inútiles para
convencer a estos jóvenes de que tuvieran propósitos
más razonables. Estos se mostraron inquebrantables y,
como se había anunciado, la señal fue dada a las 11 de
la noche por una descarga de mosquete disparada al
aire. Media hora después la ciudadela respondió con
dos cañonazos en señal de alarma. Se cargaron cinco
piezas de artillería en dirección a las calles que llegan a
la ciudadela.
Los insurgentes ya estaban en posesión de la puerta de
la ciudad que da al campo y también de la que da al
puerto, de las que se apoderaron sin disparar un tiro.
Solo hubo una víctima a causa de una resistencia impru-
dente. Las dos partes permanecieron en observación,
y ninguna otra demostración hostil fue hecha antes de

190
Antes y después del 27 de Febrero

que amaneciera. Pero este silencio y esta calma no bas-


taron para tranquilizar a la población, presa de una viva
ansiedad y de una inquietud mortal. Desde el primer
disparo una multitud de familias alarmadas vinieron a
colocarse bajo la protección del pabellón francés [...].
En vano yo traté de tranquilizarlos, con mi ejemplo y
mis palabras, frente al terror que inspira aquí la feroci-
dad bien conocida de los negros haitianos [...].
La guardia nacional de la ciudad pudo apoderarse del
arsenal desde los primeros momentos, puesto que solo
había ahí unos 60 soldados mal armados y poco discipli-
nados. Pero, teniendo como propósito evitar efusión de
sangre, prefirió limitarse al primer éxito.170

Manuel Dolores Galván, quien se encontraba inmerso en


los acontecimientos, ofrece la perspectiva de que estos se suce-
dieron en forma improvisada, lo que puede aceptarse. El trabu-
cazo de Mella habría sido accidental, según él, pero obligó a los
congregados a ocupar la Puerta del Conde, puesto que había
alertado a la guarnición. Con todo, el despliegue de los conju-
rados por diversos puntos hizo innecesaria una lucha violenta.
José María Serra, también presente esa noche, brinda una
descripción que subraya una catarsis festiva.

En toda la noche el gobierno no hizo otra cosa sino


estarse a la expectativa, mientras que el pueblo se ha-
bía aglomerado todo en derredor nuestro, como en el
día, no de una gran revolución, sino de un gran festín
nacional: así fue que al mezclarse la luz naciente de la
aurora con la no menos espléndida de la luna, que en la
noche nos había acompañado, el estampido del cañón,
el toque alegre de la diana y la voz tumultuosa del him-
no patriótico que se elevaba melodioso como el de las
diversas aves en el campo.171

Correspondencia del cónsul de Francia, pp. 22-23.


170

Serra, «Apuntes», p. 501.


171

191
Roberto Cassá

Cabe destacar la colaboración de numerosas mujeres a


lo largo de esos días. Ello constituía una señal de la fortaleza
del movimiento en la población citadina, habida cuenta de
que entonces no se concebía la participación de la mujer en
menesteres políticos. Las hermanas de Duarte prepararon gran
cantidad de municiones. Baltasara de los Reyes se distinguió
como mujer de armas tomar. La esposa de Ravelo confeccionó la
primera bandera, conforme a la versión transmitida por su hijo
Temístocles. Un mérito similar se le ha otorgado a Concepción
Bona. Ana Valverde acompañó a sus parientes todo el tiempo.
María Trinidad Sánchez, tía de Sánchez, estuvo al tanto de todo
lo que se movía. Tal protagonismo inspiró la composición de la
poetisa Josefa Perdomo titulada «27 de Febrero».
Mientras tanto, Antonio Duvergé llegaba desde Azua para
informar de la oposición que presentaba el alcalde Buenaventura
Báez. Puello lo devolvió con instrucciones precisas. Finalmente,
un colectivo compuesto por Valentín Alcántara, Francisco Soñé
y Antonio Duvergé venció la resistencia en la ciudad sureña. De
Monte Plata y lugares aledaños se recibió la adhesión de cen-
tenares de hombres comandados por Matías Moreno. En San
Cristóbal y Baní, Esteban Roca y Juan Álvarez se movilizaron
con presteza. Se destinaron emisarios a lugares más lejanos,
cuyas gestiones casi siempre resultaron exitosas, como la de
Luis Álvarez, salido de Baní hacia San Juan de la Maguana. La
Junta recién constituida envió de inmediato a Pedro Ramón
de Mena hacia las ciudades del Cibao y a Remigio del Castillo
hacia El Seibo y demás localidades cercanas. Este último tuvo el
terreno allanado por los pronunciamientos en Los Llanos y El
Seibo. Mena, en cambio, tuvo que sortear dificultades a medida
que se presentaba en cada lugar, aunque en algunos de ellos
ya se había adelantado el cambio. En Santiago el gobernador,
general Morisset, amenazó con un baño de sangre. Después de
vacilaciones, el Ayuntamiento se pronunció por la Separación.
Curiosamente, ese mismo día falleció el hombre fuerte de la
segunda ciudad del país, Juan Núñez Blanco, lo que facilitó el
curso de los eventos. En Puerto Plata las cosas fueron más fáciles

192
Antes y después del 27 de Febrero

por la adhesión del comandante haitiano Vallon Simon, quien


doblegó la oposición del general Cadet Antoine antes incluso de
que se presentara Mena.
Al final de la madrugada del día 28 se conformó la Junta
Central Gubernativa como órgano provisional. Se colocó en su
presidencia a Sánchez, jefe del comité revolucionario de los «fi-
lorios», quien a las veinticuatro horas cedió el puesto a Bobadilla
en ausencia de este. Al experimentado letrado se le reconocía
prestigio y capacidad. Aunque no estaba planteado un proble-
ma personal de mando, se puede inferir que en ese traspaso
debió incidir una presión sutil de notables, quienes aducirían
condiciones requeridas para la jefatura. Para Galván, que todo
el tiempo estuvo al lado de Sánchez, este pecó de ingenuo por
estar embargado de júbilo. En lo sucesivo, según se infiere de un
dictado de recuerdos de un nieto de Bobadilla a Alcides García
Luberes, Bobadilla se esmeró en ejercer prerrogativas al recrimi-
nar a su colega Caminero por no haberlo esperado para validar
la capitulación de las autoridades caídas.172
Se decidió que el centro gubernamental se compusiese por
medio de cooptaciones consensuadas. A veces se designaban
miembros para sustituir a encargados de una comisión, como
cuando Mella fue designado delegado en el Cibao. Casi todos los
primeros integrantes fueron antiguos trinitarios o relacionados,
pero desde un momento inicial, además de Bobadilla, la Junta
acogió al conservador José María Caminero, originario de Cuba
aunque con décadas de residencia en el país. En cada nueva
reorganización se daba cabida a sujetos adicionales de esa ten-
dencia, con lo que el organismo fue adoptando una orientación
distinta a la inicial, aunque sin alterar de palabra la determina-
ción de conformar un Estado soberano. Los únicos represen-
tativos de la clase superior que quedaron excluidos, más bien
por decisión propia, fueron algunos de los compromisarios del
Plan Levasseur y otros afrancesados que entendieron que debía
darse prioridad inmediata a la subordinación a Francia. Varios

172
Alcides García Luberes, «Duarte y las bellas letras», en Tena Reyes, Duarte en
la historiografía, p. 335.

193
Roberto Cassá

de ellos, por lo demás, habían tenido compromisos hasta última


hora con el Gobierno haitiano, como el senador Del Monte,
cuya enemistad hacia Bobadilla era del dominio público.
Es difícil llegar a una relación detallada acerca de la evolu-
ción de los integrantes de la Junta Central Gubernativa. De todas
maneras, una comparación de sus integrantes más reconocidos
el 28 de febrero y dos días después autoriza la imagen de un
desplazamiento del eje de gravitación del poder. La primera
Junta se asemejaba al comité revolucionario, estando presidida
por Sánchez y con la presencia de Manuel Jimenes, Joaquín
Puello, Wenceslao de la Concha y Mella, a quienes se agregaron
los conservadores Bobadilla, Caminero y Remigio del Castillo.
La segunda junta, que operó de manera fundamentalmen-
te estable en los tres meses siguientes, pasó a estar presidida por
Bobadilla y de ella salió de inmediato Puello, a quien se especia-
lizó en la tarea militar. Mella dejó de pertenecer al organismo
cuando se le despachó como delegado en el Cibao. Ingresaron
los conservadores Francisco Javier Abreu (signatario del Plan
Levasseur, al igual que Del Castillo), y Carlos Moreno, además
de sujetos con posiciones equidistantes como Félix Mercenario
(quien, sin embargo, había tenido vínculos previos con los trini-
tarios), Castro y Castro y Silvano Pujol, secretario. A mediados
de mes se amplió el predominio conservador y moderado con
la inclusión de José Ramón Delorve y Juan Tomás Medrano. La
participación liberal apenas se nutrió con Duarte, Manuel María
Valverde y Mariano Echavarría, aunque, hasta donde es dado
saber, este último no se alineó de manera ostensible junto al
padre de la patria.173
Desde la madrugada del 28 de febrero, estando la ciudad
en manos de los insurgentes, Saint Denis recomendó que se
emprendieran negociaciones con los funcionarios haitianos,
con las miras puestas en la materialización del Plan Levasseur.

173
Detalles de esto en Nouel, Historia eclesiástica, t. III, pp. 4-7. De todas ma-
neras, esta variación en la composición de la Junta Central Gubernativa no
es precisa, puesto que se aceptó un flexible mecanismo de incorporación de
integrantes.

194
Antes y después del 27 de Febrero

Pretendió situarse por encima de todos a nombre de un interés


común, como medio para mover los hilos a su conveniencia, con
lo que se erigía en el orientador del bando afrancesado en su
conjunto. Él mismo aleccionó a los dignatarios en cuanto a la
inutilidad de oponerse al nuevo orden de cosas. Desgrotte, al
frente de la administración y de la tropa tras el fallecimiento de
Alí, accedió con prontitud y envió una comisión compuesta por
Alcius Ponthieux y dos oficiales, quienes recibieron de Sánchez,
el doctor Caminero y Puello las explicaciones acerca de la de-
terminación de separarse de Haití. Al retornar Ponthieux a La
Fuerza, Saint Denis dio un paso adelante y aconsejó a Desgrotte
que capitulara. El gobernador no tenía ninguna intención de
combatir, consciente de su aislamiento y de la pequeñez de la
tropa haitiana, no superior a 60 soldados. Pero, de cualquier
manera, debió sentirse abrumado ante el «consejo amistoso»
del representante de la potencia. Poco después el canciller del
consulado, M. Terny, remachó esos propósitos con su interme-
diación diplomática ante la versión falaz de la inminencia de
un ataque demoledor de centenares de insurgentes. Desgrotte
no puso más objeciones. De igual manera, hacia las 10 de la
mañana, solicitó el punto de vista del Ayuntamiento, cuerpo
en disposición de «mediar», que a través del corregidor Rocha
le expresó al gobernador la conveniencia de que se inclinara
ante el hecho consumado. Se nombraron comisarios de ambas
partes para el entendimiento: Doucet, Ponthieux, Deo Hérard,
Paul Jean-Jacques, Roy y Bernier; y Caminero, Manuel Aybar,
Manuel Cabral, Francisco Javier Abreu, Ducaste y Pedro Mena.174
Sobresale que la mayor parte de los negociadores dominicanos
habían estado colaborando con el régimen haitiano hasta sus
últimos días de existencia, por lo cual fueron considerados pota-
bles por sus contrapartes.
En el curso del día se llegó a un protocolo de entendimien-
to, para ser aplicado en la mañana del 29. La parte dominicana se
comprometía a respetar la integridad de los súbditos haitianos,

Madiou, Histoire, p. 116.


174

195
Roberto Cassá

mientras que los funcionarios depuestos convinieron en aban-


donar el país sin dilación, en un buque fletado con destino a
Jacmel, aunque los que quisieran podrían permanecer hasta un
mes en la ciudad. Se estipuló que la caja del tesoro y los archivos
pasarían de inmediato a la Junta Central Gubernativa y que se
respetarían las propiedades de los nacionales haitianos sin ex-
cepción.175 La Junta Central Gubernativa aprobó la capitulación
con las firmas de Sánchez, Mella, Castro y Castro, Remigio del
Castillo y Wenceslao de la Concha.
Esas negociaciones fueron facilitadas por el espíritu de con-
cordia que animaba a los jefes de todas las orientaciones, quienes
descartaron de manera enfática cualquier tipo de persecución
a los residentes haitianos. Además del respeto a sus personas y
bienes, les ofrecieron la opción de cambiar de nacionalidad, con
el requisito de jurar fidelidad a la nueva. Pocos haitianos inte-
grantes del aparato administrativo y comercial aceptaron esta
posibilidad, pero no se desprendió un estado visible de animad-
versión. Por tal razón, otros haitianos que se habían insertado en
la vida cotidiana del país no experimentaron dificultad alguna
en recibir la nacionalidad. En cuanto a los dominicanos de la
guarnición de la ciudad, únicamente cuatro, cuyos nombres
quedaron registrados en las crónicas, decidieron acompañar a
las autoridades caídas y trasladarse al territorio occidental.
A las 9 de la mañana del 29 de febrero Puello hizo entrada
en la ciudadela para tomar posesión de este emplazamiento sim-
bólico de la autoridad. Los funcionarios haitianos se alojaron en
la residencia de Desgrotte, con las garantías de lugar hasta que
embarcaron.

El texto en francés de la «Capitulación de la guarnición de Santo Domingo»,


175

del 28 de febrero, en Madiou, Histoire, pp. 116-117. El documento está ratifica-


do por Desgrotte.

196
EL CONATO DE RESISTENCIA
DE LIBERTOS DE LA PALMA
y otras reacciones

E l principal problema que confrontaron los dirigentes


del recién nacido Estado estribó en la repulsa inicial
por parte de los integrantes del Batallón Africano, con sede
en Monte Grande (hoy zona de Guerra). Como su nombre lo
indica, esta unidad militar estaba compuesta por libertos de la
palma de 1822, una parte de ellos nacidos en África, quienes
temían que el cambio operado condujese al restablecimiento
de la esclavitud. En esa actitud incidía que algunos de los re-
presentantes del nuevo orden pertenecían a familias de estratos
superiores provenientes de la época colonial.
Tal traba bloqueaba la llegada de los refuerzos que se
esperaban desde Los Llanos y El Seibo, obligados a pasar por
la comarca dominada por los sublevados. El tema cobró tanta
importancia que se encargó a Puello y a Bobadilla dirigirse
adonde los africanos para ofrecerles garantías de que seguirían
gozando de libertad plena. Cuando el comandante Esteban
Pou, jefe de ese cuerpo, apostado en el ingenio Frías, renovó
la hostilidad aun después de las explicaciones ofrecidas, Puello
le envió un mensaje conminatorio. Previamente Puello había
enviado a su hermano Gabino a Pajarito con la advertencia de
que se emplearía artillería contra los disidentes. Finalmente,

197
Roberto Cassá

ante la reiteración de que el movimiento independentista


no lesionaría los derechos sociales adquiridos, los antiguos
esclavos depusieron su rebeldía y se colocaron al servicio de
las nuevas autoridades.176 Contrarios a la beligerancia del co-
mandante Pou, en un momento dado sus capitanes, José de
la Cruz y Santiago Basora, acordaron por su cuenta pasar a
la ribera derecha del Ozama a colocarse bajo el mando de la
Junta Central Gubernativa. Con esa decisión de los capitanes
concluyó el único conato adverso al nuevo orden nacional, si
se exceptúan en lo fundamentral zonas fronterizas con impor-
tante población haitiana.
Aun cuando el problema con los africanos y descendientes
terminó por solucionarse, condujo a la Junta a apresurar el com-
promiso expreso de descartar para siempre el restablecimiento
de la esclavitud, siguiendo lo indicado en el Manifiesto del 16 de
Enero, lo que se formalizó en una de sus primeras resoluciones,
el 1 de marzo.177 En ese documento se aclaró que se consideraba
delito propagar lo contrario, se negó que se estuviese hostigan-
do a los franceses y se ratificó la disposición contemporizadora
hacia los haitianos residentes.
No hubo otros conatos marcados de oposición en el
resto de la población en los meses subsiguientes, salvo un
incidente en Las Matas de Farfán al que se hará alusión. Más
bien lo que aconteció fue que desde que llegaban los dele-
gados de la Junta a las localidades, se producía un estado
de opinión prácticamente unánime de respaldo al cambio,
lo que daba lugar a que se vencieran dudas y tentativas de
disidencia, como aconteció en Santiago de los Caballeros.
Informa Lepelletier de Saint Rémy, en dato no reiterado por
ningún otro autor, que por todas partes los lugareños mani-
festaban su júbilo con la consigna de «Viva la virgen María y
la República Dominicana».
Lo crucial en la factibilidad de continuidad del nue-
vo Estado radicó en la sumatoria del Cibao. Se trató de un

Detalles en Galván, «Sucesos», pp. 31-32.


176

En Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, p. 18.


177

198
Antes y después del 27 de Febrero

asunto cuya decisión quedó en manos mayormente de las


élites urbanas, las que concitaron el apoyo del pueblo de sus
demarcaciones. Cuando el enviado de la Junta, Pedro Ramón
de Mena, llegó a La Vega, encontró vacilaciones en el seno de
la corporación municipal, que traspasó la decisión del grave
problema al jefe militar local, general Felipe Vásquez, quien
adujo que antes que dar su asentimiento debería tener contac-
to directo con la Junta Central Gubernativa. Al instante, en la
misma reunión ampliada del Ayuntamiento, el jefe local de la
Guardia Nacional, coronel Toribio Ramírez, tomó la palabra
para desautorizar a Vásquez: «Pues yo, en nombre de la guar-
dia nacional y del pueblo de La Vega, me pronuncio por la
República Dominicana».178
No hay señales en el valioso relato de referencia de que los
habitantes de las pobladas secciones rurales en el camino a Moca
fueran consultados por De Mena. Parece que estaba sobreen-
tendida la capacidad representativa del Cabildo. Conforme a
un diálogo imaginario entre «Javiera» y «Gabriela», al llegar a
Moca, De Mena se dirigió nueva vez al local del Cabildo, provis-
to de una carta de presentación del alcalde de La Vega, Carlos
Dandoin, por el apellido seguramente originario de Haití, quien
se había adherido al Estado dominicano. Bastó esa misiva para
que el corregidor, el francés José María Imbert, convocara a la
población a deliberar. «Javiera» continuó el recuento a su amiga
de lo que aconteció ese día y que culminó con la proclama fir-
mada y leída por Imbert el 4 de marzo.

La plaza de armas estaba cubierta de hombres por la


mañana del 5 de marzo, que tuvo lugar el pronuncia-
miento con la mayor pompa y majestad. Marchaba
la infantería delante, compuesta como de 800 piezas
de guardia nacional, todas muy bien uniformadas de

Las palabras de Ramírez están glosadas por «Javiera», personaje de ficción


178

en un diálogo entre dos jóvenes sostenido en 1844 en Moca, escrito en 1853,


atribuido al presbítero Anselmo Ramírez, reproducido en El Independiente, fe-
brero de 1888. «En casa del corregidor J. M. Imbert. Diálogo histórico (1844)»,
en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. IV, p. 30.

199
Roberto Cassá

casacas, morriones, sables, fusiles y cartucheras. Al


centro marchaba el cuerpo municipal y demás em-
pleados montados a caballo y con la mayor decencia y
compostura; y a la retaguardia marchaba la caballería
uniformada como la infantería. En todas las esquinas se
publicó la proclama siguiente: «Dios, Patria y Libertad,
República Dominicana». Proclamación a todos los
habitantes del Este [...]. Ha resonado el grito de Dios
Patria y Libertad. Sí, haitianos españoles, ya llegó el
día en que podamos decir, que «el pueblo que quiere
ser libre no hay poder humano que lo domine». La
República Dominicana quiere y ha jurado ser libre,
sin dependencia de ninguna otra nación, sólo de ella
misma. ¡Haitianos españoles! Todos somos hermanos
y libres!
La República Dominicana no hace distinción de los
hombres por su color sino por sus virtudes. Haitianos
españoles! respetareis las personas, y serán nuestros
amigos los que quieran seguir el estandarte domini-
cano. ¡Haitianos españoles! Nosotros estábamos hacía
veintidós años agobiados bajo el duro yugo y feroz
Gobierno de Boyer. Se destruyó a ese tirano y se levantó
otro más cruel y bárbaro [...]. El y los suyos han robado
los vasos sagrados y las alhajas de nuestros templos;
ellos han destruido iglesias para edificar casas y han
atropellado a los sacerdotes llevándolos presos cual a
unos facinerosos. El Gobierno que se ha formado en
Port-au-Prince no tiene religión, pues no ha adoptado
ninguna. ¿Y abandonaréis vosotros la religión de nues-
tros padres, único consuelo que nos quedaba después
de 22 años de sufrimientos? No, no más sufrimientos;
se acabaron para siempre, o moriremos por Dios,
por nuestra religión, por nuestra patria y por nuestra
libertad.179

Ibíd., pp. 31-32.


179

200
Antes y después del 27 de Febrero

A continuación el sacerdote Anselmo Ramírez puso en


manos de Imbert una Biblia y el cura Silvestre Núñez se dirigió a
los congregados, en discurso que resume el parecer del estrato
dirigente local.

¡Dominicanos! Sabed que nosotros los habitantes de


esta parte del Este de la isla, nos incorporamos a la
República Haitiana hace 22 años, por evitar la guerra,
creídos que seríamos tratados como amigos; pero hemos
sido engañados y se nos ha tratado como a un pueblo
conquistado, con injusticia, con tiranía y con desprecio.
Por eso, hemos resuelto separarnos de los haitianos y
fundar por nosotros mismos, una República libre e in-
dependiente, gobernada por nosotros mismos y por las
leyes que formemos arregladas a nuestras necesidades y
manera de ser.180

Se dispone de otra versión sobre el procedimiento que


implicaba la sumatoria de los espacios locales gracias a los re-
cuerdos, medio siglo después, de un habitante de San José de
las Matas, Esteban de los Ángeles Aybar, nacido en 1830. Habría
llegado una comisión de diez notables de Santiago a la cabecera
de La Sierra, pero no fue recibida bien por la tropa reunida.
El cura párroco, Tomás Rodríguez, proclamó la República
Dominicana, pero tuvo que intervenir el comandante militar
para convencer a sus subordinados de acatar la decisión del
pueblo y la orientación que venía desde Santiago. Mientras la
tropa haitiana comenzaba a penetrar a territorio dominicano
a lo largo del Yaque, la comisión continuó hacia Sabaneta y
Dajabón.181
En lo inmediato, los refuerzos recibidos con prontitud desde
dos villas cercanas a Santo Domingo resultaron decisivos en la
consolidación del movimiento. En Los Llanos, como se ha visto,
la Separación fue proclamada el 26 de febrero por iniciativa de

Ibíd., p. 33.
180

«E. de los Ángeles Aybar, Relato. Hacia 1900», en ibíd., pp. 34-38.
181

201
Roberto Cassá

Juan Ramírez, hatero influyente comprometido desde época de


Duarte. El día 28, después de pasar Monte Grande, los lanceros
llaneros formaron en Santo Domingo el primer batallón del na-
ciente Estado. De mayor repercusión fue el pronunciamiento de
los hermanos Santana, quienes reclutaron unos cuantos centena-
res de jinetes armados de lanzas, machetes y otras armas blancas.
En el camino se fueron agregando más reclutas hasta sumar cerca
de 2,000.
Conforme a Madiou, al llegar a la ciudad en medio de
la algarabía, Pedro Santana habría sido el primero en expo-
ner la necesidad de destinar con urgencia tropas hacia Azua,
advirtiendo que si la Junta no lo hacía él iría por su cuenta
junto con sus lanceros. A estos se les encomendó la tarea de
constituir la columna vertebral llamada a oponerse a la pre-
visible represalia haitiana. La Junta le concedió a Santana el
grado de coronel, pero sus hombres, al partir de El Seibo, ya lo
habían aclamado como general. Según García, inicialmente la
Junta Central Gubernativa tenía reservado ese grado solo para
Duarte, por lo que su concesión a Santana ponía de relieve
una voluntad contraria al espíritu que había llevado al 27 de
febrero. En los días siguientes fueron agregándose pequeños
contingentes al cuerpo expedicionario que debía salir en di-
rección a Azua.
Hubo que proceder precipitadamente a recolectar armas
entre los miembros de la Guardia Nacional, quienes estaban
obligados a adquirirlas por su cuenta. Se les prometieron es-
copetas a cambio de los fusiles que entregaran. El asunto se
tornaba perentorio, pues el año anterior Hérard había tomado
la precaución de llevarse los mejores armamentos de la ciudad.
Gran parte de los combatientes en los encuentros bélicos de
marzo disponían exclusivamente de armas blancas.
Del lado de los sectores superiores, el único cuestionamien-
to a la nueva República fue protagonizado por Buenaventura
Báez, corregidor de Azua, cuyas actuaciones en Port-au-Prince lo
habían situado a la cabeza del agrupamiento más influyente de
los afrancesados. Asociaba el proyecto de protectorado francés

202
Antes y después del 27 de Febrero

con sus intereses personales. Posiblemente sea cierto el alega-


to de Santana, expuesto en 1853, de que Báez envió al capitán
Eugenio Silverio ante el presidente Hérard para alertarlo de lo
que acontecía.182 Las evidencias eran tan irrefutables que Báez
tuvo que aceptar parte de las culpas.

Es cierto que no tuve parte en la combinación que dio


por resultado el pronunciamiento del 27 de febrero, y
que dudé del éxito de aquella empresa, hasta el extremo
de temer que hiciera abortar los planes en que teníamos
otros mayor fe; pero luego que vi la resolución de mis
conciudadanos, me uní a ellos y les merecí la confianza
de ser nombrado consejero del general Santana [...].183

Ante el sesgo alarmante que presentaban las noticias de


Azua, la Junta comisionó del asunto al batallón de Los Llanos,
al mando de Gabino Puello y Manuel Jimenes. Pero no fue
necesario emplear la fuerza; los movimientos de Báez no ha-
bían tenido éxito, pese al ascendiente de que gozaba en su
entorno natal, y fue remitido preso a Santo Domingo. Al lle-
gar a la ciudad proclamó que se declaraba ciudadano francés,
actitud que develaba desesperación y falta de comprensión
de lo que estaba aconteciendo. Siguiendo el relato de Pedro
Santana, en la ciudad Báez intentó sonsacar a Ramón Santana
para que influenciara a favor de presentar la rendición ante
Hérard. Al conocerse esta nueva intriga, Báez fue reducido a
prisión por varios días, de la cual salió por gestiones del mismo
Santana, quien se lo llevó a Azua como consejero, consciente
de su capacidad y de la utilidad de las conexiones que mante-
nía con los franceses. En su diatriba de 1853 Santana no tuvo
más remedio que justificarse por haber rescatado a Báez, al
aseverar que consideró que había obrado por inexperiencia o
atolondramiento.

182
«Pedro Santana. Manifiesto contra Buenaventura Báez», 3 de julio de 1853,
en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, p. 273.
183
«B. Báez a sus conciudadanos», ibíd., p. 308.

203
Roberto Cassá

Aun ante una disidencia tan delicada, puesto que provenía


del principal interlocutor de los representantes de Francia, la
Junta sostuvo una tesitura conciliadora con todos los factores de
poder dispuestos a agregársele. Desde esos días Santana se sumó
como el que más a la perspectiva de considerar que la tabla de
salvación estribaba en el apoyo de Francia, con lo que, en tanto
que figura militar preponderante, se insertaba en primera línea
en la recomposición del bando conservador.

204
RECONOCIMIENTO
DEL PLAN LEVASSEUR

D esde el mismo 28 de febrero el principal problema de


la Junta Central Gubernativa radicó en confrontar la
previsible arremetida del Estado haitiano. Los conservadores
depositaron sus esperanzas en la virtualidad de un apoyo francés
en dinero, armas y pertrechos bélicos. En esos días, como se ha
referido, circulaba por el litoral una flotilla francesa, que tenía
base en Martinica, bajo el mando del contralmirante De Moges.
Este procuró dejar en claro, casi sin ambages, que el poderío na-
val de su país se ponía al servicio de la causa de los dominicanos,
como tuvo ocasión de poner de manifiesto poco después en la
bahía de Neiba.
Para los conservadores, la presencia de unidades francesas
en las aguas territoriales constituía el recurso crucial para enfren-
tar la hostilidad de los vecinos. Desconfiaban de la capacidad bé-
lica de los dominicanos pobres. Su falta de conciencia nacional
se traducía en derrotismo insalvable, pues estaban penetrados
de la certeza de que carecían de los medios para oponerse a la
inevitable agresión. Los aprestos militares se contemplaban no
más que como un recurso para ganar tiempo hasta obtener el
respaldo extranjero.
Saint Denis contribuyó a extremar ese estado de opinión.
De sus despachos se obtiene el dato de que alentaba que el

205
Roberto Cassá

nuevo gobierno se plegara a las conveniencias de Francia. Ese


punto de vista no era únicamente compartido por conservado-
res. También lo asumieron muchos otros que consideraban que
no había medios al alcance para frenar una avalancha arrolla-
dora de tropas provenientes del oeste. El problema atravesó en
adelante el nudo de las políticas a seguir.
Tras dos días de negociaciones, partes de cuyos detalles
los recogió Saint Denis en sus despachos, la Junta Central
Gubernativa, en consulta permanente con él, adoptó una reso-
lución el 8 de marzo, en la que se solicitaba el apoyo de Francia.
El órgano gubernamental consideró conveniente mantenerla
en secreto, no solo por consideraciones internas, sino también
para prevenir que otras potencias se movilizaran en contra de las
prerrogativas que se proponían a Francia. Aparentemente, hasta
donde se puede juzgar, no se presentaron divergencias significa-
tivas en el interior de la Junta. Por lo menos no hubo negativas
a firmar la carta en la que se retomaban las propuestas que ha-
bían extendido al cónsul general Levasseur, a solicitud suya, los
diputados en la asamblea constituyente en los meses finales de
1843. Sobresale la firma de Sánchez en el documento. Recién
llegado del exterior una semana después y cooptado en la Junta,
Duarte no exteriorizó críticas que trascendieran a la correspon-
dencia del 8 de marzo. La reactivación del proteccionismo de los
afrancesados se recubrió con el argumento eufemístico de que
se mantendría la búsqueda de apoyo de Francia mientras en el
país hubiese tropas haitianas.
En la correspondencia al Gobierno francés, a través de Saint
Denis, la Junta Central Gubernativa solicitaba ayuda en armas y
pertrechos, a cambio de lo cual proponía ceder a perpetuidad
a Samaná y colaborar con cualquier esfuerzo de reimplantación
francesa en Haití. En este momento no aparecía un punto cru-
cial del Plan Levasseur: la instauración de un protectorado por
medio de la designación de un gobernador francés por diez
años, prorrogables en un segundo período similar. Esto significa
que los conservadores se vieron obligados a aceptar el hecho
consumado de que se había constituido un Estado soberano.

206
Antes y después del 27 de Febrero

Ante el entusiasmo compartido a favor de esa realidad, carecía


de pertinencia abogar por un protectorado, propuesta que hu-
biese generado una confrontación con los antiguos trinitarios y
otros patriotas, quienes movían gran parte de los hilos, aunque
habían aceptado ceder márgenes de su influencia a quienes con-
sideraban individuos prestigiosos de la parcela opuesta. De todas
maneras, los campos no estaban tajantemente deslindados. Los
patriotas confiaban en los afrancesados, al menos hasta cierto
punto, pero los últimos sabían bien que no podían obrar a dis-
creción en sentido opuesto al consenso a favor de la continuidad
de la existencia de la República Dominicana. Es probable que
para algunos de los duartistas la resolución secreta generara
malestar, pero al mismo tiempo debieron ponderarla como una
concesión momentánea en aras de la unidad, en un momento
delicado en que podía zozobrar lo alcanzado, vista la inminencia
de una invasión desde el oeste.
La omisión del gobernador francés no equivalía a la elimi-
nación del Plan Levasseur, sino a su reformulación a tono con las
circunstancias creadas. Se mantuvo la cesión de Samaná a perpe-
tuidad. Adicionalmente, el Gobierno dominicano se comprome-
tía a auxiliar a Francia en cualquiera circunstancia vinculada con
Haití, punto que no se hallaba comprendido dentro del plan
original de meses atrás. La propuesta del 8 de marzo, además,
no se hacía depender de la presencia de tropas haitianas en
suelo dominicano. Para Saint Denis, de común acuerdo con los
cabecillas afrancesados, era el primer paso del más ambicioso
objetivo concebido por Levasseur.
Con su aquiescencia, no obstante, los patriotas dejaron
campo libre a que los afrancesados emprendieran negociacio-
nes ulteriores con vistas a obtener el apoyo de la potencia. Pero
como este tardaría en llegar, ambos bandos encontraron un
terreno común en torno a la defensa del país. Esta avenencia,
por lo demás, estaba respaldada por el estado de opinión casi
unánime a favor de la cohesión de todos. Resulta imposible, a
falta de documentos y testimonios, determinar cuáles eran los
cálculos subyacentes de los jefes patriotas en esos días, pero

207
Roberto Cassá

es probable que se atuvieran a la exigencia de unidad. Para la


generalidad de la población no había distinciones de partidos,
pues pocos se enteraron de los debates que libró Duarte contra
Del Monte y demás afrancesados. Tendría que ser Duarte quien,
desde el frente de Baní, comenzara a levantar el avispero de los
conflictos que los iban a volver a dividir.
Es de presumir que quedase un mal de fondo entre los
duartistas más intransigentes, aunque no se manifestara por ser
conscientes de que había que sostener una actitud favorable
hacia Francia. También es probable que, aunque no protestase,
Duarte pasara a abrigar cierta suspicacia respecto a Sánchez. Al
año siguiente, en carta dirigida a Duarte desde Cumaná, fecha-
da el 25 de diciembre de 1845, Juan Isidro Pérez hizo alusión
al espinoso asunto: «Y en fin, Juan Pablo, la Historia dirá que
fuiste el único vocal de la Junta Central Gubernativa, que con
una honradez a toda prueba, se opuso a la enajenación de la
península de Samaná».184

Citado por Alcides García Lluberes, Duarte y otros temas, p. 91.


184

208
PRIORIDAD AL APRESTO MILITAR

A l igual que otros hateros del Este, los hermanos Santana


estaban preparados para asumir el mando, como lo
muestra el hecho de que inmediatamente concitaron el enro-
lamiento de centenares de campesinos y peones. Se distinguían
por su condición de lanceros, con lo que Pedro Santana, desde
ya con vocación de jefe militar, recogía una herencia secular de
acción bélica. Al llegar a la ciudad quedó reconocido como el
comandante de la fuerza principal para la protección del Estado.
Desde el inicio, los conservadores contaron con Santana
como uno de ellos, y nadie podía cuestionar que se le asignara la
jefatura del Cuerpo Expedicionario del Sur. En Santo Domingo
se unieron a esa unidad porciones de los disueltos regimientos
31 y 32. En San Cristóbal y Baní se agregaron efectivos suple-
mentarios, incluyendo antiguos militares e integrantes de las
milicias.
Los informes que se recibían de la frontera condujeron a
que Santana se estacionara en Azua, donde precipitadamente
terminó de organizar el dispositivo defensivo. Se sabía que tanto
desde Neiba como desde San Juan se aproximaban regimien-
tos encabezados por el mismo presidente Hérard, los cuales ya
habían aplastado la resistencia de pequeños destacamentos de
dominicanos improvisados sobre todo en las inmediaciones del
lago Enriquillo.

209
Roberto Cassá

Con rapidez se conformó un cuerpo de oficiales adic-


tos a Santana. Algunos provenían de los altos rangos de
los regimientos 31 y 32, como el coronel Manuel Mora, un
ambicioso liberto de la palma, antiguo esclavo doméstico de
un fraile con ese apellido, que terminó como un furibundo
enemigo del régimen haitiano. En Azua se contó con la coo-
peración del veterano francés François Soigner, quien había
españolizado su apellido a Soñé. Este venía instruyendo a
varios sujetos desde semanas antes del 27 de febrero, entre
los cuales se destacó Antonio Duvergé, originario de Saint
Domingue, hijo de mulatos que habían huido a las confron-
taciones entre «castas», conocido por el apodo de Bois, por
su ocupación en los cortes de madera. Duvergé se reconocía
con toda propiedad como un dominicano, a lo que agregaba
el factor conflictivo con Haití vinculado al pasado familiar.
En Azua se logró disponer de dos pequeños cañones que
tendrían incidencia en el resultado de la batalla que se iba a
escenificar el 19 de marzo.
En Port-au-Prince, tan pronto se supo lo acontecido en
Santo Domingo, la juventud citadina de los sectores superio-
res se movilizó por considerar que los dominicanos abrían la
puerta al retorno del dominio extranjero sobre la isla en su
conjunto. Esta beligerancia no era compartida por el grueso
de la tropa, compuesta por campesinos. Hérard renovó así
el apoyo momentáneo de la élite capitalina. Con este flanco
cubierto, marchó hacia la frontera, y en Croix de Bouquets
dividió los regimientos en dos columnas, una bajo su mando
directo, que iría por San Juan, y la otra del general Augustin
Souffrant vía Neiba. En Las Caobas, el 12 de marzo, Hérard
lanzó invectivas contra los dominicanos, a los que acusó de
haberse contagiado del espíritu de los constitucionalistas, con
lo que los equiparaba a las situaciones que se desarrollaban en
Haití, algo carente de asidero. Estaba por igual convencido de
que, detrás de la secesión, obraba la mano de Levasseur, quien
no tuvo reparos en entregarle una extensa carta antes de que
partiera al frente de la tropa, en la que ofrecía su mediación

210
Antes y después del 27 de Febrero

y lo instaba a no emplear la violencia.185 Pero el presidente no


se atrevió en ningún momento a denunciar al cónsul, a no
ser mediante señalamientos velados. A Levasseur le tuvo sin
cuidado que se levantara un estado de excitación en su contra.
Herárd sostuvo:

La revolución apareció con sus prodigios y las espe-


ranzas que hizo nacer; fue recibida con alegría por la
población del Este; pero en ella se despertó al mismo
tiempo la idea de una escisión que atormentaba desde
veinte años atrás a hombres dedicados a realizar la qui-
mera de una República Dominicana bajo protectorado
extranjero [...]. La simple observación de los hechos
probará la influencia del espíritu que ha dominado la
Constituyente sobre los acontecimientos que se han
producido [...].
Al mismo tiempo, una agitación precursora de una cri-
sis se manifestaba en Miragoane y sus alrededores, y el
27 de febrero la Parte del Este declaró separarse de la
República. Han llegado revelaciones a la capital de que
se vio circular emisarios por todos los lugares.186

No podía mostrar mayor miopía. En esa tónica, amenazó


con una solución expedita del problema.

Haitianos, dentro de unos días estaremos en las puertas


de Santo Domingo. Treinta mil hombres, con parque
de artillería compuesto de piezas de gran calibre, ase-
gurarán el éxito de esta campaña. Yo me presentaré
ante todo como un misionero de la paz y de la verdad,
y hablaré el lenguaje de la persuasión; pero si esta
ciudad rebelde desconoce la voz de la sabiduría, si lla-
ma a la intervención extranjera, yo deploraré la triste

185
Cónsul Ussher a lord Aberdeen, Port Republicain, 6 de marzo de 1844, en
Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. III, p. 26.
186
Citado en Madiou, Histoire, p. 133.

211
Roberto Cassá

necesidad en que se me habrá colocado y no dudaré


en emplear la fuerza y la voluntad que deben sofocar la
revuelta [...].187

Aunque enfrentase la resistencia de partidas improvisadas


de lugareños pobres, Souffrant trató de reclutar a otros domini-
canos para sus batallones, pero estos desertaban con rapidez. Lo
mismo hacían numerosos campesinos haitianos, para quienes
esa campaña carecía de significado. El cónsul británico Ussher
anotó en uno de sus despachos que no pocos reclutas huían tan
pronto abandonaban la capital. Los focos de resistencia fueron
aplastados por el general Auguste Brouard, como se ha observa-
do un conocedor a perfección de la «Partie de l’Est», al frente
de los regimientos de vanguardia 20 y 21. Pero tuvo que retroce-
der en un momento dado, cerca de Neiba. Al igual que Hérard,
Brouard iba haciendo arrestos, no obstante la conciencia de que
enfrentaba una voluntad generalizada de resistencia. En la zona
central del valle, por su parte, banilejos y azuanos contribuye-
ron a pronunciar San Juan y Las Matas. El apoyo local, de todas
maneras, no fue igual de entusiasta que en la zona de Neiba.
Cuando la columna al mando de Hérard atravesó la frontera,
los combatientes dominicanos se vieron precisados a retroceder
a toda prisa. Incluso se dio el caso insólito de que, en Las Matas
de Farfán, la Guardia Nacional rechazó a los banilejos y azuanos
llegados días antes.
Los agresores avanzaban a marchas forzadas y sin artillería.
Se produjo una falta de coordinación entre las dos columnas
provenientes de San Juan y Neiba. En realidad, lo que aconteció
el 19 de marzo se resume en que unas avanzadas del primer con-
tingente intentaron tomar Azua y pudieron ser repelidas porque
no esperaban una resistencia tan organizada.
Desde el día anterior Pedro Santana había desplegado los
hombres disponibles y concentrado a los armados de fusiles al-
rededor de dos piezas de artillería. Iniciadas las hostilidades, el

Ibíd., pp. 133-134.


187

212
Antes y después del 27 de Febrero

fuego desorganizó la vanguardia de los atacantes. Los lanceros


los persiguieron provocándoles más de 50 víctimas, incluido el
coronel Vincent, jefe del regimiento 9, «muerto heroicamen-
te». Todavía no habían llegado ni 8,000 hombres de los 20,000
supuestos, dado que el avance de Souffrant había sido entor-
pecido por los destacamentos irregulares de nativos de Neiba y
caseríos circundantes.
Mientras tanto, en Port-au-Prince se exacerbaban los
conflictos entre el encargado del Ejecutivo, Hérard Dumesle,
primo del presidente, y la Asamblea. Poco después de una
protesta de algunos diputados, Dumesle, vulnerando su pro-
fesión de liberalismo, hizo rodear la Asamblea y procedió a
disolverla, lo que equivalió a un golpe de Estado. Por esos días,
Dumesle llevaba un estilo de vida disoluto que contribuyó a
mellar aún más su ya deteriorado ascendiente. Sin ambages
se anunció que, al retornar triunfante de la Partie de l’Est,
Hérard asumiría facultades dictatoriales. Este conflicto de
poderes contribuía a exacerbar los temores de los estratos
dirigentes, especialmente de los comerciantes extranjeros co-
bijados detrás del concubinato con haitianas, por la ausencia
de las unidades de la Guardia Nacional, que habían marchado
junto a Hérard. Ante ese vacío de autoridad, desde Jamaica
los británicos se plantearon enviar unidades navales para pro-
teger a los extranjeros de posibles tumultos y exacciones en
ciudades de la franja meridional de Haití.
Horas después del combate del día 19, Santana proce-
dió a retirarse de Azua, que fue ocupada al día siguiente por
Hérard. Se negó a obtemperar ante los criterios de algunos de
los coroneles y de su consejero, Buenaventura Báez, quienes
sostenían que las condiciones eran propicias para pasar a la
contraofensiva, dado el estado de desorganización de la tropa
enemiga y el efecto de su derrota en las puertas de Azua. Se
puso de relieve, por primera vez, la preferencia de Santana
por la táctica defensiva. Intervenía sin duda un componente
de estrategia militar en tal resolución, vista la desproporción
entre alrededor de tres mil dominicanos y los algo más de

213
Roberto Cassá

quince mil haitianos que terminaron confluyendo en Azua.


Pero no menos obraba un ingrediente político, puesto que
de esa manera se presionaba para una pronta ejecución de la
variante oficializada del Plan Levasseur. Por su parte, Hérard
no se movía de Azua, en espera de goletas en las que debía
llegar la artillería para tomar por asalto a la ciudad amurallada
de Santo Domingo.
Santana únicamente aceptó plantar combate cuando
Hérard dispuso el avance por el flanco izquierdo para tomar
El Maniel (San José de Ocoa). Al frente de unos 150 hombres,
Antonio Duvergé enfrentó exitosamente a un regimiento varias
veces más numeroso, gracias a la ventaja que proporcionaba el
relieve montañoso. Este resultado debió hacer entrar en razón a
Santana acerca de la pertinencia del contraataque, pero se man-
tuvo inflexible en su determinación, como explicó a Bobadilla
en correspondencia confidencial, plagada de faltas gramaticales,
esperanzado en que la pasividad contribuyera a acelerar la ob-
tención del protectorado francés.
Ni siquiera lo sucedido en Santiago alteró el aplomo de
Santana. El 30 de marzo se libró combate en las puertas de
la capital del Cibao. Contingentes improvisados llegados de
las comarcas vecinas se organizaron para impedir que el go-
bernador de Cap Haïtien, Louis Pierrot, ocupara la ciudad y
avanzara hacia Santo Domingo para converger con el presi-
dente. A diferencia del resultado ambiguo del 19 de marzo,
que a la postre no impidió la ocupación de Azua, Pierrot no
pudo tomar Santiago y se vio obligado a retirarse después de
experimentar cuantiosas bajas. Hombre de avanzada edad,
Pierrot, cuñado del rey Christophe, cometió el error de des-
plegar sus batallones, confiado en la facilidad de la victoria.
Aunque los dominicanos no ofrecieron un parte totalmente
fiable de lo sucedido, no cabe duda que los atacantes fue-
ron rechazados en la sabana próxima a la ciudad por tropas
reforzadas de lugares cercanos, en especial Moca, Macorís
y La Vega. En buena medida la jefatura de las operaciones
quedó a cargo de tres veteranos franceses que transmitieron

214
Antes y después del 27 de Febrero

con prontitud principios de la guerra convencional. Entre


ellos se destacó José María Imbert, quien asumió el mando
por la ausencia de Mella. El comandante criollo que más
se distinguió fue Francisco A. Salcedo. Este había sido uno
de los cabecillas de los pronunciamientos en Santiago y
Moca y había avanzado al frente de tropas improvisadas en
dirección a la frontera para plantar combate en dos pun-
tos antes de replegarse de vuelta hasta Santiago. 188 Al poco
tiempo asumiría la jefatura de la corriente conservadora en
la región.
Pierrot se resignó parlamentar tras ser derrotado, pero no
propuso un armisticio, por lo que los dominicanos no cesaron
de hostigar a sus unidades en retirada hasta que cruzaron la
frontera. El gobernador de Cap Haïtien se dejó embaucar por
un documento apócrifo que le hicieron llegar del otro lado de
las líneas, que recogía la falsedad de la muerte del presidente
Hérard, ante lo cual consideró imprescindible retornar a Haití
de inmediato, sin tomar en cuenta consideración adicional algu-
na, con el fin de no estar ausente en los previsibles tejemanejes
de la sucesión.
Tras ese desenlace, Santana podía sentirse seguro de no ser
atacado por la retaguardia o verse aislado tras un cerco a Santo
Domingo. Pero las consideraciones políticas primaban sobre
cualesquiera cálculos militares. Prefería esperar, simplemente,
a que se crearan las condiciones para la puesta en vigencia de la
resolución secreta del 8 de marzo. Desde su puesto de mando
en Sabana Buey intrigaba a favor de la imposición inmediata
del acuerdo con Francia, con lo que ponía en entredicho la au-
toridad de la Junta Central Gubernativa. En parte, esto motivó
el envío de Duarte como su general adjunto, instruido de que
corrigiese conductas inapropiadas. Santana ignoró por princi-
pio todas las sugerencias de Duarte y se dedicó a consolidar su
primacía.

Detalles de estos hechos en Britannicus (T. S. Heneken), «La República


188

Dominicana y el emperador Soulouque», pp. 403-404. Heneken reclama haber


dado el primer aviso a Mella de los aprestos de Pierrot.

215
Roberto Cassá

La beligerancia de los jerarcas haitianos operó como el


principal resorte para que el jefe militar se labrara una posición
de fuerza como garantía de la seguridad colectiva. Duarte se
encontró, según García, en el trance de disentir haciendo uso
de su grado y de su condición de integrante del organismo eje-
cutivo del Estado, pero prefirió desistir.
Es bien conocido que, al rendir informe a la Junta de su
actuación en el frente de Sabana Buey, Duarte dio cuenta minu-
ciosa de los gastos para el sostenimiento de la tropa. De los 1,000
pesos recibidos utilizó 173 y devolvió el remanente de 827.

216
CAÍDA DE HÉRARD Y ASCENSO
DE GUERRIER, PRIMER PRESIDENTE
DE «RAZA NEGRA»

A parte de alguna incursión aislada, Hérard optó por man-


tenerse en Azua. En primer lugar, ni el presidente ni sus
generales confiaban en la disposición al combate de los solda-
dos, carentes de motivación por no comprender la validez de la
expedición. Las deserciones, que seguían proliferando por las
condiciones desfavorables de la logística, se incrementaron cuan-
do las naves haitianas perdieron el control de la bahía de Neiba,
tras el encuentro de Tortuguero, en la proximidad de Azua.
De manera precipitada, la Junta había dispuesto que algunas
goletas se artillaran, y se formó una flotilla al mando del comer-
ciante italiano Juan Bautista Cambiaso, capitán de la Separación
Dominicana, quien tenía como segundo a Juan Alejandro Acosta
y como capitanes de las demás goletas a Simón Corso y al tam-
bién italiano Juan Bautista Maggiolo.189 Estos navíos estorbaban
las comunicaciones de Azua con Port-au-Prince e impedían un
avance de las tropas invasoras hacia Baní por el camino costero,
el más cómodo y transitado. Los dirigentes haitianos denuncia-
ron que dos de las goletas dominicanas enarbolaron el pabellón

189
Emilio Rodríguez Demorizi, La Marina de Guerra dominicana, Ciudad Trujillo,
1957.

217
Roberto Cassá

francés. Igualmente responsabilizaron a los navíos franceses de


haber interferido a favor de los dominicanos en la pugna por el
control de las aguas territoriales cercanas a Azua. Uno de los inci-
dentes más sonados fue la captura de dos buques haitianos por el
contralmirante conde De Moges en la proximidad de Barahona,
que se negó a devolver de inmediato, pese a la solicitud que le
hizo Hérard. Asimismo, los galos se pronunciaron en el mismo
sentido cuando se les exigió que devolvieran el navío en que se
habían transportado a Jacmel los centenares de funcionarios y
comerciantes que habían evacuado la ciudad de Santo Domingo.
El Gobierno haitiano aducía que el buque tenía matricula del
país, mientras que para la Junta Central Gubernativa era propie-
dad de uno de sus ciudadanos.
La situación se pintaba tan desesperante para Hérard que
cursó una invitación a De Moges, quien, ante la evidencia de la
condición ruinosa en que se hallaba la tropa haitiana, aprovechó
para aconsejar al presidente que optara por la convivencia con los
dominicanos. Así pues, al tiempo que Hérard acusaba a Francia de
fomentar la secesión de la Partie de l’Est, en evidente desconcier-
to, abrigaba esperanzas de obtener algún apoyo de la potencia.
Pero el frente principal con el que el presidente tenía que
lidiar se hallaba en su retaguardia, en Port-au-Prince. Hérard
Dumesle había perdido todo rastro de prestigio después de di-
solver la Asamblea. Los partidarios de Boyer, orientados por los
hermanos Ardouin, sin disimulo ultimaron la conjura tendente a
cohesionar a su alrededor a generales negristas y a nuevos libera-
les que recusaban el estilo autocrático del ex «jefe de ejecución».
Las alarmas se dispararon en los medios dirigentes capi-
talinos cuando, derrotado el 30 de marzo en Santiago de los
Caballeros, Pierrot, para eludir consecuencias de su orden de
retirada en desbandada hasta la frontera, desconoció la auto-
ridad presidencial y se planteó crear un Estado autónomo en
el antiguo reino de Christophe hasta tanto se solucionaran los
diferendos intestinos. Condicionaba cualquier reencuentro con
las restantes regiones en el seno de la República a un acuerdo
con el general Guerrier, reputado como jefe del «partido negro»

218
Antes y después del 27 de Febrero

del Oeste. En realidad, Pierrot no tenía un plan acabado, a no


ser liquidar a Hérard y obtener ventajas para la porción del país
que se encontraba bajo su mando. Por el momento, se limitó a
designar un Consejo de Estado, es decir, un gobierno paralelo.
Dejaba abierta la posibilidad de implantar un sistema federal de
común acuerdo con las demás porciones territoriales. Si las ne-
gociaciones fracasaban, estaba facultado para oficializar la rup-
tura por medio de una bandera con una estrella blanca sobre la
franja azul de la haitiana.190
En el manifiesto lanzado en la ocasión para segregarse de la
capital, el 26 de abril, Pierrot mostró comprensión implícita ha-
cia los dominicanos, con la presumible intención de sumarlos al
frente contra Hérard. Anunció que todos los prisioneros serían
liberados sin demora.
Además de motivos personales, grupales y territoriales, sub-
yacía en este acto un reclamo de corte étnico, que se remontaba
a la época de gloria del reinado de Christophe, contrario a la
capa gobernante desde 1820. «Nos quitó nuestros tesoros, nues-
tros arsenales y en cambio nos legó la división en la sociedad y
la corrupción de nuestras virtudes políticas, después de haber,
durante su presidencia, desterrado a la élite del Cabo y haberla
hundido en la humillación».
En medio de trajines conspirativos y de la secesión septen-
trional, estalló una rebelión campesina en el extremo sudocci-
dental de Haití, en los contornos de Les Cayes y Jérémie. Estuvo
alentada por políticos de orientación negrista, sobre todo en
la primera de estas ciudades, aunque ese movimiento de los
pobres tomó derroteros bastante autónomos. Los rebeldes,
capitaneados por líderes entre los que sobresalía Jean Jacques
Acaau –un antiguo oficial de baja graduación–, adoptaron una
consigna de cuestionamiento a los mulatos para significar la opo-
sición a los ricos de todas las tonalidades de la piel. Detrás de
un ropaje racialista hacía eclosión una guerra social. El conflicto,
que venía fraguándose desde varios meses atrás con motivo de la

Citado por Lepelletier de Saint Rémy, Santo Domingo, t. I, pp. 195-196.


190

219
Roberto Cassá

baja del precio del café, llevó al general Lazare, jefe del distrito
de Jérémie, a practicar arrestos y fusilamientos de «agitadores» a
mediados de 1843.191
La correlación entre el motivo étnico y el social tenía un
largo antecedente en la historia haitiana, a lo que se añadía
la peculiaridad de la región en que estalló la rebelión. En ese
momento la generalidad de terratenientes y funcionarios del
extremo sudoccidental eran de sangre mezclada, mientras que la
casi totalidad de los campesinos eran de piel oscura. Acaau pro-
clamó, inspirado en Frere Joseph –un oficiante del vaudou que
luego tendría una actuación conspicua en el régimen imperial
de Soulouque–, que «todo negro rico es mulato y todo mulato
pobre es negro». El movimiento fue considerado como comu-
nista, dado su objetivo de distribuir los bienes de los ricos entre
los cultivadores, lo que en verdad no se preveía para aplicación
inmediata.
Paralelamente, los citadinos reconocidos como negros
del Departamento del Sur manipulaban la insurgencia, cuyos
líderes se adscribían en lo fundamental a los intereses de los
primeros. En la «Proclama al pueblo y al ejército», suscrita por
Acaau y fechada el 15 de abril, se mostraba decepción ante la
no resolución de la crisis política a causa de la arbitrariedad del
nuevo sistema gubernamental. En tal sentido, defendía a los ciu-
dadanos Salomon, víctimas de la ley marcial, pero el meollo de
la reivindicación no se ocultaba.

Por otra parte, ¿qué dice el cultivador, a quien fue pro-


metida por la revolución la disminución del precio de
las mercancías exóticas y el aumento del valor de sus
géneros? Dice que ha sido engañado; [...].
La población de los campos, despertada del sueño en
que estaba hundida, murmuró de su miseria y resolvió
trabajar en la conquista de sus derechos.192

191
Cónsul Ussher a lord Aberdeen, Puerto Republicano, 15 de julio de 1843,
en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. III, p. 21.
192
En Lepelletier de Saint Rémy, Santo Domingo, t. I, p. 200.

220
Antes y después del 27 de Febrero

Al producirse la irrupción de los rebeldes, que pasaron a


ser conocidos como «piquets» por estar armados de picos o,
más bien, estacas, se generó un estado de pánico en los medios
dirigentes de todo el país, sobre todo después que ocuparon
Les Cayes y se dispusieron a avanzar hacia la capital. En medio
del desasosiego, la conspiración encabezada por los hermanos
Ardouin ganó fuerza, dado que sectores adicionales optaron por
depositar confianza en ellos para evitar el derrumbe a manos de
los «negros», es decir, campesinos pobres, en estado de rebelión.
La situación se agravó cuando los piquets derrotaron al general
Geffrard, hijo de uno de los fundadores del Estado haitiano. Lo
mismo aconteció con una tropa enviada a toda carrera desde
Azua por vía marítima, bajo el mando del general Jean Baptiste
Riché, un prestigioso veterano que dos años después llegaría a la
presidencia de Haití por un corto período de tiempo. Geffrard y
Riché no lograron ponerse de acuerdo en el teatro de operacio-
nes, en manifestación de la disgregación de las élites, con lo que
allanaron un desenlace adverso a Hérard.
Los campesinos alzados, alentados por políticos y militares
de Les Cayes, exigían colocar a un presidente de «raza negra»,
lo que derivó en su principal consigna, sobreentendida ambi-
guamente como resultante del conflicto clasista. Los hermanos
Ardouin aprovecharon la coyuntura para propiciar un nuevo
esquema estatal adecuado a tales condiciones. Su maniobra se
resumió en acceder a colocar a un presidente de las característi-
cas demandadas por los rebeldes, con tal de que dejara invaria-
das las condiciones existentes del dominio social. Se escogió al
más connotado de los generales conspiradores, Guerrier. Este
anciano desgastado, analfabeto y aficionado a la ingesta inmo-
derada de licores, se tornó en una marioneta de los grupos que
habían detentado los hilos de poder de Port-au-Prince desde
décadas atrás. Pero se le significó como el primero que alteraba
la tradición republicana de contar con un presidente mulato,
tras Pétion, Rigaud, Borgella, Boyer y Hérard. Se ha visto que
Guerrier había estado vinculado a la conjura de Dalzon y a las in-
trigas de Levasseur, aunque proclamaba fidelidad a Hérard. En

221
Roberto Cassá

realidad lo dominaba el terror a fracasar. Sumido en un mar de


confusión exacerbado por la embriaguez, los boyeristas lo colo-
caron ante el hecho consumado de ser elevado a la presidencia.
La designación de Guerrier fue igualmente impulsada por
la exigencia de Pierrot, que lo encontraba el único confiable
para restablecer la unidad nacional por medio de la supremacía
negra. Pierrot formuló condiciones ante las cuales Guerrier se
vio obligado a plegarse, como el destierro del presidente depues-
to, disposición que se reveló funcional para desarmar la guerra
campesina, cuyos líderes también estaban particularmente dis-
puestos contra los reformistas, considerados en bloques como
mulatos. Hubo que revocar todas las consideraciones ofrecidas
a Hérard para que abandonara la presidencia sin resistencia.
Tan pronto Guerrier fue proclamado, se suscitaron conflic-
tos intestinos entre los comandantes de destacamentos de los
insurgentes. Al surgir en el interior de sus filas una tendencia
que se contentaba con la caída del gobierno de los mulatos,
Acaau debió posponer sus planes y, a regañadientes, acatar el
cambio acaecido y detener la ofensiva contra la capital. Con este
flanco resuelto, los nuevos gobernantes decidieron retirar el
apoyo a la expedición contra la República Dominicana. Era una
forma de ratificar en toda la línea la condena a las actuaciones
del presidente caído.
La decisión adoptada en las alturas postergaba la solución
del problema con los dominicanos. Primero había que recons-
tituir un mecanismo de cohesión entre todos los factores de
poder, pues los conflictos intestinos cobraban centralidad ex-
plosiva. Para algunos la ruptura de la Partie de l’Est carecía de
importancia. Otros pensaban que, llegado el momento, no sería
dificultoso doblegar su secesión. Es sintomático que, tiempo
después, el Gobierno haitiano enviara a Céligny Ardouin con
un mensaje dirigido a «las autoridades constituidas en Santo
Domingo», que la Junta Central Gubernativa se negó a recibir
por cuanto no contenía su reconocimiento como Estado inde-
pendiente. Ni siquiera se le autorizó a descender del navío en
que viajó. Ardouin había residido varios años en Santo Domingo

222
Antes y después del 27 de Febrero

como ayudante de Borgella y era un excepcional conocedor de


la historia dominicana de las dos décadas iniciales del siglo. Su
frustrada misión diplomática sugiere un intento de contempo-
rización con los dominicanos, compartido por el presidente
Guerrier, lineamiento que mantendrían de forma dubitativa sec-
tores dirigentes de Port-au-Prince hasta la ascensión de Faustin
Soulouque en 1847. En Santo Domingo se sabía que esta ten-
dencia calculaba que, ante las previsibles dificultades financieras
que enfrentaría el naciente Estado dominicano, habida cuenta
del subsidio de la administración local por el tesoro de Haití en
los veintidós años pasados, al cesar el riesgo de guerra surgiría
una tendencia espontánea entre muchos dominicanos favorable
a la reanudación de los vínculos con Haití, sobre todo en la po-
blación de color.
Así pues, enfrascados en el intento de reconstituir un es-
quema que unificase a todas las facciones en pugna, los jefes
mulatos, detrás de la fachada del presidente negro, renova-
ron con más claridad que antes la disposición a explorar un
acuerdo con los dominicanos sobre nuevas bases. Todavía no
aquilataban que la resolución de ruptura con Haití era defini-
tiva y contaba con respaldo casi unánime. Al desvanecerse en
parte estas ilusiones, Pierrot, cuando ocupó la presidencia tras
la muerte de Guerrier, no obstante continuar bajo el manto
protector de los boyeristas, alteró la pasividad que el difunto
había mostrado y exhibió una agresividad marcada contra la
libertad de los dominicanos, organizando una segunda cam-
paña en 1845. Con antelación había decretado el bloqueo de
los puertos y reclamado formalmente a los comerciantes que
abandonasen la isla.
Esto carecía de sentido realista. Aunque no tomase par-
te hasta entonces en asuntos políticos, la capa superior del
estamento comercial, compuesta casi exclusivamente por
extranjeros, se identificó a plenitud con el Estado dominica-
no, sin importar que fuesen sefardíes del Caribe, catalanes,
franceses o alemanes. Visualizaban las regulaciones que había
impuesto el Estado haitiano como trabas para la expansión

223
Roberto Cassá

de los negocios. Algunos de ellos se solidarizaron en forma


ostensible con el nuevo orden, como se muestra en Abraham
Coen, Juan Bautista Cambiaso, los hermanos Ginebra y con-
tados otros. Uno de ellos, el británico Teodoro S. Heneken,
sujeto de capacidad cultural y empresarial, con intereses tanto
en Cap Haïtien como en Santiago de los Caballeros, repro-
duce un estado de ánimo que había estado madurando entre
sus congéneres. Recogía una toma de partido sustentada en
conceptos eurocéntricos.

Las determinaciones tomadas en el mes de marzo, 1844,


que cortaron los nexos de la población española con la
parte haitiana, antes francesa de la Isla, no fue simple-
mente un movimiento político instigado por diferencias
de casta; fue, lo que sorprenderá a nuestros filántropos,
una gran revolución moral y religiosa.
El pueblo estaba indudablemente oprimido por el
gobierno haitiano cuyas leyes estrictas y exclusivistas
enmohecieron las energías de la gente, paralizaron
sus industrias, interrumpieron el progreso de la
ciencia, para asimilarlos en lo posible al pueblo de
la porción occidental, en la práctica de los vicios
más degradantes, y del desorden, el concubinato y
la poligamia.
Para un pueblo superior en inteligencia, en civilización,
en moralidad y en todos los lazos tiernos de la vida do-
méstica, tal política no pudo menos que producir sus
efectos obvios. Si a esto se le agrega la conducta opri-
mente y sin principios de los oficiales haitianos, que
ocuparon todas las posiciones de confianza y de emolu-
mento, y que despreciaban con aires de conquistadores
a los mansos y honestos españoles, Usted comprenderá
fácilmente el temor bajo el cual vivían.193

T. S. Heneken a Sir Robert Peel, tesorero de Gran Bretaña, Santiago, 1 de


193

septiembre de 1845, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. III,


p. 83. Heneken amplió tales criterios en su opúsculo, con el seudónimo de

224
Antes y después del 27 de Febrero

Pierrot fue derrocado por el mismo sector que en parte


lo había llevado al poder. Intentó llevar el protagonismo de los
negros a un punto inaceptable para los antiguos boyeristas y aun
para una porción de los generales negros que eran partidarios
de pactar con los mulatos. Generó alarma, en particular, que
Pierrot fijara la sede del gobierno en Cap Haïtien y se relacio-
nara a los núcleos principales de piquets. Su caída condujo a que
se desatase una ofensiva contra los bolsones de estos rebeldes,
quienes en adelante perdieron significación o se tornaron en
meros instrumentos de los generales «negristas».
El siguiente presidente, Jean Baptiste Riché, retomó el
rumbo dejado por Guerrier, aunque con más claridad, dado que
poseía un mayor nivel de instrucción, y se propuso recomponer
la economía sobre bases que implicaban concesiones a los ricos,
sin importar su identificación étnica, e incluso a los residentes
extranjeros. No tuvo tiempo para imprimir una dirección consis-
tente pues murió por una causa alegadamente extraña.
Finalmente, en 1847 llegó a la presidencia Faustin Sou-
louque. Era un analfabeto, que ascendió accidentalmente por
el empate entre dos candidatos rivales en el Senado después
de la muerte de Riché. Este gobernante, proclamado empera-
dor más adelante, torció con rapidez el rumbo de la coalición
entre mulatos y negros y alternó la virulenta hostilidad hacia
los dominicanos con la voluntad de exterminar a los mulatos
de influencia social. No pasó mucho tiempo para que iniciara
persecuciones utilizando una derivación urbana de los piquets,
cuyos integrantes pasaron a ser conocidos como zinglins. Estos
estaban orientados por Similien, jefe de la guardia de palacio y
furibundo enemigo de los de sangre mezclada, quien clamaba
por exterminarlos sin más. En la capital se sucedieron movili-
zaciones que alternaban el saqueo de viviendas y tiendas y el
asesinato de sus dueños.

Britannicus, La República Dominicana y el emperador Soulouque, reproducido por


Rodríguez Demorizi, en ibíd., pp. 381-450. Estaba dirigido a rebatir al excónsul
francés M. Raybaud, quien, como se ha visto, escribió, con el seudónimo de
Gustave D’Alaux, «El emperador Soulouque y su imperio».

225
Roberto Cassá

Uno de los tantos ejecutados, tras sufrir un prolonga-


do suplicio, fue Céligny Ardouin, el artífice de la elección de
Soulouque en el Senado. Hérard, exiliado en Jamaica, recono-
ció la «generosidad» de la República Dominicana al otorgar
protección a los perseguidos a muerte, con lo que legitimó la
existencia del Estado a cuyo surgimiento se había opuesto con
tanta vehemencia.194
Los zinglins aspiraban a eliminar físicamente a los mulatos,
con lo que aludían a todos los ricos no comprometidos con
la causa racial negra, en pos de conformar un reino africano
puro, con exclusión total de extranjeros o mestizos de cualquier
condición. Pero ese no era el objetivo del emperador, quien
en verdad buscaba consolidar el poder personal absoluto, sin
interferencia apreciable de sector social o político alguno. Se
apoderó de bienes y propiedades para sí mismo o por la vía no-
minal del Estado, con el fin de sustentar los exorbitantes fastos
de su corte. Aunque había una infinidad de nobles, los benefi-
cios tangibles de las actividades económicas desembocaban en
su persona. Así, por ejemplo, siguiendo consejos de su ministro
de Finanzas, el futuro presidente Lysius Salomon, impuso un
depredador impuesto de 25% a la exportación de café, asegu-
rado por medio del monopolio comercial estatal. En Francia
las excentricidades del emperador daban lugar a reportajes
burlones. Karl Marx se hizo eco de ellos, estableciendo un símil
grotesco con Napoleón III, lo que le ha valido el calificativo de
racista. Resultaría de todas maneras paradójico que se formula-
se cualquier actitud comprensiva hacia este tirano sanguinario,
quien intensificó la explotación de los cultivadores por medio
de instrumentos de terror, trabajos forzados y monopolios.
Se trazó como propósito central la destrucción de la
República Dominicana, organizando campañas en 1849 y 1856,
ambas terminadas en fracasos desastrosos. Soulouque represen-
tó en el Estado haitiano un epílogo trágico de la oposición a
la autonomía de los dominicanos, puesto que su animosidad

194
Hérard a Abate Nobili, Kingston, 6 de diciembre de 1848, en Rodríguez
Demorizi, Documentos para la historia, t. II, pp. 65-66.

226
Antes y después del 27 de Febrero

retroalimentaba la unidad en torno a los conservadores y contri-


buía, por ende, a recomponer el prestigio de Santana.
Después que hizo añicos la influencia política de los mula-
tos, Soulouque decidió contemporizar con los sobrevivientes al
captar que los necesitaba para mantener en un mínimo la admi-
nistración y las actividades económicas. Giró entonces contra los
zinglins, cuyos jefes pretendían cosas que no coincidían con su
único objetivo de reinar en forma absoluta, sin resquicio alguno.
Esos líderes demagógicos, muchos con rasgos delictivos, fueron
asesinados uno detrás del otro hasta que la corriente quedó des-
articulada por su mentor.
Haití quedó en la atonía. Nadie movía un dedo al margen
del poder terrorífico. La economía no cesaba de empeorar.
Llegó un momento en que hasta casi todos los nobles dejaron
de sentirse compromisarios del emperador. En un vacío así,
bastó que uno de los más prominentes de ellos, Fabre Geffrard,
duque de Tabara, tomara la iniciativa para derrocar el gobierno,
lo que logró sin registrar resistencia en enero de 1859. El empe-
rador cayó por lo mismo que había ascendido: la debilidad y la
disgregación de los sectores sociales dirigentes en su conjunto.
El pueblo haitiano hubo de sufrir la pesadilla durante once
años. Volvió el dominio social de los «mulatos» de siempre. Con
Geffrard cambiaría la actitud hacia la República Dominicana,
sobre todo a raíz de la Anexión a España de 1861.

227
Antes y después del 27 de Febrero

Manuel Jimenes.

229
Roberto Cassá

Manuel Joaquín del Monte.

230
Antes y después del 27 de Febrero

José Gabriel García.

231
Roberto Cassá

Thomas Madiou.

232
Antes y después del 27 de Febrero

Vicente Celestino Duarte.

José María Caminero.

233
Roberto Cassá

Philippe Guerrier.

Jean-Louis Pierrot.

234
Antes y después del 27 de Febrero

Charles-Nicolas Céligny
Ardouin.

Adolphe Barrot.

235
Roberto Cassá

Merced Marcano.

Esteban Roca.

236
Antes y después del 27 de Febrero

Juan Alejandro Acosta.

Juan Esteban Aybar.

237
Roberto Cassá

Ángel Perdomo.

Eusebio Puello.

238
Antes y después del 27 de Febrero

Arzobispo Tomás de Portes


e Infante.

Francisco A. Salcedo (Tito).

239
Roberto Cassá

Manuel de Jesús Galván.

Emiliano Tejera.

240
Antes y después del 27 de Febrero

Teodoro S. Heneken.

José María Imbert.

241
Roberto Cassá

Alexis Carrié.

Jean Baptiste Riché.

242
Antes y después del 27 de Febrero

Wenceslao de la Concha.

Beaubrun Ardouin.

243
Roberto Cassá

Federico Henríquez y Carvajal.

Américo Lugo.

244
EFECTOS DE LA LLEGADA DE DUARTE

U na de las primeras medidas de la Junta Central Gubernativa


fue despachar, el 3 de marzo, una goleta a Curazao con el
fin de que trajera a Duarte y sus dos compañeros, Pina y Pérez. La
trascendencia que se otorgaba a su retorno explica que se acudie-
ra al comerciante judío Abraham Coen, el individuo más rico del
país, propietario de la embarcación Leonora. Se encomendó la
misión al trinitario Juan Nepomuceno Ravelo. Subyacía no solo
contar con quien era reconocido como inspirador de lo aconte-
cido, sino la expectativa de que hubiese acopiado un cargamento
de armas, el principal tema contenido en la carta que le dirigió
la Junta el 2 de marzo, firmada por Mella como presidente tran-
sitorio del organismo.
El 15 de marzo Duarte fue recibido con toda solemnidad
por la población, que secundó su proclamación como padre
de la patria por el jefe de la Iglesia, Tomás de Portes e Infante.
Pero la recepción de la Junta no se distinguió por la efusivi-
dad. Duarte quedó relegado a la condición de vocal, aunque
se le reconoció el grado de general y comandante de Santo
Domingo. Para la mayor parte de los miembros de esa entidad,
su conocido radicalismo provocaba recelos. En lo inmediato,
Duarte se ajustó al orden de cosas que encontró. Al menos no
hay indicios de que cuestionara acciones gubernamentales. El
21 de marzo, dos días después del encuentro con las tropas

245
Roberto Cassá

invasoras en Azua, recibió comunicación de la Junta en la


que se le ordenaba marchar como adjunto de Santana, lo que
sugiere que se le prefería lejos del escenario de los debates,
al tiempo que, como se ha visto, se perseguía que corrigiese
anomalías en el frente sur.
En el cantón de Sabana Buey, Duarte abogó por el paso a
una táctica ofensiva, posición en todo momento rechazada por
Santana, quien hizo valer su condición de superior. Santana en-
cabezó desde entonces la repulsa hacia el espíritu democrático de
Duarte. El 1 de abril culminaron las divergencias entre ellos, lo que
motivó una petición de Duarte de que se le dejase operar por su
cuenta con una división bajo su mando. Su plan consistía en cortar
la retirada de Hérard en la retaguardia. Por probable solicitud
de Santana, la Junta ordenó a Duarte, el 4 de abril, retornar a la
ciudad con la finalidad de asignarle nuevas responsabilidades. De
nuevo en Santo Domingo, es casi seguro que Duarte incidió para
que se produjera la declaración de guerra a Haití.
Semanas después de su retorno se conocieron los sucesos
acaecidos en Port-au-Prince. Recuperadas Azua y lo que se pudo
de la franja fronteriza meridional, dejaba de tener sentido la
solicitud de apoyo a Francia. En el mes de mayo, por otra parte,
empezó a traslucirse que el Gobierno francés en realidad no te-
nía interés en hacerse cargo de los asuntos dominicanos y menos
en reconquistar Haití, como se vino a confirmar meses después.
Los conservadores perdían la base de la legitimidad para
sus alegatos proteccionistas, pero por razones de principios no
podían renunciar a ellos. Por el contrario, en una situación des-
ventajosa, decidieron forzar el reconocimiento de la validez de
la protección de Francia. Primero, no creían viable un Estado
soberano a causa de la escasez de recursos. Tampoco se sentían
indemnes respecto a una probable reanudación de las hostilida-
des. Y, por último, se aferraban al poder como cuestión medular,
puesto que requerían un dispositivo corporativo que asegurara
el acceso a los privilegios del mando que aportaban sustancia
clasista. Duarte se constituía en el gran obstáculo a la materiali-
zación de la panacea proteccionista.

246
Antes y después del 27 de Febrero

Ambos sectores se prepararon para la confrontación. Tocó


a Duarte encabezar de nuevo la parcela nacional-democrática,
convencido del peligro que entrañaba la proclividad proteccio-
nista de los rivales. En realidad, para los duartistas la situación
no presentaba novedad alguna, dado que exponían su programa
sin tapujos. Para los conservadores el asunto comportaba mayor
complejidad, por cuanto no habían reconocido públicamente
que abogaban por una subordinación a Francia que incluía re-
nuncia a la soberanía, empezando por la cesión inmediata de la
península de Samaná.

247
DISCURSO DE BOBADILLA
POR EL PROTECTORADO

T omás Bobadilla consideró, de acuerdo con otros inte-


grantes del organismo, que resultaba indispensable forzar
un reconocimiento público de la pertinencia de la protección
extranjera en momentos en que esta perdía crédito. Estando
Duarte de vuelta a la ciudad, el conflicto se polarizó entre él y
Bobadilla.
Consciente de que su posición se deterioraba tras la recupe-
ración de Azua, Bobadilla decidió pasar a la ofensiva para ratificar
su orientación favorable a la aplicación del Plan Levasseur. El 26
de mayo, como presidente de la Junta, convocó a los «principales»
de la ciudad a un encuentro para debatir la cuestión, en realidad
para hacer una exposición sin ambages acerca de lo que a su
juicio debería ser un principio irrenunciable: conseguir un
protectorado, en correspondencia con su falta de conciencia
nacional. Bobadilla pretendía que en ese mismo encuentro se
evacuara una resolución dirigida al cónsul Saint Denis para for-
malizar en el acto la «protección» francesa. Resulta sintomático
que el objetivo enunciado en ese discurso traspasara lo conte-
nido en la resolución del 8 de marzo, que no contemplaba la
anulación formal de la soberanía. Bobadilla clamaba llanamente
por el establecimiento inmediato del protectorado. La camarilla
conservadora que él encabezaba había decidido jugar todas las

249
Roberto Cassá

cartas para que su programa estratégico se pusiera en ejecución


sin dilación. Esto pudo ser resultado del temor a que se conso-
lidara un sentido de pertenencia a un Estado soberano y que,
en función de ello, los patriotas terminaran ganando la partida.
En términos generales, el discurso de Bobadilla se orientó,
como era de esperar, a argumentar la necesidad de seguir con-
tando con el apoyo de Francia como cuestión vital.195

En las actuales circunstancias y por una consecuencia


natural de otros antecedentes, el gobierno pensó en
solicitar la protección y la ayuda de una nación europea
que nos socorriese y auxiliare con su poder y sus recur-
sos en la lid que habíamos emprendido noblemente
[...]. Recurrir a nuestra antigua metrópolis hubiera sido
dar un paso retrógrado que nos hubiera atraído a la
inconsideración y el desprecio de los españoles ameri-
canos [...]. Recurrir a los Estados Unidos, a Inglaterra
o a cualquier otra nación, era un paso lento que no
podía satisfacer las urgencias del momento. La Francia,
señores, es liberal, ella tiene intereses directos en este
país; ella ostenta una protección benévola a la libertad
y a la humanidad; con ella no hay peligros de entrar en
relaciones, solicitar de ella un protectorado; por lo cual
nuestro gobierno no titubeó [...].196

La colisión con los patriotas se tornó inevitable. Es proba-


ble que Bobadilla calculase erradamente que estos tendrían que
inclinarse ante la fuerza de las circunstancias, en primer lugar
de la influencia social preponderante de quienes visualizaban
en la entrega de la soberanía la tabla de salvación. Las cosas no
se desarrollaron de esa manera. Retrospectivamente es lícito ca-
librar que Bobadilla dio un paso en falso, movido por un ánimo
195
Durante largo tiempo se especuló acerca del contenido del célebre discurso.
Todo se aclaró a raíz de la localización del texto original en el archivo personal
de Carlos Nouel. Fue publicado por primera vez en El Progreso, 9 de diciembre
de 1914.
196
Citado por Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, p. 623.

250
Antes y después del 27 de Febrero

desesperado. La protección francesa se presentaba como la


cuestión clave del futuro. Es revelador que esa meta central del
programa conservador no volviera a ser reconocida en público,
con excepción de alusiones abstractas o, de manera velada, junto
a anuncios de negociaciones diplomáticas con Estados Unidos o
España. La derrota moral del proteccionismo entre mayo y junio
de 1844, que se reseña inmediatamente, lo trasfiguró en un ob-
jetivo secreto. El discurso fue borrado de la memoria pública, al
igual que otros eventos de esos meses. En persona, al igual que
Santana, el presidente de la Junta no tuvo empacho en ofrecer
un desmentido categórico al desechar como calumniosos los
alegatos de los duartistas acerca del peligro de la pérdida de la
soberanía nacional.
En el mismo encuentro de notables del 26 de mayo,
Bobadilla fue cuestionado de frente por Duarte, quien rati-
ficó la postura nacional intransigente, que en ese momento
podía enarbolar sin los riesgos de semanas previas, cuando se
temía el avance de Hérard desde Azua. Duarte fue apoyado
por la mayor parte de los asistentes, entre quienes sobresalió
Manuel Jimenes, jefe militar del Departamento, para quien el
principio de la independencia plena era irrenunciable. Bastó
esta notable divergencia para que se tornara imposible llegar
a un acuerdo, como lo había esperado el presidente de la
Junta. Este diferendo abrió un estado de confrontación que
enrareció el ambiente, y ambas partes se prepararon para el
desenlace. Una porción activa de la población capitaleña en
ese momento exacerbó el cuestionamiento a los afrancesados
con el cargo de que ocultaban las gestiones que por lo bajo
desarrollaban ante el cónsul.
A pesar de que se presagiaba un choque violento entre las
partes en pugna, sectores influyentes daban muestras de incli-
narse por una avenencia. Con cautela, Duarte y sus compañeros
planteaban como único motivo de diferenciación el tema de la
soberanía nacional, si bien su propósito comportaba también la
construcción de una democracia. Los conservadores no se opo-
nían de palabra a lo último, pues muchos de ellos no objetaban

251
Roberto Cassá

un ordenamiento similar al de países de Europa Occidental,


como Francia e Inglaterra, aunque con la debida prevención de
que convalidara privilegios exclusivistas de la minoría de propie-
tarios de tesitura colonial.
Los duartistas devolvieron el golpe con un documento del
31 de mayo, en el que un grupo de notables solicitaba que fue-
ran ascendidos en el escalafón militar Sánchez, Mella, Puello y
otros. A Duarte lo proponían como general de división y coman-
dante en jefe del ejército. Los firmantes, encabezados por Juan
Alejandro Acosta, se esmeraron en destacar las condiciones de
los recomendados.197 El mismo día, la Junta, con Caminero como
presidente transitorio, denegó la solicitud, hecha excepción de
Puello, a quien se le acordó el rango de general de brigada. Tal
respuesta agudizó todavía más la pugna.
No obstante el agrietamiento de la Junta a causa del repu-
dio de Duarte a la idea de la protección francesa en los térmi-
nos enunciados por Bobadilla, la mayoría logró, el 1 de junio,
que se renovara ante el cónsul Saint Denis la propuesta de
que este la aceptara por su cuenta, de inmediato y con el solo
concurso de De Moges y Levasseur.198 La posición del letrado
traslucía el desconcierto del sector que él representaba en
cuanto a lo complejo de la cuestión francesa. No tomaba nota
de la negativa reiterada de De Moges a emprender cualquier
iniciativa que no estuviera autorizada por París. De diversas
maneras, infructuosamente, la Junta le había solicitado al con-
tralmirante el desembarco de tropas francesas y la concesión
de una ayuda económica.
La resolución del 1 de junio evidenciaba todavía la tentativa
de compromiso entre las partes enfrentadas. No hacía alusión al
Plan Levasseur ni al protectorado, sino a la «protección», eufe-
mismo en uso cuyos términos no quedaban especificados. Por
esto se comprende que Duarte y Sánchez la convalidaran con
sus firmas, seguramente temerosos de quedar expuestos como
enemigos de Francia y en posición aislada en el interior del

Apuntes de Rosa Duarte, pp. 80-82.


197

Citado por Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo, t. IX, p. 628.


198

252
Antes y después del 27 de Febrero

organismo gubernamental. Es posible que algunos integrantes


moderados forzaran esta resolución a manera de recurso que
evitara la ruptura entre los dos polos contrapuestos. Los dos
cabezas del patriotismo se hallaban envueltos en un dilema, por
cuanto no se aventuraban a una ruptura con Francia, a la vez
que cuestionaban cualquier medida que enajenara la soberanía
nacional, como la entrega de la península de Samaná. Por esto,
la carta a Saint Denis no resolvió el diferendo y apenas lo pospu-
so por unos días.

253
LA POBLADA DEL 9 DE JUNIO

E n medio de esa encrucijada, Duarte decidió trasladar


el debate desde el ámbito de la Junta al común de la
ciudad, donde gozaba de prestigio. Concibió desconocer a la
porción que enarbolaba el proteccionismo, valiéndose en pri-
mer término de la población pobre enrolada en la guarnición.
Puello, comandante de la ciudad, ofreció apoyo sin reservas a la
postura de Duarte y fue el inspirador del derrocamiento de los
conservadores, interpretando el temor de los antiguos libertos y
otros sectores populares. Estos recelaban que se restableciera la
esclavitud o que se instaurase un ordenamiento que retomara
preceptos coloniales que acordaban privilegios a los llamados
blancos e inferioridad absoluta a los reconocidos como negros
o morenos.
Evidentemente, como parte de su estrategia sinuosa, los
conservadores declaraban apartarse de esa concepción. Aunque
no se pronunciaban taxativamente, aceptaban realidades implan-
tadas en 1822. Pero se trataba de un discurso formal, puesto que
escabullía la realidad de la diferencia social fáctica de los asimila-
dos como blancos, si bien los portavoces de esa orientación com-
prendieron que la única forma de cuestionar a los liberales era
mediante una habilidosa relación con la mayoría pobre. Santana,
en particular, extendía a la tropa su modo patriarcal de operar en
el hato. Supo granjearse la admiración de soldados y oficiales de

255
Roberto Cassá

tez oscura, incluso de antiguos esclavos. El recurso se extendió al


conjunto de la tendencia conservadora, que comprendió instinti-
vamente que, en aras de mantener el poder, debía enarbolar una
concepción populista de unidad de todos al margen de colores
de piel. Es parte de lo que explica que, a la larga, ganara la parti-
da a los duartistas. Empero, en el fondo, los magnates no podían
abandonar el discurso esencial, plagado de circunloquios, que
asociaba la civilización y el progreso material al dominio de los
descendientes de europeos, y que, precisamente por ello, se di-
rigía centralmente a la consecución de la subordinación a una
potencia que garantizara inmigración (o capital humano capaz),
dinamismo comercial e inversiones de capital.
Pero esta discursiva no amainó los temores, tanto de corte
étnico como nacional. El hecho es que Duarte se apoyó en los
soldados comandados por Puello, una parte de los cuales pro-
venían del disuelto Batallón Africano. La guarnición repudió a
la porción conservadora beligerante de la Junta el 9 de junio, lo
que motivó que el evento fuese después calificado por algunos
historiadores como asonada o golpe de Estado. En realidad no
fue tal, pues los soldados respondían a una corriente de opinión
que desembocó en un movimiento popular de desconocimiento
de una correlación de fuerzas que no respondía al interés na-
cional. Alcides García Lluberes atinadamente califica el aconte-
cimiento como poblada, término que denota una movilización
espontánea de los de abajo. Duarte y sus compañeros se dirigie-
ron primeramente a La Fuerza y luego a la sede del gobierno. Se
entregó al capitán Rafael Rodríguez orden de arresto a los cua-
tro cabecillas de los afrancesados: Bobadilla, Báez, Del Monte y
Caminero.
Llegaba el momento inevitable para Duarte de confrontar
los planes del partido conservador, que venía combatiendo des-
de inicios del año anterior, tarea que situó en el centro de su
accionar, como lo dejó expresado en correspondencia a Félix
María del Monte. Para él, en otro texto, el contenido definidor
del proceso histórico particular radicaba en el enfrentamiento
del pueblo contra la camarilla antinacional.

256
Antes y después del 27 de Febrero

En Santo Domingo no hay más que un pueblo que se


ha proclamado independiente de toda potencia extran-
jera, y una fracción miserable que siempre se ha pro-
nunciado contra esta ley, contra este querer del pueblo
dominicano, logrando siempre por medio de sus intri-
gas y sórdidos manejos adueñarse de la situación y hacer
aparecer al pueblo dominicano de un modo distinto a
como es en realidad. Esa fracción, o mejor dicho, esa
facción, ha sido, es y será siempre todo menos domi-
nicana. Así se la ve en nuestra historia presentante de
todo partido antinacional, y enemiga nata por tanto de
todas nuestras revoluciones y si no, véanseles ministeria-
les en tiempo de Boyer, y luego rivieristas, y aún no había
sido el Veinte y Siete de Febrero cuando se les vió protec-
cionistas franceses, y más tarde, anexionistas americanos, y
después españoles [...].199

El cónsul francés, acucioso observador, aunque al mismo


tiempo manipulador sesgado, dejó una narración acerca de la
base operativa del movimiento democrático, que calificó de
guardia pretoriana de Duarte.

Rodeados de antiguos esclavos africanos, a quienes se


convocó a la ciudad para confiarles todos los puestos
militares, nosotros tuvimos temor por nuestra seguridad
personal durante la crisis que acaba de atravesarse y que
puede hacerse presente todavía con más peligro en
cualquier momento.
Una especie de 18 Brumario, preparado en la sombra
desde tiempo atrás, fue puesto en ejecución con éxito
por el partido de Duarte y Puello, el cual ha resultado
fortalecido por la debilidad de la Junta. Los señores
Tomás Bobadilla y Caminero, los dos últimos presiden-
tes de la Junta dominicana, que hacían sombra a este

199
Carta de Duarte al Gobierno de la Restauración, 1865, citada por Leonidas
García Lluberes, Crítica histórica, p. 197.

257
Roberto Cassá

partido, han sido violentamente excluidos de ese cuer-


po honorable. Se preparó una lista de proscritos, con
los nombres de las figuras más honorables, encabezada
por los más exaltados partidarios de Francia. Ellos, Báez,
Abreu, Manuel Delmonte y Francis Ruiz, se refugiaron
bajo el pabellón francés [...]. En cuanto a Bobadilla y
Caminero, al no estar su libertad amenazada, considera-
ron innecesario imitar el ejemplo de los otros [...].
Puello y Duarte, mal vistos por la población y por los
notables, solo tienen el apoyo de los oficiales que los
rodean y de un centenar de antiguos esclavos, que, por
creerse amenazados por los blancos, se han hecho sus
fieles y han formado una especie de guardia pretoriana
ávida de sangre y pillaje [...].
En efecto, en la mañana del día 9, en presencia de las
tropas reunidas en el arsenal y de los oficiales del estado
mayor, en un discurso de circunstancias, Duarte procla-
mó al coronel Joaquín Puello como general de brigada
y comandante de la plaza. A su vez, este proclamó al
general Duarte como inspector general de las tropas y
lo hizo reconocer como tal por la guarnición. El general
Jimenes, comandante del distrito, ha sido mantenido en
el ejercicio de sus funciones. Por observación de este
último, que encontró irregular e ilegal tal manera de
proceder, dada la existencia de un poder dirigente
que lleva el gobierno del país, se decidió ir al palacio
de la Junta para obtener de ella, voluntariamente o no,
la ratificación de lo que se había hecho. Se determinó
igualmente que se exigiría a la Junta la expulsión de dos
de sus miembros, Bobadilla y Caminero [...].
Duarte y Puello, al frente de una veintena de oficiales,
se dirigieron tumultuosamente al palacio de la Junta y,
a nombre del pueblo y de las tropas, le impusieron su
voluntad y obtuvieron, casi sin resistencia, la sanción
de todo lo que habían hecho [...]. Dos partidarios de
Duarte, los señores Pina e Isidro Pérez, hombres sin

258
Antes y después del 27 de Febrero

influencia y despreciados, reemplazaron inmediata-


mente a los dos miembros de la Junta eliminados.200

Puello presionó para la reorganización de la Junta y enca-


bezó una manifestación popular en la que se gritaba «Abajo los
traidores». El sector de los antiguos trinitarios, en control del
organismo, decretó la exclusión de los conservadores recalci-
trantes, quienes, como se ha visto, se ocultaron o se asilaron en
el consulado francés. La jefatura popular decidió dejar a varios
moderados, como Silvano Pujol, partidarios de un avenimiento
y no declarados favorables a ultranza al Plan Levasseur. Algunos,
como Félix Mercenario, incluso habían estado relacionados con
el sector patriota conformado alrededor de Duarte, aunque sin
imbuirse de sus concepciones radicales. Para terminar de variar
la composición de la suprema autoridad de la República, se
cooptó en su seno a Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina.
Sánchez fue designado presidente en sustitución de Bobadilla,
lo que se explica por varias circunstancias: había sido fugazmen-
te presidente el 28 de febrero, había dirigido el alzamiento y
tenía amplio reconocimiento público, al tiempo que era conoci-
do por una actitud favorable a la avenencia con conservadores o
moderados, lo que implicaba una sutil diferenciación respecto
a Duarte. Conforme a tradiciones recogidas por Alcides García
Lluberes, sobre todo la de Inés Puello, hija de Joaquín, este
objetó a Sánchez como presidente por no merecerle confianza
suficiente. Según ella, su padre le habría transmitido su punto
de vista a Duarte, quien sin embargo prefirió persistir en la con-
veniencia de que Sánchez quedara al frente del organismo. Hay
lugar a poner en duda esta versión, dirigida a justificar el acomo-
do que mostró Puello al mes siguiente ante el establecimiento
de la dictadura de Santana.
En esas extraordinarias condiciones, el cónsul Saint Denis
se arrogó la tarea de encabezar la oposición al orden de cosas.
Sin miramiento alguno, amenazó con retirar el apoyo de Francia

Correspondencia del cónsul de Francia, pp. 115-117.


200

259
Roberto Cassá

en caso de que se modificara el compromiso previo del Estado


dominicano. A pesar de la falta de atracción de su gobierno, él
consideraba que debía seguir pugnando para que los domini-
canos persistieran en la solicitud del protectorado en espera de
que, a la larga, en París variaran las consideraciones acerca de las
conveniencias estratégicas.
Reveladoramente, los nuevos gobernantes procuraron que
el cónsul no se retirara, en señal del interés de que, en caso de
surgir una nueva situación de emergencia, se pudiera acudir a
la cooperación de Francia. La Junta presidida por Sánchez en
la práctica se plegaba al papel preponderante de ese país en
los asuntos internos de la República Dominicana. Se calculaba,
además, según indicios contenidos en algunas fuentes, que una
hostilidad declarada de Saint Denis socavaría el sostén de sec-
tores indecisos. En cualquier caso, el todavía precario Estado
dominicano requería un crédito internacional que no se podría
lograr en caso de ruptura con la potencia.
Pero la postura de los duartistas en el poder era categórica
en cuanto a la negativa a convalidar el Plan Levasseur. En lo in-
mediato, el punto central del debate radicaba en el destino de
Samaná. El 8 de junio Teodoro Stanley Heneken, representante
informal de Gran Bretaña, remitió una nota de protesta ante los
planes de cesión de la península. El organismo, presidido desde
el día siguiente por Sánchez, le respondió el 18 de junio, en
documento redactado a puño y letra por Duarte, según consigna
Emilio Rodríguez Demorizi.

Nosotros creemos inadmisible una protesta de semejan-


te naturaleza, pues dicha Península y Bahía de Samaná
corresponden a nuestro territorio, y el pueblo domini-
cano como libre y soberano tiene la entera disposición
de lo que es suyo. Sin embargo después de la reforma
operada en el Cuerpo de esta Junta, creemos poder ase-
gurarle que en nada tendrá que inquietarse el Gobierno
de S. M. Británica sobre una ocupación extrangera de
dicha Península de Samaná, pues hallándose el pueblo

260
Antes y después del 27 de Febrero

entero opuesto a toda intervención extrangera en nues-


tra política nos parece que deben disiparse por conse-
cuencia los motivos de la protesta.201

Esta correspondencia fue firmada por Sánchez, Duarte,


Pedro A. Pina, Félix Mercenario, J. M. Ramírez y J. Tomás
Medrano, lo que pone de manifiesto que en ese momento los
moderados, representados por los tres últimos, suscribían posi-
ciones de los intransigentes. Aunque el documento no se hiciese
público, como era natural, en esos días las posturas estaban
visiblemente polarizadas en torno al problema de la protec-
ción francesa y el futuro de Samaná. Circuló la versión de que
Bobadilla y Saint Denis habían avanzado un acuerdo preliminar
para la entrega de Samaná a cambio de tres millones de dólares
en préstamo.
Para el cónsul francés resultaba imperativo liquidar a la
Junta. En su estrategia, como reconoce en su correspondencia
a París, Saint Denis depositó todas las expectativas en Santana,
lo que ratificó inmediatamente antes de que se produjese el
desenlace del conflicto. Ante la debilidad política de los conser-
vadores, llegó a la conclusión de que el Estado dominicano ten-
dría que sostenerse sobre la base de un núcleo duro militarista.
«Como yo lo he dado a conocer a Su Excelencia, en despacho
previo, el bienestar y el futuro del país descansan hoy en el pa-
triotismo esclarecido y en la energía probada del bravo Pedro
Santana, vencedor de los haitianos y representante del ejército
y del pueblo».202 Desde su posición de fuerza, el cónsul sostuvo
una presión constante para debilitar a los duartistas, a quienes
sin disimulo ponderaba con desprecio. Seguiría desempeñando
sin cesar, impunemente, la función de mentor y orientador de
los conservadores.
Contando con el apoyo de Saint Denis, los cabecillas de-
fenestrados, algunos de ellos acogidos a su asilo, alentaron la

201
«De la Junta Central Gubernativa a T. S. Heneken», 18 de junio de 1844, en
Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. III, pp. 55-56.
202
Correspondencia del cónsul de Francia, p. 131.

261
Roberto Cassá

oposición de Pedro Santana y oficiales de alta graduación.


Bobadilla, Báez, Del Monte y Francisco Javier Abreu, hasta cierto
punto anteriormente dispersos, se pusieron de acuerdo acerca
de cómo actuar. La Junta no tuvo más remedio que tolerar esta
disidencia, casi desafiante, por temor a que el cónsul cumpliera
su amenaza de abandonar el país.

262
PROCLAMA DE DUARTE
COMO PRESIDENTE

U na de las decisiones tomadas el 18 de junio por la


Junta renovada fue destinar a Duarte a una misión en
Santiago de los Caballeros y las restantes ciudades del Cibao.
Debía enviar de retorno a Santo Domingo a una comisión de
delegados, con el fin de apaciguar la confrontación entre fac-
ciones en Santiago y «corregir abusos». Esto tenía importancia
en la medida en que era la región más poblada del país y con
mayor participación en la renta nacional. La casi totalidad del
tabaco se producía en los alrededores de Santiago, y la mitad
de la caoba se extraía de los bosques al norte de la Cordillera
Central. Desde décadas antes la clase media urbana había
ganado mayor cuerpo allí que en la banda sur, donde estaba
confinada en Santo Domingo y Azua. En el mismo sentido
progresivo, se había configurado un campesinado más relacio-
nado con el mercado que en el resto del país.
Se ha visto que en los días posteriores al 27 de febrero,
Mella fue designado por la Junta como comisionado guberna-
mental en el Cibao, en atención a la importancia de la región. Se
centró en las tareas de defensa y adquirió un liderazgo vinculado
tanto a su posición radical como a su experiencia. Las peculia-
ridades locales, sobre todo en el espacio en torno a La Vega,
Santiago y Puerto Plata, sus polos urbanos, contribuyeron a que

263
Roberto Cassá

su presencia redundara en la potenciación de las posiciones


nacional-democráticas.
En los dos meses previos a la llegada de Duarte a la región
se habían escenificado en Santiago de los Caballeros enfrenta-
mientos entre partidarios de la independencia absoluta y algu-
nos franceses, entre ellos los que habían tenido participación
estelar en la batalla del 30 de marzo, a quienes se sindicaba con
exageración como partícipes de planes antinacionales. José
María Imbert era el principal blanco de incisivas críticas, pero
Mella intervino para apaciguar los ánimos y logró que Imbert se
alineara con sus criterios, al igual que habían hecho otros.
Desde antes de junio, en el Cibao se había conformado un
estado de opinión que contrabalanceaba el conservadurismo de
la mayoría de la Junta, aunque no se expresaba de manera beli-
gerante. El cónsul Saint Denis con posterioridad hizo referencia
al «partido del norte», para descalificar a los que en Santiago
confrontaban la posición profrancesa. El liderazgo de Mella,
quien, como era de rigor, se había adherido a los cambios acae-
cidos en la capital el 9 de junio, se puso de relieve con motivo de
la llegada de Duarte.
Mella se había propuesto difundir las condiciones políticas
y morales del padre de la patria, por lo que la presencia de este
se hizo sentir desde que pisó La Vega, en manifestación de la
postura de medios locales influyentes. En Santiago la recepción
alcanzó lo apoteósico cuando Duarte fue proclamado presiden-
te de la República. La exaltación no estuvo dirigida a futuro,
sino que apuntaba a su ejecución inmediata para la constitución
de un gobierno definitivo, aunque quedaba condicionada a
que fuera aceptada por las restantes porciones del país. Duarte
tendría la misión de «salvar la patria del dominio extranjero» y
convocar una constituyente.
El ánimo de Mella quedó condensado en carta a Sánchez,
sin fecha. «Estos pueblos no tuvieron más trastorno que la veni-
da de la Delegación; se acabó esta con la llegada de Juan Pablo,
¡gracias a Dios! En fin, concluyo diciéndote que llegó mi deseado y que

264
Antes y después del 27 de Febrero

se lo devolveré Presidente de la República Dominicana».203 Trascendió


que Sánchez juzgó desacertada la iniciativa de Mella, no por
intereses personales, sino por considerarla inconveniente para
el logro de los apoyos necesarios en el enfrentamiento que se
escenificaba, al romper con el ordenamiento legal instituido.
Empero, Sánchez obró con discreción en este diferendo.
En Santiago se formó un estado de opinión casi unánime
a favor de la presidencia de Duarte. Únicamente se mostró re-
miso el general Francisco Antonio Salcedo (Tito), quien no por
casualidad más adelante encabezaría el desconocimiento de la
decisión.
La última proclama de Duarte como presidente fue hecha
en Puerto Plata por el párroco Antonio González Regalado, des-
de el presbiterio, junto al altar mayor del templo, al que hizo
subir al mismo Duarte, a Mella, al comerciante Pedro Dubocq y
a Antonio López Villanueva, este último jefe militar de la ciudad.
El sacerdote liberal exhortó a los presentes al «reconocimien-
to, adhesión y gratitud hacia el más sano de corazón y devoto
de pensamiento de los libertadores de América, ungido por la
Providencia para hacer puro y fraterno el sentimiento de los
dominicanos y conducir al extraviado destino de la República
por los santos caminos de la Fe Divina y el amor a los sagrados
fueros ciudadanos».204 Horas más tarde, en el local del cabildo,
el general López Villanueva hizo entrega a Duarte del acta que
lo designaba presidente.
Como los textos relacionados con estos hechos no son sufi-
cientemente concluyentes, se ha especulado acerca de si se le ha-
cía la propuesta a la presidencia para un futuro o si la ocuparía
de inmediato. También se ha discutido hasta qué punto Duarte
aprobó. Lo primero está fuera de duda: Duarte fue proclamado
presidente, tanto en Santiago, el 4 de julio, como en Puerto
Plata, una semana después. Mella aclaró, como se ha citado, que

203
«Expulsión de Duarte, Sánchez y demás compañeros», 22 de agosto de
1844, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, p. 36.
204
La cita proviene del mismo González Regalado, citado por Alcides García
Lluberes, «Duarte y las bellas letras», p. 342.

265
Roberto Cassá

devolvería a su amigo como presidente. No podía caber duda en


su ánimo y en el de una porción de los notables, que a Duarte
se le convocaba a salvar a la República del peligro de naufragar
en un nuevo dominio externo. Más complicado es pronunciarse
sobre si hubo aceptación de Duarte o no. En las alocuciones
a los habitantes de Santiago y Puerto Plata de las que se tiene
conocimiento, no exteriorizó una postura categórica, aunque
anunciaba estar en disposición de asumir el reto en un futuro.
En Santiago se expresó de esta manera:

Sensible a la honra que acabáis de hacerme, dispensán-


dome vuestros sufragios, nada me será tan lisonjero que
saber corresponder a ella llenando vuestras esperanzas,
no por la gloria que de ello me resultaría, sino por la
satisfacción de veros, cual lo deseo, libres, felices, inde-
pendientes y tranquilos y en perfecta unión y armonía
llenar vuestros destinos, cumpliendo religiosamente los
deberes que habéis contraído para con Dios, para con
la Patria, para con la Libertad y para vosotros mismos.205

González Regalado recogió la respuesta a la proclamación


que dio en Puerto Plata, en la que hacía alusión al enfrentamien-
to con sus enemigos.

Yo proclamo solemnemente en presencia de tantos


ciudadanos que expresan sincera inclinación a mis pro-
pósitos republicanos, que a pesar de las hondas heridas
que sangran en mi alma, el perdón, la justicia y el sumo
bien de la patria serán mis formas individuales y políti-
cas hasta el fin de mi existencia.206

Se puede colegir que no hubo una aceptación inmediata,


por lo que no pasó a ejercer las prerrogativas del puesto. Fue

Apuntes de Rosa Duarte, pp. 86-87.


205

Citado por Felipe González López, «Duarte en Puerto Plata», en Tena


206

Reyes, Duarte en la historiografía, p. 439.

266
Antes y después del 27 de Febrero

una falsedad la acusación de que Duarte se hacía titular presi-


dente, aunque es correcto que estaba en disposición de asumir
el reto, seguramente por considerar, como se observa en las
palabras arriba citadas, que lo haría para servir. El tema alcanzó
dimensión nacional y constituyó la piedra de toque de la riva-
lidad entre filorios y afrancesados. Félix María del Monte, no
obstante sus inconsecuencias ulteriores, en la «Necrología» de
Duarte reconoce que la presidencia de este fue un deseo que,
de haberse materializado, hubiese modificado favorablemente
el destino de los dominicanos.
Mientras tanto, en la capital se exacerbaba el conflicto.
Manuel Leguisamón, según declaró más adelante, fue comisio-
nado por los radicales de la Junta Central Gubernativa, entre los
que sobresalía Juan Isidro Pérez, para dirigirse a las comunas de
la región oriental a denunciar el plan de la fracción conserva-
dora de vender la independencia a Francia. En el mismo tenor,
antes de continuar hacia Santiago, de acuerdo a la acusación
que se le levantó, Mella dejó en La Vega a un equipo compuesto
por Gregorio del Valle, Juan Evangelista Jiménez y Juan José Illas
para que levantaran tropas e incitaran a las poblaciones circun-
dantes a reconocer la presidencia de Duarte.

267
REACCIÓN DEL CUERPO DEL SUR

T ras el movimiento del 9 de junio, que sacó a los afrance-


sados declarados de la Junta Gubernativa, no se produjo
ninguna reacción inmediata del Cuerpo Expedicionario del
Sur, cuyo comandante era reconocido como la personalidad
con mayor dosis de poder real. No era ajeno al conocimiento de
muchos que Santana era quien urgía con mayor ahínco a que
se apresurara a toda costa y sin condiciones la obtención de la
protección de Francia.
En el frente de Baní, Santana obraba a sus anchas. Tal vez
con cierto dejo de exageración, Félix María del Monte refiere
que, con el pasar de los días, el general fue labrándose entre sus
hombres una posición de liderazgo que rayaba en la idolatría.
Permitió que los soldados «salvajes» se dedicaran a depredar los
alrededores, incluidos los hatos de propietarios que de buena
fe habían prestado colaboración. Les habría dicho en alguna
ocasión a los alarmados banilejos: «Esos andrajosos han venido
conmigo a darles patria; yo no puedo impedirles que obren de
ese modo; si no les acomoda así yo me retiraré con ellos y los de-
jaré a Udes. en poder del enemigo».207 La zozobra se habría apo-
derado de los habitantes de la villa. «Ningún ciudadano podía
permanecer descuidado en su hogar ni menos en los bosques,

207
«Vida política de Pedro Santana», en Rodríguez Demorizi, Documentos para
la historia, t. II, pp. 520-521.

269
Roberto Cassá

porque las balas de los seybanos que perseguían el ganado la-


nar y vacuno para destruirlo amenazaban a cada momento la
existencia».208 Cuando recibía un paquete de provisiones envia-
do por la firma Rothschild y Coen, refería a sus hombres que ha-
bía sido adquirido con su peculio personal y distribuía él mismo
ron y tabaco como producto de «munificencia propia y efecto de
sus desvelos paternales». Cuando escaseaban los bienes, echaba
la culpa al gobierno.
En los primeros días de junio Santana esquivó confrontar
a la Junta en aras de continuar concediendo prioridad a la se-
guridad del territorio a través de la instalación de un sistema de
guarniciones fronterizas con fines preventivos. Los destacamen-
tos de avanzada llegaron a la antigua raya fronteriza de 1777,
fijada en el Tratado de Aranjuez, y únicamente renunciaron a
tomar Las Caobas, zona en la que se había implantado una po-
blación haitiana que había ocupado el vacío dejado por quienes
la abandonaron a partir de la década de 1790. Por el momento
resulta imposible pronunciarse acerca de la correlación demo-
gráfica en Las Caobas, aunque seguramente los dominicanos ya
no constituían una mayoría. De todas maneras, existía ahí un
panorama distinto al de las comarcas de Hincha y otras pobla-
ciones ocupadas por una mayoría indiscutible de haitianos, por
lo que se renunció en la práctica a incorporarlas al dominio del
Estado dominicano.
Asegurada la retaguardia fronteriza con las tareas asignadas
a oficiales superiores como Antonio Duvergé, a inicios de julio
Santana se encontró en condiciones de conceder prioridad a la
disputa intestina. Estacionado por unos días en San Juan para
supervisar el control sobre las comarcas fronterizas, terminó
de afinar sus planes para alzarse con el poder. Como haría en
ocasiones posteriores, fingió quebrantos de salud para librar
una prueba de fuerza. Comenzaba a emerger entre las tropas
el mito de que su jefatura constituía la garantía de la integridad
de la patria frente a la amenaza vecina. Contando con tal apoyo,

Ibíd., p. 521.
208

270
Antes y después del 27 de Febrero

presentó renuncia el 2 de julio. La Junta la aceptó y designó


al coronel Esteban Roca para que lo sustituyera. Cuando Roca
llegó al puesto de mando, la oficialidad en pleno lo descono-
ció de manera tumultuosa y ratificó la jefatura de Santana. Se
distinguieron algunos coroneles que desde entonces sirvieron
como columna vertebral del influjo de quien sería aclamado
más adelante como El Libertador. En esos días se granjeó la
simpatía de muchos mediante promociones de rango que hizo
al margen de cualquier consulta, como debía ser de rigor. Según
Félix del Monte, algunos de los ascendidos habían sido convictos
por penas infamantes.
Con tal demostración de fuerza, Santana emprendió la
marcha sobre Santo Domingo con el propósito de derrocar
a la Junta. No lo proclamó explícitamente y, por el contrario,
anunció que entraría a la ciudad en actitud fraternal, aunque
sin ofrecer mayores aclaraciones. Explicaba a la tropa que tenía
la misión de salvar al país de la anarquía. Estaba desconociendo
a la instancia superior del Estado que lo había sustituido, pero
prefería no exteriorizarlo. Se colocaba en un plano de mando
similar al de la Junta, con derecho a ingresar a la ciudad sin
permiso. Al mismo tiempo, con la ambigüedad de sus plantea-
mientos dejaba una brecha de avenimiento hacia todos aquellos
que terminaran acatando su jefatura.
Como parte de esta maniobra, se estacionó en San
Cristóbal, donde hizo el anuncio de su intención de entrar a
Santo Domingo. Para los duartistas se planteó una disyuntiva
que no podía ser más dramática: temían los efectos de una
guerra civil por el mayor número de soldados con que contaba
Santana, a pesar de las dificultades para tomar por la fuerza
la ciudad amurallada, algo que no habían podido hacer los
haitianos en 1805 o los dominicanos, españoles e ingleses en
1809. Aun así, la Junta ordenó a Santana detener la marcha,
a lo que este hizo caso omiso. Pero el jefe militar procedía
con sagacidad. Reiteraba que llegaba en plan pacífico, que
carecía de aspiraciones políticas y que obraría como hermano
de todos.

271
Roberto Cassá

Sabedora de sus intenciones reales, una porción de los


patriotas estaba en la tesitura de librar batalla. El organismo gu-
bernativo instruyó a Puello, jefe de la guarnición, para que pre-
parara la resistencia. Entre los alegatos esgrimidos por Santana
con posterioridad para acusar a los enemigos, incluyó que en
los fuertes de La Concepción y la Puerta del Conde se habían
cargado los cañones y la tropa estaba acuartelada detrás de las
murallas, lista para resistir.
Sorpresivamente, a instancias de Puello, la figura de mayor
arraigo popular en la ciudad, se optó por negociar. Llegado el
momento, Puello se negó de cuajo a combatir con las armas a
Santana. Los dos integrantes más radicales de la Junta, Pérez
y Pina, se presentaron ante él para urgirlo a presentar comba-
te. Obtuvieron una respuesta negativa del comandante de la
ciudad, según declaró él mismo días después, temeroso de las
consecuencias de la guerra civil, pese a ser reconocido como el
representante de los «hombres de color» o, en términos de Saint
Denis, jefe del «partido negro». Pagaría esa decisión, inspirada
en la buena fe y cierta dosis de ingenuidad, tres años después,
con su fusilamiento.
Alcides García Lluberes en cierta manera justifica la defec-
ción de Puello por las divergencias que había tenido con Sánchez
(no traslucidas en documentos conocidos), a quien pretendida-
mente no consideraba dotado de las condiciones para la jefatura.
En argumento exagerado por apasionado, aunque avalado por
declaraciones de una descendiente de Puello, García Lluberes
le enrostra a Duarte el error de haber depositado más confianza
en Sánchez que en Puello, en lo que sitúa el origen del desen-
lace adverso.209 La explicación carece de consistencia por varias
razones: la primera, porque Sánchez tenía fuerza propia como
líder; en segundo lugar, porque estuvo en disposición de resistir
a Santana, no obstante su postura conciliadora; por último, por-
que fue en verdad Puello, apoyado por Manuel Jimenes, quien
inclinó la balanza para forzar la rendición. Contrariamente a

Alcides García Lluberes, «Duarte y las bellas letras», p. 337.


209

272
Antes y después del 27 de Febrero

Alcides García Lluberes, no hay forma de justificar que Puello se


montara al carro triunfador de Santana mientras se cuestiona a
Sánchez, quien se negó a hacerlo tras un momento de vacilación,
atribuible a que concibió esperanzas de un acuerdo honorable.
Sánchez, presidente de la Junta, obtemperó a trasladarse
a parlamentar con Santana, forzado por Puello y Jimenes, pero
acaso también animado por la búsqueda sincera de la posibilidad
de un avenimiento. Sánchez y Santana convinieron en que este
último entraría a la ciudad al frente de las unidades militares bajo
su mando sin oposición y que respetaría el orden institucional
existente. El encuentro de ambos en la iglesia de San Cristóbal
ha sido descrito por Del Monte. El general habría reclamado no
haber recibido los recursos necesarios para mantener a la tropa,
ante lo cual el presidente detalló en forma irrefutable todos los
envíos del mes reciente. Sorprendentemente, de golpe, Santana
varió de tono recuperando la compostura:

[...] solo recurrió al efugio de jurar ante las aras del


Dios vivo que no llevaba siniestras intenciones contra
el Gobierno, ni otra mira que la despedir al Ejército
dentro de los muros de la Capital, darle las gracias, y
retirarse otra vez a la vida privada.210

En realidad, la actitud de Sánchez traducía una capitula-


ción no declarada, puesto que debía ser previsible que, con un
contingente militar multitudinario en el interior de la ciudad,
el desenlace del diferendo quedaría al arbitrio de Santana y los
suyos. En esas dramáticas horas Sánchez vacilaba, presionado
al enfretamiento por algunos de sus compañeros, como Pina y
Pérez, y compelido de forma terminante en dirección contra-
puesta por quienes detentaban las posiciones militares claves, en
primer término Joaquín Puello y Manuel Jimenes. Estos últimos,
al frente de las escasas tropas estacionadas en la ciudad, inclina-
ron el peso de la balanza a favor de un acuerdo con Santana. Si

«Vida política de Pedro Santana», p. 522.


210

273
Roberto Cassá

bien Sánchez había propugnado por un lineamiento tendente a


mantener una unidad de acción con los conservadores, en ese
momento intentó confrontarlos, pero no tardó en comprender
que resultaba imposible hacerlo.
El 13 de julio, día siguiente de su ingreso a la ciudad, con-
tinuando el precedente de la insubordinación de los coroneles
ante Esteban Roca, una parte de la tropa reunida en la Plaza
de Armas proclamó a Santana como jefe de la República. Para
forzar su aclamación, Santana de nuevo escenificó una pantomi-
ma, adelantando que renunciaba al comando del ejército del sur
para retornar a la placidez bucólica del hogar.
La voz cantante en esa escena, a nombre de los demás co-
roneles, la tomó el venezolano Merced Marcano (Rabo Pelao)
–juzgado por Juan Nepomuceno Tejera como «hombre insigni-
ficante, hez y escoria»–,211 quien exigió que Santana continuara
al frente de las tropas pero como «jefe supremo». El papel de
Marcano en esta evolución no se ha significado suficientemente.
Asegura José Gabriel García que, en su relación con Santana,
Marcano «bien puede asegurarse que sin temor de sufrir una equi-
vocación, que si no fue el director de los primeros pasos de este
hombre extraordinario en su carrera pública, está considerado a
lo menos como uno de sus principales consejeros, y como el más
activo de los instrumentos que se movían a su alrededor […]».212
La clave de tal ascendiente radicaba en su experiencia política
en Venezuela, de la que salió expulso con motivo de una con-
tienda civil en 1835, tras lo cual se domicilió en El Seibo, donde
entabló amistad con Santana. Con los años tomó partido por
Báez contra Santana.
Siguió la implantación de un ambiente intimidatorio.
Santana procedió a detener a unos pocos que consideraba como
enemigos irreductibles, haciéndose eco de denuestos amena-
zantes que lanzaba la soldadesca pidiendo la cabeza de Duarte.
Juan Isidro Pérez, según García, estuvo al borde de ser linchado
«por una partida de campesinos ignorantes», azuzados por «el

«Apuntes de don Juan N. Tejera», p. 360.


211

José Gabriel García, «Merced Marcano», en Rasgos biográficos, p. 328.


212

274
Antes y después del 27 de Febrero

pregonero más escandaloso de la jornada»; pudo defenderse


como una fiera gracias a su agilidad de espadachín, pero debió
ser escoltado por Felipe Alfau hasta el consulado francés.213
Lo sucedido ese día fue gráficamente evocado por Félix del
Monte.

Obtenida su entrada bajo tan falaces auspicios, dejó la


mitad de las tropas en la fortaleza y arsenal, hizo formar
las restantes en cuadro sobre la plaza de Armas, y se
dirigió a la Junta para hacerla cargos por su conducta,
acompañado de una turba de sicarios armados de trabu-
cos y carabinas.
A los gritos descomunales lanzados por éste desde el sa-
lón donde celebraba la Junta sus sesiones, sus parciales
respondieron pidiendo la caída de aquel poder. Santana
aprovechando la coyuntura y el vítor de dos hombres
que le saludaron con el nombre de Dictador, dio una
proclama diciendo: «que aunque los pueblos le habían
conferido la Dictadura, la rechazaba por que ella había
sido siempre funesta a los países que la habían ensaya-
do; pero que en su lugar presidiría la nueva Junta que
formaba entonces, añadiendo; los Generales Sánchez y
Jimenez permanecerán en ella y a mi lado».214

La maniobra presuponía el derrocamiento de la Junta,


pero Santana prefirió no concederle carácter formal en un pri-
mer momento, con el fin de dejar una puerta abierta a quienes
estuvieran dispuestos a avenirse con su plan de instaurar una dic-
tadura con ropaje de legalidad. La mayoría moderada se plegó,
en aras de la unidad nacional, y el organismo convino en reor-
ganizarse con Santana como su presidente, subterfugio para no
presentarse como dictador y perpetrador de un golpe de Estado.
A quienes no se pronunciaban se les conminó a hacerlo. Fue el
caso de Sánchez, por unas horas reinstalado en el organismo

García, «Juan Isidro Pérez», p. 267.


213

«Vida política de Pedro Santana», p. 522.


214

275
Roberto Cassá

reorganizado, consciente Santana de la conveniencia de incli-


narlo a su lado. Sánchez, empero, rechazó la exigencia de que
se desdijera de sus actos de las semanas previas y, en particular,
de que repudiara a Duarte, por lo que también fue reducido a
prisión. Pocos más confrontaron la reacción militarista en esa
circunstancia aciaga; casi todos aceptaron el hecho consumado y
se dispusieron a adaptarse al mismo. A través de Santana recupe-
raron el poder los conservadores a ultranza y se plegaron a ellos
casi todos los moderados y gran parte de quienes habían enar-
bolado posturas radicales. La composición de la Junta se alteró
al ser cooptados otros conservadores, como Telésforo Objío y
Toribio López Villanueva. El componente más trágico de lo que
aconteció fue la división de los mismos duartistas, en su mayoría
inclinados a acomodarse al nuevo orden.
Pero ello no fue óbice para que, al día siguiente, en una
nueva proclama, Santana extremara posiciones contra Duarte,
al tiempo que pretendía situarse por encima de intereses parti-
culares, al declarar oponerse al espíritu de desorden que había
traído el peligro de la anarquía y la guerra civil que podía devorar
a la sociedad.215 Ratificó ser el abanderado de la concordia y se
comprometió nada menos que a ser el garante de la salvaguarda
de la nación frente a cualquier intento de dominio extranjero.

Conciudadanos, la grandiosa obra del patriotismo, los


inmensos sacrificios hechos en favor de nuestra santa
causa, la sangre de los valientes derramada en los com-
bates, todo, en fin, ha estado a pique de ser infructuoso;
el espíritu de egoísmo y de discordia se había entroni-
zado entre nosotros, la anarquía y la guerra civil iban a
devorarnos y a sumirnos en un abismo espantoso. Por
fortuna que el cielo nos protege y que habéis compren-
dido a tiempo vuestros verdaderos intereses.
Mi civismo y mi abnegación de toda mira personal os
son demasiado conocidos, mi único fin ha sido y será la

En Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. I, p. 33.


215

276
Antes y después del 27 de Febrero

conservación del orden y la felicidad común; pero nada


adelantaríamos en la carrera de nuestra reorganización
e independencia, si no existe entre nosotros la unión
que es tan necesaria para consolidar el gobierno, para
establecer un pacto fundamental y leyes protectoras y
benéficas sobre las bases de la razón y de la convenien-
cia pública.
Hijos de un mismo Dios, todos somos hermanos, todos
iguales, todos libres, y la esclavitud, parto del Averno,
invención de la codicia humana, ha desaparecido para
siempre de entre nosotros. No habrá jamás otra distin-
ción que la del mérito y de la virtud; las recompensas
serán en justa proporción de los servicios hechos a la
patria, y si alguna nación osase atentar contra nuestra
independencia y soberanía nos sepultaremos bajo las
ruinas de nuestra cara patria, antes que someternos a
ninguna dominación extranjera.216

Tal declaración fue el preámbulo de una sucesión de arrestos


que tuvo consecuencias pronunciadas en el futuro de la nación
y aun sobre la memoria histórica. Casi todos los recalcitrantes,
además de Sánchez, Pina y Pérez, fueron reducidos a prisión; a
ellos se agregaron los llegados del Cibao, Mella, Jiménez, Illas
y Del Valle. García ofrece una lista de algunos de los restantes
apresados: Manuel María Valverde, José Diez, Mariano Cangas,
Vicente Celestino Duarte e hijos, Buenaventura Freites, José
Ramón Ortiz y los oficiales Rafael Rodríguez, José del Carmen
García y Cesáreo Prado, entre tantos otros.217 Del Monte agrega
a Castro (de El Seibo), Leguisamón, Ostres, Blanco, Muñoz, el
haitiano dominicanizado Richer y sus dos hijos.218
Perdía sentido de oportunidad el intento de los prohom-
bres de Santiago, en decisión del 19 de julio, de ratificar la

216
«Pedro Santana, Proclama al pueblo y al ejército», 14 de julio de 1844, en
Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. II, pp. 32-33.
217
García, Compendio, t. II, p. 257.
218
«Vida política de Pedro Santana», p. 523.

277
Roberto Cassá

designación presidencial de Duarte como medio para detener


a Pedro Santana y salvar «al país de la dominación extranjera y
que convoque la Constituyente y remedie la crisis de la Hacienda
Pública».219
En sentido inverso, la nueva Junta Central Gubernativa
declaró traidores a la patria a Duarte y sus compañeros y los
condenó al ostracismo a perpetuidad. Esto estaba decidido des-
de los arrestos, pero terminó siendo oficializado por medio de
resolución del 22 de agosto. En este documento se retomaba el
argumento de que constituía una calumnia que hubiese planes
de entregar el país a un gobierno extranjero y de restablecer la
esclavitud.220
En los procesos políticos es común que la imposición de
una parte sobre otra defina, al menos de manera parcial, de-
cursos ulteriores. Por tanto, no todos los resultados provienen
de determinantes previos. Las fuerzas en pugna responden a
planos que las trascienden, pero al mismo tiempo contribuyen
a trazar pautas novedosas. Fue lo sucedido con el golpe militar
de Santana, que logró aniquilar el bando de los duartistas en
tanto que tal. El desenlace tuvo un efecto tan demoledor por la
incidencia de la composición del poder social, en particular la
debilidad de la clase media y la fuerza de los residuos coloniales,
la centralidad capitaleña, la ausencia de participación del cam-
pesinado y la reducción del problema social entre los antiguos
libres y libertos al tema de la autonomía personal.
Seguramente aconsejado por Saint Denis, al igual que en
tantas otras materias, Santana se cuidó de no abanderar princi-
pios proteccionistas explícitos. Como era de rigor, reclamaba ser
patriota como nadie. Sobre todo, no hizo alusión alguna al Plan
Levasseur. Sencillamente se restringió a reproducir el discurso
que exaltaba la existencia del Estado soberano. Descalificaba,
definiéndolas como intrigas, las acusaciones que se habían ex-
teriorizado desde antes del 9 de junio acerca de la búsqueda
de la protección de Francia, no obstante haber sido anunciada

Apuntes de Rosa Duarte, p. 89.


219

En Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia, t. II, p. 39.


220

278
Antes y después del 27 de Febrero

en público por Bobadilla el 26 de mayo. Esta postura se explica


porque, para gobernar, los conservadores tuvieron que dar por
un hecho la realidad existente y renunciar de palabra y por el
momento al proteccionismo que Bobadilla había tratado de
oficializar en su desesperado discurso. De los términos de su
correspondencia se infiere que Saint Denis debió calibrar que
convenía por el momento obrar de esa manera ante la ausencia
de interés del gabinete francés en los asuntos dominicanos.
En su discurso Santana desmentía por partida doble a los
desalojados del poder. Al tiempo que agradecía su designación
como «jefe supremo», reclamaba la «unidad necesaria para con-
solidar al gobierno, para establecer un pacto fundamental y le-
yes protectoras [...]». Validaba la preeminencia recién adquirida
con la recriminación a los que habían cometido el error de dar
crédito a los enemigos:

Los rumores siniestros esparcidos en esta capital, la con-


servación de nuestros intereses y familias, justamente
alarmadas, y el temor de perderlo todo en un momen-
to, os movió, sin duda, a dar un paso tan arriesgado,
depositando poder tan ilimitado sobre unos hombres
cuya debilidad debía seros más conocida; no lo vitupe-
ro, porque la salud del pueblo es ante todas las cosas.221

Como el punto del proteccionismo parecía zanjado, con vis-


tas a «afianzar por cuantos medios estén al alcance del Gobierno,
la posesión de estado de las personas, la unión y tranquilidad»,
Santana se apresuró a ratificar garantías a los de abajo median-
te un decreto de 17 de julio que reafirmaba la prohibición de
la esclavitud y la trata de esclavos en el territorio dominicano.
Cualquier esclavo que pusiese pie en el país pasaría a disfrutar
de la libertad inmediatamente.
La contrapartida no podía ser otra que invalidar a Duarte
para que saliera de la escena política de manera definitiva. Los

«Pedro Santana, Proclama al pueblo y al ejército», p. 33.


221

279
Roberto Cassá

cargos no podían ser más duros: ambicioso, intrigante, traidor,


colombiano (esclavista) y anarquista. En un discurso en que se
empleó a fondo en esta tarea, no fechado pero de seguro de
finales de julio o poco después y redactado por Bobadilla, el
flamante espadón resumió la batería de ataques.

Compatriotas: vosotros no imagináis las intrigas imagi-


nadas por el cabecilla de ese partido, para hacer creer a
los incautos que yo había vendido el país a una nación
extranjera, y que iba a restablecer la esclavitud entre no-
sotros; ¡calumnia atroz! ¡crimen horrendo! que pusiera
la patria al borde del abismo y en vísperas de verse ane-
gada en la sangre de sus hijos, y desolada por la guerra
civil [...].
El anarquista Duarte, siempre firme en su loca em-
presa, se hizo autorizar, sin saberse cómo, por la Junta
Gubernativa, para marchar a La Vega con el especioso
pretexto de restablecer la armonía entre el señor Cura
y las autoridades locales; pero el objeto real y verdadero
de su viaje, era consumar el culpable proyecto elabora-
do muy de antemano por el general Duarte y sus parti-
darios tendiente a sustituir en nuestro país el pabellón
dominicano con la bandera de Colombia.222

Consecuentemente con los planteamientos de su discurso


pretendidamente liberal, Santana estableció un esquema de
gobierno que en apariencia era compatible con el propósito de
los moderados y aun de muchos conservadores de que rigiese
un ordenamiento legal. El autócrata en ciernes iba más lejos
y se presentaba como un liberal partidario del imperio de las
instituciones, aunque le concedía centralidad al mantenimien-
to del orden, bandera del conservadurismo. Santana se erigió
en dictador, pero no se reconocía como tal, lo que explica que
prefiriera, por el momento, mantener con vida a la Junta, como

222
Citado por Leonidas García Lluberes, «Duarte y los orcopolitas», en Crítica
histórica, p. 193.

280
Antes y después del 27 de Febrero

medio de recomponer la legitimidad. Él necesitaba contar con


letrados que manifestaban reticencias a la implantación de una
dictadura unipersonal. Por su lado, estos últimos entendían que
la fórmula para una participación conveniente en los asuntos
públicos era la observancia de la división de poderes y otros pre-
ceptos constitucionales.
Santana estaba forzado a tomar en consideración los pun-
tos de vista de sus pares y aceptarlos como un núcleo paralelo de
autoridad que debía acompañarlo en las ejecutorias de amplios
alcances. En torno a la Junta quedó establecida una camarilla
que trazaba los lineamientos capitales, cuya aplicación quedaba
a cargo de Santana. Cuando este llegó a la presidencia de la
República, en noviembre, tras la aprobación de la Constitución,
ese núcleo se reconoció como «el Ministerio», para significar
su control sobre las reparticiones claves del aparato público.
Desde luego, los letrados también estaban supuestos a acatar las
resoluciones que tomara el presidente en cualquier asunto que
entendiera correcto.
Tal proceder se explica porque el pacto para el ejercicio
del gobierno no se restringió a los conservadores. Incluyó a to-
dos aquellos liberales que se plegaron al orden establecido que
acordaba facultades extraordinarias a Santana, quien acentuaba
la imagen de colocarse por encima de «partidos» e intereses
particulares. Este entendió que, en aras de la estabilidad, estaba
obligado a compartir esferas de poder con figuras de las que re-
celaba por haberse hallado en el bando opuesto en los momen-
tos tensos de mayo a julio. Detrás de la disposición conciliadora
continuaba gravitando la mano visible de Saint Denis.
Cabe significar la presencia de dos figuras fundamentales
del campo patriótico en puestos claves del Ministerio: Manuel
Jimenes en Guerra y Marina, y Joaquín Puello en Interior y
Policía. Estos no compartían los propósitos de los conservadores,
y en algunos aspectos se pronunciaron con claridad en contra
de ellos. Los diferendos no se limitaban al rechazo de la protec-
ción de una potencia, sino que abarcaban otras áreas sensibles,
como la relación entre los grupos étnicos, temática planteada

281
Roberto Cassá

por Puello que constituyó uno de los motivos por los que fue
fusilado en 1847. Jimenes tampoco fue afecto a Santana, quien
tuvo que tolerar sus ámbitos de autoridad, que a la larga permi-
tieron la conspiración que dio lugar a la renuncia del dictador
en 1848. La imagen que se proyectaba era, ni más ni menos, un
ordenamiento gubernamental inclusivo de todos, en expresión
de la unidad nacional personificada en Santana.
Por consiguiente, lo sustantivo de la recomposición opera-
da a partir del 12 de julio consistió en una reafirmación de esa
noción, solo que invertida bajo el ordenamiento conservador
y un acento autoritario no disimulado. Lo importante es que
casi todo el universo de los sujetos activos en torno a los asuntos
políticos se integró a tal perspectiva, ponderada como fatalidad.
Semejante compactación se extendió a los puntos del país donde
podían aflorar mayores señales de discordancia, como Santiago
de los Caballeros. Los patricios de esta ciudad, no obstante su
vocación liberal, se subordinaron a Santo Domingo y se torna-
ron aliados de Santana. Pedro Francisco Bonó, en uno de sus
ensayos, escrito a inicios de la década de 1880, ponderó con el
mayor respeto la personalidad de Santana. No por casualidad,
en 1849, cuando Santana no quiso continuar siendo presidente,
a la primera persona que propuso para sustituirlo fue a Santiago
Espaillat, uno de los adalides del núcleo dirigente cibaeño.
Ese consenso tan amplio lo vino a romper en parte el mismo
Santana en 1853, cuando asumió de nuevo el poder y denunció
a Buenaventura Báez. La capacidad de reciclaje de esta procla-
mada armonía encontraba escollos a causa de la persistente y
extrema precariedad de la economía.
Tales equilibrios se tradujeron en la aceptación del reque-
rimiento de que el Estado se rigiese por un ordenamiento legal
establecido por una constitución, por lo que, tras la reorganiza-
ción de la Junta, esta convocó a la elección de diputados cons-
tituyentes en representación de las localidades. Santana carecía
en aquel momento de la suficiente influencia para designar a
dedo a los delegados. Algunos de ellos tomaron conciencia de la
necesidad de guardar distancias respecto al dictador, por lo que

282
Antes y después del 27 de Febrero

prefirieron sesionar en San Cristóbal, alejados de los tentáculos


de este personaje. El orientador principal de los debates fue
Buenaventura Báez, quien, si bien era un conservador doctrina-
rio, entonces insistía en el requerimiento de que se instaurara un
ordenamiento constitucional que garantizase derechos, como el
de la propiedad, o funcionamientos institucionales adecuados,
como la división efectiva de tres poderes, con la conciencia de
que sus intereses chocaban con los de Santana, aunque por el
momento se asociase a él.
Los constituyentes concluyeron sus labores en los prime-
ros días de noviembre. Por medio de un artículo transitorio se
ratificó a Santana como presidente sin que mediara una elec-
ción al efecto. El autócrata se sobreponía en la práctica, desde
ya, al ordenamiento legal, y les dobló el pulso a los asambleís-
tas con la introducción del artículo 210, que lo facultaba para
gobernar sin rendir cuentas y con atribuciones extraordinarias
no concordantes con un sistema democrático-republicano.
Acudió a la intimidación sin ambages al presentarse en San
Cristóbal al frente de una tropa en disposición amenazante.
Esta cláusula fue sugerida por Bobadilla, el cerebro gris del
Ministerio. El artículo 210 anulaba el restante texto constitu-
cional, pues dejaba todo lo demás sujeto a la discreción final
del presidente. Contados constituyentes osaron presentar
oposición frontal a la solicitud de que se injertara ese artículo,
entre los cuales se destacó Báez. Este tuvo razón al rememorar
que el 210 fue resultado de una imposición. «¿No recuerda
que asistí por voluntad del pueblo a la asamblea constituyente,
y que en ella combatí sus pretensiones exageradas, siendo uno
de los pocos que se opusieron a ese artículo 210 que casi a viva
fuerza arrancó al Congreso, para gobernar al antojo de sus
pasiones?».223
Desde esos meses Santana fue erigido como el demiurgo
benevolente de la patria. Es interesante el juicio emitido sobre
él por Juan Nepomuceno Tejera, quien trató de mantener el

«B. Báez. A sus conciudadanos», 1 de agosto de 1853, p. 309.


223

283
Roberto Cassá

prurito de cierta postura afín con el legado de Duarte, por lo


que lo ponderó de manera contradictoria:

Santana era para el pueblo dominicano un meteoro,


si decimos que como el arco iris, era presajio de paz
y bonanza; ora como el cometa, un astro funesto que
solo traía en pos de sí sangre, lágrimas y duelo, pero
las causas están en las diferentes épocas que alcanzó
la República. Hablando en puridad, Santana se hizo
odioso a una parte del pueblo, desde 1849; porque
empañó un tanto sus nuevas glorias adquiridas en Las
Carreras [...].224

Dotado de semejantes facultades discrecionales, el déspo-


ta instauró lo que se denominó entonces como un sistema de
«depredación y agiotaje». La conversión de la moneda haitiana,
para mencionar una de las operaciones delicadas, fue objeto de
manejos turbios de sujetos de la élite gobernante, al canjearse
a cuatro por peso fuerte, cuando su curso era de 2.5 por peso
fuerte.

«Apuntes de don Juan N. Tejera», p. 354.


224

284
SOMETIMIENTO DEL CIBAO

A nte las primeras noticias de disensiones, los notables del


Cibao (incluidos generales y coroneles) inicialmente se
propusieron ratificar la presidencia de Duarte. A tal efecto se
trasladaron a Santiago dos figuras prominentes de Puerto Plata,
el general Antonio López Villanueva y el cura párroco Manuel
González Regalado. Se decidió enviar una comisión a Santo
Domingo a parlamentar, lo que de por sí comportaba un reco-
nocimiento de desventaja.225
Se acordó asimismo que Mella viajara a Santo Domingo, lo
cual entrañaba una debilidad suplementaria, puesto que privile-
giaba la negociación sobre cualquier otra consideración y dejaba
a la región huérfana de liderazgo. La comisión llevaba la pro-
puesta de que, por el momento, Duarte y Santana declinasen sus
posiciones y fueran indistintamente candidatos a la presidencia
y la vicepresidencia en las elecciones que debían tener lugar en
el corto plazo. Desde que llegó a la ciudad, Mella fue reducido
a prisión por un coronel tío de Santana. Su ausencia quebró
la disidencia regional frente a la Junta. En realidad, pese al en-
tusiasmo democrático, en el Cibao no emergió una corriente
partidaria de correr los riesgos de la secesión o la guerra para
desafiar la reacción de julio.

«Apuntes de don Juan N. Tejera», p. 361.


225

285
Roberto Cassá

Por el contrario, entre las instancias superiores de la región


apareció una posición favorable al reconocimiento del hecho
consumado en la capital, máxime cuando había sido aceptado
por casi toda la población de la ciudad y quienes lo recusaban
habían quedado aislados o encarcelados. Primó un sentido de
concordia. Figuras claves de las tres ciudades cibaeñas y de al-
gunas villas desconocieron a Duarte y a quienes lo apoyaban,
y se pronunciaron sin gran oposición a favor de Santana. En
Santiago y Moca sobresalió el general Francisco A. Salcedo.
Tan pronto los comisionados partieron en dirección a Santo
Domingo, Salcedo se sintió con las manos libres para promover
un cambio de rumbo y reconocer a la Junta Gubernativa presidi-
da por Santana, apelando a la exigencia de la unidad nacional.
Fue seguido por el general Pedro Ramón de Mena, también en
Santiago, en Puerto Plata por Antonio López Villanueva –quien,
como se ha visto, el año anterior había realizado gestiones a
favor de la reincorporación a España– y en La Vega por el co-
mandante Bartolo Mejía.
El pronunciamiento adverso de López Villanueva dejó a
Duarte en Puerto Plata sin posibilidad de intervenir en los acon-
tecimientos. Tras unos días de aislamiento en las cercanías de
la ciudad, fue reducido a prisión en el fuerte San Felipe, donde
recibió la visita del padre González Regalado. Se escenificó en-
tre ellos un triste diálogo en el que Duarte mostró abatimiento
ante la perspectiva ominosa que se cernía sobre la República.
González Regalado, patriota a toda prueba, caracterizó el am-
biente: «Se requería derramar sangre, victimar hermanos y los
adeptos al Maestro veíamos con repulsión aquel paso reprobado
por nuestras conciencias [...]». En su valiosa memoria recogió
que Duarte le manifestó desencanto y vacilación ante los retos del
futuro, atribulado por un sentido adverso del destino: «Quisiera
abrazarte, padre, y que me dieras fortaleza y templanza en este
instante tan amargo. Me ha asaltado el temor de que se me fusile
y quiero antes que me confieses. Morir [...], cuando aún hay tan-
tos esfuerzos que prestarle a nuestra infortunada patria. En estos
días he vacilado entre una determinación violenta o alejarme

286
Antes y después del 27 de Febrero

de estos vínculos santos con la libertad y el patriotismo. Mas [...]


parece que todo ha sido tardío y que un sino desgraciado se
cierne sobre nosotros».226 Cuando la Junta envió un buque para
obtener la adhesión de Puerto Plata, Duarte fue remitido preso
a la capital.
A la corriente de adhesiones se sumaron casi todos. Por
ejemplo, José María Imbert lanzó una hoja suelta el 26 de octu-
bre, en la que se identificó con la «parte sana» que cuestionaba
el proceder de Duarte.227 Ha de concluirse que también en el
Cibao la causa democrático-nacional adoleció de fragilidades
que la anularon.

226
Citado por Felipe González López, «Duarte en Puerto Plata», en Tena
Reyes, Duarte en la historiografía, p. 441.
227
«A mis compatriotas del Cibao», 16 de octubre de 1844, en Rodríguez
Demorizi, Documentos para la historia, t. I, pp. 50-53.

287
DEPORTACIÓN DE LOS
INTRANSIGENTES

P ara deshacerse de Duarte y sus compañeros, Santana


promovió comunicaciones de civiles y militares recla-
mando duros castigos en pos de «seguridad y tranquilidad». En
el documento justificativo del extrañamiento se compilaron tes-
timonios y «pruebas» acerca de las intenciones «disociadoras»,
como la proclamación de Duarte a la presidencia y el intento de
resistencia en julio.
La Junta dio curso a dos solicitudes prefabricadas, a nom-
bre de la ciudadanía, para que Duarte y sus camaradas fueran
castigados sin piedad. Una fue firmada por 68 considerados
notables, mientras la otra por 628 oficiales. En uno de los docu-
mentos se enunció como «[...] de absoluta necesidad que para la
seguridad y tranquilidad del país se castigue a todos los autores
y cómplices de la sedición [...]».228
Pese a su disposición hacia la apertura, Santana concibió
la idea de fusilar a Duarte y a quienes se habían negado a repu-
diarlo. De nuevo hubo de intervenir Saint Denis para que esto
no sucediera. Ya presos todos, fueron declarados «traidores e
infieles» a la patria y decretada su expulsión a perpetuidad, con

«Junta Central Gubernativa. Expulsión de Duarte, Sánchez y demás com-


228

pañeros», 22 de agosto de 1844, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la


historia, t. I, p. 35.

289
Roberto Cassá

instrucción a los mandos militares de que fusilaran ipso facto a los


que osaran retornar. Los principales medios de opinión se soli-
darizaron con la medida. Tomás de Portes e Infante, ya propues-
to arzobispo, el mismo que había proclamado a Duarte como
padre de la patria, emitió una excomunión preventiva aplicable
a los que cuestionaran la autoridad existente. Textualmente, el
arzobispo electo declaró: «[...] para lo cual os conminamos con
excomunión mayor, a cualquiera clase de persona que se mez-
clase en trastornar las disposiciones de nuestro sabio Gobierno,
y del bien social [...]».229 No fue Duarte el único anatematizado
con la excomunión, sino también todos aquellos que fueron
perseguidos. El prelado se ponía a tono con la designación como
arzobispo que le había otorgado la Junta Central Gubernativa,
presidida por Bobadilla, por resolución del 11 de mayo.
Por el momento contadas personas relacionadas a Duarte
fueron deportadas: Sánchez, Mella, Pina, Pérez, Juan Evangelista
Jiménez, Gregorio del Valle y Juan José Illas. Los dos últimos,
uno español y el otro venezolano, habían acompañado a Duarte
después que retornó de Curazao, y Jiménez tuvo una participa-
ción conspicua en los pronunciamientos del Cibao junto a Mella.
Con el fin de prevenir la cohesión de los expulsos en el exterior,
se les embarcó hacia destinos diferentes. Quedaron dispersos,
además de aislados, y cesaron de tener incidencia en los asuntos
internos en los años siguientes.
Santana se esmeró en comprometer como inspiradores de la
medida draconiana a los restantes integrantes de la Junta Central
Gubernativa: Jimenes, Mercenario, Bobadilla, Norberto Linares,
Toribio Mañón, Juan Tomás Medrano, Toribio Villanueva y F.
M. Marcano, secretario. Para guardar las apariencias, se cuidó
de no incluir en el órgano gubernamental a algunos de los
conservadores más connotados, como Báez, Abreu y Del Monte.
Todos, empero, por el momento, se hallaban en la tesitura de
cohonestar su preeminencia personal frente a cualquier asomo
de disidencia en el propio campo de los triunfadores.

229
«Carta Pastoral del Dr. Portes Infante», 24 de julio de 1844, en Rodríguez
Demorizi, Documentos para la historia, t. II, pp. 47-54.

290
Antes y después del 27 de Febrero

Durante los meses subsiguientes, cada vez que se presenta-


ba la ocasión Duarte era objeto de ataques despiadados, admi-
nistrados a conveniencia con el objetivo de desfigurar y borrar
la memoria de su acción. Se le presentaba como portador de
la anarquía, la antítesis de Santana, paradigma del orden. Para
vencer reticencias de los congresistas en San Cristóbal, Bobadilla,
el hombre de paja de Santana, se refirió a Duarte en términos
que no podían ser más desconsiderados: «Joven inexperto, y que
lejos de haber servido a su país, jamás ha hecho otra cosa que
comprometer su seguridad y las libertades públicas».

291
REPRESIÓN Y MEMORIA

D esde muy pronto se produjo un fenómeno extraño que


marcó la conciencia del país en las décadas siguientes.
Lo sustantivo que había sucedido entre 1838 y julio de 1844 fue
obviado, ocultado, tergiversado y, en buena medida, olvidado.
En la prensa periódica que comenzó a publicarse desde 1845
se trazó una narrativa que desconocía la verdad de los hechos y
en muchos aspectos los deformaba. Fue el caso de la atribución
del mayor papel a Santana, como se encuentra en el libro de
Lepelletier de Saint Rémy.
Esta manipulación de la memoria histórica no fue ajena al
estado de represión que siguió al establecimiento de la dictadu-
ra. Poco a poco, febreristas connotados siguieron siendo extra-
ñados, como los familiares de Duarte o el doctor Manuel María
Valverde, para lo que se utilizó el recurso de sindicarlos como
traidores. Solo excepcionalmente se acudió a fusilamientos,
como se hizo en febrero de 1845 con María Trinidad Sánchez y
otros conjurados.
El miedo se hacía sentir, al grado de que se inclinaron casi
todos, incluidos cercanos amigos de Duarte con elevado nivel
cultural, como Félix María del Monte, quien a la larga se des-
plazó hacia el bando conservador, aunque al inicio de manera
moderada, al igual que tantos otros. Unos pocos se cuidaron de
guardar cierta distancia, como se evidencia en los «Apuntes» de

293
Roberto Cassá

Juan N. Tejera. Pero no operó únicamente el temor; no menos


incidieron las inconsecuencias individuales y colectivas que lle-
varon a los más a acomodarse al orden de las cosas. Incluso, no
pocos trinitarios de primera hora terminaron como anexionis-
tas, aunque no siempre se encumbraran a las esferas gobernan-
tes. En la precariedad en que se vivía, muchos se contentaron
con conseguir un acomodo que los liberaba de intranquilidades
suplementarias, aunque debieran renunciar a sus convicciones.
Lo que se extrae es que el desenlace a favor de Santana borró de
un plumazo múltiples adhesiones a los ideales.
Duarte quedó relegado en una esfera brumosa, como
si todo lo que había hecho no hubiese tenido lugar. Tejera
recogió agudamente que «los duartistas, febreristas, filorios
(todos eran casi los mismos con diferentes nombres) esta-
ban en minoría y olvidados».230 No es que se discutiese o
no la participación del padre de la patria, es que dejó de
mencionársele por completo. Testigo privilegiado de todo lo
acontecido, Félix María del Monte, en su «Necrología», resu-
me descriptivamente el olvido aupado por la saña. «Como el
general Duarte brilló semejante a un meteoro, desapareció
en seguida, puede decirse que era para esta generación un
personaje casi extraño. Más aún: un ser a quien los odios
políticos y la hiel de la persecución que todo lo envenenan,
se propusieron hacer aparecer cubierto con el ridículo, para
cercenar su gloria [...]».231
Antes que el olvido forzoso, se acudió al expediente reite-
rado de satanizar a los duartistas hasta el momento en que se
consideró innecesario. En hoja suelta lanzada al efecto, el fusila-
miento de María Trinidad Sánchez se justificó con el argumento
de que encabezaba una trama de los partidarios de Duarte, lo
que en definitiva era cierto. Dos semanas después, el 14 de mar-
zo de 1845, en una de las salidas de la curiosa publicación El
Grillo se caracterizó el asunto como de corte delictivo.

«Apuntes de don Juan N. Tejera», p. 354.


230

Del Monte, «Necrología», en Tena Reyes, Duarte en la historiografía, p. 483.


231

294
Antes y después del 27 de Febrero

[...] y como soy curioso, vi un artículo que decía: «Se


prohíbe la importación de libros inmorales, láminas
obscenas, estoques, puñales, Duartistas, ganzúas, y qué sé
yo que otro millón de sabandijas, todas de ese tenor».232

Esta gacetilla no era sino una muestra de la imagen trans-


mitida durante cierto tiempo acerca de Duarte, reducido a la
condición de malhechor.
Tales silencios y deformaciones constituyeron uno de
los resultados del orden santanista. La ausencia voluntaria de
Duarte después de 1848, cuando el sustituto de Santana, Manuel
Jimenes, decretó una amnistía, agregó su grano de arena. El
debate periodístico acerca de lo sucedido quedó entre los mis-
mos conservadores. Bobadilla, por ejemplo, se adjudicó todo el
mérito del 27 de Febrero, con el fin de cuestionar el protagonis-
mo que se concedía universalmente a Santana, para lo cual no
titubeó en menoscabar flagrantemente la verdad. Cuando Báez
y Santana rompieron, intercambiaron acusaciones terribles en
cuanto a las responsabilidades relativas a la negativa del prime-
ro a apoyar el nacimiento de la República. Estas versiones no
impidieron que se construyese una mitología, carente de rigor
historiográfico, corroborada por casi todos los sujetos cultos.
Tomaría tiempo para que se restituyesen los hechos. La
primera narrativa sistemática, de Manuel Rodríguez Objío, re-
dactada a retazos después de 1850, muestra un desconocimiento
sorprendente de los acontecimientos ocurridos la década previa.
Este historiador precursor no pudo soslayar el manto de silencio
que había cubierto el nacimiento de la República Dominicana.
Por lo menos cuestionó la primacía de Santana y consideró a
Sánchez como el padre de la patria. Así lo visualizaron muchos,
sobre todo después que el último se inmoló en San Juan de la
Maguana en junio de 1861.

Citado por Leonidas García Lluberes, Crítica histórica, p. 195.


232

295
DICTADURA POLÍTICA Y ÉTNICA

N o obstante lo arriba visto, la consolidación del poder


personal de Santana requirió todo un proceso revesti-
do de precariedades. El tirano, para afianzar su supremacía, se
vio precisado a someter a la élite conservadora y despojarla en
buena medida de sus prerrogativas y privilegios. Se escenificó
un prolongado tira y jala en el que las posiciones se debilitaban
o se recomponían. A la larga, el conglomerado conservador se
escindió, pero la figura de Santana se reciclaba como fenómeno
social característico del poder patrimonialista sustentado en el
prestigio tradicional.
En una primera etapa Santana tuvo que adaptarse a forma-
lidades institucionales que ponían límites a su preeminencia.
Aunque la Constitución de noviembre de 1844 le acordaba fác-
ticamente la condición de dictador, presionado por el colectivo
dirigente, estuvo obligado a someterse a marcos de legalidad insti-
tucional, lo que tenía por componente relevante el que los cuatro
ministros detentaban un ámbito paralelo de facultades. Conforme
a la Constitución, las medidas del presidente solo adquirían estatus
legal después que las convalidaban los ministros. Esta relación en-
tre el presidente y su base inmediata de sustentación se prolongó
a lo largo de la primera administración, aunque se sucedieron
episodios en los que Santana se imponía o, por el contrario, se
veía obligado a ceder. Estos planos de legalidad fueron socavados a

297
Roberto Cassá

medida que pasaba el tiempo, pues la reafirmación de la estructura


autocrática conllevaba la derrota de los intentos de liberalización.
Pero el espacio de formalidad institucional para nada alteraba el
contenido del tipo de Estado. El sistema fue correctamente carac-
terizado, años después, por Félix María del Monte, quien, aunque
ya tornado en un conservador, nunca transigió con Santana, por lo
que se hizo partidario de Báez.

El año terminó con su nombramiento a la presidencia


y con la institución de una dictadura perpetua e imper-
sonal, posiblemente alternativa y sin responsabilidad de
ninguna especie: es decir; el año que había principiado
por la insubordinación, la deserción ante el enemigo,
los manejos criminales, el perjurio, las asechanzas, la
anarquía, las grandes iniquidades sociales, el cisma po-
lítico y la heregía, terminó por la muerte de la libertad
perpetrada por el monstruo Seybano. De entonces en
adelante nuestra marcha por los campos de la historia
contemporánea no será más que un paseo entre calles
de apiñados sepulcros.233

Desde los primeros meses de esa peculiar dictadura, María


Trinidad Sánchez, tía del prócer del 27 de Febrero, y otros patriotas,
sobre la base de las mentiras que transmitía un sargento al servicio
del presidente, concibieron la ilusa expectativa de buscar la adhe-
sión de Santana en contra de sus ministros, con el fin de propiciar el
retorno de los expulsos.234 En un momento dado, los complotados
incorporaron al coronel Feliciano Martínez, uno de los fundadores
del ejército nacional, quien comunicó a otros el asunto, por lo que
terminó siendo descubierto. Aunque los conspiradores perseguían
conceder la presidencia vitalicia a Santana, este no dudó en dar la
razón a los ministros, en especial a Bobadilla, quienes abogaron
233
«Vida política de Pedro Santana», p. 524. Al igual que en otras citas, se ha
optado por no hacer modificaciones a la ortografía.
234
Como para otros acontecimientos de ese tiempo, es fundamental recurrir a
los «Apuntes de don Juan N. Tejera», pp. 364-365. También explicaciones en
Galván, «Sucesos», pp. 39-40.

298
Antes y después del 27 de Febrero

por la aplicación de la pena de muerte. Después de una consulta al


ejército, Santana asumió la responsabilidad de aprobar ejecuciones
y condenas a años de reclusión.235
Mientras tanto, el cuerpo dirigente adoptó un lineamiento
sutil de exclusión étnica que generó controversias. El asunto se
solapaba a nombre de la unidad nacional, pero no eliminaba
la pretensión a la superioridad natural de quienes se conside-
raban blancos, herederos del sentido tradicional de autoridad.
Santana, claro está, matizaba este sesgo racialista contempo-
rizando con hombres de tez oscura que se tornaron fanáticos
seguidores de su persona y que operaban como concreción de
una pretendida unidad nacional que descartaba exclusiones por
razones de color.
El evento más resonante contra tal sesgo, que pretendía
sinuosamente alterar realidades concretadas durante décadas,
consistió en la negativa de los reclutas de Santa María y loca-
lidades aledañas a marchar al frente fronterizo para combatir
la invasión lanzada por Louis Pierrot en 1845. Esta resistencia
tuvo un contenido étnico, debido a la presencia en el con-
tingente de libertos de la palma, haitianos y descendientes
de estos. El general Felipe Alfau se vio precisado a usar la
fuerza para desbaratar lo que aparentaba ser un complot. Es
sintomático que entre los cabecillas de los «negros de Santa
María» se encontrase el excomandante Esteban Pou, quien se
había opuesto al 27 de Febrero desde la jefatura del Batallón
Africano.236 Varios de los implicados fueron juzgados, conde-
nados y ejecutados. Uno que sobrevivió al pelotón de fusila-
miento reveló que el general Manuel Mora había sido el ins-
tigador, lo que se consideró motivado por sus aspiraciones al
mando supremo, después de haber sido un adicto a Santana.
Tejera ofrece una imagen despreciable de este personaje, cre-
cido en condición de esclavo, convicto por delitos, enemigo

235
«Sentencia que condena a muerte a María Trinidad Sánchez y demás com-
pañeros», 25 de febrero de 1845, en Rodríguez Demorizi, Documentos para la
historia, t. I, pp. 54-59.
236
«Apuntes de don Juan N. Tejera», pp. 362-363.

299
Roberto Cassá

de los haitianos y entusiasta del estamento militar «porque le


gustaba la vida licenciosa y disoluta».
Como resultado de ese episodio, afloró con mayor fuerza
en los medios dirigentes el fantasma negrófilo. Los letrados go-
bernantes pasaron a hacer, de manera más o menos explícita,
advertencias acerca del «peligro negro». Ratificaron solapada-
mente la conveniencia de fortalecer el «elemento blanco» como
garantía de estabilidad momentánea y de un futuro auspicioso.
Aunque sin efectos, esto condujo a la adopción de una política
migratoria tendente a favorecer el ingreso de europeos con la
finalidad de alterar el «balance racial», en torno al cual algunos
localizaban el problema principal del país.
Semejante disposición generó disensiones, puesto que vul-
neraba el contenido democrático con que se había producido la
unidad que dio lugar al Estado dominicano. Como la oficializa-
ción del prejuicio racista era un ingrediente tan problemático, se
formulaba tras bambalinas y subterfugios. Joaquín Puello decidió
enarbolar su función tácita de representante de la población
pobre de color. Argumentó que la política migratoria no podía
estar sesgada por una preferencia focalizada, pues daría lugar a un
empeoramiento de la condición del pueblo. Se produjo un debate
sinuoso que atizó la animadversión hacia Puello. Hasta ese momen-
to Santana había optado por ratificarlo en el puesto de ministro de
Interior por presunta estima personal, según recogen algunas de
las escasas memorias, pero en realidad motivado por el cálculo de
mantener bajo control a los restantes ministros y de prevenir una
oposición de corte popular. Los dignatarios levantaron con más
fuerza el argumento del peligro negro y señalaron a Puello como
su portador, alegando que pretendía ocupar la presidencia. Llegó
un momento en que el mismo Santana comenzó a recelar de su
ministro y lo destituyó. Se abrió una investigación acerca de una
conspiración que en realidad nunca existió.237
La situación del prestigioso febrerista se complicó a causa
de la pugna que libró contra él el ministro de Guerra Manuel

Ibíd., pp. 368-369.


237

300
Antes y después del 27 de Febrero

Jimenes, cuya motivación era distinta a los demás integrantes del


gobierno. Jimenes no acusaba a su compañero de preocupación
racial, sino que lo ponderaba como un ambicioso desmedido. A
la postre, cuando se instrumentalizó un expediente acusatorio,
el ministro de Guerra intentó abogar por la vida de Puello y sus
compañeros. El 2 de diciembre de 1847, a toda prisa, Santana
denunció la existencia del presunto complot y movilizó tropas.
Horas después Puello era detenido y procesado junto a sus her-
manos con una acusación prefabricada. «Se pretendió que los
Puello acaudillaban una revolución negrófila. No se le ocultaba
a Santana que aquella personalidad sería, andando el tiempo,
su competidor en la arena del poder; pero no le tenía mala vo-
luntad, no porque despreciase él el mando, sino porque creía
que jamás se le escaparía éste de las manos, pues confiaba en
que el pueblo no le negaría sus favores, siquiera fuese por estar
todavía flamantes sus indisputables glorias».238 Tejera acota que
Santana obró «por las exigencias de sus privados», considerando
que después de un juicio de tal calibre había que proceder al fu-
silamiento, ya que, en caso contrario, «tendría que luchar contra
unos enemigos tan poderosos como irreconciliables».
Afloró un estado crónico de temor en los propios medios
dirigentes. El fusilamiento de los hermanos Joaquín y Gabino
Puello se ponderó como respuesta a un peligro inminente de
corte «racial» que ocupó las mentes de los dignatarios conser-
vadores. En algunos casos la apelación a «preocupaciones de
color» encubría la voluntad de exclusión de los más, conforme
al esquema autocrático. Meses después fue develada otra supues-
ta conspiración, por la que fueron procesados varios oficiales,
algunos de alta graduación, acusados de «excitar la guerra civil»
y de «tentativa de comunicación con los haitianos». A uno de
ellos, Antonio Abad Gil, se le achacó haber tramado contra las
«vidas y personas de los blancos».239 Reveladoramente, casi todos
los inculpados fueron declarados inocentes, y los considerados

Ibíd., p. 369.
238

«Sentencia de la Comisión Militar», 25 de enero de 1848, en Rodríguez


239

Demorizi, Documentos para la historia, t. II, pp. 55-60.

301
Roberto Cassá

culpables fueron exonerados de la pena capital. Días después


se abrió otra causa contra militares y civiles acusados con cargos
similares.
Semejantes manejos no impidieron que se deterioraran las
relaciones entre el presidente y algunos de sus ministros. Estaba
en juego quién ejercía la potestad, si el dictador o el conglome-
rado social a través del equipo gobernante. Una grieta se abrió
a propósito de un tema sensible: el destino de los bienes de la
Iglesia y de los ausentes, que habían sido confiscados en 1822 y
años siguientes. El presbítero José María Bobadilla, hermano del
«ministro universal», recusó de manera pública a Santana por
negarse a la devolución de los bienes y al reconocimiento de las
capellanías que seguían en un estatus indefinido. El presidente
hizo uso de sus prerrogativas constitucionales para deportar al
sacerdote. Dentro del bando conservador en este punto se en-
frentaron dos perspectivas: por una parte la del poder civil como
base del patrimonialismo presidencialista y, por la otra, la de
una reivindicación tradicionalista, que percibía en la Iglesia el
estamento decisivo en la articulación de un «sistema orgánico»
de poder. En adelante Santana exhibió inquina hacia el cuerpo
sacerdotal, del que sospechaba que interfería en su pretensión
absolutista.
Tomás Bobadilla decidió cuestionar la postura estatista del
presidente, lo que se concretó en una tumultuosa sesión de la
Cámara, en la que reivindicó la superioridad de su figura. Los
demás ministros se mantuvieron del lado de Santana, pero se
había abierto una fisura que no tardaría en manifestarse para
minar su ascendencia. En la ocasión Santana exigió a los legis-
ladores la expulsión de Bobadilla, para lo cual hizo rodear por
tropas el edificio en el que deliberaban.
Aunque casi todos comprometidos con una postura con-
servadora, algunos de ellos, en medio de una situación tan
extraordinaria que los transformaba en víctimas de sus actos,
osaron cuestionar acciones del presidente y sus ministros. Se
distinguió en la ocasión Juan Nepomuceno Tejera, quien criticó
las decisiones en materia monetaria de Caminero. Santana, que

302
Antes y después del 27 de Febrero

se encontraba en su hacienda El Prado, decidió regresar a la


ciudad para presionar en persona al congreso para que destitu-
yera a Tejera con el fin de procesarlo cuando quedara exento
de las garantías que le correspondían como representante de
la ciudadanía. Los congresistas se negaron, conscientes de los
riesgos que afrontaban, pero la prueba de fuerza constituyó uno
de los hitos que inició el declive temporal de Santana, junto a
la situación económica terrible y la emergencia por doquier de
conatos conspirativos.
A final de cuentas Santana se impuso como encarnación de
una élite y personificación de la idea de la patria. En adelante la
corporeidad del núcleo dirigente no se podía sostener al margen
de la preponderancia de su figura. Su fundamento radicaba en
la supremacía del estamento militar, visualizado como el único
habilitado para componer la reproducción de un sistema estatal
que requería la autocracia como mecanismo para compensar
vacíos en los medios dirigentes.
Cuando ese esquema se desgastó, en lo que las limitacio-
nes personales de Santana tuvieron una cuota, su fragilidad se
puso de relieve con la descomposición de la unidad del bando
conservador. El resultado fue acudir al expediente anexionista o
proteccionista como panacea compensatoria, con lo que se de-
notaba el fracaso del orden. La reacción a esas tentativas sería la
ratificación de la conciencia nacional entre sectores crecientes
de la población, en particular jóvenes urbanos.
Y es que el ordenamiento autocrático trascendía la perso-
nalidad de Santana, por más que se le ponderara comúnmente
como el insustituible Libertador. Su vigencia se desprendía de
las facetas de la estructura social. Ponderado el asunto dentro
de una perspectiva de largo plazo, bajo tales circunstancias a la
larga resultaba inevitable el fracaso de la tentativa de Duarte y sus
compañeros. El secreto recóndito de la autocracia decimonónica
radicaba en la exigüidad de las clases burguesas, envueltas por
un campesinado cuasi universal en la zona rural. Quienes se en-
quistaban en el Estado alrededor de una jefatura que compusiera
la unidad funcional de los de arriba y los de abajo, imbricaban

303
Roberto Cassá

el débil poder social con el dominio político. El campesinado


quedaba reducido a espectador pasivo solo en la medida en que
no se alterasen los equilibrios que le permitían la vida libre de
constreñimientos directos. De ello mismo se derivaba la debili-
dad crónica de los círculos superiores, sujetos a una economía
dependiente de márgenes reducidos de excedentes generados
por el campesinado.
En todo caso, la especificidad de Santana radicó en haberse
apoyado en las estructuras sociales y mentales que concedían va-
lor al sentido de la autoridad tradicional. Le resultaba más viable
subordinar a cualesquiera otros actores alrededor de la unidad
que deparaba su persona. El origen colonial de tal estructura
político-ideológica interponía una barrera a la conciencia na-
cional activa entre los círculos dirigentes y la generalidad de la
masa del pueblo. Y aun esta misma fórmula de seguridad de la
autocracia estaba sujeta a desgaste incesante en razón de la pre-
cariedad material en que se desenvolvían los círculos dirigentes.
Con estos entramados, por necesidad se abrían grietas y pro-
cesos más complejos dentro del prolongado decurso de luchas
inaugurado por las ideas enunciadas por Duarte y constituidas
en legado incontrovertible. José Gabriel García tuvo el mérito
de demostrar por vez primera que Duarte fue el inspirador de la
conciencia nacional con sentido democrático, reafirmada en un
proceso prolongado y plagado de vericuetos. La concreción del
anexionismo en 1861 fue respondida con la defensa de la patria
desde el primer instante. Aunque Duarte continuó siendo igno-
rado, su legado objetivo quedaba ratificado en una dimensión
que expresaba la prevalencia de la vocación por la libertad por
encima de la de riqueza o seguridad.
Lejos de la aseveración del epígono moderno que dismi-
nuye la imagen de Duarte como presunto instrumento circuns-
tancial de intereses de poder, desde que fue recuperado por la
indagatoria de intelectuales integérrimos, ha representado la
idealidad en la aspiración a un orden superior de realización
nacional, democrático y de justicia.

304
Publicaciones del
Archivo General de la Nación

Vol. I Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846.


Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1944.
Vol. II Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección
de E. Rodríguez Demorizi, Vol. I, C. T., 1944.
Vol. III Samaná, pasado y porvenir. E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1945.
Vol. IV Relaciones históricas de Santo Domingo. Colección y notas de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. II, C. T., 1945.
Vol. V Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección
de E. Rodríguez Demorizi, Vol. II, Santiago, 1947.
Vol. VI San Cristóbal de antaño. E. Rodríguez Demorizi, Vol. II, Santiago,
1946.
Vol. VII Manuel Rodríguez Objío (poeta, restaurador, historiador, mártir). R.
Lugo Lovatón, C. T., 1951.
Vol. VIII Relaciones. Manuel Rodríguez Objío. Introducción, títulos y
notas por R. Lugo Lovatón, C. T., 1951.
Vol. IX Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1846-1850.
Vol. II. Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1947.
Vol. X Índice general del «Boletín» del 1938 al 1944, C. T., 1949.
Vol. XI Historia de los aventureros, filibusteros y bucaneros de América. Escrita
en holandés por Alexander O. Exquemelin, traducida de una
famosa edición francesa de La Sirene-París, 1920, por C. A.
Rodríguez; introducción y bosquejo biográfico del traductor R.
Lugo Lovatón, C. T., 1953.
Vol. XII Obras de Trujillo. Introducción de R. Lugo Lovatón, C. T., 1956.
Vol. XIII Relaciones históricas de Santo Domingo. Colección y notas de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. III, C. T., 1957.
Vol. XIV Cesión de Santo Domingo a Francia. Correspondencia de Godoy, García
Roume, Hedouville, Louverture, Rigaud y otros. 1795-1802. Edición
de E. Rodríguez Demorizi, Vol. III, C. T., 1959.

305
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. XV Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección de


E. Rodríguez Demorizi, Vol. III, C. T., 1959.
Vol. XVI Escritos dispersos. (Tomo I: 1896-1908). José Ramón López. Edición
de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XVII Escritos dispersos. (Tomo II: 1909-1916). José Ramón López.
Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XVIII Escritos dispersos. (Tomo III: 1917-1922). José Ramón López.
Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XIX Máximo Gómez a cien años de su fallecimiento, 1905-2005. Edición
de E. Cordero Michel, Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XX Lilí, el sanguinario machetero dominicano. Juan Vicente Flores,
Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXI Escritos selectos. Manuel de Jesús de Peña y Reynoso. Edición
conjunta del Archivo General de la Nación y el Banco de
Reservas, Andrés Blanco Díaz (editor), Santo Domingo, D. N.,
2006.
Vol. XXII Obras escogidas 1. Artículos. Alejandro Angulo Guridi. Edición de
A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXIII Obras escogidas 2. Ensayos. Alejandro Angulo Guridi. Edición de
A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXIV Obras escogidas 3. Epistolario. Alejandro Angulo Guridi. Edición
de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXV La colonización de la frontera dominicana 1680-1796. Manuel
Vicente Hernández González, Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXVI Fabio Fiallo en La Bandera Libre. Compilación de Rafael Darío
Herrera, Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXVII Expansión fundacional y crecimiento en el norte dominicano (1680-
1795). El Cibao y la bahía de Samaná. Manuel Hernández
González, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXVIII Documentos inéditos de Fernando A. de Meriño. Compilación de José
Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXIX Pedro Francisco Bonó. Textos selectos. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXX Iglesia, espacio y poder: Santo Domingo (1498-1521), experiencia
fundacional del Nuevo Mundo. Miguel D. Mena, Santo Domingo,
D. N., 2007.
Vol. XXXI Cedulario de la isla de Santo Domingo, Vol. I: 1492-1501. Fray
Vicente Rubio, O. P. Edición conjunta del Archivo General de la
Nación y el Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma
Español, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXII La Vega, 25 años de historia 1861-1886. (Tomo I: Hechos sobresalientes
en la provincia). Compilación de Alfredo Rafael Hernández
Figueroa, Santo Domingo, D. N., 2007.

306
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. XXXIII La Vega, 25 años de historia 1861-1886. (Tomo II: Reorganización


de la provincia post Restauración). Compilación de Alfredo Rafael
Hernández Figueroa, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXIV Cartas del Cabildo de Santo Domingo en el siglo xvii. Compilación de
Genaro Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXV Memorias del Primer Encuentro Nacional de Archivos. Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVI Actas de los primeros congresos obreros dominicanos, 1920 y 1922.
Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVII Documentos para la historia de la educación moderna en la República
Dominicana (1879-1894). Tomo I, Raymundo González, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVIII Documentos para la historia de la educación moderna en la República
Dominicana (1879-1894). Tomo II, Raymundo González, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXIX Una carta a Maritain. Andrés Avelino. Traducción al castellano e
introducción del P. Jesús Hernández, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XL Manual de indización para archivos, en coedición con el Archivo
Nacional de la República de Cuba. Marisol Mesa, Elvira Corbelle
Sanjurjo, Alba Gilda Dreke de Alfonso, Miriam Ruiz Meriño,
Jorge Macle Cruz, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLI Apuntes históricos sobre Santo Domingo. Dr. Alejandro Llenas.
Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLII Ensayos y apuntes diversos. Dr. Alejandro Llenas. Edición de A.
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLIII La educación científica de la mujer. Eugenio María de Hostos,
Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLIV Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1530-1546). Compi-
lación de Genaro Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLV Américo Lugo en Patria. Selección. Compilación de Rafael Darío
Herrera, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVI Años imborrables. Rafael Alburquerque Zayas-Bazán, Santo
Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVII Censos municipales del siglo xix y otras estadísticas de población.
Alejandro Paulino Ramos, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVIII Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel. Tomo I.
Compilación de José Luis Saez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLIX Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel. Tomo II.
Compilación de José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. L Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel. Tomo III.
Compilación de José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N.,
2008.

307
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. LI Prosas polémicas 1. Primeros escritos, textos marginales, Yanquilinarias.


Félix Evaristo Mejía. Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo,
D. N., 2008.
Vol. LII Prosas polémicas 2. Textos educativos y Discursos. Félix Evaristo
Mejía. Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LIII Prosas polémicas 3. Ensayos. Félix Evaristo Mejía. Edición de
A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LIV Autoridad para educar. La historia de la escuela católica dominicana.
José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LV Relatos de Rodrigo de Bastidas. Antonio Sánchez Hernández,
Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LVI Textos reunidos 1. Escritos políticos iniciales. Manuel de J. Galván.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LVII Textos reunidos 2. Ensayos. Manuel de J. Galván. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LVIII Textos reunidos 3. Artículos y Controversia histórica. Manuel de
J. Galván. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D.
N., 2008.
Vol. LIX Textos reunidos 4. Cartas, Ministerios y misiones diplomáticas. Manuel
de J. Galván. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo,
D. N., 2008.
Vol. LX La sumisión bien pagada. La iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo
(1930-1961). Tomo I, José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N.,
2008.
Vol. LXI La sumisión bien pagada. La iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo
(1930-1961). Tomo II, José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo,
D. N., 2008.
Vol. LXII Legislación archivística dominicana, 1847-2007. Archivo General
de la Nación, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXIII Libro de bautismos de esclavos (1636-1670). Transcripción de José
Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXIV Los gavilleros (1904-1916). María Filomena González Canalda,
Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXV El sur dominicano (1680-1795). Cambios sociales y transformaciones
económicas. Manuel Vicente Hernández González, Santo
Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXVI Cuadros históricos dominicanos. César A. Herrera, Santo Domingo,
D. N., 2008.
Vol. LXVII Escritos 1. Cosas, cartas y... otras cosas. Hipólito Billini. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXVIII Escritos 2. Ensayos. Hipólito Billini. Edición de Andrés Blanco
Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.

308
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. LXIX Memorias, informes y noticias dominicanas. H. Thomasset. Edición


de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXX Manual de procedimientos para el tratamiento documental. Olga
Pedierro, et. al., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXXI Escritos desde aquí y desde allá. Juan Vicente Flores. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXXII De la calle a los estrados por justicia y libertad. Ramón Antonio Veras
(Negro), Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXXIII Escritos y apuntes históricos. Vetilio Alfau Durán, Santo Domingo,
D. N., 2009.
Vol. LXXIV Almoina, un exiliado gallego contra la dictadura trujillista. Salvador
E. Morales Pérez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXV Escritos. 1. Cartas insurgentes y otras misivas. Mariano A. Cestero.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVI Escritos. 2. Artículos y ensayos. Mariano A. Cestero. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVII Más que un eco de la opinión. 1. Ensayos, y memorias ministeriales.
Francisco Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz,
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVIII Más que un eco de la opinión. 2. Escritos, 1879-1885. Francisco
Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo
Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXIX Más que un eco de la opinión. 3. Escritos, 1886-1889. Francisco
Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo
Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXX Más que un eco de la opinión. 4. Escritos, 1890-1897. Francisco
Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo
Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXI Capitalismo y descampesinización en el Suroeste dominicano. Angel
Moreta, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIII Perlas de la pluma de los Garrido. Emigdio Osvaldo Garrido, Víctor
Garrido y Edna Garrido de Boggs. Edición de Edgar Valenzuela,
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIV Gestión de riesgos para la prevención y mitigación de desastres en el
patrimonio documental. Sofía Borrego, Maritza Dorta, Ana Pérez,
Maritza Mirabal, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXV Obras. Tomo I, Guido Despradel Batista. Compilación de
Alfredo Rafael Hernández, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVI Obras. Tomo II, Guido Despradel Batista. Compilación de
Alfredo Rafael Hernández, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVII Historia de la Concepción de La Vega. Guido Despradel Batista,
Santo Domingo, D. N., 2009.

309
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. LXXXIX Una pluma en el exilio. Los artículos publicados por Constancio Bernaldo
de Quirós en República Dominicana. Compilación de Constancio
Cassá Bernaldo de Quirós, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XC Ideas y doctrinas políticas contemporáneas. Juan Isidro Jimenes
Grullón, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCI Metodología de la investigación histórica. Hernán Venegas Delgado,
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCIII Filosofía dominicana: pasado y presente. Tomo I. Compilación de
Lusitania F. Martínez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCIV Filosofía dominicana: pasado y presente. Tomo II. Compilación de
Lusitania F. Martínez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCV Filosofía dominicana: pasado y presente. Tomo III. Compilación de
Lusitania F. Martínez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCVI Los Panfleteros de Santiago: torturas y desaparición. Ramón Antonio,
(Negro) Veras, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCVII Escritos reunidos. 1. Ensayos, 1887-1907. Rafael Justino Castillo.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCVIII Escritos reunidos. 2. Ensayos, 1908-1932. Rafael Justino
Castillo. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo,
D. N., 2009.
Vol. XCIX Escritos reunidos. 3. Artículos, 1888-1931. Rafael Justino Castillo.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. C Escritos históricos. Américo Lugo. Edición conjunta del Archivo
General de la Nación y el Banco de Reservas, Santo Domingo,
D. N., 2009.
Vol. CI Vindicaciones y apologías. Bernardo Correa y Cidrón. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. CII Historia, diplomática y archivística. Contribuciones dominicanas.
María Ugarte, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. CIII Escritos diversos. Emiliano Tejera. Edición conjunta del Archivo
General de la Nación y el Banco de Reservas, Santo Domingo,
D. N., 2010.
Vol. CIV Tierra adentro. José María Pichardo, segunda edición, Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CV Cuatro aspectos sobre la literatura de Juan Bosch. Diógenes Valdez,
Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CVI Javier Malagón Barceló, el Derecho Indiano y su exilio en la República
Dominicana. Compilación de Constancio Cassá Bernaldo de
Quirós, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CVII Cristóbal Colón y la construcción de un mundo nuevo. Estudios, 1983-
2008. Consuelo Varela. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo
Domingo, D. N., 2010.

310
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CVIII República Dominicana. Identidad y herencias etnoculturales indígenas.


J. Jesús María Serna Moreno, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CIX Escritos pedagógicos. Malaquías Gil Arantegui. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CX Cuentos y escritos de Vicenç Riera Llorca en La Nación. Compilación
de Natalia González, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXI Jesús de Galíndez. Escritos desde Santo Domingo y artículos contra el
régimen de Trujillo en el exterior. Compilación de Constancio Cassá
Bernaldo de Quirós, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXII Ensayos y apuntes pedagógicos. Gregorio B. Palacín Iglesias.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXIII El exilio republicano español en la sociedad dominicana (Ponencias
del Seminario Internacional, 4 y 5 de marzo de 2010). Reina C.
Rosario Fernández (Coord.) Edición conjunta de la Academia
Dominicana de la Historia, la Comisión Permanente de
Efemérides Patrias y el Archivo General de la Nación, Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXIV Pedro Henríquez Ureña. Historia cultural, historiografía y crítica
literaria. Odalís G. Pérez, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXV Antología. José Gabriel García. Edición conjunta del Archivo
General de la Nación y el Banco de Reservas, Santo Domingo,
D. N., 2010.
Vol. CXVI Paisaje y acento. Impresiones de un español en la República Dominicana.
José Forné Farreres. Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXVII Historia e ideología. Mujeres dominicanas, 1880-1950. Carmen
Durán. Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXVIII Historia dominicana: desde los aborígenes hasta la Guerra de Abril.
Augusto Sención (Coord.), Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXIX Historia pendiente: Moca 2 de mayo de 1861. Juan José Ayuso, Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXX Raíces de una hermandad. Rafael Báez Pérez e Ysabel A. Paulino,
Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXI Miches: historia y tradición. Ceferino Moní Reyes, Santo Domingo,
D. N., 2010.
Vol. CXXII Problemas y tópicos técnicos y científicos. Tomo I, Octavio A. Acevedo.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXIII Problemas y tópicos técnicos y científicos. Tomo II, Octavio A. Acevedo.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXIV Apuntes de un normalista. Eugenio María de Hostos. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXV Recuerdos de la Revolución Moyista (Memoria, apuntes y documentos).
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.

311
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CXXVI Años imborrables (2da ed.) Rafael Alburquerque Zayas-Bazán.


Edición conjunta de la Comisión Permanente de Efemérides
Patrias y el Archivo General de la Nación, Santo Domingo, D.
N., 2010.
Vol. CXXVII El Paladión: de la Ocupación Militar Norteamericana a la dictadura
de Trujillo. Tomo I. Compilación de Alejandro Paulino Ramos.
Edición conjunta del Archivo General de la Nación y la
Academia Dominicana de la Historia, Santo Domingo, D. N.,
2010.
Vol. CXXVIII El Paladión: de la Ocupación Militar Norteamericana a la dictadura
de Trujillo. Tomo II. Compilación de Alejandro Paulino Ramos.
Edición conjunta del Archivo General de la Nación y la
Academia Dominicana de la Historia, Santo Domingo, D. N.,
2010.
Vol. CXXIX Memorias del Segundo Encuentro Nacional de Archivos. Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXX Relaciones cubano-dominicanas, su escenario hemisférico (1944-1948).
Jorge Renato Ibarra Guitart, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXXI Obras selectas. Tomo I, Antonio Zaglul. Edición conjunta del
Archivo General de la Nación y el Banco de Reservas. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXII Obras selectas. Tomo II, Antonio Zaglul. Edición conjunta del
Archivo General de la Nación y el Banco de Reservas. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXIII África y el Caribe: Destinos cruzados. Siglos xv-xix, Zakari Dramani-
Issifou, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXIV Modernidad e ilustración en Santo Domingo. Rafael Morla, Santo
Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXV La guerra silenciosa: Las luchas sociales en la ruralía dominicana.
Pedro L. San Miguel, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXVI AGN: bibliohemerografía archivística. Un aporte (1867-2011). Luis
Alfonso Escolano Giménez, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXVII La caña da para todo. Un estudio histórico-cuantitativo del desarrollo
azucarero dominicano. (1500-1930). Arturo Martínez Moya, Santo
Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXVIII El Ecuador en la Historia. Jorge Núñez Sánchez, Santo Domingo,
D. N., 2011.
Vol. CXXXIX La mediación extranjera en las guerras dominicanas de independencia,
1849-1856. Wenceslao Vega B., Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXL Max Henríquez Ureña. Las rutas de una vida intelectual. Odalís G.
Pérez, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLI Yo también acuso. Carmita Landestoy, Santo Domingo, D. N.,
2011.

312
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CXLIII Más escritos dispersos. Tomo I, José Ramón López. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLIV Más escritos dispersos. Tomo II, José Ramón López. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLV Más escritos dispersos. Tomo III, José Ramón López. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLVI Manuel de Jesús de Peña y Reinoso: Dos patrias y un ideal. Jorge
Berenguer Cala, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLVII Rebelión de los Capitanes: Viva el rey y muera el mal gobierno. Roberto
Cassá, edición conjunta del Archivo General de la Nación y la
Universidad Autónoma de Santo Domingo, Santo Domingo, D.
N., 2011.
Vol. CXLVIII De esclavos a campesinos. Vida rural en Santo Domingo colonial.
Raymundo González, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLIX Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1547-1575). Genaro
Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CL Ramón –Van Elder– Espinal. Una vida intelectual comprometida.
Compilación de Alfredo Rafael Hernández Figueroa, Santo
Domingo, D. N., 2011.
Vol. CLI El alzamiento de Neiba: Los acontecimientos y los documentos (febrero de
1863). José Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez, Santo Domingo,
D. N., 2011.
Vol. CLII Meditaciones de cultura. Laberintos de la dominicanidad. Carlos
Andújar Persinal, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CLIII El Ecuador en la Historia (2da ed.) Jorge Núñez Sánchez, Santo
Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLIV Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe (1789-1854).
José Luciano Franco, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLV El Salvador: historia mínima. Varios autores, Santo Domingo, D.
N., 2012.
Vol. CLVI Didáctica de la geografía para profesores de Sociales. Amparo
Chantada, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLVII La telaraña cubana de Trujillo. Tomo I, Eliades Acosta Matos,
Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLVIII Cedulario de la isla de Santo Domingo, 1501-1509. Vol. II, Fray
Vicente Rubio, O. P., edición conjunta del Archivo General
de la Nación y el Centro de Altos Estudios Humanísticos y del
Idioma Español, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLIX Tesoros ocultos del periódico El Cable. Compilación de Edgar
Valenzuela, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLX Cuestiones políticas y sociales. Dr. Santiago Ponce de León. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXI La telaraña cubana de Trujillo. Tomo II, Eliades Acosta Matos,
Santo Domingo, D. N., 2012.

313
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CLXII El incidente del trasatlántico Cuba. Una historia del exilio republicano
español en la sociedad dominicana, 1938-1944. Juan B. Alfonseca
Giner de los Ríos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXIII Historia de la caricatura dominicana. Tomo I, José Mercader, Santo
Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXIV Valle Nuevo: El Parque Juan B. Pérez Rancier y su altiplano.
Constancio Cassá, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXV Economía, agricultura y producción. José Ramón Abad. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXVI Antología. Eugenio Deschamps. Edición de Roberto Cassá, Betty
Almonte y Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXVII Diccionario geográfico-histórico dominicano. Temístocles A. Ravelo.
Revisión, anotación y ensayo introductorio Marcos A. Morales,
edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXVIII Drama de Trujillo. Cronología comentada. Alonso Rodríguez
Demorizi. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D.
N., 2012.
Vol. CLXIX La dictadura de Trujillo: documentos (1930-1939). Tomo I, volumen 1.
Eliades Acosta Matos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXX Drama de Trujillo. Nueva Canosa. Alonso Rodríguez Demorizi.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2012
Vol. CLXXI El Tratado de Ryswick y otros temas. Julio Andrés Montolío. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXII La dictadura de Trujillo: documentos (1930-1939). Tomo I, volumen 2.
Eliades Acosta Matos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXIII La dictadura de Trujillo: documentos (1950-1961). Tomo III,
volumen 5. Eliades Acosta Matos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXIV La dictadura de Trujillo: documentos (1950-1961). Tomo III,
volumen 6. Eliades Acosta Matos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXV Cinco ensayos sobre el Caribe hispano en el siglo xix: República
Dominicana, Cuba y Puerto Rico 1861-1898. Luis Álvarez-López,
Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXVI Correspondencia consular inglesa sobre la Anexión de Santo Domingo a
España. Roberto Marte, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXVII ¿Por qué lucha el pueblo dominicano? Imperialismo y dictadura en
América Latina. Dato Pagán Perdomo, Santo Domingo, D. N.,
2012.
Vol. CLXXVIII Visión de Hostos sobre Duarte. Eugenio María de Hostos. Com-
pilación y edición de Miguel Collado, Santo Domingo, D. N.,
2013.
Vol. CLXXIX Los campesinos del Cibao: Economía de mercado y transformación
agraria en la República Dominicana, 1880-1960. Pedro L. San
Miguel, Santo Domingo, D. N., 2012.

314
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CLXXX La dictadura de Trujillo: documentos (1940-1949). Tomo II, volumen 3.


Eliades Acosta Matos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXXI La dictadura de Trujillo: documentos (1940-1949). Tomo II, volumen 4.
Eliades Acosta Matos, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXXII De súbditos a ciudadanos (siglos xvii-xix): el proceso de formación de las
comunidades criollas del Caribe hispánico (Cuba, Puerto Rico y Santo
Domingo). Tomo I. Jorge Ibarra Cuesta, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXXIII La dictadura de Trujillo (1930-1961). Augusto Sención Villalona,
San Salvador-Santo Domingo, 2012.
Vol. CLXXXIV Anexión-Restauración. Parte 1. César A. Herrera. Edición
conjunta entre el Archivo General de la Nación y la Academia
Dominicana de la Historia, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. CLXXXV Anexión-Restauración. Parte 2. César A. Herrera. Edición
conjunta entre el Archivo General de la Nación y la Academia
Dominicana de la Historia, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CLXXXVI Historia de Cuba. José Abreu Cardet y otros, Santo Domingo, D.
N., 2013.
Vol. CLXXXVII Libertad Igualdad: Protocolos notariales de José Troncoso y Antonio
Abad Solano, 1822-1840. María Filomena González Canalda,
Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CLXXXVIII Biografías sumarias de los diputados de Santo Domingo en las Cortes
españolas. Roberto Cassá, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CLXXXIX Financial Reform, Monetary Policy and Banking Crisis in Dominican
Republic. Ruddy Santana, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXC Legislación archivística dominicana (1847-2012). Departamento de
Sistema Nacional de Archivos e Inspectoría, Santo Domingo, D.
N., 2013.
Vol. CXCI La rivalidad internacional por la República Dominicana y el complejo
proceso de su anexión a España (1858-1865). Luis Escolano
Giménez, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCII Escritos históricos de Carlos Larrazábal Blanco. Tomo I. Santo
Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCIII Guerra de liberación en el Caribe hispano (1863-1878). José Abreu
Cardet y Luis Álvarez-López, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCIV Historia del municipio de Cevicos. Miguel Ángel Díaz Herrera,
Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCV La noción de período en la historia dominicana. Volumen I, Pedro
Mir, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCVI La noción de período en la historia dominicana. Volumen II, Pedro
Mir, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCVII La noción de período en la historia dominicana. Volumen III, Pedro
Mir, Santo Domingo, D. N., 2013.

315
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CXCVIII Literatura y arqueología a través de La mosca soldado de Marcio Veloz


Maggiolo. Teresa Zaldívar Zaldívar, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CXCIX El Dr. Alcides García Lluberes y sus artículos publicados en 1965 en el
periódico Patria. Compilación de Constancio Cassá Bernaldo de
Quirós, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CC El cacoísmo burgués contra Salnave (1867-1870). Roger Gaillard,
Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CCI «Sociología aldeada» y otros materiales de Manuel de Jesús Rodríguez
Varona. Compilación de Angel Moreta, Santo Domingo, D. N.,
2013.
Vol. CCII Álbum de un héroe. (A la augusta memoria de José Martí). 3ra edición.
Compilación de Federico Henríquez y Carvajal y edición de
Diógenes Céspedes, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CCIII La Hacienda Fundación. Guaroa Ubiñas Renville, Santo Domingo,
D. N., 2013.
Vol. CCIV Pedro Mir en Cuba. De la amistad cubano-dominicana. Rolando Álvarez
Estévez, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CCV Correspondencia entre Ángel Morales y Sumner Welles. Edición de
Bernardo Vega, Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CCVI Pedro Francisco Bonó: vida, obra y pensamiento crítico. Julio Minaya,
Santo Domingo, D. N., 2013.
Vol. CCVII Catálogo de la Biblioteca Arístides Incháustegui (BAI) en el Archivo General
de la Nación. Blanca Delgado Malagón, Santo Domingo, D. N.,
2013.
Vol. CCVIII Personajes dominicanos. Tomo I, Roberto Cassá. Edición conjunta
del Archivo General de la Nación y la Comisión Permanente de
Efemérides Patrias, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCIX Personajes dominicanos. Tomo II, Roberto Cassá. Edición conjunta
del Archivo General de la Nación y la Comisión Permanente de
Efemérides Patrias, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCX Rebelión de los Capitanes: Viva el rey y muera el mal gobierno. 2da edición,
Roberto Cassá. Edición conjunta del Archivo General de la
Nación y la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Santo
Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXI Una experiencia de política monetaria. Eduardo García Michel, Santo
Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXII Memorias del III Encuentro Nacional de Archivos. Santo Domingo,
D. N., 2014.
Vol. CCXIII El mito de los Padres de la Patria y Debate histórico. Juan Isidro
Jimenes Grullón. Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXIV La República Dominicana [1888]. Territorio. Clima. Agricultura.
Industria. Comercio. Inmigración y anuario estadístico. Francisco Álvarez

316
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Leal. Edición conjunta del Archivo General de la Nación y la


Academia Dominicana de la Historia, Santo Domingo, D. N.,
2014.
Vol. CCXV Los alzamientos de Guayubín, Sabaneta y Montecristi: Documentos. José
Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXVI Propuesta de una Corporación Azucarera Dominicana. Informe de
Coverdale & Colpitts. Estudio de Frank Báez Evertsz, Santo
Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXVII La familia de Máximo Gómez. Fray Cipriano de Utrera, Santo
Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXVIII Historia de Santo Domingo. La dominación haitiana (1822-1844).
Vol. IX. Gustavo Adolfo Mejía-Ricart, Santo Domingo, D. N.,
2014.
Vol. CCXIX La expedición de Cayo Confites. Humberto Vázquez García. Edición
conjunta del Archivo General de la Nación, de República
Dominicana y la Editorial Oriente, de Santiago de Cuba, Santo
Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXX De súbditos a ciudadanos (siglos xvii-xix): El proceso de formación de las
comunidades criollas del Caribe hispánico (Cuba, Puerto Rico y Santo
Domingo). Tomo II, Jorge Ibarra Cuesta, Santo Domingo, D. N.,
2014.
Vol. CCXXII Bromeando. Periodismo patriótico. Eleuterio de León Berroa, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXIII Testimonios de un combatiente revolucionario. José Daniel Ariza
Cabral, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXXIV Crecimiento económico dominicano (1844-1950). Arturo Martínez
Moya, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXXV Máximo Gómez. Utopía y realidad de una República. Yoel Cordoví
Núñez. Edición conjunta del Archivo General de la Nación,
de República Dominicana y la Editora Historia, de La Habana,
Cuba, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXXVI Juan Rodríguez y los comienzos de la ciudad de Nueva York. Anthony
Stevens-Acevedo, Tom Weterings y Leonor Álvarez Francés.
Traducción de Angel L. Estévez. Edición conjunta del Archivo
General de la Nación, de República Dominicana y el Instituto
de Estudios Dominicanos de la Universidad de la Ciudad de
Nueva York (CUNY DSI), Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXXVII Gestión documental. Herramientas para la organización de los archivos
de oficinas. Olga María Pedierro Valdés, Santo Domingo, D. N.,
2014.
Vol. CCXXVIII Nueva historia mínima de América Latina. Biografía de un continente.
Sergio Guerra Vilaboy, Santo Domingo, D. N., 2014.

317
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CCXXIX La olvidada expedición a Santo Domingo, 1959. María Antonia


Bofill Pérez, Santo Domingo, D. N., 2014.
Vol. CCXXX Recursos de Referencia de Fondos y Colecciones. Departamento de
Referencias, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXXI Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1575-1578). Genaro
Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXXII Cuando amaban las tierras comuneras. Pedro Mir, Santo Domingo,
D. N., 2015.
Vol. CCXXXIII Memorias de un revolucionario. Tomo I, Fidelio Despradel, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXXIV Memorias de un revolucionario. Tomo II, Fidelio Despradel, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXXV Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña
(1897-1933). Bernardo Vega, editor. Edición conjunta del
Archivo General de la Nación y la Academia Dominicana de la
Historia, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXXVIII África genitrix. Las migraciones primordiales, mitos y realidades. Zakari
Dramani-Issifou de Cewelxa, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXXXIX Manual de historia de Santo Domingo y otros temas históricos. Carlos
Larrazábal Blanco. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXL De súbditos a ciudadanos (siglos xvii-xix): El proceso de formación de las
comunidades criollas del Caribe hispánico (Cuba, Puerto Rico y Santo
Domingo). Tomo III, Jorge Ibarra Cuesta, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLI Paso a la libertad. Darío Meléndez, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLII La gran indignación: Santiago de los Caballeros, 24 de febrero de 1863
(documentos y análisis). José Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez,
Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLIII Antología. Carlos Larrazábal Blanco. Edición de Andrés Blanco
Díaz, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLIV Cosas añejas. Tradiciones y episodios de Santo Domingo. César Nicolás
Penson. Prólogo y notas de Rita Tejada, Santo Domingo, D. N.,
2015.
Vol. CCXLV El Código Rural de Haití de 1826. Edición bilingüe español-francés.
Traducción al español y notas de Francisco Bernardo Regino
Espinal, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLVI Documentos para la historia colonial de la República Dominicana.
Compilación e introducción de Gerardo Cabrera Prieto, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLVII Análisis del Diario de Colón. Guananí y Mayaguaín, las primeras
isletas descubiertas en el Nuevo Mundo. Ramón J. Didiez Burgos,
Santo Domingo, D. N., 2015.

318
Publicaciones del Archivo General de la Nación

Vol. CCXLVIII Por la verdad histórica (VAD en la revista ¡Ahora!). Vetilio Alfau
Durán, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCXLIX Antología de cartas de Ulises Heureaux (Lilís). Cyrus Veeser.
Colección Presidentes Dominicanos, Santo Domingo, D. N.,
2015.
Vol. CCL Las mentiras de la sangre. Lorenzo Sención Silverio. Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLI La Era. Eliades Acosta Matos. Edición conjunta de la Fundación
García Arévalo y el Archivo General de la Nación, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLII Santuarios de tres Vírgenes en Santo Domingo. Fray Cipriano de
Utrera. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N.,
2015.
Vol. CCLIII Documentos del Gobierno de Carlos F. Morales Languasco 1903-1906.
Compilación de Alfredo Rafael Hernández Figueroa, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLIV Obras escogidas. Ensayos I. Emilio Cordero Michel, Santo
Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLV Los comandos. Bonaparte Gautreaux Piñeyro, Santo Domingo, D. N.,
2015.
Vol. CCLVI Cuarto Frente Simón Bolívar. Grupos rebeldes y columnas invasoras.
Testimonio. Delio Gómez Ochoa, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLVII Obras escogidas. Cátedras de Historia Social, Económica y Política.
Emilio Cordero Michel, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLVIII Ensayos, artículos y crónicas. Francisco Muñoz del Monte. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLIX Cartas, discursos y poesías. Francisco Muñoz del Monte. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLX La inmigración española en República Dominicana. Juan Manuel
Romero Valiente, Santo Domingo, D. N., 2015.
Vol. CCLXI En busca de la ciudadanía: los movimientos sociales y la democratización en
la República Dominicana. Emelio Betances, Santo Domingo, D. N.,
2015.
Vol. CCLXIV Ni mártir ni heroína; una mujer decidida. Memorias. Brunilda
Amaral, Santo Domingo, D. N., 2016.
Vol. CCLXV Zarpas y verdugos. Rafael E. Sanabia, Santo Domingo, D. N., 2016.
Vol. CCLXVI Memorias y testamento de un ecologista. Antonio Thomen, Santo
Domingo, D. N., 2016.
Vol. CCLXVII Obras escogidas. Ensayos 2. Emilio Cordero Michel, Santo
Domingo, D. N., 2016.
Vol. CCLXVIII Cien años de feminismos dominicanos. Una colección de documentos
y escrituras clave en la formación y evolución del pensamiento y el

319
Publicaciones del Archivo General de la Nación

movimiento feminista en la República Dominicana, 1865-1965. Tomo


I. El fuego tras las ruinas, 1865-1931. Ginetta E. B. Candelario y
April J. Mayes (compiladoras), Santo Domingo, D. N., 2016.
Vol. CCLXIX Cien años de feminismos dominicanos. Una colección de documentos
y escrituras clave en la formación y evolución del pensamiento y el
movimiento feminista en la República Dominicana, 1865-1965.
Tomo II. Las siempre fervientes devotas 1931-1965. Ginetta E. B.
Candelario, Elizabeth S. Manley y April J. Mayes (compiladoras),
Santo Domingo, D. N., 2016.

Colección Juvenil

Vol. I Pedro Francisco Bonó. Textos selectos. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. II Heroínas nacionales. Roberto Cassá, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. III Vida y obra de Ercilia Pepín. Alejandro Paulino Ramos, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. IV Dictadores dominicanos del siglo xix. Roberto Cassá, Santo Domingo,
D. N., 2008.
Vol. V Padres de la Patria. Roberto Cassá, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. VI Pensadores criollos. Roberto Cassá, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. VII Héroes restauradores. Roberto Cassá, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. VIII Dominicanos de pensamiento liberal: Espaillat, Bonó, Deschamps
(siglo xix). Roberto Cassá, Santo Domingo, D. N., 2010.

Colección Cuadernos Populares

Vol. 1 La Ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte. Juan Isidro Jimenes


Grullón, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. 2 Mujeres de la Independencia. Vetilio Alfau Durán, Santo Domingo,
D. N., 2009.
Vol. 3 Voces de bohío. Vocabulario de la cultura taína. Rafael García Bidó, Santo
Domingo, D. N., 2010.

Colección Referencias

Vol. 1 Archivo General de la Nación. Guía breve. Ana Féliz Lafontaine y


Raymundo González, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. 2 Guía de los fondos del Archivo General de la Nación. Departamentos
de Descripción y Referencias, Santo Domingo, D. N., 2012.
Vol. 3 Directorio básico de archivos dominicanos. Departamento de Sistema
Nacional de Archivos, Santo Domingo, D. N., 2012.

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Esta segunda edición de Antes y después
del 27 de Febrero, de Roberto Cassá, se ter-
minó de imprimir en los talleres gráficos
de Editora Búho, S.R.L., en noviembre
de 2016, Santo Domingo, R. D., con una
tirada de 1,000 ejemplares.