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ÜUERR.

AS, MEMORIA E H1STORJA

Gonzalo Sánchez Gómez

Guerras, memoria e historia

La Carreta
Editores E.U.

Medellín, 2014

e La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial Cl La Carreta Editores. Prohibida su reprcxiucción total o parcial 3
2
Contenido
Sánchez Gómez, Gonzalo
Guerras, memoria e historia /Gonzalo Sánchez Gómez. -
Editor César A. Hurtado Orozco. - Medellín : La Carreta Editores
E.U., 2014.
141 p. ; 14 x 21,5 cm. - (La carreta histórica) Nota preliminar 7
incluye bibliografía
l. Violencia - Historia - Colombia. 2. Guerrillas - Colombia.
J. Conflicto armado - Historia - Colombia. 4. Violencia polícica-
Guerras, memoria e historia
Colombia. J. Hurtado Orou:o, César A., ed. 11. Tic. Prefacio 11
111. Serie Introducción 15
303.6
SlSgl
l. Las huellas de la guerra 21
11. iCómo nombrar el pasado? 37
111. Guerras inconclusas, memorias circulares 53
IV. Guerras civiles, memorias residuales 61
V. lnsurgencias fragmentadas, memoria-mosaico 65
lSBN, 958-9781 l-2-8 VI. Cronicidad y circularidad 71
02009 Gonzalo Sánchez Gómez VII. El desencuentro de la violencia y la rebelión 77
C 2009 La Carreta Editores E. U. VIII. Guerra y memoria 81
la Carreta Editores E. U. IX. Guerra y territorio 101
Editor: César A. Hurtado Orozco X. La transnacionalización de la guerra interna y los
E-mail: lacarretaedtores@m1une.net; lacarreta.ed@gmail.com
Teléfono, 4· 250 06 84
nuevos retos a la memoria 105
Medellín, Colombia

Primera edición: Instituto Colombiano de Antropología e Historia,


A propósito de Memorias de los silenciados 11 7
ICANH, 2003. Los psicoanalistas, la guerra y la memoria 125
Segunda edición: La Carreta Editores, abril de 2006.
Primera reimpresión: agosto de 2009
Segunda reimpresión: febrero de 2014

Carátula: diseño de Juan Pablo Fajardo sobre un collage de


María Victoria Uribe.

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ras universitarias, la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de
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4 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 5


Nota preliminar

Esta nueva edición de Guerras, memoria e histo­


ria responde no sólo al interés que despertó el libro,
rñpidamente agotado, sino también a su creciente
vigencia a la luz de procesos y eventos recientes: el
prolongado y revelador debate sobre los alcances y
límites de la Ley de Justicia y Paz; la creación guber-
namental de una Comisión Nacional de Reparación
y Reconciliación; el despertar organizativo de las aso-
ciaciones de víctimas, y las cada vez más ostensi-
bles tensiones entre muchas de las prácticas guerreras
de los actores armados, incluidos los agentes del Es-
tado, y las tendencias cada vez más restrictivas y
punitivas de la legislación y las instancias judiciales
internacionales.
Actualizar un texto es a veces más difícil que
volverlo a escribir. Por eso he decidido, por el mo-
mento, dejarlo tal cual y más bien agregarle un par
de escritos que complementarán las reflexiones en
él contenidas. El primero es un texto corto escrito
con motivo de la presentación de un libro y un video
sobre lo que probablemente constituya el trauma
mayor de la memoria política contemporánea de
Colombia, el exterminio de la Unión Patriótica; el
segundo, "Los psicoanalistas, la guerra y la memo-
ria", es producto de un encuentro muy fructífero para
mí con la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cul-
tura de la Universidad Nacional, que ha incursionado

6 © La Carteta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial D La Carreta Editores. Prohibida su repr00ucci6n total o parcial 7
con una perspectiva muy innovadora en temas que
nos resultaron comunes, aunque nuestras miradas
tuvieran sesgos disciplinarios muy diferenciados; a
decir verdad, diferenciados pero convergentes.
Para mí este es un libro en movimiento. Además
del diálogo con los interlocutores esperados, los his- Guerras, memoria e historia*
toriadores y los politólogos, este texto me ha puesto
en contacto no sólo con los psicoanalistas, como aca-
bo de decirlo, sino también con los artistas y los
críticos de arte. En este cruce hay un largo camino
por recorrer.
Temas como el de la memoria y el de las vícti-
mas rompen las fronteras disciplinarias y obligan tam-
bién a repensar las relaciones entre la escritura y la
imagen. Este libro quiere seguir abierto a estos desa-
fíos e innovaciones.
,,
Bogotá, marzo de 2006

I'

• En todo el proceso de elaboración de este texto, que fue


uno de los componentes para mi "Doctorado por obra" en la Es­
cuela de Altos Estudios de París, he contraído una deuda
Impagable con Daniel Pécaut. El texto se nutrió, de igual mane-
'�· del ..3mbien_te intelectual del grupo "Democracia, Nación y
Guerra • wordmado desde el IEPRI por el autor, y patrocinado por
la Direcctón Nacional de Investigaciones de la Universidad
Nacional (D!NAIN).

8 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial


O La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total O parcial 9
Prefacio

Mi reflexión sobre la violencia en Colombia no


ha sido la de un "outsider" sino la de un testigo, un
observador participante, que se ocupa de los acon-
tecimientos transcurridos durante su propia vida.
Nací en 1945, de una familia campesina de muy
limitados recursos económicos y culturales, en uno
de los principales centros cafeteros de Colombia, El
Líbano, Tolima, epicentro de las confrontaciones
partidistas de mediados del siglo xx. Fue aquél,
precisamente, el año en que despuntaba el proce-
so sociopolítico conocido en Colombia como La
Violencia.
Crecí huyéndote a la violencia, pero metido en
ella todo el tiempo. Mi primera memoria de aque-
llos episodios es la huida. Fue en 1951. Mi padre
recibió aviso de que iba a ser asesinado, y una no-
che cualquiera, abandonándolo todo, partimos para
Bogotá, engrosando la lista de lo que en la época se
llamó "exilados'', y hoy, desplazados. Fue cosa de
meses.
En Bogotá fui internado en el "Amparo de ni-
ños", una institución de asistencia social para niños
refugiados de la violencia, creada por la esposa del
ex presidente Alfonso López Pumarejo, y en la cual
se vivía en condiciones tan duras, que fue para mí
como haber estado en el cuartel antes del uso de
razón. La inadaptación de mi padre campesino a la
10 e, La Carreta Ed.ttores. Prohíbada $U reproducción total o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su rcproJucc.ión total o parcial ll
ÜUER.R.AS, MEMORIA E HISTORIA
GoNw.o SÁNCliEZ GóMEZ

selectivas de mi memoria (plural como toda memo-


gran capital lo llevó al desespero y al desarraigo, a
ria) habrían de quedar presentes, de alguna mane-
tal punto que estuvo cerca de perder el juicio. Optó
ra, en mis reflexiones posteriores sobre el tema. Como
por regresar en 1952 a mi natal Líbano, cuando las
anotara el escritor Manuel Mejía Vallejo, refirién-
cosas eran peores.
Mi padre y mis hermanos sobrevivimos práctica- dose a su infancia:
mente por instinto, no tengo otra explicación, aun- La muerte nos invadía, siempre estábamos cerca de
que hubo también una peculiar combinación de eso y aunque no lo pensaba porque el pequeño no tie-
parentesco y política que también contó: mi padre ne recursos retóricos para definirla, se marcaba y uno
sabía que la muerte vivía adentro2•
tenía 18 hermanos, matemáticamente divididos, 9
de la primera esposa de su padre y 9 de la segunda, Esta memoria quedó suprimida durante un buen
los primeros conservadores, los segundos liberales: tiempo, o si afloraba, era casi como una experiencia
un perfecto mecanismo de defensa y apoyo mutuo onírica.
en tiempos de lucha fratricida, como se decía, que En efecto, mis primeras inclinaciones cuando in-
convirtió a los conservadores en protectores de gresé como estudiante de la Universidad Nacional,
los liberales en la primera fase de la Violencia, y a los en 1965, fueron por dos carreras que cursé simultá-
liberales en protectores de los conservadores duran- neamente: el Derecho y la Filosofía, es decir, por el
te la violencia bandolera, de 1953 en adelante. Mi mundo de las formas y las abstracciones, muy aje-
madre se hizo maestra rural, una función social muy nas a mis preocupaciones de infancia y temprana
respetada entonces por todos, y de ella aprendí las adolescencia, pese incluso a mi militancia política
primeras letras. en la izquierda durante aquellos turbulentos y
Mi primera relación con la Violencia no fue in- creativos años de la Universidad.
telectual, sino más bien intimista, prenarrativa, que Vano resultó el intento de evasión y de deshacer-
me remitía a mis orígenes, a mi infancia, a mi pue- me de ese pasado traumático. Apareció como objeto
blo'. Memorias de infancia seguramente remodeladas intelectual, paradójicamente estando lejos de Co-
luego por el contacto con los libros y los relatos de lombia, cuando tuve que pensar en el tema para mi
mis contemporáneos. En todo caso, las huellas monografía de posgrado en Inglaterra, hacia 1974-75.
Desde entonces quedé poseído por la problemática
l. Algunos de estos registros quedaron plasmados en:
Mauricio Galindo y Jorge Valencia Cuéllar (editores), En carne
2. Manuel Mejía Vallejo, Hoja de papel, Bogotá, Universi-
propia: ocho violenrólogos cuentan sus experiencias como víctimas de dad Nacional de Colombia, 1985, p. 19.
la violencia, Bogotá, Intermedio Editores, 1999.
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 13
12 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
de la violencia: mis estudios se volvieron en cierta Introducción
manera autoanálisis, exorcismo o catarsis de mis
temores y aprensiones infantiles, intento ( tal vez fa-
llido) por entender ahora ese monstruo que dominó El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levan-
tamientos armados y los perdió todos ... Tuvo diecisiete hijos
mis primeros años y que ha seguido marcando la varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron extermi-
historia del país y mi propia biografía. La Violentología nados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor
como destino, tituló un libro mi trayectoria y mi pul- cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados,
sión por el tema3• Y la verdad, desde entonces éste a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento.
no me ha dejado, forzándome incluso a un aplaza- Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad, Madrid,
miento sucesivo de otros proyectos intelectuales. Editorial Cátedra, 1997, pp. 202-203.
Por ello, para darle un sentido al conjunto de mi
obra, he escogido la dupla Memoria (individual y
Encuentros y desencuentros entre Guerra y Me-
colectiva) e Historia (devenir del proceso real), o si
moria son materia de reflexión creciente en el mun-
se quiere, subjetividad y racionalidad discursiva. Lo
do occidental, particularmente en Europa, pero no
que sigue es un intento de reconstruir sus múltiples
sólo allí. La obsesión de la memoria parece ser un
conexiones, entrelazando mis vivencias más cerca-
rasgo característico de un tránsito de siglo marcado
nas de la guerra contemporánea con las que están
por las desilusiones del mito revolucionario y el
más allá de mi memoria personal, en las guerras
karma de la guerra. Avatares de una conciencia co-
civiles inscritas en el tiempo social de la historia de
lectiva sobre el Holocausto en Alemania, que co-
Colombia, y con el contexto político-cultural que
menzó en 1945 con los mundialmente famosos y
me ha tocado vivir.
paradigmáticos procesos de Nuremberg y de Tokio
contra los crímenes y políticas genocidas durante la
Segunda Guerra Mundial; responsabilidad estatal
en la deportación de judíos durante el período de la
Ocupación, reconocida oficialmente en Francia por
el presidente Jacques Chirac, en 1995; gestos públi-
cos de demanda de perdón, como el de Willy Brandt
ante el ghetto de Varsovia en 1970; Tribunales Pe-
3. Carlos Orlando Pardo (editor), Protagonistas del Tolima nales Internacionales para los genocidios extremos
siglo XX, Ibagué, Pijao Editores, 1995, pp. 683-687. de origen estatal en Yugoslavia y Ruanda (1994), en
14 C La Carrera Editores. Prohibida su reproducción total o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 15
GoNzAtoSANcHEZ GóMEZ GUERRAS, MEMORJA E HISTORIA

tanto casos considerados de interés general para la En Colombia, donde "el pasado no pasa" porque
humanidad; y más recientemente, exigencias de aper- la guerra no termina, el culto a la memoria es mu-
tura de archivos y rectificación histórica de la me- cho más ambiguo que en estas historias ya con-
moria traumática que dejó la confrontación entre sumadas, puesto que puede cumplir una función
Francia y Argelia, de 1954 a 1962, a la que se aludía liberadora, pero puede también producir efectos para-
simplemente como "los eventos de Argelia" y sólo lizantes sobre el presente. Como lo señalaba para
hasta hoy, en el 2001, es reconocida y dignificada otro contexto Ernest Renan en su segunda carta a
oficialmente por Francia como "guerra". Strauss", "la guerra no tendrá fin si no se admiten
En América Latina el tema irrumpió con el oca- prescripciones para las violencias del pasado". En
so de las dictaduras del Cono Sur, Argentina (Co- nombre de la memoria, nos lo ha recordado Todorov
misión Nacional de Desaparecidos, 1983, que a propósito de las experiencias totalitarias, se han
culminó con el "Nunca Más") y Chile (Comisión perpetrado los peores crímenes. En nuestra historia
Na- cional de la Verdad y la Reconciliación, 1990) nacional los "odios heredados", abusando de las fun-
principalmente, y se extendió luego a las sociedades ciones de la memoria, sirvieron durante mucho tiem-
posbélicas centroamericanas que generaron diferentes po de encadenantes de nuestras guerras, antes de
modalidades de rememoración, es decir, diferen- que se pudiera pasar de la venganza a la política.
tes estrategias de duelo, de olvido y de reconcilia- "El culto a la memoria no siempre sirve para las
ción, o de simple reconocimiento de lo que pasó: El buenas causas'". Surge entonces la pregunta: lse
Salvador (Comisión de la Verdad) y Guatemala (Co- puede olvidar ilimitadamente, renunciando a un
misión del Esclarecimiento Histórico, Acuerdo de mínimo de reparación y de justicia?
Oslo, 1994). En todos estos casos han sido muchos Cualquier intento de respuesta tiene que estar
los intentos por suprimir, suplantar, profanar o desfi- condicionado a un gran esfuerzo de historia crítica,
gurar la memoria. Contra ellos se han desencadena- de contextualización, que ponga los acontecimien-
do múltiples exigencias de reparación simbólica, tos bélicos del pasado en relación con los otros acon-
política e incluso financiera, a las víctimas. Aquí y tecimientos de las estructuras sociales y de poder
allá, en todo caso, se experimenta una exacerbación del presente, y que por sobre todo, nos permita hacer
de la memoria ligada a la experiencia de la guerra.
Ni siquiera los esfuerzos más sistemáticos de ocul- 4. Ernest Renan, Qu'est-ce qu'une nation? Paris, Agora, 1992,
tación, los de la Alemania nazi, han logrado el co- p. 21.
5. Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, Barcelona,
metido de borrar las huellas de sus atrocidades. Paídós, 2000, p. 28.
16 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción rotal O parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 17
la selección de lo memorable y de lo que merezca la nuestra los procesos de universalización del ejer-
simplemente ser olvidado, para vivir sanamente el cicio de memoria; cómo enfrentar a partir de ellas el
presente y afrontar transformadoramente el futuro. futuro, son algunas de las preguntas que pretendo,
Rechazo a una idea de pasado inmóvil e instru- no resolver sino, simplemente, enunciar en este en-
mentalizado, reapropiación del pasado que nos de- sayo, como condición para emprender una arqueo-
vuelva el sentido de identidad y de pertenencia y la logía de nuestras guerras.
confianza en el futuro. He aquí las múltiples opcio- Reformular estos temas a la luz de los trabajos
nes que se le plantean al analista de hoy. Con todo, que he escrito en el curso de 25 años de investiga-
para alcanzar la liberación del mito macondiano no ción, abordar la integración de las miradas parciales
hay que aspirar a un imposible y tal vez indeseable que desde diferentes perspectivas he venido cons-
relato común de la guerra o de la historia nacional. truyendo, es el reto de estas páginas, que a su vez
A lo que hay que aspirar es a construir escenarios en plantean nuevos interrogantes sobre la guerra en
los cuales los viejos adversarios puedan hablar de Colombia y en muchas otras experiencias bélicas
sus contrapuestas visiones del pasado, construir un contemporáneas. El estudio se basa, en efecto, en
espacio público en el cual debatir abiertamente so- mi experiencia investigativa sobre Colombia, pero
bre sus diferenciados proyectos de nación, dirimibles sus resultados pueden ser de interés para la elucida-
ahora a través de prácticas democráticas socialmen- ción de otros contextos en donde la administración
te aceptadas. Lo que hay que retomar es un trabajo política de la memoria está asociada de manera de-
de crítica de los ideales, valores y principios que han terminante a la experiencia social y cultural de la
hecho de la guerra la forma dominante de construc- guerra.
ción de nuestra identidad nacional, a sabiendas de
que las formas en que se asumen todos estos facto-
res son distintas a las planteadas en el pasado. Es­
clarecerlas es una de las tareas prioritarias que
incumbe a los intelectuales de hoy.
Qué tipo de huellas marcan nuestra historia na-
cional; cómo las incorporamos al lenguaje; cómo nos
las representamos y condicionan nuestro presente;
cómo restituir los heterogéneos fragmentos en una
memoria común; qué restricciones imponen hoy a
18 C La Carreta Eduores. Proh.tb.da su reproducción toe.al o parcial C La Carreta Editores. Probihlda su reproducción cocal o parcial 19
l. Las huellas de la guerra

La guerra no es más que una de las manifesta-


ciones más protuberantes de la crisis prolongada de
la sociedad colombiana, sociedad que hace parte
de las que alguien llamara en los albores del siglo xx
"democracias inorgánicas" de América Latina, carac-
terizadas por una mezcla de parlamentarismo y gue-
rras civiles.
Por ello, Guerra, Memoria e Historia es una tri-
logía que evoca relaciones muy complejas, alusivas,
en primer lugar, a los procesos de construcción de
identidad, es decir, a las representaciones que nos
hacemos de nuestro conflicto y sobre todo, de noso-
tros mismos como nación; en segundo lugar, a la
pluralidad de relatos, trayectorias y proyectos que se
tejen en relaciones de poder que afirman, suprimen
o subordinan a determinados actores; en tercer lu-
gar, aunque esto no tenga referentes claros en Co-
lombia, a las huellas, los símbolos, las iconografías,
los monumentos, los mausoleos, los escritos, los "lu-
gares de memoria" que pretenden perpetuar la pre-
sencia o la vida de personas, hechos y colectividades.
Porque la memoria es, en sentido profundo, una for-
ma de resistencia a la muerte, a la desaparición de
la propia identidad.
Identidad, pluralidad y perennidad, desde luego,
pero sobre todo -lo que más nos interesa aquí- es
eso que podríamos llamar "reciprocidades del pasado

20 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial 21
GUERRAS, ME1iORlA E! IISTORIA

Y el presente", refiriéndonos a los procesos de inter- 1 1�1 inaugural de la narración, de las cadenas aconteci-
vención del uno sobre el otro, en una especie de llll'ntales, a la hermenéutica, a las cadenas signifi-
movimiento pendular de la memoria. l .uivas en sus pluralidades virtuales, en un contexto

. La his�oria, primer elemento, tiene una preten- qu · combina larga duración y experiencia colectiva.
sión objetivadora ,; distante frente al pasado, que le La memoria es una nueva forma de representación
pernute atenuar la exclusividad de las memorias del decurso del tiempo. Mientras los acontecimien-
particulares"6. Diluye éstas, o así lo pretende en un t o · parecen ya fijos en el pasado, las huellas son
relato común. La memoria, por el contrari� tiene �usceptibles de reactivación, de políticas de memo-
un sesgo militante, resalta la pluralidad de relatos. ria. El pasado se vuelve memoria cuando podemos
Inscribe, almacena u omite y a diferencia de la his- actuar sobre él en perspectiva de futuro.
toria es la fuerza, la presencia viva del pasado en el Ahora bien, en ningún otro país de América Lati-
pre_sente. La memoria requiere del apoyo de la his- na el tema de las huellas, es decir, de los impactos
toria, pero no se interesa tanto por el acontecimien- objetivamente identificables de la guerra, tiene en la
to, la narración de los hechos (o su reconstrucción) actualidad tanta vigencia y condiciona tanto las per-
co�o dato fijo sino por las huellas de la experiencia cepciones políticas como en Colombia. Una primera
vivida, su interpretación, su sentido o su marca a constatación al respecto son en buena medida las
través del tiempo. Por eso, como lo subraya Marc exigencias de comprensión de la guerra actual, las que
Augé, lo que se olvida y se recuerda no son los he- han llevado en años recientes a un redescubrimiento
chos mismos, tal como se han desarrollado sino la ávido de las guerras del siglo XIX. Todo ocurre como
"impresión", el sello que han dejado en ta' memo- si se esperara que la relectura de las viejas guerras
. 7 .
na , impresión sujeta a múltiples transformaciones.
pudiera descifrar la actual, en el supuesto de que las
� la gran mutación de la historiografía conternpo- primeras, de alguna manera, le impusieran su pro-
ranea que ha saltado de una centralidad del acon-
tecimiento, objeto privilegiado de la historia a la pia trama a la de hoy, puesto que, como lo ha seña-
lado Bernardo Tovar en un notable ensayo, "Los
huella, objeto privilegiado de la memoria. Es �orno
muertos también mandan"8• Así lo atestigua, por
lo han señalado Pierre Nora y Jacques LeGoff, el
8. Bernardo Tovar, "Porque los muertos mandan", en Ja-
�; Francoís Dosse, "Paul Ricoeur: entre mémoire, histoire et vier Pérez Siller y Verena Radkau García (coordinadores), Iden­
o�bh • en UI Mémoire, entre hiswire et politil¡ue, Cahiers Francais,
tulad en el ,maginorio nocional. Reescritura y enseñanza de la Histo-
N 303, Pans, La Documentation Francaíse, julio-agosto, 200 L.
7 · Marc Augé, Las formas del olvido, Barcelona Gedisa ria, Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, BUAP,
1998, pp. 22-23. ' ' y otros, 1998, pp. 421-441.

C la Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial


23
22 C La Carreta Echtores. Prohibida su reproducción total O parcial
ejemplo, la profusión bibliográfica en torno a las gue-
rras civiles y en especial, a la Guerra de los Mil Días, profunda demanda social de histo�ia e� este _país
con sus 100.000 muertos, que no se debe sólo a un durante las últimas décadas. Las ciencias sociales
afán conmemorativo de su centenario, sino también fueron prácticamente invadidas, en el curs_o de l_os
a la centralidad actual de algunos de sus temas es- dos últimos decenios, por el tema de la Violencia,
pecíficos, como el canje de prisioneros, la regulación primero, y de la guerra, luego. .
de la guerra, los rituales de la negociación y las po- Claro que en Colombia la memona contempo-
ránea no es estrictamente celebración; no está aso-
tenciales amenazas de una nueva desmembración
ciada a la conmemoración-exaltación del pasado,
nacional. En la exposición que sobre el mismo even-
al culto nostálgico a los muertos, a momentos o ri-
to realizó el Museo Nacional de Colombia, relato,
tuales heroicos, como hace la Francia victoriosa cada
iconografía, heráldica y fotografía pusieron a miles y
11 de noviembre, en la conmemoración de los muer-
miles de visitantes en una especie de retrospección e
tos de 1918, no obstante los crecientes reclamos frente
imaginario del continuum de la Guerra, como si el
a esta visión heroica que ha contribuido, simultá-
reencuentro con el pasado fuera, al mismo tiempo,
neamente, a silenciar la memoria de las víctimas,
panorama del presente. Cabría preguntarse qué sig-
llámense deportados, prisioneros, masacrados o acon-
nificaba para el visitante ese ejercicio de memoria:
tecimientos perturbadores como el de Vichy9 y los
iuna búsqueda compulsiva de las raíces de la guerra
colaboracionistas, durante la Segunda Guerra, ob-
de hoy, la voluntad de inventar una continuidad,
jeto hoy de amplio debate. En Colombi� �ª­ 1;1emoria
un rito de conjura, o un mecanismo de celebración
está más asociada a la fractura, a la división, a los
simbólica, ya que no real, del fin de la guerra ac-
desgarramientos de la sociedad. En Colom�ia rea_l-
tual? Tal vez el mensaje subliminal que deja la men-
mente no se hace memoria del fin de la Violencia
cionada exposición en el Museo Nacional sea el de (el advenimiento o la caída de la dictadura del
que, en últimas, si bien la de los Mil Días no es una
general Rojas Pinilla o la inauguración del Frente
guerra para emular, es una guerra a la cual, por con-
tras te con la presente, se le ven propósitos 9. Vichy fue la sede del gobierno francés, en cabeza del
identificables. Es lo que de alguna forma ha sucedi- general Philippe Petain, durante la Ocupación alemana 0940-
do no sólo con la Guerra de los Mil Días sino con 1944). Sobre la naturaleza y lugar en la historia de _Fr�ncta de
todas las guerras civiles del siglo XIX, sobre las cua- este régimen colaboracionista con las deportaciones judías a los
campos de concentración nazi se abrió u� gran debate en la dé-
les hay un renovado interés hoy día. Este fenómeno cada de los setenta, vigorosamente resenado en: Ene Conan Y
parece ser la culminación o materialización de una Henry Rousso, Un /J(l5sé qui ne /J(l5se /XJ5, Paris, Gallimard, 1994
(2" ed., 1996).
24 e La Carrera Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 25
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORIA

Nacional), sino ritualmente, memoria de su inicia- De las guerras civiles hay infinidad de recons-
ción, el 9 de abril de 1948, referente simbólico de la trucciones escritas -memorias- elaboradas por sus
división contemporánea de la sociedad colombiana, grandes jefes, que consideraron que sus hazañas y
cuando tras el asesinato del líder popular Jorge Eliécer sus objetivos eran dignos de ser relatados para la
Gaitán, se pasó de manera generalizada de la guerra de posteridad. Lo mismo ha acontecido con los guerri-
las palabras, la violencia simbólica, a la guerra lleros reinsertados de los años 90. Líder guerrillero(a)
de las armas". Má aún, puesto que la Violencia que se respete, escribe un libro de memorias. Los
había comenzado antes del 9 de abril, la conmemo- dos últimos ejercicios de esta naturaleza son el de
ración de éste es más la evocación de una catástrofe Vera Grabe, Razones de vida, y el de María Eugenia
que la apelación a un porvenir. Vásquez, Escrito para no morir: Bitácora de una
militancia. En cambio, sobre la Violencia, cuyas hue-
De las guerras civiles del siglo XlX, por más trági-
llas han forjado la memoria y la identidad de toda
cas que hayan sido, todavía se recuerdan, claro está
una generación de colombianos, son escasos los re-
dentro de visiones antagónicas de liberales y conser-
latos de sus contemporáneos y protagonistas. Los más
vadores, pacifistas y guerreristas, los momentos de- referenciados suelen ser el de Franco Isaza sobre las
cisivos de esas guerras, es decir, las batallas: Guerrillas del Llano11, y el de Manuel Marulanda
Peralonso, Humareda, Palonegro, registradas en una V, Cuadernos de campaña12• Hay también uno muy
amplia literatura heroica ... De la Violencia, en cam- notable y casi olvidado hoy, Balas de la ley, del sar-
bio, sólo se recuerdan las masacres, aparentemente gento Alfonso Hilaríón!'. Es la versión conservado-
sin sentido, y por ello quizás en Colombia la enorme ra de vendettas remotas y contemporáneas de un
producción bibliográfica y los multitudinarios encuen- sargento de la policía que actuaba bajo el lema de
tros que se le consagraron en las dos décadas prece- que "la muerte estaba más lejos buscándola que hu-
dentes tienen un sabor a esfuerzos de desciframiento yendo". Este alcalde de la zona esmeraldífera de
del trauma. En Colombia estamos pues, frente a un Muzo llega a contrarrestar la hegemonía liberal como
problema de memoria, no sólo con respecto a un diestro representante de la boyacense policía "chulavíta"
acontecimiento temporalmente determinado, sino
con respecto a toda la historia nacional. 11. Eduardo Franco Isaza, Guerrillas del Llano, Bogotá,
Distribuidora Librería Mundial, 1959.
12. Manuel Marulanda V., Cuadernos de campaña, s.l., Edi-
LO. Gonzalo Sánchez G., Los días de la Revolución. Gaitanismo ciones El Abejón Mono, 1973.
'J 9 de abril en P-,ooincia, Bogotá, Centro Cultural Jorge Eliécer 13. Alfonso Hilarión, Balas de la ley, Bogotá, Edit. Santafé,
Gaitán, 1983. 1953.

26 C La Carreca Editores. Prohibida su reproducción rotal o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 27
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTOIUA

Una gran pregunta queda pues abierta: lcuánta


Y na�ra �n sus memorias las arbitrariedades y fe- memoria y cuánto olvido requiere una sociedad para
chona� liberales, la politización de la justicia, las uperar la guerra?15. La pregunta es pertinente, so-
mezquindades de la política local movida por inte- bretodo si se acepta que el olvido no es una función
reses Y no por principios, el incesante vaivén del or-
pasiva de la memoria, sino una operación activa so-
den Y la violencia y las hazañas de los "chulavitas" bre la misma, o como lo expresa aún más categóri-
convertidos en héroes. Es, en suma, la otra cara de camente Paul Ricoeur, comentando a Nietzsche, "el
la tantas veces contada historia de la Violencia. olvido es una necesidad pero es también una estra-
Con todo, hay quienes piensan que en la socie-
tegia"16. Las respuestas a la pregunta formulada han
dad colombiana, con su presente ya invadido por la variado en codo caso de una época a otra. En tiem-
guerra �ay, ad_emás, un exceso de memoria del país
pos de Ernest Renan se insistía más en los riesgos
como violencia, que sobredimensiona la visión de
políticos de hacer historia y memoria de las turbu-
su presente como repetición del pasado. Desde lue- lencias del pasado nacional, y no tanto en la fun-
go, saldar cuentas con un pasado tan omnipresente ción liberadora de la memoria, como tiende a
no es fácil. Francia, para no ir más lejos, en su com-
aceptarse hoy.
plejo balance de la Revolución, entre los Derechos Por otro lado, la respuesta sería incompleta si no
del Hombre y la Revolución del Terror y la Vendée
analizáramos el conjunto de los procesos históricos.
se demoró dos siglos para postular explícitamente la
Porque el pasado de Colombia es de guerras, pero
necesida� de incorporar la Vendée, la reacción polí- no es sólo de guerras. Habría que preguntarse tam-
nea Y social de 1793-94, con sus ejércitos monárqui-
bién desde otro ángulo, por la persistencia de los
cos Y católicos (la "contra-memoria" de la
espacios de la civilidad que han permitido ver esta
Rev_olución),. al abanico de memorias plurales que historia como escenificación de conversaciones en-
�ebia ser la historia de Francia 14. La guerra de Arge- tre caballeros, en el marco de una "democracia oli-
lia Y sus memorias conflictivas, por otra parte, ape-
nas están comenzando a ser asumidas en codas sus gárquica", que aún tras los peores tiempos de crisis,
implicaciones.
15. Jean Hannoyer (coord), Guerres Civiles. Economies de la
violence, dimensions de la civili!é, Paris-Beirut, É<litions Karthala-
14. Ese fue en bu�na _medida el propósito del coloquio, "La CERMOC, 1999, p. l l.
Guerre Civile entre Hisroire et Mérnoire", organizado en 1994 16. Paul Ricoeur, La lectura del tiempo pasado: memoria y
e'.' esa zona, La Roche-sur-ron, y publicado luego, bajo la direc- olvido, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Ma-
ción de _Je�n-Clémenr Martín, bajo el título La Guerre Civile. drid, 1999, p. 39.
Entre Histo1re et Memoire, Nantes, Ouest Editions, 1995.
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o pardal
29
28 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total O parcial
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORIA
GoNZALO SÁNCHEZ GóMEZ

como el de la Violencia, sale remozada con alguna de la democracia colombiana. Empezamos a reco-
fórmula de consenso, para el caso el Frente Nacio- nocer que grandes momentos de lucha o de deman-
nal, presentado como paso necesario pero transito- da por la reincorporación política, a veces a través
rio en la reconquista de la unidad de la nación17• La de las armas, como en la Guerra de los Mil Días, a
temática de la Violencia desaparece durante un buen veces desde la movilización callejera y de la plaza
tiempo, incluso de los manuales escolares. Era pre- pública, como en el gaitanismo, habían sido ahoga-
ciso olvidarla. Los testimonios de la época dejaron dos en sangre. El país había vivido en procura de un
de ser leídos en tanto expresión de una "mala litera- reformismo recurrentemente diferido. Muy limitado
tura". Sólo con el advenimiento de una nueva gene- papel podía jugar en estos escenarios el Estado, que
ración se reavivó la necesidad de excavar ese pasado era de hecho el "objeto del deseo" en los
suprimido. enfrentamientos fratricidas, y por lo tanto, desdibujado
Inútil escoger entre estas visiones contrapuestas: en su función de depositario del monopolio de la vio-
historia de guerras, historia de la civilidad. Son én- lencia, por la guerra y por todas las expresiones deri-
fasis que obedecen a cambios en la realidad, en las vadas de desorden y criminalidad que ésta desata.
mentalidades, y en las percepciones, respecto de Soy en cierta medida responsable de algunas de
las cuales lo importante es determinar histórica- estas visiones menos optimistas, al postular la histo-
mente las dominancias. Pese a su tradición guerre- ria de Colombia como una historia de guerras perma-
ra, hasta los años cuarenta del siglo xx, Colombia nentes, en un ensayo de 1982 titulado "Raíces
alardeaba de civilismo, constitucionalismo y históricas de la amnistía o las etapas de la guerra en
republicanismo. Era la imagen que proyectaba fren- Colombia" 18• El comprensible esfuerzo, pienso yo, por
te al resto de América Latina, llevada hasta la hi- llamar la atención sobre las dimensiones del conflicto
pérbole. Colombia era el país de los pactos, de las que se estaba incubando a comienzos de la década
constituciones, de los consensos y Bogotá, la "Ate- de los ochenta, me llevó quizás a dramatizar un tanto
nas suramericana". Fue quizás a partir de los años los aspectos guerreros, minimizando los rasgos
ochenta cuando comenzó a invertirse ese imagina- civilistas y las conquistas de la historia colombiana
rio colombiano y pasamos al de la guerra. La guerra en otros órdenes, que también se habían exagerado,
presente trastocó el demasiado cómodo imaginario hasta silenciar una real historia de confrontaciones

17. Para una visión típica al respecto, véase: Alexander 18. Este texto se encuentra reproducido en: Gonzalo Sán-
Wilde, La quiebra de la democracia en Colombia: conversaciones de chez G. y Mario Aguilera P., Memoria de un país en guerra: los Mil
caballeros, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1982. Días 1899­1902, Bogotá, Planeta/lepri/Unijus, 2001, pp. 329-366.
31
30 e La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
ÜUERRJ\S, MEMORIA E HISTORIA

y de exclusiones Era difícil entonces admitir que a


19•

mitad de camino, entre la guerra y el rito democráti-


Es preciso volver a poner las cosas en su justo
co, se pudiera encontrar, para retomar la expresión lugar e insistir, más que en las dicotomías, en las
adjudicada a la Alemania decimonónica, un "Estado Intersecciones de la guerra y la política. Pero est� no
de derecho sin democracia"2º, es decir, un Estado debe impedir reconocer igualmente que la cronicidad
que no hacía sino poner de relieve los límites impues- de nuestra violencia, especialmente bajo su expre-
tos a muchos sectores en el ejercicio de sus libertades sión bélica, es excepcional en el contexto l_atmoarne-
políticas y en la participación en la toma de decisio- ricano, y que produce, aparte de los obvios efectos
nes", Una operación selectiva de memoria, la de la económicos y políticos, impactos cultura�es en una
guerra y la de la civilidad, hacía casi imposible doble dirección: primero, remitiendo, quiérase o no,
la integración de las dos en una sola narrativa a la idea de una cultura de la violencia, no necesa-
nacional. Daniel Pécaut encontró una clave de gran riamente en el sentido de una naturaleza violenta
fuerza heurística, no en la disyuntiva sino en la del hombre colombiano sino al menos �e una ten-
complementariedad y vínculos orgánicos de orden y vio- dencia históricamente identificable, explicable y re-
lencia, y Francisco Gutiérrez ha hecho recientemente lo currente de la guerra". Pese a todos los temores Y l�s
propio a partir de la relación dinámica entre violencia y escrúpulos, hay que decirlo claramente, la pr�senc1a
pactos consociacionales, aun en los períodos de las lla- histórica de la guerra tiene vínculos deterrnma�tes
madas dictaduras de Rafael Reyes y Rojas Pinilla22• con la construcción de nuestro imaginario de nación.
La guerra también hace que a menudo _I� política_ se
19. William Ramírez Tobón, en "Violencia, guerra civil, viva corno guerra de religión, Y la religión se viva
contrato social", aparecido en: lEPRI. Colombia cambio de siglo.
corno política. Para decirlo en las palabras puestas
Balance y perspectwas, Bogotá, Planeta Editorial, 2000, pp, 21-67,
ha hecho muy pertinentes anotaciones a los vacíos que dejó mi por García Márquez en boca de Bolívar, "todas las
texto de 1982. Con todo, para mis críticos ha pasado inadvertida ideas que se les ocurren a los colombianos so� para
una verdadera reformulación de mi tesis original, que fue publi- dividir'?". Segundo, la cronicidad de nuestra violen-
cada originalmente en la revista Análisis Político N2 11, 1990,
y cia remite también, paradójicamente, a una cultura
que puede ser leída en G. Sánchez. Guerra y política en la socie-
dad colombiana, Bogotá, Áncora Editores, 1991. del consenso, que a la larga ha llevado a la idea de
20. ]urgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública, que todo es negociable, todo el tiempo. Se trata
México, Ediciones Gustavo Gili, 1994, p. 11.
21. lbid.
22. Francisco Gutiérrez Sanín, "Democracia dubitativa", en: 23. Violencia política, violencia social, violencia revolucio-
IEPRI. Colombia: cambio de siglo. Balances y perspectivas, naria: el término violencia expresa una hibridación de proce:.
Bogotá,
Planeta Colombiana, 2000, pp. 117-118. 24. Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, -
gotá, Editorial Oveja Negra, 1989, P· 251.
32 C La Carreta Ednores. Prohibida su reproducción total o parcial
C La Carrera Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial 33
OJERAAs, MEMORIA E HISTORIA

de un pactismo que atraviesa todas las esferas de la (1820) y de la Gran Colombia (1821). Una ley de
vida social, y que va generando con su propia repro- 1908 (Ley 4 del 10 de agosto) fue aún más genérica
ducción el menoscabo de reglas básicas de convi- y declaró "prescrita la pena o la acción criminal a
vencia y de un orden estatal colectivamente aceptado. que se hayan hecho acreedores los �ilitar�s que al
Esta propensión al pactismo y el perdón no es servicio del Gobierno o de los revoluc1onanos hayan
asunto exclusivo de la sociedad y el Estado acosa- cometido delitos comunes o políticos en las últimas
dos de hoy. Como parte de la recomposición política guerras civiles"26, lo que era una manera de amnistiar
después de las guerras, en el siglo XIX, se ha señala- a todos los sobrevivientes de las guerras preceden-
do25, hubo numerosas amnistías (perdón al delito) e tes, declarando, mediante una ficción jurídica, no
indultos (perdón a la pena), no sólo a nivel nacio- existentes los delitos cometidos en el curso de la
nal, sino también con radios de acción muy limita- guerra. Los beneficiarios, rehabilitados legal o judi-
dos, en el ámbito regional o local; a veces sobre el cialmente recobraban la plenitud de sus derechos.
conjunto de un ejército rebelde, y otras con exclu- La amnistía, en tanto olvido jurídico colectivo de
sión de los jefes; a veces por delitos específicos, y en los hechos delictivos en aras del interés supremo
otras con generosidad extrema, como fue la de 1880, de la pacificación, a diferencia del indulto que_ �e
en la que representantes del poder constituido y de traduce en perdón individualizado o conmutacton
los rebeldes se conceden amnistía mutua, en una de la pena, no del delito, era en estos casos una
especie de versión laica del perdón en la católica especie de recomienzo, en el sentido de momento
Colombia del siglo XIX. inaugural, del pacto social y político.
A veces la amnistía y el indulto se utilizan como La amnistía pone de manifiesto un hecho ante-
recurso para facilitar la terminación de una guerra, rior, la represión, pero al mismo tiempo obedece _en
y a veces se decretan al término de una fase de ne- Colombia a una permanente necesidad de relegiti-
gociación. Como conclusión de la soñadora Consti- mación de la democracia formal, mediante la rein-
tución de Rionegro de 1863, por ejemplo, se produjo corporación subordinada de los disidentes al cu�rpo
la amnistía total, tanto por delitos políticos como político de la nación. Desde luego, tras est� activa-
por los comunes, al igual que se había hecho en los ción inercial de la amnistía, se pueden ad1vmar fac-
momentos fundadores de la República de Colombia tores estructurales, como la crónica debilidad del

25. Ver: Mario Aguilera, "Amnistías e indultos, siglos XIX y 26. Citado en: Gonzalo Sánchez G. y Mario Aguilera P. (edi-
xx", en: Revista Credencia! Hisuma, Nº 137, mayo 2001, pp. 8-13; tores), Memoria de un país en guerra. Los Mil Días !899-1902, Bo­
y en: Jorge Orlando Melo, lbíd., pp. 14-15. gotá, Planeta/lepri/Unijus, 2001, p. 421.
35
34 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción coca! o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproduc:c..00 total o parcial
aparato estatal Y. en particular del aparato judicial. II. lCómo nombrar el pasado?
Ante las hm1tac10nes para castigar a los ejércitos
derrotados y sus apoyos sociales, al Estado sólo le
quedaba ,como opción realista la incorporación for-
mal y iurídíca de aquéllos mediante el recurso susti- La memoria no sólo es huella identificable. Es
tutivo de la amnísna". también representación mental de un proceso social
Hay pues una historia real, una práctica casi na- y cultural. De allí que un segundo campo problemá-
tural de la amnistía en Colombia, que le plantea tico al estudiar la cadena continua o discontinua de
problemas a la memoria, a nuestra relación con el las guerras y la Violencia es el de cómo nombrar,
pasado. El primero de ellos es cómo nombrarlo. periodizar y ordenar los eslabones de la cadena. Tres
operaciones del análisis y de la construcción de me-
moria, tres mediaciones si se quiere, que se vuelven
en Colombia más complejas que en cualquiera otra
parte. Nombrar es escoger o determinar cómo y con
qué sentido el evento (en un sentido muy amplio)
se va a fijar en la memoria; es definir el rasgo de
identidad que va a aglutinar todos los atributos
de lo nombrado.
La historia de la identidad cultural europea, como
lo muestra un texto notable de Joseph Fontana, se
construyó sobre redefiniciones sucesivas del "otro"
como amenaza del orden triunfante: el bárbaro, en
la era romana; el infiel y el hereje, en la Edad Me-
dia; el salvaje o primitivo, en la época moderna. La
diversidad, anota Fontana, no podía ser pensada sino
como inferioridad. Nombrar al otro es pues, asignar-
le un lugar en la memoria, en la narrativa política,
en la escena social. Barbarizado es excluirlo de la
política y arrebatarle su papel de actor de la historia.
27. Comunicación personal con Iván Orozco, febrero 26 de A contrario sensu, la historia puede ser vista como
2003.
una lucha por el reconocimiento, lucha cuya máxima
36 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial Cl La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toca! o parcial 37
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORIA
GoNzAw SÁNCHEZ GóMEZ

países ... Los verdaderos patriotas son los fieles y lea-


tensión¡ se produce en esa forma extrema del duelo les vasallos del Rey nuestro Señor, amantes de su Pa-

tº�
que es a guerra.
tria, del Gobierno y de las leyes, que respetan y
grandes momentos de ruptura política son obedecen como propias, a formar la felicidad de su país,
tam_ ien momentos de quiebre en los usos del len- de cuyos bienes gozaron bajo su dulce imperio. Los que,
gutie_. El lenguaje se vuelve escenario visible de las separados de estos principios, han fomentado la dis-

r��
re· ' aciones políticas. En el momento de mayor ten- cordia, asolado estos países y llenado de luto las fami-
E
e�tre spañ� y sus colonias, cuando apenas aca- lias, haciendo un vasto cementerio del fértil suelo que

t
ª­ enunciarse la discriminación entre los
�pano_ es de -�spaña y los de América, en 1811,
los vio nacer, no son, ni pueden ser patriotas, ni este
sagrado nombre debe envilecerse apropiándolo injus-
ntoruo Narmo enuncia el antagonismo creado tamente. En lo sucesivo se prohíbe absolutamente lla-
mar a los desleales por semejante nombre, y se usará
como un problema de semántica política:
de los que únicamente los dan a conocer, en su ver-
Yato somos colonos: pero no podemos pronunciar la dadera clase, cuales son insurgentes, rebeldes, facciosos
pa a�ra hbertad, sin ser insurgentes. Advertid que ha u otros sernejantes19•
un diccionario
- . para la España E uropea, Y otro para laY
E Amencana: en aquélla las palabras libertad e La criminalización como preámbulo a la Pa-
. ideoe:
d cificación.
:e�f:'.n encia son virtud; en ésta insurrección y cri-
Imbricaciones de gramática y política. No me re-
fiero tanto a la construcción del discurso de la gue-
Otra ilustración de lo que está en juego política-
rra y de la política, sino a la elemental función social

�::tc:os'.
mente cuando se trata de nombrar actores period
de nombrar. Nombrar los enfrentamientos de los años
es el que nos da una circular d�l gener�� 50 del siglo XX como revolución, violencia o guerra
o orillo, cuando en plena guerra a muerte con
también tenía implicaciones políticas muy serias. Los
Bol,ivar, en 1818, señala: diferentes actores tenían su propio diccionario, sus
Gener�lmente se abusa de la palabra patriota para de- propios recursos de memoria, para autonombrarse y
signar os hombres afectos al sistema revolucionario para nombrar a los demás. La guerra es también un
que prolongan la injusta y desastrosa guerra de estos duelo en el terreno de los discursos.

28. Suplemento a La Bagatela Nº 5 S


' • antafé, domingo 11 29. Rodríguez Villa. "El Teniente General D. Pablo Morillo",
de agosto de 1811 Cir d
hacia la nación N
.. ' \,º en H ans- Joachim Koníg, En el camino
N':,'::G � e� ptoceso de formación del Estado
Madrid, 1910, p. 111. Citado en: Roberto Doménech, Las guerras
civiles americanas ante el Derecho Internacional, Buenos Aires, La
Y la Nación de Ía
ra ' 750­1856, Bogotá, Banco de la Semana, 1915, p. XXXIX. Itálicas mías.
República, 1994, p. 285.
su reproducción total o parcial
39
Cl La Carreta Editores. Prohibida
38 e La Carreta Editores. Prohibida su reprod uccrºón toca I o parcial
Ül.)ER.RAS, MEMORIA E HISTORIA

El carácter relacional, no esencialista, de los ac- (india, negra, y europea) y para los últimos, el inicio
tores en un contexto de guerra constituye el eje de del aniquilamiento de las culturas prehispánicas. En
nuestras reflexiones en Bandoleros, gamonales y cam­ I acto de nombrar se ponen en escena visiones de
pesinos. "Delincuente", "bandido", "guerrillero", "te- sociedad, visiones de procesos y valoraciones anta-
rrorista", expresan ante todo relaciones de poder, que gónicas de acontecimientos históricos. En suma, los
varían con el tiempo, con las funciones, con los es- parámetros de identificación son social, política e
cenarios y con los observadores. De igual forma, los históricamente construidos.
bandidos de la época de Benito Juárez en México se Para señalar cómo con la Independencia se em-
convierten en patriotas, cuando aquél los incorpora pieza a crear gradualmente una conciencia o identi-
a la lucha contra la invasión francesa, y Villa, el dad nacional, un sentido de pasado común, Lynch
prototipo, es absorbido por la revolución y converti- cita a John Stuart Mill, quien define ese sentimiento
do en héroe nacional cuando entra triunfante a la como "ídentiry of political antecedents, the posession
ciudad de México. Incluso Zapata pasó por diferen- of a nacional history, and consequent community of
tes categorías en el curso de ese proceso, como lo ha recollections". Los símbolos y el lenguaje adquirían
mostrado magistralmente Alan Knight en su libro nuevos significados.
The Mexican Revolution. lCuándo se pasa, y mediante qué elementos
Una aproximación más empírica permitiría ver diferenciadores, de guerras de emancipación a gue-
cómo las denominaciones también dependen del es- rras civiles, a revoluciones y a la violencia? Trate-
cenario en el cual se producen: los "bandoleros" en mos de diferenciar. En una primera aproximación,
los sesenta, y los guerrilleros hoy, son calificados podría decirse, de manera muy simplificada que:
en sus zonas como "los muchachos", con cierto aire -Las guerras nacionales o de emancipación, se
de tolerancia o simpatía. La población en las zonas de definen por la confrontación entre un poder colonial
domino paramilitar no habla de paras o autodefensas y unos poderes nacionales emergentes, de la cual
sino, atenuando las diferencias, de "grupos arma- surgen los sujetos y narrativas de las nuevas histo-
dos". Y así sucesivamente. rias patrias. En ellas es decisivo el apoyo popular,
Recordemos, por último, la polémica para carac- con sus redes de información, conocimiento del me-
terizar el V Centenario de la llegada de los españo- dio geográfico o teatro de la guerra, y anclaje social
les a América: para unos, 1492 era el momento de y cultural, que convierten a las fuerzas coloniales en
la conquista; para otros del encuentro de dos mun- simple ejército de ocupación, aislado y extraño a los
dos; para otros más, el encuentro de tres culturas territorios en disputa, y transforman también a
41
40 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción cocal o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
ÜUERRAS, ME>.-iORIA E HlSTORJA

los patriotas en enemigos elusivos e invisibles. Es la forma adjetiva de la guerra, y en su sentido lato,
guerra la que les asigna un nuevo lugar a los rebel- como ha señalado Stathis Kalivas32, carece de auto-
des, reduciéndolos a simples insurgentes si la pierden, nomía conceptual. Pero sus ambivalencias se hacen
o convirtiéndolos en próceres, si la ganan. aún más agudas en Colombia, puesto que a la defi-
-Las guerras civiles por su parte, eran aquellas nición dada se agregan otras: la Violencia es en
que, según estableció en el siglo xvm el jurista sui- Colombia un período histórico determinado; es una
zo Emmerich de Vattel, "se hacen entre los miem- forma particular de guerra caracterizada por la plura-
bros de una misma sociedad política ... "30 y por lo lidad de procesos y no por simples relaciones binarias;
tanto, con responsabilidades compartidas. Las gue-
pero la violencia también es un "componente dentro
rras civiles, desde una perspectiva latinoamericana, de la guerra", un modo de hacerla. La violencia es
en cambio, no eran sólo guerras entre los civiles,
pues, una guerra sin nombre, y como se ha dicho,
aunque alteraran las subjetividades, rompieran la- "las guerras sin nombre suelen ser las guerras
zos familiares, de amistad y las identidades comu-
más sucias"33•
nitarias. Las guerras civiles eran luchas "entre el He recurrido a esta simplificación para subrayar
poder establecido, los poderes públicos, y la ínsu-
rreccíón'?' en un segundo momento las dificultades:
En el siglo XIX a las guerras civiles también se las
-La definición de violencia está mucho más ase-
nombraba como revoluciones. Muchos de los prota-
diada por la polisemia que las otras nociones men-
gonistas escribieron sus memorias dán?ole ese ran:
cionadas. La violencia es, en primer término, una
go a las confrontaciones en que part1c1par?n. As1
mismo, a mediados del siglo XX en Colombia, y en
30. Emmerich de Vattel, citado en: Roberto Domenech. lbíd.,
p. 11. algunas zonas como el sur del Tolima o los Llanos
31. José León Suárez, en su prólogo al libro de Roberto Orientales, en la frontera con Venezuela, los cam-
Domenech Las guerras civiles americaMS ante el Derecho Interna­ pesinos no utilizaron el término de Violenci�� de ori-
cional. Desde una perspectiva diferente a la mía, Eduardo Posa-
gen más bien urbano, si�o el de revolución '. S� s
1

da Carbó ha hecho una notable organización de este debate en:


!Guerra Civil! El lenguaje del conflicto en Colombia, Bogotá, fuerzas organizadas eran fuerzas revolucionarias .
Alfaomega, 200 l. Para una advertencia sobre el impasse político
a que puede llevar la insistencia en esquivar la caracterización 32. Stathis Kalivas. "La violencia en medio de la guerra
del c?nflicto colombiano como guerra civil, véase mi ensayo "Co- civil: esbozo de una teoría", en: Análisis Político, Nº 42, enero-
lombia: sociedad de desarraigo", a propósito del libro Guerra comra
abril 2001, pp. 3-25. . . . ••
la Sociedad de Daniel Pécaur. Revista de El Espectador, agosto 26 33. John Crowley, "Pacificarions Reconciliations (1) , en:
de 2001.
Cultures et Conflits, N2 40, otoño 1999, p. 11.
42 C La Caneca Editores. Prohibida su reproducción total o parcial e La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 43
().JEAAAS, MEMORlA E HlSTOR!A

Asimismo, al término del período de la Violencia Surge entonces la pregunta: ldesde dónde se cons-
en los debates parlamentarios, para combatirla, ;{ uye la diferencia? lPor qué se nombra de igual
gunos aludían a ella como una "gran ola d . . manera a las rebeliones que comienzan desde arriba
lid d" e cnrm-
na 1 a , pese a su gravedad, extensión y duración. (así habría sido, con contadas excepciones, en coda
América Latina durante el siglo XIX) y a las que co-
Otros, pensando _más bien en el futuro, acogieron,
mienzan desde abajo? lA las que enfrentan nacio-
por �azones prácticas, el calificativo de guerra civil.
nes (guerras de fronteras) y a las que enfrentan
Las implicaciones eran de efecto inmediato: si se
comunidades políticas? lCómo catalogar las guerras
trataba de una gran ola de criminalidad, simple-
en las que está involucrada una potencia a la vez
me�te no era posible negociar, y tampoco perdonar; nacional e internacional como la Iglesia: como civi-
había que repnmir, en el doble sentido de castigar Y
les o como internacionales? (Guerra de los Conven-
de escon�er en _el inconsciente. No había lugar para
tos, 1839; Guerra de las Escuelas, 1876).
la memona. y si era guerra civil, entonces se trataba Tal vez quien primero problematizó estas catego-
de �na rebelión justificada o legitimable contra el rías fue el historiador venezolano Laureano Vallenilla
g�b1_erno existente, Y por lo tanto negociable, am- Lanz, quien escandalizó a todos los historiadores en
msnable_, p_erdonable. No solamente cambian los 1912 con la tesis de que "la guerra de nuestra Inde-
�contec111�1entos sino también nuestros marcos pendencia fue al mismo tiempo una guerra civil"
mterpretanvos de los mismos. como cualquiera de las otras "matazones" del siglo
Claro qu_e a menudo hay estrategias específicas
XIX, advirtiendo eso sí, que esto no le quitaba el ca-
de trastocanuento de los sentidos: durante la época de rácter presuntamente progresivo que universalmente
34

Juan María Bordaberry, en Uruguay, el principal cen- tienen todas las guerras y revoluciones. Y agregó,
tro de reclusión de detenidos Y de "administración para neutralizar a sus potenciales críticos: "Tan fran-
del terror" en la campaña antisubversiva recibió el ceses fueron los guillotinados como los guillotina-
nombre de "La Libertad", algo que a un nivel más dores de la Revolución, y nadie discute que aquella
global ensayaban los generales argentinos cuando orgía de sangre "arrojó sobre la tierra torrentes de
encubrían su golpe de Estado Y su empresa política civilización"35•
c.?ntramsurgente con el nombre de revolución
( Revolución Libertadora", en Argentina, 1955) o 34. Laureano Vallenilla Lanz, Cesarismo democrático, Cara-
cuando llamaban "seguridad" no a un sistema 'de cas, Monte Ávila Editores, 1994, pp. 39 Y 62.
protección sino de intimidación. 35. Ibíd., p. 4 l.
45
C, la Carreta Editores. Prohibida su rc:producc.i6o toral o parcial
44 C la Carreta Editores. Prohib&da su reproducción total o parcial
GUERRAS, MF.MORIA E HJSTORlA

El historiador francés Georges Lomné h cesa, la cual ha comenzado a reconocer la hete-


retomado
. J6
c
el punto para o ¡ ombia . en un
traba¡·o re ,
ª «>geneidad de la Segunda Guerra y la necesidad de
ciente mostrando , 1
e��:ºv:ri;;::!�:; ��:fig���
0 ,ensarla a la vez como guerra civil, guerra nacional
de man�ra distinta y guerra mundial, tal como se sugirió también con
ceso de Independencia (1810 - . p
quico 1811 f, d er listas - patnotas vs monár- respecto a la Revolución Francesa38, considerándola
ciud
vs d ) :: � � vs centralistas, ciudades simultáneamente guerra de opiniones, guerra nacio-
toriad a es ' y como incluso en la óptica de los hís- nal y guerra civil.
. ores conservadores hay una causalidad deter Tomemos otro momento crucial, la Guerra de
� u;t1te: fue la Independencia la que generó la guerr; los Mil Días, el más grande conflicto armado, no
crv , a guerra de facciones Lornné 1
trando la "imposibilidad d. e conc uye mos- sólo de Colombia sino de América Latina en el siglo
. e pensar aisladamente XIX, según Charles Bergquist; en su dinámica es de
gue �a de md ependencia y guerra cívil'"? N
ta solo d d b · o se tra- manera sucesiva guerra regular y guerra irregular no
d � u� e ate sobre la naturaleza de la Inde-
convencional; la Violencia de los 50 es una super-
pen _encia sino también sobre los momentos de su
propio desarrollo en términos de obí a· posición de guerras imputables, como dijo Paul
posícío · ¡ d 1e vos, d e corn- Oquist en su celebrada fórmula, al colapso del Esta-
cont:����d1a 1' e formas. de hacer la guerra y de
e os antagonismos. do y no a un exceso de éste; y la guerra actual es una
. Lo exp�esto hasta aquí tal vez nos permita enun- acumulación de guerras: guerra de guerrillas, guerra
ciar una primera conclusión: no hay una guerra sino de narcos, guerra de paras. Es decir que, normal,
que en_ toda guerra hay múltiples dinámicas de' ue- mente, el conflicto global sirve a su vez como desen-
:ad� diversas guerras e�trelazadas: la emancipa�ión cadenante de otros conflictos parciales, tal cual
senvuelve en coexistencia con la guerra civil· la sucedió en la guerra civil española, donde la guerra
lguerra_ I;ür !Es a nación se convierte en guerra dentro.de republicana antifascista, que era el eje de la lucha,
a nacion. . t
am biéten ¡ a ruta de investigación ue tuvo expresiones subordinadas de guerra revolucio-
con ambivalencias, ha emprendido la historiogr�fí� naria, de guerra de identidades nacionales, catala-
na y vasca, y de una especie de guerra de religión39•
36. Georges Lomné "U , 1
bia de 1810 a 1828· . ' de . pa esrra de gladiadores'. Colom-
Gonzalo Sánchez o �! � erra Me :�nc1pación o guerra civil?", en: 38. Antoine-Henri Jomini. Précis de l'art de la guerre, Paris,
Museo, memoria nac· z y ana mma Wills Obregón (comp.). Perrin, 2001, p. 69.
2000, pp. 285­31i. ión, Bogotá, Museo Nacional de Colombia, 39. Gabriele Ranzato. "Evidence et invisibíiité des guerres
civiles", en: Jean Clément Martín, La Guerre Ci11ile. Entre Hiswire
37. Ibíd., p. 307.
et Memoire, Nantes, Ouest Editions, 1995, p. 22.

46 C la Carreta Editores. Prohibida su reproducción .


toca 1 o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción rotal o parcial 47
ÜUERRAs, MEMORIA E HISTORIA

La ambigüedad inherente a las guerras civiles, y


por tanto a la definición del status jurídico y político contenido (en I os actores, e n la sociedad, en la ma-
de los adversarios, se pone en evidencia también de llevar a cabo la confrontación), es �scunid ad
nera objetivos y exceso de vio · Un ínfluven-
. 1 encia,
cuando se analiza la legislación aplicada a las mis- en sus • ·
mas en el siglo XIX. A las guerras entre los Estados- te estudio sobre la Revolución M exicana, La Gran
provincia (los Departamentos) se les aplicó el derecho R b l., de Ramón Eduardo Ruiz, causó conmo-
e e ron, ·
de gentes, el derecho de las guerras entre Estados ., 1 undo académico norteamencan 0 y me-
cion en e m _
nacionales, produciendo lo que se ha llamado una jicano a comienzos de los anos 80 ' a 1 sostener , que lo
"cuasi-internacionalización del espacio político in- acontecido a partir de 1910 en ague 1 pais, fue e I
terior""°, artificio jurídico que al parecer tenía una estallido de una guerra civil que no ª!c�nzó a s�:
doble función: reconocimiento de la debilidad del " revol uc1on
. , "42 · Fue una revolución deficitaria, u
,
Estado central y estrategia de contención de las élites guerra civil. Por otro lado, la guerra parecena ��::
regionales ante toda pretensión de consolidación de vertirse en violencia, primero, cuando se g
caudillos e instituciones nacionales41• En consecuen- lízan conflictos aparentemente mconexos, Y
cia, a las guerras civiles se las trataba como guerras ra d ando tras la exacerbación de los antago-
de soberanías, cuyo carácter fratricida había que so- segun o, cu · ·
nismos de adversarios a la vez próximo� y J e¡En anos
meter a normas humanizantes, reconociéndose mu- los métodos se imponen sobre l�s objetivos, 1�
tuamente los adversarios el carácter de historia colombiana la Violencia, queda, como 1 o
enemigos
políticos (no criminalizados) y simétricos.
sugerí hace unos años, entre paréntesis, como · n
He aquí un principio de diferenciación, al me- �
tiem o muerto e inmóvil que no encuentra sentt o
nos para la era contemporánea. La revolución, en el
ni e! el pasado ni en el futuro, como_ si nunca hu:
imaginario político, está dignificada. La revolución
es, en principio, promesa de algo que se realiza en
bi1era ex1s 1 · Como si la historia hubiera que
. tido · , escn
bí l . ella como una anomalía o trasgresión qu e
beneficio colectivo. La guerra civil, por el contrario, u a sin • ·
es por esencia sectaria, es déficit de algo en su interfiere en el análisis Y rompe 1 a racionalid t a d de
nuestro devenir nacional.
40. lván Orozco Abad. Combatientes, rebeldes y terroristas:
Guerra y derecho en Colombia, Bogotá, Instituto de Estudios Po- 42. Marco Velásquez,. "E sPcéntura. yVm emoria de la revolu-
erena Radkau García
líticos y Relaciones Internacionales/ Universidad Nacional/ Edi- M . " en· Javier rez y
torial Temis, 1992, especialmente pp. 91-124. ción ex1can.a ' . . 'nario Nacional. Reescritura y ense-
(coord.), Identidad. en el mwg, Instituto de Ciencias Sociales
h1stonab,l IM tt�º·legio y
2003.41. Comunicación personal con Iván Orozco, febrero 2 de ñanza d_ e la
Humanidades, Pue a O de San Luis/ Instituto Georg
Ecbert, Alemania, 1998, P· 78.
48
e La Carrera Editores. Prohibida su reproducción coral o parcial
e, la .
Carreta Editores. p ro hibida su reproducción total o parcial 49
ción simbólica de tales procesos temu-
Es sobre este trasfondo histórico y analítico que La represent.� d e la discutida y discutible
hay que ver la controversia sobre la caracterización ará impomen ose sob r . l
nnaturaleza de los mismos. Francia, por e1emp o, parla
del conflicto armado actual en Colombia. En ella h ado a aceptar cua -
evocar otro extremo, se a neg
han terciado varios autores: Daniel Pécaut cuestio- . . , tica para carac te riz ar los
na la idea de que estemos en guerra civil y propone quier contammac1óndse;:a�storia: la Revolución, la
la de guerra contra la sociedad para sugerir que, en grandes momentos e . ,l l
la Resistencia, conservando mdco umes alís
su entender, hay sectores civiles cada vez más am- Comuna ' . La memon· a le 1cta sus -
definiciones canómcas.
plios que no sólo no participan del conflicto arma-
mites a la historia.
do, sino que organizan formas explícitas de rechazo
a la guerra. Eduardo Posada Carbó, por su parte,
advierte que no se debe olvidar que se trata cierta-
mente de una guerra contra la sociedad, pero tam-
bién de una guerra contra el Estado (sus fuerzas
militares, sus jueces, sus funcionarios). William
Ramírez, por último, establece sus propios criterios e
insiste en la caracterización del momento actual
como guerra civil en tanto, independientemente de
los actores directamente enfrentados, se trata de una
guerra que compromete de manera global la mate-
rialidad de la nación: la geografía, los individuos,
los bienes. Distinguir entre generadores, mediadores
y receptores parecería ser una tarea esencial.
El debate sigue abierto. Con todo, lo importante
para nuestra argumentación es que el análisis no
parece alterar la memoria. Ésta ya ha cumplido sus
funciones hegemónicas: la Independencia seguirá
siendo la Independencia; las guerras civiles, un mo-
mento definido de la historia latinoamericana; la
Revolución Mexicana seguirá siendo la Revolución;
la Violencia seguirá siendo esquiva a las acotaciones.
.
51
e ta Carreta &htores. Pro hibida su reproducción total o parcial
50 C l.a Carreta Eduoees. Prohtbtda su reproducción total o parcial
ID. Guerras inconclusas,
memorias circulares

La pregunta por la relación entre guerras civiles y


violencia crónica remite a un tercer tema que no es
el del inicio o la naturaleza de estas guerras, sino el
del malestar por las percepciones de su conclusión,
es decir, por la forma como se terminan. La forma
como se terminan las grandes confrontaciones, lo
sabemos muy bien a la luz de las experiencias con-
temporáneas de las dictaduras y las crisis revolucio-
narias centroamericanas, deja su marca en las formas
de memoria de los protagonistas. No es la misma la
memoria en situaciones de victoria rebelde que en
casos donde la cesación definitiva de hostilidades
se decide por negociación y es distinta a aquellos en
que lo que cuenta es el colapso de un régimen mili-
tar; tampoco es la misma en contextos de aislamiento
que en los de apoyo internacional a alguna de las
partes. Hay que distinguir también cuándo hay un
blanco único de las violaciones, y cuándo éstas se
reparten, aunque sea de manera desigual, entre los
polos de la confrontación, como en El Salvador, o
como ocurrirá, probablemente, en la Colombia de
hoy, donde puede haber interés de ambas, o de las
múltiples partes, en la impunidad, dado eso que se
ha definido como "barbarismo simétrico"43• Entre

43. Citado en: Natalia Maria Springer, Seuing Up a Truth


Commission in the MiddJe of the Conflict. A case study of Colombia,
52 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total O pardal C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 53
ÜJERRAS, MEMORIA E HJSTOR.IA

memoria y olvido no hay relaciones dicotómicas sino


negociaciones estratégicas. ción del orden colonial que terminó invertida y con-
La Revolución Mexicana, o cualquiera de las solidándose a su pesar como una guerra de conquis-
otras contemporáneas (que son consideradas como ta, ampliación de la ciudadanía y liquidació.n del orden
tales) cierran un capítulo de la respectiva historia colonial con el triunfo del desafiado gobierno refor-
nacional con una transferencia de poder de unos sec- mista iniciado en 1849, triunfo que habría de mar-
tores sociales, políticos o étnicos a otros, e incluso car la ratificación del programa republicano liberal.
con la desaparición virtual de una clase social, como Más grave aún, y desde el punto de vista de .l�s
sucedió en gran medida, en la Bolivia revoluciona- vencidos las amnistías u olvidos de las guerras crvi-
ria de 1952, con los terratenientes. Estas revolucio- les son �al negociados o groseramente incumpli-
nes aparecen como procesos cumplidos, desarrollados dos: se fusila a los jefes (Uribe Uribe}, no se
reincorpora productivamente a los ex guerrilleros, las
en su potencialidad histórica. Las guerras civiles se-
reformas pactadas se aplazan sine die. Las guerras se
rían, desde esca perspectiva, guerras inconclusas, en
terminan pero no se resuelven. Los antiguos comba-
t�nto, con frecuencia, una motiva la siguiente, ha-
tientes, con la conciencia de haberse enfrentado �r
ciendo -�e la paz, en sentido estricto, una "simple
una causa perdida, sobreviven a la espera de la próxi-
suspens1on temporal de las hostilidades", para reto-
ma guerra. Basta recordar que en el siglo XIX, salvo
mar la expresión de un filósofo inglés«.
en un caso todas las guerras las pierden los rebel-
No hay en las guerras civiles un final o sello re- des hecho que consagró literariamente García Már-
volucíonam, en el orden político o social, y si lo hay
quez en Cien Años de Soledad, atribuyéndole a su
es inesperado, como en la Guerra de 1851, que fue protagonista, el coronel Aureliano Buendía, el ha�r
en realidad una contrarrevolución fallida, paradóji- participado en 32 guerras civiles y haberlas perd1d?
camente iniciada como una guerra por la preserva- codas. La idea misma de progreso, en esta perspecti-
va premodema de la historia, se encuentra suspen:
Lovai�a, Master's Thesis, 2001, p. 55. Hay versión en dída, no hay direccionalidad histórica. No hay allí
español:
Natalía Ma.ría Springer. Sobre la verdad en los tiempos del
miedo. un horizonte de expectativas a partir del cual se pue-
Del es1ablec1m1enro de una Comisión de la Verdad en Colombia los
desafíos para la justicia res1aurarfoa, Bogotá, Universidad ExterJado da innovar el futuro.
de Colombia, 2002. Ver también: John Crowley "Paciftcations Si aceptamos, con Lewis Coser", que hay que dife-
Reconciliations (I)", en: Cultures et Conflits N2
p. 11.
40
' Otoño 1999 1 '
renciar los conflictos que terminan, de los conflictos
. 44. Henry Sidgwick, citado en: Michael Walzer, Jusi and
Uniust Wars, Basic Books, third edinon, p. 56. 45. Lewis Coser. The Functioru of Social Conflict, New York,
The Free Press, 1956.
54
C U Carreta Editores. Prohibida su reproducción total O parcial
e La Carreta Editores. Prohibida su reproducción rorel o parcial 55
G.JERRA.s, MEMORIA E HlSTORIA

que se resuelven, deberíamos concluir que no hay


en nuestro turbulento pasado guerras resolutivas. la desmovilización de los actores armados, pero, por
Más aún, en las grandes versiones literarias, trátese el otro, deja pendiente algo demasiado im_porca_nt�:
de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, o de la dimensión moral y el sentido de reparación hist?-
Cien años de soledad, de García Márquez, las guerras rica a los damnificados, dejando viva La memona
civiles del siglo XIX aparecen como la expresión de del "civil-víctima"47• lQué hacer con ese pasad_o, sal-
toda una tragedia conrínenral". Ya entrando el siglo dado ya con un pacto político que restableció for-
XX, para evocar otros de los momentos más impor-
malmente la unidad nacional, y cuando nos
tantes, habría que precisar que la Guerra de los Mil encontramos, de nuevo, en otra guerra sin resolver?
Días, primero, termina catastróficamente con la usur- Lo cierto es que, casi de manera ofensiva, entre
pación de Panamá, y la Violencia de los 50 termina- quienes van a ser ungidos como h_éroes �e L� reco�-
ría luego con un Frente Nacional percibido como ciliación y la terminación de la Violencia, figuraran
pacto de elites, en tanto dejó por fuera a quienes prominentemente Los respon�ables de l� catástrofe
pagaron los costos de la guerra: los campesinos. De (los líderes bipartidistas, incluido el propio Laur�ano
la lucha a muerte por la diferencia partidista se pasa Gómez). En el marco del unanimismo �e( ,nacie�t_e
al reconocimiento de la identidad social de las elites. Frente Nacional no hubo fuerza de oposición poh�-
No hay reconciliación con ese pasado. Es un pa- ca capaz de profundizar el contenido de la ammst'.a
O de ejercer la presión necesaria para
sado suprimido, a menudo literalmente, con el in- q�e. Colombia
cendio y destrucción de archivos, como lo constatan hubiera asumido, en esa oportunidad uruca, su pa-
a diario los estudiosos del período. Se diría que, en sado y su historia. Se prefirió, como en tantas otras
la Colombia de la Violencia, la relación entre me-
moria y perdón fue resuelta, en cierta manera, por el 47. He estudiado el tema en: "Raíces �istóricas de la am-
nistía O las etapas de la guerca en Colombia , publicado por P''.'
Frente Nacional, concebido precisamente como un mera vez en: Revisw de Extensión Cultural, Nº 15, MedeHín, Uni-
pacto de perdón y olvido en el cual cada formación versidad Nacional de Colombia, 1983. Incluido posteriormente
partidista renunciaba a ser víctima principal. Pero, en el libro: Ensayos de historia social J poUtica del siglo X;• Bogotá,
como se sabe, la amnistía es, por un lado, recurso Áncora Editores, 1985. Ver también: Joseph Bahout, . Du pacte
de 1943 a l'Accord de Taef La Réconciliation nanonal_e_ en
indispensable para superar el conflicto, para resolver question au Liban", en: Jean Hannoyer (coord:).' Guerres Civiles:
Economies de la violence, dimensions de la cwtltté, Pans:Be,rut.
46. Rebecca Earle (Ed.), Rumcrs of Wars: Civil Conjlict in Éditions Kanhala-Csaaoc. 1999, p. 312. Se cita alh a Ralf
Nineteenth­Century latin America, London, Institute of Latín Dahrendorf afirmando que coma seis meses hacer una ':forma
American Studies, 2000, p. 2. política, seis años hacer viable una economía y sesenta anos re-
construir la "sociedad civil".
56
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial
e La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parc.ial 57
ÜJERRAS, MEMORIA E H1STORlA

ocasiones, el olvido a la confrontación de las causas · ·, la conci-


ta diferencia, la superación d e 1 a división,
sociales del conflicto y las razones de su memoria liación del pasado y el presente y la reuruificaci'6 n
perturbada. La amnistía era aquí, más un instru- del cuerpo social de la nación, e�altanf o lf asf;ªd
mento de legitimación de las elites que de satisfac- ción a una historia común a partir de ,ª. p ura i a
ción a las víctimas. Las urgencias del presente pesaban de memorias conflictivas. Es este el espmtu tasm;-
más que las necesidades del pasado. No es de extra- do en la Constitución de 1991, pero sobre la ¡se e
fiar que en el rechazo de las guerrillas de hoy a una la conservación del orden social, cuya trans orma-
fórmula de amnistía que se traduzca sólo en entrega ción pasa a ser la bandera central de los grupos in-
de armas pese mucho este pasado frustrante. Como surgentes que siguen en armas.
lo señaló vigorosamente Immanuel Kant, la simple
omisión de hostilidades no es garantía de paz: la paz
debe ser instauraáa48, e instaurar la paz es resolver
las causas que dieron origen a la guerra y a las que
surgieron en el curso de la confrontación. O, para
retomar al mismo Kant, "un tratado de paz puede
poner término a una determinada guerra pero no a
la situación de guerra't".
La amnistía a los grupos insurgentes de los afios
noventa (M-19, Quintín Lame y EPL) se construye
sobre parámetros muy diferentes a las anteriores, y
en especial a las de la Violencia. La amnistía se
ritualiza, convirtiéndose en un "elemento de regula-
ción democrática" de la crisis política'". Tiene como
referente la democratización y pluralización del régimen
político, y en últimas, la consagración del derecho a

48. Immanuel Kant, La paz perpetua, Madrid, Tecnos, 1989,


p. 14.
49. lbíd., p. 23.
50. Stéphane Gacon, r.Amnistie. De la Commune a la guerre
d'Algerie, Paris, Editions du Seuil, 2002, p. 99.

58 e La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial e • 1


La Carreta Editores. Prohibida su reproducción coca 1 o parcia 5
:CV. Guerras civiles, memorias residuales

Avanzando en este mismo sentido, existe la ten-


tación de decir que las guerras civiles no son resolu-
tivas, en tanto no advertimos en ellas contenidos
determinantes. No serían, desde esta perspectiva,
guerras sustanciales, sino residuales (electorales).
De hecho, las guerras civiles tienden a ser consi-
deradas por muchos, como una manifestación ex-
trema de las rivalidades partidistas y electorales,
desposeídas de contenido social. Quizás por ello al-
guien las ha llamado "guerras civiles electorales"51•
La guerra no era un recurso excepcional ante la au-
sencia de mecanismos democráticos de tramitación
de los conflictos, como se dice ahora, sino, por el
contrario, una parte del conjunto de dispositivos de
la competencia burocrática, de la construcción, con
un alto nivel de legitimidad, de la alteridad política.
La guerra era uno de los lugares del poder, al lado de
otros como el parlamento, los partidos y las asocia-
ciones. Que el conflicto se volviera guerra era casi
natural.
El énfasis en la dimensión electoral de las gue-
rras civiles constituye el tono dominante de los en-
sayos de un libro reciente sobre el tema en América

51. Rodríguez Villa. "El Teniente General D. Pablo Morillo",


Madrid, 1910, p. 111. Citado en: Roberto Dornénech, Las guerras
civiles americanas ame el Derecho Internacional, Buenos Aires, La
Semana, 1915, p. XLX.
60
C La Caneca Editoces. Prohibida su reproducción total o parciaJ
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 61
ÜJERRAS, Mf.MORIA E HISTORIA

t;tina, Rumours o[Wars, editado


por Rebecca Earle" actores en bandos permanentes: como lo ha argu-
reproducción de las guerras, con excepciones no- mentado, no sin fundamento, Frank Safford para el
ta�les, como la de los Mil Días, era inducida por los
siglo XIX, los mismos actores aparecen en bandos
bajos costo� que implicaba para los rebeldes en tér- contrarios en distintos momentos, y peleando por
minos de vidas, de recursos financieros (a menudo distintos argumentos. Es una visión que todavía tie-
compensado� por los gobernantes), de efectos
jurídi- ne muchos puntos de apoyo, sobretodo si se privile-
cos (sentencias condenatorias, aplicación de la pena

:1
gian como criterios de demarcación los "intereses"
de muerte o �el destierro a los jefes) Y de confianza económicos; pero la investigación contemporánea,
que el horizonte previsible de toda confrontación incluida la del propio Safford, ha comenzado a reac-
. rea era el de .una amnistía amplia y generosa al cionar también contra la minimización de las di-
final. La memona colectiva así construida parecía ferencias entre los adversarios en otros planos: las
convertirse en normativa, es decir, en criterio y modelo relaciones entre Iglesia, religión y política (subordi-
de acción frente.ª las presentes y futuras guerras", nación de la última a las primeras en el conserva-
. Pero las amnistías tenían su propio veneno inte- tismo; autonomía en el liberalismo); las formas de
nor. otorgarlas a cambio de la simple rendición concebir la contradicción, la competencia y las disi-
y
entrega de las armas por parte de los rebeld dencias (supresión y anatematización del Otro en el
h bí es, que
a ian creríd o ¡ uchar por una causa legítima , símnm-. conservatismo, discurso de la tolerancia en el libe-
gu�a otra contraprestación sustancial, equivalía a ralismo); las formas de concebir la relación educa-
vaciar las guerras de su contenido social, político o ción-cultura y el Estado (control de la vida privada
c�ltural, lo que explica el despecho del personaje de y sus prolongaciones en la esfera pública, por parte
Cien ��s de soledad que confiesa, en medio de sus de los conservadores; separación de esferas en el libe-
pade�umentos, no saber aún el ralismo). Son campos reales de confrontación cuya
origen de su tragedia.
C1ertame�te en Colombia hay una relevancia para el análisis de las identidades partidis-
enorme difi-
cultad de articular lo social y lo político, de ubicar tas han vuelto a subrayar los estudios recientes de la
cultura política". Pero la versión dominante todavía
lutio�2inVNé�se es la de multiplicidad de guerras sin contenido.
en eshpecial: Carlos Malamud, "Origins o( Revo-
meteent -Century Ar · "
· 53
(Ed ) R umors o,r wzwars, pp ..29-48.
gentma • en: Rebecca Earle
54. Frank Safford, "Reflections on che Interna! Wars in
tbl�e
Knapp .•• es.tos mMecan1smos de transformación véase: Steven Nineteenth-Centurv Latín America", en: Rebecca Earle (Ed.)
. ' o ectrve emory and che Actual Pasr" en· R
sentaetons 26, primavera de 1989, p. 123. ' . epre­ Rumors of Wars: Civil Conflict in Nineteenth­Century Latin America,
Institute of Latín American Studies, London, 2000, pp. 6-28.
62
e La Carreta Editores Prohihd 3
• su reproducción total o parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducc.ión total o parcial 63
El peso creciente de los componentes sociales fue
precisamente uno de los motivos que desalentó la V. lnsurgencias fragmentadas,
prolongación de la Violencia de los años cincuenta, memoria-mosaico
percibida originalmente como simple reyerta bipartí-
dista y transformada en abierto conflicto agrario en
algunas regiones.
Resulta inútil buscar un sentido de totalidad del
El saldo de las guerras civiles resultaba clara- conflicto, de globalidad de las soluciones. Si bien
mente negativo: las guerras revigorizaban los regiona- hay una dinámica global de la violencia, ella no ex-
lismos y las identificaciones partidistas a costa de la cluye la diversidad de experiencias de las víctimas o
unidad del Estado y de una simbólica nacional, muy de los actores. Cada uno dentro de la experiencia
al contrario del papel articulador del Estado moder-
común construye sus propias narraciones, recuerdos,
no que se supone tuvieron las guerras europeas. A la
silencios u olvidos, sus propios héroes y víctimas, Y
larga, como se ha señalado ya, las guerras abrían el
también sus propias expectativas.
agujero negro de los separatismos, cuyo ejemplo des-
La fragmentación no obedece sólo a las lógicas
dichado es Panamá55 al término de la Guerra de los
del poder. La fragmentación obedece también a las
Mil Días. Asimismo, los costos de la guerra ponían
dinámicas de la insurgencia. Diversidad de grupos,
recurrentemente en entredicho las estrategias de su-
pervivencia de Colombia como nación. de negociaciones, de expectativas, de temporalida-
des, de memorias.
La dificultad al enunciar lo que he llamado "con-
tenidos determinantes" se expresa contemporánea-
mente en la forma como diversas guerrillas, con una
presencia simultánea, negocian separadamente o se
declaran portavoces de distintos elementos e intere-
ses del orden social: el M-19 se apersona de la refor-
ma política¡ el Quintín Lame, movimiento armado
de inspiración indígena, se hace intérprete del plu-
ralismo cultural y la representación comunitaria; el
55. Ver: Jorge Orlando Melo, "Etnia, región y nación: el ELN construye un discurso nacionalista en torno a
fluctuante discurso de la identidad {notas para un debate)", en los recursos naturales; las FARc afirman su tradición
1/ Memorias del V Congreso Nacional de Antropología, pp. 34 y 39.
y vocación rural haciéndose voceras de diferentes
64 C La Carreta Editores. Prohibida su reproc.lucción toral o parcial
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 65
G.muw;, MEMORJA E HISTORIA

sect_ores campesinos Y, muy especialmente, de los


· intelectuales. Esto construye un escenario muy dis-
culavadores de coca y amapola, a partir de los cua-
tinto al de la guerra convencional57•
les �onstruyen una base social sólida y de paso, el
Es esto lo que ha conducido, a la postre, a una
sosten de una pujante economía de guerra. Tierra,
paralizante circularidad de las negociaciones duran-
recursos energ�ticos.' a_pertura democrática, conquis-
te los últimos 20 años. No hay memoria acumula-
t�s �omumt�nas: distintos intereses
d1st1�t�s lógicas negociadoras. No representados, da. Más grave aún, ahora no se trata de diversos
hay historia del elementos, sino además, de procesos diversos con
mo�inuento guerrillero como unidad jerárquica cen- diversos interlocutores. Tendríamos así, según ano-
tralizada. Hay historia y memoria de grupos guerrí-
llero_s. Memorias parciales tó un periodista en el año 2000 (Hernando Corral'"),
y estratificadas, cuya tres procesos de paz en curso: el del Gobierno con
totalidad perdida es difícilmente restaurable. El he- las FARC, el de la sociedad civil con el ELN y el de
cho bruto es el de su evidente desagregación, acen- Castaño (bajo la presión de parlamentarios secues-
tuada. aún más por la emergencia
de grupos trados) con el Congreso, y hoy, directamente con el
contrninsurgentes, las Autodefensas Unidas de Co-
Gobierno de Uribe. Todos a la espera de una victo-
lom�1a, también heterogéneas, constituidas como
répl1c� d: la prácticas guerrilleras, de sus formas
ria final, o al menos, a la expectativa lejana de un
reconocimiento por parte del Estado de posguerra.
�rgamzativas, de sus códigos, de sus sistemas puni- Pero todos los actores hacen su papel desde el lugar
tivos y de sus discursos, aunque no se pueda esta- equivocado: la guerrilla, y en especial el ELN, pre-
blecer una equivalencia moral entre las razones de tende negociar con la sociedad civil hostigándola;
los u�os y los otros. El movimiento de los los paramilitares, principales agentes de las viola-
param_il1tares se proyecta, según observación
de un ciones al derecho internacional humanitario, se le-
conocido periodista (D'Artagnan56), como abande- vantan ahora como voceros de la resistencia civil
:ado de la resistencia civil contra los desmanes de la contra el secuestro individual, masivo y regional (el
insurgencia, hipertrofiando a su turno, de manera Puturnavo, "Departamento rehén o secuestrado"), y
ostensible, la inclusión de sectores en los listados como fiscalizadores del "inmóvil" proceso de paz;
que se definen bajo el concepto "enemigo", extendí- las FARC, que hacen una ofensiva por su reconocimiento
d_o :n su concepción a los "guerrilleros de civil": ac-
t1v1stas de derechos humanos, sindicalistas e 57. Gonzalo Sánchez G. "Guerra prolongada, negociacio-
nes inciertas en Colombia", en: Bulletin lnstitut Fraru;ais d'Etudes
56. El Tiempo, noviembre 8 de 2000. Andines, 29 (3), 2000, pp. 269-305.
58. El Tiempo, noviembre 5 de 2000.
66
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción rotal o parciaJ
C La Carreta Editores. Prohibida su reproduccwSn coca) o parcial 67
como fuerza beligerante, autoanulan sus pretensio- de las variantes de la insurgencia y los tiempos del
nes con el asesinato de los indigenistas, el secuestro establecimiento60•
de ciudadanos extranjeros, el despiadado uso de ar- El principio de [omini según el cual "el arte de la
mas prohibidas contra poblaciones inermes, la ma- guerra consiste en llevar sus fuerzas hasta el punto
sacre de Bojayá59, las medidas extorsivas contra decisivo"61 para definir el momento de la negocia-
empresas internacionales y el terrorismo puro y sim- ción, y cuya validez puede ser demostrable para la
ple; el gobierno, que debería ser el agente del orden guerra de posiciones, resulta, si no impracticable,
nacional, corre el riesgo en este contexto, de conver- casi imposible de clarificar en la guerra irregular,
tirse en un simple agente negociador entre los acto- caracterizable precisamente por el descentramicnto
res armados, llevando y trayendo las razones de los del "punto decisivo".
unos y de los otros. La figura del desplazado parecería ser la que más
Por lo demás, hay un notable elitismo en los dramáticamente encarna nuestros desarraigos, nues-
procesos negociadores: la población está ausente tra imposibilidad de encontrar un punto fijo, un des-
o deliberadamente marginada del proceso, de los pegue cierto a un futuro determinable. El desplazado,
debates, de los acuerdos. Mayor capacidad de ma- con su memoria rota, es la evocación permanente
niobra para los interlocutores, pero menos solidez de nuestra propia inestabilidad. En ese sentido, en
en los resultados. la Colombia de hoy todos somos, de alguna mane-
Hay ingredientes que operan, según hemos vis- ra, desplazados. Hemos perdido los referentes y se-
to, permanente y sistemáticamente, en contravía guimos a la búsqueda de la unidad de una
de una negociación definitiva. Las negociaciones experiencia histórica que sólo nos aparece como dis-
parecerían estar condenadas a un recomienzo per- persa, hecha pedazos, y con un sentido de pérdida
petuo, en el cual, más que un proceso acumulativo, irrecuperable.
lo que se advierte son desfases entre los tiempos

59. En la masacre de Bojayá (Chocó), de la que fueron res-


ponsables las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Co-
lombia), pero también los paramilitares y el Estado -según la
ÜNU­ perdieron la vida 120 personas, el 2 de mayo de 2002, por 60. Alfredo Rangel Suárez, Colombia: guerra en el fin de si·
efecto de una pipeta de gas lazada por las FARC a la iglesia de la glo, Bogotá, Tercer Mundo Editores/ Universidad de los Andes,
localidad, atestada de habitantes que buscaban refugio de los 1998, p. 8. .
enfrentamientos. Es la masacre más grande en la historia del 61. Antoine-Henri Jomini, Précis de l'an de la guerre, París,
conflicto armado en Colombia. Perrin, 2001, p. 130.

68 C La Carreta Ednorcs. Prohtbtda su rcproducclOO t0tal O parcial C la Carreta Eduoees. Proh1bi.da 5U reproduc.c.00 total O parcial 69
VI. Cronicidad y circularidad

El tiempo en la guerra puede ser un recurso


útil, con efectos expansivos: para prepararse, para
acumular, para avanzar. "El tiempo está con no-
sotros", se dice, aludiendo a una continuidad in-
definida. Pero el tiempo también puede convertirse
en un bien perecedero, que se desgasta, que
inmoviliza. A esta cronicidad que le va quitando
sentido a la acción colectiva, la llamo aquí,
"Rutinización de la guerra".
En efecto, la crisis de los paradigmas socialistas
que ponían la revolución como horizonte de la ac-
ción política; la indiferenciación de fronteras entre
la rebeldía política y la delincuencia común, por el
uso desmedido de prácticas como el secuestro y la
depredación de pueblos y comunidades campesinas,
o los nexos funcionales con el negocio de las drogas,
bases de la economía paralela de la guerra; el desva-
necimiento de las lealtades, motivadas cada vez más
por la paga, que trivializa los objetivos de la guerra y
mercenariza los compromisos (incremento de los
tránsfugas, hoy guerrilleros, mañana paras o solda-
1 dos, la venta de armas o de información, por parte
de sectores del ejército regular o de la policía, a los
rebeldes), son todos elementos que obstaculizan la
construcción de la diferencia, y en últimas, las iden-
tidades de los actores, factor indispensable para en-
tablar la negociación. Más que de cualificación, la
70
C U Carrera Editores. Ptoh.Jb&da su reproducción total o rarc1al
C La treta EJitorts. Prohibida su reproducción toca! o parcial 71
()JEAAAs, MEMORIA E HIST()RIA

dinámica general de todos estos actores es de involu- reconocimientos especiales no sólo bajo el zarismo,62•sino
ción-degradación, lo que hace cada vez más so- aún en los albores de la Primera Guerra Mundial
cialmente controvertible su condición de actores Dos problemas cruciales surgen en el caso co-
políticos, llevándolos a ejercer presiones contrapro- lombiano con respecto a las relaciones recíprocas de
rebeldes y contrainsurgentes: por un lado, la involu-
ducentes para obtener tal reconocimiento. La cruel-
ción guerrillera le quita legitimidad a su aspiración
dad que se denuncia como insoportable en los
de beneficiaria exclusiva del reconocimiento como
adversarios, tiende a legitimarse y racionalizarse den-
"comunidad beligerante", para retomar la expresión
tro de las propias filas. Todos reclaman, sin embar- de don Andrés Bello; y por otro lado, la expansión de
go, el reconocimiento político (las guerrillas desde la contrainsurgencia ha convertido a ésta en rival
luego, pero antes lo hicieron también los narcos, y
potencial para compartir esa misma condición de
hoy lo hacen con éxito los paras), a menudo recu- "comunidad beligerante", la cual en principio se ad-
rriendo a casi idénticas razones: la guerrilla que se quiere simplemente "cuando una fracción o parcia-
justifica invocando la incapacidad del Estado para lidad domina un territorio algo extenso, dicta leyes,
reformar la sociedad; los paras, que se justifican ar- establece en él un gobierno, administra justicia y, en
.
una palabra, ejerce actos de sobe rama , segun sen-
'"63 '
gumentando la incapacidad del Estado para cubrir
el territorio nacional y para ejercer sus funciones tenció en sus Principios del Derecho de Gentes, An-
esenciales de garante del orden, la vida, la libertad y drés Bello, en 1833. lPodrían ambas fuerzas,
la propiedad. El monopolio de la fuerza, tan caro a insurgencia y contrainsurgencia, mostrando que cum-
Max Weber, y tan característico de la formación del plen estos requisitos (poseer un ejército, un gobierno
Estado en Occidente, vuelve a aparecer aquí a lo de hecho, un territorio, un fin político) ser acreedo-
sumo como un ideal normativo del Estado moder- res de la beligerancia? Y dada la compleja situación
no, constantemente puesto en entredicho por la colombiana, interna y de fronteras, lcabría suponer
privatización de la coacción física en la lucha que un Estado limítrofe reconozca a la guerrilla 0,/e-
contrainsurgente. Pero no tenemos en esto exclusi- nezuela) y que otro (Panamá), por presiones insupe-
vidad. Los historiadores de la guerra nos recuerdan rables, tuviera que reconocer la beligerancia a los
cómo la propia Revolución Francesa se sirvió, para paramilitares? lQué sería de Colombia entonces?
consolidarse, de la acción de grupos irregulares;
62. John Keegan, La Guerre dans l'Hiswire, Paris: I'Espi;
para no hablar de los más reconocidos agentes del
Frappeur, 2000, pp. 21-27.
pillaje y el mercenarismo: los cosacos rusos • 63. Roberto Doménech, Las guerras civiles americanas ante el
cuasibandidos que se beneficiaron de prebendas y Derecho lntemadonal, Buenos Aires, La Semana, 1915, p. 80.
73
72 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial
e La Carreta Edhoees- Prohibida su reproducción toral o parcial
Hay quienes, corno el expresidente Alfonso Ló­ hayan sido sus opiniones", los habitantes de los pu�-
pez, pien an que, dado que en la tradición jurídica blos ocupados alternativamente por las partes beli-
internacional el reconocimiento a los insurrectos gerantes65. Son antecedentes, al lado de �uchos
corno fuerza beligerante no es más que la aceptación otros, corno el de la incorporación a la legislación
de una situación de guerra que nada dice sobre la interna del Derecho de gentes y el código de Lieber
legitimidad de la rebelión, tal reconocimiento, como (que había aplicado Lincoln en la guerra de Sece-
hecho político y diplomático, podría constituirse en sión de Estados de la Unión) a partir de la conven-
freno al envilecimiento y degradación de la guerra. ción de Rionegro de 1863, a petición del General
Con un enfoque alternativo podría argumentarse Mosquera y Salvador Carnacho Roldán.
asimismo, que la única salida a perspectivas can Es, desde luego, una discusión abierta: recono-
desgarradoras e indeseables para Colombia es que cer para frenar la barbarie, o exigir que se frene la
la insurgencia reconozca que a veces sí hay leccio- barbarie para luego reconocer. Es el dilema que tar-
nes que aprender de la historia. Que en la puja per- de O temprano -y el tiempo aquí entra a ser factor
manente entre la cotidianidad de expresiones esencial- tienen que asumir las fuerzas en contien-
bárbaras de la guerra y los esfuerzos permanentes de da que, corno en el caso colombiano, se encuentran
regularización, se decida por lo que desde los tiem- en una situación de imposibilidad de victoria de-
pos de la Independencia el Libertador Simón Bolí- cisiva, porque, corno ha señalado Jean-Michel
var propuso en 1820 al Pacificador Pablo Morillo: la Blanquer, lo que caracteriza el momento actual de
firma de un tratado mediante el cual, en adelante, la guerra en Colombia no es el equilibrio de las fuer-
la guerra se hiciera "como la hacen los pueblos civi- zas sino la indefinición.
lizados": estableciendo normas específicas sobre tra-
to y canje de prisioneros de guerra, sobre prohibición
de pena capital a desertores, sobre protección a en-
fermos y heridos, sobre garantías para los emisarios
entre los ejércitos, sobre respeto a los cadáveres de
los caídos en batallas', y una muy importante hoy, el
compromiso de que fueran "altamente respetados",
en su libertad y seguridad "cualesquiera fueren o

64. Alejandro Valencia Villa, l.a humankación de la guerra,


Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1991, pp. 27-29. 65. lbíd.

C La Carr na Editores. Prohibida su reproducción t0(3.l o parcial


75
74 C La Caneta Editores. Prohlbída su reproduccjén total o parcial
VII. El desencuentro de la violencia
y la rebelión

No sólo hay fijación o exclusión de memorias.


También hay circulación e interferencia de memo-
rias, es decir, interrelaciones y acciones recíprocas
entre ellas. El imaginario de la resistencia actual,
cuyas raíces objetivas o idealizadas se hacen llegar a
menudo hasta las guerrillas de los años 50, no tiene
un sentido unívoco. A medida que crece hoy su po-
tencial amenazante o destructivo contra la pobla-
ción civil, inversamente proporcional a su
representanvídad=, la guerrilla va dejando de ser
percibida como promesa de un nuevo orden, y tien-
de a ser contrarrestada por el rechazo colectivo que
se activa con la memoria de la Violencia de los años
de posguerra. Las masacres contra poblaciones iner-
mes son el punto de inflexión, pero también cuen-
tan otras prácticas irritantes como el secuestro, los
cilindros de gas y las "pescas milagrosas", eufemis-
mo para los secuestros masivos e indiscriminados.
Es lo que en otro lugar he llamado la "herencia ne-
gativa de la Violencia", o lo que en otros términos
podríamos definir como "miedo colectivo al pasa-
do", a que la memoria no apacigüe sino active la
pulsión de venganzas no consumadas.

66. jean-Míchel Blanquer, "Colombie: Quelles stratégies


pour la paix!", en: Amérique Letme, Institut des Hautes Érudes
de l'Améríque Latine, 2002, pp. 85-104.
76 C la Carreta Editores. Prohibida su reproducclOO total o parcial
C La Car eta Editores. ProhibtJa su reproducción total o paroal 77
Qmuv.s, MEMORIA E HISTORlA

La memoria de la Violencia actúa no sólo como para obtener una paga. No hay adhesiones a la gue-
un referente casi ineludible de tales prácticas insur- rrilla sino, como en el ciclo productivo de las viejas
gentes y contrainsurgentes, sino como una barrera a haciendas cafeteras, "enganches" de personal.
la convergencia duradera de la lucha armada con la En este contexto, los esfuerzos de autonomía de
movilización social y política en torno a la promesa la sociedad civil, población civil, para ponerlo en
de un orden alternativo. Cuando tal convergencia términos no discutibles, son catalogados como vir-
logra producirse, transitoriamente, se disuelve con tuales formas de traición, y por lo tanto se la declara
igual facilidad bajo el impacto del terror programa- "objetivo militar". ("La sociedad civil somos noso-
do que, como en los años 50, se hace patente con la tros", dijo el vocero de las FARC en París, hace poco
divulgación de las listas de las próximas víctimas, o más de dos años). Más recientemente aún, desde
se recompone, otra vez transitoriamente, pero en tor- las columnas del servicio informativo Red Resisten-
no a las fuerzas opuestas, como ocurre hoy día con cia, de esta misma guerrilla, se ha catalogado la as-
los paramilitares. Es esto lo que viene aconteciendo piración de neutralidad universitaria como una forma
repetidamente en Urabá, y está en vías de replicarse de complicidad con la violencia estatal.
en el Putumayo y Arauca. A la larga, a una guerrilla que ha optado por el
El juego de relaciones entre procesos de legiti- terror como recurso de expansión, a expensas de los
mación y procesos de coacción, entre adhesión y te- apoyos locales y regionales de la población, y al se-
rror, los mismos que se demostraron determinantes cuestro como forma de financiación, le es casi im­
en el apogeo y colapso del bandolerismo en los años posible "humanizarse", renunciar a estos dos
60, se ha ido resolviendo también, como en aquel procedimientos distintivos, pues ello equivaldría a
entonces, a favor del terror organizado como único autodestruirse (en tanto la estructura identificatoria
medio de consolidar dominios territoriales, en una que confunde violencia política, violencia social y
dinámica que podríamos llamar de tribalización de delincuencia común, terminaría por colapsar). A no
la violencia. Los territorios ya no son definidos por ser que se le dé algún sentido a la propuesta del
entornos espaciales o simbólicos, sino por los trazos máximo dirigente del ELN, Gabino: que el Gobierno
brutales de la fuerza, que suprimen tanto las diver- financie a la guerrilla para que esta deje de secues-
sas expresiones de la política y los lazos culturales trar, o dicho de otra manera, que la sociedad asuma
como, a la larga, la vida misma; la noción de ene- el costo del secuestro. En todo caso, las condiciones
migo se va volviendo cuasi-ilimitada; las militancias de reproducción de la guerrilla van en contravía de
se vuelven forzosas, o simplemente instrumentales su politización.

78 C La Carreta Editores. Prohibida su rcproducc.ión tocal o parcial e La Carteta Editores. Proluhi.da su reproducción roca1 o parcial 79
La �iolencia se va cerrando sobre sí misma, se VIII. Guerra y memoria
va. volviendo tributaria de sí, a tal punto que al-
guien ha planteado, tal vez con desmesurada
ex��apolación, que estamos en un sistema de gue-
lQué hacer con el pasado, no como reconstruc-
rra en el cual los actores armados (incluido el Es- ción histórica de algo ya consumado, pues en este
tado), más allá de sus obvias diferencias, se refuerzan sentido no hay posibilidad alguna de intervención,
unos a otros en una dinámica que les permite obte- sino con sus huellas, con sus efectos sobre el presen-
ner, a todos por igual, ventajas de diverso orden con te? lEs la memoria, en tanto "presente del pasado",
la prolongación de la guerra. Es un argumento ten- susceptible de modificaciones, de políticas de me-
tad?r Y sugestivo pero simplificador, ya que la cate- moria? Es sobre la convicción de una respuesta afir-
gona o noción de sistema sugiere una racionalidad mativa que actúan las víctimas de experiencias
controlada o controlable del conjunto, y lo que se traumáticas, reclamando nuevos sentidos al pasado
observa en Colombia es, más bien, una irracionali- a partir del presente, mediante la puesta en marcha
dad sistemática _que se alimenta de lo que en regí- de mecanismos y estrategias de resistencia a la ocul-
::ienes_ autontanos ha sido caracterizado como una tación deliberada o inconsciente, con dispositivos
mercia del miedo"68 que perpetúa las condiciones diversos, incluidos los jurídico-políticos. Vista así,
de su propagación. El desplazamiento forzoso es desde la memoria constituye un territorio esencialmente
luego uno de los efectos sociales más importantes político. Y no sólo por su relación con los usos del
de_ esta _dinámica, que hace de los civiles su víctima poder, "la memoria nacional", sino por su relación
pnv1leg1ada. Por lo demás, las justificaciones de la con grupos sociales, la "memoria colectiva".
guerra se recomponen Y desestructuran permanen- Al abordar este aspecto en Colombia hay que
ten:iente: ayer fue la tierra, luego vino el poder terri- tener en cuenta, ante todo, que no se trata de un
tonal, hoy es el cultivo cocalero. régimen pretoriano, lo que no es un asunto pura-
mente retórico (hay un gobierno popularmente ele-
�7. Nazih Richani, "The Political Economy o(Violence· The gido), pese a la utilización de prácticas de violencia
\lv:
­ yste� in Colombia," en: [oumal of Intemmerican Studie� and política organizada. El problema se plantea de ma-
W.arld
or Affairs, 39:2, summer 1997, pp. 37-81. nera muy diferente a como se ha abordado en el
68. Juan E. Corradi, "Toward Socíeríes wirhour Fear", en: caso de las dictaduras, en tanto dispositivos de reac-
J(�n )E.F.Corrad,, Patricia Weiss Fagen y Manuel Amonio
Garretón
_s. • _ear at the Edge. Suue Terror and Resisrance in Latin America ciones sistémicas a la movilización popular o al de-
Umvers1ty of California Press, 1992, p. 281. ' safío insurgente: para decirlo en una sola frase, en
80 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toca! C La Carrc,:a Educres. Prohibida su rcproducci6n total o parcial 81
0 parcial
Ü\JEAAAS, MEMOfUA E HISTOIUA

Colombia se ha planteado como necesidad de! olvi- experiencias postdictatoriales el tema es la recupe-
do recurrente para las memorias subordinadas, para ración de la palabra de los vencidos, o de las m��res
las acciones de los rebeldes derrotados militar y po- e hijos de las víctimas, respaldada por la moviliza-
líticamente, en contraposición a los países de expe- ción social, cultural y política; en Colomb1� es el
riencias dictatoriales y terrorismo de Estado, en donde pacto de silencio de los rebeldes, y de las vicumas
se ha planteado la reactualización, o si se quiere, la con los verdugos, con un costo político inmenso ��ra
imposibilidad de olvido e impunidad para las atro- los rebeldes, pue la renuncia a la violencia poltt'.c.a
cidades del poder, pese a los intentos del relato oficial por parte de éstos conlleva la aceptación de la legiti-
de igualación de éstas con las de sus contestatarios midad del régimen7º.
(anticipación de la teoría argentina de los "dos de- En nuestro caso, la amnistía no es un pacto_ de
monios"), o de disolución de los actos de unos y iguales. De hecho establece una clara re:ac1ón
otros en una indiferenciada culpa colectiva. El mo- de subordinación. En consecuencia, los duenos �el
tor de la amnistía en estos casos, en los cuales los nuevo orden del Frente Nacional, con su pretension
militares seguían teniendo posiciones prominentes refundacional de la política, se reservan el control
en el poder político es la "reconciliación", el miedo de la verdad sobre ese pasado, respecto del _c_ua� el
al retorno de la dictadura, la necesidad del "punto arrepentimiento no tiene cabida. La reconc�ha_c1ón
final", así sea al alto precio de la impunidad de los de las elites, su autoamnistía, deja a las v1�ttmas
torturadores, el desencanto e indignación de las víc- con la única certeza de una lucha fratricida sm sen�
timas. En Argentina, precisamente, fue sólo a fines tido una vergüenza colectiva de la cual mejor ru
de los noventa, cuando el gobierno demolió un anti- hablar, Sobre los intereses de unos y la vergüenza de
guo edificio militar y construyó un monumento a la los otros se sella el pacto del olvido más que del
reconciliación. Mientras tanto, desde otros polos po-
perdón, como lo practicaron los griegos ?ara su��rar
líticos se iniciaban diversas expresiones de prota- las rivalidades entre las ciudades. Memoria prohibida,
gonismo de las víctimas, la resistencia a los intentos
de los militares de autoamnistiarse (matizada en . . n, a ño 11 , Nº 2/3 , Buenos Aires, noviembre de 1998,
t.1esugac16
1995 con el reconocimiento oficial del jefe del ejérci-
pp. 37-53. 6 J
to de los males hechos a la nación), y la demanda 70. Este fue también el dilema que se 1 e P J ante a . as
por la abolición de la ley de punto final69• En las Brigadas Rojas en la Italia de los años 70-8�. Ver: S�adnne
Lefranc y Daniel Mouchard, "Reconcílíer, repnmer: les ant�ées
de plomb' en Italie et les transitions democrauques dans le Cone
69. Judith File, "La memoria como espacio de conflicto po­ sud latinoaméricain", en: Cultures et Conjlus, N2 40, otoño, 1999,
lítico: los relatos del horror en Argentina", en: Apuntes de In­ p. 80.
82 C la Carreca Ednore,. Prohibida su reproducción toca! o parcial e, La Car eta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 83
ÜUEAAAS, MEMORIA E HJSTOIUA

nadie reclama un monumento a las víctimas, no hay rehumanizarlos. lA través de qué voces pueden vol-
héroes a los cuales erigirles una estatua. Puesto que ver a hablar? La respuesta hasta ahora es un sinto-
no se trata de una muerte voluntaria por una causa mático silencio, propio de una memoria perturbada,
encomiable, no hay cómo dotarla de sentido, ni para y a la vez perturbadora, de una nación que e pre-
los muertos ni para los sobrevivientes. Las dimen- tende democrática.
siones espaciales y de tiempo de la memoria son su- Tremendo reto, no sólo para los hi toriadores,
�rir�idas. Nadie puede con truir un discurso que la sino para la sociedad entera. La dificultad mayor
Justifique. e ha impuesto la visión de lo vencedo- reside en que incluso cuando se hace el esfuerzo de
res. La amn_istía coadyuva a su tarea: queda despe- desentrañar la dinámica de la "empresa de Violen-
jado el canuno para la represión. La amnistía opera cia" en los años 50, como lo intentamos a propósito
en este caso como política de olvido o forma de de los "pájaros" o asesinos a sueldo, develando su
contra-memoria 11. estructura organizativa (los que planifican, los que
La Violencia, pese a las propuestas en algunas ejecutan y los que pagan)72, las percepciones sobre
prácticas estéticas como la pintura, la obra literaria la responsabilidad varían sustancialmente según la
o el cine, es relegada al dominio de lo no-repre- posición concreta de los sujetos frente al teatro de
sentable, no-memorable, no-ubicable. Borradas de los acontecimientos: para quienes están fuera la res-
la memoria, las víctimas sólo existen como fría esta- ponsabilidad apunta casi naturalmente a los moto-
dística: "doscientos mil muertos" lResponsables? Los res políticos, en tanto que las víctimas o sus
q_ue so_brevivieron, sin que al menos en el campo descendientes apuntan a los directos ejecutores, a
sm�bóh�o se �stablezcan responsabilidades y jerar- los cuales identificaron con sus propios ojos.
quias diferenciadas de los ejecutores. El difuso nom- Adicionalmente, como se ha mostrado en los
bre de "Violencia" con el cual se la incorpora a la genocidios contemporáneos, las responsabilidades se
memoria nacional, cumple a cabalidad la imagen oscurecen, cuando el régimen político vigente logra
de �n relato sm actores, de víctimas y victimarios llevar la generalización de la violencia a un punto
diluidos en el anonimato. "Que los muertos en- tal que aparece como una confrontación de vecino a
tierren a sus muertos", es la voz que prevalece sobre vecino, vereda a vereda, ocultando los mecanismos
la posibilidad de enunciar la cuestión de cómo sociales y de poder subyacentes. Como en las gue-
rras comunitarias, la exclusión de ciertos espacios
7 l. Es la fórmula sugerida por Nacalie Zemon Da vis y
Randolph Starn, en la introducción al número monográfico de 72. Gonzalo Sánchez y Donny Meertens, Bandoleros, gamo­
Representations 26, primavera de 1989, p. l. nales y campesinos, Bogotá, el Áncora Editores, 1983, p. 160.
84 C La Carreta Editore . Prohibtda su reproduccl6n total o rarcial C LA Qur· f-' [;...lit," Prutubul.a u rtrroduc.c.00 roul o pare.tal 85
ÜUEARAS. MEMORIA E HISTORIA

locales o regionales, era seguida de la exclusión de personales que el terror y la guerra habían pulveriza-
la ciudadanía ("un millón de cédulas falsas") y fi- do. Pero ese instrumento de reconstrucción no se
nalmente, de la exclu ión pura y simple de lo huma- pone en marcha. Ni siquiera hay un esfuerzo de re-
no, que se hacía patente en las masacres", Lo que cuperación de memoria de las víctimas identifican-
contaba aquí no era si los campesinos estaban ar- do sus nombres, asignándoles un lugar para el duelo,
mados o no (si eran o no combatientes) sino sus un sitio para enterrarlas, un monumento para recor-
lealtades y filiacione partidistas, o sus meras sim- darlas. Todo parecería como si el único muerto re-
patías por uno de lo bandos. La hostilidad política conocible por su nombre fuera Gaitán, o como si
no se enmarcaba en las convenciones de la guerra y todos los demás, los 200.000, se diluyeran en él.
por lo tanto, los civiles quedaban excluidos de toda Gaitán, símbolo de la unidad del pueblo en la plaza,
invocación a la protección o regulación de aquélla. en la acción política, es también el símbolo de uni-
Las aldeas eran arrasadas indiscriminadamente por dad en la muerte. En cierto modo, la memoria de
el solo hecho de pertenecer a un determinado credo Gaitán personifica y al mismo tiempo anula la me-
político. moria de los demás.
En este contexto el tardío y gradual desmorona- Las múltiples formas de resistencia a las dicta-
miento de las identidades partidistas sea quizás un duras, en Chile y Argentina por ejemplo (marchas,
mecanismo alterno de invención social del olvido, organizaciones de apoyo a víctimas, prisioneros,
pero también de castigo a los responsables colecti- exiliados o desaparecidos, estrategias de visibilización
vos de la Violencia. de las víctimas, anuladas individual y colectivamen-
Frente a la destrucción física y el arrasamiento te) fueron por el contrario conformando una especie
de aldeas y pueblos, la profanación de templos y la de memoria subterránea. Esta se fue acumulando
violación de mujeres -depositarias de la vida del durante la era del terror y, llegado el momento de la
otro-, la memoria sería el instrumento de recons- nueva institucionalidad democrática, encontró arti-
t;�cción de la_ unidad social, de la organización po- culación y convergencia política en torno a la denun-
lítica, de los vínculos culturales y de las identidades cia, tanto en el plano nacional como internacional,
de las violaciones de los derechos humanos perpe-
73. Es la dinámica de guerras como la de Bosnia y Ruanda. tradas en nombre de la doctrina de la seguridad na-
Véase: �rent Gayer y Alexandre Jaunait, "Discours de guerre cional y del combate contra el enemigo que
centre dialogues de paix. Les cas de l'ex Yougoslavie et du
Rwanda", en: Cultures et Confliºts, N2 40 París Otoño 1999 p amenazaba la unidad interna. Pero lo hizo suprimien-
109. t 1 1 1 •
do el reconocimiento de la conflictividad inherente
86 C La Carreta Editores. Protubtda su rcproducctón coca] 0 parcia] C La Carr .ra Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 87
OJautA.s, MEMORIA E HISTORIA

a las propias prácticas democráticas, reproduciendo y están centrados a menudo en una sola dimensió�
por un lado los rasgos homogeneizadores del régi- de la tragedia colectiva, a saber, en los aspectos mi-
men militar que pretendía superar con sus litares, con su sabor más a memoria frustrante que
invocaciones a la unidad nacional, y dejando abier- heroica. Tales testimonios, o prácticas de memoria,
to el camino a crisis futuras, como la que se encuen- son particularmente abundantes durante los noven-
tra en curso. ta, sobre las últimas fases de la guerra, y lo que los
El punto culminante y de resolución simbólica hace más novedosos es que, a medida que el con-
de la demanda de justicia retributiva de las vícti- flicto se degrada, van adquiriendo el tono de enjui-
mas es el juicio al General Augusto Pinochet, juicio ciamientos severos a las idealizaciones de la guerra,
que invierte la relación procesal de acusados y y en evidencia descarnada de sus excesos, de sus
acusadores H. crímenes, de sus autoritarismos, de sus mutilaciones
En Colombia, por el contrario, las formas de ter- a aspectos esenciales de la vida cotidiana, del pa-
minación de las guerras han dejado sin resolución el triarcalismo reinante en las relaciones de género, de
contencioso de memoria. Puesto que el elemento las barreras, a menudo mortales, al debate interno.
dominante es aquí el olvido (dejando por fuera la Son representaciones fatalistas del pasado y el futu-
impunidad y la reparación), la construcción insti- ro de la nación colombiana que terminan invadien-
tucional no es percibida como transformación de un do todo el campo intelectual.
pasado conflictivo, sino al igual que la guerra, como lSe puede decir en el caso colombiano que una
repetición dentro de un horizonte previsible, supri- estrategia de olvido es siempre una política de ocul-
miendo las contingencias propias del presente y el tación? No lo creo. Es varias cosas a la vez. Cierta-
futuro. De ahí la importancia de los testimonios. mente, el olvido es una manifestación o reafirmación
Pero recordémoslo una vez más, los que abordan los del poder que lo decreta, sea en forma unilateral,
años cincuenta son esporádicos y fragmentados al como ocurrió en los años 50, sea en forma relativa-
igual que la experiencia de la cual eran su narrativa mente consensuada, como en los 90, pero siempre a
'
nombre de una legitimidad de la cual el poder se
. 1¿. El pa�el de la Iglesia en este proceso, a través de la
reclama depositario incontestado. Pero no se puede
Vicaría de Sol,dandad, fue crucial. Ver: Hugo Frhling. "Resis-
tance to Fear in Chile: The experience of che Vicaría de la Soli- ignorar tampoco que la amnistía es también una for-
daridad", en: Juan E. Corradí, Patricia Weiss Fagen y Manuel ma de reconocimiento tardío a los rebeldes, así sea
Antonio Garretón (Ed.). Fear a1 the Edge. S1a1e Terror and
Resisrance in Latin America, University of California Press 1992
a menudo simplemente bajo el referente clínico de
pp. 121-141. ' ' la "sanación de las heridas". El olvido y el perdón
88 C La Carreta E.ditorc:s. Prohibida su reproducción rocal 0 parcial e La Carreca Editores. Prohibtda su rcproducaón coal o paroal 89
GuEJUlAs, MEMORIA E HISTORIA

no son, pues, sobre el poder, sino sobre los rebeldes. La necesidad de memoria, allí donde la guerra
Lo que lo malogra es que ese olvido no tiene costo ha concluido mediante acuerdos, tiende a resolver-
p�ra el poder, pues queda exento de ese otro ejerci- se de manera distinta a como se ha planteado en el
cio de memoria que es el reconocimiento, entendido caso de las dictaduras, relevadas por su propio des-
como aceptación del sentido de sus demandas, así gaste o por la victoria de sus adversarios, donde el
sean controvertibles, o no realizables con los proce- mecanismo de memoria es fruto de una decisión
dimientos invocados. Se confunde la amnistía con la gubernamental. En estos últimos eventos es casi ine-
paz, cuando no es más que una figura mediadora para vitable el sentimiento de compensación y de selecti-
co�enzar a hacerla. En efecto, dada desde luego la vidad de los hechos abordados, con la lógica
desigual correlación de fuerzas, el olvido a los actos minimalista de "los más graves" o ejemplares, en
de los rebeldes exonera de responsabilidades y de cul- tanto que, en los primeros, el sentimiento de recon-
pas a los detentadores del poder que imponen como ciliación y "concordia nacional" tiende a abarcar el
memoria social su memoria particular, reproducida conjunto de los hechos de violencia, siempre en el
en los textos, en la escuela y en todos los medios de supuesto de que, conocida la verdad, se está mejor
comunicación, a la espera de una historia crítica que preparado para tolerar y perdonar. Con todo, no hay
remueva sus certezas. No es una tarea imposible, pero fórmulas universales. Cada país, de acuerdo con su
e� sólo con el relevo de los antiguos verdugos, las experiencia histórica, con la naturaleza de la guerra,
dictaduras, por ejemplo, como puede abrirse camino la forma de la victoria o la derrota, y el carácter de
el resarcimiento, comenzando por la restauración del los acuerdos de paz, elabora mecanismos y funcio-
status de los ofendidos, que les permita pasar de cri- nes diferenciadas para el necesario ejercicio de me-
minales a víctimas, arrebatándoles su verdad a los moria y de consolidación democrática. La Comisión
torturadores75• En todos los casos se trata de una com- para el Esclarecimiento Histórico de Guatemala, por
pleja relación de fuerza, de equilibrio y de cálculo en- ejemplo, creada en 1994 para "preservar la memoria
tre casti�o y reconciliación, perdón y justicia, venganza de las víctimas", se daba como función el simple
Y catarsis, pues de poco vale denunciar las atrocida- "esclarecimiento" de las violaciones de derechos
des de la contraparte para silenciar las propias". humanos y hechos de "violencia política" durante el
conflicto armado, sin individualizar responsabilidades
75. Judith File, op. cü., p. 4 l.
76. Juan E. Corradi, "Toward Socieries withour Fear" en: (Ed.), Fear ai che Edge. Suue Terror and Resi.uance in Latín America,
Juan E. Corradi, Patricia Weiss Fagen y Manuel Antonio Garr�tón University of California Press, 1992, p. 287.

90 C la Carreta EditOttS. Prohibida su reproduccíén total O parcial C La Carreta Editores. Protubida su reproduccl6n cocal o parcaal 91
ÜUERRAS, MEMORIA E HlSTORIA

(con-�ª �posición de muchas ÜNG y


organizaciones distinto es el caso de la Truth and Reconciliation
ecles1ast1cas), y sin propósitos o efectos judiciales Commission de Sudáfrica (1995), que se nutrió de
-derecho a la verdad- cuya función complementaria las previas experiencias latinoamericanas, y que
d� lucha co�tra la impunidad -derecho a la justí- integra las funciones de memoria, de justicia y de
cia- se le deja a los organismos judiciales compe- restauración, haciendo no sólo públicas e individua-
tentes, limitados a menudo por amnistías previas, lizadas las acusaciones por los crímenes perpetrados
pero reforzados también por leyes restrictivas O de durante la guerra que llevó al colapso del régimen
exclusión de la amnistía a los delitos fuera de com- de "apartheid", sino condicionando la opción políti-
bat_e o ?e lesa humanidad, consagrados en la legis- ca de la amnistía a la comparición de los implicados
lación mternacional77. En El Salvador la tarea es ante la Comisión dentro de un plazo determinado,
entr�gada en 1991 a un organismo
internacional, las transformando la culpa moral en responsabilidad
Nac10nes Unidas, mediante acuerdo del gobierno y jurídico-política, lo que les garantiza también a los
el Frente Farabundo Martí para la Liberación Na- victimarios el derecho a ser oídos antes de ser incri-
c1on�I, �on �apacidad de nombrar a las víctimas a
y minados, en un intercambio de verdad por perdón.
los v1ct1manos (a menudo la misma persona tiene Las Comisiones de Verdad, veintiuna, desde 1974,
la doble condición), lo que algunos consideran una pueden, en ciertos casos, facilitar con mayor o me-
violación al debido proceso, atenuada luego con nor éxito la posterior persecución judicial, suminis-
una amnistía del Presidente Alfredo Cristiani7ª. Muy trando la información de base procesal y resolviendo
la real o potencial contradicción entre el deber de
.. 77. Marta Altolaguirre. "Alcances y limitaciones de la Co- justicia y la necesidad de memoria, cuando existe
misión para el Esclarecimiento Histórico de las Violaciones a los
Der�chos Humanos y los Hechos de Violencia que han Causado un sistema judicial confiable y efectivo, con los re-
Sufnm,ento a la Población Guatemalteca", en: Rache! Sieder cursos necesarios para cumplir su misión. Hay pues
(ed.)._ Guatemala afee, che Peace Accords, Institute of Latín una enorme gama de variantes en las complejas re-
A�encan Studíes, University of London, 1998, pp. 153-172. Ver
aHí mismo lo� ensayos de Frank La Rue, "The Ríghr to Truth and
laciones del indisociable trípode: la necesidad de
Right to justíce as Precondi�ions for the Rule of Law", pp.173- memoria, la necesidad de justicia y la consolidación
180, Y _de �chard Wilson, The polines of Remembering and democrática. Pero si hay algo en común, al menos
Forgemng in Guatemala", pp. 181-204.
en los casos de transición de un orden político a otro
78. José Zalaquet, "Truth, Justice and Reconciliation", en:
Cynrhía J. Ar�son (Ed.), Comparative Peace Processes in LaLin (dictadura-democracia, por ejemplo), es que el pe-
Amenca: Washington, Woodrow Wilson Cencer Press ¡ Stanford ríodo de la guerra aparece como una "suspensión de
Univers1ty Press, 1999, pp. 339-348.
la memoria", una especie de impensable que hay
92
C la Carreta Editores. Prohibida su reproducción toca! 0 parcial C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial 93
ÜUERRAS, MEMORIA E HJSTORIA

que recuperar dentro de parámetros determinados, social y a las razones de fondo del conflicto) han
negociados o secundados por mediadores. De allí la devenido un mecanismo estándar de las sociedades
importancia d!! la óptica centroamericana (importa- pose-conflicto.
da de Asia y Africa) según la cual el proceso de paz, Se cierra hoy coda una era de discursos sobre la
más que apuntar a la resolución del conflicto, debía democratización-transición que, según algunos crí-
apostarle a su transformación. Muchas y sustancia- ticos convirtió a los derechos humanos en una ideo-
logía' procedimental,_ en el !:nguaje ar���tipo de la
les cosas quedan pendientes tras las firmas de los
acuerdos. transición democránca -la nansttología - que des-
Por todas estas razones, en el terreno práctico, compone en variables descontextualizadas el proce-
un factor determinante de la eficacia de las comisio- so de construcción nacional y los nuevos proyectos
nes y tribunales es el prestigio, independencia y res- de hegemonía estatal en formación, encubiertos tras
paldo político, tanto de sus promotores como de sus los pactos de reconciliación81 • . .
En Colombia, para insistir en las d1ferenctas, _es
integrantes, entre otras variables79• Son estos índices
un gobierno militar, el del General Gustavo Ro¡as
los que habrá que tener en cuenta en Colombia si se
Pínilla, que se pretendía erigir en árbitro de la s�1�-
abre paso la propuesta de una comisión preventiva dad dividida, el que decreta en 1953 una amrusna
de composición internacional, cuya función inme-
general e incondicional, la más amplia del siglo XX,
diata sería, precisamente, amortiguar la degradación
por los actos de guerra entre civiles en los años pre:
de la guerra en curso, como ha sido ya experimentado cedentes, puesto que cobijaba todos los dd1tos poli-
en algunos casos, especialmente africanos'". ticos "cometidos por nacionales colombianos cuyo
Las comisiones de verdad, con todos los riesgos móvil haya sido el ataque al gobierno, o que puedan
que implican (burocratización, formalismo legalis- explicarse por extralimitación en el. apoyo 1'o . adhe-
1182
ta, tecnología de la verdad, escamoteo al entorno sión a éste, o por aversión o sectarismo po incos ·
La amnistía evoca, de un lado, la forma extrema del
79. Priscilla B. Hayner, "In Pursuic of [ustice and Recen-
ciliarion", en: Cynthia ], Arnson (Ed.), Comparative Peace Processes 81. Ésta es, al menos, la visión de Richard A. Wilson,_ en:
in l..atin America, Washington, Woodrow Wilson Cencer Press/ The politics of Truih and Reconciliation in Souih A[rica. Legmm1zmg
Stanford Universicy Press, 1999, pp. 363-383. the Post-Apartheid State, Cambridge Universicy Press, 200 L .
80. Natalia María Springer, Seuing Up a Truth Commission 82. Gonzalo Sánchez. "De amnistías, guerras y negoc1�c10-
in the Middle of the Conjlict. A case study of Colombia, Lovaina: nes" en: Gonzalo Sánchez y Mario Aguilera (Ed.). Memorta de
Master's Thesis, 2001. En este texto hay por lo demás una útil un �ís en guerra. Los M,l Días 1899-1902, Bogotá, Editorial Pla-
tipología de estas comisiones. neta, 2001, p. 333.

e La Carreta Editores. 95
94 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción tocal o parcial Prohibida su reproducción toral o parcial
ÜUERRAS, MEMOIUA E HISTOR1A

conflicto, la guerra civil, y, del otro, la recurrente poder, dejaban a merced de los benefici�rios �ate-
búsqueda de la unidad de la nación temporalmente riales de las violaciones o el usufructo, la díscreciona-
. • M
perdida. Ella integra simultáneamente pasado y fu. lidad de la reparación económica que se propoman ·
turo: pasado como memoria de la división, y futuro Fueron por lo demás, tales tribunales, el ún_ico i�s-
como sueño de la unidad por construir". trumento de reparación material que pudo identifi-
El combate por la restauración de esa memoria car nombres, sitios, fechas. El acento del debate se
tr�nca en la Colombia contemporánea apenas co- puso, pues, en Colombia, a ?iferencia_ de otros �o�-
mienza. Se ha vuelto un componente esencial de la textos 1 en torno a la reparación material de las victi-
recomposición nacional, de la guerra y de su resolu- mas. Lo demás quedaría en el ámbito de lo
ción o superación, de reparación moral y jurídica, y irreparable. Un segundo intento, en ef�cto más ela-
en consecuencia, un territorio nuevo de la política. borado y más importante que el anteriormente se-
Es el reconocimiento de que un cambio de régimen ñalado fue el de la Comisión Especial de
t�mbién atraviesa las representaciones y las percep- '
Rehabilitación, que operó durante l a época "b an-
5
ciones que los diferentes sectores sociales se hacen dolera" de la Violencia, entre 1958 y 19608 . Más
de la realidad. recientemente, podríamos hacer una pequeña lista
Ciertamente el libro La Violencia en Colombia de intentos significativos en la perspectiva de la
producto de la "Comisión Investigadora de las Cau- reparación y la memoria: creación de la Funda �ión
1

sas de la Violencia" de los años cincuenta, fue el Manuel Cepeda Vargas, que ha elaborado una Ga-
primer registro que le reveló a los colombianos las lería de la Memoria", dedicada especialmente al re-
dimensiones y formas del horror que acaban de tran- cuerdo de las víctimas de la Unión Patriótica, al
sitar, pero sin que generara las consecuencias políticas "políticidio" de la UP86; creación gubernamenta�,
que hubiera debido, dado el interés de las fuerzas en 1994, por presión internacional, de. una Comi-
hegemónicas y la tradición nacional por el olvido. sión Investigadora de los sucesos violentos de
Los. ineficaces y frágiles tribunales de conciliación y
Trujillo -masacre en la cual quedó plenamente de-
equidad, que actuaban todavía bajo la presión de la mostrada la responsabilidad estatal- que culmmó
Violencia inconclusa, y en una desventajosa relación
85. Gonzalo Sánchez G., "Rehabilitación y violenc�a. bajo
, 83: Stéphane. Gacon, !.:Amnistíe: de la Commune a la guerre el Frente Nacional", en: Gonzalo Sánchez G. Guerra 'J políuca en
d Algene, París, Edirions du Seuil, 2002, pp. 358-360. la sociedad colombiana, Bogotá, el Ancora Editores, 1991. .
84. Gonzalo Sánchez G., "La Violencia: De Rojas al Frente 86. Un texto para el tema que tratamos aquí es, precisa-
Nacional", en: Nueoa Historia de Colombia, tomo 11, Bogotá, Pla- "'- ··lo , ­­...;n
men t e uwc " .............. _, reparación , Bogotá, Fundación Manuel
neta, 1989, pp. 172-173.
1

Cepeda Vargas, 1998.


96 C La Carreta Editora. Prolubda su reproducción total o parcial e La Carrera Editores. Prohibida su reproducción rccal o parcial 97
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORIA

con el reconocimiento público del presidente en


1995; � el compromiso de reparación económi�a a como si todos los tiempos se juntaran en el instante
las victrmas, otra comisión similar de verdad se creó que vivimos; tercero, el período de la Violencia en
en 1998 para investigar los sucesos de particular, atravesó de una manera tan crucial todas
Ban:ancabermeja, en los que 34 personas perdieron las instituciones, y las vidas de todos los individuos,
la �1daª7, y una página de Internet para los desapa- que la responsabilidad histórica es más difícil de defi-
r�C1dos y asesinados en una operación de extermi- nir que en cualquier otra experiencia latinoamericana
nio sin alimentar el recrudecimiento de las heridas. Y tal
. de
. disidentes sin paralelo en América Latín a , n1.
s1qu1er� en 1 as peores dictaduras, pero con la misma vez, porque con lo que vemos hoy ya ha dejado de ser
i?eologia: la "depuración-limpieza" del excepcional, el carácter envolvente del presente y la
cuerpo polí-
= de la nación, como recurso extremo de ciertos pérdida del sentido de sucesión parecen ser rasgos dis-
reg¡men�s. para frenar el avance del pluralismo políti- tintivos de nuestras representaciones de la política.
co, percibido como disruptor del orden establecido. En las guerras del siglo XIX, las amnistías se
La memoria ha sido vivida como un problema estructuraban de manera más simple que en la Vio-
recurrente en la historia de Colombia. lPor qué sólo lencia del siglo xx, puesto que los vencidos eran, por
ahora �'.'.1peza��s a tematizada? lPor qué sigue sien- lo general, socialmente simétricos. Según un estu-
do. un interdit ' una culpa no expiada, tan difícil dio reciente, en el siglo XIX se produjeron en Colom-
de mcorporar a la memoria histórica nacional? Arries- bia, por parte tanto de gobiernos democráticos como
go una explicación que está en el trasfondo de esta de regímenes autoritarios, 17 amnistías, y otras 9 en
exp.osición: primero, la omnipresencia, real o imagi- el siglo xx, inscritas no tanto en una intención repa-
naria, d.e .la guerra en el devenir nacional, nos ha radora, sino en cálculos estratégicos de los vencedo-
hecho vivir en una especie de presente perpetuo, don- res; asimismo hubo, en el curso de esos dos siglos,
de poco o nada cambia. lCómo acumular entonces 63 indultos. Utilizada más allá de los grandes mo-
e) recuerdo, hacer memoria, en una historia inmó- mentos de transición política o social, la rutinización
vil, en un continuum de la guerra? Segundo, y aun- del olvido alimentaba a la rutinización de la guerra.
que parezca paradójico, la guerra hace vivir el Raramente las amnistías lograron el propósito de
presente de manera tan aplastante, que parecería desarmar duraderamente los espíritus.
Hacer como si las guerras no hubieran existido,
. 87 ..Natalia María Springer, Seuing Up a Truih Commission en aras de la reconstrucción de la unidad social y
rn the Mu:ldle of the Conflici. A case stuiiy of Colombia Lo . política de la nación, ha sido también una forma de
Master's Thesis, 2001, p. 69. ' vaina,
perpetuarlas, de negarse a resolverlas.
98 e La Carrera Editores. Prohibida su reproducción coral o parcial
C La Carr ere Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 99
, .Salir de la guerra parece entonces una condición IX. Guerra y territorio
básica para recuperar nuestra memoria perturbada.
P�ro a la postre habrá una diferencia fundamental:
mientras. e.n todos los casos citados se trata de crear
las condiciones La guerra no sólo actúa sobre nuestra concepción
. . para un recomienzo , en Colom bi1a,
c:>n su mtermmable trayectoria de guerras Y amnis- del tiempo. También incide sobre la construcción
tías, se trata otra vez de una repetición. La guerra de política del territorio, asignándole significados di-
hoy, que se anunciaba como ruptura con el pasado, versos a los escenarios de la confrontación. Y
tiende a parecerse cada vez más a la Violencia difu- trastocando las fronteras entre lo sagrado y lo laico,
sa de los años cincuentass. lo público y lo privado, lo interno y lo externo.
Antaño uno podía establecer coincidencias o
constantes geográficas entre distintos momentos de
la guerra y la movilización social en Colombia: por
ejemplo, se podían trazar líneas de continuidad de
escenarios geográficos de la confrontación armada o
cívica entre Guerra de los Mil Días, conflictos agra-
rios de los 20 y los 30; Violencia de los 50 y zonas de
la nueva insurgencia de los 60 y 70. Se hablaba por
un lado de zonas más propensas a la movilización
armada y a las prácticas contestatarias, y por otro
lado, de zonas que se consideraban tradicionalmen-
te pacíficas: la Costa Atlántica, por ejemplo.
Hoy es difícil encontrar zonas al margen de la
violencia o de la presencia de actores armados.
La violencia no sólo se ha diversificado sino que ha
invadido espacial y socialmente todo el país: desde
la Guajira hasta el Putumayo; desde el Chocó hasta
Arauca; desde Urabá hasta el Caquetá. Zonas ricas
y pobres; rurales y urbanas; periféricas o centrales.
, 88. Gonzalo Sánchez, Guerre et Politique en Colombie p · Hay territorios "teatro de operaciones"; zonas de con-
l.'.Harmattan, 1998, p. 55. • ans,
trol, zonas de refugio; zonas de expansión; zonas
100 e La Carrera Editores. Prohibida su reprOOucción total o parcial
C La Carrera Editores. Prohibi.da su reproducción total o parcial 101
ÜUER,RAS, MEMORIA E HISTORIA

estratégicas. Asimismo se produce lo que alguno · que alimenta


rras parciales se suma I a d e l.mcuencia,
antropólogos llaman "espacialización del tiempo", esas guerras o se beneficia de ellas. . .
aludiendo al proceso mediante el cual "nociones de La pugnacidad por los controles terr1tonales, �spe-
tiempo son comunicadas en términos de espacios cialmente, se ha convertido en la dinámica dominan-
visualizados"89: "cuando vivíamos allí"; "cuando la te de la guerra en los últimos lustros. Los terntonos,
masacre tal"; "cuando huimos de la finca"; "cuando lo sabemos también por otras experiencias, definen
nos fuimos para la capital". Topografía y tiempo- homogeneida d es y, a 1 mismo· ·
tiempo, exclus10nes· .,
memoria e anudan en el mismo enunciado. los territorios pueden ser mancillados con la presencia
Ahora bien, hasta el momento, la degradación del otro, pero también pueden ser "purific�dos" me;
no ha sido incompatible con la expansión territorial. <liante operaciones de lírnpieza'", introducien�o asi,
En efecto, es un hecho que, tanto la guerrilla como donde no las había, lógicas de lucha entre identidades
los paramilitares avanzan, aunque no esté muy claro comunitarias que se interponen a todo discurs? _de
para quién es deseable ese avance. En todo caso, los coexistencia, y en últimas, a todo discurs�. �h��?
espacios de confrontación se van volviendo cada vez de negociación. La metáfora del cuerpo, limpio •
más indeterminados. "sucio", "puríficable", y eventualmente "desechable",
Por ello empezamos a percibir las turbulencias se reinstala como modelo d e representac10 · 'n . social ·
del conjunto como un desorden generalizado, que El cuerpo como un territorio ocupable, ínvadible. en
sirve de contexto a una puja continua entre tenden- el cual se siembra, pero del cual también se pu_ede
cias disociadoras y fuerzas y tendencias reguladoras. arrancar el fruto. Colombia no es el Líbano del Orlen-
Característicamente, más que a una división de te medio, pero en el largo plazo estos procesos �eneran
la sociedad en dos campos diferenciados, asistimos fenómenos de extrañamiento masivo de conciudada-
a una multiplicidad de guerras parciales o sectoria- nos, es decir, capas de pobladores inestables, que en
les: por la tierra o por plantaciones de cultivos ilícitos; Beirut son designados como los "extranjeros del mte-
por centros energéticos y por los recursos de ellos rior"?', los foráneos, y que en Colombia tienen otro
extraíbles, por territorios convertidos en enclaves,
de cierta manera sacralizados, en los cuales está pro- . d o d e una manera un tanto arbitraria
90. Estoy rrasporuen
hibido el acceso a los otros; por el acceso a armas y a reflexiones de: Farwaz 1ira bo u l SI.· "Socíé é · tente ou systeme
1 t VIO
e· u
sus rutas de aprovisionamiento. A todas estas gue- de Guerre", en: Jean Hannoyer (Coord.), Guerres _"11 es:
Economies de la 11iolence, dimensions de la ci11ilité, Pans/Libano,
Karthala-CERMOC, !999, pp. 142-145. "
89. Elizaberh Hallam y Jenny Hockey, Deaih, Memory and 91. Chawqui Douayhi, "Beirur et ses étrangers , e�: Jean
Material Culture, Oxford, Berg, 200!, p. 49. Hannoyer (Coord.), Guerres Ci11iles: Economies de la uiolence,
102 C La Carreta Editores. Prohibida su reproduccwSn tocal o parcial e La Carrera Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
103
nombre: desplazados M, d
son nómadas M . �s que esplazados, a ve l X. La transnacionalización de la guerra
· uy apropiadamente e ¡ ­ .
cuenta se les llamó si 1 • n os anos cm interna y los nuevos retos a la memoria
Violencia. Una mez�la �:p ;;ente, _"exilados" de la
o en otros términos d 1 tenencias y exclusione�.
Paralelamente � e re enes Y de expulsados.
longación, de la d�gr�:;� con�ecuencia de la pro- Para terminar, quisiera simplemente enunciar los
¡
una sensación global dec1 J.d e � expansión, hay
1
límites que al ejercicio de la memoria impone la re-
ciente y creciente internacionalización.
situación, a muchos ni 1 P rl ª e control de la
ve es: e Estado
espacio nacional· lo a t no contro ¡ a el En los últimos años se ha consolidado una per-
d e arriba abajo sus • e ores armados l an cepción pública de que la escala de los enfrenta·
hererog neas y a no contro
é
· d mi­ mientes, en términos de capacidad de fuego, control
Itas, organizaciones; la sociedad civ'I1 ve,ces m �
ar una tercería. no ogra arncu- de territorios y poblaciones, y grado de organización de
las múltiples fuerzas irregulares, enfrentadas entre sí
Finalmente, hay una ero . , .
do de autoridad y de justicia s�on rro8'1:es1':ª del sentí- y con el Estado, ha entrado en "una nueva fase":
a tal punto que como I n e temtono nacional, tiempo, espacio y contenido de la guerra se han
. . .
¡ a Justicia • o muestra Mario Aguíl 92 trastocado.
insurgente no 61 t era •
1
que le resta cada vez más .º co�p _ementa, sino Hemos saltado recientemente de los equívocos
titucional-estatal. s 1unsd1cc1ón, a la ins. de la violencia a los temas de la guerra: las páginas de
Ante ese pano . los periódicos están llenas de noticias y opiniones
la solución está :;:�� s ��tensa cada vez más que sobre canje de prisioneros, status de beligerancia,
EE.UU., en Europa. No di � espacio nacional: en arbitraje, mediación internacional, aplicación de le-
rio deseable ni m h g que ese sea un escena- gislación humanitaria en el uso de ciertas armas,
• uc o menos sino q respeto a emblemas como la Cruz Roja, cuidado de
sentir, tanto del gol» ' d ue parece ser el
Colombia se ve com:mo co�o e la sociedad civil. enfermos, heridos y muertos, secuestro y asesinato
un país a I a deriva. de ciudadanos extranjeros, atentados a bienes de
dimensions de la civilicé p · /L' uso colectivo (acueductos y torres eléctricas). Todo
pp, 203 Y ss. ' ans ,bano, Karrhala-CERMOC, 1999 ello para no hablar de los efectos transnacionales de
92. Mario Aguilera P. "J . . . ' nuestra guerra (costos, refugiados y contagio del con·
vil: 1964-1999" G ·, usncra guernllera Y població ·
de l 'lnsüun Fraw;ais
en: onzalo Sánche E . La. n ci-
d'ecudes Andines· �y n� ir (&Is.), Bulleiin
flicto) en los países vecinos de fronteras terrestres:
ses Andinos, come 29 Nº , · IO/enc,a Colectwa en los Paf. Panamá, Ecuador, Perú, Brasil y Venezuela, panora-
3 2000_
ma que hace del conflicto colombiano un conflicto
104
C La Carrera Echtorcs Prohibtd
. a su reproducción toral o parcial
C La Carr eta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 105
Quauw¡, ME)AOIUA E HISTORIA

continental, y que gradual, alternativa o compíemen­ paso a la intervención en los asuntos internos del
tanamen�e, ha ido llevando a la gestación de una país y en sus relaciones exteriores, y su preponde-
diplomacia. para la guerra y una diplomacia para la rancia se ha acentuado de manera inversa111ente pro·
paz, un_a diplomacia de "países amigos" y una di- porcional a la debilidad o fuerza del Estado
plomacia de aliados estratégicos, en suma, a un des- colombiano en su triple frente de combate contra la
plazamiento de la lucha por la legitimidad de las insurgencia, la contrainsurgencia y los narcotrafi-
cantes. Más grave aún, bajo el impacto de la univer-
p�rtes en conflicto. Principio de neutralidad, protec- salización de la hegemonía norteamericana tiende a
ción a nacionales, contagio de la guerra, son otros
borrarse la distinción entre terrorismo y narcotráfico.
tantos temas_ recurrentes en los foros regionales de
No se puede decir que la nuestra sea una guerra
América Latina en los cuales se ventila el caso co-
internacional, pero sí es una guerra de interés inter-
lombiano.
nacional, con efectos y consecuencias internaciona·
La posició_n geográfica, la importancia estratégi- les. Para ponerlo en términos del influyente general
ca, los �recanos equilibrios de la convulsionada re- suizo Antoine-Henri Jomini93, émulo de Clausewitz,
gión latmoamericana, hacen de la guerra colombiana desde una época relativamente reciente, la dimen·
un punto nodal de la diplomacia continental. Dicho sión internacional es una de las grandes variables
de otra manera, la dinámica actual de la guerra plan-
que entran en los cálculos inciertos de la guerra en
tea problemas de soberanía para Colombia y para
Colombia.
los vecinos. Una �o?eranía extremadamente frágil No se trata sólo de un problema de "espacios",
vista desde la posición colombiana, en tanto está de un adentro y un afuera. De hecho, la dicotomía
atravesada por dos temas -las drogas Y el derecho interior-exterior se deshace y parece no dar cuenta
hu'.11anitario- frente a los cuales las fronteras entre ya de las complejas relaciones que produce el con·
lo interno Y lo externo, según los parámetros con- flicto. Y al constatar que los problemas nacionales
temp�ráneos de la comunidad internacional, son cruciales se han vuelto internacionales, estamos se·
esencialmente difusas. Se trata en efecto de temas ñalando también, que Colombia está pasando de
que nos llevan a pensar no sólo en una cuasi inter- una condición periférica a otra de centralidad en la
nacionalización del espacio interno, como en el si- definición de hegemonías regionales en el sobcon-
glo XIX, sino también en una cuasi rínente, y a ser un laboratorio americano de los grandes
internacionalización de los problemas internos. Con
�strategias como el Plan Colombia, la guerra ha de- 93. Antoine-Henri Jomini, Précis de l'art de la guerre, París,
jado de ser interna. Se ha exteriorizado, abriendo Perrin, 200 l.
107
106 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parc.iaJ C La Carr na Editores. Prohibida su reproducción t001I o pare.La\
()uEJuv.S. >IEMOOIJ. E HIS'f()IUA

. . a yo a lo contendientes es parte objeti-


ítems de la agenda internacional (el eje andino en ívil, cuyo pof .6 95 De paso • esto último, · lo
crisis, el venezolano y el brasileño en proceso de ar Va de la con rontaci n · · · de 1os m-
ticulación). Hoy se habla incluso de que, bajo el ñalamos ya, dificulta el reconoc1m1ento
liderazgo del Presidente Álvaro Uribe, Colombia le urgente como beligerantes. ., an
está vendiendo su pelea a la región, con el beneplá- Esta irregularidad ha originado cambien una •• gr
· ca eco-
cito de Washington. preocupación práctica y jurídica por u_na cier r la
No se traca necesariamente de "nuevas guerras'?', , d la violencia" o en otros cermmos, po .
nom1a e ' , lla quié-
sino de "nuevos contextos" para viejas guerras como · ón de la guerra: quiénes estan en e ' .
la nuestra. ���t�:ber ser excluido de ella. En t�rminora����:
Son preocupaciones de este tenor las que han cbeo�tem���e�ho
cos, se trata de _distinguir lo de la
llevado a desempolvar las discusiones sobre los ras- de la guerra, su ¡usteza Uus ad um,
gos constitutivos de la guerra civil, a saber: enfren- los modos de hacerla y las normas qui
guerra) ' de . B ll ) cuyos momentos cu
tamiento armado prolongado entre ciudadanos, o la deben regir Uus m e um , .
de ciudadanos contra el Estado o el orden institu-
(1864)
minantes son las convenciones de Gínebra _Y
1907). o obstante el re � onoc1-
d e l a H aya ( 1899 y
cional existente; carácter generalizado, organizado y
· d. , 1ca sub-
jerarquizado, de los contendores, expresado en con- miento de que la guerra por su propia mamvivencia
troles territoriales identificables del espacio nacio- vierte normas jurídicas, morales y de_ cond ns-
nal. Pero la nuestra no es una pura y simple guerra d diversos cammos e co
social, se ha trata por O
"ética de
civil convencional: su especificidad consiste en que, truir quelo ha convenido en llamarse una I ado
pese a cales características, sigue siendo una guerra ideal caballeresco quedó p asm
la gu erra" ' cuyo . d la no era
civil irregular. Esto quiere decir que hay borrosas di- de que e l obijeuvo e guerra
e n el principio . l sus te-
ferencias entre población civil y población comba- sino someter o , ocupar .
96
. inar al enemigo
e l 1m1 l ,
tiente; que hay débiles estructuras organizativas y . . Es por lo demás una d e as ma pcrs1scen-
de autoridad, y que, por lo tanto, en desarrollo de rntono · d de las más
ces preocupaciones humanas, a 1 a que e
sus tácticas, a menudo de terror, pretende rehuir a
la aplicación de la legislación internacional huma- " . 1 . en medio de la guerra ci-
95, Statht> Salivas, •• La vio e�c,a B Ütico N2 42, enero-abnl
nitaria con el argumento de que es casi consustan- vil: esbozo de una teoría ' en. And 1515 o •
cial a la guerra irregular involucrar a la población

94. Mary Kaldor, Las nuevas guerras. La violencia organizada


2001, p. 10.
96. Roger c.ailloi •
Cultura Econórruca, 197 • PP·
1: de la
cues�O-J
l.
, 1963)
t
rra México, Fondo de
fr�ncés originalmente

en la era global, Barcelona, Tusquets Editores, 200 l. BeUone ou la pente de la guerre, París, .
109
su rcproducc.100 toral o parcial
108 C La Carrera Editores. Prohibida su reproduccréo total o parcial C La Carrf't3 Ed noees­ Prolubula

\
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORIA

remotas épocas primitivas se ha buscado, en medio nuestra guerra. Como señaló, a comienzos del siglo
no sólo de múltiples extravíos sino también de xx un notable jurista internacional:
involuciones, alguna forma de solución a través La guerra civil es ajena, en sí misma, al derecho inter-
de prácticas de ritos, leyes y ceremonias de inten- nacional; pero, por sus efectos y consecuencias, en
ción simbólica, o realmente morigeradora. Como lo cuanto se relacionan con la comunidad internacio-
señala lacónicamente Michael Walzer, "los ejércitos nal, puede considerársela y debe estudiársela como un
fenómeno jurídico de carácter tnrernacional'".
beligerantes tienen el derecho de tratar de ganar sus
guerras, pero no tienen el derecho de hacer todo lo O como dice Rougier, "es la constatación, hecha
que sea o parezca necesario para ganarlas?", En otras por el Estado mismo, de que existe una situación de
palabras, se hace necesario privilegiar el principio guerra entre él y una colectividad de hombres, que
moral sobre el de la utilidad de ganar la guerra a no forman un Estado".
toda costa. Cabe recordar que también el "tiempo", la "du-
Si estos temas cobran una centralidad inédita en ración", en todos estos procesos, es un elemento fun-
Colombia, es porque en este país se despliega hoy damental. Pese a que, doctrinariamente, el estallido
una clamorosa voz de desconcierto por la generali- de una guerra civil en un Estado no fracciona en
zación de los blancos de la guerra (por las armas principio la soberanía del mismo, su prolongación
que se utilizan: pipas de gas, minas quiebrapatas y puede modificar estos parámetros. Se cita en efecto
atentados indiscriminados que, a muy bajos costos, a Hugo Grotius (1583-1645), argumentando que
pueden producir enormes daños e impacto sicológico; "una nación en guerra civil debe considerarse, después
por los métodos que se ponen en práctica, como las de cierto tiempo, como formando dos naciones'I",
"pescas milagrosas" y el secuestro en general; por reconocimiento que atemoriza a los adversarios de
los núcleos humanos, étnicos y religiosos afecta- la beligerancia, por más que se diga que la acepta-
dos, etcétera). Escalamiento de la guerra, multipli- ción de ésta no conlleva el reconocimiento de Esta-
cación y vulnerabilidad de los blancos, ciertamente, dos diferenciados a las partes en pugna. Todo ello
pero también creciente vigilancia internacional del hace pensar en la apreciación de Becu según la cual
conflicto. El pasado ya no nos pertenece entera- "la guerra civil destruye, siquiera sea parcial o
mente. No cabe duda pues, sobre los impactos de
98. Roberto Doménech, Las guerras civiles americanas ante el
97. Michael Walzer, Ju.stand Unju.st Wars, Basic Books, third Derecho lntemaeional, Buenos Aires, La Semana, 1915, P· 70.
edicion, 2000, p. 131. 99. lbíd., p. 19.

110 e La Carrrta Echtores. Prohíhlda su reproducc.on tocal o pare.al 111


C La Carreta Editores. Prohablda su reproducción tOGII o parcial
GUERRAS, MEMORIA E HISTORIA

temporalmente, la unidad de la soberanía del Esta-


d "'00 c · ·-
o . antoruzac1on d e 1 pais,- nesgo
· d e d esintegra-
dados los niveles de violación de los derechos hu-
manos que ponen numerosas prácticas corrientes de
ción territorial, son temas que salen a menudo en
la degradada guerra colombiana bajo la _competen-
las consideraciones sobre los efectos que, a largo pla-
cia de tribunales internacionales (campana mu_ndial
zo, traería la guerra que se libra en Colombia.
contra el secuestro de Pax Christi): internaciona-
Quiérase o no, en el curso de la guerra se produ-
lización negativa derivada también de los nexos
ce una fractura de la soberanía, y a menudo una
eclosión de actores aspirantes al poder, que pone en inextricables entre el tema de las drogas, cuya solu-
tela de juicio tanto la legitimidad como el monopo- ción trasciende las fronteras nacionales, y el tema
lio de la fuerza, rasgos constitutivos de un Estado de la guerra; internacionalización con la inclusión,
moderno. El fantasma detrás de la beligerancia es, antes del 11 de septiembre, de tres protagonistas de
comprensiblemente en el caso colombiano actual, la la guerra (FARc, ELN y Autodefensas Unida� de Co-
fragmentación territorial del Estado colombiano. lombia) en la lista de organizaciones 71onsiderad�.s
Con todo, el criterio jurídico señala que el reconoci- l Departamento de Estado como terroristas ,
por e ·
miento de la beligerancia es la simple aceptación de cuyo efecto inmediato es no só 1 O 1 a "d esteni-
un nivel de gravedad de la guerra que debe llevar al torialízación" de los actores, sino la interferencia a
sometimiento de la misma al derecho de gentes. Dice su reconocimiento político, acrecentada por el sim-
Brocher: ple hecho de que tienen como contrap�rte no u�a
dictadura, al estilo de las del Cono Sur, smo un régi-
Una vez llegada la guerra civil a una cierta gravedad,
men "formalmente" democrático. Tres factores que
es para el Estado atacado una medida de humanidad
de sabia política y de interés bien entendido, renun-• operan como camisa de fuerza a la negociac_ión in-
ciar a su actitud de justiciero, reconocer a sus adver- terna, a la administración de nuestra memoria. Tres
sarios como beligerantes, y aplicarles las reglas del barreras que imponen límites irreversibles a La tradi-
derecho de gentes, sin preocuparse, momentáneamen- ción colombiana de que todo es negociable, perdo-
te, de la legitimidad o de la ilegitimidad que asiste a nable, amnistiable, ya que quienes son rebeldes
los rebeldes, para tomar las armas 101•
internos serían al mismo tiempo criminales int�rna-
Doble internacionalización de la guerra colom- cionales. La creciente vigilancia internacional impi-
biana: por un lado la internacionalización negativa, de, entre otras cosas, que la memoria de Los males
del pasado sea usada como una sin�ple excusa para
100. /bíd., p. XXXIX. minimizar los del presente. Parecena que nos estu-
101. Citado en: Roberto Domenech. lbíd., p. 353. viéramos acercando a la idea de Kant, según la cual
112
C La Carrera Ed1torcs. Prohibida su reproducción toral o parcial
C La Carr xa Editores. Prohibida su reproducción coca! o parcial 113
Guouw;, MEMORJA E HISrORlA

"un derecho violado en cualquier lugar podía sentir- negociable es ineludible. El futuro necesita la me-
se en todas partes" 102.
moria. La memoria reclama una vez más su lugar en
. En el nuevo contexto internacional, de centra- la política.
lidad de los derechos humanos, las aparentes bon- Tal vez sea tiempo ya de que ­y en esto me iden-
dades de la transaccionalidad a ultranza tienen tifico plenamente con Daniel Pécaut- ahora que to-
insalvables límites éticos Y políticos: si antes lo pudo dos conocemos las dimensiones de la guerra, y que
ser, hoy no todo es negociable y no todo es perdona- en contraste con nuestra queja recurrente de que se
�!�. La ética se vuelve componente central de la po- la ignoraba, ha pasado al primer plano mundial, tal
lítica. E� �l actua� contexto de globalización y vez sea tiempo, digo, de volver a pensar en el poten-
cosmopo!tttsmo pohtico hay cada vez menos mar- cial democrático de Colombia, en las fuerzas y en
gen -aunque no sin resistencias- a los particularismos las prácticas contrarrestadoras de la violencia, en las
y a la soberanía territorial. La distinción básica entre fuerzas para la reconstrucción, en las energías para
un acto de guerra Y un acto criminal (por los blancos el recomienzo. Tiempo de contraponer a las tradi-
los métodos y el sentido) se vuelve esencial. ' ciones de guerra y de violencia los "recursos de civi-
� batal(a política contra las estrategias de olvi- lidad'"?' para salir de esa perezosa visión de la historia
do e impunidad de las dictaduras, que habían ac- de Colombia como una historia sin contrincantes.
tuado bajo la inspiración de la "seguridad nacional" Esta no es una tarea sólo para intelectuales, pero es
Y la p�otección de la "obediencia debida"1ºJ, se uní­ importante que ellos empiecen a hacer lo que les
versaliza y extiende hoy a todos los crímenes de corresponde. Un experto en la situación sudafricana,
guerra. y en un conflicto como el colombiano con con un argumento de plena validez para la Colom-
sus tendencias a la degradación, el tema de lo no bia de hoy, ha señalado categóricamente que, para
encontrar solución negociada a una crisis, es preciso
. 102. Immanuel Kant, La paz perpetua, Madrid, Tecnos, 1989 un cambio en las relaciones de enemistad, o mejor, un
citado en: Mary Kaldor. Las nuevas gue­as La . le, . . •
da la •" · v,o ,c,a orgamza­ paso de la relación de enemigos a la relación de adver-
en era global, Barcelona, Tusquets Editores 2001 p 37
103. En Argentina fue una batalla que se.ganó 'a �edias
sarios, basada en "un cambio de interpretación de la
pues la Ley de Punto Final, de 1987, condenó a los jefes militare¡ realidad social que haga compatible lo incompatible,
pero exoneró a los subordinados. Ver: Emilio F. Mignone. "Beyond
Fear: .Rorms. of Justice and Compensation", en: Juan E. Corradi, 104. Dominique Darbon, "Une sorne de crise transaction-
Patricia We,ss Fagen Y Manuel Antonio Garretón (Ed.) t:
the Ede S ..,, . , rear ai nelle: le cas Sud-afncain" en: Jean Hannoyer (Coord.). Guerres
U&e· Ulle rerror and Resistance in Latin America U · ·
. ,
o fe a l norma P ress, 1992, pp. 250-263.
., ruversrrv Civiles. Economies de la vio/e,,ce, dimensions de la civilicé, París-Beirut,
Éditions Kanhala-Casaoc, 1999, p. 6.
114
C La Carrera Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
C La Carr eta Editores. Prohibida su reproducción toe.al o parcial 115
que teja entre elementos incompatibles vínculos de
dependencia, que transforme la diversidad en uni- A propósito de Memorias de los silenciados*
dad, la oposición en complementariedad"1os. Ese es
el reto para Colombia. Por: Gonzalo Sánchez G.
Si_ ello es así, la academia puede tener un senti-
d
�· Y _Jugar en algún momento un papel crucial en la
s?, ución del conflicto, por lo menos en la consrruc- Este libro pone literalmente el dedo en una de
las llagas más protuberantes de Colombia contem-
cion de. una memoria Y una visión de sociedad que
le permita a la política hacer lo suyo para la termi- poránea. Y lo hace tejiendo de una manera estreme-
nación de la guerra. cedora las dimensiones individuales y colectivas del
trauma que ha dejado una sistemática política
de exterminio ante la cual el lector de hoy no puede
reaccionar más que con indignación. Pero la sola
indignación no basta. El libro es también una invi-
tación a reconstruir los sentidos y los sinsentidos
que llevaron a que se cometieran en este país miles
de muertes anunciadas, ante la indiferencia, la pa-
sividad o la complicidad del Estado y de la sociedad
colombiana.
Porque los episodios que aquí se registran, las
vidas y las muertes que aquí se cuentan se inscriben
en algunos rasgos estructurales de la política colom-
biana que precisamente la Unión Patriótica se pro-
ponía transformar: el primero de ellos tiene una larga
historia; es el modo de estructuración y concepción
de los partidos tradicionales que ha hecho de éstos,
no mecanismos de adhesión voluntaria, sino sistemas
de encuadramiento forzoso de la población. Tratar

• Yesid Campos, Memorias de los silenciados, Bogotá, CE1cos/


105. lbíd., p. 265. Mso, 2003. [Reseña publicada en Análisis político, Nº 51, mayo
agosto de 2004].
116
C La Caneca Edirores. Prohibida su reproducción cocaJ o parcial
C La Careta Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial 117
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORlA

de ponerse por fuera de ellos, intentar la construc-


ción de una tercera fuerza, una alternativa al repar- contraprestación la simple dejación de las armas y a
to bipartidista del poder, es en nuestro país poner e lo sumo la satisfacción de lo que podríamos llamar
por fuera del mundo de la política, y en condicione algunas demandas políticas de baja inten�1dad. Con
de desafío y de amenaza subversiva al orden políti- estos antecedentes históricos, Y sm advertir las trans-
co. En consecuencia, depurar la política entre noso- formaciones de la naturaleza del conflicto contem-
tros no ha sido hacerla más transparente, sino llenarse poráneo, la sociedad y el Estado le r�claman a la
de razones para eliminar al adversario. insurgencia que haga política, pero la urnca m_anera
El segundo rasgo estructural que advierten a de hacer política que le permiten es la simple m��r-
menudo los extranjeros, y en este caso el director de poración o cooptación renunciando a su vocación
la Organización Mundial contra la Tortura, es la transformadora. , .
capacidad del sistema político colombiano de ocul- La Unión Patriótica chocaba contra estas practi-
tar las peores atrocidades, tras las rutinarias prácti- cas centenarias, pese a que su nacimiento estaba
cas de la democracia, fenómeno que por su marcado expresamente por la función facilitadora
excepcionalidad hace particularmente difícil llevar de una solución negociada al conflicto armad� ;n el
casos como éstos de la aniquilación de todo un gru- marco de los Acuerdos de la Uribe y del D1�lo�o
po político a los escenarios internacionales. Haberlo Nacional propiciado por el ex presidente Belisario
logrado ante la Comisión Interamericana de Dere- Betancur. Sabido esto nadie tenía el derecho de �ul-
chos Humanos de la ÜEA es una proeza que hay tar minimizar o justificar el exterminio de la Unión
que abonarle al tesón de las propias víctimas, de las Patriótica con el argumento de que se trataba de
ÜNG, como la Comisión Colombiana de Juristas, y una fuerza política que guardaba simpatía .º víncu-
en particular de la Fundación Reiniciar que dirige los con la insurgencia, pues se trataba prec1s,amente
Jahel Quiroga. de eso: de una fuerza que el Estado se había _com-
El tercer rasgo estructural de la política colom- prometido solemnemente a respetar para que sirvie-
biana, pertinente para esta reflexión, es la forma ra de puente de ese difícil tránsito de las armas a la
perversa de encarar la solución al conflicto arma- política, es decir, para que cumpliera el_ papel que
do: las guerras civiles entre iguales del siglo XIX, y la por doquier en América Latina desempenaron tan-
desigual de la Violencia de los cincuenta nos acos- tos movimientos conocidos por todos, como el MAS
tumbraron a la idea de que la única manera de ne- de Venezuela, el Frente Andinista en Nicaragua, la
gociar era con la expedición de una amnistía y en Unión Revolucionaria Guatemalteca, el Frente
Farabundo Martí en El Salvador. Si algún pecado le
118
C La Carreta Ed1tore1. Prohibida su reproducción total o parcial
C La Car 'eta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial 119
ÜUEAAAS, MEMORIA E tflSTOIUA

producto y soporte de estas búsquedas. Se trata en


cabía a la UP, era el de haber tenido la audacia de efecto de las narraciones de vida de un con¡unto
ensayar ese recorrido al comienzo de un proceso pequeño pero representativo de personas que en su
de paz y no al término del mismo, como lo hicieron doble condición de víctimas y militantes han pasa-
los otros mencionados. No era fácil para la UP res- do y viven aún las traumáticas experiencias del exi-
ponder simultáneamente a la función de canal abierto lio, del atentado, del desplazamiento, de la orfand�d,
de incorporación a la vida democrática, que era para de la viudez, de la desaparición forzosa. Pero al mis-
lo cual se la había creado, y a los reclamos de que mo tiempo se trata de experiencias que sólo pueden
estableciera un claro deslinde con la insurgencia. La entenderse en función de un recorrido que para unos
UP quedaba atrapada así entre las pretensiones del comenzó con su trayectoria personal desde la tem-
Estado y de la sociedad que le apostaban a una có- prana infancia; para otros, con el proce_so �e confor-
moda desmovilización sin negociación, en la prácti- mación de una familia, con la socialización en la
ca a la simple rendición, y a las de la insurgencia, escuela, en la vereda, en el barrio, en la universi-
que con justificadas razones históricas le apostaba a dad, 0 en el desempeño profesional, y para la mayor
la construcción de garantías previas para no dar el parte, con el momento en que se definieron por _una
salto al vacío. No hubo espacio para la intervención opción de servicio comunitario, de lideraz_go social o
de caminos intermedios. Y lo peor es que el país no de acción política. Todos se expresan aquí evocando
ha medido las consecuencias de este impasse en los las circunstancias que acortaban dramáticamente la
subsiguientes intentos de negociación. Pero lo que distancia entre el presentimiento de la muerte Y
es claro es que el allanamiento del camino futuro de la muerte efectiva: las amenazas en persona, en pan-
la paz tiene que pasar por la solución del contencio- fletos O por vía telefónica¡ los papelitos por debajo
so de la memoria de la UP, es decir por la culmina- de la puerta, los sufragios, las coronas fúnebres; los
ción de la tarea de la Comisión Mixta (Gobiemo-UP) seguimientos sistemáticos en carros fantasmas o ple-
de esclarecimiento de la verdad, aplicación de la na y desafiadamente identificados; el siniestro conteo
justicia a los perpetradores de los crímenes docu- de los días, las horas o los minutos que le quedaban
mentados y la reparación integral de las víctimas, a la víctima para el destierro o la muerte¡ la ejecu­
para que un día el "Nunca Más" tenga resonancias ción o rapto de las víctimas ante el llanto, el grito o
propias en Colombia y se pueda negociar con un el desconcierto de los sobrevivientes¡ el reconocimien-
mínimo de confianza. to de los cuerpos desfigurados; la fabricación de las
Estos son, a mi entender, presupuestos indispen- "pruebas", la versión torcida que se le entregaba a la
sables para abordar el nudo del libro, que es a la vez
e La Carrc·a Editare). Prolubda su reproducct6n total o parcial
121
120 C la Carreta Editores. Prolubida su reproducción toca! o parcial
Gtrouw;, MEMORIA E HJSIORIA
GoNzA1.o SÁNCHEZ Gói.tEZ

opinión pública. Y luego la sensación de impotencia saber al menos los nombres de los que se tragó la
y la lucha infinita de los que quedaban para seguir muerte; tener la presencia viva de las fotografías del
contando los muertos, para rehacer la vida, para sal- álbum familiar, releer uno de los escritos de puño Y
var lo que les quedaba de familia, para organizar la letra de sus seres queridos, encontrar así sea sólo los
sobrevivencia, para redefinir un futuro profesional, huesos de los desaparecidos para enterrarlos algún
para hacer el duelo, para asumir la pérdida y para día. Están presentes los que quieren que se sepa todo
vivir en el encierro o en el exilio soledades a menu- para que no se vuelva a repetir, para que no_ siga
do insoportables, en una especie de muerte en vida, imperando la ley del silencio; los que quieren iden-
de muerte psicológica anticipada. Allí están los do- tificar a los verdugos para mostrarles su pequeñez
lientes de candidatos presidenciales, parlamentarios, perdonándolos; los que no pueden dejar de pensar
diputados, concejales y pueblo raso. Todas estas ex- en su vocación de construir país y de los que en-
periencias constituyen heterogéneos acervos socia- cuentran de manera admirable renovados motivos
les, políticos y culturales para enfrentar hoy de de lucha en lo que les ha tocado vivir para dejarle
maneras muy distintas el pasado. Allí están los que un país mejor a los que vienen. El libro es, pues, un
tuvieron que vivir solos su tragedia; los que ante la coro a mil voces.
probada responsabilidad del Estado recibieron algu- Ahora bien; destacadas estas dimensiones sub-
na irrisoria indemnización para tratar de comprar su jetivas en toda su diversidad, volvamos a los nexos
silencio y los que consideran deshonroso recibir tal con la dimensión colectiva. Y partamos de un he-
tipo de indemnizaciones; se escuchan los argumen- cho: la víctimas, individualmente consideradas, han
tos de los que no pudieron volver a creer en la viabi- padecido daños y sufrimientos irreparables Y__ pérdi-
lidad de la lucha política, de los que, desamparados das irremplazables: el esposo, el padre, el h110 que
por la justicia y sabedores que denunciar es colgarse partieron y no volverán. Pero al mismo tiempo, l_a
la propia lápida, invocan adoloridos el recurso a la mayoría de las víctimas y los sobrevivientes esgn-
venganza; de los que quieren y no pueden volver a men con distintos niveles de elaboración una certe-
su tierra, a su región, a su país. Pero también por las za fundamental y fundadora: la legitimidad de su
páginas de este texto desfilan los que encontraron el militancia política. Para todas, y es lo que le da rele-
apoyo de un pariente, de un vecino, de un coparti- vancia a esta investigación, la lucha por el reconoci-
dario, de una ÜNG, de un país amigo; los que no miento de esa legitimidad del proyecto político es la
renunciaron a saber el cómo, quiénes y por qué lo que le devuelve la dignificación a las víctimas Y a los
hicieron; los que quieren, cuando no se puede más, sobrevivientes; es la lucha continuada la que les da

e La Carreta Editores. Prohibida su 123


122 C La Carreta EJnores. Prohibida su reproducción total o parcial reproducc.l6n total o pardal
nuevamente sentido a su pasado y a su futuro. Des-
Los psicoanalistas, la guerra y la memoria1
de este punto de vista, todas acarician la expectati-
va de una paz duradera, en la convicción de que
El pasado es indestructibk. Tarde o temprano vuelven las cosas,
ella �rá facilitar su proceso de reconciliación con
y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado.
la sociedad y consigo mismas. Pero todo ello desde Jorge Luis &rges
luego, con una exigencia de reciprocidad, qu� el Es-
tado colombiano asuma algún día a plenitud la res-
· . . en los hechos y la deuda de reparac1ió n
ponsabilidad
d En un libro publicado originalmente en 1965, El
y e ¡ust1�ia con los herederos de la UP De ahí la inconsciente en la historia, el historiador Pierre Flottes,
importancia �e mantener viva la organización, puesto
de la Universidad de Burdeos, introducía la noción de
que es el sentido de pertenencia a ella el que hace que libido política2 a partir de la cual construía una filoso-
en últimas el dolor amontonado durante años por fía de la historia y presentaba el psicoanálisis como
centenares y miles de seres de carne y hueso se tra-
una teoría del origen del poder, del rey padre y, en
d��ca �n proyectos de futuro, en capacidad de mo-
últimas, del conflicto y de la guerra. No era la pri-
vilización Y en capacidad de aprendizaje de otros
mera vez que se postulaba la posibilidad de exten-
cont�xtos internacionales que también han tenido der el territorio del psicoanálisis al estudio de los
que m�entarse sus propios caminos para sanar su fenómenos históricos y político-sociales. Pero inten-
memon� perturbada. Este libro y el video que lo tos de ese tipo tendrían desde entonces cada vez
a�ompana estremecen, ciertamente, pero también mayor receptividad.
alientan. En ellos, de mil maneras, los vivos hablan En realidad, la historia como disciplina no pare-
para que los muertos vivan.
ce tan lejana del psicoanálisis. Ambas desarrollan
técnicas y estrategias propias para hacer visible lo
que ha invisibilizado y para restablecer el sentido de

l. Reflexiones con motivo de la presentación del número


4 de la revista Desde el Jardín de Freud, dedicado al tema de
"Memoria, olvido, perdón, venganza". Este artículo fue publica·
do inicialmente en Análisis político, Nº 54, marzo-agosto de 2005.
2. Pierre Flottes, El inconsciente en la historia, Madrid, Edi-
ciones Guadarrama, 1971. 0riinalmente en francés I.:histoire et
l'inconscient hurnain, Ginebra, Editions du Mont Blanc, 1963.
124 C La Carreta Editores. Profubida su rcproduccilón total o parcial 125
C La Cartera Edttorcs. Prolubída su ttproJucción total o parcial
ÜUERRAS, MEMOR!A E HISTORIA
GoNzAloSÁNCHEZ GóMEZ

los métodos tradicionales del historiador son inope-


lo que ha sido excluido, suprimido o encubierto.
rantes, ya sea que se trate de movimientos mesiánicos
Tanto la historia como el psicoanálisis tienen cier- o de homicidios colectivos, de cacería de brujas o de
tamente una relación privilegiada con el pasado. éxtasis místicos, de prácticas de puericultura o de mi-
Ambas disciplinas se ocupan de la selección de lo tos nacionales? iProporciona el psicoanálisis al histo-
mem?rable y de lo que a la luz de determinadas riador la posibilidad de ensanchar el campo de su
condiciones o exigencias es mejor olvidar pues como interés y de sus investigaciones?3.
�abe_mos, desde "Funes el memorioso" u�a memoria Un rápido vistazo mostraría que quince años
ilimitad� lleva a la confusión e impide la concep- después los historiadores colombianos no respondie-
tualización. Funes sabía y recordaba todo pero
.
mcapaz d e pensar. "Pensar es olvidar diferencias es = ron al llamado del colega Bernardo Tovar. En cam-
bio, los psicoanalistas dieron un salto sorprendente,
gene�alizar, abstraer", dice Borges, en ese cuento,re- pues como se hace evidente en números precedentes
valonzado hoy. Insisto en esta función de selección y particularmente en este número 4 de la revista
porque adicionalmente, y contra ¡0 que comúnmen- Desde el Jardín de Freud, ellos -los psicoanalistas-
te se predica, la tarea de los historiadores no es sirn- entraron en diálogo abierto no sólo con la historia
�lemen te la de reconstruir hechos, sino la de sino con todas las ciencias sociales, y no sólo para
mterp�etar Y construir sentido, otro punto de encuen- escudriñar el pasado sino también para encarar de-
tro evidente con el psicoanálisis. cididamente el presente, el tema de la guerra y las
Hace tres lustros, en 1989, desde el Departamen- incertidumbres del posconflicto. De hecho, en la pá-
to de �1stona de la Universidad Nacional se daba gina de presentación los editores señalan como con-
una sen�! de a�roximación, al traducir y publicar, texto de este número temático sobre "Memoria,
con. monv� del. cincuentenario de la muerte de Freud, olvido, perdón, venganza" el creciente interés mun-
el libro Historia y psicoanálisis de Saúl Friedlander dial sobre esa cadena de significantes y la urgencia
que había aparecido por primera vez en Francia en para los colombianos de abordarlos frente a las "ne-
197�. En la presentación de la edición castellana gociaciones en curso con los paramilitares".
del libro se formularon interrogantes como éstos:
iCuáles son las condiciones necesarias para poder apli- 3. Saúl Friedlander, Historia y psicoanálisis, Bogotá, Centro
car a la. historia los conceptos fundamentales del psi- Editorial Universidad Nacional de Colombia, 1989. Para una ex-
celente y más reciente aproximación a esta relación, véase de
:oanáhs�s -ente�dido aquí esencialmente como
Fran�oise Dosse "Historia y psicoanálisis: genealogía de una re-
psicología del yo -? iPueden las teorías freudianas lación", en Pasajes. Revista de Pensamiento concemporáneo, N 2
11,
arrojar una luz particular sobre temas para los cuales primavera de 2003, Valencia (España), pp. 93-114.
127
C la Carr era Editores. Prohibida su reproducción tocal o parcial
126 e, La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial
G..IEAAA.s, MEMORIA E HISTORIA

�esde luego, en la mayor parte de los trabajo,


nuevas disciplinas como la semiología y la teoría
aqui publicados se alude reiteradamente a las ob
, " ra� literaria. En gran medida todas estas nuevas cate-
mas a bírertarnenrs sociales" de Freud , pu blírea d as
¡ gorías están asociadas de alguna forma al discutido
a mayor parte de ellas en el periodo de entreguerras
pero sugestivo concepto de inconsciente colectivo,
co.mo �ótem y tabú, Moisés y la religión monoteísta, acuñado por Car! Gustav Jung. Esas nuevas mira-
Ps1co�gza de las masas y análisis del yo, El porvenir d�
das han hecho de las diferentes disciplinas "siste-
una t usión, El malestar en la cultura ... entre otras en mas de interpretación" y de búsqueda de sentido,
las �uales se encuentra claramente formulad� a orientación que las hermana decididamente con el
part1� de un parricidio inmemorial, la hipóte�is psicoanálisis, aceptando eso sí que se trata de siste-
freud1ana de la fundación de Estado la 1
· d d , ey y 1 a so, mas de interpretación convergentes pero irreductibles.
c.1e a , que em.ula y es en muchos aspectos compa- Comentando la contribución de Michel de Certeau
tibie con las tesis contractualistas de la teoría política al esclarecimiento de estas relaciones, Dosse la sinte-
de Rousseau y Hobbes. Pero el sentido con que se tiza en esta apretada fórmula: "Mientras la tarea del
evocan estos textos hoy es muy distinto al de hace psicoanálisis ante la historia consiste en informarla
un. par de décadas. Más que la invocación a la au- de qué ocurre con el sujeto, la tarea de la historia
tonda� de Fre,ud o de Lacan para pensar lo respecto al psicoanálisis es explicar la relación que
social, es
ostensible aquí el esfuerzo por pensar problemas nues- éste mantiene constantemente con el poder'".
tros, o '.11uy cercanos a los nuestros, con los recursos No se debate aquí sobre la pertinencia o no del
que bnn?a una aplicación creativa de la teoría paralelismo entre los procesos mentales individua-
ps1coanal1t1ca. Pero a su vez esta incursión del . les y los procesos mentales colectivos, tal como lo
.
coana'l.tsis en 1 o social se ha tornado
psi-
enunciara el propio Freud en Tótem y tabú ... Lo que
,
fr. ct1fera enormemente
� y prom.etedora, en la medida en que tam- se pone en evidencia son los que podríamos llamar
bien en. las crencras sociales se han producido trans- procesos de circulación entre lo individual y lo colecti-
f�rmac1ones Y renovaciones vo, lo psíquico y lo social. La pregunta central ya no
conceptuales en la
busqueda de un campo común a todas, el campo de es ­­0 no es ahora en todo caso- por las autonomías
la cultura, con categorías que marcan estrechas de tales procesos sino por sus intersecciones, acepta-
relaciones de. vecindad. Me refiero a categorías como das como punto de partida de la investigación. En
la de mentalidades e imaginarios en la historia, re- efecto, los temas que desfilan por estas páginas son
presentaciones en la sociología, órdenes simbólicos los de las masacres, los desplazados, los desaparecidos,
en la antropología, para no hablar del impacto de
4. Francois Dosse, op. cit., p. 104.
128
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción toca! o parcial
C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción tocal o parcial 129
GclNzALO SÁNCHEZ GóMEZ ÜUERRAS, MEMORIA E HISTORIA

las viudas, los torturadores, los campos de concen- déficit de interpretación, que es precisamente uno de
tración, es decir, eventos catastróficos para individuos los fuertes, si no el más, del discurso psicoanalítico.
y colectividades muy concretas, que constituyen la Adicionalmente a ese déficit de interpretación, hay
materia prima de este malestar nuestro que llama- otro que también me preocupa mucho y es el que
mos "la violencia". La revista se instala así en el voy a llamar el déficit de la capacidad expresiva, o si se
corazón del conflicto armado contemporáneo y de quiere, los límites de la narrativa histórica, socioló-
las violencias cotidianas de Colombia lo que consti- gica y politológica para dar cuenta de muchos as-
tuye de algún modo el alumbramiento de un viraje pectos asociados a estos temas de la memoria, la
a la vez conceptual y político, que tiene casi, me crueldad, el dolor, el miedo, el desarraigo y tantos
atrevería a decirlo, el alcance de un manifiesto, y otros que atraviesan nuestra cotidianidad. A colmar
una respuesta anticipada y contundente a las preo- ese déficit en la capacidad expresiva de los textos
cupaciones de una de las colaboradoras de la revis- apuntan las propuestas estéticas de artistas como
ta, la psiquiatra y psicoanalista francesa Tania Doris Salcedo, Óscar Muñoz o María El vira Escallón,
Roelens, quien tras una visita a Buenos Aires se de- quienes tematizan de manera particularmente crea-
claró sorprendida por la centralidad del tema de la dora eventos como el incendio del Palacio de Justi-
memoria en las relaciones de los psicoanalistas ar- cia, el desplazamiento y la marginalidad urbana o el
gentinos con los más diversos escenarios sociales, atentado al Club El Nogal, para dar sólo unos pocos
en contraste con la distancia de los psicoanalistas ejemplos. Quienes venimos trabajando la violencia
colombianos con el "campo psicosocial". Una bue- desde hace años sentimos la necesidad inaplazable
na tarea para la revista podría ser, en consecuencia, de sumar esfuerzos con quienes, dotados de otros
la realización de un inventario de lo que se hace hoy recursos hermenéuticos y de otros lenguajes, como
en Colombia en relación con la intervención tera- los artísticos y los literarios, nos puedan ayudar a
péutica y el trauma social y político. Estoy seguro de abordar en mejores condiciones lo inenarrable, lo
que podríamos encontrar muy gratas sorpresas. indecible, lo impensable de la tragedia colombiana.
En buena hora, pues, los psicoanalistas colom- No voy a tratar de buscar en los 26 artículos que
bianos emprenden esta reorientación de su trabajo, componen la publicación que nos convoca algún tipo
pues su potencial renovador es indiscutiblemente de unidad latente que vaya más allá de los nudos
muy grande en temas como este de la violencia, res- temáticos que anuncia el título "Memoria, olvido,
pecto del cual ha habido en los últimos tiempos perdón, venganza". No sería posible en las pocas pági-
mucha, mucha información, pero, creo yo, un gran nas previstas para esta presentación. Y tal vez tampoco
130 C La Carreta Editores. Prohibida su reproducción total o parcial e La Can eta Editores. Prohibida su reproducción total o pardal 131
ÜUERRAS, MEMORIA E HISTOR.lA

tenga _mucho sentido intentarlo. Lo que voy a hacer


Adorno afirma que No basta recordar a Auschwitz
más bien es señalar algunas tensiones básicas en este
para que no se repita "sino que es preciso reorientar el
campo de la administración de la memoria.
pensamiento y la acción de tal forma que ese pasa-
. La _memoria se ha vuelto una especie de impera- do no se repita". Es decir, que la memoria no tiene
tivo ético y normativo en la era contemporánea. Se
por sí sola funciones terapéuticas o preventivas, si
habla del "deber de memoria". "Deber" quizá en el no está acompañada de transformaciones mentales
doble sentido: de obligación y de deuda con las (pensamiento) y de decisiones políticas (acción), o
víctimas que han sido objeto de alguna forma de sea, si no está acompañada de la intervención clíni-
despojo por los poderes despóticos, llámense nazis- ca en el individuo y la intervención política en la
mo, dictaduras o señores de la guerra. El hito inau- sociedad que conduzca al cambio de sentido de
gural que marcó el paso de la vieja memoria heroica la historia de uno y otra.
de los vencedores a la memoria traumática de las Frente al publicitado "deber de memoria" sería
víctimas fue el Holocausto, considerado como ex- preciso introducir entonces esta cautelosa acotación:
presión irrefutable del fracaso de la civilización occi- "recordar es útil pero es insuficiente".
d�ntal Y como una especie de umbral de lo irrepetible. El segundo aspecto que hay que problematizar
Sin embargo procesos histórico-políticos como las es el del poder catártico de la memoria asociada a la
dictaduras latinoamericanas, que sobrevivientes verdad y la convicción generalizada de que la ver-
de Auschwitz han visto como triunfos póstumos de dad sobre el pasado traumático debe conducir a la
Hitler, ? los genocidios más recientes de Camboya, reconciliación. Negociar el pasado, parecería pos-
Rumania Y Yugoeslavia, pusieron en evidencia ante tularse, es negociar el futuro. A esa lógica obedece
el mundo que el retorno de lo irrepetible no era sólo la proliferación de comisiones de verdad en el mun-
una amenaza sino que ya estaba con nosotros. y do, 21 entre 1974 y 2002. A esta función de catarsis
estaba no con un "nosotros" lejano, en África O Asia, de la memoria y de la verdad están ligadas numero-
�mo con nosotros aquí en el suelo colombiano. sas reflexiones de la revista sobre la importancia y la
lNo es el politicidio de la UP, no son las innumera- necesidad de contar qué experimentan las víctimas
ble� �asacres de los años 90 incorporadas a la de los campos de concentración en particular. Primo
coudianidad, la irrupción de lo irrepetible entre Levi, autor de un influyente libro, Los hundidos y l.os
nosotros? salvados5, que representa un caso paradigmático,
No podemos más que estar de acuerdo con
Reyes Mate, cuando inspirándose en un texto de 5. Primo Levi, Los hundidos y los sal11ados, Barcelona,
Muchnik Editores, 1993.
132
C la Carreta Eduores. Prohibida su reproducción cocal parcial
O
C La Can .:ta Eduores. Prohibida su reproducción total o parcial 133
GualRAs, ME.MORlA E H1STORlA

encontró en la narración una especie de fuerza re· de la Guerra Civil fue saldado con un pacto de olvi-
dentera que iba más allá de su experiencia personal. do por una generación que ya se encontraba relat!·
En una entrevista de 1986 y hablando de su primer vamente distante de los eventos y que no quena
est_a�ilida� polí-
libro novela-testimonio Si esto es un hombre, que data poner en riesgo las perspectivas de
de 194 7, dice que con el transcurso de los años ob- tica y económica presentes. En la adm1mstrac1ón de
servó que más allá de su rasgo autobiográfico, el las memorias hay ambivalencias, hay cálculos, hay
libro tenía también otro significado que permitía in- decisiones e tratégicas. En suma, podemo decir que
terpretarlo como "un testimonio universal de lo que la memoria asociada a la verdad libera pero tam-
el hombre es capaz de hacer a otro hombre"6• in bién paraliza, alivia pero también traumatiza, es gri·
embargo, recordar y contar es sólo una de las vías de to de libertad pero también es prisión.
confrontación con el pasado, tanto en el plano indi- Un tercer campo de ten iones es el de las rela-
vidual como en el social. También está la del olvi- ciones memoria e identidad, un campo de enorme pres-
do. El ya citado Levi lo precisa así: ''Algunos de mis tigio hoy en las ciencias sociales. En uno ?e los textos
amigos, amigos muy querido , no hablan nunca de se plantea aquí una tesis fuerte que podnamos enun-
Auschwitz. Otras personas, en cambio, hablan ciar así: la memoria no es sólo el retomo de los re·
de Auschwitz incesantemente, y yo soy uno de ello "7• cuerdos; es algo más radical, es el retomo de los sujetos.
A partir del estudio de registros clínicos de expe- La memoria aparece en la era contemporánea como
riencias de guerra de algunos combatientes, que no un poderoso recurso para la recuperación o afirma·
logran reelaborar simbólicamente lo sucedido, se ción de la identidad. Es una de las armas de los
muestra en varios trabajos aquí reunidos cómo para débiles para retomar la afortunada expresión que
ellos recordar es literalmente revivir el evento trau- hizo célebre James Scott. Se muestra aquí en efecto
mático extremo. En el plano social también se rompen cómo poblaciones que habían sido borradas del map_a
estos automatismos entre memoria y reconciliación humano en tanto indígenas, recobran hoy su condi-
política. España, por ejemplo se apartó del dictado ción de tales, en las goteras de Bogotá (en Suba), Y
de las comisiones de verdad para asegurar la transi- amparadas en un nuevo contexto internacional fa.
ción democrática tras la muerte de Franco. El deba- vorable a las minorías y en el marco de la nueva
te inicial de qué hacer con la experiencia traumática Constitución hacen valer sus derechos. Es lo que se
conoce hoy en muchos países latinoamericanos como
6. Primo Levi, Enrrevístas y conversaciones, Barcelona, Edi- el proceso de "reindigenización". Por otro lado Y en
ciones Península, 1998, p. 65.
7. !bid., p. 172. otro contexto, Tzvetan Todorov nos hace ver el

e 135
134 C la Carreta Editores. Prohibida su reproducción tocal o parcial La Carr eta Eduoees. Prorubula su ttproducclÓn total o parcial
GJERRAs, MEMORIA E HISTORIA

freudiana del "narcisismo de las pequeñas diferen-


re':erso de este proceso. Señalaba, en su muy citado
op_usculo Los abusos de la memoria', cómo una de las cias" entre los hermanos (Caín y Abel) para expli-
principales herramientas de acción de esas empre- car su rivalidad mortal. La expresión de las
diferencias se hace agresiva, anota lgnatieff, precisa-
sas_ de destrucción que fueron los regímenes totali-
tarios, eran precisamente la supresión de la memoria. mente para disimular que son menores. Una línea
Todo proyecto de reconstrucción del pasado era vis- muy sugestiva para pensar por ejemplo en los milla-
to como un acto de insubordinación contra el poder. res de muertos que nos costaron en Colombia las
Memona, arma de los débiles y por tanto blanco identidades y las diferencias partidistas (menores)
privilegiado de los poderosos, eran dos caras de la en los años cincuenta.
misma moneda. Pero el discurso identitario asocia- Quisiera aludir a otro lugar de encuentro de va-
rios de los trabajos de este volumen. Me refiero a la
do al_ ma�ejo de la memoria también comporta peli-
relación cuerpo­memoria­tortura, tríada que sirve de
gros musitados, como lo evidencia especialmente el
caso de Bosnia, en donde a comunidades que "an- soporte a reflexiones sobre los campos de concentra-
ción, sobre el genocidio tutti y sobre la cárcel de
tes de la guen:a iban a las mismas escuelas, trabaja- Abu Ghraib en Bagdad. La memoria es asunto
ba� e� los mismos garajes, salían con las mismas de procesos mentales, pero también es, y muy esen-
chicas : Y cuyos miembros antes que servios o bosnios cialmente, asunto de marcas y procesos corporales.
se sentían yu�oeslavos, les fueron inyectados por in- El principio que parece regir estas relaciones se po-
tereses
, .
extranos a esas mismas comunidades odiLOS dría enunciar parafraseando el dicho popular de la
etrucos y nacionalistas que llevaron a la tragedia siguiente manera: "la memoria con sangre entra". El
mundialmente conocida. Tan inexistentes eran esos cuerpo, lugar de vida y de goce, analizado en núme-
anta�onismos antes de la guerra que Michael ro precedente de la revista, es explorado aquí como
Ignatíeff en un libro cautivante • El honor del guerte­
:º ,
9
sostiene que "el nacionalismo no 'expresa' una
identidad previa, la 'crea'". En lugar de fundamen-
lugar de la barbarie y del envilecimiento deshuma-
nizante de las víctimas, que deja a éstas en una pro-
funda sensación de desamparo e indefensión. La
t�r la guerra en diferencias mayores entre las comu- inscripción física del recuerdo, próxima a la muerte,
nidades mencionadas, lgnatieff recurre a la tesis es descubierta aquí como el fundamento del olvido
imposible. Recordemos el epígrafe de Los hundidos y
, 8: Barcelona, Paidós, 2000. Título original: Les abu.s de la los salvados "desde entonces a una hora incierta/de
memoire, París, Arlea, 1995. vez en cuando regresa esa agonía ... ". O lo dicho por
, 9 · �adrid, Grupo Santillana de Ediciones, 2002, p. 239. el propio Levi poco antes de publicar el ya citado
Titulo original The Warrior's Honor, New York, Owl Books, 1998.

e La Carr ·ta Editores. Prohibida su reproducción toral o parcial


137
136 e la Carreta Editores. Prohibida su reproducción coral O parcial
G..n::RMs, MEMORIA E Hf,q()IUA
GoNw.o SÁIOiEZ GóMIZ

libro: "Tengo en la cabeza ... en el estómago, algo esta generalización de la escena del perdó_n. una in-
bastante indigesto que se relaciona con el tema de vasión inesperada de las dimensiones religiosas _en
la experiencia de Lager revisada a treinta y cinco el campo de la política que ha tenido tanto eco m-
años de distancia ... "10• Es la huella de una expe- cluso en nuestro país12• Me sorprendió saber en estos
riencia física indeleble la que crea la necesidad tam- días de la existencia en Bogotá de una Fundación
bién física de contar, de dar algún testimonio, en para la Reconciliación que declara tener como tarea
busca de alguna forma de simbolización de lo real central del momento la popularización de Escuelas
que permita salir, dice uno de los artículos de la de Perdón y Reconciliación, con un evidente �cento
revista, "de la marca de la memoria en bruto". religioso y con inspiración explícita en la prédica del
Y hablando de la función terapéutica del ejerci- obispo Desmond Tutu. El perdón puede ser uno
cio de contar, encuentro particularmente sugestiva de los tópicos de mayor tensión entre procesos so-
la asociación o analogía entre el testimonio, la con- ciales y procesos personales, pues el daño en el curso
fesión y la terapia psicoanalítica 11• Desconozco si hay del conflicto es colectivo y también individual, pero
estudios al respecto, pero abrigo la sospecha de que no lo es de la misma manera en uno y otro caso. La
la aludida pulsión de contar, sobre todo cuando vie- mejor salida para la sociedad no es necesariam�nte
ne de los victimarios, tiene líneas de parentesco con la mejor para las víctimas individualmente conside-
la función polivalente de la confesión en el cristia- radas, y viceversa. Hay quienes, como Jean Améry,
nismo, en su triple condición de terapia frente a la otro sobreviviente de Auschwitz, proclaman como
culpa, de expresión abierta de una voluntad de rec- opción personal el resentimiento incorregible fre�te
tificación y desde luego de una especie de castigo a los verdugos: "No deseo convertirme en cómplice
autoirnpuesto, en la medida en que alguien se con- de mis torturadores, exijo más bien que se nieguen a
sí mismos y me acompañen en la negación" Siempre
13•
fiesa porque reconoce que ha ofendido gravemente.
Esto me lleva al último punto que quisiera resal-
tar, de los tantos que quedan pendientes. Y es el 12. Jacques Derrida, Foi et saooir, suivi de le sitcle et le pardon,
tema del perdón precedido de la confesión pública, Paris Éditions du Seuil, 1998, PP· 103 Y ss. .
y popularizado como un dispositivo central de los i3.
Jean Améry, Más allá de la culpa ­y la expiación. T:"rauvas
de superación de un 11ícwna de la violencia, Valencia (España), _Pre-
proceso de paz a partir de la experiencia sudafricana. Textos, 2004, p. 149. Otra formulación más directa de esta idea:
Jacques Derrida, tras su viaje a Sudáfrica, vio en "Se me ha inllingido una herida. Necesito desinfectarla Y ven-
darla, no reflexionar sobre por qué el verdugo me asestó. el golpe,
10. Leví, Entret1Íjtru, op. cit., p. 133. y de esa guisa, al comprender sus motivos, acabar medio discul-
11. lbld., p. l 73. pándolo", ldem., p. 181.

e La Carn ta Eduores. Prolubda su rerroducctón total o parcial


139
138 C la Carrera Editores. Prohíbida su reprcxlucci6n total o parcial
ÜUERRAS, MEMOIUA E HlSTOIUA

habrá que definir muy finamente quién pide el per- Se le pide perdón a un ente abstracto, social, po-
dón, a quién se pide, cómo se pide y qué se perdona. lítico, institucional, y no a las mujeres o a una mu-
Pero insistamos no más en un aspecto de este com- jer en particular. Es el mismo recurso de evas_ión .de
plejo tema. Las demandas de perdón por parte de Adolfo Eichmann cuando en los famosos 1u1c10s
los victimarios indudablemente pueden contribuir de Jerusalén se declara culpable ante Dios pero no
en muchas ocasiones a aliviar el dolor de las vícti- ante la ley. Hay que recalcarlo una y otra vez: el
mas, pero en otras puede servir simple y llanamente simple hecho de decir la verdad no lleva a la recon-
para escamotearlo. La teatralización de la verdad y ciliación. Más aún, en sus reflexiones sobre justicia
el perdón en las comisiones de verdad puede tener y perdón, inspiradas en su visita a Sudáfrica, Derrid_a
impactos simbólicos muy importantes, pero también observó cómo a menudo los corturadores se regoci-
puede conducir a una especie de banalización del jaban narrando sus atrocidades, lo cual desde luego
ejercicio de la confesión, donde el simulacro y la no hacía sino aumentar el do lor or dee I as víctimas
,. 14
.
hipocresía sean los protagonistas de esta "ceremo- Conocida la verdad, es preciso juzgar. La verdad exige
nia de la culpabilidad". Piensen ustedes en la esce- la justicia. Porque donde no opera la justicia se reins-
na del jefe paramilitar Salvatore Mancuso cuando tala la venganza, con lo cual volveríamos al punto
decía al anunciar la desmovilización de uno de los de partida.
principales frentes -el del Catatumbo-, con irritan- Por los temas aquí tratados se habrán sorprendido
te eufemismo: "( ... ) les pedimos perdón y disculpas ustedes que estemos asistiendo a la presentación de
a los habitantes del Catatumbo si les produjimos una revista de psicoanálisis y ClO de un libro de aná-
dolores y sufrimientos", en donde el condicional "si" lisis político. Y sí, es una revista de psicoanális,is
es ya una afrentosa autoexculpación. Miren ustedes que se metió en el corazón de los problemas del pars.
los reclamos de unas mujeres que comparecieron ante Y eso hay que celebrarlo y hay que felicitar a todos
sus agresores en una comisión de la verdad en los que han contribuid'o, como editores, como cola-
Sudáfrica y establecen el siguiente diálogo reprodu- boradores, como ilustradores, como traductores, para
cido en uno de los artículos: que cobrara vida este formidable volumen que estoy
Mujer l: Allí están. Cómo e tán de tranquilos, ellos seguro va a ser histórico. Es sin lugar a dudas una
mataron a nuestros hijos y bromean. de las grandes innovaciones de las ciencias huma-
Mujer 2: ¿y ellos piden el perdón? No lo <laremos nas en los últimos años.
nunca.
Mujer 3: No es a nosotros a quien ellos lo piden, es a la 14. J. Derrida, Sur Parole, París. Édicions de l'Aube, 1999,
Comisión. p. J l.

C La Carreta Editores. Prohibida su repeoduccrór' cocal o parcial


141
140 O La Cartela EJnores. Prohrbeda su reproducción total o parcial
En estos últimos cincuenta años el tema de la memoria se ha
convertido en un componente crucial del análisis y resolución los
grandes conflictos armados, llámense guerras, dictaduras o
revoluciones. Al lado las de las dinámicas militares, de las
motivaciones sociales y políticas de la guerra, han cobrado un
protagonismo inédito las victimas, o más precisamente las
relaciones entre victimas y victimarios. Las responsabilidades de
los últimos y las exigencias de las primeras han puesto en
evidencia la distancia que media entre la terminación de las
guerras y su solución. lCómo administrar las negaciones y la
sociedad posconflicto? lCómo resolver el pasado con miras el
futuro? Son preguntas que atraviesan las tenaionea entre memoria
y olvido, justicia e impunidad, perdón y reparación. Todo un
territorio nuevo de la política, en la cual las pretensiones de los
múltiples actores (Estado, insurgencia, contrainsurgencia, ONG,
víctimas) se dirimen no sólo a la luz de las tradiciones personales
y de la correlación de fuerzas entre las partes enfrentadas, sino
también de los nuevos contextos internacionales. Porque el hecho
preponderante es que el uso hipertrofiado de la amnistía en la
historia de Colombia tropieza hoy con la reciente
internacionalización de la justicia y la consiguiente de nuestra
memoria, factores que le imponen llmites insalvables a nuestros
modos rutinarios de administrarlas.
Este no es contexto coyuntural. Las preocupaciones que se
ventilan aquí van más allá del debate público en tomo a las
negociaciones actuales con la contrainsurgencia, y en su
momento tendrán que ser abocadas para el conjunto del conflicto
armado de nuestro país. En este libro, construido a la luz de sus
investigaciones precedentes. el autor pone el momento actual en
una perspectiva de larga duración, e invita a retomar el pasado
para moldear el futuro si queremos salir del karma de la repetición
de la guerra.

LIMl!RIA NACIONAL
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Editores E. U.