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El modelo de subjetivación emprendedor: auto-violencia y auto-

explotación como mecanismos de regulación en las sociedades


contemporáneas.

Notas sobre el proyecto cultural Macrista.


Pablo Delgado.

En la actualidad, cada vez es más frecuente escuchar la palabra “emprendedor”, diferentes


derivados de la misma y en una importante cantidad de registros como un gran modelo a seguir.
Se habla bastante de su importancia y de sus prometedores éxitos en el plano económico o
personal, pero se ha extrapolado como una grilla de inteligibilidad hasta lo más recóndito de
nuestras vidas, hacia zonas o actividades donde antes primaba otro tipo de racionalidad. Presentan
la lógica emprendedora siempre de forma positiva y como algo natural, pero en realidad contiene
una carga histórica, cultural y, por encima de todo, política cuya trama debe ser visibilizada y
puesta en tensión. En este sentido, gran cantidad de autores y autoras han escrito sobre el tema
elaborando manuales y recetas para la economía, las personas y los gobiernos, produciendo toda
una serie de programas, políticas públicas e infinidad de técnicas orientadas para fomentar el
Emprendedorismo. Y cada vez hay más. Por todo ello, en el presente capítulo realizaremos un
abordaje crítico del modelo de subjetivación emprendedor a la luz de la temática de la producción
de subjetividad y del neoliberalismo como racionalidad para identificar la dinámica de auto-
violencia y auto-explotación que encierra la fábrica de esta subjetividad, analizar sus implicancias
y su relación con el capitalismo neoliberal, luego realizaremos algunas notas sobre el proyecto
cultural macrista, cuya columna vertebral está constituida en parte importante por los valores del
Emprendedorismo.

Primeras aproximaciones sobre la subjetividad


emprendedora:
El poder, en su lógica y extensión, también se define por su capacidad de producir realidad, de
hacer mundo. Modula (cuando no, directamente produce) tanto lo reflexivo como lo pre-reflexivo
de nuestro ser, nuestra conciencia como también nuestros sueños y fantasmas, nuestra visión del
mundo y de lxs otrxs, nuestras sensibilidades y miedos. Y así hasta incluso configurar
determinadas disposiciones interiores. Es decir, no opera solo en la objetividad, sino que tiene
capacidad de intervenir hasta el último rincón de nuestra subjetividad. No es solamente jerárquico,
es también heterárquico. A propósito, el autor italiano Maurizio Lazzarato sostiene: “En las
sociedades de control, el problema es efectuar mundos. La valorización capitalista está de ahora
en adelante subordinada a esta condición.” (2006:101).
Con respecto a ello, en las palabras preliminares al libro “Capitalismo, deseo y servidumbre” de
Frédéric Lordon, bajo el título “Contra la explotación política de la potencia”, lxs compañerxs de
la editorial Tinta Limón establecen las coordenadas de un interesante desafío: “comprender y
criticar la compleja articulación entre afectos, relaciones sociales y estructuras históricas que
permite relanzar, una y otra vez, los mecanismos de explotación en la sociedad contemporánea”
(2015:7). Siguiendo esta línea, si a principios de la década de los noventa, en “Post scriptum:
sobre las sociedades de control”, el filósofo francés Guilles Deleuze afirmaba perspicazmente que
“Se nos enseña que las corporaciones están dotadas de un alma, lo cual constituye una de las
noticias más aterradoras para el mundo.”, cuyo núcleo es la mercadotecnia, hoy debemos
preocuparnos por la transversalizacion del gran campo de fuerzas que se estructura en torno al
mandato social de convertirnos hasta en el último rincón de nuestra alma en un empresario de mí
mismo, en sujetos emprendedores y los regímenes de verdad que lo acompañan como el
management y el coaching. Parafraseando a Ignacio Lewkowicz (2004), podemos decir que en el
agotamiento de la verdad del ciudadanx, el emprendedor y sus diferentes pragmáticas aparecen
como “nueva fuente de razón y justicia”, como soporte subjetivo necesario para las
transformaciones estatales y económicas telúricas que vive nuestro mundo desde 1970. También
relacionado a la teoría del capital humano, el afán de emprender implica una grilla de
inteligibilidad sobre la potencia humana que es celebrada y fomentada por el neoliberalismo (el
cual, como nos recuerda Foucault, tiene necesidad de reconstruir un modelo de homo
oeconomicus) porque constituye una forma de “gobierno del yo” distinta, y sobre todo eficaz.
Entre sus ideólogos más importantes encontramos a Joseph Schumpeter, Peter Drucker,
Fernando Trías de Bes, David Osborne, Ted Gaebler y Gary Becker. En la genealogía del conjunto
de saberes que dan vida a este determinado tipo de homo oeconomicus, no solamente la teoría
económica intervino, sino que es un objetivo central de otras teorías y estrategias de conducción
social contemporáneas. Una de ellas es la abundante literatura del Management y las técnicas que
promulga, en donde encontramos autores como Frederick Winslow, Henri Fayol, Michael Porter,
Daniel Goleman y Tom Peters. Otra fuente que encontramos se trata del Coaching y sus diferentes
ramas de entrenamiento, allí tenemos a Talane Miedaner, Robert Dilts, Joseph O’Connor y
Andrea Lages, entre otrxs. Por último, nos topamos con el boom de la literatura sobre autoayuda
y sus guías de consejos para la “realización personal”, allí se destacan algunos autores como
Eckhart Tolle, Napoleón Hill, Stephen Covey, Robert Kiyosaki, T. Harv Eker y Anthony Robbins.
En este rápido repaso, no podemos dejar de mencionar al representante local Andy Freire, autor
de libros como “Pasión por emprender” y “Argentina emprendedora”, ex Ministro de
Modernización, Innovación y Tecnología hasta diciembre de 2017 y actualmente legislador
porteño por Cambiemos.
Y bien ¿qué es ser un emprendedor? Es un modelo normativo de estilo de vida individual. Y allí
el quid de la cuestión, porque no se trata de un trabajo más o una profesión específica, es un modo
de concebirse a sí mismo, de orientarse para unx y para con otrxs. Ser emprendedor depende más
de un “enfoque de vida” que del estado laboral particular. Nos dice Ulrich Bröckling:
“el actuar emprendedor designa menos un estado de cosas que un campo de fuerza: es una meta a la que
apuntan los individuos, una medida según la cual juzgan su actividad, un ejercicio cotidiano que cultivan, y
un generador de verdad, ante el cual se reconocen. Esta forma de subjetivación… es una exigencia que se le
hace a todos y cada uno. El llamado a convertirse empresario de sí mismo y actuar en forma correspondiente
debe ser un constante proceso de trabajo con uno mismo” (2015:13).

Dicho esto, la entrada en escena del modelo de subjetivación del emprendedor tiene varias
implicancias. Si bien el actual “espíritu del capitalismo”1, ese “gigantesco mecanismo de
justificación ética de la organización productiva, financiera y pública de las sociedades actuales”
(Ahumada, J. 2014:116), tiene más de una cara (como la del sujeto endeudadx de Lazzarato por

1
Luc Boltanski, Eve Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, 2002
citar un ejemplo), motivo por el cual existen diferentes mixturas y pliegues, el Neoliberalismo
otorga “prioridad ontológica” al “hombre empresa”, una categoría de persona particular cuyas
mutaciones antropológicas reproducen, profundizan y diversifican las jerarquías y relaciones de
dominación de clase, raciales y sexo-genéricas, privilegiando ciertas dimensiones de dicho
modelo antropológico en detrimento de otras. A su vez, este “empresario del yo” necesita un
“ecosistema” con ciertas estructuras y normas, con una cultura empresarial difundida, que le
facilite su despliegue. En este sentido, la noción de “empresa” va a ocupar un lugar radicalmente
crucial en las transformaciones en los modos de producción y de gestión de la mano de obra, pero
también estatales, que redefinen fuertemente las relaciones laborales. Siguiendo a Paul du Gay
citando a Graham Burchell, ese conjunto de condiciones se pretende lograr con la “generalización
de la "forma empresa" a todos los modos de conducción: la conducción de organizaciones antes
consideradas como no económicas, del gobierno y de los propios individuos” (Hall, S. y Du Gay,
P. 1996). De allí la idea de que el sector público necesite reformarse y que se empresarize bajo la
egida de la “Nueva Gestión Pública” y el “gobierno empresarial”. Pero también la economía a
través de términos como la “New Economy” y la “economía del conocimiento”. El resultado: una
determinada tipología de persona, el empresario de sí mismo, correspondiente a un determinado
campo de la vida, el mercado, se impone a las demás dimensiones de la lebenswelt. Como ya lo
señalara Foucault, quizás el primero en poner atención sobre este fenómeno y desarrollar una
línea de investigación al respecto en su curso del College de France de 1978-1979 llamado “El
nacimiento de la biopolitica”:
“Esa multiplicación de la forma empresa dentro del cuerpo social constituye, creo, el objetivo de la política
neoliberal. Se trata de hacer del mercado, de la competencia y, por consiguiente, de la empresa, lo que
podríamos llamar el poder informante de la sociedad.” (2007: BUSCAR NUMERO DE PAGINA)

Wendy Brown, en su último libro “El Pueblo sin atributos”, pone la lupa sobre dicho proceso y
lo denomina la “economizacion de la vida”: la racionalidad neoliberal disemina el modelo de
mercado a todas las esferas y actividades y configura a lxs humanxs exhaustivamente como
actores del mercado, siempre, solamente y en todos lados como homo oeconomicus. A propósito,
Fernando Escalante Gonzalbo sostiene que:
“El lenguaje de esa economía (la neoliberal) es ya de uso corriente en el espacio público, en todas
partes. Tanto que muchos de los supuestos más problemáticos se dan por hechos: equilibrio,
eficiencia, racionalidad, maximización. Es un indicador, y no trivial. Para resumirlo en una frase,
diría que el mercado se ha convertido en la metáfora básica para interpretar la vida humana, y
esa es una de las claves de este nuevo mundo” (2016:64).

Postfordismo, Estado de Competencia y gubernamentalidad:


Una característica de las Sociedades de Control son sus fronteras móviles y difuminadas a la par
de la sofisticación del poder en términos de capacidad de modulación. Es la idea deleuziana de
que las instituciones de encierro se están erosionando, por lo que se erige la deuda como un
mecanismo central de control “al aire libre” cuyo lenguaje es numérico. El control ya no se vincula
solamente a la producción, sino a la totalidad de la vida, modula en su propio espacio abierto. Al
respecto, el mismo Deleuze expone:
“en el régimen empresarial, los nuevos modos de tratar el dinero, de tratar los productos y de tratar a los
hombres ya no pasa por la antigua forma de la fábrica. Son ejemplos mínimos, pero que nos permiten
comprender mejor lo que hay que entender por «crisis de las instituciones», es decir, la instalación progresiva
y dispersa de un nuevo régimen de dominación” (2006:5).

En este marco, la Globalización muestra cómo se reconfiguran los espacios económicos y cómo
el espacio público y urbano, “depende de redes desterritorializadas y transfronterizas y de
localizaciones territoriales con concentraciones masivas de recursos” (Sassen, S. 2003:33) que
producen fronteras, ya sea desplazando las ya existentes, eliminándolas, fragmentándolas,
descentrándolas o diferenciándolas, en fin, rediseñando las cartografías. Estas ideas no son
nuevas, pero la intensidad, la voracidad y la complejidad de este proceso es muchísimo más feroz
que décadas atrás. Tal es así que “Las nuevas tecnologías y formas organizacionales han alterado
los correlatos espaciales de la centralidad” (Sassen, S. 2003:38) y “ya no organiza una cartografía
capaz de distinguir inequívocamente la metrópolis de las colonias, puesto que éstas estallan y se
recomponen continuamente a escala global” (Mezzadra, S. 2008:263). Estos planteos tienen su
raíz en la siguiente dinámica: la producción capitalista ya no se corresponde directamente y
exclusivamente con la forma industrial porque, por un lado, se deslocaliza, se descentraliza y se
terciariza y, por otro lado, se desplaza su funcionamiento hacia la explotación intensiva de, por
ejemplo, el “trabajo cognitivo” y demás segmentos de la producción social. Así:
“significativas porciones de las economías son ahora desmaterializadas, digitalizadas y, por ende, los datos
económicos pueden viajar a gran velocidad a través de esas mismas redes… Todo esto ha implicado un
aumento en el número de ciudades que forman parte de redes transfronterizas, que generalmente operan a
gran escala geográfica. Bajo estas condiciones, mucho de lo que experimentamos y representamos como «lo
local» resulta ser un microambiente de alcance global.” (Sassen, S. 2003:33).

Por ende, a la par de la lógica de los procesos de desnacionalización, desterritorialización y


reterritorialización difusa de las articulaciones productivas, bien documentados en los aportes de
Saskia Sassen2, los instrumentos de poder siguen un camino parecido, no sin tensiones. En el
marco de la mercantilización de los espacios públicos y de nuevas cartografías urbanas, se van
colocando todo tipo de mecanismos y tecnologías de vigilancia, control y dominación que buscan
modular, normalizar y disciplinar todo lo que pueda amenazar al régimen de acumulación del
Capital y su carácter extractivista y de desposesión de las riquezas sociales comunes. Es decir,
hay una difusión temporal y espacial del control y la sujeción a la vez que su morfología va
cambiando. En esta sedimentación de transformaciones, sobe las cuales profundizaremos en los
siguientes párrafos, el neoliberalismo constituye un motor fundamental porque “el ataque
neoliberal al Estado social ha continuado ininterrumpidamente hasta lograr de hecho que se
reemplace el «Estado social» por un verdadero «Estado penal»” (De Giorgi, A. 2002:76) y, más
importante aún para nuestro planteo, porque que también la estatalidad se va configurando cada
vez más en torno a la competencia debido a que cambia:
“la concepción de la acción pública… como efecto de la lógica de la competencia mundial. Si el Estado es
considerado un instrumento encargado de reformar y dirigir la sociedad para ponerla al servicio de las
empresas, debe plegarse él mismo a las reglas de eficacia de las firmas privadas.” (Dardot, P. y Laval, C.
2013:276).

Entonces, hay importantes conexiones entre transformaciones estatales y económicas pero que no
está exenta de tensiones, contradicciones y discontinuidades, variando según las geografías y las
trayectorias de dependencia.
¿A qué transformaciones nos referimos? En el plano del paradigma productivo, se asiste al
progresivo desmantelamiento del fordismo, que a finales de la década de los ´60 había llegado
limites endógenos de crecimiento, en dirección al horizonte del capitalismo postfordista, una
determinada apropiación por parte del Capital del saber – hacer obrero cuyo resultando es una
nueva división técnica del trabajo y control del tiempo productivo junto a nuevos métodos
colosales de explotación del trabajo vivo. Mutación radical que, en palabras del filósofo Paolo
Virno en torno a la génesis de este nuevo régimen, implica dos cuestiones: a) “Toda metamorfosis
drástica de la organización productiva está destinada en un principio a evocar los afanes de la
«acumulación originaria», debiendo transformar desde el inicio una relación entre cosas en una

2
Saskia Sassen, Contrageografías de la globalización. Género y ciudadanía en los circuitos
transfonterizos, Traficantes de Sueños, 2003.
relación social.” Y b) una “Innovación drástica de la economía y de las instituciones con el fin de
lanzar de nuevo la productividad y el dominio político.” (2003:103).
Para el criminólogo crítico Alessandro De Giorgi, se trata de “un régimen productivo definido
por la excedencia (y por lo tanto por la emergencia de estrategias orientadas al control de la
excedencia)” (2002:38), en el cual el trabajo se extiende cada vez más hasta abarcar toda la
existencia social y el horizonte total de la vida. Dicha “excedencia” en tanto adjetivo fundamental
de este proceso, puede leerse de dos maneras. Por un lado, la excedencia negativa, la cual sostiene
De Giorgi:
“se presenta como un complejo de subjetividades que exceden la lógica “gubernamental”, dado que exaspera
la contradicción entre una ciudadanía social todavía fundada sobre el trabajo y una esfera productiva que
progresivamente necesita del trabajo vivo cada vez en menor medida.” (2002:38).

Esta tensión es la consecuencia del mazazo sobre la clase trabajadora que ocurre a partir de la
década del ´70, en la que el Capital empieza a depender cada vez menos de la cantidad de fuerza
de trabajo directamente empleada en el proceso productivo debido a la introducción de nuevas
tecnologías, por lo que disminuye progresivamente el quantum de trabajo vivo necesario para la
valorización del capital (De Giorgi, A. 2002:91) junto al creciente proceso de deslocalización y
tercerización del sector industrial antes mencionado. Dicha avanzada sobre el proletario se da en
el marco de un profundo cambio de época:
“Mientras en la época fordista la idea predominante era, según la fórmula consagrada, el «acuerdo entre
eficacia económica y progreso social» en el marco de un capitalismo nacional, en la actualidad ya sólo se
percibe a esta misma población como un «recurso» para las empresas, de acuerdo con un análisis en
términos de costos-ventajas.” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:286).

Allí, el progreso tecnológico e informático y la liberalización financiera, van reestructurando y


modificando la producción mediante un conjunto de nuevas tecnologías organizacionales
empresariales, cuyo resultado es un constante incremento de la flexibilidad y la desocupación, la
cual pasa a ser un fenómeno estructural más que coyuntural. Esto deriva en un incremento
sustancial de la precariedad en torno a los derechos de lxs trabajadores, de la inseguridad en torno
al salario en el marco de relaciones de producción cada vez más cerca de ser serviles y en una
densificación de los circuitos productivos paralelos para obtener fuentes alternativas de renta por
parte de les afectades de estos desplazamientos. En síntesis, mercados no regulados en los que
prima contundentemente el trabajo intermitente y temporal, en “negro” y por subcontratación de
acuerdo a las exigencias contingentes de empresas, y en los que la fuerza laboral se desestructura
y se fragmenta en un archipiélago de figuras laborales atípicas (De Giorgi, A. 2002:93). A su
vez, con la informatización de la producción, el trabajo también se vuelve cada vez más
“cognitivo”, “inmaterial”, “lingüístico”. Para ser precisxs:
“Inmaterial porque se sustenta sobre la elaboración de símbolos, sobre la construcción de lenguajes, sobre un
saber-hacer que no debe ser jamás idéntico a sí mismo, sobre la gestión de signos. El trabajo tiende a
«desmaterializarse» en el sentido de que se desvincula de su histórica relación con un producto determinado,
transformándose en cambio en performance comunicativa… momento productivo que crea una «segunda
naturaleza» (la virtual), antes que limitarse a transformar el mundo natural.” (De Giorgi, A. 2002:97).

Diferente al arquetipo del Fordismo, el sociólogo oriundo de Milán, Sergio Bologna habla de
lxs “nuevxs autónomxs o cuentapropistas”, aquellxs que deben organizar por si mismxs sus
relaciones comerciales (Bröckling, U. 2015:71). A su vez, ante la caída de la tasa de ganancia y
el ascenso de distintos movimientos de protestas, como los desplegados en el mayo del ´68, el
método de organización del trabajo conocido como “toyotismo”, aplicado en Japón, aparecerá
como una solución a los problemas de estos años bisagras con dos técnicas principales: la
introducción de los “Círculos de Calidad” y la formación de “Equipos de Trabajo”. A ello se
sumará en la década de 1980 la “Gestión de la Calidad Total” y la normativa ISO 8402, todas
tecnologías organizacionales que implican el involucramiento de lxs trabajadores para aumentar
la productividad. Innovación que es tecnológica y a la vez organizacional.
Esta respuesta capitalista a su propia crisis y al rechazo obrero de la disciplina de las fábricas, esta
revancha a los movimientos revolucionarios de aquellos años, pone en tela de juicio a la sociedad
salarial e irremediablemente cambia la relación entre trabajo y ciudadanía, porque la negación del
acceso al trabajo en tanto empleo, excluye de la ciudadanía entendida como conjunto de derechos
de las personas en tanto trabajadores, a masas crecientes de sujetxs cuyo presente laboral es
infinitamente precario e inseguro. En palabras de De Giorgi:
“el reconocimiento del derecho a la ciudadanía, a la inclusión social y a la renta está subordinado a un
concepto de trabajo como empleo que ya no tiene un referente o soporte material. Mientras que hasta la
segunda mitad del siglo XX ha sido posible construir la ciudadanía como conjunto de derechos del trabajo
mediados por el derecho al trabajo (derechos que el compromiso fordista podía garantizar mediante la
reproducción del ciclo trabajo-salario-consumo-ciudadanía), hoy esta dinámica es inimaginable.” (2002:95).

Por otra parte, De Giorgi nos habla de la “excedencia positiva”, que consiste en un:
“conjunto de subjetividades que exceden de la racionalidad capitalista, dado que exasperan la contradicción
entre una potencialidad productiva ilimitada y cooperativa y un eje de relaciones de producción que obstruye
la autonomía del mando capitalista, imponiéndole una valoración fundada sobre la competencia” (De Giorgi,
A. 2002:38).

Mientras que el Fordismo y el Taylorismo se caracterizaban por operaciones repetitivas, una


coordinación de las líneas productivas preconstituídas desde arriba y por la subordinación
jerárquica, estos elementos tienden a perder valor en el Postfordismo: se horizontaliza el ciclo
productivo, haciendo de la innovación y de la creación los fundamentos del proceso en su
conjunto (De Giorgi, A. 2002:98). Es decir, en un régimen productivo la actividad laboral se
insertaba en una cadena muda y casi toda interacción intersubjetiva quedaba excluida. En cambio,
en la “metrópolis postfordista”, el proceso productivo está teñido de un complejo de actos
lingüísticos, de interacciones simbólicas y su materia prima es la información, el saber, la cultura,
las relaciones sociales. Tal es así, que “la comunicación se transforma en mercancía y el intelecto,
entendido como conjunto de facultades comunicativas, expresivas, inventivas, se transforma en
el nuevo utensilio de la producción postfordista” (De Giorgi, A. 2002:99), dicho de otra manera,
“el capitalismo contemporáneo tiene su principal recurso productivo en las actitudes lingüístico-
relacionales del ser humano, en el conjunto de facultades comunicativas y cognoscitivas que lo
distinguen” (Virno, P. 2003:102). Esto implica que, además, se desborden los complejos cerrados
de cuatro paredes dado que la productividad empieza a depender cada vez más de “la capacidad
empresarial de capturar, aferrar y descodificar flujos de conocimiento, cúmulos de experiencia
social diseminados bajo la forma de modas, lenguajes, redes de relaciones…y transformarlos en
valor” (De Giorgi, A. 2002:99). Poner el foco sobre este trabajo “inmaterial” conlleva a que la
diferenciación entre “tiempo de trabajo” y “tiempo de no-trabajo” sea cada vez menos tajante. En
la medida en que la empresa postfordista transforma en valor competencias, habilidades y
actitudes que se constituyen principalmente durante el tiempo de no-trabajo, hasta el tiempo de
reproducción deviene productivo. Si bien, como sostiene Paolo Virno, “la actual organización del
trabajo es siempre en manchas de leopardo” (2003:111), es decir, no se ha dejado atrás
absolutamente al taylorismo, la estandarización ni la “dictadura del cronometro”, las
consideraciones que fuimos esgrimiendo son ya el horizonte de nuestra existencia social.
En este devenir lingüístico del trabajo3, la gobernanza del Capital también se modifica: la
valorización va a depender cada vez más de la posibilidad de controlar desde fuera y de imponer

3
Marx en sus Grundrisse ya había intuido la cuestión bajo el nombre de “general intellect”: valorización
de flujos de lenguaje, de símbolos y de comunicación a través de su transformación en mercancías. Las
facultades humanas más genéricas pasan a constituir el núcleo de la productividad postfordista:
la forma de la competencia y la ley del valor a cualquier proceso. Una especie de gobierno a
distancia donde precariedad, desempleo y flexibilidad se refuerzan mutuamente. Se trata, en fin,
de “mutaciones socioeconómicas (y antropológicas) … que no son ya una modificación interna a
la racionalidad del continuo keynesianismo-welfare-fordismo, sino un verdadero cambio de
paradigma” (De Giorgi, A. 2002:15).
Estos desplazamientos tienden a erigirse como paradigma de la fuerza de trabajo actualmente, en
el marco de condiciones de incertidumbre y de neoesclavismo como aspectos existenciales. Y
mucho ha contribuido a ello la erosión profunda del Estado de Bienestar Keynesiano por parte
del asalto neoliberal. En otras palabras, el ataque neoliberal al Estado social va prodciendo la
cristalización de una forma distintiva de Estado destinada a promover las condiciones económicas
y extraeconómicas consideradas necesarias para el nuevo régimen de acumulación y preocupada
principalmente por el cambio tecnológico, la innovación y la empresa, como así también por su
pretensión de desarrollar para tales fines nuevas técnicas de gobierno y gobernanza. Se trata del
advenimiento del llamado “Estado de Competencia”. Un modelo de Estado que no retrocede, sino
que reconfigura su acción pública, haciendo del mismo “una esfera regida por reglas de
competencia y sometida a exigencias de eficacia semejantes a las que conocen las empresas
privadas” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:275), un Estado que ya no es árbitro entre intereses, sino
más bien socio de los oligopolios mundiales. En ese sentido, retomando los aportes de Pierre
Dardot y Christian Laval, esta reestructuración se realizó de dos maneras:
“exteriormente, mediante privatizaciones masivas de las empresas públicas, poniendo fin al “Estado
productor”, pero también desde dentro, con la instauración de un Estado evaluador y regulador que moviliza
instrumentos de poder nuevos y estructura con ellos nuevas relaciones entre gobierno y sujetos sociales.”
(Dardot, P. y Laval, C. 2013:275).

Según Bob Jessop, el rasgo característico de este nuevo tipo de Estado es la de ser un promotor
proactivo de la competitividad en sus respectivos espacios económicos frente a la cada vez más
intensa competencia internacional, pero también regional, entre ciudades, interregional e
intrarregional (Jessop, B. 2003:181). En otras palabras: busca la “creación de condiciones óptimas
de revalorización para el capital internacional en la competencia interestatal” (Hirsch, J. 1996:67).
Otro rasgo importante es que, con la apertura relativa de las economías nacionales, esta nueva
estatalidad va perdiendo el control sobre ese espacio y la necesidad de “innovación” se torna
fundamental. Lejos de quedarse reducida a una cuestión tecnológica, se extiende hasta el cultivo
y promoción de una cultura de empresa y de sujetos emprendedores, con una amplia gama de
innovaciones organizativas e institucionales que tienen que ver con las cambiantes formas de la
competitividad (Jessop, B. 2003:185). La innovación y el emprendimiento adquieren sumo valor
en el postfordismo y esto se refleja también en nuevas estrategias estatales:
“El Estado competitivo se encarga de la recolección de la inteligencia de alta tecnología, contribuye a crear
capacidad tecnológica independiente y promueve las capacidades innovadoras, el saber tecnológico y las
transferencias de tecnología para que el mayor número posible de empresas se beneficien de las
oportunidades tecnológicas creadas por las actividades de I+D desarrolladas en campos específicos de la
economía. Desarrolla, en primer lugar, instituciones y estructuras que apoyan directamente a los
empresarios existentes o potenciales, y, en segundo lugar, impulsa instituciones y estructuras que sustentan
el clima empresarial.” (Jessop, B. 2003:186).

Pero esta “empresarialidad extendida”, tiene sus consecuencias. Wendy Brown, en uno de sus
últimos libros, sostiene que:
"La economización de todo y de cada esfera, incluida la vida política, nos insensibiliza ante la fuerte
contradicción que existe entre una supuesta economía de libre mercado y un Estado que ahora está
completamente a su servicio y controlado por ella. Conforme el Estado mismo se privatiza, conforme la

capacidad de lenguaje, facultad de expresión y de invención, propensión a la comunicación y a las


relaciones, afectividad, etc.
racionalidad de mercado lo envuelve y anima en todas sus funciones, y conforme su legitimidad descansa
cada vez más en facilitar, rescatar y dirigir la economía, se mide como se mediría a cualquier otra empresa.
Sin duda, una de las paradojas de la transformación neoliberal del Estado es que se reconstruye con el
modelo de una empresa a la vez que se obliga a servir —y facilitar— a una economía a la que se supone no
debe tocar, mucho menos desafiar" (2015:29).

El vínculo entre el Postfordismo y Estado competitivo en una dinámica endógena, que liga
aspectos tecnológicos, comerciales y productivos, dan por resultado un capitalismo
profundamente ligado a la construcción política de un mundo financiero global regido por el
principio mundial de la competencia generalizada. Entonces, el Estado no se retira, se pliega a
condiciones nuevas que ha contribuido a instaurar y asume un nuevo compromiso político sobre
nuevas bases y métodos. Por lo tanto, podemos ver que “El neoliberalismo no es el reino de la
economía suprimiendo el de la política, sino la creación de un mundo político (régimen de
gubernamentalidad) que surge como «proyección» de las reglas y requerimientos del mercado de
competencia.” (Gago, V. 2015:219). En palabras de Fernando Escalante Gonzalbo:
“El camino hacia el libre mercado ha sido abierto, y se ha mantenido abierto, mediante un
aumento enorme de la intervención centralmente organizada, para vencer la resistencia social; o
sea, que todo libre mercado es un hecho político. Y como tal, por cierto, improbable y conflictivo.
Ningún mercado se auto-regula. Ni produce sus propias reglas ni puede garantizar que se
cumplan, ni existe por su cuenta como mercado.” (2016:45).

La construcción política de las financias globales, continuada y extendida sin cesar por la acción
del FMI y el Banco Mundial4, constituye una clara demostración de este hecho. Porque, como
sugestivamente expone Franco Berardi:
“la fuerza de gobierno es y sigue siendo el capital. Es el capital quien establece los criterios, los fines y las
prioridades de la producción. Es el capital —no como sujeto, sino como lógica, como huella impresa
semiótica y viral— quien establece los criterios según los cuales la inteligencia debe manifestarse,
encadenarse y producir” (2003:175).

Estas mutaciones en el orden de la economía, el Estado y en su acción pública, son importantes


para dar cuenta de la corporeidad y la consistencia del neoliberalismo. En ese sentido, el cambio
de reglas del capitalismo que opera dese 1970, y se profundiza en las décadas posteriores, no
significa solamente una respuesta política neoliberal a la crisis económica y social del régimen
“fordista” de acumulación del capital. Es en principio algo todavía más importante: es la
modificación radical de modo en que se ejerce el poder gubernamental (Dardot, P. y Laval, C.
2013:190).

Gobernar a través de la libertad, la clave Foucaultiana.


¿Qué implica la modificación del modo de ejercicio del poder gubernamental? ¿Qué
contrapuntos establece? El neoliberalismo lejos está de ser una reedición o un retorno del
liberalismo clásico, más bien es producto de una crítica al mismo, bajo “la convicción de que el
mercado no es un hecho natural, no surge de manera espontánea ni se sostiene por sí solo, sino
que tiene que ser creado, apuntalado, defendido por el Estado.” (Escalante Gonzalbo, F. 2016:12)

4
“La intervención del FMI y del Banco Mundial tenía como objetivo imponer el marco político del Estado
de la competencia, o sea, el del Estado cuya acción, toda ella, tiende a hacer de la competencia la ley de la
economía nacional, ya sea esta competencia la de los productores extranjeros o la de los productores
nacionales.”. Pierre Dardot y Christian Laval, La nueva razón de mundo, p. 199
Siguiendo a Foucault, y bajo el término gubernamentalidad, el neoliberalismo indica una
mutación e innovación radical en el orden del “arte de gobernar”: la manera de gobierno estará,
de ahora en más, directamente conectada al impulso de las libertades, lo cual no es ninguna
contradicción, sino más bien: “una forma sofisticada, novedosa y compleja de enhebrar, de
manera a la vez íntima e institucional, una serie de tecnologías, procedimientos y afectos que
impulsan la iniciativa libre, la autoempresarialidad, la autogestión y, también, la responsabilidad
sobre sí.” (Gago, V. 2015:22). O, es decir, una “liberación de los modos de hacer y como forma
de promover la innovación” que dan cuenta de profundos cambios cualitativos en el modo de
regulación y de gobierno. En palabras de la politóloga Verónica Gago: “La clave foucaultiana es
justamente esa: la fuerza del neoliberalismo como gubernamentalidad es incluir la «libertad», eso
que modernamente ponía en peligro todo orden, en el corazón mismo de un nuevo dispositivo de
orden libre” (2015:230).
Poner a la libertad como centro del modo de regulación es una novedad política. Tres motivos:
significa la introducción de una lógica distinta, entra en tensión el soberano hobbesiano y nos
topamos con una forma de dominación que “solo es eficaz si es capaz de conjugarse con una
experiencia de libertad”5. Más que limitar la acción de las personas, la libertad y el deseo pasan a
ser punto de apoyo del “gobierno de las conductas y de las cosas”. Una especie de “poder hacer,
hacer”. De esta manera, siguiendo a Gago (2014), la relación entre libertad y seguridad se vuelve
cada vez más extrema porque se pasa del laissez faire a una intervención permanente, una especie
de imperialismo maquínico capaz de politizar en determinada dirección la libertad y el deseo
poniendo en el centro a la competencia. Se trata de una libertad que es inmediatamente obediencia,
como bien expresa Diego Sztulwark. En línea con Foucault, el objetivo es conducir la conducta;
al respecto, en El sujeto y el poder, sostiene que:
“"Conducir" es al mismo tiempo "liderar" a otros (acorde a los mecanismos de coerción, los cuales son –en
diferentes grados- estrictos) y un modo de comportarse con un campo más o menos abierto de posibilidades.
El ejercicio del poder consiste en guiar la posibilidad de conducta y poner en orden sus efectos posibles.
Básicamente el poder es más una cuestión de gobierno que una confrontación entre dos adversarios o la
unión de uno a otro.” (1983:13)

Y no solo es cuestión de liderar la conducta que se tiene hacia lxs demás, sino también la que se
tiene hacia unx mismx:
“Por eso el gobierno requiere la libertad como su condición de posibilidad: gobernar no es gobernar contra
la libertad o a pesar de ella, es gobernar mediante la libertad, o sea, jugar activamente con el espacio de
libertad dejado a los individuos para que acaben sometiéndose por sí mismos a ciertas normas.” (Dardot, P.
y Laval, C. 2013:16).

Ahora bien, como bien aclara Verónica Gago en su libro “La Razón Neoliberal”:
“la libertad no es neoliberal, lo neoliberal es poner esta libertad como base de lo calculable. O, dicho de
otro modo: incluir lo incalculable como estímulo de una racionalidad calculadora. A partir de allí,
conquistan su lugar no sólo a los mercados, sino algo más complejo: nuevos modos de gobierno
(gubernamentalidad) que preservan y custodian la productividad propiamente capitalista de esta libertad,
al punto que –siguiendo también al Deleuze de la «Posdata a la sociedad de control»– las personas
inmanentizan el cálculo como razón que organiza la vida…” (2015:233).

Para comprender cabalmente la clave foucaultiana del gobierno mediante la libertad, este debe
ser visto a la luz no solo de los cambios políticos y económicos ya mencionados, sino también
como producto de un proceso de:
“subordinación a cierto tipo de racionalidad política y social articulada con la mundialización y la
financiarizacion del capitalismo. En una palabra, si hay un «giro decisivo», es porque se instaura una nueva

5
Diego Sztulwark, “Neoliberalismo y formas de vida. Un repaso por la coyuntura argentina”. Recuperado
de https://soundcloud.com/user-483773478/neoliberalismo-y-formas-de-vida-un-repaso-por-la-
coyuntura-argentina-por-diego-sztulwark
lógica normativa capaz de integrar y de reorientar de forma duradera políticas y comportamientos en una
nueva dirección.” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:190).

Siguiendo a Ulrich Bröckling, el centro del análisis de Foucault sobre la gubernamentalidad


neoliberal es la tendencia de apropiación por parte de los mecanismos del mercado de todas las
relaciones sociales, incluso las de unx consigo mismx (2015:91). Allí, tanto en la variante alemana
del Ordoliberalismo como la Escuela de Chicago de Estados Unidos, el interés del mentor de la
biopolitica es mostrar como surgen en los debates de estxs economistas una nueva forma de
racionalidad gubernamental distinta al liberalismo, al keynesianismo y a los totalitarismos nazi y
soviético, cuyo modelo de organización social es la empresa, su figura de subjetivación
generalizada la del el empresario de sí mismo, y el mercado como el tribunal o criterio de verdad.
Así, los neoliberales son críticos de los programas de estímulo de la demanda y la planificación
centralizada, en consecuencia “no es suficiente comprender el mercado como correctivo y limite
externo de la intervención estatal, tal cual lo hiciera el liberalismo clásico en su combate contra
el Estado policial absolutista” (Bröckling, U. 2015:91). Por lo tanto, la libertad de mercado ya no
debe ser:
“el principio de limitación del Estado, sino su principio de regulación interna de punta a punta de su
existencia y su acción. En otras palabras, en lugar de aceptar una libertad de mercado definida por el Estado
y mantenida de algún modo bajo vigilancia estatal … es necesario invertir por completo la formula y
proponerse la libertad de mercado como principio organizador y regulador del Estado, desde el comienzo
de su existencia y hasta la última forma de sus intervenciones. Para decirlo de otra manera, un Estado bajo
vigilancia del mercado más que un mercado bajo vigilancia del Estado.” (Foucault, M. 2007:149).

Ergo, se abandona la ontología naturalista sobre la economía y se pasa a entenderla de manera


constructivista e institucionalista. A su vez, pierde centralidad el “intercambio” y empieza a
ocupar su lugar la “competencia” generalizada, es decir, una idea libertad absolutamente
unilateral, la de ser empresa y competir, una libertad que tiene todo que ver con la
empresarialización de nuestras vidas y que ya no se corresponde con la cuestión clásica del
liberalismo del XVIII: los límites del gobierno. Al respecto, Foucault sostiene: “La competencia
pura debe y no puede ser más que un objetivo, un objetivo que supone, por consiguiente, una
política indefinidamente activa” (2007:153). Ya no se trata de que se corra el Estado para dejarle
lugares al mercado, o de que sean esferas separadas, ahora se trata de hacer de la sociedad un
mercado, de crearlos constantemente, de “gobernar para el mercado” como su condición de
posibilidad. En sí, una reorientación del arte gubernamental, que produce continuamente espacios
para la diversidad de iniciativas empresariales (Bröckling, U. 2015:99), por lo que implica, como
lo sostuviera Wilhelm Röpke, expresidente de la Mont Pèlerin Society y participante del coloquio
Walter Lippmann (1938): “desplazar el centro de gravedad de la acción gubernamental hacia
abajo”6.
Cabe destacar que las teorías neoliberales no son homogéneas y que aquí partimos de las dos
escuelas más importantes arriba mencionadas por cuestiones metodológicas y de extensión. Como
sostiene José Puello Socarrás (2008), se suele circunscribir el fenómeno neoliberal a una primera
comprensión hermenéutica univoca y directa con el “Consenso de Washington”, lo cual resulta
sumamente insuficiente, una prueba de ello es que el proceso de neoliberalización tiene una
secuencia histórica que data desde principios del siglo XX, cuya acta de nacimiento podría
ubicarse en la gran crisis de la década de 19307. Ahora bien, a pesar de su heterogeneidad, existe
un importante acuerdo de fondo, o “acordes básicos comunes”, que hacen a la viabilidad del
neoliberalismo como una tendencia histórica y planetaria. Dicho esto, adscribimos a las siguientes
palabras de Puello Socarrás:

6
Citado según Foucault: El nacimiento de la biopolitica, p. 184.
7
Pierre Dardot y Christian Laval, La nueva razón de mundo, p. 24.
“... la teoría neoliberal más que ser una unidad monolítica como tradicionalmente se ha interpretado tiene
que asumirse como un crisol de disputas y polémicas donde convergen profundas discrepancias académicas,
pero también –y al mismo tiempo– devotas corrientes intelectuales. En este sentido, hablamos de un disenso
en el neoliberalismo, fruto de los señalamientos recíprocos entre diferentes corrientes que a primera vista
podría sugerir una suerte de ruptura o fractura ideológica en el movimiento. Sin embargo, un examen
complementario y vinculado a los acontecimientos paradigmáticos del neo-liberalismo in vivo y no in vitro
como lo sugiere inauguralmente el estudio de sus teorías, muestra cómo a las disputas abstractas se antepone
un consenso decisivo, desde el cual y al unísono se han conseguido orquestar un orden y una organización
eminentemente “neo-liberales”.” (2008:18).

Un axioma del Intelecto neoliberal es la centralidad de la competencia como mecanismo para


aumentar la capacidad de aprendizaje e incrementar beneficios y que estos alcancen a la mayoría
de lxs ciudadanxs. Si las Sociedades de Control se destacan por una forma de ejercer el poder en
dirección a la modulación y el condicionamiento, la competencia se torna una tecnología ideal
“ya que no opera contra la búsqueda de individual del beneficio, sino a través de ella misma”
(Bröckling, U. 2015:118). Así, la gubernamentalidad neoliberal encuentra su razón de ser, porque
como la competitividad se construye y debe ser optimizada cada vez que se pueda, entonces:
“Gobernar significa estimular la competencia; gobernarse a sí mismo significa promover la capacidad de
competencia propia. En eso se espera que haga efecto un mecanismo de condicionamiento circular: a más
dominio de la competencia, tanta más oportunidad tienen los actores de acomodar su actuar hacia la
capacidad de competir. Only competition makes competitive.” (Bröckling, U. 2015:119)

Sin embargo, lo heterogéneo de lo neoliberal no solo se evidencia en discrepancias académicas,


sino que también a un nivel, dicho rápidamente, práctico y en la lucha contra el llamado “Estado
providencia”. En ese marco, el dúo de pensadores Pierre Dardot y Christian Laval retoman la idea
de la “estrategia sin sujeto”, clave para el próximo apartado, de Michel Foucault y buscan pensar
con ella:
“cierta «lógica de las prácticas»: hay de entrada prácticas, a menudo dispares, que ponen en funcionamiento
técnicas de poder (entre ellas, en primer lugar, técnicas disciplinarias), y son la multiplicación y la
generalización de todas esas técnicas las que, poco a poco, imprimen una dirección global, sin que nadie
sea el instigador de este «avance hacia un fin estratégico».” (2013:192).

En síntesis, el giro decisivo hacia la mundialización del neoliberalismo y su coherencia global,


por cierto, precaria, debió contar no solo con medios macropolíticos, esto es, el apoyo mutuo entre
políticas neoliberales, transformaciones del capitalismo y del Estado junto a la lucha ideológica
contra el Estado de Bienestar, sino que también, y fundamentalmente, con elementos a nivel
micropolitíco. Es decir, fue preciso “conseguir una transformación de los comportamientos”, y
eso fue obra de nuevos instrumentos de poder que operan ahí “abajo”:
“de técnicas y dispositivos de disciplina, o sea, sistemas de coacción, tanto económicos como sociales, cuya
función fue obligar a los individuos a gobernarse bajo la presión de la competición, de acuerdo con los
principios del cálculo maximizador y en una lógica de valorización de capital” (Dardot, P. y Laval, C.
2013:193).

Gubernamentalidad y democracia, el contrapunto de


Lazzarato:

Los estudios sobre neoliberalismo también dan cuenta de su carácter antidemocrático o post-
democrático y lo hacen por dos caminos. El más conocido y tangible, la destrucción de derechos
e instituciones que implica una política neoliberal como las recetadas por el FMI o el consenso
de Washington, y que en América Latina comenzaron con el terrorismo de Estado de las
dictaduras militares. Otro camino, para nada desligado del anterior, es poner la lupa en la lógica
neoliberal y entender de qué manera va erosionando los contenidos mínimos de una democracia
liberal-burguesa hasta tratar de trastocar que entendemos por nociones como las de “derecho” y
“derechos humanos”, ciudadanía y rol estatal, y como si fuera poco, nuestras percepciones de lo
justo e injusto, de lo aceptable o inaceptable. Es este segundo camino el que exploraremos a
continuación.
(MUY TEXTUAL ESTA PARTE, AMPLIAR CUANDO PUBLIQUE) Como sostiene
Lazzarato, la gubernamentalidad tiene “varias entradas” y sus técnicas no son privativas del
Estado. Cada vez más empresas privadas van a involucrarse a través del consumo, marketing,
publicidad, cine, comunicación y un sinfín de tecnologías sociales y del Yo, en el “gobierno de
las conductas y de las almas”, pero no solo a nivel de los comportamientos, sino también en lo
concerniente a qué pensamos, sentimos y vemos. “No se limitan a producir mercancías, sino
que producen mundos y los dotan de valores, estilos de vida, un inconsciente.” (Lazzarato,
M. 2013:178). Así, en cuanto a la “gobernanza”, el capitalismo es un “capitalismo de Estado”,
porque
“el “capital privado”, con sus técnicas que participan a la vez en la producción de subjetividad y en la
valorización, se hace cargo de la fabricación y el control de los individuos y de los componentes
preindividuales e incorpóreos que los constituyen. El Estado, sobre todo a través del Walfare State… sigue
teniendo un papel importante en la producción de subjetividad, pero ahora su gobernanza esta
“privatizada”, porque lo que impone como método de gestión es la dirección de la empresa. La propiedad
estatal sigue siendo pública pero encauzada hacia la prosperidad de la propiedad privada. Lo público y lo
privado convergen en un doble modo, porque constituyen juntos un dispositivo de valorización y de
producción de subjetividad, de genealogía de una moral y de su gubernamentalidad. La valorización
capitalista y la producción de las subjetividades coinciden.” (2013:178).

A su vez, si bien la observación de Foucault de que la gubernamentalidad es “ambiental”, en otras


palabras, que genera un medio o campo de fuerzas que estimula a responder rápidamente en base
a determinados criterios a diferentes acontecimientos, para nosotres es fundamental, empero es
necesario ver algunas torsiones. Es decir, no solo hay sujeción sino también sojuzgamiento. Y la
ebullición y la densificación de las crisis van a ocupan un lugar muy importante a la hora de
repensar la gubernamentalidad.
Dicho esto, es Maurizio Lazzarato quien se dedica a esta tarea en su libro “Gobernar a través de
la deuda” dedicándole tres capítulos a la cuestión. A continuación, haremos un rápido repaso por
el contrapunto que nos propone.
El italiano comienza sosteniendo que las crisis financieras, devenidas en crisis de la economía de
la deuda, imponen nuevas formas de gubernamentalidad, pero también de figuras subjetivas,
como la del “gobierno de los técnicos” y la del “hombre endeudado” (sobre la deuda como modo
de subjetivación volveremos más adelante, sosteniendo también como necesaria la
problematización del androcentrismo de dicha figura a través de la perspectiva de la feminización
de la pobreza). En ese marco, una primera constatación es que el mercado nunca prescindió de
las acciones de Estado, hay una profundización del capitalismo de Estado. Así “El gobierno
neoliberal despliega una centralización y una multiplicación de las técnicas autoritarias de
gobierno que rivalizan con las políticas de los Estados llamados «totalitarios» o
«planificadores».” (Lazzarato, M. 2013:96). Por otra parte, ya no se puede distinguir, al menos
tajantemente, entre Estado, sociedad y economía, el capital los atraviesa a todos y la
gubernamentalidad trabaja para su coherencia y su ordenamiento. En tercer lugar, la deuda y las
finanzas se erigen como aparatos de captura, medida y evaluación de todas las actividades sociales
y no solo del trabajo, son dispositivos de gobernanza que actúan de manera transversal sobre el
conjunto de los actores de la sociedad. Por ende, si el objetivo es alinear la sociedad y la
democracia con la valorización financiera, el neoliberalismo no va a dudar en producir una
gubernamentalidad que se aleje de la “producción de libertad” y devenga en autoritaria
posdemocrática. Es decir, transforma en un sentido totalitario los dispositivos de la
gubernamentalidad, y en las crisis, fundamentalmente, trata de instaurar modos de gobierno no
democráticos. La prueba de la crisis es fundamental, demuestra que “la gubernamentalidad no se
limita a incitar, requerir, favorecer: prohíbe, norma, dirige, manda, ordena y normaliza.”
(Lazzarato, M. 2013:168). Se acumulan distintas formas de poder, no se sustituyen.
Para pasar en limpio, en la intensificación de las crisis, se exacerba tanto la sujeción social como
el sojuzgamiento maquínico, y se ponen en evidencia algunos límites de uno de los conceptos
más importantes de Foucault, el de gubernamentalidad. En sí, la crisis muestra con claridad que
la intervención gubernamental no es privativa del Estado, existen dispositivos biopolíticos no-
estatales, ni es puramente ambiental, sino que también sus técnicas son coercitivas directamente
y de control policiaco. Además, bajo la idea de “economía de los posibles” de Guattari, vemos
que hay un control sobre lo que es posible y lo que no. Recordemos una de las primeras máximas
neoliberales: “no hay alternativa”. Es decir, “no hay otros posibles que los enunciados por el
mercado y las finanzas.” (Lazzarato, M. 2013:23).

La nueva razón del mundo: el Neoliberalismo.


Como se puede inferir, el neoliberalismo es obra de muchas manos y no es un fenómeno
únicamente superestructural. Durante la crisis macroeconómica de los años de la década de 1970,
ganó fuerza como proyecto político hasta adquirir un carácter eminentemente global, pero su
progreso fue desigual, contradictorio y multilineal. En “Constructions of Neoliberal Reason”,
Jamie Peck sostiene que los momentos ideacionales, ideológicos e institucionales de la
neoliberalización siempre han estado mezclados, mutuamente constituidos, por lo tanto, para
rastrear lo neoliberal, ya:
“no se trata de ubicar un centro esencial desde el cual fluya todo lo demás; se trata de seguir flujos,
contraflujos y corrientes subterráneas a través de y entre estos momentos ideacionales, ideológicos e
institucionales, a lo largo del tiempo y entre lugares” (2010:7).

Tampoco se trata de algo que solo opere en el campo de la economía; no es solamente un “mal
de los mercados financieros”. Al respecto, Pierre Dardot y Christian Laval son categóricos en
afirmar que lo neoliberal “está muy lejos de reducirse a un acto de fe fanático en la naturalidad
del mercado” (2013:13).
Entonces ¿Qué es lo neoliberal? ¿Qué es lo que constituye su novedad? Si bien se trata de un
concepto por muchos momentos difuso, cambiante, sin coordenadas fijas o establecidas, cuyas
formulaciones discursivas tienen una variedad temporal y geográfica, lo mismo que las
consecuencias de sus políticas y sus prácticas materiales (Brown, W. 2015:11), y que surge de
varias teorías, por lo que su coherencia doctrinaria resulta problemática, lo hemos subestimado y
generalmente se lo ha pensado pura y exclusivamente como un fenómeno macropolítico, como
una cuestión superestructural. En América latina, su significado ha estado más ligado a una
coyuntura histórica específica y a la idea de un conjunto de políticas macro-estructurales de ajuste
y desguace del Estado (privatizaciones, flexibilización laboral, mega-endeudamientos,
desregulación financiera, reducción de protecciones sociales, etc.), una serie de “recetas”
inspiradas en los doce puntos del Consenso de Washington. Nuestro continente, desde los años
70, ha sido escenario de experimentación de estas políticas, siempre impulsadas “desde arriba”
por los gobiernos, las corporaciones, los organismos financieros internacionales y por el
despliegue del Imperialismo Norteamericano en su política del “patrio trasero”. La instalación del
neoliberalismo en la región acontece a partir de las dictaduras, es decir, a partir del Terrorismo de
Estado y la masacre estatal y paraestatal de la insurgencia popular y armada. Y su momento de
cristalización y legitimación más fuerte, en Argentina, fue con Menem. Ahora bien, sin minimizar
esas imágenes, la realidad neoliberal es de larga duración, no es algo que deje de desplegarse
cambiando el personal y la conducción del Estado, por ende, a las primeras comprensiones sobre
el mismo hay que repensarlas y dimensionar adecuadamente el rol que ocupa la micropolítica en
esto. Como sostienen los franceses Dardot y Laval “No captaríamos la originalidad del
neoliberalismo si no viéramos su punto focal en la relación entre las instituciones y la acción
individual” (2013:133).
Por lo tanto, aquí seguiremos una línea de pensamiento y de investigación8, de raíz foucaultiana,
cuyos trabajos sobre neoliberalismo buscan ampliar la mirada y nos proponen pensarlo como un
proceso complejo que finalmente tomó la forma de una racionalidad rectora, amplia y
profundamente diseminada, “que extiende una formulación específica de valores, prácticas y
mediciones de la economía a cada dimensión de la vida humana” (Brown, W. 2015:20), no un
simple y mecánico pasaje de la teoría a la práctica. Para ser más precisxs, los nuevos instrumentos
de poder, las diferentes técnicas y dispositivos que se fueron gestando, y su difusión temporal y
espacial hasta llegar a un nivel mundial, como culminación de un proceso de experimentación
puesto en marcha desde los ´70, así como su codificación y traducción institucional en todo tipo
de niveles, condujeron finalmente a la instauración de una racionalidad general (Dardot, P. y
Laval, C. 2013:193) cuyo conjunto de nuevas reglas y criterios a edificado un sistema
disciplinario mundial, en donde la “conducción de las conductas” o las formas de estructurar el
campo de acción de lo posible se diversifican cuantitativa y cualitativamente. Siguiendo a Dardot
y Laval: “Se trata … de una multitud de procesos heterogéneos que han conducido, en virtud de
«fenómenos de coagulación, de apoyo, de refuerzo recíproco, de cohesionamiento, de
integración», a un «efecto global»: la instauración de una nueva racionalidad gubernamental.”
(2013:25). Esa racionalidad (a la que también nos podemos referir como “lógica normativa” u
“orden de razón normativa”) es el neoliberalismo y este “es la razón del capitalismo
contemporáneo” (2013:15). Una racionalidad, además, no puramente abstracta ni macropolítica,
sino puesta en juego por las subjetividades y las tácticas de la vida cotidiana (Gago, V. 2015:22).
Y si bien, se puede identificar con precisión la articulación que pregona entre la competencia
como norma mundial y el arte neoliberal de gobernar a las personas en el cambio de formato y
del papel del Estado, ese no es el único lugar. Como sostiene Maurizio Lazzarato:
“La gubernamentalidad neoliberal ya no es exclusivamente una tecnología del Estado, aun cuando este
desempeñe un papel muy importante en ella. Desde la década de 1970, asistimos a lo que se podríamos
definir como privatización de la gubernamentalidad. Ya no la ejerce solo el Estado, sino un conjunto de
instituciones no estatales (bancos centrales independientes, mercados, agencias de calificación, fondos de
pensiones, instituciones supranacionales, etc.), entre las cuales las administraciones del Estado solo
constituyen una de las articulaciones, no carente de importancia.” (2013:129).

Con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, fueron muchxs lxs que en Europa y
Estados Unidos auguraron la muerte del neoliberalismo; con el giro progresista en América Latina
a partir de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, Lula Da Silva y
Dilma Rousseff, Tabaré Vázquez y José Mujica, Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez,
también se popularizó la idea de la derrota definitiva del neoliberalismo. Pero actualmente, aquí

8
Actualmente, algunas producciones teóricas de dicha línea de investigación sobre neoliberalismo son:
Jamie Peck, Constructions of Neoliberal Reason…, op. cit.; Pierre Dardot y Christian Laval, La nueva
razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, trad. Alfonso Díez, Gedisa, Barcelona, 2013; y
Wendy Brown, El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, Malpaso, Barcelona,
2015; cada una de estas obras contribuye a una apreciación del neoliberalismo como racionalidad rectora
u orden de razón normativo, pero también aportan algo particular a la teorización de los nuevos poderes y
categorías de los regímenes políticos neoliberales y de sus subjetividades. En conjunto, estos estudios
impugnan una lectura marxista más ortodoxa, ejemplificada por David Harvey en Breve historia del
neoliberalismo (A Brief History of Neoliberalism, Oxford University Press, Nueva York, 2005 [trad. Ana
Valera Mateos, Akal, Madrid, 2007]), según la cual el neoliberalismo era una modificación del formato
del capitalismo en respuesta a la caída del índice de ganancia en los años setenta.
como allá emerge lo neoliberal de manera contundente, tanto por “arriba” como por “abajo”. De
lo que se trata entonces es de lograr captar la “naturaleza” del neoliberalismo.
Generalmente, las imágenes coloquiales de lo neoliberal han privilegiado una dimensión negativa
del mismo, su dinámica destructora de reglas, instituciones y derechos, pero lo cierto es que
también tiene un carácter eminentemente productivo, es decir, como micropolítica “es también
productor de cierto tipo de relaciones sociales, de ciertas maneras de vivir, de ciertas
subjetividades” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:14). Y no como un efecto colateral o de segundo
orden, pensar al neoliberalismo como una nueva racionalidad implica directamente poner en el
centro la producción y trastrocamiento de la subjetividad que realiza, por ende, abordar los efectos
que la positividad del poder produce. Al respecto, Wendy Brown señala que:
“por lo general, la neoliberalización suele ser más parecida a una termita que a un león… Su forma de razón
perfora de modo capilar en los troncos y las ramas de los lugares de trabajo, las escuelas, las agencias
públicas, el discurso social y político y, sobre todo, el sujeto. Incluso la metáfora de la termita no es del todo
apta: Foucault nos recordaría que cualquier racionalidad política ascendente no sólo es destructiva, sino
que crea nuevos sujetos, conductas, relaciones y mundos.” (Brown, W. 2015:25)

Se pone en juego, así, nada más y nada menos que nuestra forma de existencia, porque el
neoliberalismo trata de definir la forma de vida. Sugestivamente, Diego Sztulwark apunta que:
“Al neoliberalismo le preocupa cómo vivimos, el problema de la estrategia inmediata de que
hacemos con el miedo, con la muerte, como conocemos y como nos cuidamos”9. En
concatenación, abarca todas las dimensiones de la vida constituyéndose como la nueva razón del
mundo. Una racionalidad verdaderamente global, “envolvente”, no solo por su escala mundial
sino porque “tiende a totalizar, o sea, a «hacer mundo» mediante su poder de integración de todas
las dimensiones de la existencia humana” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:14) pero a su vez, también
inmanente: se despliega al ras de los territorios, modula subjetividades y es provocado sin
necesidad primera de una estructura trascendente y exterior (Gago, V. 2015:22). En consecuencia,
organiza y estructura no solo la acción de lxs gobernantes, sino que también la de lxs gobernadxs.
Es la colonización neoliberal de lo molar y molecular.
Por ende, como racionalidad gubernamental, incluye el conjunto de los discursos, prácticas,
dispositivos que determinan aquel nuevo modo de gobierno de las personas, que explicamos en
un apartado anterior, según la competencia generalizada como norma universal de conducta y la
empresa como modelo de subjetivación. Por lo tanto, apuntará a regir la conducta en un marco y
con instrumentos del Estado, pero también de muchas otras instituciones, hacia la consecución de
un auto-gobierno del propio individuo, o la producción de cierto tipo de relación consigo mismo
(Dardot, P. y Laval, C. 2013:16). Esta lógica “consistente en dirigir indirectamente la conducta
es el horizonte de las estrategias neoliberales de promoción de la «libertad de elegir»” (Dardot, P.
y Laval, C. 2013:218) y contiene un sistema de normas profundamente inscritas en políticas
públicas, en estilos empresariales de gestión, todo tipo de bibliografía, prescripciones médicas,
competencias deportivas, instituciones meritocráticas, etc. En concatenación, esta lógica
normativa y la gubernamentalidad que emana de ella pone al “individuo” como sede del “gobierno
de sí” y punto de apoyo de este “gobierno de las conductas y de las almas” procurando en esta
nueva forma de subjetivación capitalista:
“producir una relación del sujeto individual consigo mismo que sea homóloga a la relación del capital
consigo mismo: una relación, precisamente, del sujeto con él mismo como «capital humano» que debe
aumentar indefinidamente, o sea, un valor que hay que incrementar cada vez más.” (Dardot, P. y Laval, C.
2013:21).

Este orden de razón normativo es tanto más resistente y corpóreo cuanto más excede a la esfera
mercantil y financiera y, por lo tanto, cuanto más se convierte en una “evidencia ampliamente

9
Diego Sztulwark, “Neoliberalismo y formas de vida. Un repaso por la coyuntura argentina”. Op. Cit.
compartida”: “lleva a cabo una extensión de la lógica del mercado mucho más allá de las estrictas
fronteras del mercado, especialmente produciendo una subjetividad «contable» mediante el
procedimiento de hacer competir sistemáticamente a los individuos entre sí.” (Dardot, P. y Laval,
C. 2013:21). Más precisamente, la subjetividad es el botín de guerra del neoliberalismo 10. En
sintonía, Félix Guattari y Suely Rolnik señalan que: “La producción de subjetividad constituye la
materia prima de toda y cualquier producción” (2005:42).
En el marco de estos lineamientos, Verónica Gago señala perspicazmente que:
“el neoliberalismo no se deja comprender si no se tiene en cuenta cómo ha captado, suscitado e interpretado
las formas de vida, las artes de hacer, las tácticas de resistencia y los modos de habitar populares que lo
han combatido, lo han transformado, lo han aprovechado y lo han sufrido.” (2015: 22).

Ergo, categorías como la de posneoliberalismo resultan sumamente problemáticas o cuestionables


para dar cuenta de varias complejidades y adversidades, porque, en relación a los gobiernos
progresistas que supimos conseguir:
“El neoliberalismo sobrevive sin embargo por arriba y por abajo: como renovación de la forma extractiva-
desposesiva en un nuevo momento de soberanía financiarizada y como racionalidad por abajo que negocia
beneficios en ese contexto de desposesión, en una dinámica contractual que mixtura formas de servidumbre
y de conflictividad” (Gago, V. 2015:23).

Por lo tanto, toda explicación del neoliberalismo “desde arriba” se torna insuficiente. No es
solamente algo que exclusivamente se derrame desde el “norte” ni necesariamente sus actores
principales tienen que ser los Estados y las empresas (a menudo tratados de forma ahistórica), es
decir, no es una racionalidad que solo afecte a las grandes piezas del tablero, sean transnacionales,
regionales o locales, sino que tiene un nivel molecular en el que “se presta más atención al
problema de la producción interactiva entre orden y “legitimidad” (Sztulwark, D. y otros.
2016:10) y en que “se ha expandido, pero también mutado, degenerado y se ha vuelto parte de
combinaciones novedosas con otras racionalidades” (Gago, V. 2015:27). Todo lo cual vislumbra
la multiplicidad de niveles en los que opera, su pluralización, su carácter polimórfico y hasta su
“hojaldramiento temporal”.
A este respecto, Verónica Gago formula la elocuente noción de neoliberalismo desde abajo:
“Por neoliberalismo desde abajo me refiero entonces a un conjunto de condiciones que se concretan más
allá de la voluntad de un gobierno, de su legitimidad o no, pero que se convierten en condiciones sobre las
que opera una red de prácticas y saberes que asume el cálculo como matriz subjetiva primordial y que
funciona como motor de una poderosa economía popular que mixtura saberes comunitarios autogestivos e
intimidad con el saber-hacer en la crisis como tecnología de una autoempresarialidad de masas.” (Gago, V.
2015:25).

Cabe destacar también que se trata de un “proceso abigarrado, geográficamente desigual y


dependiente de una trayectoria previa (path-dependent)” (Peck, J. 2010:21), por lo que su carácter
de mixtura es importante. Tampoco es atemporal, sino que toma nota de los contextos y
tradiciones culturales.
¿Es en sí mismo un instrumento de poder? Al ser una racionalidad, se trata más bien de la
condición de posibilidad y legitimidad de sus instrumentos; como campo de razón normativa, es
a partir de ella que se forjan instrumentos y técnicas (Brown, W. 2015:95) de modulación y
conducción “distante” de las conductas y almas bajo la premisa de la transversalizacion de la
forma empresa a todo. Ahora bien, para poder lograr esta “dirección moral y política” de los

10
Jorge Alemán, “La subjetividad es el botín de guerra del neoliberalismo porque la economía es el
método, pero el objetivo es el alma”, Cronicón observatorio latinoamericano. Recuperado de
http://cronicon.net/wp/la-subjetividad-es-el-botin-de-guerra-de-guerra-del-neoliberalismo-porque-la-
economia-es-el-metodo-pero-el-objetivo-es-el-alma/
comportamientos es necesario poner atención en la siguiente sentencia: no hay plusvalor sin
subpoder (Foucault. 1996). El poder “corre por abajo” y necesita “alinear el deseo popular sobre
el meta-deseo del capital" (Lordon, F. 2015) por ende, el capitalismo se encuentra enraizado en
dispositivos de producción de subjetividad. Es decir, hay que trastocar las disposiciones subjetivas
de lxs ciudadanxs. Como expone Jorge Alemán, en torno a la subjetivación neoliberal, esto es
más radical que la alienación tal como la describía Marx, porque no se trata ya de una parte de sí
que se torna extraña, sino de algo más grave que es inventar y producir la subjetividad misma
(2016:166), la cual pasa a ser la mercancía más importante para el capitalismo actualmente, como
lo observaran Deleuze y Guattari se encuentra en el centro.
Una excelente síntesis la encontramos en uno de los últimos libros de Christian Laval y Pierre
Dardot, “La pesadilla que no acaba nunca” (2017). Allí, en su análisis del neoliberalismo y la
extensión planetaria del mismo, lo definen como un “nuevo orden racional que va borrando
tendencialmente la diferencia público-privado y que dispone de la potencia de apropiarse de los
distintos órdenes de la vida hasta llegar a configurar el modo más íntimo de la vida del sujeto”11.
Expuesto lo anterior, las características de esta “producción de poder subjetivo”, las abordaremos
en los siguientes apartados.

Micropolítica y producción de subjetividad


La producción de subjetividad es la fórmula sobre la cual se fue reorganizando la reflexión en
torno al sujeto tanto en filosofía, en el psicoanálisis, en buena parte de las ciencias sociales, y en
innumerables movimientos y corrientes teóricas como en los feminismos, los estudios culturales,
subalternos y poscoloniales, el giro decolonial, etc. Es decir, en un sinfín de campos y áreas. Pero
también se trata de una fórmula que se alimentó de los aportes de Marx, Nietzsche y Heidegger.
Se habla de subjetivación en tal o cual registro, de procesos de subjetivación en un determinado
campo, de distintos dispositivos de producción de subjetividad, es decir, la subjetividad está a la
orden del día. Al respecto, como lo intuyera Félix Guattari: “De una manera general, puede
decirse que la historia contemporánea está siendo dominada cada vez más por un incremento de
reivindicaciones de singularidad subjetiva” (1992:13).
Para comenzar a desmarañar el hilo de esta temática, debemos partir de una primera constatación:
la doble raíz del sujeto, un cortocircuito entre las dos caras del concepto mismo. En palabras del
pensador italiano Sandro Mezzadra: existe un equilibrio inestable inscripto en la misma
etimología latina de la palabra en la que se combina el neutro “subjectum”, que progresivamente
se cargó de funciones de “comando”, y el masculino “subjectus”, considerado en la Edad Media
como sinónimo de subditus y vinculado, luego, a una larga historia de sujeción y de obligaciones
de obediencia (2014:24). Esta doble raíz produce la tensión que habita en el sujeto entre su
“soberanía sobre el mundo” y su “subordinación absoluta”, por lo tanto, su carácter unitario es
insostenible y contingente. Dicho esto, tanto movimientos teóricos como acontecimientos
históricos fueron agudizando la crisis de la categoría de sujeto desde mediados de siglo XIX.
Desde las luchas anticoloniales y la revolución cubana a las insurgencias en los guetos negros
estadounidenses; la historia de los feminismos afroamericanos, postcoloniales, comunitarios y
decoloniales, pasando por el estructuralismo y post-estructuralismo, hasta llegar al movimiento
de la posmodernidad, y todo ello en el marco de las transformaciones del sistema-mundo

11
Jorge Alemán, ¿Qué es la subjetivación neoliberal?, Pagina 12. Recuperado de
https://www.pagina12.com.ar/42162-que-es-la-subjetivacion-neoliberal
euro/norteamericano moderno/colonial capitalista/patriarcal12, han provocado la proliferación de
diferencias y parcialidades que no se pueden reducir a un solo significante (Mezzadra, S.
2014:27). Más precisamente, como bien indica Mezzadra, hay una proliferación de figuras de la
subjetividad que emergen en el punto de intersección entre los dispositivos de sujeción y las
prácticas de subjetivación (2014:27). Por ende, el sujeto se inscribe en la tensión entre esos dos
polos y es producto de ella. Así “El equilibrio entre subjectum y subjectus aparece definitivamente
quebrado, y no puede más que ser recompuesto en figuras provisorias e inestables, siempre
abiertas a la posibilidad de ruptura, tanto del lado de la sujeción como del de la subjetivación.”
(Mezzadra, S. 2014:28). En síntesis, la subjetividad no es un dato, es un constructo (Zangaro, M.
2011:17), producto del cruce entre dispositivos de sujeción y prácticas de subjetivación; así, la
misma, “ya no es identificada del modo monolítico propio de la ideología, de la política, de la
pertenencia social, sino mediante toda una microfísica de las necesidades, del imaginario, del
deseo” (Berardi, B. 2007:51).
En este camino, se hace necesario recuperar los aportes del psicoanalista y filósofo francés Félix
Guattari, quien sostiene en su libro “Caosmosis”, a propósito de lo que venimos planteando, que:
“En estas condiciones parece oportuno forjar una concepción más transversalista de la subjetividad, que
permita responder a la vez de sus colisiones territorializadas idiosincrásicas (Territorios existenciales) y de
sus aperturas a sistemas de valor (Universos incorporales) con implicaciones sociales y culturales.”
(1992:14)

En otro de sus libros, esta vez escrito junto a la autora, psicoterapeuta y crítica del arte Suely
Rolnik, “Micropolítica: cartografía del deseo”, una referencia fundamental para esta temática, lxs
autores sostienen que:
“la producción molar de subjetividad se acompaña necesariamente de una mínima negociación con los
procesos moleculares [porque] Las máquinas productivas capitalísticas funcionan mal o ni siquiera
funcionan, si no existe esa captura de los miniprocesos de deseo, de cierta libertad de singularización”
(2005:151).

Aparece así la distinción de dos planos en los que actúa el poder: lo molar y lo molecular. Por
ello, lxs autores sostendrán que “las luchas sociales son, al mismo tiempo, molares y moleculares”
(Guattari, F. y Rolnik S. 2005:149), porque “Lo molecular, como proceso, puede nacer en lo
macro. Lo molar puede instaurarse en lo micro” (2005:150). Y es justamente esta dialéctica, para
nada armoniosa, entre lo micro y lo macro lo que va a otorgarle al Neoliberalismo su especificidad
y novedad, pero también su retaguardia, como racionalidad. Guattari y Rolnik prosiguen:
“una de las grandes superioridades de la producción de subjetividad en los países capitalistas: [es] ser
capaz de realizar una cooptación permanente de los microvectores de subjetivación singular a través de los
medios de comunicación, a través de una serie de sistemas muy complejos”. (2005:151).

Volvemos a un punto que ya habíamos mencionado al final de apartado anterior, el capitalismo


se sustenta también a través del control de la producción de subjetividad, ahora bien, los
dispositivos de esta producción “pueden existir tanto a escala de megapolos como a la de los
juegos de lenguaje de un individuo” (Guattari, F. 1992:35). Esta distinción es gravitante, porque
los mismos elementos pueden funcionar a un nivel macro de modo emancipador o constituirse en
una gran conquista para sectores populares, pero coextensivamente ser extremadamente
reaccionarios a nivel molecular. La cuestión micropolítica es la de cómo reproducimos (o no) los
modos de subjetivación dominantes (Guattari, F. y Rolnik S. 2005:15). Por ende, el planteo de los
problemas debe realizarse tomando en cuenta esos dos planos. Sobre todo, porque:

12
Ramón Grosfoguel, “La descolonización de la economía política y estudios poscoloniales:
Transmodernidad, pensamiento fronterizo y colonialidad global”, Tabula Rasa, Bogotá - Colombia, No.4:
17-48, 2006. Recuperado de http://www.scielo.org.co/pdf/tara/n4/n4a02.pdf
“En el nivel molecular es mucho más difícil identificar al enemigo, ya que no se trata como en el nivel molar
de un enemigo de clase que se encarna en uno u otro líder. El enemigo en ese caso es algo que se encarna
en nuestros amigos, en nosotros mismos, en nuestras filas, cada vez que el problema remite a un
agenciamiento de enunciación de otro tipo.” (Guattari, F. y Rolnik S. 2005:155).

La producción de subjetividad también es social y en cualquier campo de la vida, incluso a nivel


del inconsciente. Se trata de una gran fábrica, “fabricas del sujeto” diría Toni Negri, que produce
lo que sucede en nuestros sueños, cuando fantaseamos, cuando nos enamoramos, etc. En palabras
de lxs autores:
“Tales mutaciones de la subjetividad no funcionan sólo en el registro de las ideologías, sino en el propio
corazón de los individuos, en su manera de percibir el mundo, de articularse con el tejido urbano, con los
procesos maquínicos del trabajo y con el orden social que soporta esas fuerzas productivas.” (Guattari, F. y
Rolnik S. 2005:40).

Abarca, entonces, la modelización de un sinfín de registros, desde los comportamientos, nuestras


sensibilidades y percepciones, la memoria, las relaciones sociales, las relaciones sexuales, los
fantasmas y miedos, imaginarios, etc. En todos los cuales, el orden del Capital es proyectado. Al
ser transversal, implica también una heterogeneidad de elementos que se conjugan y se ponen en
juego a la hora de la cocción:
“Encontramos así: 1) componentes semiológicos significantes manifestados a través de la familia, la
educación, el ambiente, la religión, el arte, el deporte...; 2) elementos fabricados por la industria de los
medios de comunicación, del cine, etc., y 3) dimensiones semiológicas a-significantes que ponen en juego
máquinas informacionales de signos, funcionando paralelamente o con independencia del hecho de que
producen y vehiculizan significaciones y denotaciones, y escapando, pues, a las axiomáticas propiamente
lingüísticas.” (Guattari, F. 1992:15).

Ahora bien, no nos olvidemos, las tecnologías y procesos de subjetivación, “las maneras de
constituirse el sujeto”, que engendran las Sociedades de Control, son diferentes a las de las
Sociedades Disciplinarias. Hay una variedad de ellos que en cada formación histórica entran en
relación. Aun así, las viejas subjetivaciones también siguen trabajándonos y ambos tipos de
sociedades co-existen. Un ejemplo de esta variación es que las clases sociales se complejizan y
se pluralizan las figuras del trabajo. Como sostiene Maurizio Lazzarato:
“El trabajo industrial ya no es el centro de la valorización capitalista, ni un modelo de subjetivación política
y social válido para el conjunto de las fuerzas sociales, ni la fuerza exclusiva capaz de producir instituciones
y politización en las sociedades de control.” (2006:94)

A su vez, tampoco se trata de una producción con efectos absolutos, invariables o totalizantes.
Deleuze, en La subjetivación. Curso sobre Foucault III (2015), advierte que, entre el poder, el
saber y el sí mismo o subjetivación, hay todo el tiempo lucha, resistencia y también compromisos.
El poder busca atrapar estos nuevos modos de subjetivación y servirse de ellos, muchas veces lo
logra, otras no y allí la subjetividad logra oponerse a las relaciones de poder e independizarse de
ellas.
Con este rescate fugaz de la fabricación de la subjetividad, cuyo lenguaje en gran parte se lo
debemos a Michel Foucault, queda claro “el sueño que anida en toda tecnología de poder: producir
ciertas formaciones y transformaciones en los sujetos para que devengan sujetos de ciertas
características” (Colombani, M. 2008:109), por lo cual, podemos volver a la dimensión
micropolítica del neoliberalismo para comprender mejor sus especificidades y captar como se
despliega allí para fabricarlas. Así, retomamos una perspicaz observación de Ignacio Lewkowicz:
“… preguntamos; pero sucede que preguntamos mal. Preguntamos, por ejemplo, quién lo tiene
(se refiere al poder), en lugar de cómo opera” (2004:197). En la siguiente sección abordaremos
el modelo de subjetivación emprendedor en profundidad.
FRASES PARA INCORPORAR:
“La intervención de Foucault instaura la noción de un poder instituyente. El poder no es una
interferencia que impide sino una fundación que permite. No hay una subjetividad establecida
naturalmente que venga a ser violentada por la indebida presencia del poder, sino que las
relaciones de poder instauran la subjetividad de los que están tramados por ese juego de
relaciones. El logos no es la transparencia opuesta a la opacidad de los poderes, sino que es
también es despliegue de unos poderes. El discurso no es el despliegue del logos interferido por
la intrusión del poder; el discurso es el logos específico posibilitado por las relaciones de poder
específicas que están en juego en la enunciación de ese discurso. La subjetividad – efecto de
discurso – es efecto de las relaciones de poder constitutivas de cualquier discursividad
instituyente.” Ignacio Lewkowicz en http://anarquiacoronada.blogspot.com/2014/04/poder-etica-
transferencia-otro-juego.html

El modelo de subjetivación emprendedor


Integrando la dimensión productora del neoliberalismo, vemos que en el “desplazamiento de la
determinación económica, desde la secreta última instancia hacia la confesa y hasta obscena
primera instancia” (Lewkowicz, I. 2004:34) como principio cuasi rector de lo social, de lo político
y de lo estatal, lo neoliberal no solamente somete, sino que también establece dependencias,
marcos de conducta, encuadramientos y ciertas relaciones sociales que se encarnan en un sujeto
social específico y generalizable. Como sostiene el politólogo José Natanson, en cada fase del
capitalismo se construye un arquetipo que legitima, representa y provee de oxígeno a tal etapa.
En este sentido, la neoliberalización de la subjetividad “no moviliza una figura atemporal del
hombre económico y agranda simplemente su alcance, es decir, el homo oeconomicus no tiene
una forma y un comportamiento constantes a través de los siglos” (Brown, W. 2015:22). En
concatenación, si en el siglo XX se hablaba del empresario paternalista y “benévolo”, junto al
trabajador industrial fordista en el marco del keynesianismo, en el siglo XXI el héroe y sujeto
social icónico del capitalismo postfordista es el emprendedor (Natanson, J. 2018:176). Se trata de
un proyecto político para transformar a cada persona en una empresa individual.
Siguiendo a Foucault, este nuevo Homo œconomicus constituye una “superficie de contacto entre
el individuo y el poder”, funciona como un “interfaz” entre las subjetividades y la
gubernamentalidad. “lo cual no quiere decir que [al sujeto] se lo considere totalmente así [en
cuanto Homo œconomicus]”, sino únicamente que algunos componentes modulares de la
subjetividad se movilizan con esa finalidad (nacimiento de la biopolitica, 292). Y como remata
Lazzarato, esta “superficie de contacto”, a la vez que compromete a la subjetividad, traduce
conductas subjetivas en flujos de signos e información, requeridos por la axiomática y el poder
capitalista para fundar su valorización, su control y su dominación (2013:198). Por lo tanto, vale
recordar que:
“Los interfaces son dispositivos de incitación y solicitación de la subjetividad (sujeción social) y, a la vez,
instrumentos de indización, evaluación y medida de esa misma subjetividad (sojuzgamiento maquínico). Para
decirlo con otras palabras: valorización económica y producción de subjetividad van a la par y pasan por
los mismos dispositivos” (Lazzarato, M. 2013:198).

En la micropolítica neoliberal, la subjetividad queda inscripta en una nueva versión de la


servidumbre voluntaria, y se la produce configurándola según un paradigma empresarial,
competitivo y gerencial de la propia existencia (Alemán, J. 2016:15). Es decir, según una serie de
mandatos e imperativos propios del carácter “ilimitado” del Capital (en su afán por perpetuarse y
expandirse hasta el último rincón) que deben ser cumplidos para tener un lugar en el orden
simbólico del Mercado. La sujeción a la mejora constante es central. Allí el Mercado se erige
como medio de integración social y constituye un dispositivo poderoso que impacta
profundamente en nuestras vidas, nutriéndose de una constante presión: el deber de tener una vida
“feliz”, “completa”, “placentera”, etc. Tal es así que “El mercado se concibe, en consecuencia,
como un proceso de autoformación del sujeto económico, como un proceso subjetivo auto-
educador y auto-disciplinario mediante el cual el sujeto aprende a conducirse. El proceso de
mercado construye su propio sujeto.” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:140) y la sociedad pasa a
concebirse como una empresa de rendimiento formada por sub unidades empresariales, ya no de
intercambio, donde la interpelación emprendedora queda salvaguardada como algo dado.
Para cumplir con los diferentes mandatos, nuestras vidas se ponen al servicio del dispositivo
rendimiento/goce, y para ello toda una serie de aspectos de nuestra existencia deben ser abolidos
es pos de privilegiar la dimensión antropológica del “hombre-empresa”. Nacido en un contexto
post-Estado de Bienestar y con la flexibilidad que demanda la competencia a ultranza de la
economía globalizada, surge así un nuevo tipo de subjetividad neoliberal, el “empresario de mí
mismo”, el sujeto “emprendedor”, de la competencia y del rendimiento:
“No alguien que tiene una empresa, sino que gestiona su propia vida como un empresario de sí mismo, como
alguien que está todo el tiempo desde su propia relación consigo mismo y en su relación con los otros,
concibiendo, gestionando, organizando su vida como una empresa de rendimiento” (Alemán, J. 2016:33).

En palabras de Dardot y Laval:


“El emprendedor… Es un ser dotado de espíritu comercial, en busca de cualquier oportunidad de provecho
que se le presente y de la que pueda sacar partido gracias a las informaciones que posee y que los demás no
tienen...” (2013:146).

Es decir, alguien que se explota a si mismo sintiéndose en libertad, convirtiéndose en su propio


jefe, que busca permanentemente información para descubrir nuevas oportunidades y
adelantársele a sus competidores, un innovador nato, que busca soluciones audaces y que es su
propio empleador, un especulador en una relación de unx consigo mismx que se gobierna como
empresa. Lo que se busca es “que el individuo trabaje para la empresa como si lo hiciera para él
mismo, suprimiendo así todo sentimiento de alienación, incluso de distancia entre el individuo y
la empresa que lo emplea” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:332) y que los mismxs sean capaces de
soportar, cada vez más, las nuevas condiciones creadas en el marco del postfordismo, disimulando
la contradicción capital-trabajo, allí la gubernamentalidad tendrá un rol clave debiendo socializar
este modelo a toda la existencia misma. Se tu propio jefe dicta la razón emprendedora. Como bien
expone Bröckling: “El Self emprendedor denomina la racionalidad micropolítica sobre la cual
convergen las tecnologías contemporáneas de la autoconducción y conducción externa”. Para les
emprendedores, dejan de existir las separaciones fordistas de trabajo/tiempo libre, vida
laboral/vida privada, producción/creatividad, obligación/placer y al identificarse con la empresa,
van internalizando los imperativos de autovalorización de unx mismx, de autocalificación
sistemática y la autosuperación. ¿Por qué? Lordon señala que el neoliberalismo extrema la
capacidad de hacer-desear dentro de la norma del Capital e inmanentiza la relación producción-
consumo-alegría. Por lo tanto, ya no habrá más contradicción entre la aspiración a la realización
y el éxito económico, se refuerzan mutuamente. Crecimiento personal y acumulación de capital
humano o entrenamiento para el trabajo pasan a ser una misma cosa. O como sostiene
sintéticamente Natanson: “Uno de los rasgos fundamentales del emprendedor… es su capacidad
para conciliar sin desajustes aparentes una imagen aspiracional hecha de sueños y proyectos con
la pura y dura búsqueda de plusvalía” (2018:177). Lo que le interesa a este modelo de
subjetivación es fomentar las capacidades de competencia propias mediante la siguiente ecuación:
a más dominio de la competencia, tanta más oportunidad tienen lxs protagonistas de acomodar su
actuar hacia la competencia (Bröckling, U. 2015:119), por lo tanto, más posibilidades de
subjetivar como empresa. Resuenan aquí las cínicas palabras de Margaret Thatcher cuando
explicaba las transformaciones neoliberales que Inglaterra emprendió en los años 80: “La
economía es el método. La finalidad es cambiar el corazón y el alma”.
Así, la racionalidad neoliberal cala hondo en nuestro cuerpo y mente, no solo por sus prácticas
gubernamentales, sino también en un nivel micropolítico mediante el “gobierno de si” y el trabajo
ético-político sobre unx mismx (prácticas de autogobierno) que encarna la figura del
emprendedor, cuyos dispositivos de sujeción y sus tecnologías de gobierno generan una ética,
“cierta disposición interior, cierto ethos, que es preciso encarnar mediante un trabajo de vigilancia
que se ejerce sobre uno mismo y que los procedimientos de evaluación se encargan de reforzar y
verificar.” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:336). Esta es una ética empresarial, emprendedora, que
vehiculiza la maximización del capital humano de una persona, a la cual se le exigen ciertas
características como la de tener talente de “guerrero”, de éxito, de combate, orientación al cliente,
creatividad, flexibilidad, liderazgo e innovación, que tienen que ver más con la llamada
“inteligencia emocional” y que coloca al trabajo como medio de realización de sí. Una ética del
sí mismo pero neoliberal para cualquier aspecto de la vida, cuyo primer mandamiento es “ayúdate
tú mismo” y su estrella de Belén es la noción de éxito: no pueden fracasar, más que el redito
económico, es el éxito lo que lxs convierte en emprendedores de si mismxs, y como sostiene e
filósofo coreano Byung-Chul Han, la sanción se extiende hasta incluir al fracaso, por lo que se
dificulta cada vez más trasladar el peso de la culpa a un otro exterior (patrón, supervisor, gerente,
el capitalismo), tal es así que “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a
sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema” (Han,
B. 2014:10). Comenzamos a vislumbrar así el punto al que queremos llegar: el totalitarismo
financiero “por arriba” del neoliberalismo va aunado a un régimen subjetivo de autoexplotación
y autoagresividad “por abajo”. Esas exigencias de la subjetivación financiera, en palabras de
Ulrich Bröckling, crean una normatividad neoliberal y dilucidan diferentes facetas del actuar
empresarial que, a su vez, funcionan como tecnologías sociales y del Yo, por ejemplo, los
diferentes métodos que fomentan la cultura del desafío y el rendimiento, el management en
general, coaching, terapias, libros de autoayuda, el pensamiento positivo, etc. Toda una serie de
municiones para hegemonizar la interpretación de la realidad y los sentires. Otros mandatos para
el “Self-emprendedor” son los de autonomía y empoderamiento, necesarios para su autoconfianza
y para “humanizar” los puestos de trabajo, lo que plantea todo un desafío a los movimientos de
base que, muchas veces, llevamos como bandera esas dos ideas.
Dardot y Laval, en el último libro de su trilogía sobre neoliberalismo, sostienen que a esta forma
histórico singular del capitalismo le es constitutiva una “dimensión esencial imaginaria”: el
imaginario emprendedor, elevándose hasta el rango de una forma de vida deseable. Así, en esta
figura, se conjugan tanto la imagen de una especie de contador que calcula beneficios y costos de
su propia vida, la de un genio motivacional e innovador que ambiciona constantemente nuevos
altos rendimientos, pero también la de aparentar guiarse por un ideal más alto que el del puro
lucro y portar una promesa supuestamente de libertad y plenitud al alcance de todxs. Una promesa
que, como dice Jorge Moruno, te “anima a romper las cadenas del trabajo y tomar el camino
individual, para, finalmente, no liberarse jamás de un mando que ronronea siempre en la cabeza
como las hélices de un helicóptero” (2015:153). A su vez, se requiere del nuevo sujeto que:
“produzca «cada vez más» y goce «cada vez más», que esté así conectado con un «plus-de-gozar» que ya
se ha convertido en sistémico. La vida misma, en todos sus aspectos, se convierte en objeto de los dispositivos
de rendimiento y de goce” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:360).

Todo ello indica que la propensión a la acumulación, que tiende a generalizarse, relanza de forma
renovada la tendencia de la ilimitación. Ahora bien, como señala aquel dúo de autores franceses,
este imperativo en la subjetivación resulta “en una identificación del sujeto con el aumento de su
propio valor” (2017:77), por lo tanto, la plenitud y el goce se consiguen valorizando el propio
valor indefinidamente. El valor que se valoriza es el objeto del goce sentencian.
Estas exigencias no conocen fronteras de clase, también van para millones de laburantes que
cotidianamente deben actuar así para sobrevivir. El Emprendedorismo representa toda una serie
de ideas de cómo debe construirse la subjetividad colectiva para normalizar las relaciones sociales
cooperativas dentro de un marco de absoluta competencia dice Moruno, sociólogo e integrante de
Podemos, por lo tanto, no es monopolio de jóvenes líderes de start-ups de la nueva economía, lxs
excluidxs de la economía informal, lxs tenidxs por nada para el sistema, también adquieren estas
prácticas, o se ven atraídos por las promesas del imaginario emprendedor, incluso lxs empleadxs
que si bien no son emprendedores estrictamente siguen este modelo de conducta como norma
social, pero nada de esto habilita a caer en visiones moralistas y re-victimizantes de los sectores
populares, menos pensar en términos de pura impotencia, sería un error porque perdemos de vista
que las formas de servidumbre neoliberales se mixturan, se combaten y se resignifican con
diversas resistencias, contra-conductas, redes comunitarias y demás expresiones de construcción
de poder popular que le disputan y las ponen en crisis. El sujeto es un campo de batalla (Virno,
P. 2003:79).
El capitalismo neoliberal se constituye, por lo tanto, en un régimen de existencia de lo social que
transversaliza y universaliza el Emprendedorismo, su estilo de existencia y el riesgo propio de esa
condición: “El sujeto empresarial está expuesto en todas las esferas de la existencia a riesgos
vitales a los que no puede sustraerse y su gestión depende exclusivamente de decisiones
estrictamente privadas. Ser empresa de sí supone vivir enteramente en riesgo” (Dardot, P. y Laval,
C. 2013:351). Entonces, el riesgo se propone como dimensión ontológica de la lógica bursátil con
la que se maneja el sujeto neoliberal y se mercantiliza, porque ante la creciente desestructuración
de los lazos sociales, de ayuda mutua y de los mecanismos estatales de solidaridad, hay “una
fabricación social y política de riesgos individualizados, de tal manera que puedan ser
gestionados… por empresas, cada vez más numerosas y poderosas, que proponen servicios
estrictamente individuales de «gestión de riesgos».” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:352) en virtud
del supuesto de que la responsabilidad es pura y exclusivamente del individuo. Una
responsabilidad de sí en torno al riesgo y sus soluciones que transfieren todos los costos a este
sujeto a través de esa ética. Esta forma de autogobierno de las conductas indica un gobierno
empresarial cuya modalidad es de dirección “distante” en donde ya no es necesario que alguien
esté al lado nuestro con un látigo para mandar porque nuestro proyecto vital comienza a ser
análogo al proyecto de una empresa (Dardot, P. y Laval, C. 2017:72) e implica un autocontrol
surgido de la racionalización técnica de la relación “consigo mismo”, de lo cual depende nuestra
empleabilidad. En otras palabras, “Los Self emprendedores no se fabrican con los medios de la
vigilancia y el castigo, sino activando los potenciales de autoconducción” (Bröckling, U. 2015:75)
porque la idea es que la orden y el mando emanen de la propia persona. No solo se explota el
hacer, también el Ser, ergo, el poder de coacción no solo viene de exterior, sino también desde el
propio sujeto, de lo que surge, incluso, una férrea negociación permanente con unx mismx como
técnica de control.
Recuperando lo planteado en torno a la idea de postfordismo, no solo sucede que la relación
Capital-Trabajo se vuelve más extensiva en el espacio y más intensiva en el tiempo, sino que se
incorporan todas las capacidades intelectuales y físicas como materia prima. Ahora bien, estas
mutaciones y las relaciones sociales que se estructuran en torno a ellas deben ser vistas también
a la luz de la economía de la deuda. Como lo observa Maurizio Lazzarato, la deuda es un nuevo
tipo de extractivismo social, una verdadera técnica de poder, que actúa en tres aspectos: en lo
económico, pauperización y feminización de la pobreza; en lo psicosocial, individualizando la
culpa por la sensación de deber; y en lo político, siendo la relación entre acreedores y deudores
una verdadera forma de gobierno. Así, el emprendeudor es la figura síntesis, y el crédito y la
deuda no solo extraen riquezas y saberes, expropian también el “futuro” y lo “posible” porque
prácticamente la vida entera de las personas se empieza a organizar en torno al pago de la deuda,
hipotecando nuestros salarios y conductas. Entonces, la Vitalpolitik introducida por el
neoliberalismo será realizada de forma más acabada por la empresa financiera dado que sus
dispositivos de gobernanza y de captura son inmediatamente sociales y transversales a todos los
actores de la sociedad (Lazzarato, M. 2013:109).
Por último, este poder gerencial hace concordar el microcosmos del sujeto con el macrocosmos
empresarial o del Capital produciendo algunos efectos como el estrés, acoso, debilitamiento de
los colectivos de trabajo o aislamiento de los asalariados, decepciones profesionales, la erosión
de la personalidad, depresión generalizada, flujos de tensiones al ritmo de la economía
financiarizada, estigmatización de los “fallidos” o del “fracaso social”, fatiga de “ser empresa”,
etc. Los académicos Dardot y Laval a su vez también sostienen que hay un proceso de
medicalización y psicologización que recae en este “neosujeto” en articulación con el discurso
securitario y económico para reforzar los instrumentos y dispositivos del Management social
(2013:381).

IDEAS AGREGAR:
- EL EMPRENDEDOR COMO PANOPTICO, O SOCIALIZACION DEL PANOPTICO
al internalizar la responsabilidad. VER BYNG CHUL-HAN
- “Las condiciones medioambientales prescriben biopoliticamente la forma de
subjetividad” Rossi y Blengino pag 41.
FRACES PARA CITAR:
“Para gobernar un país se necesita articular una concepción del mundo y de la época. Se necesita
articular, también, un proyecto. Según Gramsci, en tanto, se necesita producir dirección moral e
intelectual. El neoliberalismo emprendió procesos de sustitución de creencias en ambos
aspectos.” (Tapia, L. :106)

“El ser deseante no es sólo el punto de aplicación de dicho poder, es el retransmisor de los
dispositivos de dirección de los comportamientos” Dardot Laval 2013:332
la novedad consiste en disparar un <<efecto de cadena» para producir «sujetos emprendedores»
que, a su vez, reproducirán, ampliarán, reforzarán las relaciones de competición entre ellos. Y
esto les irnpondrá, de acuerdo con la lógica de un proceso autonealizador, adaptarse
subjetivamente cada vez n1ás a las condiciones cada vez más duras que ellos mismos habrán
producido 334
lo que las evoluciones del «mundo del trabajo» hacen cada vez más visible es, precisamente, la
importancia decisiva de las técnicas de control en el gobierno de los comportarnientos 335
Experto en sí misrno, su propio empleador, tarnbién su inventor y ernpresario: la racionalidad
neoliberal ernpuja al yo a actuar sobre sí mismo para reforzarse y así sobrevivir en la competición.
Todas sus actividades deben compararse a una producción, una inversión, un cálculo de costes.
La economía se convierte en una disciplina personal. M. Thatcher dio la fórmula nlás precisa de
esta racionalidad: «Economits are the method. The object is to change the soul». 335
La racionalidad en1presarial presenta la vent~ja incomparable de articular todas las relaciones de
poder en la trama de un mismo discurso. El léxico de la ernpresa encierra, a este respecto, un
potencial de unificación de los diferentes «regímenes de existencia», lo cual explica que los
gobien1os recurran n1ucho a éL En particular, pennite articular los objetivos de la política en
curso con todas las con1ponentes de la vida social e individua1. 10 La ernpresa se convierte así,
no sólo en un modelo general a imitar, sino tan1bién en cierta actitud que se valora en el niño y
el estudiante, una energía potencial que se solicita en el asalariado, una fmma de ser que al mismo
tiempo es producida por los cambios institucionales y productora de mejoras en todos los
donúnios. Al establecer una correspondencia estrecha entre el gobierno de sí y el gobien1o de las
sociedades, define una nueva ética, o sea, cierta disposición interior, cierto ethos, que es preciso
encarnar n1ediante un trabajo de vigilancia que se ~jerce sobre uno rnisrno y que los
procedirnientos de evaluación se encargan de reforzar y verificar. 336

La gran innovación de la tecnología neoliberal consiste, precisanrente, en vincular directamente


la manera en que un hombre «es gobernado>> con la manera en que «se gobierna» a sí misrno
337
Es cierto que se trabaja sobre uno misrno para rendir nlás, pero se trabaja para que rinda nlás la
empresa, que es la entidad de referencia. Lo que es más, los ejercicios que supuestamente aportan
una mejora en la conducta del sujeto hacen del individuo un «microcosmos» en perfecta armonía
con elrnundo de la empresa y, más allá de él, con el «macrocosn1os» del n1ercado n11mdial 348

Se trata, a fin de cuentas, de hacer de tal modo que la norma general de eficacia que se aplica a la
empresa en su cor~unto se traslade al plano del individuo mediante una puesta al trabajo de la
subjetividad destinada a incrementar su desempeño, planteándose su bienestar personal y la
gratificación personal tan solo con1o consecuencias de este incremento. Las cualidades que deben
ser desarrolladas por el sujeto renuten, por lo tanto, a un universo social donde la «presentación
de sÍ» constituye una cuestión estratégica para la empresa. Si hay que ser «abierto», «síncrono»,
«positivo», «empático», «cooperativo », no es con vistas exclusivamente a la felicidad de los
individuos, sino de entrada y ante todo para obtener de los «colaboradores>> el desempeño que
de ellos se espera. 348
Todos los dominios de la vida individual se convierten potencialmente en <<recursos» indirectos
para la empresa, ya que suponen para el individuo la ocasión de incrementar su rendinúento
personal; todos los dominios de la existencia son de la incumbencia del management de sí misrno.
Lo que es convocado a este modo de gestión, por lo tanto, es la entera subjetividad, no sólo el
«hornbre en el trabajo», y ello con más razón, si se tiene en cuenta que la empresa contrata de
acuerdo con criterios cada vez nlás «personales», físicos, estéticos, relacionales y
comportamentales. 350
El sujeto en1presarial está expuesto en todas las esferas de la existencia a riesgos vitales a los que
no puede sustraerse y su gestión depende exclusivamente de decisiones estrictarnente privadas.
Ser ernpresa de sí supone vivir enteramente en riesgo. 351
El Estado social ha tratado en forma de seguridad social obligatoria cierto número de riesgos
profesionales ligados a la condición de asalariado. Ahora la producción y la gestión de los riesgos
obedecen a una lógica muy distinta. Se trata, en realidad, de una fabricación social y política de
riesgos individualizados, de tal rr1anera que puedan ser gestionados, no por el Estado social, sino
por esas empresas, cada vez más numerosas y poderosas, que proponen servicios estrictamente
individuales de «gestión de riesgos». El «riesgo» se ha convertido por entero en un sector
rr1ercantil, en la medida en que se trata de producir individuos que podrán contar cada vez menos
con formas de ayuda mutua, como los mecanistnos públicos de solidaridad. Al igual que se
produce el sujeto del riesgo, se produce el sujeto de la seguridad privada. 352
Pero todo ocurre como si esta ética <<individualista» permitiera transferir a cargo del sujeto todos
los costos, mediante mecanisn10s que no tienen nada de «natural». En el fondo, la estrategia
consiste en partir de las aspiraciones personales a tomar decisiones en rnateria de opciones de
existencia, para reinterpretar el conjunto de los riesgos con1o opciones de existencia 354
355:: la novedad de gobierno empresarial…

La trasposición de la auditoría, a la que se ven sometidos los «centros de utilidad» (pr~fit centers)
de la empresa, al conjunto de las actividades económicas, sociales, culturales y políticas,
desencadena una verdadera lógica de su~jetivación .financiera de los asalariados. Todo producto
se convierte en un «objeto financiero>> y el sujeto misrno es instituido como un creador de valor
accionarial responsable ante los accionista 357
De ahí el interés que reviste la identificación del sujeto con1o empresa de sí y como capital
humano: es, ciertamente, un <<plus de goce» que uno se arranca a sí mismo, a su placer de vivir,
al simple hecho de vivir, lo que hace funcionar al nuevo sqjeto y al nuevo sistema de competencia.
Subjetivación «contable» y subjetivación «financiera» definen en último análisis una
subjetivación a través del exceso de sí respecto de sí mismo, o a través de la superación indefinida
de sí mismo. 361
La normalidad ya no es el dominio y la regulación de las pulsiones, sino su estin1ulación intensiva
como fuente energética prirnordial. Porque la fusión del discurso «psi» y del discurso económico
se produce en torno a la nonna de la competición entre ernpresas de sí -de este modo es como se
identifican las aspiraciones individuales y los objetivos de excelencia de la ernpresa, con1o se
hacen concordar, en surna, el «microcosn1os» y el «rnacrocosinos». 366
Un sujeto así sitúa su verdad en el veredicto del éxito, se somete a un <~uego de verdad>> en el
que pone a pn1eba tanto su valor corno su ser. La verdad queda completamente identificada con
el rendimiento, tal cmno lo define el poder gerencial. Este dispositivo de conjunto produce efectos
patológicos de los que nadie se escapa por completo 366
Lejos del modelo de un poder central que dirigiría a distancia a los sujetos, el dispositivo
rendimiento/goce se distribuye en mecanisrr1os de control, evaluación e incentivación
diversificados y participa de todos los engranajes de la producción, de todos los rr10dos de
consumo, de todas las formas de relaciones sociales 367
la subjetivación neoliberal se acompaña necesariamente de la introducción, cada vez más
explicita, de una relación de goce obligada para con todo otro individuo, relación que se podría
lla1nar también una relación de objetalización. No se trata aquí simplemente de convertir al otro
en cosa, de acuerdo con un mecanismo de <<reificación» o «cosificación», por retomar un tema
predilecto de la Escuela de Frankfurt; sino de la imposibilidad de atribuir al otro, y a uno núsmo
como otro, algo distinto que su valor de goce, o sea, su capacidad para «devolver» un plus. La
objetalización, definida de esta fom1a, se presenta en un triple registro: los sujetos, mediante
técnicas empresariales, experimentan su propio ser con1o «recursos humanos» consunúdos por
las empresas para la producción de beneficios; sujetados a la nom1a del rendimiento, se toman
los unos a los otros, en la diversidad de sus relaciones, por objetos que poseer, modelar y
transformar para alcanzar mt:jor su satisfacción; influidos por las técnicas de marketing, los
sujetos persiguen en el consumo de mercancías un goce último que se aleja cada vez que se agotan
en su persecución 376
Limitarse a ver en la situación presente de las sociedades el goce sin obstáculos, identificado a
veces como «interiorización de los valores de mercado», otras veces como «la expansión ilimitada
de la den1ocracia», es olvidar la faz oscura de la normatividad neoliberal: la vigilancia cada vez
n1ás densa del espacio público, la trazabilidad cada vez más precisa de los movimientos de los
individuos en las redes, la evaluación cada más omnipresente de los sistemas fusionados de
infon11ación y publicidad y, quizás sobre todo, las formas cada vez más insidiosas de autocontrol
de los propios sujetos. Es, en suma, olvidar la dimensión de conjunto del gobierno de los
neosujetos, que mediante la diversidad de sus vectores articula la exposición obscena del goce, el
imperativo empresarial del rendimiento y la reticulación de la vigilancia generalizada. 380
“El modo de gubernamentalidad propio del neoliberalismo cubre, por lo tanto, «el conjunto de las
técnicas de gobierno que exceden de la estricta acción estatal y orquestan la forma en que los
sujetos se conducen por sí mismos».5 La e1npresa es pues prmnovida a la categoría de rnodelo
de subjetivación: cada cual es una en1presa a gestionar y un capital que hay que hacer fructificar.”
384
la gubernamentalidad no puede ser reducida al gobierno de los dernás. Vista por otra de sus caras,
incluye el gobierno de sí. El gran logro del neoliberalisrno ha sido vincular estas dos caras de un
rnodo singular, haciendo del gobierno de sí el punto de aplicación y el objetivo del gobierno de
los otros. El efecto de este dispositivo ha sido -y sigue siendo- la producción del sujeto neoliberal
o neosujeto. 402