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Juventud y esperanza

Hemos terminado un ciclo litúrgico e iniciamos uno nuevo: el adviento y luego


continuamos con la navidad. El adviento se caracteriza por ser el tiempo litúrgico de la
esperanza. Las lecturas nos hablan de prepararnos para una nueva etapa en nuestras
vidas y para la humanidad. Se espera un cambio, una manifestación de Dios prometida
y anunciada por medio de los profetas; manifestación de Dios que se hace concreta en la
encarnación de su Hijo en la humanidad.

Quisiera hacer una relación entre el sentido de este tiempo litúrgico y la realidad,
podríamos decir antropológica, de los jóvenes en nuestra sociedad:

La invitación primera de este tiempo es que vivamos con esperanza de cara al


futuro; esta esperanza se concretiza en la preparación personal y comunitaria para el
tiempo venidero. Si leemos las lecturas bíblicas de este tiempo, vamos a notar que se
enfatiza mucho en prepararse, en cambiar de vida, en esperar, en estar en expectativa,
etc.

Por lo tanto, el esperar, el estar en expectativa constante debe ser una actitud
fundamental de cada cristiano y por consiguiente, esta esperanza en el futuro lleva a
prepararse para lo que se espera. Esta realidad no se limita a un tiempo litúrgico, sino
que se enfatiza en un tiempo, pero debe vivirse durante toda la vida.

Ahí está la propuesta. ¿Pero cuál es la realidad? Analizando la realidad juvenil


de nuestra tiempo, podemos percibir la siguiente situación: los jóvenes de hoy día viven
sin pensar mucho en el futuro, y la misma sociedad incita a eso; se piensa más en el
presente, en el día a día que se vive, es el ahora y ya, el mañana veremos cómo nos
llega; desaparecen los sueños, los ideales ya no son tan sublimes, no hay utopías; si hay
sueños, ideales, utopías responden a realidades cortas, pasajeras, superficiales y
materiales. Si prestamos atención a las expresiones culturales que la juventud utiliza,
como por ejemplo, la música, nos daremos cuenta de esta realidad: se habla de vivir el
día de hoy, de gozar al máximo, disfrutar, tener, poseer cosas que ofrece el mercado,
relaciones interpersonales que solo responden a la satisfacción del placer personal, etc.

No es que toda la realidad juvenil sea así, pero hay una gran tendencia hacia esta
manera de asumir la vida hoy.

Si nos consideramos cristianos, debemos asumir lo que Jesús nos propone. Y


como jóvenes no debemos vivir pensando de una manera tan limitada, materialista y
superficial. El joven que sigue a Cristo, vive con esperanza y alegría, no basándose en el
ahora, en el momento, en la materialidad de la vida, sino que está basada en metas
mayores que llevan a la realización plena del ser humano y la realización de una
sociedad más humana y cercana a Dios. Es vivir de cara al futuro, preparándose,
asumiendo retos, alcanzando metas, realizando proyectos personales que realmente que
lleven a la superación constante, creyendo firmemente que se puede lograr un mundo
mejor como lo quiere el mismo Jesús.
Seguir a Cristo no sólo se trata de una profesión de fe, sino también de asumir un
estilo de vida que realmente manifieste la acción de Dios en la persona y en el mundo.
Todo esto lo resumo en este verso que expresa la esperanzan en un futuro brillante:

“Fijado en el espacio infinito de románticos atardeceres,


se cierne lentamente la profunda y oscura noche,
y la tranquilidad que embarga mi corazón me llena de ilusión
de que al amanecer, la justicia y la esperanza,
se levantarán radiantes como el sol de cada mañana, en nuestro horizonte infinito”