Está en la página 1de 6

Abusos sexuales en la Iglesia: romper el silencio

SERGIO O. BUENANUEVA
Obispo de San Francisco
Presidente de la Comisión Episcopal de Ministerios

La crisis de los abusos sexuales ha llegado a la Iglesia en Argentina. Lo que


parecía un problema doloroso pero lejano empieza a revelarse como una herida
abierta, también entre nosotros. ¿Estamos preparados para vivirla
evangélicamente?

Como ocurriera ya en otras latitudes, algunos casos concretos han sacudido a la


opinión pública, animando a las víctimas a sacar a la luz el drama vivido. El
largo proceso del Padre Grassi o las investigaciones en curso al Instituto
Próvolo de Mendoza son algunos de los más clamorosos. El efecto dominó
generado, según mi opinión, recién está tomando impulso.

Cuando hablo de crisis de los abusos me refiero a tres aspectos, distintos, pero
vinculados entre sí: en primer lugar, al daño sufrido por las personas abusadas
que intentan sobrevivir a esa experiencia (menores, discapacitados, adultos
vulnerables y sus familias). En segundo lugar, a la inadecuada respuesta de los
responsables de la Iglesia (obispos y superiores) que se ha mostrado no solo
errada sino verdaderamente fatal. Por último, la situación de los clérigos y
consagrados que se han precipitado en estos delitos y cuyo deterioro humano,
espiritual y moral nos deja punzantes interrogantes.

Con distinta intensidad, estos tres aspectos han sacudido fuertemente a la


sociedad generando ira, desazón, desconfianza y rechazo hacia la Iglesia. Las
víctimas, y quienes les son cercanos, suelen añadir también una nota de fuerte
escepticismo hacia las declaraciones de la Iglesia sobre el tema, incluidas las del
mismo Papa. Obviamente, todo esto ha despertado el interés de los medios de
comunicación. Su tarea de investigación y difusión, sobre todo las más
rigurosas y documentadas, combinada con la valentía de las víctimas en
denunciar, ha sido factor decisivo para que esta crisis tomara estado público,
obligando a la Iglesia, a las autoridades civiles y a la misma sociedad, a hacerse
cargo de este problema.

Pero, no tenemos que minimizar tampoco el impacto de esta crisis en la misma


comunidad eclesial: en los sacerdotes, en las comunidades cristianas, en los
laicos. La crisis sacude fuertemente la conciencia creyente de los católicos.
¿Podría ser para menos? Tanto sufrimiento ¿no tiene que convertirse en un grito
de indignación dirigido a Dios? Superados los primeros momentos de sorpresa
y desconcierto, han comenzado a surgir inevitablemente algunas preguntas
incisivas: ¿cómo ha sido posible todo esto? ¿Cómo puede ser que un cura
desbarranque de esta manera? ¿Qué dinámica espiritual se ha desatado en un
consagrado para llegar a semejante abuso emocional, de conciencia y
finalmente sexual? ¿Nadie vio ni dijo nada? ¿Qué hicieron nuestras autoridades
eclesiales? ¿Y las casas de formación? ¿Cómo fue posible que perdiéramos de
vista la real gravedad del problema que no está en la credibilidad y buen
nombre de la Iglesia, sino en la víctima agredida y en el inmenso daño
infligido?

En muchos casos, la sorpresa inicial ha devenido en sana rebeldía e


indignación. Lo cual no es malo. Sobre todo, si los “indignados” son laicos. He
podido observar que esa indignación suele desembocar, al menos en algunos, en
un compromiso de fe más adulto. Sienten a la Iglesia como “su” Iglesia, y se
descubren interpelados a dar su aporte en la lucha contra los abusos. Es, a mi
modo de ver, uno de los signos más alentadores que está dejando esta crisis en
las Iglesias que ya la han vivido. Podemos aprender de esta experiencia.

Es decir: ha sido fundamental que, en todo este drama, se rompiera el silencio y


comenzáramos a discutir esta problemática, más honda de lo que hubiéramos
imaginado. Nos ha llevado a la oración. Solo el Silencio del Dios Crucificado
puede arrojar luz sobre la oscuridad de este mal. Este “romper el silencio” ante
los abusos no es solo condición indispensable para que los casos salgan a la luz
y se haga justicia, sino que también es un criterio de fondo para el capítulo
fundamental de la prevención.

En este sentido, los hechos de abuso sexual protagonizados por clérigos son la
punta de una trama más enredada que es necesario desenmarañar. Sacan a la
luz no solo problemas personales, sino dinámicas eclesiales deformadas que
necesitamos identificar para corregir. Los abusos sexuales suponen un sistema
inadecuado de relaciones que los favorece y hace posibles. No es un dato menor
para la comunidad eclesial. Pensemos, por ejemplo, en la docena de fundadores
de nuevos institutos religiosos que están hoy involucrados en estos aberrantes
delitos, en lo que viven los miembros de esas comunidades y la deriva de sus
obras. ¿No vamos a preguntarnos a fondo porqué pudieron prosperar durante
tanto tiempo en la Iglesia? Es una pregunta que, sobre todo los pastores, no
podemos eludir.

Si nos sobreponemos a la repulsa de pensar en un adulto violentando


sexualmente a una persona vulnerable, es posible ver con mayor claridad
teológica el núcleo del problema. Aquí, el comportamiento sexual transmite un
mensaje a decodificar. Si toda forma de abuso sexual, protagonizada por célibes
y no célibes, es básicamente un abuso de poder, lo que está en cuestión es, en
definitiva, el modo de vincularnos las personas, cómo nos percibimos y que uso
hacemos de la natural asimetría que se da, por ejemplo, entre un sacerdote y un
joven, entre un formador y un seminarista, entre un obispo y sus fieles.

Este dato, para la conciencia eclesial, es precioso. La Iglesia es sacramento de


comunión que involucra a las Personas divinas con las personas humanas.
Además, el ministerio pastoral ubica al ministro ordenado en una rica trama de
relaciones. La figura del pastor es esencialmente relacional y al servicio de la
comunión. El servicio no es, primariamente, un imperativo moral. Es un rasgo
cristológico que define la naturaleza de la Iglesia y del ministerio pastoral.
¿Cómo se ayuda entonces a un seminarista a asumir como forma de existencia
personal la forma servi de Cristo? El pastor es signo sacramental de Cristo
Cabeza. Pero, para ser cabeza y pastor de la comunidad debe vivir antes la
condición de hermano, esposo y servidor, a imagen de Jesús. En la Iglesia,
sacramento universal de salvación, lo humano es esencial: es la expresión
visible del misterio de comunión. Cuenta, por tanto, la buena salud del sistema
de relaciones que constituye la trama de una iglesia diocesana, de una
parroquia o de un seminario.

Los obispos argentinos tenemos la problemática de los abusos en nuestra


agenda desde el año 2010. Después que Benedicto XVI mandara que cada
conferencia episcopal adaptara la nueva normativa canónica sobre los abusos,
la Conferencia Episcopal Argentina, preparó unas Líneas Guía, aprobabas en
2013. Con el visto bueno de la Congregación de la Fe constituyen el protocolo
de acción hoy en vigencia para responder a las denuncias. Estas Líneas han sido
muy bien recibidas por los obispos. Dan claridad y agilidad a un proceso que
antes se mostraba más oscuro y engorroso. Son, sin embargo, perfectibles. Entre
otros, hoy se discuten estos puntos: sentido exacto del secreto pontificio, pronta
colaboración con la justicia secular, transparencia e información a las víctimas
de los procesos en curso, información a la opinión pública, etc. Un capítulo
aparte es el de las penas proporcionadas a este delito. Por una parte, soy de la
opinión que el recurso a la justicia secular es indispensable: el clérigo abusador
debe responder ante ella. Tenemos que trabajar proactivamente para mejorar
nuestra colaboración con la justicia de nuestro país. Desde un punto de vista
eclesial, opino que, un solo caso de abuso afecta la idoneidad del clérigo para
ejercer el ministerio. La pena adecuada no es otra que la dimisión del estado
clerical. De todos modos, existe hoy una saludable discusión en la Iglesia sobre
estos temas.

Recientemente se ha abierto otro capítulo en el abordaje del problema por parte


de la Conferencia Episcopal Argentina. En la 113 Asamblea Plenaria del
pasado mes de mayo, los obispos aprobamos la creación de un “Consejo
pastoral para la protección de Menores y Adultos vulnerables”. Su finalidad
fundamental es abordar la prevención de los abusos. Hemos aprovechado la
experiencia de otros episcopados y de la Santa Sede en esta materia. Entre sus
objetivos está la capacitación de agentes de pastoral: desde los propios obispos
hasta los laicos que trabajan en parroquias y colegios católicos. El criterio
básico es romper el silencio. El abuso es visto como abuso de poder que se
expresa a través de comportamientos sexuales. El enfoque es sistémico, atento a
todas las dimensiones de esta compleja realidad. Busca también trabajar en red
con el estado y otras organizaciones civiles que se ocupan de este problema
social. Busca procurar también que cada diócesis constituya una comisión
similar. Las arquidiócesis de Paraná y Mendoza han dado pasos en esta
materia. Habrá que observar su aprendizaje.

¿Son suficientes estos pasos? ¿Están en la buena dirección? ¿Qué camino


tenemos por delante en la Iglesia argentina? ¿Qué decisiones y pasos a dar en la
Conferencia Episcopal, en cada diócesis, pastores y comunidades?

Amedeo Cencini acaba de publicar una investigación que lleva el sugerente


título: “¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales?”
(Sígueme 2016). Repasa con realismo los pasos dados, pero también los
numerosos escollos que todavía quedan por superar. En breve: hay
declaraciones de los Papas y normas canónicas muy claras. Sin embargo, la
cultura que hizo posible los abusos y su encubrimiento sigue presente en
demasiadas mentalidades, tanto laicales como clericales. El trabajo por delante
se presenta arduo.

Al inicio de este artículo me he preguntado si la Iglesia en Argentina estaba


preparada para esta crisis. No tengo una respuesta sencilla y definitiva. Yo
mismo me lo pregunto, una y otra vez. Puedo dar testimonio de la seriedad con
que los obispos argentinos han asumido el tema. Me ha tocado guiar sus
reflexiones en varias ocasiones, siempre con la sensación de estar provocando
mucho dolor e inquietud. He podido constatar también que esta dolorosa y
difícil problemática necesita tiempo para que madure la conciencia sobre las
dimensiones del problema, se superen algunos enfoques parciales o errados y,
sobre todo, se asuman con humildad los errores y, de esta forma, se esté en
condiciones de aprender a dar una respuesta no solo eficaz sino profundamente
evangélica a los desafíos que esta crisis ha sacado a la luz. Experimento en todo
este proceso un fuerte sentido penitencial como camino de una Iglesia en estado
de purificación. O de conversión pastoral, como señala Francisco.

El punto clave, desde el Evangelio, es enfocar esta crisis con la mirada de Jesús,
el buen samaritano, que es la mirada de las víctimas. En algunas diócesis del
país se han dado pasos en esta dirección. No es fácil, pues en esta fase de la
crisis, las víctimas desconfían de nosotros, de nuestras reales intenciones y de la
capacidad que tengamos de cambiar realmente. Sin embargo, hasta tanto no se
dé esta apertura a las víctimas – como ya lo han experimentado otras Iglesias
hermanas y los mismos Papas Benedicto y Francisco – no vamos a estar en
condiciones de procurar una respuesta a fondo a este drama humano que
sacude a la Iglesia. Porque la Iglesia ha sido herida: las víctimas de los clérigos
abusadores son, en su inmensa mayoría, bautizados que nos fueron confiados y
a quienes no supimos proteger. Como creyente y como pastor escucho aquí la
llamada del Señor.