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INMANENCIA Y LEY NATURAL:

UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN
Max Silva Abbott *

SUMARIO: 1. INTRODUCCIÓN. 2. EL CONCEPTO DE INMANENCIA UTILIZADO AQUÍ. 3.


DESARROLLANDO EL CONCEPTO. 4. ALGUNAS APLICACIONES DE INMANENCIA A LA LEY NATURAL.
5. UN CASO PRÁCTICO DE INMANENCIA. 6. ALGUNAS CONCLUSIONES.

1. INTRODUCCIÓN

El objetivo del presente trabajo es mostrar lo que podría ser una forma diferente y
complementaria de abordar el siempre complejo y necesario tema de la ley natural.
Lo anterior obedece a una inquietud: la cada vez menor capacidad —o incluso,
abierta ceguera— de nuestras sociedades para entender y sobre todo, valorar el mensaje
subyacente de la ley natural. En una época en que cada uno se considera el juez inapelable
y soberano de la moralidad de sus propios actos, cualquier cosa que suene a heteronomía en
materias éticas es fuertemente rechazada de plano, sin siquiera indagar en su contenido.
Resulta evidente que lo que podríamos llamar ‘teorías modernas de la ética’, centradas en la
autonomía moral, pueden parecer y de hecho son muy atractivas de cara al sujeto, porque a
fin de cuentas, le permiten hacer lo que quiera a la postre; mas, sólo un poco de sentido
común nos indica claramente que la vida misma, tanto individual como social, se tornan
imposibles por este camino.
En consecuencia, fruto de esta creciente inquietud —que me lleva a hablar en
primera persona, cosa que casi nunca hago al escribir— he intentado un camino
complementario para hacer más fácil el entendimiento y aceptación de la ley natural. Y un
punto que ha sido crucial es, por decirlo de algún modo, intentar ver las cosas como las
contemplan aquellos para los que la ley natural tiene resabios dogmáticos; esto es, tratar de

*
Profesor de Fundamentos Filosóficos del Derecho y de Filosofía del Derecho, Universidad Católica
de la Ssma. Concepción. Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Para comentarios,
msilva@ucsc.cl
2 MAX SILVA ABBOTT

argumentar desde algunos de los presupuestos de los interlocutores, con el propósito de que
al menos se entienda lo razonable y justo del planteamiento iusnaturalista clásico.
La idea básica que sirve como telón de fondo a este empeño es que la ley natural, al
emanar de nuestra propia naturaleza, no puede ser dañina para el hombre, o si se prefiere, si
su objetivo es buscar la vida humana lograda, la eudaimonia, su cumplimiento acarreará
beneficios en definitiva, máxime —y por simple lógica— si el principio de la ley natural es
hacer el bien y evitar el mal1. En el fondo, puesto que el actuar sigue al ser, he intentado
demostrar que la ley natural es algo obvio —aun cuando a veces cueste trabajo conocerla—
, o si se prefiere, que no obedece a elucubraciones teóricas o a una especie de ‘limbo
filosófico’, sino que emana de nuestra realidad más evidente y por ello, posee incidencia
directa en la vida misma: en una época tan pragmática como esta, la idea es contemplar la
ley natural desde una perspectiva existencial, si así pudiera decirse.
Este enfoque en parte hace eco de algunas advertencias de diversos iusnaturalistas
actuales, respecto del peligro de que ciertas formas de abordar esta temática resulten
demasiado engorrosas y por lo mismo, incomprensibles para el hombre de hoy; lo cual
resulta contradictorio con el genuino espíritu de la ley natural, puesto que al menos en lo
que se refiere a sus preceptos fundamentales, debiera ser de fácil comprensión, asequible
para cualquiera, no una teoría sólo al alcance de los sabios. Si esta ley es verdaderamente
‘natural’, si está impresa en el corazón del hombre, su comprensión debe resultar límpida
en principio. Estamos claros que existen diversos factores racionales y no racionales que
pueden nublar y de hecho oscurecen el entendimiento sobre este tema —algunos se
analizarán brevemente aquí— pero por necesidad, la ley natural debe ser mucho más
asequible de lo que varias formas de plantearla sugieren. El asunto es importante, porque en
caso contrario sería muy fácil excusarse de su obediencia, alegando su desconocimiento.
Ello, unido al surgimiento de problemas nuevos, como la bioética, hace hoy más urgente
que nunca intentar estrategias novedosas a este respecto2.

1
. “Por eso, la desobediencia a la ley natural es ante todo una desadecuación de un ser humano
consigo mismo: cui qui non parebit, ipse se fugiet, ‘quien no la obedece está huyendo de sí mismo’ (Cicerón,
Rep, 3.33)” (GÓMEZ-LOBO, ALFONSO , “El nuevo rostro del iusnaturalismo”, en Revista de Ciencias Sociales,
vol. XLI (1996), p. 345). Ideas en parte similares en HERVADA, JAVIER, Introducción crítica al derecho
natural, Pamplona, Eunsa, 1981, p. 144.
2
Cfr. entre otros, FINNIS, JOHN, Ley natural y derechos naturales, Buenos Aires, Abeledo-Perrot,
2000, traducción y estudio preliminar de Cristóbal Orrego S., pp. 63-64 y 67; MASSINI, CARLOS IGNACIO, El
derecho natural y sus dimensiones actuales, Buenos Aires, Editorial Ábaco de Rodolfo Depalma, 1999, pp.
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 3

La vía complementaria que intentaré aquí es explicar la existencia e importancia de


la ley natural a través del concepto antropológico de inmanencia, que utilizo como centro
de tablero en esta materia, aun cuando a mi juicio no contesta a todas las preguntas ni
resuelve todos los problemas propios de la ley natural. No obstante sirve, hasta donde veo,
como un atajo, o si se prefiere, un cimiento que al menos pretende demostrar lo razonable y
útil de la ley natural.
A mi entender, este planteamiento posee entre otras y según veremos, tres ventajas:
la primera es que la inmanencia es algo vivido por el sujeto, propio de cada uno en su
experiencia personal, motivo por el cual no requiere mayor prueba de su existencia y
resulta fácilmente comprensible; la segunda es que pretende demostrar que a la postre, el
cumplimiento de la ley natural trae un beneficio para el sujeto de manera global —o al
menos, evitar que sufra un daño, según también se verá—, lo cual facilita que el
interlocutor preste oídos a este planteamiento, aunque sólo sea en un principio por un hecho
tan simple como la propia conveniencia; y por último, en una época tan alérgica a la
metafísica, creo que el concepto de inmanencia puede resultar más fácil de entender que
partir de nociones tales como esencia, naturaleza, fin, bien, perfección o autorrealización,
entre otros, aunque a la postre es posible arribar a cada uno de ellos gracias a aquél, y a
decir verdad, parece imposible no acabar haciéndolo.
Finalmente, deben hacerse presente dos cosas: la primera, que por razones
personales —fundamentalmente, la finalización de mi doctorado— la gran mayoría de mis
estudios de los últimos años han versado sobre materias alejadas de la ley natural,
principalmente referidas al positivismo jurídico de Norberto Bobbio —el autor analizado en
mi tesis—; de ahí que no exista un análisis demasiado profundo de los temas tratados, y que
hasta la fecha, no me haya sido posible encontrar un planteamiento de la ley natural como
el que propongo aquí, aunque a decir verdad, este modo de abordarla se encuentra a mi
juicio implícito en prácticamente todo lo que hasta ahora he leído al respecto, al buscar
algunas pistas en la bibliografía a la cual se acude en este trabajo. La segunda, es que estas
reflexiones han sido sobre todo fruto de las clases impartidas en los últimos años y de la

23-32; GÓMEZ-LOBO, ALFONSO, “El nuevo rostro del iusnaturalismo”, cit., p. 351; THOMANN, MARCEL, “¿Se
justifica el Derecho por las realidades naturales y el bien común?”, en Persona y Derecho, vol. IX (1982), pp.
32-36; SERNA, P EDRO, “Modernidad, posmodernidad y Derecho natural: un iusnaturalismo posible”, en
Persona y Derecho, vol. XX (1989), pp. 185-188.
4 MAX SILVA ABBOTT

interacción con alumnos; precisamente, muchas objeciones y preguntas suyas sobre la ley
natural me han dado valiosas pistas sobre este enfoque.

2. EL CONCEPTO DE INMANENCIA UTILIZADO AQUÍ

El concepto de inmanencia empleado para explicar la existencia y utilidad de la ley


natural merece algunas precisiones, porque se trata de un término que ha sido utilizado para
cosas muy distintas, lo cual puede generar grandes confusiones a su respecto.
Ante todo, no debe entenderse por inmanencia el conjunto de teorías que prescinden
del dato revelado —esto es, opuestas a la ‘trascendencia’— de las cuales está plagado el
mundo actual. Tampoco sugiere un encierro total, de tipo solipsista, en los cánones del
pensamiento humano contemporáneo3. Por último, tampoco apunta a un subjetivismo ético.
Nada más alejado de estos aspectos: el concepto de inmanencia aquí utilizado no sólo es
conciliable, sino que a decir verdad, para cualquier persona de buena voluntad puede muy
bien ser la excusa para acceder a la trascendencia; posee un grado de vinculación con la
realidad que se pretende objetivo, esto es, se enmarca dentro de un claro realismo
gnoseológico; y por último, apunta a encontrar un dato cierto para la ética.
Ahora bien, mi descubrimiento del concepto de inmanencia se debe a la lectura de
simples libros de antropología filosófica que suelen utilizarse para impartir clases de
Fundamentos Filosóficos del Derecho.
La primera vez que encontré este concepto fue al analizar el libro de Ricardo Yepes,
Fundamentos de Antropología. En él, se dice que la ‘inmanencia’ es una característica
común a todos los seres vivos —plantas, animales y hombres— si bien su grado o
intensidad varía en uno y otro caso de manera proporcional a la complejidad de dicha forma
de vida. En consecuencia, puesto que el ser vivo tiene en sí mismo el principio de su
movimiento —al punto que para él vivir es ser—, lo propio de todo viviente es que las
actividades o movimientos que broten de él como agente, tengan algún efecto sobre sí

3
. “[E]ntendemos por inmanentismo gnoseológico a la postura que sostiene la identificación del ser
con el pensar, e.d., la no existencia de realidad alguna distinta de la conciencia y por inmanentismo ontológico
a la posición por la cual lo real se reduce a lo intramundano, e.d., a lo perteneciente al mundo finito”
(MASSINI, CARLOS, “Inmanencia, trascendencia y derechos humanos”, en Persona y Derecho, vol. XXI
(1989), p. 173, nota 1). Ideas similares en HERVADA, JAVIER, Lecciones propedéuticas de filosofía del
derecho, Pamplona, Eunsa, 2ª ed., 1995, pp. 577-582 y FERRATER MORA, JOSÉ, Diccionario de Filosofía, vol.
II, Madrid, Alianza Editorial, 4ª ed., 1988, pp. 1704-1705.
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 5

mismo como paciente, esto es, sean al menos en parte, inmanentes. Precisamente
‘inmanencia’ viene de in-manere, ‘permanecer en’, lo cual significa que existe algún grado
de interioridad en los seres vivos:

“Inmanente es lo que se guarda y queda dentro. Es una característica que habla de la


interioridad que se da en todo ser viviente, pues todo viviente lleva a cabo actividades cuyo
efecto queda dentro del sujeto”4.

Como se ha dicho, el nivel de inmanencia y, por tanto, de interioridad, va de la


mano con las formas de vida, lo cual permite en no poca medida, diferenciarlas5.
La forma más típicamente humana de inmanencia es la intimidad, “un dentro que sólo
conoce uno mismo”6, nuestro mundo interior, nuestro yo, cuyas principales manifestaciones
es el conocer y el querer. Por eso la manifestación más alta de inmanencia es el
conocimiento, lo cual permite que el sujeto se realice como persona:

“La intimidad es el grado máximo de inmanencia, porque no es sólo un lugar donde las cosas
quedan guardadas para uno mismo sin que nadie las vea, sino que además es, por así decir, un
dentro que crece, del cual brotan realidades inéditas, que no estaban antes: son las cosas que nos
ocurren, planes que ponemos en práctica, invenciones, etc. Es decir, del carácter de intimidad
surge también lo creativo: porque tengo interior y me abro a él soy capaz de innovar, de aportar
lo que antes no estaba y ni siquiera era previsible. La intimidad tiene capacidad creativa. Por
eso, la persona es una intimidad de la que brotan novedades, capaz de crecer. Lo propio del
hombre es el ser algo nuevo y causar lo nuevo”7.

En el hombre, este mundo interior que a su vez es fuente de su obrar, puede


exteriorizarse como en ninguna otra especie, al punto que incluso le es posible darse a
otros, al ser capaz de amar8.

4
. YEPES S TORK, RICARDO ; ARANGUREN ECHAVARRÍA, JAVIER, Fundamentos de Antropología. Un
ideal de la excelencia humana, Pamplona, Eunsa, 1999, 4ª ed. (1ª ed., perteneciente sólo a Yepes, 1996), p.
22. Por eso agrega: “Lo que es uno lo es por tener algo propio, por tener un dentro [...] Para el viviente vivir
es ser, en unidad, con un mundo interior” (ibidem). Y más adelante, señala: “Inmanente es lo que se guarda y
queda en el interior […de modo que] lo que el sujeto hace queda en él” (ibid, p. 62).
5
. “[C]uanta mayor es la capacidad de un ser vivo de guardar dentro de sí, cuanto más disfrute de un
mundo interior, o más sepa decir de sí, mayor es su nivel inmanente” (ibid, p. 23).
6
. Ibid, p. 62.
7
. Ibid, p. 62. “La característica más importante de la intimidad es que no es estática, sino algo vivo,
fuente de cosas nuevas, creadora: siempre está como en ebullición, es un núcleo del que brota el mundo
interior.” (ibid, p. 64).
8
. Cfr. ibid, pp. 62-64 y 137-156.
6 MAX SILVA ABBOTT

Para lo que aquí interesa, lo importante es que en virtud de la inmanencia, las


acciones del hombre dejan algo en sí mismo, permanecen en cierto sentido en él, lo cual no
es extraño, porque el ser vivo es en buena medida, la finalidad interna de sus operaciones,
actúa sobre su propio ser, posee un dinamismo antropológico retroalimentativo. Da igual
que estas operaciones sean meramente internas o se exterioricen —comer, llorar, dormir,
leer, etc.—: puesto que está vivo y emanan de él, dejan un rastro en él mismo, lo
retroalimentan, o si se prefiere, tienen una especie de ‘efecto boomerang’ sobre el agente.
Por eso Leonardo Polo —a quien parece seguir Yepes— expresa que “el hombre no
hace nada con que al hacerlo no se produzca alguna modificación de su propia realidad”9. Y
en otro sitio, agrega:

“El desarrollo de la humanidad en cada hombre parte de su actuar. Si los actos no influyeran en
su modo de ser, si no dejaran una huella, si no modificaran o perfeccionaran lo humano en cada
uno, el hombre no sería un ser abierto a su propio crecimiento esencial”10.

La misma idea la expresa Polo a propósito de las nociones de Kínesis y Práxis:

“Kínesis es la actividad cuyo término es exterior a ella misma [...] Práxis teleía es la actividad
perfectiva en su ejercicio mismo [...] Cuando veo, tengo lo visto. Cuando edifico, no tengo lo
edificado. Cuando tengo lo edificado, dejo de edificar. Cuando tengo lo visto, sigo viendo”.
[…]
“En la operación vital el hiato entre el ejercicio y el término no se da, pues el término ya está
dado —al y en el operar—; hay una íntima compenetración, en virtud de la cual el movimiento
al tener lugar, en esa misma medida, ya de antemano ha logrado la forma en acto, la cual no es
resultado del movimiento, ni en un sustrato material sino en el movimiento mismo; ahí es. Éste
es el auténtico sentido de la expresión aristotélica, recogida por Tomás de Aquino: ‘vita in
motu’. La vida está en el movimiento; ese movimiento en que está la vida es la práxis, no la
kínesis. Comparada con la kínesis la práxis es inmóvil: por eso vivir es —para los vivientes—
ser. El alma es oréctoca, y no únicamente práxica, porque el viviente no ha alcanzado todos sus
fines”. [...]

9
. POLO, LEONARDO, El conocimiento habitual de los primeros principios, Pamplona, Universidad de
Navarra, 1993, p. 55; cit. por YEPES STORK, RICARDO; ARANGUREN ECHAVARRÍA, JAVIER, Fundamentos de
Antropología, cit., p. 76. Lo importante es que a la postre, todo repercute en él.
10
. P OLO, LEONARDO, Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, Madrid, Aedos, 2ª
ed., 1997, p. 91. Por eso señala un poco más atrás: “La acción es buena o mala también de acuerdo con una
característica que le es propia, y es que de ella se siguen unos logros y unas consecuencias que pueden ser o
no ser, según se ejerza la acción. Hay algo más allá de nuestras acciones a lo que ellas apuntan y que puede
ser logrado o no. Esto es propio del ser humano” (ibid, p. 65).
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 7

“También cabe decir que la práxis es inmanencia. Inmanencia es el estar la vida en el


movimiento, y ser vivo el movimiento. Por cuanto soy vivo ya tengo según mi actividad. Eso es
inmanencia; pero precisamente la operación inmanente se abre a la trascendencia; se abre a la
hiperformalización. Es decir, tiene un destino posible para ella, imposible para las kínesis”11.

De esta manera, podemos concluir que “el hombre es aquel ser que no puede actuar
sin mejorar o empeorar”, pues al actuar siempre lo cambia en alguna medida12.
Otros autores que han desarrollado este concepto son José Vicente Arregui y Jacinto
Choza en su libro Filosofía del hombre, cuando señalan:

“Vida significa capacidad de realizar operaciones por sí y desde sí mismo. Es decir, principiar
las operaciones desde sí. El ser vivo es causa eficiente, formal y final de sus operaciones. El
vivo no sólo es el principio energético de ellas, sino que las controla. También él es el
beneficiario de sus operaciones. El vivo vive para sí. A esto es a lo que se ha solido llamar
inmanencia. Operaciones inmanentes, por oposición a las transeúntes, son las que de algún
modo permanecen en quien las ejecuta. Las operaciones específicamente vitales son las
operaciones inmanentes”. [...]
“La palabra inmanencia proviene del latín manere in (in-manere) que significa permanecer
en. Inmanencia significa que hay un sí mismo en el ser vivo que permanece siempre y en el cual
también permanecen los efectos de las operaciones realizadas. Estar vivo quiere decir para un
ser que se le queda ‘dentro’ lo que ha hecho o lo que le ha pasado, o bien que lo que le pasa o lo
que hace le va abriendo un ‘dentro’, una hondura; significa que las cosas que ha hecho o que le
han pasado no se escapan de él como si nunca le hubieran pasado, sino que su haber pasado
queda dentro de él como queda el alimento, los recuerdos, las destrezas adquiridas, el saber,
etc.” 13.

11
. P OLO, LEONARDO, Presente y futuro del hombre, Madrid, Rialp, 1993, pp. 118, 119 y 121
respectivamente. Por eso añade: “Como hemos dicho, hay práxis cuando el movimiento alcanza ya su término
(que, por lo tanto, no es un término, sino un fin poseído o sido en pretérito perfecto) y, por consiguiente, se
prepara para seguir. Llamo a esto hiperformalización. Porque una operación que ha alcanzado de antemano su
fin, abre ulteriores fines y, por tanto, es perfectiva respecto de su principio. He aquí la posibilidad de
optimación, es decir, de hábitos” (ibid, p. 120).
12
. P OLO, LEONARDO, Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., p. 102. Por eso,
“Las acciones cambian al sujeto a la vez que modifican sus objetivos: lo que el hombre lleva a cabo re-indice
sobre el mismo hombre; se da una retroalimentación que cambia las condiciones de partida” (ibid, p. 77).
Para estas ideas, también cfr. YEPES STORK, RICARDO; ARANGUREN ECHAVARRÍA, JAVIER, Fundamentos de
Antropología, cit., pp. 74-76.
13
. ARREGUI, J. VICENTE ; CHOZA, JACINTO, Filosofía del hombre. Una antropología de la intimidad,
Madrid, Rialp, 4ª ed., 1995 (1ª ed., 1992), pp. 59 y 60, respectivamente. Para estas ideas en general, ibid, pp.
59-64. 72-75, 424-425, 434- 444 y 452-453.
Por eso “…el sujeto humano o el yo de cada uno es fundamento real de nuestros actos, hábitos y
relaciones, pero no queda al margen o separado de ellos, sino que es intrínseco a los mismos y está afectado
8 MAX SILVA ABBOTT

Por último, también existen otros autores que mencionan este concepto, aunque por
razones de espacio, sólo se dejará constancia de ello14.
Ahora bien, más allá de todo lo señalado hasta aquí, lo importante para estos efectos
es que estas y otras indagaciones y sobre todo, la experiencia docente, me han llevado a
estimar que el concepto de inmanencia puede servir como un muy buen punto de inicio
para explicar la existencia e importancia de la ley natural, a la luz del desarrollo del mismo
que presento a continuación.

3. DESARROLLANDO EL CONCEPTO

Como se ha dicho, la idea crucial es que el ser vivo está volcado sobre sí mismo de
alguna manera, porque vive para sí. Esto significa que para él sus acciones no le son
indiferentes, puesto que se retroalimenta de ellas, dejan huellas en él.
Sin embargo, personalmente creo muy útil ampliar el concepto de inmanencia, en el
sentido de que ésta no sólo se agota en la retroalimentación que sufre el sujeto fruto de sus
propias acciones, sino también de los acontecimientos que no dependen de él pero que lo
afectan, sea la acción de terceros o de hechos de la vida misma, que por ser consciente de lo
que le ocurre, indudablemente incidirán en él15.
De hecho, a este respecto podría decirse de manera muy general, que tal vez uno de
los mayores aportes de la sicología, pese a sus múltiples manifestaciones, sea precisamente

por aquellos hasta su más recóndita raíz”. (GARCÍA LÓPEZ, J., “La persona humana”, en Anuario Filosófico,
Nº 9, 1976, p. 167, citado por ARREGUI, J. VICENTE ; CHOZA, JACINTO , Filosofía del hombre, cit., p. 425.)
14
. “Inmanencia significa que hay un sí mismo en el ser vivo que permanece siempre, y en el cual
permanecen también los efectos de las operaciones realizadas […] Estar vivo quiere decir, para un ser, que se
le queda dentro lo que ha hecho o lo que le ha pasado […] como queda el alimento, los recuerdos, las
destrezas adquiridas, el saber etc.” (AYLLÓN, JOSÉ RAMÓN, En torno al hombre, Madrid, Rialp, 6ª ed., 1998,
p. 46.)
También se ha señalado a este respecto que inmanencia “Es en primer lugar, la propiedad que los
procesos vitales tienen de actualizar al viviente, y, por tanto, de permanecer interiores a su organismo y a su
vida como consecuencia, es decir, ‘actos segundos’ de la actividad del alma” (F ABRO, CORNELIO,
“Inmanencia”, en Gran Enciclopedia Rialp, Tomo XII, Madrid, Rialp, 1979, p. 745). Por eso señala que
Aristóteles decía que es el “acto primero de un cuerpo físico orgánico que tiene la vida en potencia (De anima
II, 1,412a)” (ibidem). Para estas ideas, ibid, pp. 745-748.
Por último, “Se dice de una actividad que es inmanente a un agente cuando ‘permanece’ dentro del
agente en el sentido de que tiene en el agente su propio fin […] las actividades en que la acción revierte sobre
el agente y se completa en él”. (FERRATER MORA, JOSÉ, Diccionario de Filosofía, cit., p. 1703).
15
. En parte esto parecen hacer Arregui y Choza al señalar que la inmanencia ser refiere “a lo que ha
hecho o a lo que le ha pasado” al agente (A RREGUI, J. VICENTE ; CHOZA, JACINTO , Filosofía del hombre, cit.,
p. 60, cursivas nuestras).
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 9

tomar conciencia de lo influenciables y receptivos que somos respecto de lo que nos pasa a
lo largo de la vida: nuestras vivencias, tanto generadas por nosotros como foráneas, no nos
son indiferentes, y por el contrario, dejan una impronta, muchas veces indeleble.
De ahí que podría muy bien compararse la noción de inmanencia con la de
‘receptor’: somos ‘receptores’ de todo lo que nos pasa, lo que debiera ser un llamado de
atención y de responsabilidad sobre lo que hacemos y sobre lo que nos ocurre.
Ahora bien, lo interesante de tomar como punto de inicio el concepto de inmanencia
así entendido, es que éste resulta evidente, según se ha dicho, al ser un dato de la
experiencia: cualquiera puede darse cuenta de que nuestras vivencias nos afectan. Esto es
más fácil percibirlo respecto de los sufrimientos o experiencias negativas, que claramente
no nos dejan indiferentes; sin embargo, lo mismo ocurre con las experiencias positivas,
aunque cueste más darse cuenta de ello.
Con todo, puesto que el concepto de inmanencia ha sido ampliado para comprender
también el efecto de acciones de terceros y hechos de la vida misma, para diferenciarlos de
aquellos producidos por nosotros mismos, podríamos hablar a este respecto de una
‘heteroinmanencia’ en el primer caso, y de ‘autoinmanencia’ en el segundo16.
En realidad, tan importante es este concepto, que podríamos decir que la persona
misma se va formando a través de sus experiencias, emanen de él o de terceros. Cada uno
de nosotros es tal como es hoy, o si se prefiere, su personalidad es esta y no otra, en buena
medida por dichas experiencias, experiencias personalísimas, íntimas, que han ido dejando
una huella indeleble en nosotros mismos, formando una persona mejor o peor, nuestro
propio yo17.
Visto desde otro ángulo, esto quiere decir que no somos invulnerables o inmunes
ante dichas experiencias, sino todo lo contrario. O si se prefiere, que el éxito en la vida —

16
. Un texto que en parte parece apuntar a la ‘heteroinmanencia’ podría ser el siguiente, al señalar que
existen “potencias pasivas o, desde otro punto de vista, extrínsecas, es decir, con el que las cosas pueden
sufrir modificaciones por acción de agentes exteriores. Incluso aquí se puede obtener una cierta finalidad, la
del sujeto o proceso transformador al actuar sobre la cosa objeto de cambio”. (GARCÍA-HUIDOBRO, JOAQUÍN ,
“La «is-ought question» y el valor del argumento de la perversión de las facultades naturales”, en Persona y
Derecho, vol. XXIX (1993), p. 176. Para esta idea, ibid, pp. 175-176.)
17
. Por eso “Algo real se autodetermina en la medida en que está indeterminado y esa
indeterminación le pertenece como le pertenece al viviente el tiempo que va a vivir. Esta indeterminación es
lo que Aristóteles llama dynamis, potencia o poder. Obviamente, cuanto mayor sea la indeterminación inicial,
mayor será la capacidad de autodeterminación, y más fuerte será la individualidad resultante […]. Se es tanto
más individual, cuanto más hay que autodeterminarse.” (ARREGUI, J. VICENTE ; CHOZA, JACINTO , Filosofía del
hombre, cit., p. 435.)
10 MAX SILVA ABBOTT

nuestra autorrealización— no está asegurado: nuestra libertad muy bien puede ser nuestra
ruina, si no sabemos encauzarla como corresponde. De ahí que la inmanencia sea un
llamado de atención, de responsabilidad, porque a la postre, terminaremos cosechando lo
que sembremos.
Ahora bien, cabría preguntarse ¿por qué tenemos inmanencia? ¿por qué nos afectan
nuestras vivencias y a decir verdad, no pueden dejar de afectarnos? Este es un aspecto
crucial, porque la inmanencia pretende precisamente enfrentarnos a la realidad misma,
hacernos conscientes de que existen cosas inevitables; en el fondo, de nuestros propios
límites.
La primera respuesta evidente es porque estamos vivos, según se puede desprender
de los textos arriba trascritos. Sin embargo, el problema va mucho más allá: en último
término, tenemos inmanencia porque antes poseemos una estructura o diseño propio, o
dicho en forma clásica, una naturaleza. Es principalmente nuestra naturaleza lo que explica
por qué las cosas nos afectan de un modo y no de otro18.
Esto significa que la noción de inmanencia mira sobre todo al receptor, al ser que
resulta afectado por sus vivencias, no tanto al elemento que ocasiona dicho efecto. De ahí
que el mismo estímulo podría incidir de modo totalmente distinto a seres diferentes —como
el frío en un oso polar y en un hombre, respectivamente—, porque se insiste, lo que manda
aquí es la calidad del receptor. En consecuencia, ello indica que la inmanencia depende
directamente del diseño o estructura del viviente, o si se prefiere, que a cada naturaleza
corresponde su propio grado de inmanencia.
Lo anterior conlleva, entre otras, dos cosas: la primera, que existen efectos bastante
objetivos que se producirán en nosotros, de manera independiente a lo que queramos o
creamos, en atención a ese diseño que ya tenemos y que de alguna manera se nos impone; y
la segunda, que la noción de inmanencia y de naturaleza podrían considerarse como dos
caras de la misma medalla, porque se implican mutuamente, si bien la primacía la tiene esta
última.
Esto es importante, porque precisamente a partir de los efectos producidos en el ente
es posible descubrir su naturaleza: de la constatación de esos resultados, de estos hechos, es

18
. Quien en parte habla de “estructuras”, que lo habilitan para ciertas tendencias activas, es G ARCÍA-
HUIDOBRO, JOAQUÍN, “La «is-ought question» y el valor del argumento de la perversión de las facultades
naturales”, cit., pp. 176-177.
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 11

factible indagar sobre sus causas, lo cual, de ser sinceros, obliga a desembocar en esta
noción, mostrando de paso que no se trata de un concepto teórico o de laboratorio, sino
real, fácilmente probable. Puesto que el actuar sigue al ser, la inmanencia es una
prolongación y prueba de este mismo ser, que precisamente se manifiesta de ese modo y no
de otro, por corresponde a esa naturaleza, lo que permite así “hacer justicia a la realidad”19.
Por lo mismo, su relación con la naturaleza impide que la noción de inmanencia se
confunda con cualquier clase de existencialismo: que nos afectemos, no quiere decir que
nos hagamos por completo a nosotros mismos, porque a la luz de lo señalado, es fácil
comprender que tenemos una base objetiva desde la cual se da y sobre la que repercute
nuestra inmanencia, base que escapa a nuestro capricho y que por ello, se nos impone en
cierta medida20.
En el fondo, la idea es que la naturaleza no es la mera suma de las facultades del
ente, sino el principio intrínseco de todas ellas y que por lo mismo, no se confunde con
éstas, al ser su raíz.
Iguales razones impiden que la inmanencia se confunda con posturas
consecuencialistas y utilitaristas, porque no se trata de una suma de ventajas y desventajas o
de costes y beneficios medidos de acuerdo a diversos intereses y metas artificiales o
subjetivos, sino de la realidad misma, de lo que emana de nuestra propia naturaleza, de una
manera objetiva y evidente, aun cuando en algunos casos cueste un poco darse cuenta de
ello, según se verá más adelante. En consecuencia, “la naturaleza no se acomoda a
nosotros: somos nosotros los que tenemos que acomodarnos a ella”21.

19
. S PAEMANN, ROBERT, Ética: Cuestiones fundamentales, Pamplona, Eunsa, 4ª ed., 1995 (1ª ed.,
1987), traducción de José María Yanguas, p. 43. Por eso señala un poco más adelante: “vivir rectamente
significa hacer justicia a la realidad, objetivar nuestros intereses, formularlos mediante el contenido valioso de
la realidad” (ibid, p. 59). Ideas similares en ibid, p. 194. A su juicio, la principal realidad a la que debemos
hacer justicia es a los demás hombres, porque no hay ser humano sin otros (cfr. ibid, p. 60).
20
. Hay un conjunto de actos y operaciones subsistentes, pero también hay un soporte real de las
mismas: “El yo no puede ser entendido como un sustrato inalterable, pero tampoco es reductible a una unidad
estructural de los actos. [… L]a dimensión de sustrato de la sustancia no puede ser abandonada en la posición
sustancialista. Lo que se mantiene no es sólo que hay un conjunto de actos y operaciones subsistentes, sino
que hay un soporte real de ellos. Aunque el yo está comprometido y modificado por sus actos, se distingue
realmente de ellos.” (ARREGUI, J. VICENTE; CHOZA, JACINTO, Filosofía del hombre, cit., p. 425.) Ideas
parecidas también en YEPES STORK, RICARDO; ARANGUREN ECHAVARRÍA, JAVIER, Fundamentos de
Antropología, cit., pp. 78-82.
21
. S PAEMANN, ROBERT, Ética: cuestiones fundamentales, cit., p. 39. Por eso agrega: “Quien está
dispuesto a aceptar esa manera de entender el valor que se opone a su inmediata satisfacción, es capaz de lo
que se llama una acción valiosa. La capacidad de conocer valores crece si uno esta dispuesto a someterse a
12 MAX SILVA ABBOTT

Dicho de otro modo, el bien y el mal son algo distinto de lo que agrada o no al
sujeto, por lo cual tampoco se vincula necesariamente con estados biológicos22, porque en
definitiva, al hombre no se le puede arrancar su naturaleza propia23.
En consecuencia, tal vez uno de los aspectos más importantes del concepto de
inmanencia y de su relación y dependencia con la noción de naturaleza, es que indica e
incluso prueba una cierta limitación del ser, esto es, que dada nuestra naturaleza, habrá
cosas que nos afectarán para bien y otras para mal de manera objetiva, independiente a lo
que el sujeto quiera, crea o sepa. Por eso se vincula con el razonamiento según el cual ‘el
actuar sigue al ser’, porque como no puede existir desproporción entre el ente y su obrar,
ello se manifiesta tanto en sus operaciones, como en el modo en que se afecta o resiente
fruto de su devenir, puesto que en el viviente, el “acto es coherente consigo mismo”24.
En realidad esta idea es tan radical, que como expresa Finnis, si la naturaleza del
hombre fuese distinta, también lo serían sus deberes25.
Visto desde otra perspectiva, el concepto de inmanencia es un perentorio llamado a
la responsabilidad, según se ha adelantado. En el fondo, nos indica que en el caso del ser

ellos, y disminuye cuando no se da esa disposición. Ese conocimiento de los valores no se alcanza ante todo
por el discurso, o la enseñanza, sino por la experiencia y la práctica” (ibid, p. 50).
De ahí que desde una perspectiva algo distinta, agregue en otro sitio: “Durante siglos nos hemos
acostumbrado a comprender los fines como meramente humanos, esto es, como rasgos subjetivos que
destacamos de dentro de determinadas consecuencias de la acción. Hoy vemos que ya no nos podemos
permitir descuidar las consecuencias objetivas secundarias. De improviso ascienden de consecuencias
secundarias a las principales consecuencias características. De ahí que tengamos que integrarlas en nuestra
posición de los fines”. (SPAEMANN, ROBERT , “Teleología natural y acción”, en Persona y Derecho, vol. XXX
(1994), p. 23.)
22
. Cfr. P OLO, LEONARDO, Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., p. 63.
23
. Cfr. P OLO, LEONARDO, Presente y futuro del hombre, cit., p. 113.
24
. Ibid, p. 126.
Dos pasajes muy luminosos a este respecto son los siguientes: “Al contrario de lo que ocurre con los
movimientos transitivos, los movimientos vitales se caracterizan porque tienen fin: télos, no péras. Tener fin
quiere decir tenerlo ya, poseerlo. Por eso el fin está en pretérito perfecto, cuando se trata de práxis [...]. Es un
acto —enérgeia— perfecto cuando se ejerce, ya está en su fin. Cuando pienso, tengo lo pensado. No voy por
lo pensado, sino que lo tengo” (ibid, p. 119). El otro es el siguiente: “Lo natural no se identifica con lo dado,
con lo que ya es, o con lo común sino que lo natural es lo que regula desde sí sus operaciones, que por ello
pueden ser calificadas en verdad como propias. Lo natural es lo que posee una operación que le pertenece de
suyo. La naturaleza, por tanto, no se muestra al principio, sino al final. La naturaleza es teleológica y no
puede ser identificada con lo dado. Esta idea está presente en la definición clásica de naturaleza como ‘la
esencia en cuanto principio de operaciones’”. (ARREGUI, J. VICENTE ; CHOZA, JACINTO , Filosofía del hombre,
cit., p. 448; cfr. ibid, pp. 448-449.)
25
. “Las formas básicas del bien captadas por el entendimiento práctico son lo que es bueno para los
seres humanos con la naturaleza que tienen”. (FINNIS, JOHN, Ley natural y derechos naturales, cit., p. 67.)
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 13

humano, tenemos casi todo por hacer, que nuestra vida está en nuestras manos, depende de
nosotros, siendo así los arquitectos de nuestra propia existencia26.
En parte alude a esto Leonardo Polo cuando señala:

“El hombre es un ser complejo y unitario, abierto hacia fuera y desde dentro, que retorna a su
intimidad y se trasciende: en este ir y venir se forma —se forja—. Nada hay en él que se pueda
considerar neutral desde el punto de vista ético, porque ninguna regla anónima, simplemente
racionalizada, es capaz de explicar ese co-existir que integra lo externo en lo interno y otorga lo
interior a lo exterior, de acuerdo con el cual se forja, como digo, lo humano.” […]
“El hombre es un ser que tiene que resolver problemas inherentes a su propio existir, que
tiene su propio existir en la manos, un ser no finalizado por una determinación finita, sino que
tiende infinitamente. Nosotros llevamos nuestro existir a cuestas, hemos de sacarlo adelante, no
tenemos ninguna dotación previa según la cual podamos descansar en nuestro acontecer
temporal, como descansa un animal, o como descansa un astro [...]
Pero el hombre es un ser problemático en su existencia. La existencia no es un puro acontecer
temporal del movimiento; la existencia es yo mismo en mi libertad. En este sentido estoy fuera
de las leyes que funcionan sin más. Soy un ser abierto a otro ámbito, no es que eso me deje sin
norma alguna, sino que precisamente porque el hombre actúa libremente, aparece lo que es
debido” 27.

Para usar alguna metáfora, es como si fuésemos un bloque de piedra en bruto, y


dependiera de nosotros, mediante el uso del cincel, en qué se convertirá dicho bloque.
Como somos libres, podremos hacer muchas cosas con nuestra vida; mas, puesto que
también somos limitados, los efectos de nuestras acciones se plasmarán en nosotros, lo
queramos o no. Esto constituye un llamado de atención, porque a la postre, los resultados
pueden ser muy buenos pero también muy malos, incluso desastrosos, lo cual puede
explicarse e manera coloquial acudiendo a refranes tales como ‘lo bueno cuesta’, o ‘cada
uno cosecha lo que siembra’, etc.

26
. Por eso se ha dicho que “el yo que es siempre el mismo, no es siempre lo mismo” (ARREGUI, J.
VICENTE ; CHOZA, JACINTO , Filosofía del hombre, cit., p. 434. Ideas similares en ibid, p. 425). Y también, que
“vivir es perfeccionarse, no realizarse” (POLO, LEONARDO, Presente y futuro del hombre, cit., p. 121).
27
. P OLO, LEONARDO, Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., pp. 18-19 y 64-
65, respectivamente. Por eso señala que el hombre es un ser que no está finalizado (cfr. ibid, p. 74).
Por su parte, Yepes, siguiéndolo, agrega que el hombre es un ser “intrínsecamente perfectible”
(YEPES STORK, RICARDO; ARANGUREN ECHAVARRÍA, JAVIER, Fundamentos de Antropología, cit., p. 82). De
esta manera, el ser humano se perfecciona a sí mismo desde dentro, desde su libertad, siendo por ello, una
tarea para sí mismo, algo por realizar (ibid, pp. 80-82). “Así, entre el mero vivir y la plenitud correspondiente
a la propia naturaleza media en proceso de autorrealización” (ARREGUI, J. V ICENTE; CHOZA, JACINTO ,
Filosofía del hombre, cit., p. 64).
14 MAX SILVA ABBOTT

Es por eso que la inmanencia también puede relacionarse con los fines o metas que
se proponga el sujeto, con su proyección temporal. Como ellos inciden directamente en sus
acciones del día de hoy, todo esto irá formando su historia personal, su pasado, que al
afectarlo en virtud de su inmanencia, tendrá a su vez un efecto en sus posteriores
proyecciones al futuro, y así en un ciclo constante, en que presente, pasado y futuro se
condicionan mutuamente, demostrando según se ha dicho, que al menos en parte cada uno
tiene su futuro en sus manos28.
Ahora bien, en vista de todo lo mencionado hasta aquí, lo que me interesa recalcar
es que fruto de la inmanencia, inevitablemente se producirán un conjunto de resultados en
el agente, por ser su propio paciente. Y es precisamente en estos efectos donde es posible
encontrar un dato muy importante en pro de la ley natural. En realidad, una de las ventajas
de partir por estos efectos es que muchas veces son fácilmente constatables, y si existe
buena disposición del sujeto, es posible descubrir sus causas29.
En el fondo, es lo mismo que ocurre con un artefacto técnico, como un automóvil:
su diseño lo habilita para ciertas cosas y no para otras; de ahí que si lo uso de una manera
indebida, el artefacto terminará resintiéndose e incluso destruyéndose; los resultados hablan
por sí mismos, si así pudiera decirse, y son un claro reflejo de no realizar lo que de cara a su
naturaleza, convenía a los fines de dicho artefacto.
Otro símil que puede servir es el de la salud humana: ella también tiene una serie de
reglas o de equilibrios que no dependen del capricho del sujeto, sino que de características
objetivas suyas. Como somos libres, podemos atender o no a estos requerimientos; lo que
no cabe hacer a la postre, es ignorar los resultados a los que conduzca una u otra forma de

28
. Cfr. YEPES STORK, RICARDO; ARANGUREN ECHAVARRÍA, JAVIER, Fundamentos de Antropología,
cit., pp. 72-74.
29
. Como ha dicho Serna, en parte refiriéndose a los actuales desafíos para plantear la ley natural, “En
todo caso, la restauración teórica del derecho natural a finales del siglo XX obliga a tomar como punto de
referencia la idea de lo humano y su caracterización en ocasiones negativa. El razonamiento jurídico, como
razonamiento práctico, no debe tener miedo a un procedimiento que en algunos momentos se asemeje
notablemente al ensayo-error” (SERNA, PEDRO, “Modernidad, posmodernidad y Derecho natural: un
iusnaturalismo posible”, cit., p. 186) Por eso a su juicio, cabe “la reflexión sobre los frutos amargos de la
modernidad terminal” (ibid, p. 188). O como señalaba un poco más atrás, “si la naturaleza no es lo dado, no
puede pretender aprehenderse deductivamente a partir de un concepto cerrado y especulativo; es más bien la
captación de las tendencias lo que permite descubrir el ámbito de lo humano. Dicha captación se lleva, por
tanto, a cabo no por medio del pensamiento teórico-especulativo, sino a través de la racionalidad práctica, no
pocas veces guiada en su labor por la experiencia palpable de lo negativo, de lo inhumano” (ibid, pp. 185-
186).
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 15

proceder —al menos por mucho tiempo—, puesto que este dato termina imponiéndose
como absolutamente objetivo.
Un tercer ejemplo que puede ser útil es el de un ecosistema. Como tal, está
constituido por diversos seres vivos que interactúan mutuamente en beneficio del todo, al
punto que ese orden reviste carácter normativo. De ahí que si no se lo respeta, los efectos
nocivos llegarán en algún momento, se quiera o no, afectándolo por completo30.
Con todo, existe una dificultad, que hace que muchas veces no sea tan fácil percibir
estos efectos dañinos. En realidad, para entender a cabalidad el concepto de inmanencia
debe tenerse una visión de largo plazo, que muchas veces englobe a la vida en su conjunto,
e incluso a veces a generaciones completas. Es poco lo que puede comprenderse de este
concepto con una visión de corto plazo. De hecho, es lo mismo que ocurre con los tres
ejemplos didácticos que se han dado: los daños al automóvil, a la salud o al ecosistema no
son inmediatos, sino que se irán acumulando poco a poco, de manera inevitable. Esto
acarrea un problema doble: en primer lugar y según se ha dicho, la dificultad para percibir
muchas veces el problema; y en segundo lugar, que tal como el efecto se demora en hacerse
presente, por igual motivo tardará en ser remediado, pudiendo aplicarse aquí a contrario
sensu, el refrán que dice ‘lo que fácil viene, fácil se va’.
Otro aspecto que debe ser puesto de relieve se refiere a este concepto ‘ampliado’ de
inmanencia al que me he referido —la ‘heteroinmanencia’—, esto es, que no se agota en lo
que haga el propio sujeto, sino también en lo que provenga de agentes exteriores: diversas
circunstancias de la vida, por regla general inmanejables para el individuo —el entorno
social, la familia, limitaciones físicas, etc.—. Lo importante, como se ha dicho, es que todo
repercute en él. Esto obliga a asumir una responsabilidad no sólo personal, con uno mismo,
sino también social, con los demás, porque la actitud de algunos podría muy bien arruinar o
destruir la vida de otros, y viceversa.
Ahora bien, ambas inmanencias se presentan de manera distinta en la persona en los
diferentes momentos de su vida, lo cual se vincula directamente con su grado de madurez.
De este modo, en los primeros años, puesto que el sujeto está despertando a la
autoconciencia, es influenciable sobre todo por factores externos al mismo —su educación,

30
. Por eso, que la norma sea eludible no aminora en absoluto su importancia (cfr. POLO, LEONARDO ,
Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., p. 65).
16 MAX SILVA ABBOTT

la familia, el entorno social—, o si se prefiere, es fundamentalmente un receptor pasivo.


Incluso podría decirse que en sus primeros años, absorbe todo lo que le ocurre, por lo cual
el grado de heteroinmanencia es máximo. Ahora, como se trata de un ser indefenso,
absolutamente moldeable, esto conlleva una gran responsabilidad de quienes lo tengan a su
cargo, porque habrán experiencias tempranas que dejarán su huella de manera indeleble en
él, lo cual se vincula con los hábitos, como se verá dentro de poco.
Por el contrario, a medida que el sujeto expande su autoconciencia, comienza de
algún modo a defenderse de estos estímulos externos, o si se prefiere, los ‘filtra’.
Evidentemente, durante toda su vida será influenciable por estos factores externos, porque a
fin de cuentas sigue ‘vivo’ y abierto al mundo; pero también parece obvio que a medida que
crece, él mismo comenzará a tomar el control de sus propios actos, a tener sus propias
proyecciones, y por tanto, a defenderse ante estímulos externos, con lo que va
produciéndose el paso desde la ‘heteroinmanencia’ a la ‘autoinmanencia’.
También debe hacerse presente que a medida que el sujeto envejece, como ya se
encuentra formado, o si se prefiere, puesto que su pasado le pesa, será más difícil cambiar.
Esto se vincula directamente con los hábitos, como resulta evidente: el sujeto se va
haciendo a sí mismo, y mientras más arraigada se encuentre esta segunda naturaleza, más
costará cambiarla. Podría decirse, metafóricamente, que el sujeto en su niñez es como un
trozo de arcilla, muy moldeable al principio al estar húmeda, pero que al ir madurando,
poco a poco va ‘secándose’, haciéndose menos moldeable. De este modo, el paso desde la
‘heteroinmanencia’ a la ‘autoinmanencia’ conlleva una rigidez creciente del sujeto; aunque
a diferencia de la arcilla, que en algún momento se solidifica definitivamente, el hombre
siempre podría eventualmente cambiar, aunque se insiste, costará cada vez más.
Por igual motivo, el concepto de inmanencia puede vincularse con el aprendizaje y
los hábitos, que llevan a generar una segunda naturaleza en el agente. El hombre se moldea
por medio de sus acciones y ellas repercuten de tal manera en él, que lo ‘cambian’
accidentalmente como sujeto, al punto que podría decirse que el hombre en parte modula su
naturaleza, lo que Leonardo Polo llama “carácter cibernético”31 del ser humano.

31
. P OLO, LEONARDO, Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., p. 98. Como
señala un poco más atrás: “Virtudes y vicios son estados internos que siguen a la acción práctica, no como
resultados o consecuencias externas, sino como modificaciones intrínsecas de las capacidad de realizar
acciones. Así se muestra, una vez más, que la ética no es adjetiva o adventicia” (ibid, p. 63).
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 17

En otro orden de cosas, la inmanencia también puede relacionarse con la conciencia,


con esta “exigencia de nosotros a nosotros mismos”32, por dos motivos: en cuanto a su
existencia y utilidad, y en cuanto a sus límites y debilidades.
Resulta obvio que la existencia de la conciencia, de esta “estructura psicológico-
moral”33 del sujeto, obedece a una poderosa razón, puesto que en la naturaleza nada parece
ocioso. Esta función apunta, como se sabe, a advertirnos sobre la bondad o malicia nuestras
acciones; en este sentido, la conciencia, si está bien formada, podría ser considerada una
especie de vigía de la inmanencia.
Sin embargo, la conciencia no es invulnerable, o si se prefiere, puede dejar de ser
una advertencia eficaz para evitar malas acciones. Entre otras causas, esto ocurre en caso de
que el sujeto haga caso omiso de ella de forma permanente, no sólo porque se acostumbrará
a las acciones que realiza, sino que —y por la misma razón— su conciencia se irá
debilitando cada vez más. La misma noción de inmanencia explica esta situación, y a la
vez, es un nuevo llamado de atención a no tomarnos a la ligera este verdadero aliado de
nuestro actuar, puesto que si no actuamos como pensamos, terminaremos pensando como
actuamos.
Lo anterior es, a mi juicio, fundamental, porque en muchos sectores hoy tiende a
pensarse que la única sanción para la trasgresión de la norma moral es el remordimiento de
conciencia, lo cual puede conducir a la paradoja de que mientras más mal se actúe, se tenga
menos sanción —remordimiento—, fruto de este adormecimiento producido por la
inmanencia. Esto significa que el remordimiento no puede ser la ‘sanción final’ a la
trasgresión moral —aun cuando en principio lo sea, y a veces muy eficaz—, sino que la
sanción última parece más bien ser el daño o perjuicio que ocasiona apartarse de la
conciencia, se entiende si está bien formada. Y nuevamente la noción de inmanencia resulta
iluminadora a este respecto.
Pero además, la noción de inmanencia sirve para demostrar que la conciencia no es
meramente subjetiva, que no depende sólo de lo que el sujeto estime bueno o malo, o como

Por eso para Spaemann, “La filosofía moral clásica se interesaba más por el lado práctico de la vida
que por el poiético: no por lo que uno hace en el mundo, sino por lo que se hace a sí mismo cuando hace algo
en el mundo”. (S PAEMANN, ROBERT, Límites. Acerca de la dimensión ética del actuar, Madrid, Ediciones
Internacionales Universitarias, 2003, traducción de Javier Fernández Retenaga y José Mardomingo Sierra, p.
35.)
32
. S PAEMANN, ROBERT, Ética: cuestiones fundamentales, cit., p. 87.
33
. HERVADA, JAVIER, Introducción crítica al Derecho natural, cit., p. 141.
18 MAX SILVA ABBOTT

suele decirse hoy, que todo se limite a una ‘libertad de conciencia’ equivalente a una
completa autonomía moral. Al revés: es en esos efectos, fruto de la inmanencia, que
podemos encontrar un muy buen baremo para medir el grado de luminosidad de nuestra
conciencia. En suma, es un camino más para demostrar que la conciencia no crea la norma
moral, sino que la refleja, que muestra parte de lo que somos. Sólo así es explicable, pese a
todo lo que se dice hoy, que aun cuando actuemos de acuerdo a lo que queremos, tengamos,
no obstante, remordimiento de conciencia —si esta no se encuentra demasiado adormecida
o deformada—, lo cual resultaría inexplicable y constituiría casi una esquizofrenia, si
nosotros mismos fuéramos los artífices de la norma moral34.
Desde otra perspectiva, también podría volver a ampliarse el concepto de
inmanencia desde el sujeto en particular al todo social, incluso a la humanidad entera. Esto
significa que para una sociedad dada —o para la humanidad—, sus propias acciones
tampoco le son indiferentes, sino que como un todo, se verá fuertemente afectada por ellas,
o si se prefiere, que no es invulnerable a las mismas. Es algo similar a lo que ocurre cuando
se introducen factores nuevos en una ecuación matemática: nuestras propias creaciones
terminan cambiando nuestro escenario, al añadir elementos que antes no estaban, lo que
evidentemente influirá en los resultados. Es por eso que sobre todo la autoridad, llamada a
promover el bien común, debe tener especial cuidado en las decisiones que toma, porque
tarde o temprano acabará cosechando lo que siembre.
Por igual motivo, también sería posible aplicar el concepto de inmanencia a la
conciencia de una colectividad, puesto que sólo existe una diferencia cuantitativa, no
cualitativa entre la conciencia social y la individual. Esto explica por qué ambas pueden
sufrir el mismo proceso de oscurecimiento, nuevamente por inmanencia, como lo
demuestra, por desgracia, la creciente insensibilización de diversos países ante temas otrora
claramente condenados por ser opuestos a la ley natural35.

34
. “La conciencia humana advierte que los bienes que las inspiran son deseables por sí mismos (for
they own sakes), sin necesidad de un raciocinio particular. Es la propia experiencia vital, a través de actos no-
inferenciables, la que los descubre. No se incurre por tanto aquí en la falacia naturalista, por cuanto las
premisas de las que se parte, que contienen las ‘razones para obrar’, ya pertenecen a la esfera del
razonamiento práctico.” (ANDORNO, ROBERTO , “El paso del ‘ser’ al ‘deber ser’ en el pensamiento
iusfilosófico de John Finnis”, en Persona y Derecho, vol. XXXIV (1996), p. 27.)
35
. En parte apunta a esto FINNIS, JOHN, Ley natural y derechos naturales, cit., pp. 64-65; También
POLO, LEONARDO, Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., p. 17.
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 19

Ahora bien, como se ha advertido, todas estas reflexiones han sido básicamente
fruto de la interacción con alumnos en clases —y complementadas aquí con algunas citas
que estimo pertinentes—, lo que ha originado muchas veces interesantes debates y sobre
todo, ha permitido extraer más y más consecuencias a partir del concepto de inmanencia. Y
tal vez la clave de todo este razonamiento radica en la idea de limitación. Del momento en
que tenemos una estructura determinada, ella no sólo nos habilita para hacer ciertas cosas y
nos impide realizar otras, sino que incide directamente en los resultados que se den en
nosotros mismos según sea nuestro modo de proceder. Es por eso que en último término, tal
vez la clave para entender el concepto de inmanencia aquí tratado no sea tanto racional,
sino una actitud: una profunda humildad, que nos lleve a reconocer nuestros límites, a no
creernos dioses.
Lo importante para todo lo dicho hasta aquí, se insiste, es que la auto o
heteroinmanencia se presenta como algo objetivo, casi un dato a constatar, en atención a
que ella obedece a la naturaleza, estructura o diseño propio del hombre. Y como el tipo de
inmanencia depende del tipo de naturaleza, ella existirá lo quiera o no, lo sepa o no, le guste
o no al sujeto. Es por eso que en atención a los resultados del propio actuar, este concepto
puede ser un muy buen pie de inicio para entender al menos en parte el mensaje y utilidad
de la ley natural, como se verá a continuación.

4. ALGUNAS APLICACIONES DE INMANENCIA A LA LEY NATURAL

Parece claro que el concepto de inmanencia puede prestar valiosos aportes para
entender la ley natural. Existen distintas posibilidades, mas aquí me concentraré sobre todo
en el tema de las inclinaciones o tendencias naturales.
En primer lugar, la inmanencia puede ayudar para comprender que seguir las
tendencias naturales repercutirá favorablemente sobre el sujeto, o si se prefiere, que no
pueden representar algo malo para sí. Por lo mismo, permiten darse cuenta cuándo una
tendencia se encuentra pervertida o corrompida36. Lo anterior es particularmente claro al

36
. Sobre este último punto puede consultarse GARCÍA-HUIDOBRO, JOAQUÍN, “La «is-ought question»
y el valor del argumento de la perversión de las facultades naturales”, cit., pp. 177-178.
20 MAX SILVA ABBOTT

analizar las consecuencias de no seguir estas tendencias, aspecto al cual se dedicará, con
algunos ejemplos, el epígrafe siguiente.
Sin embargo, creo también que la noción de inmanencia puede servir para descubrir
cuáles con estas tendencias naturales y darse cuenta de su razonabilidad. Esto permite al
mismo tiempo que la ley natural no aparezca como una construcción dogmática, etérea o de
laboratorio, sino como algo absolutamente evidente y positivo para cualquier hombre de
buena voluntad. Y también permite comprender que la formulación de ley natural es, en
realidad, un resultado, la coronación de un proceso de búsqueda de esta pauta de conducta,
que deriva directamente de la observación del ser humano, puesto que como se sabe, el
orden de los preceptos de la ley natural es paralelo a las inclinaciones naturales37.
En efecto, aun cuando no responda a todas las cuestiones a su respecto, una posible
forma de abordar el tema de las tendencias naturales es el siguiente. Puesto que el hombre
es un ser libre, resulta claro que no todo uso de su libertad es indiferente, no da lo mismo lo
que haga, tanto por el efecto que estas acciones pueden ocasionar en terceros como en el
propio sujeto, lo cual se vincula precisamente con la inmanencia en cualquiera de sus
formas. De ahí que desde muy antiguo haya existido la preocupación por encontrar alguna
pista que nos indique cómo aprovechar bien nuestra libertad o, al menos, evitar que su uso
nos ocasione un daño, a veces irreparable. Y para encontrar esta pista, parece bastante
razonable observar al mismo hombre, si de verdad queremos llegar a una ley ‘natural’ a su
respecto.
Es así como puede llegarse a la noción de inclinación o tendencia natural,
entendidas como conductas muy comunes aunque omitibles en el ser humano que lo
benefician. Para esto es necesario acudir a dos criterios que se complementan: uno que
llamo ‘cuantitativo’ y otro ‘cualitativo’.
Lo que llamo ‘criterio cuantitativo’ apunta a que una tendencia natural, por ser
‘natural’, debe descubrirse fácilmente, debe ser una conducta que brote casi
37
. “El hambre no obliga a comer, pero tampoco es un hecho neutral, necesitado de una premisa
suplementaria para llegar a constituir un motivo para la acción. No necesitamos ninguna premisa mayor de
tipo: ‘Siempre que tengo hambre debo comer, salvo que haya en contra otros motivos suficientemente
importantes’. A esta máxima se podría responder: ‘¿Y por qué debes hacerlo?’ La inclinación se distingue de
otros hechos por tener ya carácter vectorial. Impulsa, mueve (inclinatio), y esto quiere decir que es en sí
misma motivo suficiente para acciones que sirven a su satisfacción”. (SPAEMANN, ROBERT, “La naturaleza
como instancia de apelación moral”, en MASSINI, CARLOS (Compilador), El iusnaturalismo actual, Buenos
Aires, Abeledo-Perrot, 1996, p. 355, cursivas nuestras.) Por eso las inclinaciones deben interpretarse (cfr.
ibid, p. 356).
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 21

espontáneamente del propio hombre, por la simple observación de lo que hace; una
inclinación no puede ser, por tanto, una conducta que cueste encontrar, una rareza. Sin
embargo, el problema que se percibe de manera evidente, es que en toda época han existido
prácticas muy extendidas que no obstante, sería difícil considerar una pauta de moralidad:
la esclavitud, las guerras o el robo son claros ejemplos de ello.
Es precisamente aquí cuando entra a prestar sus servicios lo que llamo ‘elemento
cualitativo’, que no es otra cosa que inmanencia aplicada a este caso, si bien no referida a
un sujeto concreto, sino a la humanidad toda. Según este principio, deben seguirse
consecuencias positivas para el género humano, lo que claramente elimina del posible
catálogo de ‘inclinaciones’ las conductas señaladas y varias más. Con todo, para darse
cuenta de la bondad de estos comportamientos hace falta tener una visión de largo aliento,
que no se agote en unos pocos años, sino que trascienda a varias generaciones de individuos
y además, que analice estos efectos de cara al género humano, no respecto de tal o cual
cultura en particular. En caso contrario, podría llegarse fácilmente a conclusiones erradas.
Con todo, debe hacerse la advertencia que si se combinan ambos elementos —la
cantidad y la calidad—, se descubre a la postre que una verdadera inclinación natural es
mucho más numerosa que otra conducta que no lo sea.
Y es así como pueden justificarse fácilmente las conocidas tendencias naturales
señaladas por Aristóteles y Tomás de Aquino: la vegetativa, la sensitiva y la intelectiva;
basta analizar sus efectos, la inmanencia implícita que conllevan: resulta evidente el
carácter positivo para el género humano de mantenerse en el ser, mantener la especie, vivir
en sociedad y conocer la verdad. De ahí que no sean meras indicaciones o ideales, sino que
constituyan verdaderos faros para la conducta humana individual y social, con carácter
obligatorio o normativo, si no se quiere acabar mal.
En realidad, varias de las características ya analizadas a propósito de la inmanencia
pueden aplicarse aquí: que los efectos son dados por nuestra propia estructura o naturaleza
como especie, independiente de lo que queramos o creamos; que las consecuencias dañinas
no aparecen de inmediato ante nuestros ojos, al igual que ocurre con un desequilibrio
ecológico o con la salud humana, por lo cual también resulta difícil revertirlas; que es
posible apelar tanto a la autoinmanencia como a la heteroinmanencia para explicarlas; que
las tendencias naturales siguen vigentes aun cuando la conciencia individual o la colectiva
22 MAX SILVA ABBOTT

se hayan adormecido; y —sin perjuicio de otras consideraciones— que en el fondo, para


comprender lo anterior se requiere no sólo de la inteligencia, sino sobre todo, de una buena
dosis de humildad, o si se prefiere, de un profundo respeto ante la realidad.
Por otro lado, este enfoque permite darse cuenta de que la moral humana es
sistémica, es decir, que existe una evidente conexión entre sus diferentes áreas. De ahí que
la infracción grave a una de ellas no pueda dejar de repercutir en las restantes, porque a fin
de cuentas, somos una unidad, o si se prefiere, no estamos constituidos por compartimentos
estancos. Esto es lógico, porque desde el momento en que tenemos una estructura, nuestro
ser se verá afectado globalmente para bien o para mal según se siga o no la ley natural.
Con todo, deben hacerse presentes dos cosas, que por su vastedad sólo pueden
dejarse planteadas aquí. La primera es que este argumento centrado en la idea de
inmanencia no incurre, a mi juicio, en la llamada ‘Ley de Hume’ —también denominada
‘falacia naturalista’, aunque no sean lo mismo—, puesto que no se están derivando valores
a partir de meros hechos, en atención a que la noción de naturaleza aquí utilizada no es
estática, sino dinámica38. Y la segunda, muy ligada a la anterior, es que para entender este
modo de pensar debe acudirse a la razón práctica, no a la especulativa —siguiendo en esto
sobre todo la obra de Finnis—, cuyas proposiciones iniciales son per se nota y por tanto,
indemostrabilia39. A mi entender, no existe incompatibilidad entre las reflexiones de Finnis

38
. Sobre la ‘Ley de Hume’, a veces también llamada ‘falacia naturalista’, ocasionada por la falta de
una concepción dinámica de la naturaleza y la no comprensión de la razón práctica, vid, entre otros muchos,
MASSINI , CARLOS, La falacia de la «falacia naturalista», Mendoza, Idearium, 1995, passim, especialmente
pp. 17-79; BALLESTEROS, JESÚS, Sobre el sentido del derecho. Introducción a la filosofía jurídica, Madrid,
Tecnos, 1984, pp. 71-83; SERNA BERMÚDEZ, P EDRO, Positivismo conceptual y fundamentación de los
derechos humanos, Pamplona, Eunsa, 1990, pp. 118-130; GARCÍA-HUIDOBRO, JOAQUÍN, Razón práctica y
Derecho natural, Valparaíso, Edeval, 1993, pp. 14-23 y 264-275; ID., “La ‘is-ought question’ y el valor del
argumento de la perversión de las facultades naturales”, cit., pp. 174-179; HÖFFE, OTFRIED, “Derecho natural
sin falacia naturalista”, en ID., Estudios sobre teoría del Derecho y la justicia, México, Fontamara, 1992,
traducción de José M. Seña, pp. 105-132; HERVADA, JAVIER, Introducción crítica al Derecho natural, cit., pp.
146-152; KALINOWSKI, GEORGES, “Sobre la relación entre el hecho y el Derecho”, en MASSINI, CARLOS
(Compilador), El iusnaturalismo actual, cit., traducción de C. I. Massini, pp. 147-159; D’AGOSTINO,
FRANCESCO, Filosofia del diritto, Turín, Giappichelli, 1993, pp. 87-99; CARPINTERO BENÍTEZ, FRANCISCO,
“¿Hay que admitir la «falacia naturalista»?”, en Persona y Derecho, vol. XXIX (1993), pp. 139-166;
ERRÁZURIZ MACKENNA, CARLOS JOSÉ, La teoría pura del Derecho de Hans Kelsen. Visión crítica, Pamplona,
Eunsa, 1986, pp. 64-83; S PAEMANN, ROBERT, “La naturaleza como instancia de apelación moral”, cit., pp.
347-350.
39
. Como dice Finnis: “concediendo que podemos discernir lo correcto y lo incorrecto, lo debido y lo
indebido, mediante el razonamiento, ¿qué hace obligatorio elegir lo correcto y lo debido y evitar lo incorrecto
y lo indebido?” (FINNIS, JOHN, Ley natural y derechos naturales, cit., p. 77. Para esta idea, ibid, pp. 37-57, 64
y 91-96). Esto puede compararse a la ‘estructura psicológica’ de la que habla Hervada: la ley natural “no
procede de factores culturales, sino que de la estructura psicológico-moral del ser humano. Es una operación
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 23

y la noción de naturaleza tradicional, porque de tener otra naturaleza, los bienes humanos
básicos —las inclinaciones naturales— serían distintos40, y también lo sería nuestra
capacidad de valorar, nuestra propia razón práctica.
Es más, la noción de inmanencia puede ayudar a comprender por qué una conducta
es obligatoria, o si se prefiere —siguiendo nuevamente a Finnis—, por qué resulta
importante y significativa, al permitir tener un criterio sobre el cual aplicar nuestra
racionalidad práctica innata41. Por eso debe recalcarse que lo autoevidente no son las
conclusiones que se alcancen —v. gr., la malicia del aborto—, sino el punto de partida
práctico del pensamiento que analiza este problema, tal como también existen principios
del pensamiento especulativo. Por eso las proposiciones iniciales no otorgan, solas, razones
para la acción: son sólo premisas que permiten arribar a las conclusiones morales, “nuestra
comprensión de un valor”42, al contener en sí la idea de obligatoriedad, evitando así caer en
la Ley de Hume. Pero el banco de prueba de estos principios premorales es la vida misma,
las inclinaciones naturales43, vistas aquí desde el prisma de la inmanencia, para lo cual
también parece necesario tener una concepción teleológica de la naturaleza44.
Por eso, y aun cuando el sólo ‘ver’ algo no otorgue de suyo razones para la acción,
no debe olvidarse que descripciones y prescripciones se apoyan mutuamente, porque en
definitiva, valoramos lo que vemos y desde lo que vemos, aunque la función misma de

natural de nuestro intelecto” (HERVADA, JAVIER, Introducción crítica al Derecho natural, cit., p. 141). O
siguiendo a Spaemann, si se quiere esto o aquello se debe a una psicología del deber (cfr. SPAEMANN ,
ROBERT, Ética: cuestiones fundamentales, cit., pp. 33-34; ID., Límites. Acerca de la dimensión ética del
actuar, cit., p. 27.
40
. “En realidad, Grisez y sus seguidores afirman que los bienes humanos básicos y las normas
morales son lo que son porque la naturaleza humana es lo que es” (GEORGE , ROBERT P., “Ley natural y
naturaleza humana”, en Boletín Mexicano de Derecho Comparado, Nueva Serie, año XXXVII, núm. 110,
Mayo-Agosto de 2004, traducción de Diego Ruffet, p. 602; para estas ideas, ibid, 602-608). Por eso señala
Finnis que si la naturaleza del hombre fuese diferente, también lo serían sus deberes (cfr. FINNIS, JOHN, Ley
natural y derechos naturales, cit., 67-68).
41
. Cfr. FINNIS, JOHN , Ley natural y derechos naturales, cit., pp. 43 y 45-51.
42
. Ibid, p. 94.
43
. Cfr. ibid, pp. 33-34 y 94-101. Como dice textualmente: “Porque en todo campo hay y debe haber,
en algún punto o puntos, un término para la derivación y la inferencia. En ese punto o puntos nos encontramos
cara a cara con lo evidente, que hace posibles todas las inferencias subsiguientes en ese campo” (ibid, p. 101);
GEORGE , ROBERT P., “Ley natural y naturaleza humana”, cit., p. 609.
44
. “Llegamos a conocer la naturaleza humana conociendo sus potencialidades, y a éstas a través de
sus actuaciones, las que a su vez conocemos por medio de sus objetos [...] que son precisamente los bienes
humanos. Por tanto, un adecuado conocimiento de la naturaleza humana se deriva de nuestro conocimiento
práctico e inderivado (per se notam) de los bienes humanos.” (FINNIS, JOHN, “Natural inclinations and natural
rights: deriving ‘ought’ from ‘is’ according to Aquinas”, en Lex et Libertas. Studi Tomistici, 30, Ciudad del
Vaticano, Pontificia Academia S. Tomasso, 1987, p. 46, citado por ANDORNO, ROBERTO, “El paso del ‘ser’ al
‘deber ser’ en el pensamiento iusfilosófico de John Finnis”, cit., p. 23.)
24 MAX SILVA ABBOTT

valorar dependa de la razón práctica. Juicio de existencia y juicio de valor se complementan


aunque se diferencien45. Como dice George, refiriéndose a la obra de Finnis:

“No existe ninguna inconsistencia en sostener que (1) nuestro conocimiento del valor intrínseco
de ciertos fines o propósitos se adquiere en actos no inferenciales de comprensión en los cuales
aprehendemos verdades autoevidentes, y (2) aquellos fines o propósitos tienen un valor
intrínseco (por lo que pueden ser aprehendidos como autoevidentes y valederos) porque son
intrínsecamente perfectivos de seres humanos, es decir de seres con naturaleza humana”46.

Finalmente, se insiste que la noción de inmanencia no resuelve todos los problemas


de la ley natural; pero al menos considero que tiene la virtud de mostrar su razonabilidad y
su lógica a un mundo cada vez más indiferente a ella. Y que además —lo cual creo
fundamental, en atención a nuestra situación actual—, que lo hace primeramente apelando a
esta atención casi enfermiza que hoy solemos tener con nosotros mismos; de este modo, y
según se ha dicho al inicio de este trabajo, la ventaja de este planteamiento es que el
individuo puede tomar conciencia de bondad y necesidad de la ley natural, al menos para
evitar perjudicarse a sí mismo, o si se prefiere, por propio interés. No es mucho, es
evidente, pero puede ser el primer paso para comenzar a comprender el genuino sentido y
riqueza de la ley natural, que por cierto, llega mucho más allá de este estrecho enfoque47.

5. UN CASO PRÁCTICO DE INMANENCIA

Como se ha dicho, la inmanencia puede también servir para demostrar la existencia


de las inclinaciones naturales, base de los preceptos de la ley natural, a partir de los

45
. Cfr. FINNIS, JOHN, Ley natural y derechos naturales, cit., pp. 50-52. “Las valoraciones no se
deducen de ninguna manera de las descripciones […]; pero es poco probable que alguien cuyo conocimiento
de los hechos de la situación humana sea muy limitado juzgue bien al discernir las implicaciones prácticas de
los valores básicos. Del mismo modo, las descripciones no se deducen de las valoraciones; pero sin las
valoraciones uno no puede determinar qué descripciones son realmente iluminadoras y significativas” (ibid, p.
52).
46
. GEORGE , ROBERT P., “Ley natural y naturaleza humana”, cit., pp. 604-605.
47
. De alguna u otra manera, aluden a los beneficios de considerar también las consecuencias de las
acciones para determinar su moralidad, entre otros, SPAEMANN, ROBERT, Ética: cuestiones fundamentales,
cit., pp. 19-30 y 75; ID., Límites. Acerca de la dimensión ética del actuar, cit., p. 23; SERNA, PEDRO,
“Modernidad, posmodernidad y Derecho natural: un iusnaturalismo posible”, cit., pp. 185-186; P OLO,
LEONARDO , Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, cit., p. 65; FINNIS, JOHN, Ley natural y
derechos naturales, cit., pp. 38-39, 43 y 45-51.
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 25

funestos resultados que ocasiona su trasgresión global, por desgracia, presente hoy en
varias situaciones cotidianas, algunas fácilmente perceptibles.
Debe hacerse presente que se ha optado por hacer énfasis en el perjuicio y no en los
beneficios que ocasiona cumplir con al ley natural. Ello obedece fundamentalmente a que
en muchos casos, este último planteamiento tiende a ser visto como algo muy idealista,
utópico, cuano no una abierta fantasía. Y lo mismo puede decirse de la utilización de
conceptos como ‘bien’, ‘fin’, ‘autorrealización’, ‘perfección’, etc48. De ahí que se haya
optado por el camino inverso, por dos razones: en primer lugar, porque muchas veces es
más fácil constatar el mal, y en segundo lugar, porque ello afecta de manera más directa los
intereses tan personales, cuando no egoístas, que mueven a muchos actualmente. Como se
ha dicho, se pretende al menos que el sujeto preste oídos para evitar sufrir él mismo un
percance.
Con todo, y según se ha dicho, debe recordarse que uno de los principales
problemas de este planteamiento es que los efectos negativos muchas veces demoran en
hacerse ver. Y de hecho, el símil con lo que ocurre en un artefacto técnico, en la salud o en
un sistema ecológico no puede ser más exacto. Y también no deja de haber coincidencia en
cuanto a que tal vez lo más importante para darse cuenta de esto no sea un razonamiento
muy complejo, sino una actitud de profunda humildad ante la realidad.
Un claro caso en que la inmanencia puede ser una poderosa aliada para mostrar los
efectos negativos de no seguir la moralidad humana y su carácter sistémico, es en lo que
llamo la deformación de la sexualidad, fruto de la anticoncepción. Como se sabe, ella se
introdujo en la década de los 60 con el objetivo explícito de separar la sexualidad de la
procreación49. Sin embargo, parecía evidente que algo tan importante como la sexualidad
humana, desnaturalizada de esta manera y centrada fundamentalmente en el placer que ella
genera, no podía menos que producir profundos cambios en el propio ser humano, tanto a

48
. Un texto en que la idea de fin puede vincularse con lo que venimos comentando es el siguiente:
“Telos significó siempre dos cosas; significaba aquella configuración según la cual un ser puede conservarse
óptimamente, y significaba a la vez el cumplimiento, con arreglo a su contenido, de las posibilidades
depositadas en tal ser. Estos momentos de la autoconservación y autarquía, por un lado, y de la
autorrealización o autocumplimiento, por otro lado, se separan en la consideración no teleológica”.
(S PAEMANN, ROBERT, “Teleología natural y acción”, cit., p. 25.)
49
. Sobre esto hemos tratado con más profundidad en S ILVA ABBOTT , MAX , “Moral y Derecho: una
compleja e inevitable relación”, en Actualidad Jurídica, Universidad del Desarrollo, vol. X (2004-1), pp. 83-
115 (publicado también en http://www.arbil.org/95mora.htm); y en ID., “Divorcio, familia y sexualidad”, en
http://arbil.org/98abbo.htm
26 MAX SILVA ABBOTT

nivel individual como social, transformándose a la postre no sólo en una revolución sexual,
sino en una auténtica revolución cultural e incluso para algunos, antropológica.
Es así como varias instituciones se vieron profundamente afectadas, lo cual muestra
el carácter sistémico de la moralidad humana, o si se prefiere, que en virtud de constituir
una unidad, el hombre se ve afectado como un todo cuando una parte de su conducta
cambia radicalmente. En efecto, si el principal móvil de la sexualidad e incluso su sola
justificación pasó a ser para muchos sectores el mero placer, parece evidente que el
matrimonio se vería fuertemente remecido, porque ya no resulta tan claro que uno deba
unirse a otra persona para el resto de la vida, porque siempre será posible encontrar a una
persona que resulte más atractiva sexualmente que el cónyuge. De este modo, la progresiva
expansión del divorcio tiene una directa relación con la revolución sexual, aun cuando no
sea, evidentemente, su única causa. Esto hace que se exija, como un derecho, una fácil
entrada y en lo posible, una fácil salida para el matrimonio, o si se prefiere, que a la postre
nada comprometa al sujeto. Y las secuelas, fruto de la inmanencia, tanto individual como
social, son evidentes: infidelidades, hogares destruidos, niños con un solo padre, etc.
Sin embargo, a tal punto confundiría las cosas esta deformación de la sexualidad,
que el mismo matrimonio como institución se vería afectado hasta su raíz. En efecto, si el
móvil sexual viene a ser el placer, cualquier forma de sexualidad será a la postre,
igualmente legítima; de ahí el actual movimiento en pro del ‘matrimonio’ homosexual. De
esta manera, ha sido tanto el efecto que sobre algunas sociedades han tenido sus propias
acciones, ha sido tanto el oscurecimiento de su conciencia colectiva, que se ha deformado
la esencia misma del matrimonio —que por naturaleza sólo es entre hombre y mujer—,
motivo por el cual tiende a considerarlo equivalente, en algunos casos de manera total, con
estas otras uniones; con lo cual, el siguiente, lógico e inevitable paso viene a ser la
adopción de menores por parejas homosexuales.
La misma raíz es la que explica la proliferación del aborto. Como la sexualidad es
considerada casi un pasatiempo y además se incentiva la promiscuidad con la falsa promesa
de ‘protección’ de los diversos métodos anticonceptivos, puesto que estos fallan en un
porcentaje nada despreciable, es imposible que no surjan embarazos ‘no deseados’, ante
cuya aparición, totalmente inesperada e incluso despreciada, el aborto se presenta como la
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 27

‘solución final’. De ahí que en las últimas décadas haya pasado de ser un delito a
convertirse, paradojalmente, en un derecho en muchas sociedades.
Otro problema está representado por las diversas enfermedades de transmisión
sexual, particularmente el Sida. Y aquí es donde tal vez resulte más evidente este desorden
de la sexualidad del que hablo. Si se piensa bien, esta última enfermedad es de muy difícil
contagio —no es por vía aérea o por mero contacto físico, por ejemplo—; sin embargo, la
velocidad con que se expande indica muy a las claras que el nivel de promiscuidad,
incentivado por la anticoncepción es alarmante.
Todo lo dicho hasta aquí ha repercutido hondamente en el descenso de la natalidad,
sobre todo en varios países occidentales. Y parece obvio, porque si la misma noción de
familia se ve oscurecida de la conciencia colectiva e incluso atacada por diversos agentes
sociales y políticos, lo anterior no es sino su lógico desenlace; con lo cual algunas
sociedades van muriendo poco a poco, sustituidas por población inmigrante, lo cual no
puede menos que equivaler al suicidio cultural.
Otro frente en el cual los efectos nocivos del incumplimiento de la ley natural son
especialmente agudos es en el de la procreación artificial y la cada vez más grosera
manipulación sobre los embriones —su congelamiento, la obtención de células madre, la
clonación, etc.—. El hombre termina cosificándose a sí mismo, manipulando al propio ser
humano, lo cual no puede menos que proyectar una inquietante sombra de duda sobre
nuestro futuro como especie, al otorgar un poder nunca antes visto de unos hombres sobre
otros, al punto que se ha preguntado, y con razón, si ante este verdadero vértigo que
originan las posibilidades futuras de la ciencia, seremos capaces de dominar nuestro propio
dominio50.
En parte esta misma cosificación del hombre explica el actual debate sobre la
eutanasia y que ella se expanda cada vez más, no sólo para los que la pidan expresamente,
sino incluso para quienes no pueden expresar dicha voluntad o también a casos en que se la
tiene por supuesta51.
Son sólo algunos ejemplos, ciertamente los más inquietantes. Con todo, lo
importante es que creo que constituyen una clara prueba de que la inmanencia, tal como la

50
. Cfr. ANDORNO , ROBERTO, Bioética y dignidad de la persona, Madrid, Tecnos, 1998, pp. 11-14 y
163-166.
51
. Cfr. RIVAS P ALÁ, P EDRO, Las ironías de la sociedad liberal, México, UNAM, 2004, pp. 69-108.
28 MAX SILVA ABBOTT

entiendo aquí, es un dato tremendamente real y entendible, que nos pone de lleno frente al
problema ético y a los límites de nuestro actuar. Y también, que por la naturaleza sistémica
de la moral, los efectos nocivos de la violación de la ley natural se expanden y ramifican
hacia aspectos en un principio insospechados del actuar humano.
Como se ha dicho, este planteamiento ha buscado utilizar argumentos presentes en
nuestros actuales interlocutores. De ahí esta estrategia, puesto que la creo fácilmente
entendible no sólo por ser comprobable, sino además, porque guarda asombrosas
similitudes con el actual problema ecológico, hacia el cual nuestra época muestra tanta
sensibilidad. En realidad, no deja de ser paradójico que actualmente exista tanta
preocupación por los equilibrios de la naturaleza, por un lado, e incluso que se considere al
hombre como una simple parte más de ella, por otro, y al mismo tiempo, no se caiga en la
cuenta de que el hombre también debiera tener su propio ‘orden ecológico’, dándose la
impresión de que a su respecto puede hacerse lo que se quiera sin sufrir mayores
consecuencias por ello. Este orden ecológico, esta ecología humana, es la ley natural.
En realidad, la estrategia de la inmanencia es casi un intento desesperado, en
atención a que la conciencia actual de nuestras sociedades se encuentra cada vez más
oscurecida, precisamente por su comportamiento de las últimas décadas. Puede parecer
algo fatalista, pero habiendo tanta confusión y sobre todo, animadversión a todo lo que
pueda sonar a ley natural, lo considero un instrumento válido.

6. ALGUNAS CONCLUSIONES

Como se ha dicho, el concepto de inmanencia aquí manejado sólo ofrece un


cimiento para intentar comprender la ley natural. Mas no responde —o al menos, no de
manera muy fácil— a todos los problemas y razonamientos de la misma, como por ejemplo
el suicidio o el preferir morir ante ciertas circunstancias.
Con todo, lo creo un intento válido, por pobre que sea. En una época tan marcada
por los sentimientos y las emociones, una impresión fuerte como la que causan los
ejemplos citados, pueden ser al menos el comienzo de una apertura a este tema.
Nuevamente debe recalcarse que los efectos de la violación de la ley natural a
menudo no son tan fáciles de ver, porque requieren una óptica de largo plazo —que a veces
INMANENCIA Y LEY NATURAL: UN ENSAYO DE APROXIMACIÓN 29

trascienden a una generación— y además, de una visión general o completa, esto es, que no
atienda sólo a las posibles ventajas que una conducta podría dar a una de las partes, sino a
todos los sujetos implicados, las dos caras de la medalla, vinculándose así con la
reciprocidad, la solidaridad y justicia; en el caso de la bioética, por ejemplo, atender tanto al
interés y derechos de los científicos como de los embriones.
Con todo, mi principal impresión es que la clave para entender este tema no radica
tanto en una mayor o menor agudeza mental, sino en un aspecto más bien sentimental, en
una actitud. Esta actitud puede resumirse en una postura de profunda humildad ante la
realidad, incluso de admiración ante ella. Dicha actitud puede justificarse de muchas
maneras, pero creo que una que puede ser especialmente eficaz hoy día se vincula con la
mentalidad ecológica ya aludida: que el orden que vemos no es obra nuestra, sino que nos
trasciende y que de él dependemos para seguir viviendo; por eso su observancia nos es
beneficiosa o si se prefiere, que este orden posee carácter normativo, que da razones para la
acción. En último término, la intención final es que veamos a la ética como nuestra aliada.
Mas, como en todo, los buenos resultados, tanto en ecología como en moral, conllevan el
trabajo correspondiente, porque a fin de cuentas, lo bueno cuesta. Todo tiene un costo,
aunque en este caso, dicho costo se ve fuertemente compensado a la postre con los
beneficiosos —y objetivos— resultados obtenidos.
En última instancia, esta actitud de humildad debe llevarnos a tomar conciencia de
nuestra propia limitación como seres humanos, e incluso, teológicamente hablando, de
nuestra condición de creaturas. Es por eso que señalaba que este concepto de inmanencia
no se opone al de trascendencia, y en realidad, sólo se comprende a cabalidad gracias a este
ultimo. Sólo así es factible entender realmente el mensaje de la ley natural, que viene a ser
algo así como nuestro ‘manual de instrucciones’ para sacar el mejor provecho de nosotros
mismos. Esto significa que el enfoque que hemos dado aquí viene a ser, en realidad, sólo un
fundamento penúltimo de la ley natural52.

52
. Cfr. MASSINI, CARLOS, “Inmanencia, trascendencia y derechos humanos, cit., pp. 177-182; ID., El
derecho natural y sus dimensiones actuales, cit., pp. 56-59, 191-193 y 225-226; HERVADA, JAVIER, Lecciones
propedéuticas de filosofía del derecho, cit., pp. 543-590 (existe una versión anterior y menor de este capítulo
del libro [la Lección XI], titulada “Inmanencia y trascendencia en el derecho”, en Persona y Derecho, vol.
XXI (1989), pp. 185-203); P OLO, LEONARDO , Presente y futuro del hombre, cit., p. 122.

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