Está en la página 1de 109

ru k w H

t»*u»

N elly Richard
<
•r -
f.

Z Feminismo, género
3
a*¿
r
.
»■<»>

-f s 1
« * * * * •« « «

u
a
y

Palinodia
C o l e c c ió n A r c h iv o F e m in is t a

D irig id a p o r Alejandra Castillo


Nelly Richard

Feminismo, género
y diferencia(s)

Palinodia
Rcgitrr» <lc prop:<¿jd ¡mri<ciii»!: N®J690.*8
ISBN:!>78-'»56.8438 I--3

fubioriU Mmodi*
hRc«riiA(t6n
Ifltfono 696 VMO
MjíI: cditori¿!#'pj!in<>.! i <|
D ucfoydM gM nucidn: l'»lo*ru Canillo Morí

Santiago dt Chile. in&rto


índice

Presentación 5

¿Tiene sexo la escritura? 9

Experiencia, teoría y representación <11


lo femenino latinoamericano 29

Los desafíos crítico-políticos


del feminismo deconstructivo 47

El repliegue del feminismo en los años de la transición


y el escenario Bachelet 67

Arce, fugas de identidad y disidencia* de códigos 87

índice de nombres 107

Bibliografía 113
Presentación

I j palabra “feminismo' mezcla distintos planos de refe­


rencia, acción y pensamiento. La palabra “feminismo" alude, pri­
mero. a la práctica histórica de los movimientos de mujeres: a la
luena contestataria y reivindicativa de luchas sociales destinadas a
corregir los efectos de la discriminación sexual tanto en las estruc­
turas públicas como en los mundos privados. Además, la palabra
feminismo* es-oca la teoría que elaboraron las mujeres, desde la
perspectiva de una conciencia de genero, para revisai las baso
epistemológicas del conocimiento y cuestionar el falso supuesto
de la imparcialidad del saber que encubre arbitrariedades, prejui­
cios y exclusiones tras la máscara filosófica de lo neutro. También,
la palabra "feminismo" designa el trabajo crítico de desmontar los
artefactos culturales y las tecnologías de la representación, para
construir significados alternativos a las definiciones hegemónitas
que fabrican las imágenes y los imaginarios sociales.
Los cinco textos reunidos en este libio se mueven entre el
feminismo como vector de acción política desplegado en lo social (la
fuer/a de los movimientos «le mujeres bajo dictadura y el leplicgue
feminista durante la transición; el escenario Bachelet), el feminismo
como fuerza de intervención teórica que cuestiona la organización
simbólica del |*n«miento dominante (los debate» en torno a la ¡den
tklxl y |.i diferencia activados por d postestructuralismo y l.i.s filoso­
fes de la deconstrucción) y el feminismo como potencia estética de
descalce y alteración tic las codificaciones sociales id estallido de los
serios del artey de la literatura que perforan la comunicación senada).
Estos textos consideran que el feminismo hace bien cn veis
pechar de Lis clausuras monolÓRicasquc amarran los términos "mu-
jer\“géne^j”. 'identidad, '‘diferencia’ , etc. a un sentido finalizado y
(otah/adn, a i basca los supuestos mctañsicosdel naturalismo sexual.
1‘ero al mismo tiempo, y pese .1 ladcscstabilizadón crítica d d "yo" y
del nosotras" que hoy dejaron tic ser los referentes absolutosde iden­
tidades homogéneas, estos textos plantean que el feminismo debe
seguir impulsando nuevas formas de subjetividad política capaces de
intervenircn las múltiples luchas de poderes que se dan entre cuerpos,
prácticas e instituciones.
l a hiena renos-adora del feminismo como uno de los inst ru­
men tos más podetmos de la cr/tica contemporánea surge de esta ten­
sión — nunea resuelta— entre. f>or un lado, la necesidad política de
configurar identidades prácticas ¡aliónales y.situacionaiesi |\ir.icom­
batir las formas de subordinación y maiginali/ación socialesque agencia
11 desigualdad de género, y pot otro, d juego plural de las diferencias
que se vale de lo ambiguo para Usurar internamente las oposiciones
binarias (por ejemplo, la oposición masculino / femenino) y dcscen-
trar las pertenencias de identidad fijas y lineales. Ni lo "femenino" ni
lo "feminista" son concebidos aquí conso contenidos predetermina­
dos. sino como estrategias de enuiK ¡ación y puntos de vista que usan
la diferencia gcnérico-sexual paradeoonstruir valores y nxonsimir sig­
nificados en tomo a las constdacioncs Hucniamcs de la identidad, la
diferencia y b alteridad.

Nelly Richard
¿Tiene sexo la escritura?’

En agosto de 1987, un grupo de mujeres escritoras y de


críticas chilenas amogestionó la realización de un evento (el pri­
mer "Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoa­
mericana"1) que se convirtió en "el evento licorario m is impor­
tante bajo dictadura” , por su desbordada convocatoria publica
\su capacidad de suscitar un espacio inédito de preguntas en
torno a “mujer" y “escritura". Sin ningún anclaje institucional,
sin el resguardo académico de saberes legitimados, este Congre­
so se lanzó — audazmente-- a la reconquista de una palabra
infractora que liabía sido doblemente confiscada tan:o por la
autoridad literaria de la tradición oficial como pot el enmarque
represivo de la dictadura. Fl primer “Congreso Internacional de
Literatura Femenina Latinoamericana" funcionó como un con­
junto de intensidades que, aunque todavía inseguro respecto de
las energías que iba a disparar en el futuro y las máquinas de

' F í k texto es u n í v tn .'ó r <r>rrep.ki» dei v»pí:.ilo que !k » a el mismo tl«u!o en N c ’íy
Rich-e.l S h a h Ií m /fr m e n ltw f’ikfÚ M ¿ t U Uifrrtn ia y (tt/ tw j i.lw ./. Santia­
go. F n n o K O Zefters. 1993
El C o n d e so In te rn u K tiu ld e L n e ritiiíi Femcnin» I J tin o * m e titia i fue oo-otguú-
wri'i pix Carmen Rereii^uír (C li le). I>ii.-ne.i Eltit tCh.le). I ncii Guerra (ím m Ii»
Unido»). E i j r i O r i r p (Estado® Unidos! y N elly Richard tCK <>. I m intervenciones
ptrwriir*.)» en el Congreso í w o o reunidas en 'a publicación ü n r itv r n i btiitin,
editor* C . i'crenpurr y otras. S w in ifD de Chile. C uan© Pn«|'U>. 1989.
• A'l lf>c¿liftca Eugenia Briro en su Imroduixi^n i Eteribrr» ¿ii ivnlti. p.
transformación culinr.il con las que esas energías ¡rían a conec­
tarse, se arriesgó sin embargo a pensar desde el margen de la
diferencia sexual como una zona de desafio y cuestionan) iento a
las hegemonías discursivas.
IJ lSpreguntas lanzadas por el Congreso secontextuaiua-
ron bajo una doble marca de enunciación: la de la violencia y la
censura p c líti^s d i! Chile de la dictadura en cuyo dislocado
paisaje se reali/ó el evento; la de la marginalidad periférica de !a
escritura latinoamericana frente al discurso académico metro­
politano. Si bien la primera de estas dos marcas se vio luego
transformada por la rca|>criura democrática, la segunda de ellas
sigue enfrentando la crítica local a la necesidad de reajustar el
saber importado de la teoría feminista internacional en función
de lo que provocan y demandan en Chile la poética y la narrati­
va emergentes.

Uno de los primeros saldos favorables qtie nos dejó el


Congreso parece ser una toma de conciencia m is extensivamen­
te compartida entre las escritoras chilenas de cuiles son las pre­
cariedades y las ambigüedades de inscripción que afectan a la
literatura de mujeres cautiva de la institucionalidad literaria y
del mercado editorial. Gracias a la reflexión del Congreso, saltó
a la vista cómo la tradición canónica de la literatura nacional
tiende a omitir la producción de las mujeres o bien trata de
recuperarla de su marginación bajo el subterfugio paternalista
del lalso reconocimiento de !o "femenino". Y también cómo el
mercado promueve insidiosamente la literatura de mujeres en
lamo simulacro de una "diferencia" (degusto y sensibilidad) cuyo
género entra a ser parte de Ja feria del consumo que multiplica
banalmente la "diferenciación" de sus productos. Si bien se ha
producido una mayor difusión sociocultural del tensa de la lite-
raima de mujeres en los años posteriores al “Congreso Interna'
cional de Literatura Femenina l atinoamericana* en Chile, que­
da pendiente averiguar si la articulación feminista en torno a la
relación mujer/cultura que se había propuesto desplegar el C on­
greso ha reñido la real capacidad de alterar las suposiciones y las
disposiciones de lectura de la crítica literaria establecida y, ade­
más, de llevar las articulaciones del signo ■'mujer" a hacerse parte
— instigadoramente- del debate cultural sobre la redemocrati­
zación cultural en los años de la Transición \
Me propongo aquí retomar el hilo de alguna» interro­
gantes lanzadas en el Congreso en torno a la especificidad y la
diferencia de lo “femenino"4, como una ocasión para revisar y
comentar algunos planteamientos de la crítica literaria feminista
en torno a sexo, género y escritura.

’ Remito di l«xw d< R. Ole» qu«, lús «lamente, Jnaliia la problema i . j de U


>nsci,|v.ión de I* «(tic* literaria feminista en H espacio culiijr.il ehüero: Raquel
Olea, " M i l wbre mujer y eKntuia”. Suplemento lateiaruray libros NM52 (m ir­
t o 1791) del diario / jí rp-xx
A propósito ik literatura de mujeres. crítici literaria > discuno íni:nú>:. curro
por.de Mibrtyar la inuMial cabida que Mariano Ajuirre, «ditor del Suplemento
Libro* del diario Lj le dio a la reflexión «obte cultura * pinero en lis pig. ñas
d íl Suplemento No «óVí tal coyuntura no ve ha vuelto a repetu sin.» que la critf.a
feminista ha ido perdiendo cada ser nvi» terreno público.
• F.l espacio d t la c r.:^ a Ik e ra ra fem inista (u n esp.-sn que com parten Raquel
O le a. Eugenia Is iit i K cn iy O y irru i N.Jedad B o n .h i. (lia n a O rte fi y o«>-¡ w
fue arm ando, en C U t , «obte ú In te de algunos gtupo* de (n b a jo y reflexión. enere
¡u j cu ites d e hcnvit m encionar el T iU tr d t lit r x i t t 'j j c /ltttj f i w n i i u d ir.y.klo por
M ercedes Valdivieso en nos-iembtr de 1983 en el C ircu lo de Estudio* de í j M ujer,
el tille » que «* desarrolló sim u liJn ran iem c a la parparación del C u g ru a d t L b
iur,i F< K *n )n j L M tiM tM rrK Jm (I9 8 7 > « n li S E C H : «I taller I k i h m i d t M ujerrr de
I j C o a ile la M u jer I j M orada que convocó al “ Encuentro con C.aheiela M is iriP
(Santiago de C h ile -A rio s. 1989): t i ssuto dictado por K rrtiy O y a ra in sobre TtotU
h t t ’.t r u Fem inift* U u n * tm r n .jn ,t en lu Facultad de F i Visoria y lite ratu ra de Ij
U ni'.ersidid de C h ile (enero 19 ) 2 1
Literatura de mujeres y escritura femenina:
¿cómo textualizar la diferencia gcncrico-sexual?

Es ya materia de relativo acuerdo docr que “en los últimos


dic7. anos cn O tile las mujeres han producido una notable cantidad
y calidad de textos literarios"'. Se cita como prueba de ello un signi­
ficativo conjunto,de nariadoras (Díamela FJtit. Mercedes Valdivie­
so. Ana Marra u d Río, Pía Barros. Guadalupe Santa Cruz. Sonia
Montecino. etc.) y de poetas (Carmen Beienguer. Soledad Fariña.
Eugenia Brito, letesaAdriasola. Malú Uiriola, Nadia Prado. Mari­
na Arraie, etc.) cuya lista testimonia de cómo las mujeres protago­
nizan una toma colectiva de la palabra literaria.
A diferencia de lo transcurrido hasta ahora en la ttadi-
ción literaria nacional, “recién en los años 80 la mujer escritora
chilena trasciende su aislamiento individual Pareciera que por
primera vez puede hablarse de escritura de mujeres, así. tnp lu­
ral . Y sin duda que el Congreso de l iteratura Femenina de
1987 le dio visibilidad pública al tramado poético y literario
de una constelación de voces signadas por la misma pertenen­
cia de género de sus auroras. Pero, ¿es lo mismo hablar de “li­
teratura de mujeics que de "escritura femenina"? ¿Basta supo­
ner que la escritura femenina es. por definición, una escritura
de ia diferencia o bien debemos analizar cóm o lo “femenino"
rcconjuga sus marcas de diferenciación simbólico-sexual en la
materialidad cscritural de una poética de la transgresión?
L i "literatura de mujeres" designa un conjunto de obras
literarias cuya firma tiene una valencia sexuada, aunque las auto­

' O Ic j. R .. ep. tu.


V > !cj*: Runthi. 'Itv tiira Je mofcro' cn l n JfttSe Lt m ujer. O íg i G n u («S )■
Santiago. U M o r*),/C u rto IW J . p. IM .
ras de estas obras no se hagan necesariamente cargo de la pregun­
ta — interna a la obra— de cóm o textualizar la diferencia
genérico-scxual. La categoría "literatura de mujeres" delimita su
corpus en base al previo recorte de la identificación sexual de las
autoras, y aísla ese airpm para que la crítica feminista aplique un
sistema relativamente autónom o «le referencias y valores que le
confiera unidad de género a la suma empírica de las obras que
agrupa. Es derii que la "literatura de mujeres" arma el corpas
sociocultural que contiene y sostiene, empíricamente, el valor
analítico de la pregunta que debe hacerse la critica liteiaria femi­
nista en torno a las caracterizaciones de género de la 'escritura
femenina".
Algunas críticas literarias feministas buscan responder'esta
pregunta rastreando las caracterizaciones de la mujer a nivel ex­
presivo (buscando un “estilo" de lo femenino), o bien a nivel
temático (valorando un argumento literalio centrado en “imá­
genes de la mujer" que, pot lo general, sugieren una identifica­
ción compartida entre el personaje femenino y la narradora
m u je r). Esa crítica literaria que pretende descubrir las caracteri­
zaciones expresivas y temáticas de lo "femenino' en una prolon­
gación lineal del "ser mujer de la autora, suele basarse en una
concepción reprtsentacionalde la literatura según la cual el texto
es llamado a expresar realistamente el contenido experienaal de
las situaciones de vida que retratarían la "autenticidad" de la
condición-mujer o bien, en clave más directamente feminista,

t* So n¡*f ocurre cuando ’rv.SK un cotuiantt interno de transgredir loilfmitei que


separan i! pertor-ije de mi a c id a ra (. >. La v¡m u n to narrativa como li del perso-
n? c hice una v prrtendf afumit ti pii-ibra femenina en ;ctmi: n genéricos í„ J.
La narradora no salo inventa. tambifa se involueu emodomlnvenie c«n su perso-
n»ir". Marcela Sabaj. * Texto, cuerpo, muier" (a propósito de 'E l tono menor del
slc*eo“ de Pía Borras) en el Suplemento literatura y Libras N )89. noviembre
1991. ilf¡ d.lrio /_*» É f fti
el valor |>os¡civo (afirmativo y reivindicativo) de la toma de con­
ciencia anti-patriarcal de su identificación de genero*.
Me parece que ese upa de crítica feminista, al desatender
la materialidad sígnica del complejo escritura! y la energía signi­
ficante que despliega y refbrmula la maquinaria textual, se topa
con serios problemas y limitaciones teóricas: por una parte, su
concepción naturalista del texro — el rexto concebido como sim
pie vehículo expresivo de contenidos vivciicialcs— defiende un
tratamiento realista de la literatura de mujeres que se ve desafia­
do |x>r aquellas otras obras donde la escritura protagoniza un
trabajo de desestructuración-t ecsciucturación de los códigos na­
rrativos que violenta la estabilidad del universo leferencia! y que,
por lo mismo, desfigura todo supuesto de verosimilitud de los
mecanismos literarios de personificación c identificación feme­
ninas. Por otra parre, el tratamiento contenidista de lo femeni­
no como una categoría que debería expresar el referente pleno
de una identidad-esencia supone que la relación entre "las muje­
res que escriben' y "escribir como mujer" es lineal y homogénea,
sin tomar en consideración el modo cn que identidad y represen­
tación se hacen y se deshacen incesantemente cn el transe-uno del
texto bajo las presiones alteradoras del dispositivo de remúdela*
ción linguístico-simbólica de la escritura. Ambas dimensiones
— la escritura como productividad textual y la identidad como
juego de representaciones— son lasque sí incorpora la nueva teo­
ría literaria feminista, para construir y desconsmiir los signos de
lo “femenino” que, lejos de naturalizarse como una referencia in­
variable, cambian de máscaras en el interior del texto.

‘ *EI r rli'u k lu .e c.icfpo t!< mujer, u croiiu, se aucodotiiiye en <i ahimlono. ic


K k c hirrie cn U llbctud, se some<c junto a li n u j d cn U Condcru de uivi «K'icJiJ
machitca. Cada (ijlifcrí irísenla ir con>tru>-cn;lo la imagen <Jc una iduící
jutowficicnic". ISid
Si descartamos el análisis temático de las “imágenes de la
mujer" como único método para explicitar !as supuestas corre­
laciones de identidad entre la adscripción sexual de genero {ser
mujer) y su representación literaria (lo femenino), deben replan­
tearse las siguientes preguntas: “¿Que hace de una escritura una
escritura femenina? ¿Es posible que una escritura sea femenina?
¿Es la csci itura femenina una categorización válida? ¿Que escri­
tura femenina merece nuestra atención como tal escritura feme­
nina?’ ¿ Tenemos expectativas diferentes cuando leemos la escri­
tura poética de una mujer? ".
Frente a las preguntas de si hay alguna distinción de escritu­
ra — sexualmentcpostulablc y literariamente verificable entre tex­
to femenino y texto masculino, )• a! presentir la anvena/a de verse
rebajadas del rango de lograra/(lo masculino-universal) al rango
de lop>trtk¡<Lir(\o femenino-concreto), muchas escritoras mujeres
prefieren contestar que sólo hay buena o mala literatura o bien que
el lenguaje no tiene sexo. Partamos diciendo, retomando una cita
de J.F. Lyotaid, que “esta neutralización de la cuestión es ella misma
muy sospechosa" ya que "al igual que cuando alguien dice que no
hace política, que no es ni de derecha ni de izquierda: todod m un­
do sabe que es de derecha"1'1, afirmar que la escritura es in/diferente
a la diferencia genérico-scxual equivale a complicirarsecon las ma­
niobras de generalización del poder establecido que consisten, pre­
cisamente. en llevar |ainasculinidad hegemónka a vaJem de lo neu­
tro, de lo im/personal, para ocultar sus exclusiones de género tras la

’ Recojo mui pregar. t.\sde uní reseña Je M > rn C i> uu rr.tf 'F ite lo io d c w¡"
Je M arina Arrute, publicada t il Rcvími / .,/ V i l l;.l..ñ tn t t p e á J i M ujer )• escri
m ía , Ca.icepción, agosto 198.\
ts mía la tradi#cii>.-i Je « U <¡tx <lr Jcan FuncoU l.;\>urd, tacjidi del capitulo
‘ F ^ n l d i l í dj.fi í la m e r j l j n j u í ' J e ÜKihm eni: f A t ñ t , Pjris. U n io n Genérale
d-Editioos, r r T-p, 213/214.
metafísica Je lo hiimauo-univcrs.il. Lo supuestamente neutro tic la
lengua, su aparente indiferencia a las diferencias sexuales, carnuda
de hecho el operativo que unlversalizó a la fueraa las marcas de lo
masculino para convertir así a la masculinidad en representante ab­
soluta del género humano. I-j teoría feminista ha demostrado la
arbitrariedad filosóficade este operativo de hiena ejecutado en nom­
bre de lo masculino-universal, al dejar muy cu dan» que la lengua
no es el vehículo neutral y trascendente quedioe el idealismo meta-
fisico sitio un soporte modelado por diversos procesos do hcgeino-
ni/.Rión y oomra-ÍKgemoni/.ación simbólico-culturaJcs. Una vez
demostrada la falsa universalidad deí canon de la literatura, una pri­
mera cxíi a.» literaria feminista 5c propuso: I ) evidenciar los abusos
de la autoridad simbólico-insiimcional que obligan las «senioras
mujeres a dejarse regir por cataiog.u iones masculinas; 2) estimular
modelos afirmativos y valoradvos del ‘‘ser mujer" como experiencia
"propia del genero: 3) crear un sistema de referencias autónonui-
mtnte femenino, pira que las obras de las mujeres no sean leídas
distorstonadamcntcend código ajeno— enajenante— de una cul­
tura impuesta desde fuera. Pero cita primera crítica feminista que
buscaba li jar un sistema de propiedad-identidad de lo femenino,
parece suponer que ta cultura de l.u mujeres es una cultura indepen­
diente que se trama en una dimensión paralela y alternativa a la
cultura de los hombres, lisia visión autorreferencial de la consrruc-
cion femenina l.i priva de una comunicación plural y dialógica con
¡as múltiples redes de la cultura en las que se inscriben los signos
“hombre" y “mujer . y confina por lo tan to lo femenino al reducto
separatista de una identidad completamente aparte. Lo masculino
y lo femenino son fucr/¿$ relaciónales que interactiian entre sí como
partes de un mismo sistema de identidad y poder que las conjuga
tensionalmcntc. Si bien debemos cucsiionar las asimetrías del po­

li.
ilcr simbólico que confisca las señas de lo humano a favor de una
masculinización de la cultura, no tenemos por que pensar que la
cultura de las mujeres obedece a ¡a única clave — monosexuad»—
de !o femenino. Ia escritura designa una travesía simbólica de las
categorías de la identidad y la diferencia por vía de la ahondad. No
podemos liablar. entonces, tan separadamente, de escritura mascu­
lina y de escritura femenina, ya que el lenguaje creativo y la textua-
lidad poética son espacios de desplazamiento y transferencia del V
que, contrariamente a lo que suponed realismo biográfico-sexual
del ser 'hombre" o “mujer", remoddan incesantemente las fronte
las simbólicas de la lengua y la subjetividad cultural. Josefina I aid-
mer afirma, por ejemplo, que "la escritura femenina no existe como
categoría |x>rque toda escritura es asexual, bisexual, omnisexuaP .
Ella alude a lina subjetividad creativa que combina varias marcas de
identidad cn un proceso fluctuante de significación que desordena
las pertenencias de género, ampliando y diversificando aquella zona
fronteriza — la de la escritura— en la que se modulan los trazados
simbóiico-scxuales de subjetivación e identificación. Para j. Lud-
mer, volver a cifrar el lenguaje en una clave monosexual. es decir,
definir el texto como un/uocamtutt masculino o bien femenino,
equivale a restringir d potencial transimbóhco (transgenerico) de U
creación como flujo y desbordamiento plurales de la identidad y
del sentido, lista afirmación de l. Ludmer se relaciona con las teo­
rías de Julia Kristcva1* quien afirma que, más allá de los condiciona­
mientos hiológico-sexualcs y psico-soctales que influencian el com­
portamiento socio-literario de una autora mujer, la escritura pone

" J o k Í í i u : i.-.lr-u r, * l . l < » p * :|o u n i 'C t J V > la p c i v c i v ó n <lc l a l í m n u l í * c n E x r i b i r r v


Ut M n p p . Í 7 S /J 76.
Vcf en e«pc; i! Ju'>» K iiu rv a , i-a R t w lta itx rf.v L a n p u g t fcS tu p it, Paró Sr..i!
>974 y /W>v'«ptt. Parí». Seuil. Í97?,
siempre en movimiento d cn:cc interdialéctico de varias fucr/as de
subjetivación. Serían dos lis tuerzas principales que, según J. Kiiste-
va. se oponen entre si: por un lado, la fuera racionalizado™ -ton-
cepttutiixante(masculina) que simboliza la institución del signo en
gatanrla del pacto sociocomunicativo de la cultura y, por otro, la
fuerza icmiótico-puUional(femenina) que desborda la fir.imd de la
palabra con energía trarvsverbal Si bien ambas fuerzas co-actúan
en todo proceso de subjetivación creativa, es el predominio de una
fuerza sobre la otra el que polariza la escritura en términos sea mas­
culinos (cuando se impone la norma estabilizante) sea femeninos
(cuando prevalece e¡ vértigo desestructurador). M is allá de la iden­
tificación del género sexual “mujer', cierras experiencias-limitede
la escritura que se aventuran en los bordes más explosivos de los
códigos de sentido (tal como sucede —-según la misma Kristeva—
con lis vanguardias literariis). son capaces de desatar dentro del len­
guaje la pulsión heterogénea de lo semiótico-fémcnino; una pul­
sión que revienta el signo y transgrede la clausura paterna de las
significaciones monológicas, abriendo la palabra a una multiplici­
dad de ritmos y quiebres sintácticos.
M is que de escritura femenina, convendría, entonces,
hablar (cualquiera sea el género sexual del sujeto biográfico que
firma el texto) de unafeminización de U escritura: una feminiza­
ción que Se produce a cada vez que una poética o una erótica del
signo rebalsa el marco de retención/contención de la significa­
ción misculina con sus excedentes rebeldes (cuerpo, libido, goce,
heterogeneidad, multiplicidad) para desregular asi la tesis nor­
mativa y represiva de In dominante cultural. Cualquier literatu­
ra que se practique como disidencia de identidad en contra de!
formato reglamentario de la cultura masculino-paterna; cual­
quier escritura que elija hacerse cómplice de la rittnicidad trans­
grosura de lo femenino-pulsional, despicaría d coeficiente m i­
noritario y subversivo (contradominante) de lo "femenino".
Dicho cn palabras de Delcuze-Guattari, cualquier escritura que
husca descontrolar las paulas de la discursividad masculina/he
geinónica estaría virtualmcntc compartiendo el “devenir -m i­
noritario" de un femenino que opera como paradigma de dcstc-
rritorialrcación de los regímenes d t poder y captura de la identi
dad normada v centrada por la cultura oficial '.
La tesis de Kristcva plantea una experiencia del lenguaje
dividida entre los dos bordes que orillan el habla — el borde
infci ior (femenino) de lo psicosomjiicoyd borde superior (mas
culino) de lo lógico-coriccprual— como bordes que no se ex
chiven rígidamente uno a otro sino que se cruzan interdi..!. , ti
camente. El interés de este planteamiento consiste cn potenciar
una contradicción móvil entre pulsión y concepto, entre flujo v
legmentación que, en el interior de la producción textual, diluye
la oposición rígida entre “masculino" y "femenino". Al rechazar
toda coincidencia natural entre determinante biológica (ser mu
jer) c identidad literaria (escribir como mujer), podemos expío
rar las brechas y los descalces de representación que se producen
entre la experiencia «Id género y sus puestas en «cena enunciati­
vas. La elaboración critica de un intervalo de no-coincidencia cn
las escrituras v las identidades permite convertir lo femenino cn

' ' C o Íin k Ic <o (i talperipectiva. la j i p ó m e opinión Je D . l i i i t 'Siloíememnoe»


aquella. ,| ■i.iúi.i pc.r i\penier central, unto cn !■■. r,ivcte> Je lo re-¡l como cn •»
p liii > «mlwílKOt. e» viable acudir a la materialidad de una metáfora v ampliar la
categoría it: s¿i>tío para nombrar tom o li> frnienitv >a t aquello; gr.i|v> viif a
pOtki¿n líente a dominante mantengan t>« de una c rim I . . ) Parece
nevoatio to id ii al eoeiocpto Je Acxnixar coinu ki lt menino aquello q-.ic Je-dr k»
IvxJenicl jv>Jer cenital bospir peoductf una m o d ilk ^ión tn el i Minad» n » » ótico
del quehacer literario, n i » allJ que *u> cultores lean hombre» o mujerev ptncrano»
creativamente jcriíwlm tranifor m a d o r» del universo limbAlica es*ablrc¡do'.
Díamela Ekit, "Cultura. (vitfery frontera" en el Suplemento literatura jr I ¡l>.-oi<l:
diario b t ífo e » N ’ l 13. junio IW O . Santiago.
la metáfora activa de “una teoría sobre la marginalidad, la sub­
versión, la disidencia"14que. escapando a la determinante natu­
ralista de la condición “hombre" o "m u je rse piensa como pac­
to a tejer entte subjetividad minoritaria (lo femenino como aquel
borde sexuado de la representación que desafía las normas hege-
nujuicas desde la 0 1 redad) y políticas del signo (lo femenino como
articulado^- p re n d a d o r de varias formas de transgresión sim
bólico-cultural). Desligar la construcción de las trazas sexuales
que operan en el texto del soporte originario del cuerpo natural,
permite darles movilidad a los signos de lo masculino y lo le-
tnenino para que se desplacen y transformen según las dinám i­
cas «le subjetividad formuladas en respuesta a diversas solicita­
ciones e interpelaciones de identidad, l a crítica feminista debe
romper con la creencia determinista en que lajunción anatómica
(ser mujer/ ser hombre) y el rolsimbólico (lo femenino/ lo mas­
culino) secorresponden naturalistamentcbajoel mito déla Iden­
tidad-Una del cuerpo de origen. Sólo asi lograremos hacer ex­
tensiva la valencia contestataria de lo femenino al conjunto de
ias prácticas antihegcmónicas que se complicitan. transversal-
mente, con sus marcas de alterídad.

“ J u lia K .-.u e* » c i i k l » |» a r ( i x .V t- I . Í iv ' í j ¡¡m n > u ¡ fe x u n iiu , V . * J : i d . C i < r J r a .


I9SS.R. 171.
id en tid ad y dcsidem idad; p u lsión escritura! y
descentramiento del sujeto

Es cicito <|uc lo femenino en/de la mujer establece una


relación privilegiada con lo somático-pulsionsl (con aquellos flu­
jos ¡«'.disciplinados que no se ajustan al control normativo de la
ley simbólica) por encontrarse ella situada en los bordes de discri­
minación del sistema masculino. Pero la relación entre mujer y
tmnsgrniÓN no está nunca garantizada <ipriori. Para transgredir
efectivamente la norma socio-masculina, hace falta que la diná­
mica de los signos que moviliza lo femenino rompa, desde y en la
textualidad misma, con las significaciones cxcluycntcs y monoló-
gicas. A su vez, el potencial crítico de esta dinámica de transgre­
sión puede ser compartido por aurores masculinos, si es que su
práctica del discurso logra rrsurar el molde rígido del concepto
aliándose así con la desobediencia femenina.
Tal como "ser mujer" no garantiza, por natuntitz/t, el
ejercicio crítico de una femineidad que sea necesariamente cues­
tión adora de la masculinidad hegemónica, tampoco “ser hom ­
bre” condena al autor a hacerse fatalmente cómplice del poder
de la cultura oficial por mucho que se beneficie de sus ventajas.
De hecho, son varios y convincentes los ejemplos de prácticas
literarias firmadas por hombres — tal como ocurre con los au­
tores de la “revolución poética" analizados por la misma J. Kris-
teva— cuyas experimentaciones poético-literarias lograron tor
sioit.tr el lenguaje v la identidad, hasta descentrar por completo
la función-dc-sujeto a la que le hace propaganda 1.1 ideología
cultural masculina dominante.
Si nos ubicamos en el contexto chileno de la poesía es­
crita bajo dictadura, fueron Juan Luis Martínez. Raúl Zurita.
Gonzalo M uñoz, Diego Maquieira, los primeros en arruinar el
“yo" de la tradición «fpica y lírica, y en disparar sus escombros
contra la imagen trascendental del hablante metafísico. Fueron
cus obras de autores hombres las que carnavaltzaron el "yo" de
la tradición con parodias transexnales de roles masculinos y fe­
meninos que se alternan en la voz montajisu del poeta disfraza-
do de lumpenjtícprostituta, de travestí, de guerrillero o de mili­
ta. Recordar estas citas de la ncovanguardia poético-literaria de
los ochenta como una zona de emergencia que compartieron
voces masculinas y voces femeninas, es una forma de atender el
pedido de Soledad Bianchi: 'Se hace necesario quebrar el ghetto'
del sexo y se trataría de situarlos (los textos de mujeres) junto a
los otros producidos por contemporáneos hombres y mujeres
considerando semejanzas y diferencias, reconociendo logros y
aportes, pero también limitaciones \ El feminismo requiere
sumar el aporte de todas aquellas voces descanomzantes — in­
cluyendo las voccs masculinas— que liberan interpretaciones he­
terodoxas desde distintas posiciones de discurso marcadas por 11
subalternidad, para reforzar la potencia de lo femenino en lo
que Jean Franco llama "la lucha por el poder interpretativo".
Si no se atiende la necesidad de reconocer los modos dis­
tintos y a veces contrarios que tienen los textos de mujeres de
relacionarse con la autoridad literaria (modos que van del desaca­
to a la máxima obediencia), la crítica feminista corre el riesgo de
sobreproteger a lo femenino y de "amparar indiscriminadamente
la producción artística de las mujeres a partir de las irregularidades
sociales que gravitan en su contra como ciudadanas"16. la crítica

" B um li,. o|>. cii-, p. 125.


‘ Díamela Ellir. ‘ CMotionano' en Numero Especia!deli iev.»u ¿iir.Coixcptiita,
«gofio 1987.
feminista debe necesariamente entrar en el detalle (discursivo c
ideológico-literario) del comportamiento escritura] de los textos,
para 110 terminar censurando, en nombre de Lt diferencia sexual
que marca el grupo social de las mujeres, aquellas diferencial tex­
tuales que, por ejemplo, enfrentan ciertas producciones femeni­
nas aún subordinadas a una ideología literaria eleL¡ representación
(expresiva-femenina o militante-feminista) a aquellas otras escri­
tura» antirrcprescntacionale.% que sospechan tanto de la categoría
autoevidente de lo femenino como del determinismo genérico-
sexual de un vector homogéneo de unificación del texto. Marcar
una diferencia entre ¡os textos le sirve a la crítica literaria feminista
para separar "dos tendencias extremas en la actividad cultural de
oposición: una que tiende a dar por sentados los procesos de sig­
nificación" y que les encarga a los significados “ya constituidos" la
tarea de vehicular el mensaje de oposición, y otra que "considera
el carácter ideológico del proceso de significación como algo que
hay que desaliar", basándose en la idea “de que los modos habí
males de representación constituyen formas de la subjetividad
— el sujeto fijado por el carácter cerrado de la obra, por ejem­
plo— características de una cultura patriarcal o masculina, y que
escribir ‘al modo femenino’ es en sí desafiar la constitución ideo­
lógica de los modos predominantes de representación'' .
Reincorporar la escritura de mujeres a las dinámicas de
cntrecruzamicnto polémico de las múltiples series discursivas c
ideológicas que animan las tradiciones literarias del texto, obliga
la crítica feminista 3 pensar lo femenino siempre en tensión con
el marco de la iiuertextualidad cultural, y no como una dimen­
sión pura y homogénea que se mantendría ais!ada de los proce-

r AniKtK Khuii. < in r iü NI «drill, Cátedra. pp 31/32.


sos tic institucionalización de l.i cultura. Reubicar el texto de las
mujeres como una parte activa de la tradición cultural con la
que ésta dialoga y cuya autoridad interpela, permite entender
mejor la relación continuidad/ruptura que puede llevar !a "dife­
rencia'" a interrumpir los sistemas de identidad y repetición ofi­
ciales. Ninguna tradición literaria est.í herméticamente sellada
por la£on?imiidad de una sola y única voz '. Lengua, historia y
tradición no son totalidades monolíticas, inquebrantables, sino
secuencias formadas por distintos — e 11 regulares— planos de
consistencia <pie entran cn múltiples batallas de códigos A un­
que las reglas del combate entre los signos estén precondiciona-
das ideológicamente desde lo masculino, las mujeres no pueden
darse el Urjo de renunciar a participar activamente en estos com­
bates de la cultura para generar en su interior entrelineas rebeldes
por donde se filtran y diseminan los significados antipatriarca-
les. Sabemos bien que muchos textos de mujeres — por mime­
tismo pasivo*, por subordinación filial a la autoridad paterna de
la tradición canónica solo obedecen el protocolo de la cultura
dominante y reproducen inconscientemente sus mismos for­
maros de subyugación masculina. Puede ser. efectivamente, que
una mujer que toma la palabra sólo lo haga para rendirle un
tributo conformista a la presuposición masculina de la cultura
establecida. No basta con la determinante sexual del “ser mujer*
para que el rexro se cargue de la potencialidad transgresora de las
escrituras minoritarias. Tampoco basta con desplegar temática-

" Dice I- Sthop!’: “Habría que pirpu-irane s,, en cfcc«i>. la lengua «ni
Kmwlópcameme irMirtopolisuladtlimli por il pumo ele■ ■
•>>.*masculinoo si, mív
alláde k» Mgi'.t'x-J™ n:>•i i ■ - 1 '!%. «r.e¡ piara Je la rsormi i.rj'.iÍKica. notsiwc
! i pnilvIM nl i!el ............ . . . lo <c>nmonia el «Jítarrolio b propia historia, o
el ircV.it>trabajn <lc la imtirr mili u ‘ lt.ietio> Scb<i|"4. "V.^lem eito' * su ‘Aihtr-
icixi.i preliminar” que pfol»|!« I* imoli./.Ii /'v. m d u l/n j dthty. linvm Día». Sm-
nigp. D ocum cnt». 1991
mente ci tema de la mujer y de la identidad femenina para que
el trabajo cor. la lengua produzca -y no simplemente ic-pro-
duzca— la diferencia gcnérico-sexual. I.a pregunta no consiste,
entonces, en saber qué sería lo “propio", lo distinto, de una escri­
tura-“mujer" {como si el texto fuese el vehículo expresivo de un
conjunto de atribuios predeterminados por las razones del gé-
ncro que vienen de una realidad externa a la literatura misma)
sino, m is bien, en tim o icxtualizar las marcas de lo femenino
para que la diferencia gcnérico-sexual logre romper desde la es­
c u llir á con las identidades homogéneas y precomtituidas.

La insistencia en el carácter semiótico-discursivo de la


realidad ha sido una de las conquistas teóricas del feminismo
que pudo subrayar así el valor ‘ construido" (representación»!)
de las marcas de la identidad "masculina" y "femenina'’ que la
cultura sobreimprime sobre los cuerpos "hombre" y “mujer”:
una culuira que obliga dichas marcas de género al calce anató­
mico para justificar — siistancialistamentc— la ftjera de los ras­
gos que separan lo masculino de ¡o femenino. La demostración
de cómo la identidad y el género sexuales son "efectos de signi­
ficación’' producidos por el discurso cultural que la ideología
patriarcal ha ido naturalizando .1 través de su metafísica de las
sustancias, es crucial para romper con el determinismo de la re-
lación “sexo* (“mujer1') / “género” (femenino) vivida como una
relación plena, unívoca y transparente. Al movilizar la noción
de genero .1 través de toda una sei ie de desmontajes teór icos que
muestran cómo dicha noción ha sido modelizada por determi­
nadas convenciones ideológico-culiurales. la crítica feminista nos
permite alterar esas convenciones teelaborando sus marcas en
nuevas combinaciones de pensamiento y subjetividad.
Esta de-sustancialización de lo femenino e s iudispensa-
ble para que la pregunta por la 'literatura de mujeres", en lugar
de caer en las trampas del esenciaJismo que amarra sexo e identi­
dad a una determinación originaria, vincule m is complejamen­
te entre sí la condición sexual, la pertenencia Je género y la expe­
riencia de! texto. Mientras que un tipo de feminismo literario
(esencialista) tiende a suponer como naturales las asociaciones
de identidad ^lie términos como “mujer”, “escritura” y "feme­
nino punen en relación de contigüidad expresiva, otra linea crí­
tica (la postestrucrutalista) considera que estas asociaciones de­
ben ser deconstr uídas para probiematizar cada uno de los térmi­
nos mediante los cuales la ideología naturalista quiere expresar
una unidad de significado plena y transparente como, por ejem­
plo, la ‘‘identidad femenina".
Hl estallido del sujeto y los deseentraniientos del "yo"
que la teoría contemporánea radicalizó en su consigna antihu-
manisra de la ‘‘muerte del sujeto" (al menos, do la muerte del
ego trascendental de la racionalidad metafísica), le exigen al
feminismo repensar la identidad sexual ya no como la autoex-
presión coherente de un yo unificado (por "femenino* que sea
su modelo), sino como una dinámica tensional cruzada por
una multiplicidad de fuerzas heterogéneas que la mantienen
en constante desequilibrio. N o podemos seguir hablando de
identidades masculina y femenina como si estos términos de­
signaran algo fijo c invariable y no constelaciones fluctuamos.
Si algo debió aprender el feminismo del psicoanálisis es. pri­
mero, que el sujeto del inconsciente sexual jamás coincide con­
sigo mismo porque la diferencia masculina / femenina está
siempre atravesada por la contradicción intenta de una subjeti­
vidad en constante proceso y movimiento. Y, segundo, que "la
femineidad no se logra simplemente y jamás se alcanza por
completo"1’ , no porque lo femenino sea puro vacio o carencia
tal como !o sugiere la axiomática castradora de la Falta (laca*
ni ana) sino poique la relación de la mujer con lo simbólico
parte de una inadecuación básica que la hace sentirse a ella ex­
tranjera al pacto de adhesión y cohesión sociales que sella la
autoidentidad a través del consenso socio-masculino. F-sta in­
adecuación básica luce que lo femenino esté siempre de menos
(lo femenino como déficit simbólico) o de mds (lo femenino
como excedente pulsional) en relación a las fronteras de pene
nencia-pertinencia que oidenan el mapa de las configuraciones
de la identidad social, fcsta sensación de descalce lleva las m u ­
jeres a vivirse como mrtrgew com o orilla )• (romera — como
ubicación limítrofe— respecto del sistema de categot i/ación
social y simbolización cultural. Si bien es cierto que el gestua-
lismo contestatario del querer disolver la autoridad paterna no
es exclusivo ni privativo de las prácticas de mujeres, no es me­
nos cieno que las mujeres se enfrentan a la alternativa norma/
infracción bajo condiciones tales de desequilibrio y asimetría
que dichas condiciones las predisponen especialmente a ubi­
carse en el límite de los bordes y las fronteras. Algunas mujeres
buscan conjurar el peligro de la des-integración, exagerando
— defensivamente— su conformismo a las ideologías del o t­
ilen {religioso, familiar, nacional). Otras, al revés, desatan la
"revuelta cspasmódica" de la desidentidad (Kristeva) en el inte­
rior del sistema para socavar sus edificaciones normativas y re­
presivas. Sin lugar a duda, la escritura es el lugar donde este
espasmo de la revuelta opera más intensivamente, sobre todo
cuando el juego entre palabra, subjetividad y representación se

' Rm e. Sesm bt) iv tñ tfu U a ftiu * * . Londro- \ trto. 1*)H(\ p. 103 il»
tradutdón o mía).
propone desencajar los registros ideológicos y culturales del
texto y hacer reventar las cadenas lingüísticas que amarran el

sentido a la economía discursiva de la frase y del contrato para


elaborar — con esc desencaje— sus poéticas de lacrisis*:

:I l a oploiiva rurti'iv* ilc I ) I.lrii JcrU un cjcmplu de Cómo llevar i ! piroxúmo


a c deitraint* <¡e lo ' «•'•ti ii< identidad r rcptCfO'Mciíín.Vef. U iim d i Eltit:
/.kK ftrk a, Samugo. Olinioniii<i> I98Í; /t> U ¡’x i'U . SjniLipu. Omitoctinco,
1986. "¡unHt. Santiago, Planeta. 1988: <¡>M Buenos Aire». l’Unc-
u 199 i.
Experiencia, teoría yrepresentación en
lo fem enino-latinoam ericano'

Los grupos feministas han reaccionado diversamente a


la incorporación de la teoría como instrumento de foimación
y lucha intelectuales para las mujeres. Los movimientos fem i­
nistas más directamente vinculados al activismo social tienden
a desconfiar de la teoría por considerarla sospechosa de repro­
ducir las condiciones de desigualdad opresiva ligadas a una
“división del ti abajo” que opone el pensar al hacer, la abstrac­
ción de los libros a la concreción de la experiencia, la especula­
ción mental al contacto físico con la realidad diaria, la clase
media intelectual al m undo popular. Muchas feministas toda­
vía creen que la intelectuali/ación del discurso hace caer a las
mujeres en la trampa falocrática que vincula el podcr-de-la ra­
zón a la razón-como-poder. La teoría sería, para esas feminis­
tas, un discurso de autoridad culpable de repetir la censura
mantenida durante siglos por el do m in io conceptual del Lo-
gos (masculino) sobre la cultura del cuerpo y del deseo que
asocia, namralmcntc, lo femenino a lo subjetivo y lo afectivo
del “yo" vivcncial.

' Esta n u r-t versan c v ís ík J j <ki texto 'Evptricnci» y repccscntación Jo fe m e n in o ,


la l.nin:>.n»Kf <*no* |> jK > c jd a en R tvtM N ' 176- 1 77. ; j U v d i u f m -
bre i 996. Uni'eródad de IV.tjburgh.
Pero, al mismo tiempo, hay mujeres que han des2 tfo-
llado en la escena cultural del feminismo contemporáneo un
trabajo intensamente teórico que entra en ardua competencia
intelectual con la producción de conocimiento que formulan
las disciplinas. 1.a verdad es que ya no podemos abordar los
signo? "mujer y 'género" sin entrar en diálogo con esta aguda
p r o d u c e n teórica del feminismo más reciente que cruza la
filosofía, el psicoanálisis y la deconsrrucción, la crítica cultu­
ral. El problema es que, mirado desde los bordes inferiores de
una cierta geografía del poder cultural, esta producción de cor­
te poscestructuralista que inspira al feminismo deconstruccivo
lleva inscrita la marca subordinante del contexto académico-
metropolitano que la organiza a través de sus cadenas interna­
cionales de congresos y publicaciones. La relación de conflicto
que se establece entre quienes se ubican en la periferia latinoa­
mericana y la teoría internacional del centro, coma a menudo
la forma de una oposición entre experiencia (el m undo prácti­
co de la vida cotidiana y de la intervención directa en la vida
social) y discurso (el m undo abstracto de la reflexión especula­
tiva y del academicismo).
M e propongo aquí averiguar de qué modo esta oposi­
ción entre experiencia (la realidad latinoamericana) y discurso
(el dispositivo teórico del centro) refuerza la codificación de
una “otredad" de lo femenino y lo latinoamericano peligrosa­
mente asociada a los mitos, los sentimientos y las ideologías
de lo natural como conciencia espontánea v como narración
primaria de un territorio y un cuerpo de origen.
C u e rp o y experiencia

F.l modo cn que cada sujeto concibe y practica las rela­


ciones de género está mediado por todo un sistema de repre­
sentaciones que articula los procesos de subjetividad a través
de formas culturales y convenciones ideológicas l.os signos
“hombre" y “mujer” son construcciones discursivas que el len­
guaje de la cultura proyecta e inscribe cn la superficie anatómi­
ca de los cuerpos, disfrazando su condición de signos (articula
dos y construidos) tras una falsa apariencia de verdades natura­
les. ahistóricas'. Nada más urgente, entonces, para la concien­
cia feminista que rebatir la metafísica de una identidad origi­
naria — fija y permanente— que ata. deterministamente, el
signo "m ujer" a la trampa naturalista de las esencias y las sus­
tancias. Y para cumplit dicha tarea, la critica feminista debe
tomar prioritariamente en cuenta el lenguaje y el discurso, por
que éstos son los medios a través de los cuales se organiza la
ideología cultural que pretende convertir lo masculino y lo
femenino en signos de identidad fijos c invariables a través di-
una formación discursiva que, deliberadamente, confunde it.t-
turalezn y significación para hacernos creer que “la biología es d
destino".
La teoría es lo que forma conciencia acerca del carácter
discursivo de la real-social, exhibiendo cómo la realidad se encuen­
tra siempre intervenida por organizacionesde significados. La teoría
es, también, lo que le permite al sujeto transformar esa realidad

• M . W iu ig tlk c: " H t n w * i k l o o M i p j J i » . t n n o c i i r o t oicrpoj y c u n o r e r u o v e n


k i, i cofffjjxiiulri i uff* por rugo, j U i¿<> Je m tu r ilc » x rxit Kj í iu h 'f í i
A i”. Monique W in ig c iu ¿ i jxh }. Butlrr cn Jixfah Butlcr. 'V ir .x io n a *>bfc «cío
y p o tr o * cn Tetrtj femntJM y M r ú n A M cdi-.oMt Scyli licnhiStb f DiixiÜj
C o rrw ili, V’. ,lrnc«. F d .- o m A lfo fu «I Magn-fnim, 19‘KI, p. 202.
dada como tutturaL al abrir los signos que la formulan a nuevas
combinaciones interpretativa* capaces Je deshacer y rehacer los
trayectos conceptuales que ordenan su comprensión. Para el fe­
minismo, renunciar a la teoría sería privarse de las herramientas
que le permiten emprender y. a la vez, tnintfinm r c\sistema de
imágenes, representaciones y símbolos que componen la lógica
discursiva dq) pensamiento de la identidad social dominante y
sería, además, contribuir pasivamente a que permanezca iricucs-
tionada la manipulación ideológico-discursiva de las categorías
“hombre* y “mujer" de la queso sirve ese pensamiento. Para m u­
chas entonces, el feminismo es teoría, y “el feminismo es teoría
deldisatm. porque es una toma de consciencia de! carácter dis­
cursivo. es decir, histórico-políticodc lo que llamamos realidad,
de su carácter de construcción v producto y, al mismo tiempo, un
intento consciente de participaren el juego político y en ei debate
epistemológico para determinar una transformación en las estruc­
turas sociales y culturales de la sociedad”*'.
Este abordaje semiófico-discursivo de lo social y io cultu­
ral — que deriva de las conquistas teóricas del feminismo postes-
tructuralista— . delseria resultarnos convincente y eficaz (también
en America 1arma) para pensar sobre identidad, diferencia y alte-
ridad. Pero el hecho que la teoría feminista internacional circule a
través de aquella*- lógicas de reproduce ión universitaria que globa
liza la academia norteamericana, lia suscitado enérgicas reacciones
entre las feministas latinoamericanas que, entre otros efectos, acu­
san al tcoricismo metropolitano de corte postestrucruraJista de
borronear las categorías <le 'realidad y de "experiencia" en lasque
se materializa la dimensión político-social de la identidad en

( j k il .j " Ii i r:itnw > ict> i dd di>cur»>: n u c a s parí un in


tifk iirfim b iiiu N* 5 M fcko . m.ir«> 1992. p. I V
América 1-atina. las feministas latinoamericanas comprometidas
con la movilización social y política desconfían de la hipettextua-
lización del cuerpo y de la sociedad que profesad deconstruccio­
nismo académico; nn deconstruccionismo culpable, según ellas,
de hacemos creer que lo real es un puro artefacto discursivo y que
d signo "mujer” no trene más existencia que la lingüística.
Para las feministas de las protestas sociales, sobre todo
en un escenario como el latinoamericano donde las condiciones
históricas de explotación y opresión refuerzan la desigualdad
sexual en la que se afirma el patriarcado, las sofisticaciones de la
teoría metropolitana resultan demasiado elusivas. Ellas opinan
que se necesita aquí más acción que discurso; más compromiso
político que sospecha filosófica; más denuncia testimonial que
arabescos deconstructivos. Li hipeitextuali/ación del cuerpo y
de la sociedad de la que se culpa al posrestructuralismo y sus
modas teóricas metropolitanas, ha generado reactivamente, en
ese feminismo latinoamericano, una defensa del valor de la "ex­
periencia' como garantía de una vinculación directa con la reali­
dad de las mujeres y su problemática social. Se traza asi una
oposición entre práctica latinoamericana y teoría metropolitana
que engarza con la anterior división entre experiencia (autentici­
dad de lo vivido, espontaneismo de la conciencia) y representa­
ción (abstracción conceptual e hipermcdiación discursiva).
No podemos desconocer que la reivindicación crítica de
la categoría de “experiencia" ha sido especialmente valiosa para el
feminismo, a la condición de no confundirla con el rescate na­
turalista de un dato primario', lomado en su dimensión va no

’ Remito. por ejemplo. al m u y o titulado “Experiencia" de Joan Scou. publicado


en H fa n fu iti, N * l. julio de 1999 Pu'cl ■.»< sin de I* A m k ik íó » Argentina de Mu
ier« en F'dotoíia. Buenos Aire».
onrológica sino epistemológica, el concepto de experiencia tie­
ne c¡ saludable valor crítico de postular formas de conocimiento
parciales y situadas, relativas al aquí-ahora de una construcción
local de sujeto que desmiente el falso universalismo del saber
que defiende el sistema de generalización masculina. Fu contra
de ¡a abstracción neutralizante del saber, la revalorización femi­
nista de lavx peiiencia sirve para afirm ai la concreción
rmtcr¡ai-social de una determinada posición de sujeto, especifi­
ca a un contexto particular de relaciones sociales y sexuales. El
recurso a la “experiencia'' (la persona-en-situación: subjetividad
y contexto) merece, efectivamente, ser defendida contra la tesis
de la cientificidad del saber objetivo y de la especularividad del
saber filosófico como saberes puros, sin marcas de determina­
ción sexual (sin la huella de ninguno de los conflictos de género
que se desatan en torno a la legitimación y apropiación del sen­
tido). Kn su dimensión tcórico-política, la "experiencia" subraya
la localización crítica de un sujeto que interpela los códigos do­
minantes desde un lugar de enunciación siempre específico,
materialmente situado, y designa pntetot de actuación que do­
tan a su sujeto de movilidad operatoria para producir identidad
y diferencia en respuesta a cieitas coyunturas de poder. Si trasla­
damos esta dimensión crítica de la "experiencia" al campo del
feminismo latinoamericano, debería entonces servirnos para de­
fender un contexto de operaciones a partir del cual elaborar for­
mas locales de producción teórica. Tamo teorizar ¡a experiencia
(darle a ésta el rango analítico de una construcción de significa­
dos) como dar cuenta de las particulares experiencias de la teoría
que realiza la crítica feminista latinoamericana en espacios cul­
turales no homologablcs a las codificaciones metropolitanas, pasa
por afirmar el valor táctico de un conocimiento timado: un co­
nocimiento que se reconoce marcado por una geogratia Ínter na­
cional de subordinaciones de poder y que. además, reivindica la
afirmación del conttx:ocomo un recurso útil para oponerse a un
cierro nomadismo postmodernista que lo deslocali/a rodo sin
cesar, borrando peligrosamente fronteras y antagonismos. "Con­
texto" y “experiencia” designan, en este caso, el modo eoMingen-
if y tituaciona!a través del cual las feministas latinoamericanas
producen teoría. Pero si bien nos es útil rescarar esta defensa
(teórico-política) de la '‘ experiencia", debemos sospechar del uso
precrítico que suelen hacer de dicha categoría ciertas tendencias
feministas latinoamericanas que doran a la experiencia de un
valor pre-discuisivo o extra-discursivo; un valor que parecería
ligado a una realidad concebida como anterior y exterior a las
mediaciones categoriales y discursivas, como fuente de un co­
nocimiento vivenciado desde la naturaleza (cuerpo) o desde la
biografía (vida): un conocimiento directo, in-mediato.
I.a defensa de una anterioridad y exterioridad al concep­
to mediante palabras como “experiencia o “cuerpo estaki ya
presente en un cierto modelo «le "escritura femenina1' que culti­
vó una primera crítica literaria feminista influida por Luce Iriga-
ray, Héléne CixouS y Monique W ittig. Lo que proponía esc
modelo crítico era dejar Huir la materia corporal tradicional­
mente censurada por el modelo logocénttico de racionalización
masculina pata que. a través de una estética de los flujos libidi-
nales, se deslizara y circulara eróticamente, m is acá y más al!.¡ de
la barrera sintáctica del Logos. todo lo que produce ritmo, carite
y deseo. La lengua primigenia del cuerpo de la madre — del
“cuerpo a cuerpo’ con la madre (Irigaravl— actuaría como un
depósito scijsoti.il y afectivo de vivencias femeninas que son
anteriores al corte producido por la estructura de vacíos, ausen­
cias y perdidasa la que. después, CS condenada el sujeto por el
aprendizaje (paterno) de la lengua que opera una semiotioación
masculina de lo real F.sta imagen de un cuerpoprt-lt»lbólico (un
cuerpo anterior al corte lingüístico y la legislación paterna del
signo) lia llevado muchas feministas a buscar el sello mítico de
mía fusión originaria con la madre que les daría a las mujeres
escritoras Inoportunidad de expresar una subjetividad primige­
nia y "auténticamente” femenina, con una voz no mediada por
la representación masculina: una voz supuestamente aiueiior a
sin nominaciones y sus ideologías. La “experiencia del cuerpo”
sirve de matriz natural (femenino-materna) de una feminidad
originaria que la escritura de las mujeres debería rememorarfísi­
camente a través de una poética de los afectos. F.s cierto que lo
pulsional-scmiótico conforma un estrato de la subjetividad que
ha sido reprimido o excluido por il contrato masculino de los
procesos de formación cultural, y es cierto también que dicho
estrato corporal puede llegar a liberarse como una tuerza deses-
tructurante. subversivamente contraria a la hegemonía totali­
zante del l ogos masculino. Pero sublimar la fantasía primigenia
de un cuerpo anterior al verbo ya la representación como ideal
de lo femenino, contribuye lamentablemente a desactivar la ne­
cesidad teói ico-política «le que el sujeto-mujer enfrente la tarca
crítica de re-articularse disairtiruinentett través de las institucio­
nes de la cultura.
I a defensa de una corporalidad primaria como depósito
arcaico de lo femenino proyecta un imaginario femenino del
cucrpa-natnralautque se hace fácilmente cómplice de la concep­
ción metafísica del ser latinoamericano como pureza originaria
que emana de un continente virgen. Sabemos de unía una tradi­
ción del pensamiciitocultur.il latinoamericano que plantea una
identidad-esencia basada en la oposición cune lo racional y lo
mariona!. lo civilizado y lo bárbaro, lo artificial y lo natural, lo
foráneo y lo auténtico, es decir, entre la superficialidad de las
apariencias (la máscara europeizante) y lo autóctono del ser con-
rinental. Son muchos los textos que cifran la verdad del ser lati­
noamericano en todo lo que resiste y se opone a la síntesis racio­
nal de la modernidad do Occidente, desde su pertenencia ances­
tral al núcleo primitivo de un etbot cultural que se caracteriza
por estar "más ligado al rito que a la palabra” y "al mito que a la
historia"4. Si el Logo* de Occidente (consciencia, espíritu, his­
toria. técnicas e ideologías) es dueño de un proyecto civil i/aro-
no que se ha dedicado a reprimir sistemáticamente su otro !ado
más oscuro y salvaje (naturaleza, cuerpo, inconsciente, rito y
mito), la ‘ naturaleza" de lo femenino— para el feminismo lati­
noamericana que adhiere a esta metafísica de lo primigenio—
debería encontrarse idealmente en el reverso del modelo colo­
nial como modelo blanco, letrado y metropolitano, es decir, en
la ora!¡dadpopular. Es cierto que el paradigma de autoridad de
la “ciudad letrada" (A. Rama) — un paradigma trazado por la
inteligencia razonante del conquistador se ha impuesto sobre
la pluralidad ctnocultur.il de cuerpos y lenguas domesticadas a
la fuerza por el canon erudito de la palabra occidental: una plu­
ralidad que simboliza entonces la contramemoria reprimida de
lo femenino que se opone a lo masculino-occidental. Pero lo
superior {orden, razón, signo y ley) y lo inferior (des-orden, cuer­
po. rito y símbolo) no son sistemas que se oponen uno a otro
sin que medien zonas de contactos entre ellos: son sistemas que
se superponen y se intersectan pasando por complejas traslado*

‘ Sonu .Vc-tfcino, >-fu!rn»Jo ¡ IV Jü ' M crandl cri M adnty l>udcl\n; ¡itl


M tuiettjf tb ilti» , Sm m go. C um io Piopio. 1991. p. JO.
nes y combinaciones de registros heterogéneos. Lo que precede
y excede el I ogos occidental como sustancia rebelde a su hege­
monía culturizadora, no permanece fijamente retenido y con­
signado en ta dimensión originariamente pura (inalterable) del
ser latinoamericano. Fijar para siempre lo femenino en la ima­
gen del cuerpo-naturaleza de América Latina como ten ¡torio
virgen (símbolo pie moderno de un espacio-tiempo aun no con­
taminado pin la lógica discursiva de la cultura del signo) deshisto-
riza el significado político tic las prácticas subalternas cuyas opera­
ciones de códigos reinterpretan y critican — híbridamente— los
signos de la cultura dominante, desde el interior mismo de sus
correlaciones y mezclas de podei5,
Si bien la academia norteamericana amenaza con tra­
ducir la producción local del feminismo latinoamericano a
su registro hcgcmónico, es peligroso que la crítica feminista
se proponga com o rarea el rescate m ítico de una “otredad"
latinoamericana como cuerpo vivo y dotado de una energía
natural que, a su vez, simbolizaría el acceso directo a un co­
nocimiento m is verdadero — por auténtico— de lo subal­
terno y de lo femenino. Dicha imagen ratifica, sin saberlo,
un esquema de "división global del trabajo" que ha siempre
colocado a “Latinoamérica en el lugar del cuerpo mientras el
Norte es el lugar de la "raheza /fue h¡ pierna', razón por la

'Ju n to can Míuí.ii l i alternativa q.if consisie rn recuperar orígenes de la mujer


latinoamericana... en Ij madre anuncelMiia, en e¡ despojo marginal ijuc funciona
como paradigma de lo femenino1’ niedant: una hiitor.i <¡ue tome coitvo 'pum o
{animal de este rciaio routif-iiki i la ni « I re indígena". I Citen i nos adviene qv>r
"esta alternativa no e>t.¡ carente de Irví peligros arcauantes de KkÍo recomo i los
orígenes" y i|ue, más .«lia de "estos orígenes de una verbalidad dividida entre
• gmtkante íei cuerpo irdígcivi) y significado (el cuerpo cijuno; l;i ¿itcrinitiva tic
La teoría feminista latinounerican» debe radicar en "la conu.ir.ie hóroeira.-.-Jn de lo
femenino* como /Yirrogtntidul, I ,,,!i Guerra. “Alternativas ideofógicn d d ñ m -
nijrr.o lai¡ltMi.iKticino' en to-nta AVmr'uift.t N* 3. Rueños Aires, abril 1992. p 2.
cual “los intelectuales norteamericanos dialogan con oíros
¡nrclcctualcs norteamericanos sobre América Latina, peto sin
lomar en serio los aporces teóricos de los críticos latinoame­
ricanos"0. Varios textos del feminismo latinoamericano ope­
ran con este idcologema del cuerpo (realidad concreta, vi­
vencia práctica, conocimiento eS|H>ntáneo, biografías cotidia­
nas, oralidad popular) que encarna la fantasía de una Améri­
ca Latina animada por la energía salvadora del compromiso
social y de la lucha com unitaria, cuyo valor documental y
tetttmottialsería juzgado politicamente superior a cualquier
elaboración teórico-discursiva. F.sta reubicación de la mujer
por el lado de la “experiencia personal”, de la in mediatez del
hacer (vivencia, acción, experiencia, compromiso) con sus em­
blemas domésticos y cotidiano-populares', luce juego con la
simbolización de lo femenino-latinoamericano como el “otro"
salvaje (preconceptual) de la academia. Si bien es cierto que
las batallas descolonizadoras, las luchas populares y las con
vulsiones dictatoriales cn América Latina han gestado texto y
conocimiento fuera del canon libresco, cn contacto con la
exterioridad social, emblematizar este cuerpo-dc-cxperiencias
com o la única verdad del feminismo latinoamericano (su
verdad primaria y radical; radical por extra-teórica) viene a

* J tín Franco. ‘ Un retr*:i>' cn tUvil!■*tb trltu * eutt*m iN ' 11. Siniixgo, junio 19W,
p.2<J
’ Aunque ci-.i no r» repleten mi <vj iic I; n A iK ic iin ieoti>» con li if.n en L
primen pane de tu libra (/-*» (ragmnthuUihuuri.trtr unttgnt, SuKiig», Cuarto
Propio, 1995) I «4.a Guerra i c i w í U hm<fia cultural deí npivi 'mujer', es inicie
u n 'c nocir que. «huido »t iraia Je "insertar lo pcnfeico-’ cn 'el p a c » J o Je el centro
pir* tí centro*, el to t» de I* JIMora se « m im e n tik u "Fuera Je los im K n » orinales
dr is>* cultura centrad) cn I* escritura y U dtfcf.iiiii r>r filosófica, cn el rcu.-o de l«
n pillen -e vuei.u ur.i (el in ltu t o 111(0) cocí el Kilo y Li aguja p i n
inscribir!« ir.emori» e lU-anar 1 la mujer en su dolor* (p 'I ) . Par* un comentario al
l.brodri ix'í» Guerra. vec Nrflf Hicbard. I í:,ií- íotm, Jip.ilrray dcconsinKCKV' cu
J tfíñ u J t O üúm C 'i!iu’.i.'N ‘ \2. S»nti»^o. junio 1956.
confirmar el estereotipo primitivista de una "otredad que
sólo cobra vida a través de los afectos y sentimientos. Esta
“otredad" es ro n un tizada por la intelectualidad metropolita-
na que concibe lo popular y lo subalterno, lo femenino y lo
latinoamericano, com o un antes tU la traducción, dejando
así intacta la jerarquía rcprcscntacional del centro un centro
«pie sigue hfcgemonizando las mediaciones tcórico-concep-
cuales del pentar mientras relega la periferia a la tm pirie del
(foto para su sociologizacióu y antropologi/ación a través de
las historias de vida y el testimonio-.

C rítica de la representación
y m u ltip lic a ció n de sentidos

lóda configuración de sentido es heterogénea c incluye


un proceso intertextual que retine una diversidad de acentos a
menudo contradictorios, aunque cal diversidad veencuentre ge­
neralmente silenciada por el reduccionismo unificador de las
metanarrativasquc obligan el sentido a ser Uno. Lo femenino es
la voz reprimida por la dominante de identidad que sobrecodi-
fica lo social en clas e patriarcal. Tero liberar esta voz largamente
silenciada de lo femenino no implica substraerla del campo de
tensiones que la enfrenta polémicamente a lo masculino para
aislarla en un sistema aparte que. esta vez en nombre de lo feme­

■Pwa un.» lectura <,t\a del u n r <n»|«>lnini' del tci: n:on •> Urinoinrciicíno.
stn Nelly Richard. * B o o io .d m ir n * i¿ :i poMmotiemisniP una m ttifo»U rinoi-
intfKjni de fin ¿< siglo* <n iiu!tam 4cfin dt ligia enAm/fiu Latín4. COmp.:
JoicfilM l.udmcr. Rm irio, Bo m Ij V i k i I » Fdito»a. 19!M.
nino (un femenino re-absoluw-ado como el reverso único de lo
dominante), volvería a excluir lo diverso y lo heterológico. El
sueñode un cierto feminismo que idealiza un más acá (origina­
rio) o un más allá (mítico) del patriarcado donde encontrar un
lenguaje puramente femenino (un lenguaje depurado de toda
contaminación de pndei masculino), convierte ese lenguaje en
una "a-topfa: una utopía, m i refugio sin lev'"1; un habla que se
sueña enteramente liberado de los controles ile dominación,
habitando un m undo completamente translúcido: definitiva­
mente libre de las opacidades y resistencias ile los antagonismos
de poder. Si toda demarcación de identidad supone el afuera
constitutivo de un “ellos" que se opone al nosotros", no puede
haber una cultura de mujeres "completamente inclusiva donde
el antagonismo, la división, el conflicto’’ Ddesaparezcan para siem­
pre. De ser así, nos encontraríamos con un universo — por fe
menino que sea su modelo- en el que nada Íntert umpé la lógi­
ca cerrada de lo idéntico a sí mismo. C om o todos los demás
signos de identidad, lo femenino está incesantemente envuelto
en disputas y rcncgociaciones de fuerzas que rcarticulan su defi­
nición en planos >10 Usosde representación. 1-0 femenino no es el
dato expresado por una identidad ya resucita (“ser mujer”), sino
un conjunto inestable de marcas disímiles a modelar y producir:
una elaboración múltiple que incluye el género en una com bi­
nación variable de significantes heterogéneos que entrelaza dife­
rentes modos de subjetividad y contextos de actuación E.sta di­
mensión situacional de la diferencia-mujer es la que debería ser­

’ Ju lii Kmtcv*. T i tiempo ce l«m u |e itf" en D ttjtt/em im - rj N'*I0. México 199V


p. 357.
" C h a n a l Mouftc, ‘Ftm iim m o. ciud*¿iní* y pc.iiici dcfnocrJctca cr.
tfr. ,;r,i d r O t if J CulturalN * 9, Sinii*gO. 1994. p. 56.
le inás útil a la reflexión del feminismo latinoamericano ya que
permite pluralizar <\análisis de las diversas gramáticas de la co­
lonización y ia dominación que se interscctan en la experiencia
de la subalternidad cultural. A un q ue la contradicción
gcncrico-sexual posee sus propias reglas que deben ser desmon­
tadas con instrumentos conceptuales específicos a la denuncia
del patriardfcio (los de la teoría feminista), "en los países neoco-
lonizados, la subyugación de la mujer debe ser estudiada en tér­
minos de relaciones globale» de poder" para dar cuenta de sus
estratificaciones múltiples ya que, aquí, "cohabitan diosas y dio­
ses precolombinos, vírgenes y brujas, oralidad, escritura y otras
grafías; voces indígenas, mestizas y europeas; retazos de máqui­
nas sociales, rituales, semifeudales o burguesas; pero también
dioses del consumismo, voces de la ciudad y de la calle, frag­
mentos de cultura libresca " . Para descifrar esta composición
heteróclita de marcas de identidad a menudo desencajadas entre
sí, hace falta teorías que sean flexibles en su capacidad de abrirse
a la multiplicidad articulatoria de lat diferenciar, teorías para las
cuales lo femenino no sea un término absoluto (totalizado o rc-
totali/ador) sino una red designificados enprocesoy construcción
que cruzan el género con otras marcas de identificación social y
de acentuación cultural.
Ial como la academia del centro se vale de la teoría como
signo de distinción y privilegio metropolitanos para naturalizar
lo 'otro*' de lo femenino-latinoamericano, las redes iransiiacio-
nalcs de la industria literaria promueven hoy una representación
de lo femenino y lo latinoamericano que busca sentimentalicar
su diferencia con el recurso facilivta a una latinoamericanidad

Kemy O y in iln , 'Género y « n ú ; aceirj del dialogismo en América Latín*" en


k n it.'j chlris*d elite nm rj N ’ I !. Universidad de ( liUe. Simiago, p. 36
dedicada .1 abastecer el menú de olerías de la globalización cul­
tural. Sin duda, "existe en la actualidad una demanda sin prece­
dentes de obras literarias escritos por mujeres (latinoamericanas),
particularmente de los textos que parecen reflejar, de una mane­
ra u otra, Ja 'experiencia femenina"’5. L.a "experiencia" de lo fe­
menino latinoamericano que le gusta cultivar al mercado litera­
rio internacional, en su lógica del bestscller. va destinada a un
público rnayoritario de mujeres que deben reconocerse en sus
universos de referencia, sus patrones de representación y sus ti­
pologías de personajes, enlazando lo privado (dramas psicológi­
cos, conflictos biográficos) y lo público (imágenes de procesos
sociales que han sido filtrados por la intimidad de las vivencias
cotidianas) en una alegoría doblemente romántica del género y
de la periferia13. La mayoría de las obras de mujeres que festejan
los rankings del consumo literario son textos que proponen una
identificación pOiitiva de las lectoras con imágenes femeninas
que retratan significados de identidad previamente verbalizados
por una sociología com ún de la mujer (por ejemplo, h mujer
emancipada) como si existiera "una supuesta continuidad, lisa 1
ininterrumpida, entre realidad y experiencia, concepto y expre­
sión, sexo y escritura’" e s decir, como si las obras sólo tuvieran
por función revelar — temáticamente— una experiencia de! “ser
mujer" que actúa como referencia ya definida y garantizada les

' J c i n F r a n c o . * ln v * d i r «1 e * p i < i o p ú b l t o J . t r * m : ::n t..r el « p a c i ó p r iv u t u * f n


iiM u /r ftm im tt* N *6. México, 1993. p. 273.
“ E n ’ L i insoportable M i d i k I» historia; k>» rrU to * b o t ille r » c k n ix itr o
tiempo", F « j m i n i muy lucidamente li» lu í* »*iuia»;nt05 d< « t i ’ irpte
jenu< .vSi! i del gfnero' q u e ptom uoe e> met. i.:.. lite.-j • iu ..i-,toiul
jp'ioad» * narrativas d i lu to r a i chilena, «miso las de Isabel Alkoile o Marcela
Serrano. Fruncirte M u x llo « o k e itit.i NM93. octulwe-dtckmbtr
2000. Universidad «le Pmiburgh. w 7 9 W U .
' • K n r é o M u » S a n » . " I I « c * o d e *.» c ^ i í i u h ' c o d t k n e f i m i n i s u N ’V M ( i m >
I99 i. |>. 196.
tabilizada) antes que l.i articule o l.i desarticule la práctica del
texto. La mecánica distributiva del mercado señaliza los rasgo*
de lo femenino y lo latinoamericano a través de patrones de
¡denudad fácilmente manipulables, para que los receptores de
las obras de escritoras latinoamericanas se ajusten redundante­
mente a la imagen de Lector(a) Modelo que fábrica para ellos la
industria cultyJiatMcon sagacidad sociológica y con un brillante
sentido de la media estadística"1*. Las obras promovidas por el
nuevo mercado rranscultnral de identidades segmentadas y cata­
logabas son obras que suelen reflejar una doble ilu¡ió)i represen­
tativa: 1J creen en una estética naturalista que le asigna a la escri­
tora la tarca de ilustrar ternas v contenidos previamente articula­
dos por el discuto social haciéndolos literariamente reconoci­
bles mediante repeticiones y transposiciones mecánicas, y: 2)
pretenden a la vez que estos temas y contenidos identifiquen
una dase homogénea de lectoras ¡pie revalidarán el sentido co­
m ún de la pertenencia de género cn la ilustratividad del estereo­
tipo mujer latinoamericana". Reconocimiento c identificación son
las claves tranquilizadoras que comunican a !a lectora con una
matriz de significación donde !o legible nace del calce predeter­
minado (invariable) entre significante y significado. La no-pro-
hlcmaticidad del lenguaje cn la literatura comercial ayuda a ‘‘las
estrategias del marketing lircrario’ de un femenino cuva repre­
sentación global i/.uia "convoca tanto a rescatar lo esencialmente
auténtico como, también, el encanto femenino universal que
produce una identificación ampliamente extendida ordenando
acontecimientos históricos a t ravés de los cuerpos de mujeres a
fin de vincular la pcrs|xi.tiva política al universo íntimo. De este

’ Umberco Eco. E lIn ttr tn filM * . B uc d o iu, Lumen. 19S1 |' 82.
modo la femineidad ocupa un rol central en establecer puentes
entre las disyunciones locales y globales, reconfigurando mensa­
jes en una promesa novedosa de unificación" En contra de lo
que dictan esta», regias del mercado literario globaÜzado, la críti­
ca feminista debería interesarse en proyectar lo femenino no
como una representación homogénea y homogeneizante, sino
como un vector de dttttiurawiento significante que interroga
los mecanismos de unificación del sentido y de la identidad que
(también) operan en la formación discursiva llamada ‘ literatura
de mujeres". Acentuar teóricamente esta función dcsestabiliza-
dora de lo “femenino" que se resiste a cualquier oposición bina­
ria (masculino/femenino, identidad/diferencia, centro •' perile-
tia, etc..) sólo es posible desde un feminismo la(s) diferencia^:
un feminismo que postula múltiples combinaciones de signos
en ‘ transiciones contingentes" (Laclau-MoulTe) entre registros
hcteiogeneos, plurales y contradictorios de identificación sexual,
de representación social y de significación cultural. Nada más
alejado de este feminismo teórico de la(s) diferencia(s) que aborda
el significante “mujer’* en la discontinuidad de sus planos de
representación discursiva, que el rescate de lo vivencia! contó
conciencia primaria de un femenino latinoamericano reducido
fusionalmcnte a los mitos del cuerpo y la orahdad.

* M u id lo , op cu., p 809.
Los desafíos crítico-políticos
del fem inism o deconstructivo

Los más recientes diálogos del feminismo con el psicoa­


nálisis y la deconstrucción llevaron las categorías "mujer"sexo"
“género" a experimentar múltiples disociaciones de significado
según las cuales ya no es posible concebir la identidad — ni fe­
menina, ni feminista— como algo que se ciei ra lint-alíñeme so
bre un núcleo garantizado de atributos picdctcrminados.
El psicoanálisis ya le había enseñado a la crítica fcmiimia
la fuerza dcscentradora, cxccntradora, del inconsciente que rompe
el equilibrio de la identidad-Una (sea masculina sea femenina)
con la negatividad heterogénea de energías contrarias a tuda con­
solidación del yo. El psicoanálisis le enseñó al feminismo que ya
no podemos confiar en un yo-"mujer~, unificado por alguna
matriz homogénea de femineidad, porque ningún sujeto— ni
masculino ni femenino— coincide plenamente consigo mismo.
Jum o al psicoanálisis, las filosofías de la deconsimcción
ponen cn duda ¡a consistencia de un ‘ ser mujer" que exprese
naturttbnentt una femineidad originaria; ellas rompen con el
guión metafísico de las oposiciones binarias entre términos ab-

' E ü f < i e' r o i o »lc un* c o n lr r c n c ii leída cn <! C o lo q uio ' C o m j n : J j d /


Cvnti.'KXwnutiKlaii ', Diikc Uniré rsii;-, abril ¿ « II
mimos (masculino / femenino) e insisten en que las categorías
de "identidad* y ‘diferencia" deben permanecer incompletas, no
suturada*, para que una subjetividad discontinua se abr.i a lo
hetero lógico.
Ira lindóse de una crítica, la feminista, que afirmó sus
politicas de la identidad sobre la base de la diferencia degenero,
el hecho d^qu? ni la “identidad* ni la "diferencia" ni el gínero"
puedan ser ya tomadas to m o categorías plena.' y seguras, (indi­
cadoras de un "nosotras", plantea complejos desafíos que exacer­
ban las tensiones, en el interior del feminismo, entre las defen­
soras de la "identidad" y las partidarias de la(s) "dilerencia(s)“.
I’ara las primeras, el vector de la ¡denudad — aunque no
siempre con Ia carga sustancialista cíe antes— funciona como un
(necesario) principio de reunificación de los fragmentos dema­
siados sueltos en los que nos dejó caer la dispersión relativista de
los "post". Para las segundas, hacen falta “diferencias que con­
funden, desorganizan y vuelvan ambiguo el siguifu ado de cual­
quier oposición binaria" porque la fragmentación de las locali­
dades discursivas estimula el desplazamiento de las posiciones
de enunciación que despliega la nueva multiplicidad heterogé­
nea del yo.
Dicho en otras palabras, se trata de un debate entre quie­
nes. por un lado, creen que la acción feminista no puede ni debe
prescindir de un relato de género mínimamente estable y cohe-
vonador (un relato que les sirva a las mujeres cíe base oiganizati-
va c. incluso, de vector icprescntacional) y quienes, por otro
lado, piensan que la desestabihzación crítica del referente “mu-

NatKV F ijm i jn d I to-U Nm ‘i .-i. Snual ir:lci».-n wttWom philciopV.y' en


Itm im nlt'rvl l i r i i i N n ^ w n .K iic v jV « l. R o u d td p . 1990,
p 34.
jcr” es saludable p o iq u e p ro d uc e lisuras de (la) representación
q u e ro m p e n la fijeza categorial de la id e n tid a d y la diferencia,

otorg ándoles movilidad opa-atona a m is p lanos de articulación

teórica y práctica.

Fste nuevo debate feminista se genera a partir de la "cri­


sis del sujeto", ta! como la diagnostica la filosofía contemporá­
nea en su comentario al fracaso de la* identidades centradas y de
su racionalidad unificada. El feminismo contemporáneo adhie­
re a esta constatación post-metafísica de la crisis del sujeto, pero
In luce sin dejarse arrastrar por el escepticismo postmoderno de
la crisis de valor y fundamento que suele rodear dicha constata­
ción. l.o llamativo del feminismo es su deseo teórico-político
de “combinar la incredulidad pose moderna hacia las metanarra-
tivjs"' con el impulso crítico de nuevas y rebeldes articulaciones
de identidad.
Creo que es en la teoría feminista donde hoy vibra con
mayor fuerza argumentativa la búsqueda de una operacionali
dad estratégica que nos permita deslizamos desde las coreogra­
fías postmodetnas de la indeterminación hacia el diseño de nue­
vas políticas y poéticas del subjetividad: destic la torsión decons-
tructiva contenida en la problcinaiización de la identidad y la
critica de la representación hacia las luchas emancipatoi las por la
significación.
¿A que se debe el vitalismo teórico que hoy demuestra el
feminismo? Quizás al hecho de que el proyecto feminista se ha
visto muy fuertemente tironeado por el debate postmoderno
en torno a la identidad y la diferencia (por set precisamente estas
las dos categorías que organizaban su ti artai iva de geneto) y que,

l:iascfN><hoison. op. ci:.. H


por lo tamo, ha debido perfeccionar sus habilidades para crear
gestos dobles, desdoblados, que luchen en múltiples frentes a la
vez hacia direcciones a veces divergentes o contrarias.
Quisiera ilustrar la complejidad de algunos de estos ges­
tos. situándolos en d i» escenarios de tensiones y desafíos a los
que hoy responden provocativamente la teoría feminista y su
crítica c u b ita l'

La alegorizado» po.scmodcrna de lo fem enino


y el desalojo corporal de las mujeres
del em blem a de lo no-Uno

Muchas feministas desconfían tic cómo la desmoviliza­


do ra tesis postmoderna de la "crisis del sujeto" — que pone en
duda todo rasgofuerte de autonomía y emancipación— ¡lega a
triunfar justo ahora cuando, por el lado de las mujeres, asistimos
al crecientefortalecimiento de ia teoría feminista. Para estas femi­
nistas, es sospechosa la coincidencia que lleva la postmodernidad
a certificar la disolución de la identidad y del sujeto justo cuando
las conquistas teóiicas y políticas del feminismo permiten garan-
ti/ar ciertas condiciones de autodefinición para las mujeres que las
convierten, por fin, en su/ttot; en actoras de sí mismas'.

1 A jí lo formula N Hamcck: ‘Parece altamente lo jp c c h o ío que tea justó en el


niomer.ia en que un to » grupos ... comprometen redetinictonci de lo» Otro»
marginiH/adi» a m u lo emerger: las dudas acerva de la n jtu rjle ii del “MijetO*’,
acerca de la p<»jb¡lxlades de una teoría jenetil que p jc J j describir el mundo,
acerca dt: "progreso” hiitótico. ; l’or <|i:< el concepto de sujeto tt torna probiemí-
ipío justo ahora ¿uando tumo» de nosotros que Ive/iios sxlo comciua-
nvos a reclama: el derecho .1 rumbearnos a nosoetos nutnw í. a íctuat como ti.jeto»
) no COmo objetos de la h¡MO:la ? Justo cuando eitantos formando r..ieitiu :eoHj>
sobre el mundo, ¿parece Is ¡mxttidumbre de ti el mundo puede 1er ieorií*do".
Natvcy H uiso c k "Foticault un power a theory tor womcu" en tvm im sm /
p I63-16Í. { la «aducción e* mi*).
Por mucho que eviterno* caer en lecturas conspirativas,
110 podemos dejar de notar que las filosofías de la deconstnrc-
ción emiten signos perversos, l.a postmoderuidad de fin de >i
glo se confiesa trizada por la crisis de las jerarquías universales
(centralidad, totalidad, finalidad) que gobernaban el pensamiento
tic lo Uno; la postmodernidad acusa la* fallas de aquel sujeto
desde siempre dueño de la metafísica occidental y, mediante un
geno bastante insidioso, decide ahora reaccnniar favorablemen­
te — con una marcacomplicitariamente femenina— toda la se
tie de crizaduras y descomposiciones de la misma tradición talo-
gocíntrica que usó, durante siglos, para excluir a lo no-masculi­
no de su narración maestra.
Antes, el discurso de la filosofía occidental era lo que la
crítica feminista debía tefutar en su condición de totalización
opresiva y de sistematización represiva. Hoy, una corriente de
este mismo discurso filosófico llamada "deconstrucción se
muestra arrepentida de tanta prepotencia y toma la iniciativa de
autocriticar sus presuposiciones masculinas de autoridad, tobán­
dole así al feminismo su protagonismo crítico en el desmontaje
del relato falogocéntrico. La filosofía de fin de siglo reivindica
pura si el privilegio — femineizante— de la alieridad y del dcs-
centramiento. ¿De que podrían quejarse ahora las feministas, se
pregunta Francoise Collin, si "la filosofía misma ha entablado
su "liacerse mujer" en las temáticas de lo no-uno, de la diferen­
cia o de la differance, de la diseminación, de la vulnerabilidad,
del "no toda", de lo indefinido, de la altendad radical?"4.
La situación es compleja, y esta complejidad obliga el

• F m k o íw Clollin, T i Ji m « «ic U «¿iírr.-iuü, now* «obre Wi IfiljiVoo iM «i tío '.


R tv iiti M oi.i N ' I , fcuMltad Je Filatoila y Lciras ,1cü l/nivcn*!*!<ic A ik í.
«geno 1995. p . 4.
feminismo de hoy a desplegar codas sus astucias. Por un lado, la
deconstrucción filosófica del Sujeto Trascendental de !a metafí­
sica occidental le arma al feminismo un escenario propicio a !a
revalorización de lo "otro'(y de l.t 'otra') que la modernidad
había marginado de su imperio de la razón y verdad dom inan­
tes. Y es posible, entonces, entender la crisis de la modernidad
como.rla destrucción de las bases masculinistas de la subjetivi­
dad ci.ivica a partir ele* la cual rdvuidic.it (femeninamente) el
ele lo descenuado y lo intersticial y, también, batallar (fc-
minisumente) |>oi transformar las coordenadas del poder sexual
de la nusculinidad hcgemónica que dicha modernidad ocupó
como vector de universalización. Pero por otro lado, lo femeni­
no de la deconstntcción queda generalmente circunscrito al pla­
no especulativo de la abstracción filosófica por los autores mas­
culinos que cultivan literariamente su metáfora sin que ellos
como suidos se sientan mínimamente obligados a establean
algún compromiso práctico con tas mujeres reales ele- la lucha
política y con la acción teórica del feminismo4.Las mujeres del

’ R.»i B u dixti. S v jtw Buenos Ancs Pi>J<S>. 2000. p J69


• H>Mm m icho que r > i ir in p n to d c li postra dcviKixidn que siguen tnar-fes-
en »'j iv i. n n j kx pcitKtiloret i<.n!cm|x.i*neo» h«<¡* I» MOtía fa n u m tt. Vi
e rji¡> Owens iiíh luh ;J lierudo snhre ¡j imh¿£\led.*d ¿el ciuce tjiaiente tim e '1*
ctJti.a feir.ir.isi.i del pattüicadoy I* ciliici |-nir.i«¡í(.'inj de li .-ep.-tiemiciin",
reparando en el hecho que. pese a ¡o favorable de este cmee que pitecia invitar ¡
tompi.-idadnincdecniaies. y pcie j que ‘ unode lo» aspectos m il sobrecalientes de
nuestra culturi posinvsdetna c» la presencia Je una imrKcme vos feminista', ' Lu
reart* ittf h jn irv./iV» j , i : •./ >t h tc ti e n iw tit e:.¡ í « , y ¡ rt.i a
> rfn rii'¡< ' I i . i ft.tr.-rr.iii ■> xSrc l.t d.Teten i íeviul en !o$ K l k w
" > ' i t »kl |«>MtiH>dcll»Í4ir-> .-M.nl» l il\>-n'<i <je 'un notable tk>nilck>r disl’rjMCk)
«le tramposa atenc.m. e' ¿ r O * t-At. "I discurrí <le '.ij ,-iifoi Im feminUiaf y el
pos(i»odermsmo' en l a f^unxnUfNuUJ, ed. I («I l.'s et. lUrcetoiu. K iitoi. 1985.
pp. 93-95.
Muchas teóricas feministas >i<¡urn acusando mtc ‘ notable descuido*. Amoros
habla de li cood.oón tku n ttriut que ocupan u feministas en ri d.iiO fp con la
t o n a ewi’.entprvánea m y ji ftgv. ru 'raras veces se d.-gnan i :o.-nat i las teóricas
firmir. sus por iiiterlosuiotií’ mJcivrjit nosotras si "hemos deb;do adquirir esa
competencia pita li.-j-n » iet f v v n W i i por quienes definen que* ccenpetcncui ton
in d u d iU n par i « m ^ tn is e en inictlm ,r xa solvente en lot detutes intelectuales
feminismo se encuentran asi corporabnenie desalojadas por la
filosofía de la deconstrucción de su propia metáfora de fin de
siglo. N o hay correlación solidaria enrre. por un lado, el refina­
miento de los nuevos juegos interpretativos que elabora !a filo­
sofía de la deconstrucción en torno a lo femenino y, |>or otro,
alguna voluntad manifiesta de sus autores de hacerse partícipes
de ¡as luchas políticas encargadas de transformar las relaciones
de poder y genero que construyen la desigualdad sexual. D i­
cho con palabras deT. de Laureéis, al “aplazar el tema del gene­
ro sobre una ahistórica figura de la femineidad puramente tex­
tual". las filosofías de la deconstrucción "niegan !a historia de
la opresión y la resistencia política de las mujeres reales tanto
como la contribución epistemológica del feminismo para la

rcdefiuición de la subjetividad’” .
La filosofía postmetaftsica suele ocupar lo femenino para
simbolizar el juego — fluido y multicentrado— de las diferen­
cias. Pero la diferencia sexual es, para dicha filosofía una dijeren
c:,i entrto!r.u: una de las muchas variaciones del proceso de p a ­
ralización de lo Uno que ha liberado la critica amimctafisica al
dogma de la idcmidad-centralidad-totalidad La filosofía de la
deconstrucción parece no acusar recibo de lo demostrado por la
teoría feminista, a saber que. lejos de ser una diferencia entre
otras, la diferencia masculino/femenino es la que estructura toda

que tienen vigencia. I .l en cambio. pu<Srn ignorar olímpicamente lo m il elemen­


tal de í»tíorí« feminista iin percibir q u t« una l»gutu\ Celia Atnorú», 'Fem.niima.
ilustración y pottmodemiilid* en fio tt U fM m oátm ithÁ , ed Fernando García
St%j> y Monlcoc, Madrid, Editor.i! Tretta, ! 999 p 60.
T. de I.ajrern. a su ver, repara en 'U tn w s n nuuwfc na « d n frttic
d v tm . <;«/ í i i in u ltttv jfa M 'W lUnrtK flor Lt « p tu ir d tfn tn
KMMHaJfs t» ¡ J d in e á t* d t U> ¿ t l u « tx jrrn s /.» c«Htrt¡tn <tem tu s f d / n t v t i
m é i.i’Ufnto J e n v i n n E»to n o im pediría y ¿e hecho n o im pide i lai t e ó r k ií
feministas U lectura, relec'ura y treteritura de s ji tiabjfO»-. Revista M m . p 32
’ D e Lauretis, op. cit.. p IJ
la economía discursiva de la simbólica do la representación. Al
organizar el reparto carogorial de lo universal según connotacio­
nes de valor (superior / inferior) que lo dividen en "mente/cuer­
po, cultura/naturaleza, civilizado/primitivo, realidad/apariencia,
todo/pane, agente/recurso, activo/pasivo. etc."8, la diferencia
masculino/femenino agencia no sólo los significados específicos
de h^ifefcncia sexual sino la generalidad del conjunto de las
figuraciones discursivas que derivan de su binam m o del pensa­
miento y de la identidad. Al no querer admitir la función estruc­
turante de c ita diferencia masculino / femenino cuyo valor re­
gula todo el universo de la representación (identidad y diferencia),
las filosofías de la deconstrucción niegan la tuerca de transversal i-
dad crítica que despliega el análisis feminista de los juegos de la
diferencia sexual en el campo del pensamiento contemporáneo.
La deconstrucción hizo bien en rebatir el naturalismo
sexual, la esencialización del g<?nero. en los que cae el feminismo
primar io. Pero quizás se apuró demasiado en querer disolver la
cuestión de la diferencia sexual en la metáfora de lo femenino
como un nuil allá eieltfnero. F.l problema es que, al hacer pro-
lifcrar las diferencias en una multiplicidad de devenires que se
suponen todos igualmente cargados de ahondad y subversión,
la deconstrucción subsume todas las diferencias en una única
figur j retórica — la de la Diferencia— que borra la politización
de lo sexual como campo de luchas de la subjetividad. Si le
quitamos estruc(uralidad a la diferencia sexual (si indiferencia-
mos la diferencia de género como vector estructurante del pen­
samiento de la identidad dominante), invisibilizamos la razón
de porqu¿ es el feminismo — y ningún otro pensamiento críti­

• D o n * H a n » * * C u n a j. o b t ’p J m ujtm : U m n itm iin tit ¿ i luUm lftA. V jle n c u .


Clicdfi. 1991. p. 303.
co— el que sigue empeñado en subvertir l.i dicotomía scxu.il. Si
no hubiese ninguna diferencia entre el "devenir minoritario" de
la filosofía y el proyecto feminista, es decir, si la tarca de subver­
sión de la dicotomía sexual tuviera la misma urgencia para la
filosofía que para las mujeres, costaría explicar porqué son casi
exclusivamente mujeres feministas (y no filósofos) las que lu­
chan por desmontar la economía simbólica de la representación
de sexo y poder. Si el feminismo es prioritario para las mujeres y
si las mujeres vori prioritarias para el feminismo (“prioritario*
no quiere decir "exclusivo” ni menos aún “excluyeme”) es por­
que la tarea crítica de desorganizar y reinventar los signos de la
cultura desde un punto de vista no hegemónico es más vital y
decisiva para quienes se insertan desfavorablemente en lis es­
tructuras simbólicas y sociales que para quienes, pese a todo, se
siguen beneficiando de los privilegios de autoridad de la misma
cultura que critican-parodian.
En todo caso, el proyecto feminista debe enfrentar hoy
una doble responsabilidad práctica y teórica: seguir luchando
contra el dispositivo socio-masculino que organiza la diferen­
cia en desigualdad gcmírico-sexual y. además, desocultar las es­
tratagemas mediante las cuales la filosofía deconstructiva exhi­
be el icono textual de lo femenino como retoque suntuario y
usa la metáfora de la diferencia para opacar los avances de la
lucha feminista.
AI trasladamos al campo de la critica literaria, comproba­
mos que el giro dcconstructivo ha tenido el incuestionable valor de
llevar a revisión las tesis de una primera crítica feminista que, sus­
tentaba en la naturalización de la diferencia sexual, afirmaba que b
"escritura de las mujeres" debía expresar "lo femenino” como si ese
"femenino" fuese un contenido sexual prefijado en un cuctpoame-
rio: y exterior ¿«I texto mismo; como si d referente “mujer” fuese
una unidad ya constituida que el texto debía prolongar en e! sopor
te expresivo de la obra según un;» ligazón natural <transparente) en-
tic cuerpo, experiencia y significación sexual. l a nueva crítica femi­
nista sabe bien que d cuerpo de origen, la pertenencia identitaria a
una determinada categoría generico-scxual, es lo dado (lo cxpoticn-
ciado en eLlato de “ser mujer") que el texto recrea y transforma
generando sucesivos cortes e intervalos entre cuerpo, trayecto bio-
grátko-social, posic iones de genero, marcas simbólicas y íiguracio
lies textuales, l.ra i.HÜspcnsable que !a nueva critica feminista se
distanciara de aquel realismo sexual de la escritura que pretendía
encerrar lo femenino en Ja experiencia naturalizada del cuerpo, la
biografía y la condición de la mujer (sociologizable y psicoiogiza-
blc). como si el airamiento de las posiciones que puede adoptar
¡o femenino en las ttamas de !a escritura 110 dependiera sobre
todo c!c-la agencia textual que facciona y reestiliza sus “yo* como
máscaras. Por un lado, había que des-naturalizar los la/os entre
determinación texitaiy representación fie identidad, para que la
marcación de !a diferencia como alteridad recorriera el texto se­
gún un trayecto simbólico-ficcional y enunciativo que descalza
toda propiedad sexual. Pero, por otro lado, hipertextualizar lo
femenino como un simple montaje alegórico para empujar d
trabajo de la diferencia sexual lo más lejos posible de la localiza­
ción "mujer", amenaza con romper toda ligazón material entre
corporeidadm ia ly fuerza de iiibjeitvidad, haciendo como si las
actuaciones del signo “mujer” no tuvieran ninguna relación ma­
teria! con la ubicac ión social del sujeto cíe la diferencia que se ve
interiorizado cu el campo de |>oder de la cultura.
Sin duda que el feminismo hizo bien en romper con la
univocidad de la peí tenencia de género, para abrir el yo sexuado
.i deslizamientos y fisuraciones capaces de volverlo internamen­
te múltiple y contradictorio v, también, para conectar rransver-
salmente el yo-mujer a los diverso» procesos de subjccivación
que realizan aquellos ‘'otros inadecuados" (Trinh T. Minh-ha) a
los que el feminismo invita a participar de su diferencia. Pero
está el riesgo de que lo singular-concreto de las mujeres y la
materialidad contingente de sus políticas de sujeto queden bo­
rrados por la generalización postmoderna de la diferencia como
sitio exclusivamente textual de una nueva multiplicidad ahora
desencantada.
Para enfrentar este riesgo y burlar un deconstructivismo
demasiado interesado en neutralizar las desigualdades de género
bajo la alegorización textual de lo femenino, ciertas posiciones
feministas vuelven hoy a subrayar la especificidad material (his-
tónco-social. político-sexual) de los cuerpos en los que se locali­
za la diferencia: esos mismos cuerpos que habían sido abando­
nados por la filosofía de la deconstrucción debido a la carga
esencializamc del naturalismo sexual que les confería el feminis­
mo de antes. F.src nuevo gesto de rescatar la corporeidad social
de la posición “mujer" como un gesto destinado a oponer “una
resistencia estratégica al dcsmantelamiento del "regionalismo crí­
tico" del feminismo y de sus políticas locales"' que favorece 1111
postmodernismo blando, da cuenta de cómo la ciírica feminis­
ta debe elaborar incesantemente nuevos juegos tácticos en la es­
cena de la teoría contemporánea.

* R :y C.'how. " A u ló fn H ii p o K /n o d c in o t* ce. e » te tria tU ¡ d íx ta t* ed


C í u ' í j C o l s i n i . Ni « ! ii d . C J i f d f i . 1 9 9 0 , p . 7 0
Políticas y poéticas del sujeto: organización y
dispersión de los significados de identidad

1.a nueva critica feminista comparte el argumento post-


rnetaf/sico de que las mujeres ya 1 1 0 pueden confiar en la sustan-
ciali/ación de un "nosotras” que re-unifique lo heterogéneo)- lo
discontinuo de sus múltiples y contradictorias articulaciones de
identidad. Pero al mismo tiempo, el feminismo no puede re­
nunciar completamente a que un trazo de unión reagrupe a "las
mujeres' bajo la referencia colectiva de un "nosotras", ya que sin
la base operacional de ese “nosotras" no existe lucha política.
¿Cómo conciliar el nuevo yo desunificado (fragmenta­
rio. descentrado, inestable) de la teoría postmetafísica, con la
necesidad política de seguir apenando a una dinámica de suje­
tos c identidad que, para articularse colectivamente, no puede
disolverse en la pura fragmentación, el descentramiento y la ines­
tabilidad?
En su versión postcsttucturalista, la crítica feminista quie­
re desmontar la unidad categoría! del signo "mujer" y favorecer
un nomadismo de la identidad que apueste a lo posiciom¡l y lo
articulatorio para crear una multiplicidad de vectores de identifi­
cación transitivos y contingentes entre las diferencias. Este des­
montaje crítico cuestiona la totalización homogénea de la catego­
ría de Identidad que: I) horra las diferencias entre mujeres, y: 2)
oculta las fallas, las rupturas e intervalos que disocian cada "ser
mujer’ en posiciones no-sintetizables porque escindidas a lo largo
de múltiples ejes de diferenciación y contradicción internas.
¿Puede el feminismo seguir hablando en nombre de "las
mujeres", sabiendo que el significado "mujer" — internamente
contradictorio y externamente plural— se dispersa fuera de toda
unidad coherentemente programable? ¿Cóm o armar políticas
de identidad basadas en una conciencia de genero, si tanto la
identidad como el género son recorridos, en sus cadenas de sig­
nos, por múltiples fracturas que interrumpen, desvían y bifur­
can el trayecto repiesenucional que debería unir el sujeto dei
feminismo a su objeto: las mujeres?
Estas preguntas configuran un nudo de tensiones dilc-
maticas entre polistai del sujeto y critica de ¡a representación", en­
tre, por un lado, el momento afirmativo de un gesto emancipa-
torio que desea movilizar fucilas de cambio generando nueva»
dinámicas de Subjctivación y. por otro lado, el momento sus-
pensivo de la deconsttucción cjue sospecha de cualquier cristali­
zación del significado y de la identidad. En una de sus caras,
estas tensiones parecerían sugerir que el feminismo se está divi
diendo entre, por un lado, afumarse (políticamente) como iden­
tidad y, por otro, deconstruirse (críticamente) como representa
ción-de-identidad. Sin embargo, el feminismo ya sabe que no
tiene que elegir entre estos dos momentos sino, más bien, al
.más puto estilo deconstructivo, rechazar el binarismo de uní
oposición entre el sí y el no, y mantener entre ambos una ~ten­
sión tfí7/W‘ (Deriida) que se resuelve — provisoriamente- en
función de cada articulación de contexto1".

D ic e D e n id » " C k iim te iv io d K a iio ft» de eim nci|M ik>n... exigen l i em utitu


it ó n y e l fo ío iu x im ie m a de u r.i (u b jciivid -id ctfcici. u n a m iix jiú m ilit.ip M J que s,i
d e ru id id ie j retOnneidj en u :i 1/ah.ijo ic iiv o d e I - ' a p o líli.-i C a x » que hj¡r «;t.c
WMenei c » u re iv in d ia c tó n de e n u n c ip a c ó n ) este com lxite d r id c iK .t k i.u in
•iXril, pelo íin » S »n d o n i/ el otro gesto c t í ik » de devonstrun h n o rió n d i idenfi-
d>d que lo m ucre p .in im pedir u u r se r . i. v >. j r . j U r .. K« t & j coe-.'."iucdi> r!
conctpio i : f jb K -:.i.d ) l a m o ü v ijc io p ií ie i r r J •' rn.o i, « tu l'le y
k j j i i , tjue f« le io o » ■ ii ¡ t i iih v n ie iu c i> idemcdfcdrv ¡f,tc »e % jti i *‘u.'i/áiuJ •
o d o f/iu iii^ iv lo M k t U n de n i dtlgnM l, no e u ty /wAArWí d f í t d t ,L
írtiiTM-f u u d t w.'.j lm <>n j n u \ t tn t i u n ^ w M r dt¡ din un* una de! ■-'ih iic
f\ \iri .0 EnWd lfiítd u .1 » * i J l VM/ iri/M tk íi‘:lu ¿td^ Vi u> »,>i, <n/>rni.i.¿w
<j rt!<! d M t U ie.l n m ftp m tu fe ru td i,ttríp i nv K il'C i re-fv K uhdtM d i.
v ¡ r jn .lu , j C a d j A m w i i » # /• » t i.< m e i J .'v « w / . n d e U 1 1 / 11 . 1 . i . l i r u v x u t i r
Poner a trabajar esta "tensión activa" supone deslizamien­
tos y recomposiciones de planos entre ‘‘mujeres", "género", ' po­
lítica". ‘ identidad” y “representación", que le permitan al femi-
nismocirculai entre ‘ la negacividad crítica de su teoría", por un
lado y. por otro, "la positividad afirmativa tic sus políticas"".
Estos deslizamientos implican, a su vez. una estrategia de multt-
loc4¡i$¡n:l¡ii fiel sujetoy de Li critica, para "desdibujar fronteras
sin quemar puentes ' entre los diferentes sinos de intervención
feminista en los que se juega la problematización de género.
Evocamos la necesidad, para el feminismo, de una mo­
vilidad de gestos coyuuturalmente diseñados según prioridades
tácticas. Esto, por supuesto, tiene que ver con el famoso “esen-
cialismo opcracional’’ mencionado por G . Spivak como un re­
curso que nos autoii/a a emplear el signo ‘‘mujeres" a cada vez
que un referente de identidad necesita servir de enlace y conexión
solidaria en las luchas contra las desigualdades de género, aún
sabiendo que dicho signo carece de base ontológica. El feminis­
mo diseña estas articulaciones contingentes entre un "yo" y un
' nosotras" que actúan diferentes significados de identidad, se­
gún sus necesidades locales de alianza y coalición. Se trata de un
yo” y de un "nosotras" et¡proceso, que mueven la identificación
"mujer" hacia múltiples sitios de redefir.ición contextúa!, en lu­
gar de dejarla ^marrada a una identidad predefinida. Gracias a
esas estrategias móviles, podemos argumentrque el "sujeto” del
feminismo (el “sujeto" como " eomtructo”, tal como lo defineT.
de Eauictis) son "las mujeres" cuando nos hace falta generar afi-

t t i f » t u íiwwrfí t ¿ ftiiH H Ín r jn tfflc u u m u


'C o n v e n * ■ \c< m I V r iiiii* íi» P .'riu j He CrftrVv» Cultural N * 1 2 . ¡ u iio
1996. p 15 I j * w r ir .a t vio n n »
11 T e r e s » < l r 1 1 iir s • ‘ 1 i r e . t i. « t i » r.-.-! p i n e r o ' e n R c v it u M tm N * 2. p 3 4 .

R o m B n id o 't t , « p . ir ., p K l.
nidades colectivas en corno a un vector genérico-sexual de iden­
tificación social; o bien que el sujeto del feminismo es "el géne­
ro” cuando nos convenga insistir en el carácter rcladonal del sis­
tema de poder sexual; o bien que el sujeto del feminismo es "la
operación crítica de lo femenino" cuando se trate de conjugar
múltiples fuerzas de disidencia de identidad que desborden el
realismo sexual de los cuerpos de mujeres; o bien que el sujeto
del feminismo es “la corporeidad-mujer" cuando, por el contra­
rio. necesitamos ponerle un limite a la borradura filosófica del
género que promueve la infinita dcslocalización «le la diferenc ia
sexual, etc. Desplazándose tácticamente ele un planteamiento de
sujeto a otro, el feminismo hace valer conexiones, afinidades,
oposiciones, rechazos, negociaciones, según los encadenamien­
tos provisorios y contingentes de respuestas siempre localizadas.
Esta movilidad de desplazamientos requiere de ia fuerza
de intervención del feminismo peto también de su capacidadde
invención, a la hora de dibujar diferentes escenas de figuración
del “yo" que varían según los modos en que el “ser mujer ' decide
ponerse en palabras o en imágenes. Son cada \
’c¿ más los textos
feministas que buscan nuevas formas de escritura capaces de cruzar
diferentes registros discursivos hasta convertirse en "ficciones
apasionadas" (asi las describe Ana Amado a propósito del traba­
jo de D . Haraway) que “no reconocen fronteras entre la reflexión
especulativa, la estética y la política"1*.
F.stc cruce de fronteras entre teoría, estética y política,
que caracteriza a la búsqueda feminista de hoy le permite entrar
y salir de las composiciones de identidad mediante un zig-zag
entre diversos "yo" que, muchas veces, no coinciden entre sí como

" A n a A n ta d o , ‘ Cuerpo* ir.irjriiitivr® . «oidebjt;» Io 'i 'iU u i vobfí U uicni < W tn


f r o t a d tfa u ftm p w u N * 2 I. jb n l 2000. M m x o p 22S.
son, por ejemplo, el yo político (el yo de la acción social y tic la
lucha institucional: el yo ele la decisión), el yo teórico (el yo del
discurso meiacrítico: el yo de la sospecha) y el yo estático (el yo
del arte y de la literatura: de la pulsión creativa y del desborde
metafórico). Intercalar cu os planos de identidad y desidentidad
(con rodos su* juegos de atracciones y refracciones) le da fuerza
al ''sujeto' del feminismo para ser siempre otro para sí mismo:
para no tcn?r que comportarse siempre del mismo modo ni
narrarse en el mismo tono. Ista intercalación de planos no-ho­
mólogos permite, por ejemplo, que el feminismo pueda dejar
momentáneamente de lado el tono denunciante y reivindican*
vo de las luchas de identidad v de las políticas de la representa­
ción — cuando ese discurso amenaza con caer en la redundancia
y la programaticidad— , para aventurarse mis bien en aquellos
márgenes donde un carnaval de formas y estilos desobedientes
busca Usurar la ortodoxia del mundo de las protestas ("socie­
dad") y de las respuestas ("acción", “conocimiento1*). A estos
márgenes, D . Harasvay los llama márgenes de 'heteroglosta* y
“poli vocal id a d . Son márgenes de des-identificación que reúnen
lodo lo que se sale de las reglas normativas de la univocidad: lo
no-integrado, lo difuso, lo errante, lo inconexo: lo que vaga
hiera de las iocali7.acior.cs identitarias. La fuerza dcsccmradora
de estas ambigüedades y paradojas de sentido le permite al suje­
to arrancarse de las identidades reconocibles y catalogables, para
oscilar creativamente entre “la pertenencia (o identificación) y el
extrañamiento (o d e s o r ie n ta c ió n )A esta oscilación de nece­
sidades y deseos le corresponde sacudir la tesis militante e insti­
tucional de los provectos identitarios crispados en una "repre-

w Bcnja*tin A id .ü ‘ £ l (cvciso lie h «iitercncia" <n E ¡ n v t n » J e U W w u u itn u -


rf.iV f potliteii, Cirac.is. Nueva So; <iiid, 2000. p 101.
situación" de las mujeres que sólo persigue un contenido políti­
co sin lisuras ni excedencias, sin locuras n: desperdicios, sin vueltas
ni rodeos. Romper el dogma identirario que busca hacernos creer
que lasfuerzas dt subjttivación se reducen linca! mente a calcula
dos esquemasde ¡demifiatción, implica desocultar el plural hete­
rogéneo que fluye en "el intervalo o la brecha" que <epara ia voz
del cuerpo, y que disocia la voz y el cuerpo de cualquier guión
fijo de enrolamiento de la identidad15.
Vale la pena subrayar el potencial de extrañamiento que
despliegan las simbolizaciones artísticas y culturales v sus juegos
de figuraciones del yo14. El arte y la literatura saben torcer los
esquemas idenrirarios, desviarlos hacia los bordes donde se alo­
jan las materias simbólicamente m is complejas por turbias, con­
vulsas y f racturadas. El arte y l.i literatura impiden que se dog­
matice lo femenino en el yo sin quiebres ni residuos del lineal
sociologismo de genero que trabajan, aburridamente, los infor­
mes académicos y las comisiones públicas relativos a "la condi­
ción de la mujer" y a los "derechos de las mujeres".
A unque siga siendo necesario para las mujeres un len­
guaje de denuncias v reclamos por la legítima obtención de
''derechos”, no basta con los lenguajes de la política mibtan-

* 'A íI lo dice J jeques Kaintefe tu “Política. id m iif íc ic ir t ii y » ib ¡rt¡V K ¿A n '. i í


rtv tn t d r U di/frm cM , p. IV »
' ju lu « n u e v a d c c ü y> »ig it**ie: * ,I W q u ¿ I» literotura? Ij.p 0 fi5 .1c frente j lat
n o r m il M iit lc t i l.i liK fa tu i» <lrsf»liegj u n n i* . - y 1 vece* I» verdad lobrc un un.-vet
» tf p iin ld .i, í c í .'<io. iix o n ic e .ite . 1‘oojue dup l ica n i <1 co n trita u x i j l tcvctjr>Jo
«11110 dicho, *u inquieran:? e x ir j.ic x i Hofijue d<! cn ien jlv t t a a o y frustrante >l<-
I í» üf'.-.-n M c ú ln . ile U t p il i b -41 de Li com unicación w u n c n if, lu c e un ¡uc^o.
« p jc io Je í u i t u i i v dt p iiccr.. lunt 1 j ¡ p tK a in á lm * , d ilc l-i> e x p íti< iu .at
n t ( : k u deberá :r.<r c ir x r u r v : 1»» v>k> p a n h».et de ,.M iu ¡».t.> a! aJflWúeftMiúm*
10 y ! i uniform idad de I» in fo m iK * Jn . siiw p ji* «Ir-i, , , i . | \ s i C H iM ir.iiiiii ,lr l
Icngujje to rro h f t r a ir ic n u ur.,venal. to u Iiv a iiK , i.iv c u J o u Para l u a f u f | k <00
la tin g u la iid id de o d a qviicn. i.i rm iltiplk'idlid de nuesiMS id c m ilio t » * ) » ' . |
Kfitteva * ÍJ u cn ip o de la» ttiuk-c*’ . d i h i u F m r . n u N‘“ 1 0 . M éxico.
te. de la acción y las luchas institucionales. Sabemos bien
ijuc no hay transformación del sistema de relaciones sociales
sin una alteración de las reglas del discurso simbólico que
oidenan y formulan el semido. De esta alteración depende
que nazcan nuevas figuraciones de pensamiento, nuevos esti­
los de habla, nuevas constelaciones del imaginario para am ­
pliar la subjetividad a los registros figurativos de una otredad
que, muchas veces, choca contra el lenguaje militante de la
protesta política y. también, contra el lenguaje bu roerá tiza-
do de la academia.
Si bien el proyecto feminista debe seguir absolutamen­
te comprometido con un trazado de acciones y discursos rei-
\indicativos, no todo lo que dice y hace el feminismo necesita
calzar ilustrativamente con esta voluntad (pedagógica, m ili­
tante o institucional) de demostración-dc-idenridad; una vo­
luntad que suprime o reprime lo indefinible que se escapa del
realismo cacegorial y del empirismo sociológico. I.c h<ue falta
también a! feminismo lenguajes capaces de tejer ficciones utó­
picas; de mgar con un desorden terminológico que se preste a
las aventuras de lo inclasificable; de preservar las fisuras e in ­
tersticios poi donde hacer vacilar el sentido en el interior de las
definiciones programadas: de abrir huecos ;>ara que los mean­
dros conceptuales y las vagancias del nombre sin categoría fija
se rebelen contra la normatividad profesional del saber com ­
petente de las disciplinas aplicadas.
Quizas todo esto sea posible gracias al modo en «pie la
critica feminista, jum o con rcinventar modos de subjetividad
política en torno a la diferencia sexual y la altcridad, ha apren­
dido a ‘manejar Huidamente una variedad de estilos y ángulos
disciplinarios, hablar.do en muchos dialectos, jorgas y lenguas
diferentes"1', gracias a la complejidad de los escenarios en los
que le ha tocado moverse para transitar entre academia y mili-
tancia; entre el m undo discursivo de la teoría comempotánca
y las máquinas de acción que diseminarán sus significados de
oposición en las redes públicas de lo ciudadano; entre la critica
de la cultura (canonizaciones institucionales y artefactos de
mercado) y la postulación de subjetividades alternativas que
sean capaces de resquebrajar los pactos hcgcniónicos de lo uní
forme y lo conforme.
Esta misma complejidad de escenarios que lleva la críti­
ca feminista a desplazarse entre lo académico, lo teórico, lo po­
lítico y lo estético, le enseñó a no temer las confusiones que se
producen en la superficie de los cuerpos, los lenguajes, los sabe-
tes, las disciplinas y las instituciones: estos desencajes en los mo­
dos <¡tsery en lasformas de decirque exhiben las diferentes voces
del feminismo son lo que garantiza la tensión — vigilante y ba­
tallante a la vez— entre políticas de identidad y poéticas de la
subjetividad.

Brji&iiti, op. cic., p 79.


El repliegue del fem inism o
en los años de la transición
y el escenario Bachelct"

La reflexión del feminismo chileno que acompañó los


movimientos tic mujeres que, bajo el autoritarismo militar, ac­
tuaron como plataforma de reivindicación ciudadana y de mo­
vilización antidictatorial, le dio a la problemática do! género
sexual, durante esos artos de la dictadura, una notable fuerza de
cuesiionamientotcórico-polttico.
Las mujeres que se encontraban entonces ligadas a movi
miemos sociales — mujeres, recordémoslo, divididas entre el fe­
minismo drl "Movimiento autónomo" y el feminismo del M o ­
vimiento socialista— lograron introducir convincentemente rl
tema de Ja diferencia de género en la discusión político-pan i.i mi
de Jos años de lucha por la recuperación democrática I lias tiutini
el argumento feminista para enfrentarse al sistema de discrim
ción socio-masculino pero hicieron, también, que dicho argu­
mento sirviera de vectoi de enfrentamiento conceptual a los
modelos ortodoxos de pensar y hacer (la) política. H! feminismo
sitv¡ó para abrir la diferencia entre lapolítica (la expresión orgáni
ca e institucional de las luchas de intereses que protagonizan la

' U na (m inera vrrúón de c « « « t í o . j t w n jii'p lla Jo , fue (Hiblif id u rfi /-Jtuiíui.


L s tiH M m e riitir H n n A ftt c u lt u r é ) u x U lt i t n t im f m tU g h h u lú á u i.u t.
[>in¡cl M jt o íiorr.p.l. Blifrxi» Aire». < 'Ijk W lw a lc . 200<>
conquista v/od ejercicio vlcl poder) y lopolítico (todo aquello que
agita lo social con sus múltiples conflictos ideológico-culturales
y sus antagonismos de identidad y representatión). I ->concicncla
degenero, tal como fue- articulada por ti movimiento feminista
de los ochenta, no sólo buscaba comprometer a las mujeres en un
provecto de acción feminista que hiera solidario de lasdemás fueras
de recugcración democrática. Quiso, además, descentrar y com-
plejÍAor la refere ncialidad al poder de estado que, en su versión
totalizante y centralizante, orienta un entendimiento de la políti­
ca tradicional que deja fuera de su esfera las micropolíticas de lo
subjetivo y lo cotidiano1.
!;.l hedió de que Julieta Kirkwood. la investigadora más
creativa del feminismo de los ochenta, estuviera ligada— como
cier.rista social- a I IA C S O que. en esos años, funcionaba en
el campo sociocultural alternativo como un importante centro
de producción intelectual luego comprometido con el proyecto
de la Renovación Socialista, hizo que la radica'i/ación política
de la propuesta feminista no quedara aislada del debate teórico
sobre la rcdcmocratización en (Thilc y que, muy por el contra­
rio. dicha propuesta feminista colaborara con especial rigor y
vigor interpe lamos a ios planteamientos y construcciones de la
democias ia. Este enérgico recuerdo del feminismo de los ochenta
parece designar, hoy. un pasado cancelado.
El diagnóstico que comparten varias feministas chilenas

D k r J. Kk Ii v k h I l.i i m I i «íc ¡i ;**Jiuca <t tlgo m il que un» irícrcsscu il


poder del 1;i Lat • -r.- r ;» 'i>iiiiKtorulc». a la orga>’ :MKÍ4r. de la cío
nom ii a la Ju.-i ic.. ¿el cjcicko .Ir! p<»Jef. F.a rambte'n rcpcnui la crginnaoón
:lc l.i v r .n o li : i i , 1 i « rr» y i!v-Sn',1 c » ; « tu<«i?OAf. p»r i nt^ir — o p o r lo
itxno» empezar a dudas— I* jfuma» tóii de la r.c«> J » J vitul de la cvitcncia de do»
ir : / ' nperiencijilii lo iu d jt. lo piibhv** ::<0) y lo privado <«k>-
inM ico'. q jc m ! ' i r*m-: :i :c á:nbito* Je .«t.iár. excíteme» y rigidut
par* hombre» v i . . . |nl :i i K r^ m o d . Sr< petilu'J e i (Jíir, lu
,1<I/7l/Í>I.Sj|-eji;,. | l h » ( V 1 1 - 'i p . 1 8 1

68
es que la transición democrática ha significado la fragmentación
y la dispersión de los movimientos de mujeres que desplegaron
toda su fuerza político-contestataria en los tiempos de la lucha
antidictatorial'y, también, la desactivación del discurso femi­
nista como un eje de debate político y cultural. Varios factores
parecen converger en este notorio repliegue de las propuestas
feministas durante la transición chilena:
1) el deseo de expandir la conciencia de género en redes
político-institucionales para hacerles ganar a las mujeres
mayor representación en las instancias de representación
pública de la sociedad, hizo que varias feministas aban­
donaran la dinámica de los movimientos sociales con la
promesa y la seducción de una nueva participación efec­
tiva en los mecanismos de gestión estatal que abrían los
gobiernos de la Concertación;
2) el gesto realizado desde el Estado por el primer go­
bierno conccrtaciomsta que le encargó al S E R N A M
(Servicio Nacional de la Mujer) coordinar políticas
públicas de igualdad y no-discriminación sexuales, re­
orientó el enfoque crítico de la problemática de género
lanzada por el feminismo duiante la dictadura hacia rl
sintagma mujer-familia trabajado por el S E R N A M en
el registro dominante de la Democracia Cristiana;
3) el tono de moderación impuesto por la lógica recouci-

lv O le » señal* com n "lo* X íio r c i Itm in ifO s i Kfcpei>J<nt« if.ic *po).<Kin ...
ci'jl •.¡■ir. tic gobierno coosiatiiban y» en <1 primee afto J e w *im ción que »u» po»i-
clone» — y Ijiu b iín vjs Ifclcrc»— sjLrm lo O f It r.tcu tic p *c i»i“ y corno,
Minbifrt, "Ia v k « v in l <¡>.l nu)\>iiurl»nvente ( ó r g a n o , i-iivts y m ovim iento»s.x .i-
k í. ag ru p a c ió n » c.-munturU», O N G 't ) y entre e!Jj. kys sectores frimntusn. han
q u e it d a pengretivAmcnie excluidos J e Us ncgpciacioors protaetraÜAdis par los
poderes institucionales representados en lo» partidos políticos y la iglesia católica .
IU<|i.el Olea. ■
'T cmir.ir.oy feminismo en transición'', tnrirn>n¡ je ¿ t tiiftm K U x m .it,
editora: Raquel O tc i. Sm tiago, I.otn. l.a M orada. 2000. pp. 53-55.
fiadora de la “democracia de los acuerdos” obligó el dispo­
sitivo de la transición a marginar de sus circuiros de dis­
curso publico a aquellas posturas mis confronracionales y
a rebajar, entonces, el acento polémico de los debates va­
lóneos (aborto, divorcio, etc.) que podrían haber enfren­
tado el feminismo al discurso oficial del SER N A M sobre
mqjer y familia;
4) las nuevas reglas de adecuación del saber a un modelo
social que privilegia crircrios — tecnificados— de pragma­
tismo y eficiencia, desplazaron lo feminista-militante hacia
Jo profesional, dándoles protagonismo a las O N'G s como
fuentes de investigaciones y conocimientos que les propor­
cionan datos funcionales a los organismos de Estado.
Es así como durante los años de la transición en Chile,
la energía crítica del feminismo militante que bahía reflexio­
nado activamente sobre los modos de desorganizar y reorgani­
zar las simbólicas del poder (económico, social, moral, políti­
co, cultural) se retrajo de los campos de movilización pública
y se desplazó hacia dos áreas principales de institucionalización
de las prácticas y los saberes ganados por las mujeres:
— las O N G s que pasaron a desempeñar un rol princi­
pal en la articulación entre feminismo y rtdetnotratiza-
ción debido, sobre todo, a “la asimilación de algunos de
los temas culturalmente más aceptables de la agenda fe­
minista” por parte de las organizaciones del estado que
hicieron crecer la demanda de "información especializa­
da sobre la situación de ¡a mujer para que ésta pudiera
ser “traducida" en el proceso de las políticas públicas"*;

’ Sonu Abarci. 'Articulación y ifjn siucio n iiáK id a de lo» femiiñsfiYM iMinoume-


ricar>o»' en ¿ tk tn fe n in u t* N * 15. ib iil 1997, México, pj> 146-147.
- los departamentos de Estudios de la Mujer y de Es­
tudios de Género que se fueron desarrollando en varias
universidades chilenas, constituyendo áreas destinadas a
dotar de legitimidad y reconocimiento académicos a una
suma de conocimientos que atraviesan varias disciplinas
(historia, antropología, sociología, literatura, ere.) denle
la perspectiva de género.
La reflexión que había sido generada — y diseminada
por el feminismo de los movimientos de mujeres durante l.i
dictadura se fue así circunscribiendo y regionalizando en las
O N G ’s y/o en los programas académicos de Estudios de Géne­
ro en los años de la transición. La voz feminista fue perdiendo
cada vez m is intensidad en el escenario de los discursos públicos
debido a esta redelimitación normalizado» de la acción y la pa­
labra que le hizo perder al tema de la mujer el impulso contesta­
tario y la dinámica agitativa que habían identificado al feminis­
mo que luchó contra el régimen militar. Quedaron atrás la ex­
plosión del deseo, la anarquía de formas y conceptos por inven­
tar, las energía sueltas que todavía no se amarraban a la insuii
mentalidad de un programa. Las mismas mujeres que habían
impugnado el sistema de categorías del modelo político tradi­
cional pasaron luego a reclamar identidad dentro de estas mis­
mas categorías, formulando una demanda de reconocimiento
por y tu el orden de regulación simbólica y normalización insti­
tucional que había sido anteriormente cuestionado por ellas
Desde las ciencias sociales hacia las ONG's; desde la histo­
ria, la antropología y la literatura hacia los departamentos de Estu­
dios de Género, los conocimientos ligados a la dimensión
político-teórica y crítica del feminismo de los ochenta experimen­
taron un triple movimiento de especialización profesional, de scc-
toriali/.uión académica y de normalización insritucional. En sinto­
nía ton las ilemís reconversiones que agenció el dispositivo de !.t
transición chikr^a, la crítica feminista dejó ¡a fragmentariedad dis­
p o n por d reagrupamtentó operativo; la pulsión nómade de rup­
tura estética por la acuinul *ción y capitalización discursivas del va­
lor*"saber': el desorden imaginativo por la racionalización profe­
sional: le*desgastes de la utopía militante jvu una lógica de prag­
matism o y rendim iento institucionales; el activism o
critico-intdectual por la consolidación técnica tic un saber experto.
Por supuesto que este movimiento de reciclaje (del fe­
minismo militante a las O N G s y a los Departamentos de Estu­
dios de Genero) no es tan unilateral en sus efectos y que, tam­
bién, trajo ventajas. Por un lado, las dinámicas micro-organizativas
de ¡as O N G s pusieron en relación activa y plural a la sociedad
civil con agencias extra-gubernamentales que ayudan a descen-
trali/ar los núcleos de tomas de decisión estatales: las conexiones
de la red transnacional abrií ran las fronteras del debate nacional
todavía marcado por la anacrónica rigidez del conservadurismo
moral {tal como se pudo comprobar con motivo de la IV C o n ­
ferencia de Beijing-1). Por otro lado, al ocupar transversamente
la división de género para cuestionar epistemológicamente las
jerarquías del saber académico, los Estudios de Género trastoca­
ron provocativamente los supuestos de autonomía, pureza y
transe endencia del conoi i miento universal a los que adhieren las
disciplinas tradicionales.

1 IV .» u n * m u y K tie v to n il< I» , d iv c * -M * r ¡ « « d r cst< « íc K ik . v e r . K c in y


O jii., . ‘ S i b e t o c i H i i s y M iiH ií M t lr jé r < ! i> _ w » r c - ü i ta X r m M l b t . N ’ l . d k i c m -
l-rc d t I W S a n r u p i . C u m i o P to p M ,
(Vintuliar Mir-Kii el capitulo Ü c i i c m . v ii.u a )• diífrcnci*»" cn¡ Neüy Rxr.ard.
H/.ü -.k j m l J f r M p u í t i T i/íiii u h vntíttinr til.M r fU T’nruitUn. Sinuago,
C iurto l’to p ». I W í
Pero ramo las O N G ’s como los departamentos tic Es­
tudios de Genero hacia donde so desplazó el feminismo chileno
durante la transición, favorecieron la conversión de la energía
rebelde del feminismo a codificaciones presupuestarias e insti­
tucionales quedctei minan hoy sus producciones según párame­
nos que tienden a ser cada ve/ más de sHstrumcniali&tdón burv-
cnitiea y de operacionalización técnico-profesional.

Género, m u jer y política

C on motivo de la presentación de ('hile en la IV Confe­


rencia Mundial tic la Mujer realizada en Beijing (1995), se susci­
tó una intensa discusión entre los actores involucrados en las
d irim as fases de preparación de los documentos que iban a re­
presentar la postura oficial: la Iglesia Católica, el Estado, los par­
tidos de la derecha y la Democracia Cristiana y. más débilmen­
te, el m undo de las O N G s y de la izquierda. La discusión se
dio. explícitamente, en torno a !a palabra “genero”. El ingleso de
la palabra "género" al léxico institucional del S E R N A M podría
haberse considerado un logro como expresión del avance dise­
minante de la reflexión feminista en el campo de las hegemoni-
/aciones discursivas, si no fuera por el despcrfilarmiento crítico
al que el discurso oficial del S E R N A M sometió dicho concep­
to. Así y todo, el término "genero" logró desatar fuertes polé-
micas en !os sectores de la derecha que colocaron el tema de los
roles y |.u definiciones sexuales en el centro del debate nacional
sobre la ‘ crisis moral" de la sociedad chilena. Recordemos que
desde 1990. Ic ha tocado al S E R N A M administrar el signo
“mujer” en un paisaje social marcado por el recuerdo traumático
dr la desintegración de los cuerpos debido a la violencia hom i­
cida del régimen militar; un paisaje que el gobierno de la tran­
sición debió reunificar, tomando a la Familia como paradigma
de integridad v de integración al orden, en complicidad con el
pensamiento doctrinario de la Iglesia Católica. Dicha Iglesia,
avalada por el prestigio simbólico v ¿tico que le reportó su de­
fensa de lo*derechos humanos durante la dictadura fue reco­
brando, durante la transición, un poder-de-discurso que recu­
rrió a la enseñanza del Vaticano en asuntos de moral evangélica
para sancionar aquellos cuerpos y sexualidades que desbordan el
marco familiarisca como único marco permitido de desempeño
de lo femenino.

En un contexto predominantemente gobernado por


la moral cristiana V el tradicionalismo vaiórico de la derecha,
el vocablo "genero'' (que introdujo el repertorio del SER­
NA.VI bajo las disimuladas influencias de la conquista femi­
nista) despertó fuertes sospechas por su dudoso origen, por
su peligrosa indeterminación y ambigüedad semánticas que
lo estigmatizaron como un vocablo "de contrabando"', es
decir, ilegal. I.a noción de género fue acusada de incitar a la
revuelta en un mur.do de definiciones sexuales que la moral
tradicional requiere mantener puras y naturales, trascenden­
tes, basadas en el esencialismo de una identidad originatia.
Pata el enfoque conservador, nada puede alterar la comple-
mentariedad biológica de los sexos que marca — unívocamen­
te— la programación sociocultural de los roles de identidad
que, en el caso de la mujer, deben hacer coincidir femineidad
con maternidad yfam ilia.

’ K O ja n ú n . op. de., p 22.


La polémica desacada en torno a la Conferencia de Bei-
jing tuvo carácter de síntoma nacional en cnanto ilum inó todo
un juego de posicionamientos ideológicos y de comportar mien­
to* discursivos en torno al signo "mujer", cuya pugna había que­
dado hasta entonces encubierta por los cálculos de intereses de la
negociación política que tuvieron que suprimir de sus agendas
institucionales los motivos de conflicto ideológico.
1.a polémica en torno al "género- evidenció, también,
los conflictos entre "modernidad" y "tradición” que atraviesan
las corrientes neoliberales de la dcres lia, al desoculcar cómo los
mismos partidarios — en lo económico— del libre flujo de los
capitales transnacionales y de una circulación intensiva de mer­
cancías globales se m u e stran, en el p lan o moral y
simbólíco-cultural, completamente recalcitrantes a los efectos
de desacralización de los valores que activa la lógica de mcrcan-
tilización que ellos mismos aplauden cuando se trata de merca­
do. Para contrarrestar los efectos disolventes del liberalismo ya
no económico sino cultural, la derecha chilena se dedicó a re
rrascendentalizar el valor materno en una emblemática de la Fa­
milia destinada a proteger lo femenino del relativismo y de !.i
fragmentación de los signos que. inevitablemente, conlleva el
desate capitalista.
Pero el conflicto local en torno a la Conferencia de Bci
jing evidenció, además, la falta de protagonismo discursivo de
alternativas criticas capaces de enfrentarse a las posturas domi­
nantes (la Iglesia, la derecha, el oficialismo concertacionista) que
monopolizaron el debate político y cultural en Chile con sus
ortodoxias de representación. Son varias las razones que expli­
can el debilitamiento de una postura feminista que debería ha­
ber sido capaz de readt leñarse dicazmente de las palabras y los
conceptos que su labor teórica habla logrado convenir en arma»
de combate ideológico-discursivo durante el pnxcso de recon­
quista democrática Sin lugar a dudas, una de l.« razones princi­
pales es el control que ejerce el capital económico de la derecha
sobre los medios de comunicaciones para excluir del debate
público (directa o indirectamente) aquellas voces que se atreven
%
a cucst¡&nar las reglas de. conscrvaduiismo moral impuestas pot
la jerarquía católica. Pero también saltó a la vista la Taita de de­
bate critico, cu el interior de la izquierda, sobre mujer y política.
Lamentablemente, durante los años de la Transición, pudimos
seguir apreciando que “la inexpresividad de los partidos m is pro­
gresistas en cuanto a la condición de la mujer es notable, tanto
como es y ha sido notable la expresividad de la derecha para
hacer ■
.audal de la orfandad femenina'6. 1)icho en otras palabras,
mientras que la derecha no ha dejado de sacar provecho del inn-
novilismo político-social de las mujeres que. en determinadas y
estratégicas ocasiones, se convierten en el principal agente de
consolidación de lo establecido debido a su famoso “temor al
cambio ", la izquierda y el bloque progresista siguen in-diferentes
a las políticas de la diferencia — encarnadas por el feminismo—
que deberían, sin embargo, haber revitalizado su provecto de­
mocrático.
F.I poderoso enmarque católico que sacra!iza las figuras
de la madre y de la familia como perpetuadoras del Orden natu­
ral — el mismo enmarque que condenó, en Chile, el uso del
concepto de ' género" por considerarlo antinatural— coloca lo
femenino al servicio del convencionalismo moral y social del
que se sirven los partidos de la derecha y también la Democracia

* Kirkirood, op. el' |' SO


Cristiana. Aunque estos partidos buscan conquistar politicamente
(ínstrumentalmente) el voto de las mujeres, sus discursos dejan
inalteradas las program aciones de roles c identidades
gencrico-sexuales de la cultura oficial que asimilan la mu jer a los
valores tradicionales de una femineidad maternal que no debe
ser desvirtuada por la critica feminista a la metafísica de las esen­
cias sexuales. Mientras se afirma cada vez más fuertemente la
dominante conservadora de la moral cristiana, son muy pocos
los análisis políticos que se preocupan de los nuevos signos que
re-asocian peligrosamente mujer y conservadurismo.

El escenario Bachelct

¿Cóm o olvidar la ocupación femenina de la ciudad el


mismo día del nombramiento de M . Bachelct como presiden­
ta clccia> Una multitud vibrante de mujeres salió .1 la calle para
celebrar el resultado de las elecciones como un merecido triunfo
colectivo del genero. I.as mujeres re-politizaron espontáneamente
el territorio público de la ciudad que, durante la transición, les
había sido entregado por el neolibcralismo sólo como vitrina
para satisfacer el consumo y fabricar así desmemoria con una
sobreabundancia de mercancías cuyo revestimiento cosmético
encubría la ausencia de los cuerpos y la falta de verdad y justicia
en torno a su desaparición. Que mujeres de todas las proceden­
cias se traspasaran la banda presidencial — que se vendía masiva­
mente "a luca" en la calle- parecía concretar ia ilusión de que
" lódas íbamos a ser reinas" (G. Mistral). Use día la ciudad de
Santiago de Chile se dejó abarcar por un nuevo registro ciuda­
dano. festivo y paródico, que diseminó el poder a lu largo y lo
ancho de una horizontalidad no finita de cuerpos e identidades
en expansión. Aquel día de la celebración de Bachelef podría
haber sido narrado, a lo Bakhtine, como una carnavalización
urbana de la relación entre género y poder, en la medida en que
su paréntesis de la fiesta invirtió las jerarquías entre lo oficial (lo
masculino) y lo no-oficial (lo femenino), generando en el inte­
rior de \^olh desobediencia, revoltura y goce. Poder y ciudada­
nía fueron, el día de la celebración de Bachelet, los emblemas
de lo masculino que reescenidearon las mujeres al traspasarse la
banda presidencial en la calle, en un acto de apropiación multi­
tudinaria de lo que el espacio público de la ciudad dispersó como
"significantes flotantes": el estado y la democracia, finalmente
abiertos a la performatividad de lo distinto y lo infornnilado.
Aunque efímera, la fiesta que celebra la asunción de la primera
presidenta mujer en ('hile debería seguir siendo memorable.
Lo sabemos, la connotación masculina del poderse aso­
cia a la exterioridad y la extcriorización. a la visibilidad y la
visibiliución. El poder así visto es el espacio donde se exponen
a la mirada de todos las acciones públicas que son consideras
dignas de reconocimiento según la escala (masculina) de valora­
ción soda!, Mientras tanto el espacio de lo femenino es el espa­
cio de la interioridad y la interiorización, de l.i invisibilidad y la
invisibilización: de lo que permanece difuso y confuso porque,
semi-oculto en el m undo de la privacidad, no logra ser discerní-
blc ni identificable. Mirado desde la vistosa trascendencia de lo
público que es realzada por monumentos y petsonajes que sus­
citan la admiración ciudadana, la no-relevancia de lo privado se
asocia a una esfera indelimitada en sus contornos y que carece
de protagonistas. La exhibición de lo femenino en las tribunas
del poder desafía, de por sí, esta voluntad masculina de oculta-
miento >• tachadura, y contribuye a rcdelinear contornos que
ayudan a la individuación, al reconocimiento y la identificación
de las mujeres como sujetos (desde siempre negados) de la vi­
sualidad pública.
Sin duda que el gesto m is audaz que perfiló M . Bache-
let como presidenta fue el de -apuntar a un sistema paritario, cn
decir, a un sistema que busca garanti/ji la igualdad de represen
tación numérica de las mujeres y los hombres en los aparatos dr
decisión pública. Pese a la posterior (y lamentable) desconfigu
ración de lo paritario debido a acomodos varios, el gesto in.iti
gural de su gobierno tuso un mérito histórico.
I o que significa lo paritario con sus medidas de “disc i i
mutación positiva” a favor de las mujeres ha sido va largamente
discutido cn varios países. Las feministas que defienden lo par i
tarin estiman que las injusticias — materiales y simbólicas
que afectan a las mujeres en su condición de subordinadas, sólo
pueden ser reparadas luciendo operar una fu tría de l.i ity que
doblegue al poder. Sin esta fuerza de ley que obliga las institu
ciones a corregir las asimetrías de género, el poder no se decidiría
a suprimir los privilegios que favorecen el trato entre masculi-
nidad y poder o bien se tardaría demasiado cn hacerlo. I .■>fem
nistas que defienden lo paritario estiman, además, que la aper­
tura de cupos reservados para las mujeres, tendría la ventaja de
impulsar en ellas una vocación política que se ve generalmente
inhibida por la falta de oportunidades que les reserva lo mascu­
lino dentro de los partidos y cn la política.
Pero nada es tan fácil, y le corresponde a la crítica femi­
nista hacerse cargo de las complejidades de análisis que implican
la fórmula de lo paritario. Por un lado, no es lo mismo ' presen­
cia’ que “valor" “Presencia" quiere decir, más mujeres desempe­

ño
tico” (homologarse a la invariante de lo Uno). V todo eso por­
que la sociedad teme de que las mujeres, par representar lo am­
ento y lo particular de la diferencia de genero, no sean capaces de
velar por lo» intereses generales de la ciudadanía universal que,
hasta ahora, sólo se reconoce en el lenguaje masculino de la im ­
parcialidad de la razón abstracta. Vencer estos prejuicios en con­
tra de lo 110 -neutro de lo femenino implica ser capaz de alternar
el particulariinio de la diferencia (ser mujer y acceder a! poder
desde la reconocida especificidad de esta condición genérico-
sexual) con el univcruilitmo de ia igualdad (defender una varie­
dad de puntos de vistas que excedan los intereses de género de la
comunidad de las mujeres y combinarlos con las demandas
emancipáronos de la ciudadanía en general).
No basta con “ser mujer" — con pertenecer al grupo dis­
criminado de las mujeres— para activar en ia cultura y la socie­
dad los efectos de transformación crítica que se espera de lo
minoritario. FI sólo hecho de “ser mujer” no garantiza siquiera
que una representante de lo femenino adquiera conciencia res­
pecto de cómo se ejerce la violencia simbólica de la desigualdad
sexual, m seque sienta espontáneamente moiivada para luchar
contra ella. Sólo la “conciencia de género”, fortalecida crítica­
mente por los avances teóricos del feminismo, permite des-na-
turalizar las identidades sexuales y problematizar las relaciones
de géneto en términos de construcciones simbólico-disoirsivas
y de articulaciones político-sociales.
El progresivo debilitamiento de la voz crítica del femi­
nismo durante los años de la transición, hizo que las aperturas
más progresistas del gobierno de Bachelet en materia de género
quedaran o bien neutralizadas porel conformismo de los parti­
dos políticos (rutinariamente dedicados al ejercicio del poder y
no a sil transformación) o bien censuradas por la hegemonía de
voz de la Iglesia Católica que sigue adueñándose del debate so­
bre sexualidad, cuerpos y valores, con la complicidad de los sec­
tores más conservador» de la sociedad chilena.
N o se puede celebrar el ingreso de un número propor-
cionalmente significativo de mujeres al actual gobierno, sin ha­
cerse al mismo tiempo la pregunta que. en los años 80, formu­
laba J. Kirkwood: "¿quésignifica realmente hacerpolítica desde
La mujeres?'. El sub-texto de esta piegunia deja en claro que
"no se trata de establecer que o cuánto les falta a las mujeres para
incorporarse, en la forma y en el fondo, a una política que ya
está en marcha y predeterminada"’ . Se trata más bien de imagi­
nar, más provocan vamen re, cómo los ¡nserfrrenciiu degénero que
puede deuttar el signo "mujer” son capaces de generar descalces e
interferencias críticas en el universo de sentidos de la política tra­
dicional.
Prevalece un sentido com ún según el cual les correspon­
dería a las mujeres añadir a la política (masculina) la supuesta
complcincntaricdad “natural" de rasgos "propiamente'' femeni­
nos (emocionalidad, delicadeza, intuición, sentido práctico, etc..).
Este sentido común asume que la participación de las mujeres
en política debería prolongar socialmente aquellos rasgos -per-
tcnecicntcs a la esfera privada de lo sensible y lo afec tivo- que las
destinaría "naturalmente" a desempeñarse en las áreas, preferen­
temente asistencialcs. de la salud, la educación, la familia, etc .
Trasladar este convencional reparto de atributos y capac¡dado
entre lo masculino y lo femenino a! ejercicio del poder, equivale
a separar lo político-general ílo umversalmente político) de lo

‘ KiiltnVNiil. <ip til , p. SO


político-concreto (aquellos ministerios específicamente dedica­
dos .) regular esletas d«' experiencia que se considerarían femeni­
nas” por estar ligadas, por ejemplo, al "cuidado de los otros"
desde una m oni del sacrificio y la abnegación). Trasladar las con
diciones supuestamente "naturales’' de lo femenino a una divi­
sión de competencias cn el ejercicio público limita la posibili­
dad de que^l punto de vista del género modifique -tmusver-
almentr— las codificaciones del poder, luciéndose cómplice,
por el contrario, de circunscribir lo femenino a una sectoriali-
dad i'la de la "diferencia" de gcncio) que favorecen los estereoti­
pos masculinos.
Durante la transición, el feminismo -como movimien­
to social— abandonó sus impulsos contestatarios y la crítica fe­
minista perdió vigor intelectual. Por su lado, las fuerzas progresis­
tas se eni ¡ciaron cn un modo de hacer política que los gobiernos
de I Consultación definieron como negociación y gestión, se­
gún una lógica pragmática— de simple administración del or-
ilen. I-I pensamiento de izquierda, volcado hacia una representa­
ción com e n ional del poder, no ha sido capaz de tomar en serio
la simbolieitíidde lo cuíluniícoma una clave de renovación de los
imaginarios suoales. Su embargo, es en el terreno de lo simbóli-
co-mltui.il (de los discursos, los valores, las imágenes, las creen­
cias. las ideologías, las repieseniacioncs. las fantasías, los deseos,
etc.) donde se Icen i indicadamente- los cambios que pene­
tran más ti.iiuli-mutloi. mente cu las esirucmras de sensibilidad
colectiva.
No i l m u |>«-rd iscde vista, porejemplo, la imagen del
dladctraiiMin i o i i - ! « |m mío son Pachelet asomada al balcón
vid p i. m |in *iil, n. tal, nulc.ida de sus hijos y de su madre. La
ni m| , n ..I i .1 1 ii ..!,i v jefa de hogar de una familia
no tradicional-- y el rol femenino de fortaleza e independencia
que proyecta esta imagen desde La Moneda, altérala iconogra­
fía familiarista (ligada al miro de la pareja) que cultiva la mora!
tradicional. La imagen de Bachelet saludando como presidenta
desde el balcón de La Moneda rodeada de su madre y de sus
hijos dcsenmarcó el supuesto de la cornplcmentariedad de los
roles a la que obliga ia simetría binaria del genero. Si, durante la
campaña presidencial, el sentido común masculino insistió tan­
to en asociar a M . Bachelet con el estilo "acogedor'' de lo mater­
no, era para conjurar — con cs3 marca tranquilizadora porque
famUtar— la incomodidad y el malestar que provoca la auto­
nomía de lo femenino.
La condición de “mujer separada" es uno de los vatios
segmentos de construcción de identidad que conjuga emblemá­
ticamente la trama biográfica de M . Bachelet; una trama hecha
de militancia socialista, de lucha antidictatoria!. de exilio, de
amores contradictorios, de reinserción profesional y desempe­
ños ministeriales, hasta la designación alegórica que le hizo en­
cabe/ar a ella, hija de militar torturado, el Ministerio de la De­
fensa para que el gobierno de Ricardo Lagos pudiera encarnar así
un “fin de la transición” que coincidiera con la figura de la ' re­
conciliación" en una biografía ejemplar. Digamos que, a lo largo
de la< construcciones de vida de M . Bachelet. el significante
“mujer" arma una línea de fuerza que anuda fragmentos disími­
les de una historia individual v colectiva hecha de cortes, desen-
samblajes y reensamblajes. Estos fragmentados ejes biográficos
que atraviesan contextos diferenciados, leídos desde una pers­
pectiva de genero, podrían sugerirnos -metafóricamente—
que la extensión y la radical i zación de la democracia deberían
tener que ver con un feminismo que "actúa como una conden­

as
c u múltiple do las diferencias" y que sabe combinar “la parciali­
dad y la discontinuidad con la consoucción de nuevas formas
de interrclación y proveeros políticos colectivos”:J. Un trayecto
de profundización democrática podría usar la "posición de ge­
nero" como pivote simbólico de una zona de intersecciones,
alianzas y coaliciones entre las múltiples redes de simbolización
identicaria (no exclusivamente sexuales) y fuerzas subjetivas que
buhan contra las representaciones autoccntradas de los poderes
excluyentes.

“ R otl B nidoui, Suyi*» n in u á n , D.icno¿ Airet, Paid6», 2003, p p 31 y ’ l

86
Arte, fugas de identidad
y disidencias de códigos"

El golpe militar de 1973 quiebra la institucionalidad


democrática y desata una convulsión múltiple que trastoca la
vida histórica y política de la sociedad chilena. El régimen m ili­
tar de Augusto Pinochet instaura una cultura del miedo y de la
violencia que impregna todo el tejido comunitario, obligando
los cuerpos y la ciudad a regirse por la prohibición, la exclusión,
la persecución y el castigo. La política y lo político son dos de las
categorías más severamente vigiladas y censuradas por el totalita­
rismo del sistema dictatorial. Bajo tales condiciones de vigilaste ia
y censura, la cultura y el arte se convienen en campos sustituí ¡vos.
desplazatorios y compensatorios, que permiten trasladar hacia l¡
guiaciones indirectas lo reprimido por el discurso oficial.
En los primeros años de la dictadura, d arte de la cultura
militante recurre al repertorio ideológico de la izquierda orto­
doxa para evocar-invocar las voces silenciadas, las representado
nes mutiladas y los símbolos desintegrados, forjando en torno a
estos restos de memoria e identidad los la/os de una comunidad
simbólica que debía unir solidariamente a las víctimas de la his-

' F.sl.i n I . veitiiVi en <i|'iíV,l ,!:l texto |'.il>!ii i*ío <n el d U lo g o Je u <«po>¡c«li
VSSutfAti ¡i'iJ tiir f m in h i ftnoJuii. ’t (M O C A . Xlunrum o l í ■'•nKntponrf A/i. c:i
l/H Andelo), marco 200“ .
toiia. EJ folclore, i.i música popular, el teatro, los murales po-
bladonalcs. etc. retratan la identidad sacrificial de un Chile már­
tir a través de un arte de la denuncia y la protesta, todavía regido
por tina épica del meta-significado (Pueblo, Memoria. Identi­
dad. Resistencia, etc.) que se transmite mediante lenguajes d i­
rectamente rdcrcnciales y testimoniales. Hacia fines de los 70,
emerge «na escena de prácticas neovanguardista* rcagrupodas bajo
el nombre de Escena de Avanzada1que, a diferencia de! arte mi­
litante. despliego >u aurorcflcxividad crítica en torno a micro-
políticas delsignificante que hablan, a ras de cuerpos y de super­
ficies. de fragmentación y diversión, de vaciamiuuos y estalli-
dos de la historia y de la memoria. La Escena de Avanzada se
distingue por sus transgresiones conceptuales, sus quiebros de
lenguaje y sus exploraciones de nuevos formatos y géneros (la
performance, las intervenciones urbanas. Ja fotografía, el cinc y
el video, etc.) que batallaron contra el academicismo de las Be­
llas Artes y la inst ¡racionalidad cultural de la dictadura, a la vez
que pretendían icnovar el léxico artístico y cultural del arte po­
lítico. A diferencia del arte militante que se refugiaba en una
continuidad de la memoria del pasado roto, la Escena de Avan­
zada reivindica — antihistorici Mámente- eScorte. el fragmento
y la interrupción, para enfatizar la violenta ruptura de los códi­
gos con que la dictadota militar trastocó los universos de senti­
do de la sociedad chilena. Por un lado, ¡as obras de la Avanzada
ierratan sujetos c identidades atravesados por múltiples íuerzas
de escisión — psíquicas, sociales, sexuales, biográficas- cuyo

Vcí Nrlly Richard. M j/p m H K .ífim ifiiiio m : <t>i i " <'h k n n x I9 7 J . S k lb o u m t , Ari
and'l'exr. I'MM». I.-m i- 1 ck-ci t» m ü .-i d f ' i ¡vil :<o-ci; m r J de -i
L ic c n id c A v t :iw d » .u i Nelly K k Im iJ . *).o*> : «>> I- p o lítk o c n el *r:c: '¡Q u ié n
u i i k j i i:eifvars,-i»' I -te<‘'iV/.-.f C ' u h u u ! :unu>2004 Sjn:;.ipi>
d r Chile.
vértigo descentra la inunumcnr.ilid.id heroica del sujeto de la
resistencia polícica que le serv ía de emblema a la cultura militan­
te y. por otro lado, sus vocabularios artísticos (mayoinanamen­
te fotográficos) participan de una estética del coltage, del recorte
y de la cita, cuyos cfecios de desconexión sintética pcrtutbaii las
ilusiones de totalidad y profundidad que mantenía vivas toda­
vía la voluntad de "mensaje’' del arte comprometido de la cultu­
ra partidaria El arte de la Escena de Avanzada trabaja desde la
separación y la interferencia, desde la discontinuidad, tanto en el
tratamiento de los materiales y el abordaje de las técnicas como en
sus relaciones de significado. Inspiración neovanguardista y corte
deconstructivo so conjugaron, inéditamente, en esta escena — la
Escena de Avanzada— para reconccptuaÜzar el nexo eiHic arte y
política fuera de los camino» trazados por la subordinación ideo­
lógica a los repertorios de la izquierda ortodoxa.
Dentro de este conjunto — irruptivo y disruptivo— de
producciones artísticas, destaca el trabajo de varias artistas muje­
res que elaboraron nuevas poéticas y políticas de la imagen. To­
das ellas recurrieron a la figura del margen — el margen como
postura enunciativa y como recurso táctico— para simbolizar el
des-enmarque de prácticas fronterizas, de identidades en crisis
de pertenencia y representan ión, que se situaban en los boidcs lie
exclusión social y destitución simbólica del sistema dominante.
Si bien estas autoras chilenas compartieion los efectos doble­
mente discriminantes.dc su condición de artistas mujeres y de
artistas contestatarias bajo el régimen dictatorial chileno, lo inte­
resante de su trabajo radica en habei sabido transitar de la mar-
finalidad como externalidad a i poder al margen como cuestiona-
micnto de ia simbólica delpoder. Para eso trazaron líneas de fu­
ga», de revueltas y dcscemramientos. en el interior de los ler.gua-
¡es de la represión y la censuia oficiales, cifrando cn lo “femeni­
no" ¡as potencialidades metafóricas de una desobediencia a los
códigos (políticos, sociales, simbólicos, sexuales) que va mucho
más allá del simple binamrr.o de género.
Bien sabemos que no basta con que una obra de arte
sea firmada por una mujer, para garantizar que dicha obra pro­
duzca significados culturales diferentes y alternativos a los pre­
determinados por los marcos de significación dominantes. La
condición "mujer" es el dato de experiencia socio-biográfico a
partir del cual se construye la obla, pero el ai te debe ser capaz
de transformar ese dato cn mía posición de discuno, en una
maniobra de enunciación, para activar una descstructuración
crítica de los idcologcmas del poder que configuran la trama
de la cultura. En el caso de las obras chilenas aquí menciona­
das, l o ‘ femenino-’ — que no se reduce a la simple identifica­
ción de genero de sus autoras mujeres— designa el “devenir
minoritario" (Delcuze-Guattari) de formas de subjetividad
modelizadas por el arte que disienten de las identificaciones
hegemónicas y activan el plural contradictorio de la diferencia
en el tr.undo clausurado del sentido único, de los discursos y
las identidades regimentadas, de las racionalidades ortodoxas,
de las consignas programáticas, de las representaciones univo­
cas, de los dogmas autoritarios.

V irginia Krrázuriz: u n a poericadel resto

El trabajo artístico de V. Errázuriz se caracteriza, desde sus


comienzos, por destacar cn la obra la simple presencialidad del
objeto, de un objeto cualquiera, reducido a su discreta condición
de signo y alas huellas mínimas de su valoi-u«i:. Fn la década del
60. V. Errázunz exhibía objetos populares de uso cotidiano, muchas
veces seriales ("tapas de bebida Coca-Coln o un radiador viejo de
automóvil al que se adherían diversos objetos, varios de ellos pro­
ducto de l.i emergente industria de! plástico Sfyf*) que habla­
ban. industrialmentc, de la masticación del consumo. Sin em­
bargo, V. Errázuriz evitó siempre la redundancia ilustrativa de la
denuncia social contra el fetichismo tic la mercancía que. cn esa
época socialista de la Unidad I\>pular. v»!ía acompañar el resto de
las obras chilenas que participaban de la crítica anii-imperialista.
Fn el contexto de la Unidad Popular, es decir, cn un contexto
histórico de utopismo revolucionado saturado de discursividad
ideológica, la operatoria artística de V. Errázuriz se caracterizaba
por limitarse al rescate signico de un objeto común, desprovistode
mrratividadépica. Esta operatoria “anti-contenidista” ya consti­
tuía un desmontaje crítico de la enfática voluntad de "mensaje” y
de "representación" que guiaba al arte del compromiso de la iz­
quierda que dominaba el contexto artístico y político cn el que se
insertaba su obra.
Durante los años de la dictadura. V. Errázuriz siguió re­
curriendo a esta poética visualde lo mínimo, del desecho, del res­
to, como sertas extraviadas de un desmantelamiento del sentido
que, cn alusión a la catástrofe del quiebre dictatorial, des-enfati-
¡can la monumcntaluiad trascendente de la Historia. I a artista

' I » ot’ia de Virginia E<taiun< emer/,;. cu lot »r>.» (¡O. mío con I. de FriixuúJ
B/ugnoli. «orno |'i” cií{ c ía tendencia quepropoftc la rctctiunl dación litiooomt
ácana del .iri imctmcional, ((atujando con lo ctxiditnft-pcfiolar de objcc^i «1<
uio JunvíMK .1 y tutano. Eko» objcioi (,{jc dan cuenta ¡ic la modeinilación cécr.i-
ca a iravft de m enética de lo m a l ) acceden a la obra pw u iu lim pie maniobra de
■|>:c«r.|jción' que iÍoím.Iíj-i d d iu im o de la ’ re-pf<ttnuci¿n‘ mi un. ■ .
' Fn neiK O B ru g ix J.. 'A.uecetiei :cs público*' «n fin h u 4e C rilk d C ultura! N*2W
39. San:.a|!o de C Jiiíe. »io>ieir,l'fe 2004. p. 20
com l'iiu l.is pie/as sueltas Je un invcnt.iiiu ilc materiales y pro­
cedimientos en deliberado e lu d o tic desarme, «le no-constitu­
ción, de precatia resistencia .1 la solidez de lo finito y de lo defi­
nitivo. 1.a obra trabaja indi; ialmentc la significación como un
horizonte discontinuo c inc ierto, un horizonte a penas esboza­
do que no se afuma en nada concluyente y que deja los enlaces
entre significante y significado siempre abiertos a la relacionali-
*
dad continente de lo inacabado.
Generalmente, la obra de V. F.rrázurif fracciona los pla­
nos visuales en los que vagan ciertos restos de significación dise­
minada. para negarse así a la síntesis reunificadora de un punto
de vista general hecho para integrar, completar y dominar. Seña­
les aisladas de una narratis-a entrecortada (ampolletas, marcos
fotográficos, cerámicos, tarjetas postales, etc.) que evocan resi-
dualmente transcursos íntimos, están repartidas en las zonas de
menor jerarquía artística de la sala de la galería como son las
esquinas y el suelo, hsta des-jerarqui/ación de la mirada del
espectador que se encuentra rebajada a la (1 1 0 ) altura del suelo y
desviada hacia direcciones contrarias al perspcctivismo único y
totalizador, cuestiona finamente el supuesto hegemónico de una
visión dominante (masculina) que monopoliza el ptivilegio de
ia frontalidad y la centralidad para controlar así toda la escena.
Fl fraccionamiento del campo de visión tiene por corre­
lato la desarticulanión narrativa de relatos visuales también toros
en su lincalidad. expuestos al vacío de la interrupción: objetos al
abandono, geometrías semi construidas, marcos vaciados, etc.
La obra de V. I 11 aim/ piactica el espaciamiento.cl diferimien-
to, multiplicando en el interior de las unidades de significación
los espacios en blanco, sin llenar. La intermitencia del hueco es
el recurso de vaciamiento que le impide al sentido rigidÍ7arse en
b dogmática de una verdad explicativa Un objetualismo dis­
perso de lo m ínim o y de lo ínfim o usa la contra-retórica del
fragmento para dar cuerna de la crisis de totalidad de un mundo
de significaciones trizadas. F.stc objetualismo disperso de lo m í­
nimo y de lo ínfimo, que alude casi a un grado cero de la signi­
ficación. contrasta eficazmente con su reverso: la fraseología
hcroica-masculina que guiaba el discurso de la izquierda m ili­
tante en los combativos años tic lucha antidictatorial, con sus
categorías y verdades en mayúscula. Aquí lo tenue traía de refu­
tar la voz. de los discursos que hablan fuerte. I.o mspemiiv pelea
contra lo afirmativo, en esta práctica del retraimiento y de la
substracción del sentido, de la minimalización de los signos tta-
bajados como huellas residuales de significaciones todas incom­
pletas. Cuando el poder totalitario del régimen militar usa y
abusa de la propaganda ideológica pata imponer sus verdades
como absolutas; cuando la lucha antidictatorial fabrica un arte
cuya explicitud rcfcrencial y fuerza denunciante tienden a techa-
zar la ambigüedad y la indeterminación del sentido, el arte de
V. Errázuriz tiene la sutileza de modular un resquicio anti-decla-
mativo desde el cual lo 'femenino" coloca bajo sospecha la gran­
dilocuencia de las metanarrativas.

C atalina Parra: rasgar la noticia, herir el poder

C o n su exposición de 1977 titulada "Imbunche"*. C a ­


talina Parra exhibe una obra que deletrea el terna de la censu­
ra en el Chile de la dictadura, con instrumentos que mezclan

• C a u ltiu P jrtí, "Imbunche', CalrrU í p a t Cadkipo VISUAL. 1977. Santiago


díO O t
c¡ pensamiento visual con ci arte de la costura. En esos años,
el diario E l Mercurio, un diario cómplice del régimen mili-
car, quería camuflar su operativo de penetración ideológica
tras una publicidad supuestamente anodina ( “ E l Mercurio,
diariamente necesario") que pretendía incorporar al cotidia­
no nacional sus falsedades y extorsiones de sentido, natural!*
zdndolas com o verdades familiares. La obra "Diariamente"
de C . Parra' denunció, bajo la forma de un collage, cóm o el
diario E l Mercurio buscaba convertir su imperio de la metí-
tita oficializada en una rutina invisible. El diario 81Mercurio
cí el símbolo que usa la artista pata develar y revelar las tergi­
versaciones de sentido con las que el discurso oficial silencia
y encubre los crímenes de la dictadura. Para eso C . Parra ocu­
pó la imagen impresa de la propaganda editorial del diario
com o soporte de intervenciones gráficas destinadas a abrir
huecos y fisuras en el discurso impostado de los medios de
comunicación del régimen militar. Sus intervenciones con­
sistían en producir ciertas grietas de sentido — mediante cor­
tes y perforaciones que rasgan la página impresa de la noticia
sacada del diario— para desafiar así la fraudulenta construc­
ción del mensaje oficial cuya versión la prensa autodeclaraba
homogénea e indestructible. La artista abre en el interior de
este mensaje obligado entrelineas rebeldes que permiten tejer

' "Catalina Parra sr n u d o i Chile a finales de 1972 de vivir en Alemania


durante vatios aftos. I ' 11 de Septiembre de 1973. «I CIinrr.il Augusta Pirwxhet
delineó el electo. « i r á el Cirgreso y MtpcndiO Li ConM¡tlK¡¿n. C
T u r j «rr.pri.5 i iccogrr lot eventos d .. ios en recortes d< texto y material fotugri-
f’uvi J e E l.M m w u , el peii¿J.<o prino|vl de Sintugo Lo que empero cc.nu> una
nrratcgu pata enfrentar lu •matUJn. se cottvirta* en un prometo artíwico cuando
Pana r r m i y re-monto ese materia) en una serie de montajes pequeños . qve
hahiaion con un* vcw pol.:.ca y critica'. Julia Hcrrbetg, "Run av>ay' en C iu íiim
Iíiik i. h 'i m M ipauiU . Catilcgo «le la expoii«>on presentada en el Jersey City
Museum. «ptrm Scr 2S-decer.l'<i 31 20QJ, Nueva Yoek. p. II
orras lecturas clandestinas, semiocultas iras las vendas de gasa
que evocan y sugieren — protcgidamencc— el tema de la cen
sura. Los materiales y procedimientos quirúrgicos (gasas, ven­
das y costuras) que intervienen las páginas del diario que ex­
hibe la obra, hablan metafóricamente ¡le heridas y cicatrices,
es decir, de una guerra de sentidos entre autoridad y desaca­
to; de una batalla enere palabtas c imágenes que abre litigios
de interpretación en torno a las "verdades" que la prepotencia
del mensaje oficial de la prensa de la dictadura quería decla­
rar inexpugnables.
C. Parra introduce en la obra cierta» manualidades (cos­
turas, tejidos y bordados) que fueron despreciadas por la alta
tradición del arre occidental porque iban ligadas a un hacer d o ­
mestico y artesanal, es decir, femenino. C. Parra («significa con-
ceptualmcnte el valor de la manualidad femenina y popular sa­
cándola de la domesticidad hogareña de lo privado, y confron­
tándola a la exterioridad del poder económica y social que ex­
plota y subvalora la mano de obra femenina. C. Parra le da a !a
mauualidad femenina de la costura la eficacia teórica y política
de un recurso minucioso que sirve ahora para mostrar los sub-
textos ocultos del discurso público confeccionado a través de la
noticia. N o sólo la obra visibüiza la tramposa filigrana de lo no
dicho por el discurso oficial sino que le enseña al espectador
cómo entremeterse en sus roturas para arrancarte lecturas no pro­
gramadas, interpretaciones contrarias, significados disidentes. La
mauualidad cotidiana de lo femenino lleva lo privado (las labo-
res hogareñas) a perforar el ámbito público de la comunicación
social manipulada por el poder de los medios. El incierto zig­
zag de la puntada desconfiada de una mujer artista se enfrenta a
la verticalidad de los titulares que dictaminan el rumbo de la
política. para descoser sus códigos tic manipulación di- l.i opi
nión pública y para sugerir, ton las gas.iv, lamo lo velado por las
primeras planas de la actualidad nacional como las latericias cri­
ticas de una comía-lectura de los hecho» que sólo espera ser acti­
vada por una mano cómplice.
1:1 quehacer m anual de C . Parra desafia el cam po de
fuerzas d c l^ o d c r de los medios desde la fragilidad del pes­
punte y del hilván, tic la costura que se desarma. Lista fragi­
lidad del des-ármado se opone a la supuesta incontroverti-
bilidad de las razones oficiales que el discurso autoritario
quiere tiansm ítir cn bloque. Tipografías y fotografías son
lo que la obra fragmenta y rcensambla. según ¡os procedí-
miemos «le corte y montaje de un pensamiento gráfico que.
cn la urdimbre del sistema com unicativo, dibuja roturas
críticas y brechas tic disconformidad que subvierten la lec­
tura uniform ada de los medios. C . Parra hace tambalear así
la “fuerza de la palabra" que sella el acuerdo excluyeme en­
tre lo público y lo socio-masculino bajo un régimen im p o ­
sitivo de verdades obligadas, llevando las habilidades feme­
ninas de la costura a vulnerar la sobrcdetcrminación del decir
unívoco del poder oficial.

Paz F.rrázuriz: una estética de la periferia

A Paz I itázmir. le ha tocado habitar, durante un lar­


go periodo militar, una ciudad amurallada y dividida por
segmentas iones antagónii as de barrios, clases c ideologías.
I os tránsitos fotogi.il i I os que realizó P. Lrrázuriz a lo largo
y lo ancho de la ciudad desafiaron este sistema de asigna-
cicrno rígidas, al hacer deambular a la lotógrala por un la­
berinto de tráficos prohibido*. Siendo mujer, una primera
transgresión consiste en salir , 1 ¡a calle: en romper el cerco
fam ilia riza de lo privado — y de la vida de hogar— para
exponerse al roce de pasiones sin dueños. l as múltiples a n ­
danzas de P. E rrizuriz que recorre circos, asilos, salones de
baile, prostíbulos, gimnasios, hospitales psiquiátricos, etc.,
evocan la doble connotación del "perderse en la ciudad"
com o riesgo y extravio: largarse a cam inar sin rum bo, mez­
clarse con lo* perdidos.
I a ciudad bajo arresto m ilitar se vio obligada a obe­
decer el discurso de "otdcn y paz que instauró el doble eje
de represión y de modernización de la dictadura; una dicta­
dura que com binó perversamente la cruel violencia del ex­
term inio físico e ideológico con el obsceno desate consu­
mista de la im plantación del mercado neoliberal en Chile.
P. Errázunz se propone resquebrajar este revestimiento for-
mal de una ciudad en "orden y paz", delatando las huellas
de miseria hum ana y degradación social, de caos psíquico y
arruinam iento corporal, de h u m illación m ota! y a n iq u ila ­
m iento biográfico, que sobrevivieron a penas al operativo
m ilitar de destrucción y refundación nacionales. La cámara
de P. F.rrázuriz atraviesa los extramuros de Ja ciudad para
exhibir la pobreza y la indigencia, las carencias y las penu­
rias. pero sin nunca caer ni en el anecdotismo rom ántico ni
en el pintoresquismo folclórico de lo “m arginal” debido al
extremo control visual que ejerce, vigilantemente, su ar­
quitectura fotográfica del despojo.
Entre los sujetos que favorece su estética de la periferia,
están todos aquellos que se resisten a la integración disciplina-
!.i semiótica del orden alterando u n o de los subsistemas de
marcas que reculan ubitraiiam cntc los espacios de circula­
ción. Atrevidamente. 1 . Rosenfeld rechazó la impositiva li-
ncalidad del cam ino unívocamente trazado por los mecanis­
mos de control social. Al cruzar la marca. Ja artista transfor
n a el signo - en un signo reinventando así una relación
con los signos que. en lugar de ser fija c invariable, deviene
plural y\mltiplicativa. Lis recias en el pavimento — las se-
ñales hechas para encaminar el tránsito en una dirección obli­
gada— eran la metáfora de todo lo que, en nom ine del or­
den impuesto por la dictadura, iba normando los hábitos,
disciplinando la mente, sometiendo los cuerpos a una pauta
coercitiva. El acto de transgredir un subsistema de tránsito
en un país enteramente marcado por la prohibición, iba
mucho más allá de lo que denota la cruz en el pavimento:
desde su gesto de intervención a las líneas divisorias de pis­
tas de tránsito en las avenidas de Santiago donde inscribió su
emblemático signo f . se puso en marcha (literal y simbólica­
mente) un modo específico de interrogar los mandatos y pro­
ducir un estallido en la apariencia de naturalidad que portan
las diversas ordenanzas... Los signos tras los que se organiza
Ja circulación -de bienes, de sujetos, de políticas, de violen­
cia- han constituido la sede más relevante del trabajo visual
de I otty Rosenfeld que se pensó callejero, ciudadano y re­
belde... en los momentos en que el espacio público se encon-
tiaba ocupado por el invasivo régimen m ilitar" Extensiva­
mente, el gesto de L. Rosenfeld ¡ba contagiando su potencial

D ii-n cU U tit. ’ A n k Tro w * <n fC *¿n jtU M ttiin rfr C a :ilq $ » J e U


Expaii.iiSn 'M o ción de orden" del M u w N ielo :- «I tic Bell;» A n o , $au:ii&o.
O c h o Libra Editores, 2005, p . S ’
metafórico al conjunto de las sintaxis de poder y obediencia
que se grafican diversamente en el paisaje social. Alterando
un simple tramo de la circulación cotidiana en una ciudad
militarizada, L.. Rosenfeld fue capaz de llamar la atención
sobre la relación entre siltenuu comunicativos, ¡¿cuicas de re­
producción del orden tocia/y uniformación de sujetos dóciles,
invitando a los transeúntes a inventar sus propias tácticas de
despiste.
Posteriormente, 1. Rosenfeld llevó su trabajo de la cruz
a intervenir los límites, las fronteras, que dividen el territorio.
El túnel “Ciisto Redentor" cii la frontera chilena-argentina y la
frontera entre la RFA y la R D A en el Allied Checkpoint de Ber­
lín fueron soportes geográficos de dos "acciones de arte" 1 1983)
qvie la llevaron a colarse en los límites estratégicos de delimita­
ción y juntura donde las comunidades nacionales y políticas se
abren o bien se cierran en torno a la diferencia. Bajo la estrategia
de un movimiento que consiste en cruzar el límite con el cuer­
po humano para formar imaginariamente una ciuz con la fron­
tera, el arte de L. Rosenfeld dibuja una zona de suspensión e
intermitencia que cuestiona las lógicas de delimitación y segre­
gación polírtco-nacionales de las identidades.
La señal de la cruz fue también llamada por L Rosen-
fcld a intervenir otro espacio estratégico: la Bolsa de Comercio
de Santiago, en 1982. L. Rosenfeld exhibió el registro video de
sus anteriores trazados de la cruz filmados en el pavimento en
una de las pantallas de los monitores destinados poi la Bolsa de
Comercio a transmitir el curso de las fluctuaciones bursátiles.
El desobediente trazado de la cruz y su ai iiménca de la transgre­
sión. introdujeron bruscamente la sorpresa del arte, el descon­
cierto del quiebre aitístico, en el orden acumulativo de los ba­
lances financieros y su rutina de paceos comerciales. "Arte" y
“m u jo " fueron los términos que dcs-ajustaron lo económica­
mente controlado, con sus desbordes imaginarios y simbólicos
de algo que excede y transgrede la racionalidad de los cálculos y
las utilidades. ‘ Arte y “mujer" infringieron los reglas de los trá­
ficos masculinos del intercambio económico violando su lógica
capitalista, kiciendo saltar sus intercambios pactados en torno
al valor y a la plusvalía, desde el estaüido de un gesto 4, e> decir,
de un gesto de mdt. que lleva lo sobrante a desafiar el utilitaris­
m o del sistema.

D íam ela E ltit: de la cicatriz al m aquillaje

En el borde híbrido entre literatura y performance, entre


acción de arte y registro-video, entre intervención urbana y bo-
rradoi cinematográfico, la escritora Diamela Eltit desplazó fue­
ra de la página impresa del libro (la de su novela Lumpéria&)
ciertos excedentes gestuales y rituales de un trabajo con el cuer­
po que consistió en auto-infligirse cortes y quemaduras cn los
brazos y las piernas. Así marcada porei dolor. D . Eltit eligió una
zona matginal de la ciudad de Santiago para leet en el interior de
un prostíbulo fragmentos de su novela lntctrumpió btuscamen

* D ¡ « E. Brito: *E* Díamela Hltic quien, desde d género novelesco. gp¡er.i ¡inj biloca
cranigioión i los modelo*dominante*.,. D . tiltil se Ínsula i r a » ü ún:<» ir.jjer cn
1983 cn ;.i ' n o n a e*cen» tera/ia chilena. U política ¡i i c m n de I). Fitit o bastante
revoluoonaria en el medio >¡ bwrn tiene sus intceedentes en k » mcninüentosliterarios
del posi-Ikxvi! en la púi«tka. d cine y c! video contemporineoi. D k l u pol/tka
consiste ei\o r a r nuevas posiciones a it x v i* d t una figura proi igóeiica de la mujer para
lonccbií la ficción desde un «'croslinil otra q.ir integra zona* i. Jiras poco integrad»
ett la cultura chilena". Fuger_a línto, L 'jm p c ; m in e íi» . li t e r u t v m p y .t f d f t t n O tile .
Santiago, Fditorial C u in o Propio, 1990. ¡>p 167-177.
ic la rmina prostibularia de un lugar tradicionalmente marcado
por el intercambio de las mujeres entre hombres con una perfor-
m ana literaria que tenía por misión des-dasificar los géneros tan­
to textuales como sexuales. Su lectura poética -cargada de un
imaginario erótico— quebró la lógica (masculina) del comercio
de los cuerpos pagados, con el don de una palabra suntuaria y
desenfrenada. Esta palabra de escritora rebasó el límite entre el
cuerpo, la ficción y la sexualidad; entre el dolot y el placer; cntie
el dinero (la subordinación mercantil del cuerpo femenino a los
códigos masculinos) y la pasión gratuita por el arte (el amor al
arte desatado — lujosamente— por una mujer creadora).
C on el corte neovanguardista de la textualidad de Lum-
périca. D . Eltit inaugura — solitariamente— la secuencia de una
nueva narrativa post-golpe bajo la dictadura militar. La orfandad
institucional de su palabra a la intemperie (literariamente desah­
ijada) eligió vagar de soporte en soporte — de la escritura al arte,
del arte a la calle, de ia calle al cinc ames de volverse finalmente
libro publicado - como un modo de serle estéticamente fiel a
una pulsión errante de des-identidad, de transfugacidad.
Las marcas que la autora giaficó en su propia carne con
los tajos y las quemaduras designaban el cuerpo como una zona
de práctica automortificatoiiaque, en el Chile de la dictadura,
trazaba una dolorosa analogía con la brutalidad física de la vio­
lencia militar. Estos cortes y quemaduras que la autora se auto-
inflingió llevaron el arte, en esos tiempos de tortura, a hacerse
corpoTAlmrntt solidario de las víctimas de la dictadura median­
te la réplica de un com ún estigma de maltrato. En la tradición
primitiva de los sacrificios comunitarios, el daño autoinferido
con los rajos y las quemaduras ritual izaba aquella violencia que
el arte busca exorcizar. Pero el rebuscamiento teórico del gesto
de I). I ltii va mucho m is allá de- una merasintomatología del
dolor. (Cuando ella reincorpora l.i imagen fotográfica de sus
brazos y piernas corlados y quemados a la' páginas impresas
d i su novela l.umpériai, la autora so da el lujo de cotejarlos
una y otra vez con las metáforas del maquillaje, de la cicatriz,
del aiabesco cutáneo adornado por la cosmética tal com o el
texto poético adorna la realidad cruda transfigurándola en ale­
goría. imagen fotografío del cuerpo y del texto que re­
tocan la herida-pi i mera conjuga suplemento y femineidad para
burlar cualquier realismo primario del cuerpo natura! como
fuente metafísica. I .a cicatriz como artificio cosmético, como
suplemento decorativo, es el equivalente de la palabra barroca
que. en la novela l.umpérioi, sobre-actúa las torsiones del len­
guaje para llevar las construcciones de sentido y de identidad
hacia su límite m is exuberante y feroz a la vez. l a palabra lite­
raria y la cicatriz fotográfica recurren ambas a la pote para tca-
tralizat los sobregiros del "yo" que una femineidad transgresiva
modela como su anti-convención: "Yo poso con mis cicatrices
como síntoma de exclusión, como ruptura del modelo. Pero
así me reconozco como un lugar otro, superponiendo a! mis­
mo cuerpo dañado, los Mgitos propiciados por el sistema: ropa,
maquillaje, etc. que puestos en contradicción, no resuelven sino
evidencian... el cuerpo como irreverencia frente a la aparien­
cia... Por eso he quemado y cortado mis brazos y mis piernas.
No para el dolor sino para el placer. C o m o instancia inaugu­
ral. en el cuerpo que yo misma he transformado con mis pro­
pias manos en su diferencia, produciendo en mi carne los mis
audaces brillos"'.

' Diauxla Ellir, ' v>. (,.id.i ik sed diario R uflw tt del griijxi ('A D A (C.okítivc
Accíodcj de Artri. Samugo, ajoiio 1982.
El trabajo con el cuerpo de D . Eltil grabó el dolor físico
en la superficie tajeada y quemada de su cuerpo, en correlato
simbólico con c¡ daño causado a toda la comunidad nacional
por un régimen de violencia militar. Pero más allá de este signo
de equiparación victimal entredós identidades igualmente lasti­
madas (la individual y la colectiva). D . Eltit movilizó !a imagen
pasiva — convencional de lo femenino en un deven it perfor-
mativo del "yo" que transformó lo destnictii o en autoconstructi-
vo v en decomtructivo. liste forzamiento extremo de las marcas
políticas y sexuales impresas en el cuerpo muestra cóm o !a fan­
tasía creativa de una mujer en tom o a ¡a pose estética llevó la
seducción a volverse sedición

I.a dictadura militar en Chile se impuso a través de un


feroz control sobre los cuerpo, (los cuerpos de quieres eran por­
tadores de identidades sospechosas, ideológicamente adver­
sas. dentro del rígido sistema de amigos/enemigos fanática­
mente trazado por la violencia totalitaria) y sobre los lenguajes
(las formas de ponerle nombre a la experiencia y de comunicar
cus sentidos). El arte crítico-experimental de fines de los 70 en
C hile trabajó agudamente con la materialidad simbólica de
los cuerpos, la figuración discursiva de las palabras y las imáge­
nes que el régimen militar condenaba a la exclusión para sacar
de sus zonas más oscurecidas ciertas partículas de energía tebel-
dc que se negaran a la condena dictatorial. Varias son las muje­
res que se insertaron audazmente en esta empresa de crítica
ideológico-cultural que usó el arte com o una mediación esté­
tica capaz de llevar la percepción y la conciencia hacia tu m u l­
tuosos bordes de revuelta y discrepancia. Los trabajos de las
artistas mujeres que mencione en este texto se dedicaron a: I )
desafiar las morales del sentido único regidas por mi binaris-
nio simple de U afirmación / negación, desde lo múltiple con­
tradictorio de las paradojas, las ambigüedades y las indetermi­
naciones; 2) orientar la mirada hacia sujetos e identificaciones
(sociales, políticos, simbólicas, genérico-sexuales, etc.) cuyo
no-lugar o cuyo entre-lugar se sirve de lo descentrado y lo
heterogéneo para hacer girar la identidad hacia direcciones tor­
cidas que de^farfel sistema de convenciones dominantes. Esas
prácticas, firmadas por autoras mujeres, no podrían ser consi­
deradas como ‘ femeninas" cn tanto no se proponen expresar
una propiedad-esencia universal ni reflejar los atributos de un
“ser mujer” de origen. Tampoco son directamente “feministas"
en cuanto no ilustran un modelo de conciencia ni un programa
de aoción cuya “verdad" anti-patriarcal queda consignada como
una verdad ya dada, anterior y exterior a la realización discursiva
de la obra misma. Kn estas obras chilenas realizadas cn tiempos de
dictadura, lo "femenino” y io “feminista' son articulaciones de
discurso que usan d significante "mujer" para intersectarse estraté­
gicamente con otras líneas de fuga simbólica y condensar así la
energía refractaria de todo aquello que se rebela contra las codifi­
caciones represivas del pensamiento único.
Bibliografía

Álvarez, Son:a, "Articulación y ua lunación al i/ación de los fe­


minismos latinoamericanos", deban feminista, N ° 15. Abril.
1997, México.
Amado, Ana, “Cuerpos intransitivos, los di-bates feministas so­
bre la identidad", revista debatefeminista. N® 21, Abril 2000,
México, p. 225.
A.morós, O j ia, Mujer, participación, cultura política y estado.
Buenos Aires, Fdicioncs de la Flor, 1990.
A rdití. Bl NIAMÍN (editor), r.l reveno de la diferencia: identidad
y política, Caracas. Nueva Sociedad. 2000.

BeR£NCUKR, Carmí n y OTRAS (editoras), Escribir en los borde*,


Santiago de Chile. Cuarto Propio, 1989.
Bknhabjb, Slyia s Drijcii.iaCORM i LA (editoras), Teoríafeminis­
tay teoría crítica. Valencia, Fdicions Alfons d Magnánini, 1990.
B ra id o tti, Rosi, Sujetos nómades. Buenos Aires, Paidós, 2000.

C ouaZ/i, G il í ia, "Feminismo y teoría del discurso: razones pura


un debate", debatefeminista, N ° 5, México, marzo 1992, p. 113.
CoilAZZl, GiL'LlA, Feminismo y teoría del discurso, Madrid, Cá­
tedra, 1990.
G ' i : in, I iun«.oim . "Praxis de ladilercucia, notas sobre lo u¿-
gico ticI sujeto". Revista Mora N" I, Facultad de Filosofía y
Letras de la I niversidad de Buenos Aires, agosto 1995.

[)> I .u ri 11 \.Ti xi SA, “La tecnología del genero", Rev'uta Mora,


N« 2.
Derrida, JacquiS, “Conversaciones con Jacques Derrida", Re-
viíta dK 'rítica Cultural, N ° 12. Santiago, julio, 1996.
D ía/. Eru s (antología), Poesía chilena de hoy. Santiago, D o ­
cumentas. 1991.

Feo. H um berto, Ellectorenfábula, Barcelona, Lumen. 1981.


ELTIT, I )iameu, "Cultura. poder y frontera". Suplemento Litera-
tina y I jbros. D iaiio la (.poca, N ° 113 (junio 1990). Santiago.
Et i IT, I )' \>.i ¡A, Cuestionario", número especial de la Revista
Lar, Concepción, agosto 1987.
E li ri, I >i\vha. Lumpérica. Santiago. Ornitorrinco, 1983.
E lll l . I ): \M f i a Por la Patria. Santiago. Ornitorr inco, 1986.
Ei rrr. Di.vvi •. 1:1cuarto mundo, Santiago. Planeta. 1988.
El 11 r, Día.vi; a. Vaca sagtxda, Buenos Aires. Planeta, 1991.

Fon:!*. 11 'i (editor), La ponwodernidad, Barcelona, Kairos,


1985.
I h \n< o, ILAN, ‘"Invadir <•! espacio público, transformar el espa­
cio privado”, drh.ttcfeminista, N ° 8, México, 1993.
I « »n < i *. 11-\m . "I ii retrato’ . Retina de critica cultural. N ° II,
Santiago, junio 1995.

Cíar< ! \Seicas, Fernando > Josfi M o n lló n (editores), Retos


de la poitnmdernidad, Madrid. Editorial Trotta, 1999.
G u e rra , Lucía, "Alternativas ideológicas del feminismo lati­
noamericano-'. revista Femhutria. N ° 8, Buenos Aires, abril
1992, p. 2.
G u e r r a , LUCÍA. La rnujerfragmentada; historia de un signo. San­

tiago. Cuarto Propio. 1995


G rau , Ol.<.A (editora), Vtr desde ¡a mujer, Santiago, La Mora­
da/Cuarto Propio. 1992.

H/.RAWAY, D ona, Ciencia, cyborgsy mujeres: la reinvención fie ¡a


naturaleza, Valencia, Cátedra, 1991.

KirkwoOP. JlíUETA. Serpolítica tu Chile, lasfeministasy lospar­


tidos, Santiago, IL 4 C S O , 1986.
K risuva, Julia. "El tiempo de las mujeres’’, debatí feminista.

N “10, México. 1995.


Kr;s- .•va, Julia. Ir, Révolutiondu ¡Mnguagepo/riqut, Paris, Senil.
1974.
Krístf.va, Ju u a, Polyloque, Patis, Seuil, 1977.
K hun, Anní- itf., Cine de mujeres. M adrid, Cátedra, 1991.

Lamas, M a r t a , “Ciudadanía, feminismo y paridad", versión In ­

ternet Fundación Guillermo Toriello.


LVOTARD, Jean FrancoiS. Rudiments paiens, Paris, U nion Gé-
néraled'Editions, 1977.
LuDMER, Josefina (compiladora), Las culturas defin de siglo en
America latina. Rosario, Beatriz Vitcrbo Editora. 1994.

M 0 H..T0 RIL, Teoría literariafeminista, Madrid, Cátedra. 1988.


MONTECJNO, Sosia, Madres )• huachos; alegori.is del mestizaje
chileno, Santiago. Cuarto Propio, 1991.
MoUFFf:, C h a n ta i , "Feminismo, ciu d a d an ía y política demo­
crática radical", Revista de Critica Cultural, N ° 9, Santiago,
1994.

N k .h o ls o n , L in d a (editora), Feministn/posniodernitm. Nueva

York, R o u tlcd g c , 1990.

O í u , R aq l ki,, ‘‘.Más sobre mujer y escritura”, Suplemento Li­


teratura y Libros N °1 52 (marzo 1991), Diario La Época.
O l l a , R a q u e l (editora), Fiorituras de It diferencia sexual, San­
tiago. Lom/La Morada, 2000.
O y a r z ü n , Kemy, "Género y etnia; acerca del dialogismo en

América Latina”. Revista chilena de literatura, N ° 41, Universi­


dad de Chile. Santiago
OYARZON, Kemy, “Saberes críticos y estudios de género", re­
vista Nomadlos. N ° 1. diciembre de 1996. Cuarto Propio,
Santiago.

R ic h a r d . N i lly , "Feminismo, arpillera y deconstrucción", Re­


vista de Critica Cultural, N ° 12. Santiago, junio 1996.
RICHARD, N e i ly. Residuo!y metáforas; ensayos de critica cultura!
sobre el Chile de i'a Transición, Santiago, Cuarto Propio. 1998.
R ose, JaOQUEUKE, Sexuality in thefie ld o fvisto», I ondon, Ver­
so. 1986.

Saba/, M a r c e la , “Texto, cuerpo, mujer (a propósito de "111 tono

menor del deseo" de Pía Barros)’ Suplemento Literatura y Li­


bros N ° 189 (noviembre 1991). Diario l.a Época.
S a n ri, ENRICO M a r io , "Fl sexo de la escritura", debatefeminis­
ta. N ° 5, M é x ic o , 1994.
ScOTT, Joan, "Experiencia", Hiparquia, N ° I, Julio de 1999.
Publicación de la Asociación Argentina de Mujeres cn Filosofía,
Buenos Aires.
Indice de nom bres

Adriasola, Teresa: 12.


Aguirre» Mariano: 11.
Álvarez. Sonia: 70. 107.
Allende. Isabel: 43.
Amado. Ana: 61, 107.
Amorós, Celia: 52. 53. 80. 107.
Ardici, Benjamín: 62. 107.
Arratc. Mariana: 12, 15.

Bachelci, Michellc: 7,67, 77. 73, 82, 84, 85.


Barros. Pía: 12. 13.
Benhabib, Seyla: 31, 107.
Berenguer, Carmen: 9 ,1 2 , 107.
Bianchi, Soledad: 11, 12. 22.
Braidotti, Rosi: 52, 60, 65, 86, 107.
Brito, Eugenia: 9. 11, 12, 102.
Brugnoli. Francisco: 91.
Bittlcr, Judith: 31-

Cliow, Rey: 57.


Cixnus, H¿l¿nc:35.
Colaizzi, Giulia: 32, 57, 107.
Collin, Francoise: 51, 108.
Coniferas, Marta: 15.
Cornelia, Drucilla: 31, 107.

D e Laurctis, Teresa: 53, 60, 108.


Del Rio. Ana María: 12.
Delcuze, Gilíes: L9,90.
Derrida, Jacques: 59,60, 108.
Díaz, F.rwin: 24, 108.
Donoso, Claudia: 99.

Eco. Umberto: 44, 108


Eltit. Díamela: 9, 12. 19, 22. 28, 100, 102, 103. 104. 105,
108.
F.rrázuriz, Paz: 96, 97. 98. 99.
F.rrizuriz, Virginia: 9 0 .9 1 ,9 2 .9 3 .

Faiifta, Soledad: 12.


Franco, Jean: 22. 39, 43, 108.
Fraser, Nancy: 48,49.
Fosrer, Hal: 52, 108.
Foucault, Michel: 50.

García Sclgas, Fernando: 53, 108.


Crau, Olga: 12, 109.
Guattari, Félix: 19, 90.
Guerra, Lucía: 9, 38, 39, 109.

Harawav, Dona: 54,61, 62, 109.


Hartsock. Nancy: 50.
Hcizbcrg. Julia P.:94
Ing.way, Luce: 35.

Khun, Annctce: 23. 109.


K irk w o o d , Julieta: 68 . 76 , #3. 109.

Kristeva, Julia: 17, 18. 19. 2 0 ,2 1 ,2 7 ,4 1 ,6 3 , 109.

I acan, Jacquei (lacaniana): 27.


Ladau: 45.
Lagos, Ricardo: 85.
Lamas, Marta: 81. 109.
Ludmcr, Josefina: 17.40, 109.
Lvotard.Jean Francois: 15. 109.

Maquieira, Diego: 22.


Masicllo, Francine: 43,45.
Martínez, Juan Luis: 21.
Mato, Daniel: 67.
Minh*ha,TrinhT.: 57.
Mistral. Gabriela: 11,77.
M oil. Toril: 20, 109.
Monleón, José: 53, 108.
Montecino, Sonia: 12.37, 109.
Motando, Pairo: 37.
MouíTe, Chantai: 4 1,4 5 , 109.
M uñoz, Gonzalo: 22.

Nicholson, 1 inda: 48. 49. 109.


Olea. Raquel: I I . 12, 69. 110.
Ortega, lilimia: 9. 11.
Ovar/lili, Kemy: 11, " 1 . 74, 110.
Owens, Ctaig: 52.

Parra, Catalina: 93.94. 95. 96.


Pinochet. Augusto: 87. 94.
Pifia, .Andrés: 98.
Prado, Nadiar 12.

Rama. Ángel: 37.


Rancilre, Jacques: 63.
Richard. Nelly: 8, 9,39, -10, 72, 88. 110.
Rose. Jacquelinc: 27,110.
Roscnfeld, Lotty: 99. 100, 101.

Sabaj. Marcela: 13. 110.


Sanut Cruz, Lupe: 12.
Santi. Em ito Mario: 43. 110.
Scon, Joan: 33.111.
Schopf. Federico: 24.
Serrano, Marcela: 43.
Spivak, Gayatrí: 60.

'Joriello, Guillermo: 81

Urriola, Malú: 12.

Valdivieso. Mercedes: 11.12.


Wittig. Monique: 31.

Zcgcrs, Francisco: 9
Zurita, Raúl: 21.