Está en la página 1de 12

http://nuso.

org/articulo/aborto-la-
radicalidad-de-la-experiencia/

NUEVA SOCIEDAD,

Aborto: la radicalidad de la
experiencia Entrevista con Laura Klein
Laura Klein, una de las pensadoras más agudas sobre el aborto, propone
una reflexión sobre la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo que
se debate en Argentina. En esta entrevista, afirma que la experiencia no
debe adecuarse ni reducirse a los argumentos y para ello es preciso
restituir al debate del aborto el fenómeno del embarazo, ya que es
imposible pensar el aborto sin reflexionar sobre la maternidad. Frente a
los argumentos liberales sostenidos en la idea de la «autonomía» y el
«control» sobre el propio cuerpo, Klein manifiesta un pensamiento más
radical, centrado en la experiencia. Sostiene que el debate no debe
centrarse en la definición biológica o científica de la «vida» y asegura
que la legalización tendría un efecto positivo en la subjetividad social
sobre la decisión de las mujeres.

Por Mariano Schuster

Agosto 2018

1

¿Cómo considera que se está produciendo el debate por la


legalización del aborto en Argentina de cara a la votación de la
Cámara de Senadores?

En 2005, cuando publiqué el libro Fornicar y matar, las posiciones en


favor de la despenalización del aborto eran muy argumentativas y no
hablaban de la experiencia. Esto, afortunadamente, ha cambiado. Los
argumentos suelen ser simplemente una defensa lógica frente a una
acusación o un ataque. Y este me parece un problema gravísimo.
Porque si a uno le dicen «¡estás matando a alguien!», naturalmente
se gira el eje del debate. Las posiciones favorables a la legalización
abandonan el marco de la experiencia y, antes de hablar de la
situación del embarazo y del aborto, comienzan, de manera reactiva,
a operar como justificaciones. Es decir, a sostener que no se está
matando (para lo cual se debe comenzar una discusión sobre si el
embrión es o no un ser humano, de definir la vida, etc.). Esto
desdibuja la experiencia y pone el debate en un lugar en el que no
debería estar.

2
¿Por qué esa relación con la experiencia es más fuerte que los
argumentos cuando se supone que un debate en un ámbito
legislativo lo que debe prevalecer es el poder de la
argumentación?

Pensar no se limita a argumentar. El argumento es una forma de


validación y de legitimación que se basa en la «no contradicción». Se
basa en la idea de que «A es igual a A» y el que se contradice esta
verdad es, lisa y llanamente, un pecador. Si yo digo: «Pero usted hace
cinco años dijo otra cosa», usted en lugar de decir «Sí, he cambiado»,
comenzará a justificarse.

Pero sucede que la vida es contradictoria. La vida no se reduce al


principio de que algo es igual a algo. Nosotros no somos iguales a
nosotros mismos. Creo que uno de los grandes problemas se produce
cuando comenzamos a defendernos de acusaciones (que la mayor
parte de las veces son de mala fe, con saña, con manipulación). Esto
nos ubica en un terreno que no es el de la experiencia de la mujer
que aborta, si no en el «tema del aborto», como si el aborto fuera una
cosa entre las cosas y no un verbo, algo que hacemos las mujeres.
Cuando me refiero al terreno de la experiencia no hablo
específicamente de la psicológica sino de la vital. Es decir, de la
experiencia de decidir tener o no tener un hijo al quedar
embarazada. Ese es el debate y no el de definir qué es y qué no es
una «vida» o una «persona». En definitiva, cambiamos totalmente de
terreno, y en ese cambio de terreno el que gana es el que diseña la
cancha, no el que gana el juego.

También aquellos que se manifiestan contra la despenalización


del aborto parecen haber cambiado algo en su postura, al
menos en su retórica. De declamar ser «favorables a la vida»
han pasado a afirmar que desean «salvar las dos vidas».

Claro, se han aggiornado. Como si el nuevo discurso tratase de «dejar


entrar también a la mujer en el derecho a la vida». Hay algo muy
extraño en la expresión «dos vidas». Porque la vida no se enumera, la
vida es un flujo. Resulta muy alambicado y forzado en decir «hay dos
3
vidas», dado que una mujer embarazada no es «una mujer más un
óvulo fecundado». No es «una mujer más un embrión». Eso es no
comprender cómo es el milagro de la generación vida y la
reproducción sexual. No hay un individuo que cayó dentro del
vientre de una mujer. El vientre no es un lugar, no está uno dentro de
otro. Esto supone que el individuo está antes que este misterio, que
somos hijos antes de ser seres humanos. Venimos de una mujer
embarazada que es un organismo gestante donde la vida se genera,
no donde se aloja.

En su planteo se reponen algunas categorías muy diferentes a


las de la argumentación más tradicional. Me refiero a las
categorías de «milagro», «experiencia», y «vida» entendida en
términos más abarcativos que los científicos. En ese sentido,
¿qué consideraciones tiene sobre los aspectos científicos para
demostrar que hay o que no hay una vida en el embrión?

Yo considero que es vida, pero no tiene derechos. Vida es un corazón


latiendo. Una célula mantenida en un congelador es vida. Ahora,
efectivamente se puede demostrar de manera científica que hay una
vida desde la concepción porque vida hay siempre. Se puede
argumentar que el ADN es lo que define a las personas. También se
puede mostrar que la persona recién empieza cuando puede ser
capaz de vivir autónomamente, que sería cuando es viable el
nacimiento. Con argumentos científicos es posible mostrar todas las
posturas porque elegís el hito, el momento embriológico que te
conviene para la postura que ya tenés tomada. Pero el problema es
que no es ese el punto. Por eso, el debate sobre el aborto presentado
de esa forma es simplemente una farsa.

Por lo tanto, hay que sacarlo de ahí

Totalmente. Hay que correr el eje porque eso empantana y hace que
se atasque dejando millones de papeles, una montaña de artillería
argumental muy intelectual pero que no sirve para nada.

¿Dónde hay que ubicar el debate?


4
Hay que colocar el debate en lo que significa si, habiendo quedando
embarazada, una mujer puede o no puede decidir tener o no tener un
hijo y si el hecho de decidir no tenerlo la convierte en una criminal. Y
ahí tenemos que volver al tema del embarazo. Porque lo que define
un aborto no es matar a un embrión. Si así fuera, el descarte de
embriones de probeta sería considerado aborto. Tendría de uno a
cuatro años de pena, como el aborto. Y si el embrión fuera
considerado una persona como cualquiera, habría que poner al
aborto dentro de los homicidios y no está catalogado de esa forma.
Entonces, ¿qué es lo que define la situación del aborto? El hecho de
que hay una mujer embarazada.

Pero usted escribió que incluso dentro de las posturas que


están en favor de la despenalización se habla poco del
embarazo.

Efectivamente. Y, a veces, se habla de otras cuestiones que debemos


repensar. Uno de los argumentos más famosos a favor de la
legalización es aquel que sostiene que «el cuerpo es mío y con él
hago lo que quiero». Confieso que esto me hizo pensar mucho. Es
como decir que «la mujer es la dueña de la casa y el embrión es un
inquilino, por lo cual la mujer tiene más derechos sobre ese cuerpo
que el embrión». Ahora bien, uno puede tener en su casa a alguien,
pero no obligadamente. Esto me parece pavoroso porque, si bien el
argumento funciona lógicamente, se vincula directamente a la idea
de propiedad privada. Es una idea vinculada fuertemente a la
concepción de «individuo». Pero sucede que «somos con otros» antes
de estar solos. La idea de la filosofía política moderna es que primero
está el individuo y que, haciendo un contrato social, expulsa a los
otros como si estuvieran de más y fueran aleatorios. Pero sucede que
primero nacemos entre otros.

Esto relativiza la idea de autonomía propia del liberalismo


porque considera que ya hay una situación de hecho que
constriñe a la mujer. Es decir, el hecho de estar embarazada.

5
Cuando una mujer se queda embarazada sin buscarlo y decide
abortar, ¿cómo podría decir que su decisión de abortar fue libre si no
lo fue la de quedar embarazada? ¿Y cómo voy a decir que tengo
«control de mi propio cuerpo» cuando me veo forzada a tomar una
decisión porque no pude controlar el propio cuerpo, porque no usé
anticonceptivo, porque no me sirvieron o porque fallaron? Esta idea
de que «soy libre y hago lo que quiero» no es buena en ningún
sentido para las mujeres que abortan. Porque la experiencia no es de
libertad, sino más bien la contraria. Es la experiencia de quien no
quiere tener un hijo y no quiere abortar.

6
¿Por qué, entonces, prevalece ese tipo de argumentación que
aborda el problema desde una concepción que habla de la
«propiedad» del cuerpo?

7
Creo que esto es lo fundamental y lo que hace que hoy se estén
poniendo en tela de juicio los argumentos liberales para sostener la
despenalización del aborto. Evidentemente, se fue llegando al
argumento liberal para tener un lugar en el derecho. Pero el derecho
no es el único lugar donde se juega el aborto. Es más, con el derecho
no se resuelve el problema del aborto. Porque con el aborto legal las
mujeres seguiremos teniendo que decidir si daremos lugar a una
nueva vida en el mundo o no. El trance, por lo tanto, continuará. Esa
decisión, de algún modo trágica, amenaza o atenta contra el
monopolio de la violencia que tienen las democracias. Porque
abortar es una violencia y el Estado moderno administra la vida. Y,
en este caso, somos las mujeres quienes decidimos traer una vida al
mundo o no. El liberalismo nos condena a quedar sometidos a
argumentos jurídicos. Aquí de lo que se trata es de lo que decimos
«socialmente» sobre el aborto de modo que podamos albergar,
soportar y transitar esa experiencia de una manera que no esté
atrapada en el liberalismo. Es decir, sin quedar atrapada en la idea
de que «o soy una sometida o soy libre». Ni somos sometidos del
todo ni somos autónomos del todo.

Pero la legalización no puede modificar la experiencia. Lo que


puede hacer es evitar la criminalización de la mujer que aborta.

Exactamente. Por eso debemos tener bien claro que, incluso después
de la legalización, no podremos liberarnos del tema. De hecho, quizás
podamos empezar a pensarlo más profundamente. Podremos poner
en eje la relación entre aborto y maternidad, algo que yo intento
restituir en el debate. Los dos embarazos (el que termina en aborto y
el que termina en parto) no son de distinto tipo. Como tampoco lo
son los embriones. Quienes están contra la legalización solo están
interesados en el embrión que se aborta. Pero no protegen los
embriones de las mujeres que quieren tener un hijo. No los protegen,
por ejemplo, si durante el embarazo la mujer que quiere tener ese
hijo está en condiciones insalubres que la ponen en peligro. No les
importa si carece de ácido fólico o si se producen complicaciones
severas durante el embarazo. Lo que les importa es que las mujeres

8
no aborten de forma legal. Es decir, prefieren que lo hagan
clandestinamente porque eso constituye un castigo. Lo importante
de la legalización es, en ese marco, su efecto posterior sobre la
subjetividad.

¿Cómo cree que puede operar la ley sobre la subjetividad en


relación con este tema?

Creo que, por un lado, es importante en tanto opera contra la culpa y


contra la persecución. Saca a la mujer del aislamiento. Y puede
producirse una transformación en relación con la idea del «propio
cuerpo». Esta idea de que la decisión es simple porque se trata de
«mi cuerpo» asemeja al cuerpo a una «cosa». Y no es así. Si yo quiero
ir a cortarme una oreja y le digo «córteme la oreja porque soy como
Van Gogh y quiero ser artista», no me la cortan porque van siete años
presos. Cuando una mujer decide abortar no tiene una sensación de
fiesta ni de libertad, no grita «yo hago lo que quiero». Si yo discuto
públicamente la cuestión del aborto y digo que «mi cuerpo es mío,
controlo mi cuerpo, hago lo que quiero», «decido si tengo hijos o no»
y viene una amiga y me dice «quedé embarazada y decidí no tenerlo,
voy a abortar», yo no le voy a decir: «no te preocupes, es un puñado
de células, tu cuerpo es tuyo, hacé lo que quieras». ¿Por qué no haría
eso? Porque detrás de su decisión hay una experiencia trágica. La
sangre derramada es la suya.

Por lo tanto, ¿la despenalización podría habilitar una


conversación más libre sobre el tema, sin que esté planteado
desde un manto de sospecha o de criminalidad?

Claro. Por eso creo que relatar las distintas experiencias que vivieron
las mujeres al abortar es importante porque son muy diferentes. En
algunas es un alivio, en otras fue una decisión difícil, en otras les
pesó. En general, no hay arrepentimiento. Lo que hay es una marca.
Así como hay una marca imborrable de tener hijos también la hay de
haber decidido no tenerlos. La mujer que aborta no hace una
«elección libre» sino una «decisión trágica». Está forzada por algo
que no buscó. No vamos a pensar que es libre para desembarazarse y
9
no fue libre para quedarse embarazada. Entonces, ¿somos libres para
una cosa y no para la otra? Por lo tanto, no solo no hace una elección
libre. Ni siquiera hace una elección. Elegir y decidir no es lo mismo.
Yo puedo elegir un lugar al que viajar o puedo elegir un vestido. Pero
¿puedo elegir un amigo o un amor? Yo diría que no. Ante los
encuentros que tengo «decido» si les doy curso o no. Es una decisión
y por eso es trágica.

La posición de la Iglesia, hoy marcadamente en contra del


aborto, ¿ha sido siempre la misma?

Para nada, es muy reciente la posición actual de la Iglesia.

La iglesia solía condenar el sexo, no condenar el aborto, ¿no es


así?

No ha dejado de condenar el sexo, pero le ha sumado un argumento


que vale también para los laicos. Y creo que no es fruto de la
hipocresía sino producto de la Modernidad. Hasta 1869, la Iglesia
afirmaba que el alma entraba al embrión recién a los tres meses. Esta
teoría había sido formulada previamente por Aristóteles, quien
sostenía que el alma racional y espiritual no podía ingresar en una
masa todavía informe, en un cuerpo que todavía no estaba formado.
Porque, siempre según él, sería indigno para el alma entrar a un
cuerpo carente de forma. Esta argumentación fue retomada por
Santo Tomás y, luego, también por San Agustín. Durante casi 2000
años, la Iglesia estuvo en contra de las mujeres que abortaban, pero
no por defender ninguna vida si no por atacar la fornicación, que
sería tener sexo por placer y no para procrear.

Esta idea supone otro problema que parece incluso peor porque
considera al sexo más condenable para la mujer que para el
varón.

Esto es muy importante porque es una materia bastante ausente en


el debate actual. Hoy se pone al feminismo en un primer plano, pero
aparece poco la cuestión del patriarcado. El feminismo es una

10
oposición al patriarcado, y el patriarcado es una estructura
jerárquica de dominación entre varones. No es mujeres contra
varones. Durante determinadas históricas, el aborto era mal visto
dado que se pensaba que el feto era parte del cuerpo de la madre,
como una víscera más. Si una mujer decidía abortar contra la
voluntad del padre de familia, merecía la muerte. Pero si lo decidía el
hombre se lo consideraba como parte de la planificación familiar. En
definitiva, el punto estaba en quién decidía sobre esa vida. Si era la
mujer la que decidía, podía recibir la pena de muerte.

En relación con este punto, uno de los argumentos que más


suelen escucharse contra la despenalización es que no da
ninguna potestad al varón para tomar la decisión.

Sí. Pero nuevamente creo que no hay que pensarlo solo en relación
con la ley. Siempre sucedió que las mujeres abortamos y por eso es
importante legalizar. Pero las mujeres abortan igual y la ley no va a
decidir sobre eso. Entonces, ¿por qué el tema del derecho a la
paternidad aparece con la ley y no aparecía cuando no se discutía la
clandestinidad? Es muy claro que el hombre tiene, aún hoy, un peso
enorme en el destino del embarazo de la mujer. Por ejemplo, cuando
presiona para que la mujer aborte porque no quiere tener un hijo
más o porque se trata de una amante, o porque es la hija y no quiere
pasar la vergüenza de tener una hija madre soltera.

Esto es muy interesante. Si el varón acuerda con la mujer


realizar un aborto, la mujer sigue siendo criminalizada en
situación de clandestinidad. Pero el varón no se ve a sí mismo
como un criminal que lo acordó. O, peor aún, en los casos en los
cuales el varón le dice «hacete un aborto», la criminal sigue
siendo la mujer, no el instigador del supuesto crimen.

Eso se llama patriarcado. Pero cuidado. También las mujeres están


en él. Por eso hubo más diputadas que diputados que votaron contra
la ley. Ahora bien, veamos el asunto al revés. Supongamos que se
aprueba la ley y, dado que las mujeres conquistan un derecho,
alguien dice que los varones también deben tener uno. Yo pregunto,
11
¿cómo sería? ¿cuál es la posibilidad jurídica de implementar una ley
para los varones? La única posibilidad jurídica es el derecho de veto.
Es decir, que tenga la posibilidad de vetar la decisión de abortar
tomada por una mujer. Creo que la mayor parte de los varones que
dicen «quiero tener un lugar» no aceptarían, sin embargo, hacer una
ley en la que se establezca ese derecho a veto. Sería aún más
patriarcal que la prohibición actual.

Laura Klein es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos


Aires. Escribió poesía y teatro. En 2005 publicó Fornicar y matar, un
libro sustancial en el debate sobre el aborto. El libro fue reeditado en
2013 y 2018 bajo el título Aborto: entre el crimen y el derecho. El
filósofo Darío Sztajnszrajber escribió en la faja de la última edición
del libro que se trata de «la Biblia sobre el aborto».

Foto: Rizoma, Facultad Libre Virtual.

12